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Director de colección Pablo Bottini Diseño: Gerardo Miño Composición: Eduardo Rosende Edición: Primera. Mayo de 2013 ISBN: 978-84-15295-39-6 Tirada: 600 ejemplares Lugar de edición: Buenos Aires, Argentina Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. © 2013, Miño y Dávila srl / © 2013, Pedro Miño Página web: www.minoydavila.com Mail producción: produccion@minoydavila.com Mail administración: info@minoydavila.com En España: P.I. Camporroso. Montevideo 5, nave 15 (28806) Alcalá de Henares, Madrid. En Argentina: Miño y Dávila srl Av. Rivadavia 1977, 5º B (C1033AAJ), Buenos Aires. tel-fax: (54 11) 3534-6430 La construcción del Yo corporal Miguel Sassano Cuerpo, esquema e imagen corporal en Psicomotricidad A Miguel y Cata, quienes me enseñaron el valor del trabajo y la perseverancia ÍNDICE 9 Prólogo, por Pablo Bottini 11 Introducción 13 CAPÍTULO 1: ¿Qué es la Psicomotricidad? 14 Los orígenes 16 Los orígenes y el desarrollo de la Psicomotricidad en nuestro país 20 Conceptos principales 20 Evolución del concepto de Psicomotricidad a través de las definiciones 27 Modalidades de la práctica psicomotriz 46 Características, campo de acción y ejercicio profesional del psicomotricista 53 CAPÍTULO 2: El cuerpo 54 Un cuerpo, una historia 57 Con el cuerpo a cuestas 76 Construyendo el cuerpo 82 El cuerpo como manera de estar-en-el-mundo 85 El cuerpo como diálogo tónico 90 El cuerpo en la modernidad 99 CAPÍTULO 3: El paradigma de la complejidad y la globalidad de la persona humana 100 El pensamiento complejo 115 El cuerpo y el pensamiento complejo 118 El concepto de globalidad de la persona 125 El cuerpo como eje transversal en la escuela 135 CAPÍTULO 4: El concepto de cuerpo. Esquema e imagen corporal 136 Evolución de los conceptos 151 El debate actual 161 Los aportes recientes de la psicofisiología 164 La proyección del debate 166 Intervenciones sobre la imagen del cuerpo 185 La cirugía plástica y el espíritu de Dorian Gray 190 Trastornos de la alimentación: anorexia, bulimia, vigorexia 197 Los efectos de los trastornos de la alimentación 198 Señales de advertencia 200 Los tratamientos para los trastornos de la alimentación 202 Bibliografía Prólogo Siempre es bienvenido en los primeros acercamientos a un campo del saber, tanto sea para el estudiante como para los albores del de- sarrollo profesional, un texto que oficie de guía, que “balice” el camino a recorrer. Este es el caso del texto de Sassano que nos toca hoy leer para pro- logar. El autor da cuenta en él de una de las características que lo distinguen, la de ser un incansable lector de temáticas asociadas al desarrollo de las ciencias en campos conexos al de la Psicomotricidad, tarea que lo convoca con pasión de perito. Si a esta característica le sumamos la de su profunda vocación docente, presente en el autor desde que cursara estudios como Maestro Normal Nacional, hace ya muchos años, es gracias a esa convergencia que tenemos hoy este enriquecedor trabajo a la vista. Vale la pena aclarar que más allá de ser un material con profusas y extensas referencias, no se trata solo de una sucesión de citas ajenas. Tiene la originalidad del proceso del hilván dado por el autor, entre ideas propias y de otros, tarea realizada por Sassano con la pericia de quien conoce la actividad profesional del psicomotricista “desde adentro”, por haberla ejercido y por transmitirla en forma permanente. Este verdadero proceso de “alambicaje” resulta particularmente enri- quecido, a su vez, con aportes de temáticas que con escasa frecuencia se tratan desde el campo de la Psicomotricidad, tales los casos de las referencias del autor al tema de los tatuajes y cirugías, que pese a impli- car y afectar al cuerpo, resultan aún ajenos a la mayoría de los colegas profesionales locales. Las características descriptas dan autoridad a Sassano para ser con- siderado el pleno autor de este escrito. En síntesis, no dudo en afirmar que el trabajo de Sassano se consti- tuirá en uno de esos textos de mención ineludible en escritos, cátedras y eventos en el que converjan estudiantes, docentes y profesionales cuyo metier se asocie al cuerpo. Prof. Lic. Pablo Luis Bottini Buenos Aires, verano de 2013 Introducción El presente libro es el primero de una serie de varios que se publicarán sucesivamente. Refleja el recorrido de los más de treinta y cinco años que he dedicado a la formación de docentes y profesionales, sobre todo los de Psicomotricidad. Es parte del material que durante este tiempo he utilizado para esa tarea y ha sido el fruto de mis lecturas, investigaciones, discusiones, sistematización y puesta en práctica de esas experiencias. Ahora, frente a la responsabilidad de facilitar aprendizajes en la Uni- versidad, me he visto en el nuevo desafío de analizar qué material ofrecer a mis alumnos, sobre todo luego de lograr la oficialización del título de Licenciatura en Psicomotricidad en la Argentina, hace algunos años. Su urgencia, como la de todos los jóvenes, por tener conocimientos de su futura profesión los ha llevado a solicitarme apuntes y detalles sobre mis puntos de vista, cosa siempre halagadora para un maestro de corazón y vocación. Sencillamente el propósito de este trabajo es compartir con alumnos y nóveles profesionales una buena parte de mis experiencias, es decir, una parte de mí mismo. Guía mi búsqueda personal un concepto que parafra- seo de Edgar Morin: no resignarme a un saber parcializado, pues nunca pude aislar un objeto de estu dio de su contexto, de sus antecedentes, de su devenir. Me he inspirado siempre por un pensamiento multidimensional y por tanto nunca he podido eliminar mi contradicción interior. Siem pre he sentido que las verdades profundas, antagónicas unas de las otras, eran para mí complementarias, sin dejar de ser a la vez antagónicas. Nunca he querido reducir a la fuerza la incertidumbre y la ambigüedad que me generaban y no dudo en transmitirlas. Por eso, muchas veces dudé si era conveniente aunar en un cuerpo- libro esta síntesis de ideas, las que decenas de personas han elaborado Introducción antes y me han nutrido durante este tiempo. Pero existe una íntima razón que me ha impulsado a escribir: una enorme necesidad de motivar a los jóvenes estudiantes a acercarse, aunque sea mediante este atajo, a los conceptos y las prácticas de la Psicomotricidad. Tengo la sincera expectativa de que muchos de los lectores descubran en este material un buen lugar de consulta. Como dijera Galileo: “Nada puedes enseñarle a un hombre, sólo puedes ayudarlo a que lo descubra dentro de sí mismo”. Si logro que se cumpla esta expectativa, aunque sea parcialmente, me daré por satisfecho. CAPÍTULO 1 ¿Qué es la Psicomotricidad? Psicomotricidad: “…la Psicomotricidad es un planteamiento de la intervención educativa o tera- péutica cuyo objetivo es el desarrollo de las posibilidades motrices, expresivas y creativas a partir del cuerpo, lo que le lleva a centrar su actividad e interés en el movimiento y en el acto, incluyendo todo lo que deriva de ello: disfunciones, patologías, estimulación, aprendizaje, etc”. (Berruezo y Adelantado, 1995). “Partiendo de una visión global del ser humano, el concepto de Psicomotricidad integra las interacciones cognitivas, emocionales, simbólicas y sensoriomotrices en la capacidad de ser y expresarse del individuo en un contexto psicosocial” (Forum Europeo de Psicomotricidad). “Una práctica educativa, preventiva o de ayuda, que a partir de la vivencia del cuerpo, el movimiento y la acción y su posterior representación, actúa sobre la globalidadde niño o niña, para que aprenda a conocerse a sí mismo y a rela- cionarse con los otros, con los objetos, con el espacio y con el tiempo, lo que le facilitará el acceso a los aprendizajes escolares” (Camps e Viscarro, 1997). “La Psicomotricidad constituye un campo de conocimiento y una práctica que se ocupa del estudio y de la investigación del ‘desarrollo normal’ de los movi- mientos vinculados con el uso del cuerpo; del estudio y de la investigación de las ‘desviaciones’ que se observan cuando está afectado el desarrollo normal de los movimientos vinculados con el uso del cuerpo o el desempeño de las funciones adquiridas; del desarrollo, aplicación e investigación de técnicas y procedimientos destinados a promover el desarrollo psicomotor normal con un objetivo educativo-preventivo y al desarrollo, aplicación e investigación de técnicas y procedimientos terapéuticos destinados a mejorar las desviaciones ocasionadas por problemas del desarrollo o afecciones posteriores” (Bottini, Sassano et al., 1999). Miguel Sassano Los orígenes “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”. Eduardo Galeano El origen de la Psicomotricidad se remota a 1905, año en el cual el médico neurólogo francés E. Dupré, al observar las características de niños débiles mentales, pone de relieve las relaciones entre las anomalías neurológicas y psíquicas con las motrices, describiendo el primer cuadro clínico específico: la debilidad motriz; según la cual todo débil mental posee igualmente alteraciones y retraso en su motricidad. En la primera parte del siglo pasado se observa una gran influencia neurológica en el concepto de psicomotricidad. Esto viene determinado por los avances que se producen en el ámbito de la patología cortical, de la neuropsiquiatría y la neurofisiología. El ser humano no es concebido como un todo, sino que está compuesto por dos entes totalmente inde- pendientes que son el cuerpo y el alma, hecho que traduce el dualismo filosófico que desde Platón a Descartes ha predominado en la concepción occidental del hombre. La característica fundamental de la segunda parte del siglo XX sigue siendo la influencia del dualismo que se infiltra en la paidopsiquiatría y hace que no aparezcan todavía signos propiamente psicomotores y que cualquier problema sea englobado en un síndrome general. La figura más destacada de este periodo es Heuyer (1936), quien esta- blece la estrecha relación que existe entre el desarrollo de la motricidad, la inteli gencia y la afectividad, es decir, por primera vez aparece una concepción glo bal del ser. Heuyer estudió cómo los trastornos de las fun- ciones motrices van acompañados de los trastornos de carácter, llegando a establecer programas de tratamiento para resolver estos problemas, anticipando lo que sería la reeduca ción psicomotriz. Otros dos grandes aportes de este periodo vienen determinados por la psicología del desarrollo y del psicoanálisis. Luego, Henri Wallon y los aportes de la psicobiología dan cuenta de la importancia del desarrollo emocional del niño, basándose en la unidad psicobiológica del individuo, donde psiquismo y motricidad represen- tan la expresión de las relaciones del individuo y del medio. De allí la importancia del movimiento en el desarrollo psíquico del niño y en la construcción del esquema corporal que no es dado inicialmente, no es una entidad biológica, es una construcción. Capítulo 1 Wallon profundiza en las relaciones del tono (tono muscular) como telón de fondo de todo acto motor y trama en la que se teje la emoción, es decir la expresión más primitiva de la actividad específicamente humana, que es la actividad de relación. Dentro de este fenómeno tónico concede preponderancia a la función postural de comunicación, esencial en el niño pequeño. Función mediante la cual el niño da y recibe. Paralelamente, Jean Piaget dice que esa actividad motriz es el punto de partida del desarrollo de la inteligencia, llegando a afirmar en la construc- ción de la inteligencia y sobre todo en la génesis de las nociones (cantidad, espacio, tiempo, etc.), que el movimiento es el propio, el mismo psiquismo, ya que en los primeros años esta inteligencia es sensoriomotriz, pues el conocimiento corporal tiene relación no sólo con el propio cuerpo, sino que también hace referencia constante al cuerpo del otro. Tomando estos importantísimos aportes, Julián de Ajuriaguerra y su equipo suman elementos del psicoanálisis y desarrollan el papel de la función tónica no sólo como telón de fondo de la acción corporal, sino también como medio de relación con el otro. Analiza las relaciones entre el tono y el movimiento, asociando el desarrollo del gesto con el lenguaje, y se transforma en el verdadero artífice de los principios clínicos de la Psicomotricidad, al describir inicialmente los síndromes psicomotores. En ese interín se establecen los primeros métodos de tratamiento clí- nico. En tal sentido no debemos dejar de mencionar a E. Guilmain, quien tomando los postulados wallonianos y las concordancias psicomotoras, crea el primer método de evaluación psicomotora (1935). Por eso, el tercer cuarto del siglo pasado se caracteriza por el pro- ceso autónomo que se inicia en el ámbito de la Psicomotricidad y por la búsqueda de su propia identi dad, destacando la figura fundamental de Ajuriaguerra y la de Diatkine. Estos autores consiguen aislar los distintos trastornos psicomotores, relacio narlos con otros síndromes y establecer con una base científica, los distintos tratamientos que se podían llevar a cabo con estos niños. A partir de estos trabajos aparece en Francia, en el año 1960, la pri- mera Carta de Reeducación Psicomotriz, que aportó la fundamentación teórica del examen psicomotor así como una serie de métodos y técnicas de tratamiento de los diversos trastornos motrices. Todos estos aportes constituyen la base de la disciplina, ya que se empiezan a tratar las dis- funciones, se especifican objetivos y se establecen tratamientos. Han tenido una importancia esencial la figura de Mme. Giselle Soubi- ran, discípula de Ajuriaguerra, especialista en métodos de evaluación psicomotriz y luego creadora del Instituto Superior de Reeducación Psi- Miguel Sassano comotriz (ISRP), la primera formación profesional en Psicomotricidad en Francia (1967). O las contribuciones de René Zazzo y otros discípulos de Wallon como Irene Lezine, Liliane Lurcat, Tran Thong, continuadores de sus investigaciones, o los aportes de la Psicología Humanística, del Enfoque Centrado en la Persona de Carl Rogers o de la Bionergética de Wilheim Reich. Se agregan también Louis Picq y Pierre Vayer, Huguette Bucher, Jean Le Boulch (con su método derivado de la Educación Física al que denomina Psicocinética); Bernard Acoutourier (Práctica Psicomotriz), André Lapierre (Psicomotricidad Relacional primero y Análisis Cor- poral de la Relación luego), Françoise Desobeau, Jean Bergés (con sus test de imitación del gestos y sus técnicas de relajación) y tantos otros, todos ellos investigadores y científicos provenientes de los campos de la Educación, la Reeducación y la Terapia, quienes crean y recrean distintos métodos, técnicas, aplicaciones clínicas y pedagógicas relacionadas con la Psicomotricidad. También ha tenido notable influencia la presencia de psicomotricistas uruguayos, que con su formación desde hace más de treinta años dejan su huella en cada visita que realizan. Entre ellos el Lic. Juan Mila, las Lic. Claudia Ravera, Ana Cerutti, Mariela Pescelli, Cristina de León, solo por mencionar a algunos de ellos. En la actualidad existen en distintos países de Europa, América y Medio Oriente, formaciones de postgrado (masters, diplomados, exper- ticias, etc.). Entre ellos España, Francia, Italia, Bélgica, Portugal, Suiza, Alemania, Dinamarca, Brasil, Chile, México, Paraguay y Líbano. Los orígenes y el desarrollo de la Psicomotricidad en nuestro país Mientras tanto, en nuestropaís, una de las introductoras de la temática fue una discípula de Ajuriaguerra y colega de Mme. Soubirán, la Prof. Dalila Molina de Costallat, quien luego de su formación y al regreso de Francia introdujo los primeros conceptos en nuestro medio, comenzando a formar docentes y profesionales, llegando a publicar sus experiencias a fines de los años sesenta. Simultáneamente la Dra. Elsa Coriat investigó e instruyó a numerosos profesionales en la observación, evaluación e intervención en la infancia temprana e intentó que las autoridades universitarias se interesaran por la existencia de una formación profesional específica en Psicomotricidad. Capítulo 1 Por su parte, el Dr. Bernardo de Quirós y el Dr. Orlando Schrager, durante mucho tiempo concientizaron a los profesionales sobre la impor- tancia de la Psicomotricidad en los tratamientos de niños con problemas neurológicos y de aprendizaje. En tanto que la Psicomotricista Velia Votadoro, hoy radicada en Fran- cia, logró la emisión de un número de Cuadernos de Terapia Psicomotriz, con el aval de la Sociedad Internacional de Terapia Psicomotriz. En el año 1977, bajo la iniciativa de la Dra. Myrtha Chockler, Noemí Beneito, Alicia Esparza y Amalia Petroli (estas últimas ya habían publi- cado sus experiencias en el ámbito educativo) y un grupo de profesiona- les, se crea la Asociación Argentina de Psicomotricidad, cuyos objetivos centrales son la divulgación de la disciplina y la formación de profesio- nales en los principios básicos de la profesión. De esta entidad fueron sus primeros presidentes la Dra. Chockler, la Prof. Débora Schojed y el Lic. Miguel Sassano. Ello condujo poco tiempo después a la creación de la Escuela Argen- tina de Psicomotricidad, dependiente de la misma Asociación, durante más de veinte años prestigiado centro de formación de postgrado en Buenos Aires, dirigida sucesivamente hasta su desaparición por la Dra. M. Chockler, la Prof. Débora Ortiz, la Lic. Leticia González y la Prof. Celina Marini. Además, entre los años 1979 y 1981 dicha asociación publicó tres números de la Revista de Psicomotricidad, afirmando el desarrollo de la disciplina en el país. Mientras tanto, en la provincia de Córdoba, en su ciudad capital, el Instituto Dr. Domingo Cabred obtuvo la posibilidad de formar profesores en Psicomotricidad, siendo la primera institución del país que otorgara certificaciones terciarias con reconocimiento oficial. A raíz de esta gran inquietud y el movimiento científico, en la década de los años ochenta llegan a Buenos Aires profesionales de la talla de Francoise Desobeau, Ivan Levrun, Bernard Aucouturier, Jean Bergés y Marika Bounes-Bergés a efectuar cursos en forma esporádica, que des- pertaron gran interés en los concurrentes. Bajo la iniciativa de Nusha Teller y la Escuela de Técnicas Corpo- rales y con el apoyo de la Asociación Argentina de Psicomotricidad, la Asociación de Musicoterapeutas Universitarios de la República Argen- tina (AMURA), la Asociación de Profesionales de Técnicas Corporales (APTELEC), el Centro de Egresados de Psicopedagogía de Consudec (CEPCO) y la Primera Escuela de Psicología Social, se logra que André Lapierre y después sus discípulos Anne Lapierre, Nuria Franch y Víctor Miguel Sassano García realicen durante muchos años una formación que comenzó siendo para profesionales, derivando luego en un proceso terapéutico. Luego este grupo da lugar a la creación de la Asociación de Psicomotricidad Relacional (APRA), cuya primera presidente fue la Lic. Mirta Correia. Al dejar de existir esta entidad, se encarga de las visitas a Buenos Aires la Sociedad Internacional de Análisis Corporal, que toma esta orientación en consonancia con la evolución del pensamiento de su presidente, el propio Lapierre. A principios de los años noventa aparece la segunda publicación de la especialidad. Así, durante trece números los Cuadernos de Psicomotricidad y Educación Especial, dirigidos por Miguel Sassano y Pablo Bottini se convierten en un fundamental instrumento de divulgación. Del mismo modo sucede con La Hamaca, publicación de Fundari, dirigida por Mirtha Chockler. A mediados de dicha década se crea en Buenos Aires la Escuela de Psicomotricidad Relacional “André Lapierre”, bajo la dirección de Mirta Alfano, Teldy Zayuelas y Miguel Sassano, quienes siguiendo las directi- vas y supervisión del mismo Lapierre, forman una sola promoción de Psicomotricistas Relacionales desapareciendo luego de ello. Sobre el final del decenio se crean otras titulaciones de carácter ter- ciario para la formación de profesionales con certificaciones oficiales. Finalmente, en agosto del año 1999, el Ministerio de Educación de la Nación autoriza a la Universidad CAECE la creación de la primera Licen- ciatura de grado en Psicomotricidad con validez nacional, que habilita para desarrollarse en los ámbitos de educación, salud y estimulación temprana. La misma es implementada en el ámbito del Departamento de Ciencias Pedagógicas, siendo el primer coordinador académico el Lic. Miguel Sassano, a quien sucedió el Lic. Pablo Bottini, ambos autores de ese proyecto académico. Además se autorizó posteriormente a la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza) el dictado de un ciclo de licenciatura de postítulo en Psicomotricidad Educativa y también sucedió lo mismo con la Univer- sidad Nacional de Tres de Febrero (provincia de Buenos Aires), ambas instituciones académicas del Estado. Posteriormente, el Ministerio de Educación y Tecnología aprobó el funcionamiento de otra carrera de grado: la Tecnicatura y Licencia- tura en Psicomotricidad, en la Universidad de Morón (entidad privada) de la provincia de Buenos Aires. La misma funciona en la Facultad de Filosofía, Ciencias de la Educación y Humanidades, que dirige el Dr. Roberto Paterno, siendo Director Académico de la carrera el Lic. Miguel Sassano. Capítulo 1 Además, en la misma Universidad, el Ministerio de Educación y Tec- nología aprueba el funcionamiento de una idéntica Licenciatura con un Régimen Especial de Ingreso (REI) para profesionales con otros títulos universitarios afines, que podrán realizar una cursada especial con reco- nocimiento de sus anteriores estudios. En los últimos años, gracias al interés mostrado por profesionales de las áreas de la salud y la educación, han aparecido una serie de publicacio- nes destinadas a la expresión de las experiencias e investigaciones, entre las que se destacan la compilada por el Lic. Pablo Bottini con artículos de profesionales argentinos, uruguayos y españoles. También la Dra. Mirtha Chockler ha podido trasmitir sus experiencias en el ámbito de la Psicomotricidad Operativa, con influencia de la formación de Bernard Aucouturier. Por otra parte, el Lic. Esteban Levin ha realizado varios textos con una fuerte posición psicoanalítica y además se han publicado varios números de Crónicas Clínicas en Relajación Terapéutica y Psicomotricidad, coordinada por las Lic. Leticia González y Raquel Aragón. En la actualidad, otro grupo de psicomotricistas lleva adelante la revista Cuerpo Psicomotor, que refleja fundamentalmente la postura de los colegas relacionados con esa casa de estudios donde se formaran. A inicios de los años ochenta, en el ámbito del Hospital Escuela Gene- ral San Martín, en el servicio de Psicopatología Infantil, la Dra. Lucila R. Agnese crea el primer servicio de atención en Psicomotricidad para niños de nuestro país, lugar de formación clínica de muchos de nuestros psicomotricistas. Luego, en el servicio de Neurología Infantil del Hospital Carlos Durand, bajo la responsabilidad del Dr. Jaime Tallis se crea otro servicio, hoy coordinado por el Lic. Pablo Bottini. Además, desde los años setenta, casi todas las escuelas de Educa- ción Especial (por lo menos en Buenos Aires), tanto oficiales como privadas, cuentan en sus plantas funcionales con cargos destinados a psicomotricistas y recientemente, ante la creación del Sistema Únicode Protección a Personas con Discapacidad, todas las instituciones que brinden servicios mediante el sistema de obras sociales deben hacer lo mismo. Esto ha generado una nueva e importante demanda de profesio- nales con formación académica. Por último, podemos citar el reciente nacimiento de la Asociación Muove, dirigida por los Lic. Pablo Bottini y Miguel Sassano, destacada como delegación oficial de la Organización Internacional de Psicomotricidad y Relajación en la Argentina (Organisation Internationale de Psychomo- tricité et de Relaxation) desde el año 2008. Miguel Sassano Conceptos principales Es nuestra intención ahora poder describir de qué hablamos cuando nos referimos a la Psicomotricidad en la actualidad. Los psicomotricistas debemos dar cuenta de manera casi permanente de nuestro quehacer, de nuestra práctica, pues el nuestro es un territorio muy disputado, por la variedad de aportes que convergen en el intento de brindar bases sólidas para su más clara conceptualización. Se han intentado muchas definiciones con el objeto de discriminarla y diferenciarla de otras prácticas y disciplinas. Pero han pasado muchos años, se han contado experiencias, se han escrito artículos, libros, sur- gieron discusiones, para poder dar cuenta con claridad sobre sus posi- bilidades, limitaciones y especificidad. El primer obstáculo fue la propia palabra Psicomotricidad, con la ambigüedad intrínseca que pretende expresar una organización referida a la relación entre el aparato psíquico y el sistema nervioso o, mejor aun, la interdependencia entre la actividad psíquica y el funcionamiento motor. Hablar de la Psicomotricidad no es considerar a la motricidad desde la óptica anátomo-fisiológica, sino desde la integración en acciones que ponen en juego a la totalidad del sujeto, tal cual es, en función de su propia historia, con los otros y los objetos. Cuando decimos Psicomotricidad, hablamos de las producciones del sujeto: miradas, sonrisas, llantos, movimientos en tanto gestos, juego, lenguaje, producciones todas ellas que tienen lugar en el cuerpo, en relación con el otro. El conjunto de estos fenómenos se sitúa en la perspectiva del propio cuerpo tal como es vivenciado, investido y jugado en la acción. Es decir, en la realización motriz, que es donde se ubica el punto de anclaje de la Psicomotricidad. Evolución del concepto de Psicomotricidad a través de las definiciones Desde el comienzo de la historia y en virtud de las necesidades que tenemos siempre los profesionales de definir, describir y analizar las cosas, para poder conocer y limitar nuestro campo específico de acción, según los paradigmas de cada lugar y época, algunos autores dijeron de la Psicomotricidad lo siguiente: Capítulo 1 ◆ S. Naville (1963): “Una técnica reeducativa en psicopedagogía que por el movimiento influencia y estructura el conjunto de la personalidad del niño y corrige trastornos psicomotores”. ◆ Diccionario Francés de Medicina y Biología (1970): “el conjunto de funciones motrices integradas en la actividad psíquica y adaptadas a las necesidades de la vida relacional”. ◆ René Zazzo: “La expresión psicomotricidad es un compuesto, una es- pecie de quimera, que puede ser reveladora de todas nuestras ambigüe- dades concernientes a la génesis del psiquismo a partir del cuerpo, con el cuerpo”. ◆ Picq y Vayer (1969), en La educación psicomotriz y retardo mental: “Acción pedagógica y psicológica que utiliza los medios de la Educación Física con la finalidad de normalizar o mejorar el comportamiento del niño”. ◆ Revista Therapie Psichomotrice (1976): “La noción de Psicomotricidad designa el conjunto de fenómenos que se sitúan a nivel del “cuerpo propio” tal como es vivido, investido, puesto en juego en la acción (en la realización motriz), en función de la historia individual y siguiendo un desarrollo temporal marcado por sus ambivalencias y antinomias internas, dentro de una situación dada”. ◆ Le Boulch (Psicocinética) en La educación por el movimiento (1969): “Es un método general de educación que como medio pedagógico, utiliza el movimiento humano en todas sus formas”. En Hacia una Historia del Movimiento Humano (1991): “Una concepción general de utilización del movimiento como medio de educación global de la personalidad”. ◆ Germaine Rossel (1976) en Manual de Educación Psicomotora: “La Educación del control mental de la expresión motora”. ◆ Francoise Desobeau: “La intervención psicomotriz se define esen- cialmente por el diálogo corporal que se instaura entre dos o varias personas, en un lugar y en un tiempo dado. El discurso corporal no está únicamente ligado al movimiento, está también ligado a las sensaciones, a las emociones y a la actividad mental”. Miguel Sassano ◆ B. Quirós y O. Schrager (1979) en Lenguaje, Aprendizaje y Psicomotricidad: Motricidad: “Capacidad de generar movimiento”. Psicomotricidad: ”Es la educación del movimiento o por medio del movimiento, que procura una mejor utilización de las capacidades psí- quicas… Apela a un adecuado desarrollo postural y motor, perceptual, conductual y de los aprendizajes”. ◆ Alicia Esparza y Amalia Petroli en La Psicomotricidad en el Jardín de Infantes: “La Psicomotricidad es la disciplina que se interesa por las correlaciones entre las evoluciones motoras y las del pensamiento”. ◆ George Lagrange: “La Educación Psicomotriz no es la panacea… es un medio de ayudar al niño a superar más o menos sus mermas, fa- voreciendo la evolución de su esquema corporal y de su organización perceptiva…inseparables de las dificultades de adquisición…”. ◆ Joël Defontaine (1982): “La Psicomotricidad es el deseo de hacer, de querer hacer, de saber hacer y de poder hacer. Es un itinerario. La inte- gración de la motricidad elevada al nivel del deseo y del querer hacer”. ◆ Reeducación Psicomotriz: “Acción de educar de nuevo. Método em- pleado para volver a aprender cómo se ejecuta o se desarrolla tal o cual función. La reeducación psicomotriz es neurofisiológica en su técnica, pues se refiere al cuerpo como función voluntaria y dirigida, psicoló- gica y psíquica en su fin por estar destinada a ser el intermediario en la mediación del cuerpo sobre las funciones mentales y psicológicas del niño, adolescente y adulto”. ◆ Francisco Ramos (1979) en Introducción a la Práctica de la Educación Psicomotriz: “…la Psicomotricidad se nos aparece como el conjunto de comportamientos tónicos-gestuales, tanto intencionados como involun- tarios. La función motriz (…) no es nada sin el aspecto psíquico; por la intervención del psiquismo, el movimiento se convierte en gesto, es decir, en portador de respuesta, de intencionalidad y de significación”. ◆ Dalila Molina de Costallat (1979) en “Tratado de Educación Psi- comotora.” Paper privado. “La Psicomotricidad como Ciencia de la Educación realiza un enfoque integral del desarrollo en sus tres aspectos, físico, psíquico e intelectual por medio de la educación que procura estimular el enlace armónico de las tres áreas en las distintas etapas de crecimiento”. Capítulo 1 ◆ Pierre Vayer (1974) en El diálogo corporal: “La educación de la tota- lidad del ser a través de su cuerpo”. ◆ André Lapierre y Bernard Acouturier (1982) en El cuerpo y el in- consciente: “En la unión de dos términos hasta entonces separados, algunos han privilegiado lo motor, mientras que otros lo psico. Pero… ¿Qué psico?… En la medida que el hombre, en todas sus dimensiones, bajo todos sus aspectos, es un ser psicomotor, un cuerpo que piensa, que fantasea y que actúa, la definición puede recubrir todos esos aspectos. Las querellas son vanas”. ◆ Sociedade Brasileira de Psicomotricidade: “La psicomotricidad es una ciencia que estudia a la persona a través de su cuerpo en movimiento y en relación con su mundo interno y externo y de sus posibilidades de percibir, actuar y relacionarse con los otros, con los objetos y consigo mismo. Guarda relación con el proceso de maduración,donde el cuer- po es el origen de las adquisiciones cognitivas, afectivas y orgánicas. Psicomotricidad es, pues, un término que se emplea para designar una concepción del movimiento organizado e integrado, en función de las experiencias vividas por el sujeto cuya acción es el resultado de su in- dividualidad, su lenguaje y su socialización”. ◆ Sami Ali en Cuerpo Real. Cuerpo imaginario: “La dinámica de la acción psicomotriz está determinada por el estudio conjunto de la transferencia y la imagen del cuerpo”. ◆ Instituto Superior de Reeducación Psicomotriz (ISRP) de París: “La reeducación psicomotriz es una psicoterapia de mediación corporal en el curso de la cual el terapeuta estudia y trata las conductas motri- ces inadecuadas o inadaptadas, en diversas situaciones, generalmente ligadas a problemas psicológicos o psicoafectivos. Toda reeducación va precedida de un balance psicomotor mediante el cual el psicomotricista conoce el inventario de posibilidades y dificultades del sujeto y elabora el proyecto terapéutico”. ◆ Sindicato de Unión de Psicomotricistas Franceses: “Es un enfoque del ser humano y de sus relaciones con el cuerpo. Es una técnica en- crucijada donde convergen múltiples puntos de vista y que utiliza las adquisiciones de numerosas ciencias constituidas (biología, psicología, psicoanálisis, sociología, logopedia…). Pero sobre todo, es una terapia que se propone desarrollar las facultades expresivas del sujeto”. Miguel Sassano ◆ De Lièvre y Staës (1992): “La psicomotricidad es un enfoque global de la persona. Puede ser entendida como una función del ser humano que sintetiza psiquismo y motricidad con el fin de permitir al indivi- duo adaptarse de manera flexible y armoniosa al medio que le rodea. Puede ser entendida como una mirada globalizadora que percibe las interacciones tanto entre la motricidad y el psiquismo como entre el individuo global y el mundo exterior. Puede ser entendida como una técnica cuya organización de actividades permite a la persona cono- cer de manera concreta su ser y su entorno inmediato para actuar de manera adaptada”. ◆ P. P. Berruezo y Adelantado (1995): “La Psicomotricidad es un plan- teamiento de la intervención educativa o terapéutica cuyo objetivo es el desarrollo de las posibilidades motrices, expresivas y creativas a partir del cuerpo, lo que le lleva a centrar su actividad e interés en el movi- miento y en el acto, incluyendo todo lo que deriva de ello: disfunciones, patologías, estimulación, aprendizaje, etc.”. ◆ Forum Europeo de Psicomotricidad: “Partiendo de una visión global del ser humano, el concepto de Psicomotricidad integra las interacciones cognitivas, emocionales, simbólicas y sensoriomotrices en la capacidad de ser y expresarse del individuo en un contexto psicosocial”. ◆ Forum Europeo de Psicomotricidad, revisada por la Federación de Asociaciones de Psicomotricidad del Estado Español: “Basado en una visión global de la persona, el término ‘psicomotricidad’ integra las interacciones cognitivas, emocionales, simbólicas y sensoriomotrices en la capacidad de ser y de expresarse en un contexto psicosocial. La psicomotricidad, así definida, desempeña un papel fundamental en el desarrollo armónico de la personalidad. Partiendo de esta concepción se desarrollan distintas formas de intervención psicomotriz que encuentran su aplicación, cualquiera que sea la edad, en los ámbitos preventivo, educativo, reeducativo y terapéutico. Estas prácticas psicomotrices han de conducir a la formación, a la titulación y al perfeccionamiento pro- fesionales y constituir cada vez más el objeto de investigaciones cientí- ficas”. ◆ J.L. Muniáin (1997): “La psicomotricidad es una disciplina educativa/ reeducativa/terapéutica, concebida como diálogo, que considera al ser humano como una unidad psicosomática y que actúa sobre su totalidad por medio del cuerpo y del movimiento, en el ámbito de una relación Capítulo 1 cálida y descentrada, mediante métodos activos de mediación princi- palmente corporal, con el fin de contribuir a su desarrollo integral”. ◆ C. Camps e I. Viscarro (1997): “Una práctica educativa, preventiva o de ayuda, que a partir de la vivencia del cuerpo, el movimiento y la acción y su posterior representación, actúa sobre la globalidad del niño o niña, para que aprenda a conocerse a sí mismo y a relacionarse con los otros, con los objetos, con el espacio y con el tiempo, lo que le facilitará el acceso a los aprendizajes escolares”. ◆ Vitor da Fonseca (1998) en Manual de Observación Psicomotriz: “La Psicomotricidad es concebida como la integración superior de la mo- tricidad, producto de una relación inteligente entre el niño y el medio, e instrumento privilegiado a través de la cual la consciencia se forma y se materializa”. ◆ Nuria Franch (2001) en La Intervención Psicomotriz en Educación: “La Intervención Psicomotriz es el conjunto de acciones intencionadas e intencionales que realizamos a partir y a través del movimiento para promover el desarrollo armónico de la persona, la integración de las diferentes funciones y el acceso y sostén de la comunicación base de la socialización”. Por último, es útil para nosotros terminar con nuestra propia idea, en el hoy, que está en constante y permanente evolución y tal vez mañana o pasado sea otra o tenga algunos cambios en virtud, precisamente, de esa evolución. ◆ Pablo L. Bottini (2000): “Es la expresión postural, motriz y gestual del proceso de integración de la persona a lo largo de su desarrollo. Dicha expresión, en tanto expresión corporal, es condicionada por el contexto en que se manifiesta, a quien a su vez condiciona”. ◆ Pablo Bottini, Miguel Sassano et al. (1999): “La Psicomotricidad constituye un campo de conocimiento y una práctica que se ocupa del estudio y de la investigación del ‘desarrollo normal’ de los movimientos vinculados con el uso del cuerpo; del estudio y de la investigación de las ‘desviaciones’ que se observan cuando está afectado el desarrollo normal de los movimientos vinculados con el uso del cuerpo o el desempeño de las funciones adquiridas; del desarrollo, aplicación e investigación de técnicas y procedimientos destinados a promover el desarrollo psicomotor Miguel Sassano normal con un objetivo educativo-preventivo y al desarrollo, aplicación e investigación de técnicas y procedimientos terapéuticos destinados a mejorar las desviaciones ocasionadas por problemas del desarrollo o afecciones posteriores”. Estas descripciones derivan sin duda de diversos campos: de la peda- gogía, de la psicopedagogía, de la psicología, de la educación, de la ree- ducación, de la terapia, pero todas ellas tienen algo en común. Como se podrá apreciar en este análisis, lo específico de la Psico- motricidad está en el Hacer, como una de esas producciones corporales, pero también como síntesis de conocimientos, emociones y afectos. Es decir, de saber. Es a través de la acción que nos relacionamos con el medio y satis- facemos nuestras necesidades. Ese movimiento humano es producto del interjuego entre la actividad tónica y la actividad cinética, entre la expresión de sí y la adaptación al mundo externo, en un medio físico, espacial y temporal determinado. Pero cobra significado en el medio social, origina representaciones en un medio simbólico, se internaliza y dispone para el movimiento, se relaciona con lo cognitivo y lo afectivo. Es el saber hacer, querer hacer y desear hacer. Situamos nuestra mirada en ese Hacer Significativo, en ese interjuego, donde el movimiento es una manifestación del psiquismo, cargada de significado, orientado, con sentido y dirección. Es el gesto. Gesto que da significado, gesto que comunica con los otros, gesto que se asienta en las primeras relaciones emocionales y que no se detiene en el tiempo, que se resignifica en el devenir de la vida. Movimiento como emoción exteriorizada. Si bien insistimos en el lugar del cuerpo como espacio dondese arti- culan todas las producciones, el acento de la Psicomotricidad se da en el hacer transformador del sujeto. Hacer transformador, en tanto que es a partir de las producciones corporales dadas en un aquí y ahora, en relación con los sujetos y objetos que allí se encuentran, que el sujeto psicomotor modifica sustancialmente el vínculo que establece con esos otros, a la vez que se modifica él mismo, en permanente aprendizaje. Es a partir de esta mirada tan particular del hombre, del cuerpo y de sus producciones que nuestra práctica toma tres orientaciones. Capítulo 1 Modalidades de la práctica psicomotriz Reeducación psicomotriz La primera modalidad, la que origina la práctica psicomotriz es la reeducación psicomotriz. Fundamentada en los desarrollos teóricos que aportan una mirada sobre la evolución y maduración del niño, específi- camente los de Wallon y Piaget, orienta su práctica a compensar el déficit del orden de lo psicomotor que el niño presenta. Según Benilde Vázquez (1989), se puede definir la reeducación psico- motriz como “un método de reeducación que permite el tratamiento de los trastornos o deficiencias de la conducta a través del movimiento”. La reeducación psicomotriz tiene sus orígenes en la psicopatología y en la psiquia tría. Aunque, como dijéramos, se debe a E. Dupré la primera utilización del término psicomotriz, ya an tes, en 1846, Seguín publica su obra sobre El tratamiento moral, higiénico y educa ción de los idiotas y otros niños retrasados, en la que se trata de “coordinar al niño, como de la mano, de la educación del sistema muscular a la del sistema nervioso y de los sentidos, de la de los sentidos a las nociones, de las nociones a las ideas, de las ideas a la moralidad” (F. Marquebrencq, 1846). Pronto en distintos países europeos (In glaterra, Alemania, Bélgica) y en Estados Unidos empiezan a desarrollarse técnicas corporales en la reeducación de niños retrasados. El tratamiento tenía como fin prin cipal la “toma de conciencia del movimiento”, cuya ausencia era la causa de la pará lisis, según señalan P. Sivadon y F. Gautheret. Continúa diciendo Vázquez, que se empieza ya a valorar el movi- miento como algo importante en el desarrollo psí quico del sujeto: “Cuanto más se estudian los desórdenes motores en los psicópatas, más se llega a la convicción de las estrechas relaciones que hay entre las anomalías psí- quicas y las anomalías motrices, relaciones que son la expresión de una solidaridad ori ginal y profunda entre los movimientos y el pensamiento” (Dupré, 1925). H. Wallon muestra el papel fundamental de las funciones tónica y motriz en el desarrollo de la personalidad, así como la importancia de los elementos psíquicos, fun damentalmente los afectivos y relacionales, en la producción del movimiento; para él, nuestra forma de relacionarnos con el mundo e incluso nuestra forma de expresarnos y comunicarnos, dependen de nuestra organización psico-afectiva. A lo largo de toda su obra, Wallon trata de demostrar la importancia del movi miento en el desarrollo psicológico del niño y en la construcción de su personalidad. El movimiento no interviene sólo en el desarrollo Miguel Sassano del psiquismo del niño y en sus re laciones con el otro, sino que influen- cia también su comportamiento habitual y es un factor importante de su temperamento. El autor establece una primera relación entre tras- tornos de comportamiento y trastornos psicomotores, definiendo los tipos psicomoto res que corresponden a los distintos síndromes de insu- ficiencia psicomotriz. En su obra Los orígenes del carácter en el niño, Wallon (1949) destaca como factores importantes del desarrollo infantil la función del tono, verdadera trama donde se tejen las actitudes que son la base del com- portamiento y fundamental tanto en la vida afectiva como en la vida de relación; la importancia de las nociones en la estructuración del carácter infantil y en la vida de relación; y la “toma de conciencia” del propio cuerpo como base de la individualización y la identi dad personal. Sus estudios han sido retomados y profundizados por J. de Ajuriaguerra, como veremos más adelante. El otro aporte básico en las concepciones de la psicomotricidad, conti- núa Vázquez, es el de Jean Piaget, quien destaca, como se sabe, la impor- tancia de las acciones físicas en la elaboración de las funciones mentales, de lo sensomotor a lo simbólico y de éste a lo operacional: “las acciones mentales no son más que acciones físicas interiorizadas”. La organización del conocimiento se realiza mediante la dinámica de la acción, que, al repetirse, se ge neraliza y asimila nuevos objetos. Aunque Piaget no tiene la concepción global del de sarrollo descrita por Wallon, sino que se mueve fundamentalmente en el ámbito cognitivo, sin embargo la importancia que él da a las acciones físicas en la estructuración del “yo” y del “mundo” abrieron toda una vía de trabajo en el campo de la Psicomotricidad. Fue E. Guilmain el primero que extrajo consecuencias reeducativas del paralelis mo señalado por H. Wallon entre el comportamiento psicomo- triz y el comportamiento general, como lo demuestra su obra Funciones psicomotrices y problemas de comportamiento (1935). A él corresponde también el haber elaborado con diversos aportes como los de Ozeresky, los test motores y psicomotores que vinieron a completar el conocimiento del desarrollo infantil iniciado por los test mentales (Test motores y psi- comotrices, 1948). Guilmain estudia los fac tores neuropsicomotores del comportamiento motor sobre todo en la realización de las tareas concretas donde los diver- sos aspectos de la eficiencia muscular dependen de los com ponentes neuromotrices que son observados separadamente y estudiados en las pruebas de “performance”. Para este autor la educación corporal podría tener otros objetivos, por ejemplo, en la reeducación de los trastornos de comportamiento (tanto Capítulo 1 físico como psíquico). Así es como se pasa, ade más, de la reeducación física (dominada por la “gimnasia correctiva” y la “gimnasia rít mica”) a la reeducación psicomotriz. De este modo viene a proponer una amplia- ción del campo de las actividades reeducativas, señalando tres tipos de actividades: A) Reeducación de la actividad tónica: ejercicios de actitud, ejercicios de equilibrio y ejercicios de mímica. B) Reeducación de la actividad de relación: ejercicios para reducir las sincinesias y ejercicios de coordinación motora. C) Desarrollo del dominio motor: la rítmica y los movimientos asimétricos, disi métricos, contrariados. Para Ajuriaguerra „la organización psicomotriz es la base de la organización del compor- tamiento y de la vida de relación, de ahí la estrecha relación entre los trastor nos de la motricidad y los del comportamiento general. Su interés por lo psicomotriz le lleva a estudiar el desarrollo motor del niño así como su soporte orgánico, distin guiendo tres fases: la primera se refiere a la organización del armazón motriz, es decir, la organización del fondo postural y de la estructura propioceptiva; la segunda corres ponde a la mo- tricidad eficiente que se organiza por la integración funcional progresiva de los diferentes elementos de la función motriz, y la tercera es la de la integración y automatización de las adquisiciones. A él corresponde, en palabras de F. Ramos, el mé rito de, a partir del estudio clínico y de la acción terapéutica psicomotriz, el haber li gado y articulado los diferentes aspectos de la evolución psicomotriz normal y patológica‰ (Vázquez, 1989). Según Ajuriaguerra (1959), el desarrollo motor depende, a la vez, de la maduración mo triz y del desarrollo de los sistemas de referencia, es decir, de los aspectos espacial y temporal del movimiento, así como de la evolución de los instrumentos semióticos como el lenguaje y la represen- tación mental. Una consecuencia in mediata de esto es considerar que es a través de la motricidad yde la visión como el niño descubre el mundo de los objetos. Esta concepción se acerca a la teoría de Piaget, por cuanto supone que la construcción de la acción y del objeto son simultáneas. Sin embargo, este autor limita su análisis a la motricidad transitiva, mientras que Ajurria guerra personaliza esa motricidad al considerar que la acción está ligada al sistema tó nico-postural, verdadero mediador de nuestra relación con el mundo. Los primeros mo vimientos no son movimien- tos transitivos sino producto del diálogo tónico. Es a través del diálogo Miguel Sassano tónico como el niño entra en relación con los demás, diálogo tónico (con firmado también por R. Spitz y anteriormente por Wallon) entre el niño y la madre. Las concepciones de Ajuriaguerra fueron ampliamente desarrolladas por su equi po, especialmente por Giselle Soubirán y por P. Mazo. Para estos autores tanto la educación como la reeducación psicomotriz deben producir tres tipos de efectos: efectos motores y funcionales; efectos psí- quicos y escolares; y efectos afectivos, caracteria les y sociales. De hecho, cualesquiera que sean los desórdenes del comportamiento y sus oríge- nes, siempre se manifiestan en síntomas en los que pueden predominar tanto los elementos motores como los elementos afectivos, cognitivos y relacionales. A su vez Pierre Naville, en su Psicología del comportamiento insiste en que si el movimiento está ligado al psiquismo e in fluenciado por éste, también se puede influir en los trastornos psíquicos a través del propio movimiento. Su concepción gira también alrededor de los trabajos de Ajuria guerra y define la reeducación psicomotriz como “una técnica ree- ducativa en psico pedagogía que, por el movimiento, influencia y estructura el conjunto de la personali dad del niño y corrige los trastornos psicomotores” (Naville, 1963). Los procesos de recuperación se basan en cuatro elemen- tos: la motricidad, la or ganización del esquema corporal, la estructuración espacio-temporal y la educación glo bal por el movimiento. Continúa Vázquez (1989) diciendo que tanto Naville, como Soubirán y Mazo, propugnan ya el paso a una concepción más pedagógica de la Psicomotricidad que la inicial de Ajuriaguerra. „En esta línea, aunque más