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YO ESTUVE ALLÍ MEMORIAS DE UN PSIQUIATRA FORENSE

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Ensayos
384
JOSÉ CABRERA FORNEIRO
Yo estuve allí
Memorias de un psiquiatra forense
© 2009
José Cabrera Forneiro
y
Ediciones Encuentro, S. A., Madrid
Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com
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ÍNDICE
Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
1. Los comienzos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 15
2. El 23 de Febrero de 1981: intento de golpe de Estado . . . . 24
3. La Brigada Paracaidista . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 35
4. El forense . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49
5. El Servicio de Información Toxicológica . . . . . . . . . . . . . . . 59
6. La vida en prisión . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73
7. La enfermedad mental . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83
8. El Crimen del Juego de Rol . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 94
9. El último día en París de Lady Di . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 104
10. La Agencia Antidroga de Madrid . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 114
11. Un paseo por Irán . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 129
12. Una mañana en la ONU con el éxtasis . . . . . . . . . . . . . . . 140
13. La Narcosala . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 150
14. En el Vaticano de conversación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 160
15. El 11 de Septiembre en directo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 169
16. El caso del Prestige . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 178
17. El asunto Yakolev . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 187
18. El 11 de Marzo de 2004 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 196
19. Caso Madeleine . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 208
Epílogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 221
De nosotros depende que el día en que nos encontremos con
nosotros mismos sea el más feliz o el más amargo de nuestra vida.
PRESENTACIÓN
Estimado amigo lector: si me he decidido a escribir este libro, en
gran parte autobiográfico, es porque creo que la vida debe ser un
equilibrio entre la acción y la reflexión. Dedicada la primera parte
de la vida habitualmente a la acción, cada cual debe decidir el
momento de pasar a la reflexión y ese momento ha llegado para mí. 
Por esta razón, y no por otra, voy a contar en sus páginas aque-
llas situaciones que por mi profesión he encontrado en el camino y
que, como se verá en su lectura, han formado parte de la historia
cotidiana de todos nosotros, si bien a un servidor le tocaron más de
cerca, pues, en definitiva, yo estaba allí. En unas ocasiones fue el
puro azar el que me hizo estar en el sitio de las historias, y en otras
se debió a mi propio trabajo el encontrarme con ellas, pero en cual-
quier caso merece la pena su relato.
Pero, ante todo, de estas narraciones se desprenderá lo que he
aprendido de las mismas y cómo ello me ha transformado en lo
personal y lo profesional.
No pretendo de ninguna manera darme importancia alguna,
sólo esclarecer algunos acontecimientos que han marcado nuestro
tiempo y en los que estuve de una u otra forma involucrado.
Y es que si de algo puede uno sentirse orgulloso, además de la
inmensa suerte de vivir unos momentos importantes, es de que mi
9
profesión de médico y psiquiatra, y también, por qué no decirlo,
mi particular forma de ser, me han permitido conocer a muchas
personas interesantes, sus personalidades, y a los personajes que
han representado en el teatro social, raro privilegio que ahora me
apetece reflexivamente compartir con ustedes. 
Con que a sólo un lector estas historias de la historia le intere-
sen, me daré por satisfecho.
Yo estuve allí
10
INTRODUCCIÓN
Dicen que de cada vida se puede aprender algo, y por eso creo
que hay tantas autobiografías o relatos semejantes. Sea como sea,
opino sinceramente que, como decía Borges, «las personas no
somos lo que escribimos, sino lo que leemos», que no es otra cosa
que decir que día a día nos hacemos un poco más y así, acumulan-
do experiencias y sensaciones, vamos construyendo nuestro
pequeño yo. «Saber más es ser más», decía Teilhard de Chardin.
Por esta razón y no por otra me ha parecido conveniente escri-
bir sobre algunas experiencias pasadas que me impresionaron, y en
cierto modo pueden ser una muestra de en qué mundo estamos y
cómo somos todos y cada uno en el escenario de la vida.
Por otra parte, en el fondo un relato de recuerdos no es otra
cosa que las respuestas que se dan a las preguntas a las que la vida
somete a cada uno. Estaremos pues ante un álbum surgido de la
memoria, y eso que hoy, en contra de lo que pudiera pensarse, no
está de moda hacerse preguntas, ¿para qué?, no sea que nos den la
respuesta que no nos gusta, y eso si que no, con lo bien que se vive
un poco «a la ligera». 
A mí siempre me gustó hacerme preguntas, que me las hagan o
incluso forzar a que aparezcan allá donde todo parecía claro. Pero
¿dónde están las preguntas de antes?, las que nos hicimos todos en
11
algún momento de nuestra vida: ¿Quién soy realmente? ¿Qué
quiero para mi vida? ¿Qué sentido tiene todo lo que me rodea?, y
que no eran sino las preguntas de siempre, las que se ha hecho la
humanidad desde que empezó a ser consciente de sí misma.
¿Quién se pregunta algo semejante en nuestros días? Los jóve-
nes no, desde luego, pero los adultos creo que tampoco, como que
hubieran perdido su significado original. ¿Qué rayos importa
quién yo sea mientras me lo pase bien? ¿Qué tonterías son esas de
lo que quiero realmente mientras estoy a gusto cada día sin pensar
en el futuro? Y ¿para qué quiero saber el sentido de lo que me
rodea mientras tenga mi coche, mi dinero y mis palos de golf?
Creo firmemente que los seres humanos de hoy somos casi
idénticos a los de hace tres mil años, con algunas leves diferencias
técnicas y alguna corbata que otra. Hoy se ama o se odia como
siempre se hizo, se goza o se sufre de igual forma y se nace y se
muere como lo hicieron nuestros antepasados. La diferencia estri-
ba en un inmenso pragmatismo que ha invadido todas las esferas
sociales, y que no es otra cosa que el salto de la frase latina: «Feliz
el que conoce las causas de las cosas» a la expresión de Galileo: «A
mí no me importa el porqué sino el cómo».
También creo que es un ejercicio de salud poner por escrito las
experiencias vividas, lo que en cada momento sentimos y lo que
finalmente hicimos, todo a manera de diario público, y compartir
con los demás lo que nos interesó y cómo las circunstancias nos
modelaron, al fin y al cabo somos seres sociables.
Y como vivimos en una sociedad concreta, es a esa misma socie-
dad a la que en cierto modo debemos rendir cuentas, y la única
forma que veo para ello es explicar por qué actuamos de la forma
que lo hicimos en cada instante. 
También es cierto que la sociedad en la que estamos inmersos hoy
es muy distinta a la de antaño,y así este mundo, que del bienestar
sólo tiene la búsqueda incesante del placer (que no de la felicidad),
Yo estuve allí
12
parece más ávido de libros que dan pocas respuestas: «Cómo hice
mi primer millón», «Cómo conquistar a Laura», «Harry Potter y la
búsqueda del que sé yo», «Cómo ser feliz en tres clases», y así un
sin número de textos cuyo único objetivo es vender millones a cam-
bio de entretener sin contenido alguno, y fabricados ex profeso
para ser devorados por masas, ya de por sí alienadas con los medios
televisivos y a las que hay que contentar como decían los empera-
dores romanos: con pan y circo.
¿Dónde están aquellos otros libros como los textos de historia,
los libros de filosofía, en general, o en particular La vida heroica de
Madame Curie (dos veces Premio Nobel, para el que no lo sepa)
de Eve Curie, El sentido de la vida de Viktor Frankl, El hombre,
un desconocido de Alexis Carrel, La historia de San Michele de
Axel Munthe, u otros que duermen sus épocas gloriosas en las
estanterías de las bibliotecas?
En el fondo no queremos saber, no queremos respuestas que
inquietarían nuestra existencia, tenemos miedo a la libertad que
tanto preconizamos y exigimos, porque en el fondo la libertad es
responsabilidad y sacrificio, y hoy no están de moda los deberes
sino los derechos (ya lo decía Fromm con mucho acierto), y prefe-
rimos oír el ruido de nuestros zapatos al andar que nuestros pen-
samientos.
Hay que vivir a toda costa, no hay que pensar sino sentir por
encima de todo, las preguntas son molestas sobre todo cuando las
respuestas no nos gustan, y al final lo importante es lo que me pasa
en cada minuto que vivo, el pasado pasó y el futuro no ha llegado,
¿para qué preocuparnos por ellos?
Algo funciona mal en esta historia que nos hemos montado,
demasiada información errática y hasta tergiversada y poca for-
mación, demasiado hedonismo y poco espíritu, demasiadas pala-
bras que no significan nada, y pocas preguntas, muy pocas...,
total ¿para qué?
Introducción
13
Así pues contaré diversas historias empezando por la mía
misma, con afán de entretener, si llega el punto divertir, pero en
cualquier caso compartir. Lamentablemente mi poca capacidad
para la imaginación y para la creatividad literaria, yo creo que
genética, la compensaré con la intensidad y la trascendencia de las
cosas vividas, y quizá ahí esté su valor.
Y qué mejor forma de contar algo que mezclarlo con nuestra
propia vida, al fin y al cabo es la nuestra y nadie la vive por noso-
tros, quizá es lo único genuino y propio. 
Otros vivieron lo mismo que yo en distintas situaciones, por lo
tanto testigos de lo relatado hay muchos. Si hubiese alguna duda,
ruego al lector que recurra a ellos.
¡He aquí lo que puedo contar de forma resumida!
Yo estuve allí
14
1. LOS COMIENZOS
Hijo de padre médico y madre farmacéutica, sagitario del año
1956, y el mayor de cinco hermanos, mi infancia no fue diferente a
la de muchos otros de clase media: jugar, ir al colegio, hacer los
deberes y vuelta a empezar. 
He leído en algún sitio, y siempre lo repito porque en mi opi-
nión es estrictamente verdad, que la infancia es el patio en el que
jugamos el resto de nuestra vida, de tal forma que las conductas
que tenemos los adultos se pueden explicar casi todas si buceamos
en nuestra infancia. Para bien o para mal, lo que sentimos, apren-
dimos y soñamos en nuestra infancia es de por vida, y no porque
lo diga Freud, que, por cierto, tenía mucha razón casi siempre aun-
que con sus equivocaciones, como todo el mundo, sino porque si
hay una etapa de la vida a la que siempre podemos referirnos con
emoción pura ésa es la infancia.
En ella nos hicimos personas, conocimos el dolor, el placer, la
tristeza y la alegría, la amistad y el desengaño, y así toda la red que
forma nuestra personalidad, y todo ello en una familia casi siem-
pre, como fue mi caso, en la que, muy adelantados para la época,
ambos padres trabajaban. 
A mi padre le veíamos poco el pelo. Discípulo de los grandes de
la psiquiatría de la época Lafora y Llopis, pasaba toda la mañana en
15
el Hospital de San Juan de Dios de Madrid, que luego se llamó
Francisco Franco y hoy se conoce con el nombre de Gregorio
Marañón (ya veremos cuánto dura con este nombre, porque en
España los nombres de calles, plazas e instituciones cambian
mucho a tenor de los aires que corren), y por las tardes pasaba su
consulta, también de psiquiatría, en la Seguridad Social.
Mi padre fue un hombre distante, serio hasta el extremo, tími-
do, y yo diría que hasta raro. Se dedicó a la psiquiatría después de
ejercer la medicina interna, por lo que sabía verdadera medicina, no
como hoy, que nos dedicamos a una especialidad y olvidamos que
el hombre es un ser único y no parcelado en trozos.
La verdad es que tanto mis otros cuatro hermanos como yo
hablamos poco con nuestro padre, por una razón u otra no era fácil
acceder a una conversación, sin embargo sabíamos que estaba ahí,
que sus criterios eran siempre acertados y nos inculcó una autocrí-
tica feroz que aún a mis 52 años arrastro como puedo.
Los psiquiatras de aquella época (estamos a finales de los cincuen-
ta y principios de los sesenta), no contaban con «pastillas», apenas
había barbitúricos, anfetaminas y jarabes sedantes a base de plantas,
por lo que el electroshock, por ejemplo, era una terapia de lo más
socorrida y así las personas con enfermedad mental pasaban su vida
en los grandes manicomios de entonces, ¡cosas de la vida! Un psi-
quiatra lo mismo te auscultaba que te hacía una punción lumbar, o te
interpretaba un electrocardiograma, y hacía psicoterapia, una activi-
dad hoy impensable en los especialistas actuales.
Yo siempre oscilé entre la admiración y el miedo hacia la figura
de mi padre, no entendía lo que ocurría en su despacho médico:
entraban personas y casi siempre salían llorando; el lenguaje de la
psiquiatría era incomprensible para un niño: esquizofrenia, psico-
sis, Alzheimer, meningitis..., y para más inri sólo oía nombres
extraños como Kraepelin, Kierkegaard, Freud... En definitiva, todo
era francamente oscuro.
Yo estuve allí
16
Quizá por todo ello fue la figura de la madre la que ocupó nues-
tro espacio vital. Ella hablaba con palabras normales, nos enseñó a
reír y a llorar, a comer lo que no nos gustaba y estaba con nosotros
casi de continuo.
Teníamos una farmacia que regentaba mi madre, y en ella
echamos los dientes todos los hermanos; era como una segunda
casa. Las farmacias por entonces no vendían orinales de colores ni
mantas eléctricas, vendían medicinas de verdad, y las que no esta-
ban empaquetadas ya desde el laboratorio de origen, las fabrica-
ba mi madre en la rebotica. Así vi cómo se hacían jarabes, gra geas,
supositorios, píldoras, papelinas y un sinfín de productos, amén
de las plantas que se envasaban procedentes de los más diversos
orígenes.
Mi madre era capaz de distinguir por el simple olfato cientos de
sustancias químicas y/o plantas distintas, era verdaderamente pro-
digioso. Creo que heredé ese mismo olfato, aunque nunca lo he
puesto en práctica, así como un cariño especial hacia las plantas.
Nosotros, por ejemplo, cuando comíamos no comíamos alcacho-
fas, degustábamos Cinara scolimus; cuando cogíamos una flor en el
campo no era sino una Capsella bursa-pastoris, y la colonia no olía
simplemente a lavanda, sino a Lavandula pedunculata. ¡Cuántos
recuerdos de aquella farmacia! 
La farmacia en los sesenta era centro de reunión, lugar para los
comentarios del barrio, confesionario de secretos y el paso previo
a la visita al médico. En aquellos tiempos, durante los días de guar-
dia, no se cerraban las puertas (no como ahora, que las aspirinas se
compran a través de un cristal blindado), y los serenos pasaban
cada rato por la farmacia y se paraban a charlar con doña Rosa, qué
tiempos. De aquello a los años ochenta, en que un policía nacional
pasaba en la farmacia todo el día de la guardia por la epidemia de
atracos, y a los actuales, en que las farmacias son búnkers, han
pasado unos cuantosaños.
Los comienzos
17
Los juegos en los años sesenta eran muy simples: carreras de
chapas en el Parque del Oeste, que, para los que no lo sepan, fue un
antiguo basurero en el siglo XIX; el juego del gua con canicas en
los jardines del Ministerio del Aire (hoy Cuartel General del Aire,
y anteriormente Cárcel Modelo de Madrid), y saltar a pídola, ejer-
cicio este último que consistía en dos grupos de chicos, uno de los
cuales saltaba sobre los lomos del otro intentando siempre derrum-
barlos, y así sucesivamente. Por supuesto no había casi tele, y
recuerdo que nos pasábamos un buen rato simplemente mirando la
Carta de Ajuste; la radio era un rollo de seriales con los que llora-
ba todo el mundo y música de la época, y los pocos cines que po -
nían películas para menores eran poco confortables, ¡qué alegría el
día que cumplí los 18 años y pude entrar en las «pelis» de los
mayores! En definitiva, en aquellos momentos la fantasía era nues-
tra mejor aliada para pasar el tiempo, y créanme si les digo que la
utilizábamos, y de qué manera.
Mi primera diversión, por así llamarla, fue ir de campamentos
con la OJE (Organización Juvenil Española) y conocer a otros chi-
cos, la naturaleza y la disciplina pseudomilitar. Fue en la OJE
donde aprendí primeros auxilios, a montar una tienda de campaña,
a tirarme por una tirolina y donde empecé a leer sobre política (las
obras de José Antonio Primo de Rivera, por supuesto). Fue tal mi
ilusión por semejante ocupación que incluso me presenté para el
Curso Nacional de Jefes de Escuadra, que era algo así como una
graduación para mandar a un pelotón (ya tenía entonces aficiones
militares), pero fue en vano, resulté suspenso, el único suspenso de
casi trescientos chicos, y todo porque un día contradije a uno de
los profesores en un texto de Primo de Rivera. En fin, quedé algo
frustrado y abandoné el movimiento.
Fueron mis primeros campamentos, que luego continué con el
movimiento de los Boy Scout, la contrapartida liberal a la OJE, y
más de mayor en la Brigada Paracaidista.
Yo estuve allí
18
El bachillerato lo estudié en San José de Calasanz, es decir con
los padres Escolapios, y no fui un buen estudiante. Arrastré en mis
estudios primarios y secundarios los pies hacia las aulas, lo que se
enseñaba me aburría sobremanera y dejé simplemente que pasara el
tiempo. Hasta los 14 años de edad los suspensos fueron variados y
frecuentes, pero he aquí que mi padre me llevó a casa de un amigo
suyo llamado Tomás, que fue posteriormente médico psiquiatra, y
fue este hombre el que me enseñó a estudiar, y no sólo eso, me
enseñó a interesarme por todo lo que me rodeaba. Sin duda hubo
un antes y un después en mi vida intelectual desde que este hom-
bre me acogió bajo su ala, con quien mantuve la amistad durante
muchos años, y aún hoy, a pesar de no vernos desde hace muchísi-
mo tiempo, siempre tengo un recuerdo para él. ¡Hay personas y
situaciones en la vida que ejercen un efecto en nosotros que cam-
bia sin duda nuestra trayectoria!
Debo decir en este punto que nunca tuve muchos amigos, ni
siquiera tuve demasiadas diversiones, pero los que tuve los sigo
teniendo en la actualidad, lo que me hace recordar aquel dicho
antiguo: «Quien tiene muchos amigos, en realidad no tiene ningu-
no», y son los amigos de la infancia y de la vida universitaria los
que se tienen para siempre. Conforme nos hacemos mayores pode-
mos tener compañeros de trabajo, personas cercanas, vecinos bien
avenidos, incluso personas de confianza, pero amigos como los del
principio es realmente difícil, de hecho mi poca vida social actual
es fiel reflejo de aquella juventud.
También es cierto que éramos cinco hermanos, y eso participó
en que nos hiciéramos compañía y jugáramos entre nosotros, si
bien con el paso del tiempo no creo que haya hermanos tan dife-
rentes unos de otros y que, sin embargo, con sus más y sus menos,
hayamos conservado una buena y cercana relación.
En la infancia ya más madura, a partir de los 15 años, empeza-
ron los cambios internos. Trabajé por primera vez repartiendo
Los comienzos
19
telegramas en Correos, tuve mi primera máquina de afeitar a los 16
años (y eso que realmente no la necesitaba), se acabaron los panta-
lones cortos, que los odiaba, y me entró una verdadera obsesión
por la lectura. 
No hubo libro que pasara por mis manos que no leyera; lo enten-
diera o no, era lo mismo, había que leer. Los Episodios Nacionales de
Pérez Galdós cayeron uno detrás de otro en menos de un mes, des-
pués los novelistas españoles, franceses e ingleses, y con los rusos lle-
gué al éxtasis. Aún me acuerdo de cómo lloré al leer a Tolstoi, y eso
que siempre he sido de pocas lágrimas, y cómo me esforcé acabando
a duras penas la Crítica de la razón pura de Kant, también a los 16
años, personaje este último que siempre me subyugó.
Y así las cosas, acabado el bachillerato, hubo que decidir qué
estudiar. Delicada situación, porque no tenía una vocación defini-
da y nada claro lo que realmente me interesaba, de modo que opté
por matricularme en tres carreras al mismo tiempo: Medicina,
Farmacia y Filosofía y Letras, aunque lo que más me atraía era sin
duda la Biología, como sigue siendo en la actualidad.
Como es lógico, estudiar tres carreras era prácticamente impo-
sible, por lo que en aquellos tiempos no tenía vida si no era en los
libros y en las clases. Al final, dejé Farmacia en segundo y Filosofía
en cuarto, después de aprobar Ontología, con lo que seguí con
Medicina sin más «locuras», de momento.
Curiosamente los inicios de mi vida universitaria coincidieron
con las postrimerías del régimen de Franco, que falleció en 1975,
estando yo en tercero de carrera, y aún recuerdo la situación del
campus universitario permanentemente en «pie de guerra» contra
la dictadura. En aquella época «me cerré en banda», nada de lo
social me interesaba, sólo quería aprender, y me opuse a cuantas
huelgas, movilizaciones y actos de repulsa se plantearon en mi facul-
tad. No obstante me leí de corrido todo lo que sobre el marxismo y
el materialismo dialéctico cayó en mis manos, porque en aquel
Yo estuve allí
20
entonces los «compañeros más revoltosos» iban de marxistas (ni
que decir tiene que no sabían de marxismo prácticamente nada, y
les gustaba especialmente vaguear).
Esta situación llegó a tal extremo que en cierta ocasión me
enfrenté a toda mi clase (unos seiscientos alumnos) y recibí el con-
sabido abucheo, a raíz del cual y como protesta personal no hablé
nunca más con mis compañeros de clase durante los seis años que
duró la carrera. Semejante conducta denotaba ya una personalidad
un tanto extremista, ¡qué le vamos a hacer! No obstante, mantuve
una buena relación con unos pocos que estaban en mi misma línea.
La parte clínica de la carrera de Medicina la hice en el Hospital
Clínico de San Carlos, para no coincidir con mi padre en el otro
Hospital Universitario de aquel entones, el Francisco Franco, y así
no estar sujeto a recomendaciones o presiones de ningún tipo, lo
que sin duda me vino francamente bien. 
No todo el mundo tuvo la suerte de estudiar sin tener que tra-
bajar para pagarse los estudios (ése fue mi caso), y qué menos que
estudiar a fondo, de verdad, para compensar en cierta medida el
esfuerzo de los padres y un gasto en libros y clases. De hecho los
estudiantes, en cierta forma, son «como parásitos sociales», no
aportan nada a la sociedad durante unos años, acabados los cuales,
si encuentran trabajo, empiezan a devolver lo que se les dio en
prenda en un comienzo. Yo de propina puse encima de la mesa
unas cuantas matrículas de honor.
Y finalmente, con el título debajo del brazo, había que hacer
algo verdaderamente útil por los demás.
En 1979 me colegié en Madrid y fue una gran ilusión tener el
carné de médico correspondiente. Que conste que a mí siempre me
ha gustado tener carnés de todos los tipos posibles, y con él empe-
cé a hacer lo que todos, suplencias en los ambulatorios (hoy
Centros de Salud), y, para complementar, me quedé de profesor en
la Facultad de Medicina.
Los comienzos21
Las impresiones de tener delante a los primeros pacientes fue-
ron de lo más diversas: alegría, miedo, lástima en ocasiones, y en
todo caso siempre tratar de ver a la persona que estaba detrás de la
queja o el dolor, porque con frecuencia equivocamos las enferme-
dades con los enfermos, éstos existen por sí mismos y aquéllas no,
salvo por mediación de la persona correspondiente. De todos es
sabido que no hay enfermedades sino enfermos, y que cada cual
lleva a su manera el trastorno o el dolor.
Durante pocos meses hice medicina general, pediatría, oftalmo-
logía y hasta análisis clínicos, todo lo que caía en los tablones de
anuncios de la Seguridad Social de aquellos tiempos, y todo lo que
ganaba me lo gastaba al día siguiente en la librería de turno, ¡nunca
fui ahorrador, y no le tuve al dinero ninguna consideración sino
como medio para conseguir cosas! Hoy todo es muy distinto y a
las personas se las mide por el cargo que tienen o por el dinero que
acumulan, tristes adjetivos que han deshumanizado los tiempos
actuales hasta límites esperpénticos. El dinero siempre me ha hecho
pensar en la condición del hombre y por eso quisiera hacer una
pequeña reflexión.
El dinero nació como instrumento de intercambio de cosas, es
decir como un medio para obtener objetos necesarios para la vida,
facilitando así mucho los trueques de antaño: «Yo te doy dos arro-
bas de patatas a cambio de dos caballos», por ejemplo, y mientras
se mantuvo en esa finalidad, las cosas fueron bastante razonables.
Con el paso del tiempo, el dinero se transformó de un medio en un
fin, y así tener dinero se convirtió en posibilidad de gozar de gran-
des condiciones, de tener poder, de ser alabados, de entrar a formar
parte de la élite de las sociedades, en definitiva, de «ser alguien». Y
así, corriendo el tiempo, y un poco entre todos, hemos elevado el
dinero a la categoría de fin primordial y, olvidando su verdadera
naturaleza, lo hemos transformado en el fiel de la valoración de
todo.
Yo estuve allí
22
El dinero es una excusa para las guerras que a su vez generan
necesidades bélicas que deben fabricarse y, lo que es más impor-
tante, pagarse. El dinero constituye hoy el valor de una persona:
«Es de muy buena familia», «Es el accionista mayoritario de la
empresa», «Gana tanto y cuanto cada vez que sale en televisión» o
«Es un profesional inalcanzable». 
En fin, vayamos a lo concreto. En lo segundo a lo que mediqué,
como profesor de Bioquímica y Fisiología, sobre todo tuve miedo.
¿Saben ustedes lo que es dar clase en un aula de seiscientos alumnos
en forma de anfiteatro, con tres pizarras correderas y un micrófono
colgado del cuello, con la conciencia clara de que apenas unos cuan-
tos te están atendiendo de verdad? Pues es una sensación muy parti-
cular, mezcla de orgullo y frustración. Pero aquello me sirvió por
encima de otras consideraciones para saber a ciencia cierta que tenía
una especial facilidad para comunicar, y que además me gustaba
mucho hacerlo. Ambas sensaciones nunca me han abandonado.
Pero he aquí que por aquellos días aún no había hecho el servicio
militar, que entonces era de carácter obligatorio, por lo que opté por
presentarme a las oposiciones a médico militar, cosa que hice sin
pensármelo demasiado. En el invierno de 1980 me encontraba en
la Academia General de Zaragoza, donde pasé los primeros tres
meses de vida militar. Fue un invierno muy frío, los caballos que
montábamos, muy altos, y las naves en que dormíamos, poco
acogedoras, pero debo confesar que me gustó, que aprendí
mucho e hice buenos camaradas (palabra que viene, por cierto, de
comer juntos).
En 1981 volví a Madrid e ingresé como alférez cadete en la
Academia de Sanidad Militar, que está junto al entonces llamado
Hospital Militar Gómez Ulla y hoy técnicamente retitulado como
Hospital Central de la Defensa, ¡cambiamos los nombres pero las
cosas siguen siendo las mismas! Así comencé mi corta pero intensa
vida militar, pero ésa ya es otra historia. 
Los comienzos
23
2. EL 23 DE FEBRERO DE 1981: 
INTENTO DE GOLPE DE ESTADO
Eran las seis de la tarde cuando me llamaron a casa. En 1981
vivía en casa de mis padres y estaba destinado en la Academia de
Sanidad Militar mientras hacía el curso correspondiente para aca-
bar con el grado de teniente médico, y las palabras del oficial de
guardia fueron lacónicas: «Véngase urgentemente para el acuarte-
lamiento». Era lógico, hacía pocas horas el teniente coronel de la
Guardia Civil, Antonio Tejero, con un grupo de guardias había
asaltado el Congreso de los Diputados y hecho rehenes a toda la
Cámara, incluido el propio gobierno. Las cosas pintaban mal.
Sin más dilación mi padre me llevó a la Academia y de camino
recogimos a un compañero que hacía Veterinaria Militar en la
misma Academia, un buen chico y un gran profesional. 
Llegamos hacia las siete u ocho de la tarde y las cosas estaban
revueltas, la televisión y las radios echaban humo, todos los milita-
res en esos momentos de todas las unidades del Estado estábamos
acuartelados a la espera de hacia «qué lado se inclinaría la balanza»,
y no era fácil saber de qué lado se iba a inclinar.
El ambiente en aquellos momentos era desconcertante, nadie
sabía en realidad lo que pasaba y la mayoría de las especulaciones
carecían de fundamento. No obstante, y esto ocurre siempre, cuan-
do la situación es crítica aflora lo mejor y lo peor de las personas,
24
lo más positivo y lo más negativo, como si de un mecanismo de
defensa se tratara, ante un asunto casi de supervivencia.
Resultaba grotesco en aquellos momentos ver a muchos milita-
res de carrera, yo aún no lo era, disfrutar de esa efímera sensación
de poderío que da el que «los tuyos» «tuvieran la sartén por el
mango», y, por el contrario, era esperanzador observar como la
mayoría era más prudente y silenciosa, y ni siquiera sabía lo que en
realidad era todo aquel asunto.
Lo cierto es que el caldo de cultivo era una clase política floja y
débil; una banda terrorista, ETA, fuerte y haciendo daño, y una
cierta sensación de «desorden social» más subjetiva que real.
Apenas habían pasado tres años de la Constitución de 1978 y está-
bamos verdes, ésa era la pura realidad. Quedaba muy cerca ese
mismo año la desarticulada Operación Galaxia (nombre de la cafe-
tería en la que se gestó una rebelión militar previa) y en la que ya
Tejero resultó condenado a siete meses de prisión. Curiosamente,
la cafetería Galaxia estaba apenas a cien metros de mi casa, ¡cuán-
tos cafés había tomado allí y luego tomaría! No sé por qué pero en
muchas ocasiones me ha extrañado la cercanía que he tenido a los
sitios en los que ha pasado algo significativo, ¡no quisiera pensar
que soy un gafe!
Mientras el mundo occidental y desarrollado miraba con estu-
por cómo en el Viejo Continente se planteaba lo implanteable, un
golpe de Estado, en nuestras modestas vidas las cosas seguían igual,
y así, como quien no quiere la cosa, el rey salió en televisión. ¡Qué
fuerza tiene la televisión! Y sanseacabó. 
Los golpistas desalojaron el hemiciclo, se empezaron a depurar
responsabilidades (no todas, por supuesto), y empezó la lenta
maquinaria judicial y política de pedir responsabilidades.
Cada cual vivió aquellos momentos de una forma especial y con
sentimientos encontrados, y hoy, veintisiete años después, sólo
queda una sensación de acontecimiento histórico ya lejano, y que,
El 23 de Febrero de 1981: intento de golpe de Estado
25
de una manera u otra, nos hizo madurar y abandonar nostálgicas
visiones de una España que ya había crecido. En la práctica fue el
examen para entrar de lleno en la democracia moderna. 
Quién me iba a decir a mí aquella tarde de obligado acuartela-
miento que en no mucho tiempo iba a poder conocer en directo a
los protagonistas del golpe del 23 de Febrero. ¡La vida te da esas
extrañas oportunidades!
Mientras tanto mis obligaciones eran básicamente estudiar y
prepararme como médico militar, lo cual, sinceramente, no era
muy difícil.
Mi casa temporal en aquella época era la Academia de Sanidad,
unedificio no demasiado viejo que estaba situado junto al Hospital
Militar Gómez Ulla en Carabanchel, Madrid, y en esta Academia
nos formábamos médicos y veterinarios.
Éramos prácticamente unos cien alféreces de todas partes de
España y el ambiente resultaba un tanto curioso, ya que teníamos
distintas edades, veníamos de varias provincias, los había desde
casados y con hijos hasta solteros nuevos, como era mi caso, y aun
así se estableció una buena camaradería.
El profesorado lógicamente estaba formado por médicos milita-
res, entre los que se podían distinguir casi con claridad dos grupos:
los médicos por vocación y militares de apellido, y la contraria,
militares frustrados y médicos de apellido. Ambos grupos no te-
nían nada que ver uno con otro. Mientras los médicos vocaciona-
les nos enseñaban medicina práctica y real, los militares contraria-
dos nos imponían una instrucción castrense que «era para llorar».
En fin, fueron tiempos bastante alejados del uso de la inteligencia.
Para llevar con la mayor dignidad posible aquellos seis meses
me acordaba de nuestro premio Nobel Ramón y Cajal, que tam-
bién fue médico militar, y después de unas «excursiones» por
Cataluña y Cuba tuvo que licenciarse a punto de morir con el grado
de capitán, dejando tras de sí un ejército lleno de favoritismos y
Yo estuve allí
26
corruptelas a finales del siglo XIX, en una España que perdía su ya
escaso poder colonial y pasaba a ser una potencia de segunda fila.
¡Cuántas veces las Memorias de Cajal me consolaron en aquellos
momentos!
Sólo para poner un ejemplo de la situación por la que pasába-
mos debo contar una anécdota ocurrida en aquella Academia y que
hoy me hace sonreír, pero entonces casi me cuesta el puesto.
Todos los días a la misma hora desayunábamos en el salón-
comedor, justo antes del comienzo de las clases, tras las novedades
diarias y las noticias de interés para el día que empezaba, y preci-
samente uno de esos días al que hacía de alférez de guardia, a la
hora de dar novedades, que nunca había ninguna, no se le ocurrió
otra cosa que decir: «Con novedad, mi comandante, falta un bollo
en una de las mesas». Importante cuestión, desde luego, que era
necesario poner en conocimiento del mando. 
Cualquier otro comandante hubiera sonreído y todo habría
quedado en una broma simpática, pero he aquí que el jefe de día era
un comandante médico con fama de serio, rígido y de malas pul-
gas, así que al oír el parte de novedades soltó a bocajarro: «Que
salga el ladrón que se ha comido el bollo que falta». Por supuesto
nadie salió porque nadie se había comido ningún bollo, simple-
mente se habían olvidado de ponerlo, y eso era todo. Reinó un
silencio importante en la sala, y al no decir nadie nada el jefe de día
inició el desayuno sin más entre malos gestos e improperios.
Todos nos quedamos un poco fríos con los exabruptos del jefe
en cuestión, pero yo me quedé además molesto, así que decidí
tomar cartas en el asunto.
Nada más empezar la primera clase confeccioné un parte de
protesta ante la superioridad donde exponía que el jefe de día «me
había llamado ladrón» (en los partes y en el Ejército cada uno se
defiende a sí mismo), y al haber sido ofendido injustificadamente
ponía esa cuestión en manos de mis superiores. Entregué el parte al
El 23 de Febrero de 1981: intento de golpe de Estado
27
jefe de clase, quien se lo dio al jefe de estudios y éste, a su vez, al
director de formación, y ahí parecía haber quedado la cosa.
Pero el asunto no había quedado ahí, ya que era el primer parte
que un alumno daba de un superior en los últimos treinta años de
la Academia, y se extendió como un reguero de pólvora, por lo
que al día siguiente fui llamado al despacho del director de forma-
ción, quien con una exquisita educación me dijo claramente que
aquello era excesivo, y que «nunca se había echado a un alumno
de la Academia pero...», a lo que yo contesté que era mi deber
proteger mis derechos y éste era el trámite pertinente y regla-
mentario y que tenía 99 testigos de la frase de marras. La conver-
sación se puso tensa cuando el director me dijo que si yo quería
que el parte llegara a conocimiento del general director, a lo que
yo contesté que no era mi intención dañar a nadie y que me con-
formaba con la sanción que a su nivel pudiera ponerse a dicho
comandante, con lo que abandoné el despacho con una extraña
sensación de «expulsado».
Efectivamente, el comandante fue reprendido y yo pasé a la lista
negra del centro, pero ni mis compañeros, ni mis jefes ni las suce-
sivas generaciones de alumnos olvidaron el incidente que pasó a
formar parte de la historia del centro.
Ya ven cómo estaban las cosas a nivel doméstico al mismo tiem-
po que Tejero había intentado derrocar al gobierno.
No sería éste el único parte que yo iba a dar en mi vida militar,
ya hablaremos de otro que fue más serio y que también hizo su
pequeña historia, porque debo de tener una cierta vena de protes-
tón y reivindicador que nunca me ha abandonado.
De haber entrado en la Academia de Sanidad Militar con el
número 2 (dicen las malas lenguas que mi examen fue el mejor pun-
tuado desde hacía tiempo) de cien alumnos, en el verano de 1981
salí con un número un poco peor, concretamente con el 39, una
caída en el escalafón muy considerable, ¡probablemente por faltarme
Yo estuve allí
28
espíritu de disciplina! Era ya por fin teniente médico de la escala
activa del Ejército de Tierra.
Durante este semestre los acontecimientos políticos fueron tre-
pidantes: se instruía el sumario del golpe de Estado, que acabaría
teniendo antes del juicio unos 13.000 folios; Calvo Sotelo fue el
segundo presidente del Estado de la democracia, y ahora, después
de su reciente fallecimiento, hay que recordar que durante el esca-
so año en que llevó las riendas, las buenas formas y la discreción
caracterizaron al hemiciclo, y las intrigas alrededor de lo que en
realidad había sucedido sembraron de cizaña todas las imagina-
ciones.
En el verano de 1981 y con el despacho de teniente había que
pedir destino y lo tuve claro. Me había pasado la carrera de
Medicina estudiando sin parar, unas veinte matrículas de honor lo
atestiguaban, y había estado un año de profesor en la misma facul-
tad. En estos momentos de mi vida necesitaba un baño de realidad
y de descanso para la inteligencia, y mi decisión, por encima de
haber podido elegir algún hospital, fue la I Bandera Paracaidista
«Roger de Flor» en Alcalá de Henares.
Aunque más adelante dedicaré unas páginas a la Brigada
Paracaidista, debo decir que el paso de la vida de médico y profe-
sor a ser teniente médico de una bandera paracaidista era más que
un paso, era un salto en el vacío, y aunque luego vendrían otros
«saltos», los paracaidistas me refiero, no se vio demasiado bien por
parte de mi padre, entonces médico psiquiatra respetado de
Madrid, y con unas duras palabras: «Bueno, no te entiendo, tú
sabrás, pero despídete de estudiar ya», me metí de cabeza en lo más
granado y brillante del Ejército.
El verano de 1981 hizo mucho calor, y en julio ya había sido
destinado a la Brigada, con lo que sin más allá me presenté. Pero,
curiosamente, justo en la Prisión Militar de Alcalá de Henares esta-
ban por aquel entonces la mayoría de los procesados por el 23 de
El 23 de Febrero de 1981: intento de golpe de Estado
29
Febrero, a la sazón el propio Antonio Tejero, el general Milans del
Bosch, el comandante Cortina y el comandante Pardo Zancada, y
algún capitán, mientras que Armada, que luego sí fue enviado a esta
prisión, estaba en otra.
Y también se dio la circunstancia que el entonces médico mili-
tar titular de la prisión tenía que tomar sus vacaciones reglamenta-
rias, por lo que sin más ni más fui asignado como médico militar
suplente de dicha prisión con el encargo de atender las necesidades
sanitarias de la misma y, cómo no, del famoso pabellón 9 donde
estaban los golpistas a la espera de juicio.
Mientras el sumario «engordaba» a la espera del primer juicio
que se celebraría el 19 de febrero de 1982 y queduraría unas 47
sesiones, los militares del 23 de Febrero que aún no habían perdi-
do su condición militar estaban pues en la Prisión Militar de Alcalá
y allí transcurrían sus días entre idas y venidas de abogados, fami-
liares y una intensa actividad periodística y política, y yo por orden
de la superioridad tuve que atenderles en ese caluroso verano.
La situación entonces era delicada y mi primera pregunta fue si
mi trato debía ser de subordinado, a lo que se me contestó que sí,
ya que aún no había sentencia de ningún tipo y la prisión era pre-
ventiva. Importante este detalle que facilita enormemente las cosas
en la relación entre las personas, porque aunque yo era el médico,
ellos eran superiores jerárquicos y les debía esa condición.
Entonces dirigía la prisión el coronel Román Páez, un militar de
carrera brillante y riguroso que entendía perfectamente tanto el
espíritu como la letra de la ley, ¡mala época para dirigir nada y en
particular ese centro penitenciario! Sólo dos años después, en 1983,
sería destituido porque al parecer había permitido que una carta
del general Milans del Bosch, entonces preso en Alcalá, hubiera lle-
gado por medio de su abogado directamente a la Casa Real sin
seguir el curso reglamentario. En dicha carta supuestamente el
general pedía una entrevista personal con el rey. ¡Cosas de la vida!
Yo estuve allí
30
Los presos por el golpe de Estado ocupaban un pabellón apar-
te del resto, y eso que la cárcel, con capacidad para unos doscien-
tos reclusos, apenas nunca pasó de aproximadamente cien internos.
El verano estaba en todo su apogeo y se autorizó la instalación de
una piscina portátil en el patio del pabellón, así como una pista
de tenis en la que se practicaba ese deporte con asiduidad, en par-
ticular el teniente coronel Tejero, y esas medidas, en cierto modo
excepcionales para una cárcel, fueron muy criticadas en aquellos
tiempos.
Mi primera revisión médica a los internos pasó sin pena ni glo-
ria, y creo que todo quedó en la prescripción de una aspirina a
Tejero para un dolor de cabeza. 
Yo por entonces, como era lógico, iba de uniforme permanen-
temente, pero en concreto cuando subía a la prisión me ponía una
bata blanca encima del traje de faena, quizá para que pareciese un
poco más que era el médico y no un teniente más. Por aquellos
tiempos los que pertenecíamos a los cuerpos militares como
Sanidad, Veterinaria, Farmacia y otros llevábamos las estrellas de la
graduación de color blanco plateado, mientras los pertenecientes a
las armas como Infantería, Artillería, Caballería e Ingenieros las
llevaban doradas; eso ya era una distinción.
Cada vez que estaba en el pabellón de los internos del 23 de
Febrero me daba la impresión de estar viviendo unos momentos
históricos, y cualquier conversación con alguno de ellos, por nimia
que fuera, era algo impresionante para un joven como yo. 
Apenas estaba una hora revisando tratamientos y firmando
recetas, ya que la mayoría de los internos tenían sus propios médi-
cos particulares, pero revisaba las dietas, las condiciones de higiene
generales y estaba disponible.
Antonio Tejero era un hombre alto de mirada altiva y voz fuer-
te. Todos los días hacía algún tipo de gimnasia, incluido el tenis, y
casi siempre, sobre todo por la mañana, iba vestido con ropa de
El 23 de Febrero de 1981: intento de golpe de Estado
31
deporte. Tenía buen humor para los días que corrían, y la verdad es
que no daba ningún tipo de lástima. Las conversaciones con él fue-
ron siempre necesariamente cortas y giraban alrededor de frases
típicas: ¿Cómo ha pasado el día? ¿Qué tal la comida? ¿Necesita
alguna medicación? Y, lejos de tratarme con displicencia, lo hacía
con cercanía. Se podía decir que estábamos con el hombre, no con
la figura golpista.
Mucho se ha escrito, más se ha especulado y, cómo no, alguna
serie de televisión ha recreado la figura de Antonio Tejero, pero
lamentablemente pocos o ninguno de los que sobre él han hablado
lo han conocido. 
Yo realmente no hablé mucho con él, tal y como ya he dejado
claro, pero todo un mes de verano y a diario dan mucho de sí.
Antonio Tejero era en aquellos tiempos un militar, acostumbra-
do a la disciplina y al orden, y formado a sí mismo en las distintas
academias. Miraba de frente y a los ojos, su conversación era direc-
ta y de pocas palabras, tenía incluso un punto de ironía, y eso que
no estaban las cosas para bromas, se relacionaba con cierta distan-
cia con el resto de los presos de aquel pabellón, y nunca precisó de
mí salvo una aspirina para el dolor de cabeza.
Antonio Tejero se equivocó de método, en mi opinión se dejó
llevar de un espíritu quizá mesiánico respecto a España, pero desde
luego no era un delincuente ni un asesino en potencia como alguien
comentó una vez. Jamás Tejero hubiera disparado contra nadie
aquel 23 de febrero, eso es al menos lo que a mí me pareció después
de aquel verano.
En resumen, crucé pocas conversaciones con él, simplemente al
principio al presentarme como el médico militar suplente de la pri-
sión, alguna receta necesaria, los comentarios diarios de formalidad
y una despedida lacónica.
La estafeta de correos de la prisión en aquellos días no daba
abasto, llegaban cartas, regalos, fotos y todo tipo de objetos para
Yo estuve allí
32
los presos del 23-F, en particular para Tejero, y aunque el juzgado
había dado instrucciones para las visitas, lo cierto es que se recibían.
El resto de los significativos presos paseaban, leían y veían la
televisión, apenas requirieron nuestros servicios médicos sino para
confirmar alguna receta y tuve poco trato con ellos. Uno de los
más retraídos, o al menos lejano, era sin duda Milans. Más mayor,
de más rango, de máximas implicaciones en aquel 23-F, tenía
mucho en que pensar y fueron muchos los paseos para poner en
orden sus pensamientos. 
Y así acabó mi corta misión de médico de personajes tan influ-
yentes en su momento, que naturalmente me dio temas para refle-
xionar entonces y aún ahora. Por ejemplo, ¿qué era en realidad
España?, ¿qué España queríamos? Y ¿cómo compatibilizar la
España de todos con la España de siempre?
Creo que la España en que vivimos es como un adolescente y no
acaba de hacerse mayor, a pesar de las pruebas que vamos pasando,
como el propio 23-F. Así como el paso a la adolescencia supone
para los padres el encuentro por primera vez con la idea de que los
hijos no son de nuestra propiedad, que no van a hacer siempre lo
que les digamos y que necesariamente se irán tarde o temprano
porque es ley de vida. Y esto resulta bastante duro e incómodo. El
paso de papi o mami a «oye tío» es abismal y lo solemos sentir con
agresividad, sobre todo en la medida en que significa la vuelta a
nuestra propia soledad de adultos, e incluso para algunos la sole-
dad metafísica, ya que pusieron su único objetivo vital en la «cría
de los hijos». Así es el tránsito que le queda a nuestro suelo patrio.
También, y en cualquier caso, la adolescencia de nuestros hijos
siempre se vive como peor que la nuestra: nosotros éramos más
buenos, más sacrificados, hacíamos caso a nuestros padres, estu-
diábamos más, en definitiva éramos «un ejemplo vivo» de adoles-
centes, y así España siempre «es peor» que lo que nos rodea, siem-
pre pensamos que los demás tienen razón y nosotros no.
El 23 de Febrero de 1981: intento de golpe de Estado
33
¡Bienvenidos al siglo XXI! ¡Bienvenidos a la España adolescen-
te! Es cierto que nuestros hijos adolescentes se acuestan tarde, se
levantan más tarde, estudian poco, nos dan respuestas agrias y no
hay manera de acertar con ellos. Pero también es cierto que los
adultos de hoy, a pesar de haber sido los adolescentes ideales del
pasado, nos lo hemos montado mal, les hemos dado de todo menos
tiempo y ejemplo: cosas, comodidades, medios materiales..., pero
estamos muy ocupados en salvar un mundo cosmético y nos
hemos olvidado de los nuestros. Es cierto que nos equivocamos,
que somos bastante quijotes, pero somos lo que somos y debemos
aprender a vivir con las dos caras de esta Españaque todos quieren
salvar pero a su manera.
Sinceramente esa adolescencia a la española hace, en mi humil-
de opinión, que como nación España no se quiera a sí misma, esté
desorientada buscando su lugar en el mundo, tolere difícilmente
que se hable mal de ella y se mire mucho el ombligo como si tuvie-
ra miedo a la responsabilidad de la edad adulta, y los gobernantes
juegan a ese juego adolescente de igual forma. Demasiados Gran
hermano, La casa de tu vida, Aventura en África, Crónicas mar-
cianas, programas rosas, y muy poco sentido, muy poco ejemplo y
pocas ganas de compartir tiempo y responsabilidad con los que van
a ser por fuerza nuestro futuro.
Por eso creo que los adolescentes no son tan malos y que
España, a pesar de sus gobernantes, tampoco, sólo es cuestión de
cambiar la perspectiva, enseñar, acompañar, sancionar si es necesa-
rio y, en cualquier caso, mirarnos menos en el espejo y más en los
demás. A España o la salvamos todos o no la salva nadie.
Con el 23-F crecimos algo más, pero aún nos queda un poqui-
to para que nos den el carné de conducir.
Con el 23-F yo ya era militar de hecho y de derecho y dentro de una
de las unidades de más abolengo del Ejército, la Brigada Paracaidista,
que se merece sin duda el siguiente capítulo de esta historia.
Yo estuve allí
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3. LA BRIGADA PARACAIDISTA
No puedo hablar de la Brigada Paracaidista sin dejar de sentir
una fuerte emoción por dentro, como cuando uno trae a la memo-
ria desde el baúl de sus recuerdos acontecimientos que en cierto
modo le han marcado de por vida. Ésa es la sensación cuando
pongo en el papel lo que allí pasé, lo que allí pasó y cómo eran las
personas que entonces conocí.
A la Brigada Paracaidista le debo dos cosas, las más importan-
tes de mi vida: la primera y fundamental que conocí a mi mujer, y
la segunda que me di cuenta de la diferencia entre el mundo real
y los libros.
