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Esta traducción fue realizada sin fines de lucro por lo cual no 
tiene costo alguno. 
Es una traducción hecha por fans y para fans. 
Si el libro logra llegar a tu país, te animamos a adquirirlo. 
No olvides que también puedes apoyar a la autora siguiéndola 
en sus redes sociales, recomendándola a tus amigos, promocionando 
sus libros e incluso haciendo una reseña en tu blog o foro. 
Disfruta la lectura. 
 
 
 
3 
Proyecto compartido por los foros 
Traducción 
Flochi 
Flor 
Kiki 
LizC 
Myr62 
OnlyNess 
Corrección 
Flochi 
LizC 
Lelu 
Sand 
Revisión y lectura final 
Lalyta 
Diseño 
Catt 
 
 
 
4 
 
Para Ruth. 
 
 
 
5 
CRÉDITOS ____________________ 3 
DEDICATORIA _________________ 4 
SINOPSIS _____________________ 6 
1 _____________________________ 7 
2 ____________________________ 17 
3 ____________________________ 24 
4 ____________________________ 33 
5 ____________________________ 40 
6 ____________________________ 46 
7 ____________________________ 51 
8 ____________________________ 57 
9 ____________________________ 63 
10 ___________________________ 70 
11 __________________________ 80 
12 ___________________________ 86 
13 ___________________________ 92 
14 ___________________________ 98 
15 __________________________ 106 
16 ___________________________ 114 
17 __________________________ 125 
18 ___________________________ 131 
19 ___________________________ 141 
20 _________________________ 148 
21 __________________________ 156 
22 __________________________ 165 
23 ___________________________ 171 
24 __________________________ 179 
25 __________________________ 188 
26 _________________________ 199 
27 __________________________ 205 
28 _________________________ 212 
29 _________________________ 215 
30 _________________________ 222 
31 __________________________ 229 
32 __________________________ 236 
33 __________________________ 244 
34 __________________________ 251 
WRATH _____________________ 258 
SOBRE LA AUTORA __________ 259 
 
 
 
6 
 
Hay tres reglas para ser la mejor amiga de una princesa de la mafia: 
 
 
 
Durante tres años, seguí las reglas. Vicky y yo nos reuníamos una 
vez a la semana en la cafetería donde yo trabajaba. Yo era su parte de 
normalidad, ella era la única persona en la que podía confiar. Puede que 
fuera poco convencional, pero nos funcionaba. 
Una noche, se desató el infierno y me vi envuelta en una batalla 
sangrienta en la que casi perdimos la vida. Acabé cara a cara con los 
peligrosos hermanos mayores de Vicky. Anthony, William y Nicholas 
Civella, los hombres hechos de la mafia de Kansas City. 
Después de luchar por mi vida y demostrar que soy digna, me 
introdujeron en su mundo mortal. Era glamuroso pero retorcido. La 
tortura, la muerte y el crimen me seguían a todas partes, cincelando 
partes de mí hasta que ya no era la misma. 
Lo más probable es que me arruinen. Esto entre nosotros tiene 
consecuencias mortales. 
 
Malice Mafia #1 
 
 
 
7 
 
La noche en la que asesiné a un hombre, hacía un calor abrasador. 
Se sentía como si el infierno estuviera burbujeando y ahogando las sucias 
calles de Kansas City con fuego. 
El aire acondicionado en Dick's Diner estaba descompuesto, por lo 
que olía a olor corporal y desayuno. Mi jefe era un bastardo tacaño al que 
no le importaba si estábamos sudando. Teníamos todas las ventanas del 
lugar abiertas y rogábamos por una brisa de medianoche. 
—¡Este café sabe a mierda, Juliet! —me gritó Rick, uno de nuestros 
clientes habituales, cuando pasé. 
Mi molestia estalló en un fuerte bufido. 
—Pides el mismo café de mierda todas las noches, Rick. Si lo odias 
tanto, deja de pedirlo —le espeté. Estos clientes no venían aquí por el 
servicio o la comida de mierda. Venían aquí porque no tenían otro lugar 
a dónde ir. Éramos una cafetería en el corazón de quienes vivían, 
respiraban y morían en esta ciudad. Éramos el paraíso de los pobres con 
reservados de vinilo rayados y comida quemada. 
Rick tomó un sorbo de dicho café de mierda y puso los ojos en 
blanco en mi dirección. Mi columna vertebral estaba empapada de sudor, 
haciendo que mi uniforme de trabajo se aferrara a mí. Casi no me 
presenté a mi turno, pero los medicamentos de la abuela necesitaban ser 
repuestos y no eran baratos. Sin duda, Sinemet era una droga 
asquerosamente cara y los efectos secundarios eran una perra: náuseas, 
mareos, confusión y alucinaciones, por nombrar algunos. A menudo, me 
hacía preguntarme si el tratamiento para el Parkinson era peor que la 
enfermedad en sí. 
—Es un infierno aquí —se quejó otro cliente mientras se abanicaba. 
Hice una mueca. Un aire acondicionado roto significaba clientes enojados 
y clientes enojados significaba que no había propinas. Sin propinas, mi 
viaje a nuestra farmacia local esta semana estaría plagado de lágrimas, 
ansiedad y suplicas. 
Un piso de baldosas pegajosas sostuvo la suela de mis tenis negros 
manchados mientras agarraba la jarra llena de café. Mi corta falda negra 
se subía y la parte superior de mi camiseta estaba manchada con salsa 
de tomate. Todos los músculos de mi cuerpo dolían por estar de pie todo 
 
 
8 
el día. Era bastante atlética y con curvas, pero al final de mi turno, estaba 
lista para irme a descansar. El sudor salado seguía goteando en mis ojos 
marrones y mi largo cabello castaño estaba empapado. Necesitaba una 
ducha y unas vacaciones. 
Un tipo fuerte y estoico se sentó apretujado en el reservado del 
medio. Su cuerpo musculoso era casi demasiado grande para el asiento. 
El vinilo rojo en el que estaba sentado estaba descolorido y rasgado, una 
sorprendente contradicción con su impecable traje Armani. Tenía un 
gran tatuaje de calavera en el cuello y venas abultadas que palpitaban. 
Su rígida columna vertebral era como el acero. Esta noche parecía 
frustrado. Resoplidos rebeldes de molestia escapaban de sus labios cada 
tres minutos, haciendo que todos al alcance del oído se dieran cuenta de 
lo enojado que estaba. Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho y su 
rostro duro estaba ensombrecido, a pesar de que eran las once de la 
noche. Usaba esas gafas de sol Gucci como una máscara. 
—Seguro que estás resoplando muchísimo esta noche —observé, 
sabiendo muy bien que no respondería. Nunca respondía—. ¿Es el aire 
acondicionado? Sabes, podrías quitarte la chaqueta del traje que llevas. 
Hace mucho calor aquí, y esa capa adicional probablemente lo empeora. 
Me desnudaría, pero no es ese tipo de lugar. Sin embargo, probablemente 
obtendría mejores propinas de esa manera. 
Gruñó y se movió en su asiento. 
—O no —agregué rápidamente. Observó mientras le servía una 
taza—. ¿Cómo estuvo tu día? —pregunté juguetonamente. Ninguna 
respuesta. Hice una pausa, fingiendo que en realidad estaba hablando y 
no solo deseando en silencio que lo dejara en paz—. ¿No me lo dices? —
Era como un muro silencioso. Nada lo provocaba diversión. Nada parecía 
intrigarlo—. Lo juro, Extraño. Parece que estás hablador esta noche. 
El hombre tenía el cabello castaño claro y espeso, una mandíbula 
afilada como una cuchilla y un corte al que se le había formado una 
costra justo encima de la frente. Parecía un poco mayor que yo, pero 
cargaba con este increíble peso de experiencia que lo hacía parecer 
atemporal. Era guapo, de una manera tortuosa. 
Peligroso y observador, se sentaba en el mismo lugar en el mismo 
reservado todos los jueves por la noche. A pesar de la aterradora 
familiaridad, no sabía su nombre. No sabía quién era. Solo sabía que 
tenía un trabajo que hacer. Su nariz se ensanchó con molestia. 
No estaba aquí por la comida mediocre o para respirar el aire 
estadounidense y mancharse la camisa con salpicaduras de grasa, 
estaba aquí para proteger a mi mejor amiga, Vicky. 
Rara vez le hablaba, pero esta noche me sentía valiente. 
 
 
9 
—Disfruta tu café —expresé con una sonrisa brillante. Se lamió los 
labios y se inclinósexualmente alrededor de cadáveres. 
El hecho de que a Anthony tuvieran que decirle esto era 
jodidamente aterrador. Sí. Bueno. Era ropa de prostituta muerta. 
 
 
40 
 
De pie fuera de nuestra pequeña casa, pasé mucho tiempo viendo 
pasar el mundo. Mis pies descalzos se aferraron al duro cemento 
mientras miraba la ventana de la sala de estar donde la abuela me había 
dejado la luz encendida. Era tarde en la noche, la luna colgaba en lo alto, 
acunada por un manto de nubes y estrellas. Habría sido una noche 
agradable, y podría haber disfrutado del momento de serenidad, si las 
últimas veinticuatro horas no hubieran sido tan traumáticas. 
Olía a muerte, el hedor impregnaba mi piel y la ropa que usaba. Se 
aferraba a mi cabello, que era una cortina enredada sobre mi ojo derecho. 
Estaba empapada de pruebas que podrían encerrarme por el resto de mi 
vida. 
Deshacerme de mi víctima sin nombre fue mucho más fácil de lo 
que imaginaba. Años de investigar el crimen verdadero me condicionaron 
a creer que el asesinato era algo complejo que era sombrío y aterrador, 
pero cuando tenías la red que tenía la mafia de Kansas City, era fácil. 
Simplemente mostraban un fajo de efectivo y el mundo entero se 
inclinaba a sus caprichos. La parte más difícil fue envolver su cuerpo 
salpicando en la lona y subirlo a un carro. Usamos una pala para recoger 
partes de su cerebro y cráneo. Si mi estómago no estuviera 
completamente vacío, habría vomitado por todas partes. Mi única gracia 
salvadora fue que no había comido nada desde el almuerzo de ayer. 
Manejamos hasta la funeraria, metimos el cuerpo en el horno, cerramos 
la puerta y nos marchamos. 
Durante todo el viaje, Anthony mantuvo su caótica mente para sí 
mismo, murmurando en voz baja de vez en cuando. Podía sentir que algo 
estaba en su mente, pero cuando no estaba coordinando con la funeraria, 
me miraba con una mirada inquisitiva, como si yo fuera un problema 
complejo que quería resolver. La facilidad con la que se condujo hizo que 
todo se sintiera tan normal. Estaba conmocionada y calmada al mismo 
tiempo. Me dio nauseas. 
La abuela sabría que algo andaba mal en el momento en que 
entrara por esas puertas. Sinceramente, no sabía qué decir. 
Probablemente estaba muy preocupada y no estaba segura de qué hacer. 
Me habían quitado el teléfono, así que no era como si pudiera llamarla 
para hacerle saber que estaba bien. Sin mencionar que Malice había 
 
 
41 
estado en mi casa. Estuvo en mi espacio, cerca de mi abuela. Ella 
probablemente estaba loca de miedo. Necesitaba afrontar las 
consecuencias. Cada segundo que prolongaba lo inevitable era una 
tortura. 
Subí los escalones, notando las rosas lavanda que había plantado 
hace unos años. Sabía exactamente dónde pisar el porche delantero en 
ruinas para no romper la madera podrida. La puerta de entrada estaba 
raspada, mostrando las muchas capas de pintura que se habían untado. 
En algunas casas simplemente residías, pero nosotras vivíamos en la 
nuestra. Audazmente, usamos cada centímetro cuadrado que este lugar 
tenía para ofrecer. 
Abrí la puerta y entré, mis ojos inmediatamente escanearon la 
habitación en busca de mi abuela. Necesitaba cambiarme y restregarme 
la piel en carne viva, pero tendría que esperar. A la derecha de la entrada 
estaba nuestra pequeña sala de estar, y en el viejo sillón reclinable de 
cuero que teníamos, la abuela estaba sentada. 
—Ahí estás —exclamó mientras se tocaba el pecho—. ¿Dónde has 
estado? Por qué… —La abuela hizo una pausa mientras se levantaba 
lentamente. Su mano temblaba a su lado y cerró los ojos con fuerza, como 
si se sintiera frustrada con sus palabras por no salir de su boca—. ¿Por 
qué llevas eso? 
Me acerqué a ella y le di un enorme abrazo. En el segundo que 
estuve en sus brazos, un suspiro de alivio escapó de mis labios. La abuela 
era mi espacio seguro, mi hogar. Al reunirme con ella después de una 
noche tan trágica, me sentí tan aliviada que lloré lágrimas de alivio. 
—Estoy bien —susurré. Me aparté, evaluando cada centímetro de 
su apariencia. Su cabello corto, castaño y rizado con mechones grises. 
Sus amables, pero preocupados, ojos castaños. Las profundas arrugas 
de su rostro. Llevaba una camiseta sin mangas con un patrón de fresa 
rojo brillante y pantalones holgados. Estaba descalza, siempre estaba 
descalza, pero los dedos de los pies estaban pintados de un tono rojo 
brillante—. Tuve que pedir prestada la ropa de una amiga hoy. ¿Estás 
bien? 
—Estoy bien ahora que estás en casa. Lamento que tu teléfono se 
rompiera. Tengo algo de dinero ahorrado en el tarro de galletas para 
comprar uno nuevo. No me gustó no poder ser capaz de contactarte en 
todo el día. Nicholas me dio su número, pero parecía muy ocupado. 
Negué con la cabeza en confusión. 
—¿Mi teléfono? 
La abuela arqueó la ceja. 
 
 
42 
—Nicholas me contó cómo se rompió cuando vino a buscar tu 
uniforme de trabajo. Qué caballero. Dijo que terminaste trabajando 
durante la noche y te quedaste con tu amiga, Vicky. Fue tan dulce 
cuando pasó… —susurró—. Fue muy educado… pero inquietante. Es un 
chico extraño, ¿no? 
Nicholas. 
Tomé sus manos y la guie hasta el sofá de segunda mano. 
—¿Te preguntó algo? —pregunté. La ira ardía en mi pecho. ¿Cómo 
se atreve a venir aquí? ¿Cómo se atreve a invadir mi espacio y engañar a 
mi abuela así? Estaba tan furiosa con él por aparecer aquí que apenas 
podía pensar con claridad. 
—En realidad, no. Solo dijo que estaba emocionado de finalmente 
conocerme. Estaba tan avergonzada de ni siquiera saber el nombre de tu 
amigo. Estás —resopló y se sentó, haciendo una pausa por un momento 
para calmarse—. ¿Estás avergonzada de mí, cariño? ¿Es por eso por lo 
que no he conocido a tu amiga? 
—Por supuesto que no, abuela —le respondí de inmediato, aunque 
ella no parecía convencida. Miré alrededor de nuestra pequeña casa, 
tratando de ver lo que vio Nicholas. Nuestra casa era pequeña y estaba 
deteriorada. Conseguimos todo lo que necesitábamos de segunda o, a 
veces, de tercera mano. No era extravagante. Tenía algunas cosas que 
quería arreglar, pero vivíamos bien. El seguro de vida del abuelo pagó la 
hipoteca, por lo que solo teníamos que pagar los impuestos—. Vicky es 
muy reservada. Prefiere que vayamos a su casa. 
Asintió nerviosamente hacia la mesa de café rayada antes de hablar 
de nuevo. 
—¡Oh! Te dejó algo. —dijo la abuela, luego asintió hacia una caja 
escueta con un lazo envuelto alrededor de ella encima de nuestra mesa. 
La abuela sonrió—. Creo que está enamorado de ti. Estuvo muy 
emocionado de ver las fotos de ti de bebé. ¡Le entregué el álbum completo! 
—bromeó. 
Tragué mientras me ponía de pie. Confiaba mi vida a mi abuela. 
Podría contarle lo que había hecho hoy y no cambiaría la forma en que 
me miraba. Me amaba con tanta fuerza que probablemente me habría 
ayudado a enterrar el cuerpo. Pero… 
Pero me negué a incriminar a la única familia que tenía. El 
Parkinson fue provocado por el estrés. El conocimiento de lo que había 
hecho hoy causaría estragos en su cuerpo, y no podía permitirlo. 
 
 
43 
La caja comenzó a vibrar en la mesa de café y lentamente fui a 
recogerla. La abuela observó en silencio mientras yo abría la caja y 
miraba el teléfono nuevo esperándome. 
—¡Oh! ¿Te consiguió un teléfono nuevo? —preguntó—. 
Definitivamente le gustas. Iré a buscar papel para que puedas escribirle 
una nota de agradecimiento adecuada. Qué amable. 
El nombre en el identificador de llamadas decía Malice. Debatí 
responder, pero mi sentido de auto conservación ganó al final. 
—Hola —saludó Malice. 
Dejé escapar un suspiro tembloroso y miré a la abuela. Su 
expresión de preocupación me envalentonó un poco. 
—Hola, Nick. 
—Solo las personas que me agradan pueden llamarme Nick. Mis 
socios comerciales me llaman jefe. ¿Y mis juguetes? —Hizo una pausa 
para lograr un efecto dramático—. Mis juguetes me llaman Malice. —
Tragué y permanecí en silencio. No sabía qué más quería de mí. 
Consideraba que Malice era unnombre adecuado para él. La 
malicia era el deseo de causar dolor, daño o angustia a otro. Hoy dejó 
perfectamente claro que ese era su objetivo principal. 
—¿Cómo estuvo tu tarde con Anthony? —preguntó 
tranquilamente. 
—Hicimos lo que pediste —respondí bruscamente. Si quería una 
actualización sobre el trabajo, ¿no podría habérselo pedido a su 
hermano? 
—Eso no es lo que te pregunté. ¿Disfrutaste tu tiempo con él? —
preguntó Nicholas, Malice. 
La abuela deambulaba por su dormitorio, buscando papel para el 
hombre que me obligó a matar a alguien. Caminé hasta mi habitación y 
cerré la puerta en silencio. 
—¿Sigues ahí? —preguntó Malice. 
—Tuve que ir a mi habitación. No quería que la abuela escuchara 
—respondí en voz baja—. Quiero mantenerla fuera de esto tanto como 
sea posible. 
—Es una debilidad tan predecible —respondió Malice—. No solo 
mostraste tus cartas el primer momento que nos conocimos, sino que la 
hiciste increíblemente accesible. Entré directamente a tu casa y aprendí 
todo lo que necesitaba saber sobre ti en cuestión de minutos. Fue casi 
refrescante lo abierta que fue. 
 
 
44 
Hubo algo escalofriante en la forma en que me amenazó sin 
amenazarme realmente. Malice quería que supiera que él estuvo en mi 
espacio, cerca de mi abuela, y que era capaz de hacernos daño a las dos. 
—¿Cuál es el punto de todo esto? —pregunté. 
—No te debo una explicación. Creo que primero te hice una 
pregunta, Juliet. 
Puse los ojos en blanco. Estar fuera de la sala de tortura me dio 
una falsa sensación de valentía. 
—Mi tarde con él estuvo bien. Es un poco peculiar, pero me 
recuerda mucho a Vicky —admití—. Hablando de Vicky, ¿está bien? —
Solo podía preocuparme de una cosa a la vez. Pasé mi día en modo de 
supervivencia, pero ahora, finalmente tenía la capacidad mental para 
cuestionar si mi mejor amiga estaba en peligro o no. En definitiva, tuve 
la fuerte impresión de que los hermanos de Vicky estaban profundamente 
preocupados por ella. Sin embargo, no podía juntar las piezas que los 
tenía preocupados. Esta mujer Cora los tenía vueltos locos. Quería saber 
por qué. 
—Ella está bien. Anthony y Vicky siempre han sido cercanos. Son 
más como amigos que como hermanos. Él no siente la cantidad de 
responsabilidad que William y yo sentimos por proteger a nuestra 
hermanita, así que no está agobiado por lo que hay que hacer para 
mantenerla a salvo. Me preocupaba que Anthony criticara mi decisión de 
enviar a Vicky a nuestra familia en Italia. Pero parece que distrajiste 
bastante a mi hermano. 
—¿Por qué me estás diciendo esto? —pregunté—. ¿Qué quieres de 
mí? 
—Aún no he decidido lo que quiero de ti. Al principio, quería 
matarte por ser una rata. Luego, quería castigar a William por 
mantenerte en secreto. Me gusta conocer a todos los involucrados en el 
negocio de mi familia. Fue una bofetada saber que has estado husmeando 
durante los últimos tres años justo debajo de mis narices. —Su voz 
goteaba veneno, y me imaginé su rostro cruel retorcido de ira. Continuó 
mientras yo usaba mi mano libre para apretar mi pecho—. Hoy, vi lo útil 
que puedes ser. Es obvio que William te quiere y me gusta tener 
influencia. Quieres cuidar de tu abuela y puedo ayudarte con eso. Estás 
en serios problemas. Si quisiera chantajearte, podría simplemente usar 
el asesinato que cometiste hoy, pero no creo que golpee tan fuerte como 
me gustaría. Me ayudarías por obligación, pero no porque quieras. Me 
gusta que mis juguetes estén motivados. Voy a brindarle a tu abuela la 
mejor atención que el dinero pueda comprar y, a cambio, serás lo que yo 
necesite que seas. 
 
 
45 
Me senté en mi colchón lleno de bultos, luego dejé que el 
entumecimiento desapareciera y se convirtiera en desamparo. 
—¿Qué es exactamente lo que necesitas de mí? —pregunté, 
sorprendida de que una vez más estuviera considerando un ultimátum 
de Nicholas, o Malice como él quería que lo llamara. 
—Necesito muchas cosas. Un día, podría llamarte y decirte que 
necesito que quemes un edificio. Al siguiente, podría necesitarte en un 
vestido de noche y en mi brazo en un evento. Podría necesitar que 
mantengas a Vicky obediente. Podría necesitar que lastimes a mi 
hermano. A veces, sabrás por qué estás en algún lugar. A veces no. Serás 
mi pequeña mascota, apareciendo cuando y como lo necesite. 
Tragué saliva. No quería estar bajo el control de Nicholas. No 
confiaba en él, y cuanto más me atrajera hacia su red, más difícil sería 
escapar con vida. Pero ya estaba atrapada. Hoy maté a un hombre. Me 
deshice de su cuerpo. Había hecho algo increíblemente horrible, algo que 
se me quedaría grabado hasta que diera mi último aliento. 
—¿Y si no lo hago? 
Entonces dejó escapar un suspiro y pude escucharlo reclinarse en 
su silla mientras consideraba todas las formas en que podría arruinarme 
si no cooperaba. 
—Juliet, por favor, no me hagas insultar tu inteligencia diciendo 
que no tienes otra opción. Si vas en mi contra, terminarás en la cárcel 
por asesinato. Si cooperas, todos los problemas que hayas tenido 
desaparecerán. —Él estaba mintiendo. Nicholas Civella se convertiría en 
mi problema. Me crearía una tormenta de problemas—. Puse la 
información de la cita con el doctor de tu abuela en tu teléfono. Ve a verlo 
mañana. Ve lo que tiene para ofrecer. Creo que te gustará. Después, 
quiero que vengas a la dirección que te acabo de enviar. Sólo viste el 
calabozo de la muerte de Anthony, pero puede que te guste la mansión. 
—Mi teléfono sonó y me estremecí—. Tengo un trabajo para ti. 
Sabía que me tenía en sus garras. 
Tragué mi ansiedad y traté de permanecer en calma. Pero mi 
garganta se había cerrado. Mi ansiedad era tan fuerte que no podía forzar 
mis palabras más allá de mis dientes. Todo lo que había sucedido 
finalmente alcanzó ese dulce crescendo de terror, y no pude hacer nada 
para detenerlo. 
—Nos vemos mañana, Juliet —susurró antes de colgar el teléfono. 
 
 
 
46 
 
La abuela y yo disfrutamos yendo juntas al Parque Penn Valley. Un 
pequeño parque con una gran vista del centro de la ciudad, era un lugar 
especial para nosotras dos. Solíamos dar vueltas aquí todo el tiempo 
cuando era niña. Penn Valley tenía un pequeño estanque y una 
superpoblación de patos agresivos. La abuela y yo guardaríamos nuestro 
pan duro y los alimentaríamos en su banco favorito. 
Era un caluroso día de verano. Mis ojos picaban por el polen en el 
aire, y giré mis hombros, deleitándome con el calor del sol golpeando mi 
piel desnuda. La abuela llevaba un par de jeans y su camiseta favorita, 
con una imagen que decía “Mi nieta piensa que soy genial”. 
Me tomó del brazo mientras íbamos por el sendero, el aire caliente 
envolviéndose a nuestro alrededor. El doctor con el que nos habíamos 
reunido hoy dijo que el ejercicio regular puede ayudar a ralentizar el 
Parkinson que destruye su sistema nervioso. Recomendó conseguir una 
bicicleta estática porque el movimiento puede ayudar a aliviar las 
complicaciones motoras que estaba experimentando. Hice una nota 
mental para comprobar el Centro de Beneficencia local para ver si tenían 
una a la venta. Comprar una nueva ahora mismo no era una opción. 
—¿Es realmente necesario? —preguntó la abuela mientras miraba 
nuestros brazos enlazados. No quería que se cayera sobre el cemento 
duro. 
—¿Qué? ¿Apesto o algo así? —bromeé, sabiendo que era una mujer 
fuerte e independiente, y sentirse frágil era un tiro a su ego sensible. No 
podía evitarlo. La abuela era todo lo que tenía y yo era el equivalente a 
una mamá controladora en lo que a ella concernía. 
—Creo que es un poco exagerado. Soy más que capaz de caminar 
por este sendero. Cuando eras una niña pequeña, solía llevar tu trasero 
al auto cuando estabas demasiado cansada para caminar, ¿sabes? 
Probablemente podría correr en círculos a tu alrededor. —Usó su mano 
libre para agitar su mano con frustración. No se equivocaba, en el 
pasado, la abuela corría en círculos a mi alrededor. Estaba en forma y 
sana. Recuerdo casi reírme deldoctor cuando nos dieron el diagnóstico. 
Parecía imposible que a una mujer tan fuerte le sucediera esto. No era 
justo—. También puedo golpear tu trasero por ser una mocosa —agregó. 
 
 
47 
La abuela se echó a reír de su propia broma, pero puse los ojos en 
blanco. Estaba teniendo un buen día y era un placer verla de buen 
humor. 
La consulta médica fue como exigió Malice. Tuve que mentir a cada 
paso del camino. Expliqué que la abuela calificó para un estudio de 
caridad que solicité. Fue difícil encontrar una explicación en el acto, pero 
le dije que se abrió un espacio de último minuto y que era una 
oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. Quería más detalles, 
pero se quedó aturdida y en silencio cuando llegamos a la lujosa oficina. 
No tuvimos que sentarnos junto a alguien tosiendo y estornudando. No 
tuvimos que esperar para ver al doctor. Incluso nos ofrecieron limonada. 
¡Limonada! Fue una experiencia maravillosa y aprendí sobre algunas 
opciones de tratamiento diferentes disponibles para mejorar la calidad de 
vida de la abuela. 
Además, recibí un suministro para seis meses de un fármaco 
experimental. No podía imaginarme cuánto costaba realmente y los tres 
grandes frascos de pastillas pesaban en mi bolso. El doctor Hoffstead 
insistió en que me lo llevara y, cuando me iba, me llevó a un lado y me 
rogó que le dijera a Nicholas Civella que fui bien provista. 
“Todo lo que quieras, te lo daré. Aquí está mi teléfono. Llama 
cuando quieras. Por favor, dile que estoy haciendo lo que me pidió. Por 
favor”. 
Ver el miedo en el rostro de este hombre adulto me hizo sentir 
tremendamente incómoda. Malice y su equipo eran capaces de cometer 
algunos de los actos más inmundos imaginables y yo estaba familiarizada 
con el terror que el doctor Hoffstead sentía en lo profundo en su alma. 
—No puedo creer lo largo que es el camino. —La abuela suspiró 
mientras caminábamos por el sendero. Bajé la mirada y noté que estaba 
arrastrando su pie derecho. Fingiendo estar cansada, nos llevé a un 
banco de madera con vistas a la fuente de agua del parque—. Necesito 
un descanso —mentí cuando ella arqueó la ceja hacia mí. 
—¿Podemos hablar de nuevo sobre la extraña visita al doctor que 
tuvimos hoy? —preguntó la abuela mientras ambas nos sentábamos. Mis 
muslos desnudos se quemaron contra el banco, que había estado 
cociéndose al sol todo el día—. Cariño, sé que me estás mintiendo. 
—No estoy mintiendo —insistí. 
—¡Maldita sea! ¡Sé-sé que lo estás! 
Dejó de hablar y se detuvo para recomponerse. La ansiedad era un 
síntoma no motor común de la enfermedad de Parkinson y, 
desafortunadamente, el estrés y la ansiedad empeoraban sus síntomas 
motores. Sabía que ella estaba tratando de mantener la calma por mi 
 
 
48 
bien, pero escucharla luchar por hablar simplemente reafirmó mi 
decisión de darle solo el mínimo de información. 
Aclaré mi garganta. 
—¿Por qué dices eso? 
—Trabajas todas las horas de la noche, haces turnos dobles y 
gastas el dinero que tanto te costó ganar en mi medicina. 
—Abuela, tú has hecho lo mismo por mí. Demonios, trabajabas en 
empleos de temporada cada Navidad para que yo tuviera regalos debajo 
del árbol —dije mientras ella dejaba escapar un fuerte suspiro. Odiaba 
mentirle, pero necesitaba que tomara este medicamento—. Este doctor 
es realmente bueno, abuela. 
—Pero ¿a qué precio? —La abuela se acercó lentamente y me apretó 
la mano—. Cariño, ya te matas trabajando. Tampoco creas que no vi esas 
solicitudes universitarias en la basura. 
—Ya te lo dije. Calificamos para… 
—¿Ayuda gratis? —La abuela terminó por mí—. No hay nada en 
esta vida que sea gratis. No quiero que vendas tu alma para mi beneficio 
—respondió la abuela mientras negaba con la cabeza—. Yo-yo sé cómo 
funcionan estas cosas. Voy a tomar este medicamento y luego me dejarán 
sin apoyo… 
Se puso pálida y se frotó el cuello con manos temblorosas. La 
abuela era pesimista. Quizás fue la desaparición de mamá lo que la hizo 
así. Nos habíamos hecho ilusiones de encontrar a mamá demasiadas 
veces. Ahora, no confiaba en nada que pareciera demasiado bueno para 
ser verdad. 
—¿Puedes al menos intentar tomar la medicina? —pregunté. 
—¿Y volverme dependiente de ellas? No, gracias. No quiero 
quedarme atrapada en una situación que me haga pagar más tarde. 
Puse los ojos en blanco. 
—Abuela, ¿y si ayuda por sólo seis meses? —respondí, la esperanza 
se derramó a través de mi tono—. ¿Qué pasa si terminas teniendo los 
mejores seis meses de tu vida? Te sientes normal de nuevo. Esta medicina 
no tiene los efectos secundarios que tienen tus otras píldoras. 
—¿Y qué pasa si terminas endeudada por miles de dólares por una 
causa perdida? —espetó—. No voy a dejar mis responsabilidades te 
entierren. Esta es mi vida. 
Estaba en la punta de mi lengua hacerle saber a la abuela que ya 
estaba demasiado metida, que ya estaba atrapada en una situación de la 
 
 
49 
que no podía salir, aunque quisiera. Me quedé mirando las pastillas, 
preguntándome si podría poner la medicina en la taza de café de la 
mañana de la abuela sin que ella lo supiera. 
—Creo que deberíamos aprovechar todas las oportunidades que 
podamos. Es tu vida, pero solo tienes una vida para vivir —insistí. 
—Ya es suficiente —respondió la abuela con un suspiro antes de 
palmear mi muslo—. Caminemos de nuevo. Ese doctor elegante quiere 
que haga ejercicio, así que hagamos eje-ejercicio —resopló. Estaba 
acostumbrada a que evitara los problemas. Tenía una abuela que era 
extremadamente terca. 
Ambas nos pusimos de pie y nos abrimos paso lentamente por el 
camino. 
—Creo que quiero visitar a mi hermana en Palm Springs —dijo la 
abuela inesperadamente. 
—¿La tía abuela Agnes? —pregunté—. ¿Se encuentra bien? 
La abuela sonrió y asintió. 
—Sí. Creo que tienes razón. 
Arqueé una ceja. 
—¿Estoy en lo cierto? 
—La vida es corta. Debería aprovechar todas las oportunidades que 
pueda. No estoy segura de cuántas oportunidades más tendré de 
visitarla. Quizás me gustaría quedarme con ella durante un mes. 
Empaparme del sol junto a la piscina y tal vez ir a uno de los casinos allí. 
¿Estarías bien si voy? —preguntó—. Ella se ha ofrecido a llevarme en 
avión por un tiempo, pero contigo trabajando tan duro, nunca me sentí 
bien aceptando su oferta. Pero tienes razón, la vida es corta. Ella está 
dispuesta a pagar mi boleto y la extraño. Ha pasado casi una década 
desde que estuve en un avión. 
Me dolió el alma a un nivel visceral pensar que la abuela realmente 
creía que sus oportunidades de visitar a la tía Agnes estaban 
disminuyendo. Por supuesto que quería que la visitara. En mi egoísmo, 
estaba tratando de saborear cada segundo y minuto con ella como si 
fuera una posesión preciada. Pero se merecía un buen viaje con su 
hermana. 
—Por supuesto, abuela. Creo que sería genial. Yo me haré cargo. 
Nunca debes sentirte culpable por mi trabajo, abuela. Aprendí de ti que 
la familia consiste en dar un paso adelante siempre que puedas por las 
personas que amas. 
 
 
50 
Con un poco de energía en su paso, sonrió y caminó un poco más 
rápido. 
—Gracias, cariño. Llamaré a Agnes mañana. Estará muy 
emocionada —dijo. 
Se me ocurrió una idea… 
—Pero solo si pruebas este fármaco experimental. Mira. Tenemos 
seis meses de eso. ¿Qué daño podría hacer intentarlo? ¿Y si hace que tu 
viaje para ver a la tía Agnes sea mucho mejor? 
Resopló. 
—Eso es un golpe bajo —refunfuñó. 
—Aprendí a negociar de la mejor —bromeé. 
—¿Es realmente tan importante para ti, cariño? 
Asentí rápidamente. 
—Sí. ¿Por favor? ¿Por mí? 
Aminoró un poco sus pasos. 
—Está bien. Las tomaré. Siempre que no los retiren para cuando 
deje de tomarlas una vez que se acaben. Y mientras no le pagues más 
dinero a ese doctor. 
—Trato —espeté, ansiosa por aprovechar esta oportunidad 
mientras pudiera. 
—Trato —respondió con una amplia sonrisa que mostraba sus 
dientes. 
 
 
 
51 
 
La Mansión Civella era imponente e impresionante. Me quedé 
parada en la basede su imperio maravillada, mirando la gran puerta de 
hierro que rodeaba su propiedad. Una gran letra C se ubicaba de manera 
prominente en el centro. Vivían en las afueras de la ciudad y tuve que 
tomarme tres autobuses urbanos solo para llegar hasta este lugar. La 
última vez que estuve aquí, me encontré encadenada en el sótano y 
aplasté el cráneo de un hombre con mi pie descalzo. Realmente no tuve 
la oportunidad de echarle un vistazo a la casa, porque salimos por una 
entrada trasera en un auto fúnebre. Realmente no tuve la oportunidad 
de ver lo que me rodeaba fuera del calabozo de la muerte, porque estaba 
demasiado ocupada disociándome de toda la experiencia. 
Mi uniforme de trabajo me hizo sentir menos impresionante. Me 
había puesto una camiseta sin mangas rosa con la palabra Dick 
extendida sobre mis tetas. Decidí usar esto para que la abuela no me 
hiciera preguntas sobre dónde estaba. 
Estaba devanándome el cerebro, tratando de averiguar cómo iba a 
salir de esto mientras seguía cosechando los beneficios de la conexión de 
Malice con el doctor Hoffstead. Vendería mi alma con tal de darle a mi 
abuela una mejor calidad de vida. Al diablo con las consecuencias. Llevar 
a la abuela al doctor me motivó mucho: del tipo en el que Malice 
prosperaba. 
Me tenía justo donde me quería. 
También había un pensamiento molesto en el rincón más profundo 
y oscuro de mi mente. Era vergonzoso en todos los sentidos. 
Sentía curiosidad. 
Quería aprender más sobre su organización y sobre Vicky. Quería 
saber quiénes eran esos hombres que mi mejor amiga me había estado 
ocultando. Odiaba admitirlo, pero conocer su vida secreta y vivirla eran 
dos cosas diferentes. Ahora ella se sentía como una extraña. 
También quería ponerme en contacto con ella. Siempre que intenté 
llamar, la línea se cortaba. No estaba necesariamente segura de poder 
confiar en que fueran honestos sobre su seguridad. Quería escuchar su 
voz y asegurarme de que realmente estuviera viva. Y yo también quería 
gritarle. Era la razón por la que estaba atrapada en este lío, y si me 
 
 
52 
hubiera explicado lo que estaba pasando, tal vez podríamos haber 
escapado de todo esto. 
Después de obsesionarme con qué hacer toda la mañana, llegué a 
la conclusión de que no había salida. Estaba atrapada. Aunque sabía que 
me estaban chantajeando y el bienestar de mi abuela estaba en juego, 
todavía me sentía avergonzada. La atracción que sentía por Malice no 
necesariamente me estaba disuadiendo. No vine arrastrando mis pies por 
el camino hasta aquí. Aunque estaba abrumada por lo que tuve que hacer 
ayer, el asesinato que cometí no estaba destrozando mi psique. Hice lo 
que Anthony sugirió. Envolví lo sucedido en una pequeña caja apretada 
y la dejé caer por el borde de mi subconsciente. Por supuesto, los 
pensamientos intrusivos todavía me atacaban cuando no estaba alejando 
activamente la imagen de mí aplastando su cráneo. Pero, sobre todo no 
fue tan difícil como pensé que sería. Y ese pensamiento me emocionó y 
aterrorizó a la vez. 
¿Era una psicópata? ¿Era tan mala como los asesinos que 
investigaba? ¿O era solo una chica a la que se le dio un doloroso 
ultimátum? Hice lo que sentí que tenía que hacer para sobrevivir y era 
difícil sentirme culpable por eso. Lo haría de nuevo. ¿Estaba tan mal 
querer vivir? 
Hale se acercó a la puerta y la abrió. 
—El jefe te ha estado esperando. Llegas tarde. 
Dejé escapar un suspiro. 
—Tuve que acompañar a la abuela a casa. Estaba cansada —
expliqué. 
Hale me dio una mirada. Sus ojos eran pequeños y maliciosos. Sus 
labios agrietados y ensangrentados. Metió las manos profundamente en 
sus bolsillos, pero pude verlo acariciando su polla con sus carnosos 
dedos a través de la fina tela de sus pantalones. Me retorcí de disgusto 
cuando me examinó detenidamente. Aparte del obvio comportamiento 
pervertido, había algo en él que me hacía sentir realmente incómoda. 
Podía sentirlo en mis entrañas. Como si fuera el tipo de hombre que 
lastima a una mujer por deporte. Malice era malvado, pero tenía la 
sensación de que era calculador y que cada decisión que tomaba tenía 
un propósito. Investigó y descubrió mi debilidad con la abuela, luego me 
explotó por ello. ¿Hale? Hale parecía ser del tipo bastante impulsivo. Esta 
clase de hombre que hacía cosas por capricho y envolvía sus manos 
alrededor de tu cuello porque lo hacía sentir bien. Simplemente tenía una 
mala vibra. 
—Apúrate —me gruñó mientras atravesaba la puerta y subía por 
el sendero hacia la casa principal. La casa Civella era una impresionante 
 
 
53 
mansión de tres pisos en el corazón del vecindario más rico de Kansas 
City: Sunset Hill West. Sentí que debía vaciar mis bolsillos solo para 
caminar sobre la acera. Naturalmente, había guardias cubriendo el 
perímetro y una caravana de vehículos blindados en su camino de 
entrada. Me pregunté cómo eso podría afectar la psique de una persona, 
nunca estar solo. Temer siempre por tu vida. Tener todo un arsenal a tu 
disposición. 
La casa era de estilo colonial georgiano, alzándose orgullosamente 
como un hito de gánsteres en el centro de lo que parecían dos acres de 
tierra. Fue impactante ver la cantidad de riqueza en el interior. La 
elegante decoración era sutil y relajante, completamente diferente a la del 
hombre duro y masculino que era dueño de la propiedad. Había techos 
altos, molduras profundas y suelos de mármol. La entrada era grande y 
abierta, y cuando miré por el pasillo, vi puertas francesas que daban a 
varias partes de la casa. 
—Sígueme —ordenó Hale. 
Hale me guio por la casa. Pasamos por una sala de estar formal, 
un comedor, una sala de estar y una biblioteca con paneles de nogal y 
chimenea. Nos dirigimos hacia la parte trasera de la casa, donde había 
una oficina con poca luz en la esquina. Un gran escritorio de roble estaba 
en el medio de la habitación con dos sillas de cuero de gran tamaño frente 
a él. Vi a Malice casi de inmediato. De pie en un minibar con un traje 
caro, me saludó mientras se servía una copa de bourbon. 
—Llegas tarde —dijo, todavía de espaldas a mí. 
—Tuve que llevar a mi abuela a casa —le expliqué. Malice se dio la 
vuelta para mirarme, sus ojos verdes parecían casi aburridos por mi 
excusa. Su cabello rubio estaba peinado hacia un lado y sus suaves 
labios apretados. Luché contra el impulso de disculparme con este 
hombre. Algo me dijo que no apreciaba las disculpas. Quería que su 
mundo funcionara según su agenda y cualquiera que no cumpliera era 
castigado. 
—¿Cómo está la abuela? —preguntó Malice tranquilamente antes 
de ir a su escritorio y tomar una navaja. Sus hábiles manos comenzaron 
a girarla, haciendo que las venas de su mano se hincharan. Me quedé 
mirando la forma en que hizo rodar el cuchillo sobre sus nudillos con 
facilidad. 
—Ella está bien —gruñí. 
—Bien. ¿Hoffstead te trató como un familiar? —preguntó Malice 
antes de sentarse en su asiento—. La familia es muy importante para mí, 
¿sabes? 
—Se comportó estupendamente —susurré. 
 
 
54 
—Envíale a Hoffstead una cesta de frutas —le dijo Malice a Hale 
con un guiño. Algo me dijo que una canasta de frutas era un código para 
otra cosa. Con un simple asentimiento, Hale sacó su teléfono del bolsillo, 
escribió algo y salió de la oficina—. Toma asiento, Juliet —dijo Malice 
mientras asentía en dirección a la silla de cuero frente a él. 
Malice todavía tenía esa navaja en la palma de la mano y la hacía 
girar amenazadoramente. Casi esperaba que la lanzara y me tratara como 
si fuera su propio tablero de dardos personal. Me moví lentamente hacia 
la silla abierta y me senté en ella. 
—¿Por qué estoy aquí? —pregunté. 
Malice dejó de jugar con su navaja para llevársela a los labios. 
Presionando el borde plano de la misma contra su puchero, contempló 
mi pregunta por un momento antes de arrastrar su labio a lo largo de la 
afilada hoja. Lo miré con fascinación enfermiza, y cuando finalmente 
decidió responder a mi pregunta, me quedé sin aliento ante el sonidocrudo de su voz áspera en la habitación silenciosa. 
—Déjame decirte algo, Juliet —comenzó mientras rodeaba su 
escritorio y caminaba hacia mí. Todos los vellos de mi cuerpo se 
erizaron—. En lugar de preguntar por qué estás aquí, te sugiero que 
preguntes qué necesito. Ya hemos establecido por qué estás aquí. Ya 
sabemos hasta dónde estás dispuesta a llegar para mantenerte a ti y a 
tu abuela a salvo. No preguntes por qué. Ya no tengo paciencia para 
preguntas como esa. Tampoco tengo paciencia para la ignorancia. Ahora 
inténtalo de nuevo. 
Malice se apoyó en su escritorio, con un brazo cruzado sobre su 
pecho. Con la navaja aún en su mano, la arrastró a lo largo de su 
mandíbula puntiaguda con un roce ligero como una pluma. Tragué. 
—Bien —me quejé—. ¿Qué puedo hacer por ti? —expresé mis 
palabras con mordacidad. En respuesta a mi pequeña voz de rebeldía, 
Malice miró hacia el techo y sonrió, soltando una breve carcajada. Me 
pregunté si la gente alguna vez lo trató con sarcasmo. 
Malice se apartó del borde del escritorio y se inclinó hacia mí. 
Luego, apoyó una mano en el reposabrazos de mi silla y se inclinó tan 
cerca que nuestros ojos estaban a apenas unos centímetros de distancia. 
Su aliento caliente fluyó por mi cara, oliendo a menta y bourbon. Lo sentí 
lenta, lenta, lentamente, llevar su navaja a mis labios. 
—Abre la boca —le dijo en un tono suave y sensual que era a la vez 
aterrador e intrigante. Obedecí. En parte porque estaba atrapada al otro 
lado de la cuchilla y en parte porque tenía curiosidad por saber qué me 
iba a hacer. 
 
 
55 
Malice luego deslizó el cuchillo en mi boca seca. Mi pecho se apretó 
cuando colocó el cuchillo en mi lengua con mucho cuidado. El borde 
plano descansó allí por un momento, y usó su pulgar para presionar 
contra mi labio inferior. Inhaló mi aroma mientras me provocaba con el 
peligro sobre mi lengua. 
—Eres tan luchadora. Tan llena de vida. ¿Sabes lo que le hago a la 
gente que no me habla con respeto? —preguntó. Ni siquiera podía 
responderle. No podía negar con la cabeza. Continuó, sin molestarse en 
esperar mi respuesta—. Les corto la lengua. 
Sacó la navaja de mi boca, pero mientras lo hacía, se aseguró de 
cortarme el labio, lo que obligó a que una gota de sangre saliera de la 
pequeña herida. Quitó la mancha carmesí de mis labios con el pulgar y 
luego la lamió. Fue erótico y aterrador. Mi corazón se aceleró al verlo. 
—Tienes suerte de que tenga mejores planes para tu lengua —
susurró antes de enderezarse. De pie, ahora estaba al nivel de su cintura. 
Pude ver su dura polla presionando contra el costoso material de sus 
pantalones perfectamente confeccionados. Parecía casi doloroso lo duro 
que se tensaba contra su ropa. 
Malice dejó su cuchillo antes de curvar su dedo hacia mí, 
llamándome más cerca. Me levanté lentamente, mis piernas temblaban 
de miedo y una emoción que ni siquiera estaba dispuesta a sentir y 
mucho menos decir en voz alta. Extendió las manos y las envolvió 
alrededor de mi garganta, aplicando la más mínima presión mientras me 
miraba a los ojos. Lo sorprendí mirando de vez en cuando por encima de 
mi cabeza. ¿Qué es lo que estaba esperando? ¿A quién estaba buscando? 
Este era un hombre con un propósito. Me sentía como un animal 
atrapado en su trampa. Pero quería pillarlo desprevenido. 
—¿Cómo está Vicky? —pregunté. Apretó su agarre alrededor de mi 
garganta y extendí la mano para agarrar su muñeca. 
—No es de tu incumbencia —espetó antes de dejarme ir. 
—Estoy preocupada por ella —admití—. Sabes, es tan extraño. 
Vicky siempre me advirtió vagamente sobre su segunda vida, pero nunca 
se sintió real. Vicky quería protegerme. No creo que me hubiera 
mantenido alejada de todos ustedes de otra manera. Lo que dice mucho 
sobre lo que piensa de ti. 
Malice se burló. 
—Deja de hablar. Y mi hermana sólo se preocupa por sí misma. No 
reconocería la lealtad si le diera una bofetada en la mejilla. Está a salvo 
y con su familia extendida, que es más de lo que puedo decir de ti. 
 
 
56 
Algo acerca de sus hermanos hizo que Malice se rompiera. Era su 
única debilidad. De alguna manera, tenía que usar eso a mi favor para 
salir de esta retorcida espiral de chantaje. 
—Solo me gustaría hablar con Vicky —insistí. 
—Quizás si haces tu trabajo correctamente hoy, te dejaré llamarla, 
¿sí? —dijo Malice—. Aunque honestamente no sé por qué querrías 
hacerlo. Es una hermana de mierda y una amiga aún peor. Estás mejor 
sin ella. 
Mis cejas se arquearon. Todavía no había terminado de desafiarlo. 
—¿Eres un buen hermano, Nick? —pregunté, valientemente 
usando su nombre de pila. 
Se mordió el labio inferior por un momento, la ira ardía a través de 
su expresión. 
—Soy un buen asesino. Dirijo un buen imperio. Protejo lo mío. Todo 
lo demás es una mierda, y te sugiero que cierres tu linda boquita antes 
de meter algo en ella y esta vez no seré tan cuidadoso. 
Escuché pasos en el pasillo y me moví para ver quién entraba a la 
oficina, pero Malice me agarró por la barbilla y cerró sus labios contra los 
míos. 
 
 
 
57 
 
Una vez probé la heroína. En el momento en que la droga llegó a 
mis venas, me invadió una emoción como nunca había experimentado. 
Fue como un orgasmo mental. Me sentí poderosa, confiada y libre. 
Durante diez horas, no pensé en el diagnóstico de mi abuela. No pensé 
en el dolor ni en todas las cosas que tenía que hacer. Disfruté de una 
sensación de ingravidez en mi cuerpo. Mis miembros se balanceaban por 
el encanto de la heroína y la discordancia de mi entorno. El subidón me 
liberó de todas las cargas de la vida y dejó atrás esa sensación hueca de 
euforia. 
Me gustaría poder decir que besar a Malice fue como tomar una 
inyección de la mejor heroína que el dinero puede comprar, pero no fue 
así. Fue como estar tumbada en el suelo mientras todos apilaban pesados 
ladrillos sobre mi cuerpo. Fue una experiencia dura y condenatoria que 
me pesó de una manera antinatural. 
Era exigente con su boca. Me hundió los dientes en el labio inferior 
como si yo fuera su posesión, y su lengua caliente y arrolladora rodó por 
la mía con ondas castigadoras. No podía escapar de él. Sus manos me 
tenían fuertemente atrapada. Se trabó en mi boca. 
Tan jodidamente bueno. 
Tan jodidamente doloroso. 
Malice gruñó mientras me devoraba. Fue intrusivo y emocionante, 
pero oh, muy pesado. No fue una experiencia extracorporal. Fue como 
morir. Me dio el beso de la muerte a lo último bueno que quedaba dentro 
de mí y deseé más. Dejé que me abrumara con su beso y, lo peor de todo, 
se lo devolví. 
Cuando se apartó, había una expresión de emoción y seducción en 
su hermoso y afilado rostro. Pasó un largo momento mientras me miraba 
fijamente. El beso compartido entre nosotros lo ablandó de alguna 
manera. Me acarició la nuca y pasó sus manos por debajo de mi barbilla 
para colocar un mechón de cabello castaño oscuro detrás de mi oreja. 
Después dejó caer las manos, como si tocarme le quemara. Murmuró. 
—Puede que te retenga. 
 
 
58 
Ese beso lo hizo querer retenerme, pero a mí me hizo querer huir 
lo más rápido posible. Porque si no me alejaba, esa oscuridad oculta en 
mi interior querría volver a besarlo. 
A mi espalda, William habló en tono aburrido. 
—¿Necesitabas algo de mí? —En mi vergüenza al rojo vivo, me giré 
para encontrarlo. No le debía nada a William y menos una explicación. 
Pero me sentí mal. William vio lo que Malice me hizo hacer y ahora lo 
estaba besando. ¿Qué decía esto de mí? ¿Malice planeó esto? ¿Esperaba 
que William lo viera? 
William tenía un rostro de acero mientras mantenía su expresión 
libre de cualquier protesta o decepción. Apenas me miró antes de centrar 
toda su atención en Malice. Aunque no podía decir si el resentimiento 
estaba presente en la forma en que miraba a su hermano mayor, 
definitivamente había algo de tensión en el aire. Solo quería irme. ¿Por 
qué demonios dejé que eso sucediera? Y más aún, ¿por qué lo disfruté? 
—Necesito tu ayuda con un proyecto —dijoMalice, sacándome de 
mis vergonzosos pensamientos. William asintió en respuesta, animándole 
en silencio a continuar—. Juliet va a empezar a trabajar en Eden's Place. 
Bueno, eso era nuevo para mí. 
—¿Qué es Eden's Place? —pregunté. Sin embargo, nadie respondió 
inmediatamente. 
En lugar de una respuesta directa, la inmediata mirada de disgusto 
de William me hizo comprender qué tipo de establecimiento era Eden's 
Place. La protesta cayó rápidamente de sus labios. 
—No. Absolutamente no. Una chica como Juliet no pertenece a un 
lugar como ese. 
Hice una pausa. ¿Qué clase de chica creía William que era yo? Me 
conocía bien. Todo lo que le había contado a Vicky, él lo estaba 
escuchando a escondidas. Sabía lo de la abuela y mis problemas con la 
escuela. Mis trabajos. Mi vida amorosa. Él era la mosca desprevenida en 
la pared y ahora me encontré con la curiosidad de cómo se sentía acerca 
de todo lo que había aprendido. 
Malice me rodeó la cintura con su brazo y me acercó a su pecho. 
Era cálido y duro, y debería haberme zafado de su agarre, pero en lugar 
de eso, dejé que me tocara. Estaba jodida. Estaba muy jodida. 
—Creo que te sorprendería lo que Juliet es capaz de hacer. Y la 
última vez que lo comprobé, tú no haces las reglas ni tomas las 
decisiones. Si quiero que Juliet trabaje en el jardín, ahí es donde 
trabajará. Si la quiero en Eden's Place, allí estará. Y mañana, si decido 
que va a estar cortando cuerpos en el pequeño calabozo de la muerte de 
 
 
59 
Anthony, entonces estará allí. —Mi estómago se hundió. El agarre que 
Malice tenía sobre mí se volvió premonitorio. Clavó sus dedos en mi carne 
y me costó todo lo que tenía para no acobardarme ante él. Malice se 
alimentaba de la debilidad y no quería demostrarle que le temía. 
—Como si pudiera olvidar que tú estás al mando. ¿Quieres sacarte 
la polla y medirla, Nick? ¿Tal vez ir a mear en unos arbustos para marcar 
tu territorio? —ofreció William, visiblemente enojado—. Tú eres el mayor. 
Tú pones las reglas. Papá te quería más. Ya lo entendemos. Qué mierda. 
Juliet es mi responsabilidad. Lo ha sido por tres años ya, así que si quiero 
entender mejor tus planes para ella, entonces haré lo que sea necesario, 
¿entendido? 
—Debería haberte dejado morir hace tantos años —respondió 
Malice en un tono frío y calculador. 
—Habría hecho la vida de todos mucho más fácil —estuvo de 
acuerdo William—. Pero estoy aquí. ¿Qué harás con Juliet? —preguntó 
William. 
Sus idas y venidas me hicieron girar la cabeza para observar el 
enfrentamiento verbal. Había tanta ira y dolor compartido entre ellos que 
apenas podía seguir el ritmo. No quería estar atrapada entre dos 
hermanos rivales a los que, sinceramente, apenas conocía. Quería tomar 
mis propias decisiones. 
—Soy más que capaz de manejar nuestros propios acuerdos —dije 
antes de zafarme con confianza de su agarre. El corazón se me aceleraba 
en el pecho y me preocupaban las consecuencias de desafiarlo. Pero no 
podía seguir dejando que este hombre me pisoteara. Tenía que mostrar 
al menos una apariencia poderosa si quería sobrevivir. No quería ser un 
peón en su juego. Quería ser una socia de negocios. 
La verdad era que Malice tenía algo de valor para mí. La abuela 
necesitaba esta medicina y yo necesitaba más flujo de dinero. Ya estaba 
metida hasta los codos en este mundo. La única forma de salir era a 
través de él. Maté a un hombre. Estaba a cargo de mi propio destino. 
—Así es —respondió Malice con una sonrisa socarrona. William se 
movió de un pie a otro, como si le sorprendiera mi confianza—. Eden's 
Place es el club del que soy propietario. Es un lugar para que mis socios 
de negocios se relajen después de un día duro. A algunos funcionarios 
locales les gusta usarlo también, como sede de sus negocios. Ofrecemos 
mujeres bonitas, un rato de diversión y todas las fantasías ilícitas que 
puedas imaginar. 
Se me hundió el estómago. Tal vez estaba fuera de mi alcance. 
William resopló. 
 
