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AGRADECIMIENTOS Hay varias personas a quienes quiero agradecer su contribución a la edición de este libro. Mi primer agradecimiento va para mi querido amigo León Halac. Unos años atrás, en uno de mis viajes a Buenos Aires, le comenté acerca de mi libro Awesome Creation, y León de inmediato me ofreció presentárselo a un grupo de sus amistades en Buenos Aires. Fue tras esa presentación cuando por primera vez pensamos en la idea de traducirlo al castellano. León, que más que un colaborador se convirtió en un socio de este proyecto, hizo mucho más que estimularme para esa tarea: ¡se puso a traducirlo él mismo! Pero aunque el entusiasmo de León resultó contagioso, traducir una obra en inglés que trata sobre un texto en hebreo y se refiere a temas de exégesis muy técnicos no era una tarea sencilla. Conscientes de la complejidad y de los desafíos de la traducción (me llevó seis años escribir el original, Awesome Creation), resolvimos que lo mejor sería encontrar una traductora profesional. Después de una búsqueda no sencilla, esta misión le fue encomendada a la profesora Michelle Tradejman, quien invirtió varios meses en la misma. A ella, también mi más profundo agradecimiento. En otro de mis viajes a Buenos Aires conocí a una persona muy especial. Me refiero al señor Ariel Sigal, quien también abrió su casa para presentar mi libro ante un selecto círculo de amigos. Lo que más disfruté de ese evento fue la conversación previa que tuvimos con Ariel en privado, mientras los invitados disfrutaban de un apetitoso copetín. Para mi sorpresa, Ariel ya había leído Awesome Creation y sus preguntas y observaciones me fascinaron. Ariel es un lector voraz, un gran intelectual que persiste en la búsqueda de un judaísmo inteligente, leal a las fuentes judías originales. Ariel se interesa por contenidos que puedan satisfacer las inquietudes de un profesional judío moderno y se expresen en su lenguaje. Confieso que mientras escribía, visualicé en mi mente al lector ideal, que en mi imaginación era alguien muy parecido a Ariel. Sin su apoyo y colaboración este libro no hubiera sido posible. Mi profundo agradecimiento va también para mi querido amigo el señor Marcos Ohana. Marcos está siempre detrás de cualquier emprendimiento asociado con lo más importante en el judaísmo: el estudio de la Torá y la práctica de la beneficencia (Tsedaqá y Guemilut Jasadim). Marcos colabora donde es necesario, y muchas veces ni hace falta que se lo pidan. Su entrega a las buenas causas es excepcional: desinteresada, altruista y total. Colabora y emprende con su esfuerzo material, con su tiempo, con su experiencia, con su gran inteligencia y con su bondadoso corazón. Es un gran líder comunitario que sigue los pasos de su querido padre, el señor Alejandro Ohana. Agradezco también al señor Rubén Lerner, de la editorial española Nagrela, por su disposición a publicar este libro en su prestigiosa empresa y esperemos que este sea el comienzo de una larga relación, y que juntos podamos aportar textos para estimular el conocimiento del judaísmo en el mundo hispanoparlante. Asimismo quiero manifestar mi gratitud a Esther Aizpuru por su dedicación, su perfeccionismo y su entrega en la edición en castellano. También le agradezco a mi querida familia, y en especial a mi querida esposa Coty, por todo su apoyo y estímulo. Finalmente, quiero dedicarle este libro a mi madre, que fue la responsable de que yo tuviera una educación judía. Junto a mi padre, z”l, mi madre no escatimó esfuerzos para que yo, a pesar de las distancias y otras dificultades, asistiera a colegios judíos y estudiara la Torá. Su curiosidad intelectual, su avidez por leer y por aprender siempre representaron para mí una fuente de inspiración. Mi madre nos educó con su ejemplo de bondad, generosidad y ayuda al prójimo (jesed). Estos valores que ella nos inculcó son y serán la guía más importante de mi vida y el camino que deseo transmitir a mis hijos y nietos. Quiera HaShem brindarle a mi querida madre muy buena salud y muchos años de alegría y felicidad. (Con alabanzas y gratitud al Todopoderoso) A mi amigo y colega, el rabino Yosef Bittón, shelit”a. Ya lo conocía a usted como experto en asuntos halájicos y en el campo de la Hagadá. Y sobre todo, por la influencia que ha ejercido en muchos de los jóvenes de nuestra comunidad, a quienes ha conducido por los caminos de nuestros rabinos y de nuestros ancestros. Recientemente tuvimos el mérito de ver que usted ha publicado un importante estudio sobre los [tres primeros] versículos del libro del Génesis. Con la ayuda de Dios, su libro se ha hecho famoso y ha ayudado a muchos de nuestros hermanos judíos a llegar más cerca [del conocimiento] de nuestro Padre celestial. Este libro explica el acto de la Creación de acuerdo con nuestra Torá y muestra que muchos puntos [del relato de la Creación] son compatibles con la ciencia moderna. Se sabe que la Torá no necesita ninguna corroboración de la ciencia, ya que se vale por su propia verdad. Y aun así, es muy reconfortante ver cómo la ciencia moderna percibe que lo que la Tora dice contribuye a la comprensión científica actual. No tengo ninguna duda de que este libro será tan célebre en el mundo judío como los libros de nuestros ilustres rabinos contemporáneos. Y solo quiero brindarle mi bendición: Que sea la voluntad de Dios que sus fuentes [de Torá] sigan fluyendo desde usted, AMÉN. 23 de Kislev de 5775 RABINO ELIYAHU BEN HAYIM Presidente del tribunal rabínico Meqor Hayim de Queens, Nueva York INTRODUCCIÓN Todo aquel que haya leído los primeros versículos de la Torá, la Biblia hebrea, sabe que esas pocas palabras que explican cómo Dios llevó esta realidad a la existencia son fascinantemente profundas, seductivamente crípticas, y se relacionan con cuestiones que de manera innata nos atrapan: ¿cómo llegó nuestro mundo a ser lo que es? La pregunta sobre el origen de nuestra existencia, del planeta al que llamamos «casa» y del universo con el que estamos familiarizados es un interrogante que siempre ha atraído a los seres humanos de todas las clases sociales y a lo largo de toda la historia. Pareciera que Dios adaptó el cerebro humano de tal modo que por naturaleza nos vemos impulsados a cuestionar los orígenes de todo aquello que conocemos. No hay otras palabras que hayan fomentado un mayor conocimiento, ninguna otra frase que haya generado un discurso más inteligente, y ningún otro fragmento que haya suscitado tanta curiosidad como el relato bíblico del Génesis: el principio del universo. El objetivo de este libro es analizar los primeros tres versículos de la Torá, el relato bíblico de la creación ex nihilo (desde la nada) y los actos que llevó a cabo el Creador para preparar el planeta Tierra a fin de generar y sustentar la vida. He dedicado tres capítulos para cada uno de estos tres versículos. Esto podrá parecerle excesivo al lector principiante; sin embargo, el estudiante avanzado de la Torá sabe muy bien que un simple libro jamás constituirá una investigación exhaustiva de estos versículos. La Torá es como un mar profundo, rico en tesoros de sabiduría que permanecen ocultos hasta que uno se atreve a zambullirse en el agua. La mayoría de nosotros, y me incluyo, apenas nos acercamos a la superficie del mar y logramos recolectar algunos caracoles de la orilla. Aunque en un contexto distinto, Isaac Newton fue quizás quien mejor expresó esta idea: «Soy solo un niño que juega en la playa, mientras que el gran océano de la verdad se extiende inexplorado ante mí». Tomemos como ejemplo los campos de la cosmología y la astronomía. No sería realista pretender que ya sabemos todo lo que estas áreas intentan estudiar. El astrónomo tan solo articula la mejor explicación que es capaz de elaborar, dados sus conocimientos actuales y los límites de su herramienta principal: el telescopio. Del mismo modo, en el ámbito de la Torá, siempre se podrá ver más, o mejor. En lo que al estudio de la Torá respecta, se trata de una búsqueda ininterrumpida del conocimientoen constante evolución. En cada generación, toda persona que se empeñe en el estudio de la Torá cuenta con el potencial para descubrir nuevas capas del Libro infinito de Dios. Es cierto que nuestro conocimiento de la Torá, nuestra inteligencia y capacidades cognitivas se vuelven insignificantes al compararlas con las de los Sabios del Talmud. En términos intelectuales, ellos eran gigantes y nosotros, enanos. Jamás podríamos ver tan lejos como aquellos gigantes lo hicieron; salvo cuando decidimos posarnos sobre sus hombros. De esa manera podemos percibir tanto como ellos, o incluso más, en especial si estamos provistos de nuevas herramientas. Una de estas herramientas es la ciencia moderna. Consideremos, por ejemplo, lo siguiente. Hace cuatro mil años Dios bendijo a nuestro patriarca Abraham y le prometió que sus descendientes iban a ser tan numerosos como los granos de arena en la orilla del mar y las estrellas en el cielo. Esa comparación bíblica supuestamente desproporcionada «entre arena y estrellas» podrá haber parecido desconcertante a los lectores y estudiantes de la Torá durante milenios. Hay diez mil granos en apenas un puñado de arena; millones en solo un pie cúbico; billones en un segmento de la orilla. Sin embargo, hay solamente alrededor de mil estrellas visibles en el cielo más oscuro. Aparentemente, no hay comparación posible. Pasó mucho tiempo hasta que el telescopio se inventó y el hombre fue capaz de adentrarse en el espacio profundo. Las estrellas pasaron de ser miles a ser millones y billones. Por fin, en 1980, logramos comprender la precisión y la sofisticación de la bendición de Dios para Abraham cuando Carl Sagan, probablemente sin percatarse de su contribución a la exégesis bíblica, declaró que según nuestro conocimiento contemporáneo la cantidad total de estrellas en el universo ¡es similar a la cantidad de todos los granos de arena de todas las playas del planeta Tierra! De la misma manera, muchas perlas de sabiduría de la Torá permanecieron latentes durante siglos, encapsuladas en palabras y frases tan avanzadas que solo ahora, en estos días privilegiados, comenzamos a entender. A medida que aumenta el entendimiento de la realidad física a nuestro alrededor, así también crece el conocimiento de la Torá, en especial en el ámbito de la Creación. El rabino Eliyahu Benamozegh (1822-1900) explicó que los nuevos descubrimientos de Descartes y Newton en la física y en la óptica sobre la naturaleza de la luz le permitieron llegar a una mejor comprensión del concepto de la luz en el texto bíblico: «A medida que se incrementa nuestro conocimiento, así también aumentan la elucidación y la solidez de las enseñanzas divinas [de la Torá]». En la actualidad tenemos la fortuna de contar con importantes ideas científicas, tales como el rechazo a la eternidad del universo, el nuevo entendimiento de la ubicación privilegiada de nuestro planeta respecto al sol, las teorías actuales que argumentan que la vida surgió primero del agua, etcétera. Sin duda, debemos utilizar estos conceptos para apreciar mejor la precisión y la extrema sofisticación del relato bíblico de la Creación. Varios brillantes científicos y eruditos, tanto judíos como no judíos, elaboraron excelentes tesis, libros y artículos que pretenden establecer una perfecta armonía entre la historia bíblica de la Creación y la ciencia moderna. Yo no soy uno de ellos. En esta obra, la ciencia se utiliza solo en la medida en que contribuya a la comprensión del texto bíblico, que es el principal objetivo de este libro. No obstante, aunque mi propósito no consiste necesariamente en demostrar la consonancia entre la ciencia y la historia de la Creación, este libro nos va a ayudar a entender que lo que hoy conocemos acerca de nuestro universo físico es sorprendentemente compatible con la narración de la Creación en la Torá, partiendo de la base que el universo y la Biblia son dos libros escritos por el mismo Autor. Tal vez no los podamos considerar compatibles sin antes descifrar todo el significado o la realidad definitiva de cada uno de ellos. Por lo tanto, la falta de armonía entre estas dos obras se deberá atribuir a las carencias del lector —o de los tiempos— y no de los libros o de su Autor. A diferencia de otras obras sobre ciencia y religión que presentan homilías o interpretaciones bíblicas, las contribuciones de este libro derivan en su mayor parte del campo de la semántica hebrea. Tal como el lector pronto descubrirá, para entender estos tres versículos es obligatorio repasar el significado del texto bíblico sin confiar ciegamente en las traducciones convencionales de las Escrituras. Los primeros dos versículos, por ejemplo, fueron traducidos de formas tan distintas que me vi obligado a reexaminarlos palabra por palabra y hacer una distinción entre aquellas traducciones que han sido influenciadas por conceptos no judíos, que de alguna forma se filtraron en algunas traducciones y comentarios judaicos, y las auténticas tradiciones judías representadas en las explicaciones que aportaron los Sabios del Talmud y la traducción en arameo tradicional del Targum Onquelós. A fin de evitar leer la Torá para que se adecue a lo que queremos que diga en lugar de lo que realmente declara, primero se debe leer el texto bíblico con detenimiento. Solo tras este ejercicio se podrán encontrar formas en las que la nueva información científica pueda elucidar aún más lo que la Torá señala. Además, una lectura detenida con frecuencia demuestra que más de un par de conflictos aparentes entre la ciencia y la Torá se deben a una mala comprensión del hebreo bíblico y de sus matices. El lector también debe saber que este estudio de los primeros tres versículos de la Torá no contiene ningún material esotérico. Un análisis místico de la Creación, es decir, el modo en el que el Creador llevó todo a la existencia y otros conceptos místicos muy profundos van más allá del alcance de este humilde libro. Aquellos secretos ocultos de la Torá, aun cuando uno piensa que los conoce, no deben exponerse por escrito. De acuerdo con nuestros Sabios, estos deben transmitirse en forma oral y privada, de un maestro hacia el limitado público de un alumno. Este trabajo está destinado para el lector que desea comprender qué significa este breve texto bíblico a nivel superficial, cuando las palabras se contemplan desde la mirada de los Sabios del Talmud y de los comentaristas bíblicos clásicos, en especial aquellos rabinos con pericia en gramática hebrea. A fin de comprender adecuadamente estos versículos, hay que situarse en el contexto de la historia de la Creación en su totalidad. Es por ello que este libro también abordará los hechos que ocurrieron en el segundo, tercero y cuarto día de la Creación y explorará la pregunta sobre qué fue exactamente lo que se creó en esos días. En la primera parte analizaré las ideas que transmite el versículo 1, en particular la noción de la Creación ex nihilo, es decir, la creación del mundo desde la nada mediante la voluntad del Creador Todopoderoso. Esta es una creencia central del judaísmo. Reflexionaremos acerca de cuán capaces somos de comprender la idea de la Creación, un acto que ningún hombre ha presenciado, y sobre los límites de nuestra imaginación. También exploraremos la repercusión que el acto de la Creación pudo haber tenido sobre la edad que hoy en día se les atribuye al cosmos y a nuestro planeta. El lector también descubrirá en el tercer capítulo que solo cuando la primera palabra, bereshit, se traduce correctamente, la Torá transmite el concepto de Creación ex nihilo sin ambigüedades. El versículo 2 para mí resultó ser el más sorprendente y fascinante de la historia de la Creación. Debo reconocer que solo pude comprender su significado mientras escribía este libro, y no antes. A menudo, ese versículo es pasado por alto o saltado del todo a la hora de parafrasear el relato de la Creación. Para muchos comentaristas bíblicos y estudiosos, quizá debido a las numerosas y radicalmente distintas traducciones,el versículo 2 fue juzgado de manera injusta como un paréntesis innecesario o superfluo entre el sublime versículo 1 y el renombrado e ilustre versículo 3. Después de leer cualquier traducción estándar, uno no puede evitar sentir que este versículo es confuso, como mínimo. «Caos», un término teológico griego; «abismo», un concepto mitológico, y en especial «el espíritu de Dios», una idea con una connotación doctrinaria ajena al judaísmo, tienen muy poco sentido en un contexto judío tradicional. En este trabajo analizamos este versículo palabra por palabra e intentamos dilucidar su significado con la ayuda de otros textos bíblicos —en particular el salmo 104— y la invaluable opinión de los Sabios, que aunque parezca mentira no siempre fue tomada en cuenta por la mayoría de las traducciones convencionales. Se necesitó un tipo de aclaración distinto para el versículo 3. Sus palabras no representan un problema considerable en cuanto a su traducción. «Y Dios dijo: “Que sea la luz”, y fue la luz» es más o menos el consenso universal sobre su interpretación. No obstante, muy pocos estudiosos de la Torá se detienen a considerar con mayor profundidad a qué clase de luz se refiere la Torá. ¿Se trata de una luz física independiente que Dios creó en el primer día? ¿Será una luz espiritual y simbólica? ¿Una metáfora? ¿O quizá haya sido la luz del Sol? Abrir la Torá y leerla debería ser suficiente para satisfacer nuestra curiosidad innata por encontrar respuestas acerca del origen del universo y de la vida. A fin de cuentas, los primeros versículos contienen la versión de estos hechos narrada por el mismo Creador. Sin embargo, esto no es tan simple. Los primeros tres versículos de la Torá, que consisten en apenas 103 letras, o 27 palabras, tal vez sean las frases más conocidas de toda la Biblia hebrea; pero también, las menos comprendidas. En cuanto a la historia de la Creación, la Torá nos revela mucho menos que lo que nos oculta; da la sensación de que uno termina con más preguntas que respuestas. Ahora que esta obra está en tus manos, si esperas que, una vez que la leas, tendrás una certeza total de lo que aconteció con exactitud durante la creación del universo, este libro podrá no ser lo que buscas. Sin embargo, si deseas incorporar un mayor conocimiento acerca de lo que el relato de la Torá cuenta sobre estos hechos, por favor, continúa leyendo. Versículo 1 En el principio, creó Dios los cielos y la tierra. GÉNESIS 1, 1 CAPÍTULO 1 EL FIN DE LA ETERNIDAD La primera palabra de las Sagradas Escrituras, bereshit —‘en el principio’—, proclama que el universo tuvo su origen en el tiempo. Afirma que a diferencia de lo que comúnmente se creía en la Antigüedad, el universo no es eterno. No solo las masas de gente no educada o los autores de los antiguos mitos paganos de la creación concibieron la eternidad del mundo. Durante siglos los hombres de ciencia también consideraron que el universo había existido desde siempre. En la actualidad los científicos contemporáneos, en su mayor parte, se inclinan a aceptar que el universo tuvo un punto de comienzo en el tiempo. Y lo que llevó a los científicos modernos a adoptar la noción de un origen fue la comprensión de que el universo se está expandiendo. Como veremos a continuación, concebir que el universo tuvo un comienzo fue un lento proceso, impulsado a partir de un inesperado descubrimiento. Hagamos un poco de historia. Durante siglos, los hombres instruidos creyeron que el mundo siempre había existido, y por lo tanto no era necesario determinar el momento en el que todo pudo haber comenzado. Hacia el año 500 antes de la era común, Heráclito de Éfeso expresó lo que pensaba acerca de los orígenes del universo con las siguientes palabras: «Este cosmos, el mismo para todos, no lo hizo ningún dios ni ningún hombre, sino que fue, es y siempre será igual»[1]. El gran filósofo griego Aristóteles (384-322 a. e. c.) razonó que todo aquello que sabemos acerca del mundo indica que el universo existió desde siempre. Aristóteles observaba el cielo estrellado y buscaba comprender cómo se comportan los cuerpos celestes. Vio que, salvo unos pocos planetas, los cuerpos celestes se encontraban ubicados en un sistema predecible de órbitas circulares mecánicas. No percibió el movimiento de los cielos como un caprichoso mecanismo variable o caótico, ni tampoco lo visualizó orientado hacia una dirección lineal. Él observó el cosmos como un sistema que posee una regularidad predecible. No había ningún tipo de evidencia que sugiriera un origen del universo. Todo lo contrario: la circularidad y la estabilidad de los cielos parecían ser las pruebas y los resultados de su eternidad. A raíz de sus observaciones, Aristóteles creyó que el universo siempre había existido de la misma forma en que hoy en día lo vemos. Y concluyó que el mundo nunca tuvo un comienzo. Aristóteles creía en un dios. Aunque su dios no era como el Dios que las Escrituras hebreas describen, un ser supremo que creó los cielos y la tierra. Para el filósofo griego, se trataba de un ser divino que infundió el movimiento y el orden en el eterno universo y que había coexistido desde siempre con el cosmos. Pero no era su creador. Desde el punto de vista filosófico, un universo creado por un dios iba en contra de las hipótesis aristotélicas elementales: el dios de Aristóteles carecía de libre albedrío. Para el filósofo, la divinidad y la predictibilidad eran conceptos que iban de la mano. De igual modo que la naturaleza, el dios de Aristóteles actuaba a partir de una concatenación predecible de causas y efectos. En su opinión, un dios no podría de pronto tener una idea y decidir crear un mundo; cambiar era un atributo de los seres humanos y no de los dioses o de la naturaleza. La creación del universo hubiera implicado un cambio en la mente divina, el resultado de una nueva intencionalidad o de una voluntad que la teología aristotélica no estaba preparada para adjudicarle a su dios. Un cosmos estable, invariable y eterno, es decir, no creado, era perfectamente compatible con un dios inmutable, carente de albedrío e igualmente eterno. Estas premisas dieron lugar a que Aristóteles y muchos otros importantes pensadores y filósofos de la Antigüedad concluyeran que el cosmos nunca tuvo un comienzo. El dios aristotélico tenía otras funciones y otros poderes —fundamentalmente, ser responsable del movimiento constante del universo, aunque no lo hubiera creado—. Para Aristóteles no hubo un comienzo, la Creación del mundo no existió. LA CREACIÓN A LA DEFENSIVA A comienzos de la Edad Media los debates entre quienes veían un universo eterno y quienes lo consideraban creado proveyeron amplias oportunidades para ensayar nuevas ideas filosóficas acerca del concepto de un principio. Aquellos que abogaban por un universo eterno eran los hombres de ciencia de la época —los filósofos aristotélicos que negaban la Creación—. Y entre quienes defendían la Creación bíblica estaba Maimónides (el rabino Moshé ben Maimón, 1135-1204), un apasionado valedor de esta causa que brindó su propia explicación acerca de la idea del comienzo del universo en las Escrituras. De acuerdo con Maimónides, la Creación del mundo es la esencia de las Escrituras hebreas, y cualquier judío que crea en la eternidad del mundo no pertenece en absoluto a la congregación de Moisés y Abraham[2]. Al final de este capítulo volveremos a analizar a Maimónides y su visión de la Creación. En aquel entonces los partidarios de Aristóteles parecían triunfar en el debate. Mediante pruebas y observaciones muy convincentes en los campos de la astronomía y la física, sostenían que el cosmos era inmutable, predecible y eterno. Los eruditos religiosos estaban a la defensiva. Aferrarse al concepto del comienzo[3] parecía solo una cuestión de fe en el relato bíblico y no un argumento con valor científico o filosófico. Un universo creado, no eterno, desafiaba a la sabiduría convencional y al sentido común de aquellos tiempos. La comprensión de nuestrouniverso y de sus leyes físicas cambió de forma radical gracias a los descubrimientos astronómicos revolucionarios de Nicolás Copérnico (1473-1543), Galileo Galilei (1564-1642), Johannes Kepler (1571-1630) e Isaac Newton (1643-1727). Con el desarrollo de nuevos dispositivos ópticos —los telescopios— los astrónomos fueron capaces de observar con mayor detalle el sistema solar, el movimiento de las estrellas, y las misteriosas nebulosas que aparecían más allá de nuestro sistema solar. Si hasta ese entonces se consideraba que el universo, según la idea del gran astrónomo griego Claudio Ptolomeo (90-168), estaba formado por una bóveda celeste y circular compuesta por varias capas giratorias invisibles, todo esto estaba a punto de cambiar. A partir de las nuevas observaciones se descartó el modelo de Ptolomeo: el mundo ya no era un sistema geocéntrico cerrado, sino un cosmos vasto e interminable. Estas nuevas investigaciones tuvieron una enorme repercusión en la percepción humana. La inmensidad del espacio y las innumerables estrellas, nunca antes vistas y que los telescopios ahora revelaban, demostraban que el hombre —o el planeta Tierra— no era el centro de nuestro sistema solar, y mucho menos de todo el cosmos. La idea de que la Tierra estaba en el centro del cosmos había justificado en primer lugar la percepción de un universo creado por Dios en función del hombre[4]. Cuanto más poderosos eran los telescopios, más se daba cuenta el hombre del lugar ínfimo que él ocupaba en el cosmos y de su asombrosa pequeñez. Sin embargo, aunque el universo era visto cada vez más inmenso, la noción de su eternidad permanecía inmutable. Durante el siglo XVII, XVIII y XIX los telescopios todavía fueron incapaces de producir alguna nueva evidencia que corroborara la teoría de un universo creado o eterno. El statu quo prevalecía, y la idea de un universo creado se vio relegada al ámbito de la religión, y no al campo del análisis científico. Las observaciones astronómicas continuaron moldeando y redefiniendo estas ideas, y una vez que el planeta Tierra fue desplazado del centro del cosmos, los filósofos encontraron razones menos convincentes para justificar la existencia de un Creador. Desplazar a Dios de su función como Creador del universo fue un proceso lento pero imparable. Baruch Spinoza (1632- 1677) dio un salto significativo en esta dirección. Al identificar a Dios con la Naturaleza, ambos eternos, Spinoza aceleró el desplazamiento de Dios y fortaleció aún más la idea de un universo no creado y eterno. James Hutton (1726-1797), un científico uniformista, declaró: «Por lo tanto, el resultado de la presente investigación es que no hemos encontrado ningún rastro de un comienzo [del universo], ni una evidencia de su fin»[5]. No parecía haber necesidad de encontrar una respuesta ante la pregunta de cómo llegó a existir el universo. Tal como el filósofo positivista Bertrand Russell (1872-1970) lo expresó en pocas palabras: «El universo está allí, y eso es todo»[6]. Simon Singh explica: «La idea de un universo eterno pareció adquirir una resonancia positiva en la comunidad científica, porque la teoría poseía cierta elegancia, sencillez y completitud. Si el universo siempre existió, entonces no había necesidad de explicar cómo, cuándo, por qué fue creado y quién lo creó. Los científicos se sentían particularmente orgullosos de haber formulado una teoría del universo que ya no dependía de invocar a Dios»[7]. Los nuevos descubrimientos en el campo de la astronomía nutrieron estas teorías naturalistas y redoblaron la apuesta contra las creencias de las antiguas religiones bíblicas. Cuanto más penetraba el hombre en el espacio, más se apartaba del Dios-Creador. Así fue hasta el año 1929, cuando los telescopios divisaron el comienzo del universo. ¡MIRA QUIÉN SE MUEVE! Con la llegada del siglo XX, los telescopios aumentaron su tamaño y alcance y permitieron observar los límites de nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. Se produjo entonces una fascinante controversia científica denominada el «Gran Debate» para determinar la verdadera naturaleza de la Vía Láctea. El Gran Debate se celebró el 26 de abril de 1920 en el auditorio Baird del Museo de Historia Natural del Instituto Smithsoniano. Una escuela científica afirmaba que toda la materia del universo se encontraba dentro de la Vía Láctea, cuyo tamaño se estimaba en aproximadamente 100 000 años-luz de diámetro. La segunda escuela de pensamiento consideraba que nuestra Vía Láctea era tan solo una de varias galaxias. Para entonces, los astrónomos habían sido capaces de observar en uno de los límites de la Vía Láctea algo que se asemejaba a una nebulosa. Creyeron que era tan solo una nube compuesta de gas, polvo y luz. La llamaron «Andrómeda». Las observaciones no eran lo suficientemente exactas para determinar con precisión si Andrómeda se encontraba dentro o fuera de nuestra galaxia. En 1923, en su observatorio del monte Wilson y equipado con el telescopio más avanzado de la época, Edwin Hubble demostró más allá de toda duda que Andrómeda era una galaxia independiente. Hubble calculó que la distancia entre ella y nuestro planeta era de 900 000 años-luz aproximadamente, lo que significaba que Andrómeda se encontraba totalmente fuera del perímetro de nuestra Vía Láctea (ahora considerada ya muy pequeña). La revelación de Hubble de que el universo abarca mucho más que nuestra propia galaxia fue un momento revolucionario en la historia del conocimiento humano. A partir de ese hallazgo el cosmos de repente creció de manera inconmensurable. Desde su observatorio Hubble pudo observar y estudiar un número cada vez mayor de galaxias, y calculó la distancia entre ellas y nuestro planeta. A medida que observaba nuevas galaxias en las profundidades del espacio, tomaba consciencia de otro factor fundamental. En el eterno e inmutable universo de Aristóteles se suponía que los cuerpos celestes permanecían flotando en el vacío cósmico. Las trayectorias de los cuerpos celestes, según parecía, seguían un curso circular o elíptico. Claramente esto no era lo que Hubble veía… El astrónomo descubrió que las galaxias, en lugar de orbitar una en torno a la otra (como la Luna gira alrededor de la Tierra y esta alrededor del Sol), se movían de forma lineal, no circular, y se alejaban rápidamente de la Vía Láctea. Si se suponía que todos los cuerpos celestes orbitaban unos alrededor de otros, ¿qué significaba este desplazamiento lineal en el universo? Este tipo de movimiento no circular solo podía significar una cosa: las galaxias no estaban circulando alrededor de un centro cósmico, sino que se estaban desplazando de él[8]. El universo no era estático, ni giraba alrededor de su eje. ¡Se estaba expandiendo! Hasta ese momento la idea de un universo en expansión iba «más allá de toda comprensión» ya que «se consideraba que el universo era fijo e inmutable, y la posibilidad de que esta idea fuera modificada era inconcebible»[9]. A finales de 1929 Hubble había clasificado cuarenta y seis galaxias. Calculó que la velocidad de cada galaxia era proporcional a su distancia de la Tierra. Si una galaxia se encontraba dos veces más lejos de nuestro planeta que otra galaxia, verificó que también se estaba alejando aproximadamente al doble de la velocidad. El significado de este simple hallazgo demostraba que, en algún momento, el universo en expansión y todas sus galaxias habían existido en una región muy compacta. Este fue el primer indicio en la historia de la humanidad de que el universo no era inmutable… ni eterno. Durante los años posteriores a las observaciones de Hubble los astrónomos, equipados con telescopios aún más potentes, lograron observar con mayor detalle el movimiento de las galaxias, sus distancias y velocidades. Los resultados respaldaron la teoría de un universo en expansión. Casi veinte años después del descubrimiento de Hubble, el científico George Gamow, nacido en Ucrania, formuló una nueva teoría a partir de los descubrimientos de su antecesor. Si se retrocedeen el tiempo y se rebobina la película del universo en expansión, todas las galaxias se habrían originado no solo desde una compacta zona en el espacio, sino desde una misma entidad física. De acuerdo con Gamow, el universo primitivo habría consistido en una densa bola de fuego, formada por energía superconcentrada que de algún modo contenía toda la materia que existe en nuestro cosmos. Gamow también razonó que la explosión de esa bola de fuego explicaría el comienzo y la expansión del universo. A partir de allí, teorizó la idea de una gran explosión que más tarde se denominó «Big Bang» (‘Gran explosión’). En 1948, junto con Ralph Alpher, Gamow elaboró la teoría del Big Bang. El 26 de abril de ese año la revista Newsweek presentó a sus lectores de esta manera la revolucionaria hipótesis de Gamow: «Conforme a esta teoría, todos los elementos fueron creados desde un fluido original en un mismo momento, y se han reorganizado por sí mismos en lo que compone el material de las estrellas, los planetas, y hasta la vida». MÁS PRUEBAS DE UN PRINCIPIO La teoría que asignaba un comienzo al universo aún requería de mayor verificación antes de que la comunidad científica la aceptara por completo. Gamow y Alpher conjeturaron que, en el momento en que sucedió la explosión original, un estallido inimaginable de energía luminosa se disparó al espacio. En teoría deberíamos poder detectar sus ecos incluso en el día de hoy. Si el Big Bang hubiera sucedido, habría dejado «ecos», residuos de ondas de choque similares a las que se producen cuando se arroja una piedra en el agua. La pequeña piedra genera ondas que se expanden continuamente en la superficie. Las ondas se van achicando cada vez más, pero nunca desaparecen del todo. Del mismo modo, la teoría del Big Bang suponía que aún deberían existir esas ondas o ecos de la explosión cósmica primitiva y deberíamos ser capaces de identificarlas en todo momento y en todo lugar. Según las predicciones de Alpher, deberíamos detectar una onda invisible de luz con una longitud de aproximadamente un milímetro[10]. En 1964 Robert Wilson y Arno Penzias, dos investigadores contratados por la empresa de telecomunicaciones estadounidense Bell Telephone Company, estaban trabajando con una de las antenas de radio más avanzadas de la época que desde un principio estaba diseñada para detectar señales desde un globo- satélite. Estos dos científicos notaron que la antena captaba un mínimo nivel de sonido, una interferencia molesta, y no lograban encontrar su procedencia. Intentaron ubicar la fuente del ruido para eliminarla por completo o por lo menos reducirla. Esta extraña interferencia provenía de cualquier dirección hacia la que apuntaban la antena. De algún modo, algo estaba emitiendo ondas radiales desde todas las direcciones sin cesar. Ambos técnicos, frustrados, no se dieron cuenta de que sin querer se habían topado con uno de los descubrimientos más importantes en la historia de la cosmología. Ese molesto ruido de fondo en realidad era el eco del Big Bang, que se había transformado en ondas de radio, tal como lo había predicho Gamow[11]. Wilson y Penzias encontraron la radiación primigenia presente en todas partes del cosmos: ese eco infinito del comienzo del universo. El 21 de mayo de 1965 el New York Times publicó: «Cuando usted salga esta noche a la calle y se quite su sombrero, sentirá un poco el calorcito del Big Bang directamente sobre su cabeza. Y si cuenta con un buen receptor de radio y sintoniza entre las estaciones, oirá ese sonido: sh-sh-sh… Aproximadamente el 0,5 por ciento de ese ruido proviene del origen del universo». En 1976 los astrónomos y científicos se embarcaron en un nuevo experimento para confirmar los descubrimientos de Wilson y Penzias. La NASA diseñó un enorme satélite denominado COBE (por sus siglas en inglés, Cosmic Background Explorer, ‘Explorador del fondo cósmico’), cuya misión consistía en medir los niveles de radiación CMB (Cosmic Microwave Background, Radiación cósmica de fondo de microondas’], es decir, el eco del Big Bang proveniente del espacio. El cohete fue lanzado en 1989, y a casi dos años de estar orbitando, el COBE detectó las variaciones de temperatura esperadas, de 30 millonésimos de un grado, en todos los confines del espacio. El experimento COBE corroboró que existió un punto de origen del universo y que este dejó sus huellas en formas de radiación y microondas que aún se encuentran en todas partes del universo. Stephen Hawking aseveró: «Este es el descubrimiento del siglo, por no decir de todos los tiempos»[12]. EL BREVE ROMANCE ENTRE EL BIG BANG Y LA RELIGIÓN George Smoot, un físico de la Universidad de California en Berkeley, que dirigió el análisis de los datos del satélite COBE, expresó: «Hemos observado las estructuras más antiguas y grandes que se hayan visto en los comienzos del universo. Estas son las semillas primitivas de las estructuras cósmicas modernas, tales como las galaxias, los grupos de galaxias, etcétera. Si usted es religioso, es como ver a Dios»[13]. Varios famosos científicos naturalistas (es decir, ateos) de aquellos tiempos, como por ejemplo Albert Einstein, se apartaron deliberadamente de la idea del Big Bang o de cualquier otra teoría cosmológica que propusiera un comienzo. Y esto se debió a las implicancias teológicas consecuentes, más que a una razón científica[14]. Estos científicos entendieron que la noción de «el comienzo del universo» transmite una idea demasiado parecida al concepto de Creación. Siguiendo esta línea de pensamiento, Arthur Eddington reconoció de manera explícita: «En términos filosóficos, la idea de un comienzo del presente orden de la Naturaleza me resulta repugnante. Me gustaría encontrar alguna forma de evadir esta idea»[15]. Fred Hoyle se opuso a la teoría del Big Bang y desarrolló su alternativa, la hipótesis del Estado Estacionario, que defendía la idea de un universo eterno. Hoyle mantuvo su teoría mucho tiempo después de que sus colegas la descartaran. «Los escritos de Hoyle dejan claro que él favorecía la teoría del Universo de Estado Estacionario no solo por razones científicas, sino porque consideraba que un universo eterno era más compatible con sus propias creencias ateas»[16]. En 1940 el régimen comunista soviético rechazó por completo las conclusiones de Hubble y Gamow, pese a su validez científica, aduciendo que las hipótesis no cumplían con los principios de las doctrinas marxistas y leninistas (es decir, con el ateísmo). El camarada Andrei Zhdanov resumió así la opinión de los soviéticos sobre la teoría del Big Bang: «Los falsificadores de la ciencia quieren revivir el cuento del origen del mundo a partir de la nada»[17]. Los soviéticos persiguieron a los físicos que apoyaban la teoría del Big Bang. Algunos de esos científicos sacrificaron su vida por ella, como Matvei Bronstein, quien recibió un disparo tras ser arrestado por cargos de espionaje[18]. Stephen Hawking resumió en una frase el motivo por el que los científicos naturalistas se resistían a aceptar la teoría científica de un universo no eterno: «Siempre y cuando el universo haya tenido un comienzo, debemos suponer que tuvo un Creador»[19]. C. J. Isham fue quizás quien mejor expuso este problema: «Tal vez el mejor argumento para demostrar que el Big Bang apoya la creencia en Dios es el evidente malestar que produce en algunos físicos ateos. A veces esto ha dado lugar a ideas científicas […] que [esos científicos naturalistas] avanzan con una tenacidad que excede su valor científico, y que lo hace a uno sospechar que hay aquí fuerzas psicológicas muy profundas, que superan el usual deseo académico de defender una teoría propia»[20]. La ciencia sostuvo la teoría aristotélica de un universo eterno durante más de dos mil años. Muchos científicos laicos no podían aceptar con facilidad que, cuando la ciencia avanzaba con nuevas ideas progresistas y dejaba atrás lo que ellos consideraban los conceptos primitivos de la religión, las últimas teorías cosmológicas respaldaranahora la idea bíblica de la Creación. George Thomson, el físico inglés ganador del Premio Nobel, acertó al declarar: «Probablemente todos los físicos creerían en el comienzo del universo de no haber sido por la Biblia, que por desgracia para ellos comentó algo al respecto hace muchos años y ahora hace que suene anticuado»[21]. Refiriéndose a la frustración que padecieron muchos pensadores positivistas y cosmólogos naturalistas en vista de los nuevos descubrimientos, Robert Jastrow señaló: «Para el científico que ha mantenido la fe en el poder de la razón, esta historia termina como una pesadilla. El hombre de ciencia ha escalado las montañas de la sabiduría; está a punto de conquistar la cima; y cuando sube la última roca, lo recibe un grupo de teólogos que estuvieron allí durante siglos»[22]. Por el otro lado, algunas importantes figuras religiosas del mundo, como el papa Pío XII, recibieron la teoría del Big Bang con entusiasmo. En 1951, y mientras la hipótesis del Big Bang aún debatía con otras teorías cosmológicas como el Universo de Estado Estacionario, Pío XII pronunció un discurso en la Academia Pontificia de las Ciencias titulado «Las pruebas de la existencia de Dios a la luz de la ciencia moderna». Allí presentó la teoría del Big Bang como una prueba moderna de la existencia de Dios[23]. NUEVOS CONFLICTOS Uno podría pensar que una vez que los científicos aceptaron la noción del comienzo del universo, este debate entre la ciencia y la Biblia finalmente se habría considerado terminado. No obstante, al poco tiempo la breve tregua entre la ciencia y la religión sobre este tema llegó a un final repentino, y un nuevo conflicto reemplazó al anterior. Cuando se llegó a un consenso sobre el principio del universo, el «tiempo» que transcurrió desde ese comienzo fue presentado por los científicos naturalistas como el nuevo conflicto que dividía ciencia y religión. En la actualidad tanto los científicos como las figuras religiosas creen y enseñan que la teoría del Big Bang y la narración bíblica de la Creación representan dos extremos opuestos, puesto que la Biblia hebrea señala que el universo comenzó hace menos de 6 000 años, mientras que la ciencia calcula que el mundo tiene 15 000 millones de años. Este supuesto antagonismo entre ciencia y religión parece estar tan arraigado en las ideas de los educadores y los estudiantes que ha logrado desplazar por completo la impresionante convergencia que se produjo a partir de la aceptación por parte de la comunidad científica de la idea del comienzo del universo. Como ejemplo de alguien que deliberadamente trata de ahondar las diferencias en lugar de señalar las coincidencias, citaré y analizaré en pocas palabras algunos párrafos extraídos de una conferencia del profesor Stephen Hawking en Cambridge, en 1998. En su discurso «Los orígenes del universo», Hawking inicia su disertación con una descripción sobre las diferentes opiniones acerca del tema del origen del universo, y luego establece una comparación entre la idea de Aristóteles y la postura de las religiones bíblicas[24]: El debate sobre si hubo un principio y sobre cómo comenzó el universo ha sido registrado a través de la historia. Básicamente existieron dos escuelas de pensamiento. Hawking pretendía presentar el debate en cuanto al «si y cómo» el universo ha tenido un punto de origen en el tiempo. Obviamente estaba al tanto de que en los últimos veinticinco siglos, antes del descubrimiento de Hubble, los científicos habían supuesto la eternidad del cosmos, contrario a lo que las tradiciones religiosas creían. En primer lugar, Hawking presenta la opinión de las religiones bíblicas: Muchas de las antiguas tradiciones y las religiones judías, cristianas e islámicas sostienen que el universo fue creado en un pasado bastante reciente. Por ejemplo, el obispo Usher calculó la fecha de la creación del mundo en el año 4004 a. C., al sumar las edades de los individuos en el Antiguo Testamento… Por supuesto, Hawking sabía que poco tiempo atrás la ciencia había encontrado pruebas contundentes del comienzo del universo y que la Biblia hebrea y los científicos modernos de la actualidad coincidían en este punto. Sin embargo, en lugar de señalar esta gran nueva coincidencia, Hawking de repente se desvía del tema central: «eternidad versus comienzo del universo», y pasa a una cuestión completamente diferente: «cuánto tiempo ha transcurrido desde que el universo comenzó». Lo honesto por su parte hubiera sido concluir su presentación de la opinión bíblica diciendo: «Muchas de las antiguas tradiciones y las religiones judías, cristianas e islámicas sostienen que el universo fue creado», y punto. Y así presentar la idea de un universo que tuvo un comienzo versus la idea de un universo eterno. Pero en lugar de eso, Hawking hace referencia a lo que un que obispo anglicano irlandés del siglo XVII interpretó sobre la edad del mundo. Es importante destacar que en el texto bíblico no hay ninguna referencia a ella. Es evidente que Hawking recurre a James Usher para exponer una supuesta fecha bíblica de la Creación que fuera totalmente incompatible con las teorías científicas modernas, y así desacreditar la narración bíblica y ridiculizarla de esta manera: De hecho, la fecha bíblica de la Creación no está tan alejada de aquella que marcó el fin del último periodo glacial, cuando los humanos modernos parecen haber aparecido por primera vez. Una vez que presenta (o tergiversa) la postura bíblica, Hawking regresa al tema del debate y explica en forma correcta la doctrina aristotélica del universo eterno: Por otro lado, a algunas personas, como el filósofo griego Aristóteles, no les agradaba la idea de que el mundo tuviera un comienzo. Sentían que ello implicaría una intervención divina. Preferían creer que el universo había existido y existiría por siempre. El debate «universo creado o eterno» fue trasformado por el debate «universo joven o eterno». Y aunque esta malintencionada interpretación de Hawking nos pueda parecer un poco extrema, por desgracia representa la opinión mayoritaria en los círculos académicos modernos, en la cultura popular, en los medios y principalmente en las escuelas. En lugar de señalar cuán cerca está ahora la versión científica de la narración bíblica de la Creación «gracias» a la teoría del Big Bang, se hace hincapié exclusivamente en la supuesta discrepancia entre ambas narraciones en cuanto a la edad del universo. Antes de analizar este punto en profundidad (dedicaré todo el capítulo siguiente al tema del tiempo transcurrido desde la Creación), quisiera seguir profundizando en la idea del Big Bang. LA COSMOLOGÍA Y NUESTRA CAPACIDAD PARA IMAGINAR Desde que empezó a asociarse la noción del origen del universo con la idea de la Creación se ha supuesto que el problema del tiempo es la única frontera infranqueable que divide a la ciencia de la tradición bíblica. Se cree a menudo que, si no fuera por las diferencias en el cálculo del tiempo, los científicos y los eruditos religiosos por fin encontrarían un punto en común en cuanto al origen. Lamento no estar de acuerdo. La diferencia más crucial entre el concepto judío de la Creación y el modelo del Big Bang o cualquier otra teoría cosmológica no es el «tiempo transcurrido desde el comienzo hasta ahora», sino admitir o rechazar las limitaciones humanas para formular o incluso imaginar el proceso que dio origen al universo. Conforme a la tradición judía, la acción que describe la segunda palabra de las Escrituras hebreas, bará, indica una creación ex nihilo. Esto significa ‘hacer aparecer algo de la nada’. Este concepto no solo va en contra de nuestro conocimiento y experiencia, sino que también desafía las capacidades de nuestra imaginación. Nuestros Rabinos[25] identificaron el proceso de la Creación (ma’asé bereshit) como uno de los secretos o temas esotéricos inaccesibles de la Torá (sitré Torá), una clase de información a la que los simples humanos no tenemos acceso por nosotros mismos[26].A fin de comprender mejor e ilustrar la postura que la tradición judía adoptó sobre cuánto podemos saber acerca de la cosmología (el campo de la ciencia que analiza el origen del universo), primero debemos recordar los conceptos básicos de la teoría del Big Bang. Al observar los cielos con los telescopios más modernos, los astrónomos advirtieron que las galaxias se alejaban unas de las otras. Una vez que se demostró la expansión del universo, razonaron que al retroceder en el tiempo se llegaría a una especie de «punto cero»: «[La] teoría del Big Bang se basa en la observación de que el universo está en expansión. Si tomas esta idea y la haces retroceder, debes concluir que el universo era más pequeño, denso y caluroso en el pasado remoto. Cuanto más rebobinemos la película cosmológica, más pequeño, denso y caluroso será ese universo»[27]. Los cosmólogos observan la película del universo en expansión hacia atrás y ven que las galaxias se retrotraen hasta el final. Los científicos entonces afirman que el primitivo universo era muy pero muy pequeño; hoy en día se dice que en su estado más primitivo tenía el tamaño del punto que se encuentra al final de esta frase. Y que ese punto singular contenía toda la materia y la energía existentes[28]. La película de la historia del universo comienza entonces a partir de ese punto, conocido también como «singularidad». Pese a las diversas hipótesis y variaciones, el modelo más popular del Big Bang establece más o menos lo siguiente: en el principio, el universo era extremadamente denso, todo estaba concentrado en un punto que contenía energía, temperatura y presión a niveles increíblemente elevados. Luego este punto comenzó a expandirse con rapidez y atravesó por diversas fases: inflación, bariogénesis, nucleosíntesis, etcétera. Todo esto provocó su crecimiento exponencial y su explosión. Finalmente toda la masa producida se enfrió, y así se