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Contenido
 
 
Prólogo
Parte 1 La definición de poder
 
 
1. La fuente y el propósito del poder
 
2. La vulnerabilidad y el poder
 
3. El papel del engaño en el abuso del poder
 
4. El poder de la cultura y la influencia de las palabras
 
Parte 2 El abuso del poder
 
 
5. Comprensión del abuso del poder
 
6. El poder en los sistemas humanos
 
7. El poder entre los hombres y las mujeres
 
8. La intersección de la raza y el poder
 
9. El abuso del poder en la Iglesia
 
10. La cristiandad seducida por el poder
 
Parte 3 Poder redimido
 
 
11. El poder redentor y la persona de Cristo
 
12. El poder sanador y el cuerpo de Cristo
 
Epílogo
Agradecimientos
Notas
Biografía de la autora
 
 
«Con la evaluación acertada de Jeremías y la valentía de Ester,
Lang berg mira a los líderes directo a los ojos y les expresa la verdad
inquebrantable sobre el poder, verdad difícil que todo líder necesita
saber, pero que muchos se esfuerzan por evitar. Su búsqueda
incansable para proteger a los desamparados se sustenta en
décadas de escuchar la voz de Dios en medio del dolor de las
víctimas, así como la de los perpetradores, algunos de los cuales no
se dan cuenta del daño que producen sus palabras y acciones. Este
libro es para todos aquellos que desean ser sanados y anhelan
saber cómo se puede abusar del poder y cómo se puede usar
correctamente».
 
—Robert L. Briggs, presidente y director ejecutivo
de la Sociedad Bíblica de América
 
«Con un entendimiento y una gracia inconmensurables, el libro
Poder redimido exhorta a las personas, las instituciones y las
naciones a despertar, arrepentirse y buscar el reino de Dios al mirar
de manera crítica los desequilibrios y las injusticias que hemos
permitido que se desarrollen. Este es el momento en que
necesitamos recibir esta palabra que nos desafía y salva vidas.
¡Gracias a Dios por elegir a Diane para declararla!».
 
—Jeanne L. Allert, fundadora y directora ejecutiva
de The Samaritan Women
 
«Este libro me rompió el corazón, instruyó mi alma y me mostró al
Rey-Siervo-Sanador más poderoso, que con amor se humilló para
vencer el mal con el bien. Este es un libro ungido, que refleja
sensibilidad teológica y experiencias de vida atroces, y que nos
llama a administrar y reclamar el propósito original del poder: el
florecimiento del ser humano».
 
—Ronald A. Matthews, presidente de Eastern University
 
«De vez en cuando, uno se encuentra con un recurso que desea
recomendar a otros con entusiasmo porque sabe que su contenido
es esencial y valioso. Poder redimido es uno de esos recursos.
Langberg nos ayuda a ver y entender las verdades que a menudo
pasamos por alto, ignoramos o justificamos porque están cubiertas
de engaños a nosotros mismos y a los demás. Poder redimido es un
rayo de luz que pasa a través de sistemas y corazones oscurecidos
por el abuso de autoridad. Los que lo lean descubrirán verdades que
pueden revelar, liberar y sanar».
 
—Wade Mullen, Capital Seminary & Graduate School; autor de
Something’s Not Right: Decoding the Hidden Tactics of Abuse and
Freeing Yourself from Its Power [Algo no está bien: Cómo descifrar
las tácticas ocultas del abuso y liberarse de su poder]
 
«Langberg nos ha brindado a todos un gran servicio con este libro.
Actualmente, existe una necesidad urgente dentro de la Iglesia de
comprender mejor la dinámica del poder. El costo de que la Iglesia
no entienda completamente qué es el poder y cómo se administra
de manera adecuada es demasiado alto. Lo veo con frecuencia
mientras me ocupo de los que han soportado tanto el abuso
espiritual como el trauma racial dentro de la Iglesia. Este libro es
profundo pero accesible y tiene el potencial de informar y sanar. Lo
recomiendo de todo corazón».
 
—Kyle J. Howard, proveedor de cuidados para el alma,
Lighting a Path, Inc.
 
«El aspecto más difícil de mi profesión es ver el dolor y el
sufrimiento que las personas pueden infligirse unas a otras,
especialmente en la iglesia y en ambientes familiares que deberían
ser seguros y protectores. La doctora Langberg ha pasado décadas
comprendiendo el proceso de sanación de los traumas personales y
sistémicos. Su libro es una lectura obligada para quien busca
capacitación sustancial para ayudar a las víctimas de traumas
emocionales, sexuales, físicos y raciales».
 
—Michael R. Lyles, doctor en medicina, psiquiatra,
orador y conferencista invitado
 
«En este libro importante y oportuno, la doctora Langberg aborda un
tema que con demasiada frecuencia se ignora o incluso se descarta:
el poder. Como seres humanos, hemos recibido poder, y ese poder
puede usarse para servir u oprimir. Tendrás que leer este libro con
un resaltador y una caja de pañuelos a mano. Como terapeuta
sensible y experimentada, Langberg escribe un libro que revela con
dolor, así como sana con amor».
 
—Jemar Tisby, autor exitoso según el New York Times del libro
The Color of Compromise [El color del compromiso]
 
«Aquí no hay lenguaje académico denso; Langberg es una mujer en
llamas y, de una manera digna de los profetas antes que ella, hace
un llamado a la justicia en nombre de aquellos que han sido heridos
profundamente por el poder ejercido de formas poco piadosas. Este
libro está repleto de verdades bíblicas, conocimiento, sabiduría,
convicción e instrucción para quienes tienen ojos para ver y oídos
para oír».
 
—Kay Warren, cofundadora de Saddleback Church
 
 
 
 
Poder redimido: Entendiendo la autoridad y el abuso en la iglesia
 
Copyright © 2022 por Diane Langberg
 
Todos los derechos reservados.
 
Derechos internacionales registrados.
 
B&H Publishing Group
 
Nashville, TN 37234
 
Diseño de portada por Brazos Press.
 
Traducción diseño de la portada: B&H Español
 
Director editorial: Giancarlo Montemayor
 
Editor de proyectos: Joel Rosario
 
Coordinadora de proyectos: Cristina O’Shee
 
Clasificación Decimal Dewey: 303.3
 
Clasifíquese: IGLESIA / PODER (CIENCIAS SOCIALES) /
BALANCE EN EL PODER
 
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida ni
distribuida de manera alguna ni por ningún medio electrónico o
mecánico, incluidos el fotocopiado, la grabación y cualquier otro
sistema de archivo y recuperación de datos, sin el consentimiento
escrito del autor.
 
A menos que se indique de otra manera, las citas bíblicas marcadas
RVR1960 se tomaron de la versión Reina-Valera 1960® ©
Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960; Renovado ©
Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Reina-
Valera 1960® es una marca registrada de las Sociedades Bíblicas
Unidas y puede ser usada solo bajo licencia.
 
Las citas bíblicas marcadas RVR1995 se tomaron de la versión
Reina-Valera 1995 Reina-Valera 95®, © 1995 por Sociedades
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Nueva Versión Internacional®, © 1999 por Biblica, Inc.®. Usadas
con permiso. Todos los derechos reservados.
 
Las citas bíblicas marcadas NTV se tomaron de la Santa Biblia,
Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010.
Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351
Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América.
Todos los derechos reservados.
 
Las citas bíblicas marcadas NBLA se tomaron de la Nueva Biblia de
las Américas (NBLA), Copyright © 2005 por The Lockman
Foundation. Usadas con permiso.
 
ISBN: 978-1-0877-5791-9
 
1 2 3 4 5 * 25 24 23 22
 
 
Con amor y gratitud a
 
mi padre, William F. Mandt,
 
a mi suegro, Simon Langberg,
 
a mi esposo, Ronald Langberg,
 
y a nuestros hijos, Joshua y Daniel Langberg,
 
hombres extraordinarios que se distinguen por usar
 
su poder con una bondad infinita
 
y una integridad impecable.
 
Prólogo
 
Hace décadas, cuando estaba en una tierra extranjera, me encontré
por primera vez con víctimas de abuso sexual. No sabía que esas
cosas sucedían. No eran parte de mi experiencia, no aparecían
mencionadas en los libros de psicologíaque había leído ni mientras
estudiaba para obtener mis dos títulos de grado. La Iglesia me echó
cuando saqué el tema. Decidí, por la gracia de Dios, escuchar a los
marginados y a los que nadie les cree. Hacerlo me ha cambiado y le
ha dado forma a mi vida.
 
Mi curva de aprendizaje en los últimos cuarenta y siete años como
psicóloga cristiana ha sido larga y empinada. Primero aprendí sobre
familias en las que el abuso sexual y doméstico era desenfrenado y
lo había sido por generaciones. Desde entonces, me he sentado con
víctimas de trauma, violencia, violación y guerra. He aprendido
sobre grupos de personas que han sido aplastadas, oprimidas y
esclavizadas. He sido testigo de esta devastación en mi oficina de
Pensilvania y en los seis continentes. He escuchado a voces de
Auschwitz, Ruanda, Sudáfrica, Congo y Camboya mientras visitaba
campos de concentración, iglesias llenas de huesos, lugares de una
pobreza indescriptible, víctimas de violaciones atroces y los campos
de la muerte, donde se asesinaba a los seres humanos simplemente
por ser como Dios los creó.
 
También he visto la belleza, la redención, la valentía y la
generosidad, y he sido bendecida más allá de las palabras por
muchos que han sido pisoteados por este mundo y sus habitantes.
He transmitido esas bendiciones a mis hijos y a mis nietos, a
colegas, clientes, audiencias diversas y a la Iglesia global.
 
Mi recorrido en el mundo del trauma comenzó con una víctima de
abuso, quien, en pequeñas dosis, me relató valientemente su
historia. Hice preguntas y me esforcé para escuchar con atención.
Me convertí en su estudiante y en la estudiante de muchos más,
seres humanos creados por Dios, Su propia obra de arte, heridos y
lastimados. Me senté con las personas y aprendí a decir
básicamente: «Enséñame cómo es ser tú». En algún punto del
camino, el contexto de abuso se amplió para incluir situaciones en
campamentos cristianos, en escuelas y en los deportes. Aprendí
que los niños y los hombres también sufrían abusos.
 
También trabajé con pastores, misioneros y líderes cristianos que
estaban deprimidos y sufrían de ansiedad. Tenían dificultades con
sus funciones y con las cargas de los demás. Muchos estaban
agotados. Y un día todo se desmoronó cuando comencé a darme
cuenta de que los cristianos en posiciones de liderazgo también
abusaban de los que estaban bajo su cuidado. Esto fue difícil de
asimilar. No quería que fuera verdad. No lo entendía. Comprendí
que lo que sucede en las familias también sucede en la familia de
Dios.
 
Poco a poco, comencé a entender que el poder, el engaño y el
abuso estaban entrelazados. Las personas sumamente estimadas y
consideradas piadosas, en realidad, se engañaban a sí mismas y a
los demás para cometer y ocultar prácticas impiadosas. Con el paso
del tiempo, vi que sistemas enteros hacían lo mismo. El abuso
sistémico, un concepto completamente extraño para mí en ese
momento, se volvió más claro cuando descubrí que, a veces, el
pueblo de Dios se une para «proteger» el nombre de Dios y comete
y oculta acciones que no se parecen en nada a Él. El pueblo de Dios
lo estaba decepcionando.
 
Estaba enojada, lloré, quería que no fuera verdad y quería
renunciar. A veces, me sentía como si estuviera nadando en una
cloaca con un cartel en la entrada que decía «Santuario». Comencé
a leer todo lo que pude para que me ayudara a ver. Volví a la
historia de la Iglesia. Estudié el Holocausto y otros genocidios. Leí y
releí a los profetas, en especial a Jeremías. Me hundí en los
Evangelios. Poco a poco, comencé a ver con mayor claridad la
naturaleza sistémica del abuso. Todavía sigo aprendiendo.
 
Este libro es el fruto de ese proceso. Dios nos ha invitado a la
comunión de Sus sufrimientos. No es un lugar al que queramos ir.
Realmente es una cloaca. Al entrar, comencé a aprender que Jesús
había soportado todo con lo que me encontraba. Eso incluía mi
ceguera, mi resistencia y mi miedo de entrar en este lugar; pero
negarse a entrar, darle la espalda a lo que Él ve, es fallarle a Él. He
tenido la posibilidad de vislumbrar lo que significa decir: «Y aquel
Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…» (Juan 1:14). Él
era Emanuel en ese contexto: Dios con nosotros. Y Cristo nos llama
a ser como Él en este mundo para que otros tengan una idea, una
muestra de quién es Él y sepan en verdad que está con nosotros.
 
Me llama la atención cuántas veces se nos dice que Jesús vio.
Mateo nos relata que Jesús recorría todas las ciudades y aldeas y
que «viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque
estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor»
(9:36, NBLA). Jesús sigue viendo y nos invita a estar con Él y a ver,
nos invita a sentir el dolor, la tristeza, la pena y la agonía de las
ovejas preciosas que no tienen pastor, ni consolador ni nadie que
las cuide.
 
Gran parte de la cristiandad de hoy parece menos interesada en ver
como Jesús veía, menos dispuesta a entrar y mucho más interesada
en ganar poder. Hemos adquirido fama, dinero, estatus, reputación y
nuestros propios reinos pequeños. Hemos leído demasiados
titulares sobre líderes y sistemas cristianos que no se parecen en
nada a nuestro Señor. Temo que hemos perdido el rumbo. Es hora
de que los que pronunciamos Su nombre nos detengamos y
escuchemos a nuestro Rey, quien se movía por compasión, un
pastor verdadero que anhelaba tanto alimentar como abrazar a las
ovejas.
 
Seguimos a un Dios que nos escucha y llora con nosotros. Eso es
evidente en la vida de Jesús. La encarnación es quizás la expresión
máxima jamás vista de escucha empática. Jesús vino y plantó Su
tienda entre nosotros, un campo de refugiados implícito. Eso
significaba beber nuestra agua, compartir nuestros quehaceres,
sufrir nuestras pérdidas, unirse a nuestra risa y llorar con nosotros
en nuestro dolor. Tenemos que aprender a escuchar como Él lo
hace. Él sabe lo que es ser usted. Le ha dado el don de ser
escuchado y conocido y le pide, a su vez, que se lo de a los demás.
Anhela que caminemos con Él, que nos ocupemos de los afligidos,
los despojados, los heridos por la violencia y los desechados. Desea
que miremos con Sus ojos de amor y escuchemos con Sus agudos
oídos. Nos ha invitado a trabajar con Él y a estar con los demás
como Él estuvo.
 
Ha sido un gran privilegio para mí aprender de nuestro Pastor. Me
ha llevado a lugares que nunca imaginé que existieran. He visto la
maldad, la oscuridad y la desesperanza en seres humanos
preciosos, la obra de arte de Dios. Seguramente he cometido
muchos errores. Sin embargo, he visto que Dios estuvo presente
allí, amando, enseñando, llevando y redimiendo. Oro para que
mientras miramos juntos el poder y nuestras manipulaciones a
menudo retorcidas y abusivas, la luz de Dios nos exponga. Oro para
que juntos nos arrodillemos ante el único que está sentado en el
trono y que lleva cicatrices que deberían ser nuestras, y oro para
que aprendamos del buen y gran Pastor cómo proteger, alimentar y
ser un refugio para los corderos que Él ama. No es un viaje bonito,
pero lo encontraremos trabajando con nosotros a medida que
avanzamos. Sí, lo usará a usted para bendecir a otros. También los
usará a ellos para transformarlo a usted más a Su imagen. Siempre
obra de ambos lados.
 
Oro para que este libro aumente la conciencia y el entendimiento del
poder y su abuso para que podamos proteger y defender a quienes
los sistemas de poder rotos del cristianismo han abandonado. Para
aquellos que han sufrido abuso, oro para que a través de la lectura
sientan que alguien los ve, los protege, les cree y los consuela.
Algunos de ustedes han abandonado la iglesia después de sufrir
abusos de poder en el mismo lugar que Dios quiere que sea Su
santuario. Si usted ve a la iglesia como un lugar de peligro en vez de
seguridad, recuerde que, tristemente, la Iglesia a menudo no logra
ver ni actuar como Jesús, lo que facilita creer mentiras sobre quién
es Él.
 
Si usted es un líder cristiano, ya sea en una iglesia, un ministerio sin
fines de lucro u otra esferade influencia, oro para que llegue a
entender los tipos de poder, conscientes e inconscientes, que vienen
con su autoridad. Oro para que comprenda su propio poder y
aprenda a usarlo con sabiduría para bendecir y no para lastimar. Si
usted ha usado el poder de manera tal que ha infligido algún daño,
oro para que se postre ante el trono de Aquel que se humilló por
nosotros y diga la verdad a sí mismo y a los demás sobre el daño
que ha causado. Que desee la verdad y la gracia de Dios más que
la estima de los seres humanos.
 
Me entristece que el cuerpo de Cristo se haya alejado tanto de esta
obra y le haya dado la espalda a Cristo y a Su invitación. Que todos
aprendamos a discernir cuándo se usa el poder equivocadamente y
llamarlo por su nombre. Hemos perdido mucho y hemos dañado a
muchos. Hemos decepcionado a Dios. Oro para que fervientemente
busquemos a Dios en estos asuntos. Él espera.
 
PARTE 1
 
La definición
de poder
uno
 
La fuente y el propósito del poder
 
Las dinámicas del poder siempre están presentes en mi práctica de
psicología cristiana. El poder puede ser una fuente de bendición,
pero cuando se abusa de él, se produce un daño incalculable al
cuerpo y al nombre de Cristo, y a menudo se realiza en nombre de
Cristo. Por el bien de ese cuerpo y ese nombre maravilloso, creo
que debemos luchar con la cuestión del poder y entender que se
puede usar para sanar o herir, para bien o para mal. Lo invito a mirar
más de cerca qué es el poder, de dónde proviene y el impacto que
tiene en todos nosotros. El poder es inherente al ser humano.
Incluso los más vulnerables entre nosotros tienen poder. La forma
en que lo usamos o no lo ejercemos determina nuestro impacto en
los demás.
 
Sara es pequeña y frágil, solo tiene cuatro días de vida. No sabe
nada de sí misma ni del mundo en el que ha aterrizado. No tiene
palabras. No puede usar su cuerpo de manera efectiva para ir a
algún lugar. Algo no se siente bien. No sabe qué está mal o por qué
está mal, ni cómo atender su propia angustia. Sola en la oscuridad,
llora. Y tiene poder.
 
Dos adultos agotados y dormidos, sobresaltados se levantan de sus
cómodas camas y de su muy necesitado descanso y rápidamente
acuden al llanto. Ella ha interrumpido a dos personas que pueden
usar las palabras, que saben lo que quieren y lo que ella necesita, y
que pueden mover sus cuerpos como les plazca. Ellos entienden el
llanto de la pequeña y responden, dejando de lado cómo se sienten
y su preferencia por dormir. Eligen levantarse y consolar a la
pequeña y nutrirla con atención, amor y leche. A diferencia de Sara,
estos adultos tienen una cantidad increíble de poder y eligen usarlo
para bendecirla con su cuidado.
 
Nuestra palabra española «poder» (del latín posse, que significa
«ser capaz») quiere decir «tener la capacidad de hacer algo, actuar
o producir un efecto, influir en personas o sucesos, o tener
autoridad». También tiene significados más severos: controlar,
dominar, coaccionar o forzar. Por nuestra mera presencia en este
mundo, nosotros, los portadores de la imagen de Dios, tenemos
poder. La bebé de cuatro días tiene el poder de despertar a adultos
independientes de un sueño deseado y muy necesario. Lo opuesto
también es cierto: esos adultos tienen un poder evidente sobre la
niña. Pueden responder con atención y cuidado o con enojo por
haber sido molestados. Pueden negar el cuidado y responder con
negligencia y silencio. La niña influye en los adultos. Las respuestas
de los adultos afectan a la niña. El poder de la vulnerable niña para
expresar sus necesidades expone los corazones de los adultos que
tienen más poder. Con el tiempo, su respuesta habituada a la niña
moldea no solo la personalidad de la bebé, sino también los
corazones de los adultos. Nuestras respuestas a los vulnerables
exponen quiénes somos. Este es un principio importante para tener
en cuenta cuando consideramos el uso y el mal uso del poder.
 
Cualquier persona que esté remotamente en contacto con las
noticias de hoy en día tiene algún conocimiento de cómo se puede
usar el poder para bien y para mal. Leemos sobre tiranos
autoritarios y sobre personas torturadas y encarceladas por su fe o
por criticar a su gobierno. También leemos sobre personas que dan
con sacrificio a quienes necesitan ayuda y pasan días buscando a
un niño perdido o dedican tiempo, dinero y esfuerzo a rescatar a las
víctimas de trata. Ambas listas son interminables. Cada vida
humana es una fuerza en este mundo. Nuestra influencia se
derrama de manera continua. Sin embargo, si los que tienen
autoridad se niegan a ayudar a otros, hacen oídos sordos y se
endurecen ante las necesidades de los demás, entonces el rechazo,
no el cuidado, se convierte en la influencia predominante.
 
El poder en la historia de Génesis
 
¿Cuál es la fuente de nuestro poder como humanos? En Génesis,
leemos que Dios invistió a los humanos con poder. «Y dijo Dios:
“Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra
semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves
del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil
que se arrastra sobre la tierra”. Dios creó al hombre a imagen Suya,
a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (1:26-27,
NBLA). Dios creó a los humanos a Su semejanza y les dijo que
ejercieran dominio. En hebreo, la frase «ejercer dominio» significa
«tener dominio» o «dominar». ¿Sobre qué les ordenó Dios que
ejercieran dominio? Sobre los peces, las aves, los ganados, sobre
toda la tierra y sobre todo reptil. Observe la sorprendente omisión en
la orden de Dios: ¡en ningún lugar les ordena a los humanos a
ejercer dominio entre sí! No le ordena al hombre que ejerza dominio
sobre la mujer y no le ordena a la mujer que ejerza dominio sobre el
hombre. Ellos deben ejercer dominio juntos, a dúo, sobre todo lo
demás que Dios ha creado. Deben tomar el poder que Dios les
concedió y usarlo para el bien. Juntos. En Génesis 1:28, Dios
continúa diciéndoles a los humanos: «… Llenen la tierra y
sométanla». «Someter» significa «conquistar», «subyugar»,
«mantener bajo control». Dios creó una unión de una sola carne y le
ordenó a esa unión de hombre y mujer que ejerciera dominio, no
entre sí, sino sobre la tierra y que la sometiera.
 
Génesis 1 también nos dice que Dios les ordenó a Adán y Eva que
fueran fecundos. «Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y
multiplíquense…”» (v. 28, NBLA). ¿Cómo hacemos eso?
Obviamente, los humanos que son fecundos aumentan su poder
simplemente al crear más humanos. No obstante, los humanos
también deben ser fecundos en todas las áreas de la vida. En
esencia, Dios nos creó para que multipliquemos Su imagen y
semejanza en todo lo que hacemos. Él creó a los humanos a Su
propia imagen, a Su semejanza. Les dio poder a los humanos, y
estos debían reflejar al Dios que los creó. ¿Y qué sabemos de este
Dios? Él es bueno, fiel, un refugio, la verdad, amor.
 
Entonces, Dios les dio a los seres humanos el poder para que
pudieran llevar el carácter de Dios al mundo. Y Dios los bendijo;
pronunció una bendición sobre ellos y les ordenó que fueran
fecundos y se multiplicaran, que llevaran Su semejanza y que
bendijeran la tierra. Juntos.
 
Todos sabemos lo que pasó después de eso. Una criatura astuta y
engañosa que había rechazado por completo el poder de Dios y
cualquier semejanza con Él vino y engañó a los humanos usando
las mismas palabras de Dios. «¿Quieren ser como Dios? ¿Quieren
ser semejantes a Él? ¿Quieren tener la capacidad de juzgar entre el
bien y el mal? Pueden hacerlo si eligen lo que Él les ha negado». Y
al igual que el enemigo, los humanos ejercieron su poder para elegir
en contra de Dios; tomaron lo que les pareció bueno y se
alimentaron con ello. El engaño del bien prometido los llevó a elegir
la desobediencia a Dios. Usaron su poder para elegir el mal cuando
ese poder debería haber transmitido la semejanza a Dios y debería
haberse usado para elegir el bien. Quisieron lo que debían tener: la
semejanza a Dios. Quisieron discernirel bien del mal. Lo que vieron
con sus ojos fue atractivo para sus deseos y su objetivo más alto.
Tomaron el poder que Dios les había dado y lo ejercieron en Su
contra, engañados y creyendo que lo estaban eligiendo a Él.
 
Los que tenían el carácter de Dios usaron el poder de una manera
que les dio una semejanza con el enemigo de Dios. Como el rey de
Babilonia, dijeron: «Subiré a la cresta de las más altas nubes, seré
semejante al Altísimo» (Isa. 14:14, NVI). Se olvidaron de que
cualquier semejanza con Dios fue dada por Dios mismo. Los seres
humanos no pueden crear esa semejanza. Usaron su poder no para
bendecir, sino para lastimar, no solo a otros, sino también a ellos
mismos. El poder abusado del hombre y la mujer produjo resultados
que se han transmitido de generación en generación, y nos han
infectado a todos.
 
El poder del ser humano
 
Para comprender el impacto del poder, debemos entender lo que es
un ser humano. Aquí pueden ser útiles algunos conceptos que han
surgido de mi trabajo con las víctimas por trauma.¹
 
En primer lugar, ser humano es tener voz. La voz de Dios lo creó
todo. Ser creados a Su imagen significa tener un ser, una voz y una
expresión creativa. El abuso del poder silencia ese ser y las
palabras, los sentimientos, los pensamientos y las elecciones de la
víctima. Sus deseos se ignoran y son irrelevantes. El abuso de
cualquier tipo siempre daña la imagen de Dios en los seres
humanos. El ser se ve destrozado, fracturado y silenciado, y no
puede decirle al mundo quién es.
 
En segundo lugar, ser humano es estar en una relación. Fuimos
creados en una relación con Dios mismo y con otros humanos. Dios
se hizo hombre y entró en este mundo para restablecer una relación
que estaba rota. Su imagen se refleja en esa relación. Los humanos
anhelan una relación segura. El poder abusivo quebranta y destroza
esa relación. Trae traición, miedo, humillación, pérdida de dignidad y
vergüenza. Aísla, pone en peligro, crea barreras y destruye vínculos.
Hace añicos la empatía, despedaza la seguridad y rompe la
conexión. El poder abusivo tiene un impacto profundo en nuestra
relación con Dios y con los demás. Las víctimas de abuso a menudo
ven a Dios a través de una lente gravemente distorsionada y lo ven
como la fuente del mal que sufren. La violación y la destrucción de
la fe en momentos de tremendo sufrimiento es una de las mayores
tragedias del abuso del poder.
 
En tercer lugar, ser humano es tener poder y moldear el mundo.
Como hemos visto, nuestro Creador nos llamó a ejercer dominio y
someter. Esas son palabras de poder. «Vayan y tengan un impacto,
hagan crecer las cosas, cámbienlas». El abuso anula y quita el
poder. La víctima se siente inútil, incapaz e incompetente, y la
pérdida de dignidad y propósito es profunda. Debemos trabajar,
hacer que las cosas sucedan, que cambien simplemente porque
estamos aquí. Estos aspectos de la voz, la relación y el poder se
originan en el carácter de Dios.
 
Tipos de poder humano
 
Existen muchos tipos de poder. El poder verbal implica el uso de
palabras, a menudo de manera ingeniosa, para manejar situaciones
y controlar a otros. Los humanos que tienen un don verbal pueden
usar las palabras para bendecir a los demás o para hacer un daño
terrible y duradero. Un tipo de poder relacionado en el que rara vez
pensamos es el silencio. El silencio puede ser un regalo maravilloso,
pero también puede ser un arma. El aguijón del silencio usado para
castigar o para ignorar penetra hondo.
 
El poder emocional se combina con frecuencia, aunque no siempre,
con el poder verbal. Podemos usar las emociones para consolar a
otros con empatía o para controlar lo que las personas dicen y
hacen, a menudo, intimidándolas y silenciándolas. El poder del
enojo o la ira pueden aterrorizar a una persona, con o sin palabras.
 
El poder puede manifestarse en tamaño o fuerza física. Si una
persona pesa 99 kg (220 libras) y otra pesa 38 kg (85 libras), la
diferencia de poder es evidente. La persona más pesada puede
herir o aplastar con facilidad a la más pequeña. La presencia física
también puede ser poderosa de otras maneras. Todos hemos
conocido a alguien que no era más grande que los demás, pero
cuya presencia podía llenar la habitación. Ese poder de
personalidad puede controlar una sala, una empresa e incluso un
país.
 
Las personas con conocimientos especializados pueden ejercer un
gran poder, hablan con autoridad y esperan que lo que dicen sea
aceptado porque ellos «saben». Los puestos de autoridad confieren
poder. Si soy presidente, instructor, médico o profesor, mi trabajo me
da el derecho de decir y hacer muchas cosas; mi círculo de «ejercer
dominio y someter» es más grande que el de la mayoría.
Dependiendo de mi posición y de cómo se entienda, puedo usar ese
poder para justificar muchas cosas incorrectas y extralimitarme
ampliamente, en especial si se respeta mi figura de autoridad.
 
Al igual que el silencio, la ausencia también tiene gran poder.
¿Recuerda cuando jugaba al juego de la confianza cuando era
niño? Su amigo se paraba detrás de usted, y usted debía dejarse
caer hacia atrás y confiar en que su amigo lo atraparía. Daba un
poco de miedo. La ausencia de su amigo, si no lo atrapaba, podía
significar una lesión. Un padre que le da la espalda al abuso sexual
está ausente cuando más se lo necesita. El resultado será un
profundo daño. La ausencia emocional de un cónyuge hiere
profundamente. Por otro lado, el rechazo a unirse a un grupo de
violentos es una ausencia poderosa y positiva para el que está
siendo atacado.
 
Otro tipo de poder que algunas personas ejercen es el económico.
El dinero puede comprar muchas cosas en este mundo, y el poder
es una de ellas. Ese poder puede usarse con sabiduría y gracia, o
puede usarse para manipular, controlar y atemorizar.
 
El poder espiritual es otro tipo de poder que puede ser peligroso a
menos que se ejerza en obediencia a Dios. Esta forma de poder se
usa para controlar, manipular o intimidar a otros para que satisfagan
nuestras propias necesidades o las necesidades de una
organización en particular, a menudo mediante el uso de palabras
envueltas en un vocabulario y conceptos espirituales que suenan
agradables.
 
Finalmente, nuestras culturas, familias, tribus, comunidades
seculares y religiosas, y naciones tienen un enorme poder para
moldear nuestras mentes y vidas. La cultura es como el oxígeno,
siempre está allí, pero no la vemos; simplemente es lo que es.
Experimentar una cultura diferente de adoración, comida o
vestimenta puede ser sorprendente. La cultura puede ser muy
enriquecedora, pero también puede estar llena de arrogancia,
prejuicio y división, por eso, debemos prestar mucha atención y usar
nuestro poder y habilidades para ver y pensar antes de aceptar por
completo los mensajes de nuestra cultura.
 
A lo largo de este libro, analizaremos estos tipos de poder con
mayor profundidad. Por ahora, simplemente tenemos que entender
de dónde viene el poder y cuál es su propósito original. También
debemos ser conscientes de los tipos de poder que todos tenemos
en diferentes grados y que podemos usarlos o no ejercerlos para
bien o para mal. Finalmente, necesitamos ver cómo se usa el poder
dado por Dios para bendecir.
 
El poder es derivado
 
Dos pasajes de la Escritura guiarán nuestra comprensión del uso
piadoso del poder. En Mateo 28:18-19, Jesús declara: «… Toda
potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id…».
Jesús tiene toda potestad. Eso significa que cualquier poquito de
poder que usted y yo tengamos es derivado; somos enviados bajo
Su potestad. Jesús no nos da la potestad a nosotros; Él la retiene y
nos envía bajo Su potestad para llevar a cabo Su tarea a Su
manera. Cada gota de poder que usted y yo tenemos es un poder
compartido, dado por Aquel que lo tiene todo. No es nuestro. Es
Suyo. Él ha compartido con nosotros lo que es legítimamente Suyo.
 
¿Es usted poderoso verbalmente? El Verbo le dio ese poder. ¿Es
usted poderoso físicamente? El Dios poderoso,que derriba
fortalezas y sostiene el universo, le dio ese poder. ¿Tiene usted una
posición de poder? Proviene del Rey de reyes y Señor de señores.
¿Su poder se encuentra en su conocimiento o habilidad? El Dios
creador, cuyos caminos no se pueden descubrir, le dio ese poder.
¿Tiene usted poder emocional sobre otros? Ese poder proviene del
Consolador, el maravilloso Consejero. ¿Tiene usted gran poder
financiero? Si es así, apenas es una pequeña porción de Aquel que
posee todas las riquezas. Cualquier poder que usted y yo tengamos
es de Dios, y Él nos lo ha dado con el único propósito de glorificarlo
a Él y bendecir a otros. Si todo poder es derivado, entonces los
cristianos deberían ejercerlo con gran humildad. Somos criaturas, ni
más ni menos. Seguimos a Aquel que se hizo hombre. Jesús es
nuestro ejemplo de la humildad del poder.
 
En el segundo pasaje, vemos que cuando Jesús estuvo en la tierra,
dijo: «Ciertamente les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por
su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su Padre hace…»
(Juan 5:19, NVI). El estado del corazón del Padre que el Hijo
manifestó debe abundar en aquellos que lo seguimos. Nosotros
promocionamos nuestras propias enseñanzas, nuestros propios
escritos, nuestras propias organizaciones y reputaciones. Sin
embargo, Jesús no hizo nada por el estilo. Nosotros buscamos una
parte de la gloria y del poder para nosotros mismos. Él se humilló
ante Dios y los seres humanos, y se convirtió en siervo. Nosotros
buscamos construir nuestros pequeños reinos. Él vino a edificar el
reino del Padre. Dios nos ha confiado Su poder a nosotros, Sus
criaturas. El propósito del poder es bendecir. Si entendemos la
naturaleza del poder, tanto su fuente como sus peligros,
caminaremos en humildad delante de otros, porque nuestro Maestro
dijo que, si íbamos a ser líderes, si íbamos a guiar e impactar a los
demás, entonces debíamos servir. Antes de enviar a Sus discípulos,
Jesús dijo: «Miren mis manos. Miren mis pies…» (Luc. 24:39, NTV).
Estas son las marcas de Su humildad, la insignia de Su autoridad, la
evidencia visible de que vino a servir y no a ser servido. Los que lo
siguen, investidos con Su poder, deben seguir el camino de la cruz.
 
El poder viene de nuestros corazones
 
El poder piadoso comienza en el reino de nuestros corazones, se
expresa en la carne y luego se traslada al mundo. Cometemos el
error de ver el poder como una fuerza externa, pero el poder no se
trata de dirigir una iglesia, una parroquia, una institución o un país.
Es interno, no externo. El reino de Dios es el reino del corazón, no el
reino de nuestras iglesias, instituciones, misiones ni escuelas. Dios
construye Su reino, no el nuestro, y lo hace al ejercer autoridad
sobre el corazón humano en la medida en que esté lleno del Espíritu
de Cristo. Ese es el poder piadoso. Y cuando nuestro interior está
lleno del poder de Dios, llevamos vida, luz, gracia, verdad y amor a
todas nuestras tareas externas, ya sean grandes o pequeñas. El
reino de Dios crece, y Él es glorificado.
 
Cada vez que usamos el poder para lastimar o usar a una persona
de una manera que deshonra a Dios, fallamos en nuestro manejo
del regalo que nos ha dado. Cada vez que usamos el poder para
alimentarnos o elevarnos a nosotros mismos, fallamos en nuestro
cuidado de ese regalo. Nuestro poder debe ser gobernado por la
Palabra y el Espíritu de Dios.
 
Todo uso que no esté sujeto a la Palabra de Dios es un uso
incorrecto. Todo uso del poder que se base en el autoengaño,
cuando nos decimos a nosotros mismos que lo que Dios llama malo
es, en realidad, bueno, es un uso incorrecto. Recuerde, Adán y Eva,
hechos a semejanza de Dios, quisieron ser como Él y comieron lo
que Él había prohibido. El ejercicio del poder en la elección de «ser
como» Dios requería desobedecer a Dios. Por lo tanto, fue un uso
incorrecto del poder. El ejercicio del poder de un cargo para exigirles
demasiado a los obreros del ministerio «por el bien del evangelio»
también es un uso incorrecto del poder. Usar el poder emocional y
verbal para lograr nuestra propia gloria cuando Dios dice que Él no
compartirá Su gloria con nadie es un uso incorrecto del poder. El
poder del éxito o del conocimiento financiero usado para alcanzar
fines ministeriales sin integridad es un uso incorrecto del poder. Usar
el conocimiento teológico para manipular a las personas para lograr
nuestros propios objetivos es un uso incorrecto del poder. Explotar
nuestra posición en el hogar o en la iglesia para salirnos con la
nuestra, conseguir nuestros propios fines, aplastar a otros,
silenciarlos y asustarlos es un uso incorrecto del poder. Usar nuestra
influencia o reputación para que otros nos ayuden a alcanzar
nuestros fines es un uso incorrecto del poder.
 
No ejercer el poder frente al pecado, el abuso y la tiranía también es
un uso incorrecto del poder. Es pecado contra Dios, complicidad con
el mal que Él odia. Jesús afirma: «… “Les aseguro que todo lo que
no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo
hicieron por mí”» (Mt. 25:45, NVI). El silencio frente a dicho mal
puede ser un tipo de abuso de poder, ya que, al permanecer
callados frente al dolor de otra persona, anulamos el poder que Dios
nos da para decir la verdad. Dios nos pide que usemos nuestro
poder verbal y que abramos la boca por los que no pueden hablar,
por los que no tienen ese poder. La complicidad es la supresión del
poder que Dios nos ha dado y que debía actuar en Su nombre en
este mundo.
 
El poder piadoso es derivado; proviene de una fuente externa a
nosotros. Siempre se usa bajo la autoridad de Dios y en semejanza
con Su carácter. Siempre se ejerce con humildad, con amor a Dios.
Lo usamos primero como sus siervos y luego, como Él, como
siervos de otros. Siempre se usa con el objetivo final de darle la
gloria a Dios. Él se complace con su Hijo. Eso significa que nuestros
usos del poder deben parecerse a Cristo porque Él es el que le da la
gloria a Dios. Entonces, ¿cómo serviremos? Aquí hay tres historias
reales que me enseñaron lecciones duraderas sobre la belleza del
poder usado correctamente.
 
La primera historia tiene lugar en un pequeño pueblo de pescadores
en Brasil. Un pastor de allí me contó que todos los hombres de su
pueblo, no solo algunos, eran alcohólicos, maltratadores e
incestuosos. «No hay excepciones, Diane, ni la policía, ni el juez ni
los pastores». Me preguntó cómo podía ayudar a su gente. Al
principio, me quedé sin palabras; parecía no haber esperanzas para
su situación. ¿Cómo puede uno ser luz en un lugar así? Y luego lo
supe. Estaba parada junto a un hombre que llevaba la luz de
nuestro Dios en su interior. «Sé que es abrumador y que parece que
no hay esperanza —respondí—, pero Dios te puso aquí porque lo
conoces, y nadie en este pueblo ha visto una vida como la tuya con
tu familia. Ni siquiera saben que existe otra manera. Camina con
Cristo, honra a tu esposa, bendice a tus hijos, y Dios iluminará su
camino a través de ti y despertará el hambre por tu forma de vida en
otros». No quería sugerir de ninguna manera que la tarea que Dios
había puesto delante de él iba a ser fácil. Con la esperanza de
alentarlo, continué: «La tarea será difícil, muy lenta y requerirá
mucho sacrificio, pero hay esperanza. No está en ti. Esa esperanza
es Cristo en ti en este lugar oscuro. Por el poder de Dios en tu vida,
puedes demostrar, en la carne, la vida de un hombre que no abusa
del poder. Cuanto más bebas de Cristo, de ti fluirá Su agua viva, que
finalmente cambiará el panorama del pueblo».
 
La segunda historia tiene lugar en una conferencia para mujeres
árabes donde hablábamos sobre el trauma y sus efectos. Muchas
de estas mujeres eran víctimas del poder abusivo. Al final de mi
charla hubo un momento para realizar preguntas. Una mujer dijo
esto: «Me crie en un hogar cristiano. Mi padre golpeaba a mi madre
y a sus hijos de manera horrible. Ahora estoy casada y tengo hijos.
Cuando vamos a visitar a mis padres y los niños hacen algo que a
mi padre no le gusta, los golpeasalvajemente. Mi esposo y yo no
creemos que eso sea de Dios y no tratamos así a nuestros hijos.
¿Puede decirme qué hacer?».
 
Cuando viajo, soy muy cautelosa a la hora de compartir cualquier
pensamiento negativo que tenga en cuanto a las normas y prácticas
de otra cultura. Incluso cuando me hacen preguntas directas, soy
cuidadosa con mis respuestas. Le pedí a esta mujer que me diera
un minuto para pensar porque sabía que, si decía la verdad, podría
terminar en violencia contra ella. Podrían echar y desheredar a ella y
a su familia. También sabía que, si no decía nada, iba a alentar su
complicidad en el mal que se les estaba haciendo a sus hijos, y Dios
ya había traído convicción a su vida. Y si me quedaba callada, yo
también iba a ser cómplice. Así que me detuve un momento para
orar y luego le dije que sabía que lo que estaba por decirle era difícil
y potencialmente amenazante para ella. Estuve de acuerdo en que
su padre les estaba haciendo daño a sus hijos y que ese no era el
camino de Dios. Para decirle la verdad a su padre, con respeto, ella
debía usar su poder para llevar la luz de Dios a ese lugar e invitar a
su padre a entrar en esa luz. Quedarse callada era enseñarles a sus
hijos que el comportamiento del padre era correcto, en lugar de
impío, y ser un ejemplo del silencio frente a las malas acciones.
También significaba ser cómplice de su sufrimiento. La sala estaba
muy quieta. Ella estuvo en silencio por un momento. Luego levantó
la cabeza y dijo: «Haré lo que es correcto delante de Dios con una
condición. Solo pido que las mujeres de esta sala se comprometan a
orar por mí». Ellas comprendieron el paso monumental que estaba
dando y le hicieron saber que orarían por ella. Yo sigo haciéndolo.
 
La tercera historia es sobre un hombre de gran poder. Hace unos
años, nuestro hijo trabajaba en Medio Oriente para un príncipe, un
miembro de la casa real. A mi esposo y a mí nos invitaron como
huéspedes del príncipe para que viéramos a nuestro hijo y
visitáramos el país.
 
Viajamos por una aerolínea lujosa, con asientos elegantes y comida
exquisita. Nuestro hijo nos recibió en el aeropuerto y nos llevó de
inmediato al palacio a conocer al príncipe. Yo, una mujer, iba a
entrar en una sala llena de hombres árabes. Cuidadosamente
repasé el protocolo con nuestro hijo, quien nos indicó que
esperáramos en la puerta para ser recibidos y que no habláramos
primero. El príncipe iba a permanecer sentado. «No extiendan la
mano —dijo—. No se sienten hasta que se lo digan y siéntense en
donde les indiquen». Según mi hijo, ninguna otra mujer había estado
en esa habitación. Él pasaba casi todas las noches allí, así que
sabía.
 
Cuando llegamos, nos escoltaron al palacio y nos llevaron al lugar
de reunión. En la sala había unos quince hombres árabes vestidos
de gala. Con mi esposo esperamos en la entrada. Cuando nos
indicaron, entramos. Ni bien lo hicimos, el príncipe se puso de pie,
se acercó de inmediato hacia nosotros y me tendió la mano con
cordialidad. Me saludó por mi nombre, se presentó con su nombre
de pila y me mostró el asiento a su derecha. Los otros quince
hombres siguieron su ejemplo. Hicieron lo que su príncipe hizo. Nos
honraron grandemente y nos recibieron con amabilidad.
 
Este hombre habría estado en su derecho si seguía el protocolo. De
hecho, se arriesgó a las críticas y a la pérdida de respeto por romper
las reglas sociales. Eligió juntar su poder y usarlo para derramar
bendición, lo que continuó haciendo todo el tiempo que estuvimos
allí. Él ejemplifica a una persona con mucho poder que no se aferra
a la gloria, sino que busca usar ese poder para bendecir a otros.
 
Estas historias nos ayudan a imaginar cómo Dios quiere que
ejerzamos nuestro poder. Creo que Él quiere que lo usemos como
bendición, para bendecir, a modo de sacrificio, a través de la cruz.
 
El pastor brasileño que vive con sacrificio en ese pueblo costero —
un hombre, una familia, llenos de la luz del amor de Cristo,
iluminando un mundo extremadamente oscuro— encarna en su vida
lo que Jesús hizo en la suya. El Rey de reyes se hizo hombre, finito
y habitó en tiempo y espacio. Estaba lleno de luz y amor, y ministró
uno por uno y siempre fue fiel al Padre.
 
La encantadora mujer árabe que vive con sacrificio, que trajo luz y
amor cuando se enfrentó al poder con la verdad y rechazó la
complicidad con el mal hecho en nombre de Dios, bendice a su
padre con una invitación firme pero respetuosa a ir a la luz. Bendice
a sus hijos, porque ellos verán y conocerán una nueva manera y
entenderán que esa cultura, incluso la llamada cultura cristiana, a
veces no sigue a Cristo. Ella será como Jesús, quien declaró la
verdad a los líderes religiosos y enfrentó a los que agobiaban a los
pequeños.
 
Y el amable jeque quien, por amor a nuestro hijo, bendijo a mi
esposo y a mí, se paró frente a esas divisiones que protegen su
nombre y estatus, y nos invitó a sentarnos a su derecha para ser
servidos y recibir honor de aquel al que fuimos a honrar, nos dio una
muestra pequeña pero valiosa del Señor del cielo y la tierra que está
sentado en el trono. Este príncipe terrenal, que inspiró asombro en
mí al atravesar la posición, la tradición, la cultura, el género y al
prepararse para saludarme con su mano derecha, me recuerda del
asombro que debo tenerle a mi verdadero Señor, quien, a un costo
sin medida, cruza las barreras de la posición más alta y del pecado
y la muerte para darme la bienvenida a la diestra del Padre.
 
Es mi oración que, a medida que pensamos juntos en el poder que
Dios nos confiere, dejemos que Su luz brille mientras estudiamos y
prestamos atención. Que nosotros, Sus hijos, podamos ver con
claridad la verdad sobre el poder terrenal y no seamos seducidos.
Que no nos engañemos a nosotros mismos ni a otros en cuanto a
cualquier uso del poder que no esté bajo la autoridad de Aquel que
tiene todo el poder. Que vivamos en lugares oscuros e iluminemos
con la luz de Cristo los abusos a nuestro alrededor, incluso si
suceden en nuestros círculos. Que podamos hablar con los que
aplastan a los pequeños de Dios o despojan a las personas en sus
iglesias. Y que, así como nuestro Señor, podamos dejar a un lado
todo poder terrenal para cruzar divisiones, salirnos de posiciones
elevadas y alcanzar con amor a los vulnerables, cuyo poder es
pequeño o ha sido pisoteado, y que podamos bendecir a medida
que avanzamos.
dos
 
La vulnerabilidad y el poder
 
Somos criaturas frágiles y finitas. Ya sea que uno se siente en el
trono del Imperio romano o en el asiento papal, dirija una
organización lucrativa o pastoree una megaiglesia, sea un
inmigrante indocumentado o un bebé recién nacido, todos somos
vulnerables, todo el tiempo. No hay excepciones. Ser vulnerable
significa que nos pueden herir. Así como el poder puede lastimar o
bendecir, la vulnerabilidad expone a los humanos a ser bendecidos
o heridos, al bien y al mal. La vulnerabilidad y el poder están
entrelazados, se juntan en una danza que, a veces, es hermosa y, a
veces, destructiva. Esta relación compleja se comprende poco y rara
vez se discute.
 
¿Recuerda a nuestra niña recién nacida? Ella es la esencia de la
vulnerabilidad. No puede hacer nada por sí sola y depende
enteramente de los adultos que la cuidan. Cómo ellos usan su poder
no solo influye en ella, sino que también nos dice algo sobre ellos. Si
valoran a esta pequeña, entonces incluso cuando no satisfagan sus
necesidades ni honren sus preferencias, ella estará protegida,
segura, nutrida y amada. Si no la cuidan o si explotan su
vulnerabilidad, ella morirá o crecerá torcida de una manera poco
saludable. Su uso de poder determina si ella vivirá o morirá y cómo
crecerá. No es difícil para nosotros entender la vulnerabilidad de un
recién nacido.
 
Sin embargo, las dinámicas son complicadas. Supongamos que
nuestra recién nacida, Sara, era la primera hija de una adolescente
de dieciséis años que creció sin una buena crianza y no tiene idea
de quién es su padre. Sara vivía con su madre, que consumía
drogas,en un vecindario violento. Había muchos hombres que
entraban y salían de su casa. De hecho, Sara es hija de uno de
esos hombres, hija de una violación. Si volvemos a la historia de su
madre, encontraremos una historia larga de explotación de la
vulnerabilidad, en lugar de protección: generaciones de personas
que necesitaban seguridad y cuidado y nunca los recibieron,
generaciones de humanos creando a otros a su imagen, no solo
físicamente, sino de muchas otras maneras. Aunque fueron creados
a imagen de Dios, esa imagen nunca ha sido nutrida por alguien que
se preocupa por ellos de la manera en que Dios lo hace. Cuando se
nubla la imagen de Dios, es fácil para nosotros tratar a esas
personas como «inferiores». Solo conocen dos maneras de usar el
poder: para protegerse a sí mismos (porque son vulnerables) y para
explotar a otros (porque son vulnerables). A menudo, la explotación
se parece a la autoprotección.
 
En la situación de Sara, la vulnerabilidad es de lo más obvia, pero
ese no siempre es el caso. Juan es multimillonario, fue educado en
una escuela prestigiosa, se casó, tiene dos hijos y es el director
ejecutivo de una empresa enorme. Tiene una gran cantidad de
poder sobre muchas vidas. Pero en su interior acecha una
vulnerabilidad que se esfuerza por esconder, incluso de él mismo.
Juan creció con un padre muy rico que rara vez estaba presente de
manera física o emocional. Este padre humillaba a Juan y a su
hermano con frecuencia, atacaba sus capacidades, personalidades,
logros y apariencias. La madre de Juan era callada y temerosa, y
siempre intentaba apaciguar a su marido. Así que estos niños se
sumergieron en la explotación y el abuso de su vulnerabilidad en
lugar de experimentar la seguridad dentro de ella. Ellos también
estuvieron desprotegidos.
 
