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Contenido Prólogo Parte 1 La definición de poder 1. La fuente y el propósito del poder 2. La vulnerabilidad y el poder 3. El papel del engaño en el abuso del poder 4. El poder de la cultura y la influencia de las palabras Parte 2 El abuso del poder 5. Comprensión del abuso del poder 6. El poder en los sistemas humanos 7. El poder entre los hombres y las mujeres 8. La intersección de la raza y el poder 9. El abuso del poder en la Iglesia 10. La cristiandad seducida por el poder Parte 3 Poder redimido 11. El poder redentor y la persona de Cristo 12. El poder sanador y el cuerpo de Cristo Epílogo Agradecimientos Notas Biografía de la autora «Con la evaluación acertada de Jeremías y la valentía de Ester, Lang berg mira a los líderes directo a los ojos y les expresa la verdad inquebrantable sobre el poder, verdad difícil que todo líder necesita saber, pero que muchos se esfuerzan por evitar. Su búsqueda incansable para proteger a los desamparados se sustenta en décadas de escuchar la voz de Dios en medio del dolor de las víctimas, así como la de los perpetradores, algunos de los cuales no se dan cuenta del daño que producen sus palabras y acciones. Este libro es para todos aquellos que desean ser sanados y anhelan saber cómo se puede abusar del poder y cómo se puede usar correctamente». —Robert L. Briggs, presidente y director ejecutivo de la Sociedad Bíblica de América «Con un entendimiento y una gracia inconmensurables, el libro Poder redimido exhorta a las personas, las instituciones y las naciones a despertar, arrepentirse y buscar el reino de Dios al mirar de manera crítica los desequilibrios y las injusticias que hemos permitido que se desarrollen. Este es el momento en que necesitamos recibir esta palabra que nos desafía y salva vidas. ¡Gracias a Dios por elegir a Diane para declararla!». —Jeanne L. Allert, fundadora y directora ejecutiva de The Samaritan Women «Este libro me rompió el corazón, instruyó mi alma y me mostró al Rey-Siervo-Sanador más poderoso, que con amor se humilló para vencer el mal con el bien. Este es un libro ungido, que refleja sensibilidad teológica y experiencias de vida atroces, y que nos llama a administrar y reclamar el propósito original del poder: el florecimiento del ser humano». —Ronald A. Matthews, presidente de Eastern University «De vez en cuando, uno se encuentra con un recurso que desea recomendar a otros con entusiasmo porque sabe que su contenido es esencial y valioso. Poder redimido es uno de esos recursos. Langberg nos ayuda a ver y entender las verdades que a menudo pasamos por alto, ignoramos o justificamos porque están cubiertas de engaños a nosotros mismos y a los demás. Poder redimido es un rayo de luz que pasa a través de sistemas y corazones oscurecidos por el abuso de autoridad. Los que lo lean descubrirán verdades que pueden revelar, liberar y sanar». —Wade Mullen, Capital Seminary & Graduate School; autor de Something’s Not Right: Decoding the Hidden Tactics of Abuse and Freeing Yourself from Its Power [Algo no está bien: Cómo descifrar las tácticas ocultas del abuso y liberarse de su poder] «Langberg nos ha brindado a todos un gran servicio con este libro. Actualmente, existe una necesidad urgente dentro de la Iglesia de comprender mejor la dinámica del poder. El costo de que la Iglesia no entienda completamente qué es el poder y cómo se administra de manera adecuada es demasiado alto. Lo veo con frecuencia mientras me ocupo de los que han soportado tanto el abuso espiritual como el trauma racial dentro de la Iglesia. Este libro es profundo pero accesible y tiene el potencial de informar y sanar. Lo recomiendo de todo corazón». —Kyle J. Howard, proveedor de cuidados para el alma, Lighting a Path, Inc. «El aspecto más difícil de mi profesión es ver el dolor y el sufrimiento que las personas pueden infligirse unas a otras, especialmente en la iglesia y en ambientes familiares que deberían ser seguros y protectores. La doctora Langberg ha pasado décadas comprendiendo el proceso de sanación de los traumas personales y sistémicos. Su libro es una lectura obligada para quien busca capacitación sustancial para ayudar a las víctimas de traumas emocionales, sexuales, físicos y raciales». —Michael R. Lyles, doctor en medicina, psiquiatra, orador y conferencista invitado «En este libro importante y oportuno, la doctora Langberg aborda un tema que con demasiada frecuencia se ignora o incluso se descarta: el poder. Como seres humanos, hemos recibido poder, y ese poder puede usarse para servir u oprimir. Tendrás que leer este libro con un resaltador y una caja de pañuelos a mano. Como terapeuta sensible y experimentada, Langberg escribe un libro que revela con dolor, así como sana con amor». —Jemar Tisby, autor exitoso según el New York Times del libro The Color of Compromise [El color del compromiso] «Aquí no hay lenguaje académico denso; Langberg es una mujer en llamas y, de una manera digna de los profetas antes que ella, hace un llamado a la justicia en nombre de aquellos que han sido heridos profundamente por el poder ejercido de formas poco piadosas. Este libro está repleto de verdades bíblicas, conocimiento, sabiduría, convicción e instrucción para quienes tienen ojos para ver y oídos para oír». —Kay Warren, cofundadora de Saddleback Church Poder redimido: Entendiendo la autoridad y el abuso en la iglesia Copyright © 2022 por Diane Langberg Todos los derechos reservados. Derechos internacionales registrados. B&H Publishing Group Nashville, TN 37234 Diseño de portada por Brazos Press. Traducción diseño de la portada: B&H Español Director editorial: Giancarlo Montemayor Editor de proyectos: Joel Rosario Coordinadora de proyectos: Cristina O’Shee Clasificación Decimal Dewey: 303.3 Clasifíquese: IGLESIA / PODER (CIENCIAS SOCIALES) / BALANCE EN EL PODER Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida ni distribuida de manera alguna ni por ningún medio electrónico o mecánico, incluidos el fotocopiado, la grabación y cualquier otro sistema de archivo y recuperación de datos, sin el consentimiento escrito del autor. A menos que se indique de otra manera, las citas bíblicas marcadas RVR1960 se tomaron de la versión Reina-Valera 1960® © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960; Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Reina- Valera 1960® es una marca registrada de las Sociedades Bíblicas Unidas y puede ser usada solo bajo licencia. Las citas bíblicas marcadas RVR1995 se tomaron de la versión Reina-Valera 1995 Reina-Valera 95®, © 1995 por Sociedades Bíblicas Unidas. Usadas con permiso. Las citas bíblicas marcadas NVI se tomaron de La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional®, © 1999 por Biblica, Inc.®. Usadas con permiso. Todos los derechos reservados. Las citas bíblicas marcadas NTV se tomaron de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados. Las citas bíblicas marcadas NBLA se tomaron de la Nueva Biblia de las Américas (NBLA), Copyright © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso. ISBN: 978-1-0877-5791-9 1 2 3 4 5 * 25 24 23 22 Con amor y gratitud a mi padre, William F. Mandt, a mi suegro, Simon Langberg, a mi esposo, Ronald Langberg, y a nuestros hijos, Joshua y Daniel Langberg, hombres extraordinarios que se distinguen por usar su poder con una bondad infinita y una integridad impecable. Prólogo Hace décadas, cuando estaba en una tierra extranjera, me encontré por primera vez con víctimas de abuso sexual. No sabía que esas cosas sucedían. No eran parte de mi experiencia, no aparecían mencionadas en los libros de psicologíaque había leído ni mientras estudiaba para obtener mis dos títulos de grado. La Iglesia me echó cuando saqué el tema. Decidí, por la gracia de Dios, escuchar a los marginados y a los que nadie les cree. Hacerlo me ha cambiado y le ha dado forma a mi vida. Mi curva de aprendizaje en los últimos cuarenta y siete años como psicóloga cristiana ha sido larga y empinada. Primero aprendí sobre familias en las que el abuso sexual y doméstico era desenfrenado y lo había sido por generaciones. Desde entonces, me he sentado con víctimas de trauma, violencia, violación y guerra. He aprendido sobre grupos de personas que han sido aplastadas, oprimidas y esclavizadas. He sido testigo de esta devastación en mi oficina de Pensilvania y en los seis continentes. He escuchado a voces de Auschwitz, Ruanda, Sudáfrica, Congo y Camboya mientras visitaba campos de concentración, iglesias llenas de huesos, lugares de una pobreza indescriptible, víctimas de violaciones atroces y los campos de la muerte, donde se asesinaba a los seres humanos simplemente por ser como Dios los creó. También he visto la belleza, la redención, la valentía y la generosidad, y he sido bendecida más allá de las palabras por muchos que han sido pisoteados por este mundo y sus habitantes. He transmitido esas bendiciones a mis hijos y a mis nietos, a colegas, clientes, audiencias diversas y a la Iglesia global. Mi recorrido en el mundo del trauma comenzó con una víctima de abuso, quien, en pequeñas dosis, me relató valientemente su historia. Hice preguntas y me esforcé para escuchar con atención. Me convertí en su estudiante y en la estudiante de muchos más, seres humanos creados por Dios, Su propia obra de arte, heridos y lastimados. Me senté con las personas y aprendí a decir básicamente: «Enséñame cómo es ser tú». En algún punto del camino, el contexto de abuso se amplió para incluir situaciones en campamentos cristianos, en escuelas y en los deportes. Aprendí que los niños y los hombres también sufrían abusos. También trabajé con pastores, misioneros y líderes cristianos que estaban deprimidos y sufrían de ansiedad. Tenían dificultades con sus funciones y con las cargas de los demás. Muchos estaban agotados. Y un día todo se desmoronó cuando comencé a darme cuenta de que los cristianos en posiciones de liderazgo también abusaban de los que estaban bajo su cuidado. Esto fue difícil de asimilar. No quería que fuera verdad. No lo entendía. Comprendí que lo que sucede en las familias también sucede en la familia de Dios. Poco a poco, comencé a entender que el poder, el engaño y el abuso estaban entrelazados. Las personas sumamente estimadas y consideradas piadosas, en realidad, se engañaban a sí mismas y a los demás para cometer y ocultar prácticas impiadosas. Con el paso del tiempo, vi que sistemas enteros hacían lo mismo. El abuso sistémico, un concepto completamente extraño para mí en ese momento, se volvió más claro cuando descubrí que, a veces, el pueblo de Dios se une para «proteger» el nombre de Dios y comete y oculta acciones que no se parecen en nada a Él. El pueblo de Dios lo estaba decepcionando. Estaba enojada, lloré, quería que no fuera verdad y quería renunciar. A veces, me sentía como si estuviera nadando en una cloaca con un cartel en la entrada que decía «Santuario». Comencé a leer todo lo que pude para que me ayudara a ver. Volví a la historia de la Iglesia. Estudié el Holocausto y otros genocidios. Leí y releí a los profetas, en especial a Jeremías. Me hundí en los Evangelios. Poco a poco, comencé a ver con mayor claridad la naturaleza sistémica del abuso. Todavía sigo aprendiendo. Este libro es el fruto de ese proceso. Dios nos ha invitado a la comunión de Sus sufrimientos. No es un lugar al que queramos ir. Realmente es una cloaca. Al entrar, comencé a aprender que Jesús había soportado todo con lo que me encontraba. Eso incluía mi ceguera, mi resistencia y mi miedo de entrar en este lugar; pero negarse a entrar, darle la espalda a lo que Él ve, es fallarle a Él. He tenido la posibilidad de vislumbrar lo que significa decir: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…» (Juan 1:14). Él era Emanuel en ese contexto: Dios con nosotros. Y Cristo nos llama a ser como Él en este mundo para que otros tengan una idea, una muestra de quién es Él y sepan en verdad que está con nosotros. Me llama la atención cuántas veces se nos dice que Jesús vio. Mateo nos relata que Jesús recorría todas las ciudades y aldeas y que «viendo las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor» (9:36, NBLA). Jesús sigue viendo y nos invita a estar con Él y a ver, nos invita a sentir el dolor, la tristeza, la pena y la agonía de las ovejas preciosas que no tienen pastor, ni consolador ni nadie que las cuide. Gran parte de la cristiandad de hoy parece menos interesada en ver como Jesús veía, menos dispuesta a entrar y mucho más interesada en ganar poder. Hemos adquirido fama, dinero, estatus, reputación y nuestros propios reinos pequeños. Hemos leído demasiados titulares sobre líderes y sistemas cristianos que no se parecen en nada a nuestro Señor. Temo que hemos perdido el rumbo. Es hora de que los que pronunciamos Su nombre nos detengamos y escuchemos a nuestro Rey, quien se movía por compasión, un pastor verdadero que anhelaba tanto alimentar como abrazar a las ovejas. Seguimos a un Dios que nos escucha y llora con nosotros. Eso es evidente en la vida de Jesús. La encarnación es quizás la expresión máxima jamás vista de escucha empática. Jesús vino y plantó Su tienda entre nosotros, un campo de refugiados implícito. Eso significaba beber nuestra agua, compartir nuestros quehaceres, sufrir nuestras pérdidas, unirse a nuestra risa y llorar con nosotros en nuestro dolor. Tenemos que aprender a escuchar como Él lo hace. Él sabe lo que es ser usted. Le ha dado el don de ser escuchado y conocido y le pide, a su vez, que se lo de a los demás. Anhela que caminemos con Él, que nos ocupemos de los afligidos, los despojados, los heridos por la violencia y los desechados. Desea que miremos con Sus ojos de amor y escuchemos con Sus agudos oídos. Nos ha invitado a trabajar con Él y a estar con los demás como Él estuvo. Ha sido un gran privilegio para mí aprender de nuestro Pastor. Me ha llevado a lugares que nunca imaginé que existieran. He visto la maldad, la oscuridad y la desesperanza en seres humanos preciosos, la obra de arte de Dios. Seguramente he cometido muchos errores. Sin embargo, he visto que Dios estuvo presente allí, amando, enseñando, llevando y redimiendo. Oro para que mientras miramos juntos el poder y nuestras manipulaciones a menudo retorcidas y abusivas, la luz de Dios nos exponga. Oro para que juntos nos arrodillemos ante el único que está sentado en el trono y que lleva cicatrices que deberían ser nuestras, y oro para que aprendamos del buen y gran Pastor cómo proteger, alimentar y ser un refugio para los corderos que Él ama. No es un viaje bonito, pero lo encontraremos trabajando con nosotros a medida que avanzamos. Sí, lo usará a usted para bendecir a otros. También los usará a ellos para transformarlo a usted más a Su imagen. Siempre obra de ambos lados. Oro para que este libro aumente la conciencia y el entendimiento del poder y su abuso para que podamos proteger y defender a quienes los sistemas de poder rotos del cristianismo han abandonado. Para aquellos que han sufrido abuso, oro para que a través de la lectura sientan que alguien los ve, los protege, les cree y los consuela. Algunos de ustedes han abandonado la iglesia después de sufrir abusos de poder en el mismo lugar que Dios quiere que sea Su santuario. Si usted ve a la iglesia como un lugar de peligro en vez de seguridad, recuerde que, tristemente, la Iglesia a menudo no logra ver ni actuar como Jesús, lo que facilita creer mentiras sobre quién es Él. Si usted es un líder cristiano, ya sea en una iglesia, un ministerio sin fines de lucro u otra esferade influencia, oro para que llegue a entender los tipos de poder, conscientes e inconscientes, que vienen con su autoridad. Oro para que comprenda su propio poder y aprenda a usarlo con sabiduría para bendecir y no para lastimar. Si usted ha usado el poder de manera tal que ha infligido algún daño, oro para que se postre ante el trono de Aquel que se humilló por nosotros y diga la verdad a sí mismo y a los demás sobre el daño que ha causado. Que desee la verdad y la gracia de Dios más que la estima de los seres humanos. Me entristece que el cuerpo de Cristo se haya alejado tanto de esta obra y le haya dado la espalda a Cristo y a Su invitación. Que todos aprendamos a discernir cuándo se usa el poder equivocadamente y llamarlo por su nombre. Hemos perdido mucho y hemos dañado a muchos. Hemos decepcionado a Dios. Oro para que fervientemente busquemos a Dios en estos asuntos. Él espera. PARTE 1 La definición de poder uno La fuente y el propósito del poder Las dinámicas del poder siempre están presentes en mi práctica de psicología cristiana. El poder puede ser una fuente de bendición, pero cuando se abusa de él, se produce un daño incalculable al cuerpo y al nombre de Cristo, y a menudo se realiza en nombre de Cristo. Por el bien de ese cuerpo y ese nombre maravilloso, creo que debemos luchar con la cuestión del poder y entender que se puede usar para sanar o herir, para bien o para mal. Lo invito a mirar más de cerca qué es el poder, de dónde proviene y el impacto que tiene en todos nosotros. El poder es inherente al ser humano. Incluso los más vulnerables entre nosotros tienen poder. La forma en que lo usamos o no lo ejercemos determina nuestro impacto en los demás. Sara es pequeña y frágil, solo tiene cuatro días de vida. No sabe nada de sí misma ni del mundo en el que ha aterrizado. No tiene palabras. No puede usar su cuerpo de manera efectiva para ir a algún lugar. Algo no se siente bien. No sabe qué está mal o por qué está mal, ni cómo atender su propia angustia. Sola en la oscuridad, llora. Y tiene poder. Dos adultos agotados y dormidos, sobresaltados se levantan de sus cómodas camas y de su muy necesitado descanso y rápidamente acuden al llanto. Ella ha interrumpido a dos personas que pueden usar las palabras, que saben lo que quieren y lo que ella necesita, y que pueden mover sus cuerpos como les plazca. Ellos entienden el llanto de la pequeña y responden, dejando de lado cómo se sienten y su preferencia por dormir. Eligen levantarse y consolar a la pequeña y nutrirla con atención, amor y leche. A diferencia de Sara, estos adultos tienen una cantidad increíble de poder y eligen usarlo para bendecirla con su cuidado. Nuestra palabra española «poder» (del latín posse, que significa «ser capaz») quiere decir «tener la capacidad de hacer algo, actuar o producir un efecto, influir en personas o sucesos, o tener autoridad». También tiene significados más severos: controlar, dominar, coaccionar o forzar. Por nuestra mera presencia en este mundo, nosotros, los portadores de la imagen de Dios, tenemos poder. La bebé de cuatro días tiene el poder de despertar a adultos independientes de un sueño deseado y muy necesario. Lo opuesto también es cierto: esos adultos tienen un poder evidente sobre la niña. Pueden responder con atención y cuidado o con enojo por haber sido molestados. Pueden negar el cuidado y responder con negligencia y silencio. La niña influye en los adultos. Las respuestas de los adultos afectan a la niña. El poder de la vulnerable niña para expresar sus necesidades expone los corazones de los adultos que tienen más poder. Con el tiempo, su respuesta habituada a la niña moldea no solo la personalidad de la bebé, sino también los corazones de los adultos. Nuestras respuestas a los vulnerables exponen quiénes somos. Este es un principio importante para tener en cuenta cuando consideramos el uso y el mal uso del poder. Cualquier persona que esté remotamente en contacto con las noticias de hoy en día tiene algún conocimiento de cómo se puede usar el poder para bien y para mal. Leemos sobre tiranos autoritarios y sobre personas torturadas y encarceladas por su fe o por criticar a su gobierno. También leemos sobre personas que dan con sacrificio a quienes necesitan ayuda y pasan días buscando a un niño perdido o dedican tiempo, dinero y esfuerzo a rescatar a las víctimas de trata. Ambas listas son interminables. Cada vida humana es una fuerza en este mundo. Nuestra influencia se derrama de manera continua. Sin embargo, si los que tienen autoridad se niegan a ayudar a otros, hacen oídos sordos y se endurecen ante las necesidades de los demás, entonces el rechazo, no el cuidado, se convierte en la influencia predominante. El poder en la historia de Génesis ¿Cuál es la fuente de nuestro poder como humanos? En Génesis, leemos que Dios invistió a los humanos con poder. «Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra”. Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (1:26-27, NBLA). Dios creó a los humanos a Su semejanza y les dijo que ejercieran dominio. En hebreo, la frase «ejercer dominio» significa «tener dominio» o «dominar». ¿Sobre qué les ordenó Dios que ejercieran dominio? Sobre los peces, las aves, los ganados, sobre toda la tierra y sobre todo reptil. Observe la sorprendente omisión en la orden de Dios: ¡en ningún lugar les ordena a los humanos a ejercer dominio entre sí! No le ordena al hombre que ejerza dominio sobre la mujer y no le ordena a la mujer que ejerza dominio sobre el hombre. Ellos deben ejercer dominio juntos, a dúo, sobre todo lo demás que Dios ha creado. Deben tomar el poder que Dios les concedió y usarlo para el bien. Juntos. En Génesis 1:28, Dios continúa diciéndoles a los humanos: «… Llenen la tierra y sométanla». «Someter» significa «conquistar», «subyugar», «mantener bajo control». Dios creó una unión de una sola carne y le ordenó a esa unión de hombre y mujer que ejerciera dominio, no entre sí, sino sobre la tierra y que la sometiera. Génesis 1 también nos dice que Dios les ordenó a Adán y Eva que fueran fecundos. «Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense…”» (v. 28, NBLA). ¿Cómo hacemos eso? Obviamente, los humanos que son fecundos aumentan su poder simplemente al crear más humanos. No obstante, los humanos también deben ser fecundos en todas las áreas de la vida. En esencia, Dios nos creó para que multipliquemos Su imagen y semejanza en todo lo que hacemos. Él creó a los humanos a Su propia imagen, a Su semejanza. Les dio poder a los humanos, y estos debían reflejar al Dios que los creó. ¿Y qué sabemos de este Dios? Él es bueno, fiel, un refugio, la verdad, amor. Entonces, Dios les dio a los seres humanos el poder para que pudieran llevar el carácter de Dios al mundo. Y Dios los bendijo; pronunció una bendición sobre ellos y les ordenó que fueran fecundos y se multiplicaran, que llevaran Su semejanza y que bendijeran la tierra. Juntos. Todos sabemos lo que pasó después de eso. Una criatura astuta y engañosa que había rechazado por completo el poder de Dios y cualquier semejanza con Él vino y engañó a los humanos usando las mismas palabras de Dios. «¿Quieren ser como Dios? ¿Quieren ser semejantes a Él? ¿Quieren tener la capacidad de juzgar entre el bien y el mal? Pueden hacerlo si eligen lo que Él les ha negado». Y al igual que el enemigo, los humanos ejercieron su poder para elegir en contra de Dios; tomaron lo que les pareció bueno y se alimentaron con ello. El engaño del bien prometido los llevó a elegir la desobediencia a Dios. Usaron su poder para elegir el mal cuando ese poder debería haber transmitido la semejanza a Dios y debería haberse usado para elegir el bien. Quisieron lo que debían tener: la semejanza a Dios. Quisieron discernirel bien del mal. Lo que vieron con sus ojos fue atractivo para sus deseos y su objetivo más alto. Tomaron el poder que Dios les había dado y lo ejercieron en Su contra, engañados y creyendo que lo estaban eligiendo a Él. Los que tenían el carácter de Dios usaron el poder de una manera que les dio una semejanza con el enemigo de Dios. Como el rey de Babilonia, dijeron: «Subiré a la cresta de las más altas nubes, seré semejante al Altísimo» (Isa. 14:14, NVI). Se olvidaron de que cualquier semejanza con Dios fue dada por Dios mismo. Los seres humanos no pueden crear esa semejanza. Usaron su poder no para bendecir, sino para lastimar, no solo a otros, sino también a ellos mismos. El poder abusado del hombre y la mujer produjo resultados que se han transmitido de generación en generación, y nos han infectado a todos. El poder del ser humano Para comprender el impacto del poder, debemos entender lo que es un ser humano. Aquí pueden ser útiles algunos conceptos que han surgido de mi trabajo con las víctimas por trauma.¹ En primer lugar, ser humano es tener voz. La voz de Dios lo creó todo. Ser creados a Su imagen significa tener un ser, una voz y una expresión creativa. El abuso del poder silencia ese ser y las palabras, los sentimientos, los pensamientos y las elecciones de la víctima. Sus deseos se ignoran y son irrelevantes. El abuso de cualquier tipo siempre daña la imagen de Dios en los seres humanos. El ser se ve destrozado, fracturado y silenciado, y no puede decirle al mundo quién es. En segundo lugar, ser humano es estar en una relación. Fuimos creados en una relación con Dios mismo y con otros humanos. Dios se hizo hombre y entró en este mundo para restablecer una relación que estaba rota. Su imagen se refleja en esa relación. Los humanos anhelan una relación segura. El poder abusivo quebranta y destroza esa relación. Trae traición, miedo, humillación, pérdida de dignidad y vergüenza. Aísla, pone en peligro, crea barreras y destruye vínculos. Hace añicos la empatía, despedaza la seguridad y rompe la conexión. El poder abusivo tiene un impacto profundo en nuestra relación con Dios y con los demás. Las víctimas de abuso a menudo ven a Dios a través de una lente gravemente distorsionada y lo ven como la fuente del mal que sufren. La violación y la destrucción de la fe en momentos de tremendo sufrimiento es una de las mayores tragedias del abuso del poder. En tercer lugar, ser humano es tener poder y moldear el mundo. Como hemos visto, nuestro Creador nos llamó a ejercer dominio y someter. Esas son palabras de poder. «Vayan y tengan un impacto, hagan crecer las cosas, cámbienlas». El abuso anula y quita el poder. La víctima se siente inútil, incapaz e incompetente, y la pérdida de dignidad y propósito es profunda. Debemos trabajar, hacer que las cosas sucedan, que cambien simplemente porque estamos aquí. Estos aspectos de la voz, la relación y el poder se originan en el carácter de Dios. Tipos de poder humano Existen muchos tipos de poder. El poder verbal implica el uso de palabras, a menudo de manera ingeniosa, para manejar situaciones y controlar a otros. Los humanos que tienen un don verbal pueden usar las palabras para bendecir a los demás o para hacer un daño terrible y duradero. Un tipo de poder relacionado en el que rara vez pensamos es el silencio. El silencio puede ser un regalo maravilloso, pero también puede ser un arma. El aguijón del silencio usado para castigar o para ignorar penetra hondo. El poder emocional se combina con frecuencia, aunque no siempre, con el poder verbal. Podemos usar las emociones para consolar a otros con empatía o para controlar lo que las personas dicen y hacen, a menudo, intimidándolas y silenciándolas. El poder del enojo o la ira pueden aterrorizar a una persona, con o sin palabras. El poder puede manifestarse en tamaño o fuerza física. Si una persona pesa 99 kg (220 libras) y otra pesa 38 kg (85 libras), la diferencia de poder es evidente. La persona más pesada puede herir o aplastar con facilidad a la más pequeña. La presencia física también puede ser poderosa de otras maneras. Todos hemos conocido a alguien que no era más grande que los demás, pero cuya presencia podía llenar la habitación. Ese poder de personalidad puede controlar una sala, una empresa e incluso un país. Las personas con conocimientos especializados pueden ejercer un gran poder, hablan con autoridad y esperan que lo que dicen sea aceptado porque ellos «saben». Los puestos de autoridad confieren poder. Si soy presidente, instructor, médico o profesor, mi trabajo me da el derecho de decir y hacer muchas cosas; mi círculo de «ejercer dominio y someter» es más grande que el de la mayoría. Dependiendo de mi posición y de cómo se entienda, puedo usar ese poder para justificar muchas cosas incorrectas y extralimitarme ampliamente, en especial si se respeta mi figura de autoridad. Al igual que el silencio, la ausencia también tiene gran poder. ¿Recuerda cuando jugaba al juego de la confianza cuando era niño? Su amigo se paraba detrás de usted, y usted debía dejarse caer hacia atrás y confiar en que su amigo lo atraparía. Daba un poco de miedo. La ausencia de su amigo, si no lo atrapaba, podía significar una lesión. Un padre que le da la espalda al abuso sexual está ausente cuando más se lo necesita. El resultado será un profundo daño. La ausencia emocional de un cónyuge hiere profundamente. Por otro lado, el rechazo a unirse a un grupo de violentos es una ausencia poderosa y positiva para el que está siendo atacado. Otro tipo de poder que algunas personas ejercen es el económico. El dinero puede comprar muchas cosas en este mundo, y el poder es una de ellas. Ese poder puede usarse con sabiduría y gracia, o puede usarse para manipular, controlar y atemorizar. El poder espiritual es otro tipo de poder que puede ser peligroso a menos que se ejerza en obediencia a Dios. Esta forma de poder se usa para controlar, manipular o intimidar a otros para que satisfagan nuestras propias necesidades o las necesidades de una organización en particular, a menudo mediante el uso de palabras envueltas en un vocabulario y conceptos espirituales que suenan agradables. Finalmente, nuestras culturas, familias, tribus, comunidades seculares y religiosas, y naciones tienen un enorme poder para moldear nuestras mentes y vidas. La cultura es como el oxígeno, siempre está allí, pero no la vemos; simplemente es lo que es. Experimentar una cultura diferente de adoración, comida o vestimenta puede ser sorprendente. La cultura puede ser muy enriquecedora, pero también puede estar llena de arrogancia, prejuicio y división, por eso, debemos prestar mucha atención y usar nuestro poder y habilidades para ver y pensar antes de aceptar por completo los mensajes de nuestra cultura. A lo largo de este libro, analizaremos estos tipos de poder con mayor profundidad. Por ahora, simplemente tenemos que entender de dónde viene el poder y cuál es su propósito original. También debemos ser conscientes de los tipos de poder que todos tenemos en diferentes grados y que podemos usarlos o no ejercerlos para bien o para mal. Finalmente, necesitamos ver cómo se usa el poder dado por Dios para bendecir. El poder es derivado Dos pasajes de la Escritura guiarán nuestra comprensión del uso piadoso del poder. En Mateo 28:18-19, Jesús declara: «… Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id…». Jesús tiene toda potestad. Eso significa que cualquier poquito de poder que usted y yo tengamos es derivado; somos enviados bajo Su potestad. Jesús no nos da la potestad a nosotros; Él la retiene y nos envía bajo Su potestad para llevar a cabo Su tarea a Su manera. Cada gota de poder que usted y yo tenemos es un poder compartido, dado por Aquel que lo tiene todo. No es nuestro. Es Suyo. Él ha compartido con nosotros lo que es legítimamente Suyo. ¿Es usted poderoso verbalmente? El Verbo le dio ese poder. ¿Es usted poderoso físicamente? El Dios poderoso,que derriba fortalezas y sostiene el universo, le dio ese poder. ¿Tiene usted una posición de poder? Proviene del Rey de reyes y Señor de señores. ¿Su poder se encuentra en su conocimiento o habilidad? El Dios creador, cuyos caminos no se pueden descubrir, le dio ese poder. ¿Tiene usted poder emocional sobre otros? Ese poder proviene del Consolador, el maravilloso Consejero. ¿Tiene usted gran poder financiero? Si es así, apenas es una pequeña porción de Aquel que posee todas las riquezas. Cualquier poder que usted y yo tengamos es de Dios, y Él nos lo ha dado con el único propósito de glorificarlo a Él y bendecir a otros. Si todo poder es derivado, entonces los cristianos deberían ejercerlo con gran humildad. Somos criaturas, ni más ni menos. Seguimos a Aquel que se hizo hombre. Jesús es nuestro ejemplo de la humildad del poder. En el segundo pasaje, vemos que cuando Jesús estuvo en la tierra, dijo: «Ciertamente les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su Padre hace…» (Juan 5:19, NVI). El estado del corazón del Padre que el Hijo manifestó debe abundar en aquellos que lo seguimos. Nosotros promocionamos nuestras propias enseñanzas, nuestros propios escritos, nuestras propias organizaciones y reputaciones. Sin embargo, Jesús no hizo nada por el estilo. Nosotros buscamos una parte de la gloria y del poder para nosotros mismos. Él se humilló ante Dios y los seres humanos, y se convirtió en siervo. Nosotros buscamos construir nuestros pequeños reinos. Él vino a edificar el reino del Padre. Dios nos ha confiado Su poder a nosotros, Sus criaturas. El propósito del poder es bendecir. Si entendemos la naturaleza del poder, tanto su fuente como sus peligros, caminaremos en humildad delante de otros, porque nuestro Maestro dijo que, si íbamos a ser líderes, si íbamos a guiar e impactar a los demás, entonces debíamos servir. Antes de enviar a Sus discípulos, Jesús dijo: «Miren mis manos. Miren mis pies…» (Luc. 24:39, NTV). Estas son las marcas de Su humildad, la insignia de Su autoridad, la evidencia visible de que vino a servir y no a ser servido. Los que lo siguen, investidos con Su poder, deben seguir el camino de la cruz. El poder viene de nuestros corazones El poder piadoso comienza en el reino de nuestros corazones, se expresa en la carne y luego se traslada al mundo. Cometemos el error de ver el poder como una fuerza externa, pero el poder no se trata de dirigir una iglesia, una parroquia, una institución o un país. Es interno, no externo. El reino de Dios es el reino del corazón, no el reino de nuestras iglesias, instituciones, misiones ni escuelas. Dios construye Su reino, no el nuestro, y lo hace al ejercer autoridad sobre el corazón humano en la medida en que esté lleno del Espíritu de Cristo. Ese es el poder piadoso. Y cuando nuestro interior está lleno del poder de Dios, llevamos vida, luz, gracia, verdad y amor a todas nuestras tareas externas, ya sean grandes o pequeñas. El reino de Dios crece, y Él es glorificado. Cada vez que usamos el poder para lastimar o usar a una persona de una manera que deshonra a Dios, fallamos en nuestro manejo del regalo que nos ha dado. Cada vez que usamos el poder para alimentarnos o elevarnos a nosotros mismos, fallamos en nuestro cuidado de ese regalo. Nuestro poder debe ser gobernado por la Palabra y el Espíritu de Dios. Todo uso que no esté sujeto a la Palabra de Dios es un uso incorrecto. Todo uso del poder que se base en el autoengaño, cuando nos decimos a nosotros mismos que lo que Dios llama malo es, en realidad, bueno, es un uso incorrecto. Recuerde, Adán y Eva, hechos a semejanza de Dios, quisieron ser como Él y comieron lo que Él había prohibido. El ejercicio del poder en la elección de «ser como» Dios requería desobedecer a Dios. Por lo tanto, fue un uso incorrecto del poder. El ejercicio del poder de un cargo para exigirles demasiado a los obreros del ministerio «por el bien del evangelio» también es un uso incorrecto del poder. Usar el poder emocional y verbal para lograr nuestra propia gloria cuando Dios dice que Él no compartirá Su gloria con nadie es un uso incorrecto del poder. El poder del éxito o del conocimiento financiero usado para alcanzar fines ministeriales sin integridad es un uso incorrecto del poder. Usar el conocimiento teológico para manipular a las personas para lograr nuestros propios objetivos es un uso incorrecto del poder. Explotar nuestra posición en el hogar o en la iglesia para salirnos con la nuestra, conseguir nuestros propios fines, aplastar a otros, silenciarlos y asustarlos es un uso incorrecto del poder. Usar nuestra influencia o reputación para que otros nos ayuden a alcanzar nuestros fines es un uso incorrecto del poder. No ejercer el poder frente al pecado, el abuso y la tiranía también es un uso incorrecto del poder. Es pecado contra Dios, complicidad con el mal que Él odia. Jesús afirma: «… “Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí”» (Mt. 25:45, NVI). El silencio frente a dicho mal puede ser un tipo de abuso de poder, ya que, al permanecer callados frente al dolor de otra persona, anulamos el poder que Dios nos da para decir la verdad. Dios nos pide que usemos nuestro poder verbal y que abramos la boca por los que no pueden hablar, por los que no tienen ese poder. La complicidad es la supresión del poder que Dios nos ha dado y que debía actuar en Su nombre en este mundo. El poder piadoso es derivado; proviene de una fuente externa a nosotros. Siempre se usa bajo la autoridad de Dios y en semejanza con Su carácter. Siempre se ejerce con humildad, con amor a Dios. Lo usamos primero como sus siervos y luego, como Él, como siervos de otros. Siempre se usa con el objetivo final de darle la gloria a Dios. Él se complace con su Hijo. Eso significa que nuestros usos del poder deben parecerse a Cristo porque Él es el que le da la gloria a Dios. Entonces, ¿cómo serviremos? Aquí hay tres historias reales que me enseñaron lecciones duraderas sobre la belleza del poder usado correctamente. La primera historia tiene lugar en un pequeño pueblo de pescadores en Brasil. Un pastor de allí me contó que todos los hombres de su pueblo, no solo algunos, eran alcohólicos, maltratadores e incestuosos. «No hay excepciones, Diane, ni la policía, ni el juez ni los pastores». Me preguntó cómo podía ayudar a su gente. Al principio, me quedé sin palabras; parecía no haber esperanzas para su situación. ¿Cómo puede uno ser luz en un lugar así? Y luego lo supe. Estaba parada junto a un hombre que llevaba la luz de nuestro Dios en su interior. «Sé que es abrumador y que parece que no hay esperanza —respondí—, pero Dios te puso aquí porque lo conoces, y nadie en este pueblo ha visto una vida como la tuya con tu familia. Ni siquiera saben que existe otra manera. Camina con Cristo, honra a tu esposa, bendice a tus hijos, y Dios iluminará su camino a través de ti y despertará el hambre por tu forma de vida en otros». No quería sugerir de ninguna manera que la tarea que Dios había puesto delante de él iba a ser fácil. Con la esperanza de alentarlo, continué: «La tarea será difícil, muy lenta y requerirá mucho sacrificio, pero hay esperanza. No está en ti. Esa esperanza es Cristo en ti en este lugar oscuro. Por el poder de Dios en tu vida, puedes demostrar, en la carne, la vida de un hombre que no abusa del poder. Cuanto más bebas de Cristo, de ti fluirá Su agua viva, que finalmente cambiará el panorama del pueblo». La segunda historia tiene lugar en una conferencia para mujeres árabes donde hablábamos sobre el trauma y sus efectos. Muchas de estas mujeres eran víctimas del poder abusivo. Al final de mi charla hubo un momento para realizar preguntas. Una mujer dijo esto: «Me crie en un hogar cristiano. Mi padre golpeaba a mi madre y a sus hijos de manera horrible. Ahora estoy casada y tengo hijos. Cuando vamos a visitar a mis padres y los niños hacen algo que a mi padre no le gusta, los golpeasalvajemente. Mi esposo y yo no creemos que eso sea de Dios y no tratamos así a nuestros hijos. ¿Puede decirme qué hacer?». Cuando viajo, soy muy cautelosa a la hora de compartir cualquier pensamiento negativo que tenga en cuanto a las normas y prácticas de otra cultura. Incluso cuando me hacen preguntas directas, soy cuidadosa con mis respuestas. Le pedí a esta mujer que me diera un minuto para pensar porque sabía que, si decía la verdad, podría terminar en violencia contra ella. Podrían echar y desheredar a ella y a su familia. También sabía que, si no decía nada, iba a alentar su complicidad en el mal que se les estaba haciendo a sus hijos, y Dios ya había traído convicción a su vida. Y si me quedaba callada, yo también iba a ser cómplice. Así que me detuve un momento para orar y luego le dije que sabía que lo que estaba por decirle era difícil y potencialmente amenazante para ella. Estuve de acuerdo en que su padre les estaba haciendo daño a sus hijos y que ese no era el camino de Dios. Para decirle la verdad a su padre, con respeto, ella debía usar su poder para llevar la luz de Dios a ese lugar e invitar a su padre a entrar en esa luz. Quedarse callada era enseñarles a sus hijos que el comportamiento del padre era correcto, en lugar de impío, y ser un ejemplo del silencio frente a las malas acciones. También significaba ser cómplice de su sufrimiento. La sala estaba muy quieta. Ella estuvo en silencio por un momento. Luego levantó la cabeza y dijo: «Haré lo que es correcto delante de Dios con una condición. Solo pido que las mujeres de esta sala se comprometan a orar por mí». Ellas comprendieron el paso monumental que estaba dando y le hicieron saber que orarían por ella. Yo sigo haciéndolo. La tercera historia es sobre un hombre de gran poder. Hace unos años, nuestro hijo trabajaba en Medio Oriente para un príncipe, un miembro de la casa real. A mi esposo y a mí nos invitaron como huéspedes del príncipe para que viéramos a nuestro hijo y visitáramos el país. Viajamos por una aerolínea lujosa, con asientos elegantes y comida exquisita. Nuestro hijo nos recibió en el aeropuerto y nos llevó de inmediato al palacio a conocer al príncipe. Yo, una mujer, iba a entrar en una sala llena de hombres árabes. Cuidadosamente repasé el protocolo con nuestro hijo, quien nos indicó que esperáramos en la puerta para ser recibidos y que no habláramos primero. El príncipe iba a permanecer sentado. «No extiendan la mano —dijo—. No se sienten hasta que se lo digan y siéntense en donde les indiquen». Según mi hijo, ninguna otra mujer había estado en esa habitación. Él pasaba casi todas las noches allí, así que sabía. Cuando llegamos, nos escoltaron al palacio y nos llevaron al lugar de reunión. En la sala había unos quince hombres árabes vestidos de gala. Con mi esposo esperamos en la entrada. Cuando nos indicaron, entramos. Ni bien lo hicimos, el príncipe se puso de pie, se acercó de inmediato hacia nosotros y me tendió la mano con cordialidad. Me saludó por mi nombre, se presentó con su nombre de pila y me mostró el asiento a su derecha. Los otros quince hombres siguieron su ejemplo. Hicieron lo que su príncipe hizo. Nos honraron grandemente y nos recibieron con amabilidad. Este hombre habría estado en su derecho si seguía el protocolo. De hecho, se arriesgó a las críticas y a la pérdida de respeto por romper las reglas sociales. Eligió juntar su poder y usarlo para derramar bendición, lo que continuó haciendo todo el tiempo que estuvimos allí. Él ejemplifica a una persona con mucho poder que no se aferra a la gloria, sino que busca usar ese poder para bendecir a otros. Estas historias nos ayudan a imaginar cómo Dios quiere que ejerzamos nuestro poder. Creo que Él quiere que lo usemos como bendición, para bendecir, a modo de sacrificio, a través de la cruz. El pastor brasileño que vive con sacrificio en ese pueblo costero — un hombre, una familia, llenos de la luz del amor de Cristo, iluminando un mundo extremadamente oscuro— encarna en su vida lo que Jesús hizo en la suya. El Rey de reyes se hizo hombre, finito y habitó en tiempo y espacio. Estaba lleno de luz y amor, y ministró uno por uno y siempre fue fiel al Padre. La encantadora mujer árabe que vive con sacrificio, que trajo luz y amor cuando se enfrentó al poder con la verdad y rechazó la complicidad con el mal hecho en nombre de Dios, bendice a su padre con una invitación firme pero respetuosa a ir a la luz. Bendice a sus hijos, porque ellos verán y conocerán una nueva manera y entenderán que esa cultura, incluso la llamada cultura cristiana, a veces no sigue a Cristo. Ella será como Jesús, quien declaró la verdad a los líderes religiosos y enfrentó a los que agobiaban a los pequeños. Y el amable jeque quien, por amor a nuestro hijo, bendijo a mi esposo y a mí, se paró frente a esas divisiones que protegen su nombre y estatus, y nos invitó a sentarnos a su derecha para ser servidos y recibir honor de aquel al que fuimos a honrar, nos dio una muestra pequeña pero valiosa del Señor del cielo y la tierra que está sentado en el trono. Este príncipe terrenal, que inspiró asombro en mí al atravesar la posición, la tradición, la cultura, el género y al prepararse para saludarme con su mano derecha, me recuerda del asombro que debo tenerle a mi verdadero Señor, quien, a un costo sin medida, cruza las barreras de la posición más alta y del pecado y la muerte para darme la bienvenida a la diestra del Padre. Es mi oración que, a medida que pensamos juntos en el poder que Dios nos confiere, dejemos que Su luz brille mientras estudiamos y prestamos atención. Que nosotros, Sus hijos, podamos ver con claridad la verdad sobre el poder terrenal y no seamos seducidos. Que no nos engañemos a nosotros mismos ni a otros en cuanto a cualquier uso del poder que no esté bajo la autoridad de Aquel que tiene todo el poder. Que vivamos en lugares oscuros e iluminemos con la luz de Cristo los abusos a nuestro alrededor, incluso si suceden en nuestros círculos. Que podamos hablar con los que aplastan a los pequeños de Dios o despojan a las personas en sus iglesias. Y que, así como nuestro Señor, podamos dejar a un lado todo poder terrenal para cruzar divisiones, salirnos de posiciones elevadas y alcanzar con amor a los vulnerables, cuyo poder es pequeño o ha sido pisoteado, y que podamos bendecir a medida que avanzamos. dos La vulnerabilidad y el poder Somos criaturas frágiles y finitas. Ya sea que uno se siente en el trono del Imperio romano o en el asiento papal, dirija una organización lucrativa o pastoree una megaiglesia, sea un inmigrante indocumentado o un bebé recién nacido, todos somos vulnerables, todo el tiempo. No hay excepciones. Ser vulnerable significa que nos pueden herir. Así como el poder puede lastimar o bendecir, la vulnerabilidad expone a los humanos a ser bendecidos o heridos, al bien y al mal. La vulnerabilidad y el poder están entrelazados, se juntan en una danza que, a veces, es hermosa y, a veces, destructiva. Esta relación compleja se comprende poco y rara vez se discute. ¿Recuerda a nuestra niña recién nacida? Ella es la esencia de la vulnerabilidad. No puede hacer nada por sí sola y depende enteramente de los adultos que la cuidan. Cómo ellos usan su poder no solo influye en ella, sino que también nos dice algo sobre ellos. Si valoran a esta pequeña, entonces incluso cuando no satisfagan sus necesidades ni honren sus preferencias, ella estará protegida, segura, nutrida y amada. Si no la cuidan o si explotan su vulnerabilidad, ella morirá o crecerá torcida de una manera poco saludable. Su uso de poder determina si ella vivirá o morirá y cómo crecerá. No es difícil para nosotros entender la vulnerabilidad de un recién nacido. Sin embargo, las dinámicas son complicadas. Supongamos que nuestra recién nacida, Sara, era la primera hija de una adolescente de dieciséis años que creció sin una buena crianza y no tiene idea de quién es su padre. Sara vivía con su madre, que consumía drogas,en un vecindario violento. Había muchos hombres que entraban y salían de su casa. De hecho, Sara es hija de uno de esos hombres, hija de una violación. Si volvemos a la historia de su madre, encontraremos una historia larga de explotación de la vulnerabilidad, en lugar de protección: generaciones de personas que necesitaban seguridad y cuidado y nunca los recibieron, generaciones de humanos creando a otros a su imagen, no solo físicamente, sino de muchas otras maneras. Aunque fueron creados a imagen de Dios, esa imagen nunca ha sido nutrida por alguien que se preocupa por ellos de la manera en que Dios lo hace. Cuando se nubla la imagen de Dios, es fácil para nosotros tratar a esas personas como «inferiores». Solo conocen dos maneras de usar el poder: para protegerse a sí mismos (porque son vulnerables) y para explotar a otros (porque son vulnerables). A menudo, la explotación se parece a la autoprotección. En la situación de Sara, la vulnerabilidad es de lo más obvia, pero ese no siempre es el caso. Juan es multimillonario, fue educado en una escuela prestigiosa, se casó, tiene dos hijos y es el director ejecutivo de una empresa enorme. Tiene una gran cantidad de poder sobre muchas vidas. Pero en su interior acecha una vulnerabilidad que se esfuerza por esconder, incluso de él mismo. Juan creció con un padre muy rico que rara vez estaba presente de manera física o emocional. Este padre humillaba a Juan y a su hermano con frecuencia, atacaba sus capacidades, personalidades, logros y apariencias. La madre de Juan era callada y temerosa, y siempre intentaba apaciguar a su marido. Así que estos niños se sumergieron