formó el universo actual, que desde entonces se encuentra en estado de expansión. Así es cómo los científicos describen el proceso de gestación de nuestro cosmos. Sin duda, todas las teorías acerca del tamaño, la naturaleza, la composición, la dinámica y el desarrollo del primitivo universo, así como del proceso que transcurrió desde su origen hasta transformarse en el universo que observamos hoy, están basadas totalmente en las leyes de la física que conocemos. Los científicos retroceden en sus mentes miles de millones de años en el tiempo, formulan cálculos e hipótesis sobre lo que pudo haber sucedido en esta etapa primitiva del mundo[29] y dan por sentado que las leyes físicas que regían el universo entonces fueron iguales que las que conocemos hoy —es decir, que las suponen predecibles, invariables y eternas —. Consideremos por ejemplo la línea de tiempo que indica el desarrollo del universo. La razón por la que los científicos le atribuyen al mundo entre 13 000 y 15 000 millones de años se debe al tamaño, la composición, y en particular, a la velocidad de la expansión del universo que hoy se puede observar. Pero ¿cuánto se puede saber con precisión acerca de los orígenes del universo o del remoto pasado? ¿SABEMOS LO QUE NO SABEMOS? Aunque la mayoría de la comunidad científica y los medios de comunicación en general son reticentes a declarar o reconocer los límites cuando se habla el origen del cosmos, hay algunas excepciones destacables. Un ejemplo es la obra del periodista científico Dennis Overbye, quien se pregunta si cuando hablamos del universo tenemos en cuenta nuestros límites de tiempo y espacio[30]. Sus palabras podrían ser consideradas, en mi opinión, como un excelente prólogo a la postura judía, particularmente de Maimónides, en cuanto a los límites de la investigación en el campo de la cosmología. En una de sus columnas en el New York Times, Overbye analiza un artículo científico escrito por Lawrence M. Krauss y Robert J. Scherrer, publicado en la revista científica General Relativity and Gravitation[31]. Estos dos científicos afirmaron que, si el mundo continúa expandiéndose, en 100 000 millones de años más o menos la mayoría de las galaxias traspasarán el horizonte del universo. En otras palabras, las galaxias quedarán fuera del alcance de la visión de nuestros telescopios, sin importar lo poderosos que estos sean, y nos quedarían apenas algunas pocas galaxias para observar. En el futuro, «incapaces de observar esas galaxias que se alejaron más allá del horizonte, esos astrónomos no sabrán que el universo se está expandiendo y pensarán en un modelo del universo similar al de la estática isla de Albert Einstein». Krauss y Scherrer concluyen entonces que «con una información tan limitada a la vista […] aquellos observadores […] serán fundamentalmente incapaces de determinar la verdadera naturaleza del universo». Eso sería, como sugiere el título del artículo de estos dos científicos, «el final de la cosmología». Luego Overbye reflexiona sobre la información que poseemos en la actualidad —no dentro de cien mil millones de años— y nuestras limitaciones actuales. ¿Cómo podemos saber si lo que hoy conocemos es en realidad la realidad total del cosmos? Si existe una especie de horizonte del universo, más allá del cual no podemos observar nada, dice Overbye citando las conclusiones de Krauss y Scherrer: «Podrían existir hoy elementos cruciales que determinen la naturaleza del universo y que no podemos ver […] podríamos tener en nuestras manos los conocimientos correctos de física, pero la evidencia que vemos [y lo que no vemos] podría dar lugar a una conclusión equivocada». Muchas de las teorías de la cosmología y de la astrofísica modernas se basan en la observación de los cuerpos celestes y otros elementos que podemos observar en el universo, y siguiendo el razonamiento de Krauss y Scherrer acerca de lo que no podríamos ver en 100 000 millones de años, es posible que lo que observamos e investigamos en el espacio hoy en día sea insuficiente y se trate solo de una parte de la realidad cósmica. También están las limitaciones propias del tiempo. La observación del cosmos a través de telescopios comenzó apenas hace unos siglos, y tan solo hace un par de décadas hemos desarrollado una tecnología más avanzada y confiable. Y estas investigaciones se utilizan para formular teorías sobre lo que habrá pasado miles de millones de años atrás. Pero es posible que en diez años o en un siglo descubramos otros medios de observación tan sofisticados que hoy ni siquiera podemos concebir. Y que así como en 1930 pasamos de conocer un universo estático y con una sola galaxia a conocer un universo en expansión con por lo menos 200 000 millones de galaxias, es posible que en diez, veinte o cien años descubramos algo que nos haga ver nuestro universo de una manera muy distinta a como lo conocemos hoy. Tan distinta que no podemos siquiera concebirla o imaginarla hoy. Al reflexionar sobre la supuesta facilidad con la que los científicos elaboran hipótesis que abarcan miles de millones de años, Overbye razona que si de verdad queremos comprender cómo evolucionan las cosas en el cosmos, deberemos analizarlo con detenimiento durante un largo tiempo. Hay fenómenos en el universo que seguramente serán indetectables «a menos que los astrónomos estén dispuestos a seguir, por ejemplo, el curso de una estrella que ocasionalmente es expulsada de su galaxia y luego se sumerge en la oscura corriente cósmica». Pero deberían continuar investigando esta estrella por lo menos durante mil millones de años o algo así, explica Overbye, «aunque es improbable que la Fundación Nacional para la Ciencia esté dispuesta a financiar tal experimento». No hemos observado las galaxias durante un millón de años, ni siquiera durante cien mil años (que en términos astronómicos es una cifra insignificante), sino apenas durante menos de un siglo. ¿Cuánto podemos saber en realidad sobre el universo? Por último, Overbye concluye humildemente: «Mientras tanto, no podemos saber cuánto no sabemos, y nunca podremos hacerlo. Esta es una lección queva más allá de la astronomía». MAIMÓNIDES VERSUS LA COSMOLOGÍA Hace más de ochocientos años, Maimónides, al escribir sobre el debate de la creación versus la eternidad del universo, expresó su escepticismo respecto a la cosmología, es decir, la ciencia que investiga el origen del universo (que, en realidad, deberíamos llamarla «cosmogonía»). Maimónides dijo que sería imposible desarrollar teorías reales o creíbles que explicaran la creación del universo si las elaboramos a partir de la presente realidad. Él no consideraba que nuestros límites cognitivos se deban a que las galaxias desaparecerán de nuestra vista, ni tampoco a que el tiempo que ha transcurrido desde que hemos comenzado a observar el universo en movimiento sea insuficiente, como explicó Overbye[32]. En su famosa obra filosófica Guía de perplejos, Maimónides afirmó que lo que impide formular una teoría cosmológica que pretenda describir de cualquier manera los orígenes y la formación del universo es precisamente nuestro conocimiento y nuestra consciencia de la realidad física que nos rodea y de la cual no podemos abstraernos. Por lo tanto, Maimónides negaba la posibilidad de formular cualquier teoría cosmológica. Según Maimónides: La cosmología pertenece a otra dimensión de la realidad. Las ciencias físicas se concentran en el orden observable e interpretan los fenómenos naturales en términos de causalidad. La cosmología pretende estudiar el proceso de la formación de estas estructuras, antes de que estas se organizaran […] explorar las preguntas sobre el origen del universo basándonos en nuestros conocimientos de física actual implicaría negar la cosmología por completo […] Maimónides consideraba que deducir la cosmología de la física equivaldría a deducir la embriología de la fisiología de un espécimen maduro. La cosmología aristotélica es engañosa. Su metodología consiste en extrapolar ideas que derivan de fenómenos físicos ya estructurados y aplicarlas a los fenómenos en su estado preestructurado; en este caso no se trataría de cosmología[33]. De acuerdo con Maimónides, nosotros sí conocemos lo que no somos capaces de saber. Nos enfrentamos a un insuperable problema epistemológico al pretender comprender el acto creativo de Dios. No tenemos ninguna forma de saber cuáles fueron las leyes o condiciones físicas en el acto de la Creación. Solo cuando somos víctimas de un antropocentrismo arrogante llegamos a pensar que la mente humana de alguna manera podría comprender la mente de Dios[34]. En la Torá, el único que manifestó esta absurda y pretenciosa idea fue Bil’am, aquel profeta pagano que aseguraba tener acceso a «la mente del Más Elevado (yodea’ da’at ‘Elión)»[35]. UNA PARÁBOLA MODERNA: LA IMAGINACIÓN DE LOS CIENTÍFICOS DEL PLANETA X Maimónides ilustra la idea de los límites de la imaginación humana con una parábola fantástica[36]. Un hombre que fue abandonado al nacer en una isla desierta, jamás había visto una mujer, así que no lograba comprender cómo había nacido él. Este hombre nunca sería capaz de imaginar o incluso de aceptar la idea de que los humanos son concebidos como en efecto lo son. Lo único que tiene frente a sí son los elementos que existen en su isla, y desde ese punto de vista, no podría saber, ni imaginar ni deducir el proceso de concepción, embarazo o nacimiento. Para entender mejor el brillante ejemplo de Maimónides, voy a presentar una adaptación de su parábola, no tan brillante pero creo que más accesible para el lector moderno. Sucedió que en una mañana soleada, un grupo de extraterrestres, robots inteligentes, llegaron desde el planeta X a visitar la Tierra. Al observar desde su nave espacial la especie humana, decidieron que sería muy sensato tomar un ejemplar y examinar esta nueva forma de vida recientemente descubierta. Así fue que estos extraterrestres secuestraron a Adam, un niño de tres años que jugaba en el patio de su casa con un tractor amarillo de plástico. Los extraterrestres se lo llevaron a su nave espacial y comenzaron a estudiar a aquella fascinante especie. Durante dos meses mantuvieron a Adam en un ambiente especialmente adaptado para sus necesidades biológicas, con oxígeno, agua y alimento. Los alienígenas lo observaron y analizaron con mucho detenimiento y aprendieron las reglas básicas de la fisiología humana. Al cabo de sesenta días lo devolvieron a su casa, sano y salvo. De regreso en el planeta X, los extraterrestres formularon sus teorías sobre la especie humana. Aprendieron de sus observaciones que los humanos ingieren comida por la boca, respiran oxígeno a través su nariz, necesitan espacio para moverse, etcétera. También notaron que Adam crecía, aunque a un ritmo muy lento, apenas un centímetro en sesenta días. Los alienígenas formularon su primera teoría científica acerca del crecimiento de Adam: al proyectar su ritmo de crecimiento —un centímetro cada dos meses— determinaron que crecería 6 centímetros por año. En diez años, concluyeron, mediría 60 centímetros más. Si mide hoy 90 centímetros, dentro de veinte años, habría de medir más de dos metros; en 30 años, más de dos metros y medio, y así sucesivamente, a medida que su cuerpo continuara expandiéndose. Asimismo los científicos del planeta X trataron de descubrir cómo había nacido Adam. El razonamiento que elaboraron para explicar sus primeros días de vida consistía en una fórmula inductiva bastante simple: dado que Adam se expandía constantemente hacia arriba, lo que tenían que hacer los científicos del planeta X era rebobinar la película de la expansión de su cuerpo hacia atrás, partiendo de su altura actual y la velocidad de su crecimiento. Concluyeron que Adam debió de haber nacido hace aproximadamente 15 años. Y que cuando tenía dos meses de vida medía solo un centímetro. Luego intentaron entender la fisiología de Adam en esas circunstancias donde la densidad física de su cuerpo era extrema. Algunos científicos sugirieron que era probable que a esa temprana edad Adam ingiriera 0,03 gramos de alimento por día y bebiera aproximadamente 0,02 mililitros de agua. Les resultó difícil a los científicos del planeta X comprender cómo podrían haber funcionado sus órganos en un cuerpo tan denso. Estimaron que bajo esas circunstancias extremas todas las leyes de la biología humana que habían aprendido hasta ese momento no tenían sentido. Pero ¿qué pasaría si rebobinamos aún más la película de la evolución de Adam? Concluyeron entonces que hubo un «tiempo cero», un punto de origen, cuando Adam era tan pequeño como el punto que se encuentra al final de esta oración. Algunos científicos del planeta X intentaron concebir una hipótesis que explicara el desarrollo inicial de su cuerpo y conjeturaron que Adam pasó por una serie de períodos a los que llamaron inflación, bariogénesis, nucleosíntesis, etcétera. Y finalmente indicaron que los primeros cinco segundos de su vida deben ser considerados una singularidad, que solo podían explicarse mediante la física cuántica (no existía la palabra «milagro» en la jerga científica del planeta X). A lo largo de todos los estudios, investigaciones, conjeturas y especulaciones sobre el origen de Adam, los científicos del planeta X jamás llegaron a imaginar las verdaderas circunstancias de su nacimiento. El motivo de su fracaso es muy simple. No importa cuán inteligentes y entendidos fueran esos científicos y cuánto se hubieran esforzado por comprender la realidad de Adam: ningún científico del planeta X podría haber deducido de su fisiología el proceso de su concepción. ¿Por qué? Porque esos científicos nunca pudieron observar algo que alteraría completamente sus conclusiones: jamás vieron o supieron de la existencia de una mujer, en este caso la mamá de Adam. Habiendo observado solamente al niño, no conocían la existencia del género femenino humano. Sin ese dato significativo, todo lo que pudieron haber aprendido acerca de la fisiología de Adam en realidad les impedía imaginar la posibilidad de que su vida se hubiera desarrollado dentro del útero de otro ser humano.¿Por qué? Porque el proceso de embarazo contradice todo aquello que habían aprendido al observar al niño comer y respirar. Jamás se les hubiera cruzado por la cabeza que Adam vivió dentro del cuerpo de otra persona sin comida y sin aire. No es posible, entonces, deducir el proceso de gestación de Adam, a partir de la observación del niño a los tres años. Volvamos ahora a Maimónides. El ilustre rabino Moshé ben Maimón sostuvo que la Creación fue el periodo gestacional de nuestro universo, la embriología del cosmos. Formular una teoría cosmológica es un proceso inductivo ilusorio, una proyección de nuestra presente dimensión, que implica negar la singularidad que caracteriza a la gestación del universo. «Ciertamente, una teoría de cosmología basada en la física es un oxímoron. Para desarrollar una teoría cosmológica, uno tendría que suponer que el estado actual del universo es igual a su estado en sus etapas iniciales, en cuyo caso la cosmología sería idéntica a la física y no un tema en sí mismo»[37]. Por lo tanto, desde el punto de vista de la tradición judía, los puntos en común entre el modelo del Big Bang y el primer acto de la Creación descrito en la Torá (Génesis 1, 1) se limitan a la idea de que ambos postulan un comienzo del universo; esto es lo que la primera palabra de la Torá nos transmite cuando dice: bereshit, ‘en el principio’. El proceso de la Creación del universo es un acto o una serie de actos que no se pueden rastrear, examinar hacia atrás, ya que irremediablemente están más allá de las posibilidades del conocimiento humano. Estamos cognitivamente cerrados a esta información. Lo que es más: el proceso de creación está más allá de lo que los humanos podemos concebir o imaginar. Entonces, ¿qué es lo que sí podemos saber acerca de la Creación del mundo? El tema de la Creación del mundo es llamado en hebreo maasé bereshit (‘el acto, o proceso, de Creación’). La tradición rabínica nos enseña que nuestras expectativas respecto a lo que podemos saber acerca de la Creación deben ser moderadas. Por un lado, el mismo Creador describió en su Torá el acto de la Creación, por lo que podríamos suponer que podemos saberlo todo. Por otro lado, nuestros sabios nos advirtieron acerca de nuestros límites mentales. Y que estamos condicionados, irremediablemente limitados, justamente por la realidad física que nos rodea. Es «el punto medio entre el escepticismo (considerar que nada se puede saber acerca de los orígenes del mundo) y la ingenua pretensión de la cosmología»[38] (que todo puede saberse por inducción) lo que debemos alcanzar. Es así, querido lector, que con humildad y sensatez, reconociendo nuestros propios límites, comenzaremos a explorar con mayor detalle el significado del primer versículo de la Torá. RESUMEN Durante siglos, los científicos y filósofos creyeron que el universo era eterno y descartaron la idea que manifiesta la primera palabra de la Torá: bereshit, ‘en el comienzo’. Siempre se consideró la eternidad del cosmos como un sólido principio científico, ya que no había pruebas ni evidencias observables que respaldaran la noción de un punto de iniciación. En 1930, cuando Hubble observó y demostró su expansión, la idea de un universo eterno comenzó a cambiar. Se formularon muchas teorías para explicar los nuevos hallazgos, hasta que finalmente los científicos reconocieron que el cosmos debió haber tenido un inicio en el tiempo[39]. Tras siglos de conflictos entre la ciencia y la religión, los descubrimientos científicos por fin corroboraban la idea que transmitió la primera palabra de la Biblia hebrea. En principio, muchos científicos antagonistas a la religión consideraron — y algunos hasta denunciaron— que el modelo del Big Bang era una teoría orientada hacia la religión. Un punto que acercaba la ciencia a la idea bíblica de la Creación. Y un universo que tuvo un comienzo en el tiempo era contemplado como un universo creado. Varios científicos, muy insatisfechos con las nuevas coincidencias entre ciencia y religión, señalaron que lejos de ser afines al punto de vista religioso, las nuevas teorías cosmológicas contradicen por completo la historia bíblica de la Creación. ¿Por qué? Porque la Biblia hebrea fija la fecha de la Creación del mundo en menos de 6 000 años atrás. Mientras que las observaciones científicas hablaban de miles de millones de años. De esta manera subrayaban las diferencias entre ciencia y religión y evitaban mostrar las coincidencias. Antes de analizar en mayor profundidad la cuestión de la edad del universo, debemos tener en cuenta que desde la perspectiva del pensamiento judío, particularmente el pensamiento de Maimónides, la teoría del Big Bang (o cualquier otra idea que se formule para explicar el origen del universo) no puede ser concebida como un relato serio de lo que «realmente sucedió» en el proceso de la Creación. Excluir el acto de Creación se asemejaría a la exclusión del embarazo para comprender el nacimiento humano. Los Sabios concibieron la Creación —maasé bereshit— como un área que va más allá del alcance de nuestra limitada mente, e incluso de nuestra imaginación. La Creación sucedió en una dimensión que es categóricamente distinta a nuestra dimensión física. Algunos científicos modernos han llegado a una conclusión similar en cuanto a nuestros límites para describir o incluso identificar los orígenes del universo. John Mather, el fundador del proyecto COBE, dijo lo siguiente: «Los orígenes de la primera etapa expansiva del universo fueron tan extremos que pudieron haber eliminado todos los restos de los hechos anteriores[40], y que a su vez involucraron leyes físicas inescrutables […] tal vez algún día imaginaremos una teoría cosmológica y pensemos que es tan hermosa que debe ser verdad. Por supuesto que es igual de probable que la verdadera descripción de cómo el universo surgió sea tan complicada u oscura que no podremos descubrirla, o reconocerla, aun si estuviera frente a nuestras narices»[41]. CAPÍTULO 2 LA CREACIÓN DEL TIEMPO El debate sobre la edad del universo, al igual que el debate Creación versus evolución, se considera una de las razones principales que nos obliga a ver la ciencia y el judaísmo como opuestos entre sí. Un individuo moderno, que acepta la historia de la Creación tal como lo presenta la Torá y al mismo tiempo valora y adopta las premisas intelectuales de la sociedad contemporánea, siente que está irremediablemente atrapado en un incómodo dilema: la elección entre un planeta Tierra de 15 000 millones o de 6 000 años de edad[42]. En un intento por encontrar una solución a este conflicto, algunos eruditos han presentado sus propias interpretaciones sobre la naturaleza literal o simbólica de los seis días de la Creación. Y sugieren que, a fin de que el relato bíblico se adapte a los cálculos científicos de la edad de la Tierra, los días de la Creación bíblica sean considerados como periodos de millones o cientos de millones de años. Y si bien no es mi intención juzgar el valor de estos enfoques alegóricos o literales del texto bíblico, considero que este tipo de esfuerzos conciliadores sea quizás innecesario. En este capítulo intentaremos explicar que la diferencia entre la edad que la Torá y la ciencia le atribuyen al mundo es solo una cuestión de perspectiva. Explicaremos que la cosmología (o cosmogonía) y la Creación se basan en supuestos muy distintos. Es decir, mientras que la idea de «creación» implica la aplicación de leyes físicas totalmente diferentes a las leyes físicas presentes por parte del Creador, y que están más allá de nuestra capacidad de comprensión e imaginación, la cosmología sostiene como premisa básica que el universo siempre ha sido tal como es ahora, es decir, que no ha «nacido» ni ha «sido gestado». Por lo tanto, cuando nuestra premisa es que el comienzo del cosmos se encuentra dentro de nuestro alcance investigativo, el concepto de «creación» —la idea de una etapa gestacional del universo producida por un creador— desaparece, y nos quedaremos con innumerablesconflictos entre la teoría científica y la narración bíblica. La edad del universo es solo uno de estos conflictos. Sin embargo, cuando el punto de partida para entender el universo es la historia bíblica de la Creación, en otras palabras, si partimos de la idea de que el universo ha sido creado, el universo tal como lo observamos y todas sus leyes físicas resultan absolutamente comprensibles y totalmente compatibles con los principios de la ciencia moderna, incluyendo la edad que los científicos le atribuyen al cosmos. Para resolver el tema del tiempo desde la creación y muchos otros conflictos similares, se debe tener en cuenta este simple concepto: ¿cuál es nuestro punto de partida? ¿El relato bíblico o el científico? A fin de demostrar por qué este punto es tan crítico, señalaré en primer lugar que tanto en el texto bíblico como en la tradición rabínica se expresa que los elementos creados por Dios en el momento de la Creación fueron creados en un estado maduro —un estado que, de no haber sido creados, les hubiera llevado a estos elementos un largo tiempo de desarrollo, en algunos casos millones de años. En este capítulo, la sección que explora este punto se titula «Creación madura». También veremos en la sección «Una fábrica de tiempo» que la expansión del cosmos, algo que el texto bíblico relata de manera explícita, no solo afecta a nuestra percepción de la edad del mundo, sino que tuvo que haber causado la creación o la apariencia de un larguísimo tiempo, millones de años. Además explicaremos, en el epígrafe «Tiempo inestable», cómo el proceso de Creación y transformación que aconteció durante los seis días se materializó dentro de una realidad singular, excepcional, totalmente diferente a la actual. En la dimensión de la Creación, el tiempo no actuó ni transcurrió necesariamente de la misma manera que actúa en nuestro actual mundo físico. Esta irregularidad obviamente hace que el universo parezca más antiguo de lo que en realidad puede ser. En síntesis, esperamos que hacia el final de este capítulo lleguemos a comprender que la controversia principal entre la ciencia y el judaísmo sobre el origen del cosmos no es la edad del universo, sino si este fue o no fue creado. También veremos que una vez que nuestro punto de partida es la Creación, la Torá y la ciencia son totalmente consistentes, como dos libros escritos por el mismo autor. CREACIÓN MADURA Nuestra primera tarea consistirá en buscar las frases o palabras en la Torá y en los comentarios de los Sabios que aporten cualquier información sobre el estado de las criaturas, seres vivos y estructuras geológicas, en el momento que fueron creados. Y siendo que la pregunta sobre la edad del mundo jamás preocupó a los Sabios del Talmud (no era un asunto que se debatiera en esos tiempos), es muy difícil esperar que podamos encontrar alguna idea que se haya expresado directamente sobre este tema. Tendremos que conformarnos con apenas algunos indicios de información diseminados de manera incidental a lo largo de la Biblia hebrea y la tradición rabínica. No obstante, tengo la esperanza de que, aun contando con esas pocas alusiones indirectas, lograremos llegar a un entendimiento más profundo acerca de este debate. El texto bíblico no dice casi nada acerca de la apariencia de los elementos creados, inmediatamente después de su creación. Esto no es inusual. La tradición hebrea siempre hace hincapié en la sustancia más que en la apariencia. Y la Torá, por regla general, no abunda en detalles gráficos. Sin embargo, por lo menos un elemento creado fue descripto en el relato de la Creación con un detalle invaluable. Estoy refiriéndome a los árboles. Antes de proceder a hablar sobre ellos, es necesario aclarar algo acerca del proceso de la Creación. La Torá sugiere que hubo dos etapas distintas en la creación del mundo: 1) la Creación ex nihilo (beriá), y 2) la de formación (asiá). El acto inicial de la Creación, en el cual se formó todo el universo físico (esto excluye principalmente la creación de la vida), es el que figura en el primer versículo de la Torá (Génesis 1, 1), y para el cual la Torá usa el verbo bará, ‘[Dios] creó’. En hebreo bíblico, el verbo «crear» (bará o el infinitivo libró) se utiliza dentro de un campo semántico muy restringido. Se refiere a llevar algo a la existencia ‘desde la nada’: un acto que la Torá le atribuye exclusivamente a Dios[43] y nunca a un agente humano. Sin embargo, la Creación ex nihilo no fue el fin del proceso de la Creación. Durante los seis días posteriores al acto inicial y hasta el establecimiento del Sabbat, Dios continuó recreando y transformando aquellos primeros elementos, produciendo primero las estructuras que sustentarán a los seres vivos (atmósfera, tierra firme, etcétera) y luego la vida. Prácticamente todas las actividades creativas que se presentan en el primer capítulo del Génesis no pertenecen a la categoría de «Creación ex nihilo»[44], sino a la segunda categoría, la formación de elementos o sistemas que se crearon a partir de la Creación ex nihilo. Por ejemplo, Dios creó el planeta Tierra de la nada, pero creó las plantas y los árboles a partir de la Tierra, es decir, no los creó de la nada o ex nihilo (Génesis 1, 12). Maimónides realizó una distinción entre el primer acto de la Creación y los demás actos creativos a través del ejemplo de las semillas que siembra un granjero: «La siembra se hace en un único momento. Pero el crecimiento y la evolución de cada semilla se desarrollan de forma progresiva. Así también, cada semilla cósmica crece y se desarrolla en forma separada, de acuerdo con su propio ritmo y composición»[45]. Veamos ahora qué dijo el texto bíblico acerca de la creación de los árboles. La Torá describió una pequeña pero reveladora característica de los árboles, que les sirvió a los Sabios para formular una teoría general respecto de toda la Creación, tanto en la primera etapa de la misma —cuando los elementos básicos fueron creados desde la nada— como en la segunda etapa —cuando aquellos elementos iniciales fueron transformados en estructuras más complejas para permitir la sustentación de la vida. En las siguientes líneas veremos que Dios creó los primeros árboles no como retoños sino como árboles maduros, y ya desarrollados. Y Dios dijo: «Que produzca la tierra vegetación. Hierbas que den semilla y árboles frutales que den su fruto con su semilla, sobre la tierra». Y así fue. (Génesis 1, 11). En este versículo vemos las instrucciones que Dios le da a la tierra para que engendre todo tipo de vegetación. Tal como lo hemos señalado, Dios no creó las plantas o los árboles desde la nada, sino a partir de los elementos que ya habían sido creados. Tal como era de esperar, la Torá no nos aporta ningún detalle sobre el proceso «de gestación» de la vegetación, es decir, no nos dice cómo Dios crea los árboles a partir de la tierra. Lo que sí nos dice la Torá es que habrá varias especies y tipo de árboles, y que serán diseñados de manera inteligente para perpetuarse a través de frutos con semillas que garanticen una próxima generación. Las plantas y los árboles son la primera forma de vida creada por Dios, y la Torá destaca que fueron diseñados llevando dentro de sí mismos sus propios medios de reproducción y perpetuación. En el siguiente versículo la tierra ejecuta la orden divina. Y ahora la Torá describe brevemente los árboles recién creados. Prestemos atención. Y la tierra produjo vegetación: plantas que dan su semilla según su especie y árboles que producen frutos, y contienen su propia especie de semillas[46]. (Génesis 1, 12). En este versículo encontramos un par de palabras reveladoras: etz osé-perí, ‘árboles que producen frutos’, según la mayoría de las traducciones. Aunque también se podría traducir como ‘árboles produciendo fruto’ (en hebreo bíblico, ‘árboles frutales’ se dice etz perí). De acuerdo a esto, el texto bíblico está diciendo que en el momento de su creación, los árboles frutales fueron creados produciendo sus frutos (etz osé peri).Lo cual significa que los árboles no fueron creados como raíces, arbustos o retoños, sino como árboles totalmente formados y ya cargados con sus frutos; es decir, en la plenitud de su madurez. Los árboles cargados con sus frutos son el único ejemplo sobre la apariencia de un elemento creado en el que la Torá es explícita. Y aunque este es solo un caso, los Sabios basándose en este ejemplo aseveraron que Dios diseñó todas las creaciones en su estado maduro, completamente desarrolladas. Cuando asumimos que Dios creó todo en un estado ya maduro entenderemos que, a diferencia de los fenómenos que clasificaríamos como naturales —el nacimiento, la muerte y el crecimiento—, la Creación fue una singularidad, un acontecimiento divino que sucedió una única vez y que tuvo repercusiones únicas y efectos secundarios que no podemos percibir y analizar en términos de los parámetros actuales, pos-Creación. En el mundo actual, todo lo que existe nació y ha evolucionado en forma natural desde una etapa incipiente, a lo largo de un período predecible, hasta llegar a su estado de madurez. La palabra que utilizamos para definir el plazo durante el cual una cosa o un ser vivo ha existido desde su nacimiento es «edad». La edad es el tiempo que transcurre desde el momento en que alguien o algo nace hasta que alcanza su estado actual. A fin de comprender la singularidad de la Creación, es esencial tener en cuenta que jamás podríamos concebir la existencia de un hombre normal que, con una apariencia de unos veinte años ha estado en el mundo apenas durante alrededor de cinco años (excepto en el caso de una horrible enfermedad llamada «progeria», o vejez prematura). La edad de un individuo comienza en el momento de su nacimiento. Nadie nace o aparece en el mundo con un cuerpo maduro. Los seres vivos naturalmente llegan a este mundo como recién nacidos. Sin embargo, tal como estamos viendo, esto no se aplicaría a aquello que Dios creó durante los seis primeros días. EL PRIMER ÁRBOL Hemos aprendido que la Creación bíblica fue un proceso completamente diferente al nacimiento natural. Dios creó las cosas en su estado de madurez. Hace más de 1700 años, los Sabios del Midrash formularon esta interesante idea: kol maasé bereshit beqomatan ubetzibionam nibra-u[47]. En el momento de su creación, «todas las criaturas fueron creadas en su altura y en su hermosura [es decir, desarrolladas]». En su libro El conciliador, el rabino Menasseh ben Israel tradujo y explicó de la siguiente manera el Midrash antes mencionado, con paréntesis incluido: «Al momento de la creación, todas las cosas aparecieron a la perfección, tal como está escrito en la Guemará de Rosh Hashaná: bekomatam ubetzibionam (‘en su altura y hermosura’), y de acuerdo a esto, los árboles fueron engendrados llenos de frutos»[48]. El rabino Menasseh ben Israel reafirma que, según los Sabios, todo lo que Dios Todopoderoso diseñó durante los seis días fue generado en su estado maduro y óptimo. La primera gallina no se creó como un huevo o un polluelo, sino como un ave madura. Desde un punto de vista puramente racional, una vez que Dios hace aparecer las cosas o las criaturas desde la nada, para Él sería lo mismo crearlas en su etapa inicial o en su estado maduro. En términos de Creación, la distancia entre cero y uno es mucho mayor que la distancia entre uno y un millón. Pasar de cero a uno es un hecho igual de imposible (o milagroso) que pasar de cero a un millón directamente. Por lo tanto, ¿por qué Dios crearía su mundo en un estado que no fuera maduro? Ahora comenzamos a entender que si Dios creó el mundo ya evolucionado, en su plenitud, no solo sería posible sino más bien necesario que la ciencia le atribuya al mundo una edad mayor de la que tiene. Viajemos en el tiempo hasta el día en el que Dios creó los árboles. Estamos examinando el primer árbol, cinco minutos después de su creación. Siguiendo la tradición de los Sabios, este árbol se ve como un árbol maduro, desarrollado y lleno de frutos. Si taláramos el árbol, encontraríamos, digamos, cincuenta anillos. Si evaluamos este árbol desde la estricta perspectiva de nuestra realidad física actual con la información que tenemos a mano, necesariamente concluiríamos que ese árbol nació hace cincuenta años. Siguiendo este ejemplo, es inevitable entonces que exista una diferencia entre la medición científica (evolución desde el punto cero) y la perspectiva bíblica / rabínica (creación madura) sobre la edad del árbol. La diferencia entre los cinco minutos y los cincuenta años, es un efecto directo del acto «excepcional» de la Creación. Si la Creación se llevó a cabo del modo en el que la Torá y la tradición rabínica la describen, entonces, inevitablemente, dos edades distintas coexistirán en toda cosa creada: 1) una edad cronológica de la criatura o el elemento creado, estimada desde el momento de su Creación, que en el ejemplo del árbol serían cinco minutos, y 2) una edad aparente, cincuenta años; es decir, la edad virtual o hipotética del árbol —el tiempo que le habría tomado al árbol evolucionar desde su origen hasta su estado actual, de no haber sido creado. Ilustraré esta importante idea con otro ejemplo. ¿Cómo calcularía un geólogo moderno la edad de una montaña? Si le pidiéramos al geólogo que determine hoy la edad estimada del monte Everest, obviamente computaría todos los movimientos geológicos que tienen que haber acontecido para erigir de manera natural la montaña desde abajo. Cuando el geólogo dice «el monte Everest tiene 60 millones de años», está calculando el tiempo necesario para que la montaña se forme mediante un proceso natural, paulatino y extenso. ¿Está equivocado el geólogo? No y sí. Desde el punto de vista de la Creación, al estimar que el monte Everest tiene sesenta millones de años, el geólogo está evaluando correctamente «la edad de la montaña en el momento de su creación». Al establecer que todas las criaturas se crearon en su estado maduro, la tradición judía admite entonces que el Everest se creó con su altitud actual, y no como una incipiente pila de piedra de lava. Y ciertamente, de no haber sido por el acto de Creación, al monte Everest le habría llevado 60 millones de años alcanzar su altitud. La edad antigua que la ciencia le atribuye al mundo no contradice en absoluto el relato bíblico de la Creación. Esa abultada edad resulta necesariamente de analizar la naturaleza sin considerar el acto de Creación. Una vez más, solamente cuando observamos la Creación desde la perspectiva científica, la ciencia contradice a la religión. Sin embargo, cuando analizamos los descubrimientos de la ciencia, por ejemplo la edad del monte Everest, desde el punto de vista de la Creación bíblica, los conflictos desaparecen. EL CURIOSO CASO DEL SEÑOR ADAM La forma más fácil de explicar el concepto de la creación madura, y mi ejemplo favorito, es el caso de Adam (en castellano, Adán), el primer ser humano. ¿Alguna vez te has preguntado, estimado lector, cómo se veía Adam cuando fue creado? ¿Dios formó a Adam como un bebé que gateaba o como un adulto maduro? La Torá no dice nada al respecto y no hay ninguna referencia en el texto bíblico que nos permita estimar su edad en el momento de su Creación[49]. Aun así, la tradición rabínica sostiene que Adam no fue creado como un bebé o un niño. Consistente con las demás creaciones, dijeron los Sabios, Adam fue creado como un hombre maduro con un cuerpo completamente desarrollado. Los Sabios afirmaron que Dios hizo a Adam con el físico de un hombre de veinte años. Según las palabras de Menasseh ben Israel: «Adam y Eva fueron creados con una estatura perfecta [es decir, madura], como la de las personas de veinte años»[50]. Entonces, ¿eso quiere decir que Adam parecía tener veinte años, o realmente los tenía cuando fue creado? La respuesta sería: ambas cosas. Esta es una paradoja más, producida por los efectos colaterales de la Creación ex nihilo. Imagina que eres un biólogo al que enviaron para una misión especial a través del túnel del tiempohasta el mismísimo primer día de la vida de Adam. Tu objetivo es determinar cuántos años tiene el primer hombre. Llegas a tu destino cinco minutos después de que haya sido creado. Debes estimar la edad de este joven en base a su cuerpo. Por ser un científico bien capacitado y diligente, probablemente comenzarías midiendo su altura, el tamaño de sus huesos, cráneo, etcétera, y emplearías cualquier otra técnica moderna disponible. Por último, probablemente concluirías que este joven debe tener entre dieciocho y veintidós años. Desde un punto de vista estrictamente empírico, estás absolutamente en lo cierto. Adam (o su físico) aparenta —o tiene— veinte años de edad. ¿Qué pasaría sin embargo, si le preguntaras directamente a Adam «cuántos años tienes»? Suponiendo que él tuviera conciencia del tiempo[51] y conociera su propio origen, probablemente habría dicho: «Fui creado hace cien respiraciones » o algo por el estilo, lo que indicaría que su vida comenzó hace apenas unos minutos… Si examinaras el cuerpo de Adam basándote en toda la información que tienes ante ti, jamás habrías podido estimar que tiene cinco minutos de vida. Aparte de su propio testimonio, no habrías encontrado otra forma de saber su edad real o cronológica. Más aún, en el cuerpo de Adam o en cualquiera de las creaciones directas de Dios no había rastros visibles de haber sido «creados» directamente por Él. Es decir, no hay forma de distinguir entre lo que fue creado por Dios y lo que nació más adelante, concebido desde la primera generación en adelante. Creo que vale la pena desarrollar este último punto un poco más. Los Sabios afirmaron que el Dios de Israel no deja rastros o evidencias de Su presencia o Sus actos. Cuando el mar Rojo volvió a su estado normal, después de que los esclavos judíos lo cruzaran camino a su libertad, la Torá indica: «Y al amanecer el mar regresó a su impetuosidad [habitual]» (Éxodo 14, 27). Los Sabios analizaron un versículo en los Salmos que explica este fenómeno en detalle. El versículo afirma que la presencia de Dios o su intervención en el mundo no deja ninguna evidencia visible. «Tu camino está en el mar, Tus senderos en las abundantes aguas, pero Tus huellas no pueden ser detectadas» (Salmos 77, 20). Dios Todopoderoso no deja huellas de sus milagros. Solo una deidad mitológica deja rastros de su presencia. El Dios de Israel, aun cuando realiza los milagros más asombrosos, no deja evidencia de Su presencia. Al referirse a la partición de las aguas, los Sabios enseñaron que el mar regresó a su estado original sin dejar marcas de la intervención divina. Lo mismo ocurre para todos los demás milagros[52]. Por lo tanto, conforme a la tradición judía, las criaturas que Dios creó directamente tienen que haber sido semejantes a las generaciones posteriores. Y en consecuencia no habrían proporcionado ninguna indicación especial a un observador, algo que manifestara en sus cuerpos que Dios las formó directamente. De ser así, a un observador no le quedaría más remedio que utilizar los métodos convencionales de medición de edad para calcular sus orígenes. Cuando los científicos observan la Creación, solo pueden suponer que estas se desarrollaron a través de un progreso uniforme, y a partir del mismo evalúan la edad de las estructuras geológicas y de las criaturas. Cuánto más elaborada la estructura geológica o biológica es, mayor edad se le atribuye. Por ejemplo, cinco minutos después de la creación del monte Everest la montaña aparentaba ya tener unos 60 millones de años. Al igual que con el primer árbol y la primera gallina, las montañas, piedras, estrellas y galaxias no exhiben prueba alguna de haber sido creadas hace poco tiempo. Por el contrario, aparentan tener millones de años de edad en el mismo momento de ser creadas. Siguiendo esta lógica, la diferencia entre la Torá y la ciencia en cuanto a la edad del mundo es exactamente lo que esperaríamos encontrar si la Creación hubiera sucedido del modo en que la tradición judía la describe. Siempre existirán, por lo tanto, dos cálculos en conflicto sobre cuántos años tiene una estructura geológica o un cuerpo celeste. Y no porque Dios quiera confundirnos o poner nuestra fe a prueba, como argumentaron algunos líderes religiosos, sino por el modo en el que la Creación se llevó a cabo. Necesariamente tiene que haber dos formas discrepantes para medir la edad de las cosas o de las criaturas. Como hemos explicado en el capítulo anterior, si los científicos del planeta X ignoran o no pueden saber acerca de la existencia del género femenino humano, sus teorías sobre el nacimiento, la edad y el crecimiento de Adam estarán necesariamente en conflicto con los datos de su nacimiento. UNA FÁBRICA DE TIEMPO La creación del shamayim —‘los cielos’— se relata en la Biblia hebrea de un modo que nos ofrece una explicación interesante sobre cómo los científicos llegan a sus conclusiones acerca de la avanzada edad del universo. La creación de los cielos es uno de los mejores ejemplos de «Creación madura». Tal vez, de toda la actividad creativa de Dios, la forma en que creó el espacio es la causa principal de que el universo aparente ser más antiguo de lo que la tradición judía le adjudica. Lo que el primer versículo de la Torá describe —la creación de todo el universo desde la nada— es algo absolutamente impenetrable y va más allá de nuestro entendimiento. El acto creativo inicial fue el más amplio y considerable de todos los actos de la Creación. En él el Creador produjo toda la materia, el espacio y la energía existentes. Aunque la naturaleza y el alcance de este acto inicial en sí es y permanecerá inescrutable e inimaginable, podemos rastrear y ver sus consecuencias en el movimiento de los cielos; a saber, la expansión del universo, que todavía emite un eco o una radiación de microondas, y que puede detectarse en cualquier pantalla de TV o transmisor de radio. Es precisamente a causa de la expansión del universo que los científicos lograron descifrar que el cosmos tuvo un comienzo. Y como observaron un universo en expansión, los cosmólogos también aseveraron que el acto inicial de la Creación tiene que haber consistido en una explosión indescriptible que produjo el megaestallido original y la subsiguiente expansión cósmica interminable. ¿Qué otra cosa más que una explosión podría haber causado una expansión continua y dejar un eco de microondas como el que dejó? EL BIG BANG DE LOS PROFETAS Como sabemos, el acto inicial de la Creación (Génesis 1, 1) trajo a la existencia los cielos y la tierra. La Torá le dedica prácticamente todo el relato posterior al planeta Tierra, y no cuenta más nada acerca de los cielos. Más allá de establecer que Dios creó el cosmos, el texto bíblico no aporta ninguna otra información. Tal como veremos en el epígrafe siguiente, se deja de lado a los cielos con el comienzo del segundo versículo del Génesis, y el relato bíblico continúa en forma exclusiva con la descripción de la transformación del hábitat terrestre. A pesar del poco detalle que el texto bíblico revela sobre los cielos, los Sabios manifestaron un especial interés por el orden particular en el que se describen los acontecimientos del primer versículo. Al analizar la segunda parte de este («los cielos y la tierra»), se cuestionaron si, dado el orden específico de los términos, deberíamos entender que los cielos fueron creados antes que la tierra, o si ambos fueron creados simultáneamente[53]. En otras palabras, los Sabios se preguntaban si el primer versículo de la Torá ve la creación de los cielos y la tierra como un acto único o como dos actos distintos. Observando el cuarto versículo del segundo capítulo de Génesis, donde la Torá menciona primero la creación de la tierra y luego la de los cielos, los Sabios consideraron que el orden de los términos es intercambiable a lo largo del texto bíblico, y concluyeron que los cielos y la tierra fueron creados de manera simultánea[54]. Consistentes con el primer versículo de la Torá, otros textos bíblicos posterioresque también describen la Creación incluyen ambas entidades, los cielos y la tierra, dentro de un solo acto creativo: «[Dios] El Hacedor de los cielos y la tierra» (Osé shamayim va- aretz o Qoné shamayim va-aretz). No obstante, en otros textos bíblicos posteriores varias veces la creación de los cielos y la tierra se describe de forma separada: el texto bíblico utiliza una palabra específica para la creación de la tierra y un término distinto para la creación del cielo. No nos debería sorprender. No es extraño que el Tanaj[55] profundice y desarrolle algunas ideas trascendentales que se expresaron con anterioridad en la Torá. Muchas veces el mejor comentario sobre las ideas de la Torá se encuentra en los Salmos del rey David o en las palabras de los Profetas. Ambos se han referido en sus libros a la creación de los cielos[56] de una forma que resulta muy esclarecedora. Al emplear ideas y palabras que no se usaron en la narrativa original de Génesis, estos textos bíblicos posteriores amplían nuestro entendimiento del acto inicial de la Creación. Un ejemplo. En el salmo 33, la formación de los cielos se relata de forma poética, con algunas diferencias considerables respecto al Génesis. Muchos actos de creación y formación se narran en la Torá como que fueron realizados a través de la palabra de Dios. Por ejemplo, la creación de la luz resulta de la expresión iehí or (‘que sea la luz’) pronunciada por el Creador. Sin embargo, no se menciona ninguna palabra dicha por Dios cuando lleva a cabo el primer acto de la Creación. La Torá simplemente dice: «en el principio Dios creó». Pero aunque el primer versículo de la Torá no menciona ninguna palabra pronunciada por Dios al crear los cielos y la tierra, los Salmos[57] sí señalan que los cielos fueron creados mediante la palabra de Dios: «Por [intermedio de] la palabra de Dios se hicieron los cielos; y todo el ejército [del cielo; es decir, las estrellas] mediante el hálito de su boca»[58]. Existe una particularidad considerable en el modo en el que algunos textos del Tanaj hacen referencia a la formación de los cielos. En la Torá, los actos de creación son descritos con uno de los siguientes tres términos: bará, qaná o asá. No obstante, el rey David y los Profetas de Israel aludieron a la creación de los cielos con un verbo completamente diferente a aquellos que la Torá utilizó en el relato de la Creación. Un verbo bastante original, que no está relacionado en términos semánticos con la expresión original bará (‘creó’). Y es una expresión que resulta notablemente armoniosa con la noción moderna de un universo en expansión. Para describir la formación de los cielos, los Profetas emplearon con regularidad el verbo natá, que significa ‘estirar’ o ‘extender’. Este término se utiliza en diferentes contextos. Puede describir la extensión de un brazo («con brazo estirado o extendido», señal de poder o victoria[59]) y se utiliza comúnmente en el contexto de extender o estirar una cortina o instalar una carpa. De nuevo, y para apreciar mejor la exquisita elección de palabras de los Profetas de Israel, hay que tener en cuenta que ningún verbo de este tipo se empleó en Génesis, o en cualquier otra parte de la Torá para describir la creación de los cielos[60]. Varias veces en el Tanaj nos encontramos con referencias explícitas a «la extensión» o el «estiramiento» de los cielos. La expresión noté shamaim (‘[Quien] estira los cielos’) se utiliza más de diez veces en el Tanaj[61]. Por ejemplo, Job describe al Creador como «quien extiende los cielos, por sí mismo» (9, 8). Por alguna razón, esta expresión aparece repetidas veces en el libro del profeta Yeshaiahu, en el cual varios versículos establecen que Dios Todopoderoso «estira» los cielos. «Fui Yo quien hizo la tierra, y creó a los hombres sobre ella. Yo estiré los cielos con mis manos