En la Brigada Paracaidista conocí de primera mano el esfuerzo,
el sacrificio, la disciplina, el honor y el compañerismo. Desde
entonces conservo amigos con los que me une una confianza total
y que cuando me llaman suspendo cualquier otra reunión y quedo
con ellos para tomar un café. ¡Qué gente tan noble conocí allí!
También, por qué no decirlo, tuve fuertes discusiones en lo que
a la forma de ver la sanidad tenían los profesionales de las armas.
En cierto modo se respiraba una atmósfera en la que «darse de baja
y apuntarse al reconocimiento médico» era una señal de debilidad
o, lo que era peor, de huida de las obligaciones, como podía ser el
propio salto paracaidista. Las discusiones no obstante acababan en
35
el acuerdo razonable salvo al final de mi estancia en la Brigada, allá
por 1987, en la que mi despedida fue, como más adelante apuntaré,
un tanto traumática.
La Brigada Paracaidista es una unidad militar que entonces se
denominaba de «Intervención Inmediata» y que hoy se conoce
como Brigada de Infantería Ligera Paracaidista Almogávares VI. Se
creó en 1953 con la constitución de la I Bandera Paracaidista
«Roger de Flor» en recuerdo del famoso caudillo almogávar que
luchó para la Corona de Aragón en el siglo XIV. Y fue precisa-
mente a la I Bandera a la que fui destinado, cuya primera acción
de guerra en Ifni había sido en 1956, el año en que nací, ¡cosas del
destino!
Conviene decir aquí algo que poca gente sabe y que bien podía
haberlo explicado en el capítulo anterior. El 23 de febrero de 1981
la Brigada Paracaidista celebraba su aniversario con una fiesta y
recepción de otros ejércitos en su acuartelamiento de Alcalá de
Henares cuando se recibieron las noticias del golpe. Mandaba la
Brigada el general Mendizábal, pero el Jefe de Estado Mayor era el
teniente coronel Manglano, que llegó a ser teniente general con
el correr del tiempo. 
Los acontecimientos exigieron un agrupamiento de todos los
efectivos militares en sus respectivos cuarteles, y en Madrid, enton-
ces 1.a Región Militar, no iba a ser menos. Así que toda la Brigada
estaba acuartelada y a la espera de acontecimientos.
Lo que ocurrió dentro del cuartel y las diferentes posturas que
allí se tomaron es algo que queda para sus autores y que yo no
explicaré ni aquí ni en ningún otro lugar, pero lo cierto es que unos
cuantos telefonazos desde el Estado Mayor de la Brigada sirvieron
para que ésta hiciera lo que tenía que hacer: ponerse de inmediato
a las órdenes del rey.
Esto hoy suena fácil e incluso lejano en el tiempo, pero en aque-
llos momentos esta actitud de la Brigada Paracaidista fue decisiva
Yo estuve allí
36
en Madrid, ya que en realidad era la única unidad militar realmen-
te operativa y con eficacia inmediata que existía, y su postura fue el
desencadenante de una casi total decisión democrática y de dere-
cho del resto de las unidades militares.
Ni que decir tiene que los militares extranjeros que estaban
invitados a los actos del aniversario se encerraron en sus habitacio-
nes de la Residencia de Oficiales y al día siguiente salieron «esco-
petados», señoras incluidas, a sus respectivos países con un susto
en el cuerpo que difícilmente olvidarán, sobre todo los «franceses». 
En nuestros días no está de moda hablar del Ejército, parece
cosa del pasado y siempre vinculado a guerras y horrores, como si
fuera un mal necesario que hay que soportar. Realmente la moda es
ser pacifista, progresista y antiglobalizador. Pero la verdad es que
no se puede comprender a los países, su historia y sus gentes sin
estudiar sus ejércitos, cómo son, qué hacen y cuáles son sus objeti-
vos en el devenir de los tiempos.
Yo llegué propiamente al Ejército porque tenía que hacer el ser-
vicio militar, obligatorio en los ochenta, y había una salida digna
con las oposiciones a médico militar y al mismo tiempo te asegu-
rabas un trabajo. Pero nunca había pensado que iba a estar desti-
nado en una unidad de tanta acción y donde aprendí cosas que me
han ayudado a entender el mundo en el que vivo.
En la Brigada Paracaidista dormíamos aproximadamente la
mitad de cada mes en los campos de maniobras, y aunque ya sabía
por mi juventud lo que significaba dormir «al sereno», la verdad es
que aquello era demasiado para un médico recién llegado. Todos,
desde el soldado hasta el general, caminábamos y saltábamos jun-
tos, y existía una complicidad y una satisfacción personal de lla-
marse paracaidista. Ésa fue la unidad que me encontré y mi prime-
ra reacción, lógicamente, fue solicitar hacer el Curso de Mando
para Unidades Paracaidistas que en el año 1981 se hacía en Murcia,
en el llamado Batallón de Instrucción Paracaidista, el centro de
La Brigada Paracaidista
37
adiestramiento de la Brigada, que estaba a pocos kilómetros de la
base aérea Méndez Parada, en Alcantarilla, lugar donde se cogían
los aviones para los saltos.
En aquel año en la Brigada ningún médico saltaba y eso era
poco lógico, y yo tampoco estaba en mi momento más lógico, por
lo que mi intención de saltar sorprendió en la unidad y no gustó
nada en casa de mis padres.
Nunca me arrepentiré de aquel curso de 1981, que, por cierto,
hice con una promoción entera de oficiales de los cuerpos de
Operaciones Especiales, y cuando corríamos en gimnasia a cuaren-
ta grados a la sombra iban charlando alegremente mientras un
enfermero naval y yo íbamos al borde del infarto, callados como
mudos y blancos como la cera. Fue también mi primer muerto
paracaidista, un joven teniente de Infantería que hacía el curso de
salto manual que tuvo problemas a la apertura del paracaídas y
entró por el tejado de una casa en Alcantarilla.
Mientras velábamos el cuerpo de este joven compañero, cuántas
cosas nos pasaban por la cabeza, cuántos sentimientos y reflexio-
nes que no pueden tenerse en otras circunstancias, y sobre todo
cuánta tristeza por una vida sin futuro ya. No sería el último y las
consideraciones más adelante serían aun más trágicas.
Con el diploma, que expedía entonces el Ministerio del Aire, de
«Cazador Paracaidista» bajo el brazo y el emblema en plata en
forma de alas sobre el uniforme (cuyo nombre cariñoso es el de
«roquiski»),que encargó ex profeso mi madre, empecé a entender
mejor a la Brigada y su sentido. 
Aunque todo giraba en torno al salto, la preparación era com-
pleta en más sentidos. Era prácticamente imposible aburrirse en
aquellas unidades, siempre había algo que hacer. La actividad de la
Brigada era permanente e intensa. No sólo la cantidad de manio-
bras militares era abrumadora en diferentes partes de España e
incluso fuera de la misma, sino que entre éstas, en los intervalos, los
Yo estuve allí
38
saltos programados eran constantes en los distintos sitios fijados,
especialmente en San Torcaz, Guadalajara, y en Extremera, Madrid. 
En las maniobras aprendí muchas cosas, la principal el compa-
ñerismo, y de seguido a distinguir lo que era fundamental de lo que
no lo era. Una experiencia para recordar es por ejemplo situarse en
un terraplén y que por encima de ti disparen las ametralladoras
MG, y escuchar esos silbidos característicos que luego salen en las
películas. La diferencia es que aquéllos eran de verdad.
Todo en la Brigada Paracaidista era digno de mención, y en cada
recuerdo de aquel entonces se remueven sentimientos encontrados,
pero en cualquier caso siempre intensos.
El paso de la bata blanca a un traje militar de faena implica un
cambio en la perspectiva de los acontecimientos, y necesariamente
te obliga a otro tipo de comportamiento. La capacidad de adapta-
ción en estas situaciones es básica para aceptar ese momento y
sacarle el máximo partido personal.
Las misiones de un médico militar en una unidad como ésta
eran primero y fundamentalmente pasar reconocimiento médico
diario a todos aquellos que se apuntaban, de forma que el botiquín
o enfermería venía a ser un pequeño centro de salud dentro del
cuartel, y puesto que la Brigada estaba compuesta por varias ban-
deras (en otro tipo de acuartelamientos serían batallones), cada una
tenía su propio dispositivo sanitario. 
De aquel reconocimiento diario se cursaba un parte de bajas
médicas para el servicio que pasaban diariamente al jefe de la uni-
dad para su valoración final, y a continuación se visitaban las naves
en las que estaban en cama aquellos que no podían acudir al boti-
quín por sí mismos. ¿Cuántas veces y cuántas discusiones con los
militares de armas a la hora de explicarles por qué este o aquel
paracaidista no podía estar en activo por causa de una enferme-
dad? Siempre estaba en el ambiente la sospecha de simulación,
una sospecha contra la que era muy difícil luchar.
La Brigada Paracaidista
39
El médico también era el responsable de la higiene del acuar-
telamiento y de la revisión diaria de la alimentación, todo bajo
un horario estricto y con los consiguientes informes al jefe de la
unidad.
El día que tocaba salto, se trastocaba toda la actividad y desde la
madrugada todos los preparativos iban dirigidos a la maniobra del
propio salto paracaidista.
Muchas personas quizá pensarán: ¡qué bonito, saltar en para -
caídas! En realidad las cosas no eran tan bonitas ni tan fáciles. Un
salto militar es una acción táctica que está destinada a poner por vía
aérea la mayor cantidad de soldados en un punto lejano, y además
totalmente equipados y lo más agrupados posible. Por lo tanto
nada de festivo tenía el día del salto.
Muy temprano cogíamos los camiones y nos llevaban a la base
aérea de Torrejón, que entonces compartíamos con Estados
Unidos, a la que llegábamos en apenas media hora. Allí nos espe-
raban los equipos de salto, consistentes esencialmente en un para-
caídas de espalda o principal y uno de pecho o auxiliar, que tenía-
mos que acoplarnos junto al armamento que todos llevábamos y la
mochila que era de por sí un peso considerable, de tal forma que
una vez preparados parecíamos un pino navideño pero de color
marrón de camuflaje.
Los aviones que nos transportaban eran de tres tipos: Aviocar,
Caribú (hoy en desuso) y los más grandes, los Hércules, que una
vez cargados nos llevaban a la zona del salto.
En los aviones más bien se escuchaban pocas conversaciones,
cada cual pensaba en sus cosas, era de hecho un buen momento
para meditar y sobre todo para sentir el miedo a flor de piel, que a
veces era adornado con algún desvanecimiento o vómitos por
mareo.
Los vuelos paracaidistas militares se hacen a baja altura por
razones tácticas, y cuando llega al lugar del salto el avión se eleva
Yo estuve allí
40
aproximadamente a los 400 a 450 metros, aunque en guerra esta
altura disminuiría bastante, de forma que como el paracaídas no se
abra a la primera hay poquísimo tiempo para reaccionar, razón por
la que se dan los accidentes que luego comentaremos.
Reconozco que he pasado diferentes situaciones de miedo en mi
vida, pero desde luego el miedo que teníamos que superar en cada
salto siempre lo recordaré como uno de los mayores, de forma que,
para mí al menos, el momento más sabroso del salto era cuando
recogíamos el paracaídas y nos dirigíamos al camión cantina para el
bocadillo de media mañana. Naturalmente con la frecuencia en los
saltos nos acostumbrábamos a ellos, pero nunca se logra asimilar
del todo eso de tirarse de un avión en marcha.
Aún recuerdo un salto que hicimos en Morón de la Frontera
con maniobras asociadas, y adonde llegamos después del corres-
pondiente vuelo rasante a unos 300 metros del suelo y que, con un
calor sobrehumano, nos hizo desear el salto más que nunca, ¡qué
tiempos! En aquella ocasión saltaba con el páter (sacerdote militar),
que, por cierto, era el único que tenía el título paracaidista en aque-
lla época, de tal forma que llegada la noche intentamos infructuo-
samente dormir en la enfermería de la base aérea, y digo infruc -
tuosamente porque nos llegó la orden de incorporarnos al lugar de
la unidad y probar el poco blando suelo que tocaba en aquella oca-
sión. ¡Casi nos arrestan a ambos por aquella chiquillada!
Por supuesto los saltos militares eran de lo más variado. La
mayoría eran de día, pero también los había nocturnos y en esas
ocasiones a la complicación habitual se añadía la falta de visión. Y,
finalmente, había de vez en cuando saltos sobre el agua, a los que
se apuntaban oficiales y suboficiales con problemas de espalda ya
que la toma de tierra se sustituía por la caída en el agua y el impac-
to era menor. En estos últimos, de los que en realidad hice pocos,
tuve ocasión de ser por primera vez jefe de patrulla, que equivale a
ser el primero en saltar y por lo tanto ir colocado en la puerta del
La Brigada Paracaidista
41
avión a la espera de la luz verde de salto. ¡Qué pintas debía de tener
vestido de hombre rana y con las aletas asomando por el estribo de
la puerta del avión!
Las maniobras conjuntas con otros ejércitos eran frecuentes y,
que yo traiga a la memoria, saltamos con portugueses, ingleses,
americanos, italianos e incluso jordanos, toda una variedad que nos
daba en aquellos tiempos un aire muy internacional.
A este respecto nunca olvidaré, en unas maniobras con los para-
caidistas americanos en Zaragoza, cómo me llamó la atención que
entre el material que éstos desplazaron a la zona de los ejercicios
tuvieran en una tienda distintos ataúdes de plástico. Mi sorpresa
fue mayúscula, y sólo cedió mi espanto cuando un oficial america-
no me explicó que siempre se hacían cálculos de bajas en todas las
maniobras o acciones del Ejército americano, y se llevaban féretros
por si llegaba el caso. En fin, qué cosa más lúgubre, pero al fin y al
cabo tan real.
Aunque para recuerdos curiosos hay que contar unas manio-
bras en el sur de Francia con las unidades paracaidistas de Pau.
En aquella ocasión de Pau son varias las anécdotas que dicen
mucho de la forma de vivir entonces. Por ejemplo, en las marchas
nocturnas que hicimos por territorio francés con los paracaidistas
galos, una señora se asomó al balcón de su casa y al ver nuestros
uniformes nos preguntó sonriendo si habíamos invadido Francia,
lo que generó una risotada generalizada y hubo que dar explica-
ciones de por qué andábamos por aquellas tierras.
Otra curiosa anécdota se dio cuando un grupo de oficialeshici-
mos el Curso Paracaidista Francés llamado Brevet Parachutiste. Se
trataba de saltar cuatro veces desde los aviones Transa franceses y
con los equipos de aquel país. Pues bien, ya en el aire, los instruc-
tores galos nos explicaron que para ellos era muy importante el
orden y la sistemática en el salto, por lo que debíamos saltar sólo y
cuando se pronunciara el número que teníamos cada uno asignado.
Yo estuve allí
42
¡Eso creían esos instructores, que íbamos a hacerles caso! Cuando el
sargento francés jefe de vuelo pronunció el número uno saltamos
cuatro oficiales de golpe y así sucesivamente, de tal manera que al
contar cinco estábamos ya en el aire al menos veinte, en una agrupa-
ción que casi tocábamos una vela con otra, y encima llovía, con lo
que el descenso fue más lento de lo normal. ¡Qué bronca nos cayó! 
A pesar de todo conseguimos el título francés que nos impusie-
ron en el cuartel de Pau y que, por cierto, a mí me lo entregó mi
homónima médico del acuartelamiento, ¡una mujer militar!
Sorpresa, sorpresa. El Ejército francés tenía ya superado el asunto
de la mujer en las Fuerzas Armadas desde 1983, nosotros tardaría-
mos un poco más.
En aquellas maniobras y a causa de un viento racheado que no
se previó, o quizá por un exceso de celo, en uno de los saltos con-
juntos tuvimos quince paracaidistas con fracturas de distinta con-
sideración, así que la vuelta a casa fue un poco triste.
¡Cuántas experiencias y situaciones se podían vivir en la Brigada
Paracaidista!
Las maniobras las hacíamos por cualquier parte y siempre era
un espectáculo el desplazamiento de la Brigada, o incluso de una
bandera, hasta el destino. Recorrimos toda España, en especial los
campos de maniobras San Gregorio en Zaragoza, Chinchilla en
Albacete, Casas de Uceda en Guadalajara, Los Monegros en León,
e incluso en cierta ocasión hasta nos desplegamos en el País Vasco.
Este último fue otro cantar. 
En los años ochenta la situación con ETA y las reivindicaciones
nacionalistas eran tensas, y quizá por eso se indicó que la I Bandera
hiciera maniobras en Lecumberri. Ahora, con el paso del tiempo,
lo veo con más serenidad, pero en aquellos años resultaba impresio-
nante para un médico militar de poca experiencia como yo que los
convoyes fueran armados con munición real, que los campamentos
se acordonaran, que al paso por algunos pueblos vascos se cerraran
La Brigada Paracaidista
43
puertas y ventanas y que incluso se publicaran pasquines en los que
se leía textualmente: «El Ejército Español ha ocupado el País Vasco
en una clara maniobra de hostigamiento». ¡Cosas de la época que
poco o nada han cambiado!
La Brigada Paracaidista era sin duda una de las unidades milita-
res más modernas con las que contaba el Ejército español en los
años ochenta, y hoy, en 2009, cuando de sobra han probado su efi-
cacia en muchas y peligrosas misiones fuera de España al amparo
de las Naciones Unidas, no resulta raro hablar de ella con orgullo.
Entonces no era tan conocida.
Lo que aprendí de medicina en estado puro en la Brigada no se
puede estudiar en los libros, y lo que me enseñaron los chavales
jóvenes que allí llegaban cargados de ilusiones desde los pueblos
más pequeños y lejanos del país, tampoco está en los libros. En ape-
nas un año y medio un muchacho de 18 años recién salido de las fal-
das de su madre se volvía a su casa convertido en un hombre. ¡Sí, en
un hombre! Sonará a tópico trasnochado, pero es la pura verdad.
De no saber cómo hacer una cama o cómo organizar una sim-
ple maleta, el legionario paracaidista pasaba en ese plazo de tiempo
a ser un todo con sus compañeros de salto, a prepararse a dormir
al raso durante varios días, a aguantar una herida sin quejarse, a
compartir el esfuerzo de una marcha de 30 kilómetros y orientarse
con un simple mapa, y con todo ese bagaje volvían a sus casas y a
sus familias transformados. 
En muchas ocasiones a lo largo de la vida me he encontrado con
personas que estuvieron en la Brigada Paracaidista: un taxista, un
vigilante jurado, un jefe de taller o incluso un médico, y para todos
significó algo muy importante y notorio en sus vidas, a ninguno de
ellos le pesó pasar por la Brigada.
Pero no todo fue estímulo positivo y sensaciones vitales de
satisfacción; hubo un lado oscuro y también me ayudó a entender
la vida en toda su dimensión. 
Yo estuve allí
44
Durante los años que tuve ocasión de estar destinado en la
Brigada Paracaidista fueron muchos los accidentes, e incluso las
pérdidas de vida, por las que hube de pasar. En ese tiempo llegué a
tener que certificar la defunción y en ocasiones practicar la corres-
pondiente autopsia a diez compañeros. Hubo varios casos debidos
a accidentes de circulación, otros con armas de fuego, dos suicidios
y un caso de muerte en el salto paracaidista. Es este último el que
más me impresionó y siempre me acompañará allá donde vaya.
Era un capitán de Artillería, amigo, compañero de cuartel, de
café, de maniobras y del autobús que nos llevaba a Alcalá todos los
días, y fue en una mañana como tantas en que tocaba salto. Algo
debió ocurrirle, pero lo que se vio desde tierra fue que el paracaí-
das principal se enrolló haciéndose lo que se conocía como una
«vela romana», es decir que no llega a abrirse, e intentando desen-
rollarse se debió de confiar y no abrió el paracaídas auxiliar del
pecho, estrellándose contra el suelo ante la estupefacción general.
Una caída libre de 400 metros no deja lugar a posibilidad alguna de
supervivencia, y Antonio falleció.
Lo que a continuación ocurrió es digno también de contar. La
investigación de los hechos iniciada por el juez militar dejó clara la
ausencia total de cualquier tipo de criminalidad, negligencia o
defecto en el paracaídas, por lo que se suponía que la certificación
médica de defunción debía bastar para cerrar el caso, pero no bastó.
Es necesario decir en este punto que el plegamiento de los para -
caídas era una misión fundamental de la que se ocupaba la Unidad
Base, que luego fue la Unidad de Lanzamiento y que lamentable-
mente ya en pleno siglo XXI ha desaparecido como tal, y cuyo
lema grabado en la pared era: «Plegar mal un paracaídas no es un
error, es un crimen».
Además, en este trágico caso había una esposa, hijos y los
correspondientes seguros de vida, y se me ordenó la práctica de la
autopsia.
La Brigada Paracaidista
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No era mi primera autopsia, ni sería la última, pero la tristeza y
la sensación de impotencia durante las dos horas que duró la inves-
tigación médico-legal fueron un trago difícil de digerir, y ese tiem-
po en el tanatorio del Cementerio de Alcalá de Henares me enseñó
que somos juguetes del destino y que nuestra fragilidad nos hace
siempre vulnerables. Bien podía haber sido yo u otro el que allí
yacía, pero le tocó a él.
Fueron mis primeros y trágicos contactos con la muerte, y ya
no me abandonarían nunca, en especial cuando ejercí lo que sería
una de mis actividades principales: médico forense.
Una vez oí decir a alguien con aspecto y cara de entendido que en
su carrera contra nosotros «la muerte» no tenía ninguna prisa y por
eso nos daba toda una vida de ventaja, y, la verdad, me hizo pensar.
Yo sé que no está bien visto, que no está de moda, incluso que
es de mal gusto hablar de algo tan sencillo como la muerte, vivimos
en una sociedad demasiado hedonista, demasiado material y cos-
mética, demasiado lejana de los asuntos verdaderos y esenciales,
pero a pesar de estas premisas puede ser bueno siquiera mirar un
poco hacia dentro de nosotros, ir más allá del simple estómago
procesador de alimentos o de la sencilla piel, máscara las más de las
veces de algo que no existe, y en este sentido, por qué no, pensar
en voz alta sobre nuestro propio fin.
Y es un hecho que tarde o temprano, con las maletas preparadas
o no, hay que irse, y da igual si fuiste bueno o malo, gordo o flaco,
listo o menos listo... Hay que apearse del tren de la vida. Sólo por
poner un ejemplo, en Madrid de media cada día casi cien personas
nos abandonan, y este hecho, que losdistintos periódicos relatan
gráficamente en una esquinita anónima, encierra en sí mismo cien
dramas familiares y algunos más de rebote. En resumidas cuentas,
a lo mejor no tenemos la edad que marca nuestro documento de
identidad, sino el tiempo que nos queda por vivir (que, por cierto,
nadie lo sabe).
Yo estuve allí
46
Hoy hemos aprendido a ocultar la muerte por la angustia y el
miedo que nos genera, por la certeza de su realidad para todos y
cada uno, y la hemos sustituido por la «muerte de plástico» de las
películas, por las imágenes fugaces de tragedias lejanas que los
medios de comunicación nos anuncian todos los días de manera
anestésica. Hoy la muerte diaria de miles de niños por hambre no
significa apenas nada, la desaparición de pueblos enteros en guerras
injustas es un detalle anecdótico, que cada año casi cuatro mil ciu-
dadanos españoles fallezcan en las carreteras es algo «necesario»
como impuesto por conducir cada vez mejores coches, y así una
larga lista de muertes «reales» se ocupan de sustituir la angustia de
pensar en nuestro propio fin, que es lo mismo que pensar cómo
queremos vivir y qué queremos dejar a los demás. 
Hoy hemos matado la muerte real para dejar paso a una muer-
te ficticia que nos consuela falsamente, nos hemos escondido una
vez más de nosotros mismos en una carrera frenética por no escu-
char nuestra conciencia, no sea que oigamos cosas nada agradables
para nosotros mismos.
Olvidarse de que somos finitos y que tarde o temprano no esta-
remos aquí es lo mismo que olvidarse de vivir, es igual que correr
sin saber hacia dónde, reír sin motivo, aparentar sin porqué, creer-
nos en el fondo omnipotentes, sentirnos pequeños dioses... Lo
siento, amigos, el puesto de Dios ya está ocupado. A lo mejor ha
llegado la hora de conocernos un poco más a nosotros mismos,
aunque en ocasiones lo que veamos no nos guste.
Nunca olvidaré a Antonio, era una muy buena persona, simpáti-
co y agradable en el trato, y la última lección me la dio en silencio.
A finales de 1983 estaba ya un poco quemado de tanta actividad
y solicité el paso al Batallón Mixto de Ingenieros, en el que sólo
estuve unos meses ya que aprobé los cursos para ser psiquiatra
militar. También aprobé las oposiciones para ser médico forense y
en 1984, después de ascender a capitán, me casé.
La Brigada Paracaidista
47
Aún me quedaba un episodio en la Brigada Paracaidista antes de
despedirme de la vida militar y fue en 1987, cuando volví ya como
psiquiatra a la misma después de tres años en el Hospital Militar
Gómez Ulla, esta vez destinado como capitán de la Compañía de
Sanidad del Grupo Logístico.
Entonces el general que mandaba la Brigada dispuso que me
hiciera cargo de las guardias médicas del acuartelamiento, de tal
forma que no sólo pasaba los reconocimientos diarios en mi uni-
dad, saltaba con la misma y llevaba la sanidad de la Brigada, sino
que, para colmo, tenía que hacer las guardias «de las narices».
Protesté por conducto reglamentario pero se desestimó mi protes-
ta y, sacando mi vena litigante, informé del asunto al teniente gene-
ral jefe de la Junta de Jefes del Estado Mayor del Ejército, quien me
derivó al capitán general de la Región Militar Centro. En fin, un lío
de dimensiones considerables que enturbió mi despedida de la
Brigada.
Ese mismo año 1987, con el grado de capitán, por cierto, la
misma graduación con la que se retiró del Ejército don Santiago
Ramón y Cajal, solicité la excedencia del Ejército y se me concedió
por ser funcionario del Ministerio de Justicia en calidad de médico
forense, y así comenzaron otras historias no menos interesantes. 
Han pasado más de veinte años desde aquellas peripecias y
todavía los 23 de cada mes, cada vez que puedo, voy a comer con
los ex paracaidistas de entonces a Alcalá de Henares y aún me sien-
to como en casa.
Yo estuve allí
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4. EL FORENSE
Casi todo el mundo cree que un médico forense es alguien más
bien feo, poco arreglado, con una gabardina arrugada y un maletín
siniestro bajo el brazo, cuya única misión en esta vida es hacer
autopsias sin que ello le importe nada y después desaparecer de la
escena con discreción.
Pues bien, las cosas no son así y, para ser justos, nunca lo fue-
ron. Sólo la televisión y las películas han creado la figura del foren-
se tal y como la hemos descrito. No obstante, en los últimos tiem-
pos ya están apareciendo en los diferentes seriales policíacos
personajes más arreglados e incluso rubias despampanantes que
acometen con el mayor de los rigores la investigación de los cadá-
veres en busca del criminal.
Un médico forense es un funcionario del Ministerio de Justicia
que, tras unos duros exámenes, accede a los diferentes destinos que
las leyes marcan: Juzgados, Institutos de Medicina Legal,
Audiencia Nacional o Instituto de Toxicología. Sus conocimientos
le valen para informar al juez de todo lo que tenga que ver con la
sanidad, de tal manera que efectivamente tiene que hacer autopsias,
pero ésta es la menor de sus funciones. También tiene que valorar a
personas lesionadas en accidentes de tráfico, estudiar a los presos en
las cárceles, investigar en toxicología, hacer exámenes psiquiátricos
49
de delincuentes y de víctimas, hacer exploraciones ginecológicas en
casos de agresión sexual, incluso a veces debe valorar la edad en
personas que carecen de documento de identidad y, finalmente, y
me tocó en varias ocasiones, decidir el sexo en casos dudosos.
Es por lo tanto una misión apasionante que al final tiene que
valorar un aspecto médico de la persona para que los jueces puedan
tomar decisiones con fundamento.
Así es como se decide sobre la culpabilidad en un caso de homi-
cidio, la conveniencia en la custodia de los hijos en caso de separa-
ción matrimonial, la capacidad para un trabajo o para ejercer un
cargo, las secuelas que un accidente han dejado y que necesitan una
indemnización, la causa de la muerte en situaciones poco claras que
ningún médico ha querido certificar, y un largo etcétera que podría
llenar libros y libros de anécdotas y de las cuales apenas comenta-
remos unas pocas para hacer boca.
Los exámenes para formar parte de este cuerpo del Estado no
eran fáciles, no sólo por los trescientos temas que había que memo-
rizar, sino por el propio método de examen: primero uno escrito
que se leía, luego uno oral y finalmente un caso práctico que solía
ser la valoración de un caso psiquiátrico o una autopsia.
Yo siempre tuve afición por esta parte de la medicina, me pare-
cía la más objetiva, la más racional y, en cierto modo, la más prác-
tica, y además había ayudado anteriormente a otras personas en sus
propios exámenes. Así pues estudié como pude, incluso en pleno
campo cuando estábamos de maniobras militares, me examiné y a
la segunda aprobé.
Tras la fase práctica en la Escuela de Estudios Jurídicos, y reco-
gido el correspondiente título oficial, eso sí, de uniforme paracai-
dista que para eso estaba orgulloso de mis funciones castrenses, me
encaminé a mi primer destino.
Los primeros destinos de un médico forense recién salido de la
Escuela de Estudios Jurídicos, que es el centro donde pasan todos
Yo estuve allí
50
los funcionarios de Justicia el curso de entrenamiento antes de la
toma de posesión del cargo, suelen ser juzgados en sitios pequeños
a los que nadie quiere ir. A mí me tocó Ponferrada, en la región del
Bierzo, provincia de León, una ciudad que en aquellos tiempos
movía una gran cantidad de personas y de dinero ya que las minas
de carbón aún funcionaban y esto implicaba a muchos trabajadores.
En Ponferrada me hospedaba habitualmente en el Hotel
Madrid, no sé si lo hice por casualidad o por nostalgia de mi ciu-
dad de origen, y desde allí me desplazaba a las diferentes diligen-
cias que se solicitaban desde el Juzgado. Eran tiempos movidos en
las cuencas mineras, y entonces un picador, el que utilizaba el mar-
tillo neumático en los fondos de las galerías, ganaba casi el doble
que un médico de hospital y, claro está, este dinero luego se gasta-
ba en la ciudad y eramotivo de discusiones y no pocas peleas.
No fueron pocos los casos de muerte por arma blanca los que
tuve que estudiar, ni pocos los suicidios, casi siempre por ahorca-
dura, por los que pasé, y todo ello aderezado con exploraciones de
accidentados y lesionados en accidentes de tráfico y de minería.
Desde luego fue un buen baño de realidad el que allí me di.
Estar en Ponferrada implicaba necesariamente leer El Señor de
Bembibre de Enrique Gil y Carrasco, novela histórica que retrata
a los últimos templarios de la región y de cuyo recuerdo aún están
las ruinas del castillo donde se desarrolla la acción. Debo decir que
cada destino por el que he pasado me ha sugerido la lectura de
algún libro de referencia que me ha ayudado a entender mejor los
lugares y sus personas, así en Santiago de Compostela hay que leer
La casa de la Troya; en Santander, Peñas Arriba de Pereda; en
Salamanca a Unamuno; en La Coruña a Rosalía de Castro;
en Ocaña a Alonso de Ercilla; en Plasencia Las crónicas de los
Reyes Católicos, y así hasta Galdós en Madrid.
Fue en Ponferrada donde aprendí que las apariencias engañan,
cuando en la visita a una persona que había fallecido me encontré
El forense
51
con la misma ya en su ataúd correspondiente y con toda la familia
alrededor rezando, situación que hube de disolver de inmediato
para proceder a la exploración. Ya a solas con el cuerpo y gracias a
un ayudante que entonces tenía, logramos levantarle la correspon-
diente mortaja cuando, ¡oh sorpresa!, apareció un claro surco en el
cuello que denotaba sin duda que la muerte había sido por suicidio
y no natural, lo que los familiares y allegados habían querido disi-
mular posiblemente para evitar el escándalo y la vergüenza que
suponía una acción suicida, y más en el ambiente rural.
En el mundo se estima un suicidio cada minuto, consumándolo
más los hombres que las mujeres, ¡somos más brutos y menos inte-
ligentes que ellas!, y estimándose como una de las diez primeras
causas de muerte para la población general y la segunda entre jóve-
nes de 15 a 25 años en la cultura occidental.
Por cada suicidio consumado se calculan aproximadamente
veinte intentos, siendo las mujeres las que más lo intentan y los
hombres los que más lo consiguen.
En Europa las tasas más altas están en países como Hungría,
países nórdicos y Suiza, y las más bajas en la cuenca del
Mediterráneo, disminuyendo la frecuencia conforme bajamos
hacia el ecuador. Y fuera de Europa en Japón se destacan cifras
anormalmente altas.
El suicidio en España lleva a cifras importantes. Así, por ejem-
plo, se estima en alrededor de casi 3.000 casos al año, en una pro-
porción de 3 a 1 hombres/mujeres, lo que hace una tasa de 4 a 5 por
100.000 habitantes, sin que se detecte un perfil que tenga que ver ni
con los meses ni con los días de la semana, todo lo más con las esta-
ciones, viéndose una mayor incidencia en los meses de calor. Lo
cierto es que el quitarse la vida sigue considerándose, no ya un
pecado como antaño, sino, en cierto modo, un fracaso de la fami-
lia y de los amigos en comprender la situación personal por la que
pasaba la persona fallecida. Esto empuja casi siempre, y más en
Yo estuve allí
52
sitios pequeños, a ocultar el hecho de que un familiar se ha quita-
do la vida.
De Ponferrada pasé a Valladolid, y esto ya era otra cosa. Una
ciudad que había sido capital de España, hasta que Felipe II deci-
dió dar la capitalidad a Madrid, era una gran ciudad, y los asuntos
también tenían otra consideración.
Pero si hay algo que nunca me dejará olvidar mi práctica
forense en Valladolid es el hecho, para mí trascendental, de que el
tiempo que allí estuve coincidió con el de nuestra «luna de miel»,
una situación peculiar que para pocas mujeres se ha dado, y que
fue una exigencia de los tiempos y de mi obligación como fun-
cionario. ¡Imagínense la época más feliz de la vida de cualquier
pareja pasada por la forensía en una ciudad en vez de en el Caribe,
por ejemplo!
Nos hospedamos en la Residencia de Oficiales que en aquellos
tiempos había en Valladolid y desde allí mi mujer me acompañaba
a «los levantamientos de cadáveres» y, aunque nunca dejaba el
coche, íbamos de tristeza en tristeza. Cuando no era una muchacha
que se había arrojado por un balcón, era un ahogado en el Pisuerga,
un apuñalamiento en Peñafiel o un niño fallecido en un accidente.
¡Bonito espectáculo! La verdad es que entre lo lúgubre de nuestra
residencia y lo trágico de mi trabajo, por aquello difícilmente se
podrá pasar página sin más.
La profesión de médico forense en realidad está ligada a lo más
triste y oscuro de la vida, y esto sin duda va marcando el carácter.
Aún me acuerdo de una autopsia a la que me acompañaron dos
amigos médicos y tras la cual, saliendo ya del pueblo de Toledo
donde la hice, nos encontramos con un accidente de tráfico con
varios jóvenes fallecidos, y vuelta a empezar. Ya finalizado el día de
trabajo mis amigos me requirieron una parada en Aranjuez para
«soplarse» unos whiskies y recuperar el calor perdido durante la
jornada.
El forense
53
Y es cierto, existe otra realidad nada brillante y que esconde la
enfermedad, el miedo, lo incomprensible y, en definitiva, lo trági-
co, y alguien debe tratarla: ésa es, en el fondo, la misión de un
médico forense.
Naturalmente no todo son muertes y tragedias, como ya dije
antes, y en muchas ocasiones simplemente hay que ver a personas
que ya se han recuperado de unas lesiones o explicar la conducta de
alguien que en un momento dado ha cometido alguna barbaridad
y que al final exige, por ejemplo, un tratamiento psiquiátrico, de tal
forma que también puede hacerse mucho bien e iluminar el pro-
nóstico cuando las familias lo dan todo por perdido.
Valladolid pasó rápidamente, ya que aún quedaba por resolver
mi vida militar por completo y tuve que hacer un alto en la activi-
dad forense, que resultó muy corto pues después de unos meses,
pocos, de una ciudad medieval como Plasencia pasé a Ocaña, muy
cerca de Madrid y donde tuve ya un contacto más cercano con el
mundo de las prisiones. En Ocaña hay dos centros penitenciarios,
destino desde el que finalmente iría a Madrid.
Ocaña es un pueblo realmente antiguo. Para más inri, los juzga-
dos estaban en un antiguo palacio, por el que habían pasado los
mismos Reyes Católicos, y mi despacho era una enorme habitación
en la planta baja que quién sabe si quizá fue dormitorio de algún
noble de la época.
Adscrito a mi destino en Ocaña tenía también como otro desti-
no simultáneo el de Alcázar de San Juan, y por supuesto toda la
carretera entre ambos pueblos y los alrededores. Fueron tiempos
de muchos accidentes de tráfico, ¡demasiados!, sobre todo, y eso
nunca lo entenderé, en las grandes rectas de La Mancha, y allí que
me presentaba yo en cuanto se me llamaba.
Conseguí permiso para vivir en Madrid y desplazarme a los juz-
gados siempre que fuera necesario, pero la cosa se puso difícil y en
aquella época hice un poco de carretera.
Yo estuve allí
54
Eran tiempos en los que había pocos medios, muchos papeles,
poca comprensión hacia nuestro trabajo y unos sueldos que mejor
no recordar, pero sobraba voluntad, que con los pocos años hacían
el resto de la labor.
No era infrecuente, yo diría incluso que era lo normal, el tener
que practicar las autopsias en los propios cementerios, donde por
supuesto no había las mínimas condiciones sanitarias. Hay que
tener en cuenta que el lugar para la función forense solía ser una
casucha en una esquina del camposanto en la que todo lo que había
era una losa de mármol, unas ventanas pequeñas y un lavabo. No
fueron pocas las ocasiones en las que tuve que practicar la autopsia
sobre una lápida, o inclusive en el mismo féretro, ya que eran los
únicos sitios dignos sobre los que encontrar la causa de la muerte
que el juez me pedía. En conclusión, ¡cuántas veces no hemos teni-
do que practicar la consabida autopsia a la luz de velas o con focos
habilitados que la propia Guardia Civil nos tenía que prestar! 
El instrumental era prácticamente igual al delRenacimiento, y
sólo años más tarde el propio Ministerio de Justicia modernizaría
estos equipos incorporando utensilios tan vanguardistas como sie-
rras eléctricas vibratorias, todo un lujo para unos profesionales que
teníamos que estar verdaderamente fuertes.
Pero si hay algo que caracteriza la vida del médico forense es el
silencio, el trabajo personal y en solitario, y los muchos ratos de
meditación antes de escribir tal o cual documento que seguro va a
cambiar la vida de alguien.
¡Qué difícil resulta permanecer en silencio! Prueben ustedes a
estar callados durante cinco minutos y en soledad... empezarán a
notar cosas que antes no parecían existir: el ritmo de la respiración,
el pulso del corazón, las tripas que se nos mueven, todo esto sólo
en nosotros, pero hay más, se darán cuenta enseguida de los peque-
ños ruidos ambientales que pasan habitualmente desapercibidos,
notarán que la ropa suena, que el viento se oye, que la lejanía nos
El forense
55
trae rumores de bullicio... En definitiva, habrán descubierto el
sonido del silencio.
Vivimos demasiado deprisa, rodeados de demasiada gente,
bombardeados de excesivas noticias, estresados por demasiados
quehaceres, llenos de ruido, necesitados de hablar más que de escu-
char; en conclusión, vivimos casi siempre sin tener demasiada con-
ciencia de ello y, por si fuera poco, nos estamos olvidando de dis-
frutar del sol, el aire, el paisaje, la compañía tranquila de la familia,
los amigos, una buena música, etc.
¿No les parece que estamos sumergidos en un torbellino frené-
tico? ¿No creen que de vez en cuando deberíamos parar para pen-
sar, para sentir, para ser un poco nosotros mismos? 
El silencio no es otra cosa que la ausencia de ruido, y el ruido se
define como el sonido inarticulado y confuso más o menos fuerte,
de aquí que ruido provenga del latín rugitus, «rugido», ¿lo pillan? 
Tenemos a nuestro alrededor demasiado ruido, demasiados
«rugidos», demasiado como para pensar, como para saber, como
para sentir. El ruido nos priva de escucharnos a nosotros mismos,
¡a lo mejor no nos interesa!; el ruido nos impide escuchar al otro,
¡quizá tampoco interesa!; el ruido en definitiva es la excusa per-
fecta para aturdir la conciencia, para vivir sin grandes dilemas,
para pasar rozando solamente la superficie de nuestra vida, de
nuestra gente, de las cosas que nos rodean, ¡probablemente que-
ramos vivir así!
A mí todo esto me da cierto miedo, porque me gusta vivir
rodeado de personas que me enriquezcan, que me critiquen, que
me quieran o que me odien, pero a las que no resulte indiferente,
me gusta vivir de pleno, metido en el fango cotidiano, pero
sabiendo dónde voy, quién soy, qué quiero..., no me gusta sim-
plemente vivir.
Y es en el silencio en el que nos encontramos casi siempre con las
verdades, es en el silencio donde somos creativos, donde decidimos,
Yo estuve allí
56
donde vislumbramos el camino, donde nos aceptamos con nues-
tras penas y alegrías y donde, en definitiva, encontramos el es -
píritu.
Porque ¿sabían ustedes que al principio sólo existía el silencio y
que en el silencio se oyó una Voz y todo empezó a existir? Pues sí,
el mismo Dios necesitó el silencio para iniciar la Creación.
Es éste el silencio del médico forense, el saber escuchar, el pen-
sar las cosas antes de responder, el contestar sólo aquello que
merezca la pena y únicamente sentirse molesto cuando lo que nos
digan provenga de personas con autoridad moral, ¡personas difíci-
les de encontrar hoy!
En la medicina forense en cierta medida estamos al final del
corredor, por ejemplo al final de una vida, al final de una lesión que
ya no va a mejorar, al final de unas averiguaciones que acaban con
la imputación de un sospechoso o al final de la vida autónoma de
una persona cuando se trata de incapacitarla por padecer una enfer-
medad mental; en definitiva, siempre en una decisión irreversible,
y qué duda cabe que esto acaba modificando nuestra forma de ver
las cosas y la propia vida.
En Ocaña se me quitaron las ganas de hacer vuelo sin motor.
Allí había una de las mejores escuelas cuando tuve que hacer la
autopsia del piloto, que, en una mala maniobra, se había estrellado.
También descubrí La Mancha profunda cuando tenía que ir a los
pequeños pueblos, siempre en alguna misión desagradable.
Aún recuerdo una noche que tuve que desplazarme a reconocer
el cuerpo de un fallecido a Santa Cruz de la Zarza, y como ya era
una hora avanzada el juez me dijo que volviera al día siguiente, a lo
cual le respondí que no, que puesto que estaba allí le practicaría la
autopsia preceptiva en ese momento, para no estropear ninguna
prueba. ¡Vaya noche y vaya discusión con el juez! La verdad es
que cuando echo la vista atrás me encuentro con muchas discu-
siones de las que en la actualidad no soy consciente, y eso que
El forense
57
tengo un concepto de mí mismo de persona con bastante pacien-
cia. ¡Quizá la he ido ganando con los años!
En fin, así era la vida de un médico forense de entonces. Hoy las
cosas han cambiado y estas historias son eso, historias.
El paso desde Ocaña al Instituto de Toxicología de Madrid fue
un hecho decisivo en mi trayectoria para los próximos años, y por
supuesto se merece su propio capítulo.
Yo estuve allí
58
5. EL SERVICIO DE INFORMACIÓN
TOXICOLÓGICA
Si hiciéramos una encuesta al azar, la mayor parte de las perso-
nas a las que preguntásemos podrán decirnos sin dudar que un
producto tóxico necesariamente tiene que ser algo «venenoso»,
«peligroso para la salud» y, por supuesto, malo en general, incluso
para los animales y el medio ambiente. Pero pocas de esas personas
sabrán a ciencia cierta cuáles son las sustancias más tóxicas y lo
cerca que están de nuestras vidas.
Pues ésa es la misión fundamental del Servicio Nacional de
Información Toxicológica, o lo que en otros países se conoce como
Centro Antitóxico. Un departamento del Estado que tiene líneas
telefónicas abiertas veinticuatro horas todos los días del año y que
son atendidas directamente por médicos, quienes, con ayuda de
otros facultativos como farmacéuticos y auxiliares, están constan-
temente informando a cualquier persona o institución que llame
por dichos teléfonos o solicite por escrito cualquier información
sobre los malvados tóxicos.
Y es que, como en tantas cosas de la salud, existe un gran des-
conocimiento sobre el mundo de la toxicología. Por ejemplo, casi
todo el mundo se echaría las manos a la cabeza si su niño se traga-
ra el mercurio de un termómetro, sin saber que en esta forma sim-
plemente no es tóxico y se eliminará con facilidad igual que una
59
pequeña moneda, y sin embargo muchas personas ignoran que en
la cocina de cualquier casa hay productos que pueden fácilmente
matar a un niño que ande por allí jugando con ellos. ¡Así están las
cosas!
Me incorporé al Servicio allá por 1988, un año marcado defini-
tivamente por la llegada de nuestra hija Marta, y por lo tanto un
año absolutamente especial y del que siempre guardaré muy grato
recuerdo.
La Toxicología como ciencia que estudia los «tóxicos» siempre
estuvo ligada a la Medicina Forense en particular y a las Ciencias
Forenses en general, ya que el uso de venenos o sustancias que
hacían daño o ponían fin a la vida de alguien en muchas ocasiones
tuvo que ver con causas criminales y, por lo tanto, la Admi -
nistración de Justicia debía hacer acto de presencia, de aquí el tér-
mino de «Toxicología Forense».
Pero España en esta materia tiene voz propia, y así la toxicolo-
gía científica en realidad nace en los comienzos de la divulgación y
popularización de los venenos, los cuales hasta el siglo XIX sólo
habían estado en manos de unos pocos, es decir que nace con la
«democratización de los venenos», y el autor principal fue sin duda
el español Mateo Orfila, natural de Mahón pero profesor en París,
quien en 1814 publica su famoso Traité des Poisons.
No obstante el estudio de los tóxicos (del griego toxon, veneno
usado en las puntas de las flechas de diversas tribus), es tan antiguo
como la misma humanidad,y hoy se habla de Toxicología como la
ciencia que estudia, analiza, describe y trata las intoxicaciones, sean
cuales sean, individuales o colectivas y judiciales o no.
Como ya avanzamos, en la actualidad la toxicología puede estar
relacionada con el medio ambiente, los alimentos, los medicamen-
tos, los animales, la práctica veterinaria, el ambiente doméstico o
incluso el ambiente laboral. Un famoso médico de la Antigüedad,
Paracelso, llegó a decir que la sustancia es o no tóxica dependiendo
Yo estuve allí
60
sólo de la dosis. Por ejemplo, una aspirina viene bien para el dolor
de cabeza, pero cuarenta de golpe puede poner la vida de la perso-
na en riesgo de muerte.
Vivimos rodeados de cientos de miles de sustancias químicas
que pueden llegar a agredirnos, a generar cánceres, a producir alte-
raciones en el feto y un largo etcétera. Sólo para hacerse una idea
del alcance de la toxicología, se calcula que en cada hogar, por tér-
mino medio, entre medicamentos, productos de limpieza, produc-
tos cosméticos, insecticidas y otros tenemos entre 150 y 500 sus-
tancias diferentes, que mal usadas o utilizadas accidentalmente por
niños o ancianos pueden llegar a ser muy peligrosas.
Naturalmente, y después de tantas películas como hemos visto
en la televisión o en el cine sobre crímenes o intriga policíaca, a
estas alturas podemos decir en conclusión que denominamos úni-
camente Toxicología Forense a aquella parte de la Toxicología
general que tiene que ver con algún asunto jurídico, ya sea en lo
penal: envenenamiento individual o delitos ecológicos; en lo civil:
responsabilidad civil subsidiaria a un accidente tóxico; en lo labo-
ral: enfermedades profesionales o accidentes de trabajo, y reciente-
mente en lo militar: atentados terroristas con armas químicas.
Pero el mundo de las intoxicaciones es tan complicado que no
queda otro remedio que clasificarlo, al menos un poco, para poder
entendernos y así aclarar los interesantes casos que se vivieron en
el Servicio de Información Toxicológica durante los años que estu-
ve en él. 
Las intoxicaciones pueden clasificarse desde el punto de vista
legal en accidentales, suicidas, homicidas o como pena de suplicio
(entiéndase la famosa cámara de gas o la inyección letal en Estados
Unidos).