limitados, pueden también situarse otros mé- todos de reeducación psicomotriz que desde la práctica aportaron también la certeza de que exis tía un paralelismo entre motricidad y psiquismo. Uno, es el método ÂBon departÊ que se define como una terapéutica cor- poral de los trastornos del aprendizaje, en particu lar de la lectura y de la escritura. Se propone reeducar simultáneamente la motricidad, el ritmo y la percepción visual, por lo que de la Âeducación gestualÊ de sus inicios pasa a ser una verdadera educación psicomotriz global. Aunque más en el límite de la Psicomotricidad, el método S. Borel- Maisonny uti liza la actividad rítmica en la reeducación del lenguaje y confirma una vez más la re lación entre trastornos sensoriales y motores y el lenguaje y los aprendizajes escolares‰ (Vázquez, 1989). En síntesis, la metodología de la reeducación, consecuente con sus concepciones de base, se centra en una serie de pautas y ejercitaciones estrictas, que según el tipo de alteración (tónico-postural, práxica, del Capítulo 1 esquema corporal, etc.) marcan una progresión a realizar por el alumno- paciente. El reeducador, colocado en el lugar del que sabe qué le pasa al niño y cómo y cuándo ayudarlo, lo guiará en el transcurso de las sesiones según un orden preestablecido; para que el niño experimente, por medio de diversas ejercitaciones, aquellos pasos que no realizó en su proceso evolutivo o realizó de manera no adecuada, siguiendo un criterio que va de lo menos a lo más complejo, de lo sencillo a lo elaborado, tanto en relación con los objetos y el movimiento, como con las producciones gráficas, entre otros ejemplos (Sassano y Bottini, 2000). Paralelamente son desarrollados un sinnúmero de tests que serán la base del balance o diagnóstico psicomotor, con la intención de lograr cuantificar las producciones del niño y precisar así la estrategia terapéutica reeducativa más ajustada con relación a cada caso (Guilmain, Soubirán, Bergés, entre otros). Estos tests toman aspectos tan disímiles como la lateralidad, el equi- librio, las coordinaciones, el esquema corporal, las praxias, etc. Terapia psicomotriz Un importante salto cualitativo en la historia de la terapia psicomotriz se produce con la sistematización de los llamados cuadros psicomotores. Este aporte fundamental, principalmente del Dr. de Ajuriaguerra y su equipo de colaboradores, permite discriminar las alteraciones estricta- mente de orden psicomotriz de la psicológica y neurológica, principal- mente, sintetizando así las investigaciones que se venían realizando. Podemos enumerar los siguientes cuadros como específicamente psicomotores: Dispraxia Los niños con dispraxia pueden ser incapaces de vestirse solos, de abrocharse la ropa, de atarse los cordones de los zapatos. También pueden escribir de una forma ilegible o bien legible y fracasar en todo el resto de las actividades de coordinación óculo-manual. Por lo general confunden izquierda y derecha, por su total desorganización en el tiempo y el espacio y sobre todo en la construcción de su esquema corporal. Se generalizan por el “no puedo”. Torpeza motriz Los niños con esta problemática no pueden accionar con su cuerpo efi- cazmente, todos los objetos caen de sus manos, tropiezan a cada momento, se llevan las cosas por delante, suelen golpearse mucho, viven con more- Miguel Sassano tones y chichones. Como todo les sale mal, viven pendientes de ser objeto de las burlas de sus compañeros, se sienten frustrados, avergonzados y por lo tanto evitan jugar y confrontarse con los otros que “sí pueden”. Inhibición psicomotriz Se advierte la inhibición en la posibilidad de poner en juego el cuerpo, no utilizándolo activamente. No participan en los juegos grupales, no corren, no saltan, no quieren ir a la plaza a jugar. Suelen ser niños intro- vertidos y tristes y se caracterizan por “no dar trabajo”. Se dedican a las actividades pasivas como juegos intelectuales, lectura, miran la televisión mucho tiempo. Inestabilidad psicomotora Son niños que se mueven todo el tiempo, tocan todo a su alrededor, les cuesta enormemente realizar cualquier tarea. No logran detenerse en sus actividades y no logran concentrarse. No pueden disfrutar del descanso y la quietud, les cuesta integrarse a los grupos por su falta de capacidad de espera, su carencia de realizaciones y su continuo ir y venir los hacen insoportables y hasta agresivos para los demás. Los hay del estilo tensional con una carga de movimiento muy intensa y los hay del estilo dehiscentes, que parecen derretirse en sus acciones. Paulatinamente los psicomotricistas van ampliando su marco refe- rencial y teórico y, con la incorporación de los aportes psicoanalíticos y de otras concepciones terapéuticas que comprenden al sujeto en su dimensión histórica y vincular, se van produciendo importantes modifi- caciones, tanto al nivel de las ideas como de la práctica clínica (gestálticos, rogerianos, reichianos, sistémicos, cognitivistas, comunicólogos, etc). Ya no se piensa, entonces, en un sujeto con un déficit (Sassano y Bottini, 2000). Se trata de comprender qué nos muestra, más allá de lo observable, ese sujeto a través de ese síntoma o trastorno psicomotor. De qué manera está inscripto ese síntoma en la historia de ese sujeto, que nos remite siempre a las primeras experiencias infantiles, a los primeros contactos de ese cuerpo, cuerpo de necesidades, con esos otros cuerpos de sujetos adultos, que lo asisten y significan. Asisten a ese cuerpo de nece- sidades biológicas, con sus características hereditarias, sus particulares maneras de responder a la alimentación, a las caricias, a los dolores; y significan en tanto marcan con la intencionalidadsimbólica el necesario contacto cotidiano, mucho antes de que el bebé pueda entender de qué se trata. Capítulo 1 Y ya desde esos primeros contactos, desde ese diálogo tónico, al decir de Ajuriaguerra, es que el niño va construyendo una particular manera de ser sujeto psicomotor. Por eso desde esta óptica terapéutica no se trata de que el paciente responda a tal o cual ejercicio o complete una determinada cantidad de hojas impresas. Se trata ahora de permitir al niño desplegar sus posibili- dades, encontrarse con sus limitaciones, cotejar en el particular espacio- tiempo de la sesión su manera de ser sujeto psicomotor. Favorecer, así, que pueda reinscribir, inscribir desde otra dimensión o quizás esbozar por primera vez esa modalidad que le va a permitir apropiarse de su cuerpo para la relación, la comunicación, el aprendizaje cotidiano de ser sujeto activo, potente. Recuperar, entonces, la dimensión de ser sujeto bio-psico-socio-eco- cultural, en su plenitud de significados. Eso no significa que no se recurra a técnicas específicas, que se niegue el valor que las ejercitaciones puedan tener. „Pero ya no se concibe la Terapia Psicomotriz como una sucesión de re- cursos técnicos, sino que se los incorpora, sugiere e implementa en forma plástica, según el decurso del tratamiento, adaptándolos a los tiempos que marca la necesidad del paciente, o del grupo en que se encuentra incluido‰ (Sassano y Bottini, 2000). La modalidad de Terapia Psicomotriz Grupal es una variante de gran aceptación y raigambre en nuestro país, apoyada en los desarrollos conceptuales de la Psicología Social, impulsada por el Dr. Enrique Pichon Rivière, enriquecidos y aplicados a la Psicomotricidad por un grupo de psicomotricistas de larga trayectoria y presencia profesional. Desde esta óptica también se sabe que sólo si contamos con la cola- boración y comprensión de los padres la eficacia del tratamiento será posible. Por eso se traza una estrategia particular en relación con ellos, dándoles un lugar relevante en el proceso de la terapia. Según sea el enfoque terapéutico y las características del caso, se sostienen entrevistas periódicas, se los invita a participar de alguna sesión o directamente se realizan sesiones vinculares o familiares de juego psicomotor. El terapeuta en Psicomotricidad provee para ello un espacio privi- legiado, individual o grupal, donde el paciente pueda poner en juego su sensorialidad, su sensomotricidad, su sexualidad, su emocionalidad. Todas y cada una de ellas, respetando la forma particular y propia de usar su cuerpo, su manera de descubrirlo, de conocerlo, articulado sobre la comprensión plena. Miguel Sassano Desde nuestra perspectiva como terapeutas, ofrecemos la mayor dis- ponibilidad corporal y afectiva para que nuestro cuerpo esté al servicio del paciente, dentro de un marco de aceptación incondicional como persona, con confianza de sus potencialidades, más allá de sus dificultades. Otro aspecto importante a destacar es que los diversos enfoques en terapia psicomotriz incluyen en su concepción la necesidad de intercam- bio con otros profesionales intervinientes. El concepto de interdisciplina está en la base de la terapéutica psicomotriz, ya que se entiende que sólo mancomunando esfuerzos, multiplicando los posibles sentidos del sín- toma del niño, es posible diseñar la mejor estrategia de abordaje para la evolución favorable del paciente. „Se constituye así una Red Terapéutica, constituida por todos los opera- dores intervinientes, que sostiene en su entramado al paciente, su grupo familiar, y a los mismos operadores que la integran (docentes, terapeutas, familia ampliada, directivos, etc.)‰ (Sassano y Bottini, 2000). En tratamientos interdisciplinarios e institucionales se abordan psico- sis infantiles, autismos, neurosis graves; es decir, profundas alteraciones de la personalidad, facilitando la posibilidad de comunicación y el reen- cuentro con su propio cuerpo y el de los demás. También se atiende otro grupo amplio e inespecífico de diversas patologías de orden neurológico, hasta alguna variedad de enfermedad psicosomática (asma, alergias, etc.) para las cuales se aporta una mirada en lo que respecta a las restricciones en el accionar del sujeto. Porque de eso se trata, de lograr que aquel que consulta, porque sufre, pueda beneficiarse con la acción profesional más idónea y logre así, en el tiempo más corto posible, superar el trastorno que lo limita, tanto en el orden de lo personal como en lo social. Educación psicomotriz La otra orientación a la cual nos referimos los psicomotricistas es la Educación Psicomotriz. Como hemos aclarado, nuestra particular manera de ser y considerar al hombre, también nos hace ver de una particular manera el proceso de enseñanza-aprendizaje. Según Llorca Linares y Vega Navarro (1998), para Piaget el origen del conocimiento depende de las interacciones entre el niño y los objetos, es decir, para conocer será preciso actuar sobre las cosas. La coordinación progresiva de acciones y operaciones que el niño in terioriza, junto a la información que le proporciona la experiencia física con los objetos traerá Capítulo 1 como resultado la construcción de esquemas o estructu ras de conoci- miento que tenderán a complejizarse y a distinguirse cualitativa mente. Estos esquemas se desarrollarán sobre la base de ciertos aspectos funcio nales de índole cognitiva: la asimilación y la acomodación. Desde la asimila ción se incorporan los datos del entorno que se transformarán de acuerdo a esquemas preexistentes, y desde la acomodación se propone la utilización de esquemas generales a situaciones particulares, esto es, la aplicación de un es quema invariante a diversas situaciones cambiantes (Rodrigo, 1990, citado por Llorca y Vega, 1998). Los esquemas, la asimilación y la acomodación son los tres conceptos básicos que describen el comportamiento cognitivo que en el transcurso del desarrollo adoptarán diferentes modos de actualización, o lo que es lo mismo, nivel de desarrollo operatorio o estadios, que se conformarán del siguiente modo: sensoriomotor (0 a 2 años); preoperatorio (2 a 6/7 años); operatorio concreto (7 a 10/11 años) y operatorio formal (11 a 14/15 años). Aunque Piaget nunca trató ni se preocupó directamente por los proble mas relativos a la educación, sus estudios han tenido repercusio- nes importan tes en ese ámbito proporcionando modelos de actua ción que han tenido por finalidad “deducir del conocimiento psicológico de los procesos de formación intelectual las técnicas metodológicas más aptas para producirlos” (Aebli, 1973). Sin embargo, este modelo no informó suficientemente sobre los efectos del ambiente en el propio desarrollo cognitivo. Derivado de las dificultades que el modelo piagetiano había dejado plan teadas, en los últimos años se ha recuperado una perspectiva inte- raccionista del desarrollo (Vygostky, 1962). Al decir de Llorca y Vega, la reciente recuperación de las teorías de Vygostky (Bruner, 1988; Pichon Ri vière, 2000) ha proporcionado una nueva manera de entender las relaciones entre aprendizaje, desarrollo y la importancia conferida a los procesos de rela ción interpersonal a través del lenguaje. Desde una nueva línea teórica, el desa rrollo se interpreta ya no como un proceso unidireccional (el niño frente al medio), sino como el resultado tanto de la influencia ejercida y de la adaptación conseguida del niño respecto al medio, como de este último frente a aquél. El concepto que mejor expresa y resume esta perspectiva teórica es el de Zona de Desarrollo Próximo. Este concepto establece la diferencia entre lo que el alum no es capaz de hacer en un momento dado (desa- rrollo actual) y lo que es capaz de hacer y aprender con la ayuda de otras personas (desarrollo potencial) en un proceso de colaboración mutua, permitiendo así delimitar el margen de inci dencia de la educación, enten- Miguel Sassano dida ésta comoun efecto de andamiaje (Bruner, 1988) que facilita el crecimiento cognitivo. El auge que estas posiciones interaccionistas del desarrollo alcanzan a tener a lo largo de las dos últimas décadas (como modelos explicativos de la conducta infantil) se enriquece en los últimos años con la aparición del modelo ecológico (Bronfenbrenner, 1979), desde el cual sólo es posible dar una adecua da interpretación de la conducta infantil si se parte de los diferentes contextos donde el niño se desarrolla. Desde esta perspectiva, continúan Llorca y Vega (1998), se destaca la necesidad de considerar la multipli cidad de influencias que recaen sobre el niño a lo largo de su desarrollo (fami lia, amigos, escuela), el sentido bidireccional de estas influencias –el niño no se limita a ser influido sino que él también ejerce su influencia en cada uno de los contextos donde actúa– y, por último, la necesidad de considerar realidades no inmediatas, pero que ejercen una influencia considerable en él (condiciones familiares, trabajo de los padres, etc.). Los contextos más ricos para la interpretación y descripción de la con ducta infantil son tres: la familia, la escuela y la relación entre iguales. Estas nuevas posiciones abren una vía sugerente y atractiva para el estudio de las relaciones entre Psicología y Educación. Todos estos enfoques prevén una forma determinada de entender y resol ver ciertos aspectos conflictivos en el campo de la Psicología y su relación con la Educación (Delval, 1987; Rodrigo, 1990; Palacios, 1990, citado por Llorca y Vega, 1998), que serían, por un lado, los relacionados con el dilema herencia-medio y, por otro, los relativos al papel que desem- peñan los estadios en el desarrollo. La combinación de ambos pro blemas repercute en el campo educativo, sobre todo al confluir en el debate sobre la existencia o no de “períodos críticos” o “períodos sensitivos” (Piaget, 1969; Montessori, 1937). Estos aportes se completan con los trabajos de Psicología Educativa de Ausubel et al. (1983) y su estudio y descripción de los diferentes tipos de aprendizaje. El concepto de “aprendizaje significativo” como requisito de calidad en el proceso de autoconstrucción del conocimiento se ha consolidado definitiva mente como una de las aportaciones fundamentales de la inves- tigación psicoló gica al campo de la educación, afirman Llorca y Vega. El desarrollo actual de la psicología nos permite considerar cuáles son los aspectos que desde la perspectiva psicológica debe tener en cuenta el curriculum de la Educación Infantil y que, siguiendo a Coll (1987) podríamos resumir en: Capítulo 1 1. Que las repercusiones de las experiencias educativas formales sobre el crecimiento personal del alumno están condicionadas entre otros fac tores, por su nivel de desarrollo operativo (Piaget e Inhelder, 1968; Delval, 1987). El curriculum, por tanto, debe tener en cuenta estas posibilidades de forma que permita un ajuste coherente con las posi- bilidades del alumno. 2. Las experiencias educativas están condicionadas por los conocimien- tos previos (Ausubel et al., 1983). El niño que inicia un aprendiza je lo hace a partir de conceptos, concepciones, representaciones y co- nocimientos que ha construido en su experiencia previa. 3. Es necesario establecer una diferencia entre lo que el niño es capaz de hacer y aprender por sí mismo y lo que es capaz de aprender con la ayuda de otras personas. La distancia entre estos dos puntos, de- nominada por Vygostky (1962) “zona de desarrollo próximo”, in dica que la educación debe partir del desarrollo del alumno, pero no para acomodarse a él, sino para traerlo hacia la “zona de desarrollo poten- cial”, facilitando así una tarea de andamiaje (Bruner, 1988, Pichon Ri vière, 1985). La cuestión clave desde el punto de vista psicológico es asegurar que el aprendizaje sea significativo (Ausubel, 1991), proponiendo activida- des que fa ciliten que los alumnos construyan la realidad atribuyéndole verdadero signifi cado, para lo que es necesario contar con contenidos potencialmente significa tivos y con una motivación para aprender. En palabras de Coll (1985), “una interpretación constructivista del aprendizaje escolar exige una interpretación constructivista de la educa ción”. La educación psicomotriz, entonces, se concibe como una educación dirigida no ya al cuerpo como entidad meramente biológica, sino a una entidad psicosomática en la cual las es tructuras motrices se desarrollan en interacción constante entre el “yo” y el medio, ya sea físico o social. Esta entidad psicosomática se resume básicamente en el “esquema cor- poral”. Si bien es verdad, dice Vázquez, que la importancia de la acción cor- poral en el de sarrollo de la personalidad es señalada por grandes pedago- gos como Rousseau y Pes talozzi y más recientemente en su formulación sensomotora por la Dra. Montessori; sin embargo su inclusión como un verdadero tema educativo no se produce hasta los años sesenta. Es precisamente con la publicación de la obra de Picq y Vayer, Educación psicomotriz y retraso mental (1969) cuando la educación psicomotriz alcanza su verdadera autonomía y se convierte en una acción educativa Miguel Sassano original con sus objetivos y sus medios propios, como afirman Andrée Maigre y Jean Destrooper (1976). El desarrollo y difusión de la educación psicomotriz se ha visto favo- recido por una serie de factores que, siguiendo a Maigre y Destrooper, y por lo que respecta a Francia, podrían resumirse en los siguientes: el nuevo desarrollo de la psicopatología infantil impulsado por el psicoanálisis; el desarrollo de la neuropsiquiatría infantil; los análisis sobre el fracaso escolar; las críticas a la reeducación basada en las técnicas clá sicas; la difusión de la obra de Wallon y de Piaget; la revolución de la educación física tradicional, por obra de la “psicocinética” de Jean de Boulch. „Evidentemente también en otros países se producen trabajos y prácticas de educación psicomotriz, pero sin embargo hay ciertas diferencias que conviene matizar, tanto en cuanto al énfasis puesto en diferentes objetivos como en el procedimiento a seguir. Así, de las tres fases que presenta la organización funcional de la conducta, percepción-elaboración interna y ejecución o respuesta, los trabajos en el área anglosajona se centran más en el análisis de los elementos perceptuales y motores, y en cambio entre nosotros ha preocupado más la fase de elaboración (análisis, toma de con- ciencia y conceptualización del movimiento). Son ejemplo de los primeros el modelo de Kephart (1960) que investiga los elementos per ceptuales y motores y los aprendizajes escolares, o los estudios de B.J. Cratty (1969) que relacionan habilidades motoras con la memoria, con la capacidad creativa o con el autoconcepto; o el modelo de desarrollo psicomotor de J.S. Bruner que sostiene que el desarrollo de las facultades psicomotoras es similar al desarrollo del lenguaje o al de los mecanismos implicados en la resolución de problemas; o los trabajos de Frostig-Maslow (1970) sobre la educación del movimiento, al que consideran que debe integrarse ple- namente como una forma de educación en las primeras edades, posición que recuerda a la del francés J. Le Boulch‰ (Vázquez, 1989). Sostiene Vázquez que aunque todas estas investigaciones son deudoras de los mismos principios filosóficos y metodológicos de la Psicomotricidad, nunca se desarrollaron, sin embargo, en la misma línea que ha caracteri- zado la ortodoxia psicomotriz francesa. Por otra parte, tanto en el área anglosajona como en la francesa, las corrientes en educación psicomo- triz son muchas, tanto por su utilización como por los objetivos que pretenden. En lo que respecta a la educación psicomotriz, pueden señalarse tres corrientes nacidas en el ámbito de la educación física: el modelo de J. Le Boulch o “psicocinética”; la educación corporal de L. Picq y P. Vayer; y la educación vivenciada deAndré Lapierre. Consideraremos cada una de ellas. Capítulo 1 Corresponde a Le Boulch lo que se ha venido llamando la revolución copernicana en educación física. Inicialmente profesor de esa disciplina, su insatisfacción con las prácticas de la educación corporal en Francia le llevan a plantearse con rigor el problema del movimiento humano. Rea- liza estudios de medicina coronándolos con una tesis doctoral sobre los distintos factores del valor motriz (“Los factores del valor motriz”), publi- cada en 1960. En la búsqueda de estos factores, Le Boulch propone una “educación física funcional” que no se identifica con el modelo clásico de entrenamiento de la máquina corporal, sino que se acerca más al modelo fenomenológico expuesto por F. Buytendjik (Actitudes y movimientos) y al pensamiento de Merleau-Ponty (Fenomenología de la percepción). Le Boulch critica abiertamente la tendencia de la educación física a “deportivizarse” y la práctica de los profesores de educación física dirigida sobre todo a los factores de ejecución (fuerza, resistencia, velocidad, etc.), sin tener en cuenta los factores psi comotores del movimiento, en una línea similar a lo que había hecho Guilmain (1935). En su explicación del movimiento humano sobrepasa el modelo bio- logista tradicional y recurre al modelo psicológico; posteriormente des- tacará también los factores sociales que lo condicionan: “La ciencia del movimiento humano no puede homologarse con el estudio de una máquina compuesta por palancas, bisagras y músculos” (Le Boulch, 1978), dirá el autor, sino que: “La ciencia del movimiento humano debe partir de la existencia corporal como totalidad y como unidad”. Su concepción del cuerpo humano deja de ser exclusivamente la concepción del “cuerpo objeto” para referirse al “cuerpo propio”, entrando de lleno en el concepto de motivación, finalidad y elaboración interna de los procesos motrices. A los nuevos datos neurológicos une los aportados por las ciencias de la conducta, más en una línea de psicología cognitiva que conductista: “los movimientos y actitudes de una persona no son accidentales ni determina- dos por el azar, sino que son significantes y están unidos a las motivaciones fundamentales del organismo”. Pero además los movimientos humanos no son solo movimientos en sí, sino que son movimientos “en relación”; el hombre no es un ser cerrado en sí mismo sino que es un ser en relación, por esto su movimiento participa de las características del marco social en el cual el hombre se desenvuelve” (Vázquez, 1989). Dice Le Boulch (1978): „nosotros nos apo yamos, en cambio, en el desarrollo de la disponibilidad corporal mediante la utilización de la internalización que unifica y es- tructura, que permite establecer relaciones entre los fenómenos motores, intelectuales y afectivos. Nuestra concepción implica relaciones cons- Miguel Sassano tantes entre los elementos de información y los esquemas motores, no mediante un mecanismo de condicionamiento sino por medio de una educación perceptual consciente que descansa a la vez en las informaciones exteroceptivas y propioceptivas‰. En resumen, para Le Boulch, “el movimiento es pensamiento hecho acto” más que cadenas de respuestas condicionadas. Dos nociones son fundamentales en la educación del movimiento: la noción de “es quema corporal” y la de “esquema de acción”. Sintetizando las investigaciones sobre el esquema corporal, Le Boulch (1978) lo define “como una intuición de conjunto o un conocimiento inmediato que tenemos de nuestro cuerpo en estado estático o en movimiento, en la relación de sus diferentes partes entre ellas y en sus relaciones con el espacio circundante de los objetos y de las personas”. Esta noción es eje del sentimiento de mayor o menor disponibilidad que tenemos de nuestro cuerpo y eje de la relación vivida universo-sujeto experimentada afectivamente y, en ocasiones, de manera simbólica. La disponibilidad corporal exige, para el autor, que esa “imagen del cuerpo” sea verdaderamente operativa y no permanezca sólo como un concepto meramente descriptivo. En la medida en que el aprendizaje se aleja de la mecanización y se apoya más en la internalización del acto motriz viene a convertirse en un elemento enri- quecedor del esquema corporal; por el contrario, la mecanización aliena el cuerpo del hombre y fija su imagen, ya que “todo aprendizaje por medio de la mecanización compromete y disminuye la plasticidad potencial”. El “esquema de acción” es tomado por Le Boulch en el sentido piagetiano de “plan de acción”, o estrategia subyacente a una serie de secuencias de acción y viene a ser un “esquema de coordinación” basado en datos temporales, visuales y kinestésicos que se superpone al “esquema postu- ral”, verdadero telón de fondo de nuestra actividad motriz, tomado en el sentido que le dio Wallon. De esta manera el aprendizaje consiste en adquirir nuevos esquemas de acción que permitan al sujeto ajustarse a las distintas situaciones del medio y a sus propias necesidades. Menciona Vázquez, al referirse a la concepción pedagógica de Picq y Vayer, que partiendo también de la reeducación1 y en un contexto más experimental que el de Le Boulch, estos autores llegan también a la edu- cación psicomotriz, a la que definen como: “una acción pedagógica y psico- lógica que utiliza los medios de la educación física con el fin de normalizar o mejorar el comportamiento del niño” (Picq y Vayer, 1969). Sin embargo, 1 El título de su primera obra es significativo al respecto: Educación psicomotriz y retraso mental. Capítulo 1 esta educación y reeducación motriz se oponen de una forma total a la educación y reeducación física tradicionales, tanto por su fundamento científico como por la metodología empleada. La educación psicomotriz, para estos autores, sobrepasa los objetivos de una nueva técnica, para convertirse en una acción educativa global. Siguiendo los aportes de la psicología genética afirman que el dinamismo motor está estrechamente ligado a la vida mental, por lo que los ejercicios que proponen asocian siempre la conciencia a la acción. „Su concepción psicopedagógica de la Psicomotricidad les lleva a ajustar adecuada mente las tareas de aprendizaje a los niveles de desarrollo psico- motor del niño. Por esto, desde el punto de vista metodológico lo más importante será la observación del comportamiento dinámico del niño para poder establecer dichos niveles de desarrollo. Así conciben el Âexamen psicomotorÊ basado en pruebas ya conocidas (de Ozerestsky, Guilmain, Stamback, Piaget-Head, etc.) que luego plasmarán en el perfil psicomotor al que se deberán ajustar los procesos de aprendizaje. En su clasificación de la motricidad distinguen tres tipos de conductas: - Conductas motrices de base, que son más o menos instintivas e incluyen la equi libración, la coordinación dinámica general y la coordinación óculo-manual. - Conductas neuromotrices ligadas a la maduración del sistema nervioso (sincinesias, paratonías, lateralidad). - Conductas perceptivo-motrices ligadas a la consciencia y a la memoria, e incluyen la estructuración espacio-temporal. Los factores psicomotores que dan origen a estas conductas están en la base del desarrollo de la personalidad y dependen de otro elemento fundamental que es la or ganización del esquema corporal. Mediante la intervención pedagógica en cada una de estas conductas se pretende la acción educativa global‰ (Vázquez, 1989). Posteriormente Vayer (1974) ha centrado el análisis en el mundo rela- cional del niño (El diálogo corporal) señalando los componentes de esa relación: el yo, el “mundo de los objetos” y el otro, entre los que se esta- blece un verdadero diálogo en el sentido en que lo entendieron Wallon, Ajuriaguerra, Muchielli, etc., es decir, un verdadero “diálogo corporal”. La misión del pedagogo será precisamente “facilitar” ese diálogo, ya que la personalidad del niño es el resultado de la interacción entreestas tres realidades. Este nuevo enfoque de Vayer significa un gran progreso en la prác- tica de la edu cación psicomotriz ya que estudia al sujeto en su propio contexto vital, teniendo en cuenta la red funcional en la que el niño se Miguel Sassano desarrolla: “En cualquier situación están siempre presentes, repetimos, el niño y el mundo exterior, es decir, el mundo de los objetos y el mundo de los demás” (Vayer, 1974). Si uno de los objetivos de la educación es facilitar la relación con el mundo, la edu cación corporal se va a constituir en el punto de partida de toda educación, ya que “todos los aspectos de la relación dirigidos al conocimiento o los vividos en el plano afectivo están vinculados a la cor- poreidad”. Siguiendo a Wallon, la construcción del “yo corporal” es para Vayer la base de la personalidad infantil. Esta construcción del “yo corporal” se basa en el diálogo tónico, el juego corporal, el equilibrio del cuerpo y el control de la respiración, los cuales, en su desarrollo, atraviesan las tres fases de exploración, consciencia y control de sí. Al final de las tres fases el niño habría conseguido una independencia corporal respecto del adulto, una expresión corporal socializada, el control del equilibrio corporal y el control de la respiración, considerado este último como un aspecto importante del control de sí (Vayer, 1974). Pero la conciencia de sí se adquiere paralelamente a la conciencia del mundo alrededor de sí, tanto el mundo de los objetos como el mundo de los demás. El mundo de los objetos se construirá a través de la organiza- ción perceptiva espacio-temporal mediante las acciones motrices que el niño realiza de tal manera que se produce una estructuración recíproca yo-mundo de los objetos, lo que convierte a la acción corporal en el instrumento básico del conocimiento, ya sea de sí mismo o del mundo físico (Vayer, 1974). En resumen, para Vayer la acción educativa debe estar basada en la acción corporal y en las vivencias infantiles, por lo que la educación cor- poral se debe constituir en el punto de partida de toda acción educativa, de tal manera que en el niño pequeño toda educación debe ser educación corporal y posteriormente en la edad de los aprendizajes escolares, la educación corporal será la condición necesaria de los mismos. Sorprende a Vayer que, siendo reconocida por los distintos especia- listas la unidad funcional de la persona humana, en educación se siga trabajando con datos frag mentarios y muchas veces inconexos; la prueba más evidente la tenemos en nuestras escuelas en las que los maestros, a pesar de los planes de estudio, programaciones e instrucciones oficiales, olvidan generalmente la educación corporal o bien la encargan a otros por no ver ellos mismos ninguna relación entre su actividad educativa y esta última. Si bien en sus últimos trabajos Vayer ha derivado a una “terapia rela- cional” (Vayer, 1974), más que a una verdadera educación corporal, tiene Capítulo 1 en su haber el insistir en una concepción pedagógica de la motricidad que sobrepasa, por una parte, los objetivos de la educación física tradicional y, por otra parte, es una llamada de atención a los pedagogos que siguen menospreciando los valores de la educación motriz. Estas propuestas de integrar la educación corporal en una educación global como sostienen Le Boulch y Vayer no son nuevas. Aparecen sub- yacentes en la renovación contemporánea de las escuelas maternales que arrancan ya de Montessori y de Fróebel. Sin embargo, sí son nuevos los procedimientos. Un ejemplo de ellos es la obra de Lapierre y Aucouturier que, haciéndose eco del fracaso de la escuela tradicional, buscan también en la educación psicomotriz una nueva forma de abordar la educación en los niños pequeños. Afirma Vázquez que dado que el movimiento corporal es lo más natu- ral e inmediato que el niño ex perimenta, analizan el movimiento humano en todas sus dimensiones: neurofisiológica, psicogenética y semántica y proponen la acción educativa a partir de la actividad corporal. “La psicomotricidad no debe aparecer como una disciplina aparte sino como un estado de espíritu que orienta las distintas actividades” (Lapierre y Aucouturier, 1977). La educación psicomotriz para estos autores, igual que sucedía en Vayer, rebasa los límites de una técnica especializada para convertirse en el punto de partida de toda educación. No solamente critican la división tradicional de la educación en educación intelectual y educación física, sino que, además, piensan que los procesos de intelectualización llevados a cabo en la escuela no utilizan una didáctica apropiada, de tal ma nera que los aprendizajes escolares son vividos por el niño como una imposición arbitraria del adulto. Para evitar ello, estos autores centran su trabajo en una “educación vivenciada”, en la que los conocimientos se integran profundamente en la conciencia del niño, adquiriendo significaciones personales precisas a través de las situaciones presentadas por el educador. Su metodología no se basa en una clasificación de las con ductas motrices sino en el desarrollo de diversas situaciones que deben ser vivenciadas por el niño y en las que la observación del mismo y la acción del educador son más importantes que la posible programación. Por lo tanto el concepto de educación vivida se refiere tanto al niño como al educador, que debe ir ajustando su acción a las mani festaciones infantiles. Apoyándose en la teoría psicogenética de Piaget, continúa Vázquez (1989), su metodología se centra sobre todo en el paso de lo concreto a lo abstracto, por medio de la interiorización de las situaciones vividas: “noso- tros quisimos mostrar que, partiendo de un acto motor, de una situación Miguel Sassano vivenciada, es posible extraer una noción abstracta, percibiéndola, interio- rizándola, generalizándola; después, mediante la simbolización espontánea pasar a una expresión abstracta y después utilizando este descubrimiento de la abstracción llegar a su utilización en el plano artístico, intelectual y escolar” (Lapierre y Aucouturier, 1982). Se trataría, pues, de pasar de una “inteligencia motriz” a una “motri- cidad in telectualizada”. „Sin embargo, los objetivos de Lapierre y Aucouturier van más allá que la propia intelectualización. Incorporando a su trabajo las técnicas de la no-directividad (Rogers) y la pers pectiva de las relaciones tónico-afectivas, subrayadas por Wallon y Ajuriaguerra, colocan al niño en una situación de creatividad a partir de la cual el profesor suscita el des cubrimiento de distintas nociones (dimensión, peso, forma, intensidad, etc.) mediante el procedimiento de los contrastes asociados a la acción corporal. A partir del estable cimiento de estas nociones se le pide al niño que las vivencie en otras situaciones y en distintos planos: perceptivo, motor, afectivo, intelectual, y posteriormente se le pide que las traduzca en distintas formas de expresión (corporal, sonora, plástica, verbal, gráfica, etc.)‰ (Vázquez, 1989). Por lo tanto se trata de no compartimentar la acción del niño y de utilizar el mayor número de vías posibles en su comprensión y adaptación al mundo, lo que significa evidentemente un medio de educación global a través de la acción corporal. El hilo conductor de toda la metodología de estos autores es la inte- racción entre el niño y el educador, de tal manera que la formación y la personalidad de éste es fun damental en todo el proceso. Profundizando en las características de esta relación mutua, Lapierre y Aucouturier incor- poran las técnicas de la terapia psicoanalítica como queda de manifiesto en sus múltiples experiencias. Lo dicho pone de manifiesto también que el enfoque de estos especialistas es utilizable no sólo en la educación escolar sino también en el campo de la terapia. Entonces, la educación psicomotriz es “aprender a cambiar cambiando, aprender la realidad no sólo en la dimensión materialy cognitiva, sino también en la emocional y la simbólica” (Sassano y Bottini, 2000). El movimiento y el gesto son entonces dos elementos esenciales para aprender y operar. Pero, ¿qué pasa cuándo la escuela limita el juego y el accionar corporal al recreo o a las clases de Educación Física? ¿Qué pasa cuando el cuerpo del niño se manifiesta en el aula o en la fila desestruc- turando “cierto orden”? ¿Qué pasa cuando se produce un inquietante movimiento o murmullo en el aula? Capítulo 1 „Los docentes no hemos recibido la preparación de una disponibilidad corporal para poder ver las verdaderas necesidades del niño: dar-recibir, escuchar-emitir, contener-ser contenido, tocar-ser tocado, mirar- ser mira- do‰ (Sassano y Bottini, 2000). No poseemos una actitud de reciprocidad. Somos los que sabemos, podemos y además, tenemos poder. ¿Podemos cambiar la actitud hacia una postura donde la comunica- ción se transforma en esa actitud recíproca, donde se requiere de un otro para intercambiar? Muchas veces el niño no necesita que le den, sino ser recibido; no necesita tanto que le digan, sino ser escuchado. Con mucha frecuencia, los docentes también. Para producir una fluida comunicación es necesario incluir al alumno en un proceso de exploración y descubri- miento, donde se deje de privilegiar el producto del otro para valorar la propia producción. Pero, ¿podrá ser posible cuando los docentes solo aprendimos cómo transmitir actividades a otros y no a explorar y des- cubrir nuestras propias posibilidades creativas? „Para poder crear, es necesario recrear placenteramente, dejar al niño hacer, traer sus propias necesidades e inquietudes y recogerlas, para así poder, desde esa motivación interna, transformar en productivos esos intereses que habitualmente la escuela desecha. Para ello, es imprescindible la im- plicación corporal y afectiva del docente, aunque esto signifique apartarse del currículo preestablecido‰ (Sassano, 2000). Cuando podemos asombrarnos de la producción del niño y aprender con él y de él, nos descubrimos asombrosamente creativos. Este planteo se refiere a una relación de ayuda, para facilitar el camino que va desde el sostén, el acompañamiento o la provocación, hasta la transgresión; es decir, un proceso que va desde la dependencia a la mayor autonomía. Y de esto se trata, de conceptualizar de manera distinta a la Educación. Por eso no podemos sólo imaginar una hora de Psicomotricidad en la escuela como si fuera Educación Física, Música, etc. La Psicomotricidad no es en la escuela una técnica, una materia más, aunque se pueda utilizar como tal; es, en todo caso, un enfoque que atiende a la globalidad del niño, a la revalorización del cuerpo y el movimiento en la escuela. Para ello, es necesario que los docentes nos incluyamos más activa- mente en este proceso de cambio y podamos encontrar espacios que nos permitan ver los temores y miedos que estos mismos cambios producen en nosotros. Miguel Sassano Obviamente, sólo es posible transmitir y aprender bien aquello que uno mismo vivió, pues nadie aprende mediante la experiencia ajena. Características, campo de acción y ejercicio profesional del psicomotricista En función de estas descripciones de reeducación psicomotriz, terapia psicomotriz y educación psicomotriz, para tratar de cerrar estos conceptos y a modo de síntesis, decimos (Bottini, Sassano et al., 1999): ¿Qué es un psicomotricista? El psicomotricista es un profesional dedicado: 1. Al estudio y la investigación del desarrollo normal de los movimientos vinculados con el uso del cuerpo y de sus desviaciones. 2. Al desarrollo, aplicación e investigación de técnicas y procedimientos que facilitan el diagnóstico de problemas o desviaciones psicomotrices. 3. Al desarrollo, aplicación e investigación de técnicas y procedimien- tos destinados a promover el desarrollo psicomotor normal con un objetivo educativo-preventivo o a mejorar sus desviaciones con un fin terapéutico. ¿Cómo se accede al tratamiento con un psicomotricista? Con frecuencia se accede a través de otro profesional que deriva al psicomotricista. Estos profesionales generalmente son maestros, profe- sores de educación física, médicos (neurólogos, neuropediatras), psicólo- gos, psicopedagogos, fonoaudiólogos, etc. que, en función de signos que observan en la persona, consideran necesaria la consulta. ¿Cuándo es necesaria la consulta con el psicomotricista? 1. Cuando los movimientos de una persona, en el uso y en la relación que establece con su cuerpo, no son los esperados para su edad y contexto habitual de desarrollo. 2. Cuando se padece un trastorno psicomotor que coarta las posibilida- des normales de desarrollo. Capítulo 1 3. Cuando una persona no se siente hábil con su cuerpo ni logra movi- mientos que lo satisfagan frente a los desafíos del crecimiento y del aprendizaje. 4. Cuando se padecen trastornos graves de personalidad, afecciones psicosomáticas, conductas adictivas o psicopáticas que comprometen el uso de cuerpo. En estos casos, la terapia psicomotriz puede ser un buen complemento y facilitar el efecto del tratamiento específico. 5. Cuando existen secuelas de enfermedades neurológicas o degenera- tivas. 6. Cuando existen limitaciones de la movilidad debidas a causas pos- traumáticas o al envejecimiento. ¿Quiénes son los beneficiarios más frecuentes del trabajo de un psicomotricista? Generalmente, los psicomotricistas atienden a niños y jóvenes que manifiestan alguno de los problemas señalados anteriormente. Sin embargo, recientemente se ha incrementado la atención de adultos y ancianos. Su labor en este campo es cada vez más intensa debido al fenó- meno de la prolongación de la vida y a la necesidad de mantenerla con calidad. ¿Por qué es importante consultar al psicomotricista? Porque quienes padecen un trastorno psicomotor –desde la infancia o como consecuencia de alguna enfermedad posterior– ven coartadas sus posibilidades normales de desarrollo o sus posibilidades de desplegar movimientos ya adquiridos. Estas limitaciones, que hacen sentir inútil e inhábil con el cuerpo, pueden provocar una imagen empobrecida de sí mismo que, si no es contrarrestada a tiempo, disminuirá el potencial de la persona por el resto de su vida, pudiendo dar lugar a la aparición de trastornos de la personalidad, de la conducta y/o del aprendizaje y a dificultades en la vida social, deportiva y/o de relación. ¿Dónde puede trabajar un psicomotricista? Los psicomotricistas trabajan tanto en consultorios privados como en instituciones educativas o asistenciales. En todos los ámbitos, su labor se orienta a la atención de trastornos específicos o al apoyo y complemento de otras tareas terapéuticas. Por ejemplo: Miguel Sassano En el ámbito educativo: - Forman parte del equipo docente y colaboran en la estimulación y la enseñanza de niños y jóvenes con discapacidades motoras, sensoriales, mentales y emocionales. - Forman parte de los equipos interdisciplinarios que realizan tareas de apoyo a la integración escolar y social de niños y jóvenes con discapacidad. - Participan en el diseño e implementación de actividades lúdico- corporales para el apoyo del aprendizaje de contenidos curricu- lares. - En actividades de recreación y tiempo libre (colonias de vacaciones, campamentos, etc.). infantes, educación primaria): - Coordinan talleres dedicados al estímulo del desarrollo psicomotor normal. - Colaboran en actividades orientadas a la búsqueda de soluciones para los conflictos grupales o institucionales (violencia intrains- titucional, catástrofes). - Participan en los distintos niveles de la educación preescolar y de la educación general básica en el diseño e implementación de actividades lúdico-corporales para el apoyo del aprendizaje de contenidos curriculares. En el ámbito de la salud trabajan: En instituciones: - Hospitalarias, en los servicios de salud mental, pediatría, estimu- lación temprana, en equiposinterdisciplinarios dedicados a la asistencia, docencia e investigación de los problemas de aprendi- zaje y el desarrollo y en áreas dedicadas a tareas comunitarias y preventivas. - En instituciones dedicadas a la atención de personas que padecen severos trastornos de la personalidad (centros educativos tera- péuticos), debilidad mental, conductas adictivas o de actuación (bulimias, anorexias, etc.). - En geriátricos, gerontopsiquiátricos, hogares, hostales o centros de día. Capítulo 1 En consultorio privado: - Consulta privada. - Obras sociales. - Medicina prepaga. En ámbitos de recreación, tiempo libre y comunitarios: deportiva. - moción y cuidado de la salud corporal. ¿Cuáles son las características de las tareas psicomotrices? El psicomotricista basa su tarea en la observación de gestos, posturas y movimientos con el fin de evaluar y comprender el nivel de desarrollo psicomotor y las necesidades de la persona y utiliza el juego corporal para implementar actividades pedagógicas o terapéuticas que respondan adecuadamente a las mismas. Se entiende por actividades pedagógicas aquellas que capitalizan las capacidades naturalmente desarrolladas y por actividades terapéuticas las que fomentan el aprendizaje de habilidades no desarrolladas espontáneamente. La observación del trabajo psicomotor muestra a dos personas desa- rrollando una actividad lúdica: una juega en función de su necesidad (paciente/alumno) y la otra (psicomotricista) utiliza ese juego en apoyo de la necesidad del otro. ¿Cómo es la formación de un psicomotricista? El psicomotricista recibe una formación específica, de grado univer- sitario, que lo habilita para el ejercicio profesional, tanto en el campo educativo como en el de la salud. Dicha formación contempla el apren- dizaje de sólidos contenidos sobre: - Diferentes teorías psicológicas. - Biología y medicina. - Teorías acerca del trabajo con familias. - Teorías sobre el trabajo en instituciones y grupos. - Investigación y desarrollo de planes, programas y proyectos. - Diferentes teorías de la práctica psicomotriz. Miguel Sassano Participa, además, a lo largo de toda su formación, en un intenso entrenamiento y experimentación en trabajo corporal, con acento en el desarrollo de su expresividad, creatividad y disponibilidad corporal. Desde el inicio de su formación realiza experiencias directas y, pro- mediando la carrera, observa y practica en los diferentes campos del ejercicio profesional. Y ahora agregamos una nueva pregunta: ¿Cuáles son los contenidos de la práctica en Psicomotricidad? La práctica psicomotriz se podría definir bajo tres parámetros: el juego, el cuerpo y la relación corporal. El contenido de la práctica psicomotriz se basa en el juego libre, per- misivo, en una actividad espontánea que se desarrolla y organiza progre- sivamente a partir de los objetos puestos a disposición de los niños. Es un juego sin argumento impuesto, de forma que permite el libre curso a la imaginación. Se trata de dejar desarrollar en el grupo el juego libre, espontáneo, sin consignas precisas y, sobre todo, sin enjuiciamientos. A partir de aquí nacen y se desarrollan actividades espontáneas, solos o en grupo, dejando hacer a cada uno según sus deseos y su imaginación. Esto no quiere decir que la práctica psicomotriz se convierta en un juego caótico. Dentro del dejar hacer el psicomotricista ha de fijar los límites de la libertad: no hacer daño al compañero, lo cual no excluye las relaciones agresivas; no destruir el material, etc. Estas prohibiciones marcan el límite entre realidad y juego. El psicomotricista garantiza esta ley, al igual que es garantía de la realidad. En esta situación de juego espontáneo, él ha de contener y retomar las situaciones difíciles, manejar los conflictos sin culpabilizarlos. En toda esta relación, dicen Llorca y Vega (1998), está presente el con- cepto de disponibilidad corporal, como actitud de escucha. Es una nueva manera de situarse respecto al niño, es tener una actitud de empatía, ser capaz de descentrarse hacia el otro, intentar comprender la historia que nos cuenta la otra persona, sin juzgarla, para desde allí, poder ayudarle a resolver sus dificultades. “La disponibilidad corporal supone además un nuevo modo de actuar a través del cuerpo, utilizando como mediadores la mirada, el gesto, el espacio, los objetos… etc.”