 
60 
—Entonces, ¿qué, vas a hacer que baile en el escenario? ¿O quieres 
que reserve habitaciones privadas con tus hombres? —gruñó. 
—No —respondió rápidamente Malice con más fuerza de la que 
esperaba. Me alegré de que no fuera a obligarme a hacerlo, pero seguía 
confundida sobre la naturaleza de esto—. Necesito una nueva anfitriona. 
Alguien que coordine a nuestras chicas y se asegure de que mis clientes 
estén contentos. Ella recibirá a la gente en la puerta y los acomodará 
donde tengan que estar. La Señorita Cross puede ser la cara del lugar. 
Quiero que se acerque a mis clientes pero que también parezca no 
disponible. Los hombres se abren rápidamente a las mujeres que quieren, 
pero no pueden tener. Ella me va a ayudar a encontrar a mi rata. 
No podía decir si este trabajo era peor o mejor. Al menos no me 
hacía matar a más gente. 
—Así que, ¿solo quieres que espíe? —pregunté. 
William se acarició la barbilla, pensando en todo lo que había dicho 
Malice. 
—Es bastante inteligente. Juliet es buena con la gente. La he visto 
en la cafetería, y es como si pudiera conectar con casi todo el mundo. 
Pero hay algunas personas sospechosas que pasan por nuestras puertas. 
No quiero que esté desprotegida. 
Mi corazón se ablandó al ver su preocupación por mí. ¿Era porque 
sintió algún tipo de conexión? ¿O era por deber hacia Vicky? 
—Sí. Sé lo mucho que te preocupa la seguridad de todos —
respondió Malice con los dientes apretados—. Pondré a Hale de guardia. 
William asintió como si eso fuera suficiente. Pero algo en mi pecho 
floreció de ansiedad. Hale seguía poniéndome nerviosa y no quería pasar 
con él más tiempo del necesario. Esta conversación ya era lo 
suficientemente tensa, y yo quería hablar con Malice sobre el dinero. Tal 
vez estaba juzgando injustamente a Hale por su aspecto rudo. Podría 
intentar darle una oportunidad. 
—¿Y cuánto me vas a pagar? —pregunté. Levanté la barbilla y miré 
fijamente a Malice. Mi confianza no tan sutil provocó una sonrisa en su 
rostro estoico. 
—Juliet —empezó—, creo de verdad que has encontrado tu 
vocación aquí. —Tomó su vaso de whisky y bebió un trago lento. Tuve la 
sensación de que lo hacía para alargar el tiempo y hacerme retorcer. 
Mantuve la columna vertebral recta y orgullosa. Este hombre no me 
arrinconaría. Parecía que me necesitaba. Aunque solo desempeñara un 
pequeño papel en su organización, aprovecharía cada gota de esta 
oportunidad en mi beneficio. Puede que el destino nos haya unido, pero 
 
 
61 
no iba a ser su mascota. Era capaz y fuerte, y aunque sentía mucha 
aprensión por este trabajo y por lo que implicaba exactamente, estaba 
decidida. 
—¿Estás evitando mi pregunta, Malice? —pregunté. Sus juegos no 
iban a funcionar conmigo. No estaba segura de dónde provenía mi 
confianza, pero me aferré a ella con las dos manos. 
—¿Cuánto quieres? —preguntó. 
Esta era la parte difícil. Estaba decidida a ser clara en mis 
necesidades. 
—Bueno, obviamente quiero que mi abuela siga viendo al doctor 
Hoffstead. —No mencioné que de alguna manera tendría que convencer 
a mi abuela de que podía pagar sus visitas, pero ese era un tema para 
otro día—. Creo que cincuenta mil al año con todos los beneficios es 
razonable. —Apenas ganaba veinte mil al año en la cafetería, y eso incluía 
las propinas. Con esto, podría permitirme unas cuantas clases en línea 
en el colegio comunitario local y obtener mi título. 
William negó con la cabeza. Malice se mordió el interior de la mejilla 
y me miró de arriba abajo. ¿Era demasiado? 
—Estoy abierta a la negociación —añadí rápidamente. Sabía que 
las citas médicas de mi abuela eran ridículamente caras, pero esperaba 
que, ya que estaba haciendo un trabajo de espía además del de 
anfitriona, él… 
—Hoy te voy a dar una lección, Juliet —dijo Malice. William sacó 
su teléfono para leer un mensaje de texto, aparentemente distraído. 
—¿Sí? —pregunté, con las cejas levantadas en señal de 
especulación. Podía manejar esto. Podía negociar con un jefe de la mafia. 
—Siempre hay que saberlo que uno vale y luego duplicarlo. Mis 
empleados en el club ganan fácilmente seis cifras. Estás tratando con 
hombres muy poderosos y privados. Pagan un precio extra por un buen 
servicio y labios sellados. 
Mierda. ¿Así que me rebajé? 
—De acuerdo —respondí—. Entonces quiero… 
Malice me interrumpió. 
—No. Tendrás tus cincuenta mil al año. Y le pagaré a tu abuela 
para que vaya al doctor y reciba su medicina. Podemos revisar tu salario 
si demuestras ser útil. Pero en el futuro, Juliet, si te doy la opción de 
decir tu precio, te sugiero que apuntes alto. 
Me sonrojé de vergüenza. 
 
 
62 
Este mundo parecía como un juego de mesa gigante. Fingí 
confianza a pesar de estar avergonzada. 
—Me parece justo —dije con un gruñido—. ¿Cuándo empiezo? —
Mañana tenía un turno en la cafetería y tenía que avisar con dos semanas 
de antelación. También tenía que averiguar cómo iba a mantener esto en 
secreto ante la abuela. 
—Empiezas esta noche. William te va a llevar a comprar algunos 
conjuntos. Algo me dice que no tienes nada colgado en tu armario que 
sea de la marca de Eden's Place —dijo Malice mientras me miraba de 
arriba abajo. No estaba segura de si debía sentirme insultada o no. 
No estaba exactamente segura de necesitar un compañero de 
compras, pero estaba dispuesta a hacer casi todo y cualquier cosa para 
salir de la oficina de Malice. Asentí y empecé a salir cuando él alargó la 
mano y me rodeó la muñeca. 
—Una cosa más —dijo con voz ronca. 
Tragué saliva y miré hacia él. William estaba en alerta. 
—¿Sí? —pregunté. 
—Nadie te toca. Pueden mirar todo lo que quieran, pero no eres 
uno de sus juguetes. Eres mi juguete. —Sus dientes se hundieron en su 
labio inferior y sentí que una enfermiza ola de excitación me invadió. 
Había algo en la posesividad de su tono que hizo que cada uno de mis 
músculos se enroscara como un gato. Estaba acicalada y desesperada. 
¿Por qué estaba tan decidida a ser reclamada por este hombre? ¿Tenía el 
síndrome de Estocolmo? 
William se aclaró la garganta y Malice miró por encima de mi 
cabeza a su hermano. 
—¿Hay algo que te gustaría decir? —preguntó Malice. 
—Solo tengo curiosidad por saber cuánto tiempo vas a jugar con 
ella antes de decidir que estás aburrido de nuevo. 
Malice finalmente me soltó, y luché contra el impulso de frotar el 
lugar donde me había agarrado con tanta fuerza. 
—Oh, William —comenzó Malice—. Sabes tan bien como 
cualquiera que juego con mis juguetes hasta que se rompen. Y entonces, 
juego con ellos más fuerte. 
Y con esa inquietante declaración, William y yo nos fuimos. 
 
 
 
63 
 
Después de que Malice nos enviara a recoger mi uniforme de 
trabajo, no pude evitar pensar en su ejército de guardaespaldas y en la 
forma en que vestían, hablaban y se movían como una unidad. Me 
imaginé a sus hombres, todos vestidos con sus trajes, con pistolas y 
cuchillos atados al pecho y una expresión mortal en sus rostros. 
—¿Qué estamos haciendo aquí? —pregunté. El escaparate estaba 
pintado de negro, como si se tratara de un escape o de un secreto 
tortuoso escondido en la esquina de Gwendolyn Drive y Mulberry Street. 
Se llamaba Bloom Apothecary. No había escaparates. El logo principal 
era minimalista y dorado. 
William había permanecido en silencio durante todo el trayecto en 
auto hasta aquí, lo que no me sorprendió. En todo caso, estaba 
agradecida por el silencio. Me parecía sorprendentemente normal para 
mi extraño silencioso, y últimamente no había habido suficiente 
normalidad. 
—Nick quiere que parezcas una Eden’s Girl —respondió en tono 
rudo tras una pausa prolongada. 
Me quedé mirando el escaparate un poco más. 
—¿Y qué es exactamente una Eden's Girl? —pregunté, sintiéndome 
de repente ansiosa por mi nuevo papel. 
William me miró con hambre en los ojos. Casi deseé que sus gafas 
de sol volvieran a ocultar esos calurosos orbes de mi visión. Su máscara 
era más accesible. Alargó la mano para acariciar la parte superior de la 
mía y un cálido cosquilleo besó mi piel. 
—Una Eden’s Girl es la fantasía más profunda y oscura de todo 
hombre. Es suave, hermosa y única. Es real, con defectos, cicatrices y 
curvas reales. Una Eden's Girl crea su propia definición de belleza. No se 
define por su feminidad, la define ella. Fuerte. Independiente. Divertida. 
Inteligente. Reservada. Encarna su homónimo, un jardín libre y 
abundante, propenso al pecado. 
Nunca había escuchado a William hablar tan poéticamente. 
—¿Y crees que soy capaz de ser una Eden’s Girl? Eso suena a un 
estándar muy alto que cumplir —respondí nerviosa. 
 
 
64 
William se lamió los labios. 
—Creo que podrías ser la mismísima Eva, Juliet. 
Nunca había sido buena aceptando la atención de los demás y 
William me miraba como si fuera la octava maravilla del mundo. Desvié 
la mirada. 
—Entonces, ¿qué es Bloom Apothecary? —pregunté. 
William apagó el auto. 
—Una tienda de lencería. 
Tenía una idea bastante clara del tipo de establecimiento que era 
Eden's Place, pero saber que usaría la menor cantidad de ropa posible 
me puso nerviosa. Estaba bastante segura de mi cuerpo. Tenía algunas 
estrías y curvas, pero me veía saludable y femenina. Nunca había rehuido 
de llevar un bikini a la piscina local, y supongo que, en cierto modo, era 
lo mismo que la lencería. 
Al menos, solo era la anfitriona. Malice dejó muy claro que no 
debían tocarme. Fue un alivio, pero también se sintió como uno de sus 
retorcidos juegos. 
—No sé cómo le explicaré esto a la abuela —dije, sobre todo para 
mí. 
William se ablandó. 
—Puedes guardar la ropa en nuestra casa. Si necesitas que hable 
con la cafetería, puedo hacer que te mantengan como si estuvieras 
contratada para tu abuela. Además, tengo muchas ganas de conseguirte 
un auto. Estoy seguro de que no es fácil depender del transporte público 
con su estado. 
Me quedé tan sorprendida que no supe qué decir. Tenía sentido, 
William conocía todos mis problemas y había estado prestando atención. 
Solo que no esperaba que fuera tan considerado. 
Pero también, no pude evitar pensar… ¿por qué ahora? 
No es que habría aceptado su ayuda antes, pero podríamos haber 
estado construyendo una amistad todo este tiempo. Qué cambió para que 
pasara de ser mi extraño silencioso a… bueno… seguía siendo un extraño 
silencioso, solo que con más secretos y una voz más suave. 
Mi extraño solía desviar la mirada, pero ahora me miraba con 
afecto. Quería entender el origen del cambio. 
—Gracias —chillé—. Pero no quiero uno de los autos sin 
identificación de los Civella. He visto cómo Anthony limpia el ADN, y si 
me paran, no se sabe lo que los policías encontrarían en ese maletero. 
 
 
65 
William se rio, y tenía una mirada tan extraña que de repente sentí 
ese extraño impulso de fotografiar la sonrisa torcida de su hermoso 
rostro. 
—Vamos —dijo William antes de salir. Lo seguí rápidamente, con 
las mejillas sonrojadas. Inesperadamente, William me tendió el brazo 
para que lo tomara. El gesto no me resultaba muy familiar, pero como ya 
estaba saliendo de mi zona de confort, pensé donde fueres, haz lo que 
vieres. Le agarré el brazo, enroscando mis dedos alrededor de los 
definidos músculos de su bíceps. Una dependienta nos abrió la puerta y 
nos dejó entrar con una cálida sonrisa. 
—¡William! —exclamó la dependienta. ¿Así que se tuteaban? Su 
brillante voz se entrometió en la intimidad de nuestro momento—. Me 
alegro de verte, cariño —dijo antes de inclinarse hacia delante y besar a 
William en la mejilla. Era una mujer hermosa, de cabello rojo brillante, 
ojos marrones y piel clara pero pecosa. Llevaba un vestido negro ajustado 
y tacones Louis Vuitton. 
—Me alegro de verte, Brittany —respondió William—. Tengo una 
nueva empleada para que la vistas. Pero no será como nuestras otras 
chicas. 
Brittany arqueó una ceja hacia mí. Sentí que su mirada 
especulativa recorría mi cuerpo, probablemente juzgándome. 
—Ya veo —comenzó—. ¿Es especial? —Había algo nasal e intrusivo 
en su pregunta. Sin embargo, William nose inmutó. 
—Se podría decir que sí. Nicholas quiere que sea la imagen de 
Eden's Place. Tiene que ser clásica y atemporal. Sugerente. Adictiva. Se 
ve muy bien en rojo. Preferiría algo un poco más conservador que lo que 
solemos elegir para nuestras chicas. Juliet es el tipo de mujer que los 
hombres sueñan con tener. Es intocable. Intacta. ¿Crees que puedes 
encontrar algo que funcione? —preguntó William. 
En contra de mi buen juicio, acepté las reverentes palabras de 
William sobre mí. 
Brittany resopló, el sonido era como un auto tratando de arrancar. 
—Pues claro que puedo encontrar algo para ella —exclamó. 
Definitivamente, Brittany me estaba poniendo de los nervios—. ¿Y se 
llama Juliet? ¡Qué nombre tan romántico! Creo que tengo una colección 
que se ajustará perfectamente a tus necesidades. 
¿No sabía que Juliet murió al final de la obra? 
—Si tan solo vienes conmigo —dijo Brittany. Mi brazo seguía 
enganchado alrededor de William. Me moví para separarme de él, pero en 
su lugar me dio una palmadita en la mano. 
 
 
66 
—Me gustaría ver todo lo que elijas para ella. Es de suma 
importancia que lo hagamos bien —ronroneó William. 
Una cosa era probarse la lencería con Brittany, pero otra muy 
distinta era hacerlo delante de William. Supongo que tenía que 
acostumbrarme a esto, teniendo en cuenta que iba a ser anfitriona en un 
club de sexo. 
—Por supuesto —exclamó Brittany con los dientes apretados. Algo 
me decía que no le gustaba la cantidad de atención que me estaba 
prestando. 
Brittany me guio hasta la parte trasera de la tienda, donde parecían 
estar las colecciones con marcas de diseño. Después de tomarme las 
medidas, empezó a apilar rápidamente las prendas en su brazo. William 
y yo nos limitamos a seguirla con la mirada, solo aportando algo cuando 
ella sostenía una percha para que la miráramos. 
Mientras recogía las prendas para el probador, hablé con William. 
—Así que, ¿haces esto con todas las chicas? —pregunté. Me 
resultaba extraño hablar con él. Durante mucho tiempo fingí que era una 
mera mosca en la pared, pero ahora tenía un deseo ardiente de averiguar 
más sobre lo que era. Mi extraño no se parecía en nada a lo que yo 
esperaba. Otra pregunta se me escapó—. ¿Y qué haces exactamente en 
Eden's Place? ¿Vestir al talento? 
William se aclaró la garganta. 
—Nick financia Eden's Place. También trae a nuestra clientela de 
élite y abusa del privilegio del entorno que he cultivado. Pero de los tres, 
yo soy el que crea la estética. Mi hermano no tiene ni idea de cómo montar 
un club. Yo tengo gustos caros y sé cómo atraer a los ricos y poderosos. 
Y Brittany ha suministrado muchos de nuestros trajes a lo largo de los 
años. Pero no, no suelo traer chicas aquí. Y definitivamente no las veo 
probarse la lencería. 
Tragué saliva. Por suerte, Brittany tenía un vestuario preparado 
para mí, así que no tuve que responder. Me resultaba difícil decidir qué 
decir. William dejó muy claras sus intenciones, pero yo no estaba segura 
de cómo me sentía al respecto. Una vez más me encontré preguntando, 
¿por qué ahora? 
Este hombre tenía un aura oscura y misteriosa, pero estaba 
aprendiendo la elegancia en sus palabras y la rápida paciencia que 
exhibía. William no era solo el hombre rudo de Dick's Diner. Era 
ostentoso. Reflexivo. Meticuloso, casi. Se preocupaba por mí, eso lo sabía. 
Supongo que, en muchos sentidos, yo también me preocupaba por él. 
William y Vicky eran un paquete. Uno nunca era visto sin el otro. Pero 
ahora, tenía que aprender quién era el hombre detrás del silencio. 
 
 
67 
—Ahora, algunas de estas piezas pueden ser algo complicadas. 
Hazme saber si necesitas ayuda. —Brittany prácticamente me empujó a 
un vestidor y cerró de golpe la cortina antes de correr al lado de William. 
Había un sofá de terciopelo colocado fuera del vestidor, y me imaginé a 
William sentado en él, con su largo cuerpo inclinado hacia atrás y ambas 
piernas separadas frente a él. Relajado. Seguro de sí. Se me puso la piel 
de gallina al pensar que me vería así. 
Me desnudé rápidamente y recogí la primera prenda. Era un 
camisón de seda, de color rosa rubor, con un ribete de encaje y una 
abertura en el muslo. Era romántico, pero no demasiado revelador. De 
hecho, era más discreto de lo que esperaba. 
Abrí la cortina y salí, mirando al suelo porque me daba demasiada 
vergüenza enfrentarme a William. 
—Mírame —dijo William con un tono rudo. Muy lentamente, incliné 
la barbilla hacia arriba y, con una exhalación tranquilizadora, lo miré a 
los ojos. 
William asintió una vez, con los ojos encendidos. 
—Lo quiero en negro —le dijo a Brittany sin apartar los ojos de mis 
curvas. 
—Por supuesto —dijo Brittany. 
Pasé las puntas de mis dedos por el tirante de encaje y los ojos de 
William siguieron el movimiento. Sacó su teléfono y, sin previo aviso, me 
tomó una foto. Ni siquiera me habría dado cuenta de que lo estaba 
haciendo, aparte del flash. 
—¿Qué estás haciendo? —pregunté. 
—Pidiendo la opinión de Nicholas —respondió William. Se aclaró la 
garganta antes de asentirme—. Prueba otra cosa. 
Volví al vestuario y me puse la siguiente prenda. Era un conjunto 
de sujetador y bragas. Hacía que mis pechos, ya de por sí grandes, se 
alzaran tanto que casi me tocaban la barbilla. 
A diferencia del primer conjunto, éste era completamente de mal 
gusto. No dejaba nada que imaginar. Definitivamente no me sentiría 
cómoda llevándolo delante de un hipotético novio, y mucho menos de un 
grupo de poderosos desconocidos. 
Llamé por encima de la cortina. 
—No creo que este vaya a funcionar. 
Brittany se rio, probablemente encontrando diversión en mi 
incomodidad. Qué perra. 
 
 
68 
La voz de William cortó sus risas. 
—Muéstrame. 
Pellizcando la carne de mi muslo, me estremecí. 
—De hecho, no creo que este sea el aspecto que estás buscando —
discutí. Aparté los ojos de mi reflejo. 
En un instante, la cortina se abrió de un tirón y William llenó el 
pequeño espacio. Su voluminoso cuerpo hizo que el diminuto camerino 
pareciera aún más pequeño. Me rodeé con los brazos, tratando de ocultar 
las curvas que mostraba esta lencería. Normalmente era una mujer 
segura de sí misma. Estaba a favor de la positividad del cuerpo, pero eso 
no significaba que tuviera que mostrar cada una de mis curvas para 
demostrar lo mucho que me quería. Esto era demasiado. 
—Nunca te habías escondido de mí, Juliet —dijo William en un 
tono suave y reverente. Un sudor frío me recorrió la espalda. Alargó la 
mano lentamente y me agarró los brazos y me ayudó a separarlos de mi 
torso, casi como si estuviera abriendo un regalo. Sus ojos se abrieron de 
par en par al verme. Separó los labios con asombro. 
Me sentí hermosa pero vulnerable. Me sentí mirada. William 
conocía cada parte sucia de mí. Durante tres años, me abrí 
inadvertidamente a él en la cafetería, y hace solo dos días, vio de lo que 
era capaz en el calabozo de la muerte de Anthony. Y ahora, vio mi cuerpo 
exactamente como era. 
—¿Lo ves? —hablé en tono áspero—. No creo que sea lo que estás 
buscando. 
Detrás de William, Brittany se aclaró la garganta. 
—Déjanos —dijo William con fuerza. No pude ver su mirada de 
frustración, pero si el paso de pisadas que dio hacia el frente de la tienda 
significaba algo, estaba muy molesta. ¿Estaba mal saborear esa pequeña 
victoria? 
—Esto es exactamente lo que estoy buscando —dijo William 
mientras daba un paso más cerca. Sonaba muy seguro. Retrocedí, mi 
espalda chocó con el espejo de cuerpo entero de la habitación—. Voy a 
comprar esto para ti. Pero soy la única persona que puede verte en él, 
¿de acuerdo? 
—Eso es un poco presumido, ¿no crees? —dije con una ceja 
arqueada. 
William gimió. 
—Oh, señorita Cross —respondió en un tono bajo y oscuro—. Te 
he visto desnuda desde el día en que nos conocimos. No podrías 
 
 
69 
esconderte de mí, aunque lo intentaras. Conozco cada matiz. Cada 
detalle. En mi mente, te he besado mil veces. He adorado tu cuerpo aún 
más. —Hizo una pausapara trazar ligeramente sus dedos sobre mi brazo. 
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral—. Intenté mantenerte fuera 
de este mundo. Pero ahora que estás aquí, voy a reclamar hasta el último 
centímetro de ti. He pasado los últimos tres años espiando tu alma. 
Ahora, me aprenderé tu cuerpo. 
—¿Por qué ahora? —pregunté con valentía. 
William se lamió los labios. 
—Vicky y yo teníamos un trato. 
—¿Qué tipo de trato? —pregunté. 
—Ya no es importante. El trato está cancelado. Se me permite 
hablar contigo. Tocarte. —Hizo una pausa para inclinarse y mirarme a 
los ojos—. Pagué mi deuda, y ahora eres mía, señorita Cross. —Me 
sorprendió ese título desconocido, pero la forma en que se deslizó por su 
talentosa lengua hizo que el nombre me resultara abrumadoramente 
sensual y familiar. Quería que me llamara señorita Cross para siempre. 
No sé por qué solté mi respuesta, pero lo hice. 
—Me viste besar a Malice —respondí. 
La bruma lujuriosa en la expresión de William se desvaneció un 
poco, pero no se movió para poner espacio entre nosotros. 
—Hace tiempo que aprendí a dejar que mi hermano tenga lo que 
quiera. Al insufrible bastardo le gusta ejercer su control cada vez que 
puede. Te besó porque quería una reacción de mi parte. Si se le da media 
oportunidad, te follará por la misma razón. ¿Y después? Se aburrirá de 
ti. Besa a quien quieras. No importará a la larga. Eres mía desde hace 
tiempo. Nadie te conoce como yo. 
William retrocedió, dejándome sola en el probador. Con las manos 
temblorosas, levanté la mano y cerré la cortina. En el momento en que la 
barrera de terciopelo se interpuso entre nosotros, dejé escapar un 
escalofrío. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué me sentía tan atraída por estos 
hombres peligrosos? 
 
 
 
70 
 
Después que William y yo dejamos Bloom Apothecary, él fue a 
Eden's Place para prepararse para la noche y yo volví a la Mansión Civella 
para prepararme. Inicialmente había presionado para ir a mi propia casa, 
pero explicar mi nuevo uniforme a la abuela hubiera sido imposible. Uno 
de sus hombres me mostró una habitación de invitados escondida en el 
primer piso. Dentro estaba todo el maquillaje, accesorios para el cabello 
y productos de belleza que una chica pudiera necesitar. La mayor parte 
todavía tenía el envoltorio y las etiquetas de precio, y no pude evitar 
preguntarme con qué frecuencia Malice tenía chicas preparándose en su 
casa para que tuviera que abastecerse así. 
Solo me tomó unos treinta minutos prepararme. Mantuve mi 
maquillaje ligero e inocente, luego ricé mi largo cabello. William fue muy 
claro acerca de lo que hacía que una Eden's Girl fuera tan única. No 
había rastro de fingimiento en ella. Tenía confianza y era completamente 
ella misma. A medida que hicimos más selecciones de lencería, me di 
cuenta de que comprar mi uniforme se trataba más de lo que me hacía 
sentir hermosa. Aparte del único atuendo que William insistió en que 
comprara, todo lo demás se seleccionó en función de mi nivel de 
comodidad. Por supuesto, todo era de diseño y elegante. Pero era 
únicamente yo. Fue una experiencia inusual descubrirme en una tienda 
de lencería. 
Algo me dijo que William tenía la intención de que fuera así. 
Consintió mis secretos y los recogió como fichas de oro. 
Manteniendo un ojo en el reloj, pasé la noche paseando por la 
habitación mientras llamaba a la abuela y le decía que me quedaría en 
Dick's por un turno extra. Su reacción inmediata fue quejarse de que 
estaba trabajando demasiado y necesitaba un descanso, pero su 
compañera de bingo, Linda, robó su teléfono celular y le dijo a la abuela 
que se callara y se concentrara en el juego. Me reí mientras las escuchaba 
discutir. Las dos jugaban al bingo en el centro comunitario una vez a la 
semana. 
Aunque podría haber pasado desapercibida esta noche, sabía que 
ella pronto estaría haciendo preguntas sobre dónde estaba todo el 
tiempo. No estaba segura de cómo manejaría esto. 
 
 
71 
Alrededor de las siete, alguien me trajo la cena. 
Sorprendentemente, era mi plato favorito: un bistec a medio cocer y una 
papa rellena al horno. No podía recordar cuándo fue la última vez que 
comí una comida como esta. Me pregunté si William era el responsable 
de que lo entregaran. Tal vez fue una coincidencia, o tal vez me estaba 
mostrando una vez más lo bien que me conocía. Estaba cuestionando 
todo lo que hacía. 
A las nueve, Hale me recogió de mi habitación y me llevó a un 
Escalade oscurecido. La mansión Civella estaba cerca de Eden's Place, 
por lo que solo quedaba a unos cinco minutos en automóvil. Aunque 
parecieron cuarenta y cinco minutos, gracias a las obvias miradas de 
Hale. 
Había algo que no estaba bien en ese hombre. Tenía una mano en 
el volante y la otra la seguía pasando por su grasienta cabeza y tirando 
de sus pantalones. Sus ojos pequeños y brillantes seguían mirándome 
por el espejo retrovisor, y quería arañarlos de su cabeza. 
A pesar de cubrirme con un cárdigan y unos jeans, el atuendo de 
encaje que usaba todavía se asomaba a través de mi ropa. Hice una nota 
mental para preguntarles si había un vestuario en Eden's Place para 
arreglarme allí para no tener que viajar con mi uniforme de trabajo, y usé 
el término uniforme muy libremente. 
Llevaba un vestido de encaje de una pieza que se pegaba a mi 
cuerpo. Era de un hermoso rojo brillante, el color de la sangre fresca, y 
era tan delgado que mis pezones prácticamente lo atravesaban. Mostraba 
la mitad inferior de mis nalgas y acentuaba mis largas piernas. Lo 
combiné con unos zapatos de tacón rojo brillante, pero sabía que me 
arrepentiría de mi elección de zapatos en la primera hora de mi turno. A 
pesar de mi aversión a usar tacones altos, no pude evitar sentirme sexy 
con ellos. Recé para descubrir cómo caminar al final de la noche. 
—Deja de mirarme —le espeté a Hale cuando capté su mirada 
penetrante en el espejo retrovisor. Miró la carretera, pero luego volvió a 
mirarme. Imbécil. Sabía que necesitaba acostumbrarme a que me 
miraran. El propósito de este club era que hombres y mujeres se 
quedaran boquiabiertos con la gente que trabajaba aquí. Pero había algo 
en Hale que hacía que se me erizara la piel. Era como si no me mirara 
con admiración. Parecía un hombre imaginando todas las formas en que 
podría estrangularme y esconder el cuerpo. 
No me agradaba. No confiaba en él. 
Eden's Place estaba en una parte despoblada de la ciudad situado 
en el distrito comercial. Pasaba desapercibido y ni siquiera tenía 
estacionamiento, aunque noté que muchos vehículos de lujo se detenían 
en la parte trasera y desaparecían por un callejón. 
 
 
72 
Hale siguió a los conductores y se detuvo en un estacionamiento 
cercano que estaba escondido bajo tierra. Presioné ambas palmas contra 
la ventana mientras miraba la fila de vehículos caros y hombres en traje. 
Las luces fluorescentes parpadearon en lo alto. Nos estacionamos, pero 
Hale no abrió la puerta. 
—No quiero ser tu niñera —gruñó. 
—Pues ya somos dos —respondí con valentía. 
—Creo que necesitas aprender tu lugar por aquí. El hecho de que 
tengas un buen par de tetas no significa que tengas algún poder sobre 
mí, ¿entiendes? —dijo—. Soy el jefe. Tú me escuchas. 
Mis tetas no tenían nada que ver con cómo había llegado aquí hoy. 
Había matado a un hombre. Navegué en este nuevo trabajo con Malice y 
tomé decisiones sobre mi vida sin la puta opinión de Hale. No dejaría que 
redujera mis habilidades a tener una buena delantera. 
—Escucho a Malice, William y Anthony —respondí rápidamente—. 
Escucho a la gente firma mis cheques. Y por el aspecto de tu traje de 
mierda, estoy dispuesta a apostar que no puedes pagarme. 
Las palabras de Malice resonaron en mi mente. Saber tu valor. 
No me molesté en ser cortés con Hale. Mi instinto rara vez se 
equivocaba con la gente, y no confiaba en este hombre tanto como para 
quitarle el ojo de encima. Hale gruñó y se retorció en el asiento delantero 
para mirarme con el ceño fruncido. 
—Cuando entremos, no hagasnada estúpido. Te presentaré a 
Kelsey y ella te enseñará cómo funciona. 
Solté un suspiro de alivio. No quería que Hale fuera quien me 
enseñara sobre este lugar. 
—Genial —respondí en un tono sarcástico. Hale apretó la mano en 
un puño, como si se imaginara aplastándome en su palma. 
—El jefe quiere verte antes de que nos vayamos —dijo después de 
un momento antes de salir del Escalade. ¿Jefe? ¿Qué jefe? Casi lo seguí, 
pero la puerta del pasajero frente a mí se abrió de un tirón y Anthony se 
deslizó dentro, llegando con una sonrisa en su rostro angelical. 
—Bueno, mírate —dijo con una sonrisa mientras se acercaba a mí. 
Anthony había perdido su gorro y vestía jeans oscuros y una camiseta 
blanca. El atuendo parecía fuera de lugar para un establecimiento como 
este, pero algo me dijo que a Anthony no le importaba lucir como si 
perteneciera. La camiseta le quedaba ceñida, mostrando cada músculo 
definido en su torso. Alargó la mano para acariciarme la mejilla con los 
nudillos y tiró del cárdigan que estaba usando para poder ver el atuendo 
 
 
73 
debajo—. Estoy tan contento de verte. Quería tomar notas sobre la 
sugerencia de lejía que hiciste. ¿Qué pasa si tu cuerpo no cabe en un 
tambor de cincuenta galones, debería cortarlo y licuarlo en pedazos? 
Anthony sacó una libreta y un bolígrafo y esperó a que le 
respondiera. 
Parpadeé. 
—Lo que sea más fácil. 
Garabateó algunas notas más antes de volver a hablar. 
—¿Y crees que es ambientalmente irresponsable tirar los restos por 
el desagüe? No hay mucha investigación al respecto, pero creo que 
deberíamos buscar una mejor gestión de los desechos si esta es la ruta 
que tomaremos para avanzar. 
Lo miré boquiabierta, sin palabras. 
—¿Sabes qué? Lo leeré y me pondré en contacto contigo. Estoy muy 
emocionado de probarlo. —Anthony guardó su bloc de notas y me sonrió. 
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté. También había tomado 
nota mental de que Hale llamaba jefe a Anthony. Si Anthony y Vicky eran 
los más cercanos, eso significaba que yo confiaba más en él en este lugar. 
—¿Aparte de charlar contigo? —sonrió y luego continuó—. Estoy 
montando un espectáculo para todos los imbéciles ricos a los que les 
gusta correrse —respondió. Pero no esperaba esa respuesta. Su tono 
sonaba casi amargo y definitivamente sarcástico—. Es divertido. Si te 
cansas de ser una anfitriona de puerta glorificada, avísame. 
—¿Eres un intérprete? —pregunté con incredulidad. 
—Supongo que podrías llamarlo así —respondió Anthony con una 
risa tímida mientras se alejaba de mí. ¿Estaba avergonzado? 
—¿Es algo que puedo ver? —pregunté en broma, sobre todo curiosa 
de cómo reaccionaría. 
—¿Nadie te lo ha dicho? —respondió a mi pregunta con una 
propia—. En nuestro mundo, puedes hacer lo que quieras. 
Una vez más, Anthony sonó amargado. 
—No quiero lastimar a nadie y tengo la sensación de que esto no es 
solo un juego para ti —susurré. 
—Intuitiva, qué refrescante —murmuró antes de lamerse los 
dientes superiores. Esperé a que me dijera lo que quería decir con eso, 
pero nunca llegó una explicación. Miró alrededor del auto, mirando la 
tapicería de cuero de una manera que me hizo preguntarme si estaba 
 
 
74 
evitando mi mirada—. No tenemos mucho tiempo. De hecho, quería 
ayudarte con algo —dijo, cambiando de tema. 
Tomé su ejemplo. Si no quisiera hablar de eso, entonces no lo 
obligaría a hacerlo, aunque me trajo muchas preguntas. 
—Ah, ¿sí? ¿Con qué? —pregunté. 
Sacó un gran teléfono de su bolsillo rápidamente y abrió un chat 
de video. Lo vi sonando por un momento y luego el rostro de mi mejor 
amiga llenó la pantalla. 
—¡¿Vicky?! —grité en el momento en que mis ojos se posaron en 
ella. Me emocionó verla. Los hombros tensos de Anthony cayeron un 
poco, y juguetonamente me arrojó su teléfono para que pudiera 
sostenerlo, codiciarlo. Estaba tan agradecida de verla sana y salva. 
El rostro de Vicky llenó la mayor parte de la pantalla, pero pude 
ver los rayos del sol de la mañana besando su piel bronceada. Llevaba 
un pijama suave y tenía el cabello recogido en un moño. Parpadeó para 
borrar su expresión de sueño un par de veces antes de aparentemente 
darse cuenta de con quién estaba hablando por teléfono. No sabía 
exactamente qué hora era en Italia, pero era temprano. 
—¡¿Estás jodidamente loca?! —chilló Vicky finalmente—. Anthony 
me habló de Eden's. Juliet, ¿en qué estás pensando? 
Mi entusiasmo por ver a mi mejor amiga se secó más rápido que 
una gota de agua en un caluroso día de verano. Mi boca se torció en un 
ceño fruncido. Anthony hizo una mueca. La excusa que me había estado 
diciendo todo el día salió de mis labios. 
—Vicky, tu hermano me ató en su sótano y me apuntó con una 
pistola en la cabeza. Si no lo mataba… 
—No estoy hablando de eso —interrumpió rápidamente—. Hiciste 
lo que tenías que hacer. —Vicky sonaba tan indiferente y desdeñosa que 
me hizo sentir incómoda. Ella era como sus hermanos, indiferente a la 
muerte que los rodeaba. ¿Me acostumbraría alguna vez a esto? 
Mis ojos se llenaron de lágrimas calientes mientras un dolor 
prohibido me recorría. Vergonzoso no era una palabra suficiente para 
describir el sentimiento que tenía. 
Escuchar a Vicky hablar sobre mi crimen lo hizo sentir más real de 
alguna manera. Sus hermanos eran prácticamente desconocidos para 
mí, pero esta era una chica que me había ayudado a superar todos los 
altibajos de mi vida durante los últimos tres años. Conocía algunas de 
las partes más oscuras de mi alma. No estaba segura si fue su aceptación 
de mí lo que me provocó lágrimas o mi incapacidad para aceptarme. 
 
 
75 
Hice lo que tenía que hacer. 
Hice lo que tenía que hacer. 
Hice lo que tenía que hacer. 
Hice lo que tenía que hacer. 
Me negué a morir. Me negué a abandonar a la abuela y a Vicky. Me 
negué a ser un caso de persona desaparecida que quedó sin resolver. Me 
negué a ser como mi madre. Un caso sin resolver. 
—No puedo creer que vayas a trabajar en Eden's Place. ¿Tienes 
alguna idea de lo que has hecho? 
Anthony apoyó la frente contra la ventana de vidrio y cerró los ojos 
con fuerza como si de esta manera bloqueara su voz. 
—Sé que es un club de sexo —respondí con rigidez. A veces, Vicky 
me trataba como si fuera ingenua porque nuestros mundos eran muy 
diferentes. Sin embargo, mi educación no fue más fácil que la de ella. 
Sólo diferente. 
—¡Pero no sabes el tipo de hombres que van allí! —exclamó. 
Anthony se aclaró la garganta. ¿No sabía que su propio hermano era un 
intérprete? 
—Supongo que no sé muchas cosas sobre tu vida, Vicky —espeté 
inesperadamente—. No sabía que tenías tres hermanos. No sabía que te 
ibas a mudar a Italia. No me di cuenta… 
Vicky me interrumpió. 
—Eso nunca te molestó. Te dije cuando nos hicimos amigas por 
primera vez que tenías que estar separada de esto. No te dije nada de 
esto, porque quería mantenerte al margen. Quería desesperadamente 
decirte todo lo que estaba pasando en mi vida, pero sabía que la única 
forma en que podría mantenerte a salvo era si te mantenía fuera de esto. 
Nunca quise que tuvieras que lidiar con esto. Es una carga que no 
desearía para mi peor enemigo y mucho menos mi mejor amiga. Este 
mundo te cambiará. Nicholas es… —su voz se fue apagando, como si no 
pudiera encontrar las palabras para describir a su malvado hermano. 
—Entiendo —comencé—. Me sentí sorprendida por todo. Un aviso 
de que te ibas a mudar hubiera sido bueno. Sabes lo mucho que lucho 
con el abandono y el hecho de que me mantengan al margen. 
Simplemente ibas a desaparecer de aquí. Y luego todo sucedió, y no tuve 
forma de llegar a ti en busca de un consejo, así que aproveché mi 
situación al máximo. 
Vicky se mordió el labio y miró a la izquierda antes de volverme a 
mirar. 
 
 
76 
—¿Qué te ofreció? 
Me estremecí ante su pregunta. No estaba segura si era por la 
intromisión de sus palabras o por la forma astuta en que me miró 
fijamente. Por supuesto que sabía que Malice me había ofrecido algo. 
Eran parientes. Probablementesobre la taza como si mi atención lo hiciera sentir 
incómodo. Era una de nuestras reglas no escritas, ignoraba al 
guardaespaldas de Vicky y ella ignoraba las ojeras debajo de mis ojos. 
—¿Has terminado de burlarte de mi sombra? —preguntó Vicky en 
un breve tono—. No sé por qué te molestas en darle café, es un esnob. 
Prefiere el más fino de los granos tostados australianos. —Al otro lado de 
la mesa estaba sentada mi mejor amiga. Estaba comiendo un plato de 
patatas fritas con su tenedor y tenía una expresión en blanco en su 
rostro. Vestía toda de negro. Tenía una gargantilla negra con un solo 
diamante en el medio de su cuello largo y delgado. Vaqueros negros 
acampanados rasgados en las rodillas. Una camiseta negra. Delineador 
de ojos negro. Y un reloj negro envuelto alrededor de su muñeca. Su 
cabello rubio pálido estaba recogido en un moño clásico, con una banda 
elástica negra, por supuesto, y sus labios brillantes estaban presionados 
en una delgada línea. 
No podía imaginarme a mi extraño silencioso siendo un snob del 
café, pero ahora que lo pensaba, nunca tocaba la comida o el café que 
ponía frente a él. 
—Solo estoy tratando de mantenerme despierta. Esta noche estoy 
muerta de cansancio —respondí con un largo suspiro. Necesitaba dormir 
toda la noche y un poco de cuidado personal extremo. Tal vez incluso uno 
o dos orgasmos auto inducidos. 
Era la naturaleza de mi mejor amiga ser arrogante y destructiva. 
Sus uñas siempre estaban perfectamente cuidadas y su piel de porcelana 
nunca estaba marcada por el trabajo. El maquillaje de sus ojos siempre 
estaba manchado, como si se lo pusiera por la mañana con la intención 
de sentirse feroz, pero se le hubiera corrido con el llanto al mediodía. Esta 
noche, parecía cansada y aburrida. Se suponía que tenía que salir del 
trabajo hace una hora para poder charlar, pero Candy, una de las otras 
camareras aquí, tuvo que irse a casa temprano para cuidar a su hijo 
enfermo. Cubría su turno hasta la medianoche. 
—Sabes que no tienes que quedarte aquí —dije en voz baja. Era 
vergonzoso que mi extravagante amiga tuviera que reunirse conmigo en 
este vertedero una vez a la semana—. Siento tener que trabajar hasta 
más tarde. Traté de enviarte un mensaje de texto, pero… 
Vicky puso los ojos en blanco y robó la taza de café intacta de su 
silencioso compañero. 
—No me importa esperar aquí. Es mejor que ir a casa —respondió 
con una voz suave y lejana. Estaba en la punta de mi lengua preguntarle 
qué pasaba, pero me tragué mi preocupación y dejé que hirviera en el 
 
 
10 
ácido de mi estómago. Había tres reglas para ser la mejor amiga de una 
princesa de la mafia. 
1. No hacer preguntas personales. 
2. No aparecer en su casa sin previo aviso. 
3. Nunca, jamás decirle a nadie que eres su amiga. 
—Acabo a la medianoche. Necesito llegar a casa y ver cómo está la 
abuela, así que probablemente no podré hablar por mucho tiempo. 
Vicky hizo un gesto con la mano. 
—Está bien. Estoy acostumbrada a verte partirte ese lindo trasero 
trabajando todas las horas de la noche en esta pobre excusa de cafetería. 
Es dolorosamente normal y me encanta. Cállate y ve a darle un poco de 
café a ese raro de la esquina antes de que te apuñale en el 
estacionamiento. En realidad, eso podría ser genial. Podrías presentarlo 
en tu podcast. —Ella asintió en la dirección del hombre que mencionó y 
seguí su mirada. Llevaba un bigote de los setenta y vestía una camisa 
manchada. 
—Podría entrevistarlo a mitad de una puñalada —respondí 
mientras meneaba mis cejas—. Brillante. —No mucha gente entendía 
nuestro humor negro, pero, por otra parte, no mucha gente creció 
rodeada de muerte y peligro. 
Vicky era entrometida. Era el tipo de persona que derribaba todo 
para abrirse paso en cualquier cosa. Nuestra amistad empezó porque ella 
decidió que fuéramos mejores amigas. No había nada orgánico en nuestro 
vínculo. Era forzado. Era abrumador. Era perfecto. 
Nos conocimos en un cementerio hace tres años, un comienzo 
sombrío para una hermosa amistad. Estaba investigando un caso sin 
resolver y quería tomar algunas fotos de la lápida de una víctima para mi 
podcast de crimen verdadero. Me tropecé con ella llorando en la tumba 
de su madre. Puede que yo no haya tenido una lápida por la que llorar, 
pero encontramos un terreno común de todos modos. Decidió que 
fuéramos amigas en el acto y simplemente estuve de acuerdo porque 
Vicky me intimidó. Recuerdo vívidamente mi primera impresión de ella. 
Vicky parecía fuerte, hermosa y extrovertida. Simplemente me agarró de 
la mano, nos sacó del cementerio y me informó que nos encontraríamos 
allí de nuevo el jueves siguiente. Nos habíamos reunido todos los jueves 
desde entonces. 
Revisé las dos mesas ocupadas en el comedor, asegurándome de 
que no necesitaran nada, antes de limpiar el mostrador y regresar con 
Vicky y su guardaespaldas. 
 
 
11 
—Siéntate —dijo mientras palmeaba el asiento junto a ella—. 
Tenemos quince minutos antes de que termine tu turno y quiero pasar el 
mayor tiempo posible contigo. 
Me deslicé en el reservado e ignoré al tipo gruñón sentado frente a 
nosotras. Aprendí desde el principio que tenía que acostumbrarme a 
hablar de mi vida mientras alguien escuchaba descaradamente. No era 
tan malo. Él era frío como una piedra, una estatua sin emociones que 
nunca respondía. Incluso cuando le conté a Vicky sobre el momento en 
que perdí mi virginidad, nunca dijo una palabra. Nunca reaccionó. Sabía 
tanto de mí como Vick. A veces me preguntaba qué pensaba de mí. 
—Entonces, ¿cómo estuvo tu último podcast? —preguntó Vicky 
con una sonrisa. 
—El podcast fue genial —sonreí—. Tengo hasta cincuenta 
suscriptores. 
Vicky apretó los labios, tratando desesperadamente de no reír. 
—Un total de cincuenta, ¿eh? 
—Tu mejor amiga es una celebridad, Vick —bromeé. Dirigía un 
pequeño podcast sobre un proyecto que me apasionaba en el que hablaba 
sobre crímenes verdaderos. Lo que comenzó como un mecanismo de 
supervivencia se convirtió en una obsesión. Puede que no sepa qué le 
pasó a mi propia madre, pero encontré un cierre investigando y 
discutiendo sobre otras víctimas—. En realidad, recibí un correo 
electrónico al respecto. Un correo electrónico legítimo de un fan. 
Vicky curvó su puño y lo apoyó debajo de su barbilla. 
—¿Qué quería? —Se inclinó emocionada. 
—Bueno, ¿sabes que esta semana se trató del Asesino Fantasma 
de 1946? —pregunté. 
—Por supuesto —mintió Vicky—. Escucho todos tus súper 
infernales podcasts, escalofriantes como el demonio, justo antes de 
acostarme para poder tener increíbles pesadillas. —Esbozó una amplia 
sonrisa hacia mí para acentuar su punto. 
Su guardaespaldas se aclaró la garganta. 
Respondí con una sonrisa, colocando mi mano sobre mi pecho. 
—Gracias por tu dedicación a mi apasionante proyecto. De todos 
modos. Recibí un correo electrónico de Clownboner78@gmail.com 
preguntándome si quería chupar su polla fantasma. 
Vicky echó la cabeza hacia atrás y se rio. 
 
 
12 
—¿Y eso que significa? —logró decir con voz ahogada a través de 
estallidos de risa alegre. 
—Creo que tiene una polla fantasma —dije inexpresiva—. Como 
que quiero verla. 
—Deberías casarte con este hombre. Entonces puedes tener bebés 
fantasmas. 
Agarré sus manos y me reí. 
—Serás mi dama de honor, ¿verdad? 
La conversación se volvió seria cuando Vicky respondió. 
—Me ofendería si no lo pidieras y luego mataría a quien escogieras 
en lugar de a mí. —Forcé una sonrisa y solté una risita, sin saber si 
estaba bromeando o no. 
—¡Oh, mi Hemsworth! —exclamó—. ¡En realidad, no haría eso! 
—Eso es lo que dicen todos los asesinos. Tal vez elija a alguien más 
para mi boda de polla fantasma solo para que lo mates y tendré una 
historia épica para mi podcast —respondí en broma. 
—¡Entonces tendrás cincuenta y un suscriptores! —respondió ella 
con un guiño. 
Ambas nos reímos una vez más y sentí que el peso de mi estresante 
semana desaparecía de mi cuerpo. Vicky y yo solo pasábamos juntas un 
díasabía mejor que nadie cómo operaba, por 
eso estaba tan decidida a mantenerme alejada de todo. 
—¿Quién? —pregunté. 
—Sabes quién. Juliet, ¿qué te ofreció Nicholas, Malice? 
Giré la cabeza y miré a Anthony, entretenido. Tal vez fue porque 
William siempre estaba sentado frente a nosotras, pero no me 
avergonzaba ni me incomodaba tener esta conversación frente a un 
espectador silencioso. Supongo que cada charla que Vicky y yo tuvimos 
fue frente a una audiencia mortal. 
Anthony me miró fijamente, esperando mi respuesta. Esto se sintió 
como una prueba, pero no sabía la respuesta correcta. 
De hecho, sabía la respuesta correcta. 
Honestidad. La honestidad era siempre la respuesta correcta. Una 
mentira estaba demasiado cerca de un secreto para que me sintiera 
cómoda sin admitir por qué estaba aquí. 
—Malice consiguió que la abuela tuviera cita con uno de los 
mejores doctores de la ciudad. No podía pagar su medicina habitual y 
mucho menos un fármaco experimental. Yo trabajaba sesenta y cinco 
horas a la semana en esa cafetería, apenas sobreviviendo. Necesito 
dinero. Necesito que la abuela esté bien. No quiero que ella sufra, Vicky. 
—¡Intenté ayudarte! Te conseguí información sobre ese lugar de 
vida asistida —discutió. 
—No podía pagarlo, Vicky. He estado luchando mucho. No tengo 
tiempo para una amiga. Apenas tengo tiempo para la escuela o para mi 
podcast. Mis pasatiempos incluyen cuidar a la abuela, leer hasta 
desmayarme y mis visitas contigo durante cuarenta y cinco minutos 
todos los jueves por la noche. No tengo una vida. No tengo dinero. Camino 
en ambos sentidos al trabajo. —Por lo general, no era el tipo de persona 
que se quejaba de mi situación. No creía que fuera útil estar 
constantemente deprimida por cosas que no podías cambiar. Pero 
maldita sea, se sintió bien decir finalmente lo que había estado sintiendo 
desde que la abuela recibió su diagnóstico. 
Estaba cansada. Miserable. No me había comprado zapatos nuevos 
desde el segundo año de instituto. Pasaba todo mi tiempo trabajando. 
Era difícil. Agotador. Valoraba a Vicky porque era una parte muy breve 
pero también muy brillante de mi vida, pero eso no significaba que tuviera 
 
 
77 
derecho a juzgarme por mis decisiones. Incluso si ella entendía este 
mundo mejor que yo, no entendía mi situación. No sabía lo que era comer 
comida rechazada en el callejón trasero detrás de Dick's Diner porque no 
tenía suficiente dinero para la compra hasta el día de pago. No sabía lo 
que era ahorrar durante dieciocho meses para un micrófono de mierda 
para que pudiera presentar mi propio podcast. 
No mantuve en secreto mi lucha, pero ella no intentó ver realmente 
lo difícil que era para mí sobrevivir. Y supongo que no me tomé el tiempo 
para ver cuánto la estaba agotando su propia vida. Quizás mi mejor 
amiga y yo no nos conocíamos tan bien como pensábamos. 
—Sabía que estabas luchando, pero… 
—¿Pero tu mundo era tan abrumador que no tenías la capacidad 
de pensar en el mío? —pregunté. Después de estar en el círculo Civella 
por solo un par de días, supe lo fácil que era ser absorbida por tu propia 
realidad. No culpaba a Vicky por no entender, pero crearía un límite aquí 
mismo. No tenía la paciencia para ser juzgada y, francamente, estaba en 
este lío por culpa de ella. Malice ahora tenía el asesinato sobre mi cabeza. 
Tuve suerte de que me ofreciera cualquier cosa. Estaría indefensa contra 
él si me delataba por asesinato. Ella tuvo el privilegio de escapar de este 
lío, pero yo no tenía la libertad de elección como ella. 
—¿Puedes al menos admitir que es demasiado para ti? —preguntó 
Vicky solemnemente. 
Miré profundamente a los ojos de mi mejor amiga, observando su 
brillante mirada azul llena de preocupación y dolor. Me pregunté si ella 
se sentía igual que yo. 
—Ya me estaba ahogando, Vicky —respondí—. Ya estoy demasiado 
metida en esto. 
Vicky suspiró. Vi como abría y cerraba la boca, como si tratara de 
forzar los pensamientos que giraban alrededor de su mente a través de 
sus labios. 
—Él lo hace parecer tan apetitoso. Colgará tus deseos más 
profundos sobre tu cabeza. Mi hermano no se preocupa por tu abuela. 
No se preocupa por ti. No creo que sea capaz de preocuparse por nada 
más que su imperio. No puedo ayudarte desde aquí. 
—¿Vamos a estar bien? —pregunté. Ya me había decidido a 
trabajar en el club. Pero me preocupaba que esta decisión pudiera causar 
una brecha entre Vicky y yo. Ya me sentía algo distante de ella desde la 
noche en la cafetería. Luchaba por perdonarla por haberme abandonado. 
Iba a salir de mi vida sin una segunda mirada, sabiendo lo traumatizante 
que era para mí. Pero no quería perderla. 
 
