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Andalucia - Juan Eslava Galan

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Juan Eslava Galán
Francisco Núñez Roldán
 
ANDALUCÍA
Notas de andar y ver
 
 
 
Primera edición: enero de 2017
 
© Comunicación y Publicaciones Caudal, S.L.
© Juan Eslava Galán
© Francisco Núñez Roldán
 
ISBN: 978-84-946141-2-5
ISBN digital: 978-84-946141-3-2
 
Depósito legal: M-42217-2016
 
Ediciones Caudal
C/ Cea Bermúdez 14
28003 Madrid
info@ediciones-caudal.com
www.ediciones-caudal.com
 
Impreso en España
 
 
INTRODUCCIÓN
Francisco Núñez Roldán
No estarán todas las que son, faltaría más, pero podemos asegurarle al
lector que son todas las que están. Queremos decir que estas páginas son
recuelo, zumo y esencia de rutas, paseos o escapadas donde los autores, solos
o acompañados de otros, otras u otres, han ido pateando esta amplia parte de
España que se conocen más o menos bien, aunque no sea más que por haber
nacido o vivido mucho tiempo en ella y ser gente curiosa, culinquieta y todavía
pasablemente bien de cabeza, de estómago y de piernas. De otras cosas,
Cronos implacable va imponiendo sus gabelas, pero aún se hace lo que se
puede, la verdad.
Si el lector quiere una guía turística o viajera al uso, que hay muchas y
prolijas, la encontrará sin duda en librerías y no digamos con el inestimable
aunque no siempre veraz acceso a Google y la información de Wikipedia. La
presente guía es simplemente hablar sobre algo de lo que más nos gustó o
impresionó en las ocho provincias andaluzas. Es una aproximación bastante
sentimental, si se quiere, para leerse visitando los referidos lugares, y también
para leer en casa al amor del aire acondicionado frío/calor. Por ello verá quien
leyere que van opiniones, reflexiones heteróclitas, alguna que otra nota procaz,
y frecuentes referencias a las letras y la gastronomía. A ver, ya lo decíamos, lo
que nos gusta. Por ello estas páginas tienen una ventaja que otras guías más
amplias y sesudas quizá no posean. Y es que desde ellas los autores pretenden
transmitir algo de sí, como siempre hace quien escribe sus opiniones,
experiencias y gustos. Que coincidamos con el lector ya es otra cosa. Que se
entretenga es lo que de entrada pretendemos.
Y ya está, que las introducciones largas cansan mucho, por lo menos a
nosotros. Y hay que amar al prójimo lector como a uno mismo.
 
 
SEVILLA
Juan Eslava Galán
UN PASEO POR SEVILLA
 
El viajero se dispone a deambular por Sevilla, la princesa de las ciudades de
España, y aun, sin hacer injuria, de las de todo el mundo, como la llamó Martínez de
Leiva hace tres siglos. También la ciudad donde el demonio se encuentra más a
gusto, si creemos a Santa Teresa, que era de Ávila. No quisiera el viajero entrar
en polémica sobre si tan rotundos asertos son hoy sostenibles. Tampoco
quisiera incurrir en el tópico de afirmar que Sevilla es una ciudad femenina:
es una ciudad hermafrodita que se basta a sí misma, que copula
continuamente consigo misma, que se preña y pare Sevilla. Sevilla está
enamorada de Sevilla, incluso encoñada con Sevilla. Sevilla se siente el
ombligo del mundo, suponiendo que perciba el mundo. Al torero «El Gallo»
le comentaron lo lejos que quedaba Sevilla de Santiago de Compostela y él
replicó, incomodado: «No, señor; Sevilla no está lejos, está donde tiene que
estas; lo que está lejos es Santiago de Compostela». No todos los sevillanos
son tan tajantes: el poeta Fernando Villalón, más concesivo y generoso,
amplió esta geografía y declaró que el mundo se divide en dos partes: Sevilla
y Cádiz. Ponga usted la radio en cualquier emisora local y sólo escuchará
piropos a Sevilla en clave de sevillanas con la reiterada rima de Sevilla con
maravilla. El sevillano es el único español que no tiene complejo de
inferioridad sino más bien todo lo contrario. Sabe que vivir en Sevilla es un
privilegio y lo disfruta plenamente aunque condesciende, por su propio
narcisismo, a que los forasteros asistan a sus perpetuas bodas con la ciudad
de la gracia.
Sevilla es exhibicionista y ritual, necesita una claqué de voyeurs arrobados
rendida a su arte y su gracia. Lo sevillano está siempre de escaparate en la
Semana Santa, en la Feria de Abril, en el Rocío, en los mínimos detalles de la
vida diaria. Se va más a ser visto que a ver.
Sevilla se contiene a sí misma y se basta. No rivaliza con nadie, ella es su
propia rival. Para eso muestra cierta tendencia dicotómica y permite que
coexistan dos Sevillas opuestas y complementarias, como el ying y el yang de los
orientales, la propiamente dicha y Triana, una a cada lado del río; tiene dos
equipos de fútbol, ferozmente enfrentados, normal, el Betis y el Sevilla; tiene
dos Cristos, el del Gran Poder y El Cachorro; tiene dos vírgenes, la Macarena y
la Esperanza de Triana y dos fiestas nacionales, la Feria y el Rocío. Si no fuera
por los inconvenientes del centralismo gubernativo, ya paliados en gran parte
con la capitalidad autonómica, Sevilla podría desgajarse del resto del mundo y
funcionar independientemente, como las antiguas ciudades-estado italianas,
como Florencia, o Génova o Venecia, a las que, por cierto, es posible que
Sevilla deba mucho.
El paseante había decidido comenzar su visita por el cogollo monumental,
por ese mejor cahiz de tierra que rodea la Giralda. Primero constató los
armoniosos excesos de la portada barroca del Palacio Episcopal y luego,
cruzando la plaza, se aventuró por el callejoncito retorcido y meado de
borrachos que conduce a uno de los rincones más deliciosos del callejero
sevillano, la PLACITA DE SANTA MARTA. Cuatro naranjos, algunos tiestos
floridos en las ventanas, un azulejo, la celosía antigua del convento adyacente,
una portalada de casa señorial y una cruz de piedra en el centro.
Y la GIRALDA. El imperio almohade, que abarcó desde el Sahara a la
Mancha, se justifica ante la historia por haber construido esta torre prodigiosa
que tiene otras dos hermanas, más feíllas, en Marrakech y en Rabat. Su primer
cuerpo, de ladrillo, con dos características franjas de arcos entrelazados
verticales que la estilizan, la sebka data de 1198; el segundo, añadido
renacentista para alojar las campanas, se terminó en 1568. La monumental
veleta del remate es la Giralda propiamente dicha, una giganta de bronce de
cuatro metros de altura que sostiene un lábaro y representa a la Fe. La bola
sobre la que se asienta es, según la tradición, una panzuda tinaja de hierro que
cada año se llenaba de aceite para gaje de los rozagantes canónigos de la
catedral.
El viajero, o turista, si quieren llamarle así, esquivó a una cuadrilla de
greñudas morenas de verde luna, zapatillas de paño, mandiles floreados,
grandes medallas sobre los pechos opulentos y algún que otro diente de oro,
que pretendían hincarle un mustio clavel en la solapa de la gabardina o
venderle una ramita recién arrancada de los setos que rodean el Archivo de
Indias, y se refugió en el burladero del llamado Patio de los Naranjos. Allí, por
un estipendio, le franquearon el paso al cuerpo de campanas por cómodas rampas
de ladrillo.
Desde la angélica altura, el peripatético disfrutó de una panorámica de la
inabarcable Sevilla y se demoró en contemplar las múltiples espadañas, las
brillantes cúpulas, los alados campanarios, las soleadas terrazas, los cerrados
jardines y, al pie mismo de la torre, el bosque de los pináculos de la catedral y
la geometría de los naranjos en el patio de grandes arcos túmidos de la antigua
mezquita, y único resto de ella. No es que la derribaran en su momento para
hacer la catedral, no, es que las mezquitas recicladas en iglesias se iban
deteriorando y al marchitarse se rehacían luego en el estilo contemporáneo. El
historicismo no se había inventado aún. Se salvó la mezquita de Córdoba, por
razones no de estética, sino de solidez.
Cuando los munícipes sevillanos decidieron construir su catedral se
dijeron: «Hagamos una iglesia tal que los que la vieren nos tengan por locos».
El afortunado resultado de tal locura es una CATEDRAL sólo superada en
magnitud por San Pedro del Vaticano y San Pablo de Londres, con la
diferencia de que estas dos se le antojaron al turista heladosmausoleos, en
tanto que la sevillana es cálida y viva. Si el visitante llega en día de fiesta grande
quizá tenga la suerte de asistir a la danza de los seises delante del altar mayor. Es
una danza renacentista que se ha conservado intacta, indiferente al paso del
tiempo, como el celacanto abisal. La catedral de Sevilla alcanzó privilegio
pontificio para que estos niños cantaran y danzaran ante el Santísimo mientras
duraran sus trajes, pero la picaresca sevillana burló la ley por el procedimiento
de renovarlos pieza a pieza, nunca enteros. De este modo, los seises nunca
estrenan y pueden seguir bailando por los siglos de los siglos.
La catedral de Sevilla es de traza gótica, y fue construida entre 1401 y 1517.
Por eso conviven en ella varios estilos y épocas. El viajero se pasmó de la
amplitud y altura de sus cinco naves, y de la magnitud y riqueza del retablo del
altar mayor, gótico y renacentista, un comic prolijo que nos cuenta la vida y
milagros de Jesucristo en cientos de figuras. En la capilla de la Inmaculada
contempló la Virgen de Martínez Montañés a la que llaman la Cieguecita, por
sus entornados ojos. Sevilla lo reinterpreta todo en clave popular, trocando la
esencia por la apariencia. En otra iglesia hay un crucificado al que, con cierta
irreverencia, denominan el Cristo del pedo por el sospechoso escorzo de su
cintura y muslos sobre la cruz.
El viajero se arrimó después a la helada reja de la Capilla Real donde
recibe, mayestática y distante, la Virgen de los Reyes, patrona de esta ciudad de
muchos patronos. A sus pies está, en artística urna de plata, la momia de San
Fernando, el rey que conquistó a los moros Sevilla y el Guadalquivir. Cada año,
el día del santo, se abre la urna funeraria para que los fieles puedan
contemplarlo. El rey más grande de la historia de España es una momia
diminuta, apenas un metro veinte de personajillo apergaminado. También se
encuentra aquí la sepultura de su hijo Alfonso X el Sabio, que dio su curioso
lema a Sevilla, un jeroglífico que representa una madeja de hilo, parecida a un
ocho, con las letras NO y DO a uno y otro lado (no-madeja-do), no me ha
dejado, reflexión del rey Sabio cuando se le rebelaron las ciudades y solamente
Sevilla se mantuvo fiel. Una ciudad que, por otra parte, no nos engañemos,
sólo se es fiel a sí misma.
Otro ilustre enterramiento es el de Cristóbal Colón, un sepulcro ciclópeo
que señorea una de las naves laterales. En este cofre enorme se custodian,
como artículo de fe, los presuntos restos del descubridor de América: dos o
tres fragmentos de hueso y unos puñados de polvo que cabrían holgadamente
en una caja de zapatos. Recientes estudios certifican la legitimidad de los
venerables residuos.
Al otro lado de la catedral, y como contrastando con ella, se levanta el
ARCHIVO GENERAL DE INDIAS donde se atesoran los cuarenta mil
legajos que generaron cuatro siglos de historia americana. Entre sus
documentos figura una instancia de Cervantes que después de haber fracasado
en España quería probar fortuna en América. El funcionario de turno le
deniega el permiso escribiendo al margen: «Busque por acá en qué se le haga
merced». No se indigne el lector. Gracias a ese quisquilloso chupatintas
tenemos El Quijote.
Enfrente del Archivo de Indias se extienden los torreados muros grises del
Alcázar y su puerta del León. El ALCÁZAR DE SEVILLA es un edificio vivo
sobre el que se han acumulado muchas arquitecturas desde el siglo XI, cuando
la ciudad era capital de un reino de taifas. Los almorávides y los almohades lo
remodelaron y acrecentaron en el siglo XII, los cristianos hicieron lo propio en
el siglo XIII y especialmente en el XIV, cuando Pedro el Cruel quiso construir
en él una Alhambra castellana con ayuda de arquitectos y artesanos granadinos.
Penetramos en el Alcázar por la puerta del León, bajo el rugidor azulejo. Al
otro lado del patio de la Montería, carcomidos muros tapizados de hiedra,
aparece ante nuestros ojos la verdadera fachada del palacio, construida en 1364.
Detrás de tanta monumentalidad sorprende, como en la Alhambra, la
mezquindad del pasillo y revellín morisco que nos traslada al patio de las
Doncellas, belleza menuda de azulejos medievales; al Salón de Embajadores,
cubierto de espléndida cúpula; y al patio de las Muñecas, transición entre palacio
y casa burguesa acomodada de la época romántica. En otra estancia del palacio,
el Salón de los Tapices, admiramos una colección de telas flamencas que relatan
cinematográficamente la conquista de Túnez. También en los jardines podemos
encontrar testimonio de los cambiantes gustos de sus habitantes a lo largo de la
historia: las yeserías almohades, las rocallas renacentistas, las fuentes barrocas,
los arriates, el jardín geométrico, el jardín asilvestrado, el rumor del agua, los
juegos de la luz entre las ramas de los tupidos árboles y el rumor del agua
multiplicado en las fuentes. Hay un quiosco central, renacentista, en el que vela
sus misterios un pequeño laberinto sobre azulejo.
 
 
BARRIO DE SANTA CRUZ
 
Salimos del Alcázar por el llamado Patio de Banderas y entramos en el
barrio de Santa Cruz por el pasaje de la Judería, cubierto y acodado, con salida
a la calle Vida que a su vez conecta con el Callejón del Agua. El viajero
deambuló con paso tranquilo por este barrio expresamente remodelado para
él, recreándose en sus umbrías silenciosas, asomándose a las cancelas para
otear los patios con azulejos, macetas, arriates, flores. El paseante transitó por
la calle de la Pimienta y se tomó un jerez con aceitunas gordales en la Hostería
del Laurel, donde se supone que don Juan Tenorio inventariaba sus conquistas.
Luego se llegó a la plaza de Doña Elvira, equilibrio entre lo decorativo y lo
funcional, espacio íntimo para el tópico maridaje de azulejo, cal y naranjos,
postalita de color obligada en las canciones de las folclóricas y en las películas
andaluzas de nuestra sufrida mocedad. La plazuela estaba desierta pero en uno
de sus ángulos las mesas del restaurante típico habían madrugado a la espera
de la primera hornada de turistas.
Al fondo, en una plazoleta que da al Pasaje del Agua, está la casa de la
Susona que se distingue por el azulejo con calavera de la fachada. La Susona
fue una judía famosa por su belleza y porque traicionó a los de su pueblo por
amor revelando que conspiraban para asesinar a los Inquisidores. Susón, su
padre, y otros muchos notables conversos fueron condenados a la hoguera y la
Susona, abandonada por su amante cristiano y despreciada por todos, se
dedicó a la prostitución. Cuando iba a morir pidió que su calavera se exhibiese
en una hornacina abierta en la fachada de su casa, para escarmiento de
generaciones venideras.
El paseante callejeó a placer, con reposo y paz, por el barrio de Santa Cruz
y no sabría decir por dónde se metió para dar a la postre con la plaza de San
Francisco, donde está el AYUNTAMIENTO.
No hay en España cabildo municipal mejor alojado que el de Sevilla. Las
burocracias municipales se ubican en un monumento plateresco decorado con
espléndidos relieves y medallones que ensalzan el pasado de la ciudad
entroncándolo con sus orígenes mitológicos, con Julio César y con Hércules.
El viajero almorzó cerca del Ayuntamiento, en la calle Huelva, en un
restaurante familiar llamado El Refugio cuyo plato secreto y excelso, la
carrañaca, le habían alabado. El postre lo tomó en una pastelería de la
inmediata plaza de la Alfalfa. Se asomó al escaparate, señaló un pastel. «Ese se
llama pija de canónigo —informó el confitero—. ¿Le pongo uno?» «No, no,
póngame usted el de al lado, el barquillo relleno», cambió de idea el prudente
gastrónomo, ateniéndose a lo conocido.
 
 
EL SALVADOR
 
El viajero visitó la iglesia del Salvador, traza renacentista y remate barroco
tardío. En la ciudad excesiva, esta iglesia es solamente una de tantas cuando
podría competir en altura y magnificencia con las catedrales de otros lugares.
Al viajero lo confortaron su recoleto compás, originariamente patio de las
abluciones de la antigua mezquitaaljama abbadí, es decir, de los primeros
taifas, y luego admiró una atractiva virgen guapa de cara, avispada de cintura y
rotunda de caderas, a la moda decimonónica tardía. El viajero se puso a
considerar que al cristiano de a pie, salvados sean dogmas y teologías, le resulta
más placentero postrarse ante estas imágenes que delante de eccehomos
torturados y ensangrentados que parecen sacados de un telediario. En estas
pías consideraciones estaba cuando desembocó en la famosa y nunca
suficientemente ponderada calle Sierpes.
La CALLE SIERPES, médula comercial del casco antiguo, peatonal,
íntima, retorcida, entoldada, es la calle más popular de Sevilla, carrera obligada
de todas las procesiones, no digo más. Esta vía no contiene monumentos ni
edificios impresionantes: ella y sus gentes son los monumentos. Es una calle de
tiendas, bancos, un par de casinos con amplios escaparates para que los socios
maten el tiempo viendo pasar al personal y unos cuantos bares y cafeterías con
mostrador de acero inoxidable. Eso sí, demórese el viajero en mirar de vez en
cuando hacia arriba de los edificios y contemple el contraste entre más de una
buena fachada con el desastre estético que han hecho las tiendas en las plantas
bajas.
El visitante hará bien en transitar despacio la calle Sierpes, fijándose en
todo, porque en esta calle se representa el permanente espectáculo de la vida
sevillana.
Por aquí, fue luego al MUSEO DE BELLAS ARTES, la segunda
pinacoteca de España, dicen, después del Museo del Prado: frailes, santos
Inmaculadas y apóstoles, más que hay en los escritos.
El viajero tornó a callejear por el casco antiguo y fue preguntando hasta
dar con la CASA DE PILATOS o de Medinaceli, el más característico palacio
sevillano del siglo XVI en el que se conjugan armónicamente el renacimiento y
el mudéjar, el jardín aparatoso y el jardín íntimo como para dos, el pasado
ilustre y el melancólico presente. Se dice sin lógico fundamento que es copia
del palacio del pretorio Poncio Pilatos en Jerusalén. El visitante recorrió con
placer las hermosas estancias que fueron marco incomparable de las fabulosas
fiestas de sociedad en las que hace cincuenta años se vestían de largo las
gráciles y apetitosas nínfulas de los mejores linajes andaluzas, hoy quizá
grávidas matronas neurasténicas.
Se hizo de noche y el viajero se arrastró con los pies hechos una pena
hasta el notable antro LA CARBONERÍA, en calle Levíes, un encantador y
zarrapastroso establecimiento intelectual como las covachuelas existencialistas
del Sena, y quién sabe si inspirado por ellas, donde en su día contempló
cuadros y asistió a la presentación de libros de versos —los poetas son plaga
en Sevilla—, escuchó a un espontáneo cantaor flamenco y pasó revista a los
males de la patria con un anónimo contertulio, todo ello sin moverse de la
banqueta, vaso de tinto en la mano. Pero, ¡oh!, tiempos, el dueño de La
Carbonería, el ducado de Segorbe, la había reclamado, con todos sus derechos,
y ahora el establecimiento, salomónicamente mediado, tenía acceso por el gran
patio de la calle Céspedes. Qué le vamos a hacer.
 
 
LA MACARENA, LA FERIA, LA SEMANA SANTA
Y OTRAS SEVILLAS
 
El viajero durmió como un bendito y se hizo despertar a las nueve de la
madrugada. Antes de echarse a la calle desayunó una infusión de manzanilla
con su chorrito de anís dulce y doble ración de calentitos, es decir, churros.
El programa comenzaba por la Macarena, pero aprovechando que había
pernoctado en la Plaza de San Pedro, con balcón a sus potentes ficus, se
asomó al cercano CONVENTO DE SANTA INÉS, lugar evocador que,
después de inspirar a Bécquer la leyenda de Maese Pérez el Organista, guarda
fuelle para otras historias no menos románticas: se dice que el rey Pedro el
Cruel, codicioso de una novicia de esta casa, quiso poseerla perentoriamente,
pero la joven, resuelta a defender su pureza, se abrasó la cara y el pecho con
aceite hirviendo para alejar al monarca. Más terrible todavía es otra versión de
la misma leyenda. La fundadora del convento, doña María Coronel, asaltada
por irreprimibles apetitos carnales en ausencia del marido, ahuyentó
honestamente la tentación introduciéndose por su conducto natural un madero
encendido. La dama falleció a resultas de tan cruel cauterio, pero en olor de
santidad, oiga. Eso sí, no llegó a santa de número por lo autoinfligido de la
lesión, aunque nos quedó el consuelo de su momia incorrupta —cubierta con
mascarilla de cera— que se venera en el convento y se muestra a los fieles el
día de la patrona.
Aparte de las leyendas y la momia, el edificio gótico mudéjar bien merece
una visita. Además, las monjitas, benditas sean sus manos, hacen unos dulces
exquisitos y los venden a través del torno, que es clausura.
 
 
LA MACARENA
 
La Basílica de la Macarena, residencia de la más famosa virgen sevillana, es
un templo neobarroco cuya construcción se remonta a 1949. Es también el
precioso estuche que atesora el fabuloso ajuar de la virgen, sus mantos, sus
oros, sus platas, sus piedras preciosas, sus condecoraciones, sus palios de plata,
sus candelabros repujados, sus ornamentos. Si se estudiara debidamente este
tesoro, que crece cada año, tendríamos que añadir a la historia del arte no diré
yo que un capítulo pero al menos sí un pie de página que hablara del estilo
macareno o cofradiero sevillano, espectacular y suntuoso, recargado e
hiperbólico.
El arco triunfal de la fachada del edificio articula, con la vecina puerta de
la Macarena de la antigua muralla almorávide, un escenario propicio para
añadir brillo a la apoteosis de la Macarena, cuando se manifiesta a la exaltada
muchedumbre de sus adoradores en la madrugada del Viernes Santo, en el
inicio de su paseíllo triunfal por las calles de Sevilla. Es cosa de ver cómo
caen en trance y se desgañitan gritándole «¡Guapa, guapa, guapa!» e incluso
otros piropos más gruesos que el viajero no osa repetir.
La Virgen de la Esperanza, llamada Macarena, es una imagen barroca del
siglo XVII, atribuida a la Roldana. Es una madre andaluza joven y guapa,
apenada y llorosa, a la que ruedan lágrimas de vidrio por sus tersas mejillas.
Contemplando las pinturas y objetos del santuario, el visitante se asombra
de que los artistas y los talleres sevillanos mantengan todavía, a finales del siglo
XX, la misma capacidad artesanal que los hizo famosos tres siglos antes. En
una capilla lateral, bajo losa de mármol blanco, reposan los inquietos restos del
general Queipo de Llano.
El viajero, algo atufado de ceras e inciensos, dio un paseo por la
MURALLA almohade y por los jardines del HOSPITAL DE LAS CINCO
LLAGAS donde se ha instalado el parlamento de Andalucía. Los padres de la
patria menor debaten nuestros problemas entre las mejores obras de Asensio
de Maeda, Hernán Ruiz II, Juan Bautista Vázquez y otros grandes arquitectos,
escultores y pintores. A ver si ellos les inspiran.
El viajero tomó un taxi y se trasladó a la parte opuesta de la ciudad, es
decir al río, por las modernas y capaces rondas abiertas con pretexto de la
Expo 92. En las mínimas estancias de la TORRE DEL ORO dio en imaginar
las pilas de lingotes de oro que los galeones traían de América. Hoy, fenecidas
aquellas regalías, se conforma con alojar un modesto museo naval. El visitante,
acodado entre dos merlones de la terraza, contempló a sus anchas la bullente
ciudad, el río surcado de veloces piraguas y la hormigueante calle Betis, en la
orilla de Triana.
Luego prosiguió su paseo, cambió de acera, dejó atrás un reciente edificio
de Moneo y atravesó los jardines del pomposo Teatro de la Maestranza,
garbanzada hispalense en caldo de Traviatta con toda razón rebautizada como
La olla exprés, para salir al HOSPITAL DE LA CARIDAD.
Tiene el hospital una bella fachada renacentista adornada con antiguos
azulejos, de cuando los azulejos eran azules. A la puerta de la iglesia, donde
todo el que entre lo pise, está sepultado el legendario don Miguel de Mañara,
personaje sevillano que inspiró el mito de Don Juan Tenorio.
La tradición popular aseguraque Don Miguel de Mañara fue un depravado
burlador que sembraba un rosal en su jardín por cada virgo cobrado. A las
viudas consoladas y a las esposas desbravadas no las metía en cuentas,
despreciándolas como piezas menores. Tenía don Miguel, sigue la leyenda, el
jardín de su casa más espeso que las selvas de Mato Grosso cuando, ya
peinando barbas de plata, se desengañó del mundo y decidió regenerarse y
purgar antiguos pecados con oraciones, sacrificios y obras pías.
El Hospital de la Caridad atesora tantas obras de arte que sería prolijo
enumerarlas. Es notable su iglesia y el Cristo de Pedro Roldán. El visitante no
pudo reprimir un escalofrío cuando contempló, bajo los carpaneles del coro
bajo, las macabras pinturas de Valdés Leal, verdadera apoteosis del espíritu
barroco y de la exacerbada religiosidad del siglo. Representan el ambiente del
sepulcro, con cuerpos agusanados y la muerte señoreando el mundo.
Salió del Hospital y se fue derecho a la vecina CASA DE LA MONEDA,
conjunto de edificios y patios, donde estaban las fundiciones y las cecas que
amonedaban el oro y la plata llegados de América cuando Sevilla era el puerto
de las Indias. Luego regresó al Guadalquivir y fue dando un paseo por la
ribera, frente a la monumental PLAZA DE TOROS de la Maestranza, que
dicen que es el Vaticano de la fiesta nacional, donde Curro Romero, el torero
de Sevilla, derramaba pero que muy de tarde en tarde el frasco de las esencias,
y en lugar de rollos de papel higiénico le tiraban ramitos de romero. El viajero
no entiende mucho de toros, pero visitó el meritorio museo taurino y pisó el
dorado albero, que hace un hermoso conjunto con la cal de las arquerías y el
cielo de la ciudad.
Más tarde cruzó despacio el río por el puente de hierro de Isabel II, copia
decimonónica de uno de los del Sena parisino, que llamaban el del Carroussel,
y que por cierto ya no existe allí. En Youtube hay un accesible, ilustrativo y
gracioso corto trianero al respecto, dedicado a Polonceau, el ingeniero autor
del puente de París. Véanlo. Igual hasta conocen a uno de los protas.
El viajero, nada más cruzar, vio el sitio del castillo que fue de la
Inquisición, reciclado en sabroso mercado, pero con sórdidos restos de su
antiguo oficio en los sótanos. Pero TRIANA no es un barrio de Sevilla. Triana
es otra ciudad y otro mundo. Aquí reside lo auténtico de los alfares, del
flamenco, de los toreros, de los carpinteros de ribera, de los menestrales, del
baile auténtico, del pescaíto frito y del desgarro popular en corrales de vecinos,
muros de cal, arriates de jazmín, dompedro y dama de noche, latas de geranios,
de fiestas vecinales, la velá de julio, que es su feria propia, y de algarabía de
comadres en el lavadero (ya van quedando pocos y las comadres, enviciadas
con la telebasura, descuidan sus labores y se les quema el puchero). El viajero
se dio un garbeo por la calle Alfarería y curioseó en las tiendas de cerámica,
luego saboreó una tapita de cazón en adobo en una tasca de la calle San
Jacinto y admiró sin prisas el retablo plateresco de la gótica y armoniosa Iglesia
de Santa Ana, la catedral de Triana.
El paseante vagó por el barrio/ciudad, por las calles Pureza y Rodrigo de
Triana, callejeando entre sus gentes, hasta toparse con la parte moderna, el
barrio de los Remedios, en su tiempo el no va más de la modernidad, del que
huyó aprovechando que había llegado al puente de San Telmo.
Nuevamente en Sevilla, torció a la derecha y llegó al PALACIO DE SAN
TELMO, la perla del barroco civil, hoy ampulosa sede de la presidencia de la
Junta de Andalucía. De allí, a través del Parque de María Luisa, se dirigió a la
Plaza de España.
La PLAZA DE ESPAÑA es el monumento más característico de la
exposición de 1929 y la joya de la arquitectura regionalista de Aníbal González,
ese neorrenacimiento manierista andaluz que inventaron los arquitectos
sevillanos. Es un edificio semicircular con los extremos rematados por dos
afiladas torres algo descompensadas, quiero y no puedo, demasiado cucurucho
para tan poco cuerpo. Lo mejor de la Plaza de España es la sabia combinación
de monumentalidad arquitectónica en ladrillo visto y graciosa azulejería
trianera.
 
 
EL PARQUE DE MARIA LUISA
 
El viajero compró medio euro de cañamones para las palomas y dio un
paseo por el Parque de María Luisa (1913). Es un parque civilizado, de trazado
francés, inspirado en el Generalife y la Alhambra pero más cartesiano, con
rectas avenidas, espaciosas alamedas, senderos previsibles, glorietas, fuentes,
paseos, y hasta un promontorio artificial, el Gurugú, la única elevación de
Sevilla.
En dos rincones evocadores hay sendos monumentos a Bécquer y a Dante,
dos poetas distantes y distintos que ejemplifican la capacidad sevillana para
concordar contrarios, la vocación de esta ciudad, crisol fundidor que extrae la
gracia de cada cosa y la devuelve mejorada. El viajero lamentó no tener a
mano una novia veinteañera, menudita y morena, tierna y melosa, cuando se
sentó un rato a contemplar el monumento a Bécquer, deslumbrante mármol
de Coullaut Valera, abrazado a un árbol centenario con el que se integra en
bello y romántico conjunto.
En la Plaza de América, al otro lado del parque, está formada por otros
edificios de la exposición del 29: el MUSEO ARQUEOLÓGICO, de
espléndida fachada neoplateresca, y el frontero Museo de Artes y Costumbres
Populares, este medio cerrado. En el Arqueológico se exhibe una muy buena
copia del tesoro tartésico de El Carambolo, y mucha escultura romana.
El viajero aplazó para futuras ocasiones la visita a los otros cien palacios,
iglesias y rincones evocadores de la ciudad pero no quiso despedirse de Sevilla
sin conocer su más preciada joya arqueológica: la ciudad romana de ITÁLICA,
cuna de los emperadores Trajano y Adriano, distante nueve kilómetros por la
carretera de Extremadura.
Itálica fue fundada por Escipión el Africano para retiro de los veteranos de
sus guerras. La ciudad está todavía por excavar, y la señora propietaria del
terreno que hay sobre el teatro se resistía a la expropiación argumentando que
su casa data de tiempos de sus bisabuelos y en la familia no hay noticia de que
allí hubiera teatro alguno, ni cómicos, ni nada, que ellos habían sido siempre
gente de orden y muy decente. Una visita a lo que ya se ha descubierto en
Itálica y un almuerzo en las ventas de Santiponce compensa sobradamente
demorar un día más la excursión a Sevilla.
El viajero recorrió las ruinas del anfiteatro y los evocadores pasadizos y
sótanos así como la calle principal, pavimentada con losas, dotada de anchas
aceras y de una capaz cloaca central, y curioseó en las ruinas de las casas
patricias, con sus patios porticados con fuente central y sus habitaciones
decoradas con bellísimos mosaicos. Entre estos le llamaron especialmente la
atención los denominados El laberinto, el de Los días de la semana y el llamado de
los Pájaros, donde se muestra una cómica batalla entre grullas y pigmeos
envidiablemente dotados.
 
 
LA FERIA
 
La feria de Abril sevillana desciende, quién lo diría, de una feria ganadera y
mercantil apadrinada a mediados del siglo pasado por un vasco y un catalán.
De una cosa tan seria los sevillanos han hecho el acontecimiento más festivo
del mundo. Hoy, gracias a la muy ilustrada televisión autonómica, la imitan con
creciente éxito de crítica y público otras ferias andaluzas e incluso una catalana.
La feria dura siete días, como si se tratara de recrear el mundo,
comenzando por la prueba del alumbrado, el lunes por la noche y acabando
por el lunes de resaca de la semana siguiente. La feria cumple el milagro anual
de reunir en los escasos kilómetros cuadrados de polvoriento albero de su
Real a un millón de feriantes cargados de manzanilla y vino fino sin que
abunden los altercados inevitables en otros lugares en cuanto se juntan diez
mozos en una romería. La feria es una fiesta civilizada y, a pesar de las
engañosas apariencias, privada. Modernamente va habiendo algunas casetas
públicas, grandonas y desangeladas, patrocinadaspor los distritos municipales
o por los partidos políticos, pero lo suyo es que las casetas sean privadas,
propiedad de una empresa, de una familia o de un grupo de amigos. Durante
la feria contratan a un cocinero, a un camarero y a un segurata, a poder ser,
desagradable. La caseta es una extensión del hogar, donde sólo se recibe a la
familia y a los amigos. No obstante, esta residencia efímera está abierta al
paseo porque uno de los placeres del sevillano es exhibir ante el viandante
sus galas, su felicidad, lo bien que ha puesto su caseta y el trabajo que se ha
tomado para descansar.
Al filo del mediodía el ferial se llena de carrozas y caballistas para el diario
paseo en el que los pudientes se muestran sus pavoneos ecuestres. También los
fantasmones, que en Sevilla son legión, muchos de ellos entrampados hasta las
cejas para alquilar caballos y codearse con los grandes. Las mujeres van con
traje de flamenca, cuajado de faralaes, el único traje regional que admite
modas, lo que ya es el colmo del barroquismo; los hombres de traje corto o de
traje simple, camisa blanca abrochada hasta arriba, sin corbata. Los turistas
japoneses y chinos —estos, cada vez más numerosos—, de cazadora gris,
gorrilla de visera americana y cámara fotográfica al cuello.
El placer de la feria, aparte de acicalarse, ver y ser visto, consiste en
reunirse con los amigos en ocurrentes tertulias y beber y bailar según lo pida el
cuerpo y según aguante. Algunos sólo van a la feria un par de días, otros no
salen de ella y aguantan milagrosamente, sin dormir o durmiendo apenas, toda
la semana.
 
 
LA SEMANA SANTA
 
En lo que toca a su Semana Santa, el sevillano desmiente todos los
tópicos de su pereza, de su guasa y de su improvisación. La Semana Santa de
Sevilla es la cosa más seria del mundo. Las sesenta y pico cofradías de la
ciudad, cada una con su Virgen y su Cristo, con sus cuadrillas de
disciplinados costaleros, sus hábiles capataces, sus devotos penitentes y sus
celosas jerarquías, han desarrollado un complejo y rico ritual hecho de
sentimiento religioso y exigencia estética. Algunas son increíblemente ricas,
otras mucho más modestas; todas pasan doce meses al año preparando el día
grande de su desfile en la próxima Semana Santa. Lo ensayan hasta en sus
más ínfimos detalles: bandas de tambores en los nocturnos del río, paseos de
madrugada con una réplica del paso cargado con sacos de arena para que
pese como el original, reuniones casi diarias de los dirigentes... Nadie
descansa para que todo luzca y brille con grave solemnidad y con restallante
belleza. La cofradía es el supragobierno de la ciudad, la mafia benévola, la
omnipotente hermandad en la que cada cual arrima el hombro, los
propietarios del totem del clan al que cada cual ofrenda lo que puede:
haberes, trabajo, desvelos, influencias, gusto. La consigna es siempre la
misma: que la procesión resulte más lucida que el año anterior y que supere a
la rival. En esta olimpiada de la belleza y la solemnidad no es nada fácil
superar o superarse, por eso andan siempre acrecentando el patrimonio,
siempre estrenando algo nuevo en varales, candelabros, manto, velo,
canastilla, respiraderos, etc. Cada día de la Semana Santa desfilan varias
cofradías por sus respectivas carreras oficiales que incluyen el corazón de la
ciudad, la calle Sierpes y la plaza de San Francisco, donde se instalan los
lujosos palcos de las autoridades. Su aparición es admirablemente
sincronizada. Si alguna se retrasa o adelanta es debidamente sancionada por
el Consejo de Cofradías. Unas cofradías son populares y rivalizan en riqueza
y adorno; otras son de penitencia y rivalizan en austeridad y cilicio. Media
Sevilla representa el espectáculo para que la otra media contemple y apruebe,
pero la mitad espectadora no se resigna a un papel tan pasivo. También ella se
erige en espectáculo. El Domingo de Ramos, grand première, los varones se
echan a la calle repeinados, vestidos de capillitas, chaqueta azul marino,
pantalones a juego, cintita de la hermandad en el ojal, gemelos, alfiler de
corbata; las mujeres de estreno y peluquería. El Jueves y Viernes Santo, de
mantilla. Todos ellos con muchas horas de espejo a la espalda.
El viajero hará bien en sumergirse en el delirio colectivo de las bullas, los
apretujones más o menos fructíferos, la música, la cera, el azahar y las
conmovedoras aunque asalariadas saetas en los puntos más estratégicos del
recorrido.
 
 
DE CIERVOS Y EREMITAS
(La Sierra Norte de Sevilla)
 
Estaba fresca y linda la mañanita de enero. El viajero se puso al volante y
pasó ante la catedral de Sevilla donde ya comenzaban a concentrarse los fieles
que horas más tarde procesionarían a la Virgen de los Reyes para impetrar las
anheladas lluvias. El cielo estaba todavía despejado e inmaculadamente azul
pero el piadoso y previsor viajero iba pertrechado de paraguas, chubasquero y
katiuskas.
Una de las varias rutas para ir a la Sierra Norte sevillana sale de la ciudad
por la avenida de Kansas City —así de imperdonablemente nombrada—, y en
un santiamén se pone uno en Carmona. Al llegar a la bellísima —híbrida de
romano y medieval—, Puerta de Sevilla, el viajero torció a la izquierda, dio la
vuelta al pueblo, por ver desde abajo el deshilachado alcázar del rey don Pedro
y tomó luego la carretera autonómica 457 que lleva a Lora del Río.
Los campos del pan, como se atienen a la costumbre, estaban verdes y
recios como si la pertinaz sequía no fuera con ellos. En un recodo del camino
apareció una extensión de plástico negro que, de lejos, producía la ilusión de
un lago. Tras este espejismo, más campos verdes hasta el río Guadalquivir y a
lo lejos un puente de hierro, de cuando Primo de Rivera, ahora peatonal, y
paralelo al de hormigón que lo relevó.
Al llegar a LORA DEL RÍO el viajero se internó por el dédalo de las calles
y aparcó en la Plaza de Andalucía, la de la airosa cruz de hierro. Lo primero
que hizo fue desayunar junto al cercano y agonizante mercado, hoy machacado
por los mercadonas. Luego visitó la iglesia de la Asunción, mudéjar,
completada a finales del siglo XIX, donde le habían dicho que existe un
notable inciensario del siglo XV en forma de templo, obra deliciosa de
orfebrería cordobesa.
El ayuntamiento de Lora del Río es un notable caserón del siglo XVIII al
que se añadió una torre de reloj con campanas, admirable sincretismo entre lo
civil y lo eclesiástico. Luego buscó y halló el viajero en el friso de la fachada un
mutilado relieve con los emblemas de la Inquisición. Las otras bellezas del
pueblo son sus casas solariegas, entre las que destacan la llamada de los Leones
(1765), con fachada de pilastras cajeadas sobre pedestales bulbosos, y el
Palacio de los Quintanilla, de finales del XVIII.
El viajero, antes de tomar la carretera medianeja que lleva a la ermita de
Setefilla, pasó junto a la notable iglesia de Nuestro Padre Jesús y luego frente a
las blancas bardas del cementerio sobre las que asoman delatores cipreses y
cruces.
La ermita de Setefilla es un santuario hecho y derecho que destaca a lo
largo del espinazo de un cerro en cuya cumbre, como un segundo plano gris,
se yergue la desmochada torre del homenaje y varia ruina de un castillo
roquero. A partir de este punto la carretera se hace más sinuosa y va
penetrando en la sierra, bordeando el embalse José Torán, con bellos parajes
que se dejan recorrer en paz y sin prisas. El viajero conducía a sus anchas sin
más sobresalto que el cruce con algún ocasional vehículo todo terreno cargado
de joviales cazadores vestidos de camuflaje y abrazados a sus armas como si
fueran a la guerra. Algunos automóviles arrastraban un remolquillo donde
bullían nerviosos los perros.
Nuestro próximo destino, PUEBLA DE LOS INFANTES, está sobre un
cerro en un valle rodeado de montañas. Buscando el castillo de la Puebla, el
viajero ascendió hasta la parte más alta por callejuelas retorcidas con suelo de
cemento para dar con un par de grises torreones embutidos en el caserío.
También le habían hablado del cercano lugar de Almenara,de su ermita
mudéjar, y de la iglesia, pero a él le llamaron más la atención los corros de
ancianos, las jaulas de pájaros al sol de las paredes encaladas, el antiquísimo
lavadero que aprovechaba el bajante de una torrentera, las reputadas tapas del
restaurante Agredano y las mozas del lugar que muestran cierta proclividad a
tener los muslos largos, lo cual siempre se agradece.
El cronista prosiguió viaje por la apacible carretera de la sierra y en un par
de apartaderos, cerca del embalse del Retortillo, se detuvo a contemplar la
elástica carrera de los ciervos y el espasmódico vuelo de las perdices. Así, entre
parada y parada, dio casi sin sentirlo en el pueblo de CONSTANTINA, la
Constantina Iulia de los textos romanos.
Constantina es un pueblo antiguo que nunca dejó de estar habitado, como
prueban los restos árabes del castillo en el cerro del castillo y los del lugar del
Almendro. Lo más sobresaliente de este lugar es su iglesia de Santa María de la
Encarnación, mudéjar del siglo XV, con cuerpo de campanas de Hernán Ruiz.
También le llamaron la atención al visitante los púlpitos de forja, fechados en
1850, de la iglesia de Nuestro Padre Jesús. En el barrio de la Morería encontró
sabrosa arquitectura popular y algunas casas señoriales del siglo XVIII; en un
bar de la plaza no menos sabrosas chuletas de cordero empanadas, pajaritos
zorzales —prohibidísimos, por cierto—, guisado de venado, una especie de
seta llamada faisán, espárragos trigueros y tagarninas con habas, que un día es
un día. Todo con el vino clarete de la sierra.
El viajero salió del pueblo por la carreterilla del monte y antes de llegar a
CAZALLA DE LA SIERRA, detuvo el vehículo en un llanillo herboso junto
al camino, bajo un copudo alcornoque, echó para atrás el asiento y descabezó
una siesta roncadora escuchando, por la rendija de la ventanilla, el multiplicado
trino de la pajarería.
Cazalla la de los famosos anises y las finas aguas, rodeada de montañas,
arboledas y manantiales, se enorgullece de sus dólmenes soterrados, de la
torre triangular de la iglesia gótica de San Benito y de la iglesia de Santa María
de la Consolación, adosada a una antigua puerta de las murallas almohades.
Esta es mudéjar, de tres naves, con ábside poligonal y torre fachada del siglo
XV. Dentro se guardan notables pinturas barrocas y retablos. Ahora bien, el
que quiera estudiar todos los capítulos de la historia del arte español en un
sólo monumento debe visitar cerca del pueblo las evocadoras ruinas de la
Cartuja de la Inmaculada Concepción, construida entre finales del XV y el
siglo XVIII. Es un catálogo donde se encuentra gótico, mudéjar,
renacimiento y barroco.
A treinta kilómetros de Cazalla, por la carretera serrana que pasa por San
Nicolás del Puerto, paisajes paradisíacos con venados y cerdos que retozan en
los hozaderos y emprenden suculentos trotecillos entre los algarrobos, está el
pintoresco pueblecito de NAVAS DE LA CONCEPCIÓN, con su iglesia de la
segunda mitad del XVIII donde hay una pila bautismal de piedra del siglo XV,
una plaza con naranjos, una fuente y unas cocinas que sirven chacinas, morcilla
picante, unos exquisitos dulces llamados naveras, pestiños como puertas,
roscos, gañotes (parecidos al pestiño), torques y tortas de manteca.
Desde las Navas, por carretera montaraz que atraviesa una de las colas del
embalse del Retortillo, proseguimos viaje hacia el complejo rústico-monacal de
SAN CALIXTO donde alguna vez veranearon Fabiola y Balduino. Es lugar
muy a propósito para los buenos aficionados a la lectura pues por todas partes
hay azulejos que conmemoran los píos fastos del lugar. El convento de El
Tardón fue primero lugar de cenobio y luego convento de Basilios, fundado en
1542 por el venerable padre Mateo de la Fuente, en cuyos brazos entregó su
alma —leemos en un azulejo— el beato Juan de Ávila. Los basilios duraron
hasta 1840. Hoy es convento de monjas carmelitas descalzas.
Hay una única calle que tendrá una veintena de casas encaladas, casi todas
deshabitadas. El viajero sólo vio al capellán de la comunidad, vestido de cura
antiguo, con abrigo encima de la sotana; a un guarda forestal, con sombrero y
canana de gran hebilla; a dos estruendosos niños y a una pareja de silenciosos
gatos. Los gatos le parecieron muy felices, pero los niños tampoco tenían pinta
de sentirse desgraciados.
El viajero aparcó frente al recoleto compás empedrado y entrando por un
portalillo, atravesó un patio de naranjos para acceder al zaguán del torno de las
monjas. Antes de tirar de la cuerda que acciona la campanilla copió en su
cuaderno de viaje la admonitoria inscripción que hay sobre el torno:
 
Hermano, una de dos
o no hablar o hablar de Dios;
que en la casa de Teresa
esta ciencia se profesa.
 
La iglesia, cuya llave facilitó gentilmente la monja tornera, es ancha más
que larga, con grandes rejas ferradas muy tupidas y guarnecidas de púas desde
las que las monjitas del divino gineceo oyen misa y ven sin ser vistas. En torno
al altar mayor se exhibe una interesante colección de reliquias: por ejemplo un
retalito del forro de damasco de la caja donde yace el cuerpo del rey San
Fernando en Sevilla; o una piedrecita procedente del sepulcro de San Juan.
El viajero compró un tarrito de jalea de membrillo de la que fabrican las
monjas. También hacen cestos de mimbre y bandejas.
Por un camino bordeado de potentes eucaliptos, atravesando un portalón
adornado con una hilera de marmolillos descaradamente fálicos, el viajero
regresó a la carretera local y prosiguió viaje hasta Hornachuelos sin más
desviación que el camino que sale a la izquierda, tres kilómetros antes de la
citada población, aquel cuyo letrero indica: Desierto de Santa María de los Ángeles
y San José. Este era otro convento de eremitas, cerca del cual se localiza el
famoso Salto del Fraile donde transcurre el episodio culminante de Don Álvaro,
o la fuerza del sino, drama romántico del Duque de Rivas, y que luego dio la
ópera La fuerza del destino de Verdi. Se ve que el duque, que era cordobés,
conocía al dedillo estos parajes.
 