y di órdenes a todo su ejército» (Yeshaiahu 45, 12). Un versículo en particular puede resultar sumamente informativo: «Así dice Dios, HaShem, el Creador de los cielos y [quien] los estira» (Yeshaiahu 45, 12). En este versículo el Profeta utilizó las dos ideas en una sola frase: Dios es el boré, el Creador de los cielos, y Él también es quien estira los cielos. La interacción entre crear y estirar se puede interpretar como si se refiriera a dos actos distintos —la formación de los cielos, y más tarde, su estiramiento—, o también como si fuera un mismo acto: Él creó los cielos al estirarlos[62]. Esta última interpretación puede fundamentarse en el hecho de que los Sabios incorporaron la idea del «estiramiento de los cielos» en lugar de la expresión original «creó» los cielos, que figura en el primer versículo de la Biblia, en las plegarias. Particularmente en la tradicional oración Alenu leshabeaj —considerada como uno de los textos más antiguos en la liturgia judía— y que en la actualidad se usa como la plegaria mediante la cual los judíos finalizamos los servicios de rezos: «Nos postramos ante Él, el Rey de reyes, el Santo, bendito es quien extiende los cielos y funda la tierra»[63]. Es importante destacar algunos detalles sobre la fraseología que los Profetas y los Sabios emplean. En primer lugar, es fácil detectar el contraste entre la forma de describir la creación de la tierra y aquella que narra la de los cielos. En cuanto a la tierra, la expresión de que Dios «funda, establece la tierra» sugiere que esta es una entidad estática, que el Creador estableció sólidamente, como su suelo firme. Por otro lado, con los cielos, las palabras utilizadas por el texto bíblico connotan dinamismo: los cielos se estiran y se expanden —por lo general el verbo natá se utiliza en tiempo presente, noté, como un acto continuo, de duración indefinida—[64]. En segundo lugar, debemos tener en cuenta que los Sabios también dejaron este verbo en tiempo presente y no en pasado. Como queriendo decir que Dios sigue expandiendo los cielos de manera continua; en oposición sintagmática a la solidez con la que se describe el establecimiento de la tierra. PALABRAS SUPERSELECTAS El término bíblico noté —traducido como ‘estira’ o ‘extiende’ por prácticamente todas las traducciones clásicas[65]— no sería en absoluto inapropiado para describir lo que hoy sabemos acerca de la expansión del universo. Algunos astrofísicos modernos no podrían estar más de acuerdo con la expresión «estiramiento de los cielos». Muchos astrónomos explican que la idea científica de la expansión del universo no debería entenderse de manera literal, como si el cosmos se extendiera hacia el espacio vacío, «fuera del universo», sino como que el universo se estira produciendo nuevo espacio. El salmo 104, ese precioso texto bíblico que relata de forma poética y con gran detalle los seis días de la Creación, describe el estiramiento de los cielos con una precisa y hermosa metáfora: noté shamayim kairiya’ (104, 2). Por así decirlo, Dios Todopoderoso ‘[se oculta a sí mismo] revistiéndose de luz y estirando los cielos como una cortina’. Curiosamente, mientras que otras civilizaciones antiguas imaginaron los cielos como una bóveda transparente pero fija y sólida (de ahí la palabra «firmamento», del latín firmus, ‘firme’), los Profetas de Israel y el rey David compararon los cielos (y el universo en general) con un manto o cortina que Dios extiende; es decir, estira continuamente. La metáfora del rey David, que compara los cielos con un manto que el Creador despliega[66], es un simbolismo exquisitamente preciso. Para describir una idea similar a la que acuñaron el rey David y los Profetas de Israel, los astrofísicos modernos han utilizado motivos ligeramente distintos —como la metáfora del Plástico Máximo (Ultimate Plastic TM)—, que en mi opinión, palidece en comparación con el «manto que se despliega», como veremos a continuación. Y de manera notable, estos científicos terminaron empleando el mismo verbo que el rey David utilizó para la expansión del universo: «estirar». Veamos: Para apreciar las ideas de Hubble sobre la expansión cósmica, sugiero pensar en un juguete imaginariode bolsillo, similar a los que aparecían en los anuncios de las viejas revistas de historietas. Uno de esos anuncios podría decir: «Ultimate Plastic TM: Imagina sostener el universo en la palma de la mano». El juguete viene en forma de cubo, del tamaño de un terrón de azúcar, con unas asas a los costados para que tú y tus amigos lo estiren. Tiras de las asas y el cubo aumenta en tamaño. Continúas tirando y el cubo podrá hacerse tan grande como una habitación. Dentro del plástico, los fabricantes diseminaron modelos diminutos de galaxias que podrás ver separarse a medida que el cubo se expande. Las galaxias están hechas de un material duro para que no se expandan cuando el cubo se estira —solo crece el espacio entre ellas—. Esta era la imagen mental que Hubble tenía del universo en expansión[67]. Decir que el universo se está expandiendo solo tendría sentido si lo hiciera hacia el espacio vacío. Sin embargo, el conocimiento moderno de la astrofísica plantea que el espacio solamente existe entre dos entidades físicas. Se genera espacio a medida que el conjunto de entidades físicas se extiende y se separa entre sí. Por consiguiente, los científicos insistirán en que el concepto «estiramiento del universo» es mucho más preciso que el término más común «expansión», puesto que no hay espacio más allá del espacio- universo. El texto que exponemos a continuación es increíble. Y me ha hecho pensar que, a veces, tienes que ser un Profeta de Israel para saber cuáles son las precisas palabras a utilizar, con veintiocho siglos de anticipación: Si el universo es infinitamente grande, entonces la respuesta simplemente es que no se expande hacia ningún lado; sino que lo que sucede es que todas las regiones del cosmos, cada distancia entre cada par de galaxias, se estira […] «Expansión» en realidad no es el mejor término para describir lo que le sucede al universo, aunque esa es la palabra que se emplea con frecuencia —una elección de palabras que en mi opinión da lugar a mucha confusión innecesaria respecto a un tema que ya de por sí es difícil—. Un término más preciso para describir lo que el universo hace sería «estiramiento» […] a medida que el tiempo pasa, el espacio entre las galaxias se estira, tal como sucede cuando tomas una lámina de goma y tiras de ambos extremos[68]. CIELOS QUE SE EXTIENDEN, TIEMPO QUE SE EXTIENDE Observar la expansión del universo es lo que condujo a los cosmólogos a atribuirle al mundo su apariencia de 15 000 millones de años. Ellos supusieron que el universo surgió de la nada, y desde entonces se estira en forma lineal y uniforme, a un ritmo estable conocido como la «constante de Hubble» (o el «parámetro de Hubble») —aproximadamente 72 kilómetros por segundo—. Sin embargo, tal como sabemos en la actualidad, existe una relación inseparable entre tiempo y espacio. El siguiente ejemplo nos ayudará a comprender un aspecto básico de esta relación. Supongamos que existen dos galaxias, galaxia A y galaxia B, que se encuentran a 1 000 años-luz de distancia entre sí. Cuando decimos que algo está a cierta cantidad de años-luz, esto quiere decir que si la luz atravesara esa distancia, tardaría esa cantidad de años en llegar a su destino. Y como la luz viaja a alrededor de 299 337 kilómetros por segundo, y teniendo en cuenta que hay 31 557 600 000 segundos en mil años, entonces estar a 1 000 años- luz de distancia equivale a encontrarse a 9 446 357 311 200 000 kilómetros de distancia. Y si alguien estuviese sobre la galaxia A y apuntara con una luz hacia la galaxia B, la luz recién podría verse en la galaxia B 1 000 años después. Ahora bien, si alguien tomara la galaxia A, que está a 9 446 357 311 200 000 kilómetros de distancia de la galaxia B, y la apartara aún más de esta, en realidad estaría creando espacio y —a la vez— estaría generando la percepción del tiempo normalmente necesaria para que estas dos galaxias estén a la distancia en la que ahora se encuentran. Toda distancia que se agregue entre las dos a causa de este movimiento es espacio creado y percepción de tiempo añadido. Ahora bien, si alguien moviera la galaxia B a una velocidad mayor a la velocidad de la luz, entonces no estaríamos hablando de la percepción de tiempo, sino de tiempo físico real, creado como consecuencia de alejar una galaxia de otra. Pensemos entonces en lo siguiente: en las primeras etapas de la creación del universo, cuando mediante la palabra de Dios el acto inicial de la Creación «estalló»[69] y comenzó la expansión del cosmos, inevitablemente se tuvo que haber producido, simultáneamente a esta expansión, «tiempo», millones o miles de millones de años, como consecuencia de la «detonación Divina» del universo. Y dependiendo de la velocidad que el Creador imprimió a esta expansión, la expansión no solo pudo haber creado una ilusión del tiempo o tiempo virtual, sino que también pudo haberse generado tiempo real. Y como subproducto de la expansión del universo, miles de millones de años se tienen que haber creado de manera directa o indirecta. La expansión del espacio es tal vez la mejor manera de ver la producción de tiempo como consecuencia inevitable del acto de la Creación. Desde una perspectiva bíblica, el «estiramiento» de los cielos, que Dios realizó a una velocidad que no nos fue revelada o que ocurrió fuera de la dimensión del tiempo que conocemos en nuestro universo actual, condujo a la consecuente «producción» de tiempo, lo que deriva en la percepción de un universo muy, pero muy antiguo. Si esto es así, la diferencia entre la edad que la ciencia y la Torá le atribuyen al universo es absolutamente la que se espera que uno encuentre. TIEMPO INESTABLE A continuación analizaremos un Midrash muy interesante que podrá contribuir a una comprensión aún más profunda de las diferencias entre la ciencia y la religión sobre la edad del universo. Una fuente rabínica del Talmud insinúa que los procesos creativos que tuvieron lugar durante los seis días de la Creación fueron diferentes a todo que lo conocemos. Y que parte de esta singularidad es que el tiempo pudo haberse comportado de un modo muy distinto a como lo hace hoy. Tras el acto inicial de la Creación (Génesis 1, 1), algunas de (o todas) las estructuras geológicas (por ejemplo, la atmósfera, creada en el segundo día) o las criaturas (por ejemplo, la vegetación o los animales) se siguieron transformando a través de un mecanismo progresivo, similar a los procesos graduales que afectan a la edad y al desarrollo de las cosas en nuestra realidad actual. No obstante, el ritmo de estos actos fue muy distinto al que observaríamos hoy. Veamos. Un Midrash muy interesante afirma que la creación del hombre se desarrolló en varios pasos progresivos. También sugiere que la historia de la vida del primer hombre pudo haber sucedido de manera acelerada. Esto nos hace suponer, como veremos a continuación, que el transcurrir del tiempo pudo ser completamente irregular o impredecible. En realidad, los seis días de la Creación se consideran en conjunto como una categoría única en términos de ritmos y tiempos. De manera explícita, el calendario hebreo —el recuento oficial judío del tiempo— no cuenta los años desde el día 1 de la Creación. Nuestro calendario comienza a partir del séptimo día: shabbat bereshit. Adam —el primer ser humano— fue creado en el sexto día, que según nuestros Sabios[70] era el día 30 de Elul[71]. Rosh Hashaná, el verdadero primer día del año judío, es el 1 de Tishrí; es decir, una vez finalizado el proceso de la Creación. El primer día del calendario judío es el día después de que el proceso de la Creación finalizara. De acuerdo con esto, solo cuando se completaron los procesos creativos, el tiempo se estabilizó y comenzó a pasar del modo en el que lo conocemos hoy. El primer día del calendario judío es el día después de que el proceso de la Creación finalizara. Al establecer el calendario, los Sabios entonces diferenciaron los seis días de la Creación del marco de tiempo normal, como si estos días pertenecieran auna dimensión temporal distinta, o como si estuvieran fuera del tiempo o lo precedieran. CREACIÓN ACELERADA El Midrash al que nos referimos se encuentra en el Talmud Babli, tratado Sanhedrin, 38b. El autor es un Sabio de Israel (siglo II d. C.) que nos brinda un relato inusual, hora por hora, sobre lo sucedido en torno al nacimiento de Adam y Eva y los acontecimientos más importantes de sus vidas. El rabino Iojanán bar Janiná dijo: «Doce horas tuvo ese día. En la primera hora se juntó el polvo; en la segunda hora se creó el cuerpo no formado [de Adam]; en la tercera se formaron sus miembros; en la cuarta, se le insufló el alma; en la quinta se puso de pie; en la sexta le puso nombres a los animales; en la séptima Eva lo acompañó; en la octava, dos fueron a la cama y cuatro salieron de allí[72]; en la novena se le ordenó no comer del árbol; en la décima cometió una transgresión [al comer del árbol]; en la undécima fue juzgado; en la duodécima fue expulsado [del jardín del Edén]. De acuerdo con el rabino Iojanán bar Janiná, todos los hechos mencionados en este Midrash se llevaron a cabo durante el sexto día, desde la mañana (boker) hasta el atardecer (ereb). La Torá dedica casi tres capítulos completos para describir la formación de Adam y Eva, su unión, el nacimiento de sus hijos, el pecado del fruto prohibido y su expulsión del jardín del Edén. Lo que normalmente debería tardar varios años en ocurrir, para nuestro Midrash sucedió en cuestión de horas[73]. Desde luego, la octava hora nos ofrece el ejemplo más comprobable de esta irregularidad del tiempo al afirmar que Eva concibió y dio a luz a Caín y Abel, que ni siquiera eran mellizos, en el lapso de una hora, entre la octava y la novena hora. ¿Cómo es que dos embarazos completos pudieron ocurrir durante una sola hora? Recordemos que las tradiciones bíblicas y rabínicas son extremadamente conscientes del tiempo y tienen un sentido muy preciso de la historia. No existe otra fuente en la literatura rabínica, hasta donde yo sé, que afirme que sucesos que requieren años en suceder hayan ocurrido durante unas cuantas horas. Creo que esta excepcionalidad es única de este Midrash. Es importante destacar que con respecto a la reputación de este Midrash[74], Maimónides lo consideró de altísima estima e insinuó que transmitía una creencia compartida por todos los Sabios, y no solo por su autor, el rabino Iojanán ben Janiná[75]. Anticipándose a lo que hoy se conoce como el «tiempo fluctuante o relativo», este Midrash parece estar diciendo que durante el sexto día de la Creación el tiempo fluía a un ritmo distinto al que experimentamos en el universo físico actual. Es decir, aquellos hechos descritos durante ese día, como por ejemplo el embarazo y el nacimiento, no sucedieron al ritmo esperado en la actualidad. Y si los Sabios concibieron que el tiempo actuó de forma singular y distinta durante los seis días de la Creación, sería entendible que el rabino Iojanán ben Janiná describa procesos muy extensos que hubiesen ocurrido en apenas una hora. Queda claro entonces que aquellos períodos que el Midrash describe como «horas» deben ser vistos como «horas de Creación» (quizás «períodos de actividad creativa» en las cuales el tiempo, dada su irregularidad, es un factor intrascendente). De manera similar a nuestra percepción moderna del tiempo, los Sabios pudieron haberlo percibido como un fenómeno puramente relativo. El concepto del tiempo utilizado en la historia de la Creación podría considerarse como una referencia del progreso de la actividad creativa de Dios, más que como una forma ordinaria de medir el cambio. A partir de la teoría de la relatividad de Einstein, los científicos han comenzado a percibir el tiempo como una abstracción que utilizamos para organizar hechos secuenciales, más que como un fenómeno físico consistente que puede medirse en términos absolutos. «Nadie midió alguna vez algún fenómeno absoluto denominado “tiempo”; lo que uno mide es el índice de algún cambio físico en el universo. Podría ser la caída de los granos en un reloj de arena, el movimiento de las agujas de la esfera de un reloj o el goteo de un grifo. Existen innumerables fenómenos variables que pueden emplearse para definir el paso del tiempo»[76]. De más está decir que si el tiempo en efecto se comportó de forma inestable o irregular durante el proceso de la Creación, y esto hizo que la velocidad del desarrollo de eventos «naturales» durante los seis días haya sido distinto a los nuestros, el debate entre la ciencia y la religión sobre la edad del universo está basado en supuestos equivocados —que el tiempo siempre transcurrió de la misma manera— y no debería distraer nuestra atención. Por ejemplo, cuando la Torá describe la formación del «cielo/atmósfera» en el segundo día de la Creación, algo que la ciencia afirma que se desarrolló a través de millones de años, podríamos suponer que esos procesos duraron en realidad una hora o un día de Creación, pero a una velocidad completamente distinta. Al igual que otros fenómenos naturales como el embarazo y el nacimiento descritos en el Midrash antes mencionado. De este modo, los sucesos que en circunstancias normales tomarían años o siglos en suceder bien podrían haber acontecido dentro de esas singulares horas de Creación, como si esta hubiese sido en realidad una Creación acelerada. La idea de una Creación acelerada tiene que haber sido una particularidad exclusiva de los seis días de la Creación, y nos tendría que llevar a evitar por completo el debate sobre la duración de los seis días y, una vez más, demostraría que la controversia sobre la edad del mundo es prácticamente irrelevante. En efecto, ¿por qué no habríamos de suponer que Dios creó este mundo a una alta velocidad? La alternativa, que el Creador Todopoderoso se tomó innecesarios millones de años para construir una montaña, sería la hipótesis más absurda. De acuerdo con la tradición rabínica, el sexto día de la Creación no fue distinto a los otros cinco. Podríamos afirmar con convicción que aunque el Midrash hace referencia a los hechos del sexto día —probablemente debido al interés natural por la creación de nuestros primeros ancestros—, los Sabios consideraron esos seis días como una categoría singular pero homogénea. Lo que significa que lo que se afirme, por ejemplo, respecto al correr del tiempo durante el sexto día, también se podrá afirmar respecto a los otros cinco. Al comentar acerca del estado primigenio de la Creación, Menasseh ben Israel cita dos comentarios rabínicos que explican que, durante el lapso de los seis días, toda la Creación y todas las criaturas funcionaban en un estado de existencia anormal, inestable y dependiente: «Isaac Arama y Isaac Abarbanel indican que aunque Dios dio existencia a cada ser en los seis días, no fue sino hasta el séptimo cuando Él bendijo [la Creación] que estas criaturas comenzaron a actuar de manera natural y por sí mismas, solo entonces [a partir del séptimo día] así lo hicieron, y alcanzaron el objetivo para el cual fueron creadas»[77]. También de acuerdo con Maimónides, durante el proceso de los seis días de la Creación el tiempo era aún inestable e inoperativo. «El tiempo es una magnitud que pertenece al campo actual de las cosas. Su aplicación en las etapas iniciales del universo es una extrapolación errónea de nuestra imaginación»[78]. El universo comenzó a operar «con normalidad», en cuanto al correr del tiempo y otros fenómenos, solo después del sexto día. Efectivamente, los seis días de la Creación fueron considerados como la etapa de gestación del universo, su fase embriológica, una dimensión con leyes físicas completamente diferente a las nuestras. SEIS DÍAS DE TRANSFORMACIONES GRADUALES Hay otra importante lección que podemos aprender de este Midrash que será de suma importancia para el resto de este libro. Además de indicar que el proceso de creación y formación pudo haber sucedido dentro de un marco de tiempo indefinido o irregular, este Midrash también sugiere quela actividad creativa de Dios se desarrolló paso a paso, más como un «proceso creativo» que como una «creación instantánea». El Midrash describe en detalle la formación del hombre, desde el momento en que el Creador lo formó del polvo de la tierra hasta que fue capaz de ponerse de pie. La creación del primer hombre se relata como una operación que consistió en cinco actos u horas de Creación: «En la primera hora se juntó el polvo; en la segunda el cuerpo no formado se creó; en la tercera se formaron sus miembros; en la cuarta se le insufló el alma; en la quinta se puso de pie». Para este Midrash, la Creación no fue una operación instantánea, en la que las cosas creadas aparecieron de repente en el planeta, sino un proceso gradual compuesto de varios actos, la mayoría de los cuales no fueron registrados en forma explícita en el texto bíblico. Dios creó a Adam como un ser inteligente, dotado de un alma divina, y con un cuerpo que aparentaba veinte años. El Midrash aclara que la formación del cuerpo de Adam desde el polvo, el diseño de su cuerpo y la integración del alma a su cuerpo fueron pasos que se realizaron por separado. La gradualidad, o los procesos que se van sucediendo por etapas, fue probablemente el modus operandi estándar de Dios cuando creó el mundo. Como veremos más adelante, toda la narrativa del primer capítulo de Génesis también sugiere que nuestro mundo adquirió su forma actual a través de pasos graduales y progresivos. Y ese es también el modo operativo de las intervenciones de Dios (o milagros) en el texto bíblico. Cuando Dios dividió el mar Rojo, permitiendo a los judíos escapar de sus amos egipcios hacia la libertad, no dividió el mar de manera instantánea y en un solo acto, como sucede en los actos de magia y en la mitología. Las aguas se dividieron de forma gradual y progresiva, empujadas por fuertes vientos, a lo largo de toda la noche[79]. En la historia de la Creación, la Torá jamás indica de manera explícita que Dios la haya realizado de una u otra manera, ni si las cosas o las criaturas fueron llevadas a la existencia mediante un acto instantáneo o de manera progresiva. Es por eso que este Midrash es tan importante, puesto que abre la puerta para esta última posibilidad. Con respecto a lo que hemos denominado la edad aparente de las creaciones de Dios, el modo gradual a través del cual las cosas se formaron puede tener consecuencias sobre nuestra percepción. Antes señalamos que el monte Everest podría «aparentar» tener sesenta millones de años, y esa edad es solo un efecto secundario e ilusorio del fenómeno que denominamos «creación madura», pero si consideramos la posibilidad de una creación progresiva, el monte Everest, en cierto sentido, podría no solo aparentar sino en realidad tener en su interior sesenta millones de años. Me voy a explicar. Como hemos visto, la mayoría de los científicos sigue la idea de la escuela uniformista. Creen que las leyes del mundo físico han sido uniformes y constantes desde siempre. Descartan la posibilidad de la Creación, observan el mundo actual y simplemente proyectan esta realidad en retroceso de manera uniforme, durante miles o millones de años. Entonces, ¿cómo calcularía un científico uniformista la edad del monte Everest? Afirmará que la montaña no apareció de un día para otro, sino que se formó durante el transcurso de millones de años, a un índice de unos centímetros por año o por mes. Después de todo, la naturaleza y la actividad de nuestro planeta nos llevan a la posibilidad de formular una hipótesis muy sólida, ya que el calor y la presión que surgen del interior de la tierra producen constantemente cambios y movimientos debajo de la corteza terrestre. Estos movimientos se denominan «placas tectónicas». Al igual que un rompecabezas esférico gigante, la corteza terrestre se compone de placas —piezas de materia sólida separadas que encajan entre sí—. Estas placas no están inmóviles. Se mueven constantemente, y afectan de manera paulatina a las estructuras geológicas de nuestro planeta mediante el volcanismo y la erosión. Un geólogo razonará que todos estos factores, que aún se observan en nuestro planeta, han sido los responsables de la formación de las montañas desde el punto cero. Este geólogo concluirá que a un índice de crecimiento de unos centímetros por año, le habrá costado al monte Everest aproximadamente sesenta millones de años crecer hasta sus 8 848 metros de altitud. Obviamente, las hipótesis de los científicos uniformistas —que el universo siempre ha tenido las mismas leyes físicas, y que ningún Creador ha llevado el universo a la existencia, ni ha interferido con las leyes físicas— no son compatibles con la tradición hebrea. No obstante, el Midrash que estamos analizando parece concordar con al menos una de las premisas de la teoría uniformista. La Creación pudo no haber ocurrido en un único acto instantáneo, sino a través de un proceso gradual y evolutivo de crecimiento, en el cual las cosas fueron llevadas a la existencia paso a paso. En otras palabras, tal como el Creador no llevó a Adam a su existencia en un único acto, sino mediante un proceso de cinco etapas distintas, Dios no hizo que la montaña de tamaño completo surgiera de pronto sobre la tierra de manera instantánea, o cayera entera directamente desde el cielo. Más bien, siguiendo la lógica de nuestro Midrash, podríamos (o deberíamos) asumir que el Creador pudo haber puesto en marcha los movimientos volcánicos y geológicos necesarios para que la montaña se formase mediante un proceso progresivo, paso a paso. Si la Creación se llevó a cabo mediante un proceso progresivo y por etapas, en lugar de en un acto instantáneo, entonces, en un sentido estricto, esos sesenta millones de años que se le atribuyen al monte Everest son en efecto la edad «interna» del Everest, no solo una ilusión visual. Hay otro Midrash en Bereshit Rabá que parece respaldar la idea de un proceso de Creación progresivo y gradual, en lugar de instantáneo. Este segundo Midrash analiza una palabra inusual que se encuentra en el libro de Job. Allí se describe un encuentro (según la opinión talmúdica estamos hablando de una ficción literaria)[80] entre un ser humano, Job, y Dios[81]. En el clímax de esta extraordinaria experiencia, Dios se revela ante Job desde una tormenta y lo desafía a responder acerca de los secretos de la Creación. Job, obviamente, falla. Y con esta clara exhibición de los límites del conocimiento humano, Dios disuade a Job (y al lector) de pretender comprender Su mente y Su administración de la justicia, el principal objeto del reclamo de Job. Job acepta entonces que él es incapaz de comprender incluso las cuestiones que están al alcance de su realidad física: la Creación. Dios confronta a Job con una serie de preguntas que le demuestran claramente que un hombre jamás podrá comprender cómo fueron creados los cielos y la tierra. Ya sin respuestas, las preguntas logran el efecto deseado, y Job acepta con humildad las limitaciones de su mente y renuncia a su pretensión de descifrar la administración de la justicia divina. Volviendo al tema de la Creación, cuando Dios le plantea a Job si tiene noción alguna acerca de cómo fue la formación de nuestro planeta, la pregunta concreta que Dios formula es: «[¿Dónde estuviste] cuando la Tierra se fundió en una masa y sus capas de tierra se adhirieron entre sí [betseket ‘afar lamutsak]?». Esta última expresión, que no aparece en ningún otro lado en las Escrituras, inspiró a algunos pensadores rabínicos modernos a elaborar la siguiente idea: nuestro planeta no apareció de repente, completamente formado, sino que Dios lo diseñó «capa de tierra por capa de tierra», pedazo a pedazo. El Beur, un comentario contemporáneo sobre el Bereshit Rabá, relaciona este Midrash con otra fuente talmúdica[82] que señala que Dios creó nuestro planeta «capa tras capa». El Beur indica que, en consecuencia, «esto hace que nuestro planeta se vea más antiguo de lo que realmente es». En efecto, el proceso de formación del planeta «capaa capa» es lo que según el Beur «logró que los no creyentes atribuyeran que pasaron millones de años entre capa y capa»[83]. PROGRESIVAMENTE, PERO RÁPIDO Las criaturas, las estructuras geológicas, los planetas del sistema solar, todo lo que observamos muestra evidencia de un proceso gradual de formación y de haber alcanzado su estado actual a través de una serie de pasos y etapas de formación. Un científico uniformista estaría completamente de acuerdo con la idea expresada por nuestro Midrash, sobre que la formación de las cosas ocurrió a través de un proceso gradual. Sin embargo, nuestro Midrash también sugirió que el tiempo, la velocidad o ambos funcionaron de una forma distinta a la que experimentamos hoy. El proceso de creación pudo haber sucedido a cualquier velocidad. En lugar de que a la montaña le tome millones de años contemporáneos en emerger progresivamente, todo el proceso de movimientos tectónicos pudo haber ocurrido en apenas una de esas horas de Creación, como sugirió nuestro Midrash. Y después de todo, para el Creador ¿cuánto de rápido es demasiado rápido? Recordemos que en nuestra realidad actual, la velocidad más elevada posible es aproximadamente 300 000 kilómetros por segundo. Hipotéticamente, si asumimos que el proceso de la Creación ocurrió por lo menos a la velocidad de la luz, ya justificaría las diferencias entre las mediciones del tiempo bíblicas y científicas sobre la edad del universo. Todos los procesos geológicos relatados en el primer capítulo del Génesis — la formación de la atmósfera, el surgimiento de los continentes, la aparición de la vegetación, todos esos megaeventos— pudieron haberse desarrollado a la velocidad de la luz, la frontera de velocidad accesible que conocemos. Permíteme hacer una analogía entre lo que estoy visualizando en mi mente y una técnica de filmación denominada «fotografía secuencial». Con esta técnica el fotógrafo artístico captura procesos muy lentos, cuyos cambios graduales serían imperceptibles a simple vista, y los presenta en breves vídeos documentales. Por ejemplo, un fotógrafo aplicará este método para capturar la majestuosa apertura de una rosa. Una flor, de manera natural, se abre muy lentamente, y nuestros ojos no llegan a percibir esos mínimos cambios mientras se desarrollan. La fotografía secuencial permite ver la rosa abriéndose en toda su majestuosidad en cuestión de segundos. ¿Cómo lo hacen? Sitúan una cámara enfrente de la flor, y toman una foto cada cinco minutos o algo así. Luego, componen una breve película que compila todas las imágenes y la reproducen hacia adelante. El efecto visual es que vemos en cuestión de segundos un proceso que se desarrolló durante horas o días, lo que nos permite apreciar la belleza de una rosa floreciendo en todo su esplendor. Para visualizar lo que quiero decir con la idea de una Creación progresiva y acelerada hay que imaginar la película secuencial del surgimiento del monte Everest, que por orden del Creador, que activa las placas tectónicas, emerge desde la lava debajo de la tierra, y alcanza su grandiosa magnitud de 8 848 metros, y todo esto en cuestión de segundos. En la dimensión de la Creación, el nacimiento de Caín y Abel, la formación de la atmósfera, el surgimiento de los continentes, el nacimiento de las montañas, entre otros eventos, todos pudieron haber ocurrido paso a paso pero a un ritmo increíblemente rápido. Al igual que en una película filmada con fotografía secuencial, un hecho que normalmente tomaría años o siglos en ocurrir podría pasar en un par de segundos. Si la Creación sucedió como la estoy describiendo, es decir: 1) si se llevó a cabo paso a paso y no de una manera instantánea, y 2) si el Creador aplicó una supervelocidad durante el proceso, un geólogo «necesariamente» calculará que ese proceso tuvo que haber llevado millones de años. De manera similar, cualquier persona que alguna vez haya tenido un reloj analógico sabe que para que la aguja que indica la hora se mueva del 1 al 3, uno puede esperar dos horas y que la aguja se mueva por sí sola a través de su mecanismo interno, o si no simplemente y de forma manual uno podría adelantar el reloj dos horas en un mero segundo. En ambos casos, la aguja se habrá movido dos horas. Ahora bien, sin ninguna otra información disponible, un observador que ignora la intervención de una mano humana que movió las agujas sin duda aseverará que al reloj analógico le habrá costado 7 200 segundos que su aguja se mueva desde la hora 1 hasta la hora 3, aunque en realidad la aguja haya sido movida por una fuerza externa —la mano de una persona, en solo un segundo. La noción de una Creación progresiva y acelerada podría justificar así las diferencias de tiempo entre la ciencia y la narrativa bíblica. Una aguja del reloj puede moverse del 1 al 3 en dos horas o en un segundo —de haber una intervención externa—. El monte Everest pudo crecer 8 848 metros en sesenta millones de años o en una sola «hora» —si existió algo llamado «Creación». Y una vez que comprendemos por qué los científicos llegan a las conclusiones que llegan sobre la edad del universo o de nuestro planeta, y entendemos que esos cálculos son esperables, comprendemos también que no contradicen en absoluto lo que afirma nuestra Torá. El problema del tiempo es, más bien, inconsecuente. RESUMEN 1. Explicamos en primer lugar que la Creación fue una singularidad, imposible de analizar o intentar reconstruir, ya que se rigió por leyes que pertenecen a una realidad física y a una dimensión distinta que choca con las leyes naturales de nuestra existencia física actual (como lo es la embriología respecto de la fisiología). A la hora de intentar reconstruir mentalmente el proceso de Creación sobre la base de nuestro conocimiento e información pos-Creación, uno podría encontrarse imaginando un reflejo de su propia realidad aplicado a una dimensión que en realidad es inescrutable. La cuestión de la edad del universo es un muy buen ejemplo de este tipo de proyecciones y de las conclusiones paradójicas que se van a encontrar al final de ese camino. 2. Dijimos que la tradición rabínica, preservada en el Midrash, menciona que Dios creó sus primeras obras y criaturas en un estado de madurez. Ahora bien, un observador que investigue la Creación en una etapa posterior no podrá evitar percibir nuestro planeta Tierra y el universo en general como estructuras muy antiguas. El fenómeno que describimos como «Creación madura» genera la inevitable coexistencia de dos cálculos de edad conflictivos: el de la ciencia y el del relato bíblico. Sin embargo, cuando el universo se observa partiendo de la base de que existió una Creación madura, estos conflictos desaparecen por completo. 3. Para resolver las diferencias entre la ciencia y la Torá en cuanto a la edad del universo dijimos que el acto de Creación inicial, particularmente la creación de los cielos, tuvo que haber provocado una automática generación de tiempo. En coincidencia con nuestro conocimiento moderno sobre la expansión del universo, los Profetas de Israel describieron la creación de los cielos como el estiramiento de los cielos. Esa expansión, en particular en sus primeras etapas, tiene que haber producido «tiempo» —miles de millones de años—, lo cual le confiere al universo la apariencia de una edad mucho más antigua. Independientemente del tiempo real que le haya tomado al Creador —mil años, un día, algunas «horas de Creación», apenas un instante imperceptible, o nada de tiempo en absoluto—, los cielos resultantes, una vez extendidos, poseerán ya sea de manera intrínseca o en apariencia los miles de millones de años que los científicos modernos calculan. 4. Finalmente en el último epígrafe de este capítulo analizamos un Midrash que afirma que, durante los seis días de la Creación, los eventos naturales no evolucionaron según el tiempo estándar actual (o el tiempo no transcurrió en su ritmo actual). De acuerdo con este Midrash, existieron «horas de Creación» en las que el tiempo pudo haber transcurrido irregularmente.Si pretendemos medir esos eventos con nuestros parámetros actuales de tiempo, los conflictos naturalmente aparecerán. Esta fuente rabínica también sugiere que la Creación pudo haberse desarrollado como una serie de procesos graduales. Estos procesos deben considerarse como operaciones paso a paso, que podrían haber sucedido a una velocidad superveloz. Una vez más, esta combinación de Creación gradual y acelerada resulta en la percepción de un mundo inconmensurablemente más antiguo. 5. En definitiva, el cosmos actual y sus leyes físicas resultan comprensibles y totalmente compatibles con los principios de la Creación, cuando esta es nuestro punto de partida y cuando nos apoyamos en la tradición rabínica expresada en los MidRashím. El premio Nobel Arno Penzias formula maravillosamente esta idea cuando describe los nuevos descubrimientos en la física sobre el comienzo del universo: Los mejores datos que tenemos sobre el universo son exactamente lo que yo hubiera predicho si no tuviera nada más que los cinco libros de Moisés, los Salmos y la Biblia para seguir adelante. Como un todo, la creación del universo está respaldada por todos los datos observables que la astronomía ha generado hasta el momento […] La astronomía nos conduce a un evento único, un universo que fue creado de la nada, que tiene el delicado equilibrio necesario para proveer exactamente las condiciones necesarias para permitir la vida, y que tiene un plan subyacente [que podría denominarse «sobrenatural»][84]. CAPÍTULO 3 TRADUCIENDO LA CREACIÓN Ahora que ya hemos expuesto, y espero que resuelto, algunas de tensiones entre el relato bíblico de la Creación y la ciencia moderna, podemos proceder a explorar lo que la Torá nos ha contado acerca de la Creación en el primer versículo. Pronto nos daremos cuenta de que entender lo que la Torá dijo acerca de la Creación —en el nivel más simple— no es tarea fácil. Para empezar, el primero de todos los versículos de las Escrituras hebreas en realidad podría entenderse y traducirse de dos formas sustancialmente distintas. A veces, las diferencias en la interpretación entre una traducción y otras no son fundamentales, y el significado básico de un versículo o de las palabras no se ve afectado. Si por ejemplo, en el primer versículo de la Torá tradujéramos bereshit por ‘en el principio’ o por ‘al principio’, o ‘en el comienzo’, o si al traducir et hashamaim ve-et ha-aretz dijéramos ‘cielos y tierra’ o ‘los cielos y la tierra’, estas diferencias en la traducción serían de escasa trascendencia. Por el contrario, vamos a ver a continuación que hay palabras claves cuya traducción puede alterar de manera radical el significado del texto. En el primer versículo de la Torá, Génesis 1, 1, la inclusión o exclusión de una pequeña palabra —una preposición— podría tener implicaciones cruciales en el modo en el que uno entiende el relato de la Creación en su totalidad. Es así que encontramos dos enfoques sobre la interpretación del primer versículo. Estos expresan dos perspectivas en conflicto sobre el orden e incluso la naturaleza de la Creación. El primer versículo podría traducirse de las siguientes maneras: (1) En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. (2) En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra. La primera traducción, la tradicional, considera que este versículo describe el acto de la Creación. Relata lo que denominamos el «primer acto de la Creación», es decir, cuando el Creador trajo a la existencia todo el universo desde la nada. De acuerdo con la segunda traducción, el primer versículo de la Torá no describe necesariamente un acto de creación. Toda la oración podría entenderse como una cláusula temporal, que modifica la creación de la luz que se detalla en Génesis 1, 3, que así se transformaría en el primer acto de Creación. Conforme a esta interpretación, la creación de los cielos y la tierra podría no haber sido narrada del todo en la Torá. Lo que llevaría a preguntarse si estos fueron creados o si han existido eternamente. En este capítulo analizaremos en detalle las diversas formas en las que los Sabios y los eruditos leyeron y comprendieron el primer versículo, y la manera en que estas lecturas dieron lugar a concepciones opuestas de lo que aconteció en la Creación bíblica. En breve nos daremos cuenta de que la interpretación del primer versículo en líneas generales depende de cómo entendemos la palabra inicial de la Torá: bereshit. Este capítulo se dedicará, casi en su totalidad, al análisis de esta palabra. ¿CUÁL FUE LA PRIMERA CREACIÓN? En los capítulos anteriores hemos analizado la noción de «principio» y hemos adquirido, espero, un poco más de conciencia acerca de nuestras limitaciones en cuanto al concepto de Creación. Y una vez que somos conscientes de las limitaciones de la mente humana en esta área y de por qué es imposible comprender con totalidad lo que ocurrió en ese momento, es hora de hacernos la siguiente pregunta: ¿qué es lo que sí podemos saber acerca de la Creación? ¿Qué es lo que dice la Torá que Dios creó en primer lugar? Es importante destacar que ningún detalle de lo que sucedió durante la Creación —con excepción de la identidad del Creador, que es un principio fundamental del judaísmo— fue considerado como un credo incuestionable en la tradición judía. De hecho, las fuentes rabínicas no estuvieron del todo de acuerdo sobre el orden exacto de la Creación. Identificar lo que Dios llevó primero a la existencia fue una cuestión abierta a la discusión entre los Sabios del Midrash. Los rabinos Yehudá y Nejemiá, dos Sabios del siglo II discutieron sobre cuál fue el acto inicial. El rabino Yehudá sostuvo que primero Dios creó la luz: «La luz fue la primera creación. Como un rey que deseaba construir un palacio, y el sitio [de construcción] estaba oscuro. ¿Qué hizo el rey? Encendió velas y antorchas para construir los cimientos del palacio. De la misma manera, el Todopoderoso primero creó la luz [y luego construyó su mundo]»[85]. El rabino Nejemiá no estuvo de acuerdo. Según él, los cielos y la tierra —todo el universo— fueron creados en primer lugar, y la creación de la luz tuvo lugar en una segunda etapa: «Como un rey que construyó un palacio y luego instaló todas sus luces». Como en el caso de muchas discusiones talmúdicas, las dos opiniones no están basadas en distintas fuentes sino en diferentes interpretaciones del mismo versículo. Tanto el rabino Nejemiá como el rabino Yehudá fundamentaron sus posturas en sus respectivas interpretaciones de la primera oración de la Torá: «En el principio Dios creó los cielos y la tierra». La discusión de los Sabios sobre el orden de la Creación arroja luz sobre —y en definitiva depende de— la forma en que interpretaron este versículo crucial. Para opinar que la luz fue creada primero, el rabino Yehudá tuvo que leer el versículo inaugural como si no describiera ningún acto de creación. Si el primer versículo se hubiese referido a algo que estaba siendo creado, entonces la luz, que aparece en el tercer versículo de la Torá, ya no sería el primer elemento que Dios llevó a la existencia. Por lo tanto, el primer versículo debe entenderse, según él, así: «En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra». Esta frase bíblica por consiguiente estaría preparando el terreno para el tercer versículo, que trata sobre la creación de la luz, que según el rabino Yehudá fue la primera cosa que Dios creó. Esta interpretación puede justificarse de una manera bastante simple. El primer versículo de la Torá no relata ningún acto creativo que Dios haya hecho a través de su palabra. Génesis 1, 1 no dice: «En el principio, Dios dijo: “Que sean los cielos y la tierra”, y fue así». Todos los demás actos de Creación narrados en el texto bíblico fueron realizados a través del discurso divino. En su mayor parte, los actos creativos son presentados por las palabras vaYomer Elohim, ‘y Dios dijo’. Por ejemplo, cuando Dios diseñó las primeras criaturas vivientes, Él ordenó a las aguas llevara la existencia organismos vivos («Y Dios dijo: Que las aguas produzcan multitud de seres vivos». Génesis 1, 20). Dios crea con su palabra[86]. Ese es Su modus operandi. Y en el primer versículo de la Torá no vemos que Dios exprese ningún discurso creativo. ¿Debemos entender, entonces, que la ausencia de la frase «Y Dios dijo» y la ausencia de todo tipo de discurso divino significan que el versículo inicial de la Torá no está describiendo un acto de creación? Esta era la opinión del rabino Yehudá. Por consiguiente, él consideró que el primer versículo era solamente una introducción a lo que, según su opinión, fue el verdadero acto inicial de la Creación: la formación de la luz. En ese caso, cuando Dios crea la luz, la Torá de hecho emplea —por primera vez— la frase «Y Dios dijo» («Y Dios dijo: “¡Que sea la luz!”, y fue la luz». Génesis 1, 3). Por lo tanto, para el rabino Yehudá, el primer versículo bíblico solamente desempeña el rol de una cláusula adverbial de tiempo que introduce o modifica los dos próximos versículos. El segundo versículo describe una etapa del planeta donde este está sin vida y oscuro, y es allí donde la primera creación —la luz— causa su gran impacto. El rabino Yehudá leería los primeros tres versículos más o menos de la siguiente manera: (1) En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra. (2) La tierra estaba vacía, y la oscuridad se extendía sobre la faz del abismo. (3) [Entonces] Dios dijo: «¡Sea la luz!». Y fue la luz. Como se pone de manifiesto, el enfoque del rabino Yehudá, si bien resuelve su pregunta, deja lugar a algunos interrogantes muy sensibles sobre la idea de Creación ex nihilo. A saber: si la luz fue realmente la primera creación, ¿cuándo fueron creados los cielos y la tierra? O quizás los cielos y la tierra nunca fueron creados y han existido eternamente, como enseñó Aristóteles… Esta misma problemática idea podría ser inferida de las palabras del rabino Yehudá —en su alegoría que compara a Dios con un rey que construía un palacio en un lugar preexistente, «un sitio de construcción oscuro» ¿que está allí desde la eternidad? El rabino Nejemiá rechaza la opinión del rabino Yehudá e interpreta el primer versículo de la manera clásica: «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra [punto]». Esta lectura expresa con claridad que los cielos y la tierra fueron creados primero. Obviamente, antes que la luz. El rabino Nejemiá entiende que la ausencia de la expresión «Y Dios dijo» no afecta el sentido de este versículo. El hecho de que la Torá no sea explícita a la hora de relatarnos que el primer acto de la creación se realizó mediante el discurso de Dios no quiere decir que la Creación no se llevara a cabo a través de Su habla. Más bien, al omitir tal término, la Torá podría estar diciendo que Dios creó los cielos y la tierra de una forma totalmente distinta al resto del proceso de la Creación. Según el rabino David Quimji, también conocido como RaDaQ, las palabras «Y Dios dijo» no pueden ser entendidas como las entienden en otras religiones: «Dios pensó» o «Dios decidió». Se deben entender más bien como «Dios ordenó». Y como antes del primer versículo, antes del acto inicial de la Creación, no existía todavía ningún elemento al cual el Creador le pudiera dar una orden creativa, la Torá no usó las palabras «Y Dios dijo». También podríamos decir que el primer acto de Creación fue, prácticamente el único ex nihilo, y por lo tanto, de una singularidad tan indescriptible que la Torá aparentemente prefirió omitir algún término que nos contara el «cómo» de ese suceso, incluso un término tan inocuo como aquel que connota que Dios creó a través del habla[87]. Lo que va más allá de toda duda es que para el rabino Nejemiá, este versículo describe de forma clara y explícita el primer acto de Creación, lo que está de manifiesto claramente en la segunda palabra bíblica: bará, ‘[Dios] creó’. En la literatura talmúdica abundan estos tipos de disputas entre los Sabios. Las generaciones siguientes con frecuencia retoman discusiones anteriores. Muchas veces los Sabios de la generación siguiente no sienten la necesidad de convalidar una de las dos opiniones. Y a veces, como en este caso, sí lo hacen. Ambas posturas se basaban en indicios textuales muy válidos que respaldaban sus interpretaciones. Pero aproximadamente un siglo después de que esta discusión surgiera los Sabios añadieron un nuevo elemento a la disputa, que con el tiempo ayudaría a inclinar la balanza de este debate a favor del rabino Nejemiá[88]. LA CONCLUSIÓN DE LOS SABIOS En la Mishná —el texto con mayor autoridad en la literatura rabínica— el tratado de Pirqué Abot registra una observación de los Sabios que resulta muy esclarecedora cuando se lee como telón de fondo de nuestra discusión. Los Sabios analizaron que en la Torá Dios utiliza diez expresiones para crear el mundo. Ellos razonaron que, de haberlo deseado, Dios podría haberlo creado mediante una sola expresión. Dios simplemente podría haber dicho: «Que el universo llegue a su existencia», y crear así todo lo que los cielos y la tierra contienen. Los Sabios se cuestionaron: ¿por qué entonces Dios creó el mundo pronunciando más de una expresión? ¿Por qué el Todopoderoso Creador decidió llevar a cabo diez actos creativos en lugar de uno? Los Sabios explicaron que el Creador utilizó nueve expresiones adicionales a fin de que aprendiéramos la importancia del esfuerzo y la dedicación: «Dios creó el mundo con tanta dedicación que, en lugar de limitarse a hacerlo con una sola expresión, utilizó diez manifestaciones completas para crearlo. Por eso es que los malvados merecerán un mayor castigo, ya que están destruyendo un mundo en el que Dios invirtió mucho más esfuerzo del que era necesario, lo que indica que Él lo considera muy precioso»[89]. Así como un artesano dedica esfuerzos extra y una labor adicional para expresar su amor y dedicación hacia el receptor de su arte, Dios Todopoderoso transmitió su amor por sus criaturas al crear este mundo con diez manifestaciones en lugar de una. El castigo para aquellos que lo destruyen es diez veces más severo, y la recompensa para los justos — aquellos que se preocupan por mantener y preservar este precioso mundo— diez veces más apreciada, porque Dios Todopoderoso invirtió diez veces más esfuerzos en su labor creativa. Sin embargo, los Sabios de la Mishná dejaron un punto sin aclarar. A saber: ¿cuáles fueron esas diez expresiones de Creación, los diez actos o declaraciones a través de los cuales Dios creó el mundo? Para nuestra discusión sobre la comprensión del primer versículo, la respuesta a esta pregunta resultará absolutamente crucial. Encontrar las diez expresiones de Creación podría parecer una tarea fácil. Aparentemente todo lo que necesitamos hacer es ubicar dentro de la narración de la Creación las diez ocasiones en donde la Torá dice vaYomer Elohim (‘Y Dios dijo’). Por ejemplo: «Y Dios dijo: “Que sea la luz”»; «Y Dios dijo: “Que haya luminarias”», etcétera. No obstante, sorprendentemente, en el relato bíblico de la Creación, ¡la expresión vaYomer Elohim aparece solo nueve veces![90]. En el tratado talmúdico de Rosh Hashaná, los Sabios analizaron la declaración de la Mishná consignada con anterioridad y se preguntaron cuál pudo haber sido la décima manifestación[91]. Los Sabios concluyeron que el primer versículo de la Torá, «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra», debe contarse como la primera de estas diez expresiones de Creación[92]. En otras palabras, de acuerdo con el Talmud —que registra esta opinión y luego, notablemente, no ofrece ninguna postura contraria a esta—, el primer versículo debe entenderse sin duda alguna como la descripción de un acto de creación[93], aunque el discurso divino, «Y Dios dijo» no figure en esta frase. Por lo tanto, para el Talmud el primer versículo no debe considerarse como una cláusula adverbial de tiempo que indica cuándo fue creada la luz, tal como lo sugirió el rabino Yehudá. Los Sabios, por el contrario, validaronla opinión del rabino Nejemiá, según el cual los cielos y la tierra fueron creados primero. La creación de la luz fue un segundo acontecimiento creativo. Tras la conclusión de los Sabios del Talmud, desde siempre, el primer versículo de Génesis se ha comprendido y traducido de la siguiente manera: En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. Y no: En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra. Además, y siguiendo de modo inequívoco la opinión del rabino Nejemiá, Maimónides consideró que la creencia en la Creación ex nihilo es parte del cuarto principio de la fe judía[94]. Este principio asevera que solo Dios es eterno y, por lo tanto, excluye la idea de cualquier materia preexistente. Y como ya lo indicamos, si entendemos el primer versículo como un modificador de tiempo, se podría suponer que los cielos y la tierra nunca fueron creados, más bien fueron eternos. Parecía que la discusión sobre este tema se había acabado. Sin embargo, no fue así. RASHÍ Y LA «CADENA CONSTRUCTA» ¿Cómo traducir el primer versículo: «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra», o «En el principio de crear Dios los cielos y la tierra»? Casi mil años después de celebrarse la discusión entre los rabinos Yehudá y Nejemiá, Rashí (Rabbí Shelomó Itzjakí, 1040-1105), el comentarista bíblico más famoso, resucitó el antiguo debate. Para comprender mejor la opinión de Rashí, tenemos que explorar las complejidades de la primera palabra de la Torá: bereshit, ‘en el principio’. Aunque está compuesta por apenas seis letras, la primera palabra hebrea de la Torá no es un término simple. Es, quizá, una de las palabras más sofisticadas y complejas de todas las de la Biblia hebrea. Y el significado real de la palabra bereshit no es evidente. Esta expresión hebrea compleja está escrita de una manera inusual. Si se traduce de forma literal, bereshit significa «‘en el principio de’, Dios creó los cielos y la tierra», y obviamente esto hace que el lector se pregunte: en el principio de… ¿qué? Rashí notó esta anomalía y propuso una interpretación que resolvería el problema. Este es el quid de la lógica de Rashí en su comentario sobre el versículo primero: 1. La primera palabra de la Torá, bereshit, no significa ‘en el principio’, sino que de acuerdo con las normas gramaticales hebreas básicas quiere decir ‘en el principio de’. 