La respuesta de Juan a este abuso es perseguir el poder y
protegerse de la vulnerabilidad. Su miedo a ella lo lleva a humillar,
condenar y controlar a las mujeres. Lo hace con sus empleadas, con
su esposa y con su hija. También tiene una vida secreta visitando a
trabajadoras sexuales, a quienes trata con desprecio y rabia. Él no
entiende por qué no puede detener esos comportamientos. Juan es
vulnerable y está herido, y lo sobrelleva buscando el poder,
abusando de él y, a su vez, dañando a las personas vulnerables de
su mundo.
 
A menudo pensamos que la vulnerabilidad es «debilidad», como si
hubiera alguna falla en la persona que es vulnerable. Sin embargo,
todos somos vulnerables en lo físico. No importa cuánto poder
tengamos, inevitablemente moriremos. Muchos de nosotros
tendremos que enfrentar una o dos enfermedades antes de partir.
Las personas que lideraron grandes ejércitos y que eran muy
temidas están muertas. Con el tiempo, algo les sobrevino. Usted
nunca, ya sea por inteligencia, logros, sede del poder, respeto o
cualquier otra cosa, podrá dejar de ser vulnerable. Bienvenido a la
raza humana.
 
No obstante, la vulnerabilidad también es un regalo. No deseamos
ser susceptibles a los muchos peligros de nuestro mundo caído,
pero si no corremos riesgos, nos perdemos muchos aspectos
maravillosos del mundo de Dios. Cuando era niña, me encantaba
patinar sobre hielo, pero nunca habría disfrutado la experiencia
maravillosa y emocionante de moverme sobre el hielo si no hubiera
estado dispuesta a caerme. Me encantaba treparme a los árboles…
muy alto y vulnerable otra vez a la caída. Si no hubiera asumido
esos riesgos, me habría encerrado y no habría podido realizar las
actividades que me daban alegría.
 
Estar abierto al amor de otra persona y dar amor a cambio es
arriesgarse a ser herido y rechazado. Cuando uno ofrece amor a
otro ser humano, se expone a la posibilidad de una traición.
Pregúntele a cualquier padre que sufre porque su hijo amado se ha
descarriado. Sin embargo, no amar porque lo vuelve vulnerable le
robará la risa, el compañerismo, los logros juntos y la unidad del
corazón. El amor entre buenos amigos es algo bello y maravilloso.
También es riesgoso porque aumenta la capacidad de ser herido.
De hecho, cuanta más gente ame, más vulnerable se volverá a ser
herido. Aun si todas esas relaciones van bien, es probable que
algunas personas que ama mueran antes que usted, y su
vulnerabilidad se convertirá en un gran dolor.
 
Casarse es ser vulnerable al abandono, la traición y la crítica de la
persona a la que se entregó. Tener hijos es ser vulnerable, porque
pueden brindarle una gran alegría o una tremenda tristeza. Hablar
en público, enseñar, dirigir, todas estas cosas nos dejan expuestos a
la crítica o al fracaso. Cuidar a pacientes enfermos es ser
vulnerable, ya que usted mismo podría enfermarse. Es posible que
sea un médico brillante y consumado, pero si trata a personas con
COVID-19, se vuelve muy vulnerable.
 
Muchos de nosotros nos esforzamos para no ser vulnerables. Sin
embargo, somos sabios si vemos nuestra vulnerabilidad como un
regalo de bienvenida que debe ser protegido y no expuesto
indiscriminadamente. No siempre tendremos esa opción, dado que
quienes violan y explotan no suelen pedir permiso. No obstante, si
no reconocemos nuestra vulnerabilidad, limitamos nuestra
capacidad de elegir bien cuando podemos elegir. Si la persona que
lo lleva en auto a su casa ha estado bebiendo, usted elige no
volverse vulnerable al manejo de esta persona ebria y busca a
alguien más que lo lleve a casa. Si necesita una cirugía, no se pone
en manos de un líder de una pandilla. Busca al mejor cirujano
posible. Si hay un acosador en el vecindario, usted se esfuerza por
proteger a sus hijos y a otros de ese acoso y hace lo que puede
para detenerlo.
 
Existen muchas situaciones en la vida en las cuales no es sabio
exponer nuestra vulnerabilidad. Muchas personas no se dan cuenta
de eso. Si crece sin haber experimentado una relación segura, su
capacidad para juzgar la seguridad está sumamente en riesgo.
¿Cómo reconocerá algo que nunca ha visto? Esa falta de
comprensión puede llevar a años de relaciones abusivas, o
generaciones de ellas, porque nunca se ha entendido, protegido ni
valorado la vulnerabilidad. Cada nueva relación conlleva la
esperanza de que esta persona alimentará su alma hambrienta,
pero sin el conocimiento que se necesita para leer las señales, es
posible que esté mirando al próximo donjuán y no se dé cuenta de
que es hora de correr.
 
La verdad es que la vulnerabilidad siempre está allí. Podemos usar
el discernimiento sobre qué hacer cuando está expuesta, algunas
veces; podemos protegernos a nosotros mismos y a otros cuando
sea prudente hacerlo, si podemos. También podemos ser
conscientes de las vulnerabilidades de los demás y caminar
suavemente en su presencia; pero vivir, amar o tener compasión es
exponernos al daño, a la explotación y a la traición. Evitar vivir o
amar no nos protegerá, ciertamente no de la muerte, pero sí nos
asegurará una vida hambrienta, sin mencionar que no nos
pareceremos en nada a nuestro Señor, quien se volvió vulnerable
por nosotros.
 
La vulnerabilidad y la explotación
 
Nuestra capacidad de ser heridos es una constante.
Lamentablemente, a menudo nuestra respuesta colectiva cuando
alguien está herido es culparlo. Si no hubiera hecho _____ (acción),
entonces quizás_____ (consecuencia) no habría sucedido.
 
Una estudiante universitaria decide salir con dos amigas el fin de
semana. Van al lugar de moda donde se juntan muchos estudiantes.
Toma un trago, luego pide varios más. Con una clara embriaguez,
se levanta para irse, pero no puede caminar derecha. Corre peligro
de caerse o desmayarse. Otro estudiante se acerca y le dice que la
acompañará a su habitación. Ella está vulnerable.
 
Pueden surgir dos escenarios diferentes. El estudiante podría
ayudarla a regresar a su habitación, asegurarse con cuidado de que
no se caiga o salga a la calle y notificar a alguien en su residencia
sobre su condición y su necesidad de atención. O podría sacarla del
restaurante, llevarla a un lugar solitario, violarla y dejarla allí.
Cuando finalmente ella se despierte de los efectos del alcohol,se
encontrará desaliñada, expuesta y tendida sola en el suelo.
 
¿Qué tipo de respuesta tenemos frente a estos escenarios? En
primer lugar, es probable que pensemos que la joven fue imprudente
y se arriesgó a ser herida por ella misma o por otra persona. Se
volvió muy vulnerable, seguramente sin siquiera pensar en las
posibles consecuencias. Esas evaluaciones serían acertadas. Ella
aumentó su nivel de vulnerabilidad y quedó desprotegida y expuesta
al daño en muchos niveles. Quizás haya razones, desconocidas
para nosotros, detrás de su consumo de alcohol esa noche que
provocarían empatía, en vez de juicio, hacia el dolor que estaba
medicando. Suponga que había regresado a la universidad después
de enterrar a su madre; entenderíamos su dolor.
 
En el primer final de esta historia, observamos que el joven fue
amable y considerado al ayudarla a regresar de forma segura.
Donde ella había quedado vulnerable de manera imprudente, él
intervino y la protegió. Consideraríamos sus acciones honorables.
Sus acciones hacia ella nos demuestran su carácter. Él ejerció
poder sobre su vulnerabilidad y se reveló como una persona segura,
amable y responsable.
 
El segundo escenario puede provocar diferentes respuestas.
Muchos supondrán que si la joven no se hubiera emborrachado, no
habría sido violada. Algunos irán más lejos y sugerirán que «los
chicos son chicos», alegando que ella debería haber sabido esto
antes de ponerse en una situación en la que un joven claramente no
iba a poder contenerse. O algunos incluso podrían decir que ella
quería tener sexo en primer lugar y que ahora quiere negar su
deseo y llamarlo violación. Esas respuestas nos presentan un
problema importante: son la antítesis de la Escritura. ¿Recuerda a
nuestra recién nacida? Su vulnerabilidad expone el corazón de sus
cuidadores.
 
Hace muchos años, di una clase de seminario sobre abuso sexual
por parte del clero. En un momento de la charla, dije: «Como
pastores, siempre tendrán el poder en las relaciones con los
congregantes. Ya sea que se sientan poderosos o vulnerables, en
un momento dado, ustedes son los que tienen el poder en esa
relación. Sus palabras y acciones tienen autoridad. Si una mujer
viene a verlos para recibir consejería sobre su matrimonio y un día,
confundida y buscando atención, se para y se desviste delante de
ustedes, lo que suceda después depende enteramente de ustedes.
Lo que ella ha hecho nos dice algunas cosas sobre ella, seguro;
pero lo que ustedes hacen en respuesta nos habla de ustedes, nos
dice cómo se comportan en presencia de una vulnerabilidad sin
restricciones». El aula estaba muy silenciosa.
 
La explotación de la persona vulnerable nos habla del explotador, no
de la víctima de esa explotación. ¿Cómo puedo decir eso con tanta
certeza? Escuche la Palabra de Dios: «… lo que del hombre sale,
eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los
hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las
fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades,
el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la
insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al
hombre» (Mar. 7:20-23). En esencia, Marcos está diciendo que lo
que sale de una persona expone el corazón de esa persona.
«Contaminar» es manchar, pervertir, profanar (hacernos impíos).
Nos contaminamos con nuestros propios pensamientos, palabras y
acciones. Para decirlo sin rodeos, nos ensuciamos.
 
Y luego, por supuesto, recurrimos al engaño para redefinirnos,
renombrarnos y protegernos. Decimos: «Yo no lo hice, fue culpa de
alguien más». Nos engañamos a nosotros mismos y, a su vez,
trabajamos para engañar a otros. El joven del segundo escenario
hará esto con respecto a haberse aprovechado de la joven. «Tuve
sexo con ella porque ella…». Si se denuncia la violación, es posible
que él tenga amigos y familiares que apoyen su punto de vista. Las
malas decisiones y el etiquetado incorrecto de las explotaciones de
la vulnerabilidad de otra persona causan más daño a nosotros y a
los demás. La verdad es que nuestra respuesta a la vulnerabilidad
habla de nosotros y solo de nosotros. Lo que «sale de nosotros»
frente a la vulnerabilidad estuvo allí todo el tiempo. La vulnerabilidad
de otra persona solo ha expuesto la verdad sobre nosotros.
 
Aquí la historia debería resultar familiar. Adán y Eva fueron creados
a semejanza de Dios, quien les dio poder con el fin de bendecir.
También se les dio a elegir entre confiar en Dios como preeminente
o confiar en sus propios pensamientos y deseos. Dada esa elección,
vemos que incluso en un mundo perfecto, los humanos fueron
vulnerables, susceptibles de «no elegir a Dios». Dios no creó
autómatas; Él quería humanos de carne y hueso que pudieran elegir
amar. La capacidad de amar nos vuelve a todos vulnerables…
incluso a Dios. Al crearnos de esa manera, se expuso al fracaso y a
ser herido. ¡Y sí que ha sido herido! El engañador tergiversó las
palabras de Dios, y Sus amadas criaturas eligieron creer ese
engaño. Lo que siguió fue más engaño y culpa.
 
Al igual que nuestros primeros padres, nosotros también tenemos
decisiones sobre nuestra propia vulnerabilidad. Algunos de nosotros
no estamos todavía al tanto de ese hecho, lo que nos vuelve aún
más vulnerables. Algunos están decididos a verse a sí mismos
como una fortaleza inexpugnable, lo cual también es peligroso.
Otros nunca han conocido la protección y la seguridad y nunca han
aprendido a tomar decisiones sabias con respecto a su
vulnerabilidad. A medida que luchamos, tenemos que darnos
cuenta, con el tiempo, de que nuestra vulnerabilidad es parte de ser
humanos. Además, debemos reconocer que podemos tomar
decisiones para servirnos a nosotros mismos o tomarlas bajo el
gobierno de nuestro Dios. Si no lo tenemos en cuenta, seguramente
fallaremos en protegernos a nosotros mismos y a los demás de
manera sabia; usaremos nuestro poder de manera incorrecta. Y en
cualquier debacle que creemos para nosotros o para otros, es
probable que respondamos con engaño y culpa.
 
Cada vez que nos enfrentamos a la vulnerabilidad de un recién
nacido, un adolescente confundido, una persona hambrienta de
amor y atención que busca en todos los lugares equivocados, o una
persona enferma, débil o discapacitada, lo que sale de nosotros nos
habla de nosotros. ¿Somos compasivos, protectores? ¿O somos
explotadores y nos alimentamos de los vulnerables para satisfacer
nuestras propias necesidades?
 
Jesús se vuelve vulnerable por nosotros
 
Jesús marca el camino al enseñarnos sobre la vulnerabilidad, el
engaño y el poder. En Filipenses 2:7, se nos dice que Jesús vino en
forma de hombre. ¿Cómo vienen los humanos? Vienen como
nuestra pequeña recién nacida. Cuando Aquel que tiene todo el
poder vino como alguien que no tenía ningún poder, dejó a un lado
lo que Él era y asumió lo que no era. Llevó nuestra vulnerabilidad en
Su carne. «… Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un
pesebre» (Luc. 2:12). Jesús entró en nuestra vulnerabilidad. Aquel
que vistió el universo tuvo que ser alimentado y vestido. Su familia
tuvo que huir como refugiados a causa de Él. Tuvo que comer,
trabajar, aprender y relacionarse. Tuvo que aprender a sortear el
odio, el miedo, la crítica y el rechazo. También tuvo que tomar
decisiones para protegerse a sí mismo. En Lucas 4, leemos que las
personas echaron a Jesús de la ciudad, lo llevaron a un precipicio e
intentaron lanzarlo. De algún modo, Él pasó por en medio de la
multitud y escapó. Se protegió a sí mismo, tomó la decisión de
hacerlo. Es importante que reconozcamos que no está mal
protegernos a nosotros mismos cuando estamos vulnerables.
 
Jesús también protegió a otros cuando estaban vulnerables. En
Juan 8, los líderes religiosos arrastraron a una mujer sorprendida en
adulterio y la pusieron delante de Jesús para probarlo.
(¡Curiosamente, se «olvidaron» de llevar al hombre!). Los líderes
religiosos dijeron que Moisés había ordenado que se apedreara a
esa persona. Lo que Moisés en realidaddijo en Deuteronomio 22:24
es que se debía apedrear a ambas partes. Los líderes no estaban
siguiendo sus propias Escrituras. La mujer estaba en una situación
vulnerable y, en respuesta, Jesús la protegió.
 
Jesús asumió la vulnerabilidad cuando se hizo humano. No
podemos tener uno sin el otro. También sabemos que, al final, no se
protegió en absoluto. Se entregó a los lobos devoradores, quienes
vilmente abusaron de su poder para aplastarlo. Él lo hizo por
nuestro bien. Tenía la opción de protegerse a sí mismo en cada
momento. Jesús dijo: «… Mi reino no es de este mundo; si mi reino
fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera
entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí» (Juan 18:36).
¿Por qué hizo esto? ¿Por qué no se aprovechó del poder que era
legítimamente Suyo? Al haber asumido nuestra vulnerabilidad, nos
rescató de nuestra propia autodestrucción. ¿Por qué? «… siempre
hago lo que le agrada [al Padre]» (Juan 8:29, NVI). Él hizo lo que
Adán y Eva no pudieron hacer. Ellos se inclinaron ante el engaño e
hicieron lo que les pareció agradable. Jesús se inclinó ante el Padre
e hizo lo que al Padre le agradaba. Obedeció la ley: amar a Dios con
todo el ser y con todo lo que se tiene; hacer que ese amor sea
preeminente sobre todo lo demás sin importar lo que pase. Eso
estuvo siempre detrás de Sus acciones. Por eso se protegió a sí
mismo. Por eso protegió a otros. Y por eso nos ha protegido
eternamente.
 
Usted y yo luchamos por entender nuestras propias vulnerabilidades
y por manejarlas de manera sabia. Luchamos por no culpar a las
circunstancias ni a otras personas cuando nuestros corazones se
ven expuestos. Luchamos por comprender nuestras relaciones con
los demás y sus vulnerabilidades. Luchamos por saber cómo
podríamos responder o dónde corremos el peligro de explotarlos.
Luchemos por llevar la semejanza de Dios en nosotros y hagamos
siempre lo que le agrada al Padre. No existe una fórmula. A menudo
nos equivocaremos, pero seguimos a Aquel que se hizo semejante
a nosotros para que nosotros pudiéramos llegar a ser como Él: hijos
vulnerables del Dios Altísimo, quien se volvió vulnerable por
nosotros.
 
tres
 
El papel del engaño en el abuso del poder
 
¿Por qué los seres humanos se dejan llevar con tanta facilidad para
abusar del poder? Se nos otorgó poder para que pudiéramos hacer
el bien, pero ¿por qué lo utilizamos tan a menudo para hacer el mal?
El engaño parece ser un factor clave que nos conduce a usar el
poder para tomar lo que no es nuestro y lo que traerá muerte.
Cualquier estudio sobre el abuso del poder también incluye un
estudio del engaño, primero de uno mismo y, luego, de los demás.
 
Volvamos a ese primer engaño. Génesis 3:1 dice que «… la
serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que
Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os
ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?». Modificó lo que
Dios había dicho y llevó la palabra de Dios más allá de los límites
que Él había establecido. Eva captó el primer engaño y dijo: «… Del
fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del
árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni
le tocaréis, para que no muráis» (vv. 2 y 3). Observe que Dios no
había dicho nada sobre tocar el árbol. La propia Eva tergiversó las
palabras de Dios incluso cuando intentó corregir el engaño de la
serpiente.
 
El maestro del engaño le dijo que no moriría, como si de alguna
manera eso no fuera lo que Dios había querido decir. Seguro que
ella debe haberlo malinterpretado. Lo que Él quiso decir, en realidad,
fue que si comían de él, sus ojos serían abiertos y serían como
Dios, sabiendo el bien y el mal. Dios creó a los seres humanos a Su
imagen, lo cual era algo glorioso, aunque eran diferentes a Él
porque desconocían el mal. Él protegió a los vulnerables, a los que
no estaban preparados para conocer el mal, para que
permanecieran sin ser dañados por él. También creó una opción
para ellos. En medio del bien abundante, Dios señaló lo tóxico y los
invitó a elegirlo a Él por sobre todas las demás cosas. Esa invitación
era la elección de inclinarse reiteradamente ante Dios. Esa
inclinación los cambiaría, los fortalecería y aumentaría su
semejanza a Él. Eva fue seducida por este argumento y eligió creer
la versión de la serpiente de las palabras de Dios en lugar de creerle
a Dios mismo. Ella aceptó lo que pensó que era bueno, hermoso y
le daría sabiduría. Creyó la versión de alguien que no era Dios y
emitió un juicio basado en apariencias externas y, por lo tanto, fue
engañada y herida. Ingirió la toxina y se alejó del Dios que la
amaba.
 
Nosotros también nos engañamos cuando ingerimos lo que nos
hace daño y etiquetamos lo que hacemos como bueno para Su
Iglesia, o incluso para protegerla. Juan, el amado de Cristo, escribió
una carta hacia fines del siglo i porque estaban engañando a los
creyentes. Les escribió sobre la luz y las tinieblas, la verdad y el
error, la justicia y la iniquidad, la vida y la muerte. En 1 Juan 1:5-10,
él expresa que podemos estar seguros de que conocemos a Dios si
lo obedecemos. Podemos afirmar que lo amamos, pero si
aborrecemos a alguien o lo consideramos «inferior», somos
mentirosos. Podemos decir que lo amamos, pero si nos inclinamos
ante algo que no sea Dios para satisfacer nuestra hambre,
ingerimos toxinas para nuestras almas. Podemos decir que amamos
a Dios, pero si consideramos inferiores a las víctimas de abuso o a
las personas de otra raza o etnia, dejamos en claro que somos
mentirosos y que la verdad no está en nosotros. Estamos
engañados.
 
Juan añade que no debemos amar al mundo ni a las cosas del
mundo. No debemos entregarnos a alcanzar el éxito que se mide
por resultados terrenales, incluso en el contexto de la iglesia. Nos
debe gobernar el amor y la obediencia a Jesucristo sin importar el
resultado. Juan menciona los deseos de cosas materiales como las
riquezas, las propiedades y los números. Habla del anhelo de lo que
vemos o imaginamos en el futuro, de lo tangible. Por último,
menciona el orgullo que tenemos por nuestros logros o posiciones.
Juan señala que el amor por el estatus y las cosas externas y
terrenales es un indicador de que el amor del Padre no habita en
nosotros. Estas son las cosas que nos seducen con tanta facilidad,
incluso en la cristiandad.
 
Como pueblo de Dios, somos susceptibles de ser engañados por lo
que vemos, lo que anhelamos y lo que llamamos bueno. Somos
demasiado generosos con la confianza que nos tenemos y estamos
dispuestos a darnos el beneficio de la duda. Comenzamos por
etiquetar las cosas de forma incorrecta. Eva lo hizo. Cuando se le
preguntó sobre el árbol, ella dijo que si comían de él o lo tocaban,
seguramente morirían. Dios no había dicho nada sobre tocar el
árbol. En esa afirmación, ella ya había abandonado la verdad por el
engaño. Había tomado lo que Dios había dicho y le había añadido
algo. A menudo, les cambiamos el nombre a las cosas cuando les
agregamos algo que Dios nunca quiso.
 
Tergiversamos la Palabra de Dios añadiéndole cosas. Decimos que
el amor de Dios requiere una lista de reglas y que si no las
seguimos, lo desobedecemos. Jesús les habló con dureza a los
fariseos por hacer exactamente eso. «Atan cargas pesadas y
difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres;
pero ellos ni con un dedo quieren moverlas» (Mat. 23:4, RVR1995).
Les decimos a las víctimas de abusos atroces y que han alterado
sus vidas que simplemente perdonen y olviden. El perdón de
cualquier mal, especialmente de uno que destruye la vida de una
persona, nunca incluye la simple tarea de «solo hágalo». Nuestras
mentes tampoco olvidan. Es de esperar que el tiempo y el esfuerzo,
y algún grado de sanidad, puedan modificar nuestra relación con
esos recuerdos. Pero ¿olvidar? ¿Quién olvida haber sido violado o
que sus huesos hayan sido aplastados por aquél al que llama
marido o haber sido vendido por aquel al que llama papá? Es fácil
tergiversar la verdad de Dios antenosotros mismos y ante los
demás. Eva se lo hizo a sí misma, y después compartió su engaño
con Adán, y él también se engañó a sí mismo. Nos convencemos a
nosotros mismos, y a veces a otros, de que estamos haciendo el
bien cuando no es así. Los hacemos partícipes de nuestros
engaños. Así nos sentimos validados en nuestras decisiones. Sin
embargo, faltaba una voz significativa en estas decisiones. El
profeta Jeremías cita a Dios: «… Por causa del engaño rehúsan
conocerme…» (Jer. 9:6, NBLA). ¿No es lo mismo que hicieron Adán
y Eva: ignorar la voz de Dios? ¿No es lo que hacemos nosotros?
 
Autorizamos el uso fraudulento de millones de dólares «para Dios»
sin preocuparnos por aquellos a quienes les mentimos. Toleramos la
intimidación en la dirección de una organización «cristiana» porque
«así es esa persona». Protegemos a un líder juvenil talentoso
porque la cantidad de personas está aumentando, a pesar de que
varios se presentaron y hablaron de los abusos de forma vacilante.
Les decimos a los niños y niñas que el pastor, el instructor o el líder
de la familia de la iglesia no pudo haber tenido una intención sexual.
Al pasar por alto lo que nos hace daño, nosotros, como los
israelitas, nos negamos a reconocer a Dios. En vez de buscar la voz
de Dios cuando nos sentimos atraídos hacia el engaño, aceptamos
ser engañados por una «buena» causa y le añadimos el nombre de
Dios.
 
Jeremías dijo: «Más engañoso que todo es el corazón, Y sin
remedio; ¿Quién lo comprenderá?» (17:9, NBLA). Si toda la fuerza
de esta afirmación nos impactara, tendríamos miedo de salir de la
cama. La palabra hebrea que se usa para hablar del engaño incluye
significados como «insidioso», «astuto» y «poco confiable». Estas
definiciones me llamaron la atención después de un viaje a Ruanda.
Los niveles de engaño y el abuso total del poder en cualquier
genocidio son estremecedores, pero en este caso, la iglesia de
Ruanda fue lamentablemente cómplice del genocidio que se cobró
la vida de unas ochocientas mil personas. La iglesia quería pureza,
pero la búsqueda de ese tipo de «pureza» significaba desobedecer
a Dios de manera flagrante y odiosa. La iglesia compró el engaño de
que algunos ruandeses eran impuros y, por lo tanto, debían ser
erradicados. El engaño condujo a los que se llamaban a sí mismos
el pueblo de Dios a aplastar, deshumanizar y destruir a los seres
humanos creados a semejanza de Dios. Él los había llamado a ser
luz en el mundo y a exponer las obras de las tinieblas. En cambio,
ellos se perdieron en esas tinieblas y utilizaron las Escrituras para
«santificarlas».
 
El proceso del engaño
 
Aunque el fruto del engaño puede ser bastante evidente, el engaño,
por su naturaleza, es a menudo difícil de ver. Lo experimentamos
cuando alguien a quien veneramos es expuesto por años de abuso
sexual o fraude. Pensábamos que ante nosotros estaba una
persona honesta y buena, y no vimos las señales en el rastro de la
evidencia perceptible. ¿Cómo sucede algo así y por qué es tan difícil
de ver? Y cuando sale a la luz, ¿por qué estamos tan decididos a
negar la verdad y así engañarnos a nosotros mismos?
 
El engaño empieza con uno mismo, no con los demás. Así sucedió
con Satanás. Se engañó a sí mismo al pensar que podía y debía ser
como el Altísimo. Ahora trabaja para engañarnos, y nuestros
corazones falaces están dispuestos a asociarse con él en esta
tarea. Encontramos formas de decirnos cosas que no son ciertas
para creerlas y actuar en consecuencia, y así, evitar conflictos
internos. «Necesito sacar una buena nota en este examen. Si no lo
hago, no aprobaré el examen ni el curso. No puedo desaprobar
porque mis padres se sacrificaron para que vaya a esta escuela. Se
enojarán y se avergonzarán de mí. Me voy a copiar solo esta vez
por el bien de mis padres». Esa línea de pensamiento es una réplica
de lo que sucedió en el huerto. Haré esto por un buen propósito; por
lo tanto, es bueno. Comeré de este fruto para ser igual a Dios. Dios
quiere que me asemeje a Él. Me convencí, mediante el engaño, de
que hacer el mal está bien. He adormecido cualquier sentimiento de
miedo o culpa al engañarme a mí mismo y al llamar bien al mal. Las
mentiras más eficaces son las que contienen algo de verdad. He
trabajado con personas durante muchos años y he visto este patrón
reiteradamente. La gente se inocula a sí misma con un pensamiento
bueno para poder justificar el mal que está a punto de elegir, un
mecanismo común entre los seres humanos caídos.
 
Piense en esta descripción del engaño en relación con situaciones
en su propio mundo que incluyan abuso sexual, violencia doméstica,
malversación de fondos, infidelidad y diversas adicciones. Considere
también que cuando una persona se alimenta de la afirmación o del
éxito, o exige que los demás estén de acuerdo con ella, aparecen
otros engaños similares, aunque pueden ser comportamientos
menos evidentes. La tentación aparece, se suma el autoengaño o la
ilusión, se llama bueno a lo malo o, al menos, se lo justifica y, con el
tiempo, la elección se vuelve costumbre y el prisionero queda
atrapado, participando de forma activa y acercándose a la muerte.
Cada vez que llamamos verdad a una mentira, dañamos nuestra
capacidad de emitir juicios morales. Un personaje de The Thicket [El
matorral], de Joe R. Lansdale, dice: «Hasta cierto punto, encuentro
el pecado como el café. Cuando era joven, lo probé por primera vez
y me pareció amargo y desagradable, pero luego me empezó a
gustar cuando le agregaba un poco de leche y luego me empezó a
gustar solo». El pecado es así. Se endulza un poco con mentiras, y
luego uno puede beberlo directamente.¹
 
Cuando sale a la luz así, el engaño suena repugnante, y hasta
horroroso, pero aparece en nuestros ministerios y en nuestras vidas
de forma sutil, a veces incluso en bonitos paquetes. El engaño
puede esconderse fácilmente bajo la superficie de un alto puesto, un
gran conocimiento teológico, una habilidad verbal impresionante y
un excelente desempeño. De hecho, esas son herramientas del
poder que permiten a las personas vivir de manera engañosa y
ocultar el hecho de que lo están haciendo. Esos factores externos
se convierten en un motivo de engaño. Si el enemigo de nuestras
almas puede parecerse a un ángel de luz, desde luego que un ser
humano malvado, que, en realidad, lo está imitando, puede parecer
bien vestido, elocuente en la teología y hermoso al ojo humano.
 
Como escribí en un libro anterior, Suffering and the Heart of God [El
sufrimiento y el corazón de Dios]: «El autoengaño funciona como un
narcótico que nos protege de ver o de sentir lo que es doloroso para
nosotros».² Es fácil abusar de un narcótico que reduce el dolor. Con
el tiempo, nuestra capacidad para soportar el dolor, trabajar en él o
encontrar formas saludables de aliviarlo disminuye y dependemos
cada vez más del narcótico para sobrellevarlo. La crisis de opioides
en Estados Unidos es un ejemplo sorprendente de esta dinámica. Al
igual que los opioides, el engaño bloquea el dolor, nos ayuda a
relajarnos y a calmarnos porque, mediante él, «arreglamos» lo que
nos angustiaba. Además, nos volvemos buenos en lo que
practicamos. Cuanta más práctica tenemos en algo, más capaces
somos de hacerlo sin pensar de manera consciente. Se convierte en
un hábito y podemos hacerlo mientras pensamos en otras cosas.
Eso funciona muy bien para atarse los zapatos; es aterrador cuando
se trata de engañarnos a nosotros mismos y a los demás.
 
Jeremías afirma, en esencia, que nuestro engaño nos engaña. Al
igual que con un narcótico físico, cuanto más reiteradamente
utilizamos el engaño, más débil es nuestra capacidad de resistencia.
Una y otra vez, nuestro juicio se ve sesgado por las mentiras hasta
que el engaño se convierte en un hábito y el poder de reconocer y
elegir lo que es bueno muere. Esto es lo que sucede con alguien
que ha abusado sexualmente de niños. Si alguna vez esa persona
se sintió atormentada con respecto a sus acciones, hace tiempo que
ese tormento murió. Howard Thurman lo explica de esta manera:«El castigo del engaño es que uno se convierta en un engaño y
pierda por completo la capacidad de discriminar el bien del mal. Un
hombre que miente con regularidad se convierte en una mentira y
cada vez le resulta más imposible saber cuándo está mintiendo y
cuándo no».³
 
El engaño también es contagioso: se transmitió del enemigo a Eva,
a Adán y a nosotros. Nos empeñamos en creer lo que dicen las
personas que son importantes para nosotros: un hijo, un cónyuge,
un pastor. Podemos enterarnos de que un líder de la iglesia muy
querido ha abusado sexualmente de varias mujeres en la iglesia y,
como nadie quiere que eso sea cierto, saltamos en su defensa,
desesperados por probar que las acusaciones son falsas. El engaño
se convierte así en pensamiento de grupo. Usamos nuestro poder
colectivo para cerrar filas y proteger lo que deseamos que sea
verdad. El engaño crece hasta involucrar a muchas personas que se
han inyectado corporativamente el narcótico en lugar de enfrentarse
a la destrucción y al dolor que acompaña a la verdad. Así el engaño
se convierte en algo sistémico.
 
El poder dañino del engaño
 
Engañarnos a nosotros mismos y a los demás siempre conduce a la
muerte. Lea estas palabras del célebre escritor y sobreviviente de
Auschwitz, Elie Wiesel: «Me pellizqué. ¿Todavía estaba vivo?
¿Estaba despierto? ¿Cómo es posible que hombres, mujeres y
niños fueran incinerados y que el mundo guardara silencio? No.
Todo esto no podía ser real; una pesadilla, quizás. Enseguida, me
desperté de un sobresalto y le dije a mi padre que no podía creer
que los seres humanos fueran incinerados en nuestros tiempos. El
mundo nunca toleraría esos crímenes. “El mundo —dijo él—, el
mundo no se preocupa por nosotros. Hoy, todo es posible, incluso
los crematorios”».⁴
 
«Todo es posible», dijo el padre a su hijo de quince años mientras
estaban sentados en un campo de concentración. Es más, fue
posible que los seres humanos incineraran a los niños y adultos
vulnerables y que nadie los ayudara. Si miramos más atrás,
encontramos en Jeremías y en otros lugares que los israelitas
sacrificaron a sus hijos en el fuego. ¿Por qué? Para apaciguar a
Dios, para permanecer en Su buena gracia. Sacrificaron a sus hijos
al dios cananeo Moloc. En su pensamiento retorcido, hicieron lo que
el Dios de Israel les había prohibido hacer para ganarse Su favor,
para complacerlo. Los nazis no fueron los primeros en incinerar
niños. El pueblo de Dios lo hizo mucho antes.
 
Estuve en Auschwitz junto a esos hornos donde habían arrojado a
los niños y otras personas vulnerables. ¿Y por qué habían sido
arrojados allí? Por el bien de la «pureza». Para ser puros, debemos
deshacernos de ciertos tipos de seres humanos; debemos
silenciarlos, eliminarlos, porque son una amenaza para nuestra
pureza y nuestra prosperidad. ¡Un engaño desconcertante! Sin
embargo, ¿no es eso lo que hacemos cuando expulsamos de
nuestro entorno a las víctimas de abusos que dicen la verdad y las
etiquetamos como «alborotadoras»? ¿No es eso lo que hacemos
cuando nos separamos de otro grupo étnico por considerarlo
diferente a «nosotros»? Los arrojamos a los hornos de la vergüenza,
de la inferioridad, del aislamiento, de la mentira, de la impureza, y
muchas otras etiquetas más.
 
Estuve en Ruanda, donde los que eran llamados «cucarachas»
debían ser destruidos para poder «purificar» al pueblo. Como si el
pueblo pudiera purificarse con la masacre de almas preciosas que
Dios mismo había creado. ¿No hemos hecho lo mismo con la
máquina de la esclavitud, los linchamientos, las golpizas, el
aislamiento y la humillación? ¿No lo hemos hecho con los pueblos
indígenas, a los que etiquetamos de impuros y pusimos detrás de
vallas? Cualquier grupo de personas que invoca el nombre de Cristo
y hace estas cosas crea un lugar de muerte.
 
Piense en los muchos engaños de la Iglesia con respecto a aquellos
a quienes se los considera inferiores de varias maneras. Como
veremos, los engaños son sistémicos, lo que significa que hay
sistemas humanos enteros que perpetran mentiras como verdad.
Creemos que nuestra denominación o nuestra iglesia tiene la única
doctrina correcta. Creemos que nuestra raza es superior y necesita
ser protegida por sobre las demás a toda costa. Creemos que solo
un género, una raza, un grupo puede tener el poder. Nosotros
tenemos razón y todos los demás son, de algún modo, inferiores.
Los engaños despiadados que destruyen vidas y naciones enteras
se sostienen como una verdad. Si duda de esto, pase un tiempo en
las redes sociales «cristianas» durante una semana.
 
Podemos observar un ejemplo de engaño sistemático en la forma en
que la Iglesia ha creído mentiras sobre la raza y no es consciente
aún de la profundidad de esos engaños ni de su continuo daño. Nos
hemos engañado por completo al pensar que es bueno separarnos
de otros que son, de alguna manera, diferentes a nosotros. Y el
pueblo de Dios, al que Él un día unirá, aún tiene que ver el daño
hecho a quienes fueron maltratados y esclavizados en nombre de
Dios y cómo ese daño se sigue pasando de generación en
generación.
 
Otra forma en que la Iglesia está involucrada en el engaño
sistemático es en nuestra falta de voluntad para defender a las
víctimas del poder abusivo. El periódico Houston Chronicle expuso
el engaño sistémico en la Convención Bautista del Sur con respecto
a décadas de haber ignorado y ocultado innumerables actos de
abuso sexual y violación, y de haber protegido a los perpetradores.⁵
Estos engaños todavía se están descubriendo. El daño a las
víctimas es incalculable. También nos hace daño a nosotros porque
cada vez que nos engañamos perjudicamos nuestras vidas y
nuestras almas. Todas estas cosas se llevaron a cabo utilizando la
casa de Dios y la Palabra de Dios para autorizar los engaños, los
comportamientos y el encubrimiento de los malvados.
 
Cada vez que nos engañamos a nosotros mismos y pensamos que
lo que Dios considera malo es, en realidad, bueno, algo muere.
Durante la esclavitud, los que estaban en el poder mataron a
muchos seres humanos, junto con otras cosas como la dignidad, el
poder de elección, la prosperidad, la voz y el amor. El acto o el
encubrimiento del abuso también mata. Mata la esperanza, la
confianza, la seguridad, la dignidad y el amor. G. Campbell Morgan
expresa lo siguiente: «El lugar sagrado significa no ser cómplice de
nada que haga que el lugar sagrado se vuelva una necesidad».⁶ La
Iglesia y las personas que la componen han sido cómplices de
cosas horribles que requieren un lugar sagrado. Somos llamados a
ser un lugar sagrado para los vulnerables. Con frecuencia, hemos
elegido ser un lugar seguro para los poderosos y nos hemos
engañado a nosotros mismos creyendo que Dios lo consideraría
bueno.
 
El engaño no solo es contagioso y sistémico, sino que se transmite
fácilmente de generación en generación. Esto significa que el
fracaso de la Iglesia destroza a las víctimas actuales y perjudica a
las generaciones venideras. La Iglesia, el instrumento de Dios, que
debía usar su poder para derramar bendiciones a través de los
tiempos, se convierte en una máquina de engaños que se
transmiten una y otra vez.
 
Las personas que tienen poder en la vida de un niño, los padres y la
familia extendida, tienen un papel importante en la formación de la
identidad personal y social durante los años de desarrollo. Esas
identidades pueden basarse en mentiras. Es posible que una niña
pequeña crezca engañada por completo sobre lo que significa ser
mujer. Puede aprender que las mujeres son basura, objetos
sexuales que se utilizan por capricho o tontas, y que si expresa un
pensamiento, será humillada.
 
O puede aprender que es preciosa y que se le debe criar bien y de
forma segura para que pueda aprender, crecer y convertirse en la
mujer que Dios quiere que sea. Su mente se desarrolla, aprende a
ser fuerte y se le alienta a tener una voz. Asimismo, un niño
pequeño puede crecer bien educado y amado. Se le puede enseñar
a ser amable y que la fuerza de cualquier tipo debe utilizarsepara
bendecir a otros. O se le puede enseñar que puede utilizar el poder
que tiene para lo que le sea conveniente, que la ira es una manera
de relacionarse con los demás y que debe hacer lo que sea
necesario para obtener lo que quiere. El abuso a mujeres y niños, el
odio y la violencia hacia otros grupos étnicos, la censura a todos los
que creen diferente y muchas otras mentiras se transmiten a
menudo a través de las generaciones. Los engaños que Dios odia
se convierten en creencias firmemente arraigadas y se las considera
una roca sobre la cual afirmarse. Los seres humanos hacen de las
mentiras un lugar sagrado, en vez de Dios mismo, el Dios de la
verdad y la luz.
 
El camino de la verdad
 
Esta es la verdad: Juan nos expresa lo siguiente en su primera
epístola: «… El que no ama a su hermano, permanece en muerte.
Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida […]. Pero el
que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad,
y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?
Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y
en verdad» (1 Jn. 3:14-15, 17-18). En el principio, Dios dijo: «Mas
del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día
que de él comieres, ciertamente morirás» (Gén. 2:17). Él dijo la
verdad. Adán y Eva tergiversaron las palabras de Dios y vino la
muerte. Ahora Dios dice: «Pero si hay un hombre que odia a su
prójimo […] lo entregarán […] para que muera» (Deut. 19:11-12,
NBLA). Muchos de nuestros engaños existen para alimentar
nuestros deseos y protegernos a nosotros mismos sin tener en
cuenta a los demás ni cómo los afectamos.
 
La palabra griega para «odiar» en este versículo significa «matar»,
pero también puede significar «despreciar a alguien en su corazón».
Significa «derribar o destruir a otro», y Juan afirma que podemos
hacerlo tan solo al cerrar nuestros corazones contra los necesitados.
Los corazones engañados son corazones que están cerrados. En
primer lugar, están cerrados al Dios de la verdad y, en segundo
lugar, a los demás seres humanos. El engaño siempre hace daño al
que engaña y a los que son engañados. Cuando cerramos nuestros
corazones, en esencia, despreciamos a las personas en nuestros
corazones. Juan nos ruega que no amemos solo con palabras.
Podemos ser bastante buenos amando de esa manera y podemos
engañarnos a nosotros mismos de que es suficiente. Sin embargo,
debemos amar de hecho y en verdad. Eso significa que debemos
alcanzar el estándar de Dios de amor y de verdad. Significa que no
nos engañaremos a nosotros mismos ni a los demás y que seremos
personas de verdad en todo momento. En otras palabras,
tendremos integridad, lo opuesto al engaño. La palabra «integridad»
proviene de integer, que significa «intacto». Se refiere a algo que se
mantiene igual de principio a fin.
 
Juan le dice al pueblo de Dios que no amen «de palabra ni de
lengua» (nuestro medio más frecuente para engañar); «sino de
hecho y en verdad» (la palabra «hecho» implica trabajo arduo, duro)
(1 Jn. 3:18). Juan está describiendo el poder para bendecir. Amar
por medio de nuestras acciones y en verdad significa que nuestras
vidas serán una bendición para los que nos rodean. El engaño es la
antítesis del amor. Cuando engañamos, es evidente que estamos
haciendo lo opuesto a la verdad. No nos hemos dicho la verdad a
nosotros mismos ni se la hemos dicho a los demás. El fruto del
engaño es el daño a uno mismo y luego a otros, como, por ejemplo,
a nuestras familias, iglesias y naciones. Dios afirmó que seguro
moriríamos si comíamos de ese fruto.
 
Preste atención a Jeremías nuevamente:
 
«¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas,
para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo!
 
Hicieron que su lengua lanzara mentira como un arco, y no se
fortalecieron para la verdad en la tierra […].
 
Y cada uno engaña a su compañero, y ninguno habla verdad;
acostumbraron su lengua a hablar mentira […].
 
Su morada está en medio del engaño; por muy engañadores no
quisieron conocerme, dice Jehová»
 
(Jer. 9:1, 3, 5-6).
 
El engaño de cualquier tipo o tamaño trae muerte. Así ha sido desde
el principio. Seguimos a Aquél que dijo: «Yo […] soy la verdad»
(Juan 14:6). No dijo que nos mostraría la verdad; ni que si
memorizábamos determinadas cosas, tendríamos la verdad; ni
tampoco que si pertenecíamos a la iglesia, la raza o la nación
correcta, conoceríamos la verdad. Jesús afirmó: «Yo […] soy la
verdad», lo que significa que cualquier cosa que no se parezca a
Dios encarnado no es la verdad. Si lo permitimos, esta verdad
destruirá muchos de los engaños a los que nos aferramos y que
parecen protegernos, pero que, en realidad, nos traen muerte.
 
El camino de Jesús
 
Jesús se sentó en la ladera de una montaña y, delante de la
multitud, les enseñó a Sus discípulos Su camino: el camino de la
verdad y el amor. Si prestamos atención, notaremos que no hay una
sola palabra en las Bienaventuranzas que haga referencia a las
ideas humanas de cómo es un reino. Las ideas humanas sobre la
construcción del reino se centran en la nación, la raza, la tribu, la
fuerza militar y la riqueza. Jesús enseña que la grandeza en Su
reino se encuentra en el carácter que refleja Su semejanza. Él
comienza de la siguiente manera: «Dichosos los pobres en
espíritu…» (Mat. 5:3, NVI). Dichosos los que están dispuestos a
dejarse gobernar por Dios en vez de por sus propios engaños.
Dichosos somos nosotros cuando no nos dejamos gobernar por
nuestros engaños sobre el poder, los logros y las posesiones o
sobre la raza, la jerarquía, la posición y el elogio. Somos bendecidos
cuando hacemos la voluntad de nuestro Padre y cuando, desde ese
lugar, nos lamentamos por nuestros pecados y los de los demás.
Somos humildes al buscar lo que Dios piensa de todas las cosas
que hemos creído y que, en realidad, son engaños. Deseamos y
anhelamos, rechazando todo lo que no se parezca a Dios. Somos
misericordiosos y servimos a los que sufren. Somos puros de
corazón. Nuestros corazones no se encuentran divididos, sino que
obedecen al Padre. No buscamos ni una teología pura, ni una raza
pura ni una apariencia de pureza. La única pureza que buscamos es
la de tener un corazón gobernado por Cristo, el Señor.
 
Nos engañamos fácilmente y seguimos falsos caminos. Seguimos
una caricatura de Cristo, hecha a nuestra imagen, que apoya
nuestros caminos y nuestros prejuicios. ¡Es curioso que ese Cristo
siempre parece estar de acuerdo con nosotros! Nuestro Señor no
estuvo de acuerdo con Roma, ni con el Sanedrín ni con las
multitudes. No estuvo de acuerdo con Sus propios discípulos
cuando no hicieron la voluntad de Su Padre. Como Él mismo señaló:
«Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el
Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29). Si lo
seguimos, nos arrepentiremos y abandonaremos todo aquello que
hacemos como individuos en nuestras familias, nuestras iglesias,
nuestras comunidades o en este mundo que no se parece a Cristo.
Si no lo hacemos, buscaremos formas de engañarnos para aceptar
lo que no es de Dios. Esos engaños pueden ser las mentiras que
nos decimos a nosotros mismos sobre nuestros propios abusos o
los abusos de los demás. También pueden ser engaños sobre
nuestro propio orgullo por nuestros puestos, nuestra enseñanza o
nuestra experiencia. Existe una profunda relación entre el orgullo
religioso impío y el fracaso en el autocontrol, lo que nos deja
demasiado expuestos a las peores tentaciones. Esas cosas son el
fruto del engaño. «Todo lo que alimenta el orgullo personal fomenta
una decadencia rápida y mortal de la fuerza moral […]. Para la
persona que aparenta ser cristiana, no hay camino más seguro
hacia la degeneración espiritual que el orgullo espiritual».⁷
 
Que las «pequeñas» muertes nunca se vuelvan costumbre y así nos
conduzcan por el camino del autoengaño a muertes mayores. Que
no absorbamos conocimiento y, a pesar de ello, no obedezcamos.
Que nos humillemos y busquemos el rostro de Dios.Que
invoquemos a Aquél que es la verdad para que escudriñe nuestros
corazones y conozca nuestros caminos. Que busquemos
ansiosamente al Dios escudriñador quién no derramará ni genocidio
ni engaño ni muerte de ningún tipo, sino ríos de agua viva. Que
nosotros, el pueblo de Dios, nos arrepintamos.
 
cuatro
 
El poder de la cultura y la influencia de las palabras
 
La cultura humana es un tema enorme y multifacético que va mas
allá del alcance de este libro, pero es importante para nuestra
discusión sobre el poder para comprender algunas de las formas en
que nuestra cultura nos moldea y cómo impacta nuestra relación
con el poder. Mi trabajo con el trauma me ha llevado por todo el
mundo. Una de las maravillas de conocer otras culturas es que la
lente a través de la cual uno se ve a sí mismo y a otros cambia, a
menudo de manera incómoda. He estado inmersa en culturas y he
visto cómo las personas que tienen muy poco de los bienes de este
mundo derraman gracia y hospitalidad como si fuera agua. He oído
melodías, he visto danzas y he experimentado el arte de muchos
tipos, lo que me ha permitido ver con nuevos ojos la belleza de Dios
expresada de diferentes maneras. También sentí cómo mi corazón
se rompía cuando alguien me dijo: «Diane, el incesto es
simplemente parte de nuestra cultura» o cuando un pastor, que ama
al mismo Dios que amo yo, me informó con vehemencia que las
niñas de catorce años que habían sido violadas debían casarse con
su violador para que la familia no fuera avergonzada. Ese cambio de
lente me ha desafiado a mirar con más atención mi propia cultura,
tanto la secular como la religiosa.
 
La cultura en la que estamos inmersos como seres humanos nos
seduce y nos moldea con facilidad. La respiramos de manera
constante y se vuelve parte de nosotros sin evaluación. Su poder es
grande y, a menudo, poco reconocido. Eso es peligroso. Dado que
la cultura es simplemente lo que conocemos, lo que es familiar,
fácilmente nos ciega y no nos damos cuenta de las toxinas que
ingerimos que crecen en nuestro interior y a nuestro alrededor y que
luego transmitimos a otros. Ni siquiera vemos cómo la cultura nos
ha moldeado. Hace muchos años, escuché a un pastor blanco
hablar de una reunión que había tenido con un pastor afroamericano
que le había dicho: «Ustedes, los blancos, ni siquiera saben que
tienen una cultura. Creen que su manera es la única correcta y que
el resto de nosotros tenemos culturas». Esa observación expone
tanto la ceguera como la arrogancia de una cultura dominante.
 
Cuando éramos niños, la mayoría de nosotros tuvo la experiencia de
ir a la casa de un amigo y observar cosas distintas a las que
sucedían en nuestro hogar. Una casa sin alfombra, o sucia y
caótica, o con la televisión siempre encendida. ¿Por qué las
personas vivirían así? Pensábamos que todos tenían una alfombra,
vivían en una casa limpia y miraban televisión solo en ocasiones
especiales. O al revés: nos sorprendía la alfombra, la limpieza y la
falta de ruido de la televisión. Nuestra primera visita a una casa de
culto distinta a la nuestra o nuestra primera visita a un pueblo o
ciudad diferente en tamaño al nuestro es impactante. No podemos
imaginar por qué otros piensan, miran o viven de manera tan
diferente. También nos encontramos con algo de ese impacto
cuando nos casamos. Le decimos a nuestro cónyuge: «¿Qué
quieres decir con que tu familia no hacía estas comidas, no
festejaba la Navidad así o no hacía este tipo de tareas?». Si ha
viajado o vivido en otro país, ha descubierto que todo puede ser
bastante diferente: la comida (cómo se come y se sirve), la manera
de hablar, la educación, la disposición para dormir, la limpieza, el
matrimonio y la fe. Nuestra absorción de la cultura puede ser
bastante inconsciente. Vemos a los que son diferentes a nosotros
como inferiores. Usamos nuestro poder para desecharlos.
 