 
HORNACHUELOS
 
A la entrada del pueblo, el viajero encontró una fuente con tres chorros de
aguas finísimas, aunque ya cloradas por inescrutable designio legal. La fuente
se ve que tiene, ella sola, más historia que el pueblo pues presenta reveladoras
trazas de haber sido ninfeo en tiempos romanos. Hoy, como saben los
lectores de Caro Baroja, el culto a las ninfas ha evolucionado a veneración
popular de la Virgen y aquí han levantado urna y altar, por cierto cuajado de
flores, a Nuestra Señora de los Ángeles.
Hornachuelos es un pueblo largo, extendido sobre un costurón con río,
huertecillas y cavernas naturales. En la parte más alta del pueblo nuevo destaca
un horrible depósito de agua, obra de cemento de los años cuarenta o poco
posterior. En la parte vieja, aparece un pueblito tradicional coronado por el
viejo castillo y la iglesia de Santa María de las Flores, tardogótica, de principios
del XVI.
En Hornachuelos era y aún es común adornar las casas, incluso en sus
fachadas, con cornamentas de ciervo.
Allá tomó la noche al viajero. Pernoctó y cenó en un lugar de las afueras
donde le sirvieron un delicioso plato de venado en salsa y un pudding de
frutas de la casa.
Cuando se manifestó la mañana, el viajero se percató de que Hornachuelos
está enclavado en el mismo zócalo de la sierra. Al salir del pueblo todo son
cuestas abajo que llevan al llano. Aquí desaparecen los alcornoques y el monte
bajo para dar paso a las tierras de pan llevar.
El viajero, de buena mañana, llegó a PALMA DEL RÍO, aparcó y se
dedicó a corretear el pueblo. Palma del Río está en la horquilla de los ríos
Guadalquivir y Genil. Su más notable monumento son sus impresionantes
murallas almohades que parecen serpear entre el caserío y aparecen y
desaparecen por todas partes. Otras tres cosas llamaron la atención al forastero
en este pueblo monumental que tantas hermosuras atesora: una cáustica
pintada ecologista que decía Matar zorros para vestir zorras; la airosatorre
barroca de la iglesia de la Asunción y el monasterio de San Francisco, de 1518,
en una plaza cuya fuente central está adornada con antiguo molino aceitero.
De regreso a Sevilla, ya por la carretera autonómica 431 que va a Lora del
Río, el viajero se detuvo un momento en PEÑAFLOR, por ver la iglesia. Este
pueblo es un gran yacimiento de arqueología romana como se echa de ver por
la gran cantidad de vestigios antiguos usados para ennoblecer los edificios
actuales. Por ejemplo las columnas romanas que refuerzan las esquinas de la
iglesia, el hermoso capitel corintio que decora una calle, el cipo empotrado en
el muro de la ermita de Villadiego, donde se exhiben lápidas funerarias
romanas con emotivos epitafios.
El viajero, antes de regresar a Sevilla, se dio una vuelta por Carmona y
compró una de sus acreditadas tortas que tienen una capita de cidra entre dos
de bizcocho y hojaldre, todo cubierto con azúcar glas. Tomando porciones de
ella pasó ante la necrópolis romana con sus hipogeos, sus tumbas excavadas y
sus columbarios y lo asaltó el pensamiento del carpe diem, y a vivir que son dos
días, ese desdichado lugar común que tanto empaque adquiere dicho en latín.
 
 
CAMINO DEL ROCÍO CON DOÑANA DE FONDO
 
Hoy, primero de noviembre, los cementerios recién enjalbegados y los
floristas poniéndose las botas, vamos a darnos una vuelta por el Aljarafe, a
visitar el Rocío, ver lo que va quedando de Doñana y sus linces, y de camino a
comprobar cómo salió este año el vino nuevo, el que aquí llaman mosto. En el
día de los muertos le vamos a dar un brindis a la vida. Vamos a saborear el
mosto del Aljarafe cuando está todavía turbio, cuando entre sus leves agujas se
percibe un como saborcillo fresco a sexo femenino, con perdón.
Aljarafe significa, en árabe, jardín alto. También podría llamarse, en griego,
mesopotamia, país entre dos ríos. Es un zócalo de terrenos terciarios miocenos
de margas y arenas que está delimitado por las aguas del Guadalquivir y el
cauce escaso y legañoso del Guadiamar. Sus otros límites son Sierra Morena y
las Marismas. En el Aljarafe abundan las vegas húmedas de excelentes huertas,
buenos campos frutales, olivares de verdeo, viñedos y naranjos. Dicen que los
romanos denominaron a esta tierra Huerta de Hércules.
El aljarafe se asoma a Sevilla, como por un balcón, en SAN JUAN DE
AZNALFARACHE. Keops construyó la gran pirámide; Felipe II, El Escorial;
Franco, el Valle de los Caídos y el cardenal Segura, aquel trueno famoso que
excomulgaba por bailar agarrado, construyó un mausoleo-monumento al
Sagrado Corazón de Jesús sobre el pedestal del Aljarafe, que lo hace más alto
que la Giralda, dominando Sevilla. El viajero vio el monumento desde la
carretera y pasó de largo, que llevaba la agenda del día cargada de proyectos
más deleitosos.
La primera parada la hizo, unos kilómetros más adelante, en UMBRETE a
la sombra del antiguo palacio arzobispal, del siglo XVII. Este edificio ha
tenido mala pata, que ha sufrido incendios y devastaciones, pero lo que quedó
entero es imponente, con el detalle lujoso de su galería volada que lo comunica
con la iglesia por encima de la calle. Tenía unos jardines principescos,
adornados con esculturas mitológicas, que esto era como un Vaticano en
pequeño.
De Umbrete a Olivares son sólo unos kilómetros de huertas y tierras de
labor, naranjos y alguna que otra casa de recreo que parece que las hacen feas
aposta.
En OLIVARES, el pueblo del famoso administrador que le llevaba las
fincas a Felipe IV, hay una plaza que bien vale la visita aunque sólo sea por ver
la fachada del palacio ducal con su escudo flanqueado por dos harpías y sus
herrajes del siglo XVII. Para más arte hay que visitar despaciosamente la
Colegiata de Santa María de las Nieves increíblemente rica y alhajada, sobre
todo con relicarios rebosantes de huesos, se supone que de santos.
El viajero, volviendo sobre sus pasos, desandó el camino de Umbrete y fue
a BOLLULLOS DE LA MITACIÓN. Este es un pueblo de arquitectura
ecléctica. Hay mucho azulejo forrando fachadas, mucha carpintería de
aluminio, mucho letrero de plástico reflectante y mucho establecimiento
ultramoderno como el que reza Charcutería-Chacilandia-Centro de reunión.
También está la discoteca Kyos. En un lugar tan contaminado de modernidad
no resultó fácil encontrar lo auténtico, pero el viajero pudo dar con la bodega
Rumbo, en la carretera principal, hoy partida en dos por cosa de herencias. Era,
recuerda el viajero, un lugar sin anuncio ni letrero alguno: un portón abierto
con el honesto resguardo de una cortina gris. Dentro había un par de naves
sucintamente amuebladas con una docena de grandes barriles. Uno de ellos
lucía la inscripción, a tiza: se venden cebollinos de siembra. Un par de bombillas
desnudas, tres o cuatro almanaques de propaganda y dos o tres telarañas de
solera que pendían del techo completaban la decoración. Los parroquianos,
gentes del pueblo, se acomodaban en sillas bajas de anea, junto a mesas de
tijera. Hoy está muy, digamos, mejorado, pero sigue siendo buen sitio para
beber y conversar. Para comer es mejor El Picadero, en la carretera de
Villamanrique.
Pareció que la mañana refrescaba menos y que lucía más el sol cuando el
viajero, con un cuartillo de mosto en el cuerpo y una garrafita de cinco litros en el
maletero, tomó el carril que lleva a la ermita de Cuatrovitas. Hacía pocos días que
habían celebrado la romería anual y todavía estaban frescas las rodadas de las
carretas. En los prados y olivares de alrededor ponía una nota de color sobre la
monotonía verde de la hierba el sembrado de latas de cerveza, envolturas de
bocadillos y platos de plástico, servilletas de papel y compresas higiénicas. El
viajero se percató de lo que ha aumentado el nivel de vida del pueblo español.
Hace unos años las romerías apenas dejaban residuos, si acaso una botella rota y
las mondas de una naranja.
La ermita de Cuatrovitas debió ser, en tiempos de moros, morabito
religioso. Levanta una coquetuela torre almohade de ladrillo, un hermoso
retablo dieciochesco en honor de la Inmaculada y un pozo de aguas santas,
con brocal de ánfora vinera.
A pocos kilómetros está AZNALCÁZAR pueblo que, como su propio
nombre indica al visitante que haya cursado semíticas con devoción y
aprovechamiento, tuvo un castillo. Apenas quedan indicios de él en la parte
alta. En la cola de la churrera, el forastero trabó conocimiento con el cura del
pueblo que amablemente se ofreció a enseñarle su iglesia.
La iglesia de San Pablo es una delicia mudéjar del siglo XV que sólo por
contemplar su portada de ladrillo compensa el viaje. Por dentro tiene otras
trazas moriscas y un notable artesonado. La torre, sobre la que anidan las
cigüeñas, es también la de una mezquita. Desde su terracita, frecuentada de
palomas, esas ratas con alas, el viajero atisbó en la vega verde la mancha blanca
de otro pueblo.
—Es Pilas —dijo su acompañante.
—Y aquella fábrica ¿de qué es? —quiso saber el viajero.
—No, no es fábrica: es el que fue seminario menor.
El visitante exploró un antiguo pilarillo que hay a las afueras y dio una
vuelta por el pueblo, de casitas bajas, con zócalo de ladrillo hasta un metro de
altura y el resto en honrada cal. En la calle Miguel de Cervantes pasó por la
puerta de un «Hogar de la tercera edad» donde los ancianos de la localidad
consagraban sus ocios a la ardua ciencia de ahorcar el seis doble sobre las
mesas de formica y a pontificar sobre fútbol con esa rotundidad que es tan
propia del español.
El viajero prosiguió camino hasta una encrucijada: a la izquierda
Villamanrique, pueblo de alcornoques ilustres, uno de ellos marcado con las
siglas MZCh, a la derecha Almonte, pueblo de campiña rociera. Naturalmente
prefirió el de la derecha.
ALMONTE es pueblo sencillo y tratable, y no tiene más orgullo que ser
rociero que es la cosa más grande que se puede ser en este mundo. Si se pasa
de largo, uno se interna enseguida por el pinar que conduce al Rocío. La
ermita, que proporcionada a su importancia abulta casi tanto como San Pedrodel Vaticano, se remonta a 1963.
 
 
EL ROCÍO
 
El viajero sabe perfectamente que la aldea de El Rocío está en la provincia
de Huelva, pero El Rocío está tan unido a Sevilla, viaja, llora, peregrina, se
divierte, se emociona, se estremece tanto Sevilla con el Rocío. La televisión
autonómica con sede en Sevilla ha hecho del Rocío tanta bandera de identidad
sevillana, que vamos a tratar el lugar como si fuese el espiritual apéndice
hispalense que sin duda es.
El Rocío está en un estribo de tierra lamido por las marismas del arroyo de
la Rocina. Es un pueblo fantasma con calles de arena, casi totalmente formado
por casas para la romería; de hermandades y de particulares adinerados. Aquí
se junta, en la romería, más de un millón de personas, dicen, casi todas
durmiendo al raso o en coches y carromatos. El viajero curioseó un libro de
fotos romeras y vio a una señora fondona vistiendo falda de volantes y botas
camperas, desgreñada, una flor medio marchita saliendo de la acequia madre
del abismal escote pechugón, con un vaso medio vacío en la diestra y una
botella de vino medio llena en la siniestra. En otra foto, dos caballeros de pelo
reluciente de brillantina habían trabado amistad en la trasera de una engalanada
carreta. En otra se veía una ancha vía pecuaria con harka de rocieros: ellas,
faldas de volantes; ellos, traje campero y zahones, desbaratadas ya por el largo
camino la elegancia y las horas de espejo, todos grandes medallas de la Virgen
al pecho, todos muy emborrizados en una espesa nube de polvo amarillo,
como los tuaregs en Lawrence de Arabia (película que, por cierto, se rodó aquí al
lado).
La romería del Rocío es cuatro o cinco días de fatigoso camino, de
promiscua acampada nocturna, de grandes polvos, de incesante sonsonete de
tamboriles y flautas, y estampido de cohetes, mucho vino con polvo, mucha
comida con polvo, mucho cante a la Virgen, mucho palmeo, mucha guitarra,
muchas sevillanas rocieras, muchas salves rocieras, mucho ¡Viva la Blanca
Paloma!, muchísimo ¡Viva la Reina de las Marismas! etc. etc. Sólo de escribirlo
se pone la carne de gallina. En un folleto turístico el viajero lee se confunden los
sentimientos religiosos más profundos con la explosión de los sentidos que se muestran
dispuestos a gozar de todo cuanto la vida les ofrece. Explícito, ¿no?
El viajero presentó sus respetos a la Virgen y se asombró del quintal de
cera que ardía en su honor a pesar de ser día nada propicio al visiteo mariano.
Para un rociero, el colmo de la belleza femenina radica en la majestuosa
distancia entre la nariz y el labio superior y la boquita recogida y sabia de su
Virgen. El viajero adquirió allí mismo diversas postales de la Virgen vestida de
recibir, manto blanco bordado en oro; de pastora y de viaje, con sombrero y
capa, como se atavía cada siete años para su excursión a Almonte. Alegría y
orgullo de ser rociero, la experiencia más grande que se puede tener en este
mundo, insistimos. El viajero se hizo cruces devotamente y prosiguió camino
hacia DOÑANA por una carretera entre pinos. Arriba, sobre el cielo azul, el
milano se buscaba la vida oteando animales muertos sobre el asfalto.
El neoecologista se encasquetó la gorra de camuflaje, cruzó resueltamente
el puente de la Canariega y se dirigió al Centro de Recepción de Visitantes
donde un amable funcionario le otorgó permiso de visita y le informó sobre
Doñana.
El parque nacional de Doñana, el espacio natural más precioso de Europa,
es un paraíso donde campan libremente unas quinientas especies de animales,
algunas de ellas casi únicas en el mundo. Aquí conviven el jabalí, la víbora
hocicuda, el águila real, el lince, el zorro, el ciervo, la tortuga, la garza real, la
imperial en verano, el flamenco, incluso el camello (había un ejemplar). En este
refugio invernan cien especies de aves, muchas de ellas llegadas de África. En
Doñana hay dunas móviles, hay marismas y tierras bajas mal drenadas entre
brezos, carrizo, pinos, bayunco, jaras, castañuelas.
Siguiendo la carretera hacia el mar se llega a la colonia veraniega de
Matalascañas, la playa de Sevilla como quien dice, implantada como una astilla
de cinco kilómetros de largo por uno de ancho en la sensible epidermis de
Doñana. En Matalascañas hay colmenas de apartamentos a dos pasos del mar,
largas hileras de casas acosadas, supermercados, chiringuitos, discotecas, bares,
estancos, tiendas de productos congelados, locales de máquinas tragaperras y
todo lo necesario para que el veraneante de chanclas y camiseta, bolsa
marsupial al costado, se sienta a sus anchas, plenamente realizado y satisfecho
con el nivel de vida y categoría social que ha alcanzado.
El viajero se asomó sobre todo al mar, ya de atardecida, observó con cierta
melancolía las ruinas del torreón de vigilancia varado entre las olas (el Tapón)
y regresó a Sevilla sin más parada que la de CASTILLEJA DE LA CUESTA.
En este pueblo, ya ciudad dormitorio de la conurbación hispalense, han
instalado un colegio de monjas en el Palacio de Hernán Cortés, la casona
donde aseguran que murió el conquistador de Méjico en 1547. El viajero
procede de Andalucía Oriental y es muy exigente en materia de dulces. Por eso
mismo hizo provisión de las famosas tortas de aceite de Castilleja en dos o tres
obradores especializados que existen en la calle Real, no lejos del palacio.
 
 
JAÉN
Francisco Núñez Roldán
SIERRA MÁGINA
 
El lector tiene derecho a la ignorancia. No iba a saberlo todo. De ser así,
sencillamente no leería. Por eso posiblemente desconozca que la provincia de
Jaén es de las más irregulares de Andalucía, la región que por cierto tiene las
mayores alturas de la península. Al autor le gustan las sierras. Edípicamente,
puede ser, pero le gustan. De haber nacido en Elche suspiraría por las
palmeras, y si en Cataluña, mataría por la butifarra, se olería el sobaco en el
Parlament y se ducharía sin quitarse la barretina, pero no ha sido así.
Salvo la cinta del valle del Guadalquivir, a veces harto angosta, la provincia
jiennense es un continuado mapa de cerros, montículos, sierras, oteros y
montañas arbitrariamente dispuestas, algunas ya digo que considerables. Ello
suele significar belleza, por las panorámicas, las posibilidades de paseo, de
embreñarse en el monte, de escuchar el campo, de escucharse a sí mismo.
Jaén tiene una capital discreta, un par de pequeñas ciudades bellísimas,
Úbeda y Baeza, y un puñado de castillos de distintas hechuras, pero
nombraremos todo esto de pasada, porque, como dijimos muy al
principio, ya hay sesudas guías que hablan mucho y bien de ello.
JAÉN capital no es una ciudad en exceso ponderada por propios y
extraños, pero tiene su gracia y su interés. Al viajero le está prohibido irse de
allí sin visitar, no sólo la catedral y su elegante fachada con balcones urbanos,
sino algo más discreto pero no menos significativo: el Museo Arqueológico y
su colección de arte íbero, única en España y lógicamente en el mundo. Lo que
fue el sur de la península justo antes de Roma se encuentra resumido en una
colección de esculturas desbaratadas a las que el destrozo no ha podido
arrancar la evocadora belleza de un mundo duro y feroz, influido sin duda por
la escultura etrusca orientalizante y unas sonrisas primitivas y secas que
recuerdan a las del arte arcaico griego, del que no por casualidad son
contemporáneas.
Los otros dos únicos lugares que deberán obligatoriamente visitarse son,
uno, los baños islámicos del palacio de Villardompardo, llamados árabes, como
de costumbre, y en realidad herencia directa de Roma, que los agarenos fueron
admirando y copiando inteligentemente en su periplo de dos generaciones por
Asia Menor y el África bizantina hasta llegar a este lado del estrecho. Qué
baños iban a tener en el desierto, las criaturitas.
El otro sitio es el Castillo de Santa Catalina, donde se encuentra el actual
Parador de Turismo. Fue fortaleza tan inexpugnable que Fernando III la hubo
de tomar por negociación, y de su reyezuelo moro exiliado salió el reino de
Granada. Los franceses la desbarataronen su retirada, como era su cívica
costumbre, y en la última guerra civil le pusieron varios tubos de chimenea
asomando, a ver si los nacionales los tomaban por cañones y no repetían el
bombardeo de 1937.
Desde la altura del castillo, el viajero mirará justo hacia el este, adonde sale
el sol, y verá una masa azulenca, irregular, compacta y en apariencia próxima.
Esa es Sierra Mágina. Al sur de la ciudad, por supuesto, está la sierra de
Jabalcuz, también enorme y pegada a la urbe, pero a esa no vamos a hacerle
caso, por ahora.
Eso sí, la noche anterior, recién llegado, el viajero habrá subido al barrio
alto, y no lejos de la catedral habrá dado con la taberna El Gorrión. Allí, el
queso creo que viene de Zamora, pero pueda estar seguro quien leyere que la
temporadita metido en aceite de oliva local le da un punto de sabor y picor
sencillamente deliciosos. Ni el potente vino viejo del lugar es capaz de barrer el
regusto que deja. Ni falta que hace.
Para entender un poco el macizo de Sierra Mágina y pueblos que lo
circundan es conveniente regresar al marqués de Santillana. Recordará el lector
que el noble no se comió una rosca con la vaquera de Hinojosa del Duque, la
Finojosa, en el texto. No así le había sucedido en el norte, que el marqués era
muy viajero. Cerca de Potes, en Cantabria, hace amistad con una mozuela del
pueblo de Bores y acaba el poema sencillamente diciendo:
 
…y fueron las flores,
do cabe Espinama,
los encubridores.
 
O sea, que algo habría. El sur, sin embargo, se le resistió un poco más. La
serranilla nº 5, en concreto, es un estupendo resumen de historia y agitaciones
del lugar que estamos tratando, y de cómo el marqués se queda a dos velas
cuando la mozuela termina espetándole que:
 
…Non curades,
señor, de mi compañía,
ca Miguel de Jamilena,
con los de Pegalajar
son pasados a atajar:
vos tornad en hora buena.
 
Y todo porque el filantrópico marqués decía querer protegerla contra una
cabalgada de moros que andaba cerca, corriendo la ribera.
Jamilena no está junto a Mágina, pero Pegalajar sí, en el borde suroeste. Es
uno de los pueblos que fue frontero durante un par de siglos largos, porque la
masa caliza de la sierra era por el norte castellana, y por la parte sur, del reino
nazarita. De hecho, si el lector va a la sillería del coro de Toledo, verá que en
los bellísimos relieves que los Reyes Católicos encargaron a Rodrigo Alemán
están entre otros las tomas de los castillos de Cambil y Alhabar, hoy
desgarradas ruinas pero que por su enriscada situación no debieron resultar
nada fáciles de rendir. Cambil está al sur de Mágina, y si se mira el mapa —que
es muy útil llevarlo cuando se va de viaje—, no lejos de Pegalajar, que ya
decimos queda al suroeste de esa elevada aglomeración cuasicircular que llega y
supera los dos mil metros sobre el nivel del mar.
Para recorrer Mágina y su alfoz podemos pues comenzar por ese bello
pueblecito, Pegalajar, con su charca natural, ya casi seca, pero que debió ser el
indudable origen del poblamiento. En fotos antiguas la hemos visto
asilvestrada, rebosante, rodeada de arbolado. Luego la cercaron de cemento, la
solaron, emparedaron, encalaron y fue unos años la gran piscina del pueblo.
Por fin, tras tanto pozo en los alrededores, ha dado en el recuerdo seco que es
hoy. Al pueblo, que tiene un pequeño pero inevitable castillo fronterizo, se
llega pronto desde Jaén, si tomamos la A 44, que nos llevaría de Jaén a
Granada. Antes del desvío que trepa hacia Pegalajar habremos dejado en el
valle La Guardia, uno más de los lugares hispánicos de tal nombre, este muy
comprensible por hallarse custodiando el valle del río Guadalbullón, vía
natural de comunicación desde siempre entre las dos capitales. Puede
imaginarse que en los dos siglos y medio de frontera, La Guardia jugó un papel
clave en la custodia de la ruta, como por parte musulmana fue sin duda el
castillo de Puerto Arenas, cuyo nombre islámico se ha perdido, y que atalayaba
la vía kilómetros más abajo, a la altura de Campillo de Arenas. Casualmente La
Guardia tuvo la misma función fronteriza en la última guerra civil, y sobre el
lateral encalado de una de sus troneras, el autor vio hace años un grafiti
republicano a lápiz de los componentes catalanes de una compañía de
ametralladoras, de vigilancia en el lugar. Los moros, en este caso, podían seguir
viniendo del sur bajo otro estandarte.
Hemos elegido el sentido contrario a las agujas del reloj para circunvalar
sierra Mágina, y de Pegalajar a Cambil volveremos al valle, a la autovía, porque
los montes celan cualquier otro camino. Una vez en Cambil, admiramos los
dos promontorios donde estaban los castilletes que Rodrigo Alemán labra en
la madera del coro toledano. Ya apenas queda nada de ellos, y su difícil acceso
hace complicada la restauración.
Por la A 324, el viajero irá hacia Huelma, pero antes pasará por un
despoblado con un castillete en ruinas. Es Mata Bejid. Actualmente el lugar
es redil de cabras y garantizamos al visitante que saldrá rascándose las pulgas
si entra a ver lo poco que queda del recinto. De Mata Bejid verá el viajero que
trepa un carril que se incrusta en el monte. Si lleva vehículo muy campestre,
tómelo y siga siempre al norte, para acabar cayendo al valle, al otro lado, tras
atravesar el pelado corazón de la sierra que sin duda debió estar antes
tapizado de chaparros y encinas. Si lleva un coche corrientito, como era esta
vez nuestro caso, siga a Huelma y admire el castillo medieval con el boquete
del asedio cuando los franceses.
En todo este periplo, el viajero va a estar goloso de aceites. En la provincia
Jaén, siempre, pero es que el de sierra tiene un sabor especial. En todos los
pueblos y sus cooperativas al respecto suelen hacer un aceite magnífico, a fuer
de sano. No escatime el lector en aceites, nunca. Quizá una de las ramas de la
sabiduría que pueden y deben alcanzarse en la vida es saber en qué se debe
ahorrar y en qué no. En aceites, nunca. Por un euro más a la semana tiene el
lector un grado de salubridad considerable. Aceite de oliva virgen extra,
siempre.
En Huelma, iglesia renacentista fastuosa con posterior torre achaparrada
que la desmerece. Era ya la crisis del XVII y tenía que notarse. Puede que al
viajero la fachada un poco urbana le recuerde algo a la de la catedral de Jaén.
En efecto, Vandelvira, el autor de sus primeros planos, era bastante dado a un
concepto un tanto cívico en sus construcciones religiosas.
Por la A 324 sale el viajero dejando siempre a la izquierda la masa de la
sierra y desembocará en la A 401, hacia el norte. Al llegar a un cruce va a
desviarse y tomar el camino de Jódar. Allí visitará su castillo, en exceso
restaurado y acoplado a modernidades, pero qué se le va a hacer. Al menos se
ha salvado. Y hay también una huerta donde se cuidan y cultivan las plantas
silvestres que se dan en la sierra cercana. Aunque el pueblo esté fuera del
perímetro del parque natural en sí, no hay duda de que hace méritos para que
lo añadan al conjunto.
Pero el viajero retrocede y vuelve hacia la propia sierra, en concreto hacia
Bedmar, al otro lado del monte. De allí, por cierto —asegura el marqués en la
serranilla antes citada—, era la moza con la que se topó sin beneficio alguno.
El viajero, con pretensiones más accesibles que las del noble escritor, y antes
de meterse en piedras y paisajes, va a saborear los exquisitos espárragos
blancos locales. Nada que envidiar a los navarros o logroñeses. Por no hablar
de los que vienen de China, más baratos e insípidos y que quizá el lector sepa
qué tipo de abono orgánico suelen usar en su cultivo. Entérese si no, porfa.
Luego, con las botitas puestas y el garrotito enristrado, el viajero observó
las dos curiosas prendas castellológicas locales. La una, más previsible, es el
castillo nuevo, muy en ruinas, que parece ser construyó la orden de Santiago
en el siglo XVI y que su actual dueño, el marqués de Bedmar, tiene
perfectamente abandonado a la vez que solicita al municipio una cantidad
desproporcionada por su venta.
El otro,lo que se ve y sobre todo intuye de él es sin duda una de las obras
más evocadoras y misteriosas que en cuanto a castillos puede pensarse. Resulta
que se ve un semicírculo de muralla muy en ruinas cuyos extremos se clavan
contra la pared casi vertical del cerro. Ello obliga a que el resto de la cerca lo
constituya el monte mismo, con las torres o garitas que habría, cresteando. El
muñón alguna de las cuales aún se conserva, sobre todo la que guarda o
guardaba la cueva del agua, de relativamente fácil acceso y por eso mejor
protegida. Agua que sin duda brotaba en tiempos de menos pozos y
perforaciones exteriores. De hecho allí dentro están los pilones repintados de
almagra sobre los que siglos de grafiti no han podido eliminar la información
sobre su uso.
Y como torre del homenaje del castillo híbrido de monte y mampostería,
algo que funcionaría como tal, y es una gran oquedad en el mismo tajo,
enorme balcón mirando al exterior, reforzado y asegurado con obra de tapial, y
solo accesible con técnicas y equipo de escalada. En estos tiempos y en
aquellos, seguro. En cuanto a la muralla semicircular que cierra por abajo, el
viajero ha leído sobre su origen musulmán, pero lo redondeado que permite
apreciarse en el perímetro de las torres, parece remitirla a tiempos anteriores.
Todo ello por excavar, por aclarar, como tantas cosas en España.
El viajero luego ha seguido por la A 320 hacia Jimena, donde ha trepado
monte arriba un poquito y ha visto la cueva de la Graja, con sus pinturas
esquemáticas. La única que se conserva en la zona, que se sepa, porque las
paredes del monte andan con tanto escombro en su base que no serían de
extrañar más oquedades ya cegadas que guarden para siempre similares
dibujos. La caliza tiene esas desventajas.
Retrocede el viajero y se incrusta, ahora sí, en la sierra. Llega a
Albanchez, que antes se llamaba Albanchez de Torres. Torres es el pueblo de
al lado. Pero, ¿cómo podía tolerarse eso en época de democracias y
autonomías mayores y menores? Nada. Se le cambió el nombre. Albanchez
de Mágina se llama desde hace unos años. Fuera servilismos nominales.
Albanchez es un pueblo pequeño, gracioso, enriscado, con un castillo que
va afilándose conforme se sube a él, y se sube mucho. Pero mucho. Y como
casi todo lo que en el campo cuesta esfuerzo, vale la pena. El viajero se toma
su descansito de vez en cuando pero llega al fin arriba tras innumerables
escalones y la garantía de agujetas a la mañana siguiente. Arriba, en una
mínima superficie encumbrada, el observador se siente casi águila, por lo alto
que se nota, por lo lejos que se ve todo, pueblo incluido, por la ausencia de
todo alrededor de él, salvo el mínimo espacio donde se asienta. Lo demás es
aire, paisaje, grajillas que le pasan cerca graznando, soledad circunstancial y
bellísima.
Luego, camino de Torres, pasa el puerto y llega al pueblo que da a
principios del verano las cerezas más ricas que ha probado en su vida. Aceite
también, por supuesto. Ya decía que no sólo en Jaén sino en toda la sierra, el
olivo es el monocultivo que impera en valles y lomas, a veces con unas
pendientes increíbles. Pero en el gran circo de Sierra Mágina que se cierra por
el norte hacia Torres, a partir de cierta altura los cerezos han ganado la partida
y compiten con olivos y nogueras en un elevado valle que riegan las aguas
provenientes del alto semicírculo. Y el viajero, que como buen hispano gusta el
vino pero tanto o más el agua, y más si es delgada y fresca, sube a la llamada
Fuenmayor, cerca de Torres, que como su nombre indica es la mayor fuente de
la zona. Le han hecho una bajada en largos escalones que permite al agua
sonar repetida antes de ir a la gran balsa, desde donde luego regará muchos
huertos. El agua allí brota siempre. Fresca en verano y, por contraste, se diría
que templada en invierno, pero en realidad es casi isoterma, proveniente de
millones de canalillos hondos que en una densa red secreta ha ido haciéndose
en la masa del monte. La caliza, que tiene también esas ventajas.
Tras Torres y la Fuenmayor, el viajero sabe que hay un carril que le lleva
por el oeste hacia otro valle despoblado, semisecreto, y de allí sube por una
pista hacia el pico del Almadén, una de las cimas más altas de la sierra. Dos mil
sesenta metros o así. Han situado en la cumbre varias antenas de sabe Dios
qué. Hacen un zumbido permanente y molesto, y abajo del valle hay una
barrera, siempre levantada, y una señal de prohibido el paso de la que no hay
que preocuparse. Arriba, en lo alto del Almadén, el viajero ve uno de los
paisajes de mayor amplitud que ha contemplado en su vida, cuando el día está
limpio: por el norte tiene, aplastada y grisácea, Sierra Morena; por el este, el
dentado irregular y azul de Cazorla; por el sur da con la línea reconocible de
Sierra Nevada y la sierra de Baza, y por el oeste, las sierras jiennenses de La
Pandera y Alta Coloma se le mezclan con la masa de las Subbéticas cordobesas
aledañas. Viene a ser más o menos una circunferencia de ciento y algo
kilómetros de diámetro. Qué decir.
Claro que si el viajero no tiene demasiado espíritu de aventura o ese día no
lleva coche campestre, o simplemente tiene prisa, tirará desde Torres hacia el
industrioso pueblo de Mancha Real, población relativamente nueva, de cuando
los Reyes Católicos, y que de tres casas barrocas de piedra que tenía ya solo le
queda una. Para qué tanto arte, habrán dicho. Todo nuevo. Mucho azulejo
brillante en fachada, de ese que cuando al cabo de los años se caen algunos hay
que cambiarlos todos porque ya no los hacen, o a remendarlos como se pueda.
Y últimamente, de ladrillo visto. Todo sea por la belleza.
De Mancha Real, tras una breve visita a su sólida iglesia renacentista, el
viajero volverá a Jaén, que se ve al fondo a lo lejos, con esa nitidez que se da en
esta provincia de altos montes inesperados y distancias largas.
 
 
LA QUE REALMENTE VINO A SER LA MADRE
DE TODAS NUESTRAS BATALLAS
 
El viajero no miente en el título de esta ruta, porque de no haber sido por
ella, la frontera con el sarraceno estaría en el Pirineo o puede que como
mucho en el Ebro. La Ribera del Duero y la Rioja solo producirían higos y
ricas uvas pasas, la Península Ibérica sería delicioso campo para pastos de la
cabra y el cordero, en lugar de tanto gorrino y sus impuros productos
ibéricos, la vecina del lector iría velada y no podría saberse si es bonita o no,
la lectora de estas líneas no tendría derecho a ningún paraíso concreto, pero
el lector gozaría infatigable de innumerables huríes jovenzuelas, como es
sabido, con la ventaja de que en su tránsito por la tierra no habría conocido la
separación de poderes en la política, y la democracia liberal que hoy disfruta a
regañadientes habría sido un régimen indigno y despreciable, al que de todos
modos estaría loco por emigrar.
Todo eso y más cosas ha trocado el lector, incluida la lengua en la que está
leyendo, si el 16 de julio de 1212 se hubieran mudado las tornas. Y como
estamos en España —no se olvide el detalle—, la conmemoración y recuerdo
del hecho apenas se celebra, o se hace con la desgana y negligencia de quien
considera un tema menor el pertenecer a una cultura, a una religión o a otra,
aunque esta no se ejerza, porque la otra no admite ateísmos ni frigideces en la
fe como la que sin duda muchos de los lectores practican respecto a la que han
sido educados de pequeños. De haber sido franceses o ingleses los que
protagonizaron la referida gesta de 1212, no se dude de que habría literatura y
películas al respecto en abundancia, así como por ejemplo sobre la
colonización hispanoamericana, y no tantas sobre el lejano Oeste, del que hay
muchos más revólveres y muertos en la ficción que todos los que se dieron
juntos en la realidad en su momento. Están sacadas las cuentas, y por los
americanos mismos.
El viajero ha subido desde el sur por la vieja ruta A 4, antigua Nacional 4,
cuando las radiales salían del kilómetro cero de la Puerta del Sol y España era
un país compacto que no disfrutaba de lasactuales ventajas y dispendios
autonómicos.
El viajero se desvía para hacer un recado en Arjona, la Urgao o Urgavona
de tiempos iberos y romanos. Arjona es hoy un pueblo blanco y hospitalario
encaramado sobre un cerro que despunta sobre un mar de olivos, a quince
kilómetros de la autovía de Andalucía. En un muro del Ayuntamiento, casa
señorial del siglo XIX, está empotrada la famosa lápida templaria,
recientemente descifrada (un tratado de Cábala relacionado con el Templo de
Salomón). En el piso superior dos bellísimas salas reproducen el aspecto que
tendrían los interiores de la Alhambra cuando conservaban vivos sus colores.
Este homenaje al arte nazarí, que puede parecer insólito, se explica porque
Arjona es la patria del fundador de aquella dinastía, Aben Alhamar, rey de
Granada.
Desde el Ayuntamiento el viajero se encamina a la plaza de Santa María, en
la parte alta del pueblo, siguiendo el trazado de la impresionante muralla
ibérica en talud que sostiene el llamado cementerio de los Santos (siglo XVII),
mirador privilegiado que otea más de cincuenta kilómetros de campiña
olivarera y las remotas cumbres grises de Sierra Morena.
En la explanada del alcázar el viajero encuentra tres edificios principales:
iglesia, santuario y Museo de Costumbres y Artes Populares. En la iglesia de
Santa María, gótica (siglo XIII), contempla uno de los escasos ejemplares de
Bafomet templario existentes en España. Junto a la iglesia, con entrada por su
cantón, se accede al antiguo aljibe del alcázar, almohade con inscripciones
romanas en piedras reaprovechadas. Allí el viajero asiste a un interesante
espectáculo audiovisual en un ambiente marcado por el agua.
Todavía sin salir de la plaza el viajero visita sus museos: el Arqueológico y
el de Costumbres y Artes Populares ocupan el mismo edificio y albergan
interesantes colecciones de objetos que cuentan la historia del pueblo desde la
edad del bronce pasando por los íberos, Roma y el Islam. También sus medios
de vida, y la cultura del olivo y del cereal aparte de curiosidades como el trono
moruno, tallado ex profeso por un artesano marroquí, que sirvió para el atrezzo
de la película Lawrence de Arabia, en las escenas rodadas en el Alcázar de Sevilla.
El Museo de las Reliquias, en el Santuario de los Santos (siglo XVII),
ilustra el bizarro episodio del hallazgo de las reliquias de Arjona que conmovió
a la sociedad española en los años 1628 y siguientes. En el camarín, dentro de
ricas urnas, se veneran las calaveras de san Bonoso y san Maximiano,
centuriones romanos, acompañadas de cientos de huesos anónimos. Entre las
menudencias del museo el viajero admira el presunto potro de tortura romano,
la trochlea.
Finalmente, en un pequeño mirador de la plaza, el viajero palpa la Piedra
de la Luna, esfera pétrea plagada de cráteres que recibió culto en un santuario
precristiano y posteriormente sirvió de pedestal de una Virgen negra en la
catedral de Jaén.
Después de contemplar los dilatados paisajes que desde el alto mirador se
atisban y de solazarse con el aire puro de aquellas alturas, el viajero prosigue su
paseo a través de las callejuelas de la judería medieval hasta la iglesia de San
Juan, de origen gótico-mudéjar, con su airosa torre octogonal, casi un
minarete, y su portada plateresca. En el subsuelo de esta iglesia visita la insólita
cripta neobizantina del barón de Velasco (1914), revestida de mosaicos que
dibujan un pantocrátor y querubines de seis alas y admiró los bellos
bajorrelieves de ángeles y las tres grandes estatuas de mármol de Carrara que
representan la Fe, la Esperanza y la Caridad, unas mujeronas muy en sazón y
de tamaño mayor del natural.
Su amigo le había alabado mucho la confitería de fama nacional (Campos),
donde el viajero, antes de proseguir su camino, degusta unos cortadillos
exquisitos y hace provisión de ellos para el camino.
—Lástima que no sea tiempo de Navidad —le dice la grácil dependienta
—, porque probaría usted nuestras hojaldrinas que algunos tienen por las
mejores y se venden hasta en Alemania.
Regresa el viajero a la carretera con la pesadumbre de que no sea Navidad
y después de visitar fugazmente la señorial Andújar, con sus restos de muralla
almohade y sus palacetes, deja atrás Bailén, ciudad ceramista, famoso lugar y
museo de la primera batalla que perdieron los franceses de Napoleón, para
poco después desviarse hacia Baños de la Encina, cuyo singular castillo se ve
a trechos desde la carretera, y es de esos lugares que eternamente «tenemos
que visitar un día» cuando se repara en él en la distancia. Pero el viajero sí lo
va a visitar, porque está harto de hitos a uno y otro lado de la carretera que
dice verá en otro viaje para lo mismo responder mañana, como termina Lope su
conocido soneto.
El castillo de Baños de la Encina merece sin duda una visita. Bien
conservado, y restaurado con discreción suficiente, su tapial es de una
excelente calidad y uniformidad. Es sin duda la joya de un pueblo que, para
variar, produce un excelente aceite de oliva, y en este caso sabe preparar muy
bien los alcaparrones, ese encurtido que en Jaén se aprecia sobremanera y se
hace solo con salmuera, sin añadido de vinagre, como en otras zonas del sur
de España. Tienen así la ventaja de que combinan mejor con cualquier plato e
invaden menos el paladar.
El castillo tiene sus torres —salvo una— iguales, de tapial, ahora vacías y
sin plantas accesibles, habiendo quedado en algunas solo los mechinales de sus
vigas e incluso las tablas que hacían de dintel de las ventanas. La madera, que
puede durar tanto como la piedra. La torre mayor, de sillería, es sin duda
cristiana, porque los musulmanes las hacían todas parejas, cuadradas y
sobresaliendo del paramento para mejor defensa lateral de los muros. En el
interior de la fortaleza, ahora vacío salvo una gran base de lo que seguramente
fue molino, hay arranques de muros que indican antiguas construcciones,
comprensiblemente más efímeras en los castillos que las sólidas paredes
exteriores.
El castillo está junto al embalse del Rumblar, y parece que no lejos están
los restos de un asentamiento ibérico que, este sí, se deja para otra ocasión con
menos calor y más tiempo por delante.
El viajero sale de Baños, recupera la autovía hacia el norte y otra vez ha de
salirse de ella para visitar el pueblo de la Carolina. Ventajas y desventajas de las
anchas y veloces vías de comunicación modernas, que nos permiten llegar a
nuestro destino en muchas menos horas, pero nos privan de conocer los
lugares junto a los que pasamos. Por eso el deambulante ha hecho más de una
vez en varios días rutas que normalmente se realiza en pocas horas. Esos viajes
que es bueno plantearse de vez en cuando y donde lo importante no es llegar,
sino ir.
La Carolina se construyó en un santiamén, es decir, en poco más de tres
años, y fue uno de los lugares llamados de Nuevas Poblaciones en tiempo de
Carlos III. De ahí el nombre. Se trajeron colonos alemanes, católicos, por
supuesto, que eso se vigilaba mucho, y aún quedan apellidos y rostros bávaros
y sajones por el lugar. La arquitectura del pueblo muestra en su casco antiguo
la racionalidad urbanística del momento, y las minas de plomo fueron hasta su
clausura lo que daba prosperidad al lugar. El viajero se entera de que se
cerraron las explotaciones por poco rentables, no por agotamiento de los
filones, que ahí están, a la espera de que se esquilmen los extranjeros, o de que
una política con distinto criterio piense que puede ser mejor pagar más, pero
que todo el dinero quede en el país, que pagar menos pero salgan las divisas
hacia otro sitio.
Tras la Carolina, el viajero va a pasar junto a lo que queda del castillo de las
Navas de Tolosa, minúsculo en relación con la importancia de la gesta de ese
nombre. Y esta vez sí que no se va a bajar el curioso paseante a visitarlo,
aunque sólo sea porque el lugar está ocupado por una ganadería brava, y no
anda nuestro viajero muy diestro en el arte de Cúchares.
Pasado el arruinado castillete, el viajero está enseguida en SantaElena, a la
entrada desde el sur del paso de Despeñaperros, ya en plena Sierra Morena.
Siempre que la ve recuerda el viajero la soleá de Antonio Machado:
 
Qué bien los nombres ponía
quien puso Sierra Morena
a toda esa serranía.
 
Otra vez toca salirse de la autovía hacia la carretera lateral, y ahora por una
nobilísima razón. Y es que en el buen restaurante que da al monte y que hay en
la calle principal del pueblo de Santa Elena, por donde pasaba la antigua
carretera nacional, se sirve, en humilde opinión del viajero, una de las mejores
perdices en escabeche que ha probado en su vida. Allí, en el amplio salón,
menos concurrido de lo que merecería, dado lo forzado del desvío, se goza
además de una soberbia vista sobre la sierra, sobre lo que llaman La Mesa del
Rey, donde estaba el real cristiano, junto al lugar en el que más o menos se dio
la antes referida batalla de las Navas de Tolosa.
 