 
78 
—Eres mi mejor amiga, Juliet. Siempre te amaré. Solo quiero lo 
mejor para ti. No puedo apoyar que te acerques al negocio de mi hermano. 
He pasado toda mi vida queriendo salir y no estoy segura de poder 
perdonarte por ponerte voluntariamente en el medio de todo. 
Vicky hizo que pareciera que se trataba de una decisión 
premeditada que había tomado. No lo fue. Malice me chantajeó. Me obligó 
a poner fin a la vida de ese hombre. Sin embargo, tenía la sensación de 
que no importaba lo que dijera. Vicky tenía en mente que la estaba 
traicionando estando aquí. Y quería saber por qué. 
Antes de que pudiera procesar la conversación entre nosotros, 
Anthony me quitó el teléfono de la mano y miró a su hermana. 
—¿Qué tal Italia? —preguntó en un tono juguetón—. ¿Sabías que 
la casa de vacaciones de nuestra familia está a dos horas de uno de los 
cementerios más antiguos del mundo? 
—Sabes que solo voy a cementerios espeluznantes cuando me 
arrastras hasta ellos, Anthony —respondió Vicky secamente, aunque 
sentí afecto en su tono—. Supongo que algo bueno salió de esto. 
Finalmente pudiste conocer a Juliet. ¿Qué piensas? 
Anthony me miró de reojo antes de responderle. 
—Tenías razón en que nos llevamos bien. Ella tiene algunas ideas 
geniales para deshacerse de un cuerpo. 
—Me sentiría mejor si estuviera trabajando contigo en lugar de en 
el club. Al menos William estará allí… 
Los labios de Anthony se tensaron en una breve línea, pero forzó 
una sonrisa de nuevo. 
—La cuidaré bien. Solo mantente a salvo hasta que podamos 
averiguar qué está pasando con esta rata. Anoche nos robaron otro 
cargamento de armas. 
Me incliné más cerca para escuchar la respuesta de Vicky. 
—Creo que enviarme al otro lado del mundo es una exageración, 
pero estoy disfrutando del sol. Mantente a salvo, ¿de acuerdo? 
—Lo haré —respondió Anthony antes de colgar el teléfono. 
El silencio se extendió entre nosotros por un largo momento y me 
moví ansiosamente en mi asiento mientras esperaba que él hablara. 
—Mi hermana realmente se preocupa por ti —murmuró. Colocó su 
mano en la manija de la puerta y se aclaró la garganta—. Supongo que 
eso significa que yo también me preocupo por ti. No dejes que este lugar 
te cambie, ¿de acuerdo? 
 
 
79 
Asentí, sin saber qué decir. Había algo en Anthony que hacía que 
me doliera el pecho, un instinto de que había más debajo de la superficie 
con él que no estaba entendiendo del todo. 
—Lo prometo —susurré finalmente, pero él ya había salido y 
atravesaba la puerta trasera. 
 
 
 
80 
 
Kelsey era una rubia despampanante con piernas largas y un corsé 
tan apretado que me pregunté cómo estaba respirando. Sus tacones de 
aguja eran como zancos, y en los cinco minutos que había estado en su 
compañía, ella corría por todo este espacio sin sudar ni respirar 
aparentemente. 
—Aquí está la barra —dijo en un tono brillante mientras me atraía 
hacia el centro del club. Apenas tuve la oportunidad de ver lo que me 
rodeaba porque ella se movía muy rápido. En el momento en que me 
escoltaron a través de la puerta, Kelsey se puso de pie y comenzó a 
llevarme a lugares mientras hablaba a una milla por minuto. 
No había forma de describir Eden’s Place más que como un lugar 
oscuro y lúgubre. Sorprendentemente, el área común carecía de la 
sensualidad que esperaba.Los suelos de mármol negro chasqueaban 
bajo mis pies con cada paso. Las luces rojas iluminaban las paredes y las 
cortinas de terciopelo negro dividían diferentes áreas del espacio abierto. 
La música lujuriosa resonó por los altavoces del techo. Diversas mujeres 
en todas las etapas de desnudez deambulaban por el club, cargando 
bandejas y coqueteando con los primeros clientes. Eran la única señal de 
que se trataba de un club de sexo. De lo contrario, parecía un club para 
que los mafiosos celebraran reuniones. 
La barra era enorme y servía como punto focal de la sala principal. 
Las mesas lujosamente terminadas rodeaban la gran barra, 
proporcionando un espacio acogedor para que la gente se sentara y 
visitara. Los pasillos que salían del área de la barra principal se 
iluminaban con luces de color rojo intenso en los pisos. Kelsey no me 
había llevado allí todavía. 
—¿Qué hay al final del pasillo? —pregunté, un poco sin aliento de 
perseguirla por el club. 
—Esas son las salas de espectáculos. Te llevaré allí una vez que 
comiencen más espectáculos. Quiero que tengas la experiencia completa 
—dijo con un guiño. 
La experiencia completa, ¿eh? 
—De acuerdo. 
 
 
81 
—Aquí es donde la mayoría de nuestros clientes comenzarán a 
pasar la noche. A veces juegan al póquer. A veces firman acuerdos 
comerciales de miles de millones de dólares. Olvida todo y cualquier cosa 
que escuches. Es más seguro de esa manera. 
Su consejo tenía sentido, pero se suponía que yo era los ojos y los 
oídos de Malice. 
—Buen punto —dije con voz ahogada. 
Kelsey me miró fijamente. 
—Hablo en serio. Mantén la cabeza baja y actúa ajena. No quieres 
terminar desapareciendo, ¿de acuerdo? 
—Está bien —repetí. 
—A la medianoche, abrimos las cortinas y algunos de nuestros 
intérpretes suben al escenario detrás de una mampara de cristal. 
Algunos de nuestros miembros son muy particulares sobre esto, les gusta 
saber quién actuará, cuándo y dónde para poder reservar un asiento 
cerca del cristal. Algunos hombres pegan el rostro contra él, y tenemos 
que limpiar el cristal cada hora. Es asqueroso. 
Kelsey hablaba tan rápido que apenas podía seguir su ritmo. 
—Como anfitriona, ¿siento a la gente aquí, o es un asiento abierto? 
—Asientos abiertos —respondió Kelsey mientras caminaba hacia la 
barra y tomaba un trago de líquido transparente. Observé con asombro 
cómo lo bebió todo, tragando con un leve siseo—. Las camareras de 
cócteles se encargan de esta área. Tú te encargarás de todas las fantasías 
más profundas y oscuras de nuestros clientes. 
Kelsey golpeó el vaso de chupito en una barra de madera oscura y 
asintió hacia el frente del club donde la gente entraba. 
—Eso suena un poco intimidante —dije. 
—En realidad, no. Te acostumbrarás. Pero si quieres hablar de 
intimidar —hizo una pausa para asentir hacia nuestra izquierda—, 
Nicholas Civella encaja perfectamente. —Seguí su mirada, mi corazón 
latía erráticamente mientras Malice se acercaba. Se me empezó a erizar 
la piel. Llevaba un traje completamente negro. Zapatos de vestir negros. 
Cinturón Gucci negro. Camisa negra abotonada. Su cabello estaba 
acicalado con gel y tenía AirPods en la oreja—. Maldición, está caminando 
hacia aquí. No digas nada estúpido —balbuceó Kelsey antes de acariciar 
su cabello. 
Malice se detuvo frente a nosotras y me miró de arriba abajo. Si le 
gustó el atuendo que William eligió para mí, entonces no lo dejó ver. Su 
 
 
82 
labio se crispó cuando me retorcí en mi lugar. Su mirada pesada se sintió 
como un yunque sobre mi piel expuesta. 
—¿Es esta la nueva empleada? —preguntó a Kelsey, su voz se elevó 
levemente para que la gente a nuestro alrededor pudiera escuchar. Me 
dieron instrucciones estrictas de fingir que era solo una empleada más y 
no acercarme a Malice en público. 
—Sí, señor —respondió Kelsey, con voz temblorosa. 
Se suponía que íbamos a fingir ser extraños, pero no pude evitar 
sentir tensión entre nosotros. Fue palpable. Inolvidable. También 
abrumadoramente sensual. Ciertamente, todos los demás también lo 
reconocieron. 
—Se ve bien —murmuró antes de estirar la mano para pasar su 
dedo por mi costado. Mi piel hormigueó en todos los lugares que tocó. 
Lentamente, Malice se inclinó para susurrarme al oído. Su aliento 
caliente se deslizó por mi cuello—. Ven a verme después de tu turno. 
Malice se apartó y asentí. 
—Sí, señor —susurré. 
Hizo una pausa a unos ocho centímetros de mi rostro e inhaló mi 
aroma, con una sonrisa en sus suaves labios. 
—Encajarás bien aquí —respondió antes de dejarnos para ir a 
sentarse en un reservado de la esquina. 
En el momento en que estuvo fuera del alcance del oído, Kelsey 
dejó escapar un silbido bajo. 
—Estás en problemas —dijo—. No quieres estar en el radar del 
señor Civella, cariño. 
La miré, aparentemente helada. 
—¿Por qué no? —pregunté. Poco sabía ella, estaba justo en medio 
de cualquier radar que tuviera Malice. 
Kelsey tomó una servilleta en broma y fingió limpiar la baba de mi 
barbilla. 
—Porque ese hombre es mortal —respondió ella, todo el humor de 
su voz desapareció. 
Sabía con total certeza que tenía toda la razón. 
—Me mantendré alejada de él —prometí, aunque ya no sabía cómo 
iba a ser posible. 
—Vamos. —Kelsey sonrió alentadoramente antes de llevarme de 
regreso al puesto de la anfitriona. Era un escritorio enorme con dos 
 
 
83 
pantallas de computadora de gran tamaño—. Cada cliente tiene una 
tarjeta. En el momento en que cruzan la puerta, se espera que escaneen 
su tarjeta. Aparecerá un perfil personalizado en la computadora. —En el 
escritorio, Hale estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados 
sobre su pecho y el ceño fruncido. Esperaba que no estuviera planeando 
quedarse allí toda la noche. Kelsey se acercó a él y le tendió la palma—. 
¿Puedo pedir prestada tu tarjeta de membresía? Es para fines de 
capacitación. —Hale resopló molesto antes de hurgar en el bolsillo del 
pecho y sacar una pieza negra rectangular de plástico—. ¡Gracias! —
canturreó Kelsey antes de volver al escritorio. 
Escaneó la tarjeta e inmediatamente apareció el perfil de Hale. 
Tenía una foto poco halagüeña de él, una lista de cada vez que se 
registraba en el club, a qué habitaciones iba y cuáles eran sus 
preferencias. También había una lista de sus intérpretes favoritos. Sus 
perversiones…favoritas. 
—El programa es bastante intuitivo —explicó Kelsey—. 
Proporcionará sugerencias basadas en su historial, gustos y disgustos. 
También tenemos un sistema de programación para nuestros invitados. 
Los miembros pueden reservar habitaciones en línea, y se mostrará aquí. 
Tu trabajo es informarles de lo que está programado. Por ejemplo —dijo 
Kelsey, escaneando el perfil de Hale—, aquí dice que Hale tiene un crush 
fetish. 
—¿Qué es eso? —pregunté. 
Ella agitó la mano con indiferencia. 
—A él le gusta ver mujeres pisando cosas. Aplastándola con sus 
tacones, ¿sabes? —Se inclinó para leer las notas de su perfil—. Dice que 
le gusta ver cómo aplastan a los gatitos, los insectos y los cachorros. —
Hizo una pausa para hacer una mueca—. Pero no abusamos de los 
animales en este establecimiento. Aquí no avergonzamos a la gente por 
sus perversiones, pero Eden’s Place debe tener al menos algunos 
estándares, ¿eh? Tenemos un intérprete que pisa sobre el vidrio y 
alimentos. 
—Bueno, gracias a Dios por eso —susurré. No podía imaginar a 
qué clase de monstruo le gustaba ver aplastados a animales inocentes. 
Era demasiado barbárico y esto me dijo todo lo que necesitaba saber 
sobre Hale. No confiaba en él ni un poco. 
Miré el calendario por encima de su hombro. Un intérprete con la 
etiqueta Crush Fetish se destacaba en rojo. Kelsey continuó, llamando 
por encima del hombro a Hale. 
—Tu chica está en la habitación Calla Lily esta noche. 
Hale se acercó a nosotras y agarró su tarjeta de Kelsey. 
 
 
84 
—Estoy bien esta noche —comenzó antes de mirarme desde 
arriba—. Tuve mi propia actuación privada hace un par de días. Fue 
caliente, algopor lo que normalmente tendría que pagar una cuota para 
verlo. 
Oh… oh Dios mío. 
No. Ciertamente no estaba hablando de… 
Pero por supuesto que lo estaba. 
Mi estómago se hundió cuando me di cuenta de lo que significaban 
sus palabras. Había cumplido su repugnante fantasía. Verme… 
aplastar… a ese hombre fue su perversión. Vendí mi alma y se excitó. 
—Pasemos a la gestión del perfil del trabajo… —dijo Kelsey, ajena 
a la crisis existencial que estaba teniendo. Tuve que presionar mi mano 
contra mi boca para no vomitar. 
—Va a vomitar —dijo Hale mientras hacía crujir los nudillos. Trak. 
Trak. Trak. 
Kelsey llamó su atención hacia mí, confundida. 
—¿Juliet? ¿Estás bien? 
—Estoy bien —me apresuré a salir—. Solo necesito usar el baño. 
Ni siquiera le di a Kelsey la oportunidad de hablar, caminé tan 
rápido como mis tacones de aguja de trampa mortal me pudieron llevar 
y lo más lejos posible de Hale. No me importaba a dónde fuera, solo 
necesitaba poner algo de distancia entre nosotros. Me sentí tan mal, 
sabiendo que uno de los momentos más traumáticos de mi vida lo excitó. 
Fue un giro de los acontecimientos invasivo y desagradable que me hizo 
sentir mal del estómago. 
Bajé por uno de los pasillos laterales, sin saber muy bien a dónde 
iba. Las luces rojas parpadeantes dificultaban el desplazamiento por el 
espacio. Mi visión se volvió borrosa y mi corazón se aceleró. Sabía en mi 
interior que no me había tomado el tiempo para procesar todo. Seguí 
empujando hacia adelante, pero algo en Hale me envió al límite. 
Pero una luz blanca y cruda me llamó la atención, sacándome de 
mis pensamientos. El pasillo era como un acuario gigantesco con tanques 
sin agua. Tanto a mi izquierda como a mi derecha había paredes de vidrio 
que me separaban de los intérpretes. Las cortinas negras cubrían 
algunas secciones. Algunas ya estaban abiertas para que las vieran los 
invitados. 
La primera exhibición mostraba a un hombre besando suavemente 
una muñeca inflable. Tiernamente. Lentamente. Era un hombre titán, 
músculos abultados y piel morena reluciente. Su lengua se deslizó por la 
 
 
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boca inflada con una lujuria tan apasionada que me sonrojé. No tenía 
audiencia, pero actuaba de todos modos. 
Seguí caminando por el pasillo. La siguiente habitación estaba 
bañada por una luz azul verdosa. Una mujer estaba acostada en una 
cama en medio de la habitación, las sábanas rosas estaban revueltas y 
retorcidas a su alrededor. Sostenía un consolador de forma extraña que 
parecía… fuera de este mundo. Casi como el tentáculo de un pulpo. 
Todavía llevaba bragas negras y frotaba el tentáculo de plástico sobre su 
clítoris mientras arqueaba la espalda del colchón. 
Miré con asombro. Aunque sabía que este era su trabajo y que el 
propósito de este club era sumergirme en las fantasías más profundas de 
los ricos y poderosos, no pude evitar sentir que me estaba entrometiendo 
en algo al mirar fijamente. 
Una mujer con un vestido rubí intenso, con el cabello rizado azul 
oscuro recogido en su coronilla, se sentaba frente al espejo y miraba con 
ojos hambrientos. El espectador parecía rígido y fascinado. 
Seguí avanzando por la fila de exhibiciones. Algunos intérpretes no 
tenían a nadie mirando. Algunos tenían cinco o seis hombres presionados 
lo más cerca posible del cristal. El pasillo era ancho y cada pared de vidrio 
tenía asientos colocados frente a ellos. 
A cada lado de mí estaba cada perversión imaginable. Todas las 
razas, géneros, orientación sexual y edad estaban representadas en 
Eden’s Place. Una hermosa mujer que parecía tener más de sesenta y 
cinco años estaba vestida completamente de cuero y estaba golpeando 
con un látigo a un hombre mucho más joven. 
Hice todo lo posible para eliminar cualquier prejuicio de mi mente. 
Era una locura para mí lo grande que era este almacén de sueños. Hubo 
algunas perversiones que no entendí. Hombres vestidos como animales 
perseguían a mujeres desnudas en una habitación. En otra habitación 
solo había una mujer que se hacía un tatuaje en la vagina. 
No fue hasta que llegué al final de la sala de exposiciones que me 
quedé realmente sorprendida por lo que vi. Allí, en su jaula de cristal del 
placer, estaba Anthony Civella. 
 
 
 
86 
 
Separado sólo por la pared de cristal, me quedé mirando 
descaradamente a Anthony Civella. Su impresionante cuerpo estaba en 
forma y saludable. Su cabello castaño y desgreñado estaba enredado y 
húmedo como si acabara de ducharse y se pasó la mano al azar por éste. 
Cada contorno de sus músculos estaba claramente definido. Tenía 
piernas largas y gruesas como troncos de árboles y un torso tallado que 
parecía roca cortada. La mirada penetrante de sus ojos brilló con peligro 
cuando me vio mirando. No parecía avergonzado, sino resignado. Fue una 
mirada de aceptación, como si hubiera esperado que entrara dando 
tumbos en esta sala de juegos. Me desafió con su mirada. Quería que lo 
viera, que lo viera de verdad. 
La abuela una vez nos consiguió un pase de temporada para el 
zoológico local, y me enamoré de este tigre audaz en la sección de 
animales depredadores. Cuando era niña, bromeaba diciendo que él era 
mi mascota y hacía que la abuela se sentara conmigo frente a su 
exhibición durante horas y horas. Empacaríamos el almuerzo y nos 
acomodaríamos en el banco frente a su extravagante jaula. Con el tiempo, 
me encontré sintiendo lástima por el poderoso animal. No estaba 
destinado al zoológico; él tampoco estaba destinado a mí. 
Anthony se parecía mucho a ese tigre. 
Desnudo. Primitivo. Único. Libre, pero de alguna manera 
encadenado también. Quería saber más. 
Estaba completamente desnudo y mis ojos recorrieron lentamente 
todo su cuerpo. El miembro de Anthony ya estaba duro. Era grueso, largo 
e impresionante. 
A diferencia de las otras habitaciones, esta jaula de cristal estaba 
dividida en dos por una delgada pared negra. Su cuerpo estaba 
resbaladizo por el aceite, y se pasó las manos temblorosas por el 
estómago mientras miraba la pared que lo separaba del otro lado de la 
exhibición. Había una puerta que daba a cada lado de la pared. 
Ya había un par de hombres y mujeres sentados y preparándose 
para el espectáculo. Encontré un asiento en la primera fila. Tal vez no fue 
ético o profesional de mi parte sentarme y mirar, pero me impulsaba una 
 
 
87 
oscura curiosidad. Anthony se mordió el labio, luego se dio la vuelta para 
mirar hacia la puerta por un momento. Jadeé en el sitio a su espalda. 
Las cicatrices gruesas y elevadas se alineaban en cada centímetro 
de su piel desde el cuello hacia abajo. Era como si alguien le hubiera 
dado un látigo en el cuerpo y hubiera marcado todas las partes 
disponibles de él que pudieron. 
Estaba tan conmocionada por la destrucción en su piel que no noté 
que una puerta se abría al otro lado de la pared. Aparté mis ojos de su 
daño en el cuerpo para observar a la mujer que entró en su jaula de 
cristal dividida. Tenía una hermosa piel cremosa y cabello castaño 
oscuro. Sus ojos eran negros y estaban delineados con un delineador de 
ojos grueso. Estaba completamente desnuda con pechos pequeños y una 
vagina sin afeitar. 
Anthony giró el cuello y se acercó a la pared. Colocó ambas palmas 
contra el grueso divisor y luego hizo algo inesperado. 
Honestamente, no había forma de describirlo sin sonar crudo. 
Deslizó a un lado la división, revelando un agujero perfectamente circular 
en la pared. Me pregunté qué estaba haciendo con eso, pero mi pregunta 
fue respondida rápidamente cuando deslizó su endurecido miembro a 
través de la abertura circular. Había oído hablar de los agujeros de la 
gloria antes, pero nunca había visto uno en acción. Al ver el miembro de 
Anthony, la mujer se arrodilló frente a él y envolvió sus labios alrededor 
de su palpitante miembro. Me sonrojé y puse mis dedos sobre mi boca. 
No podía creer lo que estaba viendo y no entendía mi reacción. 
Estaba ansiosa por Anthony. El acto era extrañamente vulnerable. 
No sabía quiéno qué había al otro lado de la pared. También estaba un 
poco celosa. Me pregunté si eligió esta exhibición o si esto era algo… más. 
—Si te vas a burlar, entonces lárgate de aquí —siseó la voz de 
William. Salté en mi asiento, sorprendida de escucharlo. Una mano 
pesada se apoyó sobre mi hombro cuando se agachó a mi lado. Luego 
vino una pregunta tan venenosa que prácticamente quemó—. ¿Qué estás 
haciendo aquí? 
Demonios. Se suponía que debía estar trabajando. Estaba 
disgustada y avergonzada a la vez por lo que había sucedido con Hale. 
Me escapé para dejar algo de espacio entre nosotros, pero luego terminé 
bajando por la madriguera del conejo de Eden’s Place. Este club era 
intenso y detallado. La forma en que lo configuraron daba voz a todos los 
deseos. Lo que comenzó como querer escapar de Hale se convirtió en una 
exploración. 
 
 
88 
En lugar de responderle, le hice una pregunta. No me importaba 
que Anthony tuviera sus propias perversiones. Quería saber quién lo 
lastimó. 
—¿Qué le pasó a Anthony? 
Esas cicatrices en su espalda eran abusivas y crueles por 
naturaleza. 
—Vamos —dijo William mientras asentía hacia el pasillo y se 
alejaba de la jaula de Anthony. Me puse de pie justo cuando otra mujer 
entraba en la sala de exposición. Y otra mujer. Todas ellas alineadas. 
Desnudas, relucientes de sudor y lujuria en sus ojos. Todas estaban 
dispuestas a arrodillarse y complacer a Anthony. ¿Sabría la diferencia 
entre cada mujer? ¿Le importaba? ¿Eran solo un placer sin rostro para 
que él se excitara?— ¿Señorita Cross? —llamó William una vez más. No 
podía apartar los ojos de la escena. Era sexual pero también… triste. 
Anthony estaba solo, de pie allí, con la cabeza echada hacia atrás y los 
ojos cerrados con fuerza. Como si excitarse fuera de alguna manera 
doloroso para él. 
Ver la creciente multitud al otro lado de la división hizo que 
pareciera una exhibición de arte y nada más. Anthony se redujo a solo 
su miembro. No conocían al hombre detrás de la pared. No conocían las 
cicatrices de su piel. 
Y tampoco él las conocía. 
Las lágrimas llenaron mis ojos mientras lo miraba. Sus palmas se 
estrellaron contra la pared. Sus músculos se flexionaron. Gimió y se 
mordió el labio. Otra mujer se arrodilló y comenzó a chuparlo. 
William agarró mi muñeca y suavemente me levantó y me alejó. 
—Vamos —susurró con ternura. No esperaba estar tan 
emocionada, pero había algo en esto que me revolvió el estómago. 
Una vez fuera de la vista de la sala de exposición, William me 
empujó contra la pared y acunó mis mejillas con sus manos. Sentí su 
pulgar rozar mi piel, aplastando las lágrimas mientras me miraba. 
—Alguien lo lastimó —susurré. Fue tan evidente. ¿Cómo podían 
todas esas personas mirarlo cuando era evidente que algo no andaba 
bien? No conocía a Anthony tan bien, pero reconocí el dolor dentro de él. 
William se inclinó más cerca por un momento, como si quisiera 
besar mi frente. Esperé pacientemente, por alguna razón deseando el 
consuelo que me ofrecía. 
—Anthony fue secuestrado por uno de los socios comerciales de 
Cora hace un año. Ella lo ordenó —admitió William. 
 
 
89 
Todavía no sabía quién era esa perra de Cora, pero una repentina 
ola de furia se apoderó de mí. Quería matarla. Terminar con ella. 
Arruinarla. William continuó. 
—Ha luchado por tener intimidad física con la gente desde 
entonces. Incluso los abrazos le molestan. Demonios, le va mejor con los 
muertos que con los vivos. 
Negué con la cabeza. Esto era terrible. 
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué se lo llevaron? 
William se apartó, un destello de dolor atravesó su expresión. 
—Nuestro padre crio a Nicholas para que fuera ambicioso. Pero 
creció demasiado rápido. El primer año después de la muerte de nuestros 
padres, se apoderó de territorios como si nada. Enfadó a mucha gente, y 
supongo que se podría decir que todos fuimos unos engreídos. En 
cuestión de dieciocho meses, formamos un imperio con el que nuestro 
padre solo podía soñar. Estábamos motivados por el dolor. Cuando 
nuestros padres murieron, queríamos construir algo en su memoria. 
Tragué saliva. 
—Pero todo tiene un costo —susurré. 
William asintió solemnemente. 
—Lo tuvieron durante ocho días. Ocho días fue todo lo que se 
necesitó para cambiarlo por completo. Regresó con la piel destrozada. Se 
despertaba en medio de la noche gritando. La única persona que podía 
ayudarlo era Vicky. Demonios, todavía confía en ella para casi todo. No 
puede pasar un día sin hablar con ella. Ella lo comprende. 
—Y Vicky ahora está al otro lado del mundo —dije con un 
escalofrío—. ¿Por qué Malice la enviaría lejos si ella es la única persona 
con la que Anthony se conecta? ¿No viste lo que estaba pasando allí? No 
se veía feliz, William. 
—No teníamos otra opción. Cora es vengativa y está diez pasos por 
delante de nosotros. Nicholas mató al socio que abusó de Anthony, y 
ahora ella quiere venganza. Nick se niega a permitir que algo le pase a 
Vicky también. Él podría ser un engreído, un loco hijo de puta, pero se 
preocupa por su familia y se siente muy culpable por lo que le pasó a 
Anthony. 
Aunque realmente no conocía a Anthony tan bien, sentí un 
renovado sentido de propósito sobre mi papel aquí en Eden’s Place. No 
solo estaba buscando una rata, estaba encontrando una manera de que 
Vicky volviera a casa. Estaba devolviendo algo de sanación a la vida de 
Anthony. 
 
 
90 
—Tenemos que encontrar a la rata —dije con voz severa. Pensé en 
lo que Malice me había susurrado cuando nos encontramos antes. 
—Y lo haremos. No estoy seguro de cuánto vamos a averiguar de 
manera realista en el club —respondió—. Nicholas está convencido de 
que podríamos encontrar algún tipo de pista aquí. 
Absorbí sus palabras. 
—¿Por qué cree Malice que la rata está asociada con Eden’s Place? 
William miró alrededor del pasillo oscuro antes de contestarme. 
—Hicimos arreglos para que llegara un envío de armas en una 
fecha y hora específicas. Nos reunimos con el proveedor en Eden’s Place 
para discutir. El ejército de Cora estaba en el lugar de intercambio y robó 
nuestro envío. También mató a tres de nuestros hombres. 
—Realmente odio a esta perra —gruñí, sintiéndome de repente 
asesina. 
El labio de William se crispó. 
—Creo que el problema es más profundo, tal vez incluso sea 
alguien en nuestra infraestructura. Nicholas no quiere creer que alguien 
cercano a nosotros nos haya traicionado. Es complicado, así que 
asegúrate de ser diligente. 
Estaba en la punta de mi lengua decirle a William que no confiaba 
en Hale. Algo en él simplemente se sentía mal, pero estaba en su círculo 
íntimo. Aparte de saber que tenía una perversión despiadada, realmente 
no sabía mucho más sobre él. Y no era como si los Civella no lo supieran 
ya. Tenían una base de datos completa dedicada a los deseos más 
profundos y oscuros de todos. 
William caminó delante de mí de regreso al puesto de la anfitriona. 
Lo vi caminar, mientras trataba de pensar en cómo iba a manejar estar 
cerca de Hale sin vomitar. Necesitaba hablar con Malice sobre encontrar 
a alguien más que me cuidara. Probablemente tampoco me ayudaba a 
mantener un perfil bajo tener a uno de sus hombres vigilándome. 
Una vez que vi el puesto de la anfitriona, Kelsey frenéticamente me 
saludó con la mano. Dejé caer mis hombros. 
—¿A dónde te fuiste? —siseó mientras seguía a William con la 
mirada. No miró en mi dirección y se sentó en la barra—. No puedes 
simplemente deambular. Te despedirán en el acto si te atrapan 
holgazaneando, y no quieres perder tu trabajo aquí el primer día. Aún no 
has establecido tu lealtad, y esta gente hará cualquier cosa para evitar 
que sus secretos salgan a la luz, ¿me entiendes? 
 
 
91 
—Lo siento. Me perdí —mentí antes de mirar a mi alrededor. Hale 
faltaba—. ¿Dónde está Hale? 
—Nicholas vino con un trabajo para él —respondió con 
indiferencia—. Mira, hablo en serio. No puedes irte así, ¿de acuerdo? Lo 
digo por tu protección. 
Le brindé una sonrisa de disculpa.—Lo siento. Yo solo… ¿Te parece que Hale es raro? 
La conciencia se instaló en los rasgos de Kelsey, y asintió. 
—Ah, ya veo. Sí, Hale es un maldito psicópata. Supongo que estoy 
acostumbrada a él. Lo prometo, tiene una de las fantasías más oscuras 
aquí. La mayoría de la gente tiene perversiones bastante normales. Malice 
no deja que los depredadores de niños atraviesen nuestras puertas y todo 
lo que hacemos aquí es consensuado. Eden’s Place tiene un terapeuta 
sexual de tiempo completo para asegurarse de que todo se maneje de 
manera segura. Estoy segura de que fue un poco abrumador escuchar 
su perversión de inmediato. Los que aplastan cosas suelen ser 
inofensivos, solo lo mantenemos en el archivo para que sepamos si 
progresa, ¿sabes? 
Asentí. 
—¿Qué quieres decir con… si progresa? 
El labio de Kelsey se apretó en una delgada línea y miró a su 
alrededor. 
—No estoy calificada para explicar esto, pero haré lo mejor que 
pueda. Tenemos protocolos establecidos. A veces, Eden puede ser una 
salida para los miembros, ¿sabes? A veces, se convierte en una adicción. 
A veces, se vuelve, así como una bola de nieve andante que crece cada 
vez más. Se vuelve peligroso. Nos gusta darle a la gente una muestra de 
sus fantasías, pero no queremos que se nos escape de las manos. A pesar 
de sus terribles negocios, el señor Civella es muy exigente con esto. 
—¿Y qué es Hale? —pregunté, sin estar segura de querer la 
respuesta—. ¿Está aquí por el desahogo, la adicción, o es una bola de 
nieve? 
—Hale es una bola de fuego esperando que suceda —susurró 
Kelsey—. No puedes cederle ni un centímetro con su perversión. 
Maldición. Le acababa de dar una kilómetro. 
 
 
92 
 
Al final de mi turno, mis pies habían superado el punto de dolor y 
estaban completamente entumecidos. Kelsey repasó conmigo todos los 
detalles de nuestro trabajo y vi más sexo del que jamás había visto en el 
porno. También aprendí sobre diferentes manías. Algo de eso fue extraño 
e inquietante. Mucho fue caliente y teatral. Algunos me dieron ganas de 
vomitar. 
Fue una noche agotadora, mucho más difícil de lo que había 
experimentado en Dick’s Diner. Apenas tuve tiempo de detenerme y 
orinar. Además de dirigir el mostrador de bienvenida, Kelsey y yo también 
brindamos apoyo a los intérpretes. La mayor parte de mi noche la pasé 
llevándoles varios suministros. 
Con su aparente e inagotable energía, Kelsey continuó arrojando 
órdenes a través de sus auriculares. 
—Denea necesita un tampón en el escenario siete. 
—¡Alguien que vaya y le recuerde a Paige de tomar un descanso! 
¿Ha comido ya? Maldición, que alguien traiga su cena. 
—¡Sherrie! ¿Te importaría hacer un turno en la sala de fetiches de 
pies? 
—Alguien vaya a decirle a Cassandra que deje de besarse con 
Julius en el armario de almacenamiento y se prepare para su exhibición 
de masturbación bajo el agua en el escenario ocho. 
—Nikki es nuestra intérprete estrella. Si no tengo al menos treinta 
sillas listas para su escenario, personalmente te meteré el estilete en el 
trasero. 
—¿Necesitas un masaje en los pies, Brandy? Tendré un terapeuta 
de masaje aquí en veinte minutos. Solo di la palabra. 
—Tenemos a un pervertido jodiendo con el intérprete en el cuarto 
escenario. El guardia necesita refuerzos. 
—Nikita no puede funcionar en estas condiciones. Necesita 
vaselina, una lata de crema batida, algo de cuero y un par de tacones 
decentes. Aquí estamos sirviendo fantasías, no desastres, ¿de acuerdo? 
 
 
93 
Estaba asombrada. Conmocionada. Honestamente, ni siquiera 
podía seguir el ritmo. Pude ver por qué necesitaban una segunda 
anfitriona. Era casi imposible coordinarse con los intérpretes mientras se 
registraba a las personas. 
Una vez que terminamos, estaba hambrienta y cansada hasta los 
huesos. Me senté una vez que se fue el último miembro del club y solté 
un fuerte suspiro. 
—Demonios, Kelsey. ¿Cómo hacías todo esto sola? —pregunté. 
Con indiferencia, estaba escribiendo un informe para un nuevo 
miembro y masticando su goma de mascar. 
—Te acostumbrarás. 
—Mis pies me están matando —lloré—. Quiero decir, en serio, 
simplemente corres como si nada. 
Me miró. 
—Usa plantillas de gel para tus zapatos. Cambio de juego total. 
Eran casi las tres de la mañana y estaba lista para irme a casa. 
Saqué mi teléfono, verifiqué dónde estaba la parada de autobús más 
cercana y suspiré cuando me di cuenta de que estaba a media milla de 
distancia. Esta no era una parte de la ciudad por la que quería caminar 
a casa. Especialmente con estos tacones. Era el tipo de lugar en el que 
se necesitaban unas zapatillas firmes para correr y gas pimienta. 
Sin embargo, Hale no estaba a la vista. Malice quería reunirse 
conmigo después de mi turno, pero ya se había ido a casa. ¿Esperaba 
que volviera a su mansión? No sabía dónde estaba Anthony, y 
aparentemente William se quedaba aquí hasta las seis de la mañana para 
prepararse para la noche siguiente. 
—Bueno, hemos acabado —dijo Kelsey antes de tomar un par de 
sudaderas de un armario secreto debajo de su escritorio y ponérselas 
sobre su ropa—. Lo hiciste bien —dijo con una sonrisa—. Vete a casa y 
descansa un poco. 
—Gracias por toda tu ayuda —le respondí—. Realmente lo aprecio. 
—¿Quieres que te acompañe a la salida? —preguntó. El orgullo me 
hizo mantener la boca cerrada por no tener auto. No quería tener que 
explicar que tenía que caminar hasta la parada de autobús más cercana. 
Odiaba el transporte público de noche. Probablemente tendría que 
esperar unos treinta minutos en la parada, ya que pasan menos 
autobuses después de la medianoche. Tal vez podría ver cuánto cuesta 
un Uber. Probablemente sería más de lo que podría permitirme en este 
momento, pero muy pronto no tendría que preocuparme por eso. Mi 
 
 
94 
nuevo salario hacía que todo este loco trabajo valiera la pena. Compraría 
alimentos que no tuvieran que cocinarse en un microondas. Podría salir 
a comer con la abuela. Comprarle esos zapatos ortopédicos que había 
estado mirando. Estaba tan emocionada. 
—Tengo que ir al baño —mentí—. Adelante, saldré pronto. 
Me dio una palmada en el hombro. 
—Nos vemos mañana —respondió alegremente antes de irse. Un 
guardaespaldas la escoltó fuera del edificio. 
Marqué el número de Malice en mi teléfono celular. Sonó, sonó y 
sonó. Cuando fue al correo de voz, colgué en lugar de dejar un breve 
mensaje. Si hubiera querido hablar, me habría dado más instrucciones. 
No era como si tuviera algo que decirle, aparte de mis suposiciones sin 
pruebas sobre Hale. 
Decidí que probablemente era más seguro pedirle a William que me 
llevara, pero cuando pasé por su oficina, estaba vacía. Maldición. 
Tampoco era como si tuviera su número. Presioné mi aplicación de Uber 
y me horroricé al descubrir que un viaje a casa costaría sesenta dólares. 
Teniendo en cuenta que solo tenía doce dólares a mi nombre, esa no era 
una opción. Después de mucho dolor, decidí que la única forma de llegar 
a casa era caminando y tomando el autobús. 
Maldición. 
El aire de la noche era húmedo, pero no terriblemente caluroso. No 
era una parte de la ciudad bien iluminada, pero usé mi teléfono celular 
para iluminar las calles. Podría haber atraído más la atención sobre mí, 
pero al menos no estaba gritando en cada sombra y cada callejón. Crecí 
en esta ciudad y, desde que conocí a Malice, supe que mis temores no 
eran infundados. Estaba en gran peligro y tendría que encontrar un viaje 
alternativo para seguir adelante. William había mencionado antes la idea 
de comprarme un auto y solo esperaba que lo dijera en serio. 
Afortunadamente, todavía tenía mi chaqueta de punto y jeans para 
ocultar mi atuendo escandaloso. Unos cuantos vagabundos en la calle 
me miraron con los ojos inyectados en sangre cuando pasé. Una pareja 
me silbó. Uno me siguió durante media cuadra antes de darse por 
vencido. 
Mis pies doloridos hormigueaban con cada paso rápido, y recé para 
que el autobús llegara rápidamente. A pesar del cansancio, estaballena 
de adrenalina por mi aterradora caminata. Una vez en la parada, solté 
un suspiro de alivio. Sabía que era solo una ilusión. Todavía no me sentía 
tan segura, pero al menos estaba debajo de una estructura y había 
terminado la parte más difícil de mi viaje. 
 
 
95 
Me senté en un banco y estabilicé mi respiración mientras esperaba 
mi transporte. 
—Es muy tarde en la noche. ¿Te importa si me siento contigo? 
Nosotras las chicas tenemos que estar juntas, ¿no? —dijo una voz ronca 
con un ligero acento sureño. 
Salté un poco ante el sonido y me volví para enfrentar a mi intrusa. 
Era una mujer hermosa con cabello castaño hasta los hombros, ojos 
castaños y largas pestañas. Tenía los labios ligeramente agrietados y una 
ligera capa de pecas se esparcía por su nariz. Las duras luces de la 
parada del autobús en lo alto proyectaban sombras debajo de sus ojos y 
tiró de su suave camisa de seda mientras me evaluaba. 
—Toma asiento —le dije mientras me deslizaba hacia el banco. 
Parecía fuera de lugar para esta parte de la ciudad. Pero supuse que yo 
también. 
—¿Acabas de salir del trabajo? —preguntó. 
—Sí —respondí—. Estoy lista para llegar a casa. ¿Y tú? 
La mujer cruzó las piernas y miró hacia la calle. 
—Supongo que siempre estoy trabajando. Nunca tengo tiempo libre 
realmente, ¿sabes? Incluso cuando lo estoy, sigo cuidando de mi 
hermano. 
Conocía bien ese sentimiento. Las responsabilidades nunca 
terminaban, ni tampoco las cargas. Amaba a mi abuela y quería la mejor 
vida para ella, pero también pasé muchas noches llorando hasta 
quedarme dormida porque no estaba segura de cómo iba a hacer que 
todo funcionara. 
—Mi hermano tenía tanto potencial… —continuó, como queriendo 
hacerme morder el anzuelo. Quizás solo necesitaba a alguien con quien 
hablar. 
Decidiendo que no tenía mucho más que hacer mientras esperaba 
mi autobús, cedí. 
—¿Qué le pasó? 
Su respuesta fue instantánea. 
—Le dispararon cinco veces. Sobrevivió milagrosamente. 
Desafortunadamente, su vida tuvo un costo. No es más que un caparazón 
del humano que solía ser. Es trágico, de verdad. 
Lo sentía por esta mujer extraña, realmente lo sentía. 
—Cielos. Lo siento mucho. —En realidad, no sabía qué más decir. 
 
 
96 
—Estoy decidida a acabar con su tirador. Siento que ha consumido 
mi vida. ¿Y puedes culparme? Haríamos cualquier cosa por las personas 
que amamos, ¿no es así… Juliet? —El sonido de mi nombre convirtió mis 
venas en hielo. ¿Cómo me conocía? Me levanté de mi asiento, pero ella 
simplemente sonrió—. Espero que no te importe, pero tenía que conocer 
a la chica por la que Nicholas Civella está tan preocupado. Eres solo una 
niña, ¿eh? 
—Eres Cora —dije, sin molestarme en preguntar si era cierto, 
porque sentía su identidad en mis entrañas. 
—Y tú eres Juliet Cross —respondió ella, con una sonrisa maliciosa 
en los labios—. Nick pensó que eras mi rata. Estoy casi decepcionada de 
no haber sabido de ti antes. Habrías sido una gran rata. Aún podrías, ya 
sabes. 
—¿Qué quieres? —pregunté, porque sabía que esta no era solo una 
visita agradable. Ella quería algo de mí. 
—Me gusta tu estilo. Directo al grano —respondió—. Creo que es 
obvio que estás por encima de tus posibilidades, Juliet. Y sé que crees 
que lo estás haciendo bien con tu abuela, pero Nicholas Civella no se 
preocupa por ti. Él es incapaz de entender tu lucha como yo puedo. Sé 
que te tiene en sus manos, pero puedo protegerte. Puedo salvarte. 
Curiosamente, me encontré sintiéndome atraída por su oferta. 
Cora no me pareció maliciosa. No tenía el mismo mal presentimiento en 
mi estómago como lo tenía con Hale. Hablaba con tal convicción que 
realmente creí que podía ayudarme. 
Pero la historia de Anthony me impidió creerle. 
—Heriste a Anthony —respondí. 
—Mi socio comercial lastimó a Anthony. Y pagó el precio por eso 
con su vida. Nicholas le disparó a mi hermano cinco veces. Nadie es 
inocente en este juego. 
Juego. Ella lo llamaba un juego. 
A lo lejos, se acercaba un autobús. Solté un suspiro de alivio. 
—Creo que podríamos trabajar juntas, Juliet —insistió Cora—. 
Tengo una visión tan gloriosa de esta ciudad, de nuestro futuro. No te 
permitas morir en la red de Civella. Tu abuela no merece perder a su hija 
y a su nieta. 
Las lágrimas comenzaron a llenar mis ojos. Lo que dijo sonaba tan 
bien, pero también se sentía tan mal en mi corazón. 
—P… pero —balbuceé, sin saber qué decir. 
 
 
97 
—Solo piénsalo, ¿de acuerdo? —dijo con un guiño justo cuando el 
autobús llegaba. Nos miramos brevemente la una a la otra. Sus ojos eran 
suaves y compasivos. No se parecía a la loca villana asesina que Nicholas 
hizo que pareciera. 
—Está bien —susurré antes de dar la vuelta y correr hacia el 
autobús. 
Me senté en la última fila y miré por la ventana, pero Cora se había 
ido. 
 
 
 
98 
 
La mansión Civella parecía menos impresionante para mí hoy. 
Quizás era la falta de sueño que nublaba mi cerebro, o quizás era el 
conocimiento de todos los secretos que se escondían dentro de su 
fortaleza, pero ahora no estaba tan aterrorizada. 
El sol de la madrugada besó mis mejillas. Afuera olía a hierba 
recién cortada. Caminé hacia la puerta con una sensación de confianza 
que se sintió forzada, toqué el timbre y esperé pacientemente a que un 
guardia me dejara entrar. 
Terminé mi noche con miedo, pero comencé mi día con una 
decisión. Iba a contarle a Malice todo lo que pasó anoche. No porque 
confiara más en Malice. Era un maldito retorcido. No, era porque le temía 
menos a Cora. Si se corriera la voz de que estaba trabajando con Cora, 
Malice quemaría mi vida hasta los cimientos. 
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Hale desde el otro lado de 
la puerta. Ni siquiera lo había notado acercarse. Se veía apenas sereno, 
como si hubiera pasado toda la noche caminando de un lado a otro por 
los pisos. Tenía una mancha en su camisa y sus pantalones estaban 
arrugados. Miré sus zapatos desgastados. A la luz del día, este hombre 
parecía terriblemente humano. Normal. Poco impresionante y olvidable. 
—Necesito hablar con Malice —respondí. 
Me miró de arriba abajo, escudriñando mi camisa de gran tamaño, 
mis jeans descoloridos y mi rostro limpio. Mi cabello todavía estaba 
húmedo por la ducha y mi estómago retumbaba por la falta de comida. 
Estaba cansada. Agotada. Abrumada. Pero sobre todo, estaba resignada 
a mi destino. 
—El jefe está en una reunión. 
—Puedo esperar. 
—En realidad no acepta citas. Si quiere verte, lo hará. —Hale 
comenzó a alejarse, así que saqué mi teléfono celular de mi bolsillo y 
llamé al mismísimo diablo. 
Ring. 
Ring. 
 
 
99 
Ring. 
—¿Hola? 
—Cora me hizo una visita —le dije en un tono aburrido—. Estoy 
fuera de tu casa y Hale no me deja entrar. 
Esperé un par de instantes. Entonces, la voz ronca de Malice 
maldijo. 
—Demonios. 
Las puertas se abrieron casi de inmediato. 
—Nos vemos pronto —canturreé antes de colgar el teléfono y pasar 
junto a Hale como un orgulloso flamenco. Por supuesto, el bastardo no 
podía dejarme tener mi momento, porque estaba decidido a seguirme 
adentro. Sentí sus ojos en mi espalda mientras ascendía por el sinuoso 
camino que conducía a la casa. 
Malice ya estaba de pie en el vestíbulo cuando abrí la puerta 
principal. Parecía que acababa de salir de la cama y se puso el primer 
par de pantalones y la camisa arrugada que pudo encontrar. Su cabello 
rubio estaba revuelto y no debería haber lucido tan sexy como se veía. 
Supongo que era temprano. Pero no podía perder ni un minuto más. 
—Cuéntame todo —exigió. 
Y así lo hice. 
 
p 
 
—Sabía dónde estabas. Sabía en qué estación de autobuses 
estarías y cuándo. 
Tenía mi propia teoría personal al respecto, pero el principal 
culpable estaba rondando por encima de mí en este momento. Hale tenía 
que saber que no me llevaría de regreso a casa después de mi turno. 
—Necesitas un auto —se quejó William mientras se acariciaba la 
barbilla—. Lo arreglaré hoy. 
—Debería haber sido resuelto ayer —bramó Malice.El rostro de William estaba contraído por la ira. 
—Eres igual de capaz de coordinar estas cosas. Fue idea tuya 
instalarla en el club. ¿Qué es lo que siempre dices? Protege tus 
 
 
100 
inversiones. ¿O cómo la llamaste, un juguete? ¿Qué diferencia hace para 
ti? 
Anthony intervino. Toda la familia Civella y Hale estaban sentados 
alrededor de una mesa de conferencias. 
—Solo le importan las cosas después de que Cora las pone en sus 
manos. Felicitaciones, Juliet. Tu patrimonio neto se duplicó. 
Malice sacó un cuchillo de su bolsillo y comenzó a rascar la 
superficie de la mesa. Observé todo el intercambio con las cejas 
levantadas. 
—No estoy decepcionada por mi valor, ¿de acuerdo? —dije—. Sé 
que a nadie aquí realmente le importa si me pasa algo. Estoy 
compartiendo que Cora estaba en mi espacio, porque me pagan por 
brindar información. 
Malice me miró a los ojos, una emoción desconocida parpadeó en 
su mirada. 
—Consíguele un maldito auto. Quiero escoltas para todos mis 
empleados a sus autos después de sus turnos. 
Hale respondió a Malice. 
—Lo coordinaré. 
—Puedo hacerlo —exclamó William—. Puedo hacer algo, ¿sabes? 
William todavía vestía su traje de la noche anterior y tenía algo de 
barba en su mandíbula. Parecía que necesitaba una siesta. O una 
cerveza. Anthony estaba garabateando en un bloc de notas junto a mí. 
Tuve la impresión de que no solía asistir a las reuniones familiares, pero 
nadie lo detuvo cuando entró y se dejó caer a mi lado. 
—Bien —respondió Malice—. Quieres sentirte realmente útil por 
una vez, hazlo. Necesitamos aumentar la seguridad diez veces en el club. 
Hablando de eso, ¿dónde estuviste durante todo esto, Hale? 
Todos nos volvimos para mirar al cabrón fornido, grasiento y 
desagradable. Mi guardaespaldas designado practicó su respuesta. 
—Teníamos un invitado rebelde del que estaba cuidando. Está en 
el informe de fin de día que envió Kelsey. 
Por supuesto que lo hizo. Hale era la rata y lo iba a demostrar. 
—Esto prueba aún más que es alguien en el club —dijo Malice 
mientras rodeaba la mesa. 
—O podría significar alguien de tu círculo íntimo —respondió 
William. 
 
 
101 
—¿Esto al menos prueba que soy leal a la causa? —pregunté. Más 
que nada, quería que confiaran en mí. Al final, decidí presentar la verdad 
hoy porque las consecuencias de no decirle a Malice lo que sucedió 
anoche eran mayores que las posibles recompensas de trabajar con Cora. 
Malice odiaba a las ratas y me negaba a convertirme en algo que este 
psicótico odiara. 
—Significa que desconfío un poco menos de ti. Pero no te 
entusiasmes demasiado —respondió Malice. 
Anthony se rio entre dientes. 
—Genial. Entonces me iré. 
William se animó en su asiento. Anthony dejó de hacer garabatos 
para mirarme. Malice se inclinó sobre su mesa y golpeó la parte superior 
con los dedos. 
—¿A dónde crees que vas? 
—¿A casa? —respondí—. En realidad, no he comido desde el 
almuerzo de ayer y estoy agotada. Solo soy la informante, no el cerebro 
detrás de lo que sea que planees hacer con Cora. Hice mi trabajo. Te di 
información. Ahora, estoy fuera de horario. 
Anthony extendió la mano para rozar sus dedos sobre los míos. 
—Puedo traerte comida, ¿qué quieres? —preguntó suavemente. 
Cuando Anthony no estaba cortando cuerpos, en realidad era 
increíblemente dulce. 
—Está bien. Tengo un largo viaje en autobús a casa… 
—¡No más malditos autobuses! —gritó Malice antes de apuñalar la 
mesa con su cuchillo. 
Puse los ojos en blanco. Anthony tenía razón, la única razón por la 
que Malice tenía sus calzones torcidos era porque Cora se acercó a su 
propiedad. En realidad, no le importaba un carajo mi seguridad. 
—Te conseguiré uno de nuestros autos —interrumpió William. 
—De acuerdo. Pero recuerda lo que dije acerca de nada de autos 
de asesinatos. Anthony necesita trabajar en su técnica para borrar 
evidencias —dije mientras le daba un codazo en broma a Anthony. 
—Soy muy bueno limpiando el ADN —protestó. 
—Guardaste la ropa de una chica muerta en tu calabozo de la 
muerte —respondí secamente—. En serio, ¿has escuchado alguno de mis 
podcasts? 
 
 
102 
—Ahora. Te veías sexy con su ropa. Y es bueno que las tuviera. 
Tendrías que haberte deshecho de un cadáver estando desnuda —
respondió antes de mirarme con una… expresión confusa—. Oh, mierda, 
acabo de tener una erección. 
Me alejé de Anthony. Se rio y continuó garabateando. 
—Bien. Te compraré un auto nuevo. Podemos pasarlo bien si lo 
desea, señorita Cross. Incluso me detendré en tu restaurante favorito en 
el camino —ronroneó William. Su tono se sentía sensual y burlón, como 
si de alguna manera estuviera reclamando algo con sutiles sugerencias. 
Me volví para mirarlo. Aunque estaba cansada, la idea de pasar el día con 
él sonaba atractiva… 
—No. Juliet se va a quedar aquí y comerá —decidió Malice antes 
de volverse hacia mí—. Necesitas descansar antes de tu turno de esta 
noche para que puedas estar alerta. Puedes tomar una siesta en la 
habitación de invitados, y cuando te despiertes, quiero hablar sobre tu 
turno de esta noche y algunos posibles sospechosos, ¿de acuerdo? 
No necesariamente tenía que irme a casa. La abuela tenía planes 
con Linda hoy. Finalmente consiguió su boleto para Palm Springs y 
estaba planeando comprar algunos lindos vestidos de verano para el 
viaje, pero todavía no me gustaba pasar un día más lejos de ella. 
—Realmente necesito irme a casa. 
—Y esa realmente no es una decisión que puedas tomar. Tráele 
algo de comida, Anthony, y por el amor de Dios, no quiero que vuelva a 
caminar después de su turno —gruñó Malice. 
—Ay. A Nicky le importa —canturreó Anthony con voz 
quejumbrosa—. Lo juro, Cora tiene el toque mágico. —Malice miró a su 
hermano con una advertencia tácita en su mirada. Anthony levantó las 
manos en señal de rendición—. Está bien, Nicky. No puedes salvar a 
todos. 
Malice se volvió hacia Hale. 
—¿Y en cuanto a ti? Tenemos algunas cosas que discutir sobre tu 
papel aquí. Todos menos Hale se pueden ir. 
Nicholas Civella era como un maldito sargento militar. William y 
Anthony se levantaron inmediatamente, escuchando a su hermano como 
si esto fuera normal. Estaba en mi naturaleza interrogarlo. 
Crucé los brazos sobre mi pecho y lo miré. 
—Me gustaría escuchar lo que tienes que decirle a Hale. 
 
 
103 
Malice me fulminó con la mirada. Anthony, a quien aparentemente 
le gustaba un buen festival de teatro, detuvo su éxodo para ver el partido 
de tenis de lucha por el poder entre su hermano mayor y yo. 
—¿Por qué? —preguntó. 
—Supuestamente es mi guardaespaldas. Solo quiero estar 
informada de cómo planea protegerme de Cora en caso de que ella vuelva 
aparecer. Se ausentó la mayor parte de mi turno anoche y casualmente 
desapareció cuando tuve que caminar a casa. Solo quiero saber cómo 
planea mantener seguros a tus empleados. 
Hale se puso rojo brillante, la ira tan claramente prevaleció en su 
expresión que tuve que contener una sonrisa. 
—Señor, hice mi trabajo. He trabajado con usted durante cuatro 
años. No soy solo una niñera. No me di cuenta de que era responsable de 
ella después de su turno. ¿Qué espera? ¿Se supone que debo moverme 
con la perra? 
Por supuesto que no. Hale no se iba a acercar a quince metros de 
mi abuela si tenía algo que decir al respecto. Estaba furiosa. 
—Discutiremos los límites de tu papel más tarde. En este 
momento, quiero charlar con Juliet —dijo Malice en un tono oscuro. 
—Oooh, alguien está en problemas —canturreó Anthony antes de 
salir de la sala de conferencias. William negó con la cabeza y suspiró. De 
alguna manera, sentí que había cometido un error. 
—Fuera. Todos —insistió Malice. 
William me miró fijamente, como si me suplicara en silencio que le 
pidiera que se quedara. Para ser mi héroe. Ser mi persona. Pero en 
cambio, asentí. 
La puerta de la sala de conferencias se cerró con el sonido de 
bloqueo y Malice y yo nos quedamos solos. 
—¿Crees que soy incapaz de mantenerte a salvo, pequeña 
luchadora? —susurrósu pregunta amenazadoramente. El apodo era 
nuevo para mí. Vi como rodeó la gran mesa rectangular y se acercó a mí. 
—Creo que Cora está más cerca de lo que piensas —le respondí en 
un susurro, enfrentándome a él por razones que no podía explicar—. Creo 
que estás haciendo malabares con demasiados platos y ya tienes una 
lista de personas de las que te sientes responsable. No hay lugar para 
extraños, ¿verdad? 
Malice me levantó y me sentó en la mesa de conferencias. 
Lentamente. Suavemente. 
 
