Vista previa del material en texto
Juan Eslava Galán Francisco Núñez Roldán ANDALUCÍA Notas de andar y ver Primera edición: enero de 2017 © Comunicación y Publicaciones Caudal, S.L. © Juan Eslava Galán © Francisco Núñez Roldán ISBN: 978-84-946141-2-5 ISBN digital: 978-84-946141-3-2 Depósito legal: M-42217-2016 Ediciones Caudal C/ Cea Bermúdez 14 28003 Madrid info@ediciones-caudal.com www.ediciones-caudal.com Impreso en España INTRODUCCIÓN Francisco Núñez Roldán No estarán todas las que son, faltaría más, pero podemos asegurarle al lector que son todas las que están. Queremos decir que estas páginas son recuelo, zumo y esencia de rutas, paseos o escapadas donde los autores, solos o acompañados de otros, otras u otres, han ido pateando esta amplia parte de España que se conocen más o menos bien, aunque no sea más que por haber nacido o vivido mucho tiempo en ella y ser gente curiosa, culinquieta y todavía pasablemente bien de cabeza, de estómago y de piernas. De otras cosas, Cronos implacable va imponiendo sus gabelas, pero aún se hace lo que se puede, la verdad. Si el lector quiere una guía turística o viajera al uso, que hay muchas y prolijas, la encontrará sin duda en librerías y no digamos con el inestimable aunque no siempre veraz acceso a Google y la información de Wikipedia. La presente guía es simplemente hablar sobre algo de lo que más nos gustó o impresionó en las ocho provincias andaluzas. Es una aproximación bastante sentimental, si se quiere, para leerse visitando los referidos lugares, y también para leer en casa al amor del aire acondicionado frío/calor. Por ello verá quien leyere que van opiniones, reflexiones heteróclitas, alguna que otra nota procaz, y frecuentes referencias a las letras y la gastronomía. A ver, ya lo decíamos, lo que nos gusta. Por ello estas páginas tienen una ventaja que otras guías más amplias y sesudas quizá no posean. Y es que desde ellas los autores pretenden transmitir algo de sí, como siempre hace quien escribe sus opiniones, experiencias y gustos. Que coincidamos con el lector ya es otra cosa. Que se entretenga es lo que de entrada pretendemos. Y ya está, que las introducciones largas cansan mucho, por lo menos a nosotros. Y hay que amar al prójimo lector como a uno mismo. SEVILLA Juan Eslava Galán UN PASEO POR SEVILLA El viajero se dispone a deambular por Sevilla, la princesa de las ciudades de España, y aun, sin hacer injuria, de las de todo el mundo, como la llamó Martínez de Leiva hace tres siglos. También la ciudad donde el demonio se encuentra más a gusto, si creemos a Santa Teresa, que era de Ávila. No quisiera el viajero entrar en polémica sobre si tan rotundos asertos son hoy sostenibles. Tampoco quisiera incurrir en el tópico de afirmar que Sevilla es una ciudad femenina: es una ciudad hermafrodita que se basta a sí misma, que copula continuamente consigo misma, que se preña y pare Sevilla. Sevilla está enamorada de Sevilla, incluso encoñada con Sevilla. Sevilla se siente el ombligo del mundo, suponiendo que perciba el mundo. Al torero «El Gallo» le comentaron lo lejos que quedaba Sevilla de Santiago de Compostela y él replicó, incomodado: «No, señor; Sevilla no está lejos, está donde tiene que estas; lo que está lejos es Santiago de Compostela». No todos los sevillanos son tan tajantes: el poeta Fernando Villalón, más concesivo y generoso, amplió esta geografía y declaró que el mundo se divide en dos partes: Sevilla y Cádiz. Ponga usted la radio en cualquier emisora local y sólo escuchará piropos a Sevilla en clave de sevillanas con la reiterada rima de Sevilla con maravilla. El sevillano es el único español que no tiene complejo de inferioridad sino más bien todo lo contrario. Sabe que vivir en Sevilla es un privilegio y lo disfruta plenamente aunque condesciende, por su propio narcisismo, a que los forasteros asistan a sus perpetuas bodas con la ciudad de la gracia. Sevilla es exhibicionista y ritual, necesita una claqué de voyeurs arrobados rendida a su arte y su gracia. Lo sevillano está siempre de escaparate en la Semana Santa, en la Feria de Abril, en el Rocío, en los mínimos detalles de la vida diaria. Se va más a ser visto que a ver. Sevilla se contiene a sí misma y se basta. No rivaliza con nadie, ella es su propia rival. Para eso muestra cierta tendencia dicotómica y permite que coexistan dos Sevillas opuestas y complementarias, como el ying y el yang de los orientales, la propiamente dicha y Triana, una a cada lado del río; tiene dos equipos de fútbol, ferozmente enfrentados, normal, el Betis y el Sevilla; tiene dos Cristos, el del Gran Poder y El Cachorro; tiene dos vírgenes, la Macarena y la Esperanza de Triana y dos fiestas nacionales, la Feria y el Rocío. Si no fuera por los inconvenientes del centralismo gubernativo, ya paliados en gran parte con la capitalidad autonómica, Sevilla podría desgajarse del resto del mundo y funcionar