. (Boscaini, 1998). A partir de este estado de escucha hacia el otro, el psicomotricista ha de actuar como observador y como partícipe del juego al mismo tiempo. Ha de estar corporalmente disponible a toda forma de relación que tratará de hacer evolucionar según las necesidades del niño. En esta relación, el adulto ha de conocer y elaborar sus propios impulsos, siendo consciente Capítulo 1 de que no proyecta su propia problemática en la interpretación de la actuación del niño. „Tomar conciencia de la importancia del juego en la construcción y el desarrollo de la personalidad del niño. Observar ese juego y comprender qué es lo que se está jugando (sentido), participar sin ser directivo ni inva- sor y contenido dentro de los límites de lo simbólico. Esto es importante para el niño, pero también para el psicomotricista y sobre todo para su relación. Este juego corporal, este juego psicomotor, es una oportunidad para establecer con el niño y con el grupo otra relación; una relación de persona a persona⁄‰ (Lapierre, 1990). Durante la sesión el psicomotricista no tiene nada para enseñar, sólo ha de estar disponible para el niño, seguirlo en la dinámica de sus pen- samientos y de sus actos. En esta relación, al no estar mediatizada por lo pedagógico y lo intelectual toma un cariz afectivo que se articula alre- dedor de dos temas esenciales de nuestra vida afectiva: el amor y el odio (Lapierre y Aucouturier, 1977; Lapierre, 1990). En esta relación, el cuerpo del adulto adquiere un valor simbólico. En él, el niño proyecta las funciones maternales y paternales. El cuerpo del psicomotricista es vivido por los niños como un lugar de placer y seguridad, un continente de calor afectivo que los protege (Lapierre, 1991). Pero esta protección y seguridad afectiva encierra en sí misma, para que cada niño pueda madurar, un deseo de independencia. En la relación con nuestros padres, cada uno de nosotros vive la necesidad de separación para la identificación personal, que se inicia ya desde la tierna infancia, tal y como sugiere Wallon cuando habla del estadio del “perso- nalismo”. En este estadio (Rigo, 1991, citado por Llorca y Vega, 1998), la oposición y más tarde la imitación, posibilitan que el niño se construya su propia imagen de persona diferente a sus progenitores. En este proceso, la seguridad que le ofrecían sus padres se puede vivir como prohibición; la protección como devoración, y el amor se transforma en odio. Surge entonces la agresividad infantil, por liberarse de una dependencia que por otro lado desea. Pero no todos los niños, ni todos los adultos, hemos tenido padres que nos ayuden en esta evolución, quizás demasiado rígidos para enfrentarnos a ellos, o tal vez demasiado culpabilizadores o permi- sivos; el niño encuentra en la sala a un adulto con el que puede vivir una relación privilegiada, lo desculpabiliza, lo comprende y le permite vivir esa relación ambivalente de amor y odio que progresivamente le irá llevando a una mayor identificación y autonomía como individuo. El cuerpo del psicomotricista toma un valor preferencial para el niño, pues en él puede vivir la afectividad, la emocionalidad y sus deseos de manera simbólica, con un adulto que le ayuda a elaborar y madurar su vida afectiva. Miguel Sassano A medida que esta evolución tiene lugar, el niño se abre a otras formas de relación y comunicación con los otros y con los objetos, aprendiendo de estas relaciones y madurando así en el ámbito cognitivo, poniendo de manifiesto cómo psiquismo y afectividad aparecen indisociablemente unidos (Wallon, 1965; Lapierrey Aucouturier, 1977; Lapierre, 1990). En esta relación fundamentalmente corporal, el psicomotricista ha de reencontrar en sí mismo el placer del juego, del movimiento, ya que para que se dé una buena relación ha de darse un placer compartido. No se trata tampoco de dejar hacer sino que, mediante sus intervenciones, el psicomotricista debe canalizar, orientar y hacer evolucionar el juego, saber cuándo decir sí y decir no, jugar a la aceptación, a la negación y a la provocación, teniendo un rol activo según las necesidades y el momento evolutivo de cada niño (Lapierre, 1991). CAPÍTULO 2 El cuerpo Cuerpo: “El cuerpo es el primero y más natural de los instrumentos” (Mauss, 1979). “El cuerpo es el lugar en que la socie dad se mira, se experimenta y obra sobre ella misma” (Bernard, 1980). “Lo que tiene extensión limitada e impresiona nuestros sentidos por calidades que le son propicias. En el hombre y en los animales, materia orgánica de que están formados” (Sapiens. Enciclopedia Ilustrada de la Lengua Castellana. Editorial Sopena. Buenos Aires, 1963). “El cuerpo es una entidad física,… es efector y receptor de fenómenos emocio- nales,… se sitúa en un tiempo y espacio,… es una totalidad,… es co-formador, es conocimiento y es lenguaje” (Manual de Psiquiatría Infantil. Julián de Ajuria- guerra. Editorial Masson. Buenos Aires, 1973). Emoción: “Agitación de las pasiones, sensación fuerte, del francés emotion: excitar, incitar, conmover, influido por la relación que hay en el francés entre mouvir: mover y motion: movimiento” (Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española. Guido Gómez de Silva. Fondo de Cultura Económica. México, 1991). Función Tónica: “Función primitiva y fundamental de la comunicación y del intercambio: es ante todo diálogo, pues el cuerpo del niño, en virtud de sus manifestaciones emociona- les, establece con su mundo circundante un diálogo tónico” (Bernard, 1980). Miguel Sassano Un cuerpo, una historia “Los que hacen una diferencia entre el cuerpo y el alma, no tienen una cosa ni la otra”. Walt Whitman “Los filósofos que pretenden que, si el alma quiere ser dichosa, debe huir del cuerpo, no están solamente en un error, deliran”. San Agustín Es admitido generalmente que en nuestra cultura occidental se han privilegiado los valores intelectuales en detrimento de los valores corporales. Pero también es cierto que la dimensión corporal del hombre ha estado presente, de una manera u otra, a lo largo de su historia, ya fuera para fortalecerla y desarrollarla, ya fuera para someterla o castigarla. En su sentido más amplio, entendemos por educación la transmisión de contenidos culturales de una generación a otra. Por tanto, educación del cuerpo ha habido siem pre, ya que toda sociedad por procedimientos más o menos implícitos o explícitos, concentrados o difusos ha modelado el cuerpo y ha logrado que funcione según las cir cunstancias y exigen- cias naturales y sociales. Así, los hábitos y usos corporales, como son los cuidados y comportamientos corporales, muchas veces ritualizados, las formas de protegerlo y embellecerlo, con frecuencia más allá de lo que las condiciones natu rales y los recursos exigen o permiten; así también los entrenamientos y destrezas que hacen necesarias las diversas actividades a desarrollar en cada sociedad, todos estos usos del cuerpo están fuer- temente arraigados y su transmisión a los nuevos miembros asegurada como exigencia de continuidad social. Y esta transmisión no se hace uniforme y mecánicamente, sino según el cuerpo de que se trate, si es de hom bre o de mujer, de niño, de adulto o de anciano y, desde luego, según la consideración y ubicación social de cada uno. Mauss (1936) en sus Técnicas del cuerpo, pone de mani fiesto cómo las técnicas corporales aparecen antes que aquellas otras que sirven para transformar el medio con ayuda de instrumentos, y es lógico que así sea puesto que “el cuerpo es el primero y más natural de los instrumentos” (Mauss, 1979). Para Bernard, “el cuerpo es el lugar en que la socie dad se mira, se experimenta y obra sobre ella misma” (Bernard, 1980). Si en cambio por educación entendemos la institucionalizada, la que cuenta con lugares, medios y métodos propios, el papel y consideración que se ha dado al cuerpo ha sido muy variado y traspasa los límites de la Pedagogía para inscribirse en un con texto más amplio, de concepciones filosóficas y hasta religiosas (Vázquez, 1989). Capítulo 2 Resulta así que, si consideramos a la educación corporal como un conjunto de ejer cicios realizados en un lugar determinado y con unos fines concretos, aunque diversos, tendremos que remontarnos a la época griega para encontrar los orígenes occidenta les. Pero si consideramos a la educación corporal como una disciplina educativa, no apa recerá hasta el Renacimiento. Ahora bien, la educación corporal hace referencia inmediata al cuerpo, y éste recibe, como hemos visto, una consideración no muy precisa ni homogé nea pero sí muy honda en la cultura occidental, hasta ocupar un lugar destacado en las concepciones filosóficas. Por ello, las concepciones generales que del cuer po hayan predominado en cada momento habrán enmarcado los enfoques correspon dientes de la educación del cuerpo. Siguiendo a Ulmann (1982) y apo yándonos en algunas precisiones logra- das, estableceremos los siguientes marcos generales: La concepción unitaria de la Grecia arcaica, coincide en lo esencial con la de las sociedades llamadas primitivas: „No tiene clara la diferen ciación entre alma y cuerpo, lo que ocurrirá más tarde, como testimonian el propio concepto de ÂaretéÊ primero y el de ÂkalokagatíaÊ después. Para ellos el alma es esencialmente un principio motor, no necesariamente diferente del cuerpo. Según la doctrina del Timeo, el alma y el cuerpo se componen de los mismos elementos, sólo varía la proporción. El dualismo que introducen posteriormente los filó- sofos griegos y que consolida y difunde el cristianismo ofrece posiciones relativas de las partes muy desiguales‰ (Vázquez, 1989). El dualismo violento se refiere a aquel en que ambas partes no sólo son distintas sino contrapuestas y enfrentadas. La parte superior, el alma, debe alcanzar su fin último, la salvación, y la parte inferior, el cuerpo, debe colaborar, para lo cual debe ser disciplinado y sometido. Dualismo violento es no sólo el cristiano ascético, sino el cartesiano mecanicista. En este marco condicionante, la edu cación del cuerpo deberá tender a ponerle al servicio del destino superior del alma. „El dualismo sin subordinación es el que mantiene el humanismo rena- centista, para el que nuestra condición temporal ya no es un ataque o riesgo para la salvación. Ello significa que se rehabiliten todas las facul- tades humanas, des de las más ligadas al espíritu, como el lenguaje y el pensamiento, hasta las más alejadas de lo religioso. Así se aceptarán como educativas las bellas artes y hasta el propio cuerpo. Como es sabido, la educación en el Renacimiento cambió de rum- bo, transformándose en lo más parecido a lo que hoy llamamos cultura general, y recibe una nueva justificación al ocuparse del manteni miento Miguel Sassano y promoción de las capacidades, con la vuelta a los modelos del mundo clásico y se vuelve a la gimnasia griega‰ (Vázquez, 1989). El naturalismo nos presentará alma y cuerpo como dos principios inseparables de la naturaleza y, por tanto, no hay por qué privilegiar a uno u otro. La edu cación debe abarcar a ambos y guiarse en ambos casos de la propia natura leza, evitando todo artificialismo, incluido el artificio de las ideas establecidas. Con esta orientación al estado de naturaleza, no cabe duda que el cuerpo recibe una cierta prioridad al quedar él más próximo a ella. El cuerpo es tan importante como el alma a la hora de cumplir el destino que la naturaleza les marca, e incluso la inteligencia y la moral se alcanzan precisamente mediante el cuerpoy en contacto con las propias leyes de la naturaleza. Ulmann (1982) considera que la educación corporal naturalista viene a re tener lo esencial de las dos actitudes anteriores y que esta tercera posición dualista no privilegia ni a una parte ni a otra, pues las “dos son expresión de la naturaleza” y puesto que “más allá del alma y el cuerpo, bajo ellos, se dis cierne una sustancia que los engendra y se expresa en ellos: la naturaleza”. „Nosotros pensamos dice Vázquez (1989) que en los tres dualismos por él diferenciados se marca una graduación creciente en la consideración o respaldo teórico del cuerpo. En efecto, en el dualismo ascético cristiano el cuerpo está totalmente subordinado al destino del alma; en el humanismo renacentista el cuerpo deja de estar al servicio de otras instancias y tiene consideración propia y de aná loga entidad; en el naturalismo, en cambio, el cuerpo está más próximo a la naturaleza y el alma es también natural pero sus conexiones con la naturale za no son tan directas sino a través del cuerpo. Pero la idea de naturaleza le ofrece al cuerpo una metafísica que no tenía en el anterior dualismo, limita do a reconocer en el cuerpo su condición biológica o situación social‰. Consideramos pues que en el dualismo naturalista el cuerpo recibe una consideración más profunda que en las doctrinas anteriores. Esta valoración nos permite situar en la misma graduación la apreciación más recien te del cuerpo y más concretamente en la Filosofía y la Sociología y como reflejo o inspiración, en la sociedad mis ma en sus tendencias más recientes. “Dualismo invertido” podríamos llamar a la posición en la que no sólo se privilegia el cuerpo. Hasta “habla” y se manifiesta en exclusiva por toda huma nidad individual o adquiere su existencia e identidad en cuanto es percibido por los demás. Algunas de las llamadas nuevas téc- nicas del cuerpo, así como nuevas manifestaciones artísticas y algunas Capítulo 2 manifestaciones de la educación corporal responderán a este nuevo marco filosófico y sociológico, menciona Vázquez. La influencia de estos marcos teóricos en la práctica educativa da lugar a dos tipos muy claros de pedagogías: “pedagogías de la represión del cuerpo y pedagogías de la liberación del cuerpo”. „Las primeras fundadas en un reduccionismo evidente del ser que se extendió durante muchos siglos y para las cuales la esencia del hombre es su espiritua lidad, sostienen que la educación debe empeñarse sobre todo en el desarrollo intelec tual y moral; es una educación que ignora el cuerpo aunque reconozca alguno de sus valores en cuanto a la salud y el rendimiento en el trabajo, pero en todo caso no se constituye nunca en objeto educativo salvo para dominarlo. Digamos que al cuerpo no se le reconocen valores en sí mismo y por lo tanto es objeto de deberes (debe respon der a las demandas del espíritu) pero no de derechos; es una edu- cación que reduce el cuerpo al ÂsilencioÊ. Las pedagogías de la liberación del cuerpo que emergen de una con- cepción básicamente naturalista del hombre, ponen en lo corporal todo su énfasis y el espíritu no vendría a ser más que un apéndice de lo corporal; por esto se reivindican los derechos del cuerpo: Âel cuerpo tiene sus razo- nes, oigámoslesÊ. Es caer en un re duccionismo de signo contrario, pero reduccionismo al fin; es el triunfo de lo ÂdionisíacoÊ frente a lo Âapolíneoʉ (Vázquez,1989). Cabría apuntar un nuevo marco teórico, dice Vázquez (1989), si se quiere, incipiente, en recien tes producciones psicológicas y filosóficas. Tratarían de superar con mayor empeño los distintos dualismos sin eli- minar ninguna de las entidades que tradicionalmente los han constituido, pero señalando con mayor o menor vaguedad una serie de niveles en la realidad integrada del ser humano. Este es el marco que dejamos apun- tado al final de nuestro paso indagador por la Filosofía y la Psicología especialmente del que debe desprenderse una educación integral del hombre sin caer en las prácticas uni laterales tradicionales. Con el cuerpo a cuestas La historia del cuerpo es un rompecabezas todavía en construcción. Un puzzle cuyas piezas principales pertenecen a ámbitos tan dispares como las bellas artes, la moda, la medicina, la antropología, etc. Un puzzle básicamente realizado con figuras y formas de mujeres, a pesar de que las mujeres han tenido escasa presencia en la historia hasta época reciente (Santos Puerta, 2002). Miguel Sassano Nos gusta utilizar para esta temática los textos de B. Vázquez (1989) que siempre nos han sido muy útiles para explicar esta parte de la con- cepción de cuerpo en la historia. La sociedad griega arcaica ponía el fin de la educación en la “areté”, que era la síntesis del valor físico y la disciplina militar. Los valores físicos resultaban indi sociables de los morales y los individuales de los sociales. Corresponde este proceder a una cultura en la que no se plantea la sepa- ración entre cuerpo y alma y sus relacio nes, como ocurrirá después. En Esparta, una sociedad amenazada y orientada a la guerra, se acen- tuará el carácter militar de los ejercicios físicos. Desde muy temprano se inculcará a los ciudadanos la necesidad de fortalecerse y prepararse físicamente, incluso con prácticas violentas y has ta sangrientas, como la flagelación de los niños ante el altar de Artemisa. El cuerpo humano recibía su valoración principal por cuanto era capaz de luchar y defender la patria. Aparece entonces en Esparta la gimnasia militar, como conjunto de ejercicios sistemáticos destinados a capacitar para la guerra. Natural- mente, a estos ejercicios militares se les rodeaba de valores morales, como la resistencia personal, la disciplina, el amor a la pa tria, etc. Bien diferentes a estos ejercicio y a su concepción y valoración, serían aquellos que se practicarían en los Juegos Olímpicos, iniciados hacia el año 776; consistentes al comienzo en una simple carrera, pronto se les añadirían otros ejercicios, como el pentatlón, la lucha, el boxeo, etc., y sobre todo reflejarían un significado nuevo, como era el gusto por el juego y la competencia, la satisfacción personal por el triunfo próximas a las que podemos encontrar en el deporte actual. Pero aún puede señalarse en este tiempo un tercer tipo de trabajo cor- poral, procedente éste de las doctrinas hipocráticas: la gimnasia médica utilizada por Hipócrates como medicina preventiva, a la que acompaña de un régimen alimenticio. No es difícil ver aquí prácticas predecesoras de las que utilizan hoy los naturistas. En el contexto cultural de Atenas es donde se inicia una nueva valo- ración del cuer po como elemento y valor estético. Los ejercicios serán un medio de alcanzar el equi librio y la armonía en el desarrollo del hombre y no ya la fortaleza con fines militares. „Con el advenimiento de la democracia y las virtudes cívicas que le eran propias, el per feccionamiento personal se convierte en el fin supremo de los atenienses; la ÂescuelaÊ se extiende y tres tipos de maestros se ocupan de la educación de los niños: el gramá tico, el citarista y el profesor de gimnasia. Capítulo 2 Las prácticas físicas buscaban el ideal supremo de los atenienses, la Âkaloka- gatíaÊ, síntesis de lo bello (kalos) y lo bueno (agatos). Existía un verdadero culto a la belleza física unida a las virtudes intelectuales y morales; el mo- delo formativo dominante su ponía que la elegancia del cuerpo garantizaba la armonía interior y viceversa, de ahí que en la primera época el ideal educativo lo constituía el buen gimnasta, el buen atleta, y buena parte de la educación se realizaba a través del deporte. ÂNo cesar de esculpir tu propia estatuaÊ, como decía Platón‰ (Vázquez, 1989). Se ha dicho que Platón retornó la idea de las sectas pitagóricas para presentar al ser humano como una dualidad de cuerpo y alma: alma inmortal aprisionada en un cuerpo-cárcel, cuerpo mortal y perecedero, recipiente temporal y a vecestumba del alma. Y en la medida en que esa imagen posteriormente fue retornada por el cristianismo para justificar la moralidad de la domesticación del cuerpo a cargo del alma, nos puede hacer creer que ya desde la época griega se denigró y despreció el cuerpo en su materialidad. Lejos de esa idea, se puede afirmar que la polis ate- niense “expuso la desnudez del cuerpo como una creación civilizada; educó el cuerpo masculino en el gimnasio como si fuera una obra de arte; convirtió los cuerpos masculinos amándose en símbolos cívicos”. Pero esa idea debe, sin duda, matizarse también con palabras de Sennet: “el arte ateniense del cuerpo es una de las fuentes de la división entre entendimiento mental y libertad corporal, que ha marcado de manera obstinada la civilización occidental” (Sennet, 1997). Pero el pensamiento griego evoluciona a posiciones más analíticas. Platón tratará especialmente en dos de sus obras los temas del cuerpo y la educación corporal, aunque con distintos acentos. En La República la gimnasia tiene más importancia en cuanto preparación para la defensa de la ciudad (gimnasia militar) que en cuanto formación del espíritu en la “paideia”. En Timeo, en cambio, la gimnástica tiene importancia en el segundo sentido, al considerar que una formación insuficiente del cuerpo puede ser un obstáculo insuperable en la ascensión del alma hacia el bien: “el cuerpo solo no es verdaderamente bello, y el alma, si el cuerpo no le ayuda, no podría ser buena”. Y la educación, que es la ascensión hacia el Bien, consistirá para Platón en “dar al cuer po y al alma toda la belleza y perfección de que son susceptibles”. Un dato significativo de la importancia que los griegos daban a la educación del cuerpo dentro de la educación es que el lugar donde se desarrollaba el pensamiento y cul tivaba el alma era el “gimnasio” y el “pedotriba”, que con el gramático y el citarista se ocupaba de la educa- ción de los niños, estaba encargado de guiar y cultivar el desarro llo del cuerpo. Miguel Sassano Sin embargo, si nos acercamos al pensamiento aristotélico, la orienta- ción al res pecto varía notablemente. Aristóteles pone la gimnasia al lado de la medicina, puesto que ambas, según él, persiguen el mismo fin, la salud. También le ha encontrado reconocido valor educativo, pero siempre que no se trate de la gimnasia de los atletas, que estima desproporcio- nada. Considera Aristóteles que el valor sólo se adquiere ate nuando la brutalidad de la gimnasia con el contrapeso de otras artes como la gramá- tica, la música o el dibujo. En La Política llega a detenerse en aspectos específicos y metodológicos de la gimnasia en razón de la edad y otras diferencias individuales. Se notará, sin embargo, que Aristóteles relega la gimnasia a una técnica para fines secundarios, la salud o la defensa de la ciudad, pero no contribuye a la gran tarea del hombre: “la tarea ver- daderamente humana es la tarea de la parte racional, liberada del cuerpo y no la tarea del alma sensitiva o del alma vegetativa, to davía ligadas al cuerpo” (Ulmann). Es evidente que esta considera ción del cuerpo por Aristóteles no se corresponde con una filosofía que se niega a se parar el alma del cuerpo (Vázquez, 1989). Como es bien sabido, el pensamiento de Aristóteles sobre la gimnástica tiene consecuencias muy importantes en la educación y en la educación corporal posteriores; por una parte inicia el camino hacia la consideración de la educación como el estudio ex clusivo de la literatura y la oratoria, por otra se silencia y olvida el cuerpo convirtién dole en un simple “supuesto”, como quedará para la educación europea durante mu chos siglos después. Es como si se hubiera dicho: con que el cuerpo no moleste es su ficiente; y si molesta, ya vendrá la ascética cristiana a someterlo. La concepción naturalista de la gimnasia de Aristóteles será conti- nuada por Ga leno, para quien la gimnástica es también una parte de la higiene y ésta una parte de la medicina; de aquí parte otro de los enfoques más persistentes de la educación corporal hasta nuestros días: la estrecha dependencia de las ciencias mé dicas. Alineado con lo anterior, la desvalorización de la gimnástica educa- tiva persistirá en el período helenístico, en el que, en opinión de Marrou (1955), “la importancia de la gim nástica en educación declina lentamente y lo mismo en el mundo romano para desa parecer hacia el siglo IV de nuestra era”. No ocurre así con la gim nástica médica y el atletismo profesional que perduran y pasan a Roma este último como espectáculo y no como actividad educativa. “La actividad gimnástica helenística se hace cada vez más semejante a las modernas formas de deporte-espectáculo que a las com peticiones de los héroes homéricos” (Santoni Rugin, 1977). Como consecuencia, bue na parte de los ejercicios físicos se convierten en ocasión de entretenimiento para las masas y no reservado a aristócratas, “precisa- Capítulo 2 mente porque ya no poseen un carácter típico de su curriculum pedagógico” (idem). Resulta así que, en lugar del “pedotriba” maestro de gimnástica y a la vez modelo y guía del comportamiento del niño (lo que hoy sería el profesor de educación física), aparece el “gimnastés” o entrenador de atletas semiprofesionales y antecedente del actual en trenador. „Por eso las representaciones que hoy conservamos de la mujer griega son en buena medida contrapuestas a las de los hombres. El hombre griego habitualmente sale a la calle con el torso desnudo. Y con el torso desnudo realiza la mayor parte de sus actividades. Las mujeres griegas, sin embargo, no mostraban nunca su desnudez en público: en las calles utilizaban túnicas de lino opacas que les llegaban hasta los tobillos y con la cabeza cubierta con un velo o con un manto, prendas que daban la medida de la honorabilidad de quienes las portaban y advertían de las sanciones a que se exponían quienes se acercasen a ellas. Sólo en las casas, en donde prácticamente permanecían de continuo confinadas a las tareas domésticas y textiles, la ropa de las mujeres podía aligerarse y llegar hasta las rodillas. (⁄) Hay otras mujeres que frecuentemente aparecen representadas semi- desnudas o con velos transparentes que dejan ver su cuerpo al través, con la cabellera al viento y embriagadas por la danza y la música. No deben confundirse con las prostitutas. Se trata de las mujeres que celebran las fiestas en honor de Adonis, ritual festivo nacido en el ámbito agrícola de la Grecia arcaica que asociaba la muerte de Adonis con la fecundación de la tierra, y que fue poco a poco transformándose cuando se transplantó al ámbito urbano, convirtiéndose en fiestas anuales nocturnas en las que las mujeres se embriagaban y recuperaban en buena medida su capacidad para hablar, para compartir y para dejar volar los deseos. [En cambio] los jóvenes varones griegos aprendían desde bastante jóvenes a valorar la desnudez. El adiestramiento del cuerpo comenzaba en los primeros años, asistiendo al gimnasio (la palabra gimnasio parece provenir de gimnoi, que en griego significa desnudo). Allí, generalmente desnudos, los jóvenes griegos realizaban ejercicios físicos y aprendían a luchar. Pero en el gimnasio, además de ejercitar el cuerpo, los jóvenes ate- nienses acertaban a comprender que tanto ellos como sus propios cuerpos pertenecían a la polis. Y allí aprendían también a desnudarse y a utilizar sus cuerpos como fuente de deseo y de placer. Porque los hombres griegos mantenían sin pudor y sin retraimiento relaciones homosexuales, aunque hoy no esté del todo claro cuáles eran las razones. En ese sentido, cabe señalar que esa actitud sexual se ha intentado explicar culpabilizando a las mujeres: siempre permanecían en las casas y la mayoría de ellas eran analfabetas, por lo que el hombre griego, letrado, sólo encontraba en los hombres espacios para compartir sus inquietudes, Miguel Sassano y de ahí nacerían las relaciones homosexuales.Sin embargo, las mujeres espartanas tenían más libertad para salir y para realizar actividades se- mejantes a las masculinas, y allí la homosexualidad era aun más acusada que en otras polis. Por esa razón otros autores han intentado buscar otras explicaciones: la homosexualidad espartana tendría más que ver con el régimen de acuartelamiento, y vendría a ser una forma de amistad mi- litar, es decir que el amor entre hombres no estribaba sólo en la belleza y en la atracción física, sino también en su valentía, en su nobleza, en su inteligencia y en su cultura. Por eso no ha de extrañamos que Platón hubiese tenido por amante a Dion, Aristóteles al actor trágico Agaton, Fidias a su discípulo Agorácrito y Sócrates a Alcibíades. Sea como fuere, el caso es que la mayoría de las polis griegas eran, por así decirlo, centros masculinos y misóginos, en donde el hombre era el gran protagonista de la vida‰ (Santos Puerta, 2002). En los primeros tiempos de Roma la educación era predominante- mente campesi na y militar, oponiéndose los viejos romanos a la penetra- ción de las costumbres helé nicas. En gimnasia los romanos no innovaron, según Marrou y Santoni Rugin, nunca se pusieron de acuerdo sobre la educación corporal. Ni la abandona ron ni tuvo la consideración de la época griega clásica. La influen cia sobre Roma fue sobre todo de la época helenística, en la que la importancia de la educación corporal había dis- minuido ostensiblemente. Los romanos veían en este tipo de actividades, dice Vázquez (1989), una manera de pasar el tiempo o de embellecer el cuerpo, aspectos más propios de gentes ociosas. En la época del imperio, sin embargo, se extiende la preocupación por el cuerpo entre los patricios, de lo que quedan patentes muestras en las monumentales “termas” romanas, que tenían anexas palestras donde también se practicaba algún tipo de gim- nasia que no tenía fines ni educativos ni estéticos, ya que las termas eran, sobre todo, centros de reunión social y no centros educativos, como podría suceder con los gim nasios y academias en Grecia. La atención al cuerpo entre los romanos cultos tenía más que ver con una vida de placer que con un fin formativo. Esto es lo que da pie a que, por otra parte, algunos pensadores como Polibio elogien a los jóvenes, como Scipión Emiliano, que se interesaban por cazar a caballo, mientras los otros jóvenes se dedicaban a la “vida fácil” o a las conversaciones en el Foro. Otras ve ces, por el contrario y como es el caso de Cicerón, se muestran contrarios a la actividad corporal salvo en la medida en que haga del cuerpo un buen instrumento de la voluntad, es decir, para subordinarlo a la “humanitas” que requiere costumbres sobrias. Capítulo 2 „Los romanos no tenían una valoración estética del cuerpo, no buscaban la síntesis entre armonía física y desarrollo mental, sino que el cuerpo era para ellos un instrumento a someter a la razón y a la voluntad, o una fuente de placeres‰ (Vázquez, 1989). El tipo de actividades que más proliferó en Roma fue la gimnasia atlética y profe sional que se manifestaba en los espectáculos de lucha y que despertaba pasiones muy fuertes entre los espectadores, que buscaban estos eventos como con trapunto a su vida ociosa. También el pensamiento filosófico se preocupa en Roma de la edu- cación corporal. Séneca considera que el cuerpo debe estar subordinado al alma y que debemos con servar las cualidades corporales y todo lo que está ligado a nuestra naturaleza, pero és tas son cosas fugitivas y no debe- mos convertirnos en sus esclavos. Por eso Séneca hace notar lo absurdo de dedicar tanto cuidado a los músculos, a la apariencia: “Una gim nasia cultivada en exceso no solamente es ridícula sino que es nefasta; el espíritu es acaparado por los ejercicios físicos y embotado por un alimento superabun- dante. Con cedamos a nuestro espíritu un servidor obediente. Descansemos nuestro espíritu” (Ulmann, 1982). Por esto la gimnasia va perdiendo cada vez más su lugar en las escue- las. En la actividad escolar van emergiendo otras actividades con gran fuerza. Así, Cicerón piensa que el lenguaje es lo que hace al hombre superior a los animales, y que cultivando la elocuencia se cultiva la propia humanidad. En resumen, en Roma lo que ha subsistido ha sido la gimnasia pro- fesional y la gim nasia médica. Son los abusos de la gimnasia profesional y de los espectáculos atléticos lo que allí encuentra el Cristianismo, que como sabemos, los critica duramente como todo espectáculo vano. “Así, en el siglo IV, Gregorio Nacianceno denuncia la vani dad de los que pierden su tiempo y su dinero en el estadio, en la palestra o en el circo” (Marrou, 1955). La gimnasia médica no parece haber sido mediatizada por normas morales, y los médicos la recomendaban como muy útil, siguiendo todavía las instruc ciones de Galeno. En la Edad Media, es ya un lugar común el decir que la educación corporal murió con el Cristianismo. Hay que señalar sin embargo, como lo hace Marrou (1955), que más bien murió de muerte natural si tenemos en cuenta lo anteriormente expuesto. El rechazo del Cristianismo a la educación corporal hay que inscribirlo en el rechazo general a la cultura pagana. Así San Jerónimo llega a arrepentirse de su formación clásica humanística: “no se podrá ser ciceroniano y cristiano a la vez” (Santoni Rugin, 1977); era necesario re nunciar a las seducciones de los poetas, Miguel Sassano escritores y comediógrafos, había que renun ciar también a los ejercicios gimnásticos y a la danza que distraían al hombre de su ver dadero fin que era el cultivo del espíritu. Había que renunciar, sobre todo, a los es pectáculos, porque en ellos se rebajaba la persona humana. Ahora bien, no se puede confundir la opinión de algunos padres de la iglesia o de los ascéticos y místicos, fuertemente influenciados por el platonismo, con todo el cristianismo. San Agustín, incluso, opone al menosprecio, pretendidamente platónico del cuerpo, la afirmación de la bondad del cuerpo: “los filósofos que pretenden que si el alma quiere ser dichosa, debe huir del cuerpo, no están solamente en un error, deliran” (Ulmann, 1964). Por otra parte, continúa Vázquez (1989), hay que hacer notar que la filosofía cristiana va alejándose progre sivamente del platonismo y acer- cándose a Aristóteles, culminando esta orientación en la obra de Santo Tomás de Aquino, lo que hace que en lo que respecta al hombre, no se pueda aislar el cuerpo del alma, ya que ésta no es más que la forma de aquél y por lo tanto inseparable del mismo. „En la filosofía aristotélica-tomista se afirma que el hombre es una unidad sustancial compuesta de dos principios fundantes: el cuerpo y el alma. El hombre es en definitiva cuerpo y alma uno. El hombre es su cuerpo y es a la vez su alma. Desde ese punto de vista, toda elección es un ejercicio espiritual y todo movimiento corporal el resultado visible en el mundo de esta elección, en consecuencia todo movimiento corporal concreto, manifestación espiritual de la persona y poseedora de una dignidad inalienable que le hace ser persona especial y no solamente miembro de la especie humana, inteli- gente, con voluntad, libertad, con una irrepetible singularidad, poseedora de una apertura al bien y a la verdad, inclinada a la trascendencia y a la realización en el amor. En el hombre advertimos una supremacía del alma por sobre el cuer- po, justamente porque el alma es principio esencial de vida, pero si bien existe esta supremacía, no existe un desprecio, ni menos un olvido al estilo platónico. Es más, este cuerpo de carne y hueso se configura a causa de su principio vital‰ (Vidal Ruiz, 2007). Es bien sabido que este acercamiento a la filosofía aris totélica, aumen- tado con el conocimiento directo de los textos llegados a occidente des- pués de la caída de Bizancio, es un cambio de rumbo que no se explica sin la concepción aristotélica del hombre. Hemos dicho que ya desde la antigüedadel ser humano se concibe la dualidad de cuerpo y espíritu. Espíritu entendido como inmateriali- Capítulo 2 dad trascendente, que da sentido a nuestra existencia, o como la cosa que piensa, como diría más tarde Descartes. El cristianismo enfatizó esa dualidad de cuerpo y alma inmaterial, para entender que el cuerpo era una especie de almacén temporal del alma, su envoltorio perecedero y circunstancial, cárcel y abominable vestido del alma, como lo llamó San Gregorio Magno. Entendido el cuerpo de esta manera, es fácil comprender por qué los niños deformes eran abandonados, por qué los lisiados no podían desempeñar cargos públicos y formaban parte de las legiones de excluidos de la sociedad: esos cuerpos discapacitados se consideraban un signo externo de las deficiencias del alma, signos externos de pecado y de irra- cionalidad. „Pero el cuerpo ha sido también, con más frecuencia de lo que hoy pode- mos llegar a comprender, la víctima de la lucha entre el vicio y la virtud, del bien y el mal; lucha del alma y del cuerpo, en definitiva. Es fácil entender por qué el cuerpo será la víctima de esa lucha: el alma (ya entendida en sus aspectos moral y trascendente o como lugar de reflexión del ser humano) no puede apresarse ni ser castigada cuando no realiza correctamente sus funciones o cuando se desvía de las normas éticas y morales. Así que le toca bailar con la más fea a su representante en el mundo real. Esa es una de las principales razones de los suplicios y tormentos que le ha tocado sufrir al cuerpo en diversas circunstancias. Suplicios y tormen- tos que le son infligidos no por ser cuerpo, sino por ser el representante, digamos, de esa otra parte a la que no le afecta el dolor y el sufrimiento. Por eso podría decirse que no son los tiernos cuerpos de los niños los destinatarios de la furia de estos maestros. Están golpeando y azotando al pensamiento, ese otro yo del cuerpo al que no pueden acceder‰ (Santos Puerta, 2002). Por esto, como dice Ulmann (1964), no se puede afirmar que en la Edad Media, ni en el pensamiento cristiano ni en las actividades coti- dianas, se hayan proscrito totalmente los ejercicios corporales aunque se mantengan sólo para conservar la salud. En cambio, sí es verdad que desaparecen los ejercicios corporales con fines educativos, y lo mismo que los espectáculos atléticos, es probable que subsistieran la gimnasia médica, aunque muy mediatizada por los árabes, ya que los textos clásicos de la medicina no se conocían y, al igual que en otras áreas del saber clásico, el acceso directo a las fuentes no se produce hasta el siglo XV. Con ello la “gimnástica” no reaparecerá claramente entre los médicos más que con un conocimiento auténtico de Galeno. Miguel Sassano Si bien las actividades corporales no llegaron a desaparecer del todo en la Edad Media, sí se fueron transformando; y aunque los espectáculos atléticos fueron prohibidos des de el principio por el cristianismo, empeza- ron a proliferar distintos juegos en los que aparecían mezclados restos de los juegos clásicos (salto, carrera, lanzamientos, etc.) con formas nuevas derivadas del tipo de vida propio de la época, como los “torneos”, “jus tas”, “cacerías”, etc., e incluso otros juegos como los de pelota, que pudieran ser el origen de algunos deportes modernos. En correspondencia con el tipo de sociedad, estas actividades estaban reservadas a los nobles y a veces eran simulacros o entreteni mientos guerreros (Vázquez, 1989). Eran actividades con que llenar el ocio disponible entre operaciones guerreras y, por tanto, tampoco iban dirigidas directamente a la atención específica del cuerpo. Si, por otra parte, pensamos en el tipo de educa- ción exis tente, de carácter monástico o eclesial, las actividades físicas estaban excluidas de las escuelas al identificárselas con el juego y el ocio. “Los maestros han proscrito los jue gos corporales sin concesiones, se los han proscrito a los escolares, sometidos a un ho rario de un rigor increíble” (Ulmann, 1964). Jacques Le Goff (1999) ha señalado cómo „⁄la inseguridad material en la que vivió el hombre de la Edad Media ex- plica en buena medida su inseguridad mental. O, si se prefiere entender de otra manera, frente a la inseguridad del medio hostil en el que tiene lugar su mediocre existencia, el hombre medieval se refugia en la seguridad que le ofrece la religión: el milagro del obrero que es recogido por los brazos de un ángel antes de caer a tierra; el milagro de la virgen que se aparece para frenar la caída del árbol que va a aplastar al leñador o para detener la rueda de molino que habría de engullir al molinero. El milagro de una nueva vida en el más allá, libre de temores y que redime este mundo en el que la muerte temprana es característica. Esa es, posiblemente, una de las razones por las que el hombre de la alta Edad Media renuncia a su cuerpo. Un cuerpo que, por otra parte, apenas le ofrecía nada, sometido como estaba a las penurias de la enfermedad y de la muerte temprana‰ (Santos Puerta, 2002). Por efecto de las ideas religiosas, que ofrece al hombre medieval una de las pocas seguridades con que puede contar, las representaciones de desnudos medievales aparecerán impregnados de vergüenza, tabúes y de prohibiciones, actitudes acordes con lo que predican los religiosos, repre- sentantes del milagro de la salvación, que ocupan el lugar de la seguridad social de nuestro tiempo. Así pues, y aunque ciertamente habría que hacer muchos matices, puede decirse que a lo largo de la Edad Media occiden- Capítulo 2 tal la influencia de la Iglesia determina en buena medida los ideales de belleza y la concepción del cuerpo: el cuerpo es considerado envoltorio perecedero y circunstancial del alma, y evaluado por ello en términos negativos. „Esa es, probablemente, la razón de que tanto en la literatura como en el arte la desnudez del cuerpo de los hombres y las mujeres medievales aparezca como símbolo de castigo del pecado original. Por eso Adán y Eva aparecerán frecuentemente representados desnudos: es el signo de su pecado; su desnudez es el castigo. En otros casos el desnudo medieval, tanto masculino como femenino, representa una ruptura con la vida colectiva y social, una ruptura con la autoridad y el orden; o bien porque los retratados desnudos han nacido o se han situado en un determino momento al margen de la sociedad, o porque han sido expulsados de ella‰ (Santos Puerta, 2002). No es preciso insistir en que todo esto está en consonancia con las ideas de ese tiem po: el cuerpo y el alma son cosas muy distintas; al alma va dirigida la educación; la escuela es un lugar de disciplina ascética, no de juego u ocio. Con la explosión cultural y humanística del Renacimiento cambia la concepción del hombre, que viene a convertirse en el centro de aten- ción de sí mismo y el cultivo y desarrollo de los valores individuales su principal tarea. La búsqueda del equilibrio en el hombre sitúa el cuerpo junto a otros valores humanos, lo que explica que el cuer po sea objeto de atención no sólo de los educadores sino también de los artistas, pin tores y escultores ante todo. „Con el Renacimiento el hombre deja de ser instrumento del alma, para entenderse como herramienta de la vida mundana. Puede decirse que en eso consiste, en parte, el redescubrimiento del hombre renacentista. En eso y en dejar de concebir este mundo terrenal como un valle de lágrimas, para entender que el mundo, tan efímero, puede y debe ser lugar de placer y en ese lugar el hombre y la mujer ocupan espacios centrales y tanto ellos como sus propios cuerpos llegan a concebirse como instrumentos de goce. De esa manera aparecerán nuevos ideales estéticos masculinos y femeninos, que en buena medida afectan a la concepción del cuerpo, como ya se puede advertir en el cuadro de Durero‰ (Santos Puerta, 2002). El conocimiento en el siglo XVI de la medicina griega da nuevo im pulso a la gimnástica médicade origen galénico, que, como se recor- dará, era no sólo terapéutica sino especialmente preventiva. Básicamente debemos al “Arte gimnástico” de Mercurialis la recuperación más completa de la gimnástica griega en su orientación médica y galénica, aunque llega Miguel Sassano acompañada de otros aportes griegos, que trata también de adaptar a su tiempo. Mercurialis aboga por una actividad corporal natural y llega a con- siderar que la gimnasia misma es una tendencia de la naturaleza, como el movimiento es natural al hombre. Otros irán más lejos hasta afirmar, como hace Alessandrini (1575), que “el hombre debe moverse porque en este mundo todo se mueve y el reposo significa la muerte” (Ulmann, 1964). Pero también surgen otras tendencias en distintos pedagogos, des- tacándose Victori no da Feltre por su presentación más completa. Para él la actividad corporal va más allá de los objetivos médicos y militares para encontrárselos destacados en la educación. Ser virá para favorecer el acercamiento y mejor observación de la naturaleza, así como a fortalecer la moralidad alejando de los vicios de la ociosidad. Pero la importancia de Victorino da Feltre sobrepasa el ámbito teórico y llega a la práctica, por la introduc ción que de la gimnasia hace en su “Casa Giocosa” como parte del curriculum. Vergerio, en correspondencia con su concepción social de la educa- ción, dará a la educación corporal una orientación consecuente en cierto modo con aquella y verá la gim nasia como una preparación militar de la nobleza. Como consecuencia de las crisis agrarias y de la subalimentación se hicieron habituales algunas enfermedades entre las mujeres humildes, como el raquitismo y el escorbuto. Esa crisis agrícola y económica también parece haber afectado al período de pubertad: las niñas en la edad media maduraban entre los 12 y 16 años. De ahí que las clases altas intentasen diferenciarse con su físico bien alimentado. El lujo en la alimentación era posiblemente el principal de las clases dominantes; la alimentación era la oportunidad de manifestar su superioridad. „Podemos decir, por tanto, que a partir del Renacimiento la fealdad co- menzó a asociarse a pobreza y a vicio: feas eran las mujeres mal nutridas; y feas eran las enfermedades de las prostitutas. De manera que a partir del siglo XV la delgadez, reflejada en los cuerpos y en los rostros, comenzó a considerarse como algo horrible, enfermizo y signo de pobreza y bajo rango social. Por eso tomó cuerpo otra idea, que dejó de considerar que la belleza de la mujer era algo peligroso y subversivo como se había entendido prác- ticamente durante toda la Edad Media: mientras que en la Edad Media la joven de gran belleza era el disfraz más corriente del diablo, a partir de la Edad Moderna la belleza será un atributo externo de buena posición social y moral. Capítulo 2 A partir del siglo XVI el modelo de mujer aristocrática será, por tanto, distinto: caderas anchas, cinturas rellenas, muslos vigorosos y pechos abun- dantes, cuerpo de mujer bien dotado para su disposición a la maternidad. Blancos los dientes, las manos y la piel; labios, mejillas y pezones rosados; largo pelo, largas manos y piernas; cortos los dientes y las orejas; senos también cortos, pero abundantes; ancha la frente y las caderas; estrechas las rodillas y la cintura; finas las cejas, los dedos y los labios; pequeña la boca, el mentón y los pies; negras las cejas, los ojos y el pubis‰ (Santos Puerta, 2002). A estas tendencias, continúa Vázquez (1989), se añadirán en el siglo XVI las procedentes de los cambios so ciales y especialmente de la recon- versión de la nobleza, que deja de ser militar y se convierte en cortesana. Para la educación en general, la consecuencia mayor es que dejó de iden- tificársela con la educación militar. Es la época cumbre del renacimiento italiano, en el florecimiento de las artes y en el refinamiento social. Las actitudes hacia el cuerpo varían consecuentemente y se valorará la habi- lidad pero también la belleza: un cuerpo bello es un signo de distinción y fundamental para la vida de sociedad. De ahí que los ejercicios físicos formen parte de la educación de los jóvenes es pecialmente de los jóvenes príncipes. „Pero si se quiere tener una visión más acertada del cuerpo en cada época histórica hay que tener en cuenta también los adornos, los añadidos y complementos peinado, joyas, maquillajes o perfumes porque nos dan una idea más precisa de la diferenciación sexual. Las pinturas de la edad media, y aún las de los primeros tiempos renacentistas, nos muestran cuál era en aquella época el lenguaje asociado al peinado: si la melena se oculta bajo algún tipo de tocado, se trata de mujer casada; las jóvenes solteras aparecen con el pelo descubierto, generalmente trenzado y ajustado con una cinta o diadema. No es frecuente el pelo suelto, porque la melena al viento, suelta y desordenada es patrimonio de las prostitutas. (⁄) También los cosméticos y las colonias servirán a partir de entonces para que los cuerpos femeninos se uniformen de acuerdo con los cánones de finales del siglo XVI. Con la imprenta aparecieron libros de recetas de perfumes y cosméticos, que hasta entonces se transmitían generalmente por vía oral de madres a hijas. Aún cuando hubo bastante oposición y crítica contra los efectos perniciosos de los cosméticos, el caso es que las recetas se utilizaron para corregir y mejorar a la naturaleza, sobre todo en aquellas partes del cuerpo que no cubrían los vestidos: la cara, el pelo, las manos, el cuello. En tanto que se aplicaban algunos toques de rojo en las mejillas y en el mentón, que resaltaban la salud: la cara, el cuello, los pechos y las manos que se blanqueaban con crema. Incluso entre las Miguel Sassano clases menos pudientes, porque la blancura era no sólo signo de pureza y feminidad, sino porque la tez blanca era un síntoma de privilegio de las clases acomodadas urbanas frente a la piel tostada de las campesinas‰ (Santos Puerta, 2002). Los testimonios de pedagogos podrían multiplicarse. Maffeo Vegio recomienda con insistencia la educación