en la explotación y el abuso de su vulnerabilidad en lugar de experimentar la seguridad dentro de ella. Ellos también estuvieron desprotegidos. La respuesta de Juan a este abuso es perseguir el poder y protegerse de la vulnerabilidad. Su miedo a ella lo lleva a humillar, condenar y controlar a las mujeres. Lo hace con sus empleadas, con su esposa y con su hija. También tiene una vida secreta visitando a trabajadoras sexuales, a quienes trata con desprecio y rabia. Él no entiende por qué no puede detener esos comportamientos. Juan es vulnerable y está herido, y lo sobrelleva buscando el poder, abusando de él y, a su vez, dañando a las personas vulnerables de su mundo. A menudo pensamos que la vulnerabilidad es «debilidad», como si hubiera alguna falla en la persona que es vulnerable. Sin embargo, todos somos vulnerables en lo físico. No importa cuánto poder tengamos, inevitablemente moriremos. Muchos de nosotros tendremos que enfrentar una o dos enfermedades antes de partir. Las personas que lideraron grandes ejércitos y que eran muy temidas están muertas. Con el tiempo, algo les sobrevino. Usted nunca, ya sea por inteligencia, logros, sede del poder, respeto o cualquier otra cosa, podrá dejar de ser vulnerable. Bienvenido a la raza humana. No obstante, la vulnerabilidad también es un regalo. No deseamos ser susceptibles a los muchos peligros de nuestro mundo caído, pero si no corremos riesgos, nos perdemos muchos aspectos maravillosos del mundo de Dios. Cuando era niña, me encantaba patinar sobre hielo, pero nunca habría disfrutado la experiencia maravillosa y emocionante de moverme sobre el hielo si no hubiera estado dispuesta a caerme. Me encantaba treparme a los árboles… muy alto y vulnerable otra vez a la caída. Si no hubiera asumido esos riesgos, me habría encerrado y no habría podido realizar las actividades que me daban alegría. Estar abierto al amor de otra persona y dar amor a cambio es arriesgarse a ser herido y rechazado. Cuando uno ofrece amor a otro ser humano, se expone a la posibilidad de una traición. Pregúntele a cualquier padre que sufre porque su hijo amado se ha descarriado. Sin embargo, no amar porque lo vuelve vulnerable le robará la risa, el compañerismo, los logros juntos y la unidad del corazón. El amor entre buenos amigos es algo bello y maravilloso. También es riesgoso porque aumenta la capacidad de ser herido. De hecho, cuanta más gente ame, más vulnerable se volverá a ser herido. Aun si todas esas relaciones van bien, es probable que algunas personas que ama mueran antes que usted, y su vulnerabilidad se convertirá en un gran dolor. Casarse es ser vulnerable al abandono, la traición y la crítica de la persona a la que se entregó. Tener hijos es ser vulnerable, porque pueden brindarle una gran alegría o una tremenda tristeza. Hablar en público, enseñar, dirigir, todas estas cosas nos dejan expuestos a la crítica o al fracaso. Cuidar a pacientes enfermos es ser vulnerable, ya que usted mismo podría enfermarse. Es posible que sea un médico brillante y consumado, pero si trata a personas con COVID-19, se vuelve muy vulnerable. Muchos de nosotros nos esforzamos para no ser vulnerables. Sin embargo, somos sabios si vemos nuestra vulnerabilidad como un regalo de bienvenida que debe ser protegido y no expuesto indiscriminadamente. No siempre tendremos esa opción, dado que quienes violan y explotan no suelen pedir permiso. No obstante, si no reconocemos nuestra vulnerabilidad, limitamos nuestra capacidad de elegir bien cuando podemos elegir. Si la persona que lo lleva en auto a su casa ha estado bebiendo, usted elige no volverse vulnerable al manejo de esta persona ebria y busca a alguien más que lo lleve a casa. Si necesita una cirugía, no se pone en manos de un líder de una pandilla. Busca al mejor cirujano posible. Si hay un acosador en el vecindario, usted se esfuerza por proteger a sus hijos y a otros de ese acoso y hace lo que puede para detenerlo. Existen muchas situaciones en la vida en las cuales no es sabio exponer nuestra vulnerabilidad. Muchas personas no se dan cuenta de eso. Si crece sin haber experimentado una relación segura, su capacidad para juzgar la seguridad está sumamente en riesgo. ¿Cómo reconocerá algo que nunca ha visto? Esa falta de comprensión puede llevar a años de relaciones abusivas, o generaciones de ellas, porque nunca se ha entendido, protegido ni valorado la vulnerabilidad. Cada nueva relación conlleva la esperanza de que esta persona alimentará su alma hambrienta, pero sin el conocimiento que se necesita para leer las señales, es posible que esté mirando al próximo donjuán y no se dé cuenta de que es hora de correr. La verdad es que la vulnerabilidad siempre está allí. Podemos usar el discernimiento sobre qué hacer cuando está expuesta, algunas veces; podemos protegernos a nosotros mismos y a otros cuando sea prudente hacerlo, si podemos. También podemos ser conscientes de las vulnerabilidades de los demás y caminar suavemente en su presencia; pero vivir, amar o tener compasión es exponernos al daño, a la explotación y a la traición. Evitar vivir o amar no nos protegerá, ciertamente no de la muerte, pero sí nos asegurará una vida hambrienta, sin mencionar que no nos pareceremos en nada a nuestro Señor, quien se volvió vulnerable por nosotros. La vulnerabilidad y la explotación Nuestra capacidad de ser heridos es una constante. Lamentablemente, a menudo nuestra respuesta colectiva cuando alguien está herido es culparlo. Si no hubiera hecho _____ (acción), entonces quizás_____ (consecuencia) no habría sucedido. Una estudiante universitaria decide salir con dos amigas el fin de semana. Van al lugar de moda donde se juntan muchos estudiantes. Toma un trago, luego pide varios más. Con una clara embriaguez, se levanta para irse, pero no puede caminar derecha. Corre peligro de caerse o desmayarse. Otro estudiante se acerca y le dice que la acompañará a su habitación. Ella está vulnerable. Pueden surgir dos escenarios diferentes. El estudiante podría ayudarla a regresar a su habitación, asegurarse con cuidado de que no se caiga o salga a la calle y notificar a alguien en su residencia sobre su condición y su necesidad de atención. O podría sacarla del restaurante, llevarla a un lugar solitario, violarla y dejarla allí. Cuando finalmente ella se despierte de los efectos del alcohol,se encontrará desaliñada, expuesta y tendida sola en el suelo. ¿Qué tipo de respuesta tenemos frente a estos escenarios? En primer lugar, es probable que pensemos que la joven fue imprudente y se arriesgó a ser herida por ella misma o por otra persona. Se volvió muy vulnerable, seguramente sin siquiera pensar en las posibles consecuencias. Esas evaluaciones serían acertadas. Ella aumentó su nivel de vulnerabilidad y quedó desprotegida y expuesta al daño en muchos niveles. Quizás haya razones, desconocidas para nosotros, detrás de su consumo de alcohol esa noche que provocarían empatía, en vez de juicio, hacia el dolor que estaba medicando. Suponga que había regresado a la universidad después de enterrar a su madre; entenderíamos su dolor. En el primer final de esta historia, observamos que el joven fue amable y considerado al ayudarla a regresar de forma segura. Donde ella había quedado vulnerable de manera imprudente, él intervino y la protegió. Consideraríamos sus acciones honorables. Sus acciones hacia ella nos demuestran su carácter. Él ejerció poder sobre su vulnerabilidad y se reveló como una persona segura, amable y responsable. El segundo escenario puede provocar diferentes respuestas. Muchos supondrán que si la joven no se hubiera emborrachado, no habría sido violada. Algunos irán más lejos y sugerirán que «los chicos son chicos», alegando que ella debería haber sabido esto antes de ponerse en una situación en la que un joven claramente no iba a poder contenerse. O algunos incluso podrían decir que ella quería tener sexo en primer lugar y que ahora quiere negar su deseo y llamarlo violación. Esas respuestas nos presentan un problema importante: son la antítesis de la Escritura. ¿Recuerda a nuestra recién nacida? Su vulnerabilidad expone el corazón de sus cuidadores. Hace muchos años, di una clase de seminario sobre abuso sexual por parte del clero. En un momento de la charla, dije: «Como pastores, siempre tendrán el poder en las relaciones con los congregantes. Ya sea que se sientan poderosos o vulnerables, en un momento dado, ustedes son los que tienen el poder en esa relación. Sus palabras y acciones tienen autoridad. Si una mujer viene a verlos para recibir consejería sobre su matrimonio y un día, confundida y buscando atención, se para y se desviste delante de ustedes, lo que suceda después depende enteramente de ustedes. Lo que ella ha hecho nos dice algunas cosas sobre ella, seguro; pero lo que ustedes hacen en respuesta nos habla de ustedes, nos dice cómo se comportan en presencia de una vulnerabilidad sin restricciones». El aula estaba muy silenciosa. La explotación de la persona vulnerable nos habla del explotador, no de la víctima de esa explotación. ¿Cómo puedo decir eso con tanta certeza? Escuche la Palabra de Dios: «… lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre» (Mar. 7:20-23). En esencia, Marcos está diciendo que lo que sale de una persona expone el corazón de esa persona. «Contaminar» es manchar, pervertir, profanar (hacernos impíos). Nos contaminamos con nuestros propios pensamientos, palabras y acciones. Para decirlo sin rodeos, nos ensuciamos. Y luego, por supuesto, recurrimos al engaño para redefinirnos, renombrarnos y protegernos. Decimos: «Yo no lo hice, fue culpa de alguien más». Nos engañamos a nosotros mismos y, a su vez, trabajamos para engañar a otros. El joven del segundo escenario hará esto con respecto a haberse aprovechado de la joven. «Tuve sexo con ella porque ella…». Si se denuncia la violación, es posible que él tenga amigos y familiares que apoyen su punto de vista. Las malas decisiones y el etiquetado incorrecto de las explotaciones de la vulnerabilidad de otra persona causan más daño a nosotros y a los demás. La verdad es que nuestra respuesta a la vulnerabilidad habla de nosotros y solo de nosotros. Lo que «sale de nosotros» frente a la vulnerabilidad estuvo allí todo el tiempo. La vulnerabilidad de otra persona solo ha expuesto la verdad sobre nosotros. Aquí la historia debería resultar familiar. Adán y Eva fueron creados a semejanza de Dios, quien les dio poder con el fin de bendecir. También se les dio a elegir entre confiar en Dios como preeminente o confiar en sus propios pensamientos y deseos. Dada esa elección, vemos que incluso en un mundo perfecto, los humanos fueron vulnerables, susceptibles de «no elegir a Dios». Dios no creó autómatas; Él quería humanos de carne y hueso que pudieran elegir amar. La capacidad de amar nos vuelve a todos vulnerables… incluso a Dios. Al crearnos de esa manera, se expuso al fracaso y a ser herido. ¡Y sí que ha sido herido! El engañador tergiversó las palabras de Dios, y Sus amadas criaturas eligieron creer ese engaño. Lo que siguió fue más engaño y culpa. Al igual que nuestros primeros padres, nosotros también tenemos decisiones sobre nuestra propia vulnerabilidad. Algunos de nosotros no estamos todavía al tanto de ese hecho, lo que nos vuelve aún más vulnerables. Algunos están decididos a verse a sí mismos como una fortaleza inexpugnable, lo cual también es peligroso. Otros nunca han conocido la protección y la seguridad y nunca han aprendido a tomar decisiones sabias con respecto a su vulnerabilidad. A medida que luchamos, tenemos que darnos cuenta, con el tiempo, de que nuestra vulnerabilidad es parte de ser humanos. Además, debemos reconocer que podemos tomar decisiones para servirnos a nosotros mismos o tomarlas bajo el gobierno de nuestro Dios. Si no lo tenemos en cuenta, seguramente fallaremos en protegernos a nosotros mismos y a los demás de manera sabia; usaremos nuestro poder de manera incorrecta. Y en cualquier debacle que creemos para nosotros o para otros, es probable que respondamos con engaño y culpa. Cada vez que nos enfrentamos a la vulnerabilidad de un recién nacido, un adolescente confundido, una persona hambrienta de amor y atención que busca en todos los lugares equivocados, o una persona enferma, débil o discapacitada, lo que sale de nosotros nos habla de nosotros. ¿Somos compasivos, protectores? ¿O somos explotadores y nos alimentamos de los vulnerables para satisfacer nuestras propias necesidades? Jesús se vuelve vulnerable por nosotros Jesús marca el camino al enseñarnos sobre la vulnerabilidad, el engaño y el poder. En Filipenses 2:7, se nos dice que Jesús vino en forma de hombre. ¿Cómo vienen los humanos? Vienen como nuestra pequeña recién nacida. Cuando Aquel que tiene todo el poder vino como alguien que no tenía ningún poder, dejó a un lado lo que Él era y asumió lo que no era. Llevó nuestra vulnerabilidad en Su carne. «… Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (Luc. 2:12). Jesús entró en nuestra vulnerabilidad. Aquel que vistió el universo tuvo que ser alimentado y vestido. Su familia tuvo que huir como refugiados a causa de Él. Tuvo que comer, trabajar, aprender y relacionarse. Tuvo que aprender a sortear el odio, el miedo, la crítica y el rechazo. También tuvo que tomar decisiones para protegerse a sí mismo. En Lucas 4, leemos que las personas echaron a Jesús de la ciudad, lo llevaron a un precipicio e intentaron lanzarlo. De algún modo, Él pasó por en medio de la multitud y escapó. Se protegió a sí mismo, tomó la decisión de hacerlo. Es importante que reconozcamos que no está mal protegernos a nosotros mismos cuando estamos vulnerables. Jesús también protegió a otros cuando estaban vulnerables. En Juan 8, los líderes religiosos arrastraron a una mujer sorprendida en adulterio y la pusieron delante de Jesús para probarlo. (¡Curiosamente, se «olvidaron» de llevar al hombre!). Los líderes religiosos dijeron que Moisés había ordenado que se apedreara a esa persona. Lo que Moisés en realidaddijo en Deuteronomio 22:24 es que se debía apedrear a ambas partes. Los líderes no estaban siguiendo sus propias Escrituras. La mujer estaba en una situación vulnerable y, en respuesta, Jesús la protegió. Jesús asumió la vulnerabilidad cuando se hizo humano. No podemos tener uno sin el otro. También sabemos que, al final, no se protegió en absoluto. Se entregó a los lobos devoradores, quienes vilmente abusaron de su poder para aplastarlo. Él lo hizo por nuestro bien. Tenía la opción de protegerse a sí mismo en cada momento. Jesús dijo: «… Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí» (Juan 18:36). ¿Por qué hizo esto? ¿Por qué no se aprovechó del poder que era legítimamente Suyo? Al haber asumido nuestra vulnerabilidad, nos rescató de nuestra propia autodestrucción. ¿Por qué? «… siempre hago lo que le agrada [al Padre]» (Juan 8:29, NVI). Él hizo lo que Adán y Eva no pudieron hacer. Ellos se inclinaron ante el engaño e hicieron lo que les pareció agradable. Jesús se inclinó ante el Padre e hizo lo que al Padre le agradaba. Obedeció la ley: amar a Dios con todo el ser y con todo lo que se tiene; hacer que ese amor sea preeminente sobre todo lo demás sin importar lo que pase. Eso estuvo siempre detrás de Sus acciones. Por eso se protegió a sí mismo. Por eso protegió a otros. Y por eso nos ha protegido eternamente. Usted y yo luchamos por entender nuestras propias vulnerabilidades y por manejarlas de manera sabia. Luchamos por no culpar a las circunstancias ni a otras personas cuando nuestros corazones se ven expuestos. Luchamos por comprender nuestras relaciones con los demás y sus vulnerabilidades. Luchamos por saber cómo podríamos responder o dónde corremos el peligro de explotarlos. Luchemos por llevar la semejanza de Dios en nosotros y hagamos siempre lo que le agrada al Padre. No existe una fórmula. A menudo nos equivocaremos, pero seguimos a Aquel que se hizo semejante a nosotros para que nosotros pudiéramos llegar a ser como Él: hijos vulnerables del Dios Altísimo, quien se volvió vulnerable por nosotros. tres El papel del engaño en el abuso del poder ¿Por qué los seres humanos se dejan llevar con tanta facilidad para abusar del poder? Se nos otorgó poder para que pudiéramos hacer el bien, pero ¿por qué lo utilizamos tan a menudo para hacer el mal? El engaño parece ser un factor clave que nos conduce a usar el poder para tomar lo que no es nuestro y lo que traerá muerte. Cualquier estudio sobre el abuso del poder también incluye un estudio del engaño, primero de uno mismo y, luego, de los demás. Volvamos a ese primer engaño. Génesis 3:1 dice que «… la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?». Modificó lo que Dios había dicho y llevó la palabra de Dios más allá de los límites que Él había establecido. Eva captó el primer engaño y dijo: «… Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis» (vv. 2 y 3). Observe que Dios no había dicho nada sobre tocar el árbol. La propia Eva tergiversó las palabras de Dios incluso cuando intentó corregir el engaño de la serpiente. El maestro del engaño le dijo que no moriría, como si de alguna manera eso no fuera lo que Dios había querido decir. Seguro que ella debe haberlo malinterpretado. Lo que Él quiso decir, en realidad, fue que si comían de él, sus ojos serían abiertos y serían como Dios, sabiendo el bien y el mal. Dios creó a los seres humanos a Su imagen, lo cual era algo glorioso, aunque eran diferentes a Él porque desconocían el mal. Él protegió a los vulnerables, a los que no estaban preparados para conocer el mal, para que permanecieran sin ser dañados por él. También creó una opción para ellos. En medio del bien abundante, Dios señaló lo tóxico y los invitó a elegirlo a Él por sobre todas las demás cosas. Esa invitación era la elección de inclinarse reiteradamente ante Dios. Esa inclinación los cambiaría, los fortalecería y aumentaría su semejanza a Él. Eva fue seducida por este argumento y eligió creer la versión de la serpiente de las palabras de Dios en lugar de creerle a Dios mismo. Ella aceptó lo que pensó que era bueno, hermoso y le daría sabiduría. Creyó la versión de alguien que no era Dios y emitió un juicio basado en apariencias externas y, por lo tanto, fue engañada y herida. Ingirió la toxina y se alejó del Dios que la amaba. Nosotros también nos engañamos cuando ingerimos lo que nos hace daño y etiquetamos lo que hacemos como bueno para Su Iglesia, o incluso para protegerla. Juan, el amado de Cristo, escribió una carta hacia fines del siglo i porque estaban engañando a los creyentes. Les escribió sobre la luz y las tinieblas, la verdad y el error, la justicia y la iniquidad, la vida y la muerte. En 1 Juan 1:5-10, él expresa que podemos estar seguros de que conocemos a Dios si lo obedecemos. Podemos afirmar que lo amamos, pero si aborrecemos a alguien o lo consideramos «inferior», somos mentirosos. Podemos decir que lo amamos, pero si nos inclinamos ante algo que no sea Dios para satisfacer nuestra hambre, ingerimos toxinas para nuestras almas. Podemos decir que amamos a Dios, pero si consideramos inferiores a las víctimas de abuso o a las personas de otra raza o etnia, dejamos en claro que somos mentirosos y que la verdad no está en nosotros. Estamos engañados. Juan añade que no debemos amar al mundo ni a las cosas del mundo. No debemos entregarnos a alcanzar el éxito que se mide por resultados terrenales, incluso en el contexto de la iglesia. Nos debe gobernar el amor y la obediencia a Jesucristo sin importar el resultado. Juan menciona los deseos de cosas materiales como las riquezas, las propiedades y los números. Habla del anhelo de lo que vemos o imaginamos en el futuro, de lo tangible. Por último, menciona el orgullo que tenemos por nuestros logros o posiciones. Juan señala que el amor por el estatus y las cosas externas y terrenales es un indicador de que el amor del Padre no habita en nosotros. Estas son las cosas que nos seducen con tanta facilidad, incluso en la cristiandad. Como pueblo de Dios, somos susceptibles de ser engañados por lo que vemos, lo que anhelamos y lo que llamamos bueno. Somos demasiado generosos con la confianza que nos tenemos y estamos dispuestos a darnos el beneficio de la duda. Comenzamos por etiquetar las cosas de forma incorrecta. Eva lo hizo. Cuando se le preguntó sobre el árbol, ella dijo que si comían de él o lo tocaban, seguramente morirían. Dios no había dicho nada sobre tocar el árbol. En esa afirmación, ella ya había abandonado la verdad por el engaño. Había tomado lo que Dios había dicho y le había añadido algo. A menudo, les cambiamos el nombre a las cosas cuando les agregamos algo que Dios nunca quiso. Tergiversamos la Palabra de Dios añadiéndole cosas. Decimos que el amor de Dios requiere una lista de reglas y que si no las seguimos, lo desobedecemos. Jesús les habló con dureza a los fariseos por hacer exactamente eso. «Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas» (Mat. 23:4, RVR1995). Les decimos a las víctimas de abusos atroces y que han alterado sus vidas que simplemente perdonen y olviden. El perdón de cualquier mal, especialmente de uno que destruye la vida de una persona, nunca incluye la simple tarea de «solo hágalo». Nuestras mentes tampoco olvidan. Es de esperar que el tiempo y el esfuerzo, y algún grado de sanidad, puedan modificar nuestra relación con esos recuerdos. Pero ¿olvidar? ¿Quién olvida haber sido violado o que sus huesos hayan sido aplastados por aquél al que llama marido o haber sido vendido por aquel al que llama papá? Es fácil tergiversar la verdad de Dios antenosotros mismos y ante los demás. Eva se lo hizo a sí misma, y después compartió su engaño con Adán, y él también se engañó a sí mismo. Nos convencemos a nosotros mismos, y a veces a otros, de que estamos haciendo el bien cuando no es así. Los hacemos partícipes de nuestros engaños. Así nos sentimos validados en nuestras decisiones. Sin embargo, faltaba una voz significativa en estas decisiones. El profeta Jeremías cita a Dios: «… Por causa del engaño rehúsan conocerme…» (Jer. 9:6, NBLA). ¿No es lo mismo que hicieron Adán y Eva: ignorar la voz de Dios? ¿No es lo que hacemos nosotros? Autorizamos el uso fraudulento de millones de dólares «para Dios» sin preocuparnos por aquellos a quienes les mentimos. Toleramos la intimidación en la dirección de una organización «cristiana» porque «así es esa persona». Protegemos a un líder juvenil talentoso porque la cantidad de personas está aumentando, a pesar de que varios se presentaron y hablaron de los abusos de forma vacilante. Les decimos a los niños y niñas que el pastor, el instructor o el líder de la familia de la iglesia no pudo haber tenido una intención sexual. Al pasar por alto lo que nos hace daño, nosotros, como los israelitas, nos negamos a reconocer a Dios. En vez de buscar la voz de Dios cuando nos sentimos atraídos hacia el engaño, aceptamos ser engañados por una «buena» causa y le añadimos el nombre de Dios. Jeremías dijo: «Más engañoso que todo es el corazón, Y sin remedio; ¿Quién lo comprenderá?» (17:9, NBLA). Si toda la fuerza de esta afirmación nos impactara, tendríamos miedo de salir de la cama. La palabra hebrea que se usa para hablar del engaño incluye significados como «insidioso», «astuto» y «poco confiable». Estas definiciones me llamaron la atención después de un viaje a Ruanda. Los niveles de engaño y el abuso total del poder en cualquier genocidio son estremecedores, pero en este caso, la iglesia de Ruanda fue lamentablemente cómplice del genocidio que se cobró la vida de unas ochocientas mil personas. La iglesia quería pureza, pero la búsqueda de ese tipo de «pureza» significaba desobedecer a Dios de manera flagrante y odiosa. La iglesia compró el engaño de que algunos ruandeses eran impuros y, por lo tanto, debían ser erradicados. El engaño condujo a los que se llamaban a sí mismos el pueblo de Dios a aplastar, deshumanizar y destruir a los seres humanos creados a semejanza de Dios. Él los había llamado a ser luz en el mundo y a exponer las obras de las tinieblas. En cambio, ellos se perdieron en esas tinieblas y utilizaron las Escrituras para «santificarlas». El proceso del engaño Aunque el fruto del engaño puede ser bastante evidente, el engaño, por su naturaleza, es a menudo difícil de ver. Lo experimentamos cuando alguien a quien veneramos es expuesto por años de abuso sexual o fraude. Pensábamos que ante nosotros estaba una persona honesta y buena, y no vimos las señales en el rastro de la evidencia perceptible. ¿Cómo sucede algo así y por qué es tan difícil de ver? Y cuando sale a la luz, ¿por qué estamos tan decididos a negar la verdad y así engañarnos a nosotros mismos? El engaño empieza con uno mismo, no con los demás. Así sucedió con Satanás. Se engañó a sí mismo al pensar que podía y debía ser como el Altísimo. Ahora trabaja para engañarnos, y nuestros corazones falaces están dispuestos a asociarse con él en esta tarea. Encontramos formas de decirnos cosas que no son ciertas para creerlas y actuar en consecuencia, y así, evitar conflictos internos. «Necesito sacar una buena nota en este examen. Si no lo hago, no aprobaré el examen ni el curso. No puedo desaprobar porque mis padres se sacrificaron para que vaya a esta escuela. Se enojarán y se avergonzarán de mí. Me voy a copiar solo esta vez por el bien de mis padres». Esa línea de pensamiento es una réplica de lo que sucedió en el huerto. Haré esto por un buen propósito; por lo tanto, es bueno. Comeré de este fruto para ser igual a Dios. Dios quiere que me asemeje a Él. Me convencí, mediante el engaño, de que hacer el mal está bien. He adormecido cualquier sentimiento de miedo o culpa al engañarme a mí mismo y al llamar bien al mal. Las mentiras más eficaces son las que contienen algo de verdad. He trabajado con personas durante muchos años y he visto este patrón reiteradamente. La gente se inocula a sí misma con un pensamiento bueno para poder justificar el mal que está a punto de elegir, un mecanismo común entre los seres humanos caídos. Piense en esta descripción del engaño en relación con situaciones en su propio mundo que incluyan abuso sexual, violencia doméstica, malversación de fondos, infidelidad y diversas adicciones. Considere también que cuando una persona se alimenta de la afirmación o del éxito, o exige que los demás estén de acuerdo con ella, aparecen otros engaños similares, aunque pueden ser comportamientos menos evidentes. La tentación aparece, se suma el autoengaño o la ilusión, se llama bueno a lo malo o, al menos, se lo justifica y, con el tiempo, la elección se vuelve costumbre y el prisionero queda atrapado, participando de forma activa y acercándose a la muerte. Cada vez que llamamos verdad a una mentira, dañamos nuestra capacidad de emitir juicios morales. Un personaje de The Thicket [El matorral], de Joe R. Lansdale, dice: «Hasta cierto punto, encuentro el pecado como el café. Cuando era joven, lo probé por primera vez y me pareció amargo y desagradable, pero luego me empezó a gustar cuando le agregaba un poco de leche y luego me empezó a gustar solo». El pecado es así. Se endulza un poco con mentiras, y luego uno puede beberlo directamente.¹ Cuando sale a la luz así, el engaño suena repugnante, y hasta horroroso, pero aparece en nuestros ministerios y en nuestras vidas de forma sutil, a veces incluso en bonitos paquetes. El engaño puede esconderse fácilmente bajo la superficie de un alto puesto, un gran conocimiento teológico, una habilidad verbal impresionante y un excelente desempeño. De hecho, esas son herramientas del poder que permiten a las personas vivir de manera engañosa y ocultar el hecho de que lo están haciendo. Esos factores externos se convierten en un motivo de engaño. Si el enemigo de nuestras almas puede parecerse a un ángel de luz, desde luego que un ser humano malvado, que, en realidad, lo está imitando, puede parecer bien vestido, elocuente en la teología y hermoso al ojo humano. Como escribí en un libro anterior, Suffering and the Heart of God [El sufrimiento y el corazón de Dios]: «El autoengaño funciona como un narcótico que nos protege de ver o de sentir lo que es doloroso para nosotros».² Es fácil abusar de un narcótico que reduce el dolor. Con el tiempo, nuestra capacidad para soportar el dolor, trabajar en él o encontrar formas saludables de aliviarlo disminuye y dependemos cada vez más del narcótico para sobrellevarlo. La crisis de opioides en Estados Unidos es un ejemplo sorprendente de esta dinámica. Al igual que los opioides, el engaño bloquea el dolor, nos ayuda a relajarnos y a calmarnos porque, mediante él, «arreglamos» lo que nos angustiaba. Además, nos volvemos buenos en lo que practicamos. Cuanta más práctica tenemos en algo, más capaces somos de hacerlo sin pensar de manera consciente. Se convierte en un hábito y podemos hacerlo mientras pensamos en otras cosas. Eso funciona muy bien para atarse los zapatos; es aterrador cuando se trata de engañarnos a nosotros mismos y a los demás. Jeremías afirma, en esencia, que nuestro engaño nos engaña. Al igual que con un narcótico físico, cuanto más reiteradamente utilizamos el engaño, más débil es nuestra capacidad de resistencia. Una y otra vez, nuestro juicio se ve sesgado por las mentiras hasta que el engaño se convierte en un hábito y el poder de reconocer y elegir lo que es bueno muere. Esto es lo que sucede con alguien que ha abusado sexualmente de niños. Si alguna vez esa persona se sintió atormentada con respecto a sus acciones, hace tiempo que ese tormento murió. Howard Thurman lo explica de esta manera:«El castigo del engaño es que uno se convierta en un engaño y pierda por completo la capacidad de discriminar el bien del mal. Un hombre que miente con regularidad se convierte en una mentira y cada vez le resulta más imposible saber cuándo está mintiendo y cuándo no».³ El engaño también es contagioso: se transmitió del enemigo a Eva, a Adán y a nosotros. Nos empeñamos en creer lo que dicen las personas que son importantes para nosotros: un hijo, un cónyuge, un pastor. Podemos enterarnos de que un líder de la iglesia muy querido ha abusado sexualmente de varias mujeres en la iglesia y, como nadie quiere que eso sea cierto, saltamos en su defensa, desesperados por probar que las acusaciones son falsas. El engaño se convierte así en pensamiento de grupo. Usamos nuestro poder colectivo para cerrar filas y proteger lo que deseamos que sea verdad. El engaño crece hasta involucrar a muchas personas que se han inyectado corporativamente el narcótico en lugar de enfrentarse a la destrucción y al dolor que acompaña a la verdad. Así el engaño se convierte en algo sistémico. El poder dañino del engaño Engañarnos a nosotros mismos y a los demás siempre conduce a la muerte. Lea estas palabras del célebre escritor y sobreviviente de Auschwitz, Elie Wiesel: «Me pellizqué. ¿Todavía estaba vivo? ¿Estaba despierto? ¿Cómo es posible que hombres, mujeres y niños fueran incinerados y que el mundo guardara silencio? No. Todo esto no podía ser real; una pesadilla, quizás. Enseguida, me desperté de un sobresalto y le dije a mi padre que no podía creer que los seres humanos fueran incinerados en nuestros tiempos. El mundo nunca toleraría esos crímenes. “El mundo —dijo él—, el mundo no se preocupa por nosotros. Hoy, todo es posible, incluso los crematorios”».⁴ «Todo es posible», dijo el padre a su hijo de quince años mientras estaban sentados en un campo de concentración. Es más, fue posible que los seres humanos incineraran a los niños y adultos vulnerables y que nadie los ayudara. Si miramos más atrás, encontramos en Jeremías y en otros lugares que los israelitas sacrificaron a sus hijos en el fuego. ¿Por qué? Para apaciguar a Dios, para permanecer en Su buena gracia. Sacrificaron a sus hijos al dios cananeo Moloc. En su pensamiento retorcido, hicieron lo que el Dios de Israel les había prohibido hacer para ganarse Su favor, para complacerlo. Los nazis no fueron los primeros en incinerar niños. El pueblo de Dios lo hizo mucho antes. Estuve en Auschwitz junto a esos hornos donde habían arrojado a los niños y otras personas vulnerables. ¿Y por qué habían sido arrojados allí? Por el bien de la «pureza». Para ser puros, debemos deshacernos de ciertos tipos de seres humanos; debemos silenciarlos, eliminarlos, porque son una amenaza para nuestra pureza y nuestra prosperidad. ¡Un engaño desconcertante! Sin embargo, ¿no es eso lo que hacemos cuando expulsamos de nuestro entorno a las víctimas de abusos que dicen la verdad y las etiquetamos como «alborotadoras»? ¿No es eso lo que hacemos cuando nos separamos de otro grupo étnico por considerarlo diferente a «nosotros»? Los arrojamos a los hornos de la vergüenza, de la inferioridad, del aislamiento, de la mentira, de la impureza, y muchas otras etiquetas más. Estuve en Ruanda, donde los que eran llamados «cucarachas» debían ser destruidos para poder «purificar» al pueblo. Como si el pueblo pudiera purificarse con la masacre de almas preciosas que Dios mismo había creado. ¿No hemos hecho lo mismo con la máquina de la esclavitud, los linchamientos, las golpizas, el aislamiento y la humillación? ¿No lo hemos hecho con los pueblos indígenas, a los que etiquetamos de impuros y pusimos detrás de vallas? Cualquier grupo de personas que invoca el nombre de Cristo y hace estas cosas crea un lugar de muerte. Piense en los muchos engaños de la Iglesia con respecto a aquellos a quienes se los considera inferiores de varias maneras. Como veremos, los engaños son sistémicos, lo que significa que hay sistemas humanos enteros que perpetran mentiras como verdad. Creemos que nuestra denominación o nuestra iglesia tiene la única doctrina correcta. Creemos que nuestra raza es superior y necesita ser protegida por sobre las demás a toda costa. Creemos que solo un género, una raza, un grupo puede tener el poder. Nosotros tenemos razón y todos los demás son, de algún modo, inferiores. Los engaños despiadados que destruyen vidas y naciones enteras se sostienen como una verdad. Si duda de esto, pase un tiempo en las redes sociales «cristianas» durante una semana. Podemos observar un ejemplo de engaño sistemático en la forma en que la Iglesia ha creído mentiras sobre la raza y no es consciente aún de la profundidad de esos engaños ni de su continuo daño. Nos hemos engañado por completo al pensar que es bueno separarnos de otros que son, de alguna manera, diferentes a nosotros. Y el pueblo de Dios, al que Él un día unirá, aún tiene que ver el daño hecho a quienes fueron maltratados y esclavizados en nombre de Dios y cómo ese daño se sigue pasando de generación en generación. Otra forma en que la Iglesia está involucrada en el engaño sistemático es en nuestra falta de voluntad para defender a las víctimas del poder abusivo. El periódico Houston Chronicle expuso el engaño sistémico en la Convención Bautista del Sur con respecto a décadas de haber ignorado y ocultado innumerables actos de abuso sexual y violación, y de haber protegido a los perpetradores.⁵ Estos engaños todavía se están descubriendo. El daño a las víctimas es incalculable. También nos hace daño a nosotros porque cada vez que nos engañamos perjudicamos nuestras vidas y nuestras almas. Todas estas cosas se llevaron a cabo utilizando la casa de Dios y la Palabra de Dios para autorizar los engaños, los comportamientos y el encubrimiento de los malvados. Cada vez que nos engañamos a nosotros mismos y pensamos que lo que Dios considera malo es, en realidad, bueno, algo muere. Durante la esclavitud, los que estaban en el poder mataron a muchos seres humanos, junto con otras cosas como la dignidad, el poder de elección, la prosperidad, la voz y el amor. El acto o el encubrimiento del abuso también mata. Mata la esperanza, la confianza, la seguridad, la dignidad y el amor. G. Campbell Morgan expresa lo siguiente: «El lugar sagrado significa no ser cómplice de nada que haga que el lugar sagrado se vuelva una necesidad».⁶ La Iglesia y las personas que la componen han sido cómplices de cosas horribles que requieren un lugar sagrado. Somos llamados a ser un lugar sagrado para los vulnerables. Con frecuencia, hemos elegido ser un lugar seguro para los poderosos y nos hemos engañado a nosotros mismos creyendo que Dios lo consideraría bueno. El engaño no solo es contagioso y sistémico, sino que se transmite fácilmente de generación en generación. Esto significa que el fracaso de la Iglesia destroza a las víctimas actuales y perjudica a las generaciones venideras. La Iglesia, el instrumento de Dios, que debía usar su poder para derramar bendiciones a través de los tiempos, se convierte en una máquina de engaños que se transmiten una y otra vez. Las personas que tienen poder en la vida de un niño, los padres y la familia extendida, tienen un papel importante en la formación de la identidad personal y social durante los años de desarrollo. Esas identidades pueden basarse en mentiras. Es posible que una niña pequeña crezca engañada por completo sobre lo que significa ser mujer. Puede aprender que las mujeres son basura, objetos sexuales que se utilizan por capricho o tontas, y que si expresa un pensamiento, será humillada. O puede aprender que es preciosa y que se le debe criar bien y de forma segura para que pueda aprender, crecer y convertirse en la mujer que Dios quiere que sea. Su mente se desarrolla, aprende a ser fuerte y se le alienta a tener una voz. Asimismo, un niño pequeño puede crecer bien educado y amado. Se le puede enseñar a ser amable y que la fuerza de cualquier tipo debe utilizarsepara bendecir a otros. O se le puede enseñar que puede utilizar el poder que tiene para lo que le sea conveniente, que la ira es una manera de relacionarse con los demás y que debe hacer lo que sea necesario para obtener lo que quiere. El abuso a mujeres y niños, el odio y la violencia hacia otros grupos étnicos, la censura a todos los que creen diferente y muchas otras mentiras se transmiten a menudo a través de las generaciones. Los engaños que Dios odia se convierten en creencias firmemente arraigadas y se las considera una roca sobre la cual afirmarse. Los seres humanos hacen de las mentiras un lugar sagrado, en vez de Dios mismo, el Dios de la verdad y la luz. El camino de la verdad Esta es la verdad: Juan nos expresa lo siguiente en su primera epístola: «… El que no ama a su hermano, permanece en muerte. Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida […]. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Jn. 3:14-15, 17-18). En el principio, Dios dijo: «Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gén. 2:17). Él dijo la verdad. Adán y Eva tergiversaron las palabras de Dios y vino la muerte. Ahora Dios dice: «Pero si hay un hombre que odia a su prójimo […] lo entregarán […] para que muera» (Deut. 19:11-12, NBLA). Muchos de nuestros engaños existen para alimentar nuestros deseos y protegernos a nosotros mismos sin tener en cuenta a los demás ni cómo los afectamos. La palabra griega para «odiar» en este versículo significa «matar», pero también puede significar «despreciar a alguien en su corazón». Significa «derribar o destruir a otro», y Juan afirma que podemos hacerlo tan solo al cerrar nuestros corazones contra los necesitados. Los corazones engañados son corazones que están cerrados. En primer lugar, están cerrados al Dios de la verdad y, en segundo lugar, a los demás seres humanos. El engaño siempre hace daño al que engaña y a los que son engañados. Cuando cerramos nuestros corazones, en esencia, despreciamos a las personas en nuestros corazones. Juan nos ruega que no amemos solo con palabras. Podemos ser bastante buenos amando de esa manera y podemos engañarnos a nosotros mismos de que es suficiente. Sin embargo, debemos amar de hecho y en verdad. Eso significa que debemos alcanzar el estándar de Dios de amor y de verdad. Significa que no nos engañaremos a nosotros mismos ni a los demás y que seremos personas de verdad en todo momento. En otras palabras, tendremos integridad, lo opuesto al engaño. La palabra «integridad» proviene de integer, que significa «intacto». Se refiere a algo que se mantiene igual de principio a fin. Juan le dice al pueblo de Dios que no amen «de palabra ni de lengua» (nuestro medio más frecuente para engañar); «sino de hecho y en verdad» (la palabra «hecho» implica trabajo arduo, duro) (1 Jn. 3:18). Juan está describiendo el poder para bendecir. Amar por medio de nuestras acciones y en verdad significa que nuestras vidas serán una bendición para los que nos rodean. El engaño es la antítesis del amor. Cuando engañamos, es evidente que estamos haciendo lo opuesto a la verdad. No nos hemos dicho la verdad a nosotros mismos ni se la hemos dicho a los demás. El fruto del engaño es el daño a uno mismo y luego a otros, como, por ejemplo, a nuestras familias, iglesias y naciones. Dios afirmó que seguro moriríamos si comíamos de ese fruto. Preste atención a Jeremías nuevamente: «¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo! Hicieron que su lengua lanzara mentira como un arco, y no se fortalecieron para la verdad en la tierra […]. Y cada uno engaña a su compañero, y ninguno habla verdad; acostumbraron su lengua a hablar mentira […]. Su morada está en medio del engaño; por muy engañadores no quisieron conocerme, dice Jehová» (Jer. 9:1, 3, 5-6). El engaño de cualquier tipo o tamaño trae muerte. Así ha sido desde el principio. Seguimos a Aquél que dijo: «Yo […] soy la verdad» (Juan 14:6). No dijo que nos mostraría la verdad; ni que si memorizábamos determinadas cosas, tendríamos la verdad; ni tampoco que si pertenecíamos a la iglesia, la raza o la nación correcta, conoceríamos la verdad. Jesús afirmó: «Yo […] soy la verdad», lo que significa que cualquier cosa que no se parezca a Dios encarnado no es la verdad. Si lo permitimos, esta verdad destruirá muchos de los engaños a los que nos aferramos y que parecen protegernos, pero que, en realidad, nos traen muerte. El camino de Jesús Jesús se sentó en la ladera de una montaña y, delante de la multitud, les enseñó a Sus discípulos Su camino: el camino de la verdad y el amor. Si prestamos atención, notaremos que no hay una sola palabra en las Bienaventuranzas que haga referencia a las ideas humanas de cómo es un reino. Las ideas humanas sobre la construcción del reino se centran en la nación, la raza, la tribu, la fuerza militar y la riqueza. Jesús enseña que la grandeza en Su reino se encuentra en el carácter que refleja Su semejanza. Él comienza de la siguiente manera: «Dichosos los pobres en espíritu…» (Mat. 5:3, NVI). Dichosos los que están dispuestos a dejarse gobernar por Dios en vez de por sus propios engaños. Dichosos somos nosotros cuando no nos dejamos gobernar por nuestros engaños sobre el poder, los logros y las posesiones o sobre la raza, la jerarquía, la posición y el elogio. Somos bendecidos cuando hacemos la voluntad de nuestro Padre y cuando, desde ese lugar, nos lamentamos por nuestros pecados y los de los demás. Somos humildes al buscar lo que Dios piensa de todas las cosas que hemos creído y que, en realidad, son engaños. Deseamos y anhelamos, rechazando todo lo que no se parezca a Dios. Somos misericordiosos y servimos a los que sufren. Somos puros de corazón. Nuestros corazones no se encuentran divididos, sino que obedecen al Padre. No buscamos ni una teología pura, ni una raza pura ni una apariencia de pureza. La única pureza que buscamos es la de tener un corazón gobernado por Cristo, el Señor. Nos engañamos fácilmente y seguimos falsos caminos. Seguimos una caricatura de Cristo, hecha a nuestra imagen, que apoya nuestros caminos y nuestros prejuicios. ¡Es curioso que ese Cristo siempre parece estar de acuerdo con nosotros! Nuestro Señor no estuvo de acuerdo con Roma, ni con el Sanedrín ni con las multitudes. No estuvo de acuerdo con Sus propios discípulos cuando no hicieron la voluntad de Su Padre. Como Él mismo señaló: «Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29). Si lo seguimos, nos arrepentiremos y abandonaremos todo aquello que hacemos como individuos en nuestras familias, nuestras iglesias, nuestras comunidades o en este mundo que no se parece a Cristo. Si no lo hacemos, buscaremos formas de engañarnos para aceptar lo que no es de Dios. Esos engaños pueden ser las mentiras que nos decimos a nosotros mismos sobre nuestros propios abusos o los abusos de los demás. También pueden ser engaños sobre nuestro propio orgullo por nuestros puestos, nuestra enseñanza o nuestra experiencia. Existe una profunda relación entre el orgullo religioso impío y el fracaso en el autocontrol, lo que nos deja demasiado expuestos a las peores tentaciones. Esas cosas son el fruto del engaño. «Todo lo que alimenta el orgullo personal fomenta una decadencia rápida y mortal de la fuerza moral […]. Para la persona que aparenta ser cristiana, no hay camino más seguro hacia la degeneración espiritual que el orgullo espiritual».⁷ Que las «pequeñas» muertes nunca se vuelvan costumbre y así nos conduzcan por el camino del autoengaño a muertes mayores. Que no absorbamos conocimiento y, a pesar de ello, no obedezcamos. Que nos humillemos y busquemos el rostro de Dios.Que invoquemos a Aquél que es la verdad para que escudriñe nuestros corazones y conozca nuestros caminos. Que busquemos ansiosamente al Dios escudriñador quién no derramará ni genocidio ni engaño ni muerte de ningún tipo, sino ríos de agua viva. Que nosotros, el pueblo de Dios, nos arrepintamos. cuatro El poder de la cultura y la influencia de las palabras La cultura humana es un tema enorme y multifacético que va mas allá del alcance de este libro, pero es importante para nuestra discusión sobre el poder para comprender algunas de las formas en que nuestra cultura nos moldea y cómo impacta nuestra relación con el poder. Mi trabajo con el trauma me ha llevado por todo el mundo. Una de las maravillas de conocer otras culturas es que la lente a través de la cual uno se ve a sí mismo y a otros cambia, a menudo de manera incómoda. He estado inmersa en culturas y he visto cómo las personas que tienen muy poco de los bienes de este mundo derraman gracia y hospitalidad como si fuera agua. He oído melodías, he visto danzas y he experimentado el arte de muchos tipos, lo que me ha permitido ver con nuevos ojos la belleza de Dios expresada de diferentes maneras. También sentí cómo mi corazón se rompía cuando alguien me dijo: «Diane, el incesto es simplemente parte de nuestra cultura» o cuando un pastor, que ama al mismo Dios que amo yo, me informó con vehemencia que las niñas de catorce años que habían sido violadas debían casarse con su violador para que la familia no fuera avergonzada. Ese cambio de lente me ha desafiado a mirar con más atención mi propia cultura, tanto la secular como la religiosa. La cultura en la que estamos inmersos como seres humanos nos seduce y nos moldea con facilidad. La respiramos de manera constante y se vuelve parte de nosotros sin evaluación. Su poder es grande y, a menudo, poco reconocido. Eso es peligroso. Dado que la cultura es simplemente lo que conocemos, lo que es familiar, fácilmente nos ciega y no nos damos cuenta de las toxinas que ingerimos que crecen en nuestro interior y a nuestro alrededor y que luego transmitimos a otros. Ni siquiera vemos cómo la cultura nos ha moldeado. Hace muchos años, escuché a un pastor blanco hablar de una reunión que había tenido con un pastor afroamericano que le había dicho: «Ustedes, los blancos, ni siquiera saben que tienen una cultura. Creen que su manera es la única correcta y que el resto de nosotros tenemos culturas». Esa observación expone tanto la ceguera como la arrogancia de una cultura dominante. Cuando éramos niños, la mayoría de nosotros tuvo la experiencia de ir a la casa de un amigo y observar cosas distintas a las que sucedían en nuestro hogar. Una casa sin alfombra, o sucia y caótica, o con la televisión siempre encendida. ¿Por qué las personas vivirían así? Pensábamos que todos tenían una alfombra, vivían en una casa limpia y miraban televisión solo en ocasiones especiales. O al revés: nos sorprendía la alfombra, la limpieza y la falta de ruido de la televisión. Nuestra primera visita a una casa de culto distinta a la nuestra o nuestra primera visita a un pueblo o ciudad diferente en tamaño al nuestro es impactante. No podemos imaginar por qué otros piensan, miran o viven de manera tan diferente. También nos encontramos con algo de ese impacto cuando nos casamos. Le decimos a nuestro cónyuge: «¿Qué quieres decir con que tu familia no hacía estas comidas, no festejaba la Navidad así o no hacía este tipo de tareas?». Si ha viajado o vivido en otro país, ha descubierto que todo puede ser bastante diferente: la comida (cómo se come y se sirve), la manera de hablar, la educación, la disposición para dormir, la limpieza, el matrimonio y la fe. Nuestra absorción de la cultura puede ser bastante inconsciente. Vemos a los que son diferentes a nosotros como inferiores. Usamos nuestro poder para desecharlos. Como seguidores de Cristo, vivimos en dos culturas de forma simultánea. Una es la cultura secular, la otra es la cultura de la cristiandad. Debemos ser conscientes de cómo nos moldea cada cultura. Me temo que con frecuencia absorbemos la cultura de la cristiandad, con sus muchas subculturas, denominaciones y nacionalidades, sin pensarlo detenidamente. Damos por sentado que lo que nos es familiar es la «manera correcta» de ser cristiano. Cada cultura, incluso la cultura de la cristiandad, es desarrollada por personas que están rotas. Conocer esta importante verdad debe tener como resultado una gran humildad cuando consideramos nuestras culturas y sus suposiciones subyacentes. A excepción de Jesucristo, cada ser humano nacido en este planeta, cada persona influyente y consumidora de cultura en cualquier lugar, en todas las épocas desde el Edén, ha elegido vivir con el «yo» como centro. George MacDonald, uno de mis autores escoceses favoritos, lo expresa de la siguiente manera: Porque el único principio del infierno es «yo soy mi jefe». Soy mi propio rey y súbdito. Soy el centro de donde salen mis pensamientos; soy el objeto y el fin de mis pensamientos; ellos regresan a mí como el alfa y la omega de la vida. Mi propia gloria es, y debería ser, mi principal preocupación; mi ambición es reunir la estima de los hombres en un único centro: yo mismo. Mi placer es mi placer. Mi reino incluye todas las cosas que puedo traer para reconocer mi grandeza sobre ellas. Mi juicio es la regla perfecta de todas las cosas. Mi derecho es lo que deseo. Cuanto más me encierro en mí mismo, más grande soy.