…Del ruido de los atamores
la tierra quería quebrar…
 
Recordará el lector que dice en el Poema del Cid, respecto a los atabales
sarracenos, y cuando las Navas no sería muy distinto. El viajero no sabe si son
ciertas o no esas ideas sobre las sicofonías que dicen se escuchan en sitios que
han pasado por grandes tensiones y cataclismos humanos. De ser verdad, por
esta zona se oirían gritos jaleando, animando, quejándose en agonía,
vitoreando, previniendo, ordenando, y todo en medio de retumbar de timbales
y sonar de chirimías, de galopes, relinchos y pifiar de caballos, con silbido de
flechas por el aire y chasquidos de metales, maderas y cueros, crujir de huesos
quebrados y de cuerpos hendidos por el acero.
Desde el amplio ventanal que da a la sierra, desde lo alto, desde la perdiz
que acaban de servirle al viajero, tendría este una fabulosa panorámica sobre el
combate, mientras también aquí acaba de crujir quebrado un huesecillo; el
tórax del animal, que hiende para mejor aprovechamiento de la suculenta y
compacta pechuga. Luego tocan los recios muslos del ave que corretearon
ágiles el campo, tal como aquel día de julio de 1212 las bravas ancas de la
compacta caballería cristiana llevaban a sus jinetes a la carga contra la ágil
infantería almohade y sus agilísimos montados. Un perdigón de plomo por
poco le rompe ahora un empaste al viajero. Es perdiz de caza y tiene esa
pequeña contrariedad.
Terminada la perdiz, el romántico comensal da un suspiro, echa un
discreto flatito y moja un bollo de pan, despacito, a trozos, completo, en el
delicioso escabeche, evitando las bolitas de pimienta y sin que escape una
hebra de la bien macerada cebolla que lo puebla. Y al serle requerido el postre,
nuestro amigo va a pedir algo que no suele hacer nunca pero que la ocasión le
reclama: solicita como sobremesa media perdiz más. Sólo media. Palabra de
honor que lo hizo. Y mientras da cuenta del poco habitual remate de su
almuerzo, el viajero parece que oye ya más mitigados los ayes y vítores del
combate que sabe ocurrió donde hoy los pinos de repoblación suavizan los
perfiles del suelo, trepan compactos hasta las cumbres serranas, y las avecillas
del campo trinan alegres, ignorantes de los pasados avatares de los humanos.
El viajero, tras un café doble, algo restaurador de su somnolienta persona,
va a ir muy cerca, a la casa rural de la Mesa del Rey, donde pasará la noche, por
ver si ya en estado de más concentración, hecha la digestión, escucha los
referidos ecos del tremendo combate. La casa, en un desvío a la derecha de la
breve carretera que va de Santa Elena a Miranda del Rey, es fresca y amable, y
en su portal hay un pequeño panel con aceradas puntas de flecha encontradas
en el entorno. Qué no se hallaría por allí en las jornadas posteriores al
combate. El viajero, a la noche, pasea por el entorno de la casa rural,
acompañado de los dos amables perros del lugar, que enseguida le reconocen
por amigo, con esa despreocupación pero a la vez camaradería tácita que
tienen los perros rurales con quienes notan que los aprecian. Eso sí, los únicos
ruidos del lugar, los grillos y el runrún de la autovía entre las estrellas. Los
rugidos de la batalla quedan para sensibilidades más exquisitas que las del
viajero.
A la mañana siguiente, tras desayuno de café y tostada con aceite de oliva,
faltaría más, y antes de volver a la ruta principal, el viajero va a visitar el nuevo
y lánguido Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa, muestra variopinta y
bastante correcta políticamente de usos y costumbres de la época, y algo de lo
que pudo ser el combate. Se ha gastado más en edificio y cemento en general
que en contenido del hecho de armas. Pero algo es, en un país que ya decíamos
no suele recordar sus hazañas, por más que vaya al cine para disfrutar las de
otras gentes.
El viajero va tomar el coche y en muy pocos kilómetros se incrustará en el
paso de Despeñaperros, propiamente dicho, donde río, carretera y tren
compiten y se cruzan lo que la estrechez del lugar permite, habiéndose
mejorado últimamente el tránsito por la autovía gracias desdoblamientos,
amplios túneles y consiguiente eliminación de muchas curvas. El tren, no. Ese
sigue por su sinuoso trazado de principios del siglo XX, apto para velocidades
reducidas, por lo que no es de extrañar que el AVE haya tirado por otro sitio,
más nuevo y más caro. De todos modos, el recorrido desde Manzanares, por
ejemplo a Espeluy, o viceversa, sigue teniendo un aire de tren antiguo al
atravesar puentes y túneles por el desfiladero, de esos que permiten disfrutar el
paisaje, en los escasos convoyes que aún hacen la ruta.
Atravesado el paso de Despeñaperros en sí, el viajero va a tomar un desvío
con su coche, y aquí tendrá que volver a usar de su imaginación para
representarse sobre el terreno uno de los que debieron ser grandes
espectáculos de la antigüedad, en este caso de la España Ibera. Ya no queda allí
nada. O peor, queda un paisaje perforado como un queso gruyère por tanta
excavación legal y sobre todo ilegal en busca de los exvotos ibéricos, figuritas
votivas de bronce que durante siglos debieron estar enterrándose como
homenaje, promesa o peticiones a las divinidades que se supone tenían su
santuario en lo que hoy llamamos Collado de los Jardines, muy cerca de la
actual autovía. El poblado, pequeño, arrasado por completo, está en lo alto del
cerro, y más abajo, en la poco profunda y alargada cueva natural y su pozo
aledaño debió de estar el santuario donde sabe Dios qué procesiones, qué
músicas, que instrumentos, que espectáculos, bailes y ritos propiciarían
aquellos antepasados nuestros. El lugar debió ser el Lourdes, la Fátima, el
Rocío de entonces. El humano ha mudado menos de lo que cree su proceder
con las fuerzas a las que reverencia. En este caso, todo ello perdido para
siempre. Todo no, queda la arqueología cerámica de típicas rayas rojas en líneas
rectas o semicírculos concéntricos sobre fondo crema, los pocos objetos
encontrados, y sobre todo esos miles de exvotos que pueblan colecciones y
museos por todo el mundo. Aún hoy parece que se encuentran algunos. Suelen
ser esquemáticos, representando hombres, mujeres, sacerdotes, guerreros, y
vienen a tener ese inocente y digno primitivismo de la rigurosa estética ibera.
El lector los ha debido ver en más de un sitio.
Eran tan abundantes, le dice un pastor local que pega la hebra con el
viajero, «…que antes me decía mi padre que les tiraban los muñequillos a las
ovejas o a las cabras, para enderezarles el camino. Ahora, je, je, ahora vaya
usted a encontrar un muñequillo de esos…».
Los muñequillos; objetos sagrados para nuestros ancestros, no menos que
luego las estatuas de los antepasados para los romanos, que las imágenes de los
santos cristianos, o la medalla que el pastor lleva al cuello.
Tampoco aquí ha escuchado el viajero rumores, voces, cánticos, preces que
sin duda sonaron ante aquellas paredes del santuario de roca y que sería
increíble poder recuperar. Nada, no está hoy el paseante en vena perceptiva. Y
el lugar da para poco más, salvo que el turista sea montaraz y aún le pida el
cuerpo más trote.En ese caso, desvíese hacia la que llaman Cascada de la
Cimbarra. Está indicada, pero ojo con los resbalones, sobre todo si ha llovido o
hay escarcha. Suele llevar poco caudal, y menos durante el largo estiaje
andaluz, pero si la coge en temporada de lluvias, verá un bonito espectáculo
poco frecuente al desplomarse el agua desde tantos metros de altura. Con
suerte, si es ya atardeciendo, verá por allí algún zorro o un gamo, y buitres en
el cielo, seguro. De los linces, que los hay en el parque natural, olvídese. Solo
habrá podido verlos, si consigue que le dejen, en la estación de reproducción y
vigilancia que había cercana al museo de las Navas de Tolosa. Y eso en
pantallas de televisión de circuito cerrado, que es como los monitorizan los
biólogos que los cuidan. Los animales, en una cautividad muy cercana a la vida
salvaje, en grandes recintos abiertos ad hoc, con altas vallas, ni por asomo
deben ver a un humano cerca, justo para que no se acostumbren a ellos y los
teman como lo que son, como el ser implacable que sin necesidad envía la
muerte desde lejos, o a la gran velocidad de sus ingenios sobre ruedas.
 
 
EL SUR CRISTIANO Y LA RAYA MORA
 
Salió el viajero de Jaén hacia el sur, hacia unas sierras tan altas como
desconocidas y despobladas, junto a la de Jabalcuz, muy encima de la ciudad
misma. Se llaman Sierras de la Pandera y de Alta Coloma. Poco holladas. Ni
falta que hace. El viajero confiesa que las ha paseado más de una vez, dando
pataditas a las piedras del camino y dándole la vuelta a los guijarros sueltos,
con la punta del bastón, sin agredir suelos ni paredes. Así ha encontrado más
de un fósil a flor de tierra, de los que muestran cómo aquello fue fondo de
mar que los empujes de las placas africana y europea han ido aupando hasta
dar en los montes que son, a muchos metros sobre el actual nivel de las lejanas
aguas.
Pero antes, el viajero ha salido de Jaén por el sur, por barrios,
urbanizaciones y urbanizacioncillas caóticas. Tira por la JA 3210 hacia Puente
de la Sierra, camino del pantano del Quiebrajano, ceñido al río del mismo
nombre. Carretera estrecha, peligrosa, entre los susodichos chalecitos, a cual
menos primoroso y con más pretensiones.
Tras unas cuantas curvas más, casi de golpe, se halla entre paredes
verticales y despoblado. En otra curva, al rematar una cuesta, se da con un
discreto y precioso monumento pétreo: A Carlos III, padre de los pueblos, reza el
texto grabado en la caliza engrisecida por el tiempo. Sigue el viajero hacia el
sur, ya en casi soledad entre manchas de pinar, carrasca, encina y alguna que
otra plantación de almendros. Olivos, por allí, excepcionalmente pocos.
Un castillo, pequeño, semiarruinado pero enriscado en buen sitio, guarda
en lo alto el paso. Es Otíñar, de cuadrangular torre principal cristiana, con su
poblado moderno cerca, en reciente desuso y desolación. De haber atravesado
por allí exactamente entre 1236 y 1492, el viajero habría sentido cierta
aprensión. Aquellas peñas y sierras eran la frontera sur con el moro, y las
correrías de uno u otro lado, desasosegaban una tierra que entre lo peligroso
del hombre y lo hostil del suelo la tenían tan despoblada o más de lo que está
hoy día.
Pasado Otíñar, hay un puentecillo y un carril que se desvía de la carretera
exactamente a la izquierda, y un cartel que habla de un área de recreo a varios
kilómetros. Si se lleva vehículo campestre, como el viajero ha utilizado otra
vez, tómelo y siga hacia el sur sin miedo, atravesando alturas y bosque en
absoluta soledad hasta llegar a Campillo de Arenas y su castillo enriscado que
vigilaba para los nazaritas el valle del Guadalbullón, ya decíamos, en la antes
nombrada ruta entre Jaén y Granada.
Pero si el viajero no está para muchas audacias o simplemente no le
apetece, deténgase entonces junto al antes referido puente, baje del vehículo y
avance un poco cuesta arriba por el camino de la derecha que ciñen los montes
y forman a un lado un covachón de poca profundidad y paredes requemadas
por siglos de hogueras. Pese al hollín y el descuido del lugar podrá ver en los
muros unas curiosas insculturas sin duda prehistóricas, y no sería raro que el
lugar hubiese sido santuario de alguna divinidad de turno; más cuando al otro
lado del barranquillo y camino, la piedra del suelo se escalona en lo que
constituye un graderío natural donde la concurrencia de los fieles tendría
cómodo asiento.
Hemos convenido que esta vez el viajero sigue luego la carretera asfaltada
adelante, hacia el embalse. Se va el valle estrechando cada vez más, se están
elevando las paredes de caprichosas formas calizas, y a veces río y ruta
compiten en angosturas del trayecto. La fauna terrestre o aérea asomará a
veces, y si el viaje es en época poco visitada, o es en el lubricán de la mañana o
la tarde, algún vivaracho cuadrúpedo o cualquier ave se le atravesarán veloces
al viajero, a quien será difícil reconocer si fue ardilla, gineta o garduña lo que se
disparó entre las matas, o si fue gavilán o simple arrendajo el que zigzagueó
por los pinos.
Al final, atravesando un necesario túnel en la montaña, porque espacio ya
no había para carretera, el viajero llega de pronto al embalse del Quiebrajano.
Es chiquito en comparación con otros, pero tiene la belleza del agua,
repentina, sosegada y amplia, encerrada entre altas montañas pobladas de pinar
que le dan al paisaje ese semblante vital de la suma de la vegetación y el agua.
Vale la pena pasear en entorno un rato. Por supuesto que por algún lado
reluce la decorativa pintada analfabeta con algunas palabras en inglés, estas con
falta de ortografía, needless to say. El invasivo vómito escrito que imponen sus
autores en muros públicos o privados sin importarles la estética previa, la
sencilla blancura, el concepto de la belleza de los otros. Una forma más de
avasallar, de ir creando una atmósfera irrespetuosa hacia el criterio de los
demás en lugares de los que se enseñorean los agresivos artistas.
Luego, el viajero podría volverse hacia Jaén, porque parece que no hay más
salida que el retroceso, ante aquel impresionante circo geológico en el que ha
desembocado. Pero no, bordeando las casas del pantano, una regular
carreterita sin señalizar va a conducir al viajero siempre hacia el oeste, por el
puerto de montaña que se ve a la derecha, entre tierras híbridas de olivar y
monte. Parece complicado pero no lo es. Ya hemos dicho que el viajero cuenta
con la ventaja de haber realizado antes tal periplo. Incluso esa vez anterior, en
pleno verano, recogió a un humilde viejecillo que, cesta en mano, le hizo
señales con ruego de que lo llevara. Así fue, sin lógica esperanza de
recompensa, en este caso por aquello que dice Séneca en las cartas a Lucilio de
recte facti fecisse merces est, que el premio de las buenas obras está simplemente en
haberlas hecho. Pues bien, en aquel caso, aparte del tal premio intangible, el
simpático viejete, al llegar al pueblo, sacó de la cesta, que llevaba cubierta con
hojas de higuera, un par de hermosos higos. Nada más. Y nada menos. Y el
viajero puede asegurar que estaban exquisitos como no recuerda ningunos.
El caso es que, sin o con buena acción, y pasando por caseríos y cortijadas
de diverso jaez, al cabo de una docena de kilómetros el viajero va a salir a
Valdepeñas de Jaén, donde continuará por la A 6050 en dirección sur. A los
pocos kilómetros va a encontrar una bifurcación. El viajero sabe que si tira por
la izquierda llegará a Frailes, y de allí a Alcalá la Real, su próxima meta de cierta
enjundia. Si tira a la derecha llegará a Castillo de Locubín, pueblo por cierto sin
castillo, y de allí igualmente a Alcalá la Real. Pues bien, si es tiempo de cerezas,
esto es, finales de junio, tire por Frailes. Son las mejores. Si es otoño, tiempo
de nueces, tire por Castillo de Locubín. Están más sabrosas. El caso es que al
cabo de una veintena de kilómetros acabará viendo la impresionante fortaleza
de Alcalá la Real, la Mota, que llaman.
Sepa además el lector que en Alcalá y Frailes podrá gustar un excelentetinto que últimamente han trabajado bien, transformando en delicado vino el
que hasta hace poco llamaban vino del terreno, un clarete suavón y endulzado
que, por supuesto, aún puede tomarse en las tascas alcalaínas a partir de
noviembre.
Está el viajero en Alcalá la Real. La Irreal, la llamaba un amigo suyo que
vivió allí unos años, excéntrico profesor que ya está con los dioses manes.
Rodeada la pequeña ciudad de torres vigía y cuevas naturales y artificiales en
las paredes de los cerros cercanos, era un espolón cristiano en tierras del infiel,
demasiado cerca de la misma Granada como para no temer alguna cabalgada
sarracena que en efecto hubo, y como para que a su vez los moros no temiesen
algún ataque fulminante desde allí, que también se dio. Al final, ciertamente, en
una de las campañas en la conquista de Granada, Alcalá fue donde se asentó el
real cristiano, el estado mayor desde el que órdenes y hombres salían para las
operaciones. Alcalá, tan cerca de Granada, pertenece a Jaén porque está
asociada desde el siglo XIII al que era territorio castellano. Entre otras cosas,
fuentes, iglesias y lugares de mérito, hay en el pueblo un convento de
dominicas que conserva en uno de los cuarterones de una de sus puertas un
emblema de la inquisición. Son raros tales documentos, porque la damnatio
memoriae que siguió a la abolición del Santo Oficio destruyó todos los
emblemas, papeles, sambenitos y demás signos que pudo. Una pena, porque se
perdió casi todo el corpus de aquel tribunal. Era así y todo comprensible, tras
tanta animadversión, tanto miedo provocado por él.
Pero lo que en realidad vale la pena en Alcalá es la fortaleza, la Mota, hoy
recuperada, visitable, y ya excavado el poblado en alto que había dentro de ella.
Pero no sólo el poblado. La gran iglesia dentro del castillo, visto el poco uso,
también ha sido destripada en su suelo, descubriendo los siglos de tumbas que
se acumulaban, en aquellos tiempos de enterramientos en templos, lo que ha
llevado a estudiar también las osamentas y qué males y deformaciones tenían
quienes pensaron que descansaban allí hasta la resurrección de los muertos.
La Mota alcalaína habría estado mejor conservada de no haber sido por la
retirada de los franceses en 1812, para variar. No había que dejar lugares
fuertes detrás. El castillo había sido cuartel, y la guerrilla por las sierras estaba
muy encendida. En la biblioteca local se guardan proclamas, en perfecto
castellano, sobre la colaboración que debe prestarse a las tropas francesas. Las
firma el general Sebastiani, un corso paisano de Napoleón, y otras el mismo
mariscal Soult, el que se partió los cuernos frente a Cádiz. La biblioteca
municipal de Alcalá, por cierto, es una de las mejor abastecidas y cuidadas de la
provincia, caso que al viajero le gusten esas cosas. Y en ella ejercía de titular
hasta hace unos años la funcionaria principal, quien defendía, al parecer con
argumentos incontestables, que el famoso arcipreste de Hita era en realidad de
Alcalá la Real. Una gloria para el pueblo en tal caso.
Alrededor del lugar decíamos que se conservan varias torres vigía que
documentan lo sensible de la zona durante la reconquista, y en la sierra cercana
a Alcalá, la Parapanda, quedan trincheras de la guerra civil, de difícil acceso.
Aquello fue frente de nuevo.
Un dicho irrespetuoso en el pueblo, referido a las nubes sobre el monte,
dice que Cuando la Parapanda tiene montera, llueve aunque Dios no quiera. Con o sin
lluvia en la Parapanda, bajaremos hacia el sur, hasta Moclín, sin alcanzar
Granada, sólo para saltarnos la antigua divisoria y ver el lugar moro frontero,
enemigo de la castellana Alcalá. Lo que ahora es un inapreciable tránsito
provincial fue justamente por allí, dos siglos y medio, la divisoria de dos
mundos distintos y excluyentes.
Moclín conserva un buen recinto de castillo, de tapial, el opus caementicium
romano que los sarracenos copiaron a la perfección y repitieron por doquier.
Hay también un pósito renacentista, este de piedra caliza del lugar, muy bien
conservado. Desde Moclín, Granada está a un paso, el que decíamos que acabó
estando para los cristianos, gracias a cuyos trabajos el viajero y el lector siguen
hablando hoy un idioma derivado del latín, gozan en lo que pueden del
derecho romano, la lectora no se tiene que cubrir la cabeza si no le da la gana,
si ha sido buena va al cielo en las mismas condiciones que los varones, sabe y
disfruta lo que produce la Rioja, y el dulce gruñido del gorrino le suena más
prometedor que los más canoros trinos de las avecillas del campo, que no
allegan en sus trojes, y sin embargo el cielo vela por ellas, como se sabe.
Por todo ello el viajero va a bajar casi, casi hasta Granada, para tomar la
autovía de vuelta hacia Jaén. Granada es demasiado ya para este viaje. Ciudad
excesiva, merece una y muchas rutas que el viajero ha hecho por cierto
numerosas veces, sin cansarse nunca, por más que repita lugares y perspectivas.
El viajero es de los que sonríen ante el comentario de «ya la he visto», que oye
decir a alguien respecto a un lugar tan fastuoso como Granada. Como si se
viese todo de golpe y no quedase más. O más aún, como si lugares de tal
densidad no fuesen lo suficientemente complejos como para requerir una y
otra vez de la atención de un visitante que sabe que siempre encontrará algo
distinto, mejor, o sencillamente satisfactorio. ¿Acaso no sabe ya el viajero a qué
saben los vinos o comidas que le gustan, y los repite? ¿Quizá no sabe cómo
son las personas que aprecia y no deja de buscar contacto con ellas en la
certeza de que nunca se llega a disfrutar por completo, que hay siempre algo
más, algo nuevo en aquello o aquellos que amamos? Tal Granada, uno de los
lugares que el paseante sabe que no tendrá suficiente vida por delante para
cansarse de ella…
 
MÁLAGA
Juan Eslava Galán
LA AJARQUÍA O AXARQUÍA DE MÁLAGA
 
El viajero pernoctó en Granada, madrugó y tomó el camino del sur. La
mañana estaba clara y luminosa pero las nubes ponían una capada boina negra
a la cordillera penibética. Los mapas dibujan la linde entre Málaga y Granada
por la cresta inaccesible y pelada de la sierra de Tejeda. Remontando el puerto
de Zafarraya, a 920 metros de altitud, el viajero arribó a las ventas del mismo
nombre: dos docenas de casas y la terminal del antiguo ferrocarril
desmantelado cuya estación es hoy restaurante. El cocido de esta casa es una
obra maestra que atrae devotos hasta de Ciudad del Cabo y de Reikiavik. Sólo
se oficia en fiestas y domingos.
El viajero prosiguió su camino y se sintió hormiga al pasar por el boquete
de Zafarraya, un portillo verde entre dos imponentes peñas grises. Como si
hubiese descorrido un telón, de pronto se manifestó en el altiplano una
dilatada panorámica de armoniosos cerros, verdes valles, y blancos pueblos.
Estamos en la Ajarquía, es decir el oriente, uno de los mejores territorios del reino de
Granada —escribe Francisco Henríquez de la Jorquera, en el siglo XVIII— de
muchas villas y lugares poblados en todos los tiempos, abundantes en todos los
mantenimientos de la vida humana, con buenas aguas y saludables aires. Tierra de muy
buena cría de seda, de mucha pasa y mosto.
La Ajarquía, región montañosa al Este de Málaga, es un balcón
asomado al Mediterráneo desde el que, en los días claros invernales, se
columbran, como inmóviles palomas, las cumbres nevadas del Rif
marroquí. Las Ajarquía toma sus aguas de las sierras de Tejeda y Almijara y
las distribuye en cien arroyos, casi todos tributarios del río Vélez que, como
reyezuelo de taifas, desciende pausadamente al mar escoltado por las lanzas
de los espesos cañaverales, sobre los mullidos tapices de sus verdes ribazos,
con pueblecitos y caseríos blancos que tremolan como estandartes sobre
cerros y vaguadas. El pico más elevado de Sierra Tejeda es el de la Maroma,
por donde hizo sus pinitos de montañero Gerard Brenan, como consta en
su libro Al sur de Granada.
En estas tierras se riñó, en 1483, la última batalla que ganaron los moros
en España. Un ejércitocristiano en el que figuraba la flor y nata de la nobleza
castellana invadió la Ajarquía creyendo que iba a un paseo militar. La tropa
devastó la tierra, taló las huertas, saqueó las alquerías, se hartó de vino dulce y
de cordero asado, y llegó arrastrando su botín, llegó hasta las puertas mismas
de Málaga, pero allí fue sorprendida por un ejército llegado de Granada. La
jornada que con tan buenos auspicios comenzara acabó en desastre. La derrota
de la Ajarquía fue especialmente sonada porque cuatrocientos nobles cristianos
cayeron prisioneros. La desgracia del rico siempre hace más ruido y promueve
más llanto que la del pobre.
Cuando los moros tenían esta tierra la querían como a la niña de sus ojos
porque daba la mejor seda y las mejores pasas, y sus montes estaban tupidos
de encinas y algarrobos. Hoy quedan algunos ejemplares de este venerable
bosque antiguo pero casi todo el espacio ha sido sustituido por el insulso pino
de la repoblación forestal o por la peña pelada consecuencia de la erosión.
Donde hay labrantío se ven olivares, allozares y algunos viñedos. Antes había
muchos más, pero se los llevó la filoxera. Por la zona de Velez-Málaga se
extienden hoy los modernos cultivos de chirimoyas y aguacates que tienen
buen mercado entre gentes de gusto y bolsa de la inmediata Costa del Sol y
aún en más lejanos pagos europeos habitados de personal rubiasco y con
chubasquero.
 
 
VÉLEZ-MALAGA
 
Entre sembrados, campos de caña de azúcar, huertecillos de tomateras y
cultivos cubiertos de plástico llegamos a la población de Vélez-Málaga, 42.000
habitantes, el pueblo de las pasas, la patria de la filósofa María Zambrano y del
cantaor Juan Breva. Vélez-Málaga es un pueblo con un núcleo antiguo blanco
de tejados rojos tendido en la falda de un cerro en cuya parte superior subsiste
la torre del castillo.
El viajero se hospedó en un hotel de dos estrellas y se duchó en un baño
que olía a lejía y a desinfectante pinoflor anticurianas. Acto seguido se vistió de
limpio y se echó a la calle dispuesto a conocer el pueblo. Los pueblos deben
empezarse por la parte antigua, que la moderna suele ser fea e impersonal, y es
mejor dejarla para el final.
Para llegar al castillo, el viajero atravesó un laberinto de calles estrechas y
retorcidas con casitas ayer encaladas y modestas, hoy chillonas y pretenciosas,
con fachadas alicatadas hasta el techo con azulejos de cuarto de baño. El viajero
tiene comprobado que en los pueblos andaluces antaño blancos, el personal, en
cuanto se ve con cinco euros en el bolsillo, lo primero que hace es alicatar la
casa hasta el tejado con azulejos de colorines, que destaquen más que los de la
vecina, y a sustituir la noble puerta de madera de hoja entera o de cuarterones
por otra de hierro con barras de tubo y contraventana de aluminio. En Vélez-
Málaga, que dista cuatro kilómetros de la costa, se nota que ha corrido el dinero
del turismo y que la capacidad adquisitiva de la población ha aumentado
considerablemente. En el barrio alto los niños han pasado del pie descalzo a los
zapatos de astronauta que cuestan un riñón en las tiendas de deportes y los
mozos suben las cuestas como bólidos sobre motos fórmula uno atronando el
vecindario y molestando a las amas de casa en boatiné, zapatillas y televisor de
pantalla gigante que siguen con recogimiento sacramental el cotilleo de amorales
famosos analfabetos o el reality show nuestro de cada día.
El castillo de Vélez-Málaga, quizá sea mejor que lo llamemos la fortaleza,
que es como los veleños lo conocen, se reduce prácticamente a una torre tan
restaurada que apenas se le distingue la parte original de la moderna. Mal
criterio, pensamos.
El viajero desciende por las callejas del barrio moruno, hasta la puerta de la
muralla del antiguo recinto, un bello rincón con urna a la Virgen. Bajamos una
cuestecilla y desembocamos en una plaza rectangular que tiene sus lados más
largos ocupados por un edificio notable y otro detestable. El notable es un
antiguo palacio carcomido por el tiempo que, a pesar de las subdivisiones
parasitarias de su fachada, aún conserva la prestancia de su pasada nobleza. Al
viajero le llamó la atención el canalón de cerámica, con alternantes segmentos
verdes y azules, que recoge las aguas del tejado. En todo Vélez-Málaga se
observan esta clase de canalones, a menudo rematados en sus extremos por
decorativas gárgolas de cerámica vidriada con forma de dragón. El edificio
detestable es el Ayuntamiento: un horrible y lineal engendro que, castiguito de
Dios, se declaró en ruina y hubo que apuntalar con maderos toda su planta
baja.
En uno de los lados menores de la plaza se yergue la soberbia torre de la
iglesia de San Juan cuya sacristía rococó es obra de mucho arte y admiración.
Cayó la noche y el viajero se retiró a dormir después de cenar una cazuela
de fideos con coquinas en un bar-comidas-camas que había frente al hotel.
A otro día de mañana, el viajero se despidió del pueblo y tomando otra vez
la autonómica 1205, volvió sobre sus pasos hasta el cruce de Trapiche y allí
tomó la local que sale a la izquierda cruzando primero el río Vélez y después
su afluente, el río de la Cueva. Siguiendo este camino algo carcomido, con sus
curvas, sus arroyos, sus cachitos de huerta y sus olivares y allozares, se cruzan
Triana y Benamargosa y va uno derecho al cerro de COMARES.
Desde que entró en tierras de la Ajarquía, al viajero se le iban los ojos a lo
alto de este cerro grisáceo y altivo en cuya cima destaca, como una nevada
pincelada tendida entre dos cumbres, en la vecindad del cielo, el blanco caserío
de Comares. Es un dédalo de callejas blancas que suben y bajan como las
pinceladas de un cuadro abstracto en dos colores dominantes, gris cemento
para el suelo y blanco para los muros, a los que cabe añadir la amplia paleta de
las flores que son pasión en las ventanas y en los recovecos que el relieve
habilita. En la parte más alta del pueblo quedan las ruinas de la torre gorda del
castillo en cuyo patio de armas, con aljibe, se ha instalado el cementerio.
Desde el cementerio de Comares se ve el paisaje como desde un avión. El
viajero notó que algunas calles de nichos humildes tenían la cualidad plástica
de un cuadro abstracto. Luego, en una de las lápidas aparecía el nombre, y la
foto, de un inglés fallecido a los cuarenta y cinco años. Una señora que
limpiaba el nicho de sus deudos nos informó: «Es un inglés que vivía allí abajo.
Al pobre lo mató el tractor, con lo buena persona que era. Tenía familia con
dos niñas, pero ellas lo vendieron todo y se volvieron a su tierra».
El viajero almorzó en una venta del camino, a un kilómetro escaso del
pueblo, pero antes hizo una excursión al CERRO DE MASMÚYAR cuyo
sendero nace al lado mismo de la venta. Se asegura que el despoblado de
Masmúyar es en realidad Bobastro, la tan buscada y nunca con certeza hallada
capital del rebelde Omar Ibn Hafsun, el caudillo de los cristianos muladíes que
se alzaron en el año 880 contra los emires de Córdoba. Los arqueólogos llevan
un siglo haciendo cábalas sobre el lugar donde estuvo situado Bobastro. Hasta
antes de ayer se especulaba con algunos cerros del término de Colmenar,
especialmente del lugar de las Mesas de Villaverde donde se ha excavado una
basílica paleocristiana, pero hoy parece que se inclinan por las Masmúyar.
Mañana, Dios dirá.
En su momento de mayor expansión, Ibn Hafsun dominaba media
Andalucía, entre Algeciras y Jaén. Sus gentes mantuvieron en jaque a los
ejércitos cordobeses durante más de treinta años. Cuando las tropas de
Abderramán III, ya en el califato, pudieron tomar Bobastro, arrasaron el
poblado y desenterraron el cadáver de Ibn Hafsun para exponerlo en las
puertas de Córdoba: se había hecho enterrar como cristiano. El excursionista
aficionado a la arqueología hará bien en curiosear la cumbre de este cerro que
está plagada de vestigios altomedievales, de peñascos tallados para cimientos,
de silos excavados en la roca, de restos cerámicos. Hay incluso un espacioso
aljibe, difícil de encontrar su entrada,sostenido por arcos califales sobre
pilastras. Pero es tan bello como de difícil bajada, avisamos.
El viajero prosiguió su camino y se detuvo a sestear en un arcén
bordeando el cerro de Santopítar, donde se disfruta tal panorámica que viene
hasta en los mapas. Luego enlazó con la carretera 3103 y torció a la derecha,
para el Norte, hasta más allá de Colmenar para tomar la desviación de la
derecha, en busca de los Baños de Vilo, …baños árabes, restos del balneario que
data de 1823, tuvo gran importancia en el siglo XIX. Sus aguas están indicadas para
enfermedades cutáneas y trastornos menstruales… Bajando un cantoncillo muy a
propósito para que rueden criaturas gordas hay un arroyuelo pedregoso y
humilde que discurre entre nogales y granados, pegado a los peñascos negros
del monte. El visitante sabe husmear el rastro de la fuente salutífera por su
aroma de azufre, que es a huevos podridos, como se sabe. Detrás de un
paredón blanqueado está la hoya de los baños igualmente blanqueada. Es poco
más que una bañera de jacuzzi, pero rústica y hospitalaria, alimentada por un
canalillo que sale del monte, con su chorrito claro y caliente.
La carretera sigue por el desfiladero del río Sabar en parajes moriscos, con
alguna que otra ruina de antiguo molino. En un recodo del camino aparece un
ciudadano con aire de alelado que lleva a una cabra del ramal. La pareja aprieta
el paso hacia el cortijillo en ruinas donde parece que ha establecido su
domicilio conyugal.
En el kilómetro 513 de la antigua carretera de Málaga a Granada, en el
cruce de Alfarnate, hay una antigua venta donde el viajero degustó con unción
un plato de pobres que venden a precio de ricos: migas con guarnición de
lomo de orza y aceitunas. De los recios muros enjalbegados penden antiguos
carteles de toros y fotos de Isabel II pechugona. El vino que allí se bebe es un
blanco reforzado de aquellos montes. Al catarlo, sentado en tosca mesa de
madera, cerca de la chimenea capaz, el viajero echaba la cabeza para atrás hasta
sentir en su colodrillo calvo el frío del cristal que resguarda la foto de don
Andrés Segovia, sargento de la Benemérita que, cuando era guardia de
segunda, puso fin a la vida del bandido el Pernales, el 31 de mayo de 1907.
 
 
ALFARNATE
 
La última estación antes de que se echara la noche y nos obligara a tomar
la trocha de Granada fue el pueblo de Alfarnate, a 888 metros de altura que
dicen que es muy sana. El viajero repara en los nombres de las calles: Panteón,
Egidillo, Conde, Aljófar... En este pueblo el paseo es una rambla arbolada que
es un recreo para la vista con su sinfonía de verdes claros y oscuros, olmos,
chopos, álamos, sobre el blanco de las casas. Entre el 12 y el 16 de septiembre
los moros secuestran a la patrona del pueblo, la Virgen de Monsalud y se la
llevan presa, pero los cristianos les dan alcance, libran con ellos la madre de
todas las batallas, los derrotan y rescatan a la cautiva entre estampido de
cohetes y jolgorio general.
 
 
LA COSTA DEL SOL
 
El viajero debe confesar que se dispone a recorrer la Costa del Sol como
quien se purga, porque no hay más remedio. No obstante hace propósito de
visitarla concienzudamente, buscando sus rincones más interesantes con los
ojos abiertos, la voluntad benigna y la intención honesta.
La Costa del Sol se divide en dos segmentos: el oriental, de Málaga a
Nerja; y el occidental, de Málaga a Estepona. Su clima oscila todo el año entre
los catorce y los treinta grados. Abundan las playas de gruesas arenas. El
pescado es sabroso. La gente es cordial. Podía haber sido un paraíso pero la
explosión turística de los años sesenta la desbarató irremediablemente.
No hemos venido a contar miserias, así que pasaremos por alto el impacto
medioambiental de una franja costera que multiplica por más de diez sus
habitantes durante los meses estivales y la mostrenca concentración de salas de
fiestas, de hamburgueserías, de discotecas, de paellerías, de antros de juego, de
pubs ingleses, de cervecerías alemanas, de bistros franceses, de trattorías
italianas, de mesones manchegos, de night clubs, de sex shops, de casinos, de
bares de alterne, de restaurantes chinos, de pizzerías, de sushis, de kebabs, de
gazpacherías, de plazas de toros portátiles, de parrillas argentinas, de concursos
de misses, de concursos de tetas, de concursos de culos, de locales de striptease,
de freidurías de pescado, de supermercados, de boutiques, de tiendas de falsa
artesanía, de superlimpiezas, de bazares orientales, de whiskerías, de
urbanizaciones, de agencias de viajes, de heladerías, de tortillerías, de tablaos
flamencos, de restaurantes típicos, de bodegas típicas, de estancos, de sidrerías,
de locales de masajes, de consultas médico-playeras English spoken-on parle
français, de clínicas veterinarias, de chiringuitos y de todo el resto del cutrerío
mostrenco-consumista veraniego. De todo esto abunda la Costa del Sol,
especialmente en el tramo comprendido entre Málaga y Estepona.
Comenzaremos nuestra peregrinación por el sector oriental, donde la feraz
agricultura de las llanuras costeras resiste todavía un poco ante el empuje
demoledor de la especulación urbanizadora.
El viajero salió del Motril de la caña de azúcar y el ron local, y la primera
parada la hizo en NERJA, famosas grutas que volvió a recorrer, haciendo
acopio de belleza como el camello lo hace de alimentos cuando recela
escaseces de larga travesía. En el pueblo de Nerja, hay un mirador sobre el
mar hiperbólicamente denominado Balcón de Europa.
El turismo ha sepultado, bajo un estrato de hormigón y mugre
consumista, muchos pueblecitos de pescadores que se extendían a lo largo de
la costa. Ahora el que quiera encontrar lo autóctono original ha de buscarlo
con lupa, lejos del muro de bloques de apartamentos y hoteles que barrean la
mar. No obstante, quedan pueblecitos de tierra adentro todavía intactos o
casi. La carretera de Nerja lleva a Frigiliana; la que sale de Torrox a Cómpeta
y otra media docena de aldeas serranas; la Caleta, al Algarrobo; la de Torre
del Mar a Velez-Málaga y la Ajarquía...
 
 
FRIGILIANA
 
Frigiliana parece tan mora como los pueblecitos más moros del Rif
marroquí, solo que es mucho más blanca y limpia y el visitante no es
importunado por un enjambre de pedigüeños.
En Frigiliana, la casas y las palomas son blancos; los lutos de las mujeres,
negros; los tiestos de las ventanas, color tierra o verdes; los geranios, rojos; los
menudos empedrados de las calles y la miel, dorados; los azulejos, tecnicolores.
Es un pueblo reposado y acogedor. Quitando el ocasional estampido de alguna
moto y el chafarrinón consumista de alguna tienda de artesanía, parece un
lugar a propósito para cura de descanso. El viajero discurrió por sus callejas
silenciosas con pausa y recogimiento, como por una iglesia. Por cierto, en la
calle de la Iglesia hay una casa de comidas de mucha confianza.
 
 
TORROX
 
Siguiendo la carretera del mar, pasado el faro de la punta de Torrox, sale a
la derecha una carretera comarcal que el viajero inexcusablemente debe tomar
para visitar Torrox y Cómpeta.
En Torrox, blanco, en la pendiente de un fértil valle rodeado de montañas
peladas, dicen los eruditos locales que se refugió del joven Abderramán recién
desembarcado de una patera en la playa de Almuñécar (el viajero es partidario
de presentar las historias viejas en odres nuevos, como lo del vino que dice la
Biblia, recuerde el lector).
En diciembre, el domingo anterior a Navidad, se celebra en la plaza la
fiesta de las migas cuya sustancia consiste en comer migas y beber vino de la
tierra, recio y dulzón.
Remontando el arroyo de Torrox por la carretera de la sierra se disfruta de un
bello paisaje de monte mediterráneo, pinos y matorral, olivares y viñedos. Al lado
de las casas de campo destacan los largos y blancos secaderos de uvas. Son quince
kilómetros de entretenida carretera serrana, con sus típicas curvas y sus
estrecheces, pero el premio que aguarda al final merece la pena: CÓMPETA,
excelente moscatel en la bodega LaBuena Uva. En la Virgen de agosto celebran la
noche del vino. Nadie duerme: todo el pueblo en la plaza, oyendo música,
bailando y trasegando el vino del año. A la madrugada, el que aguanta, desayuna
unos churros calentitos y se va a dormirla.
—Como benditos, oiga, y al otro día nuevos, que aquí el vino es sano, sin
química, nada cabezón.
El viajero regresa a la carretera de la costa y prosigue su marcha. En el
lugarejo de la Caleta sale la carretera de Algarrobo. Es visita obligada, para los
aficionados a la historia y a la arqueología, el pago del Morro de TRAYAMAR,
necrópolis de una factoría fenicia de garum, la especiosa salsa de entrañas de
pescado que era aderezo obligado para todos los platos de las mesas de postín
en el imperio romano.
 
 
TORRE DEL MAR
 
Torredelmar, puerto de Vélez-Málaga, era un pueblecito blanco en medio
de una espaciosa vega festoneada de montañas que se abre a la ancha y
luminosa playa. Por allí salían al mundo las pasas y los vinos de la Ajarquía. Allí
se fabricaba azúcar de las zafras de la región. Hoy es turístico y lugar de
pastoreo estival de una numerosa colonia en la que abundan los jiennenses.
Tiene un bello amplio y ajardinado paseo marítimo.
Cruzamos por la pequeña localidad turística de BENAJARATE y
recorremos la costa entre cerros ásperos pespunteados de urbanizaciones y
casas de placer asomadas al mar. El viajero nota la abundancia de atalayas que
pueblan estos contornos. Los pueblecitos de esta costa sufrieron los ataques y
rapiñas de los piratas berberiscos hasta finales del siglo XVIII.
En El RINCÓN DE LA VICTORIA, buena playa, está la Cueva del
Higuerón o del Tesoro donde, según la tradición, varios reyes moros ocultaron
sus haberes. Siempre se tuvo por patraña de viejas hasta que hace unos años
un excavador encontró una lucerna árabe con cinco o seis monedas de oro. El
viajero va reconociendo añejos lugares de su algún veraneo juvenil, el peñón
del Cuervo, la Torre de Cántalos, el Palo, La Caleta y los Baños del Carmen. Ya
se huele la marina claridad de Málaga, la de los boquerones fritos. La dejamos
atrás para proseguir nuestra exploración por la Costa del Sol propiamente
dicha, es decir, por la occidental.
El turismo ha perpetrado muchos desaguisados, es cierto, prácticamente ha
convertido esta bella costa en una conurbación de bloques de hoteles y
apartamentos, de ciudades del placer surgidas como fantasmas de la noche a la
mañana, al calor de la divisa extranjera. No obstante todavía es posible
encontrar lo auténtico: chamizos de la carretera donde atezados campesinos
venden higos chumbos y buenas playas sin asfaltar. Todo se andará.
Un oportuno letrero municipal nos avisa que ya estamos en Torremolinos
cuando creíamos no haber salido de Málaga. TORREMOLINOS, antes del
boom, era dos docenas de casas blancas en torno a la torre de Pimentel, el
premonitorio Molino del Pan Triste y unas playas kilométricas, de
mediterráneas arenas en la Carihuela, el Bajoncillo, y Montemar. La torre de
Pimentel, con sus muros grises, sigue existiendo entre rascacielos, y las
urbanizaciones lo han invadido todo con su arquitectura racionalista o
funcionalista, o cómo demonios se llame. Hay más discotecas que en Nueva
York, más bares que en Madrid, más pizzerías que en Nápoles, más
restaurantes chinos que en Pekín, más creperías que en la Bretaña, más
pintores callejeros que en la rive gauche del Sena y Montmartre, más
establecimientos de juego que en Las Vegas, más tablaos flamencos que en
Sevilla y Cádiz juntas, más rincones típicos andaluces que en todos los pueblos
andaluces juntos. Hay hoteles en forma de barco, hoteles en forma de plaza de
toros, hoteles en forma de corral de vecinos, hoteles en forma de barrio de
cuevas, hasta hoteles en forma de hotel. Los aficionados a los palacios de
congresos no deben pasar de largo sin visitar el espléndido Palacio de
Congresos de Torremolinos, un búnker de blanqueado cemento en cuyo
interior se venera la lámpara de cristal más grande del mundo. Aquí se celebran
los referidos congresos con gran éxito de crítica y público.
En Torremolinos nadie se aburre. Es uno de estos lugares en los que el
visitante se sienta a tomar un refresco en una terraza y antes de cinco minutos
acuden tunos a cantarle Clavelitos y le pasan la pandereta, acuden gitanos
rumberos a cantarle su nonaino-naino y le pasan la funda de la guitarra, acude
un indio americano enlutado a tocarle El cóndor pasa y le pasa el estuche de la
flauta. Esto en el apartado de musicales. En el de variedades puede asistir,
desde la comodidad de su asiento, al divertido y meritorio número de los
gitanos de tambor y trompeta con cabra escaladora y monito gracioso vestido
de faralaes.
Antes de que el pacífico turista pague su consumición y huya es muy
posible que una gitana gestante lo adorne con clavel o ramito de romero; que
un magro y bigotudo magrebí lo sepulte bajo una avalancha de alfombras,
relojes, cinturones y condones y que un agrícola autóctono reconvertido en
vendedor de lotería insista en beneficiarlo con el premio gordo del próximo
sorteo. Esta es la virtud de los lugares turísticos: la confluencia de culturas, la
concurrencia de las artes, la convergencia de las dispares civilizaciones. Uno se
está quieto y le sirven a domicilio, en depuradas dosis, una quintaesencia del
mundo. El tiempo del ocio debe ser eso: sana diversión, relajado
esparcimiento, ensanchamiento del espíritu en contacto con el arte.
Otro oportuno letrero municipal nos avisa que ya estamos en
BENALMÁDENA cuando aún creíamos encontrarnos en Torremolinos.
Puerto deportivo de alto standing, parque de atracciones y aquapark, restos
romanos y árabes, museo arqueológico.
El viajero pernoctó en Benalmádena y al día siguiente fue a MIJAS, el
pueblo de los famosos burros taxi. Mijas, cobijado en el regazo de un cerro
gris, entre pinos y huertecitas soleadas, vive del turismo a juzgar por la
cantidad de tiendecitas de recuerdos y artesanías que adornan sus fachadas con
sombreros mejicanos, ponchos peruanos, trajes de flamenca, sombreros
cordobeses, panderetas, banderillas teñidas de sangre de pollo y capotes
toreros. También abundan las tabernas típicas, decoradas con aperos
campesinos, orzas desportilladas, cencerros, banderines, llaveros y bolígrafos.
Cada cual ha de ganarse la vida como mejor puede.
Mijas se esmera por conservar la estampa algo relamida del pueblo
auténtico, con mucho enjalbegado y cuidados jardines. Tiene su placita de
toros cuadrada que creen los indígenas que es la única del mundo, como
también dicen los segureños de la de su pueblo, en la provincia de Jaén, y un
Museo de Miniaturas del que el viajero no puede dar fe, porque no llegó a
verlo, pero le han contado que hay cabezas reducidas por los indios jíbaros, un
Belén completo, con mula, burro y todo, que cabe en el interior de un dedal y
un padrenuestro escrito en el borde de una tarjeta de visita.
El viajero desayunó en un bar de la plaza y se fue del pueblo sin haber
cabalgado un burro taxi, que no eran horas y el turismo no madruga tanto.
Otra vez será.
 
 
FUENGIROLA
 
Siete kilómetros de playa de arenas negruzcas con espléndido paseo
marítimo que enlaza los barrios de Carvajal, Torreblanca y Los Boliches.
Bloques de pisos de catorce alturas a veinte metros del mar, incrustados entre
el Mediterráneo y las últimas estribaciones de la sierra de Mijas. Un hermoso
castillo califal arruinado. El viajero lee en una guía de turismo: Vivir una
temporada en Fuengirola constituye un eficaz antídoto contra el pesimismo, una auténtica
cura espiritual. Nada menos.
El viajero tomó carretera y manta para Marbella, la famosa, y pasó cerca de
Calaburras imaginándosela de anochecida cuando el faro guiña sus luces frente
al oscuro mar color de vino, como dice Homero, recuerden.
 
 
MARBELLA
 
¿Qué se puede decir de Marbella? Hay un kilómetro y medio de ciudad, la
llamada la milla de oro, donde un metro cuadrado de terreno vale más que en
la Puerta del Sol de Madrid. Hay playas de tamizadas arenas y claras aguasdonde el bañista no corre riesgo de rebanarse el pie con una lata oxidada ni
toparse con excrementos flotantes. Marbella es la feria de las vanidades, la
ciudad encantada donde reside o veranea mucha jet society, la gente guapa, la
gente que sale retratada en las revistas de papel cuché con que el personal
embrutecido complementa su ración de tele. En Marbella corre el dinero a
espuertas, hay chalets de lujo, mansiones de petrodólares, una blanca
mezquita rodeada de flores y palmeras, Rolls Royce tapizados de piel de
pantera, perros que comen en servicio de plata, damas de compañía que
sacan en un trasnoche el sueldo que usted no gana en un año... Pero todo
esto es privado y no está al alcance del modesto viajero. El viajero, por su
interés sociológico más que por otra cosa, se dio un garbeo por el Puerto
Banús, donde atracan los yates y aparcan los coches de lujo y husmeó por las
boutiques exclusivas y por los lujosos pubs y bares extranjeros. Es otro
mundo, limpio, aséptico, puro signo exterior de riqueza, adonde el personal
hace alarde de belleza y felicidad. Más adentro subsiste el pueblo que fue,
primoroso y cuidado como una macetita de albahaca. El viajero llegó a la
Plaza de los Naranjos y admiró el balcón de hierro forjado del Ayuntamiento
Viejo, hoy museo, y la bella portada gótico-mudéjar de la Casa del Corregidor.
También es de mucho mérito su castillo califal.
En torno a Marbella se extienden urbanizaciones de lujo diseñadas por
afamados arquitectos en estilo neopopular andaluz, en estilo organicista, en
estilo pueblo marinero, en estilo postmoderno y hasta en estilo cantábrico,
amén de todos los mestizajes estilísticos imaginables como estilo postmoderno
arábigo y estilo persa-nabateo-ruso-canadiense.
El viajero abandonó Marbella y tomó la carretera de la sierra para ir a
OJÉN, blanco, famoso por su anisado. Ojén es casi una lección de geografía.
En días claros se columbran África y el Peñón de Gibraltar.
ESTEPONA, la Astapa fenicia, es un pueblo claro y tranquilo, de calles
anchas y acogedoras, liberado de monótonas vistas al mar por un murallón de
bloques de apartamentos. Al otro lado están el paseo marítimo y las olas. Hay
largas playas en la Roda, el Cristo y el Padrón, para bañistas más o menos
vestidos, y otra en la que predominan los desnudos, la llamada Costa Natura.
Hay una plaza de toros asimétrica, única en el mundo, esta sí, como las otras
reseñadas páginas atrás. El turista, confortado, penetra en un establecimiento y
solicita una cerveza y una fritura de pescado.
Quien recorra la Costa del Sol debe premiarse con una visita a CASARES,
enroscado en el cerro del castillo, y a sus baños romanos del Agua Hedionda,
aguas sulfurosas, con aroma de huevos podridos, claro, donde parece que Julio
César curó sus males de hígado.
 