corporal, ya que “asegura des- canso, serenidad y cordura de espí ritu”. En la obra de Sadoleto, el huma- nista y pedagogo italiano que más destaca la ascética y la religión en la educación de los niños, J. M. Moreno (1980, citado por Llorca y Vega, 1998) encuentra una supervaloración de la educación corporal. Un buen ejemplo lo constituye Luis Vives, quien recomienda la recreación y los juegos para asegurar la salud de los niños y evitar que el cuerpo se vuelva pesado al alma (Ulmann, 1964). En sentido análogo, Erasmo considerará que la salud es ne cesaria para los trabajos del espíritu e incluso para su moralidad, considerando las re creaciones necesarias para la salud. Para no dar una falsa impresión de unanimidad, indica Vázquez (1989), convendrá decir que Erasmo fue criticado por ocuparse demasiado del cuerpo y de forma poco cristiana. Críticas, por otra parte, en línea con la posición ambigua de la doctrina cristiana respecto al cuerpo. Hasta aquí, y con la excepción de Victorino da Feltre, las referencias han sido de ideas y teóricos; pero ¿cómo se han traducido estos cambios en prácticas concretas en las escuelas en lo que a la educación corporal se refiere? Varios autores atribuyen inno vaciones significativas principalmente a los jesuitas. En la “Ratio Studiorum”, nos re cuerda Ulmann (1964), se señala la necesidad de moderar el trabajo de los alumnos y se introducen juegos para compensar los efectos que sobre la salud tiene un excesivo tra bajo. Pero los jesuitas añadirán poderosas razones religiosas para este nuevo proceder, y las encontrarán en el propio fundador, para quien el cuerpo también ha sido creado por Dios y también de él habrá que darle cuenta. Todo este cambio de rumbo en lo que al cuerpo se refiere, refleja otros cambios sociales y culturales que no fueron menores. Entreellos aludimos a la reconversión de la nobleza y no podemos dejar de señalar la aparición de la burguesía, a la que evidentemente no le bastará una educación estrictamente mi litar o espiritual. En un período posterior es fundamental, según Vázquez, tener pre- sentes los aportes fundamentales del empirismo. Para algunos historiadores de la educación corporal el siglo XVII es de em pobrecimiento, cuando no de abandono en el ámbito que analizamos. Capítulo 2 Se apuntan causas de diverso orden: por una parte, ha cambiado la concep- ción de la vida y de la guerra, a las que acuden ya ejér citos profesionales; por otra, se va cambiando el campo por las ciudades y la vida na tural y ruda por la refinada. Desde otros ámbitos, el cartesianismo inicia un nuevo dua lismo, en el que el “cogito” significa un nuevo espiritualismo reductor del cuerpo. En los siglos XVI y XVII aparecen teorías de la educación que rompen con la predomi nante en la Edad Media. Si ésta era, ante todo, educa- ción del alma, en el Renacimien to el cuerpo recibe otra consideración e importancia no derivada de revelación religio sa alguna sino del hecho empírico e incuestionable de que el cuerpo está ahí y es in dispensable para la vida del alma. Ya no se trata sólo de la promoción de los valores trascendentales, sino de la naturaleza humana toda, debiendo procurar su armo nía. Según Vázquez (1989), una atención especial merece Locke por la importancia que da y la atención que presta a la educación corporal, dedicándole la primera parte de su obra Pensamientos so bre educación, como indicando con ella que la educación del espíritu es posterior a la del cuerpo, en paralelo con la posición de Rousseau. No partirá Locke de ninguna filosofía de las relaciones alma-cuerpo, sino del hecho empírico fundamental, congruen te con su empirismo, de que el niño tiene cuerpo, hecho que la educación no puede olvidar sino todo lo contrario: tomarlo en consideración, hacerlo fuerte, educarlo. No es Locke (1986) un naturalista en sentido pleno, puesto que si tiene a la na turaleza como fundamento, y tiene en cuenta sus finalidades, considera necesario orien tar al niño hacia aquellas cosas a las que la natu- raleza no le dirige espontáneamente y convienen para su incorporación a la sociedad. Su ideal estará en el “gent leman” y no en “el buen salvaje”. Los objetivos para Locke po drían resumirse en tres principales: - Lograr una buena salud, para lo cual es nece sario crear en el niño ciertos hábitos; “la naturaleza puede acostumbrarse a cosas que pare- cían insoportables, en principio, siempre que se la acostumbra desde la infancia”, incluyendo en esta habituación la higiene alimentaria, los vestidos adecuados, adaptación a los cambios climáticos, etc. - La destreza de uno mis mo por el dominio del cuerpo, convirtiendo a la educación corporal en escuela del carác ter y la moralidad. - La recreación del espíritu por medio de actividades físicas y jue gos, procurándole descanso, diversión y equilibrio; dirá: “la educación del cuerpo alter nará con la del espíritu, la una es el reposo de la otra”; y más adelante: “el reposo de bido a la educación corporal tiene la ventaja Miguel Sassano de que no tiene ningún otro medio de diverti miento, la de fortificar la salud y el temperamento, al mismo tiempo que calma el es píritu” (Locke, 1986). En resumen, Locke entiende por educación corporal todas las activida- des que tienden a favorecer los fines de la educación, ya sean individuales o sociales y afirma que al cuerpo no se le puede olvidar ya que constituye la base de la educación. Con las filosofías naturalistas se añadirán nuevas razones a favor del cuerpo y nue vos impulsos a la gimnástica por parte de los grandes teó- ricos de la educación. Rabelais exalta la bondad de la naturaleza humana abo gando por la formación de un hombre libre, con libertad de cuerpo y espíritu. Su va loración del cuerpo se encuadra en esta concepción, de considerar alma y cuerpo esen cial a la naturaleza humana; si se admiten y siguen los impulsos del alma no hay por que no admitir y seguir los del cuerpo. Los ejercicios físicos ocuparán una parte im portante en la vida de Gargantúa, ejercicios que no sólo no se oponen a la educación sino que la favorecen y completan. El hecho de que Rabelais fuera médico y de orientación galenista, tiene sin duda algo que ver con su doble orientación de la gim- nasia, educativa y médica. Montaigne (1944), por su parte, nos ofrece en los Ensayos su con- cepción de la educa ción corporal, integrada en su visión de la educación como educación formal dirigida a la realización del hombre. No importa tanto la acumulación de conocimientos como el bien hacer y el equilibrio, equilibrio que incluye a todas las facetas de la personali dad. La educación es una y no cabe separar la física de la intelectual, moral o social. Tres podrían ser considerados los rasgos mayores de la educación corporal de Mon taigne (1944): - La actividad corporal como indispensable para la buena salud, a cuyo fin recomienda la actividad corporal, aunque no en exceso, en paralelo con lo que recomen dará en materia de higiene. - En segundo lugar, la actividad corporal sirve a fines morales que se corresponden con los educativos en general, pues la sabiduría, resulta- do de la educación, no es sólo reflexión sino acción. - Puesto que la educación no tiene por sujeto al individuo aislado sino en relación con el mundo y las costumbres, también el cuerpo debe educarse para hacer un buen papel en el ambiente mundano; “quiero que la buena presencia, el don de gentes y la disposición de la persona se formen a la vez que el alma”. Capítulo 2 Las filosofías de la naturaleza lo que apor tan a la educación corporal ante todo es la consideración de que sus fines no son exclu sivamente corporales o, en todo caso, lo son sólo en apariencia, ya que orientan a la naturaleza humana en su totalidad por medio del cuerpo. La educación corporal es, pues, una verdadera educación. Ahora bien, una cosa son las ideas, más bien coincidentes, de los filósofos sobre la educación del cuerpo y otra muy distinta la práctica de los ejercicios físicos en la educación. Por otra parte las prácticas corporales continúan decreciendo y considerán dose cada vez más rústicas. Son los tiempos de Luis XIV en Francia y su influencia sobre toda Europa, y en esas influencias se incluye el que los deportes y jue gos al aire libre se sustituyen por los juegos de salón, a imitación de los de Versalles. El deporte y los ejercicios físicos comienzan a pasar de moda. Se monta más en carroza que a caballo, se va más frecuentemente al teatro que a los torneos. Otros tipos de diversiones y entretenimientos se van imponiendo también a lo lar go del siglo XVIII; los placeres de la conversación, la gastronomía, las cartas y los dados no admiten contrapartida. En consecuencia, las costumbres se refinan, el cuerpo se entumece, con el consi guiente detrimento de la salud; este será el estado de cosas que verá y contra el que se rebelará Rousseau. A Rousseau se le considera el verdadero fundador de la educación natural, y a su vez, un crítico a la sociedad de su tiempo. Estas críticas, dice Vázquez, inciden en un he cho central: la corrupción del individuo por la sociedad. La sociedad ha transformado al hombre deformándolo y haciéndole vivir una existencia que no se corresponde con su ser natural. La sociedad es origen del mal y al hombre, si queremos renovarlo, habrá que protegerlo de ella y aislarlo. Dada esta sociedad, la educación positivista tampoco es la que conviene al niño. Además está concebida en función del adulto, olvidando la condición propia del niño; es artificial en varios sentidos. Y lo es por la concepción que tiene de la niñez, como estado sin substancia propia y ser redu cido del adulto. La niñez no es un mal necesario, ni sólo una etapa de carencias, dirá nuestro autor. Rousseau introducela vuelta a la na turaleza como el verdadero camino para la educación. Pero la vida natural no es la simple existencia guiada por los instintos irreflexivos; surge de un acuerdo entre el ser, su medio y del hombre consigo mismo. Y la educación no consiste para él en ense- ñar la virtud y la verdad, sino en salvaguardar el corazón del vicio y el espí ritu del error. Miguel Sassano Como ya hemos dicho, Rousseau ve la educación corporal como inte- grada en la educación general para formar al hombre completo; pero la considera como el procedimiento válido para dirigirse a esa unidad total del hombre. Es esta una idea totalmente novedosa en un tiempo en que la cultura acen tuaba los aspectos racionales. Por otra parte, tiene un papel domi nante que proviene de la proximidad del cuerpo a la naturale za. Sólo mediante el cuerpo se pone en relación con ella. Por supuesto, Rousseau atribuye a los ejercicios físicos los valores y funciones do minantes en su época. Así considerará que son buenos para la salud y que, por su valor preventivo, podrían sustituir en parte a la medicina; señala también el valor moral de la actividad. “Cuando los brazos trabajan mucho la imaginación reposa, cuando el cuerpo está bien el corazón se sosiega” (Emilio, libro IV). En su obra dirá en este mismo tema: “El gusto por los ejercicios físicos le desvía de una ocio sidad peligrosa, de los placeres afeminados y del lujo del espíritu. Es sobre todo a cau sa del alma que es preciso ejercitar el cuerpo”. Pero a estas consideraciones compartidas con autores de su tiempo, añade Rous seau enfoques propios, naturalistas, que alejan los ejercicios físicos de actividades dema siado sofisticados y con fines sociales. Más bien hay que dejar hacer a la naturaleza, es decir, dejar hacer y dar ocasión al niño, que tiende al movimiento y disfruta con él; por otra parte, hay que incorporar la atención al cuerpo en la educa ción puesto que prepara y acompaña a la educación intelectual (Rousseau, 1985). Es Rousseau, seguramente, el primer pedagogo que hace intervenir al cuerpo en la formación de la inteligencia y esto lo afirma contunden- temente: “Para aprender a pensar es preciso ejercitar nuestros miembros, nuestros sentidos, nuestros órganos, que son los instrumentos de nuestra inteligencia” (1985). Pero hay más; puesto que la primera razón es una “razón sensitiva’’, que sólo se alcan za a través del libre ejercicio del niño, de la plena utilización de los distintos órganos de su cuerpo: “no solo los ejercicios continuos, dejados a la dirección de la naturaleza, fortifican el cuerpo y no embrute- cen de ningún modo el espíritu, sino que, por el con trario, ellos forman la única razón posible en las primeras edades y la más necesaria en cualquier edad. Ellos son los que nos ayudan a conocer el uso de nuestras fuerzas, las relaciones de nuestro cuerpo con los cuerpos del entorno…” (Emilio). Aunque Rousseau (1985) se nutre de la doctrina empirista sobre las sensaciones, llega mu cho más allá que los propios empiristas al considerar que el movimiento engendra un cierto tipo de inteligencia, concepción que bien puede considerarse como antecedente de la inteligencia sensorio- motriz de Piaget: Capítulo 2 „⁄él (el niño) quiere tomarlo todo; no nos opongamos a su inquietud, ya que ello le sugiere un aprendizaje muy necesario. Es de este modo como aprende a sentir el calor, el frío, la dureza, lo blando, el peso y la ligereza de los cuerpos⁄, sólo por el movimiento sabemos que hay cosas que nos son extrañas y sólo por nuestro propio movimiento adquirimos la idea de extensión‰ (Emilio). El propio Wallon considerará estas indicaciones, contra las que un psicólogo de hoy no ten dría nada que objetar. Pestalozzi, aunque seguidor de las doctrinas de Rousseau, tiene una concepción distinta de la naturaleza humana y de las relaciones entre naturaleza y sociedad. No piensa, por ejemplo, que la corrupción de la naturaleza del hombre proceda de la so ciedad, por lo que tampoco cree necesario volver al hombre a un estado presocial. Es más, Pestalozzi sostiene que el hombre, abandonado a sí mismo, es naturalmente pere- zoso, ignorante, imprevisible, irreflexivo, ligero, crédulo, miedoso y lleno de miedos sin límite. Y con esto, los peligros que encuentra su debilidad y los obstáculos que se opo nen a sus deseos, lo vuelven impetuoso, vio- lento, vengativo y cruel. Por otra parte considera que la naturaleza humana es muy va riada y flexible, contando con la capacidad de conformarlo o no a las leyes de la na turaleza; esto hace necesaria la educación. El fin de la educación para Pestalozzi (1913) es desarrollar al hombre completo (cuerpo, corazón y razón) y lograr su autonomía personal, autonomía que se manifiesta tam bién en tres formas: la moral por la independencia del corazón, espiritual por la inde pendencia del pensa- miento y físico con la independencia del cuerpo. El desarrollo de una de las partes afecta a las otras, de modo que cuando una se cultiva mucho y en detrimento de las demás se produce un desequilibrio antinatural. El desarrollo unila teral de las fuerzas físicas engendra, desde el punto de vista corporal, charlatanes des preciables, brutos y lastimosas bestias de carga. Pero todas estas recomendaciones se cargan aun más de razón cuando Pestalozzi considera las condiciones en que vive y trabaja la gente (las condiciones insanas del trabajo industrial, los trabajos deformantes en el campo e incluso las escuelas represoras del movimiento de los niños). Por eso en sus centros, en los que la formación corporal, moral e inte- lectual constituían un todo, se destina una buena parte del horario a los juegos y ejercicios corporales; hasta 4 ó 5 horas diarias entre higiene, juegos, deportes, trabajos manuales, paseos y estudio del medio y algo de gimnasia elemental. Miguel Sassano Propugna Pestalozzi una educación corporal utilitaria y funcional, que facilite fuerza y habilidad para poder obrar en todo momento y en todas las circunstancias que se presenten en función de las exigencias de la situación y de los acontecimientos que puedan surgir. No busca, pues, la configuración de un especialista, sino un hombre con autonomía cor- poral, con disponibilidad motriz, por lo que el alumno debe aprender el mayor número posible de movimientos. Al decir de Vázquez (1989), Pestalozzi distingue dos formas de prac- ticar la actividad corporal: una natural e instintiva que consiste en dejar hacer naturalmente (el niño dejado libremente ejercitará movimientos útiles), lo que no es suficiente dado el lento e ingenuo desarrollo de la naturaleza; por eso, hay otra forma, razonada y sistemática y que consti- tuye la misión del educador. Esta última tiene por misión proporcionar al niño conciencia de su propio cuerpo y se fundamenta en una serie de ejercicios con los que el niño se da cuenta de lo que puede hacer con todas las partes de su cuerpo; es la “gimnasia elemental” que comienza al terminar la etapa maternal. “El fin supremo de esta gimnástica es llevar al niño, mediante el cuerpo, a una unidad perfecta en comunidad con su espíritu y su corazón” (Pestalozzi, 1913). Posteriormente Pestalozzi añadiría otras dos formas de gimnasia: la industrial es pecializada, para preparar a los niños pobres para su trabajo en las fábricas; la militar, en respuesta a ciertas tendencias ya de la época y que constituyen los antece dentes de los “batallones escolares”. En resumen, Pestalozzi consideró que la educación corporal tenía una importancia igual a la de la educación intelectual e intentó trasla- dar a aquella los principios que aplicaba a ésta. Su influencia y la de sus discípulos fue grande, porque, además, trataron de llevar sus ideas a la práctica por toda Europa. Construyendo el cuerpo Como se sabe, el recién nacido no distingue su propio cuerpo del mundo exterior: a los diez meses, un niño, que es capaz de mostrar dónde se halla un objeto puestoen su mano, en su pie o en su cabeza (las partes móviles del cuerpo), confunde en cambio ese objeto consigo mismo si se lo coloca sobre el pecho. Igualmente a los diez meses, si se golpea contra la pared, señala la pared en lu gar de mostrar la parte del cuerpo en que se ha lastimado. Según Wallon (1979), esa sensibilidad es, en efecto, bastante rudimen- taria y se desarrolla poco a poco; el niño, hasta el sexto mes, va descu- Capítulo 2 briendo los movi mientos de sus manos, pies y dedos con cierta sorpresa y los percibe como objetos ajenos a él. Asimismo durante ese período y hasta des pués del año, el niño experimenta un vivo interés en palparse el cuer po; primero se lleva las manos a la boca, luego al pecho y por fin a los muslos. Se lo ve también tirarse vigorosamente de una oreja que tocó por casualidad, o morder objetos duros, o morderse bruscamente un brazo y lanzar un grito de dolor. Al decimocuarto mes el niño, a quien se le pide que dé su pie, lo toma con las dos manos para tenderlo del mismo modo que ha he cho antes con un zapatito. Esta insistencia en querer separar su pie del cuerpo indica una falta de cohesión entre las impresiones que tiene y la sensación más o menos confusa de su propia actividad. Esto indicaría que el niño no puede integrar las partes de su cuerpo, las que, por lo demás, están individualizadas y hasta personificadas. Al año y once meses, el niño ofrece muchas veces su bizcocho a su propio pie, y se divierte esperando a que los dedos de los pies lo tomen. Este animismo ingenuo, afirma Wallon, se explica por un hecho ex traño pero muy significativo: el niño al principio identifica mejor los órganos y las formas corporales en otras personas que en él mismo. El niño está previamente abierto a las cosas, circunstancia que revela ante todo su fundamental dependencia respecto de las personas que lo rodean. Wallon nunca dejó de insistir en el carácter esencialmente social del niño y sitúa el origen de ese carácter en el período prenatal, en el período intrauterino, en el cual el feto está sujeto a esa simbiosis fisiológica con el cuerpo materno, cuya sangre le aporta el oxígeno, las hormonas y los alimentos necesarios para su desarrollo somático. Ahora bien, dice Bernard (1980), como se sabe, esta simbiosis ali- mentaria se prolonga más allá del nacimiento, aunque en una forma re lativamente menos rigurosa, puesto que el recién nacido continúa dependiendo estrechamente de su madre en lo tocante a la alimenta- ción, a la satisfacción de sus necesidades orgánicas y a la satisfacción de las exigencias de una sensibilidad que es la más visible y, para él, la más imperiosa: su sensibilidad postural, es decir, la necesidad que sien te el niño de que se lo mueva y que se lo cambie de posición. „El niño tiene, en efecto, la necesidad de que se lo alce, que se lo acu ne, que se lo calme haciéndole tomar actitudes que pue dan permitirle relajarse y entregarse al sueño. Como no es capaz de ha cer nada por sí mismo, otras personas lo manipulan y en los movi mientos de esas personas cobrarán forma las primeras actitudes del niño. De manera que sus primeros gestos provocados por sensacio nes de bienestar, de malestar o de necesidad se adaptarán y, en cierta medida, se vincularán a las reacciones agradables o desagradables de su mundo circundante. Y esta asociación tiene un doble Miguel Sassano efecto: por una parte, permite al niño reconocer, identificar y, por lo tanto, prever los actos de los demás en la medida en que ellos son favorables o contrarios a los suyos propios. Se establece así un acuerdo entre lo que los ojos del niño ven que se está preparando para él y lo que experimentará luego él mismo en su propia sensibilidad. En síntesis, el niño se ve en los demás y primero en los movimientos maternos. Por otra parte, la forma misma, la amplitud, la frecuencia y el ritmo de los gestos del lactante están calcados de la forma, la amplitud, la frecuencia y el ritmo de las respuestas maternas. El espacio postural del niño echa sus raíces en el espacio postural de su madre o de la persona encargada de cuidarlo‰ (Bernard, 1980). Esta manera de echar raíces es muy profunda por cuan to tiene un carácter emocional. Desde los tres meses el niño se sabe dirigir a las per- sonas que lo rodean y especialmente a la madre, no só lo mediante gritos relacionados con sus necesidades materiales, sino también con sonrisas y señales de alegría que constituyen ya un lazo pura mente afectivo entre el niño y los que se toman el trabajo de respon der a tales señales. A la simbiosis fisiológica y alimenticia sigue, pues, la simbiosis afectiva. Esta se realiza gracias al mimetismo que es inhe rente a toda emoción y que permite al niño sentir al unísono con las personas que lo rodean y participar en su vida afectiva. La emoción es, a juicio de Wallon, una forma de adaptación al medio y, más específicamente, a los demás; es una forma intermedia entre la primitiva y mecánica de los automatismos y la más elaborada e inte lectiva de las representaciones. Esta adaptación emocional es esencial mente de origen postural y su núcleo es el tono muscular: todas las manifestaciones emotivas, desde la más grosera hasta la más refinada, desde la carcajada a la sonrisa, entrañan contracciones tónicas de los músculos, es decir, simples variaciones de la consistencia de los múscu los. Bernard (1980) indica que es ésta una de las tesis principales de Wallon, quien sostiene que la función tónica, al asegurar la regulación de las reacciones emotivas y por lo tanto, de la vida afectiva, permite al propio tiempo exteriori zarla, expresarla y por consiguiente, obrar sobre los demás, cuyas respuestas ella asimila simultáneamente. En suma, la función tónica del cuerpo es la función primitiva y fundamental de la comunicación y del intercambio: es ante todo diálogo, pues el cuerpo del niño, en virtud de sus manifestaciones emocionales, establece con su mundo circundante lo que J. de Ajuriaguerra llama un “diálogo tó nico”. El niño al principio solo conoce y vive su cuerpo como cuerpo en relación y no como una forma abstracta o una masa abstracta considerada en sí misma. Ese cuerpo en relación está integrado por medio del cuer- Capítulo 2 po de otra persona, en la medida en que el propio se proyecta a ese cuerpo de otro y lo asimila en primer lugar por obra del juego del diálogo tónico; cada emoción del niño al ma nifestarse, se objetiva para su conciencia la cual vive así la emoción, a la vez como autor y espectador y se identifica, por consiguiente, con la conciencia de cualquier otro espectador real o imaginario. Este comportamiento del niño, menciona Bernard (1980), ilustra una observación perti nente de Marx, que Wallon se complacía en recordar frecuentemen te: “El hombre comienza por reflejarse en otro hombre como en un espejo. Únicamente cuando llega a tener frente al individuo Pablo una actitud semejante a la que tiene frente a sí mismo, el individuo Pedro comienza a cobrar conciencia de sí como hombre”. Wallon (1979) resume este proceso del modo siguiente: „El niño comien za por un sincretismo total en el cual todo está sumer- gido en su pro pia subjetividad. El niño se confunde con el objeto o con la causa de sus reacciones. El mismo se encuentra en un estado difuso en las situaciones que lo ponen en contacto con los demás y no sabe aún distinguirse de ellos. Luego va operándose la delimitación y a medida que se rompe la unidad primitiva se establecen relaciones que la man tienen en el plano de una pluralidad objetiva. Primero se trata del simple desdo- blamiento de dos personajes todavía mal dife renciados, aunque a veces se hallan en oposición. Es entonces cuando el niño comienza a verse en los demás y se encuentra tanto más fácil mente en ellos porque proyecta algo de sí mismo. Semejante o con traria a la suya, la acción de la otra persona le parece más o menos hecha según el mismo modelo‰.Todo el proceso de la génesis de la conciencia del propio cuerpo, es decir, el proceso por el cual el niño reconoce el cuerpo como suyo, dife- rente del de los demás y al mismo tiempo semejante al de los demás, está regido por esta ex periencia principal: el fenómeno del espejo. Verse, reflejarse en los demás implica que el niño pueda verse y refle- jarse en un espejo pro piamente dicho, que pueda identificar su imagen visual o exterocep tiva con lo que vive kinestésicamente, su cuerpo visual con su cuerpo kinestésico, su espacio circundante con su espacio postu- ral. Como se sabe, el niño comienza a reaccionar y a manifestar interés por su imagen especular sólo a partir del cuarto mes, y sus primeras reac ciones son puramente mímicas y afectivas (sonríe, agita los brazos, etc.). Hay que esperar al sexto mes para ver aparecer un comporta miento que indica que el niño ha establecido una relación. Por ejem plo, el niño después de sonreír a su imagen y a la del padre reflejadas en el espejo, se vuelve sorprendido cuando oye que el padre habla a sus espaldas. La Miguel Sassano excitación auditiva, que por casualidad se agrega a la situación habitual, suscita en el tiempo y el espacio la confrontación de la imagen reflejada en el es pejo y la presencia real del padre. A partir de ese momento, la excita ción ya no será necesaria. En adelante la imagen del espejo tendrá el poder, por simple transferencia, de provocar la misma reacción en lo tocante a la persona. En otras palabras, y según Bernard, no se trata de una reacción provo- cada por un estímulo nuevo. El acto por el cual el niño atri buye la imagen especular a la persona misma y por el cual traduce su yuxtaposición en identidad no tuvo como punto de partida la in tuición previa de esa identidad. Tal intuición es, por el contrario, con secutiva de la identidad, y aquel acto la preparó, le abrió el camino. „[Pero aquí] no se trata de un simple proceso de repetición, pues la cara de sorpresa del niño indica muy bien que no se abandona a una costumbre de alguna manera inadvertida para él, sino que, por el con trario, indica que el niño lleva a cabo algo nuevo, que resuelve una di ficultad, que integra en una especie de unidad superior lo que hasta entonces no tenía para él una relación determinada. En suma, el niño verifica aquí la existencia de una relación. Pero ésta no es todavía más que una relación de semejanza, una relación concomitante: cuando al cabo de una semana, el niño se vuelve hacia su padre, cuya figura percibe en el espejo, todavía trata de tomar su propia imagen con la mano. De la misma manera, en la vigesimoséptima semana jue ga llevando al- ternativamente la vista a la imagen especular de su pa dre y al padre mismo, queda desconcertado en el séptimo mes al ver al padre detrás de un vidrio sin espejo. Según parece, el niño conti núa, pues, atribuyendo a la imagen una realidad independiente de la realidad de la persona viva y atribuyéndole, por otra parte, una cierta identidad virtual. En otras palabras, la ilusión consiste esencialmente en una especie de realismo espacial que impide reabsorber exacta mente en la realidad única de la persona las realidades de sus imá genes que tienen diferentes localizaciones‰ (Bernard, 1980). Este comportamiento indica claramente que el niño no experimen ta ningún conflicto al percibir simultáneamente dos imá genes reales de su yo, una exteroceptiva y la otra activa, lo cual es nor mal. Conviene tener en cuenta que el niño sólo posee una visión fragmenta da de su propio cuerpo, la visión de los órganos o miembros que los ojos pueden descubrir directamente. Pero esa visión parcial puede combinarse con ademanes del niño hasta el punto de formar conjuntos más constantes y habituales que los derivados de impresiones provocadas por objetos extraños al niño. Pero mientras la visión continúa siendo confusa y no se ha diferen- ciado aún, dice Wallon (1979), “no puede dar una imagen homogénea ni Capítulo 2 coherente de los órganos y menos del cuerpo total”. Para tener la represen- tación de su propio cuerpo, el niño debe poder exteriorizarlo y el espejo contri buye a ello como, por lo demás, contribuyen también todas las analo gías percibidas en las personas que lo rodean. Por eso, la exterioriza- ción de su imagen especular tiene para él tanta realidad como las imáge- nes de esas personas. El niño está dispuesto a admitir que se encuentra simultáneamente presente en el espacio de sus impresiones propioceptivas y en el espacio que anima su imagen exteroceptiva en el espejo. „Pero lejos de estar definitivamente adquirido, ese poder parece cuestio- nado por ciertos comportamientos regresivos: por ejemplo, alrededor del decimotercer mes, el niño pasa la mano por detrás del espejo en que se está mirando y lo vuelve una y otra vez, exactamente como lo haría un chimpancé. En realidad, parece que con esta maniobra quisiera verificar la causa de la ilusión antes que la ilusión misma, de la cual, por lo demás, parece no tener conciencia en otros momentos. En efecto, alrededor del decimocuarto mes, el niño toca, golpea, lame su imagen en el espejo y juega con ella, es decir, la anima y le asigna una existencia distinta de la suya. Este animismo de la imagen confirma el de los otros juegos del niño con los miembros o partes de su cuerpo que también personaliza. Pero este aparente retroceso de la conciencia de la imagen especular del propio cuerpo corresponde en realidad a otro aprendizaje, el aprendizaje de oponer el propio cuerpo a otros seres o, dicho de otra manera, corresponde a la individualización‰ (Bernard, 1980). Como dice Wallon (1979), „la noción del propio cuerpo no se constituye como un compartimiento estanco. En cada una de las etapas, la noción del propio cuerpo deriva de los procesos generales de la psicogénesis, de la cual es un caso particular. Pero en la época en que se forma esa noción se adelanta a las demás, pues no hay otra más inmediata e importante en lo que respecta a las nece- sidades interocep tivas y a las relaciones con el mundo exterior, ni más indispensables para los ulteriores progresos de conciencia. Abandona el primer plano sólo cuando ya hizo posibles otras elaboraciones‰. A su vez, y nuevamente siguiendo a Bernard, esas nuevas elaboraciones permiten que se complete la noción del propio cuerpo. Por ejemplo, la conciencia que el niño tenga de su cuerpo dependerá de la conciencia de su personalidad y de las actitudes que los adultos le hayan acompañado a adoptar frente al me dio físico y al medio social. De manera que en el niño la imagen del cuerpo está modelada por las condiciones de vida y de pensamiento en las que lo colocan las técnicas, las usanzas, las creencias, los conoci mientos, etc., propios de la época y de la civilización a la que Miguel Sassano perte nece. Wallon subraya la importancia de las condiciones psicobioló- gicas resultantes de la maduración orgánica del cuerpo del niño y además el papel prominente que desempeñan las condiciones psicosociales en la formación de la conciencia del propio cuerpo. Esta posición lo lleva a rechazar la idea del esquema corporal como “algo existente a priori”. Antes que un conjunto cerrado, Wallon (1979) ve aquí “un todo dinámico que puede variar con las relaciones del ser respecto de sí mismo, respecto de los demás y respecto de los obje tos”. En lugar de la noción ambigua y flotante de un esquema cor poral estático preexistente, Wallon prefiere pensar en una red de relaciones cambiantes entre “el espacio postural y el espacio circun dante”, el primero producido por las mutaciones de las diferentes ac tividades sensoriales y kinestésicas y el segundo condicionado por el espacio que hay entre los objetos, el espacio que hay entre los objetos y las personas, el espacio afectivo de nuestras inclinaciones o rechazos de los espacios imaginarios de nuestros recuerdos, de nuestros sueños, de nuestras creencias, de nuestrasteorías científicas y, en definitiva, de nuestro lenguaje. El cuerpo como manera de estar-en-el-mundo En lo que se refiere a este concepto, Merleau-Ponty (1975) afirma que „mi cuerpo no se me manifiesta como un mecanismo neutro asociado con un mo saico de órganos, como un receptáculo indiferente de excitaciones interoceptivas, propioceptivas y exteroceptivas, sino que se me mani fiesta con miras a ciertas tareas reales o posibles. Mi cuerpo no está frente a un espacio objetivo: está anclado, enraizado en una cierta situación que po- lariza todas sus acciones. Mi cuerpo existe orientado hacia ellas; se recoge sobre sí mismo para alcanzar sus fines y el esquema corporal es, en última instancia, una manera de expresar que mi cuerpo está en el mundo. El análisis fenome nológico del miembro fantasma parece confirmar este hecho esencial: el cuerpo es el vehículo de estar-en-el-mundo, y tener un cuerpo significa para un ser vivo volcarse en un medio definido, confundirse con ciertos proyectos y emprender continuamente algo. En suma, mi cuerpo es el eje del mundo‰. El análisis existencial de los síntomas de la enfermedad de Schnei- der llevó a Merleau-Ponty a desentrañar el sentido de la experiencia del cuerpo en un sujeto normal, sentido que no está dado por la con ciencia, Capítulo 2 sino que se encuentra en la vida misma del cuerpo, en sus ma nifestaciones sensibles y motrices. En el sujeto normal, el cuerpo no sólo puede ser movilizado por las situaciones reales que lo atraen, sino que puede además apartarse del mundo, prestarse a experiencias y situarse en lo virtual. El cuerpo está, pues, “abierto” a lo nuevo, a lo posible, es decir, al espacio y al tiempo, de suerte que el cuerpo los “habita” antes que estar incluido y encerrado en el tiempo y el espacio. Esta circunstancia se verifica precisamente en el aprendizaje de movi- mientos nuevos. Aprender un movimiento nuevo supone, en efecto, el poder de dilatar nuestro cuerpo como estar-en-el-mundo o de modificar su modo de existencia agregándole nuevos instrumentos. Por ejemplo, aprender a escribir en el ordenador supone integrar en el pro pio espacio corporal el espacio del teclado: el sujeto sabe dónde es tán las letras en el teclado, así como sabe dónde se encuentra uno de sus miembros y lo sabe con una familiaridad que es anterior a toda representación objetiva. Desplaza los dedos y ese movimiento no es para él un trayecto espacial que pueda describir, sino que es sola mente una cierta modulación de la motricidad, que se distingue en cierto modo de cualquier otra modula- ción por su fisonomía. En el deporte, un terreno diferente, encontramos también esta apre- hensión total, cualitativa y práctica que el sujeto tiene de los movimientos corporales que debe ejecutar. El esquiador experimentado que se apresta a ejecutar una acción determinada, no se representa de manera distinta y separada los movimientos de flexión y extensión que deben ase gurarle el aligeramiento del cuerpo, el movimiento de los esquíes, el desplaza- miento del peso del cuerpo en la curva, la inclinación del pecho hacia adelante; sino que, por el contrario, percibe la pendiente, los accidentes y variaciones, los montículos y depresiones, las partes de hielo y las partes de nieve blanda, su horizonte, obstáculos materiales, rocas, árboles, seres humanos, etc. según una “fisonomía” afectiva de tal condición que su cuerpo, al integrarlos en su espacio adopta, en un acto indiviso y espon- táneo, las dife rentes posturas y realiza todos los movimientos necesarios (Bernard, 1980). Como se ve, el espacio corporal, según Merleau-Ponty (1975), no es algo neutro, sino que está cargado de “valores” o significaciones claras que deja traslucir inmediatamente o, mejor dicho, que “expresa”. Dice el autor: “El cuerpo es eminentemente un espacio expre sivo”. Pero no es un espacio expresivo entre otros espacios; es el origen de todos los otros, es lo que proyecta al exterior las significa ciones dándoles un lugar, lo cual hace que éstas cobren existencia co mo cosas que tenemos al alcance de Miguel Sassano nuestras manos y ante nuestros ojos. En este sentido, nuestro cuerpo es lo que forma y hace vivir un mundo, es “nuestro medio general de tener un mundo”. Y lo propio del cuerpo humano estriba, según Bernard, ya por la construcción de instrumentos nuevos, ya por sus posibilidades de juego consigo mismo, en la capacidad de multiplicar mundos alrededor de él, de renovar o enriquecer sin cesar el mundo que nos es necesario para vivir. De manera que, por un lado, los movimientos relacionados con el comer pueden, en virtud de la variedad de los instrumentos elegidos para cocinar, para presentar los platos y consumirlos y en vir tud de las técnicas culinarias, crear mundos muy diferentes cuyas des cripciones dan los etnólogos. En este sentido, el campo corporal de un japonés no es el mismo que el de un occidental. Y, por otro lado, un actor o un bailarín pueden también representar ficticiamente movimientos cotidianos y triviales sublimándo- los y dándoles así otras significacio nes. Además, insiste Bernard (1980), nuestro cuerpo da un sentido a las palabras mismas que oímos o leemos. La palabra “duro” provoca una especie de rigidez en la espalda y en el cuello y se proyecta al campo visual o auditivo. En efecto, puede afirmarse que vemos sonidos y oímos colores en la medida en que los sonidos y los colores repercuten en nuestro modo de existencia, en nuestro cuerpo como estar-en-el-mundo. Pero sobre todo hay un entrecruzamiento, un encabalgamiento constante entre ver y tocar, entre lo visible y lo táctil, hasta el punto que mirar es palpar cosas, así como mis dedos pue den hacerlas “ver”. Esta unidad o entrelazamiento de nuestros sen tidos es, en realidad, más general aún en la medida en que cada sensa ción supone una actividad motriz real o virtual: ver un objeto es siempre anticipar el movimiento para tocarlo, lo cual lo hace de ante mano tangible. Además, como se sabe, el movimiento mismo está estrechamente vin- culado con la palabra hasta el punto de convertirse en otro movi miento cuando la palabra lo abandona. En síntesis, nuestro cuerpo es ese ex traño objeto que utiliza sus propias partes como simbólica general del mundo y mediante el cual, en conse- cuencia, podemos frecuentar ese mundo, comprenderlo y encontrarle un significado. Pero, según Merleau-Ponty (1975), hay que ir aún más lejos: „en efecto, si se quiere explicar esa unidad, ese entrelazamiento de nues- tros sentidos, de nuestros movimientos y de nuestro lenguaje, hay que situarla en una unidad o entrelazamiento todavía más vasto: la unidad o el entre lazamiento de mi cuerpo con los demás cuerpos humanos, con Capítulo 2 los otros seres vivos, con las otras cosas, en suma, con el mundo mismo. Para comprobarlo, basta prestar atención al ejercicio de uno de nues tros sentidos, por ejemplo, el más activo y evidente de todos ellos, la vista: puede comprobarse entonces este fenómeno extraño de que el cuerpo que ve, es al mismo tiempo visible para los demás y para mí mismo (en un espejo). La otra persona y yo mismo podemos ÂvermeÊ. En un mismo momento soy cuerpo que ve y es visible, de la misma manera en que, por lo demás, soy un ser que toca y es tocado, cuando tomo mi mano izquierda con la de recha‰. De una manera general, el cuerpo es entidad sintiente sensi ble, lo cual implica que a la vez forma parte del mundo y es lo que le da existencia. En otras palabras, no hay aquí límite entre el cuerpo y el mundo: en toda sensación ambos se entrelazan, se entrecruzan de tal manera que ya no puede decirse que el cuerpo está en el mundo y la visión en el cuerpo. El cuerpo como diálogo tónico Se establece en el nivel del cuerpo, en su dinamis mo tónico y mucho antes de todo diálogo verbal, un diálogo del niño con las personas que lo rodean, “un diálogo tónico” para emplear la expresión con que lo designa J. de Ajuriaguerra.A nuestro juicio, es sobre todo este aspecto de la obra de Henri Wallon lo que abre una perspectiva original y fecunda en psi- cología y en psicopatología. J. de Ajuriaguerra (1993) se propone precisamente explotar y enrique- cer esta nueva perspectiva, por una parte, ampliándola y completán dola con análisis y observaciones realizados a una nueva mirada y, por otra parte, tratando de verificar su validez y su eficacia en el nivel de la tera- péutica en virtud de nuevas técnicas. El autor ex puso claramente este proyecto que se publicó con el significativo título de “El cuerpo como rela ción”. Allí señala la contribución conjunta (aun que de origen y méto- dos muy diferentes) de los estudios de psicología genética (y en menor medida de ciertas corrientes psi coanalíticas) sobre la relación del niño con su medio humano y de la fenomenología moderna. Como se sabe, desde su nacimiento el niño está sometido al ritmo biológico incesante de la alternancia necesidad-satisfacción y al mis mo tiempo está sometido a las sucesivas transformaciones que sufre su cuerpo durante las horas del día. Tampoco puede percibir objetiva mente la rea- lidad. La lentitud de su maduración y su posición acos tada le imponen un espacio reducido fuera del cual no puede movili zarse. Además sólo percibe conjuntos: las otras personas sólo se le muestran por fragmentos Miguel Sassano y en un determinado ángulo que le es pro pio, lo cual hace que ellas se adhieran de alguna manera a su propia existencia. Por eso, para el recién nacido, la motricidad es la única forma de contacto psicosocial, por sus componentes vegetativos, orales y anales (movimientos de succión y de excreción), por sus componentes pura- mente motores, como las diferentes formas de rigidez muscular y de agitación a las que están sometidos sus miembros y todo su cuerpo. En la motricidad vegetativa, el niño descarga e integra al propio tiempo sus pul- siones instintivas. En la agitación motriz propiamente dicha, desordenada, anárquica y frenada tan sólo por la hipertonía de los miembros (debida al predominio de los centros nerviosos subcorticales o, lo que es lo mismo, a la insufi ciencia de maduración neuronal de la corteza cerebral), el niño esta blece sus primeros contactos con el mundo sintiéndose trabado. Ahora bien, en uno u otro de estos aspectos, la motricidad está li gada a un estado afectivo primitivo: las reacciones orales y anales no pueden separarse de la quietud que resulta de la distensión provo cada por la suc- ción o la excreción, después de la desagradable tensión experimentada en el momento de la necesidad. Asimismo el niño ex perimenta, por obra de la explosión brusca y desordenada de movi mientos, el apaciguamiento y el placer causados por la relativa caída de la tensión muscular. En otras palabras, el recién nacido oscila en tre un estado de insatisfacción y un estado de quietud, paralelamente a las reacciones tónicas, motrices y vasomotrices manifestadas en es tado de necesidad se producen descargas tónicas masivas acompañadas de agitación incoordinada y después de la satisfacción se registra una caída de tono o una ligera agitación menos mal coordinada. Pero a causa de su falta de fineza, a causa de su débil “sensibilidad”, ese resonador hace que el niño se encuentre en un estado permanente de alerta. En esa fase, el niño vive efectivamente en un “estado de alarma” constante. Desde el punto de vista tónico, está siempre dispuesto a reac- cionar de mane ra total a cualquier estímulo exterior. René Spitz (1989) señaló la importancia de esta relación primor- dial entre el hijo y la madre que, de todas maneras, dice, “represente el ambiente”, es decir, su mediación predominante. En efecto, la actitud emocional de la madre y sus afectos, tales como se traducen en su juego corporal, servirán para orientar los del niño e infundirán vida a sus expe- riencias. Evi dentemente las variaciones que presentan las madres son muy gran des y cada madre es diferente también según los días, las horas, las situaciones. De manera que la personalidad del lactante sufrirá el efecto de esas variaciones y al propio tiempo las modificará, las acen tuará o las disminuirá, las acelerará o las aminorará, por obra de su comportamiento Capítulo 2 y, en primer lugar, de su actividad tónico-postural. Según la personalidad de la madre, la situación será muy diferente si el niño es precoz o lento, fácil o difícil, obediente o rebelde. El lactante sonríe al rostro humano, si éste se le presen ta de frente de manera que pueda verle los ojos y si, por otra parte, el rostro se mueve, moviendo la cabeza o gesticulando. A esa edad ni siquiera el alimento provoca una respuesta parecida en el lactante. En el caso de los bebés ali- mentados con biberón y no con el pecho materno, el comportamiento es relativamente diferente. A la vista del biberón algunos niños adelantados para su edad harán movimientos de succión con los labios o tenderán los brazos, pero nunca sonreirán al biberón. Por lo demás, los bebés menos adelan tados pueden no reaccionar en modo alguno frente al biberón, pero siempre responderán con una sonrisa al rostro del adulto. En cambio, menciona Bernard (1980), si volvemos nuestra aten ción al comportamiento alimenticio del lactante, comprobamos una variedad muy grande de reacciones. Encontramos al que se alimenta bien, rápida- mente y con placer para entregarse enseguida al sueño después del último trago; encontramos al niño difícil de alimentar, al que hay que alentar y que nunca parece haber comido suficien temente; encontramos al niño que rechaza la última comida del día y reclama en cambio muchas otras durante la noche, etc. Es eviden te que semejantes diferencias de compor- tamiento influirán en la rela ción con la madre. Una madre bondadosa y tolerante no reaccionará de la misma manera que una madre huraña y hostil; una madre equi librada tendrá una reacción completamente dife- rente de la reacción de una madre presa de ansiedad y de sentimientos de culpabilidad. Es asimismo evidente que los problemas de la madre se reflejarán en el comportamiento del hijo, circunstancia que en ciertas condiciones inten- sificará el conflicto. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, en el fenómeno patológico que los psicoanalistas llaman “cólico de los tres meses” y que puede observarse con bastante frecuencia en pediatría con el siguiente cuadro clínico: „después de la tercera semana y hasta fines del tercer mes, el niño se pone a llorar todas las tardes. Darle alimento puede calmarlo, pero sólo momen- táneamente. Después de un rato relativamente breve, el niño vuelve a dar señales de sufrimiento. Hacerlo pasar del pecho materno al biberón o del biberón al seno de nada vale; tampoco recurrir a medicinas da resultado. Las deposiciones son normales, aunque en ciertos casos diarréicas. Los dolores del lac tante duran muchas horas y luego cesan para reaparecer a la tarde si guiente. Este desorden tiende a desaparecer a fines del tercer mes de manera tan inexplicable como apareció‰ (Spitz, 1989). Miguel Sassano Al cabo de numerosas observaciones, Spitz cree que en efecto puede haber una explicación, según él mismo dice, bifactorial, es decir, una explicación que tiene en cuenta la naturaleza del niño y al mismo tiempo la conducta de la madre. Dicha explicación se basa en la siguiente hipótesis: “si los recién nacidos que vienen al mundo con una hipertonicidad congénita son criados por madres inquietas y ansiosas, los niños son susceptibles de contraer el cólico de los tres meses”. En efecto, se ha observado que todos los niños que su frían de esta perturbación tenían una constitución hiper- tónica, es decir, mostraban un tono muscular muy elevado, especialmente en la musculatura abdominal y en consecuencia, un peristaltismo (los movimientos de contracción del tubo digestivo) acentuado. En otras palabras, si en el momento de mamar el niño descarga nece- sariamente ciertacantidad de tensión en virtud de la actividad de los labios, la lengua, el paladar, la laringe y la faringe, un niño hipertónico ex perimenta la necesidad de descargar cantidades de tensión mucho ma yor y a intervalos más frecuentes. El sistema digestivo de estos lac tantes es más activo, los movimientos peristálticos más rápidos y has ta más violentos, y el exceso de alimento provoca una actividad in testinal exa- gerada. Así se produce un círculo vicioso: el niño hiper tónico es incapaz de descargar normalmente su tensión durante el proceso de la lactancia. Entonces, después de alimentarse, se libra de la tensión mediante el llanto y la agitación motriz que caracterizan a estos casos (Spitz, 1989). Y aquí interviene el segundo factor; la madre excesivamente solícita y ansiosa tiende a reaccionar en seguida a toda manifestación de displacer de su hijo dándole el biberón o el pecho. Algunas madres lo hacen de muy buena gana para compensar así la sensación de culpa bilidad que provoca en ellas una hostilidad inconsciente respecto de su hijo. Parece que de alguna manera quisieran hacer penitencia por la mala voluntad que muestran cuando se trata de hacer algo por su hijo, especialmente darle de mamar. Durante esa comida suplementa ria que se le otorga, el niño puede descargar parte de su tensión por vía de la actividad oral y de la deglución y, por lo tanto, puede cal marse, pero sólo por breve tiempo, pues el alimento que ingirió de nuevo sobrecarga el aparato digestivo, aumenta la tensión y provoca un recrudecimiento del estado de displacer que se manifestará a través de un nuevo cólico acompañado de llanto. La madre vuelve a intervenir de la misma manera y así se perpetúa el círculo vicioso. Un es tudio analiza madres según su comportamiento en lo tocante a seis actividades diferentes: forma de alimentar al niño, cuidados físicos, movilización, caricias, ofrecimiento de objetos, palabras. De estos estu- dios resulta que los niños que muestran mejor desarrollo, tanto desde el Capítulo 2 punto de vista motor como en su capacidad de adapta ción, pertenecen al grupo de las madres sensi bles, atentas y constantes en su conducta. Los niños más adelanta dos desde el punto de vista del lenguaje y desde el punto de vista de la sociabilidad pertenecen de las madres hiper sensibles, inconstantes en sus actitudes e hiperactivas. Los niños más atrasados en su desarrollo general pertenecen al grupo de las ma dres que no prestan atención a su hijo, que son poco sensibles, incons tantes e irregulares. El último grupo es intermedio, y no pre senta los rasgos característicos de los niños y madres pertenecientes a los grupos anteriores. Asimismo, otro estudio obser vó que entre diez niños que rechaza- ban el seno materno a las cuatro semanas, ocho tenían madres tensas y excitables. Numerosas observaciones etnológicas, como las realizadas, por ejem- plo, por Margaret Mead, tienden igual mente a demostrar que los pueblos primitivos que fajan y ciñen estre chamente a los niños los convierten en adultos obstinados y agresivos. Ajuriaguerra (1989) y su equipo llevaron a cabo dos series de expe- rimentos: la primera consistió en determinar, por la medida del ángulo poplíteo de un mismo sujeto, la hiperextensibilidad de sus miembros, lo cual condujo a comprobar que el niño hipertónico camina más tarde que el niño hipotónico, y además que la prensión y la motricidad fina son más precoces en el niño hipotónico que en el niño hipertónico. La segunda serie de experi mentos, llevados a cabo especialmente por Mira Stambach e Irene Lezine, comparó estos dos tipos motores (los hipertónicos y los hi potónicos) en sus respectivas descargas motrices y en su estabilidad postural; esas descargas motrices comprenden las des- cargas alimenticias y descargas afines (chuparse el dedo o la ropa, etc.), las descargas de exploración (de la nariz, de la cabeza, del rostro y del cabello), las ritmias y especialmente el movimiento de balanceo y, por fin, las descargas autoofensivas (el niño se golpea, se pellizca, etc.). Teniendo en cuenta el régimen educativo y al mismo tiempo las reper- cusiones que provocan en el comportamiento del niño las inter venciones parentales, estos autores llegaron a las siguientes conclusio nes: en lo que se refiere a las descargas motrices, las descargas ali menticias son idénticas en los hipertónicos y en los hipotónicos. Las descargas de exploración del propio cuerpo son más frecuentes y mi nuciosas en los hipotónicos. Las ritmias de balanceo se encuentran en todos los hipertónicos, mientras son raras, más tardías y de dura ción más breves en los hipotónicos. Las descargas autoofensivas (co munes en cierto estadio a todos los niños hipertónicos) sólo aparecen una vez y de manera bastante fugaz en el niño hipotónico. Miguel Sassano En suma, la tonicidad o, mejor, como dice Aju riaguerra, “lo tónico vivido está inseparablemente ligado a la vida afectiva original del niño”. La tonicidad es lo que lo une al mundo y, ante todo, al cuerpo de la madre, con el cual el niño se confunde y se identifica. El niño vive su propio cuerpo en el de la madre y percibe éste en el suyo lo cual confirma el análisis de la fusión afecti va realizado por Wallon y también la hipótesis de Merleau-Ponty. Parece, dice Bernard (1980), que esto es lo que quiere significar Aju- riaguerra cuando escri be: “en cuanto sustancia viva, el cuerpo del niño es modelado por la madre y se proyecta en el cuerpo de los demás asimilán- dolo”. Y agrega: “las palabras de los demás son suyas en el momento en que la otra persona las pronun cia, y el cuerpo del niño las siente a veces antes de ser pronunciadas”. Sin embargo, agrega Bernard, los sonidos mismos, su intensidad, su frecuencia, su altura, su timbre, su ritmo, su organización modulada por la entonación especial de quien los emite, provocan en el cuerpo del niño que los recibe una repercusión tónico-emocional que no sólo los carga de sentido, sino que prepara e incita al propio niño a lanzarse a esta expresión verbal. Ahora bien, desde el momento en que el niño es capaz de llegar a semejante expresión por rudimentaria que ella sea, en su propio cuerpo se establece una correlación entre sus emisiones sonoras y lo tónico vivido de sus posturas, sus acciones y de sus reacciones con referencia al medio, es decir, de sus esperas, sus placeres o sus satisfacciones. Como se ve, el lenguaje no es una función aislada, sino que en vir tud de la vivencia tónica del propio cuerpo es, a la vez “afirmación del mundo de los objetos y de los demás y afir mación de uno mismo en relación con los objetos. El lenguaje forma parte del mundo perceptivo, pero también del mundo de la acción y de la manipulación” (Bernard, 1980). Dicho de otra manera, todo lenguaje, en cuanto comunicación, implica una intervención corporal: el lenguaje puede utilizarse como llamada o como agresión y sentirse corporalmente como tal. Hay, pues, una historia del fondo tónico y de las reacciones tónicas que corresponde a la historia de la formación de la personalidad. El cuerpo en la modernidad Nos dice Le Breton (1995), quien ha sido el que mejor pudo expresar la presencia compleja del cuerpo en la modernidad, que “el cuerpo es un tema que se presta muy especialmente para el análisis antropológico ya que Capítulo 2 pertenece, por derecho propio, a la identidad del hombre”. Sin el cuerpo, que le proporciona un rostro, el hombre no existiría. Vivir consiste en reducir continuamente el mundo al cuerpo, a través de lo simbólico que éste encarna. La existencia del hombre es corporal. Y el análisis social y cultural del que es objeto, las imágenes que hablan sobre sus aspectos ocultos, los valores que lo distinguen, nos hablan también de la persona y de las variaciones que su definición y sus modos de existencia tienen en diferentes estructuras sociales. Por estar en el centro de la acción individual y colectiva, en elcentro del simbolismo social, el cuerpo es un elemento de gran alcance para un análisis que pretenda una mejor aprehensión del presente. Nada es más misterioso, para el hombre, que lo oculto de su propio cuerpo. Y cada sociedad se esforzó, en un estilo propio, por proporcionar una respuesta singular a este enigma primario en el que el hombre se arraiga. Parecería que el cuerpo no se cuestio na. „Cada sociedad esboza, en el interior de su visión del mundo, un saber singular sobre el cuerpo: sus constituyentes, sus usos, sus correspondencias. Le otorga sentido y valor. Las concepciones del cuerpo son tributarias de las concepciones de la persona. Así, muchas sociedades no distinguen entre el hombre y el cuerpo como lo hace el modo dualista al que está tan acostumbrada la sociedad occidental. En las sociedades tradicio nales el cuerpo no se distingue de la persona. Las materias primas que componen el contenido del hombre son las mismas que le dan consistencia al cosmos, a la naturaleza. Entre el hombre, el mundo y los otros, se teje una misma tela, con motivos y colores diferentes que no modifican en nada la trama común‰ (Le Breton, 1995). El cuerpo moderno pertenece a un orden diferente. Implica la ruptura del sujeto con los otros (una estructura social de tipo individualista), con el cosmos (las materias primas que componen el cuerpo no encuen- tran ninguna correspondencia en otra parte), consigo mismo (poseer un cuerpo más que ser su cuerpo). “El cuerpo occidental es el lugar de la cisura, el recinto objetivo de la soberanía del ego. Es la parte indivisible del sujeto, el ‘factor de individuación’ en colectividades en las que la división social es la regla” (Le Breton, 1995). Nuestras actuales concepciones del cuerpo, continúa Le Breton, están vinculadas con el desarrollo del individualismo como estructura social, con la emergencia de un pensamiento racional positivo y laico sobre la naturaleza, con la regresión de las tradiciones populares locales y también, con la historia de la medicina que representa en nuestras sociedades, un saber en alguna medida oficial sobre el cuerpo. Estas nacieron por condiciones sociales y culturales par ticulares. Miguel Sassano Sin embargo, ni siquiera en nuestras sociedades occidentales hay una- nimidad respecto de las concepciones del cuerpo. Las hay más difusas, más o menos familiares o coherentes, que siguen teniendo influencia sobre los sujetos y alimentando las medicinas tradicionales (curanderos, manosantas, etc.) o las “nuevas” medicinas (acupuntura, aurículoterapia, osteopatía, homeopatía, etc.). Un nuevo imaginario del cuerpo surgió en los años sesenta: „El hombre occidental descubre que tiene un cuerpo y la noticia se difunde y genera discursos y prácticas marcados con el aura de los medios masivos de comunicación. El dualismo contemporáneo opone el hombre y el cuer- po. Las aventuras modernas del hombre y de su doble hicieron del cuerpo una especie de alter ego. Lugar privilegiado del bienestar (la forma), del buen parecer (las formas, body-building, cosméticos, productos dietéticos, etc.), pasión por el esfuerzo (maratón, jogging, aerobics, windsurf) o por el riesgo (andinis mo, tracking, aventuras, etc.). La preocupación moderna por el cuerpo, en nuestra humanidad sentada, es un inductor incansable de imaginario y de prácticas‰ (Le Breton, 1995). Según el mismo Le Breton, „en nuestras sociedades occidentales, el cuerpo es el signo del individuo, el lugar de su diferencia, de su distinción. Paradójicamente, al mismo tiempo está disociado de él a causa de la herencia dualista que sigue pe- sando sobre su caracterización occidental. Así, es posible hablar, como si fuese una frase hecha, de la Âliberación del cuerpoÊ, enunciado típicamente dualista que olvida que la condición humana es corporal, que el hombre es indiscernible del cuerpo que le otorga espesor y sensibilidad de su ser en el mundo. ÂLa liberación del cuerpoÊ, si provisoriamente se acepta el enunciado, es muy relativa. Es fácilmente demostrable que las sociedades occidentales siguen basándose en un borra miento del cuerpo que se tra- duce en múltiples situaciones rituales de la vida cotidiana. Un ejemplo entre otros de borramiento ritualizado, el prejuicio ante el contacto físico con el otro, contra riamente a lo que sucede en otras sociedades en las que tocar al otro es una de las estructuras primarias de la sociabilidad en, por ejemplo, las conversaciones cotidianas‰. La condición de los discapacitados físicos y mentales en nuestra socie- dad, la angustia difusa que provo can, la situación marginal del “loco” o de los ancianos, por ejemplo, permiten situar los límites de la “liberación del cuerpo”. Si existe un “cuerpo liberado”, es el cuerpo del joven, hermoso, sin ningún problema físico. En este sentido, sólo habrá “liberación del cuerpo” cuando haya desaparecido la preocupación por el cuerpo. Y estamos muy lejos de esto. Capítulo 2 La medicina clásica también hace del cuerpo un alter ego del hombre. Cuando cura al hombre enfermo no tiene en cuenta su historia personal, su relación con el inconsciente y sólo considera los procesos orgánicos. La medicina sigue siendo fiel a la herencia de Vesalio, se interesa por el cuerpo, por la enfermedad y no por el enfermo. Continúa sosteniendo Le Breton (1995) que la medicina está basada en una antropología residual, apostó al cuerpo pensando que era posible curar la enfermedad (percibida como extraña) y no al enfermo como tal. El parcelamiento del hombre que reina en sordina en la práctica médica desde hace siglos, es hoy un dato social que perturba las sensibilidades. Dado que la medicina apostó al cuerpo, que se separa del hombre para curarlo, es decir, dado que cura menos un enfermo que una enfermedad, se enfrenta hoy, a través de los debates públicos que provoca, a un retorno de lo reprimido: el hombre (eutanasia, acompañamiento de los enfermos y de los moribundos, pacientes en estado vegetativo crónico durante meses o años, pacientes man tenidos vivos por medio de aparatos con los que no se sabe qué hacer, terapias que a veces mutilan, etc.). La medicina actual es la medicina del cuerpo, no la del hombre, como, por ejemplo, sí lo es en las tradiciones orientales. Como simple ejem- plo, aportamos esta experiencia autorreferencial: en un viaje realizado recientemente a China fuimos sorprendidos, ante la necesidad de alguna medicina para un fuerte dolor de cabeza, por la ausencia de farmacias con medicinas alopáticas. Todas eran medicaciones homeopáticas, que demoran más pero curan de verdad (según la expresión de nuestro guía). La gragea fue reemplazada por dos pequeñas gotas de aceite en las sienes, que luego de generar un intenso calor, hicieron desaparecer el malestar casi de inmediato. Otras medicinas tradicionales o “nuevas” se esfuerzan, por el contra- rio, por ir más allá del dualismo para considerar al hombre en su unidad indisoluble. Los nuevos procedimientos de diagnóstico por imágenes de la medicina hacen real un secreto del cuerpo que sólo pertenece a la simbólica social de las comunidades humanas, pero desencadenan la respuesta inagotable del imagi nario de los sujetos. Las representaciones sociales le asignan al cuerpo una posición deter- minada dentro del simbolismo general de la sociedad. Sirven para nom- brar las diferentes partes que lo componen y las funcio nes que cumplen, hacen explícitas sus relaciones, penetran el interior invisible del cuerpo para depositar allí imágenes precisas, le otorgan una ubicación en el cos- mos y en la ecología de la comunidad humana. Este saber aplicado al cuerpo es, dice Le Breton (1995), en primer término, cultural. Aunque el sujeto tenga sólo una comprensión rudimentaria del mismo, le per- Miguel Sassano mite otorgarle sentido al contenido de su carne, saber de qué está hecho, vincular sus enfermedades o sufrimientos con causas precisas y según la visión del mundode su sociedad le permite, finalmente, conocer su posición frente a la naturaleza y al resto de los hombres a través de un sistema de valores. Las representaciones del cuerpo y los saberes acerca del cuerpo son tributarios de un estado social, de una visión del mundo y, dentro de esta última, de una definición de la persona. El cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí mismo. De ahí las miles de represen- taciones que buscan darle un sentido y su carácter heterodoxo, insólito, contradictorio, de una sociedad a otra. El cuerpo parece algo evidente, pero nada es, finalmente, más inapre- hensible que él. Nunca es un dato indiscutible, sino el efecto de una construcción social y cultural. La concepción que se admite con mayor frecuencia en las sociedades occidentales encuentra su formulación en la anátomo-fisiología, es decir, en el saber que proviene de la biología y de la medicina. Está basado en una concepción particular de la persona, la misma que le permite decir al sujeto “mi cuerpo”, utilizando como modelo el de la posesión. La actual explosión de saberes sobre el cuerpo que convierte a la anátomo-fisiología en una teoría entre otras, aunque sigue siendo la dominante, denota otra etapa del individualismo. Al decir del mismo Le Breton (1995), „presenciamos hoy una aceleración de los procesos sociales sin que haya un acompañamiento de la cultura. Es posible descubrir un divorcio entre la experiencia social y su capacidad de integración simbólica. El resultado es una carencia de sentido que, a veces, hace difícil la vida. A causa de la ausencia de respuesta cultural para guiar sus elecciones y sus acciones, el hombre se abandonó a sus propias iniciativas, a su soledad, desvalido ante un conjunto de acontecimientos esenciales de la condición humana: la muerte, la enfermedad, la soledad, el desempleo, el envejecimiento, la adversidad⁄ En la duda, a veces en la angustia, conviene inventar solu- ciones personales‰. La ten dencia al repliegue sobre sí mismo, la búsqueda de la autonomía que moviliza a muchos sujetos no dejan de tener consecuencias sensibles en el tejido cultural. La comunidad del sentido y de los valores se disemina en la trama social, sin unificarla realmente. La atomización de los sujetos acentúa aun más el distanciamiento respecto de los elementos culturales tradicionales, que caen en desuso o se convierten en indicaciones sin espesor. No son dignos de inversión y desaparecen dejando un vacío que Capítulo 2 los procedimien tos técnicos no pueden llenar. Por el contrario, proliferan las soluciones personales con el objetivo de cubrir las carencias de lo simbólico tomando ideas de otras tramas culturales o por medio de la creación de nuevas referencias. A nivel corporal, se produce la misma dispersión de las referen cias. La concepción un tanto desencantada de la anatomo-fisiolo gía y los recientes avances de la medicina y de la biotecnología, si bien favorecen el des- precio por la muerte, no hacen muy atractiva a esta representación del cuerpo. Muchos sujetos se dedican a buscar, incansablemente, modelos que convierten al cuerpo en una especie de suplemento de alma. Por eso se justifica que recurran a concepciones del cuerpo heterodoxas, a menudo contra dictorias, simplificadas, reducidas, a veces, a recetas. „El cuerpo de la modernidad se convierte en un collage surrealista. Cada au- tor ÂconstruyeÊ la representación que él se hace del cuerpo, individualmente, de manera autónoma, aun cuando la busque en el aire de los tiempos, en el saber de divulgación de los medios masivos de comunicación, o en el azar de sus lecturas o encuentros personales‰ (Le Breton, 1995). Un estudio de las relaciones entre el cuerpo y la modernidad nos obliga a establecer el camino que siguió el individualismo en la trama social y sus consecuencias sobre las representaciones del cuerpo. En primer término veremos cuán problemática y difícil de decidir es esta noción de “cuerpo”. La noción moderna de cuerpo es un efecto de la estructura individualista del campo social, una consecuencia de la ruptura de la solidaridad que mezcla la persona con la colectividad y con el cosmos a través de un tejido de correspondencias en el que todo se sostiene. Pero esta noción de persona cristalizada en torno al yo, es decir, al individuo, es reciente en la historia del mundo occidental. Tendremos que realizar algunas reflexiones para mostrar la solidaridad que se establece entre las concepciones modernas de la persona y las que, a modo de corolario, le asignan al cuerpo un sentido y una determinada posición. La noción de individualismo, desde el mismo Le Breton (1995), en la que se basa esta argumenta ción es, para nosotros, más una tendencia dominante que una realidad intrínseca a nuestras sociedades occidenta- les. Por el contrario, es justamente esta visión del mundo la que plantea en su centro al individuo, origen de nuestras principales concepciones acerca del cuerpo. En las sociedades tradicionales, de estructura holís tica, comunitaria, en las que el individuo es indiscernible, el cue rpo no es objeto de una esci- sión y el hombre se confunde con el cosmos, la naturaleza, la comunidad. En estas sociedades las representaciones del cuerpo son, efectivamente, Miguel Sassano representaciones del hombre, de la persona. La imagen del cuerpo es una imagen de sí mismos, nutrida por las materias primas que componen la naturaleza, el cosmos, en una suerte de indiferenciación. Estas concep- ciones imponen el sentimiento de un parentesco, de una participación activa del hombre en la totalidad del mundo viviente y, por otra parte, se encuentran todavía huellas activas de estas representaciones en las tradiciones populares de curación. El cuerpo como elemento aislable del hombre, al que le presta el rostro, sólo puede pensarse en las estructuras sociales de tipo individualista en las que los hombres están separados unos de otros, son relativamente autónomos en sus iniciativas y en sus valores. El cuerpo funciona como un límite fronterizo que delimi ta, ante los otros, la presencia del sujeto. Es factor de individua ción. El vocabulario anatómico estrictamente inde- pendiente de cualquier otra referencia marca también la ruptura de la solida ridad con el cosmos. „En las sociedades de tipo comunitario, en las que el sentido de la exis- tencia del hombre implica un juramento de fidelidad al grupo, al cosmos, a la naturaleza, el cuerpo no existe como un elemento de individuación ya que el individuo no se distingue del grupo. Cuando mucho es una singularidad dentro de la armonía diferencial del grupo. A la inversa, el aislamiento del cuerpo en las sociedades occidentales nos habla de una trama social en la que el hombre está separado del cosmos, de los otros y de sí mismo. El cuerpo, factor de individuación en el plano social y en el de las representaciones, está disociado del sujeto y es percibido como uno de sus atributos‰ (Le Breton, 1995). Las sociedades occiden tales hicieron del cuerpo una posesión más que una cepa de identidad. La distinción del cuerpo y de la presencia humana es la herencia histórica del hecho que la concepción de persona haya sido aislada del componente comunitario y cósmico, y el efecto de la ruptura que se operó en el hombre. El cuerpo de la modernidad, resultado de un retroceso de las tradiciones populares y de la llegada del individualismo occidental, marca la frontera entre un individuo y otro, el repliegue del sujeto sobre sí mismo. „La antropología bíblica también ignora la noción de un cuerpo aislado del hombre. Muy alejada del pensamiento platónico, no entiende a la condición humana como una caída en el cuerpo. En el universo bíblico el hombre es un cuerpo, y el cuerpo no es nunca algo diferente de él mismo. El acto de conocer no es producto de una inteligencia separada del cuerpo‰ (Le Breton, 1995). Capítulo 2 Manifiesta Le Breton (ibid.) que la palabra cuerpopuede existir en muchas sociedades africa nas, pero su sentido difiere de un lugar a otro. En las sociedades rurales africanas la persona no está limitada por los contornos del cuerpo, encerrada en sí misma. Su piel y el espesor de su carne no dibujan las fronteras de su individualidad. Lo que nosotros enten demos por persona es concebido en las sociedades africanas como una forma compleja, plural. La oposición esencial está en la estructura holística de estas sociedades en las que el hombre no es un individuo (es decir indivisible y distinto) sino un nudo de relaciones. El hombre está fundido en una comunidad de destino en la que su relevancia personal no es indicio de una individuali dad sino una diferencia que favorece las necesarias complementa riedades de la vida colectiva, un motivo singular dentro de la armonía diferencial del grupo. La identidad personal del africano no se detiene en el cuerpo, éste no lo separa del grupo sino que, por el contrario, lo incluye en él. La mirada sobre la persona de las sociedades humanas marca sus contornos sin distinguirlos, en general, del hombre al que encarna. De ahí las paradojas de las sociedades para las que el “cuerpo” no existe. O de las sociedades para las que el “cuerpo” es una realidad tan compleja que desafía la comprensión occidental. Así como el bosque es evidente a primera vista, pero existen varios bosques… del mismo modo, el cuerpo sólo cobra sentido con la mirada cultural del hombre. La comprensión de las relaciones entre el cuerpo y la moderni dad impone una especie de “historia del presente” (Foucault), un retorno a la construcción de la noción de cuerpo. También una reflexión sobre la noción de persona, sin la que no sería posible aprehender lo que se pone en juego en esta relación. Poco a poco, con el correr del tiempo, se instala una concepción para- dójica del cuerpo. Por una parte, el cuerpo como soporte del individuo, frontera de su relación con el mundo y, en otro nivel, el cuerpo disociado del hombre al que le confiere su presencia a través del modelo privile- giado de la máquina, cuyos vínculos estrechos se establecieron entre el individualismo y el cuerpo moderno. CAPÍTULO 3 El paradigma de la complejidad y la globalidad de la persona humana Complejidad: “Es complejo aquello que no puede resumirse en una pa labra, aquello que no puede retrotraerse a una ley; aquello que no puede reducirse a una idea simple. Dicho de otro modo, lo complejo no puede resumirse en el térmi no compleji- dad, retrotraerse a una ley de complejidad, reducirse a la idea de complejidad. La complejidad no sería algo definible de manera simple para tomar el lugar de la simplicidad. La complejidad es una palabra problema y no una palabra solución” (Morin, 1998). Paradigma: “Totalidad de ideas, percepciones y valores que constituyen una determinada visión de la realidad” (Capra, 1985). Globalidad: “El concepto de globalidad lleva a pensar a la persona y su desarrollo en su condi- ción bio-psico-socio-eco-cultural, evitando negar su carácter multicondicionado, así como no debe negarse el carácter pluridimensional de la noción de cuerpo, sustrato primordial para el desarrollo de la persona” (Bottini, 2001). Sistema: “La definición más general de sistema (del griego systema, una cosa compuesta), es la que se refiere a la composición ordenada de elementos (materiales o men- tales) en un todo unificado… un sistema en su conjunto es cualitativamente diferente de la suma de sus elementos individuales y ‘se comporta’ de un modo distinto” (Simon y otros, 1988). Miguel Sassano El pensamiento complejo “Lo simple no existe, sólo existe lo simplificado”. Gastón Bachelard Hablar de la complejidad es sin duda hablar de la obra de Edgar Morin, enorme sociólogo y filósofo francés, propulsor de un conocimiento multidimensional de los fenómenos humanos. Sobre ella basamos este capítulo. Morin (1998) sostiene que la parcelación de las disciplinas hace impo- sible aprehender “lo que está tejido junto”, es decir, según el sentido original del término, lo complejo. El desafío de la globalidad es, por lo tanto, al mismo tiempo el desa- fío a la complejidad. En efecto, existe comple jidad cuando no se pue- den separar los componentes diferen tes que constituyen un todo (como lo económico, lo político, lo sociológico, lo psicológico, lo afectivo, lo mitológico) y cuando existe tejido interdependiente, interactivo entre las partes y el todo, el todo y las partes. Ahora bien, los desarrollos de nuestro siglo y de nuestra era planetaria nos enfrentan cada vez más y con mayor frecuen cia y de manera cada vez más ineluctable con los desafios de la complejidad. Como sostuvieron Aurelio Peccei y Daisaku Ikeda (Grito de alarma para el siglo XXI, 1986, citado por Morin, 2001): „El enfoque reduccionista, que consiste en remitirse a una sola serie de factores para solucionar la totalidad de los problemas planteados por la crisis multiforme que atravesamos actual mente, es menos una solución que un problema‰. Efectivamente, la inteligencia que no sabe hacer otra cosa que separar, rompe lo complejo del mundo en fragmentos disociados, fracciona los problemas, convierte lo multidi mensional en unidimensional. Atrofia las posibilidades de comprensión y de reflexión, eliminando también las posibi lidades de un juicio correctivo o de una visión a largo plazo. Su insuficiencia para tratar nuestros problemas más graves constituye uno de los problemas más graves que enfrenta mos. Así, cuanto más multi- dimensionales se vuelven los problemas, se es más incapaz de pensar su multidimensio nalidad; cuanto más progresa la crisis, más progresa la incapacidad para pensar la crisis; cuanto más globales se vuelven los problemas, menos se piensa en ellos. Una inte ligencia incapaz de encarar el contexto y el complejo global se vuelve ciega, inconsciente e irrespon- sable (Morin, 2001). Capítulo 3 De esta manera, los desarrollos disciplinarios de las ciencias no sólo aportaron las ventajas de la división del trabajo, también aportaron los inconvenientes de la superes pecialización, del enclaustramiento y de la fragmentación del saber. No produjeron solamente conocimiento y elucida ción, también produjeron ignorancia y ceguera. Por eso hoy estamos frente a un enorme desafío cultural, sostiene Morin (2001). La cultura no sólo está cortada en piezas separadas sino también rota en dos bloques. La gran desunión entre la cultura de las humanidades y la cultura científica, que comenzó en el siglo pasado y que se agravó en el nuestro, entraña graves consecuencias para una y para la otra. La cultura humanista es una cultura genérica que, via la filosofia, el ensayo, la novela, alimenta la inteligencia general, enfrenta los grandes interrogantes humanos, estimula la reflexión sobre el saber y favorece la integración personal de los conocimientos. La cultura científica, de una naturaleza diferente, separa los campos de conocimiento; provoca descubrimientos admirables, teorías geniales, pero no una reflexión sobre el destino humano y sobre el devenir de la ciencia. Recordemos que el pensamiento humano es, como decía H. Simon (en contradicción con la opinión más extendida actualmente), el desarrollo de las aptitudes generales del pensamiento que per mite un desarrollo mejor de las competencias particulares o especializadas. Cuanto más poderosa es la inteligencia ge neral, mayor es la facultad para analizar problemas especia les. La educación debe favorecer la aptitud natural del pensamiento para plantear y resolver los problemas y, correlativamente, estimular el pleno empleo de la inteligen cia general. Es éste el primer ejercicio de articulación de nociones provenientes de disciplinas diver sas para abordar un tema que permita establecer puen tes entre lo humano a nivel biofísico con los niveles antropo-sociales y psico- mitológicos. Lo social se abre, por una parte, al cuerpo en su materialidadfísica y, por la otra, a lo imaginario en sus expresiones individuales (psi- cológicas en sentido tradicional) y sociales (mitológicas). El desafío de la com plejidad es entonces el de pensar complejamente como metodología de acción cotidiana, cualesquiera sea el campo en el que desempeñemos nuestro quehacer. En tendemos que el estudio de cualquier aspecto de la experiencia humana ha de ser, por necesidad, multifacético, pues vemos cada vez más que la mente humana no existe sin cerebro y tampoco existe sin tradiciones familia res, sociales, genéricas, étnicas, raciales. Que sólo hay mentes encarnadas en cuerpos y culturas, y que el mundo físico es siempre el mundo entendido por seres biológicos y culturales. Miguel Sassano El mundo se moverá en una dirección ética, sólo si queremos ir en esa dirección. Es nuestra responsabilidad y nuestro destino el que está en juego. El pensamiento com plejo es una aventura, pero también un desafío. „Es complejo aquello que no puede resumirse en una pa labra, aquello que no puede retrotraerse a una ley; aquello que no puede reducirse a una idea simple. Dicho de otro modo, lo complejo no puede resumirse en el térmi no complejidad, retrotraerse a una ley de complejidad, reducirse a la idea de complejidad. La complejidad no sería algo definible de manera simple para tomar el lugar de la simplicidad. La complejidad es una palabra problema y no una palabra solución‰ (Morin, 1998). Según Morin, con respecto a este fenómeno, existen dos ilusiones. La primera es creer que la complejidad conduce a la eliminación de la sim- plicidad. “Por cierto que la compleji dad aparece allí donde el pensamiento simplificador falla, pero integra en sí misma todo aquello que pone orden, claridad, distinción; precisión en el conocimiento” (Morin, 1998). Mientras que el pensamiento simplificador desintegra la compleji dad de lo real, el pensamiento complejo integra lo más posible los modos simplificadores de pensar, pero rechaza las consecuencias mutilantes, reduccionistas, unidimensiona lizantes y finalmente cegadoras de una simplificación que se toma por reflejo de aquello que hubiere de real en la realidad. La segunda ilusión, sostiene, es la de confundir complejidad con completud. Se sabe que el conocimiento completo es imposible: uno de los axiomas de la complejidad es la imposibilidad, incluso teórica, de una omnicien- cia. Hace suya la frase de Adorno “la totalidad es la no-verdad”. Im plica el reconocimiento de un principio de incompletud y de incertidumbre. Pero implica también, por principio, el reconocimiento de los lazos entre las entidades que nues tro pensamiento debe necesariamente distinguir, pero no aislar, entre sí. Pascal había planteado, correctamente, que todas las cosas son “causadas y causantes, ayudadas y ayudantes, mediatas e inmediatas, y todas subsisten por un lazo natural e insensible que liga a las más aleja das y a las más diferentes”. Así es que el pensamiento complejo está animado por una tensión permanente entre la aspiración a un saber no parcelado, no dividido, no reduccionista, y el reconocimiento de lo inacabado e incom pleto de todo conocimiento (Morin, 1998). „Esa tensión ha animado toda mi vida. Nunca pude, a lo largo de toda mi vida, resignarme al saber parcelarizado, nunca pude aislar un objeto de estu dio de su contexto, de sus antecedentes, de su devenir. He aspirado siempre a un pensamiento multidimensional. Nunca he podido eliminar Capítulo 3 la contradicción interior. Siem pre he sentido que las verdades profundas, antagonistas las unas de las otras, eran para mí complementarias, sin dejar de ser antagonistas. Nunca he querido reducir a la fuerza la incertidumbre y la ambigüedad‰ (Morin, 1998). Hablamos de reunir en sí orden, desorden y organización y, en el seno de la organización, lo uno y lo diver so; esas nociones trabajan las unas con las otras, de manera complementaria y antagonista; el problema ha sido la organización del conocimiento. „Todo conocimiento opera mediante la selección de da tos significativos y el rechazo de otros no significativos: se para (distingue o desarticula) y une (asocia, identifica); je rarquiza (lo principal, lo secundario) y centraliza (en fun ción de un núcleo de nociones maestras). Estas operacio nes, que utilizan la lógica, son de hecho comandadas por principios de organi- zación del pensamiento o paradigmas, principios ocultos que gobiernan nuestra visión de las cosas y del mundo sin que tengamos concien cia de ello‰ (Morin, 1998). Vivimos bajo el imperio de los principios de disyun ción, reducción y abstracción, cuyo conjunto constituye lo que Morin llama el “paradigma de simplificación”. Descartes for muló ese paradigma maestro de Occi- dente, desarticulando al sujeto pensante (ego cogitans) y a la cosa extensa (res extensa), es decir filosofía y ciencia, y postulando como principio de verdad a las ideas “claras y distintas”, es de cir, al pensamiento disyuntor mismo. Este paradigma, que controla el pensamiento occidental desde el siglo XVII, ha permitido, sin duda, los enormes progresos del conoci- miento científico y de la reflexión filosófica; sus consecuencias nocivas ulteriores no se comienzan a reve lar hasta el siglo XX. La única manera de remediar esta disyunción fue a través de otra simplificación: la reducción de lo complejo a lo simple (reducción de lo biológico a lo físico, de lo huma no a lo biológico). „Tal conocimiento funda su rigor y su operacionali dad, necesariamente, sobre la medida y el cálculo; pero la matematización y la formalización han desintegrado más y más a los seres por considerar realida des nada más que a las fórmulas y a las ecuaciones que go biernan a las entidades cuantificadas. Finalmente, el pen samiento simplificante es incapaz de concebir la conjun ción de lo uno y lo múltiple. O unifica abstractamente anulando la diversidad o, por el contrario, yuxtapone la diversidad sin concebir la unidad‰ (Morin, 1998). Una cabeza bien puesta es una cabeza que es apta para organizar los conocimientos y de este modo evitar una acumulación estéril. Miguel Sassano Sostiene Morin (2001) que todo conocimiento constituye al mismo tiempo una tra ducción y una reconstrucción a partir de señales, signos, símbolos, en forma de representaciones, ideas, teorías, dis cursos. La orga- nización de los conocimientos, que se realiza en función de principios y reglas, implica operaciones de unión (conjunción, inclusión, implica- ción) y de separación (diferenciación, oposición, se lección, exclusión). El proceso es circular: pasa de la separa ción a la unión, de la unión a la separación y, más allá, del análisis a la síntesis, de la síntesis al análisis. Dicho de otro modo, el conocimiento implica al mismo tiempo separación y unión, análisis y síntesis. Nuestra civilización y, por consiguiente, nuestra ense ñanza, privile- giaron la separación en detrimento de la unión, el análisis en detrimento de la síntesis. Unión y síntesis quedaron subdesarrollados. Por eso, tanto la separación como la acumulación sin relaciones de los conocimientos están privilegiados en detrimento de la organización que vincula los conocimientos. Como nuestro modo de conocimiento desune a los objetos, tenemos que concebir que los une. Como aísla a los objetos de su contexto natural y del conjunto del que forman parte, constituye una necesidad cognitiva poner en su contexto un conocimiento particular y situarlo respecto de un conjunto. En efecto, la psicología cognitiva demuestra que el conoci- miento progresa principalmente menos por sofisticación, formalización y abstracción de los conocimientos particula res que por la aptitud para integrar estos conocimientos en su contexto y su conjunto total. “Por consiguiente, el desarro llo de la aptitud para contextualizar y totalizar los saberes se convierte en un imperativo de la educación” (Morin, 1998). Entonces, se interroga Morin (ibid.):„œQué es la complejidad? A primera vista, la compleji dad es un tejido (complexus: lo que está tejido en conjunto) de constituyentes heterogéneos inseparablemente asocia dos. Presenta la paradoja de lo uno y lo múltiple. Al mirar con más atención, la complejidad es, efectivamente, el teji do de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, de terminaciones, azares, que constituyen nuestro mundo fe noménico. Así es que la complejidad se presenta con los rasgos inquietantes de lo enredado, de lo inexplicable, del desorden, la ambigüedad, la incertidumbre. De allí la ne cesidad, para el conocimiento, de poner orden en los fenó menos rechazando el desorden, de descartar lo incierto, es decir, de seleccionar los elementos de orden y de certidum bre, de quitar ambigüedad, clarificar, distinguir, jerarqui zar⁄ Pero tales operaciones, necesarias para la inteligibi lidad, corren el riesgo de producir ceguera si eliminan a los otros caracteres de lo complejo; y, efectivamente, nos han vuelto ciegos‰. Capítulo 3 Pero la complejidad ha vuelto a las ciencias por la misma vía por la que se había ido. El desarrollo mismo de la ciencia física, que se ocupaba de revelar el Orden impecable del mundo, su determinismo absoluto y perfec to, su obediencia a una Ley única y su constitución de una materia simple primigenia (el átomo), se ha abierto finalmente a la complejidad de lo real. Finalmente, se hizo evidente que la vida no es una sustancia, sino un fenómeno de auto-eco-organización ex traordinariamente complejo que produce la autonomía. „Deberíamos sustituir el paradigma de disyunción / reducción / uni- dimensionalización por un paradigma de distinción / conjunción que permita distinguir sin desarticular, asociar sin identificar o reducir‰ (Mo- rin, 1998). La antigua patología del pensamiento daba una vida independiente a los mitos y a los dioses que creaba. La pa tología moderna del espíritu está en la hiper-simplifica ción que ciega a la complejidad de lo real. La patología de la idea está en el idealismo, en donde la idea oculta a la realidad que tiene por misión traducir, y se toma como única realidad. La enfermedad de la teoría está en el doc trinarismo y en el dogmatismo, que cierran a la teoría so bre ella misma y la petrifican. La patología de la razón es la racionalización, que encierra lo real en un sistema de ideas coherente pero parcial y unilateral, y que no sabe que una parte de lo real no se puede racionalizar, ni que la ra cionalidad tiene por misión dialogar con lo irracionalizable. Por ello, Bachelard (citado por Morin, 1998), el filósofo de las ciencias, afirma que lo simple no existe, sólo existe lo simplificado. Sostiene Morin (1998) que la ciencia del hombre no tiene fundamento alguno que en raíce al fenómeno humano en el universo natural, ni méto do apto para aprehender la extrema complejidad que lo distingue de todo otro fenómeno natural conocido. La es tructura explicativa es aún la de la física del siglo XIX, y su ideología implícita es siempre la del Cristianismo y el Hu manismo occidentales: la sobre-naturalidad del Hombre. „Que se entienda desde ahora mi camino: es un movimien to sobre dos frentes, aparentemente divergentes, antago nistas, pero inseparables ante mis ojos; se trata, cierta mente, de reintegrar al hombre entre los otros seres natu- rales para distinguirlo, pero no para reducirlo. Se trata, en consecuencia, de desarrollar al mismo tiempo una teoría, una lógica, una epistemología de la complejidad que pueda resultarle conveniente al conocimiento del hombre. Por lo tanto lo que se busca aquí es la unidad del hombre y, al mismo tiempo, la teoría de la más alta complejidad humana‰ (Morin). Miguel Sassano No hay más un terreno firme. La “materia” no es más la realidad masiva elemental y simple, el espacio y el tiempo no son más entidades absolutas e independientes. De allí una consecuencia fundamental: lo simple (las categorías de la Física clásica que constituyen el modelo de toda ciencia) no es más el funda mento de todas las cosas, sino un pasaje, un momento en tre dos complejidades: la complejidad micro-física y la complejidad macro-cosmo-física. Es así como la Teoría de Sistemas y la Cibernética se recortan en una zona incierta común. En principio, el campo de la Teo ría de Sistemas es mucho más amplio, casi universal, por que en un sentido toda realidad conocida, desde el átomo hasta la galaxia, pasando por la molécula, la célula, el or ganismo y la sociedad, puede ser concebida como sistema, es decir, como asociación combinatoria de elementos dife rentes. De hecho, la Teoría de Sistemas, que empezó con von Bertalanffy como una reflexión sobre la Biología, se expandió frondosamente, a partir de 1950, en las más variadas direcciones. El sistemismo tiene, en principio, los mismos aspec tos fecundos que la Cibernética (ésta, refiriéndose al con cepto de máquina, conserva en la abs- tracción algo de su origen concreto y empírico). La virtud sistémica es: „a) haber puesto en el centro de la teoría, con la no ción de sistema, no una unidad elemental discreta, sino una unidad compleja, un ÂtodoÊ que no se reduce a la ÂsumaÊ de sus partes constitutivas; b) haber concebido la noción de sistema, no como una noción ÂrealÊ, ni como una noción puramente formal, sino como una noción ambigua; c) situarse en un nivel transdisciplinario que permi te concebir, al mismo tiempo, tanto la unidad como la di ferenciación de las ciencias, no sola- mente según la natu raleza material de su objeto, sino también según los tipos y las complejidades de los fenómenos de asociación / orga nización. En este último sentido, el campo de la Teoría de Sistemas es, no solamente más amplio que el de la Ciber nética, sino de una amplitud que se extiende a todo lo cog noscible‰ (Morin, 1998). Con esto, ponemos en el eje del análisis el concepto de sistema abierto que es, originalmente, una noción termodinámica, cuyo carácter pri- mario era el de permitir circunscribir, de manera negativa, el campo de aplicación de su segundo principio, que requiere la noción de sistema cerrado, es decir, que no dispone de una fuente energética material exte- rior a sí mismo. Tal definición no hubiera ofrecido interés alguno si no fuera por que se podía, a partir de allí, considerar a un cierto número de sistemas físicos (la llama de una vela, el remolino de un río, etc.) y, sobre todo, a los sistemas vivientes, como sistemas cuya existencia y Capítulo 3 estructura dependen de una alimentación exterior y, en el caso de los sistemas vivien tes, no solamente material-energética, sino también orga- nizacional-informacional. Esto significa que se constituyó un puente entre la Termodiná mica y la ciencia de lo viviente y que una idea nueva se ha desarrollado, que se opo ne a las nociones físicas de equilibrio/desequilibrio y que está más allá de una y otra, conteniéndolas, en un sentido. Un sistema cerrado, dice Morin (1998), como una piedra, una mesa, está en estado de equilibrio, es decir que los intercambios de materia y energía con el exterior son nulos. Por el contra rio, la constancia de la llama de una vela, la constancia del medio interno de una célula o de un organismo, no están ligados en modo alguno a un equilibrio semejante; hay, por el contrario, desequilibrio en el flujo energético que los ali menta y, sin ese flujo, habría un desorden organizacional que conllevaría una decadencia rápida. En primer lugar, „el desequilibrio nutricional permite al sistema mantenerse en aparen- te equilibrio, es decir, en estado de estabilidad y de continuidad, y ese equilibrio aparente no puede mas que degradarse si queda librado a sí mismo, es decir, si hay clausura del sistema. Una vez asegurado, ese estado, constante y, por lo tanto, frágil, tiene algo de paradójico: las estructuras se mantienen mientras los constituyentes cambian y así es que tenemos no sola mente al remolino o la llama de la vela,sino a nuestros organismos, donde nuestras moléculas y células se renuevan, mientras que el conjunto permanece aparen temente estable y estacionario. En un sentido, el sistema debe cerrarse al mundo exterior a fin de mantener sus es tructuras y su medio interno que, si no, se desintegrarían. Pero es su apertura lo que permite precisamente su clausura‰ (Morin, 1998). Dos consecuencias básicas se desprenden, entonces, de la idea de sistema abierto: la primera es que las leyes de organización de lo viviente no son de equilibrio, sino de desequilibrio, retomado o compensado, de dinamismo estabilizado. La segunda consecuencia, quizá más importante aún, es que la inteligibilidad del sistema debe encontrarse no sola mente en el sistema mismo, sino también en su relación con el ambiente, y esa relación no es una simple depen dencia, sino que es constitutiva del sistema. La realidad está, de allí en más, tanto en el vínculo como en la distin- ción entre el sistema abierto y su ambiente. La Teoría de Sistemas reúne sincréticamente los ele mentos más diver- sos: en un sentido, caldo de cultivo excelente en otra confusión. Pero ese Miguel Sassano caldo de cultivo ha suscitado contribuciones a menudo muy fecundas en su di versidad misma. Siguiendo siempre a Morin (1998), este afirma que la noción de infor- mación surgió con Hartley y, sobre todo, con Shannon y Weaver, en su aspecto comuni cacional donde se trataba de la transmisión de mensajes y se ha encontrado integrada en una Teoría de la Comunicación. Ellos logran considerar a la información organizacional, ya sea como memoria, ya sea como mensaje, ya sea como programa o, más bien, como todo eso a la vez. En efecto, el mencionado segundo principio de la Termodinámica había sido formulado mediante una ecuación de probabili dad que expre- saba la tendencia a la entropía, “es decir, al crecimiento, en el seno del sistema, del desorden por sobre el orden; de lo desorganizado por sobre lo organizado” (Morin, 1998). La neguentropía, en tanto, no es nada más que el desarrollo