Como seguidores de Cristo, vivimos en dos culturas de forma
simultánea. Una es la cultura secular, la otra es la cultura de la
cristiandad. Debemos ser conscientes de cómo nos moldea cada
cultura. Me temo que con frecuencia absorbemos la cultura de la
cristiandad, con sus muchas subculturas, denominaciones y
nacionalidades, sin pensarlo detenidamente. Damos por sentado
que lo que nos es familiar es la «manera correcta» de ser cristiano.
 
Cada cultura, incluso la cultura de la cristiandad, es desarrollada por
personas que están rotas. Conocer esta importante verdad debe
tener como resultado una gran humildad cuando consideramos
nuestras culturas y sus suposiciones subyacentes. A excepción de
Jesucristo, cada ser humano nacido en este planeta, cada persona
influyente y consumidora de cultura en cualquier lugar, en todas las
épocas desde el Edén, ha elegido vivir con el «yo» como centro.
George MacDonald, uno de mis autores escoceses favoritos, lo
expresa de la siguiente manera:
 
Porque el único principio del infierno es «yo soy mi jefe». Soy mi
propio rey y súbdito. Soy el centro de donde salen mis
pensamientos; soy el objeto y el fin de mis pensamientos; ellos
regresan a mí como el alfa y la omega de la vida. Mi propia gloria
es, y debería ser, mi principal preocupación; mi ambición es reunir la
estima de los hombres en un único centro: yo mismo. Mi placer es
mi placer. Mi reino incluye todas las cosas que puedo traer para
reconocer mi grandeza sobre ellas. Mi juicio es la regla perfecta de
todas las cosas. Mi derecho es lo que deseo. Cuanto más me
encierro en mí mismo, más grande soy.¹
 
Todo ser humano que no haya sido transformado por la obra
redentora de Jesucristo vive una vida centrada en sí mismo. Cada
una de nuestras vidas fluye de nuestro pequeño «yo» y de cómo se
forma y se define ese «yo». Así que si me creo superior, muy
inteligente y un regalo para el mundo, entonces cómo pienso, lo que
hago, cómo trato a los demás y lo que busco fluirá de ese «yo»
arrogante. Si me creo inferior, poco valioso e incapaz, entonces
cómo pienso, lo que hago, como trato a los demás y lo que busco
fluirá de ese «yo» destrozado. Si soy Enrique VIII y creo que soy la
cabeza suprema del reino y de la iglesia, con derechos divinos que
no pueden cuestionarse, entonces echaré a las personas, les
cortaré las cabezas a las reinas poco satisfactorias, mentiré, robaré
o haré cualquier cosa que me plazca sin temor al juicio. Si soy una
joven que ha sido maltratada y abusada sexualmente desde los tres
hasta los dieciocho años, estaré aterrorizada, destrozada y me
autoprotegeré porque mi «yo» está sumergido en una cultura de
abuso. Ese «yo», moldeado por poderosos y por nuestras propias
decisiones, ejerce una gran influencia sobre nuestras vidas.
Estamos en peligro si creemos que ese «yo» como centro no es un
problema extendido en la cristiandad.
 
El peligro de las buenas palabras sin las buenas acciones
 
Nuestra cultura se expresa de muchas formas diferentes. Las
palabras que usamos son un aspecto del poder formador de la
cultura que influye en quiénes somos y en cómo pensamos. Vivimos
en una cultura de palabras que a menudo son incorpóreas. Las
palabras que se dicen, pero no se llevan a la práctica (no se
encarnan), son palabras no demostradas y pueden ser muy
peligrosas. A diario estamos inundados de palabras. Escuchamos
buenas palabras en las redes sociales y suponemos que están
respaldadas por un buen carácter. O si damos por sentado que no,
soltamos vituperios e intimidaciones atroces que tienen el potencial
de destruir a los seres humanos creados a imagen de Dios,
crueldades que muchos de nosotros no diríamos en persona.
Hemos multiplicado y profundizado el poder de la cultura de las
palabras.
 
Preste atención a estas palabras:
 
Hoy el cristianismo está a la cabeza de este país […]. Prometo que
nunca me uniré a aquellos que quieren destruir el cristianismo […].
Queremos volver a llenar nuestra cultura con el espíritu cristiano,
queremos quemar todo el reciente desarrollo inmoral en la literatura,
el teatro, las artes y los medios […]. En resumen, queremos quemar
el veneno de la inmoralidadque ha entrado en toda nuestra vida y
cultura como consecuencia del exceso liberal […] de los últimos
años.²
 
Tome estas palabras al pie de la letra. ¿Se identifica con ellas? Esto
es lo que un oyente dijo luego de escucharlas: «Esto […] pone en
palabras todo lo que he buscado por años. Es la primera vez que
alguien da forma a lo que quiero».³ Sospecho que muchos dirían lo
mismo. Miles de personas, después de escuchar estas palabras,
vitorearían, estarían de acuerdo y dirían «amén».
 
Las palabras corresponden a Adolf Hitler y el oyente era alguien del
público que hizo ese cometario a Joseph Goebbels en 1933.
Goebbels era el ministro de propaganda de Hitler y evidentemente
uno muy bueno. Las palabras de Hitler parecen estar inspiradas en
la fe y la moral cristianas. Los oyentes supusieron que un cierto tipo
de persona estaba detrás de ellas, pero las palabras de Hitler
ocultaban el engaño detrás de esas palabras para que los oyentes,
sin conocer el carácter del hombre, escucharan lo que deseaban,
pero que nunca se logró. Lo que sí sucedió fue el exterminio de
millones, la destrucción de países y el mal que afectó a
generaciones. Las palabras fueron dichas para manipular a la
audiencia, cuyos deseos el Tercer Reich entendía bien. Hitler
engañó a la gente de manera deliberada, los atrajo y les exigió
lealtad y servicio; y lo obtuvo, no solo de la población en general,
sino también de la iglesia alemana. Palabras llenas de promesas
que encubrían un gran mal fueron confeccionadas para una cultura
vulnerable.
 
Usar buenas palabras elaboradas para disfrazar el mal es el mismo
método poderoso que usa un pedófilo para atraer a una niña
desprevenida y establecer un vínculo con ella. «¿Quieres ser una
buena niña y hacer feliz a papá?». Por supuesto que ella quiere,
pero en una situación abusiva, solo hay maldad oculta. «Oye, niño,
sé que las cosas están difíciles en casa y que tu papá bebe mucho.
Me gustaría ayudar, salgamos un rato, ¿sí?». Palabras
supuestamente empáticas dichas a un joven que anhela la atención
de un padre. Palabras que camuflan mandíbulas de acero que
reprimirán y devorarán un corazón tierno. Esas palabras las usa un
proxeneta con una joven en la calle que ha escapado de un hogar
abusivo y no tiene nada. «Hola, linda. Eres preciosa. ¿Por qué no
me dejas llevarte a cenar?». O las usan los traficantes que tientan a
familias desesperadas que no tienen suficiente para comer. «Dame
a tu hijo, le daré trabajo para que pueda enviar dinero a casa. Niño,
quieres ayudar a tus padres, ¿verdad?». O se usan para encubrir el
abuso en una institución. «Es un entrenador fabuloso y trae dinero y
estudiantes a la escuela. Nos pone en primer plano. No querrás
destruirlo por un pequeño error, ¿no?». Las acciones de Jerry
Sandusky no fueron un pequeño error.⁴
 
Con facilidad nos seducen las buenas palabras que tocan nuestros
anhelos y deseos; con frecuencia, cometemos el error de dar por
sentado que esas palabras son ciertas porque queremos que lo
sean, no porque hayamos visto un carácter que demuestra su
verdad. Cuando vislumbramos o tenemos pistas que plantean
preguntas, negamos las advertencias porque queremos
desesperadamente que lo que hemos oído sea verdad. Así, los
pacientes confían en los terapeutas, la gente confía en los pastores,
los estudiantes confían en los maestros, los hombres y las mujeres
confían entre sí, las niñas y los niños confían en los pedófilos y las
naciones enteras confían en los políticos porque sus palabras
suenan bien. Sin embargo, las buenas palabras pueden esconder
malas ideas y malos objetivos. Las buenas palabras pueden
encubrir el mal.
 
Hagamos un ejercicio. Lea la lista de palabras a continuación y haga
asociaciones en su mente (o en papel) mientras las lee. Cuando lea
una palabra, observe su primera respuesta. Por ejemplo, si digo
«amor», podría pensar en el nombre de una persona o en palabras
como bueno, importante o necesario. Esta es la lista:
 
orientado a un objetivo
 
ordenado
 
eficiente
 
productivo
 
brillante
 
unificado
 
austero
 
creativo
 
decidido
 
En general, ¿pensaríamos que son palabras buenas o malas? ¿Una
persona, un grupo o una institución caracterizada por estas palabras
lograría mucho? Seguro. ¿Querría a alguien con estas
características en su casa, empresa o institución? Espero que sí.
 
Ahora suponga que yo tuve una idea que refleja todas estas
características. Armé un plan para implementar la idea, lo organicé,
fui creativa sobre cómo lograrlo y pensé que era brillante. Mi idea
ahorraría dinero y sería productiva. Ayudaría a muchas personas a
alcanzar un buen fin. Me propuse llevar a cabo mi plan. Usé mi
tiempo, mi dinero y mis propias manos y puse mi energía para
alcanzar mi objetivo. Enseñamos a los niños a hacer estas cosas,
¿no?
 
Usted pasa a ver lo que estoy haciendo y me encuentra rodeada de
desechos humanos. Estoy haciendo ladrillos y construyendo
estructuras con desechos humanos. Están diseñados con un gusto
exquisito. Estoy ahorrando dinero al mundo porque ya no se van a
necesitar las plantas de alcantarillado. Mi plan es austero. Estoy
creando viviendas para los pobres. Estoy armando un sistema
fenomenal, brindando trabajo y logrando mucho en poco tiempo. Mi
organización es brillante. Uso mis propias manos, y usted ve
enfoque, propósito y creatividad dondequiera que mire. Entonces,
¿cuál es el problema? Todas mis palabras todavía aplican; todas
esas buenas palabras son ciertas. Sin embargo, usted retrocede. El
plan es repugnante, pero hasta que no supo cómo iba a desarrollar
mi idea, sonaba bien. No había en mis palabras nada que sugiriera
algo asqueroso. No obstante, el material que estoy usando para
formar belleza es basura, peligroso, probablemente plagado de
enfermedades y repulsivo. Las buenas palabras que describen un
buen proceso pero que usan la sustancia equivocada para lograr un
buen objetivo ya no son buenas.
 
Cuando escuchamos palabras escriturales sobre la edificación de la
Iglesia para la gloria de Dios, la obra suena celestial. Sin embargo,
cuando los materiales de construcción son la arrogancia, la coerción
y la agresión, el resultado es espantoso. Es importante cómo
desarrollamos nuestras palabras.
 
Volvamos a ver esas características: orientado a un objetivo,
ordenado, eficiente, productivo, brillante, unificado, austero, creativo
y decidido. Ahora suponga que el proceso coincide con esas
características y que estamos utilizando el material de construcción
correcto. Lo que usamos está bien; tiene valor en sí mismo. ¿Qué
opina ahora? Suponga que estoy usando seres humanos de manera
productiva y que los hago trabajar con madera. Estoy usando una
buena sustancia para forjar fortaleza, dignidad, salud, pureza y
protección. Estoy uniendo a las personas para lograr cosas buenas.
Los mantengo unidos, ordenados y productivos por el buen fin de
mejorar sus vidas. Suena bien, ¿verdad?
 
Acabo de ofrecer una descripción de la construcción de Auschwitz,
el campo de exterminio más grande del mundo. Usted dirá: «Oh,
pero el objetivo nazi no era bueno». Usted estaría en lo correcto si
se refiere al objetivo de exterminar a millones de seres humanos,
pero ese nunca fue el objetivo público declarado. Hitler nunca se
puso de pie y dijo toda la verdad al pueblo alemán. Se utilizaron
palabras para describir sus metas como restaurar la dignidad y el
honor de los alemanes, que fueron humillados después de la
Primera Guerra Mundial, poner el pan en las mesas y devolver el
trabajo para que las familias prosperen, quitar toda toxina que daña
a las familias y a la sociedad. Las palabras mencionaban objetivos
buenos, pero no declaraban el objetivo rector, que era construir una
gran cantidad de barracas de madera y hornos en Auschwitz, donde
más de un millón de seres humanos (etiquetados como «piezas» en
sus documentos) serían exterminados (lo que se llamó una
«solución»). Hitler había encontrado una «solución» para las
«piezas» no deseadas.
 
Las personas usan palabras para construirrealidades prometidas
que se unen a deseos como la libertad, el orden, la protección, el
trabajo o el amor. Ningún abusador dice: «Ven conmigo así puedo
violarte». Nadie dice: «Cásate conmigo así puedo golpearte».
Ninguna persona dice: «Elígeme así puedo estafarte». Ningún
pastor o consejero dice: «Déjame aconsejarte así puedo tener sexo
contigo». En cambio, decimos: «Te amo», «Te protegeré», «Te
ayudaré», «Te devolveré la dignidad». En la cristiandad, podemos
usar el lenguaje espiritual para encubrir la ambición egoísta,
esconder los abusos de todo tipo y hacer un daño incalculable en
nombre de Dios.
 
Las palabras y la integridad
 
Las palabras tienen la intención de ser una expresión verdadera y
real del carácter de una persona. Llamamos a esto integridad, que
significa «intacto» o «entero»: no hay variaciones, rupturas ni
rincones ocultos. Santiago 1:17 habla del Dios de la luz, que no
cambia ni varía como la sombra. Si yo digo que soy una persona
confiable, esto, en definitiva, no significa nada a menos que usted
descubra que soy así de manera constante a lo largo del tiempo y
en diferentes lugares. Mis palabras no me hacen así; la encarnación
de la confianza me hace así. Vivimos en una cultura en la que los
líderes usan Internet para declarar palabras que suenan bien. Pero
cuando las analizamos, las palabras a menudo no son más que
mentiras.
 
Piense en Jesús, Dios hecho hombre. En primer lugar, Dios ha
dejado en claro que las palabras y la carne deben ser una; debe
haber integridad entre las palabras y la carne. Por lo tanto, las
palabras de Dios provienen de Su esencia. Ellas revelan, no ocultan.
Sus palabras y Su carácter coincidían antes de que existiéramos. En
segundo lugar, se nos dice que Jesús es la Palabra hecha carne
que vivió entre nosotros y demostró el carácter de Dios para que
podamos ver y entender quién es Él realmente. Dios dice: «Soy un
refugio», y Jesús se sienta y con los brazos extendidos dice: «Dejen
que los niños vengan a mí». Dios afirma: «Yo soy la luz», y Jesús le
da vista a un ciego, claridad a una mente atormentada y nos da
explicaciones sencillas y terrenales que nos ayudan a ver las
verdades eternas. Dios declara: «Yo soy la vida», y Jesús resucita a
una niña, al hijo de una viuda y a un querido amigo que llevaba tres
días muerto. Dios asevera: «Todos los humanos son creados a mi
imagen y, por lo tanto, merecen dignidad, respeto y amor», y Jesús
se sienta con una mujer samaritana que había sido deshumanizada
de muchas maneras porque era de una etnia odiada, mujer (por lo
tanto, inferior) e inmoral. Jesús la valoró, la trató con respeto y
amabilidad. Así es cómo se supone que deben funcionar las
palabras. Dios habla palabras. Luego las demuestra en la carne con
total integridad para que lo que dice y lo que vive sean lo mismo,
coincidan. Sus palabras, Su proceso de llevarlas a cabo a través de
las acciones en las relaciones y el resultado final son idénticos.
¿Cómo es posible que el pueblo de Dios use las palabras de Dios
para permitir cosas que Dios odia?
 
Vivimos rodeados de instituciones y organizaciones masivas que
prometen todo tipo de cosas que nunca cumplen y que, a menudo,
se permiten usando las palabras de Dios. Mienten para cubrir
errores, a veces, errores que saben que causarán muertes.
Nosotros nos mentimos y decimos: «Lo que hice fue solo algo
pequeño». Les decimos a otros lo que quieren escuchar o lo que
nos dará lo que queremos, o nos quedamos callados porque no
queremos hablar y perturbar nuestras vidas. Nos falta entereza,
integridad. Pensamos o sentimos una cosa, pero, con frecuencia,
decimos que otra es verdad. Las palabras son nuestra principal
herramienta para pensar. Pasamos una gran parte del tiempo en
nuestras cabezas usando palabras para nombrar, procesar, evaluar,
discriminar. Las etiquetas erróneas, las palabras engañosas, las
mentiras, incluso las que nunca se dijeron o escucharon, todavía
causan un gran daño. Nos dañan primero a nosotros y luego esa
destrucción se propaga a nuestras vidas. Las palabras son una
herramienta primordial para relacionarnos; construyen, conectan y
sanan, o humillan, manipulan y destruyen. Las palabras que nos
decimos a nosotros mismos y las que decimos en voz alta a los
demás tiene que ser ciertas y buenas, o dañamos a otros y a
nosotros mismos. Nuestras palabras, tanto dichas como pensadas,
deben someterse a la Palabra hecha carne y a la Palabra escrita de
Dios. Aparte de un estudio continuo de la Palabra de Dios escrita y
vivida, no tendremos otra manera correcta de evaluar nuestras
propias palabras o las de los demás.
 
Nuestro «yo» como centro, la arrogancia, los privilegios y las formas
engañosas con las palabras han llevado a la polarización y a la
deshumanización. Nosotros como hijos del Dios Altísimo ¿hemos
clasificado a los preciosos seres humanos según categorías
terrenales como la política, la economía, la raza, el género, la
religión, la denominación, la educación, el trabajo o la ciudadanía?
¿Hemos creado divisiones al usar dichas categorías de forma
reductiva para separar, desechar y condenar al otro? «Nosotros»
somos esto; «ellos» son aquello.
 
Esas categorías son fundamentos inadecuados para la identidad
humana y nos conducen con facilidad a pecar contra otros. No son
las categorías principales y fundamentales de Dios. Vivir
gobernados por ellas es ser totalmente distinto al Jesús que se
sentó con judíos, gentiles, samaritanos y romanos, con ricos y
pobres, con religiosos y laicos, con hombres y mujeres,
saludándolos a todos con la verdad y con brazos extendidos. Las
categorías del mundo pueden atraparnos con facilidad y llevarnos a
encubrir nuestras reacciones hasta que comenzamos a pensar que
el otro debería ser eliminado. Cuando otros nos etiquetan,
respondemos contagiándonos la enfermedad y etiquetándolos y
desechándolos a cambio. Existen muchas cosas en nuestra cultura
con las que nosotros, como cristianos, debemos estar en
desacuerdo, tanto de palabra como de hecho. No obstante, al estar
en desacuerdo, nunca debemos desechar o deshumanizar al otro, o
nos volvemos impíos. La categoría fundamental por la cual podemos
reducir otra es la siguiente: Dios creó a la persona a Su imagen y la
formó en el vientre de su madre. Esa verdad debería gobernar
nuestro uso de todas las demás categorías, sin importar lo que nos
haya enseñado nuestra cultura en particular.
 
El uso de palabras deshumanizantes no es simplemente un
problema «allí afuera». Observe nuestras propias iglesias. «Ellos»
tienen una teología incorrecta, una idea incorrecta sobre la
adoración, las prioridades incorrectas. «Nuestra» iglesia es, por
supuesto, bíblica. En vez de lidiar con nuestro propio malestar,
ensimismamiento o miedo de que las cosas no salgan como
queremos, nos distanciamos y etiquetamos y deshumanizamos a los
demás. Si necesita más evidencia, observe en las redes sociales
cómo los cristianos llaman a otros cristianos «imbéciles»,
«perversos» y otras etiquetas más. Incluso ante un desacuerdo
inevitable con respecto a temas escriturales, el llamado de esa
misma Escritura sobre cómo debemos tratarnos los unos a los otros
no debe dejarse de lado. Destruir, degradar, humillar y etiquetar a
otros creyentes es horrible y entristece a Dios. Un llamado a la
verdad, que debemos emitir, siempre debe hacerse con gentileza,
humildad y dignidad porque estamos llamando a alguien hecho a
imagen de Dios. Las opiniones no deben gobernar el carácter, no
importa cuán firmemente las sostengamos. Los temas no deben
gobernar el carácter, no importa cuán bíblicos sean. El carácter
debe estar arraigado y basado en la semejanza a Cristo para que
cuando expresemos nuestros pensamientos, manifestemos Su
carácter y ningún otro.
 
Sí, Jesús usa Sus palabras más duras con los líderes religiosos. Él
los llama sepulcros blanqueados llenos de huesos de muertos,
hipócritas y sin ley, pero al hacer esto, ¿cuál era Su propósito? Lo
hizo por amor, les trajo luz, los expuso y los llamó a que fueran a Él.
Ese duro capítulotermina así: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a
los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces
quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de
las alas, pero no quisiste!» (Mat. 23:37, RVR1995). Ellos estaban al
borde del acantilado de su destrucción, y Jesús los estaba llamando.
Al igual que Ezequiel y Jeremías antes que Él, Jesús anhelaba que
el pueblo de Dios lo viera y regresara a Él. Este tipo de corazón
quebrantado por otra persona es un bien escaso en los
desacuerdos, ya sea en persona o en Twitter.
 
No hay ningún ser humano que podamos encontrar, no importa cuán
herido, desordenado o malo sea, no importa su teología, estilo de
adoración o forma de pensar, que no haya sido creado por el Dios
que amamos. Toda cultura (nación, denominación, ciudad, iglesia o
familia) que nos lleva a tratar a alguien de otra manera nos está
seduciendo a comportarnos de un modo que entristece el corazón
de nuestro Dios, el mismo Dios que atravesó nuestras categorías,
nos otorgó dignidad con gran compasión y nunca desechó a los que
eran distintos a Él, o todos habríamos sido desechados. Él entro en
las categorías que no eran como Él: hombre/mujer, judío/gentil,
santo/poseído por demonios. Nunca nos deshumanizó, aunque
nosotros nos habíamos deshumanizado al rechazar a Aquel que nos
formó. Entró en nuestras categorías con verdad y gracia como lo
eterno entró en lo finito y lo santo en lo pecaminoso. Nosotros
debemos hacer lo mismo en Su nombre.
 
Como hijos de Dios, debemos conocerlo tan bien y debemos
seguirlo tan de cerca que las palabras que giran a nuestro alrededor,
algunas de ellas bautizadas por la cristiandad, nunca puedan
silenciar la Palabra viva y eficaz en nuestras vidas. Nuestras
palabras deben ser nada menos que los pensamientos de nuestro
Dios. Sus pensamientos y palabras se hicieron carne para que
podamos verlo con claridad. Él vivió para nosotros lo que habló.
Debemos tener cuidado qué pensamientos de la humanidad
santificamos y debemos saber que nuestras palabras dichas, sin
importar cuán ciertas, no son reales a menos que las encarnemos.
 
PARTE 2
 
El abuso
del poder
cinco
 
Comprensión del abuso del poder
 
Últimamente estamos siendo inundados de historias y titulares sobre
el abuso del poder en todos los ámbitos de la vida moderna. Nos
enteramos del abuso del poder por parte de individuos, así como
también de iglesias y organizaciones. Todos estos abusos se
produjeron en el contexto de las relaciones humanas.
 
La palabra «relación» deriva del latín referre, que significa
«devuelto». Incluye la idea de movimiento, de llevar y de volver a
traer. Así, una relación es como una calle de doble sentido. La
palabra también puede significar «relatar». En otras palabras, una
relación es una historia. Cuando nos relacionamos con otros,
estamos escribiendo una historia juntos, entretejiendo nuestras
vidas para contar una historia.
 
¿Qué ocurre cuando nuestra historia incluye el abuso del poder? La
palabra «abuso» deriva del latín abuti, que significa «usar de forma
incorrecta» y comprende las ideas de explotación, daño, agresión,
perpetración de la violencia y uso del lenguaje ofensivo. Cuando una
relación es abusiva en cualquier aspecto, la historia que se escribe
es retorcida y perjudicial.
 
Consideremos un ejemplo concreto. Usted vive en un buen
vecindario rodeado de vecinos amables y respetuosos. Luego, los
vecinos de al lado se mudan y otra familia ocupa esa casa. Usted
espera que los nuevos inquilinos continúen relacionándose de la
misma manera en la que lo hacían los vecinos anteriores, pero
dejan autos chatarra y bicicletas por ahí. A veces, incluso, dejan la
basura en su patio. Usted intenta hablarles, ellos se enfurecen. Se lo
cuenta a otros vecinos en vano. Algunos le dicen que simplemente
se calle para que la situación no se agrave. Acude a las autoridades
y le dicen que no pueden hacer nada. ¡Sus vecinos se han quejado
de que usted los está acosando! Ahora vive una historia
completamente diferente: maltratado, explotado y literalmente
«destruido». Afecta su casa, su matrimonio, su apariencia, su
estado de ánimo y su estatus. Esta es una pequeña pero concreta
demostración de lo que sucede cuando el abuso de cualquier tipo se
introduce en una relación.
 
La mayoría de los seres humanos tienen la intención de utilizar su
poder para hacer el bien. Quieren ganar más dinero, producir un
crecimiento en la iglesia, proteger los programas buenos o preservar
una buena reputación. Adán y Eva se dijeron a sí mismos que
buscaban asemejarse más a Dios. Parecían estar ciegos al hecho
de que perseguían un objetivo que aparentaba ser bueno a través
de medios totalmente impíos. Nosotros hacemos lo mismo. Nos
decimos a nosotros mismos que los números del crecimiento en la
membrecía y las ganancias financieras en un ministerio son prueba
de la semejanza a Dios. Entonces, tomamos decisiones que
silencian verdades no deseadas sobre el fraude o el abuso y nos
decimos que encubrirlas «preserva el honor de Dios». Afirmamos
que utilizamos nuestro poder para buscar asemejarnos a Dios
cuando, en realidad, lo que estamos haciendo no se parece en nada
a Él. No es difícil dejarse seducir por este tipo de pensamiento.
Consideremos algunas de las formas en que podríamos estar no
solo abusando del poder, sino también «santificando» ese abuso. En
el capítulo 1, vimos brevemente los diferentes tipos de poder.
Profundicemos.
 
El poder físico
 
El poder físico es el poder encarnado. Un hombre que pesa 113 kg
(250 libras), que mide más de 1,80 metros (6 pies) y tiene una
musculatura bien desarrollada y una excelente coordinación óculo-
manual podría ser una amenaza física para la mayoría de la gente.
Llena el espacio que ocupa, no solo con su tamaño, sino con el aura
de fuerza física que pende en el aire. Tanto hombres como mujeres
se sienten pequeños cerca de él. Si ese hombre es amable y
piadoso, su fuerza estará bien vista y confiarán en él, lo que creará
una sensación de seguridad y protección. Sin embargo, si es
abusivo y tiene mucha ira, un simple roce en el codo de su esposa
cuando ella dice algo que a él no le agrada, provocará terror. La
mayoría de las personas no se darán cuenta de que este simple
roce comunica una advertencia de peligro, pero ella conoce la
historia que hay entre ellos. Si a él no le agrada algo de ella, utilizará
su fuerza para dañarla, y ella soportará el impacto de ese daño de
muchas maneras.
 
En una situación diferente, una persona puede irradiar una
presencia física no necesariamente relacionada con el tamaño. Una
presencia centelleante, carismática y enérgica puede abrumar. La
gente gira hacia esa persona, se percibe la energía y llama la
atención. Este poder es menos concreto, pero no por eso deja de
estar presente. Una persona con ese poder puede dirigir una sala,
una organización o un país. Es evidente que esta persona tiene
poder para usar o abusar.
 
La mayoría de nosotros somos muy conscientes del poder físico de
los demás. Tenemos una idea de cuándo somos vulnerables,
especialmente cuando ese poder es obvio. A veces, no nos damos
cuenta de lo que nuestra propia presencia comunica a otros. Soy
especialmente consciente de mi presencia física en mi oficina,
donde trabajo con muchos pacientes con historias de abusos. Soy
bastante alta, así que presto atención a dónde me paro y cómo me
muevo para no abrumarlos. Es importante que seamos conscientes
del impacto que produce nuestra presencia y de las formas en que
podemos utilizarla involuntariamente para controlar a los demás. Ya
sea que utilicemos nuestra presencia para dominar a otros o para
desviar la atención, los demás sentirán su impacto, al igual que
nosotros sentimos el efecto de su presencia.
 
El poder verbal
 
Las palabras tienen el poder de reforzar o destrozar el sentido que
tiene una persona de sí misma. Un niño que recibe palabras
estimulantes, de apoyo y amables tiene muchas más probabilidades
de prosperar que un niño que crece con palabrasduras, críticas y
vergonzosas. Ese niño estará abatido y puede que crezca en
silencio, sin voz o puede convertirse en una réplica del acosador
original, que buscaba una sensación de poder al agredir
verbalmente a otros. El acoso verbal en las redes sociales se ha
relacionado con la depresión en los adolescentes y ha tenido como
resultado un registro importante de suicidios.¹ Las palabras pueden
matar un alma y también pueden hacer que una persona termine
con su vida.
 
Los depredadores sexuales utilizan palabras para establecer un
vínculo emocional y engañar. Las palabras se utilizan para encubrir
males terribles o para controlar; pueden seducir, condenar, humillar
o conmocionar. El poder de las palabras para destruir es
aparentemente interminable. Si no comprendemos la realidad del
abuso verbal, no reconoceremos el alcance de la destrucción.
Justificaremos, minimizaremos o tergiversaremos lo que, en
realidad, paraliza, deforma, aplasta y destruye las vidas. Las
palabras pueden destrozar el «yo» de un niño o de un adulto. Es
abusivo utilizar las palabras, el poder verbal que Dios nos ha dado,
para controlar, manipular, menospreciar o intimidar. Realmente no
es difícil aplastar una vida mediante el uso de las palabras. Su poder
es impactante.
 
Es abuso cuando un adulto amenaza e intimida a todos los
miembros del hogar de tal manera que nadie se atreve a expresar
una opinión diferente.
 
Es abuso cuando un hombre insulta a su mujer o la llama prostituta,
zorra o imbécil.
 
Es abuso cuando todos los días un cónyuge critica todo de su
cónyuge: su apariencia, forma de criar a los hijos, logros y amigos.
 
Es abuso cuando un padre llama a su hijo idiota, bueno para nada o
basura inútil.
 
¿Cuánto tiempo cree usted que puede soportar un niño el impacto
de esos nombres antes de colapsar por el peso que esas palabras
le imponen?
 
El poder emocional
 
El poder verbal está estrechamente relacionado con el poder
emocional. Sospecho que la mayoría de nosotros conoce a alguien
cuyas emociones podrían tener de rehén a una familia o a un ámbito
laboral entero. ¿Alguna vez se ha encontrado «tomándole la
temperatura a alguien» para saber cómo será el día y si tendrá que
andar con pies de plomo para evitar estallidos o crisis nerviosas? El
estado emocional de una sola persona es la fuerza que gobierna
ese espacio. Todos tratan de actuar en sumisión a ese estado de
ánimo, lo cual puede ser una forma poderosa de esclavitud.
 
Las respuestas que dañan y aplastan los sentimientos de otra
persona son un ejemplo del poder emocional que se utiliza para
abusar. Un niño puede tener miedo de ir al dentista y ser humillado
por tener ese miedo. Alguien puede ser avergonzado por sufrir una
pérdida. A las personas con historias de trauma a menudo se las
critica por sentir «todavía» el daño de ese trauma. Los soldados que
sufrieron traumas en la Primera Guerra Mundial fueron considerados
inestables, débiles y de poca moral, su accionar se consideraba
cobarde y un fracaso personal.² Hoy, incluso después de todo lo que
hemos estudiado y aprendido sobre el trauma, todavía se cree que a
muchas víctimas les falta fe o se les dice que «superen esa
situación». El abuso emocional se ofrece, tristemente, como un
«correctivo» a aquellos que tienen una lucha constante con
emociones difíciles.
 
El poder emocional se manifiesta de manera diferente cuando un
dictador incipiente, alguien que quiere una posición de liderazgo o
un depredador desean obtener el poder y el control. Ellos se
esforzarán para entender los anhelos de quienes quieren controlar.
Las naciones, las iglesias y los individuos son atraídos a la sumisión
con la convicción de que lo que anhelan profundamente se hará
realidad.
 
A veces, los pastores hacen esto. «Podemos ser la iglesia que
cambie el mundo». La gente escucha lo que anhela y sigue al líder,
muchas veces, hacia circunstancias desastrosas. Las mujeres y los
hombres eligen con quién casarse por la misma razón, por escuchar
y responder a promesas que los llenan de esperanza. Una nación
devastada por la guerra y que anhela la seguridad y la prosperidad
seguirá por propia voluntad a alguien que comprenda esos anhelos
emocionales y poderosos y prometa lo que se desea. Ese fue el
caso de la iglesia alemana, que siguió a Hitler porque prometió
proteger el cristianismo y librar a la nación de la inmoralidad. La
iglesia siguió al hombre cuyas palabras les dio esperanza, pero no
estudió ni discernió el carácter del que las afirmaba. O considere a
una joven que creció en un hogar lleno de odio, crueldad y abuso
sexual. Se escapa de la casa a los catorce años y sale a la calle sin
recursos. Un hombre guapo y bien vestido la conquista y la lleva a
cenar. Le dice que es hermosa y le compra ropa nueva. Las
palabras del hombre están emocionalmente elaboradas para
conmover sus anhelos. Ella supone que la vida del hombre
coincidirá con lo que dice, pero se encuentra atrapada en una vida
de desesperación y de abuso peor de la que huyó.
 
Engañadas por el doble poder de las emociones y de las palabras,
las personas vulnerables, con frecuencia, pierden su capacidad de
discernimiento y no ven la destrucción que se avecina. Hacen
suposiciones cuando las grandes promesas coinciden con su deseo
y creen que hay integridad detrás de las palabras de quienes
prometen lo que ellas buscan.
 
Una poderosa combinación de conocimiento, intelecto y
habilidad
 
Contar con una mezcla de conocimiento, intelecto y habilidad
aumenta la probabilidad de que un líder reciba autoridad sin
restricciones, a veces, automática, de parte de las personas a su
cargo. Cuanta más información, más inteligencia o más habilidades
tenga, tendré más poder en determinados ámbitos. Tomemos, por
ejemplo, el mecánico de mi auto. Tiene un gran poder. Cuando dice
que algo está roto y necesita reemplazarse, ¿sabe lo que digo?
«Bien. ¿Cuánto es?». ¿Me niego? No, necesito el auto para ir al
trabajo. ¿Pido una explicación completa primero? No, de todas
formas, no entendería ni la mitad. Felizmente, tenemos el mismo
mecánico hace más de dos décadas y ha demostrado ser un
hombre íntegro, pero mi falta de conocimiento, intelecto y habilidad
en esta área me ponen a su merced.
 
Muchas veces confiamos en otras personas que ocupan posiciones
de autoridad porque asumimos que los que tienen conocimiento,
intelecto y habilidad son confiables. Sin embargo, no siempre es así.
También se puede abusar del poder que viene con estas cualidades.
 
Larry Nassar, un médico de jóvenes gimnastas, era estimado por su
conocimiento y habilidad «especializados» que le permitían ayudar a
las atletas en su entrenamiento. Le llevaban jóvenes por docenas
para que tratara sus lesiones y las ayudara en su rendimiento. Él
sabía lo que estaba mal y cómo solucionarlo. También fue el
pedófilo más prolífico conocido de la historia del deporte. Su
experiencia era reconocida y su buen carácter se daba por sentado,
a pesar de que mujeres y niñas denunciaron abusos a casi todas las
autoridades posibles durante unos veinte años.³
 
El poder del conocimiento se aplica al ámbito teológico o espiritual,
donde un título en teología puede otorgarle a alguien «poder
teológico» sobre los demás. Suponemos que este experto sabe
más, por eso, le otorgamos el derecho a decirnos lo que es verdad
sobre Dios y sobre nosotros mismos y el derecho a hablar con
autoridad sobre nuestros matrimonios, nuestros hijos, nuestro
trabajo o sobre cómo manejamos nuestro dinero. Sin embargo, la
Escritura se puede tergiversar y usar fuera de contexto para
corromper o controlar a la gente que supone que el pastor es una
persona de confianza. El poder de un pastor se intensifica porque
muchos ven a un ministro que habla en nombre de Dios; de hecho,
un pastor puede decirle a la gente que está haciendo exactamente
eso. Así que cuando un pastor le dice a una mujer: «Dios dice que
debes ir a tu casa con el hombre que te maltrata y amarlo mejor»,
ella le responde: «Está bien». La mujer supone que el pastor dicela
verdad debido a su conocimiento teológico y porque es el portavoz
de Dios. Algunas mujeres han sido asesinadas por seguir estos
consejos espantosos.
 
El trío seductor de conocimiento, intelecto y habilidad posee un gran
peso y, muchas veces, conduce a la confianza, ya sea ganada o no.
Larry Nassar era médico, Jerry Sandusky era entrenador y Bill
Hybels era pastor. Ellos fueron capaces de excluir, despedir,
avergonzar públicamente y condenar al ostracismo a cualquier
paciente, jugador o feligrés vulnerable. Fueron capaces de encubrir,
extralimitarse, cambiarles el nombre a las acciones e influenciar a
los demás.
 
Si quiere tener una idea de cómo es el poder asociado con el
conocimiento, el intelecto y la habilidad, escuche con atención a las
personas cuando dicen: «Mi médico dijo», «Mi jefe dijo», «Mi pastor
dijo». Escuche cómo lo que la gente dice se integra con la autoridad
de esa persona que la gente supone. El conocimiento, el intelecto y
la habilidad otorgan credibilidad, pero sin ninguna certeza sobre el
carácter de quien los posee.
 
El poder económico
 
El dinero, la propiedad y otros recursos están estrechamente
relacionados con el poder. El poder económico promete y, muchas
veces, brinda cierta seguridad y comodidad. También puede
utilizarse para controlar, manipular e intimidar a otra persona. El
dinero y los recursos se utilizan como armas.
 
Denise se había casado hacía veinticinco años y tenía tres hijos. Su
marido era rico. También la agredía de forma verbal, emocional,
física y económica. Tenía el control total sobre el acceso de ella a
los recursos económicos. Todas «sus» muchas propiedades,
incluyendo su casa, estaban a nombre de él, al igual que todas las
cuentas corrientes y de ahorro. Ella tenía una tarjeta de crédito muy
limitada a nombre de ambos y tenía prohibido superar un
determinado monto. Si alguien realizaba una comprobación de
crédito, prácticamente no había ningún registro de ella. Simplemente
no existía. Su vulnerabilidad era asombrosa. La falta de acceso al
dinero le impedía irse, a pesar de que temía por su vida.
 
El abuso económico sucede en muchos matrimonios. El que tiene el
control puede usar su poder económico para imponer exigencias,
por muy extremas que sean. También puede ocurrirles a los
ancianos o a los que tienen fondos fiduciarios administrados por
otros. Los recursos pueden robarse o moverse y los testamentos
pueden modificarse. Trabajé con pacientes cuyos padres, abuelos o
cónyuges gestionaron sus bienes de forma humillante y
controladora, haciendo que mis pacientes se sintieran pequeños,
humillados e insignificantes. También ocurre cuando un cónyuge
vive del otro: con frecuencia, afirma que está buscando un trabajo,
pero, en realidad, no lo hace. Esta situación puede durar décadas.
Puede suceder cuando alguien recibe una herencia o era rico antes
de casarse y no se da cuenta de que simplemente lo están
utilizando por sus recursos financieros. Al igual que el abuso físico,
muchas formas de abuso económico son ilegales.
 
El uso que hacemos de nuestro poder económico revela quiénes
somos. En el lugar de trabajo, el dinero puede utilizarse para hacer
que la gente trabaje horas de más. Puede ser un factor de poder en
las amistades en las que uno de los amigos siempre paga, lo que
hace que la desigualdad sea la base de la relación y crea un
desequilibrio financiero que la persona con más dinero puede utilizar
para controlar y humillar.
 
El poder y el sexo
 
He escrito dos libros sobre el abuso sexual y he hablado sobre el
tema más veces de las que puedo contar, así que hacer un resumen
es un desafío.⁴ La sexualidad es uno de los aspectos más
vulnerables del ser humano y está presente desde el nacimiento
hasta la muerte. Está íntimamente vinculada a la identidad y a la
intimidad, y el potencial de daño es extremadamente alto.
 
El abuso sexual se define, por lo general, como cualquier actividad
sexual (verbal, visual o física) que se realiza sin consentimiento. Se
considera que un niño víctima de abuso es incapaz de dar su
consentimiento por la inmadurez del desarrollo y la incapacidad de
comprender el comportamiento sexual. Cuando hablamos de
adultos, es importante entender qué es lo que hace que algo sea
consensuado. En primer lugar, para consentir, uno debe tener la
capacidad de elegir. Si uno está anestesiado en una cama de
hospital, obviamente no tiene esa capacidad. La joven que se había
embriagado en un capítulo anterior no tenía la capacidad de elegir.
Si todo su ser fue anestesiado por años de abuso sexual, palizas,
diatribas verbales, drogas o alcohol, usted no tiene esa capacidad,
la cual ha sido pisoteada, aniquilada. En segundo lugar, el
consentimiento implica que es seguro decir que no. Si usted tiene
cinco años y él cuarenta, si él es el jefe y puede despedirlo, si
alguien tiene el poder de excluirlo de su comunidad, el
consentimiento no es posible porque no es seguro decir que no.
 
El abuso sexual verbal incluye amenazas sexuales, observaciones
sexuales sobre el cuerpo de uno, acotaciones lascivas, acoso y
comentarios sugestivos. El abuso sexual verbal también puede estar
más encubierto. Cuando es sutil, la víctima puede estar confundida
y sentirse insegura sobre lo inapropiado de un comentario. El
lenguaje sexual o provocador no debe tener cabida en una relación
padre/hijo, profesor/alumno, pastor/feligrés, entrenador/atleta,
empleador/empleado.
 
El abuso sexual visual incluye ver o elaborar material pornográfico,
el exhibicionismo (exhibirse de forma sexual) y el voyerismo
(observar en secreto y para la propia satisfacción sexual cómo otros
se desvisten o participan de actividades sexuales).
 
El abuso sexual físico incluye los siguientes hechos realizados sin
consentimiento: el coito, el sexo oral y anal, la penetración con los
dedos, masturbarse delante de alguien o masturbar a otra persona y
acariciar los senos y los genitales.
 
Los abusos sexuales son terriblemente frecuentes. Una de cada
cuatro niñas y uno de cada seis niños sufre este tipo de abuso antes
de los dieciocho años.⁵ Sin embargo, la estadística real no se
conoce del todo porque no suelen denunciarse. Los abusos
sexuales se producen en los hogares, las iglesias, las escuelas, las
organizaciones de servicios, los hospitales, los campamentos, las
residencias de ancianos, en los autos y el transporte público, y en
las oficinas de los médicos, profesores y entrenadores.
 
La divulgación del abuso sexual nunca es bienvenida, ciertamente
no por las víctimas y, muchas veces, tampoco por aquellos a
quienes se les pide ayuda, pues es un mundo en el que no
queremos adentrarnos. Preferimos hacer oídos sordos a la realidad,
convenciéndonos de que lo hacemos por una razón justa. Como nos
enseñó Jesús, estas respuestas son reveladoras. El abuso expone
el corazón del abusador, no el de la víctima. Negarse a ayudar
expone a quienes se les pide ayuda, no a la víctima. El pedir ayuda
expone el valor de la víctima.
 
Una historia de abuso
 
Kenny Stubblefield es cineasta, sobreviviente de abuso sexual por
parte del clero y defensor de víctimas similares.⁶ Con su permiso,
compartiré aquí parte de su historia.
 
Kenny creció asistiendo a la iglesia. Le enseñaron tanto en casa
como en la iglesia a amar a Jesús y que Jesús lo amaba. Sus
padres eran afectuosos y lo apoyaban de forma activa. Kenny tenía
dieciséis años cuando estableció un vínculo con un pastor de
jóvenes asociado. El pastor tenía edad como para ir a la universidad
y actuaba de tal forma que dividía a los amigos entre sí. Decidía
quién era aceptado y popular invitando a los chicos a su casa.
Kenny anhelaba ser elegido, quería ser aceptado. Un día finalmente
sucedió. El pastor lo invitó a quedarse a dormir. Él y Kenny pasaron
un tiempo en el estudio trasero, cerca del dormitorio del pastor. El
pastor comenzó a cambiar de canal en la televisión, deteniéndose
«accidentalmente» en programas pornográficos. Se mostraba
sorprendido, pero se demoraba un poco antes de cambiar decanal.
Sin que Kenny lo supiera, el acoso sexual infantil había comenzado.
 
Kenny pidió dormir en el sofá. La respuesta fue no. «¿Qué tal en el
suelo de la sala de estar?». De nuevo, la respuesta fue no. El pastor
dijo que Kenny tenía que compartir su colchón de agua con él.
Kenny se despertó durante la noche al sentir las manos del pastor
de jóvenes en sus genitales. Supuso que era accidental y las corrió.
No era un accidente. Las caricias continuaron durante toda la noche.
Kenny hizo lo que la mayoría de nosotros haría en una situación así;
entró en pánico y se paralizó. No volvió a dormirse y decidió que, de
alguna manera, debía ser su culpa, una respuesta típica. Decidió
que lo más seguro era el silencio porque nadie tomaría su palabra
por encima de la de un pastor (acertó). Un año después, mientras
hablaba con su mejor amigo, descubrió que también había sido
abusado. Luego de enterarse de otra víctima más, Kenny se dirigió
al pastor de jóvenes principal para contarle que el pastor asociado
había abusado de él y dos de sus amigos. Como afirma Kenny, su
«pesadilla acababa de comenzar».⁷
 
El pastor de jóvenes estaba enojado con las víctimas porque al
exponer el abuso, «ellos» estaban perjudicando «su» ministerio. El
pastor asociado fue despedido, pero no se inició ninguna acción
legal, ni se les ofreció atención a las víctimas ni tampoco se hizo
ninguna advertencia pública sobre el acosador. El pastor principal
terminó el episodio con una frase que dominaría las siguientes dos
décadas de la vida de Kenny: «Si quieres ser fiel, te callarás».⁸
 
Años más tarde, las tres víctimas escribieron al pastor principal
sobre el abuso que habían padecido. No hubo respuesta, en su
lugar, el pastor se puso en contacto con abogados. Los líderes de la
iglesia procedieron a mentir desde el púlpito, negando los abusos y
enterrando la verdad.
 
A pesar de todo, Kenny ha vivido y sigue viviendo de forma
redentora. Sacó a la luz los abusos y su encubrimiento y los llamó
por su verdadero nombre. Reclamó la verdad, la rectitud y la justicia.
Se convirtió en una voz y un defensor de los silenciados por el
abuso. También es una voz de la verdad con respecto a aquellos
que quieren proteger a los abusadores. No hace oídos sordos a la
realidad, sino que regresa por más vulnerables y heridos. Me duele
lo que le pasó a Kenny y lo que les pasó a los que ahora él está
ayudando. También estoy agradecida por su vida, su valentía y su
voz.
 
Pensamientos finales
 
Es importante señalar que muchas personas sufren múltiples tipos
de abuso, con frecuencia, todos al mismo tiempo. Se puede sufrir
abuso sexual, abuso verbal y emocional, y abuso por parte de
alguien de confianza en virtud de su conocimiento. El daño es, por
supuesto, exponencial. También se incrementa en gran medida
cuando un grito de auxilio da lugar a más abuso. El uso del maltrato
verbal y emocional para silenciar a una víctima, junto con el poder
utilizado para evitar exponer a un abusador, puede tener resultados
catastróficos en una vida vulnerable. Los abusos combinados
constituyen un tsunami que destruye las vidas. Es francamente
horroroso que los miembros del cuerpo de Cristo cometan estos
abusos y que, luego, usen el nombre de Dios para hacer oídos
sordos a la realidad.
 
Lo desafío a que considere los distintos ámbitos de poder que
hemos analizado. ¿De qué tipos de poder se abusó en la historia de
Kenny? Todos se encuentran allí, incluso el poder económico,
porque estoy bastante segura de que parte de la motivación de la
iglesia era proteger sus activos, su poder monetario. Su historia
también incluye dos tipos de poder que aún no hemos mencionado y
que analizaremos en futuros capítulos: el espiritual y el sistémico.
Considere la carga de este tsunami de abusos puesta sobre la
espalda de un adolescente con la «ayuda» de los que invocan el
nombre de Cristo. En desobediencia directa al llamado de Dios a
inclinarse y llevar la carga de Kenny con él, la aumentaron. La vida
de Kenny es un llamado de atención a la iglesia, un llamado al
arrepentimiento y a la humildad. Dios está usando su vida para
desenmascararnos. Oro para que prestemos atención.
 
seis
 
El poder en los sistemas humanos
 
Muchas personas piensan que el abuso del poder sucede solo entre
individuos. Sin embargo, los sistemas también pueden ser abusivos.
El abuso sistémico ocurre cuando un sistema, como una familia, una
entidad gubernamental, una escuela, una iglesia u organización
religiosa, una agrupación política o una organización de servicio
social, permite el abuso de las personas que pretende proteger.
Incluso cuando el líder de la organización es el único que ha
cometido actos de abuso, su comportamiento tiende a ser
perpetuado por una respuesta organizacional sistémica con el fin de
preservar el sistema en reacción a una amenaza percibida.
 
¿Qué es un sistema? Es una combinación de partes que funcionan
juntas, formando un todo unitario y complejo. En el mundo
mecánico, una aspiradora es un sistema: todas las piezas funcionan
juntas con el fin de limpiar alfombras. En un sistema de inversión,
todas las partes trabajan juntas para el crecimiento de la riqueza.
También se puede definir a un sistema como un conjunto de
doctrinas o principios que se usan para explicar el funcionamiento
de todo el grupo, como cuando muchas partes de la Iglesia global se
unieron bajo el Pacto de Lausana. Los sistemas, incluso los
mecánicos, en general, están diseñados para servir a grupos de
personas.
 
La palabra «sistema» proviene de dos palabras griegas que
significan «juntos» y «mantenerse». Los sistemas humanos «se
mantienen juntos» para un fin aparentemente bueno. La palabra
«abuso», como ya sabemos, significa «usar de forma incorrecta»,
por lo tanto, el abuso sistémico se aplica cuando un sistema que
está diseñado para servir a las personas, en cambio, destruye,
minimiza, daña, desecha y deshumaniza a las personas creadas a
imagen de Dios. La dignidad, la vitalidad, el impacto, la creatividad,
la construcción y la producción se silencian y aplastan. Esta
distorsión tiene como resultado que las partes del sistema se
mantienen juntas para servir al sistema en vez de a las personas.
 
