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<p>Jo y ce McDougall</p><p>ALEGATO POR UNA CIERTA</p><p>ANORMALIDAD</p><p>' PAIDOS</p><p>Buenos Aires • Barcelona • México</p><p>INDICE</p><p>Prefacio a la edición inglesa de 1990.................................... 7</p><p>Prefacio.............................................................................. ..... 15</p><p>1. La escena sexual y el espectador anónimo .................... 29</p><p>2. Escena primaria y argumento perverso......................... 55</p><p>Antecedentes de este estudio.......................................... 58</p><p>El final de la infancia ... ................................................... 65</p><p>Argumento perverso y escena del sueño ............................ 69</p><p>Tema y variaciones........................................................... 71</p><p>3. El dilema homosexual: estud[o de la homosexualidad</p><p>femenina ........................ ........... .... ........................ ....... ..... 91</p><p>Historia edípica y estructura edípica .................. ........... 97</p><p>La imagen del padre ....................... ................................. 99</p><p>La imagen de la madre ................. ......................... .......... 110</p><p>La envidia del pene y el concepto de falo............. ... ... ... 121</p><p>La mujer homosexual y el pene...................................... 126</p><p>La relación homosexual................................................... 131</p><p>Estructura edípica y defensas del yo.............................. 137</p><p>4. La masturbación y el ideal hermafrodita....................... 145</p><p>El pecho materno y la sexualidad......................... .......... 147</p><p>El hombre y la masturbación .......................................... 154</p><p>Masturbación y psicoanálisis............... .. ................ ......... 162</p><p>5. Creación y desviación sexual........ .... .............................. 169</p><p>5</p><p>6. El anti-analizando en análisis......................................... 199</p><p>7. La contratransferencia y la comunicación primitiva.... 225</p><p>Sobrevivir es fácil. Lo duro es saber vivir. Annabelle</p><p>Borne ....................... ... ............................ ....................... .... 240</p><p>La comunicación primitiva ............................................. 246</p><p>El papel de la contratransf erencia .. ................. ............... 256</p><p>8. Narciso en busca de una reflexión.................................. 269</p><p>9. El psicosoma y el proceso psicoanalítico....................... 301</p><p>El individuo psicosomátíco............................................. 307</p><p>Psique y soma en la teoría psicoanalítica ...................... 310</p><p>Observaciones y especulaciones..................................... 335</p><p>Relaciones sexuales y objetales....................................... 338</p><p>Defensa somática y defensa neurótica ........................... 350</p><p>El cuerpo como objeto psíquico...................................... 356</p><p>10. El cuerpo y el lenguaje, y el lenguaje del cuerpo.......... 361</p><p>11. El dolor psíquico y el psicosoma .................................... 379</p><p>12. Tres cuerpos y tres cabezas ............................................. 405</p><p>13. Alegato por una cierta anormalidad.............................. 415</p><p>Referencias bibliográficas..................................................... 435</p><p>6</p><p>PREFACIO A LA EDICION INGLESA DE 1990</p><p>Me siento sumamente complacida de que este libro</p><p>se publique por primera vez en Gran Bretaña, gracias a</p><p>Jos incansables y denodados esfuerzos de Robert Young,</p><p>de la casa editora Free Association Books, quien luchan­</p><p>do contra viento y marea obtuvo los derechos de publica­</p><p>ción una década después de que la obra apareciera en</p><p>inglés en Estados Unidos.</p><p>La nQticia de esta nueva edici6n me llevó a releer</p><p>Alegato por cierta anormalidad por primera vez desde</p><p>que yo misma terminé su traducción del francés al</p><p>inglés. Rara vez un autor lee de nuevo una de sus</p><p>obras publicadas, quizá porque, según dicen que dijo</p><p>Picasso, "la única obra que cuenta es la que todavía no</p><p>se ha hecho"; pero esta reticencia puede deberse tam­</p><p>bién a una negativa a redescubrir y reconsiderar lo que</p><p>se escribió, por temor a encontrarlo deficiente, banal o</p><p>carente de las cualidades que uno quisiera adjudicar a</p><p>sus propias ideas. Esto es particularmente válido en el</p><p>campo de la investigación psicoanalítica, donde los con­</p><p>ceptos son permanentemente cuestionados y ampliados,</p><p>7</p><p>en un intento de abarcar con ellos fenómenos clínicos</p><p>que ya no parecen corroborar los conceptos clásicos.</p><p>Al releer, pues, Alegato por cíerta anormalidad, com­</p><p>probé con agrado que mi actitud hacia mi labor y hacia</p><p>mis pacientes apenas si ha cambiado a lo largo de los</p><p>años, pero también quedé sorprendida al reparar en las</p><p>hipótesis teóricas que siguieron germinando en mi</p><p>mente y me impulsaron a nuevas observaciones y elabo­</p><p>raciones. Mientras repasaba el liuro como lo haría un</p><p>crítico a quien se le hubiera encargado una reseña, pude</p><p>recoger una impresión general acerca de la motivación</p><p>subyacente que me llevó a abordar al mismo tiempo tan­</p><p>tas y tan controvertibles cuestiones teóricas complejas.</p><p>En el "Prefacio" de la primera edición ya mencioné los</p><p>sentimientos de incomodidad y malestar que me insta~</p><p>ron a redactar estas notas: la sensación de no compren­</p><p>der lo que estaba pasando (o lo que no estaba pasando)</p><p>en la situación analítica. A veces esto derivaba de la</p><p>intrincada relación transferencial-contra transferencia!</p><p>con cierto tipo de pacientes, que daba origen a estados</p><p>de malestar emocional y de cuestionamiento intelectual.</p><p>Con frecuencia esto promovía en mí el deseo de escribir</p><p>con la esperanza de lograr así una mejor comprensión de</p><p>la realidad psíquica de mis pacientes, con sus poderosos,</p><p>aunque paradójicos, dramas interiores, así como el de</p><p>tantear las barreras creadas por mi propio mundo</p><p>interno. No se me escapaba mi inquietud por el hecho de</p><p>estar aprisionada dentro de conceptos teóricos venera­</p><p>bles, que tal vez fueran el impedimento para tratar de</p><p>hallar solución a problemas clínicos complejos. Estos</p><p>conceptos abarcaban toda una gama, desde el perma­</p><p>nente examen de las pulsiones instintivas y sus desti­</p><p>nos, hasta el desafío a dicotomías tales como las de lo</p><p>edípico y lo preedípico, o las que oponían el conflicto</p><p>mental a la deficiencia psíquica, o las teorías de las rela-</p><p>8</p><p>ciones objetales a las perspectivas interpersonales. Tam­</p><p>poco creía en la validez de considerar a la perversión</p><p>simplemente como el negativo de la neurosis, ni en la</p><p>concepción según la cual neurosis y psicosis pertenecen</p><p>a dos mundos totalmente separados. Quería, con cau­</p><p>tela, abrir nuevos territorios, proponer otras hipótesis y</p><p>enfoques clínicos diferentes.</p><p>Lo que se enuncia con menos claridad, tanto en el</p><p>"Prefacio" de la primera edición como en el resto del</p><p>libro, es la actitud polémica que está en la base de estos</p><p>cuestionamientos, la marcha de protesta teórica contra</p><p>gran parte de lo que me habían enseñado a considerar</p><p>sacrosanto tanto en la teoría como en la práctica del psi­</p><p>coanálisis. ¿Quién se atrevería. a discrepar despreocupa~</p><p>damente con Freud? Pese a los veinte años transcurri­</p><p>dos desde mis primeros pasos vacilantes en el campo</p><p>profesional, yo seguía pensando que criticar a Freud</p><p>equivalía a un delito de lesa majestad. ¿Y cómo podía</p><p>pretender desafiar a los teóricos posteriores a él que</p><p>tanto habían contribuido a mi creciente comprensión de</p><p>las complejidades de la psique humana y a mis propias</p><p>observaciones clínicas? Sin embargo, había diversos</p><p>aspectos de las teorías de Klein, Lacan, Hartmann, Win­</p><p>nicott, Bion y Kohut que no me satisfacían. Desde mi</p><p>temprana adolescencia, las influencias familiares me</p><p>habían vuelto algo irreverente, y esto sin duda promovía</p><p>aún más mi reacción alérgica ante cualquier huella de</p><p>religiosidad presente en las diversas escuelas de pensa­</p><p>miento psicoanalítico.</p><p>Esta mirada retrospectiva me llevó a advertir, enton­</p><p>ces, que muchos de los temas tra tados en el libro (así</p><p>como en los seminarios que sirvieron de base</p><p>evitar el destino inscrito en la</p><p>problemática edípica. Encerrado en un callejón cuya</p><p>salida exigiría la identificación con el padre, se consi­</p><p>dera como el elegido de la madre, y este hecho le hace</p><p>pensar que puede eludir el drama humano. Obtiene el</p><p>diploma sin pasar el examen, pero lo obtiene -y es aquí</p><p>en donde comienza su amarga verdad- con la condición</p><p>de no utilizarlo jamás. Ese diploma falso, arrancado a</p><p>un padre negado, es sin embargo la única referencia que</p><p>le permite salir de la psicosis. Convertido en rey de car­</p><p>tón con un cetro ficticio para proteger su identidad, de</p><p>ahora en adelante debe hacer creer a los otros que lo</p><p>falso es lo verdadero. Sólo puede hacer trampas al</p><p>mundo ~al público, al compañero sexual-, de la misma</p><p>manera como en su fantasía engañó a su padre. En ade­</p><p>lante, el miedo de ser desenmascarado y castigado por</p><p>este engaño será su perpetua preocupación. Debe con­</p><p>trolar todo. A la angustia de perder esta frágil identi­</p><p>dad, se suma el miedo a perder el control, no sólo de él</p><p>:mismo sino también del Otro frente a1 cual se mantiene</p><p>la identidad engañosa, y también el miedo a perder el</p><p>control de los otros, de ese mundo de donde siempre</p><p>puede surgir la imagen de aquel que cuestionaría el fun­</p><p>damento de su situación de rey elegido. De esta manera,</p><p>la instancia paterna, con todo lo que suscita de angus­</p><p>tiante, es proyectada fuera del campo del sujeto y man­</p><p>tenida a distancia.</p><p>Sin embargo, el control de sí mismo y del objeto no</p><p>basta para contener la angustia de castración tan viva</p><p>en pacientes como éstos. Otras defensas ayudan a soste­</p><p>ner el delicado equilibrio de esta solución inadecuada</p><p>47</p><p>del Edipo, especialmente una regresión en cuanto a lat.</p><p>miras de la vida pulsionaL Dominio, control, humilla­</p><p>ción y desconfianza juegan un papel predominante. De</p><p>hecho, la analidad marca con un sello imborrable la</p><p>estructura "perversa". La escena primaria, denegada en</p><p>cuanto a su significación genital, toma el aspecto de una</p><p>lucha narcisista-anal. El orgasmo, convertido en e1 equi­</p><p>valente de una pérdida de control, debe ser, si no evi­</p><p>tado, postergado infinitamente, para ser vivido por pro­</p><p>curacíón, a través del goce del compañero. Vemos aquí</p><p>una manera particular de controlar }a angustia de cas­</p><p>tración. Así, en vez de afirmar su identidad sexual a tra­</p><p>vés de sus actos, el sujeto logra a lo sumo sítuarse en el</p><p>espacio y en el tiempo, convencerse de no haber des­</p><p>truido su objeto ni de haber sido destruido por él. Esa</p><p>realización de fuerza, de tipo anal, que el sujeto vive en</p><p>su juego sexual y en su relación con el mundo sirve para</p><p>protegerlo de las angustias depresivas y persecutorias,</p><p>confiriendo a su actuación un carácter compulsivo y</p><p>ritual.</p><p>Este trozo de análisis revela otro aspecto de la orga­</p><p>nización anal: la importancia del secreto en la actuación</p><p>perversa. La angustia ligada a lo visible -el pene o su</p><p>ausencia- se reduce considerablemente por desplaza­</p><p>miento hacia lo invisible. El objeto anal, que escapa a la</p><p>vista, al mismo tiempo permite al sujeto preservar la fic­</p><p>ción de poseer un pene secreto y de mantener un lazo</p><p>oculto, erótico, con la madre. Como todo secreto, puede</p><p>ser a veces revelado, a veces ocultado en los juegos</p><p>sexuales, y de esta manera se convierte en la creación de</p><p>un "culto", en el soporte de un "saber" esotérico, inope­</p><p>rante e infalible.</p><p>Pero el juego de dos no es suficiente para validar el</p><p>falo anal y su significación. Algún testigo debe dar un</p><p>sentido al amor secreto entre madre e hijo. Este testigo</p><p>48</p><p>--</p><p>- ·</p><p>será el padre, humillado y engañado como lo fue antes el</p><p>niño, frente a la escena primaria. Este padre-voyeurista</p><p>es, sin embargo, objeto de una doble corriente pulsional</p><p>en la puesta en escena imaginaria. El es también la</p><p>solución m ágica de la identificación homosexual, etapa</p><p>frus trada en la evolución del sujeto. Así, si bien Ja pri­</p><p>mera imagen del pa dre r efleja a un ser castrado, la</p><p>segunda es la imagen de un padre idealizado, dotado de</p><p>un pene incastrable, capaz de colmar a la madre. Pero a</p><p>ese padre se lo mantiene siempre fuera de alcance. El</p><p>juego, la magia y la prestidigitación serán los únicos</p><p>medios para identificarse con él. Esta división del objeto</p><p>paterno muestra el fracaso decisivo de toda tentativa de</p><p>identificación con el padre.</p><p>No obstante, este fracaso sólo se produce en presen­</p><p>cia de un terreno favorable, lo que nos remite inevitable­</p><p>mente a la relación materna precoz y a la existencia de</p><p>una infraestructura depresiva que a su vez debe ser</p><p>compensada con una actuación febril. Pero el acceso a</p><p>este material primario únicamente es posible después</p><p>que el sujeto haya podido incluir en su discurso otra ver­</p><p>dad que la que han labrado la negación y la renegación.</p><p>En este preciso punto retomaré el análisis de M. B.</p><p>para citar un pasaje breve que ha abierto el camino a la</p><p>actualización de fantasías y sentimientos profunda­</p><p>mente enter rados. Aquel día m e h ablab a de un sent i­</p><p>miento de rabia contra su m adre .</p><p>-Siempre su padre. Es ella la que quería parecerse</p><p>a él. Siempre me dijo que quiso ser un niño. Supuesta­</p><p>m en te, yo er a ese n iño . La m uer te d e mi abu elo h a</p><p>debido marcarme, y sin embargo no la recu erdo. Espere,</p><p>debía tener seis años. Cuan do mi abuelo m urió, mi her­</p><p>mano ya caminaba . (Luego de un breve silencio, conti­</p><p>nuó.) No com prendo este odio que s iento por mi madre.</p><p>Ella sólo quería mi bien. Después de todo, si me quería</p><p>49</p><p>para ella sola es porque me amaba. Y el hecho de que no</p><p>me haya dejado acercarme a mí padre, no basta para</p><p>explicar mi odio.</p><p>Yo repetí: Cuando mi abuelo murió, mi hermano ya</p><p>caminaba.</p><p>-No comprendo.</p><p>-¿Usted me dice que su madre lo adoraba, que lo</p><p>quería para ella sola?</p><p>-¡Seguro! Y digo que no es razón suficiente para</p><p>odiarla.</p><p>-La razón puede ser que, en realidad, deseaba algo</p><p>más que a usted. Cuando su padre tan amado murió, su</p><p>bebé ocupaba ya su lugar. ¿Qué representaba este her·</p><p>manito, fruto de una unión supuestamente inexistente</p><p>entre su madre y su padre? ¿Qué pasa con la nulidad de</p><p>su padre? Además es la primera vez que me habla de un</p><p>hermano.</p><p>-Pero ... ¡yo soy el mayor de cinco hermanosl</p><p>-¿Entonces, ella lo engañó más de una vez?</p><p>Las edades fatídicas de los seis, de los nueve años de</p><p>amargas decepciones marcadas por la llegada de herma·</p><p>nos menores, ponían fecha al montaje "del sistema",</p><p>pero la renegación hacía que esos nacimientos no fueran</p><p>significativos. El látigo, falo ficticio, pene ideal del</p><p>abuelo que el paciente quiso imaginar como el objeto pri·</p><p>vilegiado del deseo materno, servía también para encu·</p><p>brir el papel que jugaban el padre y su pene en la vida</p><p>de la madre y en el nacimiento de los hermanos. Sea lo</p><p>que fuere el deseo de su madre, finalmente se descubría</p><p>la verdad de su propio deseo de niño: que su madre</p><p>viviera sólo para él.</p><p>En las sesiones siguientes, otros recuerdos de la</p><p>infancia se infiltraban en su discurso. Ante todo, el cua·</p><p>dro de la maternidad surgió con el candor de una ima­</p><p>gen de Epinal. B., niño de seis años, mira fijamente, en</p><p>50</p><p>el primer plano, al bebé en la falda de su madre. Ella lo</p><p>tiene "allí, donde no hay que mirar", delante de su sexo,</p><p>y lo único que se ve del hermanito son las nalgas desnu­</p><p>das. Pegado a ella, disimula el "abismo"_ La evocación de</p><p>esta imagen, en donde se confunden las nalgas desnu­</p><p>das del hermano con los pechos de la madre, dirige el</p><p>discurso de B. hacia el universo de la madre y hacia las</p><p>antiguas tinieblas del deseo. En este nivel arcaico, las</p><p>nalgas azotadas no sólo tenían por función imitar Ja fan­</p><p>tasía de castración sino también disfrazar su deseo de</p><p>venganza contra los pechos maternos infieles.</p><p>Al sentimiento de haber sido engañado, humillado,</p><p>estafado por sus objetos más amados, a la salida del</p><p>complejo de Edipo, se sumaba la tortura de una angus­</p><p>tia más profunda, la de haber arrancado los pechos a la</p><p>madre y haber destruido la fuente misma de</p><p>vida.</p><p>Pacientes como éstos lucharán toda su vida contra este</p><p>fantasma para no tener que conocerlo. El sujeto, como lo</p><p>hemos mostrado en este pasaje clínico, dirá que sólo por</p><p>jugar lleva a cabo su relación amorosa y sus proyectos</p><p>personales, que de esta manera serán únicamente reali­</p><p>zaciones mágicas del deseo, y se convencerá de que la</p><p>vida no es más que un juego, un juego en el cual, bastán­</p><p>dose a sí mismo, se lo puede controlar. Aparenta libe­</p><p>rarse del objeto en toda situación, negando todo deseo y</p><p>toda necesidad del otro, actuando como si el pecho</p><p>materno le perteneciera siempre. Basta con quitarle a la</p><p>vida su aspecto serio, para estar fuera del alcance de la</p><p>decepción, de la depresión y de la culpabilidad. Al juego</p><p>de la renegación y del control de la angustia de castra·</p><p>ción, propia de la etapa fálica, se suma una renegación</p><p>masiva de la impresión de vacío y de muerte interior, y</p><p>el juego se orienta hacia el control de la castración</p><p>materna, de la angustia de muerte.</p><p>En esta descripción se habrá reconocido, aproximada-</p><p>51</p><p>mente, lo que Melanie Klein ha llamado defensa maní­</p><p>aca. Vemos aquí, en efecto, una de las principales defen­</p><p>sas que caracterizan de manera notoria a la organización</p><p>de la cual nos ocupamos. De la renegación masiva, pro­</p><p>pia de esta defensa, el sujeto obtiene un beneficio doble:</p><p>• A nivel edípico clásíco, se hace creer que lo que</p><p>más lo aterra, la castración, es el hecho más excitante</p><p>que pueda haber.</p><p>• A nivel narcístico primario, evita enfrentar una</p><p>culpabilidad insostenible, que podría llegar a cuestionar</p><p>hasta la catexia de su vida.</p><p>Cuando la defensa lúdico-erótica se quiebra, cuando</p><p>el juego se transforma en una realidad dolorosa y depre­</p><p>siva, el sujeto pedirá la ayuda del psicoanálisis, no para</p><p>desembarazarse de su actividad sexual sino para adqui­</p><p>rir el derecho de no jugar más a vivir con el fin de sobre­</p><p>vivir.</p><p>Me limitaré, apoyándome en este ejemplo clínico, a</p><p>poner de relieve ciertos aspectos de la constelación edí­</p><p>pica en la perversión, especialmente las fantasías funda­</p><p>mentales que este Edipo particular origina, y los medios</p><p>económicos, a través de los cuales se mantienen los pun­</p><p>tos de referencia de la identidad subjetiva.</p><p>• La fantasía que apunta a la castración fálica de la</p><p>imagen paterna esconde otra, destinada a la destrucción</p><p>de la madre nutricia o de sus cualidades fálicas, y al ani­</p><p>quilamiento de la existencia de los hermanos menores,</p><p>signo de la complementariedad de los padres y de la fer­</p><p>tilidad de la madre. Si bien la primera fantasía suscita</p><p>angustias ligadas a la amenaza de castración para el</p><p>sujeto, la segunda moviliza angustias ligadas a la</p><p>muerte, la depresión y la desintegración psíquica.</p><p>52</p><p>-</p><p>r</p><p>1</p><p>• Los dos deseos con sus angustias propias son</p><p>sobrellevados de manera compulsiva, gracias a una acti­</p><p>¡ vidad sexual que toma la forma de un juego, y gracias a</p><p>i una relación con el otro, el objeto sexual, que será regida</p><p>1 por las mismas defensas: renegación y negación, esci­</p><p>¡ sión, proyección y regresión anal, defensa maníaca.</p><p>! • El "juego", igual que para los niños, tiene como</p><p>' función controlar los acontecimientos traumáticos del</p><p>pasado y permitir, de esta manera, que se haga lo que</p><p>está "prohibido de verdad". En la perversión, el sujeto</p><p>juega a través del placer del otro, tanto a ser el único</p><p>que goza del pene paterno, como a ser el único que goza</p><p>del pecho materno. El juego permite así una recupera­</p><p>ción lúdica de los objetos perdidos y, al mismo tiempo, el</p><p>castigo por estos deseos.</p><p>• En el caso presentado aquí, los objetos deseados­</p><p>odiados originales (pene paterno, pecho-y-vientre mater­</p><p>nos) están disfrazados por el desplazamiento hacia el</p><p>látigo y las nalgas, desde donde pueden ser controlados,</p><p>castrados y luego devueltos a la vida. Atacar y controlar</p><p>estos objetos sexuales a través de sus representaciones</p><p>parciales es una manera de probar que viven siempre, y</p><p>que el hijo se encuentra a salvo de su venganza y de su</p><p>propia culpabilidad.</p><p>• Si bien la puesta en escena perversa constituye un</p><p>desafío (al padre, al mundo), también es un intento de</p><p>recuperar al padre negado, en tanto que objeto interno</p><p>perdido. Engañar y humillar al padre es, a pesar de</p><p>todo, una manera de hacerlo existir, y de dar un sentido</p><p>a su existencia. La finalidad de la actividad erótica</p><p>perversa, bajo cualquier aspecto que se presente, es</p><p>siempre captar la mirada del espectador anónimo. Gra­</p><p>cias a la sombra de este tercero, el sujeto puede conser­</p><p>var la integTidad de su identidad psíquica y conjurar el</p><p>peligro perpetuo de depresión y de angustia persecuto-</p><p>53</p><p>ria, donde el sentimiento de la identidad subjetiva corre</p><p>el riesgo de caer en el vacío, la nada de la madre todopo­</p><p>derosa e ilimitada: la psicosis. Este es el destino que le</p><p>espera al sujeto si se evade de la parálisis que traba</p><p>todas sus relaciones objetales y sus realizaciones subli­</p><p>madas, si su vida sexual deja de ser una danza sobre la</p><p>cuerda, un juego de equilibrio angustiante. Porque el</p><p>espectador sólo cede su lugar al espectro de la muerte.</p><p>54</p><p>2. ESCENA PRIMARIA</p><p>Y ARGUMENTO PERVERSO</p><p>Antes de examinar el significado inconsciente de la</p><p>perversión sexual y la eventual existencia de elementos</p><p>específicos de tal organización, quisiera delimitar este</p><p>concepto clínico con respecto a las estructuras, tanto</p><p>neurótica como psicótica. Esto es difícil, porque un acto</p><p>"'perverso" en la vida sexual no permite deducir necesa­</p><p>riamente una organización estable. Se encuentran abe­</p><p>rraciones sexuales en pacientes con estructuras psíqui­</p><p>cas diferentes, y el mismo acto sexual puede encerrar</p><p>funciones y significaciones diversas. La naturaleza de</p><p>los fantasmas que acompañan a las relaciones sexuales</p><p>o a la masturbación, no puede informarnos demasiado</p><p>sobre la perversión porque no existen fastasmas especí­</p><p>ficamente "perversos". Lo propio del neurótico es más</p><p>bien una riqueza de fantaseo erótico en todos los niveles.</p><p>Además, el individuo cuya vida sexual se centra alrede­</p><p>dor de una perversión manifiesta y organizada, a</p><p>menudo da pruebas de una vida fantasiosa pertícular­</p><p>mente pobre; su estructura superyoica le permite imagi­</p><p>nar relaciones sexuales sólo con una perspectiva limi-</p><p>55</p><p>tada (Sachs, 1923). E incluso, su economía libidinal está</p><p>constituida de tal manera, que comúnmente se siente</p><p>empujado a "actuar" una gran parte de lo que imagina.</p><p>Finalmente el desviado sexual tiene poca libertad de</p><p>expresión erótica, ya sea en actos o en fantasías. No</p><p>podemos tampoco designar como dotados de una organi­</p><p>zación perversa a estos pacientes que -a menudo, de</p><p>estructura histérica- se han lanzado a aventuras</p><p>homosexuales sin futuro, ni tampoco a los obsesivos que</p><p>nos relatan efímeros hechos perversos de su vida, tales</p><p>como experiencias fetichistas o eróticas anales. Estas</p><p>experiencias tienen una significación y una función cua­</p><p>litativamente diferentes de las que revisten en el des­</p><p>viado sexual. En este último, la expresión erótica rituali­</p><p>zada constituye un rasgo esencial de su estabilidad</p><p>psíquica, y una gran parte de su existencia se desarrolla</p><p>alrededor de ella. De igual modo, se puede distinguir el</p><p>desviado sexual de pacientes psicóticos. Estos últimos</p><p>buscan a veces relaciones perversas como un intento de</p><p>escapar a una angustia psicótica (angustia de fragmen­</p><p>tación, delirios), encontrando así los límites de su cuerpo</p><p>y de su sentimiento de identidad a través de un contacto</p><p>erótico. Estos factores se pueden encontrar también en</p><p>el perverso, pero no constituyen los elementos más</p><p>importantes.</p><p>Finalmente, no es tan simple apreciar lo que es per­</p><p>verso y lo que no lo es. Y, suponiendo que lo lográramos,</p><p>es más fácil definir lo que entendemos por perversión</p><p>que lo que entendemos por "perverso". Desde muy tem­</p><p>prano, a Freud le llamó la atención el hecho de que</p><p>todos podríamos ser considerados como perversos; bajo</p><p>una capa neurótico-normal todos conservamos los restos</p><p>de un niño perverso-polimorfo. Las actividades que</p><p>habitualmente consideramos como perversas -voyeu-</p><p>56</p><p>paz</p><p>rismo, fetichismo, exhibicionismo, interés por una varie­</p><p>dad de zonas erógenas- podrían formar parte de la</p><p>experiencia de una relación amorosa normal. Partiendo</p><p>de este punto de vista, uno de los factores que podrían</p><p>caracterizar al perverso es que no puede elegir; su sexua­</p><p>lidad es fundamentalmente compulsiva. No elige ser per­</p><p>verso ni tampoco la forma de su perversión -como el</p><p>obsesivo no elige sus obsesiones, ni el histérico sus cefa­</p><p>leas o sus fobias-. El elemento compulsivo en la sexua­</p><p>lidad aberrante infunde su marca a la relación de objeto,</p><p>y el objeto sexual pasa a desempeñar un papel circuns­</p><p>crito y severamente controlado, incluso anónimo. El otro</p><p>miembro de la pareja, aunque muy a menudo es redu­</p><p>cido a un objeto parcial, está considerablemente inves­</p><p>tido y cumple una función mágica. Pero se podría decír</p><p>lo mismo de una relación amorosa genital en la que la</p><p>ilusión nunca falta. 1 Dicho de otra manera, así como el</p><p>psicótico busca en el contacto erótico un refuerzo contra</p><p>la angustia y un soporte para su yo, el heterosexual neu­</p><p>rótico-normal busca, él también, en sus relaciones</p><p>sexuales un refuerzo narcisista y un reaseguro destina·</p><p>dos a protegerlo de los golpes que le asesta la vida. En</p><p>todo individuo que hace el amor, existe la fantasía omni­</p><p>potente de reparación de sí mis mo y del otro . Sin</p><p>embargo, en la mayoría de los casos, este factor no es el</p><p>único; el interés y el amor que sentimos por el otro,</p><p>fuera de la relación sexual, tienen también una gran</p><p>importancia. De esta manera, 1a relación sexual, en la</p><p>economía libidinal del sujeto "normal", desempeña un</p><p>papel dinámico diferente del de las personalidades per­</p><p>versas o psicóticas.</p><p>No hablaré aquí de lo que comúnmente se llama</p><p>l. Ls imagos parenta­</p><p>les).</p><p>ANTECEDENTES DE ESTE ESTUDIO</p><p>Comencé a interesarme en la significación incons­</p><p>cíen te de las desviaciones sexuales a raíz de una de esas</p><p>coincidencias que se descubren en la práctica analítica</p><p>de cada uno: me encontré con tres pacientes homosexua­</p><p>les en análisis al mismo tiempo. Antes que esos análisis,</p><p>muy prolongados, hubieran llegado a término, había</p><p>comenzado dos más. Todas estas pacientes sufrían in­</p><p>tensos períodos de depresión en los momentos de fracaso</p><p>en sus relaciones amorosas o en su trabajo. (Todas ejer­</p><p>cían una profesión liberal o una actividad artística, y</p><p>ninguna obtenía resultados satisfactorios. A veces, éste</p><p>era el motivo consciente que les hacía buscar una ayuda</p><p>58</p><p>.....</p><p>en el análisis. Ninguna vino a verme a causa de su</p><p>homosexualidad.)</p><p>En estos cuadros clínicos, caracterizados por una</p><p>mezcla de manifestaciones neuróticas y psicóticas, ter­</p><p>miné por comprender que las relaciones sexuales de</p><p>estas analizantes eran a menudo una comedia delirante</p><p>en la que la pareja desempeñaba el papel mágico de un</p><p>muro de protección contra la amenaza de depresión o de</p><p>una pérdida de identidad, y también contra ataques</p><p>imaginarios de los hombres. La relación misma, muy</p><p>ambivalente, también estaba amenazada constante­</p><p>mente desde el interior.</p><p>Además de estas similitudes en cuanto a la estruc­</p><p>tura del yo y en cuanto a los mecanismos de defensa uti­</p><p>lizados para mantener un equilibrio precario, estas</p><p>pacientes presentaban otro gran parecido en la manera</p><p>como describían a sus padres, al menos durante los pri­</p><p>meros años de su análisis. El cuadro presentado mos­</p><p>traba un padre que no cumplía con su función paterna, y</p><p>una madre que cumplía demasiado con la suya. Sor­</p><p>prendida por este curioso reparto de buenas y malas</p><p>cualidades, según una línea de demarcación sexual,</p><p>traté de despejar los lazos existentes entre el fantasma</p><p>edípico y la elección de un objeto homosexual concer­</p><p>nientes al papel de la homosexualidad en el manteni­</p><p>miento del equilibrio psíquico y de la identi.da.d del yo</p><p>(McDougall, 1964, 1970).</p><p>Podríamos resumir de la siguiente manera la econo­</p><p>mía psíquica de la homosexualidad femenina: es un</p><p>intento por salvaguardar el equilibrio narcisista frente a</p><p>una necesidad constante de escapar a la relación peli­</p><p>grosa y simbiótica, reclamada por la imago materna, y</p><p>al mismo tiempo mantener una identificación incons­</p><p>ciente con el padre, elemento esencial en esta estructura</p><p>frágil. Cualquiera que sea el precio, esta identificación</p><p>59</p><p>.............</p><p>ayuda al homosexual a protegerse contra la depresión o</p><p>contra estados psicóticos de disociación, y contribuye de</p><p>esta manera a mantener la cohesión de su yo.</p><p>Comencé a interesarme en el hecho de que los</p><p>pacientes homosexuales hombres presentaban en su</p><p>mayoría los mismos elementos estructurales que las</p><p>mujeres homosexuales, particularmente en lo que con·</p><p>cierne a su mundo de imagos y a la escisión afectiva de</p><p>los objetos según una línea sexual. Pero mientras la</p><p>mujer intenta encontrar lo esencial de su propia femini­</p><p>dad en su pareja idealizada, el homosexual hombre</p><p>busca un pene idealizado en otro hombre. Los aspectos</p><p>destructores y peligrosos del padre del mismo sexo se</p><p>proyectan, en cada caso, en el sexo opuesto. L-0s homose­</p><p>xuales de ambos sexos buscan inconscientemente una</p><p>protección contra la madre primaria "oral" o "anal" de</p><p>las fases pregenitales, y tanto unos como otros intentan</p><p>desesperadamente mantener una cierta "barrera fálica"</p><p>-por intermedio de la identificación (en el caso de la</p><p>niña) o de la elección del objeto (en el caso del niño)­</p><p>creando así un objeto idealizado, interno o externo, que</p><p>sirve de instancia paterna y hace las veces del falo sim­</p><p>bólico, aunque el padre real sea considerado como un ser</p><p>sin valor, ausente, incluso muerto.</p><p>Posteriormente encontré esta misma organización</p><p>edípica desequilibrada, y la estructura inconsciente que</p><p>le corresponde, en pacientes fetichistas y masoquistas, y</p><p>en los aportes clínicos de algunos de mis colegas a pro­</p><p>pósito de casos semejantes. Continué interesándome por</p><p>el destino de la imago paterna y por el papel simbólico</p><p>del falo en la estructuración de tales personalidades, lo</p><p>que me ha permitido estudiar más en detalle los ataques</p><p>sádicos imaginados contra los padres, particularmente</p><p>contra la madre idealizada, que se revelaban, tal como</p><p>el contenido latente de un sueño, a través del acto</p><p>60</p><p>,....</p><p>sexual de estos analizantes. En el capítulo anter!or</p><p>hemos resumido este aspecto a través del estudio clínico</p><p>de M. B. quien, desde su adolescencia, llevaba vestidos</p><p>rituales y se azotaba las nalgas para alcanzar el</p><p>orgasmo; cuando fue adulto, pidió a su compañera</p><p>sexual que llevara los vestidos simbólicos y que aceptara</p><p>ser azotada. Como es frecuente en las anomalías sexua·</p><p>les, la naturaleza del lazo erótico era más importante</p><p>que el papel que desempeñaba cada uno de los compañe­</p><p>ros sexuales en esta ocasión. La vida</p><p>profesional de este</p><p>analizante estaba sometida a las mismas complicaciones</p><p>que su vida sexual: no podía desarrollarse sin angustia y</p><p>sin un mínimo necesario de puesta en escena. (Los con­</p><p>flictos y las interdicciones que marcan la vida sexual de</p><p>estos sujetos provocan casi siempre dificultades análo­</p><p>gas en su trabajo -a menudo un trabajo intelectual y</p><p>creador- que en consecuencia corre el riesgo de sufrir</p><p>inhibiciones graves.) Análisis como éstos muestran cla­</p><p>ramente cómo una sexualidad aberrante puede servir de</p><p>defensa "maníaca" contra las angustias depresivas o</p><p>persecutorias.</p><p>Los rasgos esenciales que se extraen del fragmento</p><p>del análisis de M. B. pueden encontrarse en todas las</p><p>desviaciones sexuales y permiten diferenciarlas de las</p><p>organizaciones neuróticas y psicóticas. No quiero decir</p><p>con esto que las múltiples formas que puede adoptar la</p><p>solución sexual perversa no tengan significación propia</p><p>en sí mismas, ni afinidades particulares unas con otras.</p><p>Excepto su interés teórico, estas diferencias y similitu­</p><p>des son importantes para la comprensión analítica de</p><p>semejantes pacientes: por ejemplo, la relación entre el</p><p>fetichismo y el travestismo, o el estrecho vínculo entre el</p><p>fetichismo y los objetivos sadomasoquistas, e igual­</p><p>mente la relación del voyeurismo con el exhibicionismo.</p><p>También es significativa la distinción entre todas estas</p><p>61</p><p>expresiones sexuales y la homosexualidad. Es evidente</p><p>que el homosexual tiene, entre otros, problemas específi­</p><p>cos con la imagen narcisista de su cuerpo y que está for­</p><p>zado a reparar esta imagen por intermedio de una</p><p>pareja del mismo sexo, como una imagen en espejo,</p><p>mientras que el perverso no homosexual muestra a</p><p>menudo numerosas defensas contra sus deseos homose­</p><p>xuales, defensas tan numerosas como las del neurótico.</p><p>He tenido un ejemplo con un paciente fetichista que</p><p>pagaba a prostitutas para hacerse azotar y golpear sus</p><p>órganos genitales. En el transcurso de una sesión me</p><p>dijo haber encontrado otro cliente del mismo prostíbulo</p><p>que pensaba que los dos se parecían mucho, puesto que</p><p>él también pagaba para ser azotado, pero por mucha­</p><p>chos. Mi paciente, muy angustiado, exclamó: " ... ¡pero</p><p>este hombre está loco! Nosotros no tenemos absoluta­</p><p>mente nada en común. ¡El es un homosexual!". Esta</p><p>observación esclarece también el hecho de que toda per­</p><p>versión está construida sobre ílusiones esenciales e into­</p><p>cables, y nos muestra que la "verdad" de cada microcos­</p><p>mos sexual está fundada en la negación y la renegación.</p><p>Lo que me interesa para el presente trabajo, más</p><p>allá de las diversas manifestaciones de la sexualidad</p><p>desviada, es la estructura inconsciente que la sostiene,</p><p>más que su forma. Partiendo de la constelación edípica y</p><p>de las imagos parentales, hemos visto que la madre</p><p>ocupa un lugar idealizado, mientras que el padre desem­</p><p>peña un papel curiosamente borroso en el mundo objeta}</p><p>interno. Se le atribuye a la madre complicidad y seduc­</p><p>ción, mientras que se representaba al padre como no</p><p>apto para servir de modelo de identificación. De esta</p><p>manera encontramos una escisión patológica (false</p><p>splitting del que habla Meltzer, 1967). Pero esta separa­</p><p>ción no opera a nivel de la imago materna; lo "bueno" se</p><p>encuentra del lado de la madre, ideal fálico inatacable, y</p><p>62</p><p>·---------------------------•-••••••- ••--HUl ... A_l ... .__._._. __ 11'~-------</p><p>--</p><p>lo "malo" se encuentra del lado del padre, objeto rene­</p><p>gado, denigrado. Detrás de esta explosión de los retratos</p><p>de familia se encuentra otra madre, mortalmente peli­</p><p>grosa para su hijo, y el odio y la agresión vinculados a</p><p>esta imagen están orientados hacia otros objetos. La</p><p>imagen del padre denigrado, igualmente fragmentada,</p><p>esconde un padre idealizado (papel atribuido frecuente­</p><p>mente al padre de la madre, a un sacerdote, incluso a</p><p>Dios mismo); con mayor frecuencia aún encontramos el</p><p>fantasma de un falo ideal con el que el sujeto no puede</p><p>identificarse, pero que juega un papel estructurante</p><p>importante a pesar de su carácter escindido (Kurt y Pat­</p><p>terson, 1968). Estas "falsas" fragmentaciones se expre­</p><p>san bajo diferentes formas en el acto sexual desviado, en</p><p>donde se encuentra invariablemente un intento por</p><p>ganar, conservar o controlar el falo paterno idealizado.</p><p>Sólo de una manera defensiva éste es atribuido a la</p><p>madre, incorporado a su función fálica primordial en</p><p>tanto primer objeto de deseo y detentadora de vida. Esta</p><p>persecución eterna del padre, defensa contra la madre</p><p>todopoderosa, contribuye a dar a la sexualidad perversa</p><p>su carácter compulsivo. Igualmente proporciona a la</p><p>estructura psíquica una defensa contra la psicosis, al</p><p>mismo tiempo que da testimonio de su fragilidad intrín~</p><p>seca. Aquello que falta en el mundo interno es buscado</p><p>en un objeto o una situación exteriores, puesto que un</p><p>fracaso de la simbolización ha dejado un vacío en la</p><p>estructuración edípica. Este fracaso concierne a la fon~</p><p>ción del pene paterno y a la significación de la escena</p><p>primaria. La desaparición de ciertos lazos asociativos</p><p>tiende a debilitar, al menos en este ámbito circunscrito,</p><p>la relación del sujeto con la realidad y desemboca, de</p><p>esta manera, en un desenlace "psicótico" del conflicto</p><p>edípico y de la angustia de castración; esta "solución"</p><p>está a su vez erotizada, y aporta, al mismo tiempo, una</p><p>63</p><p>respuesta a los problemas de la descarga instintiva.</p><p>(Más tarde volveremos a tratar el tema de la escena pri­</p><p>maria y su importancia particular en la estructura psí­</p><p>quica que nos interesa aquí.)</p><p>Fuera del interés de su organización edípica, la per­</p><p>versión ofrece un campo de estudio rico y fértil en</p><p>cuanto al nacimiento del deseo humano y los diferentes</p><p>objetos, alrededor de los cuales se cristaliza. Además</p><p>ofrece un vasto campo de investigación para quien</p><p>quiera abordar el problema de la identidad humana. Es</p><p>evidente que el perverso sufre de trastornos de identi­</p><p>dad sexual; podríamos preguntarnos también qué papel</p><p>juega la sexualidad aberrante en la economía identifica­</p><p>dora del yo. Lichtenstein (1961) propone, en un buen</p><p>artículo, la hipótesis según la cual una de las principales</p><p>funciones de la heterosexualidad "no procreadora" es el</p><p>mantenimiento del sentimiento de identidad. Diré que</p><p>esto también es cierto para el desviado sexual. Su bús­</p><p>queda continua de una confirmación de su ser, desti­</p><p>nada a contener la angustia que se apodera de él cuando</p><p>la pérdida de sus puntos de referencia identificatorios lo</p><p>amenaza, puede incluso llevarlo a objetivos libidinales y</p><p>agresivos en el transcurso de su ritual sexual. De esta</p><p>manera, en medio de un complicado sistema de nega­</p><p>ción, de renegación, de desplazamiento, pretenderá a</p><p>menudo que nació homosexual, travestí, masoquista ,</p><p>etc.; es decir, que la forma que toma su sexualidad es</p><p>una parte integrante de su identidad. Corydon (1920),</p><p>de André Gide, constituye un ejemplo notable. El des­</p><p>viado cree también a menudo que posee el secreto del</p><p>deseo sexual. (Más tarde volveremos sobre el origen</p><p>inconsciente de eBte secreto.) Al sentirse fuerte por la</p><p>particularidad de su propia identidad sexual, desdeña</p><p>frecuentemente los sexos "simples", la gente que hace el</p><p>amor a la antigua, de la manera como lo hacía el padre</p><p>64</p><p>r</p><p>menospreciado y denigrado. Así pues, paradójicamente,</p><p>el heterosexual simple es considerado como castrado,</p><p>víctima de la presión paterna y social, y representante</p><p>de una imagen paterna castrada. Como decía un</p><p>paciente perverso, el hijo ha descubierto "un plato más</p><p>condimentado". (Este paciente, cuyos problemas se refle­</p><p>jaban tanto en su alcoholismo como en su metáfora,</p><p>pagaba a prostitutas para que orinaran sobre él.) Tenía</p><p>la impresión de que los otros le envidiaban su receta.</p><p>Este sentimiento de estar "en la onda", de ser el elegido,</p><p>sólo él, entre los vulgares mortales para recibir el</p><p>secreto de los dioses, muestra la ilusión del niño inces­</p><p>tuoso que imagina ser la pupila de los ojos de su madre,</p><p>en detrimento del padre</p><p>al que le toca el lugar del niño</p><p>en tanto elemento excluido, castrado. Pero el niño inces­</p><p>tuoso sólo puede conservar la ilusión de ser el único</p><p>objeto de deseo de su madre, si hace de su sexualidad</p><p>nada más que un juego.</p><p>EL FINAL DE LA INFANCIA</p><p>Algunos perversos son más conscientes que otros de</p><p>la depresión que existe detrás de este juego frenético, y</p><p>son más aptos para recordar el momento inevitable de</p><p>desilusión en el que el castillo de naipes de la promesa</p><p>incestuosa se derrumbó. Con el fin de llenar el vacío</p><p>brutal, abierto de esta manera en el sentimiento de</p><p>identidad, el juego sexual se convierte en un intento</p><p>desesperado por apartar el desencadenamiento de la</p><p>rabia y los impulsos homicidas o suicidas. La perversión</p><p>sexual admite y exhibe la parte sobreexcitada, libidínal</p><p>de su objetivo, pero corre un velo de silencio sobre los</p><p>aspectos más angustiantes. Las desviaciones sexuales</p><p>son frecuentemente representadas como una diversión</p><p>65</p><p>en tecnicolor; el mundo "alegre" 2 del homosexual se</p><p>expone en más de un bar, pero el color y la "alegría" dis­</p><p>frazan apenas su contrapartida depresiva y con frecuen­</p><p>cia persecutoria. Hemos emitido aquí la idea de que</p><p>estsis actuaciones sexuales complejas están edificadas</p><p>sobre las ruinas de una ilusión derrumbada, pero queda</p><p>una pregunta: el hecho de que la perversión sexual sea</p><p>una respuesta a los deseos incestuosos y la rabia aho­</p><p>gada que acompaña su insatisfacción no es una explica­</p><p>ción, puesto que estas decepciones constituyen un trau­</p><p>matismo universal y forman parte integrante de la</p><p>condición humana. ¿Por qué estos niños están marcados</p><p>especialmente por el signo de la desilusión?</p><p>Durante el análisis estos pacientes nos revelan la</p><p>manera como, poco a poco, han tejido la trama de su</p><p>identidad, sobre todo en cuanto a sus aspectos sexuales</p><p>y genitales, captando los mensajes mudos de los deseos</p><p>y conflictos inconscientes de los padres; son particular­</p><p>mente conscientes del lugar que ocupan ante los ojos de</p><p>su madre. Sobre este tema, la complicidad de la madre</p><p>y su influencia en la creación de un modelo sexual y</p><p>superyoico aberrante, se han escrito muchos artículos</p><p>analíticos (Bak, 1956; Gillespie, 1956a y b; Stoller;</p><p>1968; Sperling, 1955; Segal, 1956). Quisiera considerar</p><p>aquí la parte complementaria de esta vivencia: el papel</p><p>del niño en la creación de una nueva sexualidad y la</p><p>reinvención de la escena primaria. Aunque sea una</p><p>reacción ante los problemas parentales, de todas mane­</p><p>ras es la invención del niño y no la de su madre. Esta</p><p>creación, tejida con trozos de la magia infantil (los ele­</p><p>mentos de la sexualidad infantil), está hecha a la</p><p>medida del deseo infantil (deseo de ser el único objeto</p><p>2. En inglés gay significa "alegre" y también "homosexual". [T.)</p><p>66</p><p>que pueda colmar a 1a madre). Sin embargo, en la crea­</p><p>ción misma de su solución erótica, el niño quiebra sus</p><p>lazos maternos y triunfa sobre la madre internalizada.</p><p>En el transcurso del análisis, estos pacientes recuerdan</p><p>muy claramente el descubrimiento de su drama erótico</p><p>privado. Generalmente lo hacen remontar a1 período de</p><p>latencia o alrededor de la pubertad, y lo presentan como</p><p>una "revelación" de su verdad sexual. Los factores pre­</p><p>cipitantes que, en muchos casos, tienen la fuerza de</p><p>recuerdos-pantalla, son con frecuencia acontecimientos</p><p>familiares tales como el nacimiento de un hermano,</p><p>una ruptura en las relaciones parentales o un nuevo</p><p>matrimonio. Dos de mis pacientes homosexuales han</p><p>"descubierto" su vocación sexual después del naci­</p><p>miento de un hermano, cuando tenían diez y once años.</p><p>Sucede lo mismo en el caso de homosexualidad feme­</p><p>nina relatado por Freud (1920). Mi paciente fetichista,</p><p>al igual que otro que presentaba rituales sadomasoquis­</p><p>tas complicados, hacían coincidir 1os diferentes elemen­</p><p>tos de sus sistemas sexuales con la época del naci­</p><p>miento de hermanos o hermanas, prueba irrefutable de</p><p>la infidelidad de la madre.</p><p>Siempre hay un recuerdo imborrable para dar</p><p>cuenta del derrumbamiento de la ilusión incestuosa.</p><p>Con respecto a la sexualidad del niño, hay a menudo</p><p>una actitud francamente despreciativa por parte de la</p><p>madre seductora que, sin embargo, niega toda concien­</p><p>cia sexual a su hijo. La madre de Portnoy's Complaint es</p><p>un ejemplo bien clásico: "¿Qué? ¿Para esa cosita?", le</p><p>dice a Portnoy que quiere un slip con suspensor. Como</p><p>dice Portnoy a su analista: "Quizá lo haya dicho una</p><p>sola vez, ¡pero fue suficiente para toda la vida!". 3</p><p>3. 'traducción libre de la autora basada en la edición inglesa</p><p>de la novela: Portnoy's Complaint, de Phílip Roth. [T.)</p><p>67</p><p>-</p><p>Uno de mis pacientes de vida sexual masoquista y</p><p>homosexual, me ha contado una experiencia del mismo</p><p>tipo. "Tenía once años y me metía desnudo en la cama,</p><p>al lado de mi madre, corno lo había hecho muchas veces.</p><p>Aquella vez ella me rechazó brutalmente diciéndome:</p><p>'¡Qué estás haciendo, cochinito!' A raíz de este incidente,</p><p>mi padre me llevó aparte y me explicó cómo nacían los</p><p>bebés. Fue demasiado. Estallé en sollozos."</p><p>Es asombroso que estos niños hayan podido creer</p><p>durante tanto tiempo que eran "el pequeño compañero</p><p>de mamá", e imaginar incluso que un día tendrían rela­</p><p>ciones sexuales con ella. El furor y la angustia nacidos</p><p>de su desilusión son rememorados muy lentamente en el</p><p>transcurso del análisis; y es sólo un principio. Estos</p><p>traumas recobrados no son más que un eslabón de una</p><p>larga cadena. El niño, ligado de esta manera a su</p><p>madre, ha alcanzado un punto de no-regreso. A través·</p><p>de diversas invenciones eróticas, h ace un esfuerzo</p><p>desesperado para liberarse, pero la "solución" está pre­</p><p>determinada Sus ilusiones sexuales permanecen intac­</p><p>tas, solamente han encontrado nuevos disfraces. Nume­</p><p>rosos en]aces de ideas, relacionados con la verdad</p><p>sexual, han sido deformados o destruidos en la relación</p><p>preedípica, quizás incluso en la relación del niño con el</p><p>pecho de la madre, relación sexual arcaica. De hecho, no</p><p>nos sorprende descubrir que en el fantasma inconsciente</p><p>del desviado sexual, el "castrador" es invariablemente la</p><p>madre. La seductora que despierta el deseo es, al mismo</p><p>tiempo, el obstáculo para su realización. Para el niño,</p><p>ella es la imagen misma de la perversidad. ¿Qué quiere</p><p>ella? El hijo de una madre "idealizada" ha podido creer</p><p>que él también era un niño "ideal", el centro de su uni­</p><p>verso, hasta el momento de la revelación fatal de que él</p><p>no posee la respuesta al deseo de su madre. En el</p><p>derrumbamiento tardío de su ilusión, ya no sabe quién</p><p>68</p><p>-</p><p>es para ella ni qué le dará satisfacción. En alguna parte</p><p>debe existir un falo ideal, capaz de colmar a la madre. El</p><p>padre, raramente reconocido por la madre como objeto</p><p>de deseo sexual, seguramente no lo tiene, así pues, el</p><p>niño no siente ganas de volverse hacia él ni de identifi­</p><p>carse con él. Este factor, reforzado por el deseo, a veces</p><p>consciente, de la madre, concuerda demasiado bien con</p><p>el deseo del niño de creer en el mito de un padre cas­</p><p>trado o no existente. Advirtamos que un padre real­</p><p>mente ausente, incluso muerto, no impide al niño</p><p>crearse una imagen fálica interna valedera, si la rela­</p><p>ción materna lo permite. Por otra parte, los padres de</p><p>estos niños parecen contribuir a su propia exclusión o se</p><p>muestran incapaces de modificar estos aspectos de su</p><p>personalidad que alejan de ellos a sus hijos. Así pues, los</p><p>celos edípicos y el complejo de castración, punto de par­</p><p>tida de una reorganización del conjunto de la persona­</p><p>lidad, se convierten en una experiencia más desorga­</p><p>nizadora que estructuradora. Los niños que aquí nos</p><p>interesan no han encontrado la forma de terminar con el</p><p>conflicto edípico; han inventado una manera original de</p><p>dar vuelta el problema. Observemos de cerca su argu­</p><p>mento sexual.</p><p>ARGUMENTO PERVERSO Y ESCENA DEL SUEÑO</p><p>¿Cuál es la significación inconsciente de un acto</p><p>sexual en el que el sufrimiento y la angustia no están</p><p>nunca ausentes, y a lo sumo se encuentran ferozmente</p><p>negados?</p><p>¿Qué papel desempeña el objeto sexual en esta</p><p>asociación que, muy a menudo, no incluye la dimensión</p><p>del amor? Y los elementos que utiliza el desviado sexual</p><p>para escribir su extraño argumento, ¿dónde los encuen­</p><p>tra? Como lo hacía notar Gillespie (1956a) en un artículo</p><p>69</p><p>sobre la teoría de la perversión, clínica y a la vez teórica­</p><p>mente es imposible sostener (como lo han hecho pensar,</p><p>tal vez, los primeros escritos de Freud sobre este tema)</p><p>que la perversión organizada es simplemente una per­</p><p>sistencia, en la edad adulta, de la pulsiones del ello que</p><p>han escapado a la represión. Me parece que la escena</p><p>representada por el perverso es más bien comparable a</p><p>un sueño: un sentido manifiesto, un sentido latente. En</p><p>un artículo sobre el fetichismo, S. Stewart 4 escribe:</p><p>"Jacob se viste con la ropa de su mujer, como lo hacía</p><p>antes con la de su madre ... luego se entrega a numero­</p><p>sas y complicadas experiencias para atarse ... introduce</p><p>diversos objetos en su ano .. . luego se ata otra vez e</p><p>introduce su pene y sus testículos en una pequeña</p><p>bolsa ... tira fuerte de los cordones, hasta que el dolor</p><p>aparece ... Luego se lava con agua tan caliente que se</p><p>hace daño. A medida que la presión aumenta, el control</p><p>se hace más difícil y Jacob comienza un movimiento de</p><p>piernas que termina en orgasmo". Estas escenas, como</p><p>en un sueño, se parecen a una obra de teatro en la que</p><p>faltan los indicios esenciales para la comprensión del</p><p>complot. Se trata de contenidos manifiestos que províe~</p><p>nen del proceso primario, con sus condensaciones, sus</p><p>desplazamientos y sus ecuaciones simbólicas. Y, cosa</p><p>extraña, el autor mismo ha perdido la clave de su puesta</p><p>en escena; al igual que el que sueña, realiza una elabo­</p><p>ración secundaria para explicar el atractivo que tienen</p><p>para él los objetos y las situaciones insólitas que son las</p><p>condiciones esenciales de su acto sexual.