2. Por consiguiente, la segunda palabra de la Torá, bará (‘creó’), no debe leerse de forma literal. Debe interpretarse y releerse[95] como el infinitivo beró (‘crear’). 3. Estas dos palabras —bereshit y beró— ahora deben considerarse como una sola unidad semántica, lo que en gramática hebrea se denomina «cadena constructa» (en hebreo, semijut), y por lo tanto debemos leer estas palabras de esta manera: «En el principio de crear Dios los cielos y la tierra». 4. El primer versículo no está diciendo que los cielos y la tierra fueron creados primero: la primera creación fue la luz. Al igual que el rabino Yehudá, Rashí también percibió el primer versículo como una cláusula de tiempo que indica el momento de la creación de la luz. Desde el punto de vista de Rashí, los primeros tres versículos deberían traducirse más o menos así: (1) En el principio de crear Dios los cielos y la tierra, (2) Cuando la tierra estaba deshabitada y vacía, y la oscuridad estaba sobre la faz del abismo. (3) Dios dijo: «¡Que sea la luz!», y fue la luz[96]. Podemos preguntarnos: ¿qué llevó a Rashí a revivir esta interpretación, después de que al parecer los Sabios del Talmud la habían descartado? Hay que destacar que Rashí no mencionó de forma explícita al rabino Yehudá como la fuente de su opinión[97]. Esto podría ser, tal vez, porque los Sabios implícitamente rechazaron la postura de este último. O quizás la interpretación de Rashí proviene de un ángulo totalmente distinto al del rabino Yehudá. Rashí profundiza acerca de la forma inusual de la primera palabra bíblica, bereshit, una inconsistencia gramatical como hemos señalado, que demanda una interpretación. Rashí cuestiona la interpretación convencional de bereshit como ‘en el principio’ (con una coma, según se explicará con posterioridad), al razonar que si la Torá hubiera querido decir eso, la palabra más apropiada para utilizar habría sido barishona (‘en el principio’) y no bereshit (‘en el principio de’)[98]. Con el objeto de entender la pregunta de Rashí y la respuesta que propuso, necesitamos familiarizarnos con una estructura gramatical básica del idioma hebreo: la «cadena constructa». LA CADENA CONSTRUCTA (SEMIJUT)[99] A nivel gramatical, bereshit es un término compuesto por: 1) la preposición hebrea be que significa ‘en’, ‘sobre’ o ‘al’, seguida de 2) la palabra reshit, que es el estado constructo (como se explicará más adelante) del sustantivo rosh, ‘cabeza’, ‘principal’ o ‘principio’[100]. La cadena constructa hebrea (semijut), similar al genitivo sajón en inglés, consiste en la conexión de dos palabras —por lo general dos sustantivos— formando una unidad semántica. Veamos un clásico ejemplo de una cadena constructa. ¿Cómo diríamos correctamente en inglés «los hijos de Iosef»? Ya que no sería correcto decir «the children of Iosef». En inglés, para construir el genitivo debemos: 1) quitar el artículo definido «the», 2) eliminar la preposición «of», 3) añadir el sufijo «’s» al nombre propio, y, por último, 4) invertir el orden de los dos nombres, el común y el propio. Así «the children of Iosef» se convertirá en el correcto «Iosef’s children». En hebreo, para armar la cadena constructa debemos: 1) eliminar el artículo definido ha- (‘el, la, los’), y 2) la preposición shel (‘de’). No se necesita un sufijo[101], ni tampoco invertir el orden de los sustantivos, pero: 3) tendremos que modificar el primer nombre de una manera que no se ajusta a una sola regla. En este caso, por lo tanto, habanim shel Iosef se transformará en bené Iosef. Ya que el sustantivo banim en su forma constructa pasó a ser bené. Una vez modificada, la primera palabra de la cadena constructa se llama nismaj. A diferencia del inglés, que aplica un mismo patrón universal —esto es, añadir el genitivo sajón «’s» al nombre propio— en hebreo, el nismaj varía de palabra en palabra. Como dijimos, no existe una regla fija sobre cómo cambiar la primera palabra para transformarla en su estado constructo[102]. El segundo término en la cadena constructa (en el ejemplo de bene Iosef, la palabra Iosef) se denomina en hebreo somej, y siempre permanece inafectado. Por ejemplo, la expresión hebrea habait significa ‘la casa’. Para modificarla al estado constructo, la palabra bait se transforma en bet. Para decir habait shel (‘la casa de’) hakeneset (‘la congregación’) debemos utilizar la cadena constructa. Si quitamos el artículo definido ha y luego removemos la preposición shel y modificamos la primera palabra, habait shel hakeneset se convertirá en bet-hakeneset (‘la casa de la congregación’, es decir, ‘la sinagoga’). Haré mención de un último punto antes de regresar a la palabra bereshit. Sin duda, en ocasiones podrás encontrar la palabra hebrea bait (‘casa’) o habait (‘la casa’) aislada o seguida de un adjetivo, como en habait halaban (‘la casa blanca’) o bait gadol (‘una casa grande’). Sin embargo, ¡jamás encontrarás la forma constructa de la palabra bait, que es bet —‘la casa de’— aisladamente, sin estar acompañada de la palabra siguiente (el somej)![103]. Del mismo modo, en inglés el posesivo siempre irá acompañado de otra palabra, por lo general un sustantivo. Para decir «el libro de John», diremos: John’s book. Y también podremos utilizar los nombres «John» o «book» por separado, pero jamás emplearemos «John’s» aisladamente o seguido de un verbo. Ahora quizás estemos un poco mejor preparados para entender el problema de Rashí con la expresión bereshit. Esta palabra se escribe en la forma que los gramáticos hebreos denominan el «estado constructo» o semijut. Hay dos indicios que señalan que bereshit está en forma constructa: en primer lugar, la palabrareshit es la forma de estado constructo del término rosh (‘principio’) [104]. Y en segundo lugar, el texto bíblico dice bereshit y no bareshit. En hebreo, el prefijo ba está compuesto por dos elementos: be (‘en’) y ha (‘el, la, los’): be + ha = ba. El término bareshit incluye el artículo definido ha integrado en la preposición be. Sin embargo, como hemos explicado, en la cadena constructa se elimina el artículo definido ha. Si en lugar de bareshit, la Torá dice bereshit es para indicar que esta palabra está precisamente en el estado constructo. Por eso, tal como señaló Rashí, la palabra bereshit significa ‘en el principio de’. De manera literal y lineal, el primer versículo de la Torá dice: Bereshit / bará / Eloqim / et hashamaim / ve-et ha-aretz. ‘En el principio de / creó / Dios / los cielos / y la tierra’. Ahora, por fin, podemos apreciar la pregunta implícita de Rashí: en el principio de… ¿qué? Al notar esta irregularidad, Rashí escribe: «[La anomalía de] este texto ciertamente exige una interpretación». Para resolver el problema, Rashí opta por recrear una cadena constructa virtual y sugiere que la palabra bereshit se lea seguida de un «absoluto» (somej, la segunda palabra de la cadena constructa). Para compensar la ausencia del «absoluto», Rashí recurre a interpretar la segunda palabra bíblica, bará —originalmente un verbo en tiempo pasado— y la relee como el infinitivo: ‘crear’. El verbo bará (‘creó’), reinterpretado por Rashí como el infinitivo beró (‘crear’)[105] desempeña un nuevo rol —es el absoluto, el segundo término de la cadena constructa—, lo que nos permite reconocer la primera palabra como estado constructo. Por lo tanto, la lectura de Rashí del primer versículo bíblico sería esta: En el principio de crear Dios los cielos y la tierra. Aunque formen una combinación infrecuente y no tan elegante —tanto en hebreo como en castellano—, esta expresión aún se encuentra dentro de los límites aceptables de la gramática hebrea o castellana. No obstante, de forma no explícita, Rashí nos hace regresar a la discusión entre los rabinos Nejemiá y Yehudá. Ya que tal como el mismo Rashí razona, los primeros dos versículos ahora presentan la creación de la luz como el primer acto de la Creación. MÁS ALLÁ DEL COMENTARIO DE RASHÍ Aparte de Rashí, otros comentaristas también abordaron el problema del estado constructo de la palabra bereshit[106]. Sin embargo, a diferencia de Rashí, encontraron soluciones alternativas, que no contradijeron la postura del rabino Nejemiá: que los cielos y la tierra fueron creados primero. Un ejemplo es el comentario de Rambán, Moshé Najmánides (1194-1270). En lugar de interpretar el verbo bará como el infinitivo beró y leerlo como un término absoluto, propuso que el lector añadiera un sustantivo virtual tras bereshit: una palabra no escrita tras la preposición «de», para que ese sustantivo funcione como el absoluto que nos faltaba en la cadena constructa. Anticipando una concepción posnewtoniana de física, Najmánides sugirió el término «tiempo» como el absoluto oculto. Por lo tanto, Najmánides entendería bereshit de la siguiente manera: En el principio de [el tiempo], Dios creó los cielos y la tierra. También Rashí contempló la posibilidad de concebir un absoluto virtual después de las palabras «en el principio de» y propuso que hakol (‘todo’) sea el absoluto ausente, y así el primer versículo se leería de esta manera: En el principio de [todo], Dios creó los cielos y la tierra[107]. No obstante, el mismo Rashí descartó esta hipótesis a favor de su primera explicación. De cualquier manera, pese a los argumentos de Rashí, y aunque es considerado el más reconocido de los comentaristas bíblicos, prácticamente todos los traductores de la Biblia —judíos y no judíos por igual— han mantenido durante siglos la lectura y traducción tradicional de este versículo, expresando el acto inicial de Creación, esto es, la creación de todo el universo, y no como introducción a la creación de la luz. El consenso ha sido considerar el primer versículo de la Torá como una oración independiente, y no como la cláusula adverbial de tiempo para la creación de la luz. «Durante alrededor de 2 200 años —desde la versión de la Torá de los setenta [la Septuaginta]— todas las traducciones oficiales de la Biblia han traducido bereshit bará Elohim como ‘en el principio Dios creó’[108]. Eso incluye nada menos que el Targum Onquelós, la primera traducción rabínica oficial[109], que también interpreta bereshit como lo hizo el rabino Nejemiá: bekadmin, ‘en el principio, Dios creó los cielos y la tierra’. Sin embargo, en nuestros días algunas traducciones contemporáneas de la Torá se han apartado de la interpretación tradicional del primer versículo. Por ejemplo, ArtScroll así lo hizo con el propósito expreso y declarado de presentar la Torá exclusivamente según la interpretación de Rashí[110]. Otra traducción al inglés moderna y popular, JPS, también se desvió de la interpretación tradicional, por consideraciones que no fueron de índole semántica, sino más bien ideológicas[111]. Supongo que la razón por la que todas las demás traducciones, a lo largo de los siglos, tradujeron el primer versículo como la narración de un acto de creación, es que habrán entendido que traducir este versículo siguiendo la interpretación de Rashí podría sugerir, involuntariamente[112], que la primera creación de Dios fue la luz. Y esto es muy problemático, dado que proponer la luz como la primera creación podrá dar lugar a pensar que los cielos y la tierra siempre estuvieron allí y no fueron creados. Aristóteles mismo habría estado orgulloso de esa traducción. Tal como Levenson lo explicó acertadamente: «La tradicional doctrina […] judía de la creación ex nihilo se encontrará en este capítulo [del Génesis] solo si uno traduce el primer versículo así: “En el principio, Dios creó el cielo y la tierra”, y se entiende que alude a algún acto amplio creativo en ese primer día»[113]. TE’AMIM: MÁS ALLÁ DE LA MÚSICA Creo que además hay otra razón gramatical muy sólida para explicar por qué, aunque esté escrita en estado constructo, no deberíamos pretender que la palabra bereshit esté conectada con la siguiente palabra, como en una cadena constructa. Y más bien bereshit debería percibirse como un caso excepcional de un estado constructo en aislamiento —o quizás como una cadena constructa reflexiva, también un caso excepcional—. Lo explicaremos. Al leer el texto bíblico hebreo original, uno notará que sobre —o debajo de — todas y prácticamente cada una de las palabras de la Biblia hebrea hay signos que no son vocales. Se denominan te’amim (plural de ta’am) o ‘acentos masoréticos’[114]. Aunque va más allá del alcance de estas páginas explicar de modo exhaustivo todas las funciones importantes de los te’amim, debemos saber que estos veintiséis signos son absolutamente indispensables a fin de comprender la sintaxis del texto bíblico. Los te’amim son los signos de puntuación hebreos que sirven para indicar el final de un versículo, la división de las oraciones bíblicas en mitades y la extensión y composición de unidades semánticas o cláusulas más pequeñas. Los veintiséis signos de los te’amim se dividen en dos categorías: reyes (melajim), y asistentes (mesharetim)[115]. Cada segmento textual en un versículo bíblico suele componerse de uno o dos de los te’amim asistentes y/o uno o dos de los de reyes. La función de los te’amim asistentes es introducir a los te’amim reyes, para indicar una relación entre esa palabra y la siguiente. Los te’amim reyes siempre marcan una pausa en el versículo, el final de una unidad semántica; señalarán sin ambigüedades que la palabra con un símbolo de te’amim reyes no está conectada directamente con la palabra siguiente. Algunos ejemplos del tipo de te’amim reyes son: 1) Sof-pasuk. Este ta’am indica el final de un versículo, un punto y aparte. Es la pausa más decisiva de la variedad de te’amim. 2) Atnaj. Señala una pausa y la división temática de un versículo,un punto y coma. 3) Tarjá. Transmite una breve pausa, similar a una coma en castellano. Ahora bien, la palabra bereshit posee el signo de tarjá debajo, un típico ta’am de la clase de reyes. Tal como hemos explicado, el tarjá señaliza una pausa, similar a la coma en castellano. Por lo tanto, si la palabra bereshit (‘en el principio’) aparece con una coma, descarta una relación semántica directa con la siguiente palabra (bará, ‘creó’). Para refrescar la memoria, bereshit por su estructura morfológica puede considerarse como el primer término de una cadena constructa. Sin embargo, ¡es imposible tener una cadena constructa con un ta’am de la categoría «reyes» que separe los dos términos de una cadena constructa! En inglés, por ejemplo, no puede haber un genitivo con una coma entre las dos palabras (Iosef’s, children o John’s, book). Una palabra en estado constructo normal necesitará de un ta’am del tipo asistente o un guion (makaf) para indicarle al lector que los dos (o más) términos de esta cadena constructa deben entenderse como una unidad semántica continua[116]. El hecho de que el ta’am debajo de la palabra bereshit sea un tarjá es una clara indicación de una pausa necesaria entre la primera palabra bereshit y la siguiente, bará. Nos vemos por lo tanto obligados a leer la primera palabra bíblica por separado, lo cual elimina la necesidad —o la posibilidad— de releer o reinterpretar la segunda palabra bará como beró, simplemente porque no puede construirse una cadena constructa sin la relación necesaria entre una palabra y la siguiente. Debido a los te’amim, entonces, una lectura basada en la teoría de la cadena constructa (‘En el principio de crear Dios’) no puede considerarse como el significado literal de la palabra bereshit. Más bien tiene que clasificarse dentro de la rúbrica de la interpretación no literal (derashá, en hebreo). ¿UN ESTADO CONSTRUCTO REFLEJO? Una vez descartada la teoría de estado constructo, podemos darnos cuenta de que bereshit es un caso excepcional —y hasta donde yo sé, único— ya que cuenta con solo uno de los componentes de una cadena constructa. ¿Cómo debemos entender, entonces, la primerísima palabra de la Torá, que por un lado está vocalizada como si estuviera conectada con la palabra siguiente, pero con te’amim que la mantienen separada de la palabra siguiente? Me gustaría ofrecer una explicación posible. ¿Y si esta combinación única de un término en estado constructo y una coma (tarjá) está señalando que en este caso la palabra en el estado constructo no debería conectarse con la siguiente palabra, sino más bien reflejarse en sí misma como si el estado constructo y el término absoluto en realidad fueran la misma palabra? Si así fuera, la palabra bereshit, ‘en el principio de’, se estaría reflejando a sí misma como un superlativo. Uno entonces debería leer bereshit como ‘en el principio… de principios’. En otras palabras, ‘en el principio más absoluto’[117]. Esta combinación sintáctica sería, hasta donde yo sé, única e incomparable. Pero no nos olvidemos de que el tema de discusión que se analiza también es único. La primera palabra de la Torá podría considerarse como una palabra sui géneris que expresa, de manera excepcional, la excepcional idea del principio «absoluto». La ruptura desde la inexistencia a la existencia. El principio del tiempo, del espacio, de la energía y de la materia. El punto inicial de la Creación que Dios generó. Una idea que va más allá de la comprensión humana. Es un estado constructo al cual no se le puede adherir ningún segundo término, porque todavía no hay nada más. Considero que esta explicación sería compatible con la traducción tradicional, y también resolvería el dilema de Rashí. RESUMEN Ahora presentaremos un resumen de las ideas principales del primer versículo de la Torá, cuando se entiende que este expresa el acto inicial de Creación, tal como lo explicó el rabino Nejemiá. El primer versículo anuncia el acto de creación más considerable e importante de todos. Según explicaremos más adelante, este es prácticamente también el único acto de creación ex nihilo que acontece en el relato bíblico. Lo analizaremos brevemente, palabra por palabra. Bereshit, ‘en el principio’ En el primer capítulo de esta sección comparamos los nuevos descubrimientos de la ciencia sobre el origen del universo con el relato bíblico de la Creación. Demostramos cómo la ciencia moderna acepta la noción de un universo no eterno. Sin embargo, el principio bíblico de la creación no solo consiste en que el universo tuvo un principio, sino también en que ha sido creado por Dios desde la nada. El hecho de que el universo no se creara por sí mismo sino que fue llevado a la existencia por Dios hace que sea imposible para nosotros analizar, comprender o aun identificar el proceso de su gestación. Cuando Dios le aclara a Job que un simple mortal no sería capaz de entender sus caminos en la administración de justicia, le ilustra sobre las limitaciones intelectuales del hombre señalando el proceso de Creación: «¿Dónde estabas tú cuando Yo establecí los cimientos de la tierra? Dímelo, si lo entiendes… ¿Quién ordenó sus medidas? ¿Quién extendió un eje a lo largo de ella? ¿Sobre qué se asientan sus bases, o quién puso su piedra fundamental?» (Job 38, 4-6). El acto inicial de la Creación, por el cual todo el universo fue llevado a la existencia, se describe con un verbo clave: bará (‘creó’). En el hebreo bíblico, el verbo «crear» (libró) se utiliza muy meticulosamente y en limitadas circunstancias. Llevar algo a la existencia desde la nada previa. La Torá le atribuye esta acción exclusivamente a Dios y jamás a un sujeto humano. La Creación ex nihilo es un proceso que ningún hombre ha presenciado y que va más allá del alcance de la comprensión humana. Es por esto que los Sabios consideraron los intentos de la cosmología —esto es, el análisis del origen del universo— como una aventura que derivaría en meras proyecciones de la imaginación humana y, no ha de sorprender, apartaría a la persona aún más de lo que el relato bíblico cuenta que realmente aconteció. Sin embargo, la Creación ex nihilo no fue el fin del proceso sino solo el comienzo. Hubo una segunda etapa creativa, que de acuerdo con la terminología utilizada por la Torá podríamos denominar asiá o ‘formación’. Hay dos etapas distintas: 1) Creación ex nihilo (o beriá), y 2) formación (asiá). Durante los seis días posteriores al acto inicial y hasta el establecimiento del Sabbat, Dios continuó recreando, dotando al planeta Tierra de un hábitat, y convirtiendo algunos elementos creados con anterioridad, tierra y agua, en organismos vivos. La mayoría de las actividades creativas detalladas en el primer capítulo del Génesis no pertenecen a la categoría de «Creación ex nihilo» sino más bien a la formación de las estructuras y los sistemas que son vitales para la existencia de la vida, al utilizar, modificar y aplicar los elementos originales creados ex nihilo. Desde el segundo versículo en adelante, el centro de atención de la Torá es el planeta Tierra, y ya no hay más Creación ex nihilo de la materia. Por lo tanto, el primer versículo de la Torá narra la creación de todo el universo y esto representa el principio y el fin de la Creación ex nihilo. De ahí su importancia cardinal. Bará, ‘creó’ En el segundo capítulo de este libro demostramos que la historia de la Creación bíblica, cuando se lee desde la óptica de la tradición rabínica, es completamente compatible con los descubrimientos modernos de la ciencia. Las principales diferencias que permanecen se deben a: 1) la concepción de la cosmología que el universo surgió por generación espontánea y evolucionó mediante leyes físicas uniformes, invariables y eternas, y 2) una comprensión insuficiente del texto bíblico. Ahora quisiera agregar otro elemento para ilustrar esta última afirmación. Una de las tantas preguntas que nos hacemos a la hora de analizar la importancia crucial del primer versículo se relaciona una vez más con la edad deluniverso. Esta vez no estamos refiriéndonos a la edad del universo desde el punto de vista de la ciencia en contraposición a la edad que la Torá fija. Más bien queremos descubrir estrictamente desde el punto de vista de la Torá lo siguiente: ¿cuántos años tiene el universo? En otras palabras, cuando decimos «5 776 años desde la creación del mundo», ¿a partir de qué momento estamos contando? ¿Es desde el primer versículo del Génesis? ¿O desde el quinto, cuando la Torá anuncia que se completó el primer día? ¿O es a partir de la creación del Sol en Gn 1, 16? ¿O tal vez desde la creación de Adam? Ya hemos sugerido que los seis días de la Creación bien podrían ser considerados en conjunto fuera del marco del tiempo normal y que quizás no deben ser contados como días normales, ya sea por el transcurso peculiar del tiempo o por la naturaleza del proceso de Creación. Ahora bien, sin importar si uno considera los seis días dentro de la cuenta de los 5 776 años o fuera de ellos, existe otro punto fundamental que considerar. El acto inicial de la Creación, aquel al que estamos haciendo referencia —el acto en el cual Dios trajo los cielos y la tierra a la existencia desde la nada, el acto que describe la segunda palabra de la Torá— al parecer ¡sucedió antes del primer día! Explicaré mejor este punto. ¿Cuándo comenzó el primer día? ¿Debemos considerar que el acto inicial de la Creación fue lo que inició los acontecimientos del primer día? Desde el punto de vista del texto la respuesta es sí. Ya que el primer versículo está escrito dentro del párrafo que trata sobre el primer día (Gn 1, 1-5). No hay indicación textual de una pausa entre el primer versículo (o incluso entre el primero y el segundo) y los demás referidos al primer día[118]. Sin embargo, de manera conceptual, el día — como unidad de tiempo— requiere algún referente astronómico. Un día bíblico se define en forma explícita por la luz. La aparición de la luz se menciona por primera vez en el tercer versículo. En el cuarto y el quinto, la luz y la oscuridad se separan y se establece la subsiguiente separación entre el día y la noche, por lo cual llegamos a la inauguración del día 1 (luz-oscuridad = día-noche = día 1). Si el día 1 se establece mediante la transición entre la luz y la oscuridad —día y noche, mañana y tarde— entonces no puede concebirse el comienzo del primer día de la Creación antes de que la luz entre en escena, a partir del versículo tercero. Por lo tanto, los cielos y la tierra claramente fueron creados antes de la creación de la luz, es decir, antes de que comenzara el día 1. Si esto es así —si la creación inicial de la Tierra y del resto del universo ocurrió antes de que comenzara el primer día—, entonces no hay nada que nos impida suponer que el primer acto de la Creación sucedió en un pasado indefinido, fuera del marco de tiempo de los seis días, de modo que las supuestas diferencias en cuanto a la edad del universo una vez más terminan siendo irrelevantes. Eloqim, ‘Dios Todopoderoso’ Eloqim, ‘Dios’, obviamente es la palabra más importante y el mensaje central de este versículo que afirma que Él, y nadie más que Él, creó el universo. Cuándo y cómo fue creado es de relativa importancia; el punto cardinal del judaísmo es que el mundo fue creado por Dios y no es eterno ni autogenerado. En la tradición sefardí, se denomina a Dios Boré Olam, ‘el Creador del mundo’. Desde el punto de vista bíblico, esta es la afirmación más básica acerca de Dios. En armonía con esta idea, me gustaría compartir con el lector una interpretación que considero brillante de la primera palabra de la Torá, bereshit, realizada por el comentarista y rabino italiano Moshé Jefetz (1663- 1711). En su obra Melejet Majashebet, el rabino Jefetz sugiere una interpretación no convencional de la palabra bereshit como en estado constructo y aislado. A diferencia de la lectura tradicional como una cláusula temporal para el primer versículo, él propuso leerlo como una introducción axiomática de toda la Torá. Desde su punto de vista, el primer y principal propósito de la Torá es explicar a sus lectores que el mundo tiene un Creador Supremo: el Dios de Israel, quien se reveló ante el pueblo de Israel en el monte Sinaí. Es Él, el Creador, el Soberano Supremo, Aquel a quien necesitamos para encontrar nuestra misión existencial, y la Torá es una guía para ello. El rabino Jefetz interpreta la palabra bereshit no como se hace normalmente, ‘en el principio’ (que implica cierta referencia a la linealidad temporal de la historia que sigue), sino como una premisa conceptual: una palabra que expone al lector de qué trata el libro. Por lo tanto, para el rabino Jefetz la palabra bereshit debe entenderse como ‘para empezar’. Partiendo de esta interpretación, el primer versículo dirá más o menos esto: «El lector de este libro debe saber “para empezar” que Dios es el Creador de los cielos y la tierra». Esta lectura del primer versículo es obviamente interpretativa (derashá) y no pretende en absoluto ser considerada como la explicación literal del primer versículo, ni siquiera por el mismo rabino Jefetz. Et hashamaim ve-et ha-aretz, ‘los cielos y la tierra’ Las palabras finales de nuestro versículo indican que en este acto inicial Dios creó los cielos y la tierra. Si shamaim incluye todo en el universo excepto la Tierra, tal como hemos expuesto, entonces el modismo et hashamaim ve-et ha-aretz, está diciendo que en este acto Dios lo creó todo — excepto la vida—. Y pese a que la vida en sí será creada en una etapa posterior, los ingredientes necesarios para las estructuras moleculares de los organismos vivos parecen ser parte de la creación de los cielos y la tierra. Las semillas de la vida, los elementos químicos básicos que se requieren en las funciones bioquímicas —carbono, hidrógeno, nitrógeno— probablemente fueron creados dentro del agua y dentro de la tierra, como se entiende de los versículos 20 y 24, donde Dios ordena al agua y a la tierra generar vida desde su interior. En la próxima sección, que analiza el segundo versículo de la Torá, seremos testigos del estado del planeta Tierra en el momento de su creación y las herramientas que el Creador utilizó a fin de dotarlo de vida. Versículo 2 Pero la Tierra estaba deshabitada y sin vida, y la oscuridad cubría la faz de los mares, y un viento divino soplaba sobre la faz de las aguas. GÉNESIS 1, 2 CAPÍTULO 4 EL INVENTARIO DE LA TIERRA Mientras el primer versículo del Génesis anuncia la creación de los cielos y la tierra por Dios Todopoderoso, el segundo versículo describe las condiciones del planeta Tierra inmediatamente después de su creación y antes de estar preparado para albergar la vida. Pero la Tierra estaba deshabitada y sin vida, y la oscuridad cubría la faz de los mares, y un viento divino soplaba sobre la faz de las aguas. Génesis 1, 2 presenta la respuesta a una simple pregunta: ¿cuál era el estado de la Tierra tras su creación inicial? La primera parte del versículo se centra principalmente en lo que el planeta Tierra no tenía. Relata los elementos que aún no poseía con palabras e imágenes comprensibles para aquellos que ya somos conscientes del estado actual de nuestro planeta. En la segunda parte, el versículo menciona dos componentes críticos de los cuales estaba dotado desde que fue creado. Finalmente, el Creador utilizaría estos dos elementos para modificar la Tierra y producir un planeta viviente. Si queremos tener un panorama claro del estado del planeta recién nacido y apreciar cuán preciso es el relato que la Torá proporciona sobre su evolución y adaptación, debemos hacer el esfuerzo de comprender el significado de todos y cada uno de los términos de este versículo. El segundo versículo de la Torá no es tan fácil de entender. Se ha explicado y traducido en una gran variedad de formas, tantas que veo necesario retraducirlo palabra por palabra. Su ubicación estratégica al principio mismo de la Torá hace que sea aún más importante entenderlo de manera apropiada para apreciarque a medida que se desarrolla el relato de la Creación, el Creador utilizará sistemáticamente los elementos que allí se mencionan para continuar el proceso creativo. En ocasiones, los versículos indican esto de manera bien explícita; en otras, resulta evidente solo después de una lectura más detenida. Asimismo, una traducción correcta del segundo versículo resultará crítica a la luz de las implicaciones teológicas que afectan a las cuestiones sensibles de la Creación ex nihilo, el antropomorfismo, el monoteísmo y otros principios básicos del credo judío. A fin de alcanzar nuestro primer objetivo, en este capítulo nos concentraremos en descubrir el peshat, el significado llano y convencional de cada término, y dejaremos de lado las interpretaciones alegóricas o esotéricas. Las siguientes fuentes nos ayudarán en esta tarea: 1. El Midrash: Los comentaristas judíos clásicos de la Torá y la autoridad superior en este tema son los Sabios de la Mishná y el Talmud (del siglo I al V). El Midrash (en plural Midrashim) también fue compuesto por ellos y con frecuencia estos textos fueron incluidos en el Talmud. Los Sabios no siempre llegaron a un consenso sobre el significado de un término bíblico. No obstante, aun en tales casos, uno puede discernir con facilidad entre la opinión de la minoría y la de la mayoría. Por supuesto, seguiré la de esta última. Otra cuestión crucial que necesitamos analizar es si el comentario de los Sabios sobre una palabra pretende ser una explicación del peshat (significado convencional) de esa palabra o una derasha (una exposición exegética, una interpretación, de la palabra hebrea). 2. El Targum Onquelós: La traducción aramea de la Torá, compuesta cerca del año 100, es probablemente la herramienta más importante a nuestra disposición en el campo de la semántica bíblica. Fue considerada la primera traducción judía oficial de la Biblia que los Sabios de la Mishná avalaron por completo[119]. El Targum refleja la sabiduría, la exégesis y la lectura formal de la Biblia en los tiempos rabínicos. Los Sabios consideraron el Targum como parte de la Torá oral, la explicación oficial del Pentateuco. Y establecieron la obligación de que cada miembro del pueblo judío leyera el Targum todas las semanas como una herramienta indispensable para comprender la porción semanal de la Torá[120]. 3. El contexto de las palabras: Una forma adicional y simple para buscar el significado de una expresión bíblica es encontrar el mismo término cuando es utilizado en otro lugar en la Torá o en el Tanaj. Si nos enfrentamos con una palabra o un término inusual y encontramos ese mismo término en un segundo contexto que presenta con más claridad esa palabra inusual, podemos suponer que ese segundo contexto arroje luz sobre el significado de ese mismo término en nuestro contexto. Esta técnica, encontrar el mismo término en un segundo contexto —en algunos casos mediante el uso de paralelismos bíblicos u oposiciones entre las palabras—, nos ayudará a iluminar y elucidar el significado de varios términos inusuales en nuestro texto. 4. Los comentarios clásicos: Por último, los comentarios clásicos de la Torá; Rashí, Eben Ezrá, RaDaQ, Maimónides y otros rabinos que han dilucidado la interpretación tradicional de la Torá sobre la base de las fuentes antes mencionadas y sus propios análisis lingüísticos también guiarán nuestra tarea. Mi misión será presentar aquellos comentarios y traducciones que transmitan el significado simple de las palabras y que se basan fundamentalmente en las consideraciones lingüísticas más que en las interpretaciones exegéticas o creativas. VEHA-ARETZ, ‘Y LA TIERRA’ Una lectura inteligente de la Torá exige que no solo advirtamos lo que esta dice sino también lo que calla. Con respecto a esto último, un lector atento se dará cuenta inmediatamente de la inconsistencia entre el primero y el segundo versículo de la Torá. Los cielos, cuya creación se narró en el primer versículo, fueron omitidos en el segundo. En él, la Torá centra su atención de forma exclusiva en el planeta Tierra, mientras que los cielos literalmente desaparecen de la escena bíblica. RaDaQ[121] explica que la Torá ya no hará referencia a los cielos —que en el contexto del versículo 1 significan la totalidad del universo excepto la Tierra— porque mediante el acto inicial de la Creación los cielos quedaron completos, terminados. El Creador no modificará ni mejorará estos cielos. Y si bien la formación del Sol, la Luna y las estrellas en el cuarto día tendrán lugar en el espacio extraterrestre, cualquier transformación a la que se han de someter será hecha exclusivamente en función del planeta Tierra. De manera que esas acciones creativas no modificaran los cielos per sé sino que pertenecerán al contexto de la tierra (el «cielo» visual)[122]. El rabino Morris J. Raphall (1798-1868), que fue el coautor de la primera traducción judía al inglés del Génesis junto con el rabino David Aron de Sola (1796-1860)[123], encontró que esta idea estaba expresada con claridad en el mismísimo comienzo del versículo 2. El rabino Raphall no traduce el versículo de la manera tradicional: «Y la tierra estaba», sino que tradujo la primera palabra del segundo versículo de forma distinta: «Pero la tierra estaba». El rabino Raphall, quien ostentaba un doctorado en Lenguas semíticas, explicó en su breve comentario sobre la Torá que la razón de esta variable se debe no solo a una consideración semántica o temática, sino también a los te’amim. Así, dice Raphall: «El signo rabía’ que aparece sobre esta palabra indica que la vav prefijada a esta no es conjuntiva; por lo tanto, debe interpretarse como ‘pero’ y no como ‘y’». Conforme a la tradición de los grandes gramáticos hebreos, Raphall entendió que los te’amim afectan al campo semántico de una palabra[124]. De acuerdo con RaDaQ y Raphall, debemos interpretar estos dos versículos de la siguiente manera: En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. Excepto que la tierra a diferencia de los cielos estaba aún incompleta [desolada / deshabitada]. Los cielos —aproximadamente 200 000 millones de galaxias, lo que se denomina en el lenguaje de los Sabios del Talmud tzeba hashamaim, o ‘el ejército de los cielos’»[125]— fueron completados y finalizados durante el primer acto de Creación que se relató en el versículo 1. El planeta Tierra, por otro lado, es todavía una obra en proceso. La percepción de RaDaQ acerca de que la Torá abandona para siempre el tema de lo que ocurre en los cielos (para ser más precisos, lo que pasa fuera del sistema solar) corrobora una de las premisas de libro: que la Torá no tiene la intención de describir la cosmología en general o explicarnos las leyes físicas del acto inicial de la Creación —cómo fue el Big-Bang de acuerdo con la Biblia—. «Los cielos son los cielos de Dios; es la tierra lo que [Él] le dio al hombre», dijo el salmista[126]. La Torá no parece considerar necesario proporcionarle al lector información adicional sobre lo que sucedió fuera de la cercanía inmediata de la Tierra. La Torá fue escrita para los seres humanos y, como tal, nos facilita el contexto para entender quiénes somos, qué somos y cuál es nuestro lugar en la Creación de Dios. De ahora en adelante será nuestro planeta y su adaptación a la vida los aspectos que ocuparán el centro del escenario bíblico. HAIETÁ, ‘ESTABA’ Como indicamos con anterioridad, el segundo versículo de la Torá nos informa cuál era el estado del planeta Tierra después del acto inicial de la Creación descrito en Génesis 1, 1 —y no presenta ningún nuevo acto de creación—. Esto puede inferirse, formalmente, del tiempo verbal utilizado en el verbo al principio: la frase veha-aretz haietá, ‘la tierra estaba’, está escrita en pretérito pluscuamperfecto (algo que, en el pasado, cuando los hechos se están desarrollando, ya era una realidad). Esta forma verbal parece confirmar nuestra hipótesis, ahora desde un punto de vista lingüístico, sobre que la creación de los cielos y la tierra fue separadade los acontecimientos del día 1, y en realidad los precedió. La Torá está narrando el estado de las cosas en un determinado momento en el pasado (a saber, justo después del acto inicial de la Creación), de ahí que prepara el terreno para más acontecimientos y eventos creativos que comenzarán a desarrollarse en el versículo 3 y más adelante. En hebreo, el pretérito simple (por ejemplo bará, en el primer versículo) y el perfecto se expresan con la misma forma verbal: ajal. Sin embargo, tal como señaló el rabino Samuel David Luzzato (1800-1865)[127], algunas formas del pretérito pluscuamperfecto pueden expresarse en hebreo ubicando al sujeto antes del verbo. Aquí, veha-aretz haietá, donde primero viene el sujeto y luego el verbo, debe leerse ‘y la Tierra había estado en ese momento’ —a saber, en el momento en que fue creada—. Génesis 1, 1-2, en ese sentido, no están relacionados con el principio del día 1 (Gn 1, 3). El uso de este pretérito pluscuamperfecto «denota un acontecimiento que tuvo lugar antes de que la trama principal estuviera en proceso»[128]. TOHU VABOHU… Ya inmersos en la narrativa del segundo versículo, la Torá nos ofrece una lista, una especie de inventario, de los elementos con los que la Tierra estaba equipada en el momento de su creación, y antes de que se convirtiera en el lugar habitable con el que estamos familiarizados. El texto describe el estado del planeta, y su preparación, o la falta de ella para alcanzar su objetivo máximo: ofrecer habitabilidad a las criaturas con vida. Las primeras palabras que la Torá emplea para ello son tohu vabohu. ¿Qué es tohu vabohu? A juzgar por la diversidad de interpretaciones dadas y de la exégesis profusa, estas dos palabras hebreas han desconcertado a los comentaristas y traductores bíblicos durante siglos. Comenzaré con su análisis explicando cómo entendieron tohu vabohu los traductores y comentaristas no judíos. La mayoría de las traducciones no judías han interpretado tohu vabohu como ‘caos’, ‘sin forma’, ‘desordenado’, ‘desaprovechado’, ‘confusión’, por mencionar tan solo algunos ejemplos. Estas traducciones transmiten la idea de que Dios creó el planeta en un estado de caos y desorden. Esta es una noción extrañamente similar al modo en que los griegos consideraban que se veía el universo al principio. «En la antigua mitología griega, “caos” era el vacío primitivo del universo antes de que las cosas llegaran a ser lo que son. En las teorías cosmológicas posteriores, el caos por lo general designaba el estado original de las cosas cuando fueron concebidas»[129]. Al parecer, estas palabras poco comunes, tohu vabohu, permitieron a ciertos traductores oportunistas insertar la idea griega, el concepto del caos primitivo, en la Torá. El siguiente texto ilustra lo que la mayoría de los comentarios no judíos escribieron sobre tohu vabohu. La Tierra estaba sin forma y era nula —los términos originales tohu y bohu, que traducimos por ‘sin forma’ y ‘nula’, son de etimología incierta; pero en este lugar, y en cualquier otro en donde se utilicen, transmiten la idea de confusión y desorden—. A partir de estos términos es probable que los antiguos sirios y egipcios tomaran prestados a sus dioses, Theuth y Bau [que reinaban en el caos], y los griegos a su Caos[130]. Dios parece como que al comienzo creó los principios elementales de todas las cosas; y de esto formó la gran masa de materia, que en este estado debe estar desarticulada, o sin ninguna distinción de sus partes: una vasta colección de materiales indescriptiblemente confusos, de entidades sin nombre extrañamente mezcladas[131]. Irónicamente, el supuesto «caos» bíblico —un invento de los traductores— se utiliza en el texto mencionado para demostrar el intercambio de ideas mitológicas, en este caso el caos primitivo, entre la Biblia hebrea y los antiguos mitos de la cosmogonía, en particular los paralelismos llamativos entre el Génesis y el mito babilonio de la creación, enuma elish[132]. Sin embargo, la idea de caos primitivo va en contra del punto de vista judío de la Creación ex nihilo. Un planeta caótico es el escenario platónico perfecto, en el cual Dios no crea el universo en estado maduro y funcional, sino como una «materia sin forma»; es decir, la materia en estado de caos. Como veremos a continuación, los griegos describieron un universo primitivo caótico, y el dios «creador» de los griegos era un organizador de la materia, que fue creada en el comienzo como un pandemonio. La Torá, por otra parte, no describe «caos», sino un planeta ordenado pero que aún no estaba preparado para la vida. La creación de la luz, el sistema climático, la atmósfera, el surgimiento de la tierra firme, etcétera, no pretenden ser etapas que superan el caos primitivo, sino que permiten la existencia de organismos vivos. Como veremos a continuación, la mayoría de los comentarios clásicos judíos —y el texto bíblico en sí— confirman que las palabras tohu vabohu connotan una idea distinta a la de «caos primitivo». El Targum Onquelós, escrito hace más de 1 900 años, definió tohu vabohu como ‘desolado y vacío’ (tzadia verekania). La palabra aramea tsada o tsadi significa ‘desolado’, ‘despoblado’, ‘deshabitado’[133]. La segunda palabra aramea, rekania, como rek en hebreo, quiere decir ‘vacío’. Para el Targum, en las palabras tohu vabohu no está implícito ningún tipo de caos primitivo. La Tierra desolada y vacía no indica absolutamente nada que pueda asociarse a «una vasta colección de materiales indescriptiblemente confusos, de entidades sin nombre extrañamente mezcladas». De acuerdo con el Targum Onquelós, tohu vabohu no está aludiendo a un desorden químico o físico del planeta. Lo que el texto está diciendo, simplemente, es que el planeta Tierra —creado para florecer con vida— todavía, en esta etapa inicial, está sin vida. En otras palabras, lo que me dice tohu vabohu es que la vida no vino incluida en el inventario original de la Tierra. Y que en ese momento, el planeta ya está formado como tal, pero aún está desierto y despoblado, no preparado para albergar la vida. Una segunda traducción al arameo, denominada tradicionalmente como Targum Yonatán Ben Uziel, amplía la interpretación del Targum Onquelós y nos presenta un mayor detalle sobre el significado de estas dos palabras. El Targum Yonatán traduce tohu vabohu indicando que la Tierra estaba «desolada de gente y vacía de animales». No es caos, sino desolación biológica y ausencia de vida. Ni los humanos ni los animales habitaban la Tierra en el momento de su origen. Un análisis más detallado, explorando el significado de estas mismas palabras en otro lugar de la Biblia, revela una y otra vez que tohu vabohu expresan ‘desolación’ y ‘soledad’, en lugar de ‘caos’, ‘falta de forma’, ‘desecho’, o ‘confusión’. En el libro de Yesha’ayahu (45, 18), el término tohu define un lugar desolado y deshabitado. En un pasaje en particular, el profeta describe a Dios como el Creador Supremo del universo. En un punto el texto establece: «[Dios] no creó el mundo para estar tohu [‘desolado’] sino lashebet ietzarah [‘para que esté poblado, Él lo creó’]»[134]. La oposición sintagmática de tohu con lashebet (‘poblado’) no deja lugar a dudas sobre el significado de la primera palabra. Tohu significa ‘despoblado’. Como si estuviese transmitiendo el concepto literario moderno del flashback (también conocido por el término «analepsis»), los primeros versículos del segundo capítulo de Génesis en realidad están ampliando, y relatando con mayor detalle, los mismos acontecimientos que fueron narrados en el primer capítulo. El versículo 4 del segundo capítulo del Génesis dice: «Esta es la historia de los cielos y la tierra cuando fueron creados, en el día que Dios hizo la tierra y los cielos», y es paralelo a Génesis 1, 1. El siguiente versículo (Gn 2, 5) parafrasea el contenido de Génesis 1, 2, e informa de la ausencia de vida en nuestro planeta: «Cuando toda planta del campo todavía no estaba en la tierra, y toda hierba del campo todavía no había brotado,porque HaShem Dios no había hecho llover sobre la tierra; ni todavía existía el hombre para trabajarla». Para mí, este versículo podría considerarse en su totalidad como la explicación de las palabras tohu vabohu —la falta de vida absoluta que reinaba en la Tierra cuando fue creada—. No había plantas, ni lluvia, ni animales, ni humanos. Para parafrasear estas dos palabras y explicarlas la Torá utiliza todo un versículo entero: Génesis 2, 5. A diferencia de las interpretaciones populares, ‘caos’, ‘sin forma’, ‘nula’, etcétera, la noción de ‘desierta y desolada’ indica las condiciones biológicas o demográficas del planeta. Si alguien dijera tohu vabohu sobre el planeta Marte, posiblemente sería un biólogo y se estaría refiriendo a la ausencia de vida en el planeta rojo. Un químico o un físico no utilizarían los términos tohu vabohu ya que probablemente estarían más interesados en la mineralogía de Marte, su paisaje caótico o su clima inestable. En conclusión, tohu vabohu no significa que el planeta Tierra fue creado en un estado de caos y confusión, sino que no existía ningún tipo de vida en él. RaDaQ lo resumió explícitamente: «Y la Tierra, en el principio de su creación, no estaba terminada sino tohu vabohu, es decir, desolada de toda criatura viviente, porque [la Tierra] estaba completamente cubierta de agua»[135]. Según indicó RaDaQ, el planeta Tierra todavía debía sufrir un proceso de adaptación drástica durante los siguientes cuatro días, antes de estar finalmente listo para albergar a las criaturas vivas (nefesh jaia). El máximo potencial de la Tierra se alcanzará solo cuando el planeta esté equipado para hospedar vida inteligente, lo que efectivamente sucederá justo al final del sexto día, con el que culmina el proceso de la Creación. Con respecto a esto, podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿por qué el planeta Tierra fue creado tohu vabohu, sin vida? ¿Por qué Dios, en lugar de ello, no creó un planeta floreciente de vida desde su origen? Quizás porque la Torá quiso transmitir que la vida no se generó de manera «natural» a través de los elementos que Dios creó durante el acto inicial de Creación. Dios no creó un mecanismo autosuficiente y carente de voluntad conocido como «Naturaleza», que con el tiempo produciría y sustentaría vida de forma espontánea como dicen los evolucionistas. La vida fue diseñada, confeccionada y producida de manera gradual por la voluntad del Creador: «La sustancia de todas las cosas, y sus propiedades, y las leyes que regulan y determinan sus actividades, fueron creadas por Dios a partir de su libre albedrío. Él pudo haber creado el universo de otra manera; y, por consiguiente, Él podría cambiar [estas leyes], si así lo deseara. No existe necesariamente un orden inherente en el cosmos. El concepto de Naturaleza como un sistema independiente es profano para el judaísmo»[136]. Los siguientes dos términos que analizaremos a continuación, joshej, ‘oscuridad’, y tehom, ‘aguas profundas’, ampliarán el significado de tohu vabohu —la ausencia de vida en nuestro planeta—. Con una fascinante dinámica textual, el segundo par de palabras modificará de manera muy sutil al primer par. Tohu vabohu se redefinirá y pasará de ‘deshabitado’ a ‘inhabitable’, y de ‘desolado’ a ‘inhóspito’. VEJOSHEJ, ‘Y LA OSCURIDAD’ El término joshej normalmente se entiende por ausencia de luz. Tanto en Génesis 1, 4 («Y vio Dios que la luz era buena; y Dios separó entre la luz y la oscuridad») como en Génesis 1, 5 («Y Dios llamó a la luz Día, y a la oscuridad llamó Noche»), la oscuridad se presenta en una clara contraposición a la luz. En el contexto de los versículos cuarto y quinto, todos los comentarios bíblicos concuerdan en que la oscuridad significa en ese contexto ‘ausencia de luz’. No obstante, no hay un consenso entre los Sabios sobre la naturaleza de la oscuridad que se menciona en nuestro versículo (Gn 1, 2)[137]. El rabino Saadia Gaon (882-942)[138] y otros comentaristas sostuvieron que la oscuridad en el segundo versículo también debe entenderse como ‘ausencia de luz’. Para ellos, esa oscuridad es la misma que en Génesis 1, 4, cuando Dios la distinguió de la «luz» y la llamó «noche». De acuerdo con la opinión de Saadia Gaon, la diferencia entre la creación de la oscuridad y la creación de la luz es que la Torá no narró la creación de la oscuridad como un acto aparte de la Creación, a diferencia de lo que hizo con la luz. La mayoría de los comentarios bíblicos y Midrashim no está de acuerdo con esta postura. La oscuridad en Génesis 1, 2 no puede estar refiriéndose a la ausencia de luz, porque la luz todavía no había sido creada. En la famosa metáfora de la cueva oscura de Platón, aquellos hombres que han vivido siempre en la oscuridad no pueden percibir la oscuridad como tal, a menos que primero sepan qué es la luz. Del mismo modo, los comentaristas bíblicos razonaron que la oscuridad, como ausencia de luz, no tendría sentido antes de que la luz fuese creada. Estos Sabios explican que aunque la Torá utiliza la palabra «oscuridad» en el segundo versículo, el texto bíblico está refiriéndose a algo de una naturaleza totalmente distinta a la oscuridad en los versículos cuarto y quinto. Antes de que continúe elucidando el concepto de la oscuridad en Génesis 1, 2, permítanme explicar un principio muy importante, con frecuencia ignorado en la exégesis bíblica[139], que es absolutamente crítico para entender la discusión sobre la oscuridad y, en general, para darse cuenta de la complejidad del relato de la Creación. En su obra Guía de perplejos, Maimónides escribió extensamente sobre el amplio uso que hace la Torá de los homónimos[140]. Los homónimos son palabras que, teniendo la misma pronunciación, expresan significados diferentes. Maimónides establece que la primera razón por la que él escribió ese libro fue para explicar este fenómeno y clarificar los homónimos bíblicos[141] de acuerdo a los diferentes contextos. Los homónimos son muy comunes a lo largo del Tanaj, y son sumamente predominantes en la historia de la Creación. Algunos ejemplos: 1. En Génesis 1, 1 el término «cielos» (shamaim) —en contraposición a la Tierra— claramente quiere decir ‘todo en el universo, excepto la Tierra’. Sin embargo, en Génesis 1, 8 la misma palabra «cielos» significa una entidad recién creada, la atmósfera de la Tierra, el cielo visible donde flotan las nubes. 