 
104 
—¿Es así? —respondió en voz baja—. ¿Sigues siendo una extraña, 
Juliet? 
—No actúes como si me conocieras. No actúes como si te 
importara. Veo a través de tus juegos, Malice —dije con voz ronca. Él 
estaba tan cerca que inhalé su aroma. 
—Dime. ¿A qué juego estoy jugando? 
Me recliné sobre la mesa, apoyando mis palmas en la madera dura 
mientras ponía algo de distancia entre nosotros. 
—Enviaste a Vicky lejos, sabiendo muy bien que ella es la única 
persona que puede comunicarse con Anthony. Ahora, de repente me 
colocan en todo tipo de posiciones para pasar tiempo con él. No estarías 
llenando ese vacío, ¿verdad? La culpa puede ser un gran motivador, 
Malice. 
Su labio se crispó. 
—Continúa. 
¿Entonces no lo iba a negar? Interesante. Continué. 
—No sé por qué, pero te gusta castigar a William. Me besaste para 
vengarte de él. Pero ¿por qué? ¿Qué hizo tu hermano para que quisieras 
hacerle daño? 
Malice agarró el cuello de mi camisa y tiró de mí hacia sí. 
—¿Y qué pasaría si te besara ahora mismo? ¿Qué propósito tendría 
para eso, pequeña luchadora? No hay nadie aquí para ver. Mis hermanos 
no están mirando. 
Me quedé mirando sus suaves labios por un momento. La tensión 
entre nosotros era tan densa que casi se me hizo difícil respirar. 
—No lo sé. Tal vez para sentir algo. Tal vez porque eres egoísta. No 
confío en que cuides mi cuerpo, Malice. No me siento segura contigo. No 
me siento protegida. Trabajaré para ti. Te contaré todos los secretos. Pero 
no confiaré en ti. He visto de primera mano lo que les sucede a las 
personas que supuestamente amas y no quiero tener nada que ver con 
eso. Vicky está en otro país en contra de su voluntad. Anthony está 
cubierto de cicatrices. 
—Puedo mantenerte a salvo. Puedo proteger a todos. —Su 
declaración fue acompañada de un gruñido. 
—Muéstrame que puedes proteger a la gente que realmente te 
importa, y luego hablaremos, Malice —respondí antes de apoyar ambas 
manos contra su pecho y empujarlo. 
 
 
105 
Se quedó sin palabras, y con toda la confianza que pude reunir, me 
levanté de la mesa y salí de la sala de conferencias, sintiéndome un poco 
más poderosa que cuando llegué. 
 
 
 
106 
 
—No creo que este traje de baño me quede bien —dijo la abuela 
mientras miraba el traje de baño negro que tenía en la mano. La abuela 
quería mojar los dedos de sus pies en el jacuzzi de su hermana en Palm 
Springs. 
Lo agarré de sus manos pálidas y lo doblé. 
—¡Es tu talla! —respondí antes de poner mi brazo alrededor de ella. 
Después de darle un breve abrazo, lo puse en su maleta grande con 
estampado de guepardo antes de continuar trabajando en una carpeta 
de emergencia con una lista de todos sus medicamentos y contactos de 
emergencia. 
¿Estaba nerviosa de que la abuela estuviera durante todo el 
recorrido en California sin mí? Absolutamente. ¿Estaba todavía 
emocionada por ella? Sí. A regañadientes, sí. Había pasado una semana 
completa desde que vi a Cora en esa parada de autobús, y Malice estaba 
tratando de demostrarme que estaba equivocado acerca de su capacidad 
para mantenerme a salvo. Tenía un auto, un BMW, y una escolta todos 
los días antes y después de mi turno. A veces, había visto a alguien 
aparcado fuera de nuestra casa, pero afortunadamente nunca fue Hale. 
Malice le estaba enviando un mensaje claro a Cora si ella estaba 
mirando: yo era de él. 
Malice también habló con el doctor Hoffstead sobre el viaje de la 
abuela, y se coordinaron con otro doctor en Los Ángeles que accedió a 
estar de guardia en caso de que necesitara algo mientras visitaba a su 
hermana. La abuela tuvo otro chequeo ayer y fue autorizada para su 
viaje. El doctor Hoffstead parecía extasiado de vernos y me agradeció 
profusamente por las buenas palabras que le di a Malice. 
La abuela estaba feliz. Realmente feliz. La atrapaba sonriendo para 
sí misma y tarareando. 
—Agnes dijo que podríamos ir al casino y ver una banda de covers 
de Bon Jovi una noche, así que necesitaré un vestido bonito para eso —
dijo con una sonrisa embelesada. Salté de su cama y comencé a buscar 
en su armario. 
 
 
107 
La abuela siempre había sido muy unida a su hermana Agnes. 
Probablemente la hubiera visitado más a menudo, pero la mantuve aquí. 
Después de la desaparición de mamá, la abuela no se sintió realmente 
cómoda al dejarme. Pero esto se sintió como un nuevo comienzo. Una 
aventura apasionante. Aunque estaba realmente preocupada por ella, 
sabía que estaría en buenas manos. Y por doloroso que fuera admitirlo, 
¿quién sabía cuánto tiempo más sería capaz de hacer esto? Esto iba a ser 
bueno para la abuela, y si era honesta, estaba feliz de tenerla lejos de 
aquí mientras hacía todo este trabajo con Malice. Mentirle a la abuela era 
difícil. Tratar de hacer el papel de detective mientras la cuidaba nos 
estaba debilitando a las dos. 
—Estoy tan emocionada —dijo la abuela antes de mirarme. La 
sonrisa en su rostro se redujo un poco, e inclinó la cabeza hacia un lado—
. Sabes que no tengo que irme. Si prefieres que me quede aquí… 
Rápidamente la interrumpí. 
—Estoy emocionada de que te vayas. Solo me preocupo por ti. Pero 
sé que la tía Agnes te cuidará bien. Sin embargo, será extraño estar 
separada de ti. 
La abuela se acercó a mí y envolvió sus brazos alrededor de mi 
cintura para un tierno abrazo. Aspiré su aroma a lavanda y suspiré. 
—Tal vez esto sea algo bueno. Trabajas muy duro, Juliet. Luego, 
vienes a casa y cocinas mi comida, doblas mi ropa, estás al pendiente de 
mi medicina. Necesitas relajarte de vez en cuando y no preocuparte por 
tu abuela. Siento que has estado asustada desde que desapareció tu 
madre. Como si tuvieras miedo de perderme de vista. No quiero eso para 
ti. 
Quería discutir con mi abuela y decirle que no era cierto, que yo no 
era la misma niña pequeña que tenía miedo de que todas las personas 
que amaba desaparecieran algún día. El Parkinson no era un 
secuestrador, no era un oficial de policía que me dijo que mi madre nunca 
volvería. Pero era una enfermedad lenta que estaba carcomiendo a mi 
abuela y sentí que no teníamos suficiente tiempo. 
La amaba y quería que experimentara la vida. No iba a dejar que 
mis miedos le impidieran ver a su hermana. 
—Estoy emocionada de que te vayas, abuela —enfaticé, más por mi 
bien que por el de ella—. Será bueno para ti. Estoy bien, lo prometo. 
La abuela parecía que quería hablar un poco más, pero el timbre 
de la puerta hizo que ambas hiciéramos una pausa. 
—¿Estás esperando a alguien? —preguntó. 
Negué con la cabeza. 
 
 
108 
—Iré a ver quién está en la puerta. 
No esperaba ver a Malice de pie en el porche de mi abuela. En 
cuanto vi sus ojos penetrantes mirándome, quise darle un portazo en el 
rostro. Él predijo mi instinto de inmediato y extendió la mano para 
empujar su palma contra la puerta, evitando que lo bloqueara de mi casa. 
Imbécil. 
La delgada corbata negra alrededor de su cuello hacía juego con 
sus pantalones negros y su camisa blanca. Su cabello rubio estaba 
peinado hacia un lado como si acabara de regresar de la peluquería. En 
la calle, pude ver una de sus limusinas y un par de guardias parados 
afuera de la puerta del conductor. 
—¿Qué estás haciendo aquí? —siseé. 
—Necesito que trabajes esta noche —dijo, abriéndose camino a 
través de la puerta con una sonrisa. No lo quería cerca de la abuela. 
—¿Y no podías decirme eso en un mensaje de texto? —pregunté. 
Parecía estar perdido en medio de nuestra pequeña casa. 
—Quería asegurarme deque no necesita nada para su viaje. El 
doctor Hoffstead envió un informe. Me alegro de que la atiendan allí. ¿En 
qué aerolínea vuela? 
—¿Por qué quieres saber? —pregunté. Eché los hombros hacia 
atrás y miré hacia el pasillo donde la abuela todavía estaba en su 
dormitorio. Muy pronto ella saldría aquí y querría hablar con Malice. 
Cada vez era más difícil ocultar mi doble vida. 
Malice dio un paso más hacia mí. Y otro paso. Sus ojos recorrieron 
mi cuerpo de arriba abajo. Estaba en pantalones cortos y una camiseta 
sin mangas, nada demasiado revelador, especialmente en comparación 
con el uniforme de Eden’s Place. Pero la forma en que me miró me hizo 
sentir desnuda. 
—Pensé que podía mejorar su vuelo de forma anónima para que se 
sintiera más cómoda. 
Su razonamiento me tomó por sorpresa. Vaya. De acuerdo. Eso 
estaría bien, de hecho. 
—Puedo enviarte por correo electrónico la información de su vuelo. 
Pero, Malice, no quiero estar más endeudada contigo de lo que ya estoy. 
Aprecio tu amabilidad, pero estamos bien. No necesitamos… 
—¿Sabías que no tenías cerrojo en tu puerta hasta ayer, Juliet? —
preguntó, interrumpiéndome—. Eso no es muy seguro… 
 
 
109 
—¿Se trata de lo que dije antes? ¿De que no me proteges? Has 
probado tu punto. 
No necesitaba que él compensara en exceso. ¿No tenía su propia 
familia con la que obsesionarse? 
—Eché un buen vistazo a tu refrigerador. Son todas comidas 
rápidas y baratas. No es el sustento que me gustaría para ti. 
—Estamos bien, Malice —dije con los dientes apretados—. Puedes 
irte ahora. Te lo agradezco, pero… 
Malice se levantó en mi espacio. Siempre estaba invadiendo mi 
espacio. Su oscura presencia hizo que mi respiración se detuviera y un 
rápido escalofrío me recorrió la columna vertebral. 
—Vengo cuando quiero. Me iré cuando me quiera ir. Puedes 
esperar más chequeos de mí en el futuro. Me gusta tener el dedo en el 
pulso de todos los empleados de mi imperio. Estás a salvo, pequeña 
luchadora. 
No me sentí muy segura con sus ojos hambrientos mirándome. 
Malice se inclinó aún más cerca. Rozando su mejilla contra la mía, 
susurró en mi oído. 
—Dime que me vaya de nuevo y te llevaré conmigo —amenazó. 
Aunque su voz fue suave y tierna, sentí una punzada de miedo que me 
heló las venas. 
Tragué saliva. La abuela salió lentamente de su habitación y 
comenzó a caminar hacia nosotros, con una sonrisa en el rostro. 
Rápidamente le susurré a Malice. 
—Por favor, no le dejes saber que estoy trabajando para ti. 
Malice no parecía el tipo de hombre que escucharía mis súplicas, 
pero podía tener esa esperanza. 
—Eres tú de nuevo —balbuceó la abuela. Ella lo miró de arriba 
abajo mientras se acariciaba la barbilla—. Nicholas, ¿verdad? Pasaste por 
aquí la semana pasada para dejar algo para Juliet. 
Fue una experiencia muy extraña. Vi cómo la expresión de Malice 
se torcía en una mirada amistosa y acogedora que hizo que mi corazón 
se detuviera. Su sonrisa fue genuina. Sus ojos parecían amables. Era un 
actor hermoso. Si no lo supieras bien, nunca habrías visto la muerte, la 
destrucción y el peligro que hay debajo. 
—Estaba en la zona y decidí pasar a verte antes de tu viaje. ¿Tienes 
todo lo que necesitas, Ruthie? 
¿Ruthie? Puse los ojos en blanco. Estupendo. 
 
 
110 
Ella le sonrió. 
—Oh, sí. Tengo todo empacado y listo para partir. ¡Estoy tan 
emocionada! Mi vuelo sale temprano en la mañana. ¿Deberíamos ir a la 
cocina? —preguntó la abuela. Hizo una pausa por un momento, su mano 
temblaba a su lado—. Juliet hizo… hizo… Horneó galletas. 
La abuela estaba teniendo un día bastante bueno, así que escuchar 
su tartamudeo me hizo entrar en pánico internamente. ¿Quizás ella no 
necesitaba irse? La abuela seguía mirándome y no podía deducir si 
estaba nerviosa por toda la actividad o si era algo más. Malice tenía esa 
cualidad instintiva en él que hacía que tu piel se erizara de miedo. No 
podía culparla si le tenía miedo. 
Pero luego mis sospechas tomaron un giro completamente 
diferente cuando la abuela me guiñó un ojo. ¡Guiñó! Fue un movimiento 
travieso, y comencé a preguntarme si ella tenía planes diferentes para 
Malice y para mí. 
—Eso suena encantador. ¿No sabía que pudieras hornear, Juliet? 
—dijo mientras me miraba. 
—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí —exclamé. Y quería 
que siguiera siendo así. Si quería sobrevivir, necesitaba mantener a 
distancia a este hombre peligroso. 
Malice abrió el camino hacia la cocina. Él abría el camino a todas 
partes. 
La abuela me rodeó con el brazo y me susurró al oído. 
—Oh, le gustas. Es muy guapo. Me portaré lo mejor que pueda. 
Se sentó en nuestra silla de cocina de segunda mano con pintura 
blanca rayada y una pata de madera temblorosa. La abuela insistió en 
conseguir la bandeja de galletas. Observé con la respiración contenida 
mientras se giraba para agarrarlo con ambas manos. Ella se concentró 
en el plato, y yo me concentré en no agarrar a Malice por la oreja y sacarlo 
de nuestra casa. Su amabilidad tenía un costo. Necesitaba averiguar cuál 
era su motivo oculto. 
Mientras estaba distraída, Malice envolvió sus dedos alrededor de 
mi muñeca y me acercó para poder susurrarme al oído. 
—Deja de ser tan difícil, o voy a decirle a tu dulce abuela lo que sí 
sé de ti. He visto a tu verdadero yo. No te olvides quién tiene el poder 
aquí. 
Un escalofrío recorrió mi espalda. 
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté. 
 
 
111 
Me miró y se mordió el labio inferior antes de soltar mi muñeca y 
dejarme ir. Esperé a que me dijera lo que quería decir con eso, pero nunca 
llegó una explicación. 
La abuela dejó el plato con un fuerte sonido metálico y se rio entre 
dientes. 
—Chispas de chocolate. Mi favorito. Ofrecería un poco de leche, 
pero no tenemos. 
Las primeras palabras de Malice me obsesionaron. 
«Eché un buen vistazo a tu refrigerador. Son todas comidas rápidas 
y baratas. No es el sustento que me gustaría para ti». 
Parecía fuera de lugar en nuestra casa anticuada con su traje de 
diseñador. 
—Esto se ve encantador —comenzó—. Gracias. 
Me senté a su lado, pero no tenía apetito. La abuela estaba 
encantada. Era extraño que trajera a alguien a casa para conocerla. 
Había tenido amigos y novios a lo largo de los años, pero nadie, aparte de 
Vicky, parecía lo suficientemente importante como para traer a casa. Si 
Vicky no hubiera estado viviendo una doble vida tan peligrosa, 
probablemente la habría traído aquí para conocer a la abuela, pero de lo 
contrario, este era mi lugar sagrado. Era cautelosa acerca de a quién 
dejaba entrar en mi vida. También era cautelosa acerca de quién me 
importaba. Tal vez fueron mis problemas de abandono asomando su fea 
cabeza, pero la abuela era mi persona. No se la presentaba a cualquiera. 
—Recuérdame de nuevo, ¿cómo conoces a mi nieta? —preguntó la 
abuela. Su voz se había estabilizado un poco ahora que estábamos 
sentados. La cocina era su dominio. A pesar de que había dejado de 
cocinar con tanta frecuencia desde su diagnóstico de Parkinson, todavía 
prosperaba en esta sala. Diablos, tuve la charla de sexo mientras ella 
estaba haciendo mi pastel de chocolate favorito. 
Me preocupaba lo que diría Malice. 
—La conocí en el restaurante. Soy un poco habitual y entablamos 
una especie de amistad. 
Se necesitó cada gramo de autocontrol que poseía para no poner 
los ojos en blanco. 
—Bueno, tienes una amistad bastante única. Darle a mi nieta un 
teléfono celular nuevo sugiere que son más cercanos que meros 
conocidos. Perdóname si me estoy entrometiendo, pero es extraño que mi 
nieta me presente a alguno de sus… amigos. 
 
 
112 
Ante esta información, Malice se pavoneó. Fue como si tuviera 
acceso sin filtros a los matices de mi vida. Fue entrometido y, sin 
embargo, no me sentí incómoda. Quizás si Malice supiera lo sola que 
estaba, confiaría más en mí. 
—Bueno, me siento honrado de estar en la vida de Juliet —dijo con 
suavidad. Traté de sentir si estaba siendo sarcástico o bromeando, pero 
no encontré ningún indiciode mentira—. Supongo que se podría decir 
que he tomado un interés particular en su bienestar. Tengo una familia 
numerosa, para mí es una segunda naturaleza cuidar a las personas en 
mi vida. 
Ante sus palabras, la abuela sonrió aún más. No tenía idea de que 
el diablo la estaba estafando. 
—Eso es simplemente encantador. De hecho, me alegro de que 
Juliet tenga a alguien. He estado ansiosa por salir de la ciudad durante 
el próximo mes, y es un gran alivio saber que alguien estará aquí para 
cuidarla. 
Malice me miró y puso una mano pesada sobre la mía. La abuela 
miró fijamente donde nuestra piel se tocaba. 
—Prometo cuidar muy bien de Juliet mientras no estés —dijo con 
seriedad. No le creí ni por un segundo. 
Me quedé en silencio mientras la abuela y Malice entablaban una 
larga conversación sobre Palm Springs y la tía Agnes. Fue tan suave y 
gentil con mi abuela. Siempre que ella dudaba o tropezaba con sus 
palabras, él esperaba pacientemente a que volviera a encontrar la frase. 
Fue cortés. Amable. Era casi como sentarse al lado de una persona 
completamente diferente. No lo reconocí, ni quise hacerlo. No quería creer 
que hubiera un lado de este monstruo que pudiera ser agradable. 
—Palm Springs está en el sur de California, ¿verdad? Solía ir a Los 
Ángeles con mi madre cuando éramos niños. Íbamos a un parque 
temático y montábamos atracciones hasta que vomitábamos. A mi madre 
le encantaba. Algunos de mis recuerdos favoritos sucedieron allí —dijo 
Malice con una sonrisa. Estaba tan cerca de él que casi nos tocábamos. 
Escuchar su versión de sus padres fue nuevo para mí. Conocía del 
hombre y la mujer que Vicky extrañaba mucho, pero ¿quiénes eran para 
Malice? 
—Oh, suena maravillosa. ¿Vive en la zona? —preguntó la abuela. 
Ante su pregunta, un destello del torturado Malice atravesó su 
máscara cuidadosamente construida. Fue un momento rápido y 
vulnerable, pero lo reconocí claramente. 
 
 
113 
—Falleció hace tres años. Espero algún día llevar a mis futuros 
hijos al parque temático de allí para mantener viva su memoria. 
La abuela le dedicó una sonrisa tensa y compasiva. 
—Siento tu pérdida. 
Malice asintió con rigidez. 
—Gracias, Ruthie. 
Al final de nuestra pequeña cita de galletas, la abuela estaba 
enamorada y Malice sabía más sobre mí de lo que yo quería. Pero todo lo 
que pude hacer era sentarme, sonreír y portarme bien. Lo acompañé a la 
puerta principal mientras mi abuela continuaba empacando, y una vez 
que estuvimos en el porche a salvo fuera del alcance de su oído, dejé 
escapar un suspiro. 
—Mientras ella no esté, quiero que te quedes en mi propiedad —
dijo Malice de inmediato. La sonrisa en sus ojos se había desvanecido. La 
cortesía en su tono había desaparecido por completo. 
—¿Por qué? —pregunté. 
Inesperadamente, una sonrisa cruzó su expresión e invadió mi 
espacio personal. Sus dos manos se juntaron contra mis mejillas, el calor 
de sus palmas me hizo estremecer. Rápidamente, me atrajo hacia un beso 
agradable y me ahogué por completo en la conmoción. Sus labios eran 
suaves e insistentes. Apasionados. Nuestros cuerpos chocaron entre sí 
con una frenética ola de necesidad. Me besó como un hombre en una 
misión, su lengua invadió mi boca y me lamió como si fuera postre o 
cocaína. En un terrible giro del destino, el diablo sabía a mi postre 
favorito: galletas con trozos de chocolate. 
Se apartó con un gemido y yo… no sabía cómo sentirme con su 
toque, su atención o el aleteo en mi vientre. Mal. Se sentía muy mal. No 
podía involucrarme con un hombre que finalmente me dejaría. 
—La abuela estaba mirando. Empaca una maleta. Múdate esta 
noche —dijo, su demanda no dejó lugar para protestas mientras 
caminaba por la acera hacia su automóvil y los guardias lo esperaban. 
Maldición. 
No pude evitar preguntarme si Malice alguna vez me besaría sin 
nadie mirándome, sin ningún motivo oculto. 
 
 
 
114 
 
Como tenía que trabajar esta noche, Malice hizo los arreglos para 
que la abuela fuera al aeropuerto por la mañana. A ella le encantó su 
consideración y prácticamente me empujó por la puerta cuando le 
mencioné que ofreció que me quedé con él mientras no estaba. La abuela 
siempre me consideró una solitaria y se culpaba por ello. Pensaba que 
debería haberme presionado más para salir y ser social después de la 
desaparición de mamá, pero honestamente, no tenía ningún deseo de 
actuar como una adolescente normal y hacer amigos cuando el mundo 
se sentía tan grande. La secundaria no era más que un experimento 
social. Había probado el mundo real y no me divertían las payasadas de 
los adolescentes. 
Vicky fue mi único acto de rebeldía. Mi conexión con el mundo 
exterior. 
Permanecí fuera de la Mansión Civella durante un rato largo. Los 
guardias me observaban molestos, esperando que entre. Tenía una bolsa 
pequeña con ropa para un par de días atada a mi espalda y un ceño 
fruncido posado en mi cara. 
A pesar de que ya había planeado mi salida, no había peleado 
contra Malice por esta loca idea suya. Una parte de mí quería acercarme 
y ver cómo vivían. Quería probar la dinámica familiar y presenciarla de 
primera mano. Tenía curiosidad por lo que sucedía detrás de escena, y 
más aún, quería entender sus motivaciones para invitarme aquí. 
¿Significaba que comenzaba a confiar en mí? ¿O que no confiaba en 
absoluto? 
—¿Señorita? —llamó uno de los guardias. Aferré la correa de mi 
bolso hasta que mis nudillos se pusieron blancos—. El señor Civella la 
está esperando. 
Aclaré mi garganta, una pregunta formándose en mi mente. ¿Qué 
hermano me estaba esperando? Anthony, ¿el aliado trágico pero 
peculiar? William, ¿el hombre que había visto todas las semanas durante 
tres años pero que apenas conocía? ¿O Malice, Nicholas, el diablo con 
traje? 
Cuando no me moví para entrar a la casa, el guardia carraspeó. 
 
 
115 
—William está en la suite de invitados. Ha estado trabajando allí 
durante las últimas horas. 
Entonces era William, ¿eh? ¿Por qué estaba trabajando en la suite 
de invitados? La curiosidad despertó, finalmente reuní mi coraje y entré 
por la puerta principal. Fue un movimiento familiar. A pesar de que no 
había ni un centímetro de esta propiedad que no estuviera bajo vigilancia, 
se sintió intrusivo simplemente cruzar las puertas. Aunque, supuse que 
la familia Civella estaba acostumbrada. Todos los días de sus vidas 
transcurrían bajo la mirada atenta de sus guardias armados. 
Se sentía extraño vagar por los pasillos de su mansión. Sabía a 
dónde iba, pero casi esperaba que alguien saltase de un pasillo en 
sombras y me dijera que se suponía que no debía estar aquí. Avancé 
rápidamente hasta que estuve en la puerta del dormitorio de invitados. 
Levanté el puño para golpear, pero ésta se abrió de un tirón antes que 
pudiera hacerlo. 
—Ahí estás —dijo William con una sonrisa. Su atuendo era algo 
que nunca imaginé que lo vería usando. Llevaba jeans casuales y una 
camisa blanca. Su cabello estaba desordenado y despeinado. Intenté 
mirar a su alrededor para ver qué estaba haciendo allí, pero pasó a mi 
lado y cerró la puerta rápidamente. 
—¿Qué estás haciendo ahí? —pregunté. 
Se mordió el labio y se secó una gota de sudor en la frente. 
—Nicholas dijo que vendrías a quedarte con nosotros por unas 
semanas mientras Ruthie está fuera de la ciudad visitando a su hermana. 
Ladeé la cabeza. 
—¿Por qué te tuteas con la abuela? —pregunté, pero él me ignoró. 
—Intenté hacer que tu habitación sea lo más cómoda posible. Hice 
que trajeran un tocador nuevo para que pudieras prepararte aquí. Y si 
no te gusta la ropa de cama, podemos… 
—¿Has estado decorando mi habitación? —pregunté. No sabía 
decir si estaba sorprendida o halagada. William me estaba sorprendiendo 
constantemente. Era mucho más que la silenciosa estatua estoica de un 
hombre que me observó con ferocidad durante los últimos tres años. 
—Solo quería que estés cómoda —susurró suavemente antes de 
pasar a mi lado para abrir la puerta. 
Lo primero que noté fue un edredóna la semana, pero era muy valioso para mí. Nuestro tiempo juntas 
significaba mucho para mí. 
No dejaba entrar a mucha gente. La mayor parte del tiempo, 
éramos mi abuela y yo contra el mundo. Me acababa de graduar de la 
preparatoria hace unas semanas y no podía decir nada personal sobre 
mis compañeros. No me malinterpreten, podía forzar una sonrisa y hacer 
una pequeña charla con el mejor de ellos, pero al final del día, mantenía 
mi círculo pequeño. Así era más fácil. Mientras menos personas tenías 
en tu corazón, menos oportunidades tenías de perder. 
—¿Cómo está tu abuela? —preguntó entonces Vicky. Mi buen 
humor vaciló y su guardaespaldas inclinó la cabeza para escuchar mi 
respuesta. Siempre escuchando, mi extraño. 
—Su Parkinson está empeorando. Dejó caer una olla de agua el 
otro día y estuve tan asustada. Gracias al cielo que aún no había 
comenzado a cocinar. ¿Y si estaba hirviendo? No puedo saber si su 
medicina la enferma o es su Parkinson. Y su doctor es un pedazo de 
mierda. Es difícil conseguir una cita y luego se sienta con ella durante 
dos minutos. Apenas le hace preguntas, luego escribe una receta y nos 
envía una factura. 
 
 
13 
Vicky extendió la mano y me dio una palmada en el brazo. Tenía 
una mirada ausente en sus ojos, pero su boca estaba torcida en una 
mueca apenada. 
—No puedo imaginar lo difícil que es. 
Aclaré mi garganta. 
—Me preocupa constantemente que vaya a caerse. Tiene más días 
buenos que malos, pero me pone ansiosa. Empecé a prepararle todas las 
comidas del día por la mañana. 
—¿Has considerado ese lugar del que hablamos? Vas a tener que 
encontrar algo antes de ir a la universidad —preguntó Vicky. Me había 
traído un folleto sobre un lugar de residencia asistida para mi abuela 
hace unas semanas. Eventualmente, mi abuela necesitaría mucha más 
ayuda. El Parkinson era una enfermedad desagradable que afectaba su 
sistema nervioso. Temblaba constantemente y ya estaba luchando por 
hablar. 
El folleto fue bueno, e incluso tomé el autobús allí para mirar 
alrededor la semana pasada. Pero la verdad era que, incluso si podía 
permitirme un lugar como ese, no sentía que pudiera dejarla. La abuela 
me acogió después de que mamá… desapareciera. Me abrazó la noche en 
que mamá no apareció después de su turno en la tienda. Me arrastró al 
departamento de policía cuando no pudimos localizarla a la mañana 
siguiente. Llamó a las estaciones de noticias cuando la policía no dio 
prioridad al caso de persona desaparecida de mamá. Ella me ayudó a 
investigar. La abuela nunca se rindió con mamá. Fue mi mayor defensora 
y protectora. No quería abandonarla ahora. 
—Tienen un spa y una enfermera las veinticuatro horas. Tendría 
su propio apartamento y la comida aparentemente es increíble —agregó 
Vicky, orgullosa de sí misma por investigar. 
La casa también costaba siete mil dólares al mes. No tenía esa 
cantidad de dinero. Me negué a decirle a Vicky que ya estaba planeando 
asistir a la universidad a tiempo parcial en línea para poder quedarme en 
casa y cuidar de la abuela. Mi mejor amiga estaba tan decidida a que 
saliera e hiciera algo por mí misma. Quería la experiencia universitaria 
completa, pero no era una opción para mí. 
—Fui a verlo —respondí. 
—Y te encantó, ¿verdad? —preguntó con ojos brillantes. 
El guardaespaldas se movió en su asiento y refunfuñó algo en voz 
baja. 
—Estoy muy agradecida de que te hayas tomado el tiempo de 
investigar eso —evadí. A Vicky le gustaba ayudar, solo que a veces vivía 
 
 
14 
en su propio mundo de sueños de oportunidades. Éramos de lados 
opuestos de la ciudad. El dinero no era realmente un problema para ella. 
—¡Te amo, chica! Para eso estoy aquí. 
—Entonces… ¿Diamond? ¿Ese era su nombre? —pregunté, 
cambiando de tema. Vicky devoraba novios como yo devoraba historias 
de crímenes reales. Asistía a una escuela privada en el centro y siempre 
contaba historias sobre fiestas en mansiones vacías con adolescentes 
estúpidos follando por todas partes. Era algo que deseaba poder hacer. 
Me gradué de la preparatoria junto a mi casa, donde teníamos detectores 
de metales en todas las puertas y amenazas de bomba los viernes. 
—Él tenía demasiados deseos de pasar el rato —respondió con un 
gesto de la mano y un bufido—. Nos estábamos divirtiendo, pero luego 
quiso… más. 
Ese parecía ser un tema común con Vicky. Nunca permitía que la 
gente se acercara demasiado. Nunca los dejaba entrar en el redil. Aunque 
éramos mejores amigas en todos los aspectos que importaban, todavía 
había muchas cosas que no sabía sobre su vida personal. Parte de eso se 
debía a que creció en la mafia. Por mi seguridad, no hablaba de su familia 
ni de dónde vivía. No quería que nada se volviera contra mí. No 
enviábamos mensajes de texto ni nos llamábamos a menudo. Solo 
teníamos estos breves momentos de amor superficial. Supongo que, a 
diferencia de los chicos con los que ella salía, yo estaba de acuerdo con 
las migajas. Era mejor que no tener nada. 
Era mejor que estar completamente sola. 
—Entonces, ¿quién es tu próxima víctima? —pregunté. 
Su guardaespaldas refunfuñó una vez más y tocó el Rolex en su 
muñeca. 
—Es hora, Vicky. —Moví rápidamente mi atención hacia él con los 
ojos muy abiertos. Fue la primera vez que lo escuché hablar. 
Y oh, hombre, su voz era profunda pero suave. Era el tipo de voz 
que derrite las bragas de una mujer. 
—¿Puedes hablar? —pregunté con incredulidad. Se quitó las gafas 
de sol y me miró fijamente por un momento, sus ojos marrones mirando 
intensamente los míos. Tragué. Tener toda su atención en mí hizo que mi 
estómago diese un vuelco. 
Vicky se aclaró la garganta y miró hacia la mesa. Aparté mis ojos 
de su guardaespaldas sin nombre y la miré con preocupación. 
—No vamos a estar quedando por un tiempo, Juliet. 
Bueno, eso fue una sorpresa. 
 
 
15 
—Ah, ¿sí? ¿Vas a tomarte un descanso de las citas de pollas? 
Frunció el ceño. 
—Voy a tomarme un descanso de muchas cosas. Yo… tengo que 
hacer algo por mi familia. De hecho, quería hablar contigo hoy… 
No quiso mirarme a los ojos, pero sentí que estaba a punto de dejar 
caer algo grande. 
—¿Qué sucede? ¿Estás bien? 
—Ya no puedo reunirme los jueves, Juliet —susurró. 
Di un respingo. Seguramente había malinterpretado lo que dijo. 
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué? No puedes pasar una semana sin verme 
la cara. Deja de tontear. —Le di un codazo con ironía. 
Sacudió su cabeza. 
—No bromeo. No puedo decirte lo que sucede. Es solo que… no es 
seguro en este momento. 
Su guardaespaldas colocó algo de dinero en el mostrador por su 
comida, una señal de que estaban a punto de irse. 
—¿Estás en peligro? Espera. ¿Cuándo te volveré a ver? 
Vicky salió del reservado y se secó los ojos. 
—Prometo enviarte un mensaje de texto cuando sea seguro. No 
quería molestarte, pero quería decírtelo en persona. 
—No me has dicho nada, Vick —le respondí con el ceño fruncido—
. Vamos. Soy yo. ¿Estás terminando nuestra amistad? —El pánico se 
apoderó de mi cuerpo. ¿Me abandonaba? ¿En serio haría eso? 
Tomó su bolso y me miró con ojos empañados. 
—Te enviaré un mensaje de texto cuando sea seguro de nuevo. —
¿Qué demonios? 
Vicky y su guardaespaldas empezaron a salir por la puerta y los 
seguí. Comencé a llorar mientras la llamaba. 
—¿Me vas a dar un abrazo de despedida? Somos mejores amigas, 
Vicky. He seguido tus reglas. Nunca te presioné. Guardé tus secretos. 
Hizo una pausa y se giró sobre sus talones, lágrimas calientes 
corrían por sus mejillas. Me quedé estupefacta mientras se acercaba a 
mí sin decir una palabra. 
—Te amo —susurró antes de envolverme en un gran abrazo. La 
apreté con fuerza, mil millones de preguntas ardían en mi lengua. 
 
 
16 
—Solo dime qué sucede, Vicky —susurré. 
Me apretó más fuerte antes de alejarse. 
—Gracias por hacerme sentir normal, Juliet. 
Miré a su guardaespaldas, un hombre al que había visto 
semanalmente durante los últimos tres años pero que apenas conocía. 
Tenía una expresión triste en su rostro que noverde oscuro en la cama lujosa. 
—Tu color favorito es el verde, ¿verdad? Voy a pedirle a uno de los 
chicos que entreguen un relleno insonorizado para esta pared para 
 
 
116 
cuando grabes tus podcasts. Noté que te perdiste un episodio la semana 
pasada… 
—¿Escuchas mi podcast? —pregunté. 
—Fui tu segundo suscriptor —respondió con orgullo—. Me 
decepcionó cuando no subiste uno nuevo la semana pasada. 
—No tuve tiempo. Ha habido muchos cambios últimamente —
respondí distraídamente. Si era honesta, había estado fingiendo que mi 
podcast no existía. No estaba segura de poder hablar de asesinos y 
criminales, sabiendo que también estaba sumida en el mundo oscuro de 
la matanza. 
—¿Te gusta? —preguntó William. Rodeé la habitación. Todas mis 
lociones florales favoritas estaban en el tocador. Había una pintura 
abstracta en blanco y negro de Jack el Destripador en la pared, y un 
perchero de ropa en la esquina estaba lleno de atuendos nuevos para el 
trabajo, todos elegidos por William. 
Cada detalle se sentía adaptado a mi personalidad. Sobre la mesita 
de noche había un block en blanco. Una vez le dije a Vicky que dormía 
con una libreta de papel y un bolígrafo junto a mi cama para poder 
escribir mis sueños. 
También había un par de zapatillas mullidas junto a la puerta. Me 
gustaban las texturas suaves y la comodidad. Odiaba llevar zapatos en 
casa, pero tampoco me gustaban los pies fríos. Una canasta tejida en el 
suelo estaba llena de mantas dobladas de diversa suavidad. Vicky 
siempre bromeaba diciendo que era una adicta al consuelo y los abrazos. 
Me encantaba envolverme en una manta suave y ver misterios de 
asesinatos todas las noches. 
Era un diseño sencillo, pero fueron todos los detalles pequeños los 
que me hicieron verme a través de los ojos de William. 
—En serio has estado prestando atención todos estos años —
susurré mientras pasaba mi mano sobre un escritorio con una 
computadora portátil nueva puesta con orgullo encima. Eso ciertamente 
no era mío… 
—Por supuesto que presté atención —respondió William. 
—¿Por qué el silencio? Todas esas visitas, todos esos años. Me 
senté frente a ti todas las semanas, y nunca me dijiste ni una palabra. Y 
sin embargo, conoces mi color favorito. Conoces mis pasatiempos. Mis 
miedos. Mis preferencias. —Miré la luz de noche enchufada a la pared. 
Una vez le dije a Vicky que le tenía miedo a la oscuridad—. También 
podríamos haber sido amigos, ¿sabes? —dije. Estaba sorprendentemente 
frustrada por todo el tiempo que nos perdimos. 
 
 
117 
Miró sus zapatos de diseñador antes de responderme. 
—Te lo dije. Vicky y yo teníamos un trato… 
—¿Por qué? —pregunté. 
Miró al suelo. 
—Le hice prometer que haría todo lo que estuviera en su poder para 
mantenerte a salvo. Ella accedió a mis condiciones mientras me 
mantuviera callado. Quería una cosa para sí. Y en realidad, ni siquiera 
puedo culparla. 
Negué con incredulidad. 
—Entonces, esperaste. Todo este tiempo… ¿Las reglas fueron idea 
tuya? 
William se humedeció los labios. 
—Nunca quise esta vida para ti. 
—Supongo que es demasiado tarde —susurré. 
—Nos conformamos con lo que nos dan. Debería estar mal, pero no 
me arrepiento. 
Miré hacia William y traté de pensar en lo que estaría haciendo 
ahora mismo si hubiera dejado que Vicky salga de mi vida. 
Probablemente estaría intentando averiguar lo que le pasó. Aún estaría 
trabajando en Dick's. Me las estaría arreglando, y la abuela no tomaría 
los nuevos fármacos experimentales. Ahora ella estaba prosperando. 
Tenía auto. Un apoyo financiero. 
Y yo tenía a William. Tenía este lado completamente nuevo de él 
que nunca habría tenido antes si me hubiera guardado para mí esa 
noche. 
—¿Por qué no te arrepientes? —pregunté. 
Él sonrió y dio un paso más hacia mí. Otro paso. Y Otro más. 
—Porque no te habrías abierto si hubieras pensado que estaba 
prestando atención. 
Era algo romántico de decir. No podía pensar en ningún hombre 
que solo quisiera escuchar todos los matices de mi vida, pero William lo 
hacía. Observaba y aprendía. 
—Me siento en desventaja —admití. 
—¿Por qué? 
—Sabes todo de mí, y no sé nada de ti. 
 
 
118 
Mis palabras tuvieron un efecto oscuro en él, porque el rostro de 
William se retorció en una expresión que no pude ubicar. 
—Probablemente sea mejor así —admitió antes de tomar mi mejilla. 
—¿Por qué? 
—Cuanto más sepas, menos te agradaré —dijo antes de inclinarse 
aún más cerca. Sus palabras probablemente estaban destinadas a 
alejarme, pero en cambio, me hicieron sentir lástima por él. ¿A cuántas 
personas rechazó porque no se creía digno de ser aceptado? 
—Ponme a prueba —susurré. 
Sus ojos se oscurecieron. Deslizó su mano más abajo hasta que 
estuvo envuelta alrededor de mi garganta. 
—Soy un asesino —gruñó. 
Arqueé mi espalda. 
—Yo también. 
—Solo me preocupo por mí —agregó. 
—Esta hermosa habitación considerada dice lo contrario. 
Presionó su muslo entre mis piernas, y gemí cuando presionó 
contra mi núcleo. 
—Me gusta lastimar a la gente —dijo a medida que apretaba mi 
cuello. 
Solté mi respuesta ásperamente, tentándolo. 
—Me gusta el dolor. —Mi corazón palpitaba con la honestidad de 
eso. Se sintió como una proclamación condenatoria. El comienzo de una 
consciencia mayor. 
Sus labios chocaron con los míos. Fue como un accidente 
automovilístico. No dejamos nada más que daños a nuestro paso. Movió 
su mano y luego aferró mi pesado pecho. Mi cuerpo disfrutó de cada 
movimiento, apretón, pellizco, mordida y lamida. Me saboreó. Me 
consumió. 
Envolví mis brazos alrededor de su cuello y me presioné lo más 
cerca posible de él, mi cuerpo como una ola áspera, arqueándose y 
chocando para sentirlo todo, para liberar parte del placer aumentando 
como la marea en mis venas. Presionó su muslo con más fuerza contra 
mi núcleo, y lo monté mientras nos besábamos, empapando mis bragas 
descaradamente. 
 
 
119 
Me sobresaltó un golpe en la puerta, pero William envolvió sus 
brazos alrededor de mi espalda rápidamente y me mantuvo en mi lugar 
a medida que se abría la puerta del dormitorio. 
—¿Juliet está aquí? Fui a la vieja tienda de videos en K Avenue y 
encontré el santo grial de los documentales sobre crímenes reales —sonó 
la voz de Anthony. William hundió sus dientes en mi labio inferior una 
vez más antes de alejarse—. ¡Estás aquí! —agregó Anthony emocionado—
. Espero que estés lista para un maratón de películas. Ya le dije a 
Nicholas que no vamos a trabajar esta noche. 
William dio un paso atrás, con los ojos totalmente abiertos al ver a 
su hermano. Anthony, quien estaba llevando su gorro característico y un 
Henley gris con sudaderas negras, se acercó a mí con los brazos llenos 
de una caja de cartón. Se acercó y se inclinó rápidamente para besarme 
en la mejilla. Fue un toque ligero como una pluma y muy breve, pero 
envió una oleada por mi espalda. Fue cariñoso, pero no se sintió 
amigable. ¿No me vio besándome con su hermano hace un momento? 
Parecía que William también estaba sorprendido por el 
comportamiento de su hermano. Sabía que Anthony luchaba con la 
intimidad física. ¿Solo era un beso en la mejilla, o significaba algo más? 
Si tuviera que adivinar, elegiría lo último en función de la boca de William 
colgando abierta. 
Aclaré mi garganta. 
—No estoy segura de poder simplemente llamar al trabajo… 
—Por supuesto que puedes. Nicholas no puede y no me dirá que 
no. 
La respuesta de Anthony fue rápida y genuina. Albergaba mucho 
sobre Malice. 
—Ah, ¿sí? —pregunté. 
Anthony se encogió de hombros en respuesta. 
Mordí el interior de mi mejilla. La culpa de Malice por Anthony era 
profunda. Era una dinámica que aún estaba descifrando. Ver a Anthony 
en el escenario de Eden's Place había revelado mucho sobre el trauma 
que tuvo que superar. 
—De acuerdo. Bueno, entonces los dejaré… —dijo William, pero no 
hizo ningún movimiento para irse. 
Anthony dejó la caja y se inclinó sobre ella para examinar los DVD 
amontonados en su interior. 
—Algunos de estosson antiguos. Deberíamos convertirlo en un 
juego de beber. Cada vez que un hombre con un bigote de los setenta 
 
 
120 
apuñala a alguien, tomamos un trago. —Me reí. El sentido del humor de 
Anthony definitivamente vibraba con el mío, y su actitud despreocupada 
me ayudaba a procesar el beso intenso que William y yo acabábamos de 
compartir—. Pero podríamos morir intoxicados por el alcohol, así que tal 
vez no sea una buena idea—añadió a medida que enderezaba la columna 
y se giraba para mirarme. 
—Probablemente —coincidí—. Pero eso no es ni remotamente 
divertido. 
Él sonrió. 
—Humor negro. Me encanta. —Anthony luego se volvió hacia su 
hermano—. ¿Por qué sigues aquí? Odias los programas de crímenes. 
William se aclaró la garganta una vez más. 
—Eso es porque la mayoría de los asesinos son descuidados y dejan 
rastro. Es frustrante verlo. Si simplemente contrataran a un equipo de 
limpieza decente y se deshicieran de sus armas, tendrían mucho más 
éxito. 
—Personalmente, me encanta lo descuidados que son —respondió 
Anthony, con el brazo levantado con exasperación—. No todo el mundo 
tiene un Anthony Civella en su nómina. Soy el mejor hombre de limpieza 
que el dinero puede comprar. 
—No diría eso —interrumpí. Anthony me arqueó una ceja espesa. 
—Ah, ¿no? 
—Quiero decir, estaba dispuesta a hervir el cuerpo de un hombre 
con lejía. Todo lo que tienes que hacer es llevar el auto fúnebre a una 
funeraria. Elimina el misterio y la diversión. 
Anthony echó la cabeza hacia atrás y se rio. 
—En primer lugar, el hecho que puedas bromear sobre tu asesinato 
me dice que lo estás afrontando maravillosamente. —Me sonrojé ante sus 
palabras. No estaba segura si en realidad estaba sobrellevando la 
situación o si estaba tan ocupada y desapegada de mis propias emociones 
que me parecía natural bromear sobre la distancia entre mi conciencia y 
mi trauma—. En segundo lugar, siento que me han desafiado y ahora 
tengo que demostrar que soy digno. Ve a matar a alguien, William. Haré 
la limpieza por ti. 
Sentí que el miedo brotó de mi pecho. 
—Oh, no tienes que hacer eso… 
 
 
121 
—¿Tienes alguna preferencia? —preguntó William, aburrido. ¿Lo 
estaba complaciendo o hablaba en serio? Las palabras de Anthony 
llenaron mi mente. 
Nicholas no puede y no me dirá que no… 
¿Eso iba para todos los hermanos Civella? ¿Sus culpas por lo que 
le sucedió corría tan profundo? 
—Alguien difícil de esconder. Mucha masa muscular. Alto. Algún 
hijo de puta voluminoso. 
William, sacó literalmente su maldito teléfono y comenzó a tomar 
notas. Empecé a respirar con dificultad. 
—Por favor, no mates a alguien solo para probarme algo. Era una 
broma. 
William puso los ojos en blanco. 
—Puede ser, como, un violador o algo así. Elige una amenaza para 
la sociedad, Batman, así Juliet no lo tendrá en la consciencia. 
—Entonces, un gran hombre musculoso y malvado. Debería ser 
bastante fácil de encontrar. ¿Mañana está bien? Esta noche tengo que 
adelantar la contabilidad en Eden's Place. 
—Perfecto. —Anthony se frotó las manos, y yo negué con la cabeza. 
—Está bien, ahora me voy de verdad. Por favor, compórtate —dijo 
William con una sonrisa pequeña. Era agradable verlo sonreír, incluso si 
estaba conspirando para matar a alguien mañana por capricho. 
Anthony extendió la mano y entrelazó sus dedos con los míos. Miré 
nuestras manos unidas antes de mirar a William. Nos estaba observando 
boquiabierto. De acuerdo, Anthony en realidad no estaba acostumbrado 
a tocar a la gente. Esto era grande. 
William finalmente recogió la mandíbula del suelo y salió de la 
habitación de invitados, y Anthony me arrastró hasta la cama y me sentó 
en el colchón junto a él. 
—La semana pasada no hiciste un podcast —dijo—. Tenía muchas 
ganas de escuchar tu comentario sobre el Asesino del Zodíaco. 
Dejé escapar un suspiro profundo y puse mis manos detrás de mi 
cabeza. 
—Honestamente, no me sentí con ganas. El podcast adquiere una 
vibra completamente nueva cuando también eres un asesino —susurré. 
Anthony se acostó a mi lado. Ambos miramos al techo por un 
momento antes de que él hablara. 
 
 
122 
—Y aquí estaba pensando que habías seguido adelante. ¿Quieres 
hablar de eso? 
—En realidad no —respondí. Evitarlo era más divertido. 
Se volvió de costado y apoyó la cabeza en su brazo para mirarme. 
—¿Por qué empezaste el podcast? ¿Qué te hizo querer hacerlo? 
Tragué pesado. 
—Es algo personal —respondí con voz ronca. 
—Bueno, considerando que William te contó todo sobre mis 
problemas con los toques y mis aventuras sexuales gloriosas, creo que es 
justo que también compartas un poco de tu daño conmigo. 
Me mordí el labio. Esperaba que Anthony y yo pudiéramos ignorar 
lo que había visto. No sabía cómo hablar de eso con él. Pero tenía razón. 
Parecía el tipo de persona que no me ahogaría con lástima ni me haría 
un montón de preguntas estúpidas. 
—Mi madre desapareció durante su caminata a casa hace seis años 
—respondí—. Trabajaba en una tienda de comestibles. Turno de noche. 
Empaquetadora. Estaba a solo un par de cuadras de distancia. Salía a 
las dos de la mañana, luego caminaba las dos cuadras a casa. Pero una 
noche, nunca llegó. 
Anthony escuchó pacientemente mientras le contaba mi historia. 
Como de costumbre, se me cerró la garganta y sentí que me emocionaba. 
Nunca era fácil. 
—La policía apareció. Solo había una cámara de tráfico 
funcionando en ese momento. La mostraba dirigiéndose por la calle 
Gardenia. Pero nunca llegó a la otra calle. Simplemente… desapareció. 
Prácticamente de la nada. 
—¿La policía tuvo alguna pista? —preguntó Anthony. 
—Nada. A nadie le importaba una madre pobre del lado malo de la 
ciudad. Le preguntaron a la abuela si era propensa a huir. En la 
secundaria se metió en problemas por la marihuana, y estaba en su 
historial, así que también la etiquetaron como drogadicta. 
—Hombre, malditos policías. 
—Nadie la buscó —continué—. Pero yo lo hice. Revisé todas las 
matrículas en las imágenes que enviaron. Había un Nissan sin marcas 
con matrículas temporales. Mamá era hermosa. Preciosa. Sé que se la 
llevaron. Sé que no me abandonó voluntariamente. Quiero decir, la 
mierda estaba difícil. Estaba frustrada con su vida, pero no me habría 
dejado. —Las lágrimas estaban corriendo ahora por mi rostro. Podía 
 
 
123 
matar a un hombre a sangre fría, pero hablar de mi madre era como 
arrancar una costra que no se curaría. Dejé que se pudriera sobre mi 
alma y se llenara de pus. Era un dolor ensangrentado, enfermo, febril 
que se quedó conmigo siempre. 
—Debe ser difícil no saber por qué o cómo —susurró Anthony. 
—Todos pensaron que se fue a propósito. Pero sé la verdad. Mamá 
me amaba, ¿sabes? No se habría ido simplemente. —Me limpié los ojos 
con las mangas—. Algunos de sus compañeros de trabajo dijeron que 
tenía una mochila grande con ella en el trabajo. 
—¿Eso era normal para ella? 
Sollocé. 
—No. Pero no me dejó. Fue víctima de un crimen. Descubriré lo que 
pasó. Y hasta ese día, analizo escenas de crimen. Aprendo. Observo. Me 
distancio un poco. Dejo que el misterio consuma mi vida. Es tanto una 
distracción como un recordatorio de lo que he perdido. —Dejé de hablar 
por un momento y pensé en todas las cosas que me había perdido porque 
tenía demasiado miedo para rendirme, demasiado miedo para perder su 
recuerdo—. Es por eso por lo que Vicky y yo nos llevamos tan bien. Ella 
me creyó. Lo discutió conmigo y me dio una idea de la escena del crimen. 
Nunca me juzgó. Nunca me hizo sentir estúpida por aferrarme a la 
verdad. El mundo quería que siguiera adelante, pero Vicky me aceptó 
como soy. 
Anthony extendió la mano y secó una lágrima perdida en mi mejilla 
antes de hablar. 
—Es buena en eso —coincidió. Sabía que Vick y Anthony eran muy 
cercanos. En cierto modo, Anthony y yo estábamos unidos por ella. 
Ambos fuimos salvados por su amabilidad. Ella ayudó a Anthony a 
navegar luego de ser capturado y torturado. Ella me ayudó a procesar la 
desaparición de mi madre.También fue la persona que sugirió que 
comience un podcast. No podía descansar a menos que estuviera 
haciendo algo. Necesitaba sentir que estaba trabajando hacia una 
solución, aunque a veces sentía que nunca habría una. 
Anthony se acercó para tomar mi mano. Una vez más, el toque me 
hizo detenerme. ¿Por qué se sentía cómodo tocándome? Como si 
respondiera a mi pregunta tácita, entonces habló. 
—Esto me gusta. No lo cuestiones por ahora, ¿de acuerdo? 
Asentí. 
Y pasamos el resto del día viendo documentales sobre crímenes y 
tomados de la mano. 
 
 
124 
 
 
 
125 
 
Eden's Place estaba lleno de gente el sábado por la noche. Al 
momento en que comencé mi turno, una fila de clientes en la puerta me 
estaban haciendo demandas. Decidí usar algo un poco más modesto 
porque había hecho el descubrimiento desafortunado que en el puesto de 
anfitriona había un respiradero que soplaba aire helado constantemente. 
A pesar del calor del verano afuera, mi puesto estaba helado como el 
invierno. Llevaba pantalones cortos, botas hasta la rodilla y un corsé. 
William me sorprendió con un suéter de encaje que se veía sexy y cómodo. 
No era exactamente el uniforme aprobado, pero no era una intérprete, y 
me negaba a sentirme miserable durante todo mi turno. También boté 
cada par de tacones que William me consiguió. Llevaría zapatos planos o 
nada, así que Dios me ayude. 
—Por favor, pase su tarjeta —le dije cortésmente a la mujer que 
esperaba en la recepción. Había estado trabajando durante una semana 
entera en Eden's Place y estaba empezando a acostumbrarme. La mujer 
vestía un largo vestido de noche azul marino que brillaba bajo las luces 
tenues. Era una habitual bien pagada con un fetiche de los pies y fruncía 
el ceño ante mis zapatos cada vez que me veía. Es duro, Meredith. Intenta 
estar de pie todo el día. A Meredith también le gustaba deambular y 
probar el talento. No podía culparla, algunos de los intérpretes eran 
demasiado embriagadores para resistirse. 
—Ya sé a dónde voy —dijo con una sonrisa vertiginosa—. Anthony 
debería actuar esta noche. —Se echó el cabello hacia atrás y agitó las 
cejas. 
—De hecho, Anthony canceló su show de esta noche. Creo que otro 
intérprete debería estar ocupando su lugar. —No debería haberme 
emocionado corregirla, pero lo estaba. No estaba exactamente celosa de 
Anthony estando en el escenario. Simplemente me dolía pensar que la 
gente se excitaba con sus mecanismos de afrontamiento. Es como si 
estuviera cortando un pedazo de su trauma y dándoselo a otros para que 
se deleiten. Si se sentía empoderado por eso, entonces lo apoyaba, pero 
había llegado a conocerlo y a preocuparme por él, en mi poco tiempo aquí. 
—Oh. —La mujer frunció el ceño—. Entonces, supongo que iré a 
mi habitual. —Sonreí a medida que se alejaba, y puse los ojos en blanco 
cuando se perdió de vista. 
 