</p><p>Uno de mis pacientes había escrito numerosas ver­</p><p>siones de una historia en la que una mujer vieja azotaba</p><p>públicamente a su hija (notemos que éste es, práctica-</p><p>4. S. Stewart, "Quelques aspects théoriques du fétichisme" en</p><p>La Sexualité Perverse (obra colectíva), París, Payot, 1972.</p><p>70</p><p>-</p><p>mente, un argumento fetichista típico). Una vez, tra­</p><p>tando de justificar su mito personal sobre el secreto</p><p>sexual, se interrumpió para decirme: "A propósito, ¿le</p><p>hablé de mi pasión por la ciencia-ficción?". La elabora­</p><p>ción secundaria, puede intervenir también para justifi­</p><p>car una desviación del objetivo; otro analizante me ha</p><p>dado un buen ejemplo. Describía con lujo de detalles su</p><p>necesidad de pagar a prostitutas para que le pisotearan</p><p>sus órganos genitales con zapatos de tacón alto, mien­</p><p>tras él miraba la escena en un espejo. Interrumpió su</p><p>descripción para decir: "No piense que soy masoquista,</p><p>sabe, eso a mí me da placer".</p><p>Notemos que los dos pacientes reconocían la natura­</p><p>leza original de su comportamiento sexual; al no ser psi­</p><p>cóticos, sentían la necesidad de justificarla. Otro</p><p>paciente, por el contrario, desdeñando esta necesidad,</p><p>imponía al mundo su realidad interna. Este último</p><p>pasó, efectivamente, por un episodio psicótico en el</p><p>transcurso de su análisis. Durante la primera entrevista</p><p>me dijo: "Naturalmente, yo soy homosexual. Como usted</p><p>lo sabe, seguramente, todos los hombres son homosexua­</p><p>les, pero la mayoría no tiene el coraje de admitirlo". Vol­</p><p>veré más tarde a hablar de 1a fase psicótica de este</p><p>paciente; ésta fue provocada por una interpretación con­</p><p>cerniente a un elemento esencial de la organización per­</p><p>versa: el contacto con un objeto que ocupaba el lugar del</p><p>significante fálico, objeto que tenía en jaque a la confu­</p><p>sión psicótica.</p><p>TEMA Y VARIACIONES</p><p>Así pues, el perverso trata de convencerse y de con­</p><p>vencer a los demás que él posee el secreto del deseo</p><p>sexual: lo despliega en el espectáculo de su creación eró-</p><p>71</p><p>tica. ¿Cuál es, en realidad, ese secreto? ¿Qué es lo que</p><p>quiere probar o realizar, más allá y fuera de la descarga</p><p>sexual, ese coito insólito? El secreto, en su aspecto</p><p>inconsciente, es muy simple: no hay diferencia entre los</p><p>sexos. Para la conciencia del sujeto hay diferencias de</p><p>sexos, pero éstas no tienen una función simbólica y no</p><p>son ni la causa ni la condición del deseo sexual. Esta</p><p>renegación implica una renegación del pene faltante de</p><p>la madre, y va hasta la renegación de la escena prima­</p><p>ria. Sin embargo, queda la angustia de castración. La</p><p>escena primaria original, cuyo autor es el niño destinado</p><p>a convertirse en perverso, merece atención. Gracias a</p><p>una infinidad de desplazamientos simbólicos y a la rup­</p><p>tura de eslabones asociativos importantes, el deseo</p><p>sexual es alimentado con objetos nuevos, objetivos nue­</p><p>vos y zonas nuevas. El decorado, los intérpretes y los</p><p>objetos varían, pero el tema es inmutable: es el tema de</p><p>la castración y apunta al control de la angustia que le es</p><p>propia. Que se trate del sadomasoquísta, centrado sobre</p><p>su dolor, apuntando incluso a sus órganos genitales o a</p><p>los de su pareja; que se trate del fetichista, que reduce el</p><p>juego de la castración a un juego de nalgas azotadas o a</p><p>constricciones corporales (las huellas de la sevicia sim­</p><p>bolizan la castración y se borran fácilmente); que se</p><p>trate del travestí, que hace desaparecer sus órganos</p><p>genitales deslizándose en la ropa de su madre con el fin</p><p>de apropiarse de su identidad; o aun del homosexual con</p><p>su búsqueda eterna del pene que absorbe de modo</p><p>mágico --0ral o analmente-, reparando así la fantasía</p><p>de su propia castración y al mismo tiempo castrando</p><p>-y- reparando a la pareja gracias al control del goce</p><p>del otro ... ; en cada caso la intriga es la misma: la cas­</p><p>tración no hace sufrir, no es irreparable, y más aún, es</p><p>la condición misma del placer. Cuando, a pesar de todo,</p><p>la angustia aparece, es erotízada e incluida como nueva</p><p>72</p><p>condición de excitación. No podemos dejar de comparar</p><p>a estos pacientes con niños que "juegan" a la sexualidad.</p><p>Pero es un juego desesperado; la angustia inmensa de</p><p>castración debe ser controlada gracias al comporta­</p><p>miento sexual: siendo el equilibrio narcisista relativa­</p><p>mente frágil, cualquier golpe, cualquier contrariedad o</p><p>l decepción que aporte la vida cotidiana puede suscitar</p><p>¡ una tensión que reclame una solución inmediata por</p><p>medio del acto sexual mágico. Además, la escena prima­</p><p>ria inventada debe ser validada -hace falta siempre un</p><p>espectador, función desempeñada con frecuencia por el</p><p>mismo sujeto que observa en el espejo el desarrollo de la</p><p>escena. Aquí hay una importante inversión de papeles;</p><p>el niño, antes víctima de la angustia de castración,</p><p>ahora es su agente, el que inflige la castración; ha</p><p>encontrado un remedio a su angustia, como en el "juego</p><p>del carretel" 1 controlando el drama de la separación.</p><p>Antes, sometido a la excitación, en tanto espectador</p><p>ímpotente, excluido de las relaciones parentales o víc­</p><p>tima de una estimulación inhabitual que no podía enca­</p><p>rar, es ahora el que controla y el que produce la excita­</p><p>ción, la suya propia o la de su pareja. Así pues, el interés</p><p>dominante de muchos perversos es el de manipular a su</p><p>antojo la respuesta sexual del otro. Este elemento más o</p><p>menos importante según el caso, hace sufrir al objeto lo</p><p>que en otro tiempo se ha soportado pasivamente,</p><p>encuentra su equivalente en las relaciones de ciertos</p><p>psicóticos con el otro, tal como lo ha mostrado Hanna</p><p>Segal (1956). El paciente del que ella habla se las inge­</p><p>niaba sutilmente para que su madre experimentara los</p><p>sentimientos "de un niño que siente excitación sexual,</p><p>avidez, frustración, rabia y culpabilidad". Además de</p><p>estas inversiones fundamentales de las primeras expe­</p><p>riencias traumatizantes, existe una renegación (a veces</p><p>calcada de la realidad externa pero a menudo a pesar de</p><p>73</p><p>ella) de las relaciones genitales entre los padres. De esta</p><p>manera el pene del padre no juega ningún papel en la</p><p>vida sexual de la madre; ella goza cuando es azotada,</p><p>encadenada, cuando orinan sobre</p><p>ella o cuando se</p><p>exhibe, defeca u orina sobre el padre, le pega, etc. Al</p><p>menos es lo que nos quieren hacer creer. A las múltiples</p><p>variaciones sobre el tema de la castración hay que agre­</p><p>gar un contrapunto: que los órganos genitales de los</p><p>padres no están destinados a completarse y que su deseo</p><p>mutuo es inexistente. Tal es la ficción que hay que rea­</p><p>firmar sin cesar. Con estos esfuerzos por no saber nada</p><p>de la relación sexual real, con el fin de poder mantener</p><p>una escena primaria ficticia introyectada, el perverso</p><p>entabla un combate sin salida con la realidad. Desde</p><p>este ángulo, su actuación erótica es una especie de</p><p>acting out perpetuo, de forma compulsiva. Porque el</p><p>sujeto se ha creado una mitología de Ja cual ya no reco­</p><p>noce la verdadera significación, un texto al que le han</p><p>borrado pasajes importantes. Como lo veremos, estos</p><p>pasajes que faltan no están reprimidos, porque en ese</p><p>caso habrían originado síntomas neuróticos; están aboli­</p><p>dos al haber, el sujeto, destruido el sentido. Es por esto</p><p>que muchos pacientes perversos se quejan de no com­</p><p>prender la sexualidad humana. Un paciente voyeurista</p><p>me decía que cuando escuchaba a otros hombres hablar</p><p>de sus aventuras amorosas tenía la impresión de ser "un</p><p>marciano". Un paciente fetichista evocaba su asombro</p><p>cuando sus amigos de la adolescencia hablaban de sexo,</p><p>de chicas o contaban historias picantes. Afrontaba esta</p><p>situación de desigualdad como afrontaba todas las expe­</p><p>riencias embarazosas, controlándola al manipularla con</p><p>precaución: se convirtió en el especialista en historias</p><p>escabrosas de su liceo, y )as inventó en mayor número y</p><p>más horribles que los otros. Su placer personal de con­</p><p>trolar la excitación sexual de sus camaradas era tan</p><p>74</p><p>intenso como su orgullo de "no sentir nada". En tanto</p><p>que hombre "marciano" creía con dificultad en los objeti­</p><p>vos sexuales de los otros hombres, a tal punto llegaba su</p><p>renegación de la verdad, con todo lo que esto implicaba</p><p>de alienante para su propio deseo y para sus propias</p><p>identificaciones sexuales. El mismo paciente me dijo un</p><p>día: "Tengo la impresión de haber sido maldito en mi in­</p><p>fancia. Jamás he elegido mi sexualidad, me ha caído co­</p><p>mo un maleficio". Sin embargo, durante la misma sesión</p><p>agregó: "Pero no imagine que quiero cambiar. Como us­</p><p>ted sabe muy bien, ésas son mis actividades preferidas".</p><p>Aquí reside el dilema del perverso. Renunciar a su for­</p><p>ma de sexualidad, con sus rituales, su angustia y sus</p><p>condiciones draconianas, equivaldría a la castración, y</p><p>pondría en peligro la cohesión de su yo y de su senti­</p><p>miento de identidad. Hace poco tiempo una mujer homo­</p><p>sexual me decía: " ... por lo menos, cuando estoy con</p><p>'ella', sé que existo. Sin ella es la nada ... pasaba lo mis­</p><p>mo con mi madre cuando yo era pequeña. Sólo existía a</p><p>través de ella".</p><p>Es evidente que detrás de las angustias del período</p><p>fálico y de las heridas narcisistas de la escena primaria</p><p>se encuentran miedos fragmentadores que conciernen a</p><p>la separación y a la identidad del sujeto. En todos estos</p><p>pacientes, el padre, aunque generalmente presente, apa­</p><p>rece como una ausencia. Esta falta en el mundo de las</p><p>representaciones internas es, en sí misma, profunda­</p><p>mente amenazadora para el sentimiento de identidad.</p><p>Solamente el acto sexual mágico permite la ilusión de</p><p>encontrar el falo paterno, aunque bajo formas idealiza­</p><p>das y disfrazadas; de esta manera cumple una función</p><p>esencial al establecer una identidad propia, y aporta</p><p>cierta protección contra la dependencia agobiante de la</p><p>imagen materna y contra el deseo, igualmente peligroso,</p><p>de fusionarse con ella. Pero, ¿cómo funciona este sis-</p><p>75</p><p>tema sexual mágico? ¿Cómo hacen estos sujetos para</p><p>destruir su conocimiento sobre la verdad sexual, para</p><p>negar la verdad concerniente a su propio lugar en la</p><p>constelación edípica y para reemplazarlos por un acto</p><p>nuevo e ilusorio? Los mecanismos primarios en juego</p><p>son normales en los niños, pero marcan al aduJto con el</p><p>sello de la psicosis. Sin embargo, el perverso no es un</p><p>psicótico; puesto que lo que ha sido negado o renegado</p><p>no lo recupera bajo una forma delirante, sino que lo</p><p>recobra, en cierta manera, gracias a la ilusión contenida</p><p>en el acto (respecto de la cual no es totalmente ino­</p><p>cente). Aquí se descubre un fracaso de la aptitud para</p><p>simbolizar las realidades sexuales y para crear un</p><p>mundo interno fantasioso con el fin de enfrentar la ver­</p><p>dad intolerable; así pues, la ilusión debe ser actuada sin</p><p>fin para evitar la recuperación mediante la desilusión.</p><p>Examinemos la concepción freudiana sobre el desa­</p><p>rrollo de los conocimientos sexuales en el niño y la serie</p><p>de fantasías que lo expresan (Freud, 1923, 1924a, 1925,</p><p>1927, 1940). Primeramente el niño cree que hay un sólo</p><p>órgano sexual, el pene. En una fase posterior, no puede</p><p>dejar de percibir que las mujeres no lo tienen. Llegado a</p><p>este punto reniega la percepción inaceptable: "Hay un</p><p>pene allí, lo he visto". Como Freud lo hace notar, esta</p><p>afirmación es en sí misma la prueba de que el niño per­</p><p>cibe la diferencia de sexos. Más tarde, el sentido de rea~</p><p>lidad que se desarrolla en el niño ya no le permitirá sos­</p><p>tener que no hay diferencia perceptible entre los sexos, y</p><p>es en este momento cuando comienza una adaptación</p><p>psíquica a esta realidad sexual indeseable. El niño</p><p>comienza a elaborar una serie de fantastas para dar</p><p>cuenta de esta realidad: " ... ella no tiene pene ahora,</p><p>pero más adelante le va a crecer uno; ... las otras muje­</p><p>res no tienen pene, pero mamá sí tiene uno; ... o tiene</p><p>76</p><p>~·-·····-</p><p>uno pero papá se lo quitó; ... o lo tiene escondido adentro;</p><p>... etc.". Ya no es más la renegación de una percepción</p><p>sensorial sino algo infinitamente más elaborado y más</p><p>evolucionado, una renegación, ciertamente, pero de otro</p><p>orden. Encontramos aquí la distinción descrita por Alma</p><p>Freud en El yo y los mecanismos de defensa (1936),</p><p>entre la renegación en palabras y en actos, y la renega­</p><p>ción en fantasías. Seguidamente, Freud indica una</p><p>cuarta fase en la que se constata en los niños una anula­</p><p>ción neurótica del órgano sexual inaceptable por inter­</p><p>medio de una formación reaccional (punto de partida de</p><p>fobias, inhibiciones, etc.); los órganos genitales femeni­</p><p>nos se hacen "sucios" o "peligrosos", o bien la feminidad</p><p>en sí misma es menospreciada. En todo caso, el sexo</p><p>abierto de la madre es reconocido, y contrainvestido; no</p><p>es más un objeto de fascinación sino un lugar inquie­</p><p>tante que bloquea momentáneamente el pasaje al deseo.</p><p>Si las fantasías ansíógenas y las formaciones defensivas</p><p>que los acompañan son reprimidas simplemente -solu­</p><p>ción neurótico-normal de la mayoría-, el niño da la</p><p>impresión de resolver la problemática edípica; entra,</p><p>como se dice, en el periodo latente, pero la puerta queda</p><p>abierta a formaciones neuróticas posteriores. Cierta­</p><p>mente, en el mejor de los mundos posibles, el niño acep­</p><p>tará, por fin, que lo que él desea que sea verdad no lo</p><p>será nunca., que el secreto del deseo sex.ual reside en el</p><p>pene faltante de la madre, que únicamente el pene del</p><p>padre podrá completar el sexo de la madre y que él que­</p><p>dará para siempre borrado de su primer deseo sexual,</p><p>así como de sus deseos narcisistas ínsatisf echos. Para</p><p>afrontar la verdad de esta manera , al niño le hacen falta</p><p>dos padres ''bastante buenos" (los padres good-enough</p><p>descritos por Winnicott), y nosotros tenemos razones</p><p>suficientes para pensar que el futuro perverso no los ha</p><p>encontrado. Aunque sea su manera de contornear el</p><p>77</p><p>Edipo, a menudo parece que tratara, al mismo tiempo,</p><p>de resolver los problemas de sus padres por medio de su</p><p>respuesta aberrante al peligro edípico. La "solución"</p><p>perversa de los problemas edípicos no es tal; es, sin</p><p>embargo, una salida eficaz para los conflictos "preedípi­</p><p>cos" difíciles (Glover, 1933). La solución a través de la</p><p>anomalía sexual se encuentra, en el modelo freudiano de</p><p>la evolución sexual del niño, entre el estadio dos (rene­</p><p>gación de la percepción)</p><p>y el estadio tres (renegación por</p><p>la fantasía). La fase dos (allí hay un pene; yo lo vi) es</p><p>una adaptación mágica, y desde el punto de vista de la</p><p>economía psíquica, sólo se puede terminar con ella</p><p>creando una nueva "realidad" para llenar el vacío dejado</p><p>por la renegación, manipulando un poco el mundo exte­</p><p>rior (Freud, 1924b). En la fase tres (no hay pene,</p><p>pero ... ), el niño no reduce a cero las informaciones reco­</p><p>gidas por sus percepciones de Ja realidad externa, él</p><p>toma nota de ellas y crea de una manera autoplástica</p><p>los medios fantasiosos para enfrentar este conocimiento</p><p>doloroso. Desde el punto de vista dinámico, la diferencia</p><p>entre la solución perversa y la solución erótica se</p><p>encuentra aquí mismo. Sin embargo, los factores que</p><p>predisponen al niño a responder a la verdad sexual con</p><p>la renegacíón mágica más que por medio de una elabora­</p><p>ción fantasiosa, operan mucho antes de esta fase del</p><p>desarrollo,</p><p>¿Qué es, precisamente, la renegación? Este término</p><p>(en inglés, disavowal) escogido por la Standard Edition</p><p>para traducir el Verleugnung de Freud (Freud, 1923,</p><p>pág. 143n) expresa, a mi parecer de una manera más</p><p>adecuada, el repudio vigoroso de la realidad "a través de</p><p>la palabra y de la acción''; implica, igualmente, un "reco~</p><p>nocimiento" seguido de la destrucción del sentido por el</p><p>corte de la cadena asociativa, y sugiere mejor, a mi</p><p>entender, la violencia que encierra este desafío de la rea-</p><p>78</p><p>lidad que la modificación a través de la fantasía (para lo</p><p>cual propongo guardar el término "déni"). La renegación</p><p>forma parte de lo que Bion (1962, 1963) ha designado</p><p>eon el término de Minus-K phenomena (en inglés K=</p><p>knowledge: conocimiento). A propósito del concepto</p><p>"Minus-K", Bion (1962) escribe: "Antes de que una expe­</p><p>riencia afectiva pueda ser utilizada como modelo, sus</p><p>datos sensoriales deben ser transformados en elementos</p><p>'alfa', que serán acumulados y devueltos disponibles</p><p>para la abstracción. En el 'Minus-K', el sentido es reti­</p><p>rado, dejando la representación al desnudo" (págs. 7 4-</p><p>75).</p><p>En el caso particular que nos interesa, es decir</p><p>cuando el modelo concerniente a la verdad sobre la dife­</p><p>rencia de sexos y las relaciones sexuales es deformado,</p><p>"la representación desnuda" es no solamente el sexo</p><p>vacío de la madre sino también la significación que se</p><p>debería haber atribuido a este descubrimiento. Por</p><p>cierto, el niño termina por reconocer la diferencia per­</p><p>ceptiva y por saber que su madre no tiene pene, pero su</p><p>representación psíquica no lo lleva mucho más lejos;</p><p>permanece como no significativa. La percepción del sexo</p><p>femenino no es solamente capaz de estimular las fanta­</p><p>sías descritas por Freud, a saber que la castración puede</p><p>sobrevenir en un niño pequeño, o que ya ha sobrevenido</p><p>en una niña pequeña. Esta percepción despierta inevita­</p><p>blemente el conocimiento intuitivo según el cual el pene</p><p>faltante marca el lugar en donde un pene real viene a</p><p>cumplir su función fálica real; esta intuición abre el</p><p>camino al conocimiento aprendido concerniente a la</p><p>relación sexual. Así pues, el sexo abierto de la madre</p><p>proporciona la prueba de la función del pene paterno.</p><p>Pero el niño no qiere saber nada de esto. Prefiere,</p><p>incluso, alucinar un pene, destruyendo así su reconoci­</p><p>miento de la diferencia, antes que aceptar la idea de que</p><p>79</p><p>los órganos genitales de sus padres son diferentes y</p><p>complementarios, antes que aceptar que él queda</p><p>excluido para siempre del círculo cerrado, y que, si su</p><p>deseo persistiera, tendría que enfrentar la amenaza de</p><p>castración. El concepto de castración puede ser conside­</p><p>rado, en este contexto, como el equivalente de la reali­</p><p>dad, y en consecuencia su aceptación conduce al niño a</p><p>]as diversas fantasías que hemos citado como el estadio</p><p>tres del modelo freudiano. Todos son medios para</p><p>enfrentar el miedo a la castración y el tabú del incesto.</p><p>El niño que encuentra una salida desviada desdeña</p><p>estas realidades ineluctables y la verdad que se des­</p><p>prende de ellas, pero paga el precio elevado de una parte</p><p>de su yo dañada y de un abandono, en un sector limi­</p><p>tado, de la realidad externa. "No es cierto, declara el</p><p>niño, mi padre no tiene ninguna importancia, ni para mi</p><p>madre ni para mí. No tengo nada que temer de él; ade­</p><p>más mi madre me ama sólo a mí." De esta manera, el</p><p>pene del padre pierde su valor simbólico virtual, y frag­</p><p>rn en tos esenciales del conocimiento humano quedan</p><p>borrados.</p><p>Esta impresión de hueco-en-el-conocimiento y sus</p><p>consecuencias se ilustran en este sueño de un paciente</p><p>fetichista sadomasoquista: "Yo estaba extendido al lado</p><p>de una mujer desnuda y me ordenaron que mirara sus</p><p>piernas descubiertas que ella mantenía bien abiertas.</p><p>Las miré durante un momento, pero no pude encontrar</p><p>lo que tenía que responder. Me parecía que era un pro­</p><p>blema de lógica. Finalmente dije que jamás encontraría</p><p>la respuesta exacta porque nunca había sido bueno en</p><p>matemáticas".</p><p>Entre sus asociaciones, el paciente recordó sus fiirts</p><p>de adolescente y la primera vez que besó a una mucha­</p><p>cha. Al darse cuenta de su falta total de emoción se</p><p>había sentido turbado; había tenido conciencia de expe-</p><p>80</p><p>rimentar solamente cierto asco en vez de deseo sexual.</p><p>Recordamos a Osear Wilde comparando a las mujeres</p><p>con un "cordero frío" frente a la atracción ejercida por</p><p>una alternativa de objeto homosexual.</p><p>En su artículo sobre la "Escisión del yo ... '', Freud</p><p>(1940) dice esencialmente que, confrontado con el vacío</p><p>donde se tendría que haber encontrado el pene de la</p><p>madre, el niño puede crear, para completarlo, ya sea un</p><p>fetiche, ya sea una fobia. Un poco de ambos podría cons­</p><p>tituir el punto nodal de una tercera organización psí­</p><p>quica participante de mecanismos neuróticos y psicóti­</p><p>cos a la vez. Podríamos decir que el yo "separa" sus</p><p>fuerzas defensivas en su esfuerzo por enfrentar tanto la</p><p>realidad del deseo sexual, como la futilidad de sus rei­</p><p>vindicaciones narcisistas. En primer lugar, el niño niega</p><p>aquello que no quiere saber. Según la importancia de su</p><p>capacidad para internalizar y simbolizar la ausencia (de</p><p>la madre, de su sexo), el niño evolucionará ya hacia una</p><p>organización neurótico-normal, ya hacia una organiza­</p><p>ción psicótica (renegación no sólo de la significación de</p><p>la diferencia sexual, sino también de la realidad de la</p><p>separación, de la diferencia, simplemente, entre él y los</p><p>otros), ya hacia una organización semipsicótica, semi­</p><p>neurótica, solución desviada que no se manifiesta forzo­</p><p>samente a través de una perversión sexual, aunque esto</p><p>sea frecuente. Numerosos casos de toxicomanía, de</p><p>delincuencia, de actings graves de síntomas del carácter</p><p>presentan mecanismos psíquicos similares (McDougall,</p><p>1970; Sperling, 1968).</p><p>El fetichismo es el prototipo de todas las formaciones</p><p>perversas porque muestra ejemplarmente la ma nera</p><p>como el vacío dejado por la renegación y la negación de</p><p>la verdad es colmado posteriormente. En cierto sentido,</p><p>es un acto de gran lucidez. Enfrentándose en primer</p><p>lugar con el hecho de que posee una identidad propia,</p><p>81</p><p>por lo tanto una identidad sexual con sus implicaciones</p><p>edípicas, el futuro perverso no encuentra, como sí lo</p><p>hace el neurótico, ningún velo suficientemente espeso</p><p>como para cubrir el dolor y los contornos de la verdad</p><p>insoportable. Sólo puede tapar el problema y encontrar</p><p>nuevas respuestas al deseo. Durante el análisis de estos</p><p>pacientes tenemos la impresión de que han estado</p><p>expuestos, prematuramente, a una estimulación sexual,</p><p>luego han sido rechazados y alimentados de conocimien­</p><p>tos ilusorios. Esto nos hace pensar en el artículo de Hell·</p><p>man (1954) sobre las madres de niños que sufren de</p><p>inhibición intelectual porque no tienen derecho a saber</p><p>lo que las madres no toleran que sepan. En el niño desti­</p><p>nado a una solución perversa del deseo sexual, el incons­</p><p>ciente de la madre desempeña un papel esencial. Esta­</p><p>mos tentados a pensar que la madre del futuro perverso</p><p>rechaza, ella misma, la verdad y denigra</p><p>la función</p><p>fálica del padre. Es posible que además haga sentir al</p><p>niño que él o ella es un sustituto fálico. En la historia de</p><p>estos pacientes descubrimos, con frecuencia, que al niño</p><p>se le ha dado como ejemplo otro modelo de virilidad (el</p><p>abuelo materno, un tío, Dios) ofrecido, tal vez, por la</p><p>madre como único objeto fálico valedero. Sin embargo,</p><p>esto explica muy parcialmente el complicado sistema</p><p>psíquico del futuro perverso y sólo aporta una ayuda</p><p>limitada al análisis de la perversión sexual.</p><p>Algunos de los factores observados por Bion (1967)</p><p>en relación con la formación de la psicosis y del pensa­</p><p>miento esquizofrénico me parecen aplicables a estos</p><p>niños que inventan una solución perversa para evitar su</p><p>dolor psíquico. Relaciones de objeto muy precozmente</p><p>estn1cturadas, así como "el odio a la realidad'', son clíni·</p><p>camente evidentes en la mayoría de los casos. La angus­</p><p>tia de castración de la fase fálica y los celos edípicos son</p><p>factores que se encuentran más en la superficie de la</p><p>82</p><p>--</p><p>perversión que en su origen, como salida a los problemas</p><p>planteados por la realidad de las relaciones humanas.</p><p>La angustia sobreviene, en primer lugar, en ausencia de</p><p>un objeto. Tras el traumatismo causado por la ausencia</p><p>de pene de la madre, se perfila la sombra entera de la</p><p>madre faltante; las diferentes maneras como el niño se</p><p>ha sentido ayudado u obstaculizado para compensar</p><p>esta pérdida vital constituyen los fundamentos de la</p><p>forma como afrontará los conflictos de la fase edípica</p><p>clásica. La angustia de separación es prototípica de la</p><p>angustia de castración y la presencia-y-ausencia de la</p><p>madre son los factores alrededor de los cuales se cons­</p><p>truirá la primera estructuración edípica. Rosenfeld</p><p>(comunicación personal) emitió la idea de que el lactante</p><p>podría haber establecido ya una relación "perversa" con</p><p>el pezón. En un sentido metafórico bastante amplio, yo</p><p>estarla de acuerdo con él. El traumatismo de la castra­</p><p>ción primitiva, que se expresa bajo forma de miedo a la</p><p>desintegración corporal y miedo de la pérdida de identi­</p><p>dad, deja invariablemente sus huellas en las perversio­</p><p>nes sexuales, pero no les es específico. Cuando las pri­</p><p>meras introyecciones han sido traumatizantes y no</p><p>resueltas por la relación materna, existen todavía</p><p>muchas salidas posibles que van desde la psicosis y la</p><p>enfermedad psicosomática 5 hasta la toxicomanía y otras</p><p>formas de actuar sintomático. Los factores movilizantes</p><p>decisivos que determinan el estatuto de una desviación</p><p>sexual posterior, sobrevienen en la fase edípica; la infra­</p><p>estructura de este resultado se organiza desde la rela­</p><p>ción con el pecho.</p><p>En el plano clínico, la incidencia de las enfermeda­</p><p>des psicosomáticas se revela inhabitualmente elevada</p><p>5. Véanse al respecto los capítulos 8 a 11 que tratan específica­</p><p>mente sobre esta eventual evolución.</p><p>83</p><p>en los pacientes que presentan una perversión estructu­</p><p>rada; Sperling (1968) ha estudiado en sus analizantes la</p><p>alternancia de períodos de actividad sexual perversa con</p><p>incidentes psicosomáticos. Esto deja pensar que ha</p><p>habido ''faltas" precoces a nivel de la elaboración fantas­</p><p>mática y de la simbolización: zonas de "Minus-K", de</p><p>conocimiento-menos, en donde el afecto y el embrión de</p><p>un pensamiento tendrían que haber tenido lugar, sólo</p><p>han podido expresarse, directamente, a través del</p><p>cuerpo. También es el punto donde la formación per~</p><p>versa cede el lugar a formaciones psicóticas y donde la</p><p>renegación se convierte en la abolición (Verwerfung) de</p><p>la realidad perceptiva postulada por Freud (1911) en</p><p>tanto que mecanismo psicótico fundamental en El Hom­</p><p>bre de Jos Lobos y en el caso Schreber. Tratando de com­</p><p>prender la homosexualidad de Schreber con respecto a</p><p>Flechsig y a Dios, Freud escribió: "No era exacto decir</p><p>que la percepción que estaba suprimida en el interior</p><p>era proyectada hacia el exterior, la verdad es más bien ...</p><p>que lo que ha sido abolido en el interior vuelve al exte­</p><p>rior". Este mecanismo fundamental de diferenciación</p><p>que facilita o condena el acceso a la verdad sobre el</p><p>mundo perceptible y la realidad humana, ha sido estu­</p><p>diado particularmente por Bion (1962) en el concepto de</p><p>"Minus-K" y en Francia por Lacan (1956, 1959) quien ha</p><p>escogido el término de "forclusión" para designar este</p><p>mecanismo.</p><p>El psicótico debe recuperar, bajo una forma deli­</p><p>rante, el conocimiento proyectado cuyos eslabones signi­</p><p>ficantes han sido destruidos . El perverso, en cambio1</p><p>propone una solución mucho m ás evolucionada puesto</p><p>que, si bien recupera igualmente del exterior lo que ha</p><p>perdido en el interior, lo hace por medio de una i lusión</p><p>que él controla y delimita. El no es delirante. El "Minus­</p><p>K" referente a la diferencia sexual y a la escena prima-</p><p>84</p><p>-</p><p>L</p><p>ria en la estructuración perversa puede reducir la</p><p>"máquina de influir" de la sexualidad psicótica a un</p><p>látigo, a un puñado de cabellos, al pene de otro hombre;</p><p>estas minúsculas "máquinas de influir" (Tausk, 1919)</p><p>tal vez son una psicosis en miniatura, pero sirven para</p><p>proteger la integridad psíquica del sujeto, al mismo</p><p>tiempo que protegen el objeto (Gillespie, 1956a).</p><p>Volvamos al concepto de renegación. La destrucción</p><p>de eslabones asociativos que ésta implica es un acto psí­</p><p>quico de gran violencia y que aumenta probablemente</p><p>en los momentos de furor intenso que no encuentran</p><p>salida en una descarga física. He aquí un ejemplo, apor­</p><p>tado por un colega y sacado de la vida cotidiana: un niño</p><p>de dos años y medio ha escuchado hablar mucho del</p><p>bebé que iba a llegar a la familia. Un día, bruscamente,</p><p>comienza a golpear el vientre de su madre, embarazada</p><p>de nueve meses, gritando: "jNo es verdad que mamá</p><p>esté llena como una botella!". Esto no es una simple</p><p>negación; es un rechazo, una renegación de su propia</p><p>percepción, o al menos, un esfuerzo desesperado por des­</p><p>truir la espantosa realidad, que hay algo entre él y su</p><p>madre, en el interior mismo de su madre, allí donde tan</p><p>a menudo él quisiera encontrarse. Sabe que hay un niño</p><p>rival; sabe también que esto está en relación con el pene</p><p>de papá; y, en un momento como éste quisiera destruir a</p><p>la vez al bebé y al pene. Pero protege a su padre y a su</p><p>madre de sus ataques fantasiosos, los cuales son rem­</p><p>plazados por la renegacíón de la realidad, es decir que</p><p>ataca a una función de su yo. La reacción de este niño</p><p>está perfectamente de acuerdo con su edad. Lo que</p><p>cuenta es lo que hará más tarde (y la manera como se le</p><p>ayudará a confrontar la verdad). ¿Qué hilo encontrará</p><p>para remendar el agujero dejado por su renegación?</p><p>Numerosos caminos le están aún abiertos.</p><p>De la misma manera que aquel niño, el p erverso</p><p>85</p><p>protege sus objetos de su odio destructor destruyendo en</p><p>su lugar una parte de sus conocimientos perceptivos e</p><p>intuitivos. Y este tema debe figur::i.r también en la</p><p>escena primaria que se ha inventado. El objeto (pareja,</p><p>pene del otro, fetiche, etc.) no debe ser destruido. Según</p><p>su fantasía buscará, ya sea reparar el objeto (vertiente</p><p>depresiva), ya sea protegerse él mismo de la destrucción</p><p>(miedo paranoide), convirtiéndose, en el plano erótico,</p><p>en el amo del otro.</p><p>En un pasaje de la biografía de Marcel Proust,</p><p>George Painter (1965) hace muestra de una buena com­</p><p>prensión del aspecto más violento de la homosexualidad</p><p>de Proust. Describe a Proust, en el burdel de Albert,</p><p>regalando, primeramente, los muebles de sus padres</p><p>muertos, y luego sus retratos con el fin de que sus jóve­</p><p>nes amigos homosexuales pudieran insultar a estos</p><p>seres tan estimados. Frente al retrato favorito de Proust</p><p>que representaba a la princesa Hélene de Chirnay, éstos</p><p>debían gritar: "jPero, ¿quién es esa iorra?J". Seguida­</p><p>mente, Painter describe la necesidad que tenía Proust</p><p>de mirar ratas mientras se las torturaba, y su búsqueda</p><p>de jóvenes para hacerlo, todo esto, formando parte de un</p><p>ritual orgiástico. Según Painter, en Proust, "el hecho de</p><p>buscar la crueldad en los jóvenes procedía sólo parcial­</p><p>mente</p><p>de su necesidad consciente y enformiza de alcan­</p><p>zar la belleza imaginaria de la fuerza y de la amorali­</p><p>dad. También realizaba actos simbólicos de venganza</p><p>por una injusticia sufrida en su lejana infancia ... A la</p><p>edad de veintidós meses, momento del nacimiento de</p><p>Robert, ya no le fue posible poseer, sin compartir, el</p><p>amor maternal. No tenía nada que reprochar a Robert, y</p><p>desde los primeros años Marcel habfa perdonado, casi</p><p>completamente, a su hermano; pero había en él una</p><p>parte demoníaca de su ser que jamás había perdonado a</p><p>su madre ... Su agresividad infantil, como un absceso</p><p>86</p><p>,.,,_. _ _. ...... n_ ........ _ , _______________________ _</p><p>r=</p><p>!</p><p>;</p><p>que aún no ha reventado, estalló, y entonces se derramó</p><p>a través de cuarenta y cuatro años ... " (pág. 267).</p><p>De esta manera, Proust, como más de un homose­</p><p>xual, se desquitaba de sus padres desleales, que, contra­</p><p>riamente a lo que le habían hecho creer, y sobre todo</p><p>contrariamente a lo que él quería creer, tenían relacio­</p><p>nes sexuales. Las ratas torturadas son, una vez más, la</p><p>imagen onírica del pene paterno y del tema eterno que</p><p>quiere que la castración no sea amenazadora. Ni él ni</p><p>los objetos amados-odiados son realmente destruidos, en</p><p>tanto que 1a escena primaria imaginaria pueda conti­</p><p>nuar funcionando. El fetiche, término derivado del por­</p><p>tugués feitizo (hechizo) y del latín facticius, como todo</p><p>objeto fálico imaginario, ocupa el lugar de un objeto</p><p>interno que ha sido gravemente dañado y que entonces</p><p>debe ser resucitado eternamente para ser, una vez más,</p><p>reparado o controlado en la escena sexual perversa. Cas­</p><p>trar, humillar y renegar al padre, o a su representación</p><p>parcial, es la prueba, al menos, de que su existencia</p><p>tiene un sentido.</p><p>En cada acto perverso (tal como lo hemos definido)</p><p>existe, entonces, una escena primaria condensada. Pero</p><p>es necesario aún que el sujeto posea la aptitud para uti­</p><p>lizar simbólicamente estos objetos externos para llenar</p><p>el vacío interior, allí donde ha habido fracaso simbólico,</p><p>forclusión, conocimiento-menos. Segal (1956) dice que 1a</p><p>capacidad del niño para simbolizar "puede utilizarse</p><p>para enfrentar conflictos tempranos no resueltos". El</p><p>perverso trata de resolver varios problemas procedentes</p><p>de diferentes estratos de la vida psíquica, gracias a los</p><p>aspectos mágicos y a las ecuaciones simbólicas de su</p><p>actuación erótica. Si no logra utilizar lo que podríamos</p><p>llamar el simbolismo lúdico, tal vez llegue a un desen­</p><p>lace psicótico. Por ejemplo, el travesti que desea fun­</p><p>dirse en la identidad de su madre va, lúdicamente, a</p><p>87</p><p>deslizarse en su piel llevando ropa femenina; así pondrá</p><p>en escena la fantasía según la cual atrae hacia él al</p><p>padre fálico, realizando de esta manera, imaginaria­</p><p>mente, su deseo doble. Al contrario, el hombre (cuyo</p><p>caso ha figurado en la primera plana de los diarios) que</p><p>mató a una niña para ponerse en su piel con fines eróti­</p><p>cos, muestra un funcionamiento psicótico y no perverso.</p><p>Podemos decir lo mismo de los transexuales que experi­</p><p>mentan la castración física con el fin de cambiar la reali­</p><p>dad externa y confirman una identidad sexual delusoria.</p><p>Enfrentado a la falta de un falo internalizado (dife­</p><p>rente del de la madre arcaica omnipotente), el niño debe</p><p>encontrar un objeto significante paternal en el mundo</p><p>exterior para evitar deshacerse en el universo oral sin</p><p>límites en donde el sí-mismo y el objeto forman como</p><p>una unidad. Esto es, sin duda, lo que quiere decir Khan</p><p>(1969) cuando escribe: "Uno de los resultados obtenidos</p><p>por 'el objeto collage interno' (collated interna! object) en</p><p>la realidad psíquica del perverso es que este objeto le da</p><p>la posibilidad de establecer en su realidad interna una</p><p>pantalla paradójica que lo protege de la invasión total</p><p>de su persona por la omnipresencia intrusiva del incons­</p><p>ciente de Ja madre en su vivencia infantil" (pág. 564).</p><p>Luego sugiere, siguiendo a Winnicott, que la encarna­</p><p>ción de la fantasía sexual en un personaje real puede</p><p>proteger al sujeto del suicidio. Usando la metáfora de</p><p>Khan, "el objeto-collage", para designar los aspectos dis­</p><p>pares de las imagos parentales, yo diría que, cuando en</p><p>este "collage" ciertos trozos-del-padre esenciales se des·</p><p>pegan, es la puerta abierta al suicidio o a la disociación</p><p>psicótica.</p><p>Igualmente, la vuelta brutal a la conciencia de aquel</p><p>que ha sido petrificado en el interior o expulsado por</p><p>fuerza puede provocar una dislocación peligrosa del psi­</p><p>quismo. Quisiera relatar, al respecto, el incidente ocu-</p><p>88</p><p>rrido en el análisis de un paciente homosexual. Su com­</p><p>portamiento sexual habitual consistía en "enganchar" a</p><p>un cierto número de compañeros hombres para practicar</p><p>la felatio, siempre con la idea de que un día encontraría</p><p>a "alguien a quien amaría realmente". En una de sus</p><p>sesiones contó que su búsqueda de la noche anterior le</p><p>había deparado una experiencia terrorífica. Había acom­</p><p>pañado hasta su casa a un hombre mucho mayor que él,</p><p>cosa inhabitual, y con gran sorpresa se había dado</p><p>cuenta de que le interesaba más el hombre que su pene.</p><p>Sintió pánico y buscó una excusa para irse. Aunque él</p><p>había estado siempre convencido de que estaba enamo­</p><p>rado de sus compañeros ocasionales, se enloqueció al</p><p>descubrir que éstos existían únicamente en tanto penes</p><p>a poseer y sólo a duras penas en tanto personas.</p><p>Siguiendo las asociaciones sobre el hombre mayor, rela­</p><p>cionándolas con su transferencia paterna, en ese</p><p>momento en pleno desarrollo en la situación analítica,</p><p>pude mostrarle que había sido indispensable para él evi­</p><p>tar interesarse en sus compañeros a fin de continuar</p><p>ignorando que el único pene que él buscaba era el de su</p><p>padre. Deseaba recibir alimento y fuerza del pene</p><p>paterno, evitando al mismo tiempo que su padre</p><p>sufriera la castración y la devoración que esto impli­</p><p>caba. Después de esta sesión, el paciente interrumpió</p><p>bruscamente todas sus aventuras homosexuales y</p><p>comenzó a tener relaciones con una mujer mayor que él,</p><p>pero "descubrió" que cada vez que comían juntos "se</p><p>inflaba de una manera monstruosa". Exhibía sus hin­</p><p>chazones imaginarias a todos sus amigos, y también a</p><p>mí. Al mismo tiempo se quejaba de que su dormitorio</p><p>estaba lleno de espectros. Escuchaba sus voces burlonas.</p><p>Hay muchas interpretaciones posibles en cuanto a este</p><p>incidente: en primer lugar, el hecho de que hubiera</p><p>renunciado a su renegación, que concernía tanto al</p><p>89</p><p>padre como a la verdad sobre sus relaciones con la</p><p>madre, trajo aparejado un desbordamiento intolerable</p><p>de afectos penosos; además, parece que hubiera reintro­</p><p>yectado, bruscamente, toda una serie de imágenes escin­</p><p>didas del pene del padre que hasta el momento había</p><p>manipulado, en el transcurso de sus activida des horno*</p><p>sexuales, a través de juegos sexuales simbólicos y que</p><p>ahora se transformaban en espectros; finalmente, al</p><p>renunciar a la ilusión de poder recuperar un falo ideal,</p><p>¡se confundió totalmente con el personaje de la madre,</p><p>tragándola!</p><p>Dejaré de lado las fantasías de embarazo que se</p><p>desarrollaron más tarde y que desaparecieron cuando el</p><p>paciente decidió volver una vez más a los penes reales.</p><p>Espero que este ejemplo sea un buen epítome para el</p><p>terna de este capitulo: la escena primaria reinventada,</p><p>forma privilegiada de la defensa maniaca, es preferible</p><p>a la locura.</p><p>90</p><p>3. EL DILEMA HOMOSEXUAL: ESTUDIO</p><p>DE LA HOMOSEXUALIDAD FEMENINA</p><p>En este capítulo confío en mostrar que la homose­</p><p>xualidad femenina es una tentativa de resolver el con­</p><p>flicto vinculado con dos polaridades de la identidad psí­</p><p>quica: la identidad propia de cada individuo y su</p><p>identidad sexual. En las mujeres que se vuelven homo­</p><p>sexuales, los múltiples deseos y conflictos que cada niña</p><p>enfrenta en relación con su padre se tramitaron renun­</p><p>ciando a él como objeto de amor y deseo e identificán­</p><p>dose, en lugar de eso, con él. El resultado es que, una</p><p>vez más, la madre se convierte en el único objeto mere­</p><p>cedor de amor. La hija adquiere entonces una identidad</p><p>a varios</p><p>capítulos) tenían como propósito criticar la idealización</p><p>de la teoría y poner de relieve cuán peligroso era invali­</p><p>dar las ideas personales sobre el trabajo propio, adhi-</p><p>9</p><p>riendo con excesiva tozudez a ciertas consignas metapsi­</p><p>cológicas y clínicas. Me daba cuenta de que el terrorismo</p><p>teórico, si bien puede ser a veces tranquilizador para los</p><p>candidatos en formación, ejercía una influencia inhibi­</p><p>dora en los jóvenes analistas que sólo contaban para</p><p>orientarse con unos pocos años de experiencia, y les</p><p>impediría hallar en el futuro explicaciones creativas</p><p>para los fenómenos clínicos novedosos que, aunque no</p><p>invalidaran los conceptos vigentes, tampoco encontra­</p><p>ban respuesta en éstos.</p><p>Yo admitía mi deuda fundamental con la meta psico­</p><p>logía freudiana (sin la cual, aún hoy lo sostengo, es</p><p>imposible "pensar psicoanalíticamente"), pero objetaba,</p><p>con cierta timidez, su teoría de las aberraciones sexua­</p><p>les , su enfoque normativo de las relaciones amorosas</p><p>adultas, su concepción más bien endeble de la sublima­</p><p>ción y sus restrictivos puntos de vista acerca de la</p><p>sexualidad femenina. En una vena similar, no me ani­</p><p>maba del todo a criticar el enfoque solipsista de Klein</p><p>sobre las primeras relaciones objetales, y lo que yo lla­</p><p>maba, irreverentemente, su modelo "digestivo" de la</p><p>astructura psíquica. Al mismo tiempo, no me satisfacía</p><p>la visión "desencarnada" de Lacan sobre la humanidad,</p><p>puesta de manifiesto en su modelo lingüístico del</p><p>inconsciente. Apreciaba la insistencia de Lacan en el</p><p>papel estructurante del padre, tanto en la fantasía como</p><p>en lo que él define como estructura simbólica, pero me</p><p>molestaba su aparente desdén de la temprana díada</p><p>madre-hijo, así como su oclusión del nexo entre el cuerpo</p><p>y la mente y su descuido del afecto. Klein, por su lado,</p><p>parecía haber prestado poca atención al papel del padre</p><p>y su significación en el inconsciente de la madre, con</p><p>respecto a su efecto en la estructura psíquica temprana.</p><p>Si bien yo admiraba la forma en que Winnicott había</p><p>invertido la posición kleiniana tomando en cuenta las</p><p>10</p><p>primeras transacciones entre la madre y el bebé, y su</p><p>reconocimiento de que algunas madres no eran "sufi­</p><p>cientemente buenas" en lo que atañe a responder a las</p><p>necesidades del lactante, me desconcertaba su escaso</p><p>énfasis en el papel fundamental que tiene la relación</p><p>entre el padre y la madre para la organización psíquica</p><p>del niño pequeño. Las investigaciones de Bion me resul­</p><p>taron enormemente estimulantes, pero perturbadoras</p><p>por su intelectualidad, que por momentos oscurecía, a</p><p>mi juicio, la naturaleza de la relación analítica. El inte­</p><p>rés de Kohut por el "sí-mismo", según él lo concebía, y</p><p>por la importancia de la patología narcisista, me irrita­</p><p>ban en no menor medida, a raíz de su aparente senti­</p><p>mentalismo y de que echaba por la borda conceptos bási­</p><p>cos, como los de la teoría de la libido o el papel de la</p><p>sexualidad infantil, sin ofrecer a cambio, desde mi punto</p><p>de vista, sustitutos satisfactorios. Me fue muy esclarece­</p><p>dor el nuevo territorio abierto por Kernberg con su</p><p>exploración de la patología fronteriza y narcisista, y</p><p>valoré la necesidad por él expresada de poner orden en</p><p>el caos del funcionamiento psíquico, pero su exhaustiva</p><p>categorización de los estados clínicos me pareció limi­</p><p>tante; con él, como con muchos otros investigadores cre­</p><p>ativos, tuve la impresión de que a veces se perdía de</p><p>vista al analizando -un ser como nosotros, que lucha</p><p>por hallar soluciones a las dificultades que le plantea el</p><p>hecho de ser humano-. Pero a pesar de todo, jamás se</p><p>me habría ocurrido enfrentarme abiertamente a estos</p><p>pensadores, ya que tenía aguda conciencia de mis pro­</p><p>pias limitaciones. Lo que hice -ahora lo advierto- fue</p><p>tratar de que mis ideas y mis ejemplos clínicos se</p><p>enfrentaran con ellos por mí.</p><p>En verdad, mis sentimientos más intensos hacia los</p><p>pensadores analíticos mencionados en esta lista (que de</p><p>ningún modo es exhaustiva) se vinculan con el entu-</p><p>11</p><p>siasmo del descubrimiento, pues todos ellos me inspira­</p><p>ron ulteriores reflexiones. Mi insatisfacción por sus ine­</p><p>vitables limitaciones no anula en absoluto la deuda que</p><p>tengo para con ellos. Lo opuesto a la admiración, como</p><p>ocurre con el amor, no es la crítica o el rechazo, sino la</p><p>indiferencia. Yo estaba y sigo estando lejos de permane­</p><p>cer indiferente ante estos pensadores constructivos, y en</p><p>cambio les estoy sumamente agradecida por haberme</p><p>obligado a pensar, por más que, después de muchas bús­</p><p>quedas, he rechazado algunos de sus hallazgos a la par</p><p>que incorporaba otros a mi metapsicología privada.</p><p>Me llevó algunos años darme cuenta de que mis crí­</p><p>ticas principales se dirigían a los seguidores ciegos,</p><p>complacientes, de los fundadores de las escuelas psicoa­</p><p>nalíticas, los discípulos devotos que parecen olvidar que</p><p>una teoría, por definición, es sólo una serie de postula­</p><p>dos que no fueron probados jamás. (Si fuese de otro</p><p>modo, nuestras teorías sobre el funcionamiento psíquico</p><p>serían leyes, no teorías, y por ende sólo con enorme difi­</p><p>cultad podrían ser impugnadas.) Esta actitud reveren­</p><p>cial hacia la teoría y los teóricos psicoanalíticos, si bien</p><p>puede fomentar el esfuerzo por corroborar los conceptos</p><p>teóricos existentes, es una amenaza constante contra la</p><p>capacidad de observación clínica y el cuestionamiento</p><p>teórico creador si sus adherentes caen en la trampa de</p><p>convertirse a la fe de los líderes carismáticos y de sus</p><p>teorías.</p><p>Esta actitud mía polémica, que no fui capaz de asu­</p><p>mir plenamente en mis primeros intentos de objetar</p><p>conceptos venerables, inevitablemente me lleva a pre­</p><p>guntarme por las metas y finalidades que inconsciente­</p><p>mente afectan mis propias investigaciones clínicas y teó­</p><p>ricas. ¿En qué se funda, por ejemplo, mi tendencia a las</p><p>actitudes iconoclastas, presente desde mi niñez, y a otor­</p><p>gar en consecuencia un alto valor, en mí vida profesio-</p><p>12</p><p>--</p><p>--</p><p>nal, a un enfoque ecuménico del pensamiento psicoana­</p><p>lítico? Dejando de lado el origen de estas tendencias, el</p><p>hecho de que recibiera mi formación analítica en un</p><p>idioma que no era mi lengua natal, y que debí esfor­</p><p>zarme por dominar, tuvo un efecto considerable al incul­</p><p>carme que, como decía Pascal, las palabras sirven para</p><p>encubrir nuestros pensamientos en vez de servir para</p><p>comunicarlos. Hay teorías altisonantes que, cuando se</p><p>las examina con cuidado, se parecen en ocasiones a la</p><p>hazaña de partir un coco: tras la enérgica división, uno</p><p>descubre apenas una cantidad muy pequeña de líquido</p><p>ahí dentro, de un sabor casi imperceptible.</p><p>En diversas oportunidades se me acusó, por ejemplo,</p><p>de atreverme a utilizar conceptos teóricos kleinianos o</p><p>lacanianos siendo que yo no me identificaba en modo</p><p>alguno como analista kleiniana o lacaniana, ni en la teo­</p><p>ría ni en la práctica. Con igual sorpresa noté que otros</p><p>me criticaban por ser una clínica y teórica "ecléctica".</p><p>En rigor. me considero, como profesional, una freudiana</p><p>clásica, y si bien mis hipótesis pueden poner en tela de</p><p>juicio algunos de los conceptos más venerados por</p><p>Freud, entiendo que son una extensión de sus puntos de</p><p>vísta básicos, teóricos y clínicos. Pero me siento impul­</p><p>sada a agregar ... jque la misma afirmación harían los</p><p>kleinianos, lacanianos, hartmannianos, winnicottíanos y</p><p>kohutianos, así corno los adherentes a casi todas las</p><p>demás escuelas de pensamiento psicoanalítico1 En la</p><p>medida en que todos nos zambullimos en el misterioso</p><p>funcionamiento de la psique humana y estamos de­</p><p>cididos a buscar la verdad en este campo escurridizo,</p><p>pertenecemos a la misma familia. El cambio psíquico se</p><p>produce en todas las variantes de tratamiento psicoana­</p><p>lítico, por más que lo practiquen profesionales con con­</p><p>ceptos teóricos y enfoques técnicos sumamente divergen­</p><p>tes entre sí. El hecho de que cada escuela proponga una</p><p>13</p><p>teoría distinta para explicar los cambios producidos en</p><p>el curso del tratamiento sugiere que las transformacio­</p><p>nes en la organización</p><p>sexual algo ficticia, aunque su identificación incons­</p><p>ciente con el padre la ayuda a alcanzar un sentimiento</p><p>más intenso de identidad subjetiva. Recurre a esta</p><p>última para poner cierta distancia respecto de la imago</p><p>maternal en sus aspectos más peligrosos y prohibitivos.</p><p>En lo tocante a los aspectos idealizados de la imagen</p><p>materna, éstos buscan satisfacerse en una relación sus­</p><p>titutiva con una pareja homosexual. Esta enunciación,</p><p>harto simplificada, de la "solución homosexual" a la</p><p>91</p><p>desazón edípica, así como al conflicto preedípico y la</p><p>integridad narcisista, plantea muchos interrogantes.</p><p>Espero poder dar respuesta parcial a algunos de ellos.</p><p>¿Qué razones podrían impulsar a una niña pequeña</p><p>a renunciar al amor de su padre, y por qué medios llega</p><p>a identificarse con él en vez de amarlo? ¿Por qué siente</p><p>tan peligrosa a su madre? ¿Qué factores obstaculizan su</p><p>identificación con la madre genital capaz de mantener</p><p>relaciones sexuales con un hombre? ¿Qué hay detrás de</p><p>su frenética idealización de la mujer, y qué es lo que</p><p>tiene para ofrecer a sus parejas femeninas idealizadas?</p><p>Más allá de estas cuestiones, que se relacionan bási­</p><p>camente con el mundo de los objetos internos y con la</p><p>estrutura edípica, hay otras vinculadas a la sexualidad</p><p>femenina en general. ¿Qué papel cumplen la "envidia</p><p>del pene" y la "angustia de castración" en la homosexua­</p><p>lidad? ¿Y qué sucede con la propia imagen corporal?</p><p>¿Cómo es posible mantener la ilusión de ser realmente</p><p>la pareja sexual de otra mujer? Si disponemos de algu­</p><p>nas respuestas provisionales a estas preguntas, estare­</p><p>mos mejor equipados para comenzar a indagar la rela­</p><p>ción homosexual, con todo lo que representa en el plano</p><p>inconsciente. Pero primero echemos una mirada al más</p><p>antiguo de los trabajos psicoanalíticos sobre este terna,</p><p>publicado hace más de cuarenta años.