2. En Génesis 1, 1, «tierra» (eretz) significa el planeta Tierra, mientras que en Génesis 1, 10 significa la ‘tierra firme’ o la ‘tierra continental’. En Génesis 11, 1 «tierra» significa ‘mundo’: hombres, humanidad, civilización. Dentro del mismo campo semántico, a veces tierra / eretz quiere decir ‘suelo’ o ‘barro’[142], otras veces, ‘porción de un terreno’, ‘propiedad’[143], y la mayoría de las veces en la Biblia hebrea quiere decir ‘lugar’, ‘país’ o ‘la Tierra de Israel’. 3. En Génesis 1, 1, el término Elohim significa ‘Dios Todopoderoso’, y en el siguiente versículo, como explicaremos más adelante, también puede querer decir ‘poderoso’, ‘fuerte’. En otra parte, elohim también significa ‘jueces’, ‘tribunal’, ‘profetas’, ‘ángeles’, ‘hombres poderosos’ o ‘ídolos’. 4. La palabra yom (‘día’) quizá sea el término más polisémico del relato de la Creación. En Génesis 1, 5 yom aparece dos veces. La primera vez significa ‘mañana’, en oposición a ‘noche’. La segunda vez indica con claridad el continuo del día-noche: un ‘día entero’. En Génesis 2, 4 yom no quiere decir ‘día’, ‘luz del día’ o ‘día solar’, sino más bien significa un período indefinido, que consiste en una serie de muchos días (o por lo menos seis días). ¡En un contexto distinto significa ‘noche’! Tal como destacó el rabino Menasseh ben Israel: en Números 8, 17 («En el día que maté a los primogénitos»), la palabra ‘día’ en realidad quiere decir ‘medianoche’[144]. El carácter esotérico del relato de la creación (ma’asé bereshit) —y por qué necesitamos de una tradición para lograr comprender algo del mismo— puede atribuirse más a la profusión de sus homónimos que a la oscuridadde sus términos. Regresemos al tema de la oscuridad. Dada la abundancia de homónimos en la narrativa de la Creación[145], no nos debe sorprender que la mayoría de los comentaristas perciba que la oscuridad en el segundo versículo es de una naturaleza distinta a la de la oscuridad en los versículos cuarto y quinto. Existe otra razón por la que los Sabios consideraron que la oscuridad en Génesis 1, 2 no debe entenderse como la mera ausencia de la luz. El profeta Yesha’ayahu dijo que Dios «creó» la oscuridad: [Dios es] «el Hacedor de la luz y el Creador de la oscuridad» (Yesha’ayahu 45, 7). Esto implica que la oscuridad se creó al igual que la luz, que fue creada (o formada) en una segunda etapa independiente, y no como parte del acto inicial de la Creación que se detalló en el primer versículo. Es más, el orden en el que estas dos creaciones se presentan en Yesha’ayahu, primero la luz y después la oscuridad, nos debe dar a entender que la oscuridad de los versículos cuarto y quinto no es simplemente el estado inherente de una realidad anterior a la luz, sino una creación independiente, posterior a la luz. Los Sabios no estimaron sensato que la mera ausencia de luz, antes de que esta fuera llevada a la existencia, fuese denominada técnicamente por el versículo de Yesha’ayahu una «creación»[146], o que los términos de este versículo fueran invertidos, y se indique que la oscuridad precedió a la luz. Entonces, si la oscuridad del versículo segundo no es la simple ausencia de luz, porque la luz aún no había sido creada, ¿cuál era la naturaleza de esa «oscuridad primitiva»? (Por razones prácticas y para explicar estas últimas opiniones, de aquí en adelante nos referiremos a la oscuridad de Génesis 1, 2 como «oscuridad primitiva»). Dos principales opiniones definieron esa oscuridad: 1. Maimónides interpretó el versículo segundo como un listado de las cuatro formas básicas de la materia, según la física de Aristóteles: Tierra, Agua, Aire y Fuego. Según su opinión, la Tierra está representada por el tehom, el ‘fondo’ o la ‘superficie del planeta’. El Agua, maim, se menciona en forma explícita al final del versículo. El Aire es el ruaj (‘viento’), y el Fuego es… ¡joshej! (‘oscuridad’). Maimónides entendió el término «oscuridad» no como un elemento oscuro sino más bien invisible[147]. Anticipándose a la ciencia moderna —o a la ciencia posmoderna—, Maimónides identificó la oscuridad como el fuego primitivo (esh iesodit), un fuego invisible, o como explicó el rabino Menajem Kasher en Torá Shelemá, una forma invisible de energía[148]. 2. La mayoría de los Sabios, sin embargo, identificó la oscuridad primitiva con una sustancia densa que podría impedir la penetración de la luz pero no necesariamente está relacionada con ella[149]. La amplia mayoría de los comentaristas indicó que esa oscuridad primitiva habrá consistido en una sustancia similar a una niebla espesa —edim abim memiim (‘vapores acuosos [oscuros]’)— y la compararon con la novena plaga, también denominada joshej, que Dios llevó sobre Egipto antes de que aconteciera el Éxodo[150]. Allí la Torá nos informa que debido a esta oscuridad «nadie podía reconocer a su prójimo, y ninguno se podía levantar en Egipto durante tres días»[151]. Najmánides razonó que si esta oscuridad hubiera sido meramente la ausencia de luz —como un gran eclipse o cualquier otro fenómeno natural que impidiera la luz del Sol— los egipcios podrían haber utilizado velas, antorchas o fuego para iluminar sus hogares y continuar normalmente con sus vidas, como lo hacían durante la noche normal. Sin embargo, la Torá nos dice que esta oscuridad que cayó sobre Egipto literalmente paralizó la vida de los egipcios durante tres días consecutivos. Por lo tanto, Najmánides concluyó que la novena plaga no fue tan solo la ausencia de luz. La tierra de Egipto estuvo envuelta en una sustancia oscura que, además de impedir que la luz atravesara, también «extinguía el fuego, parecido a lo que sucede en las cuevas profundas o a lo alto en las montañas»[152]. Sobre la base de los comentarios de Najmánides, la oscuridad primitiva mencionada en el versículo segundo puede estar refiriéndose a la atmósfera de la Tierra en su estado embrionario —una atmósfera primitiva oscura y tóxica—. Veremos aquí cómo la ciencia nos puede ayudar a entender mejor este versículo de la Torá. Los científicos explican que la antigua atmósfera de la Tierra consistía en una capa gruesa y densa de gases que cubrían nuestro planeta, con una muy baja presencia de oxígeno. De ese mismo modo los científicos describen la atmósfera del planeta Venus: un manto de dióxido de carbono y nubes gruesas de ácido sulfúrico, cloro y flúor. Es razonable suponer entonces que el planeta Tierra, antes de que apareciera la luz y antes de que Dios creara nuestra atmósfera en el segundo día, estaba cubierto de una atmósfera oscura primitiva. Lo que significa que la Tierra no solo pudo haber sido un planeta oscuro, sino también un planeta con una atmósfera hostil para la vida. Muy similar a Venus. Una sustancia oscura y tóxica para la vida haría que la Tierra fuera, en este período, un lugar inapropiado para la vida. Lo cual nos reconecta con tohu vabohu. Si la idea de tohu vabohu expresa que el planeta Tierra estaba deshabitado y sin vida, joshej, ‘oscuridad’, ahora aclara la razón de la desolación: en este momento la Tierra es todavía inhabitable, carece de la atmósfera básica que requiere la vida. Teniendo en cuenta esta interpretación de la oscuridad primitiva, ahora entendemos por qué inmediatamente al siguiente día, el segundo de la Creación, el Creador diseñó el rakía, el ‘cielo claro’, o la atmósfera definitiva de la Tierra, que desplazó al joshej, a la atmósfera oscura y tóxica, llevando así a nuestro planeta un poco más cerca de su condición actual. Ahora procederemos a la siguiente palabra, tehom, que nos ayudará a apreciar mejor la esencia de la oscuridad primitiva. «SOBRE LA FAZ DEL TEHOM» Tehom quizá es la palabra más difícil de traducir en el segundo versículo de la Torá. No podemos utilizar el Targum Onquelós, dado que solo nos ofrece la transliteración de tehom al arameo tehoma, lo cual no contribuye al sentido semántico. En este caso nos quedamos sin la guía invaluable del Targum. Los comentarios clásicos, en su gran mayoría, no han indagado en el significado de esta palabra como lo han hecho con otros términos como tohu vabohu, ‘oscuridad’. La mayoría de las traducciones interpretaron tehom casi de manera mecánica, como ‘profundidades’, ‘abismos’ o ‘fondo del mar’. Según la metodología que presenté anteriormente, nos queda la tarea de comparar otros textos donde esta palabra se encuentra en las Escrituras hebreas, un total de treinta y seis casos, para arrojar luz sobre el significado de tehom en Génesis 1, 2. Tal como el lector verá, incluso después de ese minucioso análisis, los resultados no serán inequívocos. En la Torá, los cinco libros de Moisés, la palabra tehom aparece seis veces más. Veamos. El Diluvio: La primera vez que la palabra tehom aparece en la Torá, después del segundo versículo, es también en el Génesis, en el relato del Diluvio, donde la encontramos dos veces: «En el mes segundo, a los diecisiete días del mes, todas las fuentes del gran tehom se partieron, y las compuertas de los cielos se abrieron» (Gn 7, 11). El Diluvio no fue solo una tormenta masiva que duró cuarenta días consecutivos. La Torá nos indica en forma explícita que la lluvia fue la causa secundaria. La primera fue la apertura de «todas las fuentes del gran tehom»: el agua, o alguna otra especie de fluido (el texto no menciona ningún líquido específico), que provenía desde debajo de la tierra en cantidades enormes. Según las palabras originales del rabino David Aron de Sola, la Torá aquí está describiendo una «erupción volcánica que abrió las fuentes subterráneas y provocó la crecida de los mares»[153]. Las fuentes del gran tehom se cerraron de nuevo al final del Diluvio (Gn 8, 2). En ese contexto, tehom parece indicarun líquido, o su fuente, que proviene de debajo de la tierra, a saber, fuentes termales, o hasta movimientos sísmicos submarinos, que se abrieron y luego se cerraron, y así permitieron que el agua u otra especie de líquido (¿magma?) surgiera hacia la superficie de la tierra y «causara la crecida de los mares». De acuerdo con esto, tehom en Génesis 1, 2 estaría describiendo agua u otro líquido que surge desde debajo de la tierra o debajo del mar. El mar Rojo: La palabra tehom también aparece dos veces en la descripción de las olas del mar Rojo. Cuando la Torá detalla la apertura del mar Rojo (o mejor dicho, el mar de los Juncos) y la formación de dos columnas de agua, el texto cuenta: «Los tehomot se paralizaron [literalmente, se congelaron] en el corazón del mar» (Éxodo 15, 8). Los tehomot (presuntamente, ‘las olas’)[154] quedaron quietos, erectos, como dos columnas de agua sobre o desde el fondo marino, para permitirle al pueblo judío cruzar el mar[155]. Más tarde, los tehomot cubrieron a los soldados del Faraón, quienes murieron ahogados en las profundidades del mar. Aquí, tehomot pudo haberse traducido por ‘profundidades’, excepto que ‘profundidades del mar’ está expresado en este mismo texto con el término leb-yam (Ex 15, 6) —literalmente, ‘el corazón del mar’— o metzolot (Ex 15, 8) —‘la parte más profunda del mar’—, y no mediante tehomot. Al parecer, tehomot significa aquí ‘las ondas del mar que provienen de las profundidades’ o ‘las aguas del mar en movimiento’. En este texto, tehom no puede identificarse con el ‘agua subterránea’ como en el caso anterior. Rashí in situ establece que la palabra tehom es sinónimo de ‘mar’. La Tierra de Israel: Tehom también aparece dos veces en Deuteronomio, cuando Moisés describe la Tierra de Israel, bendecida por Dios, que posee manantiales o fuentes naturales de agua dulce subterránea (Dt 8, 7)[156], y en particular en el territorio de Yosef (Dt 33, 13). En este caso, no podemos traducir tehom por cualquier cosa que esté relacionada con el mar. El texto describe con claridad fuentes de agua dulce, ubicadas debajo de la tierra, y no debajo del mar. El punto en común en todos estos casos es que tehom y tehomot parecen indicar agua, dulce o de mar, o cualquier otro líquido, que va en ascenso desde el lecho marino, el fondo del mar o fuentes subterráneas. En otras partes del Tanaj, el tehom produce ruidos o voces[157], probablemente cuando las fuentes del tehom se abren y se activan. En su mayor parte, y según lo expresado por Rashí en el libro del Éxodo, en el resto de las Escrituras hebreas tehom se emplea como sinónimo de ‘mar’[158]. La definición de tehom no solo es importante por sí misma, sino que también es crucial para entender más claramente la oscuridad primitiva en Génesis 1, 2. El versículo establece que «[había] oscuridad sobre la faz del tehom». ¿Eso significa que la oscuridad cubría el mar sobre la superficie de la tierra, o que la oscuridad cubría la superficie del lecho marino, como sugieren la traducción ‘abismo’ o ‘fondo del mar’? A la luz de la complejidad del término tehom, presentaré ahora tres explicaciones posibles. En cada una de ellas debemos tomar en cuenta, además del significado específico de la palabra tehom, la relación textual entre tehom y oscuridad, como así también el uso del sintagma preposicional al pené, ‘sobre la faz de’, que antecede a tehom. 1. De acuerdo con la interpretación tradicional de tehom, ‘profundidades del mar’, ‘suelo marino’ (la interpretación de Najmánides, ‘barro del mar’), ‘abismos’ o ‘formaciones irregulares sobre el lecho marino’, Génesis 1, 2 está diciendo que la oscuridad primitiva también predominaba debajo del mar y cubría la superficie del lecho marino. Por lo tanto, la expresión «oscuridad sobre el abismo» puede estar ampliando el significado de tohu vabohu, al decir que la falta de vida era el estado de la superficie de la Tierra y también del mar, desde el fondo hasta la superficie. 2. Una segunda posible forma de entender tehom resultaría del uso más general que esta palabra tiene en las Escrituras hebreas, en especial en el episodio del mar Rojo, ‘las olas del mar’ o, por extensión, ‘el comportamiento dinámico de la superficie del mar’. La interpretación de tehom como ‘superficie del mar’ en Génesis 1, 2 está respaldada por un paralelo textual en el libro de Proverbios, en donde tehom otra vez se encuentra antecedido por la preposición al pené, ‘sobre la faz de’ (al pené tehom). «Cuando Él estableció los cielos… cuando Él trazó un círculo sobre la faz del tehom» (Proverbios 8, 27). Da’at Mikrá explica que este versículo, que relaciona «cielos» con tehom, alude al lugar preciso en el que los cielos y el tehom se conectan; es decir, el horizonte. El sustantivo panim (pené es el estado constructo) se utiliza, sin excepción, para indicar algo externo, superficial, visible; no es algo que yace debajo de varios miles de millones de toneladas de agua de mar, como la profundidad de los océanos o el lecho marino. Entendido de esta manera, aun si tehom a veces sirve para indicar algo submarino, la expresión al pené tehom, ‘sobre la faz del tehom’, en su totalidad, no indicaría la profundidad del lecho marino, y más bien debe entenderse como ‘la superficie del mar’. También, por supuesto, porque la superficie es el único punto de contacto posible entre los cielos y el mar. El sintagma preposicional al pené —‘sobre la faz’— señala inequívocamente que tehom no está aludiendo a un lugar debajo del mar, sino en su superficie. Si tehom señala la superficie del mar, entonces la ‘oscuridad primitiva’ (joshej) puede estar indicando la densa atmósfera que envolvía al planeta Tierra en ese estado primitivo. 3. Sobre la base de la narrativa del Diluvio, e interpretando tehom como una especie de salida subterránea de la tierra —los suelos dinámicos que se abrieron, se cerraron y produjeron ruido y cantidades enormes de líquido—, sería también posible identificar tehom en Génesis 1, 2 con la actividad geológica que los científicos han denominado «desgasificación de la corteza terrestre». En los estados iniciales de la formación de nuestro planeta, toda clase de líquidos, vapores, gases y cenizas surgían de las grietas marinas, placas tectónicas u otras fracturas de la corteza terrestre. Las cenizas volcánicas, el humo y otros gases provenientes de debajo de la tierra, que estaban cubriendo la faz de los mares, encajaría a la perfección con la descripción de la oscuridad primitiva, es decir, una sustancia oscura y gruesa que envuelve toda la superficie del planeta. Esta idea también explicaría la relación entre la oscuridad y el tehom. Este último término indicaría la causa y la fuente de la oscuridad primitiva: esa sustancia tóxica y oscura surge de enormes cráteres y fisuras debajo del mar y de la corteza terrestre. Además, si se interpreta tehom como una especie de fluido que brota como consecuencia de la actividad volcánica o sísmica, también sería congruente con lo que mencionamos con anterioridad, que la Torá en este punto está ampliando el concepto de la inhospitalidad del mundo. La atmósfera del planeta Tierra es aún completamente hostil para la vida. Mi conclusión sería que «la oscuridad sobre la faz del tehom» debe entenderse como una oscuridad tóxica que provenía del tehom subterráneo. De acuerdo con esta interpretación, basada en las palabras de Najmánides, de Eben Ezrá y particularmente del rabino David Aarón de Sola, la frase «la oscuridad sobre el tehom» está anticipando lo que Dios va a crear durante el segundo día —una atmósfera apta para la vida— al informarle al lector de que los elementos que había en la atmósfera primitiva de la tierra en ese momento era inadecuada para albergar la vida. Por último, esta explicación de oscuridad primitiva y tehom resultará notablemente compatible con el modo en el que los científicos explican la historia del desarrollo del planeta Tierra y cómo describen su atmósfera primitiva, supuestamente formada mediante los efectos de la actividad subterráneamasiva o desgasificación: ¿Dónde se originaron los gases de la atmósfera actual? Una fuente probable fue la desgasificación, la emisión desde el interior de la Tierra joven y caliente de vapor y gases atrapados en las rocas. Un compuesto de hidrógeno, carbono, oxígeno, nitrógeno, dióxido de carbono, metano, amoníaco y una gran cantidad de agua fue avanzando hasta la superficie de la Tierra fundida. Incluso después de que la Tierra se hubiere enfriado y formado una corteza sólida, la desgasificación habrá continuado durante las erupciones volcánicas. Los gases que se encontraban en la atmósfera e hidrosfera de la Tierra […] [se] desprendieron a través de las erupciones volcánicas y fueron emitidos por otras fuentes como las fuentes termales, géiseres y fumarolas[159]. Partiendo de la opinión de que la oscuridad es una sustancia, y no la simple ausencia de luz, la expresión «oscuridad sobre la faz del tehom» puede indicar la composición de la antigua densa atmósfera de la Tierra. En cierto sentido, la faz del tehom aquí equivale a la faz del planeta. El hecho de que el texto bíblico describa la oscuridad sobre el tehom o el mar y no encima del planeta (la Torá, en su lugar, podría haber indicado: «y la oscuridad sobre la faz de la Tierra») confirmaría la opinión de los Sabios acerca de que en este momento no existía todavía la tierra firme en el planeta, ya que aún estaba cubierto completamente de agua. Un planeta de agua y con una atmósfera hostil todavía no puede albergar animales, vida humana o vegetación. La oscuridad, una atmósfera tóxica, y el tehom, los mares primigenios que cubrían el planeta, están explicando por qué la Tierra era tohu vabohu, o ‘inhóspita’. Existe un último interrogante que hay que abordar antes de continuar con la próxima palabra. Si tehom no indica el ‘abismo’ o las ‘profundidades’ sino el mar, es decir, el agua que cubre la tierra, ¿por qué la Torá habría de utilizar en Génesis 1, 2 la palabra tehom en lugar del término hebreo más común iam, ‘mar’? Me parece que la razón es que la Torá reserva esa palabra para Génesis 1, 10 —cuando el relato de la Creación detalla la organización de los mares u océanos en el tercer día—. Entonces Dios reunió todas las aguas y separó las aguas de la tierra continental. Luego la Torá menciona los mares y los océanos. Es como si antes de organizarse en mares las aguas fueran denominadas tehom. Además (o por otra parte), la Torá emplea el término iam, ‘mar’, solo cuando este se presenta en contraposición a la tierra firme, y en este momento, como pronto veremos, no había todavía tierra seca en el planeta. Esta también puede ser la razón por la que al final de este versículo la Torá empleara la palabra más general para significar ‘agua’ al decir: «y un viento [estaba] soplando sobre la faz del agua [maim]», en lugar de la expresión más común iam, ‘mar’, que la Torá parece reservar para una etapa posterior, cuando el agua y la tierra se separan y se reorganizan en dos entidades independientes. En resumen, la expresión bíblica «y la oscuridad sobre la faz del mar primitivo» parece estar describiendo la atmósfera tóxica y primigenia que cubría la superficie del planeta, formado enteramente por agua. Con estas dos palabras, joshej y tehom, el texto bíblico amplía o explica las causas de tohu vabohu, es decir, la ausencia de vida humana y animal sobre la faz de la Tierra. La Torá comienza el relato de la Creación del mundo describiendo lo que el planeta Tierra no tenía al ser creado. De este modo, el texto nos está preparando para lo que vendrá a continuación: durante los próximos dos días el Creador corregirá estos dos elementos negativos, joshej y tehom. En el segundo día el Creador revertirá la oscuridad primitiva o la atmósfera tóxica diseñando una atmósfera que sustente la vida. En el tercer día Dios hará aparecer la tierra seca sobre la superficie del agua, y así desplazará al tehom. Una vez que se logre dicho escenario y la Tierra esté preparada para albergar vida, Dios finalmente revertirá tohu vabohu, ‘la falta de vida’, y llevará a la existencia las primeras criaturas vivas. RUAJ ELOHIM, ‘Y UN VIENTO DIVINO SOPLABA’[160] La traducción de estas dos palabras, ruaj Elohim, es clave para entender Génesis 1, 2 y toda la secuencia del proceso creativo. En hebreo bíblico ruaj significa ‘viento’, pero es un homónimo común. También puede estar refiriéndose a ‘respiración’[161], ‘alma’[162] o ‘inspiración’ (es decir, un estado intelectual o psíquico que mueve, inspira o motiva a los seres humanos, en especial a los profetas). A menudo es una especie de estado de ánimo positivo, pero ruaj también puede ser un ruaj raá —‘un estado de ánimo negativo’ o ‘depresión’— como el que a veces afectaba al rey Saúl[163]. En la Torá la combinación de estas dos palabras, ruaj Elohim, se utilizó en otros dos casos, en los que expresaban un tipo especial de sabiduría e inspiración que poseían algunos hombres, particularmente inspirados por Dios Todopoderoso. Cuando el Faraón se maravilló ante la sabiduría de Yosef —José— (Gn 41, 38), expresó que este era «un hombre que poseía ruaj Elohim [‘un espíritu divino’]». Cuando Dios le pide a Moisés designar a Betzalel (Éxodo 31, 3), el arquitecto del Tabernáculo, Dios le garantiza que a Betzalel se le confirió ruaj Elohim, un espíritu divino que más tarde se denominó ruaj jojma, ‘un espíritu de sabiduría’. A lo largo del Tanaj, ruaj Elohim conserva la misma connotación: una forma extraordinaria de sabiduría o inspiración divina que por lo general se le atribuye a un profeta[164]. De esta misma manera los Sabios han utilizado el término ruaj hakodesh para referirse a la inspiración divina[165]. En Génesis 1, 2, dada la ausencia de algún ser humano que pueda ser el sujeto o receptor de un espíritu divino de sabiduría, ruaj no puede entenderse como la inspiración conferida por Dios. Por supuesto, tampoco puede significar en este contexto ‘respiración’ o ‘alma’. La palabra ruaj en este versículo fue interpretada prácticamente por todos los Midrashim y comentarios judíos clásicos[166] —incluyendo el Targum Onquelós, el rabino Saadia Gaon, Eben Ezrá, Maimónides, Najmánides, etcétera— como un viento físico, y no como espíritu o inspiración. Por lo tanto, en Génesis 1, 2 la Torá está mencionando dos de los elementos físicos presentes en el planeta Tierra al ser creado: agua y viento. Una vez que sabemos que ruaj significa ‘viento’ y no ‘espíritu’, debemos preguntarnos qué significa el par de palabras ruaj Elohim. El término Elohim por lo general, aunque no en forma exclusiva, hace referencia a Dios Todopoderoso. Si bien el nombre propio de Dios no es Elohim sino el Tetragramatón (Yod-He-Vav y He), en el relato bíblico de la Creación —en el primer capítulo de Génesis— Elohim es el único nombre con el cual la Torá se refiere a Dios. En este capítulo el nombre Elohim aparece más de treinta veces en referencia al Todopoderoso. En todo el Tanaj el segundo nombre más usado para referirse a Dios es Elohim. No obstante, el significado estándar de la palabra elohim no es «Dios», sino «poderoso» o «potente». Y este es el caso incluso cuando el término elohim alude a Dios. Principalmente, elohim debe entenderse como un adjetivo, no un sustantivo[167]. No es el nombre propio de Dios, sino su atributo. La Torá llama a Dios Elohim exactamente de la misma manera en la que aludimos a Dios en castellano como «Omnipotente» o «Todopoderoso». En las Escrituras hebreas, elohim se emplea de forma extensiva en referencia a algo o alguien poderoso, magnífico o con una autoridad extraordinaria. A los hombres con la autoridad para juzgar, los jueces, se los llama elohim (Ex 22, 8). Incluso a los «dioses», ídolos paganos con poderes imaginarios, también la Torá los llama así —por ejemplo en el segundo de los Diez mandamientos—[168]. Muchas veces la Torá emplea este término como un simple adjetivo que define un sustantivo, o como superlativo. Así, una ciudad importante, Nínive, es apodada ir guedola lelohim (Jonás 3, 3),‘una metrópolis grandiosa’, debido a su numerosa población. En Génesis 6, 2 la Torá hace referencia a determinados hombres llamados bene-haelohim (‘hijos de elohim’), que eran personas poderosas y violentas —tanto es así que son sus actos corruptos los que Dios considera al provocar el Diluvio—. La palabra elohim en este caso define un poder con connotación negativa. El Targum tradujo ahí este atributo como ‘poderoso’ (rabrebaiá), y los Sabios del Midrash interpretaron sin ambigüedades bene-haelohim como ‘hijos de los poderosos’»[169]. La Torá señala que estos hombres abusaban de su poder o influencia en un mundo carente de leyes y orden «para tomar [tantas] mujeres como quisieran» (Gn 6, 2). A fin de evitar malinterpretar bene elohim como ‘hijos de Dios’, una idea totalmente pagana que se asocia a la idolatría y al antropomorfismo, el rabino Shimon bar Yojai (Israel, siglo I) «maldijo» a aquellos que se atrevieran a interpretar la palabra elohim aquí como si se estuviera refiriendo a Elohim (‘Dios’)[170]. Una vez que reconocemos que la palabra elohim puede entenderse de dos maneras distintas, como ‘Dios’ o como ‘poderoso’, podemos entender mejor por qué hay dos interpretaciones posibles para la expresión ruaj Elohim. Una opinión entiende la palabra Elohim como alusión a Dios Todopoderoso. La otra interpretación lee elohim como un adjetivo que describe el viento de Génesis 1, 2 como un viento muy poderoso. Que quede bien claro: ambas interpretaciones indican que la palabra ruaj debe entenderse, en rigor, como ‘viento’ y no como ‘espíritu’. Muchos comentaristas clásicos (el rabino Saadia Gaon y RaDaQ, entre otros) señalaron que elohim en Génesis 1, 2 no está refiriéndose a Dios. Es un adjetivo (‘poderoso’) que expresa la intensidad del viento. Su interpretación de ruaj elohim era ‘un viento poderoso’. Por otro lado, el Targum y Maimónides entendieron Elohim como una alusión a Dios. Explicaron ruaj Elohim como ‘un viento designado por Dios’ (‘un viento divino’ o ‘viento de Dios’). Maimónides cuenta en su Guía de perplejos (2, 30) que el movimiento del viento siempre se le atribuye a Dios. Esta idea se analizará en detalle en los siguientes dos capítulos de esta sección. El punto más importante para nuestra discusión ahora es que en todas las Escrituras hebreas o el Tanaj, ruaj Elohim (o ruaj A-donai, que también se menciona varias veces) jamás significa ‘espíritu de Dios’. Se refiere a una inspiración divina, que fluye de Dios para inspirar a un ser humano. La idea de ruaj Elohim como ‘el espíritu de Dios’ es un concepto totalmente extraño al judaísmo y ofensivo para la normativa judía. Es una concepción que —entre otras cosas— cuestionaría el principio judío del monoteísmo y se acercaría peligrosamente al antropomorfismo, es decir, a la personificación de Dios. La traducción de ruaj Elohim como ‘espíritu de Dios’ es una traducción absolutamente cristiana. Las siguientes palabras de John Gill (1697-1771) en su exposición sobre el Antiguo Testamento (Génesis 1, 2) ejemplifican la interpretación que la cristiandad hace de estas palabras: Ruaj Elohim, el espíritu de Dios […] es decir, la tercera persona de la bendita Trinidad, que estaba involucrada en la creación de todas las cosas, como en la decoración de los cielos, también en llevar la materia confusa de la tierra y el agua en forma y orden. Este mismo espíritu «movió» o maduró sobre la faz de las aguas, para fecundarlas, como lo hace una gallina con sus huevos para que rompan el cascarón, así también lo hizo Él para separar las partes que estaban mezcladas, y darles la virtud de aceleración para producir criaturas vivas en ellas. Los comentarios y traductores no judíos han traducido de manera consistente y unánime ruaj elohim en el segundo versículo como el ‘espíritu de Dios’, o el ‘Espíritu Santo’, un concepto que alude a un principio teológico fundamental de la Iglesia cristiana. El Espíritu Santo en la teología cristiana representa el tercer elemento de la Trinidad, una creencia cristiana central que en cierto sentido nació de esta traducción. En la tradición judía histórica ruaj elohim siempre se entendió como ‘un viento poderoso’[171], de acuerdo con los comentarios clásicos, o —como el Targum y Maimónides lo tradujeron— como ‘un viento designado por Dios’, en el sentido de un viento físico que viene de Dios y es dirigido por Él. En este libro seguiremos la segunda opinión. Pero ¿por qué el texto bíblico habría de concederle un atributo tan excepcional al viento? ¿Por qué la Torá habría de llamarlo un viento divino o designado por Dios, un atributo que no se le dio a ningún otro elemento en el relato de la Creación? Tal como veremos en el capítulo siguiente, al viento se le confirió un mérito especial en Génesis 1, 2 como el instrumento de Dios por su función crucial como agente divino durante el segundo y tercer día de la Creación. El viento desempeñó un rol decisivo en el proceso de la Creación, fue vital para la formación de las nubes y las aguas superiores o precipitación en el segundo día de la Creación, y para secar la tierra en el tercer día, lo que contribuyó a la formación de los continentes. Más allá de la Creación, el viento tiene una importancia suprema en el sistema climático terrestre. En efecto, el viento es considerado el motor del sistema climático. El viento es crítico para la preservación del equilibrio y el balance de las temperaturas en el mundo. «El viento es el corazón de la maquinaria del clima terrestre. Las diferencias de calor y presión generan ciclones, depresiones, tormentas y huracanes, y todos soplan a través de la superficie del globo gracias al viento»[172]. El viento es esencial para la mismísima existencia física de nuestro planeta, para el equilibrio del clima en la Tierra y para la preservación del agua en el mundo. «Sin el viento, nuestra hermosa Tierra se transformaría en un caldero de extremos. El calor de los trópicos aumentaría de forma inexorable, mientras que hacia el norte y el sur el planeta se congelaría más allá del punto en el que la vida podría sobrevivir. Pero para evitarlo tenemos el viento. La circulación de aire alrededor del planeta en definitiva mezcla el calor y el frío, lo húmedo y lo seco, para generar la rica combinación de nubes y cielos despejados, lluvias y tormentas que componen el clima que todos aceptamos como parte de nuestra vida»[173]. El rol del viento se analizará con mayor profundidad en los próximos dos capítulos. Pero quiero enfatizar una vez más que la razón por la que todos nosotros no somos más conscientes del rol crucial que el viento desempeñó en el relato de la Creación, y por lo cual el texto bíblico se detuvo en hacer hincapié en él al denominarlo ruaj Elohim, se debe a las traducciones bíblicas que todos usamos. De acuerdo con la exégesis alegórica o teológica, los traductores — increíblemente, ¡la mayoría!— ignoraron el significado sencillo del texto hebreo (peshat) y la mayor parte de la tradición rabínica clásica, e interpretaron ruaj Elohim como el ‘espíritu de Dios’ o algo por el estilo[174]. «SOBRE LA SUPERFICIE DEL AGUA» El agua líquida (y la vida) es lo que hace que nuestro planeta sea absolutamente excepcional y único en el sistema solar, y muy probablemente en todo el universo. De acuerdo con una tradición rabínica registrada en el Talmud[175], el agua no era un elemento escaso en el incipiente planeta. Por el contrario, la Tierra en su estado primitivo era, literalmente, un planeta de agua. Basándose en la tradición de que estaba completamente cubierto de agua antes de que surgiera la tierra seca, los Sabios formularon una bendición que recitamos todos los días cuando pisamos el suelo firme: Roká ha-aretz al hamaim, ‘Bendito eres Tú, HaShem nuestro Dios, Rey del universo, que extiende la tierra seca sobre las aguas’. A diferencia de lo que creían las antiguas civilizaciones, pero en compatibilidad con lo que la ciencia moderna afirma, esta bendición establece sin ambigüedades que el agua fue creada primero, antesque la tierra firme, y no al revés. Teniendo en cuenta que el planeta primigenio estuvo cubierto de agua por completo, podemos apreciar mejor cómo los Sabios entendieron y utilizaron las palabras tohu vabohu en alusión a su estado desolado cuando (pero principalmente porque) estaba cubierto de agua[176]. Los Sabios acuñaron una expresión especial para expresar que si la civilización humana no escuchara las palabras de Dios, el Creador borraría a la humanidad y llevaría al planeta de regreso a su estado primitivo sin vida. Dijeron que Dios entonces majazir et haolam letohu vabohu[177], ‘llevaría al planeta de regreso a su condición original inhóspita y desolada’. ¿Qué haría Dios para producir ese estado? Dios no traería un caos apocalíptico o una plaga universal, sino que de alguna forma haría el mundo inhóspito al cubrirlo en su totalidad de agua. Este castigo ya se impuso una vez, cuando Dios causó el Diluvio. Al ver que el comportamiento del hombre estaba corrompido (Génesis, 6), el Todopoderoso decidió castigar a la raza humana específicamente con el Diluvio —no con otro cataclismo o plaga, como lo hizo en otros casos, por ejemplo, cuando castigó a Sodoma y Gomorra con una lluvia sulfúrica, o a los egipcios con diez plagas devastadoras en la historia del Éxodo—. En el tiempo del Diluvio, Dios no quiso destruir el planeta en sí, sino hacer que fuera imposible que albergara la vida. El Diluvio transformó la Tierra una vez más en un lugar inhabitable —tohu vabohu— para los humanos y animales, al cubrir la tierra firme. Una vez que la Tierra estuvo cubierta de agua, la reserva de alimentos y oxígeno para la humanidad —la vegetación— se destruyó, e hizo imposible la supervivencia humana. La noción de que nuestro planeta en un principio estaba cubierto de agua también está referida en el libro de Salmos, en Bareji nafshi (salmo 104). Este es un salmo que los Sabios y los comentarios bíblicos consideraron paralelo a la narrativa del relato de la Creación[178]. El salmista presenta el proceso de Creación en una narrativa poética que, entre otras cosas, describe el planeta primigenio como un mundo bajo el agua. El planeta primitivo habrá consistido enteramente en aguas saladas —curiosamente también denominadas tehom en este salmo. Se describe el tehom —o, según hemos explicado, el ‘mar primigenio’— cubriendo hasta la más alta de las cimas: «Tu cubriste [la Tierra con] el tehom como una vestimenta; las aguas estaban sobre las montañas»[179] (Salmos 104, 6). La última parte del versículo 9 del salmo 104 es aún más explícita sobre el estado primitivo de la Tierra como un planeta de agua: «Creaste un límite para que [las aguas] no desborden, para que [las aguas] no vuelvan a cubrir la Tierra». Las pruebas geológicas descubiertas en las últimas décadas señalan que en el principio la Tierra estuvo cubierta de agua (según la Torá, dos veces; la segunda, en el momento del Diluvio). Los geólogos sostienen que, durante lo que se conoce en geología como la Era predevónica, el nivel del mar era alto en todo el mundo. Panthalassa, aseguran los científicos, era el océano universal que cubría el planeta Tierra mientras la tierra firme yacía sumergida bajo los mares. En aquel entonces, hasta los grandes desiertos estaban cubiertos de agua. El agua —el agua de océano, el agua dulce, el agua sobre la superficie de la Tierra o por encima de la superficie, o debajo de la tierra— es lo que hace nuestro planeta único. El agua es de suma importancia en el relato bíblico de la Creación. Consagraremos todo el capítulo siguiente a ella. Veremos que el Creador utilizó el agua como materia prima para su actividad creativa. Aunque el agua se presenta en Génesis 1, 2 como parte del problema, a saber, una de las razones de tohu vabohu o la ausencia de vida, el Creador hará uso del agua como la primera fuente de vida, y así desplazará a tohu vabohu. RESUMEN Después de que Génesis 1, 1 anunciara que Dios creó los cielos y la tierra, podríamos haber esperado una descripción grandiosa de nuestro planeta: sus hermosos paisajes, un cielo despejado y una tierra firme floreciente de vida. Eso probablemente hubiera cumplido con nuestras expectativas humanas de un mundo completo, perfectamente creado. Sin embargo, en lugar de eso, la Torá presenta el planeta recién creado sombrío y lúgubre. El planeta Tierra está en su estado primigenio, sin vida y todavía no apto para la vida. Sobre su superficie encontramos un manto de oscuridad. Una oscuridad tóxica, hostil a la vida. Una atmósfera parecida a la del planeta Venus, desprovista de oxígeno. No existe un sistema climático estable como el que conocemos hoy en día, que permite sustentar la vida. La superficie no está en mejores condiciones. La Tierra está cubierta por el tehom, las aguas o mares primigenios. Una especie de Panthalassa. No hay tierra seca en donde las plantas puedan florecer y los animales o la especie humana puedan vivir y procrear. En esta etapa la Tierra es un planeta sin vida, muerto, como Marte. Nada tiene que ver con el mundo de hoy. Todavía no hay vida aquí. Como veremos más adelante, se necesitarán cuatro días de la Creación para preparar el planeta a fin de que albergue vida. No obstante, en la segunda parte del versículo 2 encontramos ruaj Elohim, un viento. Es la forma de energía más primigenia, que pronto será activado, como uno de los agentes de Dios, para formar la atmósfera y el sistema climático y desplazar la primitiva oscuridad tóxica. El viento se convertirá en el instrumento principal del Creador para generar el medio ambiente vital. En estos tiempos modernos somos capaces, más que en cualquier otro momento en la historia de la humanidad, de apreciar mejor la exactitud y la precisión de la Torá en su descripción de nuestro planeta en su estado primigenio. Los científicos modernos han utilizado términos que son notablemente similares a aquellos que empleó el texto bíblico. Por ejemplo, para J. D. Macdougall, el planeta Tierra en sus orígenes se veía tan parecido al descrito en Génesis 1, 2 que, de no ser por la confesión explícita de Macdougall sobre su desconocimiento de la narrativa bíblica[180], uno estaría convencido de que tomó prestadas las siguientes palabras de la Torá: «Los primeros días de la historia de la Tierra tienen que haber sido muy caóticos […] la Tierra tiene que haber sido muy extraña e inhóspita para los visitantes humanos de la máquina del tiempo. En este momento es probable que haya habido agua líquida en la superficie, pero no había vida visible —no había plantas, ni animales— y la atmósfera era irrespirable porque no contenía oxígeno. No había grandes continentes como hoy en día los conocemos»[181]. Salvo por el viento (y el caos) ¡la descripción de Macdougall abarca la descripción de Génesis 1, 2 prácticamente en su totalidad! CAPÍTULO 5 EL PLANETA AZUL El primer versículo de la Torá, «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra», anuncia que Dios creó el universo desde la nada. Este versículo reconoce nuestro planeta como una creación digna de ser distinguida del resto del universo. En el versículo siguiente, Génesis 1, 2, nos damos cuenta de qué es lo que lo hace diferente. Primero, la «tierra» es distinta a los «cielos» porque, a diferencia del resto del universo, nuestro planeta no estuvo terminado en el momento de su Creación. La Torá lo describe en su estado primigenio con las palabras tohu vabohu, ‘deshabitado e inhóspito’. Dios, de forma deliberada, lo creó sin vida y carente de las condiciones físicas básicas para albergar vida. Aún era necesario que se desarrollara un proceso de adaptación para transformar ese mundo desolado en un planeta viviente. Segundo, la Tierra es única ya que contiene agua, el elemento esencial para convertirse en la cuna de la vida. En este capítulo veremos que el Creador optó por comenzar la adaptación del planeta mediante la creación del rakía, una atmósfera apta para la vida, al dividir las aguas. Aunque no está explícito en el texto bíblico, dada su extraordinariay deliberada brevedad, el lector atento hallará en el desarrollo de la historia de la Creación una progresión sofisticada, en la que cada elemento que la Torá menciona es utilizado en una etapa posterior para la creación o recreación del próximo elemento. Existe una razón por la que el viento, el agua (Gn 1, 2) y más tarde la luz (Gn 1, 3) se destacan en los primeros versículos acerca de la Creación. En efecto, son los materiales y las herramientas que funcionarán como agentes para la actividad creativa divina en los días posteriores. Por consiguiente, encontraremos que Dios utilizó los elementos creados antes del segundo día como instrumentos para su actividad creativa en el segundo día. También hallaremos (en forma explícita o no) que en los procesos creativos del tercer día Dios utilizó elementos del primero y del segundo. Para empezar, intentaremos identificar y analizar brevemente el proceso secuencial de la Creación, que comenzó con el viento y el agua y culminó con la formación de la biosfera de la Tierra. EL SEGUNDO DÍA DE LA CREACIÓN Aunque aún estaba sin vida y se encontraba inhóspito, el planeta Tierra contenía desde su origen el elemento más crucial para producir y sustentar vida: el agua. Dios emplea el agua —que en esta etapa es solo agua salada— como materia prima, de hecho la más predominante de todas, a lo largo de todo el proceso de la Creación. Ningún otro elemento fue transformado, retransformado y reutilizado por el Creador tanto como el agua. Los Sabios acuñaron una expresión especial para designar las múltiples transformaciones y usos del agua durante los primeros días. Lo denominaron melejet hamaim[182], ‘el «trabajo [creativo] hecho con [o sobre] el agua’. Génesis 1, 7 informa que durante el segundo día el rakía se formó por medio de la división del agua en dos categorías: aguas superiores e inferiores. Durante el tercer día (Gn 1, 9-10) el agua inferior, los mares, se separó de la tierra seca y así permitió que apareciera la vegetación. En el quinto día (Gn 1, 20) Dios hizo uso del agua para la creación de los primeros seres vivos. El rol del agua en la Creación fue decisivo, como está evidenciado en el hecho de que el segundo versículo mencione el agua dos veces. La segunda vez ocurre al final de Génesis 1, 2 («sobre la faz del agua»), y la primera, de forma implícita, se encuentra en la frase anterior («sobre la faz del tehom»), lo que indica que el planeta estaba totalmente cubierto del agua. De todas formas, me parece que no se le ha prestado suficiente atención al rol crucial del agua en el proceso de la Creación. Estas pueden ser algunas de las razones: 1. Como observó Rashí (sobre Génesis 1, 1) respecto al viento y a la oscuridad, no hubo una expresión divina particular relacionada con la creación del agua. A diferencia de lo que sucedió con la creación de la luz, Dios no dijo: «Que sea el agua». El agua aparece ya creada, como parte del inventario inicial del planeta Tierra. 