Cuando el abuso sistémico ocurre en una organización teóricamente
unida en torno a un buen fin, el fin manifiesto o declarado no es, de
hecho, el que gobierna. Para que los agentes de un sistema tengan
conducta abusiva, esa conducta debe ser facilitada por propiedades
fundamentales, aunque a menudo ocultas, del sistema en sí. En
otras palabras, la propensión al abuso se incorpora en algún nivel
subyacente de la arquitectura del sistema. Toda respuesta piadosa
al abuso necesita acciones restauradoras que trabajen hacia la
recuperación de la imagen de Dios que ha sido distorsionada.
 
El abuso sistémico del poder en acción
 
Miremos más de cerca el abuso sistémico para obtener un mayor
entendimiento de lo que es y de cómo las diferentes partes de un
sistema contribuyen a las acciones abusivas o las sostienen.
Considere Birmania, ahora conocido como Myanmar, que por años
estuvo gobernado por un régimen brutal, egoísta y tiránico. Por
décadas he trabajado con personas abusadas, así como con
familias, comunidades e iglesias abusivas, pero cuando estuve en
Birmania, fue la primera vez que entré y fui testigo de cómo se
abusaba de una nación entera. Los generales gobernantes usaban
la opresión, la brutalidad, la fuerza, la intimidación, la
imprevisibilidad y el aislamiento para controlar a la gente, y
funcionaba.
 
Un caballero birmano me describió ejemplos de la estrategia de los
líderes. Un día, las personas de Myanmar se despertaron y se les
instruyó, por capricho del general superior, que condujeran del lado
opuesto de la calle. Este edicto tuvo que ser modificado
rápidamente debido a la abrumadora cantidad de accidentes.
También me dijo que todos los birmanos reciben una jubilación
equivalente a diez centavos por mes y que cuesta veinte centavos
tomar el autobús hasta el único bancodonde pueden cobrar ese
dinero. El país impone el trabajo forzoso sin ninguna finalidad. Vi
cómo hombres y mujeres llevaban piedras pesadas de un lado a
otro de la ruta y cómo los obligaban a llevarlas de vuelta. Estos y
muchos otros abusos ejemplificaban la opresión, el control mental,
la destrucción del propósito, el silenciamiento de la voz, la
destrucción de las relaciones y el aplastamiento del poder personal
que constituyen el abuso sistémico. El sistema es tan poderoso y
controlador que el gobierno del país le parece una locura a un
extranjero. La obediencia implica aceptar el engaño de que esas
cosas son razonables. Se quebranta reiteradamente la voluntad de
las personas, se eliminan las decisiones, se entumecen las mentes
y se destruye la confianza. La junta militar ha destruido
despiadadamente a los creados a imagen de Dios hasta que solo
quedaron las cáscaras. Birmania es un ejemplo extremo, como la
Alemania nazi, pero ambas son imágenes del abuso sistémico que
nos ayuda a entenderlo en situaciones menos obvias.
 
Muchos hombres se han presentado ante la policía para hablar
sobre su victimización siendo menores y mientras estaban en una
tropa de Boy Scouts of America (BSA). Un informe reciente declara
que más de doce mil miembros de los Boy Scouts fueron víctimas
de abuso sexual en manos de casi ocho mil presuntos
perpetradores.¹ El propósito manifiesto de esta organización es
ayudar a los hombres jóvenes a tomar decisiones éticas y morales.
Es una de las organizaciones juveniles más grandes de los Estados
Unidos y ha hecho mucho bien, pero incluso una organización con
metas nobles puede ser presa del abuso sistémico. Desde la
década de 1920, los Boy Scouts han guardado los llamados
«archivos de perversión».² Muchos de estos archivos exponen la
colaboración entre el liderazgo de BSA y otros sistemas (jefes de
policía, fiscales, pastores) para encubrir los abusos por el bien de la
organización: múltiples sistemas conspiraron en acciones
completamente opuestas a los propósitos manifiestos de la
organización. La corrupción fluyó desde arriba. Una postura
permisiva hacia el abuso en la oficina central de BSA también se
extendió a los sistemas bajo su liderazgo. Las decisiones de
aquellos con poder se filtraron en los sistemas más pequeños que
funcionaban bajo ellos. Un sistema establecido para enseñar
principios éticos y morales unido a los sistemas de justicia y fe
tomaron decisiones inmorales, poco éticas e injustas. Claramente, el
propósito oculto de proteger el sistema gobernó, en definitiva, las
acciones del sistema en lugar de su propósito manifiesto. Los BSA
se estaban destruyendo a sí mismos al tomar decisiones no éticas e
inmorales, creyendo que estaban preservando un sistema ético y
moral.
 
Mientras escribo, otra noticia ha salido a la luz sobre los BSA. Peter
Janci, un abogado y defensor de víctimas de abuso sexual, dice:
«Basado en la literatura científica sobre la significativa cantidad de
casos no reportados de abuso de parte de las víctimas y los altos
niveles de reincidencia por parte de los perpetradores dentro de un
sistema que minimizaba y escondía el abuso, estimo que el número
de víctimas de abuso en BSA asciende a las cien mil».³
 
Con pesar, también estamos al tanto de las denuncias de los últimos
años sobre el abuso sistémico en comunidades de fe. Católicos,
judíos, protestantes, musulmanes y mormones tienen como
propósito manifiesto glorificar a Dios y servirlo fielmente. Sin
embargo, muchos sistemas religiosos han trabajado para encubrir y
negar los abusos, y proteger a los abusadores. Muchos lo han
hecho para «proteger la obra de Dios», lo cual, en realidad, significa
preservar una institución antes que a las personas que debían
prosperar en ella.
 
Las iglesias, las escuelas, los orfanatos y las instituciones religiosas
han protegido a las organizaciones, el poder, la posición, la riqueza,
la raza, la etnia y muchas otras cosas. El sistema, denominación o
asociación más grande afecta o infecta a los sistemas más
pequeños de iglesias y familias individuales; por lo tanto, si los
líderes de la iglesia abusan de manera activa o si autorizan o
ignoran el abuso doméstico o sexual, el permiso implícito para
abusar del poder llega a los sistemas familiares. Está claro que
hemos preferido nuestras trampas organizativas antes que la
santidad de Dios. Hemos guardado nuestros tesoros materiales en
lugar del tesoro de los seres humanos, ni hablar de las autolesiones
y las desastrosas consecuencias. Destruya a los niños y no habrá
futuro.
 
La complicidad con un sistema
 
Cuanto más desesperada esté la gente, más ansiosa estará de que
un héroe aparezca en un caballo blanco y lo mejore todo. Las
personas en estas circunstancias están vulnerables al control y a la
manipulación. Anhelan con razón un mesías, pero puede que sigan
ciegamente a un impostor hasta que la realidad detrás del propósito
manifiesto del líder quede al descubierto y ellos se den cuenta de
que fueron engañados.
 
El líder es un componente clave de cualquier sistema, desde Stalin
o Hitler hasta un poderoso predicador carismático o un padre
dominante. El líder, por lo general, tiene un grupo cercano de
seguidores cuyo acceso al líder les da poder dentro del sistema.
Estos son los allegados, los que están al tanto, el círculo íntimo de
ancianos o miembros de la junta, los donantes pudientes o
miembros de la iglesia de un género, raza o etnia privilegiada que
ejercen una influencia excesiva en el sistema. Trabajan duro para
proteger sus posiciones y el poder que ellas conllevan. Los líderes y
estos grupos cercanos están comprometidos de manera abierta y, a
menudo, apasionada con la misión manifiesta de la organización,
pero es muy fácil quedar atrapado en las trampas del poder y la
ganancia personal, y conformarse con la mera preservación del
sistema que brinda esos beneficios.
 
Los seguidores con menos poder pero con una creencia
incondicional y una protección activa del liderazgo conforman otro
componente del sistema. Estas personas han aceptado la idea de
que «nosotros» en esta institución somos especiales y que el
sistema tiene que ser protegido a toda costa. En ámbitos religiosos,
son los que usan la Escritura para sostener el poder y mantener a
los líderes en su lugar. Estos miembros de la iglesia marginan a
otros que cuestionan el liderazgo o, aún peor, que presentan
acusaciones de malas acciones o abusos. En Ruanda, eran los
vecinos los que creían que la propaganda genocida de los líderes
era una forma de «preservar» la nación. En lugares como
Afganistán, son los hombres los que atacan al «género inferior»,
visto como una amenaza al sistema simplemente porque buscan
una educación.⁴ Estos seguidores sirven a la causa y, al hacerlo, se
destruyen a sí mismos y renuncian a sus propias voces, a su
honradez y a su poder. Por su docilidad y obediencia, se alinean con
los poderosos, actúan de acuerdo con sus dictados y en apariencia
funcionan para proteger el sistema, pero, en realidad, lo destruyen
desde adentro.
 
Otros en el sistema son dóciles no por palabras o acciones, sino por
ceguera. Lamentablemente, todos hemos sido parte de este tipo de
pasividad: mirar para otro lado, negar la realidad. Pensamos que no
puede ser cierto y elegimos la comodidad antes que causar una
perturbación. Las familias en las que el cónyuge protege al
abusador al «no ver» es dócil por ceguera. En las iglesias de todo el
país, los niños han dicho: «Alguien me tocó» sin siquiera entender lo
que les habían hecho y, en respuesta, los ciudadanos del cielo han
dicho: «Esto no sucede en nuestra iglesia. No puede ser cierto
porque la persona acusada es muy buena y enseña en la escuela
dominical y nunca haría algo semejante». En lugar de enfrentar la
verdad, la desmerecen y la ignoran. ¿Por qué? Porque reconocer la
verdad alterará el sistema por completo.
 
No creemos que los líderes poderosos que admiramos puedan
abusar de su poder. No queremos ver porque si vemos, debemos
actuar o cargar con la culpa deno haberlo hecho. No queremos ver
porque amenaza nuestra fe en la virtud de nuestros líderes y en el
valor del sistema. El liderazgo se percibe como bueno, basado en lo
que se dice, predica, enseña o promete, y nos decimos a nosotros
mismos que esa es toda la verdad.
 
También tememos el daño de la exposición. ¿Qué pasará si se
conoce esta verdad? Arruinará la reputación del grupo, o peor aún,
dañará el nombre de Cristo. «Esta es Su obra; no podemos
arruinarla». Creemos que las instituciones como la iglesia y la
familia están ordenadas por Dios y, por lo tanto, deben protegerse a
toda costa. Por eso, encubrimos y negamos. Reaccionamos con
incredulidad, minimizando y mintiéndonos a nosotros mismos y a los
demás. En lugar de llamarlo abuso sexual por parte del clero, lo
llamamos un malentendido. Preferimos creer una mentira
tranquilizadora que una verdad totalmente incómoda y perturbadora.
Protegemos el sistema protegiendo a los acusados. Decimos que no
queremos acusar falsamente, pero no somos tan firmes sobre la
falta de protección a las víctimas. Los seres humanos vulnerables
necesitan protección en todos los sistemas humanos. No existe un
sistema tan piadoso en el que esto no sea cierto. Los vulnerables
necesitan una voz, pero son descartados con facilidad debido a su
vulnerabilidad. Damos credibilidad a quienes no tienen miedo, tienen
confianza y parecen importantes para sostener el sistema. Le
damos más credibilidad al poder.
 
Volvamos a los Boy Scouts of America. Alguien tuvo que denunciar
el abuso para que existieran esos archivos de perversión; las
víctimas tuvieron que hablar. Luego, el liderazgo de BSA se enfrentó
a una elección: responder a la denuncia o enterrarla. Ellos eligieron
la protección ante la exposición en lugar de la protección de los
niños. Estas decisiones involucraron a muchas personas y duraron
décadas, se mantuvieron ocultas hasta que las víctimas
comenzaron a denunciar en público. Esto ha sido así en
innumerables iglesias, misiones, orfanatos y escuelas cristianas.
 
En el mundo cristiano, negamos lo que escuchamos porque
queremos proteger el nombre de Jesús. Si se corre la voz de que
alguien está cometiendo fraude, abusando de los niños, golpeando
a su esposa o tratando a los miembros de su grupo de manera
desagradable, intimidatoria y excluyente, entonces la reputación de
Jesús se estropeará, y nosotros debemos evitar eso. ¿Cómo puede
estar mal proteger el nombre de Jesús? ¿Puede ver cómo podemos
usar palabras piadosas para encubrir acciones impías?
 
En los círculos cristianos, decimos que estamos haciendo la obra
del Señor; estamos protegiendo Su obra. Haríamos bien en recordar
que el profeta Jeremías confrontó a los israelitas por repetir «el
templo del Señor» mientras adoraban a los ídolos. «No confíen en
esas palabras engañosas que repiten: “¡Este es el templo del Señor,
el templo del Señor, el templo del Señor!”» (Jer. 7:4, NVI). La
respuesta de Dios fue un llamado a la justicia. Los llamó a
enmendar sus caminos y a dejar de tolerar el pecado en medio de
ellos. El profeta le habló al sistema enfermo y pecaminoso todo lo
que Dios le había ordenado que hablara, y la respuesta del sistema
fue exigir la muerte del que comunicaba la verdad, diciendo que él
debía morir. Querían dejarlo mudo. Eso es exactamente lo que los
sistemas intentan hacer con los disidentes, los que dicen la verdad o
sus víctimas. Trabajan para silenciarlos.
 
Ningún sistema que en su interior lleve opresión, silenciamiento,
deshumanización, violencia, abuso y corrupción es saludable,
independientemente de lo piadosos que sean los objetivos de ese
sistema. La tolerancia a dichas cosas por miedo, incredulidad o
autoengaño no protegerá al sistema de la enfermedad que lo matará
si no se tratan.
 
A menudo confundimos el sistema del cristianismo (la cristiandad)
con Cristo, pero ningún sistema llamado cristiano es
verdaderamente obra de Dios a menos que esté lleno de verdad y
amor. Tolerar el pecado, la pretensión, la enfermedad, la perversidad
o la desviación de la verdad es hacer algo distinto a la obra de Dios,
no importan las palabras que se usen para describirlo. Como seres
humanos, tendemos a someternos a las órdenes de otros seres
humanos, a la tradición o a la cultura, y nos negamos a escuchar y
obedecer al Dios vivo y omnipresente. Cantar «Este es el templo del
Señor» o «Esta es la obra de Dios» no significa que sea así.
Proclamar con los Boy Scouts: «Enseñamos moral y ética» mientras
cubrimos la inmoralidad es un indicador de que el sistema ya no es
moral; tampoco lo son los que esconden su inmoralidad.
 
Algunos de nosotros nos hemos enfrentado al poder de los sistemas
que invocan el nombre de Dios pero que no se parecen en nada a
Él. Ese poder puede ser formidable. Es difícil luchar contra un todo
orgánico, sobre todo cuando el sistema está lleno de personas que
amamos o son importantes para nosotros y nuestro futuro. Hemos
visto el poder de esos sistemas en la Alemania nazi y en los Boy
Scouts. Se encontraba en el sistema de esclavitud de Estados
Unidos y se encuentra hoy en la esclavitud del tráfico sexual. El
sistema arrastra a otros a participar en sus formas corruptas. Qué
fácil es quedarse callado y seguir la corriente, en especial cuando el
sistema se ha dedicado a hacer un buen trabajo en nombre de Dios.
Nos olvidamos de que cualquier cosa hecha en nombre de Dios que
no refleja Su carácter de principio a fin no es de Él en absoluto. En
nuestro olvido, somos más leales a las palabras de los seres
humanos que a los mandamientos de Dios.
 
Es vital que tengamos en cuenta que el propósito de cualquier
sistema es que las personas se unan para proteger, servir o apoyar
a los seres humanos, que están creados a imagen de Dios. Esto se
aplica a todos los sistemas, incluidos los gobiernos, las empresas,
las comunidades, los municipios, las tribus y las familias. El sistema
es para las personas; las personas no sirven al sistema; no son sus
súbditos. Ellos son, lo sepan o no, siervos del Dios Altísimo y solo
de Él. Todos los sistemas deben someterse a Él. Cuando no lo
hacen, ya no sirven a las personas ni son aprobados por Dios.
 
Es fácil confundirse con esto en un sistema ordenado por Dios.
Tome el ejemplo del matrimonio, una institución ordenada por Dios.
Cuando se expone la violencia conyugal, los líderes de la iglesia
pueden enviar a la víctima de esa violencia a casa para «sufrir por el
bien de Jesús» en lo que ven como un esfuerzo para proteger la
santidad del matrimonio. Sin embargo, la violencia ya ha destrozado
la santidad. Lo que intentan proteger no es en realidad un
matrimonio, del que solo queda el nombre, sino una zona de guerra
que está destruyendo a todos sus habitantes.
 
Cuando los israelitas intentaron proteger el templo a pesar de su
corrupción, Dios respondió con el equivalente de expulsarlos de
Israel. No mantuvo la estructura porque Su templo está, en
definitiva, en el corazón de la gente, no en un sistema. Israel, como
nación, estaba trayendo sacrificios al templo incluso mientras se
estaba pudriendo en su núcleo y estaba destruyendo a las mismas
personas que debía proteger. Dios no mantiene la forma sin tener en
cuenta el contenido. Dios quiere pureza en el reino del corazón, no
su apariencia en un sistema. Nuestros sistemas, nuestros países,
nuestros grupos de fe, nuestras tribus y nuestras organizaciones no
son el reino de Dios. Él reside en el corazón de Su pueblo, que está
llamado a amarlo y obedecerlo incluso cuando nuestras estructuras,
instituciones y sistemas se derrumban a nuestro alrededor.
 
Cómo responder a los sistemas abusivos
 
Entonces, ¿cómo debemos responder al abuso sistémico?
Debemos empezar por enfrentar la verdad. Considere cómo sería
una respuesta saludable a un síntoma físico. Una persona descubre
un bulto en su cuerpo; puede optar por ignorarlo o tomar medidas
para proteger su sistema físico. Cuando una respuesta es impulsada
por el miedo a lo que el bulto podría indicar y a lo perturbador o
doloroso quepodría ser el tratamiento, la persona puede ocultar los
hechos y negar la presencia del bulto a pesar de que podría costarle
la salud o incluso la vida. Sin embargo, si enfrenta la verdad y hace
lo que sea necesario para abordar los síntomas, puede traer
sanación a su cuerpo.
 
Cuando consideramos los casos de abuso del poder en los
sistemas, estamos lidiando con enfermedades de abuso, violencia y
opresión, de inmoralidad, fraude y corrupción. Podemos gastar
energía manteniendo las apariencias y preservando el sistema
mientras ignoramos la enfermedad. Podemos creer que si dejamos
de fingir, reconocemos la enfermedad y trabajamos para detenerla,
destruiremos realmente el sistema; pero disfrazar los síntomas del
sistema enfermo no es un paso hacia la recuperación.
 
Jesús vivió como parte de un grupo de personas dominado bajo un
sistema de gobierno dominante. Roma gobernaba el mundo con
pura fuerza y poder. Ese sistema más grande estaba formado por
muchos subgrupos: los judíos y los gentiles, los leprosos y los
limpios, los hombres y las mujeres, los líderes religiosos y la gente
común. La gente religiosa tenía sus propios subgrupos de escribas:
los fariseos y los saduceos. Todos los sistemas religiosos estaban
corrompidos. Deshumanizaban, aislaban y excluían a las personas y
las aplastaban con cargas pesadas. Se cumplía firmemente la
distinción de «nosotros contra ellos». Los grupos marginales
(«ellos») incluían a los samaritanos, los leprosos, los mendigos y las
mujeres. Según los estándares romanos, todos los judíos eran
«ellos». Los niños eran una propiedad, como los esclavos. El
infanticidio, el abandono y el abuso eran comunes.
 
Dios no guarda silencio con respecto al abuso sistémico. Él envió a
Jesús, quien vivió en medio de estos sistemas corruptos, y creo que,
en Jesús, Dios habla con una voz disidente sobre el abuso
sistémico. Un disidente es una persona que se opone a la política
oficial, que no está de acuerdo. El término se hizo popular cuando la
Unión Soviética estaba en el poder. Nosotros definimos un sistema
como personas que se mantienen juntas. Jesús se apartó de los que
se mantenían juntos en su época. Es una gran imagen, ¿no? De la
misma manera y en el mismo espíritu de Jesús, todos los cristianos
deben ser disidentes en los sistemas corruptos de este mundo,
incluso en nuestras amadas instituciones.
 
Hay muchos ejemplos de la disidencia de Jesús. En ese tiempo, los
judíos albergaban prejuicios raciales sistémicos hacia los
samaritanos, y un judío oraba todos los días, agradeciéndole a Dios
por no haberlo hecho mujer. Jesús, sentado junto a un pozo en la
tierra de «ellos», tuvo sed. La Biblia nos relata que vino una mujer
de Samaria. Ella era una doble no; era una de «ellos entre ellos»,
había tenido cinco maridos y en ese momento vivía con el sexto. Era
del grupo odiado, del género despreciado y era inmoral; pero el Hijo
del Hombre vio su humanidad, así como vio la humanidad bajo
escamas leprosas, así como vio la humanidad en los niños
pequeños (Juan 4:7-26).
 
Casi todos los milagros de Jesús fueron intervenciones a favor de la
vida. Intervino por aquellos que eran oprimidos y maltratados, por
los que estaban enfermos, en peligro y traumatizados. No disintió a
la manera estadounidense ni de ninguna otra forma con la que
estemos familiarizados. No llevó ningún cartel decorado con
palabras de odio. Él le dio al césar lo que le correspondía, por más
tirano que fuera. Como la moneda tenía la imagen del césar, el
césar podía quedarse con la moneda; pero Jesús siempre le dio a
Dios lo que era de Dios, que era Él mismo y la humanidad
quebrantada con Él. Se opuso a todo lo que deformaba, aplastaba y
destruía a la humanidad, incluidos los líderes religiosos. Sus ayes a
los líderes nos recuerdan los ayes de Dios en Ezequiel 34: «“¡Ay de
los pastores de Israel que […] han dominado con dureza y con
severidad [a las ovejas!]”. […] “Yo estoy contra los pastores y
demandaré Mi rebaño de su mano…”» (vv. 2, 4, 10, NBLA). En
Mateo 23, Jesús dice palabras condenatorias a los líderes de una
institución religiosa centenaria originalmente ordenada por Dios
mismo: «… ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, […] porque
devoráis las casas de las viudas […] y dejáis lo más importante de la
ley: la justicia, la misericordia y la fe…» (vv. 13-14, 23).
 
En su encuentro con la mujer samaritana, Jesús cruzó las líneas
entre judíos y samaritanos, hombres y mujeres, puros e impuros.
Ignoró el nacionalismo, los prejuicios raciales, la discriminación de
género y las reglas de pureza e impureza. Vemos su disidencia en
su búsqueda incesante de personas, sin importar dónde estuvieran.
Los buscó con amor y verdad. Los buscó uno por uno.
 
El abuso sistémico es una fuerza formidable e insidiosa. Las
naciones destruyen a su propia gente y a la gente de otras
naciones. Las empresas persiguen la codicia y se atiborran con las
riquezas que se encuentran en la tierra de Dios. Las comunidades
se autodestruyen, y el vecino mata al vecino. Las iglesias y los
sistemas religiosos condenan al ostracismo y aplastan a los niños
que han sido abusados, a los que han sido violados y a los que
conviven con otras formas de violencia. Lo hacen para preservar un
sistema que dicen que es de Dios. Las familias se consumen por las
violaciones, los incestos y la violencia. Somos los disidentes de Dios
cada vez que respondemos en las oficinas, las comunidades, las
iglesias, las escuelas y en cualquier otra área de abuso. Hacemos
esto como parte de los sistemas, muchos de ellos con objetivos
buenos y piadosos. No debemos echarnos a dormir. Debemos
vigilar. No debemos asumir que nuestra familia, iglesia, comunidad,
país u organización siempre tiene la razón solo porque las personas
que lo integran usan las palabras correctas. Nunca debemos estar
de acuerdo en cubrir la impiedad para «proteger» el nombre de
Dios. En Efesios 5:11, Pablo nos advierte que no participemos en
las obras de las tinieblas, sino que las expongamos. Comprenda
que usted solo no puede cambiar todo un sistema y tampoco está
llamado a hacerlo. Sin embargo, debemos decir la verdad sobre
nuestros sistemas. Esto es difícil de hacer y, a veces, bastante
arriesgado. Pregúntele a Martin Luther King Jr. Pregúntele al mismo
Martin Luther. Pregúnteles a los del movimiento #MeToo
[#YoTambién]. Cuando los sistemas cambian, a menudo, es poco a
poco y, por lo general, a un gran costo.
 
Cuando se sienta abrumado, recuerde esto: las personas son
sagradas, creadas a imagen de Dios; los sistemas no. Solo valen
por la gente que tienen dentro y las personas a las que sirven. Y las
personas deben ser tratadas, ya sean una o muchas, de la misma
manera que Jesucristo trató a las personas. Él las hizo más
enérgicas y humanas; nunca las deshumanizó. Él se unió a
nosotros; se volvió como nosotros. Nunca dividió a los humanos en
nosotros y ellos. Nunca trató a las personas como patógenos. Él
obró justicia en los corazones y en las vidas.
 
¿Qué significa todo esto para nosotros que vivimos dentro de los
sistemas y deseamos agradar a Dios? Significa que debemos ser
derramados como la sal, asépticos, libres de infecciones y
patógenos. Como cristianos, debemos ser un sistema inmunológico
saludable en el mundo. Mientras caminamos con Cristo en amor y
obediencia, independientemente del costo de nuestros hábitos y
preferencias o nuestros sistemas favoritos, debemos vivir como Él lo
hizo, sin corrupción en este mundo corrupto. Debemos ser luz en la
oscuridad, exponiendo aquellas cosas que no son como Dios sin
importar dónde las encontremos, incluso si las encontramos en
aquellas organizaciones que amamos mucho. Somos llamados a
apartarnos cuando los que se mantienen juntos son desobedientes
a Dios.
 
Debemos tener dos cosas en cuenta cuando nos enfrentamos a la
fuerza y poder abrumadores de los sistemas de este mundo.
Primero, debemos estar muy empapados y moldeados por la
Palabra de nuestro Dios para poder ver la verdad y llamarla por su
nombre correcto. Esos sistemas nosdoblan y nos tuercen porque
estamos sumergidos en nuestras propias culturas y tradiciones,
tanto seculares como religiosas, y porque estamos moldeados por
generaciones de nuestras propias familias. Es fácil para nosotros
ver a los que están afuera, los «ellos» que son parte de otros
sistemas, como los equivocados, los perversos o simplemente los
inferiores. Necesitamos la verdad de la Palabra de Dios escrita y de
la Palabra de Dios hecha hombre para ayudarnos a ver cómo vivir lo
que Dios dice, o nos desviaremos del camino e interpretaremos la
Palabra escrita a través de la lente de la cultura y la tradición y
fácilmente modificaremos lo que está escrito para nuestros propios
fines. Jesús vino tanto a hacer como a enseñar. Debemos
escucharlo con atención y observarlo desde cerca. No debemos
separar ambas acciones.
 
En segundo lugar, debemos reconocer que el cambio de sistemas
masivos siempre se produce una persona a la vez. Es la manera de
Dios. El cambio parece imposible, francamente no hay esperanza,
pero nuestro Dios llama a Su pueblo, lo multiplica y trae
transformación. Abraham, Moisés, Rut, David, Ester, Elías, Pedro,
Juan, María Magdalena, Pablo, Priscila, usted, yo. Jesús mismo vino
como hombre. Él nos concede Su Espíritu uno a uno y nos llama a
seguir Sus pasos, a llevar Su fragancia y a declarar la verdad y la
gracia a las personas de este mundo una por una. La multiplicación
de esa tarea es Su obra, no es nuestra.
 
Los reinos de esta tierra son muchos y se han utilizado para
aumentar el poder, matar y hacer juicios «morales» egoístas.
 
Los sistemas políticos y económicos han prometido libertad,
igualdad y crecimiento y, sin embargo, han aplastado a los seres
humanos creados a imagen de Dios. Nuestras instituciones,
organizaciones, sistemas educativos y también la cristiandad han
abusado del poder, han destrozado a los miembros vulnerables y
han hecho oídos sordos, todo aparentemente por un bien mayor. Y
nuestros propios sistemas amados, nuestras familias, iglesias,
lugares de aprendizaje estimados y clubes especiales, han
protegido el sistema a expensas de, por lo menos, uno o dos
corderos.
 
Sin embargo, una a una, la luz se abre paso y llega el cambio.
 
El comercio atlántico de esclavos, la segregación en las escuelas
estadounidenses y el régimen nazi fueron sistemas poderosos que
fueron cambiados por una sola persona que influyó en los demás:
William Wilberforce, Martin Luther King Jr., Dietrich Bonhoeffer.
 
Aquí hay otra historia de uno a uno. Algunos miembros de la familia
de mi padre vinieron desde Suiza y finalmente se establecieron en
Virginia Occidental, donde poseían y manejaban minas de sal y
carbón. La familia Ruffner fundó la ciudad de Charleston en Virginia
Occidental y, para mi gran pesar, tenían esclavos que trabajaban en
las minas.
 
Booker T. Washington era hijo de esclavos.⁵ Después de la
emancipación, este niño trabajó en las minas de sal, cargando
sacos de 45 kg (100 libras) llenos de granos de sal. Su primer
encuentro con la escuela fue parado afuera y mirando con tristeza
por la ventana cómo aprendían otros niños. A los diez años fue
asignado como criado de Viola Ruffner, esposa del dueño de las
minas. Ella observó su inteligencia y entusiasmo por aprender, lo
ayudó a aprender a leer y le dio tiempo libre todos los días para que
asistiera a la escuela.
 
Washington fundó el Instituto Tuskegee, la cual se convirtió en una
universidad líder en Estados Unidos. Él denunció las relaciones
raciales durante la era de Jim Crow y fue el primer afroamericano
invitado a la Casa Blanca. Mi predecesora no podía detener la
esclavitud; no podía cambiar las relaciones raciales en este país; no
podía educar a todos los hijos de las personas esclavizadas, niños
que deberían haber sido educados. Sin embargo, ayudó a un hijo de
la esclavitud y su acción se multiplicó más allá de las expectativas
de cualquier persona. Una a una, miles de vidas y muchas
generaciones fueron cambiadas porque un niño pequeño aprendió a
leer. De la misma manera, debemos ser una presencia en los
sistemas del mundo para la gloria de Dios.
 
Así que recuerde esto: es vital que vea de verdad y con claridad y
llame a las cosas por su nombre correcto. No se deje anestesiar por
los llamados buenos sistemas, no se deje controlar por los malos y
no sea cómplice de una ceguera deliberadamente elegida. No se
siente creyendo que no hay esperanza, pensando que el problema
es demasiado grande y que el cambio nunca llegará. Eche sus
raíces profundamente en la Palabra de Dios escrita y hecha carne.
Inclínese ante Aquel que gobierna los reinos del cielo y de la tierra
para que Él lo haga a Su semejanza. Y luego, como Él, lleno de Su
gracia y verdad, salga, hable, toque, ame y ayude uno a uno. Él
multiplicará lo que usted haga.
 
Ignore las líneas que traza el mundo y ame a los más pequeños: a
los niños, los vulnerables, los abusados, los traumatizados, los
traficados y los descartados. Así es como le dice la verdad al poder.
Así es como discipula y bendice a las naciones, una a una entre las
más pequeñas. Es un trabajo pequeño, a menudo oculto y lento,
pero es la obra de Dios hasta que llegue el día en que el único
sistema que quede en pie esté formado por aquellos que aman y
siguen a Cristo. Es la obra de Dios hasta que el séptimo ángel toque
la trompeta y voces en el cielo digan: «Los reinos del mundo han
venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los
siglos de los siglos» (Apoc. 11:15).
siete
 
El poder entre los hombres y las mujeres
 
Crecí en las décadas de 1950 y 1960, años fascinantes en los que
lo tradicional y lo correcto se encontraban con los hippies y las
drogas. Después de graduarme de la universidad en 1970, estudié
en la comunidad suiza L’Abri con el teólogo y filósofo evangélico
Francis Schaeffer. Regresé a Estados Unidos y obtuve un doctorado
en psicología, la única mujer en una clase de siete alumnos. Para
cuando terminó esa década, yo tenía dos títulos, un esposo y uno
de nuestros dos hijos.
 
A través de todo esto, también fui parte de la cristiandad. Ha sido un
recorrido interesante, a veces, doloroso y, a menudo, bendecido.
Crecí con padres cristianos amorosos que nutrieron mi cerebro de
manera activa y me dijeron que podía ser cualquier cosa que me
propusiera. Como mi padre estaba en el ejército, nos mudábamos
con frecuencia y asistimos a una amplia variedad de iglesias. Como
resultado, experimenté muchas culturas, tanto seculares como
cristianas, y esa experiencia fue un regalo inestimable que promovió
mi comprensión y creencia de que la adoración se trata de una
persona llamada Jesucristo. Él es el que está en el trono, y solo a Él
le debemos nuestra obediencia, no a un líder, ni a una
denominación ni a una iglesia.
 
Mientras estaba en la universidad, muchos hombres cristianos me
informaron que estaba equivocada al querer obtener un título. Mis
dones, me dijeron, me los dio Dios para que los usara con un
esposo e hijos y luego quizás en la iglesia. Me recomendaron
casarme (en ese momento, yo no estaba en una relación) y dejar la
universidad. Menos mal que mi padre me recordó mis habilidades y
mi libertad de decisión. Trabajé para un psicólogo cristiano durante
varios años que me trataba bien y me pedía que habláramos en
público juntos. Ninguno de los dos estábamos preparados para el
ataque. Las respuestas iban desde «Ella no puede venir» a «Puede
venir, pero no puede hablar a los hombres», «Puede venir, pero
tiene que usar un sombrero», «Puede venir, pero debe hablar desde
el piso, no desde el escenario». Usted entiende. Él me defendía; a
menudo, yo me rebajaba para amoldarnos a los demás y nos
íbamos.
 
Cuando comencé a dar terapia psicológica a principios de la década
de 1970, encontré mujeres que hablaban del abuso en términos
imprecisos y vacilantes. Nadie usaba la palabra «abuso». El abuso
doméstico «no ocurría» porque se creía que los hombres tenían
más credibilidad. La violación se consideraba culpa de la mujer. Las
mujerespedían verme porque era mujer, no porque supiera algo. Yo
tenía veintitrés años.
 
Escuchaba, hacía preguntas y les decía honestamente que no sabía
nada y que primero tenía que estudiarlas. Los supervisores
masculinos me dijeron que no creyera sus historias histéricas y sus
mentiras sobre hombres «buenos».
 
Elegí escuchar a las mujeres en lugar de a mis supervisores.
 
También daba terapia a los veteranos que regresaban de Vietnam.
Me di cuenta de dos cosas. En primer lugar, los veteranos que
regresaban de la guerra y las esposas que venían a verme en
secreto tenían los mismos síntomas. Llegué a la conclusión de que
había más de un tipo de zona de guerra. Crecí aprendiendo sobre el
combate, pero no sobre la guerra en el hogar. En segundo lugar, las
mujeres abusadas se hacían más pequeñas, como si el «yo»
literalmente se encogiera, mientras que los veteranos parecían
volverse más grandes. A menudo, eran bebedores empedernidos,
enojados y violentos. La violencia ocurría principalmente en el
hogar, pero algunos no podían contenerse lo suficiente como para
mantener un trabajo. Lo que llegué a comprender tenía dos caras. A
los hombres se les enseña a ser fuertes, competentes y
responsables; su autoridad debe ser obedecida. A las mujeres se
les enseña a ceder, contener y apoyar. Las tareas no son
intercambiables. Por lo tanto, la violencia es el derecho de los
hombres, y la carga de manejarla es de las mujeres.
 
Me di cuenta de que las víctimas de abuso no eran las únicas que
perdían a la persona que Dios había creado. Los abusadores
también se apagaban cuando cedían a la violencia. Las zonas de
guerra hacen que todos se sientan pequeños. El abuso del poder es
utilizar el poder para controlar y coaccionar a la víctima. Lo que a
menudo no se comprende es que el poder abusado es también un
poder fuera de control, que es, por definición, una incapacidad. Los
que son violentos y abusivos son incapaces de controlarse a sí
mismos. Los que son víctimas son incapaces de cambiar al violento.
 
El abuso del poder es un cáncer en el cuerpo de Cristo. La forma en
que la cristiandad usa la terminología con respecto al género es a
veces un aspecto de la enfermedad. Debemos dejar que la luz de un
Dios santo nos exponga a nosotros y a nuestros sistemas. Un
hombre llamado Jesús no tuvo nada que ver con estas maneras. Él
usó su poder sin abuso, coerción o complicidad. Un hombre llamado
Jesús interactuó con todo tipo de mujeres y las protegió, bendijo,
sanó, animó y levantó. Nunca les dijo que se sometieran al mal o a
las malas acciones. No las silenció. Gran parte de la masculinidad
en la cristiandad no se parece en nada a Jesús. Ha sido
contaminada por la cultura secular y autorizada mediante el uso de
términos teológicos. Cualquier teología que no produzca el fruto de
Jesús es falsa. Estamos haciendo un gran daño a una cantidad
incontable de personas vulnerables y a la Iglesia de Dios porque las
personas destruidas por el abuso perpetrado por los poderosos no
pueden usar la plenitud de los dones que Dios les ha dado para
bendecir su cuerpo. Aquellos que perpetran el abuso tampoco están
usando los dones en la Iglesia como Dios quiso. Simplemente
seguimos repitiendo palabras teológicas casi como un mantra: líder,
cabeza, sumisión, autoridad, ordenado por Dios. Debemos sacar a
la luz aquellas cosas que encubrimos mediante el uso de palabras
buenas y familiares, y revisarlas para ver si nuestras etiquetas y
nuestras puestas en práctica son de Dios. Muchas no lo son.
 
Usamos nuestros mantras teológicos cuando nos enfrentamos a una
mujer maltratada que no tiene acceso al dinero y a la que atan a la
cama cada vez que el hombre, que se considera su «cabeza»,
quiere tener sexo. Usamos estas palabras cuando se presenta un
niño de trece años y dice que su pastor de jóvenes le mostró
pornografía y tuvo relaciones sexuales con él y cuando el pastor
principal usa su «autoridad» para silenciar al niño. Usamos estas
palabras cuando hablamos con una mujer cuyo «pastor» usó
sesiones de consejería para violarla repetidamente para que ella
pudiera aprender lo que les gusta a los hombres y así ser una mejor
esposa. Usamos estas palabras cuando una mujer se presenta sola
ante una junta de todos «pastores» varones con una acusación de
violación o maltrato y terminan interrogándola en lugar de creerle.
Usamos palabras y conceptos teológicos familiares de manera tal
que autorizan o minimizan el abuso y aplastan a los seres humanos.
Suponemos que tenemos la postura correcta. En cambio, debemos
examinar nuestras historias individuales y colectivas, las palabras
que usamos y nuestras tendencias y prejuicios que hemos
bautizado con lenguaje teológico.
 
A un árbol se lo conoce por su fruto. El fruto de la Iglesia nunca
debería usar el poder para servirse a sí misma o ser cómplice de
esas cosas. Necesitamos escucharnos y aprender unos de otros, tal
como tuve que hacerlo yo cuando escuché por primera vez historias
de abuso y violencia que eran inimaginables para mí. Debemos
sentirlo en carne propia. Si no lo hacemos, le estamos fallando a
nuestro Señor y a su cuerpo.
 
Las caras del divorcio
 
Hemos perdido de vista el hecho de que nuestro Dios odia los
divorcios de todas las formas y tamaños, no solo el fin de una
relación legal. ¿Es desunión esconderse todas las noches y mirar
pornografía detrás de una puerta cerrada, ignorando al cónyuge y la
familia? ¿Es una transgresión golpear al cónyuge ya sea con
objetos, puños o palabras? ¿Es desunión impedir que el cónyuge
tenga acceso al dinero? ¿Es divorcio desahogar la rabia y la
humillación con la familia y mostrar engañosamente una cara
diferente en la iglesia? Según las palabras de Malaquías, ¿no ha
quebrantado la fe con su cónyuge y ha actuado tanto con traición
como con engaño? Dios declara «que él aborrece el repudio, y al
que cubre de iniquidad su vestido» (Mal. 2:16). ¿Todo lo anterior no
es repudio? ¿De dónde sacamos la idea de que lo único que
podemos llamar «divorcio» es una hoja de papel que nos da la
corte? ¿Y cómo decidimos que todos estos otros divorcios no
significan nada importante mientras no tengamos el documento de
la corte? ¿Estamos realmente permitiendo el pecado y la
destrucción en una relación destinada a ser un refugio en aras de un
documento legal? Si es así, estamos protegiendo la deformidad de
una entidad que debe reflejar a Cristo y a Su cuerpo.
 
Hemos engañado a muchas personas que sufren con nuestra
interpretación muy estrecha y limitada de lo que Dios odia.
Respondemos como si Dios odiara la disolución de un matrimonio,
pero pudiera tolerar el abuso, la hostilidad, la manipulación y las
amenazas ¡en una relación que debe parecerse a Su relación con
Su esposa! Al hacerlo, hemos contribuido al daño de personas
preciosas creadas a imagen de Dios y las hemos confundido sobre
quién es Dios y lo que Él dice. También les hemos fallado a los que
abusan al minimizar, excusar y pasar por alto las cosas que Dios
odia. Hemos valorado la apariencia externa del matrimonio por
encima de la santidad de Dios vivida en lugares escondidos.
 
Enseñanzas de la cristiandad sobre el ser mujer
 
Mucho se ha dicho a lo largo de los siglos sobre lo que significa ser
mujer. Los hombres han dicho la mayor parte. Las mujeres han sido
etiquetadas como el sexo débil, el segundo sexo, el sexo
subordinado y la puerta del diablo. Los padres de la Iglesia tenían
mucho que decir sobre las mujeres. Aquí encontrará algunos
ejemplos:
 
Epifanio: «En verdad, las mujeres son una raza débil».¹
 
John Knox: «Débiles, frágiles, impacientes, delicadas, inconstantes,
cambiantes y faltas del espíritu de consejo».²
 
Tomás de Aquino: «La mujer es defectuosa y no planeada».³
 
Agustín de Hipona: «No veo cuál es el tipo de ayuda con el que se
creó a la mujer para que brinde a los hombres, si se excluye la
procreación».⁴
 
Crisóstomo: «Dios mantuvo el orden de cada sexo al dividir los
asuntos de la vida en dos partes y asignó los aspectos más
necesarios y beneficiososal hombre, y los asuntos inferiores y
menos importantes a la mujer».⁵
 
Estos comentarios y otros hechos a lo largo de los siglos han
contaminado nuestras aguas teológicas. Son mentiras. Son frutos
corrompidos y continúan reproduciéndose a su propia semejanza.
Se ha etiquetado a las mujeres como indignas, inmorales, poco
inteligentes e insignificantes. Nos han llamado histéricas, tontas,
ilógicas e inestables.
 
Los comentarios sobre lo que significa ser mujer no están repletos
de cumplidos ni elogios. Algunas de ustedes saben que esto es así
porque han estudiado el tema. Muchas de ustedes lo saben porque
lo han vivido. Han sido etiquetadas y descartadas o apartadas.
Otros les han puesto nombres, las han identificado y descrito. Como
ha sido identificada como mujer, se supone que debe tener ciertas
características, pertenecer a una determinada categoría y tener
cualidades específicas. Con frecuencia, ser llamada mujer significa
ser menospreciada y criticada, a menudo en la casa de Dios.
 
Nos hemos acostumbrado a absorber estos puntos de vista sin
mucho discernimiento. No hemos examinado, sino que hemos
santificado lo que nos transmitieron. Los daños y las pérdidas que
hemos sufrido son inconmensurables. Es hora de estar en silencio
delante de Dios y reconocer con humildad que ninguno de nosotros
tiene o alguna vez entenderá la mente de Dios. Parece como si
creyéramos conocer Su mente y Sus pensamientos. Nuestras
condenas a quienes piensan lo contrario son duras y, a menudo,
desagradables. La arrogancia es impresionante. Todos debemos
hacer una pausa, escuchar y reflexionar con una gran dosis de
humildad.
 
Pregúntese: ¿Qué aprendí de niño sobre ser hombre o mujer? ¿Qué
se enseñaba de manera explícita? ¿Qué se enseñaba de manera
empírica? ¿Coincidían? ¿Qué tradiciones con respecto al género se
han transmitido a través de las generaciones de mi familia? ¿Qué
había en las relaciones entre hombres y mujeres? ¿Respeto?
¿Amabilidad? ¿Ira? ¿Etiquetas? ¿Humillación? ¿Silencio? ¿Qué
aprendí de la publicidad, la música e Internet sobre ser hombre y ser
mujer?
 
¿Qué me enseñó la cristiandad sobre ser hombre y ser mujer? ¿A
través de qué palabras y acciones se enseñaba esto? ¿Coincidían
las palabras y las acciones? ¿Enseñaba la Iglesia que la relación
entre el hombre y la mujer es siempre jerárquica y nunca relacional?
¿Cómo respondía la Iglesia a los dones de las mujeres? ¿Cómo se
consideraba o alentaba a las mujeres? ¿Qué dones en las mujeres
se fomentaban más allá de las formas «tradicionales» de ver a las
mujeres? ¿Qué teología se utilizaba para respaldar los puntos de
vista observados? ¿Alguna vez examiné la Escritura para ver qué
puedo aprender? ¿Alguna vez estudié en profundidad cómo nuestro
Señor interactuaba con las mujeres y qué nos enseñan Sus
caminos? ¿Sus interacciones cambian alguna de las cosas en las
que he creído? (Sugerencia: deberían). Cuando Dios siempre está
de acuerdo con nosotros sobre algún tema, lo hemos creado a
nuestra imagen en lugar de inclinarnos ante la Suya.
 
Cuando tenía trece años, asistíamos a una iglesia que era muy
conservadora. De alguna manera recibí el mensaje de que las
chicas con cerebros activos no eran bienvenidas. Así que desarrollé
una pequeña fantasía para los domingos por la mañana. Me
imaginaba que subía los empinados escalones hacia las puertas de
la iglesia y que veía una caja gris en el suelo (como una antigua caja
de reparto de leche). Jugaba a que me sacaba el cerebro y lo ponía
con cuidado en la caja y lo recogía al salir. Nunca le conté a nadie
esta imagen hasta que fui adulta.
 
Me apena haber tenido la necesidad de imaginar esto; pero sabía
que podía recuperar mi cerebro al salir y que era bienvenido en casa
y en la escuela. Muchas jóvenes no tienen un lugar seguro o
acogedor para sus cerebros. Me entristece cuando la Iglesia de todo
el mundo no ve con buenos ojos las mentes y los dones de las
mujeres. En algunos lugares, parece que las mujeres han sido
amputadas de la Iglesia.
 
Cuando sostuve a mis hijos recién nacidos y a mis nietos, sentí
como si estuviera mirando un cofre que Dios llenó intencionalmente
con regalos para bendecir Su mundo. Abrir esos regalos ha sido uno
de los grandes placeres de mi vida. Ignorar los dones de Dios en
cualquier niño, ya sea mujer u hombre, le hace un gran daño.
También socava enormemente la función de la Iglesia, porque Dios
da esos dones para el bien del cuerpo de Cristo y para Su gloria.
 
¿Cuántos sermones ha escuchado sobre las mujeres? He
escuchado innumerables sermones durante siete décadas. Muchos
han sido excelentes y han alimentado mi alma, pero nunca escuché
un sermón sobre María (la hermana de Moisés), Hulda, Débora,
Febe, Priscila o Junias. He escuchado sermones sobre Betsabé,
pero no se referían al abuso total de poder de parte de David, que
mató a una de sus ovejas (Urías) y le pidió a la esposa de otro
hombre que fuera a su cama. Uno no le dice que no al rey. El rey
David era el Harvey Weinstein de Betsabé.⁶ Rara vez se habla de
ese abuso de poder desde el púlpito.
 
Hace más de veinte años, di una clase de seminario sobre la mujer
en la Iglesia. Uno de los requisitos era leer partes del libro
Daughters of the Church [Hijas de la Iglesia], de Ruth Tucker. La
mayoría de los estudiantes eran hombres jóvenes, muchos de los
cuales respondieron con franqueza. No conocían la historia de las
mujeres en la Iglesia y los dones que con generosidad pusieron al
servicio del pueblo de Dios (tampoco las estudiantes lo sabían).
Leer parte de esa historia cambió algo en ellos; comenzaron a ver y
a pensar en las mujeres de manera diferente. Las veían como
pensadoras, profetizas, cambiadoras de cultura y fuertes amantes
de Dios. Esos estudiantes desarrollaron una imagen más completa
de cómo Dios ha dotado y llamado a las mujeres.
 
Nuestro punto de partida cuando pensamos en hombres y mujeres
deben ser las categorías de Dios. Dios creó a dos seres humanos,
ambos a Su imagen. Los llamó a la misma obra de ser fecundos,
ejercer dominio y someter. Fueron llamados a cantar a dúo para la
gloria de Dios. Ambos humanos cayeron por su propia codicia.
Ambos siguieron una mentira envuelta en un poco de verdad.
Ambos prestaron atención a una voz distinta a la de Dios. Ambos
recibieron consecuencias importantes de parte de Dios. Ninguna de
esas consecuencias era parte del diseño original de Dios. Parece
que nosotros entendemos las consecuencias de la caída y luchamos
contra ellas. Peleamos contra todas excepto una: «Y él tendrá
dominio sobre ti». A esa la hemos bautizado y, como resultado,
hemos tenido una cosecha de divisiones, discusiones, condenación
y desprecio.
 
Hemos permitido que esta discusión sobre el papel de la mujer
cause división en el cuerpo de Cristo. Creo que el género, el diseño
de Dios, y la caída son áreas importantes de discusión, temas con
los que debemos seguir batallando a la luz de la Escritura y en el
Espíritu de Cristo. También creo que se les ha impedido a las
mujeres, tanto en la sociedad secular como en la cristiana, ejercer
los dones que Dios les ha dado. Con frecuencia, la Iglesia no ha
alentado a las mujeres a usar sus mentes y las ha forzado a entrar
en el molde particular y solitario de esposa y madre, y las ha
juzgado de impías, indignas, inadecuadas o poco femeninas si no
encajan en el molde. Algunas no han sido llamadas por Dios a ese
camino. Otras han sido llamadas a ese camino durante una parte de
sus vidas, pero no en su totalidad. La Iglesia es significativamente
más pobre por aferrarse a sus amadas cajas, muchas de las cuales
están muy influenciadas por la cultura, los padres de la Iglesia y la
tradición.
 