</p><p>"Ninguna prohibición ni vigilancia le impiden apro·</p><p>vechar ]as raras ocasiones que se le ofrecen de hallarse</p><p>en compañía de la amada, de espiar todos sus hábitos,</p><p>de aguardarla horas y horas a la puerta de su casa o en</p><p>la parada del tranvía, de enviarle flores , etc. Es evidente</p><p>que este interés único ha devorado en la muchacha a</p><p>todos los otros." Así describe Freud (1920, pág. 147) la</p><p>pasión de una joven paciente homosexual por una mujer</p><p>diez años mayor que ella. Al reconstruir la génesis de su</p><p>homosexualidad, revela que de niña, luego de haber</p><p>92</p><p>alcanzado un "apego edípico normal" por su padre,</p><p>renunció a todo a~or hacia él en un período en que</p><p>inconscientemente deseaba tener un hijo suyo, período</p><p>que coincidió con un embarazo de la madre. Fue enton­</p><p>ces la madre -esa rival suya, inconscientemente</p><p>odiada, que le disputaba el amor del padre- la que dio</p><p>a luz el hijo que la muchacha anhelaba. El efecto trau­</p><p>mático de este suceso parece haber provocado en la</p><p>joven un amargo rechazo de todos los hombres, en tanto</p><p>que ella "se trocaba en un hombre y tomaba a la madre</p><p>en vez del padre como objeto de su amor" (pág. 158). A</p><p>partir de entonces persiguió con devoción a varias muje­</p><p>res algo mayores que ella. En el momento en que fue a</p><p>la consulta con Freud est aba enamorada de una dama</p><p>de dudosa moralidad, aunque de familia aristocrática,</p><p>relación que era particularmente reprobada por el</p><p>padre. No obstante, la joven se las ingenió para que éste</p><p>la viera en compañía de su amada. El padre le dirigió en</p><p>esa ocasión una mirada de odio que ella interpretó así:</p><p>"Te está prohibido amar a esta mujer"; pero en su incons­</p><p>ciente el mensaje callado fue: ''Y tampoco me tendrás a</p><p>mí". Después de ese intercambio de furiosas miradas</p><p>entre padre e hija, su amiga se encolerizó al saber que el</p><p>padre les vedaba todo trato, y le ordenó que la dejase en</p><p>el acto y nunca má s le dirigiera la palabra. Para la</p><p>joven, era como si tanto el hombre como la mujer le</p><p>negasen el derecho a la posesión sexual de una mujer;</p><p>pero según muestra Freud en su artículo, inconsciente­</p><p>mente esta prohibición significaba para ella que no</p><p>tenía derecho a ocupar el lugar de la madre y a desear al</p><p>padre para sí. Ante el rechazo pat erno y materno, hace</p><p>un último gesto simbólico para poseer y castigar a la vez</p><p>a los dos objetos de su deseo: se arroja a las vías del tren</p><p>con intención de suicidarse . De esta manera trágica</p><p>eleva su voz de protesta contra el doble abandono que</p><p>93</p><p>sufrió, manifestando su sentimiento de total desamparo</p><p>y su creencia de que ya no le quedaba para qué vivir.</p><p>A partir de este fragmento de análisis, Freud pene­</p><p>tra los deseos sexuales secretos de esta joven hacia su</p><p>padre y su propósito simbólico, mediante el intento de</p><p>suicidio, de obligarlo a darle un hijo. Se trata de un dra­</p><p>ma edípico. Las conclusiones de Freud podrían hacernos</p><p>suponer que basta la mortificación narcisista para expli­</p><p>car ese salto suicida de la muchacha. Sin embargo, la fu­</p><p>ria y el dolor edípicos ante el hecho de que a uno le esté</p><p>vedado por siempre satisfacer los deseos incestuosos in­</p><p>fantiles es un trauma sexual universal. ¿Por qué esa jo­</p><p>ven, y muchas otras como ella, ha sido tan marcada por</p><p>la índole traumática de la sexualidad y de la desilusión</p><p>edípica? ¿Por qué recurre a una solución tan desespera­</p><p>da? Si bien su suicidio es precipitado por la desazón edí­</p><p>pica, asistimos al mismo tiempo a un drama preedípico</p><p>que Freud no explora.</p><p>El artículo al que hicimos referencia es unos diez</p><p>años anterior al sorprendente descubrimiento por Freud</p><p>de los conflictos preedípicos de la niña en su afán de lo­</p><p>grar la identificación sexual (Freud, 1931, 1933). Mu­</p><p>cho antes de llegar a la fase edípica, debe adaptarse a</p><p>una relación de amor y odio con su madre, y lograr la</p><p>identificación con ella como ser individual y separado, a</p><p>la vez que identificarse en el plano sexual. Es evidente</p><p>que sus probabilidades de alcanzar la independencia</p><p>psíquica sin una cuota indebida de culpa y depresión</p><p>dependerán en gran medida de la disposición que mues­</p><p>tre la madre a permitir que su hija se independice de</p><p>ella, y a ayudarla en su identificación sexual. A su vez,</p><p>esto exige que la madre reconozca en la hija a una rival</p><p>con metas y deseos femeninos, y acepte el amor de ella</p><p>hacia el padre. A todas luces, esto abarca también la ac­</p><p>titud del padre hacia la pequeña, y depende del grado</p><p>94</p><p>en que él quiera darle su fuerza y su amor, ayudándola</p><p>así a desasirse de la madre. Si los padres padecen con­</p><p>flictos inconscientes que interfieren con ias tentativas de</p><p>la hija de adaptarse a sus deseos narcisistas y eróticos,</p><p>así como con su necesidad de hacer frente a las realida­</p><p>des sexuales y aceptar su propia identidad sexual, se</p><p>corre el riesgo de que reciba mensajes confusos. Estos</p><p>pondrán en peligro su creciente sentimiento de iden~</p><p>tidad, su capacidad para la prueba de realidad, y afec­</p><p>tarán la estructuración de sus impulsos libidinales y</p><p>agresivos. Por otra parte, es sohre la base de esta orga­</p><p>nización edípíca temprana pe~turbada que ella deberá</p><p>enfrentar, y a la postre elaborar, los conflictos de la cri­</p><p>sis edípica clásica. Quizá se justifique sostener que para</p><p>producir un vástago homosexual se precisan dos padres</p><p>con problemas.</p><p>Freud enuncia claramente en su artículo que el</p><p>intento de suicidio de su joven paciente fue una actua­</p><p>ción inconsciente de su unión fálica con el padre; pero a</p><p>esta reconstrucción simbólica debemos añadirle que</p><p>también estaba poniendo en acto la disolución de su</p><p>relación infantil con la madre. En definitiva, la mucha­</p><p>cha es una mujer que hace valer su derecho a la sexuali­</p><p>dad y a la maternidad, y que ya no necesita de otra</p><p>mujer para completar su feminidad. Le había asignado a</p><p>su amiga el papel de madre idealizada; bella y rodeada</p><p>de amantes, era a los ojos de la vehemente joven el</p><p>retrato perfecto de la feminidad, poseedora de los múlti­</p><p>ples dones que ella creía que le habían sido negados, y</p><p>que en su niñez pensó que estaban reservados exclusiva­</p><p>mente a la madre. Su deseo consciente de ser objeto del</p><p>deseo</p><p>erótico de la otra mujer y de tomar posesión</p><p>sexual de ella no sólo enmascara su anhelo de "ser un</p><p>hombre", como dice Freud, sino también su deseo agre­</p><p>sivo de obtener el tesoro escondido de la mujer: el dere-</p><p>95</p><p>cho al hombre, a su pene y al hijo que él le brindará.</p><p>Cuando su requisitoria homosexual se ve frustrada, pro­</p><p>cura castigar tanto al hombre como a la mujer, pues</p><p>demanda algo de cada uno de ellos. En su intento de sui­</p><p>cidio trata de dar satisfacción definitiva y secreta a esos</p><p>deseos, y a la vez, según puntualiza Freud, procura ser</p><p>castigada por ellos.</p><p>Una solución diversa a su conflicto habría sido el</p><p>establecimiento de relaciones homosexuales francas, y</p><p>de hecho el artículo de Freud nos hace suponer que así</p><p>sucedió con esta paciente. En tal caso, su actividad</p><p>homosexual tuvo el mismo significado inconsciente que</p><p>su tentativa de suicidio, a saber, la satisfacción simbó­</p><p>lica de deseos amorosos y destructivos originalmente</p><p>dirigidos a los progenitores. No quiero decir que la solu­</p><p>ción homosexual de los problemas edípicos y narcisistas</p><p>sea equivalente al suicidio; por el contrario, ese desen­</p><p>lace puede servir para evitar caer en estados de depre­</p><p>sión o despersonalización, y en tal sentido actuar como</p><p>un baluarte contra el suicidio o la muerte psíquica.</p><p>Varias mujeres homosexuales a quienes analicé pre­</p><p>sentaban notables similitudes en su estructura yoica y</p><p>en sus antecedentes edípicos. Particularmente evidente</p><p>era su violencia, así como la complicada lucha defensiva</p><p>que libraban contra ésta, en especial cuando estaba diri­</p><p>gida contra su pareja sexual. No era menos llamativa la</p><p>fragilidad de su sentimiento de identidad, que se mani­</p><p>festaba en períodos de despersonalización, estados cor·</p><p>porales anómalos, etc., especialmente si sentían que</p><p>pesaba sobre la relación con su pareja una amenaza</p><p>externa o interna. Una de estas pacientes, por ejemplo,</p><p>al enterarse de improviso de que su amante iba a ausen­</p><p>tarse por tres días, exclamó: "¡Cuando leí su carta, sentí</p><p>que la habitación daba vueltas a mi alrededor! No podía</p><p>recapacitar ni darme cuenta de dónde estaba, y para</p><p>96</p><p>--</p><p>recobrar mis sentidos tuve que golpearme la cabeza con­</p><p>tra la pared". En una ocasión parecida se quemó las</p><p>manos con cigarrillos encendidos a fin de poner término</p><p>a la penosa sensación de pérdida de los límites de su yo</p><p>corporal (Federn, 1952). Otra de mis pacientes se cortó</p><p>las manos con un cuchillo filoso y quemó trozos de su</p><p>piel al ser abandonada por su amante de entonces.</p><p>Estas pacientes no sólo expresaban su dependencia</p><p>casi simbiótica de sus respectivas parejas sino, además,</p><p>el terror y la furia violenta que suscitaba la experiencia</p><p>de la separación y la pérdida. Todas ellas manifestaban</p><p>reacciones igualmente intensas hacia los hombres ...</p><p>aunque suponían que éstos iban a descargar sobre ellas</p><p>algún ataque violento. Una de mis analizantes guar­</p><p>daba en su bolsillo un estilete, otra escondía en la car­</p><p>tera un gran cuchillo de cocina; ambas decían que era</p><p>para protegerse de los ataques de los taxistas o de los</p><p>transeúntes. Además de episodios aislados de confusión</p><p>y despersonalización, todas ellas sufrían períodos de</p><p>intensa depresión vinculada al fracaso de su relación</p><p>amorosa o de su actividad creativa o profesional. Con</p><p>frecuencia, el motivo consciente de que acudieran al tra­</p><p>tamiento era algún fracaso laboral. En mi trabajo con</p><p>estas pacientes llegué a comprender que a menudo sus</p><p>relaciones sexuales y amorosas er an usadas por ellas</p><p>como una pantalla maníaca contra los sentimientos</p><p>depresivos y los temores persecutorios, una protección</p><p>mágica contra ataques fantaseados o la amenaza de pér­</p><p>dida de la identidad.</p><p>HISTORIA EDIPICA Y ESTRUCTURA EDIPICA</p><p>Establezco una distinción entre, por un lado, la his­</p><p>toria familiar personal que surge de los recuerdos</p><p>97</p><p>infantiles, las valoraciones conscientes y lo que podría­</p><p>mos llamar las imagos parentales y, por otro lado, las</p><p>estructuras simbólicas inconscientes a que han dado</p><p>lugar las vivencias infantiles y el mundo interno de</p><p>fantasía del individuo. Estas estructuras afectan no</p><p>sólo al yo, a su sistema defensivo y a los objetos de</p><p>amor y odio internalizados, sino también a las relacio­</p><p>nes con los objetos externos. Si damos al concepto de</p><p>"estructura" el significado que le atribuyó Lévi-Strauss</p><p>(1949), podemos aceptar que la estructura edípíca es</p><p>nuclear como base inconsciente de la personalidad. No</p><p>sólo determina la identidad del yo en sus aspectos nar­</p><p>cisistas y sexuales, sino que además pone su sello en</p><p>las metas instintivas y a la postre estructura las rela­</p><p>ciones inter e intrapersonales. La profunda significa­</p><p>ción simbólica del complejo de Edipo no puede redu·</p><p>cirse a la historia d el niño con sus progenitores,</p><p>aunque únicamente rea rmando esta "his toria" pode­</p><p>mos llegar a comprender la estructura simbólica del yo</p><p>y de sus objetos sexuales.</p><p>En los hombres y mujeres homosexuales, hallamos</p><p>una novela familiar de un género específico, que debe­</p><p>mos analizar con cuidado sí queremos entender la</p><p>estructura de personalidad resultante y el papel de los</p><p>objetos homosexuales en la economía psíquica. Por lo</p><p>tanto, además de la concordancia en lo que se refiere a</p><p>los factores de la estructura yoica y los mecanismos de</p><p>defensa empleados para mantenerla en su equilibrio</p><p>precario, hay una notable similitud en la forma como</p><p>estos pacientes presentan a sus prÓgenitores. Todas mis</p><p>pacientes homosexuales podrían haber pertenecido a la</p><p>misma fanúlia, hasta tal punto se asemejaban las des­</p><p>cripciones que hacían de sus padres. Mis propias obser­</p><p>vaciones clínicas en este sentido han sido ampliamente</p><p>corroboradas por los hallazgos de otros autores analíti-</p><p>98</p><p>--</p><p>cos que se ocuparon del tema, en particular Deutsch</p><p>(1932, 1944-1945), Socarides (1968) y Rosen (1964).</p><p>Las descripciones que haremos a continuación pro­</p><p>~iguen investigaciones anteriores acerca de Ja signi­</p><p>ficación inconsciente de las relaciones objetales en la</p><p>homosexualidad femenina (McDougall, 1970). Si he</p><p>entresacado fragmentos bastante extensos de este ar­</p><p>tículo anterior es porque tengo muy poco que añadir</p><p>sobre este particular aspecto de la homosexualidad.</p><p>LA IMAGEN DEL PADRE</p><p>Como veremos, el padre no es ni idealizado ni de­</p><p>seado por estas pacientes. Cuando no permanece total­</p><p>mente ausente del discurso analítico, es despreciado,</p><p>detestado o denigrado de algún otro modo. La preocupa­</p><p>ción intensa por los ruidos que produce, su brutalidad,</p><p>insensibilidad, falta de refinamiento, etc., contribuyen a</p><p>dar al cuadro una tonalidad anal-sádica. Por lo demás,</p><p>se impugnan sus atributos fálico-genitales, ya que a</p><p>menudo se lo presenta como ineficaz e impotente; la hija</p><p>no siente que su padre sea fuerte ni amante, ni consi­</p><p>dera su carácter esencialmente viril. En el mundo psí­</p><p>quico interno de la hija, el padre otrora fálico ha sufrido</p><p>una regresión y se ha vuelto anal-sádico.</p><p>Olivia, una atractiva joven de algo más de veinte</p><p>años, que durante los primeros años de su análisis vivió</p><p>con una mujer mayor que ella con quien decía estar</p><p>"casada", vino un 'día a la sesión afectada por un males­</p><p>tar físico y esgrimiendo una carta de su padre. "¡Tendré</p><p>que volver a Florencia en las vacaciones, y estar con mi</p><p>familia! -exclamó-. Esto me enferma. No pude dormir</p><p>en toda la noche. Pensé que iba a vomitar . .. no soporto</p><p>los ruidos horribles que hace mi padre con la garganta y</p><p>99</p><p>cuando tose. Los hace únicamente para volverme loca.</p><p>No tolero mirarlo. Retuerce el rostro y hace muecas con</p><p>pequeños movimientos musculares. Es asqueroso."</p><p>En las sesiones anteriores había recordado que de</p><p>niña él solía pincharla con la barba, y que tenía una voz</p><p>estridente y aterradora. De hecho, todos los recuerdos a</p><p>él vinculados retrataban su presencia como una intromi­</p><p>sión violenta. Pasaron unos dos años de análisis antes</p><p>que surgieran recuerdos más cariñosos y tiernos. Por</p><p>lo que Olivia podía saber a esta</p><p>altura de su trata­</p><p>miento, siempre lo había odiado y creía que él también</p><p>la odiaba. Siguió diciendo: "Tengo tanto miedo de sufrir</p><p>un 'ataque' cuando regrese a Florencia ... y mi padre me</p><p>odia más que nunca cuando estoy enferma y no puedo</p><p>salir de casa". Se referia a una fobia al vómito lo bas­</p><p>tante severa como para anular la mayor parte de su vida</p><p>social, y que era uno de los motivos principales por los</p><p>cuales había acudido al análisis. Olivia continuó "vomi­</p><p>tando" su furia y malestar contra el padre: "Estoy</p><p>segura de que él es el causante de mis ataques. Trata de</p><p>que yo me enferme. Probablemente usted no me crea,</p><p>pero sé que él quisiera matarme." En ciertos periodos,</p><p>Olivia había llegado a imaginar que el padre se complo­</p><p>taba con sus empleados para liquidarla. En su tercer</p><p>año de análisis corrigió esta creencia: "Mi padre no es</p><p>consciente de ello -declaró--, pero inconscientemente le</p><p>gustaria matarme". A la sazón ya no se sentía compelida</p><p>a salir armada de un cuchillo para prevenir los ataques</p><p>de los hombres.</p><p>Karen, una actriz talentosa, acudió al análisis a raíz</p><p>de graves ataques de angustia que la paralizaban frente</p><p>al público. A medida que avanzaba el tratamiento pudo</p><p>dar un contenido fantaseado a sus ataques fóbicos: era</p><p>como si de pronto pudiera llegar a defecar o a vomitar</p><p>sobre el escenario. "Cuando pienso en mi padre, lo oigo</p><p>100</p><p>aclararse la garganta llena de gargajos, sonarse la</p><p>nariz, todos esos ruidos horribles que parecía desparra­</p><p>mar por la mesa cuando comíamos y nos rodeaban (a</p><p>ella y a sus hermanas). Yo solía pensar que si él me diri­</p><p>gía la palabra yo me iba a desmayar, como si estuviese</p><p>por escupirme. ¡Cerdo inmundo, tenía ganas de arran­</p><p>carle las tripas! Me hacía vomitar." En otra oportunidad</p><p>dijo: "De chica siempre tenía miedo de perder el control</p><p>de mí misma. Me desmayaba con frecuencia. Todas las</p><p>mañanas, antes de ir a la escuela, me ponía a rezar: 'Por</p><p>favor, Dios mío, no permitas que vomite hoy'", En otras</p><p>ocasiones recordó una fantasía aterradora que persistió</p><p>durante casi veinte años, en la que su padre se deslizaba</p><p>por detrás de ella con el propósito de cortarle la cabeza.</p><p>"Pienso que tiene que haberme amenazado con que me</p><p>la iba a cortar cuando yo era chica. Cada vez que él</p><p>estaba detrás de mí, yo pegaba un salto. Siempre me</p><p>mantenía a una distancia que me pusiera a salvo; nunca</p><p>me sentabajunto a él en el auto."</p><p>Eva relata: "No puedo describir la mirada terrible de</p><p>mi padre. Aunque yo no haya hecho nada, siempre tengo</p><p>miedo de que me grite ... ¡y es tan grosero en la mesa! El</p><p>corazón me empieza a palpitar como si fuese a matarme.</p><p>Cuando él está, yo quedo paralizada por el terror y no</p><p>puedo ni ~omer ni hablar".</p><p>Sophie, una ginecóloga que convive con una colega,</p><p>pinta básicamente el mismo retrato del padre deni­</p><p>grado, sólo que con algunos toques diferentes: "Como</p><p>hombre de negocios ha tenido éxito y ha hecho fortuna,</p><p>pero básicamente no es más que un campesino ... de</p><p>ideales atrasados, sin ninguna sensibilidad. En la casa</p><p>nadie puede mover un dedo sin su conformidad. Puede</p><p>entregarse a violentos berrinches, como un chico. Odia a</p><p>las mujeres; cuenta orgulloso que una vez le dio una</p><p>bofetada en público a su hermana porque estaba</p><p>101</p><p>í</p><p>......</p><p>saliendo con un muchacho. A un padre así, nadie puede</p><p>mirarlo a la cara".</p><p>Por estos ejemplos, que podrían multiplicarse, vemos</p><p>que 1a imago paterna es fuerte y peligrosa. La proximi­</p><p>dad física con el padre da origen a sentimientos de</p><p>temor o de asco. La hija relata una situación infantil en</p><p>la que mantiene a distancia a su padre. Le sigue una</p><p>lucha librada en su fantasía contra la invasión de sus</p><p>tics, sus escupitajos, su voz airada y otras intromisiones</p><p>semejantes. El carácter anal de las descripciones es</p><p>patente, así como la idea de un ataque sádico. La misma</p><p>concentración en el padre, en sus gestos y ademanes,</p><p>ruidos, palabras y actitudes, da cierto indicio de la incó­</p><p>moda excitación adosada a su imagen. Se tiene la impre­</p><p>sión de que uno está ante una niña pequeña que siente</p><p>terror de ser atacada o penetrada por el padre. El énfa­</p><p>sis en su suciedad, sus ruidos y su poco refinamiento, así</p><p>como la intensidad con que se lo repudia como persona,</p><p>nos sugiere que la hija ha recurrido a la regresión y la</p><p>represión para tramitar cualquier interés fálico-sexual</p><p>que pudiera haberse suscitado. Además, hay pruebas de</p><p>que se ha visto obligada a erigir defensas psíquicas para</p><p>hacer frente a los problemas inconscientes del padre con</p><p>respecto a la feminidad.</p><p>Estas suposiciones se ven corroboradas por la obser­</p><p>vación de que en las primeras etapas del análisis apenas</p><p>si se hace referencia a la sexualidad genital del padre o</p><p>aun a su actividad masculina en el mundo externo. La</p><p>relación sexual con la madre es borrada por completo, y</p><p>se desdeñan o subestiman sus logros profesionales. El</p><p>valor defensivo de esta imagen impotente es claro: si el</p><p>padre está castrado, no hay nada que temer, no se le</p><p>puede desear como objeto amoroso. Aún no ha sido</p><p>investigada la razón de este introyecto denigrado y des­</p><p>truido, ni la forma en que se lo priva de todo atributo</p><p>102</p><p>-</p><p>fálico-genital. En este punto es importante alcanzar</p><p>de</p><p>mierda, y así es como todos me tratan, exactamente.</p><p>Pero mi amiga, Paula, me ve de una manera muy dis­</p><p>tinta, por eso me di cuenta de que realmente me amaba.</p><p>Le gusta mí locura y no me trata como una mierda". Y a</p><p>continuación añadió, de un modo defensivo, sin duda</p><p>preguntándose si la analista podría amarla y aceptarla</p><p>tal como era: "Hace semanas que no me baño y me</p><p>importa un rábano. Huelo como un zorrino, y no me dis­</p><p>gusta. ¿Usted me huele?". A más de aferrarse narcisista­</p><p>mente a sus productos y olores corporales, Karen se ves­</p><p>tía de manera acorde con esas ideas. Cuando se la</p><p>obligaba a ponerse ropa "femenina" se sentía angustiada</p><p>e incómoda. Las intenciones sádicas atribuidas a su</p><p>padre eran asimismo elementos importantes en la vida</p><p>de fantasía de Karen. A menudo se imaginaba a sí</p><p>misma asesinando hombres. "Me gustaría matar a</p><p>algún hombre -decía-, un hombre cualquiera, atrave­</p><p>sarle el vientre con un cuchillo." Solía soñar que cortaba</p><p>104</p><p>r</p><p>a un hombre en pedazos, y esos días tenía miedo de saiir</p><p>a la calle a menos que estuviera acompañada por su</p><p>amante, ya que temía que los hombres se complotasen</p><p>para asesinarla.</p><p>Es interesante señalar que Sophie, quien afirmaba</p><p>que su padre odiaba a las mujeres, me comentó en su</p><p>primera entrevista que ella era misógina -aunque sus</p><p>relaciones amorosas eran exclusivamente homosexua­</p><p>les-. También Sophie se sentía "castrada" (era la pala­</p><p>bra que ella misma utilizaba) si tenía que usar un ves­</p><p>tido en lugar de sus elegantes trajes varoniles. Sophie</p><p>tenía más conciencia que el resto de mis pacientes</p><p>homosexuales del odio subyacente en ella y de su ambi­</p><p>valencia general respecto de sus amores homosexuales,</p><p>por más que su identificación con un padre anal-sá dico</p><p>era por entero inconsciente.</p><p>Me ocuparé ahora de otro aspecto es encial de la</p><p>imagen del padre, de gran importancia para compren­</p><p>der la estructura edípica simbólica y su part icular fra­</p><p>gilidad. A su vez, este aspecto tiene trascendentales</p><p>consecuencias para la estructura del yo y el ma nteni­</p><p>miento de la identidad yoica. Por detrás de la imagen</p><p>"castrada", de la involucracíón libídinal regresiva con</p><p>un padre anal-sádico excitante pero aterrador, está la</p><p>imagen del padre que ha fallado en su rol parental</p><p>específico, dejándola a su pequeña pres a de una imagen</p><p>materna controladora, devoradora y omnipot ente. Se</p><p>siente que la madre -a la que, como veremos, suele</p><p>representársela como la esencia de la feminidad, y en</p><p>modo alguno como una personalidad masculina fálica­</p><p>ha destruido secretamente el valor del padre en tanto</p><p>figura de autoridad, y contribuyó a que la niña negara</p><p>sus atributos fálico-genitales. La escena primaria, en</p><p>caso de ser admitida, es concebida en términos sádicos</p><p>y habitualmente vinculada a relatos de la madre acerca</p><p>105</p><p>de la brutalidad sexual que es previsible esperar de los</p><p>hombres.</p><p>Un tema permanente es la aparente complicidad de</p><p>la madre en la casi total destrucción de la imagen mas­</p><p>culina del padre. Una madre se coligaba con sus hijos</p><p>para robarle al padre pequeñas sumas de dinero; otra</p><p>ayudaba a su hija a ocultar que estaba sacando bajas ca­</p><p>lificaciones en la escuela. Una de mis pacientes me dijo</p><p>que la madre no le permitía a su marido acercarse mu­</p><p>cho a ella cuando era niña, argumentando que la pertur­</p><p>baba porque era una niña "nerviosa y delicada". La ma­</p><p>dre de Karen solía comentarle con frecuencia la</p><p>posibilidad de un divorcio, tras la cual estaba la idea de</p><p>que en tal caso ella y la niña estarían mejor solas; otra</p><p>madre desacreditaba permanentemente a la familia del</p><p>padre y sus antecedentes. Estas hijas, si bien por un la­</p><p>do encontraban cierto deleite en suponer que ellas eran</p><p>para su madre más importantes que el marido, por otro</p><p>lado se resentían amargamente de la exclusión del pa­</p><p>dre y lo acusaban de no haber desempeñado un papel</p><p>paterno que las ayudase a independizarse de su madre.</p><p>El peligro que entrañaba esta destrucción de la imagen</p><p>paterna sólo salía a luz lentamente en el análisis, aun­</p><p>que era detectable en ciertos síntomas de angustia des­</p><p>de el principio.</p><p>Karen relató así uno de sus sueños: "Un niño peque­</p><p>ño corre delante de un automóvil. La mujer que condu­</p><p>ce lo atropella, le pasa por encima y lo deja paralizado.</p><p>Mi padre está ahí parado y dice que no sabe adónde</p><p>acudir en busca de ayuda. Yo grito: 'Pero tú eres médi­</p><p>co, ¿no? Podrían colgarte por haberte negado a ayudar a</p><p>alguien que está en peligro mortal'. Luego tomo a la</p><p>criatura y la llevo yo misma a una médica. Ella le echa</p><p>éter, pero yo sigo llamando a mi yadre para que venga a</p><p>ayudarme".</p><p>106</p><p>f""</p><p>Las asociaciones de Karen llevaron a furiosas impre­</p><p>caciones contra el padre y a algunos pormenores que</p><p>permitieron discernir que el chico herido era una repre­</p><p>sentación de ella, y la médica, de la analista. Reconstru­</p><p>yamos el significado latente del sueño en lo que importa</p><p>para el presente examen. El accidente del niño simbo­</p><p>liza la castración en un sentido general. Está parali­</p><p>zado, como la propia Karen se siente la mayor parte del</p><p>tiempo. "Mi madre es terrible para conducir un automó­</p><p>vil -dijo-. ¡Nunca mira por dónde va!" Pero es por otro</p><p>lado una mujer (la madre-analista) quien supuesta­</p><p>mente reparará el grave daño sufrido por el chico, ante</p><p>el cual el padre se muestra indiferente. Las relaciones</p><p>homosexuales la "repararán" y pondrán fin a su senti­</p><p>miento de parálisis, suminístrándole el tan ansiado</p><p>completamiento de sí misma. No obstante, los peligros</p><p>que acechan en la solución homosexual, al revivirlos en</p><p>la situacíón analítica, se ponen de relieve en las asocia­</p><p>ciones de Karen ante el "tratamiento" escogido por la</p><p>médica. "El éter -afirma- lo calma a uno volviéndolo</p><p>insensible, de modo que ya no siente ningún dolor o, de</p><p>lo contrario, lo mata." La madre-analista, como la pareja</p><p>homosexual, puede calmar al bebé dañado volviéndolo a</p><p>la fantaseada beatitud de la fusión madre-lactante, pero</p><p>este derrotero puede llevar también a la muerte del</p><p>bebé. El padre rechazante abandona a su hija dejándola</p><p>en manos de la madre seductora y dominante, quien a</p><p>cambio sólo ofrece una muerte psíquica. Lo que otrora</p><p>fue una exigencia fálico-libidinal ha experimentado</p><p>ahora una regresión y se convirtió en un grito de soco­</p><p>rro; pero el padre no escucha el llamado.</p><p>Un sueño de Olivia muestra un cuadro inconsciente</p><p>similar del padre. En el sueño ella ve cómo una gata da</p><p>a luz gatitos que nacen con los ojos abiertos, lo cual sig­</p><p>nifica que van a morir. Hace intentos desesperados por</p><p>107</p><p>...</p><p>salvarlos; primero los pone en un caJon que resulta</p><p>demasiado pequeño para ellos, y se ahogan. Luego los</p><p>saca fuera y los deja, junto con la gata, sobre la nieve,</p><p>donde también tienen dificultades para sobrevivir. El</p><p>padre de ella está allí con la gata, y ella le pide ayuda; él</p><p>replica que está demasiado ocupado, que tiene una reu­</p><p>nión de negocios. Ella se vuelve hacia los gatitos y los</p><p>encuentra a todos muertos.</p><p>Al relatar el sueño Olivia se echa a llorar, diciendo</p><p>que era como la vida real por cuanto al padre no le preo­</p><p>cuparía que ella muriese. Los gatitos destinados a morir</p><p>porque tenían los ojos abiertos eran una referencia, en el</p><p>pensar del proceso primario, a un antiguo recuerdo de la</p><p>escena primordial. En una oportunidad Olivia había</p><p>visto a sus padres haciendo el amor mientras creían que</p><p>ella estaba dormida, y al contar este recuerdo encubri­</p><p>dor dijo que la madre era "la gata que recibía la crema".</p><p>A la sazón ella tenía tres años; en esta historia onírica</p><p>puede detectarse su deseo de que los bebés de la madre</p><p>muriesen, pero lo que en definitiva murió en la mente de</p><p>la niña fue la esperanza de poder identificarse algún día</p><p>con la madre-gata y tener acceso a una imagen paterna</p><p>genital, y el derecho a dar a luz gatitos propios.</p><p>Todas las asociaciones de Olivia sobre este sueño</p><p>conducían a su sentimiento de estar "destruida" por</p><p>dentro. En esta época venía padeciendo una amenorrea</p><p>desde varios meses atrás. Si bien más tarde pudimos</p><p>comprender que este síntoma significaba también su</p><p>deseo de tener un hijo, en su fantasía de ese momento</p><p>ella estaba vacía y terminada como mujer; los gatitos</p><p>muertos la representaban a ella y a sus niños no nacidos</p><p>y condenados a la extinción. En el sueño, se vuelve hacia</p><p>el padre para que la salve de esa situación en que está</p><p>en juego su feminidad. El no hace nada, y el resultado</p><p>final es la muerte.</p><p>108</p><p>Por detrás del deseo consciente de eliminar o deni­</p><p>grar al padre, todas mis pacientes homosexuales mani­</p><p>fiestan heridas narcisistas ligadas a la imagen del padre</p><p>indiferente. Fortalecidas por la convicción de que la</p><p>madre vedaba toda relación amorosa entre la hija y el</p><p>padre, estas mujeres tendían a suponer que cualquier</p><p>deseo que tuviesen por el padre, por su amor o por su</p><p>pene, era peligroso, ya que no podía entrañar sino la</p><p>pérdida del amor de la madre y provocar la castración</p><p>del padre. Así, el disgusto de la hija frente al padre,</p><p>reconocido conscientemente, era vivenciado como un</p><p>regalo que ella le hacía a la madre. A su vez, daba ori­</p><p>gen a fantasías de un padre vengativo y persecutorio, y</p><p>subsiguientemente a un temor frente a los hombres en</p><p>general.</p><p>¿Qué luz arrojan estos breves ejemplos clínicos sobre</p><p>la relación de una homosexual con su padre? Casi no</p><p>hay huellas de las soluciones neuróticas normales frente</p><p>a los deseos edípicos. El padre se ha perdido como objeto</p><p>de amor, e igualmente como representante de la seguri­</p><p>dad y la fuerza, lo cual estorba el camino hacia las rela­</p><p>ciones genitales futuras. Por otra parte, el yo de la niña</p><p>pequeña, en sus intentos de tramitar sus deseos primiti­</p><p>vos libidinales y agresivos, ha sufrido profundas modifi­</p><p>caciones. Ha incorporado a su estructura el objeto</p><p>paterno descartado, para ya no renunciar jamás a él.</p><p>Ningún otro hombre tomará el lugar del padre en el uni­</p><p>verso psíquico de la niña homosexual. La renuncia al</p><p>padre como objeto de investidura libidinal no guarda</p><p>correspondencia con el abandono del objeto edípico tal</p><p>como lo encontramos en las mujeres heterosexuales; en</p><p>consecuencia, tampoco lleva a la formación de síntomas</p><p>tendientes a tramitar los deseos edípicos frustrados y la</p><p>angustia de castración, como los hallamos en la mayoría</p><p>de las estructuras neuróticas. Hay en lugar de ello una</p><p>109</p><p>identificación con el padre, la cual si bien puede decirse</p><p>que impide una ulterior desintegración del yo, tiene en</p><p>sí misma consecuencias invalidantes para el yo de la</p><p>niña, dado que se trata de una identificación con una</p><p>imagen mutilada, dotada de atributos desagradables y</p><p>peligrosos. La ambivalencia inherente a cualquier pro­</p><p>ceso de identificación está aquí realzada en un grado</p><p>inconmensurable; el yo corre el riesgo de sufrir ataques</p><p>implacables del superyó a causa de tales identificacio­</p><p>nes, que pese a todo forman parte esencial de la identi­</p><p>dad de la niña. Los reproches depresivos que con tanta</p><p>frecuencia se hace una homosexual llevan la marca de</p><p>los reproches clásicos de los melancólicos (Freud, 1917).</p><p>Constituyen un ataque contra el padre internalizado;</p><p>sin embargo, este objeto de la identificación, importante</p><p>desde el punto de vista narcisista y celosamente guar­</p><p>dado, es un baluarte contra la disolución psicótica. El</p><p>Slilperyó pregenital da por resultado una fragilidad yoica</p><p>y el empobrecimiento o parálisis de gran parte del fun­</p><p>cionamiento del yo.</p><p>Aún nos queda por resolver este interrogante: ¿por</p><p>qué Ja nifia, en su tentativa de internalizar algo tan</p><p>importante para su yo y para su desarrollo instintivo</p><p>c-0mo la representación fálica del padre, sólo puede</p><p>hacerlo a expensas de una pérdida de objeto, del dete­</p><p>rioro del yo y de un sufrimiento considerable? Una mejor</p><p>comprensión de su realidad psíquica interna nos exige</p><p>pasar a investigar ahora la relación con la imago</p><p>materna.</p><p>LA IMAGEN DE LA MADRE</p><p>Ya hemos mencionado la complicidad con la madre;</p><p>no obstante, existe escasa identificación de la hija con</p><p>110</p><p>ella. Invariablemente la describe en términos idealiza­</p><p>dos: es hermosa, inteligente, encantadora. Está dotada</p><p>de todas las cualidades de las que la hija carece. Lo lla­</p><p>mativo de esta desigual situación es que se la da por</p><p>sentada. No hay envidia consciente hacia la madre. Por</p><p>otra parte, aparece como única saJvaguardia contra los</p><p>peligros de 1a vida, que proceden del padre y del mundo</p><p>externo. Al mismo tiempo, a menudo la hija siente que</p><p>la madre está en peligro; no es raro que tema su muerte</p><p>jnmin.~nt.e._En_ü1_füntasí~. es víctima de accidentes o de</p><p>enfermedades fatales o presa de supuestos atacantes.</p><p>Más cerca de la fuente, corre el peligro de ser abando­</p><p>nada por el padre o excesivamente dominada por éste.</p><p>Se supone que, ya sea en el plano sexual o en otros, él le</p><p>impone demandas injustas.</p><p>La identificación con esta imago presenta dos dificul­</p><p>tades principales. Cualquier aspiración a una identifica­</p><p>ción narcisista está condenada al fracaso a raíz de su</p><p>excesiva idealización, que por su parte es mantenida</p><p>para reprimir un trasfondo de deseos hostiles y destruc­</p><p>tivos dirigidos contra la madre internalizada. Esta debe</p><p>permanecer como un ideal inalcanzable al precio de una</p><p>permanente sangría narcisista en la imagen que la hija</p><p>tiene de sí misma, actitud reforzada por la índole des­</p><p>tructiva de las fantasías sobre la escena primordial. No</p><p>hay trazas siquiera de la idea de que los padres podrían</p><p>complementarse sexualmente o de que la relación con el</p><p>padre benefic1a en algún aspecto a Ja madre. Con fre­</p><p>cuencia la relación sexual de los padres es por entero</p><p>denegada en el plano consciente. El análisis revela que,</p><p>por detrás de esta renegación de la realidad sexual, hay</p><p>imágenes sádicas aterradoras sobre dichas relaciones</p><p>sexuales o sobre el pene del padre. Por lo tanto, la hija no</p><p>tiene ningún deseo de identificarse con la madre en su</p><p>rol genital. El deseo fantaseado de todas estas pacientes</p><p>111</p><p>podría sintetizarse así: anhelan la total eliminación del</p><p>padre y la creación de una relación exclusiva y perdura­</p><p>ble con la madre. Encarnan esta fantasía en sus vínculos</p><p>con parejas del mismo sexo, que se convierten así en</p><p>madres sustitutivas, frecuentemente alternando los roles</p><p>(una de ellas es a veces la madre, a veces la hija). A</p><p>menudo las elaboraciones de este deseo se reiteran al</p><p>comienzo de la situación transferencial. Sus elementos</p><p>agresivos son por lo común fuertemente reprimidos.</p><p>Volveré a presentar ejemplos de mi experiencia ana­</p><p>lítica. 01ivia describía a su madre diciendo que era</p><p>"talentosa y bella; era una figura pública a la que todos</p><p>adoraban ... Yo siempre quería estar cerca de ella, como</p><p>los demás. Cada vez que salíamos, me acosaba la idea de</p><p>que un coche podía atropellarla ... Es una mujer pura e</p><p>inocente, incapaz de imaginar que alguien pueda tener</p><p>malos pensamientos ... el único problema es que no</p><p>puede entender qué significa estar enfermo; ella no lo</p><p>estuvo nunca ... Lo cierto es que nunca estaba presente</p><p>cuando yo la necesitaba. Me pregunto si mis dolores de</p><p>estómago no habrán sido una manera de estar cerca de</p><p>ella".</p><p>Eva declaró: "Yo la quería muchísimo ... ¡y era tan</p><p>linda! Se sometió a un montón de tratamientos de</p><p>belleza y todavía se la ve joven para su edad. Cuando yo</p><p>era chica, acostumbraba ahorrar todas las monedas que</p><p>juntaba para comprarle flores". {Más tarde le robó</p><p>dinero al padre para regalarles flores a las compañeras</p><p>de colegio de las que estaba enamorada.) "Cuando ella</p><p>cuidaba a mi hermanita menor, yo casi me enfermaba de</p><p>ganas de estar con ella. A veces hasta trataba de enfer­</p><p>marme yo misma para quedarme en casa junto a ella."</p><p>Luego agregó: "Pero de alguna manera se me hacía difí­</p><p>cil acercármele. No es que fuera mezquina, sino que en</p><p>lugar de dar su amor daba objetos".</p><p>112</p><p>Antes de explorar las múltiples capas de la imago</p><p>materna, recapitulemos brevemente las imágenes</p><p>parentales tal como se ponen de</p><p>relieve en las primeras</p><p>etapas del análisis. El padre es el depositario de todo lo</p><p>malo, sucio o peligroso, en tanto que la madre es pura,</p><p>hermosa y limpia. Sobre todo, ella se mantiene como un</p><p>objeto no confiictivo. Es la fuente de toda seguridad ...</p><p>una seguridad que más tarde se buscará en otras muje­</p><p>res, transformadas en objetos del deseo sexual. La hija</p><p>supone que posee atributos femeninos muy valiosos,</p><p>aunque éstos no evocan en ella celos conscientes. Más</p><p>tarde confiará en tener acceso a algunos de ellos enamo­</p><p>rándose de otra mujer. La nota amarga de esta melodía</p><p>madre-hija es la impresión de que la madre está</p><p>inmersa narcisistamente en sí misma y le falta com­</p><p>prensión. Pero en su tentativa de mantener intacta la</p><p>imagen idealizada, la hija no se resiente por estos ras­</p><p>gos. Más aún, se considera una criatura indigna de ser</p><p>amada y sin mérito alguno, que decepcionó a su madre.</p><p>A medida que proseguía el análisis, todas mis</p><p>pacientes ponían de manifiesto y examinaban diferentes</p><p>aspectos de la imagen materna, dos de los cuales pare~</p><p>cían particularmente importantes: el primero se vincu­</p><p>laba con sus sentimientos ambivalentes hacia la madre,</p><p>en tanto que el segundo daba algún indicio sobre la</p><p>ambivalencia de la madre misma. Ya hemos aludido al</p><p>primero: la preocupación continua por la salud y seguri­</p><p>dad de la madre. Era habitual que se sucedieran las</p><p>imágenes obsesivas de que caía víctima de alguna enfer­</p><p>medad fatal o de que se la encontraría muerta o cortada</p><p>en pedazos. Esto se expresaba en la necesidad compul­</p><p>siva de mis pacientes de llamarla por teléfono cuando se</p><p>separaban de ella o de regresar junto a ella en mitad de</p><p>las vacaciones. A menudo, temores idénticos eran trans­</p><p>feridos globalmente a las parejas femeninas. La necesi-</p><p>113</p><p>dad de estar muy próximas a la madre, de controlar Jo</p><p>mejor posible sus movimientos y de fatigarla con sP soli­</p><p>citud velaba apenas el contenido agresivo subyacente. El</p><p>énfasis recaía en lo indispensable que era la madre para</p><p>Ja hija. Sólo mucho después estas pacientes pudieron</p><p>descubrir que sentían que ésta era una exigencia de la</p><p>madre, y que independizarse de elJa habría sido conside­</p><p>rado desleal y riesgoso. Las fantasías según las cuales la</p><p>madre, o Ja pareja sexual, podrfo ser víctima de una</p><p>catástrofe fatal eran consideradas conscientemente por</p><p>las pacientes como una amenaza total a su seguridad</p><p>personal y a su mundo de objetos, pero a medida que</p><p>transcurría e] tiempo no podían dejar de percatarse de</p><p>que eran medios mágicos tendientes a impedir que los</p><p>impulsos peligrosos que anidaban en ellas mismas des­</p><p>truyesen el objeto materno.</p><p>El segundo tema que aparecía con ineluctable regu­</p><p>laridad era el de una madre rígidamente controladora,</p><p>que esgrimía un poder omnipotente sobre eI cuerpo de</p><p>su hija y estaba metículosamente preocupada por el</p><p>orden, la salud y la limpieza. Los sentimientos ocultos a</p><p>que daba origen esta particular relación con la madre</p><p>encuentran expresión típica en un comentario de Karen:</p><p>"Mi madre odiaba todo lo vinculado con mi cuerpo. Solía</p><p>oler mis ropas todo el tiempo para comprobar si estaban</p><p>sucias. Cuando yo defecaba, era como si fuese materia</p><p>envenenada. Durante años creí que ella no defecaba</p><p>nunca . ¡Todavía hoy me resulta difícil pensar que lo</p><p>hace!". Los ejemplos sobre esto forman legión. Una de</p><p>mis pacientes tenía prohibido mencionar siquiera sus</p><p>necesidades excretorias; desde muy chiquita le enseña­</p><p>ron que para llamar la atención sobre ellas tenía que</p><p>toser discretamente; siempre se sintió sucia y avergon­</p><p>zada de sus funciones corporales. Otra madre llamaba</p><p>"una dolencia en la espalda" a la constipación y le prohi-</p><p>114</p><p>--</p><p>bió a su hija que mirara las heces. Estos aspectos de la</p><p>madre "anal" que rechazaba todo lo que puede ligarse</p><p>con el concepto de "erotismo anal" surtían un efecto</p><p>marcadamente inhibitorio sobre la integración de los</p><p>componentes anales de la libido, según hemos visto. Ya</p><p>se ha señalado el desplazamiento de estos componentes</p><p>a la imagen fálica del padre.</p><p>Los aspectos controladores y rechazantes de lo físico</p><p>que formaban parte de la imago corporal accedían lenta­</p><p>mente a la conciencia despertando considerable resis­</p><p>tencia, ya que se los sentía como un ataque contra la</p><p>madre internalizada e implicaban el riesgo de ser sepa­</p><p>rada de una relación casi simbiótica dentro del mundo</p><p>de objetos internos (Mahler y Gosliner, 1955). Era suma­</p><p>mente penoso para estas pacientes sacar a la luz el sen­</p><p>timiento de que sus cuerpos, y todo su sí-mismo físico,</p><p>habían sido seriamente rechazados por la madre, por</p><p>más que todas ellas estaban al tanto desde el principio</p><p>de su propio y violento rechazo físico de su cuerpo. "Mi</p><p>cuerpo me repugnat sobre todo mis pechos. Todo lo</p><p>blando que tengo es asqueroso. Siempre procuré tener</p><p>manos fuertes. Mis manos se parecen a las de mi padre,</p><p>ellas me ayudan a cubrir todo lo húmedo y malo que hay</p><p>en mi cuerpo. Todavía me angustia terriblemente todo lo</p><p>relacionado con la orina y la mierda ... no puedo aceptar</p><p>estas funciones corpcrales; de alguna manera las siento</p><p>asquerosamente femeninas." Así se expresaba Sophie</p><p>respecto de su despreciado sí-mismo corporal. Cuando</p><p>era más joven, solía tajearse la piel con una navaja para</p><p>"purificarse", pero desde sus primeras experiencias</p><p>homosexuales ya no tuvo necesidad de recurrir a este</p><p>comportamiento compulsivo.</p><p>La otra cara del rechazo y el odio maternos por el sí­</p><p>mismo físico de mis pacientes hallaba expresión en</p><p>todas ellas a través de sus fantasías de amar el cuerpo</p><p>115</p><p>de otra mujer. Se solazaban con las caricias de su pare­</p><p>ja, sus minuciosas exploraciones, su ternura, y con todo</p><p>ese amor que inconscientemente demandaban para su</p><p>cuerpo, al que creían feo y deforme, débil o enfermo.</p><p>Una de ellas describió en estos términos la "'recupera­</p><p>ción" de su cuerpo gracias a su pareja femenina: "Hasta</p><p>que conocí a Sarah yo no tenía cuerpo, sólo cabeza.</p><p>Siempre me destaqué en la escuela, para complacer a</p><p>mamá. Pero salir a la calle era una pesadilla; me sentía</p><p>torpe, ínestabfe y monstruosa; sin embargo, no tenía</p><p>noticia de las diferentes partes de mi cuerpo. Sarah les</p><p>dio vida a mis manos, a mis pies, a mi piel. Pero todavía</p><p>no lo soporto mucho. No me gusta que me toque los pe­</p><p>chos. Adoro sus genitales , pero no dejo que toque los</p><p>míos".</p><p>Un intenso conflicto corporal semejante a éste fue</p><p>manifestado por otra paciente que proyectaba también</p><p>en su pareja las fantasías peligrosas adheridas a su pro­</p><p>pio cuerpo y a sus genitales. Declaraba que carecía por</p><p>completo de sensaciones clitorídeas o vaginales; más</p><p>aún, hasta tenía confusión en cuanto a la localizaci6n de</p><p>su vagina. La imaginaba constriñendo o cortando como</p><p>un cuchillo. La asaltaba una fantasía recurrente en la</p><p>que ella daba a luz a un niño fragmentado en pedazos;</p><p>más tarde se volvió evidente que atribuía a su vagina</p><p>funciones de devoración oral y de constricción anal. En</p><p>su primera experiencia homosexual, a los 18 años, la ex­</p><p>citó que su amiga le exigiese estimulación clitorídea y la</p><p>hizo feliz administrarle esas caricias, pero cuando un</p><p>día la amiga le pidió que pusiera sus dedos dentro de su</p><p>vagina, se replegó horrorizada: "Estaba segura de que</p><p>mis dedos quedarían atrapados dentro de ella y sería</p><p>preciso llamar a un cirujano para separarnos. Quedé</p><p>aterrada. No pude satisfacer su pedido". Este temor a</p><p>"quedar atrapada" se conectaba con un aspecto incons-</p><p>116</p><p>..........--- ······----</p><p>ciente de su relación con la madre, cuya vagina podría</p><p>exigirle que ella quedase perpetuamente adherida, como</p><p>un órgano fálico, a punto tal que sólo el bisturí del ciru­</p><p>jano sería capaz de separarlas. Esta reflexión cobró</p><p>mayor pertinencia y significado simbólico por el hecho</p><p>de que el padre de esta paciente era un renombrado</p><p>cirujano. Sólo un padre eficaz podría protegerla del</p><p>deseo materno de convertirla en un falo permanente.</p><p>Estos fragmentos de distintas sesiones arrojan</p><p>alguna luz sobre el vínculo tenaz, aunque aterrador, de</p><p>estas mujeres con los aspectos negativos de sus madres</p><p>internalizadas. Todas ellas se consideraban inconscien­</p><p>temente como una parte o función indispensable de la</p><p>madre (Leichtenstein, 1961). Este sentimiento de ser el</p><p>falo de la madre constituía un aspecto reconfortante</p><p>desde el punto de vista narcisista, pero iba inevitable­</p><p>mente acompañado por la idea de que eran objetos feca­</p><p>les despreciados por la madre, si bien controlados por</p><p>ésta de manera omnipotente. La hija llegaba a pensar</p><p>invariablemente que su existencia tenía por finalidad</p><p>realzar el yo materno; uno se siente tentado de suponer</p><p>que estas pacientes actuaban como objetos contrafóbicos</p><p>respecto de las angustias profundas de la madre (Winni­</p><p>cott, 1948, 1960).</p><p>Otros dos comentarios ilustran vívidamente el com­</p><p>plejo y primitivo vínculo con la madre y el peligro que</p><p>implicaba el deseo de disolverlo, por más que su perdu­</p><p>ración resultase aterradora e invalidante: "Los senti­</p><p>mientos que yo tengo hacia usted (la analista, en un</p><p>momento de intensa transferencia maternal) son ina­</p><p>guantables. Nunca amé ni odié tanto a nadie en mi vida.</p><p>Sí la amo, usted me destruirá; si la odio, me echará para</p><p>siempre". Amor significa devoración. Durante largos</p><p>períodos fue importante para esta paciente creer que yo</p><p>la odiaba; la hacía sentirse más segura y le permitía</p><p>117</p><p>soportar mejor su intenso odio sádico hacia mí. "Si usted</p><p>me ama estoy perdida, porque entonces me destruirá y</p><p>me arrojará como si fuera mierda, o de lo contrario me</p><p>ligará a usted para siempre como hizo mi madre."</p><p>Otra paciente expresó las mismas ideas en la</p><p>siguiente fantasía: "Mi madre y yo estamos fundidas</p><p>una con la otra. En un extremo estamos pegadas por la</p><p>boca, en el otro por la vagina. Formamos un círculo</p><p>rodeado por frias bandas de acero; si se rompe, quedare­</p><p>mos destrozadas". Esta fantasía, que se prolongó a lo</p><p>largo de varias sesiones, sufrió luego una transforma­</p><p>ción: "Rompí ese círculo la primera vez que amé a otra</p><p>mujer; pero había sólo una vagina ... ¡y la tenía mi</p><p>madre! Con sus dedos de hielo ella cerró la mía para</p><p>siempre". La misma paciente sentía a menudo que si</p><p>algo andaba bien en su vida (era artista) o sí tenía éxito</p><p>o recibía satisfacciones en su trabajo, lo más probable</p><p>era que su madre sufriera una grave enfermedad y</p><p>muriese.</p><p>Un terror idéntico en la relación simbiótica ha sido</p><p>vívidamente expresado por Mary Barnes en Two Ac­</p><p>counts of a Journey through Madness (Barnes y Berke,</p><p>1971) donde puso bien al desnudo la fuerza de un vínculo</p><p>de esta índole con la imagen materna internalízada.</p><p>Escribe allí: "Para mi madre era difícil ser amada, y ella</p><p>nada entendía de motivaciones inconscientes ... Una vez</p><p>le dije: 'Mamá, tengo la impresión de haber causado la</p><p>enfermedad de Peter y todas tus dolencias!' ... Si me sen­</p><p>tía feliz o disfrutaba conmigo misma, instintivamente me</p><p>preguntaba: ¿Estará mamá enferma? ... Lo único seguro</p><p>es estar muerta, o en un estado falso o escondida, ence­</p><p>rrada en algún lado, loca Mary".</p><p>Las pacientes a las que me estoy refiriendo eligieron</p><p>otras soluciones (luego las examinaremos con más deta­</p><p>lle) que Mary Barnes; para ellas, lo que tenía que "estar</p><p>118</p><p>muerto, escondido, encerrado en algún lado" era la hete­</p><p>rosexualidad y el mundo de los hombres, en tanto que la</p><p>madre era permanentemente reparada y reconfortada.</p><p>El temor a la separación y la independencia llevó a</p><p>¡nuchas de ellas a una imposibilidad de trabaji:i. · o de</p><p>crear. Si tenían éxito en los empeños de esta índole,</p><p>invariablemente era al precio de una gran angustia y de</p><p>fantasías en las cuales la madre se enfermaba o moría.</p><p>Tal vez no fuese casual que las madres de dos de mis</p><p>pacientes de hecho se enfermasen de gravedad en</p><p>momentos en que sus hijas habían comenzado a forjarse</p><p>una carrera exitosa; otra sufrió unas hemorragias inex­</p><p>plicables cuando su hija se casó. Esta última paciente,</p><p>en su etapa de rebeldía, soñó que la madre había per­</p><p>dido las piernas y ella estaba condenada a caminar</p><p>debajo de la madre, ocupando el lugar vacante. ¿Cómo</p><p>puede una pierna separarse de su cuerpo? ¿Y a qué clase</p><p>de independencia puede aspirar? Además, ¿cómo puede</p><p>funcionar la madre~cuerpo si sus piernas resuelven</p><p>abandonarla?</p><p>Estos son los dilemas que enfrenta la paciente homo­</p><p>sexual cuando comienza a anhelar desprender sus lazos</p><p>con la madre internalizada: o bien se convertirá apenas</p><p>en un miembro amputado, o bien la madre se vengará o</p><p>morirá. En la mayoría de los casos, estos sentimientos</p><p>desesperados son transferidos a la pareja sexual. Sophie</p><p>dijo: "Desde que mi amiga vino a vivir conmigo tengo la</p><p>certeza de que existo. Yo era así de niña: sólo existía</p><p>para los ojos de mi madre; sin ella, nunca estaba segura</p><p>de quién era yo realmente".</p><p>Para sintetizar las características salientes de la</p><p>imago materna, podemos decir que la madre, a la que se</p><p>siente destructora de la imagen fálica del padre, actúa</p><p>como una barrera que prohíbe el acercamiento entre el</p><p>padre y la hija. Por detrás de esta imagen está la madre-</p><p>119</p><p>con-la-enema, que se apodera del cuerpo de la criatura y</p><p>de su contenido. Por lo común, esto desemboca en un</p><p>muy precoz control de las funciones corporales, lo cual,</p><p>en vez de liberar a la niña pequeña, la vuelve aún más</p><p>dependiente de su madre. Por último, está la fantasía de</p><p>que la hija es parte de la esencia misma de la madre, y</p><p>viceversa - fantasía simbiótica en que cada una de ellas</p><p>mantiene con vida a la otra-. Nunca puede haber dos</p><p>mujeres; separarse de la madre (o de sus sustitutas pos­</p><p>teriores) equivale a perder la propia identidad (Leich­</p><p>tenstein, 1961).