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sociología y política EL CUIDADO INFANTIL EN EL SIGLO XXI mujeres malabaristas en una sociedad desigual eleonor faur grupo editorial siglo veintiuno siglo xxi editores, méxico siglo xxi editores, argentina CERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS GUATEMALA 4824, C 1425 BUP 04310 MÉXICO, D.F. BUENOS AIRES, ARGENTINA www.sigloxxieditores.com.mx www.sigloxxieditores.com.ar salto de página biblioteca nueva anthropos ALMAGRO 38 ALMAGRO 38 C/LEPANT 241 28010 MADRID, ESPAÑA 28010 MADRID, ESPAÑA 08013 BARCELONA, ESPAÑA www.saltodepagina.com www.bibliotecanueva.es www.anthropos-editorial.com Faur, Eleonor El cuidado infantil en el siglo XXI: Mujeres malabaristas en una sociedad desigual.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2014. 272 p.; 14 x 21 cm.- (Sociología y política) ISBN 978-987-629-397-6 1. Sociología. CDD 301 © 2014, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A. Diseño de cubierta: Eugenia Lardiés ISBN 978-987-629-397-6 Impreso en Altuna Impresores // Doblas 1968, Buenos Aires, en el mes de julio de 2014 Hecho el depósito que marca la ley 11.723 Impreso en Argentina // Made in Argentina Agradecimientos 11 Introducción 13 1. La organización social y política del cuidado 25 2. Mujeres malabaristas. Entre el cuidado familiar, el mercado y los servicios públicos 55 3. La conciliación familia-trabajo. Derechos en tensión 117 4. El maternalismo en su laberinto. Las políticas de alivio a la pobreza 161 5. Modelo para armar. El cuidado fuera de casa 195 Consideraciones finales 245 Bibliografía 259 Índice Para Anita, con la felicidad de acompañar su crecimiento y verla desplegar sus propias alas Agradecimientos El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual es fruto de una larga historia de investigación, de reflexión, de debates y lecturas, y también de aprendizajes que llegan con la vida cotidiana y de la mano de una extensa red de colegas, amigos, maestros, colaboradores y afectos cercanos. Para empezar, el libro reúne los resultados de investigaciones rea- lizadas durante más de siete años, entre las cuales se incluye mi tesis de doctorado en ciencias sociales. Tesis que fue dirigida por Rosalía Cortés, una voz lúcida e inspiradora en la orientación del proce- so investigativo. Muchos fueron también los colegas y amigos que me alentaron en los tiempos de escritura. Algunos atendieron mis dilemas o conocieron fragmentos del texto. Otros, aportaron mira- das críticas que develaron matices dignos de ser de sarrollados para profundizar la enunciación original del texto. Otros, simplemente, estuvieron cerca y aportaron su compañía, alegría y afecto, com- bustibles indispensables para acompañar una tarea. Especial men- ción merecen Elizabeth Jelin, Valeria Esquivel y Shahra Razavi, con quienes compartí seminarios, talleres, proyectos, conversaciones e inquietudes que contribuyeron a la investigación original. También Marcela Cerrutti, quien, con la dedicación y el cuidado que le son propios, leyó un manuscrito final de este texto y aportó enriquece- dores comentarios. Y mi amigo de siempre, Gabriel Kessler, quien ha sido un brillante consejero e interlocutor durante el camino. En distintos momentos de la investigación, conté con colegas y colaboradoras de lujo que compartieron conmigo el compromiso de disponer de la mejor información posible. Me refiero a Nina Zamberlin, Sara Niedzwiecki, Marina Luz García, Marina Medan y Lovissa Ericson. 12 el cuidado infantil en el siglo xxi Gracias a cada una de las personas entrevistadas, por permi- tirme acceder a sus ideas, sus historias y sus sueños. También a quienes desde sus instituciones me facilitaron información secun- daria según mis necesidades: Martha Muchiutti, del Ministerio de Educación de la Nación, Augusto Trombetta y Carolina Ruggero, del Ministerio de Educación y del Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad de Buenos Aires respectivamente. Agradezco tam- bién a Bárbara Belloc, por animarme a incorporar “burbujas de oxígeno” en la escritura. Un viejo proverbio africano establece que, “para criar a un niño, hace falta toda una aldea”. Además de mi familia –y de su familia–, tantas amigas (y amigos), y tantas mujeres a lo largo de la vida contribuyeron a la crianza de mi hija. Agradezco a esta “aldea” que resultó clave para poder dedicar parte de mis horas al trabajo profesional y a la indagación académica. A mis padres, Perla Taranto y Roberto Faur: a ella, por alentar mis recorridos; a él, porque me enseñó que hasta los hijos varones de una cultura tradicional son capaces de transformarse y aprender a cuidar a los suyos con ternura y alegría. Y a mis hermanas, Emilce y Vanesa. Y, por último, agradezco de corazón a mi más preciado sol, a mi hija Ana Minujin, a quien dedico este libro. Introducción Yo, particularmente, entiendo que las políticas de edu- cación inicial tienen mucho, muchísimo que ver con la mujer. Porque es la mujer la que es madre, la que tam- bién sale a trabajar, y la que además tiene que pensar qué hace con sus crías… directora nacional de nivel inicial, Ministerio de Educación de la Nación Políticas públicas, instituciones privadas; trabajo pro- ductivo, reproductivo y doméstico; transformaciones familiares, legislación y derechos laborales; condiciones de acceso a los ser- vicios de educación y cuidado infantil, derechos de los niños y niñas; reformulaciones del rol “materno” y del “jefe de hogar”; mujeres y “crías”. Elementos heterogéneos de un complejo calei- doscopio que comienza a transformarse en un problema social y político concreto (además de ser una problemática académica), que en este trabajo procuro explorar a partir de un conjunto de interrogantes que buscan reponer, en el curso de la investigación, la relación entre las partes. ¿Cómo regulan las políticas sociales los víncu los entre el cuidado familiar, el trabajo remunerado y las relaciones de género? ¿Qué derechos se establecen en esta construcción? ¿De qué forma las de sigualdades sociales se trans- forman (o reproducen) en la organización social del cuidado in- fantil en la Argentina? Y, en relación con la cuestión de género: ¿cómo operan las distintas políticas públicas en la configuración de responsabilidades diferenciales según el género? ¿Cuáles son sus supuestos acerca del cuidado y hasta qué punto los de safían? 14 el cuidado infantil en el siglo xxi (¿O el cuidado de los niños es, para el Estado, competencia casi exclusiva de las madres?) Por último, ¿es necesariamente la mujer –madre, tutora o encargada– quien “tiene que pensar qué hace con sus crías”? La frase del epígrafe sintetiza con eficacia la trama –y el conflic- to– del tiempo actual. Una época que entrecruza viejas y nuevas miradas sobre la organización del cuidado de niños y niñas. Suje- tos que parecen aferrarse a la idea de las madres como responsa- bles “naturales” de su atención –o de su gestión– y que, al mismo tiempo, entienden las políticas públicas como dispositivos nece- sarios para proveer cuidados. Un tiempo que invita a dirigir la mirada social sobre un tema que históricamente fue considerado como parte de la esfera individual, doméstica y privada. Este libro coloca el cuidado infantil en el centro de atención, comprendiéndolo como una actividad vital para el bienestar de la población y como parte esencial de una organización social y política en la que intervienen, además de sujetos individuales, ins- tituciones públicas y privadas. Se trata de conocer y explicar la interacción entre la organización doméstica del cuidado infantil y la oferta de servicios públicos accesibles en la Argentina con- temporánea (en forma de normas vinculadas con el cuidado, con servicios de atención de la primera infancia o de transferencia de ingresos a los hogares). También se trata de indagar el modo en que los hogares de distintos niveles socioeconómicos y sus miem- bros (en función de su género)acceden a dichos servicios. Se tra- ta, en última instancia, de comprender la organización social del cuidado en la Argentina contemporánea para identificar los de- safíos que permitan proponer transformaciones hacia una nueva forma de organización, atenta a los derechos y las necesidades de mujeres, hombres, niños y niñas. A lo largo de la historia, el cuidado fue considerado una actividad predominantemente femenina y maternal. Al atribuir este hecho a un rasgo propio de las mujeres –su capacidad de procreación–, la división sexual en la responsabilidad del cuidado se extendió mucho más allá de los de signios biológicos, y se tornó uno de los nudos críticos de la construcción social del género. Sustentado introducción 15 en el amor y en el mito del “instinto maternal”, el cuidado de los niños quedó amparado por el trabajo cotidiano y silencioso de las madres, constituyéndose en el imaginario colectivo en un rasgo característico de la figura del “ama de casa”, y confinado, junto con ellas, al espacio doméstico, privado. Un determinado modelo de familia, con papeles y territorios diferenciados para hombres y mujeres, sostenía este ordenamien- to. Los hombres eran los encargados de la provisión económica del hogar, de las decisiones políticas de la comunidad, del de- sarrollo de las artes y las ciencias, y de todo aquello que formara parte de la esfera “pública”. El contrato social (o, más bien, el “contrato sexual”, como lo caracterizó Pateman en 1988) estable- cía que serían reconocidos por de sempeñar esos deberes de un modo eficaz, y sancionados cuando así no lo hicieran. El “jefe de hogar”, trabajador de tiempo completo durante su ciclo de vida adulta, se constituía, según la lógica de ese orden, en el titular responsable de los beneficios y los derechos sociales para su es- posa e hijos. A su vez, las mujeres debían responder a las expec- tativas adscriptas a lo que se llegó a denominar “rol emocional” (Parsons y Bayles, 1955), que incluía, en el discreto encanto de la vida doméstica, la responsabilidad de mantener la casa limpia y la familia alimentada, saludable y feliz. De esta manera, el modelo de familia con “varón proveedor” y “mujer ama de casa” sentó las bases funcionales de determinada economía social y política, cuyo correlato fue una ideología de franca división entre las esferas de lo público y lo privado, que establece, además de fronteras, jerar- quías entre hombres y mujeres: la valoración de la esfera pública y del papel atribuido a los hombres era significativamente mayor. Todo esto, justificado por un único modelo de familia y pareja; léase: nuclear, monógama, legalmente constituida, heterosexual y “para toda la vida”. El andamiaje simbólico cooperó de forma eficaz con esta divi- sión sexual del trabajo y su consiguiente distribución de sigual de poder entre hombres y mujeres, sazonando las instituciones y las prácticas cotidianas con la conformación de imágenes de masculi- nidades asociadas a un modelo de productividad y racionalidad, e imágenes sobrevaloradas de lo que significa ser una “buena esposa 16 el cuidado infantil en el siglo xxi y madre” –presunta aspiración de cualquier mujer “decente” y “de buen corazón”–. Hasta bien avanzado el siglo XX, el de sarrollo de las instituciones de gobierno acompañó este régimen de género mediante leyes de familia (que depositaban la responsabilidad de la patria potestad y el establecimiento del domicilio familiar en los varones) y laborales (en las que las mujeres eran vistas sobre todo como “madres”, mientras que no establecían relación alguna entre la responsabilidad de la paternidad y la del “trabajador”), y por medio de la provisión de servicios de bienestar, incluidos los educativos y de salud (que no buscaban adecuarse a los horarios de jornadas laborales, al presuponer la disponibilidad de las mu- jeres para adaptarse a ellos). Las mujeres eran concebidas ante todo como madres, y las ma- dres, como “las mejores cuidadoras posibles”. Así, el ideal mater- nalista y la “maternalización de las mujeres” filtraron institucio- nes, prácticas y representaciones sociales durante largo tiempo, por medio de un conjunto de políticas públicas afines a esta ideo- logía (Nari, 2004). Quizá la eficacia de esta construcción consis- tió en establecer cierto sentido común que hizo pensar que este ordenamiento gravitaba sobre determinado “equilibrio” social (Esping-Andersen, 2009). Pero, ya se sabe, las mujeres y los hombres son diversos, y las identidades y las relaciones de género están sujetas a cambios y conflictos. Porque tanto las personas como las familias de- sarrollan sus vidas en ciertos contextos histórico-sociales –que son dinámicos–, y en esa urdimbre es inevitable que lleguen a revelar texturas lo suficientemente complejas como para superar ese or- denamiento estereotipado de individuos, grupos familiares y rela- ciones sociales de género. En las décadas más recientes, en la Argentina y en buena parte de los países de América Latina, las mujeres ingresaron en forma masiva al mundo del trabajo, a partir de las sucesivas crisis econó- micas, pero también de su mayor autonomía. En la actualidad, el modelo de mujer que se de sempeña como madre y ama de casa de tiempo completo (es decir, como “cuidadora” exclusiva) dejó de ser extendido, y aun de seable para buena parte de la población. introducción 17 El porcentaje de mujeres cónyuges cuya ocupación principal son los quehaceres domésticos descendió casi un 20% en menos de diez años en la región, donde pasó del 53% en 1994 al 44,3% en 2002 (Cepal, 2004). A su vez, entre 1990 y 2007, la proporción de mujeres entre los 25 y los 54 años que trabajan o buscan hacerlo se incrementó un 20% (Cepal, 2009). Y las familias también cam- biaron. Aumentaron los hogares encabezados por mujeres en casi todos los países y en los distintos estratos sociales, engrosando la proporción de aquellos en que las mujeres son las únicas percep- toras de ingresos. Crecieron globalmente las uniones consensua- les y los divorcios, y en la Argentina se sancionaron las leyes de “matrimonio igualitario” y de “identidad de género”, que garanti- zan derechos a homosexuales, travestis y transexuales. Asimismo, se incrementó la esperanza de vida, mientras que descendieron las tasas de fecundidad, lo que ha transformado –y puede hacerlo aún más, prospectivamente– la estructura etaria de la población. En conjunto, todas estas transformaciones dejaron atrás aque- lla forma de organización social y familiar: el modelo de mujeres que actúan como madres, cuidadoras y amas de casa de tiempo completo como forma de estructuración del cuidado extendida o incluso de seable para buena parte de la población. Por supuesto, semejantes cambios generaron nuevas demandas y requerimien- tos a las instituciones públicas y privadas. ¿En qué medida el Es- tado, mediante arreglos normativos e institucionales, se adaptó a las nuevas necesidades surgidas a partir de las transformaciones sociales? A lo largo de las próximas páginas exploraremos dicho interrogante. Pero antes, cabe señalar someramente qué entende- mos por “cuidado”. El cuidado es un elemento central del bienestar humano, pero sus límites son particularmente difíciles de establecer en una defi- nición. Si hasta la década de 1980 la noción de “cuidado infantil” se enmarcaba en los estudios sobre el trabajo reproductivo, y su consideración en la esfera de lo público estaba asociada en mayor medida a la dotación de servicios para mujeres trabajadoras, en los años noventa comenzó a delinearse un giro en su conceptua- lización. El cuidado fue pensado en términos de una ética en las 18 el cuidado infantil en el siglo xxi relaciones interpersonales, y por último fue reconocido con un enfoque más amplio e integrador, que consideraba la acción y la agencia de las personas en el sostenimiento de su entorno. Así, Joan Tronto (1993: 103) definió el cuidado como “las actividadesde la especie que incluyen todo lo que hacemos para mantener, continuar y reparar el mundo en el que vivimos, haciéndolo lo mejor posible”. Una descripción interesante y extensa, que en- tiende el cuidado como toda acción que pueda ser calificada como sustantiva para mejorar nuestro entorno y que excede las relaciones interpersonales. En 2000, Mary Daly y Jane Lewis pre- sentaron una definición del concepto de “cuidado social” algo más acotada, que abarca las distintas interacciones personales e institucionales. Para ellas, el cuidado involucra: “Las actividades y relaciones orientadas a alcanzar los requerimientos físicos y emo- cionales de niños y adultos dependientes, así como los marcos normativos, económicos y sociales dentro de los cuales estas son asignadas y llevadas a cabo”. Con esta interpretación, asumimos que en las actividades de cuidado participan, de forma directa o indirecta, no sólo las fami- lias y hogares, sino también el Estado –mediante la provisión de servicios, la regulación de los tiempos del trabajo remunerado o la transferencia de ingresos–, el mercado, las empresas –por me- dio de la provisión de empleo y servicios mercantiles– y diversas organizaciones de la comunidad (Razavi, 2007; Faur, 2009). Parti- mos del supuesto de que, aun cuando en la provisión de cuidado intervienen distintas instituciones públicas y privadas, el Estado cumple un papel central, ya que actúa simultáneamente como un agente proveedor de servicios y como un ente regulador de las contribuciones de otros “pilares del bienestar” (en términos de Esping-Andersen, 1990): el mercado, las familias o las asociacio- nes civiles en dicha oferta. De modo que el objeto del libro no es el cuidado definido como una tarea y una práctica individual (o a lo sumo interpersonal), sino más bien como el tramado social que interviene y atraviesa esas actividades. Nos adentraremos, entonces, en la exploración de la organiza- ción social y política del cuidado infantil en la Argentina, entendido este como la configuración que surge del cruce entre las institu- introducción 19 ciones que regulan y proveen servicios de cuidado y los modos en que los hogares de distintos niveles socioeconómicos y sus miem- bros acceden, o no, a ellos (Faur, 2009). Este abordaje convierte el cuidado en una categoría relevante del análisis social. Al mismo tiempo, supone una mirada crítica sobre cómo inciden las políticas sociales en la dinámica de los hogares y en las relaciones de género. En primer lugar, introduce la cuestión del cuidado en el examen de dichas políticas, incluso cuando estas no lo plantean en su diseño ni en su implementa- ción. En segundo término, vuelve visible el impacto de género que estas intervenciones acarrean, en la medida en que –por ac- ción u omisión– o bien asocian a las mujeres-madres con el cui- dado infantil y el cuidado infantil con una actividad propia del ámbito privado-familiar, o bien buscan garantizar la provisión de servicios que permitan delegar parte de esos cuidados en otras instancias, lo que facilita una mayor autonomía de las mujeres y su posible inserción en el mercado de trabajo remunerado. La categoría de cuidado nos coloca frente a un problema clásico de la sociología: la relación entre sujetos y estructuras, entre perso- nas e instituciones, que cobra otro carácter cuando incorporamos un enfoque de género. Por un lado, la orientación de las políti- cas estatales se sustenta en determinados supuestos acerca de los sujetos a quienes están destinadas, imágenes que delimitan sus derechos y responsabilidades (por ejemplo, los de las madres tra- bajadoras o los de las madres pobres). En ese acto, las instituciones determinan qué roles, funciones y responsabilidades atañen a los distintos grupos (en ocasiones, amplían derechos sobre la base de la universalidad; otras veces, agudizan de sigualdades preexisten- tes). De modo complementario, son los individuos (de acuerdo con sus necesidades y posibilidades) quienes, en última instancia, interpretan y resignifican esas estructuras, de modo que el orden definido por medio de las instituciones es materia de constante transformación. La propuesta del libro, entonces, invita a comprender la organi- zación social y política del cuidado infantil en el contexto argen- tino, entendida esta como la configuración dinámica de la ofer- 20 el cuidado infantil en el siglo xxi ta de servicios estatales, mercantiles, comunitarios y familiares, y como el modo en que distintos actores y hogares se benefician de ellos. Esta perspectiva coloca al cuidado como una puerta de en- trada que nos permitirá examinar el estado de la protección social en nuestro contexto, los supuestos sobre los cuales se sustenta, cómo se definen las relaciones sociales de género ya entrado el tercer milenio, y cómo se persigue –o no– la igualdad de opor- tunidades y derechos entre géneros, y entre mujeres y niños de distintas clases sociales. Nuestra principal hipótesis es que, en la Argentina, la organiza- ción social del cuidado infantil refleja y reproduce de sigualdades de clase entre mujeres (al asignar diferentes responsabilidades y beneficios a madres de distintos grupos socioeconómicos) y entre niños (al proveer distintos tipos y calidades de servicios de cuidado a niños de distinta inscripción social, en lugar de proveer “igualdad de oportunidades”). En el plano de la realidad, debemos tener en cuenta que, en un país que se ha tornado altamente de sigual en el terreno socioeconómico y que, pese a las significativas mejoras recientes, continúa albergando un alto porcentaje de la población en situación de pobreza, la intervención estatal presenta una di- versidad de rostros para el abordaje de distintos grupos y sujetos. Desde esta perspectiva, el cuidado infantil aparece como un terri- torio en el que las históricas de sigualdades de género se acentúan, en especial entre la población más pobre, a riesgo de reproducir de sigualdades socioeconómicas. De ahí se desprende la metáfora que se integra al título de este volumen, y que sintetiza su argumen- to: los malabares, las mujeres malabaristas. Hoy en día, las políticas públicas descansan en los verdaderos malabares que, de forma co- tidiana, realizan las mujeres. Por consiguiente, es necesario revisar esos supuestos, esas dinámicas, esa configuración. El primer capítulo del libro es conceptual, presenta los antece- dentes teóricos en torno al cuidado, así como sus víncu los con la literatura sobre los regímenes de bienestar y las teorías feministas, y propone establecerlo como una categoría de análisis social. Así, se busca poner en diálogo la perspectiva teórica y el contexto so- cioeconómico y demográfico de la coyuntura nacional, a fin de introducción 21 aportar el mapa conceptual necesario para profundizar el aná- lisis de la organización social y política del cuidado para el caso argentino. En el capítulo 2, la investigación se ubica en el nivel microso- cial, para indagar cómo los hogares, las familias y especialmente las mujeres-madres organizan el cuidado de sus hijos e hijas me- nores de 5 años, compatibilizándolo –o no– con su participación en el mercado de trabajo remunerado. Ese estudio refleja un con- junto de estrategias que van desde la persistencia del modelo de “madres de tiempo completo” hasta la institucionalización de la atención de los niños por medio de jardines de infantes estatales o privados. Desde las perspectivas de los hogares, esa exploración permitirá identificar la participación de las instituciones públicas y privadas en el cuidado de niños y niñas menores de 6 años, y contrastar la oferta de servicios con el análisis de su demanda real y potencial, lo que destaca la situación particular de los sectores populares urbanos en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). A partir de ahí es posible dilucidar en qué medida las mujeres del AMBA se perciben como sujetos de derecho en torno al cuidadoinfantil. En los capítulos 3, 4 y 5 se realiza un ejercicio de lectura trans- versal sobre una serie de políticas, planes y programas sociales implementados en la Argentina entre 2002 y 2010. El objeto de esta revisión es evaluar las respuestas institucionales disponibles frente a las nuevas necesidades de cuidado social, y explorar en qué medida el Estado regula o provee servicios para garantizar el cuidado infantil. Se analizan el diseño y la implementación de acciones o intervenciones políticas que funcionan en distintos ni- veles y con distintos destinatarios, e impactan, de forma directa o indirecta, en la organización del cuidado. Dicho análisis permite indagar cómo las políticas sociales contemporáneas definen –o no– el cuidado como un derecho. En el capítulo 3, se examina la regulación legal del víncu lo entre mercado de trabajo y cuidado. Se analiza, en particular, la legislación laboral argentina en relación con los derechos protegi- dos para el cuidado infantil: la regulación de servicios, beneficios o transferencias, los criterios de elegibilidad para acceder a ellos, 22 el cuidado infantil en el siglo xxi y los resultados de su puesta en práctica en torno a la estratifica- ción (o fragmentación) de los derechos de ciudadanía. Asimismo, se explora su relación con los arreglos de trabajo y cuidado de trabajadores del sector formal de la economía. El capítulo 4 se adentra en el análisis de tres programas de alivio de la pobreza aplicados en la Argentina en la primera década del siglo XXI, y destinados a hogares pobres con hijos menores de 18 años: el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, el Programa Fa- milias por la Inclusión Social y la Asignación Universal por Hijo. Partiendo de un análisis de género de dichas intervenciones, se reconstruye el modo en que el Estado interviene en la interacción entre familia, trabajo y políticas sociales, y define responsabilida- des en torno al cuidado. El capítulo 5 abre un nuevo espectro al indagar el diseño, las regulaciones, las lógicas institucionales y la cobertura de los ser- vicios de cuidado infantil en el país. Se trata de instituciones del sector educativo en el nivel inicial –jardines de infantes y ma- ternales– y algunas ofertas alternativas, como los centros de de- sarrollo infantil y los jardines comunitarios. Se entiende el “cui- dado fuera de casa” como un “modelo para armar”. El análisis empírico concluye explorando las oportunidades y los de safíos para la provisión de servicios públicos que permitan desfami- liarizar y desmercantilizar el cuidado de niños y niñas hasta los 5 años. En este punto, contaremos con la información (a nivel macro) necesaria para reinterpretar los datos empíricos recaba- dos en el AMBA y analizados en los capítulos 2 y 3, e hilvanar las distintas partes del libro. De esta manera, El cuidado infantil en el sigo XXI explora, desde distintos intersticios y perspectivas, cómo se organizan los cuida- dos de niños y niñas desde el nacimiento hasta los 5 años en la Argentina contemporánea. El texto propone un análisis dinámi- co de la oferta y demanda de servicios de cuidado infantil en el país, y hace foco sobre las necesidades y estrategias de las familias de sectores populares y medios, con hijos pequeños. Forma parte de su de sarrollo el examen del diseño, los enfoques prevalentes, los derechos protegidos y las coberturas de servicios de cuidado infantil de la oferta institucional (sin descontar los modos en que introducción 23 estos “proveedores de cuidado” entienden el papel social que de- sempeñan). Y, por último, en las conclusiones, se recuperan los principales hallazgos de la investigación y se identifican los desa- fíos en torno a la construcción de una política de cuidado infantil integral, sustentada en los principios de derechos universales para niños, niñas, hombres y mujeres en la Argentina contemporánea. estrategia metodológica La investigación se basa en la producción y el análisis de infor- mación primaria y secundaria a partir de una triangulación me- todológica. Los diseños y coberturas de políticas se examinaron a partir del análisis de leyes, regulaciones, planes y programas estatales, y la sistematización y análisis de datos cuantitativos. El análisis sobre planes y políticas educativas se complementó, a su vez, con diez entrevistas en profundidad a actores vinculados al proceso de discusión de la Ley Nacional de Educación (deci- sores) y con trece funcionarios y directivos a cargo de políticas, principalmente educativas, lo que suma un total de veintitrés entrevistas a decisores. Estas entrevistas fueron financiadas por el UNRISD y desarrolladas con la asistencia de Lovissa Ericson. Para ahondar en la relación entre la oferta y la demanda de servicios de cuidado, recuperamos el relevamiento de dos inves- tigaciones previas, de corte cualitativo, de sarrolladas entre 2007 y 2009. Por un lado, recorrimos dos barrios del AMBA (La Boca y Ba- rrufaldi). Allí entrevistamos a treinta y un hombres y mujeres con niños de hasta 5 años para conocer las estrategias de cuidado que de sarrollaban, y a veinte mujeres que se de sempeñaban en ser- vicios de cuidado (directoras, docentes, supervisoras y adminis- trativas de jardines de infantes, centros de de sarrollo infantil y jardines comunitarios). Por otro lado, recuperamos un corpus de treinta y dos entrevistas a trabajadores y trabajadoras de distintos niveles ocupacionales, incluidos responsables de áreas de gestión de recursos humanos, en ocho empresas del AMBA, que permiten 24 el cuidado infantil en el siglo xxi enriquecer la perspectiva, ampliar el abanico socioeconómico de los entrevistados y sumar la mirada de la gestión de las empresas.1 En ese entretejido, identificar y analizar la relación entre la oferta de servicios de cuidado infantil y su demanda nos permiti- rá conocer las condiciones de vida de las mujeres y los niños, las formas en que el Estado se ha adaptado (o no) a los nuevos roles sociales, públicos y familiares de las mujeres contemporáneas, e iluminar la situación de las instituciones y la cultura (en térmi- nos de la valoración del cuidado como bien social, y de la igual- dad de derechos como horizonte político) en nuestro contexto particular. A lo largo del análisis, se procuró de sarrollar un lenguaje inclusi- vo pero, a fin de no hacer tediosa la lectura, en muchos casos se optó por el uso del masculino sin distinción de género. 1 La primera de estas investigaciones se enmarca en un proyecto lleva- do adelante en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), Unpfa y Unicef (véase Faur, 2012). La segunda, en una investigación del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social y la Cepal (véa- se Faur y Zamberlin, 2008). 1. La organización social y política del cuidado “Ahora todo el mundo habla de cuidado”, observó, con justeza, una funcionaria de la cancillería argentina que estaba a cargo de organizar unas jornadas internacionales sobre trabajo y género. En efecto, al día de hoy, en los países de Europa y Nor- teamérica, y de manera creciente también en América Latina, el análisis del “cuidado” se ha convertido en un campo de estudio específico. Pero ¿acaso todo el mundo habla de lo mismo cuando –desde el mundo académico o el político– se refiere al cuidado? El estudio sobre el cuidado se ha utilizado principalmente: a) para dar cuenta de la experiencia de vida de las mujeres; y b) como una herramienta analítica de las políticas sociales (Daly, 2001). Por una parte, los estudios dedicados a caracterizar la car- ga y distribución de trabajo que supone el cuidado en el nivel micro aplican –y perfeccionan– metodologías para la medición del uso del tiempo que se destina a las tareas reproductivas y de cuidado de personas. Para eso, se de sarrollan encuestas represen- tativas que buscan ponderar el tiempo que hombres y mujeres dedican a actividades remuneradas y no remuneradas, la carga total detrabajo de unos y otras, la variación en la inversión de tiempo de trabajo doméstico o de cuidado en distintos tipos de hogares, según clase social y disponibilidad de servicios públicos, entre otras dimensiones (Budlender, 2007; Esquivel, 2012; Agui- rre y Batthyány, 2005, entre otros). Los resultados de las encuestas de uso del tiempo son más elocuentes (o literales) que sorpren- dentes: en todos los contextos, la participación de las mujeres en tareas domésticas no remuneradas y su costo horario en este tra- bajo no sólo es mayor al de los hombres, sino que es, también, sig- nificativamente más importante que su aporte general al mundo 26 el cuidado infantil en el siglo xxi del trabajo remunerado. Esto demuestra que la visión tradicional de las mujeres como esposas, madres y cuidadoras entra en ten- sión con su autonomía, en especial cuando ingresan al mercado de trabajo remunerado (Jelin, 2010). Por otra parte, los análisis del nivel macro conllevan otros de safíos conceptuales y metodoló- gicos, que involucran el examen del papel del Estado en la organi- zación social del cuidado, y constituyen el marco analítico sobre el cual se asienta nuestra investigación. Para abarcar esta dimensión, utilizaré el concepto de “organización política y social del cuida- do” a fin de aludir a la configuración que surge del cruce entre las instituciones que regulan y proveen servicios de cuidado y los modos en que los hogares de distintos niveles socioeconómicos y sus miembros acceden, o no, a ellos. Poner en juego la relación entre la oferta y la demanda, así como sus marcos institucionales y sociales, constituye –creemos– un enfoque apropiado para en- riquecer los análisis acerca del bienestar, comprender procesos que han experimentado rápidos cambios en los últimos años en la Argentina e identificar los de safíos pendientes. En este capítulo, revisamos aquellos aportes teóricos que, par- tiendo de las teorías sobre el género,2 el Estado y el bienestar, colocaron el cuidado en el debate contemporáneo. Se analizan a la luz de la experiencia argentina, en busca de realizar una con- tribución que, en términos teóricos, resulte pertinente para com- prender y explicar la organización social y política del cuidado en el contexto de nuestro país (análisis que es abordado empírica- mente en los capítulos siguientes). El abordaje integral del cuidado nos permite identificar un pun- to de cruce entre el terreno personal (la organización diaria de 2 Se entenderá el “género” como una construcción histórica y social. Un entramado de significados y prácticas que cruzan las relaciones so- ciales y se ponen en acto no sólo en la esfera individual –incluidas la subjetividad, la construcción de identidades y la forma, culturalmente signada, de habitar los cuerpos–, sino también en la social –influ- yendo, por lo tanto, en la división sexual del trabajo, la distribución de los recursos materiales y simbólicos, los víncu los emocionales y la definición de jerarquías entre hombres y mujeres–. la organización social y política del cuidado 27 la vida individual y familiar) y las estructuras sociales, ambos bajo la orientación regulatoria de las políticas públicas. Revisemos, en- tonces, los principales conceptos que nos ayudarán a hacerlo. los orígenes del concepto de “cuidado” Como punto de partida para comprender la organización social del cuidado en nuestra sociedad, es preciso remontarnos a su configuración histórica, y entender la marcada distinción entre lo público y lo privado que ha operado por siglos en el mundo oc- cidental. En términos políticos, fue John Locke (el “padre del li- beralismo”) quien, en el siglo XVII, sentó el fundamento teórico de dicha separación de esferas y estableció la necesidad de discri- minar el poder político (público) del poder paternal sobre los hijos, hijas y esposas (del orden privado y familiar), mientras las mujeres aún participaban activamente en la producción de bienes y servicios. Con la llegada de la revolución industrial, la fractura entre estas esferas se profundizó y disoció de manera tajante, ade- más, los ámbitos de producción y reproducción: “la casa” y “el trabajo”. La función productiva, que solían cumplir las familias, se vio desplazada hacia la esfera pública, con nuevas reglas y esca- las de funcionamiento, eficacia y competencia, y la reproducción cotidiana y generacional de los individuos (y con ella, la satisfac- ción de las necesidades cotidianas de la mano de obra laboral) se ciñó al espacio doméstico y a la responsabilidad de las familias. Así, la ideología del liberalismo político dio pie al de sarrollo del capitalismo de mercado. Los hombres, entonces, fueron convoca- dos a “salir” de la esfera doméstica –y el modelo de producción a pequeña escala– e ingresar al pujante sector industrial y sumar a su papel de “jefes de familia” el de “proveedores de ingresos para el hogar”. A partir de esta dinámica, se construyó el modelo de trabajador (industrial y de tiempo completo) en clave masculina: sobre la imagen de un sujeto empleado de por vida, y único sos- tén económico del hogar –el llamado male breadwinner–. Por lógi- ca, esta responsabilidad eximiría a los hombres de participar en 28 el cuidado infantil en el siglo xxi las tareas del hogar y de crianza, labores asignadas a las mujeres como principales responsables del funcionamiento del mundo “privado”. En el orden legal, las personas con potestad en el mun- do público eran consideradas seres autónomos y con derecho a la propiedad individual, mientras que las mujeres quedaban exentas de esa consideración. La familia, por su parte, quedaba constitui- da como un espacio hipotéticamente “benigno”, “un paraíso en un mundo descorazonado”, un lugar ideal en que el Estado no debía intervenir. A pesar de eso, el Estado siempre intervino en las familias mediante la regulación del matrimonio, la sexualidad, la definición sobre los hijos “legítimos”, la potestad sobre ellos e, incluso, mediante la invisibilización que durante siglos operó en relación con la violencia (contra las mujeres y contra las niñas y niños) acaecida en el ámbito del hogar. De esta manera, se deli- mitaron y solidificaron, por más de dos siglos, funciones, espacios, actividades y derechos diferentes para hombres y mujeres. La justificación de tal división territorial en términos de género estaría fundamentada en la “naturaleza” y no en la cultura: la capa- cidad reproductiva de las mujeres servía de sustento a la creencia (o mito social) de la “superioridad moral” femenina, entendida la mujer no como una persona racional y autónoma, sino como un ser esencialmente preocupado por los otros, de modo de sostener su protagonismo doméstico y su exclusión del mundo público. Por otra parte, la diferenciación de roles configuraba –y se apoyaba en– un orden valorativo, que socializaba a unos y otras a partir de la convicción de que el espacio doméstico y privado era el apropia- do para las mujeres. Al respecto, el autor del informe más comple- to sobre el Estado en Gran Bretaña escribió: “La gran mayoría de las mujeres casadas deberían ser consideradas como empleadas en un trabajo que es vital (aunque impago), sin el cual sus maridos no podrían cumplir las obligaciones de sus trabajos remunerados ni la nación podría seguir adelante” (Beveridge, 1944). Ellas, ab- negadamente y por fuera de todo rédito histórico, sostendrían en silencio el funcionamiento de la economía y de “la nación” duran- te décadas. Menuda tarea… Sin embargo, esta división entre los dominios masculinos y fe- meninos fue puesta de manifiesto y cuestionada por la academia la organización social y política del cuidado 29 feminista, y con eso se establecieron los primeros cimientos del campo que hoy nos ocupa: el estudio sobre la organización social del cuidado. Desde la década de 1960, la teoría y las prácticas del feminismo insistieron tenazmente en la necesidad de visibilizar y reconocerel trabajo que venían de sarrollando las mujeres en el ámbito del hogar, motor indispensable para el sostén generacional y cotidia- no de la mano de obra laboral y del sistema económico. Claude Meillassoux (1977), un importante antropólogo francés, de sarrolló una contribución teórica que fue central para la teoría feminista.3 Desde una tradición marxista, elaboró una interpretación de la re- lación entre “modos de producción” y “modos de reproducción”, comprendiéndolos en su víncu lo con las estructuras y dinámicas del parentesco. Al promediar los años setenta, el debate académi- co y público se centró en la distinción entre el trabajo productivo y reproductivo, a fin de echar luz sobre la labor que las mujeres de sarrollaban en la esfera privada y no remunerada, contrastarla con el predominio masculino en el mundo productivo industrial y explicitar los obstácu los que las mujeres enfrentarían a lo largo de su ciclo vital a causa de su confinamiento doméstico. El debate so- bre el denominado “trabajo doméstico” y “reproductivo”, posterior- mente de signado también como “trabajo no remunerado”, pronto se extendió desde los países del norte hacia los del sur de nuestro continente (Larguía y Dumoulin, 1976; Barbieri, 1978; Jelin, 1978). Así, desde el campo de la antropología y la economía, y con un enfoque multidisciplinario, se cuestionó con firmeza el paradigma según el cual el ámbito privado es un espacio en el que no se “pro- duce” nada. ¿Qué se produce en el interior de lo doméstico? Pues nada menos que las condiciones de vida cotidiana de los seres hu- manos, por ende: la “fuerza de trabajo”, y aquellos aspectos más di- rectamente ligados a la salud física, emocional y psicológica de los sujetos que la integran e integrarán. La esfera doméstica fue defini- 3 Ese libro fue publicado en francés en 1975, y por primera vez en espa- ñol en México, en 1977. Sobre los antecedentes teóricos del concepto de cuidado y la relevancia del trabajo de Meillasoux en la década de 1970, sigo aquí el artícu lo elaborado en Esquivel, Faur y Jelin (2012). 30 el cuidado infantil en el siglo xxi da, entonces, como espacio de “reproducción biológica, cotidiana y generacional” de la sociedad. Pero al haber sido el espacio priva- do, durante tanto tiempo, una esfera devaluada en contraste con el mundo público, mientras los modos de producción se encontraban sobradamente estudiados desde distintas disciplinas, poco y nada se había investigado sobre los modos de reproducción. A partir de entonces, se introdujeron las nociones de “trabajo reproductivo” y “no remunerado”, se discutió en la teoría y en la práctica la visión economicista y androcéntrica del concepto de “trabajo” –entendi- do sólo a partir de su retribución económica–, y se sentaron las bases teóricas y epistemológicas para los actuales abordajes sobre el cuidado. Abordajes que hoy se de sarrollan, en mayor medida, en los campos de la economía feminista y del análisis de las políticas sociales a partir de un enfoque de género. Quizás el principal aporte de esta línea de investigación fue, en principio, problematizar y discutir la concepción hegemónica del concepto de “trabajo”. Por tradición, la literatura de análisis socioeconómico solía –y suele hoy día– asumir que el significado del término “trabajo” se define en la medida en que está asociado a tareas por las que se percibe un ingreso o un salario. No obs- tante, el feminismo llamó la atención sobre el hecho de que las tareas llevadas a cabo en el espacio del hogar (principalmente por mujeres), y caracterizadas por algunas escuelas de la economía como “no trabajo”, encubrían una serie de actividades esencia- les para el bienestar, la salud y las capacidades psicofísicas de los miembros de la familia (Feijoó, 1980). En definitiva, se trataba de un trabajo indispensable para el funcionamiento de la sociedad capitalista que, a diferencia de otros sectores, no producía bie- nes acumulativos, y debía de sempeñarse cada vez y en cada lugar que se lo requiriera. Según el enfoque “productivista”, estas acti- vidades daban cuenta de la “inactividad” femenina, pero, si se las pondera en función del tiempo que llevan, las competencias que implican y la utilidad social que rinden, es evidente que deben ser consideradas un trabajo.4 4 Del mismo modo, en la actualidad, cuando se hace referencia a la la organización social y política del cuidado 31 En plena década de 1970, además de ser “amas de casa”, las mujeres ya estaban insertas en el mundo productivo, universitario y profesional. Pero he ahí un núcleo del problema: las investiga- ciones de campo denunciaban que el ingreso de las mujeres al mundo del trabajo remunerado no suponía una transformación equivalente en la asignación de tareas domésticas, sino que estaba sujeto a procesos y necesidades en los que intervenían cuestio- nes familiares y de organización de sus hogares, donde los varo- nes seguían considerándose sujetos ajenos a la responsabilidad de los cuidados cotidianos en el ámbito familiar.5 Vale decir que, desde el lado de la oferta, la capacidad de trabajo femenino se encontraba mediatizada por la necesidad de articular su partici- pación en el mercado laboral con sus responsabilidades domés- ticas y vinculares. Esto confluía no sólo en la constante tensión entre los requerimientos de la familia y el trabajo durante el día, sino además en la circularidad de la jornada femenina (la “doble jornada”), en la que el trabajo en el mercado remunerado era se- guido por la actividad doméstica (hacer las compras, preparar la comida, cuidar a los niños). En algunos casos, a estas dos jornadas se adicionaba una tercera –sobre todo entre las mujeres pobres–: la participación en actividades comunitarias. Por otra parte, desde la óptica de la demanda de empleo, la inclusión de las mujeres en el mercado competitivo fue promovida masivamente en aquellas labores que extendían las actividades domésticas y de cuidado a la esfera pública y mercantil –esto es, como maestras, enfermeras, costureras y trabajadoras del servicio doméstico–, perpetuando así los estereotipos de género. De resultas, la asignación histórica de la responsabilidad doméstica y de cuidados a las mujeres se com- binó con su segregación en las ocupaciones del mundo público. “economía del cuidado” se busca establecer aquellos aspectos que generan, o contribuyen a generar, valor económico. Véase Rodríguez Enríquez (2007). 5 Además de los resultados de las encuestas de uso del tiempo, otras investigaciones de corte cualitativo como las de Ariza y De Oliveira (2003), Wainerman (2003b) y Faur (2006) dan cuenta de que aún persiste ese de sequilibrio en las responsabilidades masculinas frente a la labor doméstica y de cuidado. 