 
126 
—Es tan molesta. Al menos esta vez no hizo ningún comentario 
sobre tus zapatos planos —dijo Kelsey. Estaba actualizando la base de 
datos a mi lado, agregando miembros nuevos, editando los perfiles de los 
existentes. Una de las cosas interesantes de Eden's Place era que a las 
personas se les daba constantemente la oportunidad de descubrir 
aspectos nuevos de su sexualidad. Nuestro trabajo era mantener sus 
perfiles actualizados de modo que pudiéramos ofrecerles todas las 
oportunidades para explorar—. Hablando de eso, hoy no estás 
exactamente uniformada. 
Le di una mirada de disculpa. 
—Aquí hace tanto frío. Tienen la ventilación al máximo. Necesito 
una chaqueta y una manta térmica. ¿Por qué siempre está tan frío? Me 
alegra que William me haya dado esta chaqueta para mantenerme 
caliente. —Me estremecí para enfatizar mi punto. 
—En realidad, no siempre fue así. Alguien empezó a jugar con el 
termostato casi al mismo tiempo que tú empezaste a trabajar. Tal vez 
alguien con autoridad quiera que cubras algo —bromeó. 
—Tal vez —reflexioné. 
—Oye, tengo que ir a hablar con William. ¿Estás bien aquí? 
—¡Estoy bien! Ve. 
Me froté los brazos, y se acercó otro cliente. Era bajo y musculoso. 
Su cabeza calva resplandecía bajo la luz tenue, y su traje arrugado 
apenas cumplía con el código de vestimenta. 
—Bienvenido —dije cortésmente antes de pasar su tarjeta. Una 
alerta apareció al momento en que lo hice—. ¿Señor Graves? Aquí dice 
que tiene dos meses de atraso en sus cuotas de membresía. Le pido 
disculpas, pero no podemos dejarlo entrar hasta que liquide su cuenta. 
Me aconsejaron cómo manejar una situación como esta en mi 
primer día, pero era la primera vez que me encontraba con el problema. 
Por supuesto, Hale, mi guardaespaldas designado, no estaba por ningún 
lado. Por lo general, aparecía conmigo, pero desaparecía una vez que 
llegaba al trabajo. No me quejaba, porque quería estar lo más lejos posible 
de él, pero ahora que estaba sola con un miembro del club al que tendría 
que rechazar, me sentí nerviosa. 
—Eso es una mierda. Le dije a Nicholas que pagaría el mes que 
viene —gruñó. 
Seguí buscando en su perfil. Había una nota adjunta a su cuenta. 
—Aquí dice que no se le permite entrar en ninguna circunstancia. 
Voy a tener que pedirle que se vaya. 
 
 
127 
Mi voz vaciló cuando hablé. Su rostro se volvió de un rojo enojado, 
y rápidamente miré a mi alrededor para ver si había alguien cerca que 
pudiera ayudarme. 
—Jódete. ¡Quiero hablar con un maldito gerente! —gritó—. ¡No le 
debo una mierda a la familia Civella, ellos me deben a mí! 
Enderecé mi columna. 
—Señor, voy a tener que pedirle que se calme y se vaya. Si tiene 
alguna pregunta sobre nuestra decisión, puede programar una cita con 
William. 
—Quiero hablar ahora mismo con el maldito jefe —argumentó 
antes de rodear el escritorio y caminar hacia mí. Mi respiración se detuvo 
en mi garganta. 
—Señor, será mejor que retroceda… 
—¡Mira puta, mejor cállate de una jodida vez! —chilló. Vi a algunas 
personas alejándose discretamente. No podía creerlo, pero en realidad 
esperaba que apareciera Hale. 
El hombre se estiró y empujó mi pecho. 
—Engreída calientapollas. ¿Vas a echarme a patadas? —se burló—
. Tal vez no necesito un show. Tal vez solo necesito mostrarte quién es el 
puto jefe. 
Se humedeció sus labios amenazadoramente, y estaba a punto de 
huir cuando dos hombres corpulentos lo agarraron por los brazos y lo 
arrastraron lejos de mí. 
Malice se detuvo estoicamente al otro lado del escritorio, sus brazos 
musculosos a los lados y su expresión plana. 
—Nick, solo estaba jodiendo. Quítame a estos tipos de encima —
dijo el señor Graves. 
Malice hizo crujir sus nudillos uno por uno. Nadie habló, y sentí 
que él era ahora el intérprete. Todos los ojos estaban puestos en nosotros, 
y se emocionaron al ver a su líder intrépido deleitándose en su brutalidad. 
—Graves, ya no puedes llamarme Nick. Mis enemigos me llaman 
Malice, ¿o lo has olvidado? 
Me había acostumbrado tanto a llamar a Nicholas Civella por su 
apodo amenazante que nunca analicé lo que eso significaba. 
Aparentemente, esto era un gran asunto, porque el señor Graves 
palideció de inmediato. 
—Hemos sido socios durante años —tartamudeó. 
 
 
128 
—Dejaste de pagar tus deudas. Hostigaste a mi empleada. Te 
volviste arrogante, Graves —respondió Malice. Su labio se curvó en la 
palabra empleada. 
—Pagaré. ¡Lo prometo! 
—Sigues diciendo eso. Escuché que te gusta presumir de tu 
membresía aquí, Graves. Has estado muy charlatán. Sabes lo que le pasa 
a la gente que no puede mantener la puta boca cerrada. —Malice sacó 
un arma y, como si fuera una señal, todos los que estaban mirando 
desaparecieron. Era como si supieran exactamente lo que vendría y lo 
que se esperaba que hagan. Incluso el camarero del vestíbulo 
desapareció. 
—Juliet, cierra los ojos. Tengo una regla bien conocida en mi 
establecimiento —dijo Malice. No parpadeé. Estaba congelada de miedo 
y… curiosidad. 
El señor Graves comenzó a sollozar incontrolablemente, y tembló 
en el agarre del guardia. 
Malice apuntó su arma a Graves, peromantuvo sus ojos fijos en 
mí. 
—Estás tan a salvo como lo que puedas testificar en el tribunal, 
Juliet. Si no ves nada, no arriesgas nada. —Nos miramos el uno al otro 
por algunos latidos más frenéticos de mi corazón. Inhalé. Exhalé. Sentí 
cada segundo como un acto de desafío. 
Malice apretó el gatillo. Me estremecí. La sangre salpicó los suelos 
de mármol. Graves resopló y jadeó antes de caer al suelo. Lo vi todo. Lo 
asimilé. 
—Deberías haber cerrado los ojos, Juliet —dijo Malice antes de 
sacar un pañuelo de su bolsillo y envolver su arma en él. 
Me aclaré la garganta y miré al hombre que me estaba amenazando 
hace unos minutos. 
—Supongo que tendrás que aprender a confiar en mí, Malice —
susurré, asegurándome de enfatizar el nombre que ahora sabía que tenía 
mucho más peso que un simple juego entre nosotros. Era un juego de 
palabras, una etiqueta para sus enemigos. Su familia y amigos cercanos 
lo conocían como Nick. Yo lo conocía como Malice porque era el enemigo. 
Malice inhaló y pasó por encima del cuerpo de Graves para llegar 
hasta mí. Sus ojos se deslizaron de arriba abajo por mi cuerpo. Hubo algo 
en su lectura que me hizo querer lucir y ser fuerte. 
—Vuelve al trabajo —gruñó en voz baja antes de mirar mi muslo. 
No me atreví a seguir su mirada. 
 
 
129 
Malice se agachó entonces, poniéndose al nivel de mi núcleo. El 
calor inundó mi cuerpo a medida que lo miraba. Había tanto poder debajo 
de mí. Me gustó cómo se veía allí, sus labios al nivel de mi coño. 
Extendió su pulgar y limpió una gota de sangre que había salpicado 
en mi muslo. La gota carmesí manchando mi piel cremosa, y su huella 
digital estaba estampada en mi cuerpo con la tinta sangrienta. 
—La confianza se gana —dijo mientras se ponía de pie. 
—Estoy de acuerdo —respondí. 
—Que alguien encuentre a Hale. Quiero que me explique por qué 
no estaba en su estación —dijo Malice por encima del hombro. Ni siquiera 
había notado que los guardias se llevaban el cuerpo de Graves y que el 
equipo de limpieza ya estaba puliendo el piso. 
Sonreí. 
—Hale probablemente está intentando reunirse con Cora —
respondí. 
El ceño de Malice se profundizó. 
—¿Estás compartiendo evidencia o haciendo una suposición 
basada en tu propio prejuicio? 
—No confío en él, Malice. Nunca está aquí. ¿Conoces siquiera a 
Hale? ¿Sabes a dónde va durante su turno aquí o qué está haciendo 
cuando no estás cerca? Esta no es la primera vez que ha desaparecido 
convenientemente de su puesto. No es que me queje. Quiero a ese hombre 
lo más lejos posible de mí. —Sacudí mis nervios y seguí hablando—. Algo 
no está bien con él. Sigues esperando que te cuente sobre una rata, pero 
creo que hay una justo debajo de tus narices. 
—A menos que tengas alguna evidencia apropiada, entonces… 
—Malice, él sabía que ese día iba en el autobús. 
Él miró a su alrededor. 
—Podemos discutir esto más tarde. Sé que estás conmocionada por 
lo que pasó aquí, pero no arrojemos culpas sin pruebas, ¿de acuerdo? 
Hale es un empleado leal. 
Puse los ojos en blanco. ¿Por qué nadie ve lo que yo veía? 
—Bien. 
Malice apretó los labios en una línea delgada. 
—Creo que me debes algo —dijo. 
 
 
130 
Me crucé de brazos. La fila de personas queriendo acceder al club 
estaba creciendo de nuevo, pero Malice me tenía clavada en el suelo. 
—¿Te debo algo? 
—Hoy te protegí. Me aseguré de que estuvieras a salvo. 
Por supuesto que querría una palmadita en la espalda por 
salvarme. 
—Podría haberlo manejado —espeté—. Incluso sin mi turbio 
guardaespaldas, habría estado bien. 
—Claro. Entonces, ¿nada de gracias? —preguntó. 
—No creo que tu ego necesite la caricia —respondí, mi voz con un 
ronquido sensual. Malice soltó una bocanada de aire y se arregló la 
corbata. 
—¿Ahora estás matando gente en el vestíbulo, Nick? —preguntó 
William. Ni siquiera lo había escuchado acercarse. Con un movimiento 
rápido, mi extraño silencioso envolvió sus brazos alrededor de mí y me 
miró a los ojos—. ¿Estás bien? —William acarició mi mejilla tiernamente. 
No estaba realmente segura de cómo me sentía. Mi caja secreta 
escondida de mierdas que estaba evitando se estaba llenando hasta el 
borde. 
—Sí. Estoy bien. Supongo que después de todo no necesitas 
encontrar un cuerpo para Anthony. 
William se rio entre dientes. 
—Y yo que estaba ansioso por hacer justicia hoy. 
—¿No tienes un maldito trabajo que hacer? —gruñó Malice, su ira 
reverberando a través de la habitación. William mantuvo sus brazos 
alrededor de mí. Se sintió como un desafío. 
—¿Y tú? —respondió William. 
Malice sonrió a un espectador cerrando la distancia entre nosotros 
tres. 
—Hermano, hacer mi trabajo nunca ha sido el problema. La última 
vez que lo comprobé, eras tú quien quería salirse. Ponte a trabajar de una 
puta vez y deja de poner mi paciencia a prueba, o Anthony tendrá esta 
noche dos cuerpos para derretir. 
 
 
 
131 
 
—Cierra los ojos —susurró Malice, su rostro ensombrecido en la 
oscuridad—. Si ves mi maldad, tendré que matarte. 
Me reí y reí. 
—Qué manera de morir —respondí. 
Tanta sangre. Una masacre. Pisé un puente hecho de calaveras 
para llegar hasta él. Un paso. Dos. Los huesos que crujieron tocaron un 
himno de muerte a medida que caminaba. 
—¡No te vayas! —suplicó William. No podía verlo. Mi extraño 
silencioso observaba. Siempre observaba. 
—Cierra los ojos, Juliet. 
—Cierra los ojos… 
 
p 
 
Desperté con un grito ahogado. El sudor goteó por mi cara a 
medida que intentaba calmar mi respiración. Estaba oscuro en mi 
habitación. Todo el escenario sintiéndose como una continuación 
espeluznante de la pesadilla que acababa de tener. El viento fuera de mi 
ventana estaba aullando. Si escuchaba con atención, podía oír a los 
guardias hablando consigo mismos al final del pasillo. 
Se suponía que debía sentirme segura aquí, pero no lo hacía. 
Quería ir a casa. 
Terminé regresando con Malice después de mi turno en el trabajo. 
Me pregunté si estaba intentando evitar que vaya a la policía después de 
lo que había visto o si tenía otras razones para quererme cerca. 
A pesar de que me aterrorizaba, aún sentía que verlo asesinar a 
Graves igualó un poco el campo de juego. Ambos teníamos algo el uno 
del otro. No es que alguna vez pudiera actuar en consecuencia. 
 
 
132 
Hale nunca apareció durante el resto de mi turno. En cambio, 
Malice pasó por el puesto de anfitriona varias veces durante la noche. 
Siguió observándome con sus ojos oscuros. Pensé que se suponía que 
debía pasar desapercibida en Eden's Place, pero ahora me sentía como el 
centro de atención. Incluso Kelsey me estaba tratando de manera 
diferente. Normalmente parlanchina, pero había guardado silencio el 
resto de nuestro turno. No sabía si debía abordar lo que había sucedido 
o no. 
Dormí todo el día. Estaba acostumbrada a trabajar hasta altas 
horas de la noche en el restaurante, pero adaptarme a Eden's Place y 
quedarme en la Mansión Civella era agotador. Era difícil para mí sentirme 
segura y dormir profundamente mientras estaba aquí. Seguía esperando 
que aparezca Hale o que Malice decida que ya no necesitaba a su pequeña 
espía. La mayoría de las noches solo di vueltas y vueltas, pero supongo 
que el cansancio finalmente me alcanzó. 
Un golpe en la puerta detuvo mis pensamientos, y me subí las 
mantas hasta la barbilla, como si un algodón suave pudiera protegerme 
del mal viviendo en esta casa. 
—¿Juliet? —La voz apagada de Anthony atravesó la puerta gruesa. 
—Entra —llamé. 
Entró llevando un traje que lo hacía lucir atractivo pero que no 
encajaba con su personalidad. Lo prefería mucho más con jeans, una 
camisa desteñida y un gorro. La expresión de su rostro era una mezcla 
de incertidumbre y emoción. Siguió mordiéndose el labio mientras 
desviaba la mirada. 
—¿Dormiste bien? —preguntó. 
Bostecé. 
—Tuve una pesadilla bastante intensa —admití—. Creo que quiero 
irme a casa. Aquí no duermo bien. 
Dejó de mirar al techo para mirarme fijamente y frunció el ceño. 
—¿Por qué no has estadodurmiendo bien? 
Sonreí cortésmente. 
—En realidad, aquí no me siento segura, Anthony —admití—. Tu 
hermano podría decidir matarme en cualquier momento. Y eso no es 
precisamente un sueño reparador. —De hecho, no creía que Malice 
siguiera queriendo lastimarme. En todo caso, estaba haciendo todo lo 
posible para demostrar que estaba a salvo con él. Pero aun así, parecía 
tener una de esas personalidades que se volteaban con el viento, y no 
quería terminar jamás en su lado malo. 
 
 
133 
Anthony se sentó en el colchón a mis pies y me miró solemnemente. 
—Juliet, no te hará daño —dijo en voz baja—. Lo prometo. 
No estaba exactamente segura si esa era una promesa que él 
pudiera cumplir, pero asentí de todos modos. Anthony podría haber 
sostenido su culpa sobre la cabeza de su hermano, pero solo llegaría 
hasta cierto punto. No estaba convencida que Malice se preocupara lo 
suficiente por su familia como para dejar que Anthony lo controle así. 
—Me enteré de lo que pasó en Eden's Place. ¿Quieres hablar de 
ello? —preguntó después. 
—En realidad, no. De hecho, estoy fingiendo que no sucedió. Pero 
parece que tienes tu cuerpo —bromeé. El humor y las tácticas de 
evitación eran la forma en que iba a sobrevivir a este mundo loco de 
crimen en el que me metí. 
—Nop. Ese cuerpo es de Nick. Lo matas, lo limpias. 
Lo miré boquiabierta. 
—¿Incluso el jefe tiene que limpiar sus propios cuerpos? 
Anthony palmeó mi pierna debajo de las mantas. 
—Especialmente el jefe. Podría disfrutarlo más que yo. Es un 
maldito hijo de puta retorcido. No quiero perturbarte ni nada así, pero 
Nick no solo mata a la gente en su club por antojo. Vio a ese hijo de puta 
amenazándote y perdió la calma. Todo el mundo está hablando ahora de 
eso. Y los chismes son deliciosos —arrulló. 
Fruncí el ceño. 
—No sé nada de eso. Vi el saldo de la cuenta de Graves. Mierda, 
debía mucho dinero. Tenía una cuenta abierta en el bar de seis cifras. 
—A Nick no le importa el dinero —respondió Anthony—. No 
administra Eden's Place con fines de lucro. Lo hace porque lo único que 
vale más que el dinero es la información y las conexiones. Graves dejó de 
ser útil hace meses, por lo que tuvo que comenzar a pagar. ¿Por qué crees 
que hace que Kelsey y tú mantengan informes tan detallados sobre 
todos? —Pensé en lo que Anthony estaba diciendo. De hecho, era 
brillante. Malice tenía tanto con qué chantajear sobre todo el mundo que 
era invencible—. Graves solía ser propietario de algunas compañías 
navieras. Ayudaba en el contrabando de armas. Pero empezó a 
descuidarse. Embargaron algunos barcos. Nos hizo más difícil hacer lo 
que teníamos que hacer. 
—Así que, es por eso por lo que Malice lo mató —interrumpí. 
 
 
134 
—No estaría tan seguro —respondió Anthony con una sonrisa 
tentativa—. Pero no hablemos de él. —Dejó de hablar para tirar de su 
cuello—. ¿Me preguntaba si querías ir a cenar? 
Basado en lo nervioso que parecía, no pude evitar pensar que esto 
definitivamente era más que una cena. 
—¿Como… en una cita? 
Exhaló y se puso rígido. Intenté mirarlo a los ojos, pero estaba 
mirando al suelo. 
—Sí. Una cita. 
Anthony me agradaba mucho. Sentía una conexión profunda con 
él, pero necesitaba ser honesta. Solté mi respuesta y lo lamenté 
instantáneamente. 
—He besado a tus dos hermanos. 
Se rio. 
—Ah, ¿sí? —Vi como puso su puño debajo de su barbilla 
juguetonamente—. Dime. ¿Cómo estuvo? William parece del tipo 
apasionado y trágico. Nick probablemente te sujetó y te obligó a besarlo. 
No se equivocó del todo en ninguno de los dos. 
—De hecho, eso es bastante exacto. Solo quiero ser clara con lo que 
está pasando para que no pienses que te estoy engañando ni nada… —
La decepción me golpeó como una tonelada de ladrillos. No me había 
dado cuenta de que se sentía así, y quería explorarlo más. Simplemente 
no sabía qué carajo estaba haciendo con William y Malice. Era un jodido 
desastre de proporciones épicas. Sabía que en algún nivel, solo estaba 
siendo usada y confundida. Nada saldría de esto, pero tampoco quería 
ser solo una muñeca. 
—Dime algo —comenzó Anthony mientras presionaba sus palmas 
contra el colchón y se arrastraba hacia mí—. ¿Quieres besarme, Juliet? 
Tragué pesado, pero mi respuesta fue casi instantánea. Había algo 
en estos hombres que me arrancaba la verdad de los labios. 
—Sí. 
Anthony sonrió antes de cernirse a solo unos centímetros de mi 
cara. Mi corazón se aceleró. 
—También quiero besarte —admitió en un susurro—. Y no he 
querido hacer eso desde… —Anthony luego se estiró y rozó sus nudillos 
suavemente a lo largo de mi mandíbula—. Juliet, no haces que mi piel 
arda. Quiero explorar eso más. 
 
 
135 
Intenté no sentirme decepcionada, pero de repente me sentí como 
un experimento. ¿Me deseaba, o era una especie de prueba de sus límites 
y curación? 
—Está bien —gruñí. 
—Me gustas —susurró Anthony—. Apareciste y empezaste a hablar 
sobre moler huesos y licuar cuerpos. He estado escuchando tu voz 
durante el último año en tu podcast. Eres divertida, fuerte, cariñosa e 
impresionante. Me. Gustas. Me gusta cómo me haces sentir. Así que, 
adelante y besa a mis hermanos. No voy a dejar de sentirme normal 
porque son unos bastardos egoístas y confundidos sexualmente. 
—¿Pero te gusto? —repetí. Por qué necesitaba esto confirmado por 
este hombre ridículamente atractivo era casi patético. 
—En serio me gustas. Vístete. Te llevaré a mi restaurante favorito. 
Me mordí el labio. 
—Está bien. 
Anthony se levantó de la cama con una sonrisa renovada en su 
rostro hermoso. Una vez que estuvo en la puerta, hablé. 
—¿Oye, Anthony? 
Se detuvo. 
—¿Sí? 
—Tú también me gustas mucho. 
 
p 
 
La cena probablemente era la peor comida que hubiera probado en 
mi vida. Anthony me llevó a este restaurante en ruinas que 
probablemente necesitaba una inspección sanitaria, pero pude ver por 
qué le gustaba. Estaba casi vacío y era espacioso. Admitió en el viaje 
hasta aquí que a veces las multitudes lo ponían ansioso. Le sugerí que le 
prepararía la cena para una segunda cita, y eso le hizo sonreír. 
Había llevado un vestido veraniego lavanda que era coqueto pero 
cómodo. Mis tacones de cuña resonaron ruidosos contra el cemento 
mientras caminábamos de regreso a su auto. A pesar de todo, fue una 
cita muy linda. Anthony era atento, coqueto y peculiar. Me preguntó 
acerca de mis episodios de podcast favoritos y, planeó en broma nuestra 
próxima expedición para deshacernos de cadáveres. 
 
 
136 
El aire de la noche era cálido y denso, y nuestras manos se rozaron 
a medida que regresábamos al auto. Lo había pasado bien, pero luchaba 
por entender dónde estaba la línea con él. 
Me encontré queriendo estirarme y tomar su mano, pero me detuve 
cuando me di cuenta de que podría incomodarlo. En un momento, se 
estaba rascando la mandíbula, y me lamí los labios en apreciación. Los 
ángulos fuertes de su rostro eran tentadores, pero entonces me sentí 
culpable por desearlo. 
La atracción era instantánea con algunas personas. Era esta 
pasión ardiente que fluía libremente. No podías evitarla. No podías 
ignorarla. Con otros, la atracción era lenta, intencional y secreta. Se 
movía como melaza. Con Anthony, no estaba segura de lo que se me 
permitía hacer. Quería tocarlo y explorarlo, pero al mismo tiempo no 
quería abrumarlo. Le estaba dejando tomar la iniciativa, y no estaba 
segura de adónde iba este tren. 
—No estoy seguro lo que había en la pasta que acabo de comer —
bromeó. 
—Probablemente cerebros —dije inexpresiva—. ¿Sabías que Peter 
Bryan mató a su mejor amigo, y luego frio sus sesos con mantequilla 
antes de comérselos? —pregunté. 
—Episodio treinta y tres —respondió Anthony con una sonrisa—. 
Recuerdo tu serie de canibalismo. No puedo decir que alguna vez haya 
estado tentado a comerme alguno de los cuerpos que he manipulado. 
¿Follármelos? Tal vez, pero nunca comer. 
—¿Te follarías a un cadáver? —pregunté, sin estar segura si quería 
la respuesta. Era una línea difícil para mí.Y egoístamente, no podía 
competir con un cadáver frío. Estaba completamente viva. Si esa era su 
preferencia, no había esperanza para nosotros. No estaba segura de 
poder salir de manera realista con un necrófilo, sin importar lo mucho 
que disfrutara de su compañía. 
—Lo he pensado, pero nunca lo hice. Antes de Eden's Place, pensé 
que sería una buena manera de escape. Los muertos no pueden 
lastimarte. No pueden moverse. No pueden golpearte hasta que te 
desmayes. No le temo a los muertos. Es a los vivos a los que hay que 
prestar atención —dijo Anthony. 
Era la primera vez que lo escuchaba hablar abiertamente sobre lo 
que le había sucedido, y no supe cómo responder. Mi respuesta inicial 
fue lástima, pero algo me dijo que eso molestaría a Anthony. 
—Jamás te lastimaría, Anthony —susurré cuando llegamos a su 
auto. 
 
 
137 
—Lo sé —respondió en voz baja. Ojalá supiera cómo manejar esta 
situación. Quería consolarlo y besarlo todo al mismo tiempo—. ¿Puedo 
probar algo? 
Asentí, sin estar segura de lo que quería intentar, pero confiando 
de todos modos en él. Me empujó contra el auto suavemente y se dispuso 
a acunar mis mejillas. Mi respiración se atascó en mi garganta. 
—Voy a besarte, Asesina —dijo en voz baja. 
Mi corazón empezó a acelerarse. La atracción y la emoción se 
encendieron dentro de mí. 
—Está bien —respondí, sin saber qué más decir. 
Los labios de Anthony se sintieron suaves y tímidos al principio. 
Esperé pacientemente a que encuentre su ritmo, y mantuve los puños a 
mi lado para evitar agarrarlo. Sonrió triunfalmente contra mis labios, y 
sentí con total certeza que definitivamente había una chispa entre 
nosotros. Se movió más intencionalmente después de un momento 
prolongado. Su lengua lamió la comisura de mis labios. Gimió y presionó 
su cuerpo contra el mío. Me tomó todo lo que tenía para no pasar mis 
dedos por su cabello y tirar de sus mechones ondulados. 
Bajó las manos, y tocó la piel sensible de mi cuello. Delineó mi seno 
con la palma y sentí su erección dura presionando contra mi estómago. 
—Maldición —dijo. Me tenía jadeando. Derritiéndome. Quería más, 
y con Anthony, no había duda de si esto estaba bien o mal. No me sentía 
disgustada conmigo por gustarle. Él era la elección segura. El hermano 
al que también le gustaba. 
—Tócame —susurró entre besos. Acepté su demanda y pasé mis 
manos de arriba abajo por su pecho. Despacio, despacio, despacio. Me 
aseguré de que pudiera predecir cada movimiento de mis manos. Noté 
que sus labios habían dejado de moverse. Y cuando alcancé su cuello, se 
estremeció. 
—Lo siento —susurré antes de alejarme. Levantó las manos 
bruscamente y las envolvió alrededor de mis muñecas. 
—Por favor, no te disculpes. Eso fue… increíble. Maravilloso. 
Lágrimas de felicidad llenaron sus ojos, y me sentí abrumada por 
su alegría. Su expresión era tan increíblemente suave que quise tocar sus 
mejillas y deleitarme con ellas. Era una imagen tan vívida de alivio. 
Nuestro beso fue brillante y hermoso. No podía imaginar lo impresionante 
que se sentiría finalmente confiar en alguien lo suficiente para hacer eso. 
—Eres muy bueno besando… —comenté atragantada. Mis bragas 
estaban empapadas. Me estaba dejando con ganas, pero no estaba 
 
 
138 
molesta. En todo caso, estaba más ansiosa por el próximo beso, el 
siguiente paso. 
Se secó una lágrima perdida, y me encontré sintiéndome 
agradecida de que me dejara ser parte de este momento. Se palpó los 
bolsillos rápidamente, y luego maldijo. 
—Mierda. Dejé mis llaves adentro. Vuelvo enseguida. 
Observé su espalda a medida que corría de regreso al restaurante, 
un balanceo feliz a sus pasos. Presionando las yemas de mis dedos contra 
mis labios llenos, reflexioné sobre lo que acababa de pasar hasta que 
escuché sonar mi teléfono. Metiendo la mano en mi bolsillo, lo saqué y 
respondí sin mirar el identificador de llamadas. 
—¿Juliet? —La voz de Vicky resonó en el auricular—. William me 
acaba de llamar y me dijo que estabas con Anthony. ¿Qué estás 
haciendo? 
Hice una mueca. No sabía cómo contarle a mi mejor amiga lo que 
acababa de pasar. No solo había roto todas las reglas del código de chicas, 
sino que también había traicionado su confianza. Durante toda nuestra 
relación, dejó en claro que quería que me mantenga lejos de esta vida, de 
su familia. Pero me había zambullido de cabeza. Los besé. Los besé a 
todos. Trabajaba en su club. Estaba viviendo en su casa. 
—Fuimos a cenar —susurré, sintiéndome avergonzada. 
—Lo que sea. Anthony no va a cenar con la gente. No le gustan las 
multitudes. Demonios, la mayoría de los días come en su calabozo de 
muerte. Juliet, en serio ¿qué estás haciendo? Quiero decir, de verdad. No 
estoy allí, y estoy escuchando cosas. Cosas que no me gustan. —Hubo 
un borde en su tono. Sonó como una amenaza. 
No supe cómo responder. 
—No estás aquí —susurré—. Siento que me veo obligada a navegar 
por algo que no entiendo. Extraño a mi mejor amiga. 
—Y también te extraño, pero ¿por qué estás pasando tanto tiempo 
con mis hermanos? —No iba a dejarme evitar el tema. No estaba 
preparada para esta confrontación, pero sabía que teníamos que hablar. 
Me encogí de hombros, aunque no pudiera ver el movimiento. 
—Anthony ha sido muy amable conmigo. La abuela fue a California 
a visitar a su hermana, y te extraño, y todo esto ha sido bastante jodido. 
Él ha sido amable conmigo, Vicky. Es dulce y divertido. 
—Juliet, está enfermo —siseó Vicky. Me quedé mirando el 
cemento—. Nunca vivirá una vida normal. Se va a matar en juergas 
cuando se siente fuera de control de una situación. Hablas de asesinos 
 
 
139 
en tu pequeño podcast, así que crees que sabes lo que puedes manejar, 
pero una vez encontré a Anthony bañado en sangre en la peluquería 
porque entró un hombre que se parecía a su abusador. Protegerlo es un 
trabajo de tiempo completo. Puedes pensar que es lindo y divertido. Ama 
profundamente, pero no es seguro. Lo digo como alguien que los ama a 
los dos, mantente jodidamente alejada. Todos mis hermanos están 
literalmente locos. Solo acabas de arañar la superficie. Anthony siempre 
estará controlado por el trauma que experimentó. 
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba conteniendo la 
respiración. Mis ojos estaban fijos en el suelo. Luchaba por aceptar todo 
lo que ella había dicho, pero lo que más me molestó era lo poco que 
pensaba de él. Anthony amaba profundamente a Vicky. Ella lo consolaba. 
Lo ayudaba y trataba como un humano. Si escuchaba lo que acababa de 
decir, estaría destrozado. Amaba a Vicky, y entendía por qué estaba 
intentando protegerme, pero aun así era una mierda de su parte decirlo. 
—Vicky, creo que estás equivocada. Creo que Anthony es mucho 
más de lo que le pasó. 
Mi teléfono fue arrancado de mis manos antes que pudiera 
escuchar su respuesta. Ni siquiera había escuchado a Anthony 
acercarse, y de repente me sentí avergonzada de saber lo que había 
escuchado al menos mi lado de la conversación. Su rostro estaba en 
blanco, y me odié por eso, pero me encontré buscando en su expresión 
la ira incontrolable escondiéndose debajo de la superficie. 
—Hola, hermana —dijo Anthony con una sonrisa genuina—. Sé 
que estás preocupada por nosotros. También te quiero. —Y luego colgó el 
teléfono. Le tendí la mano para que me lo devuelva, pero su expresión se 
contrajo. La furia se filtró por cada poro, cada ángulo duro. Se echó hacia 
atrás y arrojó mi teléfono tan fuerte como pudo en la distancia antes de 
dejar escapar un grito áspero. 
Fue tremendamente fuerte, cubriendo el sonido del teléfono 
chocando con el cemento. Las venas se le hincharon en el cuello a medida 
que gritaba. Lo observé sin vergüenza alguna, asimilando toda la fuerza 
de este momento. 
Su voz se quebró, y dejó de gritar para jadear. Dejé que estabilice 
su respiración por un momento largo antes de hablar. 
—¿Anthony? —llamé tiernamente. Quise extender la mano y 
tocarlo, consolarlo. 
—Vamos, Asesina —susurró. 
Y nos subimos a su auto.Y condujimos de regreso a la Mansión 
Civella. Y me pregunté qué estaba pasando dentro de la mente hermosa 
de Anthony. 
 
 
140 
 
 
 
141 
 
El Rolex en la muñeca de William brillaba a la luz del sol. Tenía 
una mano en el volante de su Porsche descapotable y otra en mi muslo. 
Me había regalado un pañuelo Chanel para sujetar mi cabello castaño y 
unas gafas de sol Prada para tapar el sol de la mañana. Me sentía como 
una vieja estrella de Hollywood mientras conducíamos por la autopista 
hacia el centro de la ciudad. El destino era una sorpresa, pero estaba 
disfrutando del viaje, sobre todo porque la compañía era muy atractiva. 
Esta mañana temprano, William entró en la habitación de invitados 
con una bolsa de viaje colgada del brazo y me dijo que bajara en veinte 
minutos. Me preparé con ilusión, emocionada por pasar el día con mi 
extraño silencioso a pesar de su exigente saludo mañanero. Estaba 
ansiosa por tener la oportunidad de verlo en su elemento y saber más 
sobre él. También quería salir de casa. Me parecía que cada día la agenda 
solo incluía trabajo, sueño y más trabajo. 
Llegamos a un semáforo en rojo y me agarró la mano, apretándola 
ligeramente. 
—¿Vas a decirme a dónde vamos? —pregunté, con una voz 
sorprendentemente baja y sugerente. Ver a William detrás de ese potente 
auto de lujo y tomándome de la mano hacía que mi corazón palpitara con 
fuerza. 
Bajó sus gafas para mirarme a los ojos. 
—Voy a mimarte —susurró. Me gustaba la idea de ser mimada por 
mi extraño silencioso. 
Después de hacer una parada para comprar croissants y café, 
llegamos a un spa de lujo en Briarcliff. William se detuvo ante el valet y 
le entregó sus llaves al empleado antes de guiarme al interior. En cuanto 
cruzamos las puertas, nos encontramos con una avalancha de actividad 
al mismo tiempo. De repente, una mujer delgada me entregó una copa de 
champán, y luego un hombre empezó a tratar suavemente de esponjarme 
el cabello mientras susurraba órdenes a su ayudante. Una persona tomó 
la chaqueta de William y otra, una mujer burbujeante de cabello rosa 
rizado y gafas de montura gruesa, se dirigió hacia mí. 
—Bienvenidos a Penn Avenue Luxury Spa. Empezaremos con un 
masaje en pareja, una sesión de ventosas miofasciales, una exfoliación 
 
 
142 
de renovación corporal, corte de cabello completo, color y peinado. 
Manicuras. Pedicuras. El señor Civella ha pedido todos los servicios de 
la lista —dijo con una sonrisa de vértigo antes de bajar la voz a un 
susurro—. ¡Chica, cuéntame tus secretos! Este hombre pidió todo. No 
reparó en gastos. Qué suerte. ¿Tiene un hermano? 
Tenía dos, no es que fuera a compartir. 
Cuando volví a mirar a William, vi su cara tranquila y relajada, 
como si estuviera disfrutando de todo esto. 
—¿Un día en el spa? —pregunté. 
Se lamió los labios antes de responder. Fue un movimiento lento, 
pausado y lleno de intención. 
—Sólo lo mejor para usted, señorita Cross. 
 
p 
 
No había ningún punto de tensión en mi cuerpo. Cada uno de mis 
músculos estaba completamente relajado. El masaje de dos horas con 
William fue más allá de todo lo que había experimentado. Fue sensual, 
relajante, pacífico. Me pareció que cada vez que miraba a William, tenía 
sus ojos puestos en mí, como si fuera la mujer más hermosa que jamás 
hubiera visto. Nunca me habían tratado con tanto lujo. Me habían 
exfoliado la piel y limado las uñas, me estaban haciendo mechas doradas 
en el cabello. Tenía suficiente papel de aluminio en el cabello como para 
captar la emisora de noticias local, una broma que a mi estilista no le 
hizo mucha gracia. Supongo que no era la primera vez que lo oía. 
Estaba sentada bajo un enorme secador de cabello y mirando a 
William. Era como tomar un indulgente trago de fino champán. Me quedé 
mirando sin vergüenza ni reservas. Miré el tatuaje de calavera en su 
cuello, la forma en que sus pestañas se curvaban ligeramente, las venas 
de sus manos. El constante movimiento de su manzana de Adán. 
Pasé los dedos por el suave albornoz que envolvía mi cuerpo y 
tarareé en señal de agradecimiento. 
—Me encanta este albornoz —susurré. 
William estaba sentado en un sillón de cuero cercano, con las 
piernas cruzadas y las mangas remangadas. Tenía su iPad en la mano y 
estaba leyendo un libro electrónico. Me miró por encima del borde de su 
iPad. 
 
 
143 
—Puedes quedártelo. 
Me sonrojé. 
—Gracias por lo de hoy —susurré—. Pero… 
Me miró y apagó su iPad. Me encantaba que nunca sintiera que 
estaba luchando por la atención de William. Estaba completamente 
atento a mí. 
—¿Pero qué? 
—¿Por qué? Esto se siente como un regalo excesivo. 
William sonrió mientras se inclinaba hacia delante para apoyar la 
barbilla en su puño. 
—¿Excesivo? 
—No me quejo. Es que se siente… —William esperó pacientemente 
a que contestara. Ni siquiera pude terminar mi pensamiento—. ¿Por qué? 
¿Por qué yo? 
—Me gustan las cosas excesivas —murmuró—. Y me hace feliz 
darle todas las cosas que se merece, señorita Cross. —Me moví en mi 
asiento—. No estás acostumbrada a esto —observó. 
—No, no lo estoy —respondí con una risa incómoda. 
—¿Sabes lo que he notado en ti? —preguntó. 
Negué con la cabeza, las láminas de aluminio de mi cabello se 
agitaron conmigo. 
—¿Qué? 
—Haces todo por los demás. He visto cómo te dejas la piel y no te 
quejas ni una sola vez. Tantas veces quise ayudarte, pero… 
—El trato —terminé por él. Me negaba a estar resentida con mi 
mejor amiga por haber llegado a ese acuerdo con William, pero aun así, 
me escocía—. ¿Puedes decirme algo? 
—Cualquier cosa. 
—¿Qué pasó entre tú y Malice? 
Mi pregunta hizo que William se moviera en su asiento. Lo observé 
inhalar y luego exhalar, retrasándose. 
—Soy muy bueno en los negocios —admitió William—. La mayor 
parte de nuestra… fortuna… legal es el resultado de mis tediosos 
esfuerzos con la bolsa de valores y de incursionar en inversiones 
complejas en todo el país. Siempre se me ha dado bien. 
 
 
144 
—Eso aún no explica por qué él… 
—¿Me odia? Mi hermano fue entrenado desde su nacimiento para 
ser competitivo. Es el primogénito. Hay una frase en las familias reales 
que se puede aplicar a mi familia. Él es el heredero, yo soy el repuesto. 
Supongo que eso creó muchas fricciones entre nosotros. Tiene que 
demostrar constantemente su valía con los demás en nuestra 
organización, y como resultado, se ve obligado a ponerme en mi lugar. 
Hay quien piensa que soy más adecuado para su puesto. 
—¿Quieres su trabajo? —pregunté. 
William dio un sorbo a su bebida. 
—No vale la pena desafiarlo ahora. En su mayor parte, me gusta 
ser el repuesto. A veces me pregunto si sería más fácil. Nicholas me odia 
porque sabe que soy muy capaz de tomar el mando. Sin embargo, me 
parece bien esperar mi momento. Ahora mismo, estoy sentado frente a 
una de las mujeres más hermosas que he visto nunca y mi hermano está 
en algún lugar oliendo a una rata. 
Eso llamó mi atención. Me incliné más para escucharlo. 
—¿De qué estás hablando? 
William parecía incómodo, como si no tuviera que decir nada. 
—Nick está investigando la situación de Hale por ti. 
Mis cejas se alzaron. 
—¿En serio? 
—Decidimos que sería mejor que estuvieras lejos de la mansión 
hasta que las cosas se arreglen. También iba a llevarte a cenar esta 
noche. 
—Entonces, ¿Hale es culpable? ¿Qué has encontrado? ¿Dónde está 
Malice ahora? —Tenía un millón de preguntas. ¿Malice realmente me 
estaba escuchando? ¿Y me había enviado lejos? Con William de todas las 
personas. 
—Hale está tramando algo —respondió William—. No te preocupes, 
Nick se está encargando de ello. —Me recosté en mi asiento—. Maldita 
sea. No pude evitar sonreír—. ¿Por qué sonríes así? 
—¡Porque tengo razón! —exclamé—. Sabía que ese cabrón era un 
asqueroso. La reivindicación es dulce. —Me deleité en la gloria de tener 
razón mientras el peluquero terminaba mi corte y color. Necesité toda la 
fuerza que poseía para no enviar un mensaje de texto a Malice. Quería 
ver la cara grasientade Hale en el momento en que lo atraparan. 
 
 
145 
No fue hasta que me estaba vistiendo que me di cuenta de que mi 
trabajo estaba hecho. 
Hecho. Había encontrado a la rata. Hice lo que Malice me contrató 
para hacer. ¿Significaba esto que podía volver a casa? Todo parecía 
anticlimático. 
Salí al vestíbulo sintiendo menos entusiasmo. No estaba segura de 
lo que esto significaba para mi futuro en Eden’s Place o mi papel en la 
familia Civella. ¿Dejaría Malice de financiar el tratamiento de mi abuela 
ahora que mi trabajo había terminado? Reflexioné sobre mis 
preocupaciones mientras William pagaba la cuenta. 
Me aclaré la garganta para captar su atención, y en el momento en 
que sus ojos se posaron en mí, sentí cómo se me erizaba la piel por su 
pesada mirada. 
—Estás impresionante —susurró. 
Me moví incómoda y miré al suelo. 
—Es increíble lo que los profesionales entrenados pueden hacer 
con un cepillo de cabello. 
Sentí la mano de William bajo mi barbilla. Me hizo subir la mirada 
hasta que no pude evitarlo. 
—No hagas eso —susurró. 
—¿Hacer qué? 
—Tiene esos grandes y hermosos ojos marrones que me persiguen, 
señorita Cross. —Mis ojos se llenaron de emoción ante sus palabras—. 
Me gustas tanto con la camiseta manchada de Dick’s Diner como ahora. 
Solía soñar con esas malditas ojeras. La piel cubierta de grasa. Tinta de 
bolígrafo en tus dedos por hacer los deberes en la cocina durante los 
descansos. —William levantó mi mano e inspeccionó mis uñas recién 
pintadas—. Te mordías las uñas hasta la carne cuando estabas ansiosa. 
—Me acomodó el cabello con mechas claras detrás de la oreja—. 
Recuerdo la primera vez que te vi con el cabello suelto. —Rozó su mejilla 
con la mía e inhaló mi aroma—. Quise envolverlo en mi puño y acercarte 
para darte un beso. 
Cerré los ojos, separé los labios y me estremecí ante el suave sonido 
de su voz. William me puso la mano en la parte baja de la espalda y me 
guio hasta el exterior, donde nos esperaba su auto. Las piernas me 
temblaban a cada paso. Lo deseaba. 
Una vez que ambos estuvimos en el auto, un valiente momento de 
locura me golpeó como un puñetazo. Se movió para poner el auto en 
marcha, pero me incliné sobre la consola central y estampé mis labios 
 
 
146 
contra los suyos. William tardó un segundo en darse cuenta de lo que 
estaba pasando. Sentí todas las emociones reflejadas en su beso. 
Conmoción. Asombro. Lujuria. 
Apoyé mi mano en su pecho y arrastré mis dientes por su boca. 
Gimió y pasó sus dedos por mi cabello, tirando ligeramente. 
—Gracias por lo de hoy —susurré entre besos antes de pasar a 
chuparle el cuello. No me importaba que todo el mundo en ese maldito 
spa nos estuviera mirando desde las ventanas. Necesitaba esto. Aquí 
mismo. Ahora mismo. 
William me agarró el seno y gimió. Chupé su piel hasta que se puso 
azul, un moretón en la forma de mis labios. Nos besamos, caliente y 
pesado como adolescentes cachondos, hasta que su polla estuvo tan dura 
que pude verla claramente a través del contorno de sus pantalones. Bajé 
lentamente la mano, pero él me agarró de la muñeca, deteniéndome. 
—Mierda —maldijo antes de sacar el teléfono de su bolsillo y 
contestar. No, no. Quería seguir adelante. Hice un mohín mientras él 
hablaba—. ¿Qué quieres, Nick? 
Me dolió un poco que William nos detuviera para contestar su 
teléfono. Acabé sentándome en mi asiento enfadada. 
—¿Qué quieres decir con que ha desaparecido? ¿Cómo lo has 
dejado escapar? 
Dirigí mi atención a William. ¿Estaban hablando de Hale? 
—Maldición. Está bien. Volvemos… No. Ella está bien… Sí. Lo 
disfrutó mucho. —Escuché atentamente—. No me digas, la mantendré a 
salvo… Sí. Sí, volveré directamente, Nick. ¿Puedes dejarme…? —William 
puso los ojos en blanco y tiró su teléfono en la consola central—. Me 
colgó. 
—¿Hale se escapó? —pregunté en tono aburrido mientras William 
subía la capota de su descapotable. Parecía apropiado que el maldito 
bastardo saliera corriendo; probablemente había tenido un plan de 
contingencia todo el tiempo. 
—Sí —respondió William con una maldición—. Y Nicholas está 
ahora en su habitual diatriba sobreprotectora. 
Negué con la cabeza. 
—Anthony vive más o menos en un calabozo, Vicky está al otro lado 
del mundo. ¿Qué es lo siguiente? ¿Va a encerrarte en tu oficina? —
pregunté. Malice no podía controlar todo y a todos. 
 
 
147 
—A mi hermano no le importa lo que me ocurra —respondió 
William en un tono siniestro—. Pero probablemente te mantendrá en casa 
en el futuro inmediato. 
—¿A mí? —pregunté, con la palma de la mano puesta sobre mi 
pecho en señal de sorpresa—. ¿Por qué a mí? 
William me miró exasperado antes de salir del estacionamiento. 
—Vamos a casa antes de que envíe un ejército a recogernos. 
 
 
 
148 
 
Me quedé mirando mi reflejo mientras la abuela hablaba. Anthony 
había reemplazado mi teléfono ya que había roto el anterior. Malice 
quería que estuviera accesible en todo momento, el imbécil prepotente. 
—Oh, Juliet. Te encantaría estar aquí. Ojalá pudieras venir —dijo 
la abuela. Sonaba malditamente bien, mejor de lo que había sonado en 
meses. Era como si le hubieran quitado un peso de encima. 
—Me alegro de que te estés divirtiendo —contesté, genuinamente 
emocionada de que lo estuviera pasando tan bien con su hermana. 
Necesitaba estas vacaciones. Habían salido a ver bandas de jazz, a la 
playa, a las montañas. La abuela se movía todos los días y, según las 
actualizaciones de la tía Agnes, lo estaba haciendo fenomenal. No estaba 
segura de sí era el cambio de escenario o estar con su hermana, o la 
medicina del doctor Hoffstead. De cualquier manera, me sentí 
increíblemente aliviada al saber que a la abuela le estaba yendo tan bien. 
Estaba prosperando. Me gustaría poder verlo en persona. 
—¿Cómo está Nicholas? ¿Está cuidando bien a mi chica? —Era tan 
extraño escuchar a la abuela usar su nombre cuando yo seguía 
llamándolo por su alter ego malvado. 
Honestamente, no había visto a Malice desde el tiroteo en Eden’s 
Place. Habían pasado tres días desde mi día de spa con William, y aunque 
no lo había visto, me tenía en arresto domiciliario. Había un guardia 
ubicado constantemente en la puerta de mi casa. Me estaba volviendo 
absolutamente loca permanecer aquí todos los días. 
William y Malice se fueron esta mañana para seguir la pista de 
Hale, pero no había escuchado nada más. No estaba segura de que 
alguna vez lo haría. Algo me decía que Hale se había adentrado 
profundamente en la organización, y pasaría un tiempo antes de que 
Malice se vengara. 
—No lo he visto, pero estoy bien. Trabajando y manteniéndome 
ocupada —le aseguré. Malice había accedido a dejarme ir a Eden’s Place 
esta noche, sobre todo porque Kelsey estaba desbordada y agobiada. Una 
vez más, Malice nunca me habló directamente. Sólo recibía mensajes de 
texto aleatorios con exigencias o directivas verbales de su ejército de 
trajeados. 
 
 
149 
—El señor Jonas llamó el otro día y dijo que no te había visto en la 
cafetería recientemente. ¿Cambiaste tu turno? —preguntó la abuela. 
Odiaba mentirle, pero no iba a decirle que trabajaba en un club de sexo 
con peligrosos mafiosos y que hacía de espía. 
—Estos días trabajo en el turno de noche, abuela —mentí. 
—Oh, sabes que odio eso —dijo en un tono enojado—. No es seguro 
para una chica bonita como tú trabajar durante la noche en esa parte de 
la ciudad. Tal-tal vez podríamos encontrarte un trabajo mejor con un 
horario más constante. Eres una chi-chica inteligente. —Me di cuenta de 
que se estaba poniendo nerviosa porque le costaba decir las palabras. Me 
sentí mal por preocuparla. 
—Creo que es una gran idea. Podemos hablar más al respecto 
cuando vuelvas. Mejoraré mi currículum y veré quién está contratando, 
¿sí? —ofrecí, sobre todo para tranquilizarla. Ya había recibido mi primer 
cheque de Malice y el dinero era demasiado bueno para dejarlo pasar. 
Tendría que inventar otra mentira. Todo estaba empezando a 
acumularse. Primero la abuela. Vicky.Yo. 
—Bien. Bueno, la tía Agnes y yo vamos a nadar de nuevo. Se siente 
tan bien en estos huesos viejos estar en el agua y simplemente sentarnos. 
Avísame si necesitas algo, ¿sí? Y no te esfuerces demasiado. 
—No lo haré, abuela —prometí—. Te quiero mucho. 
—Ten un feliz día, cariño. Yo también te quiero. 
Colgué el teléfono y encendí mi rizador. Era mi primer turno de 
regreso en Eden’s Place desde el tiroteo, y no estaba deseando que llegara. 
Seguí viendo el rostro enojado de Malice cuando apretó el gatillo. El señor 
Graves era un personaje sombrío, pero ¿cuándo comencé a 
desensibilizarme ante la muerte? La noche después de que lo vi 
asesinado, dormí como un bebé, sin considerar ni una sola vez las 
implicaciones legales de lo que había presenciado ni la obligación moral 
que tenía de sentir algo por el asesinato. En poco más de tres semanas, 
había comenzado a confiar lentamente en Malice y su imperio. 
Comprendí que él controlaba esta ciudad. Demonios, tal vez incluso todo 
el país. Sus conexiones superaban con creces las mías, y el asesinato no 
era la cosa condenatoria que una vez creí que era. Todavía tenía 
pesadillas sobre la muerte de mi alma, pero estaba aprendiendo a 
sobrellevarlas. Estaba disfrutando de la oscuridad. 
Me había convertido en uno de los monstruos que antes me 
obsesionaban. 
Revisé mi maquillaje, tratando de decidir el look que quería para 
esta noche. Alguien llamó suavemente a mi puerta. 
 
 
150 
—Adelante —dije distraídamente mientras me ajustaba la bata. 
—Maldita perra —gruñó una voz familiar. 
Mis ojos buscaron la fuente. 
Mi estómago dio un vuelco por el tono. 
No. No. No podía ser. 
Todo mi cuerpo se congeló. 
Inmediatamente, mis ojos encontraron su reflejo. Estaba de pie en 
la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía una sonrisa 
maníaca en su rostro, una que me recordaba todas las cosas retorcidas 
de las que era capaz. Me levanté rápidamente para encararlo, con una 
expresión severa en mi rostro. 
—¿Qué quieres? —pregunté. Examiné su rostro y noté un ojo 
morado, hinchado y furioso. 
Ignoró mi pregunta y se acercó. 
—Todo iba bien antes de que llegaras —gruñó. 
Inspiré profundamente, obligando a mis temblorosos huesos a 
calmarse. No podía salir de esto si tenía miedo. Sólo tendría que gritar y 
uno de las docenas de guardias irrumpiría aquí. Hale tenía que saberlo, 
¿no? No me haría daño. ¿O estaba desquiciado? 
—Al final te habrían atrapado —respondí, con la barbilla en alto y 
los hombros echados hacia atrás. 
Hale se acercó. De repente deseé tener un cuchillo o algo para 
defenderme de este maldito cretino. 
—Hiciste demasiadas preguntas. Lo hiciste dudar de mí. 
—Hiciste todo eso por tu cuenta. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando 
con Cora, Hale? ¿Cuánto tiempo llevas traicionando a Malice? 
Sonrió. 
—Meses. La paga es mejor. Soy tan leal como el dinero en mi 
billetera y Cora tiene un montón. 
—Entonces, ¿por qué volver, eh? Te pagaron. 
—No obtuve todo lo que quería —dijo con voz ronca mientras se 
acercaba a mí. 
Busqué algo, cualquier cosa, para defenderme. 
—¿De qué estás hablando? 
 
 
151 
Las fosas nasales de Hale se ensancharon y acortó la distancia que 
quedaba entre nosotros. 
—No podía dejar de pensar en ti. La forma en que le aplastaste el 
cráneo con el pie. —Dejó de hablar para frotar su mano sobre su dura 
polla en los pantalones. La bilis subió por mi garganta. Quise vomitar 
sobre él—. La sangre salpicó por todas partes. Fue la cosa más caliente 
que he visto en mi vida —dijo con reverencia antes de agarrar mi brazo y 
sujetarme contra la pared. Su aliento era rancio. Sus ojos brillantes me 
absorbieron—. Fue hermoso —susurró con asombro en su tono—. Quiero 
que lo hagas por mí de nuevo. 
Me contoneé y empujé contra él. Por alguna razón, parecía que no 
podía mover los pies. Los tenía plantados en el suelo por el miedo. Fue 
esta conciencia crónica de las armas asesinas adheridas a mis piernas. 
Mi propio cuerpo me estaba traicionando y alimentando a mí enemigo. 
—Vete a la mierda —maldije. 
—Qué boca tan sucia. Tan desagradable. No tienes idea de en qué 
te estás metiendo. 
Lo miré, con los ojos furiosos. 
—La gente sigue diciéndome eso. Pero sé exactamente en lo que me 
estoy metiendo. ¿Por qué estás aquí? Ambos sabemos que Malice te 
pateará el culo por tocarme. 
Hale echó la cabeza hacia atrás y se rio. 
—¿Crees que a alguno de los Civella le importas una mierda? He 
visto chicas ir y venir. Entretuviste a Nick durante medio segundo y ahora 
crees que significas algo. Esta habitación se usa todo el tiempo. Las 
chicas de Eden’s Place también son utilizadas por los hermanos. 
Empujé y retorcí, tratando de alejarme del hombre desquiciado. 
—¿Y qué? No cambia el hecho de que Malice odia las ratas. 
Hale se rio. 
—¿Pero lo hace? Todavía estoy aquí, ¿no? Prácticamente pude 
atravesar la puerta principal. 
Miré su ojo morado una vez más. 
—Te dio ese ojo morado, ¿no? Y acabará con quien te haya dejado 
entrar aquí. 
Hale frunció el ceño. 
—No quedará nadie para que él acabe. 
 