2. Podemos no identificar la secuencia del procesamiento y reprocesamiento del agua por causa de la creación de la luz. Me explico: inmediatamente después de que se mencione el agua (Gn 1, 2), Dios crea la luz (Gn 1, 3), y así, la creación de la luz aparentemente interrumpe el flujo textual previsto y la continuidad temática natural. A saber: la presencia de agua y luego la separación entre las aguas superiores e inferiores (Gn 1, 6-7). En otras palabras, mientras el segundo versículo describe —y enfatiza— la presencia del agua en la tierra, Génesis 1, 3-5 desvía nuestra atención del agua e interpola la creación de la luz que al parecer no añade nada a la secuencia del tema del agua. Sin una razón explícita, la creación de la luz quiebra la continuidad de la historia del agua y da lugar a que el lector no ate cabos entre los versículos segundo, sexto y séptimo. Para apreciar mejor la continuidad de la narrativa del procesamiento del agua (melejet hamaim) y el rol fundamental de la luz en este esquema, necesitamos explorar primero lo que realmente sucedió durante el segundo día y en qué consistió esta «separación entre las aguas». Una vez que hagamos eso estaremos en mejores condiciones para examinar la relación entre el agua, la luz y la división del agua. EL CICLO DEL AGUA Y dijo Dios: «Que haya una extensión [rakía] en medio de las aguas, y separe entre aguas y aguas». (Génesis 1, 6). El segundo día anuncia la división de las aguas en dos categorías diferentes: el agua[183] debajo del cielo y el agua sobre el cielo. En este punto la Torá no dice nada acerca de la naturaleza de estos dos tipos de agua, excepto que una estará arriba, en el cielo o rakía, y la otra abajo. Podemos suponer con seguridad que las aguas inferiores son las aguas de los océanos, ya que esto está explícito en Génesis 1, 10. Sin embargo, ¿qué son las aguas superiores? Tal como demostraremos, las aguas superiores son el depósito de agua en el cielo en forma de nubes. Sobre la base del Midrash, Maimónides describe que el rakía se creó a partir del agua[184]. En el segundo día, dice, se establecieron las leyes físicas del agua: «Parte del agua se separó, de algún modo, y quedo sobre el aire»[185]. Para explicar con precisión cómo se formó el rakía desde el agua y el concepto de Maimónides de la separación entre las aguas superiores e inferiores, citaré el comentario del rabino Moshé Jefetz[186]. El rabino Jefetz identificó las aguas superiores con vapores, que se formaron por el efecto de la evaporación de las aguas inferiores. En su libro Melejet Majashebet, explica que de acuerdo a los Sabios del Talmud la palabra shamaim[187] está compuesta por dos palabras hebreas: esh, ‘fuego’ o ‘calor’, y maim, ‘agua’. Shamaim es el producto del calor y el agua. Luego explica el significado de Génesis 1, 6: «Que haya una extensión [rakía] en medio de las aguas». Por consiguiente, la orden de Dios puede parafrasearse de esta manera: «Que haya en el agua [betoj hamaim] aire de una naturaleza móvil, que sea liviano y se expanda hacia arriba [esto es, vapor]»[188]. Según la opinión del rabino Jefetz, rakía no alude a la expansión del espacio en sí mismo, sino que, de acuerdo con Maimónides, hace referencia a la expansión del agua que se transformaría en vapores y creará el rakía: «Al igual que sucede cuando se coloca agua sobre el fuego, el agua se transforma en vapor con facilidad»[189]. Cuando ese vapor se enfrenta a temperatura fría, se transformará de nuevo en agua o lluvia. Es decir, en el segundo día se establecieron, y de algún modo comenzaron a funcionar, las leyes físicas que permiten que el agua y el vapor existan como dos entidades separadas. Para el rabino Jefetz, la separación entre las dos aguas es la diferenciación entre el agua en estado líquido (el agua en el océano) y en estado gaseoso (vapor, humedad y nubes)[190], que se logra como consecuencia del calor. Esta separación puso en marcha, por primera vez, lo que hoy se conoce como «el ciclo del agua»[191]. La evaporación separa una parte del agua salada (aguas inferiores) y la transforma en vapor de agua o nubes (aguas superiores). Los científicos modernos también describen a las nubes como agua suspendida en el aire: una «masa visible de gotas de agua, cristales de hielo o una mezcla de ambos que se encuentra suspendida en el aire, por lo general a una considerable altura»[192]. Las maravillosas palabras de John Lynch encajan a la perfección con la definición bíblica de las aguas superiores, o el agua sobre el cielo: «Vivimos en un planeta de agua. Los mares dominan el planeta […] existe un océano alrededor nuestro y otro sobre nosotros»[193]. Sería difícil encontrar una mejor descripción que esta de los dos tipos de aguas, las inferiores y las superiores: «un océano alrededor nuestro y otro sobre nosotros». La vida, en todas sus variaciones que hoy en día conocemos, no puede ser posible sin el ciclo del agua. El segundo día describe la creación de ese mecanismo vital para la vida: la evaporación y el transporte de agua que conducena la formación de los depósitos de agua superiores (nubes) que finalmente dan lugar a la precipitación. Dicho en términos modernos: «El agua fluye de un depósito a otro, a menudo sufriendo un cambio físico drástico […] Dentro de un mismo sistema, el agua constantemente se recicla mediante evaporación, condensación, precipitación y la fluxión que causa que alterne entre los diversos depósitos. Nuestro clima consiste en una transformación constante del agua en vapor, líquido, y hielo sólido»[194]. El rabino Menasseh ben Israel también explicó que la división entre las aguas inferiores y superiores derivó en «la formación de la lluvia»[195]. A fin de estar preparado para albergar vida, el planeta necesita agua dulce. La precipitación es la única fuente de agua dulce del planeta Tierra. Para producir lluvia primero necesitamos el agua del mar, tehom, mencionada en Génesis 1, 2. El agua de océano es la materia prima del agua dulce. Sin el agua de océano, la lluvia no sería posible. Los océanos de todo el mundo son los responsables del 90 por ciento de la humedad de la atmósfera y, a su vez, del agua que regresa a la tierra en forma de precipitación. El noventa por ciento del agua de lluvia caerá en los océanos o, tal como expresó el rabino Iojanán, las aguas rebosantes del rakía que se formaron en el segundo día se transforman en «las gotas gruesas, que caen sobre las aguas saladas» de los océanos[196]. Solo el 10 por ciento del agua dulce cae sobre tierra continental. Cada año, «aproximadamente 40 000 kilómetros cúbicos de agua se evaporan del océano y caen sobre la tierra. Este flujo anual es aproximadamente diez veces mayor que el del río Amazonas y en teoría alcanza para mantener por lo menos cinco veces la cantidad actual de habitantes de la Tierra»[197]. El agua dulce es agua con bajas concentraciones de sales disueltas. De toda el agua en la tierra, solo el 2,75 por ciento es agua dulce. De esa cantidad, el 2,05 por ciento es agua congelada en los glaciares y el 0,69 por ciento es agua subterránea. Apenas el 0,0101 por ciento del total es agua dulce de la superficie que se concentra en lagos y ríos. Hasta donde nosotros sabemos, la única fuente natural de agua dulce en todo el universo es la precipitación desde la atmósfera terrestre, en forma de neblina, nieve y principalmente lluvia. El agua dulce es el elixir esencial de la vida. La Torá le dedicó un día entero, el segundo, para describir su formación y el proceso de conversión del agua de océano primigenio en el líquido más precioso de todo el universo: la lluvia. LA LUZ Y EL CALOR Una vez que advertimos que el segundo día de la Creación está haciendo referencia al comienzo del ciclo del agua, finalmente podemos entender que la interpolación de la luz entre la primera referencia del agua en Génesis 1, 2 y la descripción de su evaporación en Génesis 1, 6-7 fue absolutamente necesaria. La naturaleza de la luz primitiva (cuya creación se relata en Génesis 1, 3) es una cuestión que se analizará en profundidad en la tercera sección de este libro. Lo que debe ir más allá de toda duda es que esa luz también poseía la propiedad del calor (en hebreo esh o jom). Maimónides reconoció de forma explícita la propiedad del calor que deriva de la luz primitiva. En la Guía de perplejos Maimónides asevera que or, ‘la luz’, y joshej, ‘la oscuridad’, son las causas físicas para llevar algo a la existencia o terminación, «por el calor y el frío que producen»[198]. También corroboraremos esta propiedad de or en el capítulo siguiente, cuando analicemos el salmo 104[199]. Una vez que tenemos en cuenta los tres elementos mencionados en anticipación a la actividad creativa del segundo día —viento, agua, y luz—, podemos comprender con facilidad que en el segundo día se generó algo más, aparte (o a causa) del ciclo del agua. Esto es, el sistema climático. El sistema climático es quizá la necesidad más básica para que la vida exista. El sistema climático es el que activa los procesos de la renovación del agua, transformando la abundante agua salada en agua dulce, vital para la vida, y el que posibilita la conservación del agua en su estado líquido. «El sistema climático está dentro de nosotros y alrededor nuestro […] es el delicado velo que cubre nuestro planeta y define los límites dentro de los cuales podemos sobrevivir. Esto es, las temperaturas por encima y por debajo de las cuales nuestros cuerpos dejarán de funcionar, las fuerzas del viento e inundaciones que podemos resistir, o la carga eléctrica que puede destruirnos de manera instantánea»[200]. Ahora hagámonos la siguiente pregunta: ¿cuáles son los componentes básicos del sistema climático? ¿Qué elementos esperaríamos ver en el inventario inicial de la Tierra que son necesarios para el funcionamiento del clima? De acuerdo con John Lynch, en su obra The Weather (El clima), necesitamos tres elementos: 1) el viento, considerado el motor del sistema climático; 2) el agua, que es el combustible del sistema climático, y 3) el calor, que es la energía que generará la ignición del sistema climático[201]. ¡Estos son exactamente los tres elementos que la Torá describe en su segundo y tercer versículo! Génesis 1, 2 registró la presencia del viento («vientos poderosos» o «viento de Dios») y del agua que cubría la faz del planeta. Y en Génesis 1, 3 descubrimos el tercer elemento fundamental para producir la evaporación: la luz o el calor. Ahora somos capaces de apreciar que, lejos de ser una interjección arbitraria, la creación de la luz fue un prerrequisito secuencial absolutamente necesario para la actividad creativa del segundo día. La luz fue lo que inició el ciclo de evaporación[202], lo que produjo, por orden del Creador, la separación entre el agua de océano y el agua de cielo. Con el viento, el agua y el calor se formaron las nubes. La luz-calor evapora el agua salada. Una vez que el agua se transforma en vapor, los vientos forman las nubes. Este paso representa el núcleo del ciclo climático: «Las nubes son el recordatorio más directo y obvio de la simple capacidad que el aire en movimiento posee para crear el clima. Las nubes consisten en aire húmedo que ascendió, se enfrió y produjo pequeñas gotas de agua, lo suficientemente livianas para permanecer en el aire […] las nubes traen la lluvia. La nieve, los truenos y los relámpagos se forman por el viento y ayudan a generar viento»[203]. Con la combinación de estos tres elementos, el Creador puso en marcha un sistema que produjo el elixir de la vida: el agua dulce. «Imagina todo un planeta donde el licor más fino del universo se evapora de los mares que lo fermentan. Gracias a una estrella amarilla brillante, ese elixir se destila en los mares y baja de nuevo en forma de lluvia sobre la tierra, y forma lagos y ríos de esa infusión embriagante. El planeta es, por supuesto, la Tierra, y el licor es el agua dulce»[204]. RAKÍA, ‘LA ATMÓSFERA DE LA TIERRA’ La evaporación, el acto que dividió el agua evaporada (agua superior) del agua líquida (agua inferior), puso en marcha el comienzo del ciclo del agua y generó el sistema climático. Pero por lo menos una cosa más sucedió en el segundo día como consecuencia de esta división de aguas: me estoy refiriendo al desplazamiento de la oscuridad tóxica primitiva (joshej) y a la formación de una atmósfera apta para la vida. Y Dios hizo la extensión [rakía], y separó entre las aguas que estaban sobre la extensión y las aguas que estaban debajo de la extensión; y así fue. (Génesis 1, 7). Este versículo establece una conexión entre la separación de las aguas mediante la evaporación y la formación del rakía, ‘extensión’, que indica lo que hoy denominamos «atmósfera», es decir, la extensión de 160 kilómetros sobre la Tierra que contiene nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono y los elementos básicos para la vida. Hasta donde yo sé, el primer sabio que llamó «atmósfera» al rakía fue el rabino Isaac Samuel Reggio (1784-1855)[205], quien, siguiendo los pasos de Maimónides y del rabino Moshé Jefetz,también menciona que el rakía debe percibirse como el resultado de la expansión del agua, y no de la expansión del espacio[206]. En su comentario de la Torá sobre Génesis 1, 6 dice lo siguiente sobre el rakía: «Esto es el aire puro que rodea la totalidad del globo terráqueo y en el lenguaje coloquial se denomina “atmósfera” […] y este aire fue creado en el segundo día para dar sustento a las plantas, que fueron creadas en el tercer día, y para los seres vivos creados en el quinto y sexto día». Al mismo tiempo, los geólogos contemporáneos creen que nuestra atmósfera terrestre en un principio consistía en un manto de nubes formadas por evaporación. El vapor de agua y otros gases que antes se encontraban químicamente adheridos en el interior del planeta brotaron desde su superficie acuosa en cantidades enormes. Por consiguiente, el calor «produjo una cantidad enorme de vapores que surgían de la tierra. Estos vapores generaron un “manto” gigante de nubes, que con el tiempo despejaron la atmósfera tóxica primitiva»[207]. Dicho de otro modo, los científicos también atribuyen la formación de la atmósfera a un proceso que comenzó con la evaporación del agua (mediante calor, agua, viento). La reducción de monóxido de carbono en la atmósfera y la presencia de oxígeno fueron iniciados por la emisión de vapor de agua (la fotosíntesis pertenece a una etapa posterior)[208]. La creación del rakía ocasionó el desplazamiento del joshej, y dotó al planeta desde entonces[209] de una atmósfera clara y apta para vivir. Para comprender adecuadamente Génesis 1, 6-7 hay que tener en cuenta que el proceso de división de las aguas (vaporización) fue el responsable de la creación del rakía, y a la vez, la nueva extensión fue la encargada de permitir el proceso de evaporación-precipitación. El ciclo del agua requiere de la existencia de una capa gruesa de atmósfera que tenga temperaturas por encima del punto de fusión del agua, cerca y sobre la superficie de la tierra. Este es un resumen de los acontecimientos que acontecieron durante el segundo día de la Creación: 1. La creación de la atmósfera actual de la tierra (rakía), que desplazó a la oscuridad primitiva. Esa atmósfera oscura primigenia, inadecuada para la vida, se purificó gracias a la división del agua, es decir, a la evaporación y, más tarde, a la precipitación. 2. La producción de agua dulce a partir del agua salada. Vale la pena recordar que todo esto ocurre a pesar de que las creaciones del segundo día, la lluvia, el agua dulce o incluso las nubes, no se mencionan de forma explícita en el texto bíblico. Profundizaremos esta cuestión un poco más en el próximo capítulo. 3. La organización y la activación del sistema climático, que también comenzó con el ciclo de la evaporación. Podemos identificar con claridad en Génesis 1, 2-3 los tres componentes principales del sistema climático: el viento, el agua, y el calor. Todos estos procesos complejos se narran en un texto exquisitamente breve que contiene solo tres frases, en tan solo treinta y ocho palabras. Dadas la brevedad de la narración (el segundo día tiene el texto más corto de los seis de la Creación) y la ausencia de palabras clave (nubes, agua dulce, viento, atmósfera, oxígeno, sol, etcétera), el lector moderno puede subestimar la importancia crucial de este día para la existencia de vida en la Tierra. Aunque para los científicos de hoy no hay nada más crítico para su habitabilidad, nada más inherente a su identidad como un planeta que alberga vida, que el ciclo constante del agua, que fue inaugurado el segundo día. «Ciertamente, el transporte de agua puede considerarse la actividad principal del planeta, y el viaje del agua a través del tiempo y el espacio es tan sorprendente y profundo como las repercusiones que tiene sobre nosotros»[210]. Si no se lee este párrafo con detenimiento, la Torá parece centrar su atención de forma exclusiva en la formación del rakía como una misteriosa «extensión» en el espacio, más que en la creación de la atmósfera que sustentará la vida. Como veremos en el próximo capítulo, es principalmente gracias a lo que aprendemos de los Salmos como podemos establecer con seguridad que las aguas superiores son las nubes que producen lluvia[211]. EL TERCER DÍA DE LA CREACIÓN El rol del agua en el proceso de la Creación (melejet hamaim) no llegó a su fin en el segundo día. La actividad creativa del agua continuó durante el tercer día de la Creación. Nuestros Sabios señalaron que, a diferencia del resto de los días, en el segundo la Torá no dijo: «Y Dios vio lo que había creado, y era bueno» (vaiar Elohim… ki tob) —una expresión que la Torá emplea para los demás días y, de modo excepcional, dos veces en el tercero. Los Sabios explicaron que el Todopoderoso todavía necesitaba reprocesar el agua a medida que la Creación continuaba. Dicho en sus propias palabras: «Las Escrituras no dijeron “era bueno” [en el sentido de haber alcanzado la terminación] en el segundo día porque el trabajo del agua aún no había terminado»[212]. Hay dos sucesos creativos en el tercer día que se relacionan directa o indirectamente con el agua, más específicamente con el agua dulce, el flamante producto del segundo día. Estos dos acontecimientos deben considerarse también como parte de la actividad creativa aún no terminada con el agua. Y dijo Dios: «Júntense las aguas que están debajo del cielo en un lugar, y se verá el suelo seco». Y así fue. (Génesis 1, 9). Y Dios llamó al suelo seco «tierra», y a la reunión de las aguas llamó «mares»; y vio Dios que era bueno. (Génesis 1, 10). En estos dos versículos, la Torá de nuevo relata un acto de separación. Pero mientras que en el segundo día el agua superior se separó del agua inferior, ahora las aguas inferiores se separan del suelo seco. Este es el acontecimiento creativo que habrá aproximado a nuestro planeta aún más a la distribución actual de la proporción 70-30 para los océanos y la tierra firme respectivamente. AGUA DULCE Y EROSIÓN Los Sabios consideraron a la lluvia como una de las bendiciones de Dios más importantes para la humanidad. En la segunda bendición de la Amidá, alabamos al Creador por Su poderío (geburot), y destacamos Su poder para producir lluvia que sustente y mantenga la vida. En la Amidá, durante el invierno, dedicamos toda una bendición para pedirle a Dios la lluvia, la fuente principal de subsistencia. En el proceso de Creación el amplio rol de la lluvia puede ser descubierto bajo estas dos condiciones: 1) si se tiene en cuenta la identificación de la lluvia con las aguas superiores, a partir de la referencia del salmo 104, como veremos más adelante, y 2) si se lee la historia de la Creación como una progresión sucesiva, en donde cada elemento nuevo parece ser llevado a la existencia en aras del próximo paso de la Creación. Dios utiliza el agua, el viento (Gn 1, 2) y el calor (Gn 1, 3) de forma implícita para crear el mecanismo de la lluvia (Gn 1, 6-7) y junto con el viento, utilizará la lluvia, el nuevo producto de las aguas superiores, para dar lugar a los sucesos del tercer día (Gn 1, 9-12). ¿Cómo es esto? En el tercer día Dios separó el agua de la tierra firme. El agua retrocedió y la tierra seca emergió. Aunque no se informó nada de forma explícita sobre la manera exacta en la que Dios secó la tierra que surgía a la superficie del planeta, Eben Ezrá indicó que la razón por la que el viento es llamado «el viento de Dios» (Gn 1, 2) se debe a que era un agente de la Creación, activado por la voluntad de Dios, para secar la tierra[213]. La explicación de Eben Ezrá es fundamental para la teoría principal de este capítulo y del siguiente, por las razones que se expondrán a continuación. De acuerdo con Eben Ezrá, podemos inferir que Dios opera a través de agentes «naturales» y utiliza los elementos que Él mismo ha creado con anterioridad para seguir avanzando en su actividad creativa. También podemos inferir que Dios empleó aquellos elementos naturales como agentes de la Creación aunque no se mencionende forma explícita en el relato bíblico. De regreso a la cuestión del viento, los Sabios compararon el secado del suelo de la Tierra con el secado del mar Rojo[214], cuando los judíos huían del cautiverio egipcio. En la historia del Éxodo la Torá hace mención explícita a que Dios trajo un «viento fuerte» (ruaj kadim aza) que sopló sobre las aguas del mar Rojo durante toda una noche para secarlo del agua del mar[215]. A partir de este patrón, propondría que al igual que con el viento, la lluvia también fue utilizada por Dios como herramienta de la Creación. La lluvia, el producto del segundo día, también tuvo que haber desempeñado un gran rol durante los acontecimientos del tercero en la formación del nuevo panorama de los continentes: montañas, ríos, lagos, valles…, todas las transformaciones topográficas cuyo desarrollo no se registra en ninguna otra parte de la narración del Génesis. Similar a la forma en que Dios hizo uso del viento para secar el suelo, la lluvia pudo haber sido utilizada para dar forma a los accidentes geográficos. Los científicos explican que la lluvia no solo es responsable de la existencia de los ríos, lagos y gigantes depósitos de agua potable. Gracias a los descubrimientos actuales de la ciencia en el área de estudio de la geología y la Tierra, sabemos que el agua dulce es fundamental para la activación de las fuerzas de erosión. La precipitación ha afectado directa o indirectamente a las estructuras geológicas y marinas y ha esculpido los accidentes geográficos del planeta más que cualquier otro elemento natural. «A todos los niños en la escuela se les enseña el ciclo del agua, y con buena razón. La lluvia no solo nos proporciona el agua que tomamos y que utilizamos para cultivar alimentos, sino que también es talladora de las costas, escultora de las montañas y sepultadora de los mares […] Sin la precipitación de agua dulce, las masas de tierra del planeta serían infértiles, los continentes estarían en ubicaciones distintas, las montañas serían mucho más altas y la vida sería prácticamente imposible»[216]. En la actualidad podemos comprender la función del agua en el proceso de la Creación como uno de los agentes de Dios Todopoderoso, no solo por su rol fundamental para llevar la vida a su existencia (Gn 1, 20) y mantener la vida y la vegetación, sino también por su función de formadora de la superficie y el relieve del planeta durante el tercer día. EL AGUA DULCE Y LA VEGETACIÓN Continuamos explorando los sucesos del tercer día y cómo se vieron afectados por los acontecimientos del segundo: analizaremos el siguiente acto en la secuencia de la Creación, tras la división entre la tierra y el mar. Estamos hablando del surgimiento de la vegetación. Dijo Dios: «Que produzca la tierra vegetación. Hierbas que den semilla y árboles que den su fruto con semilla, sobre la tierra». Y así fue. (Génesis 1, 11). Y la tierra produjo vegetación: plantas que dan semilla según su especie y árboles que producen frutos que contienen su propia especie de semillas. (Génesis 1, 12). Maimónides señala que estos dos elementos, la lluvia y la vegetación, forman una secuencia. Cita a los Sabios, quienes afirmaron: «La vegetación no brotó hasta que empezó a llover»[217]. En efecto, las plantas proporcionan otro excelente ejemplo de la secuencia de la Creación en los pasos progresivos. Para que haya seres humanos, el objetivo final, se necesita alimento. Las plantas —no los animales— fueron el primer alimento provisto por Dios para los seres humanos. Citaré las palabras del rabino Menasseh ben Israel sobre esta cuestión. Dos Sabios talmúdicos, el rabino Iojanán y Rab, concordaron que al principio… no se le permitió a Adam tomar a los animales como alimento […] Después de que Dios bendijera a Adam y lo hiciera supremo sobre todos los animales, a pesar de que este tenía dominio sobre ellos, no era su amo absoluto [al que se le permitía tomar las vidas de los animales] puesto que Dios ya había dedicado el alimento a través del cual todo ser vivo debía mantenerse: como les dijo «He aquí les he dado toda hierba que da semilla que está sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol que tiene fruto que da semilla; para ustedes será como alimento». (Génesis 1, 29)[218]. A Adam y Eva se les dieron las plantas, no los animales, como alimento. Y LUEGO, MÁS La vegetación es vital no solo como fuente de alimento comestible sino también como fuente de otro recurso indispensable que sustenta la existencia de la vida: el oxígeno. Las plantas son los pulmones de nuestro planeta. Absorben los gases tóxicos (dióxido de carbono) de la atmósfera y los transforman en oxígeno mediante un proceso denominado «fotosíntesis». Para sostener cualquier tipo de vida compleja se necesita oxígeno. «Los animales que consumimos obtienen sus proteínas y grasas de los vegetales. El dióxido de carbono en la atmósfera es el alimento fundamental para toda planta, animal y ser humano en la Tierra»[219]. Existe una correlación maravillosa entre el segundo y tercer día de la Creación. Los dos recursos más importantes que se necesita para que pueda existir cualquier forma de vida compleja son el agua dulce y el oxígeno. El segundo día Dios crea la atmósfera y así pone en marcha un proceso de separación de aguas que persistirá, continuamente, por siempre. La separación de las aguas produce la atmósfera, pero sirve a un propósito práctico más elevado. Este proceso perpetuo —la separación del agua, que da lugar a la evaporación del agua salada, que conduce a la producción de agua dulce— garantiza que a la Tierra jamás le faltará agua dulce. Las nubes y la lluvia repondrán el recurso más importante para la vida. De forma similar, durante el tercer día Dios crea la vegetación, por lo que garantiza el reciclado de otro recurso vital para la vida humana y animal: el oxígeno. Los seres humanos y los animales toman el oxígeno para quemar el alimento y emitir dióxido de carbono como desecho. Las plantas funcionan al revés. Toman el dióxido de carbono para fabricar alimento y producir oxígeno como desecho. «Los humanos y los animales usan oxígeno al respirar, y las plantas lo devuelven a la atmósfera. Es casi como si las plantas trabajaran para hacer del mundo un lugar habitable para nosotros, como si el componente más importante de nuestra atmósfera [el oxígeno] fuera fabricado por la vida [vegetal], para la vida [animal y humana]»[220]. Regresemos a la idea de la Creación sucesiva. Para tener vegetación necesitamos: 1. Agua, con la que el planeta Tierra se creó. 2. Luz / calor, que apareció el primer día, también para que sucediera la fotosíntesis. 3. Lluvias, o agua dulce, que surgieron en el segundo día como consecuencia de la evaporación del agua salada (mediante el calor) y la formación de las nubes (mediante el viento). Sin agua dulce no hay vegetación. 4. Suelo —tierra con minerales y nutrientes—, que apareció en la primera parte del tercer día, cuando Dios separó el agua de la tierra firme. La vegetación, que fue creada en la segunda mitad del tercer día, es el primer elemento orgánico y marca la culminación del ciclo creativo que Dios produjo mediante el uso del viento, el agua y la luz primitiva. La vegetación es en efecto el eslabón inicial de la cadena alimentaria y la fuente de producción de oxígeno para los seres humanos y los animales. Los animales vendrán después, seguidos de los humanos. Aunque la Torá no alude en forma explícita a una progresión o a una secuencia de la Creación, los Sabios señalaron que, de manera contraintuitiva, el hombre no fue creado en primer lugar. Todo lo contrario, el hombre es la última creación. ¿Por qué? Porque todo lo que lo antecede fue creado para él. A partir de esta idea, buscaremos y procuraremos encontrar un desarrollo progresivo de la Creación. Dios Todopoderoso trató al hombre como un buen anfitrión trata a su invitado. Antes de que Dios trajera al hombre a su mundo, deja la mesa lista para que cuando este aparezca tenga todo lo que necesite parasu alimento y su subsistencia. EL QUINTO DÍA DE LA CREACIÓN En el quinto día de la Creación Dios hizo más trabajo creativo mediante (o con) el agua. Y dijo Dios: «Que las aguas produzcan seres vivientes, y las aves vuelen sobre la tierra a lo largo de la extensión de los cielos». (Génesis 1, 20). En este versículo el agua de océano se convierte explícitamente en el instrumento de Dios para producir vida. En el relato bíblico de la Creación la vida no se generó en forma espontánea o ex nihilo por orden directa de Dios, como sucedió en el caso de los cielos y la tierra en Génesis 1,1. La Torá describe sin ambigüedades que el Todopoderoso utilizó el agua como su medio preferido para diseñar o dar luz a los primeros seres vivos. A saber: anfibios, insectos, reptiles, invertebrados, peces, aves y otros animales no mamíferos (los mamíferos fueron creados desde la tierra en el sexto día, como se menciona en Gn 1, 24). Se debe resaltar que Dios no habló a las aguas, como si estas fueran seres animados, capaces de ser interlocutores del Creador. La Torá es muy clara al decir que la vida no surgió espontáneamente del agua. Pese a su amplio uso en la Creación, el agua es una mera herramienta que el Creador eligió, un elemento pasivo e inanimado, sin una voluntad o poder independientes. Por cierto, parece que la comunidad científica moderna no debería poner objeción a la idea expresada en Génesis 1, 20 acerca de que los primeros seres vivos se originaron en los océanos. Muchos científicos creen que la vida se originó debajo de la superficie del océano en las fumarolas hidrotermales del mar profundo. Las fumarolas hidrotermales se descubrieron por primera vez en 1977. Emiten sustancias gaseosas muy calientes desde el centro de la Tierra a temperaturas que exceden los 300° C. Anteriormente los científicos estaban seguros de que no podía existir vida en las profundidades del océano. Sin embargo, junto a las fumarolas hidrotermales, encontraron ecosistemas que prosperan y contienen una gran variedad de peces, gusanos, cangrejos, bacterias y otros organismos que han encontrado la manera de sobrevivir en un ambiente hostil sin la energía proveniente de la luz del Sol. Puesto que se descubrió que la vida existía donde anteriormente se creyó imposible, muchos científicos comenzaron a especular que quizás allí es donde pudo haberse originado la vida en la Tierra. John Corliss, de la Universidad de Oregón, propuso que «las fumarolas hidrotermales proporcionaron los ingredientes y las condiciones necesarios, tales como el ácido sulfhídrico, el metano, el metal, el calor y el incremento de soluciones acuosas para crear vida desde la materia no viva […] las fumarolas son como fábricas de ladrillos de construcción de la vida, aminoácidos e incubadoras de aminoácidos variables en las células vivas que sobrevivieron y crecieron como quimioautótrofos»[221]. LA FORMA VERBAL HIFIL Continuando con este muy breve análisis del quinto día de la Creación presentaremos ahora una forma verbal muy particular del idioma hebreo: el hifil. Esta forma, utilizada en la Torá para describir algunos actos de la Creación, nos ayudará a aclarar que las actividades transformativas que realizó el Creador durante los seis días fueron a través de sus agentes. El hifil es la forma verbal que indica un causativo. En estos casos, A, el sujeto, está utilizando a B para hacer o causar C. Por ejemplo, el verbo hebreo leharot en hifil significa ‘mostrar’ o ‘demostrar’, pero debe entenderse más precisamente como ‘hacer ver’. Es decir, A hace que B vea o entienda C. Otro ejemplo es el verbo lehotzi (‘sacar’). La bendición del pan dice: «Bendito eres Tú, HaShem, nuestro Dios, Rey del universo, que hace salir el pan de la tierra» (… hamotzí lejem min ha-aretz). Es evidente que fue el hombre quien cosechó el grano, hizo la harina y horneó el pan. No obstante, un individuo judío declara que Dios es aquel que en definitiva creó el grano, regó los campos y le confirió al hombre la sabiduría y la capacidad para hornear el pan. En otras palabras, lo que normalmente se concibe como «el hombre hizo el pan con la ayuda de Dios», los judíos lo perciben así: «Dios hizo el pan mediante la intermediación del hombre». Por lo tanto, la bendición se dirige directamente a Dios. Esta forma verbal se emplea de manera extensiva en las Escrituras hebreas y la liturgia judía para describir la participación de Dios en la Creación. En el proceso creativo la forma verbal hifil es de uso amplio, en particular en la creación de los seres vivos. En Génesis 1, 20 el uso de la forma verbal hebrea hifil demuestra que Dios utilizó el agua (o los océanos) como un agente de la Creación. Aquí, la forma hifil sirve para señalizar que Dios (A) causó que el agua (B) produjera vida (C): «Y dijo Dios: “Que las aguas produzcan [ishretzu hamaim = hifil] seres vivientes”». Esto es, Dios generó la vida a través de un agente o instrumento, el agua. Más tarde Dios, que ya había creado la vegetación mediante el uso del suelo (Gn 1, 12), también generó (o diseñó) organismos vivos más complejos, mamíferos, desde la tierra: «Entonces dijo Dios: Que la tierra produzca seres vivientes según su especie: ganado, animales y bestias de la tierra según su especie; y así fue». (Gn 1, 24). Las plantas, y los mamíferos y el cuerpo del hombre fueron generados, por orden de Dios, desde el polvo de la tierra. De nuevo en estos casos la Torá hizo uso de la forma verbal hifil (tadshe ha-aretz, totze ha-aretz, ‘que la tierra produzca’) para indicar este tipo de dinámica entre el Creador y sus agentes de vida: el agua y la tierra[222]. RESUMEN La idea de «Creación progresiva» significa que Dios utilizó de manera sistemática los elementos naturales que creó con anterioridad para realizar el próximo nivel del proceso creativo y así ir mejorando y remodelando nuestro planeta. Podemos demostrar la existencia de este proceso desde el primer hasta el tercer día de la Creación observando los siguientes pasos: 1. Dios creó los cielos y el planeta Tierra desde la nada. 2. En su etapa inicial, la Tierra estaba sin vida, pero conteniendo el elemento fundamental necesario para ser transformado en un planeta viviente: el agua. También estaba equipado con una fuente singular de energía, un agente creativo que Dios utilizará para continuar el proceso creativo, «un viento de Dios» (guiado por Dios, que responde a Su voluntad). El agua es la materia prima y el viento, el motor que va a mover las cosas. 3. El tercer elemento, la luz, era la fuente principal de energía. Como cualquier otro tipo de radiación, la luz primitiva también actuó como fuente de calor. 4. El agua, el viento y la luz son los tres elementos esenciales que Dios empleará para: 1) generar el ciclo del agua; 2) establecer el sistema climático, y 3) crear la atmósfera de la Tierra. Estos tres sistemas se iniciaron mediante un único proceso: la evaporación del agua, o dicho en términos bíblicos, «la separación entre las aguas inferiores y las superiores». 5. Por orden de Dios, en el segundo día el agua, el viento y la luz formaron las nubes, el sistema climático y la atmósfera (rakía), y así inauguraron el proceso que culminó en la lluvia. 6. El viento y la lluvia fueron parte de los elementos que Dios utilizó para desarrollar la actividad creativa del tercer día. A través del viento, el Creador separó el suelo de los mares. 7. Más tarde, en el mismo tercer día, la lluvia recién creada irrigó la tierra seca. El Creador entonces hace brotar la vegetación del suelo fértil. 8. La Torá percibe y describe la vegetación no como seres vivos, una forma de vida con un propósito de vida en sí mismo, sino como el alimento de los seres vivos (Gn 1, 29). La vegetación es el último paso del primer proceso creativo y la preparación de este planeta para albergar vida, en anticipación al próximo proceso creativo: la generación de vida. Curiosamente, los científicos también anuncian el desarrollo de una progresión geológica de la antiguaTierra, desde la formación de la atmósfera hasta la aparición de la vida. Así lo describe un científico moderno: [1] Al principio la atmósfera primitiva de la Tierra no tenía oxigeno libre. Estaba formada más que nada por vapor de agua, nitrógeno y dióxido de carbono. La letal radiación ultravioleta impactó en nuestro planeta. [2] Pero al haber vapor de agua apareció la lluvia, y esta arrojó sedimentos y químicos en el agua, y así la enriquecieron. Los océanos estaban preparados ahora para albergar la vida. [3] Las plantas produjeron oxígeno, un resultado de la fotosíntesis […] a medida que las plantas verdes se extendían, filtraban oxígeno libre en los mares y en la atmósfera […] a medida que el oxígeno de la atmósfera aumentaba, las moléculas de oxígeno se unieron para formar el ozono en la estratosfera. [4] La capa de ozono filtró gran parte de la luz ultravioleta letal del sol y, por primera vez, la tierra seca se encontraba a salvo para sustentar vida. En una tierra reacondicionada por la vida misma [las plantas], se allanaba el camino para los primeros [5] anfibios[223]. Obsérvese la progresión y el orden descritos en el texto y su notable semejanza con el orden bíblico: 1. Atmósfera tóxica, oscuridad y radiación ultravioleta (día 1 en el relato bíblico). 2. Vapor de agua, nubes, lluvia = atmósfera (día 2). 3. Vegetación (día 3). 4. Luz del sol filtrada normal (día 4). 5. Primeros animales (día 5). En el capítulo siguiente nos centraremos en identificar esta progresión y los agentes de la Creación de Dios. CAPÍTULO 6 AGENTES DE DIOS En este capítulo proporcionaremos mayor respaldo textual a la identificación de las aguas superiores con la lluvia y a la luz primitiva con el calor. La teoría de la secuencia de la Creación que presentamos en el capítulo anterior se basa principalmente en esta identificación. Asimismo analizaremos con mayor profundidad el rol del viento-ruaj, del agua-maim y de la luz-or en la narrativa de la Creación. La clave de nuestro análisis es un capítulo muy revelador del Sefer Tehilim: el salmo 104. Los Sabios observaron que la descripción de la Creación que la Torá brindó en Génesis es extremadamente breve. Explicaron que la brevedad bíblica, en particular en este caso, fue intencional. Indagar los detalles de la Creación es una pretensión que va mucho más allá del alcance de nuestra limitada mente humana. Los Sabios afirmaron: «El proceso de la Creación no puede ser revelado [del todo] a alguien de carne y hueso [es decir, los seres humanos]; por lo tanto, la Torá declaró en pocas palabras “En el principio, Dios creó [los cielos y la tierra, sin mayor desarrollo]»[224]. En efecto, el primer capítulo de Génesis dedicó tan solo treinta y un versículos para describir todo el proceso de la Creación del universo, la preparación del planeta Tierra para albergar vida y la creación de todos los organismos vivos. Pero esa breve narrativa fue complementada con mayor detalle, profundidad y color en el salmo 104, un salmo bíblico conocido en hebreo como Barejí nafshí («Que mi alma bendiga [a HaShem-Dios]»), compuesto por el rey David. En la liturgia judía este salmo se lee en Rosh Jódesh, el comienzo del nuevo mes, que representa el inicio de un nuevo ciclo cósmico. Barejí nafshí nos provee una riqueza de detalles de los sucesos que tuvieron lugar durante la Creación de nuestro planeta. Muchas veces los Sabios hicieron referencia a Barejí nafshí y lo utilizaron como la aclaración y la ampliación del capítulo 1 del Génesis. En el Midrash los Sabios destacaron la relación entre estos dos textos y declararon: «Muchas cuestiones que Moisés escribió en la Torá eran inaccesibles, y vino David y las esclareció»[225]. Los Sabios formularon una regla metodológica general en el estudio de la Torá, que quizá se podría describir como Texto pobre / Texto rico: «Las palabras de la Torá son pobres en un lugar y ricas en otro»[226]. Con esta declaración, los Sabios quisieron decir que en un contexto las Escrituras hebreas pueden tratar un tema en términos muy sucintos, mientras que en otro lugar ofrecen un relato más rico y detallado acerca del mismo tema, y queda en manos del alumno serio hacer el esfuerzo necesario para atar los cabos. Barejí nafshí es tal vez el mejor comentario y un suplemento superlativo de la historia bíblica de la Creación. Es el mejor ejemplo, quizás, de cómo un texto bíblico explica a otro texto bíblico. PRESENTACIÓN DE BAREJÍ NAFSHÍ Antes de analizar las preciosas ideas del Barejí nafshí y la invaluable información que este aporta a la sucinta descripción bíblica de la Creación, me gustaría presentarles la estructura de este salmo y su paralelo con la historia de la Creación: Salmos 104, 1 — El primer acto de Creación (Génesis 1, 1). Dios, el Creador de los cielos y la tierra, se oculta, y así se transforma en lo que denominaremos «el Creador encubierto». Salmos 104, 2 — El primer día de la Creación. La luz y el estiramiento de los cielos. Salmos 104, 3-4 — El segundo día de la Creación. La formación del firmamento. Nubes, lluvia, viento y calor. El sistema climático. La identificación de dos de los agentes de Dios. Salmos 104, 5-18 — El tercer día de la Creación. Tierra seca y agua dulce. Accidentes geográficos de la Tierra. Vegetación y árboles como alimento y refugio de los animales. Salmos 104, 19-23 — El cuarto día de la Creación. El Sol, la Luna, y las estrellas. Salmos 104, 25-26 — El quinto día de la Creación. Criaturas del mar. Salmos 104, 20-24. 27-30 — El sexto día de la Creación. Los mamíferos y el hombre. Dios sustenta la Creación y provee alimento para todas las criaturas. A partir de Salmos 104, 30 hasta el final del salmo, el rey David alaba al Creador y promete cantarle y alabarlo por el resto de su vida. En las siguientes líneas analizaremos los versículos de este salmo, lo que esperamos que nos ayude a comprender mejor los primeros tres versículos de la Torá. SALMOS 104, 1. EL JUEGO DE LAS ESCONDIDAS HaShem, mi Dios, eres tan grandioso, te has vestido de gloria y esplendor. Tal como Rashí[227] y otros comentaristas lo explican, el primer versículo de la Torá (Gn 1, 1) deja claro que el propósito de la Creación bíblica no es informarnos sobre la fecha exacta del nacimiento del universo, las leyes físicas del proceso de Creación o la estructura bioquímica de las criaturas creadas por Dios. La idea más importante que bereshit expresa es que el mundo no existe por casualidad o por aleatoriedad cósmica. Génesis 1, 1 y el resto del primer capítulo anuncian que nuestro mundo es obra de Dios, HaShem, el Creador inteligente de los cielos y la tierra, de todas las formas de vida y, por supuesto, de la raza humana. El resto de la información técnica provista dentro de la narrativa de la Creación no es el punto principal de este relato. Lo que Dios creó y cuándo lo hizo es solo información secundaria, adicional al plan mayor de la Torá. La razón para divulgar algunos de estos detalles es para permitirnos admirar y alabar a Dios, el Creador Supremo, tal como el rey David se inspiró para hacerlo al descubrir el mundo fascinante que diseñó. La Torá no parece considerar necesario promover la búsqueda de lo que sucedió con precisión en el momento de la Creación. Después de todo, y como ya hemos dicho varias veces, aun si contáramos con suficiente información sobre aquellos primeros acontecimientos (lo cual no sucede), sería imposible para nosotros, los seres humanos, comprender esos hechos, que pertenecen a una realidad que es fundamentalmente diferente a la nuestra (por ejemplo: intenta visualizar en tu mente una realidad pre-Génesis 1, 4, donde la luz aún no había desplazado a la oscuridad). Barejí nafshí sigue por ese mismo camino. No hace hincapié en enseñarnos los misterios del proceso creativo. Alaba en forma poética la sabiduría y el poder de Dios para crear este mundo. Lo que nos estimula a descubrir no es el proceso de Creación en sí, sino a Él, al Creador. Es por ello que, si bien trata algunos delos detalles, el foco específico de Barejí nafshí es Dios. La primera parte de Barejí nafshí (versículos 1-4) aborda un interrogante muy profundo, una cuestión que confunde al hombre simple de fe monoteísta. ¿Cómo es que no vemos físicamente a Dios, al Creador Todopoderoso? El Dios de Israel es omnipresente. En las palabras del profeta Yeshaiahu (6, 3), «Su gloria [Su presencia] llena toda la Tierra». Él creó el mundo, Él lo controla y Él lo guía constantemente. Entonces, ¿cómo es posible que no lo veamos en ningún lado? ¿Cuál es la razón de la invisibilidad de Dios frente a la providencia permanente de Dios sobre la Creación? Génesis y la Torá (el Pentateuco), en general, jamás se refirieron directamente a esta cuestión. Sin embargo, el rey David dedicó los primeros versículos de su poema para responder por qué no podemos ver a Dios o, más precisamente, qué caminos no visuales debemos elegir para encontrarlo. El tema de discusión es claro desde el mismísimo principio del salmo. Veamos: «HaShem, mi Dios, eres tan grandioso, te has vestido de gloria y esplendor». Luego, en los versículos siguientes el rey David centra su atención en el modus operandi de Dios y nos demuestra que Él crea y se esconde. Dios maneja el mundo mientras permanece oculto. Es invisible para nosotros porque Él opera de forma «encubierta». Tiene control absoluto sobre su universo, pero lo maneja «mediante intermediarios» —a través de miles de agentes o «ángeles»[228]. Los ángeles, en forma de fuerzas naturales, fueron utilizados por Dios en el proceso de la Creación, y son activados de manera continua (en el sentido verbal hifil) para mantener su Creación. Dios permanece oculto y con el total control del universo de forma simultánea, al actuar a través de Sus agentes. En los próximos versículos conoceremos a algunos de esos agentes divinos. SALMOS 104, 2. DETRÁS DEL ESCENARIO [Dios] viste la luz como ropaje; [Él] estira los cielos como una cortina. Los elementos de luz (or) y los cielos (shamaim) son una alusión obvia a las creaciones principales del primer día. Más allá de funcionar como ideas centrales poéticas, las analogías entre la luz y el ropaje, y los cielos y una cortina fueron interpretadas por los Sabios como grandes ideas filosóficas que nos revelan la profundidad de la narrativa de la Creación. Este versículo no está aludiendo a las creaciones de Dios, sino a Dios el Creador, y explica las razones por las cuales no podemos ver físicamente al Creador del universo. Dios se vuelve invisible ocultándose detrás de un ropaje de luz y un velo compuesto por los cielos. En otras palabras, desde nuestra perspectiva como habitantes de la Tierra, la luz y los cielos son una pantalla, una cortina que nos esconde la presencia de Dios. Alzamos la vista en búsqueda del Todopoderoso, pero todo lo que vemos es el luminoso Sol y los cielos. Nuestra vista no puede atravesar las múltiples pantallas (o dimensiones) que ocultan la presencia de Dios. El Creador del universo permanece oculto, fuera del alcance de nuestra vista física. Voluntariamente eclipsado por la luz y la gloria que Él «viste». No se lo puede encontrar con los ojos. Cuando los detectives observan a un sospechoso desde fuera de la sala de interrogatorios, ven al sospechoso, ya que desde donde ellos están el vidrio es transparente. Pero desde donde se halla el sospechoso, ese vidrio es un espejo. Del mismo modo, el rey David explica que Dios nos ve, conoce nuestros actos, nuestros pensamientos e intenciones, pero para nosotros no es posible verlo. Todo lo que vemos es el reflejo de la luz y los cielos[229]. La luz en sí, al igual que muchos agentes de Dios, puede ser tan abrumadora para un ser humano que nuestra imposibilidad de observarla detenidamente nos deja en claro por qué observar a Su Creador va más allá de nuestro alcance. El Talmud Ierushalmi (Jolin 59b) desarrolló esta idea relatando una disputa entre un hombre pagano y un erudito judío. Un emperador romano le exigió al rabino Yehoshúa ben Jananiá (siglo II) «ver» al Dios de Israel. «Eso es imposible», replicó el sabio judío. Pero como el emperador insistía, el rabino Yehoshúa lo invitó a salir fuera de su palacio a la luz de verano y le pidió que mirara fijamente al Sol. «No puedo», le contestó el emperador. Con este breve experimento el rabino Yehoshúa había demostrado su caso convincentemente. «Si no puedes tolerar mirar fijamente a uno de sus sirvientes, ¡¿cómo podrías contemplar al mismo Creador?!». Dios, dicho en forma poética, se viste con un manto de luz. Cualquier especie de revelación directa sería intolerable para los humanos. Su ocultamiento es para nuestro resguardo, no para el suyo. En el pacto de Sinaí (maamad Har Sinai), en el momento en el que el pueblo judío recibió los Diez Mandamientos, Dios se reveló con su voz y anunció los dos primeros. El pueblo de Israel literalmente se sintió mortalmente abrumado por dicha experiencia, y llenos de pánico, pidieron la representación de Moisés, para que transmitiera el resto de los mandamientos (Éxodo 20, 15-16)[230]. Atendiendo esta petición, Dios habló con el pueblo de Israel por intermedio de Moisés. Este se transformó en el instrumento humano de Dios, su agente para entregarle la Torá a Israel. De modo similar, como resultado de la Creación, Dios creó un sinfín de pantallas, que son sus agentes naturales y que nos ocultan su presencia. Estas pantallas establecen los límites de nuestra visión cuando alzamos la vista en búsqueda del Creador Todopoderoso. El rey David nos enseña que una persona no debe confundir la invisibilidad de Dios con su ausencia. En este versículo podemos comprender mejor por qué nosotros, o la ciencia y los científicos, al analizar la Creación, jamás nos encontraremos con Dios en forma directa; más bien — inevitablemente— nos encontramos con cualquiera de sus numerosos agentes. Dios es invisiblemente omnipresente. No lo podemos encontrar con los ojos, sino con nuestra mente, comprendiendo que Él está detrás de sus «agentes». SALMOS 104, 3. AGUAS SUPERIORES Y NUBES Él construye las paredes de Sus altos aposentos con las aguas. El versículo anterior describe el eclipse voluntario de Dios. Y nos explica que las creaciones del primer día —los cielos y la tierra— nos ocultan Su presencia. Dios no está a la vista, sino detrás de una dimensión de luminosidad celestial. Salmos 104, 3-4 presentan más ilustraciones de la operación encubierta de Dios. El tercer versículo cuenta que Dios operó por medio de Sus agentes cuando creó el mundo, y de modo similar, ha estado manejándolo continuamente a través de ellos. Ese versículo describe los eventos del segundo día de la Creación y arroja luz, por cierto, sobre la identidad de algunos de los elementos creados durante ese día: el rakía, las aguas superiores y las aguas inferiores. El cielo —claramente en alusión al rakía del segundo día— se denomina en este salmo «sus aposentos» (aliyotav)[231], y funciona como una tercera pantalla divina que nos oculta la presencia de Dios. Obviamente, no podemos ver a Dios morando en sus aposentos. Lo que vemos, en cambio, es el cielo, las nubes, la lluvia. Estas son las «invisibles» paredes de los aposentos de Dios. Estos aposentos (aliyotav literalmente significa ‘aposentos superiores’) son por supuesto las aguas superiores de Génesis 1, 7, que se describen aquí de forma explícita como nubes y lluvia. Los aposentos de Dios en esta metáfora son —en sentido figurado— el centro de control desde donde el Creador programa y activa las operaciones de la precipitación. No podemos ver al operador, pero sí el centro de operaciones, el cielo, y con nuestra mente reconocemos la existencia de Dios, gracias a los efectos de sus órdenes. A continuación, el rey David describe cómo Dios activa el proceso de la lluvia: Él hace de las nubes Su carruaje. Por fin ahora encontramos una descripción definitiva y concluyente de las aguas superiores que se mencionaron en el segundo día. A pesar de que en la Torá no hay mención explícitade la presencia o la formación de las nubes, este salmo —en forma incidental pero inequívoca— identifica la nueva creación del segundo día con las nubes. Las aguas superiores que se formaron en realidad son los depósitos de agua naturales, almacenados en las nubes. Agua suspendida en lo alto de la atmósfera, destinada a volver a la superficie de la Tierra en forma de lluvia y nieve[232]. Las nubes —en hebreo ‘abim— se comparan con un carruaje de Dios. Por supuesto, esto no quiere decir que las nubes transporten a Dios, sino que son conducidas por Él[233]. Dicho de otra manera, Dios controla y dirige las nubes, como si fueran un carruaje, para producir lluvia. Aunque es invisible y está oculto en Su aposento celestial, tal como este versículo enfatiza, tiene el control absoluto de Su Creación. Lleva las riendas y conduce las nubes para que produzcan lluvia. Dios es el conductor invisible de la Creación. Vemos el carruaje, percibimos que está siendo dirigido, pero no podemos ver a Su conductor. Él es el que se desplaza sobre las alas del viento. ¿Cómo es que Dios Todopoderoso conduce las nubes desplazándose sobre las alas del viento?