de la organización, de la complejidad. Reencontramos aquí de nuevo el lazo entre organización y complejidad. El aspecto estadístico ignora, incluso desde la pers pectiva comuni- cacional, el sentido de la información, no aprehende más que el carácter probabilístico-improbabi lístico; ni la estructura de los mensajes y, por supuesto, ig nora todo el aspecto organizacional. Correlativamente la Biología moderna ha pasado del organicismo al organizacionismo. Importa señalar, sostiene Morin (1998), la diferencia de nivel entre el organizacionismo, al que creemos necesario, y el organicismo tradicional. El organicismo es un concepto sincrético, histórico, confuso, romántico. Parte del organismo concebido como totalidad armoniosamente orga- nizada, lleva en sí mismo al antagonismo y a la muerte. Partiendo del organismo, el organicismo hace de él el mo delo ya sea de macrocosmos (concepción organicista del universo), ya sea de la sociedad humana; así es que toda una corriente sociológica, en el siglo anterior, quiso ver en la sociedad una analogía del organismo animal, investigan do minuciosa- mente las equivalencias entre vida biológica y vida social. Pero el organizacionismo no se esfuerza por revelar las analogías feno- ménicas, sino por encontrar los princi pios de organización comunes, los principios de evolución de esos principios, los caracteres de su diversifi- cación. De allí en más, y sólo a partir de allí, las analogías fenoméni cas pueden, eventualmente, encontrar algún sentido (Morin, 1998). Pero por más opuestos que sean, organizacionismo y organicismo tienen algún fundamento común. La nueva conciencia cibernética no reniega de la analogía. Que el or ganicismo se fundamente sobre la ana- logía no implica que ésta deba generarnos rechazo. Es más bien porque Capítulo 3 había analo gías lineales y triviales, porque no había fundamento teórico para esas analogías, que el organicismo debe ser criticado. El organismo es también una máquina en el sentido en que ese tér- mino significa totalidad organizada, pero de un tipo diferente al de las máquinas artificiales. Von Neumann (citado por Morin, 1998) inscribió la paradoja de la diferen cia entre la máquina viviente (auto-organizadora) y la máquina arte- facto (simplemente organizada). Mostró también que hay un lazo consus- tancial entre desorganización y organización compleja, porque el fenó- meno de desorganización (entropía) prosi gue su curso en lo viviente. La entropía, en ese sentido, afirma Morin (1998), contribuye a la orga- nización que tiende a arruinar el orden auto-organizado y no puede com- plejizarse más que a partir del desorden o, más aun, a partir del “ruido” (von Foerster), porque estamos en un orden informacional. Los objetos fe noménicos del universo estrictamente físico-químico no tienen un principio de organización interno. Por el contra rio, para los objetos auto-organizadores, hay adecuación total entre la forma fenomé- nica y el principio de organiza ción. Pero, al mismo tiempo que el sistema auto-organiza dor se desprende del ambiente y se distingue de él, y de allí su autonomía y su indivi- dualidad, se liga tanto más a ese ambiente al incrementar la apertura y el intercambio que acompañan a todo progreso de la complejidad: es auto-eco-organizador. Mientras que el sistema cerrado no tiene nada de individualidad, ni de intercambio que acompañe a todo progreso de la complejidad: es auto-eco-organizador. En tanto ese sistema cerrado no tiene nada de indivi dualidad, ni de intercambios con el exterior, y establece re laciones muy pobres con el ambiente, el sistema auto-eco-organizador tiene su individualidad misma ligada a rela ciones muy ricas, aunque dependientes, con el ambiente. Sin embargo, la idea de complejidad estaba mucho más diseminada en el vocabulario común que en el científico. Llevaba siempre una conno- tación de advertencia al entendimiento, una puesta en guardia contra la clarificación, la simplificación, la reducción demasiado rápida. De hecho, la complejidad tenía también delimitado su terreno, pero sin la palabra misma, en la Filosofía: en un sentido, la dialéctica, y en el terreno lógico, la dialéctica hegeliana, eran su dominio, porque esa dialéctica introdu- cía la contradicción y la transformación en el corazón de la identidad (Morin, 1998). La macro-física, a su vez, hacía depender a la observación del lugar del observador y com plejizaba las relaciones entre tiempo y espacio concebi- das, hasta entonces, como esencias trascendentes e indepen dientes. Miguel Sassano ¿Qué es, pues, la complejidad?, nos volvemos a preguntar con Morin. A primera vista, es un fenó meno cuantitativo, una cantidad extrema de interacciones e interferencias entre un número muy grande de unida des. De hecho, todo sistema auto-organizador (viviente), hasta el más simple, combina un número muy grande de unidades, ya sean moléculas en una célula, células en un organismo. Relacionar, relacionar siempre, es el método más rico, incluso a nivel teórico, que las teorías blindadas, protegidas epistemológica y lógica- mente. „En un sen tido, la complejidad siempre está relacionada con el azar. De este modo, la complejidad coincide con un aspecto de incerti- dumbre, ya sea en los límites de nuestro entendi miento, ya sea inscrita en los fenómenos. Pero la compleji dad no se reduce a la incertidumbre, es la incertidumbre en el seno de los sistemas ricamente organizados. Tiene que ver con los sistemas semi-aleatorios cuyo orden es in separable de los azares que incluyen‰ (Morin, 1998). La complejidad está así ligada a una cierta mezcla de orden y de des- orden, mezcla íntima, a diferencia del orden/desorden estadístico, donde el orden (pobre y estático) reina a nivel de las gran des poblaciones, y el desorden (pobre, por pura indetermi nación) reina a nivel de las unidades elementales. Una de las conquistasdel estudio del cerebro humano es la de com- prender que una de sus supe rioridades sobre la computadora es la de poder trabajar con lo insuficiente y lo impreciso; hace falta, de ahora en más, aceptar una cierta ambigüedad en la relación sujeto/objeto; orden/ desorden; auto/hétero-organización. Hay que reconocer fenómenos inex- plicables, como la libertad o la creatividad, inexplica bles fuera del cuadro complejo que permite su aparición. Tratamos de ir, no de lo simple a lo complejo, sino de la comple- jidad hacia más complejidad aún. Lo simple, repitámoslo, no es más que un momento, un aspecto entre muchas complejidades. Tratamos de considerar las líneas, las tendencias de la complejización creciente, lo que nos per mitirá, muy groseramente, determinar los modelos de baja complejidad, mediana complejidad, alta complejidad, en función de desarrollos de la auto-organización (autonomía, individualidad, rique- zas de relación con el ambiente, apti tudes para el aprendizaje, inventiva, creatividad, etc.). Pero, finalmente, llegaremos a considerar, a partir del ce rebro humano, los fenómenos verdaderamente sorpren dentes de muy alta complejidad, y a proponer como noción nueva y vital para considerar el problema humano, a la hipercomplejidad. Capítulo 3 Como siempre, una teoría que se quiere fundamentar escapa al campo de las disciplinas, las atraviesa, como lo han hecho, aunque cada uno con su propia ceguera y su propia arrogancia, el marxismo, el freudismo, el estructu ralismo. Afirma Morin (1998) que toda una enorme institución burocratizada –la ciencia–, todo un cuerpo de principios, resiste al menor cuestiona- miento, rechaza con violencia y desprecio como “no científico” todo lo que no corresponde al modelo. Si efectivamente el espíritu humano no puede aprehender el enorme conjunto del saber disciplinario, hace falta, en tonces, cambiar, ya sea al espíritu humano, ya sea al sa ber disciplinarizado. La ciencia clásica había rechazado al accidente, al evento, a lo aleatorio, a lo individual. Toda tentativa de reintegrarlos no podía más que parecer anti-científica den tro del marco del viejo paradigma. El mismo que había recha zado al cosmos y al sujeto. El reduccionismo ha suscitado siempre, por oposición, una corriente “holística” fundada sobre la preeminencia del concepto de globalidad o totalidad. Pero siempre, la to talidad cuanto más plena era, más se volvía vacía. Allí es cuando se produce un cambio paradigmático. La Ontología de Occidente estaba fundada sobre entida des cerradas, como ser la sus- tancia, la identidad, la causa lidad lineal, el sujeto, el objeto. La lógica de Occidente era una lógica homeostática, desti nada a mantener el equilibrio del discurso mediante la ex pulsión de la contradicción y del error. Pero ese paradigma de Occidente, hijo de la herencia fecunda de la esquizofrénica dicotomía cartesiana y del puritanismo, gobierna también al doble carácter de la praxis occidental, por una parte antropocéntrica, et nocéntrica, egocéntrica, cuando se trata del sujeto, y, por otra parte y correlativamen te manipuladora, congeladamente “objetiva”, cuando se trata del objeto (Morin, 1998). Para comprender el problema de la complejidad, afirma Morin, hay que saber, antes que nada, que hay un paradigma de simplicidad. La palabra paradigma es empleada a menudo. En nuestra concepción, un paradigma está constituido por un cierto tipo de relación lógica extre- madamente fuerte entre nociones maestras, nociones clave, principios clave. Esa relación y esos principios van a gobernar todos los discur sos que obedecen, inconscientemente, a su gobierno. „Así es que el paradigma de la simplicidad es un paradig ma que pone orden en el universo, y persigue al desorden. El orden se reduce a una ley, a un principio. La simplici dad ve a lo uno y ve a lo múltiple, pero no puede Miguel Sassano ver que lo Uno puede, al mismo tiempo, ser Múltiple. El principio de simplicidad o bien separa lo que está ligado (disyunción), o bien unifica lo que es diverso (reducción)‰ (Morin, 1998). Tomando como ejemplo al hombre, este es un ser evidentemente bio- lógico. Es, al mismo tiempo, un ser evidentemente cultural, meta- biológico y que vive en un universo de lenguaje, de ideas y de conciencia. Pero, a esas dos realidades, la realidad biológica y la realidad cultural, el paradigma de simplificación nos obliga ya sea a desu nirlas, ya sea a reducir la más compleja a la menos com pleja. Vamos entonces a estudiar al hombre biológico, como un ser anatómico, fisioló gico, etc., y vamos a estudiar al hombre cultural en los de partamentos de Ciencias Humanas y Sociales. Vamos a es tudiar al cerebro como órgano biológico y vamos a estudiar al espíritu, la mente, como función o realidad psicológica. “Olvidamos que uno no existe sin el otro; más aun, que uno es, al mismo tiempo, el otro, si bien son tratados con tér minos y conceptos diferentes” (Morin, 1998). Morin explica que la misma obsesión ha conducido a la búsqueda del la drillo elemental con el cual estaba construido el universo. Hemos creído encontrar la unidad de base en la molécula. El desarrollo de ins- trumentos de observación ha revelado que la molécula misma estaba compuesta de áto mos. Luego nos hemos dado cuenta de que el átomo era, en sí mismo, un sistema muy complejo, compuesto de un núcleo y de electrones. Entonces, la partícula devino la unidad primaria. Luego nos percatamos de que las partículas eran, en sí mismas, fenómenos que podían ser divididos teóricamente en quarks. Y en el momento en que creíamos haber alcanzado el ladrillo elemental con el cual nuestro universo estaba construido, ese ladrillo ha desaparecido en tanto ladrillo. Es una entidad difusa, compleja, que no llegamos a aislar. La obsesión de la complejidad condujo a la aventura científica a descubrimientos imposibles de concebir en términos de simplicidad. Pero hemos podido reflexionar sobre esto profundamente. Un primer princi pio, que es el de la conservación de energía, se acompaña de otro que dice que la energía de grada bajo la forma de calor. Toda actividad, todo trabajo, produce calor; dicho de otro modo, toda utilización de la energía tiende a degradar dicha energía. El segundo principio de la Termodinámica indica que el universo tiende a la entropía general, es decir, al desorden máximo, y, por otra parte, parece que en ese mismo universo las co sas se organizan, se com- plejizan y se desarrollan. Más aun, la vida es un progreso que se paga con la muerte de los individuos; la evolución biológica se paga con la muerte de in numerables especies. Capítulo 3 Por lo tanto, la dicotomía no era posible. Hicieron fal ta estos últimos decenios para que nos diéramos cuenta de que el desorden y el orden, siendo enemigos uno del otro, cooperaban de alguna manera para orga- nizar al univer so. En efecto, el universo nació en un momento indes criptible, que hizo nacer al tiempo del no-tiempo, al espa cio del no-espacio, a la materia de la no-materia. La complejidad de la relación orden/desorden/organi- zación surge, entonces, cuando se constata empíricamente que fenómenos desordenados son necesarios en ciertas condiciones. Vivir, de alguna manera, es morir y rejuvenecerse sin cesar. Dicho de otro modo, vivimos de la muerte de nues tras células, así como una socie- dad vive de la muerte de sus individuos, lo que le permite rejuvenecer. „Anteriormente pensábamos que no había ciencia sino de lo general. Hoy, no solamente la Física nos introduce en un cosmos singular, sino que las ciencias biológicas nos dicen que la especie no es un marco general dentro del cual nacen indi viduos singulares, la especie es en sí misma un pattern singular muy preciso, un productor de singularidades. Más aun, los individuos de una misma especie son muy di ferentes unos de otros‰ (Morin, 1998). Bien entendida, la complejidad individual es tal que, al ponernos en el centrode nuestro mundo, ponemos también a nuestros padres, nues- tros hijos, nuestros conciuda danos y somos incluso capaces de sacrificar nuestras vidas por los nuestros. Nuestro egocentrismo puede hallarse englobado en una subjetividad comunitaria más amplia; la concepción de sujeto debe ser compleja. Ser sujeto, entonces, es ser autónomo siendo, al mismo tiempo, depen- diente. Es ser algo provisorio, parpadeante, incierto, es ser casi todo para sí mismo y casi nada para el universo, nos confirma Morin. La noción de autonomía humana es compleja porque depende de condiciones culturales y sociales. Para ser no sotros mismos, nos hace falta aprender un lenguaje, una cultura, un saber y hace falta que esa misma cul- tura sea suficientemente variada como para que podamos hacer, nosotros mismos, la elección dentro del surtido de ideas existentes y reflexionar de manera autónoma. Esa autono mía se nutre, por lo tanto, de dependencia; dependemos de una educación, de un lenguaje, de una cultura, de una so ciedad, dependemos también, por cierto, de un cerebro. „En la visión clásica, cuando una contradicción apare cía en un razona- miento, era una señal de error. Significa ba dar marcha atrás y emprender otro razonamiento. Pero en la visión compleja, cuando se llega por vías empírico-racionales a contradicciones, ello no significa un error sino el Miguel Sassano hallazgo de una capa profunda de la realidad que, justa mente porque es profunda, no puede ser traducida a nues tra lógica. Por eso es que la complejidad es diferente de la com pletud. Creemos, a menudo, que los que enarbolan la com plejidad pretenden tener visiones completas de las cosas‰ (Morin, 1998). Es verdad que pensamos que no podemos aislar los objetos unos de otros. En última instan cia, todo es solidario. Si tenemos sentido de la complejidad, tenemos sentido de la solidaridad. Más aun, tenemos senti do del carácter multidimensional de toda realidad. En un sentido, diríamos que la aspiración a la comple jidad lleva en sí misma la aspiración a la completud, por que sabemos que todo es solidario y multidimensional. Pero, en otro sentido, la conciencia de la complejidad nos hace comprender que no podremos escapar jamás a la in certidumbre y que jamás podremos tener un saber total: “la totalidad es la no verdad”. Estamos condenados al pensamiento incierto, a un pensamiento acri- billado de agujeros, a un pensamiento que no tiene ningún fundamento absoluto de certidumbre. Pero somos capaces de pensar en esas condi- ciones dramá ticas. Al respecto, menciona Morin (1998) que existe la necesidad de contar con macro-conceptos. Y dice: „Tomemos el amor y la amistad. Podemos reconocer netamente, en su centro, al amor y la amistad, pero está también la amistad amorosa, y los amores amigables. Es tán aun los casos intermedios, las mezclas entre amor y amistad; no hay una frontera neta. No hay que tratar nun ca de definir a las cosas importantes por las fronteras. Las fronteras son siempre borrosas, son siempre superpues tas. Hay que tratar, entonces, de definir el corazón, y esa definición requiere, a menudo, macro-conceptos‰. Para terminar estas ideas, podemos resaltar un principio guía para un pensa miento vinculante. Se refiere al principio sistémico u organizativo que une el conoci miento de las partes con el conocimiento del todo, según el recorrido indicado por Pascal: „Como todo es causado y causante, ayudado y ayudante, mediato e inme- diato y como todo se mantiene por un vínculo natural e insensible que relaciona a los más alejados y a los más diferentes, considero imposible conocer las partes sin conocer el todo y conocer el todo sin conocer particularmente las partes⁄‰. En síntesis, la idea sistémica, que se opone a la idea reduccionista, consiste en que “el todo es más que la suma de las partes”. Capítulo 3 El cuerpo y el pensamiento complejo “No puedo concebir al todo sin concebir a las partes y no puedo concebir a las partes sin concebir al todo”. Blas Pascal Todos nosotros somos herederos de veinte siglos de dualismo. Es decir, de separación entre el cuerpo y el espíritu. Como vimos anteriormente, primero un dualismo místico de separación entre el alma y el cuerpo. Platón habla de un dualismo radical, que distingue dos realidades sus- tancialmente distintas. El hombre es alma y cuerpo, pero es el alma el que predomina, lo principal, el principio y el fin y no sólo son distintos, sino que valorizar el alma es envilecer el cuerpo. Aristóteles concibe al hombre como el alma con cierta cantidad de materia. Purificar el alma es separarla del cuerpo, recogerse, concentrarse en ella. Luego, le sucede el dualismo filosófico cartesiano, el denominado mecanisismo cartesiano, que plantea una dicotomía más profunda. Dice Descartes que el alma se define como el pensamiento y el cuerpo es una extensión de ella. Sólo el pensamiento es capaz de concebir y querer, y de ello depende el acto. El cuerpo queda reducido a una máquina movida por el pensamiento. Descartes (2006) afirma en el Discurso del Método: „Soy una cosa que piensa, una cosa cuya esencia es pensar, no obstante, poseo un cuerpo al que me hallo estrechamente unido, pero que sólo es una cosa externa y que no piensa. Parece, pues, que mi alma (es decir, yo) es completamente distinta de mi cuerpo, pero que no puede existir sin él‰. Si analizamos profundamente nuestra educación, vemos de qué manera estamos impregnados de toda esta cultura que divide y fragmenta, dualista; y es por esto que nos resulta tan difícil pensar en la totalidad del ser humano, en la totalidad del individuo. La Psicomotricidad ha sido y es un intento de encontrar la globalidad del sujeto, de la misma manera que muchos otros intentos de habilitar el cuerpo, tales como la expresión corporal, la bionergética, la eutonía, la bio- danza, etc., todas ellas inscriptas en una corriente de nuevas terapias. Los psicomotricistas debemos dar cuenta de manera casi permanente de nuestro quehacer, de nuestra práctica, pues el nuestro es un territorio muy disputado, por la variedad de aportes que convergen en el intento de brindar bases sólidas para su más clara conceptualización. Miguel Sassano Vemos necesario en este punto realizar una breve disgresión, pues es fundamental hacer un pequeño paréntesis e indagar sobre qué es el cuerpo para los psicomotricistas. Sin duda es complicado reflexionar sobre el cuerpo, pues la vida nos lo impone cotidianamente, ya que en él sentimos, deseamos, obramos; de manera que toda reflexión sobre él proclama su valor, indica una cierta conducta y determina la realidad de nuestra condición humana. Es decir, que nuestra actitud frente al cuerpo refleja la actitud que elegimos respecto de nuestra realidad. De esa manera podremos oscilar entre su condena, su denuncia, considerarlo como cortina, fachada, obstáculo, prisión y muerte, exal- tación y apología, instrumento de goce y creación, fuente de belleza y espejo de nuestras relaciones sociales cotidianas. Hoy por hoy se ha convertido en un objeto que se trata, se manipula, se explota. ¿Qué cuerpo interesa entonces a la Psicomotricidad? Tomando algu- nos de los lineamientos planteados por Julián de Ajuriaguerra (1993), decimos que: a) El cuerpo es una entidad física en el sentido material del término, con superficie, peso, etc. Evoluciona desde lo automático a lo voluntario, para luego volverse a automatizar con mayor libertad de acción y eco- nomía de movimiento. Al principio es el otro quien maneja ese cuerpo, pero después será actuante y transformador. Es la sustancia constituyente del hombre, aquella que confirma su exis- tencia. Nos pertenece pero a la vez forma parte del mundo, es superficie e interior, es inerte y palpitante. b) El cuerpo es efector y receptor de fenómenos emocionales, sobre los demás y sobre sí mismo. El niño descubre su cuerpo mediante los desplazamientos que le son impuestos y por sus reflejos. Almadurar des- cubre los objetos exteriores, experimenta, vive con autonomía su propia experiencia, genera emociones. c) El cuerpo se sitúa en el espacio y en el tiempo. Al comienzo en un tiempo biológico, regulado por las necesidades básicas (alimentación, higiene), luego será un tiempo cronológico. En principio su espacio es manipulado, por su poca capacidad de acción, más tarde sale a la con- quista de su espacio. Esta aprehensión del tiempo y la conciencia del cuerpo no son ais- lados o abstractos, se interrelacionan recíprocamente, son posibilidades de acción. Capítulo 3 Esa dinámica del cuerpo en acción no puede realizarse sino en el espacio, pero éste, a su vez, no significa nada sin un cuerpo que actúe en él. El cuerpo es el punto de referencia de un trípode inseparable con el espacio y el tiempo. d) El cuerpo es una totalidad, aunque se pueden distinguir sus componentes con territorios de acción diferentes (tronco, extremidades, cabeza) y orificios que reciben y expulsan. El cuerpo es al principio fragmentado. En la fase simbiótica, el niño ante todos sus requerimientos y su movilidad no puede vivirse como totalidad. En su evolución lo comienza a vivir como una totalidad difusa, pasando por la confusión con el otro, donde siente en y con el otro. Le sigue otra fase en la que vive el cuerpo del otro y el suyo propio como si ambos fueran el mismo. Luego de vivir sus fragmentos como totalidades, descubrirá que esas partes son un todo. Su cuerpo. e) El cuerpo es co-formador. Se hace difícil comprender ese cuerpo si no entendemos al otro como co-formador. Esa simbiosis con el otro, objeto de amor y temor, diferenciando al que cumple la función materna de los extraños, en el diálogo afectivo entre un cuerpo que ofrece y otro que accede o rechaza. O sea, un cuerpo en su dimensión vincular. Durante el estadio del espejo, esa imagen especular es el pre-cono- cimiento de sí mismo, en el cuerpo del otro, en el espejo del otro. El conocimiento de ese otro confiere al niño la posibilidad de darse cuenta de que si el otro está formado por fragmentos que configuran un todo, esos mismos fragmentos existen en él, y él los puede reconocer. De hecho, una totalidad en la que se halla implicada la imagen especular del otro. Un yo a partir del otro. f) El cuerpo es conocimiento; desde la noción sensoriomotriz donde actúa en un espacio práctico, desarrollándose hacia el mundo exterior, en un cuerpo vivido pasando por una noción preoperatoria, condicionada a la percepción en el espacio, que en parte ya está representado sobre el cuerpo, basado en la actividad simbólica. Es el cuerpo sentido, percibido. Por último, la noción operativa, encuadrada en el espacio objetivo, representado, con estrecha relación a la operatividad general en el terreno espacial. Es el cuerpo representado. Es a partir de esto que podemos comprender el cuerpo y su organización con respecto a las praxias y gnosias. g) El cuerpo es lenguaje. Sería absurdo suponer que el conocimiento corporal depende sólo del desarrollo cognitivo, de los aspectos perceptivos o del desarrollo emocional. Tiene también una vital y estrecha relación con el lenguaje. Este puede ser pre-verbal, a partir de la vivencia afectiva, Miguel Sassano mediante gestos o mímicas, manera privilegiada de comunicación en la adquisición del lenguaje humano, o bien mediante el lenguaje verbal que facilita la acción, el conocimiento del cuerpo y la comunicación. En la congruencia de ambas modalidades del lenguaje es que el sujeto asienta sus efectivas posibilidades de comunicación cotidiana. La noción de cuerpo propuesta por el Dr. de Ajuriaguerra contempla la diversidad de sentidos que el mismo adquiere a la luz de diferentes posturas conceptuales. Los psicomotricistas debemos atender al carácter complejo de la noción de cuerpo para evitar escotomizar, empobrecer u opacar la com- prensión del desarrollo psicomotor normal y sus trastornos. El concepto de globalidad lleva a pensar a la persona y su desarrollo en su condición bio-psico-socio-eco-cultural (Bottini, 2001), evitando negar su carácter multicondicionado, así como no debe negarse el carác- ter pluridimensional de la noción de cuerpo, sustrato primordial para el desarrollo de la persona. Teniendo en cuenta todos estos aspectos sobre la concepción del cuerpo, presente permanentemente en nuestras prácticas, avanzamos ahora sobre nuestro pensamiento acerca de la Psicomotricidad. El concepto de globalidad de la persona El espacio de la Psicomotricidad es, entonces, el que atañe a la globalidad, donde el cuerpo no está separado del psiquismo, ya que en él y por él tienen asiento emociones, sensaciones, afectos, conocimientos, acciones y expresiones. Este concepto de globalidad o abordaje global, de gran aceptación entre los psicomotricistas, tiene su nombre probablemente derivado de la psicología gestáltica, aunque también se puede rastrear –en algunos autores no demasiados reconocidos en la actualidad– cierta raíz de ori- gen oriental. Con él se pretendió dar cuenta, por un lado, de los efectos que la práctica psicomotriz genera, como a su vez de una concepción de funcio- namiento de la persona, en un intento de superar el dualismo imperante en los modelos explicativos científicos que se imponen hoy en día. Otro modelo que podemos reconocer es el que apela a diferentes niveles de abordaje de la problemática, como otro intento de superar el dualismo antes mencionado y a la vez dar respuesta adecuada al carácter complejo del trastorno psicomotor (Sassano y Bottini, 1991). Capítulo 3 Aunando estos diversos modelos explicativos y en un intento de ampliar la base conceptual desarrollada hasta ese momento, Pablo Bottini (1998) desarrolla una comprensión particular y las bases del concepto de globalidad. La intención de este autor es destacar el carácter bio- psico-socio-eco-cultural del desarrollo psicomotor en tanto producción corporal de la persona. Bottini describe en forma evolutiva la integra- ción progresiva de lo que da en llamar subsistemas constitutivos de la globalidad de la persona. Estos subsistemas, siguiendo su descripción, son los siguientes: a) tónico-emocional/afectivo; b) motriz/instrumental y c) práxico/cognitivo. a) El subsistema tónico-emocional/afectivo da cuenta del proceso por el cual a partir del diálogo tónico que se establece entre el niño pequeño y quien lo asiste, se genera primero la capacidad emocional, que luego, con la adquisición de la capacidad de representación, dará génesis al nacimiento de los afectos o capacidad afectiva en el desarrollo de la per- sona. En tanto las respuestas del medio frente a los primeros registros de necesidad del bebé resulten adecuadas, el monto de insatisfacción aumen- tará o decrecerá, trocándose en registro de satisfacción. Ambas relaciones conllevan una respuesta tónico-postural, que es decodificada y respondida con la modulación tónico-emocional del adulto a cargo del bebé. En la dinámica de esta relación “cuerpo a cuerpo” es que se irá cua- lificando durante el desarrollo el quantum tónico, base sobre la que se asientan las posturas, gestos, actitudes, que quedarán así ligadas a emo- ciones primarias. b) El subsistema motriz/instrumental se fundamenta en cómo la capacidad de movimiento del niño pequeño se convierte progresiva- mente en instrumento para el aprendizaje de la realidad que lo rodea. Es decir, lo referido al desarrollo del equilibrio, del control y disociación del movimiento, la precisión y rapidez de ejecución, etc. c) El subsistema práxico-cognitivo pretende dar cuenta del proceso por el cual la persona en desarrollo, tomando como punto de partida su capacidad de movimiento como instrumento, logra armar estructuras complejas de acción, llamadas praxias, con las que enfrenta los problemas que se le presentan con progresiva complejidad en la medida que crece y se desarrolla. Podemos decir que para realizar un movimiento complejocon preci- sión y armonía, con el adecuado ajuste témporo-espacial, tanto a nivel del propio cuerpo como de los objetos, es preciso poder idear un proyecto motor, o sea, preveer la secuencia ordenada de movimientos, imprimir a estos el ritmo y la potencia necesaria, “saber” lo que debemos hacer, Miguel Sassano para que luego esa capacidad sea automatizada y se constituya en la base para nuevos aprendizajes motrices. La capacidad cognitiva se asienta en los logros práxicos que el niño evolutivamente y en concordancia con su proceso madurativo va des- plegando. Completan este modelo conceptual los condicionamientos que en este proceso evolutivo se hacen presentes. Ellos son el familiar y el social. Profundizando en el fenómeno psicomotor a la luz de algunas de las posturas teóricas que se alinean en las conceptualizaciones surgidas a partir del replanteo actual de la ciencia, recurriremos a un punto de vista complejo, coherente con los dados en llamar nuevos paradigmas. El primer punto a especificar se centra en el hecho de concebir a la persona como un sistema complejo o auto-organizado. Para no dar nada por supuesto empezaremos definiendo el concepto de sistema. La definición más general de sistema (del griego systema, una cosa compuesta) es la que se refiere a la composición ordenada de elementos (materiales o mentales) en un todo unificado. Un sistema en su conjunto es cualitativamente diferente de la suma de sus elementos individuales y “se comporta” de un modo distinto. Desde luego, concebir a la persona como un sistema lleva a algunas precisiones, dado las par- ticularidades que la misma supone; de ahí la necesidad de especificar el carácter complejo o auto-organizado de este tipo de sistema. Hablar de sistemas auto-organizados implica referirse a lo que Simon et al. (1988) describen como „la capacidad que tienen los sistemas de modificar sus estructuras cuando se producen cambios en sus medios, logrando por lo general un nivel más alto de complejidad en ese proceso y potenciando con ello sus probabi- lidades de supervivencia. El concepto de auto-organización suele ser usado como un término genérico, que comprende los conceptos de sistemas autorreparadores, sistemas de aprendizaje y sistemas autorreproductores. Entre estos siste- mas figuran seres vivientes, así como también familias, grupos sociales y sociedades. El aspecto esencial de la auto-organización es el esfuerzo por alcanzar el equilibrio en un ambiente en constante cambio, pero esto sólo es posible si el sistema mantiene permanentemente la capacidad de crear elementos que lo constituyen‰. Como de la lectura de las precedentes citas se desprende, concebir a la persona como un sistema auto-organizador presupone ampliar el foco hacia el contexto en que dicha persona se desarrolla. Solo así com- Capítulo 3 prenderemos más acabadamente las razones de los fenómenos que ella genera. Recurriremos a Edgar Morin para ampliar el significado de la noción de auto-organización, reproduciendo las palabras de este pensador ver- tidas en la conferencia sobre “La noción de sujeto” que pronunciara en Buenos Aires en el año 1993. „Heinz Von Foerster, en un breve texto de 1968, denominado ÂOn Self-Or- ganizing Sistems and their OrganizationÊ, había señalado desde el principio la paradoja de la auto-organización. Allí decía que Âla auto-organización significa obviamente la autonomía, pero un sistema auto-organizador es un sistema que debe trabajar para construir y reconstruir su autonomía y que, por lo tanto, dilapida energíaÊ. En virtud del segundo principio de termodinámica, es necesario que ese sistema extraiga energía del exterior; es decir que para ser autónomo, hay que depender del mundo externo⁄ Y sabemos, por lo que podemos observar, que esta dependencia no es sólo energética, sino también infor- mativa, pues el ser vivo extrae información del mundo exterior a fin de organizar su comportamiento. Más aun, toma la organización del mundo exterior⁄ Nosotros, por ejemplo, llevamos inscripto en nuestro organismo la organización cronológica de la Tierra, la rotación de la Tierra alrededor del Sol. Como muchos animales y plantas, también nosotros tenemos un ritmo innato de aproximadamente 24 horas; es lo que llamamos ritmo circadiano. Es decir que tenemos un reloj interno que registra el proceso de alternancia del día y la noche⁄ En la autonomía, pues, hay una pro- funda dependencia energética, informativa y organizativa con respecto al mundo exterior. Es por eso que, sistemáticamente, yo no hablo de auto- organización sino de auto-eco-organización, en función del principio de Von Foerster según el cual la auto-organización es dependiente. Y claro está, sabemos que depende de nuestro medio ambiente, ya sea biológico, meteorológico, sociológico o cultural‰. Creemos que ahora queda conceptualmente fundamentado entonces por qué a la luz de estas concepciones ya no alcanza con pensar a la per- sona como una unidad bio-psico-social. El carácter complejo del fenómeno psicomotor nos compele a ampliar el foco de nuestras observaciones, para no escotomizar su verdadera dimensión. Nuestra propuesta es entonces, pensar a la persona en su carácter de bio-psico-socio-eco-cultural. Tomar esta postura nos obliga a replantearnos el modo de representar topológicamente el concepto de globalidad y ampliar sus límites y sus alcances. Miguel Sassano Concebimos a los siguientes sub-sistemas integrantes del Sistema Persona y los representamos de la siguiente forma (Bottini, 1998): Sistema Persona Subsistema motor- instrumental Subsistema tónico/ emocional-afectivo Subsistema práxico/ cognitivo Completaremos esta reformulación contextuando al sistema persona entre los siguientes sistemas: - Sistema familiar. - Sistema institucional. - Sistema socio-cultural. A su vez enmarcaremos a todos los sistemas precedentes en un macro- sistema al que llamaremos macro-sistema ecológico (Bottini, 1998; Sas- sano, 2003): Así replanteado el concepto de globalidad de la persona se hace nece- sario explayarnos un poco en relación con el porqué de la elección de los sistemas que conforman este esquema. Capítulo 3 En primera instancia cabe aclarar que la elección de los precedentes sistemas es situacional y responde al contexto actual en que se desarrolla la persona. Más aun, esta elección no constituye una propuesta cerrada, estática, sino que es de carácter provisorio y a consideración de quienes escribimos estos conceptos. Probablemente en otro contexto sociocultural, o con el paso de los años, se deba revisar y reconsiderar cuáles sistemas incluir y cuáles no. Incluso el hecho de considerar otros sistemas o sub-sistemas dependerá de la posición estratégica que el operador tome frente al problema a resolver. Refiriéndonos a nuestra actual propuesta, diremos que el peso del sistema familiar como primer contexto en que se inserta la persona en el desarrollo es, en esta cultura, relevante e innegable. Dicho peso quedará como una marca, una impronta perdurable en el proceso de la constructividad corporal, modelando tempranamente los modos de las relaciones con asiento en el cuerpo, matriz sobre la cual la persona construirá sus futuras relaciones, tanto sea consigo mismo como con el resto de las personas con las que entre en comunicación. Así mismo, el sistema institucional, en su doble dimensión, o sea, como organizaciones representantes de la sociedad, entiéndase: escuela, hospital, club, iglesia, etc.; o bien como símbolos representantes de nues- tra cultura, por ejemplo: el dinero, el matrimonio, la democracia, etc., constituye otro tipo de marca que contribuirá a que la persona construya de un modo particular su desarrollo psicomotor. Desde ya que el mismo hecho de destacar en forma relevante, como condicionantes del desarrollo psicomotor, a los sistemas que menciona- mos hasta ahora, se encuadra en un tipo de cultura y un tipo de sociedad particular,de ahí la necesidad de incluir el peso del sistema sociocultural en estas líneas. No consideramos redundante esta inclusión, muy por el contrario, creemos que destaca la necesidad de reconsiderar en la lectura clínica de cada situación el origen y condición social de los destinatarios de nuestra praxis y rastrear el modo particular en que estos condicionamientos se manifiestan en su desarrollo psicomotor. Por último aclararemos el porqué de la inclusión del sistema ecológico en nuestra conceptualización. Por un lado, éste está tomado en la concepción clásica del término, o sea, aquella que destaca la relación que guarda todo ser vivo con su entorno natural; y, por el otro, de la dimensión ampliada que Bateson diera a dicho término, destacando la dimensión de interdependencia que existe entre la persona y el entorno en que se desarrolla. Miguel Sassano Bajo esta concepción estaríamos hablando de un enfoque ecosocio- lógico que, coherentemente con lo planteado hasta el momento, consi- dera las relaciones recíprocas entre los fenómenos de la naturaleza y las organizaciones sociales. En conclusión, estamos hablando de una ecología interna, propia de la relación inter-sistémica. Es a esta conceptualización que damos en llamar globalidad de la persona. A modo de aclaración creemos de utilidad exponer un ejemplo que suele presentársenos en nuestra labor cotidiana y que relatara Bottini (1998) en uno de sus escritos. Tomemos a un niño de ocho años con diagnóstico presuntivo de dispraxia que se halla intentando atar los cordones de sus zapatillas. En la dimensión personal, el cuerpo del niño se hace presente en el nivel de resolución práxica que la superación de dicho problema requiere (sub-sistema práxico/cognitivo). Dicha resolución práxica es posible, o imposible, gracias a la capaci- dad de utilización del movimiento que este niño ha desarrollado como instrumento para la maduración y el aprendizaje (sub-sistema motriz/ instrumental) y que se sustenta en la capacidad de Ser Persona, relativa- mente independiente, a partir de la discriminación emocional que en el vínculo con los demás, por medio del Diálogo Tónico, se generara desde el momento de su nacimiento (sub-sistema tónico/emocional/afectivo). Ahora bien: ¿podríamos pensar en este acto hace cien años atrás? No. Sencillamente, el objeto zapatilla, como lo conocemos hoy, no existía. Dicho objeto es producto de la evolución cultural del calzado y, por lo tanto, implica y condiciona al cuerpo en relación con una determinada cultura (sistema sociocultural). Existiendo la zapatilla como objeto resultante de la evolución cultural, influye esto de tal manera en las instituciones que, siguiendo con nuestro ejemplo, vale la pena pensar en cómo en el ámbito de una escuela de natación, se espera que este niño se cambie solo para ingresar y egresar del natatorio (sistema institucional). Y esto no ocurre. Se genera retraso y trabajo extra para los coordinadores de la actividad, que denuncian la situación a los padres del niño en cuestión, que charlan en familia sobre el tema. Los hermanos burlan al niño por su imposibilidad y los padres lo presionan para que logre atarse sólo los cordones, cosa que su vecino logra desde los cuatro años (sistema familiar). Estas presiones de todo tipo generan tensión sobreagregada en el Sistema Persona y los sub-sistemas integrantes del mismo. Esta tensión complica la resolución práxica implicada en el acto de atarse los cordo- Capítulo 3 nes de sus zapatillas, lo cual retrasa el logro esperado, entorpeciendo e incrementando el nivel de dispraxia. En esta secuencia circular, ¿podríamos acaso decir que el condicio- namiento es más importante con relación a los otros? En realidad sí, y esto será el punto de partida para nuestra estrategia de abordaje. Pero no porque sea más o menos determinante de la dispraxia, sino porque nosotros decidimos que “por ahí” puede ser mejor comenzar a actuar. De esta trama de condicionamientos bio-psico-socio-eco-culturales es efecto el cuerpo (y la persona en su dimensión global) y actuando en ella es que actuamos sobre él (y la persona toda). Consideramos, entonces, que nuestra práctica tiene un modo de inter- vención que vehiculiza el accionar del sujeto, no busca enseñar ni recu- perar daños motrices particulares, sino que ejerce una acción tendiente a la mayor armonía posible en cada sujeto. El cuerpo es indisociable del tiempo y el espacio, por lo tanto emer- gente de las circunstancias históricas y del contexto social determinante del sujeto. La manera de llevar el cuerpo, de presentarlo, de expresarlo, es producto de las relaciones entre el individuo y el medio. El cuerpo como eje transversal en la escuela Históricamente la escuela está destinada a transmitir conocimientos “científicos” y el cuerpo ha ocupado un lugar secundario, incluso de pos- tergación y menosprecio. La misma escuela, además, limita el accionar corporal al recreo o a la Expresión Corporal o al juego de las clases de Educación Física. No admite otros “movimientos” fuera de estos contextos. Al docente no debe bastarle con que el alumno realice bien sus opera- ciones matemáticas o que responda satisfactoriamente a una evaluación de Ciencias Sociales, porque ninguno de los aprendizajes dejará de estar registrado en el cuerpo. Es más, se inscriben en él. En los curriculos de Educación Inicial y Primaria de nuestro país apa- rece un nuevo concepto general al que se denomina temas transversales, de los que se dice además que deben impregnar toda la práctica educativa y estar presentes en las diferentes áreas curriculares. Estos temas transversales tienen una especificidad que los diferen- cia de las materias curriculares e incluso algunos de ellos aparecen por primera vez en la enseñanza obligatoria, en muchos casos con denomi- nación propia, lo cual no quiere decir que no existan situaciones de una Miguel Sassano larga experiencia por parte de determinados sectores educativos en su aplicación (Sassano, 2000). Por el hecho de ser contemplados desde el punto de vista “transversal”, es decir, como alineados en otra dimensión, puede hacerlos aparecer sutilmente difuminados e imprecisos al entrelazarse con lo “longitudinal”, representado por las materias curriculares. Es decir, aquello que desde siempre parece haber constituido el eje básico de la enseñanza. Los temas transversales tienen como objeto paliar algunos caminos perversos, sobre los cuales hemos tomado conciencia ahora, para intro- ducir en la enseñanza las preocupaciones más acuciantes de la sociedad actual, sin que esto signifique el desplazamiento de los contenidos de las materias curriculares. Ahora bien, si en lugar de considerar las materias curriculares como los ejes longitudinales alrededor a los cuales giran los aprendizajes funda- mentales, y los temas transversales como un complemento secundario que esporádicamente se entrecruza con ellos, damos a esto un giro profundo y llevamos este nuevo modelo hasta sus últimas consecuencias, cambiará totalmente el concepto de la enseñanza. De esa manera las actuales preocupaciones sociales, constituidas como temas transversales, serán el eje en torno al cual gire la temática de las áreas curriculares. Si consideramos los contenidos desde la transversalidad, como algo necesario para vivir en una sociedad como la nuestra, la disposición del resto de las materias cambia, se resitúa y cobra un nuevo valor: el de ayudarnos a alcanzar los macro-objetivos imprescindibles para vivir en una sociedad autoconsciente y desarrollada. Si los temas transversales son tomados como hilo conductor del trabajo de aula o patio, se harán girar en torno a ellos las materias curriculares, que así tratadas se convertirán en valiosos instrumentos que permitan desarrollar una serie de actividades que, a su vez, conduzcan a plantear y resolver problemas, a hacerse preguntas y a darles una respuesta, todo ello relacionadocon las finalidades hacia donde apuntan estos temas (Sassano, 2000). Una aproximación a los temas transversales podría referirse a que son aquellos que no están confinados a un tiempo y a un espacio curricular determinado, es decir, no necesitan una disciplina o área específica para ser abordados. Esto presupone que atraviesan, interesan y comprometen a todos los contenidos. Por eso se llaman transversales, porque desde el punto de vista de los contenidos, atraviesan a todos los demás. Capítulo 3 Desde el punto de vista del trabajo institucional, la escuela entera es la que se compromete y responsabiliza a trabajarlos, no se plantea como una tarea individual. Los temas transversales no provienen de la historia de las disciplinas ni de las ciencias, sino de demandas sociales. La sociedad le demanda a la escuela, por ejemplo, que eduque para la salud. Los contenidos relacio- nados con esta demanda no son temas que provienen de la historia de las ciencias o de una determinada lógica disciplinaria, sino que provienen, como dijéramos, de una demanda social, de las problemáticas sociales. Hay algunas que particularmente son muy fuertes, sobre todo en la actualidad, como el SIDA, la ecología, la violencia, la violencia de género, el cuerpo, la educación sexual. Se supone que la escuela tiene que brindar este tipo de educación y enseñar y tener en cuenta estos contenidos que aparentemente no tienen que ver ni con la Historia, ni con la Geografía, etc. Obviamente, estos hechos que aparecen como un problema social significativo, vienen en su momento cargados de sentidos y de significa- ciones que, obviamente, están cruzados por lo ideológico, por lo cual a veces es más difícil establecer acuerdos. En la escuela ha cobrado importancia la idea de la transversalidad, como una forma de transformar una enseñanza de disciplinas tradicio- nalmente compartimentadas y aisladas de la realidad. Junto a aspectos de la cultura tradicional, han subsistido otros –sociales, pedagógicos, psicológicos– que resultan obsoletos. Un ejemplo es el aislamiento de las materias curriculares y aun de las áreas de trabajo en el aula. Desde hace algunos años, una gran cantidad de escuelas organizan proyectos a partir de los temas significativos para la sociedad: por ejem- plo, la educación ambiental, determinada demanda local, el cuidado y la utilización del cuerpo, etc. Estos temas transversales son contenidos educativos definidos, esen- cialmente, por cuatro características claves: - Son contenidos que hacen referencia a la realidad y a los problemas sociales. A través de ellos, la escuela y en general el proceso educativo, pueden abrirse y aproximarse a aspectos significativos de la realidad que los alumnos viven. - Son, en consecuencia, contenidos que permiten y que favorecen po- sitivamente la aproximación de lo científico a lo cotidiano, de manera tal que los alumnos puedan entender para qué estudian lo que estu- dian. Miguel Sassano - Son contenidos relativos fundamentalmente a valores y actitudes, que a partir del análisis crítico y la comprensión de la realidad y los problemas sociales, se concentran en la adquisición de actitudes y comportamientos morales; actitudes y comportamientos que confi- gurarán, en los alumnos y alumnas, el arte de aprender a vivir consigo mismos y con los demás y el desarrollo de las capacidades necesarias para transformar y para mejorar la propia realidad. - Son, además, contenidos que han de desarrollarse dentro de todas las áreas curriculares como parte de ellas, es decir, insertos en ellas no como un parche artificial, sino como parte consustancial de sus planes y procesos de enseñanza y aprendizaje que de ellos se desprenden. Los contenidos relacionados con el cuidado de la salud, tanto física como mental, es decir, del cuerpo, atraviesan todos los saberes que se trabajan en la escuela. Si bien podríamos pensar entonces en un ámbito (espacio y tiempo) específico para su desarrollo, no corresponde a ningún área en concreto, no tiene tiempo asignado