32 el cuidado infantil en el siglo xxi El cuestionamiento de esta asignación sexual y social del trabajo reproductivo y doméstico no remunerado –ya sea por parte del feminismo académico o de una comunidad dada– supuso, como punto de partida, sacarlo a la luz, hacerlo visible, cuantificarlo, re- velar su incidencia en el nivel macrosocial como integrante de la organización social y económica, cuestionar la caracterización de un sistema de bienestar que lo omitía en su consideración sobre el trabajo y, en definitiva, mostrar y probar aquello que se imponía en la realidad social: que el cuidado, aparte de cualquier consi- deración contextual, se asociaba a las mujeres, sobre todo a las madres, y que cierta ideología maternalista (que supone a la madre como “la mejor cuidadora posible”) atravesaba cotidianamente las identidades de género, la vida de las familias y la organización de la economía y las instituciones nacionales. Por último, en términos de autonomía económica, pero también de poder y de acceso a los derechos civiles y sociales, existían nota- bles diferencias entre aquellas cuya responsabilidad se circunscri- bía a la administración de los espacios domésticos y al cuidadode los miembros de la familia y aquellos cuyo deber concernía a la pro- visión económica del hogar mediante su de sempeño en la esfera pública, y cuyo afán apuntaba –de manera más o menos directa– a la toma de decisiones sobre el devenir de la sociedad. Interpelando la concepción jerárquica en la que se sustentaba el divorcio entre las esferas pública y privada, Carole Pateman (1988) advirtió que en la base de esa estructura se encontraba, ya no un contrato social “entre iguales” (de sexo masculino), como el que proponía Tho- mas Hobbes como fundamento del orden político y social, sino más específicamente un “contrato sexual”, como una declinación de la ideología patriarcal que filtraba ambas esferas. familias, mercados y estado en la provisión de bienestar El ordenamiento social y político construido a partir de la fisura en- tre lo público y lo privado no fue cuestionado por los Estados de bienestar de la segunda posguerra. Hasta ese momento, dos tipos de la organización social y política del cuidado 33 recursos eran tomados en consideración como las fuentes principa- les del bienestar: la generación de ingresos (en tanto sostén material del grupo familiar e indicador de la calidad de vida de sus miem- bros) y la disponibilidad de servicios sociales para la población. La orientación de la política social de buena parte de los países indus- trializados (y, como veremos, también de la Argentina) se centró en los principios de protección de los derechos por la vía del empleo formal. Como no podía ser de otro modo, en esto hubo un recorte específico respecto de cuáles serían considerados derechos sociales, quiénes serían sus titulares y de qué forma debía intervenir el Esta- do para su satisfacción, lo que en conjunto representa un elemento importante para el análisis de la política social desde un enfoque de género, y que pondremos a prueba en las páginas que siguen. Estas perspectivas se ampliaron, matizaron y profundizaron al re- conocer que no pocos Estados de bienestar se habían configurado sobre la base del modelo familiar con un varón proveedor y una mujer ama de casa (Lewis y Ostner, 1991). Los hombres portaban la titularidad de los derechos sociales a partir de su vinculación en el mercado de trabajo. Estos beneficios se extendían a su esposa e hijos, quienes accedían indirectamente a los servicios de salud y a los planes de pensiones en tanto “dependientes” del jefe del hogar. El hecho de privilegiar el estudio de la relación entre el Estado y los mercados arrastró por décadas un punto ciego, de crucial im- portancia: el trabajo doméstico y el cuidado de las personas depen- dientes (en especial los niños, los adultos mayores y los enfermos) eran funcionales, como un supuesto no explícito, tanto a los mer- cados de trabajo como a la provisión de servicios sociales públicos. En consecuencia, la cuestión del cuidado, como necesidad social específica y en relación con la provisión de un conjunto de servicios públicos y privados, quedó desterrada de –o permaneció invisible en– los análisis comparativos, durante largo tiempo. En los estudios de las políticas sociales se produjo un punto de inflexión cuando, en 1990, Gosta Esping-Andersen postuló la noción de “régimen de bienestar”, y resaltó que la producción de bienestar no atañía de forma exclusiva a las políticas estatales, sino que también incluía la articulación entre el Estado y otras instituciones, como el mercado de trabajo y las familias, que inci- 34 el cuidado infantil en el siglo xxi dían igualmente en las oportunidades y en la calidad de vida de la población. Es claro que, al incluir a la familia como uno de los tres pilares en la producción de bienestar, Esping-Andersen recono- ció de forma explícita la necesidad de combinar la mirada sobre la acción del Estado con las formas de organización familiar –ins- titución que solía estar ausente en los análisis clásicos del Estado–. Una preocupación central en la teoría de Esping-Andersen consistió en indagar el alcance de la protección estatal frente al predominio del mercado en las sociedades postindustriales euro- peas: se trataba de evaluar cuánto del bienestar dependía de la participación de las personas en el mercado de trabajo y de la ge- neración de ingresos, y cuán independiente podía ser de esa parti- cipación. En definitiva, el objeto del análisis consistía en apreciar hasta qué punto el bienestar se encontraba “desmercantilizado”, es decir, por fuera del ámbito de intervención de los mercados, y relacionado con los derechos adscriptos a la condición de trabaja- dor como reaseguro de acceso a los bienes y servicios. A partir de este planteo, se buscaba revelar el modo en que la acción estatal intervenía en la estratificación de la ciudadanía mediante políticas que ofrecían beneficios diferenciales a distintos grupos de sujetos (en tanto trabajadores), lo que repercutía en la perpetuación –o transformación– de ciertas situaciones de de sigualdad social en el acceso a beneficios y el cumplimiento de derechos. Este avance teórico resultó, además, un aporte crucial en términos metodo- lógicos, ya que estableció un marco para examinar las políticas y las instituciones sociales (de manera conjunta, interrelacionada y particular) en su provisión de determinados bienes o servicios.6 6 Esping-Andersen de sarrolló una tipología de regímenes de bienestar que propone tres tipos básicos: el régimen conservador-corporativo, en el cual el Estado interviene de forma activa en la protección social, al tiempo que mantiene sistemas de estratificación en el acceso a los derechos sociales y se apoya en la función proveedora de las familias a través de transferencias de ingresos (tipo asignación del “salario familiar”) al jefe de hogar; el régimen liberal, en el que el Estado delega casi completamente la provisión de bienestar al mercado y realiza transferencias de ingresos sólo a las familias de menores recursos económicos; y el régimen socialdemócrata, en el que la protección de de- la organización social y política del cuidado 35 Estas nociones fueron revisadas y ampliadas por la academia feminista, y en especial por las anglosajonas Ann Shola Orloff (1993), Julia O’Connor (1993) y Mary Daly (1994). Al abogar por la desmercantilización del bienestar –sobre la base del análisis de la relación entre mercados y Estados, y el supuesto de que la in- dependencia de la población frente al peso de los mercados iría asociada al aumento de la provisión de servicios por parte del Es- tado–, Esping-Andersen habría omitido el significativo peso que la institución familiar tenía en esa dimensión. Vale decir que las familias, por medio del trabajo no remunerado de las mujeres, contrarrestaban el déficit que se producía en términos de provi- sión de servicios por parte del Estado, y de oferta de empleos por parte de los mercados. De ese modo, el análisis requería una mira- da más refinada, que rindiera cuenta de las relaciones de género que anidaban en el interior de las familias y posibilitaban en bue- na medida el acceso a servicios no mercantiles, pero basados en el trabajo doméstico femenino. Se estableció, así, que el bienestar de las mujeres, en buena parte de los casos, podía encontrarse efectivamente desmercantilizado, pero a costa de depender de los ingresos de sus maridos, de la asistencia social y de renunciar a su participación en el mercado de trabajo (Orloff, 1993; O’Connor, 1993). Al respecto, la crítica feminista subrayó que, para las mu- jeres, el problema no sería sólo el de aspirar a la desmercantiliza- ción del bienestar, sino más bien a superar la dependencia frente a (los ingresos de) sus maridos (Daly, 1994). Esto plantea una segunda cuestión, medular en relación con la autonomía femenina, referida a en qué medida los regímenes de bienestar permiten la “desfamiliarización” de, precisamente, el bienestar (Lister, 1994). La desfamiliarización sería, según Ruth rechos por partedel Estado se asocia a la promoción de la igualdad, y se entiende la intervención estatal como un dispositivo central para transformar las (injustas) reglas de juego del mercado y las jerarquías implícitas en la cultura (entre otras, las de género), a fin de alcanzar un mayor acceso general a los servicios sobre la base de un criterio de universalidad (es decir, de igualdad de derechos y oportunidades para todas las personas). 36 el cuidado infantil en el siglo xxi Lister (1994: 37), “el grado en el cual los adultos pueden alcanzar un estándar de vida aceptable, con independencia de sus relacio- nes familiares, ya sea por medio del trabajo remunerado o de la provisión de la seguridad social”. El análisis de los regímenes de bienestar a través del prisma de la desfamiliarización permitiría, en el tema que nos ocupa, examinar en qué medida las políticas estatales están orientadas a liberar a las familias (y, en especial, a las mujeres) de las responsabilidades y tareas ligadas a esa provi- sión de cuidados “intensivos” en cuanto al tiempo que requieren. De tal modo, la crítica feminista logró de sagregar la idea de familia introducida como parte de los regímenes de bienestar, al identificar la diversidad de intereses, necesidades y oportunida- des de sus miembros; por ejemplo, en la división del trabajo y en la distribución de los recursos en el interior de los hogares. Por tanto, deconstruyó la unidad que la familia hipotéticamente representaba y planteó una serie de supuestos, presentes en la orientación de las políticas públicas, que suelen ser funcionales a las de sigualdades de género. Para eso, puso el foco en el rol asignado por los Estados de bienestar a las mujeres y llamó la aten- ción sobre la injerencia de dichos regímenes en la construcción –y “normalización”– de las relaciones sociales de género. Podemos señalar ahora que la literatura del bienestar más la crí- tica feminista aportan dos conceptos centrales que pueden com- binarse para nuestros propósitos: la noción de desfamiliarización y la de desmercantilización. En relación con el cuidado infantil, la desfamiliarización permite observar el grado en que las políticas públicas facilitan la provisión y el acceso a servicios de cuidado, redistribuyen la función social del cuidado entre distintas institu- ciones públicas y privadas y superan –o no– la visión según la cual las familias (y dentro de estas, las madres) serían las responsables exclusivas de proveer cuidados. De modo que se trata de un apor- te relevante para analizar la orientación de las políticas sociales en materia de igualdad de género. Por su parte, la desfamiliarización puede producirse a costa de un incremento de su mercantiliza- ción, y entonces puede operar profundizando de sigualdades de clase, en la medida en que los cuidados pueden desfamiliarizarse pero con una tenue participación de la oferta pública. Por lo tan- la organización social y política del cuidado 37 to, desde una perspectiva igualitaria en términos de derechos de ciudadanía, es necesario revisar de forma conjunta y articulada los grados de desmercantilización y desfamiliarización del cuidado y del bienestar. las lógicas de los regímenes de cuidado Al introducir la discusión sobre el cuidado como parte de una organización social, se abre un espectro analítico diferente al del trabajo doméstico/reproductivo, en la medida en que nos obliga a trascender el espacio de la esfera privada y considerar el modo en que distintas instituciones estatales y mercantiles actúan como proveedoras de cuidado, y el impacto de esa configuración sobre el bienestar de la sociedad (Faur, 2009). De ahí se desprende que un análisis del bienestar estaría incompleto si se omitiera cómo se produce y organiza el cuidado en una sociedad determinada, y de qué forma intervienen en esa construcción la orientación de las políticas estatales y el funcionamiento de los mercados (de trabajo, de bienes y de servicios), para dar cuenta de cuáles son sus potenciales efectos para los sujetos. Si Estados, mercados y familias intervienen en la provisión de bienestar, es claro que no hay una modalidad unívoca de con- figurar roles, responsabilidades e interacciones de cada una de esas instituciones, sino que estas difieren en contextos históricos y políticos específicos. En esta dirección, las investigaciones del fe- minismo se abocaron a identificar el modo en que la orientación de las políticas sociales (herramientas de uno u otro régimen de bienestar) actúa en la configuración de las relaciones sociales y de género, mediante los mecanismos que les son propios, ya sea con la provisión de servicios y transferencias estatales o bien con la asignación de responsabilidades a las instituciones del mercado, la comunidad y las familias –que, a su vez, muestran de sigualdades en su interior y atribuyen posiciones diferenciales a hombres y mujeres–. Esta labor iluminó una zona inexplorada por gran par- te de los seguidores de la teoría de los Estados de bienestar, al 38 el cuidado infantil en el siglo xxi dar cuenta del rol del Estado en la construcción de determinados modelos familiares y en los efectos que sus políticas tienen sobre la vida de las principales “cuidadoras”, esto es, las mujeres. Ya sea de forma explícita o implícita, la intervención regula- toria del Estado se deriva, entonces, de determinados (pre)su- puestos culturales y políticos acerca de los roles y derechos que se atribuyen a los distintos grupos e individuos que conforman la sociedad. Dichos supuestos orientan la racionalidad de la oferta de servicios, o bien el tipo de respuestas estatales frente a lo que los decisores definen como “necesidades” de la población. Y es así como el Estado deviene en actor protagónico en la construc- ción de un determinado tipo de sociedad. Desde una mirada de género, las políticas de Estado –por acción u omisión– regulan también la intervención de mujeres y varones en los mercados de trabajo, en la vida comunitaria y en los hogares, en tanto atribu- yen diferencialmente responsabilidades de provisión y de cuida- do, responsabilidades que se apoyan en determinados principios ideológicos y morales acerca de lo que unos y otras deben ser y hacer en sus ámbitos de acción e interacción. De ese modo, la orientación política estatal resulta una parte in- trínseca en la conformación de un determinado orden cultural y simbólico (y de sus posibilidades de transformación), a la vez que es producida –e interpelada– por ideales, posiciones ideológicas y prácticas –en algunos casos más o menos visibles– que bien pue- den refutar una forma de organización determinada por cierta estructura naturalizada. Queda claro que, en el listado de necesi- dades, en el establecimiento de prioridades y en la planificación, implementación y regulación de los servicios e intercambios entre individuos e instituciones por parte del Estado, las políticas so- ciales promueven la construcción colectiva de un “perfil” de so- ciedad (Serrano, 2005), que sostiene o cuestiona determinados clivajes de la de sigualdad entre clases sociales y entre hombres y mujeres. Como señala Diane Sainsbury (1999: 246): “Los distintos mode- los [de bienestar] reflejan distintas nociones acerca de las ‘obliga- ciones familiares’ y acerca de cuán apropiada es la intervención estatal en la ayuda a las familias para alcanzar los resultados acor- la organización social y política del cuidado 39 des con sus responsabilidades en la provisión del cuidado”. Cada régimen, partiendo de un sustrato ideológico diferente, tendería a afianzar o transformar la ya histórica división sexual del trabajo que supone a los varones como proveedores y a las mujeres como cuidadoras. Unos y otros configuran lo que Sainsbury denominó como distintos “regímenes de cuidado”, cada uno según sus re- cursos estructurales, políticos y simbólicos.7 El papel de las fami- lias y de sus integrantes en relación con elcuidado infantil, por lo tanto, no traduce una lógica “natural” ni aislada del contexto social y político, sino que se construye y se recorta en un escenario particular. Si buena parte de la literatura de los países industrializados puso esta ecuación de manifiesto, al ampliar la mirada de las investigaciones hegemónicas sobre los regímenes de bienestar, e introducir su consideración y debate en los países en de sarrollo, esta cobra un relieve particular. Por un lado, porque las orienta- ciones de políticas públicas históricamente fueron bastante me- nos estables que las del contexto europeo; por otro lado, porque los mercados laborales sólo de forma parcial lograron niveles 7 Según la tipología propuesta por Esping-Andersen, el régimen conservador-corporativo asocia su lógica política al mantenimiento del paradigma del varón como proveedor principal (o único) de ingresos en la familia, y produce un reforzamiento del rol tradicional de las mujeres como cuidadoras y responsables del trabajo doméstico, incluso entre las trabajadoras. Por su parte, el régimen de bienestar liberal se aparta de las medidas “intrusivas” con respecto a las familias. Heredero de la tradición que disocia las esferas “pública” y “privada”, traslada buena parte de los servicios personales y de cuidado a las fa- milias y las instituciones no estatales, facilitando el acceso a los bienes y servicios de bienestar a los individuos con un mayor nivel de ingre- so. En el régimen socialdemócrata, se promueve la intervención del Estado para modificar las reglas de juego propias de la lógica del mer- cado y se procura, de ese modo, alcanzar mayores niveles de igualdad social y de género. El Estado provee servicios públicos de cuidado y abona los tiempos de cuidado familiar (mediante licencias). Hombres y mujeres pueden ser elegibles para su usufructo (Sainsbury, 1999). Este tipo de régimen parte de los principios que sustentan el modelo que Fraser (1997) propone como “cuidador universal”, y que poten- cialmente amplía las posibilidades de elección de la ciudadanía, con independencia de su género. 40 el cuidado infantil en el siglo xxi de inclusión para los distintos grupos sociales y, en último tér- mino, porque las de sigualdades de género se imbrican con una profunda heterogeneidad social y económica –que, para el caso argentino, analizaremos a continuación–, e impactan no en una, sino en distintas lógicas de bienestar y arreglos de provisión y cuidado. Se requiere, entonces, repensar las categorías y refinar la teoría. Para los países en de sarrollo, Shahra Razavi (2007) introdujo un esquema analítico que denominó “diamante de cuidado”. Esta figura simbolizaría el rol y la interacción de las cuatro institucio- nes centrales en la provisión del cuidado: el Estado, las familias, los mercados y las organizaciones comunitarias, que se articulan –y, eventualmente, se compensan– entre sí. A partir de la pregun- ta sobre cuáles son las respuestas institucionales frente a las nece- sidades de cuidado en distintos contextos (y cuáles los distintos pesos específicos que estos cuatro vértices adquieren en la pro- visión de cuidados), se de senvolvió un proyecto de investigación de alcance global que permitió una mirada comparativa sobre la economía social y política del cuidado en sociedades particulares (Razavi, 2011; Razavi y Staab, 2012). La principal potencialidad de este marco analítico consiste en facilitar una aproximación multisectorial al examen del “régimen de cuidado”, al no limitarse de manera exclusiva a las políticas es- tatales ni al aporte de las familias y hogares, e introducir el impor- tante rol que las comunidades (y organizaciones de la sociedad civil) tienen en los países en los que la pobreza continúa hora- dando las condiciones de vida de la población. Adicionalmente, esta aproximación permite evaluar los costos diferenciales que el cuidado supone para las familias según el peso relativo que los distintos pilares hacen valer en la configuración del “diamante del cuidado”. Sin embargo, su principal limitación sería presu- poner un esquema relativamente estable en cuanto a la función que cada uno de los pilares de bienestar asume en un contexto determinado, ya sea en la regulación o en la dotación de cuidados (Faur, 2009). A la hora del análisis empírico, resulta imprescindible distin- guir entre los “modelos” (en su definición de las políticas socia- la organización social y política del cuidado 41 les y también en su función de reproductores de representacio- nes sociales y culturales) y su efectiva actuación en la división sexual del trabajo (productivo y reproductivo). En tal caso, una pregunta oportuna será si, en sociedades como las latinoameri- canas, y en particular en la argentina, resulta adecuado hablar de un único régimen de cuidado (en términos de Sainsbury, 1996) o de un diamante de cuidado (en el esquema de Razavi, 2007). O bien si identificamos un régimen híbrido, compuesto por modelos superpuestos que se reproducen mediante la ofer- ta segmentada de políticas y de diversa calidad según las clases sociales (Faur, 2011). En definitiva, el papel del Estado es central, al establecer la ar- quitectura institucional en relación con la protección de los de- rechos y la asignación de responsabilidades de la ciudadanía. En materia de cuidado, puede actuar –o no– como un gran nivelador de oportunidades –entre hombres y mujeres, y entre clases socia- les–. Mediante los mecanismos que les son propios, tales como la oferta de servicios, la regulación de los mercados de trabajo (y de los tiempos de dedicación al empleo y al cuidado) y las transfe- rencias de ingresos, las políticas disponen las responsabilidades y los derechos de los ciudadanos y, al mismo tiempo, establecen la estructura de distribución de tales recursos. De ese modo, si las políticas públicas se sustentan en la transferencia de ingresos, mayor será el espacio otorgado al mercado para actuar en la priva- tización de los servicios y al papel de las familias en la producción del capital que les permita acceder a aquellos bienes que el Esta- do no ofrece. También será mayor el papel de las mujeres para proveer servicios que no puedan mercantilizarse (sobre todo, en la atención personalizada del cuidado de los niños) (Faur, 2009). Por el contrario, en tanto las políticas sociales estatales ofrezcan una mayor cantidad de servicios de cuidado, menor será el peso asignado a los mercados y a las familias en la provisión de esa di- mensión central del bienestar. Claramente, las familias y las organizaciones sociales operan amortiguando los vacíos de la intervención estatal y los vaivenes del mercado. El asunto es que, para desfamiliarizar esta tarea, otras instituciones (públicas) deberían ofrecer los servicios que 42 el cuidado infantil en el siglo xxi releven a las familias (y en especial a los adultos trabajadores) durante parte de la jornada. Además, si la desfamiliarización no logra asociarse a la desmercantilización del cuidado, la capacidad de los hogares pobres (y, dentro de ellos, de las mujeres) de dele- gar funciones de cuidado durante parte de la jornada, y de sumar- se al mercado de trabajo remunerado, se ve limitada. Estas tendencias pueden coexistir (y, de hecho, lo hacen) en con- textos particulares. Por lo tanto, el análisis de las instituciones de la política social –y desde nuestro interés particular, del modo en que el cuidado infantil se suma al conjunto de los servicios garantiza- dos por el Estado– debe reflejar la heterogeneidad del sistema de la oferta pública en un contexto nacional particular, signado por continuidades y rupturas (y aun por visiones encontradas), tanto como relevar y distinguir los víncu los que establece el Estado con las otras instituciones proveedoras de bienestar social: las familias, los mercados y la comunidad. Es cuestión de efectuar una lectura transversal acerca de las diferentes institucionesy actividades que se realizan de forma sostenida en una sociedad determinada, que, lejos de ser “privadas”, van tejiendo una red singular de relaciones que suponen una importante inversión de tiempo y recursos y, por ende, una nada desdeñable capacidad productiva. ¿Cómo se configuró, en la Argentina, el modelo de bienestar y cuidado? Para explorar este interrogante debemos analizar las tra- yectorias del bienestar en la Argentina contemporánea, así como las transformaciones de la interacción entre familias, trabajo, cui- dados y relaciones sociales de género. vaivenes del bienestar, el trabajo y el cuidado en la argentina A menudo el país fue considerado pionero en América Latina en el de sarrollo de un sistema de protección social que combinara tan- to instituciones públicas como privadas. Los estudios inspirados en la tipología de Gosta Esping-Andersen caracterizaron el régimen de bienestar argentino vigente durante buena parte del siglo XX la organización social y política del cuidado 43 como un modelo “universalista estratificado” (Filgueira, 2005).8 La estratificación no sólo era socioocupacional, sino que también portaba componentes de género. El acceso a los derechos sociales reflejó la prevalencia de un modelo de familia de hombre provee- dor y mujer cuidadora, en que buena parte de las mujeres accedía indirectamente a los servicios de salud y los planes de pensiones por ser dependientes de sus parejas. Por otro lado, a las empleadas en el mercado formal de trabajo, con hijos menores, la legislación laboral les permitió ampliar sus derechos, asentados ante todo en su condición de “madres”, y mucho antes de alcanzar la igualdad de derechos civiles. Así, el reconocimiento de la existencia de tareas “propias” de la maternidad fue lo que inicialmente posibilitó que a las trabajadoras –no como ciudadanas, sino como madres– se les asignaran beneficios como las licencias por maternidad y servicios de cuidado –o “guarderías”– para sus hijos menores (aunque no se proveyeran de forma extendida). Como veremos en el capítu- lo 3, esto contribuyó a institucionalizar la asignación (a ellas, no a los hombres) de la responsabilidad de satisfacer las necesidades de cuidado familiar, afianzando así el “maternalismo político” (Nari, 2004; Barrancos, 2007). Es decir que, incluso durante los “años do- rados” de la política social argentina, la familia mantuvo un papel preponderante en relación con el cuidado y con la reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo; esto tuvo claras implicaciones para la autonomía de las mujeres y las relaciones sociales de género. Sin embargo, desde entonces, en la Argentina se produjeron profundas transformaciones políticas, demográficas, económicas y culturales que modificaron la interacción entre las familias, los mercados de trabajo y las relaciones de género, y afectaron la or- ganización social del cuidado. 8 Altos niveles de cobertura de seguridad social para los trabajadores y sus familias, una matrícula educativa prácticamente universal para el nivel primario y la garantía de acceso a los servicios básicos en el sistema de salud permitieron a los analistas tildar de “universalista” a un sistema que, durante casi un siglo, logró brindar los beneficios de la seguridad social a gran parte de la población, aunque su alcance estuviera estratificado según el lugar de cada quien en la escala ocu- pacional y social. 44 el cuidado infantil en el siglo xxi En las décadas de 1970 y 1980, los cambios en la vida familiar y el mundo del trabajo comenzaron a profundizarse. Las muje- res adquirieron mayores niveles de autonomía a partir del incre- mento de sus niveles educativos y de su participación económica y social, y más tarde, con la recuperación de la democracia y la ampliación de sus derechos civiles. Estos procesos colaboraron de manera progresiva a producir una serie de modificaciones en la conformación tradicional de las familias y los hogares. En este sentido, en primer término se puede señalar un incremento de la edad promedio de la primera unión y de la llegada del primer hijo, así como un notable aumento del índice de divorcios y unio- nes consensuales (Jelin, 2010). En segundo lugar, se constata una disminución de las tasas de fecundidad y del número de hijos pro- medio por mujer,9 y un aumento del número de familias mono- parentales –en especial aquellas encabezadas por una mujer–, así como una disminución cuantitativa de las familias extensas, aun- que su proporción continúe estable en los sectores populares (To- rrado, 2003; Unpfa, 2009). Por último, es notorio el crecimiento de los hogares unipersonales, en especial en las áreas urbanas y los quintiles de ingresos más altos (Jelin, 2004). Estas transformaciones se conjugaron, en el mismo período, con ciclos de sucesivas crisis, reformas estructurales y, en definitiva, agudas oscilaciones en la orientación de las políticas sociales, en la capacidad de protección de los mercados de trabajo y en los resulta- dos de esta ecuación en términos de bienestar para los hogares del país. Hacia finales de la década de 1970, se implementó una serie de políticas que debilitaron la protección social por la vía del em- pleo y la estructura y el financiamiento de los programas del Estado en materia de salud, educación y derechos laborales. El punto de inflexión de este proceso se puede ubicar en 1976, con la instaura- ción de la última dictadura militar en la Argentina.10 9 Pese a estas tendencias generales, existe una fuerte relación entre el nivel socioeconómico de las mujeres y el índice de fecundidad. Véase Unpfa (2009). 10 El gobierno de facto optó por una radical transformación de la estructura socioeconómica, y activó lo que Cortés y Marshall (1993) la organización social y política del cuidado 45 Con la denominada “crisis de la deuda externa”, que golpeó en los años ochenta a los países de Latinoamérica, en la Argentina se agudizaron las brechas sociales y se ampliaron los niveles de pobreza e indigencia. A la par, surgió un nuevo perfil de pobre- za –con características sociodemográficas propias de los sectores medios, pero con niveles de ingresos por debajo de la línea de po- breza– que fue bautizado como “nueva pobreza” (Minujin, 1992; Minujin y Kessler, 1995). La democracia reciente apenas podía remontar el daño estructural y cultural infringido con mano de hierro durante más de un lustro, a nuestra sociedad. Las políticas neoliberales de la década de 1990 extremaron esas agudas pér- didas de bienestar, no sólo en la Argentina, sino en buena parte de América Latina. En ese escenario surgieron, por un lado, una serie de reformas estructurales que privatizaron en buena medida los servicios sociales básicos (educativos, previsionales y de salud) y, por otro lado, un conjunto de definiciones y propuestas rela- tivas a la protección y atención de los “grupos vulnerables” (en- tre los que se incluye, en forma creciente, a las mujeres pobres), puestas en práctica mediante programas de ayuda focalizados y de corto alcance. El principal efecto de los procesos de política social y económica del último cuarto del siglo XX fue el incremento del de sempleo, la pobreza y la de sigualdad social, que polarizó y di- versificó las situaciones de privación económica que se perfilaban en el país. En este contexto, el aumento de la participación económica fe- menina ha funcionado no sólo como un indicador de autonomía, sino también como un mecanismo de adaptación de los hogares para amortiguar las sucesivas políticas de ajuste económico y las crisis sociales. Durante el largo período de crisis sucesivas, las mu- jeres sostuvieron los magros ingresos de sus hogares por medio de una mayor participación en el mercado de trabajo, y también, de denominaron la primera “ofensiva contra el trabajo”, que se expresó en un gradual y constante recorte de los salarios, posibilitado por el otorgamiento a las empresas de una mayorlibertad para establecer las remuneraciones de su personal y la proscripción total de la actividad sindical. 46 el cuidado infantil en el siglo xxi un incremento de las actividades reproductivas. En particular en los hogares pobres, la caída de los ingresos masculinos supuso que los ingresos de las mujeres trabajadoras, históricamente bajos, se tornaran un soporte fundamental para el relativo bienestar de los hogares (Faur y Minujin, 1992). Como consecuencia de estos procesos, el modelo familiar nu- clear, biparental y de un único ingreso, provisto por el varón “jefe de hogar” y una mujer “ama de casa”, se alteró drásticamente y dio lugar a nuevas realidades –y tensiones– en el tránsito entre la es- fera pública y la privada. Entre los años 1980 y 2001, el crecimien- to del modelo de “dos proveedores” en los aglomerados urbanos casi se duplicó (según datos procesados por Catalina Wainerman, sobre la base de la Encuesta Permanente de Hogares, en 1980 correspondía al 25,5% de los hogares, y en 2001, al 46,3%). La novedad radicó en que eran las cónyuges quienes incrementaban su participación en el mercado remunerado, incluso aquellas que tenían hijos pequeños. Sin embargo, esta importante transforma- ción era permeada por notables diferencias socioeconómicas. Si bien el incremento del modelo de dos proveedores se presentaba en todos los tipos de hogar, entre los de ingresos altos llegaba al 64,3% de los hogares, duplicando su incidencia con respecto a los de bajos ingresos, que representaban el 32,2% (Wainerman, 2003a). En los hogares más acomodados, no sólo se concentra- ban las mujeres con mayores niveles educativos, sino también con mejores alternativas para acceder al trabajo (y a más importantes remuneraciones), lo que se traducía en un abanico de posibili- dades para armonizar las responsabilidades de la vida laboral y familiar, contratando en el mercado servicios de apoyo doméstico y de cuidado. La crisis de 2001 y 2002 implicó un fuerte golpe para el bienes- tar de los hogares y demandó estrategias inéditas de adaptación, hasta que esta recesión, a partir de 2003, fue seguida por un pro- ceso de recuperación económica significativo, con niveles de cre- cimiento cercanos al 8% anual durante ocho años consecutivos. Como parte de la salida de la crisis, las instituciones de la Argenti- na han coincidido en la necesidad de recuperar y actualizar cier- tos aspectos de la protección social. Con los sucesivos gobiernos la organización social y política del cuidado 47 de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, se reactivó el rol protector del Estado y se pusieron en marcha diversas medi- das de política social, principalmente en dos direcciones: por un lado, se buscó una mayor protección del empleo –se reactivaron las negociaciones colectivas entre empleadores y trabajadores, y se apuntalaron los niveles de salario mínimo y las jubilaciones–11 y, por otro lado, se impulsaron extensos programas de transfe- rencias condicionadas de ingresos. Estos últimos se convirtieron en una herramienta política fundamental para aliviar la pobreza de los hogares de bajos ingresos con niños menores de 18 años. (Primero mediante el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, iniciado en 2002 durante el gobierno de Eduardo Duhalde; más tarde, por medio del programa Familias por la Inclusión Social; y desde fines de 2009, con la implementación de la Asignación Universal por Hijo.) Cuáles han sido las consideraciones de estos programas acerca del cuidado y cuáles son sus postulados sobre la relación entre mercado de trabajo, familia y género en los hoga- res beneficiarios es materia de análisis en el capítulo 4. Las mejoras socioeconómicas del período posterior a la crisis de principios de siglo, si bien fueron efectivas para combatir par- te del regusto amargo que había dejado el escenario de finales de 2001, han sido insuficientes para revertir los cimientos de una nueva configuración (de corte estructural) del panorama argen- tino. En sucinto recorrido histórico, el porcentaje de hogares po- bres en el país pasó del 4% en 1974 al 45,7% en 2002. Más tarde, comenzó un proceso de descenso, hasta llegar en 2006 al 19,2% del total de hogares en aglomerados urbanos. En 2011, la pobre- za fue considerablemente menor que en el pico de la crisis de 2002, aunque su dimensión real es materia de continua contro- versia. Los datos oficiales indican que sólo el 4,8% de los hogares 11 En 2007, la administración del sistema previsional retornó al dominio del Estado y el alcance de las jubilaciones se extendió a personas que no estaban protegidas por la seguridad social –entre ellas, las amas de casa–. El reconocimiento de la jubilación para las amas de casa reparó una deuda histórica con las mujeres. 48 el cuidado infantil en el siglo xxi y el 6,5% de la población se encuentra en situación de pobreza.12 Por su parte, el Observatorio de la Deuda Social Argentina, con base en la Universidad Católica Argentina, calcula que la pobre- za afecta al 13,6% de los hogares y al 21,9% de la población. En todo caso, es claro que, a pesar de los significativos adelantos en materia social, no sólo la pobreza, sino sobre todo las enormes brechas sociales que surgieron a finales del siglo XX cristalizaron niveles de de sigualdad relativamente elevados, cuya reversión es aún inestable. En cuanto al mercado de trabajo, vemos, por un lado, que la par- ticipación femenina se ha estancado en la última década, y su tasa de actividad pasó de 50,1 en 2003 a 47,1 en el segundo trimestre de 2013 (MTEySS, 2014) con variaciones en el interior de los distintos grupos socioeconómicos.13 En paralelo, las estrategias tendientes a armonizar el trabajo y la vida familiar reflejan la dinámica y la com- pleja sinergia entre las actividades productivas y reproductivas. A grandes rasgos, así como la composición y la organización de los hogares y las responsabilidades en relación con el trabajo domésti- co y de cuidado inciden en la oferta laboral (en particular, la feme- nina), las transformaciones a nivel macro en la estructura econó- mica y el mercado laboral impactan, modifican y recomponen en varios niveles y con distinta intensidad los arreglos familiares. Sin embargo, un rasgo común en el mundo del trabajo y la vida en fa- milia es que en ambas esferas existe una persistente división sexual del trabajo (Crompton, 2006). Esta dinámica, entre las mujeres de sectores populares, afecta su participación en el mercado laboral. 12 En 2007, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) tuvo un importante cambio de gestión, y se le reclama haber intervenido las estadísticas oficiales producidas para calcular la evolución de precios al consumidor. Este índice es central para la medición de las líneas de pobreza y de indigencia. Véase el “Informe técnico de la Universidad de Buenos Aires (UBA) con relación a la situación del Indec”, mimeo, julio de 2010. 13 La información corresponde al Observatorio de Empleo y Dinámica Empresarial, DGEyEL, SSPTyEL, MTEySS, sobre la base de la EPH del Indec. La tasa de actividad se calcula como porcentaje entre la población económicamente activa y la población total (de 14 años y más). la organización social y política del cuidado 49 No sólo por las mayores dificultades para delegar los cuidados fami- liares en otras instituciones, desfamiliarizándolo, sino, sobre todo, porque las oportunidades que el mercado de trabajo ofrece para ellas son precarias, y los ingresos, relativamente bajos. Al mismo tiempo, el empleo no registrado continúa siendo ele- vado, especialmente entre las mujeres. Mientras entre los varones asalariados el porcentaje de trabajadores no registrados es del 38,1%, entre las mujeres asciende al 47,5%.14 El hecho de asociar los beneficios de la seguridad social al trabajo remunerado en el sector formal ha colocado a las mujeres en desventaja con respec- to a los hombres. Esta situación tieneprofundas implicaciones en el acceso a derechos relacionados con el cuidado infantil, ya que las trabajadoras informales no pueden acceder a licencias por ma- ternidad ni a otros derechos protegidos por el empleo asalariado. Mientras tanto, en la ciudad de Buenos Aires, la sobrerrepresenta- ción de las madres en el cuidado total de los niños (que cubren el 60% del tiempo de cuidado de la niñez) se produce aun cuando el 65% de ellas está empleada (Esquivel, 2009a). Los cambios en el escenario político, económico, cultural y social afectaron de hecho la continuidad de los sistemas de bienestar históricamente configurados, de sestabilizando, primero y, luego, reorientando los lineamientos y las medidas estatales. Al respecto, cabe considerar que las reorientaciones en materia social depen- den no sólo de los recursos con que cuenta un Estado, sino tam- bién de la orientación política e ideológica de los gobiernos, de los espacios que se generan para que los distintos actores sociales y políticos sugieran nuevos temas que incorporar en la agenda y de la presión o resistencia de todos y cada uno de esos agentes frente a los cambios. En el contexto europeo, la profunda alteración de los patrones de familia y género, así como el debilitamiento del modelo de 14 Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, Subsecretaría de Programación Técnica y Estudios Laborales, Dirección General de Estadísticas y Estudios Laborales, sobre la base de la EPH (Indec), tercer trimestre de 2006. 50 el cuidado infantil en el siglo xxi provisión masculina, trajo como consecuencia la preocupación por construir una agenda social que abordase los nuevos de safíos en materia de género y colocase la cuestión del cuidado infantil como componente de las políticas sociales (Crompton, 1999). La “conciliación” entre familia y trabajo surgió como parte de esa agenda, más allá de que los países europeos presentan regíme- nes de bienestar de características muy heterogéneas. En América Latina, la articulación analítica y política de las dimensiones de mercado de trabajo, familia y cuidados ingresó más tardíamente en el debate público. Lo hizo con investigaciones enfocadas en el cruzamiento entre familia, trabajo y género en los contextos espe- cíficos (Ariza y Oliveira, 2003; Wainerman, 2003a; Cerrutti, 2003), y mediante las convocatorias a expertos realizadas por organismos internacionales (por ejemplo, aquellas sobre políticas de familia y protección social, organizadas por la Cepal y el Unpfa –Fondo de Población de las Naciones Unidas– en 2004 y 2005, o sobre políticas “conciliatorias” y presupuesto público, de sarrollada por el Unpfa y la GTZ –Asociación Alemana para la Cooperación Téc- nica– en 2006, o por la OIT y el PNUD, en 2009).15 En la agenda política, la cuestión del cuidado como asunto público, “que com- pete a los Estados, gobiernos locales, organizaciones, empresas y familias”, fue reconocido por los Estados latinoamericanos en 2007, durante la X Conferencia Regional sobre la Mujer, de la Cepal, que dio origen al Consenso de Quito.16 Ampliar la perspectiva y explorar la capacidad de las políticas para facilitar a la población (femenina y masculina) la posibilidad de “conciliar” las responsabilidades de trabajo y familia supone revisar críticamente cómo se organiza el mundo del trabajo, sus horarios, sus estructuras segmentadas, los esquemas de protec- ción social y la oferta diferencial para los distintos grupos pobla- cionales. Todos aspectos de enorme relevancia –y con enormes fluctuaciones–. Ahora bien, mientras estas políticas incluyen com- 15 Véanse Arriagada y Aranda (2004), Arriagada (2005), Mora y Moreno (2006), OIT-PNUD (2009). 16 Véase “Consenso de Quito”, disponible en <www.eclac.org/ publicaciones/xml/9/29 489/dsc1e.pdf>. la organización social y política del cuidado 51 ponentes de cuidado infantil como una estrategia que facilite el ingreso al empleo remunerado, definen y recortan al sujeto al que se asigna la responsabilidad de conciliar las distintas esferas (pro- ductiva y reproductiva, remunerada y no remunerada, laboral y familiar). Mediante la asignación de derechos, se especifica quién será el titular de esos derechos y quién el sujeto excluido. De for- ma extendida, observamos que en América Latina “el sujeto de la conciliación no es un sujeto neutro, sino un sujeto femenino” (Faur, 2006: 130). el cuidado como categoría de análisis de las políticas sociales La organización social y política del cuidado se constituye en la actuación de distintas instituciones (Estado, familias y agencias y servicios del mercado y de la comunidad) y responde a los valo- res simbólicos (entre ellos, las imágenes de género y la división sexual del trabajo) de una comunidad. Por consiguiente, pone de manifiesto la dinámica y la interdependencia entre factores estructurales, tendencias políticas e ideológicas y cierto “estado de la cultura”. Ya que desde el comienzo desnaturaliza las relaciones que atra- viesan una actividad central de la vida social, el concepto de “or- ganización social y política del cuidado” integra en el análisis a las distintas instancias públicas y privadas que participan en esta acti- vidad, apela a un atravesamiento entre distintos actores y sectores de la sociedad, y permite repensar las formas en que la sociedad y el Estado organizan la provisión de un aspecto fundamental del bienestar humano. En ese entrecruzamiento de inmensas aveni- das se destaca el rol del Estado. Se entiende que, en su accionar, las políticas estatales enfatizan (o no) determinadas necesidades de la ciudadanía y, al hacerlo, ponen en circulación imágenes de lo masculino y lo femenino, de la maternidad y la paternidad, y así moldean perfiles de sociedad, de familia, de relaciones sociales de género, y (re)construyen ciertas concepciones acerca de los 52 el cuidado infantil en el siglo xxi sujetos a los cuales se dirigen. De modo que lo que hacen –o dejan de hacer– las familias en relación con el cuidado infantil es parte de una interacción –explícita o no– respecto del rol del Estado. Y esta relación se incrementa cuando nos detenemos a observar los arreglos presentes en los sectores populares, cuyo bienestar depende en mayor medida de las provisiones estatales. La investi- gación pone, así, en evidencia la potencialidad –o no– de las po- líticas sociales vigentes para promover la igualdad en el acceso a derechos, oportunidades y resultados en términos de género y de clase, y no sólo interpela lo igual y lo distinto entre hombres y mu- jeres. También cuestiona las diferencias de oportunidades entre mujeres de distintas clases, razas, estratos y niveles de formación. En este sentido, utilizaremos el concepto de “organización so- cial y política del cuidado” para colocar el acento en la interacción entre sujetos y estructuras, dar cuenta de las variaciones en las for- mas de organización del cuidado a lo largo del tiempo y según las clases sociales, e incorporar una mirada dinámica en un universo que también lo es. Si seguimos los planteos de Julia Adams y Tas- leem Padamsee (2001), podemos señalar que en el dinamismo de las relaciones entre políticas y destinatarios, y en el proceso mismo de implementación de las políticas, los significados se re- construyen, a partir de los “signos” que los actores vinculados les inscriben. ¿No son acaso los sujetos quienes, en última instancia, interpretan y resignifican la estructuración social de las políticas, en este caso, de cuidado infantil? ¿No son las mujeres “de carne y hueso” quienes, día a día, desarrollan estrategias para garantizar el cuidado de sus hijos pequeños, ya sea en los intersticios de las políticas públicas o descansando en los espacios privados? En última instancia, la categoría de cuidado se volverá, en el transcurso del libro, una dimensión analítica para explorar imá- genes y prácticas institucionales caras a las inequidades sociales y degénero, y como contraparte permitirá identificar tendencias en lo que respecta al bienestar de la población y el ejercicio de sus elecciones y derechos de ciudadanía. Para eso, exploraremos cuál es el sujeto presupuesto por las políticas públicas, por los merca- dos y por las familias mismas como responsable principal en la provisión de cuidados; a la vez, revisaremos en qué medida esta la organización social y política del cuidado 53 provisión tiene la posibilidad de desfamiliarizarse y desmercanti- lizarse. El de safío es complejo, e implica una exploración multidi- mensional, en los niveles micro y macrosocial. Por este motivo, en las próximas páginas revisaremos un abani- co de políticas sociales que intervienen de forma directa o indi- recta en el cuidado infantil, y nos detendremos en la exploración de las representaciones sociales presentes entre quienes, día a día, proveen cuidado desde las instituciones públicas y entre quienes tienen hijos pequeños y construyen distintas estrategias para su cuidado en el ámbito público o privado. Mediante este ejercicio, procuraremos dar cuenta de las relaciones y tensiones entre las personas y las instituciones (o, en términos técnicos, entre la ofer- ta y la demanda de servicios de cuidado). Esto nos permitirá re- cuperar el interrogante planteado en páginas anteriores, acerca de si es adecuado referirnos a un único régimen o “diamante” de cuidado para el caso argentino, o si, más bien, identificamos un régimen híbrido, que yuxtapone distintos tipos de prestaciones y de modelos de cuidado y bienestar. Finalmente, aunque “ahora todo el mundo habla de cuidado”, este abordaje todavía no se ha incorporado como una prioridad en la agenda de las políticas públicas en el ámbito nacional. Se trata de un campo aún incipiente y, en particular, de una agenda en construcción en el terreno de las políticas sociales. 2. Mujeres malabaristas Entre el cuidado familiar, el mercado y los servicios públicos17 En planta baja estaba mi hermana y en el primer piso, yo. Entonces, yo le pagaba algo y ella me lo cuidaba… Eso hasta el año y medio. Después lo dejé en la guarde- ría, con mucho dolor, pero lo dejé… porque era todo el día, ahí me cerraba… Lo dejaba, me iba y después volvía y lo sacaba… O sea: andaba a las corridas… carla, 46 años, dos hijos, de 8 y 10 años Las decisiones sobre la organización del cuidado se rela- cionan estrechamente con el trabajo femenino y con el esfuerzo por parte de las mujeres para conciliar responsabilidades (y de- seos) con respecto a sus tiempos de dedicación a la familia y a la participación laboral. En términos de género, queda claro que, hoy como ayer, el ideal de la mujer-madre responsable principal del cuidado (o al menos de su gestión) se encuentra extendido entre quienes trabajan y quienes no lo hacen, y entre las mujeres más pobres, las de clase media y las de clase media alta. Es decir, entre todas (y todos). No obstante, las diferencias de clase, así como las de posición en el hogar, de oportunidades en el merca- do de trabajo e incluso de ubicación territorial, delinean perfiles 17 Este capítulo es una versión revisada de “El cuidado infantil desde las perspectivas de las mujeres madres. Un estudio en dos barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires”, artícu lo elaborado en el marco de un proyecto de sarrollado por el IDES, Unpfa y Unicef, y publicado previamente en Esquivel, Faur y Jelin (2012). Se publica aquí con permiso de las editoras. 