 
152 
Esa amenaza siniestra me aterrorizó. ¿Hale los había matado a 
todos? Empujé de nuevo, pero era como una pared de ladrillos, imposible 
de mover. 
—¿Cuál es tu plan entonces, eh? ¿Venir aquí y asustarme? 
Y entonces, en un movimiento repulsivo, Hale se agachó y se bajó 
la cremallera de los pantalones. 
—Estoy aquí para mostrarte lo inútil que eres. Estoy aquí para 
recordarte que no eres nada. Nadie. Puedes delatar todo lo que quieras, 
pero nadie te creerá. Nadie se preocupa por ti. Estás completamente sola. 
Te voy a follar aquí mismo, voy a llenar toda esta mansión con tus gritos, 
y no habrá una sola persona que corra a rescatarte. 
Nunca había sentido tanto miedo en mi vida. Fue abrumador y 
condenatorio. Me temblaban las piernas. Mis ojos se abrieron de par en 
par. Me sentí congelada sin poder actuar. Mi capacidad de huir o luchar 
se había roto. Me quedé allí impotente mientras sus aterradoras palabras 
se acumulaban en mi alma. 
Nunca había entendido a las mujeres que no luchaban por su vida 
contra hombres malvados. Siempre había pensado en lo que haría en este 
tipo de situaciones, cómo patearía, arañaría, gritaría y golpearía para 
salir de esto sin importar qué. Pero el shock fue demasiado. Mi cuerpo 
estaba completamente congelado. 
Desgarró mi bata con sus desagradables y carnosas manos, 
exponiendo mis pechos desnudos. Solté el aliento que estaba conteniendo 
y me di cuenta de que tenía que hacer algo. Algo, maldita sea. 
Grité fuerte. 
Éste se abrió paso por mi garganta. Rompió mis cuerdas vocales 
en pedazos. Mis venas se hincharon. Hale rio, rio y rio. Metió la mano 
entre mis piernas. Junté mis muslos, pero era imposible evitar su 
invasión. Odié la forma en que las ásperas yemas de sus dedos golpearon 
mis partes más íntimas. Odié las lágrimas que corrían por mi cara. 
Solté más gritos. Lo abofeteé. Finalmente pude moverme. Por fin 
luché. Pero no fui lo suficientemente fuerte. ¿Cómo podía ser tan 
jodidamente débil? 
—¡Ayuda! Por favor, ayúdenme. 
Quizás Hale tenía razón. Yo no era nadie. Yo no era especial. Estaba 
completamente sola. Como mi madre la noche en que desapareció. 
Me inmovilizó. Frotó rudamente a lo largo de mi sexo. Tenía ganas 
de vomitar, ojalá pudiera. Quería orinarme encima de él. Cagarme 
 
 
153 
encima, incluso. Quería darle asco. Cualquier cosa para alejarlo, pero no 
tenía control sobre mí misma. 
Y entonces, como un caballero con un traje de Gucci, Malice entró 
por la puerta. 
El tiempo se ralentizó. 
El alivio me golpeó. 
Oh, Dios, iba a vivir. Iba a sobrevivir. 
Mis ojos se abrieron de par en par cuando se acercó a Hale y me lo 
quitó de encima con una fuerza que ni siquiera sabía que poseía. Hale se 
sorprendió por el ataque, pero luchó rápidamente. Malice ni siquiera se 
inmutó cuando un puño salió volando hacia su rostro. Ambos forcejearon 
en el suelo, rodando, golpeando y dando puñetazos. Grité pidiendomás 
ayuda. ¿Dónde estaban los malditos guardias? 
Malice se las arregló para sacar un fino cable de su bolsillo y 
envolverlo alrededor de la garganta de Hale. Sus piernas rodearon el torso 
de Hale y sus brazos tiraron del cable con tanta fuerza que le cortó la piel 
e hizo que se formaran gotas de sangre a lo largo del cuello carnoso de 
Hale. 
Me estremecí mientras observaba con horror y satisfacción. 
Nicholas había venido a buscarme. No, Malice había venido a 
buscarme. 
—Maldita sea, desmáyate —maldijo mientras los movimientos de 
Hale se ralentizaban y su rostro se ponía azul. 
Vi como el cuerpo de Hale se quedaba imposiblemente quieto. Y, 
finalmente, dejó de moverse por completo. 
Malice quitó el cable y comprobó su pulso. 
—Así es, hijo de puta, no puedes morir tan fácilmente. —Malice 
entonces me miró—. ¿Estás bien? 
Ni siquiera sabía cómo responder a esa pregunta. Aparentemente, 
mi vacilación fue suficiente respuesta. Malice tomó el cable y 
rápidamente ató las manos de Hale. Luego, lo hizo rodar sobre su 
estómago mientras maldecía. 
—Maldito pervertido pendejo. —Hale gimió. Sí. Sin duda alguna 
estaba vivo. ¿Qué planeaba Malice? 
—Él es la rata —susurré—. Intentó… 
Malice detuvo su trabajo para mirarme. Una vez más, hizo una 
pregunta que todavía no podía responder. 
 
 
154 
—¿Estás bien? 
—Claro —respondí. ¿Qué más había que decir? Aparentemente, mi 
respuesta no fue lo suficientemente buena, porque Malice dejó escapar 
un gruñido literal a través de sus dientes apretados. Se inclinó, agarró la 
cintura de los pantalones de Hale y se los bajó, dejando al descubierto su 
pálido trasero—. ¿Qué haces? —pregunté. 
—Pásame ese rizador —espetó. 
Me quedé helada. 
—¿Qué? 
—Pásame el maldito rizador —gruñó Malice. Sus ojos estaban 
llenos de intención. Era la primera vez que lo veía fuera de control. Por lo 
general, era tan… calculador. 
—No entiendo —respondí. ¿Qué iba a hacer, rizar el cabello de 
Hale? 
Malice resopló y me empujó para recoger el rizador de mi tocador. 
Era una varita gruesa, perfecta para hacer ondas definidas. Todavía no 
entendía… 
Malice tiró una de las nalgas peludas de Hale hacia un lado y 
rápidamente empujó el hierro caliente por el culo de Hale. El olor a piel 
quemada me llenó la nariz. La espalda de Hale se arqueó y se despertó 
con un sobresalto, gritando como si el rizador le quemara literalmente de 
dentro hacia fuera. 
Me llevé la mano a la boca con horror, pero también me resultó 
excitante. Venganza. Era espantoso. La sangre brotaba de su culo. El 
humo llenaba el aire. Quemando, quemando, quemando. Luchó contra 
el cable atado alrededor de sus muñecas. Malice se rio como un maníaco 
mientras presionaba su rodilla contra la espalda de Hale, empujándolo 
hacia abajo mientras esencialmente lo quemaba vivo. 
—¿Creíste que podías joderme? ¿Joder a mi chica? ¿Pensaste que 
podías alimentar a Cora con secretos y que no lo sabría? 
Hale gritó y gritó. Envolví mi bata alrededor de mi cuerpo y miré 
con asombro. Sentí que su conciencia se desvanecía, se desvanecía, se 
desvanecía. Tuvo espasmos en el suelo, pero una vez más cayó débil. 
Sentí una repentina necesidad de decirle algo. 
Quería contarle exactamente lo que me dijo. 
Mi voz fue sorprendentemente fuerte, a pesar de todo el trauma que 
había experimentado. 
 
 
155 
—No eres nada. Nadie. Nadie se preocupa por ti. Estás 
completamente solo. Llenaste toda esta mansión con tus gritos y ni una 
sola persona corrió en tu rescate. 
Y Hale, el asqueroso, murió a causa de un rizador caliente en el 
culo. 
 
 
 
156 
 
—Lo mataste —dije. 
Malice sonrió, como si esto fuera gracioso. Como si la muerte brutal 
en su habitación de invitados no era más que una salida para su 
destrucción. 
—Lo hice. 
Estaba temblando, todo mi cuerpo sacudiéndose por la adrenalina 
y el miedo. 
—Tú… tú lo torturaste —susurré. 
—Lo hice. 
—Me salvaste. 
Malice se suavizó un poco ante mi tono asombrado. 
—Lo hice —repitió una vez más. Unas palabras tan sencillas llenas 
de significado sentimental. Le importaba—. Y lo haría de nuevo. Ahora 
ven aquí y fóllame mientras su cadáver observa. 
Jadeé ante el cambio repentino en la habitación. Su atención 
estaba plenamente en mí. Aferré mi bata y apreté la tela de seda en mi 
puño. 
—¿Qué? —pregunté. 
Malice enderezó su espalda, pasó por encima del cuerpo sin vida 
de Hale, y se acercó a mí. 
—Quítate la bata. 
—No. 
—Déjame ver lo que es mío —insistió. 
—Me acaban de agredir —respondí bruscamente. No estaba segura 
de querer que me tocaran—. Y no soy tuya —agregué rápidamente. Esto 
estaba mal, muy mal. Mi piel se enrojeció. El poder emanando de él me 
golpeó en oleadas. 
—Vives en mi casa —insistió. 
 
 
157 
—Me iré. —Más cerca. Se acercó mucho más. 
—Firmo tus cheques. 
—Renunciaré. 
Envolvió su mano alrededor de mi cuello. 
—Arruiné tu alma —susurró. 
—Quizás para empezar estaba arruinada. 
Malice estampó sus labios contra los míos con una pasión 
candente. Sentí mi cuerpo tensarse ante la presencia dura de su cuerpo 
presionándose contra mi torso. Pasó sus manos por mi cabello y tiró de 
las raíces hasta que gemí. Luego rasgó mi bata y expuso mi piel. No se 
sintió intrusivo como cuando Hale me tocó. Fue un crudo placer puro 
atravesando mi sistema. Fue como una dosis de heroína. 
Lo besé profundamente, pero vi que el cuerpo de Hale se contrajo, 
como si las terminaciones nerviosas muertas de su cuerpo se agitaran y 
sacudieran con unos pequeños últimos momentos de desafío. Hizo que 
mis labios se quedaran inmóviles y mi consciencia se volvió pesada. 
—Mierda —maldijo Malice cuando se dio cuenta que estaba 
mirando a Hale. Él podría estar bien haciendo un espectáculo para un 
cadáver, pero yo no lo estaba—. Córrete para mí y te sacaré de aquí —
dijo, su tono una exigencia dura. Malice luego me tocó donde Hale tuvo 
sus dedos desagradables hace unos minutos. Ahora estaba empapada, 
mi deseo resbaladizo cubriendo mis muslos. No me molesté en 
preguntarme qué carajo me pasaba. Malice ya había distorsionado mi 
percepción del bien y el mal. 
Envolví mi brazo alrededor de su cuello mientras trabajaba en mi 
coño. Mantuve mis ojos en Hale. Su cuerpo sin vida pareciendo ganar. 
Se masturbó conmigo asesinando a alguien, ahora también estaba 
excitándome con su muerte humillante. 
—Sabía que necesitabas esto —susurró Malice—. Así es, Pequeña 
Luchadora. Muéstrale a ese maldito bastardo lo bien que se siente 
correrte en tus propios términos. 
Más rápido, más rápido, más rápido. Malice trabajó mi clítoris 
codicioso. Me arqueé y gemí. Grité. Hundí mis dientes en el cuello de 
Malice a medida que frotaba mi protuberancia hinchada. Estaba tan 
jodidamente sensible. Cada sacudida envió una onda de choque a través 
de mi cuerpo. Apenas podía mantenerme en pie, el placer tan fuerte, y 
cuando me corrí, no me molesté en contener mi grito. Dejé que mi voz 
resonase por los pasillos, de la misma manera que Hale me amenazó. 
Dijo que, después de todo, toda la mansión oiría mis gritos. Qué se joda. 
 
 
158 
Me invadió ola tras ola de placer. La adrenalina de la muerte 
intensificó cada sensación. Mis músculos se contrajeron, luego todos se 
relajaron a la vez. Jadeé y me habría derrumbado si no fuera por los 
brazos fuertes de Malice sosteniéndome erguida. 
—Muy bien, mi Pequeña Luchadora. Te sacaré de aquí. 
Me levantó, y envolví mis piernas alrededor de su cintura antes de 
acariciar mi rostro en el hueco de su cuello. Ahora que el efecto de mi 
orgasmo había desaparecido, me sentía abrumada por lo que había 
sucedido. Hale estaba muerto y yo, bailé metafóricamente sobre su 
tumba. 
Cero arrepentimientos. 
Me sacó del dormitorio y se detuvo en un intercomunicador fuera 
de mi habitación. Apretó el botón. 
—¿Por qué no había nadie vigilando al guardia en la casa? —
retumbó su voz. 
Tomó un momento prolongado para que alguien responda, y con 
cada tic-tac del reloj, pude sentir el cuerpo de Malice tensándose contraentendí. 
—No hagas esto —supliqué. Él desvió la mirada, un sorprendente 
destello de dolor cruzó su expresión. 
Vicky estaba a punto de dejarme llorando allí sobre el asfalto 
caliente cuando una caravana de Mercedes-Benz entró en el 
estacionamiento de Dick. 
—Maldición —maldijo Vicky antes de pararse frente a mí, como un 
escudo humano. 
—Maldición —repitió su guardaespaldas. 
 
 
 
17 
 
—Maldición —murmuré en voz baja cuando las puertas del auto se 
abrieron de golpe y salieron una multitud de hombres en traje. Traté de 
contar cuántas personas había, pero se desvanecieron dentro y fuera del 
aire de la noche como sombras. Pudieron ser doce o cien. Su presencia 
fue enorme e intimidante, y no poder ver con claridad se sumó al terror 
total de todo. 
—Entra, Juliet —susurró Vicky con urgencia. 
Sí, no. Ni loca iba a entrar; tuve la fuerte sensación de que correr 
llamaría aún más la atención en mí. Sería como un pez en un barril. Sin 
mencionar que no era una cobarde. Puede que no conociera este mundo, 
pero no iba a dejar que mi mejor amiga enfrentara lo que sea que fuera 
esto, sola. 
No abandonaría a mi amiga. 
Observé con asombro la peligrosa sincronía entre ellos. Sus trajes 
variaban en diferentes tonos de negro y gris carbón. Sus zapatos de cuero 
estaban pulidos e impecables. Solo vi un par de mujeres en el grupo, pero 
vestían atuendos similares a los de los otros hombres, como si el costoso 
traje de diseñador fuera una especie de uniforme de trabajo. 
—Tienes que irte, Juliet —susurró. 
Sintiendo que la vida de Vicky estaba en peligro, planté mis pies 
firmemente en el asfalto, esperando. No ignoraba a la mafia de Kansas 
City y de lo que eran capaces. No sabía exactamente el rango de su familia 
en el sistema, pero el hecho de que tuviera un guardaespaldas 
siguiéndola era suficiente para asumir que era importante en su 
organización, o importante para alguien. 
A pesar de la noche calurosa, un escalofrío se deslizó por mi 
columna y luché contra esa sensación instintiva y abrumadora de huir. 
No fue hasta que uno de los autos del medio se abrió y un hombre alto 
salió del vehículo que me quedé sin aliento en el pecho. 
Él era… atractivo. Aterradoramente. 
Cabello rubio peinado hacia un lado. Labios suaves. Hombros 
anchos y complexión musculosa. Se elevaba por encima de todo el mundo 
 
 
18 
y tenía el tipo de presencia que hacía que te sentaras y prestaras 
atención. 
—Maldición —maldijo Vicky—. No hay forma de escapar de esto 
ahora. 
—¿Qué quieres decir? —murmuré mientras se acercaba más a mí, 
su espalda chocando con mi pecho. Envolvió sus brazos hacia atrás y 
alrededor de mí mientras levantaba la barbilla desafiante. Su 
guardaespaldas se mantuvo firme y estaba en alerta, pero por primera 
vez en mi vida, noté una caída sumisa en sus hombros, como si él 
también temiera lo que se avecinaba para nosotros. 
Era fácil decir que el hombre que acechaba hacia nosotros estaba 
a cargo. Fue como un cambio de energía. Todos se volvieron para mirarlo. 
Se movían cuando él se movía, respiraban cuando él respiraba. Encontré 
toda la experiencia muy… etérea ya que estaban perfectamente en 
sintonía entre sí. Fue como si el mundo entero girara bajo sus órdenes. 
—William —saludó el rubio. Su voz fue ronca y áspera. Cortés, 
controlada. No levantó la voz en el aire nocturno, habló como un hombre 
acostumbrado al mundo acercándose para escuchar lo que tenía que 
decir. Cada sílaba que salía de sus labios era un lujo. 
—Nicholas —respondió el guardaespaldas de Vicky antes de 
caminar hacia adelante. Los dos hombres se abrazaron. El abrazo pareció 
forzado, pero aún cómodo, como si hubieran practicado el movimiento en 
eventos políticos para demostrar algo. 
¿William? ¡¿William?! ¿El nombre del guardaespaldas de Vicky era 
William? 
Parpadeé un par de veces mientras le daba vueltas al nombre en 
mi mente. Mi extraño silencioso, mi mosca en la pared, el hombre que 
sabía todo sobre mí por asociación tenía un nombre. Saber esto y 
escuchar su voz en una noche lo hizo sentir más real. 
En realidad, no pude disfrutar de la comprensión de esto, porque 
comenzaron a murmurar algo entre ellos, luego se volvieron para 
mirarme. Olas de terror me golpearon como un rayo. 
—Vicky. Seguro que sabes cómo crear problemas —dijo el rubio, 
Nicholas. Mi mejor amiga se aclaró la garganta ante sus palabras. 
Ella respondió con ironía. 
—Nicholas, seguro que sabes cómo ser un gran dolor en el culo. —
Pareció divertido por una fracción de segundo, pero su expresión se 
transformó en ira controlada. Vicky luego miró a su alrededor a la 
caravana de autos estacionados a nuestro alrededor y suspiró—. ¿De 
verdad necesitabas traer toda la caravana para esto? 
 
 
19 
Su pregunta fue recibida con un enojado resoplido. 
—Solo quería asegurarme de que no huyeras de tus 
responsabilidades —respondió con frialdad—. Muéstrame a quién 
escondes a tu espalda. 
—No. —La respuesta de Vicky fue rápida, contundente y llena de 
veneno—. No va a pasar, Nicholas. 
Él se mordió el interior de la mejilla y le dirigió una mirada 
enfadada. Aparentemente, este rubio no estaba acostumbrado a que lo 
desafiaran. Lo miré por detrás de Vicky y sus ojos anormalmente 
brillantes llamearon de ira. 
—Creo que olvidas quién está a cargo aquí —dijo, puntuando cada 
palabra con un poder feroz. 
—Creo que olvidas que eres mi hermano y no un director de prisión. 
—¿Hermano? ¿Estaban emparentados? Después de pasar los últimos 
tres años en este extraño limbo de la amistad donde no se me permitía 
saber nada sobre la vida privada de Vicky, era una sensación tan extraña 
conocer a su hermano ahora. Mirándolo, vi indicios de sus rasgos 
similares. Su nariz afilada. Sus ojos feroces y piernas largas. Pero si eran 
familia, ¿por qué temblaba Vicky? Se volvió para mirar a su 
guardaespaldas, William, y negó con la cabeza—. ¿Y tú? A veces, creo que 
te preocupas por mí. Otras veces, me pregunto cómo diablos estamos 
relacionados. Pensé que a ti también te importaba, William. No mientas 
y me digas que no es así. 
Estaba tan confundida pero demasiado asustada para hacer o decir 
algo. Mordí mi labio mientras intercambiaban un silencioso 
enfrentamiento. Quería ver si la gente del restaurante estaba mirando o 
si habían dirigido su atención a otra parte. Todos sabían que no debían 
meterse con la mafia. Incluso si nunca había interactuado con ellos fuera 
de mis visitas con Vicky, sabía que debía mantenerme en secreto. Si veía 
algo, no diría nada. No sobreviví en la parte mala de la ciudad metiendo 
mis narices en los asuntos de otras personas. Es por eso por lo que Vicky 
confiaba tanto en mí. 
Mi teléfono barato empezó a sonar. El estridente sonido rompió el 
pesado silencio y maldije. Solo había una persona que me estaría 
llamando en este momento. La abuela. 
Sentí la atención de todos en mí y Nicholas sonrió. 
—¿Vas a contestar eso? 
Tragué saliva. Tuve un breve momento para pensar en mis 
opciones. Tan valientemente como pude, bromeé. 
—No quería ofenderte. 
 
 
20 
Los ojos de William se movieron nerviosamente. Vicky envolvió su 
cuerpo contra el mío. Mi teléfono siguió sonando en el aire nocturno. 
—Por favor, adelante —respondió Nicholas con malicia. Esto se 
sintió como un truco del que no quería participar. 
Pero aun así… 
Quizás fue debido a la desaparición de mi madre que me costaba 
ignorar las llamadas telefónicas de mi abuela. Nunca quise que mi abuela 
se preguntara o se preocupara si estaba bien. No saber lo que le pasó a 
mamá significó que nos viéramos obligadas a preocuparnos 
perpetuamente por ella por el resto de nuestras vidas. Necesitaba 
trabajar en ello, pero estaba ansiosa por no responder. Además, si estaba 
a punto de morir, primero quería hablar con mi abuela. Saqué mi teléfono 
con la pantalla rota de mi sostén y rápidamente respondí. 
—Hola, abuela. ¿Estás bien? 
—Juliet, ¿eres tú? 
—Sí, abuela, soy yo. ¿Estás bien? —Miré el pavimento, pero 
escuché pasosel mío. 
—Un grupo de hombres fue visto en la entrada sur. Hemos estado 
barriendo la zona durante los últimos cuarenta y cinco minutos, y 
encontramos una maleta con cables de aspecto turbio. Estamos 
esperando a que aparezca nuestro experto en bombas, jefe. Encendimos 
la alarma para una evacuación entera de la mansión hace una hora. 
Malice maldijo. Lo abracé con más fuerza, y el movimiento hizo que 
se estire para palmear mi espalda como para consolarme. Fue 
inesperado, pero le di la bienvenida. Tendría mucho tiempo para 
atormentarme con todo lo que había sucedido hoy. 
—Estoy en la casa en este preciso momento, y no está sonando 
ninguna alarma. Quiero saber quién estaba programado hoy para estar 
a cargo de Juliet Cross, y quiero que lo entierren con Hale. 
Una pausa recibió la demanda de Malice. 
—¿Hale, señor? —preguntó. 
—Hale ahora está muerto en el dormitorio de la señorita Cross. 
Necesito un equipo de limpieza aquí ahora mismo, y quiero un informe 
completo en mi escritorio en seis horas sobre las alianzas y contactos 
conocidos de Hale. Quiero que cambien todas las malditas contraseñas 
de esta casa. Quiero un barrido de su computadora portátil, teléfono y 
automóvil. Cada puto video de seguridad que puedan encontrar sobre el 
 
 
159 
hijo de puta entregado con el informe, o voy a comenzar a meter balas en 
unos cuantos cráneos. 
Me mordí el labio cuando sonó una ronda de Sí, jefe en el 
intercomunicador. 
—¿Qué nivel de amenaza tiene la bomba? 
—¿A qué se refiere, señor? 
—¿Crees que estoy seguro para follarme a mi chica en mi propia 
casa, o deberíamos irnos? 
Quise arrancarle los ojos con mis uñas. Malice sonrió. 
—Es bastante mínimo, señor. Está a unos treinta metros de la 
casa. Parece más una distracción que cualquier otra cosa. Aunque, le 
sugiero que se vaya por su seguridad… 
Malice terminó la comunicación, soltó un bufido, y comenzó a 
caminar por el pasillo hacia una habitación al final. 
Mordí mi labio nuevamente a medida que me dejaba en una cama 
lujosa. Mierda. Probablemente no debí decirle te lo dije al aterrador jefe 
enojado de la mafia. 
—Tenía un plan. ¡Lo tenía todo bajo mi puto control! —gritó antes 
de sacar su teléfono de su bolsillo y marcar. Encontré una manta de 
sobra y la envolví alrededor de mi cuerpo, pero Malice se acercó a mí y 
me la quitó de un tirón. Imbécil de mierda. 
—Cancela la distracción. Hale está muerto —dijo Malice a la vez 
que la otra persona en la línea contestó. Miré alrededor de la habitación. 
Muebles oscuros. Paredes negras. Sábanas negras. Pinturas abstractas 
en blanco y negro llenaban la pared. Cortinas oscuras también cubrían 
unas ventanas del piso al techo. Era un dormitorio caprichoso que 
encajaba perfectamente con la personalidad de Malice. No tenía ni idea 
que dormía tan cerca de donde me estaba quedando. 
—Como jodidamente muerto, William —continuó Malice—. Le metí 
un rizador caliente por el culo. Actualmente está tirado en el suelo de la 
habitación de Juliet, cocinándose como un asado. 
La imagen me hizo presionar mi mano contra mi boca. El vómito 
subió por mi garganta, pero lo tragué. Me negaba a sentirme apenada por 
lo que habíamos hecho. Era él o yo, y una vez más me elegí a mí. 
—Debe haber descubierto que lo dejamos ir a propósito. Los 
guardias encontraron una bomba en el jardín sur, y el cabrón desactivó 
la alarma. Pensó que tendría una última follada antes de huir. Y, por 
supuesto, eligió un momento en el que pensó que no estaría en todo el 
 
 
160 
día. Simplemente, da la casualidad de que volví para agarrar mi billetera 
cuando escuché a Juliet gritar. 
Mierda, gracias a Dios que Malice había vuelto. Me miró de arriba 
abajo. 
—Sí… —dijo a William—. Está bien. —William debe haber estado 
gritando en la otra línea, porque Malice apartó el teléfono de su oído por 
un momento. No me quitó los ojos de encima ni una sola vez—. ¿William? 
—Pausó—. ¡William! —Más pausas. Sentí que mi pecho comenzó a subir 
y bajar pesado. La tensión era espesa entre nosotros. Obviamente, 
teníamos asuntos pendientes—. Maldita sea, William. Adiós. Tengo algo 
muy importante que debo hacer. —Colgó su teléfono y lo arrojó al suelo—
. Abre las piernas, Pequeña Luchadora. 
Pequeña Luchadora. 
No lo obedecí. 
—¿No tienes trabajo que hacer? ¿Una posible bomba con la que 
lidiar y un cadáver en tu habitación de invitados? —me burlé de él. Por 
alguna razón, sentía esta necesidad inexplicable de negarle a este hombre 
el control que ansiaba tan desesperadamente. Quería estar a cargo. 
—Abre tus malditos muslos —exigió. 
Los apreté entre sí aún más fuerte. 
—¿Qué estás intentando probar? —pregunté. 
Se humedeció los labios, como si estuviera saboreando el sabor de 
mi boca en la suya. Podría haber tenido un momento de debilidad en la 
habitación de invitados, pero no estaba dispuesta a ceder otra vez. Había 
tenido mi orgasmo, no necesitaba que Malice se retorciera de un lado a 
otro. 
Se acercó a mí y se arrodilló. Besó mis rodillas ligeramente. 
Delicada. Tierna. Brevemente. Después, con sus manos tatuadas, me 
abrió los muslos y se inclinó para respirarme. Quise resistirme y 
esconderme. Era tan audaz de su parte exponerme así. 
Pero los ojos de Malice se pusieron en blanco. Gimió y frotó su cara 
a lo largo de mi coño. Se deleitó con mi aroma, mi calor, mi lujuria. 
—No tengo nada que probar, Pequeña Luchadora. Te quiero ahora 
mismo. Mañana, podría matarte. Ayer, te odiaba. Los monstruos operan 
en sus necesidades básicas. 
Lamió una línea lenta en mi hendidura, y casi salté de la cama. 
—Entonces, ¿esto solo se trata de excitarte? —pregunté, mi voz 
temblorosa. 
 
 
161 
—Se trata de lo bien que sabes. —Hizo una pausa antes de 
lamerme nuevamente. Me retorcí en el colchón—. Se trata de hacerte 
gritar. —Clavó sus dedos en mi carne, probablemente dejando pequeños 
moretones en la forma de sus dedos. 
Enredé mis manos en su cabello y lo obligué a mirarme. 
—Solo quieres sentirte como el héroe por un poco más de tiempo 
—susurré. Conocía su pasado. Sabía que lo impulsaba construir y 
proteger su imperio, del mismo modo que a mí me impulsaba protegerme 
y encontrar respuestas. 
Malice gruñó, y supe que lo había golpeado donde dolía. Envolvió 
su mano alrededor de mi muñeca y quitó mi mano de su cabeza. Luego, 
se levantó y me empujó de espaldas en la cama para no tener que 
mirarme a los ojos. Algo me decía que luchaba con la realidad en mi 
mirada. 
—Cállate y siénteme, Pequeña Luchadora —susurró antes de besar 
mi estómago, mi pecho, mi mandíbula. 
Me moví para levantar su barbilla, desafiándolo una vez más a que 
me mirara a los ojos. 
—Malice, gracias por salvarme —respondí. 
Mis palabras lo estimularon. Se quitó su cinturón frenéticamente, 
su camisa, sus pantalones. Mantuvo sus ojos esmeraldas en mí mientras 
se quitaba la ropa del cuerpo. 
Y oh, qué maravilloso cuerpo tenía. Tatuajes intrincados cubrían 
cada centímetro de su piel. Un hermoso arte sorprendente diseñado por 
un artista genuino. Las líneas eran impecables. Se habían curado 
perfectamente y fluían sin problemas con cada línea de su cuerpo. Había 
un búho enojado en su pecho con una expresión gruñona y preciosas 
alas extendidas sobre sus pectorales. Me pregunté si el simbolismo 
hablaba de la sabiduría serena de Malice. 
En su cuello había un loto en blanco y negro con letras cursivas 
envueltas alrededor. Lo leí y me mordí el labio. 
Civella. 
Estaba marcado literalmente con el apellido de su familia. 
Cuando se bajó sus calzoncillos negros, jadeé ante el metal 
brillante perforando su dura y larga polla. Debatí preguntarle si las 
barras recubriendo su eje le habían dolido, pero tenía la impresión de 
que nada le dolía. Malice era invencible. Brutal. Endurecido por la 
organización mortal para la que fue criado para liderar. 
 
 
162 
Se arrastró sobre mí, sus músculos tensos y definidos. Extendí la 
mano y pasé mi mano por un año tatuado en negrita en sus abdominales. 
2018. 
—¿Qué significaesto? —pregunté. Quería entenderlo. Malice dejó 
escapar un jadeo pequeño cuando tracé los números en negrita 
sensualmente. 
—Es el año en que vi cómo asesinaron a mis padres —admitió antes 
de apartar mi mano suavemente. No esperaba esa respuesta, y mi 
corazón se rompió por él. ¿Qué tipo de vida vivió?— Me recuerda que 
nunca debo ser complaciente. No confíes en nadie. No dejes entrar a 
nadie. 
Lo entendía. Yo misma había construido un muro a mi alrededor 
tan alto que incluso mi mejor amiga apenas miraba por encima del borde. 
Este hombre había vivido una vida de derramamiento de sangre. Había 
visto sufrir y morir a las personas más cercanas a él. 
—Malice, fóllame —susurré. Esto era imprudente, incorrecto y tan 
jodido. Este hombre me había obligado a matar a otro. No protegería mi 
corazón. No se preocuparía por mí. Era peligroso e impredecible. 
Pero quería sentirlo solo una vez. Quería ser imprudente. Malice 
tenía razón, se trataba de necesidades básicas y nada más. Quería 
comprender las partes físicas más crudas de él. Si iba al infierno, 
entonces montaría en el regazo del diablo en el camino hacia abajo. 
Malice sujetó mis manos sobre mi cabeza y se instaló entre mis 
muslos temblorosos. Me sobresalté ante la invasión brusca de su polla. 
Presionó contra mi entrada, provocándome y tentándome. 
—No puedo controlarme cuando estoy contigo —dijo con voz ronca. 
No quería su control. Quería su pene. Quería su lado salvaje. 
Empujó dentro de mí con un movimiento rápido que me hizo gemir 
ruidosamente y arquearme fuera de la cama. Era tan jodidamente grueso. 
Los piercings en su polla me hicieron sentir llena, y cada uno golpeó un 
punto sensible dentro de mí. Se estiró a lo largo de mi cuerpo, sin dejar 
de sujetarme con sus manos, y me encantó la forma en que sus músculos 
se abultaron a medida que se deslizó dentro y fuera de mi coño 
resbaladizo. 
—Estás tan jodidamente apretada —dijo antes de gruñir una 
maldición—. Como si tu coño estuviera hecho para mi polla. —Se inclinó 
para envolver su boca alrededor de mi pezón, deteniéndose un momento 
en sus embestidas para arrastrar sus dientes afilados a lo largo de mi 
piel sensible. Me retorcí y gemí mientras envolvía mis piernas alrededor 
de su cintura. 
 
 
163 
Luego avanzó a mi escote y hundió sus dientes en mi piel, 
extrayendo sangre. Grité por el dolor agudo justo cuando empezó a 
follarme más fuerte. Gotas de mi sangre se derramaron por su boca, y 
miré la huella que sus dientes dejaron en mi pecho. Cortes violentos y 
enojados en la forma de su cruel sonrisa me devolvieron la vista. 
Empujé contra su pecho, enojada porque me hubiera mordido tan 
duro, pero también ligeramente excitada por la brutalidad de todo. 
—Vamos, Pequeña Luchadora. Lucha contra el gran monstruo 
malo —se burló antes de agarrar mi cintura y castigarme con su polla. 
Cada estocada fuerte de su cuerpo fue condenatoria. Rastrillé mis uñas 
por su espalda. Quería marcar su piel como él había marcado la mía. 
Quería arruinar sus tatuajes hermosos y cavar tan profundo que 
encontraría algo de permanencia en su alma. 
Me retorcí y apreté mis piernas con más fuerza a su alrededor. 
Mordí su hombro, chupé su cuello, lamí su labio inferior y tiré del frío aro 
del pezón en su piel entintada. 
Follamos, follamos, follamos. Más duro. Más rápido. Profundo, 
profundo, profundo y más profundo. Fue una pasión brusca compartida 
entre dos personas que eran desconocidas y conocidas íntimamente. 
Habíamos sido testigos de los pecados más profundos del otro. Juramos 
lealtad a nuestros cuerpos, nuestra confianza y nuestras intenciones más 
sucias. 
Seguimos follando, follando y follando. No cambiamos de posición. 
Al final resultó que, a Malice le gustaba mirarme a los ojos. Tal vez porque 
veía fragmentos de sí en mi mirada. 
Y cuando me corrí, fue la liberación más dulce de mi vida. Ninguno 
de los dos gritó, fue una de esas pequeñas muertes silenciosas. Una ola 
de culminación que nos dejó a los dos agotados y agitados. Se derrumbó 
encima de mí y lamió una gota de sudor de mi cuello. 
—Guau —susurré. No había esperado que sea tan intenso… 
simplemente demasiado. 
Malice guardó silencio. Permaneció callado cuando salió de mí. No 
dijo ni una maldita palabra cuando fue a limpiarse. Ni un susurro escapó 
de sus labios cuando le pregunté si estaba bien. 
La finalidad de todo esto me hizo sentir vacía. Solo me quedé allí 
tumbada con su semen filtrándose de mí. Sin abrazos, ni palabras 
dulces. Sin besos tiernos. Ni… nada. 
Estaba acostada allí cuando la puerta se abrió y Anthony entró 
trotando. Suspiró aliviado al verme, luego notó que estaba desnuda 
rápidamente. Anthony evaluó pensativo la situación en cuestión de unos 
 
 
164 
momentos. No estaba segura de cuánto sabía él sobre lo que había 
sucedido o si esto desencadenaría algo en él. Malice aún estaba en su 
baño adjunto haciendo Dios sabe qué. 
—¿Estás bien? ¿Te lastimó? —preguntó Anthony gentilmente 
mientras se acercaba más a mí. Mis ojos se llenaron de lágrimas. No 
estaba segura de por qué estaba llorando. Vergüenza por lo que había 
hecho con Malice. Miedo por lo que pasó con Hale. Terror por el asesinato 
brutal del que fui testigo. 
Anthony se quitó sus zapatos con delicadeza y agarró una manta. 
Me miró por un momento breve y dejó escapar un escalofrío antes de 
cubrirme con la tela suave. 
—Aquí estoy. 
No lo pensé dos veces cuando se subió a la cama a mi lado… la 
cama que olía a sexo. La cama en la que acababa de follar con su 
hermano. 
Envolvió sus brazos alrededor de mí, y dejé escapar un suspiro de 
alivio. Este era el consuelo que necesitaba. Incluso si estaba mal y era 
egoísta. Besó mi coronilla suavemente y me abrazó. No me soltó cuando 
Malice salió del baño, completamente desnudo y cubierto de rasguños y 
mi sangre. Caminó orgulloso hacia la cama, vistiendo la brutalidad de 
nuestra follada como una medalla de honor. Si estaba sorprendido de 
que Anthony me estuviera tocando, no lo demostró. No fue hasta que 
Anthony lo miró furioso, y luego giró mi cabeza para colocar un húmedo 
beso caliente en mi boca que la máscara de Malice se desvaneció en la 
nada. El shock cubrió su expresión. Besé a Anthony con mis ojos en 
Malice, preocupada por lo que esto significaba, confundida por todo lo 
que había sucedido. 
—Yo te protegeré —susurró Anthony—. Siempre te mantendré a 
salvo —prometió antes de mirar furioso a su hermano. 
Malice agarró su ropa y nos dejó solos en su dormitorio sin una 
sola palabra. 
 
 
 
165 
 
La ansiedad era casi como tener una mosca rebelde apareciendo 
en tu habitación. Quizás una avispa mortal era más preciso. O un 
elefante sentado en tu pecho. ¿Pero esta noche? Esta noche, tenía una 
mosca zumbando alrededor de mi cabeza. Aterrizando en mi piel. 
Arrastrándose por mis mejillas. Intenté acostarme desesperadamente en 
la cama de Malice, con los ojos cerrados con fuerza, pero aún podía 
escuchar ese zumbido constante en mis oídos. Vueltas, vueltas y vueltas. 
Si abría la boca, ¿aterrizaría en mi lengua? Si abría los ojos, ¿bebería de 
mis lágrimas? Si me tragara una mosca, ¿construiría un hogar en mi 
estómago? Nadie vería la mosca, pero yo la sentiría. Sin mariposas para 
la dama de las moscas. 
Anthony y yo estábamos acostados en la cama de Malice, y no pude 
evitar pensar en moscas en mi estómago, comiéndose la muerte 
enterrada dentro de mí. A ellas les gustaba esa mierda, ¿no? Acudían en 
masa. Probablemente tendría moscas siguiéndome por el resto de mi 
maldita vida. Dejarían un rastro de destrucción a su paso. 
La casa Civella tenía moscas en las paredes. 
Sobre los muebles. 
Mantenían los bichitos cargados en sus armas. 
Anthony gimió. 
Tenía una mano apoyada en mi cuerpo, pero la apartó 
bruscamente, como si mi toque lo quemara. La gente era vulnerable 
cuando dormía. Estaba hablando con alguien en sus sueños. Diciéndoles 
que se vayan a la mierda. Anthony estaba luchando contra sus propias 
moscas. 
Quise extenderla mano y apartar el cabello sudoroso de su frente, 
pero tenía una mosca en mi cerebro de la que no podía deshacerme. 
Me levanté y me limpié. Semen seco cubría mi piel. Mi cabello 
estaba enredado. El aire olía a carne quemada. Bzzz. 
Esa maldita mosca tenía que morir. 
Encontré ropa de mi talla doblada cuidadosamente en el baño. 
Encontré que la tela era suave al tacto. Se sentía muy lujosa. William 
 
 
166 
estuvo aquí. ¿Sabía lo que había hecho? ¿Estaba tan disgustado conmigo 
como ya lo estaba yo misma? 
Anthony soltó un grito mientras dormía. Necesitaba matar todas 
mis moscas por él. No podía abrazarlo y consolarlo hasta que lo hiciera. 
El guardia fuera de nuestra habitación preguntó dónde iba. Le dije 
que necesitaba matar una mosca. 
Habló por su radio y me siguió, curioso. 
Bzz. 
Bzz. 
Bzz. 
Bzz. 
No era más que un hombre sin rostro, sin nombre. 
Afortunadamente, no me detuvo. El rey en su radio dijo que me deje en 
paz. Libre para matar la mosca, ¿qué suerte tenía, no? Me reí mientras 
agarraba mi bolso y mis llaves. 
Me siguieron calle abajo. Un convoy de hombres. Testigos de mi 
cacería. 
Mis dedos temblaron a medida que conducía tras la mosca. Sabía 
a dónde iba, seguían a la muerte, ¿no? 
La conmoción era casi como tener una razón para escapar. 
 
p 
 
Ring. Ring. Un hombre estaba detrás de mí, con los brazos 
cruzados sobre el pecho. 
—Contesta el teléfono, Vicky —maldije. Tenía cosas importantes 
que hacer. 
—¿Hola? 
—Oh, bien, estás aquí —suspiré de alivio mientras me paseaba por 
el cemento duro. Estaba descalza. Hasta que ya no lo estaba. Un hombre 
trajeado me entregó unas chanclas—. Mamá dejó su trabajo a las 2:36 
a.m. —dije al teléfono. Vicky guardó un silencio sepulcral. Siempre lo 
hacía cuando hablaba de esto—. Las cámaras la vieron irse con una 
mochila. Nunca tenía una mochila. Pero ese día la tenía. 
 
 
167 
—Oh, Juliet —dijo Vicky con ternura—. ¿Estás en Gwendola Lane? 
¿Estás sola? 
No estaba sola. Nunca estaba sola. Tenía la mosca en mi estómago 
y el muro de los hombres de Malice a mi espalda. 
—Habría tomado esta ruta a casa. Es el camino directo a la casa 
de la abuela. Pero ¿y si iba a parar en algún lugar? ¿Y si tenía ropa por 
lavar en esa mochila, Vicky? Hay una lavandería automática las 
veinticuatro horas en la calle Hannah. Podría haber caminado hasta 
allí… 
—Juliet, ya revisamos las imágenes de seguridad de la calle 
Hannah, y nadie en la lavandería la vio —respondió Vicky en voz baja. Lo 
sabía. En serio lo hacía. Ninguna piedra sin remover. Era una teoría, una 
pista, un callejón sin salida. Nada. Moscas por todas partes. 
—Está bien. ¿Y si la secuestraron…? 
Vicky me interrumpió. 
—Juliet. ¿Puedes sentarte? Hagamos nuestros ejercicios de 
respiración. Los que practicamos la última vez —susurró. 
Su tono me enfureció. ¿No lo entendía? 
—No quiero respirar. Quiero encontrar a mi maldita madre. 
Suspiró en el auricular. 
—Está bien. Dame un segundo. Voy a enviar un mensaje de texto 
a alguien. 
Conté mis pasos entre tiendas. Miré el sol saliendo por el este. 
Encontré un trozo de chicle viejo en el cemento. Evidencia. Consigue toda 
la evidencia. 
—Está bien, ¿Juliet? ¿Sigues ahí? 
—¿Y si tomó un taxi a casa? ¿Y si no se sentía…? 
—Cariño, no tomó un taxi. 
Cierto, cierto. 
—¿Escuchas eso? 
—¿Qué escucho? 
—Esa mosca. No deja de zumbar. —Sería mucho más fácil si Vicky 
estuviera aquí—. ¿Cuándo vendrás a casa? 
La respuesta de Vicky fue inmediata. 
—Pronto, cariño. ¿Hoy pasó algo? 
 
 
168 
Lágrimas por las moscas comenzaron a rodar por mis mejillas. 
Saladas. Calientes. 
—Hale está muerto —susurré—. Me lastimó, Vicky. 
Vicky jadeó. Los hombres observándome se alzaron más erguidos. 
Alguien estaba viniendo. 
—Oh, Dios mío, Juliet. ¿Estás bien? Eso es todo, no me importa lo 
que diga Nick, voy a volver a casa. 
Más lágrimas comenzaron a fluir por mis mejillas. Quería a mi 
mejor amiga. Quería saber lo que le pasó a mi madre. Quería ver a Hale 
morir una y otra y otra vez. Quería que Malice me hubiera abrazado 
después que folláramos. Quería quitarle las pesadillas a Anthony. Quería 
perderme con mi extraño silencioso. 
Quería matar la maldita mosca. 
Las calles estaban hechas de batir de alas. Ojos me seguían a todos 
lados. Cubrían todas las superficies. Se arrastraban por mi piel. Estaban 
hundiéndose en mis oídos, mis ojos, mi nariz, mi boca. 
—Vicky, te extraño. No estoy bien. 
Dejó escapar un suspiro lento en el receptor. Pasó el tiempo. 
Sollocé al teléfono. El muro de guardias se movió nervioso sobre sus pies. 
—Tal vez tu mamá no estaba caminando a casa. Dijo que estaba 
enamorada de ese padre soltero que frecuentaba la tienda. Tal vez 
finalmente hizo algo al respecto —ofreció Vicky, distrayéndome. Era una 
teoría que discutíamos a menudo. 
—Jeffrey Dahmer disfrazado de padre soltero trabajando en el 
turno nocturno —dije, disgustada. 
—Es posible —ofreció Vicky, aplacándome—. ¿Oye, Juliet? ¿Hay 
alguien ahí? 
Alcé la vista justo cuando Malice, Anthony y William salieron de un 
auto. 
—Todos están aquí. 
Vicky susurró en mi oído. 
—Genial. ¿Por qué no vas a casa y descansas un poco? ¿Me 
quedaré en la línea si quieres? Podemos volver a hablar de las teorías. 
Tengo un bloc para tomar notas. 
William me tendió la mano, y la miré como si su cuerpo fuera un 
arma. Anthony comenzó a pasearse inquieto por el cemento, mirando la 
 
 
169 
basura en el suelo, las manchas en las ventanas y las tiendas alineadas 
en la calle. Malice vestía una camisa salpicada de sangre. 
—Señorita Cross, vámonos a casa —dijo William. 
La realidad de este momento se sintió de repente muy pesada. 
—Pero… pero tengo que matar la mosca… —Mis palabras no eran 
reales. No había ninguna mosca. 
—Asesina, ¿dónde está la mosca? —preguntó Anthony a medida 
que se quitaba un zapato. Más lágrimas corrieron por mis mejillas. Era 
este sufrimiento sin fin. Sin cierre. Sin respuestas. Era este dolor que 
nunca cesaría. 
Asentí hacia la tienda que era demasiado barata para invertir en 
cámaras de video. 
—Ahí —susurré. Anthony asintió, se acercó a la ventana y la golpeó 
con el zapato. El golpe fuerte fue satisfactorio. 
—¿Dónde más, Asesina? 
Tragué pesado. Odiaba y amaba ese apodo. 
—Ahí —dije, señalando el suelo. 
Anthony pisoteó. Se veía ridículo, golpeando a mis demonios 
imaginarios. 
Malice habló finalmente, sus palabras oscuras y crueles. 
—¿Dónde más, Pequeña Luchadora? —Lo miré por un momento, 
los recuerdos de lo que habíamos hecho juntos aun persiguiéndome. 
¿Merecía saber sobre mis moscas?— dime —insistió una vez más. Luego 
señalé el semáforo. Malice sacó su arma, apuntó al semáforo, y disparó 
una bala. El vidrio se hizo añicos y el estallido eliminó una mosca más 
zumbando en mi cerebro. 
—Señorita Cross, muéstrame dónde están todas las moscas —
suplicó William. 
Mi rostro se retorció en agonía y miré hacia mi pecho. 
—Aquí —susurré mientras apuntaba a mi corazón—. Está aquí. 
Colgué a Vicky y caminé hacia el auto. La conmoción se estaba 
desvaneciendo, y todo lo que quedaba era una tristeza abrumadora. Los 
hermanos Civella me siguieron. Anthony empezó a hablar de matamoscas 
eléctricos. Malice insistió en que me siente en su regazo. William condujo. 
Temblando. 
Sollozando. 
 
 
170 
Riendo. 
También muriendo un poco. 
El zumbido cesó. 
Mis héroes habían matado a la mosca. 
Y nunca volvimos a hablar de eso. 
 
 
 
171 
 
Después de un par de días de cuidado personal, exigí normalidad. 
El shock que experimenté fue intenso, pero no necesariamente 
desconocido. Vicky llamó dos veces al día para asegurarse que no volviera 
a pasear por las calles. Malice no me hablaba. William prácticamente 
vivía en el trabajo. Anthony estaba construyendo una trampa para 
moscas sofisticada en su calabozo de la muerte. 
Estaba avergonzada. 
Sabía lo que era el shock. Sabía que había tenido un momento 
temporal de locura. Sabía que era razonable. Sabía. Sabía. Sabía.Tenía que salir de la casa Civella. No podía dormir en la habitación 
de invitados porque, a pesar de que el personal borró cada centímetro de 
evidencia de la habitación, aún me recordaba a Hale. Estuve tentada de 
llamar a la puerta de Malice y dormir en su cama, pero cada vez que reuní 
el coraje para hacerlo, me convencí de que lo mejor era que no lo hiciera. 
Malice no tuvo que decir ni una sola palabra para hacerme saber cómo 
se sentía por lo que habíamos hecho. Se había presentado para luchar 
contra mis demonios en Gwendola Lane porque era un riesgo de 
seguridad, no porque le importara. No era la chica que domó a la bestia. 
Era un cuerpo con el que pasar el tiempo. 
Esta mañana me fui para quedarme en casa de la abuela. Anhelaba 
algo familiar, y de todos modos tenía que comprobar las cosas. Tenía un 
montón de correo esperándome, y mi colchón barato pero cálido. Después 
de dar vueltas y vueltas durante horas, me levanté para prepararme para 
mi turno en Eden's Place. Quizás mantener mi distancia era mejor. 
Quedarme en casa de la abuela me facilitaría el regreso a mi vida. 
—¿Estás bien, cariño? —preguntó Kelsey mientras actualizaba 
algunos perfiles de miembros. 
—¿Sí, por qué? 
—Sigues resoplando y hoy pareces distraída. —Hizo una pausa 
para bajar la voz—. ¿Es el tiroteo que ocurrió? Te acostumbrarás. La 
próxima vez, cierra los ojos, ¿de acuerdo? No ves nada, no dices nada, 
nena. 
 
 
172 
La muerte del señor Graves parecía ahora tan lejana. Casi lo había 
olvidado. Asentí. Probablemente era más fácil aceptar sus suposiciones 
sobre por qué me sentía de esta manera. No estaba segura de poder 
confiar en ella lo suficiente como para decir lo que en realidad me estaba 
molestando. ¿Era una locura sentirse ofendida por el silencio de Malice? 
Estaba a punto de mandarlo a la mierda y de todos modos soltar todo, 
pero una presencia fuerte entró por la puerta principal, casi dejándome 
sin aire en mi pecho. 
Malice pasó a mi lado como si no fuera más que una pintura en la 
pared. Me hizo sentir invisible. Quizás consiguió lo que quería de mí. 
Conocía a muchos hombres que trataban a las mujeres como conquistas 
o muescas en el poste de la cama. Una vez que usó mi cuerpo, pasé a 
serle inútil. 
Y odié cómo me hizo sentir eso. De todas las cosas por las que 
obsesionarse, esta era la más ridícula de la lista. 
Había tenido la noción extraña de que podía ser yo quien lo cambie. 
Ser deseada por Malice era como una droga. Ser protegida por él era un 
subidón indescriptible. Era como mantener el equilibrio sobre el borde 
afilado de una hoja. Peligroso. Seguro. Él era todas esas cosas. 
Una parte de mí estaba harta de mí por sentirme así, una parte de 
mí estaba agradecida que él ya no invadiera mi espacio personal y me 
exigiera cosas que me sentía incómoda dándole. Estaba mal quererlo. Lo 
sabía. No había nada bueno que pudiera surgir de una relación con él, o 
para el caso, con cualquiera de ellos. Sin embargo, su indiferencia dolía 
mucho más de lo que quería admitir. 
—Oh, chica —dijo Kelsey con un silbido bajo—. Estás muy mal. 
Atraje mi atención hacia ella y traté de pasar inadvertida. 
—No sé a qué te refieres —respondí, con la nariz levantada en el 
aire como si pudiera fingir a través de la verdad con mi orgullo intacto. 
—Le tienes ganas al Jefe —respondió antes de empujarme—. No 
puedo decir que te culpe. Tiene una vibra peligrosa y un cuerpo a la 
altura. Ardiente. —Se abanicó para dar énfasis—. Pero, niña, no se folla 
con ese hombre. 
Dejé escapar un bufido. No servía de nada negarlo. 
—Me lo follé —respondí. 
Chilló, el tipo de chillido que hacen las mujeres cuando reciben un 
chisme jugoso. Empezó a saltar de arriba abajo y a empujarme. 
—Solo sé que su pene es inmenso. Enorme, ¿verdad? 
—Enorme. Y perforado. 
 
 
173 
Se desmayó. 
—Maldita sea. ¿Estuvo bueno? ¿Te dio una nalgada? Parece que le 
gusta eso. El Jefe no tiene un perfil en el club, pero he hecho algunas 
observaciones. Le gusta ir a la sala de perversiones con sangre para 
relajarse. ¿Te cortó? Oh, Dios mío, eso es tan sexy. 
Levanté las manos, rogándole sin decir palabra a Kelsey que baje 
la velocidad. 
—Me mordió —admití de mala gana. En ese momento, no se sintió 
como algo perverso. Simplemente se sintió como una necesidad 
desbordante. Como si mi pulso fuera demasiado errático para que mi 
cuerpo lo contenga todo. Quería explorarlo más, pero… no, no había 
futura folladas entre el diablo y yo. 
—Fue rudo, apasionado y simplemente tomó el control. 
—Amo a un hombre que toma el control, te arroja contra el colchón 
y te folla a pelo —dijo Kelsey con voz soñadora. 
—Fue caliente —concordé—. Muy caliente. Sabe lo que hace, 
pero… 
—¿Pero ahora finge que no existes? —preguntó—. Suena muy 
común para la población general de imbéciles con penes. 
Intenté encogerme de hombros y actuar como si esto no fuera nada. 
—Solo necesito superarlo y seguir adelante. He besado a sus dos 
hermanos, así que probablemente sea mejor si… 
—Espera. ¿Besaste a Anthony y William? —chilló. Presioné mi dedo 
índice contra mi labio, animándola a reducir la velocidad. 
—¿Cómo fue? Oh, Dios mío. No puedo creer… 
—Sí, Juliet. Dime cómo fue… —interrumpió una voz profunda. 
Tenía ese tono ronco de alguien que no había usado sus palabras en un 
tiempo. Supe que era mi extraño silencioso antes de darme la vuelta y 
encontrarme con su mirada cruel. 
—William —saludé. Kelsey pareció querer agarrar una bolsa de 
palomitas de maíz y ver nuestro intercambio. 
—Necesito hablar contigo. Ahora —dijo antes de agarrar mi brazo 
y empujarme por el pasillo hacia su oficina. Kelsey sonrió como una 
colegiala mientras él me arrastraba lejos de la recepción. 
—No tienes que maltratarme —gruñí cuando llegamos frente a la 
puerta. 
 