Los casos más frecuentes son los accidentes, y a pesar de que la
mayoría son accidentes domésticos menores, pueden darse casos
graves e inclusive mortales, como por ejemplo las intoxicaciones
El Servicio de Información Toxicológica
61
por el monóxido de carbono en invierno, cuando están «a todo
gas» las estufas, calentadores y demás artilugios de calor.
A bote pronto y sólo en España calculamos alrededor de un
millón de casos de intoxicaciones domésticas accidentales por año,
y a causa de productos del hogar los casos más frecuentes se dan en
niños que empiezan a gatear y en ancianos. Los productos más
abundantes en estos accidentes son medicamentos, productos de
limpieza y cosméticos.
No creo que haya en España ninguna madre que no sepa o no
tenga apuntado en algún sitio el teléfono de «Intoxicaciones», pero
por si acaso no es así, este teléfono está por obligación legal en
todos los detergentes, insecticidas, productos químicos y prospec-
tos de todos los medicamentos que se venden en el mercado, ade-
más de en todos los periódicos, hospitales, comisarías e institucio-
nes que tienen que ver con la seguridad ciudadana.
¡Cuántas llamadas, cuántas anécdotas, cuántas noches en vela
cuando aparecía la voz desesperada de aquella madre que había
cogido a su niño con la botella del jabón en la boca, o de aquella
persona que sin querer se había tomado la medicación equivocada,
o incluso de aquel que llama para ver si su médico ha hecho bien
en recetarle tal o cual medicamento!
Miles de llamadas todos los años a todas las horas del día o la
noche con consultas de todo tipo y desde los rincones más extra-
ños del país. ¡Qué consuelo para el que llama cuando el médico de
guardia le explica lo que hay que hacer y le añade que no hay peli-
gro con esta o aquella sustancia! Y ya ven, ninguna mención hono-
rífica, ninguna medalla, ni siquiera una pequeña estatua en recuer-
do de tantos y tantos profesionales que han pasado por el Servicio
de Información Toxicológica y que tanto han ayudado. En fin, el
deber bien cumplido es un gran premio.
La mayor parte de las intoxicaciones accidentales domésticas
quedaban en el propio círculo familiar, pero había intoxicaciones
Yo estuve allí
62
con implicaciones legales importantes, que solían ser las profesio-
nales. No hay más que recordar el famoso Síndrome de Ardystil
ocurrido en 1992, en el que seis trabajadores de una imprenta de
telas murieron, otros seis desarrollaron tumores graves y otros
varios quedaron con graves secuelas en los pulmones. O el famoso
caso colectivo del Aceite de Colza, que se detectó por primera vez
en el año 1981 y originó miles de trabajos e investigaciones duran-
te casi veinte años en los que el Instituto de Toxicología actuó en
profundidad, en el que murieron muchas personas y quedaron gra-
vemente enfermas aproximadamente veinte mil. Sobre este caso
nuestro Servicio tuvo algo que decir, en especial que no tenía sen-
tido hablar de pesticidas, armas biológicas o incluso un envenena-
miento deliberado; en fin, un montón de hipótesis que en su día se
dieron y acabaron en los tribunales concluyendo que habían sido
unas sustancias químicas llamadas «anilidas» las responsables de la
gran mayoría de los casos y el Estado quedó como responsable
civil del daño. 
Yo llegué al Instituto de Toxicología varios años después de que
empezaran los estudios sobre el caso del Aceite de Colza y allí, en
los refrigeradores y los almacenes, se amontonaban decenas y dece-
nas de botellas del famoso aceite como muestras recogidas y anali-
zadas a lo largo de toda la geografía del país y a lo largo de los años.
Fueron muchos los técnicos y los médicos forenses que intervi-
nimos en este trágico síndrome tóxico, ya fuera en forma de estu-
dios sobre las personas afectadas o en el análisis y valoración del
propio aceite, y así fuimos observando la infinidad de teorías de
«todos los colores» que se amontonaban en los periódicos de la
época: que si había sido una «fuga de agentes químicos o bacterio-
lógicos de guerra» de la base aérea de Torrejón, que si había sido
un envenenamiento a propósito de grupos terroristas, que si se tra-
taba de gérmenes que habían contaminado el aceite, o que si se
trataba de sustancias químicas que se habían estropeado por la mala
El Servicio de Información Toxicológica
63
conservación del producto. En fin, innumerables historias de todo
tipo que sobre todo nos incitaban a la risa, risa que nunca manifes-
tamos por la cantidad de fallecidos y afectados de por vida con el
«maldito aceite».
Mi intervención se limitó a un par de informes toxicológicos
clarificadores para el tribunal que juzgó el asunto y que, por cier-
to, me valieron una seria reprimenda de mi jefe, aunque ahora ya ni
me acuerdo de por qué fue.
Otro tipo de intoxicación es el que utiliza la persona que quie-
re poner fin a su vida, es decir el suicida, y aquí es muy frecuente
la utilización de sustancias químicas, en especial por parte del sexo
femenino, y en concreto de mujeres jóvenes. Los tóxicos más uti-
lizados sin duda son los medicamentos al alcance de la mano: psi-
cofármacos, analgésicos, antiinflamatorios, y dentro de los psico-
fármacos los más abundantemente usados son las benzodiacepinas
y los antidepresivos.
También hay diferencias según el medio cultural y las dificulta-
des en conseguir fármacos sin receta médica; así, por ejemplo, en
Inglaterra el paracetamol, que usamos para el dolor de cabeza con
ligereza, es sin duda el más utilizado, contabilizándose hasta dos-
cientas muertes por su ingesta voluntaria al año.
En el medio rural los medicamentos son sustituidos por sustan-
cias para las cosechas: insecticidas, fungicidas, herbicidas y otros
semejantes, la mayoría de los cuales son realmente letalesincluso a
dosis no muy elevadas, por ejemplo el paraquat, o los inhibidores
de la acetil-colinesterasa, y seguido va el uso de corrosivos, lejías y
sustancias industriales de uso doméstico.
Pero si hay un tipo de intoxicaciones que despiertan el morbo y
«vuelven locos» a los periodistas son las homicidas. Antiguamente
el uso de venenos para matar a otro «a sabiendas» generaba auto-
máticamente la calificación de asesinato, al igual que la alevosía y el
ensañamiento.
Yo estuve allí
64
En todos estos casos estaríamos ante una muerte no natural, es
decir violenta y sospechosa por tanto de criminalidad, generán-
dose la necesidad de la práctica de la autopsia con toma de mues-
tras y remisión de las mismas a los laboratorios forenses o al
Instituto de Toxicología, y aquí nosotros, como Servicio de In -
for mación, exponíamos los detalles de los resultados de los labo-
ratorios para que los jueces entendieran las posibilidades de
dichas intoxicaciones.
Los venenos más utilizados a lo largo de la historia criminal han
sido sin duda los cianuros, el arsénico y los gases de guerra (de ellos
el ciclón-B se hizo tristemente célebre en los campos de concen-
tración nazi).
Un caso reciente del que informamos en su día, en el invierno
de 2006, fue el del polonio 210, material radiactivo con el que se
mató a Alexander Litvinenko, un método realmente cruel y en
cierto modo absurdo para matar, algo así como introducir en el
cuerpo humano una pequeña bomba de Hiroshima y dejar que la
radiactividad acabe lentamente con la vida de la persona. Los que
utilizaron este poco ortodoxo método para acabar con la vida del
exigente ruso sabían que en tres o cuatro días Litvinenko iba a
morir entre terribles dolores, por depresión de la médula ósea,
inhibición del metabolismo y fracaso general de todas las vísceras.
En fin, como dije en su día, ¡Dios nos salve de enemigos con polo-
nio 210!
Además, en mi paso por el Servicio de Información tuve ocasión
de estudiar otros casos muy interesantes, como el de la mujer que
mató a casi todos los miembros de su familia con un veneno para
hormigas que tenía talio, y que fue descubierta por pura casuali-
dad. Los análisis en este caso fueron concluyentes y los síntomas
primeros que padecieron estas personas fueron la caída del pelo y
los «dolores de tripa», síntomas típicos del talio. Hoy la mujer está
en prisión. 
El Servicio de Información Toxicológica
65
Finalmente hay un tipo de intoxicaciones que están de plena
actualidad, son las medioambientales. En el Código Penal se deno-
minan Delitos contra los Recursos Naturales y el Medio Ambiente
o contra la Protección de la Flora y Fauna, todos ellos de singular
importancia dado el creciente deterioro del medio y los ecosiste-
mas a causa de la gran industrialización y al uso de múltiples sus-
tancias con gran poder tóxico o inclusive cancerígeno.
Es tal la importancia de este apartado que está surgiendo una
verdadera superespecialidad, la Toxicología Ambiental, que en el
futuro inmediato tendrá un gran desarrollo.
Éstos son los diversos casos en los que la intoxicación tiene un
papel principal, pero, claro está, desde el Servicio de Información
Toxicológica vivimos cosas incluso más interesantes y resulta
curioso y enriquecedor hablar de ellas.
Parece que fue ayer cuando en 1994 empezaron a llamarnos
muchas personas al Servicio diciéndonos escuetamente que estaban
temblando, se les aceleraba el corazón y tenían sensaciones raras
por el cuerpo como calor y frío, y todo ello sin que hubiera nada
que justificara esos extraños síntomas. Fue a mediodía cuando
empezamos a «atar cabos», todos habían comido recientemente
hígado de ternera y todos eran de un área concreta de Madrid. El
asunto empezaba a estar claro. Ese hígado tenía algo.
Tras los primeros análisis apareció el culpable: se llamaba clen-
buterol, una sustancia que a las dosis convenientes está en muchos
jarabes de farmacia, ya que se utiliza como broncodilatador en
medicamentos para la tos, pero que se emplea ilegalmente para
engordar el ganado. ¡A algunos ganaderos se les había ido la mano
con el clenbuterol! Se paralizaron las partidas de carne afectada, se
multó a los responsables y se tranquilizó a los clientes, todo quedó
en un susto. Y es que «con las cosas de comer no se debe jugar».
Otro asunto más importante y que coleó durante muchos años
fue el de una droga denominada «éxtasis». Ya el Servicio en su día,
Yo estuve allí
66
hacia 1987, había sabido de los primeros casos de utilización de una
sustancia en las Baleares, durante el verano, y traída desde el norte
de Europa, pero poco más se sabía. El tema se reavivó cuando en
una operación antidroga de la policía se llevó a los tribunales a un
grupo de traficantes de éxtasis, y cuando el 12 de enero de 1994 se
dictó sentencia, por parte de la Audiencia Nacional, las conclusio-
nes fueron que se les imputaba un cargo de «Tráfico continuado de
sustancia psicotrópica, no dañina para la salud». ¡Lo que faltaba, el
éxtasis en realidad no hacía daño! Aquí hay que decir que los incul-
pados trajeron al juicio a varios expertos extranjeros, entre los cua-
les destacaba un químico inglés de mucho renombre, que entonces
se dijo que había cobrado por su declaración unos veinte millones
de pesetas, ¡ahí es nada!, el cual, ayudado por la imagen compren-
siva y dulce que algún psiquiatra español dio al asunto, dejó en la
calle a la mayoría de los procesados.
Esto no podía quedarse así, y la Fiscalía Antidroga recurrió la
sentencia con un informe que emitimos como Servicio de
Información y que se ganó en el Tribunal Supremo. Las aguas vol-
vieron a su curso y tendríamos que hablar del éxtasis unos cuantos
años más, quizá demasiados.
El año 1994 dio más de sí, y cuál fue nuestra sorpresa cuando el
empresario Ruiz Mateos acusó al ex ministro Boyer de haber teni-
do una hija fuera de su matrimonio y que no quería reconocer,
pero nuestra cara de asombro aumentó cuando el Tribunal del caso
exigió la pertinente prueba de paternidad al ex ministro y designó
como centro para su práctica el Instituto de Toxicología.
Ahí estábamos asomados a las ventanas viendo a Ruiz Mateos
vestido de Superman en la puerta del Instituto, a Boyer entrando
por una puerta lateral para extraerse la sangre y hacerse las fotos
pertinentes, y todos «la mar de curiosos». Finalmente resultó que
Yovana, así se llamaba la presunta, tuvo que buscarse otro padre
porque el ex ministro no dio positivo. ¡De vez en cuando teníamos
El Servicio de Información Toxicológica
67
estos episodios simpáticos que aligeraban la carga diaria del traba-
jo, que entonces era mucha!
Aunque ocasionalmente había cosas curiosas en el Instituto, la
verdad es que todo en lo que trabajábamos eran asuntos trágicos y
no había mucha opción a la broma.
Así, el Instituto de Toxicología participó en casos como el cri-
men de las niñas de Alcaser, que hizo perder la ingenuidad a toda
la sociedad española del año 1992, y que tuvo el primer gran segui-
miento de los medios de comunicación; o el fallecimiento en extra-
ñas circunstancias de Susana Ruiz en Madrid allá por 1993 y que
quedó archivado por no detectarse indicios firmes de violencia, a
pesar de que la familia luchó con mucha fuerza por demostrar lo
contrario; y, cómo no, el Instituto tuvo mucho que decir en la
determinación de la identidad de los huesos de los etarras Lasa y
Zabala, que fueron estudiados en el centro en 1995.
El asunto de estos huesos fue de fundamental importancia para
empezar a desenmarañar lo que luego sería el caso GAL, y fueron las
pruebas de ADN efectuadas por el equipo de biólogos del Instituto
las que finalmente dejaron clara la identidad de dichos restos. 
No me resulta fácil olvidar el día que los restos salieron del
Instituto camino de su inhumación. Todas las calles estaban corta-
das hasta la salida por la carretera de Barcelona, que es la más cer-
cana al Instituto, y tomadas por la policía, un helicóptero sobrevo-
lando la zona y una escolta del impresionante furgón de traslado.
Entoncesapenas sabíamos que aquello acabaría en la caída de un
gobierno, y en cierta medida éramos protagonistas en la sombra.
Pero los temas en los que trabajamos no quedaban ahí, y así
todos los otoños teníamos muchos casos de intoxicaciones por
setas; o casi todos los veranos aparecían drogas sintéticas nuevas en
la costa de Levante o en las Baleares de las que nadie sabía nada y que
venían del norte de Europa de la mano de muchos turistas, que en su
momento convirtieron a estas islas en un verdadero laboratorio de
Yo estuve allí
68
experimentación; o el delicado asunto de la sedación de los toros de
lidia previamente a las corridas, que levantó mucha polémica en su
momento, y cómo no citar el famoso caso de las pastillas del Dr.
Bogas.
Merece la pena detenernos en el caso del Dr. Bogas porque es
muy revelador de la facilidad con que las personas nos dejamos
inducir por sustancias milagrosas, por el consejo de un vecino, o
por una propaganda con poco fundamento, y esto lleva luego a
desencantos con resultado de intoxicación o efectos secundarios.
La realidad es que todos queremos estar guapos, delgados y ser
muy inteligentes, amén de saber idiomas y manejar la informática,
pero en esta búsqueda de la «imposible perfección» la delgadez,
sobre todo en las mujeres, es primordial. Y así empezó a extender-
se la idea de que las pastillas del Dr. Bogas, que la propia Admi -
nistración había autorizado, estaban dando un resultado prodigio-
so, hasta que, claro está, aparecieron los primeros efectos
secundarios: nerviosismo o, todo lo contrario, sedación, y en algu-
nos casos hasta deshidratación.
Pues bien, analizadas las susodichas pastillas allá por 1992, apar-
te de extractos de plantas y otras cosas nada preocupantes, apare-
cieron medicamentos que no figuraban en ninguna información
previa como diazepam, clordiazepoxido, el diurético butetimida o
extractos de tiroides. Cóctel poco recomendable que generó
muchas complicaciones, en especial en aquellas personas que toma-
ban tratamientos para otras enfermedades y que al no conocer esta
composición estaban expuestas a reacciones adversas.
La polémica llegó hasta los tribunales y con nuestros informes la
pena que se aplicó al Dr. Bogas fue de cuatro años y nueve meses de
prisión, en 2002, diez años después. ¡Buena velocidad la de la Justicia!
Me resultó muy enriquecedor trabajar en el Toxicológico.
Estábamos presentes en todas partes, en cualquier detergente, en
cualquier sustancia industrial, en todos los medios de comunicación
El Servicio de Información Toxicológica
69
e, incluso, conseguimos que pusieran el teléfono de Información en
todos y cada uno de los prospectos de los medicamentos, con lo
que en poco tiempo sin duda éramos el centro que más consultas
recibía sobre productos farmacéuticos de toda España, e incluso
aún me acuerdo cómo obtuvimos de la Comisión Europea el cam-
bio en determinados etiquetados y en la precaución con el uso de
una sustancia verdaderamente peligrosa, el fluosilicato magnésico,
que estaba presente en todos los cristalizadores de mármol que se
usaban para abrillantar los suelos y que, ya desde 1988, había cau-
sado alguna muerte accidental por ingesta en niños pequeños. Esto
también llevó a un cambio fundamental en la forma de exigir por
parte del Servicio de Información a las empresas correspondien-
tes todas las composiciones de sus productos, única forma de
poder saber qué medidas adoptar en estas u otras intoxicaciones.
Este tipo de cosas nos llenaba de orgullo, a pesar del poco caso
que desde el Ministerio correspondiente, el de Justicia, siempre se
nos hizo, y que en su momento, entre otras cosas, acabó con mi
despedida.
¡El teléfono nunca dejaba de sonar! En el Servicio de
Información las consultas son permanentes. De las apenas mil lla-
madas por año en sus comienzos, hace ya más de treinta años, hasta
las más de cincuenta mil en épocas recientes han pasado muchas
cosas, se tranquilizó a muchas personas y, desde luego, se salvaron
muchas vidas.
También estábamos en permanente contacto con el Instituto de
Consumo, porque los fabricantes siempre trataban de colocar en el
mercado algún producto poco fiable o con peligro en su uso, y de
esta manera retiramos del mercado el piercing de lengua con una
pila de botón para iluminar una pequeña bombilla, muchos obje-
tos pintados con sustancias que contenían metales como el plomo,
juguetes de goma e incluso chupetes que tenían en su composición
productos peligrosos, y muchos limpiadores que se presentaban
Yo estuve allí
70
con apariencia de alimento y podían dar pie a graves confusiones.
De hecho, hay una tremenda lucha entre las administraciones
sanitarias de todo el mundo y las empresas fabricantes por con-
trolar el número y tipo de objetos o sustancias que van a salir al
mercado.
Pero si hay algo de importancia capital en lo que a las intoxica-
ciones se refiere son los accidentes industriales con amenaza para
muchas personas y de rebote con impacto medioambiental. Así, en
la tarde de un día de 1997, el norte de la ciudad de Madrid quedó
paralizado por una nube blanca que salía de unos contenedores de
los Laboratorios Alter y que inmediatamente se identificó como
una mezcla de ácido clorhídrico con trimetilamina, que tenía un
gran poder irritante y podía llegar incluso a afectar gravemente a
los pulmones. En este caso la información rápida y directa del efec-
to de esos productos orientó el caso ante los bomberos y fuerzas
de seguridad, quedando resuelta la crisis en apenas veinticuatro
horas.
Este hecho nos incitó a establecer un convenio con Protección
Civil del Estado, y desde esas fechas ambos organismos opera-
rían en conjunto ante crisis mediadas por productos tóxicos, otro
éxito que parecía de poca importancia pero que resultó tras -
cendental.
Daba igual lo que hiciéramos o cómo trabajáramos, el interés
por el Servicio de Información Toxicológica no existía desde las
más altas esferas, y ni con medios de comunicación, ni con
publicaciones, ni siquiera formando parte de todas las Comisiones
Nacionales que pudieran imaginarse lográbamos impresionar al
Ministerio, así que, después de algunas reuniones, de algunas ame-
nazas veladas e incluso de un posible expediente por hablar «más
de la cuenta en el caso del Prestige», este servidor solicitó la exce-
dencia y «abandonó el barco» con una carta al ministro correspon-
diente, que, por cierto, no gustó mucho, no sin antes pasar unos
El Servicio de Información Toxicológica
71
años apasionantes en otras actividades como la Agencia Antidroga,
la psiquiatría forense y penitenciaria y otras actividades de las que
tenemos que hablar.
Y es que había muchas cosas más aún por descubrir, y sobre
todo más interesantes aún por vivir, y las quería vivir, por ello los
capítulos siguientes exigen su propio relato.
Yo estuve allí
72
6. LA VIDA EN PRISIÓN
No se piensen ustedes que he estado preso alguna vez, no, no
es el caso, aunque deben saber que el estar o no en una prisión en
ocasiones depende del puro azar, como tuve ocasión de compro-
bar en mi relación con muchos internos a lo largo de los años de
profesión.
Las sociedades se han defendido siempre de aquellos que se sal-
tan la ley con la privación de la libertad por un período de tiempo,
a manera de castigo por la mala acción, con el estímulo de que no
vuelvan a las andadas y hoy hasta decimos que con ánimo rehabi-
litador. En realidad se trata de avisar a todos los que no quieran
convivir en paz que pueden ser puestos fuera «de la circulación» y
así tener un tiempo para reflexionar sobre las conductas criminales.
También es cierto que la definición de crimen ha variado mucho
a lo largo de la historia y en las diferentes culturas, pero si hay un
denominador común es el hecho irrefutable de que las leyes las
construyen los que ostentan el poder, y la misma historia siempre,
o casi siempre, la escribieron los que ganaron las batallas.
Pero no nos pongamos filosóficos. Una prisión, más moderna-
mente llamada centro penitenciario, es lo quees, un lugar entre
rejas del que no se puede salir hasta que se cumple la sentencia «por
haber sido malo» con las leyes en la mano.
73
De cualquier manera, los primeros comentarios sobre las pri-
siones me llegaron de mi propia familia, porque que mi abuelo, el
padre de mi padre, fue funcionario de prisiones antes y durante la
guerra, y llegó inclusive a ser el conductor oficial de la mismísima
Victoria Kent, la primera mujer que ostentó el cargo de directora
general de Prisiones, eso sí con la República.
Mi propio padre llegó a vivir en la famosa cárcel Modelo de
Madrid, que estaba en el mismo lugar en el que hoy contemplamos
el Cuartel General del Ejército del Aire, en Moncloa, uno de los
barrios más movidos de la ciudad de donde sale la carretera de La
Coruña. De niño tuvo mi progenitor ocasión de corretear por los
pasillos y patios de esta prisión, de la que en plena Guerra Civil
salieron muchos presos políticos y, sin causa conocida, ya no vol-
vieron más. ¡Eran tiempos difíciles! Fue en la prisión Modelo
donde se celebraron los también notables juicios contra José
Antonio Primo de Rivera, y tras los cuales fue conducido a la cár-
cel de Alicante, donde sería fusilado por unos sin que los otros, al
parecer, hicieran mucho por evitarlo. 
Durante la Guerra Civil, según me han contado, toda la familia
de mi padre peregrinó por distintas prisiones por ser mi abuelo
funcionario, y así pasaron por Salamanca y Oña, donde hoy ya no
existen aquellas cárceles. Por lo tanto, ya llevaba yo en las venas
familiares una cierta querencia por el mundo penitenciario.
Como ya comenté en otro capítulo de esta historia, mi primer
contacto con el mundo penitenciario fue cuando siendo teniente
médico me encargaron la asistencia sanitaria de la prisión militar de
Meco, donde estaban los autores, no todos, del golpe militar del 23
de Febrero, y aunque aquélla era una prisión pequeña y militar,
empecé a conocer lo que es la vida penitenciaria.
La vida en una prisión es sobre todo ausencia de libertad, y ello
sometido a unos horarios regulares que hay que cumplir. Pero no
se crean ustedes que los internos andan «abandonados de la mano
Yo estuve allí
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de Dios», no, ni mucho menos. El interior de un centro peniten-
ciario funciona como una pequeña ciudad sustentada por muchísi-
mos profesionales, en su mayoría funcionarios de prisiones pero
también muchos voluntarios, personas de ONG e incluso profe-
sionales de otros cuerpos que acuden a las prisiones a dar clases,
por ejemplo. De hecho, hay talleres, gimnasio, lavandería indus-
trial, cocinas en las que ayudan los mismos internos, lugares de
ocio con televisión, sitios para impartir las clases ya mencionadas y
una capilla para aquellos que necesiten o quieran servicios religio-
sos. ¡Pero no se confundan, no estamos en un centro de descanso,
ni en un centro sociosanitario, estamos en prisión!
Estamos hablando, para hacernos una idea aproximada, de unos
setenta mil internos que se distribuyen por todos los centros peni-
tenciarios de España, en distintos grados de seguridad y depen-
diendo de diferentes valoraciones criminológicas.
Bueno, en realidad, cuando más trabajé en una prisión de mane-
ra continuada fue hacia 1990 y los años sucesivos, en los entonces
llamados penales de Ocaña I y II.
El penal de Ocaña, pues al principio sólo había uno, no como
actualmente que existen dos centros diferenciados, el I y el II, era
de esas prisiones con solera que se construyeron antes de la Guerra
Civil con la misión de ser eso, prisiones. Con la Guerra Civil, el
mando republicano lo convirtió en hospital de heridos del frente,
y, acabada la contienda y abandonadas las instalaciones, se recon-
virtió nuevamente por el mando nacional en una de las prisiones
más grandes de la España de la posguerra, llegando a albergar,
según cuentan las crónicas, a hasta quince mil presos absolutamen-
te hacinados.
Cuando llegué a Ocaña había unos mil presos entre ambas pri-
siones, y mi misión era lógicamente atender los casos psiquiátricos
que se presentaran y aquellos que me sugirieran los servicios médi-
cos de los centros.
La vida en prisión
75
Siempre recordaré el buen ambiente que había en Ocaña, los
cafés en el economato de la prisión o, lo que es lo mismo, el bar,
las reuniones con la dirección de los centros y siempre, siempre las
conversaciones con los presos, que en su mayoría eran de cumpli-
miento, esto es, ya sentenciados y por lo tanto cumpliendo una
pena. Por cierto, hace unos meses alguien me saludó desde una fur-
goneta: «Eh, doctor Cabrera, hola, ¿se acuerda de mí...?», y como
yo no me acordaba, lo hizo él: «Sí, hombre, cuando estaba interno
en Ocaña y usted me ayudó con aquellas ansiedades que tenía».
Ése, por ejemplo, fue el caso de un abogado boliviano al que las
apreturas económicas le empujaron a aceptar ser el correo de cinco
kilos de cocaína para sacar lo suficiente y seguir manteniendo a la
familia. No era un delincuente, nunca lo fue y, por lo que yo sé,
nunca reincidió, pero el riesgo se paga. Le pillaron en Barajas y el
delito le supuso una sentencia de cinco años. Yo lo conocí cuando
le quedaban ocho meses para cumplir la pena y me pareció que era
una buena persona que en un momento dado cruzó la línea y tuvo
mala suerte. ¿Cuántos la han cruzado y no pasó nada?
La verdad es que es difícil encontrar personas realmente ino-
centes dentro de una prisión, ya que los sistemas policial y judicial
hacen bien su trabajo, pero no es menos cierto que dentro de las
cárceles también hay muy buenas personas que en un determinado
momento de su vida se equivocaron y tomaron decisiones delicti-
vas para salir de un mal paso, o para arreglar una vida que no mar-
chaba bien. Eran esas personas las que justificaban nuestro trabajo
y por las que se podía tener esperanza, aun dentro de los muros de
aquel anciano edificio.
El trabajo era muy sencillo. Aquellos internos que creían tener
algún malestar psicológico, o que dormían mal, o que estaban espe-
cialmente desconsolados, o cuya conducta chocaba con frecuencia
con el resto de presos, se apuntaban a una lista que ponía escueta-
mente: «Lista del Psiquiatra», y cuando llegaba al centro hablaba
Yo estuve allí
76
con cada uno en privado y luego comentaba mis impresiones y tra-
tamiento con los médicos de la prisión. En la mayoría de las oca-
siones la persona mejoraba con la ayuda, y sólo de vez en cuando
había que evacuar al paciente al hospital.
Ocasionalmente las cosas se complicaban: cuando alguien se
ponía en huelga de hambre, y más, como pude llegar a presenciar,
si se había cosido él mismo los labios; o cuando se introducían en
el abdomen pinchos o muelles para tener que ser trasladados al
hospital; o, lo que era muy frecuente, cuando ingerían varias pilas
u otros objetos. Todos estos casos precisaban inicialmente una
valoración psiquiátrica para determinar hasta qué punto estaban en
condiciones de normalidad, y la verdad es que raramente había que
tomar medidas psiquiátricas, todo lo más quirúrgicas. Nunca lle-
gué a ver un caso de éstos que acabara mal, los presos «sabían lo
que se hacían».
Más complicado era el asunto de las drogas, que, nadie sabe
cómo, siempre aparecían en el patio de la cárcel y no a bajo precio
precisamente, así que tuvimos no pocos casos de intoxicación y
algunos de sobredosis. 
De hecho, también se traficaba con los medicamentos que los
presos solicitaban en la enfermería y que posteriormente vendían al
mejor postor, lo que no en pocas ocasiones originaba que la medi-
cación debiera tomarse en presencia del sanitario. Pero si hubo un
asunto que realmente parecía magia fue el de un interno que cuan-
do ingresó venía diagnosticado de alcoholismo. Por supuesto en el
interior de un centro penitenciario no hay alcohol, pues bien, de
vez en cuando el mencionado interno aparecía en la consulta en
estado de ebriedad, y nadie sabía cómo conseguía la bebida, por
más que pusimos todo tipo de vigilancia.
La clave nos la dio otro preso y por casualidad: «No saben uste-
des que elQuique se hace unos licores estupendos en su celda». Nos
quedamos con la boca abierta e inmediatamente fuimos a revisar la
La vida en prisión
77
misma, encontrándonos, para nuestra sorpresa, que el preso alma-
cenaba manzanas y otras frutas que sobraban de la comida, las
mantenía días en unas latas y al fermentar se producía espontánea-
mente alcohol, que era el causante de sus «merluzas». ¡Desde
luego, el ingenio humano no tiene límites, y menos en la cárcel!
Otro tema preocupante era el de los intentos de suicidio, que,
aunque casi todos eran mero teatro, a veces conseguían su objeti-
vo. Por esta razón y sólo por ésta debíamos seleccionar a aquellos
presos que tenían «muchas papeletas» para intentar seriamente
quitarse la vida, y una vez identificados se les aplicaba lo que deno-
minábamos el «protocolo de suicidio», que no era otra cosa que
estar siempre acompañados de otro interno de confianza previa-
mente avisado, no dejar de la mano del sospechoso instrumentos
que pudiera utilizar contra sí mismo, estar prevenido todo el per-
sonal sanitario y funcionarios del peligro y, finalmente, casi siem-
pre aplicar alguna medicación a base de antidepresivos y ansiolíti-
cos. A pesar de todo, había quien lo conseguía.
Aunque fueron muchas las prisiones por las que pasé en visitas
a presos o por cuestiones legales, entre las cuales siempre recorda-
ré la antigua y casi histórica Carabanchel, o las de alta seguridad
como Herrera de la Mancha o Alcalá de Henares, las pequeñas pri-
siones fueron las más entrañables, como las de Cuenca, Segovia,
Zamora o Burgos, en las que pude estar más cerca de los internos
y sus problemas, o la prisión de mujeres de Madrid, llamada de
Yeserías, en la que había un ambiente más penoso si cabe que en las
prisiones de hombres. 
Y es que en las prisiones femeninas, por aquellos tiempos al
menos, reinaba un ambiente muy hostil. 
Las mujeres, por lo general, siempre han estado acostumbradas
a la coquetería y al pudor, pero en el ambiente carcelario, al que por
supuesto iba «lo mejor de cada casa», esos elementos de autocui-
dado desaparecían en un gran porcentaje de presas, lo que, unido a
Yo estuve allí
78
la desinhibición y a un ambiente mayoritariamente marginal, hacía
del interior de estos centros un mundo bastante agresivo para el
funcionario varón, o para el técnico que, como yo, iba allí de paso.
Ya no sólo eran expresiones como «macizo, vente conmigo», «pero
estás como un camión»..., cosa que en mi caso no era cierto, sino la
forma personal de tratar contigo incluso en la enfermería, que obli-
gaba de forma permanente a trabajar con testigos como auxiliares
o enfermeras.
Luego vendrían las prisiones más modernas de nueva planta
como la de Valdemoro o Soto del Real, o aquellas con módulos
para madres e hijos como la de Aranjuez, y, cómo no, aquellas que
empezaron con programas de tratamiento de drogodependientes
como las del País Vasco, pero donde se vivía codo a codo con las
vidas de sus habitantes era en las cárceles de siempre, esas en
las que incluso es difícil distinguir el que está allí cumpliendo con-
dena del voluntario que dedica parte de su tiempo a ayudarlo.
En Ocaña pude vivir momentos la mar de interesantes, como
por ejemplo el intento de fuga de un preso en helicóptero. Eran
aproximadamente las once de la mañana y estábamos en la enfer-
mería pasando consulta, cuando, de repente, empezamos a oír un
ruido potente de motores, vimos a los presos del patio correr hacia
los extremos del mismo y, en unos segundos, varios funcionarios
cerraron las puertas, mientras uno de los internos estaba en el suelo
fuertemente sujeto por otro funcionario. 
El interno inmovilizado era francés, y había bajado al botiquín
con el pretexto de una enfermedad para poder acceder al patio de
la cárcel en el instante en que bajara un helicóptero, que luego nos
enteramos que había sido robado y que fue abandonado cerca del
Cerro de los Ángeles. Los hechos se sucedieron con tanta rapidez
que sólo el instinto de los funcionarios evitó la fuga, el helicóptero
casi llegó a posarse en el patio del centro y, al ver que nadie iba
hacia él, levantó el vuelo y desapareció. ¡Vaya susto!
La vida en prisión
79
También recuerdo perfectamente la impresión que me dio ver
pasear por el patio del centro a uno de los condenados por el jui-
cio de la Operación Nécora, un famoso narcotraficante gallego con
el que llegué a mantener alguna corta conversación. Era un hombre
de aspecto normal, bajo, relleno y con gafas, de apariencia bona-
chona, y sus paseos por el patio eran sencillos, como los de la
mayoría. Iba casi siempre solo y lo que me impactó fue el profun-
do respeto que inspiraba, el cual se apreciaba en la forma en que le
cedían el paso e incluso le hacían sitio espontáneamente para pasar.
¡Había corrido la voz de que era una persona importante y con
mucho dinero, y eso bastaba para estar en lo más alto de la pirámi-
de carcelaria!
La forma de vida de Ocaña era muy similar al resto de las pri-
siones, ya que toda la actividad está regulada desde el Ministerio
del Interior, que es el responsable máximo, o en algunos casos por
la Comunidad Autónoma a la que se ha transferido esa compe-
tencia.
Dentro de los centros no hay dinero, se maneja una especie de
«dinero plastificado» que cuenta como dinero real a los efectos de
la administración de la cárcel, y así cada interno tiene lo que se
llama su propio peculio, o dinero propio, que puede gastar según
su voluntad comprando objetos en el almacén del centro o contra-
tando en ocasiones a profesionales externos al mismo. 
También existe en el interior de las prisiones un estricto código
de conducta que regulan los propios presos, y del que puede
depender hasta la propia vida. Por ejemplo, aquellos internos que
lo están por razón de delitos como agresión sexual o atentados
contra niños deben estar «protegidos» o aislados, y sobre todo no
debe filtrarse al resto de los internos este conocimiento. También
hay distintas nacionalidades con sus propias costumbres, y presos
particularmente peligrosos que tienden a recluirse en centros espe-
ciales o alejados de los demás.
Yo estuve allí
80
Finalmente, están los delitos de terrorismo, entre los que desta-
can los colectivos etarras, que nunca se mezclan con el resto de los
compañeros, hacen su vida aparte y tienen sus propias costumbres.
¡Qué diferencia de los etarras de hace veinticinco años con los de
últimas hornadas! Nada que ver. 
Aunque los funcionarios en general están muy considerados y
se les respeta, hay personas que significan la máxima autoridad y
los presos lo saben, por ejemplo el director o alcaide, el jefe de tra-
tamiento y, cómo no, la monja que está en la enfermería.
Lástima que las monjas hayan ido desapareciendo de las prisiones
por los cambios de los tiempos, su papel en las enfermerías no fue
siempre lo bien valorado que se merecía. Aún me acuerdo de cómo
una hermana mayor y pequeñita le reprendía a un interno con cua-
tro homicidios en las espaldas agarrándole de la oreja, y éste muy
sumiso le decía: «Hermana, se lo prometo, ya no voy a tirar más la
medicación», o, lo que era lo mismo, que no se la iba a vender a otro
interno. ¡Qué tiempos aquellos en los que las personas se hacían res-
petar a sí mismas por lo que valían y no por su cargo o su poder!
Y luego estaban las entrañables visitas de los familiares, el «día de
visitas», en el que veías a un tropel de madres esperando su turno para
ver a sus «pobres hijos» que, por supuesto, no habían hecho nada
malo, y siempre llevando comida, como si en la cárcel no se comiera. 
Nunca veías a padres, ni a hombres en general, salvo a los abo-
gados correspondientes, lo que confirma el hecho irrefutable de
que siempre son las mujeres las que están al pie del cañón: «las
madres de la Plaza de Mayo», «las madres contra la droga»,
«las madres de las personas con enfermedad mental», las madres,
siempre las madres, y siempre repito un dicho muy antiguo que
reza: «Quien educa a un niño tendrá un hombre, pero si educasa
una niña tendrás una nación».
Una vez que has trabajado en el interior de una prisión la vida
se ve diferente, como si el estar al lado de aquellos que han roto las
La vida en prisión
81
reglas de la convivencia te hiciera pensar en la posibilidad de que
un día el azar o la necesidad te obligara a hacer lo mismo y cómo
te sentirías. Por supuesto que no hay inocentes, legalmente hablan-
do, pero desde luego no son en su mayoría malas personas.
No me resisto a relatar siquiera brevemente lo que era el
Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Carabanchel, uno de los
lugares más extraños y peligrosos en los que he estado. Construido
después de la Guerra Civil, allá por 1944, para albergar a aquellas
personas con graves enfermedades mentales y que habían cometi-
do crímenes, funcionó ininterrumpidamente hasta el año 1990,
fecha en la que se cerró y se trasladó a sus reclusos a otros centros
más modernos, unos 34 hombres y 11 mujeres.
En este centro, donde las rejas eran más grandes y más nume-
rosas que en cualquier otro, y donde algunos presos hacían las
veces de «enfermeros» por falta de personal que quisiera trabajar
en él, las condiciones acabaron por parecerse a las películas de
terror que nos hacen saltar en los asientos del cine. Eran esos
«enfermeros» que, con métodos poco convencionales, imprimían
al ambiente una sensación de opresión como yo nunca antes había
experimentado, y eran sus paredes las que nos amedrentaban con-
tándonos viejas historias de personajes que en su día hicieron
mucho daño. Su cierre fue una necesidad imperiosa para los tiem-
pos modernos, pero a los que allí fuimos alguna vez aún se nos
encoge un poco el corazón. Hoy los avanzados centros penitencia-
rios de Foncalent en Alicante y el de Sevilla atestiguan una nueva
forma de hacer psiquiatría penitenciaria y, sobre todo, otros tiem-
pos menos tenebrosos.
Mis estancias en distintas prisiones se han ido dilatando y sólo
de vez en cuando tengo que ir a alguna para trabajar con algún
paciente que me lo ha encargado, pero ya no es lo mismo. Lo hasta
aquí contado casi pertenece a la historia, comparado con lo vivido
en la actualidad.
Yo estuve allí
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7. LA ENFERMEDAD MENTAL
Cuando un niño escucha insistentemente desde sus primeros
pasos palabras como esquizofrenia, depresión, angustia, problemas
de pareja y otras lindezas semejantes, la vida adquiere un cierto
aire de misterio y, por encima de los juegos y la diversión de esa
edad, sobrevuela una especie de sensación de que en las personas
hay siempre dos caras: una, la que todos vemos simplemente miran-
do, y otra, más interna y oculta, a la que sólo se llega con la obser-
vación profunda del otro y la confianza del mismo. Esto es lo que
al menos me ocurrió a mí, hijo de psiquiatra a la antigua usanza.
Con la llegada del «uso de razón», es decir cuando el niño
empieza a entender las cosas y a pedir explicaciones, y cuando en
los países católicos «se hace la Primera Comunión», aquella sensa-
ción nebulosa de lo «oscuro y penoso» de las personas empezó a
afianzarse dentro de mí, y a ello contribuyó en no poca medida el
hecho de ver en muchas ocasiones cómo algunos de los pacientes de
mi padre salían llorando de su consulta, como si allí dentro, tras una
conversación llena de misterio, hubieran descubierto ese otro yo. Y
hoy, cincuenta años después, me acuerdo de aquella frase que siem-
pre he tenido cercana: «De ti depende que el día en que te encuen-
tres contigo mismo sea el más feliz o el más triste de tu vida», por
cierto, frase que no sé de quién es, pero que tiene «su miga».
83
Y es que lo psíquico, tanto en su estado normal como en su
enfermar, ha marcado toda mi vida en uno u otro sentido, y mere-
ce la pena pues entrar en detalles de lo que antaño se denominaba
«locura» y hoy llamamos «trastornos».
La misma palabra «loco» procede del griego glaucos y no signi-
fica otra cosa que «sin color». Pero «sin color» qué; pues los ojos,
una mirada sin brillo ni expresión. Así era cómo definían los padres
de nuestra cultura hace dos mil años al que estaba al otro lado de la
línea de la razón.
Estas personas, cuyas difíciles vidas estaban señaladas para mal
con el dedo de los dioses, siempre existieron, y podemos ver sus
andanzas en todas las historias y en todos los libros sagrados, desde
los egipcios hasta la actualidad pasando por el Antiguo Testamento
y el conjunto de toda la literatura universal.
Pero merece la pena dejar constancia de que fueron los árabes
los primeros que fundaron lugares para recogerlas, y los frailes
mercedarios los que importaron el modelo a España, primer país
europeo del que se tienen datos de un lugar especialmente diseña-
do para proteger a los enfermos de las iras de la gente «normal».
Hablamos de Nuestra Señora de los Inocentes, creado en 1409 por
el fraile Gilberto Jofré, un lugar en el que los «locos» de esa época
estaban libres de los apedreamientos a los que se los sometía por las
calles de Valencia.
Y es que no es fácil explicarnos, y menos explicar a los demás,
lo que significa hoy la salud mental en términos generales para
saber a qué nos estamos refiriendo.
La verdad es que hoy sería difícil aventurarse a pensar que esta-
mos mentalmente sanos, con los tiempos que corren, sin embargo
una de las angustias primordiales del ser humano es el «miedo a la
locura», el vértigo ante la falta de autocontrol o, lo que es lo
mismo, el sentimiento de que en un momento dado pudiéramos ser
incapaces de dirigir la conducta conforme a nuestra voluntad.
Yo estuve allí
84
Probablemente lo que entendemos por salud en general, y men-
tal en particular, sea algo sin fronteras definidas, un estado fluc-
tuante de bienestar relativo a las condiciones de cada cual, lo que
no quita la necesidad que, por sentido común, el cuerpo social
tiene de marcar límites y definir criterios para establecer cierto
orden dentro del grupo humano al que pertenecemos.
¿Cuántas veces hemos visto a tal o cual persona que, aun a
sabiendas de que padece una grave enfermedad psíquica, destila
felicidad y hasta tranquilidad? O, por lo contrario, ¿cuántas veces
hemos conocido a amigos, familiares o vecinos que, teniendo cuan-
to se puede desear en la vida, duermen mal, están a disgusto, irrita-
bles... y carecen de la paz que mencionábamos anteriormente?
Se puede, por ejemplo, gozar de una espléndida salud física e
incluso psíquica y al mismo tiempo vivir marginado por la socie-
dad a causa de criterios ideológicos, religiosos, culturales o de otra
índole, en cuyo caso la persona no podría realizarse plenamente.
Pero, si somos un poco más sofisticados, la verdad es que la
salud mental sería algo así como «la adaptación de los seres huma-
nos al mundo y a los otros con el máximo de eficacia y de felici-
dad». Lo que ocurre es que en realidad cada uno de nosotros es
más o menos feliz en una sociedad concreta y en un tiempo deter-
minado. Así, bastaría con que nos apartaran de nuestro medio
habitual y nos insertaran súbitamente en otro para que esto gene-
rara un desajuste y surgieran los problemas (pensemos sin ir más
lejos en el grave asunto de la emigración forzosa y los trastornos
personales que ésta ocasiona).
Naturalmente estas afirmaciones no deben llevarse a las últimas
consecuencias, como en ocasiones sucede cuando psicologizamos
o psiquiatrizamos toda la vida social, o incluso cuando en el discur-
so habitual de los periodistas o los políticos se emplean palabras téc-
nicamente correspondientes al área del conocimiento psiquiátrico:
«vivimos en una sociedad delirante», «este empresario se comporta
La enfermedad mental
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psicopáticamente» o «el dirigente envió un mensaje esquizofréni-
co». Debemos «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es
de Dios».
La tristeza, la alegría, la ansiedad, la ira e incluso la cólera son
sentimientos humanos que absolutamente todos podemos tener en
un momento dado. Los problemas, las dificultades y los contra-
tiempos que la vida nos depara modifican permanentemente nues-
tro estado de ánimo, y estoes completamente normal. No obstan-
te, estos elementos pueden y deben controlarse en la vida
cotidiana, y las dificultades en ese control pueden acabar en pro-
blemas psíquicos, y ahí está, como no podía ser de otra forma, el
médico psiquiatra.
Hoy mucha gente confunde, no sin razón, la psicología con la
psiquiatría, y ésta es una buena ocasión para explicar las diferencias. 
La psiquiatría es una especialidad médica que, en primer lugar,
exige seis años de carrera de Medicina y, en segundo lugar, otros
cuatro de trabajo hospitalario para llegar al correspondiente diplo-
ma, por lo que cuando sale un psiquiatra «del horno», lleva diez
años viendo personas con enfermedades y un mínimo de cuatro
trabajando dentro de la enfermedad mental.
La psicología, que en tiempos fue una rama de la Filosofía, hoy
es una licenciatura independiente que dura cinco años en cualquier
universidad y cuya finalidad básica es el análisis del comporta-
miento y el estudio de la personalidad, donde se utiliza la psicote-
rapia en aquellos problemas que pudieran beneficiarse de ella.
Entre la psiquiatría y la psicología hay pues un abismo en tiem-
po de estudio, en objetivos propios y en los métodos de aplicación,
y esto ha generado ciertas discrepancias entre ambas que muchas
veces se han trasladado al terreno de lo personal. Así, algunos psi-
cólogos ven a los psiquiatras como «médicos pastilleros» que apenas
hablan con sus pacientes y, por el contrario, otros psiquiatras ven a
los psicólogos como «especuladores sin fundamentos científicos».
Yo estuve allí
86
Sea cual sea el resultado de esta pugna, que es minoritaria, cada dis-
ciplina tiene su propio campo de acción y la convivencia es algo
obligado.
Llegados a este punto, y para un hijo de psiquiatra que no tenía
muy claro su camino, lo propio era hacer de momento Psiquiatría
y «luego ya veríamos». Es así como, acabada la carrera de
Medicina, ingresé en la Escuela de Psiquiatría del Hospital Clínico
de San Carlos de Madrid, que por entonces, finales de los setenta,
tenía cierto prestigio, pero lejos del área de influencia de mi proge-
nitor para evitar enchufes y buenas o malas caras.
La Escuela estaba, cómo no, en el último piso del hospital. ¡No
sé por qué extraño motivo los departamentos de psiquiatría los
ponen siempre en los pisos altos de los hospitales! Tras algún sui-
cidio trágico se decidió poner redes en los huecos de las escaleras
del hospital. ¡Imagínense ustedes un conjunto de redes como en el
circo en los huecos de las escaleras! Bonito efecto para todos los
demás pacientes y para sus familias.
La estancia en el Hospital Clínico, lugar en el que por otra parte
estudié la propia carrera de Medicina, fue corta, la justa, ya que la
psiquiatría que allí se impartía era, en mi opinión, excesivamente
académica y demasiado apegada a normas y textos que nunca se
suelen ajustar a la vida misma. Además, tenía que compatibilizar
los estudios con mi trabajo de profesor de Bioquímica y, encima,
en aquella época no tenía hecho el servicio militar y todo eso pesa-
ba como una losa.
Finalmente salí de la Escuela y me dediqué a «completar hue-
cos» en mi formación. Aquellos tiempos fueron de demasiados
libros, demasiado estudiar y demasiada distancia con las personas.
Después, durante un período de tiempo me dediqué, entre otras
cosas, a dar clases en diferentes escuelas de Enfermería, en la
Complutense, en el propio Clínico y posteriormente en Ciem -
pozuelos, lugar cercano a Madrid donde la Orden Hospitalaria de
La enfermedad mental
87
San Juan de Dios tenía uno de los hospitales psiquiátricos más
grandes de España y, por supuesto, una escuela de Enfermería de
igual magnitud. Fue precisamente en Ciempozuelos donde conocí
de verdad, en profundidad, a las personas con enfermedad mental
y, por cierto, donde me sugirieron que me hiciera médico militar,
ya que también en ese pueblo tenía su sede la llamada Clínica
Psiquiátrico Militar, donde además estaba el Tribunal Médico que
decidía por entonces quién era apto o no, desde el punto de vista
psíquico, para el Ejército, la Guardia Civil e incluso la Policía
Nacional. ¡Qué tiempos aquéllos!