Las etiquetas y las categorías de este debate han cambiado a lo
largo de mi vida y cambiarán de nuevo. Hoy, una de las principales
preguntas parece ser: «¿Crees en la complementariedad o en la
igualdad?». A menudo, en esa pregunta se esconde lo siguiente:
«Te aprobaré si eliges la etiqueta correcta». Estas categorías no se
encuentran en ningunaparte de la Escritura. De hecho, la base
teológica que muchas veces se usa para la masculinidad y la
feminidad está completamente fuera de línea con los credos y la
ortodoxia del cristianismo a lo largo de los siglos. La base teológica
es la afirmación de que Jesús está subordinado al Padre por la
eternidad.⁷ Muchos de los que adoptaron las categorías para el
matrimonio han criticado desde entonces la base teológica, pero
todavía defienden las categorías como si fueran parte de los
antiguos credos de la Iglesia. Parece extraño que estemos
enseñando solo dos formas de matrimonio (el complementario y el
igualitario) cuando nuestro Padre sublimemente creativo no ha
creado a todos los hombres y mujeres por igual. Sin duda, las
parejas de esas uniones también serían únicas. No resolveré este
debate aquí, pero esto es algo que hemos permitido que divida a
fondo el cuerpo de nuestro Señor. Debemos mantenernos juntos en
lugar de reducir nuestra visión del matrimonio a donde sea que
hombres y mujeres se encuentren en la red de poder.
 
En Hechos se nos habla de una pareja casada a quien Pablo amaba
y con quien trabajaba, pero que parece estar fuera de las categorías
que estamos discutiendo aquí. Priscila y Aquila conocieron a Pablo
en Corinto, y los tres trabajaron y viajaron juntos. Pablo demostró
confianza en ambos al dejarlos a cargo de la iglesia en su hogar (1
Cor. 16:19).
 
Fue en Éfeso donde Priscila y Aquila conocieron a Apolos. Cuando
lo escucharon hablar en la sinagoga, lo llevaron aparte y le
explicaron mejor el camino de Dios (la teología). Priscila claramente
no solo estaba sirviendo café o «apoyando» a Aquila. Se la
menciona primero en cuatro de cada cinco casos. Pablo autorizó su
trabajo en Éfeso y los llamó colaboradores (Rom. 16:3). Esto sale de
la pluma del mismo hombre que escribió: «La mujer aprenda en
silencio, con toda sujeción» (1 Tim. 2:11, RVR1995). En lugar de
provocar un duelo sobre la Escritura y más división, esta tensión
debería detenernos y ponernos de rodillas en humildad delante Dios
y entre nosotros. También debería dar lugar a una pregunta: ¿acaso
hay una Priscila silenciada en su iglesia?
 
Si tenemos en cuenta cómo Dios hecho hombre interactuó con las
mujeres, parece prudente que hagamos una pausa en este diálogo.⁸
Sugiero que depongamos las armas y busquemos a nuestro Dios. Él
odia el abuso de mujeres y niños; odia las palabras degradantes y
humillantes hacia cualquiera de Sus criaturas. Odia que algunos
líderes, en Su nombre, hayan negado, escondido, encubierto y
hayan sido cómplices de abusos que, según Él, son dignos de una
cruz. Se aflige por el daño hecho a los hombres y su pérdida de un
cónyuge en todas las áreas de la vida. Dado que Dios odia estas
cosas y se entristece por ellas, creo que el arrepentimiento, la
humildad y la búsqueda de Su rostro son los únicos caminos
correctos que debemos seguir. ¿Cómo sería esto?
 
Todos debemos comenzar con la voluntad de ver el error en
nosotros mismos, algo que a ninguno de nosotros nos gusta hacer.
Nos sentimos mucho más cómodos encontrando errores en los
demás y somos buenos en eso. ¿Estaremos dispuestos a
reflexionar sobre nuestras suposiciones y pedir a Dios luz y verdad?
¿Es posible que algunas no provengan de la Escritura, sino que se
hayan agregado? Sin duda todos reconoceríamos nuestra fragilidad,
limitaciones y falta de sabiduría como criaturas. Con frecuencia,
hacemos suposiciones y luego leemos la Escritura, la cual podemos
torcer con facilidad para que diga todo tipo de cosas. Lo hemos
hecho con la esclavitud, con las mujeres y con los hombres. Lo
hemos hecho en nuestras respuestas al abuso y con muchos
aspectos de nuestras culturas. Es bueno y correcto tener la
humildad de pedirle a Dios que nos escudriñe en estos asuntos.
 
El proceso de aprender un nuevo idioma implica algo llamado
«período de silencio», en el que uno escucha de forma receptiva
una voz previamente desconocida. De manera literal cambia su
mente y su forma de pensar. Si es tan arrogante que no puede
pensar de manera diferente, no puede aprender un nuevo idioma.⁹
He tenido que practicar un período de silencio en mi trabajo con
víctimas por trauma, que hablaban un idioma que yo no conocía y
contaban historias que nunca había escuchado. Elegí dejar a un
lado mis pensamientos, mis categorías y mi lenguaje y meterme de
lleno hasta que aprendí algo de lo que era ser como ellas.
 
¿Le suena familiar? Debería. Eso es, en esencia, sentirlo en carne
propia, aprender lo que es vivir en el cuerpo de otro. Conocemos a
alguien que hizo esto por nosotros. ¿No vamos a seguir Su
ejemplo? Pastores y líderes varones, ¿alguna vez les preguntaron a
las mujeres cómo es ser mujer en la iglesia u organización que
lideran? ¿Le ha preguntado a su esposa y a otras mujeres que
conoce cómo lo ven usando su poder con ellas y en el liderazgo y
otras relaciones? ¿Deberían las mujeres en puestos de liderazgo
hacer las mismas preguntas a los demás? Sí, por supuesto.
 
La restauración del gobierno de Dios
 
Volvamos al principio una vez más. El hombre fue creado primero, y
Dios declaró que la soledad del hombre «no era buena». Dios hizo
que Adán se durmiera y lo hirió para crear a su esposa. Ellos eran
una sola carne. Dios dijo que un hombre debe dejar a su padre y a
su madre para unirse con su mujer. ¿Ve el presagio? Cristo dejó el
hogar de su Padre. Se hizo hombre y se convirtió en siervo, una
ayuda para nosotros. Dio su vida en la cruz, fue herido y murió para
crear a Su esposa, la Iglesia. Adán era la cabeza de la raza
humana. Jesús es la Cabeza de Su Iglesia. Nuestra Cabeza es el
Cordero inmolado desde la fundación del mundo (Apoc. 13:8). Él es
el poder que se rinde, el poder herido por amor a Su esposa. Esta
Cabeza es cruciforme; toma el camino de la cruz.
 
Dios creó al hombre y a la mujer a Su imagen y les dio tareas
conjuntas (Gén. 1:26-28). Debían sojuzgar la tierra y ejercer dominio
sobre la creación, no entre sí. Vivieron y trabajaron juntos bajo el
gobierno de Dios… hasta que no lo hicieron. Engañados por el
archienemigo de Dios, actuaron fuera del reino de Dios, y la vida
cambió para siempre. En respuesta, Dios les habló sobre el
resultado de su elección. A Eva, le dijo en parte: «Desearás a tu
marido, y él te dominará» (3:16, NVI). Hemos perdido de vista el
hecho de que esto es parte de lo que llamamos la maldición. Esta
no es una instrucción para el hombre. Es una consecuencia de
decisiones equivocadas y pecaminosas.
 
La restauración del gobierno de Dios es el remedio. Parte de
nuestro llamado es luchar contra los resultados devastadores,
divisivos y destructivos de una división del trabajo que Dios no
ordenó y trabajar para restaurar el gobierno de Dios sobre las
relaciones entre hombres y mujeres, que deberían ser el lugar de
mayor belleza para mostrar la imagen de nuestro Dios.
 
Lamentablemente, muchas veces se respalda el tratamiento
autoritario hacia las mujeres (y hacia todos los miembros de la
iglesia) utilizando el concepto de cabeza, pero hemos perdido de
vista ese concepto. El abuso de cualquier tipo de poder está
claramente condenado en Efesios: «Ninguna palabra corrompida
salga de vuestra boca […]. Quítense de vosotros toda amargura,
enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed
benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a
otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. […] Y
andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí
mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante»
(4:29, 31-32; 5:1-2). Luego viene «el marido es cabeza de la mujer,
así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es
su Salvador» (5:23, RVR1995).
 
¿Cómo es Cristo como Cabeza de la Iglesia y Salvador del cuerpo?
Él se hace pequeño, se agacha, toca la enfermedad, protege a los
vulnerables, lava los pies, muere, soporta el dolor por otro y no
causa dolor a otro. Los seres humanos prosperan en ese amor. Ser
la Cabeza significa ser el Siervo de sereshumanos pecadores,
frágiles, confundidos y rotos.
 
¿No se supone que las cabezas tienen siervos, no son siervos?
Pero nuestro Señor dijo: «… sea el mayor entre vosotros como el
más joven [el que tiene menos poder], y el que dirige, como el que
sirve» (Luc. 22:26). La semejanza con Cristo significa invitar, no
exigir. Significa amar, no controlar. Ser cabeza significa dar vuelta la
maldición, no sojuzgar a los demás. El Hijo del Hombre no sojuzgó,
aunque Sus discípulos deseaban que lo hiciera. En cambio,
extendió Sus grandes brazos y dijo: «Vengan. Es seguro». No
exigió, sino que dijo: «Vengan y beban» (incluso a una mujer inmoral
de la raza «incorrecta»). El concepto de cabeza que sigue a Jesús
es el concepto de cabeza que ningún ser humano concibió.
 
La cabeza de un hogar, la cabeza de una iglesia debe ser el mayor
siervo. ¡Es diabólico, incluso sacrílego, que enviemos a las mujeres
abusadas a casa y dejemos a los niños abusados desprotegidos
porque alguien es la «cabeza»! Abusar del poder de cualquier tipo
es fallar por completo en parecernos a nuestro Señor. Abusar o
aplastar a alguien de cualquier manera es continuar la maldición.
Nuestro Dios nos ha llamado a vivir para revertir la maldición de la
manera que podamos. Nos llama a tomar el camino de la cruz.
 
Nuestra Cabeza, mientras estuvo aquí en forma de hombre,
demostró esa relación a través de la adolescente que lo trajo al
mundo, a través de una mujer (una «fuente poco confiable») que le
dijo a la gente que el Redentor había venido, a través de una mujer
que había estado atormentada y lo seguía a todas partes. Él la eligió
a ella, una mujer con una historia problemática, para decirle a Sus
discípulos que había resucitado.
 
Su voz todavía resuena en este mundo. Repetimos su mensaje
cada Pascua. ¿Alentamos a las mujeres a que traigan a Jesús a
nuestro mundo y cuenten a todos que el Redentor ha venido?
¿Animamos a las mujeres a que usen su voz para decirles a sus
hermanos que Jesús ha resucitado? ¿Hay una María en su iglesia?
Dios nos ayude si con nuestras etiquetas y categorías ignoramos o
silenciamos a las mujeres de este mundo que lo aman y tienen fe en
Él. Privamos su cuerpo de esas voces proféticas, dadas por Su
autoridad, que anuncian que Él ha resucitado.
 
Debemos llevar todas nuestras divisiones sobre hombres y mujeres
ante nuestro Señor, e inclinarnos ante el gobierno de nuestro Dios
en lugar de esperar que otros se inclinen ante el nuestro. Dios dice
que en Cristo las categorías terrenales son nulas (Gál. 3:28). En
cambio, todos debemos vestirnos de Cristo. Esa y solo esa debería
ser nuestra característica dominante.
 
Un hombre puede bendecir grandemente a una mujer sin siquiera
saberlo. Una paciente con antecedentes de abuso sexual crónico y
violento me relató esta historia. Ella tenía miedo de los hombres y
de la iglesia, ya que allí era donde había ocurrido gran parte de su
abuso. Después de varios años de sesiones de terapia conmigo,
quiso volver a la iglesia. Asistía todos los domingos, se sentaba en
la parte de atrás, llegaba tarde y se iba temprano. Después de unos
meses, me contó sobre una familia que se sentaba delante de ella
todos los domingos: un padre, una madre y dos niñas pequeñas.
Ella los miraba como un halcón, sobre todo al padre. Me dijo:
«Nunca he visto a un hombre tratar a una mujer o a una niña como
lo hace este hombre. Nunca es violento ni severo. Todos los
domingos, semana tras semana, es amable. Trata a su esposa con
dignidad. Se inclina hacia las niñas, e incluso si son inquietas o
traviesas, su voz es calma y amable. Por primera vez en mi vida,
tengo una pequeña imagen de lo que usted dice de cómo es Dios
conmigo. Es como ese padre».
 
Este hombre demostró poder bajo el control del Espíritu de Dios,
manifestado con humildad y utilizado en beneficio de otros.
Demostró poder con bondad. Se parecía a su Señor. No sabía que
su humildad tenía un poder extraordinario con resultados eternos, ya
que le dio a mi paciente una idea de cómo es realmente el Padre.
Nuestro Padre, nuestra Cabeza, usa todo el poder para bendecir a
Sus hijos, se inclina sobre ellos con amor y los sirve. Ese mismo
Dios, en Cristo, nos llama a hacer lo mismo.
 
ocho
 
La intersección de la raza y el poder
 
En la profunda oscuridad de un vientre, las manos de nuestro Padre
entretejen con cuidado y amor a una pequeña. La niña es un regalo
creado a Su semejanza para darle gloria y bendecir Su mundo y a
los que habitan en él. Cuando termina de entretejer, el Padre
envuelve a este pequeño regalo en una hermosa piel negra, y ella
entra al mundo. Lamentablemente, como descubrirá, no todos en su
mundo la ven como su Padre lo hace. James Baldwin dice en Notes
of a Native Son [Notas de un hijo nativo]: «El negro es un color
terrible para nacer en este mundo».¹ La observación de Baldwin nos
muestra que hay algo que está muy mal en nuestro mundo. Refleja
un mensaje que muchos han recibido tanto de la cultura secular
como de la cristiana, un mensaje que el autor escuchó con un
sonido envolvente. La experiencia de vida de Baldwin hizo que el
amor del Padre pareciera una mentira y que Su regalo pareciera
menospreciado. Las mentiras sobre nuestro Padre, ya sean
enseñadas de palabra o de hecho, son diabólicas. Muchas de estas
mentiras se han enseñado e interiorizado.
 
Llama la atención lo hostil que puede volverse una conversación
cuando se toman en cuenta cuestiones de raza y de abuso del
poder. Por desgracia, esto no es menos cierto en la cristiandad que
en otros lugares. Los insultos, las etiquetas y el lenguaje denigrante
se utilizan como armas. Si alguien cuenta su experiencia, se lo
acusa rápidamente de falsedad, victimismo, socialismo, creencias
anticristianas y de debilidad por no «superarlo». Permítame ser
clara: no hay excusa para que los creyentes en Cristo se hablen así
o les hablen así a los no creyentes, no importa cuál sea el tema.
 
Cualquier encuentro con otro ser humano debe basarse en dos
verdades fundamentales. Ya hemos dado a entender la primera.
Nunca conocerá, ni hablará, ni caminará, ni trabajará con un ser
humano que no haya sido entretejido deliberadamente por las
manos de nuestro Padre. Nunca. Todas las personas diseñadas por
nuestro Padre son preciosas, y Él nos llama a tratarnos como tales,
como miembros de la raza humana, creados por nuestro Dios y
amados por Él. Todos somos una raza, la raza humana, y en esa
raza, todos somos portadores de la imagen de Dios. No hay
excepciones. En Hechos 17:26, 28, Pablo afirma: «Y de una sangre
[Dios] ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten
sobre toda la faz de la tierra; […]. Porque en él vivimos, y nos
movemos, y somos; […]. Porque linaje suyo somos». Jonathan
Blanchard, el primer presidente del Wheaton College y también
abolicionista, acuñó la frase «de una sola sangre» en referencia a
este pasaje de la Escritura.² Nunca conocerá a un ser humano con
el que no comparta la sangre de Adán.
 
La segunda verdad fundamental tiene sus raíces en la encarnación
y nos enseña cómo andar y vivir los unos con los otros. «Y el Verbo
se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y
vimos su gloria…» (Juan 1:14, RVR1995). Siempre debemos
caminar como lo hizo Cristo. Tratar a alguien como inferior es
desafiar el juicio del Padre sobre quién es esa persona, violando la
primera verdad. Tratar a los demás como inferiores es también fallar
en parecerse a Jesús en este mundo, violando la segunda verdad.
Si queremos entender a los demás, debemos hacer lo que Él hizo.
Se hizo carne y entró en nuestro mundo, se hizo como nosotros y
experimentó nuestra vida. Al hacerlo, se convirtió en la esperanza
de nuestra salvación. Pero Su vida fue también el mayor acto de
escucha y de adentrarse en el mundo de otro que jamás haya
existido. Él nos ha llamado a seguir Sus caminos.
 
Las cuestiones relacionadas con la raza han levantado y derrocado
reinos. Han conducido a vallados y a hornos, a la deportación y a la
esclavitud. Hemos utilizadola hermosa diversidad que nuestro Dios
creó como herramienta para ganar poder y oprimir. El fruto de estas
acciones es corrupto, destruye vidas y es demoníaco. Muchos
anhelan que esto cambie para que el mundo pueda ser testigo de
que los seguidores de Cristo están llenos de gracia y verdad, en vez
de desprecio y división. No soy experta en estos temas, pero he
estado décadas atravesando los escombros de la injusticia, el odio,
el abuso del poder y los traumas generacionales. Es un camino de
gran dolor que destroza el corazón de nuestro Padre.
 
Observe la historia con sinceridad. Hemos participado del rechazo y
del desprecio hacia los demás a causa de la raza. Para que la
esclavitud sobreviviera durante más de dos siglos en Estados
Unidos se tuvo que negar o minimizar la dignidad, la humanidad y el
valor de una persona creada a imagen de Dios. No hace falta
pensar mucho para darse cuenta de que también se vieron
perjudicados los esclavistas y los cómplices que callaron.
 
Observe la historia de Celia, a Slave [Celia, una esclava].³ Celia fue
comprada por Robert Newsom a los catorce años. Newsom no la
compró para que trabajara en el campo o fuera una sirvienta
doméstica, sino porque quería reemplazar a su difunta esposa en el
lecho matrimonial. Newsom tenía sesenta años. La presentó de
manera engañosa como una sirvienta para sus hijas, pero, en
realidad, era esclava y concubina. Si usted ha leído sobre la
esclavitud en Estados Unidos, sabe que la violación era casi
siempre parte de la historia de las mujeres esclavas. Todas las
mujeres eran relativamente indefensas en el sur, pero una joven
negra y también esclava era el triple de vulnerable. La violación iba
en contra de la ley, pero esa ley solo se aplicaba a las mujeres
blancas. Celia fue violada durante cinco años.
 
Tuvo dos hijos de Newsom y quedó embarazada de un tercero.
Intentó que Newsom dejara de violarla, pero como se negó, lo
golpeó con un gran palo y lo mató accidentalmente. Quemó su
cuerpo en la chimenea, con la esperanza de ocultar lo sucedido,
pero fue a juicio ante un jurado de doce hombres blancos. Su
defensa fue considerada radical porque si se tenían en cuenta las
circunstancias atenuantes, sería una gran amenaza para los
esclavistas. Sin embargo, se protegió la institución de la esclavitud,
se la declaró culpable y fue colgada el 21 de diciembre de 1855.
Esto ocurrió en el mismo país que había declarado menos de un
siglo antes: «Todos los hombres son creados iguales; […] son
dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; […] la
vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Evidentemente, había
excepciones a esa gran declaración. En ese momento, todas las
leyes favorecían a los hombres blancos porque eran los únicos con
el poder para crearlas, hacerlas cumplir o modificarlas. Los esclavos
no tenían ningún recurso ni poder.
 
¿Qué cree que Robert Newsom le hizo a su propia alma al poseer
humanos como esclavos, al violar a su antojo y destruir la vida de
una adolescente? ¿Qué daño le ocasionó a Celia? Ella fue
aplastada, oprimida, violada, quedó indefensa y sin voz. Se la trató
como una cosa que podía ser utilizada por su amo como quisiera.
Su abuso del poder es tremendo. ¿Qué daño les hizo a sus tres
hijos que se quedaron sin madre? ¿Cómo soportaron ellos la
historia y su desenlace? ¿Lo que le sucedió a su madre aumentó su
miedo como esclavos? ¿Endureció sus corazones? ¿Cómo cree
que las demás personas trataron a los hijos de la mujer que asesinó
a su amo?
 
Conozco historias de mi familia desde mucho antes de 1855, año en
el que Celia fue ahorcada. Esas historias me marcaron. Se las he
contado a mis hijos y nietos. Sospecho que muchos de ustedes
podrían decir lo mismo. Hoy la historia de Celia de hace 165 años
está todavía presente en algún lugar, se transmite a las nuevas
generaciones y sigue dando frutos.
 
A principios de la década de 1950, yo tenía cuatro o cinco años
cuando viajamos con mi familia de Virginia a Florida para visitar a la
abuela de mi padre. Condujimos toda la noche. Christine, nuestra
criada y niñera, vino con nosotros. Era negra, y yo la adoraba. Mi
hermano y yo dormimos durante la noche con la cabeza apoyada en
su regazo mientras mis padres se turnaban para conducir. A la
mañana, llegamos a un restaurante. Miré por la ventana y vi dos
fuentes de agua. Un cartel sobre una de ellas decía: «Solo para
blancos». Sobre la otra: «Solo para personas de color». Pregunté
qué significaba eso, y Christine me lo explicó. Mi madre nos dejó en
el auto y entró en el restaurante. Regresó llorando, se subió al auto
y le dijo insistentemente a mi padre: «¡Conduce!». Mi padre rara vez
se enojaba, pero cuando lo hacía, se notaba porque el lado derecho
de la boca se le ponía hacia abajo. Asintió con la boca torcida y nos
fuimos. ¿Por qué? Porque el restaurante no quiso recibir a Christine.
Mis padres estaban enojados, afligidos y se negaron a contribuir al
negocio de los dueños del restaurante. Nos quedamos sin
desayunar mientras conducíamos por el sur. Esto sucedió ochenta
años después de la emancipación.
 
Si una experiencia así me afectó profundamente, y lo hizo, ¿qué
cree que esas experiencias repetidas le han hecho a lo largo de los
años a aquellos a los que hacía referencia el cartel de «Solo para
personas de color»? ¿Por qué fueron necesarias las protestas
posteriores para que a los portadores de la imagen de Dios se les
concediera el derecho a sentarse en una mesa o a viajar en un
autobús? Muchos de los rechazados compartirán la mesa celestial
que nos ha tendido nuestro Dios. ¿No debemos parecernos a Él
ahora?
 
El abuso del poder y el trauma generacional
 
¿En verdad creemos que podemos esclavizar a millones de
personas durante más de doscientos años, tratarlas como cosas
descartables, aplastarlas, oprimirlas y humillarlas, sin que
repercutan a largo plazo las consecuencias en las generaciones que
descienden de ambos: esclavos y esclavistas? Sabemos que el
trauma y el abuso no terminaron con la esclavitud. Mientras que
unos cuatro millones de personas esclavizadas en Estados Unidos
fueron libres en 1863, nuestra nación procedió a aplastar a los
afroamericanos con las leyes de Jim Crow. Muchos huyeron al
norte. En el excelente libro de Isabel Wilkerson, The Warmth of
Other Suns: The Epic Story of America’s Great Migration [El calor de
otros soles: la historia épica de la gran migración de Estados
Unidos], leemos: «Los negros, pese a ser nativos, llegaban como los
más pobres, de la parte más pobre del país, con el menor acceso a
la peor educación».⁴ Léalo de nuevo; asimílelo. Mi esperanza es que
veamos con más claridad los resultados abrumadores del trauma
reiterados a lo largo de los siglos.
 
El trauma es una herida a la persona, al «yo», una herida profunda
con un impacto profundo. El trauma nos marca. Hemos sido creados
a imagen de un Dios que habla, se relaciona y tiene poder. El
trauma silencia, aísla y deja sin poder. Lo que estropea la imagen de
Dios no es de Dios. Esto es muy importante para mí como médica
clínica. Las personas que atiendo, como todos nosotros, quedan
marcadas con facilidad. Entonces, ¿qué sucede cuando a los niños,
los seres humanos más maleables, se los maltrata reiteradamente?
 
Supongo que la mayoría de nosotros somos conscientes en cierta
medida de nuestras historias familiares. Hay algunas excepciones y
el vacío de ese espacio conlleva sus propias heridas. Algunos
tenemos historias familiares que nos infunden dignidad y orgullo.
Otros llevamos las historias familiares como una carga pesada, llena
de vergüenza y tristeza. Es probable que la mayoría de nosotros
tengamos algo de ambas. Todos hemos sido moldeados por lo que
se ha transmitido de generación en generación.
 
El concepto de síndrome de los campos de concentración o
síndrome del superviviente surgió en la década de 1960. Fue
observado y catalogado por los médicos de Canadá que atendían a
los hijos de los sobrevivientes del Holocausto que buscaban
tratamiento para la salud mental.Más adelante, los nietos de esos
sobrevivientes estaban sobrerrepresentados en un 300 % en las
derivaciones en comparación con la población general. Al principio,
se decía que los niños tenían un trauma secundario, pero cuando
los mismos síntomas fueron evidentes en la tercera generación,
empezamos a reconocer lo que ahora se llama la transmisión
intergeneracional del trauma.⁵ El término hace referencia a los
traumas ocurridos hace varias generaciones y su impacto
psicológico, neurobiológico y cultural en cada nueva generación. Las
respuestas conductuales y emocionales a los traumas del pasado
continúan dando forma a las experiencias de la generación actual.
 
Si tan solo prestamos atención, podemos observar el sufrimiento
trágico y el mal que se produce cuando los seres humanos sufren
algún trauma. Antes pensábamos que el trauma era un
acontecimiento que provocaba que los seres humanos angustiados
mostraran ciertos síntomas. Eso puede seguir siendo cierto. Sin
embargo, ahora reconocemos que el trauma puede ser una parte
multifacética y duradera de la vida que genera daños a largo plazo
en el cuerpo, la mente, el corazón y el alma. En nuestro deseo de
aliviar el sufrimiento y decir la verdad es fundamental que
entendamos la naturaleza del trauma y sus efectos, así como
también la forma en que funciona la transmisión del trauma
generacional para que nuestros diálogos y nuestra ayuda a los
demás se basen en una cierta comprensión de esa realidad.
Solemos minimizar o desestimar esos daños para que nos parezcan
más fáciles de manejar.
 
El trauma crónico y complejo y la opresión cambian y marcan a una
persona. Esto trae como consecuencia: desconfianza,
desesperanza, vergüenza, inferioridad, falta de sentido de
capacidad y elección. Esta persona no tiene un sentido de sí misma,
ni de identidad (esto es lo que elijo ser) ni de integridad. Está
aislada, no conoce el amor, no se siente segura en las relaciones y
no tiene sentido de propósito, excepto, quizás, el de la
supervivencia. La desesperación, la desesperanza y la falta de
propósito predominan. Se puede tomar a un adulto con una infancia
relativamente sana, un «yo» intacto y arrojarlo en un Auschwitz, en
una prisión de Pitesti o en Tuol Sleng. Puede ponerlo en un barco,
llevarlo lejos de su hogar y esclavizarlo; o puede sacarlo de su
tierra, quitarle sus hijos y destruir todo lo que aprecia, traumándolo
de tal manera que las antiguas identidades y estructuras de sí
mismo quedan desmanteladas y aplastadas. No puede recuperarse
de esos acontecimientos en un año. Estas experiencias se han
entretejido en su vida y han dado forma a su «yo». Una persona
completamente diferente transmite ahora a las generaciones futuras
lo que se le ha grabado a fuego en su alma, ni hablar del poder.
Tanto la historia individual como la grupal se narran una y otra vez.
Esas historias y los acontecimientos originales que cuentan siguen
moldeando a las generaciones futuras.
 
La restauración de la belleza
 
Con esas historias en mente, piense en un cuadro favorito que sea
hermoso y valga mucho dinero. Quizás esté en un museo o en una
colección privada. Quizás sea un Rembrandt o un Van Gogh. Cada
vez que hay una noticia sobre un daño hecho a un cuadro de este
tipo, la gente de todo el mundo responde con angustia. Una obra
maestra hermosa creada por un artista que ya no está. Un tesoro
mutilado y tratado como si no tuviera valor. Los que aman el arte
lloran ante este tipo de noticia. Cada ser humano es una obra
maestra de Dios. No hay dos iguales, cada uno es único, pero todos
fueron creados por el mismo Artista. Él los aprecia a todos y están
destinados a bendecir a otros. Todas las obras están firmadas con
Su nombre y provienen directamente de Su mano. Llevan la imagen
del Maestro. Son regalos de belleza para que todos los veamos y
disfrutemos. Es trágico destruir esa belleza. Cuando oprimimos,
esclavizamos, sometemos, silenciamos, degradamos, eliminamos o
condenamos al ostracismo a otros seres humanos, estamos
destruyendo la exquisita obra de arte de nuestro Dios.
 
Escuche a Dios: «… jefes de la casa de Jacob, y capitanes de la
casa de Israel, que abomináis el juicio, y pervertís todo el derecho;
que edificáis a Sion con sangre, y a Jerusalén con injusticia. […] y
sus sacerdotes enseñan por precio, […] y se apoyan en Jehová,
diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros?» (Miq. 3:9-11). ¿No es
esto una descripción de la esclavitud? ¿No se «sancionaba» la
esclavitud en esos pasajes? ¿Qué hay de los linchamientos, esos
espeluznantes espectáculos públicos de deshumanización en los
que se mataban a las personas y se dañaba el alma de sus familias
y de todos los afroamericanos? También era destructivo para los
que realizaban el linchamiento, para las multitudes que acudían a
verlo y para los gobiernos que autorizaban esa destrucción. ¿El
pasaje no describe también el trato a los pueblos indígenas, los
campos de concentración para japoneses en Estados Unidos, los
genocidios y muchas otras atrocidades en todo el mundo? ¿No
vemos que no solo destruimos a los seres humanos creados por
Dios, sino que también nos destruimos a nosotros mismos cuando
usamos el poder para cometer esos males, ya sea de forma activa o
pasiva? Si no afrontamos la verdad y nos arrepentimos de verdad,
tendremos que endurecernos, llamar reiteradamente bien al mal y
transmitir esas mentiras a las generaciones futuras. El hedor de la
muerte sigue con nosotros.
 
¿Se imaginan el llanto continuo de nuestro Dios porque a lo largo de
los siglos hemos destruido las obras maestras de Su creación?
Nosotros, como Su pueblo, tenemos que aprender a mirar con Él, a
llorar con Él. Cuando hacemos esto, en palabras de un
sobreviviente del genocidio de Ruanda que vivió atrocidades y
traumas indescriptibles, esto sucede: «Solo veía el mal. Ya no creía
que Dios fuera bueno. La iglesia no era un lugar sagrado para mi
familia; era un cementerio. Luego vino usted, y escuchó y oyó mi
corazón roto. Ahora puedo creer que Dios también escucha y oye mi
dolor y será mi lugar sagrado porque obtuve una muestra de cómo
es Él a través suyo». Esto es utilizar el poder, en medio de la
atrocidad, para bendecir a los demás.
 
Solo podemos bendecir así cuando vemos a los seres humanos
como Dios los ve. Dios se hizo hombre y nos mostró lo que es
bueno: «… y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar
misericordia, y humillarte ante tu Dios» (Miq. 6:8) La fragancia del
Siervo es el único antídoto contra el hedor de la muerte.
 
Cómo sanar los traumas generacionales
 
Dios creó a los seres humanos a Su imagen y los bendijo
abundantemente para que, a su vez, puedan transmitir esas
bendiciones a las generaciones sucesivas, multiplicando la
semejanza de Dios por todas partes. Sin embargo, cuando los
primeros seres humanos comieron del árbol que marcaba los límites
de su libertad bajo la autoridad de Dios, su capacidad de transmitir
las bendiciones quedó arruinada.
 
Los seres humanos continuamos transmitiendo a otros, pero como
sabemos, a menudo lo que transmitimos no es bendición, sino
enfermedad, ruina y trauma. El trauma generacional es real y está
vigente porque el mecanismo de la bendición se ha utilizado con
mucha frecuencia para transmitir dolor, destrucción y mal. Cuando
tenemos bendiciones para transmitir, a menudo nos negamos a
compartirlas con los que consideramos que no son como nosotros.
Los perjudicamos, y nos perjudicamos a nosotros mismos, al
negarnos a portar la imagen de Dios de esta manera.
 
Felizmente, la Escritura está repleta de referencias de cómo Dios
responde a la ruina con promesas de bendición. En Génesis 12,
después de que la creación se estropeó y los seres humanos
dejaron de transmitir las bendiciones de Dios a los demás, Dios le
dijo a Abraham: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de
tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande,
y te bendeciré, […] y serán benditas en ti todas las familias de la
tierra» (vv. 12:1-3). Dios prometió derramarbendiciones en
abundancia a través de las generaciones a todas las naciones si
vivían bajo Su autoridad, incluso después de que los humanos
pecaron. En Isaías 61:4, Dios promete: «Entonces reedificarán las
ruinas antiguas, levantarán los lugares devastados de antaño, y
restaurarán […] los lugares devastados de muchas generaciones»
(NBLA). Esta promesa sigue una descripción de Cristo, que vino por
los pobres, los quebrantados de corazón, los cautivos y los
prisioneros. Al acercarse a «ellos», reconstruyó las ruinas y sanó
generaciones. En Zacarías 8:4-5, leemos: «Aún han de morar
ancianos y ancianas en las calles de Jerusalén, […]. Y las calles de
la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en
ellas». Los más vulnerables (los ancianos y los jóvenes) estarán
seguros en las calles. Dios restaurará un lugar de seguridad, con
risas y bendiciones para todos. Sin excepciones. Ser portadores de
la imagen de Dios significa responder a la ruina donde la hallemos y
derramar bendiciones en ese lugar para que pueda ser
transformado.
 
Espero que nos dé ánimo reconocer que, poco a poco, a medida
que invertimos, aunque sea en una sola vida, el trauma deja de
reinar y brota la esperanza. Dios tomará esa pizca de sanidad y
bendecirá con ella a las generaciones futuras. Es un resultado
abundante, que va más allá de nuestra capacidad de comprensión.
Él puede reconstruir las antiguas ruinas humanas a través de
nosotros y lo hará, pieza por pieza, a medida que nos volvamos más
parecidos a Él y participemos en Su obra junto con Él.
 
Cómo enfrentar el trauma
 
Una de las primeras mujeres que vi en mi práctica clínica venía
semanalmente acompañada por la esposa de su pastor, quien
reconocía un alma herida y no sabía qué hacer. Yo tampoco lo
sabía. Durante seis meses, vino sin falta, se sentó en una silla en mi
consultorio y no dijo ni una palabra. Al principio, yo hablaba
demasiado y, al final, aprendí a callar y a estar «con» ella. Cuando
luego conocí su historia, me di cuenta de que esos seis meses
fueron su primera experiencia de estar con otro ser humano y
sentirse segura. Era un regalo inconmensurable que no sabía que le
estaba dando.
 
Ella fue mi maestra. Me enseñó a salir de mi mundo y a entrar en el
suyo. Me enseñó a escuchar para comprender de verdad. Me
enseñó a enfrentar los horrores de su vida para que no tuviera que
enfrentarlos sola. Me enseñó a no escribir el argumento de la
sanidad de un ser humano. Finalmente, aprendió que Dios la amaba
de verdad y odiaba lo que le habían hecho. Aprendió eso porque yo
me preocupaba por ella y odiaba lo que le habían hecho.
Seguramente mis errores fueron muchos, pero me quedé, la
escuché y la traté con dignidad y cuidado. En definitiva, ella me
enseñó sobre Jesús y algo de lo que significa parecerse a Él ante
los demás. Él se hizo como nosotros para que nosotros pudiéramos
llegar a ser como Él. Dios utilizó a un ser humano muy herido de
forma redentora en mi vida, tanto como utilizó mi vida en la de ella.
 
¿Alguna vez pasó tiempo con alguien diferente a usted y fue para
esa persona ejemplo de gracia y verdad? ¿Alguna vez escuchó,
tratando de entender lo que es ser como ellos, en lugar de tratar de
cambiarlos y hacerlos parecidos a usted? A menudo, escuchamos
solo lo suficiente para convencer al otro de que sea más como
nosotros o para darle instrucciones sobre cómo «superar» lo que
sea que haya ocurrido. Es un enfoque egocéntrico. La presencia de
Jesús con nosotros no era ni es así. Él escuchaba a la persona y le
respondía. ¿Alguna vez le llamó la atención que sanara a todos los
ciegos de formas únicas? Observemos a Jesús y veamos quién era
Él con otros que eran completamente distintos a Él. Observemos y
veamos quién era Él con «ellos».
 
Jesús y los otros
 
Ella era una mujer marginada, rechazada por muchos y considerada
inferior. Ya hablamos de ella anteriormente. Era samaritana y, por lo
tanto, considerada inferior por su raza. Los samaritanos eran un
pueblo mestizo, y los judíos los despreciaban más que a los gentiles
«puros» porque creían que los samaritanos contaminaban la sangre
de sus antepasados.
 
Ningún judío decente de aquella época habría pasado por Samaria,
donde vivían «ellos». En cambio, el Dios persistente que nos busca,
entró en un territorio considerado contaminado para encontrarse con
una mujer contaminada que se esperaba que evitara, rechazara y
condenara. Eligió el camino que otros no se dignaron a tomar en
protesta de sus razones para evitarlo: sus prejuicios y orgullo. Al
hacerlo, buscó también a los farisaicos y les enseñó quién es Dios.
Atravesó todos los obstáculos para llegar a ella. No dejó que nada
se interpusiera en Su camino: ni la costumbre, ni los prejuicios, ni
las creencias, ni el honor, ni las apariencias. Fue a buscarla y, por
medio de ella, fue a buscar al pueblo de Samaria.
 
¿Cómo comenzó Su búsqueda? Expresando Su propia necesidad.
El Dios que creó los manantiales de la tierra, los mares y los ríos
pidió agua. Estaba cansado y sediento, y llevó Su necesidad y
vulnerabilidad a esta mujer «contaminada». Le dijo: «Dame de
beber». ¡Él bebió el agua de su cántaro! Él era la Palabra hecha
carne. Al volverse sediento, como ella, ganó la admisión a su alma y
a todo un pueblo de «ellos».
 
Piense en un grupo o individuo que usted haya catalogado como
«ellos». ¿Es posible que Dios esté utilizando su vida y su voz para
enseñarle más sobre Él mismo? Nosotros, como pueblo de Dios,
tenemos que pedirles a otros distintos a nosotros que nos enseñen
cómo es ser ellos. Debemos humillarnos ante la presencia de
muchos que aman a Jesús a pesar de una larga historia de
prejuicios y males, a menudo hechos en Su nombre y tergiversando
Sus palabras. Nuestro trabajo es escuchar, aprender de ellos,
afligirnos con ellos, caminar con ellos y ser cambiados para
parecernos más a nuestro Señor. ¡Eso es bendición! Jesús se
humilló y se hizo obediente hasta la muerte. Si Él hizo eso por
nosotros, tal vez nosotros, que pronunciamos Su nombre,
deberíamos humillarnos y someternos a la muerte de nuestras
suposiciones, prejuicios, distancia, arrogancia y amor por el poder.
No hacerlo es fallarle a Él.
 
Dios bendice a las naciones
 
Si queremos ser como el Dios que vivió entre nosotros, debemos
entender y regirnos por su visión del «otro». En primer lugar,
nosotros somos el «otro». No nos parecemos en nada a Él. Él
atravesó innumerables barreras para vivir entre nosotros. No exigió
que cruzáramos límites para encontrarlo. Sabía que no podríamos.
No solo vino a nosotros, sino que fue a la cruz para convertirse en el
puente que necesitábamos para obtener la vida eterna y la sanidad.
¡Qué distinto a nosotros! No queremos cruzar barreras y preferimos
los muros a los puentes. Él entregó literalmente Su vida para que
pudiéramos conocerlo y ser como Él. Eso es lo que significa vivir
bajo la autoridad de Dios.
 
En segundo lugar, es el Dios Creador, y obviamente ama la
variedad. Cualquiera que ame los pájaros, las flores y los árboles
disfruta de la diversidad de la belleza de la naturaleza. Que
aparezcan simultáneamente en mis comederos un pájaro azul, un
cardenal, un jilguero y un pájaro carpintero me da una inyección de
alegría. La diversidad de músicos e instrumentos en un conjunto
musical forma parte de su belleza. ¿Quién puede imaginarse El
Mesías de Händel sin el clavecín o la trompeta o las voces? Dios no
se detuvo en la naturaleza ni en la música. Creó y sigue creando
una gran variedad de seres humanos. Observe el cuerpo de Cristo:
brazos, piernas, ojos y orejas. Todos diferentes y esenciales. Todos
creados con propósito. Todos demuestran Su gloria y quién es Él.
Es el Dios trino. Despreciar la variedad y menospreciar a los demás
va totalmente en contra del Dios que nos creó. No nos atrevamos a
privar a Dios de la hermosa sinfonía de colores, dones e
incalculables diferencias que creó. Cuando rechazamos Su
autoridad, no seguimos al Compositor y dañamos la obra del
Maestro. Debemos encontrar alegría y bellezay otorgar dignidad a
los seres humanos de todo tipo, de todas las naciones, en todas las
etapas de la vida.
 
Por último, el amor y la alegría de Dios por la hermosa variedad
humana se ve en las naciones, en las etnias. No solo hay diversidad
de individuos, sino también diversidad de naciones. Volvamos a
Abram en Génesis 12, donde Dios le pide que lo deje todo y se
ponga bajo Su autoridad. Le dice: «Bendeciré a los que te bendigan,
y al que te maldiga, maldeciré. En ti serán benditas todas las
familias de la tierra» (v. 3, NBLA). Dice todas, todos. Dios estaba
bendiciendo a toda etnia, a toda tribu y a toda nación a través de
Abram. No había excepciones. ¿No debemos parecernos a Él?
 
Cada vez que tratamos a alguien con dignidad en vez de
avergonzarlo, con respeto en vez de despreciarlo, con preocupación
en vez de explotarlo, con amabilidad en vez de brutalidad, y con
atención cuidadosa en vez de rechazo, estamos haciendo lo
opuesto al trauma y al mal.⁶
 
Dios restaurará un lugar de seguridad, de risas y de bendición.
Mientras tanto, nos ha llamado a hacer lo mismo entre nosotros.
¿Hemos trabajado de forma activa para restaurar las desolaciones
de las generaciones? ¿O decimos: «Yo no estuve allí. Ya pasó.
Ahora deberías estar bien»? ¿Nos esforzamos por garantizar calles
seguras para los vulnerables en nuestros pueblos y ciudades o
dejamos que «ellos» vivan donde viven y nos sentimos agradecidos
de vivir en otro lugar? ¿Nuestra presencia como cuerpo de Cristo en
este mundo ha bendecido a las naciones, tanto alrededor del mundo
como en nuestra puerta?
 
La bendición de Dios sobre las naciones fue evidente para todos en
Pentecostés. Se nos dice que allí había gente de todas las naciones
bajo el cielo, una hermosa variedad reunida por el Espíritu de
nuestro Dios para oír de Sus obras maravillosas. Dios se aseguró
intencionadamente de que todas las naciones pudieran entender de
una forma íntima. Además, se aseguró de que todas las naciones
estuvieran allí juntas escuchando la misma verdad. Nosotros, el
cuerpo de Cristo, hemos sido llamados y se nos ha dado poder para
compartir la misma verdad en nuestros días. Debemos dar a
conocer a Dios a todo el mundo con palabras y hechos, anticipando
la gran unidad final de todos los pueblos, naciones y tribus reunidos
alrededor del trono del Cordero.
 
nueve
 
El abuso del poder en la Iglesia
 
En varias ocasiones he viajado a Ruanda, donde en 1994 cerca de
un millón de personas fueron masacradas sistemáticamente en un
genocidio que duró cien días. El mundo no hizo nada. Peor aún,
muchas iglesias de Ruanda fueron cómplices del genocidio. Muchas
personas huyeron a las iglesias en busca de un refugio y, en
cambio, fueron masacradas dentro de las paredes de la iglesia. Hoy
varias iglesias en todo el país permanecen intactas como un
recordatorio de lo que sucedió. Uno puede entrar en estas iglesias,
donde la luz del sol entra a través de vitrales rotos y los huesos de
miles yacen justo como murieron, 2500 en una, 4000 en otra, y así
sucesivamente. El infierno no solo llegó a Ruanda, sino también a la
Iglesia. Una mujer me dijo: «Las iglesias fueron el terreno del
genocidio». Un joven dijo: «Solía pensar que la iglesia era un
refugio, pero ahora la veo como un cementerio». El refugio del
Dador de vida se convirtió en el lugar de la muerte con la ayuda de
Su pueblo y Sus pastores.
 
¿Cómo puede suceder esto? ¿Cómo se convierte el pueblo de Dios
en ministros de la muerte? ¿Cómo es posible que quienes dicen
seguir al Crucificado puedan tomar machetes y usarlos contra
vecinos y amigos o entregarlos para que otros los maten? ¿Cómo
es posible que una iglesia que invocaba el nombre de Jesús pueda
tener una Biblia abierta en su sangriento altar y estar llena de los
esqueletos de aquellos que tuvieron muertes horribles en el lugar
del esperado refugio? ¿Cómo pueden los pastores de ovejas ser
lobos que devoran? ¿Cómo pueden los que dicen ser cristianos
masacrar a la gente de una manera muy cercana y cara a cara en la
casa del Dios que dicen adorar? ¿No sabían que la Palabra de Dios
prohíbe eso? ¿No sabían que Dios estaba llorando? Seguramente lo
sabían. ¿Eso no importó?
 
La respuesta es terriblemente compleja. No pretendo poder sondar
sus profundidades. Tengo conocimientos que me ayudan, pero
desde luego no son suficientes como para explicarlo de verdad. Sé
que el colonialismo deja a los países debilitados, sin infraestructura
y listos para la llegada de dictadores, guerras civiles y corrupción.
Sé que la pobreza extrema y la falta de educación hacen que la
gente se desespere y esté dispuesta a seguir a casi cualquiera que
diga que puede mejorar las cosas. Y sé algo del corazón humano,
que es «más engañoso que todo […], y sin remedio…» (Jer. 17:9,
NBLA).
 
El corazón se miente a sí mismo y a los demás y tiende a
desviarnos de los preceptos correctos. Pero ¿cómo se extravía
tanto?
 
Uno de los significados de la palabra inglesa para engañoso es
«que puede ser rastreado». El término se refiere a la evidencia
detectable de un rastro visible de una sustancia. Crecí rodeada de
cazadores; ellos buscan evidencia detectable de un rastro visible. La
ven en las marcas que hacen los ciervos en el bosque, en las
huellas, en los excrementos. Si miramos con atención, veremos que
con el tiempo un corazón engañado deja huellas. Para comprender
lo que sucedió en Ruanda, debemos volver atrás para encontrar el
rastro de evidencia que ayude a explicar el resultado.
 
Un corazón no se vuelve genocida de la noche a la mañana. Sin
embargo, sí deja indicios a su paso. El genocidio comienza cuando
a las personas les resulta fácil hacerle algo malo o cruel a un
prójimo. El genocidio comienza cuando la gente difama a sus
hermanos y hermanas con más facilidad hoy que ayer. El genocidio
comienza cuando las personas viajan por caminos corrompidos con
mayor libertad. Cuando el veneno deja de enfermarlos significa que
la maldad ya ha entrado en sus corazones. Cuando el aguijón ya no
hiere y la conciencia deja de reprender, han permitido que abunde la
iniquidad. Esa es la evidencia detectable del rastro visible del
pecado, que puede tener como resultado un genocidio. ¿Vemos que
si el pecado abunda en nuestros corazones como individuos y como
un cuerpo colectivo, terminamos matándonos a nosotros mismos y a
los demás?
 
Existe evidencia de huellas en la vida de quienes abusan de los
niños o son cómplices de esos abusos. Si miramos, veremos
evidencia de huellas en la vida de aquellos clérigos que se
alimentan de sus ovejas. Esas cosas tienen como resultado
«genocidios» más pequeños. Estos actos no son la matanza de un
pueblo, pero sí traen muerte a los seres humanos, muerte a la
dignidad, a la esperanza, a la confianza y a la fe. Se nos dice que el
pecado trae muerte. Esos actos surgen poco a poco. El resultado en
Ruanda fue una imagen visible y desgarradora de lo que sucede
cuando los pastores que deberían proteger y alimentar a sus
rebaños se convierten en depredadores o cómplices de los
depredadores. Lamentablemente, las iglesias de Ruanda ofrecen
una visión clara de lo que ha sucedido y está sucediendo en muchas
comunidades religiosas hoy en día en este país y en todo el mundo.
 
He trabajado con abusos de muchos tipos durante más de cuatro
décadas. Ese trabajo ha sido con personas de la comunidad
cristiana. Cuando veo víctimas de abuso sexual o doméstico, abuso
sexual por parte del clero, violación y abuso espiritual, estoy
trabajando con aquellos que invocan el nombre de Cristo. Y cuando
trabajo con los perpetradores o escucho sobre ellos, estoy
trabajando con aquellos que invocan el nombre de Cristo o
escuchando sobre ellos. La mayoría de los abusadores, y sus
defensores, han utilizado de manera constante las enseñanzas
teológicas para encubrir el abuso, justificarlo o hacer que la víctima
vuelva con el abusador. Una respuesta así de sorprendente ignora
el hecho de que el abuso daña tanto a las víctimas como a los
perpetradores. Daña a las familias, a menudo, durantegeneraciones. Daña a las comunidades eclesiásticas, las juntas
misioneras y las organizaciones cristianas. Daña a personas
preciosas creadas a imagen de nuestro Dios.
 
Todos hemos visto las noticias. Pastores y líderes de mala
reputación han abusado, en nombre de Dios, del poder en la casa
de Dios y se han involucrado sexualmente con varias ovejas, han
usado el dinero de manera fraudulenta, han usado palabras
desagradables y humillantes para controlar a los demás. O se han
enterado de estas situaciones y han sido cómplices del
encubrimiento «por el bien de la iglesia».
 
Los titulares son motivo de dolor porque hemos visto que el abuso
en la iglesia no es algo que les ocurra solo a «otros» grupos o a
alguna categoría de «ellos». El abuso y los posteriores
encubrimientos son un problema generalizado en congregaciones
de todos los tamaños y denominaciones. Se ha encendido la luz en
la Iglesia, y Dios nos llama a luchar con lo que no debería ser así.
Es crucial que prestemos atención y entendamos las cuestiones
involucradas para proteger a las ovejas de Dios, capacitar de
manera proactiva a pastores que no dañarán a las ovejas de Dios y
acompañar sabiamente a los que han sido víctimas de abuso en la
familia de Dios. Si no lo hacemos, escucharemos las palabras que
Dios dijo a los pastores de Israel que se alimentaban a sí mismos en
lugar de a sus ovejas: «Ustedes no han fortalecido a las débiles, no
han curado a la enferma, no han vendado a la herida, no han hecho
volver a la descarriada, no han buscado a la perdida; sino que las
han dominado con dureza y con severidad» (Ezeq. 34:4, NBLA).
Como los pastores abusaron del poder que Dios les había dado, no
cuidaron a las ovejas heridas y permitieron que el rebaño de Israel
se convirtiera en presa, Dios les quitó el rebaño de su cuidado.
 