¹ Todo ser humano que no haya sido transformado por la obra redentora de Jesucristo vive una vida centrada en sí mismo. Cada una de nuestras vidas fluye de nuestro pequeño «yo» y de cómo se forma y se define ese «yo». Así que si me creo superior, muy inteligente y un regalo para el mundo, entonces cómo pienso, lo que hago, cómo trato a los demás y lo que busco fluirá de ese «yo» arrogante. Si me creo inferior, poco valioso e incapaz, entonces cómo pienso, lo que hago, como trato a los demás y lo que busco fluirá de ese «yo» destrozado. Si soy Enrique VIII y creo que soy la cabeza suprema del reino y de la iglesia, con derechos divinos que no pueden cuestionarse, entonces echaré a las personas, les cortaré las cabezas a las reinas poco satisfactorias, mentiré, robaré o haré cualquier cosa que me plazca sin temor al juicio. Si soy una joven que ha sido maltratada y abusada sexualmente desde los tres hasta los dieciocho años, estaré aterrorizada, destrozada y me autoprotegeré porque mi «yo» está sumergido en una cultura de abuso. Ese «yo», moldeado por poderosos y por nuestras propias decisiones, ejerce una gran influencia sobre nuestras vidas. Estamos en peligro si creemos que ese «yo» como centro no es un problema extendido en la cristiandad. El peligro de las buenas palabras sin las buenas acciones Nuestra cultura se expresa de muchas formas diferentes. Las palabras que usamos son un aspecto del poder formador de la cultura que influye en quiénes somos y en cómo pensamos. Vivimos en una cultura de palabras que a menudo son incorpóreas. Las palabras que se dicen, pero no se llevan a la práctica (no se encarnan), son palabras no demostradas y pueden ser muy peligrosas. A diario estamos inundados de palabras. Escuchamos buenas palabras en las redes sociales y suponemos que están respaldadas por un buen carácter. O si damos por sentado que no, soltamos vituperios e intimidaciones atroces que tienen el potencial de destruir a los seres humanos creados a imagen de Dios, crueldades que muchos de nosotros no diríamos en persona. Hemos multiplicado y profundizado el poder de la cultura de las palabras. Preste atención a estas palabras: Hoy el cristianismo está a la cabeza de este país […]. Prometo que nunca me uniré a aquellos que quieren destruir el cristianismo […]. Queremos volver a llenar nuestra cultura con el espíritu cristiano, queremos quemar todo el reciente desarrollo inmoral en la literatura, el teatro, las artes y los medios […]. En resumen, queremos quemar el veneno de la inmoralidadque ha entrado en toda nuestra vida y cultura como consecuencia del exceso liberal […] de los últimos años.² Tome estas palabras al pie de la letra. ¿Se identifica con ellas? Esto es lo que un oyente dijo luego de escucharlas: «Esto […] pone en palabras todo lo que he buscado por años. Es la primera vez que alguien da forma a lo que quiero».³ Sospecho que muchos dirían lo mismo. Miles de personas, después de escuchar estas palabras, vitorearían, estarían de acuerdo y dirían «amén». Las palabras corresponden a Adolf Hitler y el oyente era alguien del público que hizo ese cometario a Joseph Goebbels en 1933. Goebbels era el ministro de propaganda de Hitler y evidentemente uno muy bueno. Las palabras de Hitler parecen estar inspiradas en la fe y la moral cristianas. Los oyentes supusieron que un cierto tipo de persona estaba detrás de ellas, pero las palabras de Hitler ocultaban el engaño detrás de esas palabras para que los oyentes, sin conocer el carácter del hombre, escucharan lo que deseaban, pero que nunca se logró. Lo que sí sucedió fue el exterminio de millones, la destrucción de países y el mal que afectó a generaciones. Las palabras fueron dichas para manipular a la audiencia, cuyos deseos el Tercer Reich entendía bien. Hitler engañó a la gente de manera deliberada, los atrajo y les exigió lealtad y servicio; y lo obtuvo, no solo de la población en general, sino también de la iglesia alemana. Palabras llenas de promesas que encubrían un gran mal fueron confeccionadas para una cultura vulnerable. Usar buenas palabras elaboradas para disfrazar el mal es el mismo método poderoso que usa un pedófilo para atraer a una niña desprevenida y establecer un vínculo con ella. «¿Quieres ser una buena niña y hacer feliz a papá?». Por supuesto que ella quiere, pero en una situación abusiva, solo hay maldad oculta. «Oye, niño, sé que las cosas están difíciles en casa y que tu papá bebe mucho. Me gustaría ayudar, salgamos un rato, ¿sí?». Palabras supuestamente empáticas dichas a un joven que anhela la atención de un padre. Palabras que camuflan mandíbulas de acero que reprimirán y devorarán un corazón tierno. Esas palabras las usa un proxeneta con una joven en la calle que ha escapado de un hogar abusivo y no tiene nada. «Hola, linda. Eres preciosa. ¿Por qué no me dejas llevarte a cenar?». O las usan los traficantes que tientan a familias desesperadas que no tienen suficiente para comer. «Dame a tu hijo, le daré trabajo para que pueda enviar dinero a casa. Niño, quieres ayudar a tus padres, ¿verdad?». O se usan para encubrir el abuso en una institución. «Es un entrenador fabuloso y trae dinero y estudiantes a la escuela. Nos pone en primer plano. No querrás destruirlo por un pequeño error, ¿no?». Las acciones de Jerry Sandusky no fueron un pequeño error.⁴ Con facilidad nos seducen las buenas palabras que tocan nuestros anhelos y deseos; con frecuencia, cometemos el error de dar por sentado que esas palabras son ciertas porque queremos que lo sean, no porque hayamos visto un carácter que demuestra su verdad. Cuando vislumbramos o tenemos pistas que plantean preguntas, negamos las advertencias porque queremos desesperadamente que lo que hemos oído sea verdad. Así, los pacientes confían en los terapeutas, la gente confía en los pastores, los estudiantes confían en los maestros, los hombres y las mujeres confían entre sí, las niñas y los niños confían en los pedófilos y las naciones enteras confían en los políticos porque sus palabras suenan bien. Sin embargo, las buenas palabras pueden esconder malas ideas y malos objetivos. Las buenas palabras pueden encubrir el mal. Hagamos un ejercicio. Lea la lista de palabras a continuación y haga asociaciones en su mente (o en papel) mientras las lee. Cuando lea una palabra, observe su primera respuesta. Por ejemplo, si digo «amor», podría pensar en el nombre de una persona o en palabras como bueno, importante o necesario. Esta es la lista: orientado a un objetivo ordenado eficiente productivo brillante unificado austero creativo decidido En general, ¿pensaríamos que son palabras buenas o malas? ¿Una persona, un grupo o una institución caracterizada por estas palabras lograría mucho? Seguro. ¿Querría a alguien con estas características en su casa, empresa o institución? Espero que sí. Ahora suponga que yo tuve una idea que refleja todas estas características. Armé un plan para implementar la idea, lo organicé, fui creativa sobre cómo lograrlo y pensé que era brillante. Mi idea ahorraría dinero y sería productiva. Ayudaría a muchas personas a alcanzar un buen fin. Me propuse llevar a cabo mi plan. Usé mi tiempo, mi dinero y mis propias manos y puse mi energía para alcanzar mi objetivo. Enseñamos a los niños a hacer estas cosas, ¿no? Usted pasa a ver lo que estoy haciendo y me encuentra rodeada de desechos humanos. Estoy haciendo ladrillos y construyendo estructuras con desechos humanos. Están diseñados con un gusto exquisito. Estoy ahorrando dinero al mundo porque ya no se van a necesitar las plantas de alcantarillado. Mi plan es austero. Estoy creando viviendas para los pobres. Estoy armando un sistema fenomenal, brindando trabajo y logrando mucho en poco tiempo. Mi organización es brillante. Uso mis propias manos, y usted ve enfoque, propósito y creatividad dondequiera que mire. Entonces, ¿cuál es el problema? Todas mis palabras todavía aplican; todas esas buenas palabras son ciertas. Sin embargo, usted retrocede. El plan es repugnante, pero hasta que no supo cómo iba a desarrollar mi idea, sonaba bien. No había en mis palabras nada que sugiriera algo asqueroso. No obstante, el material que estoy usando para formar belleza es basura, peligroso, probablemente plagado de enfermedades y repulsivo. Las buenas palabras que describen un buen proceso pero que usan la sustancia equivocada para lograr un buen objetivo ya no son buenas. Cuando escuchamos palabras escriturales sobre la edificación de la Iglesia para la gloria de Dios, la obra suena celestial. Sin embargo, cuando los materiales de construcción son la arrogancia, la coerción y la agresión, el resultado es espantoso. Es importante cómo desarrollamos nuestras palabras. Volvamos a ver esas características: orientado a un objetivo, ordenado, eficiente, productivo, brillante, unificado, austero, creativo y decidido. Ahora suponga que el proceso coincide con esas características y que estamos utilizando el material de construcción correcto. Lo que usamos está bien; tiene valor en sí mismo. ¿Qué opina ahora? Suponga que estoy usando seres humanos de manera productiva y que los hago trabajar con madera. Estoy usando una buena sustancia para forjar fortaleza, dignidad, salud, pureza y protección. Estoy uniendo a las personas para lograr cosas buenas. Los mantengo unidos, ordenados y productivos por el buen fin de mejorar sus vidas. Suena bien, ¿verdad? Acabo de ofrecer una descripción de la construcción de Auschwitz, el campo de exterminio más grande del mundo. Usted dirá: «Oh, pero el objetivo nazi no era bueno». Usted estaría en lo correcto si se refiere al objetivo de exterminar a millones de seres humanos, pero ese nunca fue el objetivo público declarado. Hitler nunca se puso de pie y dijo toda la verdad al pueblo alemán. Se utilizaron palabras para describir sus metas como restaurar la dignidad y el honor de los alemanes, que fueron humillados después de la Primera Guerra Mundial, poner el pan en las mesas y devolver el trabajo para que las familias prosperen, quitar toda toxina que daña a las familias y a la sociedad. Las palabras mencionaban objetivos buenos, pero no declaraban el objetivo rector, que era construir una gran cantidad de barracas de madera y hornos en Auschwitz, donde más de un millón de seres humanos (etiquetados como «piezas» en sus documentos) serían exterminados (lo que se llamó una «solución»). Hitler había encontrado una «solución» para las «piezas» no deseadas. Las personas usan palabras para construirrealidades prometidas que se unen a deseos como la libertad, el orden, la protección, el trabajo o el amor. Ningún abusador dice: «Ven conmigo así puedo violarte». Nadie dice: «Cásate conmigo así puedo golpearte». Ninguna persona dice: «Elígeme así puedo estafarte». Ningún pastor o consejero dice: «Déjame aconsejarte así puedo tener sexo contigo». En cambio, decimos: «Te amo», «Te protegeré», «Te ayudaré», «Te devolveré la dignidad». En la cristiandad, podemos usar el lenguaje espiritual para encubrir la ambición egoísta, esconder los abusos de todo tipo y hacer un daño incalculable en nombre de Dios. Las palabras y la integridad Las palabras tienen la intención de ser una expresión verdadera y real del carácter de una persona. Llamamos a esto integridad, que significa «intacto» o «entero»: no hay variaciones, rupturas ni rincones ocultos. Santiago 1:17 habla del Dios de la luz, que no cambia ni varía como la sombra. Si yo digo que soy una persona confiable, esto, en definitiva, no significa nada a menos que usted descubra que soy así de manera constante a lo largo del tiempo y en diferentes lugares. Mis palabras no me hacen así; la encarnación de la confianza me hace así. Vivimos en una cultura en la que los líderes usan Internet para declarar palabras que suenan bien. Pero cuando las analizamos, las palabras a menudo no son más que mentiras. Piense en Jesús, Dios hecho hombre. En primer lugar, Dios ha dejado en claro que las palabras y la carne deben ser una; debe haber integridad entre las palabras y la carne. Por lo tanto, las palabras de Dios provienen de Su esencia. Ellas revelan, no ocultan. Sus palabras y Su carácter coincidían antes de que existiéramos. En segundo lugar, se nos dice que Jesús es la Palabra hecha carne que vivió entre nosotros y demostró el carácter de Dios para que podamos ver y entender quién es Él realmente. Dios dice: «Soy un refugio», y Jesús se sienta y con los brazos extendidos dice: «Dejen que los niños vengan a mí». Dios afirma: «Yo soy la luz», y Jesús le da vista a un ciego, claridad a una mente atormentada y nos da explicaciones sencillas y terrenales que nos ayudan a ver las verdades eternas. Dios declara: «Yo soy la vida», y Jesús resucita a una niña, al hijo de una viuda y a un querido amigo que llevaba tres días muerto. Dios asevera: «Todos los humanos son creados a mi imagen y, por lo tanto, merecen dignidad, respeto y amor», y Jesús se sienta con una mujer samaritana que había sido deshumanizada de muchas maneras porque era de una etnia odiada, mujer (por lo tanto, inferior) e inmoral. Jesús la valoró, la trató con respeto y amabilidad. Así es cómo se supone que deben funcionar las palabras. Dios habla palabras. Luego las demuestra en la carne con total integridad para que lo que dice y lo que vive sean lo mismo, coincidan. Sus palabras, Su proceso de llevarlas a cabo a través de las acciones en las relaciones y el resultado final son idénticos. ¿Cómo es posible que el pueblo de Dios use las palabras de Dios para permitir cosas que Dios odia? Vivimos rodeados de instituciones y organizaciones masivas que prometen todo tipo de cosas que nunca cumplen y que, a menudo, se permiten usando las palabras de Dios. Mienten para cubrir errores, a veces, errores que saben que causarán muertes. Nosotros nos mentimos y decimos: «Lo que hice fue solo algo pequeño». Les decimos a otros lo que quieren escuchar o lo que nos dará lo que queremos, o nos quedamos callados porque no queremos hablar y perturbar nuestras vidas. Nos falta entereza, integridad. Pensamos o sentimos una cosa, pero, con frecuencia, decimos que otra es verdad. Las palabras son nuestra principal herramienta para pensar. Pasamos una gran parte del tiempo en nuestras cabezas usando palabras para nombrar, procesar, evaluar, discriminar. Las etiquetas erróneas, las palabras engañosas, las mentiras, incluso las que nunca se dijeron o escucharon, todavía causan un gran daño. Nos dañan primero a nosotros y luego esa destrucción se propaga a nuestras vidas. Las palabras son una herramienta primordial para relacionarnos; construyen, conectan y sanan, o humillan, manipulan y destruyen. Las palabras que nos decimos a nosotros mismos y las que decimos en voz alta a los demás tiene que ser ciertas y buenas, o dañamos a otros y a nosotros mismos. Nuestras palabras, tanto dichas como pensadas, deben someterse a la Palabra hecha carne y a la Palabra escrita de Dios. Aparte de un estudio continuo de la Palabra de Dios escrita y vivida, no tendremos otra manera correcta de evaluar nuestras propias palabras o las de los demás. Nuestro «yo» como centro, la arrogancia, los privilegios y las formas engañosas con las palabras han llevado a la polarización y a la deshumanización. Nosotros como hijos del Dios Altísimo ¿hemos clasificado a los preciosos seres humanos según categorías terrenales como la política, la economía, la raza, el género, la religión, la denominación, la educación, el trabajo o la ciudadanía? ¿Hemos creado divisiones al usar dichas categorías de forma reductiva para separar, desechar y condenar al otro? «Nosotros» somos esto; «ellos» son aquello. Esas categorías son fundamentos inadecuados para la identidad humana y nos conducen con facilidad a pecar contra otros. No son las categorías principales y fundamentales de Dios. Vivir gobernados por ellas es ser totalmente distinto al Jesús que se sentó con judíos, gentiles, samaritanos y romanos, con ricos y pobres, con religiosos y laicos, con hombres y mujeres, saludándolos a todos con la verdad y con brazos extendidos. Las categorías del mundo pueden atraparnos con facilidad y llevarnos a encubrir nuestras reacciones hasta que comenzamos a pensar que el otro debería ser eliminado. Cuando otros nos etiquetan, respondemos contagiándonos la enfermedad y etiquetándolos y desechándolos a cambio. Existen muchas cosas en nuestra cultura con las que nosotros, como cristianos, debemos estar en desacuerdo, tanto de palabra como de hecho. No obstante, al estar en desacuerdo, nunca debemos desechar o deshumanizar al otro, o nos volvemos impíos. La categoría fundamental por la cual podemos reducir otra es la siguiente: Dios creó a la persona a Su imagen y la formó en el vientre de su madre. Esa verdad debería gobernar nuestro uso de todas las demás categorías, sin importar lo que nos haya enseñado nuestra cultura en particular. El uso de palabras deshumanizantes no es simplemente un problema «allí afuera». Observe nuestras propias iglesias. «Ellos» tienen una teología incorrecta, una idea incorrecta sobre la adoración, las prioridades incorrectas. «Nuestra» iglesia es, por supuesto, bíblica. En vez de lidiar con nuestro propio malestar, ensimismamiento o miedo de que las cosas no salgan como queremos, nos distanciamos y etiquetamos y deshumanizamos a los demás. Si necesita más evidencia, observe en las redes sociales cómo los cristianos llaman a otros cristianos «imbéciles», «perversos» y otras etiquetas más. Incluso ante un desacuerdo inevitable con respecto a temas escriturales, el llamado de esa misma Escritura sobre cómo debemos tratarnos los unos a los otros no debe dejarse de lado. Destruir, degradar, humillar y etiquetar a otros creyentes es horrible y entristece a Dios. Un llamado a la verdad, que debemos emitir, siempre debe hacerse con gentileza, humildad y dignidad porque estamos llamando a alguien hecho a imagen de Dios. Las opiniones no deben gobernar el carácter, no importa cuán firmemente las sostengamos. Los temas no deben gobernar el carácter, no importa cuán bíblicos sean. El carácter debe estar arraigado y basado en la semejanza a Cristo para que cuando expresemos nuestros pensamientos, manifestemos Su carácter y ningún otro. Sí, Jesús usa Sus palabras más duras con los líderes religiosos. Él los llama sepulcros blanqueados llenos de huesos de muertos, hipócritas y sin ley, pero al hacer esto, ¿cuál era Su propósito? Lo hizo por amor, les trajo luz, los expuso y los llamó a que fueran a Él. Ese duro capítulotermina así: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, pero no quisiste!» (Mat. 23:37, RVR1995). Ellos estaban al borde del acantilado de su destrucción, y Jesús los estaba llamando. Al igual que Ezequiel y Jeremías antes que Él, Jesús anhelaba que el pueblo de Dios lo viera y regresara a Él. Este tipo de corazón quebrantado por otra persona es un bien escaso en los desacuerdos, ya sea en persona o en Twitter. No hay ningún ser humano que podamos encontrar, no importa cuán herido, desordenado o malo sea, no importa su teología, estilo de adoración o forma de pensar, que no haya sido creado por el Dios que amamos. Toda cultura (nación, denominación, ciudad, iglesia o familia) que nos lleva a tratar a alguien de otra manera nos está seduciendo a comportarnos de un modo que entristece el corazón de nuestro Dios, el mismo Dios que atravesó nuestras categorías, nos otorgó dignidad con gran compasión y nunca desechó a los que eran distintos a Él, o todos habríamos sido desechados. Él entro en las categorías que no eran como Él: hombre/mujer, judío/gentil, santo/poseído por demonios. Nunca nos deshumanizó, aunque nosotros nos habíamos deshumanizado al rechazar a Aquel que nos formó. Entró en nuestras categorías con verdad y gracia como lo eterno entró en lo finito y lo santo en lo pecaminoso. Nosotros debemos hacer lo mismo en Su nombre. Como hijos de Dios, debemos conocerlo tan bien y debemos seguirlo tan de cerca que las palabras que giran a nuestro alrededor, algunas de ellas bautizadas por la cristiandad, nunca puedan silenciar la Palabra viva y eficaz en nuestras vidas. Nuestras palabras deben ser nada menos que los pensamientos de nuestro Dios. Sus pensamientos y palabras se hicieron carne para que podamos verlo con claridad. Él vivió para nosotros lo que habló. Debemos tener cuidado qué pensamientos de la humanidad santificamos y debemos saber que nuestras palabras dichas, sin importar cuán ciertas, no son reales a menos que las encarnemos. PARTE 2 El abuso del poder cinco Comprensión del abuso del poder Últimamente estamos siendo inundados de historias y titulares sobre el abuso del poder en todos los ámbitos de la vida moderna. Nos enteramos del abuso del poder por parte de individuos, así como también de iglesias y organizaciones. Todos estos abusos se produjeron en el contexto de las relaciones humanas. La palabra «relación» deriva del latín referre, que significa «devuelto». Incluye la idea de movimiento, de llevar y de volver a traer. Así, una relación es como una calle de doble sentido. La palabra también puede significar «relatar». En otras palabras, una relación es una historia. Cuando nos relacionamos con otros, estamos escribiendo una historia juntos, entretejiendo nuestras vidas para contar una historia. ¿Qué ocurre cuando nuestra historia incluye el abuso del poder? La palabra «abuso» deriva del latín abuti, que significa «usar de forma incorrecta» y comprende las ideas de explotación, daño, agresión, perpetración de la violencia y uso del lenguaje ofensivo. Cuando una relación es abusiva en cualquier aspecto, la historia que se escribe es retorcida y perjudicial. Consideremos un ejemplo concreto. Usted vive en un buen vecindario rodeado de vecinos amables y respetuosos. Luego, los vecinos de al lado se mudan y otra familia ocupa esa casa. Usted espera que los nuevos inquilinos continúen relacionándose de la misma manera en la que lo hacían los vecinos anteriores, pero dejan autos chatarra y bicicletas por ahí. A veces, incluso, dejan la basura en su patio. Usted intenta hablarles, ellos se enfurecen. Se lo cuenta a otros vecinos en vano. Algunos le dicen que simplemente se calle para que la situación no se agrave. Acude a las autoridades y le dicen que no pueden hacer nada. ¡Sus vecinos se han quejado de que usted los está acosando! Ahora vive una historia completamente diferente: maltratado, explotado y literalmente «destruido». Afecta su casa, su matrimonio, su apariencia, su estado de ánimo y su estatus. Esta es una pequeña pero concreta demostración de lo que sucede cuando el abuso de cualquier tipo se introduce en una relación. La mayoría de los seres humanos tienen la intención de utilizar su poder para hacer el bien. Quieren ganar más dinero, producir un crecimiento en la iglesia, proteger los programas buenos o preservar una buena reputación. Adán y Eva se dijeron a sí mismos que buscaban asemejarse más a Dios. Parecían estar ciegos al hecho de que perseguían un objetivo que aparentaba ser bueno a través de medios totalmente impíos. Nosotros hacemos lo mismo. Nos decimos a nosotros mismos que los números del crecimiento en la membrecía y las ganancias financieras en un ministerio son prueba de la semejanza a Dios. Entonces, tomamos decisiones que silencian verdades no deseadas sobre el fraude o el abuso y nos decimos que encubrirlas «preserva el honor de Dios». Afirmamos que utilizamos nuestro poder para buscar asemejarnos a Dios cuando, en realidad, lo que estamos haciendo no se parece en nada a Él. No es difícil dejarse seducir por este tipo de pensamiento. Consideremos algunas de las formas en que podríamos estar no solo abusando del poder, sino también «santificando» ese abuso. En el capítulo 1, vimos brevemente los diferentes tipos de poder. Profundicemos. El poder físico El poder físico es el poder encarnado. Un hombre que pesa 113 kg (250 libras), que mide más de 1,80 metros (6 pies) y tiene una musculatura bien desarrollada y una excelente coordinación óculo- manual podría ser una amenaza física para la mayoría de la gente. Llena el espacio que ocupa, no solo con su tamaño, sino con el aura de fuerza física que pende en el aire. Tanto hombres como mujeres se sienten pequeños cerca de él. Si ese hombre es amable y piadoso, su fuerza estará bien vista y confiarán en él, lo que creará una sensación de seguridad y protección. Sin embargo, si es abusivo y tiene mucha ira, un simple roce en el codo de su esposa cuando ella dice algo que a él no le agrada, provocará terror. La mayoría de las personas no se darán cuenta de que este simple roce comunica una advertencia de peligro, pero ella conoce la historia que hay entre ellos. Si a él no le agrada algo de ella, utilizará su fuerza para dañarla, y ella soportará el impacto de ese daño de muchas maneras. En una situación diferente, una persona puede irradiar una presencia física no necesariamente relacionada con el tamaño. Una presencia centelleante, carismática y enérgica puede abrumar. La gente gira hacia esa persona, se percibe la energía y llama la atención. Este poder es menos concreto, pero no por eso deja de estar presente. Una persona con ese poder puede dirigir una sala, una organización o un país. Es evidente que esta persona tiene poder para usar o abusar. La mayoría de nosotros somos muy conscientes del poder físico de los demás. Tenemos una idea de cuándo somos vulnerables, especialmente cuando ese poder es obvio. A veces, no nos damos cuenta de lo que nuestra propia presencia comunica a otros. Soy especialmente consciente de mi presencia física en mi oficina, donde trabajo con muchos pacientes con historias de abusos. Soy bastante alta, así que presto atención a dónde me paro y cómo me muevo para no abrumarlos. Es importante que seamos conscientes del impacto que produce nuestra presencia y de las formas en que podemos utilizarla involuntariamente para controlar a los demás. Ya sea que utilicemos nuestra presencia para dominar a otros o para desviar la atención, los demás sentirán su impacto, al igual que nosotros sentimos el efecto de su presencia. El poder verbal Las palabras tienen el poder de reforzar o destrozar el sentido que tiene una persona de sí misma. Un niño que recibe palabras estimulantes, de apoyo y amables tiene muchas más probabilidades de prosperar que un niño que crece con palabrasduras, críticas y vergonzosas. Ese niño estará abatido y puede que crezca en silencio, sin voz o puede convertirse en una réplica del acosador original, que buscaba una sensación de poder al agredir verbalmente a otros. El acoso verbal en las redes sociales se ha relacionado con la depresión en los adolescentes y ha tenido como resultado un registro importante de suicidios.¹ Las palabras pueden matar un alma y también pueden hacer que una persona termine con su vida. Los depredadores sexuales utilizan palabras para establecer un vínculo emocional y engañar. Las palabras se utilizan para encubrir males terribles o para controlar; pueden seducir, condenar, humillar o conmocionar. El poder de las palabras para destruir es aparentemente interminable. Si no comprendemos la realidad del abuso verbal, no reconoceremos el alcance de la destrucción. Justificaremos, minimizaremos o tergiversaremos lo que, en realidad, paraliza, deforma, aplasta y destruye las vidas. Las palabras pueden destrozar el «yo» de un niño o de un adulto. Es abusivo utilizar las palabras, el poder verbal que Dios nos ha dado, para controlar, manipular, menospreciar o intimidar. Realmente no es difícil aplastar una vida mediante el uso de las palabras. Su poder es impactante. Es abuso cuando un adulto amenaza e intimida a todos los miembros del hogar de tal manera que nadie se atreve a expresar una opinión diferente. Es abuso cuando un hombre insulta a su mujer o la llama prostituta, zorra o imbécil. Es abuso cuando todos los días un cónyuge critica todo de su cónyuge: su apariencia, forma de criar a los hijos, logros y amigos. Es abuso cuando un padre llama a su hijo idiota, bueno para nada o basura inútil. ¿Cuánto tiempo cree usted que puede soportar un niño el impacto de esos nombres antes de colapsar por el peso que esas palabras le imponen? El poder emocional El poder verbal está estrechamente relacionado con el poder emocional. Sospecho que la mayoría de nosotros conoce a alguien cuyas emociones podrían tener de rehén a una familia o a un ámbito laboral entero. ¿Alguna vez se ha encontrado «tomándole la temperatura a alguien» para saber cómo será el día y si tendrá que andar con pies de plomo para evitar estallidos o crisis nerviosas? El estado emocional de una sola persona es la fuerza que gobierna ese espacio. Todos tratan de actuar en sumisión a ese estado de ánimo, lo cual puede ser una forma poderosa de esclavitud. Las respuestas que dañan y aplastan los sentimientos de otra persona son un ejemplo del poder emocional que se utiliza para abusar. Un niño puede tener miedo de ir al dentista y ser humillado por tener ese miedo. Alguien puede ser avergonzado por sufrir una pérdida. A las personas con historias de trauma a menudo se las critica por sentir «todavía» el daño de ese trauma. Los soldados que sufrieron traumas en la Primera Guerra Mundial fueron considerados inestables, débiles y de poca moral, su accionar se consideraba cobarde y un fracaso personal.² Hoy, incluso después de todo lo que hemos estudiado y aprendido sobre el trauma, todavía se cree que a muchas víctimas les falta fe o se les dice que «superen esa situación». El abuso emocional se ofrece, tristemente, como un «correctivo» a aquellos que tienen una lucha constante con emociones difíciles. El poder emocional se manifiesta de manera diferente cuando un dictador incipiente, alguien que quiere una posición de liderazgo o un depredador desean obtener el poder y el control. Ellos se esforzarán para entender los anhelos de quienes quieren controlar. Las naciones, las iglesias y los individuos son atraídos a la sumisión con la convicción de que lo que anhelan profundamente se hará realidad. A veces, los pastores hacen esto. «Podemos ser la iglesia que cambie el mundo». La gente escucha lo que anhela y sigue al líder, muchas veces, hacia circunstancias desastrosas. Las mujeres y los hombres eligen con quién casarse por la misma razón, por escuchar y responder a promesas que los llenan de esperanza. Una nación devastada por la guerra y que anhela la seguridad y la prosperidad seguirá por propia voluntad a alguien que comprenda esos anhelos emocionales y poderosos y prometa lo que se desea. Ese fue el caso de la iglesia alemana, que siguió a Hitler porque prometió proteger el cristianismo y librar a la nación de la inmoralidad. La iglesia siguió al hombre cuyas palabras les dio esperanza, pero no estudió ni discernió el carácter del que las afirmaba. O considere a una joven que creció en un hogar lleno de odio, crueldad y abuso sexual. Se escapa de la casa a los catorce años y sale a la calle sin recursos. Un hombre guapo y bien vestido la conquista y la lleva a cenar. Le dice que es hermosa y le compra ropa nueva. Las palabras del hombre están emocionalmente elaboradas para conmover sus anhelos. Ella supone que la vida del hombre coincidirá con lo que dice, pero se encuentra atrapada en una vida de desesperación y de abuso peor de la que huyó. Engañadas por el doble poder de las emociones y de las palabras, las personas vulnerables, con frecuencia, pierden su capacidad de discernimiento y no ven la destrucción que se avecina. Hacen suposiciones cuando las grandes promesas coinciden con su deseo y creen que hay integridad detrás de las palabras de quienes prometen lo que ellas buscan. Una poderosa combinación de conocimiento, intelecto y habilidad Contar con una mezcla de conocimiento, intelecto y habilidad aumenta la probabilidad de que un líder reciba autoridad sin restricciones, a veces, automática, de parte de las personas a su cargo. Cuanta más información, más inteligencia o más habilidades tenga, tendré más poder en determinados ámbitos. Tomemos, por ejemplo, el mecánico de mi auto. Tiene un gran poder. Cuando dice que algo está roto y necesita reemplazarse, ¿sabe lo que digo? «Bien. ¿Cuánto es?». ¿Me niego? No, necesito el auto para ir al trabajo. ¿Pido una explicación completa primero? No, de todas formas, no entendería ni la mitad. Felizmente, tenemos el mismo mecánico hace más de dos décadas y ha demostrado ser un hombre íntegro, pero mi falta de conocimiento, intelecto y habilidad en esta área me ponen a su merced. Muchas veces confiamos en otras personas que ocupan posiciones de autoridad porque asumimos que los que tienen conocimiento, intelecto y habilidad son confiables. Sin embargo, no siempre es así. También se puede abusar del poder que viene con estas cualidades. Larry Nassar, un médico de jóvenes gimnastas, era estimado por su conocimiento y habilidad «especializados» que le permitían ayudar a las atletas en su entrenamiento. Le llevaban jóvenes por docenas para que tratara sus lesiones y las ayudara en su rendimiento. Él sabía lo que estaba mal y cómo solucionarlo. También fue el pedófilo más prolífico conocido de la historia del deporte. Su experiencia era reconocida y su buen carácter se daba por sentado, a pesar de que mujeres y niñas denunciaron abusos a casi todas las autoridades posibles durante unos veinte años.³ El poder del conocimiento se aplica al ámbito teológico o espiritual, donde un título en teología puede otorgarle a alguien «poder teológico» sobre los demás. Suponemos que este experto sabe más, por eso, le otorgamos el derecho a decirnos lo que es verdad sobre Dios y sobre nosotros mismos y el derecho a hablar con autoridad sobre nuestros matrimonios, nuestros hijos, nuestro trabajo o sobre cómo manejamos nuestro dinero. Sin embargo, la Escritura se puede tergiversar y usar fuera de contexto para corromper o controlar a la gente que supone que el pastor es una persona de confianza. El poder de un pastor se intensifica porque muchos ven a un ministro que habla en nombre de Dios; de hecho, un pastor puede decirle a la gente que está haciendo exactamente eso. Así que cuando un pastor le dice a una mujer: «Dios dice que debes ir a tu casa con el hombre que te maltrata y amarlo mejor», ella le responde: «Está bien». La mujer supone que el pastor dicela verdad debido a su conocimiento teológico y porque es el portavoz de Dios. Algunas mujeres han sido asesinadas por seguir estos consejos espantosos. El trío seductor de conocimiento, intelecto y habilidad posee un gran peso y, muchas veces, conduce a la confianza, ya sea ganada o no. Larry Nassar era médico, Jerry Sandusky era entrenador y Bill Hybels era pastor. Ellos fueron capaces de excluir, despedir, avergonzar públicamente y condenar al ostracismo a cualquier paciente, jugador o feligrés vulnerable. Fueron capaces de encubrir, extralimitarse, cambiarles el nombre a las acciones e influenciar a los demás. Si quiere tener una idea de cómo es el poder asociado con el conocimiento, el intelecto y la habilidad, escuche con atención a las personas cuando dicen: «Mi médico dijo», «Mi jefe dijo», «Mi pastor dijo». Escuche cómo lo que la gente dice se integra con la autoridad de esa persona que la gente supone. El conocimiento, el intelecto y la habilidad otorgan credibilidad, pero sin ninguna certeza sobre el carácter de quien los posee. El poder económico El dinero, la propiedad y otros recursos están estrechamente relacionados con el poder. El poder económico promete y, muchas veces, brinda cierta seguridad y comodidad. También puede utilizarse para controlar, manipular e intimidar a otra persona. El dinero y los recursos se utilizan como armas. Denise se había casado hacía veinticinco años y tenía tres hijos. Su marido era rico. También la agredía de forma verbal, emocional, física y económica. Tenía el control total sobre el acceso de ella a los recursos económicos. Todas «sus» muchas propiedades, incluyendo su casa, estaban a nombre de él, al igual que todas las cuentas corrientes y de ahorro. Ella tenía una tarjeta de crédito muy limitada a nombre de ambos y tenía prohibido superar un determinado monto. Si alguien realizaba una comprobación de crédito, prácticamente no había ningún registro de ella. Simplemente no existía. Su vulnerabilidad era asombrosa. La falta de acceso al dinero le impedía irse, a pesar de que temía por su vida. El abuso económico sucede en muchos matrimonios. El que tiene el control puede usar su poder económico para imponer exigencias, por muy extremas que sean. También puede ocurrirles a los ancianos o a los que tienen fondos fiduciarios administrados por otros. Los recursos pueden robarse o moverse y los testamentos pueden modificarse. Trabajé con pacientes cuyos padres, abuelos o cónyuges gestionaron sus bienes de forma humillante y controladora, haciendo que mis pacientes se sintieran pequeños, humillados e insignificantes. También ocurre cuando un cónyuge vive del otro: con frecuencia, afirma que está buscando un trabajo, pero, en realidad, no lo hace. Esta situación puede durar décadas. Puede suceder cuando alguien recibe una herencia o era rico antes de casarse y no se da cuenta de que simplemente lo están utilizando por sus recursos financieros. Al igual que el abuso físico, muchas formas de abuso económico son ilegales. El uso que hacemos de nuestro poder económico revela quiénes somos. En el lugar de trabajo, el dinero puede utilizarse para hacer que la gente trabaje horas de más. Puede ser un factor de poder en las amistades en las que uno de los amigos siempre paga, lo que hace que la desigualdad sea la base de la relación y crea un desequilibrio financiero que la persona con más dinero puede utilizar para controlar y humillar. El poder y el sexo He escrito dos libros sobre el abuso sexual y he hablado sobre el tema más veces de las que puedo contar, así que hacer un resumen es un desafío.⁴ La sexualidad es uno de los aspectos más vulnerables del ser humano y está presente desde el nacimiento hasta la muerte. Está íntimamente vinculada a la identidad y a la intimidad, y el potencial de daño es extremadamente alto. El abuso sexual se define, por lo general, como cualquier actividad sexual (verbal, visual o física) que se realiza sin consentimiento. Se considera que un niño víctima de abuso es incapaz de dar su consentimiento por la inmadurez del desarrollo y la incapacidad de comprender el comportamiento sexual. Cuando hablamos de adultos, es importante entender qué es lo que hace que algo sea consensuado. En primer lugar, para consentir, uno debe tener la capacidad de elegir. Si uno está anestesiado en una cama de hospital, obviamente no tiene esa capacidad. La joven que se había embriagado en un capítulo anterior no tenía la capacidad de elegir. Si todo su ser fue anestesiado por años de abuso sexual, palizas, diatribas verbales, drogas o alcohol, usted no tiene esa capacidad, la cual ha sido pisoteada, aniquilada. En segundo lugar, el consentimiento implica que es seguro decir que no. Si usted tiene cinco años y él cuarenta, si él es el jefe y puede despedirlo, si alguien tiene el poder de excluirlo de su comunidad, el consentimiento no es posible porque no es seguro decir que no. El abuso sexual verbal incluye amenazas sexuales, observaciones sexuales sobre el cuerpo de uno, acotaciones lascivas, acoso y comentarios sugestivos. El abuso sexual verbal también puede estar más encubierto. Cuando es sutil, la víctima puede estar confundida y sentirse insegura sobre lo inapropiado de un comentario. El lenguaje sexual o provocador no debe tener cabida en una relación padre/hijo, profesor/alumno, pastor/feligrés, entrenador/atleta, empleador/empleado. El abuso sexual visual incluye ver o elaborar material pornográfico, el exhibicionismo (exhibirse de forma sexual) y el voyerismo (observar en secreto y para la propia satisfacción sexual cómo otros se desvisten o participan de actividades sexuales). El abuso sexual físico incluye los siguientes hechos realizados sin consentimiento: el coito, el sexo oral y anal, la penetración con los dedos, masturbarse delante de alguien o masturbar a otra persona y acariciar los senos y los genitales. Los abusos sexuales son terriblemente frecuentes. Una de cada cuatro niñas y uno de cada seis niños sufre este tipo de abuso antes de los dieciocho años.⁵ Sin embargo, la estadística real no se conoce del todo porque no suelen denunciarse. Los abusos sexuales se producen en los hogares, las iglesias, las escuelas, las organizaciones de servicios, los hospitales, los campamentos, las residencias de ancianos, en los autos y el transporte público, y en las oficinas de los médicos, profesores y entrenadores. La divulgación del abuso sexual nunca es bienvenida, ciertamente no por las víctimas y, muchas veces, tampoco por aquellos a quienes se les pide ayuda, pues es un mundo en el que no queremos adentrarnos. Preferimos hacer oídos sordos a la realidad, convenciéndonos de que lo hacemos por una razón justa. Como nos enseñó Jesús, estas respuestas son reveladoras. El abuso expone el corazón del abusador, no el de la víctima. Negarse a ayudar expone a quienes se les pide ayuda, no a la víctima. El pedir ayuda expone el valor de la víctima. Una historia de abuso Kenny Stubblefield es cineasta, sobreviviente de abuso sexual por parte del clero y defensor de víctimas similares.⁶ Con su permiso, compartiré aquí parte de su historia. Kenny creció asistiendo a la iglesia. Le enseñaron tanto en casa como en la iglesia a amar a Jesús y que Jesús lo amaba. Sus padres eran afectuosos y lo apoyaban de forma activa. Kenny tenía dieciséis años cuando estableció un vínculo con un pastor de jóvenes asociado. El pastor tenía edad como para ir a la universidad y actuaba de tal forma que dividía a los amigos entre sí. Decidía quién era aceptado y popular invitando a los chicos a su casa. Kenny anhelaba ser elegido, quería ser aceptado. Un día finalmente sucedió. El pastor lo invitó a quedarse a dormir. Él y Kenny pasaron un tiempo en el estudio trasero, cerca del dormitorio del pastor. El pastor comenzó a cambiar de canal en la televisión, deteniéndose «accidentalmente» en programas pornográficos. Se mostraba sorprendido, pero se demoraba un poco antes de cambiar decanal. Sin que Kenny lo supiera, el acoso sexual infantil había comenzado. Kenny pidió dormir en el sofá. La respuesta fue no. «¿Qué tal en el suelo de la sala de estar?». De nuevo, la respuesta fue no. El pastor dijo que Kenny tenía que compartir su colchón de agua con él. Kenny se despertó durante la noche al sentir las manos del pastor de jóvenes en sus genitales. Supuso que era accidental y las corrió. No era un accidente. Las caricias continuaron durante toda la noche. Kenny hizo lo que la mayoría de nosotros haría en una situación así; entró en pánico y se paralizó. No volvió a dormirse y decidió que, de alguna manera, debía ser su culpa, una respuesta típica. Decidió que lo más seguro era el silencio porque nadie tomaría su palabra por encima de la de un pastor (acertó). Un año después, mientras hablaba con su mejor amigo, descubrió que también había sido abusado. Luego de enterarse de otra víctima más, Kenny se dirigió al pastor de jóvenes principal para contarle que el pastor asociado había abusado de él y dos de sus amigos. Como afirma Kenny, su «pesadilla acababa de comenzar».⁷ El pastor de jóvenes estaba enojado con las víctimas porque al exponer el abuso, «ellos» estaban perjudicando «su» ministerio. El pastor asociado fue despedido, pero no se inició ninguna acción legal, ni se les ofreció atención a las víctimas ni tampoco se hizo ninguna advertencia pública sobre el acosador. El pastor principal terminó el episodio con una frase que dominaría las siguientes dos décadas de la vida de Kenny: «Si quieres ser fiel, te callarás».