 
MÁLAGA CANTAORA
 
El viajero quería entrar en Málaga muy temprano, por ver brillar el sol
recién nacido sobre el mar y desayunar en una tasquita del puerto, por eso hizo
noche en Casabermeja, última estación en la autovía A 45.
CASABERMEJA es un pueblo encalado, de calles pinas, limpias como una
patena. Está posado en la falda de un cerro en cuya cima rivalizan, como en un
mano a mano, dos vértices geodésicos de la trascendencia: la iglesia y el
cementerio.
Otros pueblos ponen su empeño, y se empeñan, en disponer de un
moderno polideportivo, de una cómoda y soleada residencia de ancianos, de
un parque municipal donde los niños jueguen y los jubilados tomen el sol o
incluso de una medianamente surtida biblioteca pública. Casabermeja, más
despegada del mundo, más hondamente España, ha puesto su empeño en
poseer el cementerio más bonito. No es que en Casabermeja importe más la
muerte que la vida: es que la porfía estética de su comunidad se ha centrado en
el cementerio. Quizá sea el camposanto más hermoso de Andalucía, esa
esquinita de Europa tan dada a los gestos superfluos por amor al arte.
 
 
MÁLAGA
 
El viajero llegó a Málaga por la hoy autovía A 45, antes vieja carretera
nacional 321, y antes infame despeñadero y cuesta de la Reina, también
llamada de la Inquisición, hoy paseo triunfal por los amplios cuatro carriles de
la autovía.
Allá está Málaga, fenicia, romana, mora, cristiana sede episcopal, Málaga la
de las mujeres bonitas y los hombres valientes, Málaga festiva, Málaga que canta por
verdiales y por malagueñas, Málaga la de las gentes con el corazón en la cabeza
(García Lorca), Málaga que pinta como Picasso, que se viste de flores en el
Corpus Cristi, que hace hogueras la noche de San Juan, que navega por la
bahía en la Virgen del Carmen, que canta verdiales en la Venta del Túnel o en
el Puerto de la Torre, el día de los Inocentes, la que hace su feria en agosto.
Málaga está en una hondonada, como rodada desde el cerco de montañas,
hendida por la costura verde del Guadalmedina. Los poetas cursis la pintan
como amante complaciente tendida a la orilla del mar, en los dos palmos de
arena que quedan entre la montaña y las olas, desnuda como su madre la parió,
ofrendándose a los bárbaros que bajan de la montaña o que llegan del mar.
Mal la conocen los que creen que se vende al mendrugo del turismo. Quizá
fuera más exacto verla como a la planta carnívora que te atrae con su perfume
y, entregándose, te devora. Aprendió de los fenicios a ser ladina y a rendir
voluntades. Porque uno puede conocer muchas ciudades y tratar muchas
gentes pero cuando ha de abandonar Málaga después de residir allí un tiempo
le queda siempre un rescoldillo en el alma de que en ninguna otra parte viviría
mejor. Dicho sea a pesar de que la ciudad ha perdido mucho en los últimos
años y anda muy mareada por el consumismo, el cemento, y las prisas.
El viajero quiere visitar nuevamente algunos monumentos de la ciudad. No
es que Málaga pueda competir con las otras grandes capitales andaluzas, ella lo
sabe bien y no lo intenta, pero le sobra lo que las otras quizá tienen en menor
medida: la cordialidad, el corazón abierto y en la mano. Y sobre todo el mar.
El viajero las ha pasado canutas para aparcar en las cercanías del puerto y
ha desayunado en una vieja taberna repleta de barriles, en el mismo paseo, de
las que tienen que ser, de las de vino bueno y camareros de largo oficio. Ha
estado luego contemplando al fondo los muelles y la blanca silueta de la
Farola recortada sobre el mar azul. Luego comienza su jornada. Lo primero
que hace es visitar la catedral. A la catedral de Málaga la llaman
cariñosamente la manquita porque tiene una torre sin acabar. Fue un proyecto
trabajoso: la cimentaron en gótico, la comenzaron en el más puro
Renacimiento, en 1527, pero luego las obras se iban alargando por falta de
dineros y el proyecto iba pasando de un arquitecto a otro, de una época a la
siguiente, y cada uno hacía su parte con arreglo a la moda del tiempo,
progresivamente barroca. A mediados del siglo XVIII, después de dos siglos
y medio de construcción intermitente, se remató una de sus torres y ahí
terminaron las obras. Queda la catedral inacabada como si fuera de mazapán
y un cuchillo goloso la hubiese desmochado y privado de sus remates. Menos
mal que por lo menos cubrieron sus tres naves antes de suspender los pagos.
El viajero admiró la espléndida sillería del coro, los mármoles del altar de
la Encarnación y la platería del museo. Luego se asomó a la adyacente iglesia
del Sagrario, con su patio de los naranjos, y continuó por la Calle Cortina del
Muelle hasta la plaza donde se levanta la mole serena del edificio de la
Aduana, neoclásico, con sus toques barrocos. Asomado a sus patios y
escalinatas imaginó que bajaban y subían ilustrados patricios de casaca de
seda y peluca empolvada, con sus pajes de librea.
El viajero, dejando lo llano, emprendió la subida a la ALCAZABA entre
buganvillas en flor y agudas pitas. La alcazaba de Málaga es por fuera castillo y
por dentro palacio. El castillo tiene su doble muralla de espesas torres y la del
homenaje. Por dentro guarda un cálido corazón palaciego que sueña con
fuentes y babuchas de seda. Hay un palacio antiguoque data de la época de
Badis ben Ziri, reyezuelo taifa de Málaga, y otro posterior de estilo nazarí, tan
moderno que lo construyeron en los años treinta imitando la Alhambra de
Granada. Este palacio tiene lo único que le falta a la Alhambra: el mar, un mar
inmenso, azul, brillante como una espada de la India (la metáfora es árabe en
gracia al monumento que nos alberga).
 
 
MUSEO DE BELLAS ARTES
 
El viajero había leído en una guía que una visita a las dependencias del Museo de
Bellas Artes constituye una auténtica fiesta para el espíritu, suscitando un caudal de
emociones estéticas. Pues qué bien. Como el viajero es sibarita pobre y sigue los
sabios consejos del maestro Aemilius, se dirigió diligentemente, al arrullo de
este reclamo, al antiguo y austero palacio renacentista de la calle San Agustín
donde está instalado el Museo. Allí admiró logrados lienzos de la escuela
malagueña, del siglo XIX. En el cuadro de Simonet: ¡Y tenía corazón! el cadáver
desnudo de una hermosa mujer yace sobre el mármol de la sala de autopsias.
Un anciano médico, vestido de oscura levita, sostiene en la mano, pensativo, el
corazón de la difunta.
Al viajero le habían alabado mucho el CASTILLO DE GIBRALFARO
porque desde él se contempla la mejor panorámica de la ciudad y se ve su
plaza de toros asfixiada entre torres de cemento que llegan hasta el borde
mismo del mar, pero es el caso que quiere mucho a esta ciudad porque guarda
de ella y de sus amables gentes buenos recuerdos, así que prefirió no afrontar
la triste realidad de sus recientes desaguisados urbanísticos y optó por dar un
paseo por la CALLE LARIOS que es donde late el auténtico corazón de
Málaga, una avenida señorial que camina hacia el puerto y el mar con
solemnidad de procesión.
Si hubiera sido domingo quizá le habría apetecido darse una vuelta por el
mercadillo que se instala en el paseo de Martiricos, junto al estadio, pero, como
era día laborable, el viajero prefirió prolongar el recorrido monumental y se
fue a visitar el SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA VICTORIA, la
patrona de Málaga. Es una iglesia barroca, contrarreformista, en la que le
llamó la atención el conjunto de la cripta-panteón de los condes de Buenavista:
no hay en España mejor representación de imágenes de la muerte en todos
estilos, suertes y posturas.
El viajero, cuando salió el santuario, se sintió desfallecido y hambriento,
que la cercanía de la mar salada abre mucho los apetitos como bien saben
viajantes y camioneros. En el pintoresco pasaje de Chinitas penetró en un
establecimiento de comidas y saboreó la mar en unas almejas rosadas, las
conchas finas que llaman, de grueso caparazón, grandes y vivas, con su
retortijoncito en el goteo del limón. Luego remató la faena en el Paseo
Marítimo, casa Antonio Martín, mirando a la bahía y brindándole la faena,
frente a una deliciosa fritura de pescado en la que se guardó de lamentar la
justificada y más que razonable ausencia de los chanquetes, los pezqueñines,
aunque se le saltaron las lágrimas al recordarlos.
Málaga atesora otras bellezas que merecen visita cuando el viajero dispone
de tiempo y ganas: hay una docena de iglesias bien alhajadas y algunos museos
interesantes, el de Artes y Tradiciones Populares, el de la Casa de Picasso, el
Thyssen, el de automóviles y el ruso, al lado, donde rotan exposiciones de
aquella desconocida e interesantísima pintura.
Al viajero le encanta la Semana Santa de Málaga, con sus costaleros vistos.
Es costumbre que se libere un preso en recuerdo de una Semana Santa del
siglo XVIII en que los internos de la prisión provincial sacaron los pasos y
después regresaron ordenadamente a sus calabozos. En la procesión de la
Paloma se van soltando palomas blancas al paso de la Virgen. Si tuviera que
recomendar una procesión elegiría la del Cristo de los Gitanos, inusitado
jolgorio de baile y palmas, de botas de vino y croquetas. Al viajero le pareció
una forma más razonable de entender la fe que la de esos otros pueblos que se
laceran el pecho con cristales o se dan de latigazos.
A doce kilómetros de Málaga, en CHURRIANA, carretera 340, hay dos
parques notables: los jardines de la Cónsula y la hacienda El Retiro. El
primero, palaciega residencia del cónsul que fue de Prusia en Málaga, conserva
interesantes especies tropicales; el segundo es un complicado jardín italiano,
con sus juegos de agua y todo, lugar verdaderamente deleitoso por sus
contrastes entre naturaleza y artificio.
El viajero tomó la carretera A 404 y pasó los dos Alhaurines, el de la Torre
y el Grande, para llegar a COÍN, topónimo que viene del árabe alcohine, que
parece quiere decir «paraíso ameno». Allí vio la Iglesia de San Andrés que tiene
forma de ele y lamentó que no fuera hora de mercado porque sus frutas y
verduras gozan de justa fama. Como se echaba la noche encima, tomó
nuevamente el camino por la carretera A 366 hasta EL BURGO y desde allí,
por la desviación de Ardales, paralela al río Turón, con un castillo de no fácil
acceso, y se puso en la famosa estación balnearia de Carratraca.
CARRATRACA, «la suiza andaluza» de sus folletos turísticos, es lugar de
calles estrechas, rincones floridos, rumor de fuentes, sabor a otro siglo. El viajero sabía que
los romanos y los árabes habían curado sus dolencias en este manantial
abundante, sulfuroso, radioactivo a 18 grados centígrados en todo tiempo y de unas
propiedades curativas extraordinarias, bueno para la piel, belleza, reuma, nervios, esterilidad
femenina. Romanos, árabes y cristianos han encomiado las bellezas y utilidades
del lugar, entre estos últimos Rilke, Alejandro Dumas, Lord Byron, Gustavo
Doré, Campoamor, Valera, Muñoz Degrain, Moreno Carbonero y Julio
Romero de Torres, el de las morenas cordobesas.
Hará como veinte años el viajero descubrió Carratraca y se alojó en el
hostal del balneario, construido en 1830 para albergar a Fernando VII. La
habitación era espaciosa, de alto techo, amplia cama, enorme armario y
profundo lavabo: todas las comodidades imaginables en la época dorada de los
balnearios. En aquella ocasión el viajero durmió como un tronco y desayunó
en el comedor del hotel servido por gráciles lugareñas uniformadas.
El balneario estaba como hace un siglo, hasta los maceteros eran de época.
Y la estructura de altísimas maderas enfrentadas de la escalera recordaba los
sueños gráficos de Piranessi. Pasó la mano con unción por los mármoles de la
bañera donde Eugenia de Montijo, la emperaora, sumergió sus carnes nacaradas
antes de tomar un baño de tres brazadas en la alberquilla elíptica, rodeada de
columnas…
Aquel balneario solo existe ahora en el recuerdo. El actual, adquirido por
una entidad bancaria, es un hotel de cinco estrellas, luces led, puertas con
tarjeta electrónica, asientos y camas mullidas, aire acondicionado, mármoles
pomposos y estucados de imitación. El viajero, que es sentimental, añoró aquel
balneario que arrastró la marea del progreso.
Al día siguiente madrugó para pasear por el pueblo, que es pequeño, sobre
un cerro, con alguna hostelería y los servicios propios del balneario.
En tiempos tuvo también tres casinos de juego, pero de estos
establecimientos no queda hoy rastro, a Dios gracias.
Estaba clara la mañana, los aires delgados y el solecico tibio. A tres
kilómetros del balneario está la Cueva de Doña Trinidad Grund, estalactitas,
estalagmitas y algunas pinturas rupestres. A diez kilómetros, las Mesas de
Villaverde, emplazamiento de la famosa basílica excavada en la roca y de
diversas ruinas de despoblado paleoislámico. Hasta ayer mismo los
arqueólogos juraban que se trataba de la mítica Bobastro, la capital de Ibn
Hafsun, el caudillo muladí, ya dijimos. Hoy ya no están tan seguros, con lo de
Masmúyar. Ya se sabe que la arqueología es una ciencia de suposiciones
basadas en conjeturas. En cualquier caso, vale la pena visitar estas ruinas y
disfrutar del paisaje de la región, entre la sierra de la Pizarra y la Sierra del
Agua.
El viajero almorzó en ARDALES, pueblecito abrazado como una media
luna a los pies de un peñasco donde segúnle aseguró el ventero se hielan en
invierno y se achicharran en verano. Luego tomó la carretera que va, entre
espesos pinares, a El Chorro dejando a la izquierda el embalse de
Guadalhorce. Aquí el viajero encontró la GARGANTA DEL CHORRO
donde los senderistas más avezados recorren a pie el Caminito del Rey
(inaugurado por Alfonso XIII), un angosto sendero de cinco kilómetros de
longitud que discurre suspendido a gran altura colgado de una de las paredes
de la garganta, como en las películas de Indiana Jones. Es recomendable a los
que quieran disfrutar de sus espléndidas panorámicas y de las emociones
fuertes, aunque los pusilánimes y los que padezcan vértigo deben abstenerse.
El viajero lo recorrió hace muchos años, antes de su reciente restauración y
recuerda que la pasarela crujió un poco al recibir sus arrobas. Ahora se ha
reconstruido un poco por encima de los restos del caminito primigenio.
El viajero prosiguió camino hacia ALORA, la bien cercada, tú que estás al par
del río, etc. No lejos de ella murió Cesonio a manos de Pompeyo, según aseveran
algunos historiadores.
Alora la de los árboles de dulces frutos, la de los naranjos y limoneros. La
población está en el repecho de un monte, asomada al barranco del
Guadalhorce y coronada por las recortadas ruinas del castillo de las Torres.
Alora tiene tres cosas que ver y tres que catar. Qué ver: la iglesia de la
Encarnación, piedra de cantería y orden jónico, el Convento de las Flores y la
Cruz del Humilladero; qué catar, los roscos de aguardiente, las empanadillas de
batata y las sopas perotas. El viajero nunca vio limonar más extenso y prieto.
Ya de atardecida, nuestro hombre cruzó el Valle de Abdalajis —corrupción
de Abdelazid— entre huertos de frutales, olivar, viña, y pasó por Antequera
sin detenerse, que esta noble población se reserva para cabecera de cartel y
merece plana limpia y corazón fresco.
 
 
RONDA Y LA VEGA DE ANTEQUERA
 
El viajero salió de Granada con las claras del día y, por la desierta autovía
que va a Sevilla, amaneció sobre Archidona. Hizo el camino en un santiamén.
ARCHIDONA es un pueblo que tiene la sabiduría de tantos lugares
andaluces que antes de ser lo que son fueron romanos, árabes y hasta
cristianos y todavía les queda carrete para lo que Dios, Zeus y Alá dispongan.
Antequera es conocida de los gastrónomos por la variante del gazpacho
llamada porra, y por los erotómanos por un curioso suceso en ella acaecido el 31
de octubre de 1971. Una amartelada pareja de novios se testimoniaba afecto en la
propicia tiniebla de un cine cuando el mozo proyectó una copiosa rociada seminal
que alcanzó a los espectadores de la fila trasera manchado peinados nido, entonces
de moda, trajes y honras.
—¡Ay qué asco, ay qué asco!—manifestó una señora de las asperjadas
cuando olisqueó el producto e identificó el característico olorcillo a lejía.
Hubo escándalo y regocijo, condena y juicio, crimen y castigo. El
acontecimiento ha inspirado media docena de sonetos de autores diversos y un
sesudo ensayo de Camilo José Cela.
Pegada como una lapa a un cerro gris de piedra desnuda, con sus ruinas
de la alcazaba musulmana en lo alto, está Archidona la blanca. El viajero
había estado una vez en la ermita de la virgen de Gracia, dentro de la antigua
mezquita de la fortaleza, y recordaba dos potentes columnas estriadas en
espiral, romanas y visigodas. Regresó al lugar y dio un paseo melancólico por
las ruinas de lo que fue el pueblo medieval, luego llamado Villa Alta. Ya no
vive nadie en la Villa Alta, que el pueblo blanco y coquetuelo fue
descendiendo en busca del llano donde ahora está y ya ni siquiera se llama
Villa Baja. Lo que sí queda, sin carteles que lo indiquen y recomendable para
el visitante con buenas piernas es la tremenda muralla de piedras sueltas que
en su día cercó todo el valle a la espalda de Archidona. Unos dos kilómetros
cresteando lo que debió ser en la prehistoria y quizá hasta principios de la
edad media todo un recinto natural punteado con una cerca de piedras que
en algunos tramos aún muestra su solidez. Bajando el valle, en la estrecha
boca del casi círculo montañoso debió de haber alguna puerta monumental
hoy perdida.
Exceptuando la gran cerca prehistórica y el castillo —cuya vieja entrada
en codo se oculta a la vista—, casi todos los monumentos notables de
Archidona son del siglo XVIII: una plaza ochavada, de planos irregulares,
con vanos de ladrillo y lienzos de cal, y largos balcones negros llenos de
macetas floridas. Por cierto que uno de los bares de la plaza ocupa lo que, a la
vista del plano debió sin duda ser una primitiva iglesia excavada en la roca,
como la que hay más evidente en Villanueva de Algaidas, no lejos de allí.
Asómese el viajero, que le va a gustar, y no va nadie.
El viajero, curioseando por Archidona, que tiene también un
Ayuntamiento instalado en el antiguo Pósito y un convento de Mínimas,
encontró a un artesano que le echaba el asiento de anea a una silla en la puerta
de su casa e iba cantando:
 
Cuatro cosas tiene el probe
que no se las quita nadie
el cuartel y el hospital,
el cementerio y la cárcel.
 
Rumiando esta provechosa enseñanza regresó el viajero a su automóvil
y tomó la autovía camino de Antequera. A la derecha se va viendo la Peña
de los Enamorados, montaña pelada que desde ciertos lugares presenta un
perfil vagamente parecido al de una persona. Asegura la leyenda que la hija
del alcaide moro de Archidona se fugó con un doncel cristiano que la había
enamorado. Salieron tropas a perseguirlos y los fugitivos, comprendiendo
que no podían acogerse a tierras cristianas y que su captura era inevitable,
se refugiaron en la peña y se suicidaron despeñándose desde su más alto
risco. La misma historia se cuenta del lugar llamado Salto de la Novia, cerca
de Estepona. No sé cuál de los dos habrá inspirado aquella película Thelma
y Louise.
 
 
ANTEQUERA, LA CIUDAD DEL SOL NACIENTE
 
¿Quién no se ha liado la manta a la cabeza alguna vez fiando algún asunto
a que «salga el sol por Antequera»? Cuando en 1411 don Fernando el de
Antequera, infante de Castilla, se lanzó al asalto de la ciudad, cruzó su rubicón
personal, el arroyo de las Yeguas, diciendo: «¡Que nos salga el sol en Antequera
y que sea lo que Dios quiera!» La ciudad cayó y, efectivamente, el sol les salió
allí.
Antequera está estratégicamente situada en un cruce de caminos. Sus
tierras son feraces, bien regadas; su vega, rica; su valle, extenso. El pueblo, de
poco más de cuarenta mil habitantes, tiene veinte palacios, ocho conventos,
media docena de iglesias y una colegiata.
Antequera ha sido cuna fecunda de arte. En el siglo XVI tenía su cátedra
de Gramática y su propia escuela de poesía, como Sevilla y Salamanca,
salvando distancias. Es ciudad lúdica y culta que en Semana Santa ofrece el
singular espectáculo de las carreras entre cofradías, con los pasos a hombros,
por la cuesta de San Sebastián arriba. En el Museo Municipal, instalado en el
palacio de Nájera, el turista admiró algunas notables esculturas sacras de los
siglos XVI y XVII y se pasmó ante los lienzos del pintor antequerano
Cristóbal Toral.
Quien la visita por vez primera debe combinar sabiamente el atractivo de
su conjunto histórico con el de sus cuevas prehistóricas y sus bellezas
naturales. El viajero admiró un palacio del siglo XVI, otro del XVII y otro del
XVIII: el de los Marqueses de la Peña de los Enamorados; la Casa de los
Pardo y el palacio del Barón de Sabasona. También se asomó a tres iglesias: la
Colegiata de Santa María la Mayor, y las de San Juan Bautista y San Pedro.
Dejó para mejor ocasión una visita a la Alcazaba y a sus jardines.
De los tres dólmenes monumentales, Viera, Romeral y Menga, el viajero
visitó este último a las afueras de la ciudad, soterrado en un montículo
ajardinado. Este dolmen, antes vivienda de pobres y cuadra, fue declarado
como tal en 1842. Es un corredor solemne, veinte metros de largo por cinco
de anchura máxima, entre enormes lajas de piedra, la mayor de las cuales pesa
más de cien toneladas.
Despuésde los monumentos del hombre, los de la naturaleza. El visitante
que quiera conocer el Torcal debe proveerse de constancia, excelente calzado y
resistencia de camello para la sed. Si exceptuamos la constancia, todo lo demás se
adquiere en el comercio.
El Torcal dista de Antequera nueve kilómetros. Por la carretera de
Villanueva de la Concepción, (local 7075), tomando desviación a la derecha a
los seis kilómetros, pasada la Boca del Asno, por ruta infame para ir abriendo
boca, se llega al Llano de Polvillares donde está enclavado un albergue-bar-
bebidas-bocadillos-postales. De este punto parten las rutas de visita de El
Torcal. Los itinerarios están marcados con señales de pintura sobre las piedras.
En esta ciudad encantada, el paciente cincel del agua y del viento
erosionando la blanca roca calcárea han cincelado las más caprichosas formas
de figuras, desfiladeros, edificios, cuevas, hongos, pináculos. Son especialmente
famosas las llamadas Las Dos Iguales, el Pilar del Agracejo, El callejón Ancho,
El callejón del Tabaco.
El Torcal es lugar de inspiración donde el menos imaginativo visitante se
sentirá poeta y querrá plasmar en una postal a los amigos los sentimientos y
metáforas que el lugar inspira. Por ejemplo: «epilepsia de piedra», «canto de la
piedra a la belleza de la creación», «gozosa intención escultórica y figurativa del
Creador», este último de Pemán. Pero el visitante no debe dejarse arrastrar por
la inspiración más allá de los límites de la prudencia, porque el Torcal es
también un laberinto de rocas por el que es fácil extraviarse.
Uno puede visitar tres o cuatro ciudades monumentales y a lo mejor olvida
al poco tiempo todas las maravillas que vio o las confunde con las de otras que
ha visitado más recientemente. El Torcal no se olvida ni se confunde con otro
paisaje. Un atardecer en el Mirador de las Ventanillas, con los rayos de sol
tornasoleando las nubes, puede ser una experiencia inolvidable.
Caía la tarde, y caía femenilmente de espaldas, como entregándose, cuando
el excursionista regresó de El Torcal con los pies cansados y el alma
ensanchada y jubilosa. En el Mesón La Madroña tomó un postre memorable:
el bienmesabe antequerano. Tras de lo cual se duchó y se fue a dormir.
La próxima etapa fue Ronda, la del tajo famoso. Se llega por la carretera
nacional 384 hasta Campillos y luego la provincial 6404 que pasa por TEBA,
con su castillo arruinado, y por Cuevas del Becerro.
 
 
RONDA SOÑADA
 
Ronda, la ciudad de los toreros goyescos, de los contrabandistas y de los
bandoleros, la ciudad soñada del poeta Rilke: «He buscado por todas partes la
ciudad soñada y al fin la he encontrado en Ronda»: la habitación del Hotel
Victoria donde se alojó es ahora museo rilkeano, al que acuden en
peregrinación sus devotos.
Ronda es un compendio de bellezas, es una perla engarzada en el corazón
de sus serranías, una ciudad partida por gala en dos, asentada sobre una meseta
rocosa cortada por un acantilado vertiginoso de 320 metros de profundidad
que salva el bellísimo Puente Nuevo (1793). En el tajo hay casas colgadas
como las de Cuenca. Al fondo, entre gatos asilvestrados y basuras despeñadas,
se escurre, con más ruido que nueces, raído de aguas, el modesto y paciente
Guadalevín.
Ronda está dividida en tres barrios: la Ciudad, que es el barrio viejo de la
ciudad medieval; el Mercadillo, que es el que surgió después y los arrabales
modernos. En Ronda lo suyo es callejear por la ciudad vieja, seguir las viejas
murallas agarenas, pasar por debajo del arco de la puerta de Almocábar
contemplando los bellos ejemplares de arquitectura civil, entre ellos la casa
mudéjar del palacio de Mondragón y pasear por los jardines colgantes de la
Casa del Rey Moro, decimonónica, donde arranca una escalera medieval
excavada en la roca que desciende hasta lo profundo del tajo. El paseante,
callejeando, admiró las extrañas pilastras en figura de ajusticiados que
sostienen el templete barroco de los Dolores y la colegiata de Santa María la
Mayor, prodigio renacentista gótico y barroco sobre rastros de la antigua
mezquita. En las Carmelitas Descalzas hizo acopio de las delicias reposteras de
las monjas: pan rondeño, roscos de canela, sultanes, cortadillos, gañotes y
corrachuelos. Y el vino tinto, escaso, caro y muy bueno, producto de las
bodegas de la zona.
La Plaza de Toros de Ronda data de 1748. Es la más antigua de España,
con interesante museo taurino bajo el graderío.
Los lectores del Cossío saben bien que el rondeño Francisco Romero,
fundador de la famosa dinastía, fue el iniciador del toreo a pie y con muleta, y
su nieto Pedro Romero creó la escuela rondeña que hoy llega hasta los
Ordóñez. Es toda la erudición de que es capaz este humilde cronista que se
confiesa más aficionado al rabo de toro, con sus granos de pimienta y su salsa
espesa, que a los lances del arte de Cúchares en el incómodo tendido las tardes
de sol y moscas.
El visitante almorzó sopa de picadillo y cocido rondeño en el mesón
Santiago y remató con un exquisito pastel de queso en la confitería La
Campana. Así confortado continuó su paseo por la calle de Prados, hasta el
palacio de los Marqueses de Salvatierra y tomó con ahínco, sin pensar en la
vuelta, una pronunciada cuesta que desciende al Puente Viejo y los Baños
Árabes.
Después de este paseo, el peatón devino automovilista tomó el coche y fue
a la Cueva de la Pileta, la de las salas numerosas, unas con lagos y otras a pie
enjuto, todas con estalactitas y estalagmitas de evocadoras formas. La cueva
está en la sierra de Líbar, a unos veintidós kilómetros de Ronda. De sus
tiempos de estudiante, el visitante recordaba los grandes encomios que el
profesor hacía de las pinturas prehistóricas allí descubiertas a principios de
siglo.
Cuando salió de la cueva ya había oscurecido y se notaba el relente en la
alta sierra. De regreso a Ronda un anciano que hacía auto stop le fue contando
la historia de Pasos Largos, el último de los grandes bandidos rondeños, muerto
ya en los años treinta del pasado siglo.
 
 
 
GRANADA
Francisco Núñez Roldán
BAÑOS Y PIEDRAS
 
Richard Ford nos dejó en sus libros de viajes muy buenos apuntes sobre
España. Nosotros no les hemos descubierto a los extranjeros sus países. Ellos
a nosotros, sí. Es lo que hace el saber viajar, observar, escribir… Todo junto.
En una de sus páginas habla Ford de lo que nos gusta a los españoles el agua,
lo que la valoramos y encomiamos cuando lo merece. Aparte del vino, es
cierto. El ibero, quizá por su escasez, valora el agua más que los que vienen de
países donde esta sobra. Igual les pasaba a los árabes desde que se expandieron
en tiempos de Mahoma, y supieron ponerla en valor por todos los lugares por los
que iban pasando, Hispania incluida.
El viajero, ibérico a fondo, aprecia el vino y el agua en igual medida,
aunque con moderación, a ratos. Igualmente los baños, esos lugares donde sin
razón aparente brota un manantial calentito o con tufo a huevos podridos que
luego deja la piel la mar de suavecita.
Es sabido que el viajero también aprecia las piedras antiguas, los castillos,
esas construcciones que se hicieron para resistir las acometidas de los hombres
y han acabado por aguantar los embates del tiempo. Esos documentos de
soberbias, dominios y conflictos, hoy respirando aún, vivos y medio
desmoronados. Generalmente situados en lugares estratégicos, el paisaje que se
contempla desde ellos es ya un acicate para su visita, si no bastara el empellón
romántico de sus hechuras y aspecto, tan distintos a todo, tan evocadores de
momentos agitados, fronterizos, bélicos o simplemente despóticos. El castillo
como señero documento visible de tiempos idos.
El viajero ha salido de Granada con la fresquita, por la famosa A 92,
llamada así por los fastos en honor a la Expo por el descubrimiento de
América, descubrimiento por parte nuestra, que los indígenas la tenían
descubierta hacía bastante.
El campo se eleva y se endurece. Las sierras del oeste, sobre todo Sierra
Nevada, van a vedar frecuentemente a las nubespredominantes de poniente, y
el agua comienza a escasear. Como consecuencia, se reseca el paisaje. En el
kilómetro 282 se desvía el viajero hacia la izquierda, pasa por un terroso lugar
llamado Belerda de Guadix y tira, bordeando el río Fardes, o lo que quede de
él si es verano, hasta llegar a Alicún de las Torres. A la izquierda de la ruta ha
dejado una impresionante montaña con cuevas y boquetes varios,
prometedores de huellas paleolíticas o posteriores, pero al viajero le pesan un
poco los años y sobre todo las ganas de tomar un bañito templado en el
balneario de Alicún, que mantiene un aire predemocrático en su aspecto e
instalaciones. El lugar es limpio, acogedor, de comida casera y sana, lleno de
personas que hacen sentirse más joven al viajero. La piscina resulta tan cálida
de aguas como se esperaba. Pocas sílfides ni sirenas entre las bañistas que
compiten con el viajero en el agua. Debieron serlo en sus momento, sin duda,
pero dónde están las nieves de antaño, etc., que decía François Villon y repetimos
todos de vez en cuando, como si nos supiésemos el resto del poema.
Ni que decir tiene que en el balneario hay tratamientos para achaques
varios que el viajero va a obviar por el momento. Lo que no va a descuidar es
un reconfortante paseo, garrotita en mano, a la mañana siguiente y admirar el
impresionante acueducto seminatural que el agua y sus depósitos minerales
han ido construyendo con los años y la ayuda de los humanos. Zigzaguea la
construcción por el campo, llegando a bastantes metros de altura, y en los
lugares en que aparecen filtraciones brota enseguida el verdor, ansioso de agua,
que se da en aquellas secas tierras del altiplano granadino. Y algún que otro
dolmen cercano, medio conservado, accesible. Se ve que el lugar atraía
población desde antiguo.
El viajero lleva consigo siempre munición de libros e internet con datos
propios, por si falla la wifi local, y se tira allí tres beatíficos días sin más ruidos
que alguna tos crujiente que atraviesa muros por la noche, o la furgoneta del
repartidor por la mañana que llega haciendo más felices a los residentes con
música clásica a todo volumen. Clásica para el repartidor, claro.
Dejado ya el balneario tras los sanísimos días, el viajero bajará por la A 325
hasta Benalúa de Guadix, donde los restos de la gran fábrica azucarera le
hablarán de un pasado de industria y caña, tan ido ya como la juvenil tersura
de aquellas chicas de oro del balneario.
Entonces pasará junto a Guadix. Visitará o no su deslavazada catedral, su
alcazaba, sus baños moros y sus interesantes casas-cueva, construcciones que
por cierto le van a acompañar por toda la zona del altiplano. Pero a poco de
salir de la ciudad tomará el ramal sur de la autovía, y se irá ciñendo a Sierra
Nevada, dejando a la izquierda la Sierra de Baza, de no tanta altura pero de
casi igual extensión. Ya hablaremos de ella aunque sea un poco, que bien lo
merece y poquita gente la conoce.
En la salida 312, el viajero va a tomar la A 337, que caso de seguir, le
llevaría a remontarse hasta el puerto de la Ragua, a dos mil metros de altitud, y
le haría caer de lleno en las Alpujarras. Pero no, ya hemos dicho que el viajero
es amante de castillos, y ha descansado bastante en el balneario, aparte de que
lo que tiene delante se ve prometedor.
En efecto, el castillo de la Calahorra es uno de los monumentos cívico-
militares más singulares e interesantes que hay en España. En las guías
Michelin no sé si pone eso de que merite un detour, de que vale la pena una
visita, pero si no, peor para ellos, porque sí que lo merece.
El viajero, perro viejo viajero, sabe que el château está sólo abierto los
miércoles, que como hay que tenerlo un día accesible al público por fuerza,
por aquello de las subvenciones, el ducado del Infantado, siempre
contribuyendo a la ilustración del pueblo llano, lo ha puesto en el día más
incómodo que le ha sido posible. Aunque el viajero piensa que el martes
podría ser aún peor. Pero en fin, no demos ideas. Otrosí, el guarda del lugar es
o era una de las personas menos agradables que el viajero ha visto en su vida
en punto a cancerberos, y mira que los ha conocido ásperos.
El castillo, renacentista, con cuatro potentes torres circulares coronadas de
cúpula octogonal, muros de barda corrida, sin almenas, con ventanas enrejadas
muy altas y troneras de buzón para artillería, está pensado ya para la
pirobalística y tiene todo el aspecto exterior de un búnker de la época. Hasta
aquí, bien. Un canónico y muy conservado ejemplo de fortaleza de principios
del siglo XVI. Pero el viajero atraviesa la puerta de entrada, posiblemente
original, ferrada y chapada con escamas superpuestas de cinco milímetros de
espesor sobre la madera, de encina cree. No es nada fácil encontrar puertas así
de época. Era de las primeras cosas que se destruían, se reutilizaban o
simplemente se caían de viejas. Esta no.
Tras la entrada, el viajero se da de boca con un espectáculo inesperado,
con una verdadera perla que guardaba la dura concha, la prosaica almeja de
piedra militar. Y es el patio de mármol, bellísimo, puro renacimiento,
plateresco, magníficamente conservado con su doble arcada, su barandal, sus
proporciones, su insultante armonía. Es Carrara puro. Desde allí vino, sépalo
el lector para su asombro. Junto con el griego del Pentélico, de los mármoles
que mejor permiten el detalle en el labrado. El viajero lo contempla el rato que
puede, el que le deja el amabilísimo guardián del templo, de tal belleza. Y
repara en que hay un tono rojizo en todo el conjunto que sin duda
originalmente no tenía. Es que durante muchos años, el polvo de las cercanas
minas de hierro de Alquife se ha ido incrustando, micronizado ya de manera
irreversible, en el conjunto, por más que ello no reste belleza al juego de
volúmenes y proporciones que llegaron ya medidos y labrados desde Italia,
hace más de cinco siglos, bajo la dirección de Lorenzo Vázquez y Michele
Carlone, a los que Dios tenga en su gloria.
El viajero respira hondo y sale del conjunto castellano-palaciego. Almuerza
discretamente en una venta del pueblo que da de comer al turista hambriento,
y se desvía por un carril hasta dar con un arbolillo que dé mediana sombra —
le cuesta hallarlo—, para descabezar una siesta.
Vuelto a la vida, se incorpora al río de la misma, es decir a la autovía A 92,
y retrocede hasta el cruce de Guadix para tomar la que llaman A 92N —lo de
N debe ser por Norte, seguro—, y llegar casi hasta Baza, lugar muy meritorio,
cuna de la famosa dama de tal nombre que se halló no hace mucho y puede
admirarse en el Arqueológico de Madrid. Más material ibero y romano, castillo
aparte, hay en el museo de la ciudad bastetana, pero le ha dejado bucólico el
patio de la Calahorra y va a tirar hacia la izquierda, hacia Zújar y su balneario,
por más que prometa otro día visitar la cabeza de partido, mientras recuerda
aquello de:
 
Sobre Baza estaba el rey,
lunes después de yantar.
Miraba las ricas tiendas
que estaban en el real,
miraba las ricas huertas
y miraba el arrabal.
Miraba el adarve fuerte
que tenía la ciudad…
 
Porque el viajero ha de confesar que el romancero constituye buena parte
de los cimientos juveniles de sus gustos literarios. También recuerda haber
leído no recuerda dónde cómo en las guerras de Granada el cerco de Baza fue
tan duro que se decía de él: …El cerco de Baza, cuyas cosas no hay quien contarlas
pueda…
Tampoco quiso esta vez emboscarse el viajero en la sierra de Baza, una de
las más despobladas e impresionantes que ha visto, y por la que se ha
adentrado un par de veces. Sierra en la que hay poca cobertura de móvil y es
fácil perderse por sus carriles, salvo que se lleven buenos mapas a escala
apropiada, se sepa manejar la brújula o el GPS, se tenga mucho sentido de la
orientación y se rece con devoción al santo de turno. Eso sí, esa sierra merece
de por sí una ruta y unas cuantas.
El caso es que el excursionista tomó civilizadamente hacia el lado
contrario, por la A 315 y en un santiamén estuvo en Zújar,que rodeó dando la
vuelta a un montañón exento, como una gran ballena dormida en medio de la
nada, llamado Jabalcón. Al otro lado, la carretera bordea las amplias y
tranquilas aguas siempre azules del pantano del Negratín, uno de los mayores
de Andalucía. Allí convergían varios ríos, el Cúllar, el Castril, el Galera, el de
Baza y algún otro. Mucha agua. Tanta, que al no existir puente había para
cruzar un barquito de buen porte cuyas fotos sepia ha visto el viajero en un
restaurante cerca de la orilla. El dicho restaurante —exquisito cordero asado,
por cierto— está justo sobre lo que fue el viejo balneario de Zújar, ya
desaparecido, arruinado, ahogado por el pantano, por más que junto al lugar el
dueño del negocio restaurador haya ampliado una especie de alberca natural
para aprovechar las cálidas aguas que aún no saben que ya no hay bañeras y
recintos que las reciban.
Luego, más arriba, al socaire del nombre de los baños de Zújar, se ha
construido un magnífico hotel con saunas, piscinas, piscinitas quietas y en
agitación, en fin, instalaciones acuáticas de toda catadura, dando vista sobre el
pantano. El lugar podía haber sido uno más de los resorts que florecen al hilo
del turismo rural, de viejos recuerdos vacacionales o salutíferos… cosas así. En
este caso no. Se ha construido con un gusto exquisito. Habitaciones individual
y cultamente decoradas, poca altura del edificio, con los árboles siempre más
elevados que el caserío, y la sombra pétrea del Jabalcón vigilando el entorno.
Su restaurante tiene unas calidades sobresalientes. Quizá, empero, lo mejor de
todo sea el alejamiento de carreteras, la idílica visión del cuasilago del Negratín
y los estupendos salones de descanso en varios niveles, con un magnífico
piano, un poquitín desafinado, la verdad. A ver, nobody is perfect…
Y el viajero completa la semana con un par de días en el lugar, paseando a
fondo a la mañana y disfrutando el agua por la tarde. El aire del altiplano
granadino, casi a mil metros sobre el nivel del mar, constituye una fresca
medicina como no puede imaginar el lector.
 
 
DE SUEÑOS Y GRANDEZAS
 
Al viajero le gustan los lugares bonitos, pero a poder ser con su poco de
emoción, de misterio, y los que se propone visitar hoy lo tienen sobrado. El
viajero ha comprobado que basta alejarse unos kilómetros de las rutas
habituales, por alguna carretera secundaria, para darse con la sorpresa, con lo
realmente inesperado y generalmente poco transitado por el resto de la tribu,
lo que da la belleza añadida de la contemplación y disfrute, en solitario o con la
compañía que lleve el trotamundos consigo, cuando la lleva. El viajero admite
que, con lo que le gusta la música, en el campo, prefiere el silencio, con el
permiso del tractor o la motosierra de turno, y si silencio puede llamarse al
susurro o soplo del viento, a los pájaros que trinan cerca o lejos, a todos esos
ruidos y ruidillos a los que tan poco estamos hechos en la ciudad y que, en
lugar de serenarnos, nos desasosiegan más por nuestra incapacidad de disfrute
que por la suya de molestar.
Por la A 92N, camino de Murcia, desde Granada, digamos, el viajero va a
llegar al pueblo que en los mapas de hace pocos años aún reza como Cúllar
Baza, hoy simplemente Cúllar, por aquello de no depender de nada ni nadie.
Ni se le ocurra a usted ponerle el apellido cuando esté hablando con un nativo.
Gravísima ofensa de lesa ibericidad.
De Cúllar sube la A 330, despejada, limpia, con la mole de la Sagra ya bien
a la vista. Un monte inconfundible donde la nieve tarda en irse. Llega el viajero
a Galera, hoy pacífico pueblecito encumbrado en un cerro. Pero léase el
cultivado lector la crónica de la toma de lugar por don Juan de Austria, cuando
las sublevaciones moriscas. Fue el último bastión de los rebeldes y lo
defendieron con saña pareja a la de los atacantes. Menos mal que en aquellos
tiempos no había televisión que dejara memoria visual del indudable horror
que cuentan los cronistas. Galera fue saqueado tras el asalto. Era siempre la
suerte de los lugares que no se habían rendido por las buenas.
De Galera y su cerco podría decirse lo que el viajero recuerda de uno de
los romances moriscos donde dice que había:
 
…tanto de moro y morica
como mimbres en mimbrera
y juncos en la junquera…
 
Galera, con su actual urbanismo caótico e inexistente estética en cuanto a
la decoración de las fachadas se refiere, tiene en cambio, como toda la zona del
altiplano granadino, un considerable número de casas-cueva, isotermas por
naturaleza, lo que las hace frescas en verano y tibias en invierno. El viajero
durmió en una de ellas, y no solo por la temperatura, sino por el total silencio,
se sintió como debió sentirse, sin recordarlo, en el primigenio seno materno.
Pero hubo otra Galera muy anterior en el tiempo, cercana en el espacio. Se
llamó, parece ser, Tútugi, y está próxima al actual núcleo. Es un poblado
encastillado, semiexcavado en la deleznable roca, donde se han encontrado
interesantes restos ibéricos. El mejor de ellos, sin duda, la llamada Dama de
Galera, que anda por el Arqueológico Nacional de Madrid, y que sólo por verla
merece la visita. Menuda, oriental, alabastrina, asombra el maternal y bello
recurso del hueco en la cabeza para el agua o lo que fuese que luego brota por
los pezones horadados y cae sobre un plato sostenido en sus brazos, mientras
dos empingorotadas esfinges guardan a la sin duda diosa de la fertilidad. La
escultura es el resumen de un tiempo, de unas creencias, de una comunicación
con Oriente, de un gusto sensual y exquisito hacia la condición femenina.
Y por si fuese poco, en la base del cerro donde está Tútugi, el viajero ha
visto las canteras, las galerías excavadas en la misma roca, especie de sótanos
accesibles debajo de la pequeña ciudad arcaica. De allí saldrían multitud de
sillares para la ciudad y su muralla, en una especie de desafío a la solidez del
entorno.
Desde Galera y su vieja madre ibérica, el viajero ha tomado la GR 9107 y
en un momento se ha plantado en Orce. Con lo cerca que está de la autovía y
sólo ve coches, escasos, de los vecinos, pese al reclamo del nombre que tanto
dio que hablar en su tiempo y que aún no ha aclarado de qué tipo de mamífero
es el singular resto óseo que provocó en su día el debate sobre si era o no el
más antiguo residuo humano de la península y quién sabe si de Europa.
Dentro de la alcazaba —originalmente nazarita y luego renacentista—, en
el centro del pueblo, se ha montado una exposición que lógicamente defiende
la humanidad del hallazgo óseo. Acompañan el tema con interesante
información y reconstrucción ideal de cómo sería la zona hace un millón de
años. Parece que mucho menos seca, más húmeda. El cíclico
calentamiento/enfriamiento global. Escéptico o creyente en cuanto si es de
hombre o de équido la reliquia, el viajero de lo que no tiene dudas es de la
belleza de la alcazaba de tapial y piedra, bien conservada, y reconstruida quizá
de una forma un tanto avasalladora, inventando incluso toda una prosaica
ristra de almenas que no existían, y enluciendo el tapial de modo que la textura
de lo primitivo no se aprecia.
El viajero retrocede luego en la geografía y sube por la GR 9104 hacia
Huéscar. Un buen amigo de allí le ha recomendado algo sabroso de la zona, a
más de otro algo que el trotamundos ya conocía. Con esto último nos
referimos al cordero segureño, así llamado por la sierra de Segura, al sur de la
de Cazorla, que domina el entorno y que da en sus pastos y limpio altiplano
ese exquisito manjar que los vegetarianos se pierden, pobrecillos. Así suelen
andar de cariacontecidos. Incluso la futura viuda del viajero, que abominaba
del sabor de tan pacífico rumiante debido al antipático sabor a chero que suele
tener en el sur de España, cambió su criterio en cuanto probó el mentado
cordero segureño, que no tiene nada que envidiar al burgalés o el riojano, y no
digo más. Pero lo que el amigo nos recomendaba era el vino llamado picoso, de
la zona, y las secas, humildes mezclas de masa, cañamón y aceitede oliva, que
suelen servirse con el referido pirriaque. En cuanto al cordero, el viajero lo
tomó por la mañana al ajo cabañil, y por la noche, un poquito nada más, al
aroma de canela, acordándose de aquel dicho viejo que leyó de pequeño de «Si
quieres morir, cena carnero asado y échate a dormir». El viajero durmió sin muerte,
quizá porque el animalito degustado estaba aún lejos de ser el sólido carnero y
porque —con gran sentimiento pero buen criterio— se refrenó en las
cantidades.
En Huéscar, el viajero recordó el Eclesiastés, quizá el libro más interesante
y sabio que hay en un libro de por sí interesante y sabio como es la Biblia. Y es
donde dice que hay un tiempo para todo, un tiempo para sembrar, otro para
recoger, un tiempo para amar, uno para odiar, uno para vivir, otro para morir,
etc. Porque el viajero recuerda cuando para él hubo un tiempo para trepar, lo
que se dice trepar, y fue desde Huéscar a Cortijos Nuevos, y desde allí subió a
la Sagra, a la cumbre. Claro que con menos años, y con menos cordero en su
interior. Ahora ve la Sagra, sola, alta, cónica como un pecho femenino
desmesurado, majestuosa, como la reina de piedra que es en su entorno del
norte granadino.
Y tuerce por la A 4301 hacia Santiago de la Espada, más hacia el norte.
Pero se va a topar a medio camino con unas kilométricas y anchísimas zanjas
con sección de artesa, de bordes medio desmoronados, al lado o cruzándose
con la carretera. Tienen desmesura y trayectoria en apariencia inexplicables, y
en algunos sitios se usan sencillamente de vertederos, dado su aislamiento y
profundidad. En otros hay construidos apriscos, excavados en la roca, en el
talud, para mejor sombra y protección. No tiene en apariencia sentido aquel
largo y ancho canal seco en medio de la nada, pero es justo eso, un canal que
pudo ser, en el que se acumulan propósitos que van desde Felipe II a Carlos
III, la época en la que más impulso se dio a las obras. Hasta navegable se
quería que fuera, como los canales de otros países europeos, que tienen en
mayor cantidad esa bendición celestial llamada lluvia y de la que el ibero
urbano de a pie suele quejarse cada vez que cae. Incluso en el siglo XVIII y
XIX se quiso retomar el proyecto del canal. Pretendíase que el agua de los ríos
Guardal y Castril fuese hacia el reino de Murcia, avaro de lluvias, como se sabe.
Vino a ser un precedente del trasvase Tajo-Segura, tan fructífero este, y de más
trasvases que últimamente hubiera habido, el del Ebro por ejemplo, contestado
arteramente con pretendidos argumentos ecologistas que ocultaban
sencillamente el provincianismo más ramplón y cicatero, y cuya inexistencia
tiene como cíclico castigo las arrasadoras y desaprovechadas riadas del referido
gran río.
El llamado canal de Carlos III fue deteniendo su construcción porque
sencillamente no se vio que compensara el esfuerzo para llevar agua en
proporción a la cantidad posible y a la zona por regar. Pero asombra ver hoy
día los tramos arruinados de la magna obra, en tiempos de pico, pala y reata de
burros para el acarreo. Incluso hay puentes y acueductos por la zona que
testifican la grandiosidad del proyecto frustrado.
Y entonces, siguiendo con las grandiosidades, el viajero continúa hacia el
norte. La ruta se angosta, comienza a aparecer más vegetación y más alta, y se
da de manos a boca con el grupo de los ejemplares arborícolas más grandes
que ha visto en su vida. ¿Qué hacen allí aquellos gigantes vegetales de corteza
paradójicamente blanda, en un territorio como aquel y con unas hechuras que
no se entienden?
En La Losa le dan razón al viajero de ello. Son sequoias americanas, que en
su tierra de origen llegan a ser más altos, aunque los de aquí no están nada mal.
Estos llegan a los cuarenta metros de altura. Para el lector urbano, como un
edificio de doce a catorce pisos. Los trajeron hará un par de siglos. Chiquitos.
Agarraron en el suelo. Lo que el viajero se pregunta es por qué no plantaron
más, si tan bien se ve que crecen, o lo contrario, cómo no se secaron en estas
tierras de rala apariencia y paisaje desolado. ¿Quizá hay corrientes de agua
subterránea que alimentan sus raíces? ¿O han sobrevivido justo porque son
pocos y acaparan toda el agua de su entorno, sin que sea posible o
recomendable aumentar su número? El viajero no está para esas filosofías.
Aparca el vehículo junto a la carretera, mientras la luz del sol parece que se
apoya en el costado oeste de la Sagra, como si no quisiera irse del valle pero
sólo el majestuoso cono geológico supiese retenerla. El viajero se ha traído una
garrafita de vino picoso de Huéscar, pero no, conduciendo no. Mejor agua
limpia y delgada de una fuente cercana donde pone no sometida a purificación. El
viajero se arriesga, bebe, vuelve al vehículo, reflexiona un ratito y continúa
hacia el norte. Todos los peligros en la vida fuesen como estas fuentecicas al
borde del camino, piensa mientras regüelda sanamente, debido al aire que ha
tragado junto al borboteante líquido…
 