El abuso espiritual
 
Aquí hay dos palabras que nunca deberían ir juntas: espiritual y
abuso. Es una unión diabólica. El Espíritu de Dios odia el abuso, lo
saca a la luz y se preocupa por los abusados. Sin embargo, a
menudo vemos que se usa la espiritualidad de forma incorrecta para
dañar a una persona creada a imagen de Dios. El abuso espiritual
implica el uso de lo sagrado para lastimar o engañar el alma de otra
persona.
 
¿Qué herramientas de poder podría usar una persona para llevar
adelante una tarea tan diabólica? Son las herramientas comunes en
todo tipo de abuso. La más evidente son las palabras. Cuando
usamos la Palabra sagrada de Dios de una manera que daña a otro
y les ordenamos que hagan el mal, los manipulamos, los
engañamos o los humillamos, hemos abusado espiritualmente de
ellos. Les decimos: «Dios dice», pero no reflejamos el carácter del
Dios cuyas palabras usamos. Tergiversamos las palabras de Dios
para coaccionar, manipular.
 
Una posición poderosa en un contexto religioso conlleva una
autoridad espiritual inherente. Pastor, sacerdote, anciano, maestro
de escuela cristiana y líder de jóvenes son todos puestos que dan
lugar a la confianza. Su autoridad espiritual da credibilidad a las
palabras dichas que afirman representar a Dios con exactitud. Se
asume un cierto carácter cuando, de hecho, se puede utilizar la
posición para ocultar el carácter. Recuerde, las reprimendas más
fuertes de Jesús fueron para aquellos líderes religiosos que usaban
las palabras de Dios para aplastar y controlar.
 
Un pastor con un título teológico y con conocimiento de la Escritura
puede sacar palabras de la Biblia, pronunciarlas con autoridad y
herir a quienes están bajo su cuidado. La capacidad de articular
verdades teológicas no significa que el que las dice sea un siervo
obediente de Dios. Un líder espiritual tiene todas las herramientas
de poder a su disposición y puede usarlas para dañar de manera
verbal, sexual, emocional, física, económica y espiritual. No importa
la herramienta o el método de enseñanza, todas las formas de
abuso siempre causan daño espiritual. No se puede abusar sexual,
física o verbalmente a otra persona sin infligir también abuso
espiritual.
 
El liderazgo espiritual
 
Edwin Friedman, en su libro Generación a generación de 1985,
escribe sobre dos cualidades de liderazgo que nuestra cultura exige:
conocimiento especializado y carisma.¹ Tristemente, muchos de
nosotros en la cristiandad hemos buscado esas mismas cualidades
en nuestros líderes. La demanda de conocimientos especializados a
menudo obliga a los líderes a definirse en términos de sus
habilidades. Un buen líder será un experto, adquirirá continuamente
más información y demostrará una aptitud cada vez mayor. Un
pastor, entonces, es alguien que demuestra que tiene un
conocimiento especializado en teología, enseñanza, predicación,
consejería, planificación presupuestaria, administración, mediación y
relaciones sociales. Se espera que un líder sepa más, logre más y
se desempeñe mejor. Cuanto más adecuado sea en esas áreas,
más lo considerarán un éxito. El liderazgo se reduce así a una rutina
interminable para adquirir más y mejores destrezas y lograr
resultados impresionantes: presupuestos equilibrados, aumento de
la membresía, sermones interesantes e inspiradores, soluciones
rápidas en consejería y un ministerio eficiente y organizado.
 
Según Friedman, el carisma, esa personalidad fuertemente atractiva
que ciertas personas emanan, es la segunda cualidad de liderazgo
que nuestra cultura exige. Los líderes carismáticos pueden unificar
cuerpos divididos, generar entusiasmo e impulsar a la gente a la
acción; pueden ayudar a las personas a sentirse optimistas cuando
envían un mensaje de que las cosas están encaminadas.
 
Cumplir con las expectativas de conocimiento especializado y
carisma pone una tremenda presión sobre un líder. Los grupos que
siguen a estos líderes asumen que si el éxito no llega, el líder tiene
la culpa. Naturalmente, cuando los resultados esperados no se
hacen realidad, el líder, por lo general, responde esforzándose más,
ocultando cualquier cosa que amenace una reputación de éxito.
 
Cuando la poderosa presencia de un líder coincide con una iglesia
en crecimiento, una influencia global, una presencia influyente en los
medios y una entrada constante de dinero, sus seguidores creen
que es el líder el que ha hecho que todo esto suceda. Por
consiguiente, no creerán o negarán cualquier ataque o crítica contra
ese líder. Una amenaza para el líder es una amenaza para todos.
 
Dada esta dinámica, es fácil ver cómo los líderes de la iglesia se
dejan gobernar por los resultados externos de su servicio. Cuando
las demandas son grandes y la presión aumenta, los líderes pueden
verse seducidos a ser leales al ministerio e igualar eso con la
obediencia a Cristo. Las decisiones están impulsadas por lo que
tendrá éxito, generará dinero o traerá un mayor número de
personas. Esas cosas no son malas por naturaleza, pero cuando se
convierten en principales, se vuelven devastadoramente
destructivas. Adorar la obra es tentador; pero el llamado al ministerio
no es un llamado a amar y obedecer la obra y sus exigencias, sino
un llamado a Jesucristo y solo a Él. En Lucas 10:20, Jesús envía a
setenta obreros delante de Él, quienes regresan charlando sobre los
maravillosos resultados que han logrado. Jesús les dice: «… no os
regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que
vuestros nombres están escritos en los cielos». Cuando los
resultados del ministerio llegan a gobernar la obra, la consecuencia
es una tremenda ansiedad: ansiedad sobre cómo mantener el éxito,
ansiedad por si se descubre que es un fraude, ansiedad por que
alguien más lo esté haciendo mejor. Los líderes a menudo se ven
impulsados a hacer lo que sea necesario para sentirse mejor,
incluso si eso significa hacer uso de personas, sustancias o
comportamientos ilícitos para aliviar la ansiedad constante.
 
El carácter, la historia personal y la responsabilidad de los
líderes
 
Aunque rara vez se habla, el carácter y la historia personal influyen
en quienes lideran. Con frecuencia, seleccionamos a los líderes por
sus dones en lugarde por su carácter. El liderazgo en el cuerpo de
Cristo no debe basarse en las habilidades naturales, sino en la
madurez espiritual y en la semejanza a Cristo. Hemos visto cómo
algunos líderes muy inmaduros en el mundo cristiano suben al
poder por sus dones más que por su madurez espiritual. Nunca
debemos asumir que los dones verbales y la perspicacia teológica
están acompañados de madurez e integridad de carácter. Esto vale
la pena repetirlo: la capacidad de articular verdades teológicas no
significa necesariamente que uno sea un siervo obediente de Dios.
Por desgracia, los talentos y el conocimiento que traen éxito al
ministerio se convierten con facilidad en alimento para el ego.
 
La obra de la Iglesia no es el llamado al ministerio. Nuestra
verdadera tarea es manifestar la semejanza a Cristo en todas las
cosas, ya sea en el éxito o el fracaso, en la crítica o el elogio. Si los
números, el crecimiento y la fama fueran las medidas de Dios,
entonces Jesús sería considerado un fracaso. La semejanza a
Cristo no se mide por esas cosas externas, sino por los frutos del
carácter de una persona que se asemejan al fruto del Espíritu. No
por números, sino por amabilidad; no por fama sino por humildad y
autocontrol.
 
Muchos pastores nunca han pensado realmente en cómo su historia
personal los ha moldeado y, por lo tanto, ha moldeado sus
ministerios. Un niño puede crecer con un padre abusivo y alcohólico
que lo menosprecia y lo golpea. Luego, sin considerar el impacto de
eso, puede instalarse en un ministerio y un púlpito, una posición de
poder. Él puede ser brillante, estar dotado verbalmente y lograr el
éxito. Sin embargo, su capacidad para manejar las críticas, su
actitud defensiva y su dificultad con la intimidad, junto con el miedo
al fracaso que nace de la ira de su padre, lo harán extremadamente
vulnerable. Cualquier corrección o crítica será muy amenazante.
 
En la preparación para el ministerio no suele enfatizarse que hay
que trabajar en el carácter y entender la propia historia personal.
Esto es imprudente dada la capacidad de engaño de nuestro
corazón. He descubierto que muchos líderes jóvenes de la iglesia
crecieron sin ir a una iglesia, se convirtieron a Cristo en la
universidad, fueron a un seminario (tal vez) y luego aterrizaron en un
púlpito con poca o ninguna supervisión. Algunos provienen de
hogares llenos de ira, alcoholismo, promiscuidad, pornografía o
drogas y pueden tener sus propias historias en estas áreas. Otros
provienen de hogares llenos del conocimiento de Dios, pero el
énfasis ha estado en tener razón o en demostrar el éxito
«espiritual». El orgullo y la arrogancia subyacentes a dichas
actitudes nunca se consideran hasta que se filtran de manera
destructiva en algún punto del camino.
 
Estamos muy apurados para evaluar los cuarenta años de Moisés
en el desierto, las décadas de espera de Abraham, los cuarenta días
de Jesús en el desierto y los años de soledad de Pablo en el
desierto y luego en Tarso. Ninguno de estos líderes comenzó sin un
tiempo prolongado de soledad con Dios. Ninguno de estos pastores
apareció montado en un caballo blanco prometiendo éxito y
crecimiento, ni siquiera nuestro Señor. Sin embargo, parece que
estamos deseosos de que nuestros líderes produzcan resultados,
sentimientos y experiencias positivas y se ganen el favor de tantas
personas como sea posible. Nuestro mundo necesita que los que
tienen influencia espiritual conozcan de verdad al Buen Pastor. Él
sabía cómo cuidar, alimentar y proteger a Su rebaño. También sabía
lo que era ser uno de esos corderos, porque se convirtió en uno
cuando se hizo hombre y vivió entre nosotros (no encima de
nosotros).
 
Los pastores y líderes a menudo viven con poca o ninguna
supervisión. No puedo decirle cuántos pastores, jóvenes y ancianos,
me han contado, a menudo con lágrimas, que anhelan buenos
mentores. Desean que alguien los escuche y les haga preguntas
difíciles. Están ansiosos de que alguien les enseñe sobre el
ministerio fiel y sobre la integridad en el ministerio y en el hogar. No
tienen a nadie en sus vidas de quien no sean también responsables
como pastores.
 
Todos estos factores pueden trabajar juntos para hacer del
ministerio un lugar peligroso para los pastores y, por lo tanto, para
sus ovejas. Creo que la Iglesia debe considerar seriamente las
ramificaciones de nuestra incapacidad para comprender estas
verdades. Cuando la tierra produce una mala cosecha muy seguido,
es una tontería enojarse con las plantas. Se debe examinar la tierra
que claramente necesita una revisión seria. Necesitamos pensar de
forma sabia lo que significa ser pastor y cuáles son los requisitos de
Dios para ser uno bueno. El carácter tiene supremacía en el reino
de Dios. Es el carácter el que da fruto en este mundo, y ese fruto
está lleno de la fragancia de Cristo, en toda Su humildad.
 
El poder en un contexto espiritual
 
Una investigación sobre el poder y la compasión/empatía ha
demostrado que el poder social elevado está asociado a una
disminución de la respuesta emocional recíproca a los sufrimientos
de otra persona.² En otras palabras, cuanto más poder tiene una
persona en relación con otras, menos empatía tendrá. Eso es muy
preocupante en cualquier contexto. En un entorno espiritual como
una iglesia, es aterrador. La falta de compasión es diametralmente
opuesta al llamado de Dios.
 
Según un estudio de investigación, las personas que tienen mucho
poder en una organización u otro entorno grupal tienden a tener
ciertas características.³ Imagine estas cualidades en alguien que es
pastor o maestro:
 
• sienten menos restricciones sociales;
 
• juzgan las emociones de los demás con menos precisión;
 
• reaccionan menos a las emociones de los demás;
 
• no ajustan sus demandas a la emoción de otra persona;
 
• experimentan menos angustia que el nivel de angustia del que
habla;
 
• estereotipan más a los demás;
 
• son más ricos en recursos;
 
• son conscientes de que pueden actuar a voluntad sin
interferencias ni consecuencias sociales graves;
 
• exhiben un comportamiento desinhibido y egoísta, lo que aumenta
la probabilidad de comportamientos socialmente inapropiados.
 
Si un pastor real que cuida ovejas de cuatro patas se comportara de
esta manera, todas sus ovejas morirían. El pastor es más
inteligente, puede hacer lo que quiera y no responde a la angustia
de las ovejas. De hecho, puede pensar que las ovejas son «solo un
montón de ovejas tontas». Ellas están totalmente vulnerables.
 
Por el contrario, estas son algunas características de las personas
con poco poder:
 
• experimentan mayores restricciones sociales, amenazas o
castigos;
 
• asimilan más las emociones de las personas con mucho poder;
 
• ceden más ante la ira que la felicidad de las personas con mucho
poder;
 
• exhiben un aumento de la angustia en respuesta a la angustia de
la persona con mucho poder;
 
• tienen más probabilidades de ser vulnerables ante la agresión y el
acoso;
 
• tienen más probabilidades de ser mujer o de una raza diferente
que los que están en el poder;
 
• vigilan a los demás con más atención y están alertas para sortear
entornos sociales amenazantes;
 
• inhiben la expresión directa de sus propias ideas. ⁴
 
La vulnerabilidad de las personas con poco poder es evidente. Si
tomamos los resultados y las observaciones de esta investigación y
los ponemos en un contexto espiritual donde los que tienen poder
invocan con frecuencia la Palabra de Dios, vemos que el potencial
de abuso en nombre de Dios es bastante asombroso. La casa de
Dios, destinada a ser un refugio para el pueblo de Dios, de hecho,
no es segura. Escuche al profeta Ezequiel:
 
«Por tanto, pastores, escuchen bien la palabra del Señor: Tan cierto
como que yo vivo —afirma el Señor omnipotente—, que por falta de
pastor mis ovejas han sido objeto del pillaje y han estado a merced
de las fieras salvajes. Mis pastores no se ocupan de mis ovejas;
cuidan de sí mismos, pero no de mis ovejas. Por tanto, pastores,escuchen la palabra del Señor. Así dice el Señor omnipotente: Yo
estoy en contra de mis pastores. Les pediré cuentas de mi rebaño;
les quitaré la responsabilidad de apacentar a mis ovejas, y no se
apacentarán más a sí mismos. Arrebataré de sus fauces a mis
ovejas, para que no les sirvan de alimento» (34:7-10, NVI).
 
Los corderos corren peligro de ser destruidos por aquellos a los que
llamamos pastores. Los pastores se convierten en una amenaza
cuando se alimentan de los que están bajo su cuidado. Tanto el
Antiguo como el Nuevo Testamento condenan esto. Y muchos de
nosotros hemos visto la destrucción de corderos vulnerables en
iglesias y organizaciones cristianas. Es un asunto muy serio que
merece nuestra respuesta tanto de palabra como de hecho, no solo
por el bien de los vulnerables, sino también por el bien de nuestro
Dios. La complicidad y el silencio solo hacen más daño; no nos
libran de él.
 
Un caso práctico
 
Un joven recién salido del seminario fue contratado para servir como
director de jóvenes de una iglesia grande. Era un pequeño grupo de
jóvenes, pero en el transcurso de sus primeros dos años, creció
exponencialmente. Él amaba su trabajo; sin embargo, comenzó a
sentirse incómodo con algunas de las cosas que veía. Se dio cuenta
de que tres mujeres visitaban al pastor principal con bastante
frecuencia. Una noche regresó a la oficina de la iglesia porque había
olvidado algo y vio que el pastor estaba en su oficina con una de
estas mujeres y que no había nadie más en el edificio. Se acercó al
pastor y le comentó su preocupación por la apariencia de dicha
reunión. El pastor le aseguró que no estaba pasando nada
inapropiado y le dijo: «¿No confías en mí? He sido el pastor principal
aquí durante quince años. Seguramente tienes más fe en mí como
para sugerir algo así».
 
Unos meses después, dos niñas le contaron al pastor de jóvenes y a
su esposa que habían sufrido abusos sexuales. Una niña dijo que su
abusador era un anciano de la iglesia. El abuso ocurrió cuando ella
iba a su casa a jugar con su hija. La segunda niña dijo que fue
violada por uno de los jóvenes del ministerio universitario. Ambas
tenían catorce años. El pastor de jóvenes pensó que debía
denunciarlo obligatoriamente. Por cortesía, fue al pastor principal
para hacerle saber lo que había escuchado y decirle que iba a
denunciar el abuso. El pastor principal se enojó y le ordenó que no
llamara a nadie. Le dijo: «Yo soy la autoridad ordenada por Dios en
esta iglesia. Debes respetar eso y seguir mis decisiones. Yo me
encargaré de esto. Conozco a este anciano [jugaban golf juntos
todas las semanas] y estoy seguro de que la acusación no tiene
fundamento. También hablaré con el estudiante universitario
acusado. Es un buen amigo de mi hijo». El pastor de jóvenes se fue
muy preocupado. Él y su esposa decidieron que debía denunciar el
abuso, aunque le habían ordenado que no lo hiciera. Las niñas
afirmaban que se había cometido un delito.
 
Cuando el pastor principal se enteró de la denuncia, lleno de ira, fue
a la junta de ancianos y presentó un escenario distinto y falso, y el
pastor de jóvenes fue despedido por insubordinación, por no
someterse a la orden de autoridad de la iglesia y porque se lo
consideraba lleno de orgullo. Le dijeron que se fuera de inmediato y
no se le permitió hablar con los jóvenes. No se le dio ninguna
indemnización. A los jóvenes les dijeron que los ancianos tuvieron
que despedirlo porque no se sometía a la autoridad de la iglesia y
porque sentían que estaba dando un mal ejemplo a los jóvenes.
 
Aunque es posible que muchos no reconozcan esto, la iglesia
abusaba espiritualmente de todos los miembros de la congregación.
El nombre de Dios, la Palabra de Dios y la autoridad de Dios se
usaban para silenciar las acusaciones y los intentos de exponer la
oscuridad. La congregación estaba engañada y confundida. Se les
decía a las personas lo que debían pensar, sentir y decir. Como
ovejas ciegas, los ancianos seguían a un pastor pecador y usaban
las herramientas de poder del engaño, la intimidación, la condena, la
manipulación y el aislamiento para manejar y borrar eficazmente las
crisis. Los que estaban en el poder hacían todo lo que podían para
silenciar la verdad. Presentaban el problema como algo que no era
abuso. El pastor de jóvenes «desobedeció» a los que Dios había
puesto sobre él. Las víctimas exageraron, entendieron mal. El
valiente pastor de jóvenes pagó un alto precio por decir la verdad y
tratar de proteger a los vulnerables. También es probable que reciba
una evaluación crítica cuando solicite otro puesto. Las dos niñas
fueron ignoradas y descartadas en la casa de Dios. El daño a sus
vidas y a su fe fue abrumador. Ese daño se infligió en un lugar que
debería haber sido un refugio para ellas.
 
Las voces fueron silenciadas y, para lograrlo, se abusó del poder. La
voz humana se silencia con cualquier cosa deshumanizante. Es
deshumanizante abusar, encubrir o mentir descaradamente sobre el
abuso. Tratar a cualquier ser humano, una persona creada a imagen
de Dios, como menos que humano destruye su personalidad, su
identidad. El Dios que es llamado la Palabra quiere que los creados
a Su imagen tengan voz. Dios valora la voz interior/personal. Él nos
creó para hablar; no quiere que se silencie o se aplaste esa voz.
 
El poder de la voz exterior
 
Existe otra voz poderosa además de la voz interior, una que nos ha
moldeado profundamente a todos. La voz interior de cada persona
se escucha en el contexto de una voz exterior, que es a menudo alta
y fuerte. Puede ser la de otra persona, una familia, una iglesia, una
cultura, una institución o una nación. En la iglesia, la voz exterior es
el liderazgo de la iglesia, que afirma representar la voz de Dios.
 
Como hemos visto, muchas veces asumimos sin pensar la rectitud
del contexto en el que vivimos. Dejamos de escuchar con atención
lo que la voz exterior dice y no dice, y no la evaluamos a la luz de la
Palabra de Dios. Casi por ósmosis, absorbemos y obedecemos la
voz externa de nuestro contexto, incluso cuando habla falsedad
sobre la realidad del abuso. Los líderes que hablan en nombre de
esa voz exterior, por ejemplo, pueden decir que las personas que
exponen el abuso son malas (egoístas, que buscan atención, están
equivocadas, etc.) y necesitan ser silenciadas porque amenazan el
buen trabajo que el sistema está intentando hacer en nombre de
Dios. Incluso cuando la voz exterior está en silencio, continúa
comunicándose en voz alta y clara. Los líderes de la iglesia pueden
hablar sobre proteger la iglesia o pueden redoblar la afirmación de
que tienen la autoridad de Dios, pero su silencio ante el abuso
cuenta otra historia. Así que tenemos una combinación letal: el
silencio junto con la voz que habla mentiras que parecen
verdaderas.
 
Este proceso va un paso más allá. El silencio sobre las malas
acciones se racionaliza y afirma como un deseo de proteger el
nombre de nuestro Dios. Esa retórica del liderazgo fomenta el
silencio interior en las víctimas y en los seguidores. En el ejemplo
anterior, las víctimas hablaron. El pastor de jóvenes habló. Ambos lo
hicieron en un intento de traer la verdad y la luz. Si las voces no se
escuchan o se ignoran, a menudo se quedan en silencio, ya sea por
coerción o por desesperanza. El silencio del liderazgo y la negación
del abuso silencia aún más a las víctimas, mutila la fe y destruye la
esperanza.
 
Las víctimas asumen que Dios también está en silencio. A lo largo
de los años, muchas personas me han preguntado si pueden
encontrar ayuda para restaurar su sentido de seguridad en la casa
de Dios. Que se tenga que hacer una pregunta así es francamente
detestable.
 
La diferencia deslumbrante del Buen Pastor
 
Aquel a quien seguimos se llamó a sí mismo el Buen Pastor. En el
Antiguo Testamento, pastor era un título que designaba a los siervos
más importantes del Señor, siervos que, como nuestro Señor,
agachaban la cabeza para cuidar del rebaño. Del Señor se dice:
«Como pastor apacentará su rebaño;en su brazo llevará los
corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las
recién paridas (Isa. 40:11). Compare esa descripción con la historia
de Kenny Stubblefield en el capítulo 5.
 
Jesús dijo que los ladrones y salteadores lo precedieron (Juan 10:1),
pero continúa diciendo: «Yo soy el buen pastor; y conozco mis
ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo
conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas» (vv. 14-15).
Observe la diferencia. Su objetivo principal era proteger a las ovejas.
El objetivo de los ladrones y salteadores era protegerse a sí mismos
y al sistema. Las únicas vidas sacrificadas en nuestro caso práctico
fueron las vidas de las víctimas, el pastor de jóvenes y los miembros
de la congregación. Los pastores salieron ilesos. Este mismo Jesús
les dijo a los que lo seguían: «Apacienta mis ovejas» (21:17). Más
adelante, Pablo usó esta misma analogía cuando escribió a los
líderes de la iglesia en Éfeso. Él dijo: «Por tanto, mirad por vosotros,
y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por
obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su
propia sangre» (Hech. 20:28). Si las raíces de la Iglesia no están
produciendo pastores que sigan estas instrucciones, entonces algo
está significativamente corrompido. El nombre de nuestro Dios ha
sido profanado.
 
Todo líder de iglesia que se alimenta a sí mismo en lugar de
alimentar a las ovejas es un pastor falso. Toda persona en una
posición de poder dentro del cuerpo de Cristo que abusa de un
cordero o esconde el abuso hecho a alguien que el Buen Pastor
conoce y llama por su nombre, ha profanado el nombre de nuestro
Dios. Dios se opone a ellos tal como lo hizo con los pastores en
Ezequiel 34. ¿No debería Su Iglesia apoyarlo contra esos pastores?
No obstante, si decimos algo, afirmamos: «Fue solo un error. El líder
está con mucho estrés. ¿No se supone que debemos perdonar y
olvidar?». El pueblo de Dios sigue apoyando a pastores corruptos y
no libera al rebaño del peligro. Hemos permitido el pase de lobos
abusivos a otros rebaños sin decir la verdad de que están recibiendo
un enemigo de las ovejas y de nuestro Dios. ¡Dios dice que nos
detengamos! Los líderes no han logrado parecerse al Buen Pastor;
tampoco Su pueblo, porque ha seguido a los que no obedecen el
llamado de Dios con respecto a los lobos vestidos de ovejas. Al
hacerlo, han seguido a los pastores por un precipicio. ¿Cómo es que
se abusa de los corderos en la casa de Dios y luego se los desecha
porque alteraron el orden de las cosas?
 
Dios dice más adelante en Ezequiel 34 que Él mismo irá a buscar a
los perdidos y esparcidos por sus llamados pastores y los traerá de
regreso. Vendará a los quebrantados y fortalecerá a los enfermos
(vv. 11-16). No nos parecemos en nada a Él cuando, en cambio,
vendamos a los abusadores y fortalecemos su posición. Parece que
hemos olvidado las palabras de nuestro Señor registradas en Mateo
7:15-16: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros
con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus
frutos los conoceréis…». Parecen ovejas, pero son lobos
insaciables, codiciosos y voraces. Si parecen ovejas, ¿cómo
podemos saberlo? Lo sabemos por el fruto de su carácter: cómo se
desarrolla su identidad. Cuando alguien nos dice que una persona
que conocemos la ha abusado sexual o físicamente, pensamos:
«Conozco a esa persona; no puede ser cierto». La Escritura dice
que nuestro corazón es muy engañoso; ni siquiera conocemos
nuestros propios corazones. Nos cuesta creer eso. La Escritura
relata que Jesús no confiaba en nadie porque sabía lo que había en
todas las personas (Juan 2:24). Nosotros decimos: «Conozco a esa
persona; confío en ella»; pero Jesús dice: «Yo la conozco y no
confío en ella; sé de lo que es capaz». Él diría eso de mí, de usted.
La Escritura nos dice que Dios no juzga por las apariencias, sino por
la rectitud. Nosotros juzgamos por lo que vemos y oímos, y
asumimos que conocemos el corazón.
 
Jesús dijo que la cizaña crece junto con el trigo. Lo falso y lo real se
entremezclan. La cizaña se parece tanto al trigo al principio que no
podemos notar la diferencia. Sin embargo, no importa lo cerca que
estén plantados o lo parecidos que parezcan, con el tiempo la
diferencia se vuelve evidente. Podemos ver que un poder falso ha
imitado el poder esencial de aquellos que usan el nombre de Cristo.
La santidad falsa ha falsificado la pureza verdadera. Podemos
conocer, cantar, repetir y enseñar la Palabra de Dios, pero su
cosecha verdadera puede estar ausente en nuestras vidas, nuestros
hogares y nuestro mundo. Nunca debemos suponer que alguien que
está dotado verbalmente y tiene conocimiento teológico es
espiritualmente maduro. A veces, ese líder es un narcisista, que
maneja el sistema y a las personas que lo integran para
alimentarse.⁵
 
El discernimiento del carácter solo es posible si se manifiesta. Pablo
dice que la vida de Jesús debe manifestarse, hacerse evidente y
clara en nuestra carne mortal, de forma inconfundible e innegable (2
Cor. 4:10-11). Se nos conoce por nuestros frutos, no solo por
nuestras palabras. Se nos conoce por lo que sale de nosotros. La
prueba final está en nuestro carácter, porque es el fruto el que nos
habla de la vida interior del árbol. Henry Burton expresó: «La
conducta es el carácter en movimiento; porque [los humanos] hacen
lo que ellos mismos son».⁶ Piense en nuestro caso práctico. ¿Qué
características se manifestaron, aparecieron en la carne de los
líderes de forma innegable? A pesar de sus palabras, la arrogancia,
la mentira, la degradación y el silencio se hicieron evidentes. Si
conocemos bien la Palabra de Dios, podemos escuchar las palabras
como distorsiones perversas y egoístas de lo que Dios realmente
dijo.
 
¿Cómo es la Iglesia verdadera?
 
En algún lugar en medio del sufrimiento y el dolor el Hijo del Hombre
planta un hijo propio, obediente al Rey; allí está obrando para sanar
las heridas, secar las lágrimas y convertir el llanto en un himno de
alabanza. Allí está estableciendo Su reino. Dios influye en el mundo
a través de Su pueblo, no a través de organizaciones. Nosotros, no
un edificio o una organización, somos Su cuerpo en este mundo.
Nuestro efecto depende de cómo la Palabra que conocemos haya
transformado nuestras vidas. El desarrollo natural de Cristo en
nosotros es la humildad, la justicia y el servicio. Estas son las
marcas de aquellos en quienes Dios está encarnado. Las marcas
del verdadero cristianismo son siempre las de la semejanza a Cristo.
El desarrollo antinatural da como resultado la altivez, el orgullo y el
dominio. Como aconsejó Jesús, pruébese a sí mismo y a los demás
con esto: que la persona más grande se convierta en siervo. El
verdadero ministerio no ejerce dominio en nombre de Cristo ni
sostiene el poder para gobernar a otros para nuestro propio bien.
Siempre que la Iglesia busca el dominio o la altivez o se expresa
con orgullo, se convierte en un refugio de cosas impuras.
 
Mateo 21 describe la entrada triunfal de Jesús, que culminó con Su
entrada al templo, donde los hombres traficaban cosas impuras en
nombre de Dios. Jesús expulsó a los traficantes haciendo un gran
lío y escándalo. Los llamó ladrones que habían profanado el templo
de Dios y lo habían convertido en un lugar de trabajo seguro para
quienes saqueaban a sus semejantes. Así que, Jesús tuvo que
destruir esa guarida por el bien de la gente que estaba siendo
saqueada. La observancia religiosa se convierte en blasfemia en
esas condiciones, un sedante que insensibiliza y atenúa el sentido
espiritual cuando debería transformar el carácter y hacer que se
asemeje a Cristo. Cuando ese mal ocurre en la casa de Dios, debe
detenerse, ciertamente por el bien de las víctimas, pero también por
aquellos que se están engañando a sí mismos.
 
Es fascinante ver lo que sucedió después de las acciones de Jesús.
Tras expulsar a los traficantes deshonestos, entraron los ciegos y
los cojos, y Jesús los sanó. Los niños entrarongritando:
«¡Hosanna!» que significa «¡Sálvanos ahora!». Su raíz hebrea
significa «ayudar», «auxiliar» o «socorrer».⁷ Todos los que
necesitaban ayuda (los vulnerables, los cojos, los ciegos y los niños
pequeños) llegaron después de que el templo fue limpiado de
ladrones, aquellos que se alimentaban de otros. Antes, el templo de
Dios estaba profanado. Ahora estaba lleno de gracia y honor y era
como un hospital y una guardería.⁸ Los principales sacerdotes se
enojaron y preguntaron si Jesús podía escuchar lo que se decía.
Evidentemente, escucharon las voces de los pequeños y sintieron
que perturbaban y que necesitaban ser silenciadas. ¿Le suena
familiar?
 
Jesús responde con Salmos 8:2:
 
«Por causa de tus adversarios
 
[tú, Dios] has hecho que brote la alabanza
 
de labios de los pequeñitos y de los niños de pecho [los más
vulnerables],
 
para silenciar al enemigo y al rebelde» (NVI).
 
A través de los pequeños, los débiles, los vulnerables se logran
grandes cosas. Cuando se escuchan y se honran esos gritos de
búsqueda, salvación, protección y refugio, entonces nuestro
enemigo es silenciado. ¡Qué poder tienen las voces de los
pequeños si escuchamos sus gritos! Cuando silenciamos los gritos
de los vulnerables (niños o adultos), no estamos protegiendo la casa
de Dios. De hecho, la estamos profanando, amplificando la voz del
enemigo en la casa de nuestro Dios. Cuando seguimos a nuestro
Señor, aplicamos su poder redentor no solo en la vida de las
víctimas, sino también en la nuestra. Dios toma los pecados contra
los vulnerables y usa sus gritos para llamarnos y transformarnos a
Su semejanza. Lo sé porque ha utilizado las vidas golpeadas y
destrozadas de muchas víctimas para hacer Su obra redentora en
mí. Ellas han sido Su regalo para mí.
 
Jesús expulsó a los que tomaron lo que no era de ellos, a los que
profanaron Su templo. Luego recibió a los pequeños y a los débiles,
aquellos de los que brota la alabanza para silenciar a los enemigos
de Dios y a Su oponente. Entonces, ¿cómo podemos nosotros, el
pueblo de Dios, silenciar a los pequeños y a los débiles cuando
hablan y dicen: «Sálvanos ahora»? Cuando protegemos nuestras
instituciones, títulos y posiciones en lugar de proteger a los
vulnerables, impedimos la obra redentora de Dios en Su pueblo y en
este mundo.
 
Que el cuerpo de Cristo sea valiente para expulsar la injusticia y
recibir a los vulnerables, que brote la alabanza para silenciar a los
enemigos de Dios y a Sus oponentes. Que vayamos con amor y
verdad a las guaridas de los ladrones, sin importar dónde los
encontremos, ya sean en nuestros bancos y comunidades o en
nuestros púlpitos, y que los transformemos en lugares llenos de la
gloria de nuestro gran Dios, quien se volvió vulnerable por nosotros.
diez
 
La cristiandad seducida por el poder
 
Todos nosotros, como cristianos, tenemos un pie en la cultura
secular y dominante y el otro pie en la cristiandad, nuestra cultura
cristiana. Muchos de nosotros, los de las generaciones mayores,
estamos al menos un poco asustados por la dirección e influencia
de la cultura secular sobre las generaciones más jóvenes. Todos
anhelamos sentirnos cómodos en algún lugar, encajar, sentirnos a
gusto, en casa. Nos permitimos pensar en la cristiandad como un
lugar seguro, por lo que podemos ser menos exigentes que con la
cultura secular. No nos gusta sentirnos inseguros, incómodos o
vulnerables. Respiramos una cultura familiar del mundo cristiano,
inconscientes de sus toxinas.
 
Me temo que muchos de nosotros hemos confundido la cristiandad,
o nuestro pequeño rincón, con Cristo. No son lo mismo. Nunca lo
han sido. Las instituciones, las organizaciones, los ministerios y los
sistemas no son Jesucristo. Son simplemente sistemas y lugares
creados por los seres humanos donde el pueblo de Dios se reúne
para adorar, aprender y servir. Ni siquiera la cristiandad es lo mismo
que el cuerpo vivo de Cristo. Jesús mismo nos dijo que hay cizaña
entre el trigo, lobos entre las ovejas y personas encubiertas que solo
parecen creyentes, a veces incluso en el liderazgo.
 
Este es un tema por demás complicado, pero debemos reconocer
que la cristiandad es un sistema, que se fusiona con la cultura que
lo rodea y que trata de sostenerse por separado.
 
Y la cristiandad, como todas las instituciones amenazadas, utiliza
recursos, energía y poder para protegerse. Si duda de eso, observe
lo que sucede cuando se expone un caso de abuso sexual infantil
por parte de un pastor. Decir la verdad muchas veces se considera
una amenaza para la Iglesia, una reacción sorprendente cuando
Dios deja muy claro que la verdadera Iglesia debe llevar luz a las
tinieblas. Eso significa ver las cosas como son y llamarlas por su
nombre correcto. La cristiandad ha usado la Escritura para autorizar
la esclavitud, el racismo, la violencia doméstica, el abuso sexual y
otras crueldades que nuestro Dios odia. Me temo que, en la
actualidad, algunos rincones de la cristiandad están menos
interesados en la verdad y más interesados en el poder. Hemos
adquirido fama, dinero, estatus, reputación y pequeños reinos. Sin
embargo, al mismo tiempo, estamos inmersos en la pornografía,
grandes cantidades de matrimonios fracasan, encubrimos el abuso,
la próxima generación se está alejando y toleramos que los líderes
de nuestras organizaciones y púlpitos se alimenten de sus ovejas.
Como ya hemos observado, muchos titulares recientes han
informado sobre líderes y sistemas cristianos que no se parecen en
nada a nuestro Señor. La cristiandad no es Cristo. No debemos
engañarnos.
 
La cristiandad como sistema
 
Quizás recuerde del capítulo 6 que un sistema es una combinación
de partes que forman un todo unitario y complejo y que funcionan
juntas hacia un objetivo. Como vimos en el capítulo 9, los sistemas
diseñados por Dios con el propósito de bendecir a Su pueblo
pueden mantenerse juntos, usar el nombre de Dios y, a la vez,
destruir a los seres humanos. No hay palabras para expresar el
daño que provoca el abuso sistémico por parte de un grupo u
organización que invoca el nombre de Dios. Muchas víctimas que he
conocido han contado lo devastadas que se han sentido en esos
sistemas. Habiendo sido abusadas por alguien en el sistema,
corrieron hacia los pastores, que las ignoraron, silenciaron,
rechazaron y culparon. El abuso del sistema «cristiano» multiplica
exponencialmente el daño causado por un solo perpetrador.
 
Piense en su infancia. Recuerde cuando jugaba al aire libre, se caía
y se raspaba la rodilla. ¿Qué era lo primero que hacía? Corría hacia
su padre en busca de consuelo, ayuda y curación. ¿Qué sucede
cuando no hay refugio porque el padre consume drogas o está lleno
de ira o culpa al niño por su «estupidez»? Ese niño vive en la
realidad de que nadie aparecerá ni se preocupará por su dolor.
Además de la herida, el niño experimenta el rechazo, el juicio de
valor y la pérdida de la esperanza. El dolor multiplicado marca las
vidas. Las lecciones que enseña son mentiras: «No vales mi tiempo;
es tu culpa; estás interfiriendo con cosas más importantes». Ya sea
que lo haga un padre o un líder de la iglesia, el rechazo de un niño
herido enseña mentiras horribles sobre Dios que se graban a fuego
en el alma: «Él no ve»; «a Él no le importa»; «Él te culpa por lo que
sucedió». Esas lecciones no se descartan con facilidad. Se instalan
y saturan las vidas. Tristemente, las víctimas, tanto adultos como
niños, a menudo no distinguen entre la cristiandad y Cristo. Lo que
se ha hecho carne es una representación falsa y burda de Cristo,
pero muchos no saben que ese es el caso, y su fe y esperanza se
ven aplastadas.
 
La seducción de la cristiandad
 
Todos anhelamos significado, propósito, conexión y bendición. Los
sistemas de la cristiandad nos ofrecen estas cosas. En nuestro
deseo, con frecuencia no evaluamos los sistemas o sus líderes,
quienes prometen la realización de nuestros anhelos. Hitler prometió
satisfacer los anhelos de pan y dignidad del pueblo alemán.
Prometió restaurar la moralidad. Granparte de la iglesia alemana lo
siguió. Así como en el mundo físico hay una fuerza gravitacional,
parece haber una fuerza gravitacional en el terreno espiritual. Las
palabras espirituales de un reino terrenal nos atraen a través de
nuestros propios anhelos. Giramos como satélites en la órbita de
ese sistema, creyendo en los regalos y bendiciones prometidos. Nos
cegamos fácilmente al hecho de que la fuerza gravitacional proviene
de los humanos y sus palabras, no necesariamente de Dios.
Brindamos nuestro amor y obediencia a los reinos terrenales en
lugar del reino de Dios. Cuando se usan palabras espirituales, a
menudo eso nos lleva a creer que esos reinos son idénticos. No lo
son.
 
Tanto los líderes como los seguidores pueden ser engañados. Para
muchos, el engaño principal que parece estar en los cimientos es la
fuerte creencia de que el reino de nuestro Dios es externo, aquí y
ahora, y que se mide según los estándares humanos. Fue un
engaño que los discípulos de Jesús creyeron (y anhelaron). Se
presume que el poder, la gran cantidad de personas, la fama y el
reconocimiento mundial equivalen a las bendiciones de Dios.
Nuestros anhelos se unen a las promesas de los líderes, y nos
sometemos ciegamente al «reino» del éxito prometido. Cuando
respiramos la cultura de la cristiandad sin examinarla, la
bautizamos, la apoyamos y le juramos lealtad. Nuestro apoyo a
menudo requiere pasar por alto las mentiras, el abuso del poder, el
abuso sexual, la codicia, el engaño, la altivez y las concesiones con
los poderes terrenales. Como suele ser cierto en la cultura secular,
simplemente aceptamos lo que sucede sin discriminarlo ni
examinarlo a la luz de la Palabra de nuestro Dios. Olvidamos que
los reinos externos de todo tipo siempre han fracasado a lo largo de
la historia de la humanidad y continuarán haciéndolo. Nuestro
continuo anhelo de un reino externo nos deja vulnerables a la
seducción.
 
Existen seducciones inherentes al servicio de Dios. Son peligros
sutiles; muchos no los ven y se dejan seducir y alejar de su primer
amor. El trabajo de servicio es a menudo atractivo y nos aleja del
amor y la obediencia al Maestro. Muchas veces alguien comienza
creyendo que Dios lo llama y se le inculca una visión dada por Dios.
En algún punto del camino, cuando la visión ha crecido, las
exigencias son grandes y la presión aumenta, el siervo se vuelve
obediente a la obra y sus demandas en lugar de a Cristo. Las
decisiones se toman en función de lo que tendrá éxito, generará
dinero o promoverá el crecimiento.
 
Se dice a sí mismo: «No se debe permitir que la obra muera».
Después de todo, es de Dios. Así la vida de Cristo en el líder
comienza a morir. El obrero ya no es un siervo del Maestro, sino un
siervo de la obra. Es una buena obra. Puede ser una obra a la que
Dios lo llamó. Puede que haya dado frutos, pero el obrero ahora
está enfocado en el éxito del ministerio en lugar de permanecer fiel
a Jesucristo.
 
Oswald Chambers dijo: «Tenga cuidado con cualquier cosa que
compita con la lealtad a Jesucristo. El mayor contrincante de la
devoción a Jesús es el servicio a Él».¹ Cuando la obra de Dios
parece llamarnos a descuidar el matrimonio y el hogar, el tiempo a
solas con Él y el estudio, hemos intercambiado amos. Cuando el
carácter es menos importante que los logros, hemos intercambiado
amos. Cuando las exigencias del servicio moldean nuestro carácter
en algo más que un reflejo del carácter de Cristo, hemos
intercambiado amos. El amo llamado «servicio» nos arrastrará sin
parar hasta que caigamos. El amo del servicio no se preocupa por
nuestro carácter, no le importa si somos la encarnación de lo que
enseñamos ni si deleitamos el corazón del Padre. Solo le importa
que la obra tenga éxito. El amo del ministerio nunca está satisfecho.
Lo grande debe hacerse más grande, y la verdad debe ser evadida
a toda costa si la exposición de esa verdad puede dañar el reino
externo. Esta seducción ocurre tanto en líderes como en seguidores.
Cualquier amenaza al sistema hace que los seguidores cierren filas
y protejan al líder y su posición, el sistema y la verdad fingida.
Preste atención y no se deje seducir.
 
Otra seducción funciona así: cuando nos involucramos en el cuidado
de los demás, quedamos atrapados en el drama de sus vidas y nos
volvemos plenamente conscientes de sus necesidades apremiantes,
con facilidad podemos ser seducidos a olvidar que primero somos
ovejas antes que pastores. Si olvidamos que somos ovejas, nos
centraremos en hacer que otros se muevan, cambien y crezcan,
pero no buscaremos a nuestro Pastor y los pastos verdes y las
aguas tranquilas que tiene para nosotros.
 
Si cuidamos de las ovejas de Dios el tiempo suficiente, tendremos
muchas experiencias que nos aclararán por qué Dios llama ovejas a
Su pueblo. Veremos que las personas hacen cosas tontas, siguen a
otras ovejas por los barrancos, se alejan del rebaño y se dejan
devorar. Puede ser que nos encontremos murmurando sobre «solo
un montón de ovejas tontas» y nos sentiremos frustrados, enojados
y orgullosos, como si, de alguna manera, fuéramos nosotros los
pastores de todas estas ovejas tontas.
 
¿Ha sido llamado a pastorear los corderos de Dios de alguna
manera? Puede pastorear como pastor, maestro, consejero o padre.
No olvide que mucho antes de que Dios lo llamara a pastorear,
primero y ante todo lo llamó a ser Su cordero, un cordero tonto y
estúpido que hace cosas tontas, que sigue a otros por los barrancos
y se deja devorar. Usted es un cordero que debe permanecer muy
cerca del Gran Pastor. Esa es la mejor forma y la más sabia de guiar
a otros corderos. Lo seguirán hasta allí. Su valor como pastor
depende de su vida como cordero, un cordero débil y tonto que
depende por completo del Pastor. ¿Cómo sabrá algo del pastoreo si
no se mantiene cerca del Gran Pastor?
 
Cuando el trabajo del pastoreo nos lleva al orgullo, al juicio, a la
superioridad o al engaño, nos hemos olvidado de que somos
corderos. Un pastor que no es primero un cordero es un pastor
peligroso y ha dejado de seguir al Buen Pastor. Nuestra identidad
principal en la vida, si queremos ser de valor eterno para el Padre,
no es la de un pastor, sino la de un cordero. Siga el consejo y no se
deje seducir.
 
La tercera seducción es cuando el trabajo desplaza nuestra relación
con Dios. «La medida del valor de nuestra actividad pública para
Dios es la comunión privada que tenemos con Él».² Nuestro criterio
es el éxito; pero Dios mide por la relación privada que tenemos con
Él. Nuestra relación personal con Dios es lo que nos hace aptos
para el ministerio. ¿Es la relación con Cristo un hilo entretejido
profusamente en el tapiz de su vida o está tan involucrado en la
obra cristiana que no tiene tiempo para el Cristo a quien le
pertenece la obra?
 
El trabajo cristiano competirá con nuestra relación con Dios. ¡Qué
ironía! Pero debemos esperar que así sea. La misma tarea que Dios
nos llama a hacer nos distrae y nos seduce para alejarnos del
tiempo con Él. Sin embargo, solo adquiriremos lo que se necesita
para la obra de Dios en nuestra vida cristiana y privada de
adoración. ¿Quiere estar preparado, equipado, fortalecido y
protegido? Entonces, cultive una relación con Dios.
 
Al trabajar con aquellos que sirven a Dios en muchos ámbitos, he
descubierto que muchos no oran. He escuchado a líderes decir: «No
soy una persona de oración» o «Realmente nunca aprendí a orar».
En otras palabras, puedo dirigir una iglesia o una organización,
hacerla crecer, enseñar y predicar sin oración. La oración puede ser
vista como algo que se hace en los servicios públicos o en las
comidas, pero, francamente, es poco práctica y pareciera no ser
necesaria. El trabajo debe realizarse, los programas deben
ejecutarse y las personas deben ser atendidas. ¿Quién tiene tiempo
para orar? Sin embargo, el Señor al que profesamos servir
considera que la oración es una parte central de la obra en lugar de
una simple preparación para la obra. La oración es el camino hacia
la obra que produce frutos duraderos.Qué tontos somos al pensar
que podemos llevar a cabo la obra de Dios sin hablarle y escucharlo
de forma constante.
 
No se atreva a hacer la obra de Dios desde cualquier otro
fundamento que no sea una relación continua con Él. ¿Cómo
podemos pensar que tendremos sabiduría, amor incansable y fuerza
para perseverar a menos que nos sentemos todos los días a los
pies del Salvador? Él dijo: «… sólo una cosa es necesaria…» (Luc.
10:42). Solo una cosa es necesaria. Solo una cosa es necesaria. No
dos, no varias. Hacer la obra no es esa única cosa. Esta fue la
lección de Marta. Su trabajo era necesario: atendía a Jesús y a sus
discípulos. Su trabajo importaba, pero no era esa única cosa.
Adorar, aprender, escuchar a los pies del Maestro es la única cosa
necesaria, siempre. Tome el consejo y no se deje seducir.
 
Hay una cuarta seducción. En lugar de amar y obedecer antes que
nada a Jesucristo, a menudo nos sentimos atraídos a seguir a los
líderes humanos. Nos gusta ser parte de algo exitoso. Anhelamos
estar con los líderes cristianos «más populares», si no lo hacemos
como líder, al menos como un seguidor. Estamos sirviendo en el
ministerio de manera correcta. Somos parte de algo especial.
Tenemos la doctrina correcta con respecto a tal o cual cosa. Es muy
fácil seguir a un líder terrenal o a un sistema en lugar de a Cristo.
Deténgase por un momento y considere algunos de los líderes más
conocidos de los últimos años que han destruido ministerios, a otras
personas y a sí mismos. Parece que nos inclinamos a seguir a quien
brilla en lugar de discernir con cuidado su carácter. Así muchos
guías ciegos han llevado a las ovejas al pozo.
 
En Salmos 20:7, David expresó lo siguiente:
 
«Estos confían en carros, y aquellos en caballos;
 
mas nosotros del nombre de Jehová, nuestro Dios, haremos
memoria» (RVR1995).
 
No confíe en un líder o en un ministerio exitosos; no confié en los
números que van en aumento; no confíe en la fama ni en los
elogios; no confíe en los libros vendidos ni en los grandes
conocimientos adquiridos. Esas cosas no son Jesucristo. Él no hizo
ninguna de esas cosas. Líderes, no se midan a sí mismos con esos
estándares, sino con el carácter de nuestro Señor. Seguidores, no
sigan a ningún líder con todos los adornos anteriores que se
parezca poco a Cristo o no se parezca en nada a Él. Solo hay un
Señor, y no es ni un líder ni un sistema humano.
 
Evaluación de los anhelos
 
Como líderes y seguidores, tenemos anhelos que son importantes.
¿Anhelamos el amor, la seguridad, el significado? ¿Deseamos el
respeto, los éxitos y el honor? No hay nada de malo en eso. Son
humanos, pero también nos hacen vulnerables a individuos y
sistemas poderosos que prometen cumplirlos. Pueden llevarnos a
pensar que somos nosotros los que podemos entrar en un lugar y
hacer algo más nuevo, más grande y mejor. También pueden hacer
que veamos en un líder lo que anhelamos con desesperación,
impidiéndonos discernir que es un lobo con piel de cordero.
Lamentablemente, a veces los sistemas de la cristiandad prometen
llenarnos, se cree en esas promesas sin evaluarlas y se hace un
gran daño.
 