Después de mi período militar volví a Ciempozuelos, donde
estuve durante unos cuantos años solapando mi actividad con otras,
pero bebiendo de las fuentes de lo más profundo e interesante que
tiene la persona cuando enferma y pasa al otro lado de la realidad.
Hablar de Ciempozuelos y de la Orden de San Juan de Dios es
lo mismo, ya que esta Orden nació gracias a Juan Ciudad en
Granada en 1572, y el pueblo, que tiene un origen ibero pero fue
castro romano, fue sede de hospitales psiquiátricos desde hace más
de ciento treinta años. Incluso Pérez Galdós menciona repetidas
veces este hecho, que hoy no parece tener importancia pero que en
su día fue trascendental, sobre todo porque nadie quería tener
en su localidad «esas personas extrañas» que se llamaban entonces
«locos».
La Orden de San Juan de Dios, que hoy trabaja en más de sesen-
ta países de todo el mundo y es sin duda la red más grande que
existe de psiquiatría no pública, siempre tuvo una predilección por
las personas con alguna enfermedad mental, y en ello no tuvo poco
que ver el internamiento durante un tiempo de su propio funda-
dor por considerársele «loco». Fue precisamente Juan Ciudad,
que luego cambiaría su nombre por Juan de Dios, el que cambió
los penosos hospitales medievales de la España del Siglo de Oro
y el que se atrevió a denunciar, ante el entonces príncipe Felipe II,
Yo estuve allí
88
la situación de su propio Hospital Real, recibiendo entonces el
encargo de modificarlo introduciendo las medidas «fraternales»
que éste le proponía, toda una historia escrita cientos de veces.
Trabajar en Ciempozuelos era convivir con otra forma de ver la
vida, era estar «codo a codo» con otros lenguajes, otras miradas,
otras sonrisas, un mundo paralelo en definitiva en el que las reglas
y normas de los «normales» no valían para nada. Aún recuerdo
estar en una misa, de las que se celebraban en el centro, y no oírse
«ni el vuelo de una mosca» a pesar de que los feligreses, unos dos-
cientos pacientes, supuestamente eran «personas muy enfermas».
Y esto después lo contrasté tristemente al ver cómo, en alguna misa
de alguna parroquia normal de barrio, daba pie por ejemplo a
«incorporarse a la cola de la comunión a codazos». En fin, cosas de
las personas «normales».
¡Cuánto he podido aprender de las personas con enfermedad
mental! Y más de cómo convivían unas con otras. En cierto modo,
algunas de las virtudes que adornan a las personas «buenas», como
la lealtad, la confianza, la simpatía, el no pedir nada a cambio... y
otras así, estaban entre los pacientes con toda naturalidad. Era
increíble ver cómo una de estas personas, con una grave enferme-
dad y una medicación «de caballo», se encargaba de gestiones de
mensajería o portería con una diligencia imposible de superar, o
cómo en las horas de paseo se integraban en el pueblo sin originar
ningún tipo de problema, pudiéndoselos ver en alguna cafetería o
bar tomando un café como si tal cosa.
Es difícil recordar la historia sin una mueca de amargor, pues en
los albores de la Guerra Civil española, allá por 1936 y 1937, se
sacó del Hospital a la mayoría de los hermanos hospitalarios y
se dejó el centro en manos completamente inexpertas, y, por si
fuera poco, a varios hermanos de la Orden se los fusiló.
Eran de todas las edades y procedían de diferentes destinos, pero
muchos de ellos habían pasado por el centro de Ciempozuelos.
La enfermedad mental
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Así, fueron asesinados unos hermanos jóvenes que estudiaban
Enfermería y habían llegado de Colombia para perfeccionar sus
estudios, y por el simple hecho de ser católicos, cuando su único
«pecado» no fue otro que estar veinticuatro horas al día todos los
días del año al servicio de personas enfermas. También cayeron
otros hermanos de Calafell por negarse a abandonar el Hospital
Marítimo, y un largo etcétera que poco a poco se va conociendo.
Las últimas cifras demostradasde religiosos muertos en la
Guerra Civil española por sus ideas son de 2.300 sacerdotes y 2.100
frailes, un pequeño broche de odio más en esta cultura de sinrazón
que a veces nace desde lo más profundo de nuestros cerebros de
reptiles, esto también forma parte de la Memoria Histórica.
Aún recuerdo con cierta emoción cuando tuve que participar
como perito médico en el proceso de beatificación de algunos de
estos hermanos, concretamente de los procedentes de Talavera de la
Reina, que concluyó en un acto público en el Vaticano en 1992 pre-
sidido por el papa Juan Pablo II, y cuyos huesos celosamente guar-
dados aún conservaban las huellas de la ignorancia y el odio que
tanto daño nos hacen como seres humanos. Y todavía más irónico
es saber que Fidel Castro, sí, nuestro Fidel, cuando bajó de Sierra
Maestra y tomó el poder en Cuba, a los únicos a los que no tocó,
y no sólo eso sino que incluso los ayudó, fue a los Hermanos de
San Juan de Dios y a las Hermanas Hospitalarias, porque al fin y
al cabo en Cuba nadie sino ellos se preocupaban de estos enfermos.
¡Cuántas lecciones podemos aprender de la historia!
Sobre las personas con enfermedad mental se han escrito tantos
y tantos libros, y se han dicho tantas y tantas cosas, que parece
magia, pero si nos asomamos a lo que dice la OMS y ponemos
encima de la mesa unos quinientos millones de personas que en el
mundo padecen una enfermedad de este tipo, la cosa deja de tener
gracia y pierde su magia, y entonces es cuando llega la hora de tra-
bajar por ellos en uno u otro sentido.
Yo estuve allí
90
Nunca, en los varios años que estuve trabajando en Ciem -
pozuelos, pude observar violencia alguna entre los pacientes del
Hospital, y aunque aquella «ciudad de la enfermedad mental» tenía
más de 1.100 pacientes ingresados en diferentes unidades, todo ello
constituía un pequeño universo de humanidad.
Paseábamos, convivíamos, tomábamos café, asistíamos a las
sesiones de terapia o a cualquier otra actividad, rodeados de estas
personas entrañables a las que el destino había tocado con el dedo
de la enfermedad, y jamás tuve sensación de peligro, miedo o
malestar. Y esto contrasta con la consabida frase del clamor popu-
lar: «Tenían que estar encerrados», pronunciada cada vez que un
paciente sale en la prensa por haber cometido algún tipo de delito,
casi siempre por no tomar la medicación correspondiente o porque
no tenía familia que le cuidara.
La persona con enfermedad mental sin duda es la menos peli-
grosa que existe. ¿Cómo es posible?, dirán ustedes. Pues muy sen-
cillo, aquellos que padecen un trastorno psíquico grave sufren en
silencio, hacen sufrir a sus familias y amigos, y en la mayoría de los
casos «pasan de puntillas» por nuestra moderna sociedad. 
Sólo hay un 3 por ciento de casos en que estas personas enfer-
mas cometen alguna agresión a terceros (siempre a sus familias o
allegados), y son casos en los que no se tomaban el tratamiento
prescrito, no había un seguimiento médico, no habían recibido
ayuda en régimen de internamiento hospitalario y así un largo
etcétera. De hecho, se calcula hoy que casi la mitad de «los sin
techo» que vagan por nuestras calles padecen una grave enferme-
dad mental. Conclusión: seguimos siendo más peligrosos los «nor-
males», como siempre.
Pero, entonces, ¿qué pasa? Pues pasa que las leyes hoy sólo con-
templan tres posibilidades de internamiento en un hospital psi-
quiátrico: 1. Con carácter voluntario (ya me dirán quién firma su
propio ingreso); 2. Con carácter de urgencia (el médico certifica la
La enfermedad mental
91
necesidad del ingreso y las Fuerzas de Seguridad, si hay oposición
del paciente, deben ejecutar el ingreso... Bonito escenario); y 3.
Con la previa autorización judicial (peregrinaje familiar al juzgado
para solicitar algo que casi siempre se deniega).
Pero el esperpento no acaba ahí. En muchos casos, como algu-
nos que los medios de comunicación han aireado a conciencia, el
juez dicta un auto de alejamiento del enfermo de su familia, mien-
tras nadie pregunta por el tratamiento médico, las medidas socia-
les, la psicoterapia obligada o simplemente por los centros donde
deberían estar para curarse este tipo de enfermos.
Y es así como, al final, miles de familias en toda España, a la
espera de que alguna autoridad política o administrativa se acuerde
de la enfermedad mental y legisle y dote en consecuencia, deben
soportar el día a día de sus enfermos en casa, dándoles el trata-
miento a duras penas (porque el paciente no lo quiere), aguantan-
do sus cambios de humor (permanentes), pagando un coste cons-
tante de necesidades (que a veces salen de exiguas pensiones), y, en
definitiva, viviendo en la habitación de al lado de su enfermo con
la puerta cerrada con llave por miedo a lo que algún día pudiera
pasar.
Pero cuando ese día llega, y en un pueblo de España un enfer-
mo, que no tomaba su tratamiento porque nadie era capaz de dár-
selo o de ofrecer un internamiento digno en un centro sanitario,
aunque siempre está abierto para otros enfermos «más dóciles»,
llevado por «unas voces enfermizas» (que no hubiera oído con
medicación) mata a su madre, todos nos quedamos pensando
¿hasta cuándo?
Las personas que padecen algún tipo de enfermedad mental o
trastorno me han acompañado siempre en cualquier destino en el
que haya estado, y seguro que lo seguirán haciendo hasta que me
toque el «último viaje». Así, puede decirse que he practicado la psi-
quiatría en los sitios y las condiciones más dispares: en el Ejército
Yo estuve allí
92
como psiquiatra militar, en las prisiones como psiquiatra peniten-
ciario, en los hospitales como psiquiatra clínico, en instituciones u
organismos técnicos como psiquiatra de investigación, en la clínica
privada y, cómo no, en los más diversos juzgados como psiquiatra
forense.
Es precisamente en esta última especialidad en la que he podido
estudiar los casos más interesantes y trágicos a la vez, y por la que
algunos medios de comunicación siempre «echaron mano de mí»
para explicar en uno u otro informativo «las razones de tal o cual
crimen». Triste labor médica la de tratar de entender la conducta de
la enfermedad mental en su situación más violenta, en su enfrenta-
miento grave con la convivencia, pero alguien debe hacerlo y me
tocó ese sambenito.
En esas andanzas forenses los personajes con los que he tenido
que compartir mesa y silla son de lo más variado, pero, si hay algún
caso realmente impactante, por supuesto es el llamado Crimen del
Juego de Rol, y a él le dedicaré algunos recuerdos a continuación.
La enfermedad mental
93
8. EL CRIMEN DEL JUEGO DE ROL
En la madrugada del 30 de abril de 1994, un hombre sencillo,
trabajador de la limpieza, con aspecto bonachón, que esperaba en
una parada de autobús en el barrio de Madrid llamado Hortaleza,
fue abordado por dos jóvenes de 21 y 17 años que, con el pretexto
de pedirle dinero, se enzarzaron con él en una pelea en la que
Carlos Moreno, que así se llamaba el hombre agredido, tuvo pocas
opciones y, tras un duro forcejeo y varios golpes, fue salvajemente
apuñalado y muerto. Eran aproximadamente las cuatro y media de
una noche que aparentaba ser tranquila y que acabó con la vida de
este padre de familia.
Lo cierto es que en España hay aproximadamente unos mil qui-
nientos homicidios al año, y la policía no descansa ni un momento
en el esclarecimiento de los mismos, pero aquella muerte trágica
despertó a la sociedad de un sueño de inocencia y nos enfrentó a
todos con nuestros fantasmas más profundos.
Lo que ocurrió, a grandes rasgos, tal y como posteriormente se
supo, fue lo siguiente: había dos amigos llamados Javier Rosado,
estudiante de Químicas, 21 años de edad, y Félix Martínez, estu-
diante de COU y de 17 años de edad, que se habían conocido hacía
un tiempo y por la personalidad de uno, el mayor, y la soledad y
vulnerabilidad del otro, el más pequeño, establecieron una relación
94
de amistad y mutua dependencia en la que Javier actuaba de «líder»
o «director espiritual» de Félix, y le proponía todotipo de pruebas
y juegos «psicológicos».
Javier, inteligente, frío e inmerso en un mundo oscuro de fanta-
sías, ideó un «juego especial» que él denominó «Razas», en el que,
con un guión preparado previamente, se iba desarrollando una
lucha entre «seres sobrenaturales» a los que se dotaba de distintas
cualidades positivas y negativas y, a su vez, se debían ejecutar
acciones diversas en la vida real para «alimentar» el propio juego.
En este juego Javier ideaba las normas, puntuaba y decidía qué
cosas había que hacer para ir avanzando, a semejanza de lo que
entonces se conocía como «juegos de rol» y que, como luego vere-
mos, nada tuvieron que ver con el desenlace de la tragedia.
Javier y Félix se reunían constantemente para jugar a este
«macabro entretenimiento», llegando a estar horas y horas segui-
das juntos, y absolutamente dedicados a la fantasía de la mente
sombría que en aquellos tiempos poseía Javier. Este último, como
también se supo, pasaba muchas horas ideando nuevas estrategias
para alimentar el juego, abandonando sus estudios y encerrándose
en su habitación, incluso dejando de lado la carrera de Químicas. 
Javier tenía en su poder muchos libros de ocultismo, del
Marqués de Sade, textos de Hitler y así hasta casi tres mil libros de
las materias más extrañas, siendo los temas paranormales los más
abundantes. Además, la policía encontró en su casa quince cuchi-
llos y, lo más llamativo para la prensa de entonces, muchos manua-
les de juegos de rol.
En un momento dado Javier Rosado convenció a Félix de que
era necesario, para avanzar en el juego, salir de madrugada y
«matar» a una persona al azar que reuniera determinadas caracte-
rísticas. Y es así como el fatídico 30 de abril salieron de «caza» y,
tras desechar a varias personas, entre las que había alguna mujer, se
decidieron por Carlos Moreno.
El Crimen del Juego de Rol
95
Habían tomado todo tipo de precauciones para no dejar huellas,
llevaban guantes de látex, buscaron la absoluta soledad de la vícti-
ma, una hora muy solitaria y manejaban un cuchillo de grandes
dimensiones. Nada podía fallar.
Tras la muerte de Carlos Moreno y despistes iniciales de la poli-
cía por ausencia de huellas fiables, pasados unos cuantos días, por
un sentimiento de culpa de Félix y un error en ocultar distinta
documentación, los dos muchachos fueron detenidos y el proceso
policial y judicial se puso en marcha.
Los acontecimientos se desmadraron e inicialmente se organizó
una inmensa campaña contra los juegos de rol, que incluso llegó al
Tribunal Supremo, el cual, tras cinco años, excluyó la responsabili-
dad de dichos juegos en la conducta criminal de la pareja de jóvenes.
Aún recuerdo, como si fuera ayer, cuando compartí plató de
televisión en el informativo de las nueve de la noche de Antena 3 y
tuve que explicar, con pocas palabras por cierto, que no podíamos
confundir un juego con las personalidades tendentes al desequili-
brio que habían originado el crimen, pero a pesar de eso la avalan-
cha informativa no paró y, cuando se vio el juicio, meses más tarde,
las noticias corrieron como la pólvora en todos los sentidos imagi-
nables.
Incluso se llegó a decir en aquella época, hoy hace catorce años,
que este tipo de juegos «producían psicopatías y mataban el cere-
bro», o que los que jugaban a ellos eran ya de por sí una especie de
«anormales» con problemas psiquiátricos. Fue un artículo que
publiqué en la revista Interviú el que me abriría el camino para
conocer en persona a los autores del crimen, ya que en su momen-
to se me encargó el estudio psiquiátrico del menor de los mucha-
chos, concretamente de Félix, y ello me sirvió para conocer tam-
bién a Javier. Pero esto se verá un poco más adelante.
Conviene decir en este momento del relato lo que en realidad sig-
nificaban y significan los juegos de rol para entender esta tragedia.
Yo estuve allí
96
El juego de rol es un juego de interpretación de papeles, en el
que hay que desempeñar una determinada personalidad dentro de
una estrategia. El juego empezó en Estados Unidos hacia 1960 y
superó los juegos clásicos de tablero. Cuando empezaban a arrasar
los juegos audiovisuales, tuvo un éxito sin precedentes que se con-
sagró en 1970 con la aparición de Dungeons & Dragons, publica-
ción que hicieron sus propios autores ya que ninguna editorial
confiaba en el éxito que luego vendría.
En este tipo de juego los jugadores asumen «el rol» de los per-
sonajes a lo largo de una historia, interpretando diálogos, acciones
y todo lo que dé de sí la fantasía. Uno de los jugadores hace de
líder, máster o «director del juego», quien hace de mediador entre
la percepción de los demás e interpreta personajes que los otros no
hacen. En este sentido Javier Rosado actuó siempre como «direc-
tor espiritual» de Félix.
En el juego habitualmente sólo hay hojas de papel para tomar
notas, unos dados de muchas caras que aportan el azar a los obje-
tivos de cada jornada y un tablero alrededor del cual se sientan los
jugadores. Además se utilizan libros para consultar historias, dis-
fraces o figuras para ambientar el juego, y hasta maquetas para dar
más realismo a lo hablado. 
El objetivo es cumplir una misión que ha decidido el líder, que
puede ser resolver enigmas, conseguir riquezas imaginarias o cual-
quier otra meta.
La regla fundamental es que no hay reglas ni orientaciones, y
sobre todo hay que colaborar, no competir.
Pues bien, Javier Rosado, conocedor de estos juegos y que
tenía muchos manuales de los mismos en su casa, siempre dijo en
sus declaraciones que no le interesaban los juegos de rol: «El rol
me repugna. Sólo he jugado a Razas», pero a pesar de eso los
periodistas fueron implacables y denominaron el caso como el
«Crimen del Rol».
El Crimen del Juego de Rol
97
En ese año yo estaba en el Instituto de Toxicología y, aunque
había pasado una temporada como psiquiatra forense en los
Juzgados de Plaza de Castilla de Madrid, hacía un tiempo que
los había dejado, pero tenía cierto crédito en los asuntos forenses,
lo que, junto a las apariciones en distintos medios de comunicación
insistiendo en que antes de «sentenciar públicamente a los jóvenes
había que conocer en profundidad sus motivaciones», me valió el
encargo de estudiar al menor de los dos, a Félix.
Lo cierto es que a Javier lo había conocido de cerca, ya que tuve
ocasión de verlo en la prisión de Valdemoro, pero no tuve que pre-
sentar ningún estudio de él en los tribunales, lo que fue una suerte
porque, tal y como luego comentaré, el asunto de los análisis psi-
quiátricos de ambos autores llegó a ser un esperpento jurídico.
Félix Martínez era un «buen chaval», pero tuvo la mala suerte
de caer en las redes «psíquicas» de Javier y no tuvo quien lo orien-
tara ni lo apoyara, ya que la familia estaba disgregada y no había
nadie que le cobijara. Por otra parte, era aún muy inmaduro, con
apenas 17 años no tenía definida la personalidad, no sabía lo que
quería e iba en la dirección de cualquier viento que soplara.
Lo fui a ver varias veces a la prisión de Alcalá de Henares, ya
que por orden del juez a ambos los habían separado, y sentado
frente a frente con él sólo vi a un chaval abandonado de todos,
prácticamente solo en la vida y sin apenas amigos, a quien el único
que hizo caso y lo acompañó en su soledad fue desgraciadamente
Javier Rosado.
Félix había establecido con Javier una obediencia casi ciega. No
sólo era para él su único amigo, era su intérprete de la realidad, su
director espiritual, hasta tal punto que apenas tenía capacidad de
crítica sobre las opiniones de su «maestro», simplemente las seguía
y hacía de ellas sus propios mandamientos. 
El juego en el que compartía su vida con Javier era algo de la
invención propia de este último, y, aunque habían sacado ideas y
Yo estuve allí
98
técnicas de los juegos de rol, nada tenía que ver con ellos. Era final-
mente lo único que los unía, y así, juntos, se fueron separando
poco a poco de la realidad para sumergirse en un mundo de fan-
tasmas y oscuridad que el propio Javier dejóescrito en cientos de
páginas.
Tal y como me contaba Félix, podían pasar hasta doce horas
seguidas encerrados con el juego, y el propio Javier se olvidaba de
comer y de todas las otras actividades cotidianas, ¡estaba obsesio-
nado con el juego!
Tantas y tantas horas en dos personajes a la deriva acabaron por
anular la realidad misma y, en un momento dado, el mecanismo de
la mente de Javier decidió que el objetivo era matar a una persona
al azar en la calle a una determinada hora y sólo así se podía seguir
jugando.
Félix tuvo pocas opciones, compartía el delirio con Javier y así
fue como cometieron el crimen. Nunca se supo a ciencia cierta
quién mató realmente a Carlos Moreno. En la preceptiva autopsia
se concretó que el fallecimiento fue por cuchilladas mortales de
necesidad a la altura del cuello, y en realidad poco importa cuál
de los dos blandiera más veces el cuchillo, la acción fue conjunta.
Javier era otro cantar. No estábamos ante un chaval inmaduro,
frágil o con poca inteligencia, todo lo contrario, era un joven prác-
ticamente superdotado, con una inteligencia muy por encima de la
media, frío de ánimo, calculador y distante, que leía sin cesar todo
tipo de libros, en especial de contenidos esotéricos o marginales, y
hacía una vida completamente alejada de los demás.
Tenía una familia, eso sí, pero ésta no era consciente del torbe-
llino psicótico que se entretejía en su interior conforme leía distin-
tos tratados y se sumergía en el juego de su invención. Esta familia
luego, con el paso de los años, fue fundamental para ayudarlo a
soportar el encierro y a encaminar su vida hacia unos objetivos más
realistas.
El Crimen del Juego de Rol
99
Los psiquiatras y psicólogos que participamos en aquel episo-
dio fuimos en números redondos catorce, ya en calidad de peritos
públicos o de peritos privados, y las sesiones del juicio, que fueron
muchas y densas, despertaron la incertidumbre que todos teníamos
a la hora de tipificar la personalidad de Javier, y en menor compli-
cación la de Félix, y así las sesiones fueron un permanente debate
entre diferentes diagnósticos y distintas posturas médicas y psico-
lógicas, que sorprendieron incluso a la magistrada que juzgó el
caso. Nadie se puso de acuerdo.
Unos defendían que Javier padecía esquizofrenia, otros un tras-
torno múltiple de la personalidad, otros que simplemente era un
psicópata, y aun otros se plantaron en la idea de que era un simu-
lador y que estaba perfectamente sano y era consciente de lo que
había hecho.
Los peritos hicimos el ridículo públicamente mostrando
nuestra ignorancia y el estupor de no saber a ciencia cierta qué
pasaba por la mente de ambos chicos, y así hubo quien llegó a
defender que Javier tenía más de cincuenta personalidades y no
podía controlar cuál era cual en cada momento. En fin, un ver-
dadero escándalo psiquiátrico que se zanjó con un golpe de mar-
tillo en la mesa de la jueza y unas sentencias de 42 años y dos
meses de prisión, con 28 años de reclusión mayor por asesinato,
más 4 años, dos meses y un día de prisión menor por robo, y 10
años y un día por el delito de conspiración para el asesinato para
Javier Rosado; y 12 años y un día de reclusión menor para Félix,
al que se le apreció la atenuante de minoría de edad en el momen-
to del crimen.
Pasados los años, cuando uno mira hacia atrás, descubre los
errores que se cometieron en aquellos momentos, la presión tre-
menda de los medios de comunicación y la lucha que se entabló
por los partidarios de los juegos de rol, que aducían que nada te-
nían que ver con lo que había sucedido.
Yo estuve allí
100
Aunque la sentencia fue el 25 de junio de 1998, los abogados
plantearon recursos de casación que fueron absolutamente desesti-
mados, y en 2008, catorce años después, a Javier Rosado se le con-
cedió el tercer grado penitenciario con gran alarma por parte de la
familia de Carlos Moreno. Javier Rosado continuó jugando muchos
meses dentro de la prisión, se lo sometió a diferentes tratamientos
psiquiátricos y, en la actualidad, después de acabar tres carreras y ser
profesor de otros presos durante mucho tiempo, echarse novia, con
ayuda de la familia y de las instituciones, es otra persona. Sólo el
futuro nos dirá qué camino toma su vida en libertad.
Félix Martínez cumplió su condena, no presentó conflicto algu-
no en su vida posterior y, según distintas noticias, se fue a
Alemania a buscar trabajo huyendo de los medios de comunica-
ción.
Muchas plataformas ciudadanas y algunos medios emprendie-
ron una batalla legal contra los juegos de rol que llegó hasta el
Tribunal Supremo, pero todo fue inútil, los juegos de rol siguieron
su camino exculpados completamente y en la actualidad hay inclu-
sive campeonatos mundiales de los mismos, sin que se haya vuelto
a producir un hecho como el aquí narrado. 
También el cine probó suerte con esta tragedia y se produjeron
películas, como Nadie conoce a nadie de Mateo Gil, que abusaban
de los tópicos más sensacionalistas.
Pero, en mi opinión, lo verdaderamente preocupante en este
caso no era si los juegos de rol podían desestabilizar a una persona
hasta conducirla al asesinato, un poco a la manera en que Cervantes
nos cuenta en El Quijote cómo al «caballero de la triste figura», de
tanto leer libros de caballería, se le «había secado el seso» y con-
fundiendo la realidad con sus fantasías había empezado una cruza-
da contra el mal por tierras de La Mancha. Lo auténticamente
inquietante era la eterna pregunta: ¿cuánto vale la vida de una per-
sona tomada al azar?
El Crimen del Juego de Rol
101
Esta pregunta, que tiene rápidas respuestas desde la ley o la
moral, y ni yo ni nadie en conciencia podría dudar de que todos los
seres humanos valemos lo mismo y tenemos los mismos derechos,
muchas veces se complica cuando vemos los conflictos armados en
los informativos. ¿Vale lo mismo la vida de un etíope o un somalí
a punto de morir de hambre que la de un ejecutivo de la Bolsa de
Nueva York? ¿Vale lo mismo la vida de un palestino en un campo de
refugiados que la de un soldado israelí? O, por cerrar el círculo
de las preguntas macabras, ¿vale lo mismo la vida de un muchacho
indio que se baña en el Ganges que la de un joven japonés de clase
media?
Incluso podríamos avanzar más en este razonamiento: ¿Cómo
se ve la vida de los otros desde una perspectiva de poder, de inteli-
gencia superdotada o desde un cargo político? ¿Somos personas o
somos votos? Una persona negra y millonaria, ¿es realmente «un
negro» o un millonario? Y así podríamos seguir haciéndonos más
y más preguntas complicándose las respuestas.
¿No padeció Javier Rosado en un momento dado el vértigo de
sentirse un dios y poder decidir quién moría y quién vivía? Una
persona elegida al azar, ¿no pierde en cierto sentido parte de su per-
sonalidad? ¿No se convierte en un nadie? Éstos y otros razona-
mientos pasaron por la cabeza de Javier Rosado en sus maquina-
ciones fantasmagóricas cuando meditaba si pasaba a la acción, y lo
trágico es que pasó.
Es en estos casos básicamente cuando el psiquiatra forense se
enfrenta a la duda de los jueces: ¿Sabía el criminal lo que hacía a
ciencia cierta? ¿Pudo haber evitado tomar esa decisión? ¿Era real-
mente libre a la hora de cometer el crimen? A los jueces les
importa bien poco el diagnóstico psiquiátrico de este o aquel pre-
sunto delincuente a la hora de ser juzgado, lo que realmente les
preocupa es si sus capacidades de entender, querer y obrar fun-
cionaban correctamente, porque si es así sólo queda aplicar la
Yo estuve allí
102
pena correspondiente al delito y esperar que la prisión rehabilite al
delincuente.
De hecho, en el sistema judicial español los informes psiquiátri-
cos no son vinculantes para el juez a la hora de tomar una decisión,
ya que el juez, como decían los romanos, es perito peritorum, o, lo
que es lo mismo, perito entre los peritos. Así fue como la magis-
trada en el caso de Javier Rosado y Félix Martínez no tomó en con-
sideración todos los informes allí aportados y, dada la frialdad y loabsurdo del crimen, dictó sentencia culpatoria sin otras considera-
ciones.
Después de este caso vendrían muchos otros y no menos trági-
cos, pero recuerdo pocos como éste y en algún sentido me hizo
pensar mucho sobre el valor de la vida y el derecho que todos tene-
mos por encima de cualquier ley o precepto ideológico a defender-
la. No sin razón decían en una película que un asesinato en reali-
dad son dos, porque cuando se mata a una persona se la priva de la
vida, por una parte, y además se le mata su futuro.
El Crimen del Juego de Rol
103
9. EL ÚLTIMO DÍA EN PARÍS DE LADY DI
Era el 31 de agosto de 1997. Mi mujer y yo agotábamos el últi-
mo día en París, tras una corta estancia de vacaciones, paseando por
las orillas del Sena, cuando oímos varias sirenas de ambulancias y
de policía, lo que no nos sorprendió ya que París es una ciudad en
la que con frecuencia se escuchan sirenas y el tráfico es muy inten-
so. No podíamos sospechar que la Princesa de Gales, ex mujer del
heredero de la Corona británica, acababa de morir en un accidente
de tráfico en el puente del Alma.
A veces he llegado a pensar si tendré alguna capacidad de atraer
tragedias a mi alrededor o simplemente es mala suerte, porque,
como iremos viendo a lo largo de los relatos, son tantos los sitios
y los momentos en que han sucedido cosas junto a mí que uno
empieza a dudar de las casualidades de la vida. Lo cierto es que allí
estábamos despidiéndonos una vez más de París y Lady Di se des-
pedía para siempre de París y de la vida. 
El asunto no hubiera tenido más trascendencia si no es por-
que el inconsciente colectivo hizo de la muerte de Lady Di un
icono de los tiempos modernos, y alrededor del fallecimiento se
estableció toda una trama de noticias y murmuraciones que ali-
mentaron durante años todos los medios de comunicación,
novelas, películas y todo tipo de comentario en torno a la vida
104
del personaje, quedando su tumba como un símbolo para genera-
ciones venideras.
¿En cuántas ocasiones con posterioridad a este acontecimiento
tuve que dar mi opinión respecto a cuestiones forenses de esta
muerte? En muchas y en demasiados medios, y siempre tratando
de simplificar y de ir contra la corriente, y, eso sí, siempre me deja-
ban para el final en las tertulias porque si no acababa en cinco
minutos lo que duraba luego una hora de debate.
Diana Spencer vino a ser sin quererlo la princesa que todas las
niñas han soñado ser, y aunque el príncipe soñado no era ni azul ni
tan caballeroso como el de los cuentos, tampoco la vida es tal y
como la quisiéramos, es simplemente tal y como viene.
Sobre Diana se han escrito miles de páginas, creando un perso-
naje mitad ficción mitad real, pero lo cierto es que ella era proba-
blemente una mujer sencilla, hija de padres separados, con un
padre del que se decía haber tenido muchos y distintos problemas
con el alcohol, una formación social buena pero no profunda y sin
claros objetivos profesionales en la vida, a la que atrapó un torbe-
llino de acontecimientos que la condenaron de antemano a un final
trágico.
Desde 1961, fecha de su nacimiento, hasta 1975 sería «Honora-
ble» en el ranking británico; desde 1975 a 1981 pasaría a «Lady»; la
fecha de su boda añadió el título de «Su Alteza Real la Princesa de
Gales», que expiró en 1996 tras el divorcio y pasó a ser «Diana,
Princesa de Gales», por lo que nunca fue la «Princesa Diana», títu-
lo cariñoso que la opinión pública y los periodistas forjaron para
referirse a ella.
Su matrimonio con Carlos de Inglaterra presumiblemente
empezó por amor, tuvo dos hijos como manda la tradición, aguan-
tó como pudo el encorsetamiento de la Casa Real y también la pre-
sión mediática, la que finalmente, por tratar de eludirla, acabó con
su vida.
El último día en París de Lady Di
105
Mi mujer y yo habíamos paseado el día de antes por la Plaza
Vendome, donde está situado el Hotel Ritz cuyo dueño, como
todo el mundo sabía, era el padre de Dodi Al-Fayed, y me acuer-
do perfectamente de haber comentado: «Esto sí que es verdadero
lujo, me gustaría alguna vez pasar un par de noches aquí». Lo cier-
to es que todo el conjunto de la plaza, sus joyerías de alto nivel y
el propio hotel configuran un conjunto de elegancia y sofisticación
difícilmente alcanzables por los «mortales», pero los mortales,
mira por dónde, ¡iban a ser sus ocupantes al día siguiente!
Los hechos tal y como sucedieron fueron muy sencillos y dan
poco pie a la especulación.
Hacia las 12.20 de la madrugada del 31 de agosto la pareja Diana
y Dodi habían salido del Hotel Ritz por una de las puertas trase-
ras, por consejo de Henry Paul, jefe de seguridad del hotel, hom-
bre de confianza de Al-Fayed y conductor del vehículo Mercedes-
Benz W 140, después de que un vehículo semejante saliera por la
puerta principal a manera de señuelo para los muchos periodistas y
fotógrafos que estaban apostados en la puerta del hotel.
El destino era, según se supo luego, el apartamento que Dodi
tenía saliendo de la Avenida de los Campos Eliseos. La pareja esta-
ba en los asientos traseros, Henri Paul conducía y junto a él iba
Trevor Rees-Jones, de seguridad. A los tres minutos aproximada-
mente, después de atravesar la Plaza de la Concordia a la entrada
del túnel del Alma, el conductor giró bruscamente a la izquierda,
perdió el control y chocó contra una de las columnas del túnel, a
una velocidad que las autoridades judiciales estimaron en aproxi-
madamente 100 kilómetros por hora.
Cualquiera que pase por el túnel del Alma sabe que ir a 100
kilómetros por hora es una grave imprudencia, y además la obra de
subterráneos que bordea el Sena, a imitación de la cual se hizo en
Madrid recientemente la M-30, es antigua y a veces no está bien
iluminada.
Yo estuve allí
106
Inmediatamente al lugar del accidente llegaron varios fotógrafos
que perseguían literalmente el vehículo y, según las diligencias
policiales, sin importarles lo que allí había ocurrido, continuaron
tomando fotografías. 
Diana estaba viva pero gravemente herida, y según los testigos
decía: «Oh Dios». Cuando los equipos de emergencia sanitaria y la
policía llegaron al lugar del accidente y desalojaron a los fotógra-
fos, que fueron detenidos (al menos siete de ellos), ella dijo clara-
mente: «Déjenme en paz». 
En el lugar de los hechos murieron en el acto tanto el chófer,
Henri Paul, y el acompañante y amigo de Diana, Dodi Al-Fayed,
aunque los bomberos intentaron resucitar a Dodi durante casi una
hora hasta que fue declarado muerto hacia la 1.30 de la madrugada.
Henri Paul fue declarado muerto al ser sacado de entre los restos
del vehículo. Los cuerpos de ambos fueron llevados al Instituto de
Medicina Legal de París, no a un hospital. En la autopsia poste-
riormente se determinó como causas de defunción, tanto de Henri
como de Dodi, la ruptura de la arteria aorta y fractura de la colum-
na vertebral, dorsal en el caso de Paul y cervical en el caso de Dodi.
Mientras tanto, según los testigos, Trevor Rees-Jones y Diana
seguían con vida, el primero con heridas múltiples en la cara, y la
princesa, que estaba sentada en el asiento derecho posterior, se
mantenía consciente. También se supo entonces que ninguno de los
ocupantes del vehículo llevaba puesto su cinturón de seguridad.
Lo único que se pudo apreciar en el lugar de los hechos, conta-
do por el primer fotógrafo que llegó y el doctor Maillez, que pasa-
ba casualmente por allí e hizo los primeros intentos de ayudar a la
princesa, era que Diana mantuvo la conciencia en todo momento,
que no tenía heridas aparentes al menos en la cara, pero que estaba
en estado de shock, es decir estaba perdiendo sangre interiormente. 
Con la llegada de la policía los siete fotógrafos que allí perma-
necían fueron arrestados y la princesa fue llevada en ambulancia al
El último día en París de Lady Di
107
Hospital Pitie-Salpetriere. Dicha ambulancia se detuvo en medio
de la carretera por lo menos una hora, a pocos metros del Pitie-
Salpetriere, para tratar de estabilizar el hilo de vida que le quedabaa Diana, llegando al hospital pasadas las 2.00 de la madrugada.
El diagnóstico médico fue rápido, la princesa tenía múltiples
heridas internas. En el impacto, su corazón fue desplazado al lado
derecho del pecho, lo que según los médicos rompió la arteria pul-
monar y el pericardio (membrana que envuelve el corazón). A
pesar de la cirugía que se le practicó de extrema urgencia, el daño
había sido grave e irreversible, por lo que pasadas dos horas, a las
4.00 de la mañana, Diana, la Princesa de Gales, falleció. 
A las 5.30 de la mañana, en una rueda de prensa, se anunció ofi-
cialmente su muerte por el doctor Chevenement, el ministro del
Interior de Francia y sir Michael Jay, embajador de Gran Bretaña
en Francia.
Esa misma mañana el doctor Chevenement, junto con el primer
ministro de Francia, Bernadette Chirac (la esposa del ex presiden-
te de Francia Chirac) y Bernard Kouchner (antes ministro de
Salud), visitaron la habitación en donde yacía el cuerpo sin vida de
la princesa, expresando su último adiós.
Fue hacia las dos de la tarde cuando Carlos, Príncipe de Gales,
junto con las dos hermanas mayores de Diana, lady Sarah
McCorquodale y lady Jane Fellowes, llegaron a Francia y, después
de una hora y media, volvieron a Inglaterra.
Pero el misterio no había hecho más que empezar, y estábamos
siendo testigos en primera persona de uno de los episodios más
novelescos de los últimos tiempos.
A pesar de la investigación inicial llevada a cabo por las autori-
dades francesas, en la que se concluyó rápida y claramente que
Diana y Dodi habían muerto como consecuencia de un accidente,
el padre de Dodi, Mohamed Al-Fayed, y la plataforma mediática sen-
sacionalista Dayli Express apoyaban la idea de una trama alrededor de
Yo estuve allí
108
la muerte de la Princesa de Gales y el propio Al-Fayed, indicando
que realmente habían sido asesinados. Dichas alegaciones y sospe-
chas motivaron la creación de una investigación oficial en 2004,
que fue llevada a cabo por el Servicio Policial Metropolitano
Londinense con el nombre de Operación Paget a cargo del comi-
sario Lord Steven, que tenía como cometido investigar las teorías
sobre las conspiraciones.
Entre las sospechas acerca del chófer del Mercedes, Henry Paul,
apareció que estaba contratado por el Servicio Secreto Nacional, y
el verdadero problema radicaba en la confusión sobre a qué país
pertenecía. Se presume en primera instancia que es el Servicio
Secreto británico, luego el francés o el estadounidense, quedando
finalmente descartadas todas las hipótesis: era simplemente un asa-
lariado de la empresa del padre de Dodi.
Otro de los muchos motivos para la suposición del asesinato se
encuentra en la posibilidad del embarazo de Diana, fruto de la rela-
ción que mantenía con Dodi, y su futuro compromiso, y así se
alegó que hubo racismo e intolerancia por parte de la Familia Real
británica ante la relación que la madre del futuro rey establecía con
un destacado multimillonario de nacionalidad egipcia.
El asunto llegó tan lejos que el mismo Mohamed Al-Fayed
anunció en una entrevista televisada que la pareja tenía pensado
anunciar su compromiso de manera oficial el día 1 de septiembre,
un día después del accidente, aunque, en contraposición, la
Operación Paget opinó que un anuncio de esa importancia, provi-
niendo de la Princesa de Gales, tendría que haber sido planeado
con mucha anterioridad, de lo cual no hay prueba alguna, a pesar
de que sí hay evidencia de la compra que realizó Dodi de un anillo
en la joyería Alberto Repossi el día en que fallecieron. 
El anillo pertenecía a una colección llamada «Dis-moi oui»
(«Dime sí»). Por otra parte, varios reporteros ven a Dodi regre-
sando al hotel sólo con un folleto de dicha joyería, para más tarde
El último día en París de Lady Di
109
capturar en vídeo a Claude Roulet, asistente de Al-Fayed, regre-
sando a la tienda de Repossi para recoger un objeto que posterior-
mente entrega en el hotel. 
Una de las declaraciones que más destacan en aquellos días
es la realizada por la hermana mayor de Diana, lady Sarah
McCorquodale, quien testificó que Diana había hablado con ella
de su relación con Dodi y le había dicho que su noviazgo iba por
un «camino pedregoso». Otros testimonios hechos por sus amista-
des más cercanas y confidentes, una semana antes de la desagracia,
concuerdan con que Diana habló de que en ese punto de su vida no
tenía intención de contraer matrimonio.
También debemos recordar que el novio que tuvo Diana pre-
vio a Dodi era un cardiólogo musulmán con residencia en
Londres, el señor Hasnat Khan, con quien pasó casi dos años, y
que llegó a confirmar que habían considerado la posibilidad de
contraer matrimonio. 
Pero las complicaciones en torno a las teorías de la conspiración
siguieron adelante, y así la duda de si Diana estaba o no embaraza-
da surgió poco tiempo antes de su muerte. Sin embargo las pruebas
acerca de dicho embarazo eran circunstanciales. 
En enero de 2004 el médico forense John Burton, que había
atendido a Diana ya fallecida y examinado su vientre, notificó con
claridad que no encontró muestra alguna de dicho embarazo.
El asunto se hizo tan complejo que, incluso en un esfuerzo por
demostrar lo dicho por Mohamed Al-Fayed de que Diana estaba
embarazada, la misma estructura de la Operación Paget tomó
muestras de sangre de ella conseguidas en el automóvil y practicó
los análisis pertinentes, descubriendo que la sangre no contenía
rastros de la hormona GCH, que sólo existe si hay un embarazo. 
Posteriormente las cosas se complicarían aun más y, en el ya
lejano abril de 2006, hubo cierta discusión por el hecho de que
Diana era cuidadosa y llevaba puesto todo el tiempo su cinturón de
Yo estuve allí
110
seguridad, por lo que la excusa de que los cinturones, el de Dodi y
Diana, fallaran o simplemente no los llevasen puestos sugiere que
hubo cierta manipulación del automóvil.
Incluso un año antes, en 2005, el Daily Express publicó un
artículo en el que se comentaba la presunta manipulación de los
cinturones de seguridad, y que había sido realizada por el Di -
rector de Vigilancia del Territorio (DST por sus siglas en francés
y que opera como un Servicio de Inteligencia) en cooperación
con el M15 y el M16.
Estas especulaciones también cayeron en «saco roto» y así el
análisis de los restos del Mercedes, después de ser devueltos a
Inglaterra, fue llevado a cabo en 2005 por investigadores forenses
del Laboratorio de Investigaciones en Transportes, que con casi
treinta y cinco años de experiencia determinó que los cinturones
estaban en perfecto estado con la excepción del cinturón del asien-
to trasero derecho, el cual ocupaba Diana. Sin embargo, las decla-
raciones acerca del cinturón fueron desechadas por la Operación
Paget, porque los investigadores franceses descubrieron que el
mismo Laboratorio, en 1998, dijo que todos los cinturones se
encontraban en perfecto estado, por lo que concluyeron que el
daño a dicho cinturón se produjo mucho después del accidente. El
asunto, como se ve, no quedó del todo solucionado.
Por otra parte estaba el propio traslado al hospital, que según
los promotores de la teoría de la conspiración había tardado más de
lo normal. En este sentido, la primera llamada a Urgencias se regis-
tró a las 12.26 de la noche. La ambulancia que llevaba a la Princesa
de Gales al Hospital Pitie-Salpetriere llegó alrededor de las 2.06 de
la mañana. Por este lapso de tiempo, la demora en su llegada ha ori-
ginado cierta controversia.
Influyeron en este tiempo distintos y variados factores: el pri-
mero, el tiempo que tardaron los bomberos en llegar al accidente;
segundo, el tiempo que llevó liberar a la princesa de los restos del
El último día en París de Lady Di
111
coche en el que se encontraba atrapada y, finalmente, la duración
del viaje hacia el hospital.
La llegada de los primeros oficiales al lugar del accidente ocu-
rrió de forma aproximada a las 12.30 de la noche, de lo cual hay
muchos testigos. El doctor Jean-Marc Martino, especialista en
anestesiologíay en cuidados intensivos, llegó junto con la ambu-
lancia a las 12.40 y Diana fue sacada del automóvil a la 1.00. Fue
cuando tuvo un primer paro cardíaco, por lo que se le aplicó una
resucitación cardiopulmonar y, después de sacarla de dicho paro,
fue montada en la ambulancia a la 1.18. Sin embargo, la ambulan-
cia salió de la escena a la 1.41 para llegar a las 2.06, lo que indica que
la misma tardó casi 30 minutos en llegar a su destino. Durante su
trayecto hacia el hospital, la ambulancia se detuvo además en
Gare d’Austerlitz por órdenes del doctor Martino, quien explicó
que esto se debió a la caída en la presión sanguínea de Diana, y
además dio la orden al conductor de que disminuyera la veloci-
dad del vehículo.
La ambulancia pasó de largo otro hospital, el Hotel-Dieu, que
se encontraba mucho antes del Hospital Pitie-Salpetriere, y esta
decisión fue tomada en exclusiva por el doctor Marc Lejay, que se
encontraba esa noche al control del Servicio de Emergencia Médica
Asistencial (SAMU por sus siglas en francés), y lo hizo tras con-
sultar con el doctor Derossi, que aún estaba en la escena del
accidente.
Es necesario saber que el Pitie-Salpetriere es el hospital central
que atiende a la mayoría de los pacientes con múltiples traumas, y
en cambio el Hotel-Dieu, según se sabe hoy y se sabía entonces, no
se encontraba en condiciones de atender a la Princesa de Gales y
mucho menos contaba con los equipos necesarios para operarla. El
propio doctor Marc Lejay llegó a declarar lo siguiente: «El
Hospital Hotel-Dieu, a pesar de estar mucho más cerca, no pro-
porcionaba los equipos ni el personal necesarios para realizar una
Yo estuve allí
112
operación a corazón abierto, y menos aún para practicar una neu-
rocirugía». La noche del incidente estaba de guardia el profesor
Bruno Riou, información que poseía el doctor Lejay, que también
sabía lo hábil que era Riou, y creyó que sería capaz de atender de
manera efectiva las heridas que presentaba la princesa.
Quedaba así pues desmontada la teoría de que los servicios sani-
tarios franceses habían ido demasiado lentos en el traslado de la
princesa al hospital más cualificado y cercano al accidente.
Las cosas estuvieron serenas hasta que se abrió una nueva inves-
tigación el 8 de enero de 2007, conducida por la jueza Elizabeth
Butler-Sloss, pero duró poco y en abril del mismo año ella se reti-
ró del caso y éste pasó a manos del juez Lord Scott Baker, que
tomó formalmente el caso el 11 de junio. En julio, después de que
las partes involucradas aceptaran retomar el caso, se creó una lista
con los temas que serían tratados. Los temas fueron detallados con
toda precisión por la Operación Paget, y entre ellos estaban los
siguientes: ¿Hubo responsabilidad por parte de los reporteros que
perseguían el vehículo? ¿El conductor había tomado alcohol y/o
pastillas? ¿El vehículo fue o no manipulado? ¿Qué relación unía a
Diana con Dodi realmente? Y así muchas otras, incluidas las rela-
tivas a la política.
En el año 2008 se archivó el caso, la vida continuó porque nadie,
absolutamente nadie, es imprescindible. Murió una princesa triste
y nació un símbolo. La gente necesita símbolos, alguien a quien
dedicar canciones y monumentos, alguien en quien pensar.
Nosotros nos volvimos a Madrid al día siguiente para seguir con
nuestra afortunadamente «vida normal», dejando detrás un París
convulso por la noticia y lleno de comentarios, la mayor parte de
los cuales son, como siempre ocurre, «hablar por hablar». Además,
en 1997 empezaba para mí una experiencia fuerte y novedosa, la
Agencia Antidroga, que se merece un capítulo aparte.
El último día en París de Lady Di
113
10. LA AGENCIA ANTIDROGA DE MADRID
Quizá muchas personas no lo sepan pero la Agencia Antidroga
de la Comunidad de Madrid es el organismo autónomo responsa-
ble de toda la prevención y asistencia a las personas drogodepen-
dientes que existen en esta comunidad autónoma, y fue creada por
iniciativa del entonces presidente de la Comunidad de Madrid,
Alberto Ruiz-Gallardón.