[234]. En este versículo, el rey David describe lo que los Sabios más tarde calificaron morid hagueshem[235] (‘[Él] que hace caer la lluvia’). La palabra morid también está construida en la forma verbal causativa hifil, y quiere decir lo siguiente: Dios causa que la lluvia caiga por el efecto de los vientos [sobre las nubes]. Muy elegantemente, el rey David partió desde el producto final: agua / lluvia (los «aposentos» de Dios están hechos de agua); luego continuó con la causa más inmediata de la lluvia: las nubes (nubes, como el carruaje de Dios), y concluyó con el primer agente divino, el transportador de las nubes: el viento. El Todopoderoso dirige Su viento al desplazarse sobre sus alas. Por lo tanto, el versículo tercero del salmo 104 está diciendo: «Dios produce lluvia, al conducir las nubes, a través de Su viento». Claramente, el viento manejado por Dios, al que se alude en este versículo, es el viento divino de Génesis 1, 2. El rey David indica de una forma poética pero muy precisa que Dios está presente en cada etapa del proceso de la lluvia, y sin embargo permanece invisible: en sus impenetrables aposentos. SALMOS 104, 4, PARTE I: LOS AGENTES SECRETOS DE DIOS Él hace de los vientos Sus ángeles; [Y del fuego abrasador, Sus servidores]. Este versículo sigue aún dentro del marco del segundo día de la Creación, y ahora hace referencia al viento, y además menciona un fuego misterioso que aparentemente nunca fue mencionado de forma explícita en el capítulo 1 de Génesis. El viento y el fuego aquí se denominan malajim y mesharetim, ángeles y servidores de Dios. En hebreo bíblico, el término malaj, ‘ángel’, quiere decir ‘agente’ o ‘representante’. Puede aludir a un agente de Dios o de un hombre[236]. Tal agente puede ser humano o de cualquier otra especie. En el segundo versículo de la Torá, el viento se nombra de forma explícita como uno de los elementos incluidos en la descripción del inventario inicial del planeta Tierra. Salmos 104, 4 confirma nuestra opinión de que el misterioso ruaj Elohim que se indica en Génesis 1, 2 no debe entenderse como ‘espíritu divino’ sino definitivamente como lo entendieron el Targum Onquelós, Maimónides y otros comentarios: un viento físico, que actúa como un agente de Dios en la Creación y más allá de esta. La identificación que realizó el rey David en este salmo del viento con los malajim de Dios, uno de sus agentes, concuerda maravillosa y precisamente con la idea del viento de Dios o dirigido por Dios. Por supuesto, el viento no es una herramienta que Dios utilizó solamente en la Creación del mundo. Según explicó Maimónides, el viento es el instrumento básico de Dios en el control y el mantenimiento del clima de la Tierra[237]. Más allá del contexto de la narrativa de la Creación, la actuación de Dios mediante agentes prevalece a lo largo de la literatura bíblica, el pensamiento rabínico y la liturgia judía. Los Sabios explican que el Creador utiliza en forma constante una multitud de agentes para llevar a cabo Su voluntad (harbe shelijim laMakom)[238]. Actuar por medio de agentes es en realidad la norma cuando Dios interactúa con Su mundo en el funcionamiento cotidiano del mismo. Y también cuando el Todopoderoso opera uno de Sus milagros. Respecto de este último punto, tomemos por ejemplo cada una de las plagas que Dios envió sobre Egipto en el momento del Éxodo —todas y cada una de las plagas fueron agentes de Dios, ya que transmitieron Su mensaje al Faraón, a Egipto y al pueblo de Israel. La Torá describió de forma manifiesta que la última plaga, la muerte de los primogénitos, también se realizó a través de un agente o intermediario de Dios. Él envió un mashjit[239] (que tradicionalmente se identificó con el Ángel de la muerte) para imponer el máximo castigo sobre los primogénitos egipcios, mientras Dios mismo (por así decirlo) protegía los hogares judíos —«[Dios] protegió los hogares de los hijos de Israel en Egipto»— de su propio agente: la plaga mortal o el mashjit[240]. La Torá destacó este acontecimiento, la protección de las casas judías, como un evento singular en el cual Dios, de manera excepcional, actuó de forma directa y sin ningún agente. Tal como la Hagadá de Pésaj relata: «Yo [los protegí], y no un ángel; fui Yo, y no un intermediario». Durante la última plaga Dios escudó al pueblo de Israel y los protegió contra uno de sus propios agentes. El hecho de que la intervención directa del Creador para proteger al pueblo judío de esta plaga fuera destacada como algo excepcional no deja lugar a dudas de que la forma normal en la que Dios actúa es a través de Sus agentes[241]. La noción del viento que actúa como uno de los agentes de Dios no es un concepto que se aplica exclusivamente a la creación del mundo. La Torá señala en forma explicita cómo Dios hizo uso del viento como uno de sus agentes principales en el Éxodo de Egipto. Dios trajo un viento occidental (ruaj kadim) para llevar las langostas sobre Egipto y, más tarde, para desplazarlas una vez que estos devastadores insectos habían terminado su voraz misión[242]. En el momento del Éxodo, cuando los hijos de Israel necesitaban escapar de la esclavitud egipcia, Dios les abrió el mar. De modo interesante, la Torá no dice que Dios actuó en forma directa sobre las aguas. Una vez más, utilizó un viento poderoso (ruaj kadim aza) para secar el fondo marino y así partir las aguas[243], y permitirle al pueblo de Israel cruzar hasta el otro lado sobre suelo seco. En la historia de la Creación la presencia del viento en el planeta Tierra se reconoce minuciosa y especialmente (ruaj Elohim) en Génesis 1, 2 como el agente o instrumento de Dios. Durante el segundo y tercer día el viento desempeñó su misión creativa como agente «secreto» (porque no fue explícitamente mencionado) de Dios. Barejí nafshí menciona el viento en la descripción del segundo día, y de este modo revela la identidad secreta y la misión fundamental del viento. Fue decisivo durante la formación del ciclo del agua, puesto que causó o ayudó al proceso de la lluvia, que tuvo lugar durante el segundo día. El viento transfiere moléculas de agua lejos de la superficie cuando esta se evapora, manteniendo la humedad de la atmósfera y causando así la formación de las nubes. En cierto sentido, el viento fue el medio más crucial que el Creador utilizó para la formación de la atmósfera de la Tierra y de todo el sistema climático. Sobre la base de este salmo, entre otras fuentes, los Sabios también percibieron al viento como el agente básico que Dios usa en la actualidad y en forma constante para producir lluvia, la fuente principal de subsistencia. Los Sabios presentaron en la liturgia judía una alabanza al Creador, quien «hace soplar al viento y hace caer la lluvia» (mashib haruaj umorid hagueshem —de nuevo en la forma hifil—). Los Sabios podrían haber atribuido la producción de lalluvia al impacto de otros elementos más visibles o notorios, como las nubes, el trueno o el relámpago. Sin embargo, reconocieron que la lluvia proviene específicamente del viento, el agente de Dios para crear y mantener el sistema climático[244]. ¿Por qué el texto bíblico no reconoce el uso del viento u otros agentes de la Creación de forma explícita? Primero quisiera afirmar que la Torá sí reconoce el rol excepcional del viento cuando en Génesis 1, 2 lo nombra como «el viento de Dios». La omisión del viento en el resto del relato de la Creación puede atribuirse simplemente a la brevedad bíblica (y la brevedad, como hemos tenido la oportunidad de señalar, es la norma en este relato). O quizá, al no reconocer de forma explícita la función del viento durante el segundo y tercer día, la Torá quiera destacar que, aunque Dios emplea a sus agentes, no debemos confundirlos con el Creador responsable de ellos. Tal vez, teniendo en cuenta el objetivo primario del Génesis —demostrarnos que es Dios quien creó el mundo y lo equipó con todo lo necesario para la vida—, la Torá muestra que el proceso de Creación fue llevado a cabo directamente por el Creador, aun en aquellos casos en los que, al leer el texto con gran detenimiento, podemos apreciar que Él actuó a través de fuerzas naturales. No obstante, el libro de Salmos es más explícito en este aspecto. Quizás porque Barejí nafshí centra su atención en los agentes que Dios utilizó y expone la continua providencia divina (hashgaja) sobre el mundo con el telón de fondo de su invisible omnipresencia. Barejí nafshí es un epílogo invaluable de la narrativa de Génesis. Revela los detalles ocultos del proceso de Creación y enriquece nuestra conciencia de la presencia de Dios y Su modus operandi en el mundo. SALMOS 104, 4, PARTE II: EL CALOR Y LA EVAPORACIÓN DEL AGUA [Él hace de los vientos Sus ángeles] Y del fuego abrasador, Sus servidores. Una de las contribuciones más fundamentales del salmo 104 a la comprensión del primer capítulo del Génesis es la identificación de la luz primitiva (en hebreo, or) que se consigna en Génesis 1, 3 con el fuego o el calor (esh), identificando así al segundo agente de Dios en la Creación. El fuego en Salmos 104, 4 solo puede ir en paralelo a la luz de Génesis 1, 3, una indicación inequívoca del calor que generaba la luz primitiva[245]. Según la tradición, sabemos que la clase de fuego que se obtiene a través de la combustión fue atribuida por los Sabios a la inventiva de Adam, y no a una creación directa de Dios en Génesis[246]. Por lo tanto, el fuego aludido en Salmos 104, 4 como una de las creaciones de Dios, en particular dentro de la narrativa del segundo día, e identificado como uno de los agentes de Dios en la Creación, no pueden ser las llamas que comúnmente imaginamos como fuego[247]. Necesariamente debemos concluir que el fuego que menciona Salmos 104, 4 hace referencia a la luz primitiva (or) de Génesis 1, 3. La naturaleza de esta luz primitiva es una cuestión que vamos a explorar en profundidad en la próxima sección de este libro. Sin embargo, ahora podemos verificar que, como asumimos con anterioridad, al igual que con cualquier otra fuente de radiación electromagnética, la luz de Génesis 1, 3 no solo era una fuente de luminosidad, sino también de energía y calor. La palabra esh también se utiliza como ‘calor’ en Salmos 148, 8: «El calor y el granizo, la nieve y el vapor», según el cual esh —claramente ‘calor solar’ y no ‘fuego’— cuenta como uno de los elementos del sistema climático, junto con el granizo, la nieve y el vapor (es decir, neblina). El calor es una propiedad presente en cualquier luz o radiación electromagnética. A partir del patrón que ya encontramos en la narrativa de la Creación, no es de esperar que el texto del Génesis identifique explícitamente el calor como uno de los agentes de Dios. Sin embargo, de forma similar a lo que observamos con el viento, el hecho de que Barejí nafshí reconozca de manera manifiesta el calor (esh) como uno de los agentes de Dios dentro del contexto del segundo día de la Creación es una clara indicación de que, en el proceso de la división de las aguas, el calor desempeñó un rol crucial al separarlas, evaporando el agua líquida y convirtiéndola en nubes, para permitir así la siguiente progresión de la secuencia bíblica de la Creación: Viento + Agua (Gn 1, 2) + Calor / luz (Génesis 1, 3) ➝ Evaporación / Nubes / Lluvia (Gn 1, 6-7) ➝ Vegetación (Gn 1, 12)[248]. Salmos 104, 4 («Él hace de los vientos sus ángeles, y del fuego abrasador, sus servidores») identifica el viento y el calor como los agentes ocultos que el Creador empleó para producir la atmósfera y los acontecimientos del segundo día. El Todopoderoso también hizo uso de la luz / calor[249] como un agente en la creación del rakía en el segundo día, y de un modo similar, Dios utilizó el viento para secar la tierra durante el tercer día. Y tal vez, de la misma manera que el viento fue decisivo para formar las nubes durante el segundo día, el calor funcionó para secar los continentes durante el tercero. SALMOS 104, 8. AGUA DULCE Y EROSIÓN Subieron a las montañas y bajaron a los valles, al lugar que Tú les asignaste. Este versículo de Salmos puede estar sugiriendo la actividad de un tercer agente que Dios empleó en la Creación, además del viento y el calor. Parece insinuar que la lluvia también actuó como una de las herramientas divinas. Los Sabios percibieron la lluvia como uno de los medios más maravillosos de Dios para proveer sustento a sus criaturas. Similar al viento, en la segunda bendición de la Amidá (la plegaria judía más importante), la lluvia es uno de los elementos clave por los cuales proclamamos que Dios es el Proveedor Misericordioso de todas sus criaturas vivientes (mejalkel jaim bejesed). Siguiendo el patrón descubierto en el caso del viento y el calor, tampoco es de esperar que la lluvia sea mencionada de forma explícita como agente de la Creación. En realidad, es también solo gracias a Barejí nafshí que somos capaces de identificar a la lluvia como las aguas superiores del Génesis. La Torá nunca cita la precipitación (en hebreo bíblico, matar o gueshem) en el capítulo 1. Simplemente habla acerca de la separación de aguas. Como hemos expuesto, entender este versículo como una alusión a la lluvia concuerda con nuestra interpretación de la narrativa de la Creación como una progresión sucesiva, a través de la cual durante los primeros cuatro días cada elemento se crea como una base para la creación del elemento siguiente. El agua y el viento (creados durante el acto inicial de la Creación), necesitaron que el calor (creado en el primer día) produjera lluvia (creada en el segundo día). Por lo tanto, la lluvia pudo haber sido un instrumento para el desarrollo de los sucesos del tercer día. Por un lado, tal como ya hemos visto, la lluvia es vital para la vegetación, creada en la segunda parte del tercer día. Este hecho por sí solo sería suficiente para justificar la progresión sucesiva: agua + calor (primer día) + lluvia (segundo día) + vegetación (tercer día), por lo que el rol de la lluvia se considera un prerrequisito de la vegetación. Sin embargo, me gustaría tratar de demostrar en las siguientes líneas que Salmos 104, 8 puede asignarle a la lluvia una función adicional en cuanto a los cataclismos que moldearon los continentes y su geografía en la primera mitad del tercer día, cuando la historia de la Creación informa acerca del surgimiento de la tierra sobre la superficie de los océanos. Cuando el Creador ordenó a las aguas retroceder, agruparse en el océano y permitir que se viera la tierra firme, la Torá dice en pocas palabras: «Y que se vea la tierra seca». En coherencia con la brevedad bíblica, no se menciona nada acerca de cómo Dios desplazó las aguas de los océanos para hacer surgir la tierra, ni cómo la tierra seca adquirió su geografía actual. Hemos visto que algunos rabinos como Eben Ezrá explicaron que Dios usó el viento para separar el mar de los continentes.Pero ¿qué sucede con los accidentes geográficos continentales? ¿Qué medio empleó el Dios Todopoderoso para hacer surgir la tierra seca y moldear el paisaje actual de las montañas y los valles de la Tierra? Si se analiza con detenimiento Salmos 104, 8 podemos encontrar una alusión al rol de la lluvia en el proceso del desarrollo de los accidentes geográficos. Las palabras de este versículo son bastante difíciles de entender. Está en el centro de una narración detallada de los acontecimientos geológicos que resultaron en el surgimiento de la tierra seca. Por cierto, hay que destacar que el salmo 104 le dedica al tercer día de la Creación la narrativa más elaborada y extensa, ya que contiene la mayor cantidad de versículos de este salmo: quince. Para el análisis de Salmos 104, 8 es importante tener en cuenta que el agua es en general el sujeto principal del tercer día. Doce de los quince versículos tratan sobre el rol del agua en la Creación, (¿recuerdan melejet hamaim?). Para comenzar, analicemos el contexto de este versículo. Salmos 104, 6 dice: «La cubriste [a la Tierra] con el mar primitivo como su vestimenta; las aguas estaban sobre las montañas». Así retrata un estado del planeta en el que el agua lo está cubriéndolo por completo. Esto es compatible con la tradición rabínica (o quizá es una de sus fuentes)[250]. En Salmos 104, 7: «Huyeron [las aguas] de Tu reprensión; se escaparon del sonido de Tu trueno»; algo de proporciones catastróficas ocurrió. El versículo describe el retroceso de las aguas, lo que produce truenos y ruidos inconmensurables. Salmos 104, 8 continúa: «Subieron a las montañas y bajaron a los valles, al lugar que Tú les asignaste». A fin de comprender lo que este versículo está diciendo, primero debemos definir cuál es su sujeto, lo que resulta una tarea bastante desafiante. Existen dos traducciones posibles: 1. «Las montañas subieron, los valles se hundieron hacia el lugar que Tú les asignaste»[251]. 2. «Subieron a las montañas y bajaron a los valles, al lugar que Tú les asignaste»[252]. Como se puede observar, las traducciones son significativamente diferentes. En un caso (1) el sujeto son las montañas y los valles, y en el otro (2) el sujeto de la oración son las aguas. Si las montañas y los valles son el sujeto, este versículo entonces estaría describiendo el proceso de formación de la superficie del planeta Tierra, que surgía a medida que las aguas retrocedían. Esta descripción añade nueva información a nuestro conocimiento sobre los acontecimientos del tercer día de la Creación y explica el surgimiento de la corteza superior del planeta en todas sus magníficas formas y esplendor. Los accidentes geográficos son descritos por las características geográficas contrastantes: montañas y valles. Hay solo un pequeño problema con esta traducción. El contexto en el cual este versículo opera señala más allá de toda duda que, en efecto, las aguas deben ser el sujeto, y no las montañas y los valles. Leamos de nuevo los versículos anteriores. Salmos 104, 6: «Las aguas estaban sobre las montañas» deja claro que el sujeto de este versículo de manera inequívoca son las aguas. Del mismo modo, en Salmos 104, 7 el sujeto son las aguas: «Huyeron [las aguas, que estaban sobre las montañas] de Tu reprensión; se escaparon [las aguas] del sonido de Tu trueno». Antes de volver al versículo octavo, echemos un vistazo hacia adelante en Salmos 104, 9: «Creaste un límite para que no [lo] desborden, para que no vuelvan a cubrir la tierra». También en este versículo el sujeto de nuevo es el agua. Si el agua es el sujeto de los versículos sexto, séptimo y noveno, debemos suponer que el del versículo octavo también lo es, y no las montañas y los valles. Y si el agua es el sujeto de este versículo, como sostiene la segunda traducción (las aguas subieron a las montañas y bajaron por los valles), entonces el rey David está describiendo los movimientos del agua hacia arriba y hacia abajo. Pero entonces nos encontramos con otro pequeño problema de física básica: el agua puede bajar por los valles, pero ¡jamás podría subir las montañas, como este versículo implica! Hoy, gracias al conocimiento científico moderno de la geología, creo que podemos formular —y no sin un poco de audacia— una explicación alternativa de este versículo que relacionaría la creación del segundo día, la lluvia, con los sucesos del tercer día de la Creación, que describe Salmos 104, 8. Propongo leer este versículo con el agua como el sujeto y el verbo hebreo iaalu como un verbo transitivo[253]. Iaalu entonces significaría ‘las aguas hicieron subir a las montañas’ en lugar de ‘subieron por las montañas’. Por consiguiente, este versículo estaría diciendo que el agua dulce —la lluvia— impulsó las montañas hacia arriba e hizo descender los valles. Esta explicación nos brinda una percepción más profunda de los acontecimientos del tercer día. Durante la primera parte del tercer día tuvieron lugar dos actividades creativas diferentes: 1) las aguas retrocedieron y se agruparon en los océanos, y 2) surgió la tierra seca y se pudo ver la superficie continental. Mientras que Salmos 104, 4 insinuó que el viento habría sido el instrumento de Dios para la primera de sus órdenes, es decir, organizar las aguas en océanos, el versículo octavo puede estar contándonos ahora que el agua dulce (lluvia y nieve) fue el instrumento que Dios utilizó para la segunda actividad: el surgimiento de la tierra y la modelación de sus accidentes geográficos[254]. Las siguientes palabras, a través de las cuales el escritor científico Larry O’Hanlon explica el rol fundamental, y recién descubierto, de la lluvia en los procesos de erosión y formación de los accidentes geográficos de nuestro planeta, pueden ayudarnos a comprender la interpretación que propongo: El agua dulce [precipitación, lluvia] quita peso de la corteza de la Tierra en un lugar y sobrecarga otro[255]. Al erosionar las rocas del Himalaya, por ejemplo, la lluvia y la nieve logran que las montañas sean más livianas y en realidad aceleran el ritmo al que la cordillera se levanta sobre la capa más flexible debajo de la corteza […] A su vez, al afectar a la presión sobre la capa terrestre, algunos geofísicos consideran que pueden generarse corrientes en el manto que afectan a cómo, cuándo y dónde se mueven las placas tectónicas. Esta teoría sobre qué es lo que hace moverse a las placas tectónicas, designa el agua de lluvia como un protagonista central para la formación de cada centímetro de la superficie de la Tierra[256]. Hoy se estima que las placas tectónicas son la causa inmediata de la formación de las montañas, de los valles y de «cada centímetro de la superficie de la Tierra». Los científicos modernos creen que es la lluvia la que en realidad activa las placas tectónicas y «afecta a cómo, cuándo y dónde se mueven las placas tectónicas». Salmos 104, 8 puede estar sugiriendo que, además de su función en el surgimiento de la vegetación, la lluvia también pudo haber sido empleada como uno de los instrumentos de Dios para hacer subir las montañas y bajar los valles, y de esta manera haberle dado forma al paisaje de nuestro planeta. En otras palabras, la lluvia, un producto de los elementos de los días 1 y 2 de la Creación, habría sido un agente en la erosión de los continentes sobre el nivel del mar (la primera parte del día 3). En aquel entonces, la lluvia de nuevo actuó como agente del Creador para hacer brotar las plantas, preparar la tierra seca para hacerla fértil y ayudar a combinar los tres elementos que se transformaron en vegetación (la segunda parte del día 3). RESUMEN Génesis 1, 2 describe al mundo después de haber sido creado: «Pero la tierra estaba deshabitada y sin vida, y la oscuridad cubría la faz de los mares primitivos, y un viento divino soplaba sobre la faz de las aguas». En ese momento la Tierra todavía es una obra en proceso, una creación no terminada. El viento y el agua son mencionados en este versículo por una razón. El agua es el medio porel cual Dios revertirá la desolación y la falta de vida. También es la materia prima de la Creación. Será procesada y reprocesada para crear de forma gradual la atmósfera y el sistema climático, que a su vez posibilitarán la existencia de la vegetación y del oxígeno. En última instancia, Dios también utilizará el agua para generar las primeras formas de vida. Por otro lado, el viento realizará un trabajo menos notorio pero no menos fundamental. El Creador lo utilizará como motor del sistema climático en el segundo día, y para reunir las aguas, lo que hará aparecer los continentes, en el tercer día. El viento representa una categoría especial de la Creación. Se lo designa en forma específica y particular como agente de Dios, un elemento inanimado que actúa por la voluntad divina, transforma o hace funcionar a su Creación y a la vez nos oculta su presencia. Es solo gracias a la asistencia invaluable de Barejí nafshí que somos capaces de discernir la existencia y el rol decisivo del viento y de los otros agentes «secretos» de Dios (como el calor y posiblemente la lluvia) en la narrativa de la Creación. Barejí nafshí nos ayuda a comprender que el uso de agentes mantiene a Dios oculto de nuestra vista física. Dios opera en el mundo bajo la apariencia de sus numerosos agentes. Solo en ocasiones excepcionales Dios actúa de forma directa. Hasta donde yo sé, hubo solo dos momentos excepcionales en los cuales la Torá nos cuenta que Dios actuó de manera directa: 1) cuando protegió al pueblo de Israel del mashjit en la noche de Pésaj y el Éxodo de Egipto, y 2) en el momento de la teofanía en el Sinaí (maamad Har Sinai), cuando Dios pronunció los primeros dos mandamientos —se los comunicó directamente al pueblo de Israel. A lo largo de la Torá contamos con numerosos ejemplos en los que los agentes de Dios llevan a cabo su misión y el resultado se le atribuye a Dios mismo y no a sus emisarios (seres humanos o entes inanimados). Quizá uno de los mejores ejemplos es la historia de los ángeles que Dios envió para destruir Sodoma y Gomorra. Los ángeles le anunciaron de forma manifiesta a Lot: «Estamos a punto de destruir este lugar […] Dios nos ha enviado para destruirlo»[257]. Sin embargo, más tarde la destrucción de las dos ciudades se le atribuye exclusivamente a Dios[258], no a sus ángeles, y esos ángeles jamás vuelven a ser mencionados. Menasseh ben Israel cita la opinión del rabino Isaac Abarbanel sobre los agentes o ángeles del Creador: «Dios siempre actúa en este mundo inferior por medio de intermediarios, o por agentes, y estos pertenecen a dos clases: aquellos que operan desde el entendimiento, la voluntad o la elección, y aquellos que se clasifican como causas instrumentales, que son puestas en acción no por su propia voluntad sino por una orden superior, tales como las fuerzas y los actos naturales». Como si no quisiera dejar lugar a dudas en esta cuestión delicada de las atribuciones, Menasseh ben Israel agrega que «es necesario aclarar que el causante original de todos los milagros es Dios mismo»[259]. Por último, creo que reconocer el uso de los agentes de Dios en la Creación del mundo es de importancia crucial para aquellos que sostienen que la Torá y el descubrimiento científico no son incompatibles, ya que, de acuerdo a lo que aprendimos en este salmo, Dios oculta sus actos de forma deliberada detrás de la cobertura y la intermediación de elementos naturales. Entonces no habrá que frustrarse cuando la ciencia no percibe la voluntariamente invisible fuerza divina que actúa detrás de los elementos naturales visibles. Si la ciencia alguna vez demostrara, por ejemplo, que la vida surgió del agua, ciertamente eso no iría en contra de la declaración explícita bíblica en Génesis 1, 20. Por el contrario, lo confirmaría. Si la ciencia demostrara que la evaporación y la precipitación desplazaron la atmósfera tóxica primitiva y ayudaron a la creación de la nueva atmósfera apta para la vida, eso es exactamente lo que la Torá está diciendo. Una vez que las fuerzas y los procesos que dieron lugar al mundo tal como lo conocemos se estudian y se identifican con precisión, las diferencias entre el relato bíblico de la Creación y la narrativa científica son simplemente una cuestión de atribución. Los científicos necesariamente llegarán hasta el punto de identificar las fuerzas visibles y los hechos naturales, y allí se detendrán. Y los que abrazamos el relato de la Torá consideraremos tales fuerzas naturales como lo que son: agentes de Dios, fuerzas divinas —no naturales. Además, una vez que sabemos que Dios actúa a través de agentes, y que estos agentes son totalmente serviles a la voluntad de Dios, entonces podemos y debemos recurrir a la ciencia, que nos ayudará a profundizar la comprensión de aquellos agentes divinos. Y así, lejos de ser una fuente de tensiones y contradicciones, la ciencia resultará ser una herramienta invaluable para apreciar mejor la Creación de Dios. Versículo 3 Y Dios dijo: «¡Que sea la luz!», y fue la luz. GÉNESIS 1, 3 CAPÍTULO 7 LA LUZ Y EL TIEMPO Una de las citas más famosas y sublimes en la Biblia hebrea es el tercer versículo de Génesis, aquel que describe la creación de la luz: «Y Dios dijo: “¡Que sea la luz!”, y fue la luz». También representa la primera vez que Dios habla en el relato de la Creación. Se nos pueden cruzar por la mente muchas preguntas conforme vamos leyendo estas palabras. Por ejemplo, ¿cómo debemos entender que Dios hablara? ¿Acaso es una forma de describir en términos humanos que Dios tuvo la voluntad de crear la luz? Y si no fuera así, ¿a quién le habló Dios? ¿A la materia inanimada que habría de agruparse en fotones y crear la luz? ¿Cuál fue el proceso por el cual la luz fue creada desde el discurso de Dios? ¿El discurso de Dios y la creación de la luz fueron un solo acto o dos actos separados? ¿La creación de la luz fue una creación ex nihilo? ¿Y por qué la luz no se creó, al igual que el agua, durante el acto inicial de la Creación, como parte del inventario de los cielos y la tierra? Estas y otras preguntas son las que no vamos a abordar de forma directa en este capítulo. En las siguientes líneas enfocaremos nuestra atención, casi de manera exclusiva, en identificar de dónde venía la luz que fue creada y cuál era su fuente de acuerdo con la tradición judía. Esta luz —la primera luz— fue aquella cuya creación se detalla en Génesis 1, 3, que fue separada de la oscuridad en Génesis 1, 4 y que directa o indirectamente generó el día 1 en Génesis 1, 5. Esta es la luz que iluminó el mundo y produjo la distinción entre el día y la noche, por lo menos durante los tres primeros días de la Creación. Una de las funciones de esta primera luz, asevera el texto bíblico, fue delinear la transición del tiempo: permitir la percepción del principio y del fin de los días. La primera luz fue designada como el instrumento que inició el proceso que la Torá finalmente definió como un «día». Este proceso, desde la aparición de la primera luz hasta el establecimiento del día 1, se relata en los versículos que analizaremos a continuación. Y Dios vio que la luz era buena, y Dios separó la luz de la oscuridad. (Génesis 1, 4). Inmediatamente después de crear la primera luz, Dios procede a distinguirla de la oscuridad. La separación de la luz y la oscuridad es el primero de una serie de actos de división que el Creador llevó a cabo durante el proceso de la Creación. Quizá, como todos los actos de separación nombrados en este relato, la distinción entre la luz y la oscuridad consistió en el establecimiento de las leyes básicas de física que hoy en día damos por sentadas, entre ellas, que la luz desplaza a la oscuridad[260]. El Creador organizó su planeta recién creado mediante múltiples actos de separación: la luz de la oscuridad, el agua del vapor, la tierra seca de los océanos y el día de la noche. De manera enfática, el acto de separación de la luz y la oscuridad también representa una clara declaración del monoteísmo bíblico. Para apreciaresto debemos tener en cuenta las creencias paganas de las antiguas civilizaciones contemporáneas de la época bíblica. La Torá aseveró que no solo la luz sino también la oscuridad es una de las creaciones de Dios, y no una especie de fuerza mítica antidivina o un dios alternativo, como creían casi todos los pueblos paganos. La ausencia de luz, o cualquier otra ausencia en la Creación, es parte integral del diseño de Dios. La oscuridad no es indicio de alguna limitación del poder absoluto de Dios, tal como las civilizaciones mitológicas creían. En la Torá no encontramos dos deidades opuestas que luchan entre sí —un dios de la luz versus un dios de la oscuridad, personajes comunes en la mitología antigua—. El Dios de Israel creó la luz y luego la limitó al crear la oscuridad. El día y la noche son dos realidades opuestas, pero ambas creadas por Dios mismo. Es esta combinación (o sucesión) de opuestos la que producirá la unidad de un día. De modo similar, obviamente en un contexto diferente, existe la necesidad de dos seres distintos, un hombre y una mujer —que la Torá describió de forma explícita como opuestos[261] entre sí— para producir un tercer ser humano. Como la energía eléctrica, que le debe su existencia a una combinación y a la tensión entre dos fuerzas inversas: las cargas positivas y negativas[262]. Más allá de señalar que la luz y la oscuridad a partir de ahora habrían de oponerse entre sí, Génesis 1, 4 sugiere un principio más profundo: Dios creó un mundo en el cual a menudo se necesitan fuerzas opuestas para lograr la sinergia que lleve a la existencia de un producto superior y mejor. Día / noche presenta un tipo de sucesión muy especial —que no debe darse por sentado— porque no es el caso de una causa y efecto inevitables. Por lo general, el efecto que resulta de una causa genera un ciclo natural, como el de evaporación ➝ lluvia ➝ evaporación, etcétera. Sin embargo, tarde / mañana no son causa y efecto naturales entre sí, como veremos a continuación. Además de hacer posible la medición del tiempo, la transición de tarde / mañana es esencial para que la vida exista en este planeta tal y como lo conocemos hoy. El ciclo del día y la noche es un evento providencial de nuestro privilegiado planeta. En las palabras de Guillermo González: «Aunque lo damos por descontado, las noches oscuras dependen de diversas variables astronómicas, algunas locales y otras no. Un cielo oscuro necesita que nuestro planeta regularmente gire lejos de la intensa luz directa del Sol. Si nuestro día fuera de la misma duración que nuestro año, la Tierra siempre mantendría la misma cara dirigida hacia el Sol, lo mismo que ocurre con la Luna respecto a la Tierra. La amplia diferencia de temperatura que se produciría entre las caras del día y de la noche sería hostil a las formas de vida complejas. Cualquier vida compleja que pudiese existir, estaría en el lado del día»[263]. Y Dios llamó a la luz día[264], y a la oscuridad llamó noche; y fue la tarde y fue la mañana: un día. (Génesis 1, 5). Dios llama (y define) a la luz «día» (iom) y a la oscuridad «noche» (laila) y pone en marcha el continuo: noche / día = un día. De modo interesante, a lo largo del resto de la narrativa de la Creación, las Escrituras hebreas se refieren al ciclo de transición entre un día y el siguiente como «tarde / mañana», en lugar de la terminología más intuitiva empleada en este versículo, «noche / día». La tarde (ereb), o el anochecer, es la fase inicial de la noche[265], y la mañana (boker) es el comienzo del día. Ambos términos no son fáciles de definir. Mientras que se puede determinar con claridad que la noche comienza en el atardecer y termina en el amanecer, y que el día comienza al amanecer y concluye con la puesta del sol, la mañana y la tarde son mucho más imprecisas. ¿Cuándo empieza y cuándo termina la mañana? ¿Cuándo empieza y cuando termina la tarde o el atardecer? El hecho de que la Torá optara por indicar esta transición entre días con los términos «mañana» y «tarde» connota una transición más bien gradual, y no inmediata o súbita, entre un día y el siguiente. Sí bien la noche y el día se definen con mayor claridad que la mañana y la tarde, también representan una oposición más abrupta: un cambio más repentino de un estado al otro. La Creación, como hemos estado descubriendo, es una serie gradual de pequeños pasos, no de transformaciones radicales repentinas. El uso bíblico de «mañana» y «tarde» como las expresiones que describen la transición de un día al siguiente es consistente con el patrón general de la Creación: un proceso compuesto de pasos graduales, casi imperceptibles[266]. En Génesis 1, 3-5 la única y explícita función de la luz y la oscuridad es establecer los límites del día. En esta etapa, las unidades de tiempo que el Génesis emplea para medir el tiempo se limitan a noche, día y las etapas intermedias de mañana y tarde. La Torá hará mención de meses y años en el contexto del cuarto día[267]. Y «la semana» —el único ciclo de tiempo no astronómico, sino determinado por el Creador— será definida y operativa solo con el establecimiento del Sabbat, el séptimo y último día del ciclo semanal. Algo más. En el versículo 5, el día 1 de la Creación se establece por sí mismo. No hay nada, por ejemplo, que anticipe la llegada de otro día más. A diferencia de los otros cinco días de la Creación, el texto bíblico no usó el término ordinal «primero» (primer día), sino el cardinal «uno» (día 1)[268]. Desde un punto de vista semántico, el «primer» día aún no había sido creado, ya que para que haya un «primero» debe haber, o por lo menos debe asumirse la existencia futura de un «segundo» día. En este punto de la narración bíblica, lo que Dios ha creado no era el primer día sino un día. El día, la noche, la tarde y la mañana constituyen un sofisticado reloj cósmico que Dios creó para que los humanos midan la unidad más básica de tiempo: un día. LUZ, TIEMPO Y MORTALIDAD Una de las consecuencias primarias de la creación de luz fue el establecimiento de la distinción visualmente discernible entre las dos partes de un día: el día y la noche, y las etapas intermedias entre ellos: la mañana y la tarde. El día y la noche constituyen una secuencia que le permite al hombre medir o adquirir conciencia del paso del tiempo. El primer tipo de organización que Dios implementa en su mundo es la organización del tiempo. A modo de aclaración, no estoy queriendo decir que de acuerdo con las Escrituras hebreas el tiempo existía o no existía antes de la creación de la luz, o antes de que la primera secuencia de tarde / mañana haya comenzado. Conforme a Maimónides[269] y Najmánides, entre otros, el tiempo mismo ya había sido creado junto con la creación del universo (Gn 1, 1). Sin embargo, para la Torá el día y la noche se presentan de forma manifiesta como un mecanismo que el Creador diseñó para posibilitar la medición del tiempo[270]. El cálculo del tiempo es una necesidad exclusivamente humana. Solo los seres humanos somos capaces de tener conciencia del progreso del tiempo, lo que nos permite planear y administrar nuestra limitada existencia, con el objeto de cumplir nuestra misión divina. Para los animales el tiempo fluye más allá de su conciencia, de la misma manera en que el tiempo fluye para los humanos en sus sueños[271]. Mientras que la materia, el agua, la atmósfera y la tierra seca son esenciales para todos los seres vivos que compartimos este planeta, la medición de los días y el cálculo de las fracciones abstractas de un día parecen estar hechas a medida, exclusivamente para satisfacer (o generar) la necesidad humana de ser consciente del paso del tiempo. Y al ser consciente del progreso del tiempo, el hombre se da cuenta de su inevitable mortalidad. BORGES Y LA ILUSIÓN DE LA ETERNIDAD El tiempo es una de las pocas cosas que el hombre no puede controlar, recuperar, prolongar o detener. El hombre está destinado a vivir encapsulado dentro de una dimensión de tiempo que excede a su control y dominio[272].Analicemos el siguiente versículo «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno». (Génesis 1, 31). En la Hagadá (exposición creativa del texto bíblico), el rabino Meir leyó este versículo de modo un poco diferente. En lugar de «muy bueno» (tob meod), lo interpretó como «la muerte [es] buena» (tob mavet), como si el versículo estuviera diciendo: «Y vio Dios que la muerte era buena». Para explicar la profundidad de la idea del rabino Meir acerca del efecto positivo de la idea de la mortalidad para nuestra existencia, me gustaría compartir con el lector una reflexión de Jorge Luis Borges. En el relato «El inmortal», Borges establece una comparación entre los mortales y los inmortales: «La muerte (o su alusión) hace preciosos […] a los hombres. […] Cada acto que ejecutan puede ser el último […] Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario»[273]. Tal como el rabino Meir insinuó, la conciencia de mortalidad imbuye a la vida, a cada minuto de ella, de una preciosidad irrecuperable. La herramienta más útil para el desarrollo espiritual e intelectual del hombre es la conciencia del carácter perecedero de cada momento. El ser humano debe vivir cada día consciente de su naturaleza irrepetible. La muerte, según la describe Descartes, comienza cuando nacemos. La muerte es el efecto acumulado de todos los días previos, que han perecido. El estancamiento del hombre en la búsqueda de Dios es el enemigo declarado del progreso espiritual e intelectual. La vida es tiempo. «El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego»[274]. La consciencia del tiempo es una conciencia de la realidad del hombre: su inexorable mortalidad. El conocimiento y la eternidad son dos elementos que se nombrarán explícitamente más adelante en Génesis 2, y que representan las diferencias insalvables entre Dios y el hombre[275]. El jardín del Edén contenía dos árboles con frutos que estaban prohibidos específicamente para el ser humano. Después de que el primer hombre probara del Árbol del Conocimiento, Dios lo expulsa junto con su esposa del jardín del Edén — «no sea que [el hombre] extienda su mano y tome también del Árbol de la Vida», tentado por el deseo de la inmortalidad, «y viva para siempre»[276]. Adam, el primer hombre, no tenía acceso a la inmortalidad como individuo, sino como especie. Según explica Menasseh ben Israel, a Adam se le confirió la inmortalidad a través de la propagación de la especie humana, y por eso es que Dios «creó a la mujer adherida a él»[277]. Solo Dios es eterno e infinito. El hombre es un simple mortal. Sin embargo, puede vivir bajo la perjudicial ilusión de la inmortalidad cuando pierde la conciencia del tiempo. La conciencia del progreso del tiempo es esencial para el desarrollo espiritual del ser humano, o podríamos decir, del desarrollo espiritual gradual del ser humano. Parte del beneficio que los humanos obtenemos al contar con el ciclo día / noche es la bendición de una pausa diaria[278]. «Felizmente para nosotros, nuestra vida está dividida en días y en noches. Nuestra vida está interrumpida por el sueño. Si no hubiera día y noche, sueño y vigilia, sería intolerable vivir. La totalidad ininterrumpida del ser es imposible para los seres humanos. Al tener día y noche, los humanos podemos alcanzarlo todo, pero gradualmente»[279]. El ciclo día / noche es un prerrequisito para que el hombre retenga o recupere la conciencia de su inevitable fin individual. El ser humano tiende a olvidar o engañarse a sí mismo en la fantasía de la eternidad. El olvido y las innumerables distracciones pueden alejar al hombre de Dios y de la realidad de su naturaleza perecedera. El tiempo fluye de una forma imparable. Pero de noche un fragmento irrecuperable del tiempo, el día que pasó, ha muerto para siempre, y eso le recuerda al hombre la urgencia de su crecimiento espiritual. LA VIDA ESTÁ HECHA DE DÍAS En la Torá la existencia humana con frecuencia se mide por los días de la vida de una persona. Cuando Dios redefine la expectativa de vida de los humanos (o de la civilización humana en la época del Diluvio, de acuerdo con Eben Ezrá y otros), el versículo anuncia: «Por eso serán sus días [del hombre] 120 años»[280]. También en el caso de Abraham la vida es expresada en días: «Estos son los días de los años de la vida de Abraham»[281]; así como en el de Isaac: «Y fueron los días de la vida de Isaac 180 años»[282], y en el de Jacob, «Y fueron los días de Jacob, los años de su vida, 147 años»[283]. Para Heráclito, el tiempo es un río que fluye: «Ningún hombre pasa dos veces por el mismo río, puesto que no es el mismo río y él no es el mismo hombre». Lo que para Heráclito es el rio de la vida para la Torá es un día de nuestras vidas: «Ningún hombre pasa dos veces por el mismo día, puesto que no es el mismo día y él no es el mismo hombre». El ciclo día / noche es la manera en que Dios le recuerda al hombre su paso hacia la mortalidad. La bendición inicial de la plegaria nocturna —el rezo de arbit— se enfoca en los ciclos astronómicos diarios que comienzan al atardecer. Parafraseando esta bella oración: «A través de su palabra, Dios transforma el día en noche y la noche en día. A voluntad, Él abre las puertas del cosmos y reorganiza las estrellas y los cuerpos celestes». Y nos concede así las herramientas que necesitamos para medir el tiempo. En esta bendición la idea del cambio y la transición del tiempo se atribuyen a los ciclos diarios de los cielos. Los cuerpos celestes y sus órbitas mecánicas están allí para recordarnos