 
LAS ALPUJARRAS Y LOS GUÁJARES
 
El viajero ya ha comentado antes con cierto sonrojo cómo han tenido a
veces que venir forasteros a descubrirle su tierra. Son franceses, cultos ellos,
cuando no les da por invadirnos para hacernos más felices. O ingleses, que se
ve que se aburren en su splendid isolation y cruzan el canal para visitar esta parte
de Europa que displicentemente llaman the Continent. De todos los viajeros
modernos en el siglo XX en España, el más conocido sin duda fue Gerald
Brenan. Tras la Primera Guerra mundial, con una paga militar de retiro que
aquí era un dinerito, se vino con un buen montón de libros a ver dónde y qué
tal vivían unos indígenas bastante pacíficos y a los que siempre trató con el
paternalismo del hombre civilizado hacia quien considera más rústico. Aunque
la conducta, sobre todo privada, de don Gerardo dejó bastante que desear, no
hay duda de que gracias a él se conoció en el extranjero y en la misma España
una región antes perfectamente ignorada, fragosa y difícil de acceso, bella en su
rusticidad, y de la que no se hablaba desde las guerras moriscas. Nos referimos
lógicamente a Las Alpujarras. A quienes venían a visitarle, en su primer
asentamiento en el pueblo de Yegen, Brenan les decía algo parecido a lo que
Robert Graves, el autor de Yo, Claudio, comentaba a quienes iban a verle a su
cortijillo en Mallorca y le preguntaban cómo un británico archiurbano como él
podía vivir en aquella atmósfera tan extranjera y rural. If you can stand it, it´s
Paradise… Si puedes aguantarlo, es el paraíso, eran las palabras literales de
Graves. Parecidos argumentos daba Brenan a sus amigos londinenses que
peregrinaron a verlo muchas veces. Y tampoco hay que extrañarse de la
elección del inglés. La Primera Guerra Mundial había dejado tales espectáculos
de horror en las retinas de sus protagonistas que se comprende el hastío del
mundo en más de uno, el rechazo a aquella civilización refinada que repartió
tal cantidad de desolación por la tierra. El suicidio, la toma de hábitos
religiosos, la locura, la misantropía, el matrimonio o el sencillo alejamiento a lo
Horacio o Fray Luis fueron, entre otras, las consoladoras opciones que
abundaron en el común mientras los políticos firmaban los avasalladores
tratados de una paz que desembocaría pronto en otra guerra peor.
Brenan, por su parte, murió ya viejecito en una residencia de Alhaurín el
Grande en la provincia de Málaga, con los gastos a cargo de la Junta de
Andalucía, lo que en este caso honra a las finanzas del organismo autonómico.
No quiso ya don Gerardo vivir en otro sitio que en las sierras de Andalucía,
cerca del mar y mirando hacia el sur.
Las Alpujarras siguen siendo un simpático puñado de pueblecitos en la
solana de Sierra Nevada, esto es, la ladera sur, con un clima bastante
agradable. Están ya mucho más preparados para el turismo en cuanto a
hoteles, casas rurales y restaurantes. Vamos, lo que los cursis llaman puestos en
valor. Siguen teniendo por fuerza una red de carreteras difícil, dada la
orografía,es complicado hallar aparcamiento en ellos en temporada alta, y
andan distribuidos entre Granada y Almería, aunque a causa de don Gerardo
son mucho más conocidos los de la primera provincia.
El viajero va a entrar en la Alpujarra granadina desde el norte, por el
puerto de montaña más alto que hay en las carreteras andaluzas, por el de La
Ragua. Venía el ciudadano desde Guadix, había pasado junto al castillo de La
Calahorra, pero como no era miércoles no lo vio, que de haber sido, no le
hubiese importado repasar el armonioso patio renacentista, a pie de carretera.
El puerto de la Ragua ya le hizo tener que darse la vuelta un invierno que
andurreaba por allí. A dos mil metros de altitud la nieve es a veces un serio
impedimento hasta que llega la máquina o se ponen las cadenas, de llevarlas.
Pero esta vez era otoño y atravesó fácilmente la cordillera por ese único paso
en muchos kilómetros a la redonda, lugar testigo de hechos de armas en
aquellas desgraciadas guerras moriscas.
Unos kilómetros más abajo del puerto, la carretera se bifurca y tira hacia la
izquierda para la Alpujarra almeriense y a la derecha para la granadina, que es
la dirección que va a tomar el turista.
La A 4130 llega prácticamente hasta Órgiva, y por ella el viajero pasará
junto a pueblecitos que precisan desvío, y otros que se atraviesan, como
Mecina Alfahar y Válor, de donde era el último caudillo de las guerras
Moriscas, que tomó el nombre de Aben Aboo. Después de Válor viene Yegen,
donde se recuerda a Brenan y se sabe cuál fue su humilde casa. Más adelante,
tras Mecina Bombarón, Bérchules y Juviles, la carretera tuerce violentamente
hacia la montaña, hacia el norte, para salvar el hondo barranco del río Trevélez
y llegar al pueblo de tal nombre, en cuyas alturas se secan los jamones, casi
todos blancos, muy distintos a los ibéricos de bellota de las sierras de Huelva,
Sevilla y Córdoba.
Pasados Busquístar viene Pórtugos, con una fuente ferruginosa que llaman
La fuente agria, cuyas sanas aguas le saben al viajero como si hubiera estado
chupando tornillos oxidados. De todos los caños, hay curiosamente uno del
cual el agua brota deliciosa y sin sabor. Misterios de la geología. Tras Pitres
aparecen quizá los tres lugares estrella de la zona. Capileira, Bubión y
Pampaneira. Todos ya con amplia oferta de restauración y donde los platos de
migas con chorizo y huevo reconfortan al más pintado. Por supuesto que hay
vinos de todas las denominaciones conocidas. Pero esos puede pedirlos el
viajero en cualquier sitio, y se decide por el espeso, dulzarrón y peligroso tinto
local, aún a costa de tener que darse luego un buen paseo antes de retomar el
vehículo. Por cierto que en Bubión hay un llamado Taller del Telar donde se ha
recuperado la tradición de las mantas alpujarreñas. Y como Brenan nos
descubrió las Alpujarras, ahora tuvo que ser una francesa, Nade Favreau, quien
desde 1979 anda en el trabajo de recobrar la artesanía lanera local, mientras
Jose, su marido hispánico, hace en su escuela lo que puede con los niños, a
pesar de la LOGSE.
De Capileira sube un viejo camino hacia las cumbres. Hoy es pista que
puede hacerse en coche hasta cierta altura donde barrera y guarda impiden el
paso al vehículo y solo se prosigue andando. Hace unas decenas de años el
viajero subió por aquel carril con su pequeño vehículo, nada de todoterreno, y
fue a caer a Granada. No había impedimentos entonces. Al verano siguiente
hizo el trayecto a la inversa. Pasó lo suficientemente cerca de la cima del
Mulhacén como para aparcar y alargarse andando hasta él sin dificultad.
Ahora, la cosa solo está para quien tenga un par de muy sólidas piernas,
porque desde la barrera a uno y otro lado de la cordillera hay una buena
panzada de kilómetros, como dicen allí. Y eso sólo en verano, cuando la nieve
no impide el paso. Es una pena, pero comprensible, dada la superabundancia
actual de todoterrenos y todocaminos, y la conocida tendencia del indígena a
hacer ruido, dejar basura y no respetar un entorno que quiere conservarse en
las mejores condiciones posibles. Por cierto que el sólido paseante que suba
desde el lado sur, desde Capileira, encontrará a medio camino unas curiosas
construcciones, largas zanjas zigzagueantes en perfecto estado, cuyas lajas
parecen puestas ayer mismo. Parecen trincheras, y trincheras son, de la guerra
civil, en el llamado Alto del Chorrillo. Las hicieron los nacionales de Granada,
por si al Ejército Popular le daba por hacer la machada de trepar hasta allí y
asomar por la capital desde aquella parte de la sierra. Pero creo que las obras
no conocieron bautismo de fuego.
En esas evocaciones y recuerdos, el viajero hizo la somnolienta digestión
de las migas y el chorizo bajo una noguera, junto a uno de los estrechos balates
que escalonan la tierra para mejor aprovechamiento. Y tiró después hacia
Órgiva, atravesó el pueblo y siguió a Lanjarón, de sanas aguas e historiado
balneario. Un castillo enriscado en lo alto del casería habla del lugar estratégico
que fue cuando las rebeliones moriscas. Y más abajo, ya hacia el mar, el turista
va a evitar la estupenda autovía que en veinte minutos le pondría en Motril. Va
a tomar la carretera antigua que bajaba y baja de Granada hacia la costa
siguiendo el cauce del río Guadalfeo. Es la antigua N 323, que pasa por Izbor y
Vélez de Benaudalla. Cerca de Izbor pasará por el puente de Tablate. La
autovía tiene por encima dos enormes tableros metálicos que le transmiten
aumentado al paseante el delicioso susurro de coches y camiones. Desde allí
hacen puenting a veces y ocurren los correspondientes accidentes al respecto.
El viajero tomó, decíamos, la antigua nacional, que pasa por debajo, sobre un
puente del XIX. Y más abajo aún, con fácil acceso a pie, está el pequeño y
viejo puente de Tablate, de importancia mucho mayor que su tamaño, único
paso para carruajes que había, bajando de Granada y torciendo para las
Alpujarras. El río Izbor ha ido cavando en la deleznable roca un irregular pero
abismal foso de muchos kilómetros de largo que solo resultaba atravesable por
el dicho puente. De origen nazarita, restaurado varias veces hasta el siglo
XVIII, fue escenario de choques armados y se destruyó con saña en las
sucesivas sublevaciones moriscas para evitar lo inevitable, que las tropas
cristianas llegasen a hacerse desde el oeste con el sector alpujarreño granadino.
Curiosamente, que se sepa, creo, no resultó dañado en la guerra de la
Independencia, pese a su indudable valor estratégico.
Pasado el hosco entorno del puente de Tablate, el viajero seguirá por la
vieja carretera nacional, ahora vía de comunicación local, y pasará por Vélez de
Benaudalla, con su extendido caserío y la compacta fortaleza en la cumbre, que
tuvo destacado papel en los conflictos moriscos. Luego cruzará el río
Guadalfeo y por la GR 3204 irá en dirección a tres pueblecitos cercanos entre
sí que ahora administrativamente se llaman simplemente los Guájares. Están a
lo largo del llamado río —es un decir— Toba. Desde que se cruza el
Guadalfeo hacia el oeste, el primero es Guájar Fondón. Luego, muy cerca,
viene Guájar Faragüit, o Alfagüit, y unos kilómetros más arriba, Guájar Alto.
Son tres lugares pequeños, discretos, con arbolado variado entre los barrancos
cercanos y los montes altos más alejados. Entre los Guájares Fondón y Alto, el
viajero ha tomado un sendero y se dirige a una altura donde asoman muñones
de muros y restos de construcciones. Le llaman el Castillejo, y es lo que queda
de un pueblecito de los siglos X u XI, con la distribución de su urbanismo
discreto y bien aprovechado en el breve espacio montuno. Es posiblemente
uno de los poblamientos del primer periodo islámico mejor conservados en
Andalucía. No se sabe cuándo ni por qué se abandonó, pero sus sólidos muros
de tapial debían estar ya en desuso cuando las rebeliones moriscas, porque las
crónicas no hacen mención alguna del lugar.
El viajero va a tener hoy un día vegetariano y va a probar las verduras de la
zona, en chanfaina, a la plancha o rebozadas conhuevo o asaduritas de pollo.
Y si cae una tapita del animal sagrado tampoco va a ocurrir nada, no hay que
pasarse en las verduras, que luego provocan excesivos gases.
Después, más arriba y más al oeste, allí donde el mapa o el GPS le
comunican que se acaba la carretera asfaltada, está Guájar Alto. De allí en
adelante solo sigue la pista forestal. Y desde Guájar Alto el viajero observa una
peñascosa mole hacia el oeste que termina amesetada, como si fuera una lejana
e impresionante fortaleza natural. Lo fue durante unos días, hace cinco siglos.
No en vano se llama todavía El Cerro del Fuerte. Fue el último reducto de uno
de los últimos grupos de moriscos capitaneados por Marcos el Zamar, alguacil
de Játar, un pueblo malagueño, y que resultó circunstancial caudillo de uno de
los últimos intentos de resistencia. El cerro del Fuerte es de poco fácil acceso,
y eso por la pista que acaba en Lentegí, Itrabo y Molvízar, lo que quiere decir
siguiendo desde Guájar Alto y torciendo a la derecha cuando el macadam se
bifurca hacia las Albuñuelas o hacia el sur, que es camino que hay que tomar.
El viajero anduvo por aquella cumbre de aquel monte un día. Le llevó allí la
lectura de un texto que pese a su título es bastante piadoso con los rebeldes y
muy duro con frecuente rapacidad de las tropas castellanas. Está bastante bien
escrito por Luis de Mármol Carvajal, uno de los comisarios de suministro que
iba con las tropas cristianas, y su título es Rebelión y castigo de los moriscos de
Granada.
Cuando estuvo aquella vez en la cumbre del cerro, de cansado, largo pero
no difícil acceso, el viajero era más ágil y más curioso. Pese al tiempo
transcurrido desde la tragedia, no es que oyera los gritos de los hombres,
mujeres y niños en la ancha cumbre del monte, ni los de las tropas castellanas
que acabaron con los que habían quedado tras la huida nocturna de los más
decididos, según la crónica. Pero sí dio con pequeños trozos de cerámica, de
orcillas, cantimploras y platos que se destrozarían en el asalto y que sí debieron
oír las zalas, los lililíes, las maldiciones, las blasfemias, los ayes, los gritos de
agonía, y el silencio que desde entonces reina en aquellas alturas desde las que,
por cierto, a partir de otoño, se tiene una preciosa vista de la Sierra Nevada ya
con la nieve que la nombra. El último paisaje para muchos ojos en aquel lugar
aquellos tristes días.
 
 
CÓRDOBA
Juan Eslava Galán
EL VALLE DE LOS PEDROCHES
 
Creo que pedroches quiere decir, en árabe, de las bellotas. Los moros, entre
sus carencias, no alcanzaron los beneficios culturales dimanantes de la crianza
del cerdo de pata negra debajo de sus hospitalarias encinas, pero es evidente
que sabían introducir la blanca bellota pelada en la reseca carne del higo paso,
ese manjar de dioses.
Este valle sin río es una penillanura abierta en el ancho corazón de la Sierra
Morena cordobesa. Antiguamente lo atravesaba el camino real siguiendo una
antigua ruta prehistórica que iba desde el valle del Guadalquivir a la meseta
castellana. Ese fue también el camino de Córdoba a Toledo en época califal.
En el valle de los Pedroches abundan los restos prehistóricos y romanos,
los despoblados y villares. Es tierra de mucho granito, de buenos pastos, de
matorral de jara, romero y cantueso, de encinas y alcornoques, de cortijillos de
olivar y trigo, de algo de huerta, de ganado porcino, ovino y caprino, de
hospitalarias vacas estabuladas, de pueblos modestos con ermitas blancas.
Desde Córdoba, por la N 432, pasamos CERRO MURIANO,
campamento de Instrucción de Reclutas y luego al pie de la colina donde se
asienta el castillo califal de EL VACAR. Además de vigilar el camino entre
Córdoba y Toledo, sería albacara o refugio para las gentes del valle del
Guadiato y su comarca.
El viajero subió el débil repecho que conduce al castillo y penetró en su
recinto interior, un corral cuadrado y silencioso, invadido de altos yerbajos que
las vacas abonan generosamente. El castillo tiene mil años, las bajas y alargadas
troneras que destrozan el tapial y miran la carretera son más recientes, para
ametralladoras, de cuando la Guerra Civil y allí fue el frente. Estos recios
muros de calicanto fueron orgullo del emir de Córdoba. Hoy lo son de la
marquesa de Campollano y sirven de circunstancial vaqueriza a los ganaderos
del entorno.
Unos kilómetros más allá, después de un puertecillo con muchas curvas,
está el casal de FUENTE AGRIA. Un empinado carril a la izquierda conduce
hasta una pequeña arboleda donde está la fuente, casi oculta entre
construcciones dispensables. Es un hermoso edificio de hierro, fundido en
Sevilla, en los talleres de Antonio Aguilar en 1873, cuando todavía los
balnearios conjugaban la belleza con la utilidad. Está todo oxidado pero aún
conserva cierto decadente esplendor para el forofo de Muerte en Venecia. El
tabaco produce cáncer, la cultura produce neurosis y la ruina del pasado es la
alfalfa espiritual del viajero sensible.
Siguiendo la carretera, en el kilómetro cuarenta, hacia Peñas Blancas, hay
una desviación a la izquierda que conduce a un altozano sobre el que
divisamos las ruinas del Gran Hotel Santa Elisa. Era un hermoso edificio de
planta rectangular, con torres en las esquinas. En la guerra lo hicieron
hospital de sangre y quedó tan malparado que no volvió a abrir sus puertas.
Ya sólo quedan en pie los muros exteriores, un azulejo aquí, medio balcón
allá, poca cosa. Hasta hace poco eran todavía visibles sobre sus tabiques los
emblemas de la Falange y retratos del Caudillo con casco de acero que
adornaron las salas hospitalarias. Las ruinas están rodeadas de potentes
eucaliptos. Es lugar muy a propósito, en la apacible soledad de los montes,
para dar un paseo romántico con la amada, comer tortilla de patatas sobre
mantel a cuadros y desperezar un sueñecito o lo que haga falta. Frente al
hotel, en un vallecillo arbolado, asoma la carcomida cúpula de ladrillo de la
fuente agria. Todavía acude gente a llenar bombonas de plástico. Es agua
ferruginosa, buena para enfermos de azúcar, del riñón y del hígado, y para el viajero,
que hasta la presente se encuentra saludable pero es gran goloso de aguas,
es natural, riquísima, sanísima y naturalmente gaseada.
 
 
ESPIEL
 
El viajero siguió su camino hasta Espiel, un pueblo blanco rodado desde el
lomo rocoso de la sierra. Al viajero lo cautivaron los mínimos corralillos de
piedra que lo rodean. Son pequeños vergeles implantados sobre la cresta
serrana, algunos de ellos primorosamente blanqueados y cuidados, otros ya
arruinados, con las bardas por el suelo. Guardan un pozo y un par de árboles
frutales, no más. El viajero se asombra de los grandes trabajos que se tomaban
los que los levantaron a cambio de la parva recompensa de un par de canastas
de fruta, y los imagina, horacianos y madrugadores, dirigiéndose sin prisas,
quizá a lomos de burro viejo y dócil, a un huerto que se deja labrar en tres
cavadas, el resto del día meditando sobre un camastro a la sombra de la
higuera, en este cerrado jardín, el paraíso de los persas, escuchando manar el
agua del pilarillo del pozo.
En el pueblo de Espiel el viajero visitó la iglesia de San Sebastián,
arquitectura de ganaderos, maciza y severa, con sus arcos transversales. Luego
volvió sobre sus pasos hasta la bifurcación y tomó la N 502. A pocos
kilómetros un indicador le avisó que entraba en el valle de los Pedroches. El
marqués de Santillana anduvo por estos mismos cerros, por aquellas peñas
peladas, sesteó en estos encinares, saltó estos regatos. Por este Puerto
Calatraveño, de 750 metros, andaba el marqués en su célebre serranilla cuando
perdió la carrera, es decir se extravió, y fue a dar en un ameno prado donde
encontró a una rústica beldad que guardaba un hato de vacas. Los amantes de
la poesía saben cómo acabo la cosa: se prendó de ella, le tiró los tejos y
recuerden que recibió calabazas de la muchacha: …non es deseosa de amar, ni lo
espera, aquesta vaquera de la Finojosa.
El viajero iba ensimismado en sus fantasías, imaginando que élmismo era
el marqués y tenía encuentros más afortunados, cuando se dio de bruces con
ALCARACEJOS, pueblo llano y rico en aguas donde acuden a veranear
muchas gentes de la comarca. El pueblo abre su pecho generoso para darles
sus aguas y ellos, en desagradecimiento, lo envilecen con detestables y
pretenciosos chalecitos con mucho azulejo de cuarto de baño en la fachada y
otros detalles de pésimo gusto. Como no era domingo de Resurrección,
romería a la ermita de la Virgen de Guía, el viajero no quiso detenerse y
prosiguió su camino hacia Pozoblanco.
POZOBLANCO, veinte mil habitantes, capital del valle de los Pedroches,
patria del barítono Marcos Redondo, plaza de toros donde Paquirri sufrió su
mortal cornada. Hay un museíto con recuerdos del cantante y un hotel donde
se exhibe, enmarcado, el último autógrafo que garrapateó el torero. El viajero
se dio un garbeo por el pueblo y lo encontró destartalado y grandón. Visitó la
iglesia de Santa Catalina por ver el sepulcro de Ginés de Sepúlveda, cronista de
Carlos V. A la salida se paró a repostar y le preguntó al gasolinero:
—Oiga usted y de dónde procede Pozoblanco que es nombre tan bonito.
—Pues verá usted: eso es en recuerdo de un pozo que hubo y hay, en el
que como se paraban a beber las avecillas del campo que como sabe usted
tienen la mierda blanca y de tanto cagarse le pusieron blanco el cerco.
El viajero tomó breve apunte: «topónimo por deyecciones de aves sobre
brocal pozo». Al viajero no le gusta que en sus crónicas aparezcan palabras
malsonantes, que cuida mucho a sus lectoras otoñales tan sensibles y
espantadizas, tan delicadas y sentimentales.
A unos kilómetros de Pozoblanco, en medio de un encinar, está el
santuario de su patrona, la virgen de Luna. Hay, aseguran, una vetusta encina
que echa bellotas con el rostro de la virgen impreso en la cáscara. El viajero,
como es algo torpe, no distinguió bien a nuestra señora por más vueltas que
dio a la bellota. Compungido penetró en la ermita y echó su óbolo en el cepillo
petitorio. El camarín de la Virgen se alza sobre un peñasco de granito.
El viajero siguió la A 423 hasta VILLANUEVA DE CÓRDOBA, en la
sierra de Enmedio, llamada así porque es un estorbo entre cuatro pueblos de la
comarca. En Villanueva hay media docena de monumentos religiosos y uno
civil: una antigua Audiencia del siglo XVII. De aquí el viajero tomó la carretera
de TORRECAMPO donde había oído decir que hay una Posada del Moro
venerable edificio que un emprendedor y culto mecenas del pueblo ha
restaurado para albergue de su notable colección de pintura.
La carretera que va a Pedroche es estrecha pero está pasablemente
asfaltada. Por esta parte hay pocas encinas y mucha tierra de pan llevar,
cebadas, matojos, entre las que de vez en cuando emergen potentes bloques
de granito; el escalón de la Meseta sobre Andalucía, ya se sabe.
PEDROCHE es un pueblo pequeño, blanco y limpio, con casas antiguas y
una torre de granito portentosa, del siglo XVI. La patrona del pueblo es la
Virgen de Piedras Santas, residente en una ermita al norte del pueblo, en
medio de un prado regado por el arroyo de Santa María. Dentro de la ermita
se conservan los bancos de madera donde antiguamente se sentaban los
delegados de cada una de las Siete Villas del Valle cuando hacían junta para
tratar el procomún. Cada asiento ostenta, en su respaldo, el nombre de la
delegación que lo ocupaba, como los pupitres de la ONU. El domingo de
Pentecostés y el ocho de septiembre hay romerías con piostros (cofrades) a
caballo. Las mujeres de Pedroche se llaman Piedrasantas. El viajero escuchó a
una madre que llamaba a su hija: «¡Piedrita, Piedrita!». Le pareció bello epíteto.
Le vino a la memoria otra madre a la que escuchó llamar a su hija, en un barrio
periférico de Madrid. La criatura se llamaba Penélope, como la canción de
Serrat que inspiró a Homero el prota de la Odisea. La madre, una cabeza rubia
teñida, con los rulos puestos y asomada a la ventana de aluminio del lavadero
de un cuarto piso, gritaba: «¡Pene, Pene...! ¿Dónde te has metido? ¡Ven
corriendo que me haces mucha falta!». Pene era rubita, con trenzas, y al viajero
le dio cierta lástima.
El viajero callejeó un rato por Pedroche y dio con un convento de clausura
que tenía abierto el portón del compás: un lugar delicioso, empedrado, con tres
bolas moriscas ensartadas en una lanza en el remate piramidal del ábside.
Según la leyenda, la hermosa Cava, la hija o esposa del conde don Julián
violada por el último rey godo y causa indirecta de la conquista musulmana de
España, se refugió en este pueblo y aquí observó vida piadosa por el resto de
su vida. El viajero dio en pensar que la desventurada beldad goda fundara este
convento y se hiciera sepultar en él, bajo losa anónima, en la portada de la
iglesia donde todo el que entre la pise.
En la plaza de Pedroche, que debió ser más bella antes de que la
arreglaran, hay un Ayuntamiento de granito fechado en 1702 y una lápida
moderna que conmemora a Fray Juan de los Barrios, hijo del pueblo y primer
arzobispo de Santa Fe de Bogotá (1497-1569).
El viajero, antes de abandonar el pueblo, penetró en una tasca e hizo frugal
colación con el plato combinado de la casa: dos huevos fritos con guarnición
de lomo de orza, chorizo de humero y morcilla de cebolla. Debajo de los
huevos aparecieron cuatro torreznos gruesos como coturnos, pero el viajero
sólo comió dos, que tiene alto el colesterol. De postre tomó unas perrunas de
manteca, huevo y azúcar, unos roscos de anís y dos o tres mostachones. El
vino era un tintorro corpudo con sabor a cuba que ayuda bien a bajar las
pringues y tiene estentóreo y saludable el regüeldo.
El ventero servicial y aseado que sirvió la frugal colación enumeró al
forastero las tres cosas que hay que ver en el valle de los Pedroches: la iglesia
de San Juan de Hinojosa del Duque por fuera; la iglesia de Dos Torres por
dentro y la torre de Pedroche.
El viajero consultó su mapa y tomó el camino de DOS TORRES,
impaciente ya por ver la famosa iglesia por dentro. La iglesia de la Asunción
tiene una capilla mayor notable, cubierta de bóveda estrellada, que es, en
efecto de los más notables cosas que se pueden ver en el pueblo, pero al
viajero, que viene algo maleado de lo mucho que lleva visto, casi le resultó
más remunerador, como se dice ahora, asomarse a un par de casas que a tal
efecto tenían el portalón abierto y descubrir muy buenos ejemplos de
arquitectura popular de hace cincuenta o cien años, honrada, y de decoración
consumista de hace un lustro, prostibularia.
Este pueblo tiene dos barrios, los dos llamados con Torre. Antiguamente
eran rivales y, a pesar de tener bardas comunes, hacían vida aparte, cada cual
con su parroquia y su ayuntamiento. El viajero constató que entre ellos todavía
perduran consistentes vestigios de pasadas ferocidades. El viajero se sintió a
gusto vagando por sus calles estrechas y limpias, con casitas proporcionadas en
las que contrasta la cal con el oscuro granito de dinteles, jambas y ventanas.
En el pueblo de EL VISO el viajero vio una notable torre de ladrillo pero
siguió de largo hacia Hinojosa por una carretera más despoblada de encinas
aunque las que se ven son grandes o así lo parecen en las ondulaciones de las
tierras de pan.
HINOJOSA DEL DUQUE, patria de la moça tan fermosa que prendó al
marqués de Santillana, tiene a la entrada un cartel prometedor: «Bienvenido
forastero. El rey del jamón te saluda».
El viajero, como venía aleccionado, preguntó por la famosa iglesia que es
bella por fuera y lo encaminaron a la parroquia de San Juan Bautista, a la que
también llaman la catedral de la Sierra. Es de granito, renacentista, con sus
detalles góticos. El viajero se quedó prendado de un trampantojo de una
ventana trucada y de su fachada. También admiró su torre y sus portadas, una
de ellas de Hernán Ruiz.
La última etapa fue BELALCÁZAR, es decir, «el Bello Alcázar», el
nombre más hermoso de un castillo español, una estampa declamatoria de versos
épicos sin consonancia posible como relamidamentela llama Sáinz de Robles. Este
hermosísimo fuerte debe verse primero de lejos bordeándolo por la carretera,
al otro lado del vallecillo y después de cerca, a pie, tocando sus muros cuando
lo permita el desgalgadero del foso. El castillo data de 1466 pero al pie de sus
muros aparecen trazas de la primitiva fortaleza musulmana. Tiene una
hermosa torre del homenaje de seis plantas y cincuenta metros de altura,
decorada con garitones en los que campea como un encaje de la piedra, las
armas de los Sotomayor.
El castillo tiene su leyenda. Don Juan de Sotomayor estaba enamorado de
una dama llamada Elvira y al regreso de la guerra de Granada supo que la
habían casado con otro. Don Juan, abrasado por la pasión, quiso visitarla
nocturno pero un hombre embozado le salió al encuentro. Salieron a relucir las
espadas y don Juan, al desprenderse de la capa, dejó al descubierto la cruz de la
orden de Alcántara que llevaba bordada sobre el pecho. Ante esta visión su
misterioso contrincante exhaló un bufido agónico y huyó. Don Juan lo tomó
por el mismísimo diablo que no podía soportar la visión de la cruz.
Aleccionado por la terrible experiencia olvidó su insana pasión por doña
Elvira y se metió a monje en Guadalupe donde profesó como fray Juan de la
Puebla.
El castillo fue ocupado por los franceses en la guerra de la Independencia
y resistió sin gran deterioro los doscientos cañonazos que les lanzaron los
ingleses en 1811. Luego quedó abandonado y fue a menos, convirtiéndose en
refugio de vagabundos y corral del común. Las gentes del pueblo fueron
arrancando los bien escuadrados sillares para embellecer sus casas; los
anticuarios remataron, en empresas nocturnas, los capiteles y piedras labradas.
El viajero ascendió al castillo por un carcomido camino empedrado y le
dio la vuelta en busca de entrada, pero Belalcázar, como los castillos
encantados, no tiene puerta. Todos sus vanos inferiores han sido condenados
con prosaicas bovedillas de cemento para evitar que los pilluelos del pueblo se
despeñen desde sus inseguras almenas y que los enamorados manipulen el
género en sus resguardos. Es pena que un monumento tan bello no esté mejor
cuidado, pero parece que sus dueños celan tanto la visita como la restauración.
A la vuelta, vencido ya el día, el viajero desandó lo andado por la N 422,
entre dehesas pobladas de encinas, atravesando la aldehuela de FUENTE LA
LANCHA, y VILLANUEVA DEL DUQUE. En ALCARACEJOS tomó la N
502, camino del Calatraveño y de Córdoba.
 
 
CÓRDOBA
 
El trotamundos aparcó en la ribera izquierda del Guadalquivir y subió a la
terraza de la Torre de la Calahorra para contemplar la ciudad mesurada y honda,
sabia y prudente. El visitante tiene por costumbre, cuando va a Córdoba, casi
siempre por mayo, andarse con estos protocolos.
Córdoba es una gran señora, que tiene un arcángel por patrón. A Córdoba,
como a Constantinopla y a Jerusalén, se le pide permiso antes de entrar,
destocado y humilde. Otras grandes ciudades fingen ser más de lo que son y
no pueden evitar una última impresión de vanidad y aire hueco. Córdoba es
justo lo contrario: está en su sitio, callada, amable y distante. Aquí nacieron
Séneca, Maimónides y Góngora. También, hay que reconocerlo, Julio Romero
de Torres.
Antes, la torre de la Calahorra estaba desnuda, en su piedra. Ahora hay que
pagar para visitarla y, con la general decadencia de los tiempos, han instalado
en ella un pretencioso y pretendido museo de las tres culturas, quizá el único
gesto excesivo y grandilocuente de la ciudad.
La Calahorra protegía el puente sobre el Guadalquivir. Como la ciudad
misma, este puente tiene a Roma en los cimientos, al Islam en los arcos y los
estribos, a Castilla conquistadora en los pisos. Hoy peatonalizado, el viajero lo
cruzó, con parada breve en el centro, donde está San Rafael con el pedestal
cuajado de cera derretida y candelitas ardiendo, para otear, aguas abajo los
molinos y la noria de la Albolafia. Aquí el Guadalquivir, río tan sabio como
ensuciado, atempera su paso, salta entre los molinos califales aún en pie donde
algún cormorán seca sus negras alas, y va meciendo cañas y ovas que le
reverdecen barbas de gran patriarca.
Al otro lado, el viajero miró la Puerta del Puente, monumental, de Juan de
Herrera, algo hundida por el recrecimiento de la ribera. Esa es la negra suerte
que acompaña a los monumentos fluviales, también a la Torre del Oro
sevillana.
 
 
MEZQUITA
 
Una turista voluminosa, con shorts y tatuajes en el morrillo, acusó el
impacto civilizador de la mezquita: Es tan grande como un hipermercado. En efecto,
la mezquita ocupa más de veinticinco mil metros cuadrados y se sostiene sobre
856 columnas, todas distintas, unas de granito, otras de mármol veteado, otras
de jade verde. Una mancha en una de ellas es el aleph, lugar mágico y terrible
en el que confluye la energía del universo. Nadie sabe en qué columna está ni
es cosa fácil averiguarlo porque casi todas ellas son distintas, y tuvieron su
propia historia antes de confluir en la historia de la mezquita. Los árabes las
expoliaron de otros edificios más antiguos, romanos, visigodos y bizantinos.
Hay otra columna en cuyo mármol un cautivo cristiano rayó
pacientemente, con la uña, durante lustros, el signo de la cruz. Estas hazañas
perseverantes ponen en el viajero pavor y grande admiración. En los presentes
tiempos, menos heroicos y abnegados, aquel anónimo cautivo quizá hubiese
construido un artístico Taj Mahal con palitos de cerillas.
El viajero pasea por el interior de la mezquita entre azogados grupos de
ojos almendrados cámara al cuello; de germanos uniformados de Afrika
Korps; de sajones de sandalias y calcetines; de galos de roulotte y bocadillo. La
unidad del edificio no radica en sus visitantes, ni siquiera en las columnas ni en
los capiteles, que son cada uno de su padre y de su madre, sino en el airoso
doble cuerpo de arcos superpuestos, decorados con alternantes franjas rojas y
blancas, a la usanza romana —recuerden el acueducto de los milagros
emeritense— y luego bizantina.
En tiempos de Carlos V triunfó la idea de incrustar una catedral
renacentista en el corazón de la mezquita. Si desmontaran esta catedral y la
instalaran en otro lugar —que para algo bueno habrían de servir los
petrodólares—, el monumento ganaría mucho en perspectiva y otra vez podría
admirarse su magnífico bosque de columnas. El visitante admiró el mihrab y la
bóveda de nervios profusamente decorada que cubre la maxura de la mezquita.
De la parte cristiana le llamaron la atención la sillería del coro, los púlpitos de
la catedral y la custodia de Arfe que está en el museo catedralicio y la capilla
del Zancarrón, así llamada porque decían que en tiempo de los moros
veneraban allí un hueso del pie de Mahoma.
Al lado de la mezquita está el patio de los naranjos, lugar apacible en el
que, desparramado a la sombra fresca de los muros, descansa y abreva el
rebaño turístico. En el patio hay naranjos y palmeras, dos cipreses y un
viejísimo olivo. Y una fuente barroca, llamada del caño del Olivo, donde las
solteronas desahuciadas beben para encontrar novio. En esto de encontrar
novio el viajero tiene comprobado que cada tierra tiene su procedimiento. En
Granada repican la campana de la Vela, en Nueva York acuden a una agencia
matrimonial, en Tokio al jefe de personal de la fábrica.
El viajero contempló el exterior de la Mezquita por fuera y rezó el Ave
María a la Virgen de las Flores bella y sensual a lo divino, un punto agitanada,
que habita en el altarcillo de tupida reja. Luego entrando por la calle Velázquez
Bosco fue a la calleja de las Flores que huele a cordobán y a jazmín y por la
calle Martínez Rucker a la plazuela de la Concha y pasó por la calleja del pañuelo,
un adarve morisco que en su parte más angosta sólo mide tres palmos, muy a
propósito para que en su tránsito se atasquen americanas culonas y tenga que
acudir a rescatarlas la grúa municipal.
Por la calle Amador de los Ríos, el viajero fue a los REALES
ALCAZARES, residencia de reyes, y después sede deltribunal inquisitorial y
cárcel. Es un palacio cristiano medieval muy reconstruido hace cincuenta años.
No obstante vale la pena dar un paseo por sus jardines escalonados, adornados
de grandes estanques en los que flota el nenúfar y admirar el grupo escultórico
de Polifemo y Galatea. Luego, siguiendo la muralla, el visitante fue hasta la
PUERTA DE ALMODÓVAR y entró en la Judería. Se dejó llevar por la calle
de la derecha, sin prisas, y se asomó a la SINAGOGA por ver nuevamente sus
portentosas yeserías, a la pintoresca placita donde está la estatua de
Maimónides y al patio del palacete que alberga el Museo Taurino.
El paseante, callejeando, dio nuevamente con la catedral. De allí encaminó
sus pasos hasta el Museo Arqueológico y visitó una vez más su deliciosa
colección de restos romanos y árabes, sus brocales de pozo mudéjares y su
escultura romana de Mitra. Iba sintiendo los pies pero todavía el placer del
callejeo superaba al daño, así que prosiguió su camino deteniéndose en algunos
zaguanes para admirar los patios floridos hasta la PLAZA DEL POTRO con
su fuentecilla renacentista coronada por un potrillo y su posada citada por
Cervantes. Lugar de pícaros en su tiempo… Busquen a otro, que yo soy nacido en el
Potro, anunciaba Góngora en sus versos festivos.
Hay dos museos mano a mano, el de Bellas Artes y el de Julio Romero de
Torres. El viajero tiene observado que mucha gente sencilla que cree que
Velázquez y Goya son futbolistas está familiarizada con la obra pictórica de
Julio Romero de Torres y eleva a sus bellezas morenas con navaja en la liga a
genuina representación de lo andaluz, junto a las coplas de las folklóricas, el
traje de faralaes y las tardes de sol y moscas.
El viajero pasó por alto el museo, que lo tiene visto de otras veces, pero
hizo parada en las bodegas Campos, casa fundada en 1908, de la calle Lineros
donde bebió un medio —catavinos bien lleno— de montilla mientras
curioseaba viejos carteles de toros y fotografías de famosos firmando con tiza
en los barriles de la bodega: Rocío Dúrcal, la Chunga, la duquesa de Alba,
Carmen Sevilla, Fraga Iribarne, el alcalde de Teherán y señora, el Dúo
Dinámico y Paquita Rico practicando el difícil arte de venenciar. Son fotos algo
antiguas, de antes de la democracia.
Luego el visitante se encaminó a la PLAZA DE LA CORREDERA, que
pasó por ser la más viva de España. Es porticada, rectangular, del siglo XVII y
sigue siendo ágora, mercado, mercadillo, residencia de forasteros y mentidero
de propios. Fue en su día plaza de toros, teatro, escenario de los autos de fe
inquisitoriales.
El viajero remontó la calle Rodríguez Marín. En Tundidores penetró en la
afamada taberna de Salinas y tomó el segundo medio de la mañana, con
acompañamiento de cacahuetes y sentado como Dios manda. Después de esta
gozosa estación se rehizo para seguir por la calle Claudio Marcelo y dejando
atrás las valientes ruinas del templo romano arribó a la plaza de las
TENDILLAS corazón de la ciudad donde hay una estatua del Gran Capitán, el
famoso general, patrón del Tribunal de Cuentas, que tiene por cabeza la del
torero Lagartijo, siempre coronada de puercas palomas grises.
Al viajero, que iba teniendo hambre, se le escindió el corazón entre torcer
a la derecha, en plan económico, para ir a la taberna del Pisto o a la izquierda,
en plan rumboso, al Caballo Rojo. Ganaron las izquierdas. En un taxi
parcheado de pegatinas Prohibido Fumar aunque el conductor se iba
despachando un apestoso habano, arribó al famoso restaurante, en la vecindad
de la mezquita, donde por combinar sabiamente lo moro con lo cristiano,
como la ciudad enseña, pidió medias racioncitas de rape mozárabe, de
alcachofas a la montillana y —excluyendo no sin sentimiento el rabo de toro
para mejor ocasión— cordero a la miel. Luego dio un digestivo y
discretamente regoldado paseo de regreso a la plaza de las Tendillas. Allí tomó
café sentado en una terraza. Dieron las tres en el reloj de la calle Gondomar,
que marca las horas por soleares. El viajero desde su privilegiado mirador
callejero se percató de que la mujer cordobesa es fina, guapa, de andares
elásticos y de recatada hermosura.
 
 
LAS ERMITAS
 
De Córdoba la llana subiendo por una carretera dócil escalamos el zócalo
de la cercana sierra, en el lugar llamado Cerro de la Víbora y luego Desierto de
Nuestra Señora de Belén donde están las ermitas, un conjunto creado en el
siglo XVII que prolongó la tradición eremítica traída de oriente por el obispo
Osio, todavía en tiempos romanos. Ya no quedan ermitaños, que el último
murió en 1957, pero aún resta la iglesia y las trece ermitas, blanqueadas y
dispersas entre el verdor oscuro del monte. Es un lugar deleitoso y humilde sin
más exceso que el del Monumento, de grandes vistas sobre la ciudad y el valle,
olor a romero y a jara.
Al viajero le hubiera gustado contemplar la puesta del sol desde allí, pero
como esta representación se celebra bastante tarde, casi de noche, y aún
faltaban dos horas prefirió visitar, MEDINA AZAHARA, la ciudad palaciega
erigida por Abderramán III en 936 en honor de su esposa favorita. Durante
casi medio siglo un ejército de obreros especializados trabajó en este palacio
emblemático, acumulando riqueza y arte dentro de su doble perímetro de
murallas. Estaba de Alá que nadie disfrutaría después de tanta grandeza, que
en 1010 los beréberes irrumpieron en ella, sin respeto alguno por el
patrimonio, y la destruyeron e incendiaron. Desde entonces fue, como Itálica,
campos de soledad, mustio collado adonde durante generaciones se acudía para
hurtar mármoles, fustes de columnas y fuentes que hoy andan por todo el
orbe, desde el Victoria and Albert Museum londinense a nuestro Arqueológico
Nacional. Sin ir más lejos, las hiladas de columnas que rematan el alminar
almohade de la Giralda sevillana vienen de allí. Provéase el viajero de
prismáticos, que es otra cosa recomendable cuando se viaja, y observe si no la
columnata irregular coronada con sus clásicos capiteles de avispero. Hoy
siguen excavando Medina Azahara y la restauran, como el que monta un
rompecabezas, las yeserías y lápidas que estaban por los suelos.
 