56 el cuidado infantil en el siglo xxi diferenciales. ¿En qué medida estas diferencias permean las es- trategias de cuidado de las mujeres contemporáneas? ¿Cuál es la carga que objetiva y subjetivamente suscita en distintas mujeres –más que en los hombres– la responsabilidad principal del cuida- do infantil, aun en tiempos en los que casi todas las otras variables socioeconómicas han cambiado? La encuesta de uso del tiempo de la ciudad de Buenos Aires comprueba que las mujeres que viven con niños de hasta 5 años dedican, en promedio, más de cinco horas diarias a su cuidado, mientras que los varones les consagran la mitad de ese lapso: dos horas y media, dedicación que se incrementa sólo cuando los niños no asisten al jardín de infantes. Incluso en hogares con dos provee- dores (madre y padre), el promedio de tiempo dedicado por unos y otras al cuidado infantil difiere sustancialmente (las mujeres, 2 h 59’ y los hombres, 1 h 19’). Asimismo, se observan brechas según la situación económica, ya que el 60% de las mujeres de hogares pobres de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) destina más de cinco horas en promedio al cuidado de los niños, mientras que menos del 30% de las que no son pobres dedican algo más de cuatro horas a esta actividad (Faur, 2009). La mayor dedicación de las mujeres pobres se relaciona, en parte, con una menor participa- ción en el mercado laboral, en un contexto de oportunidades res- tringidas y de bajos niveles salariales para quienes tienen menores niveles educativos (Esquivel, 2009a), pero también estas brechas de clase entre mujeres expresan las diferentes alternativas que unas y otras poseen para delegar esta actividad en otros cuidadores, desfa- miliarizándola por la vía del Estado o el mercado. Entre los varones de hogares pobres, el 34% participa en el cuidado de los niños, y dedica menos de dos horas diarias a esta tarea, mientras que los hombres de hogares no pobres le destinan más tiempo, pero sólo el 17% de ellos refiere hacerlo (Esquivel, 2010b).18 18 Las encuestas de uso del tiempo, representativas, miden el lapso que hombres y mujeres dedican a actividades remuneradas y no remuneradas, la carga total de trabajo de unos y otros, y la variación en la inversión de tiempo de trabajo doméstico o de cuidado en distintos tipos de hogares. Véanse Esquivel (2009b), para la mujeres malabaristas 57 En todo caso, es claro que las mujeres realizan elecciones, pero, como refiere Rosemary Crompton (2006), lo hacen dentro de determinadas bases –materiales y normativas– que constriñen los contextos en los cuales de sarrollan sus vidas. En el caso argenti- no, advertimos que las mujeres más pobres no sólo dedican más tiempo al cuidado, sino que además participan menos en la fuerza de trabajo en comparación con el promedio de mujeres (Unpfa, 2009; Esquivel, 2010a). Además, la participación femenina en el mercado de trabajo ha tenido picos durante las crisis, cuando el empleo y los ingresos masculinos se deterioran y la supervivencia de los hogares se encuentra en jaque, pero tiende a replegarse una vez que el empleo masculino se incrementa –a partir del cre- cimiento económico y una relativa estabilidad de ingresos (Cor- tés, 2009; Esquivel, 2010a)–.19 En el contexto argentino reciente, la información proveniente del Observatorio de Empleo y Diná- mica Laboral del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad So- cial, sobre la base en la EPH, indica que en el segundo trimestre de 2004 la tasa de actividad de mujeres con secundario incomple- to se ubicaba en el 47,7%. Esta participación descendió al 39,9% en el segundo trimestre de 2013, cuando se acumulaban nueve años de crecimiento económico en el país. Sin embargo, entre las más educadas, el descenso es levemente menor (MTEySS, 2014).20 Argentina; Aguirre y Batthyány (2005), para Uruguay; Cepal (2009), para las encuestas de otros países de América Latina; y Buddlender (2007), para una revisión de los países en de sarrollo. 19 Rosalía Cortés (2000: 97), señala: “La situación del empleo femenino depende de un conjunto heterogéneo de factores: el tamaño y la composición de la oferta de trabajo, el ritmo de crecimiento económico, el nivel de demanda de la fuerza de trabajo y de los arreglos institucionales vigentes, que abarcan el conjunto de regulaciones que involucran las relaciones entre la familia, el mercado y las políticas estatales sociales. El grado de imbricación de los factoreseconómicos e institucionales impide responsabilizar exclusivamente a una parte de ellos por la performance laboral de las mujeres o los varones”. 20 Las mujeres con secundaria completa hasta universitario incompleto pasaron de una tasa de 61,3 a 59,2, mientras que aquellas con universitario completo y más, se ubicaron en 85,4 en 2004 y en 84,7 en 2013, según la misma fuente. 58 el cuidado infantil en el siglo xxi El problema de fondo, o la paradoja en términos socioeconó- micos, es que los hogares con más de un proveedor de ingresos (con independencia de su sexo) experimentan una menor inci- dencia de la pobreza (Cerrutti y Binstock, 2009). De modo que, además de los aspectos vinculados con la autonomía femenina y el ejercicio de sus derechos, las condiciones del cuidado infantil (sobre todo, su maternalización en los sectores populares) conlle- van resultados en términos económicos. Desde las perspectivas de los sujetos, hay aristas que las encuestas no logran iluminar: los procesos atravesados al tomar decisiones respecto del cuidado infantil, las negociaciones de género en el interior de los hogares, la relación –y la tensión– entre la oferta de servicios que permiten desfamiliarizar el cuidado y su demanda. En concreto, ¿cuáles son las estrategias que de sarrollan los hogares con respecto al cuidado de sus niños? ¿Qué arreglos de trabajo/ cuidado realizan las familias para asegurar esa atención? ¿Cómo incide la disponibilidad o ausencia de servicios públicos en esos arreglos? ¿En qué medida el cuidado de los niños se desplaza al es- pacio público, mediante el uso de servicios estatales, comunitarios o privados? ¿Quién elige entre una y otra situación? ¿Cómo actúan el contexto social y las de sigualdades de clase en este terreno? A lo largo del análisis encontraremos que no sólo las prácticas –reflejadas en mayores tasas de actividad entre las mujeres más educadas–, sino también las representaciones sociales –captadas a partir de entrevistas en profundidad– revelan que el trabajo feme- nino está más naturalizado en las clases medias que entre las más pobres, sin importar la composición del hogar. Pero en las clases populares enfrentamos una situación más heterogénea. Mientras las “jefas de hogar” no tienen espacio ni tiempo para poner en duda la necesidad de su trabajo y hacen malabares para conciliar su actividad laboral con el cuidado de los hijos, y las que viven con sus parejas refieren un proceso de negociación para poder “salir” a trabajar, en algunos sectores existe un cuestionamiento de la perspectiva que asocia, sin más, las nociones de “madre” y “cui- dado”. Ahora bien, en la medida en que las personas tienen, en palabras de Anthony Giddens (1984), “la aptitud de comprender lo que hacen en tanto lo hacen”, y dado que la reflexión sobre el mujeres malabaristas 59 obrar humano excede la práctica discursiva, buscaremos esclare- cer, a lo largo del capítulo, los procesos concretos que los sujetos involucrados (en este caso, las mujeres) de sarrollan para el cuida- do de sus hijos pequeños. En términos generales, el trabajo de campo permitió identifi- car cuatro situaciones típicas en la atención de los niños hasta los 5 años: 1. las madres como cuidadoras de tiempo completo; 2. el cuidado a cargo de otros familiares (que conviven, o no, con los niños); 3. el acceso a servicios públicos de cuidado (educativos, comunitarios o asistenciales); y 4. la mercantilización del cuidado (por medio de jardines privados y/o el servicio doméstico). Estas cuatro situaciones no conforman compartimentos estancos ni estáticos, sino que se presentan como opciones dinámicas y fluc- tuantes. Los arreglos suelen ser transitorios, y suponen una signifi- cativa capacidad de adaptación por parte de los involucrados, lo que se agudiza en el caso de los sectores populares. Las mujeres y sus familias pueden cambiar de una situación a otra en función de las oportunidades que les ofrece el contexto y de sus decisiones en cada coyuntura, que varían a lo largo del ciclo de vida de los niños y la familia misma. De hecho, el contexto de provisión o escasez de ser- vicios de cuidado operará no sólo en cómo se “resuelve” la tensión entre familia y trabajo, sino también en la propia configuración de de seos y expectativas con respecto a desfamiliarizar el cuidado para trasladarlo a un servicio educativo o asistencial. En cada caso, las de- cisiones están filtradas por el amor hacia los hijos y por la pregunta –no siempre explícita– sobre “qué será mejor para ellos”. No expondremos, entonces, los perfiles de una fotografía está- tica, tampoco las imágenes recortadas de un rompecabezas (que supone que cada pieza encaja en función de las otras), sino las texturas y los matices de los distintos procesos coexistentes que, como tales, presentan (en términos prácticos y simbólicos) múlti- ples tensiones en el mar de fondo de la estructuración social. 60 el cuidado infantil en el siglo xxi los barrios, las entrevistas Con el propósito de comprender la organización social del cuida- do infantil desde las perspectivas de los sujetos nos adentramos en dos barrios del AMBA, donde conocimos y entrevistamos a treinta y una personas que conviven con al menos un hijo menor de 5 años. En el barrio de La Boca, en la CABA, entrevistamos a quince mujeres y un hombre a cargo de sus hijos pequeños, y en Barru- faldi, en el Partido de San Miguel, del conurbano bonaerense, sumamos otras quince entrevistas realizadas a mujeres. Ambas ac- tividades fueron realizadas entre julio de 2008 y agosto de 2009.21 La Boca está en la zona sur de la ciudad, región que histórica- mente fue, y continúa siendo, la más desfavorecida del distrito. En ese barrio densamente poblado conviven hogares de clase media con otros de sectores populares. El paisaje urbano articula las cos- tas del puerto, míticas calles atestadas de turistas, variados restau- rantes, comercios, galerías de arte y viviendas precarias con altos grados de hacinamiento (varias de ellas llamadas “conventillos” o “casas de inquilinato”). El barrio alberga también algunas casas familiares, departamentos en propiedad horizontal y un comple- jo habitacional de alrededor de dos mil quinientas viviendas. La población total de la zona ronda los cincuenta mil habitantes, y se compone de integrantes de la clase media, pobres e indigentes. Si se pretende conocer “cómo se las arreglan” las mujeres de los sec- tores populares para conciliar familia y trabajo, en este barrio es posible recabar información particularmente sustanciosa. A pesar de su relativa escasez, a la luz de la demanda existente, hay una densa red de servicios estatales, sociales y comunitarios, que su- man un total de catorce instituciones que reciben a niños meno- res de 5 años (ocho de las cuales son privadas). Hay más de veinte comedores comunitarios, en los que día a día se alimentan cientos de niños, niñas y adultos, instituciones estatales (del gobierno de 21 Sólo una de nuestras entrevistadas tenía hijos un poco mayores, de 8 y 10 años, pero centramos la entrevista en el relato de las estrategias de cuidado durante su primera infancia. mujeres malabaristas 61 la ciudad) y organizaciones de la sociedad civil que buscan paliar los agudos déficits económicos que atraviesan muchas de las fami- lias que allí residen. Barrufaldi es un barrio pequeño, compuesto por cuarenta man- zanas situadas entre la ruta 8 y el río Reconquista. No se trata de una “villa de emergencia”, sino de un barrio popular. Sólo un pe- queño sector lindante con el río presenta un conjunto de casillas precarias. Sus calles son mayoritariamente de tierra, y sólo unas pocas están pavimentadas, donde se radican los hogares de clase media del barrio. La infraestructura de Barrufaldi es bastante más precaria que la de La Boca y sus niveles de pobreza son también más críticos. En este barrio hay dos jardines de infantes, no hay comedores comunitarios(“el que teníamos cerró hace cuatro años, vaya uno a saber por qué”, relató una vecina), y sólo cuen- tan con un centro de salud, cuyas ambulancias apenas ingresan al barrio. Es frecuente ver a los niños en las veredas y calles, jugando con objetos descartados por otros hogares, trozos de componen- tes electrónicos, partes de camiones de juguete, muñecas desven- cijadas, etc. Puede también suceder que, al llegar a una casa para realizar una entrevista, un vecino ofrezca vendernos un poni com- pletamente embadurnado tras haberse “caído en el barro” un día lluvioso, y al que no puede alimentar. Cabe señalar que todos los indicadores sociodemográficos fueron más críticos en Barrufaldi que en La Boca, lo cual revela los diversos pliegues con los que la heterogeneidad atraviesa a los llamados “sectores populares”. Dado que las entrevistas buscaban priorizar el testimonio de mujeres con hijos pequeños, estas fueron en su mayoría jóvenes o adultas jóvenes, con un promedio de edad de 31 años en La Boca y de 33 en Barrufaldi. Entre las primeras, el número promedio de hijos era dos, mientras que en el conurbano ascendía a 3,7 (hemos entrevistado a mujeres con nueve hijos, y más). En Barru- faldi, casi todas las mujeres tenían el ciclo primario incompleto y sólo dos el secundario incompleto, mientras que en La Boca casi todas ellas tenían el secundario incompleto, y algunas eran uni- versitarias o habían finalizado el nivel terciario. Un elemento clave en la definición de estrategias de cuidado es si las mujeres trabajan fuera de la casa o no, y en parte esto 62 el cuidado infantil en el siglo xxi se asocia con las oportunidades que ofrece el mercado laboral y con la estructura del hogar. En La Boca encontramos que, de los dieciséis entrevistados, sólo cinco no trabajaban, tres busca- ban trabajo y ocho se encontraban empleados. En Barrufaldi, la mitad de las mujeres no tenía un trabajo remunerado; entre las que trabajaban, la mitad lo hacía en su casa, en un esquema de microproducción, a fin de sostener los ingresos y el cuidado de los hijos durante la semana. Entre las que convivían con sus pa- rejas, algunas trabajaban y otras no, a diferencia de las mujeres separadas (seis en La Boca y cuatro en Barrufaldi), ya que todas trabajaban. En la medida en que las entrevistas realizadas en La Boca y Ba- rrufaldi se refieren más que nada a mujeres de sectores populares, complementaremos estos datos con el análisis de otro conjunto de entrevistas realizadas en el marco de una investigación sobre de sigualdades de género en cuatro sectores productivos (hotele- ría, software, publicidad e industria química/cosmética).22 En este caso se realizaron treinta y una entrevistas, a veintidós mujeres y nueve varones, cuyas edades oscilaban en los 24 y los 58 años, y quienes ocupaban cargos de diferentes jerarquías (baja, doce; media, trece; alta, seis). La edad promedio de las mujeres entre- vistadas (34) fue sensiblemente menor que la de los varones (45). El 58% de los entrevistados estaba casado, el 16%, separado, y el 26% era soltero. El 71% tenía hijos, con un promedio de 1,7 hijos, y el 22,7% de las mujeres eran jefas de hogar con hijos a 22 Las entrevistas a trabajadoras y trabajadores del AMBA se realizaron en 2007, en el marco de una investigación de sarrollada, junto con Nina Zamberlin, para el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social, con el apoyo de la Cepal. En un escenario de reactivación económica, buscábamos analizar las representaciones sociales que operaban para construir, perpetuar o bien transformar las estructuras y dinámicas de género imperantes en el mercado laboral. Incorpo- ramos a las entrevistas una serie de preguntas dirigidas a indagar las tensiones entre familia y trabajo y, más específicamente, el modo en que las empresas y sus trabajadores abordaban y dotaban de sentido al cuidado infantil. Parte de los resultados fueron analizados en Faur y Zamberlin (2008); otra parte se analizó por primera vez para ser incluida en este trabajo. mujeres malabaristas 63 cargo. Con respecto al nivel educativo, el 54,8% tenía educación universitaria completa; el 19,3%, educación terciaria completa; el 19,3%, secundario completo o incompleto; y el 6,45% (dos ca- sos), primaria completa. Ahondar en esta información facilitará la detección de estrategias en sectores medios altos, y en particu- lar entre quienes contratan servicio doméstico. (Otras cuestiones relativas a la conciliación entre familia y trabajo de la población estudiada se abordan en el capítulo 3.) Entre las entrevistadas, contamos con información de usuarias y no usuarias de los servicios públicos de cuidado del barrio, y buscamos conocer las estrategias de cuidado que realizaban los hogares, cómo se tomaban las decisiones sobre un arreglo u otro, y cómo las justificaban para, a partir de ahí, de sentrañar la relación entre la oferta de servicios y la demanda. Explore- mos, entonces, cómo se presentaron las cuatro situaciones iden- tificadas en torno al cuidado infantil, cuán privadas (familiares, maternales o mercantiles) son las estrategias familiares, cómo intervienen las provisiones estatales en la configuración de la demanda, a qué lógicas, necesidades y expectativas responden los arreglos de trabajo/cuidado, y cómo se ubican las mujeres frente a cada situación. las madres como cuidadoras de tiempo completo Históricamente, la familia ha sido la institución social central en el cuidado de los niños y las personas dependientes (como enfer- mos o ancianos). El sistema de relaciones de género derivado del ideal patriarcal distinguió, dentro de las familias (y con variantes según los tiempos), ciertos deberes para sus miembros, entre los cuales el cuidado se asignó siempre a las mujeres como una de sus funciones centrales. El ideal de la socialización infantil suponía que los niños pasaran sus primeros años de vida acompañados por la continua presencia de sus madres, de manera que el cuidado se revestía de un halo altruista y las madres parecían garantizar “naturalmente” un cuidado “de calidad”. Así, el “maternalismo”, 64 el cuidado infantil en el siglo xxi entendido como la perspectiva que supone a las mujeres sobre todo como madres, y a las madres como las mejores cuidadoras de sus hijos, filtró por siglos tanto las prácticas y las representaciones subjetivas como las instituciones sociales. Más allá de los logros de las reivindicaciones feministas y de décadas de transformaciones sociofamiliares, políticas y económi- cas, nuestros recorridos por los barrios de La Boca y Barrufaldi demostraron que, en los hechos, no son pocas las mujeres que aún permanecen confinadas en sus casas, sosteniendo una situa- ción de cuidado en la que su presencia, de tiempo completo, for- ma parte de arreglos domésticos vigentes. Pero también debemos considerar que, en la actualidad, la situación de las mujeres/ma- dres de tiempo completo presenta una complejidad mayor que en épocas anteriores. Para empezar, porque quedarse en la casa ya no es un destino unívoco e inexorable, y mucho menos una deci- sión que pueda perdurar en el curso de la vida, sino que responde a situaciones basadas en decisiones coyunturales, en función de las necesidades de las familias, las oportunidades de ingresos en el mercado laboral remunerado y las exigencias de cuidado, par- ticularmente cuando se trata de niños pequeños. En la mayoría de los casos que entrevistamos, las madres de tiempo completo son, en la actualidad, mujeres atentas a otras posibilidades, que tuvieron experiencias de trabajo remunerado (las más pobres se de sempeñaron en el servicio doméstico, en comercios o en inicia- tivas de microproducción), y en el momento de tomar la decisión de “salir” o no a trabajar evalúan su situación particular y sus opor- tunidades en relación con el contexto inmediato. En Barrufaldi, por ejemplo, las mujeres en esta situación (a excepción de las que tienen nueveu once hijos) dejaron de trabajar cuando su activi- dad entró en conflicto con el cuidado de los hijos, y algunas inclu- so optaron por trabajar en sus casas, en la producción doméstica de panes, dulces y hasta de artefactos eléctricos o bolsas plásticas. Las madres se preguntan “qué es mejor para los chicos”, para sus hogares (rara vez, para ellas mismas), y las respuestas son siempre parciales, incompletas y, necesariamente, dependen del contexto. En ocasiones llegan a dudar sobre si en efecto es positivo para los niños tener una madre “de tiempo completo”, planteo que mujeres malabaristas 65 muestra ciertas fisuras en torno a la representación del ideal de familia patriarcal, tal como lo expresó una mujer que vive en La Boca y no trabaja: Es mucho el tiempo que yo paso acá con las nenas. So- mos muy pegadas las tres. A veces, mi mamá me dice que eso es malo, porque no hay un momento en el día en que yo me vaya a comprar algo y las deje (Valeria, 26 años, dos hijas de 3 y 8 años). Más allá de las prácticas, se perciben ciertas tensiones y hasta frac- turas respecto del ideal maternalista, que edulcoraba la imagen de la madre abnegada. De todos modos, en el perfil de los hogares en los que se presenta este tipo de arreglo aparece un rasgo claro en relación con la situación conyugal y la provisión económica del hogar: se trata de hogares nucleares, compuestos por “papá, mamá e hijos” y administrados por mujeres que en mayor medida dependen de los ingresos de sus maridos. Pero también aparecen algunas composiciones novedosas –que indican las importantes transformaciones que han experimentado las familias en las últi- mas décadas–, como el caso del hogar en que una mujer estaba a cargo del cuidado de su hijo pequeño y de sus sobrinos, mientras que quien proveía los ingresos era su hermana mayor. Valga decir que esta dinámica, hoy como ayer, sólo funciona en tanto que el hogar cuente con algún miembro distinto de la mujer cuidadora como proveedor principal de ingresos. Sin embargo, es impor- tante reconocer que existen casos en que la división del trabajo sexual tradicional no se produce entre marido y mujer, ni tampo- co en función de las relaciones de género, sino entre dos mujeres que acuerdan dicha dinámica como un modo de supervivencia familiar. Entre nuestras entrevistadas, dos hermanas vivían juntas y mantenían, con el ingreso de una de ellas y el trabajo doméstico y de cuidado de la otra, a cuatro niños. Cuando les preguntamos cómo habían tomado esa decisión, Yamila respondió: Fue cosa de ella. Me dijo: “¿Me podés hacer un favor? ¿Podés cuidar a los chicos?”; y como yo no trabajo y mi 66 el cuidado infantil en el siglo xxi hija no iba al jardín, le dije: “Sí, no hay problema”, total yo no hago nada (Yamila, 21 años, una hija de 2 años). En La Boca, de las cinco entrevistadas que no trabajaban, cuatro convivían con sus parejas y una vivía en la casa de su hermana. En Barrufaldi, las ocho entrevistadas que no trabajaban convivían con sus parejas (en ocasiones, en hogares extensos con otros familiares convivientes). Sin aspirar a la representatividad estadística, cabe señalar que estas mujeres fueron un tercio de las entrevistadas en La Boca, pero más de la mitad de las de Barrufaldi, barrio en que los apremios económicos de los hogares y la falta de infraestruc- tura social son más profundos. Así, el grado de “maternalismo” en Barrufaldi es muy superior al de La Boca. Las alternativas de trabajo remunerado son también menos atractivas y redituables allí. En el contexto en que realizamos el trabajo de campo consta- tamos que se trata de hogares con ingresos magros, con lo cual el circuito maternalismo-precariedad se retroalimenta.23 ¿Por qué, entonces, prescindir del ingreso femenino, o bien conformarse con un ingreso muy pequeño? Son diversas las di- mensiones que intervienen al optar por determinado arreglo de cuidado. Se pone en juego el establecimiento de acuerdos entre las mujeres y sus parejas, se persigue un débil equilibrio econó- mico en los hogares, se busca el bienestar de los niños. Retirarse de la oferta de trabajo para cuidar a los hijos forma parte de una decisión en la que no sólo pesa el ideal “tradicional” de la división sexual del trabajo, sino también la evaluación acerca de la con- veniencia, o no, de participar en un mercado laboral con opor- tunidades estrechas –o escasamente remuneradas– para mujeres pobres, frente a la escasez de servicios de cuidado gratuitos, así como los riesgos latentes asociados al cuidado por parte de perso- nas desconocidas. 23 En diciembre de 2009, con posterioridad a la realización del trabajo de campo, se implementó en la Argentina la Asignación Universal por Hijo (AUH). Véase el capítulo 4 de este volumen. mujeres malabaristas 67 Tres lógicas argumentativas subyacen a la decisión de las mu- jeres de dedicarse al cuidado infantil durante toda la jornada: una de tipo moral, vinculada a la ideología propia del modelo de “varón proveedor/mujer ama de casa”; otra más pragmática, ligada a una racionalidad económica que indica que externalizar el cuidado de los hijos pequeños supone un gasto excesivo (e in- necesario) para el hogar; y una tercera fundada sobre el temor a la inseguridad de los chicos que se quedan a cargo de “extraños” dentro o fuera de sus casas. De todos modos, estos argumentos no son excluyentes, sino que conviven. Profundicemos este aspecto. los valores: imágenes de género Si bien al día de hoy se han flexibilizado los consensos acerca de la participación femenina en el mercado laboral, el hecho de seguir viendo a las mujeres como las responsables naturales de las tareas del hogar y la crianza parece ser el núcleo duro de una poten- cial resignificación de la organización del tejido social en torno al cuidado. Desde esta perspectiva, la imagen de la madre como la “mejor cuidadora posible” es perpetuada entre algunas de las en- trevistadas como una verdad ahistórica, y lo que hipotéticamente se perdería cuando no son las propias madres quienes se dedican al cuidado de forma personal y continua es algo tan esencial como el bienestar de los niños. Mi marido no quiere que trabaje, quiere que me dedi- que a la nena. Aparte, gana bien, mil ochocientos pesos. Nos alcanza para vivir bien y no quiere saber nada con que yo trabaje, ya que él no está en todo el día con no- sotros. […] A mí me parece bien por ella, porque yo veo muchas cosas en la tele, veo como muchos chicos sufren al no tener la madre. […] Yo veo a mis sobrinos que su- fren un montón porque mis hermanos trabajan todo el día, mi cuñada todo el día… Al de ella lo tiene la suegra, pero no es lo mismo (Rosa, 23 años, una hija de 2 años). 68 el cuidado infantil en el siglo xxi Escasamente, la suma de mil ochocientos pesos alcanzaba para cubrir las necesidades básicas de una familia de tres integrantes en el momento de la indagación de campo; pero la noción moral que vincula el bienestar de los hijos a la presencia permanente de la madre continuaba siendo, para la familia de Rosa, un motivo suficiente a la hora de decidir el cuidado de sus niños. Notamos que así se establece un circuito más vicioso que virtuoso, entre la ideología maternalista y la perpetuación de situaciones de pobre- za, circuito que a veces está reforzado por las políticas sociales de atención a las familias pobres, como analizaremos en el capítulo 4. Ahora bien, cuando en las entrevistas surgen referencias a la divi- sión sexual del trabajo tradicional las mujeres suelen mencionar- las como un mandato que expresan, ante todo, los maridos (y que ellas, con mayor o menor dificultad, admiten). Son ellos, según las mujeres, quienes les piden que no trabajen porque “no hace falta”, y porque es mejor para los hijos. Investigaciones previas con foco en las perspectivas masculinas evidenciaron la existen- cia de un grupo de varones pertenecientes a sectores populares que se oponen a que las mujerestrabajen y sostienen una visión dicotómica, según la cual el cuidado de la familia y el trabajo fe- menino serían actividades irreconciliables. El orden signado por el modelo de familias con varón proveedor y mujer ama de casa se impone en estas subjetividades masculinas. La división sexual del trabajo se torna, en este marco, un destino inequívoco, un man- dato tan irrefutable que algunos varones llegan a preguntarse: “Si ella trabaja, ¿yo qué soy? ¿Ama de casa?”.24 Queda claro que esta noción es más afín con lo que solía defi- nirse teóricamente como un sistema de “roles de género” –en el sentido de papeles delimitados con responsabilidades y fronteras 24 En dos trabajos previos sobre “masculinidades” (Faur, 2004 y 2006) observamos que las representaciones masculinas sobre el trabajo femenino muestran parte de las tensiones que los hombres atraviesan en relación con la transformación del modelo de provisión en las familias y el desvanecimiento de su propio papel como proveedor exclusivo de recursos, con el plus de prestigio que este les confería en sus familias y en la sociedad. mujeres malabaristas 69 específicas y con una adscripción de género preestablecida–, que ha permeado las teorías de género durante buena parte de la dé- cada de 1980 (véase Kabeer, 1998). Sin embargo, la evidencia nos pone frente a situaciones cambiantes, en las que la socialización de género no es un aprendizaje que se realiza de una vez y para siem- pre, sino que se va construyendo en la medida en que transcurren nuestras vidas, formamos parte de una determinada cultura y nos imbuimos de sus representaciones y prácticas, aunque también las de safiamos y reconstruimos. Parafraseando a Simone de Beauvoir y su famosa declaración acerca de que “no se nace mujer, se llega a serlo”, podemos decir que tampoco el género “es”, sino que “se hace”. El concepto de “hacer género” permite adoptar una pers- pectiva dinámica: a partir de la práctica cotidiana se construyen, reproducen y legitiman ciertos estereotipos, modelos y relaciones sociales de cada cultura (West y Zimmerman, 1990); dentro de ese marco también se los puede cuestionar y transformar, en tanto no se trata de estándares biológicos invariables, sino de dimensiones sociales y dinámicas, aunque el ritmo de cambio no sea igual para las distintas mujeres, familias, comunidades y sociedades. En el juego de interacciones y relaciones familiares se estable- cen las negociaciones dentro de la pareja, la aceptación o no (por parte de las mujeres) de estos mandatos, su evaluación frente a otros parámetros. Las creencias y perspectivas de corte familiar y maternalista que perciben a la madre como la mejor cuidadora posible se sustentan en el altruismo y la devoción “femeninos”, así como en la reificación del afecto y el amor materno (Esqui- vel, Faur y Jelin, 2012). Sin embargo, como sostiene Diane Elson (2005), aunque mucho del trabajo de cuidado es realizado “por amor”, no significa que amemos hacerlo todo el tiempo. Por otra parte, los padres varones también aman a sus hijos, aunque ese afecto no sea interpelado en términos de devoción, dada la histó- rica división sexual del trabajo. De manera que el mandato social y cultural es asumido de distin- tas formas por las mujeres. Rosa, por ejemplo, acepta sin cuestiona- mientos la opinión de su marido, adicionando un elemento poco menos que perturbador a la hora de realizar decisiones: que los niños “sufren” si las madres no están con ellos. Otras, en cambio, 70 el cuidado infantil en el siglo xxi de safían esos mandatos, establecen acuerdos con sus maridos (in- cluso con los que se oponen al trabajo femenino) y salen a trabajar sin dejar de organizar el cuidado de los hijos. Así, se torna necesaria cierta rebeldía por parte de las mujeres, muchas de las cuales no sólo tienen mayores expectativas de autonomía en el plano simbó- lico, sino que además no quieren prescindir de sus ingresos en un contexto en que la pobreza parece acechar a cada paso. la racionalidad económica: “así no tengo que pagar a otros para que me lo cuiden” En los sectores populares, el trabajo de la mujer se asocia de for- ma directa con la posibilidad de disponer de alternativas para el cuidado de los hijos durante los primeros años de vida (con ante- rioridad a su ingreso al jardín), que no supongan un gasto para el hogar. Clarisa, de 23 años, vive en Barrufaldi con su marido (agente de seguridad) y sus hijos en una casa propia. Vino de Salta y dejó la escuela en segundo año del polimodal, cuando se embarazó. Trabajó como empleada doméstica durante ocho me- ses en la capital, en el barrio de Belgrano, y entonces dejaba a sus hijos al cuidado de su cuñada y, más tarde, de una vecina, hasta que decidió dejar el trabajo: Tampoco veía tanto la necesidad de irme yo a trabajar, y bueno, como que lo dejé así… Es decir, no tengo tanta necesidad de ir a trabajar y que los nenes pasen tantas horas sin estar conmigo. Me quedo yo, en vez de pagar a una niñera… (Clarisa, 23 años, dos hijos de 5 y 3 años). Cuando conocimos a Pamela, hacía un año que se había quedado sin trabajo. Su hijo menor había utilizado los servicios del Centro de Desarrollo Infantil (CeDI) del barrio de La Boca, en modalidad de jornada completa, cuando era bebé. Al quedarse ella sin trabajo, el niño dejó de asistir al CeDI. Pamela decidió asumir personal- mente la atención de sus hijos durante la jornada, entre otras razo- mujeres malabaristas 71 nes, para ahorrar el gasto que habría supuesto delegar el cuidado en otra persona (o institución) durante las horas que los niños no permanecen escolarizados. Prefirió no volver a buscar trabajo: No quise buscar mucho, porque, si no, siempre hay que pagar a alguien para que lo cuide (Pamela, 32 años, dos hijos de 3 y 7 años). Dejar el mercado de trabajo y realizar tareas de cuidado no remu- neradas tiene costos importantes en términos de oportunidades perdidas e ingresos no percibidos, tanto para las mujeres como para el hogar. Los beneficios de la labor de cuidado –más allá de las satisfacciones ligadas al afecto familiar– redundan más en el grupo familiar y la sociedad en su conjunto, que en las mujeres (Esquivel, Faur y Jelin, 2012). Valeria, que no se siente tan segura de que el cuidado maternal sea sólo ventajoso para sus hijas, expresó: “En la mayoría de los lugares que te cuidan los bebés tenés que pagar, son privados, y el presupuesto no da para eso”. Entre las mujeres de sectores populares que no trabajan ni cuentan con los recursos para pa- gar “a otros” por el cuidado de sus hijos, la alternativa de que los niños puedan acceder a un jardín de infantes gratuito se torna crucial para acceder a un empleo. Valeria también refirió que, “si de repente tengo la posibilidad de trabajar, prefiero que sea en el tiempo que las nenas están en la escuela”. La ausencia o el déficit de instituciones de cuidado impacta de forma significativa sobre esta decisión y, en consecuencia, sobre el grado de autonomía femenina. Yamila vive con su hija en la casa de su hermana y, para poder trabajar y evitarse un de sembolso adicional por su cuidado, espera que la niña pueda ingresar en un jardín cuando cumpla 3 años. En estos casos, los tiempos para participar en el mercado de trabajo se adaptarían a la extensión de las jornadas escolares, de modo que sean compatibles. Las mu- jeres de los sectores populares que no trabajan imaginan que en un futuro alternarán el cuidado entre el sistema escolar y su pro- pia presencia durante las horas en que los niños no están en la escuela. 72 el cuidado infantil en el siglo xxi Una vez que ella vaya al jardín, pienso que voy a tener más posibilidad, porque, si no, tendría que pagar a otro para que me la cuide, y sería más gasto (Yamila, 21 años, una hija de 2 años). Mediante la imbricación de variables culturales (condicionadas por las imágenes de género) y estructurales (relativas a las esca- sas oportunidadesque el mercado laboral ofrece a las mujeres pobres, a la disponibilidad de ingresos por parte de los hogares y a la [in]accesibilidad a servicios públicos gratuitos) se evalúa la “necesidad” de trabajar, o no. En el estudio de campo comproba- mos que en los hogares con ingresos muy magros el maternalis- mo, en contraposición, es muy robusto. Pagar el costo económico que esta ideología conlleva, en un entorno en el que los servicios públicos no abundan, se convierte en una decisión de gran com- plejidad, en la medida en que repercute sobre el bienestar de los hogares, especialmente cuando la economía se encuentra en los límites de la subsistencia. el temor “por las cosas que se ven en la tele” Por otra parte, existen casos –cuya recurrencia sorprende– en los cuales la opción de las mujeres por no trabajar se basa en la per- cepción sobre el “peligro” de dejar a los niños al cuidado de otras personas, ya sea en la propia casa o en un jardín de infantes. El te- mor a la inseguridad es un tema que se incorporó definitivamente a la agenda política y académica en los últimos años y, como seña- ló Gabriel Kessler, la categoría de “inseguridad” se ha posicionado entre las preocupaciones sociales y los medios de comunicación como un problema público de estos tiempos, aunque no siempre se condice con la extensión del problema, en tanto sentimiento subjetivo, y a menudo se utiliza como sinónimo de delincuencia, aun cuando no existe necesariamente “una identidad entre delito e inseguridad” (Kessler, 2009). En el terreno del cuidado de la infancia, este temor se perfila como miedo al abuso, acaso moti- mujeres malabaristas 73 vado por el estado público que han tomado los abusos a niños y niñas mediante los medios de comunicación social, en especial la televisión, aunque la cuestión todavía no se encuentre politizada en el espacio público como una parte del panorama general de la inseguridad. Ese temor, relacionado con el hecho de que alguien pudiera insultar, golpear o abusar sexualmente de los niños, es vi- vido por los padres y las madres como un riesgo potencial que co- hesiona en sus imaginarios, fantasmas y realidades. Algunas muje- res rechazan de plano la idea de inscribir a sus hijos en un jardín “mientras no pueden hablar” o comunicar si alguien los maltrata o violenta. Temen que algo de lo que se ve “en el noticiero” pueda sucederles, y de ahí se desprende, en sus relatos, buena parte de la decisión de cuidarlos ellas mismas y posponer el ingreso a los jardines hasta que sea posible. El caso de Rosa, vecina de La Boca, ilustra esta situación: El otro día estuve viendo en el noticiero que les pegan a los chicos y todas esas cosas. También, si yo la mando al jardín tengo que estar pendiente de ella en el jardín. Todo eso me da miedo. Así que no; yo voy a esperar a que ella sea más grande. A los cuatro, la mando; pero ahora no, es muy chiquita todavía (Rosa, 23 años, una hija de 2 años). La fantasía sobre posibles malos tratos atraviesa tanto los espacios laicos como los confesionales, a los profesores de educación física y a los sacerdotes. La información disponible sobre abusos perpe- trados por religiosos tiñe una cantidad de los relatos que reunimos. El temor se acentúa en el caso de las niñas. La cuestión de género se plantea a partir de la sospecha de que las niñas se encontrarían más expuestas a los abusos que los niños. En Barrufaldi, Marina, que está separada y debe obtener ingresos para la subsistencia de su familia, atiende personalmente a sus hijos pequeños. Su única opción, en el momento de la entrevista, es trabajar en su casa rea- lizando bolsas de polietileno que vende a destajo, labor por la que obtiene magrísimos ingresos (gana un peso y medio por cada cien bolsas que confecciona), pero la desconfianza por lo que pueda 74 el cuidado infantil en el siglo xxi pasarle a su hija en un jardín, o si la “deja con alguien”, se expresa como un motivo central en su decisión acerca del cuidado. Me da miedo que le pueda pasar algo, porque, qué sé yo, es una nena de 3 años, no puede estar con cualquiera. La dejás con un padre del jardín, y ¿qué sabés cómo es el padre? Hay muchas cosas en ese sentido. Para una nena es muy difícil… (Marina, cuatro hijos, de 19, 11, 3 y 1 año y medio). Este tipo de temores escalaron en el debate público cuando, en enero de 2013, se de sató un escándalo mediático a partir de la confirmación de los abusos perpetrados en el Jardín Tribilín, un maternal privado ubicado en San Isidro, provincia de Buenos Ai- res: tanto maestras como directoras insultaban de forma cotidiana a los niños. Irrumpió entonces la cuestión del cuidado infantil como un problema público, revelando la evidente tensión entre la escasez de jardines maternales, la falta de habilitación de algu- nos establecimientos que funcionaban a diario y los de safíos tran- sitados por madres y padres que creían dejar a sus niños en una institución “segura” mientras trabajaban. El jardín se constituyó en un ejemplo de situaciones de maltrato institucional. El caso estuvo presente en los medios durante meses, y supuso la inter- vención judicial y la clausura del establecimiento, así como una importante movilización de padres, madres, gremios docentes y autoridades políticas locales y provinciales. Con fidelidad a las consideraciones más tradicionales de familia y de género, la inseguridad de los niños en el espacio público pa- recería tener, para varias de las entrevistadas, un antídoto infali- ble: el cuidado materno. Como si la devoción materna garantizara alguna seguridad y no hubiera abusos o malos tratos por parte de las propias madres. En todo caso, la llamada “caja negra” de las familias todavía no se expresa por completo en las voces de las madres entrevistadas, y en sus discursos la violencia aparece como parte de los riesgos exógenos, del mundo exterior. mujeres malabaristas 75 el cuidado a cargo de otros familiares: entre la solidaridad y la “contraprestación” El cuidado de los hijos por parte de integrantes de la familia (abuelas, tías, hermanos, sobrinos) e incluso de vecinos es otra de las modalidades a las que recurren las mujeres entrevistadas para cubrir los momentos del día en que los niños no están con ellas. Tradicionalmente, la ayuda recíproca entre familiares y ve- cinos fue y es una estrategia frecuente para paliar necesidades de distinta índole. Dentro de los sectores populares, las redes de so- lidaridad definen en buena medida la calidad de vida de los ho- gares y la posibilidad de contar con bienes y servicios a partir del intercambio que se produce a lo largo del tiempo (Ramos, 1981). En los sectores medios, la presencia de abuelas y abuelos suele ser un elemento esencial para cubrir el cuidado durante algunas horas del día. Pero lo cierto es que, en unos y otros, los apoyos en cuanto al cuidado se modificaron respecto del pasado, además de presentar características diferentes. Actualmente, encontramos dos modelos para estos intercambios dentro de las familias. Por un lado, persisten patrones de solidari- dad intra e intergeneracional, aunque también hemos advertido una transformación significativa en relación con la estrategia de in- tercambio y de “ayuda mutua” analizada por Silvina Ramos (1981). Si lo histórico era la reciprocidad, el intercambio que no supone un valor de cambio ni espera ser devuelto de forma inmediata, hoy irrumpe una veta diferente en la modalidad de ayuda entre las fa- milias más pobres. El cuidado por parte de parientes actualmente se produce como una “contraprestación” a cambio de un ingreso modesto. Así, emerge un nuevo modelo, que introduce la lógica de las políticas sociales que proliferaron en el siglo XXI como parte de una serie de reglas novedosas que lentamente se van instituyendo en el interior de las relaciones familiares y vecinales. En las décadas de 1970 y 1980, algunas investigaciones habían advertido sobre la relevancia de la reciprocidady la ayuda mutua en las condiciones de vida de los sectores populares urbanos. En un estudio sobre una barriada de México, Larissa Lomnitz (1975) mostró que las relaciones de intercambio y ayuda mutua se estable- 76 el cuidado infantil en el siglo xxi cían a partir de dos condiciones básicas: la reciprocidad y la con- fianza. En situaciones de pobreza, la reciprocidad se tornaba un factor central cuando los recursos monetarios de los miembros del hogar no resultaban suficientes para la subsistencia y, por ende, las familias contaban con otro tipo de bienes y servicios que intercam- biar entre sí. Hacia finales de los años noventa, en un estudio que cubrió quince países de América Latina, Mercedes González de la Rocha detectó un proceso de “aislamiento social” como parte de la erosión de la reciprocidad originada en la “pobreza de recursos” y la pauperización de las condiciones de vida y de los bienes con los que contaba cada hogar. Esta precariedad dificultaba a las familias sostener las redes y relaciones sociales, que requieren contar con un capital –por mínimo que este sea– aun en los umbrales de la pobreza, a fin de mantener activa la confianza entre los sujetos y los intercambios a lo largo del tiempo (González de la Rocha, 2000; González de la Rocha y Villagómez Ornelas, 2005). ¿Qué encontramos en los barrios visitados? Hoy en día, los tér- minos del intercambio y la ayuda respecto del cuidado infantil ya se modificaron. El esquema de solidaridad de los años ochenta continúa vigente entre los sectores populares sólo parcialmente, aunque no encontramos la persistencia del “aislamiento” que en los noventa conceptualizó González de la Rocha. Tanto en La Boca como en Barrufaldi notamos que algunas familias cuentan con in- tegrantes que colaboran en el cuidado de sus hijos. En el conurba- no, el cuidado familiar se halla bastante más extendido que en la capital del país, pero depende de la convivencia en familias exten- sas más que de la colaboración de un familiar no conviviente. Las mujeres de Barrufaldi tienen, en promedio, una mayor cantidad de hijos que las de la ciudad, hogares donde conviven tres gene- raciones y donde abuelas, tías o hermanas son convocadas por las madres para contribuir al cuidado infantil. Si las mujeres trabajan en sus casas y sólo se pide ayuda de modo circunstancial (mientras la madre concurre al médico o vende su producción doméstica), “mirar” a los chicos (por parte de otro familiar) es considerado una tarea que se realiza de forma voluntaria (“de onda”). Marisa tiene sólo 22 años y tres hijos, de 10, 3 y 2 años. Vive en Barrufaldi, está separada y trabaja en su casa produciendo bolsas. mujeres malabaristas 77 La vivienda es precaria. El umbral de sus consumos y del bienestar familiar se encuentra en los límites de la indigencia. El trabajo domiciliario constituye la única estrategia que, por el momento, encontró para subsistir. La ayuda de su hermana, que convive con ella, se vuelve indispensable en los momentos en que necesita salir de su casa por alguna compra o visita médica. Pero parece existir un acuerdo tácito acerca del alcance del intercambio sin re- tribución económica. En caso de que Marisa disponga de mayores recursos monetarios y necesite más colaboración de su hermana, está dispuesta a pagarle. Lo ve como algo “obvio”: Pregunta: ¿Y a veces te los cuida tu hermana? Marisa: Sí. P.: ¿Y cómo arreglan? ¿Vos le das algo a cambio? M.: Sí. P.: ¿Ella vive acá con vos? M.: Sí… Ahora, últimamente, es siempre de onda, pero si llego a conseguir un trabajo piola le pagaría bien…. Obvio, sí, le tendría que pagar como [a] una niñera. En los hogares de clase media, la intervención de los abuelos es más frecuente que la de hermanas u otros niños de la familia, y no hay referencia a ningún tipo de intercambio económico. Las mujeres de clase media que dejan a los niños con sus abuelos dicen tomar los recaudos necesarios para “molestar lo menos posible”, y los abuelos aceptan la responsabilidad en la medida en que ellos mismos no estén trabajando. El caso de Paola ilustra esta situación. Ella forma parte de una familia que vive sin lujos ni carencias, y tiene un hijo de 2 años y 9 meses. Está separada desde hace más de dos años, vive con sus padres, estudia filosofía y tiene dos trabajos. Por la mañana vende ropa en un local de La Boca, y por la tarde da clases de apoyo escolar en su casa. Por el momento, no consiguió vacante para el niño en ningún jardín estatal, y decidió de sistir del jardín maternal privado por el alto costo de la cuota, aunque lo había enviado antes a uno durante más de un año. Desde entonces, al niño lo cuidan entre ella y sus padres: 78 el cuidado infantil en el siglo xxi Yo vivo con mis papás, así que nos tuvimos que organi- zar entre los tres… Quien más me lo cuida es mi papá, que tiene 74 años, pero que no los parece… Mi mamá tiene 60 recién cumplidos, pero mi mamá trabaja más; mi papá ya es jubilado (Paola, 30 años, un hijo de 2 años y 9 meses). En los sectores populares, es frecuente que las hermanas mayo- res –niñas o adolescentes– sean quienes cuidan a los niños más pequeños del hogar. En Barrufaldi, encontramos esta pauta en las familias numerosas, donde, por ejemplo, la hermana de 17 años acompañaba a su hermano menor en el ingreso y la “adaptación” al jardín de infantes. En La Boca, el caso de Omar, único varón entrevistado, nos muestra una faceta más crítica. Él se separó de su pareja pocos meses antes de que lo conociéramos. “Ella lo dejó –dijeron las vecinas– porque él le pegaba.” Omar y sus tres hijos son ya figuras conocidas del barrio. Los chicos, de 6, 4 y 2 años, quedan solos durante horas, a veces a cargo de la hermana mayor: La más grande tiene 6 años, y es una mamá, es como una mamá… Les hace la leche, si lo tiene que cambiar a este lo cambia, es divina. Cuando a veces la tengo que dejar, le digo: “Mirá que