con exclusividad. A medida que hemos avanzado en la elaboración de esta temática, llegamos cada vez más seguros a la convicción de que el concepto de trans- versalidad, que con frecuencia se enarbola como una de las dimensiones más innovadoras de la reforma educativa en nuestro país, es esencialmente una llamada de atención sobre la necesidad de convertir la acción educa- tiva en una acción profunda y globalmente humanizadora; una acción a través de la cual se haga posible el enriquecimiento, cada vez mayor, del ser humano y de sus posibilidades para crear permanentemente una vida mejor para sí mismo y para los demás, una vida más digna, más honda y mejor para todos. Un rasgo caracterizado del enfoque globalizador de la educación es el dar a los alumnos más participación en el proceso de aprendizaje, ya que son ellos mismos quienes deben construir sus propios aprendizajes. El modelo de aprendizaje que se corresponde con esta mirada es el que el alumno realiza estableciendo conexiones entre los conocimientos que ya posee y aquellos que se le proponen aprender, construyendo signi- ficados y atribuyendo un mayor sentido a lo aprendido, dado que los aprendizajes parecen no realizarse sobre las acumulaciones sucesivas de contenidos, sino estableciendo relaciones cada vez más variadas y ricas (Sassano, 2000). Este modo de concebir el aprendizaje supera el enfoque didáctico centrado en las materias, propiciando otra forma de entender la relación enseñanza-aprendizaje, donde el docente analiza e interpreta el entorno en el que se mueve el alumno. Capítulo 3 Para favorecer a que los alumnos encuentren sentido a los aprendi- zajes es necesario que los contenidos estén relacionados entre sí. Así, en el nivel de concreción del aula, del gimnasio o del patio, los contenidos se agrupan alrededor de un organizador, relacionado con la experiencia, las necesidades y los intereses de los alumnos de modo de desarrollar su implicación activa. El aprendizaje es en última instancia una reorganización personal de los esquemas de conocimiento que le permiten actuar sobre la realidad. Estamos entonces ante un proceso con dimensión social, pero de reali- zación individual mediante la asimilación de los contenidos culturales, a los cuales el alumno atribuye significado. La atención a la diversidad en un grupo favorece que los alumnos desarrollen diversas capacidades y de ese modo se refuerza la autoestima, condición primera del éxito en el aprendizaje. Esta es una estrategia de saber por sí mismo y aplicar los conocimien- tos con autonomía, que le permiten aprender con carácter global, para lo cual es preciso que intervengan de manera relacionada los otros tipos posibles de contenidos: conceptos y actitudes. El criterio adecuado para abordar cualquier tipo de contenido edu- cativo es tener presente que el niño es el propio centro de la apropiación de los conocimientos y de su experiencia de vida. A medida que va cre- ciendo acrecentará sus apropiaciones cognitivas, como una espiral que se despliega sobre aspectos cada vez más complejos. Esta complejidad creciente es también válida para los adultos, quienes agudizarán sus propias ideas didácticas, en tanto trabajan construyendo proyectos, con sus propias apropiaciones espiraladas. Estos proyectos se mueven en tres distintos niveles: comienzan en el aula, el gimnasio o el patio, se abren al mundo y vuelven, como en un proceso dialéctico, al aula, al gimnasio o al patio nuevamente. Las personas construyen y modifican sus esquemas de conocimientos a partir de las experiencias que les proporcionan aprendizajes significa- tivos. El espiralado en el desarrollo de las temáticas transversales muestra una forma abierta que se va desplegando en circuitos reiterados, cada vez más amplios, de modo tal que cada recorrido implica lo que ya está y lo que vendrá, lo viejo que se replantea y lo nuevo. Entonces, el cuerpoes portador de pensamientos en acción, de sen- timientos, de emociones, de vitalidad. El cuerpo ocupa un lugar incom- parable en la Educación Inicial y Primaria, pues todos los aprendizajes suceden en él y a través de él. Y somos sujetos por él. Miguel Sassano Nuestra aproximación se puede producir desde diversas áreas: Expresión Corporal, Danza, Educación Física, Teatro, Mimo, Música, Psicomotricidad. Pero en el trabajo escolar el cuerpo puede y debe tomar una nueva dimensión, integradora, con acento en las producciones (movi- mientos, gestos, mímica, expresión). Esta lectura es comprensiva, relacionada estrechamente con los aprendizajes significativos y de los pies a la cabeza –no de la cabeza a los pies–, de la emoción a la racionalidad, pasando por la simbolización y los deseos. De cuerpo entero, por el compromiso en el proceso de enseñanza-aprendizaje. El trabajo con niños de Educación Inicial y Primaria tiene entonces su eje fundamental en el cuerpo. Todos los aprendizajes tienen como base de acción el cuerpo: aprendizajes corporales, intelectuales, afectivos. El maestro debe tomar al niño en su totalidad, pensar que lo corporal está siempre presente durante todo el año y luego elegir con qué modali- dad va a privilegiar su acción didáctica. Podemos tomar el cuerpo como el eje transversal en la vida del niño y en algún momento seleccionar aspectos específicos en ese camino “en espiral” que puede ir de lo más próximo a lo más alejado (Sassano, 2000). Ese cuerpo es un eje transversal de la vida escolar del alumno en la unidad escolar, donde todo pasa por el cuerpo, en unidad intelectual- afectiva, dado que todos somos un cuerpo. Además, ese cuerpo como ser vivo se define por el movimiento y este trae en sí mismo la acción o la regulación de la acción. Lo corporal ocupa un lugar fundamental en toda la institución, enton- ces los espacios son espacios que tienen la mirada puesta desde lo corpo- ral, se pueden variar, agrandar, achicar, los hay abiertos y cerrados, etc. Distintos espacios, según las distintas necesidades didácticas. „Este planteo que considera al cuerpo como eje que atraviesa todos los aprendizajes debe estar contemplado en los Proyectos Educativos Insti- tucionales (P.E.I.), pero además los maestros (todos ellos, de todas las especialidades) tienen que tener algún trabajo corporal sobre sí mismos para poder reconocer el cuerpo del alumno con quien están trabajando‰ (Sassano, 2000). Deben aprender a soltarse, a mirarse, a sentirse, a sentir el contacto con los niños. Es un trabajo importante y lento. No hay posibilidades de un trabajo sobre el cuerpo del otro si no lo hay sobre el propio cuerpo, aun cuando los maestros no sean necesariamente especialistas en lo cor- poral. Capítulo 3 „Su lugar es un lugar de contacto, de contacto corporal y no sólo de me- diación verbal como durante mucho tiempo se les hizo creer‰ (Sassano, 2000). En todo proceso de macro-aprendizaje están implicados todos los niveles de persona, formando lo que llamáramos “sistema ecológico”. Por lo tanto, no se podría hablar de él excluyendo a algunos de los com- ponentes de los subsistemas. Pero sin duda, en el aprendizaje necesaria- mente estarán en juego los distintos subsistemas con diferentes grados de compromiso, en distintos momentos. Dice Alicia Fernández (1987): “El cuerpo podría asimilarse allí como un instrumento musical, en el que se dan coordinaciones entre diversas pulsaciones, pero creando algo nuevo”. Tenemos diálogo con nuestro cuerpo, somos nosotros quienes los modulamos. Hay un cuerpo real. “Él es mediador y a la vez un sintetizador de los comportamientos eficaces para la apropiación del entorno por parte del sujeto”, como dice Sara Paín (1985). El cuerpo va acumulando experiencias, adquiere nuevas destrezas, automatiza los movimientos de manera de producir programaciones originales de comportamiento (Paín, 1985). La memoria del cuerpo se conjuga en la memoria del aprendizaje y el deseo. „Desde el principio hasta el final el aprendizaje pasa por el cuerpo. Un aprendizaje nuevo va a integrar el aprendizaje anterior; aun cuando apren- damos las ecuaciones de segundo grado tenemos al cuerpo presente en la numeración, que no se incluye solamente como acto, sino también como placer; porque el placer está en el cuerpo, su resonancia no puede dejar de ser corporal, porque sin signo corporal el placer desaparece. El cuerpo coordina, y la coordinación resuena en placer, placer por su dominio‰ (Fernández, 1987). Por ello, al maestro no debe bastarle que su alumno haga bien las multiplicaciones y divisiones, o que responda a una evaluación. Existe una clara señal para distinguir al verdadero aprendizaje: el placer del alumno cuando logra una respuesta. El apropiarse del conocimiento implica el dominio del objeto, su corporización práctica en acciones o en imágenes, que llevan consigo un inmenso placer corporal. “Solo al integrarse al saber, el conocimiento se aprende y se puede utilizar”, afirma Fernández (1987). Cuando el niño hace bien su tarea tiene cara de satisfacción, pero si al hacerlo la cara no le cambia, el aprendizaje le será difícilmente compren- sible. No hay aprendizaje que no esté registrado en el cuerpo, así como no hay imagen hasta que el cuerpo no comienza a dominar el movimiento. Miguel Sassano La participación del cuerpo en el proceso de apropiación del conoci- miento se da por la acción en los primeros años y luego, también, por la representación y por otorgar la configuración al conocimiento. Todo cono- cimiento tiene un nivel figurativo que se inscribe en el cuerpo. No necesi- tamos al pensar, hacer los movimientos, porque la imagen lo realiza. Ese cuerpo es además imagen de gozo, al disponer del cuerpo y cono- cer la alegría sin la cual no hay aprendizaje verdadero. Este placer agregado daría sentido al deseo del otro, lugar de verdadero asentamiento del sujeto (Fernández, 1987). Muchas veces escuchamos que en la escuela se dan muchos conoci- mientos matemáticos, científicos y poca expresión corporal, plástica o espacios de juegos, pero intentan agregar a esa modalidad nuevas mate- rias, para caer en la misma trampa pero con distinta cara, porque lo que debemos modificar es lo central: el espacio-tiempo del aprendizaje. El espacio educativo debe ser de confianza, de libertad, de juego. Si los contenidos científicos no se pueden erotizar, tal vez debamos hacer más gimnasia y que las matemáticas pasen por el cuerpo. Caso contrario, las matemáticas aburren, porque placer y deber no deben estar separados de la actividad. El cuerpo enlaza entonces dimensiones internas y externas, a través del vínculo como lugar de intersección de la constructividad cognitiva y del deseo, siendo el medio como factor ecosociológico, quien posiciona la construcción de ese vínculo. El cuerpo, transversalizado por la inteligencia y el deseo, mostrará de qué modo interviene en el aprendizaje ya corporizado. El cuerpo es importante también en cuanto a la transmisión de la enseñanza. Aún hoy la escuela apela solamente al cerebro, a los niños de brazos cruzados, atados a sí mismos. Todavía existen escuelas donde el niño está como sujeto al banco, sin expandirse, sin probarse, sin incluir lo corporal en el aprendizaje (Fernández, 1987). En síntesis, a través de estos elementos expuestos llegamos a las siguientes conclusiones: - Que el niño se apropia de su entorno a partir de su cuerpo. - Que los contenidos de los temas transversales responden a las de- mandas de la sociedad donde se desarrolla el proceso de enseñanza aprendizaje. - Que no hay conocimiento, por más abstracto que sea, que no haya sido cuerpo un día. - Que el cuerpo es lugar de placer por los aprendizajes. Capítulo 3 - Que en la unidad bio-psico-social-eco-cultural de la persona todo pasa por el cuerpo. - Que el entrecruzamiento claro de los temas de los Contenidos Básicos Comunes muestra la permanente presencia delo corporal en todas las asignaturas escolares. Por tanto, sostenemos, confirmamos y ratificamos que el cuerpo es “el” eje transversal en el Jardín Maternal, en el Nivel Inicial y en la Escuela Primaria y ello configura un principio importante para redefinir el futuro rol de la educación de nuestros niños y jóvenes y también el perfil de nuestros futuros educadores. El desafío es entonces que los docentes podamos pensar que el cuerpo (mirado desde los principios básicos de la Psicomotricidad) se conforme como ese tema transversal, esencial y primordial, para que vertebremos toda la planificación institucional y/o curricular alrededor de él. Tal desafío, aunque complejo, nos llenará seguramente de felicidad y satisfacción pues habremos instrumentado acciones tendientes a con- vertirnos en lo que debemos ser: personas verdaderas, con manifiesta, auténtica e indiscutida dignidad humana. Por último y en la dirección que antes anunciáramos, agregamos estas palabras del poeta uruguayo Eduardo Galeano, quien nos recuerda que: La ciencia dice: el cuerpo es una máquina. La publicidad dice: el cuerpo es un negocio. El cuerpo dice: yo soy una fiesta. Por eso, en el transcurso de este trabajo hablamos de la memoria del cuerpo, aquella que transversaliza todos los aprendizajes, toda la vida. De ese y no de otro es el cuerpo del que hablamos. De esa fiesta. CAPÍTULO 4 El concepto de cuerpo. Esquema e imagen corporal Esquema corporal: “El esquema corporal no es un dato inicial, ni una entidad biológica o física, sino el resultado y el requisito de una relación ajustada entre el individuo y su medio” (Wallon, 1959). “…es finalmente una forma de expresar que mi cuerpo está en el mundo. El dina- mismo del esquema corporal traducirá el hecho de que mi cuerpo aparece como postura en virtud de cierta tarea actual o posible” (Merleau-Ponty, 1975). “La última consecuencia esencial del desarrollo de la representación es que el cuerpo propio, él mismo, es concebido como objeto. Gracias a la imitación y, en particular, en las conductas del sexto estadio, caracterizado por el hecho de que la imitación se interioriza en la representa ción, el niño es capaz de figurarse su cuerpo propio por analogía con el del otro” (Piaget, 1969). “La noción de esquema corporal, en el sentido amplio de la palabra, a menudo, no se sabe si se trata de un esquema inscripto o de un esquema funcional o bien si esta noción se aplica al sentimiento que poseemos de nuestro cuerpo, de nuestro espacio corporal. O más aun, si ello representa la función de mecanismos fisiológicos que nos dan el sentimiento correspondiente a la estruc tura real del cuerpo” (Ajuriaguerra, 1977). Imagen corporal: “La imagen del cuerpo es la síntesis viva de nuestras expe riencias emocionales: interhumanas, repetitivamente vividas a través de las sensaciones erógenas elec- tivas, arcaicas o actuales” (Dolto, 1994). “…la imagen del cuerpo, por el contrario, es propia de cada uno: está ligada al sujeto y a su historia” (ibid.). Inscripciones corporales: “Transformaciones permanentes, irreversibles, profundas, ya sean involuntarias (defectos físicos), ya sean deliberados (tatuajes, escaraciones, cirugías)”. Miguel Sassano “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya” 1.27 Biblia El filósofo francés Maurice Merleau-Ponty (1975) afirmaba que “la noción de esquema corporal es ambigua como todas las que aparecen en los recodos de la ciencia”. Desde ese punto de vista es posible observar la complejidad de una noción cuyo sentido ha evolucionado mucho, que ha sido criticada, reto- mada con un nuevo sentido, sometida a estallidos y de la cual se habla todavía, próxima a lo que en el origen se consideraba como designación de la propia realidad, pero que más tarde, dice Murcia (1990), se ha des- cartado: la imagen del cuerpo. Merleau-Ponty (1975) era optimista pensan do que, como todas las nuevas nociones científicas, la del esquema corporal sería “primeramente empleada en un sentido que no era el suyo propio y que sería su desarrollo inmanente el que haría estallar los antiguos métodos”. Efectivamente, postula Murcia (1990), haciendo una rápida re trospectiva de los diferentes sentidos que ha podido tener la noción, llega a lo que le parece la mejor interpretación de la noción de esquema corporal: es, dice él, “finalmente, una manera de expresar que mi cuerpo está en el mundo” (Merleau-Ponty, 1975). En la actualidad, todavía la noción no parece haber terminado su desarrollo y continúa dando lugar a polémicas, trabajos y publi caciones, a pesar de los feroces ataques de que continúa siendo objeto. Como el ave fénix, renace cada vez de entre sus cenizas. Evolución de los conceptos Para comprender bien la confusión epistemológica que acompaña a la noción de esquema corporal y con ella su dificul tad de utilización, es necesario buscar el origen de la misma, defi nir las diferentes etapas de su desarrollo y, cuando sea posible, desprender de ahí las atribuciones que le han sido otorgadas. Comencemos con el término cenestesia, que designa el conjunto de sensaciones prove nientes del interior del cuerpo, sin más precisión. El término es atribuido tanto a Reil (siglo XVIII) como a Peisse (1844). Este término, todavía utilizado en la actualidad (cenestopatías, por ejemplo) guarda rela ción, integrando lo que actualmente se define como propio- cepción e ínterocepción, con lo que contribuye a la constitu ción del sen- timiento de existir en tanto que individuo (Murcia, 1990). Capítulo 4 Bonnier (1893), médico especialista en trastornos auditivos, separa las nociones de “sentido del espacio” y de “sentido articu lar” que, integrando todas las sensibilida des, le permiten definir “la orientación objetiva” y “la orientación subjetiva”. Preguntándose sobre cómo cada uno de nosotros discrimina los cambios que se imprimen pasivamente en los segmentos de los miembros, formula la siguiente hipótesis: “conocemos la situación de nues tras palancas óseas en sus relaciones mu tuas, sus inclinaciones de una sobre otra por unas percepciones, y las imágenes constituyen el sentido articular”. En cuanto a la falta de vértigo, se debe en particular a la “más destacable de las tactilidades internas, es decir, la tactilidad vestibular del oído”. Bon- nier llama la atención sobre los desórdenes que una irritación del la berinto y el vértigo consiguiente, son ca paces de provocar en la percepción del propio cuerpo, que puede incluso dar la impresión de estar desdoblado en el espa cio o estar disociado en dos partes distin tas. Problemas del mismo tipo han sido constatados en el proceso de ciertas lesio nes cerebrales y de su existencia se ha concluido en la existencia de un sistema per ceptivo normal al cual estas anomalías se referirían. Es lo que se ha llamado “esque ma corporal” (Wallon, 1959). Wallon descubre aquí lo que nos parece extrema damente importante desde un punto de vista epistemológico en la constitución del concepto de esquema corporal. En efecto, y el tiempo lo confirmará, se da cuenta de que no se puede objetivar la existencia de una representación del cuer po más que cuando se ponen en evidencia sus flaquezas, sus faltas o sus problemas. Bonnier (1905) cree necesario referirse a situa ciones patológicas puesto que muchas de las funciones que ignoramos en el estado normal se ponen de relieve cuando están perturbadas afirmando que la palabra esquema responde claramente a la noción de actitud, que ha tomado de la fisiología y la psicología. Murcia menciona que el doctor Corraze, autor de dos obras sobre esta cuestión (Corraze, 1980; 1989), ha puesto de manifiesto de forma no ex haustiva ciertas expresiones utilizadas desde 1901: Comar en 1901 habla de la “autorrepresentación del organismo”; Bonnier en 1905 utiliza el término “es quema”; Wernicke en 1906 se sirve de la expresión “auto- psique”; Head y Holmes (1911) describen un “esquema postural” o un “postural modelof body”; Pick, autor alemán, proporcionará en 1922 la expre sión “imagen espacial del cuerpo”; mien tras que Van Bogaert pro- pondrá en 1934 “la imagen de nuestro cuerpo” y André Thomas, en 1949, “la imagen de mi cuer po”. A estos términos les sigue toda una serie de designaciones diversas como “body percept”, “body concept”, yo cor poral, Miguel Sassano conciencia corporal, cuerpo físico actual, imagen del cuerpo en el cerebro, etc. (Murcia, 1990). Todos estos fenómenos, que revelan una nosografía que pretendía ser cada vez más precisa, se encuentran en el marco de la cuestión filosófica de la identidad, de la conciencia de sí. Lo que ha activado los procesos sin por ello clarificar el problema, más bien al contrario, es el fenómeno de las distorsiones de la sensación corpo ral, que se produce con el miembro fantasma. Como precisaba Tournay (1964) en su curso sobre el esquema corporal: - Los déficits que resultan del determinismo somatoagnósico ponen de manifiesto el esquema corporal en negativo. - Los trastornos que resultan de una pervivencia singular de repre- sentaciones según el determinismo de cerebro intacto, muestran el esquema corporal en positivo o en relieve. ¿Qué sucede con esas nosografías las cuales una aparente y equivocada lógica de la ausencia y de la persistencia debía llevar a la afirmación de una estruc tura real? Estima Murcia (1990) que la naturaleza del esquema corporal, así como su constitución y su función fueron objeto de diversas interpretacio nes, poniendo los diferentes autores el acento sobre uno u otro aspecto, a me nudo en función de su propia experien cia clínica. Así, para Pick, la imagen espacial del cuerpo se construiría a partir de la ex periencia de estimulaciones sensoriales variadas, pero esencialmente, y sobre todo en el adulto, de las estimu laciones visuales. Pick ve en ella „un sistema que haría coincidir el cuadro visual del cuerpo y lo que la superficie cutánea puede hacer conocer de sus cualidades sensibles. En suma, sería una combinación de imágenes en don de las sensaciones cutáneas, más o me nos reveladoras de la vida orgánica, se unirían a los aspectos visuales susceptibles de representarlos. El cuerpo se encontraría así ligado al espacio‰ (Wa llon, 1959). Los trastornos en la orientación podrían ser atribuidos a una pertur- bación de esta imagen espa cial. Head, como subraya Wallon, eli mina del esquema corporal cualquier elemento óptico. „Para Head consiste en una intuición de conjunto que responde a la situación presente del cuer po y que cualquier cambio de actitud hace variar. Cada impresión nueva es percibida a través de este conjunto; cada impresión elemental se funda en este universo somático modificándolo. Es, pues, a la totalización y a la unifi cación incesante de las sensibilidades Capítulo 4 orgánicas y en particular de las impre siones posturales a lo que respondería el esquema corporal‰ (Wallon, 1959). Head ha propuesto tres tipos de esquemas: - Los esquemas posturales que constitu yen la base del sentido de la po- sición, de la apreciación de la dirección del movimiento y mantienen el tono muscular. - Los esquemas de la superficie del cuer po que permiten la discriminación de una doble estimulación cutánea. - Los esquemas en relación con los aspectos temporales de la per cepción y de la acción. Unas veces es la “serie óptica”, como dice Wallon, la visual a la que se refiere Pick; y otras veces el aspecto kinestésico, propioceptivo referido por Head. En este caso, es inconsciente, es decir, primitivamente fi siológico; es el modelo desde el cual “todos los cambios de postura que sobrevie nen son medidos antes de que entren en el terreno de la conciencia”. Dice Ballesteros Jiménez (1982) que Head en sus trabajos sobre sen- sibilidad habló de “esquema postural del cuerpo” y para él, el modelo que tenemos mentalmente de nuestro cuerpo reposa en los cambios postura- les. Admitió que el mo delo del cuerpo podía ser táctil, visual, pero sobre todo postural. Todos los cambios de postura son comparados en relación con este modelo, antes de que entren en la conciencia. En la elabora ción del modelo postural del cuerpo tienen gran importancia las afe- rencias propiocepti vas y vestibulares (reguladoras del equilibrio), que informan a la con ciencia sobre la situación actual del cuerpo y sus diversos cambios de actitud y les confiere un valor espacial. Para Head el modelo que tenemos de nuestro cuerpo reposa en los cambios posturales, y señala: „La corteza sensorial también es almacén de las impresiones pasadas. Estas pueden aparecer a la conciencia a la manera de imágenes que pue- den quedar fuera de la conciencia. Es aquí donde se organizan y forman modelos de noso tros mismos. ÂEsquemasÊ. Tales esquemas modifican las impresiones producidas por los impulsos sensoriales de nuevo ingreso, de tal modo que la sensación final de posición o localización emerge hacia la conciencia impregnada con la relación de que algo ha sucedido anteriormente‰ (Schilder, 1977). Por medio de las perpetuas alteraciones de la posición de nuestro cuerpo estamos siempre construyendo un modelo postural que cons- tantemente cambia. Miguel Sassano Por la existencia de estos esquemas tenemos la capacidad de recono- cer cualquier postura o movimientos más allá de los límites de nuestros propios cuer pos, hasta poder extendernos a un objeto sostenido en las manos. Sin estos esquemas no podríamos manejar un bastón. Cualquier cosa que participa en el movimiento consciente de nuestro cuerpo se añade a ese modelo de nosotros mismos y llega a formar parte de él. Según Head, cualquier cosa que participa en el movimiento cons ciente de nuestro cuerpo se añade a ese modelo de nosotros mismos y llega a formar parte de él; el poder de localización de una mujer puede llegar a extenderse hasta la punta de una hebilla en su cabello. Agrega Ballesteros Jiménez (1982) que Jean Lhermite en 1939 habla de imagen de nuestro cuerpo y dice que el término de esquema que emplearon Head, Bonnier y luego Schilder no responde a la realidad: “El sentimiento o idea de nuestro cuerpo nada tiene de esquema. Esta imagen corporal puede descomponerse por el análisis y trazar varios esquemas: postural, táctil, vestibular o visual”. Si la etiqueta de esquema sólo puede aplicarse a una parte de la imagen, este último término está justificado (Lhermite, 1942). Señala que „lo que se entiende por imagen corporal parece unido a la percepción, es decir a la imagen actual unida a las referencias y una imagen recuerdo. Lo que se entiende por imagen corporal comprende a la vez una presentación y una representación‰ (ibid.). La imagen corporal no es dada de una vez por todas en el nacimiento, su desarrollo no se efectúa de manera tan rigurosa como un instinto. Se puede seguir su identificación en los niños (ibid.). Criticando la postura de H. Head dice que la imagen corporal apa rece sostenida por los estímulos provenientes de los órganos sensitivo-senso- riales o receptivos, pero si las modificaciones incesantes de éstos entrañan cambios ininterrumpidos en aquéllos, sólo consegui remos que la imagen sea el doble de las sensaciones y las acompañe como la sombra al cuerpo. Lhermite piensa que la integración de nues tro cuerpo se realiza a través de la representación visual general. Señala además la importancia de las sensaciones laberínticas en la formación de la imagen corporal, como ya había señalado antes Bonnier en primer lugar y habían experimentado después Schilder, Parker, Fischer y Wo dak. Piéron (1957) nos da una definición que recoge los aspectos más importantes que tradicionalmente han sido considerados por los autores que han estudiado este tema: „Representación que cada uno se hace de su cuerpo y que le sirve de referen- cia en el espacio. Fundado sobre datos sensoriales múltiples, propiocep tivos Capítulo 4 y exteroceptivos, esta representación esquemáticaconstante y necesaria en la vida normal se encuentra dañada en las lesiones del lóbulo parietal‰. Por su parte, Hecaen y Ajuriaguerra al hablar de este concepto indican: „Desde el punto de vista psicológico, el concepto de esquema corporal se aplica en un sentimiento que tenemos de nuestro propio cuerpo, de nuestro espacio corporal. Desde el punto de vista fisiológico, representa la función de un mecanismo fisiológico que nos da el sentimiento correspondiente a la estructura real del cuerpo‰ (1952). En términos generales, afirma Ballesteros Jiménez (1982), el esquema corporal puede definirse como intuición global o conocimiento inmediato de nuestro cuerpo, tanto en estado de reposo como en movimiento, en función de la interrelación de sus partes y sobre todo de su relación con el espacio que le rodea. Es como señala Coste (1979), el resultado de la experiencia del cuerpo en el mundo. Como dice H. Wallon, “el esquema corporal no es un dato inicial, ni una entidad biológica o física, sino el resultado y el requisito de una relación ajustada entre el individuo y su medio” (1959). Este conjunto de datos que forma el esquema corporal evoluciona con gran lentitud durante la infancia y parece ser que si no hay ningún contratiempo, está completamente formado a los once/doce años, según afirman Mucchielli y Boucier (1979), Daurat-Hmeljak, Stambak y Bergés (1966) y J. C. Coste (1979), entre otros. Dentro de ese proceso evolutivo es sumamente importante el período preescolar y la primera etapa de EGB, porque es entonces cuando se debe formar este concepto en el niño. A lo largo del desarro llo psicomotor el niño va tomando poco a poco conciencia de su cuerpo gracias a las impre- siones kinestésicas y sensoriales. Al mismo tiempo va tomando conciencia del espacio que le rodea, ya que el niño no toma conciencia del espacio más que en relación con su cuerpo (Ballesteros Jiménez, 1982). Si no tiene un conocimiento suficiente de su cuerpo, del espacio, de su derecha y su izquierda, no puede situarse en sí mismo, ni fuera de sí. Pueden darse también perturbaciones de la organización temporal que corresponden a un desconocimiento del cuerpo y del ritmo propio; el niño en este caso no sabe quién es, cómo es, dónde está y en qué momento. De la importancia que tiene la formación adecuada del esquema cor- poral, habla J. Le Boulch (1969) cuando afirma: „El corolario de un esquema corporal borroso o mal estructurado es un déficit en la relación sujeto-mundo externo, que se traduce en el plano: de la percepción (déficit de la estructuración espacio-termporal); de la Miguel Sassano motricidad (torpeza e incoordinación, mala postura); de las relaciones con los demás (inseguridad en este universo en movi miento que origina perturbaciones afectivas, las cuales a su vez perturban las relaciones con los demás)‰. A la vista de estas perturbaciones que pueden darse en la formación del esquema corporal y de la importancia que para la psicología del niño tiene este concepto, todo ello se manifiesta luego en trastornos de la lectura y de la escritura. No obstante y a pesar de los esfuerzos de Le Boulch es en el ámbito de la educación física donde se encuentran las más graves derivaciones del uso del término esquema corporal, afirma Murcia (1990). Incluso si en las representa ciones teóricas que han sido propuestas se enuncian claramente las divergencias his tóricas, las dificultades y desacuerdos se mánticos que han jalonado la historia de la noción de esquema corporal, todo ello se ha puesto en un mismo recipiente, se ha agitado y se ha obtenido una síntesis magistral que tiene por nombre “esquema corporal”. El concepto parece enriqueci do más que debilitado por el hecho de la diversidad de puntos de vista pues, al reunir todos, estamos seguros de no haber olvidado nada. Así lo decía el doctor R. Lepape en un artículo titulado “La destre za y la noción de imagen corporal”. Nunca ningún estudio serio ha sido hecho mostrando que una serie de ejercicios tuviera un efecto benéfico y curativo sobre el esquema cor- poral. Lo que se ha hecho, como por ejemplo en el caso de Le Boulch, es proponer ejercicios “saturados” del factor “esquema corpo ral”, pues se trata, en este caso, de un análisis factorial y demostrar más tarde que ha habido progreso en el esquema corporal, puesto que hay progreso en estos ejercicios. Por otro lado, el término esquema corporal cada vez tiene una mayor extensión. Como señala F. Gantheret (1961): „Considerado como una simple síntesis de los datos sensoriales relativos al cuerpo propio, el esquema corporal se ha convertido poco a poco en un fenó meno psicológico complejo, una estructura del yo, una toma de base de la conciencia de sí‰. Horowith (1966, citado por Murcia, 1990) afirma que la imagen del cuerpo, como un ordenador, nos suministra información acerca del cuerpo y de su entorno y que está en constante relación con las percep- ciones internas y externas, memorias, afectos, conocimiento y acciones. Este computador nos provee una específica y económica información sobre la morfo logía, posición y relaciones del cuerpo así como del espacio, objetos y personas que guardan alguna relación con él. Capítulo 4 Esta información ha sido recogida de toda clase de fuentes y está disponible para todos los mecanismos mentales. De esta forma coloca la imagen corporal como una parte de la función del yo, llamada repre- sentación de sí (self representation) (Horowith, 1966). Continúa Murcia (1990) afirmando que los dos aspectos separados en Head y Pick, propiocepción y visión, fueron integrados por Paul Schilder quien hizo una tentativa de síntesis que marcó esta larga historia de la noción, dando una importancia real a los factores visuales en la formación del esquema cor poral, siendo imposible separarlos de los datos táctico- kinestésicos. “La percepción es sinestésica; y el cuerpo también, en tanto que objeto, se presenta a todos los sentidos” (Schilder, 1977). Concibe la imagen corporal como la imagen tridimensional que tenemos de nuestro propio cuerpo. Esta imagen nos proporciona la sensación de la unidad corporal. Esa imagen corporal es una estructura mental que forma parte de las estruc turas psicobiológicas que posee el ser humano al nacer y que se conso lidan con la maduración del individuo. Para él, la imagen corporal es dada en estado embrionario desde que el niño nace, aunque después será construida a través de la percepción, la sensación y la acción. Pero Schilder aportó un elemento nue vo en la concepción del esquema corpo ral, elemento que, probablemente, estuvo en el origen de su utiliza- ción en educación física y en psicomotricidad, y que, aunque no verificado, incluso debili tado actualmente en ciertos aspectos, ha presentado para otros un cierto valor heu rístico: es la importancia de la motricidad. Para Schilder la percepción es imposible sin la acción, las dos están indisoluble- mente ligadas. Se anticipó a lo que nos parece ahora ser una evidencia, hasta tal punto que no se habla más que de activi dad perceptiva (Piaget, Wallon, Paillard, etc.). Por el contrario ha avanzado una hipótesis que, actual mente, está aún lejos de ser confirmada y que fue retomada preci- samente hace al gunos años por Le Boulch (1966). Schilder llegó a la idea de que la acción que realizamos en el mundo impli ca un conocimiento del cuerpo. Jean Lhermitte había adelantado la idea de que cualquier acción debe estar ligada a la representación o al conocimiento del cuerpo; la condición necesaria, pero no suficiente, para que una acción pueda realizarse es que el sujeto tenga un cierto conocimiento de su cuerpo (Murcia, 1990). Sin embargo, Schilder introducirá una dimensión todavía no vista en la proble mática relativa al esquema corporal. Has ta entonces, la referencia era exclusiva mente neurológica o, en todo caso, biológica. Con este autor, psiquiatra y psicoanalista en la línea gestáltica, seindicará un componente Miguel Sassano psicológico, relacional y, en cierto senti do, pero mucho más discutido, sociológi co. Como dice Gantheret en el prólogo del libro de Schilder, „lo que parece perseguir incansablemente Schil der, a través de laboriosas y rigurosas etapas, es el esclarecimiento, la incorpo ración al discurso de una articulación entre lo biológico, lo psicológico y lo social⁄ Para Schil- der existe una Âbase biológicaÊ de la imagen del cuerpo que fortalece los materiales, es la libido que confiere a estos materiales una estructura y una significación; finalmente existe una interacción social de las imágenes del cuerpo, que las informa en sentido inver so‰ (Gantheret, en Schilder, 1977). Introduce entonces las ideas psicoanalíticas en la noción de esquema corporal e insiste en la importancia que tienen las estructuras libidinales y sociales en su elaboración, afirmando que esa imagen del cuerpo no está acabada hasta que termina el desarrollo de la sexualidad genital. Pero parece que este intento de síntesis no ha concluido. Ha teni do, por el contrario, el mérito de per mitir precisar su posición a dos maneras de ver diferentes, lo que no clarificará, sino todo lo contrario, la noción de esque ma corporal. A partir de Schilder, la noción de esquema corporal se referirá esen cialmente a lo que es biológico en rela ción con la postura y las referencias de movimiento, mientras que el término imagen del cuerpo permanecerá en una perspectiva psicoanalítica que encontrará una intere- sante teorización al lado de Lacan y Françoise Dolto (Murcia, 1990). Afirma Murcia (1990) que dos autores marxistas retomaron este acer- camiento bio-psicosociológico con una visión dialéctica por parte de uno, H. Wallon, y fenomenológi ca por parte del otro, Merleau-Ponty. Se puede plantear la hipótesis de que en el estado embrionario existiera esta doble perspectiva, según Schilder. Respecto de la fenomenología, Schilder, que era tam bién doctor en filosofía, conocía bien a Husserl y en su obra encontramos “el aspecto central del cuerpo y de la expe riencia corporal, la importancia de la ima gen y del cuerpo del otro” (Gantheret en Schilder, 1977). En cuanto a la perspectiva dialéctica, que será la de Wa llon, las críticas que Schilder dirigía a la Psicología de la Gestalt clásica, la de Köhler y Koffka, “rechazan la idea de una rigidez en las configuraciones y de la actuación única de los factores internos en la evolución de la Ges- talt… e incluye lo esencial de esta teoría, en una psicología dinámica que pone todo el peso sobre factores externos de transformación”, poniendo de manifiesto, en cierto modo, las premisas. Merleau-Ponty (1975), decíamos al comienzo de este capítulo, definía el esque ma corporal como: “…finalmente, una forma de expresar que mi cuerpo está en el mundo. El dinamismo del esquema corporal traducirá el Capítulo 4 hecho de que mi cuerpo aparece como postura en virtud de cierta tarea actual o posible”. El autor pretende abandonar la contradicción o más bien la antinomia que representa el doble aspecto psicosomáti co del esquema corporal, considerando como solución solamente la perspectiva fenomenológica: “No se ve que ello pu diera ser el terreno común a los hechos fisiológicos, que están en el espacio, y a los hechos psíquicos, que no están en ninguna parte”. En el análisis del miem bro fantasma, que piensa que tiene la mis ma naturaleza que el esquema corporal, Merleau-Ponty expone claramente su concepción: „Lo que hay en nosotros que rechaza la mutilación y la deficiencia, es un yo encajado en un cierto mundo físico e interhumano, que continúa tendiendo hacia su mundo a pesar de las deficiencias y las amputaciones, y que, en cierta me dida, no las reconoce⁄ Tener un brazo fantasma, es permanecer abierto a todas las acciones de las que el brazo sólo es capaz, es guardar el campo práctico que se tenía antes de la mutilación‰ (ibid.). Desde esta perspectiva, el esquema corporal será la expresión de la construcción de este ser y de este mundo, expresado por el ser-en-el- mundo. Mi mano delante del lápiz se convierte en mano para el lápiz, porque todo mi ser se orienta (tiene intencionalidad) hacia este acto de escribir, y el lápiz, al mismo tiempo, se convierte en lápiz para la mano, dándole sentido, así como a la grafomotricidad que la anima. Entonces, si sobreviene la amputación, “los objetos manejables preguntan por una mano que no tengo”. De ahí la distinción que hace Merleau-Ponty entre “los dos estratos dis tintos: el del cuerpo habitual y el del cuer po actual” (ibid.). Wallon (1965) se sitúa en una perspectiva dialéctica que se expresa por el cuidado constante en tratar los fenómenos a estudiar, tanto en su complejidad como en su evolución. “Can tidad de dificultades provienen de que los conjuntos naturales donde se inscribe la vida psíquica no han sido tomados en consideración”, escribió en Los orígenes del carácter. Se entrega a una verdadera integración psico-bio-social, sin querer sepa- rar los diferentes aspectos de esta evolución que desde el recién na cido, caracterizado por la indiferencia ción, irá hasta el hombre social. „La vida del organismo es un todo cuya unidad puede complicarse con la diferenciación de funciones, pero permanece en ella la condición. A cada progreso de la especia lización corresponde un progreso de la unificación que, también, tiene sus órga nos. Es, pues, imposible imaginar la acti vidad de un sistema con la exclusión de los otros, por más fuertes razones que intenten fragmentar en trozos indepen dientes un mismo sistema‰. Miguel Sassano En Wallon, continúa Murcia (1990), el estudio del esquema cor poral no está disociado del estudio de la conciencia de sí mismo. Partiendo de lo que Zazzo denomina una “nebulosa afec tiva”, en la cual el niño se confunde, indi ferenciado, con todo lo que le rodea, por el hecho de su inacabamiento en el momento del nacimiento, Wallon muestra cómo el yo y el otro se constituyen conjuntamente. „Si los ojos terminan por reconocer el propio cuerpo en el cuerpo ectópico que refleja el espejo, es porque el niño era, si no reconocido, al menos confundido con otro, que no había podido distinguirse gradualmente de otro más que por una asimilación gradual al otro‰ (Wallon, 1954). Esta problemática ha sido utilizada por Jacques Lacan para caminar en otra dirección en su interpretación sobre el estadio del espejo. Lo esencial de esta construcción del esquema corporal reside en la manera en la que el niño va a tomarse a sí mismo para “constituir un cuerpo kinestésico y un cuerpo visual, cuyas imágenes autóno mas puedan corresponderse hasta el pun to de ser susceptibles de sustituirse entre ellas como equivalentes”. De la adecua ción entre el espacio objetivo y el espa- cio subjetivo, entre lo visual y lo kines tésico, es de lo que depende toda activi dad normal. “Lo que se llama esquema corporal puede ser considerado como la exten- sión de uno de estos polos al otro. Es una base indispensable de la actividad práctica y de la actividad consciente”. Se podría pensar que, definido así, el esquema corporal es de naturaleza biológica. Sería un error. La originali- dad de Wallon es la de superar precisamente la oposición del biologismo y el sociologismo, para definir un plano de la realidad irreductible al uno o al otro pero que, integrándolos, define la psico logía humana. Como para Merleau-Ponty, la naturaleza del esquema corporal, su “manipulación”, parece difí cil de abordar: „El esquema corporal es una necesidad. Se constituye según los deseos de la actividad. No es un dato inicial ni una entidad biológica o psíquica. Es el resultado y la condición de precisas relaciones entre el individuo y el medio‰ (Wallon, 1954). Ello lo lleva a la siguiente definición de esquema cor poral: „Edificado sobre la base de las im presiones táctiles, kinestésicas, laberínti- cas, visuales, el esquema corporalrealiza, en una construcción activa que maneja constantemente datos actuales y pasados, la síntesis dinámica que proporciona a nuestros actos y a nuestras percepciones el marco espacial de referencia donde to mar su significación‰ (ibid.). Capítulo 4 El factor kinestésico y postural está normalmente combinado con las impresiones visuales. Para el cuerpo propio su representación visual es una representación mediata, aunque concede toda la importancia de bida a la vista, ya que es ésta la que sitúa a las cosas en el orden espacial exacto: reconoce que, en este sentido, el esquema corporal tiene lagunas, ya que hay muchas partes del cuerpo del niño que no son directamente percibidas a través de la vista: no puede ver sus ojos, su cara, su nuca ni su tronco en su conjunto. Sólo son claramente visibles para el niño los movimientos de los pies y de las manos. Si el niño reconoce su cuerpo en la imagen que le refleja el espejo es porque anteriormente el niño ha estado confundido con el otro, sólo se ha podido ir distinguiendo del otro por una asimilación gradual. El niño pasa de la individualidad primitiva a la pluralidad de personas, todas a la vez diferentes y parecidas. El niño, de esta manera, es complementario de su entorno y su entorno es su complemento. Los trabajos de Wallon señalan que es imposible separar las emocio- nes, que son los primeros sistemas de reacción del desarrollo general de la conciencia y de la personalidad. Por eso la organización de la imagen del cuerpo es de una impor- tancia enorme y así dice Wallon que la noción del propio cuerpo no se constituye como un compartimento cerrado. Para cada una de sus etapas revela procesos generales de la psicogénesis: es un caso particu lar de éste, sigue diciendo, pero en la época de su formación precede a las otras, pues no hay ninguna noción que esté más inmediata a la confluencia de las necesidades interoceptivas y de las relaciones con el mundo exterior, ni que resulte más indispensable a los progresos ulte riores de la conciencia. Cede este primer plano cuando hizo posibles otras elaboraciones. Dice Ballesteros Jiménez (1982) que concede así Wallon (1954) gran importancia al otro en la formación de la imagen corporal. Es el otro quien satisface sus necesidades orgán icas, el que le cambia de posición más tarde, cuando van apareciendo los gestos, encuentran en el otro un apoyo o un obstáculo. De esta forma se pone en concordancia lo que el niño ve y lo que experimenta en su propioceptividad. El nexo de unión está ya fuertemente establecido por contraste o por concordancia entre los aspectos visual y kinestésico. Los datos descubiertos por el niño no se integran en el cuerpo desde el primer momento, sino que, en un principio, son unos elemen tos extraños en tanto que no los incluye como un componente de su actividad. Así el niño va construyendo parte por parte su esquema corporal que, en principio, es una suma heterogénea de órganos que, una vez reunidos, van a llevar a una unidad dinámica y armoniosa. Miguel Sassano El camino que va a seguir el niño para construir su cuerpo kinestésico y su cuerpo visual empieza con los primeros movimientos que forman parte de las reacciones afectivas unidas a las necesidades. Se trata de grupos de músculos, más o menos extensos, que se contraen esporádi- camente influenciados por una excitación fortuita. La kinestesia aparece con la actividad circular, y el efecto visual o auditivo de un gesto entraña la repetición de ese gesto para reproducir el efecto (Ballesteros Jiménez, 1982). El autor piensa que la sensibilidad cutánea tiene gran importancia, ya que es una de las primeras en aparecer en la constitución del esquema corpo ral. La boca y toda la zona oral constituye el mundo de la sensación corporal y el punto de partida para la construcción del esquema corpo- ral, pero el primer órgano que el niño explora activamente es la mano (Wallon, 1949). Hace falta que el niño tenga dos años o más, para que sepa recono- cer la propia imagen. El esquema corporal es la base indispensable de la actividad práctica y de la actividad consciente. Para Wallon este con cepto del cuerpo supone el cuerpo tal como es sentido, tal como es vivenciado. El niño, al contrario que el animal, depende durante mucho tiempo de los demás debido a lo inmaduro de su nacimiento. Son los demás los que le van a satisfacer sus necesidades de alimentación, de limpieza y amor. Wallon señala que el niño se relaciona con las personas antes de rela- cionarse con los objetos o actuar sobre ellos. Las primeras expre siones de esta relación se encuentran en las relaciones tónico- emocionales. A través de estas relaciones, el recién nacido se siente incompleto, pasando suce- sivamente a una sensación de necesidad in mediata y luego mediata. „Las reacciones tónico-emocionales juegan un papel similar a un esque- ma afectivo en el cual los otros, las demás personas, juegan un papel similar al de los objetos en los esquemas sensorio-motrices de Piaget. Sus sucesivas repeticiones e integraciones van a permitir una diferenciación progresiva entre el yo y los demás. Esta diferenciación va a dar lugar a las relaciones de empatía, celos, dominación y subordina ción‰ (Ballesteros Jiménez, 1982). Los esquemas afectivos se basan en mecanismos sensorio-motrices y sensorio-viscerales que deben ser actualizados continuamente. Los esque- mas afectivos no se independizan totalmente de las reacciones tónicas y posturales que permiten su expresión. Este diálogo tónico, principal lenguaje de la afectividad, desempeña una función determinante en la adquisición de la vivencia del esquema corporal. Capítulo 4 Para Wallon el conocimiento es el fruto de la organización del sis- tema emocional y sólo puede comprenderse a través de la relación con el otro. El problema del esquema corporal surge al poner en relación el espacio gestual y el espacio de los objetos. Estos dos espacios pueden no estar en relación llegando a ser el uno un obstáculo para el otro. Esto va a dar lugar a distintas perturbaciones. La intuición del cuerpo propio va a constituirse en un intermediario necesario para percibir al otro. Hace falta que el espacio subjetivo y el espacio exterior sean inter- dependientes para que haya una adaptación a los objetos y a los fines de la actividad motriz. Hace falta que un sistema de referencias sensi- tivo-sensorial susciten los gestos, los guíen y los controlen y esto no se adquiere sólo por la experiencia, tiene en su base una estructura neuroló- gica (Ballesteros Jiménez, 1982). También para R. Zazzo (1981) la imagen del otro es fundamental en el descubrimiento de sí mismo. Comparando las tres imágenes llega a la conclusión de que en todas ellas el reconocimiento de los demás es muy anterior al de sí mismo. En las tres imágenes, al principio, el sujeto no tiene conciencia de su propia imagen, ni la mira; el reconocimiento del otro se logra en el espejo (a los ocho meses) bastante antes que en fotos o películas, donde el niño se reconoce antes en el espejo que en los otros medios. La imagen en el espejo se reconoce antes, pero durante mucho tiempo le produce incertidumbre e inquietud, mientras que las otras imágenes son mejor aceptadas, mientras el niño habla de sí mismo llamándose por su nombre. Estudiando el material verbal del niño, dice que el uso correcto del pronombre personal no depende del ejerci cio sino de la maduración, y que el uso del yo abre la puerta a un universo mental en el que el niño se situará y afirmará como individuo frente a los demás. Al principio el niño creía que tenía ante sí a otro niño, hasta que por fin se reconoce a sí mismo. Cuando observa a otro sujeto, el niño es capaz de comparar la imagen con su modelo, pero en sí mismo no puede tener un conocimiento directo de su cuerpo en conjunto, sólo puede ver partes del mismo. En el espejo no puede hacerse la comparación del yo consigo mismo, por tanto no es factibleun reconocimiento de lo que jamás se conoció (Zazzo, 1975). El niño ante el espejo juega, sobre todo, con la imagen de su rostro, va asimilando su yo. El espejo es un impulsor de posturas, de aptitudes y de situaciones. Miguel Sassano El niño antes del primer año se siente despreocupado ante el espejo. Él se ve uno sólo frente a la preocupación y confusión del período siguiente, que es expresión de una inadaptación. Se rompe la continui dad y desde entonces empieza a desdoblarse. El desconocimiento ante el espejo parece característico de una edad de contradicciones, de una edad de transición. Después, la confusión con la imagen se desvanece, se reconoce explícita- mente, pero la identificación no es aún perfecta, ya que designa a la ima- gen por su nombre y no por el pronombre “yo”. Es, por tanto, a través del conocimiento del otro como el niño llega a acceder a la conciencia de sí. Menciona Ballesteros Jiménez (1982) que Piaget no ha estudiado direc- tamente el problema del esquema cor poral, sino que para él, el conoci- miento y la representación mental del cuerpo debe obedecer a las leyes generales que gobiernan el conoci miento y la representación mental de todos los demás objetos. Hablando de la representación del propio cuerpo, dice: „La última consecuencia esencial del desarrollo de la representación es que el cuerpo propio, él mismo, es concebido como objeto. Gracias a la imitación y, en particular, en las conductas del sexto estadio, caracterizado por el hecho de que la imitación se interioriza en la representa ción. El niño es capaz de figurarse su cuerpo propio por analogía con el del otro‰ (Piaget, 1969). Piaget propone una aproximación al problema que parece fecunda. Al comienzo lo único que tiene el niño “es su propia acción”. Realiza acciones sin tener conocimiento de lo que hace. Los primeros esquemas sensoriomotores los aplica a su cuerpo. Poco a poco va descubriendo su cuerpo, fragmento a fragmento, no su cuerpo entero. Luego la aparición de la prensión va a ser un hecho muy interesante. El esquema sensoriomotor puede en ese momento organizarse por la coordinación de adquisiciones paralelas. Piaget (1969) ha demostrado que para el niño el mundo exterior es sólo una serie de imágenes que desaparecen y reaparecen junto al esquema sensoriomotriz del que forma parte y del que no se diferencia. En un principio, acción, cuerpo, objeto, mundo, están sin disociar. El espacio no es entonces ni interno ni externo, es solamente la extensión de una acción interrumpida. Más tarde, la acomodación de las actividades perceptuales a las imáge- nes percibidas (movimientos oculares) permiten al niño seguir la imagen y anticipar una nueva posición. El mundo del niño sólo está formado por imágenes puestas a disposición de sus actividades sensoriomotrices. Estas Capítulo 4 imágenes aunque tienen una cierta permanencia, no están aún separadas de la actividad. Con la coordinación visual y táctil surge una permanencia práctica del objeto, en un espacio práctico donde la localización depende así del esquema sensoriomotriz. El niño, aunque busca el objeto que ha sido escondido tras unos almohadones, no tiene en cuenta sus desplazamientos visibles. El objeto adquirirá sus propiedades de unidad y per manencia cuando el niño comience a buscarlo considerando tanto sus desplaza- mientos visibles como invisibles. Se constituye entonces el objeto situado espacial y temporalmente, su permanencia ya no depende de la acción del niño, sino de unas leyes generales independien tes del sujeto. Finalmente indica Piaget que el cuerpo del niño es ya un objeto entre otros. El cuerpo se diferen cia entonces del mundo con el que en un prin- cipio había estado con fundido, pero los objetos no adquieren permanen- cia hasta que el niño no tenga a su disposición un sistema práctico de relaciones espaciales, temporales y causales, cuya elaboración es anterior e imprescindible para la constitución del objeto. El concepto del yo o del cuerpo sigue estructuraciones semejantes a los conceptos de conservación de mate ria, peso, longitud, volumen, etc. Es entonces sobre todo en el ámbito de la psicología genética donde se considerará una construcción del esquema corporal (Wallon, Zazzo); en el de la Psicomotricidad donde esta estructura será evaluada con la ayuda de tests y sometida a técnicas de educación y reeducación (Ajuriaguerra, Mme. Soubiran, Bucher, Orlic, Vayer, etc.), y finalmente será ensayada en la educación física, con los aportes de la psicocinética (Le Boulch). El debate actual Llegado a este punto, J. de Ajuriaguerra (1966) en el prólogo del manual Tests del esquema corporal, elaborado por C. Daurat-Hmeljak, M. Stambak y J. Bergés, insiste sobre la dificultad de una utilización sim- plista sin reserva de esta noción: „Bajo los nombres de esquema corporal o postural, imagen del cuerpo, percepción del cuer po, somatognosia, se engloban unas enti dades des- criptivas o teóricas que se refie ren al cuerpo y, al responder a nociones conceptuales variadas, no pueden ser definidas más que en función de la acepción de los términos establecida por los diver sos autores y del valor dado a las nociones de esquema, imagen, conciencia, etc.