 
LA CAMPIÑA OLIVARERA
 
La mañana estaba fría y neblinosa saliendo de Granada por la autovía de
Sevilla. Apenas entrados en la provincia de Málaga nos zambullimos en las
sierras subbéticas, cerros de encinar, de abrupta caliza. En la guantera del
coche el explorador llevaba sus gemelos por si se presentaba la ocasión de
admirar el vuelo pausado del águila real, el del halcón peregrino, o el coronado
del buitre. No hubo suerte por el aire, pero la tierra no decepcionó: allá estaba
la campiña olivarera cordobesa, los pueblos ricos adornados con magníficas
iglesias y antañones palacios.
Atravesando el pantano, que la pertinaz sequía ha escurrido de aguas, se
llega a IZNÁJAR, el nido de águilas, la puerta de la vega de Granada, el guarda
de los pasos de Zafarraya.
El pueblo se extiende sobre un cerro pétreo de molasa, último espolón
de la loma del Santísimo. Antes de que el pantano alterara su geografía, este
cerro estaba abrazado por dos fosos naturales, los cauces del Genil y del
arroyo de Priego. A la clara luz de la mañana recién levantada destaca la
silueta desdentada de un castillo y la mole poderosa de una iglesia. El
pueblo, blanco y ocre, al amparo de un tajo o escalón que la peña hace, se
ha tendido a la solana, como el lagarto viejo.
Vueltos a la carretera nacional, no han transcurrido cinco minutos cuando
llegamos a RUTE. Tres kilómetros al Norte está Rute el Viejo, castillo grande
del que restan dos torres y un campo sembrado de cerámica con alguna que
otra cavada de buscador de tesoros o de hormigas de ala.
De Rute salen veintitrés kilómetros de carretera amarilla de tercer orden
que lleva a Priego. El viajero gusta de combinar la inspección de
monumentos con paseos por el campo, por el gusto del paisaje, del aire puro
de la sierra, de las jaras del monte, lo que solamente puede alcanzarse
aventurándose por carreteras modestas, lo que los inglesesllaman leisure drive
que en España no se lleva mucho. La carretera amarilla lo llevó a
CARCABUEY, en plena sierra. Hay un extenso castillo árabe en ruinas en el
que se ha levantado la ermita de la patrona, imaginativamente advocada
Virgen del Castillo. En un aposento de esta fortaleza se ahorcó de una viga,
en 1284, el alcaide don Pero Nuño Tello, por eludir la convocatoria real que
lo llamaba a la corte a rendir pleitesía al rey don Sancho. El honrado
castellano no podía perdonar a Sancho que se hubiese rebelado contra su
padre y hubiese intentado arrebatarle el trono.
El pueblo es poco, algo más de cuatro mil habitantes alegres y sencillos
que por Pascuas de Resurrección celebran las chuflas y máscaras de los moraos y
por agosto, en la Virgen de la Aurora, corren por las calles una vaquilla El toro
de la cuerda. El viajero adora las fiestas populares de nuestro agro,
especialmente ahora en que se han perdido algunas entrañables costumbres: en
unos pueblos decapitaban gallos, en otros despeñaban cabras desde el
campanario, en otros destripaban vacas con excavadora.
Siguiendo unos kilómetros por la carretera A 339 se llega a…
 
 
PRIEGO
 
La capital del barroco cordobés, Priego tiene iglesias suficientes para
alhajar cinco ciudades. Se nota que en el siglo XVIII corrió el dinero debido a
la floreciente industria textil. Todavía resonaban sus fragorosos telares en la
Guerra Civil cuando al joven padre del autor, de soldado, lo mandaba allí la
superioridad para recoger tela caqui, el color de moda aquellos tres años, y él
procuraba confraternizar con la población civil, pues le gustaba más noviear
que pegar tiros.
Priego es parada obligada para contemplar la espléndida portada de
mármol de la iglesia de San Francisco y la capilla del Sagrario en la iglesia de la
Asunción, exuberancia rococó que lo deja a uno boquiabierto. El viajero paseó
por la calle Río admirando sus casas señoriales de espléndida rejería en una de
las cuales nació don Niceto Alcalá Zamora, el primer presidente de la
República Española. Todavía se conserva el incómodo sofá donde falleció don
Niceto, en Buenos Aires, en 1949. También su cuna de hierro. Priego ha
destacado siempre por su rejería. No hay más que darse una vuelta por el
pueblo para admirar muy bellas obras, incluso en ventanas de casas modestas
que no se pueden permitir otra belleza.
En los altos de Priego está el castillo de los Medinaceli, renacentista, de
planta cuadrada, con robusta torre del homenaje. El viajero aparcó en la plaza
del castillo, sembrada de desperdicios y plásticos que había dejado un
mercadillo matinal, y admiró la perspectiva de tejados y tejadillos que cubre la
iglesia del barrio de la Villa. Luego aplacó su sed en la fuente de la plazuela y
se aventuró por las callejas del barrio alto, por la Calle Jazmines, angosta y
blanca, con las fachadas adornadas de macetas, por la plazuela de San Antonio
y por la de Santa Ana. El Barrio Alto, con sus empedradas callejas retorcidas es
una especie de barrio de Santa Cruz sevillano, más modesto y pueblerino, pero
también más auténtico, puro y verdadero. El viajero se retrató en el mirador
del Adarve desde el que se disfruta de una panorámica de olivares y cerros
grises. Luego descendió otra vez al llano y fue a ver la Fuente del Rey, alegría
del agua, con más de cien caños.
Desde Priego el viajero remontó la A 333 y luego tomó la N 432 que sale a
la izquierda hasta LUQUE, desmoronadas ruinas de un hermoso castillo
roquero cuya entrada es posible que se hiciera por mina subterránea. David
Roberts lo dibujó, con exageraciones románticas, torre fuerte, sólidas murallas
de mampostería sobre la cresta de roca. Por cierto, que hay dos blocaos de la
guerra a cada lado de la carretera. Luego, en una parada fisiológica, el viajero
escuchó cantar a un pastor que había debido leer a Machado:
 
Tres veces dormí contigo
tres veces infiel me fuiste,
morena, conmigo mismo.
 
Es que, digan lo que digan, don Antonio dejó muchas frases en el acervo
popular, que es lo que cuenta. ¿Alguien que no sea el académico Paco Rico,
recuerda dos líneas seguidas, de nuestro exquisito y premio nobel J. R.
Jiménez?
Desde Luque, por carretera local, breve y serpenteante, se llega a
ZUHEROS, cauce hondo del río Bailón. El antiguo castillo árabe encaramado
sobre peñas cortadas fue pulido en el Renacimiento pero el pueblo blanco
conserva su pureza antigua, con sus callejas retorcidas. En árabe Zahara es «la
peña».
Hay una iglesia interesante, la de los Remedios, del siglo XVII, y cerca del
pueblo unas pinturas rupestres en la Cueva de los Murciélagos.
Después de Zuheros, a pocos kilómetros, DOÑA MENCÍA, la Villalegre
donde transcurre la novela de Valera Juanita la Larga. El viajero nunca deja de
visitar los pueblos con nombre de mujer, con mayor razón si el nombre es
sonoro y antiguo, como es el presente caso. Hay que imaginarse a doña Mencía,
dama medieval, menudita, tirando a rubia, ancheta de caderas, los pechicos
menudos y prietos como manzanas, la frente despejada, los labios gordezuelos,
los ojos pícaros, las manos cálidas y hospitalarias, hechas a empuñar la rueca o
lo que haga falta. Doña Mencía era la esposa de un adelantado de la frontera
que conquistó y heredó estas tierras en tiempos de Fernando III. El lector ya
debe estar saciado de castillos, no sé si decir que aquí hay uno rectangular con
mediana torre del homenaje.
La parada siguiente fue BAENA, la patria de Kassim ben Asgab, geógrafo
musulmán, y del polígrafo José Amador de los Ríos. Es pueblo agrícola de
cereal, olivo y algo de huerta en las márgenes del humilde río Marbella donde
veranean los lugareños tan ricamente, sin paparazzis que los molesten, sin
ajetreo social, sin pelmas, sin Puerto Banús.
En Baena hay un Polo de Desarrollo y una casa de la cultura instalada en el
antiguo Pósito. En Baena se encontraron un famoso león ibérico y una cruz
visigótica no menos famosa del Museo Arqueológico Nacional. Lo que no se
pudieron llevar a Madrid es la Casa del Monte, bello edificio civil del siglo XVIII
en la plaza del pueblo, ni el hermoso retablo italiano de la iglesia de la Madre de
Dios ni el artesonado mudéjar de la de Guadalupe, ni el convento de San
Francisco. Hay además un piadoso Museo de Semana Santa.
En el barrio alto, que se llama la Almedina, están las ruinas de castillo y
retacillos del antiguo recinto murado con su Puerta del Arco Oscuro, nombre
hermoso. En Baena este cronista almorzó revoltillo de habas con jamón y
cebolla y un dulce de almendra humildemente llamado panecillo de cortijo.
En Semana Santa se forman dos bandos: los judíos coliblancos, hermanos del
Santo Sepulcro, y los judíos colinegros hermano de Jesús Nazareno, según el color
de las crines que los tambores lucen en el casco.
De Baena a Castro del Río sólo media un paseo por la nacional 432, entre
olivares, viñedos y alguna que otra huerta.
CASTRO DEL RÍO es un cerro en cuya cumbre blanquea el barrio de la
Villa, la antigua alcazaba. Todavía conserva el aspecto que tuvo hace cincuenta
años, con sus casitas humildes y limpias. Al pie del cerro describe su curva de
herradura el Guadajoz, el río del pan árabe, así llamado por los muchos molinos
que movían sus inquietas aguas. De esto y del recinto murado con cuarenta
torreones queda poco más que el recuerdo, una puerta de Martos y un castillo
cuadrado algo deteriorado. Más suerte han tenido el Puente Viejo, con sus
fundamentos romanos, la iglesia de la Asunción, hermosa portada plateresca,
tres naves sobre arcos apuntados, y algunas casas solariegas. En una de ellas, la
de los Mendoza, se cuenta que estuvo presa la duquesa de Éboli, atractiva tuerta
que ha pasado a la historia como amante de Felipe II. No es seguro que lo fuera,
lo que parece más probable es que se volviera golosa en el forzoso encierro, si
es que antes no lo era, y me la imagino aliviando su prisión con huevos fritos, un
dulce local de recio paladar hecho de bizcocho con centro de flan.
En la casa consistorial de Castro del Río se dice que sufrió prisiónCervantes. A lo mejor por eso ha resultado ser pueblo proclive al arte en sus
más variadas manifestaciones. Cecilia Böhl de Faber ambientó aquí algunos
cuentos. Un pintor local de renombre internacional pintaba cuadros con la
boca. Por Semana Santa se hacen gentes para escuchar el pregón cantado por
Pilatos y las saetas samaritanas.
El pueblo siguiente se llama ESPEJO, del latín specula, que quiere decir
atalaya porque está sobre un cerro desde el que se dominan otros seis pueblos
de la comarca. Los moros le decían Alcalá. El barrio viejo se llama
Barrionuevo. Las salinas se llaman Duernas.
En la cumbre Espejo están la iglesia y el castillo. Bajando la cuesta se
extienden el pueblo blanco, los olivares y las tierras de pan.
El viajero visitó el castillo, residencia de la duquesa de Osuna, y admiró sus
fuertes muros almenados, sus graciosas ventanas con columnita parteluz y
hasta el azulejo del Sagrado Corazón que hay sobre su entrada. En la placita
que hay delante del castillo una perra legañosa se veía asediada por cinco o seis
pretendientes, de distintos portes y hechuras, todos salidos y queriendo
enguilarla.
—¡Hay que ver los líos que traen las hembras! —comentó un viejo
motorista que acertó a pasar, tocado de casco reglamentario del año de la polca
y azadón laborioso en el portaequipajes.
El viajero, como no tiene vocación de cronista de sociedad, no se quedó a
ver en qué acababa el galanteo cánido. Prefirió visitar las dos iglesias del
pueblo: San Bartolomé, gótica, con buen artesonado en la nave principal; y la
de San Miguel, de planta octogonal, que si no fuera dieciochesca se la
achacarían a los templarios.
Es menester que se vaya hablando de la repostería mudéjar. El viajero cató
el cuajado, dulce de tocino, huevo y almendra y lo tuvo por venturoso maridaje
de lo cristiano y lo morisco. Ya se había hecho de noche, y el viajero volvió
para dormir a Córdoba, lejana y sola.
 
 
VINO CON MANTECADOS ENTRE CÓRDOBA
Y SEVILLA
 
Hoy, veintitantos de noviembre, rodamos por la autovía Granada-Sevilla en
dirección a la baja campiña cordobesa, la suave penillanura, dominio de la vid y
de sus fieles colegas mediterráneos, el olivo y el trigo. Es temprano, que los
camiones que se nos cruzan camino del mercado de Granada aún llevan
encendidas las luces, aunque ya clarea lo suficiente como para ir leyéndoles los
inspiradas viseras: «El pan de mis siete hijos», «Mi Vannessa (sic) y mi
Cleopatra-María»...
Los pueblos que hoy vamos a visitar son grandes y ricos, lo que se refleja
en sus excelentes ajuares monumentales, en sus casas y palacios y en el
reposado vivir de sus gentes. Es la zona de la denominación de Origen
Montilla-Moriles, vinos meritorios aunque todavía menos valorados de lo que
merecen.
El primer pueblo del recorrido es ESTEPA, la ciudad de los mantecados y
de los famosos bandoleros. En estas fechas cercanas a la Navidad las fábricas
de dulces trabajan a todo trapo y el pueblo huele que alimenta a horno y a
delicia repostera. Estepa tiene larga la historia y flaca la memoria. Los romanos
la arrasaron por insumisa y rebelde, pero después, como estaba rodeada de
feraces campos y el viento dominante la refrescaba en verano, se apiadaron de
ella y la rehabilitaron e incluso le dieron lustre imperial.
El viajero ascendió en coche a la parte alta del pueblo, encaramada en el
cerro de san Cristóbal, donde están el castillo y la iglesia de Santa María de la
Asunción, y contempló el paisaje de la campiña y la sierra. Luego fue bajando
cuestas y callejeó por la plaza de la Victoria y Santa Ana y por la calle
Hornillos admirando palacios, conventos, casas burguesas decimonónicas,
airosas torres barrocas. El palacio del marqués de Cerverales tiene sirenitas en
la fachada y un mirador barroco. Se quedó pasmado ante una admirable obra
de forja, esquina de la calle de la Amargura.
El primero de mayo, Estepa celebra romería de carrozas al manantial de la
Roya, cosa digna de ver.
Siguiendo unos kilómetros por la autovía el viajero llegó a OSUNA y,
después de desayunar un mollete untado de ajo y regado de fabuloso aceite de
oliva local, se dispuso a visitar esta ciudad ilustre y antigua, que en su día fue
universidad. Osuna ha sido bastante esquilmada por el tiempo, pero el que
tuvo, retuvo. Esta ciudad tiene raíces tartésicas, turdetanas y cartaginesas.
Escipión y Pompeyo establecieron en ella sus campamentos. César la
engrandeció haciéndola centro administrativo y otorgándole ceca.
En Osuna es ineludible visitar los dos monumentos platerescos levantados
por el magnate Juan Téllez de Girón: la colegiata (1531) y la universidad
(1548). Tanta magnificencia tiene su explicación. El señorío del Osuna, que
Felipe II hizo ducado, acumulaba una de las mayores fortunas del país, además
de veinte grandezas de España. Once duques sucesivos acrecentaron riqueza y
rentas para que el duodécimo, don Mariano Téllez Girón, rompiera la tradición
y acabara con todo. Don Mariano salió señorito y derrochón. Siendo
embajador en Moscú, observó que, después de los brindis más solemnes, sus
amiguetes estrellaban las copas contra el suelo. Al regreso a España se hizo
famoso porque daba banquetes multitudinarios al final de los cuales era
costumbre destrozar la vajilla de Sévres en la que se habían servido. Don
Mariano falleció en 1882, a los sesenta y ocho años de edad. Cuando sus
deudos echaron cuentas encontraron que sólo heredaban deudas. Más de
cuarenta millones de pesetas. Lo lloraron poco.
La colegiata de Osuna es un bellísimo templo renacentista sobre un
altozano. Al visitante admiró, entre otras obras de arte, algunos cuadros de
Ribera; el panteón de los duques y la capilla del Santo Sepulcro, cuyo retablo es
obra de mucho mérito y contemplación.
También visitó la colección arqueológica de la torre del Agua, en la plaza
de la Duquesa, donde admiró obras destacadas ibéricas y romanas y el
convento de la Encarnación, con su bellísimo zócalo de cerámica en el patio
de la iglesia barroca.
Antes de abandonar el pueblo, el viajero fue a las afueras por ver las
antiguas canteras del Coto que no son menos pasmosas que las cuevas de
Nerja, salvando las distancias. El Coto es una antigua explotación de dorada
piedra arenisca que, desdeñando los estratos superficiales, ha ido ahondando
en la montaña, dejando tan sólo una serie de macizos pilares que sostienen la
techumbre. El efecto es como el de una ciclópea catedral subterránea que los
peliculeros aprovecharon recientemente para rodar episodios de la serie Juego de
Tronos.
El viajero regresó a la carretera, y volvió sobre sus rodadas hasta Estepa
para torcer a la izquierda, por la N 318 que lleva a Herrera y sigue a PUENTE
GENIL, el pueblo de la carne de membrillo, cotidiano postre de Comidas El
Plata, guinda dulce en el precario almuerzo de indigentes estudiantes
universitarios y empleadillos, en Granada, allá por los turbios y amables años
sesenta/setenta. En Puente Genil (el puente es nada menos que de Hernán
Ruiz) el viajero adquirió una lata de dulce de membrillo y degustó in situ la
armónica portada de la iglesia de la Concepción. Luego siguió viaje hasta
Lucena.
LUCENA, luminosa y sabia, la de los vinos, tinajas y velones de bronce, la
ciudad de los judíos que en la Edad Media brilló por sus científicos, sus
médicos y sus poetas hasta que el integrismo islámico de los almohades arrasó
con todo. Cerca de aquí se celebró la batalla de Lucena en la que Boabdil,
último rey de Granada, fue derrotado y preso. Por cierto, que su primer
encierro fue la Torre del Moral, en Lucena.
En la plaza del pueblo están el Ayuntamiento y la iglesia de San Mateo,
simple y lineal, escuetamente decorada. Parece que todo el adorno se gastó en
la capilla barroca del Sagrario. El viajero escribe de oídas dado que encontró la
iglesia cerrada como casi todas las de nuestros pueblos. Es lo que trae la
escasez de clero y la crisis de vocaciones.
—Es que había que abolir el celibato clerical y permitir la ordenación de
mujeres —opinó un culto ciudadano al que el viajeropreguntó por el camino
del santuario de la Virgen.
El santuario de la Virgen de Araceli, patrona de la sierra de Aras, está en la
cumbre de un cerro bravío, balcón panorámico sobre las tierras y las sierras del
contorno. Al visitante le llamaron la atención la bellísima reja que cierra el
camarín, barroco desatado, de la Patrona y las pilas del agua bendita, dos
enormes conchas marinas en cuyas orlas aparece la inscripción: Procedente del
archipiélago filipino, se colocó siendo capellán Francisco Reina, en 1893. Por poquito.
Cinco años más tarde no hubiéramos podido traérnosla.
 
 
CABRA
 
Cabra, fértil valle ceñido por la sierra de Cabra y bañado por el río de
Cabra, es pueblo noble y antiguo, de reposadas arquitecturas, un pueblo
señorial con cuidados jardines y palmeras. En tiempos de Roma fue una de las
mejores ciudades de la Bética y se llamaba Igabrum que significa cabra montés,
por eso sus naturales se llaman hoy egabrenses. El viajero, que vio la luz en
Arjona, es urgavonense, por Urgabo, el nombre romano de Arjona, aunque
también se deje llamar arjonero. Por junio Cabra celebra la romería de la
Virgen de la Sierra, gran concentración de gitanos que peregrinan desde muy
distantes lugares.
Cabra es pueblo natal de Cayetano Muriel, el niño de Cabra, del ministro
franquista José Solís —el que quiso quitar el latín del bachillerato y le dijeron
que gracias al latín él era un egabrense— y de Juan Valera, el novelista de Pepita
Jiménez. En una placita tiene un medallón de bronce con el retrato de Rubén
Darío, príncipe del verso castellano.
Es Cabra cabeza de partido, tiene Centro Filarmónico, emisora propia, un
hermoso parque con monumento a Juan Valera y un bar, el Botinero, cuya
bodega está mejor surtida que las de muchos restaurantes de postín de
capitales de provincias. A todos estos lustres habría que sumar el de un famoso
instituto-colegio fundado en 1610 para alumnos pobres y virtuosos. Allí
estudiaron Alcalá Galiano, el héroe de Trafalgar, Juan Valera y Niceto Alcalá
Zamora, el presidente de la República. Un refrán sobrado de mala uva asevera:
«Bachiller por Cabra y abogao por Graná, lo mismo que ná». El prócer titular
del instituto está delante de la fachada, en busto de piedra blanca. Los
colegiales le han dibujado una cruz gamada sobre el pecho.
El que quiera monumentos debe visitar la iglesia de la Asunción, templo
grande, con cinco naves y pretensiones de catedral. La sillería del coro consta
de treinta y tres asientos de nogal tallados con relieves alusivos a los mártires
del pueblo. En la Plaza Vieja quedan vestigios del castillo. El viajero subió a un
adarve, y se asomó a las almenas a ver si el enemigo saqueaba las huertas.
Es tradición que el rey Boabdil también padeció prisión en Cabra. El
viajero va notando que en casi todos los pueblos que visita le cuentan lo
mismo, incluido Porcuna, provincia de Jaén. Estaría el desventurado rey chico
más paseado que turronero de feria.
El viajero deambuló por las calles empinadas, angostas y empedradas de la
Villa Vieja, barrio antiguo y popular y pasó por la puerta de una taberna donde
un grupo de felices parroquianos enfundados en pellizas le daba al naipe, al
morapio y a las labores de la Tabacalera o de contrabando mientras el televisor,
encaramado en su púlpito rinconero, emitía imágenes de un baile por sevillanas
y más arriba la capa de ozono se iba a la mierda, y el que venga detrás que
arree. Luego el visitante fue bajando al llano, donde viven los labradores
acomodados, y curioseó por las casas principales, la del bachiller León, la natal
de don Juan Valera, el palacio de los condes de Cabra. Como iba siendo hora
de almorzar, preguntó por una casa de comidas que fuera de confianza y lo
encaminaron al Hostal San José, residencia de la Iglesia y casa de ejercicios
espirituales, donde comió bien y barato.
El viajero regresó a la reciente autovía A 45, camino de Aguilar y fue
viendo menos olivos y más vides.
AGUILAR no tiene castillo porque los habitantes lo demolieron piedra
a piedra en 1820, cuando el levantamiento liberal, y construyeron con sus
mampuestos la iglesia del Hospital. En el solar, hoy Llano del Castillo, se
celebran las ferias, juegan los niños y pasean los mozos ojeando en edad de
emparejarse. El viajero aparcó en la cuesta que sube a la iglesia de Santa
María del Soterraño, obra gótica de mérito con decoración barroca y
dieciochesca, donde la velilla cuesta 30 céntimos, y el velón, eurito y medio.
Conmueve la buena voluntad que el tallista del coro y el decorador de las
capillas pusieron en su trabajo a falta de mejores cualidades. A los amantes
del kitsch se les recomienda la deliciosa Santa Cena en relieve, tamaño
natural y bulto casi exento.
El visitante remoloneó recorriendo las fachadas decimonónicas en las
calles Moralejo, Carrera y Arrabal e imaginando la vida menuda, con sus
altibajos, sus amores y sus odios, que habrá discurrido detrás de esas ventanas.
Luego subió a la parte más alta del pueblo, donde hay dos obras civiles de gran
mérito: la torre barroca del reloj, exenta, de ladrillo, barroca, preciosa, con
chapitel de azulejería, construida en 1774 para dotar a la villa de un reloj
público, y la plaza octogonal de San José terminada en 1810, el conjunto
urbano más armónico de Andalucía. Hay varios azulejos. Uno reza: En esta
antigua y muy famosa taberna de el Tuta, en el año de 1981, Vicente Núñez escribió su
«Ocaso en Poley»; otro: Aguilar de la Frontera a los insignes poetas y artistas que acuden
atraídos al mágico recinto de esta plaza ochavada con un solo afán de luz y armonía. La
plaza ochavada es hoy aparcamiento. En las bodegas Toro Albalá, el viajero
degustó un Pedro Ximénez muy notable y un fino exquisito.
El viajero dejó para otra ocasión una excursión a la cercana laguna de
Zóñar, el paraíso de aves acuáticas, somormujos, patos reales, patos-
cuchara, también refugio propicio del pato malvasía —no sabemos si el
autóctono o el invasor jamaicano—, y de los porrones moñudos.
MONTILLA, grande, industrial, con su popular barrio de la Escuchuela
casi intacto y sus deliciosos hojaldres en la confitería Cayma de la Avenida de
Andalucía. Tiene además cinco iglesias notables, una torre de Santiago bella
como una moza, el palacio de Medinacelli, el Ayuntamiento y la Tercia.
Las bodegas de Montilla crían unos caldos hondos, filosóficos, senequistas.
Otros vinos sueltan la lengua, el montilla suelta el pensamiento. Se cuenta que
dos viejos amigos solían tomar el vino en una bodega. Una tarde se sentaron
en la mesa acostumbrada con el vaso delante y así estuvieron, un sorbito de
vez en cuando, sin cambiar palabra. Al cabo de dos horas habló uno:
—Hay que ver lo bien que se está hablando poco.
Nuevo silencio. Al cabo de otras dos horas, habla el otro:
—Sí, pero mejor se está no hablando ná.
De Montilla a MONTEMAYOR sólo hay un paseo. Está Montemayor
en un cerro suave rodeado de viñedos amarillentos y olivares verde oscuro.
El pueblo tiene un castillo, bajomedieval, bien conservado, incluso habitado,
y la Iglesia de la Asunción donde hay un buen retablo y una antiquísima
cripta transformada en museo arqueológico de Ilía.
El viajero se enamoró de la bella torre barroca de la iglesia, decorada con
esculpidos medallones de santos y evangelistas. Lo único que desentona en la
placita es una fuente de los leones de la Alhambra, en piedra artificial color
cemento. El viajero lamenta mucho que los ediles de estos ayuntamientos no
estén mejor asesorados en cuestiones de gusto. Cualquier viejo pilón de piedra
de los que andan arrumbados entre los escombros de los corrales, con un
humilde chorrito de agua que salga de caño de bronce sería preferible a este
pastiche. También sería de agradecer que se atajara la perniciosa moda de
alicatar las fachadas con azulejos de cuarto de baño y cocina.
Esta carretera atravesando viñedos es una delicia en otoño, cuando las
hojas amarillean en distintos tonos y por doquier se elevan al aire las nubecillas
blancas de las quemas de sarmientos.
La tarde vaya de vencida cuando llegamos a FERNÁN NÚÑEZ, iglesia
de Santa Marina, barroca, del XVIII, y notable Palacio Ducal. El paseo
nocturno lo daremos de nuevo en Córdoba, que está ya a dos pasos, antes de
irnos a dormir en lugar propicio para que nos despierten los acordes de
guitarra del reloj de la plaza de las Tendillas.
 
 
 
CÁDIZ
Juan Eslava Galán
CÁDIZ Y LOS PUEBLOS DEL VINO
 
La urbe más antigua de Occidente, Cádiz, la columna de Hércules, el non
plus ultra, es una bellísima ciudad del siglo XVIII que parece anclada en
medio de su bahía. Al principio de sus tiempos, Cádiz era una islita doble
enfrente de la costa, un asentamiento comercial fenicio bien comunicado y
fácil de defender, una estación en las navegaciones de cabotaje púnicas
camino de los metales de Huelva y del secreto Atlántico.
Después de los fenicios, Cádiz sedujo a Roma con sus procaces puellae
gaditanae, alegres putitas duchas en las artes del entertaining romano. Luego
vinieron Cádiz sucesivas, la de los desembarcos musulmanes, la del comercio
con las Indias, la que saquearon los ingleses, la del comercio americano que
huele a especias, a canela y a palosanto, la Cádiz ilustrada de las Cortes y la de
hoy vívida y comercial, vagamente decadente, muy carnavalera, que suma y
sigue las anteriores y las deja ver por los múltiples desconchones de su alegre y
desgarrada casaca.
El viajero, que ha recorrido Cádiz otras veces, tiene ya entregado el
corazón antes de traspasar las recias murallas por la Puerta de Tierra. Es una
ciudad entre dos mares, tan aérea como marinera; ciudad entre dos
continentes, tan americana como europea y africana; ciudad entre dos
elementos, entre la tierra y el mar, tan eólica que en ella contienden el levante y
el poniente, ciudad salada, salada claridad, —le llamó Manuel Machado—, pero
su mismo blancor es de azúcar, de pan de azúcar caribeño, en el desenfado de
sus gentes en lo apacible de su vivir, ciudad que sólo se pertenece a sí misma,
tacita de plata, blanca acuarela con veladuras de color, Cádiz reposada, honda y
escéptica, Cádiz del vino y del flamenco, del duende, del quejío, de los cabales,
del sentido común, Cádiz de vuelta de todo, salvo de las chirigotas, hasta el
punto que últimamente han elevado a un compositor de ellas a la categoría de
alcalde.
El viajero es animal de costumbres y ha hecho de su visita a Cádiz una
ceremonia precisa que repite con pocas variaciones un par de veces al año. A
Cádiz, como a Venecia, que tiene vocación de isla, es mejor llegar por mar, en
barco humilde con bancos de listones y brisa marinera. En el Puerto de Santa
María, junto a la Plaza de las Galeras Reales, donde está la fuente que surtía de
aguada a los galeones antiguos, está el embarcadero de donde salía cada dos
horas el vaporcito del Puerto, la vetusta motonave «Adriano IV» que cruzaba las
tranquilas aguas de la bahía. Ahora lo hace un oficioso y veloz catamarán.
Rafael Alberti, marinero en tierra solicitó en su testamento que sus cenizas
mortales se arrojaran a la bahía desde este vapor.
Desembarca el viajero en Cádiz en el rincón del puerto frente a la excesiva
Plaza de Sevilla y va dando un paseo hasta los jardines de Canalejas. A la
derecha queda la plaza de San Juan de Dios, con su elegante ayuntamiento
neoclásico, frontón de templo griego y balconada ex profeso para que los
gobernantes saluden al pueblo que aclama con su mijita de guasa, harto de
verlos pasar desde el fondo de los siglos porque en esta ciudad vieja algunos
analfabetos saben más que muchos doctores. Hay en el Ayuntamiento un reloj
que da las horas y los cuartos al compás de El amor brujo. Al visitante le llama la
atención la policromía suave de las fachadas pintadas en tonos rosa, celestes y
ocres.
La calle Pelota va a desembocar en la plaza de la Catedral. El templo mayor
gaditano es obra del siglo dieciocho y aun del diecinueve, algo inspirada en la
de Granada pero en neoclásico depurado de excesos barrocos. Su cúpula de
azulejo dorado recuerda las obras de la lejana Bizancio o las de la más cercana
Italia. Aquí está sepultado Manuel de Falla, hijo predilecto de la ciudad, y tan
genial como la madre.
El viajero después de visitar la catedral prosigue su paseo por la calle
Compañía, así nombrada por una casa de jesuitas, y penetra en la iglesia
ignaciana-tridentina, teatro a lo divino, una sola nave, púlpito italiano de
mármol taraceado, para admirar los palcos celados con espesos cortinajes
carmesí y decorados al gusto rococó. La calle se estrecha bulliciosa y comercial
hasta la Plaza de las Flores, tan animada y alegre, con sus quioscos de flores y
un par de cafeterías de tono popular. Entrando en la plaza, a la izquierda, hay
una freiduría donde puede degustarse un papelón de pescaíto frito (dicho sea
de paso: este dificilísimo plato sencillo se prepara en Cádiz mejor que en otros
sitios). Allí al lado está el mercado de abastos rectangular y bullicioso como un
campamento romano. No es mala idea la de dar un despacioso paseo
fingiendo ser inspector de consumos para observar los raros peces expuestos y
el ajetreo de las gentes, su trato y su gracia.
Más animado que el mercado de Cádiz solo se conoce el carnaval de lo
mismo, la segunda o tercera semana de febrero. A muchos observadores les
parece que en tiempo de carnavales la chocarrería y la cutrez señorean la
ciudad. A otros, por el contrario, los carnavales les encantan. Hay gente pa tó,
como dijo «El Gallo», torero, cuando supo que Ortega y Gasset era pensador
de oficio. La esencia del carnaval son sus coplillas que propenden al critiqueo
de la actualidad o la autocomplacencia y provinciana exaltación de los valores
eternos del lugar y sus gentes.
Las festivas agrupaciones carnavalescas gaditanas son de cuatro clases:
coro, unas treinta personas, con guitarra y bandurria; comparsa, unas quince
personas, con guitarra, caja y bombo; chirigota, unas diez personas, con el pito
de carnaval, y cuarteto, cuatro personas con pitos de caña. El coro es el piropo; la
comparsa, el sentimiento; la chirigota, la gracia y el cuarteto, lo cómico.
Después del curiosear por el mercado, el viajero suele cambiar de rumbo y
callejeando por calles estrechas y rectas asomándose de vez en cuando a ver un
patinillo interior acristalado. Abundan las casas del siglo XIX, armónicas
fachadas balconadas, puertas y contrapuertas de caoba, de la que llegaba en los
barcos de Indias haciendo lastre.
La plaza de Mina es un lugar apacible donde las palomas zurean, las
parejas jóvenes dominguean, los ancianos toman el sol y los jovenzuelos
molestan con el monopatín o el balón, cuando no están chateando con el
móvil.
Es muy aconsejable visitar, en el vecino Museo Arqueológico y de Bellas
Artes, los sepulcros antropomorfos fenicios descubiertos en el subsuelo de
Cádiz, así como otras notables piezas que han ido alumbrando las honduras de
la ciudad. Después no es malo seguir el paseo por el barrio de la Viña. Todavía
se podría visitar alguna iglesia, la misteriosa Santa Cueva, con sus Goyas, el
oratorio de San Felipe Neri o el castillo de San Sebastián, o los palacetes
barrocos del barrio de Santa María reconvertidos en casas de vecinos tras la
decadencia del comercio indiano, pero el visitante, como es asiduo, se permite
aplazar cosas para otra visita y aviva el paso para llegar al muelle a tiempo de
tomar el catamarán de vuelta a Puerto de Santa María porque quiere comer
marisco y pescaíto, gambas, langostinos, almejas, calamares, chipirones, choco
frito, puntillitas, huevas, en la prosaicamente denominada Ribera del Marisco, por
los cocederos y freidurías instalados al otro lado del Guadalete, jardines por
medio.
El PUERTO DE SANTA MARíA, el pueblo de Rafael Alberti, plaza de
toros famosa, penal del que se fugó El Lute y donde el president Companys
aprendió a cantar por soleares, desembocadura del Guadalete, meca de
neogourmets, pueblo blanco de calles rectas y casas señoriales con grandes
balcones protegidos por grises tejaroces. Como el lector sabe, Alfonso X
compuso allí algunasde sus cantigas, dedicadas precisamente a Santa María.
El viajero almorzó marisco, anda que no, y dio un paseo digestivo hasta la
iglesia prioral, gótica tardía, donde hay una panoplia de espingardas y sables
moriscos «tomados al enemigo en Marruecos, en 1860» y una cruz de madera
llevada en la Santa Misión de los padres franciscanos, año 1951. Regresando al
muelle, el viajero hizo escala en el castillo de San Marcos, mudéjar con su
corazón de mezquita y unos muros pintados de cenefas góticas hace cincuenta
años. Hay lápidas memoriales a Cristóbal Colón vecino del pueblo y una
cabeza de bronce de Juan de la Cosa, marino y cartógrafo. No sé si mencionar
el bello y reciente azulejo que reproduce el famoso primer mapa americano de
Juan de la Cosa, porque me temo que cuando estas palabras se impriman ya
habrá pasado a mejor vida.
Del Puerto a Sanlúcar va una carretera recta entre viñedos y lisas
sementeras dejando a la derecha, a lo lejos, la cintita de ladrillo rojo con cúpula
central de la nueva y espaciosa prisión Puerto de Santa María Dos, que creo
que ya no se llama prisión sino centro de detención penitenciaria o algo así. Y el
recreo en los centros escolares será, muy pronto, segmento lúdico.
SANLÚCAR DE BARRAMEDA es un pueblo que ha nacido de pie, en la
desembocadura del Guadalquivir, frente al coto de Doñana, en aguas
procelosas que guardan tesoros de pecios y langostinos, al cabo de campos
maternales aluvión negro y albarizas blancas, corazón de manzanilla entre
cuyas buenas gentes no es infrecuente toparse con andaluces orientales. El
viajero callejeó por el Barrio Alto, bodegas de Barbadillo, castillo de San
Diego, en cuyo patio la guardesa María criaba un viejo cuervo que imitaba la
voz del ama llamando a sus hijos: «¡Rosa, Rosa!, ¡qué dolor de él!», la piadosa
exclamación de la señora ante la cautividad del pajarraco.
Luego visitó la parroquia de Santa María de la O, pequeña catedral gótico-
mudéjar, increíble hacinamiento de estilos y obras de arte en un joyel precioso.
Saliendo del templo, el viajero se detuvo a contemplar la ventana manuelina
que decora la adusta fachada del Palacio Ducal morada antaño de la Duquesa
de Medina Sidonia sin cuyo archivo, celosamente custodiado por la atípica
aristócrata, no podría escribirse la historia andaluza e incluso la española.
Bajando ya la cuesta que va al Barrio Bajo se pasa ante el capricho
neomudéjar del palacio de los Duques de Orleans y Borbón, hoy
Ayuntamiento, y ya en la cuesta de Belén, frente a los extraños dragones
góticos de las Covachas. De mañana esta calle bulle con la animación del
mercado de abastos. Por aquí se sale a la Plaza del Cabildo, hermoso espacio
donde las palmeras conviven con las buganvillas, ágora, senado y mentidero,
ateneo popular, recomendable heladería, bares y tabernas. El viajero callejeó
con placer por la Bolsa y la Trasbolsa admirando muy bellas fachadas de casas
decimonónicas e incluso anteriores.
A la hora del aperitivo nuestro viajero se instaló en una terraza del Bajo de
Guía, rumorosa desembocadura del Guadalquivir, contemplando Doñana al
otro lado del río y tomó langostinos y media botella de manzanilla recién
vertida del tonel, enfriada por serpentín. La manzanilla es tan fiel a su patria
que cuando la apartas tres leguas ya comienza a ser otra cosa.
Amaneció otro día y el desaprensivo turista desayunó una tostada de pan
de Las Cabezas generosamente untada de manteca de lomo mientras hojeaba
el periódico y se enteraba algo de cómo va el mundo. Luego hizo una
excursión a CHIPIONA, la patria de Rocío Jurado, playa dos veces buena (por
lo breve), faro famoso desde 1867 y santuario de la Virgen de Regla, moderno,
neogótico, a la orillita del mar. Un templo antiguo a la vera de una milenaria
higuera y de una fuente santa, donde levantaron altar los fenicios y quizá otros
navegantes sin nombre más antiguos aún. Y qué bueno el vino de la
descuidada y deliciosa bodega El Castillito.
El resto del día fue JEREZ, la ciudad de los vinos y los caballos, de Primo
de Rivera y de Lola Flores, de Bertín Osborne, del alcalde Pacheco, de Ruiz-
Mateos y de Dolores la Piriñaca («Cuando canto, la boca me sabe a sangre»). Por no
hablar de las canteras flamencas del barrio de Santiago o el de san Miguel. Es
ciudad, no pueblo, que se sabe importante, que tiene hasta circuito de alta
velocidad.
Los vinos domiciliados en Jerez, aunque no siempre naturales de ella, son:
el amontillado, que liga bien con el jamón de Jabugo; el oloroso; el palo
cortado, recio, oscuro, largo, muy abocado; el fino, que se compenetra con el
marisco y el dulce, que va bien a los postres. El mismo mosto de uva
palomino, criado en Jerez da fino, y en Sanlúcar, manzanilla. Cosas de
desarrollarse en mar o tierra adentro. A los reputados caldos hay que sumar los
deliciosos brandies de la zona.
El viajero aparcó en la plaza del Arenal y husmeó por sus alrededores, por
la catedral, las iglesias, los palacetes, las casas patricias, los parques y alamedas,
pero todo eso, con ser un tesoro, se puede ver en otros lugares. El viajero se
sintió más atraído por lo que no puede verse más que en Jerez: a saber, su
hermosa Cartuja, sus bodegas, su escuela de arte ecuestre.
La Cartuja, monasterio de pasmosa belleza, con estupenda sillería del coro.
Los cartujos, tan suyos, no permitían la entrada a las mujeres (la tentación va
con ellas), ya en los albores del siglo XXI. Ahora lo han heredado monjas
mucho más permisivas, algunas incluso francesas, que no hacen distingos.
Las bodegas pueden visitarse cualquier día, pero el espectáculo de alta
doma en el picadero-coliseo sólo se celebra los jueves y fiestas grandes. Luego
la ciudad ofrece un largo etcétera de atractivos para visitantes de gustos muy
concretos: es capital mayor del cante flamenco y un museo de relojes.
 
 
LOS LLAMADOS PUEBLOS BLANCOS GADITANOS
 
Desde Granada el viajero partió de Sevilla por la A 376 hacia Utrera, y
desde allí hasta el cruce con la 384, torciendo hasta Olvera.
OLVERA, tan hispánica, está en la falda de un peñasco sajado en dos para
servir de podio al castillo y a la iglesia. También hay una discoteca gigante.
Cuando la dura frontera tenía sus avanzadas en estas sierras, la justicia
condonaba el delito de homicidio a cambio de servir al rey en Olvera, lo que
originó el dicho Mata a un hombre y vete a Olvera.
El castillo fue perla de la frontera nazarí, con su poderosa torre del
homenaje, su misterioso subterráneo y su capaz aljibe. La iglesia de la
Encarnación, voluminosa como si le echara un pulso al risco militar, es
neoclásica y decimonónica, amplia y digna, de tres naves, y un poco
destartalada. La construyó el duque de Osuna sin escatimar gastos, con
mármoles italianos en el púlpito y en el altar mayor.
Entre la iglesia y el castillo, entrando por una puerta que se confunde con
las de las casas del entorno, se accede al antiguo cementerio. Uno tiene
observado que en las viejas poblaciones los cementerios están en alto y son tan
bonitos y soleados que da gusto pasear por ellos y conversar acaso con las
viudas que cuidan la tumba del difunto. Como uno de los lugares que parió
abundantes guerrilleros durante la Guerra de la Independencia, Olvera fue
tratada por los franceses con el afecto correspondiente.
El viajero continuó por la N 374 que atraviesa el Puerto de las Cabañas y
luego tomó la desviación local a la izquierda, sin prisas y con pausas,
disfrutando de la sierra. La carretera discurre por parajes montañosos, con
vistas pintorescas, con curvas, e invita a detenerse alguna vez en frondas
frecuentadas por venados, por zonas peñascosas donde creemos entrever la
presencia huidiza de la cabra hispánica, por bosques apretados de encinas,
alcornoques, pinos, incluso insólitos eucaliptos descolocados en estos hermosos
paisajes, pero también por campos de olivar, vides y tierras calmas. Hay
manantiales, arroyos, riachuelos que siempre llevan agua porque en estos
montes llueve mucho y un cielo azul purísimo en el que dibujan su vuelo
coronado los buitres y aveces las águilas.
La aldea de EL GASTOR, otro balcón de Andalucía, la de los famosos
roscos de huevo, la del dolmen llamado Sepulcro del Gigante, está rodeada de
tierras quebradas, con caminos serpenteantes y recodos aptos para emboscada
de trabucos. De cerca de allí era Diego del Gastor, original guitarrista
flamenco, humilde y magnífico que puede verse en Youtube.
El viajero siguió carretera amarilla, generosa de curvas para llegar a
ZAHARA DE LA SIERRA, el enclave turístico de la región, una cresta rocosa
en cuyo escarpe se levanta un castillo nazarí del siglo XIII con impresionante
torre del homenaje, ya cristiana.
El pueblo, blanco y diminuto, está a los pies de la peña, empequeñecido
por tanta naturaleza desmesurada. En este pueblo el patronazgo está repartido
entre San Judas y San Simón. Discurriendo por las calles inmaculadas el viajero
encontró un zapatero remendón que desde el fondo de su covachuela cantaba:
 
En el cielo no hay gobierno.
Que San Juan tenía una novia
y se la quitó San Pedro.
 
Era ya hora de almorzar, y las muchas cuestas sumadas a las emociones
espirituales y a los gozos estéticos habían abierto el apetito del paseante. En un
céntrico bar, acomodado en mesa de formica, a la vera del mostrador de acero,
el forastero dio cuenta de un especiado estofado de carne y un cuartillo de
tintorro que mezcló con gaseosa aprovechando que su tío Pedro no estaba
presente para reprocharle que hiciera de dos cosas buenas una mala.
Hay en Zahara una iglesia de Santa María de la Mesa, del siglo XVIII, en la
que se atesoran obras de orfebrería muy interesantes y meritorias. En los
alrededores está la Garganta Verde, con su ermita, fronda deleitosa para
encontrarse con la naturaleza, como se verá en su lugar.
El viajero regresó a la carretera nacional para visitar ALGODONALES,
en la falda de la sierra de Lijar. Este pueblo destaca por dos productos
naturales y otros dos manufacturados. Los naturales son los espárragos y las
manzanas; los manufacturados, las guitarras y las aceitunas aliñadas. Ya lo dice
la copla:
 
De Ronda los buenos peros,
de Algodonales, manzanas,
de las Indias, los dineros,
de la sierra, las serranas.
 