</p><p>Aparte de la elección homosexual de objeto, otro de­</p><p>senlace de esta constelación familiar particularmente</p><p>sesgada es una serie de rasgos de carácter interconecta­</p><p>dos que afectaban a la mayoría de mis pacientes, y que</p><p>también encontré en los escritos clínicos de otros analis­</p><p>tas. En ausencia de meticulosas formaciones reactivas</p><p>compensatorias, estas pacientes tienden a manifestar</p><p>incapacidad para organizar su vida, aun en los menores</p><p>aspectos. Algunas parecían vivir permanentemente en</p><p>medio del desorden y la confusión, hasta extremos puni­</p><p>torios. La imposibilidad de encontrar un trabajo cons­</p><p>tructivo, o incluso en algunos casos de ordenar sus pape­</p><p>les, hacer una valija o tomar una decisión, ejemplificaba</p><p>el temor a toda actividad yoica independiente, juzgada</p><p>peligrosa. El sentimiento de ser incompleto, incapaz, in­</p><p>definible, vulnerable, es el resultado inevitable de la re­</p><p>lación simbiótica inconsciente. La falta de integración</p><p>de los componentes anales de la libido de un modo útil</p><p>para el yo debilita aún más la estructura de la persona­</p><p>lidad. Nada puede lograrse, o si se lo logra, no se lo re­</p><p>tiene. Uno tiene la impresión de que estas pacientes se</p><p>veían obligadas a demostrar que no les era posible con­</p><p>seguir nada sin la ayuda constante de la madre o de su</p><p>sustituto. La madre que fomenta un precoz control</p><p>120</p><p>--</p><p>corporal y yoico en su pequeña hija, con el anhelo de que</p><p>realice lo que ella no realizó, la priva del derecho de que</p><p>sus realizaciones tengan por objeto su propio placer.</p><p>LA ENVIDIA DEL PENE Y EL CONCEPTO DE FALO</p><p>Antes de resumir la constelación edípica y el tipo</p><p>específico de estructura inconsciente a que da origen,</p><p>debemos examinar el papel de la envidia del pene en la</p><p>homosexualidad, en comparación con el que tiene en el</p><p>caso de las mujeres heterosexuales. Quisiera repasar los</p><p>elementos de este concepto en la teoría freudiana y la</p><p>distinción teórica entre "pene" y "falo", ya que es impor·</p><p>tante para comprender la estructura simbólica que con­</p><p>tribuye a la desviación sexual.</p><p>Freud consideraba la envidia del pene como un ele­</p><p>mento fundamental en la organización de la sexualidad</p><p>femenina; entendía que ella es el resultado del descubri·</p><p>miento de las diferencias entre los sexos, como conse­</p><p>cuencia del cual</p><p>la niña pequeña se siente despojada</p><p>(Freud, 1925). Este sentimiento de despojo, que parte de</p><p>la ignorancia de la existencia de la vagina, conduce al</p><p>complejo de castración de la mujer (Freud, 1908). En la</p><p>fase edípica, se presume que la envidia del pene dará</p><p>lugar a dos transformaciones del deseo básico de tener</p><p>un pene propio: por un lado, el deseo de incorporar un</p><p>pene dentro del cuerpo (por lo general bajo la forma del</p><p>deseo de tener un hijo), y por otro, el de recibir placer</p><p>del pene del hombre en la relación sexual (Freud, 1920,</p><p>1933). La imposibilidad de lograr estas transformacio­</p><p>nes puede desembocar en síntomas neuróticos y proble-</p><p>. mas de carácter. Esos mismos deseos pueden tener asi~</p><p>mismo expresión sublimatoria.</p><p>El término "falo" tiene una significación simbólica. A</p><p>121</p><p>medida que avanzaban sus investigaciones, Freud se fue</p><p>interesando cada vez más por lo que él llamó la "fase</p><p>fálica" del desarrollo libidinal en los niños de ambos</p><p>sexos. El término "pene" quedó reservado al órgano mas­</p><p>culino en su realidad anatómica, en tanto que "falo" vino</p><p>a referirse a todo lo que el pene podría simbolizar en la</p><p>realidad psíquica: potencia, poder, abundancia, fecundi­</p><p>dad, etc. Puede atribuirse significación fálica, pues, a</p><p>cualquier objeto parcial, como el pecho, las heces, la</p><p>orina, un hijo o un adulto usado como tal. En escritos</p><p>analíticos recientes {Grenberger, 1971), se considera al</p><p>falo el símbolo de la integridad narcisista, o el signifi·</p><p>cante fundamental del deseo (Lacan, 1966) para cual­</p><p>quiera de los dos sexos. La mayoría de los analistas</p><p>coincidirían hoy en que el concepto de envidia del pene,</p><p>con sus matices fálicos simbólicos, es aplicable a ambos</p><p>sexos; si Ja niña pequeña envidia el órgano sexual de su</p><p>hermano, también el varoncito envidia el gran pene</p><p>paterno. Pero por encima de esta envidia, el interés se</p><p>centra en la significación simbólica del pene: la impor­</p><p>tancia de la organización fálica en el desarrollo libidinal</p><p>del niz1o y la niña, y su efecto estructurante en la situa­</p><p>ción edípica (Kurth y Patterson, 1968).</p><p>Esta fase del desarrollo marca un punto de viraje en</p><p>la vida psíquica, con consecuencias perdurables para la</p><p>adquisición de la identidad sexual y la estructuración</p><p>inconsciente del deseo sexual. El falo, como represen­</p><p>tante psíquico del deseo y del completamiento narci­</p><p>sista, desempeña el mismo papel para ambos sexos,</p><p>aunque la actitud ante el pene anatómico sea necesaria­</p><p>mente distinta. El hecho de que el pene sea un órgano</p><p>sexual visible, y de que en nuestra sociedad falocéntrica</p><p>el hombre es considerado un privilegiado respecto de la</p><p>mujer, plantea a las mujeres problemas concretos que</p><p>deben superar; y es poco probable que éstos se resuelvan</p><p>122</p><p>simplemente teniendo un hijo, como sostenía Freud. En</p><p>verdad, por más que la mujer vea en su hijo el equiva­</p><p>lente de un pene, o incluso de su falo -o sea, el objeto</p><p>de su deseo y el medio de alcanzar el completamiento</p><p>sexual y narcisista-, poco habrá resuelto de sus proble­</p><p>mas básicos, sexuales y de relaciones objetales, y difícil­</p><p>mente evitará crearle otros más graves aún a su hijo.</p><p>A fin de comprender los conflictos específicos de la</p><p>niña en lo tocante a los deseos fálicos, debemos añadir</p><p>que tienen su prototipo en la temprana relación madre­</p><p>hijo. El primer objeto fálico, en el sentido simbólico, el</p><p>objeto más temprano de completamiento narcisista y de</p><p>deseo libidinal, es el pecho. La connotación particular de</p><p>la "madre fálica" como madre omnipotente en la situa­</p><p>ción de lactancia -objeto no sólo de las necesidades del</p><p>bebé sino también objeto primordial del deseo erótico­</p><p>fue señalada en primer lugar por Brunswick (1940): "El</p><p>término 'madre fálica' .. . designa preferentemente a la</p><p>madre todopoderosa, la que es capaz de cualquier cosa y</p><p>posee todos los atributos valiosos" (pág. 304).</p><p>Por lo tanto, al ocupamos de la envidia fálica y su</p><p>desarrollo específico en la niña, podemos rastrear su ori­</p><p>gen en el deseo de poseer para sí el pecho-madre, objeto</p><p>de deseo, de placer y de necesidad; por ende, la envidia</p><p>del pene puede remontarse a la envidia oral-sádica del</p><p>pecho, y, a través de sus diversas representaciones ana­</p><p>les, hasta su investidura en el pene. Desde este punto de</p><p>vista, la envidia del pene, bajo la forma de desear tener</p><p>un pene y envidiar a quienes lo poseen, es sólo una</p><p>manifestación dentro de un continuo de objetos posibles</p><p>del deseo en sus múltiples formas pregenitales, genita­</p><p>les y sublimadas. Cualquiera de los dos sexos, en su ten­</p><p>tativa de dar solución a los anhelos sexuales y narcisis­</p><p>tas infantiles, puede arribar a la errónea conclusión de</p><p>que el secreto de toda consumación es poseer un pene,</p><p>123</p><p>aunque por las razones enunciadas es más probable que</p><p>ésta sea la fantasía de la niña.</p><p>Tanto los hallazgos clínicos como la observación de</p><p>niños confirman la importancia de la envidia del pene</p><p>en la mujer, pero rara vez se han explorado sus numero­</p><p>sas raíces. No es explicable por el simple deseo megalo­</p><p>maníaco de poseer todo lo que uno no tiene. Se ha hecho</p><p>referencia a que ella encubre tempranos anhelos orales.</p><p>A estas dimensiones debemos añadir todos los pensa­</p><p>mientos de la niña ligados al pene paterno. El padre</p><p>habitualmente viene a representar la autoridad, el</p><p>orden y el mundo externo, y su pene simboliza estos</p><p>atributos en el inconsciente. Pero más allá de eso, tam­</p><p>bién se lo considera el objeto de la reafirmación narci­</p><p>sista de la madre que debe ser deseado como tal, el</p><p>objeto del deseo materno y un símbolo de poder y protec­</p><p>ción. Es evidente que, a los ojos de la niña pequeña, este</p><p>símbolo fálico tan fuertemente investido llegará inevita­</p><p>blemenie a representar el principal objeto necesario</p><p>para garantizar el amor y el interés sexual de la madre,</p><p>así como una importante posesión con la que puede obte­</p><p>nerse el respeto del mundo en general. Como consecuen­</p><p>cia de esto, se piensa que los varones detentan una posi­</p><p>ción sumamente favorecida.</p><p>La envidia fálica de la niña tiene aun otra dimensión.</p><p>En ambos sexos, el deseo de ser el objeto exc1usivo del</p><p>amor y deseo maternos se acopla a un temor frente a la</p><p>imagen materna pregenítal, la de la madre exigente y</p><p>controladora de la fase anal-sádica del desarrollo y la no</p><p>menos temible madre devoradora de la fantasía oral. La</p><p>niña tiende a suponer que la posesión de un pene la pro­</p><p>tegerá de caer bajo la subyugación y sometimiento a</p><p>estos aspectos omnipotentes de la imago materna; el</p><p>varón no sólo tendría más que ofrecerle, sino que además</p><p>no corre el riesgo de convertirse en rival de la madre.</p><p>124</p><p>--</p><p>Es comprensible, entonces, que un número abruma­</p><p>dor de mujeres encuentren dificultades en resolver el</p><p>problema de la envidia del pene, tanto más cuanto que</p><p>al llegar a la maternidad suelen transmitir a sus hijas</p><p>sus soluciones neuróticas -ya que la mujer debe ser</p><p>considerada en gran medida responsable de las "solucio­</p><p>nes" a los problemas planteados por la envidia del pene</p><p>y la angustia de castración, desde el momento en que</p><p>ella desempeña un papel crucial en la idealización del</p><p>pene y el desprecio de la feminidad.</p><p>"Estamos en lo cierto al suponer que esta antigua</p><p>desigualdad exige la complicidad de la mujer, pese a su</p><p>aparente protesta, evidenciada en la envidia del pene.</p><p>Los hombres y mujeres tienen que haber experimentado</p><p>conflictos afectivos expecíficos y complementarios para</p><p>establecer un modus vivendi capaz de prolongarse a lo</p><p>largo de muchas civilizaciones. ( .. .) Al término de la</p><p>etapa anal, la niña tiene que ser capaz de alcanzar en su</p><p>fantasía masturbatoria una identificación s1mu1tánea</p><p>con ambos progenitores en lo tocante a su funciona­</p><p>miento genital. Pero hay dos obstáculos: en primer</p><p>lugar, uno originado en el período anal, a saber, que la</p><p>autonomía en la satisfacción masturbatoria implica for·</p><p>zosamente una expulsión sádica de la Madre y de sus</p><p>prerrogativas; en segundo lugar, el obstáculo edípico,</p><p>según el cual la recreación de la escena primordial, por</p><p>identificación con ambos padres, implica asimismo</p><p>suplantar a la Madre exigente, celosa y castrada, y al</p><p>Padre envidiado, despreciado y a la vez sobrevalorado.</p><p>La única manera de salir de este callejón sin salida de la</p><p>identificación es establecer un ideal fálico inaccesible.</p><p>(. .. ) Cuando las mujeres que abrigan estas imagos tie­</p><p>nen que abordar su vida matrimonial, súbitamente se</p><p>encuentran enfrentadas a sus deseos genitales latentes,</p><p>por más que su vida afectiva es todavía inmadura, ya</p><p>125</p><p>que al seguir dominadas por los problemas de la etapa</p><p>anal, no alcanzan una identificación heterosexual. Las</p><p>efímeras esperanzas edípicas pronto darán lugar así a</p><p>una repetición, esta vez con el marido, de la relación</p><p>anal con la Madre, relación confirmada luego por la</p><p>envidia del pene. La ventaja de esta situación consiste</p><p>en que se evita un ataque frontal a la imago materna,</p><p>así como la profunda angustia que provoca la idea de</p><p>desprenderse del dominio y superioridad de la madre"</p><p>(Torok, 1964, págs. 167-168).</p><p>LA MUJER HOMOSEXUAL Y EL PENE</p><p>En lo anterior hemos delineado sutilmente los fun­</p><p>damentos de una solución neurótica a los problemas de</p><p>la diferencia sexual, las frustraciones provocadas por la</p><p>situación edípica y los ideales de la sociedad actual.</p><p>¿Qué decir de la mujer homosexual y su solución parti­</p><p>cular?</p><p>Para empezar, su deseo del pene propio, con todo lo</p><p>que éste representa, no es del todo inconsciente, como</p><p>sucede con la mujer de orientación heterosexual. Con</p><p>frecuencia, el deseo del pene de las homosexuales es</p><p>consciente, intenso y desligado del hombre. Muchas de</p><p>ellas relatan sueños en los que tienen un pene, y suelen</p><p>inventar juegos sexuales con un pene artificial. Una de</p><p>mis pacientes se rehusaba a salir de la casa durante su</p><p>adolescencia, si primero no ataba un pene artificial a</p><p>sus genitales. La aterraba la posibilidad de ser descu­</p><p>bierta, pero no la aterraba menos dejar la casa sin él.</p><p>Un colega me comentó acerca de una paciente seme­</p><p>jante, que se fajaba los pechos y se colocaba un pene</p><p>falso para enfrentar al mundo; tomaba hormonas que,</p><p>según ella esperaba, le darían las características sexua-</p><p>126</p><p>-</p><p>les secundarias propias del hombre, y estaba estudiando</p><p>la posibilidad de hacerse extirpar los pechos. "Hace dos</p><p>años ya que llevo los pechos fajados ... todo el mundo</p><p>piensa que soy un hombre -decía-. Me afeito día por</p><p>medio. Cuando cortejo a alguna chica, la satisfago</p><p>sexualmente pero siempre permanezco vestida. No</p><p>soporto que me toquen."</p><p>El deseo de tener un pene anatómico alcanza a veces</p><p>proporciones alucinatorias. Algunas de mis pacientes</p><p>describían su impresión de poseer en efecto un genital</p><p>masculino. Una se refería a este "pene" como su "órgano</p><p>fantasma", y establecía un parangón con las ilusiones de</p><p>los pacientes amputados que siguen "sintiendo" el</p><p>miembro faltante. También esta mujer había pensado en</p><p>hacerse extirpar los pechos, tampoco ella toleraba que</p><p>sus parejas la tocasen. Como sucede con muchas de</p><p>estas mujeres, obtenía placer sexual del que le producía</p><p>a su pareja.</p><p>El deseo del pene es extremadamente complejo en</p><p>las mujeres homosexuales; no sólo se repara con él una</p><p>castración fantaseada sino que además se persigue el</p><p>propósito de mantener dormido todo deseo sexual feme·</p><p>nino. La paciente que usaba en su adolescencia un pene</p><p>artificial comenzó a explorar, en un momento de su aná­</p><p>lisis, la culpa abrumadora que esta conducta le gene­</p><p>raba. De pronto volvió a tener ganas de ponerse un</p><p>pene; ya no le pareció un crimen horrendo. "Anoch e hice</p><p>un pene con diversos materiales -me contó-. Me lo</p><p>probé y lo acaricié, y esto me hizo ruborizarme y exci­</p><p>tarme. De repente tuve el extraño impulso de metérmelo</p><p>dentro del cuerpo; esto casi me produce un terror mor·</p><p>tal." Las sensaciones vaginales y la sens ación del deseo</p><p>la llenaban de angustia, y le vino la idea de que si cedía</p><p>a tales sentimientos se volvería loca, estallaría o mori­</p><p>ría . Esa noche soñó que moría la madre. De hecho, lo</p><p>127</p><p>que estaba por morir era la parte cruel y prohibidora de</p><p>la imago internalizada, en la medida en que la hija</p><p>cobraba vida sexual propia. Luego descubrimos que su</p><p>pene de juguete había servido también para bloquear</p><p>toda sensación clitorídea y vaginal, reforzando el blo­</p><p>queo del deseo genital.</p><p>Como hemos visto, el sentimiento profundo de la</p><p>prohibición y de la amenaza materna no es el único</p><p>motivo de que se desee tener un pene. El pene del padre</p><p>ha sido despojado de su función fálica simbólica y de su</p><p>significación. En tanto y en cuanto el pene es · un pene­</p><p>unido-a-un-hombre, constituye una imagen peligrosa,</p><p>dotada de atributos violentos y destructivos. Como al</p><p>mismo tiempo la escena primordial es concebida en tér·</p><p>minos anal-sádicos, se piensa que los hombres tienen</p><p>deseos sádicos o humillantes respecto de las mujeres. No</p><p>existe la imagen de un "pene bueno": el pene no es ima­</p><p>ginado jamás como dador de placer, sanador o como la</p><p>posesión que reafirma el narcisismo cuando le es ofre­</p><p>cida a la mujer en una relación heterosexual. Además,</p><p>estas pacientes renegaban del pene del padre; gran</p><p>parte de su actividad sexual era una protesta destinada</p><p>a demostrar que la madre nunca había deseado al padre</p><p>o a su pene, y que en rigor el pene era totalmente inne­</p><p>cesario para llevar a cabo e] acto sexual con una mujer.</p><p>Por detrás de ]as imágenes del "pene malo", el análi­</p><p>sis revela que hay otras fantasías, igualmente temibles,</p><p>sobre el pecho, en las que éste se siente como un objeto</p><p>envenenado y persecutorio. La equiparación de pecho y</p><p>pene en el inconsciente está ligada inevitablemente a</p><p>temores oral-sádico$ de tipo paranoide o esquizoide, y,</p><p>por supuesto, no se limita a la organización homosexual.</p><p>La tragedia del desarrollo psicosexual de la niña homo­</p><p>sexual deriva del hecho de que el pene ha sido separado</p><p>del padre, y el objeto parcial ha ocupado el sitio del</p><p>128</p><p>-</p><p>objeto total. Se introduce corno tal, para impedir una</p><p>ulterior regresión a la fase traumática prefálica, en la</p><p>que se siente que la madre contiene el falo -no sólo el</p><p>pene paterno sino el poder de vida y muerte sobre su</p><p>hija-. Según las posibles variantes de la constelación</p><p>familiar inconsciente, varían también, para diversas</p><p>mujeres homosexuales, la imagen del pene y su signifi­</p><p>cado fálico simbólico.</p><p>Podríamos decir que existen dos polos principales, en</p><p>uno de los cuales rige suprema la angustia depresiva y</p><p>en el otro la angustia persecutoria. En el primer caso, el</p><p>principal objetivo de estas mujeres es reparar a la</p><p>pareja, lo que puede incluir cierto grado de autorrepara­</p><p>ción: la escisión de la imagen propia es reparada narci­</p><p>sistamente mediante un objeto sexual que se parece a</p><p>ellas. En el otro extremo, el temor al objeto homosexual</p><p>lleva, a raíz de la proyección paranoide, a una avasalla~</p><p>dora necesidad de dominar al objeto eróticamente, y el</p><p>orgasmo de la pareja tiene a la vez el significado de</p><p>posesión y de castración. Con frecuencia estas mujeres</p><p>no buscan el placer orgásmico para ellas, y si su terror a</p><p>la pérdida total de su sí-mismo es muy intenso, asumi­</p><p>rán una identidad masculina delirante, que en ciertos</p><p>casos las lleva a someterse a operaciones para "transe­</p><p>xualizar" su cuerpo. La mujer dominada por esta angus­</p><p>tia profunda suele declarar que no es homosexual. La</p><p>imagen que tienen de su identidad inconsciente tiende a</p><p>robustecer su idea de que en realidad son hombres apri­</p><p>sionados en una forma femenina. En la práctica, evitan</p><p>todo placer orgásmico en tanto procuran inducirlo en la</p><p>pareja. El deseo de algunas mujeres homosexuales se</p><p>centra exclusivamente en que la pareja alcance el clí­</p><p>max; la búsqueda directa de su propio placer erótico</p><p>pone en peligro su sentimiento profundo de poseer una</p><p>identidad masculina. A su vez, este sentimiento es</p><p>129</p><p>indispensable para disipar la angustia, de dimensiones</p><p>psícóticas, concerniente</p><p>a la imagen corporal y a la iden­</p><p>tidad; se percibe que ambas son amenazadas por la</p><p>madre internalizada y están expuestas al peligro de la</p><p>fusión con ésta.</p><p>Esto me conduce a examinar el papel decisivo de la</p><p>angustia de castración en las mujeres homosexuales. Tal</p><p>vez ya sea evidente, por los fragmentos clínicos citados,</p><p>que la fantasía de ser castrada es más profunda, más</p><p>generalizada y perturbadora que en el caso de las muje­</p><p>res que han desarrollado síntomas o rasgos de carácter</p><p>neuróticos para hacer frente, en diversos planos, a la</p><p>angustia de castración. Resulta claro que la angustia de</p><p>castración no se limita a la angustia fálica, proveniente</p><p>de la fase en que la diferencia sexual se toma significa­</p><p>tiva; tampoco se limita a la "castración narcisista" resul­</p><p>tante de las crisis edípícas, cuando la niña pequeña des­</p><p>cubre que quedará para siempre fuera del vínculo</p><p>sexual de sus padres y que sus anhelos incestuosos</p><p>jamás se verán consumados. La angustia que sienten</p><p>estas pacientes se relaciona no sólo con su sexualidad</p><p>sino con su. sentimiento de identidad subjetiva como</p><p>seres separados. Esto bien podría denominarse "castra­</p><p>ción primaria", y sería el prototipo de la angustia de cas­</p><p>tración posterior. Si queda sin resolver, o sea, si la niña</p><p>no logra aceptar la alteridad y compensar en forma ade­</p><p>cuada su reconocimiento, corre el peligro de pérdida de</p><p>los límites del yo, de afánísis y de muerte psíquica.</p><p>En este sentido general, la castración equivale en</p><p>rigor a aceptar la realidad, y debe ser simbolizada, de</p><p>igual manera que la angustia de castración fálica tiene</p><p>que ser elaborada psíquicamente para el estableci­</p><p>miento de la realidad sexual y de la realidad de género.</p><p>Las relaciones homosexuales eluden el multifacético</p><p>problema de la angustia de castración fálica clásica</p><p>130</p><p>-</p><p>mediante el simple expediente de excluir a uno de los</p><p>sexos; pero la actividad homosexual y sus relaciones</p><p>concomitantes también ayudan al yo a tramitar la</p><p>angustia abrumadora vinculada a la separación y el</p><p>temor a la desintegración. Sin embargo, el modo de vida</p><p>homosexual no es adecuado para hacer frente a todos</p><p>estos problemas. Queda un gran resto de angustia, y así</p><p>es que en las pacientes homosexuales nos encontramos</p><p>con numerosos síntomas neuróticos mal estructurados</p><p>-formaciones fóbicas concernientes a la angustia oral</p><p>(son comunes la anorexia, la bulimia, las adicciones y</p><p>las fobias al vómito), síntomas fóbico-obsesivos vincula­</p><p>dos a las funciones anal y urinaria; rituales corporales</p><p>masoquistas y temores persecutorios-. Ta mbién son</p><p>frecuentes la angustia hipocondríaca y las somatízacio­</p><p>nes (Sperling, 1955). Todos estos síntomas proceden de</p><p>la temprana relación madre-hijo, en una época en que</p><p>ya estaba preparada la escena para muchos actos-sínto­</p><p>mas, incluida la resolución homosexual de la tensión</p><p>edípica en un período posterior. Esta última solución es</p><p>más probable que se dé cuando el padre tiene problemas</p><p>homosexuales no resueltos y sentimientos de envidia y</p><p>odio hacia las mujeres.</p><p>LA RELACION HOMOSEXUAL</p><p>En su amplio estudío, The Overt Homosexual (1968),</p><p>Socarides escribe: "La mayoría de las mujeres manífies­</p><p>tamente homosexuales reconocen en el tratamiento que</p><p>la relación que mantienen con su objeto de amor es una</p><p>relación de madre-hija. (. .. ) La mujer homosexual huye</p><p>del hombre; el origen de esta huida es su sentimiento</p><p>infantil de culpa hacia la madre, el temor de fundirse</p><p>con ésta y de ser rechazada y decepcionada por el padre</p><p>131</p><p>si se atreviese a acudir a él en busca de amor y de apoyo.</p><p>Si esperaba que el padre satisficiese sus deseos sexuales</p><p>infantiles, también hay presente un peligro masoquista.</p><p>O tal vez sienta que el padre la eludirá, en cuyo caso</p><p>corre el peligro de sufrir una herida narcisista. El resul­</p><p>tado fina] es que se vuelve otra vez, con más ardor que</p><p>antes, hacia el objeto de amor primero: la madre. Pero</p><p>no puede volverse hacia la madre real a raíz de su temor</p><p>de fusionarse con ella y de ser absorbida" (págs. 174-</p><p>175).</p><p>Mi propia experiencia clínica confirma las extensas</p><p>investigaciones de este autor, pero quisiera añadir a su</p><p>resumen un breve examen de los cambios dinámicos que</p><p>sobrevienen en la economía psíquica como consecuencia</p><p>del establecimiento de relaciones homosexuales mani­</p><p>fiestas . La mayoría de mis pacientes tenían conciencia</p><p>de su intenso sentimiento de haber triunfado sobre la</p><p>madre y de su deseo de que ésta sufriera abandono y</p><p>castigo. Por lo común, recubrían este deseo con una</p><p>tenue capa de preocupación por los sentimientos de la</p><p>madre y con el temor de que ella se vengase de algún</p><p>modo. "Me las ingenié deliberadamente para que mi</p><p>madre se enterase de mi amorío con Susan. Se puso</p><p>furiosa, desde luego ... y yo gozaba en secreto, como si</p><p>quisiera castigarla por algo. Cuando supo que estaba en</p><p>análisis con una mujer, ¡casi se muere!", señalaba agu­</p><p>damente una de mis pacientes. Hay también en todo</p><p>esto un cierto triunfo sobre el padre, dado que la solu­</p><p>ción homosexual implica renegar del rol fálico del padre</p><p>y de su existencia genital , y demostrar que una mujer</p><p>no necesita del hombre ni del pene para su completa­</p><p>miento sexual. La homosexual triunfa en definitiva</p><p>sobre la escena primordial y la realidad sexual.</p><p>Otra fuente de gratificación radica en el hecho de</p><p>que la nueva relación es abiertamente erótica. La pareja</p><p>132</p><p>acoge con beneplácito la masturbación y el deseo sexual,</p><p>que siempre se sintieron prohibidos por la madre, y en</p><p>consecuencia disminuyen los sentimientos de culpa. Se</p><p>eclipsan asimismo, en el vínculo con la madre sustitu­</p><p>tiva, muchos antiguos conflictos entre madre e hija. En</p><p>general, la madre real siempre se había quejado de lo</p><p>poco femenina que era su hija, quien se negaba a usar</p><p>lindos vestidos, no se interesaba por los varones ni por</p><p>las fiestas, se conducía de un modo irresponsable, inu~</p><p>sual, desordenado y clandestino. Ahora, son precisa­</p><p>mente estos mismos rasgos de carácter los aceptados, y</p><p>aun muy valorados, por la pareja homosexual. Esta</p><p>aceptación tiene una vasta significación inconsciente,</p><p>pues oculto bajo la superficie de la niña inconformista,</p><p>cruel, anal-erótica, está el padre internalizado, y por</p><p>ende un temor angustiante a perder la identificación con</p><p>él, que garantiza la identidad del yo. La madre jamás</p><p>aceptó esto, en tanto que el padre, a raíz de sus propios</p><p>conflictos con la feminidad, con frecuencia fortaleció este</p><p>desenlace.</p><p>Una de mis pacientes me relató un intenso momento</p><p>con su amante que sintetiza la dimensión "reparadora"</p><p>de la relación amorosa homosexual. Vivía con una mujer</p><p>mayor que ella, de la que era en extremo dependiente.</p><p>Si bien tenía amplias pruebas de la devoción de su</p><p>amiga hacia ella, siempre temía que un día, por causa</p><p>de un acceso de vómitos, su amiga la echase. Padecía, en</p><p>efecto, una grave fobia a los vómitos. Una tarde se sintió</p><p>con un genuino malestar digestivo y supo que estaba a</p><p>punto de vomitar; la llamó entonces a la amiga para que</p><p>hiciese algo que lo impidiera. En respuesta a su solici~</p><p>tud, la amiga extendió los brazos y le dijo que vomitase</p><p>en sus manos. Así lo hizo, mientras exclamaba: "¡Ahora</p><p>nunca más me amarás!". Pero su amante depositó un</p><p>beso sobre la comida regurgitada, como signo de su total</p><p>133</p><p>aceptación. Este intercambio inusual tuvo un significado</p><p>profundo y un efecto no menor sobre la joven. En los</p><p>m eses que siguieron, pudo analizar la significación</p><p>inconsciente de su fobia y comprender que el gesto de su</p><p>amiga implicaba la aceptación y el perdón de todas sus</p><p>fantasías eróticas prohibidas sobre el pene del padre, así</p><p>como de sus deseos sádicos reprimidos. La imagen de su</p><p>cuerpo, hasta entonces vivenciado como un objeto fecal</p><p>descartable, cambió, y se trocó en un objeto valioso.</p><p>Ya hemos subrayado la múltiple importancia y los</p><p>multifacéticos aspectos estructurantes de la fantasía</p><p>anal-erótica y anal-sádica; la paciente a que hicimos</p><p>psíquica y las curas sintomáticas</p><p>resultantes ¡no se deben a nuestras teorías sobre dichos</p><p>fenómenos! Quizá la explicación del cambio psíquico se</p><p>nos escape por siempre.</p><p>A los lectores que ya están familiarizados con los</p><p>libros posteriores a Alegato por cierta anormalidad tal</p><p>vez les interese conocer los antecedentes, en materia de</p><p>experiencia y reflexión, que son el fundamento de mis</p><p>obras posteriores. Esto es particularmente notorio en mi</p><p>intento por demostrar, con referencia a las teorías de</p><p>raíz clásica sobre la perversión, que las desviaciones</p><p>sexuales no pueden entenderse mera mente como el</p><p>negativo de las construcciones neuróticas (inquisición</p><p>que prosiguió en Theatres of the Mind), así como en mi</p><p>actitud de sondeo frente a las teorías establecidas que</p><p>dan cuenta de los fenómenos psicosomáticos (retomada</p><p>en Theatres of the Body). En ciertos aspectos el presente</p><p>libro y Theatres of the Mind se complementan, por</p><p>cuanto este ljbro ilustra con más detalle una teoría clí­</p><p>nica general que me resultó útil para abordar a los ana­</p><p>lizandos cuya estructura psíquica presenta un desafío</p><p>particular en el encuentro psicoanalítico.</p><p>Agosto de 1989</p><p>14</p><p>PREFACIO</p><p>Para un psicoanalista, publicar un libro "de psicoa­</p><p>n álísis" significa también publicarse, revelar un frag­</p><p>mento de sí mismo.</p><p>Este libro expone el trayecto de una reflexión de</p><p>muchos años, resultado de una experiencia compartida</p><p>con mis pacientes. Pues un psicoanálisis no debe asimi­</p><p>larse a una situación en la que una persona "analiza" a</p><p>otra. Más bien es el análisis de una revelación entre dos</p><p>personas: el analista vivirá a su modo, con su propia</p><p>fuerza y su propia debilidad, lo que sus analizantes</p><p>experimentan, se identificará por turno con cada uno de</p><p>ellos y con los seres que han marcado su s vidas, y lo</p><p>hará a través de un conocimiento de sí mismo, siempre</p><p>parcial. A veces, la intimidad de esta experiencia es</p><p>mayori más intensa que la que el analista ha conocido</p><p>en la relación con sus parientes .. .</p><p>¿Qué me impulsó a escribir los diversos textos que</p><p>componen este libro? La necesidad de escribir n o se me</p><p>impone en los momentos en los que siento mayor placer</p><p>por ser analista sino más bien en aquellos en los que</p><p>15</p><p>debo superar obstáculos para recuperar ese placer. La</p><p>relación íntima en la que se encuentran dos individuos</p><p>para comprender mejor la problemática de uno de ellos</p><p>desencadena una experiencia innovadora en la cual algo</p><p>puede ser puesto en palabras por primera vez en la his­</p><p>toria del sujeto, y por primera vez también ser pensado</p><p>y experimentado. Pero las complejidades de la relación</p><p>son tales que en cada análisis surgen "tiempos muertos"</p><p>en los que este proceso se detiene. Y a veces se traba</p><p>totalmente, colocando tanto al analista como al anali­</p><p>zante en una situación de incomodidad. Así, cada vez</p><p>que me encontraba en dificultades, que ya no compren­</p><p>dfa nada o no lograba comunicar lo que había compren­</p><p>dido o, lo que es más perturbador aún, cuando tenía la</p><p>impresión de haber comprendido, de haber compartido</p><p>mi comprensión y, a pesar de nuestros esfuerzos combi­</p><p>nados, el proceso analítico no se desencadenaba con los</p><p>caxnbios profundos que es capaz de inducir, entonces me</p><p>ponía a escribir. Al principio realicé este trabajo de reíle·</p><p>xión pensando en los jóvenes analistas que se estaban</p><p>formando. El primer tema de mis seminarios fue la re)a.</p><p>ción de transferencia y contratransf erencia, tema que</p><p>permitía llevar siempre más lejos la pregunta por aque­</p><p>Jlo que pone al analista en dificultades en su práctica y</p><p>lo que corre el riesgo de escapar al proceso analítico;</p><p>cuestionamiento siempre retomado de las limitaciones</p><p>del analista, del analizante y, por último, del mismo</p><p>método psicoanalítico. El analista queda fácilmente</p><p>preso en su propia formación. Su saber específico, adqui­</p><p>rido por los afectos de la transferencia y fuertemente</p><p>marcado por ellos, corre el riesgo no sólo de propagar</p><p>cierto terrorismo teórico -lo cual obstaculiza la libertad</p><p>de pensar y de cuestionar- sino también de entorpecer</p><p>su práctica. Todo lo que al analista le ha faltado explo­</p><p>rar en su psicoanálisis personal se encuentra en el ori·</p><p>16</p><p>-</p><p>gen de su ceguera y su sordera frente a sus futuros</p><p>pacientes. De modo que si quiere acompañar a sus anali­</p><p>zantes tan lejos como sea posible, debe examinar conti­</p><p>:nuamente sus afectos contratransferenciales.</p><p>Este interés primero ha dejado sus huellas en casi</p><p>todos los capítulos de este libro. Pero el estudio de la</p><p>relación analítica no es lo único que abre el camino a la</p><p>exploración de lo que hace fracasar el trabajo del ana­</p><p>lista. Desde muy temprano, mi atención fue atraída por</p><p>un cambio sutil surgido en la naturaleza de la demanda</p><p>de análisis y por el hecho, constatado igualmente por un</p><p>gran número de mis colegas, de que el "buen neurótico</p><p>clásico" (si es que su existencia en estado puro es algo</p><p>más que un simple artificio de la teoría psicoanalítica)</p><p>empezaba a escasear. Hoy en día nos encontramos más</p><p>bien con pacientes que padecen problemas de carácter,</p><p>que se expresan la mayoría de las veces por medio de</p><p>conductas sintomáticas que he calificado como "actos­</p><p>síntoma". Los actos-síntoma, haciendo las veces de lo</p><p>reprimido, ocupan el lugar de la elaboración psíquica tal</p><p>como se la observa detrás de los síntomas neuróticos. Un</p><p>cambio semejante, debido en parte al interés creciente</p><p>por la experiencia analítica, tiene el efecto de llevar al</p><p>análisis a pacientes que en los primeros tiempos del psi­</p><p>coanálisis no hubieran sido considerados como "indica­</p><p>ciones". Pero también en nuestros días las curas analíti­</p><p>cas duran varios años, lo que da a los "neuróticos" el</p><p>tiempo suficiente para descubrir su dimensión "psicó­</p><p>tica", la que se esconde en los rasgos del carácter, en las</p><p>manifestaciones psicosomáticas, en la inhibición de las</p><p>aspiraciones creadoras. Paralelamente, he podido cons­</p><p>tatar que el "buen neurótico", con su "yo fuerte", resulta</p><p>con frecuencia totalmente inacces ible al proceso analí­</p><p>tico, mientras otros, de estructura laxa, narcisista, pro­</p><p>yectiva, los de "yo débil", convertían su análisis en una</p><p>17</p><p>aventura fructífera y fascinante para sí mismos y para</p><p>su analista. Estos pacíentes, a los que no puedo clasifi­</p><p>car pues su sintomatología es muy diversificada -lla­</p><p>mémosles los "casos dificiles" -, me han llevado a com­</p><p>prender, por el encarnizamiento mismo de su resistencia</p><p>al análisis, al cual sin embargo se aferran con violencia,</p><p>que su coraza caracterológica tenfa la función de prote­</p><p>ger sus vidas, y no sólo su sexualidad, como sucede con</p><p>la sintomatología neurótica. Es verdad que todo síntoma</p><p>es un intento de autocuración, pero, en esos analizantes</p><p>difíciles, los síntomas sirven como escudo contra la indi­</p><p>ferenciación, la pérdida de identidad, la implosión frag­</p><p>mentadora del otro. Para salvaguardar el derecho a</p><p>existir, solo o con otro, sin temor de perderse, de hun­</p><p>dirse en la depresión o disolverse en la angustia, se crea</p><p>un edificio psíqu1co construido por la magia infantil,</p><p>megalomaníaca e impotente: medios de niño para hacer</p><p>frente a una vida de adulto. Esta forma de vivir puede</p><p>aparecer a los ojos de los demás como una existencia</p><p>loca o incoherente, y e1 sujeto como inexplicablemente</p><p>actuando o ausente en exceso; pero quien habita este</p><p>edificio, por más que su estructura oprimente torne la</p><p>existencia casi insoportable, no renunciará a él alegre­</p><p>mente (salvo que haya decidido quitarse la vida). Pues</p><p>al menos, al abrigo de este edificio, le es posible sobrevi­</p><p>vir.</p><p>Este libro se abre allí donde comienza mi cuestiona­</p><p>miento de la creatividad psíquica, con una pregunta por</p><p>la perversión sexual. La solidez de la construcción cons­</p><p>tituida por la perversión ha opacado su significación</p><p>interna. Sin embargo, es un terreno muy familiar pa ra</p><p>el psicoanálisis. ¿No consagró ya Freud en 1905, en los</p><p>Tres ensayos, un capítulo magistral a las "aberraciones</p><p>sexuales"? No</p><p>referencia presenta un ejemplo cristalino de una fanta­</p><p>sía que es común a la mayoría de las homosexuales, a</p><p>saber, la de que s er mujer equivale a ser un montón de</p><p>heces . 'Se imaginaba a sí misma muy agresiva, poco</p><p>atractiva, destructiva y 'maloliente'. 'Despedía olores' y</p><p>estaba llena de cosas desagradables. Tenía profundos</p><p>sentimientos de culpa por su agresividad contra el padre</p><p>y la madre. 'Si pongo en evidencia mi maldad, todos me</p><p>abandonarán .. .' En los sueños volvía esa agresividad</p><p>contra sí misma, la cual la hacía sentirse mal, como si</p><p>fuese 'un montón de heces desparramadas' " (Socarides,</p><p>1968, pág. 184).</p><p>Estos sentimientos destructivos profundos, junto con</p><p>la autoimagen dañada, son parcialmente curados por la</p><p>relación homosexual, donde cada una puede desempe­</p><p>ñar para la otra la "función de sostén" propia de la</p><p>"madre suficientemente buena" de que nos hablan los</p><p>escritos de Winnicott (1960). "Ella es menos cruel con­</p><p>migo que yo misma", me confesó un día Sophie refirién­</p><p>dose a su amante. A menudo estas mujeres son incapa­</p><p>ces de ser "buenas madres" pata sí mismas, y sólo son</p><p>capaces de conceder su amor a otra mujer. Así pues, algo</p><p>de que carece su mundo de objetos internos es buscado</p><p>134</p><p>l</p><p>en la pareja: merced a la identificación con ésta, se recu­</p><p>peran las satisfacciones instintivas y las partes perdidas</p><p>del sí-mismo.</p><p>Como hemos visto, los deseos agresivos que procuran</p><p>contención en el acto y en la relación de objeto homose­</p><p>xuales se remontan, más allá de las frustraciones fálico­</p><p>genitales de la situación edípica, más allá también de la</p><p>fase anal de la integración, hasta los objetos sexuales</p><p>arcaicos, de una época muy anterior a la diferenciación</p><p>consciente de los sexos (Klein, 1932, 1950). Si el deseo</p><p>secreto de la niña homosexual es, en el plano fálico-geni­</p><p>tal, obtener los emblemas sexuales del otro sexo - el</p><p>falo simbólico inalcanzable, con el que atraer el deseo de</p><p>la madre-, los deseos subyacentes son los del bebé, todo</p><p>eso que el sí-mismo infantil sigue demandando incons­</p><p>cientemente. Esto podría resumirse como el deseo de</p><p>lograr para sí el pecho-madre y quedar para siempre en</p><p>posesión de él. No sólo se reniega de la diferencia entre</p><p>los sexos sino también de la diferencia entre una per­</p><p>sona y otra, entre su cuerpo y otro, entre el bebé y el</p><p>pecho. Estas son las satisfacciones y gratificaciones que</p><p>se esperan del vínculo erótico homosexual; pero como</p><p>éste se edifica sobre el voraz amor oral de las primeras</p><p>relaciones, incluye la meta de poseer al objeto hasta su</p><p>destrucción. La fantasía subyacente, no sólo de h aber</p><p>castrado al objeto sino de haberlo perdido o destruido,</p><p>genera intensos sentimientos depresivos.</p><p>Hasta ahora hemos examinado los aspectos positivos</p><p>de la relación homosexual; es evidente, empero, que ést a</p><p>resuelve pocos conflictos básicos y contiene los gérmenes</p><p>de su propia destrucción. El análisis invariablemente</p><p>revela los aspectos anales (voraces, destructivos, contro­</p><p>ladores, manipulatorios) del vínculo. Está presente la</p><p>necesidad de idealizar a la pareja, al acto sexual y a la</p><p>relación en su conjunto para proteger al objeto amoroso</p><p>135</p><p>de los ataques fantaseados que se quisieran descargar</p><p>sobre él. La homosexual necesita creer que su vínculo</p><p>con su pareja es reparador y curativo para ésta. Si bien</p><p>es cierto que la preocupación por el objeto mitiga la</p><p>voraz destructividad oral, este contenido inconsciente</p><p>contribuye al carácter efímero de muchos amoríos homo­</p><p>sexuales. "Me doy cuenta cada vez más de que es una</p><p>locura que me preocupe tanto por ella. Admito que si la</p><p>traje a vivir conmigo fue porque mi última amiga me</p><p>dejó tan repentinamente ... y yo no puedo vivir sola. Ella</p><p>(la amiga actual) tampoco puede; pero mientras que yo</p><p>me preocupo muchísimo por ella -por sus fracasos, por</p><p>su insomnio-, ¡eHa ni siquiera sabe cómo soy yo real­</p><p>mente! Mis problemas profesionales la aburren terrible­</p><p>mente. Estoy segura de que si yo dejase de repente de</p><p>traer dinero a la casa, me abandonaría y se iría de inme­</p><p>diato con otra." Este comentario de una de mis pacientes</p><p>es semejante a otros que he escuchado, en distintas ver­</p><p>siones, de otras homosexuales.</p><p>Estas intelecciones son muy penosas para las muje­</p><p>res en cuestión, y de hecho sólo se las devela en el análi­</p><p>sis cuando la paciente descubre, para su sorpresa, que la</p><p>h istoria se repite. No sólo lo percibe respecto de sus</p><p>sucesivas amantes, sino que además se percata de que</p><p>hay un fragmento de historia infantil que se escenifica</p><p>de nuevo: ella es otra vez la niña pequeña que hace</p><p>cosas con el fin exclusivo de la reafirmación narcisista y</p><p>la seguridad emocional de la madre. Así, la tendencia a</p><p>reducir a su pareja a un objeto parcial, a convertirla en</p><p>su víctima y controlar cada uno de sus movimientos</p><p>tiene una intensidad sólo equiparable a la del temor a</p><p>convertirse ella misma en el objeto parcial, magnética­</p><p>mente fijado a su amiga. Estas pacientes procuran</p><p>desempeñar para su pareja un papel esencial e irrem­</p><p>plazable, y a veces terminan haciendo muchas cosas</p><p>136</p><p>--</p><p>para ella en detrimento de sus propios intereses o de su</p><p>trabajo. Aquí se cierra el círculo de la relación infantil</p><p>con la madre; el yo sigue persiguiendo sus metas instin­</p><p>tivas y manteniendo su frágil identidad en la forma</p><p>como quedó fijada en la infancia.</p><p>ESTRUCTURA EDIPICA Y DEFENSAS DEL YO</p><p>La organización edípica, como modelo inconsciente,</p><p>nuclear y estructural, de la personalidad, puede servir­</p><p>nos como punto de partida para nuestro resumen de los</p><p>hallazgos mencionados en este capítulo. Según hemos</p><p>visto, la niña homosexual ha experimentado una regre­</p><p>sión ante la situación edípica y reestructurado sus</p><p>deseos sexuales en función de la relación diádica con la</p><p>madre; el pene del padre ya no simboliza para ella el</p><p>falo, ella misma encarna el objeto fálico. Mediante su</p><p>identificación inconsciente con el padre e invistiendo</p><p>todo su cuerpo con la significación del pene, puede satis­</p><p>facer sexualmente a una mujer en 'su fantasía. La regre­</p><p>sión instintiva, al pasar de lo fálico-genital a lo anal-eró­</p><p>tico y lo anal-sádico en sus expresiones, deja su huella</p><p>en la relación de objeto y tiñe los rasgos del carácter. Los</p><p>deseos oral-eróticos y oral-sádicos son mantenidos bajo</p><p>control , a raíz de su naturaleza aterradora, en gran</p><p>parte por la propia relación homosexual y por el acto</p><p>sexual mismo. Para tramitar estos impulsos primitivos</p><p>reprimidos, suelen surgir como síntomas secundarios</p><p>frecuentes las adicciones y compulsiones, como la clepto­</p><p>manía (McDougall, 1970; Schmideberg, 1956). El con­</p><p>flicto edípico no se resuelve. Respecto del objeto hetero­</p><p>sexual , la mortificación narcisista lleva a un total y</p><p>consciente repliegue en relación con el padre. En lo que</p><p>atañe a los deseos edípicos homosexuales, la mujer</p><p>137</p><p>homosexual no logra integrarlos a la estructura de su</p><p>personalidad, ya que su resolución normal llevaría a la</p><p>identificación con la madre genítal. En lugar de ello,</p><p>reniega de la escena primordial y luego la reinventa con</p><p>exclusión del hombre y del pene. Siguiendo a Bion</p><p>(1970) podríamos decir que las niñas refutan el mito edí­</p><p>pico y crean en su lugar un mito privado.</p><p>La solución homosexual a los deseos del ello y a los</p><p>problemas que plantean las relaciones objetales tiene su</p><p>contrapartida en la estructura yoica. Desde el punto de</p><p>vista de las categorías clínicas, tenemos ante nosotros</p><p>una organización inconsciente que no es ni la neurótica</p><p>clásica ni la psicótica. Operan mecanismos de defensa</p><p>neuróticos, pero no están lo bastante organizados como</p><p>para proteger la identidad sexual; además, existen</p><p>varias defensas psicóticas que han colaborado en la solu­</p><p>ción homosexual y en el mantenimiento de sus ilusiones</p><p>básicas. De hecho, nos hallamos ante la escisión de la</p><p>protección defensiva del yo descrita por Freud (1940) lo</p><p>cual parecería servir de punto nodal para la concepción</p><p>de una "tercera estructura". Aunque</p><p>una estructura edí­</p><p>pica y yoica .idéntica a ésta se encuentra en el sustrato</p><p>de todas las desviaciones sexuales (Rosen, 1964), parece</p><p>incorrecto denominarla "perversa", ya que no se limita a</p><p>las perversiones sexuales. La escisión defensiva y el</p><p>acting-out continuo para compensar lo que falta en el</p><p>mundo psíquico interno también aparecen en muchas</p><p>graves neurosis de carácter, en pacientes con adicciones</p><p>y síntomas antisociales, así como en los pacientes psico­</p><p>somáticos (Sperling, 1968). Lo específico de las mujeres</p><p>homosexuales es la introyección patológica de la figura</p><p>paterna y la erotización de las defensas erigidas contra</p><p>las angustias depresivas y persecutorias resultantes de</p><p>estas estructuras deformadas.</p><p>La dinámica de la escisión desempeña un papel</p><p>138</p><p>particularmente importante en la organización del yo.</p><p>No sólo hay una escisión en los mecanismos de defensa</p><p>sino también en el mundo de los objetos internos</p><p>(Gillespie, 1956a, 1956b). La imagen de la mujer queda</p><p>dividida en una totalmente idealizada y una total­</p><p>mente castrada -tan idealizada que se la considera</p><p>inaccesible, y tan castrada que esas mujeres deben dis­</p><p>frazar su feminidad con todos los medios psíquicos a su</p><p>alcance-. En la medida en que pueda mantenerse este</p><p>proceso de escisión -y para ello se requiere una cons­</p><p>tante proyección y la renegación de la realidad-, el yo</p><p>puede proteger su identidad. Una ulterior ampliación</p><p>de las tendencias a la escisión se aprecia en la redistri­</p><p>bución de los fragmentos escindidos. Si bien se ha evi~</p><p>ta.do caer en el fracaso de la división anterior de lo</p><p>bueno y lo malo (que, en caso de no subsanarse, tiene</p><p>un desenlace psicótico), hay empero una escisión espe·</p><p>cífica que sigue líneas sexuales: un sexo "bueno" y un</p><p>sexo "malo". Esto se asemeja a la "falsa escisión" des­</p><p>crita por Meltzer (1967). Las "partes malas'~ del sí·</p><p>mismo, junto con 1os malos sentimientos adscritos a la</p><p>madre internalizada, son proyectados sobre el padre y</p><p>luego sobre los hombres en general, y pueden dar ori­</p><p>gen a una a ctitud paranoide respecto de los hombres.</p><p>E sto, sin embargo, asegura lo "bueno", que es aplica do</p><p>a las fantasías de la reparación del sí-mismo y de la</p><p>pareja, y la esperanza de recobrar las partes perdidas</p><p>del sí-mismo. No obstante , si el objeto femenino, que</p><p>inconscientemente contiene tanto odio y tantas partes</p><p>"malas" del sí-mismo infantil, se aproxima demasiado</p><p>peligrosamente a ser un depositario consciente del odio,</p><p>el temor a la pareja puede triunfar sobre las defensas</p><p>erotizadas, y se corre el peligro (fuera de la situación</p><p>analítica) de episodios psicóticos de tipo paranoide. En</p><p>este punto la persona amada y la odiada se mezclan , y</p><p>139</p><p>queda amenazado todo deseo, no sólo el sexual: el</p><p>deseo de vivir.</p><p>Mary Barnes (1971) relató su sentimiento de que le</p><p>estaba vedado todo movimiento instintivo propio: "Lo</p><p>'correcto' había sido siempre lo que otro quería de rnf.</p><p>(. .. )Mi deseo, al no estar separado, debía vehiculizarse a</p><p>través de alguna otra persona. Como si fuera una beba</p><p>diminuta, yo sólo podía ser satisfecha si 'Mamá' cali­</p><p>braba mis necesidades. En su útero estaba el alimento</p><p>de fa sangre que venía efe effa a mí. Mf proófema era que</p><p>mi Madre real nunca quiso que yo tuviera eso, alimento.</p><p>Nunca tuvo leche en los pechos. No podía, me odiaba.</p><p>Pero me decía que me amaba, y que quería que yo</p><p>comiese. (. .. ) Para satisfacer a mi Madre yo tenía que</p><p>morirme de hambre". Mary Barnes no encontró ningún</p><p>descanso protector, como la creación de una relación</p><p>homosexual, que le permitiera vivir su deseo sexual, al</p><p>"hundirse" en las profundidades de su torturada rela­</p><p>ción con sus objetos internos.</p><p>El duro superyó pregenitalizado del homosexual se</p><p>ve cuadruplicado en la disolución psicótica. Si puede</p><p>decirse que el neurótico lucha por su sexualidad y el psi­</p><p>cótico por su vida misma, el homosexual (y toda persona</p><p>"de tercera estructura") ha hallado un paradero que se</p><p>encuentra a mitad de camino entre esas dos metas,</p><p>donde se evita la muerte psíquica y sólo se reniega del</p><p>sí-mismo sexual. La identificación inconsciente de la</p><p>niña homosexual con su padre le otorga una identidad</p><p>separada y le permite ejecutar el papel reparador bajo la</p><p>apariencia de pareja sexual de otra mujer, con lo cual</p><p>subsana todos los ataques fantaseados contenidos en su</p><p>intensa demanda de posesión del sí-mismo sexual y</p><p>autónomo de su pareja. Por supuesto, ésta no es una</p><p>auténtica reparación, y queda inc1uida dentro de todo lo</p><p>que abarca la defensa maníaca, tal como la definieron</p><p>140</p><p>Klein, Heimann, Isaacs y Riviere (1952) y también Win­</p><p>nicott (1935). Constituye, sin embargo, una poderosa</p><p>estructura protectora dentro del yo.</p><p>Ya se ha hecho referencia a las fantasías del pecho</p><p>materno como objeto malo y venenoso, y al modo como</p><p>el acto homosexual puede mantener a raya los temores</p><p>de ser destruido (a raíz de los propios deseos de incorpo­</p><p>ración). Pero en la medida en que estos deseos dominan</p><p>el cuadro y se avecinan a la conciencia, nos aproxima­</p><p>mos más a una estructura psicótica que a una desvia­</p><p>ción sexual. Los mismos temores básicos pueden elabo­</p><p>rarse merced a otras formas de conducta compulsiva,</p><p>como el alcoholismo, la bulimia, etc. Dado que el padre</p><p>encarna simbólicamente agudos temores paranoides y</p><p>que el contacto con él da origen a una angustia persecu­</p><p>toría, esta escisión psíquica permite a la niña homose­</p><p>xual preservar su yo de la disolución; pero si tales</p><p>temores retornan a la imagen materna, hay muy pocas</p><p>probabilidades de alcanzar una solución homosexual</p><p>satisfactoria. Se ve obligada asimismo a mantener su</p><p>identidad yoica en otro frente: debe guardar distancia</p><p>de los hombres, ya que cualquier contacto afectivo con</p><p>éstos le haría perder su pene ínternalizado, la fantasía</p><p>sobre la cual se edifica su identidad . Así pues, este</p><p>dilema la arrastra compulsiva y constantemente a una</p><p>interminable repetición en sus relaciones eróticas. Más</p><p>allá del peligro masoquista de la entrega de sí misma,</p><p>se ve amenazada por el surgimiento potencial de sus</p><p>violentos sentimientos ambivalentes hacia su pareja.