ya vengo…” (Omar, 42 años). Para Omar, esta nueva organización rompe los patrones estable- cidos, dado que antes era su pareja quien se ocupaba de los niños mientras él se dedicaba a trabajar, sin tener siquiera que pensar cómo compatibilizar las responsabilidades laborales con el cuida- do de sus hijos: Se me despelotó todo… Porque era mi señora la que se encargaba de todo eso, mientras yo trabajaba. Pero, al irse ella, me quedé en ascuas… Me convertí en un amo de casa, y a la vez trabajo… Me cuesta un montón. En este sentido, Omar admite sentirse “discriminado” por los pla- nes sociales, que sólo “les dan a las mujeres” (con anterioridad a mujeres malabaristas 79 la Asignación Universal por Hijo, estos solían tener como destina- tarias a las “madres pobres”). La misma noción de discriminación indica la conciencia de un derecho vulnerado. Pero, mientras este hombre se considera elegible para acceder a un programa social de transferencia de ingresos, por su situación de pobreza y por ser un “padre solo”, no se percibe como titular de derechos rela- cionados con el cuidado o la educación de sus hijos menores de 5 años, y sostiene que sólo “si Dios quiere” el año próximo obtendrá vacantes para ellos. En términos generales, el factor que define el cuidado por parte de otros familiares es si quien va a intervenir como cuida- dor alternativo está empleado o no. Cuando se trata de adultos o jóvenes, los relatos sobre el cuidado familiar explicitan siempre la condición laboral de la persona que queda a cargo de los ni- ños (“como mi hermana estaba sin trabajar cuidaba a mis hijos”; “como yo estoy sin trabajar cuido a mis sobrinos”; “como mi mamá trabaja, al nene lo cuida mi papá, que está jubilado”), situación que establece cierta fragilidad e inestabilidad en muchos de los arreglos de cuidado familiar, y cuya contracara se expresa en los dichos de Carla: “Cuando mi hermana consiguió trabajo, tuve que buscar vacante en una guardería”. La participación de otros familiares puede ser la estrategia prin-cipal de cuidado alternativo, o bien intercalarse con la asistencia de los niños a los jardines de infantes. Pero ¿cómo se consigue la participación de los familiares en el cuidado de hijos ajenos en contextos de carencia económica? Si la ayuda es intermitente, también lo son la periodicidad y el valor del intercambio, pero si se espera cierta continuidad en el cuidado la contribución eco- nómica se considera implícita, sobre todo entre los más pobres. la “contraprestación” Para los entrevistados más pobres, con un bajo nivel educativo y trabajos informales, el cuidado por parte de los familiares supone normalmente una erogación de quien solicita el servicio. En el 80 el cuidado infantil en el siglo xxi siglo XXI, y en contextos de pobreza, el cuidado familiar se paga. Se produce, entonces, una mercantilización de los intercambios, que podríamos denominar una “microeconomía del cuidado”. Quien queda a cargo de sus sobrinos, por ejemplo, participa en una estrategia tendiente a aliviar su propia situación de pobreza en un contexto en el que emplearse en otra actividad resulta su- mamente difícil. Así, cuidar niños comienza a ser visto como una tarea compleja, con responsabilidad, y una actividad que merece ser retribuida. Las mujeres que trabajan y que cuentan con sus pa- rientes para el cuidado de sus hijos no vacilan en señalar, casi con orgullo, que esa “ayuda” se retribuye, que el acuerdo supone un intercambio monetario, por pequeño que este sea. En el barrio de La Boca, Estela y Carla comentaron al respecto: Mi tía me las cuidaba porque estaba embarazada tam- bién, y entonces, como no tenía nada que hacer, me las cuidaba. Yo le daba cincuenta o cien pesos para que se compre sus cosas… Para que junte. Mi hermana también las cuida. A ella también, cuando tengo, le doy plata, le doy para el colectivo, para la tarjeta del celular… (Estela, 23 años, dos hijas de 2 y 3 años). Yo le daba ciento cincuenta pesos, porque era de lunes a viernes, porque eran muchas horas, mucho compro- miso, porque eran chiquitos. Le daba una parte. No era tampoco lo que corresponde, pero era una ayuda para que me ayude… En realidad, nadie te quiere cuidar a los chicos gratis, ni tus propios familiares. Y entonces siem- pre hay una contraprestación, así sea mínima (Carla, 46 años, dos hijos de 8 y 10 años). Las carencias cristalizadas en la trama social contemporánea, jun- to con la lógica de los programas sociales de alivio a la pobreza, fueron instalando un nuevo modelo de intercambios familiares, distinto de aquellos basados en la solidaridad interpersonal. Quie- nes cuidan a los hijos de sus parientes cobran lo que ellos mismos denominan una “contraprestación”, concepto popularizado por mujeres malabaristas 81 las políticas sociales del siglo XXI. Pero, a diferencia de esos pro- gramas, quien realiza el pago no es el Estado, sino una mujer po- bre, y quien lo recibe no participa en una actividad comunitaria, sino en un trabajo realizado en el espacio privado. Así, en una misma familia se distribuyen los ingresos generados por una de las mujeres, generalmente la que se encuentra empleada. ¿Qué interpretaciones puede tener esta novedad? ¿Acaso se tra- ta de un cambio cultural con respecto a la valoración del cuidado? Creemos que en este cambio se produce una superposición de factores, pero también una nueva valorización de las tareas do- mésticas en situaciones de precariedad, en que hasta una tarjeta para el celular puede ser un objeto de transacción que se obtenga a cambio de un servicio en el ámbito doméstico. Valoración que parece llegar de la mano de los principios de las políticas sociales implementadas en el marco de la “nueva protección social”, en que intervienen de forma insoslayable la transferencia de ingresos y el valor de cambio de una “contraprestación”. Llama la atención el hecho de que el monto del subsidio del Plan Jefes y Jefas se haya convertido en una referencia para establecer cuánto se les abona a los parientes cuidadores. Los ciento cincuenta pesos que otor- gaba el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados se convirtieron en un valor aceptado entre los sectores populares para retribuir la “ayuda”. Lógicamente, no podía exceder lo que cuesta un jardín maternal privado, pero tampoco lo que recibían las mujeres por medio de los planes sociales (con anterioridad al establecimiento de la Asignación Universal por Hijo). Aunque el concepto –y la dinámica– de la contraprestación for- me parte de la jerga actual de los sectores populares y sea una pauta establecida por el Estado y reproducida en las transacciones privadas, no implica que la trama de la solidaridad se encuentre erosionada. Hoy en día, cuando una mujer percibe ingresos y los redistribuye a fin de subsanar la precariedad de otros miembros de su familia, se considera en términos de “ayuda dentro de la co- munidad”. Por lo tanto, se establece otra forma de solidaridad, en la que quien contrata los servicios de un pariente está pendiente de sus necesidades, reconoce la “ayuda” en la dedicación del otro, y ofrece dinero o regalos a cambio, si no ya a lo largo del tiempo, 82 el cuidado infantil en el siglo xxi en la inmediatez del presente. Esta nueva modalidad evidencia cómo las políticas públicas contribuyen a la generación de reglas culturales. Los sujetos cuyos testimonios recabamos emulan deter- minadas reglas de las políticas y programas de alivio a la pobreza que se impulsaron en la Argentina del siglo XXI, y así demuestran que esas dinámicas hoy forman parte no sólo de la expectativa económica de las familias en situación precaria, sino también de sus relaciones interpersonales. En relación con el cuidado, en las familias entrevistadas que optaron por esta estrategia se buscaba evitar el anonimato de quien prestaba el servicio, y para los sujetos resultaba central delegar el cuidado en un pariente o alguien de confianza. Como contrapartida, y confirmando el proceso de mercantili- zación de las relaciones de parentesco y ayuda mutua, varias mu- jeres señalaron que algún familiar o vecina “miraba” a los hijos, pero que no se les podía pedir mucho mientras no se les paguese. Este es, entre otros, el caso de Omar, que vive en un conventillo de La Boca y, desde que quedó a cargo de los niños, deambula por las distintas instituciones del barrio para conseguir un cupo para los dos más pequeños, mientras su hija mayor asiste a la escuela primaria. Durante el tiempo que Omar se dedica al trabajo y la niña de 6 años se encuentra en la escuela, los niños pasan largas horas en una pieza de inquilinato, bajo la “mirada” de una vecina: Están en mi casa, pero ella los mira… Y yo voy y vengo… Pero no es lo mismo, es una vecina… Los puede tener bien a los chicos, pero no le puedo decir nada porque no le pago nada, es de onda que lo hace. A pesar de ello, no consideramos que las redes de solidaridad se hayan erosionado por completo en los sectores populares. Más bien parecería que, al día de hoy –parafraseando el tango “Mano a Mano”, de 1918, con letra de Celedonio Flores–, “los favores recibidos” requieren ser pagados… mujeres malabaristas 83 el acceso a servicios públicos: entre la educación y el cuidado En la medida en que las “ayudas familiares” dependen de contar con algún allegado dispuesto a realizar la tarea y suele resultar un arreglo inestable, para las mujeres que trabajan el acceso a alguna institución de cuidado en el ámbito público se valora como una alternativa positiva, aunque no siempre se concrete. Externalizar el cuidado de los niños, colocarlo en manos de algún tipo de ins- titución y en el espacio público resulta una opción cada vez más apreciada por muchas familias. De modo que la disponibilidad de servicios en el área opera como un umbral material, pero también simbólico, de carácter complejo. Hay una importante diversidad de instituciones públicas que atienden a la primera infancia en la Argentina (quemuestran di- símiles perspectivas y coberturas, que analizaremos en el capítulo 5). Este panorama comienza a instalar la cuestión del cuidado in- fantil como un derecho de niños y niñas, al menos en el terreno normativo. Así, a partir de la Ley Nacional de Educación (Ley 26 206, de 2006), la formación inicial constituye una “unidad pe- dagógica especial”, que comienza a los 45 días y se extiende hasta los 5 años, dividida en dos ciclos: el de los jardines maternales (para niños y niñas de entre 45 días y 2 años de edad) y el de jardines de infantes (para niños y niñas de 3 a 5). A pesar de este avance y del hecho de que el Estado se vio obligado a “univer- salizar” la oferta de servicios educativos para niñas y niños de 4 años, la asistencia se mantuvo obligatoria sólo a partir de los 5 años en la mayor parte de las provincias argentinas. Cabe destacar las excepciones de la provincia de Buenos Aires, que amplió la obligatoriedad a la sala de 4, la universalización a la de 3; y de la CABA, cuya Constitución establece como responsabilidad estatal la provisión de servicios educativos para todos los niños a partir de los 45 días. Se trata, por lo pronto, de un avance normativo con escasas manifestaciones en la práctica, en especial en las edades más tempranas. Por otro lado, la regulación que promueve la ins- talación de Centros de Desarrollo Infantil (CeDI), a partir de la Ley 26 233, de 2007, establece que estos atenderán a los niños has- 84 el cuidado infantil en el siglo xxi ta que cumplan 4 años y pueden ser administrados por el Estado o por organizaciones no gubernamentales. Deben “integrar a las familias para fortalecer la crianza y el de sarrollo de sus hijos, ejer- ciendo una función preventiva, promotora y reparadora” (art. 9). Se fortalece así la perspectiva de percibir las necesidades de cuida- do de los niños de las familias pobres como algo diferente de los enfoques pedagógicos. Por otra parte, existen jardines “comuni- tarios” (gestionados por organizaciones de la sociedad civil, con o sin apoyo financiero estatal). En este planteo, se evidencia cierta óptica binaria en relación con cuál sería (como sustrato de las leyes y como perspectiva de quienes trabajan en esos servicios) el rol de los distintos espacios. Desde el punto de vista del diseño de la oferta de servicios, existe una falsa dicotomía entre “educar o cuidar”, que se repite a lo largo de varios relatos (del lado de la oferta de servicios) y que profundizaremos en el capítulo 5. Para esta posición, los jardines de infantes serían entornos principal- mente pedagógicos (mas no de cuidado). Desde el punto de vista de las mujeres también surgen dife- rencias en cuanto a lo que unas y otras buscan en los espacios públicos que reciben a sus niños, ya sean jardines públicos, co- munitarios o CeDI. Mientras muchas usuarias priorizan la cues- tión pedagógica –en tanto resuelven el cuidado por vía de otras estrategias familiares o privadas–, otras resignifican la función de los jardines de infantes en busca de un ámbito para la aten- ción de sus hijos que articule lo pedagógico y lo afectivo, la edu- cación y el cuidado. La ubicación territorial resulta un factor definitorio en este sentido. el caso de barrufaldi La decisión de externalizar el cuidado de los niños está mucho más extendida entre quienes viven en la ciudad y, en consecuen- cia, tienen mayor acceso a las instituciones (los casos entrevistados en La Boca dan cuenta de eso). En cambio, esta opción apenas aparece en Barrufaldi, en el conurbano bonaerense, donde las mujeres malabaristas 85 únicas instituciones establecidas para niños de hasta 5 años son dos jardines de infantes de gestión pública que, en modalidad de jornada simple, reciben a niños a partir de los 3 años. No hay jardines maternales ni comunitarios, ni centros de de sarrollo in- fantil, ni guarderías. No hay un solo establecimiento –ni estatal ni privado– que atienda a niños menores de 3 años, y tampoco se cuenta con instituciones de jornada completa. En la medida en que las mujeres del barrio recurren a los jardines buscando prin- cipalmente la escolarización de sus hijos, esta oferta es suficiente para la cantidad de habitantes del barrio, pero si pretendieran un espacio alternativo al hogar para el cuidado de los niños, estarían en problemas. ¿Cómo perciben las mujeres de Barrufaldi la asis- tencia de los niños a los jardines de infantes? El jardín está instalado como un hábito extendido en las fami- lias, aun entre las más pobres de las entrevistadas. La expectativa es básicamente pedagógica. A diferencia de las clases medias, en las que el ingreso al jardín de infantes suele tener lugar hacia los 2 o 3 años del niño (excepto aquellos que asisten a jardines ma- ternales), para las mujeres de Barrufaldi bien puede comenzar a los 4 años, ya que suelen considerar que antes “son muy chiquitos para asistir”. El cuidado materno, complementado con el de otros familiares, es el canon que prevalece en este barrio, antes del in- greso al jardín de infantes. Barrufaldi constituye un caso interesante para analizar cómo la limitación de la oferta demarca los contornos de posibilidades dentro de los cuales las familias toman decisiones acerca del tra- bajo de las mujeres y la escolarización temprana de los niños. La depresión económica e institucional de Barrufaldi no permite si- quiera articular una demanda social en torno al cuidado, que ter- mina anclándose mayormente como materia doméstica y familiar. Rara vez alguna entrevistada comentó la necesidad –o siquiera el de seo– de contar con instituciones públicas a modo de alternativa al cuidado doméstico y familiar. En los jardines del barrio identi- ficamos, incluso, que las vacantes para la sala de 3 años quedaban sin completarse. Pese a una imagen relativamente disociada entre educación y cuidado, para las mujeres trabajadoras de Barrufaldi los jardines 86 el cuidado infantil en el siglo xxi integran el limitado conjunto de estrategias conciliatorias, aun- que, en la medida en que los horarios de esos no siempre con- cuerdan con los del trabajo, y al no contar con establecimientos de jornada completa, la actividad remunerada queda restringida; así, también se acotan sus ingresos. Entre las entrevistadas, sólo siete (de un total de quince) trabajaban. Algunas lo hacían en su propia casa, elaborando comida (panes o rosquitas), envasan- do artícu los de limpieza o produciendo insumos diversos para la venta. De las que trabajaban afuera, dos estaban ocupadas en el servicio doméstico, una era operaria en una fábrica y otra se de- sempeñaba como empleada administrativa en una universidad. Todas admitieron trabajar a medio tiempo, durante las horas en que los niños estaban en el jardín o en la escuela, o bien ajustaban sus horarios en función de su cuidado. A Anabel, por ejemplo, la conocimos en la puerta del jardín provincial, cuando esperaba la salida de sus niños de allí y de la escuela vecina. Tenía 41 años y estudios secundarios completos, estaba separada y vivía con sus dos hijos (una niña de 7 y un niño de 3 años) y su tío, quien la crió. Tomaba un colectivo para llegar hasta el jardín y después caminaba siete cuadras. Enviaba al niño al jardín porque “necesitaba socializarse”, pero también le per- mitía organizar su propio trabajo. Anabel se de sempeñaba como empleada doméstica, todas las mañanas, mientras los chicos es- taban en la escuela. Los días que trabajaba de tarde los cuidaba su tío, pero no quería recargarlo “porque es grande”. También realizaba tareas de costura y tejido en su casa, y en el momento de la entrevista recibía el subsidio de ciento cincuenta pesos del Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados. Sus ingresos eran tan escasos como sus consumos; pero el horario del jardín no le permitía tra- bajar más. Sin embargo, Anabel no esperaba más del jardín, ni de su tío, ni de ninguna otra institución, sino de ella misma. Refirió que no queríatrabajar más, que prefería cuidar personalmente a sus hijos cuando no estaban en la escuela, y que por esa razón adaptaba sus consumos –por ejemplo, en comunicaciones y cale- facción– a sus magros ingresos. Todo lo que no se asociaba con la subsistencia se percibía como superfluo: mujeres malabaristas 87 Pregunta: ¿Querrías trabajar más? Anabel: Mientras ellos sean chiquitos prefiero cuidarlos yo y tenerlos conmigo. P.: ¿Y te podés bancar? A.: Sí, porque tengo los gastos mínimos indispensables, nada más, no somos de estar “sobreconsumiendo” todo lo que el ritmo de la vida te exige. Por ejemplo, yo no ando con celulares, me parecen totalmente inútiles para mí. Un gasto innecesario. Tengo un teléfono en mi casa, con ese me alcanza y sobra. Y con el tema del gas, tene- mos gas natural y también hacemos lo posible como para consumir lo mínimo, tenemos una estufa y los días fríos la prendemos y queda encendida en piloto… En estos casos, los niños concurren a jornada simple y el cuidado materno se alterna con su asistencia al sistema educativo. La “do- ble jornada” de las mujeres, no sólo como mandato, sino también como la posibilidad concreta de compatibilizar su participación en el mercado remunerado y la atención de los hijos, depende de su escolarización, incluso más de lo que las propias mujeres –he- rederas de un paradigma fuertemente maternalista– reconocen. Pero la presión cruzada entre la función maternal y el bienestar familiar trae consigo, para las jefas de hogar, una renuncia a la obtención de bienes y servicios. Las madres se las ingenian para trabajar durante las horas que los niños permanecen en el jardín, para recurrir a familiares que las “ayuden” en el cuidado cuan- do se produce un vacío y, de forma ineludible, para “ajustarse el cinturón” y consumir “lo mínimo” posible, con tal de perma- necer buena parte del día con sus hijos. De modo que el círcu lo maternalismo-precariedad pone en jaque el trabajo de las mujeres a tiempo completo, incluso entre aquellas que no viven en pareja y de cuyos ingresos depende la subsistencia familiar. El hecho de que los subsidios estatales completen las precarias economías de estas mujeres –sin acompañarse de la extensión de la oferta de servicios ni de la promoción del empleo entre muje- res pobres– no hace sino confirmar que en esta espiral la escena socioeconómica y la institucional se imbrican de un modo inquie- 88 el cuidado infantil en el siglo xxi tante. El cuidado como tal continúa siendo percibido como una responsabilidad de la esfera privada, doméstica, familiar, mien- tras que los ámbitos públicos, en especial los jardines de infantes, son vistos como espacios exclusivamente educativos. Es evidente, así, que la falta de una oferta adecuada, que pudiera ocuparse no sólo del aprendizaje, sino también del cuidado cotidiano de los niños (dado que una cosa no quita la otra), indudablemente opera como un elemento de sujeción y reproducción de los roles tradicionales entre las mujeres pobres, cuando no de ampliación de las de sigualdades sociales. el caso de la boca Este caso resulta interesante porque entraña una diversidad de estrategias de cuidado que evidencia otros modos de entender y resolver las relaciones de género, el rol de las familias (y de las ma- dres) y el papel de los servicios públicos y privados. Si la tradición histórica y cultural suponía el cuidado como una actividad que debía resolverse sobre todo en los ámbitos privados (familiares o mercantiles), en La Boca encontramos una creciente demanda al Estado para la provisión de servicios, y mujeres para quienes el cuidado de los hijos legítimamente puede institucionalizarse. Allí, más que en Barrufaldi, los jardines son percibidos como espacios que permiten aliviar responsabilidades familiares y trasladar, du- rante unas horas, la tarea del cuidado infantil, en especial cuando se consigue vacante en un jardín estatal de jornada completa. Se trata de un barrio con una oferta escasa para los cánones de la CABA, pero mucho más densa y diversa que la de Barrufaldi. En 2009, en La Boca había un total de seis jardines de infantes estata- les –aunque uno solo (la “escuela infantil”) recibía a niños a partir de los 45 días y hasta los 5 años–, un centro de de sarrollo infantil, dos jardines comunitarios (que funcionaban gracias a convenios entre una organización de la sociedad civil y el Estado) y ocho jardines educativos de gestión privada. Semejante variedad de ser- vicios reflejaba un abanico de características, propuestas, costos y mujeres malabaristas 89 mecanismos de ingreso que permitían a las mujeres otro tipo de expectativas. Del total de entrevistadas en el barrio de La Boca, la mayoría (diez) utilizaba los servicios educativos o de cuidado: cuatro ha- bían accedido a jardines estatales, cuatro a jardines privados y dos a jardines comunitarios. De las seis entrevistadas restantes, tres estaban buscando cupo en jardines estatales y otras tres preferían no mandar a los niños al jardín, ya fuera porque “aún es chiquito” o bien para “evitar gastos”, dando por sentada la dificultad para encontrar vacante en los jardines de gestión pública. En buena medida, en este barrio la escuela es vista como “el mejor lugar” para dejar a los niños mientras sus padres y madres trabajan. En la institución, se valora la profesionalización del cui- dado que, mediante estrategias educativas, favorecería un mejor de sarrollo de los niños. Desde este enfoque, se insiste en que el tiempo de los chicos puede resultar más provechoso si acuden a un jardín que si se quedan en sus casas. De hecho, en la Argentina, el 97% de las docentes de nivel inicial finalizó estudios terciarios, y forma parte de un segmento de mercado altamente regulado y protegido (Esquivel, 2010a). Los entrevistados perciben, así, una estrecha vinculación entre la expectativa pedagógica y el cuida- do, según la cual los jardines maternales y de infantes superarían la antigua concepción de las “guarderías” o espacio de “guarda” (dependientes de empresas y destinados a madres trabajadoras) e interpelarían la supuesta “responsabilidad natural” de las familias en la atención de los niños. Así, Omar especulaba: ¿Qué mejor que un colegio? ¿Quién los va a atender me- jor? Aparte, les están enseñando constantemente… Es- tando acá [solos en la casa] no aprenden nada… Cuan- do ellos consigan una vacante, yo también quiero que vayan tiempo completo. Pero eso será, si Dios quiere, el año que viene… Omar no consiguió cupo en ningún jardín para sus hijos más pe- queños, que para comer, asisten todos los días a uno de los come- dores comunitarios del barrio. Durante el tiempo que él trabaja 90 el cuidado infantil en el siglo xxi como corredor de productos de blanquería y fundas de celular, entre otras cosas; como ya se mencionó, los niños pasan las ho- ras en la casa, una pieza de inquilinato, bajo “la mirada” de una vecina o al cuidado de la hija mayor, de 6 años, a quien él elogia diciendo que es “como una mamá”. Cuando los niños son más pequeños, la decisión de buscar un espacio para su cuidado se asocia también con la estructura y la posición de las mujeres en el hogar. Recurrir a estas institucio- nes en el ámbito público cobra particular significación para las madres que son jefas de hogar y de cuyos ingresos depende la manutención y el bienestar propio y de sus hijos, como en el caso de Carla: Para trabajar tranquila, lo mejor es llevarlo a jornada completa. […] Te podés de senvolver mejor y los chicos también… En lugar de estar toda la tarde en la casa, es- tán en el colegio. Por una cuestión de necesidad, ¿no? Para Carla, todas las estrategias probadas con anterioridad resul- taron provisorias. Cuando sus hijos eran chicos, logró alternar dis- tintas opciones para el cuidado: primero los cuidaba su hermana, que vivía “en el piso de abajo” (a cambio de una “contrapresta- ción”), luego logró inscribirlos en un jardín comunitariode bajo costo, y finalmente accedieron a un jardín de infantes de gestión estatal y doble jornada. Hasta ese momento, sus estrategias se habían adecuado a las posibilidades y restricciones del contexto, pero el ingreso al jardín de doble jornada trajo consigo una esta- bilidad en la organización del cuidado. Y, con ello, la “tranquili- dad” que refiere en su testimonio. Mientras tanto, entre las parejas de sectores populares reapa- recen, recargadas, las imágenes de género tradicionales. Muchas de las mujeres pobres que trabajan y conviven con sus parejas se encuentran en continua negociación con ellos, quienes no siem- pre aceptan de buen modo la institucionalización del cuidado de los hijos ni el trabajo de las mujeres. Las imágenes de género que confirman papeles y relaciones tradicionales entre hombres y mu- jeres, a partir de una división tajante entre lo público y lo privado, mujeres malabaristas 91 entran para ellos en conflicto con una práctica del cuidado infan- til profesionalizado y dentro del ámbito público. El cuadro maternalista surge, entonces, como fondo que ci- mienta las negociaciones dentro de las parejas. Imágenes que de- safían, al mismo tiempo, el trabajo femenino y la asistencia de niños a instituciones, cuando estos “son chiquitos, pobrecitos”, y deberían ser cuidados por sus mamás, revitalizando un modelo de familia y de hogar tradicional, que no pocas veces será de safiado por las propias mujeres. Este es el caso de Celina, de 29 años, una promotora de salud comunitaria y ex beneficiaria del Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, que tiene cuatro hijos. La conocimos en un comedor comunitario y la entrevistamos mientras la acompañábamos a la parada de colectivo donde to- das las tardes esperaba que sus hijas de 11 y 9 años regresaran de la escuela primaria de doble jornada. Eran aproximadamente las 17 hs y recién había retirado a sus dos hijos más pequeños del jardín comunitario gestionado por la Asociación de Damas Salesianas. Mientras caminaba, Celina empujaba el cochecito con sus dos hijos (de 3 años y 1 año y 5 meses). Ese recorrido de diez cuadras lo hacía de lunes a viernes, una vez que salía de su trabajo en el Centro de Salud del barrio. A veces mi marido dice: “Dejá de trabajar y ocupate de ellos […], es chiquitito para ir para allá”. Pero no, yo digo: si tengo el tiempo, ¿por qué no voy a trabajar, si entre nosotros estamos coordinados? Ellos están en la guardería y yo estoy trabajando. Trabajo ahí nomás, y cualquier cosita que les pase me pueden llamar, estoy a un paso. Cuando yo salgo, los retiro y me los traigo todo el camino conmigo, así como vengo. Y a mis hijas mayo- res las espero acá, cuando bajan del colectivo. Las mujeres asocian la necesidad del jardín maternal y de infantes con el hecho puntual de tener un trabajo. Inscribir a los hijos en una escuela pública de jornada completa se siente como un rease- guro de que la madre pueda trabajar, sin necesidad de erogar recur- sos adicionales para su cuidado. La escuela no se percibe, en estos 92 el cuidado infantil en el siglo xxi casos, como opuesta, sino como complementaria a las familias. Tal es el caso de Ángela, la principal proveedora de ingresos durante el tiempo que duró su primer matrimonio, del cual tiene dos hijos, pero que luego, al formar una nueva pareja, tuvo otros dos niños y se adaptó a un modelo familiar en que el marido es quien genera los ingresos y ella quien se ocupa de los niños. Ángela nos cuenta que siente una fuerte nostalgia por los tiempos en que trabajaba y “tenía su plata”. En el momento de la entrevista, estaba buscando reinsertarse en el mercado laboral, en actividades de limpieza de oficinas. El hecho de tener a los hijos en una escuela de jornada completa le permitía pensar que esa posibilidad era viable. Yo trabajé, después me separé, y después me junté con el papá de los dos más chicos. Ahora no estoy trabajando. Estoy queriendo trabajar, por eso no los quiero sacar de doble jornada (Ángela, 36 años, cuatro hijos; los meno- res, de 4 y 5 años). Allí donde existe, como en el barrio de La Boca, la opción por las “escuelas infantiles”, instituciones educativas que reciben a los niños desde los 45 días hasta los 5 años en modalidad de doble jornada, se convierte en la alternativa más valorada. Estas escuelas no sólo proveen un cuidado y una educación de calidad, sino que además lo hacen de forma continua a lo largo de la primera in- fancia. En el momento que se ingresa, la vacante queda asegurada hasta la finalización del ciclo inicial, a los 5 años. Nina, empleada en el sector formal de la CABA, con una beba de 8 meses, depende de esa oferta para garantizar el cuidado de su hija a lo largo del tiempo. Uno busca una institución donde el niño ingrese y ter- mine, o sea, yo no busco una “escuela de salvavidas” ahora, durante cuatro meses, y después me arreglo; busco una institución garante de que el niño empiece en lactario y termine en sala de 5 (Nina, 36 años, una hija de 8 meses). mujeres malabaristas 93 Nina es empleada del gobierno de la ciudad de Buenos Aires y, por la noche, cursa el magisterio. Su marido es mecánico, y trabaja a diario hasta las diez de la noche. Cuando la pareja tuvo una beba, el trabajo de Nina, en condiciones formales, le permitió acceder a una licencia por maternidad y luego retomar su tarea, aunque ase- gura que “hubiera preferido quedarme todo el primer año con la nena, para manejar mejor los tiempos, pero no podía ni pensar en no percibir el sueldo”. La niña tiene 8 meses, y así son sus días: por la mañana, asiste a la escuela infantil de gestión estatal de su barrio, luego pasa parte de la tarde con su madre, y por la noche está con los abuelos, hasta que el padre sale del taller y la pasa a buscar. Sien- do de las pocas afortunadas que, al finalizar su licencia, consiguió un cupo para que su hija asista al prestigioso jardín maternal del barrio, se sorprende frente a la incompatibilidad de horarios entre las jornadas laborales y el calendario escolar. Yo tenía una creencia del jardín maternal… que acom- pañaba a la vida del chico en el horario… pero ¡imagi- nate que yo me levanto para entrarla a las ocho de la mañana y tengo que entrar a las diez y media al trabajo! El tema de la lactancia, como madre, se te frustra, por- que hay toda una ley [por la] que te achican el horario los primeros meses. Es bárbaro, pero después te encon- trás con que entrás en una escuela que no tiene flexibili- dad: tenés que entrar y salir en un horario determinado. Entonces, me aleja de Anabella, una hora o dos horas… Las horas que me achica la ley por la lactancia, me las achica la institución… Encontré una rigidez total. A pesar de estas dificultades, en perspectiva la escuela infantil continúa siendo la institución más apetecible del barrio. Año tras año, quedarán fuera de esta y otras escuelas niños provenientes de familias que buscan lo mismo que Nina. Una sola institución de gestión pública en un barrio tan poblado no alcanza a cubrir la demanda existente. Valga aclarar que a ella asisten doscientos cincuenta niños y niñas, pero su déficit es todavía mayor, como lo expresaba su directora en una entrevista: 94 el cuidado infantil en el siglo xxi Esta escuela tiene una lista de espera muy, muy gran- de. Lamentablemente, hay pocas salas de lactario, po- cas salas de deambula; digamos que en todo lo que es maternal hay muy poco en el gobierno de la ciu- dad, porque no es obligatorio para nadie. Cada sala comienza el año con no menos de cincuenta, setenta chicos en lista de espera (Sonia, directora de escuela infantil, zona sur de la CABA). conseguir cupo: una difícil tarea Desde el punto de vista de las usuarias de los servicios, los jardines de infantes son vistos cada vez más como una alternativa legítima para lograr un cuidado de calidad sin poner en riesgo los recursos de las familias. De forma creciente prevalece, en la CABA, laidea de que la asistencia de los niños a un jardín de infantes gratuito es lo que permite a las madres “salir” a trabajar. Esta idea proviene de una racionalidad económica, en función de la cual la escasa oferta de servicios públicos y gratuitos conlleva desfamiliarizar el cuidado e implica –a menudo– mercantilizarlo. Sin embargo, la magra disponibilidad de estos y otros ser- vicios de cuidado, sus barreras y sus costos –en particular en el sector privado– repercuten en una capacidad altamente de- sigual para desfamiliarizar el cuidado infantil. En el momento de la investigación de campo, el proceso de ingreso a las insti- tuciones estatales en edades tempranas suponía largos y a veces infructuosos intentos por parte de las mujeres de los sectores medios y populares.25 25 Este sistema se modificó a fines de 2013, cuando el gobierno de la CABA digitalizó la inscripción a las escuelas públicas para el ciclo lectivo de 2014. La modificación tecnológica no se acompañó de la generación de más cupos ni facilidades en la inscripción online, sino, más bien, produjo mayores problemas en la asignación de vacantes. mujeres malabaristas 95 La información sobre cobertura de jardines de infantes y ma- ternales en la Argentina refleja la heterogeneidad existente entre regiones y clases sociales (como se analiza en profundidad en el ca- pítulo 5). En términos generales, la cobertura se garantiza para los niños y niñas de 5 años, pero no en los niveles no obligatorios, don- de la participación de la oferta privada se incrementa notablemente (Faur, 2009 y 2010). Mientras ya en 2006 había más de seis mil niños en lista de espera, en 2013 el déficit alcanza a 6767 (ACIJ, 2013). Pese a que en la CABA existe un déficit de vacantes en todo el nivel inicial, la situación más crítica se da en el caso de los niños de entre 45 días y 3 años, en particular en la zona sur de la ciudad. En esta franja etaria predomina –en todo el país, en la CABA y en el barrio analizado– la oferta privada frente a la pública. El hecho de que en este segmento la provisión no sea obligatoria constituye, como veremos, un resguardo para los gobiernos provinciales, para no ampliar la oferta estatal (Faur, 2009, 2011). Pero la particulari- dad del caso de la CABA es que allí sí se vulnera un derecho prote- gido por la Constitución de la ciudad. De modo que, una vez que se toma la decisión de escolarizar a los niños pequeños, se pone en jue- go la capacidad económica de la familia para pagar una institución privada, particularmente cuando se trata de un jardín maternal. Si no hubiera entrado ahí, yo habría entrado en de- sesperación, porque a la mañana no hay nadie que cuide a la nena. Yo gano mil quinientos pesos, pago un alquiler de mil pesos, y no puedo pensar en un privado… Yo me paro desde ese lugar y debe ser de sesperante. Porque, en realidad, creo que todos los barrios tienen este proble- ma. […] El jardín maternal es algo relativamente nuevo (Nina, 36 años, una hija de 8 meses). Las prioridades para ingresar a los jardines de infantes se encuen- tran establecidas en una reglamentación del gobierno de la ciu- Con respecto al nivel inicial, operó como una chispa que iluminó un viejo problema de la CABA: el de la demanda insatisfecha. 96 el cuidado infantil en el siglo xxi dad, que los directivos y el personal de las escuelas conocen bien y sobre la cual aseguran no realizar excepciones. Estas se basan en la proximidad domiciliaria (un radio de diez cuadras respecto del jardín), en la cercanía del trabajo de los padres, en la continuidad respecto del año anterior y en la presencia de hermanos mayores entre el alumnado del jardín. Tambien tienen prioridad los hijos del personal de la escuela. Cuando se decide escolarizar a un niño con anterioridad a la sala de 5 (obligatoria), las potenciales usuarias se informan sobre estos mecanismos en los jardines del barrio y con las vecinas. No obstante, el primer obstácu lo no se halla en la regulación en sí, sino en los límites de la oferta, que crean barreras para el acce- so e instalan una débil percepción en torno al derecho a la edu- cación (y, con eso, al cuidado fuera de la casa) como potencial garantía para los niños más pequeños, cuya asistencia a jardines no es obligatoria. La insuficiente cobertura de estos servicios re- percute en la apreciación de que el cuidado, como derecho, sólo virtualmente estaría protegido por la vía de la educación inicial, incluso para quienes se encuentran en una situación establecida como “prioritaria” en el acceso a jardines maternales y de infan- tes. Aquellos sectores de la población que no consiguen ingresar a la oferta pública podrán quizás acceder a un servicio privado, otra porción será cubierta por la oferta asistencial, y el resto acaso sea de salentado y posponga el ingreso al sistema educativo para las edades en las que existe una mayor proporción de vacantes. En consecuencia, el déficit de la oferta repercute en una significativa de sigualdad en el acceso, que afecta, en general, a los niños, los adultos y, en definitiva, a las familias más pobres.26 26 En la CABA, la proporción mayor de niños que no asisten al jardín de infantes se concentra en el primer quintil de ingresos. Elaboraciones propias, sobre la base de datos de la Encuesta Anual de Hogares (EAH) de 2005, muestran que el 42% de los niños de 0 a 2 años y casi el 80% de entre 3 y 5 años que no concurren pertenecen a los hogares más pobres (ubicados en el primer quintil de ingresos) (Faur, 2009). mujeres malabaristas 97 Desde el punto de vista de la demanda, resulta crucial conocer los dispositivos a los que se puede recurrir, anticiparse a los otros en la obtención de la información sobre los requisitos de ingreso, inscribir a los niños en más de un jardín o hacerlo durante la gestación (“anotar las panzas”) y, en última instancia, apelar al sistema judicial cuando el mero hecho de insistir no es suficiente y la necesidad apremia. Carla, jefa de hogar con dos niños a cargo, nos relató su periplo: Lo anoté y quedó en el décimo lugar en la lista de es- pera… Lo anoté ahí, y para jornada completa, en La- madrid. Allí salió octavo en lista de espera, así que no ingresó. Era para sala de 4, pero perdió ese año. Tras apelar a casi todas las vías posibles, Carla encontró que la más efectiva para conseguir el cupo era recurrir a un juzgado, no para demandar la falta de acceso, sino para solicitar un escrito a la jueza que llevaba su caso como víctima de violencia familiar. Sacar ventaja de una vulnerabilidad particular, como jefa de hogar vícti- ma de violencia de género, resultó, en su caso, definitivo: A través de eso conseguí la vacante. Me dijo la directo- ra: “Que venga dentro de una semana”. Y a la semana ingresó. Al año siguiente, ya automáticamente entra la hermana, porque al tener un hermanito adentro ya in- gresa más fácil. La opción de inscribir a los hijos en la “escuela infantil” –institu- ción de gestión estatal que recibe a los niños desde los 45 días has- ta los 5 años, en modalidad de jornada completa, respondiendo al paradigma del jardín como “unidad pedagógica”, según la Ley Nacional de Educación– es la única que permite omitir los vaive- nes entre las distintas alternativas de cuidado para las diferentes edades. En el barrio de La Boca existe una sola institución de este tipo, un espacio agradable y de reconocida calidad educativa, que es codiciada en la zona y a la que muy pocos logran ingresar, como se ha señalado. 98 el cuidado infantil en el siglo xxi Nina consiguió que su beba asistiera a esta institución no bien finalizó su licencia por maternidad. Cuando quedó embarazada, contaba con una buena cantidad de información sobre los me- canismos para el acceso al jardín y no vaciló en apurar los trámi- tes: “A los tres meses de embarazo, fui corriendo a informarme”. Por su parte, la perspectiva de quienes no consiguieron cupo en la escuela infantil es profundamentecrítica con respecto a los mecanismos de acceso, llegando incluso a mostrar desconfianza sobre la transparencia de los procesos, tal como observa Adria- na, una contadora con hijos de 6 y 2 años, que se volcó al sector privado: Lo intenté, pero ni siquiera te lo anotan en lista de es- pera… Después me enteré, hablando con las mamás en la plaza, que todo es una truchada, ya están todas [las vacantes] asignadas… Uno de los criterios para el ingreso a los jardines establece que la madre (más que el padre) se encuentre inserta en el mercado de trabajo, por lo que las mujeres continúan siendo percibidas (in- cluso por parte de las instituciones educativas) como los principa- les sujetos en la tarea de conciliar las responsabilidades laborales y familiares. Para inscribir a los niños se les pide una constancia de trabajo. Sin embargo, a la luz del déficit de la oferta, esta su- puesta prioridad hace que algunas entrevistadas se consideren doblemente excluidas (del mercado de trabajo y del acceso a los servicios educativos), o bien presas de un círcu lo vicioso, en el que “sin trabajo no hay vacante”, y viceversa. Vale decir que el límite en la provisión termina alejándolas de la posibilidad de ingresar al mercado laboral, y que la imposibilidad de trabajar las minusva- lora en la asignación de vacantes: Te ponen en lista de espera, o te piden un certificado de trabajo. Pero si yo no la dejo cómoda a ella, no puedo tener certificado de trabajo como para dejarla (Silvana, 26 años, una hija de 1 año y medio). mujeres malabaristas 99 Por lo visto, quedan claros los límites del diseño y las coberturas de los jardines de infantes, tema examinado estadísticamente en un trabajo anterior (Faur, 2009) y sobre el cual profundizaremos en el capítulo 5. Mientras los jardines de infantes y maternales forman parte de las provisiones previstas en la Ley 26 206 y de la Constitución de la CABA, y a partir de ahí se podría concebir el cuidado infantil como un derecho de los niños, el hecho de que su obligatoriedad se establezca recién a los 5 años evidencia los confines de la ley (y del derecho). Simplemente, no hay lugar para todos. Cuanto menores sean los niños, y cuanto más pobres, menos servicios encuentran disponibles. Esto parece construir una conciencia de derechos diversa y disímil, que no se sustenta sobre la base de la universalidad, sino a partir de la fragmentación e insuficiencia de las provisiones. En ocasiones, las usuarias buscan acceder a otros espacios, como los CeDI; los Centros de Primera Infancia (CPI) o los jardi- nes comunitarios, pero estos, en la mayoría de los casos, disponen de salas hasta los 3 años, y a partir de entonces no siempre permi- ten un pasaje directo a la obtención de un cupo en un jardín para la sala de 5 años. De modo que, cuando un niño asiste a un centro de de sarrollo infantil o a un jardín comunitario, puede atravesar el proceso de obtener cupo una vez que egresa, como en el caso de Carla. Además, estos centros disponen de niveles de institucio- nalización mucho más frágiles que los jardines de infantes, y no siempre cuentan con docentes tituladas para ocuparse de los ni- ños, sino que están configurados desde una lógica asistencial. No son, por el momento, concebidos como potenciales proveedores de servicios universales para la atención de los niños. Así, la valo- ración de los jardines estatales por parte de nuestras entrevistadas se sustenta en el profesionalismo y en la estabilidad del servicio (una vez que se logra ingresar). Así, parecería que acceder a un jardín maternal o de infantes no se constituye, subjetivamente, en un derecho, sino que se percibe como poco menos que un privilegio. 100 el cuidado infantil en el siglo xxi el acceso a los cedi y jardines comunitarios En el caso de los centros de de sarrollo infantil dependientes del Ministerio de Desarrollo Social de la CABA, los mecanismos de acceso parecen ser más flexibles, pero también más arbitrarios. Influyen en ello la situación laboral de los padres y las condicio- nes sanitarias de los niños, entre otras cuestiones, así como la im- presión de la trabajadora social que elabora el informe sobre las familias y que, en última instancia, establece el criterio con que se asignan los cupos disponibles en cada centro.27 Las prerrogativas de ingreso a los CeDI y a los jardines comuni- tarios son menos burocráticas que las de los jardines de infantes estatales (quizá porque en ambos casos se trata de instituciones que no responden al sistema educativo formal, ya que atienden a los niños hasta los 3 o 4 años y no cubren el servicio en la edad de asistencia obligatoria por ley). Sin embargo, en los CeDI de la CABA las listas de espera también son abultadas, y el ingreso no depende de la inscripción en término ni del lugar de residencia. En los hechos, no hay vacantes siquiera para todos los niños que se encuentran en la situación de “vulnerabilidad” que, en teoría, justifica la existencia de estos centros.28 En el barrio de La Boca hay un único centro de de sarrollo in- fantil, emplazado a pocos metros de la célebre calle “Caminito”, al que asisten cincuenta niños, mientras que otros cincuenta fi- guran en lista de espera. El proceso para ingresar, como en los 27 En 2009, se establecieron los Centros de Primera Infancia (CPI), de similares características que los CeDI, lo cual no implicó su reemplazo, sino la multiplicación de instituciones asistenciales y el desfinanciamiento de estos últimos. La cobertura de los CPI es parcial y no alcanza a cubrir la demanda insatisfecha de jardines infantiles. Véase Diálogos sobre políticas de cuidado en la Argentina (2013), relatoría de los encuentros realizados el 14 de marzo y 25 de abril de 2013, disponible en <www.unfpa.org.ar/sitio/archivos/ relatoriaprimer2013.pdf>. 28 Datos suministrados por la Dirección General de Niñez y Adolescencia en 2008, a solicitud de la autora, dan cuenta de eso. Ampliaremos los datos de cobertura de los CeDI y analizaremos esta información en el capítulo 5. mujeres malabaristas 101 jardines maternales estatales, también puede iniciarse durante el embarazo, pero luego se requiere una aplicada constancia por parte de los padres, quienes en el trabajo de campo nos revela- ron que mensualmente deben presentarse ante las autoridades y profesionales del CeDI del barrio, y abrir las puertas de sus casas para mostrar cómo viven y cuán “responsables” son para criar a los niños. Dos de las entrevistadas tuvieron contacto con este centro. En el caso de Pamela la experiencia fue larga, pero buena. Su hijo mayor, cuando era bebé, asistió al CeDI y eso le permitió trabajar como empleada doméstica: Lo anoté, él estaba en la panza, y me dijeron que cuando cumpliera el año entraba. Mirá que es todo un proceso hasta que nazca, y después hasta que cumple el año… [Mientras tanto] fue la asistente social para ver cómo vivimos. Te preguntan un montón de cosas, si tenés pla- ta, no sé… y después del año, entró. Y cuando entra el nene, vos buscás trabajo. Si no, te lo mandan de vuelta (Pamela, 32 años, dos hijos de 3 y 7 años). La permanencia en la institución no está garantizada una vez que los niños ingresan (como sí sucede en los jardines de infantes del sistema educativo), sino que queda sujeta a la permanencia de la madre en el mercado de trabajo. En el caso de Pamela, oriunda de Paraguay, el ingreso de su hijo le permitió reinsertarse en el trabajo como empleada doméstica, pero para Carola el proceso de inscripción demandó una prolongada dedicación, no obstante lo cual “perdió la vacante” antes de que el niño ingresara. A su en- tender, el nene estaba inscripto y la vacante confirmada, cuando debió viajar a su tierra de origen: El último mes ya no fui, y ahí la directora dijo: “Bueno, no te la doy” [la vacante]… Ella no me creía que yo viajé de urgencia. Me dijo que soy una mamá irresponsable, que cómo no tuve por lo menos diez minutos parapasar por ahí. Me sentí remal porque no me creyó, y aparte, porque perdí la vacante (Carola, 27 años, un hijo de 11 meses). 