Este organismo, novedoso en todos sus aspectos, había empe-
zado su andadura el 1 de enero de 1997 y pretendía poner orden y
concierto en el siempre complicado mundo de la droga y sus con-
secuencias.
Cuando me fui a París con mi mujer ya había tomado posesión
de la Dirección-Gerencia de esta Agencia el 1 de agosto, por lo que
en el París que vio irse a Lady Di, mientras mi mujer estaba en cla-
ses de francés, yo paseaba por el mercado de flores del Sena pen-
sando en dónde me había metido y en quién me mandaría a mí
entrar en el mundillo de la política sanitaria, con lo bien que yo
vivía en el Instituto de Toxicología, pero bueno, como todas las
cosas tienen su pequeña historia, ésta también y merece la pena
reflexionar, pasado ya el tiempo, lo que supuso la Agencia
Antidroga para mí y de rebote para el resto de las personas de
Madrid.
114
Lo cierto es que como psiquiatra y toxicólogo mi vinculación al
mundo de las drogas siempre había sido muy fuerte, al contrario
que otros profesionales de la medicina que pensaron en su momen-
to que ése era un problema criminológico y sociológico o incluso,
todo lo más, psicológico. Yo había participado en distintos con-
gresos, jornadas y talleres, y colaborado en artículos y libros sobre
el asunto de la drogadicción, incluso era asesor del Plan Nacional
de Drogas del gobierno, por lo que estaba a la última en este extra-
ño y difícil asunto.
Estando así las cosas, el delegado del gobierno para el Plan
Nacional de Drogas me llamó un día a su despacho y me soltó:
«¿Te importaría que diera tu nombre como candidato para ser
el nuevo director de la Agencia Antidroga?». Por aquella época el
anterior director había dimitido a raíz de un desafortunado cerco
que la policía había hecho a los poblados de venta de droga de la
capital de España, y como resultado del cual se calculó que unos
treinta mil adictos vagaban por la ciudad y por los servicios médi-
cos de urgencia en pleno síndrome de abstinencia, lo que conmo-
cionó a la opinión pública, siempre fácil de conmocionar.
Yo tenía y tengo una muy buena relación con el delegado del
gobierno para las Drogas de entonces, y, después de consultar con
la familia, decido embarcarme en ese viaje y esa misma tarde me
siento en el despacho de la consejera de Sanidad y empezamos a
planificar todo.
El asunto no era fácil, porque, como iremos viendo, el tema de
la droga es de esos temas de los que nadie quiere hablar, salvo que
un drogadicto te robe el bolso, claro está, y sobre los que la socie-
dad siempre ha planteado una ambivalencia hipócrita: ¡Sí, traten a
los adictos pero lo más lejos posible de mi casa!
A toda velocidad salió mi nombramiento en el Boletín Oficial el
mismo 1 de agosto de 1997, tomé posesión y me fui de vacaciones,
con cierta preocupación entre dientes, preocupación que duró
La Agencia Antidroga de Madrid
115
hasta mayo de 2001, mes de mi dimisión voluntaria por agota-
miento.
Ese año no fue bueno para mí por muchas razones, la primera y
básica porque en mayo murió mi madre, y eso supuso un golpe
duro para todos; la segunda porque andaba yo un poco estresado
en el Toxicológico, y la tercera por la decisión de meterme de lleno
en las drogas.
Yo no tenía la menor experiencia en política sanitaria, en los
entresijos de los medios de comunicación, y menos aún en asuntos
económicos de envergadura, por lo que me pasé el resto del año
1997 recibiendo en el despacho a todo tipo de personas, institucio-
nes y periodistas para ordenar mi cabeza y aprender lo que allí «se
cocinaba». Recuerdo, como si fuera ayer, que cuando volvía a casa
por la tarde me tiraba a la piscina de la urbanización en la que vivía
y me daban ganas de no subir a la superficie. 
Pero bueno, como recibí mucho apoyo, mucha ayuda y los
temas eran graves, la Agencia empezó a andar lenta pero con paso
seguro. Es cierto que mis primeras experiencias humanas fueron un
tanto sorprendentes, y así, por ejemplo, empecé a ser solicitado por
los grupos políticos de la oposición,que entonces en Madrid eran
el PSOE e IU, para comparecer en la Asamblea Regional, un lugar
que yo sólo conocía por referencias y por la televisión.
En mi primera comparecencia, «sin comerlo ni beberlo», me
pusieron «a caer de un burro» en una serie ininterrumpida de des-
calificativos que yo no alcanzaba a comprender, hasta tal punto que
notaba perfectamente cómo me temblaban las piernas de ira por
debajo de la mesa. Me acuerdo clarísimamente que la consejera,
que estaba junto a mí, en un momento dado me dijo: «¿Cómo
estás? ¡Tú tranquilo, así son las cosas aquí!». No olvidé aquella pri-
mera comparecencia en la que aguanté como un fajador en el com-
bate de boxeo, de hecho fue la última en la que aguanté, en los
siguientes años el que «repartió leña» fui yo, y mucha.
Yo estuve allí
116
Durante los cuatro años que estuve al frente de la Agencia fui
sin duda el director general que más veces compareció en la
Asamblea, y aprendí mucho de la clase política.
Lo que más me llamó la atención de los políticos que iba cono-
ciendo era su poca formación cultural y la ausencia casi total de cri-
terios morales. Lo único que imperaba como ley era atacar al con-
trario por todos los medios y con toda la fuerza, y conseguir que
los periodistas se hicieran eco de la batalla. ¡Me daba rabia hasta
llamarlos «Señoría»!, y en muchas ocasiones tuve que ser reprendi-
do por el correspondiente presidente de la Comisión por «mis sali-
das de tono». ¡Qué tiempos, y qué cosas!
La Agencia Antidroga había nacido con el firme propósito de
ayudar a las personas con drogodependencia, prevenir esta adic-
ción y acercar posturas con todos los organismos que tenían com-
petencias en este tema, y ¡qué poco sabía yo de la cantidad de per-
sonas y organismos que estaban involucrados! Era casi más difícil
ponerse de acuerdo con todos ellos que atender al adicto. A raíz de
mi toma de posesión, mi teléfono sonaba unas cien veces al día, lo
que resulta curioso si tenemos en cuenta que al día siguiente de mi
dimisión no sonó ni una sola vez. ¡Cosas de la vida!
Durante lo que quedaba de 1997, aparte de entender lo que esta-
ba ocurriendo, que ya era mucho, supliqué aumento de presupues-
to, de personal y de competencias, y digo supliqué porque cuando
se habla de dinero en la Administración todo el mundo mira para
otro lado, pero lo cierto es que eso no sucedió en mi caso y se apro-
bó un aumento del 25 por ciento en el presupuesto de la Agencia
para 1998.
Probablemente algo tuvo que ver que Madrid fuera en aque-
llos días la capital europea con más heroinómanos con sida, titu-
lar de El País que sin duda ayudó a mis peticiones, y el aumento
que ya entonces veíamos en el uso de la cocaína, el gran reto del
siglo XXI.
La Agencia Antidroga de Madrid
117
Fue ese titular el que me hizo pensar en una cosa muy sencilla:
había que tener a la prensa de nuestro lado, era necesario respon-
der a todas sus preguntas, fueran las que fueran, era preciso que los
ciudadanos, al abrir el periódico, la radio o la televisión vieran a la
Agencia Antidroga trabajando, peleando, polemizando, en defini-
tiva en la trinchera, y esta idea no me ha abandonado nunca con
respecto a los medios de comunicación, y volveré sobre ella. De
aquellos tiempos me han quedado muchos amigos periodistas que
aún conservo, y aquellos «que me daban caña» por lo menos me
respetaron y yo les di de que hablar, y eso no lo olvida un buen
periodista.
En noviembre de 1997 acudí a Santiago de Chile en representa-
ción de España a un seminario internacional sobre Drogas y
Estupefacientes. No era mi primera salida a una reunión de este
tipo, pero sí era la primera vez que iba con un nombramiento ofi-
cial, y eso tenía su importancia.
Fui con mi mujer y mi hija, y las impresiones allí recibidas fue-
ron memorables, quizá más para la niña que para mí mismo, pero
al fin y al cabo para recordar.
El recibimiento en calidad de representante de una nación fue
protocolario, con militares y embajador presentes; el transporte al
hotel, para «flipar», con motoristas delante y detrás con las sirenas
encendidas, cosa que «alucinó» a mi hija, como es lógico; todo el
tiempo escoltados por carabinieri, por cierto muy simpáticos y con
los que hicimos amistad; sin olvidar la conferencia que tuve que dar
desde el mismo atril que usaron antes que yo Salvador Allende y
Pinochet, entre otros, en el antiguo Congreso de Diputados.
Aquel viaje es difícil de olvidar porque significaba el encuentro
con personas dedicadas a la lucha contra las drogas de otros países,
y la experiencia fue impactante.
Nos volvimos de Chile muy agradecidos, adonde volvería más
veces, no sin antes haber visitado la casa de Neruda en Isla Negra,
Yo estuve allí
118
donde hojeé una primera edición de Confieso que he vivido, y no
se por qué extraña razón dije para mí mismo: «Algún día yo tam-
bién contaré cosas parecidas».
El año 1997 acabó con una agradable sorpresa: fue la primera
vez, y no sería la última, que hablaba de tú a tú con la reina Sofía.
Todo transcurrió en la entrega de los Premios Reina Sofía que con-
cedía la Cruz Roja a distintas instituciones que trabajaban en el
ámbito de las drogas, y una de ellas era la propia Agencia
Antidroga. Nos premiaron por una campaña de prevención, y por
supuesto todo el mérito era de los que habían diseñado la campa-
ña, pero, como ocurre muchas veces en la vida, recogía el premio el
director, o sea, yo.
La reina nos entregó a todos el premio en mano en la sala de La
Zarzuela que había para tal efecto, y todo era muy protocolario.
Sonrisas, corbatas, fotógrafos, en fin, todas esas cosas con las
que se rellenan los actos sociales, y me tocó el turno. Yo, muy edu-
cadamente, me dirigí al estrado y la reina, como una auténtica pro-
fesional que ha hecho eso mismo cientos o miles de veces, no sé, me
entregó un diploma y una estatua, que, por cierto, al pesar bastan-
te hubo ciertas dificultades a la hora de pasar de ella a mí, y tuvi-
mos unas breves palabras muy de compromiso que yo creí que
serían las únicas que íbamos a cruzar, pero, como siempre, me
equivocaba.
A continuación de la entrega y las fotos preceptivas se sirvió un
cóctel y fue ahí, cuando más distraído estaba, cuando noté que me
cogían por un brazo con delicadeza y me apartaban del resto del
grupo. Era la reina, que quería hablar conmigo.
Como si fuéramos amigos de toda la vida, y con una sencillez y
una simpatía que yo difícilmente había visto antes, la reina me
empezó a contar que teníamos que ayudar a una Asociación de
Lucha contra la Droga dirigida por unas mujeres y que para ello tenía
que recibirlas y escuchar sus proyectos. Yo apenas daba crédito.
La Agencia Antidroga de Madrid
119
Por supuesto dije que encantado y me las presentó, y acordamos
una próxima cita, para lo cual di mi palabra a la reina, que cumplí
a los pocos días, si mal no recuerdo.
En otras ocasiones y en otras circunstancias volveríamos a
hablar la reina y yo, ya que el tema de las drogas para ella es muy
importante, la prueba es que preside varias instituciones que se
ocupan del asunto.
Es una de las cosas buenas que tiene ostentar un cargo directi-
vo, que conoces a gente importante que antes sólo habías visto en
la televisión y que por ello tienen un halo de magia que luego se
desvanece en el contacto personal. Sin embargo, en el caso de la
reina el halo persiste aún.
En 1998 ya no era el inocente médico que había tomado pose-
sión seis meses antes. Ya sabía por dónde sonaban los tiros y dónde
estaban las dianas, por lo que la actividad empezó a ser frenética.
En febrero se presentó el centro de Los Almendros, que, dirigi-
do por las Hermanas Adoratrices, iba a contar con veinticinco pla-
zas para madres con problemas de drogas, pero embarazadas o al
poco tiempo de dar a luz, con lo que se apoyaba a las mujeres en
esta difícil situación. El centro estaba en el distrito de Hortaleza, en
una antigua finca que había pertenecido al escritor Carlos
Arniches, y que luego, con el paso del tiempo, se convirtió en un
magníficoescaparate para hacer campaña electoral cada vez que
venían unas elecciones. ¿Qué tendrá la foto de un político con un
bebé en los brazos que tanto la buscan todos?
Inmediatamente después pusimos en marcha un ambicioso pro-
grama ampliando las plazas de metadona en la Comunidad
de Madrid, con la ayuda de la Cruz Roja y el Ayuntamiento de
Madrid. La metadona es un medicamento sintético de efectos pare-
cidos a la heroína que se toma por vía oral y evita que el drogode-
pendiente tenga que buscar la droga y, lo que es peor, robar para
conseguirla o infectarse por pincharse con agujas ya usadas. Fue
Yo estuve allí
120
uno de los esfuerzos más grandes que en su momento se hacía en
Europa, y Madrid estaba en este empeño muy retrasada respecto a
otras comunidades autónomas y a otros países. Merecía la pena
intentarlo.
También en este año se abre en el pueblo de Titulcia, al lado de
Chinchón, una nueva comunidad terapéutica en la Finca de El
Batán, que llevaba años intentándose poner en marcha y no había
acuerdo con el ayuntamiento correspondiente. Todo un logro, si
tenemos en cuenta que cada dispositivo que se abría en la asisten-
cia a los drogadictos tenía que pactarse previamente con una infi-
nidad de interlocutores y costaba poco menos que sangre que fun-
cionara.
Pronto sabría yo lo que era luchar contra el estigma de las
drogas en un barrio vecinal. Todo empezó cuando anunciamos
que íbamos a abrir un centro de emergencia en el distrito de
Carabanchel, muy cerca de la plaza de toros. Un centro de emer-
gencia es un lugar en el que atender a los adictos «sin techo»,
para que no estuvieran en la calle, pudieran tomar un café, estar
abrigados, asearse y, de paso, entrar en contacto con los profe-
sionales.
Pues bien, nada más hacer el anuncio empezaron las moviliza-
ciones vecinales, y todos los días, casi a la misma hora, una peque-
ña manifestación de vecinos recorría las calles del distrito con el
lema: «Drogadictos No». 
A pesar de ello construimos el centro, lo dotamos de todo el
mobiliario y preparamos al personal que tenía que trabajar en él, y,
tal como habíamos prometido, lo abrimos una tarde de mucho
calor. Para evitar problemas, me esperaba en las inmediaciones del
centro una compañía de la Policía Nacional con un teniente al fren-
te, ¡lástima, lo que hay que hacer para trabajar en drogas!, y sin
más, con los escudos de los policías, abrimos el dispositivo entre
gritos e insultos de los vecinos allí apostados.
La Agencia Antidroga de Madrid
121
Aún recuerdo que al avanzar hacia la puerta, que previamente
habían sellado con silicona, iba yo acompañado de mi directora
adjunta, Ángeles, quien por cierto me ayudó muchísimo en el
conocimiento del mundo de las drogas en aquellos momentos difí-
ciles, cuando un vecino exasperado, después de «ponerme a caldo»,
la insultó diciendo: «Gorda, más que gorda». En ese mismo
momento otro vecino, justo al lado, apiadándose de la condición
de obesidad, le reprendió: «Gorda no, eso no se dice, que es un
defecto físico», cuando el insultante primero reflexionó y dijo: «Es
cierto, eso no. Puta, más que puta», y así transcurrió la tarde.
Al día siguiente las declaraciones de los vecinos en los periódi-
cos eran muy sencillas: «Han abierto el centro a traición, aprove-
chándose del verano, pero tendrán que pasar por encima de nues-
tros cadáveres». Efectivamente, ese mismo día al ir a abrir estaba
medio barrio, niños incluidos, sentado en la puerta del dispositivo,
y por supuesto di órdenes a la policía de que se retirara. Así pues,
el centro de emergencia de Carabanchel estuvo abierto exactamen-
te un día, siendo el que ha tenido la existencia más corta en todo el
mundo conocido.
Luego, atando cabos, nos percatamos de algunos detalles asom-
brosos que nos hicieron madurar de golpe. Por ejemplo, las pan-
cartas que los vecinos llevaban en las protestas estaban hechas per-
fectamente, no de forma artesanal, como si alguien poderoso e
importante estuviera detrás. Muchas de las personas que estaban en
contra del centro tenían hijos con problemas de drogas, y lo más
esperpéntico fue que incluso en la homilía de la parroquia cercana
se escucharon voces contra el centro.
El asunto trascendió lógicamente a la prensa y se convocó inclu-
so una reunión de la Comisión de Seguridad de la Delegación del
Gobierno, donde el concejal de aquel entonces (me callaré el nom-
bre porque ostentó otros cargos importantes, aunque en la actuali-
dad, lo que son las cosas, está metido en varias causas judiciales por
Yo estuve allí
122
soborno y cohecho), lo que dijo es que «cómo le habían molesta-
do con esa minucia, que él estaba de vacaciones y era intolerable
que se le molestara». Frases de este calado escucharía muchas a lo
largo de mi andadura con la Agencia Antidroga, e incluso aún más
profundas.
Curiosamente, meses después del episodio allí cerca se abrió un
importante centro comercial, y los mismos vecinos que protesta-
ron contra nosotros también lo hicieron contra el ruido que los
camiones hacían al descargar en dicho centro la mercancía. ¡Qué
curiosa es la vida, los mismos que apoyaron a los vecinos contra el
centro de emergencia, ahora los tenían enfrente! «Donde las dan,
las toman».
Pero aún quedaban cosas interesantes en el año 1998. Por ejem-
plo, teníamos pendiente hacer algo con las personas marginales que
malvivían en el distrito de Vallecas frente a un polígono comercial
y junto a un poblado de realojo gitano, La Rosilla. 
No teníamos otro remedio que abrir otro centro allí mismo
para ofrecer alguna cobertura humana, y en especial sanitaria, a los
drogodependientes, pero claro, más de lo mismo. Las asociaciones
vecinales de Vallecas se echaron a las calles con verdaderas cacero-
ladas que nada tenían que envidiar a las argentinas, y cada jueves,
desde el anuncio del nuevo centro, se montaba la «marimorena».
Daba igual, teníamos que seguir para delante, y después de un
sinfín de reuniones con los vecinos, con los comerciantes de la
zona, con los concejales y con los medios de comunicación nos
lanzamos a construir otro centro de emergencia, pero esta vez iba
a ser ultrarrápido, y así, con la ayuda del IVIMA (Instituto de la
Vivienda de Madrid), con módulos prefabricados lo abrimos en
noviembre y la polémica se agostó sola.
Como propina y por una extrema necesidad de seguir con este
modelo de acercamiento a las personas más desfavorecidas, y ya en
el más estricto secreto, aún abriríamos otro centro más, llamado La
La Agencia Antidroga de Madrid
123
Rosa, en pleno barrio de Moncloa, del que tengo un curioso recuer-
do en una reunión contra él en la concejalía correspondiente. 
Fue cuando, con los ánimos crispados, uno de los vecinos se
levantó y dijo: «¿Cómo es posible poner un centro para drogode-
pendientes al lado de las tumbas de los héroes del Dos de Mayo?».
Yo me quedé estupefacto, me levanté del asiento con todo mi equi-
po, los miré a la cara y me despedí diciendo: «Nos veremos en los
tribunales». Así de sencilla era la vida en la Agencia Antidroga
durante 1998, pero quedaba mucho más por llegar.
Empezaba a calar en 1999 la idea de que las personas con dro-
godependencia eran más enfermos que viciosos, y si cometían deli-
tos, lo hacían por la necesidad de tomar su dosis de droga, por lo
que las constantes campañas, debates, entrevistas, libros y un sin-
fín de cosas más que hacíamos de manera casi frenética iban en esa
dirección, y daban su resultado.
Las plazas de metadona las multiplicamos a todos los niveles, y
para eso abrimos los centros por la tarde, incluso por la noche,
doblamos turnos, ampliamos nuestros convenios con las grandes
instituciones como la Cruz Roja y el Ayuntamiento de Madrid, fue
verdaderamente una lucha contra los elementos, pero estábamos
seguros y los resultados hablaban por sí mismos. 
Al mismo tiempo me metí en todos los charcos que pude, y la
presión de los periodistas fue tal que, una vez, comentando la evo-
lución de los acontecimientos con uno de ellos, me dijo claramen-
te: «Tío, te tenemosen una hornacina, no nos das tiempo para
organizar las noticias que salen de la Agencia». Una frase que resu-
me la velocidad a la que nos movíamos.
Fue en 1999 cuando tuve una buena enganchada con los psicó-
logos y merece la pena bucear en ese lío, porque muchas personas
no tienen claro, por ejemplo, la diferencia entre un psiquiatra
(médico especialista con diez años de estudio y experiencia clínica)
y un psicólogo (licenciado con cinco años de estudio y ninguna
Yo estuve allí
124
experiencia clínica). Las cosas fueron más o menos de la siguiente
manera. En uno de mis «calentones», que reconozco que tenía
muchos, dije en un medio de comunicación: «La drogadicción es
un problema de salud pública a tratar por psiquiatras y hasta ahora
ha sido tratado por psicólogos, con unos criterios que han llevado
al cementerio a mucha gente». Ahí es nada. Se montó la gorda.
El Colegio de Psicólogos de Madrid, el Consejo General de
Colegios de Psicólogos de España, el Consejo General de Colegios
Profesionales, y un sinfín de colectivos más me pidieron inmedia-
tamente que rectificara mis declaraciones, cosa que no hice. Eso sí,
expliqué con claridad meridiana que los planes de lucha contra la
droga en Madrid habían dependido siempre de personajes políticos
de formación psicológica y esto había ocasionado el desmadre que
encontré al llegar a la Agencia. 
El asunto se puso serio. El Colegio de Psicólogos de Madrid
amenazó con una querella criminal en los tribunales y pagó, eso sí,
a escote, un anuncio en un periódico de tirada nacional con dicha
amenaza, y aún queda el recuerdo de aquello navegando por
Internet. Pero, claro está, hubo muchas movilizaciones más. Todo
fue en vano. Yo al menos sabía lo que quería, como dice la canción,
y todo quedó en que aumenté mi bolsa de enemigos, algunos de los
cuales aún me duran, de lo cual incluso me alegro porque, como
decía nuestro premio Nobel Ramón y Cajal: «Acaso vales tan poco
que no tienes enemigos».
Más adelante, en este año y pasado este mal trago, tuve ocasión
de volver a hablar con la reina, y esta vez sí que fue interesante.
Todo sucedió en la sede de la FAD, la Fundación para la Ayuda a
los Drogodependientes, adonde fuimos con Alberto Ruiz-
Gallardón toda la Consejería de Sanidad a la firma de un convenio,
ya que la reina era la presidenta de la FAD.
Después de todo el protocolo, como siempre aburrido pero
necesario, sonrisas y «besamanos», ya estábamos sentados en una
La Agencia Antidroga de Madrid
125
larga mesa, con cara de circunstancia, cuando a la reina no se le
ocurre otra cosa que decir: «Bueno, me gustaría que tomaran uste-
des la palabra y me explicaran cómo va su trabajo». Todos de inme-
diato se quedaron mirando el techo, las ventanas, el suelo o cual-
quier objeto inanimado cercano, y el silencio se cortaba con
cuchillo; fue entonces cuando solté: «Bueno, a mí me gustaría decir
que Su Majestad es, a mi juicio, una mujer muy adelantada para su
tiempo y muy progresista, y gracias a ella en las drogas se ha avan-
zado de manera especial». Estupefacción general, más silencio y
más caras de circunstancia, lo que me animó a su vez para conti-
nuar: «Porque, como ya sabrá Su Majestad, en el tema de las dro-
gas se hace patente el dicho de san Basilio: ‘El hombre es libre en
la medida en que depende de lo que ama, y es esclavo en la medida
en que depende de lo que no puede amar’», y ahí ya las caras llega-
ron al éxtasis, respondiendo la reina con una gran sonrisa y un
asentimiento a estos pensamientos profundos.
Como el asunto se complicaba y nadie más quería hablar, sin
más le pedí una foto con todo el grupo y ahí quedó la cosa. 
Yo no sé por qué ante los reyes o los personajes de este mundo
la gente se corta, pero lo cierto es que es así, y creo que en aquel
momento la reina agradeció mis pensamientos.
El año 1999 todavía depararía más cosas interesantes, como fue
el anuncio de que íbamos a abrir un centro de Limpio de Inyección
para los heroinómanos, que la prensa bautizó como «Narcosala»,
y que sería la bomba por la movida que generó y que, desde luego,
se merece un capítulo aparte.
A grandes trazos proponíamos abrir en Las Barranquillas un
centro sanitario en el que los heroinómanos que estaban tirados
por los escombros tuvieran un espacio limpio para tomar su droga
y aprovechar esa circunstancia para ayudarlos o incorporarlos a
alguno de nuestros programas. Con este anuncio, que continuaría
con su apertura en el 2000, el lío que se montó fue fino.
Yo estuve allí
126
Intervinieron en el asunto la Comunidad, el Ayuntamiento de
Madrid, el resto de las comunidades, el gobierno de España y hasta
la ONU. La prensa fue definitiva, los jueces colaboraron, la policía
y hasta los artistas y personajes de la farándula hicieron sus propios
juicios. En fin, algo digno de mención.
Pero fuimos aún más lejos: abrimos un centro para poliadiccio-
nes con la Cruz Roja cuando nos dimos cuenta de que los drogo-
dependientes tomaban varias cosas al mismo tiempo, y abrimos
una planta hospitalaria para el tratamiento de la adicción a la co -
caína con la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, para lo que,
por cierto, tuve que ir a Roma a hablar con el general de la Orden
porque dentro de España no estaban claras las posturas entre los
propios frailes respecto a las drogas. No sería la primera ni la últi-
ma vez que iría a Roma, y en concreto al Vaticano, a hablar de dro-
gas, pero ésa es otra historia.
Como todo tiene un final, yo decidí el 21 de marzo de 2001 que
mi etapa con las drogas había acabado. Estaba tan intoxicado que
necesitaba un urgente tratamiento de choque, así que por la maña-
na llegué al despacho, descolgué el teléfono y comuniqué con mis
amigos de la Agencia EFE, les dije que dimitía irrevocablemente y
que lo publicaran como tal.
Ni mis amigos, ni mis compañeros de trabajo, ni el presidente
de la Comunidad, ni mi propia mujer sabían nada. A todo el
mundo le pilló por sorpresa, pero era necesario, mis pilas estaban
quemadas y ya no podía más.
La oposición, entonces el PSOE, de forma rastrera trató de rela-
cionar esa dimisión con «irregularidades administrativas» y aireó
mi «mala gestión», pero todo fue inútil, los tiempos en que los
diputados del PSOE en Madrid se hacían «famosillos» a mi costa
habían pasado, y desde ese día hasta hoy nadie sabe ni quiénes fue-
ron, ni qué dijeron, ni lo que realmente querían. Yo creo sincera-
mente que tuvieron su minuto de gloria junto a mi persona y la
La Agencia Antidroga de Madrid
127
Agencia, y esto debió bastarles porque nunca más se supo. ¡Qué
tiempos aquéllos! ¡Qué momentos! Demasiado condensados en
estas líneas, pero lo breve, si bueno, dos veces bueno.
Ahora sí, es el momento de desgranar alguna de las más intere-
santes tareas que tuve en esa época dedicada a las drogas. Son real-
mente sabrosas y edificantes, y la primera de esas historias es sin
duda la Misión de la ONU en la que tuve ocasión de representar a
España en el Irán de los Ayatolá.
Yo estuve allí
128
11. UN PASEO POR IRÁN
Corría el año 1998 y el trabajo en la Agencia Antidroga, al año
siguiente de mi toma de posesión, era abrumador. No obstante, ya
no era el incauto de 1997 y empezábamos a coger el toro por los
cuernos, a pesar de lo cual no todo era «coser y cantar». En casa no
me veían el pelo, con los amigos no había manera de quedar, el telé-
fono echaba humo sobre todo con peticiones de subvenciones o
ideas para «acabar con las drogas para siempre», que por cierto
siempre costaban bastante dinero, necesitaba urgentemente un
relajo y, mira por dónde, vino de la manera más inesperada.
Una mañana de trabajo «hasta las cejas» me hicieron una llama-
da desde la Delegación de Gobierno para las Drogas, y fue el pro-
pio delegado el que me dijo: «Necesitamos que alguien de España
forme parte de una Misión que las Naciones Unidas quieren llevar
a Irán para ver cómo están las cosas por allí y negociar con el
gobierno un plan urgente». La frase desde luego impresionaba, al
menos a mí, y más en pleno 1998, cuandohabía fuertes rumores de
guerra entre el régimen talibán y el de los Ayatolá, pero, al fin y al
cabo, a la vida hay que cogerla como viene y sin más me ofrecí
voluntario para semejante paseo, del que aún me estoy acordando.
La Misión la organizaba el PNUFID, que no es otra cosa que el
Programa de Naciones Unidas para la Fiscalización de Drogas y
129
Estupefacientes, y era la primera Misión que con estas característi-
cas se organizaba desde la ONU. 
Una Misión de este tipo estaba compuesta por el grupo oficial de
representantes de la ONU de más alto nivel que puede organizarse
y tenía la categoría de Misión Gubernamental, por lo que el presi-
dente de la misma fue el propio presidente del Parlamento Europeo
de aquellos tiempos, un italiano la mar de inteligente y con los pies
en la tierra, y junto a él íbamos un francés, un belga, un alemán, un
estadounidense, una ucraniana y personal administrativo.
La Misión debía estar en Irán en septiembre y vendría a durar
unos quince días. Su objetivo era estudiar sobre el terreno todas las
medidas que el gobierno iraní estaba tomando para luchar contra
las drogas y negociar con él aporte de material de vigilancia de últi-
ma generación, como visores nocturnos y detectores radar, a cam-
bio de aumentar las medidas de control y suavizar algunas cos-
tumbres poco aceptables por el mundo más adelantado, como
algunos castigos corporales que tenían lugar en determinadas pri-
siones.
No está mal a estas alturas que recordemos qué papel jugaba, y
juega todavía, Irán en el tráfico de drogas. Irán es un país inmenso,
una encrucijada entre el Oriente Medio y el Lejano, un punto clave
para el movimiento del petróleo y el gas natural, y una pieza de pri-
mera magnitud en el frágil equilibrio sociopolítico de una de las
zonas más conflictivas e importantes del mundo.
Irán había salido de una sangrienta guerra con el régimen de
Sadam Hussein que había durado ocho años y había costado un
millón de muertos, y en la que nadie podía haber imaginado la
temible resistencia que iba a oponer a los iraquíes, a pesar del
apoyo que Estados Unidos en aquellos tiempos estaba prestando a
Sadam y a su partido político, Baas. Un Irán aparentemente feudal,
que había terminado con el régimen proamericano del sha Reza
Pahlevi en 1979, y que tenía instaurado un gobierno religioso
Yo estuve allí
130
musulmán chiita, había conseguido con una fuerza moral sin igual
en la zona no sólo detener a un ejército entrenado como el iraquí,
sino incluso derrotarlo, y todo con la fuerza y la convicción de
muchos hombres y mujeres que dieron su vida en aquella guerra,
hoy lejana pero no olvidada.
Irán es un país de fuertes contrastes, no sólo entre su gente sino
entre sus distintas regiones, tal y como tendría ocasión de compro-
bar personalmente, y a pesar de sus casi 65 millones de habitantes,
la juventud en 1998 imperaba de forma notoria, ya que la reciente
guerra se había llevado a los más mayores.
Aunque hay muchas razas en Irán, como armenios, turco-hún-
garos y árabes, las tres cuartas partes de la población son iranios o,
lo que es lo mismo, los descendientes de los persas, por lo que no
hay que confundir a Irán con un país árabe, no lo es, aunque sí
lógicamente musulmán. De hecho, el idioma es el farsi o parsi, una
lengua indoeuropea pero complicada, que, por cierto, obligó a que
me pusieran en la Misión un intérprete, un ingeniero que había
estado varios años en España y que durante aquellos quince días
fue mis ojos y mis oídos.
La importancia que tenía Irán para las Naciones Unidas en el
asunto del tráfico de drogas era muy simple, tiene más de 2.000
kilómetros de frontera por el este con tres países: al norte
Turkmenistán, en medio Afganistán y al sur Pakistán, y precisa-
mente era el trozo de frontera con Afganistán el más preocupante
ya que por él pasaban los grandes envíos de opio que se cultivaba
en ese país, que luego atravesaba todo Irán y entraba en Turquía,
donde se confeccionaba la heroína que finalmente iba a venderse en
Europa, para desgracia del primer mundo. Y nuestra misión era de
lo más expeditiva, recorrer toda la frontera este de Irán. Ahí es
nada.
Los preparativos fueron complicados, ya que una Misión de
este tipo exige muchos visados, permisos y sobre todo material que
Un paseo por Irán
131
hay que llevar. Yo resumí todo mi equipo en ropa fresca pero fuer-
te, camisas tipo Mao (es decir, sin cuello, ya que estaban muy mal
vistas las camisas de pico por ser demasiado occidentales), unos
prismáticos pequeños, una brújula, un teléfono satélite para poder
contactar desde el campo con España y algunos libros y libretas
para tomar notas.
Así pues, con todo organizado salí para Roma, donde me reuní
con el resto de la Misión y juntos partimos para Teherán. La llega-
da a Teherán fue ciertamente poco prometedora, y ya en el aero-
puerto aparecían múltiples carteles en inglés y farsi por todas par-
tes que decían textualmente: «Acabaremos con el régimen del
demonio de los Americanos», «Al final Alá vencerá a los extranje-
ros occidentales», y lindezas de este tipo. Yo, aunque miembro de
la Misión internacional, era al fin y al cabo español, y España entre
los países musulmanes siempre tuvo buena prensa en general, por
lo que me sentía extrañamente tranquilo, incluso como en casa.
Mi tranquilidad provenía no sólo de mi forma de ser, de por sí
poco dada a la preocupación, sino de mi conocimiento del mundo
musulmán, que había troquelado sobre todo en mi época universi-
taria, con muchos amigos de los más diferentes países de Oriente
Medio, y porque la cultura musulmana siempre me había atraído.
El Corán, por supuesto traducido al castellano, lo había leído ente-
ro años antes, desde la primera sura hasta la última, y cualquier
apreciación religiosa la entendía perfectamente, cosa que no ocu-
rría con algunos otros miembros de la Misión.
No obstante hay que decir que los chiitas son una parte de los
musulmanes minoritaria, que, en contraposición con los sunnitas u
ortodoxos, tienen tradiciones especiales y una historia peculiar que
conviene recordar.
El chiismo consideró siempre que el califato, o, lo que es lo
mismo, los diversos sucesores del profeta Mahoma, debía volver a
los descendientes de Alí, yerno de éste, y que sólo ha habido en
Yo estuve allí
132
realidad doce imanes auténticos en el Islam, a los cuales el chiismo
les da un carácter semidivino, ya que la tradición dice que antes de
morir Mahoma transmitió a Alí una serie de conocimientos esoté-
ricos y mágicos que le convirtieron en un ser especial en sabiduría.
A los pocos años de la desaparición del Profeta, la muerte por
asesinato de Alí y las distintas guerras entre las facciones musul-
manas generaron un cisma que aún existe y del que los chiitas son
una parte. También en la religión chiita impera la idea de «El
Mahdi» o el enviado, que es el llamado imán «desaparecido» cuyo
retorno todavía esperan en la actualidad.
Todo en Irán es religión, nada de la vida civil ni militar en el país
de los persas puede escapar a la idea religiosa musulmana de la vida,
y, aunque la modernidad se va imponiendo poco a poco, el gobier-
no es musulmán por Constitución y convencimiento. Es necesario
verlo todo desde esta perspectiva, si no se acepta este postulado no
se puede entender lo que se ve o se vive en este país mágico.
Por ejemplo, en todos los hoteles de Irán, a semejanza de la
Biblia que hay en los hoteles occidentales, o las Enseñanzas de Buda
que hay en los hoteles de Japón y el Lejano Oriente, hay una alfom-
bra de oración y un pequeño ladrillo marrón de distintas formas,
hecho con tierra compacta recogida de La Meca, de tal manera que
en las oraciones rituales, cinco al día, el musulmán chií debe rezar
orientado a La Meca y tocar con su frente el ladrillo mencionado. 
Así las cosas, y después de la primera noche en Teherán, empe-
zaron las visitas a los distintos ministerios para iniciar las negocia-
ciones y esto nos llevó varios días, ya que el protocolo era compli-
cado y en ocasiones debíamosincluso descalzarnos al entrar en
determinados despachos, por considerarlos sagrados en honor al
ayatolá que regentaba el cargo.
A mí me llamaron la atención dos cosas fundamentalmente: la
primera, la amabilidad con la que en todo momento fuimos trata-
dos y que iba más allá de la consideración de representantes de la
Un paseo por Irán
133
ONU, y la segunda, la pasión que los dirigentes del gobierno te -
nían con el teléfono móvil, algo realmente sorprendente.
Ni que decir tiene que todos los transportes de un lugar a otro
eran organizados por la policía iraní de forma precisa y controla-
da, con una escolta realmente multitudinaria, eso a pesar de que en
todo momento la sensación, en Teherán al menos, fue de completa
seguridad personal, aunque siempre había algún «guardián de la
revolución», profesionales militares universitarios muchos de ellos
que tenían un carácter semimístico y que destacaban por su perso-
nalidad, más adelante hablaré de ellos.
Desde Teherán lo primero que hicimos fue ir hacia el norte,
hacia el mar Caspio, para ver los controles que había en esta vía de
acceso a Irán. El mar Caspio es un inmenso lago que lleva cinco
millones de años sin desembocar en ningún sitio y que siempre se
dividió en dos partes, tanto política como económicamente: la
zona rusa y la zona persa, pero con la desintegración de la URRS
y el nacimiento e independencia de sus distintos países las cosas
cambiaron, y en 1998 el Caspio era un verdadero lío, lo miraras
como lo miraras.
Lo único interesante del Caspio para nosotros en aquel año fue
el caviar que nos dieron a probar, y las estructuras petrolíferas que
se iban construyendo aquí y allá, pero con referencia al tráfico de
drogas el Caspio no era un buen camino, por lo que desestimamos
seguir analizando la zona y nos desplazamos al límite con Turk -
menistán.
Turkmenistán es un país también musulmán pero de mayoría
suní, lo que no impedía que en aquel año las relaciones políticas
con ellos fueran para Irán muy buenas, lo que llevaba a una estre-
cha colaboración militar y policial que impedía básicamente cual-
quier ruta de opio por su frontera, por lo tanto quedaba muy debi-
litada la vía turcomana de la droga y nos concentramos en la
frontera con Afganistán.
Yo estuve allí
134
Para empezar a organizar el camino por la frontera con los tali-
banes nos dirigimos a la ciudad santa de Mashad, donde la mez-
quita del imán Ali Reza era el centro de toda la vida de la ciudad,
una ciudad joven y con ganas de desarrollarse que tenía 2,5 millo-
nes de habitantes por aquel entonces.
En Mashad, además de la visita preceptiva a la Mezquita, tuvi-
mos ocasión de entrar en una de las prisiones de Irán y ver con
nuestros propios ojos el sistema carcelario y el régimen de las con-
denas. La primera impresión fue de estupor, allí había aproximada-
mente unos doce mil presos hacinados en celdas, de tal manera que
el orden dentro de la cárcel era lógicamente militar, no se oía una
mosca volar, y cuando pasábamos por las galerías para hablar con
los internos el respeto era máximo y, aunque con miedo, nunca
pareció haber motivo de precaución.
El horario estaba organizado de forma que nunca había tiempo
libre, y a pesar del hacinamiento la limpieza era impecable. Aún
conservo un pequeño cuadro pintado a mano por un preso que
recrea las antiguas batallas persas y que tiene un estilo y una pul-
critud excepcionales.
En la prisión vi de cerca por primera vez en mi vida lo que se
entendía en Irán como psicoterapia de grupo, que para un psiquia-
tra como yo era lógicamente muy interesante. Como los presos
eran multitud, la psicoterapia en aquellos que la precisaban consis-
tía en que un grupo de unos treinta presos estaban en una habita-
ción con unos altavoces y unos micrófonos, y en otra estaba el
terapeuta que les sugería conversaciones, les daba pautas y sobre
todo les hablaba de lo bueno que es para la vida seguir los precep-
tos del Corán. Yo no sé si aquello valía para algo, pero desde luego
entretenidos estaban un rato.
Uno de los problemas en Irán respecto a las cárceles occidenta-
les era la aplicación de los castigos corporales, a veces con látigo,
que se imponían como penas accesorias a determinados presos que
Un paseo por Irán
135
infringían alguna norma, y ésta era una de las cuestiones que más
nos preocupaban. En las conversaciones con las autoridades de la
cárcel nuestras sugerencias cayeron en saco roto, y en un momen-
to dado el director nos dijo con gran amabilidad: «No querrán
ustedes enseñarnos a nosotros cómo organizar nuestra vida, y
sobre todo no querrán decirle al médico cómo debe curar las enfer-
medades». Allí acabó la conversación y nos fuimos con nuestras
utopías a otra parte.
Acabada nuestra visita a Mashad empezaba el recorrido más
sugerente y peligroso, la frontera con Afganistán. Para semejante
viaje las autoridades iraníes pusieron a nuestro servicio tres heli-
cópteros Kamov de fabricación soviética, que se veían un tanto
maduritos pero con buenos motores, y en los que cabíamos ocho
por aparato y los dos pilotos. Teníamos por delante unos 1.500
kilómetros de recorrido en helicóptero hacia el sur.
El viaje a través de la desértica frontera con el país de los taliba-
nes fue una prueba de resistencia para todos, y sólo las frecuentes
bajadas a tierra para ver de cerca las defensas militares iraníes y los
pistachos lograron mitigar un poco el esfuerzo. El estudio de cerca
de los cuarteles, las trincheras y las alambradas que recorrían la
frontera denotaba el esfuerzo que el gobierno estaba haciendo por
evitar el paso de opio desde Afganistán, y las consignas de esta
lucha venían de lo más alto, desde el propio Corán.
Muchos pueden pensar que los musulmanes son más tolerantes
con las drogas que otras religiones o culturas; nada más falso, los
que más drogas consumimos sin duda somos los países del mal lla-
mado «primer mundo», y los iraníes estaban dispuestos a recor-
darnos a cada paso su papel en evitar que la heroína llegara a
Europa.
Así fue como un general de división al mando de un área de
frontera nos dijo dos cosas como para tener en cuenta: «Señores, si
durante una semana dejáramos pasar todo el opio posible hacia
Yo estuve allí
136
Turquía, el precio de la heroína en Europa caería en su valor unas
veinte veces», y, por si no lo habíamos entendido, sacó del bolsillo
de su guerrera un papel cuidadosamente doblado que era su testa-
mento, con lo que acabó la primera frase diciendo: «El morir no es
intrascendente para mí, por eso llevo cerca de mi corazón el testa-
mento, para evitar papeleos inútiles». 
Aquellas palabras en boca de un aguerrido militar iraní me tra-
jeron a la memoria los tiempos del Imperio persa, la única diferen-
cia era que estábamos en pleno siglo XX y aquellas manos inmen-
sas del general, en las que brillaba un único anillo de plata (el oro
está prohibido ostentarlo en la religión chií), me convencieron a mí
y creo que a todos de que merecía la pena echar una mano también
nosotros en esta lucha tremenda contra la droga.
Son muchas las anécdotas en aquellos días de conversaciones y
de helicóptero, y así recuerdo una en la que nos contaban algunos
métodos que los afganos empleaban para hacer pasar la droga sin
riesgo. Uno consistía en una fila muy larga de camellos, atados uno
a otro, cargados de opio o pasta de heroína sin purificar, y hacer que
el primer camello tuviera un síndrome de abstinencia a la morfina
(era por lo tanto un camello yonki), de tal forma que, al otro lado
de la frontera, ya en el lado iraní, había unos puestos escondidos
con droga que el primer camello, el «heroinómano», iba olfateando
hasta llegar a uno de ellos. ¡Increíble el ingenio de los traficantes!
Los talibanes tenían un buen negocio con el opio y sabían que
en el mundo rico necesitaban esa droga y la pagarían muy bien, por
lo que en la frontera había una auténtica guerra encubierta.
Uno de los casos que más me impresionó fue que algunos fami-
liares de drogodependientes iraníes muertos por la drogahabían
formado un cuerpo paramilitar con el permiso del Ejército y acom-
pañaban a éste en todas sus campañas, pero con una diferencia,
habían hecho voto sagrado de dedicar el resto de su vida a comba-
tir contra la droga que había matado a su familia.
Un paseo por Irán
137
Los vuelos siguieron hacia el sur, hacia Baluchistán, la provincia
limítrofe con Pakistán, y esta vez nos acompañaba un «guardián de
la revolución», un hombre joven de barba negra, universitario y
muy educado, que con el uniforme militar tenía toda la apariencia
de aquellos «monjes militares» llamados templarios, quienes en la
religión cristiana tanto lucharon contra los musulmanes, pero esta
vez era al revés.
Los sepah (nombre persa de Ejército) son los «guardianes de la
revolución islámica», un ejército potente, grande y entregado a
la causa que forma el núcleo de las fuerzas armadas iraníes. Sus
miembros hacen votos sagrados de dedicarse en cuerpo y alma a la
causa allá donde se los necesite, y así son considerados como
la base del poder en Irán.
La frontera con Pakistán era menos proclive al paso de droga,
pero no por ello estaba desatendida, y además las relaciones con el
gobierno pakistaní en aquellos tiempos eran buenas, por lo que
el viaje fue más relajado y no teníamos miedo a los cohetes tierra-
aire con los que nos apuntaban en ocasiones desde los pueblos tali-
banes de la frontera.
El viaje nos llevó hasta el mismo sur de Irán, en plena provincia
baluchi, justo en el mar de Omán o Arábigo, donde las recepciones
y las buenas relaciones se sucedieron una tras otra. 
En la fiesta de despedida, con músicos y un cordero de prime-
ra, tuvimos ocasión de hablar unos con otros sobre el resultado del
viaje y pensamos que era una buena ocasión para ayudar a Irán en
el cierre con llave de la puerta de la droga, algo vital para nosotros
y bueno para ellos. 
Pasamos la última noche en Zahedan, capital del Baluchistán
iraní, y al día siguiente volvimos a Teherán, desde donde retorna-
mos a nuestros países de origen.
Fue una de las experiencias más interesantes de mi vida, había
compartido muchos días con personas que pensaban muy diferente
Yo estuve allí
138
a mí, recorrido lugares inaccesibles para la mayoría, dialogado con
los ayatolá de tú a tú y comprendido un poco más la diversidad de
las personas allá donde estén.
Pero aún quedaban cosas interesantes que hacer en este mundo
trágico e inhóspito de las drogas, como tratar de poner orden allí
donde se supone que hay que hacerlo, en la Asamblea General de
la ONU.
Un paseo por Irán
139
12. UNA MAÑANA EN LA ONU CON EL ÉXTASIS
Cuando uno oye hablar de la ONU le resulta algo grandioso y
que lo abarca todo en este pequeño mundo en el que vivimos, y no
deja de preguntarse si toda esa enormidad administrativa valdrá
para algo, pero lo cierto es que la ONU encierra la voluntad gene-
ral del mundo de poner orden en el planeta y tratar al menos de
controlar las injusticias allá donde se produzcan.
Hoy hay 192 países formando la ONU, pero en 1998, cuando
yo andaba por allí, sólo eran 184, señal de que el aparato funciona
y todos quieren estar en las Naciones Unidas, ¡hasta Suiza, que
ingresó en 2002!
La ONU es un inmenso grupo de voluntades que tratan todos
los asuntos que le puedan interesar al hombre, y en la actualidad
tiene tres sedes: Nueva York, Ginebra y Viena.
También está dividida en departamentos que se especializan en
los más diversos temas, alimentación, armamento, justicia social y,
cómo no, en drogas y delito. Este último apartado está bajo la lla-
mada Oficina de las Drogas y el Delito, y si sólo de drogas se trata
estaríamos hablando del Programa de Naciones Unidas para la
Fiscalización de las Drogas o PNUFID.
Y es que todos sabemos, porque ya somos mayorcitos, que las
drogas están íntimamente asociadas al delito, ya sea por el consumo
140
de las mismas, la corrupción que generan o la inmensa cantidad de
dinero que mueven, son de hecho las que más dinero movilizan en
todo el mundo, por encima del petróleo y sólo por debajo de la
fabricación y el tráfico de armas, lo que indica que el tema no es
como para tomarlo a broma.
Durante 1998 la ONU preparaba su Asamblea General en
Viena para dedicarla íntegramente a las drogas y su tráfico, y
España tenía que estar ahí sin duda.