⁸ Años más tarde, las tres víctimas escribieron al pastor principal sobre el abuso que habían padecido. No hubo respuesta, en su lugar, el pastor se puso en contacto con abogados. Los líderes de la iglesia procedieron a mentir desde el púlpito, negando los abusos y enterrando la verdad. A pesar de todo, Kenny ha vivido y sigue viviendo de forma redentora. Sacó a la luz los abusos y su encubrimiento y los llamó por su verdadero nombre. Reclamó la verdad, la rectitud y la justicia. Se convirtió en una voz y un defensor de los silenciados por el abuso. También es una voz de la verdad con respecto a aquellos que quieren proteger a los abusadores. No hace oídos sordos a la realidad, sino que regresa por más vulnerables y heridos. Me duele lo que le pasó a Kenny y lo que les pasó a los que ahora él está ayudando. También estoy agradecida por su vida, su valentía y su voz. Pensamientos finales Es importante señalar que muchas personas sufren múltiples tipos de abuso, con frecuencia, todos al mismo tiempo. Se puede sufrir abuso sexual, abuso verbal y emocional, y abuso por parte de alguien de confianza en virtud de su conocimiento. El daño es, por supuesto, exponencial. También se incrementa en gran medida cuando un grito de auxilio da lugar a más abuso. El uso del maltrato verbal y emocional para silenciar a una víctima, junto con el poder utilizado para evitar exponer a un abusador, puede tener resultados catastróficos en una vida vulnerable. Los abusos combinados constituyen un tsunami que destruye las vidas. Es francamente horroroso que los miembros del cuerpo de Cristo cometan estos abusos y que, luego, usen el nombre de Dios para hacer oídos sordos a la realidad. Lo desafío a que considere los distintos ámbitos de poder que hemos analizado. ¿De qué tipos de poder se abusó en la historia de Kenny? Todos se encuentran allí, incluso el poder económico, porque estoy bastante segura de que parte de la motivación de la iglesia era proteger sus activos, su poder monetario. Su historia también incluye dos tipos de poder que aún no hemos mencionado y que analizaremos en futuros capítulos: el espiritual y el sistémico. Considere la carga de este tsunami de abusos puesta sobre la espalda de un adolescente con la «ayuda» de los que invocan el nombre de Cristo. En desobediencia directa al llamado de Dios a inclinarse y llevar la carga de Kenny con él, la aumentaron. La vida de Kenny es un llamado de atención a la iglesia, un llamado al arrepentimiento y a la humildad. Dios está usando su vida para desenmascararnos. Oro para que prestemos atención. seis El poder en los sistemas humanos Muchas personas piensan que el abuso del poder sucede solo entre individuos. Sin embargo, los sistemas también pueden ser abusivos. El abuso sistémico ocurre cuando un sistema, como una familia, una entidad gubernamental, una escuela, una iglesia u organización religiosa, una agrupación política o una organización de servicio social, permite el abuso de las personas que pretende proteger. Incluso cuando el líder de la organización es el único que ha cometido actos de abuso, su comportamiento tiende a ser perpetuado por una respuesta organizacional sistémica con el fin de preservar el sistema en reacción a una amenaza percibida. ¿Qué es un sistema? Es una combinación de partes que funcionan juntas, formando un todo unitario y complejo. En el mundo mecánico, una aspiradora es un sistema: todas las piezas funcionan juntas con el fin de limpiar alfombras. En un sistema de inversión, todas las partes trabajan juntas para el crecimiento de la riqueza. También se puede definir a un sistema como un conjunto de doctrinas o principios que se usan para explicar el funcionamiento de todo el grupo, como cuando muchas partes de la Iglesia global se unieron bajo el Pacto de Lausana. Los sistemas, incluso los mecánicos, en general, están diseñados para servir a grupos de personas. La palabra «sistema» proviene de dos palabras griegas que significan «juntos» y «mantenerse». Los sistemas humanos «se mantienen juntos» para un fin aparentemente bueno. La palabra «abuso», como ya sabemos, significa «usar de forma incorrecta», por lo tanto, el abuso sistémico se aplica cuando un sistema que está diseñado para servir a las personas, en cambio, destruye, minimiza, daña, desecha y deshumaniza a las personas creadas a imagen de Dios. La dignidad, la vitalidad, el impacto, la creatividad, la construcción y la producción se silencian y aplastan. Esta distorsión tiene como resultado que las partes del sistema se mantienen juntas para servir al sistema en vez de a las personas. Cuando el abuso sistémico ocurre en una organización teóricamente unida en torno a un buen fin, el fin manifiesto o declarado no es, de hecho, el que gobierna. Para que los agentes de un sistema tengan conducta abusiva, esa conducta debe ser facilitada por propiedades fundamentales, aunque a menudo ocultas, del sistema en sí. En otras palabras, la propensión al abuso se incorpora en algún nivel subyacente de la arquitectura del sistema. Toda respuesta piadosa al abuso necesita acciones restauradoras que trabajen hacia la recuperación de la imagen de Dios que ha sido distorsionada. El abuso sistémico del poder en acción Miremos más de cerca el abuso sistémico para obtener un mayor entendimiento de lo que es y de cómo las diferentes partes de un sistema contribuyen a las acciones abusivas o las sostienen. Considere Birmania, ahora conocido como Myanmar, que por años estuvo gobernado por un régimen brutal, egoísta y tiránico. Por décadas he trabajado con personas abusadas, así como con familias, comunidades e iglesias abusivas, pero cuando estuve en Birmania, fue la primera vez que entré y fui testigo de cómo se abusaba de una nación entera. Los generales gobernantes usaban la opresión, la brutalidad, la fuerza, la intimidación, la imprevisibilidad y el aislamiento para controlar a la gente, y funcionaba. Un caballero birmano me describió ejemplos de la estrategia de los líderes. Un día, las personas de Myanmar se despertaron y se les instruyó, por capricho del general superior, que condujeran del lado opuesto de la calle. Este edicto tuvo que ser modificado rápidamente debido a la abrumadora cantidad de accidentes. También me dijo que todos los birmanos reciben una jubilación equivalente a diez centavos por mes y que cuesta veinte centavos tomar el autobús hasta el único bancodonde pueden cobrar ese dinero. El país impone el trabajo forzoso sin ninguna finalidad. Vi cómo hombres y mujeres llevaban piedras pesadas de un lado a otro de la ruta y cómo los obligaban a llevarlas de vuelta. Estos y muchos otros abusos ejemplificaban la opresión, el control mental, la destrucción del propósito, el silenciamiento de la voz, la destrucción de las relaciones y el aplastamiento del poder personal que constituyen el abuso sistémico. El sistema es tan poderoso y controlador que el gobierno del país le parece una locura a un extranjero. La obediencia implica aceptar el engaño de que esas cosas son razonables. Se quebranta reiteradamente la voluntad de las personas, se eliminan las decisiones, se entumecen las mentes y se destruye la confianza. La junta militar ha destruido despiadadamente a los creados a imagen de Dios hasta que solo quedaron las cáscaras. Birmania es un ejemplo extremo, como la Alemania nazi, pero ambas son imágenes del abuso sistémico que nos ayuda a entenderlo en situaciones menos obvias. Muchos hombres se han presentado ante la policía para hablar sobre su victimización siendo menores y mientras estaban en una tropa de Boy Scouts of America (BSA). Un informe reciente declara que más de doce mil miembros de los Boy Scouts fueron víctimas de abuso sexual en manos de casi ocho mil presuntos perpetradores.¹ El propósito manifiesto de esta organización es ayudar a los hombres jóvenes a tomar decisiones éticas y morales. Es una de las organizaciones juveniles más grandes de los Estados Unidos y ha hecho mucho bien, pero incluso una organización con metas nobles puede ser presa del abuso sistémico. Desde la década de 1920, los Boy Scouts han guardado los llamados «archivos de perversión».² Muchos de estos archivos exponen la colaboración entre el liderazgo de BSA y otros sistemas (jefes de policía, fiscales, pastores) para encubrir los abusos por el bien de la organización: múltiples sistemas conspiraron en acciones completamente opuestas a los propósitos manifiestos de la organización. La corrupción fluyó desde arriba. Una postura permisiva hacia el abuso en la oficina central de BSA también se extendió a los sistemas bajo su liderazgo. Las decisiones de aquellos con poder se filtraron en los sistemas más pequeños que funcionaban bajo ellos. Un sistema establecido para enseñar principios éticos y morales unido a los sistemas de justicia y fe tomaron decisiones inmorales, poco éticas e injustas. Claramente, el propósito oculto de proteger el sistema gobernó, en definitiva, las acciones del sistema en lugar de su propósito manifiesto. Los BSA se estaban destruyendo a sí mismos al tomar decisiones no éticas e inmorales, creyendo que estaban preservando un sistema ético y moral. Mientras escribo, otra noticia ha salido a la luz sobre los BSA. Peter Janci, un abogado y defensor de víctimas de abuso sexual, dice: «Basado en la literatura científica sobre la significativa cantidad de casos no reportados de abuso de parte de las víctimas y los altos niveles de reincidencia por parte de los perpetradores dentro de un sistema que minimizaba y escondía el abuso, estimo que el número de víctimas de abuso en BSA asciende a las cien mil».³ Con pesar, también estamos al tanto de las denuncias de los últimos años sobre el abuso sistémico en comunidades de fe. Católicos, judíos, protestantes, musulmanes y mormones tienen como propósito manifiesto glorificar a Dios y servirlo fielmente. Sin embargo, muchos sistemas religiosos han trabajado para encubrir y negar los abusos, y proteger a los abusadores. Muchos lo han hecho para «proteger la obra de Dios», lo cual, en realidad, significa preservar una institución antes que a las personas que debían prosperar en ella. Las iglesias, las escuelas, los orfanatos y las instituciones religiosas han protegido a las organizaciones, el poder, la posición, la riqueza, la raza, la etnia y muchas otras cosas. El sistema, denominación o asociación más grande afecta o infecta a los sistemas más pequeños de iglesias y familias individuales; por lo tanto, si los líderes de la iglesia abusan de manera activa o si autorizan o ignoran el abuso doméstico o sexual, el permiso implícito para abusar del poder llega a los sistemas familiares. Está claro que hemos preferido nuestras trampas organizativas antes que la santidad de Dios. Hemos guardado nuestros tesoros materiales en lugar del tesoro de los seres humanos, ni hablar de las autolesiones y las desastrosas consecuencias. Destruya a los niños y no habrá futuro. La complicidad con un sistema Cuanto más desesperada esté la gente, más ansiosa estará de que un héroe aparezca en un caballo blanco y lo mejore todo. Las personas en estas circunstancias están vulnerables al control y a la manipulación. Anhelan con razón un mesías, pero puede que sigan ciegamente a un impostor hasta que la realidad detrás del propósito manifiesto del líder quede al descubierto y ellos se den cuenta de que fueron engañados. El líder es un componente clave de cualquier sistema, desde Stalin o Hitler hasta un poderoso predicador carismático o un padre dominante. El líder, por lo general, tiene un grupo cercano de seguidores cuyo acceso al líder les da poder dentro del sistema. Estos son los allegados, los que están al tanto, el círculo íntimo de ancianos o miembros de la junta, los donantes pudientes o miembros de la iglesia de un género, raza o etnia privilegiada que ejercen una influencia excesiva en el sistema. Trabajan duro para proteger sus posiciones y el poder que ellas conllevan. Los líderes y estos grupos cercanos están comprometidos de manera abierta y, a menudo, apasionada con la misión manifiesta de la organización, pero es muy fácil quedar atrapado en las trampas del poder y la ganancia personal, y conformarse con la mera preservación del sistema que brinda esos beneficios. Los seguidores con menos poder pero con una creencia incondicional y una protección activa del liderazgo conforman otro componente del sistema. Estas personas han aceptado la idea de que «nosotros» en esta institución somos especiales y que el sistema tiene que ser protegido a toda costa. En ámbitos religiosos, son los que usan la Escritura para sostener el poder y mantener a los líderes en su lugar. Estos miembros de la iglesia marginan a otros que cuestionan el liderazgo o, aún peor, que presentan acusaciones de malas acciones o abusos. En Ruanda, eran los vecinos los que creían que la propaganda genocida de los líderes era una forma de «preservar» la nación. En lugares como Afganistán, son los hombres los que atacan al «género inferior», visto como una amenaza al sistema simplemente porque buscan una educación.⁴ Estos seguidores sirven a la causa y, al hacerlo, se destruyen a sí mismos y renuncian a sus propias voces, a su honradez y a su poder. Por su docilidad y obediencia, se alinean con los poderosos, actúan de acuerdo con sus dictados y en apariencia funcionan para proteger el sistema, pero, en realidad, lo destruyen desde adentro. Otros en el sistema son dóciles no por palabras o acciones, sino por ceguera. Lamentablemente, todos hemos sido parte de este tipo de pasividad: mirar para otro lado, negar la realidad. Pensamos que no puede ser cierto y elegimos la comodidad antes que causar una perturbación. Las familias en las que el cónyuge protege al abusador al «no ver» es dócil por ceguera. En las iglesias de todo el país, los niños han dicho: «Alguien me tocó» sin siquiera entender lo que les habían hecho y, en respuesta, los ciudadanos del cielo han dicho: «Esto no sucede en nuestra iglesia. No puede ser cierto porque la persona acusada es muy buena y enseña en la escuela dominical y nunca haría algo semejante». En lugar de enfrentar la verdad, la desmerecen y la ignoran. ¿Por qué? Porque reconocer la verdad alterará el sistema por completo. No creemos que los líderes poderosos que admiramos puedan abusar de su poder. No queremos ver porque si vemos, debemos actuar o cargar con la culpa deno haberlo hecho. No queremos ver porque amenaza nuestra fe en la virtud de nuestros líderes y en el valor del sistema. El liderazgo se percibe como bueno, basado en lo que se dice, predica, enseña o promete, y nos decimos a nosotros mismos que esa es toda la verdad. También tememos el daño de la exposición. ¿Qué pasará si se conoce esta verdad? Arruinará la reputación del grupo, o peor aún, dañará el nombre de Cristo. «Esta es Su obra; no podemos arruinarla». Creemos que las instituciones como la iglesia y la familia están ordenadas por Dios y, por lo tanto, deben protegerse a toda costa. Por eso, encubrimos y negamos. Reaccionamos con incredulidad, minimizando y mintiéndonos a nosotros mismos y a los demás. En lugar de llamarlo abuso sexual por parte del clero, lo llamamos un malentendido. Preferimos creer una mentira tranquilizadora que una verdad totalmente incómoda y perturbadora. Protegemos el sistema protegiendo a los acusados. Decimos que no queremos acusar falsamente, pero no somos tan firmes sobre la falta de protección a las víctimas. Los seres humanos vulnerables necesitan protección en todos los sistemas humanos. No existe un sistema tan piadoso en el que esto no sea cierto. Los vulnerables necesitan una voz, pero son descartados con facilidad debido a su vulnerabilidad. Damos credibilidad a quienes no tienen miedo, tienen confianza y parecen importantes para sostener el sistema. Le damos más credibilidad al poder. Volvamos a los Boy Scouts of America. Alguien tuvo que denunciar el abuso para que existieran esos archivos de perversión; las víctimas tuvieron que hablar. Luego, el liderazgo de BSA se enfrentó a una elección: responder a la denuncia o enterrarla. Ellos eligieron la protección ante la exposición en lugar de la protección de los niños. Estas decisiones involucraron a muchas personas y duraron décadas, se mantuvieron ocultas hasta que las víctimas comenzaron a denunciar en público. Esto ha sido así en innumerables iglesias, misiones, orfanatos y escuelas cristianas. En el mundo cristiano, negamos lo que escuchamos porque queremos proteger el nombre de Jesús. Si se corre la voz de que alguien está cometiendo fraude, abusando de los niños, golpeando a su esposa o tratando a los miembros de su grupo de manera desagradable, intimidatoria y excluyente, entonces la reputación de Jesús se estropeará, y nosotros debemos evitar eso. ¿Cómo puede estar mal proteger el nombre de Jesús? ¿Puede ver cómo podemos usar palabras piadosas para encubrir acciones impías? En los círculos cristianos, decimos que estamos haciendo la obra del Señor; estamos protegiendo Su obra. Haríamos bien en recordar que el profeta Jeremías confrontó a los israelitas por repetir «el templo del Señor» mientras adoraban a los ídolos. «No confíen en esas palabras engañosas que repiten: “¡Este es el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor!”» (Jer. 7:4, NVI). La respuesta de Dios fue un llamado a la justicia. Los llamó a enmendar sus caminos y a dejar de tolerar el pecado en medio de ellos. El profeta le habló al sistema enfermo y pecaminoso todo lo que Dios le había ordenado que hablara, y la respuesta del sistema fue exigir la muerte del que comunicaba la verdad, diciendo que él debía morir. Querían dejarlo mudo. Eso es exactamente lo que los sistemas intentan hacer con los disidentes, los que dicen la verdad o sus víctimas. Trabajan para silenciarlos. Ningún sistema que en su interior lleve opresión, silenciamiento, deshumanización, violencia, abuso y corrupción es saludable, independientemente de lo piadosos que sean los objetivos de ese sistema. La tolerancia a dichas cosas por miedo, incredulidad o autoengaño no protegerá al sistema de la enfermedad que lo matará si no se tratan. A menudo confundimos el sistema del cristianismo (la cristiandad) con Cristo, pero ningún sistema llamado cristiano es verdaderamente obra de Dios a menos que esté lleno de verdad y amor. Tolerar el pecado, la pretensión, la enfermedad, la perversidad o la desviación de la verdad es hacer algo distinto a la obra de Dios, no importan las palabras que se usen para describirlo. Como seres humanos, tendemos a someternos a las órdenes de otros seres humanos, a la tradición o a la cultura, y nos negamos a escuchar y obedecer al Dios vivo y omnipresente. Cantar «Este es el templo del Señor» o «Esta es la obra de Dios» no significa que sea así. Proclamar con los Boy Scouts: «Enseñamos moral y ética» mientras cubrimos la inmoralidad es un indicador de que el sistema ya no es moral; tampoco lo son los que esconden su inmoralidad. Algunos de nosotros nos hemos enfrentado al poder de los sistemas que invocan el nombre de Dios pero que no se parecen en nada a Él. Ese poder puede ser formidable. Es difícil luchar contra un todo orgánico, sobre todo cuando el sistema está lleno de personas que amamos o son importantes para nosotros y nuestro futuro. Hemos visto el poder de esos sistemas en la Alemania nazi y en los Boy Scouts. Se encontraba en el sistema de esclavitud de Estados Unidos y se encuentra hoy en la esclavitud del tráfico sexual. El sistema arrastra a otros a participar en sus formas corruptas. Qué fácil es quedarse callado y seguir la corriente, en especial cuando el sistema se ha dedicado a hacer un buen trabajo en nombre de Dios. Nos olvidamos de que cualquier cosa hecha en nombre de Dios que no refleja Su carácter de principio a fin no es de Él en absoluto. En nuestro olvido, somos más leales a las palabras de los seres humanos que a los mandamientos de Dios. Es vital que tengamos en cuenta que el propósito de cualquier sistema es que las personas se unan para proteger, servir o apoyar a los seres humanos, que están creados a imagen de Dios. Esto se aplica a todos los sistemas, incluidos los gobiernos, las empresas, las comunidades, los municipios, las tribus y las familias. El sistema es para las personas; las personas no sirven al sistema; no son sus súbditos. Ellos son, lo sepan o no, siervos del Dios Altísimo y solo de Él. Todos los sistemas deben someterse a Él. Cuando no lo hacen, ya no sirven a las personas ni son aprobados por Dios. Es fácil confundirse con esto en un sistema ordenado por Dios. Tome el ejemplo del matrimonio, una institución ordenada por Dios. Cuando se expone la violencia conyugal, los líderes de la iglesia pueden enviar a la víctima de esa violencia a casa para «sufrir por el bien de Jesús» en lo que ven como un esfuerzo para proteger la santidad del matrimonio. Sin embargo, la violencia ya ha destrozado la santidad. Lo que intentan proteger no es en realidad un matrimonio, del que solo queda el nombre, sino una zona de guerra que está destruyendo a todos sus habitantes. Cuando los israelitas intentaron proteger el templo a pesar de su corrupción, Dios respondió con el equivalente de expulsarlos de Israel. No mantuvo la estructura porque Su templo está, en definitiva, en el corazón de la gente, no en un sistema. Israel, como nación, estaba trayendo sacrificios al templo incluso mientras se estaba pudriendo en su núcleo y estaba destruyendo a las mismas personas que debía proteger. Dios no mantiene la forma sin tener en cuenta el contenido. Dios quiere pureza en el reino del corazón, no su apariencia en un sistema. Nuestros sistemas, nuestros países, nuestros grupos de fe, nuestras tribus y nuestras organizaciones no son el reino de Dios. Él reside en el corazón de Su pueblo, que está llamado a amarlo y obedecerlo incluso cuando nuestras estructuras, instituciones y sistemas se derrumban a nuestro alrededor. Cómo responder a los sistemas abusivos Entonces, ¿cómo debemos responder al abuso sistémico? Debemos empezar por enfrentar la verdad. Considere cómo sería una respuesta saludable a un síntoma físico. Una persona descubre un bulto en su cuerpo; puede optar por ignorarlo o tomar medidas para proteger su sistema físico. Cuando una respuesta es impulsada por el miedo a lo que el bulto podría indicar y a lo perturbador o doloroso quepodría ser el tratamiento, la persona puede ocultar los hechos y negar la presencia del bulto a pesar de que podría costarle la salud o incluso la vida. Sin embargo, si enfrenta la verdad y hace lo que sea necesario para abordar los síntomas, puede traer sanación a su cuerpo. Cuando consideramos los casos de abuso del poder en los sistemas, estamos lidiando con enfermedades de abuso, violencia y opresión, de inmoralidad, fraude y corrupción. Podemos gastar energía manteniendo las apariencias y preservando el sistema mientras ignoramos la enfermedad. Podemos creer que si dejamos de fingir, reconocemos la enfermedad y trabajamos para detenerla, destruiremos realmente el sistema; pero disfrazar los síntomas del sistema enfermo no es un paso hacia la recuperación. Jesús vivió como parte de un grupo de personas dominado bajo un sistema de gobierno dominante. Roma gobernaba el mundo con pura fuerza y poder. Ese sistema más grande estaba formado por muchos subgrupos: los judíos y los gentiles, los leprosos y los limpios, los hombres y las mujeres, los líderes religiosos y la gente común. La gente religiosa tenía sus propios subgrupos de escribas: los fariseos y los saduceos. Todos los sistemas religiosos estaban corrompidos. Deshumanizaban, aislaban y excluían a las personas y las aplastaban con cargas pesadas. Se cumplía firmemente la distinción de «nosotros contra ellos». Los grupos marginales («ellos») incluían a los samaritanos, los leprosos, los mendigos y las mujeres. Según los estándares romanos, todos los judíos eran «ellos». Los niños eran una propiedad, como los esclavos. El infanticidio, el abandono y el abuso eran comunes. Dios no guarda silencio con respecto al abuso sistémico. Él envió a Jesús, quien vivió en medio de estos sistemas corruptos, y creo que, en Jesús, Dios habla con una voz disidente sobre el abuso sistémico. Un disidente es una persona que se opone a la política oficial, que no está de acuerdo. El término se hizo popular cuando la Unión Soviética estaba en el poder. Nosotros definimos un sistema como personas que se mantienen juntas. Jesús se apartó de los que se mantenían juntos en su época. Es una gran imagen, ¿no? De la misma manera y en el mismo espíritu de Jesús, todos los cristianos deben ser disidentes en los sistemas corruptos de este mundo, incluso en nuestras amadas instituciones. Hay muchos ejemplos de la disidencia de Jesús. En ese tiempo, los judíos albergaban prejuicios raciales sistémicos hacia los samaritanos, y un judío oraba todos los días, agradeciéndole a Dios por no haberlo hecho mujer. Jesús, sentado junto a un pozo en la tierra de «ellos», tuvo sed. La Biblia nos relata que vino una mujer de Samaria. Ella era una doble no; era una de «ellos entre ellos», había tenido cinco maridos y en ese momento vivía con el sexto. Era del grupo odiado, del género despreciado y era inmoral; pero el Hijo del Hombre vio su humanidad, así como vio la humanidad bajo escamas leprosas, así como vio la humanidad en los niños pequeños (Juan 4:7-26). Casi todos los milagros de Jesús fueron intervenciones a favor de la vida. Intervino por aquellos que eran oprimidos y maltratados, por los que estaban enfermos, en peligro y traumatizados. No disintió a la manera estadounidense ni de ninguna otra forma con la que estemos familiarizados. No llevó ningún cartel decorado con palabras de odio. Él le dio al césar lo que le correspondía, por más tirano que fuera. Como la moneda tenía la imagen del césar, el césar podía quedarse con la moneda; pero Jesús siempre le dio a Dios lo que era de Dios, que era Él mismo y la humanidad quebrantada con Él. Se opuso a todo lo que deformaba, aplastaba y destruía a la humanidad, incluidos los líderes religiosos. Sus ayes a los líderes nos recuerdan los ayes de Dios en Ezequiel 34: «“¡Ay de los pastores de Israel que […] han dominado con dureza y con severidad [a las ovejas!]”. […] “Yo estoy contra los pastores y demandaré Mi rebaño de su mano…”» (vv. 2, 4, 10, NBLA). En Mateo 23, Jesús dice palabras condenatorias a los líderes de una institución religiosa centenaria originalmente ordenada por Dios mismo: «… ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, […] porque devoráis las casas de las viudas […] y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe…» (vv. 13-14, 23). En su encuentro con la mujer samaritana, Jesús cruzó las líneas entre judíos y samaritanos, hombres y mujeres, puros e impuros. Ignoró el nacionalismo, los prejuicios raciales, la discriminación de género y las reglas de pureza e impureza. Vemos su disidencia en su búsqueda incesante de personas, sin importar dónde estuvieran. Los buscó con amor y verdad. Los buscó uno por uno. El abuso sistémico es una fuerza formidable e insidiosa. Las naciones destruyen a su propia gente y a la gente de otras naciones. Las empresas persiguen la codicia y se atiborran con las riquezas que se encuentran en la tierra de Dios. Las comunidades se autodestruyen, y el vecino mata al vecino. Las iglesias y los sistemas religiosos condenan al ostracismo y aplastan a los niños que han sido abusados, a los que han sido violados y a los que conviven con otras formas de violencia. Lo hacen para preservar un sistema que dicen que es de Dios. Las familias se consumen por las violaciones, los incestos y la violencia. Somos los disidentes de Dios cada vez que respondemos en las oficinas, las comunidades, las iglesias, las escuelas y en cualquier otra área de abuso. Hacemos esto como parte de los sistemas, muchos de ellos con objetivos buenos y piadosos. No debemos echarnos a dormir. Debemos vigilar. No debemos asumir que nuestra familia, iglesia, comunidad, país u organización siempre tiene la razón solo porque las personas que lo integran usan las palabras correctas. Nunca debemos estar de acuerdo en cubrir la impiedad para «proteger» el nombre de Dios. En Efesios 5:11, Pablo nos advierte que no participemos en las obras de las tinieblas, sino que las expongamos. Comprenda que usted solo no puede cambiar todo un sistema y tampoco está llamado a hacerlo. Sin embargo, debemos decir la verdad sobre nuestros sistemas. Esto es difícil de hacer y, a veces, bastante arriesgado. Pregúntele a Martin Luther King Jr. Pregúntele al mismo Martin Luther. Pregúnteles a los del movimiento #MeToo [#YoTambién]. Cuando los sistemas cambian, a menudo, es poco a poco y, por lo general, a un gran costo. Cuando se sienta abrumado, recuerde esto: las personas son sagradas, creadas a imagen de Dios; los sistemas no. Solo valen por la gente que tienen dentro y las personas a las que sirven. Y las personas deben ser tratadas, ya sean una o muchas, de la misma manera que Jesucristo trató a las personas. Él las hizo más enérgicas y humanas; nunca las deshumanizó. Él se unió a nosotros; se volvió como nosotros. Nunca dividió a los humanos en nosotros y ellos. Nunca trató a las personas como patógenos. Él obró justicia en los corazones y en las vidas. ¿Qué significa todo esto para nosotros que vivimos dentro de los sistemas y deseamos agradar a Dios? Significa que debemos ser derramados como la sal, asépticos, libres de infecciones y patógenos. Como cristianos, debemos ser un sistema inmunológico saludable en el mundo. Mientras caminamos con Cristo en amor y obediencia, independientemente del costo de nuestros hábitos y preferencias o nuestros sistemas favoritos, debemos vivir como Él lo hizo, sin corrupción en este mundo corrupto. Debemos ser luz en la oscuridad, exponiendo aquellas cosas que no son como Dios sin importar dónde las encontremos, incluso si las encontramos en aquellas organizaciones que amamos mucho. Somos llamados a apartarnos cuando los que se mantienen juntos son desobedientes a Dios. Debemos tener dos cosas en cuenta cuando nos enfrentamos a la fuerza y poder abrumadores de los sistemas de este mundo. Primero, debemos estar muy empapados y moldeados por la Palabra de nuestro Dios para poder ver la verdad y llamarla por su nombre correcto. Esos sistemas nosdoblan y nos tuercen porque estamos sumergidos en nuestras propias culturas y tradiciones, tanto seculares como religiosas, y porque estamos moldeados por generaciones de nuestras propias familias. Es fácil para nosotros ver a los que están afuera, los «ellos» que son parte de otros sistemas, como los equivocados, los perversos o simplemente los inferiores. Necesitamos la verdad de la Palabra de Dios escrita y de la Palabra de Dios hecha hombre para ayudarnos a ver cómo vivir lo que Dios dice, o nos desviaremos del camino e interpretaremos la Palabra escrita a través de la lente de la cultura y la tradición y fácilmente modificaremos lo que está escrito para nuestros propios fines. Jesús vino tanto a hacer como a enseñar. Debemos escucharlo con atención y observarlo desde cerca. No debemos separar ambas acciones. En segundo lugar, debemos reconocer que el cambio de sistemas masivos siempre se produce una persona a la vez. Es la manera de Dios. El cambio parece imposible, francamente no hay esperanza, pero nuestro Dios llama a Su pueblo, lo multiplica y trae transformación. Abraham, Moisés, Rut, David, Ester, Elías, Pedro, Juan, María Magdalena, Pablo, Priscila, usted, yo. Jesús mismo vino como hombre. Él nos concede Su Espíritu uno a uno y nos llama a seguir Sus pasos, a llevar Su fragancia y a declarar la verdad y la gracia a las personas de este mundo una por una. La multiplicación de esa tarea es Su obra, no es nuestra. Los reinos de esta tierra son muchos y se han utilizado para aumentar el poder, matar y hacer juicios «morales» egoístas. Los sistemas políticos y económicos han prometido libertad, igualdad y crecimiento y, sin embargo, han aplastado a los seres humanos creados a imagen de Dios. Nuestras instituciones, organizaciones, sistemas educativos y también la cristiandad han abusado del poder, han destrozado a los miembros vulnerables y han hecho oídos sordos, todo aparentemente por un bien mayor. Y nuestros propios sistemas amados, nuestras familias, iglesias, lugares de aprendizaje estimados y clubes especiales, han protegido el sistema a expensas de, por lo menos, uno o dos corderos. Sin embargo, una a una, la luz se abre paso y llega el cambio. El comercio atlántico de esclavos, la segregación en las escuelas estadounidenses y el régimen nazi fueron sistemas poderosos que fueron cambiados por una sola persona que influyó en los demás: William Wilberforce, Martin Luther King Jr., Dietrich Bonhoeffer. Aquí hay otra historia de uno a uno. Algunos miembros de la familia de mi padre vinieron desde Suiza y finalmente se establecieron en Virginia Occidental, donde poseían y manejaban minas de sal y carbón. La familia Ruffner fundó la ciudad de Charleston en Virginia Occidental y, para mi gran pesar, tenían esclavos que trabajaban en las minas. Booker T. Washington era hijo de esclavos.⁵ Después de la emancipación, este niño trabajó en las minas de sal, cargando sacos de 45 kg (100 libras) llenos de granos de sal. Su primer encuentro con la escuela fue parado afuera y mirando con tristeza por la ventana cómo aprendían otros niños. A los diez años fue asignado como criado de Viola Ruffner, esposa del dueño de las minas. Ella observó su inteligencia y entusiasmo por aprender, lo ayudó a aprender a leer y le dio tiempo libre todos los días para que asistiera a la escuela. Washington fundó el Instituto Tuskegee, la cual se convirtió en una universidad líder en Estados Unidos. Él denunció las relaciones raciales durante la era de Jim Crow y fue el primer afroamericano invitado a la Casa Blanca. Mi predecesora no podía detener la esclavitud; no podía cambiar las relaciones raciales en este país; no podía educar a todos los hijos de las personas esclavizadas, niños que deberían haber sido educados. Sin embargo, ayudó a un hijo de la esclavitud y su acción se multiplicó más allá de las expectativas de cualquier persona. Una a una, miles de vidas y muchas generaciones fueron cambiadas porque un niño pequeño aprendió a leer. De la misma manera, debemos ser una presencia en los sistemas del mundo para la gloria de Dios. Así que recuerde esto: es vital que vea de verdad y con claridad y llame a las cosas por su nombre correcto. No se deje anestesiar por los llamados buenos sistemas, no se deje controlar por los malos y no sea cómplice de una ceguera deliberadamente elegida. No se siente creyendo que no hay esperanza, pensando que el problema es demasiado grande y que el cambio nunca llegará. Eche sus raíces profundamente en la Palabra de Dios escrita y hecha carne. Inclínese ante Aquel que gobierna los reinos del cielo y de la tierra para que Él lo haga a Su semejanza. Y luego, como Él, lleno de Su gracia y verdad, salga, hable, toque, ame y ayude uno a uno. Él multiplicará lo que usted haga. Ignore las líneas que traza el mundo y ame a los más pequeños: a los niños, los vulnerables, los abusados, los traumatizados, los traficados y los descartados. Así es como le dice la verdad al poder. Así es como discipula y bendice a las naciones, una a una entre las más pequeñas. Es un trabajo pequeño, a menudo oculto y lento, pero es la obra de Dios hasta que llegue el día en que el único sistema que quede en pie esté formado por aquellos que aman y siguen a Cristo. Es la obra de Dios hasta que el séptimo ángel toque la trompeta y voces en el cielo digan: «Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos» (Apoc. 11:15). siete El poder entre los hombres y las mujeres Crecí en las décadas de 1950 y 1960, años fascinantes en los que lo tradicional y lo correcto se encontraban con los hippies y las drogas. Después de graduarme de la universidad en 1970, estudié en la comunidad suiza L’Abri con el teólogo y filósofo evangélico Francis Schaeffer. Regresé a Estados Unidos y obtuve un doctorado en psicología, la única mujer en una clase de siete alumnos. Para cuando terminó esa década, yo tenía dos títulos, un esposo y uno de nuestros dos hijos. A través de todo esto, también fui parte de la cristiandad. Ha sido un recorrido interesante, a veces, doloroso y, a menudo, bendecido. Crecí con padres cristianos amorosos que nutrieron mi cerebro de manera activa y me dijeron que podía ser cualquier cosa que me propusiera. Como mi padre estaba en el ejército, nos mudábamos con frecuencia y asistimos a una amplia variedad de iglesias. Como resultado, experimenté muchas culturas, tanto seculares como cristianas, y esa experiencia fue un regalo inestimable que promovió mi comprensión y creencia de que la adoración se trata de una persona llamada Jesucristo. Él es el que está en el trono, y solo a Él le debemos nuestra obediencia, no a un líder, ni a una denominación ni a una iglesia. Mientras estaba en la universidad, muchos hombres cristianos me informaron que estaba equivocada al querer obtener un título. Mis dones, me dijeron, me los dio Dios para que los usara con un esposo e hijos y luego quizás en la iglesia. Me recomendaron casarme (en ese momento, yo no estaba en una relación) y dejar la universidad. Menos mal que mi padre me recordó mis habilidades y mi libertad de decisión. Trabajé para un psicólogo cristiano durante varios años que me trataba bien y me pedía que habláramos en público juntos. Ninguno de los dos estábamos preparados para el ataque. Las respuestas iban desde «Ella no puede venir» a «Puede venir, pero no puede hablar a los hombres», «Puede venir, pero tiene que usar un sombrero», «Puede venir, pero debe hablar desde el piso, no desde el escenario». Usted entiende. Él me defendía; a menudo, yo me rebajaba para amoldarnos a los demás y nos íbamos. Cuando comencé a dar terapia psicológica a principios de la década de 1970, encontré mujeres que hablaban del abuso en términos imprecisos y vacilantes. Nadie usaba la palabra «abuso». El abuso doméstico «no ocurría» porque se creía que los hombres tenían más credibilidad. La violación se consideraba culpa de la mujer. Las mujerespedían verme porque era mujer, no porque supiera algo. Yo tenía veintitrés años. Escuchaba, hacía preguntas y les decía honestamente que no sabía nada y que primero tenía que estudiarlas. Los supervisores masculinos me dijeron que no creyera sus historias histéricas y sus mentiras sobre hombres «buenos». Elegí escuchar a las mujeres en lugar de a mis supervisores. También daba terapia a los veteranos que regresaban de Vietnam. Me di cuenta de dos cosas. En primer lugar, los veteranos que regresaban de la guerra y las esposas que venían a verme en secreto tenían los mismos síntomas. Llegué a la conclusión de que había más de un tipo de zona de guerra. Crecí aprendiendo sobre el combate, pero no sobre la guerra en el hogar. En segundo lugar, las mujeres abusadas se hacían más pequeñas, como si el «yo» literalmente se encogiera, mientras que los veteranos parecían volverse más grandes. A menudo, eran bebedores empedernidos, enojados y violentos. La violencia ocurría principalmente en el hogar, pero algunos no podían contenerse lo suficiente como para mantener un trabajo. Lo que llegué a comprender tenía dos caras. A los hombres se les enseña a ser fuertes, competentes y responsables; su autoridad debe ser obedecida. A las mujeres se les enseña a ceder, contener y apoyar. Las tareas no son intercambiables. Por lo tanto, la violencia es el derecho de los hombres, y la carga de manejarla es de las mujeres. Me di cuenta de que las víctimas de abuso no eran las únicas que perdían a la persona que Dios había creado. Los abusadores también se apagaban cuando cedían a la violencia. Las zonas de guerra hacen que todos se sientan pequeños. El abuso del poder es utilizar el poder para controlar y coaccionar a la víctima. Lo que a menudo no se comprende es que el poder abusado es también un poder fuera de control, que es, por definición, una incapacidad. Los que son violentos y abusivos son incapaces de controlarse a sí mismos. Los que son víctimas son incapaces de cambiar al violento. El abuso del poder es un cáncer en el cuerpo de Cristo. La forma en que la cristiandad usa la terminología con respecto al género es a veces un aspecto de la enfermedad. Debemos dejar que la luz de un Dios santo nos exponga a nosotros y a nuestros sistemas. Un hombre llamado Jesús no tuvo nada que ver con estas maneras. Él usó su poder sin abuso, coerción o complicidad. Un hombre llamado Jesús interactuó con todo tipo de mujeres y las protegió, bendijo, sanó, animó y levantó. Nunca les dijo que se sometieran al mal o a las malas acciones. No las silenció. Gran parte de la masculinidad en la cristiandad no se parece en nada a Jesús. Ha sido contaminada por la cultura secular y autorizada mediante el uso de términos teológicos. Cualquier teología que no produzca el fruto de Jesús es falsa. Estamos haciendo un gran daño a una cantidad incontable de personas vulnerables y a la Iglesia de Dios porque las personas destruidas por el abuso perpetrado por los poderosos no pueden usar la plenitud de los dones que Dios les ha dado para bendecir su cuerpo. Aquellos que perpetran el abuso tampoco están usando los dones en la Iglesia como Dios quiso. Simplemente seguimos repitiendo palabras teológicas casi como un mantra: líder, cabeza, sumisión, autoridad, ordenado por Dios. Debemos sacar a la luz aquellas cosas que encubrimos mediante el uso de palabras buenas y familiares, y revisarlas para ver si nuestras etiquetas y nuestras puestas en práctica son de Dios. Muchas no lo son. Usamos nuestros mantras teológicos cuando nos enfrentamos a una mujer maltratada que no tiene acceso al dinero y a la que atan a la cama cada vez que el hombre, que se considera su «cabeza», quiere tener sexo. Usamos estas palabras cuando se presenta un niño de trece años y dice que su pastor de jóvenes le mostró pornografía y tuvo relaciones sexuales con él y cuando el pastor principal usa su «autoridad» para silenciar al niño. Usamos estas palabras cuando hablamos con una mujer cuyo «pastor» usó sesiones de consejería para violarla repetidamente para que ella pudiera aprender lo que les gusta a los hombres y así ser una mejor esposa. Usamos estas palabras cuando una mujer se presenta sola ante una junta de todos «pastores» varones con una acusación de violación o maltrato y terminan interrogándola en lugar de creerle. Usamos palabras y conceptos teológicos familiares de manera tal que autorizan o minimizan el abuso y aplastan a los seres humanos. Suponemos que tenemos la postura correcta. En cambio, debemos examinar nuestras historias individuales y colectivas, las palabras que usamos y nuestras tendencias y prejuicios que hemos bautizado con lenguaje teológico. A un árbol se lo conoce por su fruto. El fruto de la Iglesia nunca debería usar el poder para servirse a sí misma o ser cómplice de esas cosas. Necesitamos escucharnos y aprender unos de otros, tal como tuve que hacerlo yo cuando escuché por primera vez historias de abuso y violencia que eran inimaginables para mí. Debemos sentirlo en carne propia. Si no lo hacemos, le estamos fallando a nuestro Señor y a su cuerpo. Las caras del divorcio Hemos perdido de vista el hecho de que nuestro Dios odia los divorcios de todas las formas y tamaños, no solo el fin de una relación legal. ¿Es desunión esconderse todas las noches y mirar pornografía detrás de una puerta cerrada, ignorando al cónyuge y la familia? ¿Es una transgresión golpear al cónyuge ya sea con objetos, puños o palabras? ¿Es desunión impedir que el cónyuge tenga acceso al dinero? ¿Es divorcio desahogar la rabia y la humillación con la familia y mostrar engañosamente una cara diferente en la iglesia? Según las palabras de Malaquías, ¿no ha quebrantado la fe con su cónyuge y ha actuado tanto con traición como con engaño? Dios declara «que él aborrece el repudio, y al que cubre de iniquidad su vestido» (Mal. 2:16). ¿Todo lo anterior no es repudio? ¿De dónde sacamos la idea de que lo único que podemos llamar «divorcio» es una hoja de papel que nos da la corte? ¿Y cómo decidimos que todos estos otros divorcios no significan nada importante mientras no tengamos el documento de la corte? ¿Estamos realmente permitiendo el pecado y la destrucción en una relación destinada a ser un refugio en aras de un documento legal? Si es así, estamos protegiendo la deformidad de una entidad que debe reflejar a Cristo y a Su cuerpo. Hemos engañado a muchas personas que sufren con nuestra interpretación muy estrecha y limitada de lo que Dios odia. Respondemos como si Dios odiara la disolución de un matrimonio, pero pudiera tolerar el abuso, la hostilidad, la manipulación y las amenazas ¡en una relación que debe parecerse a Su relación con Su esposa! Al hacerlo, hemos contribuido al daño de personas preciosas creadas a imagen de Dios y las hemos confundido sobre quién es Dios y lo que Él dice. También les hemos fallado a los que abusan al minimizar, excusar y pasar por alto las cosas que Dios odia. Hemos valorado la apariencia externa del matrimonio por encima de la santidad de Dios vivida en lugares escondidos. Enseñanzas de la cristiandad sobre el ser mujer Mucho se ha dicho a lo largo de los siglos sobre lo que significa ser mujer. Los hombres han dicho la mayor parte. Las mujeres han sido etiquetadas como el sexo débil, el segundo sexo, el sexo subordinado y la puerta del diablo. Los padres de la Iglesia tenían mucho que decir sobre las mujeres. Aquí encontrará algunos ejemplos: Epifanio: «En verdad, las mujeres son una raza débil».¹ John Knox: «Débiles, frágiles, impacientes, delicadas, inconstantes, cambiantes y faltas del espíritu de consejo».² Tomás de Aquino: «La mujer es defectuosa y no planeada».³ Agustín de Hipona: «No veo cuál es el tipo de ayuda con el que se creó a la mujer para que brinde a los hombres, si se excluye la procreación».⁴ Crisóstomo: «Dios mantuvo el orden de cada sexo al dividir los asuntos de la vida en dos partes y asignó los aspectos más necesarios y beneficiososal hombre, y los asuntos inferiores y menos importantes a la mujer».⁵ Estos comentarios y otros hechos a lo largo de los siglos han contaminado nuestras aguas teológicas. Son mentiras. Son frutos corrompidos y continúan reproduciéndose a su propia semejanza. Se ha etiquetado a las mujeres como indignas, inmorales, poco inteligentes e insignificantes. Nos han llamado histéricas, tontas, ilógicas e inestables. Los comentarios sobre lo que significa ser mujer no están repletos de cumplidos ni elogios. Algunas de ustedes saben que esto es así porque han estudiado el tema. Muchas de ustedes lo saben porque lo han vivido. Han sido etiquetadas y descartadas o apartadas. Otros les han puesto nombres, las han identificado y descrito. Como ha sido identificada como mujer, se supone que debe tener ciertas características, pertenecer a una determinada categoría y tener cualidades específicas. Con frecuencia, ser llamada mujer significa ser menospreciada y criticada, a menudo en la casa de Dios. Nos hemos acostumbrado a absorber estos puntos de vista sin mucho discernimiento. No hemos examinado, sino que hemos santificado lo que nos transmitieron. Los daños y las pérdidas que hemos sufrido son inconmensurables. Es hora de estar en silencio delante de Dios y reconocer con humildad que ninguno de nosotros tiene o alguna vez entenderá la mente de Dios. Parece como si creyéramos conocer Su mente y Sus pensamientos. Nuestras condenas a quienes piensan lo contrario son duras y, a menudo, desagradables. La arrogancia es impresionante. Todos debemos hacer una pausa, escuchar y reflexionar con una gran dosis de humildad. Pregúntese: ¿Qué aprendí de niño sobre ser hombre o mujer? ¿Qué se enseñaba de manera explícita? ¿Qué se enseñaba de manera empírica? ¿Coincidían? ¿Qué tradiciones con respecto al género se han transmitido a través de las generaciones de mi familia? ¿Qué había en las relaciones entre hombres y mujeres? ¿Respeto? ¿Amabilidad? ¿Ira? ¿Etiquetas? ¿Humillación? ¿Silencio? ¿Qué aprendí de la publicidad, la música e Internet sobre ser hombre y ser mujer? ¿Qué me enseñó la cristiandad sobre ser hombre y ser mujer? ¿A través de qué palabras y acciones se enseñaba esto? ¿Coincidían las palabras y las acciones? ¿Enseñaba la Iglesia que la relación entre el hombre y la mujer es siempre jerárquica y nunca relacional? ¿Cómo respondía la Iglesia a los dones de las mujeres? ¿Cómo se consideraba o alentaba a las mujeres? ¿Qué dones en las mujeres se fomentaban más allá de las formas «tradicionales» de ver a las mujeres? ¿Qué teología se utilizaba para respaldar los puntos de vista observados? ¿Alguna vez examiné la Escritura para ver qué puedo aprender? ¿Alguna vez estudié en profundidad cómo nuestro Señor interactuaba con las mujeres y qué nos enseñan Sus caminos? ¿Sus interacciones cambian alguna de las cosas en las que he creído? (Sugerencia: deberían). Cuando Dios siempre está de acuerdo con nosotros sobre algún tema, lo hemos creado a nuestra imagen en lugar de inclinarnos ante la Suya. Cuando tenía trece años, asistíamos a una iglesia que era muy conservadora. De alguna manera recibí el mensaje de que las chicas con cerebros activos no eran bienvenidas. Así que desarrollé una pequeña fantasía para los domingos por la mañana. Me imaginaba que subía los empinados escalones hacia las puertas de la iglesia y que veía una caja gris en el suelo (como una antigua caja de reparto de leche). Jugaba a que me sacaba el cerebro y lo ponía con cuidado en la caja y lo recogía al salir. Nunca le conté a nadie esta imagen hasta que fui adulta. Me apena haber tenido la necesidad de imaginar esto; pero sabía que podía recuperar mi cerebro al salir y que era bienvenido en casa y en la escuela. Muchas jóvenes no tienen un lugar seguro o acogedor para sus cerebros. Me entristece cuando la Iglesia de todo el mundo no ve con buenos ojos las mentes y los dones de las mujeres. En algunos lugares, parece que las mujeres han sido amputadas de la Iglesia. Cuando sostuve a mis hijos recién nacidos y a mis nietos, sentí como si estuviera mirando un cofre que Dios llenó intencionalmente con regalos para bendecir Su mundo. Abrir esos regalos ha sido uno de los grandes placeres de mi vida. Ignorar los dones de Dios en cualquier niño, ya sea mujer u hombre, le hace un gran daño. También socava enormemente la función de la Iglesia, porque Dios da esos dones para el bien del cuerpo de Cristo y para Su gloria. ¿Cuántos sermones ha escuchado sobre las mujeres? He escuchado innumerables sermones durante siete décadas. Muchos han sido excelentes y han alimentado mi alma, pero nunca escuché un sermón sobre María (la hermana de Moisés), Hulda, Débora, Febe, Priscila o Junias. He escuchado sermones sobre Betsabé, pero no se referían al abuso total de poder de parte de David, que mató a una de sus ovejas (Urías) y le pidió a la esposa de otro hombre que fuera a su cama. Uno no le dice que no al rey. El rey David era el Harvey Weinstein de Betsabé.