</p><p>Las relaciones homosexuales oscilan permanentemente</p><p>entre dos polos: el temor a la pérdida del otro, que da</p><p>por resultado una pérdida catastrófica de la autoestima</p><p>-eonducente a sentimientos de pérdida de la identidad</p><p>o a impulsos suicidas- y la activación de sentimientos</p><p>agresivos y crueles hacia la pareja -que da origen a</p><p>141</p><p>r</p><p>una angustia intolerable-. Como consecuencia de la</p><p>idealización escesiva de la pareja, las relaciones homo­</p><p>sexuales contienen, en mayor medida que las heterose­</p><p>xuales, una dimensión oculta de envidia. Así, pese a sus</p><p>aspectos reparadores, son inevitablemente precarias.</p><p>Una identidad sexual que reniega de la realidad sexual</p><p>y enmascara sentimientos ínternos de muerte sólo</p><p>puede mantenerse a un alto precio. El homosexual paga</p><p>caro su frágil identidad, sobrecargada como está de</p><p>frustrada significación libidinal, sádica y narcisista.</p><p>Pero la alternativa es la muerte del yo.</p><p>¿Qué puede dar el psicoanálisis a la mujer homose­</p><p>xual? El analista, no importa cuáles sean sus deseos</p><p>personales, sólo puede aplicarse a hacer avanzar lo más</p><p>posible a su paciente por el camino del autodescubri­</p><p>miento, que puede llevarlo o no a que renuncie a su vida</p><p>homosexual. El objetivo importante es traer a su con­</p><p>ciencia los diversos aspectos de su drama interior que</p><p>hasta entonces se le habían escapado, junto con los roles</p><p>conflictivos desempeñados por los padres internalizados</p><p>y los intensos sentimientos de amor y odio concomitan­</p><p>tes. La paciente estará entonces en condiciones de repa­</p><p>sar cuál fue, según pudo entenderlo, su lugar y su papel</p><p>dentro de la constelación familiar. Sólo de este modo lle­</p><p>gará a reconocer sus conflictos y empeños contradicto­</p><p>rios, y la intrincada red de defensas construida desde la</p><p>infancia para hacer frente a la confusión y al dolor psí­</p><p>quico.</p><p>Entre otros</p><p>factores, la cosecha analítica brinda una</p><p>transformación de la imagen corporal. Si la homosexual</p><p>se imaginaba contrahecha, desorganizada, s ucia o</p><p>enferma, ahora podrá tener una apreciación más cabal</p><p>de su sí-mismo físico. Aminorarán sus antiguas angus­</p><p>tias hipocondríacas, y a menudo desaparecerán por</p><p>entero. Más sólidamente "corporizada", la paciente ob-</p><p>142</p><p>__. .. .</p><p>tendrá una evaluación diferente de sí misma y de sus</p><p>capacidades profesionales y sociales.</p><p>En muchas, sobreviene un cambio no menos impor­</p><p>tante en los sentimientos ligados a su identidad sexual.</p><p>Pese a que estas pacientes rara vez acuden al análisis</p><p>para volverse heterosexuales, muchas de ellas renun­</p><p>cian de hecho a sus afanes homosexuales y se convierten</p><p>en esposas y madres. Otras, por el contrario, no se ven</p><p>impulsadas al campo heterosexual; a despecho de sus</p><p>deficiencias, la solución homosexual ofrece una cierta</p><p>seguridad. Sin embargo, la convicción de haber elegido y</p><p>asumido conscientemente la propia homosexualidad es</p><p>en sí misma un factor positivo en comparación con el</p><p>sentimiento previo de compulsión. De esta manera,</p><p>estas pacientes suelen ser capaces de crear relaciones</p><p>más estables y menos ambivalentes con su pareja, y se</p><p>encuentran mejor equipadas para hacer frente al con­</p><p>flicto homosexual.</p><p>143</p><p>4. LA MASTURBACION</p><p>Y EL IDEAL HERMAFRODITA</p><p>Hijo de Afrodita y de Hermes, provisto de los atribu­</p><p>tos de sus dos padres fabulosos, Hermafrodita, efebo</p><p>perfecto, se vio un día transformado en un ser bisexual</p><p>por el amor de una ninfa enamorada de su belleza. Pero</p><p>si bien Hermafrodita ha maldecido su cruel destino, los</p><p>otros, simples humanos monosexuados, se apegan, por</p><p>el contrario, a la fantasía de la bisexualidad. La ilusión</p><p>bisexual es tan vieja como la historia y la cultura del</p><p>hombre. Aunque pensemos en la significación de los dio­</p><p>ses orientales o en el mito de Platón sobre el origen de</p><p>los sexos, o más cerca de nosotros, en el intento de Ja</p><p>ciencia ficción de Freud, empeñado en dar a la mujer un</p><p>pene minúsculo (allí, donde ella creía poseer un órgano</p><p>bien suyo), debemos reconocer, forzosamente, que esta­</p><p>mos en presencia de una de las Urphantasien del hom­</p><p>bre. Ser hombre y mujer a la vez, estar provisto de la</p><p>magia blanca y negra de cada uno, ser, desde ese</p><p>momento, el objeto de deseo de los dos, ser de uno</p><p>mismo, padre y madre, engendrarse incluso a sí mismo,</p><p>¡quién, en su corazón infantil, no lo querría!</p><p>145</p><p>La verdad prehistórica imputada a estas fantasías</p><p>originarias nos sorprende menos que su descubrimiento</p><p>universal en las huellas del inconsciente, y que su fun·</p><p>ción nostálgica y reparadora con las heridas ineluctables</p><p>que la realidad inflige al narcisismo humano. El hecho</p><p>de que Ja naturaleza produzca tan raramente hermafro·</p><p>ditas auténticos entre los seres humanos, y que, incluso</p><p>los animales dotados de esta manera sean más bien</p><p>especies menores, como los caracoles o las lombrices, no</p><p>debilita en nada la fuerza del mito o la fascinación del</p><p>hombre monosexual, herido en su deseo narcisista y</p><p>megalomaníaco al descubrir que está condenado a ser,</p><p>de por yjda, sólo una-mitad del tándem sexual</p><p>Si la noción de bisexualidad posee un sentido para el</p><p>psicoanálisis, su valor no se ha de descubrir en la biolo­</p><p>gía, ni en el patrimonio filogenético como lo proponía</p><p>Freud. La bisexualidad es una fantasía, un ideal, un</p><p>sueño, una pesadilla, incluso, pero en cada caso un pro­</p><p>ducto de la imaginación del niño inces tuoso frente a la</p><p>escena primaria, del niño en búsqueda de una defensa</p><p>mágica de su omnipotencia anterior a la caída. Desde un</p><p>derto punto de vista, el recurso a un ideal bisexual es</p><p>un retroceso frente a la angustia de castración; la</p><p>angustia ligada a los deseos prohibidos, tanto homose­</p><p>xuales como heterosexuales. Retroceso, igualmente,</p><p>frente al temor a la castración narcisista, movilizado por</p><p>sentimientos de exclusión, de impotencia de sin·valor.</p><p>Pero este recurso tiene también sus precursores , como</p><p>los deseos edipjcos y Ja angustia de castración. ¿O qué es</p><p>esta prescripción que ordena, antes de su surgimiento,</p><p>las fantasías bisexuales del hombre? Para comprender</p><p>mejor la noción de bísexualídad -en tanto estado ideal,</p><p>en tanto deseo prohibido y angustíante- debemos vol·</p><p>ver hasta el límite de la vida psíquica, hasta el descubri­</p><p>miento, no de la identidad sexual, sino de la identidad</p><p>146</p><p>subjetiva, la calidad de alteridad. Quisiera indicar aquí</p><p>que el ideal hermafrodita encuentra sus raíces en el</p><p>ideal fusiona} que une al niño al pecho materno. La bús­</p><p>queda de un estado ideal en donde la falta no exista tes­</p><p>timonia que el pecho está ya "perdido", es decir, está ya</p><p>percibido como la esencia de un Otro. Así pues, la ilusión</p><p>bisexual en todas sus manifestaciones está construida</p><p>sobre el muro de la diferencia de sexos, pero encuentra</p><p>sus bases en la relación primordial , en e1 deseo siempre</p><p>actual de anular todo pensamiento de separación con el</p><p>Otro, un deseo perpetuo cuya meta es negar esta alteri­</p><p>dad imposible y poner fin a todo deseo.</p><p>EL PECHO MATERNO Y LA SEXUALIDAD</p><p>Siguiendo el camino hacia atrás que conduce de la</p><p>identidad sexual a la identidad subjetiva, llegamos a ese</p><p>momento mítico en donde se origina el nacimiento del</p><p>sujeto psíquico y con él el primer esbozo de un objeto y</p><p>la primera sombra de un deseo. Para el lactante, su</p><p>madre y él, primitivamente, forman sólo uno. No sólo</p><p>sobrevive gracias a ella sino que también existe psíqui­</p><p>camente a través de ella. Sin ser aún un objeto para él,</p><p>ella es ya mucho más, su Umwelt, madre-universo, del</p><p>cual él forma parte. Esta identidad primaria, en la que</p><p>el niño es una pequeña parcela de un gran todo, funda</p><p>la primera identidad del ser (Leichtenstein, 1961, Win­</p><p>nicott, 1960). El niño es ese todo, mágico por la fuerza de</p><p>la madre. Pero en realidad se trata de una relación de</p><p>dependencia absoluta, dentro de la cual el niño es única­</p><p>mente aquello que representa para su madre. Todo lo</p><p>que está en potencia en él no puede desarrollarse ni</p><p>organizarse sin ella. Su movilidad, sus impulsos afecti­</p><p>vos, su inteligencia, su sexualidad son, en primer lugar,</p><p>147</p><p>- ------·--" .... --·--·-</p><p>favorecidos -u obstaculizados- por ella. Además de</p><p>cuidados físicos y alimentarios, cada madre suscitará en</p><p>su hijo, según sus deseos, demandas que sólo ella tendrá</p><p>el placer de satisfacer (Leichtenstein, 1961). De esta</p><p>manera, el niño se convierte, desde el comienzo de su</p><p>vida, e incluso antes, en objeto privilegiado para la</p><p>satisfacción de deseos, conscientes e inconscientes, de la</p><p>madre. En este primer compromiso sensual de dos, cada</p><p>uno es, o debería ser, un instrumento de gratificación</p><p>para el otro. Esta marca 1íbidinal en cada identidad sub­</p><p>jetiva deja su sello en la evolución y estructura psicose­</p><p>xual y narcisista. Desde ese momento, una parte de la</p><p>identidad de todo sujeto es y será siempre lo que repre­</p><p>senta para otro. En cuanto al sentimiento de identidad</p><p>sexual, diversas investigaciones han demostrado que la</p><p>madre tiene, desde el comienzo, actitudes diferentes con</p><p>respecto al niño según su sexo (Staller, 1968), lo que</p><p>marca, muy precozmente, el sentimiento de identidad</p><p>psícosexual del niño, hasta el extremo de inducir inter­</p><p>venciones transexuales en la vida adulta (Montgrain,</p><p>1975) si los problemas inconscientes de la madre no le</p><p>permiten aceptar el sexo biológico de su hijo. Sin</p><p>embargo, el descubrimiento de la diferencia de sexos y el</p><p>reconocimiento de que la identidad sexual propia sólo</p><p>puede definirse en relación con la del otro sexo implican</p><p>un renunciamiento de los deseos narcisistas y la pérdida</p><p>de una ilusión, ya prefigurados por la pérdida del pecho.</p><p>¿Qué significa esta pérdida?</p><p>En primer lugar precisemos que el término "pecho"</p><p>está empleado aquí no como objeto parcial o corporal,</p><p>sino como concepto, tal como Melanie Klein lo ha conce­</p><p>bido de la madre en su totalidad: su piel, su voz, su olor</p><p>y ciertamente la madre como</p><p>fuente de gratificación e</p><p>identidad, soporte, finalmente, de toda la gama de afec­</p><p>tos de odio y de amor que experimenta el lactante. La</p><p>148</p><p>.....- ---</p><p>pérdida del pecho, entonces, como parte de sí mismo no</p><p>significa de ningún modo el destete ni el pasaje a los ali­</p><p>mentos sólidos, sino el descubrimiento, lento y progre­</p><p>sivo, por parte del niño de que el pecho no le pertenece,</p><p>de que no sólo no es él, sino que representa la esencia</p><p>misma del Otro; y lo que es más, este Otro puede dar1o o</p><p>negarlo. En adelante, el niño buscará a esta madre­</p><p>pecho, no sólo para satisfacer sus necesidades, sino tam­</p><p>bién para volver a encontrar y revivir esta relación</p><p>maravillosa que comparte con ella. Colmado por el yo de</p><p>la madre, en esta época el yo del lactante es fuerte. Pero</p><p>una ruptura prolongada en la relación de ambos, o una</p><p>carencia por parte de la madre en cuanto a su función</p><p>protectora en este estadio precoz, origina angustias</p><p>específicas. No se trata todavía de la angustia de castra­</p><p>ción, propia de la fase fálica, ni de su prototipo que es la</p><p>angustia de desintegración, sino más bien de una angus­</p><p>tia que podemos calificar de amenaza de aniquilamien·</p><p>to. El niño no pierde simplemente su Objeto, sino su</p><p>identidad entera, y esta muerte psíquica incluso en cier­</p><p>tos casos puede acarrear la muerte real (Kreisler, Fain y</p><p>Soulé, 197 4).</p><p>La pérdida del Objeto no puede ser colmada, y la</p><p>diferenciación del mismo sólo se adquiere a través de un</p><p>acto psíquico creativo: la introyección del objeto perdido</p><p>en el sí-mismo, es decir su creación en tanto objeto</p><p>"interno". Si no puede enfrentar esta "castración" prima­</p><p>ria, es decir, recreando psíquicamente el objeto faltante,</p><p>la pérdida, inevitable en la prehistoria de todo sujeto,</p><p>sólo puede ser colmada por la delusión o la muerte.</p><p>Puesto que esta pérdida es la condición primordial de la</p><p>identidad psíquica, es evidente que toda tendencia del</p><p>sujeto a volver hacia la no diferenciación primitiva está</p><p>acompañada de un riesgo grave para su salud (estados</p><p>psicóticos) o para su vida (toxicomanías, suicidio, enfer-</p><p>149</p><p>r.---------------- - --</p><p>'</p><p>medades psicosomáticas). Sin embargo, el retorno al</p><p>estado de indiferenciación es un deseo perenne en todos,</p><p>y en los adultos que no están muy perturbados psíquica­</p><p>mente encuentra cierta investidura narcisista en el</p><p>sueño, y libidinal en las relaciones sexuales. El dominio</p><p>de las experiencias de separación-individuación da lugar</p><p>a estructuras psíquicas y a placeres cada vez más elabo­</p><p>rados, pero el renunciamiento implícito en este proceso</p><p>de introyección y de identificación crea una nostalgia de</p><p>retorno al mundo fusiona}, al abrigo de toda frustración_</p><p>Desde el comienzo de este proceso de separacíón­</p><p>individuación (Mahler, 1970), que representa la pérdida</p><p>del pecho-madre, la vida pulsional del niño también ten­</p><p>drá un doble objetivo: una parte de su libido intentará</p><p>anular -y esto, durante toda su vida- esta separación</p><p>y buscará una unión total corporal, lo menos simbólica</p><p>posible con el Objeto (Stone, 1961), mientras que la otra</p><p>corriente pulsionaJ apuntará al mantenimiento, a todo</p><p>precio, de la independencia del objeto, sin la cual su</p><p>identidad corre el riesgo de desaparecer en la madre­</p><p>universo. Sobre esta base se construirá la estructura</p><p>edípica primaria. La problemática de la alteridad se</p><p>infiltra progresivamente en las dificultades planteadas</p><p>por la identidad psicosexual, no solamente en la escena</p><p>edípica sino también desde el punto de vista de la inte­</p><p>gridad narcisista. Por segunda vez, el hombre debe des·</p><p>cubrir que lo que busca, lo que él desea, es la esencia</p><p>misma del Otro, e inevitablemente dará a su deseo</p><p>sexual la intensidad, el dolor y la paradoja de la escena</p><p>primera.</p><p>Para tener un sexo y un sentimiento de identidad</p><p>sexual, ptirnero hay que tener un cuerpo y una existen·</p><p>cía individual. Sin esto, la sexualidad corre el riesgo de</p><p>verse utilizada únicamente para reparar las fallas en el</p><p>sentimiento de identidad (véanse caps. 2 y 3). Recorde-</p><p>150</p><p>mas que este sentimiento de identidad subjetiva está</p><p>sujeto a ataques múltiples, que van desde el aniquila­</p><p>miento (castración "primaria") y angustia de desintegra­</p><p>ción (castración "pregenital"), hasta la angustia de cas­</p><p>tración fálico-edípica.</p><p>Mi intención no es la de examinar los obstáculos de</p><p>este proceso creador de identificación con el objeto per­</p><p>dido y su repercusión en la sexualidad adulta. Me limi­</p><p>taré a señalar que esta primera introyección del pecho­</p><p>universo le permite que sea escindido en objeto "malo" y</p><p>en objeto "bueno". Esta separación primordial y esencial</p><p>garantiza la capacidad psíquica del lactante de mante­</p><p>nerse en relación creadora con el Otro. Si esta separa­</p><p>ción faltat el pequeño sujeto sufre graves trastornos en</p><p>su integridad psíquica y en su relación con el mundo</p><p>exterior. Esta misma falla va a imponer, entonces, la</p><p>fase fálica a la evolución del niño, de allí la imposibili­</p><p>dad de identificarse con el otro sexo sin miedo hasta</p><p>alcanzar, finalmente, su propia identidad y su rol</p><p>sexual. En su lugar, el niño corre el riesgo de realizar</p><p>una falsa escisión (Meltzer, 1967) a nivel de la diferencia</p><p>de sexos, de manera que el "mal" se encuentre de un</p><p>lado de la demarcación sexual y el "ideal" del otro, mos­</p><p>trando una falta de integración de deseos bisexuales que</p><p>apuntan a los dos padres. Esto es evidente en la homo­</p><p>sexualidad, en la cual se revela un rechazo fóbico del</p><p>sexo opuesto y la "solución" homosexual no es el resul­</p><p>tado directo de la ilusión hermafrodita. Narciso no es</p><p>hermafrodita. "¡A mí no me gustan las mujeres! ¡Ni los</p><p>hermafroditas! Me hacen falta seres que se parezcan a</p><p>mí...", suspira el Maldoror de Lautréamont.</p><p>El obstáculo más poderoso para la integración de la</p><p>bisexualidad psíquica es la avidez oral. Esta avidez por</p><p>la madre-pecho es la materia prima del amor. Pero las</p><p>dificultades son muchas. 'Turnemos el ejemplo de la céle-</p><p>151</p><p>bre envidia del pene en la niña. El deseo común en la</p><p>niña de poseer un pene personal y de quitárselo al que</p><p>lo posee se transformará en ganas de gozar con el pene</p><p>del hombre en la relación sexual. Si, por el contrario, el</p><p>pecho-objeto nunca ha sido internalizado como represen­</p><p>tación básica y soporte de las primeras pulsiones libidi­</p><p>nales, ha fracasado corno significante del deseo materno,</p><p>es decir, ser el pecho para su hijo. El pene puede suscitar</p><p>envidia destructiva que impida toda posibilidad de una</p><p>relación o toda aprehensión de un deseo. La proyección</p><p>de tal avidez oral hace del pene, o del hombre entero, un</p><p>objeto persecutorio, y de ella misma un objeto igual­</p><p>mente peligroso para el otro. De la misma manera, el</p><p>deseo oral del niño de tener los atributos de la madre, de</p><p>quitarle lo que hace falta para atraer el deseo del padre,</p><p>también debe recorrer un camino para que este fin envi­</p><p>díoso se transforme en deseo de dar su pene a la mujer,</p><p>con lo que esto implica, al mismo tiempo, de identifica­</p><p>ción con su placer de recibirlo.</p><p>Dejo de lado el problema de la envidia del pene en el</p><p>hombre y del deseo de la mujer de poseer el secreto</p><p>sexual de la madre. Estos deseos y su integración for­</p><p>man el otro polo de la identidad sexual y normalmente</p><p>encuentran su investidura en la identificación secunda­</p><p>ria con el padre del mismo sexo. Insistimos, particular­</p><p>mente, en la capacidad de identificarse con el otro sexo</p><p>corno elemento fundamental en la movilización del deseo</p><p>sexual. Esto implica la posibilidad de depender de otro</p><p>sin miedo. La parte dependiente de la personalidad es la</p><p>que reconoce los límites y las limitaciones de su propio</p><p>ser, así como la existencia y los límites del otro, y acepta</p><p>que la satisfacción de toda necesidad, finalmente de todo</p><p>deseo, se relacione con la incapacidad fundamental del</p><p>ser humano de bastarse a sí mismo. Reconocer la necesi­</p><p>dad del objeto (el objeto genital incluido) es la condición</p><p>152</p><p>de la vida, y todo intento de negar esta dependencia</p><p>se</p><p>orienta en el sentido de la muerte.</p><p>Al drama de la alteridad le sucede el drama de la di­</p><p>ferencia de sexos y de la interdicción de deseos incestuo­</p><p>sos. Estos desgarros producidos por la irrupción de la</p><p>realidad en la omnipotencia narcisista del niño deben</p><p>ser compensados de una manera o de otra. Para lograr­</p><p>lo, el niño encuentra hilos diferentes con los que tejerá</p><p>su identidad, que inevitablemente tendrá doble aspecto:</p><p>todo lo que en él se parece al otro, y todo lo que en él es</p><p>diferente del otro. La falta de uno u otro polo pondrá en</p><p>peligro el sentimiento de identidad, ya se trate de iden­</p><p>tidad subjetiva o de identidad sexual. Dicho de otra ma­</p><p>nera, todo reconocimiento de una identidad es, primiti­</p><p>vamente, reconocimiento de una diferencia.</p><p>Y volvemos así a nuestro punto de partida, al ideal</p><p>hermafrodita, ideal fundado sobre otro ideal, fusiona!,</p><p>que une al niño al pecho-madre, etapa esencial hacia</p><p>una identidad verídica. En los dos ideales se encuentran</p><p>los mismos procesos fundadores: renegación de la dife­</p><p>rencia en el intento de mantener un estado ideal ilusorio</p><p>y resguardarse de las angustias de desintegración, e in­</p><p>tegración con el objeto perdido e introyección de él, actos</p><p>creadores con los cuales el sujeto se convierte en sujeto y</p><p>objeto a la vez, con el fin de atravesar el espacio que lo</p><p>separa del otro, sin temor de destruír ni de ser destruí­</p><p>do. Sí esta creación de un mundo interior de identifica­</p><p>ciones e intrayecciones muchas veces perdida y muchas</p><p>veces recreada falta, todo deseo sexual y todo deseo de</p><p>realización y logro narcisista corren el riesgo de despo~</p><p>seer al otro, arrastrando al sujeto hacía un mundo pre­</p><p>cario en donde hay sólo un cuerpo para dos, sólo un sexo</p><p>para dos.</p><p>Si, como lo propongo, el deseo "bisexual", la espe­</p><p>ranza de ser jj} otro sexo manteniendo la sexualidad pro-</p><p>153</p><p>pía~ es un deseo inconsciente y universal, podríamos</p><p>esperar encontrar en el adulto signos de su existencia</p><p>que no son pato]ógicos. Puesto que el ser humano es, en</p><p>su constitución, fundamentalmente "bisexual", el doble</p><p>aspecto de ]a identidad lleva a una identificación con el</p><p>padre del mismo sexo, tomando al otro por objeto. La</p><p>relación genital no puede resolver, ella sola, este anhelo</p><p>profundo del ser. Yo veo dos realizaciones casi universa­</p><p>les: una es el proceso creador que permite al hombre</p><p>engendrarse mágicamente, por unión de lo que se puede</p><p>concebir de los elementos masculinos y femeninos de</p><p>cada uno, creaciones que pueden ir de lo patógeno a lo</p><p>sublime (por ejemplo, de la creación de una perversión o</p><p>de un delirio, a la realización de una obra de arte). La</p><p>otra, la que realiza por excelencia la ilusión bisexual en</p><p>la vida erótica, es la masturbación. De ella, en tanto</p><p>acto creador cuyo objetivo sirve a los deseos narcisistas</p><p>de naturaleza bisexual, hablaré a continuación.</p><p>EL HOMBRE Y LA MASTURBACION</p><p>La masturbación, normal en el niño, es, igual­</p><p>mente, una manifestación común en el adulto, aunque</p><p>se hable raramente de ella en las discusiones y escritos</p><p>analíticos. Intentaré explorar el papel de la realización</p><p>narcisista y de la ilusión bisexual en el proceso mastur­</p><p>batorio. Subrayo la idea de un "proceso" para indicar</p><p>que la masturbación representa un acto y una fantasía,</p><p>y que los dos pueden separarse y encontrar destinos</p><p>diferentes en la psique. En cuanto a la ilusión bisexual,</p><p>aunque la fantasía contradiga toda posibilidad de un</p><p>argumento con personajes de ambos sexos, o aun sin</p><p>personajes ni siquiera fantasía, existe un hecho irrecu­</p><p>sable: el acto masturbatorio recrea en un juego erótico</p><p>154</p><p>-</p><p>una relación de dos, en donde la mano (o su sustituto)</p><p>cumple la función, en lo real, del sexo del Otro. La fan­</p><p>tasía, al contrario, puede reprimir a este Otro, puede li­</p><p>mitarse a personas del mismo sexo, a órganos y orificios</p><p>distintos de los órganos genitales, a objetos parciales ,</p><p>como los productos del cuerpo, o extenderse a los ani­</p><p>males o a un mundo de objetos inanimados o misterio­</p><p>sos. En la fantasía autoerótica, como en la vida onírica,</p><p>todo es posible; de hecho, en los dos casos, fantasía y</p><p>sueño, se trata de una creación que debe satisfacer múl­</p><p>tiples exigencias. A través de represiones, de condensa­</p><p>ciones y de desplazamientos, las fantasías logran com­</p><p>binar en un todo una historia imaginaria que satisface</p><p>la presión del deseo instintivo, las interdicciones de ob­</p><p>jetos intemalizados y las demandas de la realidad exte­</p><p>rior. Desde este punto de vista, ciertas fantasías mas­</p><p>turbatorias son verdaderas obras de arte, aunque de</p><p>orientación totalmente narcisista, como el sueño; y se</p><p>revelan igualmente ricas para el análisis. (Digamos, in­</p><p>cluso, que su ausencia en el discurso analítico es más</p><p>bien inquietante.) Pero siempre se trata de un texto</p><p>amputado, cuya significación en ningún caso puede ser</p><p>comprendida en su totalidad, según un único contenido</p><p>manifiesto.</p><p>Seria interesante estudiar el fenómeno de la mastur­</p><p>bación como una realización de un deseo bisexual , y del</p><p>deseo inconsciente como elemento inscrito, sí-mismo so­</p><p>mático y en la psique, desde el comienzo de la vida psí­</p><p>quica. En los Tres ensayos (1905), Freud ha sefialado</p><p>tres periodos de masturbación, de los cuales el primero</p><p>era observable en los lactantes. Presentía ya su lazo con</p><p>las otras actividades autoeróticas, así como su relación</p><p>con la autoímagen narcisista y con las imagos parenta­</p><p>les. Las investigaciones de Spitz y de sus colaboradores</p><p>han mostrado los lazos profundos entre la masturbación</p><p>155</p><p>y las relaciones objetales precoces 1. En su artículo sobre</p><p>autoerotismo, Spitz (1942, 1962) propone conclusiones</p><p>empíricas y algunas hipótesis sobre tres manifestacio­</p><p>nes de autoerotismo durante el primer año de vida. Las</p><p>actividades en cuestión son: rocking (balanceos ritmicos</p><p>del cuerpo), fecal games (juegos fecales) y genital play</p><p>(manipulación genital). Las investigaciones estaban cen­</p><p>tradas sobre tres grupos: niños que gozaban de una</p><p>buena relación madre-lactante, un segundo grupo que</p><p>experimentaba esta relación de una manera inestable, a</p><p>veces buena, a veces deficiente, y un tercer grupo que</p><p>evolucionaba en ausencia total de relación afectiva,</p><p>recibiendo cuidados constantes y apropiados de gente</p><p>competente. Los niños del grupo 1 (buena relación) rea­</p><p>lizaban todos actividades autoeróticas y mostraban</p><p>manipulaciones genitales espontáneas y constantes. En</p><p>el grupo 2 (relación inestable con la madre), la mitad</p><p>mostraba una ausencia total de actividades autoeróticas</p><p>y en la otra mitad se observaban, sobre todo, balanceos</p><p>del cuerpo y juegos fecales. En el grupo 3 (cuidados exce·</p><p>lentes, pero ausencia total de relaciones afectivas) se</p><p>revelaba una ausencia total de actividad autoerótica en</p><p>todos los niños estudiados. (Esta última observación va</p><p>en contra de la tesis sostenida por Freud, según la cual</p><p>los cuidados inducen al niño a la actividad autoerótíca.</p><p>La relación afectiva y la actitud inconsciente del adulto</p><p>que cuida del cuerpo y del sí-mismo del niño es mucho</p><p>más importante en la investidura libidinal que el niño</p><p>realiza de su propio cuerpo y zonas erógenas.) Spitz con·</p><p>cluye que las actividades eróticas son una función de las</p><p>relaciones objetales del primer año de vida; cuando</p><p>estas relaciones no se establecen, no hay actividad auto-</p><p>l. Véanse los capítulos 10, 11 y 12, que tratan sobre fenóme­</p><p>nos psicosomáticos y la falta de investidura de los límites del cuerpo.</p><p>156</p><p>-</p><p>erótica; cuando el contacto con el objeto es ínestable, el</p><p>juego genital será sustituido. Cuando la relación con la</p><p>madre es "normal" se desarrolla un autoerotismo geni­</p><p>tal.</p><p>Otros investigadores han confirmado estos trabajos</p><p>con niños en edad preescolar (Miller, 1969) . .En un estu­</p><p>dio realizado con niños blancos, en Nueva York, cuya</p><p>situación socioeconómica los privaba de cuidados mater­</p><p>nales se constata una carencia notable de juegos mas­</p><p>turbatorios. Frente a situaciones de frustración o</p><p>de</p><p>angustia, allí en donde otros niños recurrirán a activida­</p><p>des autoeróticas para tranquilizarse, los nilíos en cues­</p><p>tión actúan atacando o acariciando objetos o personas de</p><p>su alrededor, como si no tuvieran capacidad de encon­</p><p>trar un equilibrio psíquico a través de su propio cuerpo.</p><p>Las observaciones en los kibutz, donde los niños</p><p>están separados de sus padres desde la edad de seis</p><p>meses, a veces ocho o nueve, han demostrado igual­</p><p>mente una carencia de actividad manual genital y más</p><p>tarde, una prolongación de las actividades autoeróticas</p><p>pregenitales -chupeteos, juegos fecales con incontinen~</p><p>cia urinaria y fecal, hasta los seis o siete años. Las for~</p><p>mas de masturbación están también alteradas: hay pre­</p><p>dominancia de la masturbación anal, y el interés por las</p><p>materias fecales está más marcado que el interés por los</p><p>órganos genitales.</p><p>Una relación materna "suficientemente buena"</p><p>parece ser la condición esencial para que el cuerpo y el</p><p>aparato genital sean catectizados libidinalmente. Otras</p><p>observaciones sugieren, también, que los lactantes que</p><p>muestran carencia de autoerotismo genital tienen una</p><p>mayor tendencia a rascarse, a golpearse la cabeza con­</p><p>tra el piso o contra los barrotes de la cuna, o a morderse,</p><p>lo que hace pensar que se trata de autoagresiones conte­</p><p>nidas diferentemente en la masturbación genital precoz.</p><p>157</p><p>L</p><p>Podríamos preguntarnos si la relación materna que per­</p><p>mite el desarrollo espontáneo del juego genital (genital</p><p>play) es igualmente aquella en la que la madre es e.a paz</p><p>de recibir y contener los ataques agresivos de su hijo con</p><p>paciencia y comprensión. Winnicott (197lb) subraya la</p><p>importancia, para el objeto materno, de poder "sobrevi­</p><p>vir" a los ataques fantasiosos del lactante. El descubri­</p><p>miento, infantil, de la supervivencia del objeto le per­</p><p>mite usar el pecho-madre de manera creativa.</p><p>La masturbación tiene, pues, sus rafees en los prime­</p><p>ros meses de vida; su forma y sus fantasías serán mar­</p><p>cadas fuertemente por el modo de relación con el pecho;</p><p>además, las pulsiones agresivas son integradas en la</p><p>actividad autoerótica si la relación materna lo permite,</p><p>y esto protege al niño de su actividad autodestructiva.</p><p>Así como el deseo de unirse físicamente con la madre</p><p>toma fonna en el espíritu del lactante antes que éste</p><p>haya adquirido la representación del pecho, en lo que</p><p>concierne al deseo de unión sexual sucede lo mismo.</p><p>La función de la mano también merece un instante</p><p>de reflexión en este descubrimiento precoz del niño, y su</p><p>eventual vínculo con la vida fantasiosa. Es la mano la</p><p>destinada a tapar la primera brecha en la integridad</p><p>narcisista, creada por la falta del pecho. Es la mano la</p><p>que acaricia el genital, aún antes de que el niño haya</p><p>podido representarse la diferencia de sexos y, más tarde,</p><p>la mano reemplazará el sexo del otro en una relación</p><p>sexual imaginaria. Esta última adquisición implica, por</p><p>supuesto, la escena primaria y su introyección posterior.</p><p>Desde este punto de vista, la masturbación del niño en</p><p>la fase fálica tiene algo en común con el juego del carre­</p><p>tel. En este juego hay una invención, por parte del niño,</p><p>que lo ayuda a controlar la ausencia de la madre. En</p><p>1 ugar de ser la víctima de la separación, es su agente.</p><p>Pero para que este movimiento hacia la liberación del</p><p>158</p><p>objeto pueda inscribirse en la estructura psíquica, es</p><p>necesario que el niño sea capaz de fantasear el objeto;</p><p>esto es ya una señal del renunciamiento al objeto en</p><p>tanto parte de uno mismo, señal también de que el</p><p>objeto interno ha podido resistir a la destrucción, a</p><p>pesar de la destrucción implícita del objeto exterior. El</p><p>lactante que se chupa el dedo o se acaricia los órganos</p><p>genitales está creando, ya, en su mundo interno, la pri­</p><p>mera y vaga imagen de una "madre buena", y de esta</p><p>manera está desarrollando la capacidad para cumplir</p><p>una función materna para sí mismo, lo que le garantiza</p><p>una cierta independencia del objeto externo, una inde­</p><p>pendencia psíquica destínada a acrecentarse sin cesar si</p><p>su impulso no es obstaculizado por el mundo exterior.</p><p>De igual modo, el niño que algunos años más tarde se</p><p>masturba con fantasías centradas en los padres y su</p><p>relación sexual, de la cual se sabe excluido, ha introyec­</p><p>tado una imagen de la escena primaria en la que él</p><p>puede ser padre y madre a la vez. El "éxito" de estos jue­</p><p>gos y fantasías masturbatorios depende, igualmente, del</p><p>significado que le dé a esta escena introyectada. ¿Ima·</p><p>gina padres que se aman en un coito gratificante para</p><p>ambos? ¿O es una relación sin amor, sin órganos genita·</p><p>les, incluso sádica y pregenital? ¿O aún más, imagina</p><p>padres en unión amante y narcisista de las que es</p><p>excluido y para siempre condenado a ser un espectador</p><p>infantil? (Tal vez la terapia de los sexólogos americanfls</p><p>inspirados en Masters y Johnson realiza para sus</p><p>pacientes un sueño erótico común de la infancia. Mamá</p><p>y papá están allí, pero en una edición nueva: en vez de</p><p>prohibirle que haga como ellos, estos padres genitales lo</p><p>ayudan, lo inician incluso en los secretos de la sexuali·</p><p>dad de los adultos.)</p><p>Pero, detrás del niño incestuoso de la fase edípica, se</p><p>esconde el niño ávido de la fase oral, y el niño avaro de</p><p>159</p><p>la fase anal. Todas las fantasías de este orden tienden</p><p>también a integrarse en la escena primaria íntroyectada</p><p>por el niño. De esta forma las zonas y funciones del</p><p>cuerpo reciben una significación profundamente bise­</p><p>xual. Las zonas y las funciones que siguen el modelo del</p><p>continente-contenido, particularmente son aptas para</p><p>enriquecerse con significado inconsciente bisexual. De</p><p>muchas maneras, el pequeño masturbador niega, me­</p><p>diante su acto fantasioso, su evidente exclusión de la</p><p>escena primaria y la herida narcisista que ello le pro­</p><p>voca. Al mismo tiempo, controla mágicamente a los</p><p>padres, sustituyéndolos. Finalmente el argumento mas­</p><p>turbatorio trata de contener o resolver todos los conflic­</p><p>tos en juego. De este modo el ideal hermafrodita engloba</p><p>a su precursor, el pecho-universo ilusorio, la negación de</p><p>la diferencia de sexos y también la renegación de la pri­</p><p>mera separación del pecho-madre.</p><p>La masturbación del hombre, finalmente, tiene tanto</p><p>que ver con su integridad narcisista como con su sexua­</p><p>lidad.</p><p>¿Qué realiza el niño en su actividad erótica? En su</p><p>deseo inconsciente de estar unido al objeto de la manera</p><p>menos abstracta, m ás corporal posible, le falta todo</p><p>objeto transicional. En cuanto a lo que hay de necesidad</p><p>en las gratificaciones autoerótícas , ya se trate de la suc­</p><p>ción del dedo o de juegos genitales, es evidente que la</p><p>ilusión sólo aporta una satisfacción transitoria. El acto</p><p>sólo puede ser satisfactorio en la medida en que está</p><p>ligado a una fantasía de unión con el objeto. El niño que</p><p>se chupa el dedo quiere ser alimentado, es cierto, pero</p><p>sobre todo quiere redescubrir el placer de ser uno con el</p><p>pecho-madre. En cuanto a la masturbación, es también</p><p>la fantasía que le da su peso psíquico. Gracias a las "cas­</p><p>traciones" sucesivas aportadas por la realidad, es decir,</p><p>gracias a la imposibilidad de satisfacer en lo real sus</p><p>160</p><p>deseos de fusión y sus deseos sexuales, el niño triunfa</p><p>sobre sus padres y el mund</p><p>de la sexualidad arcaica infantil, pero</p><p>estas fantasías, como las otras, tienen el mérito de no</p><p>acarrear ningún daño para el sujeto ni para los objetos</p><p>de su deseo.</p><p>Más allá de la problemática edípica y de la angustia</p><p>surgida de la diferencia de sexos se extienden las catec­</p><p>tizaciones de la bisexualidad prefálica, que se suman a</p><p>1a escena primaria, hasta transformar el deseo envidioso</p><p>primordial del niño en su relación con el pecho-universo.</p><p>Entre el florecimiento de fantasías masturbatorias posi­</p><p>bles, muchas van a ser forzosamente reprimidas; pero</p><p>sobreviven en el inconsciente y se convierten en elemen­</p><p>tos oníricos.</p><p>En cuanto a la "técnica" del acto, capaz ella también</p><p>de variaciones infinitas, la "verdadera" masturbación se</p><p>hace con la mano y nada más. Pero si la angustia</p><p>inconsciente de la madre ha inhibido la libertad de fan­</p><p>tasear (acddente que nos remite a los primeros meses</p><p>de vida) o existe una interdicción tal que la función vin­</p><p>culadora de la mano se ha vuelto inoperante, el niño se</p><p>161</p><p>verá obhgado a inventar otros objetos para remplazar la</p><p>mano como primer sustituto y luego como sustitutos</p><p>genitales. La mano, que remplaza al pecho antes de</p><p>remplazar al sexo del otro, es soporte de todas las ilusio­</p><p>nes que sirven para reparar la omnipotencia perdida.</p><p>Entre el ser ideal completo, sin falta, de la ilusión de</p><p>fusión, y el vacío absoluto del mal, de la muerte, se</p><p>encuentra el espacio de la imaginación y la mano, magia</p><p>en lo real, y paralelamente, creación de una nueva reali­</p><p>dad psíquica en lo imaginario. Creaciones como éstas</p><p>pueden llamarse sueño o pesadilla, pueden transfor­</p><p>marse en síntomas neuróticos, psicóticos o psicosomátí­</p><p>cos, en desviación sexual u obra de arte, pero todas son</p><p>testimonio de tentativas de autocuración de conflictos</p><p>psíquicos inevitables para el niño.</p><p>MASTURBACION Y PSICOANALISIS</p><p>A pesar del interés precoz por la masturbación en la</p><p>historia del psicoanálisis, la mayoría de los trabajos</p><p>sobre este tema conciernen únicamente al autoerotisrno</p><p>infantil. Y sin embargo, la masturbación es un tema</p><p>familiar en el discurso de los adultos en análisis, aunque</p><p>raramente espontáneo. Esta masturbación adopta, evi­</p><p>dentemente, formas clínicas muy variadas que pueden</p><p>ir desde puestas en escena fetichistas-sadomasoquistas</p><p>hasta la masturbación común y esporádica de personas</p><p>que tienen, además, relaciones heterosexuales satisfac­</p><p>torias. La masturbación puede ser vivida, igualmente,</p><p>como síntoma neurótico del cual el paciente desea des­</p><p>hacerse, síntoma compulsivo que remplaza o precede a</p><p>las relaciones sexuales. En la economía libidinal la mas­</p><p>turbación compulsiva es similar a la observada en las</p><p>perversiones sexuales, y dinámicamente tiene escasa</p><p>162</p><p>i</p><p>~</p><p>relación con la esporádica de quienes viven situaciones</p><p>de privación o de daño narcisista.</p><p>En el otro extremo de la clínica se encuentran los</p><p>~malizantes para los que la masturbación es algo desco­</p><p>nocido, aun corno recuerdo de infancia, es decir, los suje­</p><p>tos para los cuales la lucha contra la masturbación</p><p>infantil ha sido tan encarnizada que ha sufrido profun·</p><p>das transformaciones. El niño, en el período de lactan­</p><p>cia, lleva adelante una doble batalla: contra el acto y</p><p>también contra las fantasías que lo acompañan. Si logra</p><p>suprimir brutalmente el acto, encontrará sustitutos</p><p>(eventuales síntomas obsesivos) que podrán encastrarse</p><p>en conflictos sádicos y sádico-anales. Si es la fantas ía</p><p>que está reprimida en el inconsciente, se expresará en</p><p>síntomas histéricos, obstaculizando así ciertas funciones</p><p>del yo que, inconscientemente, se erotizan (inhibiciones</p><p>intelectuales y otras ... ). Desde este punto de vista, la</p><p>masturbación y la formación de síntomas tienen algo en</p><p>común, puesto que ambas son el resultado de un largo</p><p>proceso, en un intento de encontrar soluciones a deman~</p><p>das conflictivas. Una diferencia fundamental, sin</p><p>embargo: el síntoma es sentido como extraño al yo,</p><p>mientras que la masturbación permanece siempre sintó­</p><p>nica con el yo consciente, y confirma el sentimiento de</p><p>identidad. Aunque el individuo puede sentirse culpable</p><p>por su masturbación, sin embargo supone que es un</p><p>deseo consciente y un acto deliberado. La aventura ana­</p><p>lítica permite el hallazgo de las raíces infantiles de la</p><p>invención autoerótica original y, así, la posibilidad de</p><p>reconstruir las teorías sobre la sexualidad infantil,</p><p>cuyos fragmentos esenciales se han perdido (Miller,</p><p>1969). En todo caso, tanto para el a nalista como para el</p><p>analizante, hacen falta meses, tal vez añ()s de paciencia</p><p>antes que este trabajo de espeleología psíquica sea posi­</p><p>ble.</p><p>163</p><p>Paso ahora a los adultos que se masturban -esporá­</p><p>dica o frecuentemente- y que por otro lado mantienen</p><p>relaciones heterosexuales satisfactorias. De estos últi­</p><p>mos jamás se habla en los coloquios ni en los escritos</p><p>analíticos, y sin embargo son muy numerosos. Sobre</p><p>todo los adultos que tienen relaciones heterosexuales</p><p>más o menos estables son los que hablan con mayor difi­</p><p>cultad de su masturbación, como si hubiera allí una pro­</p><p>funda antinomia. Y por cierto que ambas actividades</p><p>sexuales, autoer6tica y heterosexual, sirven a dos objeti­</p><p>vos diferentes. Sea lo que sea, 1as asociaciones concer­</p><p>nientes a la masturbación, que surgen en el discurso</p><p>analítico, están casi siempre acompañadas de un afecto</p><p>desagradable o penoso. A lo sumo, el analizante encuen­</p><p>tra fragmentos que puede contar sin demasiada emo­</p><p>ción; otros detalles -sobre la técnica de Ja masturbación</p><p>o su puesta en escena fantaseada- sufren un eclipse o</p><p>una disminución de su importancia. A veces hay que</p><p>esperar años para que estos fragmentos indecibles sean</p><p>accesibles al análisis. Ciertos ana1izantes, el caso es</p><p>común, confiesan haber evitado, durante largos perío­</p><p>dos, masturbarse en el momento en que hubieran que­</p><p>rido hacerlo, ¡para no tener que hablar en análisis! Esta</p><p>dificultad que tiene la casi totalidad de los pacientes</p><p>para abordar libremente todo aquello que concierne a la</p><p>masturbación merece nuestra atención, y más aún</p><p>cuando esta reticencia se hace sentir en personas que</p><p>manejan con facilidad teorías psicoanalíticas e interpre­</p><p>taciones sobre la sexualidad: los analistas en análisis,</p><p>los psiquiatras, los educadores, los psicólogos. Ahora</p><p>bien, parece que la masturbación no es una expresión</p><p>semejante a otras manifestaciones sexuales. ¿Por qué se</p><p>asocia tal reprobación a la inclinación del ser humano a</p><p>hacerse el amor a sí mismo, a refugiarse, aunque sólo</p><p>sea en raras ocasiones, en la autarquía erótica?</p><p>164</p><p>Se me responderá que esto es evidente: el acto mas­</p><p>turbatorio, prohibido en tanto manifestación pública</p><p>desde la más tierna infancia, se practica en secreto; los</p><p>fantasmas que lo acompañan son estereotipados, infan­</p><p>tiles, impregnados de pregenitalidad, aureolados de ilu­</p><p>siones narcisistas. A esto podríamos agregar que las</p><p>fantasías revelan, igualmente, deseos pasivos y activos,</p><p>inaceptables para el resto de la personalidad, que estas</p><p>fantasías están ligadas, originalmente a deseos inces­</p><p>tuosos, homosexuales y heterosexuales. Pero, además,</p><p>¿acaso no pregona el masturbador, también, su libe­</p><p>ración de la presión de la monosexualidad y de su de·</p><p>pendencia del otro con respecto a todas las expresiones</p><p>del deseo sexual? El niño que se libera de la decadencia</p><p>que es la diferencia de sexos y de la interdicción</p><p>impuesta por la diferencia de generaciones, revela otro</p><p>deseo, el de liberarse del tan deseado pecho-madre-uni­</p><p>verso, y así recrea para él solo, el círculo cerrado, mágico</p><p>y narcisista en el que nadie puede entrar. Así pues, al</p><p>cortejo de las fantasías aptas para mantener la culpabi­</p><p>lidad exacerbada del hombre por su masturbación, se</p><p>suma la demanda del analista de decir todo lo que pase</p><p>por su mente. Revelar al otro su creación, simplemente</p><p>porque aquél se llama analista, es correr el riesgo de un</p><p>desgarramiento irreparable. Aquí se inscriben todas las</p><p>amenazas de retribución</p><p>con las que la imaginación del</p><p>hombre ha dotado a los temores de su progenitura: pér­</p><p>dida de la sustancia, de la inteligencia, de la salud, del</p><p>amor de Dios ... Este éxito secreto que ha sabido escapar</p><p>a todas estas maldiciones, también lo va a perder final­</p><p>mente.</p><p>Se puede encontrar, si no en su psicoanálisis perso­</p><p>nal, al menos en sus escritos, la raíz histórica que expli­</p><p>que la reticencia de los analistas a hablar más abierta­</p><p>mente de la masturbación. Freud mismo ha tenido una</p><p>165</p><p>actitud ambigua con respecto a este tema. Durante el</p><p>célebre Coloquio de 1911-1912 sobre la masturbación,</p><p>queriendo profundizar en el tema, parecía sostener que</p><p>la masturbación era, en sí misma, una manifestación</p><p>patológica, tal como en 1893 se había propuesto la tesis</p><p>que pretendía que la masturbación era la causa primor­</p><p>dial de aquella misteriosa enfermedad del siglo pasado:</p><p>la neurastenia. Cinco años más tarde, siempre fascinado</p><p>y perturbado por los daños de la masturbación, escribía</p><p>a su amigo Fliess (22 de diciembre de 1897): "(. .. )Me ha</p><p>parecido que la masturbación es la 'adicción primaria', y</p><p>que las otras adicciones, al alcohol, a la morfina, al taba­</p><p>co, etc., entran en la vida del individuo solamente como</p><p>sustituto y remplazo de la masturbación. (. .. ) Uno se</p><p>pregunta, evidentemente, si tal toxicomanía es curable,</p><p>y si el análisis y la terapia no deben detenerse aquí Y.</p><p>contentarse con transformar una histeria en neuraste­</p><p>nia". 2</p><p>Finalmente, a los pesados obstáculos con los que</p><p>carga todo discurso sobre la masturbación, sumemos la</p><p>presión sociocultural ejercida contra ella, aun si actual­</p><p>mente esta presión es más implícita que antes. El La­</p><p>rousse del siglo XIX, tomo X, nos enseña que: "(. .. )son</p><p>sobre todo los niños de dos sexos los que se entregan a</p><p>este vicio que, golpeando de esta manera a la sociedad</p><p>en los elementos que más tarde deben concurrir a su</p><p>perpetuidad con la generación, tiene una influencia fa­</p><p>tal, para el individuo y, al mismo tiempo, para la espe­</p><p>cie. (. .. )¿Cuántos niños han muerto a consecuencia de la</p><p>masturbación? (. .. ) Predispone a muchas enfermedades</p><p>(. .. )sobre todo (al) desarrollo de la tisis con consunción y</p><p>2. En un trabajo en curso, espero demostrar que estas</p><p>adicciones no remplazan la masturbación, sino a la Madre de la</p><p>primera infancia, y son testigos de una patología en la evolución de</p><p>los fenómenos y objetos transicionales.</p><p>166</p><p>aparición de trastornos variados del sistema nervioso.</p><p>Las funciones digestivas se alteran rápidamente en los</p><p>individuos que abusan de los placeres venéreos . (. .. ) El</p><p>W,;;t!>~lt,rbador no tarda en sentir que sus fuerzas dismi­</p><p>nuyen, en perder los colores de la salud, en adelgazar, y,</p><p>si es joven aún, su organismo sufre, fatalmente, una</p><p>detención del desarrollo. ( ... ) Los ojos se vuelven hundi­</p><p>dos y ojerosos, la piel y las mucosas se decoloran. Los</p><p>enfermos se vuelven perezosos; se ahogan apenas cami­</p><p>nan y con facilidad les sobrevienen síncopes. Sus fuerzas</p><p>muscula.res disminuyen cada vez más, se Jos ve caminar</p><p>titubeantes, encorvados, ya, a pesar de que hace poco</p><p>han salido de la adolescencia. (. .. ) Más un cadáver que</p><p>un ser viviente(. .. ) estar por debajo de la bestia, espec­</p><p>tácttlo del que no se puede concebir el horror(. .. ) (de un</p><p>desgraciado que) había pertenecido, en otro tiempo, a la</p><p>especie humana".</p><p>La cohorte de fantasías referidas a la castración y</p><p>movilizadas por las costumbres de represión sexual del</p><p>siglo XIX todavía se encuentra en el inconsciente del</p><p>hombre. Esta pieza elocuente de la época victoriana</p><p>demuestra gráficamente el destino que espera a quienes</p><p>aspiran a reparar, a través de la masturbación, las heri­</p><p>das narcisistas cuyo blanco es la especie humana, a</p><p>quienes finalmente se atreven a mantener la ilusión de</p><p>ser hermafroditas, privilegio de los dioses y de las lom­</p><p>brices.</p><p>167</p><p>5. CREACION Y DESVIACION SEXUAL</p><p>Con el fin de profundizar mis ideas sobre esta simili­</p><p>tud-y-diferencia, he partido de los conceptos de sublima­</p><p>ción y de perversión, tal como Freud los expone en los</p><p>Tres ensayos de teoría sexual. De esta manera, he lle­</p><p>gado a pensar que, desde un cierto punto de vista, la</p><p>definición de estos dos términos era idéntica. La subli­</p><p>mación y la perversión tienen en común lo siguiente:</p><p>ambas describen una actividad en la que las pulsiones</p><p>sexuales se encuentran apartadas de su objetivo origi­</p><p>nal, o apuntan a un objeto que no es más el objeto de ori­</p><p>gen. Por otra parte, ambas conciernen más especial­</p><p>mente a las pulsiones llamadas "parciales", pulsiones</p><p>tanto libidinales como agresivas. Sin duda, la concep­</p><p>ción generalmente utilizada para diferenciar la inven­</p><p>ción de una perversión de la creación artística es sufi­</p><p>óentemente conocida como para que haya necesidad de</p><p>detenerse; me refiero al hecho de que una actividad lla­</p><p>mada "sublimada" se describe como "desexualizada" en</p><p>cuanto a su finalidad y se supone que apunta a objetos</p><p>socialmente valorizados. Evidentemente no hay nada de</p><p>169</p><p>--</p><p>esto en lo que concierne a la desviación sexual, la cual</p><p>no está ni desexualizada, ni socialmente valorizada. Al</p><p>contrario, para el profano al menos, el término "per­</p><p>verso" tiene, en sí mismo, algo de peyorativo. Esperemos</p><p>que no suceda lo mismo con los que se llaman psicoana­</p><p>listas, porque el analista tiene razones para saber que</p><p>todo hombre es un "niño perverso polimorfo" en potencia</p><p>y que cada uno de nosotros, también en potencia, oculta</p><p>inmensos recursos creadores. Pero la mayor parte</p><p>ignora su "núcleo perverso" así como ignora su potencia­</p><p>lidad creadora. El primero se ocuJta bajo los rasgos del</p><p>carácter y la segunda está confinada a los sueños; ambos</p><p>se encuentran en esta otra escena que es el inconsciente.</p><p>Por otra parte, es fácil descubrir el vínculo primitivo</p><p>entre las manifestaciones creadoras y las expresiones</p><p>perversas; entre, por ejemplo, el voyeurista y el pintor,</p><p>el exhibicionista y el actor, el fetichista y el filósofo, el</p><p>sadomasoquista y el cirujano ... Sin embargo, la gente</p><p>sensata diría que las diferencias son más importantes</p><p>que aquel supuesto vínculo primitivo. Pero el destino del</p><p>psicoanálisis es alejarse del buen sentido para formular</p><p>las preguntas prohibidas y para buscar otro sentido, por</p><p>detrás del sentido comúnmente admitido. Con el mismo</p><p>derecho nos está permitido preguntarnos qué pulsiones</p><p>parciales, qué perversión sexual sublimada a tiempo, se</p><p>esconden en el ejercicio del psicoanálisis, puesto que el</p><p>psicoanalista no escapa mejor que otro a este cuestiona­</p><p>miento sobre el fundamento de su elección y de sus</p><p>actos. (Saber para ver, comprender en vez de prender,</p><p>reparar para preL•enir la culpabilidad, son ejes posibles</p><p>alrededor de los cuales se construye, entre otros, el</p><p>deseo de ser analista.)</p><p>Antes de dejar el camino trillado del vínculo incons­</p><p>ciente entre las desviaciones de la sexualidad y las crea­</p><p>ciones intelectuales y artísticas, una pregunta prelimi-</p><p>170</p><p>--</p><p>nar se impone: ¿qué entendemos por perversión? ¿Este</p><p>término se define en relación con una sexualidad lJa­</p><p>mada "normal"? Pero, ¿y esto qué significa? ¿Existe una</p><p>sexualidad "normal"? Aquí hay material para otro capí­</p><p>tulo, i por lo cual no me detendré a profundizar ahora</p><p>esta cuestión, salvo para observar que Freud ha llamado</p><p>nuestra atención, hace setenta años, sobre el hecho de</p><p>que la frontera entre la "normalidad" y la "perversión"</p><p>era muy permeable, y que muchas actividades, habi­</p><p>tualmente calificadas como "perversas" -voyeurismo,</p><p>fetichismo, exhibicionismo, interés por una variedad</p><p>infinita de zonas convertidas secundariamente en "eró­</p><p>genas"- podrían desempeñar todas un papel en la reali­</p><p>zación de una relación amorosa heterosexual. Por razo­</p><p>nes inherentes a su éstructura, la perversión corre</p><p>riesgo, sin embargo, de ser la sexualidad sin amor.