España, para aquellas personas que aún no lo sepan, es la puer-
ta de entrada de casi toda la cocaína que llega a Europa desde
Iberoamérica y de la mayoría del cannabis que procede del Norte
de África. Por su posición geográfica y por la gran cantidad de costa
que la rodea, más nuestra vinculación especial con los países de
habla hispana, España era un objetivo geopolítico de primer orden
dentro del movimiento de las drogas en el mundo occidental.
Pero aún había otro tema de lo más interesante para ese año
1998 y se llamaba «éxtasis», que nos traía de cabeza en aquellos
tiempos y sobre el que sabíamos más bien poco o casi nada. El
éxtasis no era otra cosa que unos derivados de las anfetaminas y su
extensión cada vez era mayor, al menos entre la gente joven.
Todos conocíamos desde siempre que las anfetaminas como
sustancias químicas de síntesis de laboratorio nacieron de la inves-
tigación siguiendo el modelo del alcaloide «efedrina», principio
activo de una planta milenaria, la Ephedra, usada ya tres mil años
antes de Cristo por los chinos para aliviar el asma y como anties-
pasmódica.
Pero es a principios del siglo XX, con motivo de las guerras,
cuando en Alemania se empiezan a sintetizar distintas moléculas
cuyo núcleo básico sería la fenil-isopropil-amina (anfetamina), y se
empiezan a utilizar ya a gran escala en la Primera Guerra Mundial
para disminuir la sensación de cansancio y de hambre de los solda-
dos en el frente, y para estimularlos en las hostiles condiciones del
Una mañana en la ONU con el éxtasis
141
combate. De hecho, fueron los propios Laboratorios Merck de
Alemania los que se percataron inmediatamente de la capacidad
para quitar el hambre de estas sustancias.
Así, en 1931 se sintetiza la bencedrina y en 1938 la meta-anfeta-
mina, siendo ambas muy utilizadas en las guerras posteriores a la
Primera Guerra Mundial. 
En nuestro país es de sobra sabido que estas anfetaminas se uti-
lizaron regular y oficialmente en la Guerra Civil, sobre todo en la
Marina (en los barcos de abastecimiento), y en los pilotos, y ya de
forma generalizada en la Segunda Guerra Mundial por todos los
bandos.
Por ejemplo, los pilotos de combate de todos los ejércitos toma-
ron grandes dosis de anfetaminas para mantener elevados niveles
de alerta y vigilancia a bordo de sus aparatos y estimular la com-
batividad, siendo el caso ya histórico de la gran cantidad de anfeta-
minas que, acabada la guerra de Estados Unidos con Japón, que-
daron en el archipiélago nipón y que generarían cientos de miles de
adictos a estos estimulantes, hasta tal punto que aún hoy la droga
más extendida en Japón es sin duda la meta-anfetamina.
En cualquier caso las anfetaminas fueron y siguen siendo patri-
monio de las farmacias de todo el mundo, y los que hayan hecho el
servicio militar obligatorio recordarán con facilidad como al tener
un resfriado o una gripe los médicos militares recetábamos «anti-
gripales FAS», que «te ponían a cien en un momento» porque, claro
está, tenían anfetaminas, e incluso la anfetamina era la dotación esti-
mulante oficial en todos los botiquines militares del mundo.
En las farmacias de 1998 incluso tenían anfetaminas las pastillas
contra el mareo, los medicamentos para adelgazar, los anticonges-
tivos nasales y los llamados «estimulantes cerebrales», sustancias
todas que se vendían sin receta y se usaban con mucha frecuencia.
Hoy la propia OMS, después de años de abuso de las anfetami-
nas, se plantea la retirada paulatina de las mismas de los formula-
Yo estuve allí
142
rios de todo el mundo, siendo sustituidas por otros estimulantes
más controlables y con menos efectos secundarios, como el metil-
fenidato, con objeto de retirar de los mercados mundiales muchastoneladas de estas sustancias que nutren el mercado negro y que
incluso se utilizan como precursores para las actuales drogas de
síntesis o éxtasis.
Pero ¿por qué traigo aquí este rollo histórico sobre las anfeta-
minas? Pues muy sencillo, para explicar cómo los traficantes crea-
ron las drogas de síntesis como verdaderos sustitutos en el merca-
do negro de las anfetaminas y, debido a la progresiva decadencia de
éstas, en todo el mundo, y porque fue la razón de que un médico
insignificante como yo estuviera un día de marzo de 1998 en la
Asamblea General de las Naciones Unidas.
Entre todas las «drogas de síntesis» que hoy invaden el mundo
occidental, se destacan pues marcadamente las de tipo anfetamíni-
co. Del aproximadamente medio centenar de sustancias sintetiza-
das con tal fin, las de uso más común, con gran diferencia del resto,
son 3,4-metilendioxianfetamina (MDA) o «droga del amor» y 3,4-
metilendioximetanfetamina (MDMA) conocida como «Éxtasis»,
«Adam», «XTC» y otros; compuestos más recientes y que han
adquirido cierta reputación, y por tanto consumo, son 3,4-meti-
lendioxietanfetamina (MDEA) o «Eva», 4-metil-2,5-dimetoxianfe-
tamina (DOM) o «STP», etc. 
La MDMA, o éxtasis en el argot callejero, fue sintetizada en
1914 en Alemania como sustancia para quitar el hambre, no lle-
gando nunca a comercializarse, y fue empleada a comienzos de la
década de los setenta por un grupo de psiquiatras en Estados
Unidos como favorecedor de la psicoterapia al mejorar supuesta-
mente la comunicación. 
Entonces la pregunta era: ¿Por qué este cambio de uso en los
estimulantes, sobre la base de la trasformación de la sociedad de
los setenta en la de los noventa y 2000, en la que se imponía una
Una mañana en la ONU con el éxtasis
143
conducta lúdica, de satisfacciones inmediatas, intolerancia a la frus-
tración y pragmatismo a ultranza, todo ello levantado sobre la
«velocidad»?
Nosotros esgrimimos algunas razones para ese cambio en el
hábito de consumo, de los jóvenes en especial:
1ª) Porque había un aumento grande en las dificultades para
conseguir estimulantes «oficiales» (anfetaminas), que progresi-
vamente habían ido saliendo de las Farmacopeas y Vademécum
legales, y sobre todo de las farmacias. 
2ª) Porque había un intento claro por parte de las redes del
narcotráfico por eludir las listas internacionales de estupefa-
cientes (Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes) o
sustancias psicotrópicas (Convenio de Viena, 1971) a base de
pequeñas modificaciones moleculares, y ello llevaba la imposi-
bilidad legal de enjuiciar y condenar a los delincuentes que
manejaban estas sustancias.
3ª) Porque los jóvenes querían sustancias cuyo manejo fuera
de corto efecto en el tiempo (alrededor de cinco a ocho horas
por unidad, o menor). Ése era el caso del MDMA y MDEA. La
vida media de estas sustancias es considerablemente inferior a la
de la mayor parte de las anfetaminas tradicionales.
4ª) Se buscaba por supuesto el efecto estimulante, que
magnifica las posibilidades de relación interpersonal mitigan-
do temporalmente la natural timidez y las censuras propias
del individuo, en particular en los ambientes lúdico-festivos,
y además porque disminuía notablemente la sensación de can-
sancio, lo que venía muy bien para los bailes durante todo el
fin de semana.
5ª) También existía un efecto psicológico imaginario en lo
que a la sexualidad se refería, creyéndose entonces que estas
pastillas tenían un efecto afrodisíaco. 
Yo estuve allí
144
6ª) Por otra parte, además, el aspecto de estas drogas era
como de «medicamentos», al ser presentadas en forma básica de
comprimidos, cápsulas o tabletas, lo que daba un valor añadido
a la sustancia.
7ª) También pesaba la facilidad para fabricar estas drogas con
conocimientos medios de química y laboratorios relativamente
sencillos, a los que simplemente se les tenían que suministrar
«precursores» provenientes de desvíos en las redes legales de los
mismos.
8ª) Finalmente, el bajo precio que estas pastillas tenían, en
contraste con las bebidas alcohólicas de fin de semana y con
otros estimulantes como la cocaína, era un valor añadido a su
utilización.
Fuera como fuera, el éxtasis en aquellos años arrasaba en
Europa y Estados Unidos, y parecía imparable.
Las sustancias de síntesis en Europa empezaron a aparecer,
como ya hemos apuntado, a mediados de los ochenta en el norte de
Europa: Inglaterra, Holanda, etc., y a partir de esas fechas empieza
a diseminarse su uso hacia el sur y este de Europa: España,
Portugal, Italia y Grecia. 
Por ejemplo, en España las primeras incautaciones fueron en
1987 en las Islas Baleares, procedentes del turismo anglosajón de
verano, y consistieron en unos cientos de pastillas. En los años
siguientes se incautaron miles de pastillas y para mediados y fina-
les de los noventa las incautaciones habían llegado a quinientas mil
pastillas al año, lo que supone un mercado de al menos cuatro veces
esta cantidad, si se tiene en cuenta que las cifras de decomisos poli-
ciales vienen a ser en términos optimistas entre un 20 y un 25 por
ciento de la materia ilícita que circula.
Al mismo tiempo, las aprehensiones de pastillas de síntesis en
Inglaterra duplicaban las cifras españolas y hasta las triplicaban, y
Una mañana en la ONU con el éxtasis
145
en los Países Bajos simplemente eran mayores (para una población
mucho menor).
La evolución del tráfico de pastillas de síntesis desde finales de
los ochenta hasta finales de los noventa fue «in crescendo» en
todos los países de Europa Occidental (UE), y tras las medidas de
lucha adoptadas en esa época hoy parece frenado el fenómeno, que
no «en disminución».
En las Naciones Unidas estaban preocupados por este aumento
impresionante de drogas de síntesis y se necesitaban con urgencia
medidas para frenarlo, por lo que uno de los puntos a tratar en la
Asamblea General de 1998 era precisamente éste.
Así las cosas, también sin previo aviso, como casi todo lo que
me ocurría en aquellos tiempos, la Delegación del Gobierno con-
tra las Drogas me propuso participar en dicha Asamblea, que se iba
a celebrar en Viena, y como siempre, no sé por qué, dije nueva-
mente sí.
Llegado pues marzo, y ya en el avión camino de Viena, el dele-
gado del Gobierno me suelta: «Bueno, ¿qué has escrito para maña-
na en la Asamblea?». La cara que debí de poner tuvo que ser tan de
sorpresa que el delegado se quedó blanco por unos minutos y me
dijo: «Pero ¿es que no has escrito nada? Si mañana tienes que
hablar delante de 184 países». Entonces me percaté de que la cosa
iba en serio y que el que tenía que hablar era yo, por lo que inme-
diatamente me agencié unas servilletas del propio avión y me puse
manos a la obra, total, aún tenía un vuelo y una noche por delante.
Esta rápida maniobra de las servilletas debió de tranquilizar a mi
amigo y delegado, que entonces decidió echar una cabezada.
Ya en Viena tenía preparado el discurso y todos nos fuimos a la
cama más tranquilos.
Viena es una ciudad magnífica, elegante, amplia, limpia y con
aires de cultura por todas partes, es probablemente la ciudad de
Europa más equilibrada. Yo ya había estado alguna que otra vez, y
Yo estuve allí
146
como es lógico había visitado la casa de Freud, como todo psiquia-
tra que se precie, el campo de atracciones de la película El tercer
hombre de Orson Wells, la Escuela de Equitación Española y,
cómo no, el palacio de Schönbrunn donde Sissi paseó sus amores
con Francisco José. Pero en esta ocasión no iba a hacer turismo, iba
a la Asamblea General de la ONU y la cosa cambiaba un poco.
El día de la Asamblea por la mañana repasamos el texto, nos
reunimos con el embajador de España en la ONU y con diversos
diplomáticos para planear la participación, al fin y al cabo el asun-
to no dejaba de tener algo de teatral.
Lo primero que llama la atención al entrar en el edificio de la
ONU en Viena para acreditarse es la presencia de policías de dis-
tintas nacionalidades pero todos con un gorro azul, ya fuera un
turbante en caso de un indio u otro tipopara otra nacionalidad,
todo olía a muy internacional, casi se pierde el sentido de pertene-
cer a un país, uno se siente auténticamente un ciudadano del
mundo.
Todo son galerías, grandes salas, oficinas, departamentos y
gente que va de un lugar a otro como si supieran adónde van, pero,
eso sí, con mucha elegancia y sofisticado protocolo.
El salón central de la Asamblea es impresionante, viene a ser
semicircular, con un techo altísimo y unas paredes tapizadas de
cristaleras desde donde los traductores de los más diversos países
ponen las conferencias de los miembros en los respectivos idiomas.
Era, por así decirlo, el centro del mundo.
Cada uno de los 184 países tenían asignados dos puestos con
micrófono y dos sillones detrás para los acompañantes, y delante
un cartel plastificado con el nombre del país que podía moverse
fácilmente y que, como luego me explicarían, había que levantar
bien alto para pedir la palabra en la Asamblea.
La reunión estaba a punto de empezar. El presidente de la
Asamblea era un diplomático iraní que yo había conocido el año
Una mañana en la ONU con el éxtasis
147
anterior en Irán, y había otros conocidos que me hacían ver que la
cosa era más doméstica de lo que parecía a primera vista. Había
todo tipo de personas, razas, religiones y vestidos, algunos verda-
deramente folclóricos, pero todo estaba muy ordenado. 
Lo que España llevaba a aquella Asamblea era una cosa bastan-
te técnica y por lo tanto complicada, era una iniciativa para vigilar
más de cerca las drogas de síntesis y controlar por parte de los
gobiernos los precursores y las distintas sustancias químicas que
sabíamos que se utilizaban para la elaboración del éxtasis, incluidos
los isómeros (sustancias químicas idénticas entre sí pero sólo si se
miraban en un espejo).
Cuando llegó el momento me hicieron una señal y rápidamente
levanté el cartel de España durante un ratito hasta que la mesa pre-
sidencial me vio y me anotó en el turno de oradores, la peripecia
estaba ya en marcha. Yo, mientras tanto, recitaba una y otra vez el
breve discurso, para evitar deslices o tropezones, sin saber, pobre de
mí, que lo que dijera iba a ser de inmediato traducido a más de cin-
cuenta idiomas y por lo tanto mi aterciopelada voz quedaría para
mis conocidos y aquellos miembros de países de habla hispana.
En un momento dado se me dio la vez y yo, con voz pausada y
el mayor énfasis teatral posible, empecé la lectura del texto que
había escrito el día anterior en el avión, como si el mundo entero
dependiera de mis argumentos, como si fuera lo último que iba a
decir de importancia en el resto de mi vida. ¡Qué ingenuo y qué
pardillo era!
Lo leído me llevó unos diez minutos, tiempo que me pareció un
siglo, y cuando acabé me quedé mirando hacia delante como si
alguien fuera a venir a decirme lo mal que lo había hecho, pero no,
sólo observé caras de satisfacción y buenas maneras, allí no se per-
mitían los malos modos ni los desaires, todos eran muy civilizados.
El resumen de lo leído no era sino una reflexión sobre la evolu-
ción del consumo de las drogas en los últimos tiempos, y de cómo
Yo estuve allí
148
habíamos pasado de la epidemia de heroína y sida de los años sesen-
ta y setenta al consumo masivo de sustancias de síntesis por parte de
millones de jóvenes que exigía un esfuerzo por adaptarnos a esos
nuevos hábitos, controlando todas las sustancias que se precisaban
en la cadena química de la confección de estas nuevas drogas.
Inmediatamente distintos países tomaron la palabra a favor o en
contra de nuestra proposición, y debo decir que fueron muchos.
Cada uno esgrimía las razones que le parecían más obvias, incluso
la de que en su país ni siquiera habían oído hablar del éxtasis, cosa
que no era de extrañar, y se organizó un buen debate que duró no
mucho más de quince minutos.
El punto final, como no podía ser de otra manera, lo puso el
representante de Estados Unidos, que dejó muy claro que su
gobierno no iba a poner controles extras a las multinacionales que
fabricaban precursores para las drogas de síntesis, ya que dichos
precursores lo eran también de medicamentos, cosméticos y hasta
de pinturas, con lo que nuestro gozo en un pozo. 
Nuestra petición había resultado interesante, prometedora e
incluso brillante, de hecho distintos países nos pidieron el escrito
personalmente, pero la realidad del poder en el mundo se iba a
imponer como si de un jarro de agua fría se tratara, y hasta ahí lle-
garon nuestras ilusiones y nuestro empeño. 
Al día siguiente nos volvimos a Madrid un tanto decepcionados,
pero, eso sí, con unos cuantos llaveros de la ONU para los amigos.
Una mañana en la ONU con el éxtasis
149
13. LA NARCOSALA
Todo empezó de la manera más ingenua y sencilla posible,
como suceden los grandes acontecimientos, como nace una flor, sin
ruido, en silencio, pero luego el asunto creció de forma imparable,
como un alud, e incontenible, como un maremoto. Fue el naci-
miento del Dispositivo Asistencial de Venopunción, cuyo nombre
técnico quedó oculto por el periodístico de «Narcosala», y así ha
quedado en los anales de las hemerotecas.
El 22 de marzo de 1999 el doctor Carlos Álvarez Vara, director
de Asistencia de la Agencia Antidroga, amigo y maestro, a quien
guardaré un cariño especial mientras viva, al dar una charla infor-
mativa a un grupo de periodistas latinoamericanos comentó que
podría ser interesante la apertura de un centro o dispositivo donde
los heroinómanos pudieran pincharse la heroína en condiciones
higiénicas y con una cobertura sanitaria y social, al estilo de otros
centros de Europa.
Los periodistas se lanzaron sobre mí esa misma tarde y, como
entonces era el responsable máximo de la Agencia, tuve que dar
explicaciones y las di. Como era lógico, avalé los comentarios de
Carlos Álvarez y dejé claro que era un proyecto con sentido común.
El 23 de marzo, al día siguiente, la noticia ya estaba en los titu-
lares de toda la prensa, y esto no había hecho más que empezar.
150
Aún me acuerdo de una Sectorial (que era la reunión que junta-
ba a todos los consejeros de Sanidad de las Comunidades con los
respectivos responsables de las drogas, presidida por el vicepresi-
dente del gobierno y los ministros con competencias en el asunto),
que se celebró al día siguiente de los titulares y, nada más entrar en
el Ministerio del Interior, mi consejera de Sanidad, que entonces
era Rosa Posada, y un servidor nos vimos rodeados de una nube de
periodistas que nos acosó como lo hacen ahora con las artistas y los
futbolistas para pedir algún titular o alguna aclaración. Aquella
reunión pasó totalmente desapercibida y sólo flotaba en el aire la
palabra «Narcosala».
También era interesante observar a los políticos del PSOE, que
con cara de «haba» veían cómo una Comunidad gobernada por la
derecha les pasaba por la izquierda, pero muy por la izquierda,
tanto que en los siguientes meses no pudieron reaccionar salvo con
tímidos esfuerzos por decir que el dispositivo planeado era una ile-
galidad. ¡Ja! Para ilegalidades, otras que aquí no comentaré.
Incluso los más osados empezaron a decir que lo que de verdad
había que hacer era «dar heroína». En fin, yo era psiquiatra, ade-
más de gerente de la Agencia Antidroga, y comprendía perfecta-
mente tales desvaríos.
Ni que decir tiene que de las palabras a los hechos había que
recorrer mucho camino, ¡yo ni me imaginaba cuánto!, y así empe-
zó una especie de vía crucis para conseguir el objetivo.
Durante lo que quedaba del año 1999 la polémica no hizo sino
crecer. Así, desde la Agencia cada día anunciábamos un paso más,
ya sea el proyecto, la financiación o el sitio para poner el dispositi-
vo, y desde los contrarios se anunciaban movilizaciones. 
Las primeras reacciones contrarias, como era de esperar, fueron
las de las Asociaciones Vecinales de Vallecas, al principio con el con-
cejal de turno al frente, que tuvieron que ser vencidas con un sinfín
de reuniones de todo tipo, y la idea definitiva de que el centro se
La Narcosala
151
abriría en plenopoblado chabolista de Las Barranquillas, que no
tenía ningún vecino en dos kilómetros a la redonda.
Para los que no lo sepan, Las Barranquillas era en 1999 el mayor
«supermercado» de venta de drogas de España, y en todos sus
caminos de polvo y barro malvivían una legión fantasma de dro-
godependientes que no importaban a nadie. Con ellos se acababa la
moda de la heroína, que había empezado veinte años atrás con
la guerra de Vietnam y la generación Hippie. Eran los últimos de
los últimos y su existencia, casi un milagro.
No podía consentirse, ni entonces ni ahora, que un ser huma-
no muriera por una mala dosis con la única compañía de las ratas
y que nadie de la sociedad del bienestar hiciera nada. El conven-
cimiento que teníamos era «de acero», nada ni nadie podía apar-
tarnos de la idea de dar una posibilidad a estas personas para salir
del agujero o al menos morir entre personas que se preocuparan
por ellos.
La medida propuesta era de lo más simple y lo llamamos desde
el principio DAVE (Dispositivo Asistencial de Venopunción). Se
trataba de habilitar un centro en el que existieran cabinas indivi-
duales en las que aquellos heroinómanos que quisieran ponerse «su
droga» pudieran hacerlo con material aséptico, compuesto de
jeringuillas, desinfectante y agua destilada, todo ello en presencia
de personal sanitario por si surgía alguna complicación o había una
parada cardiaca, cosas ambas que sucedían constantemente y que se
habían llevado por delante a miles de personas en los años anterio-
res, casi toda una generación.
El centro tenía médico, enfermeros, personal auxiliar y trabaja-
dores sociales, contaba con duchas, la posibilidad de una comida o
unos cafés calientes y una zona pequeña para descansar y charlar
cuando hacía mal tiempo. Además se instalaron un pequeño
laboratorio para analizar la droga de aquellos que nos lo pidie-
ran y un equipo de resucitación cardiopulmonar, con desfibrilador
Yo estuve allí
152
y electrocardiograma incluidos, todo para evitar el daño causado
por la acción voluntaria de inyectarse heroína.
No se trataba simplemente de que se inyectaran la droga sin más
y evitar males mayores, queríamos aprovechar el dispositivo para
informar, vacunar, curar heridas o enfermedades y tratar de con-
vencer a los usuarios de que existían otros caminos.
Naturalmente muchos de los usuarios del DAVE o Narcosala
estaban en «busca y captura» y tuvimos que pactar con la propia
policía una cierta tolerancia hacia ellos, si no nadie iría al mismo. La
verdad es que la Policía Nacional se portó de maravilla, pues sin su
colaboración nada hubiera sido posible, como más adelante se verá.
Junto a los vecinos de Vallecas se posicionó el propio
Ayuntamiento de Madrid, que con poca información e incluso
mala fe en su momento nos hizo la guerra a su manera. Era una
guerra que tenían perdida de antemano, y así el 4 de noviembre de
1999, por primera vez en unos cuantos años, todos los grupos polí-
ticos de la Asamblea de Madrid aprobaron por unanimidad la aper-
tura de la Narcosala, después de una cosa que ellos llaman una
«transacional», que viene a ser un cambio de «cromos», yo te doy
y tú me das, con añadidos y sugerencias que fueron muy bien reci-
bidas, como por ejemplo la posibilidad de que los usuarios del cen-
tro pudieran analizar previamente la droga que iban a ponerse y así
saber a ciencia cierta su pureza y los adulterantes que tenía. 
Por esas mismas fechas presenté mi dimisión al presidente, pero
me fue rechazada, de hecho aquello cambió el rumbo de la Agencia
a mejor, se aumentó la dotación y el personal, y la confianza en mi
gestión quedó consolidada.
Desde la Agencia no nos quedamos únicamente pensando en ésta
y otras polémicas. En Madrid había muchos problemas y así, sin
haber abierto la Narcosala, ya anunciamos para el 2000 la apertura
de un Centro de Tratamiento Hospitalario para la Cocaína, que sería
el último centro en abrir antes de que tirara la toalla en 2001.
La Narcosala
153
La guerra con el Ayuntamiento continuó hasta enero del 2000,
y para echar más leña al fuego la JIFE (Junta Internacional de
Fiscalización de Estupefacientes de la ONU) mostró sus reticen-
cias hacia este tipo de dispositivos, que en aquellos tiempos tam-
bién quería abrir Australia (y que no abrió porque las Olimpíadas
le tocaban de cerca y no querían empañar su imagen internacional).
Las cosas se iban enmarañando y se abrían frentes por todas
partes. Un alivio en este sentido fue la complicidad de la
Delegación del Gobierno para las Drogas, que apoyó sin reservas
el proyecto con dinero, por lo que el Ministerio del Interior se
posicionaba en la polémica. Mientras tanto, multitud de personajes
del mundo del arte, el deporte o el espectáculo opinaban al respec-
to en todos los medios, y que yo recuerde leí escritos de Rosa
Regás, Eduardo Mendicutti, Natalia Figueroa y muchos otros,
entre los que destacaban los periodistas y hasta los propios direc-
tores de los periódicos, que se esmeraban en hacer todo tipo de edi-
toriales, un día sí y otro también. Me acuerdo perfectamente de un
breve artículo que escribió la actriz Norma Duval apoyando la
idea, todo un personaje en aquellos tiempos y a quien se lo agrade-
cí en persona, como es lógico; o el Gran Wyoming, con quien cola-
boré en diferentes proyectos asistenciales; y hasta la mismísima
María Dolores Pradera, que en aquella época estaba con nosotros
hasta tal punto que la contratamos para dar un recital en el Teatro
Carlos III en El Escorial y estuvo la mar de simpática. En fin, que
la cosa era un verdadero lío. 
Estando así el escenario, el 12 de enero de 2000 me reúno con el
alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano, por orden
expresa de Alberto Ruiz-Gallardón, y le explico el proyecto punto
por punto, después de las «muchas lindezas» que ambos habíamos
expuesto en los diferentes periódicos el uno del otro.
En aquella reunión uno de los comentarios que más le impactó
fue sin duda el siguiente: «Alcalde, el bacilo de la tuberculosis va
Yo estuve allí
154
por el aire y no distingue el signo político. Cada vez que un dro-
godependiente pasa por nuestros centros se va vacunado de la
tuberculosis, y eso nos beneficia a todos, si no imagínate a un cha-
val de Las Barranquillas pidiendo limosna en el Metro de Madrid
y, de paso, repartiendo bacilos». 
Yo creo que el alcalde había estado mal asesorado, nadie le había
dicho la verdad en su equipo político ni técnico, y así no se pueden
tomar decisiones.
Los desacuerdos con el Ayuntamiento en ese momento queda-
ron aclarados y todos los malos entendidos entre las instituciones
y entre las personas, que habíamos expuesto en todos los medios
de comunicación hasta la saciedad, también se esfumaron, por lo
que creíamos que ése iba a ser el último «frente de batalla» y que se
cerraba definitivamente. Pero la guerra continuaría.
Cuando todas las instituciones y partidos políticos de Madrid,
e incluso del Gobierno Central, parecían estar de acuerdo, la ONU
mostró sus reticencias respecto al dispositivo, lo que originó que
centros parecidos de toda Europa empezaran a opinar sobre lo que
íbamos a hacer. Bueno ¡eso ya rebosaba el vaso de agua!, y al pre-
guntarme un periodista le solté sin mediar razonamiento alguno:
«A mí lo que piense la ONU y Europa entera me importa un pito».
Por supuesto, fue el titular de los periódicos del día siguiente.
Lo cierto es que cada vez que nos daban un golpe al mismo
tiempo alguien nos tendía la mano, y esta vez la mano provino de
los propios jueces y de la Fiscalía Antidroga, que en unas Jornadas
no vieron ninguna ilegalidad en la instalación de la Narcosala; en
fin, un poco más de oxígeno para el cuerpo.
Las cosas estaban así cuando se acercaban las elecciones genera-
les de marzo del 2000. Era 8 de marzo y el candidato a presidente,
José María Aznar, estaba en el programa de Onda Cero
Protagonistas con Luis del Olmo, cuando a preguntas de éste Aznar
respondió: «Creo que la Narcosala es una cuestión opinable. Creo
La Narcosala
155
que mantenerunas posiciones rígidas en este asunto es muy discu-
tible. Es un asunto sujeto a dudas [...] y me inclino más a pensar en
los efectos menos provechosos que pueden tener estas decisiones.
Dudo de que realmente se dé un paso sustancial contra la droga»,
ante lo cual el propio Luis del Olmo mostró su disconformidad
con la opinión del candidato.
La entrevista cayó como una bomba. Yo inmediatamente llamé
al presidente de la Comunidad, que había estado escuchando las
declaraciones, y me respondió tranquilamente: «Rectificará», y a
continuación me preguntó: «¿Seguimos adelante con la presenta-
ción a los medios del prefabricado de la Narcosala mañana?». Era
una fecha ya fijada con anterioridad, y mi respuesta no pudo ser
otra: «Por supuesto que sí».
El 9 de marzo, cuando todos los periódicos en titulares mani-
festaban la opinión adversa del candidato a presidente hacia el dis-
positivo, nosotros presentábamos éste en sus talleres de fabrica-
ción, justo tres días antes de que José María Aznar saliera elegido
presidente del Gobierno con mayoría absoluta. Fue una apuesta
importante, y unas treinta y cuatro cámaras de televisión de unos
quince países diferentes estaban allí con nosotros. ¿Quién daba
más?
Después de unos días de silencio mediático, debido a las propias
elecciones generales, el asunto siguió dando que hablar. Ahora
quedaba el traslado a Las Barranquillas, lo que no sería fácil dado
que eran módulos prefabricados de grandes dimensiones y los
caminos eran casi intransitables. Aquí nuevamente la Policía
Nacional fue decisiva, ellos nos ayudaron en los cruces del convoy,
regularon el tráfico y suavizaron las dificultades, todo ante una casi
total pasividad de la Policía Municipal. ¿Seguiría enfadado el
Ayuntamiento?, porque estas cosas se contagian.
El lugar de la instalación definitiva era el terreno de una anti-
gua vaquería abandonada, que por cierto era el único lugar legal,
Yo estuve allí
156
es decir con escrituras de propiedad, en todo el poblado de Las
Barranquillas, y el encaje de bolillos que hubo que hacer fue sor-
prendente, pero se vencieron todas las dificultades, las personas
empeñadas en el proyecto estábamos por ayudar y conseguimos
entre todos su instalación. Ahora quedaba por ver cómo funciona-
ría un proyecto que tanto había costado y que tanta polémica había
suscitado.
La Narcosala empezó su funcionamiento con timidez, los pro-
pios drogodependientes no sabían de qué se trataba, no podían
creerse que tanto lío era por y para ellos, desconfiaban, nadie los
había visto como enfermos, su adjetivo siempre fue el de delin-
cuentes o simplemente marginales, a pesar de lo cual en el primer
mes conseguimos que aproximadamente cien pacientes se inyecta-
ran allí su droga, y de paso sacamos adelante a dos usuarios con
sendas paradas cardiacas. La cosa prometía.
La prensa internacional se hizo eco de lo que pasaba en España
y así, por ejemplo, Emma Bonino, del Partido Radical Italiano, e
Ignacio Marcozzi, director de la Agencia Antidroga italiana, nos
hicieron una visita que salió en todos los medios, ensalzando el
esfuerzo español, a lo que correspondimos con una visita a Roma
a los pocos meses. También el propio alcalde de Madrid llevó a su
colega Joao Soares, alcalde de Lisboa, y la verdad es que se sintió
muy orgulloso de las palabras de elogio del portugués, ¡lo que son
las cosas!, y así toda una ristra de personajes pasaron incansable-
mente por allí, hasta el embajador de Indonesia en Madrid, que nos
pidió consejo sobre el montaje de algo similar en Yakarta.
Pero la prensa que más nos gratificó fue la nórdica, y en los
periódicos suecos, noruegos y finlandeses se elogió finalmente la
atención dada a los drogodependientes en España y todo parecía ir
por buen camino.
Ya nadie estaba en contra, salvo una institución, la propia
ONU, así que pasado el verano, el 26 de septiembre de 2000, una
La Narcosala
157
comisión científica de la JIFE se personó en Las Barranquillas para
ver de cerca el dispositivo y evaluarlo para su próxima Memoria
Anual.
La JIFE era el órgano máximo a nivel mundial de evaluación de
Centros Asistenciales para Drogodependientes, y su visita subió
nuevamente los termómetros, sobre todo de los periodistas.
Los profesionales que vinieron tenían la máxima preparación,
estuvieron a pie de obra y hablaron con los drogodependientes que
allí había, y como premio les obsequiamos con una comida en
Chinchón, en la que por cierto «se pusieron las botas». De todos
modos, hasta el año siguiente no sabríamos lo que iba a decir de
nosotros y mientras tanto debíamos seguir con el trabajo.
Durante el 2000 también recibí algún que otro disgusto, el pri-
mero fue que nadie se había presentado al concurso para adjudicar
el primer Centro de Atención a los pacientes cocainómanos, lo que
me llevó a decir en la prensa: «Nadie quiere trabajar con estos
enfermos», y aunque luego se arreglaría el asunto gracias a la
Orden de San Juan de Dios, me llevé un buen susto.
Y así la Narcosala iba poco a poco integrándose en el mundo de
Las Barranquillas, empezó a ser apreciada por todos, no sólo por
los propios usuarios, sino incluso por los traficantes, al fin y al
cabo estábamos protegiendo la vida de sus clientes y eso era algo
para tener en cuenta.
En un año habían pasado por el dispositivo unos mil quinientos
adictos, y en algún periódico empezaban a aparecer artículos escri-
tos por algunos de ellos. Así, uno de los que más me impresionó
fue una Carta al Director de un heroinómano cuyo título era la mar
de significativo: «Ahora sí creo en ustedes».
El trabajo se hizo con normalidad, la Narcosala empezó a abrir
veinticuatro horas seguidas, instalamos un albergue justo al lado,
que se abriría al poco tiempo, y la lucha contra la marginación
había ganado una batalla.
Yo estuve allí
158
Como guinda final quedaba el Informe Anual de la JIFE, que
salió en 2001, y decía más o menos lo siguiente: «La JIFE, en cohe-
rencia con su postura histórica, reitera su preocupación por la exis-
tencia de instalaciones de la naturaleza de la de la Comunidad de
Madrid en España, en las que por razones sanitarias mayores se
permite el consumo de droga. Sin embargo, la JIFE reconoce tam-
bién la utilidad de la sala de Venopunción de Las Barranquillas
como primera medida para atraer a los toxicómanos que, anterior-
mente, no se habían incorporado a ningún tipo de red de cuidado
de la salud ni a ningún programa de tratamiento». 
Las Naciones Unidas por medio de la JIFE habían evitado con-
denar explícitamente la sala de Madrid, a pesar de haberlo hecho
con las fallidas salas de Australia el año anterior, por lo que la par-
tida había quedado en tablas. 
No me importaba, lo único que necesitaban las personas que
vivían en Las Barranquillas era eso, una tabla de salvación para no
ahogarse en su propia soledad.
La Narcosala
159
14. EN EL VATICANO DE CONVERSACIÓN
En la agitada época de la Agencia Antidroga todo mi empeño
era llamar a todas las puertas, hablar con todos y meterme en todos
los charcos, y desde luego que conseguí estar «hasta en la sopa»,
pero me faltaba un palo por tocar, y éste era la Iglesia católica.
Naturalmente teníamos convenios con otras confesiones,
como la Conferencia Evangélica, que a su vez tenía varios centros
y talleres sobre todo de formación laboral, pero institucional-
mente la Iglesia más grande, mayoritaria en España, era sin duda
la católica.
En la lucha contra las drogas había empeñados muchos religio-
sos católicos, no sólo a título individual como algunos curas dio-
cesanos, sino a nivel institucional, y así todos conocemos sin duda
a Proyecto Hombre de los Padres Pavonianos, el trabajo de la
Orden de San Juan de Dios, las Hermanas Hospitalarias o los cen-
tros de las Hermanas Adoratrices, y así muchos otros que forma-
ban una primera fila en este trabajo asistencial.
Yo mismo era y sigo siendo católico, pero practicante, de esos
raros que van a misa los domingos y creen «a su manera» en la
resurrección de los últimos tiempos, creencia porcierto nacida en
mi más tierna infancia y totalmente compatible con cualquier
conocimiento o posición ideológica actual.
160
Pero yo quería más, naturalmente, y fue así como me embarqué
en una aventura que casi me cuesta la «excomunión». Bueno, es
broma, pero desde luego hice enfadar a algunas autoridades reli-
giosas y otras civiles como reacción, y que acabaría con una visita
oficiosa al Vaticano y algunas reprimendas posteriores en España. 
La cuestión empezó siendo muy sencilla: solicité una audiencia
con el entonces cardenal Rouco Varela, prelado de la Iglesia en
España, para exponer un proyecto de colaboración de la Iglesia
madrileña en las campañas de prevención de las drogodependen-
cias, y lo hice en varias ocasiones sin obtener respuesta en meses.
La idea era simplemente utilizar la plataforma de las parroquias
madrileñas para el reparto de dípticos de prevención en materia de
droga, sin entrar en dichos dípticos en asuntos espinosos que la
Iglesia no compartía: uso de preservativos, dispensación de meta-
dona y algunas cuestiones de menor rango. Pero incluso después
de tener una entrevista con el obispo auxiliar, la cosa no prospera-
ba y fue entonces cuando me dije: «Pues me voy a Roma y en el
Vaticano explico la cuestión, a ver si así me hacen caso». Y ni corto
ni perezoso pedí una cita oficialmente y, al mes, allí que me fui con
todos mis proyectos e ideas debajo del brazo. Corría noviembre
del año 2000, y hacía bastante frío por cierto.
Yo había estado antes en Roma, y por supuesto en el Vaticano,
de hecho, y a efectos meramente turísticos, ya había paseado por
los museos, las capillas y cuantos lugares dejan extasiados a los visi-
tantes, incluso conocía algunas dependencias interesantes como la
Farmacia vaticana, una de las más grandes del mundo y que diri -
gían mis amigos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, y así
otros lugares. Pero nunca había establecido relaciones instituciona-
les con el gobierno vaticano, y esto era lo que estaba dispuesto a
hacer. ¡Yo era entonces muy impetuoso, como es fácil de suponer!
También había participado años atrás como contertulio en distin-
tos programas de Radio Vaticano, que es la radio digamos oficial de
En el Vaticano de conversación
161
esta pequeña ciudad, sobre todo tratando temas de psiquiatría, y
parece mentira la cantidad de gente que puede oír esta diminuta
radio, pues cuando estaba en aquellas ondas recibía cartas y men-
sajes de los lugares más dispares del mundo.
Había también un dato que estaba a mi favor y era el hecho de
haber conocido anteriormente a monseñor Javier Lozano, cardenal
mexicano, presidente en aquellos momentos del Consejo Pon -
tificio para la Pastoral y la Salud, que equivale a decir en términos
políticos «ministro de Sanidad» del Vaticano.
La relación con monseñor Lozano se debía al hecho de haber
compartido con él unas Jornadas Internacionales sobre Drogas en
Santiago de Chile, y de la simpatía que tuvo con mi hija, entonces
pequeña, que se empeñaba en estar jugueteando todo el rato con el
crucifijo que monseñor llevaba en el pecho, que por cierto era muy
bonito.
Ya entonces en Chile habíamos hablado del problema de las
drogas y de cómo podía entenderse la cuestión desde la perspecti-
va católica, pero, mira por dónde, ahora íbamos a ver el asunto a
«pie de despacho», que es como se tratan los temas serios.
Llamé a la secretaria de Lozano y fijamos como fecha de reu-
nión el 21 de noviembre de 2000, y sin más allí me presenté.
La Ciudad del Vaticano es el Estado independiente más peque-
ño del mundo. Mide unas 44 hectáreas y tiene entre 700 y 1.000
habitantes. Está en el corazón de Roma y nació con el Tratado de
Letrán en 1929, realizado entre el Papa y el entonces máximo diri-
gente italiano, Benito Mussolini. A pesar de su tamaño, su influencia
no es del todo bien apreciada, pero se calcula que ejerce una acción
directa sobre más de mil millones de personas que profesan la reli-
gión católica, y otros tantos que, aunque no lo hagan, tienen puestos
sus ojos en las directrices ideológicas de esta pequeña ciudad.
El Vaticano se rige por el Código de Derecho Canónico, que es
el más antiguo en vigor del mundo, y el jefe máximo es Su Santidad
Yo estuve allí
162
el Papa, aun cuando hasta 2001 había un gobernador seglar e inclu-
so cuerpos especiales de seguridad. Esto último ha servido de ins-
piración a muchos escritores con ánimo de hacer novelas fáciles y
lucrativas, y en cierta medida ha puesto de moda esta pequeña ciu-
dad sin que ella lo pretendiera.
El Papa ejerce el poder temporal sobre el Vaticano por medio
de una comisión de cardenales, y tanto lo administrativo como lo
protocolario es probablemente de lo más complejo que se cono-
ce hasta la fecha en cualquier gobierno del mundo, teñido todo
ello de una espiritualidad que es difícil de ocultar y se siente a
cada paso.
De todas formas, en esta complejidad subyace una sencillez
notoria, y así el trato de cualquier miembro del Vaticano es muy
humano y fiable, y toda la grandeza y supuestas riquezas que
muchos miran con malos ojos en torno a esta ciudad no es sino un
inmenso museo en el que se trabaja codo a codo junto a obras
inmortales, en el que nadie o casi nadie tiene nada en propiedad.
Hay que recordar que muchísimas de las personas que trabajan en
la logística vaticana son religiosos de diversas órdenes y todos tie-
nen voto de pobreza, y desde luego siempre que he ido lo he podi-
do comprobar.
El Papa delega los distintos asuntos en Comisiones o Consejos,
y de estos últimos hay distintos, para la Familia, la Pastoral, Temas
económicos y, cómo no, el que a mí me interesaba: el Consejo
Pontificio para la Salud.
Así pues, el 21 de noviembre estaba en la antesala del despacho
de monseñor Lozano hacia las diez de la mañana, con nuestros
proyectos y pretensiones. Cuando me hicieron pasar, mi primera
impresión fue de austeridad, el despacho era una habitación peque-
ña, con una mesa de una antigüedad notoria y unas sillas de la
misma época, y allí estaba mi amigo el cardenal con una sonrisa
calurosa dispuesto a escuchar mis historias.
En el Vaticano de conversación
163
Hay que tener en cuenta que cuando un hombre desde el sacer-
docio simple llega al rango de cardenal, es porque ha pasado muchos
filtros, ha demostrado su valía en muchos sitios y por supuesto es
una persona excepcional. Ése era monseñor Lozano, mexicano de
nacimiento, conocedor de varios idiomas y que había dado unas
cuantas veces la vuelta al mundo y escrito unos cuantos libros.
Le expliqué detalladamente nuestro trabajo en Madrid sobre la
lucha contra las drogas, le insistí en los métodos de prevención, en
los tratamientos e incluso me atreví a defender los programas de
reducción del daño que se basaban en el uso de preservativos,
entrega de jeringuillas nuevas y el uso de metadona y otros análo-
gos a la heroína. Todo lo escuchó con paciencia y atención y en su
turno de palabra me susurró la poca confianza que la Iglesia tenía
en el uso de «drogas» para luchar contra las «drogas», en clara refe-
rencia a los programas de metadona, si bien dejó abierta la puerta
con el precepto moral del «mal menor», y me entregó algunos
escritos de Juan Pablo II sobre la cuestión y un libro suyo en el que
explicaba la postura católica.
Tuvo que luchar monseñor con una impresora que tenía en el
despacho que no era demasiado moderna, pero a la que supo sacar-
le el jugo, y así llegamos inclusive a hablar de la Sala de Veno -
punción que teníamos entre manos en esos momentos en Madrid,
y que pareció interesarle mucho.
Monseñor Lozano me expuso que las políticas de prevención
contra las drogas debían buscar valores cristianos que potencien la
familia y den un sentido trascendente a la vida, por lo que era difí-
cil entender algunas medidas médicas que se tomaban en esta lucha
y que complicaban un apoyo total de las autoridades católicas.
A pesar de todo yo manifesté en aquella reunión una cierta sen-
sación de que a la Iglesia en Madrid no le interesaba mucho cola-borar con determinadas campañas de prevención, y que en parte la
razón de mi visita era ésa.
Yo estuve allí
164
Así las cosas, me despedí amigablemente de monseñor y me diri-
gí al hotel para pasar la noche, y fue entonces donde las cosas empe-
zaron a tomar un matiz periodístico. Ya en el hotel, un amigo perio-
dista me llamó para preguntarme por otras cuestiones y, al contarle
que estaba en el Vaticano para explicar los asuntos de la Agencia
Antidroga y ante una cierta dejadez de la Iglesia en Madrid, se le
encendió la bombilla y ni corto ni perezoso se puso manos a la obra
para sacar una noticia en el diario del día siguiente.
Por la mañana, entrando ya en Madrid, la noticia tenía el
siguiente titular: «La Comunidad de Madrid pide al Vaticano que
la Iglesia de Madrid apoye su lucha antidroga», y ya me vi venir el
lío.
Nada más entrar en la oficina me habían llamado de la sede del
obispo auxiliar de Madrid para una reunión urgente, tenía una lla-
mada de la Presidencia de la Asamblea de Madrid y otra de la
Presidencia de la Comunidad. Parecía que la cosa había levantado
ampollas y yo creía que no era para tanto.
Tras resolver lo que pude telefónicamente, al día siguiente me
presenté en la catedral de la Almudena, que es donde está la sede
del obispo auxiliar, y allí tuve con él una entrevista muy peculiar.
Empecé excusándome por si a alguien había molestado, y en
tono simpático planteé la posibilidad de la excomunión, a lo cual,
con sonrisas, el obispo me respondió que todo tenía solución y que
sencillamente al cardenal le había molestado el salto en el trámite
reglamentario a la hora de ir al Vaticano, a lo que yo respondí que
llevaba esperando casi dos meses una entrevista para hablar de una
colaboración de la Iglesia en las campañas de prevención contra la
droga.
La sangre no llegó al río, pero me pusieron las orejas coloradas
y la reunión acabó con un «ya veremos». Por supuesto nunca más
se supo de aquella petición mía, y yo ya no persistí en este camino,
habría otros.
En el Vaticano de conversación
165
La verdad era que, por primera vez, un organismo oficial de
lucha contra las drogas español había ido a presentar sus proyec-
tos y reflexiones al Vaticano, teniendo en cuenta que España es un
país mayoritariamente católico y que esta confesión religiosa
tenía y tiene mucho que decir en la marcha de todo cuanto suce-
de en el país.
A los pocos días de aquella reunión en Madrid volví al Vaticano,
ya con más prudencia y sin comentario alguno a periodistas, sólo
para enseñar a monseñor Lozano el proyecto completo de la Sala
de Venopunción que ese año se estaba debatiendo a todos los nive-
les, y ante la que se mostró muy sorprendido por su objetivo, dife-
rente a otras similares en Europa.
Aprovechando mi segunda visita a monseñor Lozano, le hablé
del artículo de prensa aparecido en Madrid y del malestar que esto
había causado, a lo cual no dio ninguna importancia, mostrándose
solícito para hablar con Rouco Varela y así zanjar el asunto.
Acabada la reunión y ya más tranquilo, como si en realidad me
hubiera ido a confesar, me volví para Madrid a seguir en aquella
lucha que casi acaba conmigo.
Ya no volví más al Vaticano, aunque sí a Roma en dos ocasiones
en 2001, una para presentar el proyecto de la Sala de Venopunción
en la sede del Partido Radical Italiano por invitación de Emma
Bonino, y otra para recibir el «Premio a la Coerenza 2001» dado
por el Instituto Psicosocial de Roma, pero ya estaba lejano mi
paseo por el Vaticano, del que no me arrepentí para nada.
Hoy, ocho años después de aquel paseo por los entresijos de los
Estados Pontificios, aún se me revuelve algo por dentro, ya que en
un mundo global y laico en el que los gobiernos tienen que andar
con pies de plomo y los ciudadanos creen y profesan muy diversos
credos, yo sigo pensando en lo mismo de mi niñez, no sé si por
inmadurez o por convencimiento, la religión no podemos arran-
carla del hombre porque dejaríamos de ser hombres, y el único
Yo estuve allí
166
consuelo que existe ante las tragedias y el dolor no es el psicológi-
co, el médico o el de los familiares y amigos, es el consuelo tras-
cendente.
Y es que ¡ya está bien! Recientemente hemos sabido que en
algunas ciudades ya no se van a poner belenes en Navidades, que
las manifestaciones religiosas deben ser ocultadas salvo que intere-
ses comerciales digan otra cosa, pues estamos en un Estado laico, y,
por si faltara algo, en una de esas Navidades por las calles de
Madrid me encontré con un sinfín de palabras inconexas lumino-
sas como adorno navideño, que lo único que hacían era distraer a
los conductores y hacernos pensar a los psiquiatras. ¿De quién
habrá sido la idea?
¿Qué fue de la Navidad de nuestra niñez, de la ilusión, de los
villancicos, de las reuniones familiares, de la carta a los Reyes
Magos...? ¿Dónde queda hoy aquella ilusión? ¿Qué fue de los sen-
timientos religiosos que acunaron nuestra infancia?