102 el cuidado infantil en el siglo xxi Los relatos asociados al jardín comunitario del barrio, un peque- ño jardín que funciona gracias a un convenio entre la Asociación de Damas Salesianas y el Ministerio de Educación de la CABA, son más afables. El jardín tiene una matrícula de veintinueve ni- ños, una sala para lactarios y deambuladores, una sala para ni- ños de 2 años, cobra una cuota reducida (de cuarenta pesos) y atiende en jornada completa. En 2008, la lista de espera era de cinco niños, pero otros años, según sus directoras, habían tenido “como cincuenta” anotados. Cuando a Carola la rechazaron en el CeDI, consiguió anotar a su hijo en este jardín sin mucho trámite adicional. Fui y me anoté. Me llamaron para hacerme la entrevista, para explicarme cómo iba a ser, y después de las vacacio- nes de invierno entró. Incluso cuando los espacios gestionados por la esfera pública de “de sarrollo social” o por las propias comunidades muestran una función ciertamente relevante para cubrir el cuidado de los ni- ños, cuentan con una serie de inconvenientes en comparación con los jardines educativos. No sólo son más escasos y disponen de un número más limitado de vacantes, sino que no ofrecen continuidad durante la etapa previa al ciclo primario, al no con- tar con salas reconocidas por el nivel educativo formal para los niños de 3, 4 y 5 años. Además de la cobertura, la diferencia en la calidad del servicio –más “asistencial” que “pedagógico”– y en los procesos de ingreso a la institución, existe una omisión adicional: canales institucionales que permitan una demanda activa –administrativa o judicial– para quienes no acceden a cen- tros de de sarrollo infantil. En tanto el acceso a los CeDI no se constituye como un derecho para los niños ni para sus familias, sino como un beneficio dependiente de criterios relativamente aleatorios, no existen mecanismos de reclamo para sus poten- ciales usuarios. En contraste, quienes no consiguen cupo en las instituciones de gestión educativa, al amparo de la Constitución de la CABA, pueden activar estrategias judiciales para deman- dar vacantes, práctica cada vez más extendida (véase ACIJ, 2006 mujeres malabaristas 103 y 2013). En consecuencia, quienes recurren a estos centros no perciben un derecho vulnerado, sino un comportamiento arbi- trario, mas no ilegítimo, por ejemplo, “por parte de la directo- ra”. La crítica, en este caso, no es institucional, sino personal: “Me sentí remal porque no me creyó”. Así, se renueva y profundiza la histórica tensión entre los ámbi- tos institucionales “educativos” y de “cuidado”. Desde la perspec- tiva legal, los jardines de infantes y maternales poseen un marco que regula espacios físicos y dinámicas pedagógicas, y que protege tanto a los niños y niñas como a sus docentes, altamente califica- dos, mientras los CeDI, los CPI y los jardines comunitarios operan según normas de mayor flexibilidad en todo sentido, con meca- nismos de control insuficientes, cuando no inexistentes. La men- tada tensión, sin embargo, trasciende el ámbito legal, en tanto se arraiga en una (falsa) dicotomía histórica y cultural que concibe el cuidado como diferente de –y opuesto a– la educación. Dicha perspectiva se sustenta sobre la base de un sutil subtexto de gé- nero, que renueva la idea del cuidado como una responsabilidad femenina y maternal. La diversificación de la oferta pública (con jardines estatales, privados y comunitarios, y centros de de sarrollo infantil y de pri- mera infancia que atienden a distintos grupos sociales y etarios), junto con las limitadas coberturas, da cuenta de un fenómeno que va más allá de la estratificación del sistema de bienestar de cuidado social. Estratificar supondría que distintos segmentos socioeconómicos accederían a espacios educativos de distinta calidad, pero lo que aquí observamos es un fenómeno de “frag- mentación”. Las instituciones no forman parte de una totalidad integrada ni de una política de cuidado coordinada con distintos servicios que se articulan y complementan entre sí. Si retomamos el concepto de Guillermina Tiramonti, se trata aquí de “‘fragmen- tos’ que carecen de referencia a una totalidad que le es común, o con un centro que los coordina” (Tiramonti, 2004: 17). Vale preguntarnos si de ese modo estamos ante un proceso de institu- cionalización de las de sigualdades entre los niños que pertenecen a distintos segmentos socioeconómicos. 104 el cuidado infantil en el siglo xxi la mercantilización del cuidado: jardines privados y servicio doméstico Mercantilizar el cuidado, por último, constituye una estrategia his- tóricamente de sarrollada por aquellas familias que disponen de re- cursos para contratar servicios para la atención de sus hijos e hijas. Allí donde el mercado ocupa un rol más importante, el impacto sobre los “receptores” del cuidado será diferencial según la clase social. Los hogares disponen de un poder adquisitivo muy disímil, y en ocasiones acceden también a servicios de distintas calidades en función de su capacidad de pago, mientras que amplios grupos no califican siguiera para tal asistencia (Daly y Lewis, 2000). En el caso de la Argentina, los jardines de infantes de gestión privada desempeñan un papel significativo, que se incrementa cuanto más pequeños son los niños. En el total del país, tres de cada diez niños que asisten a jardines de infantes lo hacen en instituciones privadas. Pero en las jurisdicciones más ricas y con grandes concentraciones urbanas, y en aquellas de mayor cober- tura, como la CABA y la provincia de Buenos Aires, dicha matrí- cula es mayor. En efecto, la cobertura privada en la CABA excede el 50% de la matrícula, mientras que la de la provincia alcanza casi el 40% de esa matrícula, y la supera en los partidos del conur- bano bonaerense. Esto da cuenta de la alta participación que los servicios privados tienen en la (importante) cobertura del nivel inicial de ambas jurisdicciones, en comparación con otras provin- cias argentinas, más aún cuando se trata de niños de hasta 3 años (Faur, 2009). En el caso de los niños y niñas de hasta 2 años, dos terceras partes de ellos (en el país y en la CABA) asisten a jardines privados.29 Las motivaciones que las entrevistadas expresan para inclinar- se por jardines privados van desde la valoración de la calidad que ofrecen (“les dan inglés”, “aprenden computación”, etc.) 29 Datos elaborados por la autora sobre la base de la Dirección Nacional de Información y Evaluación de la Calidad Educativa, Relevamiento anual 2006. Se analizan estos datos en el capítulo 5. mujeres malabaristas 105 hasta la evaluación del “costo de oportunidad” para su propia incorporación en el mercado de trabajo y los “pros y contras” que esta alternativa conlleva desde el punto de vista económico. De más está decir que las diferencias socioeconómicas tienden a acrecentar esta distancia y esto lleva a estrategias –y oportuni- dades– diferenciales según la clase a la que se pertenezca. Las más educadas encuentran, en promedio, mejores oportunidades laborales y acceden a mejores salarios que aquellas mujeres con menores niveles educativos, y así la consideración sobre si con- viene o no mercantilizar el cuidado se expresa de forma distinta en unas y otras. Lo cierto es que, habiendo intentado infructuosamente conse- guir una vacante en una institución pública, muchas de las usua- rias, y no sólo las de familias acomodadas, terminan recurriendo a los jardines de infantes privados. El valor de cambio entre la ins- titucionalización de los chicos –mediante la demanda de jardines como espacios que articulan educación y cuidado– y el trabajo de las madres se ve de safiado ante la exigüidad de los servicios. Las instituciones de gestión privada son muy heterogéneas en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires.El precio de sus cuo- tas varía de forma significativa según los subsidios estatales que puedan recibir. Mientras el mercado acomoda la oferta a los dis- tintos perfiles socioeconómicos de los usuarios, los entrevistados dieron cuenta del esfuerzo que, en términos económicos, supone acceder a esa clase de servicios, dado que se trata de barrios en los que las familias apenas disponen de excedentes. María alterna la asistencia de sus hijos de entre 4 y 13 años a la escuela religiosa del barrio con el cuidado de su hijo menor, de 2 años, a cargo de su abuela. Cuando quedó embarazada de su hijo mayor, dejó la secundaria y comenzó a trabajar. En la actualidad, se de sempeña esporádicamente como vendedora en una fiambre- ría. Eligió mandar a sus hijos a una escuela privada “por la edu- cación que reciben”, aunque no siempre cuenta con los recursos para afrontar la cuota: Estamos pagando ciento ochenta pesos. Como son tres en el colegio y a uno lo becan, pagás por dos. Cuando 106 el cuidado infantil en el siglo xxi no puedo pagar, me aguantan, y después voy pagando (María, 30 años, cuatro hijos de 13, 6, 4 y 2 años). El acceso a un jardín privado supone para María recortar gastos en otros consumos esenciales. Por esa razón, optó por ahorrar en alimentos, con lo cual todos los días va junto con sus hijos a almorzar a uno de los comedores comunitarios del barrio. ¿Cómo interpreta la entrevistada esta situación? Es una ayuda para equiparar otras cosas… Yo lo veo como una ayuda y le saco beneficio a eso. Todo lo que ahorro en el día lo uso para ellos en otras cosas… Y ade- más, comen distintas cosas, y todo. Adriana, la contadora que goza de una posición económica más holgada que el resto de nuestras entrevistadas en La Boca y Barru- faldi, antes de recurrir a las instituciones privadas realizó el intento de mandar a sus hijos a las escuelas de gestión estatal. Su hijo ma- yor, que en el momento de la entrevista tenía 6 años, asistió a un jardín estatal del barrio, pero luego Adriana optó por cambiar de escuela en busca de una mejor calidad educativa. Cuando se deci- dió a buscar un jardín maternal para el hijo menor, se encontró con un obstácu lo aparentemente infranqueable: Yo, como hacía poquito estaba trabajando, necesitaba un maternal y acá estatales maternales no existen. El único que existe es el de la calle B., pero los únicos que entran son los acomodados del hospital. Son como una secta, entran todos los de ahí. Hice la cola, intenté; pero ni siquiera te lo anotan en lista de espera (Adriana, 36 años, dos hijos de 6 y 2 años). De modo que el hijo menor de Adriana terminó asistiendo a un jardín privado del barrio, en modalidad de jornada completa, por el cual paga seiscientos cincuenta pesos, y el mayor concurre a primer grado en un colegio confesional, en Constitución, que le cuesta trescientos cincuenta pesos. Entre los dos “son mil pesos de mujeres malabaristas 107 colegio”. A diferencia de María, que recurre al comedor barrial para compensar el costo de la educación privada, la opción de Adriana es renunciar a una posible ayuda en el trabajo de la casa y asumir ella misma las tareas domésticas. Si te ponés a evaluar, para pagar la misma guita y que es- tén todo el día encerrados, prefiero tenerlos en un lugar así. Me siento más segura que tener una persona […] y hago todo yo, soy regauchita. Los malabares que realizan María, Adriana y otras tantas mujeres para sostener el empleo y el cuidado de sus hijos, y para mantener la economía doméstica equilibrada, son permanentes. El mercado de sempeña un papel central en las estrategias de cuidado de los más pequeños, en tanto constituye la única vía (relativamente) se- gura de desfamiliarizar –y desmaternalizar– el cuidado, mientras dura la jornada laboral. Pero, claro, para recurrir a estos servicios se debe contar con una fuente de ingresos suficiente y estable en el hogar (lo que, en el estudio de casos, no se encontró entre las mujeres más pobres, que habitan en Barrufaldi). De otro modo, el trade-off puede, una vez más, dar cuenta de que el “costo de oportu- nidad” frente al dilema de mercantilizar o no el trabajo femenino no justificaría la inversión en el cuidado de los niños. La cuestión de género se expresa, una y otra vez, como una dimensión intrín- seca a la variable socioeconómica. Pero el problema radica en la autonomía y en el ejercicio de derechos de las mujeres. Así, cobran relevancia las críticas que, desde el feminismo anglosajón, se realizaron a la teoría de Gosta Esping-Andersen (1990). Autoras como Ann Shola Orloff (1993) y Julia O’Connor (1993) expresaron que, desde una mirada de género, no sería suficiente con “desmercantilizar” las fuentes del bienestar. Ellas sostienen que, en el caso de las mujeres, el bienestar puede ser independiente del mercado (en tanto su propia participación en el mercado laboral) a condición de ser dependiente de los ingre- sos de sus maridos. Mercantilizar el trabajo propio, en los hechos, no siempre supone “desmercantilizar” el cuidado, pero sí poder, en determinados momentos del día y mientras dure la jornada 108 el cuidado infantil en el siglo xxi laboral, independizarlo del ámbito del hogar y la familia. Es decir, “desfamiliarizarlo” o, para ser más precisos, “desmaternalizarlo”. el rol del servicio doméstico Desde las perspectivas familiares, el mapa del cuidado infantil quedaría incompleto si no abordáramos la relevancia que tiene el servicio doméstico para los sectores más aventajados de la pobla- ción. La contratación de empleadas constituye una estrategia co- mún y extendida para quienes pueden pagarlo, ya sea para cubrir las tareas cotidianas de labores domésticas como para el cuidado de los niños y las personas mayores. Esto permite no sólo la aten- ción de los niños pequeños que no asisten a jardines maternales o de infantes –como parte de una posible elección de los hogares con mayor disponibilidad de recursos–, sino también, si el niño asiste a un establecimiento educativo o de cuidado, que la emplea- da se dedique a otras tareas de cuidado, como llevarlo o retirarlo del colegio, prepararle la comida, alimentarlo, etc. Según las ca- racterísticas del hogar, es frecuente que la contratación del servi- cio abarque el cuidado de niños y adultos mayores y tareas pro- pias de la casa, labores que, como sostiene Shahra Razavi (2007), constituyen una precondición para que los distintos cuidados se provean satisfactoriamente en la esfera del hogar. En la mayoría de los casos, este servicio se contrata en la mo- dalidad de trabajo “con retiro”, vale decir que la empleada no convive con la familia. En el total del país, más de dos terceras partes trabajan menos de 35 horas semanales, el 80% trabaja para un solo empleador, y sólo el 6% de las trabajadoras domésticas se de sempeña sin retiro (Cortés, 2009). Por su parte, de acuerdo con la información proveniente de la Encuesta Anual de Hogares de 2005, existe un alto grado de asociación entre la contratación de empleadas domésticas “sin retiro” y el trabajo de las mujeres adultas del hogar. En efecto, en el 98,6% de los hogares que con- tratan servicio doméstico conviviente, las mujeres adultas están ocupadas en el mercado laboral (Faur, 2009). Así, una de las es- mujeres malabaristas 109 trategias que sostiene la posibilidad de trabajo de las mujeres de clase media y alta consiste en la contratación de otras mujeres (en este caso, las más pobres) para atender buena parte de las responsabilidades del hogar que aún se asocian, culturalmente, al universo femenino. En la población entrevistada en La Boca y Barrufaldi encontra- mos más hogares oferentes de servicio doméstico que demandan- tes, más allá de los casos en los que se abonaba una pequeña suma a un familiar para el cuidado de los niños. Esto no quiere decir que no haya servicio doméstico en La Boca, sino que no parece ser una estrategia extendida como lo es en losbarrios de la zona norte de la ciudad. En cambio, en la indagación realizada con una po- blación de trabajadoras(es) de cuatro ramas del sector productivo, en la Región Metropolitana de Buenos Aires, constatamos que la contratación de empleadas domésticas era una modalidad extendi- da entre los de mayor poder adquisitivo, que ocupaban posiciones profesionales o técnicas. Graciela, por ejemplo, trabajaba en una empresa de publicidad y tenía un bebé de 14 meses. Además de or- ganizar su actividad en modalidad de tiempo parcial, contaba con una empleada doméstica que cuidaba al bebé y realizaba el trabajo del hogar. Al igual que para las otras mujeres que recurrían a esa estrategia, la “confianza” en la persona a quien se le asignaba el cuidado de los niños era un tema de suma importancia: Pregunta: ¿Quién cuida a tu bebé mientras vos estás trabajando? Graciela: Está con una señora en mi casa, que juega con él, hace todo y está con él todo el tiempo, la prioridad es él. P.: ¿La señora hace las cosas de la casa? G.: Sí, limpia la casa, limpia todo, no sé cómo hace, es súper exigente con el tiempo. P.: ¿Vos estás tranquila con ese esquema? G.: Sí, porque encontré una persona que me genera con- fianza, si no fuera así sería otro tema, pero la verdad es que me siento tranquila. Igual, el año que viene va a ir al jardín (Graciela, 29 años, un hijo de 1 año y 2 meses). 110 el cuidado infantil en el siglo xxi Las mujeres más acomodadas se apoyan en la contratación de ni- ñeras (bajo la forma de servicio doméstico), pero adicionalmente articulan otros mecanismos conciliatorios, o bien los superponen (reacomodan su jornada laboral, acuden a jardines privados e ins- criben a sus niños en talleres de actividades infantiles, etc.). Las condiciones de contratación del servicio doméstico son transitorias y se modifican según las necesidades de la vida fa- miliar y las exigencias del trabajo de la mujer en cada momento. Claudia, profesional de rango gerencial en una empresa quími- ca privada, y su esposo prefirieron la modalidad de trabajo “con retiro” mientras el primer hijo era pequeño, ya que en ese en- tonces ella “viajaba relativamente poco y de forma esporádica”. Pero desde que nació la segunda hija, lo que coincidió con una promoción laboral que le supuso viajar con mayor frecuencia, “tenemos una persona cama adentro”. Para Graciela, en cambio, resultaba suficiente contar con una empleada “con retiro” en la medida que las abuelas, ella misma y, de a ratos, su marido cu- brían las horas en las que la empleada no estaba. Graciela dio cuenta del circuito que se establecía cuando la empleada, al re- tirarse de su casa, se dirigía a su propio hogar para cuidar a sus propios hijos: “La empleada se va apenas llega mi marido; ella también tiene muchos hijos”. Encontramos, asimismo, un caso en que la mujer que contra- taba a una niñera tenía una historia laboral en la cual ella misma había sido empleada doméstica y ahora se de sempeñaba como mucama de hotel. Para Maite, esa estrategia fue la única que le permitió compatibilizar sus horarios de trabajo con el cuidado de su hija menor, de 2 años. Los jardines de infantes no sólo eran es- casos en su barrio, sino que no coincidían con su horario laboral, ya que ella ingresaba a trabajar a las 6 hs. Así, el circuito que entrelaza clase y género en torno al cuidado infantil privatizado no sólo no se cierra, sino que más bien queda abierto. Quienes se de sempeñan en el servicio doméstico deben organizar su labor en función del cuidado de sus hijos. Se despla- zan desde sus barrios, provincias y hasta países (en el caso de las inmigrantes) para de sempeñarse en casas de familia de regiones con mayor poder adquisitivo. Cuando se introduce la dimensión mujeres malabaristas 111 migratoria, en la conformación de estas “cadenas globales de cui- dado” intervienen factores económicos, sociales y culturales de los países de origen y de destino. En el caso de las mujeres que arriban a la Argentina, es habitual que dejen a sus hijos a cargo de otros familiares en sus países de origen, y transfieran parte de sus salarios en forma de remesas para la manutención de los niños y de sus cuidadores (Cerrutti y Binstock, 2009). En los barrios que recorrimos, muchas entrevistadas eran par- tícipes de esta situación: Anabel, Carla y Pamela, entre otras. Mu- jeres que decían haber trabajado o trabajaban cuidando niños o ancianos de barrios más acomodados de la CABA para solventar el cuidado y la supervivencia de sus propios hijos. Mujeres que a ve- ces dejaban de trabajar en el servicio doméstico para cuidar a sus hijos en un contexto de complejidad tal que tercerizar la atención de sus chicos no era posible. Lo paradójico de esta situación radica en que las trabajadoras del servicio doméstico, que permiten con su trabajo que muchas muje- res de clase media y alta puedan participar en el mercado laboral, son las que menos acceso tienen a los derechos relacionados con su víncu lo laboral (Pereyra, 2012). Una deuda social que recién en 2013 se comenzó a saldar, cuando se sancionó la Ley 26 488 “Régi- men Especial de Contrato de Trabajo de Casas Particulares”, que equipara los derechos de los trabajadores y trabajadoras domésticas al del resto de los trabajadores formales. En el plano internacional, el impulsó se inició cuando en 2011 se adoptó el primer Convenio y Recomendación sobre el Trabajo Decente para las Trabajadoras y Trabajadores Domésticos (100ª Conferencia Mundial de la Orga- nización Internacional del Trabajo), que estableció el requisito de asegurar que las trabajadoras del servicio doméstico disfruten de condiciones “no menos favorables que las condiciones aplicables a los trabajadores en general con respecto a la protección de la se- guridad social, inclusive en lo relativo a la maternidad” (Convenio 189 de la OIT, art. 14). El de safío actual, en el país y en la región, es ampliar los niveles de registro de estas trabajadoras para así garan- tizar los derechos reconocidos. Una vez más, la cuestión de género se combina con la cues- tión social, incluso incorporando una dimensión transnacional, 112 el cuidado infantil en el siglo xxi cuando se observa la organización del cuidado a partir de la con- tratación de trabajadoras migrantes. El cuidado mediante el ser- vicio doméstico, a la luz de su doble rostro (trabajadoras y em- pleadores), se torna así en un índice relevante del estado de las de sigualdades de clase entre mujeres. Y una vez más, las más per- judicadas son aquellas que pertenecen a los sectores populares. diversificación de servicios. ¿fragmentación de derechos? Una mirada cualitativa permite establecer una justa distancia con respecto al principio de la universalidad de los derechos y remite a la noción de fragmentación: de provisiones y de representacio- nes sociales de la titularidad de esos mismos derechos. Revela, también, la ausencia de un “régimen de cuidado” homogéneo en el contexto argentino. Mientras privatizar el cuidado –por la vía familiar o mercantil– era la estrategia clásica de conciliación entre las responsabilidades familiares y el trabajo femenino, en cuanto hizo su aparición el Estado como regulador o proveedor de servicios de cuidado quedó de manifiesto, sin solución de con- tinuidad, que la igualdad de derechos no estaba dada, sino que debía ser construida. De hecho, el Estado mismo muestra facetas y resultados que discrepan en su accionar y recortan provisiones diferentes para diversos sujetos (mujeres, niños o niñas de distinta inscripción socioeconómica). En la segunda década del siglo XXI, no toda la población ac- cede a beneficios de igual calidad ni cuenta con los mismos dere- chos en lo que respecta al cuidado infantil en el ámbito público, y así lo atestiguan las mujeres contemporáneas. Lejos de percibirse como sujetos de derechos en relación con el cuidado, las mujeres entrevistadas suelen ajustar sus expectativas a lo que consideranque puede beneficiarlas en función de una situación específica que las contenga. Cada cual apela a lo que puede obtener del Es- tado a partir de su situación particular, y elabora en su imaginario áreas específicas en las que se posiciona como titular de unos u mujeres malabaristas 113 otros derechos, en el contexto de una oferta que –como hemos visto– es fragmentada. La insuficiencia de oferta de servicios públicos y gratuitos se aso- cia, entonces, a la idea de que desfamiliarizar el cuidado supone, en buena medida, mercantilizarlo, o bien estar dispuesto a examinar qué “ventaja” comparativa se puede extraer de la situación perso- nal frente a un derecho que aparece fragmentado en su diseño y limitado en su cobertura. Con respecto a la accesibilidad de los jardines de infantes, existen diversas representaciones sobre el cumplimiento de los derechos en función de ciertos requisitos. Así, por ejemplo, una entrevistada esperaba que su condición de madre soltera contribuyera a la obtención de vacantes (“yo trabajo y soy madre soltera, en eso se fijan”), y otra había optado por hacer valer su condición de víctima de violencia familiar para –mediante un certificado del juzgado que atendió su causa– lograr el mismo fin. Por otro lado, se consolida la percepción, sobre todo entre las mujeres de los sectores medios, de que la asignación de la ofer- ta pública no se distribuye según criterios racionales, sino que es discrecional (“es todo una transa, ni siquiera te anotan en lista de espera”), en especial cuando se trata de jardines de infantes que tienen prestigio por su calidad y por contar con la modalidad de doble jornada. En el otro extremo, y en el caso de la única entrevistada que se de sempeñaba como trabajadora en el sector formal en una ofici- na municipal, la percepción en torno a la titularidad de derechos “como madre” parecía ser incuestionable, conciencia que podría incluso manifestar una fuerte incomodidad por “tener que ajus- tarse a los horarios del jardín”. No obstante, también mostraba sus limitaciones, porque no desconocía el hecho de que haber conseguido una vacante en un jardín estatal de doble jornada, donde “miles esperan obtener un lugar”, era excepcional y, en consecuencia, sabía que, si llegaba a renunciar a ese cupo, “no en- contraría otro lugar que reciba a la nena” en mejores condiciones y sin tener que pagar por el servicio. Como señaló Gosta Esping-Andersen (2009: 55), “una paradoja de nuestra época es que la búsqueda de la igualdad de género 114 el cuidado infantil en el siglo xxi bien puede producir mayores de sigualdades sociales, si esta se produce con mayor énfasis entre las mujeres de mayor estatus so- cial. En muchos países, lo que está sucediendo es exactamente esto”. Por último, y ante semejante escenario caleidoscópico, no podemos evitar preguntarnos en qué medida la heterogeneidad de la oferta y la fragmentación de los servicios de cuidado se ori- ginan en un déficit de inversión, o si, más bien, la política de in- versión sustenta una lógica que, en última instancia, por acción o por omisión, agudiza las de sigualdades de clase. De ser así, mientras se incrementan el tamaño de la infraestruc- tura y el presupuesto de los programas asistenciales, y se crean ins- tituciones para “compensar” las carencias de los niños y las fami- lias más pobres, todavía no se extiende de manera enfática y con- creta la provisión de servicios educativos en el nivel inicial para facilitar el cuidado de los niños de forma universal, en un entorno de de sarrollo completo y satisfactorio, lo que permitiría a sus pa- dres –y sobre todo a sus madres– disponer de mejores condiciones para participar en la esfera laboral, sin necesariamente recurrir a los conocidos –¿y acaso inagotables?– recursos de malabaristas. Mientras tanto, este análisis nos habilita a presentar algunas hi- pótesis más generales: que el cuidado institucional, en la prácti- ca, no se percibe como un derecho de corte universal –y, por lo tanto, protegido en condiciones de igualdad y no discriminación para toda la población–, sino como un privilegio, o bien como un servicio privado, por el cual casi siempre hay que pagar. Tam- bién surgen algunas tendencias de cambio, que muestran que allí donde la oferta de servicios se activa, la demanda se moviliza (por ejemplo, cuando se presentan demandas de vacantes para jardi- nes de infantes en fueros judiciales, como ocurre en la CABA). recapitulando Tanto dentro como fuera del hogar, siguen siendo las mujeres quienes prioritariamente dedican su tiempo a las actividades vin- culadas al trabajo doméstico y el cuidado. La literatura así lo in- mujeres malabaristas 115 dica, las encuestas de uso del tiempo así lo cuantifican, nuestro trabajo de campo así lo confirma. Pero la conciliación entre lo productivo y lo reproductivo, en sí misma, no sólo tiene inequívo- cos rasgos de género en la Argentina, sino también una profunda marca de clase. Todas las mujeres entrevistadas asociaron en sus re- latos las estrategias de cuidado infantil con su propio trabajo. Para las madres, no hay manera de ingresar y permanecer en el mercado de trabajo si no se logra organizar de forma satisfactoria el cuidado de sus hijos. Las mujeres van a trabajar pensando si habrá algo en la heladera para cuando regresen los hijos de la escuela, si la ropa estará limpia, si hace falta pasar por el supermercado a la salida del trabajo… “O sea, quince millones de cosas que una debe ir mane- jando”, como refirió una entrevistada de clase media. En este sen- tido, y a diferencia de lo que sucede con los varones, en el discurso de las mujeres no existe una división entre el plano familiar y el laboral, entre lo público y lo privado, sino una relación intrínseca entre ambos. Y precisamente en este punto cobran particular rele- vancia tanto la oferta de servicios públicos como los marcos cultura- les y socioeconómicos dentro de los cuales de sarrollan sus vidas las mujeres y los hombres contemporáneos. Varios factores inciden en los arreglos que ponen en práctica las mujeres trabajadoras –y no trabajadoras– a la hora del cuidado de los hijos. Intervienen en esto tanto su situación familiar, su po- sición relativa en términos de clase y sus marcos de ideas y valores, así como la disponibilidad y el acceso a los servicios públicos de cuidado. La exploración cualitativa permitió identificar cuatro situacio- nes típicas en la atención de los niños hasta los 5 años: 1. Las madres como cuidadoras de tiempo completo. 2. El cuidado a cargo de otros familiares. 3. El acceso a servicios públicos de cuidado (educativos, comu- nitarios o asistenciales). 4. La mercantilización del cuidado: mediante la contratación de jardines o guarderías de gestión privada y el servicio doméstico. 116 el cuidado infantil en el siglo xxi El déficit en la oferta de servicios públicos impacta de manera diferente en la organización del cuidado de los hogares según sus niveles de ingreso, escalonando el acceso a los servicios entre un alto nivel de mercantilización, en el caso de los más aventajados, y un alto nivel de familiarización en el de los más pobres. Entre ambos, la provisión estatal alcanza a cubrir parte de la demanda de los sectores medios y populares, y el resto queda cubierto por el mercado mediante los servicios educativos y de cuidado privati- zados (con distintos niveles de cobertura y calidad). Las imágenes de género y otros aspectos culturales a veces acompañan y otras veces de safían dicha organización social. Explorar la dimensión del cuidado revela que, más allá del es- fuerzo que pueda invertir una mujer, la posibilidad de “conciliar” esferas de forma medianamente exitosa depende, sobre todo, de una estructura de posibilidades que le permita atender familia y trabajo con la menor cantidad de tensiones posibles. La experiencia de campo nos aleja de los presupuestos teóricos con respecto a la universalidad de losderechos y nos remite a la noción de fragmentación de provisiones y representaciones en torno a esos mismos derechos. Las mujeres no se perciben como titulares de derechos frente a la posibilidad de desfamiliarizar y desmercantilizar el cuidado de sus hijos. Así, en la Argentina contemporánea son extremadamente va- riadas las formas de organización social del cuidado infantil, y el acceso a los servicios públicos y privados condiciona de forma significativa tanto la vida cotidiana de los hogares como las re- presentaciones sociales que elaboran sus integrantes. Y en este contexto es notable cómo, aunque sea de forma intuitiva, las mu- jeres pobres se animan a –y logran– de safiar la imagen prefijada de cuidadoras de sus hijos, mediante el de sarrollo de estrategias inéditas y la confianza en redes de solidaridad resignificadas, que los marcos institucionales y teóricos imitan o rastrean, pero no alcanzan a calcar. 3. La conciliación familia-trabajo Derechos en tensión Ya no me llena trabajar veinte horas por día, como hacía antes. Prefiero pasar más tiempo con mi hijo. O sea, tampoco quiero resignar mi profesión, mi carrera; quiero tratar de mantener un equilibrio entre las dos cosas, lo que es… ¡imposible! mercedes, responsable de RRHH en una empresa de software El relato de Mercedes se multiplica y se repite, con toda clase de matices, entre las trabajadoras que tienen niños. La ma- ternidad marca, en la vida de las mujeres, un antes y un después, no solamente en lo afectivo y su de sarrollo personal, puesto que la llegada de un niño al hogar es también una revolución en la vida diaria (es decir: en la agenda, en los ritmos personales, en los tránsitos entre la casa y el trabajo, en los tiempos para el es- parcimiento). La dificultad para equilibrar las distintas exigencias familiares (en concreto, la maternidad y la relación de pareja) y del trabajo o de la carrera (cuando son profesionales) se com- pensa, con el correr de los años, con niveles de adaptabilidad asombrosos ante cada una de las transformaciones que acontecen en la vida familiar de forma esperada o repentina (nacimientos, separaciones, defunciones o problemas de salud), en la dinámica laboral (por “ajustes” en sus empleos o el de sus parejas), o en el contexto económico del país (crisis que de sestabilizan los preca- rios balances entre ingresos y consumos de los sectores medios y populares). Estas tensiones apuntan a un problema social que, aunque mayoritariamente afecte a las mujeres, no es ajeno a los 118 el cuidado infantil en el siglo xxi hombres, ni al diseño y la operatividad de las instituciones (leyes, mercados laborales, familias), tampoco a la arquitectura de dere- chos vigente, ni a las representaciones sociales que la atraviesan y que sostienen, también entre “el común de la gente”, una fuerte ideología maternalista en relación con el cuidado, que carga y adiciona tareas de manera diferencial entre ambos sexos. En particular durante las últimas décadas, la relación entre el trabajo y la familia se ha constituido en un “objeto social” que abarca la peculiar constelación que estos ámbitos conforman con sus interacciones, superposiciones y combinaciones. El reconoci- miento de este “objeto” pone entre paréntesis la dicotomía histó- rica entre las esferas pública y privada, y, quizá lo más relevante, la jerarquización de una sobre otra. Así, la mirada simultánea sobre la familia y el trabajo permite comprender no sólo las transforma- ciones del sistema económico y el entorno social, sino también los cambios en las instituciones, la gestión de los recursos humanos, y los recorridos, elecciones y renuncias de los individuos en sus actividades productivas y privadas (Barrère-Maurisson, 1999). Los cuidados familiares sobrevuelan la estructuración de este nuevo objeto. Sobre esta base, y a partir de los principios teóricos y las transformaciones familiares y socioeconómicas expuestos en los capítulos previos, nos preguntamos: ¿cuáles son, en la Argentina contemporánea, las condiciones de posibilidad de “conciliar” la vida familiar y la laboral? ¿Qué dispositivos existen, en el marco del derecho laboral, en relación con el cuidado infantil? ¿Son es- tos dispositivos suficientes, o los hombres y mujeres trabajadores con responsabilidades familiares deben apelar a otros mecanis- mos y recursos para cubrir las necesidades del trabajo y del cuida- do de sus familias? ¿A quiénes protegen estas leyes? Este capítulo buscará responder estos interrogantes. Para eso se estructura en dos partes que revelan distintas facetas de la re- lación entre el trabajo y el cuidado: el marco legal y las prácticas sociales cotidianas. En primer lugar, analizaré los lineamientos institucionales del derecho laboral en la Argentina y su impacto sobre la organización social del cuidado infantil. La regulación del empleo remunerado operó como el primer intento de conciliación entre las responsabilidades familiares y la la conciliación familia-trabajo 119 inserción de las mujeres en el mundo del trabajo. Desde muy tem- prano, las licencias por maternidad –y paternidad, aunque en lo concreto resulten escasas en todo sentido–, las transferencias de ingresos y la disponibilidad de servicios de distinta índole para el cuidado infantil fueron dispositivos centrales –aunque insuficientes– para atender esta tensión. Estos recursos, en pers- pectiva, ponen de manifiesto aquello que Anne Lise Ellingsaeter (1999: 41) formuló como los tres dispositivos centrales de las po- líticas públicas tendientes a la armonización entre familia y tra- bajo: “tiempo para cuidar, dinero para cuidar y servicios de cui- dado”. Así, la distribución y cooperación de estos tres elementos dentro del área del reconocimiento de un derecho social sirvie- ron para establecer diferencias de grado en el bienestar de la población. Conocer su recorrido histórico y su actual configuración re- sulta de peculiar importancia para comprender la compleja im- bricación entre los regímenes de bienestar y la configuración so- cial del cuidado. Por eso, procuraremos evaluar en qué medida las normativas vigentes en la Argentina (mediante el accionar de distintas instituciones) regulan y delegan responsabilidades de cuidado sobre la base del principio de igualdad de derechos en- tre las personas o, en su defecto, cómo operan perpetuando las de sigualdades preexistentes, con una oferta de servicios estratifi- cada en términos de clase y segmentada en términos de género. A la hora de “conciliar” las esferas (presuntamente dicotómi- cas) de lo productivo y lo reproductivo, es relevante determinar quién es el sujeto de la conciliación entre familia y trabajo, para las instituciones de la política social. Vale decir, quién, a partir de su víncu lo laboral, es el titular de un derecho relativo al cui- dado –y de su responsabilidad– y quién queda excluido de él. En segundo lugar, como el abordaje del cuidado por medio de las estrategias de “conciliación trabajo-familia” no puede acotarse a la revisión de las regulaciones del mundo laboral, es importante considerar las situaciones reales en las que los trabajadores admi- nistran, en contextos particulares, sus responsabilidades en distin- tos ámbitos, acceden (o no) a ciertos beneficios protegidos por las regulaciones de trabajo, se perciben (o no) como sujetos de de- 120 el cuidado infantil en el siglo xxi rechos en relación con el cuidado y, en última instancia, dividen, tensionan, acumulan, yuxtaponen o “armonizan” responsabilida- des personales, familiares, comunitarias y laborales en función de su género, su actividad laboral, su situación socioeconómica y su posición en el hogar. Por eso, el análisis de la normativa laboral se complementa con una exploración de corte cualitativo, lo que permitirá indagar cómo “resuelven” las trabajadoras y los traba- jadores la tensión cotidiana entre familia y trabajo, y revelar los patrones culturales subyacentesque crean determinados arreglos institucionales y familiares que politizan (o no) la maternidad y la paternidad y, en última instancia, legitiman cierto orden cultural, social y económico en relación con el cuidado de niños y niñas en las esferas del mercado, el Estado y las familias. Para profun- dizar en esta dimensión, abrevaremos en un conjunto de treinta y una entrevistas realizadas a trabajadores y trabajadoras que se de sempeñan en el sector formal de la economía, en empresas del AMBA.30 Por último, recuperaremos algunas de las tendencias de cambio que se perciben mediante los avances normativos en el ámbito in- ternacional y regional, y que, en teoría, permiten proyectar una nueva mirada del cuidado desde la cuadratura del derecho laboral. También, revisaremos los de safíos de las políticas públicas para así fortalecer los dispositivos conciliatorios, que requieren ser comple- mentados a partir de otros mecanismos, instituciones y derechos. el cuidado infantil en el derecho laboral En “Care Work: Overcoming Insecurity and Neglect” (2001: 17), Guy Standing señala que “el siglo XX fue el primero en la historia de la humanidad en elevar la actividad laboral a su consideración 30 Estas entrevistas, referidas y analizadas parcialmente en el capítulo 2, fueron realizadas en 2007 para un proyecto del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, con el apoyo de la Cepal. la conciliación familia-trabajo 121 como derecho social”. De manera que lo primero que cabe pre- guntarse es: ¿cómo se definía entonces esa actividad? La respues- ta, un siglo después, ya es clásica: se considera actividad laboral todas aquellas tareas cumplidas a cambio de una remuneración, en el ámbito de la esfera pública, y con el propósito de generar bienes y/o servicios para el mercado. Si superamos los límites de esta definición, y si el cuidado es considerado un trabajo, ¿hay, o debe haber, un derecho a cuidar?, interroga Standing. Y si el ser cuidado contribuye a la dignidad de la persona (niño o niña, adulto mayor o enfermo), ¿hay, o debe haber, también un de- recho a ser cuidado? Centrándonos en el caso argentino, inda- garemos de qué manera interviene el derecho laboral y en qué medida establece el cuidado de hijos e hijas de trabajadores como parte de sus garantías. Desde el punto de vista del empleo, la condición de género operó (en los diversos escenarios) como justificativo para estable- cer diferencias en el trato y el acceso a oportunidades, con lo cual la estratificación de los regímenes de bienestar, y en especial de los mercados laborales, no ha dejado de encontrarse sujeta a las condiciones culturales establecidas hace más de un siglo. Con este trazado de líneas divisorias en términos de género se imbrica la cuestión de clase, redefinida a partir de la aguda desregulación del mercado laboral que atravesó a finales de siglo XX la Argen- tina, e impactó incrementando la precariedad de los puestos de trabajo. Desde la perspectiva de los sistemas de protección social, cabe destacar que es un criterio excluyente para la titularidad de los derechos laborales el estar empleado en relación de dependen- cia. Pese a los esfuerzos del Estado nacional de relaboralizar las políticas sociales (Cortés, 2007), y pese a los logros alcanzados en este terreno, en la Argentina de hoy aún estamos lejos de vivir bajo un modelo protector que, por la vía del empleo, ofrezca pres- taciones asociadas al cuidado para el conjunto de los trabajadores. El empleo informal continúa siendo un canon extendido entre nuestra sociedad. De por sí, esto supone un obstácu lo para gran parte de la población, en términos de acceso a los dispositivos de “conciliación” garantizados por el empleo. 