Hay líderes y seguidores que anhelan ser famosos, los mejores, los
más grandes, los más efectivos. Esos deseos se presentan como
algo bueno para los miembros del sistema. «Tenemos la clave para
la evangelización». «Vamos a alcanzar el mundo para Cristo como
nunca antes». «Resolveremos el problema de los huérfanos en este
país». «Llegaremos a los que no asisten a la iglesia». No obstante,
¿qué sucede cuando algo amenaza ese sistema humano y se
derrumban sus sueños? ¿Cuál es la respuesta a una denuncia de
abuso sexual o doméstico en la casa de un líder? ¿Cuál es la
respuesta a una acusación de fraude o de malversación de fondos?
En esos lugares, ¿a quién se protege? ¿A quién protege más el
sistema? ¿A los líderes? ¿A las estructuras de poder? ¿A la
existencia de la institución? ¿Cómo responde la fe proclamada por
el sistema? ¿Qué fruto da?
 
Debemos evaluar los sistemas y los líderes con los que nos
conectamos. Debemos evaluar su carácter y el nuestro. Ningún
sistema y ningún líder puede satisfacer el alma humana. El pozo del
que bebemos no debe ser un predicador fascinante o un cierto tipo
de experiencia de adoración. No hay nada de malo en esas cosas,
pero no son Cristo.
 
El carácter de la cristiandad
 
He aquí algunas cosas importantes que debemos recordar sobre los
sistemas y los líderes de la cristiandad. En primer lugar, nada ni
nadie puede representar a Dios con exactitud si no se asemeja a
Jesucristo. Nos hemos enterado de que los líderes cuyas
enseñanzas nos ayudaron fueron infieles, groseros y degradantes
con los obreros detrás de escena. A menudo, debido a los
resultados y al crecimiento, se justifican y se ocultan estos
comportamientos. La fe que agrada el corazón del Padre se revela
no en medidas externas como el crecimiento y los números, sino en
el carácter y en la semejanza a Cristo. Aquel que sigue a Cristo lleva
el fruto del Espíritu en cada rincón de su vida. La fe de un verdadero
seguidor de Cristo emana bondad, mansedumbre, dominio propio,
paciencia y fidelidad. Estas cualidades describen el carácter de un
seguidor de Jesús, alguien que vive con un amor agradecido a
Jesucristo. El que no manifiesta este fruto, sin importar sus logros y
gran éxito, no está siguiendo a Jesús. No está creciendo en
semejanza a Cristo.
 
En segundo lugar, Jesús hizo la voluntad de su Padre sin importar el
costo. No trabajó para preservar un sistema, ni siquiera uno
originalmente ordenado por Dios. Trabajó para exponer y
transformar el corazón humano y destruyó los sistemas externos
con ese fin, incluso los dedicados a Él. Hizo esto con el templo cada
vez que comenzó a existir para sus propios fines. Lo hizo por el bien
de las personas, tanto líderes como seguidores. Si nosotros, con Él,
queremos ser parte del reino que algún día gobernará todos los
reinos, entonces debemos someternos en obediencia a Él y solo a
Él, incluso si perdemos nuestros sistemas.
 
En tercer lugar, Jesús nos dice que Su reino no es externo, no es de
este mundo. Su reino existe en los corazones de los hombres y
mujeres que lo aman y le obedecen. Él reside en aquellas personas
que dan Su fruto en su carácter. George MacDonald lo expuso de
esta manera: «Cuántos hay […] que parecen capaces de hacer
cualquier cosa por la Iglesia o el cristianismo, excepto la única cosa
que le importa a su Señor: ¡que hagan lo que Él les manda! […] Lo
dejan a Él para presumir de sus iglesias.³
 
Supongamos que es padre de una niña hermosa que está llena de
vida. Su hija se enferma, y el médico le dice que es cáncer, que
debe ser tratado o la niña morirá. Empieza el tratamiento y ve a su
hija consumirse, lánguida, delgada y débil, la luz desaparece de sus
ojos. Siente que la está perdiendo. Lo único que quiere es que
recupere la salud y verla correr por el patio, riendo, una vez más
llena de vida y alegría. El tratamiento que parece estar destruyendo
a su hija es el único camino hacia la salud. La ama lo suficiente
como para someterla a ese tratamiento, aunque hacerlo le rompe el
corazón.
 
Ese es el corazón de nuestro Padre cuando su pueblo está lleno de
enfermedad. Muchos rechazan el tratamiento para proteger la
apariencia externa de salud, ignorando el hecho de que, con el
tiempo, la muerte ganará. Nuestro Dios es fuego consumidor. Ese
fuego es amor, un amor que hará todo lo posible para destruir el
cáncer. Anhela que su cuerpo se asemeje a Él más de lo que anhela
preservar cualquier reino externo, incluso uno que lleve Su nombre.
 
¿Recuerda la historia de la higuera? Jesús regresaba a Jerusalén y
tuvo hambre, vio una higuera cubierta de exuberantes hojas verdes,
la apariencia externa de un árbol sano. Se acercó para ver si podía
encontrar un higo, pero no encontró nada.
 
Las higueras, por lo general, producen frutos antes que las hojas,
que no aparecen hasta el verano, y todavía faltaba un tiempo para
eso. El árbol comunicaba un mensajefalso mediante su despliegue
de hojas. Nuestro Señor usó el árbol infructífero y engañoso como
una lección práctica. Su pueblo no estaba dando el fruto que su
Padre les había mandado. Jesús condenó el árbol para que
pareciera lo que ya era, estéril e infructífero, no porque no tuviera
fruto, sino porque su despliegue prematuro de hojas daba la
impresión de que era un árbol fructífero. Era como un lobo con piel
de cordero.
 
Básicamente, la historia trata sobre el sistema del templo que Dios
había diseñado y ordenado. El sistema se mostraba bueno y fiel a
Dios, pero no producía fruto. El día anterior, Jesús había salido de la
ciudad y, mirando hacia el templo, había llorado. Los que iban al
templo hacían exuberantes rituales, se cubrían de incienso y
proclamaban, como lo habían hecho en los días de Jeremías: «¡El
templo del Señor!». Habían olvidado que sus corazones eran el
templo que Dios anhelaba, así como lo anhela hoy. Habían olvidado
que el amor a Dios y a los demás era el sacrificio que agradaba a
Su corazón. Él desea que el fruto de la justicia nazca en Su pueblo.
No le interesa la vegetación exuberante que da la apariencia externa
de crecimiento.
 
Tristemente, la cristiandad muchas veces ha imitado al mundo o se
ha fusionado con los poderes existentes. Hemos trabajado para
construir un reino externo. A lo largo de los siglos, la cristiandad se
ha unido, se ha acostado con los poderes seculares como el estado
y el rey. Cuando eso sucede, el pueblo de Dios pierde su voz
profética. En lugar de llevar luz a los asuntos humanos, la Iglesia se
entremezcla tan bien que apenas se la puede ver. La luz ilumina; no
oculta. Al invertir en la cristiandad en lugar de en Cristo, hemos
atenuado esa luz y hemos perdido el rumbo.
 
Nosotros, que debemos exponer y erradicar la corrupción, hemos
sido corrompidos. ¿Dónde está la luz que ilumina? ¿Dónde está la
sal que purifica? ¿Y dónde, oh dónde, está el arrepentimiento de la
cristiandad por llamarse a sí misma el cuerpo de Cristo cuando ni
siquiera ha logrado seguir a su Cabeza? Un cuerpo que no sigue a
su cabeza es un cuerpo muy enfermo. Eso es tan cierto en el
terreno espiritual como en el físico. Nuestra Cabeza, en Su amor por
la humanidad, rompió todas las barreras, incluidas las de la raza, el
género, la clase, la etnia, la religión y la moralidad. Nos recibió y nos
amó a todos y nos llamó a sí mismo para que pudiéramos llegar a
ser como Él. Todos estaríamos excluidos si no lo hubiera hecho.
 
Estoy segura de que recuerda la historia de la gran multitud de
personas en extrema necesidad. Los cinco mil habían seguido a
Jesús y tenían hambre. Él los alimentó y le sobraron doce cestas.
Creo que podríamos decir que ese servicio fue exitoso. La gente
ciertamente lo hizo. Proclamaron profeta a Jesús y querían hacerlo
rey. Querían un reino externo inmediato. La multitud quería algo que
Dios quiere: Jesús como Rey. Qué fácil en un momento así dejar
que lo externo ordene. La gente parecía estar preparada. Deseaban
lo que Dios, en definitiva, había establecido como Su objetivo. Jesús
será coronado Rey sobre todo. Él se sentará en el trono y las
naciones se postrarán. Él gobernará los corazones de los humanos
y todo lo externo.
 
Entonces Jesús hizo algo muy extraño. Su respuesta fue retirarse a
una montaña solo. Parecía que había perdido Su oportunidad.
Parecía que todo estaba preparado para que Él lograra lo que había
venido a lograr, pero se alejó. ¿Por qué? Porque servía a Su
Maestro; obedecía a Su Padre en vez de a la gente y sus anhelos o
exigencias. Sus decisiones no las dictaba la oportunidad, ni la
promesa de éxito, ni la necesidad, ni el deseo de la gente, ni lo
bueno del objetivo.
 
Cuando llegue el día y la gente lo empuje hacia un objetivo que
usted cree que es bueno, recuerde a Jesús. La obra no es su
maestro; Él lo es. El objetivo debe ser Su objetivo, logrado a Su
manera. El tiempo debe ser Su tiempo. Y usted debe ser
completamente Suyo. No deje que los objetivos del servicio se
adueñen de usted, sino solo el Maestro.
 
Los líderes, los seguidores y los sistemas pueden engañarnos con
facilidad, ya sean seculares o parte de la cristiandad; pero a las
personas y a los sistemas se los conoce por sus frutos. Muchos han
sido engañados por árboles que parecían llenos de la promesa de
vida y no lo estaban. Aférrese a la verdad de que los que se
asemejan a Cristo siempre producen buenos frutos. Ese fruto es el
fruto del carácter de Su Espíritu en nuestras vidas. No se encuentra
en nuestros dones, aunque ciertamente son dados por Dios. Pablo
dice que podemos hablar lenguas angelicales, entender los
misterios teológicos y dar dinero a los pobres y, sin embargo, no
parecernos a nuestro Señor en carácter. La oratoria, el
conocimiento, la brillantez y la filantropía no son frutos nacidos del
Espíritu en nuestras vidas. No se convierta en un falsificador ni se
deje engañar por uno. Siga de cerca a Cristo, no a la cristiandad con
su atractivo y sus promesas. La cristiandad no es Jesucristo.
Busque que Él sea la cultura en la que vive, se mueve y se
comporta.
 
PARTE 3
 
Poder
redimido
once
 
El poder redentor y la persona de Cristo
 
El Señor al que seguimos, Dios encarnado, cuando vino a la tierra
hecho hombre, tuvo que sortear las culturas seculares y religiosas
de Su época. Fue tan despreciado que tanto el Imperio romano
como la nación judía, que se odiaban con vehemencia, aunaron
fuerzas para matarlo porque Él no se doblegaba a sus gobiernos.
Miroslav Volf ha dicho: «El factor más importante para determinar si
una religión estará implicada en la violencia es su identificación con
un proyecto político y su entrelazamiento con aquellos que intentan
realizar y proteger ese proyecto».¹ El liderazgo del templo hizo
exactamente eso con el Imperio romano.
 
Jesús dice: «… nada hago por mí mismo [el “yo” como centro], sino
que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió,
conmigo está; […] porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan
8:28-29). Como Jesús nunca vaciló en elegir el amor y la obediencia
al Padre como la fuerza impulsora de Su vida, era una amenaza
tanto para los individuos como para los sistemas de Su época, un
santo disidente con una presencia y palabras revolucionarias. Su
personalidad amenazaba las formas poderosas de Roma: la guerra,
la conquista, el derramamiento de sangre y la opresión. También
amenazaba al sistema religioso, que ejercía el poder y fomentaba el
rigor, el ritual vacío, la exclusión y el juicio. Aquel que era la base de
ese sistema no se parecía en nada a Él. Se opuso a todo lo que era
contrario a los propósitos y al carácter del Padre en la vida
individual, social, nacional, étnica y religiosa. Se alejó de los que se
mantenían juntos y, al hacerlo, Su fidelidad al Padre lo llevó a Su
exterminio… o eso pensaron ellos.
 
¿Qué podemos aprender de Jesús mientras atravesamos nuestro
propio territorio traicionero? A menudo pensamos que esa
obediencia nos está costando, pero cuando algo más que la
obediencia a Dios es nuestro maestro, nos estamos muriendo de
hambre en nuestro espíritu. La estrella del camino de Jesús, el
alimento de Su alma, es Dios y solo Dios. No es un centro doctrinal,
racial, tribal o nacional. No es un conjunto de reglas morales. Si
queremos entender la mente, el corazón y las decisiones de Jesús,
debemos conocer a Su Padre, no a los sistemas. Cristo solo se
puede explicar conociendo al Padre, no en términos de una cultura.
Este Cristo revoluciona sistemas masivos y pone al mundo de
cabeza. Nosotros, como Su pueblo, debemos ser como Él.
 
El carácter de Cristo en los corazones humanos
 
En primer lugar, debemos reiterar que Cristo edifica Su reino en los
corazones de los hombres y mujeres, no en lo externo que hemos
llegado a amar, proteger y alabar. El templo de Jerusalén era un
edificio hermoso, lleno de rituales ordenados por Dios, líderes de
gran conocimiento y doctrina, y miles de adoradores. La cristiandad
de hoy alaba y premia los edificios hermosos,los rituales que
conmueven los corazones, la brillantez y la exactitud teológicas, y
las grandes audiencias; pero el propósito de Dios en todos esos
esfuerzos a lo largo de los siglos fue primero que Su pueblo lo
adorara a Él, porque solo Él es santo. Las personas pueden
adorarlo gracias al Cordero que fue inmolado.
 
En segundo lugar, el pueblo de Dios debía inundar la tierra con
verdad, amor, humildad, comida para los hambrientos, honestidad
en los negocios, darles la bienvenida a los extraños y cuidar a los
marginados como resultado de su adoración. Dios le dio a Su
pueblo poder para bendecir al mundo. En cambio, mostró juicio,
división, opresión, corrupción e indiferencia, todo mientras mató a
los corderos y ganó dinero con ello. El pueblo de Dios estaba tan
lejos de entender quién era Dios que cuando se hizo hombre ni
siquiera lo reconocieron. Los adornos externos no significaban nada
para Dios. Esas cosas externas no son prueba de Su presencia, y
mucho menos de Su aprobación, incluso cuando tienen su origen en
Él.
 
Jesús dice que lo que sale de nosotros, de nuestro centro, nos
contamina (Mat. 15:11). ¿Lo entendemos? No es la atmósfera
política de nuestro país lo que nos contamina; no es la inmoralidad
desenfrenada de este mundo lo que nos contamina; no es la presión
por obtener excelentes calificaciones, más dinero, más fama o
muchos seguidores lo que nos contamina. Si esas cosas externas
nos contaminaran, entonces Jesús mismo habría sido corrompido.
Él vino aquí, a este campo de exterminio, y permaneció lleno de la
vida de Dios. Permaneció puro porque no había nada inmundo en
Él. Lo que no existía en Él no podía salir de Él. No podemos dar
manzanas si somos un arce. Y ese fracaso no está en la tierra, la
lluvia, el sol o el jardinero, aunque todas esas cosas importan. El no
poder producir manzanas reside en la naturaleza del árbol.
 
Piense en una situación en la que se ha descubierto la inmoralidad
sexual de un líder cristiano. ¿Qué pasa primero? Por lo general,
comienzan las mentiras. «Yo no lo hice. Simplemente entré para
ayudar a las trabajadoras sexuales y terminé atrapado en un
engaño». Esta respuesta es una tergiversación, un relato
distorsionado de las cosas, un camuflaje; estas respuestas suelen
utilizar un lenguaje espiritual. Cuando eso ya no funciona, ¿qué
pasa después? «Bueno, sí, lo hice, pero estaba deprimido, mi
matrimonio es un desastre, me sentí presionado por el ministerio».
En otras palabras: «Lo que estaba sucediendo fuera de mí me
contaminó. Mi inmoralidad no vino desde adentro». Pero si miramos
con atención, podemos ver que lo que salió de la persona cuando
fue expuesta fue un engaño a sí misma y a los demás e intentos de
convencernos de que, en realidad, está bien y es una persona
buena y justa. Simplemente fue atacado por cosas externas. De
hecho, las circunstancias externas pueden haber sido difíciles,
incluso insoportables, pero, en algún lugar del corazón, hubo un
anzuelo, una mentira, un deseo mimado para que, en el contexto de
esas circunstancias, la corrupción oculta del corazón quedara al
descubierto. O como dice Oswald Chambers, «la crisis revela el
carácter».²
 
Jesús dice: «Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le
pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina
al hombre» (Mar. 7:15). Sabemos que esto es cierto en el mundo
físico. «Una taza llena hasta el borde de agua dulce no puede
derramar ni una gota de agua amarga, por más repentina que sea la
sacudida».³ La sacudida expone lo que hay en mi taza; no crea el
contenido. Por lo tanto, por sus frutos lo conoceremos; veremos
quién es realmente por lo que crece desde adentro. Conocemos el
contenido de un corazón por lo que sale de él, no por lo que lo
rodea. Nadie se arruina en una crisis salvo que su alma ya se haya
debilitado por las decisiones tomadas en la vida cotidiana.
 
No nos despertamos un día y somos inmorales. La inmoralidad se
practica en silencio y en pequeñas formas a lo largo del tiempo. Nos
anestesiamos con el sedante del autoengaño, hasta que nos
sacuden la taza y quedamos expuestos.
 
Si en verdad somos como la persona de Cristo en los reinos de
nuestros corazones, entonces lo que fluya de nosotros se parecerá
a Él. Donde no sea así, debemos pedirle que haga lo que sea
necesario en nosotros para que ocurra el cambio. Las personas
probarán las aguas que fluyen de nosotros y conocerán nuestra
fuente de vida.
 
Jesús es luz
 
«Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que
tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no
practicamos la verdad» (1 Jn. 1:5-6). La luz penetra, busca, invade
cada rincón. Trae salud y crecimiento a todas las criaturas vivientes,
plantas y animales por igual. La entrada de luz en cualquier lugar
expone la realidad. La luz trae la verdad. A menudo no es visible en
sí misma, pero ilumina todo lo demás. Tampoco cambia por lo que
revela. La luz brilla sobre los animales muertos, las alcantarillas y la
podredumbre, revelando, pero permaneciendo pura. Ese es nuestro
Dios.
 
Por eso la corrupción no corrompió a Jesús. Por eso fue
intransigente con las concesiones.
 
La persona de Cristo es luz. En Él no hay nada de oscuridad,
ninguna, ni siquiera una mancha. No importa cuánto se encuentre
con la oscuridad, esté rodeado de oscuridad o exponga la
oscuridad, Él sigue siendo luz. No se contamina con lo que toca.
Nos tocó y permaneció puro. Él no trafica con la oscuridad ni de la
tierra ni del infierno y, aunque el contacto sea cercano, nunca se
mancha. «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no
prevalecieron contra ella» (Juan 1:5). El poder de Cristo es Su
encarnación de la luz. Él ilumina a dondequiera que vaya, tanto de
palabra como de hecho. ¿Cómo cree que se sintieron Roma o los
líderes religiosos con esa luz? Ellos querían apagarla. ¿Y cómo cree
que se sintieron María Magdalena, la mujer samaritana o Zaqueo
con esa luz? Se regocijaron en ella. La luz de Jesús era rechazada
o bien recibida; Su presencia revelaba el corazón de aquel sobre
quien brillaba.
 
Nosotros, los hijos de Dios, decimos que tenemos una relación con
este Dios que es luz. Entonces, deberíamos recibir Su luz. Él dice:
«Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas,
mentimos, y no practicamos la verdad» (1 Jn. 1:6). Eso está claro.
No podemos andar en oscuridad mientras afirmamos tener una
relación con la luz. Si decimos que caminamos en comunión con
Dios, que es luz, y miramos pornografía o encubrimos el pecado
repetido de otra persona o nos aferramos al poder, la fama o la
arrogancia, mentimos. Si decimos que caminamos en la luz de Dios
y le hablamos con dureza a nuestro cónyuge, aplastamos un alma
vulnerable, degradamos a otro en línea o con arrogancia tratamos a
los demás como inferiores, mentimos. Si en verdad caminamos con
Él, esas cosas quedarán expuestas por lo que realmente son, no por
debilidades, respuestas a la presión, un mal día, un horario cargado
o medios para un buen fin. Esas cosas no son más que una rebelión
injusta contra un Dios santo.
 
La oscuridad oculta y disfraza. Distorsiona, esconde y perturba la
visión de modo tal que las cosas parecen distintas de lo que
realmente son. La oscuridad barniza las manchas. Usamos la
oscuridad para escondernos de nosotros mismos, de los demás y de
Dios. Nos escondemos detrás de un discurso duro y lo llamamos
honradez. Oscurecemos nuestros corazones con excusas,
justificaciones y mentiras. Cuando practicamos la oscuridad
mientras profesamos la luz, pecamos. Y el pecado lleva a la muerte.
No es simplemente la muerte física, sino también la muerte de una
visión clara, la muerte de la justicia, la muerte de la convicción de
pecado. Muchas veces, las cosas que permiten que el pecado a
largo plazo continúe son una parte tan importante del entramado de
nuestras vidas que ya ni siquiera las vemos. Por eso Jesús llamó a
los fariseos guías ciegos.
 
«En él [Jesús] estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad»
(Juan 1:4,NVI). Aclaremos dos estadísticas: el 64 % de los hombres
cristianos y el 15 % de las mujeres cristianas ven pornografía al
menos una vez al mes.⁴ Si decimos que tenemos comunión con Él y
caminamos en oscuridad, mentimos y no decimos la verdad. Nos
engañamos a nosotros mismos, y la luz no está en nosotros.
Escribimos y hablamos y algunos de nosotros gritamos sobre temas
como la homosexualidad y el aborto, pero escondemos algunas de
nuestras propias decisiones y no decimos la verdad. Consumimos
imágenes degradantes, humillantes y violatorias de otras personas
que fueron entretejidas por Dios en el vientre de sus madres y
fueron creadas a Su imagen. ¿Realmente creemos que podemos
tener ese tipo de dieta y luego tratar a los demás con dignidad y
respeto? ¿Creemos que podemos consumir oscuridad y emitir luz?
La mente está siendo entrenada en los caminos de la oscuridad, y
nosotros continuamente nos anestesiamos a la verdad para
mantener esa oscuridad y sentirnos bien. Muchos me han dicho:
«Solo son imágenes». Para que sepa, he trabajado con aquellos
que miraban «solo imágenes» y que terminaron siendo obligados a
participar en pornografía y en el tráfico de personas en línea. He
visto niñas de tan solo ocho años, viviendo en las calles y siendo
prostituidas, traficadas y utilizadas en películas pornográficas. Y
nosotros, que nos llamamos hijos de Dios, estamos financiando ese
mundo a través de nuestra participación.
 
También debemos comprender que las estadísticas de diversas
fuentes muestran que nosotros, en el mundo evangélico, nos
divorciamos y maltratamos a nuestros cónyuges con tanta
regularidad como nuestros vecinos seculares.⁵ Y decimos que el
matrimonio es sagrado. Debemos amar. ¿Cómo? De la misma
manera que Jesús nos ama. Sin embargo, las investigaciones
muestran que los cristianos también somos los más propensos a
oponernos a vivir al lado de alguien de otra raza.⁶ Nuestras palabras
son duras, críticas e incluso crueles hacia aquellos que, de alguna
manera, son diferentes a nosotros, incluso nuestros hermanos en la
fe. Y Dios dice que no hay judío ni griego, ni bárbaro ni escita (Col.
3:11), ni esclavo ni libre (Gál. 3:28). Dios es luz, y en Él no hay
oscuridad.
 
Todos hemos escuchado muchas historias lamentables sobre
líderes cristianos y su inmoralidad, su fraude financiero y su
liderazgo arrogante, degradante y abusivo. A menudo, hemos
protegido a aquellos en cargos altos que nos han dado muestras de
la oscuridad en sus vidas. ¿Por qué? Porque tienen muchos
seguidores; son brillantes y elocuentes; tienen dones asombrosos
para la música o para predicar o…, usted complete el espacio en
blanco. Y así, en lugar de traer luz, nos unimos a ellos en su
oscuridad, disculpando, justificando, transigiendo y no escuchamos
ni cuidamos a las víctimas. ¿No vemos que estamos
voluntariamente, en nombre del ministerio, dejando a estos líderes,
sin mencionar a sus víctimas, en la oscuridad? ¡Eso es ser guías
ciegos! Al protegerlos, somos cómplices, estamos envueltos en su
oscuridad. La medida más justa que uno puede tomar hacia algunas
personas es sacar a la luz los hechos de sus vidas. Es justo exponer
a un abusador. Es injusto encubrir sus acciones perversas. Es justo
exponer la arrogancia de un líder. Es injusto minimizarla o
justificarla.
 
Charles Spurgeon expresó: «La indulgencia con los deshonestos es
crueldad con aquellos que han sido dañados».⁷ Dietrich Bonhoeffer
dijo: «Nada puede ser más cruel que la ternura que confina a otro a
su pecado. Nada puede ser más compasivo que la reprimenda
severa que hace que un hermano se aleje del camino del pecado».⁸
¿No es eso lo que el Dios que es luz hizo y hace por nosotros? Él
dice: «Mírense a sí mismos y vengan a mí».
 
Jesús es amor
 
Dios es amor. «El que no ama no conoce a Dios…» (1 Jn. 4:8,
NBLA). El amor no es algo creado, sino que fluye de Dios mismo. Él
ve la realidad de la podredumbre y la decadencia de la humanidad y,
aun así, nos persigue con amor. Esa es una declaración asombrosa.
Cuando vemos podredumbre y decadencia, queremos alejarnos o
huir y engañarnos. En esencia, como el sacerdote y el levita en la
historia del buen samaritano, caminamos del otro lado del camino.
Por medio de la luz, el amor ve lo que es real y, aun así, se hace
presente. Sabemos por las hermosas palabras de Pablo que este
amor es inconmensurablemente paciente, bondadoso con los malos.
Ese amor «no es jactancioso, […] no hace nada indebido, no busca
lo suyo, […] se goza de la verdad» de la luz que expone (1 Cor.
13:4-6). El amor se demuestra en una palabra, una caricia, una
comida, un vaso de agua fría, una disculpa, una afirmación positiva,
una historia que se le lee a un niño o cualquiera de los cientos de
cosas que tienen la capacidad de llevar el amor de Dios a este
mundo y deleitar Su corazón. El amor de Dios es un amor que se
acerca a la persona; no espera a que la persona se acerque. Su
amor en nosotros se extiende hacia los demás porque son preciosos
para Él, aunque no lo sean para nosotros.
 
La Biblia nos dice: «Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su
hermano, es mentiroso…» (1 Jn. 4:20). Dios quiere el dominio del
amor de nuestro corazón, que reine primero en nuestros afectos;
quiere ser nuestro centro. El campo de prueba de la verdad de ese
reinado es nuestro amor por los demás. ¿Es Dios su centro?
Entonces de usted fluirá el amor, incluso hacia los más
desagradables. Dios nos amó primero; nosotros lo amamos a Él, y
la evidencia de ese amor incondicional de Dios es el amor a los
demás. Nuestro amor por Dios debe verterse en los demás. Si eso
no sucede, mentimos cuando proclamamos que amamos a Dios.
Nos hemos engañado a nosotros mismos.
 
Cristo es el amor de Dios encarnado, que se humilla hasta lo más
profundo para erradicar el veneno, el virus mortal que, si no se
detiene, conducirá al genocidio de la raza humana. Él que es
nuestra Cabeza es el Cordero inmolado. No hay profundidad a la
que podamos ir a donde Él no nos vaya a buscar, ya sea que
seamos víctimas, abusadores o ambos. Sin embargo, no nos
persigue para que nos sintamos mejor. Nos persigue con amor para
traer luz y anhela que nos enfrentemos con Él a la oscuridad y a las
infraestructuras de nuestras propias vidas que el mal ha erigido para
que podamos perseguir a otros con Su amor, para gloria de Su
nombre.
 
Camine en la luz del amor
 
Haga una pausa y considere las infraestructuras ocultas de su vida.
Si conoce a Cristo, entonces dentro de usted habita el Morador
Amoroso. Él camina por los aposentos de su corazón; conoce sus
puntos de vista. Escucha sus palabras y pensamientos. Atraviesa
los callejones de su vida que otros no ven. Anhela que todas las
puertas, avenidas y armarios estén siempre abiertos. El que camina
por allí es el enemigo declarado del mal y las tinieblas. Anhela que
las puertas que le haya cerrado no le prohíban ni le impidan
acercarse. Quiere llenar todo el lugar consigo mismo, con Su justicia
y Su amor infinito. Quiere recorrer su alma y bendecirlo. A partir de
ese conocimiento innegable y de la sumisión de su alma a Su luz y
amor, Él quiere que salga al mundo y camine como Cristo caminó.
Él es la encarnación del Salmo 15:
 
«Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo?
 
¿Quién morará en tu monte santo?
 
El que anda en integridad y hace justicia,
 
Y habla verdad en su corazón.
 
El que no calumnia con su lengua,
 
Ni hace mal a su prójimo,
 
Ni admite reproche alguno contra su vecino.
 
Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado,
 
Pero honra a los que temen a Jehová.
 
El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia;
 
Quien su dinero no dio a usura,
 
Ni contra el inocente admitió cohecho.
 
El que hace estas cosas, no resbalará jamás».
 
En caso de que se sienta demasiado pequeño para la búsqueda,
recuerde que Jesús también caminó como alguien que permanece
en Dios. Caminar no es extraordinario. Un pie delante de otro. No
brilla ni asombra. Es un lugar común. Puede ser aburrido, repetitivo.
Sin embargo,caminar como lo hizo Jesús transforma lo cotidiano.
Permanecer significa caminar con el corazón y la mente de Cristo.
¿Es una persona instruida? ¿Valora la mente? Eso es bueno, pero
¿la mente de quién prevalece en su vida? ¿La suya? ¿La de un
teólogo en particular? ¿La de un respetado erudito? ¿O la mente de
Jesucristo, puesta en las cosas de arriba y no en cosas materiales?
¿Está su mente en conformidad con la mente de Dios, sin mayor
lealtad que la obediencia al Padre? ¿Anhela una mente como la de
Pablo, que no se rige por las cosas que los humanos valoramos,
como la nacionalidad, la tribu, la sangre, el conocimiento, la
tradición, la escuela de doctrina, la moral, la religión o nuestras
propias opiniones? ¿Tiene un corazón que siempre se inclina hacia
el corazón del Padre? ¿Es su pasión conocer y obedecer cada vez
más el corazón del Padre?
 
El poder de una persona se encuentra en su semejanza a
Jesucristo. No se encuentra en la brillantez, los dones, el
conocimiento, la posición, el poder verbal, la reputación o la fama.
Aparece cuando una persona sencilla como usted deja abiertos los
pasillos y los armarios de su vida para que se llenen de la luz y el
amor de Dios. Esa persona, llena de agua viva, transformará
cualquier paisaje por el que camine y ayudará a llenar la tierra con la
gloria de Dios.
 
Para este desenlace eterno, nuestro Sumo Sacerdote entró en este
mundo genocida, en este campo de exterminio. Se volvió como
nosotros para que nosotros pudiéramos ser como Él. El reino de
Hitler ya no existe, tampoco el del césar, el de Stalin o el de Mao
Tse-tung. A lo largo de los años y las generaciones, también hemos
visto surgir y caer muchos reinos de la cristiandad, algunos muy
recientemente. Nuestro mundo continúa viendo nuevos líderes que
surgen y luego caen. «… el mundo entero está bajo el poder del
maligno» (1 Jn. 5:19, NBLA). Pero ese no es el final, ¿verdad? El
versículo que sigue dice que también sabemos que el Hijo de Dios
ha venido. Él manifestó el corazón del Padre en todo lo que hizo y
dijo. Él no surgió y cayó. Él cayó y luego resucitó. Él está aquí
ahora, mediante Su Espíritu, con usted y conmigo. Oro para que lo
escuchemos y dejemos que escudriñe nuestros corazones y
nuestras vidas para que podamos caminar como Jesús caminó.
 
No nos dejemos cautivar por la cultura, la institución o la familia,
incluso si alguien bautiza el sistema por nosotros. No nos dejemos
seducir por el encanto de la cristiandad ni hagamos caso de la
Palabra de Dios predicada para autorizar algo completamente
diferente a Él. Debemos ser astutos como serpientes, sagaces,
observadores, sabios y vigilantes. Debemos conocer tan bien a
Cristo que podamos discernir lo que es diferente a Él,
independientemente del atuendo seductor o religioso que use. Sin
embargo, en nuestra astucia, no debemos ser tóxicos ni venenosos.
Debemos ser inofensivos. Debemos bendecir a las naciones, no
convertirnos en una. Debemos llevar sal, luz, gracia y pan. Debemos
matar de hambre a cualquier otra cosa que no sea Cristo en
nuestras vidas. Debemos ir a aquellos con los que vivimos,
trabajamos, estudiamos y adoramos y restaurar la dignidad a los
portadores de la imagen de Dios que han sido etiquetados de otra
manera. Debemos caminar con los que llevan cargas, con humildad,
no con arrogancia. Debemos rendirnos primero en adoración a los
pies de Cristo y, en segundo lugar, ante Sus siervos en Su mundo.
Por último, debemos vivir como aquellos que no encajan, porque
nosotros mismos no encajamos, ni en la cultura ni en la cristiandad.
Somos ciudadanos del cielo, no de la tierra y sus reinos (incluidos
los que hemos erigido en Su nombre). Somos siervos del Dios
Altísimo y solo de Él. De hecho, somos los inmigrantes
indocumentados de este planeta, alienígenas y extranjeros. Somos
ciudadanos de otro país, pero mientras estamos aquí, servimos, a
menudo entre bastidores, a los ciudadanos que conocemos, sin
importar su categoría. Estamos llamados a servir fielmente en
nombre del Señor que nos colocó aquí.
 
Dietrich Bonhoeffer, un hombre que defendió a Cristo y se opuso no
solo a Hitler sino también a la cristiandad de su época, escribió esta
bendición desde la prisión: «Que Dios en Su misericordia nos guíe a
través de estos tiempos; pero, sobre todo, que nos guíe a Él».⁹
 
doce
 
El poder sanador y el cuerpo de Cristo
 
Jesús usa Su poder para proteger, exponer y restaurar la dignidad.
Él llama a Su pueblo a estar en el mundo y a usar nuestro poder
bajo Su autoridad, a mostrar Su carácter diciendo la verdad, a traer
luz y a cuidar y proteger a los vulnerables. ¿Cómo se hace esto
realidad en las vidas de los seguidores de Cristo?
 
Una vez hubo un hombre que ocupaba una posición poderosa y
usaba su poder de manera corrupta e infame para su propio
beneficio. No tenía mucha fuerza física, porque era pequeño, pero sí
tenía una mente astuta. Vivía en una ciudad malvada, llena de
recaudadores de impuestos y sacerdotes. Él era el jefe de los
recaudadores de impuestos y un corrupto que se enriquecía a
expensas de los pobres extorsionando más de lo que Roma exigía.
¿Cómo cree que se sentían las personas cuando aparecía este
canalla? ¿Alegres o temerosos? ¿Amenazados o a salvo?
¿Respetados o menospreciados?
 
Un día, una multitud ruidosa se reunió en las calles. Este hombre
tuvo curiosidad por ver quién estaba recibiendo tanta atención, pero
era demasiado bajo para ver por encima de la multitud. Así que se
subió a un árbol para ver de qué se trataba tanto alboroto. Cuando
Jesús llegó debajo del árbol donde Zaqueo estaba sentado, miró
hacia arriba y le dijo: «… date prisa, desciende, porque hoy es
necesario que pose yo en tu casa» (Luc. 19:5).
 
Zaqueo bajó y recibió a Jesús en su casa. El Señor del universo se
humilló y aceptó la hospitalidad de un canalla a pesar de su poder
pequeño y egoísta, su corrupción y su avaricia. Entró en la casa de
Zaqueo y las puertas se cerraron. No tenemos registro de lo que
pasó adentro. Al recibir la hospitalidad de Zaqueo, Jesús claramente
se estaba ocupando de él. Usó Su poder para otorgar dignidad. El
poder no suele acercarse así a los que están en una posición
inferior. Jesús vino a servir, pero, al dejarse servir, entró en la vida
de aquellos a quienes los demás despreciaban.
 
Finalmente, las puertas se abren y vemos que Zaqueo ha cambiado.
Él se para y dice públicamente: «Mira, Señor: Ahora mismo voy a
dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a
alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea» (Luc. 19:8,
NVI). Zaqueo usó su poder para dos cosas: dar y restaurar. Entró en
su casa dominado por la codicia. Salió dominado por la verdad y la
compasión. Pasó de abusar del poder a demostrarlo con humildad,
de la codicia a la gracia, del egoísmo a la generosidad. La historia
termina con Jesús interpretándonos el incidente. El Hijo del Hombre
vino a buscar y a salvar lo que se había perdido: los pequeños, los
cautivos, los ciegos, los perdidos, los corruptos, los adictos, los
canallas (v. 10). Su poder convirtió a un abusador en un dador y
restaurador como Él. Eso es lo que hace todo poder cuando es
aprovechado por el Señor Jesucristo.
 
En nombre de Jesús
 
Mi padre era coronel de la Fuerza Aérea. No importaba dónde
viviéramos ni qué trabajo estuviera haciendo, él vivía, se movía y se
comportaba según ese cargo. Fue un hombre de uniforme hasta el
final. Su porte, sus modales, su manera de hablar, sus palabras, sus
acciones, cómo manejaba su tiempo, cómo hablaba con los que
estaban encima o debajo de él, en uniforme o sin él, en la base o
fuera de la base, siempre demostraban integridad. Así era él.
También nos enseñó la importancia de reflejar eso.
 
Mi hermano y yo éramos los hijos del coronel, por lo tanto, junto con
nuestro padre, representábamos al gobierno de Estados Unidos. Y
se esperaba que actuáramos en consecuencia. Aprendimos a
saludar a los oficiales que venían a casa. Decíamos: «Sí, señor» y
«Sí, señora». Aprendimos a detener nuestrojuego y a ponernos
firmes cuando se bajaba la bandera, sin importar dónde
estuviéramos en la base. Mi padre servía en nombre de Estados
Unidos. Como íbamos con él, nosotros también representábamos
ese nombre.
 
Hoy represento un nombre diferente. Represento el nombre de
Jesús. Vivir con otros y delante de otros en nombre de Jesús es una
tarea mucho más enorme y seria que representar a Estados Unidos
a la edad de seis o diez años. Ahora soy mucho más consciente de
la magnitud de dicho llamado. ¿Cómo quiere Dios que pensemos
sobre nuestro corazón, nuestro poder y el reino de nuestro Dios?
 
El poder y la autoridad
 
Jesús manifestó todo el poder cuando se hizo hombre y vino a esta
tierra, viviendo con nosotros de una manera que explica al Padre.
Manifestó Su poder eterno cuando se puso nuestra piel, entró en
nuestro mundo y atravesó nuestras mentes pequeñas y nuestros
corazones duros. Lo que hizo fue asombroso, no se parece en nada
a cómo nosotros usamos el poder. Ahora, como hijos Suyos, nos
llama a vivir nuestra vida de una manera que ayude a otros a
entenderlo con mayor claridad. Todo lo relacionado con nuestra
humanidad debe estar bajo Su autoridad.
 
Cuando seleccionamos líderes en la iglesia, buscamos brillantez,
carisma y conocimiento, todas formas de poder humano. El apóstol
Pablo dice que no. Él describe su propia autoridad como no
conforme a la carne. Su poder no provenía de la personalidad
humana, de la brillantez humana o de cualquier don o actividad
humana. ¿Era brillante? Sí. ¿Tenía dones? Sí. Sin embargo, dejaba
a un lado esas cualidades cuando obstaculizaban su cuidado por
otra alma. Afirmó llevar cautivo todo pensamiento, apreciación o
propósito a la obediencia a Cristo.
 
Debemos rendirnos completamente al gobierno y al poder de
nuestro Dios. Él debe moldear nuestro carácter. No debemos
simplemente «parecernos» a Él en palabras y hechos. A menudo,
esas cosas son simplemente una fachada. Nuestros corazones y
mentes, donde otros no pueden ver, también deben estar
activamente bajo Su autoridad. La disciplina de vivir bajo el gobierno
de Dios en los lugares ocultos es un trabajo de por vida. Comienza
con la humildad, postrarse ante Él y nunca levantarse. Nosotros
somos Sus criaturas, creadas a Su semejanza con el propósito de
servirle a Él primero y luego fluir hacia los demás.
 
¿Cómo debemos pensar sobre el poder y la autoridad en nuestras
propias vidas? ¿Cómo nos ha formado y cómo lo ejercitamos?
¿Cómo vamos a usar el poder en nombre de Jesús para traer
sanidad? El poder de elección es inherente al ser humano y tiene
consecuencias eternas. Josué dice: «… escogeos hoy a quién
sirváis…» (Jos. 24:15). En el Evangelio de Mateo, vemos la
profunda agonía de Jesús porque Jerusalén se negó a seguirlo: «…
quise juntar a tus hijos […], pero no quisiste!» (23:37, RVR1995).
 
C. S. Lewis escribió sobre la elección de una manera escalofriante y
veraz: «Cada vez que usted toma una decisión, está haciendo que
la parte central de usted, la parte que elige, sea un poco diferente de
lo que era antes. Y tomando su vida como un todo, con todas sus
innumerables decisiones, durante toda su vida, poco a poco está
haciendo que esta parte central se convierta en una criatura celestial
o en una criatura infernal. […] Cada uno de nosotros en cada
momento está yendo hacia un estado o hacia el otro»¹. Nuestras
pequeñas decisiones cotidianas marcan una diferencia eterna.
 
Jesús usó el poder no para gobernar sino para influir, invitar, dar la
bienvenida y transformar. ¿Usaremos nuestro poder de elección
dado por Dios para buscar ciertos resultados o para vivir bajo el
gobierno de Dios y depender de Él para lograr Su propósito?
Cuando estamos en Cristo, ninguna nacionalidad, ningún gobierno,
ninguna raza, ningún género, ningún estatus y ningún prejuicio
gobierna nuestras decisiones y acciones. Ser Su imagen en este
mundo es vivir y parecerse a Aquel a quien llamamos Señor.
Llamarlo Señor es darle la máxima autoridad. Esa autoridad es Suya
por la eternidad, pero nos da la opción de inclinarnos o no. Si
elegimos seguirlo, nos inclinamos ante una autoridad y solo una: la
Suya. Nuestras apreciadas y protegidas distinciones, divisiones y
preferencias locales desaparecen cuando encontramos nuestro
hogar y nuestra unidad en lo que no se ve y en la humildad de
Cristo.
 
El poder de la humildad
 
Filipenses 2:3 nos da una imagen extraordinaria de humildad: «No
hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud
humilde cada uno de ustedes considere al otro como más
importante que a sí mismo» (NBLA). Vivir por completo bajo el
gobierno de Dios de acuerdo con esta Escritura habría transformado
la historia de la esclavitud. Los pueblos indígenas habrían sido
bendecidos, no aplastados. Las leyes de Jim Crow no habrían
existido. Si viviéramos así hoy, nuestros pensamientos sobre los
pobres y los ricos serían transformados. Los matrimonios que
aplastan, silencian o abusan no existirían. Los lugares de trabajo
que engañan, oprimen y hacen trabajar en exceso serían
transformados. Los cristianos que viven bajo el gobierno de Dios y
solo Dios vivirían y trabajarían de maneras transformadoras y
redentoras que son completamente opuestas al mundo y sus
poderes.
 
Hay más. Pablo continúa diciendo: «… no buscando cada uno sus
propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Fil.
2:4, NBLA). Por lo general, los que están en el poder son los que
forman las leyes y las políticas, y los que dirigen las organizaciones
y los sistemas. A menudo se rigen según sus propios intereses.
Aquellos a quienes consideramos inferiores con frecuencia quedan
excluidos. El resultado económico es a menudo la preocupación
principal. Dividimos, segregamos, ignoramos, silenciamos y
rechazamos a aquellos que no encajan en nuestras categorías
humanas de nación, raza, género, situación económica y educación.
Dios dice que debemos considerar de forma activa los intereses de
los demás cada vez que hacemos algo. Debemos usar nuestro
poder para cuidar sus intereses también.
 
¿Por qué? Porque Aquel a quien seguimos no usó Su igualdad con
Dios para Su propio beneficio. Se despojó a sí mismo, lo entregó
todo y se volvió como nosotros para servirnos. Al hacerlo, soportó
un sufrimiento inimaginable, humillación, ira, rechazo y una muerte
atroz. Usó Su gran poder al servicio del amor. Si no seguimos a
Cristo de esta manera, corremos un gran peligro. Perderemos el
rumbo y no mostraremos el carácter de Cristo. Debemos ser
humildes porque no somos más que criaturas de polvo. Debemos
tener humildad porque somos pecadores, cegados por engaños que
no vemos. Debemos ser humildes porque pertenecemos a Cristo,
quien fue ejemplo de humildad y nos llama a ser como Él.
 
La humildad es la marca de Cristo. Es la forma de poder utilizado
correctamente. Servir con humildad es parecerse a Dios. El que está
sentado en el trono fue el siervo de todos mientras estuvo aquí y, en
el trono, continúa sirviéndonos mediante Su Espíritu. Debemos
conocerlo bien y en profundidad si queremos llevar a cabo Su obra.
 
El poder del amor
 
Para usar nuestro poder correctamente en este mundo, debemos
ejercitarlo a través del amor, como lo hace Cristo. Para hacer esto,
primero debemos amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro ser.
Amar a Dios es ser Suyo, reflejar Su carácter, dejar que Él nos
gobierne, cueste lo que cueste. Amar a Dios es también amar a
nuestro prójimo, cualquier persona creada a imagen de Dios.
Cuando separamos el amor a Dios del amor al prójimo, como
hacemos a menudo, no amamos a Dios, porque nuestro Dios ama a
toda la humanidad. Si usted no ama a alguien en su vida, no está
amando a Dios. Si llamamos a Jesús Señor, entonces debemos
hacer lo que Él dice. Y Él dice que debemos amar al Señor nuestro
Dios con todo lo que tenemos, más de lo que amamos la posición,
las relaciones, las organizaciones, el poder, el estatus o la fama. Es
un llamado alto y estrecho.
 
Recientemente me ha llamado la atención el hecho de que dentrode la cristiandad parecemos inclinados a dar prioridad a la autoridad
sobre el amor. Sin embargo, no es así como Dios nos trata. George
MacDonald expresa lo siguiente: «¿Qué es lo más profundo de
Dios? ¿Su poder? No, porque el poder no podría convertirlo en lo
que queremos decir cuando decimos Dios […]. Pero entendamos,
de manera clara, que un ser cuya esencia fuera solo poder sería
una negación tal de lo divino que no se le podría ofrecer ninguna
adoración apropiada. Su servicio debe ser el miedo y solo el miedo
[…]. En una palabra, Dios es amor. El amor es la profundidad más
profunda, la esencia de Su naturaleza, el origen de todo Su ser».²
 
Sí, los pastores y los ancianos tienen autoridad sobre las ovejas.
Los esposos y las esposas tienen poder el uno sobre el otro. Sin
embargo, en la Escritura, la caracterización principal de estas
relaciones es el amor. Parece que nosotros basamos la autoridad en
la posición o el género y luego exigimos obediencia a esa autoridad;
pero toda autoridad es de Cristo, y cualquier derivado de ese poder
dado a nosotros debe ser sometido a Él en amor. Nuestra
obediencia le pertenece a Él y solo a Él.
 
Cualquier autoridad que no se ejerza a través del amor es una
autoridad falsa. Pablo dice que debemos ir tras el amor y darle el
valor más alto. El amor es el camino más excelente, más grande
que todos los otros dones que buscamos. Hablar o enseñar sin
amor no es más que hacer ruido. El amor es el poder del habla. El
amor sobrepasa la profecía, el conocimiento y la comprensión
profunda de los misterios. Y el amor sobrepasa aquellas cosas que
dan la apariencia de amor pero que no están arraigadas y
cimentadas en amor. Estas acciones, dice Pablo, son nada; se las
considera sin valor. El amor debe ser tanto nuestra motivación como
nuestro poder. Es importante recordar estas cosas para que
podamos evaluar si en verdad amamos a quienes decimos amar y si
otros que dicen amarnos realmente nos aman de verdad. A menudo,
estamos tan hambrientos de amor que nos tragamos las palabras de
otro sin prestarle atención a su carácter, lo cual no es prudente ni
seguro.
 
¿Cómo es el poder del amor? Pablo lo describe como paciente y
amable. Comparte su abundancia con los demás. No tiene envidia.
No está celoso del oído cuando es ojo. Se regocija en la agudeza
del oído y es bendecido por él. El amor no se jacta ni se
enorgullece. No se eleva ni se envanece. No es grosero ni
descortés. No busca las cosas para sí mismo: atención, elogio o
exaltación. Tampoco busca el silencio ni se encubrirá. El amor no se
irrita ni se enoja fácilmente. En las relaciones, no lleva la cuenta. Se
regocija en la verdad. Dice la verdad sobre las enfermedades del
alma. Soporta todas las cosas. El amor es el poder que perdura.
 
Nosotros, los seguidores de Cristo, debemos seguir de cerca el
amor. Los humanos somos fácilmente engañados. ¡En el principio,
corrimos tras el fruto que parecía sabroso! Ahora corremos hacia el
fruto de los números, el dinero, la expansión, la oratoria y el estatus.
Nuestro propósito original era la semejanza a Dios. Nuestro
propósito hoy es el mismo: ser semejantes a Cristo. Nuestro
propósito no es el crecimiento de la iglesia. Cuando el crecimiento, o
cualquier otra cosa, es nuestro objetivo, nos inclinaremos ante todo
lo que debamos hacer para alcanzar ese objetivo. Dios en Cristo es
nuestra meta. Y nuestro Dios nos dice que Él es amor. Nos
consolamos con nuestros engaños, usándolos como una manta con
la que nos envolvemos, midiendo cosas que nuestro Padre no mide:
cuántas personas vienen, cómo estamos creciendo, cuánto talento
tenemos. Nuestro poder en este mundo no está en esas cosas
externas. No tenemos reino aquí. Ni siquiera somos dueños de
nosotros mismos. Somos hijos del Dios Altísimo, que, por nosotros,
se convirtió en un bebé perseguido y peregrino. Jesús, sabiendo
que había venido de Dios, tomó una toalla y se la ciñó (Juan 13:4).
Si la meta era un reino terrenal, entonces Jesús es un completo
fracaso.
 