⁶ Rara vez se habla de ese abuso de poder desde el púlpito. Hace más de veinte años, di una clase de seminario sobre la mujer en la Iglesia. Uno de los requisitos era leer partes del libro Daughters of the Church [Hijas de la Iglesia], de Ruth Tucker. La mayoría de los estudiantes eran hombres jóvenes, muchos de los cuales respondieron con franqueza. No conocían la historia de las mujeres en la Iglesia y los dones que con generosidad pusieron al servicio del pueblo de Dios (tampoco las estudiantes lo sabían). Leer parte de esa historia cambió algo en ellos; comenzaron a ver y a pensar en las mujeres de manera diferente. Las veían como pensadoras, profetizas, cambiadoras de cultura y fuertes amantes de Dios. Esos estudiantes desarrollaron una imagen más completa de cómo Dios ha dotado y llamado a las mujeres. Nuestro punto de partida cuando pensamos en hombres y mujeres deben ser las categorías de Dios. Dios creó a dos seres humanos, ambos a Su imagen. Los llamó a la misma obra de ser fecundos, ejercer dominio y someter. Fueron llamados a cantar a dúo para la gloria de Dios. Ambos humanos cayeron por su propia codicia. Ambos siguieron una mentira envuelta en un poco de verdad. Ambos prestaron atención a una voz distinta a la de Dios. Ambos recibieron consecuencias importantes de parte de Dios. Ninguna de esas consecuencias era parte del diseño original de Dios. Parece que nosotros entendemos las consecuencias de la caída y luchamos contra ellas. Peleamos contra todas excepto una: «Y él tendrá dominio sobre ti». A esa la hemos bautizado y, como resultado, hemos tenido una cosecha de divisiones, discusiones, condenación y desprecio. Hemos permitido que esta discusión sobre el papel de la mujer cause división en el cuerpo de Cristo. Creo que el género, el diseño de Dios, y la caída son áreas importantes de discusión, temas con los que debemos seguir batallando a la luz de la Escritura y en el Espíritu de Cristo. También creo que se les ha impedido a las mujeres, tanto en la sociedad secular como en la cristiana, ejercer los dones que Dios les ha dado. Con frecuencia, la Iglesia no ha alentado a las mujeres a usar sus mentes y las ha forzado a entrar en el molde particular y solitario de esposa y madre, y las ha juzgado de impías, indignas, inadecuadas o poco femeninas si no encajan en el molde. Algunas no han sido llamadas por Dios a ese camino. Otras han sido llamadas a ese camino durante una parte de sus vidas, pero no en su totalidad. La Iglesia es significativamente más pobre por aferrarse a sus amadas cajas, muchas de las cuales están muy influenciadas por la cultura, los padres de la Iglesia y la tradición. Las etiquetas y las categorías de este debate han cambiado a lo largo de mi vida y cambiarán de nuevo. Hoy, una de las principales preguntas parece ser: «¿Crees en la complementariedad o en la igualdad?». A menudo, en esa pregunta se esconde lo siguiente: «Te aprobaré si eliges la etiqueta correcta». Estas categorías no se encuentran en ningunaparte de la Escritura. De hecho, la base teológica que muchas veces se usa para la masculinidad y la feminidad está completamente fuera de línea con los credos y la ortodoxia del cristianismo a lo largo de los siglos. La base teológica es la afirmación de que Jesús está subordinado al Padre por la eternidad.⁷ Muchos de los que adoptaron las categorías para el matrimonio han criticado desde entonces la base teológica, pero todavía defienden las categorías como si fueran parte de los antiguos credos de la Iglesia. Parece extraño que estemos enseñando solo dos formas de matrimonio (el complementario y el igualitario) cuando nuestro Padre sublimemente creativo no ha creado a todos los hombres y mujeres por igual. Sin duda, las parejas de esas uniones también serían únicas. No resolveré este debate aquí, pero esto es algo que hemos permitido que divida a fondo el cuerpo de nuestro Señor. Debemos mantenernos juntos en lugar de reducir nuestra visión del matrimonio a donde sea que hombres y mujeres se encuentren en la red de poder. En Hechos se nos habla de una pareja casada a quien Pablo amaba y con quien trabajaba, pero que parece estar fuera de las categorías que estamos discutiendo aquí. Priscila y Aquila conocieron a Pablo en Corinto, y los tres trabajaron y viajaron juntos. Pablo demostró confianza en ambos al dejarlos a cargo de la iglesia en su hogar (1 Cor. 16:19). Fue en Éfeso donde Priscila y Aquila conocieron a Apolos. Cuando lo escucharon hablar en la sinagoga, lo llevaron aparte y le explicaron mejor el camino de Dios (la teología). Priscila claramente no solo estaba sirviendo café o «apoyando» a Aquila. Se la menciona primero en cuatro de cada cinco casos. Pablo autorizó su trabajo en Éfeso y los llamó colaboradores (Rom. 16:3). Esto sale de la pluma del mismo hombre que escribió: «La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción» (1 Tim. 2:11, RVR1995). En lugar de provocar un duelo sobre la Escritura y más división, esta tensión debería detenernos y ponernos de rodillas en humildad delante Dios y entre nosotros. También debería dar lugar a una pregunta: ¿acaso hay una Priscila silenciada en su iglesia? Si tenemos en cuenta cómo Dios hecho hombre interactuó con las mujeres, parece prudente que hagamos una pausa en este diálogo.⁸ Sugiero que depongamos las armas y busquemos a nuestro Dios. Él odia el abuso de mujeres y niños; odia las palabras degradantes y humillantes hacia cualquiera de Sus criaturas. Odia que algunos líderes, en Su nombre, hayan negado, escondido, encubierto y hayan sido cómplices de abusos que, según Él, son dignos de una cruz. Se aflige por el daño hecho a los hombres y su pérdida de un cónyuge en todas las áreas de la vida. Dado que Dios odia estas cosas y se entristece por ellas, creo que el arrepentimiento, la humildad y la búsqueda de Su rostro son los únicos caminos correctos que debemos seguir. ¿Cómo sería esto? Todos debemos comenzar con la voluntad de ver el error en nosotros mismos, algo que a ninguno de nosotros nos gusta hacer. Nos sentimos mucho más cómodos encontrando errores en los demás y somos buenos en eso. ¿Estaremos dispuestos a reflexionar sobre nuestras suposiciones y pedir a Dios luz y verdad? ¿Es posible que algunas no provengan de la Escritura, sino que se hayan agregado? Sin duda todos reconoceríamos nuestra fragilidad, limitaciones y falta de sabiduría como criaturas. Con frecuencia, hacemos suposiciones y luego leemos la Escritura, la cual podemos torcer con facilidad para que diga todo tipo de cosas. Lo hemos hecho con la esclavitud, con las mujeres y con los hombres. Lo hemos hecho en nuestras respuestas al abuso y con muchos aspectos de nuestras culturas. Es bueno y correcto tener la humildad de pedirle a Dios que nos escudriñe en estos asuntos. El proceso de aprender un nuevo idioma implica algo llamado «período de silencio», en el que uno escucha de forma receptiva una voz previamente desconocida. De manera literal cambia su mente y su forma de pensar. Si es tan arrogante que no puede pensar de manera diferente, no puede aprender un nuevo idioma.⁹ He tenido que practicar un período de silencio en mi trabajo con víctimas por trauma, que hablaban un idioma que yo no conocía y contaban historias que nunca había escuchado. Elegí dejar a un lado mis pensamientos, mis categorías y mi lenguaje y meterme de lleno hasta que aprendí algo de lo que era ser como ellas. ¿Le suena familiar? Debería. Eso es, en esencia, sentirlo en carne propia, aprender lo que es vivir en el cuerpo de otro. Conocemos a alguien que hizo esto por nosotros. ¿No vamos a seguir Su ejemplo? Pastores y líderes varones, ¿alguna vez les preguntaron a las mujeres cómo es ser mujer en la iglesia u organización que lideran? ¿Le ha preguntado a su esposa y a otras mujeres que conoce cómo lo ven usando su poder con ellas y en el liderazgo y otras relaciones? ¿Deberían las mujeres en puestos de liderazgo hacer las mismas preguntas a los demás? Sí, por supuesto. La restauración del gobierno de Dios Volvamos al principio una vez más. El hombre fue creado primero, y Dios declaró que la soledad del hombre «no era buena». Dios hizo que Adán se durmiera y lo hirió para crear a su esposa. Ellos eran una sola carne. Dios dijo que un hombre debe dejar a su padre y a su madre para unirse con su mujer. ¿Ve el presagio? Cristo dejó el hogar de su Padre. Se hizo hombre y se convirtió en siervo, una ayuda para nosotros. Dio su vida en la cruz, fue herido y murió para crear a Su esposa, la Iglesia. Adán era la cabeza de la raza humana. Jesús es la Cabeza de Su Iglesia. Nuestra Cabeza es el Cordero inmolado desde la fundación del mundo (Apoc. 13:8). Él es el poder que se rinde, el poder herido por amor a Su esposa. Esta Cabeza es cruciforme; toma el camino de la cruz. Dios creó al hombre y a la mujer a Su imagen y les dio tareas conjuntas (Gén. 1:26-28). Debían sojuzgar la tierra y ejercer dominio sobre la creación, no entre sí. Vivieron y trabajaron juntos bajo el gobierno de Dios… hasta que no lo hicieron. Engañados por el archienemigo de Dios, actuaron fuera del reino de Dios, y la vida cambió para siempre. En respuesta, Dios les habló sobre el resultado de su elección. A Eva, le dijo en parte: «Desearás a tu marido, y él te dominará» (3:16, NVI). Hemos perdido de vista el hecho de que esto es parte de lo que llamamos la maldición. Esta no es una instrucción para el hombre. Es una consecuencia de decisiones equivocadas y pecaminosas. La restauración del gobierno de Dios es el remedio. Parte de nuestro llamado es luchar contra los resultados devastadores, divisivos y destructivos de una división del trabajo que Dios no ordenó y trabajar para restaurar el gobierno de Dios sobre las relaciones entre hombres y mujeres, que deberían ser el lugar de mayor belleza para mostrar la imagen de nuestro Dios. Lamentablemente, muchas veces se respalda el tratamiento autoritario hacia las mujeres (y hacia todos los miembros de la iglesia) utilizando el concepto de cabeza, pero hemos perdido de vista ese concepto. El abuso de cualquier tipo de poder está claramente condenado en Efesios: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca […]. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. […] Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (4:29, 31-32; 5:1-2). Luego viene «el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador» (5:23, RVR1995). ¿Cómo es Cristo como Cabeza de la Iglesia y Salvador del cuerpo? Él se hace pequeño, se agacha, toca la enfermedad, protege a los vulnerables, lava los pies, muere, soporta el dolor por otro y no causa dolor a otro. Los seres humanos prosperan en ese amor. Ser la Cabeza significa ser el Siervo de sereshumanos pecadores, frágiles, confundidos y rotos. ¿No se supone que las cabezas tienen siervos, no son siervos? Pero nuestro Señor dijo: «… sea el mayor entre vosotros como el más joven [el que tiene menos poder], y el que dirige, como el que sirve» (Luc. 22:26). La semejanza con Cristo significa invitar, no exigir. Significa amar, no controlar. Ser cabeza significa dar vuelta la maldición, no sojuzgar a los demás. El Hijo del Hombre no sojuzgó, aunque Sus discípulos deseaban que lo hiciera. En cambio, extendió Sus grandes brazos y dijo: «Vengan. Es seguro». No exigió, sino que dijo: «Vengan y beban» (incluso a una mujer inmoral de la raza «incorrecta»). El concepto de cabeza que sigue a Jesús es el concepto de cabeza que ningún ser humano concibió. La cabeza de un hogar, la cabeza de una iglesia debe ser el mayor siervo. ¡Es diabólico, incluso sacrílego, que enviemos a las mujeres abusadas a casa y dejemos a los niños abusados desprotegidos porque alguien es la «cabeza»! Abusar del poder de cualquier tipo es fallar por completo en parecernos a nuestro Señor. Abusar o aplastar a alguien de cualquier manera es continuar la maldición. Nuestro Dios nos ha llamado a vivir para revertir la maldición de la manera que podamos. Nos llama a tomar el camino de la cruz. Nuestra Cabeza, mientras estuvo aquí en forma de hombre, demostró esa relación a través de la adolescente que lo trajo al mundo, a través de una mujer (una «fuente poco confiable») que le dijo a la gente que el Redentor había venido, a través de una mujer que había estado atormentada y lo seguía a todas partes. Él la eligió a ella, una mujer con una historia problemática, para decirle a Sus discípulos que había resucitado. Su voz todavía resuena en este mundo. Repetimos su mensaje cada Pascua. ¿Alentamos a las mujeres a que traigan a Jesús a nuestro mundo y cuenten a todos que el Redentor ha venido? ¿Animamos a las mujeres a que usen su voz para decirles a sus hermanos que Jesús ha resucitado? ¿Hay una María en su iglesia? Dios nos ayude si con nuestras etiquetas y categorías ignoramos o silenciamos a las mujeres de este mundo que lo aman y tienen fe en Él. Privamos su cuerpo de esas voces proféticas, dadas por Su autoridad, que anuncian que Él ha resucitado. Debemos llevar todas nuestras divisiones sobre hombres y mujeres ante nuestro Señor, e inclinarnos ante el gobierno de nuestro Dios en lugar de esperar que otros se inclinen ante el nuestro. Dios dice que en Cristo las categorías terrenales son nulas (Gál. 3:28). En cambio, todos debemos vestirnos de Cristo. Esa y solo esa debería ser nuestra característica dominante. Un hombre puede bendecir grandemente a una mujer sin siquiera saberlo. Una paciente con antecedentes de abuso sexual crónico y violento me relató esta historia. Ella tenía miedo de los hombres y de la iglesia, ya que allí era donde había ocurrido gran parte de su abuso. Después de varios años de sesiones de terapia conmigo, quiso volver a la iglesia. Asistía todos los domingos, se sentaba en la parte de atrás, llegaba tarde y se iba temprano. Después de unos meses, me contó sobre una familia que se sentaba delante de ella todos los domingos: un padre, una madre y dos niñas pequeñas. Ella los miraba como un halcón, sobre todo al padre. Me dijo: «Nunca he visto a un hombre tratar a una mujer o a una niña como lo hace este hombre. Nunca es violento ni severo. Todos los domingos, semana tras semana, es amable. Trata a su esposa con dignidad. Se inclina hacia las niñas, e incluso si son inquietas o traviesas, su voz es calma y amable. Por primera vez en mi vida, tengo una pequeña imagen de lo que usted dice de cómo es Dios conmigo. Es como ese padre». Este hombre demostró poder bajo el control del Espíritu de Dios, manifestado con humildad y utilizado en beneficio de otros. Demostró poder con bondad. Se parecía a su Señor. No sabía que su humildad tenía un poder extraordinario con resultados eternos, ya que le dio a mi paciente una idea de cómo es realmente el Padre. Nuestro Padre, nuestra Cabeza, usa todo el poder para bendecir a Sus hijos, se inclina sobre ellos con amor y los sirve. Ese mismo Dios, en Cristo, nos llama a hacer lo mismo. ocho La intersección de la raza y el poder En la profunda oscuridad de un vientre, las manos de nuestro Padre entretejen con cuidado y amor a una pequeña. La niña es un regalo creado a Su semejanza para darle gloria y bendecir Su mundo y a los que habitan en él. Cuando termina de entretejer, el Padre envuelve a este pequeño regalo en una hermosa piel negra, y ella entra al mundo. Lamentablemente, como descubrirá, no todos en su mundo la ven como su Padre lo hace. James Baldwin dice en Notes of a Native Son [Notas de un hijo nativo]: «El negro es un color terrible para nacer en este mundo».¹ La observación de Baldwin nos muestra que hay algo que está muy mal en nuestro mundo. Refleja un mensaje que muchos han recibido tanto de la cultura secular como de la cristiana, un mensaje que el autor escuchó con un sonido envolvente. La experiencia de vida de Baldwin hizo que el amor del Padre pareciera una mentira y que Su regalo pareciera menospreciado. Las mentiras sobre nuestro Padre, ya sean enseñadas de palabra o de hecho, son diabólicas. Muchas de estas mentiras se han enseñado e interiorizado. Llama la atención lo hostil que puede volverse una conversación cuando se toman en cuenta cuestiones de raza y de abuso del poder. Por desgracia, esto no es menos cierto en la cristiandad que en otros lugares. Los insultos, las etiquetas y el lenguaje denigrante se utilizan como armas. Si alguien cuenta su experiencia, se lo acusa rápidamente de falsedad, victimismo, socialismo, creencias anticristianas y de debilidad por no «superarlo». Permítame ser clara: no hay excusa para que los creyentes en Cristo se hablen así o les hablen así a los no creyentes, no importa cuál sea el tema. Cualquier encuentro con otro ser humano debe basarse en dos verdades fundamentales. Ya hemos dado a entender la primera. Nunca conocerá, ni hablará, ni caminará, ni trabajará con un ser humano que no haya sido entretejido deliberadamente por las manos de nuestro Padre. Nunca. Todas las personas diseñadas por nuestro Padre son preciosas, y Él nos llama a tratarnos como tales, como miembros de la raza humana, creados por nuestro Dios y amados por Él. Todos somos una raza, la raza humana, y en esa raza, todos somos portadores de la imagen de Dios. No hay excepciones. En Hechos 17:26, 28, Pablo afirma: «Y de una sangre [Dios] ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; […]. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; […]. Porque linaje suyo somos». Jonathan Blanchard, el primer presidente del Wheaton College y también abolicionista, acuñó la frase «de una sola sangre» en referencia a este pasaje de la Escritura.² Nunca conocerá a un ser humano con el que no comparta la sangre de Adán. La segunda verdad fundamental tiene sus raíces en la encarnación y nos enseña cómo andar y vivir los unos con los otros. «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria…» (Juan 1:14, RVR1995). Siempre debemos caminar como lo hizo Cristo. Tratar a alguien como inferior es desafiar el juicio del Padre sobre quién es esa persona, violando la primera verdad. Tratar a los demás como inferiores es también fallar en parecerse a Jesús en este mundo, violando la segunda verdad. Si queremos entender a los demás, debemos hacer lo que Él hizo. Se hizo carne y entró en nuestro mundo, se hizo como nosotros y experimentó nuestra vida. Al hacerlo, se convirtió en la esperanza de nuestra salvación. Pero Su vida fue también el mayor acto de escucha y de adentrarse en el mundo de otro que jamás haya existido. Él nos ha llamado a seguir Sus caminos. Las cuestiones relacionadas con la raza han levantado y derrocado reinos. Han conducido a vallados y a hornos, a la deportación y a la esclavitud. Hemos utilizadola hermosa diversidad que nuestro Dios creó como herramienta para ganar poder y oprimir. El fruto de estas acciones es corrupto, destruye vidas y es demoníaco. Muchos anhelan que esto cambie para que el mundo pueda ser testigo de que los seguidores de Cristo están llenos de gracia y verdad, en vez de desprecio y división. No soy experta en estos temas, pero he estado décadas atravesando los escombros de la injusticia, el odio, el abuso del poder y los traumas generacionales. Es un camino de gran dolor que destroza el corazón de nuestro Padre. Observe la historia con sinceridad. Hemos participado del rechazo y del desprecio hacia los demás a causa de la raza. Para que la esclavitud sobreviviera durante más de dos siglos en Estados Unidos se tuvo que negar o minimizar la dignidad, la humanidad y el valor de una persona creada a imagen de Dios. No hace falta pensar mucho para darse cuenta de que también se vieron perjudicados los esclavistas y los cómplices que callaron. Observe la historia de Celia, a Slave [Celia, una esclava].³ Celia fue comprada por Robert Newsom a los catorce años. Newsom no la compró para que trabajara en el campo o fuera una sirvienta doméstica, sino porque quería reemplazar a su difunta esposa en el lecho matrimonial. Newsom tenía sesenta años. La presentó de manera engañosa como una sirvienta para sus hijas, pero, en realidad, era esclava y concubina. Si usted ha leído sobre la esclavitud en Estados Unidos, sabe que la violación era casi siempre parte de la historia de las mujeres esclavas. Todas las mujeres eran relativamente indefensas en el sur, pero una joven negra y también esclava era el triple de vulnerable. La violación iba en contra de la ley, pero esa ley solo se aplicaba a las mujeres blancas. Celia fue violada durante cinco años. Tuvo dos hijos de Newsom y quedó embarazada de un tercero. Intentó que Newsom dejara de violarla, pero como se negó, lo golpeó con un gran palo y lo mató accidentalmente. Quemó su cuerpo en la chimenea, con la esperanza de ocultar lo sucedido, pero fue a juicio ante un jurado de doce hombres blancos. Su defensa fue considerada radical porque si se tenían en cuenta las circunstancias atenuantes, sería una gran amenaza para los esclavistas. Sin embargo, se protegió la institución de la esclavitud, se la declaró culpable y fue colgada el 21 de diciembre de 1855. Esto ocurrió en el mismo país que había declarado menos de un siglo antes: «Todos los hombres son creados iguales; […] son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; […] la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Evidentemente, había excepciones a esa gran declaración. En ese momento, todas las leyes favorecían a los hombres blancos porque eran los únicos con el poder para crearlas, hacerlas cumplir o modificarlas. Los esclavos no tenían ningún recurso ni poder. ¿Qué cree que Robert Newsom le hizo a su propia alma al poseer humanos como esclavos, al violar a su antojo y destruir la vida de una adolescente? ¿Qué daño le ocasionó a Celia? Ella fue aplastada, oprimida, violada, quedó indefensa y sin voz. Se la trató como una cosa que podía ser utilizada por su amo como quisiera. Su abuso del poder es tremendo. ¿Qué daño les hizo a sus tres hijos que se quedaron sin madre? ¿Cómo soportaron ellos la historia y su desenlace? ¿Lo que le sucedió a su madre aumentó su miedo como esclavos? ¿Endureció sus corazones? ¿Cómo cree que las demás personas trataron a los hijos de la mujer que asesinó a su amo? Conozco historias de mi familia desde mucho antes de 1855, año en el que Celia fue ahorcada. Esas historias me marcaron. Se las he contado a mis hijos y nietos. Sospecho que muchos de ustedes podrían decir lo mismo. Hoy la historia de Celia de hace 165 años está todavía presente en algún lugar, se transmite a las nuevas generaciones y sigue dando frutos. A principios de la década de 1950, yo tenía cuatro o cinco años cuando viajamos con mi familia de Virginia a Florida para visitar a la abuela de mi padre. Condujimos toda la noche. Christine, nuestra criada y niñera, vino con nosotros. Era negra, y yo la adoraba. Mi hermano y yo dormimos durante la noche con la cabeza apoyada en su regazo mientras mis padres se turnaban para conducir. A la mañana, llegamos a un restaurante. Miré por la ventana y vi dos fuentes de agua. Un cartel sobre una de ellas decía: «Solo para blancos». Sobre la otra: «Solo para personas de color». Pregunté qué significaba eso, y Christine me lo explicó. Mi madre nos dejó en el auto y entró en el restaurante. Regresó llorando, se subió al auto y le dijo insistentemente a mi padre: «¡Conduce!». Mi padre rara vez se enojaba, pero cuando lo hacía, se notaba porque el lado derecho de la boca se le ponía hacia abajo. Asintió con la boca torcida y nos fuimos. ¿Por qué? Porque el restaurante no quiso recibir a Christine. Mis padres estaban enojados, afligidos y se negaron a contribuir al negocio de los dueños del restaurante. Nos quedamos sin desayunar mientras conducíamos por el sur. Esto sucedió ochenta años después de la emancipación. Si una experiencia así me afectó profundamente, y lo hizo, ¿qué cree que esas experiencias repetidas le han hecho a lo largo de los años a aquellos a los que hacía referencia el cartel de «Solo para personas de color»? ¿Por qué fueron necesarias las protestas posteriores para que a los portadores de la imagen de Dios se les concediera el derecho a sentarse en una mesa o a viajar en un autobús? Muchos de los rechazados compartirán la mesa celestial que nos ha tendido nuestro Dios. ¿No debemos parecernos a Él ahora? El abuso del poder y el trauma generacional ¿En verdad creemos que podemos esclavizar a millones de personas durante más de doscientos años, tratarlas como cosas descartables, aplastarlas, oprimirlas y humillarlas, sin que repercutan a largo plazo las consecuencias en las generaciones que descienden de ambos: esclavos y esclavistas? Sabemos que el trauma y el abuso no terminaron con la esclavitud. Mientras que unos cuatro millones de personas esclavizadas en Estados Unidos fueron libres en 1863, nuestra nación procedió a aplastar a los afroamericanos con las leyes de Jim Crow. Muchos huyeron al norte. En el excelente libro de Isabel Wilkerson, The Warmth of Other Suns: The Epic Story of America’s Great Migration [El calor de otros soles: la historia épica de la gran migración de Estados Unidos], leemos: «Los negros, pese a ser nativos, llegaban como los más pobres, de la parte más pobre del país, con el menor acceso a la peor educación».⁴ Léalo de nuevo; asimílelo. Mi esperanza es que veamos con más claridad los resultados abrumadores del trauma reiterados a lo largo de los siglos. El trauma es una herida a la persona, al «yo», una herida profunda con un impacto profundo. El trauma nos marca. Hemos sido creados a imagen de un Dios que habla, se relaciona y tiene poder. El trauma silencia, aísla y deja sin poder. Lo que estropea la imagen de Dios no es de Dios. Esto es muy importante para mí como médica clínica. Las personas que atiendo, como todos nosotros, quedan marcadas con facilidad. Entonces, ¿qué sucede cuando a los niños, los seres humanos más maleables, se los maltrata reiteradamente? Supongo que la mayoría de nosotros somos conscientes en cierta medida de nuestras historias familiares. Hay algunas excepciones y el vacío de ese espacio conlleva sus propias heridas. Algunos tenemos historias familiares que nos infunden dignidad y orgullo. Otros llevamos las historias familiares como una carga pesada, llena de vergüenza y tristeza. Es probable que la mayoría de nosotros tengamos algo de ambas. Todos hemos sido moldeados por lo que se ha transmitido de generación en generación. El concepto de síndrome de los campos de concentración o síndrome del superviviente surgió en la década de 1960. Fue observado y catalogado por los médicos de Canadá que atendían a los hijos de los sobrevivientes del Holocausto que buscaban tratamiento para la salud mental.Más adelante, los nietos de esos sobrevivientes estaban sobrerrepresentados en un 300 % en las derivaciones en comparación con la población general. Al principio, se decía que los niños tenían un trauma secundario, pero cuando los mismos síntomas fueron evidentes en la tercera generación, empezamos a reconocer lo que ahora se llama la transmisión intergeneracional del trauma.⁵ El término hace referencia a los traumas ocurridos hace varias generaciones y su impacto psicológico, neurobiológico y cultural en cada nueva generación. Las respuestas conductuales y emocionales a los traumas del pasado continúan dando forma a las experiencias de la generación actual. Si tan solo prestamos atención, podemos observar el sufrimiento trágico y el mal que se produce cuando los seres humanos sufren algún trauma. Antes pensábamos que el trauma era un acontecimiento que provocaba que los seres humanos angustiados mostraran ciertos síntomas. Eso puede seguir siendo cierto. Sin embargo, ahora reconocemos que el trauma puede ser una parte multifacética y duradera de la vida que genera daños a largo plazo en el cuerpo, la mente, el corazón y el alma. En nuestro deseo de aliviar el sufrimiento y decir la verdad es fundamental que entendamos la naturaleza del trauma y sus efectos, así como también la forma en que funciona la transmisión del trauma generacional para que nuestros diálogos y nuestra ayuda a los demás se basen en una cierta comprensión de esa realidad. Solemos minimizar o desestimar esos daños para que nos parezcan más fáciles de manejar. El trauma crónico y complejo y la opresión cambian y marcan a una persona. Esto trae como consecuencia: desconfianza, desesperanza, vergüenza, inferioridad, falta de sentido de capacidad y elección. Esta persona no tiene un sentido de sí misma, ni de identidad (esto es lo que elijo ser) ni de integridad. Está aislada, no conoce el amor, no se siente segura en las relaciones y no tiene sentido de propósito, excepto, quizás, el de la supervivencia. La desesperación, la desesperanza y la falta de propósito predominan. Se puede tomar a un adulto con una infancia relativamente sana, un «yo» intacto y arrojarlo en un Auschwitz, en una prisión de Pitesti o en Tuol Sleng. Puede ponerlo en un barco, llevarlo lejos de su hogar y esclavizarlo; o puede sacarlo de su tierra, quitarle sus hijos y destruir todo lo que aprecia, traumándolo de tal manera que las antiguas identidades y estructuras de sí mismo quedan desmanteladas y aplastadas. No puede recuperarse de esos acontecimientos en un año. Estas experiencias se han entretejido en su vida y han dado forma a su «yo». Una persona completamente diferente transmite ahora a las generaciones futuras lo que se le ha grabado a fuego en su alma, ni hablar del poder. Tanto la historia individual como la grupal se narran una y otra vez. Esas historias y los acontecimientos originales que cuentan siguen moldeando a las generaciones futuras. La restauración de la belleza Con esas historias en mente, piense en un cuadro favorito que sea hermoso y valga mucho dinero. Quizás esté en un museo o en una colección privada. Quizás sea un Rembrandt o un Van Gogh. Cada vez que hay una noticia sobre un daño hecho a un cuadro de este tipo, la gente de todo el mundo responde con angustia. Una obra maestra hermosa creada por un artista que ya no está. Un tesoro mutilado y tratado como si no tuviera valor. Los que aman el arte lloran ante este tipo de noticia. Cada ser humano es una obra maestra de Dios. No hay dos iguales, cada uno es único, pero todos fueron creados por el mismo Artista. Él los aprecia a todos y están destinados a bendecir a otros. Todas las obras están firmadas con Su nombre y provienen directamente de Su mano. Llevan la imagen del Maestro. Son regalos de belleza para que todos los veamos y disfrutemos. Es trágico destruir esa belleza. Cuando oprimimos, esclavizamos, sometemos, silenciamos, degradamos, eliminamos o condenamos al ostracismo a otros seres humanos, estamos destruyendo la exquisita obra de arte de nuestro Dios. Escuche a Dios: «… jefes de la casa de Jacob, y capitanes de la casa de Israel, que abomináis el juicio, y pervertís todo el derecho; que edificáis a Sion con sangre, y a Jerusalén con injusticia. […] y sus sacerdotes enseñan por precio, […] y se apoyan en Jehová, diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros?» (Miq. 3:9-11). ¿No es esto una descripción de la esclavitud? ¿No se «sancionaba» la esclavitud en esos pasajes? ¿Qué hay de los linchamientos, esos espeluznantes espectáculos públicos de deshumanización en los que se mataban a las personas y se dañaba el alma de sus familias y de todos los afroamericanos? También era destructivo para los que realizaban el linchamiento, para las multitudes que acudían a verlo y para los gobiernos que autorizaban esa destrucción. ¿El pasaje no describe también el trato a los pueblos indígenas, los campos de concentración para japoneses en Estados Unidos, los genocidios y muchas otras atrocidades en todo el mundo? ¿No vemos que no solo destruimos a los seres humanos creados por Dios, sino que también nos destruimos a nosotros mismos cuando usamos el poder para cometer esos males, ya sea de forma activa o pasiva? Si no afrontamos la verdad y nos arrepentimos de verdad, tendremos que endurecernos, llamar reiteradamente bien al mal y transmitir esas mentiras a las generaciones futuras. El hedor de la muerte sigue con nosotros. ¿Se imaginan el llanto continuo de nuestro Dios porque a lo largo de los siglos hemos destruido las obras maestras de Su creación? Nosotros, como Su pueblo, tenemos que aprender a mirar con Él, a llorar con Él. Cuando hacemos esto, en palabras de un sobreviviente del genocidio de Ruanda que vivió atrocidades y traumas indescriptibles, esto sucede: «Solo veía el mal. Ya no creía que Dios fuera bueno. La iglesia no era un lugar sagrado para mi familia; era un cementerio. Luego vino usted, y escuchó y oyó mi corazón roto. Ahora puedo creer que Dios también escucha y oye mi dolor y será mi lugar sagrado porque obtuve una muestra de cómo es Él a través suyo». Esto es utilizar el poder, en medio de la atrocidad, para bendecir a los demás. Solo podemos bendecir así cuando vemos a los seres humanos como Dios los ve. Dios se hizo hombre y nos mostró lo que es bueno: «… y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios» (Miq. 6:8) La fragancia del Siervo es el único antídoto contra el hedor de la muerte. Cómo sanar los traumas generacionales Dios creó a los seres humanos a Su imagen y los bendijo abundantemente para que, a su vez, puedan transmitir esas bendiciones a las generaciones sucesivas, multiplicando la semejanza de Dios por todas partes. Sin embargo, cuando los primeros seres humanos comieron del árbol que marcaba los límites de su libertad bajo la autoridad de Dios, su capacidad de transmitir las bendiciones quedó arruinada. Los seres humanos continuamos transmitiendo a otros, pero como sabemos, a menudo lo que transmitimos no es bendición, sino enfermedad, ruina y trauma. El trauma generacional es real y está vigente porque el mecanismo de la bendición se ha utilizado con mucha frecuencia para transmitir dolor, destrucción y mal. Cuando tenemos bendiciones para transmitir, a menudo nos negamos a compartirlas con los que consideramos que no son como nosotros. Los perjudicamos, y nos perjudicamos a nosotros mismos, al negarnos a portar la imagen de Dios de esta manera. Felizmente, la Escritura está repleta de referencias de cómo Dios responde a la ruina con promesas de bendición. En Génesis 12, después de que la creación se estropeó y los seres humanos dejaron de transmitir las bendiciones de Dios a los demás, Dios le dijo a Abraham: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, […] y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (vv. 12:1-3). Dios prometió derramarbendiciones en abundancia a través de las generaciones a todas las naciones si vivían bajo Su autoridad, incluso después de que los humanos pecaron. En Isaías 61:4, Dios promete: «Entonces reedificarán las ruinas antiguas, levantarán los lugares devastados de antaño, y restaurarán […] los lugares devastados de muchas generaciones» (NBLA). Esta promesa sigue una descripción de Cristo, que vino por los pobres, los quebrantados de corazón, los cautivos y los prisioneros. Al acercarse a «ellos», reconstruyó las ruinas y sanó generaciones. En Zacarías 8:4-5, leemos: «Aún han de morar ancianos y ancianas en las calles de Jerusalén, […]. Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas». Los más vulnerables (los ancianos y los jóvenes) estarán seguros en las calles. Dios restaurará un lugar de seguridad, con risas y bendiciones para todos. Sin excepciones. Ser portadores de la imagen de Dios significa responder a la ruina donde la hallemos y derramar bendiciones en ese lugar para que pueda ser transformado. Espero que nos dé ánimo reconocer que, poco a poco, a medida que invertimos, aunque sea en una sola vida, el trauma deja de reinar y brota la esperanza. Dios tomará esa pizca de sanidad y bendecirá con ella a las generaciones futuras. Es un resultado abundante, que va más allá de nuestra capacidad de comprensión. Él puede reconstruir las antiguas ruinas humanas a través de nosotros y lo hará, pieza por pieza, a medida que nos volvamos más parecidos a Él y participemos en Su obra junto con Él. Cómo enfrentar el trauma Una de las primeras mujeres que vi en mi práctica clínica venía semanalmente acompañada por la esposa de su pastor, quien reconocía un alma herida y no sabía qué hacer. Yo tampoco lo sabía. Durante seis meses, vino sin falta, se sentó en una silla en mi consultorio y no dijo ni una palabra. Al principio, yo hablaba demasiado y, al final, aprendí a callar y a estar «con» ella. Cuando luego conocí su historia, me di cuenta de que esos seis meses fueron su primera experiencia de estar con otro ser humano y sentirse segura. Era un regalo inconmensurable que no sabía que le estaba dando. Ella fue mi maestra. Me enseñó a salir de mi mundo y a entrar en el suyo. Me enseñó a escuchar para comprender de verdad. Me enseñó a enfrentar los horrores de su vida para que no tuviera que enfrentarlos sola. Me enseñó a no escribir el argumento de la sanidad de un ser humano. Finalmente, aprendió que Dios la amaba de verdad y odiaba lo que le habían hecho. Aprendió eso porque yo me preocupaba por ella y odiaba lo que le habían hecho. Seguramente mis errores fueron muchos, pero me quedé, la escuché y la traté con dignidad y cuidado. En definitiva, ella me enseñó sobre Jesús y algo de lo que significa parecerse a Él ante los demás. Él se hizo como nosotros para que nosotros pudiéramos llegar a ser como Él. Dios utilizó a un ser humano muy herido de forma redentora en mi vida, tanto como utilizó mi vida en la de ella. ¿Alguna vez pasó tiempo con alguien diferente a usted y fue para esa persona ejemplo de gracia y verdad? ¿Alguna vez escuchó, tratando de entender lo que es ser como ellos, en lugar de tratar de cambiarlos y hacerlos parecidos a usted? A menudo, escuchamos solo lo suficiente para convencer al otro de que sea más como nosotros o para darle instrucciones sobre cómo «superar» lo que sea que haya ocurrido. Es un enfoque egocéntrico. La presencia de Jesús con nosotros no era ni es así. Él escuchaba a la persona y le respondía. ¿Alguna vez le llamó la atención que sanara a todos los ciegos de formas únicas? Observemos a Jesús y veamos quién era Él con otros que eran completamente distintos a Él. Observemos y veamos quién era Él con «ellos». Jesús y los otros Ella era una mujer marginada, rechazada por muchos y considerada inferior. Ya hablamos de ella anteriormente. Era samaritana y, por lo tanto, considerada inferior por su raza. Los samaritanos eran un pueblo mestizo, y los judíos los despreciaban más que a los gentiles «puros» porque creían que los samaritanos contaminaban la sangre de sus antepasados. Ningún judío decente de aquella época habría pasado por Samaria, donde vivían «ellos». En cambio, el Dios persistente que nos busca, entró en un territorio considerado contaminado para encontrarse con una mujer contaminada que se esperaba que evitara, rechazara y condenara. Eligió el camino que otros no se dignaron a tomar en protesta de sus razones para evitarlo: sus prejuicios y orgullo. Al hacerlo, buscó también a los farisaicos y les enseñó quién es Dios. Atravesó todos los obstáculos para llegar a ella. No dejó que nada se interpusiera en Su camino: ni la costumbre, ni los prejuicios, ni las creencias, ni el honor, ni las apariencias. Fue a buscarla y, por medio de ella, fue a buscar al pueblo de Samaria. ¿Cómo comenzó Su búsqueda? Expresando Su propia necesidad. El Dios que creó los manantiales de la tierra, los mares y los ríos pidió agua. Estaba cansado y sediento, y llevó Su necesidad y vulnerabilidad a esta mujer «contaminada». Le dijo: «Dame de beber». ¡Él bebió el agua de su cántaro! Él era la Palabra hecha carne. Al volverse sediento, como ella, ganó la admisión a su alma y a todo un pueblo de «ellos». Piense en un grupo o individuo que usted haya catalogado como «ellos». ¿Es posible que Dios esté utilizando su vida y su voz para enseñarle más sobre Él mismo? Nosotros, como pueblo de Dios, tenemos que pedirles a otros distintos a nosotros que nos enseñen cómo es ser ellos. Debemos humillarnos ante la presencia de muchos que aman a Jesús a pesar de una larga historia de prejuicios y males, a menudo hechos en Su nombre y tergiversando Sus palabras. Nuestro trabajo es escuchar, aprender de ellos, afligirnos con ellos, caminar con ellos y ser cambiados para parecernos más a nuestro Señor. ¡Eso es bendición! Jesús se humilló y se hizo obediente hasta la muerte. Si Él hizo eso por nosotros, tal vez nosotros, que pronunciamos Su nombre, deberíamos humillarnos y someternos a la muerte de nuestras suposiciones, prejuicios, distancia, arrogancia y amor por el poder. No hacerlo es fallarle a Él. Dios bendice a las naciones Si queremos ser como el Dios que vivió entre nosotros, debemos entender y regirnos por su visión del «otro». En primer lugar, nosotros somos el «otro». No nos parecemos en nada a Él. Él atravesó innumerables barreras para vivir entre nosotros. No exigió que cruzáramos límites para encontrarlo. Sabía que no podríamos. No solo vino a nosotros, sino que fue a la cruz para convertirse en el puente que necesitábamos para obtener la vida eterna y la sanidad. ¡Qué distinto a nosotros! No queremos cruzar barreras y preferimos los muros a los puentes. Él entregó literalmente Su vida para que pudiéramos conocerlo y ser como Él. Eso es lo que significa vivir bajo la autoridad de Dios. En segundo lugar, es el Dios Creador, y obviamente ama la variedad. Cualquiera que ame los pájaros, las flores y los árboles disfruta de la diversidad de la belleza de la naturaleza. Que aparezcan simultáneamente en mis comederos un pájaro azul, un cardenal, un jilguero y un pájaro carpintero me da una inyección de alegría. La diversidad de músicos e instrumentos en un conjunto musical forma parte de su belleza. ¿Quién puede imaginarse El Mesías de Händel sin el clavecín o la trompeta o las voces? Dios no se detuvo en la naturaleza ni en la música. Creó y sigue creando una gran variedad de seres humanos. Observe el cuerpo de Cristo: brazos, piernas, ojos y orejas. Todos diferentes y esenciales. Todos creados con propósito. Todos demuestran Su gloria y quién es Él. Es el Dios trino. Despreciar la variedad y menospreciar a los demás va totalmente en contra del Dios que nos creó. No nos atrevamos a privar a Dios de la hermosa sinfonía de colores, dones e incalculables diferencias que creó. Cuando rechazamos Su autoridad, no seguimos al Compositor y dañamos la obra del Maestro. Debemos encontrar alegría y bellezay otorgar dignidad a los seres humanos de todo tipo, de todas las naciones, en todas las etapas de la vida. Por último, el amor y la alegría de Dios por la hermosa variedad humana se ve en las naciones, en las etnias. No solo hay diversidad de individuos, sino también diversidad de naciones. Volvamos a Abram en Génesis 12, donde Dios le pide que lo deje todo y se ponga bajo Su autoridad. Le dice: «Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (v. 3, NBLA). Dice todas, todos. Dios estaba bendiciendo a toda etnia, a toda tribu y a toda nación a través de Abram. No había excepciones. ¿No debemos parecernos a Él? Cada vez que tratamos a alguien con dignidad en vez de avergonzarlo, con respeto en vez de despreciarlo, con preocupación en vez de explotarlo, con amabilidad en vez de brutalidad, y con atención cuidadosa en vez de rechazo, estamos haciendo lo opuesto al trauma y al mal.⁶ Dios restaurará un lugar de seguridad, de risas y de bendición. Mientras tanto, nos ha llamado a hacer lo mismo entre nosotros. ¿Hemos trabajado de forma activa para restaurar las desolaciones de las generaciones? ¿O decimos: «Yo no estuve allí. Ya pasó. Ahora deberías estar bien»? ¿Nos esforzamos por garantizar calles seguras para los vulnerables en nuestros pueblos y ciudades o dejamos que «ellos» vivan donde viven y nos sentimos agradecidos de vivir en otro lugar? ¿Nuestra presencia como cuerpo de Cristo en este mundo ha bendecido a las naciones, tanto alrededor del mundo como en nuestra puerta? La bendición de Dios sobre las naciones fue evidente para todos en Pentecostés. Se nos dice que allí había gente de todas las naciones bajo el cielo, una hermosa variedad reunida por el Espíritu de nuestro Dios para oír de Sus obras maravillosas. Dios se aseguró intencionadamente de que todas las naciones pudieran entender de una forma íntima. Además, se aseguró de que todas las naciones estuvieran allí juntas escuchando la misma verdad. Nosotros, el cuerpo de Cristo, hemos sido llamados y se nos ha dado poder para compartir la misma verdad en nuestros días. Debemos dar a conocer a Dios a todo el mundo con palabras y hechos, anticipando la gran unidad final de todos los pueblos, naciones y tribus reunidos alrededor del trono del Cordero. nueve El abuso del poder en la Iglesia En varias ocasiones he viajado a Ruanda, donde en 1994 cerca de un millón de personas fueron masacradas sistemáticamente en un genocidio que duró cien días. El mundo no hizo nada. Peor aún, muchas iglesias de Ruanda fueron cómplices del genocidio. Muchas personas huyeron a las iglesias en busca de un refugio y, en cambio, fueron masacradas dentro de las paredes de la iglesia. Hoy varias iglesias en todo el país permanecen intactas como un recordatorio de lo que sucedió. Uno puede entrar en estas iglesias, donde la luz del sol entra a través de vitrales rotos y los huesos de miles yacen justo como murieron, 2500 en una, 4000 en otra, y así sucesivamente. El infierno no solo llegó a Ruanda, sino también a la Iglesia. Una mujer me dijo: «Las iglesias fueron el terreno del genocidio». Un joven dijo: «Solía pensar que la iglesia era un refugio, pero ahora la veo como un cementerio». El refugio del Dador de vida se convirtió en el lugar de la muerte con la ayuda de Su pueblo y Sus pastores. ¿Cómo puede suceder esto? ¿Cómo se convierte el pueblo de Dios en ministros de la muerte? ¿Cómo es posible que quienes dicen seguir al Crucificado puedan tomar machetes y usarlos contra vecinos y amigos o entregarlos para que otros los maten? ¿Cómo es posible que una iglesia que invocaba el nombre de Jesús pueda tener una Biblia abierta en su sangriento altar y estar llena de los esqueletos de aquellos que tuvieron muertes horribles en el lugar del esperado refugio? ¿Cómo pueden los pastores de ovejas ser lobos que devoran? ¿Cómo pueden los que dicen ser cristianos masacrar a la gente de una manera muy cercana y cara a cara en la casa del Dios que dicen adorar? ¿No sabían que la Palabra de Dios prohíbe eso? ¿No sabían que Dios estaba llorando? Seguramente lo sabían. ¿Eso no importó? La respuesta es terriblemente compleja. No pretendo poder sondar sus profundidades. Tengo conocimientos que me ayudan, pero desde luego no son suficientes como para explicarlo de verdad. Sé que el colonialismo deja a los países debilitados, sin infraestructura y listos para la llegada de dictadores, guerras civiles y corrupción. Sé que la pobreza extrema y la falta de educación hacen que la gente se desespere y esté dispuesta a seguir a casi cualquiera que diga que puede mejorar las cosas. Y sé algo del corazón humano, que es «más engañoso que todo […], y sin remedio…» (Jer. 17:9, NBLA). El corazón se miente a sí mismo y a los demás y tiende a desviarnos de los preceptos correctos. Pero ¿cómo se extravía tanto? Uno de los significados de la palabra inglesa para engañoso es «que puede ser rastreado». El término se refiere a la evidencia detectable de un rastro visible de una sustancia. Crecí rodeada de cazadores; ellos buscan evidencia detectable de un rastro visible. La ven en las marcas que hacen los ciervos en el bosque, en las huellas, en los excrementos. Si miramos con atención, veremos que con el tiempo un corazón engañado deja huellas. Para comprender lo que sucedió en Ruanda, debemos volver atrás para encontrar el rastro de evidencia que ayude a explicar el resultado. Un corazón no se vuelve genocida de la noche a la mañana. Sin embargo, sí deja indicios a su paso. El genocidio comienza cuando a las personas les resulta fácil hacerle algo malo o cruel a un prójimo. El genocidio comienza cuando la gente difama a sus hermanos y hermanas con más facilidad hoy que ayer. El genocidio comienza cuando las personas viajan por caminos corrompidos con mayor libertad. Cuando el veneno deja de enfermarlos significa que la maldad ya ha entrado en sus corazones. Cuando el aguijón ya no hiere y la conciencia deja de reprender, han permitido que abunde la iniquidad. Esa es la evidencia detectable del rastro visible del pecado, que puede tener como resultado un genocidio. ¿Vemos que si el pecado abunda en nuestros corazones como individuos y como un cuerpo colectivo, terminamos matándonos a nosotros mismos y a los demás? Existe evidencia de huellas en la vida de quienes abusan de los niños o son cómplices de esos abusos. Si miramos, veremos evidencia de huellas en la vida de aquellos clérigos que se alimentan de sus ovejas. Esas cosas tienen como resultado «genocidios» más pequeños. Estos actos no son la matanza de un pueblo, pero sí traen muerte a los seres humanos, muerte a la dignidad, a la esperanza, a la confianza y a la fe. Se nos dice que el pecado trae muerte. Esos actos surgen poco a poco. El resultado en Ruanda fue una imagen visible y desgarradora de lo que sucede cuando los pastores que deberían proteger y alimentar a sus rebaños se convierten en depredadores o cómplices de los depredadores. Lamentablemente, las iglesias de Ruanda ofrecen una visión clara de lo que ha sucedido y está sucediendo en muchas comunidades religiosas hoy en día en este país y en todo el mundo. He trabajado con abusos de muchos tipos durante más de cuatro décadas. Ese trabajo ha sido con personas de la comunidad cristiana. Cuando veo víctimas de abuso sexual o doméstico, abuso sexual por parte del clero, violación y abuso espiritual, estoy trabajando con aquellos que invocan el nombre de Cristo. Y cuando trabajo con los perpetradores o escucho sobre ellos, estoy trabajando con aquellos que invocan el nombre de Cristo o escuchando sobre ellos. La mayoría de los abusadores, y sus defensores, han utilizado de manera constante las enseñanzas teológicas para encubrir el abuso, justificarlo o hacer que la víctima vuelva con el abusador. Una respuesta así de sorprendente ignora el hecho de que el abuso daña tanto a las víctimas como a los perpetradores. Daña a las familias, a menudo, durantegeneraciones. Daña a las comunidades eclesiásticas, las juntas misioneras y las organizaciones cristianas. Daña a personas preciosas creadas a imagen de nuestro Dios. Todos hemos visto las noticias. Pastores y líderes de mala reputación han abusado, en nombre de Dios, del poder en la casa de Dios y se han involucrado sexualmente con varias ovejas, han usado el dinero de manera fraudulenta, han usado palabras desagradables y humillantes para controlar a los demás. O se han enterado de estas situaciones y han sido cómplices del encubrimiento «por el bien de la iglesia». Los titulares son motivo de dolor porque hemos visto que el abuso en la iglesia no es algo que les ocurra solo a «otros» grupos o a alguna categoría de «ellos». El abuso y los posteriores encubrimientos son un problema generalizado en congregaciones de todos los tamaños y denominaciones. Se ha encendido la luz en la Iglesia, y Dios nos llama a luchar con lo que no debería ser así. Es crucial que prestemos atención y entendamos las cuestiones involucradas para proteger a las ovejas de Dios, capacitar de manera proactiva a pastores que no dañarán a las ovejas de Dios y acompañar sabiamente a los que han sido víctimas de abuso en la familia de Dios. Si no lo hacemos, escucharemos las palabras que Dios dijo a los pastores de Israel que se alimentaban a sí mismos en lugar de a sus ovejas: «Ustedes no han fortalecido a las débiles, no han curado a la enferma, no han vendado a la herida, no han hecho volver a la descarriada, no han buscado a la perdida; sino que las han dominado con dureza y con severidad» (Ezeq. 34:4, NBLA). Como los pastores abusaron del poder que Dios les había dado, no cuidaron a las ovejas heridas y permitieron que el rebaño de Israel se convirtiera en presa, Dios les quitó el rebaño de su cuidado. El abuso espiritual Aquí hay dos palabras que nunca deberían ir juntas: espiritual y abuso. Es una unión diabólica. El Espíritu de Dios odia el abuso, lo saca a la luz y se preocupa por los abusados. Sin embargo, a menudo vemos que se usa la espiritualidad de forma incorrecta para dañar a una persona creada a imagen de Dios. El abuso espiritual implica el uso de lo sagrado para lastimar o engañar el alma de otra persona. ¿Qué herramientas de poder podría usar una persona para llevar adelante una tarea tan diabólica? Son las herramientas comunes en todo tipo de abuso. La más evidente son las palabras. Cuando usamos la Palabra sagrada de Dios de una manera que daña a otro y les ordenamos que hagan el mal, los manipulamos, los engañamos o los humillamos, hemos abusado espiritualmente de ellos. Les decimos: «Dios dice», pero no reflejamos el carácter del Dios cuyas palabras usamos. Tergiversamos las palabras de Dios para coaccionar, manipular. Una posición poderosa en un contexto religioso conlleva una autoridad espiritual inherente. Pastor, sacerdote, anciano, maestro de escuela cristiana y líder de jóvenes son todos puestos que dan lugar a la confianza. Su autoridad espiritual da credibilidad a las palabras dichas que afirman representar a Dios con exactitud. Se asume un cierto carácter cuando, de hecho, se puede utilizar la posición para ocultar el carácter. Recuerde, las reprimendas más fuertes de Jesús fueron para aquellos líderes religiosos que usaban las palabras de Dios para aplastar y controlar. Un pastor con un título teológico y con conocimiento de la Escritura puede sacar palabras de la Biblia, pronunciarlas con autoridad y herir a quienes están bajo su cuidado. La capacidad de articular verdades teológicas no significa que el que las dice sea un siervo obediente de Dios. Un líder espiritual tiene todas las herramientas de poder a su disposición y puede usarlas para dañar de manera verbal, sexual, emocional, física, económica y espiritual. No importa la herramienta o el método de enseñanza, todas las formas de abuso siempre causan daño espiritual. No se puede abusar sexual, física o verbalmente a otra persona sin infligir también abuso espiritual. El liderazgo espiritual Edwin Friedman, en su libro Generación a generación de 1985, escribe sobre dos cualidades de liderazgo que nuestra cultura exige: conocimiento especializado y carisma.