122 el cuidado infantil en el siglo xxi La probabilidad de las mujeres de insertarse en un puesto de trabajo formal y registrado es sensiblemente menor que la de los varones: de acuerdo con información de la Encuesta Per- manente de Hogares (EPH-Indec), procesada por el Boletín de Estadísticas Laborales (MTEySS, 2014), en 2013 el 36,3% de las mujeres no disponía de ningún tipo de protección de seguridad social, índice que disminuía al 32,3% entre los varones. Al hacer foco sobre la situación ocupacional de las madres, existía una mayor probabilidad de tener un trabajo precario entre aque- llas que no completaron el secundario en relación con las más educadas. En cambio, del conjunto de ocupaciones informa- les, se destacaba la vulnerabilidad del servicio doméstico, que constituía una significativa proporción del empleo femenino no registrado, e impactaba especialmente en mujeres pobres con hijos (Observatorio de la Maternidad, 2013). Baste señalar que, a fines de 2010, las trabajadoras del servicio doméstico repre- sentaban algo más del 15% del conjunto de mujeres ocupadas y el 42% de las pertenecientes al quintil de ingresos más bajos de la población (Pereyra, 2012). Si bien desde 2005 el gobierno ar- gentino puso en marcha un “régimen especial para la seguridad social de las trabajadoras domésticas” y sus resultados fueron positivos, hasta el momento también fueron parciales (Pereyra, 2012). La dificultad para conciliar familia y trabajo se acentúa entre estas mujeres. En este sentido, el papel del Estado –tanto en la definición de políticas orientadas al cuidado infantil como en la regulación de las relaciones laborales entre el mercado y los sujetos con responsa- bilidades familiares– dista de ser neutral (Sainsbury, 1999; Creigh- ton, 1999). Analizar la génesis y los cambios históricos en la pro- tección de estos derechos para los trabajadores en la Argentina contribuirá a comprender, en perspectiva, su configuración ac- tual y los de safíos planteados en virtud de las transformaciones sociales y familiares que se editan día a día. la conciliación familia-trabajo 123 el cuidado como derecho de las “madres trabajadoras”: un siglo de historia En uno de sus primeros documentos (el Convenio 3, de 1919), la OIT estableció normas con respecto a la protección del trabajo de las embarazadas y las licencias por maternidad. Este hecho, que representó un importante adelanto en la ampliación de los derechos sociales, signó también la protección de los derechos laborales de las mujeres de un modo particular, ya que desde en- tonces el reconocimiento de los beneficios de su trabajo para el mercado se asoció directamente con su capacidad reproductiva en términos biológicos (y simbólicos). Las legislaciones laborales de los distintos países, incluida la Argentina, acompañaron este acto fundacional centrando sus orientaciones en la regulación de dispositivos que permitieran articular el trabajo femenino con el cuidado infantil, o bien “protegiendo” –es decir, exceptuando– a las mujeres del trabajo nocturno. Mientras tanto, otras perspec- tivas ligadas a la conciliación familia-trabajo, como el reconoci- miento de un conjunto más amplio de responsabilidades vincula- das a la esfera de la reproducción, quedarían apartadas del marco conceptual de estas regulaciones, así como las posteriores amplia- ciones de estos derechos, que no llegaron a cuestionar quién era el sujeto portador, dejaron, y en buena medida confirmaron, la responsabilidad de la reproducción social en manos de las “ma- dres” (Faur, 2006). En función del cuidado infantil, la regulación del trabajo re- munerado constituyó la primera política de envergadura que buscó facilitar la atención posnatal de los hijos de las trabaja- doras y la protección de sus empleos. Si bien parcial, esta me- dida de principios del siglo XX resultó un gran avance en la protección de los derechos sociales de las mujeres argentinas, cuya condición reproductiva no les garantizaba hasta entonces reconocimiento alguno. Al respecto hay que subrayar que este reconocimiento se produjo en tiempos y circunstancias en que las condiciones de trabajo eran “inhumanas”, no existía consi- deración especial alguna sobre el embarazo,el parto y el puer- perio, no había límites a la extensión de la jornada laboral, ni 124 el cuidado infantil en el siglo xxi salario mínimo, ni asignaciones familiares, etc. Como escribió en 1934 el médico Darío Rietti: Yo he visto esas mujeres, que por sus condiciones [de embarazadas] no podían realizar el trabajo habitual del taller, pero que ante la amenaza de la miseria del hogar continúan frente a la máquina hasta el instante mismo de ser madres. Para regresar a los pocos días y tener, ya sobre sí, la otra función noble de la mujer: amamantar a su hijo. Y las he visto hacerlo en el taller mismo, casi escondidas del capataz, como si fuera un crimen ser ma- dres, y entre el ruido infernal de la fábrica (Rietti, 1934, cit. en Nari, 2004: 217). Dentro de ese marco histórico, y gracias a una lucha que se inició a finales del siglo XIX y logró la sanción de leyes protectoras de la maternidad entre las décadas de 1900 y 1930, la politización de la diferencia de género (en este caso, de la maternidad) resultó ser un canon indispensable para el reconocimiento de derechos específicos frente a la explotación en el trabajo. En 1907 se aprobó la Ley 5291, primera regulación que –con magros resultados– buscó proteger los derechos de las embara- zadas, acotar su jornada de trabajo e incluir espacios destinados exclusivamente a la lactancia en talleres y fábricas con más de cincuenta empleadas. Las negociaciones para la sanción de esta ley fueron arduas y una fuerte oposición de la Unión Industrial Argentina alegó que se terminaría perjudicando a quienes se bus- caba proteger, con el peligro agregado de de salentar el empleo femenino. De resultas, se aprobó una norma que no satisfizo ni a su autor original ni a sus defensoras, y al final el texto hacía cons- tar que las mujeres “podrían” dejar de trabajar hasta treinta días después de ocurrido el parto –aunque esto no era obligatorio ni tampoco sería pagado “el descanso”– y que se les permitiría ama- mantar a sus hijos, aunque no se establecían espacios específicos para ello (Nari, 2004). Diecisiete años después, en 1924, la Ley 11 317 (en reemplazo de la de 1907) dejó establecido que se prohibía el trabajo femenino la conciliación familia-trabajo 125 durante las seis semanas posteriores al parto, se autorizaba a las mujeres a abandonar sus labores seis semanas antes de dar a luz, y se aclaraba que ninguna podría ser despedida por ese motivo (aunque sin hacer mención al pago del salario ni a tipo alguno de transferencia en ese período). En 1934, el Régimen de Protección a la Maternidad para empleadas y obreras de empresas privadas –cuya extensión alcanzó a las trabajadoras del Estado– garantizó finalmente la licencia paga por maternidad, que consistía en seis semanas de excepción previas al parto y otras seis luego del alum- bramiento (Nari, 2004). En relación con los servicios de cuidado, mediante la Ley 11 317 de 1924 los socialistas Alfredo Palacios y Alicia Moreau de Justo introdujeron la cuestión de su provisión como una necesidad y un derecho de las trabajadoras. El texto de esta norma preveía la creación de guarderías de empresa (salas- cuna) para la atención de los niños menores de 2 años en todos aquellos talleres y fábricas que contaran con más de cincuenta trabajadoras, aunque lo cierto es que, casi ochenta años después, esta medida no está reglamentada y sigue siendo muy poco apli- cada, con lo cual integra, lamentablemente, el copioso archivo de la “letra muerta”. En ese momento, en simultáneo con la regularización de las condiciones generales del trabajo remunerado de las mujeres, se formalizaron la protección del empleo durante el embarazo (denominado “fuero maternal”), las licencias por maternidad y, en un grado sensiblemente menor, la disponibilidad de servicios destinados al cuidado de hijos e hijas, como un primer intento de provisión de cuidado infantil en el espacio público en la Ar- gentina. Se instauró, así, un derecho de gran valor y, al mismo tiempo, restringido a las madres trabajadoras. Pero con este doble movimiento también se hizo visible que las asignaciones de tiem- po, provisiones y servicios públicos para el cuidado de niños se aplicaban sólo en el caso de las mujeres que tuvieran un empleo remunerado. Por ende, la contracara de este principio consistía en que el derecho al cuidado no fuera considerado un derecho de ciudadanía, sino un beneficio vinculado al trabajo asalariado. En tanto la mujer no participara en el mercado laboral o el acceso a las provisiones de cuidado fuera restringido –o insuficiente–, la 126 el cuidado infantil en el siglo xxi responsabilidad sobre los niños quedaba en manos de la familia, es decir, de las madres. Así, también quienes trabajaban de mane- ra independiente en sus hogares (realizando productos artesana- les para su posterior venta en el mercado, u ofreciendo servicios privados, como clases particulares a estudiantes, tareas de costura, enseñanza de idiomas, etc.) o se de sempeñaban en pequeños em- prendimientos, o como trabajadoras no remuneradas en talleres, empresas familiares, o directamente actuaban en el sector infor- mal y en el servicio doméstico, quedaron excluidas por completo de estos beneficios. Por otra parte, las regulaciones fueron harto específicas en tér- minos de género, y distribuyeron derechos y responsabilidades en forma diferenciada entre hombres y mujeres. Así, se construyó un modelo de legislación en que la protección de los derechos laborales de las mujeres abarcó, por un lado, la protección de su cuerpo –en función del embarazo–, alejándolo de trabajos consi- derados “pesados” e “insalubres” y, por otro, la protección del rol de la maternidad (Pautassi, Faur y Gherardi, 2004).31 Más allá de ajustarse al valor biológico y simbólico de la mater- nidad, la lógica del régimen de seguridad social del Estado siguió el modelo del trabajador-varón-proveedor y de la delegación en las mujeres de las funciones y labores del cuidado, incluso cuando en nuestro país la estructuración de la sociedad y de las familias ja- más reflejó de manera nítida ese ideal. Desde la década de 1930, los varones jefes de hogar comenzaron a percibir transferencias de ingresos –a modo de “asignaciones familiares”–, que tendían a de salentar el trabajo femenino. Sin cuestionar la validez de este modelo para contribuir a sostener un piso mínimo en los recursos familiares y un conjunto de ganancias para la calidad de vida de las familias trabajadoras, de hecho sirvió para propiciar severas dife- 31 La prohibición del trabajo nocturno y la limitación de trabajos “insalubres”, en un contexto social en el cual a las mujeres no se les reconocía siquiera su derecho al voto, indica que la lógica que sustentaba estas regulaciones presuponía la “debilidad” de las mujeres frente a los hombres, que requerían de una protección especial, no de sus derechos, sino más bien de sus cuerpos. la conciliación familia-trabajo 127 rencias en términos de género, postergando la autonomía econó- mica y política de las mujeres (Humphries, 1977; Creighton, 1999). Cada uno de los dispositivos legales mencionados fue producto de acalorados debates, luchas sindicales, resistencias empresaria- les, discusiones ideológicas y largas negociaciones políticas. Lo que no parece haber sido tomado en cuenta con intensidad semejante fue la rígida demarcación de fronteras de género en relación con la provisión y el cuidado, y la maternalización de las mujeres, es de- cir, su consideración –incluso en el terreno del derecho laboral– como madres antes que como sujetos autónomos, en un orden semejante al que en los países europeos representaba el régimen de cuidado conservador-corporativo (Sainsbury, 1999). Tal como la realidad es condición de posibilidad de la ficción, en la legislación laboral la composición genérica de la fuerza de trabajo se modificó antes que las imágenes de trabajo y género. El modelo deprovisión familiar fue profundamente alterado no sólo por las modificaciones en la economía nacional y global, sino también por los cambios propios de la composición familiar. El hogar nuclear, biparental y de un único ingreso, provisto por el varón jefe de hogar, se transformó dramáticamente a lo largo de las últimas cuatro décadas. En los hechos, se dio la convergencia de múltiples factores demográficos, económicos, jurídicos y cul- turales en la redefinición de las pautas de provisión económica en los hogares y la de sestructuración de las relaciones sociales de género imperantes. Así, el reconocimiento de los derechos hu- manos de las mujeres y de los niños y niñas horadó la legitimidad tradicional del modelo de poder y autoridad masculinos dentro de las familias. No sólo desde la sanción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que reconoció el principio de igualdad y no discriminación entre las personas, sino también a partir del impor- tante corpus de tratados y acuerdos internacionales que le siguie- ron, se ampliaron sistemáticamente los derechos de las mujeres en pie de igualdad frente a los hombres, así como de los niños y niñas; y el cuidado compartido entre hombres y mujeres, y entre instituciones privadas y públicas, comenzó a formar parte de la 128 el cuidado infantil en el siglo xxi agenda normativa internacional. La Convención sobre la Elimi- nación de Todas las formas de Discriminación contra la Mujer (conocida como CEDAW, que es su sigla en inglés), aprobada en 1979, avanzó sostenidamente en la creación de una plataforma legal que promoviera la igualdad de género. A partir de la recupe- ración democrática, en 1983, en la Argentina se aprobó la ley de divorcio vincular, la de igualación de derechos de hijos matrimo- niales y extramatrimoniales y la de patria potestad compartida, y se inició un proceso de transformación institucional que modificó en gran medida el lugar de las mujeres dentro de las familias: les otorgó iguales responsabilidades y derechos que al varón en su relación con los hijos y contribuyó a desmontar la imagen del hombre como jefe o autoridad familiar (paterfamilias). Por último, en 2010 se aprobó el matrimonio igualitario. La reforma de la Constitución de la Nación de 1994 otorgó jerarquía constitucional a los tratados de derechos humanos, e instó a la posterior adecuación de las leyes nacionales. La ratifi- cación por parte del Estado argentino de la CEDAW, de la Con- vención para Prevenir, Sancionar y Eliminar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém do Pará) y de la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN) marcó un hito en la forma de concebir los derechos y responsabilidades en las relaciones familiares, y apeló a la acción de las instituciones y agentes es- tatales para su concreción. Asimismo, en esta materia bien vale tomar en cuenta otros dos acuerdos internacionales: el Conve- nio de la Organización Internacional del Trabajo 156 (aproba- do en 1981), referido a la igualdad de trato y oportunidades de los trabajadores con “responsabilidades familiares” (válido para varones y mujeres), y la Plataforma de Acción (aprobada en la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo, celebrada en El Cairo en 1994), que sentó bases renovadas para repensar el cuidado infantil y las responsabilidades de hombres y mujeres en el ámbito de la familia: “Los gobiernos deben promover y alentar la participación del hombre y la mujer en pie de igual- dad en todas las esferas de la vida familiar y en las responsa- bilidades domésticas, incluida la planificación de la familia, la crianza de los hijos y las labores domésticas”. la conciliación familia-trabajo 129 En 2000, la OIT adoptó el Convenio 183, referido a la protección de la maternidad, que instaba a establecer un conjunto de disposi- ciones de protección de las trabajadoras y sus hijos.32 En 2007, final- mente, los gobiernos de la región de América Latina acordaron, en la Décima Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe, aprobar el Consenso de Quito, que instaba a “adoptar medidas de corresponsabilidad para la vida familiar y laboral que se apliquen por igual a las mujeres y a los hombres”, y reconocer “la importancia del cuidado y del trabajo doméstico para la repro- ducción económica y el bienestar de la sociedad como una de las formas de superar la división sexual del trabajo”. Los niños y niñas, en este proceso, se tornaron sujetos de derechos en torno al cuida- do. Pero ¿en qué medida estas transformaciones se reflejaron en una nueva forma de organización de las relaciones entre familia, trabajo y género en el derecho laboral argentino? A esta altura, es pertinente analizar cómo el andamiaje institucional argentino dis- tribuye y protege las responsabilidades de cuidado entre trabajado- res y trabajadoras, y si les brinda espacios –con o sin derechos rela- tivos– para conciliar las actividades del trabajo y de la vida familiar. (des)concierto de normas vigentes En la actualidad, las normas asociadas al trabajo mantienen como dispositivos de protección los sancionados a principios del siglo XX: el fuero maternal (la prohibición de despedir a una trabaja- dora embarazada),33 las licencias por maternidad (y paternidad), las licencias por adopción, el régimen de excedencia (la opción de ampliar la licencia maternal sin remuneración) y la provisión de servicios de cuidado para los hijos de las trabajadoras. Asimismo, 32 La Argentina aun no ratificó este Convenio. 33 El fuero maternal establece la presunción, salvo que se demuestre lo contrario, de que el despido dispuesto entre los siete meses y medio anteriores o posteriores al parto obedecen a razones de embarazo o maternidad. 130 el cuidado infantil en el siglo xxi existen disposiciones que asignan a los trabajadores con hijos otras licencias para el cuidado familiar, por ejemplo, en caso de muer- te de hijos, cónyuges o padres. Al considerárselo de forma aislada, cada uno de estos elementos es necesario pero insuficiente para cerrar la ecuación que concilie responsabilidades parentales y la- borales. De ahí que, a la hora de cubrir las necesidades de cuidado infantil propias de los trabajadores, estas deban ser entendidas de manera complementaria y aplicadas operativamente. ¿Cómo se dis- tribuyen estos derechos entre los trabajadores y las trabajadoras de la Argentina? Aunque no es materia de este libro analizar la totali- dad del complejo marco regulatorio que el país posee en el ámbito laboral, ilustraremos la diversidad de mecanismos, recursos y alcan- ces en cuanto a la protección del cuidado de los niños mediante un recorte de la legislación. Sin el requisito de la exhaustividad, analizaremos el funcionamiento de las normas relacionadas con las licencias por maternidad/paternidad y la regulación de servicios de cuidado en un grupo seleccionado de jurisdicciones que refle- jan el mapa de la de sigualdad vigente: la nacional (en los sectores público y privado), el sector público de la ciudad de Buenos Aires, de las provincias de Córdoba y Tierra del Fuego y de los municipios de la provincia de Buenos Aires. Incluiremos, además, los estatu- tos docentes de la CABA y la provincia de Buenos Aires, lo que en conjunto da cuenta de una variedad de ocupaciones en las que se emplea una proporción importante de la población activa. La legislación vigente evidencia una estructura que no sólo refleja la diferenciación en los papeles de padres y madres traba- jadores (estructura que responde al modelo de “roles de género diferenciados”), sino también una importante estratificación en la asignación de los derechos derivados de la condición de traba- jador, como las licencias con goce de haberes y las guarderías en el lugar de trabajo. La Ley de Contrato de Trabajo opera como piso “mínimo” a partir del cual se establecen distintos dispositi- vos de protección para trabajadores pertenecientes a diferentes sectoresy ramas de actividad.34 Los acuerdos sectoriales se de- 34 La Ley de Contrato de Trabajo (LCT, nº 20 744 y normas la conciliación familia-trabajo 131 sarrollan por la vía de negociaciones colectivas entre emplea- dores y trabajadores. El resultado muestra que la de sigualdad es la norma. Desigualdad en el tratamiento de distintos tipos de trabajo; de sigualdad entre géneros, sectores y jurisdicciones. Aun en el contexto de fuertes disparidades, hay algunos rasgos comunes. Las licencias por nacimiento se otorgan en una propor- ción notablemente mayor entre las mujeres que entre los hom- bres, y además son más extensas en el sector público que en el privado. La brecha temporal es significativa y se puede apreciar en el cuadro 1. Quienes trabajan en el sector privado disponen de noventa días de licencia por maternidad, pero cuentan con cien si se de- sempeñan en el empleo público nacional. En el empleo público provincial, la de sigualdad del tiempo asignado a las madres en distintas jurisdicciones es notable, con un rango que oscila entre los noventa y los doscientos diez días. Entre las docentes, si de- sarrollan su actividad en la CABA tienen derecho a una licencia complementarias) es aplicable a los trabajadores en relación de dependencia, con excepción de los dependientes de la administración pública nacional, provincial y municipal, los trabajadores agrarios y los trabajadores del servicio doméstico, que se rigen por estatutos especiales. La Ley de Empleo Público Nacional, nº 24 164, de 1999, ofrece el marco normativo para los empleados del sector público del ámbito nacional. Ambas se complementan con los acuerdos alcanzados en las negociaciones colectivas. Para el empleo público nacional rige el Decreto 214/2006. Para los empleados públicos de las distintas jurisdicciones existen leyes específicas. En la CABA rige la Ley 471, con algunas excepciones que se encuentran protegidas por otras regulaciones. En el ámbito de la provincia de Buenos Aires rige la Ley 11 757, cuyas disposiciones afectan al personal de las municipalidades de la provincia, el Senado y la Cámara de Diputados, y excluye a los titulares del Poder Ejecutivo, secretarios, subsecretarios y otros cargos gerenciales y de asesoría. En la provincia de Tierra del Fuego rige la Ley provincial 728 y en Córdoba, la Ley 9905. Para los docentes que se desempeñan en el sector público rigen estatutos específicos. Por ejemplo, en el caso de la CABA, la Ordenanza 40 593 y sus modificaciones, mientras que para aquellos que se desempeñan en la provincia rige la Ley 10 579, de Estatuto Docente. El servicio doméstico se rige por el Régimen especial de contrato de trabajo para el personal de casas particulares, Ley 26 844, sancionada en 2013. 132 el cuidado infantil en el siglo xxi por maternidad de ciento sesenta y cinco días (cuarenta y cinco días con anterioridad al nacimiento y ciento veinte días después), pero si lo hacen en la provincia acceden a ciento treinta y cinco días (que se amplían hasta ciento cincuenta cuando fueran naci- mientos múltiples o producidos en pretérmino). Las licencias de las docentes de la CABA casi duplican las de las mujeres que se de sempeñan en el sector privado y representan casi el 60% más que las de las empleadas públicas de la ciudad. En el caso de las licencias por adopción, se aprecia la misma diversidad. Cuadro 1. Licencias por maternidad y paternidad por sectores seleccionados, 2013 Madre Padre Empleo privado Sector privado (LCT) 90 días 2 días Personal de casas particulares 90 días 2 días Empleo público Ámbito nacional 100 días 5 días Municipalidades (provincia de Buenos Aires) 90 días 1 días CABA 105 días 3 días Córdoba 180 días 8 días Tierra del Fuego 210 días 15 días Convenios colectivos Docentes de la provincia de Buenos Aires 135 días 5 días Docentes CABA 165 días 10 días Fuente: Elaboración propia, sobre la base de la legislación vigente citada. En este escenario, se destaca la equiparación de los derechos de las trabajadoras del servicio doméstico con las del sector privado. la conciliación familia-trabajo 133 La Ley 26 844, de 2013, puso fin a más de medio siglo de discrimi- nación para las trabajadoras de casas particulares, que, hasta en- tonces, no disponían de ningún día pago por maternidad, incluso si trabajaban “en blanco”.35 Además de este importante logro, lo que estas cifras revelan, en conjunto, es que la estratificación que existe en el mercado laboral se propaga, bajo el marco de la ley, en los derechos asociados con el nacimiento de los hijos. Desde la perspectiva de los niños, la de sigualdad se mide no sólo en los ingresos del hogar, sino también en los tiempos de presencia de sus madres y padres en función de su inscripción en el mercado laboral. En cuanto a las licencias por paternidad, son especialmente breves: desde tan sólo dos días para los empleados privados has- ta un máximo de quince para los empleados públicos de Tierra del Fuego. Los docentes varones de la provincia de Buenos Aires disponen de cinco días de licencia por el nacimiento de un hijo, lapso que se duplica entre sus pares de la CABA, aunque es cinco veces mayor que el tiempo del que disponen sus colegas en el sec- tor público municipal de la provincia –cuya licencia es de apenas un día–, con la excepción del municipio de Morón, donde, desde 2009 y mediante una política afirmativa (similar a la de Tierra del Fuego), se extendió la licencia para sus empleados varones hasta veinte días (y doscientos diez para las mujeres). Incluso en los sectores que ofrecen más facilidad a los varones para acompañar el nacimiento de sus hijos, queda claro que estas licencias no al- canzan a erigirse como un incentivo a la corresponsabilidad de los varones en el cuidado de sus hijos ya que, en el mejor de los casos, representan una décima parte del período asignado a las madres del mismo sector. El papel de proveedor de recursos económicos parecería eximir –desde la cuadratura legal– a los varones de las responsabilidades y los derechos relativos al tiempo de cuidado infantil, por lo que desde la ley misma se sostiene y legitima la 35 Entre 1956 y 2013, el servicio doméstico se enmarcaba en un Estatuto especial, restrictivo en términos de derechos, que fue derogado con la sanción del nuevo reglamento de trabajadores de casas particulares. 134 el cuidado infantil en el siglo xxi construcción de modelos de masculinidad desvinculados de la crianza y apartados del cuidado familiar (Faur, 2006). La amplia variedad de regulaciones vigentes denota una frag- mentación similar en la protección del beneficio garantizado, que no sólo incide en la discriminación de género en el acceso a los derechos relativos al cuidado, sino también en las afiliaciones de los trabajadores: con derechos más extendidos por ley para los empleados del sector público que para los del sector privado, lo que no impide que entre los trabajadores del sector público exista una gran heterogeneidad según las jurisdicciones y los sectores de ocupación. El gradiente de situaciones relacionadas con la aplicación de las licencias es tan vasto en la legislación como en la experiencia real de las trabajadoras. Las licencias parentales con goce de haberes son relativamente breves –con contadas excepciones– en comparación con las de los regímenes de bienestar cuyos Estados actúan como promotores de igualdad, subsanando las brechas existentes en el mercado o en las sociedades. Eventualmente, las trabajadoras pue- den ampliar su licencia optando por la “excedencia” –que cubre entre tres y seis meses suplementarios–, aunque sin goce de sueldo. Los padres varones que trabajan en relación de dependencia no sólo gozan por ley de licencias mínimas, sino que tampoco se les reconoce la posibilidad de optar por la excedencia, vale decir, de proteger su empleo en caso de que quieran disponer de una licencia sin goce de haberes a causadel nacimiento de los hijos.36 Sobre este tema, en 2003 se redactó un proyecto de ley que dis- ponía la extensión de la licencia por paternidad durante quince días, aunque sólo logró la aprobación de la Cámara de Diputados y más tarde perdió estado parlamentario, al no ser tratado por los 36 A propósito de la adopción, existe una disposición para los emplea- dos públicos del ámbito nacional que señala: “Al agente que acredite que se le ha otorgado la tenencia de uno o más niños se le concederá licencia especial con goce de haberes por un término de cien (100) días corridos. En caso que la adopción fuese otorgada a matrimonio o quienes vivan en aparente matrimonio, se limitará el plazo a treinta (30) días respecto del agente varón” (Decreto 214, art. 141). la conciliación familia-trabajo 135 senadores. Y en 2010 se dio media sanción parlamentaria a un proyecto que “extiende” la licencia para los padres varones hasta los cinco días. Cabe destacar que, a diferencia de otras normas tendientes a la igualdad de género (como las leyes de matrimonio entre personas del mismo sexo y la de identidad de género), esta iniciativa tuvo –en su momento– escaso eco en el debate público y careció de una demanda social que acompañara su sanción, lo que revela hasta qué punto era débil en nuestro país la percep- ción social acerca de que la conciliación entre familia y trabajo es un problema, además de político, público. Sin embargo, algo está cambiando en este sentido. De forma creciente, las licencias para el cuidado familiar se hacen presentes en el debate público, gra- cias a la difusión de estudios e iniciativas de incidencia política de ONG locales y organizaciones intergubernamentales y, también, por el interés de determinadas instituciones estatales. Asimismo, el tema renovó su impulso en la agenda parlamen- taria. A fines de 2013, la Cámara de Diputados contaba con cua- renta y cinco proyectos de ley sobre licencias por maternidad, paternidad y cuidados familiares presentados por casi un cente- nar de legisladores. Más de la mitad de esos proyectos buscaba extender las licencias por paternidad, así como las de maternidad. ¿Cuáles son los obstácu los que encuentran hoy esos proyectos? Según algunos legisladores, el límite actual no sería ideológico, sino presupuestario.37 De esta forma, se reedita la convicción de que emplear mujeres es más costoso que sumar hombres en una empresa, abonando en la reproducción del entramado de la de- sigualdad. Mientras tanto, y en la medida que las iniciativas no alcanzan a contar con el acuerdo de ambas Cámaras, los proyectos pierden estado parlamentario. 37 Estas expresiones fueron vertidas por diputados oficialistas y oposito- res en el marco de reuniones de diálogo político. Por ejemplo, en la jornada “Políticas de cuidado en la agenda parlamentaria”, organiza- da por el Grupo Parlamentario Interamericano (GPI) el 27 de junio de 2013 en el Senado de la Nación, y en el “Diálogo sobre políticas de cuidado en la Argentina: El cuidado en la agenda legislativa”, orga- nizado por CIPPEC, Unpfa, PNUD, OIT y Unicef el 27 de marzo de 2014, en el Centro de Información de las Naciones Unidas. 136 el cuidado infantil en el siglo xxi En el panorama internacional, algunos países con regímenes de bienestar socialdemócratas, y estructuras sociales y económicas más igualitarias que las latinoamericanas, se ha reconocido la complejidad de relaciones que configuran la vida laboral y la fa- miliar, y se ha transformado de forma radical la legislación sobre la asignación de licencias del primer período protector, amplian- do sus prestaciones y apostando por la definición de políticas que reconozcan la vigencia de un esquema familiar de doble provisión y alienten un modelo paritario en el cuidado de los niños. Entre ellos, Suecia fue el primer país que, en 1974, otorgó derechos a padres y madres para ausentarse del trabajo durante seis meses a fin de disponer de tiempo suficiente para el cuidado de sus re- cién nacidos. Con el paso de los años, estas licencias fueron exten- diéndose, a tal punto que, desde 1995, existen licencias de hasta quince meses, con un mes de “cuota” para cada uno de los padres (Sundström y Duvander, 2002). Asimismo, Noruega reglamentó licencias interconectadas para madres y padres, por las que se otorga un total de cincuenta y dos semanas con un 80% de com- pensación económica –o bien de cuarenta y dos semanas con una compensación del 100%–, y en las que se contempla una “cuota materna” (de tres semanas antes y seis después del nacimiento) relacionada con la protección de los aspectos biológicos de la ma- ternidad. A esto se agrega la existencia de una “cuota paterna” de cuatro semanas, que busca promover una mayor participación de los varones en el cuidado infantil, tiempo que se descontaría del total si el padre no se lo tomara. Adicionalmente, hombres y mujeres cuentan con diez días de licencia por año (cada uno) para el cuidado de hijos e hijas enfermos menores de 12 años (Ellingsaeter, 1999). después de las licencias Al concluir las licencias por maternidad, resultaría imprescindible contar con servicios de cuidado para reintegrarse a la actividad remunerada, pero lo cierto es que en nuestro contexto se abre la conciliación familia-trabajo 137 un vacío que de safía a hombres y mujeres trabajadores y que ter- mina por fortalecer el supuesto de que la conciliación de esferas es una responsabilidad “privada”. Como señalamos, las políticas públicas pueden partir del modelo que asocia a las mujeres con el cuidado y al cuidado, con una actividad específica del ámbito privado, o bien promover la provisión de servicios que permitan desfamiliarizar el cuidado infantil tanto como fuera posible. En el marco legislativo, este derecho se realiza a través de dos modali- dades: la provisión de guarderías en los establecimientos en los que se de sempeñan las trabajadoras y por medio de reintegros. Ambos dispositivos presentan ventajas y desventajas para sus po- tenciales destinatarios, aunque estas son principalmente teóricas, dado que la efectiva provisión de guarderías y transferencias no alcanza al total de trabajadores, ni siquiera a la mayoría de los formales. Retomando los postulados de la histórica Ley Palacios, la Ley de Contrato de Trabajo 20 744 y su reglamentación de 1974 fijaron que en aquellos establecimientos donde hubiera al menos cincuenta trabajadoras el empleador debía habilitar salas mater- nales y espacios de cuidado, aunque no se estableció el carácter obligatorio de esta disposición.38 La provisión de guarderías en los ámbitos laborales tiene la ventaja evidente de ofrecer espacio y servicios para el cuidado en un lugar próximo a donde se de sarrolla el trabajo y durante el tiempo completo de la jornada laboral. Sin embargo, hay tres problemas centrales en la regulación de este servicio. En primer lugar, su relación con el tamaño de la empresa y su dependencia respecto de la cantidad de empleadas (respondiendo a un esque- ma deudor del modelo productivo de grandes industrias y no a un contexto atomizado como el actual), por lo que en teoría sólo 38 En 1973, se sancionó la Ley 20 582, de Creación del Instituto Nacional de Jardines Maternales Zonales, que tampoco fue reglamentada. Recién en 1984 se dictó, por parte del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, la Resolución 62 606, que elaboró un anteproyecto de reglamentación acerca de que el Instituto tendría como función la creación de jardines “en aquellos sitios en que las condiciones sociales lo reclamen”. Su reglamentación, sin embargo, jamás se concretó. 138 el cuidado infantil en el siglo xxi aquellas mujeres que se de sempeñan en una empresa mediana o grande –y altamente feminizada– contarían con esta facilidad. En segundo término, la asociación del servicio con el género, lo que determina que, si un varón trabaja en una empresa con guardería, no tendrá derecho a utilizar elservicio. Por último, más allá de los criterios restrictivos, el hecho de que las empresas no tengan la obligación legal de prestar un servicio de guardería. Así es como en la Argentina, a diferencia de los países europeos y al igual que en otros países latinoamericanos, el de sarrollo conceptual e ins- trumental de este tipo de servicio no ha sido debidamente com- pletado. En parte porque se lo planteó de manera inconstante en el marco de estados sociales limitados o estratificados, en los que nunca se veló por la existencia de suficientes espacios para el cui- dado infantil, y además porque estos derechos nunca se aplicaron al total ni a la mayoría de las mujeres trabajadoras –tampoco de los hombres–, en mercados en los que el trabajo informal y cuen- tapropista han resultado una constante. Históricamente, la instalación de guarderías fue más extendida en el sector público que en el privado, aunque al respecto no con- tamos con cifras oficiales.39 Desde las primeras décadas del siglo XX, la mayoría de los ministerios nacionales, hospitales y univer- sidades contaban con áreas destinadas al cuidado de los niños de sus empleadas, pero con la reestructuración del Estado y el achi- camiento de su planta de trabajadores, iniciados en la década de 1980, se produjo el cierre definitivo de muchos de esos espacios. Es evidente que aún hoy el Estado, como empleador, ofrece ma- yores garantías a la protección de los derechos de cuidado de sus trabajadores que como agente regulador del sector privado. En este ámbito, la provisión efectiva de servicios de cuidado infantil 39 Estimar cuantitativamente la extensión real de la oferta de guarderías acarrea dificultades, ya que no existen en el país estadísticas ni estudios que sistematicen la provisión real de las empresas y/o de las organizaciones del sector público en cuanto a servicios de cuidado infantil. Por otra parte, tampoco se conoce la medida de la cobertura desde el lado de la demanda, esto es, qué porcentaje de trabajadoras asalariadas registradas recibe una prestación de cuidado infantil. En los hechos, sólo se cuenta con datos asistemáticos. la conciliación familia-trabajo 139 descansa en la negociación y los acuerdos que surjan de los con- venios entre trabajadores agremiados y empresarios.40 En ciertos casos, como los de la administración pública nacional y algunos empleados del sector privado que lograron acuerdos a escala de las negociaciones colectivas, el déficit de servicios de cuidado se compensa con el reintegro parcial o total de los costos de guar- derías o jardines maternales utilizados por los trabajadores.41 Lo interesante de este dispositivo, entre otras cosas, es que funciona con el pleno reconocimiento de los varones como titulares del derecho de cuidado, lo que permite a las familias en las que el varón trabaja en relación de dependencia –y la mujer no– contar con beneficios para el cuidado de los niños; esto último no suce- de cuando la única titular del derecho es la mujer. Sin embargo, la aplicación concreta de estos beneficios apenas cubre una mí- nima proporción de la población económicamente activa en la Argentina. En conclusión, los tiempos, transferencias y servicios asignados para el cuidado infantil por la vía del empleo resultan todavía insuficientes. El modo en que se aplican y garantizan las licen- cias por maternidad y paternidad, los subsidios por nacimiento o adopción de hijos y las guarderías contiguas a los establecimientos en los que trabajan padres y madres nos permiten apreciar cómo las políticas tienden a favorecer un modelo anacrónico de provi- sión y de cuidado, en paralelo a la dinámica social y de género. Las licencias parentales se restringen a un subconjunto de trabaja- dores, son relativamente cortas si se las compara con las de los paí- 40 Según un estudio de Berger y Szretter (2002), sólo el 16%, de un total de doscientos quince convenios del sector privado, establecía acuerdos sobre guarderías o reintegros de gastos erogados por los trabajadores. 41 Desde 2006, el Convenio Colectivo (homologado por el Decreto Nacional 214/2006 y comprendido en la Ley Marco de Regulación del Empleo Público Nacional, nº 25 164, de 1999) introdujo un artículo que permite el reintegro de parte de las erogaciones en materia de cuidado infantil de los hijos de los empleados de la administración pública nacional, mientras sus ingresos no excedan los topes establecidos por las normas relacionadas con asignaciones familiares (Decreto 214/2006, art. 131). 140 el cuidado infantil en el siglo xxi ses cuyos Estados de bienestar se han comprometido de manera activa en ello, y pocas veces se complementan con la dotación de servicios, mientras la opción por la excedencia carece de remu- neración. Así, nuevamente depende de la capacidad económica de las familias el poder afrontar el período posnatal sin el ingreso salarial de las mujeres. Por otra parte, y si se considera que la pro- babilidad de acceder y permanecer en un empleo formal es más elevada para los varones que para las mujeres, acotar el acceso a las (pocas) guarderías disponibles para ellas resulta, cuando me- nos, problemático. El bien protegido, queda claro, no es el dere- cho de los niños a ser cuidados durante la infancia temprana –ni el de los trabajadores con respecto a conciliar responsabilidades–, sino escasamente, y por un brevísimo tiempo, el proceso natura- lizado y despolitizado del sustrato biológico de la reproducción. Pero esto no coloca el cuidado como un bien social de carácter público y universal, sostenido por un ethos orientado a democrati- zar la distribución de las diversas responsabilidades entre sujetos (varones y mujeres) e instituciones (Estado, mercado, familias). Con lo cual, desde el punto de vista de la conciliación trabajo- familia, el cuidado infantil se limita a prestaciones mínimas y se constituye en una estrategia funcional para la inclusión de las mujeres en el mercado laboral formal, más que en una categoría central de la protección social. las familias del derecho laboral Desde la perspectiva de género, la legislación laboral muestra un marcado sesgo en la asignación social de responsabilidades en- tre hombres y mujeres. Hoy como ayer, los hombres son vistos como trabajadores, las mujeres como responsables del hogar, y las trabajadoras, como empleadas y madres. Así, el sujeto de la conciliación familia-trabajo no es neutro ni mucho menos mascu- lino, sino femenino. A las mujeres les corresponde encontrar el equilibrio entre esferas, en un contexto de relativa desprotección de sus derechos y falta de servicios. Asimismo, sólo las empleadas la conciliación familia-trabajo 141 formalmente gozan de licencias; ni siquiera todas ellas acceden a las (pocas) guarderías existentes. Superado el lapso posterior al nacimiento, la provisión de servicios y garantías para el cuidado de los niños pequeños por la vía de la ley es parcial y escasa –lo que una vez más remite a la capacidad familiar–, así como son insuficientes las medidas que promueven la participación de los padres en esas tareas. Por omisión, el derecho laboral argentino no reconoce ni estimula el compromiso de los varones en el cui- dado de sus hijos, ya que no provee los dispositivos necesarios para conciliar sus responsabilidades familiares y laborales en una medida semejante a como lo hace con las madres. A grandes rasgos, pareciera que la perspectiva presente en la le- gislación argentina se vincula sobre todo con la protección de lo que Ellingsaeter (1999) engloba bajo el concepto de “maternidad biológica”, es decir, con la protección de los procesos de gestación, parto y lactancia, omitiendo otras condiciones, construcciones cul- turales y necesidades familiares y sociales. Es evidente que existen razones biológicas específicas que justifican el establecimiento de licencias para las mujeres luego de haber dado a luz, y que este reconocimiento fue –y continúa siendo–un importante logro en términos de derechos sociales. Aunque también es innegable que el cuidado y la atención de los niños pequeños supone actividades que pueden ser realizadas de manera indistinta por varones y muje- res, y que por cierto no concluyen al tercer mes de vida de un bebé. Los sesgos de género señalados denotan la impronta de un ras- go cultural en la asignación de responsabilidades entre los sexos que, lejos de ser superado por las leyes –como se promueve en los regímenes socialdemócratas–, en la Argentina es perpetuado desde la propia normativa. De este modo, se adscriben pautas de cuidado vinculadas a lo “maternal”, y también a aquellas nociones de la masculinidad que Connell (1995) define como “hegemóni- cas”, esto es, dentro de un orden en el que la división sexual del trabajo y el poder sitúa a los hombres en una posición de ventaja jerárquica, y los desvincula del cuidado –práctico, doméstico– de los miembros de sus familias (Faur, 2006). Visto que no hay argu- mentos de tipo “biológico” para ampliar los dispositivos institu- cionales que permitan un mayor compromiso de los padres, los 142 el cuidado infantil en el siglo xxi (escasos) recursos de los que los hombres disponen por derecho se derivan de una forma particular de “politizar la paternidad” o, más bien, de no politizarla. El denso conjunto de conceptos, valores y representaciones sociales que subyacen a las normativas en vigencia revelan que el derecho consiste en una práctica discursiva y sociocultural, no solamente en un sistema regulatorio de normas y disposiciones (Birgin, 2003). Por esta razón, es evidente hasta qué punto, en materia de cuidado, perpetúa un modelo de vida anacrónico, he- redero de la visión de esferas separadas e incomunicadas, y motor de mecanismos diferenciales según el sexo de las personas (simi- lar, hay que decirlo, al que sirvió de base a la legislación sancio- nada casi cien años atrás, en un marco histórico, sociológico y cultural completamente distinto al de nuestros días). La actual configuración de las agencias de cuidado infantil aso- ciadas a los derechos laborales parece ser resultado de la herencia de un sistema protector corporativo (en que los derechos de los trabajadores están estratificados en función de ramas y sectores de ocupación), y de su posterior imbricación con el régimen li- beral, que talló de manera pertinaz una particular fragmentación de la protección social mediante las políticas implementadas por el neoliberalismo, y en especial por la “flexibilización” de los mer- cados laborales. En el contexto argentino, y más allá de las consi- deraciones de género, esta estructuración engendra disparidades sociales y límites adicionales en la protección de derechos relati- vos a la conciliación de responsabilidades. Ahora bien, si en los próximos años se lograra consolidar un nuevo marco legal que extendiera las licencias para la atención familiar de trabajadores de ambos sexos, ¿será esto suficiente? ¿En qué medida se equipararán las condiciones de distintos sujetos y familias bajo un mismo parámetro? ¿Cómo se articularán estos be- neficios a otros dispositivos que protejan los derechos a cuidar y a ser cuidado de las mujeres, los hombres y los niños? Si bien difícil- mente una norma alcance a saldar las cuestiones pendientes, cada avance en este camino abonará a la transformación de un legado histórico discriminatorio impregnado en las leyes, y también en las empresas y las familias. la conciliación familia-trabajo 143 la maternidad como punto de inflexión Pese a que resulta complejo establecer la correspondencia entre normas, prácticas y representaciones sociales, el hecho de que existan regulaciones (laborales, entre otras) que discriminan de- rechos de las mujeres y de los varones establece jurisdicciones que afectan las dinámicas de clase y de género en la vida social. La regulación del Estado por medio de los derechos laborales cier- tamente demarca territorios y fronteras (reales y simbólicas) en la medida que estos protegen –o, en su defecto, dejan vacancias en– la provisión de servicios acomodados en horarios acordes a los ritmos de producción que rigen la vida de mujeres y hombres. Colocar la mirada en los arreglos de trabajo y cuidado que de- sarrollan hombres y mujeres en el contexto social, económico e institucional contemporáneo nos permitirá anclar el análisis pre- vio, valorar en qué medida los mecanismos provistos por la ley ofrecen respuestas a las necesidades de cuidado de la población trabajadora contemporánea, e identificar los retos pendientes en la compleja relación entre el trabajo y la familia. En 2007, fui convocada por el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social y tuve la oportunidad de realizar una inves- tigación junto con Nina Zamberlin, para la cual visitamos ocho empresas pertenecientes a cuatro sectores productivos altamen- te dinámicos del AMBA. Allí entrevistamos a treinta y un trabaja- dores y trabajadoras, de distintos niveles, incluso a responsables del área de recursos humanos. En un escenario de reactivación económica, buscábamos analizar las representaciones sociales que operaban para construir, perpetuar o bien transformar las estructuras y dinámicas de género imperantes en el mercado la- boral. En pleno de sarrollo de mi tesis doctoral, incorporé a las entrevistas una serie de preguntas dirigidas a indagar las ten- siones entre familia y trabajo, y más específicamente, el modo en que las empresas y sus trabajadores abordaban y dotaban de sentido al cuidado infantil. Las empresas analizadas, que se destacan por el hecho de tener a su planta de personal registrada –y, por ende, con los derechos protegidos–, respetan los períodos de licencia por maternidad y la 144 el cuidado infantil en el siglo xxi hora de lactancia correspondientes por ley. También se muestran dispuestas a acomodar las necesidades de las mujeres en relación con los tiempos de cuidado (ya sea reprogramando o disminu- yendo los horarios, suspendiendo o reduciendo la necesidad de que la trabajadora viaje). Sin embargo, casi un siglo después de la sanción de la Ley 11 317 en 1924, que introdujo la necesidad de provisión de servicios de cuidado en empresas, sólo una de las ocho empresas entrevistadas (una importante firma multinacio- nal de la industria química) contaba con una guardería para los hijos de las trabajadoras, en el marco de una política de recursos humanos destinada a facilitar la conciliación entre el trabajo y las responsabilidades de crianza. Se trata de un caso excepcional, en el universo local, en la medida en que los dispositivos planteados por esta estrategia superan ampliamente los lineamientos norma- tivos vigentes en el país.42 Este beneficio es exclusivo para las em- pleadas mujeres, recorte que se justifica por criterios biológicos (disponer de guardería en el lugar de trabajo facilita la continui- dad de la lactancia una vez que la mujer reinicia su trabajo) y por razones presupuestarias (de este modo, se logra limitar el cupo de niños en la guardería y, por ende, los costos para la firma). Pero también, desde la empresa, se (sobre)entiende que es la mujer quien se ocupa de los hijos y, por lo tanto, los empleados hombres no necesitarían el beneficio de la guardería. “Acá se asume que el hijo es de la madre, y tenés que demostrar que no está la madre para que sea del padre”, señala Lucía, ingeniera química, emplea- da en la compañía. En otras empresas recorridas, la situación es disímil. El hecho de que las licencias por maternidad y los escasos servicios de cui- dado disponibles por la vía del empleo se concentren legalmente en las mujeres, no sólo contribuye a maternalizar la responsabi- 42 Los mecanismos incluyen: a) reinserción part-time luego de la licencia por maternidad para las mujeres que no optan por excedencia; b) a las empleadas cuyas responsabilidades incluyen viajes internacionales se les brinda la posibilidadde hacerlo con sus hijos hasta los 2 años de edad, c) guardería en planta con personal calificado y amplios horarios de atención. la conciliación familia-trabajo 145 lidad del cuidado familiar y a limitar los derechos de los padres varones, sino que además refuerza la diferencia de oportunidades y trato hacia las mujeres. Así, entre otros hallazgos, comprobamos que la responsabilidad (femenina) de la crianza era “naturalmen- te” un factor decisivo desde la óptica de la demanda laboral tanto en el momento del ingreso al mercado de trabajo como en el de la promoción de sus trabajadoras. Es usual que durante una entre- vista de selección el responsable de recursos humanos interrogue a una candidata sobre la conformación de su familia. También, que eso sea interpretado como un indicador de “transparencia” por parte de las mujeres –no de los varones–, alentándolas a ex- plicitar su situación conyugal, y el número y edad de sus hijos en su currícula. Un gerente de recursos humanos del sector de hotelería comentaba: “A mí me molesta mucho cuando hago una entrevista y veo tu currículum, y recién después me entero de que tenés un hijo y nunca lo pusiste”. Si la división sexual del trabajo atraviesa tanto los ámbitos de las familias como el del trabajo remunerado, en este último la mater- nidad no sólo distingue derechos, sino que se instituye, de forma implícita, como uno de los factores de segregación en las contra- taciones (England, 2005). Desde la perspectiva de las mujeres tra- bajadoras, las preguntas sobre la composición y el proyecto fami- liar pueden indicar un factor potencial de discriminación. Como señaló Liliana, gerente operativa del área de hotelería: “Si en el momento de hacer una entrevista de trabajo te preguntan si estás casada, si tenés el proyecto de tener familia, si te vas a casar, o a cargo de quién están los chicos, yo creo que hay una diferencia desde el vamos”. La conformación de una familia y la maternidad aparecen en el origen del trato de sigual de las mujeres en el mundo del trabajo, y sobre esa base se creó la arquitectura normativa de protección del embarazo y la maternidad analizada en las páginas anteriores. A pesar de la normativa vigente, cuando lo que está en juego es el trabajo de las mujeres, resulta notable en sus testimonios la re- ferencia constante a cierta sensación de inseguridad frente a sus empleadores, el sentimiento de riesgo en cuanto al sostenimiento 146 el cuidado infantil en el siglo xxi de acuerdos y el respeto de las leyes, y el “pudor” por el hecho de tener que “pedir” licencia o un acomodamiento de horarios… In- cluso aquellas cuyos derechos son reconocidos por de sempeñarse en el sector formal de la economía pueden sorprenderse por no ser recriminadas por su maternidad: Cuando yo dije a los tres meses que estaba embarazada, me dio como un pudor… ¡Con las cosas que una sabe! En otras situaciones laborales quedarse embarazada es un problema, mucho más a los tres meses de haber en- trado… Pero la verdad es que al final no sentí en ningún momento una reprimenda, ni un maltrato, ni nada pare- cido (Lala, especialista en investigación de mercado, in- dustria química-cosmética, una hija de 1 año y 7 meses). Si se retoma la conceptualización de Ellingsaeter (1999), las li- cencias parentales apelan a la necesidad de “tiempo y dinero para cuidar”, protegidas por la Ley del Contrato de Trabajo. A pesar de que así lo habilita la norma, la maternidad funciona en el ima- ginario de muchas mujeres como un punto de inflexión en su relación con el mercado laboral y como una amenaza latente para su estabilidad en el empleo. En el relato de Lala aflora una mezcla de sorpresa y gratitud hacia sus empleadores por el hecho de ha- ber podido tomar su licencia por maternidad, e incluso tres meses adicionales de excedencia antes de regresar a su puesto. Pero ¿qué sucede cuándo el derecho no está protegido? Las trabajadoras que fueron madres antes de