La ambición suprema de Jesús era agradar al Padre. La prueba de
nuestra semejanza a Él es si usamos el poder del amor para
descender, para entrar. ¿Ama a Dios? Entonces vaya y sea un
prójimo. Entre en una vida diferente a la suya y sea la encarnación
del Único que lo ama por la eternidad. El resultado será una
verdadera transformación. El amor de Dios, primero en Cristo y
ahora en nosotros, es el arma más poderosa que existe. Cuando
caminamos en amor con los demás, la respuesta será: «Ahora
comprendo el amor de Dios, la misericordia de Dios, la fidelidad de
Dios, porque he visto ejemplos de eso en usted».
 
En el siglo xix, Amy Carmichael viajó a la India y pasó el resto de su
vida sirviendo a las niñas que eran vendidas para la prostitución en
los templos hindúes. Abrió su corazón a las traficadas, las
indefensas y las esclavizadas. Un día, cuando estaba hablando con
algunas mujeres sobre Jesús y Su gran amor por las niñas que
estaban en cautiverio, una mujer respondió: «Si esto es así, usted
es como un ángel del cielo para nosotras. Si es así, queremos verlo
[…]. ¿Puede mostrárnoslo?».³ La misma pregunta se nos presenta a
cada uno de los que invocamos el nombre de Cristo. Si es verdad
que Dios mismo vino en forma de hombre a los quebrantados de
corazón, a los pequeños, a los afligidos y a los vulnerables, esa
verdad debe ser vivida para que el mundo sepa que es real.
 
La señora Ecclesia
 
Uno de los autores que he llegado a amar es George Matheson, un
pastor y compositor escocés del siglo xix. Matheson describe a la
Iglesia, la esposa de Cristo, como la señora Ecclesia.⁴ Nosotros
somos la señora Ecclesia. Cristo pagó un alto precio por nosotros y
nos ama mucho. Anhela que nuestros corazones coincidan con el
Suyo y que nuestras acciones reflejen Su imagen. Él desea que
sirvamos en este mundo como Sus representantes, que sirvamos a
la humanidad como Sus siervos con ideas afines a Él y que
llevemos Su fragancia al mundo.
 
Nuestro Maestro ha llamado a su señora Ecclesia a seguirlo y a salir
al mundo que Él ama, a las oscuras habitaciones de la crueldad
donde el mal y el sufrimiento parecen reinar. Ella no siempre ha
seguido a su Esposo. A veces, tiene miedo; a veces, es codiciosa y
se protege a sí misma. A veces, ha preferido la comodidad y la
familiaridad a aventurarse en las catástrofes de este mundo y los
que están a su alrededor. Sin embargo, cuando la señora Ecclesia
era todavía muy joven, unos cien años, fue con valentía a lugares a
donde muchos temían ir, representando a su Señor y negándose a
aceptar las normas culturales.
 
Las niñas bebés se consideraban una carga en el siglo i d. C. El
infanticidio femenino era común, y la demografía en ciertas partes
del mundo era asombrosamente desigual entre hombres y mujeres.
Las niñas pequeñas, a menudo consideradas deformes, morían
congeladas. La ley permitía que las dejaran fuera de la ciudad en la
pila de excremento para que murieran; no tenían ningún valor.⁵ Un
grupo creciente de personas comenzaron a pensar que ese
dictamen sobre el valor de las mujeres era un error y fueron a la pila
de excremento fuera de la ciudad para buscar y rescatar a las niñas
abandonadas. La decisión fue arriesgada y sacrificada. Requería
enfrentarse a la cultura dominante. Significaba darle la vida, el
tiempo y los bienes a la niña descartada de otra persona, ampliar el
círculo de la responsabilidad. Significaba ser subestimado y
menospreciado por rebajarse tanto como para tratar como precioso
aquello que se consideraba sin valor. Significaba sacrificarse por la
más pequeña de ellas. ¿Quiénes eran estas personas? Era la
esposa de Jesucristo, Su señora Ecclesia. Ella siguió al Cordero que
había salido de las puertas de la ciudad para hacer el sacrificio
supremo, dando Su vida en rescate por muchos que eran
considerados sin valor. A través de Su muerte, los declaró
preciosos. Su señora lo siguió.
 
El llamado que respondió la señora de Cristo del siglo i no es
diferente al llamado al que nos enfrentamos como Iglesiaen el siglo
xxi. La pregunta sigue siendo si seguiremos al Cordero tanto dentro
como fuera de las puertas de la ciudad como la Iglesia lo hizo
entonces. ¿Buscaremos y rescataremos a los que son considerados
sin valor a los ojos de este mundo y trabajaremos con sacrificio
entre ellos porque son preciosos a Sus ojos?
 
No hace mucho, comenzamos a conocer las pilas de basura de la
Iglesia católica que continúan siendo expuestas. Ahora sabemos de
miles de niños y niñas, hombres y mujeres que fueron desechados
para «proteger» a la Iglesia. Hemos seguido las noticias de los niños
descartados por los Boy Scouts. Hemos leído los titulares sobre la
gran cantidad de víctimas de Larry Nassar y de Jeffrey Epstein, uno
protegido por la posición y el otro por la riqueza. Y ahora nos
enteramos de los muchos vulnerables desechados como basura por
la Asociación Willow Creek, la Convención Bautista del Sur, la
Iglesia Bíblica Harvest y el Orfanato Sankey en Filipinas. Si somos
sinceros, también sabemos que la pila de víctimas descartadas
sigue aumentando y que muchos siguen trabajando frenéticamente
para encubrirla. Aún quedan por escuchar historias que no se han
contado. Cada vez que desechamos a los que han sido abusados,
«… la tierra fornica apartándose de Jehová» (Os. 1:2).
 
La vida de mi padre estuvo llena de lecciones, algunas provenían de
su experiencia de una enfermedad incapacitante que finalmente lo
llevó a un hogar de ancianos, donde pasó sus últimos años. A
medida que avanzaba su enfermedad, perdía el control de su
cuerpo. Este atleta ya no podía atarse los zapatos, levantarse de
una silla o caminar por un pasillo. Mi padre había sido un hombre
muy capaz; sabía cómo cebar un anzuelo, golpear una pelota de
tenis, montar a caballo, atarse los zapatos y caminar. Sin embargo,
no podía lograr que su cuerpo hiciera lo que su cabeza sabía hacer.
Su cuerpo no seguía a su cabeza. Aprendí que un cuerpo que no
sigue a su cabeza es un cuerpo enfermo. Jesucristo es la Cabeza
de la Iglesia. Nuestra Cabeza nos ha llamado a seguirlo. Donde no
lo hacemos, estamos muy enfermos.
 
Si usted y yo seguimos a nuestra Cabeza, reflejaremos el carácter
de Dios en carne y hueso. Iremos a donde Él fue y seremos como
Él. Lo seguiremos y seremos dirigidos y moldeados conforme a Su
imagen.
 
La señora Ecclesia debe ajustarse a Cristo en todas las cosas.
Lamentablemente, a menudo nos ajustamos a muchas otras cosas.
En vez de ser parte de un cuerpo que sigue a su Cabeza, tendemos
a funcionar como un cuerpo que sigue patrones familiares, cómodos
y sin analizar. A veces, seguimos al resto del cuerpo de la Iglesia en
sus enfermedades y engaños. A medida que avanzaba la
enfermedad de mi padre, fue moldeando su cuerpo; ajustó su
cuerpo a una contorsión de su «yo» original. No seguir nuestra
Cabeza siempre conduce a la deformidad.
 
Escuche la voz del Dios que es nuestra Cabeza hablando a la
señora Ecclesia a través de los siglos:
 
«Aprended a hacer el bien;
 
buscad el juicio,
 
restituid al agraviado,
 
haced justicia al huérfano,
 
amparad a la viuda» (Isa. 1:17).
 
Recientemente, tuiteé esta cita de mi libro Suffering and the Heart of
God [El sufrimiento y el corazón de Dios]: «El cristianismo verdadero
no consiste en orar, cantar y dar dinero mientras ignora los gritos, el
sufrimiento indescriptible, la inmundicia y la muerte de los demás. El
cristianismo no se trata de llamar a otros “ellos”, de tratarlos de
manera diferente a nosotros, como si no fueran humanos y
merecieran su sufrimiento».⁶ Una de las respuestas a ese tuit me
entristeció profundamente. Decía: «¿De verdad? Porque así se ve
desde afuera». La respuesta a mi tuit sugiere que su autor ha visto
cualquier cosa menos amor en la Iglesia.
 
El fracaso de la cristiandad en no utilizar su poder para bendecir
demuestra una gran falta de amor. Esto lastima a nuestro Señor,
quien dijo que lo que no hacemos por los más pequeños, no lo
hacemos por Él. Qué triste contraste con lo que dijo en Juan 13:35:
«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor
los unos con los otros.
 
Arístides de Atenas dijo esto en el siglo ii de la nueva Iglesia cuando
se presentó ante el emperador Adriano: «¡Miren cómo se aman!».⁷
 
Cristo, nuestra Cabeza, es la encarnación del amor. No se alejó del
humano más humilde. Isaías lo describe de esta manera:
 
«El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí,
 
porque me ungió Jehová;
 
me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos,
 
a vendar a los quebrantados de corazón,
 
a publicar libertad a los cautivos,
 
y a los presos apertura de la cárcel; […]
 
a consolar a todos los enlutados» (61:1-2).
 
El Altísimo y Santísimo entró en nuestro mundo por la puerta más
humilde.
 
Una de las escenas más preciosas del Nuevo Testamento se
encuentra en Lucas 24, cuando dos discípulos caminaron con el
Cristo resucitado y no lo reconocieron hasta que
 
partió el pan (v. 35). Después de haber logrado el acontecimiento
más asombroso en el tiempo y en la eternidad, Jesús no fue
conocido por Su gloria, poder, séquito, atavíos o número de
seguidores, sino por sus manos con las cicatrices de los clavos que
partieron el pan. Ese es nuestro Dios. Cuando el cuerpo de Cristo
no se parece a Él de esta manera, está enfermo. No está siguiendo
a su Cabeza, no importa qué etiquetas haya usado, qué confianza
haya dado o qué certezas haya proclamado.
 
La función del cuerpo
 
Aunque se manifiesta de diversas formas, la función principal del
cuerpo de Cristo a lo largo del tiempo es cumplir su llamado sagrado
de vivir en comunión constante con su Cabeza, Jesucristo, y estar
bajo Su gobierno en todas las cosas. El pueblo de Dios que
conforma el cuerpo de Cristo en la tierra debe vivir plena y fielmente
bajo el señorío, la autoridad y el dominio de Jesucristo. Si queremos
que Él nos gobierne, debemos conocerlo. No podemos seguir los
pensamientos, los anhelos, las ideas o los planes de otro a menos
que lo conozcamos en profundidad. Y no lo conocemos en
profundidad simplemente porque alguien más nos habla de él.
Debemos perseguir ese conocimiento íntimo por nuestra cuenta, a
lo largo del tiempo y mediante un esfuerzo concertado, escuchando,
esforzándonos para comprender y aprendiendo a pensar como él.
No lo conoceremos ni lo representaremos bien a menos que
hagamos estas cosas. No debemos depender pasivamente de que
líderes o maestros nos cuenten sobre nuestra Cabeza. Debemos
buscarlo a Él, escucharlo, seguirlo. Si no conocemos bien a Cristo,
no haremos lo que Él pide y no seremos capaces de distinguir a un
líder corrupto.
 
Cuando miramos la imagen de la Iglesia de hoy, lamentablemente,
vemos divisiones. No hace mucho tiempo en Estados Unidos,
dividimos a la Iglesia en blancos y negros y, al hacerlo,
desobedecimos a nuestra Cabeza, que recibe a todos. Nunca
sabremos cuánto hemos perdido como resultado. Estamos divididos
entre suburbio y centro de la ciudad. Estamos divididos racialmente:
negros, blancos, hispanos, asiáticos e indígenas. A menudo,
estamos divididos por la política, la riqueza, la educación o un tema
en particular, pero nuestro Señor dice que todas las partes son
necesarias.
 
El cuerpo de nuestro Señor consta de muchos miembros. La
relación principal de cada miembro es con la Cabeza, y las
relaciones entre los miembros fluyen de esa conexión. Cada
miembro del cuerpo de nuestro Señor es importante, no importa su
estatus en la vida, sus habilidades, su posición, su raza o género, su
riqueza o educación. Nadie puede decirle a otro: «No te necesito».
El pie no puede decirle a la mano: «No te necesito». Y lo más
sorprendente de todo es que la cabeza no puede decirle al pie: «No
te necesito». El más alto no puede decirle al más bajo: «No te
necesito». Todas las partes (incluyéndolo a usted), cooperando y
viviendo bajo el dominio de nuestra Cabeza, son necesarias.
Cuando asignamos categorías superiores e inferiores en el cuerpo,
ya no estamos bajo el dominio de nuestra Cabeza. Cuandodejamos
que las divisiones y las diferencias nos dividen, entonces algo que
no es nuestro Señor Cristo se ha levantado. Cuando rechazamos a
los heridos que hay entre nosotros, según Jesús, lo rechazamos a
Él. Si alguien queda excluido, no nos parecemos al cuerpo que
finalmente estará delante de Su trono.
 
El sufrimiento y el corazón de Dios
 
El libro de Oseas es una imagen de la angustia de Dios. Los
pecados del pueblo de Dios habían herido Su corazón. Su pueblo
había ido tras otros dioses; Su esposa, Su señora, perseguía a otro.
La idolatría es una falsificación religiosa. Con frecuencia, parece
muy real; de lo contrario, no nos engañaría. En su excelente libro
sobre Oseas, G. Campbell Morgan dice que la idolatría es una
religión que busca adorar a Dios representado de manera falsa.⁸ La
adoración de los israelitas a Moloc era exactamente eso. Israel fue
engañado por sus falsas ideas de Dios. Nos engañamos al pensar
que si algo se parece a Dios, suena como Dios, tiene el fin de
agradar o ser como Dios, debe ser bueno. Esos engaños siempre
distorsionan a la humanidad y siempre entristecen el corazón de
Dios.
 
Durante mis décadas como psicóloga, he aprendido que se puede
saber lo que es más importante para una persona por lo que protege
con más fuerza. Una persona que consume drogas protegerá el
acceso a la sustancia de la que depende. Si la atrapan, puede llorar,
disculparse y prometer que dejará de hacerlo, pero internamente ya
está buscando formas de ir tras lo que quiere más que cualquier otra
cosa. Al observar la cristiandad hoy en día, con frecuencia veo que
cuando la Iglesia se ve amenazada, destina su energía a proteger el
sistema. Amamos y adoramos al sistema o a nuestra iglesia más de
lo que amamos y adoramos a Jesucristo. Por eso participamos de la
complicidad, el encubrimiento, el silenciamiento, los insultos y las
amenazas. Si eso no funciona, poco a poco ofrecemos algunas
verdades a medias, probando para ver qué es aceptable y qué
detendrá la exposición. El objetivo es proteger la institución, no
permanecer en la luz.
 
Al escuchar las historias de muchas víctimas, he aprendido que hay
innumerables amores más queridos para nosotros que el amor por
Dios. La conmovedora pregunta de Jesús: «¿Me amas?» viene a la
mente. Amar algo más de lo que lo amamos a Él equivale a
idolatría, y esa puede ser la raíz del problema. No me refiero a
levantar figuras talladas y adorarlas. No, es mucho más sutil y
engañoso. Piense en los hebreos, el pueblo elegido de Dios,
llamado a bendecir al mundo, rescatado de la esclavitud y el que
recibió los pensamientos de Dios a través de Su siervo Moisés.
Conocían a Dios. Él los visitó y les enseñó a adorarlo solo a Él. Sin
embargo, de alguna manera, Su pueblo, personas como nosotros,
pensó que era bueno y correcto crear y adorar ¡un becerro de oro!
Nosotros somos Su pueblo, a quienes Él ha visitado y enseñado a
adorarlo. ¿No hemos hecho becerros de oro con las estadísticas, el
dinero, la fama, la posición y nuestros sistemas externos?
 
En cambio, mire a Aquel que es «más grande que Salomón» (Luc.
11:31, NBLA). Sus estadísticas son escasas, Su riqueza inexistente.
No tenía hogar, y el templo de Su Padre estaba siendo profanado y
destrozado por líderes religiosos corruptos que lo odiaban. La señal
más fuerte de Dios en Él era Su capacidad de someter de manera
constante Su voluntad a la de Dios hasta el punto de ser capaz de
dar Su vida. Nos ha llamado a hacer lo mismo. Nos pide que
usemos nuestro poder de elección dado por Dios para seguirlo en
Sus caminos, no en nuestros caminos predilectos. Nos ha llamado a
seguirlo, aunque eso signifique que nuestros templos colapsen.
 
Esperanza en el valle de la desgracia
 
Estos son tiempos difíciles. La Iglesia de Jesucristo se encuentra en
el Valle de Acor (acor es una palabra hebrea que significa problema
o aflicción). Aprendemos de este valle de la desgracia en Josué 7,
donde la infidelidad de un hombre, que tomó para sí lo que le
pertenecía a Dios, trajo problemas y muerte a ese valle. Sin
embargo, Dios prometió que convertiría «… el valle de la Desgracia
en el paso de la Esperanza» (Os. 2:15, NVI).
 
Algunos de ustedes que leen esto han sido golpeados y aplastados
por el mal uso del poder en la iglesia. Han sufrido abuso sexual,
abuso espiritual, insultos y rechazo porque no hicieron lo que les
dijeron. Algunos de ustedes han destrozado a alguien. Han creído
que proteger una institución es una decisión piadosa. Es posible que
hayan mentido u ocultado la verdad con ese fin. Se han convencido
a sí mismos de que la obra es demasiado importante y grande como
para permitir que «algo pequeño como eso» la destruya. Al hacerlo,
ha permitido que el cáncer crezca en el cuerpo de Cristo. Otros han
sido cómplices en silencio, creyendo que Dios prefiere preservar
nuestras «buenas» instituciones con sus buenas metas. Quizás no
estemos lo suficientemente preocupados por estos tiempos.
 
Recuerde que Jesús fue crucificado en parte por un sistema
ordenado por Dios para Su adoración y la bendición de Su pueblo.
Considere su lectura de cargos: llevada a cabo en las primeras
horas de la mañana, lo cual iba en contra de la ley civil; llevada a
cabo en la casa del sumo sacerdote en lugar de en el templo, lo cual
iba en contra de la ley religiosa. Los líderes violaron las leyes para
matar a Jesús. Muchos de nuestros sistemas han seguido este
mismo camino.
 
Seamos sinceros. Para nuestra vergüenza, muchas veces hemos
tratado a las personas de la misma manera que trataron a Jesús.
Hemos humillado, mentido, aplastado, culpado y degradado. Lo
hemos hecho con los de otras razas. Lo hemos hecho con víctimas
de muchos tipos de abusos que alteraron nuestro orden y nos
pidieron que intervengamos. Hemos obrado en secreto. No hemos
arrastrado esas cosas a la luz. Hemos actuado ilegalmente y nos
negamos a denunciar el abuso infantil. No hemos reconocido que el
abuso doméstico y la violación van en contra de la ley. Hemos
encubierto nuestras acciones y nuestros veredictos para proteger
nuestros caminos y nuestros sistemas. Al hacerlo, hemos seguido al
Sanedrín en lugar de a Jesús. Hemos actuado no como discípulos
que metieron la pata, sino como aquellos que fueron desobedientes
de forma notoria. Y Jesús tiene que sanar las heridas que hemos
causado. Este es un lugar difícil, pero es bueno que muchos estén
comenzando a ver y estén profundamente preocupados.
 
He dicho de manera reiterada que las voces de las víctimas de hoy,
de los abusados, violados y aplastados en nuestros círculos
«cristianos», son, en realidad, la voz de nuestro Dios a Su pueblo. A
través de aquellos a quienes hemos maltratado, está encendiendo
Su luz, poniéndonos al descubierto a nosotros (y a los demás),
señalando la enfermedad y llamándonos a que seamos fieles solo a
Él. En esencia, esto es lo que dijo Jesús cuando declaró: «Dejad a
los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el
reino de los cielos» (Mat. 19:14). Son la voz profética a la Iglesia.
Son canarios en las minas de carbón de la cristiandad. Las víctimas
son vulnerables, están en dificultades, heridas, destrozadas y
necesitan una atención minuciosa. Son una imagen de quiénes
somos todos ante Dios. Y nosotros debemos ser una imagen para
ellos de quién es Él con nosotros, Aquel que vino de las alturas a las
profundidades para aquellos que eran vulnerables, estaban en
dificultades, heridos, destrozados y necesitaban una atención
minuciosa.
 
Este valle de la desgracia está ordenado por Dios y, en este lugar,
está llamando a Su pueblo a volver a Él. En Juan 12:27, Jesús dice:
«Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta
hora? Mas para esto he llegado a esta hora». Fue a través de la
angustia de Jesucristo que se nos abrió la puerta de la esperanza.
Fue la angustia de Dios, el dolor de Dios, su corazón quebrantado lo
que abrió la puerta de la esperanza. El costo que tuvo al abrir esa
puerta nos muestra la gravedad del pecado. Cuando amamos laobra más que al Maestro, estamos contribuyendo a ese costo. Si
escuchamos, vemos y nos arrepentimos, entonces intervendremos
en la gran angustia que hemos causado en la vida de los humanos
vulnerables y buscaremos vivir a Su semejanza, trayendo gozo a Su
corazón en lugar de tristeza. Lo haremos, aunque los cimientos de
nuestros edificios tiemblen y las montañas de nuestros pequeños
reinos se hundan en el fondo del mar. Por último, escucharemos el
coro de Apocalipsis 5:13:
 
«Y oí a cuanta criatura hay en el cielo, y en la tierra, y debajo de la
tierra y en el mar, a todos en la creación, que cantaban:
 
“¡Al que está sentado en el trono y al Cordero,
 
sean la alabanza y la honra, la gloria y el poder,
 
por los siglos de los siglos!”» (NVI).
Epílogo
 
Para concluir, venga conmigo a dos países: Camboya y Bulgaria,
donde aprendí algunas lecciones valiosas y verdades claras y
piadosas.
 
En primer lugar, vayamos a Nom Pen (Camboya) donde viajé para
enseñar a personas de diez países sobre el trauma y el abuso.
Mientras estuve allí, me llevaron a ver algunos de los monumentos
en memoria del genocidio. Como recordará, el genocidio de
Camboya fue llevado a cabo por los Jemeres Rojos en la década de
1970 bajo el liderazgo de Pol Pot, lo que provocó alrededor de tres
millones de muertes. Primero, los Jemeres Rojos obligaron a la
gente a abandonar sus hogares, sus trabajos y sus ciudades. Luego
tomaron a los padres y los ejecutaron. Separaron a madres e hijos.
Separaron a los hermanos. La gente fue puesta en campos de
trabajo y cárceles de tortura. ¿Escucha las capas de devastación
pérdida tras pérdida?
 
Cuando fuimos a los campos de la muerte en Camboya, vimos un
lugar de árboles y agua y fosas comunes, algunas aún no
excavadas. Caminando por una rambla, pasamos por grandes
depresiones en la tierra donde el lodo se había asentado cuando
llovió. «Los huesos suben continuamente a la superficie cuando
llueve, al igual que los trozos de tela andrajosa», dijo mi guía. Los
campos de la muerte eran un lugar tanto de belleza como de horror.
Me senté, estupefacta, casi sin poder pensar. Al igual que en
Ruanda y en Auschwitz, no tenía palabras… Yo que me gano la vida
con la boca. Recordé las palabras de Elie Wiesel: «¿Cómo es
posible que hombres, mujeres y niños fueran incinerados y que el
mundo guardara silencio?». ¿Y la respuesta de su padre? «¿El
mundo? El mundo no se preocupa por nosotros. Hoy, todo es
posible, incluso los crematorios».¹
 
La iglesia tiene sus propios campos de la muerte. Están formados
por todos los seres humanos abusados, maltratados y oprimidos a lo
largo de los siglos que la Iglesia de Cristo ha ignorado, silenciado o
desechado. El abuso sexual infantil, la violación, la violencia
doméstica, el abuso verbal y emocional, el uso retorcido y
aplastante del poder, que se dice que deriva de Cristo, pero que, en
realidad, se usa para alimentar el «yo» o el sistema, todos
contribuyen a los campos de la muerte. Podemos matar a un alma
por cualquiera de estos medios. Parece claro que Dios nos está
llamando, como hizo con los israelitas, a ver, escuchar y dejar de
creer en palabras engañosas que, de alguna manera, nos llevan a
esconder o silenciar el abuso y llamarlo protección de la Iglesia.
 
En medio de los campos de la muerte de Camboya hay un árbol,
una creación gigante y hermosa de nuestro Dios destinada a brindar
refugio y sombra. Se llama el árbol de la muerte, porque es donde
los verdugos mataban a los bebés arrojándolos contra él. El árbol
está cubierto de elementos conmemorativos como pulseras, anillos
y notas. ¿Y por qué mataban a los niños en este lugar? Por
limpieza. Pol Pot decía: «Lo que está podrido debe ser eliminado».
Esas palabras ocultaron actos espantosos realizados en nombre de
la pureza, la integridad y la protección.
 
¡Y ese árbol de la muerte! Es muy antiguo, el tipo de árbol que mira
y se pregunta qué historias podría contar. Me recordó a Bárbol el
ent, una criatura gigante con forma de árbol y aliado de la gente libre
de la Tierra Media en la trilogía El señor de los anillos, de J. R. R.
Tolkien. Sin embargo, el árbol de la muerte no era un aliado. El
cartel dice: «El árbol de la muerte que los verdugos usaban para
matar a los niños». ¿Por qué? Para que no crecieran y buscaran
justicia por la muerte de sus padres. Fueron silenciados para que no
amenazaran al sistema. Nuestro Señor nos dice que ama la justicia.
Dios también observa cuando callamos, amenazamos y
desechamos a los vulnerables en nuestros círculos. Le pregunté a
Dios qué pensaba y sentía mientras observaba tales atrocidades.
 
Por favor, comprenda que el daño no se hizo solo a las víctimas. Los
asesinos también sufrieron un daño terrible. Se hizo un daño
espantoso a los que participaron, a los padres cómplices, a los
sacerdotes, a los soldados y a los vecinos: seres humanos que
destruyeron sus propias almas, a veces incluso por el amor de Dios
y en nombre de Dios. Cuando escondemos el pecado en la Iglesia
de Dios y permitimos el abuso por parte de aquellos que se llaman a
sí mismos siervos de Dios, ¡estamos alineados con el engaño y la
impiedad en nombre de Jesús! ¿Dónde está Dios en medio de tanta
maldad? ¿Por qué permite que sucedan estas cosas? ¿Qué está
sintiendo y pensando? Estas son preguntas que me han planteado
las historias de abuso y terror a lo largo de los años. Dios me ha
enseñado algo de Su respuesta a dichas preguntas. Su respuesta
llega a través de otro árbol de la muerte, por demás extraño. No es
un árbol donde el «otro» fue asesinado por el bien de la limpieza y la
pureza. Es un árbol donde el Purísimo, el Justo fue asesinado por
causa de los sucios, los inmundos y los malvados. Es un lugar
donde los que estaban en el poder tomaron la pureza y la santidad y
las ejecutaron. Nuestras vidas y nuestras eternidades se basan en
ese árbol, ese árbol de la muerte que llamamos cruz. Allí también
pareció como si Dios se hubiera marchado. Él guardó silencio; la
oscuridad lo cubrió todo; Jesús estaba solo, rechazado,
despreciado, desterrado. Suena como una víctima, ¿no? Aquel que
tiene todo el poder nos bendijo y luego se inclinó y permitió que el
poder humano (el poder utilizado para proteger el lugar y la posición,
la institución y la tradición, el poder que hacía del templo un lugar
seguro para los depredadores) lo destruyera. Pero se equivocaron,
¿verdad?
 
El poder de Roma confabulado con los líderes religiosos aplastó y
mató a muchas personas. El poder de los líderes religiosos sigue
aplastando a la gente hoy en día, algunos de ellos en nuestras
propias iglesias. El Dios Hombre en ese árbol de la muerte cargó
con Auschwitz, Ruanda y Camboya. Él cargó con nuestra
arrogancia, autoprotección y engaños. Él cargó con nuestra voluntad
de sacrificar a otros mientras nos decimos que estamos
preservando Su Iglesia por amor de Su nombre. Él cargó con el gran
sufrimiento de los que fueron usados, abusados y silenciados a
través de los siglos. Nos ha llamado a seguirlo de esta manera, a
lugares donde nos encontramos abrumados por el dolor y la
pérdida, estupefactos por la magnitud y la crueldad, lugares de
absoluta desesperación. Oro para que nunca me recupere de las
experiencias que he tenido de semejante maldad, pero mientras me
sentaba y meditaba en Camboya, entendí la parábola.
 
Usted y yo vivimos en los campos de la muerte. Vivimos en un
planeta lleno de belleza y horror, que ejerce demasiada presión
tanto en el corazón como en la mente. Pero no hay nadie en este
planeta, no importa que sea brillante, rico, fuerte, saludable o
cualquier otra cosa, que no enfrente el dolor y la pérdida durante su
vida, y finalmente enfrente su propia muerte. Esas cosas están
entretejidas en el entramado de este mundo. No queremos
afrontarlo. Nos sentimos pequeños y temerosos. Nuestros propios
miedos nos llevan con facilidad a abusar de nuestro poder para
sentirnos más grandes, más fuertes, seguros de que estamos en el
lado correcto y protegiendo nuestro lugar, para Dios, por supuesto.¿Dónde está la esperanza o la fortaleza en un lugar así? ¿Dónde
está la fortaleza para seguir a Aquel en ese árbol que condenó
abiertamente las cosas que crean los campos de la muerte?
Queremos cubrirnos con poder y seguridad, aunque eso signifique
desechar a los vulnerables. Queremos escondernos detrás de
nuestra educación, formación, teología y cargos para que los
pequeños no nos expongan ni molesten. Sin embargo, somos
llamados, como nuestro Señor, a inclinarnos en amor y decir:
«Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los
tales es el reino de los cielos» (Mat. 19:14).
 
En otro país, Bulgaria, enseñé a consejeros de varios países que
trabajan fielmente en los campos de la muerte que llamamos tráfico
de personas. Visité la capital, Sofía, y aprendí la historia de este
hermoso país. Mi guía me dijo que cuando comenzó la Segunda
Guerra Mundial, Bulgaria proclamó su neutralidad. En 1941,
Alemania impuso en Bulgaria la legislación antisemita. La gente
protestó. En 1943, se les ordenó deportar a todos los judíos no
búlgaros al campo de exterminio de Treblinka en Polonia, un campo
de la muerte literal. Algunos en altos cargos presionaron al gobierno
para que cancelara la deportación, y el zar lo hizo. Por tercera vez,
los nazis exigieron, y los judíos fueron cargados en vagones de
ferrocarril que se dirigían a los campos de concentración.
 
Varios hombres poderosos, un comandante militar, un legislador y
otros, se pararon en las vías y dijeron: «Pueden llevarlos, pero
deben matarnos primero». Los alemanes los soltaron. En este caso,
se demostró que el padre de Elie Wiesel estaba equivocado cuando
dijo: «El mundo no se preocupa por nosotros».² Hubo excepciones.
Bulgaria es una de las pocas naciones honradas en Yad Vashem, el
Centro Mundial de Conmemoración del Holocausto en Israel, como
justos entre las naciones. En 2013, Bulgaria celebró el
septuagésimo aniversario de haberse negado a ceder ante un poder
maligno y de haber salvado a casi cincuenta mil personas. Lo
llamaron la Ceremonia de los No Entregados. ¿No deberíamos
considerar que las víctimas y los vulnerables son los «no
entregados» del cuerpo de nuestro Señor?
 
En el antiguo Israel, los sacerdotes apartaban seis ciudades de
refugio como santuarios, lugares seguros para quienes habían
cometido algún homicidio involuntario. Ofrecían refugio a las
personas que habían matado realmente a alguien. ¿No deberían
nuestras iglesias ser lugares de refugio para aquellos que han sido
abusados intencionalmente?
 
¿Cómo es que se está abusando de niños y adultos en un lugar
sagrado? ¿Y cómo es que cuando nos enteramos de esas cosas,
las escondemos? ¿Creemos que nuestro Dios no ve?
 
Cuando usted y yo estemos delante de Dios, nos presentaremos
como no entregados debido al árbol de la muerte, la cruz. Jesús le
dijo a su enemigo: «Puedes llevarlos, pero primero tendrás que
matarme». ¿No debemos hacer lo que Él ha hecho? Entonces,
¿cómo es que protegemos a los abusadores, que inevitablemente
volverán a abusar? Lo cual es muy probable ya que sus habituales
autoengaños se encuentran en lo más profundo. ¿Cómo es que
desechamos a los abusados porque perturban nuestros lugares
sagrados?
 
Los no entregados no deben ser los que están en el poder, nuestras
instituciones o nuestros reinos externos. Los no entregados deben
ser aquellos que son vulnerables y presas. Me temo que con
frecuencia entendemos esto al revés. No sacrificaremos a los que
están en el liderazgo, a los que creemos que conocemos y a los que
tienen el poder. Ellos se vuelven nuestros no entregados en lugar de
las víctimas de las que disponemos libremente «por el bien de la
obra de Dios».
 
Que usted y yo seamos los que veamos los campos de la muerte y
las almas que yacen allí, que nosotros hemos puesto allí. Que
estemos a la luz del árbol de la muerte de Dios, sabiendo que por
Su sangre somos bendecidos para ser parte de los no entregados.
Que usemos nuestro poder para trabajar, traer y cuidar a aquellos
que han sido enviados a morir. Que tengamos la humildad de
reconocer nuestras malas elecciones y decisiones que han dañado
a almas preciosas. Hemos hecho daño tanto con nuestras acciones
como con nuestra inacción y nuestro silencio impío. Que seamos los
que salimos al campo en busca de los corderos que han sido
heridos por los lobos vestidos de oveja y que, como nuestro Señor,
los llevemos a un lugar seguro y a un refugio de donde nunca serán
entregados.
 
Y finalmente, que nosotros, en este nuestro día de pecado y
oscuridad y fracasos y problemas entre el pueblo de nuestro Dios,
oremos con Daniel, quien también enfrentó estas cosas:
 
«Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el
pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus
mandamientos; hemos pecado, […] hemos hecho impíamente, y
hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y
de tus ordenanzas. […] Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la
confusión de rostro […] porque contra ti pecamos. […] Ahora pues,
Señor Dios nuestro, que sacaste tu pueblo de la tierra de Egipto con
mano poderosa, […] oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz
que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del
Señor. Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira
nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu
nombre; […]. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y
hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre
es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo» (Dan. 9:3-19).
 
Que nosotros, la Iglesia, seamos conocidos como aquellos que, en
semejanza a nuestro Señor, usan el poder que Él les otorga para
exponer el mal y proteger a los vulnerables. Que podamos celebrar
con Él, y en Su nombre, la Ceremonia de los No Entregados.
Agradecimientos
 
Cada uno de nosotros es algo que el otro no es y, por lo tanto, sabe
algo […] que nadie más sabe: y […] es asunto de todos, como
partes del reino de la luz y herederos en todo, dar su porción al
resto.
 
George MacDonald¹
 
Ningún libro es producto de una sola persona. Este ha sido
entretejido por muchas personas, tanto alrededor del mundo como
cerca de casa. Todos me han dado su porción y ahora yo se la
transmito a ustedes.
 
Siempre estaré en deuda con aquellos que han sufrido cosas
indescriptibles a manos de un poder perverso. Han sido mis
maestros de forma valiente y me han honrado con su confianza.
Gracias a ellos, entiendo la verdad de forma más clara y amo con
más profundidad.
 
Este libro comenzó con Katelyn Beaty, editora de adquisiciones de
Brazos Press. Ella me trajo tanto la idea como el desafío, y le estoy
muy agradecida. El equipo de Brazos me ha bendecido
enormemente. Todos han demostrado una cuidadosa edición, un
marketing creativo y un compromiso con este trabajo.
 
Los asociados a mi consultorio me han acompañado fielmente.
Hemos estado juntos en las trincheras, hemos sido testigos de la
maldad del abuso del poder y hemos compartido el amor por
nuestro Señor, quien dejó el poder a un lado para acercarnos a Él.
Mis colegas Barbara Shaffer, Phil Monroe, Beverly Ingelse y Carol
King leyeron los primeros borradores y ofrecieron mucha sabiduría.
También valoro el aporte de Sheila Staley y de Kyle Howard,
quienes brindaron información sobre la perspectiva de los
afroamericanos.
 
La gerente de mi consultorio, Bethany Tyson, y su asistente, Dara
Becker, dirigen un consultorio eficiente, amable y ético. Han
demostrado ser flexibles y me ofrecieron una sonrisa cuando mi
horario se interpuso en el de ellas.
 
Evangeline Hsieh me brindó gentilmente una investigación
invaluable para rastrear y citar fuentes.
 
Karen Wilson es una querida amiga, una «mujer de palabra» y una
amante de Cristo. Ella trajo los dones que Dios le ha dado y los
vertió en esta obra. Tanto este libro como su autora son mejores por
su presencia.
 
Mi esposo, Ron, como siempre durante estos proyectos, mantuvo
nuestras vidas funcionando sin problemas. Su fielpresencia en
todas las áreas de mi vida ha sido inquebrantable.
 
Finalmente, toda la gloria al Cordero que está sentado en el trono y
tiene todo el poder. Que Su pueblo lo pueda ver con más claridad y,
en consecuencia, que lo adore de verdad.
 
Notas
 
Capítulo 1 La fuente y el propósito del poder
 
1.Diane M. Langberg, Counseling Survivors of Sexual Abuse
(Maitland, FL: Xulon, 2003).
 
Capítulo 3 El papel del engaño en el abuso del poder
 
1. Joe R. Lansdale, The Thicket (Nueva York: Mulholland, 2013),
265.
2. Diane M. Langberg, Suffering and the Heart of God: How Trauma
Destroys and Christ Restores (Greensboro, NC: New Growth, 2015),
198.
3. Howard Thurman, Jesus and the Disinherited (Boston: Beacon,
1976), 55.
4. Elie Wiesel, Night (Nueva York: Hill and Wang, 2006), 32-33.
5. Robert Downen, Lise Olsen y John Tedesco, «Abuse of Faith»,
Houston Chronicle, 10 de febrero del 2019:
https://www.houstonchronicle.com/news/investigations/article/Southe
rn-Baptist-sexual-abuse-spreads-as-leaders-13588038.php.
6. G. Campbell Morgan, Studies in the Prophecy of Jeremiah
(Westwood, NJ: Revell, 1955), 99.
7. Handley C. Moule, The Epistle to the Romans (Fort Washington,
PA: CLC, 1958), 69.
 
Capítulo 4 El poder de la cultura y la influencia de las palabras
 
1. George MacDonald, Unspoken Sermon Series III: Kingship
(London: Longmans, Green & Co., 1889), 495.
2. Adolf Hitler, «Adolph Hitler Collection of Speeches 1922–1945»,
Archivo de internet,
https://archive.org/stream/AdolfHitlerCollectionOfSpeeches19221945
/Adolf%20Hitler%20%20Collection%20of%20Speeches%201922-
1945djvu.txt.
3. Hitler, «Adolph Hitler Collection of Speeches 1922–1945».
4. «Penn State Scandal Fast Facts», CNN, 27 de noviembre del
2019: https://www.cnn.com/2013/10/28/us/penn-state-scandal-fast-
facts/index.html.
 
Capítulo 5 Comprensión del abuso del poder
 
1. «Bullying, Cyberbullying, and Suicide Statistics», Megan Meier
Foundation, 5 de junio del 2019:
https://meganmeierfoundation.org/statistics.
2. MaryCatherine McDonald, Marisa Brandt y Robyn Bluhm, «From
Shell-Shock to PTSD, a Century of Invisible War Trauma», The
Conversation, 3 de abril del 2017, http://theconversation.com/from-
shell-shock-to-ptsd-a-century-of-invisible-war-trauma-74911.
3. Kerry Howley, «Everyone Believed Larry Nassar: The Predatory
Trainer May Just Have Taken Down USA Gymnastics. How Did He
Deceive So Many for So Long?», The Cut, 19 de noviembre del
2018, https://www.thecut.com/2018/11/how-did-larry-nassar-deceive-
so-many-for-so-long.html.
4. Diane M. Langberg, Counseling Survivors of Sexual Abuse
(Maitland, FL: Xulon, 2003); y Diane M. Langberg, On the Threshold
of Hope (Carol Stream, IL: Tyndale, 1999).
5. «Sexual Assault in the United States», National Sexual Violence
Resource Center, https://www.nsvrc.org/node/4737.
6. Abby Perry, «Prophetic Survivors: Kenny Stubblefield», Fathom,
22 de octubre del 2018:
https://www.fathommag.com/stories/prophetic-survivors-kenny-
stubblefield.
7. Perry, «Prophetic Survivors».
8. Perry, «Prophetic Survivors».
 
Capítulo 6 El poder en los sistemas humanos
 
1. David Crary, «More than 12,000 Boy Scout Members Were
Victims of Sexual Abuse, Expert Says», Salt Lake Tribune, 24 de
abril del 2019: https://www.sltrib.com/news/nation-
world/2019/04/24/nearly-boy-scout-leaders.
2. Josh Voorhees, «Slatest PM: The Boy Scouts “Perversion Files”»,
Slate, 18 de octubre del 2012, https://slate.com/news-and-
politics/2012/10/boy-scouts-perversion-files-public-database-details-
decades-of-alleged-sexual-abuse-cover-up.html.
3. Peter Janci, publicación en Twitter, 24 de abril del 2019, 7:38 a.
m.: https://twitter.com/pbjanci/status/1121060873076797440.
4. Lauren Bohn, «“We’re All Handcuffed in This Country”: Why
Afghanistan Is Still the Worst Place in the World to Be a Woman»,
Time, 8 de diciembre del 2018:
https://time.com/5472411/afghanistan-women-justice-war; y Najim
Rahim y David Zucchino, «Attacks on Girls’ Schools on the Rise as
Taliban Make Gains», New York Times, 21 de mayo del 2019:
https://www.nytimes.com/2019/05/21/world/asia/taliban-girls-
schools.html.
5.Booker T. Washington, Up from Slavery (Nueva York: Doubleday,
1907).
 
Capítulo 7 El poder entre los hombres y las mujeres
 
1. Ruth Tucker y Walter Liefeld, Daughters of the Church (Grand
Rapids: Zondervan, 1987), 116.
2. John Knox, Knox: On Rebellion, ed. Roger A. Mason (Cambridge:
Cambridge University Press, 1994), 9.
3. Thomas Aquinas, Summa Theologiae, NewAdvent.org,
http://www.newadvent.org/summa/1092.htm, pregunta 92, respuesta
1.
4. Marg Mowczko, «Misogynistic Quotations from Church Fathers
and Reformers», Marg Mowczko (blog), 24 de enero de 2014:
https://margmowczko.com/misogynist-quotes-from-church-fathers.
5. Mowczko, «Misogynistic Quotations».
6. «Harvey Weinstein Sexual Abuse Allegations», Wikipedia, 6 de
octubre del 2019,
https://en.wikipedia.org/wiki/Harvey_Weinstein_sexual_abuse_allega
tions.
7. Kevin Giles, The Rise and Fall of the Complementarian Doctrine
of the Trinity (Eugene, OR: Cascade, 2017).
8. Elaine Storkey, Scars across Humanity: Understanding and
Overcoming Violence against Women (Downers Grove, IL:
InterVarsity, 2018).
9. Storkey, Scars across Humanity.
 
Capítulo 8 La intersección de la raza y el poder
 
1. James Baldwin, Notes of a Native Son (Boston: Beacon, 1955),
30.
2. Mark A. Noll, «Battle for the Bible», RPM Magazine 15 (2013): 26,
https://thirdmill.org/articles/mar_noll/mar_noll.BB.html.
3. Melton A. McLaurin, Celia, a Slave (Athens: University of Georgia
Press, 1991).
4. Isabel Wilkerson, The Warmth of Other Suns: The Epic Story of
America’s Great Migration (Nueva York: Random House, 2010), 418.
5. «Transgenerational Trauma», Wikipedia, 27 de septiembre del
2019, https://en.wikipedia.org/wiki/Transgenerational_trauma.
6. Diane Langberg, publicación en Twitter, 19 de septiembre del
2019, 4:49 a. m.:
https://twitter.com/DianeLangberg/status/1174651695953002496.
 
Capítulo 9 El abuso de poder en la Iglesia
 
1. Edwin Friedman, Generation to Generation: Family Process in
Church and Synagogue (Nueva York: Guilford, 1985).
2. Gerben A. Kleef, C. Oveis, I. van der L we, A. LuoKogan, J.
Goetz y D. Keltner, «Power, Distress and Compassion»,
Psychological Science 19, no. 12 (2008): 1315-22.
3. Dacher Keltner, Deborah H. Gruenfeld y Cameron Anderson,
«Power, Approach and Inhibition», Psychological Review 110, no. 2
(2003): 265-84.
4. Keltner, Gruenfeld y Anderson, «Power, Approach and Inhibition».
5. Diane Langberg, publicación en Twitter, 31 de diciembre del 2018,
11:54 a. m.:
https://twitter.com/DianeLangberg/status/1079828249092517894.
6. Henry Burton, The Expositor’s Bible: The Gospel according to
Luke (Londres: Hodder & Stoughton, 1890), 114.
7.Wilhelm Gesenius, A Hebrew and English Lexicon of the Old
Testament, 4.a ed. (Boston: Crocker and Brewster, 1850), 435.
8. G. Campbell Morgan, The Gospel according to Matthew (Nueva
York: Revell, 1939), 251–52.
 
Capítulo 10 La cristiandad seducida por el poder
 
1.Oswald Chambers, My Utmost for His Highest (Nueva York: Dodd,
Mead & Co., 1935), 18.
2.Chambers, My Utmost for His Highest, 6.
3.George MacDonald, Unspoken Sermon Series III: Kingship
(Londres: Longmans, Green & Co., 1889), 560.
 
Capítulo 11 El poder redentor y la persona de Cristo
 
1. Miroslav Volf, «In Light of the Paris Attacks, Is It Time to Eradicate
Religion?», Washington Post, 16 de noviembre de 2015,
https://www.washingtonpost.com/news/acts-of-
faith/wp/2015/11/16/in-light-of-the-paris-attacks-is-it-time-to-
eradicate-religion.
2. Oswald Chambers, Disciples Indeed (Grand Rapids: Discovery
House, 1955), 393.
3. Amy Carmichael, If (Fort Washington, PA: CLC, 2012), 13.
4. Meredith Somers, «More than Half of Christian Men Admit to
Watching Pornography», Washington Times, 24 de agosto del 2014:
https://www.washingtontimes.com/news/2014/aug/24/more-than-
half-of-christian-men-admit-to-watching-/.
5. «New Marriage and Divorce Statistics Released»,Barna Group,
31 de marzo del 2008, https://www.barna.com/research/new-
marriage-and-divorce-statistics-released.
6. «What Is the Church’s Role in Racial Reconciliation?», Barna
Group, 20 de julio del 2019: https://www.barna.com/research/racial-
reconciliation/.
7. C. H. Spurgeon, Return, O Shulamite!And Other Sermons
Preached in 1884 (Nueva York: Carter, 1885), 174.
8. Dietrich Bonhoeffer, Life Together: The Classic Exploration of
Christian Community (Nueva York: Harper & Row, 1954), 107.
9. Dietrich Bonhoeffer, Letters and Paper from Prison (Nueva York:
MacMillan, 1959), 369.
 
Capítulo 12 El poder sanador y el cuerpo de Cristo
 
1. C. S. Lewis, Mere Christianity (Nueva York: HarperOne, 1952), 92.
2. George MacDonald, Unspoken Sermon Series III: Kingship
(Londres: Longmans, Green & Co., 1889), 420–21.
3. Amy Carmichael, From Sunrise Land: Letters from Japan
(Londres: Marshall Brothers, 1895), 76.
4. George Matheson, The Lady Ecclesia: An Autobiography (Nueva
York: Dodd, Mead & Co., 1897).
5. Jennifer Viegas, «Infanticide Common in Roman Empire», NBC, 5
de mayo del 2011:
http://www.nbcnews.com/id/42911813/ns/technologyandscience-
science/t/infanticide-common-roman-empire/#.XZ-o7-dKgWp.
6. Diane M. Langberg, Suffering and the Heart of God: How Trauma
Destroys and Christ Restores (Greensboro, NC: New Growth, 2015),
7.
7. Jake Griesel, «Aristides of Athens (2nd century AD) on the
Conduct of Christians», Theological est doctrina Deo vivendi per
Christum Jacobi Grieselli Blogus theologicus, 31 de diciembre del
2013:
https://deovivendiperchristum.wordpress.com/2013/12/31/aristides-
of-athens-2nd-century-ad-on-the-conduct-of-christians.
8. G. Campbell Morgan, Hosea: The Heart and Holiness of God
(Londres: Marshall, Morgan & Scott, 1948), 29.
 
Epílogo
 
1.Elie Wiesel, Night (Nueva York: Hill and Wang, 2006), 41-42.
2.Wiesel, Night, 33.
 
Agradecimientos
 
1.George MacDonald, Unspoken Sermon Series III: The Inheritance
(Londres: Longmans, Green & Co., 1889), 613-14.
 
Biografía de la autora
 
Diane Langberg (doctora graduada en la Universidad de Temple) es
una psicóloga y consejera reconocida internacionalmente con
cuarenta y siete años de experiencia. Con frecuencia, da charlas
sobre el abuso y el trauma en todo el mundo; dirige su propia
práctica de terapia en Jenkintown (Pensilvania) y cofundó el Instituto
Global de Recuperación del Trauma en el Seminario Missio en
Filadelfia. Langberg también forma parte de la junta de GRACE (por
sus siglas en inglés, respuesta piadosa al abuso en un entorno
cristiano), dirigida por Boz Tchividjian y copreside el Consejo Asesor
del Trauma de la Sociedad Bíblica Americana. Ha sido autora o
coautora de numerosos libros, entre los que se encuentran
Counseling Survivors of Sexual Abuse [Terapia para sobrevivientes
de abuso sexual], On the Threshold of Hope [En el umbral de la
esperanza] y Suffering the Heart of God: How Trauma Destroys and
Christ Restores [El sufrimiento del corazón de Dios: el trauma
destruye y Cristo restaura].
	Cover Page
	Poder redimido
	Prólogo
	Parte 1 La definición de poder
	1. La fuente y el propósito del poder
	2. La vulnerabilidad y el poder
	3. El papel del engaño en el abuso del poder
	4. El poder de la cultura y la influencia de las palabras
	Parte 2 El abuso del poder
	5. Comprensión del abuso del poder
	6. El poder en los sistemas humanos
	7. El poder entre los hombres y las mujeres
	8. La intersección de la raza y el poder
	9. El abuso del poder en la Iglesia
	10. La cristiandad seducida por el poder
	Parte 3 Poder redimido
	11. El poder redentor y la persona de Cristo
	12. El poder sanador y el cuerpo de Cristo
	Epílogo
	Agradecimientos
	Notas
	Biografía de la autora

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