¹ Tristemente, muchos de nosotros en la cristiandad hemos buscado esas mismas cualidades en nuestros líderes. La demanda de conocimientos especializados a menudo obliga a los líderes a definirse en términos de sus habilidades. Un buen líder será un experto, adquirirá continuamente más información y demostrará una aptitud cada vez mayor. Un pastor, entonces, es alguien que demuestra que tiene un conocimiento especializado en teología, enseñanza, predicación, consejería, planificación presupuestaria, administración, mediación y relaciones sociales. Se espera que un líder sepa más, logre más y se desempeñe mejor. Cuanto más adecuado sea en esas áreas, más lo considerarán un éxito. El liderazgo se reduce así a una rutina interminable para adquirir más y mejores destrezas y lograr resultados impresionantes: presupuestos equilibrados, aumento de la membresía, sermones interesantes e inspiradores, soluciones rápidas en consejería y un ministerio eficiente y organizado. Según Friedman, el carisma, esa personalidad fuertemente atractiva que ciertas personas emanan, es la segunda cualidad de liderazgo que nuestra cultura exige. Los líderes carismáticos pueden unificar cuerpos divididos, generar entusiasmo e impulsar a la gente a la acción; pueden ayudar a las personas a sentirse optimistas cuando envían un mensaje de que las cosas están encaminadas. Cumplir con las expectativas de conocimiento especializado y carisma pone una tremenda presión sobre un líder. Los grupos que siguen a estos líderes asumen que si el éxito no llega, el líder tiene la culpa. Naturalmente, cuando los resultados esperados no se hacen realidad, el líder, por lo general, responde esforzándose más, ocultando cualquier cosa que amenace una reputación de éxito. Cuando la poderosa presencia de un líder coincide con una iglesia en crecimiento, una influencia global, una presencia influyente en los medios y una entrada constante de dinero, sus seguidores creen que es el líder el que ha hecho que todo esto suceda. Por consiguiente, no creerán o negarán cualquier ataque o crítica contra ese líder. Una amenaza para el líder es una amenaza para todos. Dada esta dinámica, es fácil ver cómo los líderes de la iglesia se dejan gobernar por los resultados externos de su servicio. Cuando las demandas son grandes y la presión aumenta, los líderes pueden verse seducidos a ser leales al ministerio e igualar eso con la obediencia a Cristo. Las decisiones están impulsadas por lo que tendrá éxito, generará dinero o traerá un mayor número de personas. Esas cosas no son malas por naturaleza, pero cuando se convierten en principales, se vuelven devastadoramente destructivas. Adorar la obra es tentador; pero el llamado al ministerio no es un llamado a amar y obedecer la obra y sus exigencias, sino un llamado a Jesucristo y solo a Él. En Lucas 10:20, Jesús envía a setenta obreros delante de Él, quienes regresan charlando sobre los maravillosos resultados que han logrado. Jesús les dice: «… no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos». Cuando los resultados del ministerio llegan a gobernar la obra, la consecuencia es una tremenda ansiedad: ansiedad sobre cómo mantener el éxito, ansiedad por si se descubre que es un fraude, ansiedad por que alguien más lo esté haciendo mejor. Los líderes a menudo se ven impulsados a hacer lo que sea necesario para sentirse mejor, incluso si eso significa hacer uso de personas, sustancias o comportamientos ilícitos para aliviar la ansiedad constante. El carácter, la historia personal y la responsabilidad de los líderes Aunque rara vez se habla, el carácter y la historia personal influyen en quienes lideran. Con frecuencia, seleccionamos a los líderes por sus dones en lugarde por su carácter. El liderazgo en el cuerpo de Cristo no debe basarse en las habilidades naturales, sino en la madurez espiritual y en la semejanza a Cristo. Hemos visto cómo algunos líderes muy inmaduros en el mundo cristiano suben al poder por sus dones más que por su madurez espiritual. Nunca debemos asumir que los dones verbales y la perspicacia teológica están acompañados de madurez e integridad de carácter. Esto vale la pena repetirlo: la capacidad de articular verdades teológicas no significa necesariamente que uno sea un siervo obediente de Dios. Por desgracia, los talentos y el conocimiento que traen éxito al ministerio se convierten con facilidad en alimento para el ego. La obra de la Iglesia no es el llamado al ministerio. Nuestra verdadera tarea es manifestar la semejanza a Cristo en todas las cosas, ya sea en el éxito o el fracaso, en la crítica o el elogio. Si los números, el crecimiento y la fama fueran las medidas de Dios, entonces Jesús sería considerado un fracaso. La semejanza a Cristo no se mide por esas cosas externas, sino por los frutos del carácter de una persona que se asemejan al fruto del Espíritu. No por números, sino por amabilidad; no por fama sino por humildad y autocontrol. Muchos pastores nunca han pensado realmente en cómo su historia personal los ha moldeado y, por lo tanto, ha moldeado sus ministerios. Un niño puede crecer con un padre abusivo y alcohólico que lo menosprecia y lo golpea. Luego, sin considerar el impacto de eso, puede instalarse en un ministerio y un púlpito, una posición de poder. Él puede ser brillante, estar dotado verbalmente y lograr el éxito. Sin embargo, su capacidad para manejar las críticas, su actitud defensiva y su dificultad con la intimidad, junto con el miedo al fracaso que nace de la ira de su padre, lo harán extremadamente vulnerable. Cualquier corrección o crítica será muy amenazante. En la preparación para el ministerio no suele enfatizarse que hay que trabajar en el carácter y entender la propia historia personal. Esto es imprudente dada la capacidad de engaño de nuestro corazón. He descubierto que muchos líderes jóvenes de la iglesia crecieron sin ir a una iglesia, se convirtieron a Cristo en la universidad, fueron a un seminario (tal vez) y luego aterrizaron en un púlpito con poca o ninguna supervisión. Algunos provienen de hogares llenos de ira, alcoholismo, promiscuidad, pornografía o drogas y pueden tener sus propias historias en estas áreas. Otros provienen de hogares llenos del conocimiento de Dios, pero el énfasis ha estado en tener razón o en demostrar el éxito «espiritual». El orgullo y la arrogancia subyacentes a dichas actitudes nunca se consideran hasta que se filtran de manera destructiva en algún punto del camino. Estamos muy apurados para evaluar los cuarenta años de Moisés en el desierto, las décadas de espera de Abraham, los cuarenta días de Jesús en el desierto y los años de soledad de Pablo en el desierto y luego en Tarso. Ninguno de estos líderes comenzó sin un tiempo prolongado de soledad con Dios. Ninguno de estos pastores apareció montado en un caballo blanco prometiendo éxito y crecimiento, ni siquiera nuestro Señor. Sin embargo, parece que estamos deseosos de que nuestros líderes produzcan resultados, sentimientos y experiencias positivas y se ganen el favor de tantas personas como sea posible. Nuestro mundo necesita que los que tienen influencia espiritual conozcan de verdad al Buen Pastor. Él sabía cómo cuidar, alimentar y proteger a Su rebaño. También sabía lo que era ser uno de esos corderos, porque se convirtió en uno cuando se hizo hombre y vivió entre nosotros (no encima de nosotros). Los pastores y líderes a menudo viven con poca o ninguna supervisión. No puedo decirle cuántos pastores, jóvenes y ancianos, me han contado, a menudo con lágrimas, que anhelan buenos mentores. Desean que alguien los escuche y les haga preguntas difíciles. Están ansiosos de que alguien les enseñe sobre el ministerio fiel y sobre la integridad en el ministerio y en el hogar. No tienen a nadie en sus vidas de quien no sean también responsables como pastores. Todos estos factores pueden trabajar juntos para hacer del ministerio un lugar peligroso para los pastores y, por lo tanto, para sus ovejas. Creo que la Iglesia debe considerar seriamente las ramificaciones de nuestra incapacidad para comprender estas verdades. Cuando la tierra produce una mala cosecha muy seguido, es una tontería enojarse con las plantas. Se debe examinar la tierra que claramente necesita una revisión seria. Necesitamos pensar de forma sabia lo que significa ser pastor y cuáles son los requisitos de Dios para ser uno bueno. El carácter tiene supremacía en el reino de Dios. Es el carácter el que da fruto en este mundo, y ese fruto está lleno de la fragancia de Cristo, en toda Su humildad. El poder en un contexto espiritual Una investigación sobre el poder y la compasión/empatía ha demostrado que el poder social elevado está asociado a una disminución de la respuesta emocional recíproca a los sufrimientos de otra persona.² En otras palabras, cuanto más poder tiene una persona en relación con otras, menos empatía tendrá. Eso es muy preocupante en cualquier contexto. En un entorno espiritual como una iglesia, es aterrador. La falta de compasión es diametralmente opuesta al llamado de Dios. Según un estudio de investigación, las personas que tienen mucho poder en una organización u otro entorno grupal tienden a tener ciertas características.³ Imagine estas cualidades en alguien que es pastor o maestro: • sienten menos restricciones sociales; • juzgan las emociones de los demás con menos precisión; • reaccionan menos a las emociones de los demás; • no ajustan sus demandas a la emoción de otra persona; • experimentan menos angustia que el nivel de angustia del que habla; • estereotipan más a los demás; • son más ricos en recursos; • son conscientes de que pueden actuar a voluntad sin interferencias ni consecuencias sociales graves; • exhiben un comportamiento desinhibido y egoísta, lo que aumenta la probabilidad de comportamientos socialmente inapropiados. Si un pastor real que cuida ovejas de cuatro patas se comportara de esta manera, todas sus ovejas morirían. El pastor es más inteligente, puede hacer lo que quiera y no responde a la angustia de las ovejas. De hecho, puede pensar que las ovejas son «solo un montón de ovejas tontas». Ellas están totalmente vulnerables. Por el contrario, estas son algunas características de las personas con poco poder: • experimentan mayores restricciones sociales, amenazas o castigos; • asimilan más las emociones de las personas con mucho poder; • ceden más ante la ira que la felicidad de las personas con mucho poder; • exhiben un aumento de la angustia en respuesta a la angustia de la persona con mucho poder; • tienen más probabilidades de ser vulnerables ante la agresión y el acoso; • tienen más probabilidades de ser mujer o de una raza diferente que los que están en el poder; • vigilan a los demás con más atención y están alertas para sortear entornos sociales amenazantes; • inhiben la expresión directa de sus propias ideas. ⁴ La vulnerabilidad de las personas con poco poder es evidente. Si tomamos los resultados y las observaciones de esta investigación y los ponemos en un contexto espiritual donde los que tienen poder invocan con frecuencia la Palabra de Dios, vemos que el potencial de abuso en nombre de Dios es bastante asombroso. La casa de Dios, destinada a ser un refugio para el pueblo de Dios, de hecho, no es segura. Escuche al profeta Ezequiel: «Por tanto, pastores, escuchen bien la palabra del Señor: Tan cierto como que yo vivo —afirma el Señor omnipotente—, que por falta de pastor mis ovejas han sido objeto del pillaje y han estado a merced de las fieras salvajes. Mis pastores no se ocupan de mis ovejas; cuidan de sí mismos, pero no de mis ovejas. Por tanto, pastores,escuchen la palabra del Señor. Así dice el Señor omnipotente: Yo estoy en contra de mis pastores. Les pediré cuentas de mi rebaño; les quitaré la responsabilidad de apacentar a mis ovejas, y no se apacentarán más a sí mismos. Arrebataré de sus fauces a mis ovejas, para que no les sirvan de alimento» (34:7-10, NVI). Los corderos corren peligro de ser destruidos por aquellos a los que llamamos pastores. Los pastores se convierten en una amenaza cuando se alimentan de los que están bajo su cuidado. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento condenan esto. Y muchos de nosotros hemos visto la destrucción de corderos vulnerables en iglesias y organizaciones cristianas. Es un asunto muy serio que merece nuestra respuesta tanto de palabra como de hecho, no solo por el bien de los vulnerables, sino también por el bien de nuestro Dios. La complicidad y el silencio solo hacen más daño; no nos libran de él. Un caso práctico Un joven recién salido del seminario fue contratado para servir como director de jóvenes de una iglesia grande. Era un pequeño grupo de jóvenes, pero en el transcurso de sus primeros dos años, creció exponencialmente. Él amaba su trabajo; sin embargo, comenzó a sentirse incómodo con algunas de las cosas que veía. Se dio cuenta de que tres mujeres visitaban al pastor principal con bastante frecuencia. Una noche regresó a la oficina de la iglesia porque había olvidado algo y vio que el pastor estaba en su oficina con una de estas mujeres y que no había nadie más en el edificio. Se acercó al pastor y le comentó su preocupación por la apariencia de dicha reunión. El pastor le aseguró que no estaba pasando nada inapropiado y le dijo: «¿No confías en mí? He sido el pastor principal aquí durante quince años. Seguramente tienes más fe en mí como para sugerir algo así». Unos meses después, dos niñas le contaron al pastor de jóvenes y a su esposa que habían sufrido abusos sexuales. Una niña dijo que su abusador era un anciano de la iglesia. El abuso ocurrió cuando ella iba a su casa a jugar con su hija. La segunda niña dijo que fue violada por uno de los jóvenes del ministerio universitario. Ambas tenían catorce años. El pastor de jóvenes pensó que debía denunciarlo obligatoriamente. Por cortesía, fue al pastor principal para hacerle saber lo que había escuchado y decirle que iba a denunciar el abuso. El pastor principal se enojó y le ordenó que no llamara a nadie. Le dijo: «Yo soy la autoridad ordenada por Dios en esta iglesia. Debes respetar eso y seguir mis decisiones. Yo me encargaré de esto. Conozco a este anciano [jugaban golf juntos todas las semanas] y estoy seguro de que la acusación no tiene fundamento. También hablaré con el estudiante universitario acusado. Es un buen amigo de mi hijo». El pastor de jóvenes se fue muy preocupado. Él y su esposa decidieron que debía denunciar el abuso, aunque le habían ordenado que no lo hiciera. Las niñas afirmaban que se había cometido un delito. Cuando el pastor principal se enteró de la denuncia, lleno de ira, fue a la junta de ancianos y presentó un escenario distinto y falso, y el pastor de jóvenes fue despedido por insubordinación, por no someterse a la orden de autoridad de la iglesia y porque se lo consideraba lleno de orgullo. Le dijeron que se fuera de inmediato y no se le permitió hablar con los jóvenes. No se le dio ninguna indemnización. A los jóvenes les dijeron que los ancianos tuvieron que despedirlo porque no se sometía a la autoridad de la iglesia y porque sentían que estaba dando un mal ejemplo a los jóvenes. Aunque es posible que muchos no reconozcan esto, la iglesia abusaba espiritualmente de todos los miembros de la congregación. El nombre de Dios, la Palabra de Dios y la autoridad de Dios se usaban para silenciar las acusaciones y los intentos de exponer la oscuridad. La congregación estaba engañada y confundida. Se les decía a las personas lo que debían pensar, sentir y decir. Como ovejas ciegas, los ancianos seguían a un pastor pecador y usaban las herramientas de poder del engaño, la intimidación, la condena, la manipulación y el aislamiento para manejar y borrar eficazmente las crisis. Los que estaban en el poder hacían todo lo que podían para silenciar la verdad. Presentaban el problema como algo que no era abuso. El pastor de jóvenes «desobedeció» a los que Dios había puesto sobre él. Las víctimas exageraron, entendieron mal. El valiente pastor de jóvenes pagó un alto precio por decir la verdad y tratar de proteger a los vulnerables. También es probable que reciba una evaluación crítica cuando solicite otro puesto. Las dos niñas fueron ignoradas y descartadas en la casa de Dios. El daño a sus vidas y a su fe fue abrumador. Ese daño se infligió en un lugar que debería haber sido un refugio para ellas. Las voces fueron silenciadas y, para lograrlo, se abusó del poder. La voz humana se silencia con cualquier cosa deshumanizante. Es deshumanizante abusar, encubrir o mentir descaradamente sobre el abuso. Tratar a cualquier ser humano, una persona creada a imagen de Dios, como menos que humano destruye su personalidad, su identidad. El Dios que es llamado la Palabra quiere que los creados a Su imagen tengan voz. Dios valora la voz interior/personal. Él nos creó para hablar; no quiere que se silencie o se aplaste esa voz. El poder de la voz exterior Existe otra voz poderosa además de la voz interior, una que nos ha moldeado profundamente a todos. La voz interior de cada persona se escucha en el contexto de una voz exterior, que es a menudo alta y fuerte. Puede ser la de otra persona, una familia, una iglesia, una cultura, una institución o una nación. En la iglesia, la voz exterior es el liderazgo de la iglesia, que afirma representar la voz de Dios. Como hemos visto, muchas veces asumimos sin pensar la rectitud del contexto en el que vivimos. Dejamos de escuchar con atención lo que la voz exterior dice y no dice, y no la evaluamos a la luz de la Palabra de Dios. Casi por ósmosis, absorbemos y obedecemos la voz externa de nuestro contexto, incluso cuando habla falsedad sobre la realidad del abuso. Los líderes que hablan en nombre de esa voz exterior, por ejemplo, pueden decir que las personas que exponen el abuso son malas (egoístas, que buscan atención, están equivocadas, etc.) y necesitan ser silenciadas porque amenazan el buen trabajo que el sistema está intentando hacer en nombre de Dios. Incluso cuando la voz exterior está en silencio, continúa comunicándose en voz alta y clara. Los líderes de la iglesia pueden hablar sobre proteger la iglesia o pueden redoblar la afirmación de que tienen la autoridad de Dios, pero su silencio ante el abuso cuenta otra historia. Así que tenemos una combinación letal: el silencio junto con la voz que habla mentiras que parecen verdaderas. Este proceso va un paso más allá. El silencio sobre las malas acciones se racionaliza y afirma como un deseo de proteger el nombre de nuestro Dios. Esa retórica del liderazgo fomenta el silencio interior en las víctimas y en los seguidores. En el ejemplo anterior, las víctimas hablaron. El pastor de jóvenes habló. Ambos lo hicieron en un intento de traer la verdad y la luz. Si las voces no se escuchan o se ignoran, a menudo se quedan en silencio, ya sea por coerción o por desesperanza. El silencio del liderazgo y la negación del abuso silencia aún más a las víctimas, mutila la fe y destruye la esperanza. Las víctimas asumen que Dios también está en silencio. A lo largo de los años, muchas personas me han preguntado si pueden encontrar ayuda para restaurar su sentido de seguridad en la casa de Dios. Que se tenga que hacer una pregunta así es francamente detestable. La diferencia deslumbrante del Buen Pastor Aquel a quien seguimos se llamó a sí mismo el Buen Pastor. En el Antiguo Testamento, pastor era un título que designaba a los siervos más importantes del Señor, siervos que, como nuestro Señor, agachaban la cabeza para cuidar del rebaño. Del Señor se dice: «Como pastor apacentará su rebaño;en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas (Isa. 40:11). Compare esa descripción con la historia de Kenny Stubblefield en el capítulo 5. Jesús dijo que los ladrones y salteadores lo precedieron (Juan 10:1), pero continúa diciendo: «Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas» (vv. 14-15). Observe la diferencia. Su objetivo principal era proteger a las ovejas. El objetivo de los ladrones y salteadores era protegerse a sí mismos y al sistema. Las únicas vidas sacrificadas en nuestro caso práctico fueron las vidas de las víctimas, el pastor de jóvenes y los miembros de la congregación. Los pastores salieron ilesos. Este mismo Jesús les dijo a los que lo seguían: «Apacienta mis ovejas» (21:17). Más adelante, Pablo usó esta misma analogía cuando escribió a los líderes de la iglesia en Éfeso. Él dijo: «Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hech. 20:28). Si las raíces de la Iglesia no están produciendo pastores que sigan estas instrucciones, entonces algo está significativamente corrompido. El nombre de nuestro Dios ha sido profanado. Todo líder de iglesia que se alimenta a sí mismo en lugar de alimentar a las ovejas es un pastor falso. Toda persona en una posición de poder dentro del cuerpo de Cristo que abusa de un cordero o esconde el abuso hecho a alguien que el Buen Pastor conoce y llama por su nombre, ha profanado el nombre de nuestro Dios. Dios se opone a ellos tal como lo hizo con los pastores en Ezequiel 34. ¿No debería Su Iglesia apoyarlo contra esos pastores? No obstante, si decimos algo, afirmamos: «Fue solo un error. El líder está con mucho estrés. ¿No se supone que debemos perdonar y olvidar?». El pueblo de Dios sigue apoyando a pastores corruptos y no libera al rebaño del peligro. Hemos permitido el pase de lobos abusivos a otros rebaños sin decir la verdad de que están recibiendo un enemigo de las ovejas y de nuestro Dios. ¡Dios dice que nos detengamos! Los líderes no han logrado parecerse al Buen Pastor; tampoco Su pueblo, porque ha seguido a los que no obedecen el llamado de Dios con respecto a los lobos vestidos de ovejas. Al hacerlo, han seguido a los pastores por un precipicio. ¿Cómo es que se abusa de los corderos en la casa de Dios y luego se los desecha porque alteraron el orden de las cosas? Dios dice más adelante en Ezequiel 34 que Él mismo irá a buscar a los perdidos y esparcidos por sus llamados pastores y los traerá de regreso. Vendará a los quebrantados y fortalecerá a los enfermos (vv. 11-16). No nos parecemos en nada a Él cuando, en cambio, vendamos a los abusadores y fortalecemos su posición. Parece que hemos olvidado las palabras de nuestro Señor registradas en Mateo 7:15-16: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…». Parecen ovejas, pero son lobos insaciables, codiciosos y voraces. Si parecen ovejas, ¿cómo podemos saberlo? Lo sabemos por el fruto de su carácter: cómo se desarrolla su identidad. Cuando alguien nos dice que una persona que conocemos la ha abusado sexual o físicamente, pensamos: «Conozco a esa persona; no puede ser cierto». La Escritura dice que nuestro corazón es muy engañoso; ni siquiera conocemos nuestros propios corazones. Nos cuesta creer eso. La Escritura relata que Jesús no confiaba en nadie porque sabía lo que había en todas las personas (Juan 2:24). Nosotros decimos: «Conozco a esa persona; confío en ella»; pero Jesús dice: «Yo la conozco y no confío en ella; sé de lo que es capaz». Él diría eso de mí, de usted. La Escritura nos dice que Dios no juzga por las apariencias, sino por la rectitud. Nosotros juzgamos por lo que vemos y oímos, y asumimos que conocemos el corazón. Jesús dijo que la cizaña crece junto con el trigo. Lo falso y lo real se entremezclan. La cizaña se parece tanto al trigo al principio que no podemos notar la diferencia. Sin embargo, no importa lo cerca que estén plantados o lo parecidos que parezcan, con el tiempo la diferencia se vuelve evidente. Podemos ver que un poder falso ha imitado el poder esencial de aquellos que usan el nombre de Cristo. La santidad falsa ha falsificado la pureza verdadera. Podemos conocer, cantar, repetir y enseñar la Palabra de Dios, pero su cosecha verdadera puede estar ausente en nuestras vidas, nuestros hogares y nuestro mundo. Nunca debemos suponer que alguien que está dotado verbalmente y tiene conocimiento teológico es espiritualmente maduro. A veces, ese líder es un narcisista, que maneja el sistema y a las personas que lo integran para alimentarse.⁵ El discernimiento del carácter solo es posible si se manifiesta. Pablo dice que la vida de Jesús debe manifestarse, hacerse evidente y clara en nuestra carne mortal, de forma inconfundible e innegable (2 Cor. 4:10-11). Se nos conoce por nuestros frutos, no solo por nuestras palabras. Se nos conoce por lo que sale de nosotros. La prueba final está en nuestro carácter, porque es el fruto el que nos habla de la vida interior del árbol. Henry Burton expresó: «La conducta es el carácter en movimiento; porque [los humanos] hacen lo que ellos mismos son».⁶ Piense en nuestro caso práctico. ¿Qué características se manifestaron, aparecieron en la carne de los líderes de forma innegable? A pesar de sus palabras, la arrogancia, la mentira, la degradación y el silencio se hicieron evidentes. Si conocemos bien la Palabra de Dios, podemos escuchar las palabras como distorsiones perversas y egoístas de lo que Dios realmente dijo. ¿Cómo es la Iglesia verdadera? En algún lugar en medio del sufrimiento y el dolor el Hijo del Hombre planta un hijo propio, obediente al Rey; allí está obrando para sanar las heridas, secar las lágrimas y convertir el llanto en un himno de alabanza. Allí está estableciendo Su reino. Dios influye en el mundo a través de Su pueblo, no a través de organizaciones. Nosotros, no un edificio o una organización, somos Su cuerpo en este mundo. Nuestro efecto depende de cómo la Palabra que conocemos haya transformado nuestras vidas. El desarrollo natural de Cristo en nosotros es la humildad, la justicia y el servicio. Estas son las marcas de aquellos en quienes Dios está encarnado. Las marcas del verdadero cristianismo son siempre las de la semejanza a Cristo. El desarrollo antinatural da como resultado la altivez, el orgullo y el dominio. Como aconsejó Jesús, pruébese a sí mismo y a los demás con esto: que la persona más grande se convierta en siervo. El verdadero ministerio no ejerce dominio en nombre de Cristo ni sostiene el poder para gobernar a otros para nuestro propio bien. Siempre que la Iglesia busca el dominio o la altivez o se expresa con orgullo, se convierte en un refugio de cosas impuras. Mateo 21 describe la entrada triunfal de Jesús, que culminó con Su entrada al templo, donde los hombres traficaban cosas impuras en nombre de Dios. Jesús expulsó a los traficantes haciendo un gran lío y escándalo. Los llamó ladrones que habían profanado el templo de Dios y lo habían convertido en un lugar de trabajo seguro para quienes saqueaban a sus semejantes. Así que, Jesús tuvo que destruir esa guarida por el bien de la gente que estaba siendo saqueada. La observancia religiosa se convierte en blasfemia en esas condiciones, un sedante que insensibiliza y atenúa el sentido espiritual cuando debería transformar el carácter y hacer que se asemeje a Cristo. Cuando ese mal ocurre en la casa de Dios, debe detenerse, ciertamente por el bien de las víctimas, pero también por aquellos que se están engañando a sí mismos. Es fascinante ver lo que sucedió después de las acciones de Jesús. Tras expulsar a los traficantes deshonestos, entraron los ciegos y los cojos, y Jesús los sanó. Los niños entrarongritando: «¡Hosanna!» que significa «¡Sálvanos ahora!». Su raíz hebrea significa «ayudar», «auxiliar» o «socorrer».⁷ Todos los que necesitaban ayuda (los vulnerables, los cojos, los ciegos y los niños pequeños) llegaron después de que el templo fue limpiado de ladrones, aquellos que se alimentaban de otros. Antes, el templo de Dios estaba profanado. Ahora estaba lleno de gracia y honor y era como un hospital y una guardería.⁸ Los principales sacerdotes se enojaron y preguntaron si Jesús podía escuchar lo que se decía. Evidentemente, escucharon las voces de los pequeños y sintieron que perturbaban y que necesitaban ser silenciadas. ¿Le suena familiar? Jesús responde con Salmos 8:2: «Por causa de tus adversarios [tú, Dios] has hecho que brote la alabanza de labios de los pequeñitos y de los niños de pecho [los más vulnerables], para silenciar al enemigo y al rebelde» (NVI). A través de los pequeños, los débiles, los vulnerables se logran grandes cosas. Cuando se escuchan y se honran esos gritos de búsqueda, salvación, protección y refugio, entonces nuestro enemigo es silenciado. ¡Qué poder tienen las voces de los pequeños si escuchamos sus gritos! Cuando silenciamos los gritos de los vulnerables (niños o adultos), no estamos protegiendo la casa de Dios. De hecho, la estamos profanando, amplificando la voz del enemigo en la casa de nuestro Dios. Cuando seguimos a nuestro Señor, aplicamos su poder redentor no solo en la vida de las víctimas, sino también en la nuestra. Dios toma los pecados contra los vulnerables y usa sus gritos para llamarnos y transformarnos a Su semejanza. Lo sé porque ha utilizado las vidas golpeadas y destrozadas de muchas víctimas para hacer Su obra redentora en mí. Ellas han sido Su regalo para mí. Jesús expulsó a los que tomaron lo que no era de ellos, a los que profanaron Su templo. Luego recibió a los pequeños y a los débiles, aquellos de los que brota la alabanza para silenciar a los enemigos de Dios y a Su oponente. Entonces, ¿cómo podemos nosotros, el pueblo de Dios, silenciar a los pequeños y a los débiles cuando hablan y dicen: «Sálvanos ahora»? Cuando protegemos nuestras instituciones, títulos y posiciones en lugar de proteger a los vulnerables, impedimos la obra redentora de Dios en Su pueblo y en este mundo. Que el cuerpo de Cristo sea valiente para expulsar la injusticia y recibir a los vulnerables, que brote la alabanza para silenciar a los enemigos de Dios y a Sus oponentes. Que vayamos con amor y verdad a las guaridas de los ladrones, sin importar dónde los encontremos, ya sean en nuestros bancos y comunidades o en nuestros púlpitos, y que los transformemos en lugares llenos de la gloria de nuestro gran Dios, quien se volvió vulnerable por nosotros. diez La cristiandad seducida por el poder Todos nosotros, como cristianos, tenemos un pie en la cultura secular y dominante y el otro pie en la cristiandad, nuestra cultura cristiana. Muchos de nosotros, los de las generaciones mayores, estamos al menos un poco asustados por la dirección e influencia de la cultura secular sobre las generaciones más jóvenes. Todos anhelamos sentirnos cómodos en algún lugar, encajar, sentirnos a gusto, en casa. Nos permitimos pensar en la cristiandad como un lugar seguro, por lo que podemos ser menos exigentes que con la cultura secular. No nos gusta sentirnos inseguros, incómodos o vulnerables. Respiramos una cultura familiar del mundo cristiano, inconscientes de sus toxinas. Me temo que muchos de nosotros hemos confundido la cristiandad, o nuestro pequeño rincón, con Cristo. No son lo mismo. Nunca lo han sido. Las instituciones, las organizaciones, los ministerios y los sistemas no son Jesucristo. Son simplemente sistemas y lugares creados por los seres humanos donde el pueblo de Dios se reúne para adorar, aprender y servir. Ni siquiera la cristiandad es lo mismo que el cuerpo vivo de Cristo. Jesús mismo nos dijo que hay cizaña entre el trigo, lobos entre las ovejas y personas encubiertas que solo parecen creyentes, a veces incluso en el liderazgo. Este es un tema por demás complicado, pero debemos reconocer que la cristiandad es un sistema, que se fusiona con la cultura que lo rodea y que trata de sostenerse por separado. Y la cristiandad, como todas las instituciones amenazadas, utiliza recursos, energía y poder para protegerse. Si duda de eso, observe lo que sucede cuando se expone un caso de abuso sexual infantil por parte de un pastor. Decir la verdad muchas veces se considera una amenaza para la Iglesia, una reacción sorprendente cuando Dios deja muy claro que la verdadera Iglesia debe llevar luz a las tinieblas. Eso significa ver las cosas como son y llamarlas por su nombre correcto. La cristiandad ha usado la Escritura para autorizar la esclavitud, el racismo, la violencia doméstica, el abuso sexual y otras crueldades que nuestro Dios odia. Me temo que, en la actualidad, algunos rincones de la cristiandad están menos interesados en la verdad y más interesados en el poder. Hemos adquirido fama, dinero, estatus, reputación y pequeños reinos. Sin embargo, al mismo tiempo, estamos inmersos en la pornografía, grandes cantidades de matrimonios fracasan, encubrimos el abuso, la próxima generación se está alejando y toleramos que los líderes de nuestras organizaciones y púlpitos se alimenten de sus ovejas. Como ya hemos observado, muchos titulares recientes han informado sobre líderes y sistemas cristianos que no se parecen en nada a nuestro Señor. La cristiandad no es Cristo. No debemos engañarnos. La cristiandad como sistema Quizás recuerde del capítulo 6 que un sistema es una combinación de partes que forman un todo unitario y complejo y que funcionan juntas hacia un objetivo. Como vimos en el capítulo 9, los sistemas diseñados por Dios con el propósito de bendecir a Su pueblo pueden mantenerse juntos, usar el nombre de Dios y, a la vez, destruir a los seres humanos. No hay palabras para expresar el daño que provoca el abuso sistémico por parte de un grupo u organización que invoca el nombre de Dios. Muchas víctimas que he conocido han contado lo devastadas que se han sentido en esos sistemas. Habiendo sido abusadas por alguien en el sistema, corrieron hacia los pastores, que las ignoraron, silenciaron, rechazaron y culparon. El abuso del sistema «cristiano» multiplica exponencialmente el daño causado por un solo perpetrador. Piense en su infancia. Recuerde cuando jugaba al aire libre, se caía y se raspaba la rodilla. ¿Qué era lo primero que hacía? Corría hacia su padre en busca de consuelo, ayuda y curación. ¿Qué sucede cuando no hay refugio porque el padre consume drogas o está lleno de ira o culpa al niño por su «estupidez»? Ese niño vive en la realidad de que nadie aparecerá ni se preocupará por su dolor. Además de la herida, el niño experimenta el rechazo, el juicio de valor y la pérdida de la esperanza. El dolor multiplicado marca las vidas. Las lecciones que enseña son mentiras: «No vales mi tiempo; es tu culpa; estás interfiriendo con cosas más importantes». Ya sea que lo haga un padre o un líder de la iglesia, el rechazo de un niño herido enseña mentiras horribles sobre Dios que se graban a fuego en el alma: «Él no ve»; «a Él no le importa»; «Él te culpa por lo que sucedió». Esas lecciones no se descartan con facilidad. Se instalan y saturan las vidas. Tristemente, las víctimas, tanto adultos como niños, a menudo no distinguen entre la cristiandad y Cristo. Lo que se ha hecho carne es una representación falsa y burda de Cristo, pero muchos no saben que ese es el caso, y su fe y esperanza se ven aplastadas. La seducción de la cristiandad Todos anhelamos significado, propósito, conexión y bendición. Los sistemas de la cristiandad nos ofrecen estas cosas. En nuestro deseo, con frecuencia no evaluamos los sistemas o sus líderes, quienes prometen la realización de nuestros anhelos. Hitler prometió satisfacer los anhelos de pan y dignidad del pueblo alemán. Prometió restaurar la moralidad. Granparte de la iglesia alemana lo siguió. Así como en el mundo físico hay una fuerza gravitacional, parece haber una fuerza gravitacional en el terreno espiritual. Las palabras espirituales de un reino terrenal nos atraen a través de nuestros propios anhelos. Giramos como satélites en la órbita de ese sistema, creyendo en los regalos y bendiciones prometidos. Nos cegamos fácilmente al hecho de que la fuerza gravitacional proviene de los humanos y sus palabras, no necesariamente de Dios. Brindamos nuestro amor y obediencia a los reinos terrenales en lugar del reino de Dios. Cuando se usan palabras espirituales, a menudo eso nos lleva a creer que esos reinos son idénticos. No lo son. Tanto los líderes como los seguidores pueden ser engañados. Para muchos, el engaño principal que parece estar en los cimientos es la fuerte creencia de que el reino de nuestro Dios es externo, aquí y ahora, y que se mide según los estándares humanos. Fue un engaño que los discípulos de Jesús creyeron (y anhelaron). Se presume que el poder, la gran cantidad de personas, la fama y el reconocimiento mundial equivalen a las bendiciones de Dios. Nuestros anhelos se unen a las promesas de los líderes, y nos sometemos ciegamente al «reino» del éxito prometido. Cuando respiramos la cultura de la cristiandad sin examinarla, la bautizamos, la apoyamos y le juramos lealtad. Nuestro apoyo a menudo requiere pasar por alto las mentiras, el abuso del poder, el abuso sexual, la codicia, el engaño, la altivez y las concesiones con los poderes terrenales. Como suele ser cierto en la cultura secular, simplemente aceptamos lo que sucede sin discriminarlo ni examinarlo a la luz de la Palabra de nuestro Dios. Olvidamos que los reinos externos de todo tipo siempre han fracasado a lo largo de la historia de la humanidad y continuarán haciéndolo. Nuestro continuo anhelo de un reino externo nos deja vulnerables a la seducción. Existen seducciones inherentes al servicio de Dios. Son peligros sutiles; muchos no los ven y se dejan seducir y alejar de su primer amor. El trabajo de servicio es a menudo atractivo y nos aleja del amor y la obediencia al Maestro. Muchas veces alguien comienza creyendo que Dios lo llama y se le inculca una visión dada por Dios. En algún punto del camino, cuando la visión ha crecido, las exigencias son grandes y la presión aumenta, el siervo se vuelve obediente a la obra y sus demandas en lugar de a Cristo. Las decisiones se toman en función de lo que tendrá éxito, generará dinero o promoverá el crecimiento. Se dice a sí mismo: «No se debe permitir que la obra muera». Después de todo, es de Dios. Así la vida de Cristo en el líder comienza a morir. El obrero ya no es un siervo del Maestro, sino un siervo de la obra. Es una buena obra. Puede ser una obra a la que Dios lo llamó. Puede que haya dado frutos, pero el obrero ahora está enfocado en el éxito del ministerio en lugar de permanecer fiel a Jesucristo. Oswald Chambers dijo: «Tenga cuidado con cualquier cosa que compita con la lealtad a Jesucristo. El mayor contrincante de la devoción a Jesús es el servicio a Él».¹ Cuando la obra de Dios parece llamarnos a descuidar el matrimonio y el hogar, el tiempo a solas con Él y el estudio, hemos intercambiado amos. Cuando el carácter es menos importante que los logros, hemos intercambiado amos. Cuando las exigencias del servicio moldean nuestro carácter en algo más que un reflejo del carácter de Cristo, hemos intercambiado amos. El amo llamado «servicio» nos arrastrará sin parar hasta que caigamos. El amo del servicio no se preocupa por nuestro carácter, no le importa si somos la encarnación de lo que enseñamos ni si deleitamos el corazón del Padre. Solo le importa que la obra tenga éxito. El amo del ministerio nunca está satisfecho. Lo grande debe hacerse más grande, y la verdad debe ser evadida a toda costa si la exposición de esa verdad puede dañar el reino externo. Esta seducción ocurre tanto en líderes como en seguidores. Cualquier amenaza al sistema hace que los seguidores cierren filas y protejan al líder y su posición, el sistema y la verdad fingida. Preste atención y no se deje seducir. Otra seducción funciona así: cuando nos involucramos en el cuidado de los demás, quedamos atrapados en el drama de sus vidas y nos volvemos plenamente conscientes de sus necesidades apremiantes, con facilidad podemos ser seducidos a olvidar que primero somos ovejas antes que pastores. Si olvidamos que somos ovejas, nos centraremos en hacer que otros se muevan, cambien y crezcan, pero no buscaremos a nuestro Pastor y los pastos verdes y las aguas tranquilas que tiene para nosotros. Si cuidamos de las ovejas de Dios el tiempo suficiente, tendremos muchas experiencias que nos aclararán por qué Dios llama ovejas a Su pueblo. Veremos que las personas hacen cosas tontas, siguen a otras ovejas por los barrancos, se alejan del rebaño y se dejan devorar. Puede ser que nos encontremos murmurando sobre «solo un montón de ovejas tontas» y nos sentiremos frustrados, enojados y orgullosos, como si, de alguna manera, fuéramos nosotros los pastores de todas estas ovejas tontas. ¿Ha sido llamado a pastorear los corderos de Dios de alguna manera? Puede pastorear como pastor, maestro, consejero o padre. No olvide que mucho antes de que Dios lo llamara a pastorear, primero y ante todo lo llamó a ser Su cordero, un cordero tonto y estúpido que hace cosas tontas, que sigue a otros por los barrancos y se deja devorar. Usted es un cordero que debe permanecer muy cerca del Gran Pastor. Esa es la mejor forma y la más sabia de guiar a otros corderos. Lo seguirán hasta allí. Su valor como pastor depende de su vida como cordero, un cordero débil y tonto que depende por completo del Pastor. ¿Cómo sabrá algo del pastoreo si no se mantiene cerca del Gran Pastor? Cuando el trabajo del pastoreo nos lleva al orgullo, al juicio, a la superioridad o al engaño, nos hemos olvidado de que somos corderos. Un pastor que no es primero un cordero es un pastor peligroso y ha dejado de seguir al Buen Pastor. Nuestra identidad principal en la vida, si queremos ser de valor eterno para el Padre, no es la de un pastor, sino la de un cordero. Siga el consejo y no se deje seducir. La tercera seducción es cuando el trabajo desplaza nuestra relación con Dios. «La medida del valor de nuestra actividad pública para Dios es la comunión privada que tenemos con Él».