¿A lo mejor nos han engañado y todo lo que nos contaron es
falso? No lo creo. Aún recuerdo con alegría una infancia llena de
ilusiones, de fantasía y de sensaciones especiales cuyo sabor per-
dura en mi mente y en mi interior, una Navidad entrañable asocia-
da a alegría y a candor. Pero, claro está, las cosas cambian.
Hoy sabemos que la Constitución europea no hablará de cristia-
nismo, la española ya hace tiempo que está en esa línea y los políticos,
«correctos siempre en las formas pero cínicos en sus contenidos»,
seguirán huyendo de sí mismos con tal de conservar un sillón-cargo y
sentirse especiales, al menos por un tiempo, en sus vidas.
Pues bien, la religión seguirá existiendo en sus más diversas for-
mas porque es un clamor humano, y las fiestas como la Navidad
también, para algunos de nosotros al menos, porque es un período
de tiempo que refleja la Natividad, el Nacimiento de Jesucristo.
Pero como el que insiste algo consigue, poco a poco han conse-
guido que la Navidad, como el resto de las festividades religiosas,
En el Vaticano de conversación
167
sean hoy «un no se sabe qué», como la leche desnatada, el embuti-
do light o el lenguaje sin contenido. Nos quieren quitar el creer en
algo más que en «cosas» porque así, sin creer en nada, todo vale y
nos perdonamos mejor a nosotros mismos, amén de ser goberna-
dos sin temor a la crítica.
Mi visita al Vaticano fue en el fondo un acto de rebeldía ante el
olvido, motivado o no, que el mundo oficial hace al componente
más íntimo y sagrado del ser humano, a ese trozo de infinito que
duerme en el interior y que es el único consuelo ante la angustia
vital. Yo al menos me quedé más tranquilo, y algunos otros se que-
daron más intranquilos.
Yo estuve allí
168
15. EL 11 DE SEPTIEMBRE EN DIRECTO
Acababa de dimitir de mi puesto en la Agencia Antidroga de
Madrid hacía unos tres meses y me dije que nos merecíamos un
descanso en forma de viaje, tanto yo como mi familia, y así lo
hice.
Pero desde luego hay ocasiones en las que uno, sin comerlo ni
beberlo, se ve envuelto en circunstancias excepcionales que le cam-
bian la perspectiva para siempre, y en un momento que pasa a ser
histórico se vive una situación casi inimaginable que supera con
creces la vida anterior.
Era el 11 de septiembre de 2001 por la mañana temprano y aca-
bábamos de dejar hechas las maletas en un hotel de Nueva York, en
el que nos habíamos hospedado las dos familias que íbamos juntas,
para pasar la mañana y luego coger el vuelo hacia Madrid, que esta-
ba fijado para la tarde de ese día.
Llevábamos unos diez días recorriendo la costa Este de Estados
Unidos y la parte sur de Canadá, estábamos cansados pero conten-
tos y deseando volver a casa, pero, mira por dónde, el destino nos
reservaba una sorpresita.
En la mañana del 11-S no teníamos claro qué hacer para llenar
el tiempo y dudábamos sobre volver a pasear por el centro de
Manhattan o hacer una excursión por el Bronx para conocer la
169
famosa comisaría Fort Apache, siendo esta última opción la que
ganó la batalla.
Así pues, a primera hora un pequeño microbúsnos recogió en
la puerta del hotel junto con otras personas y allá que nos acomo-
damos nuestros amigos, un matrimonio de Burgos a los que que-
remos mucho, su hijo, mi mujer, nuestra hija y yo mismo, y nos
dirigimos a la cinematográfica comisaría.
El guía era un joven hombre iberoamericano muy simpático,
que se dedicaba en su tiempo libre a llevar visitas turísticas. El
pequeño tour nos costó unos cincuenta dólares por cabeza, y
durante un rato fuimos molestos porque nos había metido en el
mismo viaje a otras personas con las que no contábamos, no sa -
bíamos que esa pequeña molestia era insignificante para lo que se
venía encima. Así, poco a poco y mientras nos iba comentando dis-
tintas cosas de la ciudad, llegamos al pie de la comisaría.
Los acontecimientos a nivel personal fueron un poco extraños.
Según bajamos del microbús recibo una llamada de mi hermano
pequeño desde Madrid en el teléfono móvil en la que me dice que
una avioneta se ha estrellado contra una de las Torres Gemelas, yo
le respondo que será alguna broma, que eso es imposible. Pero
ponemos la radio y nos dirigimos a un lugar cercano al río de
Harlem que separa el Bronx de Manhattan para ver lo que pasaba.
Efectivamente, nos acercamos al río y desde un alto vemos no
una Torre con humo sino las dos, y en ese momento me vuelve a
llamar mi hermano para decirme que en las noticias se hablaba cla-
ramente de un atentado.
A partir de aquí ya nadie sabía qué hacer ni qué decir. El guía, lleno
de desolación después de hablar con toda su familia y llorar amarga-
mente, nos bajó por Long Island hasta el puente 59 en la Isla de
Roosvelt, para que intentáramos entrar en Manhattan caminando, ya
que el Bronx está fuera de la isla, y allí nos dejó, pero, como era lógi-
co, la evacuación había comenzado y el puente estaba ya bloqueado.
Yo estuve allí
170
Era una marea humana la que salía por el puente, dirigida por
la policía, y todos con cara de circunstancias, así que nos dimos
media vuelta y a «buscarnos la vida» mientras las noticias se suce-
dían una tras otra sin ningún tipo de certeza y con la sensación de
que las cosas podían ir a peor.
Según caminábamos sin rumbo fijo entre una multitud de per-
sonas que salían de Manhattan se nos pasaron por la cabeza multi-
tud de pensamientos: esto era una guerra mundial, ya no podría-
mos salir de Estados Unidos, dónde dormiríamos esa noche, qué
íbamos a hacer con los compromisos que nos esperaban en España,
y así un sinfín de cosas, todo ello acompañado ocasionalmente de
unos vasos de agua que cogíamos en unos puestos que el Ejército
de Salvación Americano había dispuesto en las calles a manera de
ayuda espontánea.
La evacuación de la isla fue masiva en las primeras horas, y salvo
aquellos que vivían allí, el resto salía por los distintos puentes y a
pie, ya que el metro estaba suspendido y todos los sistemas de
autobuses y vehículos privados también.
Hay que recordar que aunque la población fija de Manhattan es
de aproximadamente 1,5 millones de personas, en ella trabajan
otras tantas más, lo que junto a visitantes ocasionales y turistas
hacen prácticamente un total de entre 3 y 4 millones.
Había un silencio total en el aire, ya que el espacio aéreo ameri-
cano estaba cerrado, al igual que las fronteras tanto de Canadá
como la de México, y sólo oíamos de vez en cuando el ruido de los
cazas militares y los helicópteros de la policía que sobrevolaban el
cielo neblinoso aquel fatídico día.
Manhattan es sólo uno de los distritos de Nueva York, proba-
blemente el que menos habitantes tiene, ya que el conjunto total es
de unos 8 millones de personas, y está aislada del resto del conti-
nente por el río Hudson, el East River y el río de Harlem. Tiene
una longitud total de unos 21 kilómetros y afortunadamente su
El 11 de Septiembre en directo
171
subsuelo es casi todo pura roca. Lo de afortunadamente lo añado a
propósito porque para los acontecimientos posteriores la dureza
del suelo fue determinante en mitigar la tragedia, en la medida en
que la caída de las Torres no generó un efecto en cadena ni un gran
hundimiento de la red de metro, así como la propia estructura de
acero de las Torres también hizo lo suyo en limitar la catástrofe.
Las Torres Gemelas estaban situadas en el barrio financiero, en
la zona de Wall Street, en la parte sur de Manhattan, a unos 15 kiló-
metros de donde estábamos nosotros, por lo que en ningún
momento hubo sensación del más mínimo peligro, sólo desolación
y dudas respecto a lo que estaba ocurriendo. 
En nuestro caminar sin destino aún tuve la delicadeza de telefo-
near al hotel para decir que no nos esperaran ese día y que anula-
ran nuestra estancia. Tontería semejante no tenía otra explicación
que el aturdimiento en el que estábamos y luego, por la noche, nos
costaría suplicar una habitación para las dos familias.
En un par de horas más los móviles dejaron de tener cobertura
y sólo había gente caminando de un lado a otro sin saber qué hacer,
me imagino que más o menos lo mismo que las autoridades en ese
momento.
No fue sino hacia las cuatro de la tarde que un taxista paquista-
ní nos dijo que habían reabierto algunas líneas del metro, así que,
ni cortos ni perezosos, nos metimos en la primera estación que
pudimos y, como no teníamos dinero suelto para las máquinas
expendedoras de billetes, le compramos un billete usado a un vaga-
bundo que tenía su casa en la propia estación, y gracias a él y a su
pericia pudimos coger una línea hacia Manhattan.
Ya en la isla el olor y el aire eran irritantes y pesados, práctica-
mente en la parte alta de la ciudad no se veía a nadie, no había trá-
fico rodado y caminamos hacia nuestro hotel, al que llegamos hacia
las ocho de la tarde y en el que después de muchos ruegos nos die-
ron la última habitación que quedaba para pasar la noche.
Yo estuve allí
172
Las televisiones estaban todas emitiendo lo que ocurría en la
Zona Cero, los mensajes de las autoridades y la suspensión de
todos los eventos de los días siguientes, incluidos las clases en cole-
gios y universidades, negocios y así un largo y penoso etcétera.
Esa noche apenas nos movimos de la zona del hotel, bajamos a
cenar algo y lo único que veíamos y oíamos eran las sirenas de
bomberos, ambulancias y vehículos oficiales, todos dirigiéndose
hacia la zona del atentado.
Hacia las diez de la noche, por indicación de las autoridades,
se hicieron unos minutos de silencio y todos bajamos a la calle
con velas encendidas en señal de duelo, fue sin duda algo impre-
sionante.
Las noticias insistían en que aún había aviones sin localizar, en
que no se sabía quiénes habían sido los autores, en que el Ejército
estaba en alerta máxima, las fronteras cerradas, el espacio aéreo
cerrado por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, la
Guardia Nacional entrando en Manhattan, el presidente en para-
dero desconocido, y todos los ojos del mundo clavados en el tele-
visor. Fue la máxima audiencia televisiva que se recuerda en toda la
historia de la pequeña pantalla.
Esa noche todavía hubo otras alarmas de bomba: en el Empire
Estate, en el Hotel Gran Hyatt y en otros edificios oficiales, y no
era fácil decidirse por dormir o estar fuera del hotel. Finalmente
nos venció el sueño y se impuso descansar.
El 12 de septiembre amaneció igualmente gris por el polvo y el
humo que persistía y que barría toda la isla de Manhattan. Había
más vehículos y gente por la calle, pero no mucho más que el día
anterior, la mayor parte de los negocios estaban cerrados y apenas
había unos bares y cafeterías abiertos. Los periódicos abrieron
todos con portadas similares. «It’s war», «Es la guerra».
La mayor parte de la red de metro se abrió, salvo la ubicada en
la Zona Cero, se reabrieron parcialmente algunos puentes y se
El 11 de Septiembre en directo
173
veían ya los primeros vehículos militares entrar en la isla y tomar
posiciones. Ante las muchas interrogantes que había en el aire,
prácticamente todo el mundo estaba pegado al televisor pues era la
única fuente, junto con la radio, parahacerse idea de lo que pasaba.
El clima psicológico adquirió tintes trágicos, no sólo por la
masacre de las propias Torres y del Pentágono, más los fallecidos
en los aviones, sino por la sensación fatal de que Estados Unidos
iba a tomar una decisión de fuerza que difícilmente podríamos
olvidar. En aquellos momentos si la nación más poderosa del
mundo hubiese arrasado por ejemplo Afganistán o cualquier otra
nación de la órbita extremista islámica, nadie hubiera reprobado
esa conducta, de hecho en nuestro fuero interno latía una sed de
venganza por esa matanza inútil pero contundente con la que los
terroristas habían enseñado al mundo la vulnerabilidad del gigante
americano. ¡Momentos difíciles estos para los dirigentes, en los que
las decisiones deben tomarse con rigor pero con prudencia!
La cobertura de los teléfonos móviles volvió y todos pudimos
hablar con las familias y empezar a contrastar las opiniones desde
dentro de Estados Unidos con las de fuera, y desde luego no había
ningún optimismo.
El magnetismo que tuvo la televisión en estos días fue tal que
hubo personas que prácticamente no pudieron dormir y no
se separaron de las imágenes ni un solo momento, imágenes que se
repetían incansablemente y que generaron una verdadera psicosis
colectiva que luego los psiquiatras americanos denominaron
Trastorno por Estrés Postraumático, aunque yo personalmente
creo que mis colegas se pasaron en sus apreciaciones iniciales.
Con el espacio aéreo cerrado y con ganas de volver a casa todo
eran conjeturas: que si ir por carretera hasta Chicago y salir desde
allí, que si bajar en tren a México y volver desde el país vecino, o
coger un autobús hasta Canadá para retornar desde Toronto. Todo
era inútil, Canadá cerró también el espacio aéreo, México seguía
Yo estuve allí
174
con la frontera cerrada y no salía ni entraba ningún avión desde o
a Estados Unidos, incluso los que estaban en vuelo y les quedaban
apenas dos horas para llegar el mismo día 11 de septiembre se des-
viaron a Canadá o a otros aeropuertos y siempre escoltados con
cazas militares, «por si acaso».
Sólo quedaba esperar con paciencia, pasear y estar pendientes
de las noticias.
Así las cosas, lo primero que hicimos fue dirigirnos al
Consulado español de Nueva York y allí, en una conversación con
la secretaria del cónsul, ofrecer nuestros servicios como médico-
psiquiatras por si fueran necesarios, lo que finalmente no fue pre-
ciso, decir dónde nos hospedábamos y seguir paseando.
Curiosamente, el gran problema para los turistas españoles, en
especial los más jóvenes y que en su mayoría estaban de luna de
miel, era solicitar una ayuda económica en el Consulado para man-
tenerse en la ciudad el tiempo que fuera preciso, para lo cual sólo
se podía obtener la módica cantidad de cien dólares, y con ellos
poca cosa se podía hacer en una de las ciudades más caras del
mundo. Muchos de aquellos turistas finalmente se hospedaron en
albergues de Harlem, según nos contaron ellos mismos.
Nosotros, ya maduritos y con menos preocupaciones económi-
cas, tuvimos la suerte de contar con el apoyo incondicional de la
compañía con la que habíamos contratado el tour y que se hizo
cargo de todos los gastos hasta nuestra salida, lo cual, visto hacia
atrás, es de agradecer.
El mismo día 12 bajamos paseando hacia la Zona Cero, que dis-
taba de nuestro hotel unos 8 kilómetros, y llegamos justo hasta las
barreras policiales donde el trabajo era incesante. Recuerdo como
cosa curiosa la cantidad de campamentos portátiles que las dife-
rentes confesiones religiosas habían montado en aquel límite y que
probablemente ofrecían ayuda espiritual a los familiares que bus-
caban infructuosamente a los desaparecidos.
El 11 de Septiembre en directo
175
A la vuelta del paseo tuvimos ocasión de ver en persona a Bill
Clinton, que estaba en una esquina realizando una rueda de pren-
sa y animando a todos los que se le acercaban, ¡simpático desde
luego nos pareció!
Aún hoy, unos años después, no se sabe a ciencia cierta la can-
tidad de personas que murieron en aquellos atentados, de hecho
apenas se pudieron sacar de los escombros unos pocos cadáveres,
el resto se volatilizaron en el atentado. Se calcula que pudieron
morir alrededor de tres mil personas, pero nunca se sabrá.
A partir del día del atentado la única forma de llenar nuestro
tiempo era pasear de un lugar a otro, estar pendientes de cuándo
abrían el espacio aéreo y hablar con la familia por teléfono.
Nueva York, esos primeros días en Manhattan, fue una ciudad
prácticamente fantasma. Los comercios empezaron a abrir pero
estaban vacíos, los cafés y restaurantes tampoco andaban mejor,
Central Park se convirtió en el único sitio que inspiraba paz y tran-
quilidad, como ocurre siempre con la naturaleza, al que en realidad
se podía ir y allí nos encontrábamos todos los que estábamos obli-
gados a no poder salir del país.
Pero como la vida empuja de forma inexorable a continuar, a
la semana poco a poco la isla empezó a latir, las terrazas estaban
con gente, todas las tiendas estaban abiertas, los colegios y las
universidades empezaron a funcionar y el tráfico también, y aun-
que la angustia permanecía se impuso el día a día. Por cierto, los
diamantes, un comercio muy exquisito de Manhattan, cayeron
en su precio hasta casi un 50 por ciento de su valor, buen
momento para alguna compra aunque los ánimos no estaban
para bromas.
Una de las cosas que hicimos fue presenciar una típica Misa
Gospel o Evangélica negra, a la que fuimos para matar el tiempo,
pero que dados los momentos históricos fue particularmente emo-
tiva, en especial porque la sensación de las personas no americanas
Yo estuve allí
176
«de cuna» fue en esos tiempos de cierta culpabilidad, al fin y al
cabo ya se sabía que los autores eran fundamentalmente árabes.
Ni que decir tiene que miles de árabes viven pacíficamente en
Estados Unidos, y desde el primer momento las autoridades islá-
micas en Nueva York se posicionaron codo con codo con el pue-
blo americano y con sus representantes, siendo impresionantes las
declaraciones de los imanes americanos en las primeras páginas de
los periódicos. Nunca antes todas las razas que viven en la isla estu-
vieron más unidas que en aquellos días, no era para menos.
Con el paso de los días y la certeza de ausencia de supervivien-
tes empezaron las especulaciones sobre las empresas que habían
desaparecido por completo en el derrumbe, las personas que se
dudaba que estuvieran bajo los escombros, los documentos que
se habían esfumado para siempre, los datos de importancia de los
que si no había copia ya no volverían a recuperarse, de las cajas
fuertes que nunca más se abrirían y así una ristra de preguntas que
aún hoy no tienen respuesta.
A los quince días de la catástrofe el espacio aéreo se abrió defi-
nitivamente, aunque ya antes de forma progresiva se habían abier-
to distintos aeropuertos y las propias fronteras, y nos apuntamos
al primer avión de Iberia que llegara a Nueva York, y así fue como
tuvimos constancia de que las aguas volvían a su cauce. En ese pri-
mer avión de Iberia llegaron varios periodistas para cubrir las noti-
cias, y nosotros teníamos ya asientos asignados.
El día de la partida los controles del aeropuerto tardaron horas,
las colas fueron interminables y la desesperación por volver máxi-
ma, a pesar de lo cual el avión salió y la pesadilla empezó a pasar al
baúl de la memoria, pero en un apartado en el que los recuerdos ya
nunca más van a olvidarse, esa memoria que dura toda la vida y
cuando uno ya es anciano nos conforta en la soledad de la edad avan-
zada, porque como decía Gabriel García Márquez: «Al fin y al cabo
el secreto de una buena vejez es un pacto honrado con la soledad».
El 11 de Septiembre en directo
177
16. EL CASO DEL PRESTIGE
Todos sabemos, o al menos casi todos, que el día 19 de noviem-
bre del año 2002, exactamente a las ocho de la mañana, el petrole-
ro Prestige, un enorme barco monocasco cuya bandera era de
Bahamas, se partía en dos a 250 kilómetros de las costasgallegas y
se hundía a la no despreciable profundidad de casi 4.000 metros,
ocasionando una marea negra de fuel sin precedentes en España, y
que movilizó a gobiernos, autoridades y a la población civil de una
forma vertiginosa.
Son de esos acontecimientos o infortunios en los que uno se
pregunta por qué, o si pudo evitarse, y habitualmente estas pre-
guntas se quedan en el aire sin una respuesta adecuada o contun-
dente, o todo lo más se oye un murmullo lejano que dice, entre
otras cosas: «Es el precio de la civilización, y sin petróleo no hay
civilización, al fin y al cabo algún riesgo hay que correr».
Cada uno vive estos episodios desde su propia perspectiva y por
supuesto desde el lugar en el que la vida en ese momento lo ha
colocado, y por esa razón las opiniones respecto a esta tragedia
ecológica que amargó a Galicia y al sur de Francia son de lo más
diversas y a veces hasta contradictorias. 
En aquella ocasión, algunos amigos cercanos a mí, como otras
muchas personas de buena fe, se lanzaron a la tarea de la limpieza
178
desesperada de las costas gallegas y podrían contarnos sus parti-
culares experiencias, otros en puestos de responsabilidad de la
Administración tuvieron su propio quehacer, y muchos técnicos
conocidos participaron en su respectiva parcela de conocimiento,
pero a mí me tocó el caso desde la pura toxicología, ya que en
2002 aún estaba de jefe del Servicio de Información Toxicológica
del Instituto Nacional de Toxicología, y ésa fue mi pequeña apor-
tación.
Los hechos son más o menos conocidos pero con incógnitas de
importancia.
El Prestige era un petrolero monocasco (es decir, sólo tenía una
capa metálica de recubrimiento de los tanques), que iba cargado
con casi 80.000 toneladas de fuel (líquido espeso que procede de la
destilación del petróleo) y provenía de Letonia e iba hacia
Gibraltar, lugar donde debía recibir nuevas órdenes de destino.
Los acontecimientos fueron confusos desde el primer momen-
to, ya que tras la llamada de SOS del capitán, un griego llamado
Apostolus Mangouras (pero que había nacido en Benavente, pro-
vincia de Zamora), a unos 50 kilómetros de la costa gallega, con la
consecuente aproximación de varios remolcadores, el propio capi-
tán dilató su decisión al no llegarse a un acuerdo por el precio del
salvamento. Conviene aquí explicar que el salvamento de un barco
en alta mar implica un gasto para el armador o dueño del mismo
que puede estar entre el 10 y el 30 por ciento del valor del barco
con la carga, y, sólo para hacerse idea de lo que en aquel momento
se hablaba, el fuel del Prestige estaba valorado en unos sesenta
millones de euros, que junto al precio del propio barco se queda-
ron pequeños respecto a los aproximadamente cien millones que
costó la extracción del crudo del barco hundido, más lo que costó
la limpieza de la costa.
En aquel «tira y afloja» el capitán rechazó en varias ocasiones el
remolcado y propuso acercarse a la costa y guarecerse en alguna
El caso del Prestige
179
bahía para tratar de controlar la situación, pero entonces las auto-
ridades españolas nacionales y gallegas, ante el grave riesgo ecoló-
gico, negaron dicha petición y el barco fue obligado a alejarse de
tierra, acción en la que colaboraron varios remolcadores escoltados
por buques de la Marina.
Mientras tanto seguían las negociaciones entre el armador, el
gobierno español, las empresas de salvamento y, cómo no, las com-
pañías aseguradoras del barco y la carga, dándose entonces, según
todas las fuentes, curiosas acciones como la compra del seguro de
unas compañías a otras y así una larga y complicada trama de nego-
ciaciones de las que apenas se dieron cuenta en los medios de
comunicación.
Tras partirse en dos el barco y hundirse definitivamente empe-
zaron a verterse al mar cantidades ingentes de fuel, que por las con-
diciones del producto mismo y el agua fría originaron grandes
manchas muy viscosas que paulatinamente se fueron acercando a la
costa y que fueron conocidas por todos como «chapapote», una
palabra que quizá pocos sepan que procede del azteca y que sólo
tiene un sinónimo en castellano: el asfalto.
El desastre estaba ya en marcha y tanto en España como en
Francia se prepararon para lo peor. Y lo peor llegó. Grandes exten-
siones de la costa se empezaron a cubrir de negro denso y muy
adherido a las rocas, todo un impacto ecológico, que desbordó con
creces la acción de las administraciones y generó una ola de solida-
ridad espontánea por todas partes que concentró en la zona a miles
y miles de voluntarios de distintos países que se ofrecieron para
ayudar a reparar el daño.
Mientras tanto el capitán fue detenido y acusado de desobede-
cer las órdenes oficiales y de delito ecológico, pero finalmente, des-
pués de varias gestiones, fue liberado e incluso fue nombrado
«Marino del Año» en 2003, ya que en opinión de distintos esta-
mentos marítimos y diversas revistas profesionales, sobre todo
Yo estuve allí
180
inglesas, trató de efectuar la maniobra menos arriesgada, que era
probablemente acercarse a pocas millas de la costa, fondear y repa-
rar, y se le impidió esa acción, de hecho aún recuerdo que en aque-
llos momentos alguien pensó incluso en bombardear el barco. En
fin, las cabezas entonces «chirriaron un poco».
Fuera como fuese la situación jurídica y administrativa que se
planteó en los siguientes días, lo verdaderamente increíble fue el
alcance del vertido y ahí empezaron nuestras participaciones en
este pequeño gran drama de 2002. 
El Servicio de Información Toxicológica entonces fue requerido
a informar, primero telefónicamente, sobre la composición y alcan-
ce de la toxicidad del chapapote, y luego por escrito y de forma
pormenorizada de los elementos químicos que teníamos entre
manos, así como de las sustancias añadidas que podía haber. Todo
en aquellos momentos fue muy confuso y la participación de dis-
tintos estamentos y administraciones originó más lío, de hecho
nosotros dependíamos del Ministerio de Justicia, que hasta enton-
ces no había tenido participación en el acontecimiento. 
El chapapote es un producto de color negro, viscoso de por sí,
y que procede de la destilación del petróleo. Se carga en los petro-
leros en los países de origen de la extracción del crudo y luego se
transporta a los distintos países del mundo en los que las diferen-
tes refinerías lo convierten en un producto u otro según las necesi-
dades e intereses. En realidad la sustancia en sí es una mezcla de
hidrocarburos, es decir unas moléculas muy largas compuestas por
carbono e hidrógeno en diferentes proporciones, a la que se le aña-
den otros productos para estabilizar la mezcla, incluidos metales
pesados, todo lo cual hacía de aquel «enemigo viscoso» un tóxico
ecológico de primer orden.
Tras nuestros informes y escritos, y sin más peticiones de datos
a nuestro centro, al fin y al cabo el único Instituto de Toxicología
español, se puso en marcha un inmenso operativo de limpieza de
El caso del Prestige
181
costas en el que participaron empresas privadas, públicas, miem-
bros del Ejército y sobre todo muchos voluntarios que, concien-
ciados por el desastre, dejaron sus ocupaciones y con la única
garantía de techo y comida se fueron hacia los distintos puntos de
la costa donde empezaban las acciones de control.
Hasta aquí las cosas parecían marchar por la senda de lo normal
para una ocasión como la presente, hasta que en uno de los tele-
diarios de aquellos días escuché con asombro que una de las mayo-
res centrales lecheras del país había ofrecido leche absolutamente
gratis para los operarios empleados en la limpieza, y, dicho y
hecho, aparecían en pantalla unos grandes contenedores con las
botellas y, ¡hala!, «todos a tomar leche».
Eso era lo último que había que hacer desde el punto de vista
médico. La leche contiene grasa e ingerir grasa cuando se manejan
hidrocarburos aumenta su toxicidad varias veces, ya que éstos se
disuelven estupendamente en la grasa de la leche y se favorece
mucho su absorción por parte del intestino. Es curiosocómo las
«leyendas urbanas» y los «dichos populares» han situado a la leche
como una especie de antídoto para cualquier veneno, incluso las
propias dotaciones de bomberos llevan leche como parte del equi-
po, y esto parcialmente sí es así, pero sólo en parte, por ejemplo en
ingestas de cáusticos, de medicamentos, de lejías..., pero su efecto
es contrario en la intoxicación por productos liposolubles (que se
disuelven en las grasas), así pues la leche estaría contraindicada for-
malmente en las intoxicaciones por insecticidas, herbicidas, disol-
ventes y, cómo no, en cualquier derivado del petróleo.
Fue entonces cuando traté de comentar el hecho con mis jefes
inmediatos pero, como ocurre siempre, me dijeron que no era para
tanto y que ya alguien tomaría la decisión correcta. Era éste un tipo
de respuesta muy propio de los jefes en la Administración, «no
pasa nada, ya tomará alguien medidas», y, claro está, al final nadie
toma esas medidas.
Yo estuve allí
182
Pero las cosas no podían acabar así y, aprovechando que unos
amigos periodistas de un informativo de televisión me llamaron
para conocer mis impresiones (ellos las llaman «totales», por los
pocos segundos que te dan para explicar algo complicado) como
toxicólogo, me despaché a gusto y dejé claro la imprudencia de
tomar leche (al menos entera, con la desnatada no pasaría nada), la
necesidad de máscaras para los operarios y voluntarios, la obliga-
ción de ducha diaria con jabón para limpiar el chapapote de la piel
(por la que se absorben los hidrocarburos), lo conveniente de
comer comidas sin grasa y con muchos hidratos de carbono, y así
un largo etcétera.
Pues se montó una buena. En el informativo del mediodía apa-
recieron todas mis indicaciones y consejos, y el asunto levantó
ampollas. ¿Quién era aquel médico que se permitía aconsejar en la
tele cómo debían hacerse las cosas? Y, sobre todo, ¿cómo podía
estropear una maravillosa campaña ecológica y «nutritiva» contra
la leche, ese producto tan sano y tan natural? Y, lo más importan-
te, ¿quién me había autorizado a hacer esas declaraciones?
Mi jefe inmediato me llamó al despacho y me recriminó por las
declaraciones, aunque lo hizo de forma amistosa, al fin y a la pos-
tre nos conocíamos hace años, y a continuación me llamó el direc-
tor general correspondiente del Ministerio de Justicia para indicar-
me claramente que se estaba pensando en abrirme un expediente,
ante lo cual respondí lógicamente que adelante, que ya explicaría
también en los medios de comunicación «el premio» concedido
por la Administración a mi acción preventiva.
Todo quedó en un escrito oficial en el que se me ordenaba a par-
tir de entonces no hablar con ningún medio de comunicación y
menos como miembro del Instituto de Toxicología, y menos aún
sin conocimiento de la superioridad.
Aquello me hizo pensar en varias cosas: la primera en la fuerza
tremenda de las personas insignificantes, como yo en aquel entonces;
El caso del Prestige
183
la segunda en el poder desbocado que los medios de comunicación
tienen; la tercera en el bien que se puede hacer con ese «poder des-
bocado» y, claro está, el mal que también puede ocasionarse; la
cuarta que mis días de funcionario del Estado estaban tocando a su
fin (con la ilusión que le hizo a mi madre verme funcionario y con
un sueldo fijo), y la quinta y última que, en cualquier caso, decir la
verdad es un bien por sí mismo y que es la llave de la libertad per-
sonal y colectiva.
Todos los medios de comunicación entonces se hicieron eco
de la situación del Prestige, y sobre todo de la salud de los miles
de voluntarios que dejaban sus esfuerzos en las playas y en las
rocas de la costa, y nuestras indicaciones televisivas no cayeron
en saco roto.
Se retiró la leche entera y se sustituyó por desnatada, la dieta se
reforzó en proteínas e hidratos de carbono, las duchas con jabón se
incrementaron y se establecieron turnos horarios más cortos, ya
que el esfuerzo físico con los trajes blancos de plástico era consi-
derable. Realmente lo que salía en la televisión tenía más fuerza que
si se publicaba en el Boletín Oficial del Estado.
Aquello me colocó en el punto de mira del Ministerio una vez
más, y presenté mi dimisión como jefe del Servicio de
Información también una vez más. Se quedó archivada nueva-
mente porque al final «la sangre nunca llegaba al río», pero el
ambiente era hostil, en especial porque me había saltado la cade-
na de mando, aunque yo más bien creo que fue por pura inutili-
dad del ministro de turno, de su gabinete de prensa y de sus ase-
sores, ¡qué buen marketing hubiera sido para el propio ministro
de Justicia haber salido junto a sus técnicos explicando estas sen-
cillas medidas de protección de los voluntarios frente al chapa-
pote!, pero claro, con la que estaba cayendo con las presiones
internacionales y la plataforma «Nunca mais», no había ministro
que saliera ni a decir hola.
Yo estuve allí
184
Es ésta una de las muchas veces en que la Administración me ha
defraudado personalmente, no fue la primera ni será la última, y en
aquellos momentos me acordé de una frase de un compañero mayor,
ya jubilado, que ante mis ardores patrióticos decía: «Pepe, la
Administración, hagas lo que hagas, defrauda siempre al individuo».
Los informes siguieron saliendo del Servicio de Información
Toxicológica, pero esta vez ya por escrito y con todas las firmas
pertinentes, y aunque siempre llegaron a su destino no sé si se con-
sideraron mucho o poco, de hecho sé que no se tomaron en cuen-
ta para cuestiones jurídicas que luego cayeron en el olvido bajo el
inmenso peso del dinero, que todo lo puede, y las compensaciones
de las compañías de seguros. Pero esto ya había sucedido antes con
los informes técnicos que emitimos para el caso del Síndrome del
Aceite de Colza, es más, creo que se podría contar como una máxi-
ma de obligado cumplimiento, aquella que dice: «Cuando la
Administración necesita a sus técnicos procura utilizarlos poco, y
si lo hace es para no tomarlos en consideración, siempre habrá
otros informadores más tolerantes y por supuesto flexibles».
De resultas de aquello el barco hundido y partido en dos repo-
saba en el fondo del mar soltando su contenido tóxico, por lo que
el gobierno aprobó la extracción del producto con un sistema de
perforación del casco y el llenado de una especie de lanzaderas
de unos 300 metros cúbicos, que se elevaban a la superficie y desde
allí eran trasladadas a otro buque depósito, lo cual se pudo hacer
por el pequeño pero vital detalle de que la densidad del hidrocar-
buro era ligeramente inferior a la del agua en ese lugar y con esa
temperatura fría.
Las operaciones duraron entre seis y doce horas cada una, según
las condiciones del mar, y se repitieron hasta 51 veces, de lo que se
extrajeron unas 13.000 toneladas que en aquellos momentos se
valoraron en unos dos millones de euros, poco precio para los casi
cien millones que costó la operación.
El caso del Prestige
185
Aún quedaron en el barco hundido unas 1.000 toneladas contra
las que se inyectaron bacterias «comedoras de petróleo» y poste-
riormente se sellaron los boquetes. Se calcula que esas toneladas
estarán degradadas hacia el año 2020 y el pecio (a cualquier barco
hundido se le llama así) será lugar de esparcimiento de criaturas
marinas diversas y recuerdo de una cadena ininterrumpida de
infortunios e indecisiones. 
Yo estuve allí
186
17. EL ASUNTO YAKOLEV
El 26 de mayo de 2003, 62 militares españoles perdieron la vida
cuando un avión, el UKM 4230, de la marca Yakolev 42-D, ruso,
les traía de vuelta tras su correspondiente misión en Afganistán. El
accidente tuvo lugar en Turquía, cerca del aeropuerto de Trebi -
sonda, y junto a los militares murieron también los 11 tripulantes
que eran de nacionalidad ucraniana, toda una tragedia que se alar-
garía en el tiempo y ocasionaría una de las mayores chapuzas en la
identificación forense de la historia. 
Yo no podía pensar, ni siquiera imaginar, que en el transcurso de
este lamentable episodio iba a ser requeridodirecta e indirecta-
mente por ambas partes del conflicto, por los que entonces man-
daban primero y posteriormente por parte de los familiares que
sufrieron la tragedia, pero la vida está llena de estas raras pero
intensas situaciones, y además yo había sido militar y el asunto me
tocaba de cerca.
Todo comenzó en realidad el domingo 25 de mayo de 2003,
cuando 53 militares españoles que llevaban ya cuatro meses y
medio en Afganistán partían desde Kabul como la segunda parte
del contingente que volvía a casa para ser relevado.
El avión, como todo el mundo sabe ya, era de fabricación soviéti-
ca, tenía veinte años de servicio y en el argot militar se denominaba
187
«avión basura» por su pésimo estado y el bajo coste de su contra-
tación. Hubo muchas quejas previas de los profesionales de nues-
tro Ejército sobre el «desastre» de este tipo de naves, pero todas
caían en saco roto, no como las de otros ejércitos. Por ejemplo,
Noruega canceló la contratación de este tipo de aviones tras la
queja de un solo militar que dejó constancia de haber pasado más
miedo volando en estos «cacharros» que desactivando bombas
antipersonal en aquel lugar remoto del mundo.
No obstante, a pesar del miedo, de las protestas, del estado del
avión y de las condiciones meteorológicas, los soldados y sus man-
dos subieron a aquel avión y volaron hasta Manas, la base aérea de
la capital de Kirguizistán, donde subieron otros nueve militares
hasta formar el fatídico número de 62. Así, a las diez de la noche,
tras seis horas de espera en aquella república ex soviética, salieron
para Turquía. Ni que decir tiene que nunca se pudieron registrar las
últimas conversaciones de los pilotos porque la «caja negra de voz»
llevaba estropeada un mes y medio.
En la madrugada del 26 de mayo el avión se estrella cerca de
Trabzon, en el noroeste de Turquía, y a las seis de esa madrugada
Radio Nacional, repitiendo un teletipo turco, da la noticia. Todo
era confusión, desolación y desconcierto, pero, en resumidas cuen-
tas, se trataba de la mayor catástrofe del Ejército español en tiem-
pos de paz y la noticia invadió todo, tapando incluso las elecciones
del 25-M.
Confirmado lo peor y la muerte de todos los pasajeros, empe-
zaron a sonar voces de protesta, un eco tardío de lo que en su
momento podía haber tenido solución. Allí, sobre el campo hela-
do y lejano de Turquía, quedaban muertos y prácticamente irreco-
nocibles 62 militares españoles con una edad media de 30 años, y
los 11 tripulantes de origen ucraniano.
Todo el mundo en principio apuntó a la fatalidad como causa
de la tragedia, a las inclemencias del tiempo, a las dificultades del
Yo estuve allí
188
aeropuerto y a un montón de cosas más, pero lo cierto es que el
tono de crispación se elevó y lo político empezó a suplantar a las
razones técnicas y, lo que era peor, a la cuestión humana.
Ante los ojos de millones de telespectadores los equipos de res-
cate turcos se desplazaron a la zona y el panorama fue desolador,
el avión se había estrellado literalmente contra las montañas cerca-
nas al aeropuerto, por razones que aún hoy no están claras, y no
sólo no había ni un superviviente, sino que los cuerpos tras la
desintegración completa del aparato habían quedado en su mayo-
ría completamente irreconocibles, ya fuera por efecto del propio
impacto como del intenso fuego posterior. La cuestión entonces
fue repatriar a los militares y rendirles el tributo que se merecían,
pero las cosas se empezaron a torcer.
Tras los funerales de Estado, en los que a todos nos impresio-
naron los ataúdes con la bandera de España sobre los mismos, las
condolencias de los reyes, que siempre están «al pie del cañón» en
lo malo y en lo bueno, aunque la verdad más veces los vemos en «lo
malo» para su pesar, y tras unas tímidas protestas a pie de pista del
aeropuerto al entonces ministro de Defensa, del que se pidió inclu-
so su dimisión, parecía que las aguas iban a volver a su cauce, pero
no fue así.
La política, que lo ensucia todo de forma utilitaria, empezó a
hacer suyo el asunto y a su compás se movieron los medios de
comunicación que, al fin y al cabo, tienen que llenar veinticuatro
horas de radio y televisión y cientos de páginas diarias, con lo que
«las aguas empezaron a enturbiarse». Pero es que además los fami-
liares de las víctimas se organizaron en forma de Asociación y
empezaron su particular cruzada, que al principio daba la impre-
sión de estar abocada al fracaso. 
Así, el 31 de octubre del mismo 2003, la Asociación presenta su
primera denuncia penal en la Audiencia Nacional para que se escla-
recieran las causas del accidente y las posibles irregularidades y de
El asunto Yakolev
189
ese modo conocer las responsabilidades. Pero entonces el Juzgado
Central N.o 3 se declara «no competente» para llevar adelante esta
instrucción, lo que genera, además de un recurso por parte de la
Asociación en el que se hablaba de indefensión, una segunda
denuncia en forma de querella contra los responsables directos de
las identificaciones de los cuerpos de los fallecidos en el accidente,
al conocer que unas horas antes de la repatriación de los restos las
autoridades turcas habían firmado un informe en el que se decía
textualmente que aproximadamente treinta cuerpos no habían
podido ser identificados. La cosa se complicaba y adquiría tintes
forenses.
Mientras tanto el gobierno trataba de echar «balones fuera» y de
hecho llegó un momento en que todas las miradas oficiales de sos-
pecha se fijaron en la propia tripulación ucraniana, que si no esta-
ban preparados, que si no habían descansado lo suficiente, que si
no se tomaban en serio la misión, e incluso se llegó a decir que
habían consumido sustancias y alcohol. Ahí es donde entré en
escena «entre bastidores».
El ministro de Defensa del momento, ante las preguntas de la
oposición, solicitó informes respecto a la posibilidad de que los
restos de los pilotos hubieran dado positivo en alcohol, preguntas
que debían ser respondidas por los técnicos de Defensa pero que,
mira por dónde, algunas acabaron oficiosamente en mí. 
La cuestión era muy simple: ¿Cómo podía detectarse alcohol en
unos cuerpos carbonizados si el alcohol se quema rápidamente y no
deja residuo salvo agua? ¿Se había derramado alguna botella de alco-
hol, por ejemplo del botiquín del avión? ¿Se llevaba alguna carga de
alcohol no identificada? No tenía sentido, no podía detectarse alco-
hol en aquellos restos y la hipótesis de que los pilotos habían bebi-
do se desmontó rápidamente, no sin una agria polémica en el
Congreso de los Diputados, y en aquel debate tuve algo que ver aun-
que fuera de rebote, era mi primera participación en la investigación.
Yo estuve allí
190
Los medios de comunicación, salvo al principio, dieron poca
cobertura a la tragedia, y menos aún a las peticiones de los familia-
res, no interesaba andar rebuscando más, «no era noticia». Sin
embargo, el comienzo de las actuaciones judiciales calentó el esce-
nario y empezaron a aparecer opiniones en distintos medios. Yo
mismo hablé en varias ocasiones de cómo y por qué deben hacerse
las identificaciones por medio del ADN, y esta situación coincidió
ya con mi salida en excedencia del Instituto de Toxicología de
Madrid, único centro entonces con experiencia sobrada para parti-
cipar en el estudio del ADN, al que no se requirió en los comien-
zos pero con el que al final se acabó contando, en parte por algu-
nas de mis gestiones. Quizá la causa de esta «no petición de ayuda»
al principio fue que el Instituto pertenecía al Ministerio de Justicia
y no convenía mezclar ministerios en esta polémica investigación,
ya había demasiado lío.
En realidad, tras una lucha desigual y en un ambiente adverso,
la Asociación de Familiares del Yakolev había recurrido a todo lo
recurrible, había solicitado infinidad de entrevistas, se habían reu-
nido en innumerables ocasiones y las cosas estaban complicadas.
Fue así como llegaron a mí, como perito y por la vía estricta-
mente privada, para solicitarme un Informe Médico Legalen el que
aclarara las posibilidades del análisis del ADN, su técnica, qué tipo
de familiar era más aconsejable para su comparación con las vícti-
mas y sobre todo qué más podían hacer para demostrar a ciencia
cierta que tenían toda la razón y que las identificaciones habían
sido una «chapuza» encubierta y consentida por la Admi nis -
tración. Estaban preparando un viaje a Turquía para donar mues-
tras de ADN como familiares y de esta manera poder comparar
este análisis con las recogidas por los turcos en su día.
Creo, sin temor a pasarme de listo o a apuntarme méritos que
no son míos, que la información que les proporcioné les aclaró
muchas cosas, y algunos de los consejos que les añadí también, por
El asunto Yakolev
191
lo que en mayo de 2004 unos treinta familiares directos de los falle-
cidos se desplazaron a Estambul con los medios puestos por el
Ministerio de Defensa, un viaje en que me ofrecí a acompañarles
para asesorarles sobre el terreno, pero al que finalmente no fui, no
sé muy bien por qué, ya que para la Asociación mi ayuda en esos
momentos fue muy bien recibida.
En mi informe les expliqué lo que significaba un análisis de
ADN, sus dificultades en casos de incineración, el hecho de que la
certeza de los análisis siempre se mediría en porcentajes de proba-
bilidad, que debían ir los familiares más directos, a ser posible
madres o abuelas (lo que era muy difícil por su avanzada edad en
algunos casos), y sobre todo que debían establecer luego nuevos
análisis en el Instituto de Toxicología de Madrid, del que hacía
poco yo ya me había ido.
El 24 de junio de 2004 los informes del Toxicológico de
Estambul estaban acabados y escritos, y las incongruencias eran ya
manifiestas, por lo que, para no alargar más el relato jurídico de la
lucha de la Asociación de Víctimas del Yakolev, hay que decir que
finalmente la Audiencia Nacional, el 15 de julio de 2004, se decla-
ró competente para instruir el caso e investigar las responsabilida-
des penales, no sólo del asunto de la contratación del avión, sino de
la irregularidad en la identificación de los restos, lo que abría una
puerta de esperanza a los familiares. 
Hasta aquellos momentos todas las puertas estaban cerradas,
nadie recibía a la Asociación, ni en lo público ni en lo privado, pro-
bablemente en aquella ocasión fui uno de los pocos peritos que
aceptó el encargo de elaborar un informe por petición de las vícti-
mas, y, por si faltara poco, la opinión pública estaba cansada de este
episodio, todo el mundo quería «pasar página», pero las heridas
estaban abiertas y no hay nada peor que cerrar en falso una herida.
Así las cosas, en octubre de 2004 la jueza encargada de la
Audiencia Nacional empieza a solicitar informes, tanto al
Yo estuve allí
192
Ministerio de Defensa como a las autoridades turcas, creándose
por fin un nuevo sumario judicial, el 295/2004, con el asunto con-
creto del falseamiento de las identificaciones, así que el 22 de
noviembre de ese mismo año comenzaron las exhumaciones por
distintas partes de España.
A lo anterior había colaborado el hecho de que el fiscal de
Burgos había pedido formalmente la exhumación, y así el 11 de
noviembre de 2004 la jueza solicitó que se exhumaran los treinta
militares mal identificados y que se realizaran las pruebas necesa-
rias para su correcta filiación, orden que se efectuó llevándose los
restos al cementerio de La Almudena de Madrid, el único que por
su tamaño y condiciones podía ofrecerse como viable. Y es enton-
ces cuando la caja de Pandora se abrió, pero no de golpe sino poco
a poco. En el fondo había una clara voluntad por parte de todas las
administraciones de acabar con este penoso caso, pero la voluntad
familiar era más fuerte.
Las exhumaciones y traslados a La Almudena acabaron el 30 de
noviembre de 2004, y tanto los técnicos como los forenses de la
Audiencia Nacional pudieron observar in situ, a la apertura de los
féretros, que nada coincidía con los informes turcos, por lo que en
un informe final de los médicos forenses de 1 de enero de 2005 se
ponen por escrito todas las irregularidades y la jueza acuerda la
entrega de los restos a sus familiares.
Por otra parte, el 15 de noviembre de 2004 habían declarado
como imputados los militares responsables técnicos de la identifi-
cación y posterior traslado de las víctimas a España, y hubo acuer-
do en que en realidad no se practicaron autopsias reglamentarias,
que se hizo un estudio somero de cuerpos y objetos personales y
se exculpó al entonces ministro de Defensa, al que se le dio ya el
trabajo como acabado y conforme, pero claro, estas afirmaciones
llegaban un poco tarde, ya que antes las familias tenían que haber
andado muchos caminos y llamado a muchas puertas.
El asunto Yakolev
193
Todos los imputados en sus declaraciones coincidieron en que
las autoridades turcas habían recogido muestras para la práctica del
ADN, aunque ya era un poco tarde. La Asociación, «haciendo de
tripas corazón», había peregrinado hasta Estambul al reencuentro
de la verdad. 
Y es que la verdad no es propiedad de ninguna administración
ni de ningún gobierno, la verdad tiene vida propia y por lo tanto es
de cada uno, pero es molesta, y como decía Cajal, incluso «es como
un ácido corrosivo que salpica a quien la maneja», y, aunque no
esté de moda en esta vida teatral que nos hemos fabricado, es lo
único con lo que podemos contar.
La palabra «verdad» significa literalmente: conformidad de las
cosas con el concepto que de ellas forma la mente o, lo que es lo
mismo, conformidad de lo que se dice con lo que se siente o pien-
sa, y a su vez esta bonita palabra castellana procede del latín veri-
tas, que para su primer usuario, Cicerón, significaba ni más ni
menos que justicia y rectitud. 
¡Pues ahí es nada! Decir la verdad es ni más ni menos que ser
justos, honrados con nosotros mismos y hacer coincidir lo que nos
dicta lo más profundo del corazón con lo que expresamos verbal-
mente, y a ser posible que ello coincida con la realidad.