nuestra mortalidad. En la Torá el propósito expreso de la creación de la luz es establecer parámetros que permitan la medición del tiempo al distinguir la luz de la oscuridad y la noche del día. Estas distinciones, a su vez, forman la unidad temporal básica a la que la Torá denomina «día». El día es un referente para el paso del tiempo: un reloj cósmico. Un día es un instrumento crucial para aquellos seres vivos que, a fin de progresar en su búsqueda espiritual, deben permanecer conscientes de su mortalidad. Estas criaturas son los seres humanos. La separación entre la luz y la oscuridad sirve a un propósito extremadamente importante. De no apreciar el paso del tiempo (y actuar en consecuencia), el hombre no sería hombre, sino simplemente otro miembro del reino animal —tal vez un poco más inteligente—. Tal y como Jorge Luis Borges escribió: «Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte»[284]. Esta puede ser la razón por la que la creación del ciclo día / noche sea tan prominente (y aparece tan temprano) en la narrativa de la Creación. Pero ¿es la medición del tiempo la única función de la «luz»? UNA LUZ DIVINA Ya hemos visto que en la historia de la Creación las cosas no siempre son lo que parecen. Hay subtramas detrás del relato visible que solo pueden apreciarse tras una indagación considerable y laboriosa sobre el texto bíblico. Por eso es que los Sabios del Talmud y aquellos que vinieron después contemplaron diversas y muy diferentes teorías sobre la naturaleza de la primera luz, sabiendo que una simple lectura textual es apenas el primero de diversos niveles de entendimiento. La Torá es como un mar profundo que guarda tesoros ocultos; uno debe sumergirse profundamente en sus palabras para descubrir sus preciosas riquezas. En los siguientes capítulos indagaremos un poco más a fondo en esas profundidades para explorar el rol que la luz primitiva pudo haber desempeñado como agentede Dios en el proceso de la Creación más allá del establecimiento del ciclo día / noche. Debemos empezar por analizar cuál fue la naturaleza y el origen de la primera luz. En El Conciliador, el rabino Menasseh ben Israel compara dos pasajes bíblicos que tratan sobre la luz[285]. Por un lado, en Génesis 1, 5, aludiendo al primer día de la Creación y antes de que el Sol y la Luna fueran mencionados, dice «Y fue la tarde y fue la mañana». Por otro lado, a fines del cuarto día de la Creación y después de que el Sol, la Luna y las estrellas fueron formados, Génesis 1, 19 utiliza exactamente las mismas palabras: «Y fue la tarde y fue la mañana». Menasseh ben Israel cuestiona: ¿Por qué la Torá habría de utilizar las mismas palabras para estos dos versículos, como si nada hubiera cambiado desde el primer día hasta el cuarto? Una vez que el Sol fue creado en el cuarto día, el día y la noche estarían ahora redefinidos por la luz del astro, y no por la primera luz de Génesis 1, 3. ¡Uno pensaría que en el día 1 pudo existir una fuente de luz diferente, y una forma distinta de distinguir entre esa luz y la oscuridad y entre el día de la noche! ¿Por qué la Torá pasaría por alto las diferencias fundamentales entre estos dos días y estas dos etapas? Menasseh luego se pregunta: «Si la luz solar es la que provoca la distinción entre el día y la noche, ¿cómo puede decirse que [el Sol] fue creado en el cuarto día? Y si esa primera luz era la del Sol, ¿cuál fue la creación del cuarto día?». La respuesta a estas dos preguntas será el tema de discusión de este capítulo y del resto del libro. Resumiendo más de quince siglos de exégesis bíblica, al abordar este interrogante sobre la naturaleza de la luz primitiva, el ilustre rabino Ben Israel presentó ocho opiniones distintas de fuentes rabínicas y no rabínicas. La multitud de puntos de vista puede clasificarse en dos escuelas principales: aquellos que afirman que el Sol era la fuente de la primera luz y aquellos que sostienen que la fuente de luz primitiva era otra diferente. Empecemos por esta última opinión. El rabino Eliezer Ashkenazi (1512-1586)[286] creía que la primera luz había sido generada por una especie de fuego oscuro, o en términos modernos, una energía invisible, tal como hemos explicado en el capitulo 4 que era la opinión de Maimónides[287]. Basándose en el concepto de «oscuridad» de Maimónides, el rabino Ashkenazi sugirió que la luz primitiva era el resultado de una fusión de este fuego oscuro con el aire. «La luz del primer día […] era una especie de aire inflamado: este aire especial […] iluminaba el semicírculo de los cielos, la otra mitad del cielo estaba en la oscuridad»[288]. De acuerdo con él, la luz primitiva era débil e insuficientemente clara. Por eso en el cuarto día el Sol tenía que crearse «para proveer suficiente luz sobre la Tierra»[289]. En otras palabras, la oscuridad primitiva, interpretada en este contexto como una especie de gas o energía invisibles, era la fuente de la primera luz. Por un lado, la explicación del rabino Ashkenazi proporciona una solución para el interrogante de la fuente de la luz primitiva: a saber, la oscuridad primitiva o la energía (invisible). Por otro lado, la idea de que la luz original más tarde se consideró insuficiente parece ser inconsistente con la declaración bíblica explícita en Génesis 1, 4: «Y Dios vio que la luz [que recién había creado] era buena». Es difícil concebir que la creación de la luz, seguida de inmediato por el visto bueno del Creador, resultara insuficiente y débil, hasta el punto de que más tarde fuera necesario que Dios reemplazara esta luz imperfecta con la luz del Sol. Para el rabino Isaac Abarbanel (1437-1508), la primera luz no provenía del Sol, ni del fuego, ni de cualquier otra fuente de energía física: «La primera luz fue creada milagrosamente y no procedía de un cuerpo lúcido»[290]. Durante los tres primeros días de la Creación esta luz «formó el día y la noche a través de ocultación y visibilidad sucesivas». Abarbanel consideró la existencia de la primera luz como un milagro singular que no tiene paralelo en el mundo físico con el que estamos familiarizados. Se trataba de una luz que emanaba directamente de Dios. Abarbanel percibía la primera luz como independiente, sin una fuente física. El origen de esta interpretación puede rastrearse en la época de los Tanaim, los autores de la Mishná y el Midrash. Al rabino Shamuel ben Najman (siglo III d. C.) se le preguntó de dónde provenía la primera luz. Partiendo de una tradición de los Tanaim (y aludiendo a Salmos 104, 2), él respondió: «Dios se cubrió [nitatef] con esa luz como un vestido o una capa, y extendió su esplendor desde un extremo [del mundo] hasta el otro»[291]. El rabino Iaakob, un sabio del siglo II, describió esa luz como una luminosidad divina que le permitía al hombre ver (o percibir) más allá de su visión natural. «El hombre miraba a través de ella y era capaz de ver (tzofe bo) desde un extremo del mundo hasta el otro». Esta luz provenía directamente de Dios o, según el rabino Shamuel ben Najman expuso más tarde: «Con esta luz el Todopoderoso nos ocultó Su presencia». La luz esconde pero también revela la presencia de Dios, como una vestimenta que cubre un cuerpo —si bien oculta su apariencia, también revela la existencia de ese cuerpo[292]. El rabino Elazar, también del siglo II, expresó: «Cuando el Todopoderoso vio [en el futuro] a los hombres de la generación [corrupta] del Diluvio […] Él [reemplazó la primera luz con el Sol y] reservó [esa luz primigenia] para los justos en el mundo por venir». Partiendo de este punto de vista, muchos Sabios denominaron esta luz or haganuz, ‘la luz oculta’[293]. Conforme a estas opiniones, tras la creación del Sol esta luz divina nos es inaccesible en tanto que estamos vivos. Dios la atesoró para los justos en el mundo por venir[294]. Ilumina —o quizás constituye— una dimensión de existencia diferente en la vida después de la muerte. Aunque sostenían que la naturaleza del mundo por venir es incomprensible para los mortales, muchos Sabios estuvieron dispuestos a reconocer la existencia de un elemento concreto que forma parte de la realidad de la vida del más allá: una majestuosa y encantadora luz; un esplendor divino (ziv haShejina). El esplendor de la presencia divina es lo que constituye el máximo deleite de los justos en la vida después de la muerte, de acuerdo con el Talmud[295]. Muchos otros Sabios, en particular aquellos versados en el misticismo judío —incluyendo al rabino Menasseh ben Israel— explicaron que esta luz era como una luz angelical o una luminosidad divina, una manifestación de la gloria de Dios, y explicaron qie esta es la luz que se menciona, entre otros pasajes, en la bendición sacerdotal: «Que Dios haga resplandecer Su rostro [Su presencia] sobre ti»[296] —esa es la luz que emana de Dios, que también aparece en la Amida diaria: «a través de la luz de Tu semblante» (beor paneja)—. El acceso a la luz de Dios, o mejor dicho al reflejo de esta, representa el clímax del desarrollo espiritual del hombre en este mundo[297]. Este tema, la luz divina, es una cuestión tan importante para los Sabios de la Cábala que el libro cabalístico por excelencia es el Sefer haZohar, el Libro de la Luz (o del Esplendor) que alude a esta luz de la Creación, relacionada con la sabiduría que irradia de lo divino. Si bien analizar la naturaleza de la primera luz desde un punto de vista metafísico es en sí mismo fascinante, y en efecto parece ser apropiado, lo que más importa en aras de nuestra discusión es que el rabino Ashkenazi Abarbanel y varios Sabios de la Mishná y el Midrash entendieron la luz primitiva como algo que no era luz solar. EL VOCABULARIO DE LA CREACIÓN Sin embargo, estos Sabios judíos que mencionamos no fueron los únicos que creyeron que la primera luz bíblica no provenía del Sol. Muchos siglos después de la Mishná, varios eruditos bíblicos y prominentes científicos advirtieron el extraordinario hecho de que las Escrituras hebreas, a diferenciade los antiguos mitos de la creación, no consideraran ni mencionaran el Sol, visto como un dios o por lo menos una figura semidivina entre todas las civilizaciones paganas de la Antigüedad, al principio del relato de la Creación. En efecto, es notable que en el primer día de la Creación la Torá centrara su atención en algo tan inmaterial y magnífico como la luz. En muchos sentidos, y en particular por su velocidad insuperable, la luz representa los límites de nuestra realidad física. La velocidad de la luz separa pasado y futuro. Define las fronteras del tiempo en nuestro universo. La luz es la materia más liviana que existe en el cosmos, y la naturaleza de su verdadera esencia constituye uno de los misterios aún no resueltos de la física moderna[298]. El énfasis bíblico en la aparición de la luz en el inicio de la Creación del mundo y la notable omisión de la creación del Sol, en particular en Génesis 1, 1-5, condujeron a estos eruditos a reflexionar sobre las notables similitudes, como mínimo en virtud del vocabulario utilizado, entre las Escrituras hebreas y las teorías cosmológicas modernas, ya que ambas proponen que la luz fue protagonista principal en el comienzo del universo. Steven Weinberg, un científico y premio Nobel famoso por su obra revolucionaria Los tres primeros minutos, describe los 180 segundos iniciales del universo y explica que la explosión original, lo que llaman Big Bang, fue una explosión de luz (fotones): «El universo se llenó de luz […] fue la luz lo que constituía el elemento dominante del incipiente universo»[299]. Adam Frank, un astrónomo moderno, describe las fases iniciales del desarrollo del universo de una forma increíblemente similar a lo que narra Génesis 1, 3-4, destacando no solo la existencia de la luz sino también la tensión y la dinámica entre la luz y la oscuridad. «La teoría del Big Bang — dice Frank— nos cuenta que todo el universo […] surgió de una sola explosión titánica que puso en marcha el cosmos. La luz, brillante más allá de toda descripción, inundó el incipiente universo. Hay una segunda parte del descubrimiento científico que sin embargo mucha gente no ha escuchado: pronto la oscuridad volvió para vengarse […] y así el universo pasó de la luz a la oscuridad y de nuevo a la luz —esta [transición] podría describir el desarrollo de los primeros años de nuestro universo—»[300]. Robert Jastrow fue incluso más preciso en cuanto al rol que el Big Bang les atribuye a la luz y la Biblia hebrea: «El brillo encandilador de la radiación en ese universo denso y caluroso habrá superado cualquier posible descripción […] los elementos esenciales en los relatos astronómicos y bíblicos del Génesis son los mismos: la cadena de sucesos que dieron lugar al hombre comenzaron repentina y rápidamente, en un momento definido en el tiempo, en un destello de luz y energía»[301]. El erudito judío a quien se le debe reconocer el mérito de haber sido tal vez el primero a quien se le ocurrió la idea de relacionar la descripción bíblica de la primera luz con los descubrimientos de la cosmología moderna es el profesor Abraham Shalom Yahuda (1877-1951). En 1935, un par de años antes de que se presentara formalmente la teoría del Big Bang, el profesor Yahuda, un prestigioso erudito bíblico y un eminente egiptólogo, sugirió que existen algunas notables similitudes entre la Torá y las teorías científicas actuales diciendo: «Uno puede hasta decir que la creación bíblica es, entre todas las demás historias de creación de la Antigüedad, la única que tiene un enfoque sobre la concepción del universo que es compatible con la cosmológica científica. Esto es muy prominente en el caso de la creación de la luz […] De acuerdo con los egipcios, fue el Sol el que primero surgió de las aguas caóticas para difundir la luz sobre la Tierra. [En la Biblia, donde no se menciona al Sol durante el primer día] hay una oposición deliberada a la concepción mitológica de que el Sol fue el primer y el más poderoso dios en aparecer sobre la Tierra[302]». No habría de sorprendernos entonces que muchos pensadores, científicos y eruditos bíblicos modernos se inclinen por identificar la teoría del Big Bang, que afirma que el universo comenzó con una explosión de luz, con el tercer versículo de la Torá: Yehi or, «Que sea la luz». Existe una similitud indiscutible entre el hecho de que la primera luz fuera creada en el comienzo mismo del relato de la Creación y el modo en que los científicos describen la evolución del cosmos, desde la explosión del Big Bang hasta nuestro universo actual. Sin embargo, pese a todas las tentadoras razones que podamos tener para identificar la primera luz del Génesis con la teoría del Big Bang, lo cual sin duda contribuiría notablemente a encontrar una consonancia entre la cosmología moderna y el relato bíblico de la Creación, la tradición judía[303] plantea, como ya hemos explicado, que el primer acto de Creación fue el de los cielos y la tierra —y no el de la luz—. E incluso si uno siguiera la interpretación del rabino Yehudá, según el cual la luz fue la primera creación divina, la interpretación judía tradicional de los tres primeros versículos de la Biblia no respaldaría la idea de que «Que sea la luz» pueda entenderse como la alusión al inicio de la creación del universo. Desde el punto de vista judío tradicional, no se trata de la luz del universo, sino de la luz que alumbra el planeta Tierra y distingue entre el día y la noche. Voy a ser más claro. Explicamos con anterioridad que la manera en la que el universo llegó a existir a partir de la nada escapa a la posibilidad de nuestra comprensión y análisis. No obstante, si uno supusiera (en contra de ese argumento) que la creación del universo consistió en una explosión de luz, mi opinión es que esto no es lo que Génesis 1, 3 está describiendo. Las palabras Yehi or, ‘Que sea la luz’, se refieren a la luz que iluminó el planeta Tierra. La historia de la Creación es definitivamente geocéntrica (o antropocéntrica); es decir, está dirigida al hombre y adopta el punto de vista y la realidad presente del ser inteligente que habita este planeta[304]. Esto no quiere decir que de acuerdo con el judaísmo el universo sea antropocéntrico, o que se descarte la posibilidad de vida o inteligencia extraterrestres[305]. Es solo que la Torá no discute ni describe los orígenes cosmológicos del universo en general. Es la creación de nuestro planeta, el planeta que albergará la vida y la vida inteligente —la creación y la historia de un ser vivo creado con el potencial para conectarse con su Creador— el tema del relato bíblico de la Creación. Por eso el segundo versículo 2 es tan crucial. Después de que el primer versículo anuncie que Dios Todopoderoso creó los cielos y la tierra, el segundo versículo vuelve a enfocar nuestra atención sobre la tierra, su estado y su inventario, e ignora de manera bastante notable, y para siempre, lo que sea que esté sucediendo con o en los cielos, es decir, en el resto del universo. LA HIPÓTESIS DE LA LUZ SOLAR Existe otra razón por la que no podemos afirmar que la tradición judía relaciona «Que sea la luz» con el inicio del universo. Esto es porque la mayoría de los Sabios identificó la primera luz de Génesis 1, 3 con la luz solar. El Talmud registra dos opiniones principales acerca del carácter de la luz primitiva[306]. El rabino Yaakob, un Sabio de la Mishná, sostuvo, como ya hemos indicado, que la luz primitiva era una luminosidad divina y por lo tanto no provenía del Sol. De acuerdo con él, se crearon dos tipos de luz: 1) una primera luz divina en el primer día, que se reservó para los justos, y 2) una luz solar terrenal, que durante el cuarto día reemplazó a la divina. La segunda opinión es la de los Jajamim (‘los Sabios’), que identificaron la primera luz con la del Sol. Conforme a este punto de vista se creó una sola clase de luz: la de las luminarias (el Sol y la Luna), que fueron creados en el primer día, pero que se fijaron en su ubicación definitiva en el cuarto día de la Creación.Lo que es fundamental destacar es que no se presenta esta segunda opinión como si perteneciera a un Sabio en particular, sino como perteneciente a los Jajamim (‘los Sabios’). En la jerga talmúdica, Jajamim representa la opinión de la mayoría de los Sabios, que a su vez resulta ser la visión judía oficial o tradicional en cuestiones legales judías, por ejemplo. Los Sabios fundamentaron su opinión en una interpretación que formuló el rabino Akiva (h. 40-137). El rabino Akiva observó que la partícula hebrea et en Génesis 1, 1 es técnicamente redundante[307]. En la traducción al castellano esta redundancia se asemejaría al uso de los artículos definidos «los» y «la» que anteceden a las palabras «cielos» y «tierra»: «En el principio Dios creó los cielos y la tierra». Esta frase en castellano no cambiaría su sentido semántico si no usáramos los artículos: «En el principio, Dios creó cielos y tierra». Del mismo modo, en el texto hebreo original la partícula et es semánticamente innecesaria. La presencia —superflua— de estas partículas se justifica mediante un instrumento literal de hermenéutica llamado ribbui —interpretar este versículo como si estas partículas vinieran a indicar la inclusión de otros elementos—. Dentro del contexto del acto de la Creación, por ejemplo, estas partículas gramaticales vendrían a incluir otros elementos que fueron creados junto con los cielos y la tierra. Según el rabino Akiva, lo que incluye la innecesaria preposición et es entre otras cosas la creación del Sol y la Luna —las me-orot o ‘luminarias’—. Lo que equivale a decir que el Sol y la Luna fueron creados durante ese acto inicial de la Creación, como accesorios a los cielos y la tierra[308]. La mayoría de los comentaristas bíblicos clásicos siguieron la opinión de los Jajamim y del rabino Akiva. Menasseh ben Israel cita, entre otros, a Rabenu Bajié, Rashí y Eben Ezrá, quienes expresaron que la luz primitiva era en efecto la luz solar. Por alguna razón —y los Sabios no abordaron esta cuestión en particular— las Escrituras hebreas no consideraron necesario mencionar al Sol como la fuente de esa primera luz. Casi parecería que desde la perspectiva bíblica era obvio que la primera luz era ciertamente la «luz del sol»[309]. RaDaQ también concuerda con este argumento. Y menciona que la existencia del Sol en el primer día de la Creación está implícita en el mismo texto bíblico. Génesis 1, 3 dice: «Y Dios dijo: “¡Que sea la luz!”». RaDaQ explica que cuando el texto bíblico registra que Dios «dice» algo, está indicando que el Creador se está dirigiendo a un interlocutor, está dando una orden a una de sus creaciones —organismos vivos o inertes— aun cuando no se mencione de forma explícita el destinatario de esa orden. En Génesis 1, 6 por ejemplo —«Y Dios dijo: “Que haya una extensión entre las aguas”»—, Dios se está dirigiendo al agua y le ordena que se separe del océano, evaporándose, y forme el cielo. Y así sucesivamente a lo largo del primer capítulo del Génesis. En el tercer versículo, dice RaDaQ, las palabras de Dios, la orden divina, también tienen que haber sido dirigidas a una de sus creaciones. RaDaQ sostiene entonces que «Y Dios dijo: “¡Que sea la luz!”» significa que Dios le dijo al Sol que iluminara con su luz. Esto es, según su opinión, una clarísima indicación de que el Sol ya estaba allí, antes del cuarto día, desde el acto inicial de Creación. Maimónides mantiene una postura similar respecto a la existencia del Sol desde el primer día. Y señaló explícitamente que el origen de la primera luz del Génesis era el Sol[310]. Al hacer referencia a la creación del Sol, Maimónides menciona que esa es la opinión de los Jajamim (y no la del rabino Akiva, como un Sabio individual), e indica que, conforme con los Sabios, el Sol efectivamente fue creado en el primer día, pero fue ubicado en su órbita —suspendido en su espacio definitivo— durante el cuarto día. En las propias palabras de Maimónides: «Debes saber que la partícula et en la frase et hashamaim ve-et ha-aretz (‘los cielos y la tierra’) significa ‘junto con’: nuestros Sabios [Jajamim] la han explicado con ese mismo sentido en muchos casos. En consecuencia, explicaron que Dios creó junto con los cielos todo lo que los cielos contienen, y con la tierra todo lo que la tierra incluye»[311]. Volveremos a analizar las palabras de Maimónides en el próximo capítulo. RESUMEN A partir de la lectura literal del texto bíblico, vemos que la luz fue creada explícitamente para funcionar como un sofisticado reloj astronómico que demarca el día y la noche y la imparable pero gradual progresión del tiempo. Refresca la memoria del hombre en cuanto a recobrar la conciencia de su propia mortalidad y, por lo tanto, le recuerda la necesidad de vivir con un propósito y un sentido. Sin embargo, la medición del tiempo no parece ser la razón exclusiva por la que la luz fue creada. Tal como hemos observado con el viento y el agua, también la luz desempeñó un rol fundamental como agente de Dios en la creación del mundo. En el proceso de la Creación, la primera luz fue empleada por Dios — como fuente de calor— para desencadenar otros procesos. La separación entre las aguas superiores e inferiores, por ejemplo, parece haber sido generada por el Creador utilizando el calor de la luz primitiva. También descubrimos en Barejí nafshí (Salmos 104,4) que, mientras describe los acontecimientos del segundo día, el salmista llama a la luz esh, ‘fuego’ o ‘calor’. Ciertamente sería muy tentador destacar las asombrosas similitudes entre el inicio de la Creación tal como lo transmiten la narrativa bíblica y las teorías cosmológicas modernas, dado que ambas sitúan la luz y la oscuridad en las etapas incipientes del cosmos. Sin embargo, pese a las extraordinarias coincidencias en cuanto al vocabulario de la Creación —y aunque muchos científicos modernos y algunos eruditos de la Torá puedan querer identificar la luz primitiva del Génesis con la luz primitiva de la teoría del Big Bang— los Sabios del Talmud entendieron que el centro de la narrativa bíblica no es la Creación del cosmos en general, sino del planeta Tierra en particular. La única referencia bíblica que tenemos de la creación del resto del universo (200 000 millones de galaxias, hasta donde sabemos en la actualidad) es solo una palabra: «cielos», en el versículo 1. Después de esa brevísima alusión, el texto bíblico concentra su atención de manera exclusiva en el planeta Tierra y sus accesorios (a saber, nuestro sistema solar inmediato y las estrellas visibles). La primera luz es uno de estos accesorios que se encuentra en el «vecindario» del planeta Tierra. Esta luz de Génesis 1, 3 no debe confundirse con la luz cósmica de la iniciación del universo. Hemos demostrado que tanto los Sabios como los eruditos bíblicos debatieron sobre el carácter de la luz primitiva sabiendo que hay mucho más en la narrativa de la Creación que lo que la historia relata. Varios Sabios consideraron la luz primitiva como una luminosidad que proviene directamente de Dios y cuya naturaleza es completamente diferente a cualquier luz física y mundana. No obstante, concluimos que la mayoría de los Sabios sostuvo que la fuente de la primera luz bíblica fue simplemente nuestro Sol. En los próximos dos capítulos, y sin pretender descartar otras interpretaciones (en especial las exposiciones relacionadas con lo místico), analizaremos el texto bíblico y presentaremos una teoría que sea consistente con la opinión que considera que la luz primitiva fue la solar. Mi objetivo principal será entender las similitudes, las diferencias y la dinámica entre la primera luz y la de las luminarias que Dios diseñó en el cuarto día. CAPÍTULO 8 LUZ EMBRIONARIA En el capítulo anterior vimos que hay dos escuelas, con opiniones divididas, en cuanto a la naturaleza de la luz del primer día: una escuela considera que la primera luz del Génesis fue una luz espiritual o divina, algo que no era la luz solar, mientras que la otra escuela sostiene que la primera luzse originaba en el Sol, y que por lo tanto, el Sol no fue creado en el cuarto día de la Creación sino en el primero. Los Sabios del Talmud concluyeron que la luz del primer día provenía del Sol[312]. Esta opinión procede de los Jajamim, ‘los Sabios’, en plural, que es la forma con la cual el Talmud describe un punto de vista cuando este es compartido por la mayoría de los Sabios. La postura de la mayoría de los comentaristas bíblicos medievales clásicos siguió —como era de esperar— la opinión de los Jajamim: que el Sol fue creado en el primer día, la luz solar era ya de algún modo operativa desde el primer día de la Creación, marcando la diferencia entre el día y la noche[313]. Hoy en día, en particular gracias a las teorías científicas recientes sobre el desarrollo de nuestro planeta, somos capaces de encontrar un respaldo más firme al punto de vista de los Sabios. Las teorías contemporáneas acerca de la formación de la atmósfera, la hidrosfera y la biosfera nos ayudarán a darnos cuenta de cuáles fueron las posibles causas de este misterioso reemplazo (o reposicionamiento) de la primera luz que tuvo lugar durante el cuarto día, tal como lo describe la Torá en la historia de la Creación. Pero antes de que procedamos a analizar esta idea con mayor profundidad, tenemos que analizar cuáles son las preguntas que hemos respondido y cuáles son los nuevos interrogantes que surgen al identificar la primera luz de la Creación con la luz solar. Suponiendo que la luz primitiva era en efecto la luz del Sol, se evita la necesidad de buscar una fuente alternativa para explicar el origen de la luz que iluminó el mundo durante los tres primeros días. Esta fue la misma que iluminó el planeta durante el resto de los seis días de la Creación y la misma que ilumina nuestro planeta en la actualidad. Nos hemos preguntado cómo habrá funcionado la luz primitiva al distinguir entre el día y la noche. Suponiendo que el Sol se creó en el primer día, podemos responder que su luz y la rotación de la Tierra distinguieron entre el día y la noche de la misma manera a lo largo de los seis días de la Creación[314]. También nos hemos cuestionado qué sucedió en el cuarto día cuando, aparentemente, la primera luz desapareció para ser reemplazada por la del Sol. Ahora, una vez que identificamos a la primera luz con la solar, el problema que se presenta a raíz de esta misteriosa sustitución finalmente se resuelve: no hubo sustitución alguna. La luz que alumbra la Tierra siempre ha llegado del Sol. DOS NUEVOS DESAFÍOS Sin embargo, si la luz primitiva de Génesis 1, 3 era la luz del Sol, tal como los Sabios argumentaron, nos surgen dos preguntas importantes. Primero hay que descifrar la terminología, al parecer inconsistente, utilizada por la Torá cuando hace referencia al Sol. Si la luz primitiva en efecto es identificada como la del Sol, ¿por qué la Torá no habría de utilizar los términos «Sol» o «luminarias», en lugar de «luz»? En otras palabras, en lugar de decir en Génesis 1, 3 «Que sea la luz», el texto bíblico debería haber empleado las palabras exactas que utilizó en Génesis 1, 14: «Que haya luminarias en la extensión de los cielos para separar el día de la noche». Abordaremos esta importante pregunta antes de formular la siguiente. Es posible que la Torá haya usado la palabra or en Génesis 1, 3 en referencia al Sol al igual que usó la expresión tehom en Génesis 1, 2 para aludir al mar. Tal como hemos concluido en la sección anterior, el término «mar» o «mares» (yam o iamim) se omitió en Génesis 1, 2, y en su lugar la Torá empleó la palabra poco común tehom. Argumentamos que la Torá pudo haber usado tehom para identificar el mar primitivo, es decir, las aguas que cubrían la Tierra antes de que estas fueran organizadas formalmente y se las pudiera definir como «mares». Cuando Dios «les da su nombre» a los elementos de la Creación los lleva a su estado definitivo y les está asignando su propósito final. Pero antes de ser designados para servir a su función definitiva y final, estos elementos reciben nombres provisorios, dado su estado primitivo, no definitivo. Tehom en Génesis 1, 2 definió las aguas primitivas antes de que se organizaran y se constituyeran en océanos en el tercer día de la Creación (Gn 1, 10). En el mismo sentido, la Torá pudo haber llamado a la primera luz simplemente «luz» porque el Sol aún no había sido establecido en su posición definitiva para «iluminar la Tierra», cosa que ocurrió en Génesis 1, 17; de alguna manera todavía no era el «sol» funcional que sustenta la vida en nuestro planeta. Por consiguiente, la luz (or) se redefinió y se renombró en el cuarto día como «luminarias» (meorot), al igual que el tehom se reorganizó y se renombró en el tercer día como «mares». Después del cuarto día, la Torá siempre se referirá a la luz solar como «sol» (shemesh) y nunca más como «luz» (or), de la misma manera que se referirá a las aguas del océano como yam, y casi nunca más como tehom. Debemos recordar además, el importante punto que el profesor Yahuda y otros expresaron acerca de la importancia que las civilizaciones paganas le otorgaron al Sol. De acuerdo con su opinión, «[En la Biblia] hay una oposición deliberada a la concepción mitológica de que el Sol fue el primer y el más poderoso dios en aparecer sobre la Tierra». La Torá pudo haberse abstenido intencionalmente de mencionar el Sol, el objeto de adoración pagano más popular en las civilizaciones antiguas, sobre todo de la civilización egipcia. Denominar a la luz primitiva or, evitando así mencionar el Sol en un versículo tan delicado (Gn 1, 3) parece perfectamente lógico cuando se tiene en cuenta esta consideración. La segunda pregunta que debemos formularnos es la siguiente: si la luz del día 1 era la luz solar, ¿qué fue entonces lo que realmente sucedió en el cuarto día? Para los Sabios, el Sol se creó durante el primer acto de la Creación, pero pareciera que para el texto bíblico se creó durante el cuarto día. La Torá establece con aparente claridad «Y Dios hizo las dos grandes luminarias: la luminaria mayor para regir durante el día y la luminaria menor para regir durante la noche» (Gn 1, 16). En el cuarto día algo nuevo se encargó de iluminar la Tierra. Aparentemente, la primera luz fue reemplazada por el Sol. Pero ¿qué tipo de reemplazo de luz por luz ocurrió en el cuarto día y por qué? Para nuestra sorpresa, pero fiel a su exquisita brevedad, la Torá no dice nada acerca de esta sustitución. No hay nada que se aclare de forma explícita sobre por qué o cómo Dios reemplazó la luz solar primitiva con la del Sol el cuarto día. Es como si para la Torá este reemplazo o transición entre la luz primitiva y el Sol fuera obvio, y esperado, y no exigiera mayor aclaración. Dedicaremos todo este capítulo a encontrar una posible solución a esta fascinante pregunta. LUZ Y CALOR La pregunta sobre la sustitución de la primera luz en el cuarto día de la Creación nos obliga a reevaluar el rol general que desempeñó la luz en el proceso creativo. Ya hemos analizado que tuvo otras funciones además de su explícito rol de definir el día a través de su interacción con la oscuridad. En la sección anterior de este libro, sostuvimos que la luz actuó además como calor. También demostramos que se hace referencia al calor como uno de los agentes creativos de Dios —y no a la luz— en Barejí nafshí (Salmos 104, 4). Encontramos también una evidencia adicional para suponer que la luz haya cumplido un papel más amplio como calor en las palabras de Maimónides en Guía de perplejos, en la interpretación de Rashí y otros rabinos citados por Menasseh ben Israel, así como también en las opiniones de otros comentaristas bíblicos. Varios comentaristas de la Biblia analizaron los numerosos beneficios que el Sol ejerce sobre la Tierra, además de aportar su luz. RaDaQ realizó la siguiente observación acerca del papel adicional que cumplió la luz solar a partir del cuarto día: «en el cuarto día las luminarias aparecen para ejercer sus efectos en el florecimientode la vegetación y en la producción de los frutos de los árboles»[315]. RaDaQ añade que, aparte de iluminar el planeta, la luz de las luminarias de ahora en adelante «ejercerá sus efectos sobre todas las criaturas del planeta, cada una conforme a lo que le es apropiado». Al interpretar ese mismo versículo, Seforno (1475-1550)[316], otro comentarista clásico, sugirió una idea que será crucial para el resto de este libro. El declaró que solo a partir del cuarto día el Sol empezó a brillar sobre la Tierra «con una temperatura equilibrada». Una vez que identificamos la primera luz con la solar, debemos examinar los otros roles posibles que la luz solar primitiva pudo haber desempeñado también como uno de los agentes de Dios durante los tres primeros días de la Creación. La primera luz solar, podríamos sugerir, era distinta a la establecida en el cuarto día de la Creación. La primera era una luz embrionaria, más intensa, que el Creador diseñó con la finalidad específica de dar forma al planeta y prepararlo para albergar vida. Las hipótesis que los científicos contemporáneos formularon para explicar los acontecimientos que moldearon la superficie del planeta en sus etapas iniciales serán una herramienta invaluable a la hora de examinar y comparar estas dos luces, y para comprender qué otras funciones habrá cumplido la primera luz solar en el proceso de la Creación. LAS DOS FASES DE LA CREACIÓN Las teorías científicas modernas le atribuyen al calor un rol decisivo en el proceso de formación del planeta Tierra en las etapas iniciales de su desarrollo. Esto nos debe estimular a imaginar la posibilidad de que el Creador haya utilizado el calor de la luz solar primitiva como un instrumento y agente de la Creación para iniciar los procesos de evaporación y formación del rakía (atmósfera) y poner en marcha la separación entre los océanos y la tierra continental. Aunque la Torá no menciona de manera manifiesta la luz solar o el calor como uno de los agentes de Dios en el proceso de Creación, es posible inferirlo, en particular al analizar el contexto de los dos hechos que siguieron a la creación de la luz solar primitiva. Si se lee con detenimiento el relato bíblico de la Creación, se podrá identificar dos fases distintas en la narrativa del proceso. Cada una duró dos «días de creación» consecutivos. La fase uno comprendió el segundo y tercer día de la Creación, y la fase dos el quinto y el sexto. Estas dos etapas fueron completamente diferentes, puesto que persiguieron dos objetivos distintos. Lo más importante para nuestra discusión es que ambas fases fueron inauguradas por la creación o por el diseño de una luz, en el primer y en el cuarto día respectivamente. La fase uno fue la fase geológica de la Creación. Durante este periodo, la atmósfera, el techo del mundo, tuvo que modificarse y pasar de ser una nube tóxica de gases —la oscuridad primitiva de Génesis 1, 2— a una atmósfera que sustenta la vida. Luego el planeta, que en un principio era acuoso, tuvo que transformarse en uno con suelo firme, protegido de las aguas y floreciente de vegetación —el alimento básico de los seres vivos—. Estos dos eventos épicos —la formación de la atmósfera y el surgimiento de los continentes— son los que la Torá describió durante el segundo y el tercer día[317]. La fase dos de la Creación, la etapa biológica, fue menos dramática, menos ruidosa. Fue sin embargo más refinada, y extremadamente sofisticada. Durante el quinto y sexto día, Dios dio existencia a la vida. Dios pobló el planeta Tierra con seres vivos, desde insectos hasta el objetivo máximo del proceso de Creación: la vida humana. ¿Qué fue lo que marcó la transición de la fase geológica a la fase biológica? La respuesta es: la luz del cuarto día. El Creador utilizó un tipo de luz para la fase uno (la geológica), y una luz diferente y modificada para la fase dos (la biológica). Ambas luces, siguiendo a los Sabios del Talmud, provenían del Sol. La primera luz fue absolutamente necesaria en la fase uno como uno de los instrumentos de Dios en la Creación, para desencadenar todos los cataclismos geológicos que se desarrollaron durante el segundo y el tercer día. Sin embargo, después del tercer día, esa primera luz solar, que aparentemente fue mucho más intensa ya no era necesaria para la segunda fase. Por el contrario, esa intensa luz habría sido perjudicial para la vida. Durante el cuarto día el Creador dispuso un tipo de luz solar diferente, menos potente, equilibrada y sumamente calibrada para mantener la temperatura promedio del mundo, preservar el agua líquida y permitir que la vida evolucionase. En las próximas líneas trataremos de fundamentar esta idea en el texto bíblico. EL CIELO AZUL Repasaremos ahora las principales actividades creativas del segundo y tercer día de la Creación teniendo en cuenta la posibilidad de que, quizás, una intensa luz solar pudo haber sido crucial en la gestación de estos hechos al contribuir con temperaturas muy altas. Hasta ahora sabemos que Dios formó el planeta a través de varios pasos. En el principio Dios creó los cielos y la tierra (Gn 1, 1). Conforme con los Sabios, eso incluyó la creación del Sol y la Luna, entre otras cosas. Dios no creó la vida en esta etapa. Primero adaptó el planeta para albergarla. Desde su origen, la Tierra estaba provista de viento y agua (Gn 1, 2), el agente y la materia prima que Dios utilizaría para sus próximas creaciones. En el primer día Dios, de alguna manera que no voy a intentar analizar, activó la luz solar al decir «Que sea la luz» (Gn 1, 3) —la luz fue el segundo agente de Dios, según Salmos 104, 4, que menciona explícitamente el calor y el viento como ángeles / agentes de Dios en la Creación—. Durante el segundo y tercer día Dios formó la estructura geológica del planeta, con el uso del agua, el viento y la luz solar. Y Dios hizo la extensión [el cielo visible] y separó [a través de la evaporación] entre las aguas que estaban debajo de la extensión [el mar] y las aguas que estaban sobre la extensión [las nubes, la lluvia]. (Gn 1, 7). En el segundo día Dios creó la atmósfera. El cielo azul que permitiría que la Tierra alberguase la vida al establecer los elementos químicos que contiene nuestro aire, en las cantidades precisas. También generó un sistema climático que, entre otras cosas, garantizase el reciclaje del agua dulce. ¿Qué clase de procesos y hechos tuvieron que suceder a fin de crear la atmósfera? Tal y como hemos visto con anterioridad, el Creador hizo uso de los elementos que ya había creado y los empleó como agentes para generar la próxima la etapa del proceso creativo. Siendo así, ¿qué herramientas o agentes pudo haber utilizado el Creador en la formación de la atmósfera? Coherente con su estilo conciso, la Torá casi no dice nada acerca del modo en que Dios formó la atmósfera. Todo lo que nos cuenta en la narración del segundo día es que, para formar la atmósfera, Dios separó las aguas superiores de las aguas inferiores, que en el capítulo 5 identificamos con el ciclo de evaporación del agua, precipitación y así sucesivamente. La ciencia moderna nos puede ayudar a entender la magnitud y el alcance de los acontecimientos que fueron necesarios para el desarrollo de la atmósfera, y en función de nuestro interés especial en este capítulo, cuál fue el papel que el calor pudo haber desempeñado durante ese proceso. Los científicos admiten que es imposible tener una imagen clara que reconstruya en forma total los hechos en torno al desarrollo de la atmósfera terrestre, porque toda la información que podamos tener a nuestra disposición será incompleta. A diferencia de los fósiles que están enterrados en la tierra, sostienen, «los simples vapores no han dejado restos sustanciales»[318]. No obstante, podemos suponer con certeza que toda teoría científica de algún modo va a considerar los elementos mencionados en Génesis 1, 2-3 (agua, viento, luz solar) ya que seguramente cumplieron un rol decisivo en el desarrollo de la atmósfera actual. Además,los científicos también creen que en las etapas gestacionales de la formación de la Tierra «es muy posible que la antigua atmósfera haya sido mucho más densa que la de hoy» y que «la superficie del planeta haya sido mucho más calurosa que en la actualidad»[319]. Normalmente la radiación que proviene del Sol calienta la Tierra de manera muy uniforme y evapora solo una parte de la superficie del océano. Esta evaporación es suficiente para formar las nubes y producir la lluvia necesaria para la vida. Pero en la Tierra primitiva, dicen los científicos, «los mares y los océanos eran más calientes. Algunos han sugerido que, dada la elevada presión atmosférica, los océanos podrían haber estado más calientes que el punto de ebullición del agua hoy en día. Verdaderamente la Tierra antigua era como una olla a presión»[320]. En esta etapa primigenia las altas temperaturas en la Tierra fueron las responsables de una «desgasificación»[321] o una evaporación de escalas colosales que disparó la formación de la atmósfera. (La desgasificación es la emisión de gases de diferentes materiales, todos necesarios para la formación de los múltiples elementos vitales que componen nuestra atmósfera). Esta evaporación consistió en la producción de enormes cantidades de gas y vapor de agua, lo que generó suficientes nubes que cubrieran todo el planeta. «El vapor de agua y otros gases que antes se encontraban químicamente adheridos en el interior del planeta, brotaron ahora desde la superficie en cantidades enormes y así crearon los océanos y la atmósfera primitiva de la Tierra»[322]. La colosal desgasificación y la evaporación fueron generadas por el intenso calor en la Tierra. Este calor formó un manto gigante de nubes que produjeron una subsiguiente megaprecipitación que limpió la atmósfera y generó la formación de gases aptos para la vida (vapor de agua, dióxido de carbono y nitrógeno). Como hemos expuesto, las temperaturas que produjeron estos procesos fueron extremadamente superiores a las necesarias para mantener un ciclo equilibrado de evaporación / lluvia, como el estándar que opera en nuestro planeta en la actualidad. Esta radiación y ese calor intenso fueron absolutamente vitales para el desarrollo de la atmósfera en las etapas iniciales de la formación de la Tierra. Una vez que su misión creativa se cumplió, la elevada energía termal tendría que haberse modificado, o de alguna forma debilitado, para permitirle al planeta albergar la vida. Los científicos aseveran que la vida compleja, tal y como hoy la conocemos, no podría existir con temperaturas superiores a los 100° C. Las temperaturas de la superficie tuvieron que disminuirse para que la Tierra fuera un lugar habitable[323]. Según establecimos con anterioridad, en las palabras de la Torá la atmósfera, o rakía, se formó como consecuencia de la separación (evaporación) entre las aguas inferiores (océanos) y las aguas superiores (nubes)[324]. El proceso de evaporación que la Torá describió, la separación entre las aguas, puede identificarse sin problemas con el proceso de desgasificación antes detallado, el cual generó la formación de la atmósfera o rakía. En este momento es necesario señalar lo que tal vez sea la diferencia más significativa entre la teoría científica de la formación de la atmósfera y lo que la Torá relata. Como el lector seguramente recuerda, según nuestra Torá, el agua era la sustancia más abundante sobre la superficie de la Tierra. Conforme con todas las fuentes bíblicas y rabínicas, la antigua Tierra recién creada tenía más agua en su superficie que la que tiene hoy. Para las Escrituras hebreas, la fuente obvia de desgasificación (o evaporación) eran las abundantes aguas inferiores, o el tehom: aquellas que en el principio cubrían la superficie de la Tierra por completo[325] y se separaron en el segundo día para formar el rakía. Por otro lado, hasta el día de hoy los científicos aún no han formulado una teoría sólida que explique el origen de la abundante presencia de agua en el planeta Tierra; en otras palabras, ¿de dónde surgió el vapor que produjo la megaprecipitación que despejó la atmósfera primitiva tóxica y formó los océanos primitivos? De acuerdo con los científicos, y en contra de lo que el relato bíblico de la Creación informa, la lluvia fue lo que formó los océanos y no al revés. Esto es problemático porque la desgasificación proveniente de la fundición de los minerales simplemente no habría alcanzado para justificar la cantidad de agua que se encuentra en los océanos de nuestro planeta. La explicación prevalente que algunos científicos aportan para explicar la abundancia de agua en los océanos de la Tierra es que es de origen extraterrestre. Una teoría muy discutida sostiene que millones de meteoritos, cometas y asteroides que contenían enormes cantidades de agua en forma de hielo habrían impactado sobre la Tierra y habrían traído así el agua a nuestro planeta. Esa sería el agua que después se evaporó y creó la atmósfera y los océanos[326]. De todos modos, y para resumir, hemos visto que un grado muy intenso de calor o radiación solar fue necesario para provocar la desgasificación de agua que generó la formación de la atmósfera. Este calor intenso no era apto para la vida; por el contrario, la mayoría de las formas de vida que hoy conocemos se habrían extinguido en ese alto grado de calor. HABITABILIDAD EN FORMACIÓN Y dijo Dios: «Que se junten las aguas que están debajo del cielo en un solo lugar, y que se vea la tierra firme». (Génesis 1, 9). El texto del tercer día de la Creación nos puede hacer pensar que este «día» fue relativamente tranquilo, las aguas retrocedieron y emergió la tierra firme. Sin embargo, al leer este versículo junto con Barejí nafshí (el salmo 104, con el cual ya hemos tenido la oportunidad de familiarizarnos, tras nuestra discusión anterior sobre los agentes de la creación), uno puede darse cuenta de que los sucesos que dieron lugar a la formación de los continentes fueron dramáticos, épicos y muy violentos. La Torá nos cuenta que, tras la formación del rakía (‘cielo’ o ‘atmósfera’) en el tercer día, Dios continuó con la organización de la superficie de la Tierra. Al igual que en el segundo día, en el tercero no ocurrió ninguna creación «desde la nada». Tras establecer la atmósfera en el segundo día, en el tercero Dios procedió con la disposición y la organización de lo que hoy se conoce como «hidrosfera»: el agua sobre la superficie de la Tierra. Las aguas primigenias (al principio denominadas tehom) se reestructuraron en el tercer día en una nueva entidad ya organizada llamada «mares» u «océanos» (iamim; Gn 1, 10). Ya hemos consignado que, de acuerdo con Eben Ezrá, el Creador utilizó el viento para agrupar las aguas y organizar los océanos. De manera simultánea a la transformación de las aguas en mares, Dios hizo surgir la tierra seca, lo que hoy denominamos «litosfera», la corteza continental; en hebreo, iabbasha (‘tierra seca’) o eretz (‘la superficie sólida de la Tierra’). El Creador habrá activado fuerzas creativas colosales y violentas —erosión, terremotos, placas tectónicas— con una fuerza e intensidad para nosotros inconcebibles, en el momento en que la tierra surgió desde debajo de los mares. Puesto que no existía vida en la Tierra en el tercer día, estas actividades catastróficas no tuvieron efectos devastadores sobre el planeta. Muy por el contrario, estos sucesos violentos fueron necesarios para moldear la superficie de la Tierra y darle su forma definitiva. Esta parece ser la razón por la cual estos acontecimientos tuvieron que suceder antes de que la vida se produjera en el planeta. Si los sucesos antes mencionados hubiesen sucedido después, la mayoría de los organismos vivos probablemente habrían cesado de existir. Si bien la descripción del tercer día en el Génesis es extremadamente corta, calma y discreta, el libro de Salmos narra los acontecimientos de este día con mayor color, sonido y realismo. Por eso volveremos a recurrir a Barejí nafshí, el cual dedica