‰. Miguel Sassano La metáfora utilizada va a conducir al autor hasta considerar como hercúlea la tentativa que quiera agotar los problemas provocados por este concepto: “Las comparaciones entre esta técnica y los otros modos de investigación anteriormente ci tados permitirán, si no disociar, al menos ana- lizar mejor este monstruo de varias cabezas que ha sido llamado ‘esquema corporal’”. Como señala Ajuriaguerra (1977) ci tando a Conrad: „La noción de esquema corporal, en el sentido amplio de la palabra, a menudo, no se sabe si se trata de un esquema inscripto o de un esquema funcional o bien si esta noción se aplica al sentimiento que poseemos de nuestro cuerpo, de nuestro espacio corporal. O más aun, si ello representa la función de mecanismos fisiológicos que nos dan el sentimiento corres- pondiente a la estruc tura real del cuerpo‰. Para García y Berruezo (1994), el esquema corporal, “que puede enten- derse como la organización de todas las sensaciones relativas al propio cuerpo (principalmente táctiles, visuales y propioceptivas) en relación con los datos del mundo exterior, consiste en una representación mental del propio cuerpo, de sus segmentos, de sus límites y posibilidades de acción”. Por su parte, Pastor Pradillo (2001) entiende por esquema corporal “el distinto conocimiento y la diferente comprensión que poseemos de nuestro propio cuerpo… la estructura progresiva que se produce en función del conocimiento que alcanza de su propio cuerpo y de las posibilidades fun- cionales o de acción que posee”. Françoise Dolto (1994) distingue el esquema de la imagen corporal de la manera siguiente: “El esquema corporal especifica al individuo en tanto que representante de la especie, cualquie ra que sea el lugar, la época o las condi ciones en las que vive; la imagen del cuerpo, por el contrario, es propia de cada uno: está ligada al sujeto y a su historia”. Es específica de una libido en situación, de una relación libidinal. Resulta de ello que el esquema corporal es en parte in consciente, pero también preconsciente y consciente, mientras que la imagen del cuerpo es eminentemente inconsciente, es la síntesis viviente de nuestras expe- riencias emocionales. Puede ser consi derada como la encarnación simbó- lica in consciente del sujeto que desea y que, antes incluso que el individuo en cuestión sea capaz de designarse con el pronombre personal “Yo”, sabe decir “Yo”. Sostiene Dolto que el esquema corporal es una realidad de hecho, en cierto modo es nuestro vivir carnal al contacto del mundo físico. Nuestras experiencias de la realidad dependen de la integridad del organismo, o de sus lesiones transitorias o indelebles, neurológicas, musculares, óseas Capítulo4 y también de nuestras sensaciones fisiológicas viscerales, circulatorias, todavía llamadas cenesté sicas. Ciertamente, afecciones orgánicas precoces pueden provocar tras- tornos del esquema corporal, y éstos, debido a la falta o interrupción de las relaciones de lenguaje, pueden acarrear modificaciones pasajeras o definitivas de la imagen del cuerpo. Es frecuente, empero, que en un mismo sujeto cohabiten un esquema corporal invalidado y una imagen del cuerpo sana. Dice Dolto: „Consideremos los niños afectados de poliomielitis, es decir, de pará lisis motriz pero no sensitiva. Si la enfermedad sobreviene des pués de la edad de tres años, o sea después de adquiridas la marcha, la continencia esfin- teriana y el saber concerniente a su pertenencia a un solo sexo (castración primaria), el esquema corporal, incluso si está afectado en parte de manera duradera, sigue siendo compatible con una imagen del cuerpo casi siem pre intacta, como se comprueba en los dibujos de estos niños. En cambio, el esquema corporal queda siempre dañado, al menos en parte, cuando la poliomielitis es muy precoz y se presenta en la edad de la lactancia y de la cuna, y sobre todo antes de la experiencia de la marcha. Pero aun cuando estos niños no recuperen un esquema corporal sano, íntegro desde el punto de vista motor y neurológico, su invalidez puede no afectar su ima gen del cuerpo: para ello es preciso que, hasta la aparición de la enfermedad, en el curso de ésta y después, durante la conva lecencia y la reeducación, su relación con la madre y el entorno humano haya sido flexible y satisfactoria, sin excesiva angustia por parte de los padres; una relación adaptada a sus necesidades, de las que hay que hablar siempre como si los propios niños pudieran satisfacerlas aunque la afección muscular causada por la enfermedad y sus secuelas los hayan incapacitado para ello. Cuando el niño se ve atacado por una invalidez, es indispensable que su déficit físico le sea explicitado, referenciado a su pasado no inválido o, si éste es el caso, a la diferencia congénita entre los demás niños. Asimismo tendrá que poder, con el len guaje mímico y la palabra, expresar y fantasmatizar sus deseos, sean estos realizables o no según este esquema corporal lisiado‰ (Dolto, 1994). Continúa Dolto con un ejemplo. El niño parapléjico tiene necesidad de jugar verbalmente con su madre, hablando de correr, de saltar, cosas que su madre sabe tan bien como él que jamás podrá realizar. Proyecta así este niño una imagen sana del cuerpo, simbolizada ante la palabra y las representaciones gráficas, en fantasías de satisfacciones eróticas, en el intercambio de sujeto a su jeto. Hablar así de sus deseos con alguien que acepta con él este juego proyectivo, permite al sujeto integrar dichos deseos en el lenguaje a pesar de la realidad, de la invalidez de su cuerpo. Miguel Sassano Y el lenguaje le aporta el descubrimiento de medios personales de comu- nicación. Un niño nacido sin miembros inferiores o superiores, posee un esquema corporal lisiado. No obs tante, su imagen del cuerpo puede ser completamente sana y permitir un lenguaje de comunicaciones inter- humanas tan com pletas y satisfactorias para él como las de un individuo no li siado. Un ser humano puede no haber estructurado su imagen del cuerpo en el transcurso del desarrollo de su esquema corporal. Ello puede deberse a lesiones, a enfermedades orgánicas neurovegetativas o musculares pre- coces; también a enfermedades neonatales, secuelas de accidentes obsté- tricos o de infecciones que han destruido zonas de percep ción sutil en la primera infancia (sordera, labio leporino, ceguera, etc.) (Dolto, 1994). ¿El esquema y la imagen corporal corren en paralelo? Siguiendo con Françoise Dolto (1994), „.⁄cabe formular la hipótesis de que la no estructuración de la imagen del cuerpo se debe en gran parte al hecho de que la instancia tutelar, des- orientada por no obtener nunca las res puestas habitualmente esperadas de un niño de esta edad, ya no intenta comunicarse con él de otra manera que mediante un cuerpo a cuerpo dirigido sólo a la satisfacción de sus necesida des, y abandona su humanización. Es más que probable que un ser humano como éste, puesto que su cuerpo sobrevive, sería capaz de elaborar, tarde o temprano, una imagen del cuerpo con raíz en el lenguaje según unas modalidades que le serían propias, por mediación de referen- tes relacionales sensoriales y de su complicidad afectiva con alguien que lo ama, que lo introduce en una relación triangular y que así le permite introducirse a la relación simbólica‰ (Dolto, 1994). En niños precozmente poliomielíticos, por ejem plo, con un esquema corporal más o menos gravemente menos cabado, puede muy bien reve- larse una imagen del cuerpo per fectamente sana, a condición, como mínimo, de que antes de la poliomielitis no hayan sido neuróticos y de que durante el pe ríodo agudo de la enfermedad hayan contado con el sostén de la madre y el padre, en su relación con el prójimo y consigo mismos. Dibujan entonces cuerpos que no presentan ninguna de las disfunciones o carencias que ellos mismos padecen. El esquema corporal, sostiene Dolto, especifica al individuo en cuanto repre sentante de la especie, sean cuales fueren el lugar, la época o las condiciones en que vive. Este esquema corporal será el intér prete activo o pasivo de la imagen del cuerpo, en el sentido de que le permite la obje- Capítulo 4 tivación de una intersubjetividad, de una re lación libidinal fundada en el lenguaje, en la relación con los otros y que, sin él, sin el soporte que él representa, sería, para siem pre, un fantasma no comunicable. „Si, en principio, el esquema corporal es el mismo para todos los indivi- duos (de una misma edad o viviendo bajo un mismo clima, poco más o menos) de la especie humana, la imagen del cuerpo, por el contrario, es propia de cada uno: está ligada al sujeto y a su historia. Es específica de una libido en situación, de un tipo de relación libidinal. De ello resulta que el esquema corporal es en parte inconsciente, pero también preconsciente y consciente, mientras que la imagen del cuerpo es eminentemen te incons- ciente; puede tornarse en parte preconsciente, y sólo cuando se asocia al lenguaje consciente, el cual utiliza metáforas y metonimias referidas a la imagen del cuerpo, tanto en las mímicas, fundadas en el lenguaje, como en el lenguaje verbal. La imagen del cuerpo es la síntesis viva de nuestras expe riencias emo- cionales: interhumanas, repetitivamente vividas a través de las sensaciones erógenas electivas, arcaicas o actuales. Se la puede considerar como la Âen- carnación simbólica incons ciente del sujeto deseanteÊ y ello, antes inclusive de que el indi viduo en cuestión sea capaz de designarse por el pronombre personal ÂYoÊ, antes de que sepa decir ÂYoÊ. Lo que quiero hacer entender es que el sujeto inconsciente deseante en relación con el cuerpo existe ya desde la concepción. La imagen del cuerpo es a cada momento memoria inconsciente de toda la vivencia relacional, y al mismo tiempo es actual, viva, se halla en situación dinámica, a la vez narcisística e interrelacional: camuflable o actualizable en la relación aquí y ahora, mediante cualquier expresión fundada en el lenguaje, dibujo, modelado, invención musical, plástica, como igualmente mímica y gestual‰ (Dolto, 1994). Agrega luego que “gracias a nuestra imagen del cuerpo portada por –y entrecruzada con– nuestro esquema corporal, podemos entrar en comunica- ción con el otro”. Todo contacto con el otro, ya sea de comunicación o de evitamiento de comunicación, se asienta en la imagen del cuerpo; porque no es sino en la imagen del cuer po, soporte del narcisismo, que el tiempo se cruza con el espa cio y que el pasado inconsciente resuena en la relación presente. En el tiempo actual sigue repitiéndose en filigrana algo de una relación de un tiempo pasado. La libido se moviliza en relaciónactual, pero puede resultar despertada por ella, resucitada, una imagen relacional arcaica que había quedado repri mida y que entonces retorna. Aprovechemos para señalar que el esquema corporal, según esta autora, que es abstracción de una vivencia del cuerpo en las tres dimen- siones de la realidad, se estructura mediante el aprendizaje y la expe- riencia, mientras que la imagen del cuerpo se estructura mediante la Miguel Sassano comunicación entre sujetos y la huella, día tras día memorizada, del gozar frustrado, coartado o prohibido (castración, en el sentido psicoanalítico, del deseo en la reali dad). Por lo cual ha de ser referida exclusivamente a lo imaginario, a una intersubjetividad imaginaria marcada de entrada en el ser humano por la dimensión simbólica. Finalmente y para decirlo con otras palabras, Dolto (1994) con- cluye: „El esquema corporal refiere el cuerpo actual en el espacio a la experiencia inmediata. Puede ser independiente del lenguaje, entendido como historia relacional del sujeto con los otros. El esquema corporal es inconsciente, preconsciente y consciente. El esquema corporal es evolutivo en el tiem- po y en el espacio. La imagen del cuerpo refiere el sujeto del deseo a su gozar, mediatizado por el lenguaje memorizado de la comunicación entre sujetos. Puede ha cerse independiente del esquema corporal. Se articula con él a través del narcisismo, originado en la carnalización del sujeto en la concepción. La imagen del cuerpo es siempre inconscien te, y está constituida por la articulación dinámica de una ima gen de base, una imagen funcional y una imagen de las zonas erógenas donde se expresa la tensión de las pulsiones‰. En tanto que Camps asegura que „Boscaini (2000) diferencia así esquema e imagen corporal: el esquema corporal es el conocimiento del cuerpo objetivo. La corteza cerebral va unificando las percepciones corporales constituyendo el esquema corporal, el cual está estrechamente dependiente de la función motora y, por eso, ligado preferentemente a la contracción tónica voluntaria. Es consciente y único para todos, no cambiando nunca. La imagen corporal se construye, se define y se unifica a través del tono, el cual, preferentemente involuntario, se modifica continuamente en el interior de la experiencia relacional vivida en presencia y en ausencia del otro. En consecuencia esta imagen de sí mismo será más variable y dinámica según la calidad de la experiencia y relación tónico-emocional vivida, por tanto, las representaciones de ella le pueden ser infinitas. Para este autor será casi del todo inconsciente‰ (Camps, 2002). Por su parte, Aucouturier distingue entre esquema corporal (cuerpo real) e imagen corporal (cuerpo imaginario). Para él, esquema corporal se refiere a la representación consciente que tenemos de nuestro cuerpo, que puede ser vivido, percibido y representado desde la consciencia y que encaja y se adecua a los parámetros reales del espacio y el tiempo, es el cuerpo instrumental; está sometido a unas leyes neurológicas y madurativas y tiene un principio y un final (alrededor de los 12 años), Capítulo 4 es igual para todos y está vinculado a los aspectos cognitivos y motrices (Camps, 2002). En cambio, la imagen corporal se refiere a las imágenes inconscientes que el niño ha grabado a partir de las sensaciones recibidas por las dife- rentes partes del cuerpo, y cómo ha investido estas partes. Al contrario del esquema corporal, la imagen corporal no acaba nunca, es inconsciente, distinta en cada uno en función de su propia historia y está vinculada a los aspectos emocionales. La imagen corporal se crea a partir de la historia personal de cada uno y ésta es una historia de relaciones, relaciones que se dan desde antes del nacimiento hasta la muerte. Por tanto, la imagen es más dilatada y plástica que el esquema. En la forma como el adulto concibe su cuerpo está toda la historia de su vida, la libertad o represiones que ha sufrido (Camps, 2002). Notemos, sin embargo, dice Murcia, que hay todavía confusión entre los términos esquema corporal e imagen del cuerpo y que, además, una acepción psicofisiológi ca de la noción de imagen del cuerpo ha sido pro- puesta por Paillard. Pero por el momento recordemos brevemente lo que, en la perspectiva lacaniana, se entiende por “imagen del cuerpo’’. Esta imagen del cuerpo es proporcionada no por el conjun to de sen- saciones que el cuerpo procura, sino por las impresiones visuales que vie nen a desempeñar un papel anticipador en la representación de la persona. Antes incluso de que la integración de las sen saciones corporales se realice, se organice en las estructuras nerviosas, el sujeto po see, del hecho de la representación imagi nada de su cuerpo, el sentimiento de ser una persona propia, de ser un sujeto. Hay anticipación de la imagen del cuerpo so bre la unidad kinestésica. Lacan, tomando como punto de partida los textos de Wallon y con una perspectiva psicoanalítica algo diferente de la concepción freudiana clásica, cita: „El estadio del espejo tiene el interés de manifestar el dinamismo afectivo por el cual el sujeto se identifica primordialmente con la Ges talt visual de su propio cuerpo: ella es, con relación a la incoordinación todavía más profunda de su propia motricidad, unidad ideal, imagen saludable; tiene el valor de toda la destreza, ligada a la discordancia intraorgánica y relacional del hombreci to‰ (Lacan, 1976). Para este autor, afirma Ballesteros Jiménez (1982), tiene gran impor- tancia la maduración de la percepción visual que permite la captación de las formas. Lacan (1976) denomina con el nombre de “estadio del espejo”, al período en que el niño puede reconocer su imagen en el espejo, período que se inicia a partir de los seis meses. El niño al verse reflejado en el espejo Miguel Sassano grita de júbilo y trata de alzarse con ayuda del adulto, saludando su propia imagen. Este reconocimiento del cuerpo es muy importante y se desa rrolla a partir de la imagen especular. Su propia imagen le muestra “al otro”. Es una etapa esencial en la formación del no yo y se alcanza mediante una identificación espacial. Cuando el niño reconoce que junto a él y al adulto existe su propia imagen, desea ser como el adulto. En este juego entre el cuerpo del niño y su imagen surge la riqueza de las producciones de lo imaginario referentes al propio cuerpo. En un principio el “yo” y el “no yo” están fundidos. Este período dura aproximadamente los seis primeros meses de la vida del niño. Su estado afectivo y mental está constituido sobre la base de una propio ceptividad que percibía el cuerpo como dividido. A partir de los seis meses, por una intuición iluminadora que se produce bruscamente, el parcelamiento de los primeros meses, que el niño vivía con ansiedad, va a dar paso a la instauración de la unidad en él por el llamado “estadio del espejo”. Lo que se manipula en el triunfo del hecho de asumir la imagen del cuerpo en el espejo es ese objeto evanescente entre todos, por no aparecer sino al margen: el intercambio de mirarlas, manifiesto en el hecho de que el niño se vuelve hacia aquél que de alguna manera le asiste. Consi- dera Lacan que el estadio del espejo es el formador de la función del yo (Ballesteros Jiménez, 1982). Según él, la maduración de la función visual permite el reconocimiento de la forma humana y posibilita la identificación de esta forma. El primer objeto con el que el niño entra en contacto es el cuerpo de la madre y esta fusión es un medio de satisfa cer los datos propioceptivos que se hallaban desparramados e incoor dinados. El cuerpo se unificará bajo la forma de la representación inconsciente o imagen. Es el momento de la “asunción triunfante” de la imagen según Lacan (1977). Wallon (1959) ha criticado esta teoría diciendo que aunque admite el parcelamiento existente en el niño, rehúsa el modo dramático según el cual será superado. Dice además que paraque el parcelamiento sea ansiógeno para el sujeto, es preciso que subyacentemente exista la idea de unidad. Lacan trató de defenderse con la teoría de Bolk, según la cual el hombre es el único mamífero que por lo inacabado de su nacimiento tiene una mayor dependencia de sus padres; tendrá entonces una doble ruptura, la adaptación al medio y la de la unidad funcional en el naci miento. Dentro del marco conceptual del psicoanálisis han indagado sobre este problema además otros autores. Sostiene Ballesteros Jiménez (1982) que, según Spitz, el yo comienza su formación al final del primer trimes tre de vida. El yo supone una Capítulo 4 dirección y control que puede realizarse con ayuda de la conciencia y de la coordinación neuromuscular. En este período, afirma Spitz, el niño es consciente de objetos exteriores, pero no de su yo, que orienta y actúa. El mundo de las personas que rodean al niño es tan importante que, como este autor ha puesto de manifiesto, los niños criados en orfelina- tos, aunque estén bien atendi dos, se desarrollan más lentamente que los criados en familia. Para él, todo conocimiento está basado en lo vivido. De ahí en que la clave de la educación del niño entre los dos a cinco años debe ser la construcción del esquema corporal (imagen, uso y control de su cuerpo). La educación del esquema corporal para el niño es un juego, juega con sus brazos, con sus piernas, con todo el cuerpo. Estos juegos le llevan desde la imitación a la realización controlada. El tono y la motilidad son dos aspectos complementarios e indisociables del es quema corporal. Desde el nacimiento y hasta muchos meses después, el bebé no conoce su individualidad, no sabe que él existe como individuo. No se diferencia de lo que le rodea, desconoce la dualidad entre su madre y los otros. Antes de relacionarse con el otro, el niño debe conocer su cuerpo y su unidad. Dice Spitz (1989) que va a tardar dieciocho meses en tomar conciencia de su individualidad. El niño durante las primeras semanas sólo va a sentir placer o displacer. Las excitaciones luminosas, auditivas, gustativas y olfa- tivas deben ser muy fuertes para ser percibi das; en cambio la sensibilidad cutánea, laberíntica e interoceptiva están muy desarrolladas. En el segundo mes de vida, el rostro humano se convierte en un per- cepto visual privilegiado preferido a todas las demás cosas. En el tercer mes, el bebé responde al rostro del adulto sonriendo siempre que el rostro se muestre de frente y el niño pueda ver los ojos y que la cara se mueva; lo que el niño percibe es un signo. El rostro humano es un signo Gestalt para el niño entre los tres y los seis meses. Lo que el niño reconoce en esta etapa preobjetal son los atributos secundarios y ex ternos (Ballesteros Jiménez, 1982). El niño a esta edad no reconoce un rostro individual, sino que reac- ciona ante cualquier rostro que se le presente de frente y en movi miento. Hacen falta seis meses más para que el niño reconozca un rostro indivi- dual: “El infante es capaz de transformar lo que sólo era una Gestalt signo en un objeto de amor individual y único” (Spitz, 1989). Entre los dos y los ocho meses construye la imagen de su cuerpo. En este tiempo el niño toma conciencia de su unidad e individualidad. Va a pasar de un estado pasivo a otro más activo. El niño en los primeros meses de su vida sólo tiene de sí mismo imágenes fragmenta rias, juega Miguel Sassano con sus manos y pies como si fueran extraños a él. No puede relacionar las distintas partes de su cuerpo. „Su maduración neurológica le va a permitir durante este tiempo, reunir estos diversos pedazos, a la vez que aprende la unidad e indivi dualidad de la madre. La díada madre-niño es un sistema de comunica ción muy particular. Así sabemos que aunque la madre duerma con un sueño pro- fundo se despierta al menor ruido o movimiento del bebé. La relación entre ambos es sumamente estrecha. La intuición en la comunicación durante la etapa preverbal entre madre e hijo es extraordinariamente importante. La sola presencia de la madre constituye un estímulo y suscita respuestas del bebé‰ (Ballesteros Jiménez, 1982). Entre el sexto y el octavo mes el niño ya no responde con una son- risa cuando cualquier persona se para ante su cuna y mueve la cabeza; diferencia ya las caras y distingue al amigo del enemigo. Ante el extraño llora, se da vuelta; es la primera manifestación de angustia propiamente dicha. El niño siente que no es la madre y la angustia que manifiesta es la respuesta al recuerdo de la percepción de que el rostro de un desconocido no coincide con las huellas mnémicas del rostro de la madre. Es lo que Spitz llama “la angustia del octavo mes”. „Esto significa para Spitz que el objeto ha quedado establecido no sólo en el aspecto óptico (cognitivo), sino en el afectivo. Muestra la angustia del octavo mes que para el niño todo el mundo es un extraño a excepción del objeto único (la madre). A pesar de lo expuesto el psicoanálisis se ha ocupado poco del tema del esquema corporal o imagen corporal, pero podemos decir que la Psico- logía Dinámica cree que la estructuración del esquema corporal depende en gran medida del contacto físico del niño con su madre y del contorno social que les rodea‰ (Ballesteros Jiménez, 1982). Freud (1915), según Ballesteros Jiménez, alude al tema del esquema corporal cuando señala que el ego “puede abolir estímulos exteriores a través de la acción muscular, pero está sin de fensa contra aquellos estímulos que se originan en el instinto” y luego dice, en efecto: „En el último término, la cualidad de ser consciente o no es el único rayo de luz que penetra en la oscuridad de la psicología profunda. El cuerpo, y sobre todo su superficie, es el lugar desde el que las percepciones internas y externas pueden partir simultáneamente. Produce al tacto dos géneros de sensaciones, una de las cuales es equivalente a una percepción interna. El yo es primero y más aun un yo corpóreo; no es solamente una superficie, sino que él mismo es la proyección de una superficie‰ (Freud, 1923). Capítulo 4 El ego se deriva en último término de las sensaciones corporales, puede ser considerado como la proyección mental de la superficie del cuerpo. Según la opinión de Scott, la designación del yo como una pro- yección mental de la superficie del cuerpo está cercana a la formu lación metapsicológica de lo que él considera una de las primeras divisiones en el ego (o esquema corporal) entre todo lo que llega a ser conscientemente integrado para formar el yo corporal, y la mente, la realidad psíquica, el mundo interior, la psique como opuesto al soma. Según la teoría psicoanalítica, el conocimiento de las partes del cuerpo por el niño está cargado de afecto: si la relación con la madre (objeto exterior investido) es armoniosa, el niño desarrollará un afecto corres- pondiente a las mismas zonas del cuerpo de la madre, que serán investidas con el afecto liberado de las suyas. Ahora bien, a la hora de repartir las pulsiones libidinales puede ocurrir una libidinación excesiva del cuerpo materno y un empobrecimiento afectivo del propio o viceversa. También puede suceder que se realice un mal reparto libidinal en las zonas del propio cuerpo. Estos hechos crearán problemas en la forma ción del esquema corporal. En el reparto afectivo del cuerpo del niño influyen factores como las enfermedades padecidas en la primera in fancia y a veces las intervenciones quirúrgicas. En cuanto a la madre, puede ocurrir que la presencia de ésta sea frus- trante o puede darse su ausencia prolongada; en este caso el narci smo primario del niño persiste en una época en la que éste debería debilitarse. El ambiente familiar, a través de sus valores e intereses influye enorme- mente en la formación del esquema corporal. Los aportes recientes de la psicofisiología Dice Murcia (1990) que J. Paillard, en su obra El cuerpo situado y el cuerpo iden tificado, hace elinten to de asignar a las dos nociones, de esque ma corporal y de imagen del cuerpo, un estatuto epistemológico bien delimitado tanto en el campo de la teoría como en el de las expe- riencias psicofisiológicas. Después de haber situado la problemática de lo que se refiere a “la existencia de un doble tratamiento de las informaciones sensoriales al ser- vicio de las operaciones diferenciales de identifi cación perceptiva, por una parte, y de localización referida, por otra…” y que “incita a reconsiderar el contenido res pectivo de los conceptos de imagen del cuerpo y de esquema corporal”, Paillard designa el lugar reivindicado por esta bús queda entre todas aquellas nociones “cu yo contenido permanece vago e impreci so y Miguel Sassano contribuye a alimentar las controver sias del tipo de las que se han desa- rrollado en torno al concepto de esquema corporal” (Angelergues et al., 1975; Paillard, 1980). El proyecto de Paillard, menciona Murcia (1990), se inscribe en esta voluntad de dar a las nociones de imagen del cuerpo y de esquema cor- poral un estatuto que las sitúe, sin ninguna am bigüedad, en el campo epistemológico de la psicofisiología. Los argumentos y aná lisis avanzados se inscriben bajo tres pro blemáticas de reciente introducción en psico- biología: la de identificación-locali zación, la de referentes espaciales y la de actividad-pasividad. Este primer análisis conduce a la rede finición de las nociones de ima- gen del cuerpo y de esquema corporal. Está definitivamente admitida hoy día la existencia de un doble sistema de trata miento de las informaciones espaciales en el sistema visual: uno llamado genículo estriado que va de la retina al córtex occipital y otro lla- mado retino-colicular que desciende de la retina hacia el mesencé falo. A esta dicotomía estructural corres ponde una dualidad funcional: el primer sistema sería responsable de las operacio nes de análisis de las caracterís- ticas de forma y de las cualidades sensoriales de los objetos (identifica- ción); el segundo aseguraría las operaciones de localiza ción espacial que permiten ubicar el objeto percibido en el espacio extra-corporal. Esto permite plantear en nuevos térmi nos el problema de la experien- cia perceptiva del cuerpo. La distinción podría ha cerse entre un cuerpo identificado en su forma y en el contenido de sus superficies limítrofes, y un cuerpo situado, localizado como objeto percibido en un espacio orientado. El cuerpo identificado realiza la ima gen del cuerpo que puede definirse como la experiencia consciente que tene mos de este objeto par- ticular, identificado como el cuerpo que habitamos (Ballesteros Jiménez, 1982). Como subraya Paillard (1980), “el hecho ex perimental nuevo más signi- ficativo en este ámbito ha sido el descubrimiento del papel organizador de la motricidad activa del sujeto en la construcción de su espacio visomotor”. Wallon, en su artículo de 1954 “Kines tesia e imagen visual del cuerpo propio en el niño”, insiste sobre el papel determi nante del acto, asociado a la visión del dominio de los desplazamientos en el es pacio: „El esquema corporal es una nece sidad. Se constituye según los deseos de la actividad. No es un dato inicial ni una entidad biológica o psíquica. Es el resul tado y la condición de precisas relaciones entre el individuo y el medio‰. Capítulo 4 Wallon subraya el error que constitui ría el privilegiar uno u otro de estos dos aspectos: “Algunos creen que es posible aprender por los ojos el movimiento a realizar; la práctica demuestra que eso es frecuentemente una ilusión”. Es la actividad motriz la que sirve de filtro, en cierto modo, a la reco- gida de informaciones sensoriales que provienen del cerebro y que permite su integración en “la elaboración de constantes espacia les necesarias para la eficacia de las ac ciones que el cuerpo dirige en su espacio extracorporal” (Paillard, 1980). Parece indispensable que el cuerpo esté activo en este levantamiento de información para que se “ex traigan las configuraciones estables de señales útiles”. Configuraciones que, en tonces y solamente entonces, podrán ser identificadas pasivamente como tales. Numerosas experiencias tanto con ani males como con personas, así como algu nas observaciones clínicas, ilustran clara mente este punto. Con el objeto de aclarar la confusión existente y en el marco de su fuerte polémica con Paillard, Angelerges (1962) propone tres sistemas diferentes de la representación del cuerpo: 1. Una estructura primaria de integración somatognósica, polisen soria reflejando la totalidad unificada y vivida de un hemicuerpo, locali zada al nivel del hemisferio menor. 2. Una estructura somatognósica secundaria a la mediación verbal que se sitúa a nivel del hemisferio mayor. Esta estructura da al con junto corporal un conocimiento analítico, abstracto, corresponde a la for- mación simbólica del conjunto de los segmentos corporales y de su articulación. 3. Una estructura que une lo vivido y lo conocido, que tiene una signi- ficación narcisista y que posee una gran riqueza y complejidad. Podemos decir que el esquema corporal, enten dido como conoci- miento del propio cuerpo a nivel representativo, se va constituyendo muy lentamente en función de la maduración del sistema nervioso y de su propia acción; en función del medio y de los otros con los cuales el niño se va a relacionar, así como de la totalidad afectiva de esta relación, y por último, en función de la representación que se hace el niño de sí mismo y de los objetos de su mundo con los que se relaciona. Murcia (1990) afirma, tal como subraya Ajuriaguerra en la defi nición que propone de esquema corporal, que este “es una construcción activa constantemente retomada… que sirve de marco de referencia tanto a nues- tros actos como a nuestras percepciones”. El esquema cor poral, en la óptica Miguel Sassano aquí desarrollada, nos aparece como una noción que posee toda vía un gran valor heurístico si se quiere reflexionar sobre su génesis y su función y no considerarlo como uno de los ele mentos de una hipotética estructura de la persona. Construido por la actividad mo triz y la sensorialidad, es para ellas el marco de referencia indispensable en el que encontrar su sentido. El esquema corporal y la imagen del cuerpo así definidos, si afirman su exis tencia en el ámbito de la psicofisiología, lo hacen, como suele pasar en el marco de esta ciencia, en tanto modelo que permite dar cuenta de una función gene ral; pero, de momento, este trabajo, a ex cepción de las expe- riencias de laboratorio en las que es abordado, no lleva a proce dimientos de detección, de evaluación, ni siquiera de educación y reeducación del esquema corporal. Las cuestiones planteadas so bre los tests y el valor clínico específico del concepto siguen aún sin resolver. La proyección del debate Francisco Varela expresa: “Para el cognitivismo como para el conexio- nismo actuales, el criterio de evaluación de la cognición es siempre la representación adecuada del mundo exterior predetermi nado” (1989). Frente a esta actitud que nos lleva a pensar que “el sistema nervio so está esencialmente definido por inputs… que estos inputs son o reflejan ciertas características o cualidades del entorno, que son absorbidos por el sistema nervio so como un material en bruto que, más tarde, se trabaja en el interior, y que este sistema nervioso funciona a partir del contenido informativo de instrucciones que provienen del entorno elaborando una representación operacional del mis mo”. Lo que puede parecer paradójico y estimulante a la vez, es que este autor, que junto a Humberto Maturana se sitúa en el punto más alto de la reflexión dentro de las ciencias cognitivas, tome como marco de referencia para lo esencial de su pensa miento a filósofos como Martin Hei degger y Maurice Merleau-Ponty. La fe nomenología, que reaparece montada en la ola de las ciencias cognitivas, puede no resultarbanal. Siguiendo a Murcia (1990), el esquema corporal o imagen del cuerpo, noción que en este período se debate entre el psicoanálisis –Dolto y Lacan– y la psicología genética –Wallon, Zaz zo– se convertirá entonces en el asunto a educar o tratar y permitirá categorizar los trastornos psico- motores que afectan a los síndromes específicos. El esquema corporal y la imagen del cuer po encontrarán en el campo de la psicofi siología (Paillard) un estatuto de mode lo que permita dar cuenta, para la noción de esquema, Capítulo 4 “de la organización espa cial de las informaciones de una moda lidad sen- sorial determinada en el refe rente postural, organización que contri buye a codificar espacialmente las informaciones útiles del desencadena miento y direccionalidad de nuestros movimientos”. En cuanto a la noción de ima gen, correspondería “a la representación consciente imaginada de una realidad ‘codificada’ en sus características senso riales de cualidad, forma e intensidad” (Murcia, 1990). Finalmente, con un cuidado que tradu ce “la esperanza de aportar una clasifica ción para los trabajos que quedan hetero géneos”, el profesor Corraze propone una “explosión” de la noción reemplazándola por un cierto número de “marcos” que dan cuenta de las diferentes experiencias po sibles del cuerpo. La utilización corriente del concepto, tanto en el ámbito de la terapéutica como en el de la educación, es muy delicada por el hecho de que la noción utilizada habría sido altamente problemática. Tanto los tests utilizados sin discernimiento como los ejercicios propues- tos, testifican una reducción simplificadora así como un desconocimiento de la ambi güedad y de la fluctuación epistemológica que caracterizan a estos conceptos. Querríamos, finalmente, concluir con dos precisiones tomadas de Murcia (1990) que deseamos, al menos para nosotros, sean fecundas para una reflexión futura: „En lo que se ha dado en llamar las concepciones amplias, es decir, inte- grativas, del esquema corporal, el modelo recogido de lo bio-informacional, es decir, de una concepción del sistema nervioso que lo compara a un ordena dor, cuyo soporte lógico se construiría por inputs, por informacio- nes que vie nen del exterior, la noción de auto-organización (von Forester, Morin, Simon, Atlan, Paillard) y la más reciente de enacción (Varela, Matura na), deben permitirnos considerar de otra manera el problema, mediante una remodelación de lo que es ya Âcoheren cia internaÊ. En cuanto a la distinción introducida por Schilder del cuerpo material, físico y del equivalente psíquico, distinción que F. Dolto, en una problemá- tica to talmente psicoanalítica, designara en términos de esquema corporal e ima gen del cuerpo, y que será el punto de desacuerdo entre Angelergues y Pai llard, distinción quizá que puede asimi larse a lo que Merleau-Ponty llamaba Âcuerpo actual, cuerpo habitualÊ, nos parece que es característica de lo que parece ser otra manera de plantear el dualismo‰. En el curso del pensamiento actual se intenta describir “el hombre neuronal” (Changeux), el hombre bio-informa cional y bio-energético, el hombre que se define esencialmente como un siste ma capaz de acción, comprensión, memoria, cognición, que se define en la productividad. Miguel Sassano En el otro polo, otra reflexión, proveniente de Freud, que apunta a la constitución de una “antropología generalizada de lo ima ginario” (Gui- llerault, 1989) que intenta desprender lo que del inconsciente viene a subvertir esta opacidad material del cuerpo, lo que se desprende para apreciarlo en la vivencia, en la realidad física. Como podemos observar, los autores que han estudiado el esquema corporal no están de acuerdo en cuanto a su composición y estructura. La mayor parte de los autores son neurólogos o psiquiatras que trabajan con adultos, y lo que ellos estudian son principalmente las perturbacio- nes del esquema corporal. A esto se debe el hecho de que los problemas relativos a la disolución del esquema corporal hayan sido mucho más ampliamente tratados que el tema de su adquisición en el niño. A pesar de la variada terminología que se emplea para designar este tema, no hay excesiva diferencia entre unas posturas y otras, y las diversas interpretaciones que se dan, más bien se complementan unas a otras. La confusión proviene, como dice Angelerges (1962), en que a veces se usan los mismos términos con significaciones muy diferentes, mientras que por el contrario fenómenos análogos son denominados de forma diferente. De este modo, cada vez se establece una mayor confu sión, abo- liendo las distancias, anulando la cualidad específica de los fenómenos, confundiendo los planos. Parte de ellos pueden dilucidarse ahora. Otros aún continúan en esa nebulosa. Intervenciones sobre la imagen del cuerpo “Cicatrices imborrables / De un tormentoso pasado / Que la suerte me ha brindado / Y que nunca perderé”. E. Moroni (del tango “Cicatrices”) Frente a procesos que parecen corresponder más o menos a la elabo- ración de nuevos rituales que apuntan a una reapropiación del cuerpo –de un cuerpo reimplantado en la naturaleza y en un grupo–, conviene examinar otras conductas que implican también una búsqueda de iden- tidad. Otra referencia consiste en la influencia de normas tradicionales y mayoritarias, persistencias que se comprueban al hablar de la represen- tación del cuerpo cotidiano, aun en los miembros de los grupos sociales llamados evolucionados. Capítulo 4 De manera que examinaremos a través de observaciones de carácter sistemático, las modalidades según las cuales está expresada y codificada esta preocupación estética por el cuerpo. En primer lugar hablaremos de las modificaciones de la apariencia. Entre los caracteres físicos que contribuyen más a hacer que una per- sona resulte atrayente o repulsiva hay algunos que son incontrolables a causa de su predeterminación (forma del cuerpo, estatura, color y con- textura de los cabellos, regularidad y blancura de los dientes) o por su relación con hechos que son independientes de la voluntad de los sujetos a quienes afectan (diversos ataques a la integridad corporal por efecto de enfermedades, accidentes, etc.). Pero la mayor parte de los atributos físicos que definen nuestro aspecto son modificables voluntariamente. El cuerpo puede ser ensanchado o afinado mediante la combinación de las formas y colores de la ropa, puede parecer más alto mediante el uso de tacos altos, puede parecer rejuvenecido mediante hábiles aplicaciones de tinturas o prótesis. En el siglo XXI se lleva a cabo una considerable manipulación de nuestra apariencia. Lo que distingue a nuestra época de las anteriores no es tanto la diversidad de las intervenciones practi- cadas en el cuerpo, como su finalidad casi exclusivamente estética: una presentación (o representación) de uno mismo atractiva y halagadora está hoy tan recompensada y un aspecto poco agraciado es tan castigado socialmente, que las metamorfosis corporales actuales están dedicadas casi exclusivamente al embellecimiento. Las transformaciones del cuerpo son aloplásticas cuando se deben a objetos y materiales exteriores como las máscaras, vestidos, adornos, artificios poco duraderos como el maquillaje, el peinado y las pinturas aplicadas al cuerpo. Estas modificaciones son las más frecuentes en nues- tra cultura. En cambio, las transformaciones autoplásticas conciernen directamente al cuerpo. Fueron relativamente frecuentes en los pueblos primitivos, por ejemplo, las perforaciones (de orejas, nariz, labios, órganos genitales, dientes), en las que a veces se insertaban adornos de madera, de metal o de piedras preciosas; las deformaciones (de labios, orejas, senos, cráneo y cuello en África; de pies en China), y las mutilaciones (circuncisión, clitoridectomía). Estas últimas continúan practicándose, lo mismo que la perforación de las orejas femeninas (nuevamente de moda), pero la autoplastia del aspecto