En la plaza mayor hay dos visitas inexcusables: las afamadas pastelerías y la
iglesia barroca y colonial de Santa Ana. A la entrada del pueblo es conveniente
pararse a beber en la Fuente Alta. Eso sí, no busque mucho antiguo, que los
ilustrados gabachos lo quemaron casi por completo en 1811. Al general
Sebastiani todavía lo proclaman de cabrón por estas serranías.
Después de Algodonales, la carretera asciende suavemente y el paisaje se
abronca encajonado entre las sierras de la Mota y de Santa Lucía. De la
carretera N 375 sale la local a PUERTO SERRANO cuya patrona, María
Magdalena, es titular de una iglesia de robustos pilares. Regresamos a la
carretera nacional que lleva a VILLAMARTÍN a la orilla del Guadalete, pueblo
abundoso de aguas y deslumbrante de cal si no la mitigaran los verdes tiestos y
arboledas. Este pueblo tiene cuatro edificios notables: dos iglesias y dos
edificios civiles. Las iglesias son la de las Virtudes, renacentista con retablos
barrocos, y la de San Francisco, decimonónica con retablo rococó. Los
palacios, el de los Ríos y el de Topete, en la calle del Santo.
La carretera de Bornos discurre junto al pantano de ídem. Pasada la venta
de la Alegría y el cerro del Calvario, el camino desciende hasta BORNOS,
pantano con veleros, tierra de los nardos que vinieron de Méjico y tomaron
carta de naturaleza en este pueblo más que en otros sitios.
En las huertas de este pueblo se crían las mejores berzas del país. Aparte
de las berzas, los espirituales y estetas pueden darse una vuelta por la iglesia de
Santo Domingo de Guzmán, púlpito insigne, bóveda poderosa; por el hospital
de la Resurrección; por el convento de los Jerónimos; por el castillo-palacio de
los Ribera, jardines con senderos minuciosamente empedrados y árboles
potentes, decoradas ventanas en la sobriedad de los muros lisos.
Siguiendo la carretera A 384, donde el pantano termina y se abre
nuevamente el cauce del Guadalete, está ARCOS DE LA FRONTERA
borbollón incesante de casas blancas saltando de peña en peña desde el borde
mismo del abismo, pueblo asomado a un tajo vertiginoso que ha excavado el
rio Guadalete, nido de águilas que domina los llanos de Majaceite, desde el
nada visitable castillo de los duques de Arcos y el caserío, y que desciende
suavemente por la parte opuesta y se asoma al lago donde un vaporcito de
paletas se hace llamar Mississipi.
Como llegaba nocturno y cansado, el viajero buscó posada, se aseó
someramente y cenó un par de tapitas en la barra de un bar mientras el
telediario le servía imágenes de destripados cadáveres que no miraba nadie.
Luego se retiró a dormir.
El visitante es respetuoso con las tradiciones locales y aunque no cree a
puño cerrado que el Arca de Noé se posara sobre Arcos cuando se asentaron
las aguas del diluvio, como algún erudito local defiende, tampoco quiere ponerlo
en duda. Menos dudoso le parece sin embargo que este sea el pueblo más
bonito de España o por lo menos el más bonito de Andalucía, como lo calificó
Azorín, que de pueblos entendía mucho.
Arcos es lugar propicio para los amores alegres y para las amistades
tiernas. El viajero pasó el día en Arcos tan ricamente, callejeando y pagando
visitas a sus catedralicias iglesias rivales: la de la Asunción, gótico-mudéjar y
renacentista, fachada plateresca y coro barroco, torre poderosa que domina el
paisaje, y la de San Pedro, gótico renacentista, hermoso retablo plateresco y
buenas pinturas.
Así como los habitantes de Constantinopla estaban enfrentados en dos
bandos, los verdes y los azules, los de Arcos están divididos entre Santa María
y San Pedro y esta rivalidad escinde familias y condiciona amistades. Santa
María, por ser la parroquia más antigua, tenía derecho preferente a repicar
campanas de misa mayor y a ocupar el altar mayor de San Pedro en las grandes
ceremonias.
Los de San Pedro, disconformes, conculcaban los derechos de la parroquia
rival sonando sus campanas cuando les venía en gana e ignorando las
preferencias del clero de Santa María. El conflicto se enconó hasta tal punto
que en el siglo XVIII trascendió del tribunal episcopal y acabó en la Rota
Romana. Doce años se demoró el fallo del Santo Padre, pero al final Roma
reconoció los derechos adquiridos por Santa María y le revalidó sus títulos de
Mayor, Matriz, Más Antigua, y Principal. Para que quedase memoria perdurable
del fallo y los lugareños no volviesen a las andadas, el Papa les envió, para
testimonio del pleito y del fallo, una imagen de Niño Jesús que cada día del
Corpus sale en procesión vestido de procurador, con su tricornio, sus calzas,
sus medias, su guerrera y su vara de mando. Los de San Pedro son testarudos,
y sólo acatan el fallo pontificio a regañadientes y porque no hay más remedio,
por eso han alterado la letra del Ave María para evitar favorecer a la parte
contraria, que al enemigo ni agua, y rezan con gran devoción la herética
salmodia: San Pedro, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores....
Los de San Pedro exhiben en su iglesia las momias de San Fructuoso y San
Víctor; los de Santa María solamente tienen la de San Félix.
En el alcázar de Arcos había una Torre de los Necios. El domingo de
Resurrección los mozos del lugar corren el toro «del aleluya» por aquellas
cuestas y angosturas.
El viajero salió de Arcos, ya mediada la tarde, y tomó la carretera A 393
que lo llevó a ESPERA, entre suaves tierras de pan, de algodón y de
remolacha pasada la sierra del Calvario. Dicen que el nombre de este pueblo
procede de Hespero, un rey mítico que hizo construir una torre para observar
el firmamento y tanto se dio a contemplar las estrellas que acabó
convirtiéndose en un lucero, el véspero, o lucero de la tarde.
Espera tiene un castillo, el de Tafetar, una poderosa torre del homenaje
con tres estrellas cinceladas en la piedra y un impresionante aljibe. Hay
también una ermita dondelos aborígenes veneran al Cristo de la Antigua.
También son de mérito la iglesia de santa María de Gracia, y la Cilla o casa del
diezmo.
Ya se echaba la tarde cuando el viajero tomó la carretera hasta enlazar con
la Nacional IV y luego la 394 que pasa junto al Palmar de Troya, transitoria
sede papal, como se sabe, antes de llegar a Utrera y desembocar en la cómoda
autovía de Granada.
 
 
POR LA COSTA DE CADIZ Y GIBRALTAR
 
El viajero durmió en Cádiz, al arrullo del mar, como Ulises, y madrugó
para llegar a SAN FERNANDO, Isla del León, capitanía general de la Marina,
arsenal, astillero, puerto. Es plaza marítima más que terrestre, que amanece
mixta como una sirena y atardece como Afrodita, naciendo de espumas.
La ciudad, que hoy frisa los cien mil habitantes, creció en el siglo XVIII, al
son de fanfarria militar, cuando a Fernando VI, gran previsor, le dio por
construir barcos de guerra para que a los ingleses no les faltara donde hacer
blanco en la batalla de Trafalgar.
Todo San Fernando se contiene en su Calle Real, Ayuntamiento neoclásico y
Panteón de Marinos Ilustres, palacios decadentes convertidos en casas de
vecinos, luminosa ciudad, limpia y enjabelgada dignidad que debe ser recorrida
con gafas de sol, entre salinas, caños y esteros donde los aficionados atrapan a
mano, como niño en bañera, sabrosos pescados.
El viajero tomó nota de la aceptable fachada barroca y torres revestidas de
cerámica azul de las iglesias de San Pedro y San Pablo, del Panteón de Marinos
Ilustres y de la profusión barroca y los mármoles italianos de la iglesia del
Carmen, antes de abandonar la ciudad no por la cómoda autovía sino por la
antigua ruta que cruza el puente de Suazo (Zuazo en el ceceo local), esto es,
piedras romanas donde rompieron remos las galeras en fuga cuando el asalto
de los ingleses en 1596, pero del que no pasaron los gabachos del general Soult
en 1808.
Llegó el peregrino hasta CHICLANA DE LA FRONTERA, grandes
ventanas de bellísimas rejas oscuras sobre muros blancos, ciudad turística
atravesada por el río Iro, bella alameda fluvial, en la calle Olivo, y buenos vinos
de pasto, entre ellos el de naranja, en la bodega El Sanatorio. Los abstemios
gozaran las salutíferas aguas del balneario de la Fuente Amarga.
Chiclana dista siete kilómetros de la Barrosa, extensa playa rodeada de
urbanizaciones y más urbanizaciones, dos leguas de playa limpia y serena, la
mejor del mundo cuando no sopla el levante, según dicen sus incondicionales.
Allí está la isla del Castillo de Sancti Petri, isla soñadora donde los fenicios
consagraron un templo a Hércules y donde el gaditano Falla se inspiró para su
Atlántida.
Aquí eran las almadrabas que tanto glosaba Cervantes. Las almadrabas son
un arte de pesca de atún que se remonta por lo menos al siglo XIII. En
primavera numerosas manadas de atunes atraviesan el estrecho de Gibraltar
para desovar en las aguas cálidas del Mediterráneo. Los almadraberos les salían
al encuentro con una barrera de redes dispuestas de tal manera que los atunes
se iban quedando atrapados en corralizas cada vez más reducidas, entre cercos
de barcas. Cuando el anillo se estrechaba al máximo, la concentración de
atunes era tal que el mar bullía literalmente de ellos. Entonces los cazaban a
hachazos y cuchilladas en una orgía de sangre que teñía de rojo el mar, y los
iban izando a bordo, agonizantes, con ayuda de largos garfios. Hoy los atunes
se capturan más industrialmente y se acabaron las almadrabas, se acabaron los
atunes, casas despobladas, salazón en ruinas, muy apto para paseo melancólico
con meditación sobre lo que fue y ya no es.
El viajero desdeñó la cómoda autovía y prosiguió por la carretera N 340
paralela al mar, viéndolo a veces, dejando atrás CONIL DE LA FRONTERA
en la desembocadura del río Salado, entre hermosos pinares y fértiles tierras de
labor. Es una ciudad de raíces romanas, con vestigios del castillo de Guzmán el
Bueno y una factoría atunera venida a menos. Hoy se dedica más a la pesca del
turista, pubs, bares, hamburgueserías, discotecas playeras y finas arenas en Los
Bateles, y Cabo Roche.
La siguiente estación fue VEJER DE LA FRONTERA, antigua población
cimentada sobre vestigios prehistóricos (dólmenes, tajo de las Figuras),
fenicios, romanos, visigodos y árabes, hermoso pueblo blanco sobre un cerro,
calles retorcidas y empinadas que a veces se abren lo suficiente para que una
palmera arraigue entre las dos aceras y escale el pasadizo encalado en busca de
sol y luz. Hay también patios vegetales y tiestos floridos en las ventanas
enjalbegadas.
Aquí se nos ofrece la historia prieta en los evocadores nombres de La
Janda y Trafalgar. La Janda es una reseca llanura que fue laguna y que en años
de mucha lluvia vuelve a espejear de someras aguas. Por allí parece que el rey
visigodo Rodrigo se jugó la corona a una carta y la perdió, y así comenzó la
dominación musulmana de España.
El cabo Trafalgar, testigo marítimo de la falla de Majaceite, es el
promontorio frente a cuyas costas se riñó la célebre batalla entre la armada
hispanofrancesa y la británica el 21 de octubre de 1805. Los ingleses, mejores
estrategas y más certeros artilleros, vencieron por goleada.
Hay en Vejer tres iglesias, un convento, un castillo árabe, un recinto
murado, y una Plaza de España, circular, con fuente de azulejos. En las fiestas
del pueblo salen las tapadas, en traje adusto y misterioso, muy femenino, que
con el único ojo que dejan asomar roban voluntades y encienden deseos.
Al viajero, como es de tierra adentro, cuando está cerca del mar se le abren
los apetitos, así que hizo su segundo desayuno en la venta la Barca de Vejer
donde sirven acreditadas tostadas con manteca de lomo haciendo un corte de
mangas al colesterol.
Convenientemente fortalecido tomó la carretera del mar y fue a
BARBATE, antiguo puerto romano, enclave para la pesca con almadraba hasta
antes de ayer. Sus inmensas playas del Carmen y la Yerbabuena, son
espléndidas cuando no sopla el Levante, infernales cuando sopla.
En el parque natural denominado Pinar de Barbate el viajero encontró un
bosque natural de pino piñonero con su poquito de enebros, de sabinas y de
matorral mediterráneo. Alzó la vista en busca de águilas calzadas, culebreras,
perdiceras, milanos negros y demás fauna feroz alada y no las vio, pero sí una
turba de pequeñas avecillas en bandada de las que también por otoño y
primavera sobrevuelan el estrecho de Gibraltar en su migración anual. Lástima,
porque por allí pasan rapaces en cantidad en dichas temporadas migratorias.
Al lado del cabo Trafalgar, tomando una carretera comarcal que discurre
por parajes pintorescos, se llega a los Caños de Meca, una playa de tres
kilómetros en cuyo extremo hay unos acantilados de ochenta metros de altura,
frecuentados por gaviotas reidoras y garcillas bueyeras, desde los cuales, si el
año ha sido lluvioso, se despeñan varios arroyuelos o caños. Sólo es accesible en
bajamar. Hay además un manantial y sugerentes grutas muy a propósito para
románticas exploraciones posteriores e incluso anteriores.
El viajero prosiguió su camino por la N 340 y se desvió a la derecha, siete
kilómetros, a Bolonia, pequeño enclave de veraneantes y pescadores donde
yacen las ruinas de la ciudad romana Baelo Claudia, y su interesante museo.
Luego prosiguió viaje hasta TARIFA, el extremo meridional de Europa,
distante solamente catorce kilómetros de África misteriosa y cautivadora:
desiertos, selvas, diamantes, hambrunas, jirafas, Islam rampante, mosca tse-tsé,
gráciles negritas que cortejan al visitante con el lema de cadeau, cadeau...
Desde el Mirador del Estrecho, a poca distancia de la ciudad, se ven cruzar
los petroleros que entran y salen del Mediterráneo. El pasillo siempre ha
estado concurridísimo. Sobre todo desde que se abrió Suez.
Trescientos sesenta y cinco días al año, uno más si es bisiesto, sopla
vendaval, unas veces de poniente y otras de levante. El viento se combina con
las corrientes marinas que produce la confluencia del Atlántico con el
Mediterráneo para hacerlas delicias de intrépidos navegantes eólicos llegados
de todo el mundo para practicar el wind-surf en las playas de Bolonia, el
Cañuelo y Valdevaqueros. El viajero no sabe cabalgar las olas que ya tiene
dicho que es de tierra firme, baño de asiento en lebrillo mediado y martillo a
mano por si acaso, así que se despidió del incómodo levante, viento que,
además de molestar, loquea al personal, y buscó refugio en el Club Náutico
cuya cocina encontró buena y honrada, sencilla y natural.
El viajero se informó, por un cartel municipal, de los acontecimientos
históricos más relevantes de esta ciudad; aquí la playa donde desembarcaron
las pateras de Tariq, cargadas de inmigrantes, para iniciar la primera conquista
musulmana de España; aquí el castillo desde cuyos muros Guzmán el Bueno
arrojó el cuchillo: Si no hay acero en el campo ahí tenéis el mío, matad al niño, cruel
morisma de mierda, que yo no pienso rendir el castillo. Para recuerdo de la gesta queda
una torre octogonal, con una ventana tapiada desde la que se dice que
Guzmán arrojó el puñal.
El viajero visitó el interesante castillo califal. De la muralla que defendía a
la población de los ataques piratas queda poco. Tiene una pintoresca puerta de
Jerez abrumada de hiedra, y una Plaza del Ayuntamiento, húmedos muros
salitrosos de edificios blancos de estilo morisco, musgo y verdín, jardines
geométricos y palmeras.
A las afueras de la ciudad han instalado parques de energía eólica. El
curioso se detuvo a contemplar los molinos girando al soplo del levante, que
parece cosa de una película de ciencia ficción y luego prosiguió su camino por
la falda de la sierra de la Luna, donde la costa se nos va poniendo bravía y
hasta hay que cruzar los puertos de montaña de El Bujeo y el Cabrito para
llegar a Algeciras.
ALGECIRAS, gran ciudad, gran puerto, antiguo nido de contrabandistas,
hoy vado estival de las atestadas caravanas de la trashumancia magrebí que
reparte el corazón entre la hogaza europea y una madrastra patria donde
siempre es ayuno de Ramadán.
Al viajero le gustaron el blanco y recoleto barrio de San Isidro, un
pueblecito costero arraigado en la costra coriácea de la ciudad portuaria, y la
fuente de azulejos de la Plaza Alta.
El viajero sintió que estuviera lleno el vetusto, delicioso y bien ajardinado
Reina Cristina y se alojó en un mediano hotel, cenó en un mediano
restaurante, dio un mediano paseo nocturno, declinó el amable ofrecimiento
de una dama peripatética que lo abordó en la calle y regresó a su posada para
dormir de un tirón hasta las nueve de la madrugada.
La mañana amaneció alegre con sol dorado sobre mar tranquila y el viajero
prosiguió su viaje hacia Gibraltar pasando por San Roque y la Línea de la
Concepción.
 
 
GIBRALTAR ANDALUZ
 
Una visita a Gibraltar bien compensaba la molestia de sacarse el pasaporte
—hoy, con el Brexit, igual se vuelve a él—, más que por otra cosa por ver el
curioso híbrido que ha resultado del dominio anglocabrón sobre un pueblo
gaditano, y descubrir que los inteligentes indígenas han sabido aprovechar las
ventajas que les aportaban sus colonizadores sin renunciar a su cultura
autóctona.
El peñón de Gibraltar es una península que por la parte que mira a tierra
tiene un tremendo escarpe rocoso y por la opuesta baja en ladera hasta el mar.
Aquí está el único semáforo del mundo que deja paso unas veces a los aviones
y otras a los coches dado que la carretera atraviesa la pista del aeropuerto. La
ciudad tiene unos treinta mil habitantes, en su mayoría pícaros llanitos de
evidente origen español, aunque súbditos británicos desde que el peñón fue
conquistado por Su Graciosa Majestad a Su Católica Majestad en 1704. Hay
también indios, judíos y moros y una manada de monos que campan por sus
respetos en las laderas del peñón, además de los ingleses de la guarnición y la
administración. Hay iglesias de cuatro o cinco sectas cristianas, amén de
sinagogas y mezquitas.
El turista paseó por la Calle Mayor y casi única aquí llamada Main Street
curioseando en los escaparates de joyerías, tiendas de sonido y de telefonía
móvil, de vinos, de tabaco y de otros productos propios de los puertos francos.
Luego entró en un pub inglés forrado de madera barnizada de oscuro y tomó
una cerveza oscura con sabor a barniz. Después visitó el Museo para ver los
cráneos de Neanderthal encontrados en la roca, y la gruta de San Miguel, con
sus estalactitas y estalagmitas, donde a veces se dan conciertos o espectáculos de
luz y sonido, y las galerías altas.
La roca es un queso gruyere recorrido en todas direcciones por cincuenta
kilómetros de galerías, que se dice pronto. Estas catacumbas fueron excavadas
en distintas épocas para alojar los cuarteles, almacenes y polvorines de la
guarnición y para habilitar troneras artilleras desde las que los cañones
pudieran batir el istmo. Parte de estas galerías se ha transformado en un
monumento vivo de la defensa de la roca cuando los españoles intentaron
recuperarla en el Gran Sitio. Por cierto que en este asedio pereció uno de
nuestros más brillantes escritores, José Cadalso. A pesar de esta sensible
pérdida no se pudo reconquistar el peñón, la madre que los parió.
Un funicular sube hasta lo alto, con parada intermedia. Los turistas de
pantalón corto y camiseta pezonera desdeñan las soberbias vistas sobre la
bahía y sólo buscan retratarse con los monos. La colonia simiesca de Gibraltar
asciende a unos cien individuos, cada cual con su nombre y su número, todos
en nómina de Su Graciosa Majestad, no vaya a resultar verdadera la leyenda
que dice que cuando desaparezcan los monos el peñón regresará a manos
españolas. En el monerío roquero se observan preocupantes tendencias
humanas a saber: que se han escindido en dos colonias, una doméstica y otra
silvestre, que a veces andan a la gresca por un quítame allá esas pajas; y que
algunos individuos practican la mendicidad y el hurto descuidero. La cosa
promete ir a más. Parece que recientemente se ha registrado un caso de
palmada golosa sobre nalga opulenta de rozagante germánica. Es que van
provocando, oiga, y los monos no somos de piedra.
 
 
GRAZALEMA Y SUS SIERRAS
 
No es mal amigo el que avisa, y el cronista advierte a sus lectores que este
viaje no es recomendable para comodones ni flores de pitiminí. Vamos al
parque natural de la Sierra de Grazalema, encabalgado entre Cádiz y Málaga, a
las tierras bravas por donde el rebelde Omar Ibn Hafsun anduvo en armas
contra el emirato de Córdoba y otros famosos guerrilleros acosaron a
Napoleón, que venía a hacernos más felices.
Las criaturas del asfalto que no sepan andar por los terrones, los que se
marean en contacto con el aire puro e incontaminado, es mejor que
permanezcan en la poltrona doméstica, frente al televisor, trasegando cerveza,
fumando pestilentes nicotinas, y comiendo cacahuetes, gusanitos o
cualesquiera otras porquerías.
El itinerario que proponemos es para espíritus jóvenes, para amantes de la
naturaleza, para forofos de lo auténtico, para fans de lo agreste, para
incondicionales de la tortilla de patatas con hormigas, del alivio corporal tras el
tapial ruinoso, de la siesta apacible bajo la encina con las bellotas clavadas en el
quinto espacio intercostal, del revolcón conyugal bajo el propicio pino, sobre
lecho de agujas.
Equipo: provéase el viajero de botas flexibles y calcetines gruesos, incluso
de bastón y cantimplora y, si los hubiere a mano, de brújula y prismáticos.
Dispóngase a recorrer carreteras estrechas, preñadas de curvas, meros caminos
ennegrecidos con somero baño de asfalto. Sepa que tendrá que andurrear por
senderos y pedregales donde habita la víbora y el escorpión mora, peligrillos
despreciables para el que está habituado a cruzar las rondas urbanas
despreciando semáforos.
El parque de Grazalema protege un especial ecosistema que integra
bosque cerrado, dehesa, navas y alta montaña. En este bosque y matorral
típicamente mediterráneos encontraremos encinar, alcornocal, quejigal y
acebuchal además del endemismo del pinsapar.
El pinsapo esuna conífera parecida al abeto, una interesante reliquia de los
bosques que poblaban Europa en la era Terciaria.
Entre las especies vegetales más menudas podemos encontrar una
rupílcola almohadillada que se llama, poéticamente, «cojín de monja», plantas
aromáticas, espárragos, setas y la amapola de Grazalema, con sus cuatro hojas
gualdas.
En este medio habitan cabras monteses, corzos, ciervos, muchos buitres
leonados, algunas águilas reales y algún azor. En estos confines se pueden
recoger hasta 2500 mm. anuales, la mayor media pluviométrica de España,
superior incluso a la de Galicia y el Cantábrico. Con tan abundantes aportes en
sus ríos pululan la sabrosa trucha y el suculento cangrejo.
Desde Granada, por la autovía de Sevilla, con desviación en el puerto de
Mataliebres, al norte de Antequera, se toma la carretera A 384 hasta
Algodonales y allí la CA 9104 a GRAZALEMA o las locales de Zahara a
Grazalema, dependiendo de los itinerarios que se quieran hacer por la sierra.
Los principales itinerarios son los siguientes:
1. Itinerario pedestre PINSAPAR GRAZALEMA-BENAMAHOMA:
Está cerrado en verano. Son unos 17 kilómetros que se recorren en cinco o
seis horas. Comienza en el kilómetro 17 —cerca del puerto de Las Palomas,
en la carretera Zahara a Grazalema—, y acaba en Benamahoma. Al principio
es cuesta arriba hasta llegar al puerto de las Cumbres, entre pinos, encinas y
matorral; luego desciende por el pinsapar. Con un poco de suerte, se verán
azores, gavilanes e incluso águilas reales entre árboles centenarios de hasta
treinta metros de altura. El recorrido termina en el manantial de
Benamahoma donde el excursionista bebe agua golosamente y, si el paseo le
supo a poco, puede iniciar el del Río el Bosque (nuestro itinerario número 2)
que comienza allí mismo.
2. Itinerario RÍO EL BOSQUE, tiene cinco kilómetros de longitud, que
pueden recorrerse cómodamente en unas dos horas y media, discurriendo por
terreno suave. Es ideal para personas fondonas afectadas de tabaquismo y
lastradas por el tejido adiposo, para traumatizados miembros de la asociación
de teleadictos anónimos, para neocatecúmenos vegetarianos, para
neoecologistas en proceso de reciclaje y para amantes de la naturaleza de toda
la vida.
El paseo se inicia junto a la depuradora de Benamahoma y discurre
siempre cuesta abajo siguiendo el curso del río, por el fresco túnel vegetal,
entre chopos, sauces, arbustos, helechos y ruinas de antiguos batanes. Se
pueden escuchar, e incluso ver, gran cantidad de avecicas, mirlos, chochines,
herrerillos, currucas. En las aguas alguna elusiva trucha, de las escapadas de la
piscifactoría, alguna culebrilla sutil como un escalofrío, incluso alguna nutria
descuidada. El itinerario acaba en la piscifactoría.
3. Este cronista se hubiera apuntado de buena gana a todos los itinerarios
pero, dada su condición de guía para neófitos desentrenados, prefirió hacer el
que ofrece mayor belleza a cambio de menor esfuerzo, es decir el del
PUERTO DE LOS ACEBUCHES y dejar los más difíciles para sucesivas
visitas. Son cuatro kilómetros de recorrido que pueden cubrirse cómodamente
en hora y cuarto. El paseo comenzó en el kilómetro ocho de la carretera de
Zahara a Grazalema, acabó en el valle del Revés, al pie del pinsapar o pinsapal,
y luego regresó por el mismo camino. El cronista, que iba equipado como para
un safari, había incluido en su equipo una utilísima guía de los árboles
mediterráneos, auxiliar imprescindible para que los que sólo conocemos al
olivo y a la palmera podamos trabar conocimiento de la rica representación del
bosque y matorral mediterráneo: encinas, quejigos, algarrobos, sabinas,
madroños, lentiscos y pinsapos. El visitante tuvo, por lo demás, mucha suerte
puesto que le fue dado encontrar tímidos corzos y hasta fue sobrevolado por
buitres. Andaba contemplando las evoluciones de estas imponentes criaturas
del aire cuando pisó una deyección fresca, no sabe si de tejón, de meloncillo,
de jineta o de zorro, dada la riqueza faunística de aquellas espesuras. A mitad
de camino encontró el Cañón de los Ballesteros, donde abunda la ponzoñosa
hierba ballestera que en la Edad Media se usaba para envenenar las flechas. Al
llegar al valle tomó asiento bajo un quejigo, con el tronco de respaldo, cerca de
la fuente de claras aguas, desenfundó la batería de bocadillos de jamón que
traía prevenida y se sintió el hombre más feliz del mundo, mejorando lo
leyente.
4. Itinerario LA GARGANTA VERDE: De enero a junio, periodo de
reproducción del buitre leonado, se visita acompañado de guía oficial. El
itinerario comienza en el kilómetro 7,5 de la carretera que asciende de Zahara,
a Grazalema. El excursionista recorre dos kilómetros por terreno fácil, con
alguna cuestecilla de resoplido que se dará por bien empleada por recorrer la
Garganta Verde, un cañón tallado por la torrentera en la piedra caliza. Al
comienzo del paseo hay una fuente de fresca agua fina, golosa. Luego se
continúa entre algarrobos, lentiscos y palmitos, hasta llegar a la Garganta
Verde. Una vez en ella, levantando la cabeza al cielo, que discurre arriba como
un riachuelo, quizá veamos reñir a los buitres leonados con las águilas reales
por cuestiones de lindes y cazaderos.
En el lamido y pedregoso suelo de la garganta crecen algarrobos, adelfas y
laureles, en sus paredes verticales matojos varios y bonsáis naturales, después
de recorrido un buen trecho de súbito aparece, a la izquierda, una enorme
oquedad llamada «de la ermita» a la izquierda, con sus estalactitas y
estalagmitas.
5. Itinerario LLANOS Y SIMA DEL REPUBLICANO: comienza en
Villaluenga y termina en la Sima.
6. Itinerario PINSAPAR DEL PUERTO DE LOS ACEBUCHES, con
guía en verano, comienza en el kilómetro 8 de la carretera de Zahara a
Grazalema.
7. Itinerario EL TORREÓN: Está cerrado en verano. Comienza en el
kilómetro 44,5 de la carretera que va de El Bosque a Grazalema.
8. Itinerario SALTO DEL CABRERO: desde Benaocaz o desde el puerto
de Boyar.
Se puede recabar información complementaria en las Oficinas del Parque
Natural instaladas en El Bosque y en Grazalema.
GRAZALEMA, patria de José María el Tempranillo, es un pueblecito
bellísimo y entrañable, recostado en una nava, en el regazo de la Sierra del
Endrinal, cielos purísimos recortando cumbres grises de viva arista para que
aniden las rapaces.
Desde este propicio lugar, con aparcamiento frente al Ayuntamiento, se
disfrutan espléndidas vistas de la sierra. En los siglos XVIII y XIX floreció
aquí una pujante industria pañera, lo que se refleja en algunas lujosas
mansiones de tres plantas, con ventanas y puertas adornadas con artística
herrería. Esta industria está hoy decaída y el pueblo la va trocando por la
explotación de sus bellezas naturales.
Otros pocos kilómetros por la comarcal, con sus curvas y sus cuestas, y
avistamos VILLALUENGA DEL ROSARIO aldea mínima colgada en la
falda de una montaña de roca gris salpicada de alcornoques. Caso único en el
mundo, tiene un cementerio con campanario: es que el camposanto se
acomodó en la nave de la iglesia parroquial, incendiada por las tropas
napoleónicas. Además hay una irregular placita de toros con el graderío y los
toriles tallados en la roca viva. Más interesantes si cabe son sus tortas de
chicharrones.
En Villaluenga hay un sistema de abastecimiento de aguas que data de los
romanos. El 18 de julio, se corre el toro de la cuerda, corrido por mozos
propios y forasteros que prueban su valor agarrando la cuerda que lleva atada
al testuz mientras los espectadores, en el salvo de los burladeros, se regocijan
con el vario suceso y alguna mano tonta echa su copo en el estrujón colectivo.
Desde Grazalema se puede tomar la carretera a Ronda con desviación a
Montejaque para visitar la interesante Cueva de la Pileta. También se puede ir
de excursión al manantial de El Descansadero, chorro de agua muy suyo,
maravilla de la naturaleza que se seca en invierno y corre en verano.
Tomamos la carretera hasta EL BOSQUE, aldea así llamada con toda
razón a causa de los más de cincuentamil pinos que la circundan. Tiene
además dos ríos y siete arroyos, algunos con nombres tan peregrinos como
Barranco del Santón y Padre Beneficiado. Este es el pueblo de las fuentes de
agua cristalina y fresca, de la piscina sin cloro. Por la carretera se deja a la
izquierda el castillo de Aznalmara, reconstruido por los franceses en 1808,
caso único en los anales de la Guerra de la Independencia pues los gabachos
fueron mucho más aficionados a volar castillos que a recomponerlos.
A la derecha dejamos una piscifactoría. Proceda el conductor con cuidado
al transitar por estos parajes y si de pronto se le viene encima un extraño
artilugio de lona y varas, como sombrilla, con dos patas colgantes que se agitan
como en telele, no se inquiete ni se crea visitado por ovnis: es que en las
proximidades hay una pista de ala delta, y son aires transitados por chiflados
en sus locos cacharros.
UBRIQUE casas blancas en calles empinadas, está en la falda de un monte
que por algo se llamará El Calvario, carretera serpenteante, bosquecillos de
quejigos y alcornoques, huertecillas, naturaleza rozagante, casitas de veraneo,
algunas pretenciosas y horteras, otras blancas y humildes, auténticas; alegres
arroyuelos de cantarinas aguas, alguna que otra bolsa de basura arrojada desde
el coche por la culta ciudadanía.
Ubrique tiene fama por su industria de marroquinería pero el turista
mercantil, el acaparador de gangas, suele salir chasqueado. Para gangas debe
viajar al Magreb en cuyos zocos podrá adquirir, por cuatro chavos, variados
artículos de pestosa badanilla con los que atufar los armarios. Aquí la gente
sabe vender sus productos, goza de saneados ingresos y, aunque se desloma
trabajando, también sabe divertirse.
—Dos gustos tiene el dinero —catequizó un tabernero al viajero—, el
primero ganarlo y el segundo gastarlo. Si lo guardas se te pudre y te pudre por
dentro. ¡Que ruede, que traiga y lleve la vida!
Aparte de industrias de cuero, hay una iglesia antigua que ha sido
reconvertida en biblioteca pública y un convento de Capuchinos. Por cierto
que Ubrique, como Algodonales, también se resistió a las bondades del
afamado código napoleónico y fue amablemente amonestado con el incendio
del pueblo y el asesinato de todos los paisanos que pudieron agarrar los
gabachos.
Por la A 2302, a un paso de Ubrique, por terreno pedregoso, malo para el
pan, suficiente para las ovejas y las cabras, el viajero pasó las ruinas romanas de
Ocurri y encontró BENAOCAZ, quinientos habitantes o poco más y una
fuente de cuatro caños que necesitaría cuatro cañones para echar de sí toda la
salud que le da la sierra.
Benaocaz produce, además, mujeres valientes y chacinas prietas que no
sabe uno a qué gusto quedarse. Dice el refrán «En Banaocaz, la hembra lo
más» al parecer porque sus mujeres hicieron colecta de joyas y preseas y
ofrecieron el tesorillo a Isabel la Católica para ayuda en la guerra de Granada.
Los serranos son, por lo que tiene observado el viajero, esforzados y
hospitalarios.
En la sobrada iglesia, alzada sobre cimientos de mezquita, tiene urna y altar
el patrón San Blas. El santo, que en otros lugares menos civilizados limita sus
virtudes a los males de garganta, ha extendido en Benaocaz su jurisdicción a
todo el aparato digestivo y particularmente al agradecido estómago. En su
fiesta los devotos lo adornan profusamente con palmas de jamón serrano, con
guirnaldas de morcillas y chorizo en ristra y lo alumbra con cirios de lomo
embuchado y velas de salchichón. También es gente golosa de gachas dulces o
saladas. Y no digamos del recientemente ensalzado queso payoyo, de aquella
zona.
De aquí, puenteando sobre la fina cola de lagartija del pantano de
Montejaque, el viajero regresó a EL BOSQUE y tomó, ya anocheciendo, la
carretera amarilla de PRADO DEL REY villa de colonización fundada por
Carlos III, hermana de las de la Sierra Morena jiennense y de las de la campiña
entre sevillana. Como era tiempo de vendimia mercó un par de kilos de
pajarete, variedad de uva de finísimo sabor, y fue pizcando, como el ciego de El
Lazarillo, de dos en dos, en el camino de regreso, por la carretera A 384,
enhebrando pueblos dormidos, Algodonales, Olvera y Campillos, antes de
desembocar en la autovía de Granada.
 
 
LOS PUEBLOS CON APELLIDO
 
El viajero había reservado el siete de diciembre, puente de la Inmaculada, para
visitar una región montuosa que fue provincia del emirato de Córdoba y es
hoy prolongación gaditana de las serranías rondeñas, con sus bosques, dehesas,
monte bajo, ríos, arroyos y pantanos. Las carreteras tienen muchas curvas pero
los pueblos son realmente hermosos y la tierra es un verdadero paraíso para
los amantes de la naturaleza, para los aficionados a los castillos y para los
escopeteros que gustan de disparar contra la inquieta perdiz o contra el
asustadizo ciervo. Alegre esa cara el lector ecologista incruento, que también
podrá contemplar pacíficos toros bravos tras la protección de alambre
espinoso de sus dehesas. Además de las reservas cinegéticas hay una docena de
ríos, lagos y pantanos muy aptos para la captura con caña.
A Jimena de la Frontera, nuestro primer objetivo, se llega por la carretera
A 369 que sale de Ronda y atraviesa montes poblados de alcornoques y
quejigos dejando atrás Alpandeire, el empinado pueblecito de fray Leopoldo.
El paisaje es variado e incluye un desierto rocoso y el Puerto de las
Encinas Borrachas (sic) a mil metros de altura. Después el camino corre
paralelo, pero manteniendo las distancias, al curso del río Guadiaro y atraviesa
pueblos pintorescos. En el de Atajate el viajero se detuvo a ver el antiguo
lavadero, todavía en uso, donde según reza el cartel, «está prohibido arrojar
objetos al pozancón bajo multa». En el de Gaucín vio, de lejos, el castillo,
aspillerado para fusilería por los franceses. Se conoce que se fiaban poco del
paisanaje.
En JIMENA DE LA FRONTERA, era de día de mercadillo y el visitante
no encontró las buenas naranjas de San Martín del Tesorillo, que ya estaban
vendidas, pero mercó medio saco de exquisitos cardillos (también llamados
tagarninas) que la sierra los cría robustos y jugosos para freír con magrillas y
huevos revueltos.
Jimena es un pueblo blanco y pequeño que se desparrama por la mansa
cuesta del cerro de San Cristóbal en cuya cúspide perduran todavía
consistentes ruinas del castillo nazarí. Todo el que ha sido algo en la historia
del mediterráneo, ha dejado su huella en Jimena: fenicios, romanos, bizantinos,
árabes...
En los tiempos de la Reconquista, Jimena era alcazaba, es decir, un
redondo cinturón de murallas con la fuerte hebilla del castillo, todo ello
abrazando al barrio aristocrático y comercial. Afuera quedaba el arrabal,
habitado por artesanos y gente de inferior condición.
El visitante tiene por costumbre comenzar las visitas por lo más alto. Al
castillo de Jimena se accede por una puerta de doble arco de herradura.
Dentro hay un abierto patio de armas ocupado por el cementerio del pueblo,
una torre del homenaje cristiana, cilíndrica, y espaciosos aljibes moriscos. Esto
de que en muchos pueblos el cementerio esté dentro del castillo es, a lo que
parece, una norma del siglo XIX, cuando las epidemias de cólera obligaron a
los municipios a no enterrar más en iglesias y habilitar cementerios
suplementarios en terrenos del procomún.
Cerca de la fortaleza encontramos las bellas ruinas góticas de la iglesia de la
Misericordia, de cuyo pasado esplendor da todavía testimonio un notable
artesonado mudéjar. La iglesia del pueblo es hoy la de Santa María Coronada,
del siglo XVII, amplia, blanca y dotada de poderoso campanario.
El viajero se dio un paseo por la calle Velasco admirando las casonas
señoriales con hermosos balcones y cumplidas rejas de forja.
Nuevamente carretera y manta, por la A 405 para ir a CASTELLAR DE
LA FRONTERA, en lo más áspero de la serranía moteada de alcornoques y
robles. Este pueblo sería mundialmente famoso si estuviera en Francia, pero
como está en Andalucía sólo lo conocen unos miles de españolesy otros miles
de alemanes y holandeses, algunos de los cuales se han refugiado en él
huyendo del consumismo y del trabajo contra reloj de sus países de origen.
Una moderna guía asegura que Castellar es pueblo de increíble belleza,
adornada con ribetes misteriosos inherentes a su carácter medieval. El viajero no supo
sustraerse a este reclamo. Ni siquiera lo detuvo la pavorosa visión de la cuesta
que hay que subir para ascender al cerrete de arenisca sobre el que se asienta el
lugar, todo el castillo nazarí, con sus miradores al norte que le dan aire de
Alhambra bravía y rural.
En Castellar hay que distinguir el viejo y el nuevo. El viejo estaba en una
posición tan incómoda que en 1971 decidieron hacerlo nuevo, con sus casas
blancas, su ayuntamiento, su iglesia y su plaza, en un lugar más llano, a ocho
kilómetros de distancia. El viajero lo visitó y no le pareció feo.
Al regreso paró en una gasolinera a repostar y allí trabó conocimiento con
un habitante del Castellar nuevo.
—¿Y ustedes están contentos con el cambio?
—Hombre, ganar se ha ganado; pero también se han perdido cosas, que en
el pueblo viejo se disfrutaba de mejores aires, y a las muchachas, la subida de
las cuestas les reafirmaba el culo…
El turista, particularmente si es romántico y aficionado a soledades, a
empedrados donde crece la hierba, a postigos que golpean rítmicamente
movidos por el viento, a muros carcomidos, al silencio y a la soledad, debe
dirigirse, naturalmente al pueblo viejo, donde sólo habitan unas pocas familias
que se negaron a trasladarse al nuevo y los mentados nórdicos. Es un
melancólico y abandonado amasijo de callejas angostas, tortuosas, con
mínimas casitas agrupadas en torno al ruinoso castillo y abrazadas por un
cinturón de murallas cuya puerta hasta hace algunos años se cerraba todas las
noches como en plena Edad Media.
El otro atractivo de Castellar es su zona forestal de la Almoraima, bosque y
monte bajo, a cuya estupenda reserva cinegética acuden desde los más
distantes lugares de la península intrépidos rambos de plumita en la verde
montera para tirotear un amplio abanico faunístico: ciervos, corzos, gamos,
venados, cabra montés, liebre, conejo, tórtola, perdiz, paloma, gorrioncillo...
Hay un hotel en un antiguo convento de carmelitas descalzos.
Prosiguiendo por la carretera comarcal se desemboca en la autovía que va
de san Roque a Algeciras y tomando la dirección Cádiz se llega a Los Barrios.
LOS BARRIOS, más de veinte mil habitantes descendientes de los
gibraltareños fugitivos cuando los ingleses tomaron el Peñón, está en una
hondonada, a un paseo del mar, pero vive de espaldas a él, deja la pesca a los
otros pueblos y se dedica al no menos azaroso menester de la agricultura.
Es un pueblo blanco que si en algo se distingue de sus vecinos es en que
aquí se decoran con palmas y dibujos los antepechos de las ventanas. En la
calle del Santísimo enseñaron al viajero la Casa de las Doncellas, donde se
recluyeron las mozas del pueblo cuando las tropas de Napoleón ocuparon el
pueblo. Sabido es que los verriondos gabachos apreciaban grandemente el
género hispano, como atestigua la Carmen de Merimé.
En la coquetuela plaza del pueblo, el visitante trabó conocimiento y
conversación con un jubilado que tomaba el solecico y que por las trazas debía
haber sido maestro de escuela o empleado de banca.
—Sepa usted que esta es la patria del ilustre prócer don José González de
la Vega, uno de los artífices del derrocamiento de Isabel II, el hombre bajo
cuyo égida como presidente de la Diputación Provincial, se construyó el
Puente de Hierro. ¿Lo ha visto usted?
—¿Pero vive todavía ese señor?
—No, hombre; que parece usted tonto. Me refiero al puente.
—Pues no.
—Es cosa digna de ver.
El viajero no vio el puente ni el castillo de Ojén con su ermita de San
Pedro de Alcántara, que todo le caía a trasmano, pero admiró la iglesia de San
Isidro, del siglo XVIII. Luego, prosiguiendo carretera, se detuvo a almorzar en
la venta El Frenazo, a las afueras y como el mar está cerca le apeteció pescado
si lo tienen ustedes fresco. Fresquísimo, como que lo acabamos de
descongelar. En ese caso traígame usted esos callos con garbanzos del menú
que tengo el estómago delicado y no sé si me sentará bien la merluza.
Por carretera montuosa, boscosa, con el Puerto de la Cebada lamido por el
pantano de Charco Redondo, rico en peces y pescadores, llegó el explorador a
su siguiente destino: Alcalá de los Gazules.
ALCALÁ DE LOS GAZULES, el corazón serrano y bello de Cádiz, es la
antigua Asta Regia, gran capital de los turdetanos, un pueblo poderoso y sabio,
y la romana Lascuta. Esta es la Muy Noble, Muy Leal y Muy Ilustre patria de
Pedro Murabal, obispo de Jaén, y de Fernando Casas, primer médico que
escribió sobre el cólera.
Los naturales de este pueblo son gente de pelo en pecho, aunque de buen
carácter, y hospitalarios. Los franceses, desconfiados, les volaron el castillo. En
1868 se proclamaron república federal. Además de un puñado de esclarecidos
ciudadanos, actual orgullo de la política autonómica, el pueblo produce buenos
pastos y abundante caza. La agricultura es nada más que regular, aunque por
aguas no falta. La fuente romana, al pie del pueblo, da fe de ello.
Al visitante le gustaron la iglesia de San Jorge de antiguedad indeterminada, en
lo alto del pueblo, y la Puerta y arco del Sol, con balcón corrido y galería
superior, en la antigua muralla.
A cinco kilómetros de la población, en la dehesa del Torero, hay un peñón
piramidal llamado del Infante, muy escrito, donde se dice que está la sepultura
de Fernán González. En su término está el parque natural El Picacho, centro
de estudios ecológicos y albergue.
Prosiguiendo por la nueva autovía 381, se llega a la privilegiada reina de las
sierras y de las campiñas, a Medina Sidonia.
MEDINA SIDONIA, es además de pueblo, el famoso título ducal de los
Guzmanes hasta las Cortes de Cádiz, cuyas posesiones se extendían por
Huelva, Sevilla y Cádiz. El duque de Medina Sidonia era tan poderoso como
un rey, y desde luego más rico que el rey de España. Baste decir que incluso
estuvo tentado de descubrir América por su cuenta cuando apadrinó a Colón.
Medina Sidonia es un pueblo que lo tiene todo: trece mil habitantes, feraz
agricultura, excelente cabaña ganadera y caza abundante. No en vano se
establecieron aquí los fenicios de Sidón después de tantear por todo el
Mediterráneo quizá engolosinados por los riquísimos alfajores que expenden
en la confitería de la plaza. Detrás de los fenicios llegaron, con la misma
común opinión, los romanos, los visigodos y hasta los bizantinos.
El caserío y las recientemente excavadas ruinas del castillo están situados
sobre cerro de trescientos metros rodeado de fértiles llanuras. Las calles son
estrechas y pinas, en los barrios populares hay hileras parejas de casitas
encaladas, con tiestos floridos en las ventanas. En las calles principales se ven
edificios de mucho fuste y solera, ninguno como el palacio de los Duques, con
sus patios de piedra y sus brocales de una sola pieza.
El viajero anduvo por las galerías romanas y admiró un gran trozo de
calzada también romana, recién recuperada y protegida, en medio del pueblo.
Asombra la amplitud y solidez con la que construían aquellos ingenieros.
De la antigua muralla se conservan tres puertas: las del Arco de Belén, la
Puerta del Sol y la de la Pastora. Partiendo de esta última el visitante callejeó
por las calles Cuna y Desconsuelo hasta la iglesia de Santa María de la
Coronada, gótica, con hermoso retablo mayor renacentista. En la plaza, bajo la
pared encalada del reloj de sol, había reunión de comadres de toda edad, que
comentaban animadamente las desavenencias de sus héroes televisivos y las del
pueblo.
El viajero hizo noche en Medina Sidonia y al día siguiente tomó la
carretera de Vejer de la Frontera para visitar la Ermita de los Santos, sobre
templo visigodo del siglo VII, a poco más de un kilómetro del cruce del
Ventorrillo del Carbón.
Tomando la carretera comarcal que sale a laizquierda se puede ir a la
antigua pedanía de Benalup de Sidonia, tres mil habitantes, la famosa Casas
Viejas de la insurrección anarquista en 1934, durante la Segunda República.
Todavía se está discutiendo si el presidente Manuel Azaña ordenó o no a los
civiles y a los de Asalto que la reprimieran con «tiros a la barriga». De todo
aquello no quedan recuerdos materiales, que este pueblo nuestro prefiere, para
bien y para mal, vivir de espaldas a su historia, salvo para molestar. Hay
muchas antenas de televisión y una moderna gasolinera. Si de algo vale la visita
es por curiosear en pinturas rupestres en el Tajo de las Figuras, junto a la
Laguna de la Janda, que está en sus proximidades. Se puede uno también
asomar a las ruinas del castillo de Ben Alupo, fuerte torreón central, en un
valle amenísimo, cobijando unas escuelas abandonadas. También hay ruinas en
el lugar del Cuervo, construcción de la orden de los ermitaños.
Después de estas visitas el viajero volvió sobre sus pasos y atravesó
nuevamente Medina Sidonia para ir a Paterna de la Rivera, en la A 389.
En los términos de PATERNA DE RIVERA se crían tres delicias de la
buena mesa: el rabo del toro bravo, que por allí abunda, el caracol y el recio y
aromático espárrago triguero. En la plaza del pueblo, haciendo hora para
almorzar, el visitante admiró la bella iglesia de Virgen de la Inhiesta. No lejos
del pueblo está el castillo de Gigonza.
El viajero, que procura instruirse antes de meterse en carretera, había
hallado el cogollo etimológico de este topónimo en una guía: Para Adolfo de
Castro el nombre Gigonza procedería de «cha» (vino) y «gonza» (sombrero), que citando al
Padre Guadix tendría un valor metafórico de «luto, tribulación, angustia» tomado en el
sentido de «aquí lutos, tribulación o angustia» posiblemente por algún acto luctuoso que allí
se produciría. Amedrentado por estas conclusiones, el viajero no se atrevió a
visitarlo, por si acaso.
 