</p><p>Además de esta carencia frecuente en la relación con</p><p>el otro, lo que caracteriza, mejor tal vez, al desviado</p><p>sexual no es lo que</p><p>él hace sino la constatació'n de que</p><p>no puede obrar de otra manera. El perverso no elige ser</p><p>perverso, como no elige tampoco la forma de su perver­</p><p>sión. Su elección inconsciente es un intento de autocura</p><p>de la angustia que suscita en él el modelo de la relación</p><p>sexual proporcionado por los primeros objetos, modelo</p><p>que es no sólo restrictivo sino incoherente.</p><p>Así pues, su hallazgo erótico es esencial para su</p><p>equilibrio psíquico. Pero esta expresión es muy limitada,</p><p>y si se Ja obstaculiza, el sujeto puede encontrarse ame­</p><p>nazado para mantener en equilibrio su economía identi­</p><p>ficatoria. El aspecto compulsivo, acaparador de la con­</p><p>ducta perversa, lo muestra bastante bien. Tomemos el</p><p>ejemplo del homosexual y su búsqueda ferviente de</p><p>parejas; ser homosexual es una manera de vivir, casi un</p><p>L Véase al respecto el capítulo 13 de este libro.</p><p>171</p><p>oficio (y éste es uno de los aspectos invocados general­</p><p>mente corno doloroso entre los que piden un psicoanáli­</p><p>sis). En las otras desviaciones sexuales -las puestas en</p><p>escena fetichistas, sadomasoquistas, travestistas­</p><p>encontrarnos el mismo aspecto exigente, ineluctable del</p><p>actuar, y a menudo desde la infancia. En análisis, estos</p><p>pacientes y estas pacientes describen una actividad eró­</p><p>tica que los ocupa al máximo, capaz de llenar horas</p><p>todos los días, a tal punto que, muy a menudo, el motivo</p><p>consciente de la demanda de análisis es el problema de</p><p>trabajo. Las horas de preparación ritual, los argumentos</p><p>consignados en papel o largamente desarrollados en las</p><p>reflexiones, los proyectos complicados del voyeurista, del</p><p>exhibicionista, del homosexual que "liga" hasta altas</p><p>horas de la noche, toda esta actividad no deja tiempo, y</p><p>a veces ni siquiera el deseo de vivir fuera de este reíno</p><p>erótico en donde el sujeto es rey. Fuera de esta escena</p><p>repetida sin cansancio, el mundo de los otros es vivido, a</p><p>menudo, como insípido, inútil, incluso incomprensible</p><p>para el sujeto, si su descatectización libidinal va muy</p><p>lejos.</p><p>Notemos al respecto que este tipo de preocupacíón</p><p>intensa y exclusiva marca también al intelectual y al</p><p>artista creador; pero en lo que concierne al producto de</p><p>su creatividad, el público es una dimensión esencial,</p><p>mientras que el "público" del desviado sexual (tan pode­</p><p>roso en su fantasía como el público real lo es para el</p><p>artista) está reducido al mínimo y, muy a menudo, al</p><p>espejo. Aunque su performance tenga como meta la recu­</p><p>peración narcisista, tanto el artista como el perverso se</p><p>enfrentan con objetos internos que cada uno trata de</p><p>alcanzar a través de su creación. Pero es evidente que el</p><p>goce del artista en este asunto de seducción que man­</p><p>tiene con el público no es un goce orgásmico, mientras</p><p>que el sujeto perverso siempre tiene, como meta última,</p><p>172</p><p>el goce sexual -el suyo o, también frecuentemente, el</p><p>goce de su pareja. Por otra parte, esta última meta</p><p>prima muy a menudo sobre su propio goce, lo cual mues­</p><p>tra, a su vez, al perverso como a un artista. El artista</p><p>trata también de alcanzar a su pareja, el público, para</p><p>hacerle sentir algo, para invadirlo con su visión</p><p>personal, comunicarle su ilusión de la realidad, así como</p><p>el perverso trata de imponer el goce sexual según su cre­</p><p>ación personal. Pero el acto creativo desempeña un</p><p>papel diferente en la economía libidinal del sujeto con</p><p>respecto al acto perverso. En la transformación de la</p><p>expresión sexual que funda la obra creadora, el artista</p><p>es libre, no sólo con respecto al desenlace orgásmico sino</p><p>también con respecto a la forma y al contenido de su cre­</p><p>ación. El tema de base puede ser el mismo -una obra</p><p>auténtica siempre llevará la marca de su creador (un</p><p>Picasso se reconoce desde el otro extremo de la gale­</p><p>ría)-. La creación, aunque lleve el sello de la personali­</p><p>dad de su creador, está libre del elemento de compulsión</p><p>que marca las producciones pervertidas, y los temas cre­</p><p>ados, pero jamás serán idénticos a los que los precedie­</p><p>ron. El perverso trata de recrear una puesta en escena</p><p>idéntica a la de siempre; la sexualidad desviada es una</p><p>sexualidad operatoria en el sentido en que los psicoso­</p><p>matistas dan a este concepto. Es una creación hecha de</p><p>una vez, poco modificable en cuanto a su contenido fan­</p><p>tasioso o a su forma de expresión.</p><p>Debo aclarar un posible malentendido. Si bien apa­</p><p>rento oponer creación y perversión, esto no excluye su</p><p>coexistencia en un mismo sujeto. Sucede a menudo que</p><p>un analizante revela una sexualidad aberrante y que,</p><p>por otra parte, da muestras de una creatividad autén­</p><p>tica. Ejemplos célebres abundan en nuestra historia cul­</p><p>tural. Pero lo contrario no es necesariamente verdad: el</p><p>hecho de ser homosexual, voyeurista, fetichista, no con-</p><p>173</p><p>fiere en sí mismo ningún don creador. Al revés , sería</p><p>más verdadero decir que se puede ser artista creador a</p><p>pesar de la existencia de desviaciones sexuales organiza­</p><p>das, porque los conflictos inconscientes que habrán lle­</p><p>vado al sujeto a una solución aberrante del deseo sexual</p><p>engloban, a menudo, mucho más que su vida erótica;</p><p>estos conflictos pueden obstaculizar todas sus relaciones</p><p>con el otro e, igualmente, su actividad sublimatoria. De</p><p>todas maneras, que el desviado sexual sea o no creador,</p><p>su actuación erótica da muestras de una vida fantasiosa</p><p>singularmente pobre. La fuerza estática que mantiene</p><p>en su sitio este campo limitado tiene su paralelo, tam·</p><p>bién, en la rigidez y la continuidad de los síntomas neu­</p><p>róticos, de los cuales Freud ha señalado su base común</p><p>con las perversiones y las neurosis . Pero la célebre frase</p><p>freudiana según la cual la neurosis es "el negativo de 1a</p><p>perversión" se ha revelado inadecuada, con el transcurso</p><p>de los años, para comprender la estructura inconsciente</p><p>que sostiene la sexualidad perversa.</p><p>Los Tres ensayos fueron escritos en 1905 y Freud no</p><p>retomó jamás este trabajo magistral, salvo para añadir</p><p>algunas notas, mientras que su teoría, sobre todo la de</p><p>la estructura del yo, evolucionó a pasos agigantados</p><p>durante los treinta años que llevaría la terminación de</p><p>su obra. Así pues, en los términos del modelo llamado</p><p>"estructural" de la mente, la estructura superyoica del</p><p>desviado sexual sólo le permite imaginar relaciones</p><p>sexuales en una perspectiva muy limitada. Al igual que</p><p>en la neurosis, se trata de una manifestación superfi­</p><p>cial, que brinda poco insight en la vasta estructura sub­</p><p>yacente. La heterosexualidad aparece como peligrosa y</p><p>prohibida, y en consecuencia contracatectizada. La</p><p>homosexualidad nos da el ejemplo más claro: la investi­</p><p>dura fóbica por el sexo opuesto que muestran los homo­</p><p>sexuales de ambos sexos está reforzada, tanto por las</p><p>174</p><p>interdicciones masivas pronunciadas por los padres,</p><p>como por la angustia de castración que, en todo caso,</p><p>nunca falta. El estudio de adolescentes, hombres y</p><p>mujeres, homosexuales muestra que todo lo que desa­</p><p>nima a la heterosexualidad, tiene por efecto alentar la</p><p>homosexualidad. Presiones semejantes, provenientes de</p><p>problemas inconscientes de los padres, se ven en funcio­</p><p>namiento, igualmente, en otros desviados sexuales.</p><p>Cuántos pacientes travestís, por ejemplo, recuerdan la</p><p>mirada materna cómpíice que finge no ver, en el dormi­</p><p>torio del hijo, la ropa interior robada. De esta manera, el</p><p>niño destinado a una solución desviada del Edipo a</p><p>menudo se encuentra en búsqueda de una solución a los</p><p>problemas sexuales y narcisistas de los padres; su iden­</p><p>tida d psíquica está hecha, en su mayor parte, a la</p><p>medida de sus especificaciones íncon!"!cientes. Podemos</p><p>decir al respecto que la perversión e~ .rn triunfo sobre el</p><p>instinto sexual.</p><p>La "solución perversa" del l!;dipo es tanto la res­</p><p>puesta a los problemas de la identidad y de la alteridad,</p><p>como una escapatoria a la angustia de castración y un</p><p>lugar de depósito privilegiado para las pulsiones prege­</p><p>nitales. Las perversiones demuestran que su creador</p><p>usa su capacidad sexual para enfrentar peligros</p><p>narcisistas.</p><p>El dilema homosexual provee insight en</p><p>los factores</p><p>dinámicos y económicos para mantener la estructura</p><p>sexual perversa.</p><p>A través del estudio de la homosexualidad femenina</p><p>(McDougall, 1964, 1970) y siguiendo los casos de varo­</p><p>nes homosexuales, he llegado a extraer, primeramente,</p><p>ciertos elementos importantes concernientes al papel</p><p>inconsciente de la relación sexual en la economía psí­</p><p>quica, y a apreciar la estructura edípica de tales anali­</p><p>zantes. La importancia del acto homosexual para el</p><p>175</p><p>mantenimiento del sentimiento de identidad y de auto­</p><p>estima sólo tiene su equivalente en Ja profunda ambiva­</p><p>lencia y en la violencia que, al mismo tiempo, marcan</p><p>esta relación. Estos factores existen en muchas relacio­</p><p>nes heterosexuales, pero las heridas narcisistas que</p><p>conducen a la búsqueda de un objeto homosexual son</p><p>tales que la exigencia inconsciente, dirigida a la pareja</p><p>para que las repare, da un aspecto más compulsivo y</p><p>destructivo al intercambio homosexual.</p><p>Los "retratos de familia" esbozados por estos pacien­</p><p>tes son, como lo hemos visto en los capítulos preceden­</p><p>tes, extrañamente parecidos: es la imago materna la que</p><p>domina en todos los planos, imagen muy idealizada; el</p><p>odio que se le tiene está proyectado en el padre. Este</p><p>último es presentado como brutal, gastado, frío, de ori­</p><p>gen inferior al de la madre, incluso muerto, y en conse­</p><p>cuencia borrado de su lugar en el mundo objeta) interno.</p><p>Así Ja imagen paterna ocupa muy poco espacio psíquico</p><p>en el mundo interno, por lo menos desde el punto de</p><p>vista positivo. Esta representación fracasa en el cumpli­</p><p>miento del rol simbólico normal del padre en la estruc­</p><p>tura edípica. El. fantasma de la escena primaria propor­</p><p>cionado por esta pareja (madre intocable e idealizada,</p><p>padre menospreciado y ausente), y la estructura edípica</p><p>derivada, están evidentemente un poco deformados.</p><p>Además, estas imágenes están a su vez brutal e írreal­</p><p>mente escindidas. El padre denigrado esconde siempre a</p><p>otro, portador de un falo ideal (papel atribuido, con fre­</p><p>cuencia, al padre de la madre, o aun a Dios, personaje</p><p>fálico, fuera de serie). La imagen materna, tan vene­</p><p>rada, esconde su cariz nefasto: es la imago primitiva,</p><p>destructora, la madre de la fase anal que vacía, controla,</p><p>aplas ta a su hijo, y a la madre oral, la que asfixia, aspira</p><p>y devora su producto. El homosexual, hombre o mujer,</p><p>inconscientemente, busca una protección contra ella eri-</p><p>176</p><p>giendo una "barrera fálica": en la niña, esto se realiza</p><p>por intermedio de una identificación con el falo ideali­</p><p>zado; en el caso del niño la búsqueda del falo ideal, a</p><p>través de su elección de objeto. Ambos crean, pues, un</p><p>objeto externo, narcisista, que ocupa el lugar de la</p><p>imago lesionada paterna, tratando de colmar, de esta</p><p>manera, una falta simbólica fundamental en su mundo</p><p>psíquico interno. El ideal del yo, igualmente proyectado</p><p>hacia el exterior, es causa de una hemorragia psíquica</p><p>continua de la autoimagen que también debe ser curada</p><p>con el acto sexual mágico.</p><p>Ya h emos estudiado, en los capítulos 1 y 2, en los</p><p>analizantes no homosexuales, el intento de dar sentido al</p><p>modelo sexual lacunar que ha sido proporcionado, y a la</p><p>organización edípica distorsionada, con los trastornos de</p><p>la economía libidinal y narcisista. Se incluyó un estudio</p><p>de la perversión fetichista para ilustrar el hecho de que</p><p>el acto sexual invariablemente incluye el deseo de ganar,</p><p>conservar o controlar la representación externa del falo</p><p>idealizado e inconscientemente aterrador. El objeto feti­</p><p>chista se crea mediante escisión, proyección y mecanis­</p><p>mos de desplazamiento para reparar el fracaso simbólico</p><p>y detener la imagen fantasiosa inconsciente amenaza­</p><p>dora. Como hemos podido ver, la violencia disfrazada de</p><p>los analizantes homosexuales se ha mostrado de manera</p><p>más clara aún en el juego erótico de los desviados no</p><p>homosexuales. Se trata siempre de una puesta en acto de</p><p>una castración lúdica que, ella también, debe rellenar la</p><p>brecha en el mundo psíquico interior del sujeto, allí</p><p>donde el complejo de castración no ha sabido jamás signi­</p><p>ficarse a través del falo. Estos juegos sexuales no son,</p><p>pues, juegos amorosos, y apuntan tanto al control de la</p><p>angustia como a la realización de un deseo. La construc­</p><p>ción fetichista, en todos sus aspectos, parece ser paradig­</p><p>mática de todas las organizaciones perversas.</p><p>177</p><p>De estos rasgos que creí poder extraer del estudio de</p><p>casos de homosexualidad y de fetichismo, diría hoy que</p><p>se encuentran en todas las desviaciones sexuales organi­</p><p>zadas y que permiten diferenciarlas de las organizacio­</p><p>nes neuróticas y psicóticas. No quiero afirmar con esto</p><p>que dichas entidades son impermeables; sería más</p><p>correcto decir que una personalidad determinada puede</p><p>contener partes neuróticas y psicóticas, tanto como</p><p>aspectos perversos o sublimados, etc. El yo se defiende</p><p>de diferentes maneras contra los peligros que lo amena­</p><p>zan. La organización perversa, justamente, está mar­</p><p>cada por una mezcla de defensas psicóticas y neuróticas;</p><p>la escisión, señalada por Freud, es el escudo defensivo</p><p>del yo, especialmente en ciertos desviados sexuales. Sin</p><p>embargo, no quisiera dar la impresión de que la forma</p><p>que toma la expresión erótica perversa no tiene signifi­</p><p>cación propia; esto sería doblemente falso puesto que, al</p><p>contrario, esta significación es extremadamente impor­</p><p>tante en el análisis de estos pacientes. Hay una dif eren­</p><p>cia notoria, por ejemplo, entre la estructura psíquica del</p><p>homosexual y la que sostiene a otras organizaciones per­</p><p>versas; y diferencias evidentes en cuanto a la significa­</p><p>ción de la perversión en la mujer o en el hombre. Lo que</p><p>me interesa por el momento es extraer rasgos específicos</p><p>de la estructura perversa del Edipo, su función dinámica</p><p>y económica, y los problemas que se plantean al res­</p><p>pecto.</p><p>La estructura edípica de estos sujetos es sorpren­</p><p>dente por su homogeneidad misma: es la pareja mística</p><p>del pequeño Jesús-madre idealizada, asexuada y padre</p><p>inasible, aéreo como el Espíritu Santo. Detrás de estos</p><p>retratos ostensiblemente pintados encontramos una</p><p>imago materna vivida por el hijo como mortalmente</p><p>peligrosa, mientras la del padre está investida c)n un</p><p>falo ideal pero, relacionado con la muerte. Esta imago</p><p>178</p><p>-</p><p>fálica, en lugar de ser un objeto interno, y por consi­</p><p>guiente, un símbolo esencial para comprender y estruc­</p><p>turar tanto la realidad inter-humana y sexual como el</p><p>lugar y la identidad narcisística y sexuada del sujeto,</p><p>por el contrario, es buscada compulsiva y ansiosamente</p><p>en el exterior. Esta persecución sin descanso muestra la</p><p>gravedad del fracaso simbólico y los daiios que ocasiona</p><p>en la estructura de la identidad subjetiva. La actuación</p><p>sexual se convierte, entonces, en búsqueda perpetua de</p><p>una confirmación de sí mismo, destinada a contener el</p><p>pánico que se desata frente a toda amenaza de pérdida</p><p>o dolor narcisista. Porque este fracaso simbólico se pro­</p><p>duce sobre una base fisurada, muy anterior a la crisis</p><p>edípica y de la diferencia sexual; este fracaso primitivo</p><p>concierne a la falta primordial de la madre, allí en</p><p>donde se funda la alteridad, allí en donde se origina la</p><p>capacidad de "simbolizar" esta falta y de crear las pri­</p><p>meras ilusiones para llenar el espacio psíquico dejado</p><p>por la ausencia del Otro. Es lo que Winnicott (1951,</p><p>197la) llama la actividad creadora primaria, la materia</p><p>prima con la que se fabrican la ilusión y la realidad psí­</p><p>quicas. Refiriéndose al nacimiento del objeto transicio­</p><p>nal, Winnicott señala que su interés no reside simple­</p><p>mente en que ocupa el lugar de un objeto (madre, pecho)</p><p>puesto que no es este objeto real, corporal, sino un</p><p>objeto-cosa del cual el niño sólo ha creado la significa­</p><p>ción. Para que el niño logre esta creación, le hace falta</p><p>una madre que tolere sustitutos de ella misma. El niño</p><p>que no ha sido ayudado para colmar con su propia acti­</p><p>vidad psíquica la falta de Ja madre, encontrará doble­</p><p>mente difíciles de afrontar los renunciamientos de la</p><p>hago más que redescubrir todo lo que de</p><p>18</p><p>allí se deriva: la angustia de castración; los aconteci­</p><p>mientos traumáticos de la infancia que, en el análisis,</p><p>apuntalan el sentido del fantasma amenazante; la pre­</p><p>genitalidad y la tolerancia de sus expresiones eróticas</p><p>que los neuróticos niegan; el retorno del ataque super­</p><p>yoico rechazado por el sujeto, volviendo del exterior con</p><p>fuerza persecutoria. Mis pacientes me ayudaban a</p><p>reconstruir sus vidas de niño, a escuchar en sus propias</p><p>palabras las claves que daban sentido a su invención</p><p>erótica, a su elección de objeto, a sus estrechos objeti­</p><p>vos. Pero sus sufrimientos continuaban, y su desviación</p><p>también. Por más que encontrase en la famosa fórmula</p><p>"la neurosis es el negativo de la perversión" que es enri­</p><p>quecedora -fórmula que la experiencia clínica siempre</p><p>confirma- me parecía insuficiente para comprender lo</p><p>que hay de inquebrantable y compulsivo en la organiza­</p><p>ción perversa. La hipótesis económica de la "energía</p><p>libidinal", hipótesis que tan bien ilumina el síntoma</p><p>neurótico con sus satisfacciones secretas, no explica del</p><p>mismo modo los caminos complejos de la desviación</p><p>sexual, que constituye la economía de una construcción</p><p>neurótica. Dicho de otra forma, esta desviación (= una</p><p>vía distinta) no es un simple desvío en el camino del</p><p>placer. Una dimensión evocadora de la desesperación,</p><p>una necesidad vital se entremezclan en la práctica per­</p><p>versa, adelantándose al deseo; o más bien, es un deseo</p><p>diferente el que se expresa y, muy frecuentemente,</p><p>puede prescindir tanto de la resolución orgástica como</p><p>de la relación amorosa. Allí la amenaza que pesa sobre</p><p>la sexualidad es más antigua: concierne al derecho a</p><p>una existencia separada y a un pensamiento indepen­</p><p>diente. Se trata de la angustia originaria, del peligro de</p><p>desaparecer en el otro y de desear esta desaparición,</p><p>esta muerte psíquica ante la cual el ser infantil y frágil</p><p>inventará lo que sea para escapar. Así nacen tanto las</p><p>19</p><p>creaciones de la sexualidad perversa como la perversi­</p><p>dad cruel que intenta· por medios eróticos controlar el</p><p>peligro que representa el otro. Algunos, presos en la</p><p>trampa de su deseo de vivir y su imposibilidad de</p><p>hacerlo sin violencia, encuentran en la no-sexualidad</p><p>un guión y una escena para la acción susceptibles de</p><p>contener esta violencia, también con una expresión eró­</p><p>tica que les permite una vida sexual, aunque muy</p><p>intrincada, y un contacto con sus semejantes, aunque</p><p>muy parcial. Así se evita a la vez el peligro de perder</p><p>todo derecho al deseo y el peligro de perderse en la rela­</p><p>ción con el otro. Por el contrario, en este encuentro,</p><p>queda recuperada la imagen de sí, con una identidad</p><p>propia y sin que nadie muera. Pues el encarnizamiento</p><p>por destruir al objeto amenazador apunta al mismo</p><p>tiempo a los objetos originarios más amados. Este</p><p>drama da la medida de la hazaña del niño que crea</p><p>estas invenciones, creaciones imaginarias que, en el</p><p>segundo tiempo del deseo, se convertirán en perversio­</p><p>nes sexuales.</p><p>Así, este libro comienza con la historia de M. B., o</p><p>más bíen con un trozo de su historia analítica que sólo</p><p>intenta ilustrar una hipótesis. Todo lo que era exclusivo</p><p>de B. no figura en estas páginas; sólo lo que tenía en</p><p>común con otros que, como él, sufrieron una misma</p><p>angustia y semejante desesperación. Este dolor insoste­</p><p>nible, más allá de la "angustia de castración" qi1e sub­</p><p>yace a la sintornatología del neurótico (y que tampoco</p><p>falta en estos pacientes), atañe a la muerte psíquica en</p><p>la que el yo del discurso corre el riesgo de perder sus</p><p>señales narcisistas identificatorias. Erigir una muralla</p><p>contra este derrumbamiento, muro cuyas primeras pie­</p><p>dras han sido colocadas en el transcurso de la primera</p><p>infancia, con todo lo que implica de tambaleante e</p><p>inquebrantable a la vez, es dar al comportamiento eró-</p><p>20</p><p>tico, piedra angular de este arcaico edificio, una dimen­</p><p>sión pavorosa e ineluctable.</p><p>En un capítulo más teórico (cap. 2) he intentado pre­</p><p>cisar esta problemática y definir el funcionamiento psí­</p><p>quico que permite mantener este frágil equilibrio.</p><p>Esta primera pregunta por la perversión abre otros</p><p>interrogantes. Muchas perversiones sexuales son en el</p><p>fondo sistemas insólitos de masturbación, lo que me con­</p><p>dujo a una reflexión sobre la masturbación como fenó·</p><p>meno universal en el ser humano, y sobre su rol como</p><p>expresión privilegiada de la bisexualidad psíquica y la</p><p>omnipotencia erótica de todo ser. Entre los dioses y las</p><p>lombrices, Hermafrodita ocupa un lugar imaginario</p><p>(cap. 4).</p><p>En "Creación y desviación sexual" (cap. 5) abordo el</p><p>problema de lo que liga la sublimación y la perversión y</p><p>de lo que las distingue, pregunta que para rnf está lejos</p><p>de haber recibido una respuesta definitiva.</p><p>Partiendo de la noción de una sexualidad "adictiva"</p><p>-de la sexualidad como droga-, he llegado a pregun­</p><p>tarme si muchas relaciones sexuales, que por su forma</p><p>no pueden considerarse desviaciones, no jugaban un</p><p>papel semejante en la economía psíquica del yo. De allí</p><p>la idea de señalar en la regresión p sicosomática una</p><p>forma de sexualidad y de relación "adictiva". En efecto,</p><p>he dedicado mi interés a aquellos que, si bien mostraban</p><p>una problemática de fondo idéntica a la que se descubre</p><p>en el interior de la desviación sexual, no han podido</p><p>encontrar este ensayo de autocuración , o bien, h abién­</p><p>dolo encontrado, no han podido retenerlo. La sesión ana­</p><p>lítica relatada e n "Cuerpo y discurso" (cap. 10) aporta</p><p>un ejemplo de la pérdida de las soluciones económicas</p><p>de este tipo.</p><p>Estas observaciones han desemboca do en los proble~</p><p>mas de la economía narcisista y su s permutaciones</p><p>21</p><p>eventuales en quienes luchan para salvaguardar su</p><p>identidad como sujeto. Querer sondear la profundidad</p><p>de las angustias psicóticas de despedazamiento, de pér­</p><p>dida de identidad, es un trabajo de espeleólogo psíquico~</p><p>trabajo en una angustia compartida para seguir una</p><p>senda que se abre sobre un vacío tan aterrador que todo</p><p>camino parece bueno para escapar de él~ fuga hacia los</p><p>otros, tragados como una droga; fuga ante los otros en</p><p>una autarquía narcisista; y, cuando el intento de anidar</p><p>en el otro, de enroscarse sobre sí mismo, conduce siem~</p><p>pre a un abismo cuya profundidad no puede medir el</p><p>espíritu, precipitación en actos automutilantes o toxico­</p><p>manfacos, con la fuga última hacia el suicidio en el hori­</p><p>zonte.</p><p>No nos asombramos entonces al observar, en aque­</p><p>llos cuya demanda de análisis está sustentada por seme­</p><p>jante sufrimiento, una resistencia feroz contra el proto­</p><p>colo de la cura psicoanalítica con su invitación a decirlo</p><p>todo, a experimentarlo todo, sin recurrir a la actuación.</p><p>No me refiero aquí a esas curas llamadas de "psicotera­</p><p>pia psicoanalítica", en las que el analista se muestra</p><p>reservado de entrada respecto de la capacidad del</p><p>demandante para utilizar la relación analítica, para</p><p>poder contener y elaborar las emociones intensas susci­</p><p>tadas en ella, para soportar comunicaciones que no son</p><p>sino interpretaciones. A decir verdad, emprender seme­</p><p>jante aventura supone una buena dosis de salud mental.</p><p>Pues sucede que muchos pacientes se comprometen en</p><p>un análisis a causa de síntomas' neuróticos pero la parte</p><p>psicótica prevalece en ellos por encima de la dimensión</p><p>neurótica de la personalidad. La defensa contra las</p><p>angustias psicóticas amenaza interponerse constante­</p><p>mente entre el analista y el analizante, desencadenando</p><p>pasajes a la acción que difícilmente pueden traducirse</p><p>en palabras; o peor aún, análisis en apariencia tranqui-</p><p>22</p><p>los o tormentosos pero vacíos, en los que las sesiones se</p><p>suceden y se asemejan sin producir ningún cambio en el</p><p>interior de la relación analítica.</p><p>Ineluctablemente, descubrí que estos pacientes</p><p>movilizan en el analista sus propios temores y defensas</p><p>psicóticas; en efecto, cuando el trabajo se estanca, es el</p><p>analista quien corre el riesgo de perder sus señales iden­</p><p>tificatorias, es decir, de perder su identidad</p><p>cri­</p><p>sis edípica y la creación de defensas psíquicas para</p><p>paliarla.</p><p>Al igual que el objeto transicional, los objetos perver­</p><p>sos están cargados de magia simbólica, y el problema</p><p>179</p><p>puede presentarse con respecto a su eventual similitud.</p><p>Tomemos el ejemplo del fetiche: el objeto transicional es</p><p>una etapa normal en la evolución del niño, mientras que</p><p>el objeto fetiche da cuenta de un fracaso en la capacidad</p><p>de simbolizar la verdad sexual y en los renunciamientos</p><p>a la omnipotencia que ello exige. El fetiche (como el</p><p>objeto transicional) es representativo de un objeto real,</p><p>y él también tiene su interés en el hecho de que es un</p><p>objeto-cosa, o sea, una creación del sujeto, de la misma</p><p>manera que el niño crea a su primera "posesión not-me".</p><p>(La pareja, en la puesta en escena perversa, también</p><p>puede servir de objeto-cosa.) Sin embargo, el objeto</p><p>transicional no es en absoluto un objeto perverso y no</p><p>tiene prácticamente ninguna posibilidad de convertirse</p><p>en fetiche. Los dos objetos pertenecen a dos estadios dis­</p><p>tintos de la evolución del niño. Lo que puede acercarlos</p><p>es su construcción simbólica y su relación con Ja imagen</p><p>materna. Es probable que el tipo de madre que impide a</p><p>su bebé encontrar y crear su objeto transicional es el</p><p>mismo que prepara un terreno propicio para un desen­</p><p>lace perverso del Edipo. Al negarse a renunciar al objeto</p><p>incestuoso, el niño deja pasar la alternativa de la identi­</p><p>ficación secundaria con el objeto del mismo sexo y se</p><p>condena, pues, a una recuperacíón narcísista de su iden­</p><p>tidad sexual lesionada.</p><p>Quisiera citar, en este contexto, un pasaje de un ar­</p><p>tículo de J. Chasseguet (1971): " .. . el sector privilegiado</p><p>de la creación permite al sujeto una recuperación narci­</p><p>sista sin intervención externa. En efecto, estos pacien­</p><p>tes, enfermos por falta de aportes narcisistas externos</p><p>en su primera infancia, logran, por intermedio del acto</p><p>creador, colmar sus déficit narcisistas de manera autó­</p><p>noma. En este sentido, la creación es una autocreación y</p><p>el acto creador saca su impulso profundo del deseo de</p><p>paliar, por sus propios medios, las faltas dejadas o pro-</p><p>180</p><p>vacadas por otro" (págs. 102-3; la bastardilla me perte­</p><p>nece). La idea principal de estas líneas concuerda, de</p><p>una manera bastante estricta, con mi concepción de la</p><p>significación de la sexualidad desviada en tanto acto de</p><p>creación, y con la de su arraigo en la relación materna</p><p>precoz. No propondré desarrollar más extensamente los</p><p>aspectos narcisistas de la estructuración psíquica del</p><p>desviado sexual, ya que éstos no están reservados única­</p><p>mente a la perversión, sino que se descubren en todas</p><p>las manifestaciones de la economía psíquica expresadas</p><p>en síntomas actuados (por ejemplo, adicciones, actos de</p><p>delincuencia, caracteropatías repetitivas). Mi tema,</p><p>aquí, se limita a estudiar la dimensión creadora de la</p><p>sexualidad perversa y su modo de funcionamiento.</p><p>Si bien el sistema sexual del perverso proporciona a</p><p>su estructura psíquica una defensa sólida contra las</p><p>infiltraciones de angustia psicóticas, hay en él una fragi­</p><p>lidad intrínsecamente inscrita, puesto que el sistema</p><p>sólo ha podido construirse gracias a la desaparición de</p><p>ciertos lazos asociativos entre las representaciones psí­</p><p>quicas y la realidad externa. Así pues, la relación del</p><p>sujeto con la realidad tiende a debilitarse, al menos en</p><p>este ámbito circunscrito. Para colmar el vacío dejado por</p><p>la elisión del falo en tanto que respuesta a la angustia</p><p>de castración, el sujeto se ve obligado a descubrir otros</p><p>puntos de referencia y símbolos, a inven tar nuevos cono­</p><p>cimientos, a recurrir a la ilusión.</p><p>Espero haber mostrado en qué consiste el saber ilu­</p><p>sorio del perverso, aquello que funda la creencia y el</p><p>secreto de quien erige en sabiduría esotérica su solución</p><p>sexual, o cree poseer el "verdadero" secreto del deseo</p><p>sexual. ''¡La normalidad -dice el perverso- es el Eros</p><p>castrado!", y no está totalmente equivocado. Porque la</p><p>perversión es un triunfo sobre el Edipo, así como sobre</p><p>la sexualidad genital que, por definición, dependen</p><p>181</p><p>siempre de un otro. La perversión es el "sistema D" de la</p><p>sexualidad, la verdadera esencia de la independencia.</p><p>Sólo áSÍ el perverso puede conservar la ilusión de ser el</p><p>"verdadero" objeto de deseo de su madre, con el derecho</p><p>de castrar al padre e inventar un modelo sexual idiosin­</p><p>crásico.</p><p>En análisis, la depresión que está detrás de esta</p><p>actividad e rótica se revela rápidamente y da a esta</p><p>sexualidad un matiz de "defensa maníaca", en el sentido</p><p>kleiniano del concepto. En la reconstrucción de su histo­</p><p>ria, muchos de estos analizantes, reencuentran el re­</p><p>cuerdo de desilusión fatal respecto de lo que representa</p><p>para s u madre. El encuentra en su juego sexual la</p><p>manera de reparar la ilusión desgarrada , encuentra con</p><p>qué colmar el vacío brutal producido de esta forma en su</p><p>sentimiento de identidad. ("Si no soy el objeto privile­</p><p>giado de mi madre, ¿quién soy, entonces?") En adelante,</p><p>el juego debe disfrazar tanto la verdad sexual como la</p><p>rabia y los impulsos homicídas suscitados por su descu­</p><p>brimiento. Sin embargo, la decepción edípica forma</p><p>parte de la condición humana. El enigma de la elección</p><p>perversa permanece intacto.</p><p>En el análisis estos pacientes nos revelan la manera</p><p>como han construido sus puntos de referencia identifica­</p><p>torios para paliar el derrumbamiento de la ilusión inces­</p><p>tuosa; a veces es e] nacimiento de un hermano menor o,</p><p>con mucha frecuencia, es la actitud de desprecio de los</p><p>padres hacía la sexualidad de su hijo. Se trata, a</p><p>menudo, de madres y padres inconscientemente seduc­</p><p>tores , que se pasean desnudos delante de sus hijos, que</p><p>niegan el derecho a los adolescentes de encerrarse solos</p><p>en e] cuarto de baño, etc. Con la aparente renegación de</p><p>las pulsiones sexuales de sus hijos, estos padres favore­</p><p>cen las organizaciones sexuales perversas de sus hijos.</p><p>La novelis ta Violette Leduc, en su novela autobiográ-</p><p>182</p><p>fica Thérese et lsabelle ( 1966) da un ejemplo clásico del</p><p>despertar a la relación homosexual. Hija ilegítima, fiel</p><p>s~r'!\dora de su madre, se entera brutalmente de que</p><p>ésta va a casarse y que, en consecuencia, ella será</p><p>enviada a un pensionado. Allí será seducida por Isabel:</p><p>"Está casada. Estamos divididas. Se acabó el tiempo</p><p>en que escarbaba la tíerra para ella, en que me desli­</p><p>zaba entre los alambres de púas ... Ya no seré su hombre</p><p>de jornada, ya no seré el trabajador que le traerá</p><p>dinero ... lo ha tirado todo. La Señorita se casaba. Ha</p><p>liquidado todo. Tiene lo que le hace falta. Es una mujer</p><p>casada ... un hombre nos separó. El suyo. Nos hubiéra­</p><p>mos bastado a nosotras. Yo tenía calor en su cama. Ella</p><p>me llamaba su pequeño pícaro. Me decía: acurrúcate</p><p>contra mi brazo ... pero el Señor está entre nosotros. Ella</p><p>quiere una hija y un marido. Tengo una madre exigente,</p><p>yo ... pero ella tiene a alguien. Yo encontré a Isabel,</p><p>tengo a alguien. Yo soy de Isabel, no pertenezco más a</p><p>mi madre" (pág. 20-22).</p><p>De esta manera, el niño fijado a su madre realiza un</p><p>esfuerzo desesperado por librarse de ella a través de</p><p>nuevas invenciones eróticas. Estos argumentos sexua­</p><p>les, predeterminados en su esencia, a menudo comien­</p><p>zan a elaborarse en el período de latencia. Negación,</p><p>renegación, desplazamíento, vienen en su ayuda cuando</p><p>el niño no puede mantener más 1a ficción de ser el objeto</p><p>fálico de su madre; pero ya no puede descubrir los ver­</p><p>daderos objetos de su deseo. Como e1 padre ha sido reco­</p><p>nocido raramente como objeto de deseo por la madre, el</p><p>niño no siente deseos de volcarse hacia él, ni de identifi­</p><p>carse con él. La exclusión del padre. reforzada por las</p><p>actitudes conscientes e inconscientes de ambos progeni­</p><p>tores, concuerda demasiado bien con el deseo del niño de</p><p>creer en el mi to de un padre borrado, castrado, y de una</p><p>madre colmada únicamente por su hijo. La crisis edípica</p><p>183</p><p>exige entonces soluciones desviadas. La madre cómplice,</p><p>el padre desfalleciente,</p><p>y sus influencias conjugadas en</p><p>la creación de un modelo sexual y superyoico distorsio­</p><p>nado, son bien conocidos, mientras que la elaboración</p><p>psíquica, de la cual es testigo la invención neosexual del</p><p>niño, ha llamado menos la atención. Esto plantea tam­</p><p>bién la existencia de muchos factores desconocidos, uno</p><p>de los cuales es comprender el problema del manteni­</p><p>miento de este mito sexual a pesar de su cualidad iluso­</p><p>ria, pero sin ceder a explicaciones sexuales psicóticas.</p><p>En muchos aspectos, la escena representada y los</p><p>mecanismos psíquicos en acción son comparables con la</p><p>creación de un sueño. Un paciente paga a una prostituta</p><p>para que se ponga cierto tipo de zapatos con tacón alto;</p><p>calzada de esta manera, la mujer debe pisotear el sexo</p><p>del paciente diciendo palabras humillantes~ el paciente</p><p>observa la escena en un espejo, hasta llegar al orgasmo.</p><p>Otro se viste con ropa que oculta su sexo pero que deja</p><p>sus nalgas al descubierto; se azota, entonces, y única­</p><p>mente la vista de las marcas del látigo que espía ansio­</p><p>samente en un espejo le proporciona un goce que él cali­</p><p>fica de extraordinario. Otro, aún más, lame la materia</p><p>fecal y el ano de su pareja para alcanzar el goce sexual,</p><p>etc. Todas estas escenas ocultan un argumento compli­</p><p>cado; como un sueño, se parecen a una obra de teatro en</p><p>la que faltan algunos lazos esenciales para su compren­</p><p>sión. Se trata, sin embargo, de un contenido manifiesto</p><p>que hace uso del proceso primario: condensaciones, des­</p><p>plazamientos, equivalentes simbólicos. Y el actor princi­</p><p>pal mismo ha perdido, invariablemente, la clave de su</p><p>mitología sexual. El trata, absolutamente, de conven­</p><p>cerse y de convencer a los demás de que posee el secreto</p><p>del deseo sexual, y es lo que monta en espectáculo en su</p><p>creación erótica. Pero el contenido latente se le escapa.</p><p>¿Qué quiere probar o realizar esta puesta en escena de</p><p>184</p><p>un deseo provisto de objetos insólitos, de objetivos nue­</p><p>vos, de zonas nuevas, que aparecen ante el profano como</p><p>poco aptas para suscitar o satisfacer un deseo sexual?</p><p>Esta nueva escena primaria, de la que el perverso es</p><p>autor, merece toda nuestra atención. Aunque los intér­</p><p>pretes, el decorado, los objetos demuestran tantas varia­</p><p>ciones como la imaginación del hombre sea capaz de con­</p><p>cebir, el tema es inmutable. Como ya lo señalé, es el de</p><p>la castración reducida a un juego excitante que apunta a</p><p>controlar la angustia inherente.</p><p>Ya hemos evocado (capítulo 2) algunos argumentos</p><p>clásicos: el del sadomasoquista, que busca el dolor y a</p><p>menudo apunta a sus órganos genitales o a los de su</p><p>pareja para llevar a cabo la castración lúdica; el feti­</p><p>chista, que reduce la castración imaginada a un juego</p><p>de nalgas azotadas, de ataduras dolorosas, en donde</p><p>las huellas de los malos tratos simbolizan la castración</p><p>y al mismo tiempo se borran fácilmente; o el drama del</p><p>travestí que hace desaparecer su sexo poniéndose la</p><p>ropa de su madre con el fin de apropiarse de su identi­</p><p>dad; o aun del homosexual, con su búsqueda incesante</p><p>de penes que juega a incorporar -anal, oralmente-,</p><p>reparando de esta manera su fantasía de autocastra­</p><p>ción, castrando, y reparando al mismo tiempo al com­</p><p>pañero.</p><p>Pero también hay otras "castraciones" que no perte­</p><p>necen a la fase fálico-edípica, angustias de castración</p><p>que forman parte de la experiencia afectiva del lactante</p><p>y que deben, igualmente, ser puestas en escena y contro­</p><p>ladas por el acto mágico erótico. En esta época precoz, lo</p><p>que está en juego no es el sexo sino el cuerpo entero,</p><p>incluso la vída misma. En un artículo, Michel de</p><p>M'Uzan (1972) describe la puesta en escena de un</p><p>paciente: "Asfixiándose entre el somier y el colchón,</p><p>asistía a las relaciones sexuales que su mujer tenía,</p><p>185</p><p>encima de él, con el partenaire , el cual acababa por abo­</p><p>fetearlo, hacerle besar manos y pies y le ordenaba que</p><p>absorbiera sus excrementos". En el argumento escrito y</p><p>puesto en acción por este paciente, se trata, aparente­</p><p>mente, de un juego de control de traumatismos pregeni­</p><p>tales, tal como los puede vivir en su relación materna un</p><p>niño, en donde Ja respiración, la piel, los excrementos, el</p><p>cuerpo entero están en juego. Si tratamos de poner en</p><p>palabras este acto dramático, nos puede hacer pensar</p><p>que el hombre, habiendo sufrido el castigo del padre,</p><p>puede ahora participar del coito parental a través de</p><p>sensaciones cinestésicas y auditivas, oculto en e) mismo</p><p>vientre materno.</p><p>A pesar de las diferencias de nivel de regresión en la</p><p>figuración de la "castración lúdica", vemos que la intriga</p><p>es siempre Ja misma: la castración no hace sufrir; mejor</p><p>aún, es la condición misma del goce sexual sin peligro.</p><p>De esta manera, el sujeto pone fin a su inmensa angus­</p><p>tia, gracias a la puesta en escena de su ilusión, como el</p><p>niüo de) juego del carretel controla el traumatismo de la</p><p>separación. A través de la negación masiva de la angus­</p><p>tia de castración y de la escena primaria, el sujeto logra</p><p>convencerse también de que los órganos genitales de los</p><p>padres no están destinados a completarse el uno al otro.</p><p>El niño ha trocado el mito de Edipo con su estructura</p><p>universal por una mitología sexual privada. Su vida se</p><p>limitará, en adelante, a este nuevo modelo.</p><p>En el mantenimiento de su escena primaria ficticia</p><p>el perverso está comprometido, sin embargo, en un com­</p><p>bate con la verdad. Saber que "uno más uno hacen dos"</p><p>no es en sí mismo una gran adquisición intelectual, pero</p><p>aquel (que no 1o sepa) tendrá dificultades donde quiera</p><p>que vaya; en lo sucesivo se verá forzado a calcular según</p><p>reglas personales. Los cálculos falsos del perverso no</p><p>siempre se limitan a las relaciones sexuales; a veces</p><p>186</p><p>pueden reglamentar todas sus relaciones objetales, lo</p><p>que confina con la psicosis.</p><p>¿Cómo comprender esta neosexualidad? ¿Cómo con­</p><p>'\'t2ttir E?µ muerto a un padre vivo? ¿Cómo negar 1a esce­</p><p>na primaria, haciendo poco caso de la amenaza de cas­</p><p>tración? ¿A través de qué mecanismos psíquicos se</p><p>puede lograr esto, y dónde se encuentran los probables</p><p>puntos de fijación?</p><p>Para situar mejor la "solución perversa" con respecto</p><p>a la "solución neurótica" de la angustia de castración y</p><p>de la problemática edípica, retomo una vez más la con­</p><p>cepción freudiana de la evolución de los fantasmas del</p><p>niño en su intento por adaptarse a las realidades ina­</p><p>ceptables de la diferencia de sexos y de la alteridad obje­</p><p>ta}:</p><p>l. Primeramente, el niño cree que sólo hay un órga­</p><p>no sexual: el pene. Es la teoría simplificada del sexo úni­</p><p>co.</p><p>2. Tarde o temprano el niño percibirá que las muje­</p><p>res no tienen pene, y entonces destruye la representa­</p><p>ción de sus propias percepciones: "Hay un pene allí; yo</p><p>lo vi". Es la renegación, forma drástica de "negar a tra­</p><p>vés de la palabra y del acto".</p><p>3. Con la evolución del yo del niño, la realidad ex­</p><p>terna toma un aspecto inexorable que obstaculiza esta</p><p>solución cómoda; el niño se pone a imaginar aconteci­</p><p>mientos para enfrentar el problema. Es la renegación a</p><p>traués de la fantasía ("papá castró a mamá", "tiene el</p><p>pene escondido dentro de ella", etc). Esto representa un</p><p>progreso psíquico considerable de su elaboración psí­</p><p>quica.</p><p>4. El descubrimiento y la aceptación progresiva de</p><p>la realidad sexual con sus interdicciones obligan a los</p><p>niños de ambos sexos a contracatectizar el inquietante</p><p>187</p><p>sexo materno. El sexo femenino se inviste como asque­</p><p>roso, peligroso, horrible o sin interés y en feminidad es</p><p>menospreciada. De una u otra manera el sexo materno</p><p>deja de ser un objeto fascinante. El niño parece haber</p><p>"resuelto" la crisis edípica. A menudo ha logrado simple­</p><p>mente reprimir en bloque sus fantasías, y la puerta</p><p>queda abierta a neurosis posteriores.</p><p>5. Es el período llamado de latencia, marcado por la</p><p>regresión líbidinal y la adhesión a grupos en donde los</p><p>niños buscan, en su semejante, un apoyo homosexual</p><p>contra el mundo de los adultos. Este apoyo falta, espe­</p><p>cialmente, en los niños destinados a una solución des­</p><p>viada u homosexual</p><p>del conflicto edípico. En este pe­</p><p>ríodo, estos niños se convierten ya en niños solitarios,</p><p>"diferentes de los otros".</p><p>6. En el mejor de los casos hay "superación" del</p><p>Edipo (aunque esto corre el riesgo de formar parte de</p><p>una mitología psicoanalítica). El niño que llega a este</p><p>estadio acepta que lo que él desea no se realizará jamás;</p><p>admite que el secreto del deseo sexual se encuentra en el</p><p>pene faltante de la madre, y que únicamente el pene del</p><p>padre podrá colmar el sexo de la madre; acepta, final­</p><p>mente, quedar para siempre enajenado de su primer</p><p>deseo y de sus deseos narcisistas. Es la identificación</p><p>secundaria.</p><p>Pero el niño que no logra la reorganización profunda</p><p>de su identidad sexual a partir de esta "resolución" de la</p><p>crisis edípica se verá obligado a inventar una pauta</p><p>sexual desviada, como contornear el Edipo con sus ver­</p><p>dades inaceptables. Está bloqueado entre el estadio 2 y</p><p>el 3 del esquema freudiano. Habiendo destruido la signi­</p><p>ficación de sus propias percepciones, se ve obligado a</p><p>crear una neorrealidad para llenar el vacío dejado por</p><p>su renegación. Aquí se encuentra, precisamente, la dife­</p><p>rencia entre el acondicionamiento neurótico y la ilusión</p><p>188</p><p>......</p><p>--</p><p>perversa. Formaciones reactivas, contracatectizaciones</p><p>fóbicas y otras defensas neuróticas, fruto de las elabora­</p><p>ciones fantasiosas, se encuentran igualmente en la</p><p>estructura defensiva de los sujetos perversos, pero están</p><p>sobreañadidas a la renegación fundamental.</p><p>La Verleugnung de Freud, si se la observa atenta­</p><p>mente, incluye dos tipos de defensa: el primero, la rene­</p><p>gación de la realidad a través de la palabra y del acto; el</p><p>segundo, la renegación de la realidad a través de la fan­</p><p>tasía. Pienso, como ya lo señalé en el cap. 1, que es más</p><p>adecuado reservar el término de "renegación" (disavo­</p><p>wal) para la "'renegación a través del acto y de la pala­</p><p>bra", y guardar el término "desmentida" (denial) para la</p><p>defensa a través de las fantasías, y así se mantiene la</p><p>distinción señalada por Anna Freud ( 1936). El niño que</p><p>frente al sexo femenino declara que ha visto un pene, ha</p><p>encontrado una defensa mucho más radical que el que</p><p>admite que no hay pene pero agrega que crecerá más</p><p>tarde. Este último niño está de acuerdo con pensar</p><p>acerca de la situación afectiva perturbada.</p><p>Esta capacidad para contener y elaborar afectos</p><p>dolorosos e ideas atemorizantes testimonia una trans­</p><p>formación psíquica interior de importancia fundamental</p><p>para el desarrollo psicosexual del niño y para su futura</p><p>identidad sexual. Incluso si debe conservar sus fantasías</p><p>como punto nodal de una eventual neurosis, protege, sin</p><p>embargo, tanto su relación con la realidad como una</p><p>cierta independencia con respecto a ella. El sentido de la</p><p>"realidad"' puede ser concebido como girando alrededor</p><p>del sexo de la madre y la existencia de la vagina (Lewin,</p><p>1948). Esa nada que sorprende al niño y que lo angus­</p><p>tia, lo hace con doble intención, puesto que lo reenvía,</p><p>no solamente a la diferencia de sexos sino sobre todo a</p><p>su significancia. Al descubrir que su madre no tiene</p><p>pene, el niño ha tropezado con el secreto sexual de sus</p><p>189</p><p>padres. Más a11á de las fantasías de castración -ame­</p><p>nace ésta a los niños o haya sucedido ya a las niñas-, el</p><p>descubrimiento revela al niño el lugar donde un pene</p><p>real viene a cumplir su función fálica real. Su conoci­</p><p>miento sexual, hasta el momento corporal e intuitivo,</p><p>ahora está confirmado. El sexo abierto de la madre es la</p><p>prueba ineludible de la función del pene paterno. A la</p><p>interdicción de los deseos incestuosos se suma la morti­</p><p>ficación narcisista, al saber que está excluido de la rela­</p><p>ción sexual de los padres. Pero los niños que nos intere­</p><p>san aquí no quieren saber nada de esto. Prefieren negar</p><p>la diferencia, alucinar un pene, poner en el lugar de la</p><p>madre un objeto inanimado como origen del deseo, o de</p><p>muchas otras maneras, crear un orden nuevo sexual. De</p><p>este modo, el niño escapa al tabú del incesto, a la angus­</p><p>tia de castración y a la mortificación narcisista . Es una</p><p>victoria en todos los planos, pero que le cuesta caro, por­</p><p>que el sujeto cede una parte de su identidad psíquica en</p><p>este trueque. El pene del padre pierde su valor simbólico</p><p>y estructurante para la personalidad, al mismo tiempo</p><p>que ciertos fragmentos del conocimiento de la realidad</p><p>se borran. En comparación, el trabajo de elaboración</p><p>interna y de intrincada defensa que da origen a las crea­</p><p>ciones neuróticas es menos perjudicial para la integri­</p><p>dad del sujeto. Como ya dijimos, sin embargo, las dos</p><p>formas de tratamiento psíquico pueden muy bien coexis­</p><p>tir en el mismo individuo.</p><p>Dos sueños de dos analizantes nos revelan dos</p><p>maneras de afrontar la angustia de la castración y el</p><p>dolor narcisista. Uno tiene una sexualidad fetichista</p><p>complicada, mientras que el otro tiene problemas sexua­</p><p>les predominantemente neuróticos. El mismo día conta­</p><p>ron un sueño, movilizado, en cuanto a sus residuos diur­</p><p>nos, por un incidente vinculado a la transferencia: el día</p><p>anterior, los dos analizantes vieron en mi casa una</p><p>190</p><p>puerta abierta, puerta que habitualmente está cerrada,</p><p>a través de la cual se veían plomeros trabajando en mi</p><p>sistema de calefacción. "Soñé (habla el paciente feti­</p><p>chista) que estaba acostado al lado de una mujer y que</p><p>me ordenaban que mirara sus piernas. Yo miré un</p><p>momento pero no puede encontrar lo que, supuesta­</p><p>mente, tenía que responder. Me parecía que era un pro­</p><p>blema de lógica. Finalmente dije que jamás encontraría</p><p>la respuesta porque nunca había sido bueno en matemá­</p><p>ticas." Una de las asociaciones con este sueño fue que el</p><p>paciente había visto la puerta abierta de mi casa y que</p><p>no podía comprender qué hacían aquellos obreros allí</p><p>dentro. De esto, pasó a recordar sus largas horas de</p><p>ensoñaciones eróticas durante su niñez solitaria.</p><p>El otro sueño, vinculado igualmente por el soñador a</p><p>la puerta abierta, era el siguiente: "Trataba de penetrar</p><p>a una mujer pero algo me lo impedía y me puse fláccido;</p><p>de repente me encontré en su casa. Me dicen que no</p><p>puedo penetrar en cierto corredor porque son los secto­</p><p>res profesionales de su marido y eso me está prohibido.</p><p>Entonces, mágicamente me encuentro en su jardín. Allí</p><p>hay animales raros y un hombre me explica que son bes­</p><p>tias mitad gato, mitad serpiente. Se levantan, se cruzan,</p><p>vuelan por todas partes. El hombre me pregunta si</p><p>tengo miedo de que las bestias me rocen. Yo le digo que</p><p>no, pero que quisiera comprender cómo hacen para volar</p><p>así".</p><p>Dejo a mis lectores tener sus propias asociaciones</p><p>libres acerca de las múltiples significaciones conten]das</p><p>en el sueño. Es evidente que nos encontramos frente a</p><p>un florecimiento de fantasías en busca de su expresión.</p><p>Los· objetos simbólicos y los eslabones asociativos rela~</p><p>donados con lo que pasa entre los padres, el p ene del</p><p>padre y el interior de la madre. El sueño del primer</p><p>paciente, al contrario, revela un corte neto, una destrucM</p><p>191</p><p>ción del sentido y un empobrecimiento fantasioso que</p><p>exige un juego frenético de recuperación; y este sueño</p><p>reenvía al sujeto a los juegos solitarios de su niñez. Allí</p><p>donde la fantasía de renegación y elaboración hubiera</p><p>podido ayudar a contener la angustia impensable provo­</p><p>cada por todo lo visto y oído, era inventado un sistema</p><p>nuevo. El niño destinado a encontrar una respuesta</p><p>artificial, fetichista, al deseo sexual, ha logrado sola­</p><p>mente, renegar lo real para defenderse del dolor psí­</p><p>quico. Tuvo el coraje, por cierto, de remplazarlo por una</p><p>nueva creación lógica y neosexual pero se trata de un</p><p>coraje "loco", corno el desafío monumental del psicótico</p><p>que, más ocupado en proteger su vida que su sexuali­</p><p>dad, se atreve a inventar, no su identidad sexual, sino</p><p>una identidad entera, que ignora los puntos de referen­</p><p>cia identificatorios de lo social.