² Nuestro criterio es el éxito; pero Dios mide por la relación privada que tenemos con Él. Nuestra relación personal con Dios es lo que nos hace aptos para el ministerio. ¿Es la relación con Cristo un hilo entretejido profusamente en el tapiz de su vida o está tan involucrado en la obra cristiana que no tiene tiempo para el Cristo a quien le pertenece la obra? El trabajo cristiano competirá con nuestra relación con Dios. ¡Qué ironía! Pero debemos esperar que así sea. La misma tarea que Dios nos llama a hacer nos distrae y nos seduce para alejarnos del tiempo con Él. Sin embargo, solo adquiriremos lo que se necesita para la obra de Dios en nuestra vida cristiana y privada de adoración. ¿Quiere estar preparado, equipado, fortalecido y protegido? Entonces, cultive una relación con Dios. Al trabajar con aquellos que sirven a Dios en muchos ámbitos, he descubierto que muchos no oran. He escuchado a líderes decir: «No soy una persona de oración» o «Realmente nunca aprendí a orar». En otras palabras, puedo dirigir una iglesia o una organización, hacerla crecer, enseñar y predicar sin oración. La oración puede ser vista como algo que se hace en los servicios públicos o en las comidas, pero, francamente, es poco práctica y pareciera no ser necesaria. El trabajo debe realizarse, los programas deben ejecutarse y las personas deben ser atendidas. ¿Quién tiene tiempo para orar? Sin embargo, el Señor al que profesamos servir considera que la oración es una parte central de la obra en lugar de una simple preparación para la obra. La oración es el camino hacia la obra que produce frutos duraderos.Qué tontos somos al pensar que podemos llevar a cabo la obra de Dios sin hablarle y escucharlo de forma constante. No se atreva a hacer la obra de Dios desde cualquier otro fundamento que no sea una relación continua con Él. ¿Cómo podemos pensar que tendremos sabiduría, amor incansable y fuerza para perseverar a menos que nos sentemos todos los días a los pies del Salvador? Él dijo: «… sólo una cosa es necesaria…» (Luc. 10:42). Solo una cosa es necesaria. Solo una cosa es necesaria. No dos, no varias. Hacer la obra no es esa única cosa. Esta fue la lección de Marta. Su trabajo era necesario: atendía a Jesús y a sus discípulos. Su trabajo importaba, pero no era esa única cosa. Adorar, aprender, escuchar a los pies del Maestro es la única cosa necesaria, siempre. Tome el consejo y no se deje seducir. Hay una cuarta seducción. En lugar de amar y obedecer antes que nada a Jesucristo, a menudo nos sentimos atraídos a seguir a los líderes humanos. Nos gusta ser parte de algo exitoso. Anhelamos estar con los líderes cristianos «más populares», si no lo hacemos como líder, al menos como un seguidor. Estamos sirviendo en el ministerio de manera correcta. Somos parte de algo especial. Tenemos la doctrina correcta con respecto a tal o cual cosa. Es muy fácil seguir a un líder terrenal o a un sistema en lugar de a Cristo. Deténgase por un momento y considere algunos de los líderes más conocidos de los últimos años que han destruido ministerios, a otras personas y a sí mismos. Parece que nos inclinamos a seguir a quien brilla en lugar de discernir con cuidado su carácter. Así muchos guías ciegos han llevado a las ovejas al pozo. En Salmos 20:7, David expresó lo siguiente: «Estos confían en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová, nuestro Dios, haremos memoria» (RVR1995). No confíe en un líder o en un ministerio exitosos; no confié en los números que van en aumento; no confíe en la fama ni en los elogios; no confíe en los libros vendidos ni en los grandes conocimientos adquiridos. Esas cosas no son Jesucristo. Él no hizo ninguna de esas cosas. Líderes, no se midan a sí mismos con esos estándares, sino con el carácter de nuestro Señor. Seguidores, no sigan a ningún líder con todos los adornos anteriores que se parezca poco a Cristo o no se parezca en nada a Él. Solo hay un Señor, y no es ni un líder ni un sistema humano. Evaluación de los anhelos Como líderes y seguidores, tenemos anhelos que son importantes. ¿Anhelamos el amor, la seguridad, el significado? ¿Deseamos el respeto, los éxitos y el honor? No hay nada de malo en eso. Son humanos, pero también nos hacen vulnerables a individuos y sistemas poderosos que prometen cumplirlos. Pueden llevarnos a pensar que somos nosotros los que podemos entrar en un lugar y hacer algo más nuevo, más grande y mejor. También pueden hacer que veamos en un líder lo que anhelamos con desesperación, impidiéndonos discernir que es un lobo con piel de cordero. Lamentablemente, a veces los sistemas de la cristiandad prometen llenarnos, se cree en esas promesas sin evaluarlas y se hace un gran daño. Hay líderes y seguidores que anhelan ser famosos, los mejores, los más grandes, los más efectivos. Esos deseos se presentan como algo bueno para los miembros del sistema. «Tenemos la clave para la evangelización». «Vamos a alcanzar el mundo para Cristo como nunca antes». «Resolveremos el problema de los huérfanos en este país». «Llegaremos a los que no asisten a la iglesia». No obstante, ¿qué sucede cuando algo amenaza ese sistema humano y se derrumban sus sueños? ¿Cuál es la respuesta a una denuncia de abuso sexual o doméstico en la casa de un líder? ¿Cuál es la respuesta a una acusación de fraude o de malversación de fondos? En esos lugares, ¿a quién se protege? ¿A quién protege más el sistema? ¿A los líderes? ¿A las estructuras de poder? ¿A la existencia de la institución? ¿Cómo responde la fe proclamada por el sistema? ¿Qué fruto da? Debemos evaluar los sistemas y los líderes con los que nos conectamos. Debemos evaluar su carácter y el nuestro. Ningún sistema y ningún líder puede satisfacer el alma humana. El pozo del que bebemos no debe ser un predicador fascinante o un cierto tipo de experiencia de adoración. No hay nada de malo en esas cosas, pero no son Cristo. El carácter de la cristiandad He aquí algunas cosas importantes que debemos recordar sobre los sistemas y los líderes de la cristiandad. En primer lugar, nada ni nadie puede representar a Dios con exactitud si no se asemeja a Jesucristo. Nos hemos enterado de que los líderes cuyas enseñanzas nos ayudaron fueron infieles, groseros y degradantes con los obreros detrás de escena. A menudo, debido a los resultados y al crecimiento, se justifican y se ocultan estos comportamientos. La fe que agrada el corazón del Padre se revela no en medidas externas como el crecimiento y los números, sino en el carácter y en la semejanza a Cristo. Aquel que sigue a Cristo lleva el fruto del Espíritu en cada rincón de su vida. La fe de un verdadero seguidor de Cristo emana bondad, mansedumbre, dominio propio, paciencia y fidelidad. Estas cualidades describen el carácter de un seguidor de Jesús, alguien que vive con un amor agradecido a Jesucristo. El que no manifiesta este fruto, sin importar sus logros y gran éxito, no está siguiendo a Jesús. No está creciendo en semejanza a Cristo. En segundo lugar, Jesús hizo la voluntad de su Padre sin importar el costo. No trabajó para preservar un sistema, ni siquiera uno originalmente ordenado por Dios. Trabajó para exponer y transformar el corazón humano y destruyó los sistemas externos con ese fin, incluso los dedicados a Él. Hizo esto con el templo cada vez que comenzó a existir para sus propios fines. Lo hizo por el bien de las personas, tanto líderes como seguidores. Si nosotros, con Él, queremos ser parte del reino que algún día gobernará todos los reinos, entonces debemos someternos en obediencia a Él y solo a Él, incluso si perdemos nuestros sistemas. En tercer lugar, Jesús nos dice que Su reino no es externo, no es de este mundo. Su reino existe en los corazones de los hombres y mujeres que lo aman y le obedecen. Él reside en aquellas personas que dan Su fruto en su carácter. George MacDonald lo expuso de esta manera: «Cuántos hay […] que parecen capaces de hacer cualquier cosa por la Iglesia o el cristianismo, excepto la única cosa que le importa a su Señor: ¡que hagan lo que Él les manda! […] Lo dejan a Él para presumir de sus iglesias.³ Supongamos que es padre de una niña hermosa que está llena de vida. Su hija se enferma, y el médico le dice que es cáncer, que debe ser tratado o la niña morirá. Empieza el tratamiento y ve a su hija consumirse, lánguida, delgada y débil, la luz desaparece de sus ojos. Siente que la está perdiendo. Lo único que quiere es que recupere la salud y verla correr por el patio, riendo, una vez más llena de vida y alegría. El tratamiento que parece estar destruyendo a su hija es el único camino hacia la salud. La ama lo suficiente como para someterla a ese tratamiento, aunque hacerlo le rompe el corazón. Ese es el corazón de nuestro Padre cuando su pueblo está lleno de enfermedad. Muchos rechazan el tratamiento para proteger la apariencia externa de salud, ignorando el hecho de que, con el tiempo, la muerte ganará. Nuestro Dios es fuego consumidor. Ese fuego es amor, un amor que hará todo lo posible para destruir el cáncer. Anhela que su cuerpo se asemeje a Él más de lo que anhela preservar cualquier reino externo, incluso uno que lleve Su nombre. ¿Recuerda la historia de la higuera? Jesús regresaba a Jerusalén y tuvo hambre, vio una higuera cubierta de exuberantes hojas verdes, la apariencia externa de un árbol sano. Se acercó para ver si podía encontrar un higo, pero no encontró nada. Las higueras, por lo general, producen frutos antes que las hojas, que no aparecen hasta el verano, y todavía faltaba un tiempo para eso. El árbol comunicaba un mensajefalso mediante su despliegue de hojas. Nuestro Señor usó el árbol infructífero y engañoso como una lección práctica. Su pueblo no estaba dando el fruto que su Padre les había mandado. Jesús condenó el árbol para que pareciera lo que ya era, estéril e infructífero, no porque no tuviera fruto, sino porque su despliegue prematuro de hojas daba la impresión de que era un árbol fructífero. Era como un lobo con piel de cordero. Básicamente, la historia trata sobre el sistema del templo que Dios había diseñado y ordenado. El sistema se mostraba bueno y fiel a Dios, pero no producía fruto. El día anterior, Jesús había salido de la ciudad y, mirando hacia el templo, había llorado. Los que iban al templo hacían exuberantes rituales, se cubrían de incienso y proclamaban, como lo habían hecho en los días de Jeremías: «¡El templo del Señor!». Habían olvidado que sus corazones eran el templo que Dios anhelaba, así como lo anhela hoy. Habían olvidado que el amor a Dios y a los demás era el sacrificio que agradaba a Su corazón. Él desea que el fruto de la justicia nazca en Su pueblo. No le interesa la vegetación exuberante que da la apariencia externa de crecimiento. Tristemente, la cristiandad muchas veces ha imitado al mundo o se ha fusionado con los poderes existentes. Hemos trabajado para construir un reino externo. A lo largo de los siglos, la cristiandad se ha unido, se ha acostado con los poderes seculares como el estado y el rey. Cuando eso sucede, el pueblo de Dios pierde su voz profética. En lugar de llevar luz a los asuntos humanos, la Iglesia se entremezcla tan bien que apenas se la puede ver. La luz ilumina; no oculta. Al invertir en la cristiandad en lugar de en Cristo, hemos atenuado esa luz y hemos perdido el rumbo. Nosotros, que debemos exponer y erradicar la corrupción, hemos sido corrompidos. ¿Dónde está la luz que ilumina? ¿Dónde está la sal que purifica? ¿Y dónde, oh dónde, está el arrepentimiento de la cristiandad por llamarse a sí misma el cuerpo de Cristo cuando ni siquiera ha logrado seguir a su Cabeza? Un cuerpo que no sigue a su cabeza es un cuerpo muy enfermo. Eso es tan cierto en el terreno espiritual como en el físico. Nuestra Cabeza, en Su amor por la humanidad, rompió todas las barreras, incluidas las de la raza, el género, la clase, la etnia, la religión y la moralidad. Nos recibió y nos amó a todos y nos llamó a sí mismo para que pudiéramos llegar a ser como Él. Todos estaríamos excluidos si no lo hubiera hecho. Estoy segura de que recuerda la historia de la gran multitud de personas en extrema necesidad. Los cinco mil habían seguido a Jesús y tenían hambre. Él los alimentó y le sobraron doce cestas. Creo que podríamos decir que ese servicio fue exitoso. La gente ciertamente lo hizo. Proclamaron profeta a Jesús y querían hacerlo rey. Querían un reino externo inmediato. La multitud quería algo que Dios quiere: Jesús como Rey. Qué fácil en un momento así dejar que lo externo ordene. La gente parecía estar preparada. Deseaban lo que Dios, en definitiva, había establecido como Su objetivo. Jesús será coronado Rey sobre todo. Él se sentará en el trono y las naciones se postrarán. Él gobernará los corazones de los humanos y todo lo externo. Entonces Jesús hizo algo muy extraño. Su respuesta fue retirarse a una montaña solo. Parecía que había perdido Su oportunidad. Parecía que todo estaba preparado para que Él lograra lo que había venido a lograr, pero se alejó. ¿Por qué? Porque servía a Su Maestro; obedecía a Su Padre en vez de a la gente y sus anhelos o exigencias. Sus decisiones no las dictaba la oportunidad, ni la promesa de éxito, ni la necesidad, ni el deseo de la gente, ni lo bueno del objetivo. Cuando llegue el día y la gente lo empuje hacia un objetivo que usted cree que es bueno, recuerde a Jesús. La obra no es su maestro; Él lo es. El objetivo debe ser Su objetivo, logrado a Su manera. El tiempo debe ser Su tiempo. Y usted debe ser completamente Suyo. No deje que los objetivos del servicio se adueñen de usted, sino solo el Maestro. Los líderes, los seguidores y los sistemas pueden engañarnos con facilidad, ya sean seculares o parte de la cristiandad; pero a las personas y a los sistemas se los conoce por sus frutos. Muchos han sido engañados por árboles que parecían llenos de la promesa de vida y no lo estaban. Aférrese a la verdad de que los que se asemejan a Cristo siempre producen buenos frutos. Ese fruto es el fruto del carácter de Su Espíritu en nuestras vidas. No se encuentra en nuestros dones, aunque ciertamente son dados por Dios. Pablo dice que podemos hablar lenguas angelicales, entender los misterios teológicos y dar dinero a los pobres y, sin embargo, no parecernos a nuestro Señor en carácter. La oratoria, el conocimiento, la brillantez y la filantropía no son frutos nacidos del Espíritu en nuestras vidas. No se convierta en un falsificador ni se deje engañar por uno. Siga de cerca a Cristo, no a la cristiandad con su atractivo y sus promesas. La cristiandad no es Jesucristo. Busque que Él sea la cultura en la que vive, se mueve y se comporta. PARTE 3 Poder redimido once El poder redentor y la persona de Cristo El Señor al que seguimos, Dios encarnado, cuando vino a la tierra hecho hombre, tuvo que sortear las culturas seculares y religiosas de Su época. Fue tan despreciado que tanto el Imperio romano como la nación judía, que se odiaban con vehemencia, aunaron fuerzas para matarlo porque Él no se doblegaba a sus gobiernos. Miroslav Volf ha dicho: «El factor más importante para determinar si una religión estará implicada en la violencia es su identificación con un proyecto político y su entrelazamiento con aquellos que intentan realizar y proteger ese proyecto».¹ El liderazgo del templo hizo exactamente eso con el Imperio romano. Jesús dice: «… nada hago por mí mismo [el “yo” como centro], sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; […] porque yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:28-29). Como Jesús nunca vaciló en elegir el amor y la obediencia al Padre como la fuerza impulsora de Su vida, era una amenaza tanto para los individuos como para los sistemas de Su época, un santo disidente con una presencia y palabras revolucionarias. Su personalidad amenazaba las formas poderosas de Roma: la guerra, la conquista, el derramamiento de sangre y la opresión. También amenazaba al sistema religioso, que ejercía el poder y fomentaba el rigor, el ritual vacío, la exclusión y el juicio. Aquel que era la base de ese sistema no se parecía en nada a Él. Se opuso a todo lo que era contrario a los propósitos y al carácter del Padre en la vida individual, social, nacional, étnica y religiosa. Se alejó de los que se mantenían juntos y, al hacerlo, Su fidelidad al Padre lo llevó a Su exterminio… o eso pensaron ellos. ¿Qué podemos aprender de Jesús mientras atravesamos nuestro propio territorio traicionero? A menudo pensamos que esa obediencia nos está costando, pero cuando algo más que la obediencia a Dios es nuestro maestro, nos estamos muriendo de hambre en nuestro espíritu. La estrella del camino de Jesús, el alimento de Su alma, es Dios y solo Dios. No es un centro doctrinal, racial, tribal o nacional. No es un conjunto de reglas morales. Si queremos entender la mente, el corazón y las decisiones de Jesús, debemos conocer a Su Padre, no a los sistemas. Cristo solo se puede explicar conociendo al Padre, no en términos de una cultura. Este Cristo revoluciona sistemas masivos y pone al mundo de cabeza. Nosotros, como Su pueblo, debemos ser como Él. El carácter de Cristo en los corazones humanos En primer lugar, debemos reiterar que Cristo edifica Su reino en los corazones de los hombres y mujeres, no en lo externo que hemos llegado a amar, proteger y alabar. El templo de Jerusalén era un edificio hermoso, lleno de rituales ordenados por Dios, líderes de gran conocimiento y doctrina, y miles de adoradores. La cristiandad de hoy alaba y premia los edificios hermosos,los rituales que conmueven los corazones, la brillantez y la exactitud teológicas, y las grandes audiencias; pero el propósito de Dios en todos esos esfuerzos a lo largo de los siglos fue primero que Su pueblo lo adorara a Él, porque solo Él es santo. Las personas pueden adorarlo gracias al Cordero que fue inmolado. En segundo lugar, el pueblo de Dios debía inundar la tierra con verdad, amor, humildad, comida para los hambrientos, honestidad en los negocios, darles la bienvenida a los extraños y cuidar a los marginados como resultado de su adoración. Dios le dio a Su pueblo poder para bendecir al mundo. En cambio, mostró juicio, división, opresión, corrupción e indiferencia, todo mientras mató a los corderos y ganó dinero con ello. El pueblo de Dios estaba tan lejos de entender quién era Dios que cuando se hizo hombre ni siquiera lo reconocieron. Los adornos externos no significaban nada para Dios. Esas cosas externas no son prueba de Su presencia, y mucho menos de Su aprobación, incluso cuando tienen su origen en Él. Jesús dice que lo que sale de nosotros, de nuestro centro, nos contamina (Mat. 15:11). ¿Lo entendemos? No es la atmósfera política de nuestro país lo que nos contamina; no es la inmoralidad desenfrenada de este mundo lo que nos contamina; no es la presión por obtener excelentes calificaciones, más dinero, más fama o muchos seguidores lo que nos contamina. Si esas cosas externas nos contaminaran, entonces Jesús mismo habría sido corrompido. Él vino aquí, a este campo de exterminio, y permaneció lleno de la vida de Dios. Permaneció puro porque no había nada inmundo en Él. Lo que no existía en Él no podía salir de Él. No podemos dar manzanas si somos un arce. Y ese fracaso no está en la tierra, la lluvia, el sol o el jardinero, aunque todas esas cosas importan. El no poder producir manzanas reside en la naturaleza del árbol. Piense en una situación en la que se ha descubierto la inmoralidad sexual de un líder cristiano. ¿Qué pasa primero? Por lo general, comienzan las mentiras. «Yo no lo hice. Simplemente entré para ayudar a las trabajadoras sexuales y terminé atrapado en un engaño». Esta respuesta es una tergiversación, un relato distorsionado de las cosas, un camuflaje; estas respuestas suelen utilizar un lenguaje espiritual. Cuando eso ya no funciona, ¿qué pasa después? «Bueno, sí, lo hice, pero estaba deprimido, mi matrimonio es un desastre, me sentí presionado por el ministerio». En otras palabras: «Lo que estaba sucediendo fuera de mí me contaminó. Mi inmoralidad no vino desde adentro». Pero si miramos con atención, podemos ver que lo que salió de la persona cuando fue expuesta fue un engaño a sí misma y a los demás e intentos de convencernos de que, en realidad, está bien y es una persona buena y justa. Simplemente fue atacado por cosas externas. De hecho, las circunstancias externas pueden haber sido difíciles, incluso insoportables, pero, en algún lugar del corazón, hubo un anzuelo, una mentira, un deseo mimado para que, en el contexto de esas circunstancias, la corrupción oculta del corazón quedara al descubierto. O como dice Oswald Chambers, «la crisis revela el carácter».² Jesús dice: «Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina al hombre» (Mar. 7:15). Sabemos que esto es cierto en el mundo físico. «Una taza llena hasta el borde de agua dulce no puede derramar ni una gota de agua amarga, por más repentina que sea la sacudida».³ La sacudida expone lo que hay en mi taza; no crea el contenido. Por lo tanto, por sus frutos lo conoceremos; veremos quién es realmente por lo que crece desde adentro. Conocemos el contenido de un corazón por lo que sale de él, no por lo que lo rodea. Nadie se arruina en una crisis salvo que su alma ya se haya debilitado por las decisiones tomadas en la vida cotidiana. No nos despertamos un día y somos inmorales. La inmoralidad se practica en silencio y en pequeñas formas a lo largo del tiempo. Nos anestesiamos con el sedante del autoengaño, hasta que nos sacuden la taza y quedamos expuestos. Si en verdad somos como la persona de Cristo en los reinos de nuestros corazones, entonces lo que fluya de nosotros se parecerá a Él. Donde no sea así, debemos pedirle que haga lo que sea necesario en nosotros para que ocurra el cambio. Las personas probarán las aguas que fluyen de nosotros y conocerán nuestra fuente de vida. Jesús es luz «Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad» (1 Jn. 1:5-6). La luz penetra, busca, invade cada rincón. Trae salud y crecimiento a todas las criaturas vivientes, plantas y animales por igual. La entrada de luz en cualquier lugar expone la realidad. La luz trae la verdad. A menudo no es visible en sí misma, pero ilumina todo lo demás. Tampoco cambia por lo que revela. La luz brilla sobre los animales muertos, las alcantarillas y la podredumbre, revelando, pero permaneciendo pura. Ese es nuestro Dios. Por eso la corrupción no corrompió a Jesús. Por eso fue intransigente con las concesiones. La persona de Cristo es luz. En Él no hay nada de oscuridad, ninguna, ni siquiera una mancha. No importa cuánto se encuentre con la oscuridad, esté rodeado de oscuridad o exponga la oscuridad, Él sigue siendo luz. No se contamina con lo que toca. Nos tocó y permaneció puro. Él no trafica con la oscuridad ni de la tierra ni del infierno y, aunque el contacto sea cercano, nunca se mancha. «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella» (Juan 1:5). El poder de Cristo es Su encarnación de la luz. Él ilumina a dondequiera que vaya, tanto de palabra como de hecho. ¿Cómo cree que se sintieron Roma o los líderes religiosos con esa luz? Ellos querían apagarla. ¿Y cómo cree que se sintieron María Magdalena, la mujer samaritana o Zaqueo con esa luz? Se regocijaron en ella. La luz de Jesús era rechazada o bien recibida; Su presencia revelaba el corazón de aquel sobre quien brillaba. Nosotros, los hijos de Dios, decimos que tenemos una relación con este Dios que es luz. Entonces, deberíamos recibir Su luz. Él dice: «Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad» (1 Jn. 1:6). Eso está claro. No podemos andar en oscuridad mientras afirmamos tener una relación con la luz. Si decimos que caminamos en comunión con Dios, que es luz, y miramos pornografía o encubrimos el pecado repetido de otra persona o nos aferramos al poder, la fama o la arrogancia, mentimos. Si decimos que caminamos en la luz de Dios y le hablamos con dureza a nuestro cónyuge, aplastamos un alma vulnerable, degradamos a otro en línea o con arrogancia tratamos a los demás como inferiores, mentimos. Si en verdad caminamos con Él, esas cosas quedarán expuestas por lo que realmente son, no por debilidades, respuestas a la presión, un mal día, un horario cargado o medios para un buen fin. Esas cosas no son más que una rebelión injusta contra un Dios santo. La oscuridad oculta y disfraza. Distorsiona, esconde y perturba la visión de modo tal que las cosas parecen distintas de lo que realmente son. La oscuridad barniza las manchas. Usamos la oscuridad para escondernos de nosotros mismos, de los demás y de Dios. Nos escondemos detrás de un discurso duro y lo llamamos honradez. Oscurecemos nuestros corazones con excusas, justificaciones y mentiras. Cuando practicamos la oscuridad mientras profesamos la luz, pecamos. Y el pecado lleva a la muerte. No es simplemente la muerte física, sino también la muerte de una visión clara, la muerte de la justicia, la muerte de la convicción de pecado. Muchas veces, las cosas que permiten que el pecado a largo plazo continúe son una parte tan importante del entramado de nuestras vidas que ya ni siquiera las vemos. Por eso Jesús llamó a los fariseos guías ciegos. «En él [Jesús] estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad» (Juan 1:4,NVI). Aclaremos dos estadísticas: el 64 % de los hombres cristianos y el 15 % de las mujeres cristianas ven pornografía al menos una vez al mes.⁴ Si decimos que tenemos comunión con Él y caminamos en oscuridad, mentimos y no decimos la verdad. Nos engañamos a nosotros mismos, y la luz no está en nosotros. Escribimos y hablamos y algunos de nosotros gritamos sobre temas como la homosexualidad y el aborto, pero escondemos algunas de nuestras propias decisiones y no decimos la verdad. Consumimos imágenes degradantes, humillantes y violatorias de otras personas que fueron entretejidas por Dios en el vientre de sus madres y fueron creadas a Su imagen. ¿Realmente creemos que podemos tener ese tipo de dieta y luego tratar a los demás con dignidad y respeto? ¿Creemos que podemos consumir oscuridad y emitir luz? La mente está siendo entrenada en los caminos de la oscuridad, y nosotros continuamente nos anestesiamos a la verdad para mantener esa oscuridad y sentirnos bien. Muchos me han dicho: «Solo son imágenes». Para que sepa, he trabajado con aquellos que miraban «solo imágenes» y que terminaron siendo obligados a participar en pornografía y en el tráfico de personas en línea. He visto niñas de tan solo ocho años, viviendo en las calles y siendo prostituidas, traficadas y utilizadas en películas pornográficas. Y nosotros, que nos llamamos hijos de Dios, estamos financiando ese mundo a través de nuestra participación. También debemos comprender que las estadísticas de diversas fuentes muestran que nosotros, en el mundo evangélico, nos divorciamos y maltratamos a nuestros cónyuges con tanta regularidad como nuestros vecinos seculares.⁵ Y decimos que el matrimonio es sagrado. Debemos amar. ¿Cómo? De la misma manera que Jesús nos ama. Sin embargo, las investigaciones muestran que los cristianos también somos los más propensos a oponernos a vivir al lado de alguien de otra raza.⁶ Nuestras palabras son duras, críticas e incluso crueles hacia aquellos que, de alguna manera, son diferentes a nosotros, incluso nuestros hermanos en la fe. Y Dios dice que no hay judío ni griego, ni bárbaro ni escita (Col. 3:11), ni esclavo ni libre (Gál. 3:28). Dios es luz, y en Él no hay oscuridad. Todos hemos escuchado muchas historias lamentables sobre líderes cristianos y su inmoralidad, su fraude financiero y su liderazgo arrogante, degradante y abusivo. A menudo, hemos protegido a aquellos en cargos altos que nos han dado muestras de la oscuridad en sus vidas. ¿Por qué? Porque tienen muchos seguidores; son brillantes y elocuentes; tienen dones asombrosos para la música o para predicar o…, usted complete el espacio en blanco. Y así, en lugar de traer luz, nos unimos a ellos en su oscuridad, disculpando, justificando, transigiendo y no escuchamos ni cuidamos a las víctimas. ¿No vemos que estamos voluntariamente, en nombre del ministerio, dejando a estos líderes, sin mencionar a sus víctimas, en la oscuridad? ¡Eso es ser guías ciegos! Al protegerlos, somos cómplices, estamos envueltos en su oscuridad. La medida más justa que uno puede tomar hacia algunas personas es sacar a la luz los hechos de sus vidas. Es justo exponer a un abusador. Es injusto encubrir sus acciones perversas. Es justo exponer la arrogancia de un líder. Es injusto minimizarla o justificarla. Charles Spurgeon expresó: «La indulgencia con los deshonestos es crueldad con aquellos que han sido dañados».⁷ Dietrich Bonhoeffer dijo: «Nada puede ser más cruel que la ternura que confina a otro a su pecado. Nada puede ser más compasivo que la reprimenda severa que hace que un hermano se aleje del camino del pecado».⁸ ¿No es eso lo que el Dios que es luz hizo y hace por nosotros? Él dice: «Mírense a sí mismos y vengan a mí». Jesús es amor Dios es amor. «El que no ama no conoce a Dios…» (1 Jn. 4:8, NBLA). El amor no es algo creado, sino que fluye de Dios mismo. Él ve la realidad de la podredumbre y la decadencia de la humanidad y, aun así, nos persigue con amor. Esa es una declaración asombrosa. Cuando vemos podredumbre y decadencia, queremos alejarnos o huir y engañarnos. En esencia, como el sacerdote y el levita en la historia del buen samaritano, caminamos del otro lado del camino. Por medio de la luz, el amor ve lo que es real y, aun así, se hace presente. Sabemos por las hermosas palabras de Pablo que este amor es inconmensurablemente paciente, bondadoso con los malos. Ese amor «no es jactancioso, […] no hace nada indebido, no busca lo suyo, […] se goza de la verdad» de la luz que expone (1 Cor. 13:4-6). El amor se demuestra en una palabra, una caricia, una comida, un vaso de agua fría, una disculpa, una afirmación positiva, una historia que se le lee a un niño o cualquiera de los cientos de cosas que tienen la capacidad de llevar el amor de Dios a este mundo y deleitar Su corazón. El amor de Dios es un amor que se acerca a la persona; no espera a que la persona se acerque. Su amor en nosotros se extiende hacia los demás porque son preciosos para Él, aunque no lo sean para nosotros. La Biblia nos dice: «Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso…» (1 Jn. 4:20). Dios quiere el dominio del amor de nuestro corazón, que reine primero en nuestros afectos; quiere ser nuestro centro. El campo de prueba de la verdad de ese reinado es nuestro amor por los demás. ¿Es Dios su centro? Entonces de usted fluirá el amor, incluso hacia los más desagradables. Dios nos amó primero; nosotros lo amamos a Él, y la evidencia de ese amor incondicional de Dios es el amor a los demás. Nuestro amor por Dios debe verterse en los demás. Si eso no sucede, mentimos cuando proclamamos que amamos a Dios. Nos hemos engañado a nosotros mismos. Cristo es el amor de Dios encarnado, que se humilla hasta lo más profundo para erradicar el veneno, el virus mortal que, si no se detiene, conducirá al genocidio de la raza humana. Él que es nuestra Cabeza es el Cordero inmolado. No hay profundidad a la que podamos ir a donde Él no nos vaya a buscar, ya sea que seamos víctimas, abusadores o ambos. Sin embargo, no nos persigue para que nos sintamos mejor. Nos persigue con amor para traer luz y anhela que nos enfrentemos con Él a la oscuridad y a las infraestructuras de nuestras propias vidas que el mal ha erigido para que podamos perseguir a otros con Su amor, para gloria de Su nombre. Camine en la luz del amor Haga una pausa y considere las infraestructuras ocultas de su vida. Si conoce a Cristo, entonces dentro de usted habita el Morador Amoroso. Él camina por los aposentos de su corazón; conoce sus puntos de vista. Escucha sus palabras y pensamientos. Atraviesa los callejones de su vida que otros no ven. Anhela que todas las puertas, avenidas y armarios estén siempre abiertos. El que camina por allí es el enemigo declarado del mal y las tinieblas. Anhela que las puertas que le haya cerrado no le prohíban ni le impidan acercarse. Quiere llenar todo el lugar consigo mismo, con Su justicia y Su amor infinito. Quiere recorrer su alma y bendecirlo. A partir de ese conocimiento innegable y de la sumisión de su alma a Su luz y amor, Él quiere que salga al mundo y camine como Cristo caminó. Él es la encarnación del Salmo 15: «Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, Y habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, Ni hace mal a su prójimo, Ni admite reproche alguno contra su vecino. Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, Pero honra a los que temen a Jehová. El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia; Quien su dinero no dio a usura, Ni contra el inocente admitió cohecho. El que hace estas cosas, no resbalará jamás». En caso de que se sienta demasiado pequeño para la búsqueda, recuerde que Jesús también caminó como alguien que permanece en Dios. Caminar no es extraordinario. Un pie delante de otro. No brilla ni asombra. Es un lugar común. Puede ser aburrido, repetitivo. Sin embargo,caminar como lo hizo Jesús transforma lo cotidiano. Permanecer significa caminar con el corazón y la mente de Cristo. ¿Es una persona instruida? ¿Valora la mente? Eso es bueno, pero ¿la mente de quién prevalece en su vida? ¿La suya? ¿La de un teólogo en particular? ¿La de un respetado erudito? ¿O la mente de Jesucristo, puesta en las cosas de arriba y no en cosas materiales? ¿Está su mente en conformidad con la mente de Dios, sin mayor lealtad que la obediencia al Padre? ¿Anhela una mente como la de Pablo, que no se rige por las cosas que los humanos valoramos, como la nacionalidad, la tribu, la sangre, el conocimiento, la tradición, la escuela de doctrina, la moral, la religión o nuestras propias opiniones? ¿Tiene un corazón que siempre se inclina hacia el corazón del Padre? ¿Es su pasión conocer y obedecer cada vez más el corazón del Padre? El poder de una persona se encuentra en su semejanza a Jesucristo. No se encuentra en la brillantez, los dones, el conocimiento, la posición, el poder verbal, la reputación o la fama. Aparece cuando una persona sencilla como usted deja abiertos los pasillos y los armarios de su vida para que se llenen de la luz y el amor de Dios. Esa persona, llena de agua viva, transformará cualquier paisaje por el que camine y ayudará a llenar la tierra con la gloria de Dios. Para este desenlace eterno, nuestro Sumo Sacerdote entró en este mundo genocida, en este campo de exterminio. Se volvió como nosotros para que nosotros pudiéramos ser como Él. El reino de Hitler ya no existe, tampoco el del césar, el de Stalin o el de Mao Tse-tung. A lo largo de los años y las generaciones, también hemos visto surgir y caer muchos reinos de la cristiandad, algunos muy recientemente. Nuestro mundo continúa viendo nuevos líderes que surgen y luego caen. «… el mundo entero está bajo el poder del maligno» (1 Jn. 5:19, NBLA). Pero ese no es el final, ¿verdad? El versículo que sigue dice que también sabemos que el Hijo de Dios ha venido. Él manifestó el corazón del Padre en todo lo que hizo y dijo. Él no surgió y cayó. Él cayó y luego resucitó. Él está aquí ahora, mediante Su Espíritu, con usted y conmigo. Oro para que lo escuchemos y dejemos que escudriñe nuestros corazones y nuestras vidas para que podamos caminar como Jesús caminó. No nos dejemos cautivar por la cultura, la institución o la familia, incluso si alguien bautiza el sistema por nosotros. No nos dejemos seducir por el encanto de la cristiandad ni hagamos caso de la Palabra de Dios predicada para autorizar algo completamente diferente a Él. Debemos ser astutos como serpientes, sagaces, observadores, sabios y vigilantes. Debemos conocer tan bien a Cristo que podamos discernir lo que es diferente a Él, independientemente del atuendo seductor o religioso que use. Sin embargo, en nuestra astucia, no debemos ser tóxicos ni venenosos. Debemos ser inofensivos. Debemos bendecir a las naciones, no convertirnos en una. Debemos llevar sal, luz, gracia y pan. Debemos matar de hambre a cualquier otra cosa que no sea Cristo en nuestras vidas. Debemos ir a aquellos con los que vivimos, trabajamos, estudiamos y adoramos y restaurar la dignidad a los portadores de la imagen de Dios que han sido etiquetados de otra manera. Debemos caminar con los que llevan cargas, con humildad, no con arrogancia. Debemos rendirnos primero en adoración a los pies de Cristo y, en segundo lugar, ante Sus siervos en Su mundo. Por último, debemos vivir como aquellos que no encajan, porque nosotros mismos no encajamos, ni en la cultura ni en la cristiandad. Somos ciudadanos del cielo, no de la tierra y sus reinos (incluidos los que hemos erigido en Su nombre). Somos siervos del Dios Altísimo y solo de Él. De hecho, somos los inmigrantes indocumentados de este planeta, alienígenas y extranjeros. Somos ciudadanos de otro país, pero mientras estamos aquí, servimos, a menudo entre bastidores, a los ciudadanos que conocemos, sin importar su categoría. Estamos llamados a servir fielmente en nombre del Señor que nos colocó aquí. Dietrich Bonhoeffer, un hombre que defendió a Cristo y se opuso no solo a Hitler sino también a la cristiandad de su época, escribió esta bendición desde la prisión: «Que Dios en Su misericordia nos guíe a través de estos tiempos; pero, sobre todo, que nos guíe a Él».⁹ doce El poder sanador y el cuerpo de Cristo Jesús usa Su poder para proteger, exponer y restaurar la dignidad. Él llama a Su pueblo a estar en el mundo y a usar nuestro poder bajo Su autoridad, a mostrar Su carácter diciendo la verdad, a traer luz y a cuidar y proteger a los vulnerables. ¿Cómo se hace esto realidad en las vidas de los seguidores de Cristo? Una vez hubo un hombre que ocupaba una posición poderosa y usaba su poder de manera corrupta e infame para su propio beneficio. No tenía mucha fuerza física, porque era pequeño, pero sí tenía una mente astuta. Vivía en una ciudad malvada, llena de recaudadores de impuestos y sacerdotes. Él era el jefe de los recaudadores de impuestos y un corrupto que se enriquecía a expensas de los pobres extorsionando más de lo que Roma exigía. ¿Cómo cree que se sentían las personas cuando aparecía este canalla? ¿Alegres o temerosos? ¿Amenazados o a salvo? ¿Respetados o menospreciados? Un día, una multitud ruidosa se reunió en las calles. Este hombre tuvo curiosidad por ver quién estaba recibiendo tanta atención, pero era demasiado bajo para ver por encima de la multitud. Así que se subió a un árbol para ver de qué se trataba tanto alboroto. Cuando Jesús llegó debajo del árbol donde Zaqueo estaba sentado, miró hacia arriba y le dijo: «… date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa» (Luc. 19:5). Zaqueo bajó y recibió a Jesús en su casa. El Señor del universo se humilló y aceptó la hospitalidad de un canalla a pesar de su poder pequeño y egoísta, su corrupción y su avaricia. Entró en la casa de Zaqueo y las puertas se cerraron. No tenemos registro de lo que pasó adentro. Al recibir la hospitalidad de Zaqueo, Jesús claramente se estaba ocupando de él. Usó Su poder para otorgar dignidad. El poder no suele acercarse así a los que están en una posición inferior. Jesús vino a servir, pero, al dejarse servir, entró en la vida de aquellos a quienes los demás despreciaban. Finalmente, las puertas se abren y vemos que Zaqueo ha cambiado. Él se para y dice públicamente: «Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea» (Luc. 19:8, NVI). Zaqueo usó su poder para dos cosas: dar y restaurar. Entró en su casa dominado por la codicia. Salió dominado por la verdad y la compasión. Pasó de abusar del poder a demostrarlo con humildad, de la codicia a la gracia, del egoísmo a la generosidad. La historia termina con Jesús interpretándonos el incidente. El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido: los pequeños, los cautivos, los ciegos, los perdidos, los corruptos, los adictos, los canallas (v. 10). Su poder convirtió a un abusador en un dador y restaurador como Él. Eso es lo que hace todo poder cuando es aprovechado por el Señor Jesucristo. En nombre de Jesús Mi padre era coronel de la Fuerza Aérea. No importaba dónde viviéramos ni qué trabajo estuviera haciendo, él vivía, se movía y se comportaba según ese cargo. Fue un hombre de uniforme hasta el final. Su porte, sus modales, su manera de hablar, sus palabras, sus acciones, cómo manejaba su tiempo, cómo hablaba con los que estaban encima o debajo de él, en uniforme o sin él, en la base o fuera de la base, siempre demostraban integridad. Así era él. También nos enseñó la importancia de reflejar eso. Mi hermano y yo éramos los hijos del coronel, por lo tanto, junto con nuestro padre, representábamos al gobierno de Estados Unidos. Y se esperaba que actuáramos en consecuencia. Aprendimos a saludar a los oficiales que venían a casa. Decíamos: «Sí, señor» y «Sí, señora». Aprendimos a detener nuestrojuego y a ponernos firmes cuando se bajaba la bandera, sin importar dónde estuviéramos en la base. Mi padre servía en nombre de Estados Unidos. Como íbamos con él, nosotros también representábamos ese nombre. Hoy represento un nombre diferente. Represento el nombre de Jesús. Vivir con otros y delante de otros en nombre de Jesús es una tarea mucho más enorme y seria que representar a Estados Unidos a la edad de seis o diez años. Ahora soy mucho más consciente de la magnitud de dicho llamado. ¿Cómo quiere Dios que pensemos sobre nuestro corazón, nuestro poder y el reino de nuestro Dios? El poder y la autoridad Jesús manifestó todo el poder cuando se hizo hombre y vino a esta tierra, viviendo con nosotros de una manera que explica al Padre. Manifestó Su poder eterno cuando se puso nuestra piel, entró en nuestro mundo y atravesó nuestras mentes pequeñas y nuestros corazones duros. Lo que hizo fue asombroso, no se parece en nada a cómo nosotros usamos el poder. Ahora, como hijos Suyos, nos llama a vivir nuestra vida de una manera que ayude a otros a entenderlo con mayor claridad. Todo lo relacionado con nuestra humanidad debe estar bajo Su autoridad. Cuando seleccionamos líderes en la iglesia, buscamos brillantez, carisma y conocimiento, todas formas de poder humano. El apóstol Pablo dice que no. Él describe su propia autoridad como no conforme a la carne. Su poder no provenía de la personalidad humana, de la brillantez humana o de cualquier don o actividad humana. ¿Era brillante? Sí. ¿Tenía dones? Sí. Sin embargo, dejaba a un lado esas cualidades cuando obstaculizaban su cuidado por otra alma. Afirmó llevar cautivo todo pensamiento, apreciación o propósito a la obediencia a Cristo. Debemos rendirnos completamente al gobierno y al poder de nuestro Dios. Él debe moldear nuestro carácter. No debemos simplemente «parecernos» a Él en palabras y hechos. A menudo, esas cosas son simplemente una fachada. Nuestros corazones y mentes, donde otros no pueden ver, también deben estar activamente bajo Su autoridad. La disciplina de vivir bajo el gobierno de Dios en los lugares ocultos es un trabajo de por vida. Comienza con la humildad, postrarse ante Él y nunca levantarse. Nosotros somos Sus criaturas, creadas a Su semejanza con el propósito de servirle a Él primero y luego fluir hacia los demás. ¿Cómo debemos pensar sobre el poder y la autoridad en nuestras propias vidas? ¿Cómo nos ha formado y cómo lo ejercitamos? ¿Cómo vamos a usar el poder en nombre de Jesús para traer sanidad? El poder de elección es inherente al ser humano y tiene consecuencias eternas. Josué dice: «… escogeos hoy a quién sirváis…» (Jos. 24:15). En el Evangelio de Mateo, vemos la profunda agonía de Jesús porque Jerusalén se negó a seguirlo: «… quise juntar a tus hijos […], pero no quisiste!» (23:37, RVR1995). C. S. Lewis escribió sobre la elección de una manera escalofriante y veraz: «Cada vez que usted toma una decisión, está haciendo que la parte central de usted, la parte que elige, sea un poco diferente de lo que era antes. Y tomando su vida como un todo, con todas sus innumerables decisiones, durante toda su vida, poco a poco está haciendo que esta parte central se convierta en una criatura celestial o en una criatura infernal. […] Cada uno de nosotros en cada momento está yendo hacia un estado o hacia el otro»¹. Nuestras pequeñas decisiones cotidianas marcan una diferencia eterna. Jesús usó el poder no para gobernar sino para influir, invitar, dar la bienvenida y transformar. ¿Usaremos nuestro poder de elección dado por Dios para buscar ciertos resultados o para vivir bajo el gobierno de Dios y depender de Él para lograr Su propósito? Cuando estamos en Cristo, ninguna nacionalidad, ningún gobierno, ninguna raza, ningún género, ningún estatus y ningún prejuicio gobierna nuestras decisiones y acciones. Ser Su imagen en este mundo es vivir y parecerse a Aquel a quien llamamos Señor. Llamarlo Señor es darle la máxima autoridad. Esa autoridad es Suya por la eternidad, pero nos da la opción de inclinarnos o no. Si elegimos seguirlo, nos inclinamos ante una autoridad y solo una: la Suya. Nuestras apreciadas y protegidas distinciones, divisiones y preferencias locales desaparecen cuando encontramos nuestro hogar y nuestra unidad en lo que no se ve y en la humildad de Cristo. El poder de la humildad Filipenses 2:3 nos da una imagen extraordinaria de humildad: «No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo» (NBLA). Vivir por completo bajo el gobierno de Dios de acuerdo con esta Escritura habría transformado la historia de la esclavitud. Los pueblos indígenas habrían sido bendecidos, no aplastados. Las leyes de Jim Crow no habrían existido. Si viviéramos así hoy, nuestros pensamientos sobre los pobres y los ricos serían transformados. Los matrimonios que aplastan, silencian o abusan no existirían. Los lugares de trabajo que engañan, oprimen y hacen trabajar en exceso serían transformados. Los cristianos que viven bajo el gobierno de Dios y solo Dios vivirían y trabajarían de maneras transformadoras y redentoras que son completamente opuestas al mundo y sus poderes. Hay más. Pablo continúa diciendo: «… no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Fil. 2:4, NBLA). Por lo general, los que están en el poder son los que forman las leyes y las políticas, y los que dirigen las organizaciones y los sistemas. A menudo se rigen según sus propios intereses. Aquellos a quienes consideramos inferiores con frecuencia quedan excluidos. El resultado económico es a menudo la preocupación principal. Dividimos, segregamos, ignoramos, silenciamos y rechazamos a aquellos que no encajan en nuestras categorías humanas de nación, raza, género, situación económica y educación. Dios dice que debemos considerar de forma activa los intereses de los demás cada vez que hacemos algo. Debemos usar nuestro poder para cuidar sus intereses también. ¿Por qué? Porque Aquel a quien seguimos no usó Su igualdad con Dios para Su propio beneficio. Se despojó a sí mismo, lo entregó todo y se volvió como nosotros para servirnos. Al hacerlo, soportó un sufrimiento inimaginable, humillación, ira, rechazo y una muerte atroz. Usó Su gran poder al servicio del amor. Si no seguimos a Cristo de esta manera, corremos un gran peligro. Perderemos el rumbo y no mostraremos el carácter de Cristo. Debemos ser humildes porque no somos más que criaturas de polvo. Debemos tener humildad porque somos pecadores, cegados por engaños que no vemos. Debemos ser humildes porque pertenecemos a Cristo, quien fue ejemplo de humildad y nos llama a ser como Él. La humildad es la marca de Cristo. Es la forma de poder utilizado correctamente. Servir con humildad es parecerse a Dios. El que está sentado en el trono fue el siervo de todos mientras estuvo aquí y, en el trono, continúa sirviéndonos mediante Su Espíritu. Debemos conocerlo bien y en profundidad si queremos llevar a cabo Su obra. El poder del amor Para usar nuestro poder correctamente en este mundo, debemos ejercitarlo a través del amor, como lo hace Cristo. Para hacer esto, primero debemos amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro ser. Amar a Dios es ser Suyo, reflejar Su carácter, dejar que Él nos gobierne, cueste lo que cueste. Amar a Dios es también amar a nuestro prójimo, cualquier persona creada a imagen de Dios. Cuando separamos el amor a Dios del amor al prójimo, como hacemos a menudo, no amamos a Dios, porque nuestro Dios ama a toda la humanidad. Si usted no ama a alguien en su vida, no está amando a Dios. Si llamamos a Jesús Señor, entonces debemos hacer lo que Él dice. Y Él dice que debemos amar al Señor nuestro Dios con todo lo que tenemos, más de lo que amamos la posición, las relaciones, las organizaciones, el poder, el estatus o la fama. Es un llamado alto y estrecho. Recientemente me ha llamado la atención el hecho de que dentrode la cristiandad parecemos inclinados a dar prioridad a la autoridad sobre el amor. Sin embargo, no es así como Dios nos trata. George MacDonald expresa lo siguiente: «¿Qué es lo más profundo de Dios? ¿Su poder? No, porque el poder no podría convertirlo en lo que queremos decir cuando decimos Dios […]. Pero entendamos, de manera clara, que un ser cuya esencia fuera solo poder sería una negación tal de lo divino que no se le podría ofrecer ninguna adoración apropiada. Su servicio debe ser el miedo y solo el miedo […]. En una palabra, Dios es amor. El amor es la profundidad más profunda, la esencia de Su naturaleza, el origen de todo Su ser».