ingresar a un empleo formal, cuando les fue posible, sostuvieron ese lapso con sus pro- pios recursos, con ahorros o con los ingresos de otros familiares. Así sucedió con Graciela, politóloga a cargo de la redacción de contenidos de una importante empresa de publicidad que, en el momento de nacer su hija, trabajaba como consultora: “No tenía relación de dependencia, y entonces me tomé nueve meses y des- pués cambié de trabajo y entré acá”. Esto supone un costo valioso –al menos en términos de lucro cesante– para las mujeres y sus parejas, así como un acuerdo conyugal. La posibilidad de destinar un período de tiempo de manera exclusiva a la crianza de los be- la conciliación familia-trabajo 147 bés o los niños pequeños depende de los ingresos de que dispone el hogar, y en particular, el marido o la pareja de la madre. En este sentido, como bien expresó Marcela Cerrutti: Ni la propensión a trabajar ni las características de la de- dicación y del tipo de trabajo que efectúa la mujer (y por ende sus ingresos) se encuentran desvinculadas de la naturaleza y características del trabajo de su cónyuge (Cerrutti, 2003, cit. en Cerrutti y Binstock, 2009: 40-41). En el contexto histórico y social contemporáneo, la amplia par- ticipación de las mujeres en empleos no registrados parece con- llevar una doble particularidad. Por un lado, limita, en términos prácticos, el acceso a derechos para un grupo significativo de tra- bajadoras asalariadas (las informales). Por otro lado, en términos simbólicos, de sestabiliza la representación del derecho para las trabajadoras en relación de dependencia. La relación entre imá- genes de género profundamente arraigadas y la fragilidad de las instituciones del derecho laboral que se instaló durante la década de 1990 en el país parecen haber dejado sus marcas (o cicatrices) en la (hoy precaria) conciencia de derechos por parte de las traba- jadoras, cuando de cuidado infantil se trata. Y mientras los costos económicos durante los primeros meses de vida del niño pueden distribuirse entre los empleadores y los padres, los costos simbóli- cos continúan recayendo indefectiblemente en las mujeres. la estratificación de la conciliación familia-trabajo En este escenario, las posibilidades efectivas de los hombres y las mujeres de conciliar los ámbitos familiar y laboral sólo en parte dependen de los escasos dispositivos institucionales con los que cuentan. En buena medida, también son producto del poder económico que sustentan, de las representaciones sociales sobre la división sexual del trabajo, y de las negociaciones, acuerdos y pactos entre los sujetos involucrados, los que se establecen entre 148 el cuidado infantil en el siglo xxi personas con grados de siguales de autonomía y autoridad en el ámbito de sus familias (Jelin, 2010; Arriagada, 2002) y están filtra- dos, como en una regresión al infinito, por las representaciones sociales y culturales herederas de la división sexual del trabajo. Y así sucesivamente… En otros términos, la dimensión cultural, la económica y la institucional intervienen en el tramado de la organización social del cuidado y de las destrezas personales para equilibrar responsabilidades de distinta índole. Reintegrarse al mundo laboral, luego de la llegada de un hijo, implica otra clase de de safíos para sostener cierta armonía entre los niveles de responsabilidad propios de los ámbitos público y privado, lo que en la práctica se complica a causa de la escasez de servicios de cuidado asociados al trabajo. Allí donde se encuentra, el servicio de cuidado resulta un beneficio de gran importancia para las trabajadoras, pero su falta deja en manos de las madres –más que de los padres– la búsqueda de dispositivos públicos, pri- vados y/o de redes familiares o comunitarias para su satisfacción. Y así lo entienden no sólo las trabajadoras y los trabajadores asala- riados, sino también los responsables de las gerencias de recursos humanos que hemos entrevistado. La extensiónde las jornadas laborales de tiempo completo constituye, en este escenario, uno de los nudos críticos de la con- ciliación de esferas. Arreglo heredado del modelo de varón pro- veedor / mujer ama de casa, que presuponía que el trabajador estaba exento de las responsabilidades de cuidado que eran asu- midas por su esposa, ama de casa y madre (también ella dedica- da a estas labores a tiempo completo), este esquema ha perdido actualidad. En tanto los tiempos para dedicar a las exigencias del trabajo y de la familia no son inelásticos, son las mujeres quienes aceptan –“con total naturalidad”– la administración personal de estas tensiones. ¿Cómo lo hacen? Reducen su horario de trabajo, extienden el tiempo de cuidado exclusivo mediante la exceden- cia, superponen obligaciones a lo largo del día, o bien se confinan a la inactividad, cuando el de saliento frente a los altos costos –de tiempo de dedicación y de presiones cruzadas– que requiere par- ticipar en el mercado laboral se torna mayor que los beneficios –en términos de ingresos y de sarrollo personal y laboral–. la conciliación familia-trabajo 149 Antes no iba a buscar un trabajo part-time, pero en este momento no estoy dispuesta a tener un trabajo full-time… Lo que pasa es que una lo puede llevar mejor si tiene el dinero para optar por las situaciones más beneficiosas (Malena, redacción de contenidos, publicidad). Mientras la composición, la organización y hasta los ciclos de vida familiar inciden en la oferta de trabajo femenino, las oscilaciones de la estructura macroeconómica y del mercado laboral también impactan y transforman los arreglos familiares de trabajo y cuida- do. Con el propósito de conservar el empleo, las trabajadoras que no acceden al servicio de guardería en su lugar de trabajo (como aquellas cuyos hijos ya asisten a la escuela pero en horarios que no coinciden con la jornada laboral) se apoyan en sus redes de cuidado familiar, o bien contratan servicios en el mercado. Esta práctica es tan extendida que muchas empresas, al no contar con espacios destinados al cuidado ni con acuerdos para reintegrar sus costos a los trabajadores, dan por descontado que pueden apoyarse para ello en las redes familiares de sus empleadas. Esto queda manifiesto en las palabras de Liliana, gerente operativa en un hotel céntrico de Buenos Aires: El personal que tengo acá tiene un contexto familiar que acompaña: el hijo de uno está con la hermana, la hija de otra está con la prima, los chicos por suerte siempre están al cuidado de alguien. Y alguna vez nos ha pasado que una mucama tuvo a sus dos hijas con hepatitis, y en- tonces le dijimos: “Andá a tu casa y quedate con tus hijas, quedate tranquila”. Las mujeres que, como la propia Liliana, son el principal sostén del hogar y no pueden “elegir” cambiar su ritmo de trabajo y ade- cuarlo a las necesidades familiares, están permanentemente su- jetas a la tensión de tener que cumplir el doble rol. Este modelo termina acentuando las brechas entre los géneros (tanto en sus ingresos como en la administración de los tiempos de dedicación al trabajo y al cuidado). Amplía también las brechas sociales entre 150 el cuidado infantil en el siglo xxi mujeres, pues son las más pobres las que menores posibilidades de armonizar su doble responsabilidad encuentran, las que dispo- nen de escasas alternativas para participar de un empleo formal y, por último, las que menos participan en el mercado remunerado. Así, no se pueden pasar por alto las de sigualdades sociales, inclu- so entre los trabajadores del sector formal, que por esta razón des- pliegan una variedad de estrategias a fin de cubrir necesidades de cuidado infantil en función de los recursos con los que cuentan. ¿Cuáles son los “malabares” (para nuestros propósitos: los proce- sos adaptativos y de inestable compatibilización entre esferas) que crean los trabajadores y las trabajadoras que tienen hijos? Un gru- po de entrevistadas acuden a la oferta educativa del sector público o privado (como los jardines maternales o las escuelas infantiles), pero, a diferencia de las “guarderías” de empresa, los jardines de infantes se encuentran regidos por una lógica escolar, con ho- rarios propios del sistema educativo, que no necesariamente se adecuan a las necesidades y los ritmos de sus padres (Faur, 2010). El caso de Nina, de La Boca (véase el capítulo 2), respalda esta constatación.43 Los abuelos cuidan a su hija una vez que la niña sale del jardín maternal. También Mercedes, de clase media, ca- sada y con un hijo de 3 años y 10 meses, alterna la asistencia de su hijo a un jardín maternal de gestión privada –donde pasa cuatro horas por día– con el cuidado de las dos abuelas, que se turnan para llevarlo y traerlo del jardín y quedarse con él hasta que la mamá regresa del trabajo. Cuando su situación económica lo permite, muchas de las asa- lariadas entrevistadas se apoyan en la contratación de otras muje- res, pobres o con bajos ingresos y empleadas en el ámbito del ho- 43 Gracias a su empleo, Nina goza de un “permiso por lactancia” durante el primer año de su hija, que la habilita a reducir su jornada laboral en dos horas (pasó de siete a cinco horas). Sin embargo, no puede aprovechar ese tiempo para “estar con su hija” dados los estrictos horarios de la escuela infantil. Desde su perspectiva, la “rigidez” del jardín termina vulnerando el goce de los derechos a los que accede como trabajadora. la conciliación familia-trabajo 151 gar, para la realización de tareas domésticas y de cuidado familiar. Los casos de Claudia y Graciela, referidos en el capítulo anterior, dan cuenta de este formato (que es común a los distintos países latinoamericanos). Ambas son profesionales, se de sempeñan en firmas privadas y disponen de excedentes económicos para acce- der a este servicio. Maite, mucama de hotel, con varios hijos (la menor de ellos tiene 2 años), denota otra particularidad: ahora que cuenta con un empleo formal y “estable” recurrió al servicio de una señora que contrata para que cuide a la niña en su casa, con el argumento de que los jardines no le convienen porque “recién abren a las ocho de la mañana” y ella ingresa a las seis a su trabajo. Para Maite, quien años atrás se había de sempeñado como trabajadora doméstica, contratar una niñera supuso una detallada evaluación económica sobre la conveniencia o no de otras alter- nativas y la necesidad –y el de seo– de trabajar. Aunque abona un tercio de su salario a la empleada, sostiene que de otra forma no podría mantenerse en una actividad remunerada. La contratación de empleadas domésticas constituye, desde el lado de la demanda, una alternativa para las mujeres que dispo- nen del dinero para hacerlo, no sólo por la posibilidad de delegar la función de cuidado familiar, sino por el hecho de cubrir un conjunto más vasto de actividades domésticas, rutinarias e impres- cindibles para la reproducción cotidiana (limpieza del hogar, la- vado y planchado de ropa, cocina, etc.), que son precondición de la relación contractual (Razavi, 2007). Esta relación laboral, en muchos casos (como el de Maite) es consecuencia de la escasez de otros mecanismos de políticas públicas y de oferta de servicios que faciliten la conciliación de responsabilidades domésticas y labora- les. Asimismo, la “conveniencia” de la contratación de empleadas domésticas se debe, en última instancia, a los relativamente bajos salarios que estas trabajadoras perciben frente al importante ser- vicio que brindan a los hogares.44 Al hacer foco sobre el lado de 44 El salario promedio de las empleadas domésticas representaba, en 2005, un 34% del salario promedio del resto de las asalariadas mujeres y un 30% del promedio de los asalariados varones. Adicionalmente, sólo el 60% de las empleadas domésticas trabajando 152 el cuidado infantil en el siglo xxi la oferta de servicio doméstico, se observa que la inserción en esta ocupación prevalece entrelas mujeres pobres, producto de las limitadas oportunidades laborales que existen para aquellas con bajo nivel educativo. Así, la matriz societal de responsabilidades de cuidado traslada el cuidado infantil de unas mujeres a otras –dentro el ámbito del hogar–, e incluso la legislación laboral favoreció, durante déca- das, el hecho de que el servicio doméstico quedara excluido de los beneficios del contrato de trabajo, no sólo en la Argentina, sino también en varios países de la región. Como ya se señaló, la reparación de esta discriminación, en 2013, constituyó un avance crucial. En cuanto a sus posibilidades de desfamiliarizar el cuida- do de sus propios hijos, el de safío sigue pendiente. Finalmente, las madres trabajadoras terminan por ajustar sus distintas responsabilidades no sin dificultades y temores, aunque –como aparece en los testimonios recogidos– rara vez cuestionan que esta responsabilidad recaiga por entero sobre sus hombros y escasamente se perciben como sujetos de un derecho. En el rele- vamiento de testimonios a mujeres asalariadas en el sector priva- do puede descubrirse hasta qué punto es común que ellas mismas crean que las tensiones que enfrentan, la sobrecarga de tareas, los tiempos circulares, la falta de medios y hasta cierta sensación de “culpa” que les genera no cumplir como querrían con sus deberes en ninguno de los ámbitos se deben a carencias personales, fruto de su propia de sorganización, o a sus expectativas en relación con un estilo de vida pleno en más de un sentido. Rara vez, de hecho, relacionan estas dificultades con las limitaciones que se les im- ponen desde lo institucional, con la relativa escasez de políticas públicas que las ayuden a armonizar sus roles productivos y repro- ductivos o, incluso, con los presupuestos culturales que justifican que sus parejas no asuman, en la misma medida que ellas, la res- ponsabilidad –como corresponsables y no como meros “colabora- a jornada completa percibía el salario mínimo estipulado por el MTEySS en el año 2006. la conciliación familia-trabajo 153 dores”– en la noble pero desjerarquizada tarea de criar y cuidar, aun cuando también se participa en el mercado de trabajo. masculinidades y conciliación familia-trabajo En este esquema, es de capital importancia orientar nuestra aten- ción hacia la otra parte, esto es, el rasgo sociocultural de los presu- puestos que hacen a los varones, entre quienes el trabajo remune- rado representa una responsabilidad y un deber insoslayable, que en contadas ocasiones se ve afectado (o se acepta que lo sea) por los cambios o eventos de la vida personal y familiar (Faur, 2004). Por regla general, las investigaciones sobre las transformaciones en la división sexual del trabajo han mostrado que las creencias acerca de los papeles apropiados para hombres y mujeres se han modificado, en el mundo público, en mayor medida que las imá- genes relacionadas con la esfera doméstica, así como la percep- ción acerca de quiénes deben realizar el trabajo no remunera- do han cambiado más aceleradamente que las prácticas efectivas (Coltrane, 2000). Así, el papel de proveedor parece eximir a los hombres –y no a las mujeres– de buena parte de las actividades ligadas con la crianza de hijos e hijas y de las tareas domésticas (Wainerman, 2003b). Lo que pasa es que, cuando tenés un hijo, la mujer es como que está incondicional las veinticuatro horas con el bebé y pienso que eso puede demorar o retardar el crecimiento a nivel laboral de ella… puede demorar cualquier cosa, porque primero está el hijo. Para el va- rón es un poco menos, porque uno delega también en la mujer que se ocupe del hijo. Pero también hay un tiem- po que te saca a vos, tiempo laboral, de estar con otra gente… Yo estoy tratando de salir de acá a las siete para estar más con la nena. Tampoco puedo dedicarle todo el tiempo, porque llego a casa y tengo otras cosas que hacer (Luis, director de diseño, publicidad). 154 el cuidado infantil en el siglo xxi Los resultados de la encuesta de uso del tiempo de la CABA con- firman estos hallazgos: los hombres dedican largas horas al tra- bajo remunerado y pocas al cuidado. La ecuación se presenta de forma inversa en el caso de las mujeres, quienes consagran más del doble de tiempo que los hombres a tareas de cuidado. Asimismo, la prioridad en la asignación de tiempos se comple- menta con una notable diferencia en los ritmos en los que unos y otras de sarrollan las distintas actividades. Mientras los padres disponen su tiempo de cuidado en los extremos de las extensas jornadas laborales, con un pico de atención al finalizar el día de trabajo (entre las ocho y las nueve de la noche), las madres alternan el trabajo y el cuidado a lo largo de distintos momentos de la jornada. Entre ellas, se observa una importante dedicación en horas de la mañana, a la que suman un nuevo pico hacia las cuatro de la tarde, cuando finaliza la jornada escolar. Así, en el caso de las madres ocupadas, el cuidado tiene prioridad sobre el trabajo remunerado, patrón que no se comprueba en el caso de los padres ocupados (Esquivel, 2012). En este contexto, la necesidad de conciliar responsabilidades familiares y laborales está más presente en las mujeres que en los varones. “Las tres que somos madres y trabajamos acá tenemos horario reducido y, cuando se enferman nuestros hijos, no ve- nimos”, destaca Mercedes, responsable de recursos humanos de una empresa de software. La maternidad, pero también otros even- tos familiares (como separaciones o divorcios), tienen un fuerte impacto en las trayectorias laborales de las mujeres e incluso pue- den llegar a transformarlas significativamente. En los varones, los mismos sucesos no tienen mayor impacto sobre sus trayectorias. Como relató Mariano, gerente de administración de una impor- tante empresa de publicidad argentina: Mi mujer es profesional […], pero hace unos años que no trabaja. Con la llegada de las chicas, priorizamos otras cosas… Cuando las nenas eran más chiquitas era muy difícil todo, yo trabajaba hasta muy tarde. Mi activi- dad siempre fue muy poco estructurada, y entonces era necesario que alguien ordenara la casa. Con la casa me la conciliación familia-trabajo 155 refiero a todo, ocuparse del cuidado de los chicos y de todo lo que una mujer sabe hacer mejor que nosotros. En especial, el modelo de sociedad sostenida en hombres pro- veedores y mujeres amas de casa todavía está presente en el ima- ginario –por momentos, nostálgico– de muchos varones con- temporáneos. Trabajar a cambio de un salario parecería ser un componente central del papel que “como hombres” les toca de- sempeñar en sus familias y en la sociedad, y las masculinidades –en tanto construcciones sociales, culturales e históricamente situadas– aparecen en distintas latitudes como identidades sin conflicto ni necesidad de conciliación con respecto al cuidado (Faur, 2006). Asumirse como sostén del hogar no sólo define los parámetros de su aporte económico, sino que también cumple una doble función simbólica: por una parte, los afirma individual y socialmente en su masculinidad, y por otra, les otorga privilegios ante los otros miembros de la familia (Faur, 2004). En este senti- do, Ariza y De Oliveira (2003) observaron que en América Latina, si bien se legitimaron en las últimas décadas otros modelos fami- liares, prevalecen las concepciones más tradicionales en función de la valoración del hombre como proveedor económico (y sus asociados atributos de protección, autoridad legítima y soporte moral de las familias). Es también probable que a esta valoración se deba que los hombres, al referirse al trabajo de las mujeres –ya sean sus parejas, compañeras o dependientes en el trabajo–, hagan hincapié en la necesidad de compatiblización con sus res- ponsabilidades reproductivas, mientras que su propio trabajo es considerado un espacio independiente y autónomo de los reque- rimientos de tiempo que demandanlos hijos y la vida familiar (Faur, 2006). Los “saberes” domésticos de las mujeres, tallados durante siglos como parte constitutiva de las relaciones sociales, parecen justificar esta especialización de tareas, aunque la arqui- tectura concomitante se haya diluido de forma acelerada, con la amplia incorporación femenina al mercado laboral. En los testimonios masculinos que hemos reunido no aparecen “tensiones” ni una frase como “voy a ver cómo hago”, sino, a lo sumo, “voy a acomodar las cosas para buscar a los chicos en el co- 156 el cuidado infantil en el siglo xxi legio varias veces por semana” o “me voy a organizar para tratar de volver a casa antes de las nueve de la noche”. Únicamente los se- parados se ausentan o se retiran antes del ámbito de trabajo cuan- do deben atender las necesidades de sus hijos, en especial los días de la semana que les toca estar a cargo de ellos. Cabe señalar que en estos casos se trata de hombres que no conviven con la madre de sus hijos, lo que reafirma la idea de que la atención de sus ne- cesidades es una responsabilidad de la mujer, que el varón asume en ausencia de ella (Faur y Zamberlin, 2008). Así, aunque para las mujeres la salida laboral haya traído aparejada la necesidad de compatibilizar sus responsabilidades productivas y reproductivas, la creciente presencia de nuevas formas de provisión en el hogar, compartida entre hombres y mujeres, escasamente ha modificado la posición masculina en la esfera doméstica. La exploración cualitativa en el caso argentino revela al fin lo evidente: que la conciliación entre el trabajo remunerado y la fa- milia es una tarea femenina y privada. El derecho laboral lo es- tablece así, las empresas lo administran así, los hombres lo con- sideran así, y las mujeres así lo aceptan. En todos los casos, pesa de un modo contundente el mandato moral en que lo femenino se asocia al cuidado, imagen que se delinea y define cada vez más desde cualquier ángulo que exploremos. Ya que se trata de un asunto de supervivencia y que, al fin, reve- la sus múltiples talentos y su flexibilidad, las mujeres parecerían también aceptar –con mayor o menor incomodidad– el hecho de que sus parejas, salvo honrosas excepciones, apenas ajusten sus horarios para dedicarse al cuidado de los niños de la casa. Eso no significa que el tema no sea fuente de malestar y complicaciones cotidianas, tanto para las mujeres como para los hombres. En el testimonio de Claudia, gerente en una industria química, con dos hijos pequeños, esto se traduce en que: Todo el mundo se siente afectado. Las mujeres, si que- rés, lo vivimos con mucha más culpa, y aparte con una cosa muy concreta de “me tengo que ir porque tengo que hacerme cargo de mi casa”. Y los hombres también resultan afectados, porque a nadie le debe gustar estar la conciliación familia-trabajo 157 trabajando como un animal hasta las doce de la noche en reuniones bizantinas e interminables. Pero es cierto que entre los hombres hay un límite más claro, como infranqueable, esa cosa del hombre que, ante el trabajo, todavía funciona al estilo de “¿cómo digo que no?”. de safíos para nuevos equilibrios Mucha agua corrió bajo el puente desde aquellos remotos tiem- pos de las primeras reglas protectoras del trabajo femenino. Du- rante el siglo XX y los años transcurridos del XXI, como ya se- ñalamos, se incluyeron normas y principios en las constituciones que proclamaron la igualdad entre ambos sexos, declaraciones y regulaciones que se han traducido, de forma parcial, en las nor- mas laborales. El histórico reconocimiento de los derechos de las mujeres, niños y niñas, tanto como los nuevos debates en el plano internacional y los acuerdos en el ámbito regional (como el cita- do Consenso de Quito, de 2007) nos llevan a preguntarnos cómo y hasta qué punto estas novedades dejaron su huella en el con- texto político institucional argentino y, dentro de él, en ese com- plejo espacio de la protección del cuidado como parte indivisible del derecho al trabajo. Los resultados analizados en este capítulo muestran contrastes, tensiones, de safíos. Por el momento, parecería que la lógica de la “conciliación de esferas” mediante la adscripción al mercado laboral no pudo constituirse en un mecanismo que por sí solo permita dar respues- tas eficaces a las necesidades y demandas de cuidado de las nuevas generaciones, luego de casi cien años de su reconocimiento. Las profundas transformaciones en las familias y las relaciones labo- rales, y la radicalidad de los cambios en los planos sociopolítico, económico y cultural de estos últimos años nos impulsan a re- plantearnos la validez actual de estos paradigmas. Un cambio pro- fundo de enfoque supondría tanto la estructuración de nuevos consensos sociales cuanto la creación de incentivos institucionales para universalizar –efectivamente– la protección de los derechos 158 el cuidado infantil en el siglo xxi vinculados al trabajo y la vida familiar, en igualdad de condicio- nes para hombres y mujeres, de todos ellos. Mientras el acceso a derechos se vea estratificado entre mujeres –y sujetos– de dis- tintas inscripciones sociales, dada su relación directa e ineludible con la vinculación al trabajo formal, sector en que las mujeres en general, y las mujeres pobres en especial, tienen una presen- cia considerablemente menor que los varones, los alcances de la normativa laboral tallarán mecanismos conciliatorios parciales e insuficientes. En este camino, una protección más acorde con las necesidades de cuidado familiar en el ámbito del trabajo supon- dría, en primer lugar, ampliar la formalización del trabajo remu- nerado. Camino que se comenzó a transitar durante la última dé- cada, pero que aún muestra importantes rezagos, y cuyo impacto se traduciría muy especialmente entre las mujeres más pobres. En segundo lugar, sería de seable superar la visión maternalista, heredera del modelo de provisión masculina / cuidado femeni- no, y promover una mayor vinculación del varón en las tareas de crianza. Si la protección de estos derechos continúa segmentada en términos de género, los dispositivos de provisión de “tiempo, dinero y servicios” para cuidar seguirán siendo surcados por pau- tas de especialización de funciones entre varones y mujeres que, en última instancia, reproducen relaciones de poder y modelos de provisión-cuidado pretéritos. Básicamente, la maternalización del cuidado familiar, por parte de las instituciones del derecho laboral, deja escasos intersticios para promover la corresponsabi- lidad de ambos géneros y entre distintas instituciones cuidadoras. En este aspecto, cabe sumar al interjuego la cuestión cultural de la masculinidad en relación con la paternidad y sus funciones. ¿Por qué, dados los enormes cambios socioculturales que afectan ya a más de una generación en plena actividad, no se comparte de manera equitativa no sólo el transporte de los más pequeños hasta el centro educativo o la guardería, sino también el cuida- do en caso de enfermedad o la alimentación diaria? Gran parte de los hogares de nuestro país y de la región, como dijimos, no tienen hoy en día un jefe de hogar proveedor de la totalidad de los ingresos. La realidad social es tanto más compleja: las familias extendieron sus límites por fuera del “núcleo”, la competencia la conciliación familia-trabajo 159 laboral ha dejado inactiva una larga serie de oficios y profesiones tradicionalmente masculinos, el mercado se ha volcado a explo- tar una cantidad de servicios identificados con las actividades “fe- meninas”, y en consecuencia el dinero que sostiene los hogares, como reza el dicho, “no lleva el nombre del portador”. En un escenario tan inestable y tan poco “sólido” como el que habita- mos, las configuraciones familiares y los roles y deberes asociados al cuidado de unos por otros se han transformado de raíz y han dejado a la vista toda clase de relaciones y convenios entre perso- nas, y entreindividuos e instituciones. En este sentido, se vuelve imperioso repensar y replantear la de sigualdad entre mujeres y hombres en cuanto a los roles de género asignados socialmente, y colaborar en las tentativas de resolver las tensiones que en la actualidad se presentan entre la oferta y la demanda, en especial para los hogares más pobres, cuando de cuidado infantil se trata. Sumado a esto, en tercer lugar, será necesario y vital replantear la eficacia –o no– de las largas jornadas laborales, que limitan no sólo la calidad de vida de las personas, sino además cualquier in- tento de avanzar hacia un modelo de “doble provisión y paridad en el cuidado” (Fraser, 1997). En este punto, y para retomar el interrogante de Guy Standing (2001) en relación con la existencia –o no– de un derecho a cui- dar y a ser cuidado, surge la necesidad de recomponer la moda- lidad de protección de estas prerrogativas. Desde la cuadratura legal, esto implicaría nuevas regulaciones en torno a la duración de las jornadas laborales, hacer realidad el principio de igualdad de derechos para hombres y mujeres, y que los permisos parenta- les en general –y las licencias para los varones en especial– tengan una duración más extendida y válida para el conjunto de los traba- jadores. Asimismo, que se universalice el acceso a los servicios de cuidado para los hijos de trabajadores (con independencia de su sexo), esto es, que la (necesaria) reglamentación de ese servicio no dependa de la cantidad de empleadas mujeres con que cuenta una firma, ni limite el acceso a los hombres. Este tipo de medi- das responderían a una concepción capaz de superar los límites de la visión “biologicista”, “esencialista” y centrada en el interés corporativo, para ayudar a poner el foco, al fin, en el bienestar 160 el cuidado infantil en el siglo xxi de la población. ¿Acaso podría lograrse esto sólo por la vía del empleo? Cimentar respuestas efectivas frente a estos de safíos su- pondría, indefectiblemente, la articulación de políticas relativas al mercado laboral (que consoliden y amplien la protección del conjunto de los trabajadores) y otras que inciden, asimismo, en la organización social del cuidado. Estas serán analizadas en los capítulos siguientes. 4. El maternalismo en su laberinto Las políticas de alivio a la pobreza El cambio ideológico es complejo y no se lo puede con- ceptualizar en términos lineales: gira de un paradigma de política hacia otro. anne-lise ellingsaeter, “Old and New Politics of Time to Care: Three Norwegian Reforms” La profunda reestructuración socioeconómica iniciada con la dictadura militar y completada durante los años noventa, más el paulatino debilitamiento del mercado de trabajo y las radi- cales transformaciones en la configuración de las dinámicas de los hogares y las relaciones sociales de género, erosionaron las bases del sistema de bienestar que –aunque perfectible– conocíamos en la Argentina, dentro de un proceso que en términos estructurales ha llevado –y lleva todavía– largas décadas revertir. A pesar de que en el nuevo milenio el Estado amplificó su compromiso con el alivio de la pobreza, y pese a las estrategias desplegadas a fin de rerregular las relaciones laborales, mejorar las condiciones de vida y sostener los ingresos de la población, hoy en día predomina un escenario heterogéneo, que coloca a los sujetos en un lugar de relativa disparidad según el espacio socioeconómico, territorial y cultural del que provienen y en el que de sarrollan sus vidas. La pobreza persiste en el panorama social latinoamericano, mientras que la matriz distributiva continúa siendo sumamente de sigual.45 45 Según la Cepal (2013), en 2012 “un 28,2% de la población de América Latina era pobre y la indigencia, o pobreza extrema, llegaba 162 el cuidado infantil en el siglo xxi Desde luego, la organización social del cuidado infantil no per- maneció al margen de este estado de cosas, sino imbricada en el complejo entramado de de sigualdades sociales y de género que habrían de redefinir la relación entre trabajo, cuidado y bienestar en el interior de los hogares. El resultado, como se reflejó en los capítulos anteriores, es la fragmentación de lógicas del cuidado. Diversas formas de provisión del cuidado prevalecen en distintos tipos de familias. Las diferencias de clase, pero también de po- sición de las mujeres en el hogar (por ejemplo, si son jefas de hogar, o no), de oportunidades en el mercado de trabajo e inclu- so de ubicación territorial delinean perfiles diferenciales en los modos de proveer u organizar los cuidados familiares. En este sen- tido, una prestigiosa economista latinoamericana ha escrito que: “El síndrome de la ‘supermujer’ es una equivocación, porque lo padecemos al pensar que ‘hacer todo bien’ depende de nuestro esfuerzo y no de que haya una estructura social que nos permita asumir esas responsabilidades y compartir el cuidado de la fami- lia” (Grynspan, 2004: 293). El problema es que no toda la pobla- ción accede a empleos, servicios y beneficios de igual calidad, ni cuenta con los mismos derechos en lo que hace al cuidado en el ámbito público, y así lo atestiguan las mujeres contemporáneas. Allí donde hay mayores vacíos en la provisión de servicios públi- cos, hallamos un alto grado de mercantilización en los hogares de las clases acomodadas, y una mayor tendencia a la familiarización del cuidado en los hogares pobres. En la medida en que la de- pendencia de los hogares pobres con respecto a la acción estatal es mayor que la de los hogares con mayor nivel de ingresos, su bienestar y el de sarrollo de las capacidades y los derechos de sus miembros suponen y requieren un accionar consecuente por par- te de las políticas de Estado. a un 11,3%. Esto significa que 164 millones de personas son pobres, de las cuales 66 millones son pobres extremos”. En la Argentina, la pobreza ha disminuido notablemente en la última década, pero los datos publicados por el Indec a partir de 2007 han sido muy cuestionados en su confiabilidad por universidades y especialistas. el maternalismo en su laberinto 163 En este contexto, en el caso argentino se torna crucial com- prender cómo interactúa el Estado con las mujeres pobres, cómo y hasta qué punto se atienden sus derechos como ciudadanas, cuá- les son los supuestos o presupuestos de género y hasta qué punto se promueve –o de salienta– la conciliación entre familia y trabajo cuando se trata de las mujeres de sectores populares. De manera que, tomando como eje esta perspectiva, a lo largo del capítulo analizaremos cuál es el lugar otorgado al cuidado en las estrate- gias estatales de alivio de la pobreza, cuáles son las instituciones y los sujetos responsables de este tema, y sobre qué presupuestos de género y concepciones de la maternidad el Estado delimita sus intervenciones cuando estas se concentran en los sectores po- pulares. Al colocar la mirada sobre las políticas y programas de lucha contra la pobreza, veremos que, ya sea como una dimensión explícita o implícita, el cuidado constituye un elemento central en dichas políticas, dada su capacidad de contribuir a alterar o reproducir territorios y fronteras socioeconómicas y de género ya existentes. Con la llegada del siglo XXI, las estrategias de protección social en la Argentina –y en la región– dieron un giro notable con res- pecto al pasado, a partir de la puesta en marcha de volumino- sos programas de transferencias condicionadas de ingresos y de sostenimiento de la alimentación de los sectores populares, pro- gramas que son clave para mitigar las privaciones cotidianas de niños y adultos. También lo son, desde el punto de vista analítico, para comprender el rol de los Estados en “la interacción entre la provisión de la política social, la familia y el empleo” (Molyneux, 2007: 17). A sabiendas de que el campo de las políticas sociales está inde- fectiblemente sembrado de continuidades y rupturas, este análisispartirá de un recorrido sociohistórico sobre los modos en que el Estado ha tramitado su relación con las mujeres pobres, y vicever- sa. En el contexto de la crisis de finales del siglo pasado, el esfuer- zo y el aumento de la participación de las mujeres pobres en las esferas reproductiva, productiva y comunitaria fue interpretado como una respuesta al retiro del Estado y al empobrecimiento de 164 el cuidado infantil en el siglo xxi los hogares. Actualmente, en un escenario de crecimiento econó- mico y con un Estado tanto más presente que en décadas pasadas, ¿qué cambió y qué persiste? ¿En qué medida el maternalismo conti- núa filtrándose en los cimientos de las políticas sociales? La base empírica de esta exploración consiste en un conjunto de programas sociales aplicados en la Argentina durante el pe- ríodo 2002-2011: el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocupados, el Programa Familias por la Inclusión Social y la Asignación Uni- versal por Hijo. Todos ellos focalizan su intervención en hogares pobres con niños, niñas y adolescentes (hasta los 18 años), por lo que constituyen un universo de análisis por demás apropiado para nuestra investigación. A fin de establecer un contrapunto en el accionar de las políticas sociales en la década de 1990 y la de 2000 (dos momentos históricos distintivos en el campo político y social del país), recurriremos también al examen de la literatura especializada. Antes de adentrarnos en este análisis, es necesario destacar que lejos de haberse originado en las políticas más recientes, los re- cursos a la subordinación doméstica femenina son producto de la convergencia de dos tendencias de largo plazo, que intervienen en la relación entre trabajo, cuidado y bienestar. En el nivel mi- cro, es evidente hasta qué punto el maternalismo –que atribuye a las mujeres la responsabilidad casi total del bienestar de sus hijos– está extendido en las prácticas sociales y afecta especialmente la vida cotidiana de aquellos que quedan excluidos del empleo y la protección social. Por otra parte, en el nivel macro, la hegemonía de un canon que, al menos desde finales del siglo XIX, tendió a “maternalizar” a las mujeres mediante las políticas de población, salud y trabajo, como expuso Marcela Nari (2004).46 En el escena- 46 En el terreno de los derechos laborales (como vimos en el capítulo anterior) se creó una estructura de protección (débilmente) dirigida a las madres con empleo formal y, a su vez, segmentada en distintos beneficios para distintos tipos de trabajadores. Este esquema resultó históricamente deficitario en cuanto a la provisión de servicios de cuidado al conjunto de los trabajadores, y una vez que las escasas prestaciones dejaron a una mayor proporción de ciudadanos el maternalismo en su laberinto 165 rio contemporáneo, se trata de advertir las prioridades que el Es- tado establece entre la búsqueda de la disminución de la pobreza y la promoción de la igualdad de derechos, sus transformaciones y continuidades. “el ajuste invisible”: el género de las políticas sociales de fin de siglo Desde fines de la década de 1970, los procesos que debilitaron la protección social y las fluctuaciones en la estructura y el financia- miento de las políticas públicas minaron, en conjunto, las bases de un régimen protector que otorgaba derechos de ciudadanía por la vía de la adscripción laboral. Poco después, la llamada “cri- sis de la deuda externa” y las políticas de ajuste aplicadas en los años ochenta socavaron seriamente el bienestar de la población, hasta que las políticas de corte neoliberal impulsadas durante la década de 1990 por el gobierno de Carlos Menem resultaron en un aumento inédito del de sempleo, la pobreza y la de sigualdad. Luego de años de paulatina retirada del Estado, los hogares que- daron prácticamente librados a su suerte frente al deterioro y la creciente mercantilización de los servicios públicos de salud, edu- cación, vivienda, jubilaciones y pensiones. El “fundamentalismo de mercado” de finales del siglo XX implicó que el impacto re- gresivo de las medidas económicas y sociales fuera amortiguado –o directamente absorbido– por las familias y las redes sociales y comunitarias, en tanto que el Estado consolidaba, con financia- miento internacional, programas focalizados y de baja cobertu- ra dirigidos a los hogares pobres. La tríada institucional (Estado, mercado y familias) sobre la que, según Esping-Andersen, se sus- tenta el bienestar general alteró su equilibrio de forma dramática, lo que conllevó efectos diversos en los hogares de distintos niveles desprotegidos se agudizó la estratificación social de las posibilidades de conciliar trabajo y cuidado. 166 el cuidado infantil en el siglo xxi de ingreso –en la medida que los ricos se hicieron más ricos y los pobres, más pobres–, mientras que las redes comunitarias debie- ron organizarse rápidamente para aportar y sostener niveles de dignidad mínimos entre las poblaciones más afectadas. En ese entonces, así como la orientación de la política econó- mica profundizaba las de sigualdades sociales –evidentes en un abanico de indicadores–, el reiterado y estéril intento de paliar sus más corrosivos efectos con políticas sociales de baja intensi- dad –en términos de cobertura y efectividad– indicó que, como en otros países de la región, en la Argentina la tendencia era intentar “curar el cáncer con curitas”. Bajo la égida de los orga- nismos de financiamiento internacional, el modelo de interven- ción social argentino implicó no sólo el fomento de las políticas focalizadas –en detrimento de las políticas universales– en los denominados “grupos vulnerables”, sino también la expectati- va de que los beneficiarios de esos programas aumentaran su “participación”, no en el diseño, monitoreo y evaluación de los planes, sino en su implementación –por ejemplo, pavimentando la calle que pasaría frente a sus casas, o bien como colaborado- res voluntarios en comedores populares y jardines maternales–. En cierto sentido, este abordaje complementó las agendas de las organizaciones de la sociedad civil en una época en que se procuraba afianzar las jóvenes democracias latinoamericanas (Molyneux, 2007). Lo cierto es que el paradigma de la participación comunitaria como condición de acceso a ciertos bienes o servicios estatales fue un requisito impuesto exclusivamente a los sectores más po- bres. Y dentro de estos, fueron las mujeres quienes resultaron involucradas en mayor medida, no en su calidad de ciudadanas titulares de derechos, sino por sus “reconocidas” virtudes como madres, cuidadoras y nutridoras, y por su incansable trabajo vo- luntario. La ideología maternalista, consolidada en la Argentina entre 1890 y 1940 mediante un conjunto de políticas públicas de población, eugenésicas y laborales (Nari, 2004), daba un nuevo paso al frente a la luz de las políticas neoliberales, en especial cuando se trataba de aquellos grupos cuya situación socioeconó- mica era más crítica. el maternalismo en su laberinto 167 Aunque los costos sociales del ajuste eran tema de debate obli- gado en toda América Latina, muy poca atención se prestaba en esos tiempos a la intersección entre esos costos y la carga de tra- bajo que se acumulaba sobre las mujeres pobres (en su incesante tarea de intentar sostener un piso de bienestar para sus hogares) y al modo en que la acción estatal contribuía a prolongar esa si- tuación. Estas cuestiones, prácticamente ausentes en los reportes de los medios y los informes oficiales, ingresaron al ámbito aca- démico gracias a las investigadoras feministas, hasta que en 1989 Unicef sintetizó algunas de las ideas que venían de sarrollándose en esta área con la publicación de El ajuste invisible. Los efectos de la crisis económica en las mujeres pobres, una antología de estudios críticos latinoamericanos, en la que se indicaba: No prestar atención a la intensificación de los esfuerzos de la mujer pobre, situaciónderivada de las restricciones ocasionadas por la crisis y los esfuerzos de estabilización económica, constituye una especie de ceguera tolerante que da permanencia a las condiciones que limitan la par- ticipación de las mujeres en el de sarrollo (Rocha Sán- chez y otros, 1989: 16). La claridad y la síntesis de esta declaración permite señalar que, por un lado, el incremento de los “esfuerzos” femeninos a partir de la crisis constituyó un renovado obstácu lo para la vinculación de las mujeres a los procesos de de sarrollo y, por otro, que la agenda de las políticas sociales apenas tomó nota de este fenó- meno. De más está decir que la expresión “ceguera tolerante” es contundente, y poner de relieve esta dimensión permitió visibi- lizar el enorme peso que el debilitamiento estatal y el pasaje ha- cia la mercantilización del bienestar cargaban sobre los hogares empobrecidos y, en especial, sobre el de sempeño diario de las mujeres. En resumen, el ajuste era visible en sus efectos de clase, pero invisible en su dimensión de género, con lo cual (otra vez) arrastraba a las sombras el trabajo no remunerado de las más pobres. Este trabajo femenino, extendido desde el propio hogar hasta el ámbito público, barrial o comunitario, era un contrape- 168 el cuidado infantil en el siglo xxi so funcional a las políticas de ajuste, la fragilidad del Estado y la merma en la protección ofrecida por los mercados laborales desregulados, segmentados y poco eficaces para absorber la de- manda de empleo. Pero la actividad femenina no sólo se intensificó mediante la in- serción al –precario e inestable– mundo del trabajo remunerado, sino también en la extensión de la labor doméstica en el propio hogar y en el aumento de la participación en distintos proyectos en red, lo que una vez más demostró la porosidad de las fronteras entre los ámbitos público y privado, y la fluida interacción en- tre trabajo remunerado y no remunerado para las mujeres. Las “respuestas de las mujeres a la crisis” constituyeron un tema es- pecífico de investigación durante los años ochenta y noventa, y eso sirvió para reunir información acerca de sus constantes mo- vimientos entre los distintos ámbitos: el mercado de empleo, el hogar y la comunidad. Precisamente en este contexto Caroline Moser (1989) acuñó la noción del “triple rol”, subrayando la par- ticipación femenina no ya en uno o dos, sino en tres ámbitos de provisión de bienestar, lo que lejos de sugerir una “conciliación” suponía una superposición de actividades que sobrecargaban la jornada. De resultas, las políticas de ajuste de los años ochenta y las reformas estructurales de los noventa tuvieron un alto impacto en términos de género. De este modo, gracias a un importante conjunto de estudios pudimos saber que las mujeres, y en particular las cónyuges (de distintos niveles socioeconómicos), aumentaban su participa- ción en la esfera laboral en la medida que los ingresos y los nive- les de ocupación masculinos descendían. Sin embargo, el mayor porcentaje de las que se incorporaban al mercado de trabajo pertenecían a hogares no pobres, y en el caso de aquellas que pertenecían a hogares cuyos ingresos fluctuaban alrededor de la línea de pobreza, el aporte salarial de su trabajo contribuía a que sus hogares pudieran “salvarse” de caer en una situación más crí- tica. Asimismo, las más pobres enfrentaban mayores dificultades no sólo para acceder a un empleo conveniente –dadas sus bajas credenciales educativas y las restringidas oportunidades en un mercado debilitado y precarizado–, sino también para trasladar el maternalismo en su laberinto 169 en parte las responsabilidades domésticas y de crianza, lo que podía darles un margen de búsqueda –y/o inserción– laboral más amplio. Pese a todo, los ingresos femeninos colaboraron sustancialmente en el total de ingresos de los hogares pobres y, por ende, la brecha entre los géneros se redujo no como un resultado virtuoso, sino como el efecto colateral de una serie de factores que actuaban en simultáneo: el incremento de la jefa- tura femenina, el hecho de que la de socupación masculina se hubiera incrementado más entre los pobres, que entre ellos la caída de ingresos hubiera sido más acentuada que entre los no pobres, y que los de las mujeres menos calificadas estuvieran ya en niveles tan bajos que era sumamente difícil –si no imposible– continuar “ajustándolos”. Así, los ingresos femeninos redimen- sionaron su aporte y llegaron a actuar como el sostén principal de sus hogares (Faur y Minujin, 1992; Geldstein, 1994). Por otra parte, en el ámbito doméstico, y en tanto los costos de la reproducción cotidiana y generacional de la fuerza de trabajo –y de los “inactivos”– se incrementaron, las actividades se multi- plicaron y diversificaron, en especial en los hogares que se vieron impelidos a amortiguar las severas consecuencias de la crisis me- diante el aumento del trabajo femenino no remunerado. Durante aquellos años, la mediática presidenta de la Liga de Amas de Casa, Lita de Lazzari, alentaba a buscar mejores precios con el latigui- llo de “Señora, camine, camine…”; y por necesidad las mujeres recorrían los comercios y se desplazaban más allá de sus barrios a fin de acceder a los productos básicos, producían en el hogar bienes que antes solían adquirir en el mercado y renunciaban a la contratación de servicios que podían asumir personalmente, en pos de equilibrar sus magros presupuestos. La ecuación, como destacaron Jelin y Feijoó (1989: 37), suponía que “la importan- cia de la actividad doméstica no remunerada crecía en relación inversa al nivel de ingresos de la familia” y su contrapartida era, lógicamente, el aumento del tiempo de dedicación a esta activi- dad en los hogares pobres. En este sentido, en 1984 apareció el primer estudio de uso del tiempo (titulado “Mujeres en sus casas” y realizado por la OIT) que mostró, en nuestro país, la densidad de las actividades y la dedicación de las mujeres en el ámbito del 170 el cuidado infantil en el siglo xxi trabajo remunerado y no remunerado, lo cual permitió caracte- rizarlas como “el grupo más laborioso de la sociedad argentina” (Jelin y Feijoó, 1989: 39).47 En la región latinoamericana en general y especialmente en la Argentina, la crisis del ajuste afectó a las mujeres pobres de manera distinta que a los hombres, agregándoles la responsabili- dad adicional de un conjunto de labores en la arena comunitaria. La acción colectiva de las mujeres se extendió y multiplicó en los barrios de los sectores populares para hacer frente a la pauperi- zación de sus hogares, y las políticas sociales, apoyadas por or- ganismos de financiamiento internacional, comenzaron a valerse de esa energía organizativa –y de esa fuerza de trabajo no remu- nerada– para dar sustentabilidad a muchos de los programas pa- liativos. “Ciudades de mujeres” bordeaban literalmente las urbes latinoamericanas en la lucha cotidiana por la supervivencia. En la Argentina, se expandieron los comedores y los jardines de infan- tes comunitarios al amparo de organizaciones no gubernamenta- les, con aportes estatales y/o de la cooperación internacional; se procuró afianzar proyectos productivos (de baja intensidad y con magros resultados) para las mujeres de sectores populares y, ya en los noventa, se creó, de la mano del gobierno la provincia de Buenos Aires y a través del Plan Vida, una extensa red de mujeres “manzaneras” cuya labor diaria suponía ocuparse, manzana por manzana, del reparto de alimentos para el apoyo nutricional de las embarazadas y los niños hasta los 5 años, en los barrios más carenciados de la inmensa provincia. Las mujeres sostuvieron con su trabajo el peso de los efectos de dos décadas de de saciertos económicos, y el “rostro humano” del ajuste fue predominantemente femenino, aunque distinguía per- files de clase. Lejos de disminuir –para dar paso, como en los regí- 47 Mientras las mujeres “inactivas” dedicabanen promedio más de setenta horas semanales a las tareas domésticas (al mismo tiempo que los trabajadores remunerados dedicaban un promedio de cuarenta y una horas), las que, además de la labor doméstica, se desempeñaban en el mercado remunerado tenían jornadas de trece horas, con una dedicación semanal de más de noventa horas. el maternalismo en su laberinto 171 menes socialdemócratas, a mayores niveles de igualdad social y de género–, la familiarización del bienestar crecía sostenidamente al amparo de estas políticas, mientras muchas mujeres se insertaban en un mercado de empleo con crecientes niveles de informalidad y segmentación. En un contexto de polarización de la estructura social argentina, la orientación de las políticas sociales entretejía en silencio la agudización de la de sigualdad entre géneros (car- gando sobre las espaldas femeninas un ya frágil bienestar familiar y comunitario) y el incremento de las brechas sociales entre mu- jeres (según clase), presuponiendo en ellas una versatilidad que rara vez se esperaba –y tanto menos se alentaba– en los hombres, cuyas identidades parecían continuar circunscriptas al acotado papel de proveedores económicos, incluso cuando las condicio- nes del mercado laboral resultaran cada vez más restrictivas en este sentido. ¿Cómo fueron interpretados estos procesos hacia finales del siglo? Por cierto, la literatura académica recopiló e interpretó aquellas experiencias de acción colectiva de manera dispar. Des- de algunas posiciones, como la de Maxine Molyneux (1985), se cuestionó que las iniciativas comunitarias –apuntaladas por algu- nas políticas públicas– se hubieran centrado en las “necesidades prácticas” –materiales y cotidianas– de las mujeres, pero eludieran sus “intereses estratégicos”, que incluirían otros reclamos por la ampliación de sus derechos y su autonomía –ya fueran la sanción de la violencia, la promoción de los derechos sexuales y repro- ductivos, la participación política más amplia, o el acceso a una oferta más abarcativa de servicios de cuidado y la motorización de políticas y campañas que vincularan a los hombres a las tareas do- mésticas y de crianza–. Sin embargo, desde otras perspectivas, se celebró la acción de las mujeres como una fuente de autoestima y un paso adelante en la paulatina construcción de ciudadanía. Según Feijoó: Hay acuerdo sobre el punto que señala que en estas ac- ciones las mujeres ponen en juego el triple rol que de- sempeñan en sus hogares y en sus barrios y hay debate sobre el juego de intereses estratégicos de género […]. 