 
174 
—¿Kelsey y tú no estaban justamente hablando de cómo amaban 
a un hombre que toma el control? —me desafió a medida que me miraba. 
Mi corazón se aceleró. 
—En el dormitorio —contesté, mi tono destilando sarcasmo. 
Mi extraño silencioso presionó su lengua contra el interior de su 
mejilla y negó con la cabeza. 
—Señorita Cross, ¿no lo sabes? Puedes divertirte mucho fuera del 
dormitorio. —Después abrió la puerta de su oficina y presionó mi espalda 
baja para guiarme dentro. 
Crucé mis brazos sobre mi pecho. 
—William, ¿qué quieres? —pregunté mientras veía alrededor. Su 
oficina estaba limpia y lujosa. Los detalles de alta gama se podían 
encontrar en los muebles marrones y la silla elegante. Su computadora 
portátil estaba abierta sobre el escritorio, y tenía una pila prolija de 
papeles en la esquina. Era espacioso y caprichoso, con una pared en 
tonos oscuros y fotografías de intérpretes actuando como un punto focal 
en el fondo. 
—Quería ver cómo estabas. Me di cuenta de que anoche dormiste 
en tu casa. 
—Oh, ¿ahora te importa? No te he visto en tres días. No desde… 
William se humedeció los labios. 
—Necesitaba tiempo para pensar. No quería empeorar las cosas 
para ti. —Se pasó la mano por el cabello con nerviosismo. 
—¿Empeorar cómo? —pregunté. 
—Como aplastar moscas imaginarias en la calle donde 
secuestraron a tu madre. Te hemos ayudado antes, pero nunca ha sido 
tan malo. 
Me sentí avergonzada. Probablemente nunca sobreviviría a mi 
momento de debilidad. 
Dejé escapar un suspiro molesto. 
—Bueno, tampoco he matado a nadie, he sido agredida y luego he 
visto morir a ese hombre. 
—Está bien, es justo. Anoche te fuiste. ¿Por qué? 
—En realidad, no me gustó mucho dormir en la misma habitación 
que el fantasma de Hale. Aún huele a imbécil chamuscado ahí —me 
quejé, intentando restarle importancia a un recuerdo verdaderamente 
perturbador. No podía borrarlo de mi mente. 
 
 
175 
—Bromeando para sobrellevar la situación, como lo hace Anthony. 
—Mi extraño me miró de arriba abajo. Hoy no había puesto mucho 
esfuerzo en mi apariencia. Probablemente me daría una queja por no 
cumplir con el código de vestimenta. Mis pantalones cortos eran de 
mezclilla,y mi corsé y las mangas de encaje cubrían la mayor parte de 
mi piel. Por alguna razón, todos mis otros atuendos me hacían sentir 
vulnerable. Hale me había visto con ellos. Quería quemar todo mi 
guardarropa. 
—Hoy no tenías que venir aquí —dijo en voz baja. Esos ojos 
inquisitivos estudiaron cada centímetro de mí. No tenía que expresar sus 
pensamientos para que saber lo que estaba pensando. Mi extraño 
silencioso me conocía a nivel celular. Sabía que estaba colgando de mi 
cordura por mi dedo meñique. 
—Malice dijo que podía volver —respondí. 
William estampó su puño en su escritorio inesperadamente. 
—Y todo lo que dice Nicholas es ley, ¿verdad? —gruñó—. Dirijo este 
maldito lugar, pero él es el jefe, ¿verdad? —William tenía una disposición 
naturalmente gruñona, pero verlo así era un nivel diferente de ira—. ¿Te 
gustó? 
—¿Qué me gustó? 
William me levantó y me puso en su escritorio. Lo miré fijamente. 
—Follar con el jefe. 
Fruncí el ceño. 
—Eso no es de tu maldita incumbencia. 
Tiró de la parte superior de mi corsé, exponiendo la parte superior 
de mis pechos. 
—¿Te gusta que te marquen, Juliet? Vamos, dímelo. Imagina que 
estamos de vuelta en el restaurante y estás derramando tus patéticas 
tripas por toda la mesa. ¿Quieres hablar de cómo te folló? ¿Las cosas 
sucias que dijo? O podemos hablar de la desaparición de tu madre. 
Señorita Cross, ¿quieres llorarme otra vez? 
—Eso es suficiente —espeté. 
—¿Lo es? Ahora que no soy un extraño, de repente no quieres 
contarme tus secretos. ¿Te asusta que sea humano? ¿Que pueda 
escuchar toda la mierda asquerosa que tienes en tu alma? 
—Jódete —le gruñí. Este no era el William que me invitó a los días 
de spa y derramó poesía a mis pies. Esta era una versión enojada de mi 
extraño silencioso. Un hombre herido que estaba celoso. El hombre que 
 
 
176 
tenía que competir por un espacio en esta familia todos los días de su 
vida. William era un hombre con algo que demostrar, y ahora mismo yo 
era su víctima. 
Lo desafié, sintiéndome viva por primera vez en días. 
—¿Qué te cabrea más, saber que me follé a tu hermano o saber que 
lo disfruté? 
William sonrió. 
—Señorita Cross, puedes follar con quien quieras. Pero no 
comparto cuando se trata de ti. Dejaré que se queden con los sucios 
pedazos dañados de tu alma, pero me quedaré con tu corazón. 
Suspiré, mis pechos subiendo y bajando con cada respiración. 
—¿Crees que le di mi corazón a Malice? —me burlé. 
—Creo que lo robó —espetó William antes de inclinarse para 
arrastrar sus dientes a lo largo de mi cuello—. Justo como cualquier otra 
maldita cosa en mi vida. 
William se apartó rápidamente y rodeó su escritorio. Observé con 
los ojos entrecerrados cuando se inclinó debajo de su silla y sacó una 
gran caja de terciopelo negro. 
—Sabes, estaba guardando esto. Para un momento especial. —
William se acercó a mí y abrió la caja, revelando el collar de perlas más 
largo que hubiera visto en mi vida—. Trescientos mil dólares en perlas. 
Como una cuerda —dijo, con voz ronca mientras las sacaba de la caja. 
Observé la colección. Era hermoso. Impresionante. Ni siquiera había visto 
trescientos mil dólares, y mucho menos en joyería. 
—Quítate los pantalones cortos y abre las piernas, señorita Cross 
—susurró. 
Estaba tan desesperada por sentir algo, por conectarme con mi 
extraño silencioso a pesar del dolor compartido entre nosotros, que 
obedecí instantáneamente. Fue apresurado y torpe. Deslicé la mezclilla 
por mis piernas y luego me paré con ambas piernas tan abiertas como 
pude. William me miró fijamente por un momento antes de caer de 
rodillas y enroscar las perlas alrededor de mis tobillos, atándome sin 
apretar a la pata de su escritorio. 
Las perlas se sintieron frías al tacto y delicadas envueltas alrededor 
de mis piernas temblorosas. La cuerda era tan larga que pudo atarla con 
cuidado alrededor de ambas piernas, y luego ponerse de pie con más 
holgura. 
—Las manos delante de ti —exigió. 
 
 
177 
Obedecí. 
Las envolvió alrededor de mi muñeca dos veces. Respiré 
pesadamente cuando después colocó el resto colgando entre mis piernas, 
tirando de manera que hubiera una tensión apretada en el collar de 
perlas contra mi coño. Mis delgadas bragas de encaje no proporcionaban 
ninguna una barrera. Jadeé, sintiéndome sensible de repente. 
—Señorita Cross —dijo a medida que me rodeaba con ambos 
brazos, abrazándome fuerte mientras tiraba de la cuerda. Trabajó el 
collar de perlas de un lado a otro. De ida y vuelta. Más rápido—. Quiero 
que pienses solo en mí. —Incliné la cabeza hacia atrás y gemí—. Quiero 
tus ojos sobre mí. Quiero tus manos sobre mí. Lo quiero todo de ti. En 
todas partes. Siempre. 
Besó mi cuello y se movió más rápido. Arqueé mi espalda, más 
cerca, más cerca, más cerca. 
—Sí —siseé. 
—Dime que me perteneces. —Me quedé inmóvil, a pesar del placer 
construyéndose. Mis ojos se abrieron del todo y, en contra de los deseos 
de William, pensé en la boca de Malice sobre mi pecho y en Anthony 
abrazándome. William me frotó más rápido, el dulce ritmo tántrico 
obteniendo placer de mi cuerpo con cada movimiento de las perlas. Besó 
mi boca. Lamió mi lengua. Mordió mi labio inferior con sus dientes 
afilados—. Dime que eres mía. 
No podía decirlo. No sabía lo que me depararía el futuro, pero sabía 
que era demasiado tarde para pertenecer a un solo hombre. 
—Dilo, señorita Cross. 
Me mordí el labio. El silencio fue ensordecedor. Estaba tan cerca 
de correrme en su escritorio, por esas perlas caras. No era más que una 
colección de placer floreciente, respiraciones ásperas y culpa. 
Construyéndose, más y más. 
Y luego nada. 
William se apartó de mí. De repente me sentí fría como el hielo. Se 
agachó, agarró la cuerda de perlas y la arrancó ferozmente de mi cuerpo. 
Las perlas se esparcieron por todas partes alrededor del lugar. Rebotaron 
y huyeron de mi cuerpo. Dondequiera que mirara, las perlas cubrían sus 
pisos de madera, deslizándose debajo de sus gabinetes y escritorios. 
William me fulminó con la mirada, la ira ardiendo a través de sus 
ojos marrones. 
—No terminaremos esto hasta que puedas decirme que eres mía y 
solo mía, señorita Cross. 
 
 
178 
Levanté la barbilla y lo miré fijamente. Estaba avergonzada, 
sofocada, cachonda y frustrada sexualmente. 
—Entonces nunca terminaremos, Extraño. 
 
 
 
179 
 
—El jefe te busca —dijo un hombre calvo con los brazos cruzados 
sobre el pecho. Lo miré fijamente a través de la rendija de mi puerta 
principal. Llevaba tres días sin ir a trabajar y estaba de nuevo en casa de 
la abuela. Simplemente me negué. William me humilló. Nunca había 
estado tan excitada y me había negado tanto. Eso fue cruel, y había 
alcanzado mi límite para sus mierdas. Mi trabajo estaba hecho. Ya 
habíamos descubierto que Hale era el infiltrado. El dinero era genial, pero 
¿a qué precio? Me sentía tan jodidamente barata y utilizada. Solo era un 
juguete para estos hombres. 
—¿Qué jefe? —pregunté. 
—El que importa. 
—Todos importan —respondí con ligereza—. Dile a Malice que 
renuncio. El trabajo está hecho. 
El hombre no pareció divertirse con mi desafío. 
—Esa no es una opción. 
Lo fulminé con la mirada. 
—¿Cómo te llamas? 
—Garret. 
—Garret. Dile al señor Civella que puede atragantarse con mi polla 
enorme. Y si tanto me desea, que deje de esconderse como un marica y 
venga a hablarme él mismo. 
Le cerré la puerta en la cara a Garret y le puse llave. Qué se jodan 
los hombres Civella. Qué se joda Eden's Place. Qué se jodan todas las 
cosas desagradables que había hecho. No podía seguir haciéndolo. 
Quería una tarde normal para hacer cosas normales. 
Me senté frente mi computadora portátil vieja, un corcel fiel que 
había sobrevivido a años de actualizaciones y grandes archivos de audio 
de podcast. Era lenta, pero era mía. Tenía que comenzar a buscar 
universidades en línea dentro de mi presupuesto y solicitar ayuda 
federal. Mierda aburrida, normal y tediosa. Me encantaba. 
 
 
180 
Exceptoque, no me encantaba. No me atrevía a mirar la solicitud 
de la Universidad de Texas A&M, aunque ya tenía memorizados sus 
requisitos de admisión. Tenían uno de los mejores programas de ciencias 
forenses del país. Algunos de sus graduados terminaron trabajando en 
equipos de élite en ciudades más grandes. Era una quimera, algo que 
siempre había deseado pero que sabía que no era una posibilidad para 
mí. Puede que la abuela esté ahora bien, pero estaba en un camino 
inevitablemente deprimente. Me negaba a abandonarla. 
Había una universidad comunitaria local que ofrecía cursos 
básicos en línea dentro de mi presupuesto. Podía encontrar un trabajo 
con horarios más constantes y… 
Un golpe fuerte en mi puerta me hizo detenerme abruptamente. No. 
No iba a abrir. No conocía a mucha gente a la que se pudiera reconocer 
por la forma de llamar a una puerta, pero ese insistente bam, bam, bam 
era todo Malice. 
Seguí escribiendo en mi computadora mientras él golpeó. Enderecé 
mi espalda. Ya no podía controlarme. Había terminado. 
El vidrio de la ventana de la sala de estar se hizo añicos y salté de 
mi asiento con un chillido. Efectivamente, Garret estaba atravesando 
nuestra ventana. Parecía completamente molesto conmigo mientras 
apartaba los fragmentos y entraba a nuestra sala. Permanecí mirando en 
silencio con la boca abierta y sorprendida a medida que él se quitaba los 
cristales de la chaqueta del traje y giraba su cuello. 
Me miró y sonrió. ¡Maldita sea, sonrió! Como si supiera algo que yo 
no sabía. 
—Vas a pagar para arreglar eso —le dije, pero, naturalmente, me 
ignoró. En su lugar, Garret se dirigió a la puerta principal, desbloqueó la 
cerradura y giró el pomo. 
Malice entró con Anthony a su espalda. 
—Este lugar es muy bonito. Parece que podría ser el decorado de 
un documental policíaco de los años noventa —exclamó Anthony 
mientras aplaudía—. ¡Quiero decir, la nostalgia! ¡Vaya! ¿Es una foto tuya 
en tercer grado? Frenillos. Me encanta. 
—Hola, Anthony —dije, ignorando a propósito a Malice, quien me 
miraba con el ceño fruncido. Ambos hombres no podían tener un aspecto 
más diferente. Malice llevaba su traje característico, Anthony llevaba 
jeans y una camiseta descolorida. 
—Faltaste al trabajo —gruñó Malice. 
 
 
181 
—Renuncié —respondí—. ¿No recibiste mi carta de renuncia? La 
dejé en el escritorio de William después de que se burlara de mi clítoris 
con perlas lujosas valoradas en casi un cuarto de millón de dólares. 
—Me enteré de eso —intervino Anthony—. ¿Qué tal estuvo? —Mis 
ojos se abrieron de par en par. ¿A Anthony en serio no le importaba mi 
relación con sus hermanos? Eran los otros dos los que me daban un caso 
grave de latigazo cervical. 
—Estuvo genial —contesté, con un tono aburrido. 
Malice apretó la mandíbula. 
—¿Por qué renuncias? No debería tener que recordarte lo que está 
en juego aquí. 
—De acuerdo. ¿Vas a matarme? ¿Chantajearme? ¿Follarme hasta 
la sumisión? Estoy por encima de las amenazas, y a mi modo de ver, 
tengo tanto sobre ti como tú sobre mí. 
Anthony dejó escapar un silbido bajo. 
—Oh, cariño, yo no habría hecho eso… 
Malice se quitó la chaqueta, mostrándome el arma atada a su 
costado. 
—Vas a volver para quedarte en nuestra casa. Puedes dormir en mi 
cama o en el calabozo de la muerte de Anthony. 
—¡Ooh, una fiesta de pijamas! Nos acaban de entregar un cuerpo, 
¡así que será una fiesta! También he guardado el pene de Hale por si 
quieres apuñalarlo un par de veces. 
Mis cejas se alzaron. 
—No —espeté. 
Malice asintió, no como si estuviera de acuerdo conmigo, sino como 
si intentara calmarse. 
—¿Qué te importa? No he hablado contigo desde… —Mi voz se fue 
desvaneciendo. 
—¿Desde que ustedes dos follaron? —terminó Anthony por mí, su 
expresión se suavizó—. Técnicamente, hablaste en la situación del 
matamoscas, pero no estabas realmente allí, Asesina. 
—¿Se trata de eso? ¿Estás enfadada porque no te abracé después 
de follar contigo? ¿Quieres sentirte especial, amada, deseada? Por lo que 
parece, recibes mucha atención de mis hermanos. Uno de ellos se está 
quejando conmigo porque parece creer que te reclamó primero. El otro 
 
 
182 
lloriquea todo el día porque no estás en casa. ¿Y Vicky? Está amenazando 
con volver a casa si no cuido de ti. 
Anthony intervino. 
—Haces que lloriquear suene como una palabrota. El hecho de que 
esté en contacto con mis emociones y sea capaz de expresar mis 
necesidades no me convierte en un maldito llorón; solo te pedí 
cortésmente que arregles esto y traigas a Juliet a casa. 
Suspiré. 
—Anthony, esa no es mi casa. 
Él resopló. 
—Es que aún no lo sabes, pero yo soy tu hogar. Está bien, te llegaré 
a gustar. 
—Esto es una pérdida de tiempo —dijo Malice a medida que se 
pellizcaba el puente de la nariz. 
Malice se acercó a mí sin previo aviso, y me arrojó por encima de 
su hombro. Dejé escapar un grito y su mano fuerte sujetó mi trasero. 
—Vas a volver a casa. Una vez que estás en el equipo, no hay forma 
de salir. No me gusta tener que preocuparme por ti mientras estás aquí, 
y es mucho más fácil vigilarte cuando estás bajo mi techo. 
Le di un puñetazo en la espalda. 
—Solo quieres controlarme. 
La luz del sol golpeó mi espalda, y solté un grito, no es que nadie 
quiera ayudarme. Malice tenía esa habilidad extraña de hacer que la 
gente se disperse y cierre los ojos de golpe. 
—Anthony, ve a buscar su computadora portátil —gritó Malice. 
—¿Te refieres a ese dinosaurio en la mesa de su cocina? Claro. 
Malice me dejó en el suelo, y lo miré fijamente. 
—Vete a la mierda —grité. Levantó la mano como si fuera a darme 
un revés, y me estremecí. Mi terror repentino hizo que se detenga. Nos 
miramos fijamente durante un momento breve antes de que él hablara 
de nuevo. 
—Anthony quiere que vuelvas a casa —susurró finalmente. 
De repente, Malice pareció… indefenso. En ese momento no era un 
gran mafioso malvado. Era un hermano vulnerable decidido a hacer 
cualquier cosa para compensar su terrible pasado. 
—¿Es por eso por lo que ya no me hablas? —pregunté. 
 
 
183 
—Anthony no suele… 
—Lo sé. Pero tal vez no le estás dando suficiente crédito. Entró 
directamente en tu habitación después de que nosotros… 
—¿Follamos? —ofreció. 
—Eso no lo perturbó. 
—Anthony estaba reclamando su derecho —respondió Malice. 
—No. William estaba reclamando su derecho cuando me humilló 
en Eden's Place. Tú estabas reclamando tu derecho cuando Hale intentó 
agredirme. Anthony sólo estaba… —Pensé en lo que quería decir por un 
momento antes de continuar—. Anthony solo estaba ahí para mí. Se 
parece a Vicky en ese aspecto. 
Malice se aclaró la garganta. 
—Hace tiempo que Anthony no está ahí para ninguna persona viva. 
Estoy intentando navegar esto mientras dirijo nuestro negocio y protejo 
a mi familia. De alguna manera, te han añadido a la lista de personas 
que ahora tengo que proteger, y me hace sentir fuera de control cuando 
haces maniobras de mierda como esta. 
—No es una mierda. 
—Es una completa mierda —dijo Anthony a mi espalda. No solo 
llevaba mi computadora portátil dinosaurio, sino que también había 
sacado todas las fotos mías del instituto que estaban colgadas en la pared 
y las estaba equilibrando en sus brazos—. Las quiero. Me las llevo. 
Negué con la cabeza. 
—Allí no me siento cómoda. Solo puedo pensar en el hombre que 
maté, en Hale y en todos los malditos guardias que patrullan el recinto. 
Sólo necesito algo de normalidad, ¿de acuerdo? 
—Lo normal es aburrido —canturreó Anthony. 
—Los asesinos no tienen normalidad —añadió Malice. 
—De acuerdo. Pero cuando la abuela regrese, me mudaré a casa. 
Lo digo en serio. Anthony, no puede vivir sola. Me encanta pasar tiempo 
contigo… 
—Entonces admites que me amas —me interrumpió. 
—Eso no es lo que dije. 
Chasqueó la lengua. 
—Entonces, me amas. Continúa. 
 
 
184 
—Pero la abuela necesita mi ayuda. Esto es temporal. Podemos ser 
amigos, y eres bienvenido aquí cuando quieras. Pero no puedes obligarme 
a aceptarlo que digas. Ya no te tengo miedo —mentí. 
Anthony resopló, Malice pareció querer darme una razón para 
temerle. 
—Métela en el maletero —dijo Anthony con un tono aburrido. 
—¿Qu-qué? —Malice ni siquiera vaciló. Presionó el llavero y el 
maletero de su auto se abrió de golpe—. No me voy a meter en ese maldito 
maletero. —Lo miré—. Hay una lona. ¿Es un maletero para cadáveres? 
Diablos, no. 
Malice me levantó y arrojó sin esfuerzo en el maletero como si fuera 
un saco de patatas. Me escabullí, haciendo lo posible por salir de allí. 
Anthony bloqueó mi vista. Inclinándose, me miró fijamente con la cabeza 
ladeada. 
—A veces, un poco de miedo es bueno para el alma. 
Y entonces, cerró el maletero de golpe. 
 
p 
 
Me sentí claustrofóbica. Cada inhalación caliente y laboriosa. Era 
como si hubieran golpeado a propósito cada bache posible. Me golpeé la 
cabeza con el techo del auto y me encontré cada vez más enfadada 
mientras conducíamos. 
También sentí una sensación abrumadora de traición. Se suponía 
que Anthony estaba de mi lado. A pesar de su meta de meterme en el 
maletero, no le temía como debería. Lo compadecía. ¿Por qué sentía que 
tenía que llegar a esos extremos? ¿Por qué tenía tanto miedo de 
perderme? 
Después de lo que me pareció una hora de tráfico intermitente, 
finalmente detuvieron el auto. Gotas de sudor caían por mi cuello y 
ansiaba un trago de agua helada. Esperé. Y esperé. Y… esperé. 
—Anthony, ¡déjame salir de una maldita vez! —grité. Iba a 
arrancarle los ojos cuando saliera de aquí. Alguien golpeó la puerta del 
maletero con la palma de la mano—. ¡Vete a la mierda! —grité una vez 
más. 
Pasaron minutos. Podrían haber sido horas, pero no estaba segura. 
El espacio parecía hacerse cada vez más pequeño. Mi respiración se volvió 
 
 
185 
rápida y superficial. ¿Y si me quedo sin aire? ¿Y si dejo de respirar? ¿Y si 
me dejaban aquí para que me cocine en el calor del verano? ¿Quién 
cuidaría de la abuela? 
Y entonces se abrió el maletero. 
—Juliet, me decepcionas —dijo Anthony. 
—Y tú maldita sea, me haces enojar —gruñí antes de salir a toda 
prisa del maletero. Estaba increíblemente adolorida y me sentía mareada 
por el calor. 
—Aw, no me odies. Tengo una sorpresa para ti —respondió 
Anthony mientras Malice se acercaba a mí, sosteniendo una botella de 
agua. Intenté quitársela de las manos, pero él la apartó de mi alcance y 
optó por desenroscar la tapa y tomar sorbos lentos, tragos constantes 
hasta que la botella estuvo casi vacía. Entonces, solo entonces, me la 
entregó. 
—Imbécil —gruñí antes de quitársela con un siseo. No es suficiente. 
No era suficiente. 
Una vez que terminé con el agua, eché un vistazo a mi alrededor. 
Estábamos en un barrio residencial que había visto días mejores. Las 
casas de madera con la pintura descascaradas tenían arbustos muy 
crecidos en sus patios y juguetes de niños en sus caminos de entradas. 
—¿Dónde estamos? 
—Adivina —respondió Anthony a medida que rebotaba sobre las 
puntas de los pies. Malice miró su reloj. 
Miré la casa frente a la que habíamos estacionado. Me resultaba 
familiar. 
—Espera… —susurré cuando avancé por el camino de entrada—. 
¿Esta es la casa del Carnicero de Kansas City? —chillé, como si Anthony 
me hubiera dejado en un concierto de Harry Styles y no en la casa de un 
asesino en serie. 
—El único —respondió Anthony. 
Malice me miró como si estuviera loca. 
—¿Podemos entrar? 
—Sí. También he pensado que podríamos hacer algunas fotos, para 
la página de inicio de tu podcast —respondió Anthony antes de sacar una 
cámara de alta calidad. 
—¡Esto es jodidamente épico! —grité. Estuve a punto de acercarme 
a Anthony y a Malice para envolverlos en un abrazo, pero entonces 
 
 
186 
recordé que me arrojaron dentro de un maletero y me trajeron hasta aquí, 
y decidí que seguía muy, muy enojada con estos imbéciles. 
—¿Vamos, mi señora? —preguntó Anthony a medida que me tendía 
la mano. 
Lo miré con los ojos entrecerrados. 
—Hagamos esto —murmuré antes de entrar sola. Malice se rio en 
voz baja. 
La casa había estado vacía durante muchos años, porque estaba 
cubierta de polvo. Anthony tarareó mientras abría las ventanas para que 
pudiéramos ver a medida que recorría la casa. 
—¡Voy a preparar la cámara! —gritó mientras tanteaba los ajustes. 
Malice me siguió. 
—Así que, ¿esto te interesa? —preguntó titubeante. 
Respondí su pregunta con una propia. 
—¿De verdad quieres conocerme? 
Intentó no sonreír. 
—Mantén a tus enemigos cerca y todo eso. —Entonces Malice se 
aclaró la garganta—. Anthony me habló de tu madre y del significado de 
Gwendola Lane. ¿No has conseguido ninguna pista? 
Miré al suelo de linóleo y negué con la cabeza. 
—Nunca. 
—¿Seguro que no era una marginada? —preguntó Malice. Era la 
típica pregunta de mierda. La policía lo había preguntado. Las noticias la 
habían acusado de eso cuando acudimos a ellos para que dieran a 
conocer su caso de desaparición. 
—Ella me amaba —susurré. 
—El amor es una debilidad —susurró Malice a medida que pasaba 
un dedo por el papel tapiz amarillo descolorido que se estaba despegando. 
—No estoy de acuerdo. Actúas como si hablaras por experiencia —
respondí. 
—Más bien como un espectador. Vi cómo el amor de mis padres el 
uno por el otro los mató. Mi madre era su mayor debilidad, y mi padre 
tenía muchos enemigos. Fue casi demasiado fácil lo rápido que la 
abatieron. A mi padre le dispararon mientras sollozaba sobre su cuerpo. 
No supo proteger a los suyos, estaba demasiado cegado por el amor para 
hacer lo que había que hacer. 
 
 
187 
Miré en la cocina a Anthony, quien estaba haciendo fotos de las 
encimeras y los pisos. 
—Te preocupas por tus hermanos —observé—. ¿Son tu debilidad? 
Malice rechinó los dientes y me miró fijamente, con veneno puro en 
su expresión. 
—No tengo ninguna debilidad. Me ocupo de los míos… 
—Excepto cuando no lo haces —interrumpí. Fue un golpe bajo, 
pero Malice necesitaba un golpe duro de realidad—. No eres invencible. 
—Sin embargo, lo salvé. Puedo salvarlos a todos. Puedo protegerlos 
a todos. 
Extendí la mano lentamente y rocé con mis nudillos el dorso de su 
mano. 
—Entonces estás demostrando mi punto —susurré—. El amor no 
es tu debilidad. Te ha hecho más fuerte. Más astuto. Más adaptable. 
Brutal. Determinado. 
—¡Oh, Dios mío! ¿Esto es una salpicadura de sangre? —exclamó 
Anthony, rompiendo la severidad del momento. Sonreí—. No, espaguetis 
— añadió después en tono abatido. 
—Ve a disfrutar de tu exploración espeluznante de asesinatos con 
Anthony —dijo finalmente Malice tras un momento largo—. Voy a esperar 
en el auto. 
Observé su espalda a medida que salía de la habitación. Anthony 
me sacó una foto. 
—Hermosa —susurró mientras miraba la pantalla digital. 
 
 
 
188 
 
Anoche dormí en la habitación de Malice. Me sentí incómoda y 
fuera de lugar, pero él tenía trabajo que hacer, así que estaba sola. Era 
mejor que dormir en el calabozo de la muerte de Anthony. Lo había 
considerado, pero cuando fui a echar un vistazo allí, no estaba segura de 
lo que me horrorizó más, los tres cuerpos puestos en los refrigeradores o 
el hecho de que el colchón de Anthony tuviera unos cinco centímetros de 
grosor. Sin juzgar, pero me negaba rotundamente a dormir en la misma 
habitación donde había matado a un hombre, en una cama que parecía 
hecha para prisioneros. 
Además, la única razón por la que me fui de allí fue para volver a 
sentirme normal; dormir en el calabozo de la muerte donde todo empezó 
no me iba a hacer ningún favor. Al menos tenía una sábana ajustable y 
no estaba durmiendo en un colchón sin nada y manchado. Cuando me 
fui, Anthony hizo un comentario sobre la remodelación de una de las 
habitaciones de arriba para que pudiéramos, y cito, «abrazarnos». 
A pesar de sentirme agotada, me levanté y me vestí para el día. 
Tenía todo el fin de semana libre en Eden's Place. Malice me dejó claro 
que tendría que volver al trabajo eventualmente, pero entendía mi 
necesidad de undescanso. Incluso sonrió un poco cuando sugirió 
tomarse el fin de semana libre, como si le emocionara hacer enojar a su 
hermano. No había visto a William desde el incidente de las perlas. No 
podía determinar si quería verlo o si el espacio entre nosotros me estaba 
dando claridad mental. Amar a William sería la respuesta fácil. Se 
preocupaba por mí. Me conocía. Pero no quería enfrentarme a las 
demandas para las que no tenía respuesta. 
Después de vestirme con unos pantalones cortos de cintura alta y 
una camiseta inmensa, me hice una trenza francesa en mi cabello 
castaño y me puse un poco de rímel y corrector. Mis mejillas estaban 
sonrosadas por la corriente constante de pensamientos que fluían por mi 
mente. Malice había sido vulnerable ayer conmigo. Anthony era tan 
intrusivo como romántico. Tenerlos a los dos juntos con su total atención 
en mí era emocionante y aterrador en partes iguales. No había esperado 
divertirme tanto como lo hice en la casa del Carnicero de Kansas City. 
Pasamos una buena hora haciendo fotos y tomando notas para mi 
podcast. Anthony incluso quiso ser un anfitrión invitado. Y todo el 
tiempo, Malice nos observó con sus ojos inquisitivos. No esperó en el auto 
 
 
189 
como dijo que haría. Nos observó abiertamente, como si pudiera 
entenderme. Hubo algo en su mirada que me hizo sentir caliente. Sentí 
que podía destrozarme con una sola mirada. 
Bajé lentamente a la cocina para almorzar. Los guardias estaban 
zumbando con actividad, caminando de un lado a otro y hablando por 
sus radios con expresiones vertiginosas. Una vez en la cocina, encontré 
algunos embutidos, pan para un sándwich y me senté a comer. 
Un guardia, al que no conocía, se unió a mí en la cocina y apoyó 
su espalda en la pared, observándome en silencio. Siempre me 
observaban. 
—¿Pasa algo? —pregunté, sin esperar realmente una respuesta. 
—El jefe vendrá a verte pronto —respondió con un tono aburrido. 
Me giré para mirarlo. Ah, Garret. El imbécil que destrozó la ventana de 
mi abuela. 
—Me debes una ventana —dije, con la boca llena de mi sándwich. 
Garret era un soldadito bueno, pero no me provocaba escalofríos como 
Hale, así que no me importaba tenerlo como sombra. 
—Ya está arreglada —respondió. 
Le di un mordisco a mi sándwich y mastiqué lentamente, 
sorprendida con su respuesta. Estaba ansiosa por ver qué jefe quería 
verme y por qué, y cuando Malice entró en la cocina, mi piel se erizó con 
conciencia. Tenía una sonrisa emocionada en su rostro. Era un aspecto 
que no había visto en él. 
—Date prisa y come, tenemos que ir a un lugar —dijo antes de 
tomar una botella de agua de la nevera, desenroscar la tapa y dar unos 
cuantos tragos. Observé cómo su manzana de Adán subió y bajó a 
medida que bebió el agua fresca. 
—¿A dónde vamos? —pregunté. 
Malice no me contestó, simplemente me miró por encima de su 
botella de agua antes de dejarla. 
—Date prisa. No tenemos tiempo. —¿Otra vez con prisa? 
—¿Tiempo para qué? 
Malice rodeó la isla de la cocina con su traje, esos zapatos de vestir 
de diseño que resonaban contra la baldosa mientras se acercaba a mí. 
—¿Recuerdas lo que te dije cuando empezaste a trabajar para mí? 
Tragué pesado. Recordaba con claridad lo que había dicho. Aún me 
atormentaba. 
 
 
190 
—Un día, podría llamarte y decirte que necesito que quemes un 
edificio. Al día siguiente, podría necesitarte en un vestido de noche y de 
mi brazo en un evento. Podría necesitarte para mantener a Vicky 
obediente. Podría necesitarte para herir a mi hermano. A veces, sabrás 
por qué estás en algún lugar. A veces no lo sabrás. Serás mi pequeña 
mascota, apareciendo cuándo y cómo te necesite. 
—Sí —dije con dificultad, y el miedo me invadió casi al instante. 
—Jefe —interrumpió el guardia—. ¿Quieres que prepare al equipo? 
—preguntó. 
—No. Voy a hacer esto solo. 
Garret pareció sorprendido por esto. Era la primera vez que veía 
una reacción en el soldado frío. 
—¿Solo? 
—Solo —repitió Malice. 
Si Malice estaba tan decidido a hacer esto solo, ¿por qué tenía que 
acompañarlo? 
—Jefe, la información que recibimos decía que allí habría al menos 
seis hombres —añadió el guardia. Vaciló con sus palabras, como si 
tuviera miedo de hablar. ¿Seis hombres? ¿A dónde diablos íbamos? 
—Entonces dile a Anthony que voy a traer seis malditos cadáveres 
—espetó Malice antes de agarrar mi brazo y levantarme suavemente de 
mi taburete en la barra. 
—¿Vamos a una matanza? ¿Una búsqueda del tesoro? ¿Tal vez una 
cena y una película? —pregunté, haciendo tiempo. 
Se detuvo en la puerta principal y me miró a los ojos. 
—Las tres cosas —respondió con un guiño. 
¿Malice estaba… coqueteando conmigo? 
Caminamos hacia el auto en silencio. Probablemente debería haber 
sentido miedo. Esa habría sido la respuesta normal, pero mi pulso se 
ralentizó cuando llegamos a su auto, un Mercedes Benz oscuro e 
irreconocible con matrículas temporales que parecían más permanentes 
que cualquier otra cosa. Me ubiqué en el asiento del copiloto y vi cómo 
uno de sus hombres le acercaba una gran pistola. No sabría decir qué 
era, pero el metal negro y el gran cañón parecían intimidantes y 
poderosos. Él se quitó la chaqueta del traje y se la lanzó a otro hombre, 
revelando dos pistolas más pequeñas y un cuchillo largo sujeto a su 
cuerpo. En su cinturón no había más que municiones. 
 
 
191 
Malice parecía preparado para la guerra, Fuéramos donde 
fuéramos. 
Se sentó en el asiento delantero y encendió el auto, el motor era un 
ronroneo tranquilo comparado con la energía rugiente que desprendía mi 
compañero durante el día. 
—¿Debería haber traído un chaleco antibalas? —pregunté, 
buscando información. 
Malice salió del largo camino sinuoso. 
—Tengo uno para ti en el maletero —respondió, con un tono 
directo. 
—¿Necesito un arma? —cuestioné. 
—¿Sabrías usar una? 
—No. 
—Entonces no. 
Malice aceleró por las calles de Kansas City, con una mano en el 
volante y la otra colocada precariamente sobre mi muslo. Sus dedos 
fuertes rodeaban mi cuerpo y subían, subían, subían. 
—¿A dónde vamos? —chillé—. Si vamos a matar personas, ¿no 
crees que debería estar preparada? 
Malice apretó mi pierna y giró hacia la autopista. 
—Vamos a recuperar algo que me robaron hace casi tres años. 
—¿De quién? 
—Cora Albertine —respondió Malice. 
—¿Cora? ¿Cómo la Cora que intenta matarte? ¿La Cora que hizo 
que Hale dejara una bomba en tu jardín? 
Malice aceleró el motor y comenzó a adelantar vehículos, entrando 
y saliendo del tráfico con facilidad. 
—La misma. 
—¿Qué robó? ¿Por qué lo recuperaremos ahora? ¿Por qué me 
trajiste? No me gusta esto… 
—Deja de preocuparte. Cora está ahora mismo en una reunión con 
uno de mis proveedores, intentando robar mi territorio. No lo conseguirá, 
pero ella no lo sabe. La perra tonta trajo un ejército con ella porque cree 
que es una trampa, pero es demasiado codiciosa para dejar pasar la 
oportunidad. —Hizo una pausa para conducir por el arcén y esquivar un 
Cadillac que circulaba lentamente—. Tengo un hombre dentro que me 
 
 
192 
informó de dónde podía encontrar mi pertenencia y el código de la caja 
fuerte para sacarla. Vamos a entrar en su casa y recuperarla. 
Tragué pesado. 
—Haces que parezca fácil —grazné. 
—Lo será. Voy a enseñarle lo que se siente tener a alguien en su 
espacio, y ni siquiera tendré que utilizar todos mis recursos para 
conseguirlo. Ella va a mirar atrás y verá que soy un ejército de un solo 
hombre, y que no debería joderme. 
Miré por la ventana, sintiendo un escalofrío antinatural 
recorriéndome. Por alguna razón, había algo estimulante en saber lo que 
estábamos a punto de hacer. Tal vez Malice había jodido con mi cabeza. 
—¿Y yo qué voy a hacer? —pregunté. 
Me miró fijamente. 
—Quédate a mi lado. 
Mis cejas se alzaron. 
Mierda. 
 
p 
 
El complejo de Cora no era tan lujoso como la mansión de Malice. 
Tenía una puerta metálica que rodeaba el almacén y estaba construido 
fuera de la ciudad. Parecía una base militar enruinas, y no pude evitar 
comparar su montaje con la sofisticación de la mafia de Kansas City. 
Verlo de cerca me hizo pensar que ella no era más que una cucaracha en 
la cocina de los Civella. 
—¿Aquí es donde vive Cora? —pregunté mientras nos deteníamos. 
Malice ni siquiera se molestó en estacionar lejos del edificio. Era como si 
quisiera que supieran que estaba allí. Se colocó un pasamontañas con 
un dibujo de una calavera en la cara y me entregó uno a juego. 
—Sí. Quédate cerca de mí. 
Salimos del auto y ambos nos pusimos el chaleco antibalas. 
Mientras subía la cremallera, mis dedos temblaban por la adrenalina. 
¿Qué demonios estaba haciendo? Mi sentido de la autoconservación 
estaba perdiendo ante mi curiosidad. 
—¿Lista? —preguntó, casi aburrido. 
 
 
193 
—Malice, no hagas que me maten. 
Se detuvo un momento para mirarme, sus ojos verdes asomando a 
través de la máscara negra. Su respuesta amortiguada fue brusca pero 
severa. 
—Nunca te pasará nada. Nunca. —No entendía cómo podía pasar 
de ser tan sobreprotector a ponerme voluntariamente en peligro, pero tal 
vez tenía algo que demostrar. 
Asentí, sobre todo porque estaba demasiado aturdida para 
responder. 
En la puerta principal, un hombre con una pistola colgada del 
pecho abrió la puerta de metal oxidado y saludó a Malice. 
—Jefe —dijo. Hice la conexión de que este era el hombre que Malice 
tenía dentro—. Ahora hay ocho hombres en el recinto. El collar está en 
la caja fuerte del despacho de Cora. El código está aquí —dijo mientras 
le entregaba a Malice un trozo de papel. 
Malice lo miró y luego arrugó el papel en su puño. 
—Lo hiciste bien. Ahora vete. Me reuniré contigo y te entregaré tu 
dinero en la casa de seguridad. 
El tipo asintió y se dirigió rápidamente hacia una motocicleta 
estacionada en el patio delantero. ¿Ocho hombres? ¿Y estábamos 
haciendo esto por un collar? 
Malice levantó la barbilla, echó los hombros hacia atrás y entró por 
la puerta principal como si fuera el dueño del lugar, conmigo 
prácticamente pegada a su espalda. Quería estar lo más cerca posible del 
bastardo loco en caso de que ocurriera algo. En cuanto pasamos por la 
puerta principal, mis ojos escudriñaron el patio. El espacio estaba 
despejado hasta donde podía ver, pero sabía que eso era solo temporal. 
Era como la calma antes de la tormenta. 
El recinto de Cora parecía aún más deteriorado por dentro. Era un 
páramo de polvo sucio, con paredes de metal manchadas, cubiertas de 
óxido y clavos rotos asomando por cada hoja. Unos cuantos autos 
estaban estacionados dentro de la muralla, y el gran almacén frente a 
nosotros tenía un agujero en el techo. 
—Espera —dijo Malice a medida que extendía el brazo. Me detuve 
y contuve la respiración. Mierda, mierda, mierda. ¿Qué diablos estaba 
haciendo? ¿Por qué estaba aquí? 
Malice se dio la vuelta y levantó su pasamontañas para dejar al 
descubierto sus labios suaves. Levantó su mano con firmeza y subió mi 
máscara hasta la nariz. 
 
 
194 
—Deberíamos conmemorar el momento —dijo con una sonrisa. 
—¿Qué momento? —Estaba desbordada de adrenalina, pero 
también estaba aterrorizada. Y tal vez un poco excitada. 
—Esta es nuestra primera cita, Pequeña Luchadora —dijo antes de 
acercarse a mí para darme un beso apasionado allí mismo, en medio del 
recinto de Cora. Rodeó mi cintura con el brazo que no sostenía su pistola 
enorme y pasó la lengua por mi labio inferior. Parecía el tipo de beso que 
se prolongaba eternamente. Mi cuerpo se fundió en su abrazo. Jadeé 
cuando sus dientes se hundieron en mi labio. Malice me consumió, 
succionando y saboreando. 
Un disparo interrumpió el momento apasionado. Me aparté y me di 
cuenta de que era Malice quien había disparado su arma. Su brazo 
estaba extendido y apuntaba a un hombre desangrándose en el suelo. 
¿Le había disparado mientras me besaba? 
—Se acabó la diversión —susurró. Lamí mis labios antes de volver 
a bajar la máscara. Se rio, con un sonido desquiciado. 
Otro hombre dobló la esquina, con la pistola en alto y apuntando 
hacia nosotros. Malice le disparó eficientemente una vez. Dos veces. Tres 
veces. Cada bala poderosa se alojó en su pecho. 
—Sígueme —ordenó. Otra bala zumbó en el aire. Chillé cuando un 
tercer hombre disparó por encima de nosotros. 
Malice comenzó a trotar hacia la puerta principal que conducía al 
interior del edificio y la mantuvo abierta para mí. 
—Las damas primero. 
Menudo caballero de mierda. 
—Estás loco —susurré antes de entrar. 
No debí haber entrado primero. Allí mismo había un hombre con 
una pistola apuntada directamente a mi cráneo. Malice, el protector 
eficiente, envolvió sus brazos alrededor de mi cintura, apuntó y disparó 
antes de que mi atacante tuviera siquiera un momento para procesar lo 
que estaba sucediendo. Cayó hacia atrás, aterrizando con una 
salpicadura de sangre en el duro suelo de cemento. 
—¡Acabas de utilizarme como escudo humano! —chillé. Malice, 
quien todavía seguía rodeando mi cuerpo con sus armas humeantes, se 
inclinó y rozó sus dientes a lo largo de mi cuello, sacando sangre con sus 
puntas afiladas. Jadeé y presionó su polla dura contra mi trasero—. 
Quiero una cita de verdad después de esto. 
Malice se rio antes de empujarme hacia la habitación. Me sentía 
como una rehén y un escudo humano. 
 
 
195 
—No tengo citas reales, Pequeña Luchadora. 
Clavé mis talones y me di la vuelta para mirarlo. 
—Cierto. William es el romántico —me burlé de él. 
Malice disparó su arma. Ni siquiera tuve que girarme para saber 
que otro hombre nos perseguía. Escuché cómo el cuerpo caía al suelo. 
Malice me miró. Quería arrancarle el pasamontañas y ver bien su rostro. 
—Tengo muchas ganas de follarte —gimió. 
El sentimiento era mutuo. 
—Entonces, vamos a buscar tu maldito collar. 
Malice agarró mi mano con su mano libre. Según mis cuentas, aún 
teníamos que luchar contra cuatro hombres. Respiraba con dificultad, 
atravesando el almacén manchado de sangre sin saber dónde estábamos. 
Solo rezaba para que Cora y su equipo no aparecieran mientras 
estábamos aquí. 
Estábamos subiendo una escalera de metal cuando se apagaron 
las luces. Resistí el impulso de gritar. Lo único peor que estar en esta 
situación de locura era no poder ver quién se acercaba, no es que pudiera 
defenderme si pudiera. 
—¿Malice? —pregunté. 
—Shhh… 
No me atreví a moverme. Mis pies hacían demasiado ruido en los 
escalones de metal. 
Todo lo que escuchaba era el golpeteo fuerte de mi sangre a través 
de mis venas. 
Thump thump. 
Thump thump. 
Una bala cortó el aire y los gritos de un hombre resonaron en todo 
el recinto. Malice encendió la linterna acoplada a su rifle y apuntó a 
nuestro atacante. 
—¿Cómo diablos lo viste? —pregunté. 
—Muévete. —Subimos los escalones. Casi no podía respirar, estaba 
muy asustada—. Sigue avanzando, Pequeña Luchadora. Muéstrame lo 
fuerte que eres. 
En un momento de estupidez valiente, espeté. 
 
 
196 
—Eres increíblemente ridículo —argumenté—. No te entiendo. Un 
segundo estás asfixiando a todo el mundo con tu sobreprotección, y al 
siguiente me llevas a un tiroteo. 
En la parte superior de los escalones, Malice me empujó contra la 
pared de metal, casi dejándome sin aire. 
—Sólo estoy probando tu punto. 
Estaba exasperada. 
—¿Y qué punto sería ese? 
—Me haces más fuerte. No tengo miedo de traerte aquí, porque me 
haces sentir el hombre más fuerte de la habitación. Soy intocable. 
Invencible. Pregúntame por qué. 
Tragué pesado. Sus labios estaban tan cerca de los míos. Quería 
arrancar nuestras máscaras y devorar su boca. 
—¿Por qué? 
—Porque quemaría el mundo hasta los cimientos antes de dejar 
que te pase algo. Aniquilaría a cualquiera, cualquier cosa, que te pusiera 
en peligro. 
Presioné mi frente contra la suya. Esto sonaba como una 
declaración, pero estaba tan abrumada que no sabía cómo procesarlo. 
—Vamos —susurró antes de entrelazar sus dedos con los míos. 
Caminamos por el pasillo sin ser molestados y nos detuvimos al final de 
este,donde fuimos bloqueados por una puerta cerrada. 
—¿Supongo que no tienes llave? —cuestioné. 
Malice la derribó con su bota y corrió hacia el interior, con la pistola 
en alto. El silencio y el vacío nos recibieron. 
Era difícil distinguir todo debido a la oscuridad total de la 
habitación, pero la oficina de Cora no era impresionante. Tenía un solo 
escritorio, dos sillas y archivadores metálicos alineados en la pared. Nada 
de este espacio era intimidante o incluso memorable. Una vez más, me 
hizo preguntarme cómo hacía para competir con los hombres de Malice. 
Ella era como la versión de Wish.com de un jefe de la mafia. La segunda 
mejor. Tal vez incluso la tercera mejor. 
—Ven conmigo, Pequeña Luchadora —dijo Malice mientras abría 
un armario que colgaba de la pared. No tuvo que pedírmelo dos veces. 
Detrás del armario había una caja fuerte incrustada en la pared. 
Malice sacó el papel arrugado de su bolsillo y tecleó los números 
rápidamente. Dos. Cinco. Ocho. Nueve. Sonó un pitido y se abrió con 
facilidad. Casi con demasiada facilidad. 
 
 
197 
—Aléjense de la caja fuerte —exigió una voz acentuada. Malice y yo 
nos giramos para mirar hacia la puerta donde estaban los dos hombres 
restantes, con las armas en alto y apuntándonos. Uno de los hombres 
era alto, y el otro era más o menos de mi altura. La linterna de Malice no 
hacía mucho por mostrar sus rasgos, pero podía escuchar su respiración 
pesada por la boca. 
—El jefe va a estar muy emocionado. ¡Hombre, hemos atrapado a 
Nicholas Civella! —exclamó el alto—. Joey se va a arrepentir de haber 
huido. 
Malice se aclaró la garganta. 
—Es Malice para ti —gruñó antes de apuntar rápidamente hacia 
ellos y enviar bala tras bala a su pecho. Apretó el gatillo y descargó todo 
lo que tenía, y vi cómo los cuerpos se convertían en un amasijo de carne, 
sangre y arrepentimiento. 
Me agaché y abracé mis rodillas presionándolas contra mi pecho. 
Malice no se detuvo. Incluso cuando los hombres se habían ido hacía 
mucho tiempo, siguió disparando. La sangre salpicó por todas partes, 
cubriendo de rojo la oficina de Cora. La linterna iluminó los fuegos 
artificiales color carmesí que volaron, y sentí cómo las calientes gotas 
húmedas se posaron en mi piel. Empapando mi camisa, mis pantalones 
cortos. Manchando el suelo. 
Malice se detuvo y colocó un cargador nuevo en su rifle. 
—Levántate, Pequeña Luchadora. No nos acobardamos —exigió. 
Mis piernas temblaban, pero hice lo que me dijo. Una parte enferma de 
mí se preguntaba qué me pasaba. ¿Por qué este asesinato brutal me 
hacía desear besarlo, montarlo, lamer la sangre de su piel? 
Malice sacó una caja pequeña de terciopelo de la caja fuerte y dejó 
escapar un suspiro de alivio. 
—Está aquí, en serio está aquí —dijo, con un tono de asombro. 
Miré lo que sostenía, curiosa por saber qué había inspirado tanto 
derramamiento de sangre. Era un collar sencillo con una cadena de oro 
y un único diamante diminuto. No era experta en joyería fina, pero no 
parecía valer mucho. 
—Gírate y recoge tus trenzas —susurró Malice a medida que lo 
sacaba de la caja. 
—¿Qué? Oh no, no tienes que… 
—Hazlo —exigió. 
 
 
198 
Me giré y levanté las dos trenzas. Sus dedos rozaron mi piel 
ensangrentada, haciendo mi piel se erice. Sentí la cadena delicada 
envolver mi cuello y su aliento caliente recorriendo mi columna. 
—Este collar era de mi madre —susurró en voz baja. 
De repente, mi corazón dio vuelco por él. El peso sentimental y el 
poder de este gesto me golpearon con toda su fuerza, y sentí las 
emociones crudas trepando por mi garganta. 
—Malice… 
—Te queda muy bien —susurró. Dudaba que pudiera ver el collar 
en la habitación oscura, pero podía escuchar el alivio en su tono. 
Recuperar esta pieza de sus padres era importante para él. 
Me di la vuelta una vez que lo sujetó bien y rodeé su cuello con mis 
brazos. Malice se derrumbó en mi abrazo y dejó que toda la fuerza 
escapara de su cuerpo. Se permitió ser vulnerable durante el más breve 
de los momentos. Tenso. Lo apreté contra mí. 
—Vamos, Pequeña Luchadora —susurró. 
Me aparté y toqué el collar con mi dedo ensangrentado. 
—De acuerdo —respondí. Y algo me decía que seguiría a este 
hombre a cualquier parte. 
 
 
 
199 
 
Una capa de sangre seca se adhería a mi piel. En el camino de 
regreso del recinto de Cora, experimenté una descarga de adrenalina 
como nunca había experimentado. Malice recorrió en silencio las calles 
de Kansas City con sus dedos entrelazados entre los míos, y cuando 
llegamos a su mansión, el peso de lo que habíamos hecho se posó sobre 
mí. 
—Cora contrató al hombre que mató a mis padres —admitió Malice 
antes de sacar un porro del bolsillo y encenderlo. Parecía un prisionero 
de guerra descansando después de la batalla, cubierto de una capa de 
sangre. Lo observé, inhalando lentamente y exhalando—. Robó el collar 
de Ma el día que los mató. Se lo llevó a Cora como si fuera una especie 
de premio. 
Miré el diamante pequeño resplandeciendo bajo el sol de la tarde. 
Cuánta sangre. 
—Lo siento mucho —susurré, sin saber qué más decir. 
—Papá se lo compró cuando no tenía nada —continuó antes de dar 
una calada larga a su porro. Mantuvo el humo en su pecho durante un 
momento antes de expulsar una columna enorme de humo—. Un collar 
de cien dólares y la promesa de construir un imperio. Sabes, se hizo cargo 
de esta mafia. Había otra familia en el poder antes de que él llegara. 
Siempre me decía lo fácil que era perder el equilibrio si no tenías el 
cuidado suficiente. —Me miró fijamente, toda su conducta cayendo desde 
lo alto—. Quiero que te lo quedes. Tengo mi propia promesa para ti, 
Pequeña Luchadora. 
Contuve la respiración, esperando su respuesta. 
—¿Y qué promesa sería esa? —interrumpió Anthony. Miré hacia el 
camino de entrada—. ¿Prometes mantenerla a salvo? 
Anthony tenía las manos en los bolsillos mientras se acercaba a 
nosotros. Parecía casualmente letal, con una expresión dura y un 
pavoneo pausado. Se detuvo frente a mí y miró el collar que llevaba en el 
cuello. 
—Supongo que esa no es tu sangre —refunfuñó antes de lamer su 
pulgar y extender la mano para limpiar mi mejilla. 
 