</p><p>Nos encontramos aquí en una encrucijada de forma­</p><p>ciones perversas y psicóticas donde la renegación se</p><p>convierte en la abolición de la representación</p><p>psíquica,</p><p>o por lo menos en la destrucción del significante que</p><p>debería estar relacionado con la percepción y la pala­</p><p>bra. Lo que revela rechazo fuera del yo de lo que es into­</p><p>lerable y amenazador para el sujeto. Es el Verwerfung</p><p>postulado por Freud como mecanismo fundamental de</p><p>la estructura psíquica psicótica. Tratando de compren­</p><p>der el funcionamiento psíquico de Schreber, Freud ha</p><p>postulado que lo que había sido "suprimido" en el inte­</p><p>rior retorna desde el exterior de forma delusoria. Este</p><p>fenómeno se encuentra profundizado con Bion { 1967,</p><p>1970) en el concepto de K-Minus y con Lacan (1966) en</p><p>el concepto de forclusion. Estos mecanismos que cierran</p><p>el acceso a la verdad, permiten en las organizaciones</p><p>psicóticas una recuperación bajo una forma de alu­</p><p>cinación o delirio. Lo importante para nuestro tema es</p><p>lo siguiente: el perverso también rechaza un fragmento</p><p>192</p><p>de la realidad, dejando representaciones "desnudas"</p><p>(Bíon), es decir, cuya función significante ha sido des­</p><p>truida. El también recupera del exterior algo de lo que</p><p>)\~ :rechazado, pero es una recuperación mucho más</p><p>delimitada que la del psicótico. El perverso crea una</p><p>ilusión para dar un sentido al enigma del deseo. Por</p><p>supuesto, con frecuencia tiene la impresión de que su</p><p>solución de la problemática sexual le ha sido impuesta</p><p>por el espacio exterior, como el psicótico, para quien la</p><p>delusión está afectada por la calidad de lo real, pero la</p><p>locura de la perversión está limitada a ciertos sectores</p><p>de la realidad humana. La cualidad delusoria de la teo­</p><p>ría sexual del psicótico está reducida a un objeto parcial</p><p>o a un objeto-cosa. Estas "máquinas de influir" en</p><p>miniatura, que permiten el deseo y su control riguroso,</p><p>tal vez son una "psicosis focalizada", pero garantizan al</p><p>sujeto la continuidad del deseo sexual y la integridad de</p><p>su identidad personal. De igual importancia es que</p><p>estos mismos objetos parciales o inanimados constitu­</p><p>yen un dique para los deseos destructivos del sujeto</p><p>hacia los objetos de su deseo. Ninguno es castrado, nin­</p><p>guno es matado.</p><p>He hablado mucho del deseo y poco de la violencia y</p><p>de la agresividad que contienen las desviaciones sexua­</p><p>les. Este aspecto exige una investigación muy vasta que</p><p>sobrepasa mi tema actual, aunque la capacidad de</p><p>frenar y de contener la violencia y el odio mediante su</p><p>erotización delimita las organizaciones perversas de los</p><p>psicóticos (McDougall, 1980). Esquemáticamente, podrí­</p><p>amos decir que la agresividad puede tomar dos vías</p><p>para can alizarse en un acto sexual: puede encontrarse</p><p>allí , la ilusión de reparar al otro, a la pareja, por los ata­</p><p>ques castradores fantaseados. Esto sigue la variante</p><p>depresiva. También está la variante persecutoria, en</p><p>donde la finalidad es el control y el dominio del objeto,</p><p>193</p><p>para protegerse contra el ataque. El orgasmo del otro</p><p>equivale a su castración, y de esta manera, el sujeto</p><p>escapa al peligro de convertirse en objeto y víctima,</p><p>manipulado, "influido" por el deseo sexual.</p><p>Es evidente que estas dos fantasías fundamentales</p><p>están incluidas en los actos creativos: en la relación</p><p>entre el artista y su público está el deseo de dominar al</p><p>Otro para combatir su miedo, y de reparar al Otro para</p><p>escapar al sentimiento de culpa.</p><p>Hemos dicho que la actuación del perverso sexual</p><p>puede comprenderse como un sueño, y esto nos conduce,</p><p>después de un gran rodeo, a su aspecto creador, innova­</p><p>dor. Notemos que el aspecto no sexual es el que contiene</p><p>los elementos de un acto de creatividad -es decir, toda</p><p>la actividad que llena el espacio entre el deseo del sujeto</p><p>y el desenlace que le da fin. Muchos desviados sexuales</p><p>planean y rumian su proyecto y su argumento durante</p><p>horas, o incluso días, sin pasar al acto. Clínicamente,</p><p>esto se observa con facilidad en pacientes exhibicionis­</p><p>tas y fetichistas. Ya mencionamos a los homosexuales</p><p>que buscan, durante toda una noche, una pareja mítica</p><p>"perfecta". El desenlace, el fin de la "hazaña" del per­</p><p>verso, a menudo lo decepcionan, lo asquean, incluso lo</p><p>deprimen. Es el fin de la ilusión. El juego desesperado</p><p>terminó, y hay que volver a empezar al día siguiente.</p><p>Esto es verdad, en cierta manera, para todos los seres</p><p>que hacen el amor. La ilusión sale siempre ganando y el</p><p>goce acarrea, inevitablemente, el sentimiento de que</p><p>algo mágico se termina bana lmente. Pero para el</p><p>desviado sexual se trata de una pérdida narcisista más</p><p>profunda. Un paciente lo expresó de manera simple des­</p><p>cribiendo sus horas de caza nocturna de parejas homose­</p><p>xuales: "Lo que me interesa es su eyaculación, ése es mi</p><p>placer. A veces, cuando vuelvo a mi casa, me masturbo,</p><p>pero, en lo posible, lo evito, porque después pierdo mi</p><p>194</p><p>deseo. No hay nada más, y yo tampoco, no soy nada.</p><p>Apenas existo".</p><p>Vuelvo, finalmente, a la pregunta planteada en pri­</p><p>mer término: la producción del argumento perverso es</p><p>un acto creador, pero ¿en qué escapa a la transformación</p><p>en creación artística? ¿Qué le falta a este acto compul­</p><p>sivo para que sea liberado de su tigidez, desprendido de</p><p>su desenlace orgasmático, para ser catectizado diferen­</p><p>temente en la economía psíquica del sujeto? ¿Qué es lo</p><p>que diferencia su acto del que termina en obra artística</p><p>o intelectual? El creador tiene todo aquello que se le pre­</p><p>senta imantado de interés -al punto de parecer inge­</p><p>nuo a las personas menos creadoras. Si observa todo lo</p><p>que lo rodea con una mirada nueva, si escucha de un</p><p>oído crítico, es que cualquier objeto -aunque sea el más</p><p>banal- sometido a su observación se vuelve fecundo</p><p>porque está vinculado a un número infinito de otras</p><p>impresiones, percepciones, representaciones y reflexio­</p><p>nes, en un ir y venir bastante libre entre proceso prima­</p><p>rio y proceso secundario. Se atreve a cuestionar las</p><p>ideas preconcebidas, a poner en contacto las ideas dispa­</p><p>ratadas, a crear lo que no existía.</p><p>La creación erótica de la puesta en escena desviada</p><p>también es de este orden, sigue, igualmente, las leyes</p><p>del proceso primario, luego se expresa en un acto secun­</p><p>darizado y exterior al sujeto. Como la fiebre que ali­</p><p>menta la actividad creadora, esta sexualidad aberrante</p><p>es producida bajo presión, y su producción aporta al</p><p>sujeto una satisfacción narcisista, como la que aporta el</p><p>acto de crear al artista. Al respecto, podríamos señalar</p><p>que el placer encontrado en el acto de creación es más</p><p>intenso que el de contemplar el objeto creado; la produc­</p><p>ción prima sobre el producto. (A Picasso se le atribuye la</p><p>idea de que sólo la obra no terminada es la que cuenta.)</p><p>La analogía con la desviación sexual es evidente. Y</p><p>195</p><p>encuentra su igual en el niño en la fase anal. Durante</p><p>esta época el niño siente un placer espontáneo en el acto</p><p>de dar a luz sus primeras creaciones visibles: su materia</p><p>fecal y su orina. Los productos mismos sólo le interesan</p><p>en la medida en que su madre les da importancia; es</p><p>ella el "público" esencial que da a estos objetos parciales</p><p>su función significante de objetos de intercambio. Pero</p><p>son necesarias muchas transformaciones antes de que</p><p>esta producción se convierta en proceso creador. Un pri­</p><p>mer riesgo, el placer de la producción, puede convertirse</p><p>en prohibida por estar impregnada de elementos anales,</p><p>sádicos y sexuales genitales y de fantasías amorosas de</p><p>índole incestuosa. El amor infantil combinado con</p><p>impulsos destructivos es una mezcla difícil de asumir. Si</p><p>Ja mayoría de los seres humanos no son ni creadores ni</p><p>perversos, en parte es porque esos impulsos están fuer­</p><p>temente contracatectizados; la mayoría de la gente no</p><p>está preparada para asumir las transgresiones inheren­</p><p>tes a la producción de ningún tipo, ni a la angustia que</p><p>acompaña a esa producción.</p><p>El perverso, como el artista y el intelectual, tiene el</p><p>coraje de transgredir al crear lo que no existe y está pre­</p><p>parado para enfrentar la intensa ansiedad qUe su activi­</p><p>dad le provoca. Pero su objetivo y su relación con los</p><p>objetos de su intercambio son diferentes. ¿Cuál es</p><p>el des­</p><p>tino de esta creación? Hemos dicho que la producción</p><p>prima sobre el producto. Sin embargo, para la personali­</p><p>dad creadora, más allá del placer de la producción, hay</p><p>un segundo momento de placer narcisístico, es el</p><p>momento de la entrega de su producto al público (sin lo</p><p>cual, no se trataría de una vocación artística). La espera</p><p>ansiosa de la reacción del público está ligada a la espera</p><p>de una confirmación que le asegure que su producción</p><p>(vivida en el inconsciente como una actividad erótica y</p><p>agresiva) y su producto (en el inconsciente, la revelación</p><p>196</p><p>de un objeto parcial, anal o fálico) son aceptables, váli~</p><p>dos, deseados y, además, fuente de goce para el público.</p><p>El compromiso afectivo que el artista mantiene con su</p><p>p\Í..blico -su publicación, podría decirse- marca una de</p><p>las más significativas diferencias con respecto al acto</p><p>perverso. La fantasía de un "público", como trato de</p><p>demostrarlo en El espectador anónimo (capítulo 1), tam­</p><p>bién es esencial para la puesta en escena perversa y</p><p>para su poder excitante, pero se trata de un amor</p><p>secreto, anal, entre madre e hijo, acompañado de un</p><p>intento por recuperar, en el desafío mismo, la tercera</p><p>dimensión de "espectador" que da al sujeto su identidad</p><p>sexual, mientras que la dimensión de la "publicaciónº</p><p>verdadera busca la confirmación narcisista del valor</p><p>sexual y subjetivo en la mirada de los otros. Si el camino</p><p>seguido, labrado por el desviado sexual, ha sido desviado</p><p>de los caminos de los demás, es para que el desviado</p><p>jamás encuentre en su ruta a este Otro que podría impo­</p><p>ner una interdicción a su deseo. Porque pierde, a causa</p><p>de este desvío, la confirmación de su lugar de sujeto,</p><p>está obligado, en adelante, a buscar la prueba de su</p><p>existencia, de su identidad subjetiva, independiente­</p><p>mente, en un acto teatral. El perverso tiene aún más</p><p>necesidad que el artista de una confirmación narcisista,</p><p>de una validación de su creación, porque, contraria­</p><p>mente al artista, frente a su actividad creadora, está</p><p>más movido por la angustia que por el deseo. Esto no</p><p>quiere decir que la transgresión implícita en la creación</p><p>de cualquier obra de arte o descubrimiento científico no</p><p>movilice angustia; pero el artista, por su creación</p><p>misma, se expone al juicio del Otro, mientras que el per­</p><p>verso lo elude. La creación sexual perversa, en tanto que</p><p>acto de creatividad precoz, ha triunfado casi demasiado;</p><p>colada hirviente de la megalomanía infantil, se solidifica</p><p>en su molde y servirá, en adelante, como respuesta</p><p>197</p><p>mágica a toda herida narcisista, a todo deseo naciente;</p><p>gesto de desafío, de desesperación, petrificado para</p><p>siempre.</p><p>Para concluir, digamos que el innovador neosexual,</p><p>al igual que el artista, es un maestro de la ilusión , pero</p><p>con esta diferencia capital: el arte es la ilusión d€ la rea·</p><p>lidad, que el artista crea para él mismo y para los otros,</p><p>con la esperanza de comunicar, de hacer sentir -y final­</p><p>mente de imponer- su ilusión a los otros y de que éstos</p><p>la acepten. La puesta en escena del perverso, con su</p><p>actuación propia, es una ilusión que se impone a él</p><p>mismo, y el sujeto pasa su vida intentando imponerla a</p><p>los otros, quienes deberán aceptar esta ilusión como una</p><p>realidad.</p><p>198</p><p>6. EL ANTI-ANALIZANDO EN ANALISIS</p><p>En este capítulo quiero dibujar el retrato de cierto</p><p>tipo de analizante que espero ponga de rpanifiesto algu­</p><p>nos rasgos reconocibles, y que incluso aclare tal vez un</p><p>"retrato de familia" clínico: un paciente bien intencio­</p><p>nado, lleno de buena voluntad, que rápidamente se pone</p><p>cómodo en la situación analítica -contrapuesta al pro­</p><p>ceso analítico- pues acepta bien el protocolo analítico</p><p>en sus aspectos formales. Este paciente viene regular­</p><p>mente, llega puntual, llena los silencios de la sesión con</p><p>un relato claro y continuo, nos paga el último día del</p><p>mes. Y eso es todo. Al cabo de algunas semanas de escu­</p><p>charlo comprobamos que no pasa nada ni en su discurso,</p><p>ni entre él y nosotros. No se expresa ninguna emoción</p><p>transferencial; los recuerdos de infancia, que no faltan,</p><p>permanecen sin embargo estereotipados, divorciados del</p><p>presente, desprovistos de afecto. Por otra parte, este</p><p>analizante claramente prefiere hablar de los aconteci­</p><p>mientos diarios. Poco tierno en sus relaciones nos diría</p><p>con mucho gusto:" ¿El amor? No es más que una palabra</p><p>de cinco letras". Raramente busca dentro de sí los facto-</p><p>199</p><p>res que pudieran contribuir a generar conflictos con</p><p>otros, y sin embargo, está lejos de sentirse satisfecho con</p><p>su vida. Y a pesar de su asiduidad -y de la nuestra- el</p><p>proceso analítico no se desencadena.</p><p>Se habría notado en esta descripción que ese</p><p>paciente no se parece a los "inanalizables" clásicos: los</p><p>que no soportan la frustración impuesta por el protocolo</p><p>analítico con su austeridad habitual, y que huyen ante</p><p>el primer despertar de las emociones transferenciales;</p><p>los que pasan a los actings, a veces desastrosos para</p><p>ellos mismos o para su entorno; o también los que pier­</p><p>den el contacto con la realidad, los que huyen en fanta­</p><p>sías psicóticas. Al contrario, todos esos pacientes están</p><p>perturbados por el impacto de la relación analítica, aun</p><p>cuando algunos de ellos sean considerados inanaliza­</p><p>bles, o por lo menos, como una contraindicación para un</p><p>análisis clásico.</p><p>Los analizandos cuyo retrato clínico intentaré definir</p><p>aquí aceptan perfectamente bien, por lo tanto, la situa­</p><p>ción analítica, nunca parecen notar lo que esa situación</p><p>implica de frustrante, jamás se separan de la realidad,</p><p>ni un centímetro, y no pasan al acto ni en el interior de</p><p>la sesión, ni en el exterior (a menos que uno quiera sos­</p><p>tener que toda su vida no es más que un vasto acting).</p><p>Por último, tampoco muestran esa forma privilegiada de</p><p>pasaje al acto que es la somatización. El hecho de que</p><p>este conflicto emocional quede inexpresado es de gran</p><p>interés, pues estos pacientes revelan muchas caracterís­</p><p>ticas de funcionamiento mental de los llamados pacien­</p><p>tes "psicosomáticos", y en particular el fenómeno que de</p><p>M'Uzan y Marty (1963) han denominado "pensamiento</p><p>operatorio".</p><p>Siento deseos de llamar a los sujetos de mi estudio</p><p>"analizandos-robot", puesto que dan la impresión de</p><p>moverse en el mundo como autómatas, y de expresarse</p><p>200</p><p>-</p><p>en un lenguaje compuesto de clichés. Un lenguaje robot.</p><p>Sin embargo, el término robot sugiere una pasividad</p><p>que en esos pacientes demuestra ser engañadora. Los</p><p>he llamado entonces "anti-analízandos", siguiendo el</p><p>modelo ofrecido por el concepto de antimateria, es decir,</p><p>de algo que sólo revela su existencia en el efecto nega­</p><p>tivo: una fuerza masiva que impide la función de vín­</p><p>culo. Estos pacientes no permiten que se formen los</p><p>vínculos que hacen que un tratamiento psicoanalítico se</p><p>torne una experiencia "mutativa", término que tomo de</p><p>Strachey (1934). En cierta forma hacen del "anti-análi­</p><p>sis" una actividad que no se ve, o más bien que es obser­</p><p>vable por su ausencia, y que representa una fuerza</p><p>estática, negativa, de anti-vínculo, al mismo tiempo que</p><p>mantiene en su sitio todo lo que está escindido, for­</p><p>cluido o expulsado de su realidad psíquica interna. Un</p><p>paciente tal no habla de manera extraña o incomprensi­</p><p>ble; habla de las cosas y de las personas, pero rara­</p><p>mente de la relación entre personas o cosas. Cuando</p><p>escuchamos su discurso analítico, no oímos claramente</p><p>otro sentido más allá de lo que nos manifiesta; no detec­</p><p>tamos fácilmente quiénes somos para el analizando en</p><p>los diferentes momentos de la sesión, y tampoco obser­</p><p>vamos esa interpenetración de los procesos primarios y</p><p>secundarios del pensamiento, ese cruce de imaginería</p><p>onírica, de pensamiento fantasioso y consciente que tan</p><p>menudo abre el camino hacía una comprensión intui­</p><p>tiva del discurso. La escena inconsciente no se revela</p><p>jamás. Finalmente llegamos a descubrir que faltan</p><p>todos los vínculos que dan cohesión al discurso analí­</p><p>tico, ya sea el vínculo de sentido, el vínculo entre el</p><p>pasado y el presente, los</p><p>lazos afectivos con el prójimo,</p><p>o en la relación analítica con el analista. Esa tendencia</p><p>primordial del hombre hacía el vínculo objeta!, impulso</p><p>que da a la transferencia analítica su dimens)ón ciega y</p><p>201</p><p>pulsional, está ausente en este analizando. ¿Qué· fenó­</p><p>menos estamos observando entonces?</p><p>Konrad Lorenz, ese científico observador fuera de</p><p>serie, ha notado que muy a menud'o la observación más</p><p>importante y más difícil de detectar es el objeto que</p><p>falta o la acción que no tiene lugar. En el psicoanálisis,</p><p>que es también una ciencia de observación, es igual­</p><p>mente difícil captar y observar lo que no está o lo que</p><p>ocurre.</p><p>Debemos a los psicoanalistas franceses Marty y de</p><p>M'Uzan (1963) una serie de observaciones de este tipo, y</p><p>que me complazco en comparar con las de Lorenz, que</p><p>llevan al descubrimiento de una dimensión perdida en</p><p>las comunicaciones verbales de pacientes con enferme­</p><p>dad psicosomática, registradas en una entrevista.</p><p>El lenguaje que expresa el anti-analizando no falla</p><p>en el aspecto gramatical, pero, tal como el afecto que</p><p>manifiesta, es chato y sin matices; la metáfora le es des­</p><p>conocida. La totalidad da la impresión de pobreza de</p><p>imaginación y de dificultad para comprender al prójimo,</p><p>a lo que se agrega una falta de afecto. Este doble blo­</p><p>queo - al nivel del pensamiento y al nivel de la afectivi­</p><p>dad- nos ofrece pocas perspectivas analíticas que</p><p>observar, pero dado que el analista es también un buen</p><p>observador de sí mismo, ¡nos queda la contratransferen­</p><p>cia que de ningún modo está ausente! Esencialmente</p><p>por el atajo de mi contratransferencia (en lo que ésta</p><p>tiene de consciente) llegué a advertir el cuadro clínico</p><p>que describo, y arribado a ciertas deducciones teóricas</p><p>con respecto a la estructura psíquica y al funciona­</p><p>miento de estos pacientes.</p><p>Ante todo estos enfermos, aunque interesantes y dis­</p><p>tintos de los normales-neuróticos, no nos producen</p><p>mucho placer en nuestra función de analistas. Además</p><p>nos culpabilizan, pues resulta difícil calificar de inana-</p><p>202</p><p>lizable a alguien que viene con buena voluntad, incluso</p><p>con tenacidad, a sus sesiones de análisis, y que se</p><p>~~\\vª' desde hace unos cuantos años, en seguir de</p><p>manera ejemplar la regla fundamental. ¿Acaso su sín -</p><p>toma es el estar en análisis? Pero antes de abrumar a</p><p>nuestro paciente estableciendo su invalidez, su incapaci­</p><p>dad de aprovechar del único bien que tenemos para ofre­</p><p>cerle, sólo difícilmente podemos evitar un primer cues­</p><p>tionamiento de nosotros mismos y de la calidad de</p><p>nuestro trabajo de analistas. A menos que estemos total­</p><p>mente blindados contra la autocrítica, un poco como el</p><p>analizando en cuestión, pasamos ante todo a través de</p><p>diálogos interiores.</p><p>íCuántas veces habré dicho, en un seminario sobre la</p><p>transferencia, que todo lo que el analizando nos dice nos</p><p>concierne, que nada es gratuito, que nada podría esca­</p><p>par a la transferencia! Y sin embargo ... aquél, ante mí,</p><p>está ofreciéndome, después de cinco años -no puedo</p><p>decir de análisis-, digamos de presencia, un discurso</p><p>que no difiere en nada de lo que ha podido decirme en</p><p>nuestra primera semana de trabajo en común. Otras</p><p>preguntas me persiguen: ¿se trata de una resistencia a</p><p>comprenderlo de mi parte? ¿Habría debido hacerle inter­</p><p>pretaciones kleinianas extremas?, ¿o violentarlo según</p><p>el estilo reichiano?, ¿golpear con fuerza contra esa arma­</p><p>dura de cemento? No obstante ¡si habré elaborado hipó­</p><p>tesis e intentado interpretaciones! El señalar las caren­</p><p>cias y proponer fantasías lleva inevitablemente a ese</p><p>tipo de paciente a la conclusión de que el analista tiene</p><p>un problema. "Pero si le digo lo que se me ocurre. ¿De</p><p>qué quiere usted que hable?" ¿Habrá que perderle el res·</p><p>peto entonces al austero protocolo analítico? ¿Analizarlo</p><p>en una terapia cara a cara, invitarlo a tomar un trago?</p><p>Cualquier cosa con tal de sacudirlo violentamente. Si mi</p><p>paciente no fantasea, yo, por mi parte, me siento inva·</p><p>203</p><p>dida por pensamientos incongruentes; pero con mis</p><p>impulsos de cambiar de lugar, de pasar al acto, es evi­</p><p>dente que me convertiría a mi vez en un "anti-analista".</p><p>Pues este protocolo estructurado que protege a mi</p><p>paciente de mi violencia, también me mantiene en mi</p><p>rol de analista. Sin embargo, ¡si bien no cedo a un deseo</p><p>de hacerle mal, tampoco tengo que dormirme!</p><p>Confieso que he escrito estas poc¡1s líneas en su casi</p><p>totalidad durante una sesión del señor X, paciente que</p><p>representa ante mis ojos al analizando-robot típico, y a</p><p>un análisis que considero un fracaso espectacular. Y nin­</p><p>guno de los dos estamos satisfechos de esta unión infruc­</p><p>tuosa. X, cuarenta y cuatro años, arquitecto, casado, dos</p><p>hijos, ha salido de un medio que estima al psicoanálisis,</p><p>y de una familia donde hay otros que se analizan. Ya</p><p>este detalle es típico de mis anti-analizandos.</p><p>En una época venía cuatro veces por semana. Des­</p><p>pués de dos años de estancamiento he ido reduciendo</p><p>paulatinamente sus sesiones hasta llegar solamente al</p><p>número de dos. X no es tonto. Me dice que su análisis no</p><p>hace progresos. Por otra parte, "se" le ha dicho que hay</p><p>que contar con cuatro años para hacer el análisis -y ya</p><p>estamos en el quinto año--. El se pregunta entonces si</p><p>yo no he "fracasado'' con su caso. Aprovecho la ocasión</p><p>para decirle que yo me planteo la misma cuestión. ¿Tal</p><p>vez haya que pensar sobre la ventaja de cambiar de ana­</p><p>lista? Pero X, no quiere hablar de ello. Negando todo</p><p>sentimiento de rechazo de mi parte, me pide que le</p><p>devuelva una de las dos sesiones suprimidas. El se pre­</p><p>para para un segundo contrato de cuatro años como si</p><p>no sufriera de estancamiento. Por mi parte, no era ni</p><p>podía ser optimista acerca de continuar el análisis. Este</p><p>sufrimiento contratransferencial debería serme útil,</p><p>debería proporcionar la base de las futuras interpreta~</p><p>ciones. Aunque mis reacciones afectivas me brindaban</p><p>204</p><p>un valioso insight del funcionamiento psíquico de</p><p>pacientes como el señor X, ello no produce en ellos nin­</p><p>gún cambio significativo.</p><p>Podría tomar cualquier sesión del señor X para dar</p><p>el tono de sus asociaciones. El día que escribí esas líneas</p><p>él se quejaba, como solía hacerlo, de sus hijos y de su</p><p>exigencia incomprensible de querer estar siempre a su</p><p>lado; él los quiere, pero a pesar de todo ... Habla tam­</p><p>bién, largamente, de su proyecto de construir una espe­</p><p>cie de armario en su casa de campo, y se lamenta amar­</p><p>gamente, como en todas las sesiones, del escaso interés</p><p>que muestra su mujer por todos sus proyectos. Al cabo</p><p>de veinte minutos, al igual que su mujer, me desintereso</p><p>de su armario, pero con la diferencia de que yo me siento</p><p>culpable. De todas maneras, y lo sé de antemano, para</p><p>el señor X un armario nunca será otra cosa que un</p><p>armario. Por supuesto, puedo sugerirle que me hable de</p><p>él para ver si me muestro más interesada en sus proyec­</p><p>tos que su propia mujer. Me dirá: "Ah, ¿usted lo cree?", y</p><p>me dará detalladamente ]as medidas del susodicho</p><p>armario. Negándome a dejar caer la máscara de la neu­</p><p>tralidad benévola, signo de mi función analítica, lo cual</p><p>por otro lado me hubiera llevado a decir: "¡Ah, cómo me</p><p>aburren usted y su armario!", efectúo una retirada nar­</p><p>cisista. Inmersa en mis propios pensamientos y fanta­</p><p>sías, súbitamente advierto que he dejado de escucharlo.</p><p>¿Qué ocurre en el señor X para que se aferre de tal</p><p>manera a este no-análisis que hacemos juntos? ¿Y por</p><p>qué no ocurre nada entre él y yo que pueda convertir</p><p>esta sociedad trabajosa en una experiencia analítica</p><p>constructiva?</p><p>Antes de abordar estas cuestiones, tengo que inte­</p><p>rrogarme sobre las razones que me han conducido a</p><p>aceptar al señor X en análisis. Pacientes no me faltaban.</p><p>Debió esperar siete u ocho meses para comenzar su aná-</p><p>205</p><p>lisis conmigo. Es cierto que me lo había derivado un</p><p>colega muy experimentado que conocía a la familia, y</p><p>que suponía que el señor X seria "un buen caso analí­</p><p>tico". De todas maneras, yo no estaba obligada a</p><p>tomarlo. Lo único que</p><p>ocurrió fue que se presentó ante</p><p>mí de una manera tal que en el primer momento me</p><p>sentí plenamente de acuerdo con mi colega -¡era un</p><p>caso excelente!-. Como todos los pacientes que se le</p><p>parecen, era inteligente, de un medio sociocultural que</p><p>valorizaba el mundo de las ideas psicoanalíticas, y de</p><p>una familia de la que más de un miembro ya había</p><p>hecho un análisis. La señora X, después de algunos años</p><p>de análisis, había planteado además la cuestión del</p><p>divorcio, eventualidad que el señor X no deseaba de nin­</p><p>guna manera. Más tarde me dirá que no lo desea "por­</p><p>que no es algo coherente con pautas morales". La gente</p><p>"normal no se divorcia". Que la señora X pudiera dese­</p><p>arlo o que pudiera depender de su mujer, estos aspectos</p><p>de la cuestión no ocupaban ningún sitio en sus reflexio­</p><p>nes. Pero en las primeras entrevistas él exponía una</p><p>explicación más prometedora de la demanda de su</p><p>mujer: me había contado que sufría una insatisfacción</p><p>profunda en todas sus relaciones, y sobre todo en sus</p><p>relaciones con su mujer. Añadía que, seguramente,</p><p>había algo en él que ignoraba para que su mujer qui­</p><p>siera abandonarlo. Tal es lo que él había comprendido</p><p>como una explicación "psicoanalítica" que gentilmente</p><p>había querido ofrecerme. Además, X -</p><p>irrupciones</p><p>en la vida onírica durante el análisis demuestran su</p><p>existencia ahogada. Hay como un corte, un abismo, que</p><p>separa a estos sujetos de sus objetos íntimos y de su</p><p>vida pulsionaL Dan la impresión de repetir incansable­</p><p>mente una situación antigua, en la cual el niño de otrora</p><p>ha debido crear un vacío entre él y el Otro, negando la</p><p>realidad de aquél y borrando así los afectos insoporta­</p><p>bles. La distancia entre el sujeto y el objeto está redu­</p><p>cida a cero, sin recuperación del objeto catectizado tanto</p><p>en sus aspectos amados como odiados. Tal sujeto no se</p><p>pierde en el Otro, confundiéndose con él como haría un</p><p>psicótico. Sería más exacto decir que el Otro se torna un</p><p>objeto perdido en el interior de él . Son niños que nunca</p><p>han jugado al yo-yo. Al nega r la realida d psíquica del</p><p>prójimo le prestan la propia. Por e sa misma razón se</p><p>hallan desprovistos de la capacidad de identificarse con</p><p>los otros, puesto que el Otro es vivido como una copia</p><p>exacta del sujeto mismo. Por eso las interpretaciones e</p><p>intervenciones del analista sólo tienen un sentido mar­</p><p>ginal. Cuando súbitamente se dan cuenta de la diferen-</p><p>210</p><p>--</p><p>cia entre ellos y los demás, ya sea una oposición de</p><p>creencias, de opiniones o una simple diferencia de gus­</p><p>tos, están dispuestos a responder con hostilidad exce­</p><p>siva. Pero la mayoría de las veces la alteridad no los</p><p>amenaza. La alteridad es renegada.</p><p>En el análisis se produce el mismo fenómeno. Tales</p><p>pacientes no son particularmente sensibles al hecho de</p><p>que el analista no esté en su campo visual y proyectan</p><p>poco afecto en el espacio que los separa del analista</p><p>puesto que lisa y llanamente niegan su realidad subje­</p><p>tiva. Este tipo de pacientes apenas si ve la utilidad de</p><p>cuestionar y de analizar sus posiciones, sus metas, sus</p><p>relaciones objetales, incluso sus problemas. Si el ana­</p><p>lista persiste en querer analizar los diferentes aspectos</p><p>de su discurso o de su relación transferencial o extra­</p><p>transferencial, poco importa -es decir, si e] analista se</p><p>sitúa como Otro- el analizando, cuando no llega a con­</p><p>vencerse de que es el analista el que sufre, corre el</p><p>riesgo de sentirse perseguido por él.</p><p>¿Por qué medios se mantiene esta organización psí­</p><p>quica? La renegación de la alteridad psíquica, que crea</p><p>ese abismo entre el sujeto y sus objetos, es un rechazo</p><p>radical que por ende debe perturbar profundamente las</p><p>identificaciones precoces del sujeto así como sus relacio­</p><p>nes objetales. Sin embargo, la descalificación o renega­</p><p>ción de la realidad es un mecanismo fundamental de la</p><p>vida psíquica desde Ja infancia y en cuanto tal está, o ha</p><p>estado, presente y activo en todo ser humano. Lo que</p><p>importa es la manera como es colmado el vacío psíquico</p><p>dejado por la renegación. Sus peripecias son más fáciles</p><p>de seguír al nivel de la fase fálica y la renegación de la</p><p>diferencia entre los sexos que en el nivel más global de</p><p>la dif eren cía entre un ser humano y otro. En capítulos</p><p>anteriores señalé las variaciones sucesivas que pudieran</p><p>resultar de la renegacíón de la escena primaria y del</p><p>211</p><p>intento de enfrentar los temores subsumidos en el con­</p><p>cepto del complejo de castración, como neurosis, perver­</p><p>siones y sublimaciones.</p><p>Pero para el caso cuyo cuadro clínico intento trazar</p><p>aquí, se trata de una renegación mucho más global y</p><p>cubre lo que Freud ha denominado "repudio desde el yo"</p><p>(forc1usi6n) (Verwerfung). Estamos en el registro de la</p><p>angustia de castración en su forma arquetípica -la</p><p>angustia de separación, desintegración, de muerte­</p><p>más acá de la problemática de la identidad sexual. Con</p><p>estos enfermos nos vemos remitidos al alba de la vida</p><p>psicótica y al borde de la identidad subjetiva del ser.</p><p>Los analizandos-robot no han llenado el vacío dejado</p><p>por la ausencia de los demás por medio de fantasías des­</p><p>tinadas a ser reprimidas ulteriormente (núcleo de las</p><p>neurosis futuras ) ni por la creación de un sistema delu­</p><p>sional para compensar el "repudio" violento (tal como</p><p>Freud lo ha descrito en el caso Schreber). En este sis­</p><p>tema defensivo no predominan ni la represión ni la iden­</p><p>tificación proyectiva. En su lugar, estos pacientes han</p><p>creado una especie de muro reforzado para enmascarar</p><p>la separación primaria sobre la que se funda la subjeti­</p><p>vidad, una estructura opaca que no permite una libre</p><p>circulación entre el interior y el exterior; en otros térmi­</p><p>nos, viven por medio de una serie de reglas de conducta,</p><p>de un sistema inmutable en cuanto al exterior, y sepa­</p><p>rado de referencias objetales en cuanto al interior. Esto</p><p>se aproxima a lo que Winnicott llamó el falso sel{, en el</p><p>que se hace un intento para mantener vivo un sel{ sensi­</p><p>ble que no se atreve a moverse, mientras que la cápsula</p><p>exterior se mantiene para adaptarse a todo lo que siente</p><p>demandante. Estos pacientes mantienen su existencia</p><p>en el mundo de los otros siguiendo un conjunto de reglas</p><p>estrictas en un sistema inmutable. Son como esas perso­</p><p>nas de las que se dice que conocen los reglamentos e</p><p>212</p><p>ignoran la ley. El sistema superyó-ideal del yo, bastante</p><p>particular en estos sujetos, se emparenta con lo que</p><p>.{\braham ha llamado "moralidad esfinteriana"; ellos</p><p>determinan sus propias leyes y solamente el temor de</p><p>las sanciones limita su actividad. Tengo presente en la</p><p>memoria un ejemplo. La señora O, de 1a que he hablado</p><p>hace un momento, crefa que todos los hombres despre­</p><p>ciaban a las mujeres y que todos los automovilistas des­</p><p>preciaban a los peatones. Un día llegó a su sesión triun­</p><p>fante, por haber matado dos pájaros de un tiro: algunos</p><p>minutos antes se disponía a cruzar una callejuela tran­</p><p>quila cuando un hombre en un auto sport pasó delante</p><p>de ella. Furiosa, blandió su paraguas, falo vengador y</p><p>temible, de tal manera que consiguió rayar todo un cos­</p><p>tado del pequeño coche rojo. El hombre se detuvo y</p><p>"como loco, habló de llamar a un agente de policía". La</p><p>señora O, súbitamente atemorizada, huyó a toda veloci­</p><p>dad, de todos modos encantada de que por una vez se</p><p>hubiera hecho justicia.</p><p>Nada puede cuestionarse en ese carnet peculiar de</p><p>los reglamentos interiores de tales analizandos, pues</p><p>más allá de toda cuestión posible está la nada y la pér­</p><p>dida de la identidad del yo. Esta posición caracterial</p><p>representa no solamente un ahogo afectivo que niegH la</p><p>existencia del Otro con su realidad psíquica propia sino</p><p>que indica también una verdadera perturbación al nivel</p><p>del pensamiento, tal como Bion (1963, 1970) lo concep­</p><p>tualiza en la noción de elementos alfa. A esos sujetos les</p><p>faltan elementos para pensar más profundamente en</p><p>sus insatisfacciones y sus dificultades. No pueden pen­</p><p>sar la problemática de la alteridad psíquica. De este</p><p>modo tampoco saben que sufren psíquicamente, y por</p><p>consiguiente no pueden hablar de ello. Para que resulte</p><p>más clara esta carencia de dolor psíquico evocaré una</p><p>imagen por analogía.</p><p>213</p><p>Existe una enfermedad física, poco frecuente, en la</p><p>cual el sujeto sufre por su incapacidad de sufrir. Es decir</p><p>que le falta cualquier sensación, incluso las sensaciones</p><p>fís icas del dolor. Evidentemente, esta carencia es muy</p><p>grave para el que la sufre. Todo aquel que sea incapaz de</p><p>sentir el dolor físico tiene pocas oportunidades de sobre­</p><p>vivir, a menos que aprenda ciertas reglas básicas para</p><p>remplazar esta señal de alarma biológica normal. Si tal</p><p>sujeto ve que sangra su brazo, debe aprender a tomar</p><p>rápidamente las medidas necesarias. Si pone su mano en</p><p>el fuego o la traspasa con un cuchillo, debe recordar que</p><p>eso no se hace y actuar consecuentemente. De otro modo,</p><p>correría el riesgo de quemarse de manera atroz o de san­</p><p>grar hasta la muerte sin darse cuenta. Para conservarse</p><p>con vida debe actuar como un autómata. Nuestros anali­</p><p>zandos-robot se han creado un aislamiento psíquico de</p><p>este tipo. El proceso analítico tiene pocas oportunidades</p><p>de gravitar sobre esta cubierta protectora impermeable,</p><p>pues el sujeto "sabe" que su vida psíquica estará en peli­</p><p>gro si cambia uno solo de los reglamentos</p><p>por medio de</p><p>los cuales está regida su vida objetal y afectiva, al igual</p><p>que su filosofía de vida. Igual que las víctimas de la</p><p>carencia de sensación, estos individuos aparentan gozar</p><p>de excelente salud. Castigados por sufrimientos menta­</p><p>les cuyo dolor no sienten, corren el riesgo de que sus</p><p>hemorragias psíquicas pasen inadvertidas.</p><p>Este sistema psíquico da al yo una fuerza de robot</p><p>programado, infalible, para conservar la vida psíquica,</p><p>pero al precio de una inevitable muerte interior. El Otro</p><p>es desacreditado como si la muerte emanara de él. Esta­</p><p>mos en pugna entonces, en la aventura analítica, con</p><p>una fuerza de anti-vida, fuerza que trata de reducir a</p><p>cero cada movimiento susceptible de despertar la vida</p><p>pulsional, de llevar al individuo hacia el Otro, fuerza</p><p>que lleva como nombre instinto de muerte .</p><p>214</p><p>Tal vez sea tiempo de preguntarnos en qué difieren</p><p>estos analizandos, parecidos a los pacientes psícosomátl­</p><p>cos, descritos por Marty, de M'Uzan y David (1963). En</p><p>su libro, L'investigation psychosomatique los autores</p><p>destacan los puntos siguientes: la singularidad de la</p><p>relación de objeto; la pobreza del diálogo; la ausencia de</p><p>síntomas neuróticos; las manifestaciones mímicas, gesti­</p><p>culaciones, sensoriomotrices y álgicas que aparecen en</p><p>lugar de los síntomas, una notable falta de agresión,</p><p>una forma de inercia que amenaza en todo momento la</p><p>prosecución de la investigación. Investigaciones poste­</p><p>riores de Fain y David (1963) señalan la escasa vida de</p><p>fantasía y onírica de estos pacientes psicosomáticos.</p><p>En nuestro analizando detectamos la mísma forma</p><p>de relación objetal así como la pobreza de lenguaje, la</p><p>ausencia de respuesta afectiva y la falta de actividad</p><p>fantasiosa consciente. Tras haber leído esos textos, aña­</p><p>diré la carencia de fantasías inconscientes (reprimidas)</p><p>que priva al sujeto de un capital psíquico colocado en</p><p>lugar seguro, y del cual dispondría para inversiones</p><p>ulteriores destinadas a mitigar las catástrofes ocasiona­</p><p>les de la vida.</p><p>En cuanto a los analizandos-robot, se distinguen en</p><p>dos puntos importantes de los pacientes psicosomáticos:</p><p>ante todo no presentan enfermedades psicosomáticas;i</p><p>no demuestran la típica inercia de la situación de entre­</p><p>vista observada en la investigación psicosomática; tam­</p><p>poco demuestran falta conspicua de agresión, por el con­</p><p>trario, la demuestran de una manera inadecuada.</p><p>En cuanto a la "somatización" del conflicto psíquico</p><p>se imponen varias observaciones. Cuando hablé de estos</p><p>l. Después de haber escrito este capítulo, he observado que</p><p>muchos de estos pacientes sufren de modo intermitente de diversas</p><p>afecciones alérgicas, facilitadas posiblemente por factores similares</p><p>en la estructura psíquica.</p><p>215</p><p>pacientes con un colega experimentado en psicosomá­</p><p>tica, me respondió que se trataba de casos típicos y clási­</p><p>cos de enfermos psicosomáticos. Yo protesté: mis pacien­</p><p>tes no tenían manifestaciones somáticas. "¡Espera un</p><p>poco -respondió mi colega- y las tendrán!" Sin</p><p>embargo, si bien no me resisto a creer que tales anali­</p><p>zandos corren ese riesgo, quiero subrayar que no están</p><p>definidos por ello. Para utilizar una analogía un poco</p><p>esquemática, imaginemos que yo trate de definir qué es</p><p>un perro, y que me respondan que es un animal que</p><p>tiene pulgas; puedo objetar que mi perro no las tiene. Si</p><p>me replican que ya las tendrá, debemos reconocer que</p><p>siguen sin explicarme qué es un perro. ¿Qué es un</p><p>"paciente psicosomático"? Si aquel arquitecto cuarentón</p><p>a los sesenta y cinco años tendrá un infarto de miocar­</p><p>dio, ¿seguirá tratándose de un enfermo psicosomático?</p><p>¿Al fin de cuentas, no nos moriremos todos de una enf er­</p><p>medad psicosomática?</p><p>También podemos preguntarnos si los "normales"</p><p>-la gente que jamás pensaría en emprender un análi­</p><p>sis- están más expuestos a los riesgos psicosomáticos</p><p>que el neurótico.</p><p>La inercia que despliegan en las entrevistas iniciales</p><p>los pacientes psicosomáticos no se descubre en los anti­</p><p>analizandos en su contacto inicial con el analista. Al</p><p>contrario, se encarnizan en defender su causa y en ser</p><p>aceptados como pacientes. La inercia se hace sentir tar­</p><p>díamente en el curso del proceso analítico que es bien</p><p>discernible en la falta de respuesta a las interpretacio­</p><p>nes tentativas o cuando se invita al paciente a imaginar</p><p>situaciones que pueden tener relación con sus conflictos.</p><p>Frente a la nada en que caen las interpretaciones de</p><p>cualquier orden, he solido ofrecer fantasías personales o</p><p>crear escenas imaginadas según los datos anamnésicos</p><p>proporcionados por el paciente. Habitualmente tales</p><p>216</p><p>--</p><p>intentos son rechazados por absurdos o fantasiosos. De</p><p>otro modo, tienen como efecto el desencadenamiento de</p><p>una breve floración de imágenes en el analizando, pero</p><p>s.v,:;:; esfuerzos son los de un despertador descompuesto:</p><p>si lo sacudimos, va a hacer "tic tac" durante un minuto,</p><p>pero volverá a detenerse inmediatamente; sólo la ilusión</p><p>hace creer que se ha arreglado. En cuanto al factor de</p><p>inercia, es el analista quien se agota para tornarse final­</p><p>mente inerte. Su insistencia y su determinación en</p><p>interpretar, identificar, interrogar, innovar y finalmente</p><p>en esforzarse para poner en circulación un movimiento</p><p>analítico finalmente llegarán (y con motivo) a ser senti­</p><p>dos por el analizando como una persecución. Son</p><p>momentos potencialmente fecundos, pero los insights</p><p>ganados tienden inmediatamente primero a borrarse y</p><p>más tarde a negarse. El analista, que durante un breve</p><p>instante ha logrado ser percibido como Otro, como po­</p><p>seedor de una realidad psíquica propia y de un espacio</p><p>psíquico diferente, es reabsorbido en el mundo psíquico</p><p>del paciente.</p><p>A manera de ejemplo he aquí una última secuencia</p><p>del análisis de la señora O Un día en que ella lloraba y</p><p>se irritaba contra las injusticias reservadas a las muje­</p><p>res, yo le había dicho que ella sentía el hecho de ser</p><p>mujer como una amenaza indecible y que sufría por esa</p><p>razón. "¡No, de ninguna manera! ¡No estoy de acuerdo!</p><p>No es mi problema personal, es el de todas las mujeres",</p><p>me replicó. Pero esa misma noche soñó que estaba</p><p>mirando sobre un escenario a una jovencita sólidamente</p><p>sostenida por dos mujeres "colosales". Estas gigantas</p><p>intentaban introducir por la fuerza en Ja garganta de la</p><p>joven un enorme huevo, sanguinolento y resbaladizo;</p><p>este objeto repulsivo era al mismo tiempo una toalla</p><p>higiénica manchada de sangre. La señora O observó a</p><p>un interlocutor indeterminado e invisible que la joven</p><p>217</p><p>iba a tener su regla. Entre todas las interpretaciones</p><p>que tal sueño puede sugerir, en primer plano vemos una</p><p>castración materna figurada por las poderosas mujeres</p><p>colosales que atacan a la joven para hacerla sangrar</p><p>correctamente. Esta es una castración de tipo oral</p><p>sádico y arcaico, una situación de "alimentación for­</p><p>zada". Al mismo tiempo, el acceso a la sexualidad feme­</p><p>nina adulta se descubre como una incorporación anal</p><p>brutal y repulsiva. Finalmente, el interlocutor descono­</p><p>cido a quien la señora O relata ese horror, es el analista,</p><p>a quien ella trata de convencer acerca de la situación</p><p>miserable de las mujeres. Me limité a decir a mi</p><p>paciente que mediante la puesta en escena del sueño</p><p>ilustró la forma penosa como ella hubo podido sentir el</p><p>hecho de convertirse en una mujer. "¡De ninguna</p><p>manera! ¡Nunca me hará traga.r eso!", me dijo. Le hice</p><p>entonces la única interpretación que podía estar a su</p><p>alcance: que esas mujeres eran yo, que quería rellenarla</p><p>con mis interpretaciones, hacerle "tragar", reíntroyectar</p><p>todo lo que ella hubiera preferido no saber nunca. Esta</p><p>proposición fue examinada durante un momento, pero Ja</p><p>señora O la halló impensable. Todo eso era el fruto de mi</p><p>imaginación, me lo hacía comprender claramente.</p><p>Aun cuando fueran capaces de "pensar más profun­</p><p>damente" su problemática y sus penurias, la estructura</p><p>psíquica defensiva de estos analizandos querría ocultar</p><p>sus afectos destruidos, sus deseos perdidos, su vida inte­</p><p>rior</p><p>desfigurada. Se terminó para siempre. Han extraído</p><p>el núcleo palpitante de su conflicto con los otros, no</p><p>queda más que la corteza, impenetrable al dolor. En</p><p>adelante su mundo objetal se compondrá de personas</p><p>que cumplirán funciones bien definidas, y a falta de</p><p>ellas, todo objeto será remplazable.</p><p>¿Qué ocmTe con el analista que asiste a este proceso</p><p>paralizante ante el cual él se halla reducido a la impo-</p><p>218</p><p>-</p><p>tencia? Sufre, por supuesto, pero a menudo me he pre­</p><p>guntado por qué esos análisis son vividos tan dolorosa­</p><p>mente por el analista. El hecho de que un analizando</p><p>tal, a causa de su estructura, se resista a que hagamos</p><p>con él un trabajo creador, no es una razón suficiente.</p><p>Hemos visto cosas peores, y además tenemos Ja costum­</p><p>bre de proteger a nuestros anaHzandos contra nuestra</p><p>ambición terapéutica. Nuestro desconcierto va más allá</p><p>de la cuestión del fracaso y de la herida narcisista. Es</p><p>cierto que nuestras interpretaciones, lejos de volver a</p><p>lanzar el discurso, caen en un abismo sin fondo, cosa</p><p>que nos amenaza en nuestra identidad de analistas.</p><p>Pero también así se trata de un problema familiar plan­</p><p>teado por otros analizandos que se resisten salvajemente</p><p>contra el trabajo analítico. En este tipo de paciente, a</p><p>todo ello se añade una razón que me parece más especí­</p><p>fica. Nuestros intentos de identificar las diferentes</p><p>dimensiones de su enigma oscuro son vivamente recha­</p><p>zados, por supuesto, pero precisamente allí surge un</p><p>aspecto contratransferencial de la relación que supera el</p><p>sentimiento de decepción y de impotencia. El analista no</p><p>puede evítar identificarse con el yo (moi) de sus anali­</p><p>zandos ni con sus objetos internos. Y tampoco puede evi­</p><p>tar sufrir de manera introyectiva lo que ha sido sufrido</p><p>por el otro. Los objetos de observación del analista, difí­</p><p>ciles de detectar, pueden captarse sólo a través de la</p><p>contratransferencia. Detrás del discurso, y a menudo</p><p>negados por la palabra, se ocultan la angustia, el miedo,</p><p>el amor, el odío. Estas emociones no tienen forro a ni</p><p>color, y nos es forzoso captar su esencia introyectiva­</p><p>mente, a través del contenido manifiesto que nos dan</p><p>nuestros enfermos. Ante el analizando-robot, insensible</p><p>a su propio dolor, el analista no puede evitar decirle que</p><p>sangra, que sus miembros se están partiendo, y que se</p><p>está dejando morir por una causa desconocida. Esta</p><p>219</p><p>lucha con Ja muerte emprendida con armas desiguales</p><p>da a la vivencia contratransferencial una dimensión</p><p>insoportable y contra la cual el analista trata de prote­</p><p>gerse. No basta con decir de tal paciente, encogiéndonos</p><p>ligeramente de hombros, que es problema suyo; lo que­</p><p>ramos o no, es también nuestro problema.</p><p>Queda intentar comprender, con Jo que nos es propio</p><p>-nuestro afecto contratransferencial de dolor y angus­</p><p>tia-, qué ocurre en esos pacientes. Cualquiera haya</p><p>sido su historia personal, hacen pensar mucho en los</p><p>niños estudiados por Spitz y por Bowlby, que en realidad</p><p>han perdido precozmente contacto con un objeto paren­</p><p>tal, o que han sufrido experiencias de abandono, muerte</p><p>u hospitalízadones. Según las investigaciones muy</p><p>conocidas de Bowlby y de su equipo, esos niños, después</p><p>de un período de protesta y de cólera, se vuelven depre­</p><p>sivos, se encierran en sí mismos durante un período</p><p>variable, y finalmente salen habiendo olvidado aparen­</p><p>temente el objeto amado esencial que ha estado ausente.</p><p>En adelante, en los casos más graves, el niño catectiza</p><p>excJusivamente los objetos inanimados, y por consi­</p><p>guiente únicamente las personas que le dan cosas van a</p><p>contar para él. Desgraciadamente, Bowlby, que describe</p><p>tan bien el comportamiento objetivo de estos niños para</p><p>nuestros propósitos no se ocupa de los procesos intrapsí­</p><p>quicos implicados en la maduración de la relación obje­</p><p>ta!. Su modelo "de apego", fruto de una observación</p><p>minuciosa, deja que desear en el plano de la economía</p><p>libidinal. El niño pequeño, por su propia inmadurez, no</p><p>puede elaborar un duelo; su necesidad imperiosa del</p><p>objeto no le permite introyectar y recuperar un objeto</p><p>que se esquiva sin cesar, o que está perdido definitiva­</p><p>mente. En su lugar creará negaciones masivas, despla­</p><p>zamientos y distorsiones en el proceso identificatorio,</p><p>una descalificación del mundo de los vivos, con todo el</p><p>220</p><p>peligro que ello implica de un vuelco contra sí mismo de</p><p>la agresividad, y finalmente, de una trayectoria suicida,</p><p>mortífera. A este ahogo de los vínculos vitales con el</p><p>exterior se añaden el riesgo de un empobrecimiento</p><p>ohjetal interior, y por consiguiente, un desinterés por la</p><p>vida fantasiosa.</p><p>Los anti~analizandos se parecen a esos niños de</p><p>duelo; como ellos, parecen haber momíficado sus objetos</p><p>internos (sean objetos buenos o malos). Las experiencias</p><p>que puede aportar "el exterior" no hallan un lugar sim­</p><p>bólico interno, y quedan así desprovistas de carga afec­</p><p>tiva.</p><p>Aquí llegó a la tercera área de divergencia con los</p><p>pacientes típicamente psicosomáticos·. la ausenc1a de</p><p>agresividad. Al respecto, los anti-analizandos se aseme­</p><p>jan más a los niños dolidos en la primera fase de su ciclo</p><p>de separación. En los analizandos-robot queda, a pesar</p><p>de todo, una parte de hostilidad que han logrado proyec­</p><p>tar sobre los demás. El encono que expresan constante­</p><p>mente nos demuestra que, en eso por lo menos, el Otro</p><p>ha podido ser representado como un contenedor valioso,</p><p>aunque sólo fuera un cubo de basura. Esto puede hacer</p><p>pensar en la función de "pechos-toilette" descrita por</p><p>Meltzer (1967); pero debemos subrayar que en los enfer·</p><p>mos de quienes estamos hablando parecen incapaces de</p><p>establecer un intercambio "nutricional"; su apego pro­</p><p>fundo y, en cierto sentido, positivo con sus objetos odia­</p><p>dos es inconsciente. Su cólera manifestada consciente­</p><p>mente mantiene un vínculo afectivo con su objeto, y es</p><p>quizás una de las razones por la cual estos pacientes se</p><p>esfuerzan por mantener una relación de enojo crónica</p><p>con el mundo que los rodea. Sus quejas y su agresividad</p><p>contra el prójimo a menudo son consideradas equivoca­</p><p>damente un sufrimiento psíquico. En su lugar, esta</p><p>forma de relación sería percibida mejor como una</p><p>221</p><p>barrera contra la autodestrucción, como una valla que</p><p>protege de un vacío aterrador donde la identidad del</p><p>sujeto corre el peligro de hundirse, de producir la</p><p>muerte psíquica.</p><p>La actividad constante de estos analizandos puede</p><p>comprenderse como una forma de defensa maníaca, aun­</p><p>que poco estructurada, es decir, como una defensa con­</p><p>tra una depresión nunca elaborada, y de la cual el sujeto</p><p>ignora su existencia. El corte que se ha instalado precoz­</p><p>mente entre él y el Otro significativo destruye no sola­</p><p>mente la catexia libidinal sino al mismo tiempo todo</p><p>deseo de explorar, de comprender, de saber. Es la muerte</p><p>de la curiosidad. El niño saqueado ya no quiere captar</p><p>ni comprender; ni ver ni saber. Nunca más empleará su</p><p>pensamiento para buscar lo que ocurre en el interior de</p><p>sí mismo ni lo que ocurre en el mundo oculto de los</p><p>otros. El "continente negro" de Ja mujer no le interesa.</p><p>La pasión espistemofílica del niño pequeño por "meterse</p><p>adentro" y tomar posesión de lo que ocurre en el interior</p><p>de su madre, o de lo que ocurre entre padre y madre, se</p><p>ha perdido, está excluida, abolida. El libro maravilloso</p><p>de las fantasías y de los pensamientos que constituyen</p><p>Jos vínculos entre el ser y el Otro se ha cerrado firme­</p><p>mente. En su lugar están las reglas de conducta, y en</p><p>relación operatoria con el mundo exterior.