ALMERÍA
Francisco Núñez Roldán
Quizá la provincia más esquinada y preterida de Andalucía. A ella hay que
ir a propósito. Nada de cruzarla de paso, camino de Portugal, de África o de
donde sea, como a las otras hermanas. Es lugar propio que no admite más
destino que el que empieza y acaba en ella. La provincia con mayor renta de la
comunidad, por cierto. La que tiene gracias a la barrera penibética el peor
clima. Y menos agua, pero la que más provecho ha sabido sacar de ella. La
menos subvencionada y más trabajadora. La que hizo que por poco se quedase
Andalucía sin autonomía preferente, si alguien puede explicarle al viajero para
qué ha servido ese privilegio a quien no esté apesebrado. De estarlo, no hay
nada que hablar, que todo serán loas a lo políticamente correcto, a la
democracia que nos rebosa y al ya verás qué prontito salimos de la cola de las
regiones de España (perdón de este país).
El viajero quizá venga de Madrid o de cualquier otra parte de Andalucía.
De todos modos pasará por Granada, que se supone ya conoce. Luego tira por
la A 92, autovía que une una punta de Andalucía con la otra, es decir, desde
Huelva hasta Almería. Pasará por Guadix y luego, en la bifurcación, no hará
caso de la A 92N, que le lleva al norte almeriense y Murcia. El viajero seguirá
por la antedicha, y enseguida se verá entre montañas a uno y otro lado, porque
si a la derecha tiene Sierra Nevada, que va descendiendo en altura, por la
izquierda tiene la sierra de Baza que se mantiene en altitudes y da en llamarse
los Filabres sin apenas perder pulso orogénico. Son tierras duras, secas. No en
vano el régimen pluvial preferente en esta zona de la península es de oeste a
este y la barrera de Sierra Nevada ya decimos que bloquea un tanto a las nubes
que vienen de poniente. Si la tierra girase hacia el otro lado cantaría un gallo
muy distinto.
El viajador —podría existir la palabra—, dejará a un lado Fiñana, con un
archirestaurado castillo nazarita al que puede subir si se desvía un poco de la
ruta y visita el lugar. Tiene escaleras y plataforma hasta la misma azotea del
conjunto. Luego saldrá del pueblo, seguirá la autovía y dará en Gérgal, cuyo
castillo, cristiano lo que queda de él, está en mucho mejores condiciones de
habitabilidad. Tanto, que es utilizado como vivienda y no se visita, aunque el
aspecto exterior da ya bastante idea.
Ahora, la autovía vira hacia el sur, tras haberse unido a ella la N 340, que
viene del poniente almeriense y del sur de Murcia.
Pero antes de llegar a la ciudad, y ya a la vista de ella, el viajero va a
hacernos el favor de desviarse en el km. 382 hacia la llamada Necrópolis de los
Millares. Lo de necrópolis es porque lo primero que se vieron allí fueron
tumbas. En montículos. Era lo más espectacular del poblado, arrasado casi por
completo por los hombres y el tiempo. Por cierto, que el lugar se descubrió al
hacer las obras del tren. Algo así como la trinchera de Atapuerca. Ventajas
añadidas del ferrocarril, al que por cierto es muy aficionado el viajero. Ah, y no
se crea el lector eso de que el coche es mejor que el tren porque paras donde
quieres, etc. Luego, no se para uno NUNCA para ver nada. De cada cien
viajes, noventa y nueve tienen la salida y la meta inamovibles, ¿o no?
Los Millares es, decimos, mucho más que una necrópolis. De hecho ha
dado el nombre a una cultura llamada de los Millares, que fue, siglo arriba, siglo
abajo, desde el 3400 al 2200 antes de nuestra era. Mil doscientos años en los
que la gente de allí pensaría que aquello iba a durar siempre. Como nos pasa a
nosotros, y a lo mejor nos espantábamos de ver muchas de nuestras ciudades
dentro de un milenio. Mejor no.
Los Millares coincidieron con la cultura del cobre, que para eso tenían las
minas cerca, aparte de un clima al parecer más suave y con más lluvias que
hacían navegable el río Andarax. Además parece que comprensiblemente
fueron influidos —influenciados, dicen los cursis—, por Oriente o por África.
El caso es que vale la pena recorrer lo visitable que se pueda en el momento
que se llegue, porque el lugar está en excavación continua y luego hay que
consolidar y proteger lo descubierto. Si no, se da algo muy frecuente y temido
en la arqueología, y es la ruina de la ruina, razón por la cual existen lugares que
a sabiendas no se sacan a la luz, a la espera de mejores perspectivas de
conservación de las que se tienen a mano.
Realmente impresiona que a cinco milenios de distancia se den ya los tipos
de murallas y torres que flanquean el recorrido, realmente iguales a, por
ejemplo, las murallas románicas de Ávila, aunque con sillería menos
escuadrada, y más bajitas, al menos ahora, que en su momento debieron tener
de seis a ocho metros de altura, según se deduce proporcionalmente de su
grosor. Se asombra también el viajero ante las anchas torres abaluartadas que
defienden ambos lados de la puerta principal, y que con sus saeteras y muros
inclinados casi parecen blocaos de la segunda guerra mundial. De todos
modos, la visión de un conjunto en el que se calcula que no vivirían más de mil
quinientas criaturas da que pensar sobre las condiciones de desconfianza hacia
el vecino que, con razón o sin ella, siempre ha tenido ese bípedo territorial que
se llama ser humano.
Los Millares ha dado gran botín arqueológico, información sobre usos,
costumbres, cerámica, organización social y jerarquías, que se ve que esas
siempre las hubo, según los ajuares y sistemas de enterramiento.
Lo que está en discusión es cómo y por qué se abandonó el lugar. La
verdad es que cuando se ve la catadura de las potentes murallas que rodean el
poblado se piensa en desconfianzas, ya decía, en conflictos con el vecino que
podían materializarse, como quizá fue, en forma de invasión, saqueo y
degollina.
El viajero, a todo esto, muerto de sed por el húmedo calor reinante, bebe
de la botella de agua que lleva a cuestas, discretamente guardada en su mochila,
y no como los guiris o sus memos imitadores hispanos, que últimamente la
sacan en la mano a pasear por cualquier parte, luciéndola sobre todo por la
ciudad, en un paísdonde —quizá los extranjeros no lo saben, pero nosotros sí
—, en cualquier bar le dan a uno la caridad de un vasito de agua, y si no, no
pasa nada por estar dos horas sin beber.
Hablando de aguas, el turista recuerda que antes de llegar a Almería ha
reservado un par de días en el cercano, cercanísimo balneario de Sierra
Alhamilla. En esta caso un paquete anti estress, que le llaman. Y tras los Millares
vuelve a la autovía para salirse un poquito más abajo, en el punto 387, y tirar
por la AL 3100, aún más cerca de Almería, que casi se toca y desde luego se ve.
Pero quedamos en que van a ser dos días en el vetusto y encantador edificio
del balneario, con su pensión completa. Allí tomará los baños como un
senador romano, por más que en la propaganda del lugar insista en que va a
sentirse como un árabe. En fin, como un árabe que va a beber vino y comer
marranito, va a ver mujeres sin velo y estará rodeado de parejas más o menos
monógamas. Lo dicho. Mucho más le recuerda a Roma que a Riad o La Meca.
En el balneario, el viajero podrá pasear por el campo, y tanto si lleva
vehículo campestre como carreteril, tiene la opción de moverse por alguna de
las abundantes ramblas que hacen de pistas entre secarral y palmerales, con un
paisaje realmente africano que se comprende haya servido para películas que
sitúan su acción en ese continente. Las ramblas almerienses, las mediterráneas
en general, están absolutamente secas y polvorientas todo el año, menos unos
pocos días de tormentas de primavera u otoño. En esos días no se le ocurra al
viajero ir por una de ellas confiando en la doble tracción, en la altura del coche
o en lo que sea, si no quiere protagonizar la sección de sucesos del telediario,
que siempre hay algún imprudente que lo consigue.
Tras los días en el balneario, el viajero baja a Almería, una de cuyas
ramblas, por cierto, la principal, ha sido abovedada para hacer de ella un
estupendo paseo.
Almería era un discreto lugar pesquero hasta que en siglo X Abderramán
III, el fundador del califato, hace de ella un puerto con atarazanas, esto es,
astilleros, y manda construir una fortaleza en el cerro principal que se
conserva, con las obras y añadidos cristianos correspondientes. El viajero,
amante de los viejos pedruscos, ya se sabe, se da el paseo cuesta arriba y visita
el impresionante y complejo lugar. Un terremoto la dañó bastante en 1522 —
el oriente español es zona sísmica—, y hubo luego que repararla por aquello
de las sublevaciones moriscas y los ataques de piratas de la Berbería,
frecuentemente conchabados con sus hermanos de religión en cuanto a
información de puntos débiles y movimientos de los atajadores de costa, el
cuerpo de caballería ligera encargado de la vigilancia del litoral.
El viajero recuerda un poema del almeriense Ben Safar Al-Marini, autor
del siglo XII, en aquella clásica traducción de Emilio García Gómez, que decía:
 
¡Valle de Almería,
haga Dios que jamás me vea privado de ti!
Cuando te veo, vibro como vibra al ser blandida
una espada de la India…
 
Lo de la espada de la India es una metáfora muy recurrente en la poesía
arábiga, como el ritmo de los pasos del camello, los ojos de gacela de la mujer,
y algunas más.
El viajero sabe que la ciudad fue culta e industriosa en la época de los reyes
de taifas, por más que el urbanismo actual más parecido al de aquel tiempo sea
el del barrio de la Chanca, cantado por Juan Goytisolo como un lugar ejemplo
de tipismo en el que por supuesto no se le ocurrió residir. Recientes
excavaciones han recuperado algunas casas islámicas, con la ventaja de que al
estar en zonas de gran inclinación, se han salvado amplios lienzos de muro y
servicios, de la parte vertical de la casa apoyada en el monte. En general, hoy
día la Chanca sigue siendo un barrio empinado de callejas revueltas, no todas
con salida, en el cual abunda la población de etnia aceitunada e inmigrante
musulmana, que seguramente se encuentra muy a su sabor en un urbanismo
similar al de sus países de origen, con la ventaja de haberse encontrado con
una serie de servicios sociales considerablemente mejores. El viajero pasea por
el lugar y a veces le parece que ha cruzado el estrecho y deambula por alguna
población del Magreb.
Pero la ciudad de Almería floreció también más tarde en siglo XIX cuando
fue puerto de salida para el mineral de hierro. El modernismo dejó su huella en
casas y decoración, y sobre todo ha quedado una impresionante muestra de
arqueología industrial: el llamado Cable inglés, que era por donde el mineral del
interior llegaba hasta las mismas bodegas de los barcos, para optimizar el
transporte. Lo construyó The Alquife Mines and Railway Company Limited. Mira
por dónde, se dice el viajero, las minas cuyo polvo de hierro fue enrojeciendo
el patio de mármol del castillo de La Calahorra, muy cercano a las
extracciones. El cable es una larga estructura metálica elevada, hecha a
principios del siglo XX, y ya como el inmóvil esqueleto rojizo de una enorme y
larguísima serpiente que llegara hasta el mar desde el monte, atravesando la
ciudad, sin más uso hoy que documentar una prosperidad pretérita, mientras la
actual viene sobre todo de los cultivos en invernaderos que cubren medio
suelo de la provincia.
Iglesias y monumentos aparte, el viajero ha quedado encantado con el
nuevo museo arqueológico, y en él sobre todo la gran maqueta con el corte
estratigráfico que reproduce tiempos y hallazgos en los diferentes niveles del
suelo.
Tras el paseo por la simpática y próspera ciudad, el viajero ha ido a un
restaurante cercano al puerto. Pescado a la plancha esta vez, que en el
balneario ha habido ciertos excesos, no suficientemente compensados con el
ejercicio físico. Y antes del plato de pescado, acompañado todo con un vino
blanco, seco, de la provincia, el trotamundos se ha obsequiado con algo que
piensa disfrutar donde pueda en todo su periplo almeriense: la gamba roja de
Garrucha, uno de los crustáceos más exquisitos que ha probado, y cuyo sabor
le va a compensar, espera, por la indudable subida de ácido úrico que se le
viene encima. A ver, desde la última escena de la película Con faldas y a loco
sabemos que nadie es perfecto. No iba a serlo la gamba de Garrucha.
 
DE ALMERÍA A NUEVA YORK
 
El viajero está ahora en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Pero
está a la vez, desgraciadamente, en Almería. Ya le gustaría que todo ello fuera
una broma literaria. Pero no. El viajero admite que chapurrea el inglés con
cierta decencia, aunque sólo sea porque ha vivido de enseñarlo toda su vida.
Ha ido una vez a New York, lo que incluyó Washington y Baltimore. No están
mal, pero son lugares absolutamente previsibles que ha visto tantísimo desde
tantos ángulos en tantas películas, que la visión real le añade muy poca
información, mientras sitios tales como el valle del Danubio, Cerdeña, las
orillas del Rin, la Provenza, el país Vasco Francés, la ribera del Duero, la costa
vicentina portuguesa, Sicilia, la Lombardía, e innumerables rincones de España
le han dicho muchas más cosas paisajística, humana y gastronómicamente que
las calles neoyorkinas con sus policías de azul con gorra octogonal, sus taxis
amarillos y su heterogénea multitud multicolor la mitad de la cual masca chile y
la otra mitad lleva una botella de agua en la mano. El viajero ha percibido que
no todo el que gusta de New York es un hortera, pero que a todos los horteras
que conoce les gusta o atrae New York.
En este único viaje, el viajero, repuesto del desfase horario, encima, ha ido
a ver el museo referido. Allí, magníficamente conservado, bajo techo, con
varias vitrinas alrededor y buena iluminación, está nada menos que el patio
interior de mármol, completo, del castillo de Vélez Blanco. Échele el lector un
vistazo en Google, que se va a pasmar. Es casi tan bello como el de la
Calahorra, pero a los duques del Infantado al menos no les dio por mercar
aquel. Sin embargo, el llamado Joaquín Álvarez de Toledo, marqués de los
Vélez, gran patriota, a lo que se ve, si lo hizo, en 1904. Luego,su descendiente,
un tal Salvador Ferrandis Alvarez de Toledo, marqués de Valverde, vendió por
fin el castillo en sí a la Junta de Andalucía en 2005. Pagó la Junta, es decir,
pagamos todos, tres millones de euros. Seis pedía el pobrecito dueño. Nuestra
nobleza, tan amante de su país, de sus cosas, de sus tradiciones, ellos.
Y los jacobinos, qué buena gente, qué eficaces instrumentos de poder
usaban.
El patio del castillo de Velez Blanco, renacentista, con su arquería baja de
medio punto rebajada y la superior de escarzanos es de un equilibrio y armonía
asombrosos. A ello se añade la decoración de grutescos y medallones, tan
característica del plateresco. Por si fuera poco, hay además unos bellísimos
frisos en madera, otrosí originarios del castillo, con los trabajos de Hércules,
que también vendió en marquesito, y que se creían perdidos hasta ser
redescubiertos, esto es, reconocidos y datados, en 1996. Andan en el Museo de
Artes Decorativas de París. Se habían vendido cuando el patio. Dinero en
general que el noble hispano gastó sin duda en libros y en ayudar a los pobres
de su entorno.
Consuélese en lo que cabe el lector. No es caso único en España. Las
valiosísimas pinturas prerrománicas de san Baudelio de Berlanga, en Soria,
fueron también vendidas, ya en los años veinte, a un marchante americano, de
origen judío, tras algún tira y afloja con el ministerio. Y al gran poeta y mayor
majadero Gerardo Diego no se le ocurre sino hacer un poema bien racista
contra el anticuario que las compró, en vez de haberlo hecho contra los
miserables indígenas que lo vendieron y el incompetente Gobierno español
que lo permitió. ¿Se imagina el lector el patio de un château francés o de una
manor house inglesa viajando hasta nuestro Museo Arqueológico a principios
del pasado siglo? ¿Verdad que no?
Vuelto de New York, de sus museos, de sus conocidísimos rascacielos, a
casi ninguno de los cuales se puede subir, de su Central Park con sus
corredores/as perfectamente equipados/as, sus restaurantes caros y vulgares,
su ausencia de gastronomía interesante y sus espectáculos musicales iguales a
los europeos por doble precio, el viajero ha tomado la autovía A 92N, desde
Granada. Al llegar al km. 356 va a torcer hacia Cúllar —recuerde, sin Baza—,
obviará el pueblo y seguirá por la A 330 en dirección a Orce, lugar que ya
conoce y deja también atrás tomando la GR 9104, que en cuanto entra en la
provincia de Almería se llama AL 9101. Todo ventajas en la numeración de las
rutas. Nada de aquella simpleza de carreteras nacionales, comarcales y locales
que había antes. Son estas vías con poco tráfico, con una belleza dura, de
altiplano seco y rocoso. A su derecha, los montes andan cerca, y de la sierra de
Orce va a pasar a la de María, sin solución de continuidad. Estas elevaciones,
tan bellas como poco conocidas, están ya vegetalmente más repobladas, aparte
de las plantas autóctonas. Constituyen un parque natural y sus cimas llegan a
los dos mil metros. Por allí recuerda el trotamundos haber visto a finales de un
febrero los almendros en flor en el campo nevado. De las mejores metáforas
naturales que ha catado sobre la despedida del invierno y la llegada de la
primavera.
Enseguida va a caer el viajero sobre Velez Blanco, cuyo castillo visitará,
con el punzante recuerdo de su patio neoyorkino. Pensándolo bien, quizá está
mejor allí, por desgracia, mejor cuidado, a salvo de negligencias y desidia,
como las esculturas de Fidias en el Partenón están perfectamente custodiadas
en el British Museum, que de no haber sido por sir Tomas Bruce, séptimo
conde de Elgin, en 1801, los turcos, dueños de Grecia entonces, hubieran
seguido descuidando y destrozando aquellas impías imágenes.
Un poco más al sur, Velez Rubio tiene también su castillo. Mucho peor
conservado que el de Velez Blanco, está en la cumbre de un monte cercano, y
con acceso bastante complicado. O coche todo terreno, con reductora, o largo
y vigorizante paseo cuesta arriba que no debe hacerse en verano, y siempre
con sombrero, que hasta en invierno quema por allí el sol. Ya en la cumbre, el
tapial y el mampuesto que aún queda en pie documenta lo que debió ser un
buen fuerte nazarita, lejos de todo, sin duda más como símbolo de poder que
con funciones prácticas. Y como siempre en estos casos, el doble premio al
llegar: la serenidad, soledad del entorno, y la magnífica contemplación del
paisaje alrededor del vértice geodésico que ocupa la fortaleza, esas vistas que al
ser gratis no se valoran, pero que si costaran dinero habría colas para verlas.
Podría luego el viajero seguir por la autovía hacia la murciana, industriosa,
necesaria y horrenda Puerto Lumbreras y volver a entrar en la provincia de
Almería por esa misma autopista, pero el paseante no tiene hoy interés en
inspecciones industriales, y pasado Velez Rubio sigue por la A 327, una
solitaria y bonita carretera que va paralela a la rambla de Nogalte y que va a
salir a Huércal Overa, sin dejar la provincia almeriense, como era su propósito.
Una vez allí va a ir a Antas, para ver sobre todo el entorno del principal
yacimiento argárico, en una meseta bien defendida. La cultura Argárica siguió a
la de los Millares y parece que ocupó otros mil años, del 2500 al 1500
aproximadamente, esto es, del cobre al bronce, y desapareció de pronto, sin
estar claro cómo. El caso es que las sepulturas, muchas, han aparecido en el
subsuelo de las mismas viviendas. Ya se ve qué poco asustaban los muertos a
aquella gente.
Y una cosa que le ha llamado la atención al viajero, que creía más antigua:
los casi trescientos metros del acueducto que llaman El Real, y que ha sabido
que es de principios del siglo XX, para subir el agua a una industria ya
inexistente. En un país como España, las cosas viejas, cuando pasan a la
categoría de antiguas ya están hechas polvo, si no desaparecidas. Es
exactamente lo que nos diferencia de otras gentes más civilizadas o previsoras,
que ven venir la vetustez venerable y la cuidan, en forma de vehículos,
maquinaria, construcciones u objetos variopintos. El acueducto de Antas,
como el castillo de Vélez Rubio, languidece camino de la ruina absoluta.
Siempre nos quedarán las fotos.
Y el viajero, que no puede ir a todos los sitios, sabe que ha dejado atrás, o
más bien al lado, las canteras de mármol de Macael, que valen la pena una
visita, aunque sólo sea para ver lo que la tierra guarda dentro y cómo se extrae,
pero sobre todo porque ha sido sabedor de que con piedra procedente de
dicho lugar la autoridad autonómica, en un loable intento, quiere reconstruir el
patio interior del castillo de Vélez Blanco. Nunca será igual, por supuesto, pero
dará una idea bastante aproximada, y siempre habrá criaturas que se creerán
que es el original. Y quienes sepan que no, verán al menos cómo quedaba en el
conjunto, ello sin tener que alargarse hasta la ciudad de los rascacielos.
De modo que el turista va a bajar ya por la autovía hasta el km. 520, y de
ahí saldrá a la costa, en concreto a Mojácar, un pueblo más bien blanco,
compacto, que debió ser más bonito de lo que aún es, con su fuente antigua y
el recuerdo del reyezuelo moro fiel a los Reyes Católicos, su Parador de
Turismo y todas las ventajas de los lugares costeros y turísticos donde apenas
llueve y los europeos vienen no solo a pasar temporadas sino a vivir. Son una
especie de emigrantes que no mandan divisas fuera de España sino que las
traen aquí. Un personal entrado en años, por lo general educado y más que
beneficioso por esos ingresos que dejan en forma de compra de viviendas y
consumo de productos cotidianos.
Y de Mojácar, por una costa en la que de vez en cuando aparecen
castilletes para vigilancia de la antigua llegada de personal de la Berbería con
peligrosas intenciones, el viajero da en Garrucha, patria de la afamada gamba
local, donde le han dicho de un chiringuito de la playa en el que hacen, con el
proveniente de Calasparra, un arroz marinero delicioso. Pero antes, lo dicho,
de aperitivo, la gamba roja, a pulso. Un platito, que hay que cuidarsey quererse.
Ya está bien de tanto castillo, hombre, tanta piedra…
 
 
HUELVA
Juan Eslava Galán
«LA ORILLA DE LAS TRES CARABELAS…»
 
Que le decía Manuel Machado en su bellísimo y brevísimo poema. Huelva
es, con Jaén, la gran desconocida de estas latitudes. Esta humilde provincia ha
sido secularmente ignorada y menospreciada. Sólo se acordaron de ella en los
años sesenta del pasado siglo para instalarle las industrias químicas
contaminantes que nadie deseaba a la puerta de su casa y convertirla en la
Avilés del Sur.
El viajero, en Huelva, fue de sorpresa en sorpresa. No encontró el
Tartessos que tanto buscaba por aquí Schulten, y que ella obstinadamente
oculta en el regazo misterioso de sus marismas, pero halló gente hospitalaria,
sencilla y amable; no encontró grandes monumentos que proclamen un
rutilante pasado pero, ¿qué más protagonismo cabe que haber alumbrado a los
hombres y a los barcos que descubrieron América?; no encontró grandes
especialidades gastronómicas pero, ¿qué más se le puede pedir a la costa de la
gamba blanca suculenta como el meñique de una quinceañera, de la deliciosa
fresa de Lepe y del inenarrable jamón de Jabugo? ¿Quién puede ofrecer más?
Además, Huelva tiene cien kilómetros de playas de fina y blanca arena, en una
costa poco machacada y un treinta por ciento de su superficie es espacio
protegido.
No por casualidad llegó el viajero a Huelva a finales de septiembre y se
dejó caer por LA PALMA DEL CONDADO en la fiesta de la vendimia para
catar los primeros mostos del año, de uva listán y todavía turbio. De estos
vinos blancos sólo pueden hablarse excelencias. El que los ve crecer sabe
cómo se van puliendo de año en año, y lo bien que se asientan y acompañan
cuando se va de bodega en bodega, por calles señoronas, pasando revista a las
casas de amplios ventanales enrejados y haciendo reverencia a la bella iglesia
dieciochesca del San Juan Bautista.
Enfrente de la Palma, cruzando la autovía, está BOLLULLOS PAR DEL
CONDADO, una Casa del Vino y más bodegas y bella arquitectura civil en las
calle del Diezmo y en la Plaza Mayor.
Unos kilómetros más abajo, pocos, aparece NIEBLA cuyos patronos son
los santos mártires Walabonso y María. Las ciudades de doble patronazgo son
todas de rancio abolengo y apretada historia, pura mojama cultural. Niebla que
fue efímero reino taifa, aunque luego descendió a condado, y tiene una historia
sangrienta que abarca las guerras de Escipión y los avatares propios de lugar
estratégico en tiempos revueltos de visigodos y bizantinos. Los almorávides la
dotaron con un espléndido recinto murado, de los más antiguos y completos
de Europa y le dejaron ese trabajo hecho a los almohades. En el siglo XI, el
reino de Niebla extendía sus dominios por el Algarve portugués.
Niebla es un precioso fruto que tiene roja la corteza y blanca la dulce
pulpa. Las murallas que la abrazan son rojas; el río Tinto, que baña sus pies y
tiñe de óxido los ribazos, es rojo; el revoltillo de tomate, que las cocinas de
Niebla preparan como nadie, es rojo. Blancas y limpias son sus casas; sus
placitas encaladas y frescas (el visitante ama la ciudad y ha preferido olvidar la
fábrica de cemento junto a los muros y algunas fachadas humildes alicatadas
hasta el canalón con deplorable azulejo cocinero).
El viajero cruzó un puente de origen romano, recorrió las murallas al
completo, callejeó la ciudad y visitó la iglesia de Santa María de la Granada
construida sobre una mezquita que suplantaba a la iglesia visigoda. La de San
Martín, construida sobre una sinagoga, está partida en dos, con una calle por
medio, en una acera la portada, en la de enfrente el ábside.
El otro monumento de Niebla es el castillo de los Guzmanes, obra
cristiana sobre cimientos más antiguos, y volado por los gabachos al retirarse
en 1814, como es costumbre.
MOGUER también está bañado por el Tinto pero, con gesto femenino, se
ha subido a una colina y ha recogido sus faldas para que el río no contamine su
inmaculada blancura, su meticulosa pulcritud, su luz con el tiempo dentro anotada
por Juan Ramón Jiménez. Debe ser pueblo rico a juzgar por sus acomodadas
casas de principios de siglo y por los mármoles que todavía enlosan algunas
aceras recientes. También parece ser pueblo culto que, después de ciertas
superadas reticencias, rinde homenaje a la memoria de su preclaro hijo, el
poeta y Premio Nobel Juan Ramón Jiménez.
El viajero aparcó a la sombra de la torre de Santa María de la Granada, la
que de cerca parece una Giralda vista a lo lejos. Moguer está lleno de azulejos que
recuerdan la constante presencia del pueblo, de sus calles, de sus gentes, de sus
flores, de sus atardeceres y de sus amaneceres, de su cielo azul, en la obra del
poeta.
En Moguer es obligatorio visitar la casa del Juan Ramón, que es a la vez
casa de labrador acomodado de otro tiempo, museo y biblioteca viva. En los
pasillos se cruzan los jóvenes lectores del lugar con reatas de turistas
portorriqueños y aun españoles que acuden a contemplar el pesebrillo
carcomido del burrito Platero o los zapatitos que llevó Zenobia, la novia
virginal del poeta, en sus blancos estrenos. El visitante, que es algo freudiano,
hubiera acariciado, de no mediar vitrina, el suave y vaginal tafilete, quizá vaso
propicio de brindis antiguos. Dejó para mejor ocasión una visita al
monasterio de Santa Clara, estuche gótico-mudéjar de algunas joyas
renacentistas. Tampoco fue a descubrirse ante la tumba del burro Platero
debajo de un pino, pero no quiso aplazar la degustación de una copita de
licor de naranja en una céntrica bodega. El brebaje halló gracia a sus ojos:
compró dos botellas de litro y medio, que lo venden a granel, y abandonó el
pueblo con ganas de regresar.
La siguiente estación era PALOS DE LA FRONTERA, bravo lugar donde
cosechan palos los que se empeñan en llamarlo Palos de Moguer, como lo
enseñaban las enciclopedias de nuestra sufrida mocedad. A la entrada de Palos
hay un jardinillo moderno construido para glorificar un modesto quiosco de
ladrillo mudéjar que albergó la Fontanilla donde se supone que hicieron aguada
Colón y sus hombres la víspera de la partida. Entonces el mar llegaba hasta
aquí, ahora queda más lejos, pero la Fontanilla está al lado de un estero que
todavía huele al salobre océano.
Por encima de la Fontanilla se alza la noble estampa de los muros de la
iglesia de San Jorge a cuya puerta se leyó la orden real de auxiliar a Colón con
hombres y barcos.
El viajero paseó por el pueblo, con gusto y detenimiento y llegó hasta la
plaza del Ayuntamiento donde está el monumento a Martín Alonso Pinzón, el
marino que acompañó a Colón y le agenció los tripulantes y las carabelas.
De Palos a LA RÁBIDA el viaje es un suspiro por la pestosa ribera de una
industria cuyas chimeneas lanzan al cielo humos de sospechosos colores.
Cuando Colón llamó a las puertas de este humilde monasterio franciscano,
la Rábida era un cerro pinar a cuyos pies juntaban aguas el Tinto y el Odiel.
La Rábida tiene una historia más antigua y más ilustre que casi todos los
monasterios de la cristiandad, pero ella se mantiene humilde y pequeña: iglesia
que es apenas una capilla, claustrillo mudéjar que se recorre en dos zancadas.
Como si quisiera pasar inadvertida. Aquí no hay más relumbrón que el que le
añadieron desde Madrid para la celebración del cuarto centenario y después
para el quinto. Han llenado sus alrededores de aparcamientos, de columnas
conmemorativas, de plantaciones de palmeras, de ajardinamientos, de
retoricismos modernos fruto de la reconversión ideológica de periclitados
fastos imperiales, de modernas construcciones de cemento, de aluminio, de
cristal, de Foro Iberoamericano, de estanque artificial con la forma del
continente americano. Ya veremos en qué para todo esto.
Al viajero le pareció que el conventillo y su entorno natural habrían
quedado mejor si los hubieran dejado como en esa estampa decimónonica que
nos muestra a Colón harapiento con un niño de la mano, recibido a la puerta
del convento por un fraile afectuoso que debe serel padre Marchena.
El viajero recorrió el monasterio, compró un par de postalitas y admiró los
frescos de Vázquez Díaz, que son de la época franquista pero no por eso hay
que borrarlos, hombre…
 
 
HUELVA
 
Al forastero le habían advertido que en Huelva se lo comerían los
mosquitos y que la ciudad no puede ser más fea de lo que es. Más de un lector
convendrá conmigo en que a veces le ponderan a uno el mal genio y los escasos
encantos de una dama que va a conocer y luego la encuentra tan discreta y
adorable que acaba casándose con ella. El viajero se enamoró de Huelva. Es
cierto que en el patio de vecinos de esta tierra andaluza habitan mozas más
aparentes, pero a lo mejor son unas presuntuosas que carecen de la gracia
verdadera de Huelva, de su sincera cordialidad y de sus secretos encantos. Estas
feíllas resultan luego más cariñosas y apasionadas que las otras, dan más juego
venéreo y más cocina.
Huelva es una ciudad sin estridencias, su poquito de marinera, su poquito
de industrial, su poquito de colonial, su poquito de agrícola, su poquito de
administrativa. El visitante no se arrepentirá de dar un paseo por la calle
Concepción, peatonal, que es un excelente museo de escultura al aire libre. En
la plaza de las Monjas el viajero se sintió tan cómodo como en la granadina de
Bib Rambla. Luego se dio un garbeo por la parte marina, por ver el muelle del
Tinto, arqueología industrial, brazo metálico del estilo y tiempo de la torre
Eiffel, construido por los ingleses para embarcar el material de sus minas, y
estúpidamente partido por nosotros para que pase una carretera que podía
haberse soterrado, dejando la magna estructura metálica intacta.
También admiró el moderno monumento a Colón, en la confluencia de los
ríos, frente a la isla de Saltés que vio salir a las tres carabelas.
El viajero almorzó en Huelva. El jamón aunque era de tercera corta resultó
legítimo Jabugo, las gambas frescas y casi crudas, como debe ser, y el rodaballo
de la parte buena, con la pielecita acaramelada untada de salsa, divino manjar si
se le perdonan las espinas, que las tiene inevitables como la rosa.
El viajero pernoctó en Huelva y a la mañana siguiente largó velas por la
Costa de la luz, que va de Huelva a Portugal: playas de finas arenas, dunas, pinos y
campos de naranjos, playas de Punta Umbría y del Rompido.
En esta pedanía hay un pueblo pesquero todavía no destruido del todo por
el turismo, aunque todo se andará. Es sencillo, sin más monumento que el
delicioso rape al amarillo que sirven en algunas tabernas.
El primer pueblo, algo apartado de la costa como si recelara piratas es
CARTAYA donde hay un castillo, una bellísima plaza, un casino y media
docena de casas palacio. A pocos kilómetros de Cartaya, cruzando esteros y
aguas, está LEPE. El viajero se extrañó de la gran cantidad de automóviles de
lujo que veía. Es un pueblo que no conoce el desempleo, que disfruta de la
más elevada renta per cápita de Andalucía y aún de las de España, un pueblo
que se ha montado sus propios canales de exportación agrícola, un pueblo tan
inteligente que cada año organiza una Semana del Humor para reírse de sí
mismo, el pueblo de los tontos.
El viajero regresó a las carreteritas de la costa y fue mirando el mar hasta
ISLA CRISTINA, pueblo de pescadores famoso por sus carnavales, puerto
con tasquitas donde los que conocen la copla piden atún encebollado, almejas
negras de las salinas y conservas locales. Isla Cristina ya no es isla, ahora es
península porque le creció una barra.
Finalmente llegamos a AYAMONTE, ribera ancha del Guadiana y frontera
con Portugal.
Ayamonte tiene varias iglesias y un monasterio pero el viajero recuerda
mejor un par de chatos de vino del condado con tapita de mojama local que
saboreó después de pasear por el barrio de la Villa, donde hay casas de
indianos enriquecidos y corrales de vecinos (los brasiles).
De Ayamonte a Portugal se pasa ahora por un moderno puente. Antes
había un ferry que daba la sensación de cruzar el Orinoco o el Amazonas.
En la orilla portuguesa se extiende una población deliciosa, dieciochesca,
amable, Vila Real de Santo Antonio, que mandó hacer el marqués de Pombal
—el que expulsó a los jesuitas de su país—, tras el terrible terremoto y
maremoto de Lisboa, en 1755.
Vila Real tiene plaza mayor ilustrada y elegante, pintoresco mercado de
abastos, hoy reciclado en centro de ocio, y calle comercial donde cuadrillas de
amas de casa españolas, más bien ya por inercia, aún entran y salen de las
tiendas con presurosa determinación de saqueadores, acaparando sábanas de
franela y juegos de toallas mientras los sufridos maridos, abrumados bajo una
montaña de paquetes, miran a hurtadillas el reloj al acecho de la hora de
almorzar que me voy a poner morado de zapateira y vinho verde.
 
 
LA SIERRA DE HUELVA
 
El viajero pernoctó en Huelva y tomó, madrugador, la carretera de
Extremadura para desayunar en San Juan del Puerto. Luego se internó por el
Andévalo minero, cerros de vid y olivar, con el dolmen de Soto en términos de
Trigueros, (kilómetro 619 de la carretera nacional Sevilla-Huelva).
En la iglesia gótica de Trigueros tiene su domicilio San Antonio Abad,
carnet número uno de la UGT en la República; eso le salvó de la quema, como
al Gran Poder de Sevilla, al que le dieron el mismo número del PCE.
Las procesiones de san Antonio comienzan con gran solemnidad y acaban
con espantá religioso-deportiva que deja pasmado al forastero.
El viajero pasó de largo y se internó por otros pagos de alcornoques, es un
decir puesto que también abundan los innobles eucaliptos, hasta VALVERDE
DEL CAMINO, pueblo grande e industrioso que fabrica afamados botos y
zahones para los rocieros de pro y alfajores y aguardientes para el público en
general. En su paseo por el pueblo el viajero encontró casas señoriales de
mucho porte en torno a la iglesia, fachadas de cerámica y balcones de piedra.
Después de Valverde el paisaje se va haciendo más serrano y los eucaliptos
se van arrancando, gracias a Dios, para replantar pinares nuevos. Hubiera sido
mejor restituir encinas y alcornoques, como al principio de la historia, cuando,
según reputados autores antiguos, la inquieta ardilla podía atravesar la
península saltando de árbol en árbol, pero esto es ya mucho pedir después de
los siglos de tala y furor arboricida que propiciaron la miseria de los actuales
tiempos.
En estos pensamientos entretenía el viajero su camino, que iba haciendo
sin prisa por disfrutar del paisaje, cuando llegó a ZALAMEA LA REAL, el
pueblo de los aguardientes, cabeza de la zona minera. Allí tomó la carretera de
RIOTINTO, la famosa mina que se viene explotando desde hace tres mil y
pico años, desde que empieza el calcolítico. En 1873 una compañía inglesa
compró estas minas, modernizó la maquinaria, racionalizó la explotación y se
puso a ordeñar la tierra con tal intensidad que en un año se extraía más
mineral que antes en un siglo. El saqueo duró hasta 1954 en que la mina, ya
exhausta, regresó a manos españolas.
El viajero se pasmó contemplando el paisaje lunar o marciano de la
llamada Corta Atalaya, una explotación a cielo abierto que es como una
pirámide invertida: un enorme cráter de 335 metros de profundidad y más de
un kilómetro de diámetro, con una bajada en espiral para enormes camiones y
excavadoras. Luego curioseó el barrio inglés de Bella Vista que la
todopoderosa compañía levantó cerca del pueblo español para alojar la colonia
británica, con su iglesia anglicana y su casa del gobernador y su muro de
separación para mantener alejados a los aborígenes.
El viajero podía haber regresado a la carretera N 435 que va a Jabugo. La
experiencia le ha enseñado que las carreteras que aparecen rojas en el mapa
son de más confianza que las verdes, y éstas son preferibles a las amarillas,
pero como de vez en cuando le dan repentes aventureros decidió tomar un
carrilejo amarillo que se zambulle de cabeza en lo más fragoso de la sierra para
emerger por Aracena. Atravesó el Embalse de Tumbales, aguas ácidas, prohibido
bañarse,y una sierra pelada con algún matorral bajo de jara, último estado de
degradación forestal, como se sabe. Aires purísimos, eso sí. Después de ocho o
diez kilómetros sin ver un alma, con muchas curvas y algún que otro bache, y
cuando el intrépido explorador se veía perdido en lo más intrincado y
fragoroso de la sierra y comido de lobos, chacales y osos polares (la
imaginación es libre y no entiende de geografías) el relieve se suavizó y sus
agradecidos ojos captaron inequívocos indicios de civilización y progreso en
los montones de basura y escombros que se alzaban a los lados del camino,
como las avenidas de esfinges de los egipcios.
Aracena se anuncia, antes de ver el caserío, por el cerro con la iglesia del
castillo y las ruinas de la fortaleza. Es pueblo señorial con buenas casas de cien
años acá e incluso más antiguas.
El viajero fue directamente a la Gruta de las Maravillas, y recorrió su
kilómetro y pico con pasmo y admiración, contemplando los encajes, celosías y
primores que ha labrado en ella la naturaleza. En una de las salas las estalactitas
y estalagmitas son fálicas, esto es carajiformes, de increíble naturalismo, con
gran éxito de crítica y público. Ya dijo el socorrido Oscar Wilde que la
naturaleza imita al arte.
Cuando el viajero salió de la tierna matriz de la tierra era ya cumplida hora
de almorzar. Aparcó en la plaza, junto al bello edificio regionalista que alberga
el casino.
En el restaurante la Sierra de la adyacente calle Mesones, un tenedor,
degustó correcta sopa de verduras y mayestático San Jacobo elaborado como
Dios manda, con productos de la zona. El postre, al otro lado de la plaza, en la
calle Constitución, en la confitería de Rufino donde, reprimiendo gulas, se
limitó a dos pasteles: un bibaporú y un vitoria.
Aracena es pueblo para verlo despacio y en sucesivas visitas. En la primera
conviene subir al cerro donde están las ruinas del castillo musulmán y la iglesia
templaria gótico-mudéjar cuya torre es el alminar de la antigua mezquita
almohade, con su característica decoración con paños de sebka de ladrillo.
Recuerdan algo a su hermana mayor, la Giralda sevillana.
Luego el viajero tomó la carretera de Alájar, por paisaje serrano de
alcornoques y encinas. ALÁJAR está al pie de la Peña llamada de Arias
Montano porque fue residencia de este científico, humanista y mago al servicio
de Felipe II. Es un lugar misterioso, un cerro acribillado de cuevas, una fuente
salutífera, una verde explanada de encinas, una antigua ermita con su virgen,
un merendero, un aparcamiento, un mercadillo de cerámica y horteradas, un
puesto de miel y castañas, una viuda cincuentona, robusta y enlutada, que
mece al nietecito y suspira contemplando los correteos de jóvenes y viriles
muchachos.
El lugar fue santuario en tiempos precristianos y dejó en herencia sus
misterios para el que sepa descifrarlos, escaleras talladas en la piedra, sillita del
rey, barca de piedra en la puerta de una caverna. Por la carretera, el viajero se
detuvo a copiar un azulejo:
 
El que pase por la Peña
y que no rece una Salve
ni es serrano, ni andaluz
ni es española su sangre.
 
El inspirado poema mereció el primer premio en la Romería de 1925. El
viajero rezó su salve, con humildad y recogimiento, antes de proseguir.
A pocos kilómetros está ALMONASTER LA REAL, inexcusable estación
de este camino. La carretera discurre por la ladera del monte dejando el pueblo
en la hondonada. Al llegar a la ermita del Señor de la Humildad y Paciencia se
tuerce a la izquierda para descender al pueblo, por calles limpias y blancas,
empedradas de menudos guijos de mármol. El camino desciende hasta la
placita de La Concepción, junto a la ermita, y luego asciende hasta llegar a los
muros del castillo, encaramado en el cerrete frontero.
Los carcomidos muros del castillo son precioso receptáculo de dos
edificios: una minúscula plaza de toros, moderna, que a pesar de todo, será por
la curiosidad, no desentona en el conjunto, y una hermosísima mezquita,
excelentemente restaurada, que fue la iglesia del castillo en tiempos cristianos,
y previo templo visigodo, como documentan sin dudarlo los capiteles de sus
columnas. Sólo contemplar esta pequeña y discreta maravilla justificaría la
visita. Si le añadimos el entorno, los paisajes que desde su altura se divisan, el
callejeo por el pueblo blanco y atildado y el cochinillo al perolo que sirven los
fogones locales, la combinación entre estética y gastronomía raya la perfección.
Se nota que nos vamos acercando a tierras portuguesas en los pueblos
defendidos por fuertes castillos. Del otro lado de la raya ocurre lo mismo: más
pueblos fortificados para testimoniar los seculares recelos entre Portugal y
Castilla. El viajero, que ama a Portugal como cosa propia, no lamenta la
Historia, que es ya agua pasada, pero le hubiera gustado proseguir el viaje más
allá de la raya nacional, y asomarse a las aguas del Tajo, ya en Lisboa.
El castillo de CORTEGANA, la de los siete mataderos de cerdos —que
sin perdón así se llaman, como decía Cervantes—, la de las tortas de
chicharrones, la de la famosa romería de San Antonio, tiene cinco torres y un
exiguo patio de armas. En el pueblo hay, además, dos hermosas iglesias. Su
jolgorio más famoso es la hariná, fiesta en la que las calles se llenan de
fantasmas disfrazados o quién sabe si auténticos que arrojan puñados de
harina sobre los viandantes.
La sierra se suaviza para llegar a AROCHE, fuerte castillo octogonal,
robustas murallas en cuyo patio de armas ha crecido la extraña flor de una
plaza de toros. Blando caserío, estrechas y pintorescas calles empedradas, casas
solariegas, fuentes de frescas aguas, Museo del Rosario donde el turista pío
podrá extasiarse ante los rosarios donados por los humoristas Tip y Coll, el
arzobispo Makarios, el barman Chicote, el bailarín Antonio y otros pilares de
la cultura patria. A unos kilómetros, ya en Portugal, existe otro museo similar,
éste de crucifijos, propicia estación para autobuses de peregrinos camino de
Fátima.
Se alargaban las sombras y el sol iba de vencida. El viajero con tanta subida
de cuestas y tanto callejeo iba sintiendo apetito. Tomó su resolución y la
carretera nacional 433, con breve desviación de dos kilómetros para llegar a
JABUGO, el famosísimo pueblo de los jamones. En este pueblo y en los
aledaños florecen al año unos cien mil jamones de pata negra, procedentes de
cerdos felices que hasta los andares tienen bonitos, como es sabido, por lo
general criados al aire libre en los jardines de infancia de estos benditos cerros,
mimados con bellotas y hierbas digestivas bajo alcornoques y encinas, en
espaciosas dehesas, en amenos y bucólicos prados a los que sólo les falta la
música.
Al viajero le habían alabado la iglesia de San Miguel y su órgano barroco
pero ya se hacía de noche y juiciosamente optó por sentarse en una taberna y
pedir una jarra de vino tinto extremeño y dos platos, uno de caña de lomo y
otro de jamón de primera corta. No encuentra palabras para describirlo ni
quiere desvirtuar la emoción que le produce rememorarlo, inundadas las
fauces, alargando la masticación, elevando el espíritu.
¡Y pensar que hay ilusos que alardean de cultos y ecuménicos por haber
visitado Tailandia y el Machu Pichu y nunca han hollado estas suculentas
sierras…!
 
 
IMÁGENES
SEVILLA
Alcalá del Río
 
Anfiteatro de Itálica
 
Doña María Coronel, la dama del Tizón
 
Ermita de Cuatrovitas
 
Ruinas del Monasterio de Cazalla, Sierra Norte de Sevilla
 
Tesoro de El Carambolo, Museo de Sevilla
 
JAÉN
Castillo de Baños de la Encina
 
Cazorla, camino del Borosa
 
El trono de Lawrence de Arabia en el museo de Arjona
 
La lápida templaria de Arjona
 
Entre Torres y Albanchez a veces caen nevadas como exactamente esa, hace unos años
 
Pantano del Tranco, Sierra de Cazorla
 
El Castillo de Baños de la Encina, de un tapial excelente,
mantiene completo incluso el almenado
 
Junto al museo de Las Navas de Tolosa
 
MÁLAGA
Interior del I dolmen de Menga, Antequera. Al fondo elpozo.
 
Junto al Torcal el viajero puede ver incluso lobos, tras las alambradas, claro
 
 
GRANADA
Alcazaba de Orce
 
Canal de Carlos III
 
El cervatillo, dentro del parque de la Sierra de Baza, no teme al visitante
y siente pareja curiosidad
 
Nadie diría que la fortaleza de Calahorra, tan feroz y sólida al pie de la nieve, guarda un patio tan
delicado y bello en su interior
 
Desde el llamado Cerro del Fuerte se ve bien Sierra Nevada.
El último paisaje para muchos ojos en 1561.
 
Fábrica de garum en Almuñecar
 
Secuoya de Huéscar
 
CÓRDOBA
Córdoba
 
Ruinas-balneario de Fuente Agria, Pedroche
 
CÁDIZ
En el Museo de las Cortes se guarda hasta la urna que se usó para las votaciones de 1812
 
En la calle Veedor, junto al quizá mejor colmao gaditano, se alojó Wellington cuando
el asedio gabacho
 
Desembocadura del Guadalquivir
 
Gibraltar en el siglo XIX
 
Olvera
 
Ruinas de Baelo Claudia
 
Excavaciones en la Plaza Mayor de Écija
 
Los toros en el campo de Cádiz, muchos más seguros desde dentro del coche, y así y todo...
 
Zahara de la Sierra
 
ALMERÍA
Patio de honor del Castillo Vélez-Blanco en Nueva York
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