 
200 
—Estoy a salvo —respondí en voz baja. 
—La seguridad es relativa —susurró Anthony. 
Malice se quedó mirando entre nosotros, esperando, observando. 
—Oye, ¿Juliet? —dijo Anthony con un susurro tímido—. 
¿Recuerdas cuando fuimos a atrapar moscas? —Asentí. Esperé que se 
explayara sobre eso, pero no lo hizo. En lugar de eso, Anthony envolvió 
su mano alrededor de mi muñeca y tiró suavemente de mí hacia la 
puerta. 
—¿A dónde la llevas? —preguntó Malice, con un tono cruel. 
Anthony inclinó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una risa 
maníaca. Me sentía atrapada entre los dos hermanos peligrosos, sin 
saber qué hacer. Quería ir con Anthony, pero también quería escuchar 
la promesa que me estaba haciendo Malice. ¿Por qué esto tenía que ser 
tan complicado? 
—Ya sabes cómo funciona esto —dijo Anthony—. Me alegro mucho 
de que por fin hayas comenzado a sentir algo después de todos estos 
años. Me preocupaba que las únicas emociones de las que fueras capaz 
fueran la culpa y la ira. Te queda bien. —Anthony solía ser muy juguetón. 
No esperaba que fuera tan sarcástico con su hermano. 
Malice parpadeó y luego dio otra calada lenta a su porro. 
—Pero ambos sabemos que estás en deuda conmigo. Me gusta 
Juliet. Es amable, divertida y no me hace sentir como si estoy dañado, 
loco o al borde de mi asiento. Eres bienvenido a probar tu versión del 
amor con ella. No descarto compartir. De todos modos, en estos días soy 
medio hombre. 
—Anthony —murmuré. Él no era la mitad de nada. Lo veía como 
un todo, hermoso y trágico. Valiente. Fuerte. Compasivo. 
—Ambos sabemos quién manda aquí —expresó Malice. 
Anthony se rio una vez más, como si fuera lo más hilarante que 
hubiera escuchado. 
—Eres el jefe, pero eres esclavo de tu culpa. Adelante, aférrate al 
poco control que tienes, porque es lo único que te mantendrácaminando hacia mí. 
—N-no puedo recordar cuándo… volverás a casa. Estaba 
preocupada. 
La voz de la abuela estaba agotada y llena de preocupación. Era el 
tipo de mujer que llama antes de una tormenta para asegurarse de que 
te quedas dentro. Y si no la llamaste para hacerle saber que llegaste a tu 
destino, te hablaría con severidad. 
—Estoy bien, abuela. Solo trabajo hasta tarde. No tenías que 
quedarte despierta. ¿Por qué no te vas a dormir y yo…? 
Nicholas parecía amenazador mientras se acercaba a Vicky y a mí. 
Instintivamente supe que mi llamada se interrumpiría en el momento en 
que llegara a su destino. 
—Voy a prepararnos el desayuno. Sé que los wafles son tus 
favoritos. Pero no puedo encontrar el almíbar. Y alguien quitó todas las 
perillas de mi estufa —se quejó la abuela, ajena al caos en el que me 
encontraba. Quería decirle que no se preocupara por mí. 
Mi boca esbozó una sonrisa maníaca. ¿Qué diablos estaba 
pasando? 
—Te cocinaré wafles en cuanto llegue a casa, ¿de acuerdo? Tengo 
un cliente. Te llamaré más tarde. Te amo. 
—Ta-también te amo. 
Colgué y solté un suspiro tembloroso. 
 
 
21 
—Lo siento —dije suavemente antes de prepararme para lo que 
estaba por venir. 
—¿Quién eres? —preguntó Nicholas. 
—No es de tu maldita incumbencia —espetó Vicky antes de 
soltarme para meterse en la cara de su hermano—. ¿Por qué tienes que 
arruinarlo todo? Vienes aquí con tu ejército de matones y tratas de 
asustar a mis amigos. ¡No todos son enemigos, Nick! —gritó. Me puse 
rígida por la tensión. 
Nicholas hizo crujir sus nudillos lentamente. Uno por uno: crack, 
crack, crack. El sonido me hizo temblar. Fue tan meticuloso y tranquilo, 
con un toque aterrador en cada movimiento. Luego, con un movimiento 
que casi me lo pierdo, rápidamente le dio un revés a mi mejor amiga. 
Ninguna de las dos tuvo tiempo de siquiera procesar lo que acaba de 
suceder. Fue brutal y rápido. Ella se cayó y se golpeó la frente contra el 
duro cemento. 
—¿Qué demonios? —siseé en un susurro antes de agacharme a su 
lado para asegurarme de que estaba bien. En un instante, Vicky se 
incorporó de repente y, como una chica ruda experimentada, se secó la 
sangre del rostro y lo miró con odio. 
Manos se enredaron en mi cabello y me levantaron del suelo antes 
de que pudiera siquiera revisar a Vicky. Mi cuero cabelludo ardió y me 
apreté contra el cuerpo de Nicholas. 
—¿Quién es? —le preguntó Nicholas a William. 
—Sólo una camarera —mintió William. 
—¿Sólo una camarera? Oh, bueno, en ese caso. —Con su mano 
libre, Nicholas sacó una glock que estaba atada a su costado y presionó 
el cañón contra mi mejilla. El frío metal de la pistola me lastimó la piel y 
grité. El agarre que tenía sobre mi cabello no cedió. Cerré los ojos con 
fuerza y lloriqueé, demasiado congelada por el miedo para hacer algo—. 
Entonces no te importa si mato a la perra, ¿verdad? 
—Por favor, detente, Nicholas —dijo con voz ahogada Vicky. Abrí 
los ojos y los miré a los tres, sin saber qué decir o cuál era el problema. 
Siempre pensé que Vicky me mantenía en secreto debido a sus enemigos, 
pero no tenía idea de que estaba relacionada con un monstruo—. Ella es 
mi amiga, Nick —admitió, esta vez su tono suave y familiar. 
William dio un paso más hacia nosotros. El agarre de Nicholas en 
mi cabello se aflojó un poco, pero fue suficiente para sentir una 
apariencia de alivio. 
 
 
22 
—Una amiga, ¿eh? Los Civella no tienen amigos. Tenemos 
enemigos y socios comerciales. Debería volarle los sesos sólo para darte 
una lección. 
—No le dije nada sobre nuestra familia —prometió Vicky—. 
Pregúntale a William, él ha estado conmigo cada vez que nos hemos visto. 
—Cada vez, ¿eh? —preguntó Nicholas antes de mover el cañón de 
la pistola a mi labio inferior. Lo presionó con fuerza y me miró al rostro—
. Dime, William. ¿Por qué me has estado ocultando este pequeño secreto? 
—Mi boca estaba tan seca que mi lengua se lanzó involuntariamente para 
lamer mis labios, pero en lugar de eso, la pasé por el metal de la pistola. 
Sabía a cobre y humo. Nicholas miró fijamente mi boca y vi cómo su nuez 
se movía arriba y abajo. 
—Vicky necesitaba una amiga después de que mamá murió —
explicó William con calma—. Te acuerdas de lo mal que estaba. 
—Eso fue hace tres malditos años. Le recetaron Prozac y estuvo 
bien. 
—No estaba bien, Nicholas. Lo sabes. Cuando se hicieron amigas, 
noté que a Vicky le estaba yendo mejor. Empecé a acompañarla para 
asegurarme de que Vick no dijera algo que no debería. Fue inofensivo. 
—Si era inofensivo, entonces no lo mantendrían en secreto de mí. 
Sabes que tenemos una rata. No me di cuenta de que le estabas dando 
queso justo debajo de mi nariz. 
—¡Ella no es la rata! —gritó Vicky. 
—¡Y no eres digna de confianza! —gritó en respuesta. 
—Vete a la mierda. No es que normalmente prestes atención a lo 
que hago, Nicholas —respondió Vicky—. Al parecer, solo te importa lo 
que hago cuando afecta tus ganancias. 
—Se supone que debes estar en un avión a Italia en cuatro horas. 
Perdóname por asegurarme de que hiciste lo que se supone que debes 
hacer. Tienes este hábito desagradable y egoísta de hacer lo que quieres, 
al diablo con las consecuencias. 
—¿Italia? —pregunté antes de cerrar inmediatamente mis labios. 
No quise hablar. No estaba exactamente segura de cómo salir de esto. Se 
suponía que mi amistad con Vicky era algo despreocupado, un escape de 
nuestras vidas. 
Nicholas me miró con ira escrita en su expresión. 
—¿Conoces a Cora, mesera? —preguntó, su voz oscura y 
amenazante. 
 
 
23 
Negué con la cabeza. 
—No conozco a nadie con ese nombre. 
—¡Mentirosa! —exclamó audazmente antes de tirar de mi cabello 
con más fuerza—. ¿Pensaste que podrías colarte y contar todos mis 
secretos? Cora va a aprender a no joder conmigo. 
Las lágrimas empezaron a rodar por mi rostro. 
—No conozco a Cora. No sé de qué estás hablando —grité. 
—¡Hale! —gritó Nicholas antes de girarme para enfrentarlo. Ambas 
manos se envolvieron alrededor de mis brazos y apretó con fuerza. De 
cerca, pude respirar su aliento a whisky. Escuché cada exhalación. La 
barba incipiente en su afilada barbilla estaba tan cerca que podía pasar 
mi lengua por su mandíbula. Era como mirar al sol durante demasiado 
tiempo. No podía parpadear, apenas podía respirar. Estaba asombrada 
y, al mismo tiempo, completamente aterrorizada. Nos miramos el uno al 
otro mientras se acercaba un hombre corpulento. Jadeé cuando Nicholas 
presionó su cuerpo contra el mío. Músculos duros chocaron con cada 
curva suave de mi cuerpo. Se me puso la piel de gallina. 
—¿Sí, jefe? 
—Llévala al sótano de los muertos. Llama a Anthony y dile que 
pronto tendré un nuevo cuerpo para él. Este restaurante parece un 
establecimiento familiar, y no quiero manchar su estacionamiento con 
sangre. Soy así de amable, ¿no es así, Vicky? 
—No —gritó mi mejor amiga. Un grito de asombro viajó por mi 
garganta, pero fue interrumpido por la fuerza de una pistola que se 
estrelló contra mi sien derecha. Parpadeé dos veces, grité y colapsé en los 
brazos del mismísimo Satanás. 
 
 
 
24 
 
La sangre seca se pegó a mi piel helada. Hacía tanto frío que me 
castañeteaban los dientes, una gran diferencia con el calor exterior. El 
aire acondicionado de arriba estaba a tope, enviando una brisa helada 
sobre mi piel expuesta. Mi camiseta había desaparecido, pero 
afortunadamente todavía tenía mi minifalda, un sostén y ropa interior. 
Las cuerdas apretadas que unían mis muñecas detrás de mi espalda eran 
ásperas, rozando mi piel en carne viva. Estaba en el duro suelo de 
cemento, pero no podía ver nada. Todo en esta habitación parecía 
diseñado para humillarme y provocar algún tipo de tortura psicológica. 
Pesadas cadenas me asfixiaban y me mantenían atada al suelo. No sabía 
cuánto tiempo había estado aquí. Sentía la vejiga increíblemente llena y 
muy pronto tendría que orinarme encima. 
Mi enfoque del trauma fue de naturaleza clínica. No grité cuando 
me desperté atada y sola.cuerdo. 
Ahora, acostúmbrate a esta dinámica, porque no voy a dar marcha atrás. 
Y con esas palabras de despedida, Anthony me guio hacia la casa 
Civella. Se detuvo en el vestíbulo y dejó escapar una exhalación 
temblorosa. 
—Sé que el calabozo te asusta, Asesina. Pero es mi lugar seguro, y 
necesito calmarme. ¿Podemos ir allí? ¿Por favor? 
 
 
201 
Tragué con fuerza. 
—De acuerdo. —Si había alguien con quien pudiera enfrentar mis 
miedos, ese era Anthony. 
 
p 
 
El baño pequeño se llenó de vapor. Era extraño estar de nuevo aquí. 
La última vez que estuve en esta habitación, estaba lavando mis pecados 
por el desagüe. Ahora, me estaba librando de la promesa sangrienta de 
Malice. 
—¿Puedo? —preguntó Anthony, con voz ronca. Alcanzó el borde de 
mi camisa y la levantó ligeramente. Asentí, encantada de que me tocara. 
Tener a Anthony tan cerca era como regresar a casa. Estaba demasiado 
asustada para hablar. ¿Y si arruino esto? 
—Estaba preocupado por ti —dijo Anthony mientras levantaba la 
delgada camiseta manchada sobre mi cabeza y la tiraba al suelo—. Casi 
me subí a mi auto y conduje hasta el recinto de Cora para darle una 
paliza a Nick. 
Me mordí el labio. 
—No quise asustarte. 
Anthony rodeó mi cuerpo, como si me envolviera en un abrazo, y 
desabrochó el sujetador. Se estremeció al momento en que los tirantes 
cayeron por mis hombros y mis pechos quedaron libres. Se apretó más 
contra mí, y lo sentí inhalar y exhalar contra mi cuerpo. 
—Ya no estoy seguro de saber lo que significa realmente tener 
miedo. 
Se apartó y cayó de rodillas. Observé fascinada mientras 
desabotonaba mis pantalones cortos y los deslizaba por mis caderas. 
—¿Por qué? —balbuceé. 
—Supongo que cuando has pasado por el infierno, todo lo demás 
te parece fácil. No estoy enojado porque Nick te haya arriesgado hoy. 
Estoy enojado porque confió en ti para manejarlo. Estoy cansado de que 
mi familia me trate como si estuviera roto. 
—Anthony, no estás roto —dije a medida que me quitaba los 
pantalones cortos. Alcanzó mi ropa interior y la bajó lentamente, 
jadeando al ver mi vagina. 
 
 
202 
—Nick te llevó a la sala de juegos del diablo porque confiaste en 
que él cuidaría de ti. Puede que disfrute del privilegio que me otorga su 
culpa, pero algún día, espero que él también confíe en mi seguridad. Amo 
a mi familia, Juliet. 
Anthony se inclinó y bendijo la parte interna de mi muslo con un 
beso trágico. Succionó mi piel flexible mientras estiraba la mano para 
clavar sus dedos en los globos carnosos de mi trasero. Incliné la cabeza 
hacia atrás y me deleité con sus provocaciones. Se acercó al vértice de 
mis muslos y me inspiró. 
—Métete en la ducha —exigió antes de alejarse. Me entristeció que 
nuestro momento hubiera terminado, pero no quería presionarlo. Se 
puso de pie y miró al suelo mientras yo me movía para pararme bajo el 
chorro de agua humeante. 
Esperé. Y esperé. 
Anthony apagó las luces, bañando la habitación de oscuridad total. 
Contuve la respiración cuando lo escuché apartar la cortina. Entró en la 
ducha pequeña conmigo, su presencia cálida y reconfortante. Jadeé 
cuando envolvió sus brazos a mi alrededor y acarició mi cuello. 
—Es más fácil para mí… —Hizo una pausa—. Cuando no puedo 
ver. 
—Anthony, solo siénteme. 
Pasé mis dedos por sus abdominales lentamente, su clavícula, sus 
bíceps. Me dejó explorar los surcos duros de su cuerpo. Evité su espalda 
y las cicatrices que sabía que estaban allí, a pesar de que quería borrar 
el dolor con mis labios temblorosos. 
Anthony me hizo girar sin previo aviso, y presionó mi espalda 
contra su torso. Me sentí demasiado consciente de su polla dura contra 
mi trasero. Besó mi hombro. Mi espalda. Pasó sus manos por mis brazos 
y alcanzó alrededor de mi cintura y entre mis piernas. Dejé escapar un 
gemido cuando sus dedos encontraron mi punto dulce de placer. 
—Estás demasiado caliente —susurró—. Demasiado viva. —Su 
tono sonó dolido. No sabía lo que quería de mí, pero en ese momento le 
habría dado cualquier cosa. 
Acarició mi clítoris con la yema del dedo, rodeándolo con círculos 
rítmicos. Apoyé las dos palmas de las manos en la pared de azulejos 
mientras el agua caliente llovía sobre nosotros. 
—Maldición —maldije. Anthony se sentía demasiado bien como 
para expresarlo con palabras. En la oscuridad, en este momento íntimo, 
disfrutaba de cada sensación. 
 
 
203 
Entonces, sin previo aviso, Anthony puso el agua helada. Fue un 
shock para mi sistema, y me aparté de un tirón, confundida por lo que 
estaba haciendo. 
—¿Qué está pasando? —pregunté. 
—Cuando terminó conmigo, me puso en un refrigerador con los 
demás —admitió Anthony. 
Intenté apartarme de la corriente helada, pero no pude. 
—Anthony, ¿quiénes son los demás? —pregunté, mis dientes 
empezaron a castañetear. 
—Los fríos. Los muertos —admitió antes de presionarme contra la 
pared y besarme con fuerza. Presioné contra su cuerpo para entrar en 
calor. No entendía lo que decía y quería respuestas. 
—Me tocó. Me torturó —dijo Anthony entre besos. No podía decir 
si eran lágrimas o agua corriendo por su rostro—. Luego me arrojó con 
todas sus otras víctimas. Pensé que estaba muerto. Debí haber estado 
muerto. 
Comencé a llorar. No podía imaginar todo el dolor por el que pasó 
este pobre hombre. Acaricié sus dos mejillas, olvidando el frío que sentía. 
Pareció completamente cómodo. 
—Estaba desnudo —confesó—. Los usé como una manta. Me 
consolaron. Todos sus miembros muertos. Sus ojos sin vida. Ya no sé 
cómo estar con alguien vivo. 
Anthony Civella prosperaba con los muertos porque fueron los 
únicos que estuvieron allí para él durante su momento más oscuro. Me 
imaginé a este hombre ensangrentado siendo arrojado a una pila de 
víctimas. Era espantoso. Con esta comprensión, dejé que el agua 
congelara mi piel. Calmé el castañeteo de mis dientes. Me puse rígida. Me 
convertí en lo que Anthony necesitaba. 
—Déjame morir un poco por ti —susurré. 
Me levantó y me sacó de la ducha y del baño. Me colocó sobre una 
mesa de metal. Besó mi piel. Recorrió mi cuerpo con sus manos. Se colocó 
encima de mí. Abrió mis piernas y me penetró profundamente. Fue una 
experiencia de desapego. Me sentí desconectada. Él. Él. Él. Todo en lo 
que podía concentrarme era en Anthony Civella y sus demonios. 
A medida que pasó el tiempo, me acomodé en la calidez creada por 
nuestros cuerpos en movimiento. Encontré la superficie de mi placer. Me 
arrastré hasta el primer plano de mi mente. Utilizó mi cuerpo para sus 
fines egoístas. Pero no se sintió enfermo, ni retorcido, ni equivocado. No 
me sentí utilizada. Se sintió como un progreso, un paso hacia la 
 
 
204 
recuperación de su poder. Cuando me besó, le devolví el beso. Gemí. 
Participé. Disfruté. 
Le mostré lo vivo que estaba con cada respuesta, cada respiración 
agitada. Cada gemido, contracción, apriete y sollozo. 
—Sí —grité cuando se movió más rápido. La mesa de metal era 
ruidosa, y cada sacudida de su cuerpo provocó un estrepitoso sonido 
chirriante. Anthony me pareció tan fuerte en este momento. Era la 
persona más poderosa que hubiera conocido. Conquistó mi cuerpo y sus 
pesadillas. 
—Nunca te dejaré ir —dijo—. Eres mía, Asesina. 
 
 
 
205 
 
Enfrenté mis miedos y me quedé dormida en el calabozo de la 
muerte. No era cómodo, estar acostada en el colchón delgado de Anthony. 
Pero él dormía profundamente, sus brazos musculosos envueltos en mi 
cuerpo. Pasé la mayor parte de la noche mirando su rostro. Me negué a 
sentir lástima por él; un hombre como Anthony, que había superado 
tanto, no merecía nada más que asombro. 
A la mañana siguiente, cuando nos despertamos, me envolvió en 
su manta suave y besó mi hombro desnudo. No hablamos de lo que pasó 
la noche anterior. Quizás evitarlo no era saludable. Pero ahora me sentía 
más cerca de él. Comprendía mejor su pasado traumático, y también era 
capaz de navegar sus necesidades únicas. 
Palma con palma, nos tomamos de la mano y subimos las 
escaleras.No lloré. No hiperventilé. Analicé la situación 
de una manera tan indiferente que mi terror latente arañó mi alma, 
ansiando salir. Quizás fue toda una vida viendo el mundo a través de los 
ojos de un pesimista. Quizás esperaba que me pasara esto algún día. 
Desde la desaparición de mi madre, me había estado preparando para 
que la maldad del mundo también me atrapara. 
Mi mente pensaba en cosas triviales que afrontar. Por alguna 
razón, no podía dejar de pensar en mi turno de mediodía. ¿Ya me lo había 
perdido? A medida que pasaba más tiempo, me preocupé por Vicky. Me 
preocupé por mi abuela. Me preocupaba no salir viva de este maldito 
lugar. 
Ella nunca sabría lo que me pasó. Nunca sabría si estaba viva o 
muerta. Nunca sabría si estaba a salvo. Si había huido. Sería como la 
desaparición de mi madre de nuevo. 
La habitación olía a óxido. Tenía una energía escalofriante, como si 
la muerte estuviera a la vuelta de cada esquina. Aunque mi mente estaba 
confusa por el duro golpe que mi cráneo recibió en el estacionamiento de 
Dick's Diner, aun así, supuse que estaba en un sótano en alguna parte. 
Pasé la mayor parte de mi vida leyendo casos sin resolver e 
investigando crímenes reales, pero estar en medio de eso no era un 
pasatiempo. No era como mi podcast cuidadosamente trabajado. Era 
espantoso. 
 
 
25 
La puerta de metal se abrió, bañándome con una brillante luz 
fluorescente. Contuve la respiración y cerré los ojos con fuerza. Mi cabeza 
palpitaba por el golpe. Mis labios estaban agrietados. 
En un tono siniestro, una voz profunda maldijo. Escuché 
movimiento y parpadeé media docena de veces para aclarar mi visión y 
poder ver quién se acercaba. 
Cuando el hombre se agachó frente a mí, el calor se elevó de su 
cuerpo y acarició mi piel. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda y vi a 
mi extraño. Me tomó un momento recordar su nombre. ¿Cómo lo habían 
llamado? 
—¿William? —mi voz se quebró—. Por favor, déjame salir de aquí. 
Extendió la mano y acarició mi mejilla con sus suaves dedos. Me 
estremecí lejos de su toque. Era tan extraño sentirse tan familiar pero 
distante de él. El toque era demasiado íntimo para lo que éramos, y, a 
pesar del consuelo que me brindó brevemente, también me empapó de 
miedo. Durante tanto tiempo, mi extraño fue una mosca en la pared. Una 
obligación que teníamos que cumplir. Un precio que pagar por mi 
amistad con Vicky. Bromeaba con él. Lo normalicé. Pero ahora, era el 
enemigo. 
—Nunca quise que esto sucediera —susurró con voz suave—. 
Quería mantenerte lo más lejos posible de Nicholas. 
Me lamí los labios secos y me alejé de él lo más que pude. Pero mi 
extraño no cedió. Se inclinó más cerca. Más cerca. 
—¿Qué me van a hacer? —pregunté. 
Se aclaró la garganta y acercó su frente a la mía. Cada vez que 
parpadeaba, el aleteo de sus pestañas rozaba mi piel. ¿Qué estaba 
haciendo? 
—¿Quieres la verdad? 
—Creo que me debes eso —gruñí. Todavía había algo de pelea en 
mí a pesar de mi cuerpo dolorido y mi cabeza palpitante. Me preocupaba 
por Vicky tanto como estaba enojada con ella. ¿Cómo pudo dejar que 
sucediera esto? Siempre pensé que el riesgo valía la pena, pero ahora… 
—Te debo mucho más que la verdad —respondió sombríamente, 
un sentido de admiración en sus palabras que me hizo fruncir el ceño—
. Tienes que hacer todo lo que esté a tu alcance para convencer a Nicholas 
de que no eres la rata. 
—Pero no lo soy. No sé nada —sollocé. 
—Lo sé —me aseguró William—. Pero las cosas se han liado 
últimamente y Nicholas no está jodiendo. Te matará, Juliet. 
 
 
26 
Un sollozo atravesó mi garganta seca. ¿Matarme? 
—No pedí esto. No sé nada —grité. 
William me lanzó una mirada ahogada de lástima. 
—Te pondrá a prueba. Te romperá. Te quemará. Tienes que hacer 
todo lo que puedas para demostrar tu lealtad —dijo—. Mi hermano no 
valora la vida humana. Le importa nuestro apellido y el imperio que ha 
construido. Todos los demás están en su camino. —Esa amarga admisión 
sonó a veneno verbal. William obviamente odiaba a su hermano. 
Tragando, me sentí atrapada, atrapada en una situación 
desesperada de la que no podía escapar. 
—¿Cuánto tiempo me va a tener aquí? 
William se apartó un poco y se mordió el labio. 
—Vicky acaba de tomar un avión a Italia, así que supongo que tu 
interrogatorio comenzará pronto. 
El dolor me recorrió tanto como el alivio. No entendía por qué Vicky 
tenía que irse a Italia, pero al menos estaba lejos del monstruo de su 
hermano. 
—¿Quién es él? 
—Nicholas es el jefe y nuestro hermano mayor. Heredó este reino 
de gánsteres. 
Mi esperanza menguó. 
—¿Y quién eres tú? —pregunté—. Todo este tiempo pensé que eras 
su guardaespaldas. 
Sus labios formaron una sonrisa tensa y respondió. 
—Creo que de muchas maneras lo soy. Es mi hermana pequeña. 
Solo… quería asegurarme de que estaba bien. Cuando llegaste, vi una 
manera fácil de ayudar a mi hermana a lidiar con su dolor. 
Se puso de pie y se secó las palmas de las manos en los muslos 
antes de meterse ambas manos en los bolsillos. 
—¿Por qué Nicholas cree que soy una rata? —pregunté. Quizás si 
supiera más, podría encontrar una salida a esto. Quizás podría 
demostrarles que no soy nadie. No tenía amigos. No hablaba con nadie 
fuera de la abuela. 
Una segunda persona abrió la puerta y atravesó el umbral. La 
habitación ya helada pareció descender otros veinte grados en el 
momento en que la mirada helada de Nicholas aterrizó en mí. 
 
 
27 
—Ese es exactamente el tipo de pregunta que haría una rata. Y 
para que conste, mientras estemos aquí, me llamarás Malice. 
Un escalofrío helado me golpeó con ese nombre. 
Malice. 
Malice. 
Malice. 
Encajaba perfectamente con su homónimo. 
Detrás de él, dos hombres fuertes llevaron un cuerpo boca abajo al 
frío sótano. Reconocí a uno de los guardias vestidos como Hale, el hombre 
que me golpeó en la cabeza con una pistola. El hombre gruñó y tosió, 
como si cada una de sus costillas estuviera rota. Malice asintió a mi lado, 
y los dos guardias dejaron al extraño y destrozado hombre justo a mis 
pies. El crujir de huesos me dio náuseas. Gritó y miré a William. ¿Qué se 
suponía que debía hacer con esto? 
—Tu abuela es una dama agradable —dijo Malice mientras hacía 
crujir sus nudillos—. Es una pena que esté enferma. Supongo que su 
medicina no es barata. Cora paga a sus ratas muy bien. 
Quería ser fuerte, de verdad lo quería, pero más lágrimas corrían 
por mis mejillas. ¿Había visto a mi abuela? 
—Por favor, no la lastimes. Es inocente. 
Malice miró su reloj. 
—No quería que la pobre mujer se preocupara, así que le dije que 
pasaste la noche con Vicky. Sin embargo, es extraño. Ni siquiera sabía 
quién era Vicky. 
Dejé escapar un suspiro tembloroso. 
—Vicky me hizo prometer que nunca hablaría de ella con nadie. 
Tenía reglas. 
—Ya veo —dijo Nicholas, Malice—. Háblame de estas reglas. 
Tranquilicé mi voz. Era un mantra que me sabía de memoria. 
—No hacer preguntas personales. No presentarme sin avisar. 
Nunca, jamás decirle a nadie que somos amigas. 
—Me sorprende. Por lo general, mi hermana es descuidada. De 
hecho, le debes importar una mierda —reflexionó mientras se frotaba la 
afilada mandíbula—. Entonces, ¿nunca se encontraron fuera del 
restaurante? 
 
 
28 
—Nos encontramos en el cementerio un par de veces —respondí—
. Pero las demás veces fue en el restaurante. 
—¿Y William siempre estuvo ahí? —preguntó. 
Miré a mi extraño silencioso y tragué. 
—No sabía su nombre, pero sí. Siempre estuvo ahí, mirando, 
escuchando. —William cambió su peso. 
—Interesante. 
Malice se acercó a su hermano y le dio un golpecito en la mejilla 
con la palma abierta; no creó un sonido de golpe, pero aun así se vio 
duro. 
—Tres años has ido a mis espaldas. Hablaremos de esto. 
William asintió levemente, aunque su labio se curvó. 
—Mire, señorita Cross, tengo algunas reglas propias. Mantengo un 
control estricto sobre mi familia porque nuestros enemigos son bastardos 
creativos a los que les gusta derribarnos.No estoy completamente 
convencido de que no trabajes para Cora. 
—¡Ni siquiera conozco a Cora! —sollocé, interrumpiéndolo. 
Ignoró mi arrebato y continuó. 
—Voy a necesitar alguna influencia para asegurarme de que, en el 
futuro, tu lealtad sea hacia el nombre Civella y mi organización. 
Sollocé más fuerte. 
—Haré lo que sea. 
Malice asintió hacia el cuerpo frente a mí. Casi me había olvidado 
del hombre roto y jadeante ante mí. Todavía estaba encadenada al suelo, 
arrodillada como una mujer atrapada en una oración perpetua. 
—¿Quieres demostrar que no eres una rata? Mátalo —dijo Malice 
antes de cruzar los brazos sobre su pecho. 
—¿Qué? —jadeé—. No conozco a este tipo. No soy capaz de… 
—Eres tú o él. Ha estado trabajando con Cora a mis espaldas. En 
realidad, él es la razón por la que no estás muerta en este momento. El 
hecho de que él no te conociera probablemente salvó tu patética vida —
dijo Malice antes de deshacer los botones de sus muñecas y 
arremangarse las mangas blancas—. Si quieres demostrar que eres 
digna, mátalo. 
—No. N-no puedo simplemente… —Miré al hombre. Tenía los ojos 
amoratados e hinchados. Su camisa estaba manchada con rojo sangre. 
 
 
29 
Su pierna estaba doblada en un ángulo incómodo. Por lo que parecía, ya 
estaba medio muerto. Pero no era una asesina. ¿Este hombre tenía 
familia? ¿Era un espectador inocente absorbido por el mundo mortal de 
la mafia de Kansas City?—. No puedo… 
—Bien —dijo Nicholas encogiéndose de hombros antes de sacar su 
arma y apuntar directamente a mi cabeza. Grité. William se estremeció. 
—No soy una asesina —sollocé—. No puedo. 
Malice se acercó a mí y se agachó hasta que estuvimos al nivel de 
los ojos, con la cabeza ladeada. Tenía los ojos esmeralda más hermosos. 
—Eres una cosita bonita, ¿lo sabías? —Extendió la mano y metió 
mi cabello detrás de mis orejas, y en el momento en que su piel rozó la 
mía, comencé a orinarme por puro miedo. Miró el charco que se estaba 
formando a mi alrededor, pero no se movió para evitar que sus zapatos 
de diseñador se mojaran. La vergüenza llenó mi cuerpo y se rio—. No le 
tengo miedo a la orina, Juliet Cross. —Extendió la mano, agarró mi 
garganta y apretó—. Te follaría en un charco hecho con tu orina y la 
sangre de ese hombre sin dudarlo un segundo. Tu existencia es lo que 
me repugna. Tu miedo simplemente me excita. 
—Nicholas —interrumpió William, pero el loco a mi lado ignoró a 
su hermano. 
—Mátalo y todo esto terminará. 
Empecé a sollozar y Malice se inclinó para lamer mis lágrimas. 
Jadeé y resollé. Mi corazón se sentía como si estuviera a punto de latir a 
través de mi pecho. Una línea lenta de pensamientos se arrastró por mi 
mente. 
—¿Tiene familia? —pregunté. ¿Cómo podría siquiera considerar 
esto? 
—¿Siquiera importa? Si quieres vivir, soy tu familia. Soy tu ley. Soy 
tu todo. 
—¿Cómo podría…? —Más sollozos me abrieron y me tragaron por 
completo. ¿Estaba dispuesta a darle mi humanidad a cambio de mi vida? 
No podía imaginar… 
Escuché moverse las cadenas que me ataban al suelo, y pronto, 
estaba libre. Sin embargo, todavía me sentía abrumada. Abrumada con 
una elección que no quería hacer. El hombre empezó a gritar. 
—¡No! No, no hagas esto. —Su voz fue entrecortada y rota—. Mi 
esposa… 
¿Tenía esposa? 
 
 
30 
—Sé creativa —sugirió Nicholas con una sonrisa maliciosa. Estaba 
disfrutando esto—. Tienes dos minutos antes de que te meta una bala en 
el cráneo. 
Mis muñecas todavía estaban atadas a la espalda. Mis piernas 
estaban débiles. Todo mi cuerpo tembló. 
—No puedo —grité. 
—No me importa lo que puedas y no puedas hacer. Resuélvelo. 
Me acerqué al hombre y lo miré. No tenía rasgos discernibles que 
yo pudiera notar. Me pregunté cuántas veces lo había visto por la ciudad. 
¿Tenía aspiraciones de vida? ¿Cuántos años tenía? Lágrimas calientes 
bajaban por mis mejillas mientras rogaba por su vida con palabras 
confusas y entrecortadas. El tiempo pasaba demasiado rápido. No tuve 
el lujo de odiarme por lo que estaba considerando. 
—Un minuto —dijo Malice. 
Su guardia, Hale, se rio. William me miró de manera alentadora. 
Después de estudiar varios casos de delitos, supe que era muy 
difícil asfixiar a alguien. Se necesitaba mucha fuerza que no tenía en este 
momento, pero era una opción humana. 
El reloj de tiempo seguía avanzando. Sin embargo, una parte muy 
oscura de mi mente ya había tomado la decisión. Se sentía primitivo. Era 
él o yo. Era mi vida, mi futuro o su fin. Era la abuela o… Me incliné hacia 
delante y le susurré al oído. 
—Lo siento mucho. —Al final del día, sobreviviría. No dejaría a 
nadie atrás, preguntándose qué pasó, no como lo que me pasó a mí. 
Me negaba a morir hoy. Me negaba a dejarme intimidar por un 
asesinato. Dejé que las partes más oscuras de mí tomaran el volante e 
hice lo que me dijo, como un soldado en la guerra. 
Malice sonrió cuando me aparté. Se rio cuando me paré lentamente 
con piernas temblorosas. Cruzó los brazos sobre su pecho cuando levanté 
mi pie descalzo y lo golpeé contra su cráneo. Repetí la acción. De nuevo. 
De nuevo. El sonido de huesos crujiendo llenó mis oídos. Con todo mi 
peso desnudo, pisoteé su cráneo hasta que la sangre brotó de todos los 
orificios. Sus huesos cóncavos atravesaron el cerebro, las venas y mi 
humanidad. No luchó, pero siseos escaparon de sus labios cuando lo 
aplasté de nuevo. 
Y de nuevo. 
Y de nuevo. 
 
 
31 
A pesar de la adrenalina, me dolía el pie por la fuerza bruta. Estaba 
pisando cemento. Recé para que sus huesos afilados y agrietados no me 
apuñalaran. 
Lo que sea que los hombres de Malice le hubieran hecho antes de 
este punto lo había roto mucho más allá de la reparación, o al menos, 
eso es lo que me dije a mí misma. Abracé la realidad en la que no tenía 
otra opción, donde él estaba muerto de todos modos. Donde cuando me 
dieron la opción de matar o morir, hice el sacrificio egoísta. Esta decisión 
me perseguiría para siempre. Cerré los ojos y dejé que mi pulso rugiente 
ahogara el repugnante sonido de sus gemidos y gorgoteos. Sus huesos 
agrietándose. Su dolor. 
Luego, se quedó quieto. Demasiado quieto. Sin pulso. Sin 
respiraciones estremecedoras. Nada. 
Y cuando acabó, sentí una oleada de náuseas que me recorrió la 
garganta. 
—Buen trabajo. —Malice se me acercó sigilosamente. Lentamente, 
lentamente, se movió hasta que sus labios se cernieron sobre mi oreja. 
El asombro cubrió su tono. Miré a William, quien me miró con una mezcla 
de amabilidad y disgusto. 
Quité el pie y puse la mayor distancia posible entre el cadáver y yo. 
La sangre cubría mi piel, se hundía en las grietas de mi talón. Me quedé 
mirando los dedos de los pies carmesí con asco. Mis brazos atados y 
espalda se estrellaron contra la pared de cemento y una ola de mareo me 
invadió. Casi me desmoroné al darme cuenta de lo que había hecho. 
Maté a un hombre. 
Maté a un hombre. 
—Para que conste —comenzó Malice—, nunca te iba a disparar. No 
pensé que fueras capaz. 
Apenas pude ver por las lágrimas. Las sombras se movieron por la 
habitación cuando sus guardias se fueron. 
—¿Qué? —dije con voz ahogada. 
—De todos modos, se estaba muriendo. Probablemente no iba a 
durar mucho más. Le perforé el pulmón antes de que llegáramos aquí. 
Pero terminaste el trabajo. —Malice sacó su teléfono y el brillo de su 
pantalla iluminó su hermoso y cruel rostro. 
—Eres un maldito monstruo —susurré. 
—Dice la mujer que acaba de aplastar el cráneo de un hombre con 
su pie descalzo —espetó distraídamente mientras tecleaba. Sentí mi 
pecho apretarse. Apenas podía respirar. ¿Qué había hecho?— Fue 
 
 
32 
hermoso. He visto a hombres adultos acobardarse ante una petición 
como esa. 
Más lágrimas vacías cayeron por mis mejillas y lo miré con 
incredulidad. 
—Estás loco. 
—Dime —exigió Malice—. Cuando lloras, ¿es porque realmente 
sientes una sensación de tristeza? ¿O lloras porque sientes que se supone 
que debes hacerlo, porque el mundo observa cómo respondes y no 
quieres que nadie sepael monstruo que realmente eres? 
Me atraganté con la conmoción. Fue una pregunta que me dejó 
completamente atónita. 
—Tu abuela tiene una cita con el doctor mañana. Probablemente 
deberías darte prisa y deshacerte del cuerpo para poder llegar a casa a 
tiempo para la cena. Está haciendo pastel de carne. Le gusta cocinar, 
Juliet. Deja que la mujer cocine. 
Negué con la cabeza, sintiéndome lenta y confundida. 
—¿Qué? 
Resopló, puso los ojos en blanco y se guardó el teléfono en el 
bolsillo. 
—Deshazte del cuerpo, vete a casa y asegúrate de que tu abuela 
llegue a tiempo a la oficina del doctor Hoffstead mañana, Juliet. No tengo 
el hábito de repetirme. 
—¿Doctor Hoffstead? —pregunté con voz quebrada. Reconocí ese 
nombre. Era uno de los principales neurocientíficos del estado. Había 
deseado llevar a mi abuela con él desde que obtuvimos el diagnóstico, 
pero la lista de espera era demasiado larga y ni siquiera podía permitirme 
una consulta, y mucho menos los tratamientos que me ofrecía. 
—Bienvenida a la familia, Juliet. Hay ventajas por vender tu alma 
al diablo —dijo con una sonrisa. 
 
 
 
33 
 
El agua hirviendo hizo que mi piel se volviera de un rojo intenso. 
Mi mirada se dirigió hacia el suelo de baldosas, donde el agua teñida de 
carmesí se arremolinaba por el desagüe. Todavía no estaba segura de 
dónde estaba. El sótano tenía una puerta oculta que conducía a un baño 
con una cabina de ducha compacta. El vapor llenó rápidamente la 
habitación debido al agua caliente, y traté de fingir que estaba en un 
espacio normal, tomando una ducha normal y sin lavar la sangre de mi 
víctima. Estaba muy consciente del hombre parado junto a la puerta. 
Estaba en estado de shock. Emociones vacías arañaban la 
superficie de mi mente, pero solo podía mirar a mi pie. Fue demasiado 
fácil pisotear su cráneo. Ni siquiera lo cuestioné. Estaba en modo de 
supervivencia. Era vida o muerte, y lo hice. 
—Nunca te iba a matar… 
No sabía si Malice me estaba probando o entrenándome. Mi cuerpo 
estaba envuelto en una sensación de vergüenza que no me dejaba ir. 
Había una extraña desconexión entre mi mente y mi capacidad para 
expresar lo que sucedió. Sabía que estaba mal. Sabía que ahora era una 
asesina. Conecté los puntos y entendí lo brutal de lo que acababa de 
hacer. Pero se sentía como esta sangrienta experiencia extracorporal. 
—Date prisa —ordenó Hale, el guardia que estaba fuera de la 
puerta del baño. Había deducido que era la mano derecha de Malice. 
Siempre era el primero en recibir un trabajo y ahora estaba a cargo de 
vigilarme. Cerré el agua, preguntándome cuándo me dejarían ir. Los 
comentarios de Malice sobre la abuela me dieron ganas de asegurarme 
de que estaba bien. 
Pero había algo más que quería que hiciera primero. Quería que 
me deshiciera del cuerpo. 
Encontré una toalla raída y la envolví alrededor de mi torso 
tembloroso. Apenas me cubría. La ropa que llevaba puesta estaba apilada 
en el suelo, cubierta de sangre y orina. No había forma de que me la 
volviera a poner. Quise quemar la evidencia de lo que sucedió aquí hoy, 
tenía que quemar la evidencia. 
Era una asesina. 
 
 
34 
Abrí la puerta y miré al hombre que hacía guardia. 
—No tengo ropa. 
Puso los ojos en blanco y resopló. 
—No es mi problema. Anthony está esperando. 
Envolvió su mano fornida alrededor de la manija de la puerta y la 
abrió de un tirón con un solo movimiento brusco, arrastrándome con él. 
Casi me caí de cara en el suelo de cemento. Mi toalla, que ya estaba 
abierta, cayó al suelo, dándole una vista a Hale. 
—Otro espectáculo, ¿eh? —preguntó mientras miraba mis pechos 
expuestos—. Es mi día de suerte. 
Me agarró del brazo y me ayudó a enderezarme, y sentí su mirada 
pesada en mi cuerpo desnudo y tembloroso. Ya había soportado 
suficiente trauma por el día y sentí que mi piel se congelaba al sentir su 
mirada en mis pechos. 
—Retrocede —gruñí antes de liberar mi brazo y tomar rápidamente 
la toalla para envolverme. El sótano todavía estaba oscuro, pero la luz del 
baño lo iluminaba un poco. Por el rabillo del ojo, aún pude ver el cuerpo 
abandonado del extraño que había asesinado. 
Mi garganta se cerró. El pánico subió por mi columna vertebral. 
—Te sugiero que mantengas tus ojos para ti mismo, Hale. Ya sabes 
cómo se pone Nicholas con sus mascotas. —Una voz extraña y alegre 
atravesó el oscuro sótano, haciendo que girara mi atención hacia la 
fuente. 
—Sí, jefe —dijo Hale, mi niñera. ¿Jefe? Todavía estaba tratando de 
descifrar la dinámica de este escuadrón de terror, y saber que había 
varios hombres de diferentes rangos en mi presencia me ponía nerviosa. 
—Puedes irte ahora —dijo la voz. 
Escuché que se encendía un interruptor de luz antes de que los 
destellos fluorescentes atacaran mi visión. En la esquina de la habitación 
había una mesa larga de metal con varias herramientas encima. Junto a 
ella estaba un hombre con un traje de goma, guantes hasta los codos y 
un gorro en la cabeza. Mechones de cabello castaño asomaban a través 
de su gorra y se humedeció los labios apreciativamente al verme. Tenía 
los ojos crueles de Malice y la boca melancólica de William. Pero lo más 
importante, noté un tatuaje en su cuello que me pareció extrañamente 
familiar. Era un par de alas de ángel idénticas al tatuaje de mi mejor 
amiga. Con una mirada, supe que estaban relacionados de alguna 
manera. 
Hale se disculpó y salió de la sala de tortura del sótano. 
 
 
35 
—¿Quieres algo de ropa? Tuve que deshacerme de una drogadicta 
la semana pasada y era de tu talla. La pobre prostituta murió de una 
sobredosis en el club. Malo para el negocio, ¿sabes? —dijo con una 
sonrisa antes de agarrar una caja de debajo de la mesa y deslizarla por 
el suelo hacia mí. Chocó con el cadáver que estaba tratando 
desesperadamente de ignorar. 
—¿Tienes una caja de ropa de muertos por ahí? —pregunté con 
incredulidad. De todo lo que me había dicho, eso fue lo más ridículo. ¿No 
sabía cómo deshacerse de las pruebas correctamente? Eso era suficiente 
para enviar a alguien a la cárcel. Desde luego no iba a llevar puesta una 
sentencia de cárcel. 
Agarró una sierra y la golpeó contra la mesa, haciendo un fuerte 
eco a mi alrededor. 
—¿Eso es raro? —preguntó. 
—Es estúpido. Deberías echarles lejía y luego quemarlas. 
Asegurarte de que no haya rastros de tu ADN en ellas. ¿Y si la policía 
tiene una orden judicial para este lugar? 
El hermoso hombre arqueó la ceja hacia mí. 
—¿Por qué suenas tan experimentada con esto? Espera, espera, 
espera. Eres Juliet, ¿sí? Tienes ese podcast de crimen verdadero al que 
Vicky me hizo suscribir —dijo, como si de alguna manera explicara todo—
. Mi hermana dijo que podría ayudarme a mejorar mi juego. Todavía estoy 
en el episodio siete. Ese asesino en serie Joe Ball me hace querer 
comenzar una granja de caimanes. ¿Te lo imaginas? Obtendrías una 
mascota épica y un servicio de limpieza gratuito. Es un genio, 
honestamente. 
—¿Escuchas mi podcast? —tartamudeé. 
—Lo que sea que Vicky quiera, lo consigue —dijo con una sonrisa 
encantadora—. Soy un tonto por mi hermanita. 
—¿Eres su hermano? —Solo era una línea giratoria de preguntas. 
Había tanto que quería saber. Tres hermanos. Mi mejor amiga tenía tres 
hermanos y no conocía a ninguno de ellos. 
—Su hermano favorito. Y tú eres su mejor amiga secreta —
respondió antes de mover los hombros juguetonamente—. Realmente 
enojó a Nicholas que todos supieran de ti menos él. Sin embargo, no 
puedo culpar a Vick por querer mantenerte para ella sola. A Nick le gusta 
hacerse cargo, ¿no? 
Asentí, como si entendiera. Como si esto no fuera una locura. Como 
si no hubiera un cuerpo muerto e hinchado a mi lado. 
 
 
36 
—Hablando de eso —continuó—, ¿te importaría vestirte? Puedes 
quedarte desnuda si quieres, pero tenemos un cuerpo del que 
deshacernos. Un puto auténtico desastre, también. La gravedad es una 
perra. Ya tiene lividez post mórtem, y supongo que una vez que lo 
movamos, habrá un desagradable deslizamientode la piel. Solo otro día 
más en el paraíso. 
Con una mano, agarré mi toalla y me llevé la otra a la boca para 
evitar que se me escapara un grito. Podría haber estado entumecida 
antes, pero la sensación de terror estaba brotando de mí. 
—Ah, no te pongas aprensiva ahora. Ni siquiera hemos empezado 
todavía. Soy Anthony, por cierto. Es un placer conocerte. 
—¿Empezado qué? —dije con voz ahogada, ignorando su saludo. 
Anthony puso los ojos en blanco y se acercó a mí. Tuve que levantar 
la cabeza para mirarlo, y cuanto más se acercaba, más suaves se volvían 
sus rasgos. Su rostro era exótico y hermoso. A pesar de su loca carrera, 
se veía delicado de cerca. Hermoso. Tenía la energía de Vicky, y aunque 
no lo conocía, sus similitudes me reconfortaron. 
Ignorando mi desnudez, puso ambas manos sobre mis hombros. 
—Vamos a deshacernos de este cuerpo, nena —dijo en voz baja 
mientras me miraba. Negué con la cabeza, pero estaba desenfrenado—. 
Sí —insistió—. Vamos a deshacernos de él. 
—¿Por qué? ¿Por qué tengo que hacerlo? —pregunté con horror. 
—Las reglas de Nicholas. Si tienes las pelotas para matar a alguien, 
entonces es tu trabajo asegurarte de que se haya limpiado correctamente. 
Evita que sus hombres se pongan a matar sin razón. 
Miré hacia el suelo donde yacía el extraño y solté un grito ahogado. 
—Oh, Dios. No. No puedo. 
—Claro que puedes —respondió con una sonrisa alentadora—. Es 
solo un cuerpo. Y en cuanto hayas terminado con esto, Nicholas dijo que 
puedes irte a casa con tu abuela. 
Salir de aquí me motivó un poco. Quería alejarme lo más posible 
de este lío y de estos hombres. 
—¿Puedo irme una vez que hayamos terminado? —pregunté. Se 
sintió como si hubiera algún tipo de trampa. 
—Seré honesto aquí, Asesina. En realidad, nunca te vas. Pero sí, 
limpia tu desorden y puedes irte a casa. 
 
 
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Dejé escapar un suspiro tembloroso. Mi mente era como un 
rompecabezas gigante. Solo necesitaba quitar la parte de mí que se 
estaba volviendo loca por asesinar a alguien. 
—De acuerdo, está bien. ¿Qué hacemos? 
Anthony sonrió y dejó caer sus manos de mis hombros y cayeron a 
su costado. 
—La elección de la asesina —respondió. 
Asesina. Era una asesina. 
—Ni siquiera sé por dónde empezar. ¿No tienes una fosa común 
que usas? Ciertamente una pandilla tiene protocolos para mierda como 
esta —le contesté. 
—Eres la verdadera experta en delitos. ¿Qué harías si fueras una 
asesina en serie? 
Dejé escapar un suspiro, mi mente de repente recorrió una 
variedad de escenarios. Había tantas variables. Era imposible reducirlo. 
—¿De dónde lo recogieron? —pregunté con voz temblorosa. 
—Casino River Boat —respondió Anthony sencillamente, con un 
toque de curiosidad en su tono. 
—Maldición. Bien podrías haber ondeado una enorme bandera con 
la dirección de tu casa —maldije—. Los casinos tienen el software de 
reconocimiento facial más sofisticado del mundo. Una vez que se sepa 
que fue visto por última vez allí, es solo cuestión de tiempo antes de que 
lo rastreen aquí. ¿Al menos se subieron a un auto sin identificación? 
—Por supuesto. No somos unos idiotas —respondió Anthony con 
una sonrisa—. Y el casino no será un problema. 
—No puedes ser engreído con esto. El casino es un problema 
enorme. 
—Somos dueños del casino —respondió Anthony antes de buscar 
en su bolsillo un palillo de dientes y ponérselo entre los dientes—. Todo 
el metraje ha sido eliminado. Él nunca estuvo allí. 
—¿Qué pasa con su familia? —pregunté. 
—Su esposa apareció en una reunión de la Asociación de Padres y 
Maestros con dos ojos morados hace tres días. No buscará a su marido 
imbécil. Si algún policía viene a fisgonear, lo cual no hará, les informará 
de su extenso asunto con una prostituta de Las Vegas. Nicholas ya le 
pagó por sus problemas y su cooperación. 
Arqueé las cejas. 
 
 
38 
—¿Dónde está su auto? —pregunté. 
—Desarmadero. El bastardo conducía un BMW. —Cambió su peso 
entre sus dos pies—. ¿Puedo simplemente decir que el hecho de que estés 
pensando en todo esto me pone caliente? 
—¿Cuál era su nombre? —dije con voz ronca. Esta era la parte 
personal. Necesitaba saber quién era. Incluso si él era un humano de 
mierda, saber quién era pintaba una imagen de culpa a la que necesitaba 
aferrarme para poder al menos mantener una apariencia de mi 
humanidad. 
—No te lo voy a decir —respondió Anthony—. No te servirá de nada. 
No aprendas su historia de fondo. No los personalices. No los recuerdes. 
Toma lo que hiciste hoy y mételo en una caja pequeña, luego pon esa caja 
en una caja más grande. Luego, encadena esa caja para cerrarla y tírala 
al fondo del océano y finge que nunca existió. 
Sí. Eso no sonaba exactamente como un mecanismo de 
afrontamiento saludable. Anthony me miró por un momento. 
—¿Es eso lo que haces? —pregunté. 
La vulnerabilidad brilló a través de su expresión, una suavidad que 
me recordó a Vicky. 
—No. Yo prospero en la oscuridad, nena. Podrías decirme que le 
corte el brazo y luego me masturbe con su mano, y lo haría. 
—Ese es un ejemplo muy específico y realmente no quiero que lo 
expliques —interrumpí, haciéndolo reír. 
—No naciste en este mundo, así que no voy a ser duro contigo. 
Nicholas te entrenará. William te salvará. Yo simplemente te aceptaré 
donde estés. ¿Y en este momento? No estás en un lugar para escuchar el 
nombre de este imbécil o conocer su historia de fondo. De todos modos, 
no haría ninguna diferencia. Así que déjalo y dime cómo nos vamos a 
deshacer de su cuerpo. 
Dejé escapar un suspiro tembloroso. No quería que me entrenaran. 
No quería ser salvada. En este punto, quería que me dejaran en paz. Esto 
se sintió como el comienzo de algo ineludible. Sin embargo, Anthony tenía 
razón. No estaba segura de poder pasar el resto del día si estaba 
obsesionada con las consecuencias de lo que había hecho. Necesitaba ser 
un robot. Sin emociones. 
—¿Tienes acceso a un crematorio? —pregunté. Quemarlo parecía 
el mejor curso de acción. 
 
 
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—Nop —respondió, enfatizando la p. Mierda, realmente esperaba 
que tuvieran uno. Pensé en el episodio treinta y cuatro de mi podcast e 
hice una mueca. 
—Supongo que podríamos hacer lo que hacen los carteles de la 
droga —murmuré especulativamente—. ¿Tienes hidróxido de sodio? O 
lejía. Si lo calentamos a trescientos grados, podemos licuar el cuerpo en 
unas tres horas —ofrecí antes de temblar—. Algunos huesos pueden 
sobrevivir al proceso, pero siempre podemos triturarlos hasta convertirlos 
en un polvo fino. Luego podemos… verter el líquido por el desagüe una 
vez que se enfríe. —Las cejas de Anthony se arquearon con sorpresa 
mientras continuaba—. ¿Necesitaremos un tambor de cincuenta y cinco 
galones? La lejía es realmente barata. Cuesta 15 dólares en una tienda 
de suministros agrícolas. Cuatro kilos pueden disolver al menos tres 
cuerpos. Es casi económico. —Una risa histérica salió de mis labios. 
¿Esto era real? 
Anthony levantó las manos. 
—Está bien. Entonces, eres toda una psicópata. Genial, genial. 
Estaba bromeando sobre lo del crematorio. De hecho, tenemos una 
funeraria en nuestro registro bancario. Solo tenemos que meterlo en el 
auto fúnebre y dejarlo. Pero es bueno tener un Plan B, un Plan B 
aterrador. Eso se siente como mucho trabajo, hombre. 
Entonces, ¿esta era la línea? Observé a Anthony por un momento. 
Estaba completamente a gusto junto al cuerpo. ¿Estaba desensibilizado 
o era algo más? No tenía la misma energía autoritaria que los demás, 
pero aún tenía una presencia poderosa. Era contradictorio, peculiar y 
único. 
—Imbécil —respondí finalmente antes de pisar fuerte. Mi cuerpo se 
sacudió por el movimiento, y sus ojos se centraron en mis pechos apenas 
contenidas. Mis mejillas se sonrojaron al tiempo que sus dientes se 
hundían en su labio inferior, y sus amplios ojos me miraron de arriba 
abajo. 
—Por favor, ponte la ropa de la prostituta muerta. Estoy a punto 
de terminar con una erección en la sala de tortura y me dijeron que ya 
no se me permitía excitarme

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