</p><p>Notemos, al pasar, que estos cortes violentos cuyos</p><p>estragos comprobamos en esos analizandos, coinciden</p><p>con lo que Bion (1963) ha descrito como "castración del</p><p>Yo" o "castración del sentido" -el fenómeno de "minus­</p><p>K", de la representación despojada, de un pensamiento</p><p>con el cual no podemos pensar más allá. Esta noción</p><p>coincide con el concepto de "forclusión" elaborado por</p><p>Lacan (1966) y también con el concepto descrito por</p><p>Freud como "un repudio fuera de la c:i encia", es decir</p><p>de analista.</p><p>Subrepticiamente descubre que ya no "funciona". Tra­</p><p>yecto del análisis en el que es necesario inventar algo</p><p>para no verse atrapado en una relación de fuerzas inter­</p><p>minable; y aquí comienza el cuestionamiento de sí</p><p>mismo, y el núcleo de nuevas hipótesis de trabajo: una</p><p>nueva forma de intervenir, un gesto en lugar de una</p><p>interpretación, otra manera de escuchar y, en todos los</p><p>casos, una reflexión profundizada sobre sí mismo, sobre</p><p>el otro y sobre la pareja que forman. Este aspecto de la</p><p>aventura psicoanalítica, del lado del analista, se expresa</p><p>particularmente en los capítulos: "El anti-analizando en</p><p>el análisis" (cap. 6) y "La contratransferencia y la comu­</p><p>nicación primitiva" (cap. 7).</p><p>Pero el autoanálisis sólo nos da explicaciones parcia­</p><p>les. ¿Por qué logré devolver a la vida a Annabelle Borne,</p><p>personaje central de la "Comunicación primitiva" y por</p><p>qué fracasé tan lamentablemente en hacer otro tanto</p><p>por Mme. O. de "El anti-analizando"? ¡Habrá que creer</p><p>que la contratransferencia siempre obstruye la visión!</p><p>No es sorprendente descubrir que la relación analítica</p><p>que establecen estos analizantes encuentra su corres­</p><p>pondencia en las relaciones incoherentes que mantienen</p><p>con su entorno. Pero se supone que el analista descu­</p><p>brirá en esta incoherencia un sentido, y así es. En</p><p>segundo plano, siempre se descubren las relaciones inco­</p><p>herentes de la primera infancia, relaciones alternativa­</p><p>mente gratificadoras y frustrantes, consteladas con</p><p>23</p><p>experiencias de abandono, de perversión, de enferme­</p><p>dad, de muerte, que han contribuido a hundir al niño en</p><p>duelos imposibles y a poner en peligro su vida psíquica.</p><p>El pequeño sujeto, preso en las redes de fondo del</p><p>inconsciente parental o de una realidad traumática,</p><p>padece la ira y la mortificación narcisistas, las que, per­</p><p>maneciendo enquistadas hasta la edad adulta logran</p><p>ajustarle solapadamente las cuentas, a pesar de la</p><p>defensa masiva contra los impulsos destructores. Si se</p><p>evita una "solución" psicótica, los mecanismos primiti­</p><p>vos se infiltrarán de todas maneras en cualquier rela­</p><p>ción. Estos sujetos terminan finalmente perdiendo la</p><p>esperanza de poder vivir una relación de amor que no</p><p>sea destruida por el odio. ¿Destrucción de sí, destrucción</p><p>del otro? En este mundo de relación fusiona!, es exacta­</p><p>mente Jo mismo. Mientras tanto, la repetición incansa­</p><p>ble confinna al sujeto la certeza de que, en cada nuevo</p><p>encuentro será rechazado, deniwado, abandonado, trai­</p><p>cionado. Entra entonces en un círculo que comienza con</p><p>Ja idealización del objeto que aportaría supuestamente</p><p>la satisfacción total, seguida del furor y de fantasmas</p><p>asesinos cuando sobreviene el desfallecimiento del otro.</p><p>En su obstinación por establecer una relación indisolu­</p><p>ble y eterna, crea un lazo fusiona! imaginario, imagen</p><p>especular que, inevitablemente, se revelará como inade­</p><p>cuada para la espera imposible. La alondra*, presa en la</p><p>trampa de su propio deseo, descubre entonces una</p><p>fuerza sobrepoderosa para apartarse del otro -superfi­</p><p>cie reflectante- y romper el espejo. Y en ese preciso</p><p>momento es su propia imagen la que vuela en pedazos.</p><p>El sujeto, ahogado por la angustia, se retrotrae ante Ja</p><p>"' Juego de palabras con ulouette (alondra) y miroir (espejo):</p><p>umiroir a alouettes" significa espejuelo, trozo curvo de madera con</p><p>espejitos incrustados que se usa para atraer a las alondras y cazar­</p><p>las. [T.)</p><p>24</p><p>vida, se aparta del prójimo y se autorrecrimina, diri·</p><p>giéndose amargos reproches. Frente a semejante desas­</p><p>tre, algunos no se aventuran más en el universo de los</p><p>otros, no se exponen nunca más a la dependencia servil,</p><p>al temor constante de perder, no sólo el objeto deseado</p><p>sino también el objeto-reflejo, garantía de la existencia y</p><p>seguridad de que la vida vale la pena de ser vívida. En</p><p>"Narciso en busca de una fuente" (cap. 8) he intentado</p><p>hacer sensibles, por medio de algunos fragmentos de</p><p>análisis, los dos desenlaces de este conflicto psíquico</p><p>vital, aparentemente opuestos. Si una de las soluciones</p><p>apunta al dominio tan absoluto como sea posible de· sí</p><p>mismo, la otra persigue el control absoluto del objeto, y</p><p>cada una intenta a su modo evitar la amenaza de la</p><p>muerte psíquica.</p><p>Mis reflexiones sobre la libido narcisista con su pre·</p><p>caria economía me han enfrentado a sus expresiones</p><p>más arcaicas que son también, curiosamente, sus expre­</p><p>siones más banales: las "creaciones" psicosomáticas,</p><p>manifestaciones del espíritu humano que, luchando cie­</p><p>gamente por la vida, toman como aparato de pensa­</p><p>miento este ordenador implacable que es el soma, y de</p><p>ese modo se ubican del lado de la muerte. Esta falla en</p><p>la psique, que la escinde del soma, no es la falta signifi­</p><p>cable que suscita el deseo y la creatividad y que induce</p><p>los síntomas neuróticos y psicóticos, las perversiones y</p><p>los actos-síntomas, todos ellos testimonio de la creativi·</p><p>dad psíquica. Cuando el que encuentra la respuesta a</p><p>los conflictos psíquicos es el soma solo, su creación es</p><p>por definición y literalmente, inenarrable. Aquí el ana­</p><p>lista está a la escucha de lo inefable, de una nada indeci­</p><p>ble, metáfora de la muerte. Los capítulos de este libro</p><p>que tratan del psicósoma en psicoanálisis (caps. 9 al 12)</p><p>adelantan nociones sumamente hipotéticas. Novalis dice</p><p>en alguna parte: "Las hipótesis son redes de pescar;</p><p>25</p><p>quien no las arroje nada recogerá". Yo he tendido, por</p><p>tanto, algunas redes .. . a la espera de que otros me ayu­</p><p>den a recogerlas y a evaluar lo que contienen. Esta</p><p>región limite de lo analizable me ha llevado a una apre­</p><p>ciación de la vitalidad psíquica en todas sus formas.</p><p>¿Crear o morir? ¿Es ésta la elección final? Entre las</p><p>prohibiciones y lo imposible que estructuran la mente</p><p>humana, el derecho de paso se adquiere arduamente, y</p><p>el precio que se paga es más diversificado de lo que se</p><p>piensa. Entre la promesa de la infancia y las realizacio­</p><p>nes de una vida de adulto, hay más que los escollos de la</p><p>neurosis, la psicosis y los actos·síntoma. El niño inces·</p><p>tuoso y el niño de pecho megalómano que exigen sus</p><p>derechos en tales creaciones tal vez han evitado otro</p><p>destino, el del niño que supo adecuarse demasiado</p><p>pronto y demasiado bien al mundo de los mayores, con</p><p>riesgo de perderse en una sobreadaptación a la realidad</p><p>exterior, en una "normalidad patológica" tan dolorosa</p><p>con sus apagados colores como los caminos de la locura.</p><p>Si el niño agazapado en el fondo del hombre es la</p><p>causa de su sufrimiento psíquico, también es la fuente</p><p>del arte y de la poesía de la existencia, la promesa siem­</p><p>pre presente de una nueva mirada, develamiento de lo</p><p>insólito en lo cotidiano, protección contra las caídas y</p><p>locura secreta contra el espectro de la "normalidad nor­</p><p>malizante" de una vida exclusivamente "adulta". Es</p><p>necesario saber comunicarse con este niño mágico narci­</p><p>sista, so pena de asfixiarlo. Asistir a la expansión de</p><p>este intercambio es una experiencia conmovedora, ser</p><p>testigo de su fracaso, una tragedia. Es éste el senti­</p><p>miento que quisiera transmitir en el capítulo que cierra</p><p>este libro y que le da su título: "Alegato por cierta anor­</p><p>malidad''.</p><p>Cada hombre en su complejidad psíquica es una obra</p><p>26</p><p>maestra, cada análisis es una odisea. Mis analizantes no</p><p>dejan de asombrarme, de enseñarme, de emocionarme.</p><p>Este libro está dedicado a todos aquellos que me han</p><p>permitido acompañarlos en su viaje.</p><p>27</p><p>; 1</p><p>l</p><p>l. LA ESCENA SEXUAL</p><p>Y EL ESPECTADOR ANONIMO</p><p>-¿La vida? Es un juego cuyas reglas conozco bien.</p><p>Que gane o que pierda, no me importa en absoluto. Diga­</p><p>mos más bien que la vida me divierte.</p><p>Si alguien escuchara estas palabras se sorprendería</p><p>de la voz grave y entrecortada del hombre que las pro­</p><p>nuncia, de la rigidez de su cuerpo y sobre todo de la</p><p>expresión de su rostro, que no refleja en absoluto la</p><p>diversión que, según sus palabras, Ia vida le ofrece.</p><p>¿Qué significa semejante negación de la importancia de</p><p>la vida, e incluso del sujeto mismo? Un desafío, cierta­</p><p>mente.</p><p>fuera de toda posibilidad de ser simbolizado que, al con-</p><p>222</p><p>trario de la represión, trata los hechos psíquicos cuestio­</p><p>nados como si no existieran, y los deja.</p><p>Pero el anti-analizando no es un psicótico. La rene­</p><p>~Íón de su separatividad psíquica no está compensada</p><p>con delusiones; estos pacientes permanecen excesiva­</p><p>mente apegados a la realidad externa pero a condición</p><p>de que los vínculos afectivos con otros se mantengan sec­</p><p>cionados y rigurosamente controlada la interpenetración</p><p>de ideas. Con ello el paciente tiene la esperanza de pro­</p><p>tegerse de una herida intolerable, pero al precio de cor­</p><p>tar todo lazo que pueda introducirlo en los circuitos del</p><p>deseo y la órbita de deseos, temores y rechazos de otros.</p><p>No nos sorprende que en la situación analítica la trans­</p><p>ferencia está destinada a morir al nacer.</p><p>Pero permanece la ira, la irritación y la continua bús­</p><p>queda de enemigos ficticios que serán culpados por traición</p><p>y abandono de los objetos primeros. A su turno, el analista</p><p>se convierte en ese enemigo del que hay que cuidarse.</p><p>¿Tenemos derecho a intentar desmenuzar e interpre­</p><p>tar este encono tan precioso? Es una pregunta que dejo</p><p>sin respuesta. De todas maneras, el analizando-robot</p><p>gana el partido; estos daltónicos del afecto, por su</p><p>misma frialdad, llegan a apagar el fuego del otro. En el</p><p>análisis terminan por quitar de nosotros, como de ellos</p><p>mismos, la curiosidad, el deseo de saber más. Es triste</p><p>comprobar que nos vuelven, como ellos mismos, indife­</p><p>rentes incluso a su dolor psíquico. Por otra parte, el anti­</p><p>analizando no pide más que conservar a cualquier precio</p><p>su vínculo con el objeto de odio, pues este objeto perse­</p><p>guidor, parte proyectada de sí mismo, es un receptáculo</p><p>para algo vivo, y un lugar vital de su identidad. ¿Y acaso</p><p>no nos pide, en cuanto al resto -su dolor inconfesable</p><p>por estar descalificado- , que conservemos nuestro</p><p>sufrimiento para nosotros mismos? ¿Finalmente es ése</p><p>el triunfo de su proyecto analítico?</p><p>223</p><p>Sin embargo, esta respuesta no puede satisfacernos.</p><p>A pesar de todo, estos analizandos se aferran a su aven­</p><p>tura analítica, insisten en querer mostrar al analista</p><p>cuán ineficaz es. A título hipotético, sugeriré que estos</p><p>pacientes se aferran a la esperanza de que en algún</p><p>lugar de su interior existe un universo escondido, una</p><p>mente inconsciente, otra manera de pensar y sentir</p><p>acerca de ellos y de los otros. Aun cuando el paciente no</p><p>lo crea sabe que su analista lo cree, y se aferra a esa</p><p>mínima fuente de esperanza.</p><p>224</p><p>......</p><p>7. LA CONTRATRANSFERENCIA</p><p>Y LA COMUNICACION PRIMITIVA</p><p>Ciertos pacientes narran o reconstruyen en análisis</p><p>acontecimientos traumáticos de su infancia. La cuestión</p><p>planteada es la siguiente: ¿puede el analista tratar este</p><p>tipo de material de modo diferente a otras asociaciones</p><p>que produce el paciente? ¿Y si es así, cuáles son esas</p><p>diferencias?</p><p>Esta cuestión se complica singularmente cuando nos</p><p>hace falta distinguir entre el efecto de una catástrofe</p><p>real y los efectos indelebles de esos traumas universales,</p><p>inherentes al psiquismo humano, que son el drama de la</p><p>alteridad, de la sexualidad, y de la ineluctable mortali­</p><p>dad del hombre. Un hecho no podría juzgarse traumá­</p><p>tico más que en la medida en que hubiera tornado más</p><p>difícil que de costumbre el enfrentamiento y la reso1u­</p><p>ción de esas "catástrofes" que estructuran la realidad</p><p>psíquica de cada uno. Para definir mejor mi tema, el</p><p>cual se centra en el trauma psíquico precoz, es oportuno</p><p>hablar ante todo de los hechos traumáticos sobrevenidos •</p><p>en la vida \le] niño, después de la adquisición del len-</p><p>guaje. En un primer tiempo estos hechos fuera de serie</p><p>225</p><p>se presentan en el discurso analítico como un relato con­</p><p>tra el cual chocamos y no como un pensamiento que</p><p>podría elaborarse psíquicamente.</p><p>Por ejemplo, ese paciente cuya madre se ha matado</p><p>en un accidente automovilístico, manejando su propio</p><p>coche, cuando el niño tenía seis años. El padre, aunque</p><p>cálido y muy presente, era descrito como alcohólico e</p><p>irresponsable. En el discurso del paciente, la muerte</p><p>brutal de la madre figuraba en primer lugar como la</p><p>explicación global y suficiente de todas sus perturbacio­</p><p>nes neuróticas. Desde el comienzo, el hecho desempe­</p><p>ñaba una función de coartada. En un segundo tiempo,</p><p>las asociaciones del paciente hicieron transparentar la</p><p>fantasía de que el accidente era en realidad un suicidio.</p><p>En lo imaginario del niño que estaba de duelo, las debili­</p><p>dades paternas habrían impulsado a su madre a come­</p><p>ter tal acto desesperado. Pero, poco a poco, el proceso</p><p>analítico llevó penosamente a la conciencia una fantasía</p><p>muy diferente: había sido él, el niño, el responsable de</p><p>esa muerte trágica. Había querido tomar el lugar de su</p><p>madre para disfrutar él solo del amor cálido del padre.</p><p>En función de un pensamiento mágico había causado la</p><p>muerte de su madre. Fuera cual fuese la verdad de su</p><p>muerte, la única realidad con la que el psicoanálisis</p><p>tenía que tratar era la siguiente: una realidad psíquica,</p><p>una fantasía infantil fundada sobre un deseo homose­</p><p>xual reprimido, ligado igualmente a un anhelo repri­</p><p>mido de matricidio, anhelo cuya culpa gravaba pesada­</p><p>mente la economía libidinal y la vivencia psíquica del</p><p>hijo. Lo real, al convertirse en aliado del mundo imagi­</p><p>nario del niño, había tornado difícil la resolución de los</p><p>deseos edípicos homosexuales y heterosexuales, y de la</p><p>crisis edípica del jovencito. A través del trabajo psicoa­</p><p>nalítico fue posible interpretar el hecho trágico como si</p><p>se hubiera tratado de una proyección, surgida de la</p><p>226</p><p>-</p><p>-</p><p>l ¡</p><p>!</p><p>1</p><p>1</p><p>omnipotencia de los deseos infantiles. A partir de ese</p><p>momento se pudo retomar un trabajo de duelo y de iden­</p><p>tificación, trabados hasta entonces por las fanta sías</p><p>reprimidas del muchacho. En lugar de un sentimiento</p><p>de mentira, de muerte interior, de temor frente a todo</p><p>deseo fantasioso, el paciente pudo crear un mundo</p><p>interno habitado por hechos y objetos vivientes, soporte</p><p>que con el tiempo fue adecuado para llevarlo al mundo</p><p>de los otros.</p><p>Aunque sea importante no confundir hecho real con</p><p>fantasías, hay que reconocer al mismo tiempo que el psi­</p><p>coanálisis no puede hacer nada para modificar los efec­</p><p>tos de los hechos catastróficos si no se vivencian como</p><p>fantasías omnipotentes; sólo entonces el analizando</p><p>puede poseer esos hechos como una parte integrante de</p><p>su capital psíquico, tesoro que ningún otro más que él</p><p>puede administrar. En otras palabras, nadie es respon­</p><p>sable de los rudos golpes que el mundo y los primeros</p><p>objetos externos le han hecho sufrir al niño pero cada</p><p>uno es el único responsable de sus objetos y de su mundo</p><p>internos.</p><p>Desde este punto de vista el hecho traumático tal</p><p>como lo hemos definido puede asimilarse a los recuer­</p><p>dos-pantalla, y no difiere de ese "real" del entorno a par­</p><p>tir del cual todo niño ha sido ayudado o entorpecido en</p><p>su intento por acomodarse a las realidades humanas. Si</p><p>los síntomas neuróticos se construyen a partir de la</p><p>palabra y de las actitudes parentales y de la interpreta­</p><p>ción que el niño hace de las comunicaciones silenciosas y</p><p>verbales de sus padres, también pueden construirse a</p><p>partir de su interpretación y de su elaboración psíquíca</p><p>de un hecho traumatizante.</p><p>A la larga, el modo de tratar el analista los hechos</p><p>traumáticos, no difiere del que aplica en los conflictos</p><p>neuróticos intrapsíquicos. Desde el punto de vista de la</p><p>227</p><p>contratransferencia, sólo advierte el peligro de confun­</p><p>sión complaciente hacia el paciente, mientras tiene</p><p>lugar el hecho trágico. ¿Ocurre lo mismo en las expe­</p><p>riencias traumáticas que se presentan antes de adquirir</p><p>el pensamiento verbal y la comunicación por medio de</p><p>signos? Debemos subrayar además que sólo pueden tra­</p><p>tarse de "comunicaciones" en la medida en que esos sig­</p><p>nos son oídos por Otro. Por eso la primera realidad para</p><p>todo niño es precisamente el inconsciente de su madre.</p><p>Pero las huellas de esta primera</p><p>¿Pero dirigido a quién y por qué motivo? Esta</p><p>frase, lanzada como una profesión de fe de la cual se</p><p>siente orgulloso, muestra, sin saberlo el paciente, su</p><p>intento desesperado por dar un sentido a la vida, y más</p><p>exactamente a su vida. Podría traducirse de esta</p><p>manera: "Es necesario que mi vida sea vivida como un</p><p>juego para que pueda vivirla". Por otra parte, él añade:</p><p>-Tomar mi vida en serio sería correr un riesgo</p><p>insensato. Y sin saber por qué.</p><p>Si su vida no es más que un juego, se convierte en un</p><p>29</p><p>-</p><p>peligro, en transgresión cuyo castigo será la castracíón,</p><p>la afánisis, la muerte. Al elegir el juego como modus</p><p>vivendi, M. B. ha optado finalmente por la vida, que en</p><p>adelante vivirá sólo bajo una forma lúdica. Y esto, con</p><p>respecto a cualquier faceta de su vida: trabajos profesio­</p><p>nales, amistades o vida sexual. Y de la misma forma,</p><p>por la variante del juego, él se autoriza la experiencia de</p><p>un análisis. "¿Juego bien el juego del psicoanálisis?",</p><p>preguntará durante los primeros minutos de su primera</p><p>sesión.</p><p>Gracias a esta cobertura lúdica, pudo, desde el</p><p>comienzo del aná1isis, revelar la sombra de una verdad</p><p>opuesta a aquella que mostraba durante sus primeras</p><p>entrevistas.</p><p>-Mi vida es una degradación continua. Mi trabajo</p><p>intelectual está siempre retrasado y sólo lo termino en</p><p>caso de urgencia; frente a mi público tengo la impresión</p><p>constante de hacer trampa ... y un miedo que no me deja,</p><p>miedo de ser desenmascarado un día y condenado ... A</p><p>propósito, tengo que hablarle de mis pequeñas obsesiones</p><p>sexuales.</p><p>En las sesiones siguientes, el paciente utilizaba este</p><p>último tema como un juego, dejando escapar de vez en</p><p>cuando fragmentos de frases en relación con su vida</p><p>sexual y preguntando si yo había "comprendido", sí o no.</p><p>En realidad, lo que él llamaba su juego sexual, consistía</p><p>en pegar a su amiga con un látigo en una puesta en</p><p>escena ritual y detallada. De esta manera podía esperar</p><p>el goce.</p><p>-Y ahora le muestro mi degradación sexual. Es algo</p><p>que sobrepasa mi comprensión ... pero no piense que yo</p><p>querría abstenerme. Son mis juegos favoritos.</p><p>A decir verdad, en esta sesión, se podría haber sos­</p><p>pechado que a pesar de su protesta contra la degrada­</p><p>ción, no quería en absoluto modificar su vida erótica.</p><p>30</p><p>Utilizaba esta última, en su mismo discurso, si no para</p><p>negar, para controlar el miedo de ser "desenmascarado y</p><p>condenado" por un delito no conocido.</p><p>En lo que concierne a su trabajo expresaba, por el</p><p>contrario, el deseo de cambiar. Pero al tratar de remar­</p><p>car su impresión de nulidad en ese campo, mostraba la</p><p>fuerte interdependencia entre sus inhibiciones profesio­</p><p>nales y su sexualidad. Cuando hablaba de sus dificulta­</p><p>des para tomar su trabajo en serio, su lenguaje se</p><p>impregnaba, a menudo, de una imaginería evocadora de</p><p>fantasmas inquietantes asociados al acto sexual genital.</p><p>-Soy incapaz de lanzarme, de penetrar en mi tra·</p><p>bajo. Como si no me atreviera a ir hasta el final . Jamás</p><p>toco el fondo. Para zambullirme, tengo que hacerlo con</p><p>los ojos cerrados ... ¡pero de todas maneras lo logro!</p><p>Tengo cantidad de pequeños trucos para tener éxito. Pri·</p><p>mero me pongo en una situación en donde no puedo</p><p>retroceder. Estoy obligado, entonces, a ir hasta el final. ..</p><p>El hecho de que los otros me miren, me obliga a produ·</p><p>cir. ¡Delante del público produzco siempre!</p><p>''Los pequeños trucos para tener éxito" en su vida</p><p>social encontraban su simétrico en la puesta en escena</p><p>fetichista (látigo, vestimenta ritual), pero, en ese</p><p>ámbito, "los otros que miraban" no eran fácilmente iden­</p><p>tificables. La mirada del otro, presentada generalmente</p><p>como la mirada de un público anónimo, se convirtió casi</p><p>en un personaje en el discurso de M. B. Gracias a éste,</p><p>transformaba sus tareas profesionales en realizaciones</p><p>brillantes, siempre producto del último minuto, con lo</p><p>que ganaba un "momento de goce", trabajo que no impe­</p><p>día el sentimiento irreal de planear "sobre toda su pro­</p><p>ducción". Un sentimiento de fracaso y de depresión</p><p>ganaba terreno sobre la impresión más bien triunfante</p><p>de jugar la vida, mientras que los otros, "la gente bien",</p><p>se tomaban en serio.</p><p>31</p><p>-Esta impresión de irrealidad forma parte dt!l</p><p>juego. A veces me pregunto si no es un juego de niños el</p><p>mío. Debo confesar que siempre hice creer a los demás</p><p>que, por tomarse la vida tan en serio, eran ellos los niños</p><p>y era yo quien podía decirles la verdad.</p><p>¿Pero de qué verdad se trataba? El paciente estaba</p><p>lejos de poder precisarlo, sino para decir que, en lo que</p><p>se refiere a jugar, él jugaba realmente y con pleno</p><p>conocimiento de causa, que él no era inocente. ¿Y de</p><p>qué juego se trataba? Eso tampoco era evidente. M. B.</p><p>habría estado de acuerdo con la idea de Claparede de</p><p>que "el juego es una persecución libre de metas ficti­</p><p>cias" y habría agregado enseguida que esta definición</p><p>del juego caracterizaba perfectamente su concepción</p><p>de la vida. ¿No había presentado, acaso, todas sus</p><p>metas bajo un tiempo ficticio? ¿Podría permitirse</p><p>alguna vez obrar «realmente"? Pero s u juego·de-la­</p><p>vida comprendía también una dimensión de prestidigi­</p><p>tación que implicaba la mirada del otro. Los otros, al</p><p>contrario de él, debían creerle, tenían que dejarse</p><p>engañar como el niño engañado por el adulto. De esta</p><p>manera proyectaba en los otros su propia confusíón,</p><p>gracias a la cual, el adulto jugaba y el niño, mistifi­</p><p>cado y serio, miraba. Protegido por su identidad de</p><p>prestidigitador, siempre se ha visto como alguien "orí~</p><p>ginal" que podía permitirse extravíos y no hacer caso</p><p>de las obligaciones sociales, reservadas a los otros (a</p><p>los niños serios, juiciosos). Ahora bien, a través de su</p><p>discurso analítico comenzó a considerarse bajo una</p><p>mirada nueva.</p><p>-Por primera vez me ueo como alguien inmutable,</p><p>rfgido. Controlo todo lo que hago. ¿Acaso alguna vez (en</p><p>mi vida) me entregué a un solo gesto espontáneo? ... . e</p><p>incluso, veo claramente que me ínmouilizo frente a todo</p><p>intento por mi parte de salirme de esto. Hace un año no</p><p>32</p><p>lo hubiera creído. Pero, ¿quiero salirme de esto o no?</p><p>Q ., ? ¿ uien soy yo ....</p><p>Después de un corto silencio, retomó el tema habi­</p><p>tual: no había hecho nada en toda la semana ... durante</p><p>meses ... desde hacía años. Después de cada logro, se</p><p>lamentaba aún más de su fracaso y de su degradación.</p><p>Durante 1a misma sesión, al esbozo de la idea de "salirse</p><p>de eso" continuaban las protestas por su fracaso. Me</p><p>limité a decirle que quería tranquilizarme; aportaba las</p><p>pruebas de su 1nocencía. No "penetraba". De hecho,</p><p>tanto en su trabajo como en sus juegos sexuales, apla­</p><p>zaba indefinidamente el desenlace, el goce. E incluso en</p><p>esto, se desligaba de toda responsabilidad afirmando</p><p>que actuaba bajo coacción.</p><p>El paciente comenzaba a vislumbrar que el juego,</p><p>ese juego desarmante que era su vida, tenía reglas de</p><p>las cuales él era esclavo, cosa que nunca había percibido</p><p>antes. Toda su relación "con el público", su deseo de bri­</p><p>llar, de presentarse mistificándose, mostraban la exis­</p><p>tencia de un fantasma potente e inmutable, cuyo sentido</p><p>él no reconocía. La puesta en escena (rígida también) de</p><p>sus fantasmas eróticos, al menos en cuanto a su reflejo</p><p>consciente, fue precisándose, poco a poco, durante el</p><p>curso de las sesiones. Sus fantasmas se referían siempre</p><p>a dos personajes femeninos, por ejemplo el de una mujer</p><p>que pega a una niña en sus nalgas desnudas. "¿Y el</p><p>público?", le pregunté yo un día, refiriéndome a todo lo</p><p>que él había dicho sobre la importancia del público. Sor­</p><p>prendido por esta pregunta, contestó: "¿Pero cómo sabe</p><p>u sted que el público juega un papel importante?". Mi</p><p>intervención inaugura un período angustiante en el dis­</p><p>curso del paciente. Como fantasma de la mirada, ese</p><p>público no tarda en instalarse en la relación analítica</p><p>bajo la forma de resistencia.</p><p>-¿Quién es usted que me mira y a la que yo no veo?</p><p>33</p><p>--</p><p>¿A quién le hablo? ... Ahora estoy obligado a tomarla en</p><p>serio y tengo horror de eso. ¿Sabe ?, ¡todo</p><p>esto no me</p><p>divierte más!</p><p>-¿Y qué pasa si el psicoanálisis no le divierte más,</p><p>si no es más un juego?</p><p>Las palabras vacío y abismo, -responde- me vie­</p><p>nen a la mente. No veo nada más. Es el enloquecimiento.</p><p>El, que se cuidaba de toda expresión de angustia, se</p><p>apresura a agregar;</p><p>-Aunque, fíjese bien, yo tengo una gran capacidad</p><p>para soportar el enloquecimiento.</p><p>- ¿Se podría decir que usted hace un juego del enlo­</p><p>quecimiento mismo?</p><p>Después de un largo silencio, respondió: -Yo hago</p><p>sólo eso ... con mi acuerdo ... hasta el momento en que yo</p><p>no puedo retroceder. .. Soy como alguien que juega con</p><p>la muerte.</p><p>Se quedó en silencio, y le hice notar que se había</p><p>callado evocando la idea de la muerte.</p><p>-Mire usted, ya no pensaba más en mi trabajo, sino</p><p>en mis juegos sexuales. El látigo es una fuente de</p><p>angustia, pero es también el medio de suprimirla.</p><p>Si bien el látigo despierta en mi paciente la angustia</p><p>ligada a la amenaza de castración, es también el ele­</p><p>mento del juego que sirve para controlar esta angustia.</p><p>Aquí, la castración, toma la imagen de un sexo feme­</p><p>nino, representado como "el abismo" -a la vez amenaza</p><p>narcisista y alusión al padre: doble amenaza, entonces,</p><p>para el pequeño que juega a la sexualidad.</p><p>La continuación de estas asociaciones era instructiva</p><p>a este propósito. "¿Hay alguna relación entre el enloque­</p><p>cimiento y el asco?", preguntó. "Pienso en el asco que</p><p>tengo del interior de la mujer." B. trata de protegerse</p><p>contra la angustia del "abismo", inclinándose a una</p><p>defensa anal.</p><p>34</p><p>--</p><p>-No tocar el sexo de la mujer. Tampoco verlo. Sin</p><p>embargo, al esconder ese sexo asqueroso, me gustamos­</p><p>trarlo.</p><p>-¿A quién? -Con una risa seca respondió:</p><p>-Sin duda a mi "público anónimo" ... Me siento</p><p>inquieto al decirle esto. El enloquecimiento, por así</p><p>decir, está allí.</p><p>-¿Por qué?</p><p>-{Prosigue rápidamente) ¡Pero esto marcha bien, de</p><p>todas maneras, porque la angustia aumenta mi goce!</p><p>Lo cual le hace percibir que la angustia, el enloquecí­</p><p>miento, forman parte integrante del juego, sexual u</p><p>otro, y que esta angustia está ligada al espectador</p><p>anónimo.</p><p>Resumiendo, se trate de sus trabajos, de su relación</p><p>amorosa, de su necesidad de fascinar y dominar a la</p><p>gente, o de sus juegos masturbatorios delante del espejo,</p><p>la puesta en escena se ofrece siempre a la misma</p><p>mirada. En las semanas siguientes, fue posible delimi­</p><p>tar con más precisión el papel del "espectador anónimo"</p><p>a través de la relación transferencial. Un día me explicó</p><p>detenidamente que ya no le era posible hablar de sus</p><p>fantasmas y de sus prácticas sexuales sin una respuesta</p><p>de mi parte. Ya que se tortura para contarlos, necesita</p><p>estar seguro de que esto vale la pena. Así, escuchar el</p><p>relato de su actuación sexual debía ser mi deseo, y lo</p><p>escuchado, un placer para mí. Se me ofrecía el papel del</p><p>voyeurista. Esta interpretación le pareció "exacta e</p><p>inquietante" y agregó: "Es realmente cierto, puesto que</p><p>m e dije: y bueno, si quiere escuchar todo esto, se va a</p><p>decepcionar. Le ocultaré lo que me gusta". Entonces,</p><p>necesidad de engañar. Es necesario que el otro mire, pero</p><p>también es necesario abusar de su mirada. Es lo que</p><p>muestra la puesta en escena del fantasma. El argu­</p><p>mento trataba, tal vez con algunas variaciones, de un</p><p>35</p><p>castigo, siendo la víctima, además, inocente (él "pene­</p><p>tra", es sólo un juego). El inocente-culpable será azotado</p><p>públicamente frente a "una multitud". Esta multitud se</p><p>redujo a un "desconocido" en el discurso analítico. El</p><p>desconocido, que lo ve castigarse, se confunde en un pri­</p><p>mer momento respecto del significado de lo que ve, por­</p><p>que lo que se presenta como un castigo es la condición</p><p>misma del goce sexual. Además, incluido sin saberlo</p><p>como participante de la escena del goce, el espectador</p><p>resulta, a raíz de este hecho, doblemente engañado.·</p><p>Pero no se nos escapa que el paciente abusa en primer</p><p>lugar de sí mismo. Su insistencia en convencerse de que</p><p>"el otro quiere ser azotado" (en el juego compartido o en</p><p>las historias fantaseadas) muestra la importancia que</p><p>se le da al goce del compañero, goce que se requiere para</p><p>validar su actuación y sus medios. Sólo el otro puede</p><p>validar el fantasma, según el cual aquí se trata del</p><p>secreto mismo del goce sexual (el juego debe hacerse</p><p>verdad), y reconocer los poderes efectivos del látigo, sexo</p><p>ficticio-fetiche. El segundo engaño consiste en conside­</p><p>rar al otro como fuente exclusiva de validación, cuando</p><p>ésta reside en uno mismo y sólo se sitúa en el otro por</p><p>proyección. M. B. logró comprender que azotando a su</p><p>amiga no hacía más que identificarse con el deseo de</p><p>"ser azotada" que él le imputaba. Esta toma de concien­</p><p>cia le permitió revelarme que a veces se azotaba a sí</p><p>mismo. Más tarde llegó a hablar del placer de "ser pene­</p><p>trado por el dolor", descubriendo así un fastasma homo­</p><p>sexual, hasta ese momento reprimido. En un cierto nivel</p><p>imaginario, las marcas del látigo testimoniaban una</p><p>castración, castración lúdica, e incluso burlada, puesto</p><p>que por ella se llegaba al placer, al mismo tiempo que el</p><p>dolor era representado como algo penetrante, penetra­</p><p>ción a su vez fantaseada como la posesión del falo</p><p>paterno deseado por la madre. "Ahora comprendo</p><p>36</p><p>-decía- que me disfrace de mujer para convertirme en</p><p>hombre. Quiero adquirir un pene especial. Pero, ¿qué</p><p>quiere decir? ¿Soy homosexual, entonces?" Aquí también</p><p>se equivocaba, porque en su actuación sexual, si bien</p><p>manifiestamente no había vagina, tampoco había pene.</p><p>Había ciertamente una significación homosexual, como</p><p>había una significación heterosexual, pero sobre todo, lo</p><p>que estaba camuflado (realmente por el disfraz de la</p><p>puesta en escena, y psíquicamente por la renegación)</p><p>era la diferencia entre los sexos y su significación. La re~</p><p>lación sexual se reducía a un juego de nalgas azotadas,</p><p>con lo que ilustraba bien el papel de la denegación su­</p><p>brayado por Freud en sus escritos sobre el fetichismo.</p><p>De esta manera, al disfrazar los órganos sexuales y su</p><p>función, B. denegaba que el uno tenía por destino com­</p><p>pletar al otro. La necesidad de ocultar la identidad origi­</p><p>naria de los participantes presentes en el juego y los</p><p>fantasmas asociados, parecía aún más importante. El</p><p>fantasma que pone en escena dos personajes femeninos</p><p>bajo la mirada de un desconocido, indica bien una trans­</p><p>posición particular de la constelación edípica.</p><p>Ha llegado el momento de -centrar nuestro interés en</p><p>los padres de M. B., o en la manera como él quería pre­</p><p>sentarlos. A decir verdad, dejaba salir con cuentagotas</p><p>los detalles de su pasado. Así, durante dos años, dejó</p><p>que yo ignorara si su padre estaba muerto o vivo, si te­</p><p>nía hermanos y hermanas. Al escucharlo parecía hijo</p><p>único, hijo que no parecía tener tampoco una historia.</p><p>Poco a poco, sin embargo, emergió el retrato de suma­</p><p>dre, o más exactamente el retrato de la pareja que él,</p><p>pequeño, formaba con ella.</p><p>-Con mis pantalones cortos color pastel, aunque ya</p><p>estuviera fuera de edad, era para ella el pequeño Prínci­</p><p>pe Azul. De alguna manera era contra mi padre ... mi</p><p>37</p><p>madre y yo hacíamos causa común contra él... Ella me</p><p>repetía a menudo que yo era un verdadero machito ...</p><p>Era muy ambiciosa para conmigo. Su mayor deseo era</p><p>que yo me pareciera un día a su padre. Era un escritor, y</p><p>ella lo admiraba sin límites ... grande, fuerte; todo lo</p><p>opuesto a mi padre. Usted me hizo notar que mi padre</p><p>estaba ausente en todo lo que yo decía de mi familia.</p><p>Pero es la realidad. ¡El no contaba! Evidentemente</p><p>estaba siempre allí, como una ausencia permanente ...</p><p>Tampoco veo a mi abuelo, me acuerdo de él sólo por los</p><p>relatos de mi madre ... Había una historia a propósito de</p><p>él que ella me contaba con frecuencia. Un día mi abuelo</p><p>la persiguió con un látigo y ella se escapó al baño del jar­</p><p>dín ... Yo me veo en el jardín del abuelo soñando des­</p><p>pierto. Me pasaba las horas así.</p><p>Más tarde supe que B., niño de nueve años, soñaba</p><p>ya, en el jardín del abuelo, con los mismos</p><p>fantasmas</p><p>eróticos, salvo por algunos detalles, que treinta años</p><p>más tarde sostenían su placer sexual. Algunos objetos</p><p>de la puesta en escena ritual, una camisa de un color</p><p>determinado, un zapato de cierta forma, no eran otros</p><p>que los que llevaba su madre en el momento de la</p><p>escena del látigo; años más tarde quedarán como un</p><p>medío potente para excitar su deseo. ¿Pero cuál es ese</p><p>deseo? Desde ese momento del que el recuerdo-pantalla</p><p>es testigo, el látigo estaba impregnado de la significa­</p><p>ción de ese hecho, a la vez violento y excitante, que el</p><p>pequeño imaginaba entre madre ·y abuelo. ¿Y a qué</p><p>podría remitir ese látigo sino al deseo de la madre del</p><p>pene paterno, pene valorizado, idealizado, exclusivo,</p><p>único modelo posible? La frase tan a menudo escuchada,</p><p>"eres un verdadero machito", no representaba en abso­</p><p>luto para el hijo una comparación con su propio padre;</p><p>esta imagen, por el contrario supuestamente desvalori­</p><p>zada a los ojos de Ja madre, no evocaba sino una imagen</p><p>38</p><p>marcada de castración, de un signo negativo, de una</p><p>ausencia. No era seguramente allí en donde podía bus­</p><p>car el falo, sino más bien del lado de la madre. Había</p><p>que pasar por ella para encontrar el eventual acceso. De</p><p>esta manera, B. había operado una separación a nivel de</p><p>sus identificaciones viriles. En su manera de vivir, toda</p><p>realización de su creatividad (mientras que algunas de</p><p>sus actividades sociales eran un intento de imitar al</p><p>abuelo idealizado) era posible sólo si se identificaba con</p><p>un padre castrado y desvalorizado, enmascarando su</p><p>depresión con la ficción del juego. Por otro lado, en su</p><p>vida erótica, se identificaba con un padre ideal, el abuelo</p><p>fálico, provisto de látigo, y en un nivel más profunda­</p><p>mente reprimido, como lo hemos visto, se identificaba</p><p>con su madre, la única que tenía derecho al falo paterno.</p><p>La puesta en escena fetichista servía de máscara para</p><p>evitar la decepción y el sentimiento de vacío. En una</p><p>atmósfera mezclada de delícia y angustia, B. se imagi­</p><p>naba penetrado por el látigo, representación del pene</p><p>del abuelo; para acceder a él, se disfrazaba de la única</p><p>mujer que podía pretenderlo. Este juego erótico, con­</p><p>viene recordarlo, estaba a. su vez negado en la puesta en</p><p>escena, de tal manera que su propio deseo sólo era asu­</p><p>mído a través de su amiga.</p><p>Identificándose así, con el placer de esta madre-sus­</p><p>tituta que recibe el látígo, llegaba a gozar. Por medio de</p><p>este rodeo recuperaba el falo narcisístico del que se sen­</p><p>tía desprovisto.</p><p>El fantasma que consiste en absorber mágicamente</p><p>un pene muy valorizado no tiene, en sí mismo, nada de</p><p>insólito en el estadio anal. El acceso a la potencia fálica</p><p>en esta fase está representado en el imaginario de los</p><p>niños de ambos sexos como una incorporación anal del</p><p>pene del padre. (La clínica nos ofrece repetidos ejemplos</p><p>y los juegos de niños lo ilustran explícitamente.) Pero la</p><p>39</p><p>actitud del niño frente a su deseo (del falo) y frente a su</p><p>fantasma (de la incorporación del pene paterno) se orga­</p><p>niza en función de su relación con los dos progenitores.</p><p>El deseo será vivido corno algo permitido, en cuyo caso</p><p>podrá integrarse al yo y abrir el camino hacia una</p><p>sexualidad adulta o, por el contrario, será vivido como</p><p>algo prohibido y peligroso que implica el riesgo de cas­</p><p>tración por parte del padre, de la madre o del mismo</p><p>niño. En cuanto a mi paciente, el deseo sólo estaba per­</p><p>mitido bajo la forma de juego, juego que más tarde se</p><p>convirtió en la respuesta al enigma de la sexualidad.</p><p>Esta "solución" es la que estructuraría el conjunto de su</p><p>vida psíquica.</p><p>Más tarde, el paciente llegó a recordar el senti­</p><p>miento doloroso de ser diferente de Jos demás niños. Se</p><p>volvió a ver entre un grupo de niños de nueve años, de</p><p>su edad: en medio de un mundo infantil de gritos ale­</p><p>gres y juegos compartidos, él, completamente aturdido,</p><p>buscaba desesperadamente a su madre.</p><p>- Yo la quería sólo a ella ... nínguna otra cosa con­</p><p>taba para mí ... Esos chicos, yo no los comprendía. ¡Ni</p><p>quería comprenderlos!</p><p>"Comprenderlos" hubiera significado identificarse con</p><p>sus metas, y al mismo tiempo renunciar al lugar de Prín­</p><p>cipe Azul que ocupaba junto a su madre, esta reina madre</p><p>de su país interior, donde no había sitio para ningún rey.</p><p>Treinta años después de este incidente, "hacer como</p><p>los otros" equivaldrá siempre a castrarse; "ser aceptado</p><p>por los otros" querrá decir perderse. Pasaríamos así al</p><p>lado de los hermanos, y de los padres. Correr un riesgo</p><p>semejante sería perder toda esperanza de poseer el</p><p>secreto fálico de su madre, de conseguir algún día aque­</p><p>llo con lo cual podría colmarla. La imagen de un padre</p><p>ideal, inefable y todopoderoso se perdería también; pér­</p><p>dida de un misterio, de un dios, de lo sagrado.</p><p>40</p><p>-</p><p>-</p><p>Más grave aún, B. corría el riesgo de ver su identi­</p><p>dad subjetiva hundida en la nada, puesto que mantenía</p><p>dicha identidad a través de los ojos de su madre. Por</p><p>intermedio de ella, tenía que adquirir los atributos viri­</p><p>les. El deseo de amar a su padre, de identificarse con él,</p><p>de introyectar una imagen paterna fálica propia, estaba</p><p>prohibido por la madre y debía quedar como algo incons­</p><p>ciente. De esta manera, B. jamás podrá renunciar a su</p><p>madre, única garantía de su integridad narcisística y de</p><p>su identidad sexual.</p><p>La orientación del análisis hacia la inserción del</p><p>padre en su historia le provocaba de inmediato angus­</p><p>tia; sistemáticamente buscaba refugio en las imágenes</p><p>tiernas y nostálgicas del paraíso materno, y siempre se</p><p>encontraba en el mismo atolladero. "A veces, cuando era</p><p>chico, se me hacía un nudo en la garganta, y cuando no</p><p>podía soportar más, iba al encuentro de mi madre para</p><p>llorar en su hombro. Un solo gesto suyo, y todo pasaba.</p><p>Esas lágrimas eran una delicia. Pero llegó un momento,</p><p>hacia los nueve años, en que .ya no era posible pedir eso.</p><p>¡Entonces estuve obligado a tragarme ese nudo! ... Más</p><p>tarde, erigí un sistema donde podía bastarme íntegra­</p><p>mente a mí mismo que se convirtió en mi ideal. Todo mi</p><p>sistema estaba ya en práctica desde los nueve años. Por</p><p>qué nueve años, no lo sé . .. ¡Pero ahora quiero sarlirme</p><p>de esto, usted entiende!. .. Toda mi vida esperé un mila­</p><p>gro, algo que transformara en real lo irreal de mi exis­</p><p>tencia, algo que diera un sentido a mi dolor ... Estoy per­</p><p>dido en un universo del que no conozco las reglas del</p><p>juego." Al dejar caer por un momento su máscara lúdica ,</p><p>revela, sin saberlo, su s ituación edípica distorsionada</p><p>que da solamente un sentido parcial a su propia imagen,</p><p>a sus deseos y al papel que desempeñan los otros.</p><p>Buscando salir del juego, prosigue: "Haría falta una</p><p>catástrofe que me sacara de mis fracasos, de mis enga-</p><p>41</p><p>ños, un acontecimiento que me colocara entre la espada</p><p>y la pared. Habíamos visto una vez que había en mí un</p><p>rechazo a correr riesgos, a someterme a pruebas. Es ver­</p><p>dad. Yo hago un rodeo ... y me encuentro del otro lado sin</p><p>haber pasado el examen".</p><p>-¿Lo que le obliga a continuar haciendo trampa y a</p><p>estar al acecho para no ser descubierto?</p><p>-Exactamente. ¡Estoy harto' Quiero acabar con mi</p><p>imagen de usurpador, con ese fanlasma de mí mismo. Si</p><p>sólo pudiera hacer lo que realmente tengo ganas de ha­</p><p>cer, y sentir que los otros existen realmente ... pero no,</p><p>yo soy aquel que pasa por debajo. Busco siempre un pa­</p><p>saje secreto. Sólo una catástrofe podría destruir mi mon­</p><p>taje. (Después de un largo silencio continúa) No sé por</p><p>qué pienso en la guerra.</p><p>-He aquí una catástrofe que le solucionó bastantes</p><p>cosas.</p><p>- Sí. Durante la ausencia de mi padre sentí que</p><p>me convertía en un hombre. Como un pez en el agua.</p><p>Pero espero sin cesar la catástrofe verdadera. ¡Estoy</p><p>frustrado de mi catástrofe! No sé por qué, pero esto me</p><p>parece profundamente cierto .. . Es como si nunca hu­</p><p>biera firmado un tratado con mi enemigo. ¡Por temor a</p><p>ser humillado! Y es como si me hubiera ído a escondi­</p><p>das.</p><p>-Su tratado, ¿lo ratificó usted mismo?</p><p>-Sí, ¡es falso! Como todos mis diplomas</p><p>y mis lo-</p><p>gros. Tudo es falso. Y ahora espero que usted provoque la</p><p>catástrofe, que diga algo que me trastorne completa­</p><p>mente ...</p><p>La "catástrofe" tan esperada exige el renunciamien­</p><p>to, tanto a la omnipotencia del deseo como al objeto in­</p><p>cestuoso en beneficio del padre y, finalmente, la sumi­</p><p>sión a las cláusulas del "tratado humillante" como única</p><p>salida posible. Ahora bien, M. B. había arreglado de otro</p><p>42</p><p>.....</p><p>-</p><p>modo el camino de salida del Edipo. Convirtiendo a su</p><p>padre en alguien "inexistente" -gracias a la competen­</p><p>cia materna- podía conservar la ilusión de ser el único</p><p>~bjeto de amor de la madre. Los "falsos diplomas" le</p><p>otorgaban privilegios, ciertamente, pero le costaban</p><p>caros. En efecto, a pesar de su depresión que iba en</p><p>aumento, no podía renunciar sin pena a sus falsos diplo­</p><p>mas, ni evocar sin angustia la catástrofe. Buscaba una</p><p>respuesta en la mirada de los otros;</p><p>-Soy capaz de ser una estrella, siempre y cuando</p><p>tenga al público delante de mí. La estrella existe sólo a</p><p>través de los ojos del otro. Hago trampa como se debe,</p><p>actúo mi papel.</p><p>Pero en otros momentos todo esto le parecía vacío, y</p><p>entonces armaba largas historias eróticas:</p><p>-Mi amiga escribió a su madre que yo le he pegado</p><p>y que me niego a admitir que lo sepa todo el mundo. Ella</p><p>sabe que los vecinos están al tanto y dice que le da lo</p><p>mismo ... Usted tiene razón, ¡el "público" es indispensa­</p><p>ble!</p><p>Detrás de la mirada cómplice del compañero o de las</p><p>confidencias compartidas entre dos mujeres o en el juego</p><p>masturbatorio frente al espejo, inevitablemente se</p><p>encontraba el fantasma de la otra mirada. "Ese X que lo</p><p>mira todo es el punto culminante de mí angustia y de mi</p><p>placer." En la sesión que siguió a esta reflexión, trajo un</p><p>sueño:</p><p>-Yo estaba en la casa de mi infancia, y usted estaba</p><p>conmigo en la cama. Usted decía: "Esas aureolas en la</p><p>sábana son culpa mía. Se pueden ver". Y agregaba con</p><p>una voz solemne esta frase: "Nosotros dos nos inquieta·</p><p>mos". Era al mismo tiempo excitante y aterrador.</p><p>Entre las diferentes interpretaciones posibles, era</p><p>evidente que el analista remplazaba aquí a la madre en</p><p>tanto que objeto del deseo sexual; que "la falta" era</p><p>43</p><p>para remitir aparentemente a esta imagen materna, y</p><p>que se recurría a un tercer personaje frente al cual los</p><p>otros dos se inquietaban. Esta referencia al padre es</p><p>angtistiante porque este último puede castrar al hijo</p><p>incestuoso, pero, al mismo tiempo, es excitante, porque</p><p>el padre es engañado con la complicidad madre-hijo.</p><p>Espontápeamente, al pensar en la casa representada en</p><p>el sueño, recuerda a su madre confiándole sus disputas</p><p>con el padre. Aquel día no veía la relación entre el</p><p>sueño y esta asociación de ideas. Al evocar, sin nom­</p><p>brarlo, aquel "frente al cual uno se inquieta", dejaba</p><p>vacante el lugar de este otro destinado a notar las man­</p><p>chas en la sábana para saber así que había sido enga­</p><p>ñado. Y su desprecio se trasladó a todos los padres, a la</p><p>masa anónima. He aquí que una vez más jugaba con</p><p>sus falsos diplomas:</p><p>-Acabo de pensar que estoy superadaptado a los</p><p>otros. Yo nunca farfullo ... porque lo que hacen los otros</p><p>nQ tiene ningún sentido para mí. O soy yo, quizás, el que</p><p>le quita todo el sentido. De todas maneras tengo horror</p><p>de las cosas colectivas. Las evito desde que tenía seis</p><p>años. Siempre me hizo falta un máximo de independen­</p><p>cia con respecto a los otros. Beber, comer, masturbarme,</p><p>fantasear, eso es mi mundo real, mi mundo y sólo mío.</p><p>Es el mundo imaginario, incestuoso, del niño y de la</p><p>madre, en el que el Otro queda excluido. La referencia</p><p>paterna, referencia a la que B. ha "quitado el sentido" es</p><p>proyectada, aquí en los otros (la "gente bien", los castra­</p><p>dos). En adelante, su mundo aparece corno dividido en</p><p>dos: de un lado, en donde están los otros, todo es engaño</p><p>para él. Allí hay que controlar todo, y no farfullar nunca;</p><p>del otro lado, es el mundo "real", íntimo y sensual</p><p>(beber, comer, masturbarse). Allí está solo. Puse en pala­</p><p>bras el bosquejo que él me daba, desde hacía algunas</p><p>sesiones, de los respectivos cuadros, de esos dos mundos:</p><p>44</p><p>--</p><p>1</p><p>uno desafectado, desinvestido, controlado y mantenido a</p><p>distancia, y el otro, reino del deseo sexual donde él es el</p><p>único soberano.</p><p>-Es cierto, pero estoy harto. No quiero más. Tengo</p><p>miedo de farfullar en el "mundo de los otros". Si pudiera</p><p>hacerlo, aventurarme entre ellos, ser uno de ellos ... En</p><p>todas partes estoy solo. Incluso con mi a.miga. Ella no</p><p>sabe lo que pasa realmente. Además me avergüenza de­</p><p>cirlo, pero nunca le concedí el poder de hacerme sufrir.</p><p>Esta última frase era paradigma de su relación con</p><p>los otros, incluida la posición que trataba de mantener</p><p>en la relación analítica . Ahora revelaba que su amiga,</p><p>sustituto de la madre seductora y complaciente pero</p><p>controlable, era también de temer; detrás de la imagen</p><p>de la madre complaciente aparece la imagen de la que</p><p>puede hacer sufrir, de 1a que engaña haciendo creer en</p><p>la realidad de las ilusiones infantiles.</p><p>Durante el transcurso del tercer año de su análisis,</p><p>M. B. se encontraba cada vez más amenazado por modi­</p><p>ficaciones en su manera de trabajar y en su vida sexual.</p><p>-No me gusta decírselo, pero desde hace algún</p><p>tiempo trabajo mejor. Me sentí libre de hacer lo que</p><p>quería y también de que eso me diera placer. Parece ne­</p><p>cio, pero nunca en mi vida he sentido esto. Para que yo</p><p>hiciera algo, tenía que estar desprovisto de valor, como</p><p>un juego. Admitir que yo pueda tener ganas de crear, y</p><p>que esto tenga valor, me da vértigo ... Estoy resentidQ</p><p>con usted por esto. Ese éxito [se trataba de un éxito lite­</p><p>rarioj se lo debo a usted de alguna manera y eso me mo­</p><p>lesta.</p><p>Cualquier éxito en ese nivel implicaba un doble peli­</p><p>gro. En el nivel de la fantasía "triunfar con el placer"</p><p>equivalía inconscientemente a una erección, y provocaba</p><p>inmediatamente la angustia de castración. En el regis­</p><p>tro de la relación, suscitaba el miedo de tener necesidad</p><p>45</p><p>de1 otro, de no "bastarse a sí mismo", de e star final­</p><p>mente expuesto a los deseos y juicios de los otros.</p><p>Por esta razón, después de cada confesión de triunfo</p><p>recurría a la misma defensa y podía pasar una sesión</p><p>entera agobiándose por "no hacer nada", por ser un des­</p><p>perdicio, un condenado del destino. Al hacerle notar que</p><p>parecía querer "probar su inocencia" otra vez, respondió:</p><p>-Ah, sí. No quise decírselo, pero desde hace algún</p><p>tiempo hago el amor de otra manera, normalmente y con</p><p>placer.</p><p>Vivir "de verdad", hacer un trabajo serio, hacer el</p><p>amor con placer, todo eso era sin embargo peligroso</p><p>todavía, y podía conducirlo a una interdependencia aún</p><p>temida. Paralelamente, su discurso analítico hacía más</p><p>vivaces los recuerdos vagos de su infancia. El padre</p><p>había sido más importante de lo que él pensaba, y la</p><p>imagen tierna y complaciente de la madre se impreg­</p><p>naba de hostilidad.</p><p>Antes de citar un último fragmento clínico quis iera</p><p>resumir ciertos elementos que conciernen a la constela­</p><p>ción edípica, tal corno comenzaban a aparecer a través</p><p>de su historia.</p><p>El conflicto edípico y la amenaza de castración no</p><p>habían encontrado más que una solución preventiva.</p><p>Ese rodeo del Edipo se mantenía gracias a dos procesos</p><p>defensivos mayores: la denegación y el disfraz de</p><p>'juego''. Esas dos formas de defensa se referían esencial­</p><p>mente a la amenaza de castración, e intentaban recrear</p><p>un simulacro de la pareja. En las imagos parentales, el</p><p>padre está marcado por un signo negativo en beneficio</p><p>de una imago materna ambigua que condensa los atri­</p><p>butos de los dos sexos, mientras que el miedo y el odio</p><p>que puede suscitar tal imagen quedan reprimidos gra·</p><p>cías a la idealización. En este Edipo "interpenet rado", la</p><p>46</p><p>madre se convierte en la que seduce y prohíbe a la vez.</p><p>Atrae todo hacia ella y se erige en obstáculo para la</p><p>satisfacción del deseo. Es contradictoria para el niño.</p><p>Pero también es la garantía de una ilusión. El niño ter­</p><p>mina por creer que podría</p>

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