² Sí, los pastores y los ancianos tienen autoridad sobre las ovejas. Los esposos y las esposas tienen poder el uno sobre el otro. Sin embargo, en la Escritura, la caracterización principal de estas relaciones es el amor. Parece que nosotros basamos la autoridad en la posición o el género y luego exigimos obediencia a esa autoridad; pero toda autoridad es de Cristo, y cualquier derivado de ese poder dado a nosotros debe ser sometido a Él en amor. Nuestra obediencia le pertenece a Él y solo a Él. Cualquier autoridad que no se ejerza a través del amor es una autoridad falsa. Pablo dice que debemos ir tras el amor y darle el valor más alto. El amor es el camino más excelente, más grande que todos los otros dones que buscamos. Hablar o enseñar sin amor no es más que hacer ruido. El amor es el poder del habla. El amor sobrepasa la profecía, el conocimiento y la comprensión profunda de los misterios. Y el amor sobrepasa aquellas cosas que dan la apariencia de amor pero que no están arraigadas y cimentadas en amor. Estas acciones, dice Pablo, son nada; se las considera sin valor. El amor debe ser tanto nuestra motivación como nuestro poder. Es importante recordar estas cosas para que podamos evaluar si en verdad amamos a quienes decimos amar y si otros que dicen amarnos realmente nos aman de verdad. A menudo, estamos tan hambrientos de amor que nos tragamos las palabras de otro sin prestarle atención a su carácter, lo cual no es prudente ni seguro. ¿Cómo es el poder del amor? Pablo lo describe como paciente y amable. Comparte su abundancia con los demás. No tiene envidia. No está celoso del oído cuando es ojo. Se regocija en la agudeza del oído y es bendecido por él. El amor no se jacta ni se enorgullece. No se eleva ni se envanece. No es grosero ni descortés. No busca las cosas para sí mismo: atención, elogio o exaltación. Tampoco busca el silencio ni se encubrirá. El amor no se irrita ni se enoja fácilmente. En las relaciones, no lleva la cuenta. Se regocija en la verdad. Dice la verdad sobre las enfermedades del alma. Soporta todas las cosas. El amor es el poder que perdura. Nosotros, los seguidores de Cristo, debemos seguir de cerca el amor. Los humanos somos fácilmente engañados. ¡En el principio, corrimos tras el fruto que parecía sabroso! Ahora corremos hacia el fruto de los números, el dinero, la expansión, la oratoria y el estatus. Nuestro propósito original era la semejanza a Dios. Nuestro propósito hoy es el mismo: ser semejantes a Cristo. Nuestro propósito no es el crecimiento de la iglesia. Cuando el crecimiento, o cualquier otra cosa, es nuestro objetivo, nos inclinaremos ante todo lo que debamos hacer para alcanzar ese objetivo. Dios en Cristo es nuestra meta. Y nuestro Dios nos dice que Él es amor. Nos consolamos con nuestros engaños, usándolos como una manta con la que nos envolvemos, midiendo cosas que nuestro Padre no mide: cuántas personas vienen, cómo estamos creciendo, cuánto talento tenemos. Nuestro poder en este mundo no está en esas cosas externas. No tenemos reino aquí. Ni siquiera somos dueños de nosotros mismos. Somos hijos del Dios Altísimo, que, por nosotros, se convirtió en un bebé perseguido y peregrino. Jesús, sabiendo que había venido de Dios, tomó una toalla y se la ciñó (Juan 13:4). Si la meta era un reino terrenal, entonces Jesús es un completo fracaso. La ambición suprema de Jesús era agradar al Padre. La prueba de nuestra semejanza a Él es si usamos el poder del amor para descender, para entrar. ¿Ama a Dios? Entonces vaya y sea un prójimo. Entre en una vida diferente a la suya y sea la encarnación del Único que lo ama por la eternidad. El resultado será una verdadera transformación. El amor de Dios, primero en Cristo y ahora en nosotros, es el arma más poderosa que existe. Cuando caminamos en amor con los demás, la respuesta será: «Ahora comprendo el amor de Dios, la misericordia de Dios, la fidelidad de Dios, porque he visto ejemplos de eso en usted». En el siglo xix, Amy Carmichael viajó a la India y pasó el resto de su vida sirviendo a las niñas que eran vendidas para la prostitución en los templos hindúes. Abrió su corazón a las traficadas, las indefensas y las esclavizadas. Un día, cuando estaba hablando con algunas mujeres sobre Jesús y Su gran amor por las niñas que estaban en cautiverio, una mujer respondió: «Si esto es así, usted es como un ángel del cielo para nosotras. Si es así, queremos verlo […]. ¿Puede mostrárnoslo?».³ La misma pregunta se nos presenta a cada uno de los que invocamos el nombre de Cristo. Si es verdad que Dios mismo vino en forma de hombre a los quebrantados de corazón, a los pequeños, a los afligidos y a los vulnerables, esa verdad debe ser vivida para que el mundo sepa que es real. La señora Ecclesia Uno de los autores que he llegado a amar es George Matheson, un pastor y compositor escocés del siglo xix. Matheson describe a la Iglesia, la esposa de Cristo, como la señora Ecclesia.⁴ Nosotros somos la señora Ecclesia. Cristo pagó un alto precio por nosotros y nos ama mucho. Anhela que nuestros corazones coincidan con el Suyo y que nuestras acciones reflejen Su imagen. Él desea que sirvamos en este mundo como Sus representantes, que sirvamos a la humanidad como Sus siervos con ideas afines a Él y que llevemos Su fragancia al mundo. Nuestro Maestro ha llamado a su señora Ecclesia a seguirlo y a salir al mundo que Él ama, a las oscuras habitaciones de la crueldad donde el mal y el sufrimiento parecen reinar. Ella no siempre ha seguido a su Esposo. A veces, tiene miedo; a veces, es codiciosa y se protege a sí misma. A veces, ha preferido la comodidad y la familiaridad a aventurarse en las catástrofes de este mundo y los que están a su alrededor. Sin embargo, cuando la señora Ecclesia era todavía muy joven, unos cien años, fue con valentía a lugares a donde muchos temían ir, representando a su Señor y negándose a aceptar las normas culturales. Las niñas bebés se consideraban una carga en el siglo i d. C. El infanticidio femenino era común, y la demografía en ciertas partes del mundo era asombrosamente desigual entre hombres y mujeres. Las niñas pequeñas, a menudo consideradas deformes, morían congeladas. La ley permitía que las dejaran fuera de la ciudad en la pila de excremento para que murieran; no tenían ningún valor.⁵ Un grupo creciente de personas comenzaron a pensar que ese dictamen sobre el valor de las mujeres era un error y fueron a la pila de excremento fuera de la ciudad para buscar y rescatar a las niñas abandonadas. La decisión fue arriesgada y sacrificada. Requería enfrentarse a la cultura dominante. Significaba darle la vida, el tiempo y los bienes a la niña descartada de otra persona, ampliar el círculo de la responsabilidad. Significaba ser subestimado y menospreciado por rebajarse tanto como para tratar como precioso aquello que se consideraba sin valor. Significaba sacrificarse por la más pequeña de ellas. ¿Quiénes eran estas personas? Era la esposa de Jesucristo, Su señora Ecclesia. Ella siguió al Cordero que había salido de las puertas de la ciudad para hacer el sacrificio supremo, dando Su vida en rescate por muchos que eran considerados sin valor. A través de Su muerte, los declaró preciosos. Su señora lo siguió. El llamado que respondió la señora de Cristo del siglo i no es diferente al llamado al que nos enfrentamos como Iglesiaen el siglo xxi. La pregunta sigue siendo si seguiremos al Cordero tanto dentro como fuera de las puertas de la ciudad como la Iglesia lo hizo entonces. ¿Buscaremos y rescataremos a los que son considerados sin valor a los ojos de este mundo y trabajaremos con sacrificio entre ellos porque son preciosos a Sus ojos? No hace mucho, comenzamos a conocer las pilas de basura de la Iglesia católica que continúan siendo expuestas. Ahora sabemos de miles de niños y niñas, hombres y mujeres que fueron desechados para «proteger» a la Iglesia. Hemos seguido las noticias de los niños descartados por los Boy Scouts. Hemos leído los titulares sobre la gran cantidad de víctimas de Larry Nassar y de Jeffrey Epstein, uno protegido por la posición y el otro por la riqueza. Y ahora nos enteramos de los muchos vulnerables desechados como basura por la Asociación Willow Creek, la Convención Bautista del Sur, la Iglesia Bíblica Harvest y el Orfanato Sankey en Filipinas. Si somos sinceros, también sabemos que la pila de víctimas descartadas sigue aumentando y que muchos siguen trabajando frenéticamente para encubrirla. Aún quedan por escuchar historias que no se han contado. Cada vez que desechamos a los que han sido abusados, «… la tierra fornica apartándose de Jehová» (Os. 1:2). La vida de mi padre estuvo llena de lecciones, algunas provenían de su experiencia de una enfermedad incapacitante que finalmente lo llevó a un hogar de ancianos, donde pasó sus últimos años. A medida que avanzaba su enfermedad, perdía el control de su cuerpo. Este atleta ya no podía atarse los zapatos, levantarse de una silla o caminar por un pasillo. Mi padre había sido un hombre muy capaz; sabía cómo cebar un anzuelo, golpear una pelota de tenis, montar a caballo, atarse los zapatos y caminar. Sin embargo, no podía lograr que su cuerpo hiciera lo que su cabeza sabía hacer. Su cuerpo no seguía a su cabeza. Aprendí que un cuerpo que no sigue a su cabeza es un cuerpo enfermo. Jesucristo es la Cabeza de la Iglesia. Nuestra Cabeza nos ha llamado a seguirlo. Donde no lo hacemos, estamos muy enfermos. Si usted y yo seguimos a nuestra Cabeza, reflejaremos el carácter de Dios en carne y hueso. Iremos a donde Él fue y seremos como Él. Lo seguiremos y seremos dirigidos y moldeados conforme a Su imagen. La señora Ecclesia debe ajustarse a Cristo en todas las cosas. Lamentablemente, a menudo nos ajustamos a muchas otras cosas. En vez de ser parte de un cuerpo que sigue a su Cabeza, tendemos a funcionar como un cuerpo que sigue patrones familiares, cómodos y sin analizar. A veces, seguimos al resto del cuerpo de la Iglesia en sus enfermedades y engaños. A medida que avanzaba la enfermedad de mi padre, fue moldeando su cuerpo; ajustó su cuerpo a una contorsión de su «yo» original. No seguir nuestra Cabeza siempre conduce a la deformidad. Escuche la voz del Dios que es nuestra Cabeza hablando a la señora Ecclesia a través de los siglos: «Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda» (Isa. 1:17). Recientemente, tuiteé esta cita de mi libro Suffering and the Heart of God [El sufrimiento y el corazón de Dios]: «El cristianismo verdadero no consiste en orar, cantar y dar dinero mientras ignora los gritos, el sufrimiento indescriptible, la inmundicia y la muerte de los demás. El cristianismo no se trata de llamar a otros “ellos”, de tratarlos de manera diferente a nosotros, como si no fueran humanos y merecieran su sufrimiento».⁶ Una de las respuestas a ese tuit me entristeció profundamente. Decía: «¿De verdad? Porque así se ve desde afuera». La respuesta a mi tuit sugiere que su autor ha visto cualquier cosa menos amor en la Iglesia. El fracaso de la cristiandad en no utilizar su poder para bendecir demuestra una gran falta de amor. Esto lastima a nuestro Señor, quien dijo que lo que no hacemos por los más pequeños, no lo hacemos por Él. Qué triste contraste con lo que dijo en Juan 13:35: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Arístides de Atenas dijo esto en el siglo ii de la nueva Iglesia cuando se presentó ante el emperador Adriano: «¡Miren cómo se aman!».⁷ Cristo, nuestra Cabeza, es la encarnación del amor. No se alejó del humano más humilde. Isaías lo describe de esta manera: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; […] a consolar a todos los enlutados» (61:1-2). El Altísimo y Santísimo entró en nuestro mundo por la puerta más humilde. Una de las escenas más preciosas del Nuevo Testamento se encuentra en Lucas 24, cuando dos discípulos caminaron con el Cristo resucitado y no lo reconocieron hasta que partió el pan (v. 35). Después de haber logrado el acontecimiento más asombroso en el tiempo y en la eternidad, Jesús no fue conocido por Su gloria, poder, séquito, atavíos o número de seguidores, sino por sus manos con las cicatrices de los clavos que partieron el pan. Ese es nuestro Dios. Cuando el cuerpo de Cristo no se parece a Él de esta manera, está enfermo. No está siguiendo a su Cabeza, no importa qué etiquetas haya usado, qué confianza haya dado o qué certezas haya proclamado. La función del cuerpo Aunque se manifiesta de diversas formas, la función principal del cuerpo de Cristo a lo largo del tiempo es cumplir su llamado sagrado de vivir en comunión constante con su Cabeza, Jesucristo, y estar bajo Su gobierno en todas las cosas. El pueblo de Dios que conforma el cuerpo de Cristo en la tierra debe vivir plena y fielmente bajo el señorío, la autoridad y el dominio de Jesucristo. Si queremos que Él nos gobierne, debemos conocerlo. No podemos seguir los pensamientos, los anhelos, las ideas o los planes de otro a menos que lo conozcamos en profundidad. Y no lo conocemos en profundidad simplemente porque alguien más nos habla de él. Debemos perseguir ese conocimiento íntimo por nuestra cuenta, a lo largo del tiempo y mediante un esfuerzo concertado, escuchando, esforzándonos para comprender y aprendiendo a pensar como él. No lo conoceremos ni lo representaremos bien a menos que hagamos estas cosas. No debemos depender pasivamente de que líderes o maestros nos cuenten sobre nuestra Cabeza. Debemos buscarlo a Él, escucharlo, seguirlo. Si no conocemos bien a Cristo, no haremos lo que Él pide y no seremos capaces de distinguir a un líder corrupto. Cuando miramos la imagen de la Iglesia de hoy, lamentablemente, vemos divisiones. No hace mucho tiempo en Estados Unidos, dividimos a la Iglesia en blancos y negros y, al hacerlo, desobedecimos a nuestra Cabeza, que recibe a todos. Nunca sabremos cuánto hemos perdido como resultado. Estamos divididos entre suburbio y centro de la ciudad. Estamos divididos racialmente: negros, blancos, hispanos, asiáticos e indígenas. A menudo, estamos divididos por la política, la riqueza, la educación o un tema en particular, pero nuestro Señor dice que todas las partes son necesarias. El cuerpo de nuestro Señor consta de muchos miembros. La relación principal de cada miembro es con la Cabeza, y las relaciones entre los miembros fluyen de esa conexión. Cada miembro del cuerpo de nuestro Señor es importante, no importa su estatus en la vida, sus habilidades, su posición, su raza o género, su riqueza o educación. Nadie puede decirle a otro: «No te necesito». El pie no puede decirle a la mano: «No te necesito». Y lo más sorprendente de todo es que la cabeza no puede decirle al pie: «No te necesito». El más alto no puede decirle al más bajo: «No te necesito». Todas las partes (incluyéndolo a usted), cooperando y viviendo bajo el dominio de nuestra Cabeza, son necesarias. Cuando asignamos categorías superiores e inferiores en el cuerpo, ya no estamos bajo el dominio de nuestra Cabeza. Cuandodejamos que las divisiones y las diferencias nos dividen, entonces algo que no es nuestro Señor Cristo se ha levantado. Cuando rechazamos a los heridos que hay entre nosotros, según Jesús, lo rechazamos a Él. Si alguien queda excluido, no nos parecemos al cuerpo que finalmente estará delante de Su trono. El sufrimiento y el corazón de Dios El libro de Oseas es una imagen de la angustia de Dios. Los pecados del pueblo de Dios habían herido Su corazón. Su pueblo había ido tras otros dioses; Su esposa, Su señora, perseguía a otro. La idolatría es una falsificación religiosa. Con frecuencia, parece muy real; de lo contrario, no nos engañaría. En su excelente libro sobre Oseas, G. Campbell Morgan dice que la idolatría es una religión que busca adorar a Dios representado de manera falsa.⁸ La adoración de los israelitas a Moloc era exactamente eso. Israel fue engañado por sus falsas ideas de Dios. Nos engañamos al pensar que si algo se parece a Dios, suena como Dios, tiene el fin de agradar o ser como Dios, debe ser bueno. Esos engaños siempre distorsionan a la humanidad y siempre entristecen el corazón de Dios. Durante mis décadas como psicóloga, he aprendido que se puede saber lo que es más importante para una persona por lo que protege con más fuerza. Una persona que consume drogas protegerá el acceso a la sustancia de la que depende. Si la atrapan, puede llorar, disculparse y prometer que dejará de hacerlo, pero internamente ya está buscando formas de ir tras lo que quiere más que cualquier otra cosa. Al observar la cristiandad hoy en día, con frecuencia veo que cuando la Iglesia se ve amenazada, destina su energía a proteger el sistema. Amamos y adoramos al sistema o a nuestra iglesia más de lo que amamos y adoramos a Jesucristo. Por eso participamos de la complicidad, el encubrimiento, el silenciamiento, los insultos y las amenazas. Si eso no funciona, poco a poco ofrecemos algunas verdades a medias, probando para ver qué es aceptable y qué detendrá la exposición. El objetivo es proteger la institución, no permanecer en la luz. Al escuchar las historias de muchas víctimas, he aprendido que hay innumerables amores más queridos para nosotros que el amor por Dios. La conmovedora pregunta de Jesús: «¿Me amas?» viene a la mente. Amar algo más de lo que lo amamos a Él equivale a idolatría, y esa puede ser la raíz del problema. No me refiero a levantar figuras talladas y adorarlas. No, es mucho más sutil y engañoso. Piense en los hebreos, el pueblo elegido de Dios, llamado a bendecir al mundo, rescatado de la esclavitud y el que recibió los pensamientos de Dios a través de Su siervo Moisés. Conocían a Dios. Él los visitó y les enseñó a adorarlo solo a Él. Sin embargo, de alguna manera, Su pueblo, personas como nosotros, pensó que era bueno y correcto crear y adorar ¡un becerro de oro! Nosotros somos Su pueblo, a quienes Él ha visitado y enseñado a adorarlo. ¿No hemos hecho becerros de oro con las estadísticas, el dinero, la fama, la posición y nuestros sistemas externos? En cambio, mire a Aquel que es «más grande que Salomón» (Luc. 11:31, NBLA). Sus estadísticas son escasas, Su riqueza inexistente. No tenía hogar, y el templo de Su Padre estaba siendo profanado y destrozado por líderes religiosos corruptos que lo odiaban. La señal más fuerte de Dios en Él era Su capacidad de someter de manera constante Su voluntad a la de Dios hasta el punto de ser capaz de dar Su vida. Nos ha llamado a hacer lo mismo. Nos pide que usemos nuestro poder de elección dado por Dios para seguirlo en Sus caminos, no en nuestros caminos predilectos. Nos ha llamado a seguirlo, aunque eso signifique que nuestros templos colapsen. Esperanza en el valle de la desgracia Estos son tiempos difíciles. La Iglesia de Jesucristo se encuentra en el Valle de Acor (acor es una palabra hebrea que significa problema o aflicción). Aprendemos de este valle de la desgracia en Josué 7, donde la infidelidad de un hombre, que tomó para sí lo que le pertenecía a Dios, trajo problemas y muerte a ese valle. Sin embargo, Dios prometió que convertiría «… el valle de la Desgracia en el paso de la Esperanza» (Os. 2:15, NVI). Algunos de ustedes que leen esto han sido golpeados y aplastados por el mal uso del poder en la iglesia. Han sufrido abuso sexual, abuso espiritual, insultos y rechazo porque no hicieron lo que les dijeron. Algunos de ustedes han destrozado a alguien. Han creído que proteger una institución es una decisión piadosa. Es posible que hayan mentido u ocultado la verdad con ese fin. Se han convencido a sí mismos de que la obra es demasiado importante y grande como para permitir que «algo pequeño como eso» la destruya. Al hacerlo, ha permitido que el cáncer crezca en el cuerpo de Cristo. Otros han sido cómplices en silencio, creyendo que Dios prefiere preservar nuestras «buenas» instituciones con sus buenas metas. Quizás no estemos lo suficientemente preocupados por estos tiempos. Recuerde que Jesús fue crucificado en parte por un sistema ordenado por Dios para Su adoración y la bendición de Su pueblo. Considere su lectura de cargos: llevada a cabo en las primeras horas de la mañana, lo cual iba en contra de la ley civil; llevada a cabo en la casa del sumo sacerdote en lugar de en el templo, lo cual iba en contra de la ley religiosa. Los líderes violaron las leyes para matar a Jesús. Muchos de nuestros sistemas han seguido este mismo camino. Seamos sinceros. Para nuestra vergüenza, muchas veces hemos tratado a las personas de la misma manera que trataron a Jesús. Hemos humillado, mentido, aplastado, culpado y degradado. Lo hemos hecho con los de otras razas. Lo hemos hecho con víctimas de muchos tipos de abusos que alteraron nuestro orden y nos pidieron que intervengamos. Hemos obrado en secreto. No hemos arrastrado esas cosas a la luz. Hemos actuado ilegalmente y nos negamos a denunciar el abuso infantil. No hemos reconocido que el abuso doméstico y la violación van en contra de la ley. Hemos encubierto nuestras acciones y nuestros veredictos para proteger nuestros caminos y nuestros sistemas. Al hacerlo, hemos seguido al Sanedrín en lugar de a Jesús. Hemos actuado no como discípulos que metieron la pata, sino como aquellos que fueron desobedientes de forma notoria. Y Jesús tiene que sanar las heridas que hemos causado. Este es un lugar difícil, pero es bueno que muchos estén comenzando a ver y estén profundamente preocupados. He dicho de manera reiterada que las voces de las víctimas de hoy, de los abusados, violados y aplastados en nuestros círculos «cristianos», son, en realidad, la voz de nuestro Dios a Su pueblo. A través de aquellos a quienes hemos maltratado, está encendiendo Su luz, poniéndonos al descubierto a nosotros (y a los demás), señalando la enfermedad y llamándonos a que seamos fieles solo a Él. En esencia, esto es lo que dijo Jesús cuando declaró: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos» (Mat. 19:14). Son la voz profética a la Iglesia. Son canarios en las minas de carbón de la cristiandad. Las víctimas son vulnerables, están en dificultades, heridas, destrozadas y necesitan una atención minuciosa. Son una imagen de quiénes somos todos ante Dios. Y nosotros debemos ser una imagen para ellos de quién es Él con nosotros, Aquel que vino de las alturas a las profundidades para aquellos que eran vulnerables, estaban en dificultades, heridos, destrozados y necesitaban una atención minuciosa. Este valle de la desgracia está ordenado por Dios y, en este lugar, está llamando a Su pueblo a volver a Él. En Juan 12:27, Jesús dice: «Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora». Fue a través de la angustia de Jesucristo que se nos abrió la puerta de la esperanza. Fue la angustia de Dios, el dolor de Dios, su corazón quebrantado lo que abrió la puerta de la esperanza. El costo que tuvo al abrir esa puerta nos muestra la gravedad del pecado. Cuando amamos laobra más que al Maestro, estamos contribuyendo a ese costo. Si escuchamos, vemos y nos arrepentimos, entonces intervendremos en la gran angustia que hemos causado en la vida de los humanos vulnerables y buscaremos vivir a Su semejanza, trayendo gozo a Su corazón en lugar de tristeza. Lo haremos, aunque los cimientos de nuestros edificios tiemblen y las montañas de nuestros pequeños reinos se hundan en el fondo del mar. Por último, escucharemos el coro de Apocalipsis 5:13: «Y oí a cuanta criatura hay en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra y en el mar, a todos en la creación, que cantaban: “¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, sean la alabanza y la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos!”» (NVI). Epílogo Para concluir, venga conmigo a dos países: Camboya y Bulgaria, donde aprendí algunas lecciones valiosas y verdades claras y piadosas. En primer lugar, vayamos a Nom Pen (Camboya) donde viajé para enseñar a personas de diez países sobre el trauma y el abuso. Mientras estuve allí, me llevaron a ver algunos de los monumentos en memoria del genocidio. Como recordará, el genocidio de Camboya fue llevado a cabo por los Jemeres Rojos en la década de 1970 bajo el liderazgo de Pol Pot, lo que provocó alrededor de tres millones de muertes. Primero, los Jemeres Rojos obligaron a la gente a abandonar sus hogares, sus trabajos y sus ciudades. Luego tomaron a los padres y los ejecutaron. Separaron a madres e hijos. Separaron a los hermanos. La gente fue puesta en campos de trabajo y cárceles de tortura. ¿Escucha las capas de devastación pérdida tras pérdida? Cuando fuimos a los campos de la muerte en Camboya, vimos un lugar de árboles y agua y fosas comunes, algunas aún no excavadas. Caminando por una rambla, pasamos por grandes depresiones en la tierra donde el lodo se había asentado cuando llovió. «Los huesos suben continuamente a la superficie cuando llueve, al igual que los trozos de tela andrajosa», dijo mi guía. Los campos de la muerte eran un lugar tanto de belleza como de horror. Me senté, estupefacta, casi sin poder pensar. Al igual que en Ruanda y en Auschwitz, no tenía palabras… Yo que me gano la vida con la boca. Recordé las palabras de Elie Wiesel: «¿Cómo es posible que hombres, mujeres y niños fueran incinerados y que el mundo guardara silencio?». ¿Y la respuesta de su padre? «¿El mundo? El mundo no se preocupa por nosotros. Hoy, todo es posible, incluso los crematorios».¹ La iglesia tiene sus propios campos de la muerte. Están formados por todos los seres humanos abusados, maltratados y oprimidos a lo largo de los siglos que la Iglesia de Cristo ha ignorado, silenciado o desechado. El abuso sexual infantil, la violación, la violencia doméstica, el abuso verbal y emocional, el uso retorcido y aplastante del poder, que se dice que deriva de Cristo, pero que, en realidad, se usa para alimentar el «yo» o el sistema, todos contribuyen a los campos de la muerte. Podemos matar a un alma por cualquiera de estos medios. Parece claro que Dios nos está llamando, como hizo con los israelitas, a ver, escuchar y dejar de creer en palabras engañosas que, de alguna manera, nos llevan a esconder o silenciar el abuso y llamarlo protección de la Iglesia. En medio de los campos de la muerte de Camboya hay un árbol, una creación gigante y hermosa de nuestro Dios destinada a brindar refugio y sombra. Se llama el árbol de la muerte, porque es donde los verdugos mataban a los bebés arrojándolos contra él. El árbol está cubierto de elementos conmemorativos como pulseras, anillos y notas. ¿Y por qué mataban a los niños en este lugar? Por limpieza. Pol Pot decía: «Lo que está podrido debe ser eliminado». Esas palabras ocultaron actos espantosos realizados en nombre de la pureza, la integridad y la protección. ¡Y ese árbol de la muerte! Es muy antiguo, el tipo de árbol que mira y se pregunta qué historias podría contar. Me recordó a Bárbol el ent, una criatura gigante con forma de árbol y aliado de la gente libre de la Tierra Media en la trilogía El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien. Sin embargo, el árbol de la muerte no era un aliado. El cartel dice: «El árbol de la muerte que los verdugos usaban para matar a los niños». ¿Por qué? Para que no crecieran y buscaran justicia por la muerte de sus padres. Fueron silenciados para que no amenazaran al sistema. Nuestro Señor nos dice que ama la justicia. Dios también observa cuando callamos, amenazamos y desechamos a los vulnerables en nuestros círculos. Le pregunté a Dios qué pensaba y sentía mientras observaba tales atrocidades. Por favor, comprenda que el daño no se hizo solo a las víctimas. Los asesinos también sufrieron un daño terrible. Se hizo un daño espantoso a los que participaron, a los padres cómplices, a los sacerdotes, a los soldados y a los vecinos: seres humanos que destruyeron sus propias almas, a veces incluso por el amor de Dios y en nombre de Dios. Cuando escondemos el pecado en la Iglesia de Dios y permitimos el abuso por parte de aquellos que se llaman a sí mismos siervos de Dios, ¡estamos alineados con el engaño y la impiedad en nombre de Jesús! ¿Dónde está Dios en medio de tanta maldad? ¿Por qué permite que sucedan estas cosas? ¿Qué está sintiendo y pensando? Estas son preguntas que me han planteado las historias de abuso y terror a lo largo de los años. Dios me ha enseñado algo de Su respuesta a dichas preguntas. Su respuesta llega a través de otro árbol de la muerte, por demás extraño. No es un árbol donde el «otro» fue asesinado por el bien de la limpieza y la pureza. Es un árbol donde el Purísimo, el Justo fue asesinado por causa de los sucios, los inmundos y los malvados. Es un lugar donde los que estaban en el poder tomaron la pureza y la santidad y las ejecutaron. Nuestras vidas y nuestras eternidades se basan en ese árbol, ese árbol de la muerte que llamamos cruz. Allí también pareció como si Dios se hubiera marchado. Él guardó silencio; la oscuridad lo cubrió todo; Jesús estaba solo, rechazado, despreciado, desterrado. Suena como una víctima, ¿no? Aquel que tiene todo el poder nos bendijo y luego se inclinó y permitió que el poder humano (el poder utilizado para proteger el lugar y la posición, la institución y la tradición, el poder que hacía del templo un lugar seguro para los depredadores) lo destruyera. Pero se equivocaron, ¿verdad? El poder de Roma confabulado con los líderes religiosos aplastó y mató a muchas personas. El poder de los líderes religiosos sigue aplastando a la gente hoy en día, algunos de ellos en nuestras propias iglesias. El Dios Hombre en ese árbol de la muerte cargó con Auschwitz, Ruanda y Camboya. Él cargó con nuestra arrogancia, autoprotección y engaños. Él cargó con nuestra voluntad de sacrificar a otros mientras nos decimos que estamos preservando Su Iglesia por amor de Su nombre. Él cargó con el gran sufrimiento de los que fueron usados, abusados y silenciados a través de los siglos. Nos ha llamado a seguirlo de esta manera, a lugares donde nos encontramos abrumados por el dolor y la pérdida, estupefactos por la magnitud y la crueldad, lugares de absoluta desesperación. Oro para que nunca me recupere de las experiencias que he tenido de semejante maldad, pero mientras me sentaba y meditaba en Camboya, entendí la parábola. Usted y yo vivimos en los campos de la muerte. Vivimos en un planeta lleno de belleza y horror, que ejerce demasiada presión tanto en el corazón como en la mente. Pero no hay nadie en este planeta, no importa que sea brillante, rico, fuerte, saludable o cualquier otra cosa, que no enfrente el dolor y la pérdida durante su vida, y finalmente enfrente su propia muerte. Esas cosas están entretejidas en el entramado de este mundo. No queremos afrontarlo. Nos sentimos pequeños y temerosos. Nuestros propios miedos nos llevan con facilidad a abusar de nuestro poder para sentirnos más grandes, más fuertes, seguros de que estamos en el lado correcto y protegiendo nuestro lugar, para Dios, por supuesto.¿Dónde está la esperanza o la fortaleza en un lugar así? ¿Dónde está la fortaleza para seguir a Aquel en ese árbol que condenó abiertamente las cosas que crean los campos de la muerte? Queremos cubrirnos con poder y seguridad, aunque eso signifique desechar a los vulnerables. Queremos escondernos detrás de nuestra educación, formación, teología y cargos para que los pequeños no nos expongan ni molesten. Sin embargo, somos llamados, como nuestro Señor, a inclinarnos en amor y decir: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos» (Mat. 19:14). En otro país, Bulgaria, enseñé a consejeros de varios países que trabajan fielmente en los campos de la muerte que llamamos tráfico de personas. Visité la capital, Sofía, y aprendí la historia de este hermoso país. Mi guía me dijo que cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, Bulgaria proclamó su neutralidad. En 1941, Alemania impuso en Bulgaria la legislación antisemita. La gente protestó. En 1943, se les ordenó deportar a todos los judíos no búlgaros al campo de exterminio de Treblinka en Polonia, un campo de la muerte literal. Algunos en altos cargos presionaron al gobierno para que cancelara la deportación, y el zar lo hizo. Por tercera vez, los nazis exigieron, y los judíos fueron cargados en vagones de ferrocarril que se dirigían a los campos de concentración. Varios hombres poderosos, un comandante militar, un legislador y otros, se pararon en las vías y dijeron: «Pueden llevarlos, pero deben matarnos primero». Los alemanes los soltaron. En este caso, se demostró que el padre de Elie Wiesel estaba equivocado cuando dijo: «El mundo no se preocupa por nosotros».² Hubo excepciones. Bulgaria es una de las pocas naciones honradas en Yad Vashem, el Centro Mundial de Conmemoración del Holocausto en Israel, como justos entre las naciones. En 2013, Bulgaria celebró el septuagésimo aniversario de haberse negado a ceder ante un poder maligno y de haber salvado a casi cincuenta mil personas. Lo llamaron la Ceremonia de los No Entregados. ¿No deberíamos considerar que las víctimas y los vulnerables son los «no entregados» del cuerpo de nuestro Señor? En el antiguo Israel, los sacerdotes apartaban seis ciudades de refugio como santuarios, lugares seguros para quienes habían cometido algún homicidio involuntario. Ofrecían refugio a las personas que habían matado realmente a alguien. ¿No deberían nuestras iglesias ser lugares de refugio para aquellos que han sido abusados intencionalmente? ¿Cómo es que se está abusando de niños y adultos en un lugar sagrado? ¿Y cómo es que cuando nos enteramos de esas cosas, las escondemos? ¿Creemos que nuestro Dios no ve? Cuando usted y yo estemos delante de Dios, nos presentaremos como no entregados debido al árbol de la muerte, la cruz. Jesús le dijo a su enemigo: «Puedes llevarlos, pero primero tendrás que matarme». ¿No debemos hacer lo que Él ha hecho? Entonces, ¿cómo es que protegemos a los abusadores, que inevitablemente volverán a abusar? Lo cual es muy probable ya que sus habituales autoengaños se encuentran en lo más profundo. ¿Cómo es que desechamos a los abusados porque perturban nuestros lugares sagrados? Los no entregados no deben ser los que están en el poder, nuestras instituciones o nuestros reinos externos. Los no entregados deben ser aquellos que son vulnerables y presas. Me temo que con frecuencia entendemos esto al revés. No sacrificaremos a los que están en el liderazgo, a los que creemos que conocemos y a los que tienen el poder. Ellos se vuelven nuestros no entregados en lugar de las víctimas de las que disponemos libremente «por el bien de la obra de Dios». Que usted y yo seamos los que veamos los campos de la muerte y las almas que yacen allí, que nosotros hemos puesto allí. Que estemos a la luz del árbol de la muerte de Dios, sabiendo que por Su sangre somos bendecidos para ser parte de los no entregados. Que usemos nuestro poder para trabajar, traer y cuidar a aquellos que han sido enviados a morir. Que tengamos la humildad de reconocer nuestras malas elecciones y decisiones que han dañado a almas preciosas. Hemos hecho daño tanto con nuestras acciones como con nuestra inacción y nuestro silencio impío. Que seamos los que salimos al campo en busca de los corderos que han sido heridos por los lobos vestidos de oveja y que, como nuestro Señor, los llevemos a un lugar seguro y a un refugio de donde nunca serán entregados. Y finalmente, que nosotros, en este nuestro día de pecado y oscuridad y fracasos y problemas entre el pueblo de nuestro Dios, oremos con Daniel, quien también enfrentó estas cosas: «Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos; hemos pecado, […] hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas. […] Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro […] porque contra ti pecamos. […] Ahora pues, Señor Dios nuestro, que sacaste tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa, […] oye la oración de tu siervo, y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor. Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; […]. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo» (Dan. 9:3-19). Que nosotros, la Iglesia, seamos conocidos como aquellos que, en semejanza a nuestro Señor, usan el poder que Él les otorga para exponer el mal y proteger a los vulnerables. Que podamos celebrar con Él, y en Su nombre, la Ceremonia de los No Entregados. Agradecimientos Cada uno de nosotros es algo que el otro no es y, por lo tanto, sabe algo […] que nadie más sabe: y […] es asunto de todos, como partes del reino de la luz y herederos en todo, dar su porción al resto. George MacDonald¹ Ningún libro es producto de una sola persona. Este ha sido entretejido por muchas personas, tanto alrededor del mundo como cerca de casa. Todos me han dado su porción y ahora yo se la transmito a ustedes. Siempre estaré en deuda con aquellos que han sufrido cosas indescriptibles a manos de un poder perverso. Han sido mis maestros de forma valiente y me han honrado con su confianza. Gracias a ellos, entiendo la verdad de forma más clara y amo con más profundidad. Este libro comenzó con Katelyn Beaty, editora de adquisiciones de Brazos Press. Ella me trajo tanto la idea como el desafío, y le estoy muy agradecida. El equipo de Brazos me ha bendecido enormemente. Todos han demostrado una cuidadosa edición, un marketing creativo y un compromiso con este trabajo. Los asociados a mi consultorio me han acompañado fielmente. Hemos estado juntos en las trincheras, hemos sido testigos de la maldad del abuso del poder y hemos compartido el amor por nuestro Señor, quien dejó el poder a un lado para acercarnos a Él. Mis colegas Barbara Shaffer, Phil Monroe, Beverly Ingelse y Carol King leyeron los primeros borradores y ofrecieron mucha sabiduría. También valoro el aporte de Sheila Staley y de Kyle Howard, quienes brindaron información sobre la perspectiva de los afroamericanos. La gerente de mi consultorio, Bethany Tyson, y su asistente, Dara Becker, dirigen un consultorio eficiente, amable y ético. Han demostrado ser flexibles y me ofrecieron una sonrisa cuando mi horario se interpuso en el de ellas. Evangeline Hsieh me brindó gentilmente una investigación invaluable para rastrear y citar fuentes. Karen Wilson es una querida amiga, una «mujer de palabra» y una amante de Cristo. Ella trajo los dones que Dios le ha dado y los vertió en esta obra. Tanto este libro como su autora son mejores por su presencia. Mi esposo, Ron, como siempre durante estos proyectos, mantuvo nuestras vidas funcionando sin problemas. Su fielpresencia en todas las áreas de mi vida ha sido inquebrantable. Finalmente, toda la gloria al Cordero que está sentado en el trono y tiene todo el poder. Que Su pueblo lo pueda ver con más claridad y, en consecuencia, que lo adore de verdad. Notas Capítulo 1 La fuente y el propósito del poder 1.Diane M. Langberg, Counseling Survivors of Sexual Abuse (Maitland, FL: Xulon, 2003). Capítulo 3 El papel del engaño en el abuso del poder 1. Joe R. Lansdale, The Thicket (Nueva York: Mulholland, 2013), 265. 2. Diane M. Langberg, Suffering and the Heart of God: How Trauma Destroys and Christ Restores (Greensboro, NC: New Growth, 2015), 198. 3. Howard Thurman, Jesus and the Disinherited (Boston: Beacon, 1976), 55. 4. Elie Wiesel, Night (Nueva York: Hill and Wang, 2006), 32-33. 5. Robert Downen, Lise Olsen y John Tedesco, «Abuse of Faith», Houston Chronicle, 10 de febrero del 2019: https://www.houstonchronicle.com/news/investigations/article/Southe rn-Baptist-sexual-abuse-spreads-as-leaders-13588038.php. 6. G. Campbell Morgan, Studies in the Prophecy of Jeremiah (Westwood, NJ: Revell, 1955), 99. 7. Handley C. Moule, The Epistle to the Romans (Fort Washington, PA: CLC, 1958), 69. Capítulo 4 El poder de la cultura y la influencia de las palabras 1. George MacDonald, Unspoken Sermon Series III: Kingship (London: Longmans, Green & Co., 1889), 495. 2. Adolf Hitler, «Adolph Hitler Collection of Speeches 1922–1945», Archivo de internet, https://archive.org/stream/AdolfHitlerCollectionOfSpeeches19221945 /Adolf%20Hitler%20%20Collection%20of%20Speeches%201922- 1945djvu.txt. 3. Hitler, «Adolph Hitler Collection of Speeches 1922–1945». 4. «Penn State Scandal Fast Facts», CNN, 27 de noviembre del 2019: https://www.cnn.com/2013/10/28/us/penn-state-scandal-fast- facts/index.html. Capítulo 5 Comprensión del abuso del poder 1. «Bullying, Cyberbullying, and Suicide Statistics», Megan Meier Foundation, 5 de junio del 2019: https://meganmeierfoundation.org/statistics. 2. MaryCatherine McDonald, Marisa Brandt y Robyn Bluhm, «From Shell-Shock to PTSD, a Century of Invisible War Trauma», The Conversation, 3 de abril del 2017, http://theconversation.com/from- shell-shock-to-ptsd-a-century-of-invisible-war-trauma-74911. 3. Kerry Howley, «Everyone Believed Larry Nassar: The Predatory Trainer May Just Have Taken Down USA Gymnastics. How Did He Deceive So Many for So Long?», The Cut, 19 de noviembre del 2018, https://www.thecut.com/2018/11/how-did-larry-nassar-deceive- so-many-for-so-long.html. 4. Diane M. Langberg, Counseling Survivors of Sexual Abuse (Maitland, FL: Xulon, 2003); y Diane M. Langberg, On the Threshold of Hope (Carol Stream, IL: Tyndale, 1999). 5. «Sexual Assault in the United States», National Sexual Violence Resource Center, https://www.nsvrc.org/node/4737. 6. Abby Perry, «Prophetic Survivors: Kenny Stubblefield», Fathom, 22 de octubre del 2018: https://www.fathommag.com/stories/prophetic-survivors-kenny- stubblefield. 7. Perry, «Prophetic Survivors». 8. Perry, «Prophetic Survivors». Capítulo 6 El poder en los sistemas humanos 1. David Crary, «More than 12,000 Boy Scout Members Were Victims of Sexual Abuse, Expert Says», Salt Lake Tribune, 24 de abril del 2019: https://www.sltrib.com/news/nation- world/2019/04/24/nearly-boy-scout-leaders. 2. Josh Voorhees, «Slatest PM: The Boy Scouts “Perversion Files”», Slate, 18 de octubre del 2012, https://slate.com/news-and- politics/2012/10/boy-scouts-perversion-files-public-database-details- decades-of-alleged-sexual-abuse-cover-up.html. 3. Peter Janci, publicación en Twitter, 24 de abril del 2019, 7:38 a. m.: https://twitter.com/pbjanci/status/1121060873076797440. 4. Lauren Bohn, «“We’re All Handcuffed in This Country”: Why Afghanistan Is Still the Worst Place in the World to Be a Woman», Time, 8 de diciembre del 2018: https://time.com/5472411/afghanistan-women-justice-war; y Najim Rahim y David Zucchino, «Attacks on Girls’ Schools on the Rise as Taliban Make Gains», New York Times, 21 de mayo del 2019: https://www.nytimes.com/2019/05/21/world/asia/taliban-girls- schools.html. 5.Booker T. Washington, Up from Slavery (Nueva York: Doubleday, 1907). Capítulo 7 El poder entre los hombres y las mujeres 1. Ruth Tucker y Walter Liefeld, Daughters of the Church (Grand Rapids: Zondervan, 1987), 116. 2. John Knox, Knox: On Rebellion, ed. Roger A. Mason (Cambridge: Cambridge University Press, 1994), 9. 3. Thomas Aquinas, Summa Theologiae, NewAdvent.org, http://www.newadvent.org/summa/1092.htm, pregunta 92, respuesta 1. 4. Marg Mowczko, «Misogynistic Quotations from Church Fathers and Reformers», Marg Mowczko (blog), 24 de enero de 2014: https://margmowczko.com/misogynist-quotes-from-church-fathers. 5. Mowczko, «Misogynistic Quotations». 6. «Harvey Weinstein Sexual Abuse Allegations», Wikipedia, 6 de octubre del 2019, https://en.wikipedia.org/wiki/Harvey_Weinstein_sexual_abuse_allega tions. 7. Kevin Giles, The Rise and Fall of the Complementarian Doctrine of the Trinity (Eugene, OR: Cascade, 2017). 8. Elaine Storkey, Scars across Humanity: Understanding and Overcoming Violence against Women (Downers Grove, IL: InterVarsity, 2018). 9. Storkey, Scars across Humanity. Capítulo 8 La intersección de la raza y el poder 1. James Baldwin, Notes of a Native Son (Boston: Beacon, 1955), 30. 2. Mark A. Noll, «Battle for the Bible», RPM Magazine 15 (2013): 26, https://thirdmill.org/articles/mar_noll/mar_noll.BB.html. 3. Melton A. McLaurin, Celia, a Slave (Athens: University of Georgia Press, 1991). 4. Isabel Wilkerson, The Warmth of Other Suns: The Epic Story of America’s Great Migration (Nueva York: Random House, 2010), 418. 5. «Transgenerational Trauma», Wikipedia, 27 de septiembre del 2019, https://en.wikipedia.org/wiki/Transgenerational_trauma. 6. Diane Langberg, publicación en Twitter, 19 de septiembre del 2019, 4:49 a. m.: https://twitter.com/DianeLangberg/status/1174651695953002496. Capítulo 9 El abuso de poder en la Iglesia 1. Edwin Friedman, Generation to Generation: Family Process in Church and Synagogue (Nueva York: Guilford, 1985). 2. Gerben A. Kleef, C. Oveis, I. van der L we, A. LuoKogan, J. Goetz y D. Keltner, «Power, Distress and Compassion», Psychological Science 19, no. 12 (2008): 1315-22. 3. Dacher Keltner, Deborah H. Gruenfeld y Cameron Anderson, «Power, Approach and Inhibition», Psychological Review 110, no. 2 (2003): 265-84. 4. Keltner, Gruenfeld y Anderson, «Power, Approach and Inhibition». 5. Diane Langberg, publicación en Twitter, 31 de diciembre del 2018, 11:54 a. m.: https://twitter.com/DianeLangberg/status/1079828249092517894. 6. Henry Burton, The Expositor’s Bible: The Gospel according to Luke (Londres: Hodder & Stoughton, 1890), 114. 7.Wilhelm Gesenius, A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament, 4.a ed. (Boston: Crocker and Brewster, 1850), 435. 8. G. Campbell Morgan, The Gospel according to Matthew (Nueva York: Revell, 1939), 251–52. Capítulo 10 La cristiandad seducida por el poder 1.Oswald Chambers, My Utmost for His Highest (Nueva York: Dodd, Mead & Co., 1935), 18. 2.Chambers, My Utmost for His Highest, 6. 3.George MacDonald, Unspoken Sermon Series III: Kingship (Londres: Longmans, Green & Co., 1889), 560. Capítulo 11 El poder redentor y la persona de Cristo 1. Miroslav Volf, «In Light of the Paris Attacks, Is It Time to Eradicate Religion?», Washington Post, 16 de noviembre de 2015, https://www.washingtonpost.com/news/acts-of- faith/wp/2015/11/16/in-light-of-the-paris-attacks-is-it-time-to- eradicate-religion. 2. Oswald Chambers, Disciples Indeed (Grand Rapids: Discovery House, 1955), 393. 3. Amy Carmichael, If (Fort Washington, PA: CLC, 2012), 13. 4. Meredith Somers, «More than Half of Christian Men Admit to Watching Pornography», Washington Times, 24 de agosto del 2014: https://www.washingtontimes.com/news/2014/aug/24/more-than- half-of-christian-men-admit-to-watching-/. 5. «New Marriage and Divorce Statistics Released»,Barna Group, 31 de marzo del 2008, https://www.barna.com/research/new- marriage-and-divorce-statistics-released. 6. «What Is the Church’s Role in Racial Reconciliation?», Barna Group, 20 de julio del 2019: https://www.barna.com/research/racial- reconciliation/. 7. C. H. Spurgeon, Return, O Shulamite!And Other Sermons Preached in 1884 (Nueva York: Carter, 1885), 174. 8. Dietrich Bonhoeffer, Life Together: The Classic Exploration of Christian Community (Nueva York: Harper & Row, 1954), 107. 9. Dietrich Bonhoeffer, Letters and Paper from Prison (Nueva York: MacMillan, 1959), 369. Capítulo 12 El poder sanador y el cuerpo de Cristo 1. C. S. Lewis, Mere Christianity (Nueva York: HarperOne, 1952), 92. 2. George MacDonald, Unspoken Sermon Series III: Kingship (Londres: Longmans, Green & Co., 1889), 420–21. 3. Amy Carmichael, From Sunrise Land: Letters from Japan (Londres: Marshall Brothers, 1895), 76. 4. George Matheson, The Lady Ecclesia: An Autobiography (Nueva York: Dodd, Mead & Co., 1897). 5. Jennifer Viegas, «Infanticide Common in Roman Empire», NBC, 5 de mayo del 2011: http://www.nbcnews.com/id/42911813/ns/technologyandscience- science/t/infanticide-common-roman-empire/#.XZ-o7-dKgWp. 6. Diane M. Langberg, Suffering and the Heart of God: How Trauma Destroys and Christ Restores (Greensboro, NC: New Growth, 2015), 7. 7. Jake Griesel, «Aristides of Athens (2nd century AD) on the Conduct of Christians», Theological est doctrina Deo vivendi per Christum Jacobi Grieselli Blogus theologicus, 31 de diciembre del 2013: https://deovivendiperchristum.wordpress.com/2013/12/31/aristides- of-athens-2nd-century-ad-on-the-conduct-of-christians. 8. G. Campbell Morgan, Hosea: The Heart and Holiness of God (Londres: Marshall, Morgan & Scott, 1948), 29. Epílogo 1.Elie Wiesel, Night (Nueva York: Hill and Wang, 2006), 41-42. 2.Wiesel, Night, 33. Agradecimientos 1.George MacDonald, Unspoken Sermon Series III: The Inheritance (Londres: Longmans, Green & Co., 1889), 613-14. Biografía de la autora Diane Langberg (doctora graduada en la Universidad de Temple) es una psicóloga y consejera reconocida internacionalmente con cuarenta y siete años de experiencia. Con frecuencia, da charlas sobre el abuso y el trauma en todo el mundo; dirige su propia práctica de terapia en Jenkintown (Pensilvania) y cofundó el Instituto Global de Recuperación del Trauma en el Seminario Missio en Filadelfia. Langberg también forma parte de la junta de GRACE (por sus siglas en inglés, respuesta piadosa al abuso en un entorno cristiano), dirigida por Boz Tchividjian y copreside el Consejo Asesor del Trauma de la Sociedad Bíblica Americana. Ha sido autora o coautora de numerosos libros, entre los que se encuentran Counseling Survivors of Sexual Abuse [Terapia para sobrevivientes de abuso sexual], On the Threshold of Hope [En el umbral de la esperanza] y Suffering the Heart of God: How Trauma Destroys and Christ Restores [El sufrimiento del corazón de Dios: el trauma destruye y Cristo restaura]. Cover Page Poder redimido Prólogo Parte 1 La definición de poder 1. La fuente y el propósito del poder 2. La vulnerabilidad y el poder 3. El papel del engaño en el abuso del poder 4. El poder de la cultura y la influencia de las palabras Parte 2 El abuso del poder 5. Comprensión del abuso del poder 6. El poder en los sistemas humanos 7. El poder entre los hombres y las mujeres 8. La intersección de la raza y el poder 9. El abuso del poder en la Iglesia 10. La cristiandad seducida por el poder Parte 3 Poder redimido 11. El poder redentor y la persona de Cristo 12. El poder sanador y el cuerpo de Cristo Epílogo Agradecimientos Notas Biografía de la autora