Y ahí es donde empiezan a torcerse las cosas. ¿Qué es hoy la
verdad? Pues para más de uno podría ser «lo que sale en la tele». Es
más, si no sale en la tele, como diría don Julián Marías, es que sim-
plemente no existe. Y es en la tele, mágica, lejana y cercana al
mismo tiempo, fugaz e inconstante, donde todos somos iguales
ante un espectador pasivo por fuerza, donde se baten el cobre la
verdad de hoy con la verdad de siempre, donde se crea opinión, de
donde salen los dirigentes plásticos de nuestras sociedades anóni-
mas y frías, donde se miden todas las opiniones por un mismo rase-
ro y al donde al final siempre vence la imagen más impactante, que
finalmente se transforma en la verdad de hoy, la «verdad cosmética». 
Yo estuve allí
194
Los familiares de las víctimas del Yakolev tuvieron que luchar
contra esa visión escénica de su verdad, necesitaron recorrer cada
metro de su lucha en contra de la corriente y en un ambiente hos-
til, y, sólo cuando lograron poner las pruebas encima de la mesa,
los jueces les dieron la razón y las televisiones los escucharon.
Con los periodistas de su parte, los jueces investigando y los
políticos escondidos, pudieron defender su verdad contra viento y
marea, y aunque queden aún asuntos pendientes en las vías civil y
penal, así como en otros ámbitos jurídicos, hubo un antes y un des-
pués en este accidente, y los soldados de hoy, que son nuestros sol-
dados, ya no irán como objetos en aviones destartalados, eso y
mucho más ganaron las familias, y ganamos todos.
En la vía judicial penal, finalmente, la propia Audiencia
Nacional comenzó el juicio en el año 2009 contra los técnicos
imputados por aquella chapuza, fecha en que se edita este libro, y
una vez más la verdad de los errores o de las prisas verá la luz, yo
creo que definitivamente, aunque los resultados no pueda transcri-
birlos en este texto.
A mí me queda buen sabor de boca de mi pequeña aportación a
aquella causa, éste es mi premio.
El asunto Yakolev
195
18. EL11 DE MARZO DE 2004
Decir 11 de Marzo enEspaña no ofrece la menor duda, ni
siquiera es preciso añadir el año 2004, todo el mundo sabe a qué
nos referimos. Desgraciadamente, las tremendas noticias que
siempre acostumbramos a ver desde nuestros sillones en el tele-
diario corres pondiente las generamos nosotros mismos. Y las pala-
bras que resumen aquella fecha no son otras que «solidaridad» y
«terror».
La palabra «solidaridad» prácticamente todos la entendemos y
conlleva la parte buena que los seres humanos poseemos, el calor
que nos hace ayudar al otro sin pedir nada a cambio, o que nos
hace compadecernos del dolor ajeno, e incluso arriesgar la propia
vida en ayuda de los demás. Es una palabra que consuela cuando
hablamos del 11-M.
Pero la palabra «terror» es más complicada y está sujeta a
muchas interpretaciones, por eso quizá merezca la pena pararnos
en ella para tratar de entender esa fecha maldita para todos.
En los últimos tiempos las palabras «terror» y «terrorismo» han
alcanzado su máxima expresión y significado a la luz de aconteci-
mientos trágicos, cercanos y desproporcionados que han conmocio-
nado a ciudadanos, instituciones y Estados, pero ¡cuidado!, el terror
como el miedo muy intenso y el terrorismo como una sucesión de
196
actos violentos ejecutados para infundir terror siempre existie-
ron. De hecho, la palabra «terror» procede del latín y tiene más
de dos mil años durante los cuales ha tenido siempre un signifi-
cado parecido.
El terrorismo como algo sistemático únicamente existe en el
mundo de lo humano, no es concebible situación semejante en
el mundo «irracional» de los animales, es de hecho la expresión
más perversa de lo «racional».
Asimismo, el miedo intenso buscado para amedrentar y mane-
jar al enemigo siempre fue, y probablemente siempre será, un ins-
trumento de violencia con el que el ser humano trató y tratará de
sojuzgar a sus «compañeros de viaje», teniéndose constancia escri-
ta desde antiguo de reinos, estados e incluso ideologías que perma-
necieron en pie gracias a la aplicación del terror.
Hoy las cosas han cambiado mucho en lo técnico, pero en lo «vis-
ceral» y afectivo apenas han variado, es más, nos atreveríamos a
defender que la parte más primitiva de nuestro yo ha tenido pocas
variaciones desde el ya lejano tiempo de las cavernas, y el uso de la
corteza cerebral como controladora de las pulsiones más instintivas y
la parte más humana de lo humano es en realidad bastante reciente.
Y, por si faltara algo, es de notorio conocimiento que en los
tiempos actuales, como en los pasados, las mismas definiciones de
terrorista y terrorismo tuvieron mucho o todo que ver con quien
ostentara el poder, de tal forma que, sin temor a equivocarnos, en
pleno siglo XXI el mundo del bienestar o primer mundo es
en estos momentos quien delimita quién es y quién no es terroris-
ta, cayendo en lamentable olvido un tercer mundo empobrecido,
humillado y hambriento en el que la vida apenas vale nada.
Pero, claro está, por encima de las anteriores consideraciones
está la motivación psíquica e íntima del terrorista así delimitado.
¿Qué busca el terrorista hoy? ¿Qué le motiva? ¿Cómo soporta la
muerte ajena? ¿Qué se esconde detrás del terrorista?
El 11 de Marzo de 2004
197
Muchas preguntas en realidad para pocas respuestas. Nada tiene
que ver el terrorista de concepción anarquista, que lo único que
busca es el terror como base para destruir un sistema establecido
sin tener una idea clara de lo que quiere a cambio para la ausencia
de ese sistema que ataca, con un extremista religioso, que en cambio
busca la imposición a ultranza de un sistema de valores espirituales
sin «raciocinio previo», o con un terrorista que supuestamente dice
defenderse de un orden o Estado injusto, que impide su legítima
aspiración a una independencia (muchas veces más quimérica y utó-
pica que real), o con un terrorista silencioso, que manejado por un
tercero lo que pretende es satisfacer las aspiraciones de ese tercero a
cambio de un pago, como sería el caso de los mercenarios.
Los psiquiatras, psicólogos, antropólogos y demás expertos en
las cuestiones humanas, desde el punto de vista académico, siempre
hemos querido ver detrás de una persona terrorista, sea cual sea su
objetivo final, un sujeto con la afectividad muy aplanada, una men-
talidad fría y poco autocensurada y una rigidez extrema en el pen-
samiento, todo lo cual le haría inmune a los sentimientos de pena,
dolor o lástima del mal ajeno, y lo hemos querido ver así para evi-
tarnos la angustia de pensar que en realidad es posible encontrar
detrás de un atentado terrorista personas «normales» pero con
ambiciones desmedidas o ausencia de valores morales, y que pri-
man el maquiavelismo político por encima de cualquier otra consi-
deración.
Y es que hoy por hoy lamentablemente podemos encontrar
sujetos con una estructura familiar normalizada, estudios superio-
res por ejemplo, un trabajo concreto, pero detrás de los cuales exis-
te el germen del terrorismo en la misma medida en que están con-
vencidos de una idea, o están convencidos de un precio por llevar
adelante dicha idea.
No podemos afirmar, ni mucho menos, que detrás del terro-
rista hay un perturbado, un enfermo, un sujeto con una infancia
Yo estuve allí
198
desgraciada y solitaria, o un resentido social sin más. Sólo en con-
tadas ocasiones podremos observar alguna de las anteriores expli-
caciones para la violencia, pero no en la mayoría de los casos. 
Son muchos, quizá demasiados, aquellos presos por actos terro-
ristas con los que he hablado en los últimos veinte años cuando he
tenido que visitar como médico esta o aquella prisión, y sincera-
mente nunca encontré personas trastornadas psiquiátricamente, en
todo caso sí vi mucho odio, mucho resentimiento y frustración, y
mucha incapacidad para sentir, cualidades todas que al final aprie-
tan el gatillo.
Cuanto más bajo esté situado el terrorista en el escalafón del
terror, es decir el que al final coloca la bomba, dispara la pistola o
aprieta el detonador, tanto más fácil será encontrar detrás a un sim-
ple mercenario, a un desarraigado, a un sujeto frustrado con aspi-
raciones de dejar huella violenta, ya que no pudo dejarla de otro
tipo, o un trastorno de la personalidad. Pero el verdadero terroris-
ta es el instigador escondido entre las sombras perversas de una
idea extremista, o en las penumbras de un objetivo político anó-
malo, o con afanes de llegar al poder por una vía rápida. Este últi-
mo es el gran terrorista.
Es el mismo símil que la diferencia que hay entre el pequeño
«camello», que mercadea con la droga para ganar algo de dinero, y
el sofisticado banquero, político o consejero de una multinacional,
que organiza toda la operación de las grandes compras y ventas de
droga y el posterior blanqueo del capital.
El que da la orden de aplicar métodos de terror en tal o cual socie-
dad busca generar una sociedad de miedo, con zozobra y por lo tanto
con dudas sobre todo lo que la rodea. Una sociedad atemorizada es
fácil de manejar, es cómoda para empujar de un sitio a otro y, en defi-
nitiva, es muy susceptible a la hora de emitir un voto político.
El miedo es el mejor consejero para la toma de medidas drásti-
cas, para promulgar leyes poco claras, para aprobar presupuestos
El 11 de Marzo de 2004
199
extraordinarios, en fin, para ejecutar lo que de forma más racional
y ética sería imposible.
¡Dime a quién le interesa una sociedad atemorizada por el terror
y te diré quién es el terrorista!
El 11-M, mientras todos los cuerpos y fuerzas de seguridad del
Estado, todos los servicios de emergencia y toda la Administración se
volcaban en ayudar a los heridos, identificar a las víctimas y tratar de
comprender lo que había pasado, un servidor se lo pasó de televisión
en televisión asesorando a los presentadores en la medida que podía
y tratando de explicar en pocas palabras lo que estaba ocurriendo.
Cuando todos los médicos forenses, compañeros de siempre,
ponían orden en el Pabellón 6 de IFEMA de Madrid, yo, que esta-
ba excedente del Cuerpo, recorríla mayoría de los telediarios, pro-
gramas y foros de comunicación que ilustraron mediáticamente
aquellos trágicos momentos, e incluso desde esa posición, siempre
más fácil que estar con las manos en la masa, es posible ver clara-
mente cómo ocurren las cosas y lo que es mejor y más importante
tratar de explicar al resto de los ciudadanos. ¡Cuántas cosas apren-
dí ese fatídico día de marzo!
No recuerdo exactamente a fecha de hoy a cuántos y a qué
medios acudí aquel día para ser preguntado y compartir con los
ciudadanos el proceso de investigación del atentado, pero pasé por
Tele 5, TVE, Telemadrid y Antena 3 en la televisión, por RNE, la
cadena Ser y Onda Cero en la radio y luego no sé en qué medios
escritos expuse alguna opinión.
Posteriormente y previo al macrojuicio que se celebró contra
los presuntos autores materiales de los atentados, que no intelec-
tuales, tuve ocasión de explorar desde el punto de vista médico
forense y psiquiátrico a más de cuarenta heridos de aquel día a peti-
ción de una de las asociaciones de víctimas del momento, de todas
las razas, profesiones, sexo y condición, y ahí también aprendí
muchas cosas, pero no quiero adelantar acontecimientos.
Yo estuve allí
200
La mañana del 11-M fue horrible desde todos los puntos de
vista, menos desde uno: la solidaridad. 
Fue a partir del mediodía, cuando los informativos de todas las
cadenas y los programas de la tarde modificaron su programación
a tenor de los acontecimientos, que los periodistas y redactores que
cubrían el atentado empezaron a llamarme, al igual que a bombe-
ros, policías y representantes del SAMUR, para explicar médica-
mente lo que podíamos esperar, y así comencé un peregrinaje por
las cadenas en las que nos fuimos encontrando siempre los mismos,
todos con cara de circunstancias y con pocas respuestas.
Las primeras preguntas que me plantearon fueron relativas a
los efectos de las explosiones, y desgraciadamente tuve que mani-
festar las consecuencias de la onda expansiva, de la metralla y del
propio calor que este tipo de explosiones produce, y con mucha
cautela fui dando pinceladas de lo que los hospitales se iban a
encontrar.
Luego empezaron las preguntas propiamente forenses, en las
que me callé, por prudencia y para respetar el dolor de las familias,
las dificultades que los médicos forenses tuvieron para determinar
la identificación de los fallecidos, los apartados que tuvieron que
hacerse con las vísceras y los miembros humanos que aparecieron
esparcidos en los lugares de la explosión, y los muchos casos en los
que ni siquiera fue posible recomponer el cuerpo de varias de las
víctimas que allí había, hasta tal punto que incluso los profesiona-
les forenses se equivocaron en el número de cadáveres atendidos,
con una diferencia de más de diez cuerpos.
Los problemas en aquellas identificaciones fueron particular-
mente grandes por tres razones básicas: la primera, el estado de los
propios cuerpos; la segunda, por la presencia de personas de dis-
tintas nacionalidades que vivían solas y no tenían familias con las
que comparar el ADN, y la tercera, la presencia de algunos, los
menos, que no tenían papeles oficiales claros.
El 11 de Marzo de 2004
201
El trabajo que entonces se llevó a cabo fue ímprobo, agotador e
interminable, pero finalmente eficaz y definitivo.
En uno de los programas de televisión de esa tarde tuve que
enfrentarme como tertuliano a periodistas de fama que, haciendo
gala de demagogia y soberbia, querían explicar lo entonces inexpli-
cable y correr un tupido velo por algunos acontecimientos. Eran
momentos de confusión en los que se buscaba un culpable y cada
cual tenía su propio candidato. Se trataba por unos de incriminar al
gobierno de ineficacia, ocultación e intromisión del país en guerras
lejanas, y por otros de manifestar que era imprevisible, impensable
y difícilmente realizable un atentado de aquella magnitud y coor-
dinación sin una base sólida en el submundo delictivo de España.
Aunque yo traté de situarme en un papel puramente técnico, en
ocasiones «se me fue la boca», al fin y al cabo vivimos en un país
en el que «todo es opinable».
Los hospitales estuvieron a rebosar, actuaron con una contun-
dencia inimitable y todos los cuerpos de la Administración se por-
taron con altura, pero no sólo ellos, los vecinos de las estaciones,
los propios viajeros, los taxistas, los voluntarios y en general la
calle se llenó de gente solidaria, una energía que es la única que
puede contrarrestar al terror.
Mi papel en las entrevistas fue el de forense unas veces y el de
psiquiatra otras, y aunque traté de ceñirme al papel encomendado
fue difícil en ocasiones, como ya dije antes. Así, incluso me enfadé
cuando se trató de diferenciar a unos terroristas de otros, o cuan-
do se deslizaban afirmaciones más políticas que científicas. 
También insistí en diferenciar las distintas ayudas que recibie-
ron las víctimas, ya que hasta para eso hubo discusiones.
Tuve que explicar, al igual que haría cuatro años más tarde en el
Aeropuerto de Barajas con el accidente de Spanair, que en casos de
catástrofes la ayuda a las víctimas y familiares pasa primero por el
tratamiento médico urgente, después por el tratamiento psiquiátrico
Yo estuve allí
202
para mitigar las emociones desbocadas, luego por el apoyo psico-
lógico, a continuación son necesarios el cariño y la compañía de
familiares y amigos, y finalmente, aunque nadie habla de ello, la
ayuda espiritual por parte del sacerdote. Siempre he creído que
sólo hay un consuelo, el espiritual, lo demás son sucedáneos.
Cuando se pierde un hijo, una esposa o un hermano de forma
brusca y trágica, las fases que atraviesa la familia, dependiendo de
cada personalidad y experiencia, casi siempre son tres: primero el
estupor y la incomprensión de lo sucedido, fase en la que no se
puede ni llorar; en segundo lugar sobreviene el dolor con llanto por
la certeza de la muerte del familiar, y en tercer lugar la sensación de
vacío imposible de llenar, que deja a la persona sin sentimientos
momentáneamente. El duelo, es decir el entierro psicológico del
ser querido, puede tardar mucho más tiempo, por eso en las perso-
nas con creencias religiosas los funerales hacen el papel litúrgico
del entierro espiritual.
El 11-M transcurrió con vaivenes, manifestaciones de dolor,
informaciones contradictorias y en general indignación que no
tenía salida por ninguna parte.
En los programas a los que acudí tuve ocasión de hablar con
cada uno de los diferentes cuerpos que trabajaron en el atentado, y
en todos ellos observé tres cosas fundamentales: profesionalidad a
prueba de balas (trabajaron como expertos que eran e incluso algu-
nas veces sin experiencias previas), un corazón a prueba de infartos
(todos lloraron en silencio o no lo ocurrido y recogieron a las víc-
timas no como meros transportadores sino con abrazos) y en ter-
cer lugar madurez (nadie exigió tratamientos o ayudas posteriores
y muchos la hubieran necesitado).
Cuando la tarde llegaba a su fin y en los comienzos de lo que iba
a ser la noche más larga para muchas personas, me llamaron de
diferentes informativos de televisión y, aunque estaba cansado y
sin ganas de espectáculo, decidí optar por el de Antena 3, y esto por
El 11 de Marzo de 2004
203
dos razones muy simples, porque era el que habitualmente yo
veía y porque su presentador, y el equipo en general, me caían
simpáticos y los conocía desde hacía años, razones ambas de
peso, y allí que me fui.
Mi papel en el informativo fue algo más que de simple informa-
dor o asesor del presentador, fue el de compañía permanente
durante todas las noticias que, como es lógico, se alargaron, de tal
forma que por el plató iban pasando distintos profesionales repre-
sentativos de las fuerzas y cuerpos que intervinieron en los atenta-
dos, pero ni el presentador ni yo nos movimos hasta el final.
Esto me dio ocasión de analizar en directo y de primera mano
la evolución de las noticias, que ya por la noche empezaban a
adquirir cierta solidez, no toda pero sícierta, y de responder a las
preguntas que se me hacían según iban surgiendo, con lo que la
experiencia fue de lo más interesante.
Yo ya había estado en otras ocasiones en diferentes informati-
vos de televisión en directo, ya sea para noticias puntuales o por
acontecimientos que precisaban a un experto al lado del periodis-
ta, pero nunca como entonces me sentí integrado en un equipo que
trataba a toda costa de explicar lo inexplicable, de aclarar lo confu-
so, de dar datos cuando apenas había declaraciones definitivas, y
siempre de informar con palabras que se entendieran a los especta-
dores de toda España.
Hay que saber que en directo el presentador de las noticias en
televisión está sometido a fuertes tensiones y recibe información
por varios canales, por lo que a veces los errores de los que todos
nos reímos desde nuestros cómodos sillones de casa son imposibles
de evitar.
El presentador, en este caso, como en todos, lee el texto en un
aparato que los profesionales llaman autocue, igual que hace por
ejemplo el presidente de Estados Unidos, que no es otra cosa que
una pantalla oscura sobre la cual las palabras van corriendo de
Yo estuve allí
204
abajo arriba con letras blancas, y un montón de signos que a veces
hay que descifrar, pero al mismo tiempo el presentador tiene en
uno de sus oídos un aparatito como si fuera un audiófono, que
en el argot se llama «pinganillo», por el que recibe constantemente
indicaciones verbales por parte del director del programa, que a su
vez está en otra habitación rodeado de ayudantes y viendo todas
las televisiones que emiten en ese momento. 
Por si fuera poco, de vez en cuando, en las pausas de publicidad
o cuando se emite un vídeo de tal o cual noticia, alguien entra en el
plató y le coloca al presentador un papel con la última hora, eso si
no hay una pantalla conectada a Internet en la misma mesa, y que
no ha dado tiempo a incorporar al autocue, confusión que se com-
pleta con atender a los invitados allí presentes y escuchar sus res-
puestas para dar a la escena armonía y no el aspecto de un verda-
dero desorden.
Esta situación llegó al paroxismo en la noche del 11-M, ya que
las informaciones oficiales y las oficiosas no coincidían para nada,
y constantemente salían nuevas declaraciones de distintas perso-
nas, autoridades y medios de comunicación que eran muy difíciles
de armonizar.
Así pues, mientras el informativo comenzó con las declaracio-
nes oficiales del gobierno de que todo hacía pensar en una serie de
atentados de la banda criminal ETA, a la que hacía pocos días ha -
bían interceptado una furgoneta con una tonelada de explosivos,
según avanzó este informativo, empezaron a aparecer noticias de
que se habían encontrado papeles y restos de todo tipo que incri-
minaban a personas de habla árabe y por lo tanto la hipótesis de un
atentado terrorista por parte de árabes empezó a cobrar fuerza esa
misma noche.
Lo cierto, si es que a estas alturas sabemos algo de verdad de lo
que allí ocurrió, es que todo el mundo por completo y sin fisuras
creyó en un principio que el atentado se debía a ETA, pues tenían
El 11 de Marzo de 2004
205
los medios, el conocimiento, la voluntad y la estructura para ello,
y a quien preguntaras en las primeras horas del atentado, persona,
autoridad o político (de cualquier partido), todo el mundo estaba
convencido de que no había nadie más detrás de la tragedia.
Con el paso de las horas y el avance de la investigación, que
fue de una dificultad enorme por los destrozos y las contradic-
ciones con los restos de explosivos y sus mecanismos, empezaron
a aparecer notas, grabaciones, furgoneta y la famosa mochila que
no había explotado, y las hipótesis iniciales se torcieron para
introducirse en el escenario el fantasma del terrorismo islámico
radical.
Este cambio de hipótesis inmediatamente se asoció con la pos-
tura que España había tomado en la guerra de Irak, y todo lo
demás ya lo saben ustedes, y quedó sentenciado en el juicio corres-
pondiente.
Fue en ese informativo azaroso y dramático donde me di cuen-
ta de la potencia y fuerza que poseen los medios de comunicación,
y lo fácil que resulta que la opinión pública en un momento dado
tome partido por tal o cual acontecimiento sin apenas mediar aná-
lisis crítico, simplemente por visceralidad, y esto, que es irremedia-
ble porque los seres humanos preferimos el corazón antes que la
cabeza en estas situaciones, cambia el rumbo de la historia política,
como se pudo ver con claridad.
En el transcurso de aquel telediario la situación cambiaba de
minuto en minuto según llegaban las informaciones, ¡y cómo lle-
gaban!, con lo que junto a todos los datos, comentarios y textos
que el presentador tenía que leer, estaban los cambios súbitos que
se sucedían, y sólo la profesionalidad de éste salvó la aparente anar-
quía de lo que ocurría, y así, cuando no estaba claro qué había que
decir, me preguntaban algo de tipo médico forense o algún aspec-
to psiquiátrico, y mientras yo contestaba el equipo de redacción
trataba de recomponer el relato de las hipótesis.
Yo estuve allí
206
Finalmente, el telediario más largo de mi vida acabó con una
escueta información según la cual se habían encontrado indicios de
que tras el atentado del 11-M podía estar el terrorismo de Al-
Qaeda.
Al día siguiente, todavía no repuestos de lo sucedido, con dece-
nas de cuerpos sin identificar y una verdadera tormenta política, la
mayor preocupación fue para los familiares de los fallecidos, para
los heridos internados en los distintos hospitales y para reconstruir
la vida normal en un día que se decretó como luto nacional.
Mucho más tarde me encontré cara a cara con varios de los heri-
dos de aquellos atentados, a raíz del encargo de una de las asocia-
ciones de víctimas que entonces se organizó y de la necesidad de
valorar por peritos independientes las secuelas y las lesiones que
habían quedado tras el 11-M.
La situación personal de las casi cincuenta personas a las que
estuvimos estudiando con vistas al juicio me conmovió, eran per-
sonas sencillas en su mayoría, trabajadoras, de esas que cada maña-
na tienen que coger un tren abarrotado de gente para ir de una
punta a otra de Madrid para trabajar, que tienen que dejar a los
niños con un familiar o en una guardería barata y cerca de casa, que
tienen que llevarse casi siempre la comida en la cartera para econo-
mizar, de todas las razas, de todos los sexos y de todas las edades,
en definitiva, una muestra entera de lo que es la propia humanidad,
algo muy parecido a lo que viví el 11-S en Nueva York. De nuevo,
el golpe de «no se sabe quién» había caído sobre «los de siempre»,
sobre los que nada tienen que opinar porque nada pueden, sólo
intentan vivir.
El 11 de Marzo de 2004
207
19. CASO MADELEINE
Todos los días en cualquier lugar del mundo desaparecen per-
sonas, unas veces voluntariamente y otras, las graves, en forma de
secuestro, y siempre son portada los casos de niños por su vulne-
rabilidad y el daño, muchas veces irreparable, que conllevan estas
acciones criminales. Pero si ha habido un asunto extraño y a la vez
notorio es el caso de la desaparición en Portugal de la niña inglesa
Madeleine.
Aún no muy lejano en el tiempo y con la sensación agridulce
que se te queda en la boca cuando percibes que algo no va a solu-
cionarse, quisiera aportar en este breve esquema lo que vi, lo que
hablé y lo que me impliqué en el caso de Maddie.
Sólo hay un antecedente parecido en el mundo, aunque no llegó
a la repercusión de Madeleine, y fue el del hijo de un famoso avia-
dor americano, Charles Lindbergh, que tras su desaparición con-
movió a todos y la prensa hizo un seguimiento exhaustivo del caso,
hasta que más tarde apareció su cuerpo y se archivó rodeado de
sospechas y muchas contradicciones.
En la desaparición de Madeleine el movimiento mediático ha
sido de tal magnitud que no se recuerda otro igual, ni por asomo.
Todo ocurrió el jueves 3 de mayo de 2007 en un hotel de Praia
da Luz, en el Algarve, una zona turística del sur de Portugalen la
208
que estaba Maddie de vacaciones con sus padres y sus otros dos
hermanos.
Según las primeras declaraciones, los padres de Maddie habían
dejado a ésta y a sus hermanos en el apartamento en el que vivían,
sin seguro puesto, y se fueron a cenar con unos amigos a un res-
taurante que estaba a unos 70 metros de distancia. Esta práctica es
muy corriente entre las familias inglesas que visitan Portugal, y,
aunque posteriormente se vio que no es en absoluto recomendable
e incluso podía ser ilegal, el hecho es que los padres en los prime-
ros momentos de la investigación dejaron claro que los asistentes a
la ya famosa cena hacían turnos para ir a visitar a los niños de
todos.
Así pues, según las primeras declaraciones, Kate McCann, la
madre de Maddie, hacia las diez de esa noche fue a ver a los niños
y, según refiere, encontró la cama de Maddie vacía, los gemelos
durmiendo y la puerta y una ventana abiertas de par en par.
Enseguida dieron parte a la policía, a los empleados del hotel y se
inició una búsqueda inmediata y exhaustiva que duró hasta las cua-
tro y media de la madrugada con resultados infructuosos. Según se
supo posteriormente, a las pocas horas de la desaparición los
McCann llamaron a Inglaterra a determinados medios de comuni-
cación y al sacerdote que los había casado, y la desaparición se
internacionalizó.
Maddie iba a cumplir 4 años el 12 de mayo, tenía dos hermanos
gemelos y sus padres eran médicos, Gerry cardiólogo y Kate médi-
co de familia, ambos en Inglaterra, donde a su vez vivían los abue-
los. Sus padres tenían importantes contactos con personajes e ins-
tituciones inglesas y por entonces se llegó a decir que Gerry estaba
preparando su entrada en política, lo que evidentemente no se llegó
a probar.
Desde el primer momento la desaparición se transformó en un
acontecimiento de alcance internacional y de dimensiones políticas
Caso Madeleine
209
de alto nivel, ya que unos 300.000 británicos viven permanente-
mente en Portugal y muchísimos más van a veranear a ese país, lo
que supone un ingreso en divisas muy considerable. De hecho hay
urbanizaciones enteras de británicos, e incluso existen periódicos
en inglés que se imprimen en Portugal, sobre todo en la zona sur,
en el Algarve.
La investigación la llevó desde el primer momento la Policía
Judiciaria, que al principio, de forma espontánea, habló de redes de
pederastia o de un secuestro por una banda de adopciones ilegales.
Pero las cosas se empezaron a complicar y sobre todo a oscurecer
conforme los testimonios de todos los actores de este drama se
contrastaron unos con otros.
A las siete de la mañana del 14 de mayo se tuvo el primer sospe-
choso, se trataba de un ciudadano inglés, Robert Murat, que vivía
muy cerca y que recientemente había perdido la custodia legal de su
propia hija, la cual se parecía mucho a Maddie según las fuentes
entonces consultadas. No obstante, el término «sospechoso»
(arguido, en portugués), no significaba detenido, ya que no había
ninguna prueba concluyente y, de hecho, el tiempo dio la razón a
Murat, que mucho más tarde quedó liberado de cualquier sospecha.
Se buscó intensamente por todos los alrededores en círculos
concéntricos cada vez más grandes, se emplearon cientos de poli-
cías y voluntarios, perros rastreadores y confidentes, resultando
en los siguientes meses un montón de pistas falsas y, cómo no, de
personas que decían haber visto a la niña en los sitios más inve-
rosímiles.
Finalmente, el 6 de septiembre de 2007, ante la incredulidad del
mundo entero y tras un interrogatorio de casi once horas, la madre
de Maddie, Kate McCann, fue declarada oficialmente «arguida», es
decir sospechosa. Atrás quedaban ruedas de prensa, entrevistas
televisivas, artículos de periódicos de medio mundo, sollozos en el
Vaticano junto al Papa, Beckham mandando un mensaje solidario
Yo estuve allí
210
y miles de camisetas con la foto de Maddie repartidas por medio
mundo.
Pero el asunto no quedó ahí. Tras otro interrogatorio de unas
nueve horas Gerry McCann es declarado también «arguido», es
decir sospechoso formal, junto con su mujer, de la desaparición de
la niña, y para ello se contó con la colaboración de unos perros
especialmente entrenados traídos al escenario de la desaparición,
donde detectaron olor a sangre e incluso a cadáver.
Aquí fue cuando distintos medios de comunicación, sobre todo
españoles, empezaron a solicitar mi opinión sobre la situación, coinci-
diendo con que las cosas se complicaron seriamente para los McCann.
En primer lugar tuve que aclarar que «existe el olor a cadáver»,
que no es una invención novelesca, y que lo provocan unas sus-
tancias químicas que se producen en la descomposición de las
proteínas del cuerpo; de hecho, reciben nombres curiosos como
«cadaverina» o «putrescina». Además, en la detección de estos
compuestos existen muy pocos perros entrenados, por lo que hubo
que traerlos a Portugal desde Inglaterra, y según las fuentes poli-
ciales dieron positivo a estos olores en el vehículo alquilado por los
McCann, lo que abría un punto de sospecha respecto al posible
traslado de un cuerpo sin vida en el mismo.
También en esos momentos participé en diversas entrevistas de
radio y televisión como criminólogo, y desde el principio manifes-
té mi estupor respecto a la multitud de datos contradictorios, en
cuanto a lo extraño del propio escenario del rapto (sin forzamien-
to de entradas, con los otros dos niños dormidos y sin huellas ni
otros rastros), y finalmente mi perplejidad ante la actitud de los
padres, más atentos a las cámaras de televisión que a responder las
preguntas de la Policía Judiciaria, lo que llevó a pensar en un claro
«obstruccionismo».
Entonces se supo con claridad que, tras los interrogatorios de la
policía a los McCann, de varias horas de duración, apenas habían
Caso Madeleine
211
respondido en total unos veinte minutos, y siempre con evasivas,
con interrogantes y con respuestas poco armoniosas. Debemos
recordar que los interrogatorios finales se hicieron a ambos padres
por separado y con su abogado presente. Esto tuve ocasión de con-
trastarlo con comentarios directos de algunos conocidos míos de la
policía.
Lo que más llamó la atención de la prensa internacional fue la
actitud fría y distante de la madre, el control férreo del padre y una
escenificación de ambos muy estudiada desde los comienzos de la
desaparición, como si estuvieran representando más un papel que
realmente siendo víctimas de un grave delito. Esto, especialmente,
se hizo notar en los países más mediterráneos como el propio
Portugal, España e Italia, mientras que llamó menos la atención en
el norte de Europa, donde los sentimientos se esconden más.
A todo lo anterior debemos sumar la hipótesis de que era cos-
tumbre dar algún tipo de medicación relajante a los niños para que
durmieran sin problema, y en especial a Maddie, de la que hoy
sabemos era una niña probablemente hiperactiva que generaba un
esfuerzo suplementario a la madre en su cuidado, como ella misma
deja escrito en sus notas y que fueron hechas públicas entonces.
El siguiente artículo en relación con la actitud de los padres de
Maddie fue el único argumento psicológico que aporté en los comien-
zos de este asunto y resume perfectamente lo que sentí entonces y lo
que aún siento, y merece la pena exponerlo tal cual se publicó:
«Hace tres mil años en la China Imperial, los jueces, ante la
duda, sometían a los posibles culpables a la mirada del cadáver
o del delito en sí, y según las expresiones en sus caras dilucida-
ban el veredicto de culpabilidad. Más recientemente el empera-
dor Valerio llegó a decretar que, en caso de duda, la cara debía
ser la que desvelara al culpable y así se imputaba el delito al
menos agraciado.
Yo estuve allí
212
Han pasado unos cuantos años y hoy todos los ciudadanos
nos podemos asomar a la cara de aquellas personas sometidas a
la investigación policial, y la cara, una vez más, dice más cosas
de las que parece, y en el silencio de un rostro el lenguaje sobra
para darpaso a la expresión de una sospecha.
Los padres de Madeleine han convertido el dolor de la desa-
parición de una niña, su hija, en un espectáculo sin precedentes
en los últimos años. Han recorrido el mundo repartiendo entre-
vistas, han lanzado globos y palomas, han utilizado a los famo-
sos para su causa, han visitado al Papa en el Vaticano, han recau-
dado fondos para una búsqueda infructuosa y han repetido
hasta la saciedad que las policías europeas son unas inútiles,
convirtiendo así un asunto individual en un conflicto interna-
cional.
Hoy, para sorpresa de todos, la policía lusa les determina
como ‘personas sospechosas’, los interroga por separado y estu-
dia las contradicciones declaradas, tras las cuales sin duda se
esconde la llave de la verdad, llave que tienen ellos.
Y mientras tanto su apariencia de actores consumados se
mantiene a duras penas. La pareja, sólida en su actuación, ape-
nas ha manifestado expresión de afectividad ni verdadero des-
consuelo, por el contrario ha reaccionado con soberbia e irrita-
ción. La mirada de la madre, fría, distante, incluso cruel e
inquietante, apenas se ha perturbado en todo este tiempo, con-
trolando los sentimientos de una manera feroz, sin lágrimas, sin
desánimo y con un cálculo poco habitual, en el que se esconde
una clave que no se quiere o no se puede aceptar. 
La pose durante meses con el osito de la niña en las manos ha
dado paso recientemente a la ausencia del mismo, el osito ha
dejado de tener sentido, y once horas de interrogatorio llevados
por la madre de una manera estoica están dando un giro a la
situación, atisbándose ya ciertos rasgos de relajación en esas
Caso Madeleine
213
caras de póquer que nos han mantenido en la zozobra a los ciu-
dadanos.
¿Por qué tantos meses para un interrogatorio por separado?
Hoy estamos más cerca de entender esa esfinge que parece la
madre de Madeleine y esa cara de circunstancias que mantiene
el padre, hoy la indagación está llegando al final, quizá a un final
al que necesitan llegar los padres, quizá ha llegado la hora de
descansar en la verdad, una verdad ocultada por una mirada sin
expresión que hoy ya no lo es tanto y que ha dado paso a una
auténtica mirada de sospecha».
Fue este artículo el que me sirvió de base, quizá un tanto espe-
culativa, para entrar de lleno en el escenario de los muchos que opi-
namos respecto a lo que allí estaba pasando y, desde luego, más de
un año después, sigo afirmando palabra tras palabra lo que enton-
ces escribí.
Pero claro, las cosas no se quedaron ahí. El 10 de junio de 2007
el detective coordinador de la búsqueda, Gonzalo Amaral, jefe
regional de la Policía Judiciaria portuguesa, y otros cuatro oficiales
de la misma brigada fueron cambiados de función, en un golpe de
timón, por sus presuntas declaraciones en un medio de comunica-
ción público de la falta de cooperación de la Policía inglesa y otras
lindezas semejantes, y sobre todo porque la crispación política
había subido de tono.
Durante todo ese tiempo la niña fue vista según testigos en
España, Holanda, Bélgica, Malta, Marruecos, incluso en Chile y
Venezuela, todo un disparate que aumentó el seguimiento del caso
por los medios de comunicación, sobre todo de los españoles y los
portugueses, ya que los centroeuropeos empezaron a no mostrar
interés por el caso en pocos meses.
Asimismo se creó una Fundación que llegó a recibir donativos
por un importe de dos millones y medio de libras esterlinas, dinero
Yo estuve allí
214
que se convirtió en un problema, ya que su gasto se hizo dificulto-
so, y fue objeto de duras críticas por la opinión internacional. En
definitiva, toda la desaparición se hizo muy «extraña» y sin clari-
dad en cualquiera de sus facetas.
Aún recuerdo cómo los abuelos de Maddie, en una entrevista
televisada y debido probablemente a su ingenuidad, dijeron que
sus hijos, es decir los padres de Maddie, aunque eran católicos no
iban a misa regularmente, y, mira por dónde, tras la «desapari-
ción» no hicieron otra cosa que implicar a sacerdotes y a la pro-
pia Iglesia, una situación cuando menos con aspecto de poca sin-
ceridad.
Fue entonces cuando la televisión portuguesa, la RTP 1, justo
antes del verano de 2007, en un gran debate sobre el caso Maddie
me llamó como experto en psiquiatría forense para intervenir en un
programa muy visto en Portugal llamado Pros e Contras, adonde
fui desde Mallorca tras salir de otro programa de sucesos que gra-
baba para IB3.
Llegué ya comenzado el programa y las opiniones estaban en
pleno apogeo, había criminólogos, políticos, policías, periodistas y,
ni que decir tiene, un público entregado pero dudoso.
Mi primera impresión, como dejé claro en mi turno de palabra,
fue el hecho de que existía un enorme complejo de inferioridad
entre países del sur y el norte de Europa, y por lo tanto entre poli-
cías, por lo que dejé claro dos cosas: que Sherlock Holmes nunca
existió y que Scotland Yard no es superior en calidad y eficacia a la
Policía Judiciaria.
A continuación manifesté mis dudas sobre la versión explicita-
da por los padres de Maddie y avalada sin resquicio de dudas por
todos los amigos que compartían la cena aquella noche de autos, y
el hecho cierto de que resulta difícil mantener una posición inmu-
table y tan distante como la que mantenían los padres de Maddie y
que a todos nos dejaba perplejos ante los televisores.
Caso Madeleine
215
Insistí en que se escondía más de lo que se decía, en que la cara
de Kate McCann presentaba una inexpresividad facial compatible
o bien con algún trastorno psíquico previo (que efectivamente
luego se verificó por otros testigos) o con una pose preparada pre-
meditadamente con fines poco claros, y en que el trabajo policial
era bueno pero estaba inacabado.
El programa acabó «en tablas» pero fue muy gratificante poder
compartir opiniones con aquellos que llevaban el peso de los tra-
bajos de investigación directamente y llegar a intercambiar comen-
tarios personales con algunos de ellos.
Naturalmente la cosa no acabó ahí, ya que al volver a España las
entrevistas de los padres se prodigaron en distintos medios y siem-
pre con la misma formalidad y la misma extraña complicidad.
Pasado ya el verano concedí una entrevista personal al periódi-
co Correio da Manha de Lisboa, uno de los diarios de más tirada
de Portugal y que más de cerca había seguido el caso, y en aquella
entrevista telefónica, que luego salió publicada por escrito, mis
opiniones se resumieron de la siguiente manera: 
«¿Cómo controlan los padres las entrevistas concedidas a los
diferentes medios?
Aunque la expresión facial no lo es todo, sí dice algo sobre la
persona, y en el caso de Kate no aparece el menor signo de sen-
timiento, lo que en medicina llamamos ‘cara de jugador de
póquer’.
¿Está representando Kate un papel?
Yo creo que sí, desde que Maddie desapareció presenta la
misma cara, con miradas que buscan la conformidad del mari-
do... Da toda la impresión de que algo esconde.
¿Cómo justifica su análisis?
Es el resultado de veinticinco años como psiquiatra forense
y de haber observado más de quinientas caras de personas que
Yo estuve allí
216
habían cometido un homicidio, y de la seguridad de que la
expresión facial siempre significa algo.
¿Kate es culpable?
Yo no sé si es culpable, pero su silencio nos impresiona como
sentimiento de culpa.
¿Qué cree usted que sucedió?
Lo más probable es que estemos ante un accidente con resul-
tado trágico y que se ocultara para evitar, por ejemplo, que les
retiraran la custodia de los otros dos hijos.»
En realidad la entrevista fue más larga pero el extracto de la
misma es aproximadamente lo transcrito. Definitivamente yo esta-
ba posicionado en contra de los padres de Maddie, no veía claro lo
sucedido, demasiado teatro, demasiados medios de comunicación,
demasiadas acusaciones a todo el mundo, demasiado de todo.
Aquella entrevista tuvo su miga, ya que al poco tiempo, en
una rueda de prensa que los padres dieron en Londres, una
reportera les preguntó a los padres y al portavozClarence
Mitchell su impresión sobre mis declaraciones en el Correio da
Manha y la respuesta fue muy sorprendente: manifestaron su
molestia por mis declaraciones y dejaron constancia de que
quizá estudiarían presentar una querella contra mí por haber
dicho que Kate tenía cara de póquer. Habían tomado mi frase
como un insulto en vez de entender que en medicina esa expre-
sión se usa cuando no hay rasgos faciales apenas, como por ejem-
plo en algunas enfermedades como el Parkinson. Ellos son médi-
cos y saben lo que significa la expresión, yo entendí que aquello
era en realidad una cortina de humo, las cosas no estaban claras
y se oscurecían aún más.
De hecho, llegué a salir en el mismísimo Times, primera y últi-
ma vez supongo, pero desde luego el alcance de aquellas declara-
ciones no dejó de sorprenderme.
Caso Madeleine
217
Con las cosas así planteadas me propusieron en una cadena de
televisión española un careo con el portavoz Mitchell, careo que
por supuesto acepté, sólo quedaba saber la hora, el día y las condi-
ciones.
Clarence Mitchell era un periodista listo, rápido y con currícu-
lo. Trabajó en la BBC y entre otros méritos tiene el de haber
cubierto la muerte de Lady Di para los medios ingleses. Fue el
director del Gabinete de Prensa del gobierno británico y de ahí
saltó, por contrato, a llevar el asunto de los McCann. Era de todo
menos tonto. Un careo con él no era cosa fácil, sobre todo pensan-
do en la amenaza de una querella, pero la cosa prometía.
Finalmente una productora española preparó un programa
especial sobre el asunto de Maddie y quedé citado para acudir con
todo preparado para el famoso careo.
El programa fue en directo, por la noche, en un canal nacional.
Éramos varios los invitados entre periodistas, abogados, psicólo-
gos, detectives y otros, el asunto prometía.
Llegado el momento previo apareció ya en pantalla Mitchell en
un estudio de Londres y, justo antes de comenzar las preguntas,
tuvimos que hacer un alto para la publicidad, con lo que tuve a mi
favor la suerte de poder observar durante unos minutos la cara de
Mitchell sentado en su sillón de aquel estudio mientras volvíamos
a hacer la conexión. Desde luego no denotaba resquemor ni dudas
ni ingenuidad, estaba tranquilo, mascaba un chicle y sonreía a
aquellos que estaban con él, y así pasaron los minutos.
Cuando volvimos al careo ambos nos veíamos en respectivos
monitores y las preguntas eran o mías o del presentador con un tra-
ductor de por medio.
Mitchell me echó en cara la poca sensibilidad al decir aquellas
«terribles cosas» que yo decía de la familia McCann, incluso
llegó a sugerir que mis palabras eran una ofensa y ahí se basaba la
idea de presentar una querella. Mi respuesta fue de lo más simple:
Yo estuve allí
218
«Sr. Mitchell, cuando alguien hace de una tragedia personal un
espectáculo mediático corre el riesgo de tener que aceptar la liber-
tad de expresión allá de donde venga». Esta simple frase fue defini-
tiva, porque el tono de Mitchell varió y en mi opinión se fue por
las ramas, con lo que ya el careo se convirtió en un montón de pre-
guntas que todos los tertulianos le hicieron y para las que siempre
hubo una respuesta ajustada.
Nunca llegó a mi conocimiento que finalmente se formulara
una querella contra mí por parte de los McCann.
Después de aquello yo aflojé mi presencia en los medios de
comunicación, la cosa había llegado demasiado lejos, lo único que
dejé claro es que si las pruebas no eran concluyentes en algún senti-
do, a los McCann habría que dejarlos en paz, y por supuesto el caso
Maddie jamás se resolvería, como de momento así ha sucedido.
Caso Madeleine
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220
EPÍLOGO
No sé si lo leído hasta aquí les habrá interesado o no, me gusta-
ría pensar que sí, no por vanidad sino porque eso significaría que
hay personas que me aprecian y éste es el mayor valor que uno se
puede llevar en esta vida breve que nos ha tocado.
Sea como fuere, debo finalizar diciendo que lo descrito y lo sen-
tido en estos episodios se corresponde estrictamente con la reali-
dad, o mejor dicho con mi realidad, no he añadido nada de fanta-
sía ni rellenado con acontecimientos imaginarios, todo lo más he
meditado sobre los hechos pasados.
Ya saben ustedes que, inmersas en nuestra afectividad o senti-
miento, las potencias del ser humano son básicamente cuatro: la
inteligencia, que es el instrumento para entender y cuyo objetivo
debe ser la búsqueda de la verdad; la voluntad o, lo que es lo
mismo, la capacidad para hacer cosas y que debe conducirnos a
nuestros deseos; la intuición o capacidad de imaginar, que añade
creatividad a las dos anteriores, y finalmente la memoria, que es la
capacidad para recordar.
Pues bien, es sin duda la memoria, que durante mucho tiempo
estuvo postergada en los sistemas educativos, la que a mi juicio nos
hace más personas y nos permite vivir más plenamente.
La memoria es nuestra historia, nuestros orígenes, nuestros acier-
tos y errores, el lugar común de lo vivido, ese lugar misterioso en el
221
que cada uno es soberano absoluto y absolutamente diferente al
otro.
Aunque hay muchos tipos de memoria desde el punto de vista
biológico, la memoria a la que me refiero, ustedes lo saben bien, es
nuestra propia vida, es el archivador donde están todos y cada uno
de los pasos que dimos en el pasado, y gracias a los cuales estamos
donde estamos. Sin memoria no habría ser humano, no existiría la
cultura, seguiríamos en los árboles eligiendo una fruta que comer.
Esa memoria que nos acompaña en la soledad, en los momentos
difíciles y, cómo no, que nos consolará en la vejez es un arma for-
midable para entender el mundo que nos rodea, es la enciclopedia
del pasado, y sólo lo almacenado por el cerebro de una persona a
lo largo de la vida no cabría en todos los ordenadores del mundo
unidos. Las palabras, los olores, los sentimientos evocados,
el conocimiento adquirido, y así toda nuestra vida, conforman el
espejo en el que mejor podemos hacer profecías.
Por esta razón y no por otra he querido traer del fondo de mi
memoria algunos recuerdos que han sido muy importantes para mí
y ponerlos por escrito, a manera de reflexión y para compartir con
ustedes. Son recuerdos desde sencillos y personales hasta notables
y de repercusión pública, pero al fin y al cabo son mis recuerdos.
Deseo de corazón que no se hayan aburrido y que cuando me vean
por esos caminos de la vida tengamos algo de que hablar.
Yo estuve allí
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Fotocomposición
Encuentro-Madrid
Impresión y encuadernación
Tecnología Gráfica-Madrid
ISBN: 978-84-7490-981-4
Depósito Legal: M-21276-2009
Printed in Spain
	YO ESTUVE ALLÍ: MEMORIAS DE UN PSIQUIATRA FORENSE
	PÁGINA LEGAL
	ÍNDICE
	PRESENTACIÓN
	INTRODUCCIÓN
	1. LOS COMIENZOS
	2. EL 23 DE FEBRERO DE 1981: INTENTO DE GOLPE DE ESTADO
	3. LA BRIGADA PARACAIDISTA
	4. EL FORENSE
	5. EL SERVICIO DE INFORMACIÓN TOXICOLÓGICA
	6. LA VIDA EN PRISIÓN
	7. LA ENFERMEDAD MENTAL
	8. EL CRIMEN DEL JUEGO DE ROL
	9. EL ÚLTIMO DÍA EN PARÍS DE LADY DI
	10. LA AGENCIA ANTIDROGA DE MADRID
	11. UN PASEO POR IRÁN
	12. UNA MAÑANA EN LA ONU CON EL ÉXTASIS
	13. LA NARCOSALA
	14. EN EL VATICANO DE CONVERSACIÓN
	15. EL 11 DE SEPTIEMBRE EN DIRECTO
	16. EL CASO DEL PRESTIGE
	17. EL ASUNTO YAKOLEV
	18. EL11 DE MARZO DE 2004
	19. CASO MADELEINE
	EPÍLOGO