172 el cuidado infantil en el siglo xxi Pero las acciones sustitutivas del rol del Estado y paliati- vas de la crisis social son inevitables (Feijoó, 1998: 34-35). En términos teóricos, las conceptualizaciones surgidas de la in- terpretación de estos procesos significaron un salto cualitativo en relación con los análisis que hacia los años setenta discutían las condiciones necesarias para la participación de las mujeres en el “de sarrollo”. De hecho, la introducción de la categoría de género como una dimensión transversal en el pensamiento sobre los procesos y las instituciones del de sarrollo permitió apreciar el hecho de que las políticas y los programas sociales colocaban a las mujeres en una posición que no necesariamente suponía la transformación de su situación subordinada, sino que, como des- tacó Naila Kabeer (1998: 168): “La experiencia de la pobreza que tienen las mujeres es diferente que la de los hombres por causa de la asimetría en su sistema de derechos”. Lo que llevó a un estudio más profundo de los modos en que los sistemas institucionales actúan en la reproducción de las de sigualdades entre los sexos. Desde la perspectiva general de este análisis, la cuestión cen- tral aquí es de qué forma ciertas políticas sociales procuran cubrir las necesidades materiales más inmediatas de los hogares pobres valiéndose de las capacidades, la solidaridad y la presunta elasti- cidad de los tiempos femeninos, a expensas de la expansión de la autonomía (económica y social) de las mujeres, del “empodera- miento” femenino (ese que opera cambios en la subjetividad), y de una mayor democratización de las relaciones de género. Así, aunque las políticas e instituciones de protección de derechos so- ciales no siempre fueran ciegas a la dimensión de género, el hecho de diferenciar servicios y prestaciones entre hombres y mujeres solió cristalizar determinados estereotipos y roles de género. Esto sucedió, por ejemplo, cuando se recurría a las mujeres para aten- der –de forma gratuita– las necesidades de alimentación de la co- munidad, o para incorporarlas como “madres cuidadoras” en es- pacios barriales con insuficiente regulación estatal. De ese modo, a menudo se afianzó la mirada maternalista en las tareas domés- ticas y de cuidado social, adicionando funciones a las ya sobrecar- el maternalismo en su laberinto 173 gadas jornadas de las mujeres, en lugar de buscar e implementar estrategias eficaces para superar las de sigualdades existentes. Allí donde las crisis económicas erosionaron la protección del riesgo social, fueron las mujeres quienes, aumentando y multipli- cando su intervención en los ámbitos productivo, reproductivo y comunitario, apuntalaron la supervivencia de los miembros de sus hogares y comunidades. Sin embargo, la posibilidad de las muje- res pobres de orientar sus propios pasos por las distintas esferas según sus necesidades, derechos y de seos continuó siendo una ilusión, dado que las actividades domésticas y de cuidado en el ho- gar y en las comunidades se afincaban en su (tradicional) faceta familiarizada y feminizada. Con estas premisas, el neoliberalismo se mostraba afiliado a las mismas contradicciones que el liberalis- mo clásico con respecto al “privilegiado espacio de la familia en la sociedad y el estatus problemático de las mujeres como indivi- duos” (Shaver, 1996: 15). No obstante, una vez que el retiro del Estado fue superado, ya en el siglo XXI, por un liderazgo activo y propositivo en las políticas de gobierno, y que la crisis fue suplan- tada por una bonanza económica de nueve años consecutivos, bien vale interrogarnos sobre los supuestos que subyacen a la pro- tección social contemporánea. ¿En qué medida las políticas del siglo XXI interpelan los discursos y las arquitecturas simbólicas que reproducen sistemas sociales y relaciones de género jerarqui- zadas? ¿Cuáles son los supuestos de la nueva protección social con respecto a la díada trabajo remunerado / cuidado cuando se trata de hogares y de mujeres pobres? Y ¿qué lugar se otorgó al Estado, los hogares y las comunidades en los procesos de socialización –y cuidado– de la infancia? Para ingresar en este terreno, analizaremos primero algunos rasgos generales relacionados con las características de la llama- da “nueva protección social”, el contexto en que comenzó a im- plementarse, las transformaciones que surgieron a lo largo de la última década en la Argentina, y las distintas perspectivas que in- fluyeron en los aspectos más relevantes de los programas puestos en marcha (y sus falencias). 174 el cuidado infantil en el siglo xxi la protección social en el nuevo milenio En nuestra región, el cambio de siglo estuvo signado por el ago- tamiento del modelo económico imperante en los años noventa y una mayor determinación de los Estados para activar políticas de alivio de la pobreza. En la Argentina, el punto crítico se sitúa en la aguda crisis de finales de 2001 que, tras el abandono del plan de convertibilidad, la caída de la actividad productiva y la devaluación de la moneda, terminó por acelerar el proceso de destrucción neta de puestos de trabajo y el deterioro de la cali- dad de las ocupaciones (Beccaria, Esquivel y Maurizio, 2005). (Baste decir que en 2002 el de sempleo alcanzó el 21,5% de la PEA, y la pobreza, a más de la mitad –el 57%– de la población del país.)48 En términos políticos,diciembre de 2001 implicó la sucesión de cinco presidentes en una semana, hasta que Eduar- do Duhalde asumió el gobierno de forma interina y puso en marcha una serie de programas que buscaron paliar la crisis so- cial en lo inmediato. Por entonces, la ciudadanía se encontraba ampliamente movili- zada: las clases medias urbanas ocupaban las calles, se reunían en asambleas barriales para tomar posición sobre los inéditos acon- tecimientos en marcha, se rebelaban ante la clase política al grito de “que se vayan todos”, e incluso demandaban la renovación de la Corte Suprema de Justicia. En los sectores populares, los movi- mientos de de socupados, agrupados en distintas vertientes pique- teras, ampliaron sus bases e intensificaron su accionar, poniendo en práctica estrategias que abarcaban desde los cortes de ruta –a manera de manifestación de protesta– hasta el trabajo comunita- rio local en los focos de emergencia. Esta labor específica de los grupos comunitarios buscó aliviar el hambre y encontrar recursos para satisfacer las necesidades más urgentes (abrigo, alimenta- 48 Este porcentaje refleja la pobreza medida en relación con los ingresos de los hogares, y respondió a la particular coyuntura de crisis que se vivía en el país y combinaba pérdida de empleos y contracción de ingresos reales a partir del aumento de precios en productos básicos de consumo familiar. el maternalismo en su laberinto 175 ción, salud), continuando de algún modo la tarea iniciada por las mujeres la década anterior (Svampa y Pereyra, 2003).49 En este ríspido escenario, y en respuesta a la inédita situación social, el gobierno lanzó el Plan Jefes y Jefas de Hogar Desocu- pados (PJJHD), que a los pocos meses de su puesta en marcha alcanzó la cifra de 1 800 000 beneficiarios, con lo cual superó exponencialmente la cobertura –y los presupuestos– de los planes sociales de los años noventa y reafirmó la lógica operativa de las transferencias condicionadas de ingresos.50 Ante el déficit del mercado laboral como proveedor de bienestar, la protección social apun- tó a sostener el ingreso como un dispositivo eficaz para ayudar a resolver las urgencias de los hogares pobres. Ahora bien, esta transferencia, en tanto condicionada, requería que el receptor cumpliera con determinadas contraprestaciones; entre ellas, que se garantizara la educación de los niños y adolescentes, su atención sanitaria y la de las mujeres embarazadas. Esta modalidad fue un denominador común en varios planes sociales de la región lati- noamericana, donde a finales de 2009 ya eran diecinueve los paí- ses que la aplicaban.51 En términos del diseño, los rasgos que destacar en esta clase de programa son la focalización en hogares pobres con niños, la introducción de la noción de “corresponsabilidad” de los benefi- 49 Maristella Svampa y Sebastián Pereyra (2003) señalan que, en sus barrios, las mujeres piqueteras cumplían un papel asistencial: organizaban huertas y comedores populares, recolectaban, reparaban y distribuían ropa y abrigos para niños y adultos, etc. Pero al mismo tiempo construían una nueva forma de poder dentro de sus organizaciones, participando en las asambleas y los cortes de ruta. 50 Con eje explícito en el problema de la desocupación de quienes encabezaban hogares con hijos menores de 18 años, el PJJHD buscó aliviar la crítica situación económica y la profunda conflictividad social mediante la transferencia de un ingreso mínimo, equivalente a ciento cincuenta pesos, a cambio de una “contraprestación” en trabajo comunitario, sostenimiento de la escolaridad de los hijos y controles sanitarios de niños y embarazadas. 51 Entre otros planes de este tipo, se pueden mencionar el Programa Oportunidades en México, el Bolsa Familia en Brasil, el Familias en Acción en Colombia, el Programa Puente en Chile y el Bono de Desarrollo Humano en Ecuador. Véase Cepal (2009). 176 el cuidado infantil en el siglo xxi ciarios (expresada a través de las contraprestaciones) y el incen- tivo a la “participación” de los receptores en actividades diversas dentro de su comunidad (Molyneux, 2007). En comparación con otros planes anteriores, el PJJHD significó un cambio de rumbo en tanto se transformó, no en una acción residual o aislada, sino en un componente medular de la política estatal, con coberturas más extendidas y una fuente de financiamiento autónoma. Con la llegada de Néstor Kirchner al gobierno, en 2003, una vez superados los más duros azotes de la crisis y en un contexto de reactivación del empleo, hubo en la Argentina un paulatino recambio en el área de los programas sociales. Para responder al déficit alimentario, se expandió –y ese mismo año se reconoció por ley– el Programa Nacional de Seguridad Alimentaria y Edu- cación Nutricional, que activó una densa red compartida entre distintos órganos del Estado y numerosas organizaciones comu- nitarias, y mediante la acción colectiva y voluntaria de millares de mujeres sostuvo –y sostiene todavía– más de dos mil comedores populares en todo el país. Por otra parte, en 2004 se lanzó el Pro- grama Familias por la Inclusión Social,52 que procuró funcionar como una de las “salidas” (o derivaciones) del PJJHD, y a finales de 2009, la Asignación Universal por Hijo (AUH), programa que también consiste en una transferencia condicionada de ingresos, aunque ampliada y con eje en los niños y adolescentes de los ho- gares de sectores populares (una novedad significativa fue realizar las transferencias en virtud del número de niños o adolescentes, distinguiendo así los montos asignados al hogar según su confor- 52 El programa Familias se sirvió de las bases del antiguo Programa de Atención a Grupos Vulnerables (que databa de 1996). Los beneficiarios fueron las familias en situación de pobreza con hijos menores de 19 años, o mujeres embarazadas que no percibían subsidios por desocupación ni asignaciones familiares, tampoco becas de retención escolar. La madre era la titular del subsidio y la prestación consistía en un pago mensual calculado en proporción al tamaño de la familia a partir de un mínimo de ciento ochenta y cinco pesos mensuales por hijo o mujer embarazada, y treinta pesos por cada hijo adicional, hasta un máximo de seis hijos y trscientos cinco pesos. el maternalismo en su laberinto 177 mación). Lógicamente, estas iniciativas complejizaron el sistema de protección, yuxtaponiendo viejos y nuevos modelos de política social, generando distintos perfiles y tipos de respuestas desde los múltiples espacios sectoriales (y según las poblaciones destinata- rias), y así fueron instalando, en el seno del Estado, una lógica de bienestar diversificada, plural y, por cierto, distante de los “tipos ideales” de los regímenes de bienestar descriptos en la literatura europea (revisados en el capítulo 1). Los programas de transferencias de ingresos aplicados en la Ar- gentina –en particular, el PJJHD y el programa Familias– habían dejado a amplias capas de la población –igualmente carentes– ex- cluidas de sus beneficios. Y una vez superado el pico más estriden- te de la crisis económica, se pudo constatar que el mercado de trabajo, incluso en períodos de inédito crecimiento económico, no resultaba suficiente para generar empleo de calidad y coadyu- var a la superación de la pobreza en el país. El trabajo en condicio- nes precarias continuaba siendo elevado y, con él, la persistencia de la pobreza. Acaso fuera este un factor decisivo para la toma de decisiones que derivó en el lanzamiento de la AUH, que, sin erigirse como un derecho de ciudadanía, marcó un nuevo terri- torio simbólico y material en las políticas sociales, al considerar a los niños razón suficiente para las transferencias y, por propiedad transitiva, resignificar la noción de universalidad en las políticas sociales. La AUH extendió las asignaciones familiares a los tra- bajadores informales y de sempleados, medida que equiparó los derechos de los hijosde trabajadores en un contexto en que las de sigualdades –de hecho y de derecho– entre los empleados for- males e informales parecían insalvables. También definió otorgar el subsidio en función del número de hijos del hogar. Mediante esta modificación de las condiciones de elegibilidad, la AUH am- plió de manera inédita tanto los montos de los subsidios como el índice de cobertura (atiende a 3 500 000 niños y adolescentes).53 53 El subsidio (que en 2012 representaba trescientos cuarenta pesos por hijo o mujer embarazada, y mil doscientos pesos en el caso de los hijos con discapacidad) se otorga a uno de los dos progenitores en función de cada hijo de hasta 18 años (o sin límite de edad para hijos 178 el cuidado infantil en el siglo xxi Son indudables los logros que la AUH ha tenido en el soste- nimiento del consumo de los hogares y en el alivio de la indi- gencia. Las estimaciones de Arceo, González y Mendizábal (2010) sugieren que la disminución de la tasa de pobreza fue de un 13%, pasando del 24,8% en el momento de la creación de la AUH al 21,6% luego de su implementación. En el nivel micro, investiga- ciones cualitativas han resaltado el impacto del ingreso otorgado por la AUH en los presupuestos –y en el bienestar– de los hogares perceptores. Ese es el caso del municipio de La Matanza, una de las jurisdicciones más pobladas y más pobres del conurbano bo- naerense. Allí, Dávalos (2012) observó que el subsidio representa un incremento cercano al 30% en los ingresos mensuales de los más de sesenta hogares entrevistados. A su vez, para un tercio de la población entrevistada, la AUH constituye el ingreso más im- portante del hogar y, con frecuencia, también el más “seguro” en el contexto de escasas (y precarias) oportunidades de empleo. Eso ha permitido a las familias mejorar sus condiciones materiales de vida (alimentación, vestimenta y escolarización de los miem- bros del hogar), realizar algunas mejoras en sus viviendas y ge- nerar cierto grado de previsibilidad en relación con sus gastos y consumos a mediano plazo. Entretanto, y debido al diseño del plan, continúan excluidos de los beneficios los hijos de monotributistas con ingresos reducidos (con la excepción de los monotributistas sociales) y de quienes declaren un salario mayor al mínimo, vital y móvil (aunque fuera apenas por encima de esta línea). El plan tampoco cubre a los niños que asisten a escuelas privadas (y cuyas cuotas superen los módicos cien pesos por mes, a valores de diciembre de 2011). Por otra parte, evidencia brechas de cobertura para alcanzar a los casi cinco millones de niños y adolescentes que serían, en potencia con discapacidad), y hasta un total de cinco niños. Como novedad de la AUH, el 80% del monto total de la transferencia se percibe mensualmente, mientras que el 20% restante se acumula y sólo se cobra una vez al año, cuando se demuestre el cumplimiento de los requisitos. el maternalismo en su laberinto 179 y en virtud de las definiciones actuales de la AUH, la población total beneficiaria de este plan. Sobre la base del análisis socioeconómico, se celebró largamente la efectividad de los programas de transferencias condicionadas de ingresos para aliviar la indigencia y reducir la severidad de la pobreza, aunque también se destacó que no por ello ha sido po- sible superar las numerosas situaciones de privación repartidas entre la población latinoamericana (Cepal, 2009: 33). ¿Cuáles fueron, entonces, los límites de estas políticas? En principio, que el mecanismo de la transferencia condicionada ha actuado como un paliativo, pero con una muy débil incidencia en la superación de la pobreza. Existen reparos en cuanto a su diseño e implemen- tación, dado que no alcanzaron más que a una fracción de la po- blación destinataria y los montos asignados solían ser insuficientes para superar los agudos déficits de estos hogares.54 Más allá de las cuestiones puntuales y los logros expuestos, podría decirse que los programas de transferencias de ingresos sobrevaloraron su capacidad de atender las complejas y variadas facetas de la pobreza, en tanto que en toda Latinoamérica existen –y persisten– rasgos estructurales que hacen a la distribución de- sigual de los recursos, sostienen mercados laborales altamente es- tratificados, obstaculizan el acceso a servicios de igual calidad para toda la población, presionan los presupuestos de los hogares más pobres mediante una política fiscal regresiva y, por último, requie- ren otra clase de medidas complementarias –con una proyección de mediano a largo plazo– para reducir las agudas brechas socia- les de la región. En cualquier caso, no fueron pocos los aportes 54 En el caso de la Argentina se estimó que ni los montos otorgados (equivalentes en el PJJHD al 50% del salario mínimo de aquel momento, y en el Programa Familias al 30% de la canasta alimentaria) eran suficientes para cubrir las necesidades alimentarias básicas de una familia (CELS, 2007), ni la cobertura logró universalizarse en ninguno de los casos. Del PJJHD quedaron excluidos (sin cobertura) alrededor del 65% de los hogares indigentes y el 75% de los hogares pobres (Cortés, Groisman y Hosowski, 2004). 180 el cuidado infantil en el siglo xxi que en distintos países de la región y desde varias disciplinas han servido para resaltar las aristas problemáticas de los programas sociales del nuevo milenio. Revisemos algunos de ellos. la igualdad de derechos en la nueva protección social Desde el punto de vista simbólico, los enfoques adoptados por la actividad estatal incorporaron el lenguaje de los derechos huma- nos y la participación ciudadana, y ocasionalmente se atrevieron a mencionar la categoría de “género” y el concepto de “capacidad”, proveniente del fecundo acervo del economista indio Amartya Sen.55 Pese a todo, la orientación general de los programas socia- les recortó esta visión y acotó su accionar a dos campos –educa- ción y salud– y tres poblaciones específicas –niños, adolescentes y embarazadas–. Las condiciones requeridas a la madre o padre que perciben el subsidio consisten en la garantía de la educación de los mayores de 5 años y los controles sanitarios de niños, niñas, adolescentes y de embarazadas. De modo que las capacidades pro- movidas por las políticas posneoliberales son, esencialmente, las de la infancia, entendidas como una inversión en “capital huma- no”. “Los niños son un foco importante del estado de la inversión social, porque invertir en sus oportunidades tiene una alta pro- babilidad de devolver importantes tasas de retorno en el futuro” (Razavi, 2007: 30). Desde la óptica de los derechos humanos, el Centro de Estu- dios Legales y Sociales (CELS) cuestionó varios de los programas implementados en la Argentina,56 ya que, al revisarlos a la luz de los cánones subrayados por los mecanismos y los comités interna- 55 En teoría, esta perspectiva enriquece aquellas que limitan la superación de la pobreza a la obtención de ingresos, en cuanto su objetivo no es sólo el bienestar económico, sino también las condiciones y las libertades necesarias para buscarlo (Sen, 1993). 56 El CELS analizó el PJJHD, el Programa Familias por la Inclusión Social, el Plan Manos a la Obra, y el Programa Adulto Mayor Más. el maternalismo en su laberinto 181 cionales sobre la materia, podía interpretarse que no honraban los principios de: a) universalidad, al no alcanzar a buena parte de la población destinataria en condiciones similares a las seña- ladas en el diseño de los planes; b) igualdad y no discriminación, al ser recortados los subsidios según ámbitos territoriales, excluir a destinatarios potenciales por hechos tan azarosos como la fecha de inscripción en los programas, o bien por reforzar estereoti- pos de género discriminatorios; c) monitoreo y rendición de cuentas, al resultar poco accesible la información de seguimiento de los programas; y d) contenidos mínimos de derechos, por no quedarga- rantizada la cobertura de las necesidades alimentarias mínimas de un hogar mediante los subsidios (CELS, 2004, 2007; Faur y otros, 2009). Por último, el CELS sintetizó esta lectura declarando que los programas se enmarcaban “entre el discurso de derechos y la práctica asistencial”. En cuanto al género, la nueva protección social resultó ser par- ticularmente ambivalente en Latinoamérica. Embarcados en suce- sivas reestructuraciones y cambios de rumbo, los estados naciona- les retomaron y cultivaron el contacto cotidiano con las mujeres de los sectores populares, titularizándolas como receptoras de las transferencias y sus contraprestaciones, convocándolas para dar vida a los comedores comunitarios y, sobre todo, reconociéndolas como sostén principal de la red afectiva y social de sus familias y comunidades. Pero ¿por qué se otorga primacía a las mujeres y no a los hombres? Principalmente, por una razón de eficiencia. Desde los años noventa, numerosos estudios han mostrado que las mujeres pobres que accedían a subsidios o pequeños créditos asignaban esos recursos –más y mejor que los hombres– al bienes- tar de sus hijos. Predominó entonces un criterio vinculado al ren- dimiento de la inversión en materia social, en lugar del horizonte de igualdad de género y de derechos, aun cuando no se tratara de materias excluyentes. Esta “característica” devino, por ejemplo, en que en la nueva protección social las mujeres fueran conside- radas más como un recurso o una mediación para el bienestar de sus hijos que como ciudadanas con derecho propio (Chant, 2006; Molyneux, 2007; CELS, 2007). En México y Perú, Maxine Molyneux (2007) refiere que son las madres, más que las mujeres, 182 el cuidado infantil en el siglo xxi quienes figuran en la agenda de las políticas sociales “al servicio del Estado”. Y en México, González de la Rocha (2005: 247) seña- ló: “El éxito de oportunidades […] se ha afincado, entre otros fac- tores, en la participación de millones de mujeres sobrecargadas de trabajo”. Por lo observado, mientras que durante el período de “ajuste invisible” en la Argentina la feminización de la política social no implicó necesariamente que los programas persiguieran una reparación de las de sigualdades –y discriminaciones– vividas por las mujeres, en la actualidad nuevas consideraciones de géne- ro merecen destacarse. Entre tanto, para el feminismo de los países del norte el centro del debate sobre la relación entre género y cuidado en dichos regímenes consistió en cuestionar el modelo teórico propuesto por Esping-Andersen, debido a que no tomaba en consideración el trabajo no remunerado (doméstico y reproductivo) llevado a cabo por las mujeres en el ámbito privado, desde la perspectiva latinoamericana –cuyo correlato real (e histórico) consiste en agudas y sostenidas de sigualdades sociales y singulares respuestas de las políticas públicas a estas necesidades– resulta crucial com- prender, además, las prioridades que el Estado establece entre la búsqueda de la disminución de la pobreza y la promoción de la igualdad de derechos de hombres y mujeres. “La equidad de género requiere que el bienestar sea visto como complementario, no como opuesto a la eficiencia” (Kabeer, 1998: 102). mujeres jefas, mujeres madres ¿Quién es el sujeto de la nueva protección social en la Argenti- na? Hasta aquí, los programas denominaron a sus destinatarios de distintas formas –“jefes/as de hogar”; “familias”; “madres”; “ni- ños”– y ocasionalmente buscaron asistirlos en más de un aspecto –por ejemplo, el bienestar infantil y el trabajo de los/as jefes/as de hogar–. De este modo, fueron delineando perfiles particulares a los sujetos destinatarios de los beneficios –y requisitos– sociales, en función de la o las posiciones que cada quien adscribiría en el maternalismo en su laberinto 183 el hogar y la comunidad, y de la responsabilidad que el Estado le asignaba en cuanto al bienestar de la infancia y la adolescencia. Pero existe una gran diferencia entre observar a las mujeres como jefas de hogar, o bien como madres, y también entre percibirlas –y reconocerlas expresamente– como portadoras de género, o no. Más allá de una cuestión semántica, esto acarrea significados más profundos (los llamados “supuestos”) en relación con los dere- chos y las asignaciones respecto del cuidado, en la medida que se codifica (o no) la posición femenina (incluso justificada por una distinción biológica estrecha de miras) en clave de “obliga- ciones socialmente adscritas, asociadas al matrimonio, la familia y el parentesco, en contraste con los derechos de los hombres, que tienen una base material” (Kabeer, 1998: 168). Con el correr de la década, los programas de transferencias de ingresos fueron “puliendo” su definición de los titulares de los subsidios: primero fueron los jefes y las jefas, luego las madres como representantes de las “familias”, y por último, los niños, ni- ñas y adolescentes. En el modo en que se buscó cerrar el PJJHD y derivar a sus destinatarios al programa Familias puede verse una alteración de los supuestos subyacentes a la división sexual del trabajo y el cuidado en las familias de los sectores populares. El traspaso de uno a otro plan supuso que los senderos de la produc- tividad (vinculada al universo de lo público, lo masculino y la je- fatura del hogar) y la asistencia a las familias (de carácter domés- tico y presuntamente femenino) se bifurcaran una vez más. Esta reorientación recuperó un cariz maternalista, de larga tradición en las políticas sociales argentinas, que asocia sujetos (jefes/as, madres, etc.) y roles (proveedor/a, cuidadora) con el argumento “esencialista”. El surgimiento de la categoría “jefa de hogar” en los progra- mas sociales se remonta a la década neoliberal, pero –fiel a los preceptos de la época– el reconocimiento terminó por ser más bien neutral (cuando no conservador) en términos de género, convirtiéndose en lo concreto en un aporte para que las jefas pu- dieran constituirse en “madres de tiempo completo”, como en los regímenes liberales anglosajones (Shaver, 1996). En el contexto argentino, así como el Plan Jefes y Jefas significó un avance en 184 el cuidado infantil en el siglo xxi cuanto a considerar a la “jefa de hogar de socupada” a la par de los “jefes” y el reconocimiento de que las mujeres no sólo son madres y esposas, sino también potenciales trabajadoras y destinatarias por derecho propio de un plan social que las titularice como tales, a medida que la crisis fue menguando fueron los hombres quie- nes consiguieron empleo y abandonaron el plan, mientras que las mujeres permanecían “inactivas”. Y a partir de entonces, fueron denominadas “inempleables” (MTEySS, 2005), es decir que fue- ron consideradas carentes o personalmente deficitarias para ser elegidas por la demanda de fuerza de trabajo. Por tanto, el Estado reorientó, mediante el plan Familias, el subsidio a las madres, a cambio de su veeduría sobre la educación y la salud de los niños (pero sin énfasis en la posibilidad de que las beneficiarias partici- paran en un emprendimiento público, ni buscaran un empleo).57 A lo largo de la última década –como a lo largo del siglo pasa- do– se ha recalcado desde el discurso oficial que quienes cuidan son las madres y quienes nutren, las mujeres. En efecto, mientras los programas de transferencias de ingresos reposan en el cuida- do materno, el plan de alimentación se reparte entre el sosteni- miento de comedores por parte de miles de mujeres (que pasan largas jornadas ocupándose de la alimentación de grupos de aproximadamente cien personas) y la promoción de la “comensa- lidad familiar” (que presupone que en el hogar habrá un adulto –quizás una mujer “inactiva”– que pueda ocuparse de suministrar los alimentos a los miembros de su familia).58 57 Para las beneficiarias del Plan Familias, las contraprestaciones en salud consistieron en controles periódicos según la edad delos niños y en la presentación de los certificados de vacunación, y las contraprestaciones en educación requerían certificar, trimestralmente, la asistencia a la escuela de los niños entre los 5 y los 18 años. La presentación de estos certificados frente a la autoridad ejecutora del programa constituía un requisito indispensable para mantenerse en el plan. 58 El Programa de Nutrición y Alimentación Nacional fue creado en 2003 mediante la Ley 25 724. De manera similar a lo señalado por Maxine Molyneux (2007) para el caso de los Comedores Comunitarios en Perú, en el Programa Alimentario Argentino la iniciativa estatal se asocia a –y se sirve de– las redes y agrupaciones el maternalismo en su laberinto 185 Jerarquizar el lazo maternal al extremo de convertirlo en la condición necesaria para percibir las transferencias condiciona- das indica una clara perspectiva en la construcción social del gé- nero, mediante la modelización de lo que significa ser una “buena madre” en los contextos de pobreza. Este nuevo giro hacia las viejas categorías puso de relieve las bases normativas de la rela- ción entre las políticas sociales y las mujeres, y al mismo tiempo echó por tierra el avance simbólico alcanzado con el Plan Jefes y Jefas: el hecho de sostener que ser mujer, pobre y trabajadora (aún de socupada), era una situación posible, que la política social destinada a los hogares de bajos ingresos podía, cuando menos, reconocer. Pero así la cuestión de clase se asocia a la diferencia- ción social y cultural de las jerarquías de género y al igual que hacia finales del siglo XIX, “retomando el víncu lo de las mujeres con la procreación, se biologiza la crianza, el cuidado, la primera educación, los sentimientos amorosos hacia los hijos y las hijas”, en grado tal que “para el Estado, las mujeres se transformaron en las responsables de los futuros ciudadanos” (Nari, 2004: 18). Así, el maternalismo histórico continuó imprimiendo su sello en las políticas del nuevo milenio, lo que también operó –simbólica y materialmente– en la construcción de las masculinidades. De hecho, si un beneficiario varón del PJJHD de seaba cambiar el subsidio por el del programa Familias debía también cambiar la titularidad, para pasársela a la mujer.59 La naturalización y promo- ción política de la figura madre-cuidadora sólo admitía una razón fehaciente y “extraordinaria” como justificación para modificar la titularidad femenina del subsidio, el que, en última instancia, estaba destinado no a ella, sino a los niños del hogar. comunitarias, que no sólo ofrecen sus locales, sino también el trabajo de sus líderes, y así se consolida una extensa trama femenina que traslada las tareas reproductivas y de cuidado del ámbito doméstico al espacio comunitario. 59 Salvo en el caso de los hogares en que no hubiera ninguna adulta o la mujer estuviera “discapacitada física y/o mentalmente, o no se encuentre emancipada, o existiese alguna razón fundada por la cual no pudiera ejercer la titularidad”. 186 el cuidado infantil en el siglo xxi En este contexto, la AUH interpela la ecuación maternalista, titularizando a los niños, niñas y adolescentes como sujetos de las transferencias. Finalmente, entraban en escena como actores principales –y con base en sus derechos– quienes siempre habían sido los beneficiarios reales de las transferencias de ingresos. Tal vez fueran ellos, los niños, los únicos sujetos que habilitarían una disposición colectiva favorable en torno al principio de universa- lidad, sin generar controversias políticas ni parcialidades (¿quién puede oponerse a una medida que beneficie a la infancia po- bre?). Sin embargo, parecería importante poner de relieve que el bienestar y los derechos de los menores de 18 años se encuentran profundamente imbricados con los de las mujeres, y se potencian uno a otro (Faur y Lamas, 2003). Al igual que en el programa Familias, la AUH otorga prioridad a las madres como receptoras del subsidio (en 2012 representa- ban el 94,4%). En el terreno de las contraprestaciones, se les con- tinuará solicitando certificados periódicos de salud y educación de sus hijos, sin considerar sus propias necesidades ni derechos –que muchas veces son las reales condiciones de posibilidad de la salud y la educación de los hijos–, y los adolescentes de ambos sexos deberán certificar su asistencia escolar, obligatoria desde los 5 años hasta el fin de la educación secundaria, a partir de la Ley de Educación Nacional de 2006. De forma indirecta, se repliega el cuidado de los niños menores de 5 años a los confines del mundo doméstico y familiar. Como contrapartida, ni desde la provisión estatal ni desde la demanda social existen mecanismos suficiente- mente efectivos para facilitar el acceso a las prestaciones educati- vas y servicios de cuidado para menores de hasta 5 años. La res- ponsabilidad de la crianza y la socialización de la primera infancia se deposita más en la oportunidad y efectividad de la demanda –es decir, en manos de las madres–, que en la oferta pública. Por otra parte, debemos reconocer que estamos ante progra- mas sociales superpoblados de mujeres, las más de saventajadas de la escala social, quienes inician su vida reproductiva a edades más tempranas, tienen en promedio un mayor número de hijos y menores ventajas comparativas para vincularse a un mercado laboral de por sí segmentado y estratificado, y dedican más tiem- el maternalismo en su laberinto 187 po que ningún otro grupo poblacional al cuidado y las tareas re- productivas en el espacio del hogar y en sus comunidades.60 Pero también vivimos un tiempo en que se institucionalizaron extensa- mente los derechos de las mujeres y los niños, y la crisis ha dado paso al crecimiento económico. Las convenciones y tratados de derechos humanos (incluidos los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes y la Eliminación de la Discriminación contra las Mujeres) tienen jerarquía constitucional desde 1994, y también se sancionaron leyes de protección específica de sus derechos, que marcaron una divisoria de aguas en el ámbito de la sexualidad, la reproducción, la prevención de la violencia, el matrimonio iguali- tario y la identidad de género, entre otros temas. Todo eso denota un escenario muy distinto al prevaleciente en los años ochenta y noventa, aquellos tiempos del “ajuste invisible”. Este panorama evidencia una particular tensión, en la medida en que la ampliación de derechos relacionados con la igualdad de género casi no ha logrado trastocar los cimientos maternalistas de la nueva protección social. A modo de ejemplo, dentro del marco de los planes de transferencia de ingresos, la salud de las mujeres adquiere el estatus de un factor pasible de ser atendido sólo en el momento del control del embarazo, pero no como parte de la planificación de la fecundidad (y, por ende, sin considerar el de seo de las parejas, o de las mujeres, con respecto a tener hijos o no, cuántos y cuándo tenerlos). Mientras los controles de em- barazo son de gran importancia para seguir el crecimiento del bebé, la salud de la madre y prevenir riesgos en el momento del parto, lo que queda por fuera de las contraprestaciones es la aten- ción de la salud sexual y reproductiva de las mujeres (adultas y adolescentes), más allá de los meses de gestación, lapso que, en 60 Para poner estos enunciados en perspectiva: las madres en situación de indigencia tienen en promedio casi dos hijos más que las no pobres; 3,7 contra 1,9, respectivamente (Observatorio de la maternidad, 2013). Asimismo, el 60% de las mujeres pobres destinaba más de cinco horas promedio al cuidado de los niños, mientras que menos del 30% de las no pobres dedicaba algo más de cuatro horas a esta actividad (Esquivel, 2009a). 188 el cuidado infantil en el siglo xxi rigor, representa la mayor parte de sus vidas. La articulación siste- mática de los programas de transferencias de ingresos y aquellos que en laactualidad atienden la salud sexual y reproductiva no sólo permitiría fortalecer el empoderamiento de los jóvenes y las mujeres pobres, sino también hacer más efectiva la prevención de embarazos no de seados e infecciones de transmisión sexual (entre adolescentes, jóvenes y adultas), y contribuir a reducir muertes maternas derivadas de la práctica de abortos inseguros.61 Sin embargo, esta omisión de una mirada integral en el diseño de los planes pone de manifiesto que las mujeres destinatarias son percibidas por el Estado como madres (es decir, a partir de su víncu lo con la prole), antes que como personas con necesida- des particulares y sujetos de derechos en su ley. Como parte del “binomio madre-hijo”, el niño es el sujeto central de la atención, mientras que la “madre” ocupa una posición seudoinstrumental y de valor sólo si provee cuidados a los hijos durante o después del embarazo. Su autonomía, como también sus derechos, permane- cen en suspenso. ¿oposición entre empleo y cuidado? Desde la perspectiva del género, la mayor novedad de los pro- gramas de transferencias condicionadas de ingresos fue, en todo caso, haber dado visibilidad al trabajo doméstico no remunera- do de las mujeres como una dimensión necesaria para el bienes- tar de las familias. Pero así se genera una paradoja: tal como es cierto que al centrar las provisiones en las mujeres y disminuir las condicionalidades esperadas de las madres la política estatal reconoció la notable diferencia en la distribución del tiempo que, en promedio, se reparte entre actividades remuneradas y 61 Para información sobre los programas nacionales referidos en los ámbitos de salud y educación, véanse <www.msal.gov.ar/saludsexual> y <www.me.gov.ar/me_prog/esi.html>. el maternalismo en su laberinto 189 no remuneradas según el género, hay que subrayar que el reco- nocimiento de una diferencia de “roles” no siempre implica –ni convive en buenos términos con– la búsqueda de mejores condi- ciones de igualdad y de ampliación de elecciones para mujeres y hombres. Como destacó oportunamente Anne-Lise Ellingsaeter (2007: 51): “Si el reconocimiento se conceptualiza como la valo- rización de ciertas identidades grupales, por ejemplo, identida- des tradicionales de género, tiende a promover la reificación de estas identidades, colocando presiones morales sobre los indivi- duos”. Identificar y asociar términos, conceptos, acciones e insti- tuciones a una determinada situación puede, paradójicamente, tender a cristalizarla. En este caso, la contracara del reconocimiento del papel mater- no se expresa en que las mujeres no siempre son percibidas como trabajadoras (de hecho o de derecho). Precisamente en el tras- paso del PJJHD al plan Familias, las mujeres fueron calificadas de “inempleables” (MTEySS, 2005), atribuyéndose esta caracteriza- ción a un déficit personal, no a una estructura social y económica compleja, cuando no discriminatoria y excluyente. La “inemplea- bilidad” de las mujeres pobres resulta, así, el contrapunto de clase al “síndrome de la supermujer” que afecta a quienes detentan me- jores niveles educativos y mayores ingresos, y amplía las brechas socioeconómicas entre mujeres. En este sentido, las tendencias macro muestran que la participación económica femenina es ma- yor entre las cónyuges de hogares no pobres, mientras que entre las pobres sólo las jefas de hogar –de cuyos ingresos depende el bienestar propio y de sus hijos– han aumentado sostenidamente su inserción en el mercado de trabajo (Unfpa, 2009). Mediante la asignación de responsabilidades diferenciales en función de clase y género, vemos que los programas de alivio de la pobreza parecieran encasillar a las mujeres en el espacio de la domestici- dad o del voluntariado social, sin promover sus posibilidades de articular la actividad comunitaria y familiar con la oportunidad de percibir un ingreso y participar en el mercado laboral. Este nudo crítico de la de sigualdad entrelaza género y clase: la estructura del mercado de trabajo resulta mucho más desfavora- ble para las mujeres-madres de hogares pobres. Los datos del Ob- 190 el cuidado infantil en el siglo xxi servatorio de la Maternidad indican que el 52,2% de estas madres tiene un empleo de baja calidad (el 34,1% de ellas está inserto en una ocupación informal y el 18,1%, en el servicio doméstico), y sus ingresos tampoco se comparan con aquellas que se insertan en trabajos formales, y que aportan el 54,5% del ingreso total del hogar (Observatorio de la Maternidad, 2012). Los límites del mercado de trabajo se superponen, para estas mujeres, con el escaso o nulo acceso a servicios públicos para el cuidado de sus hijos, por lo que quienes consiguen un empleo deben recurrir a las redes familiares o a los servicios privados para cubrir esta necesidad, como muestran las evidencias presentadas en los capítulos 2 y 3 de este volumen. En este escenario, gran cantidad de mujeres de los sectores populares quedan “atrapadas” entre las responsabilidades domésticas y comunitarias, a menudo confinadas a un sinnúmero de actividades impagas, aunque alta- mente intensivas en mano de obra. Para ellas, el ingreso y la per- manencia en el mundo del trabajo remunerado es una realidad compleja, sólo ineludible si son jefas de hogar. De hecho, en los hogares pobres las tasas de participación y el tiempo destinado a las actividades de cuidado son muy superiores a los de los hoga- res no pobres y recaen mayormente sobre las mujeres (Esquivel, 2009a). En todo caso, el confinamiento doméstico es producto de la convergencia entre la relativa escasez de oportunidades labora- les atractivas para las mujeres de sectores populares y la ausencia de alternativas para recurrir a servicios fuera del círcu lo familiar para el cuidado infantil. El problema aquí es que, a pesar de que ha sido ampliamente demostrado que en los hogares con más de un proveedor de in- gresos (con independencia de su sexo) la pobreza tiene menos incidencia (Cerrutti y Binstock, 2009), la nueva protección social parece omitir estas consideraciones y cristalizar las tensiones en- tre lo productivo y lo reproductivo, el trabajo y el cuidado, en el caso de las mujeres pobres. Lo que permanece fuera de discusión en el paradigma de la nueva protección social es que el cuidado infantil se conside- ra “esencialmente” femenino y en mayor medida privado. En el ámbito del hogar, ninguno de los programas sociales ha sos- el maternalismo en su laberinto 191 tenido una perspectiva que buscara equiparar las relaciones de género puertas adentro (promoviendo la participación mascu- lina en los cuidados familiares), ni intervenir en el continuum productivo-reproductivo mediante el impulso de aquellas políti- cas que permitieran, a varones y a mujeres, la “conciliación” de responsabilidades de familia y trabajo. Así como se ignoraron las necesidades de cuidado infantil de los hogares más pobres, ningu- no de los planes ofreció a sus beneficiarios asistencia en torno al acceso a servicios para el cuidado de sus hijos ni tampoco buscó, en la mayoría de las jurisdicciones del país, priorizar su inscripción en los servicios educativos o de de sarrollo infantil (destinados a los menores de 5 años) que analizaremos en el capítulo siguiente. El cuidado de los menores de 5 años continuó siendo asignado a las madres, convirtiéndose en un punto ciego del bienestar de los hogares, al asociar instantáneamente las dimensiones de género y clase, y trazar senderos laberínticos, cuando no callejones sin salida, tanto en la autonomía femenina como en la capacidad de los hogares para superar la pobreza, y, por ende, en el bienestar presente y futuro de la infancia. Los malabares de la conciliación entre la familia y el trabajo (analizados en los capítulos 2 y 3) abren paso, así, a un panorama cuyo riesgo es la agudización, de la mano de la acción estatal, de la dicotomía entre esferas: el dilema ahora parece consistir