independientemente, como las antiguas ciudades-estado italianas, como Florencia, o Génova o Venecia, a las que, por cierto, es posible que Sevilla deba mucho. El paseante había decidido comenzar su visita por el cogollo monumental, por ese mejor cahiz de tierra que rodea la Giralda. Primero constató los armoniosos excesos de la portada barroca del Palacio Episcopal y luego, cruzando la plaza, se aventuró por el callejoncito retorcido y meado de borrachos que conduce a uno de los rincones más deliciosos del callejero sevillano, la PLACITA DE SANTA MARTA. Cuatro naranjos, algunos tiestos floridos en las ventanas, un azulejo, la celosía antigua del convento adyacente, una portalada de casa señorial y una cruz de piedra en el centro. Y la GIRALDA. El imperio almohade, que abarcó desde el Sahara a la Mancha, se justifica ante la historia por haber construido esta torre prodigiosa que tiene otras dos hermanas, más feíllas, en Marrakech y en Rabat. Su primer cuerpo, de ladrillo, con dos características franjas de arcos entrelazados verticales que la estilizan, la sebka data de 1198; el segundo, añadido renacentista para alojar las campanas, se terminó en 1568. La monumental veleta del remate es la Giralda propiamente dicha, una giganta de bronce de cuatro metros de altura que sostiene un lábaro y representa a la Fe. La bola sobre la que se asienta es, según la tradición, una panzuda tinaja de hierro que cada año se llenaba de aceite para gaje de los rozagantes canónigos de la catedral. El viajero, o turista, si quieren llamarle así, esquivó a una cuadrilla de greñudas morenas de verde luna, zapatillas de paño, mandiles floreados, grandes medallas sobre los pechos opulentos y algún que otro diente de oro, que pretendían hincarle un mustio clavel en la solapa de la gabardina o venderle una ramita recién arrancada de los setos que rodean el Archivo de Indias, y se refugió en el burladero del llamado Patio de los Naranjos. Allí, por un estipendio, le franquearon el paso al cuerpo de campanas por cómodas rampas de ladrillo. Desde la angélica altura, el peripatético disfrutó de una panorámica de la inabarcable Sevilla y se demoró en contemplar las múltiples espadañas, las brillantes cúpulas, los alados campanarios, las soleadas terrazas, los cerrados jardines y, al pie mismo de la torre, el bosque de los pináculos de la catedral y la geometría de los naranjos en el patio de grandes arcos túmidos de la antigua mezquita, y único resto de ella. No es que la derribaran en su momento para hacer la catedral, no, es que las mezquitas recicladas en iglesias se iban deteriorando y al marchitarse se rehacían luego en el estilo contemporáneo. El historicismo no se había inventado aún. Se salvó la mezquita de Córdoba, por razones no de estética, sino de solidez. Cuando los munícipes sevillanos decidieron construir su catedral se dijeron: «Hagamos una iglesia tal que los que la vieren nos tengan por locos». El afortunado resultado de tal locura es una CATEDRAL sólo superada en magnitud por San Pedro del Vaticano y San Pablo de Londres, con la diferencia de que estas dos se le antojaron al turista heladosmausoleos, en tanto que la sevillana es cálida y viva. Si el visitante llega en día de fiesta grande quizá tenga la suerte de asistir a la danza de los seises delante del altar mayor. Es una danza renacentista que se ha conservado intacta, indiferente al paso del tiempo, como el celacanto abisal. La catedral de Sevilla alcanzó privilegio pontificio para que estos niños cantaran y danzaran ante el Santísimo mientras duraran sus trajes, pero la picaresca sevillana burló la ley por el procedimiento de renovarlos pieza a pieza, nunca enteros. De este modo, los seises nunca estrenan y pueden seguir bailando por los siglos de los siglos. La catedral de Sevilla es de traza gótica, y fue construida entre 1401 y 1517. Por eso conviven en ella varios estilos y épocas. El viajero se pasmó de la amplitud y altura de sus cinco naves, y de la magnitud y riqueza del retablo del altar mayor, gótico y renacentista, un comic prolijo que nos cuenta la vida y milagros de Jesucristo en cientos de figuras. En la capilla de la Inmaculada contempló la Virgen de Martínez Montañés a la que llaman la Cieguecita, por sus entornados ojos. Sevilla lo reinterpreta todo en clave popular, trocando la esencia por la apariencia. En otra iglesia hay un crucificado al que, con cierta irreverencia, denominan el Cristo del pedo por el sospechoso escorzo de su cintura y muslos sobre la cruz. El viajero se arrimó después a la helada reja de la Capilla Real donde recibe, mayestática y distante, la Virgen de los Reyes, patrona de esta ciudad de muchos patronos. A sus pies está, en artística urna de plata, la momia de San Fernando, el rey que conquistó a los moros Sevilla y el Guadalquivir. Cada año, el día del santo, se abre la urna funeraria para que los fieles puedan contemplarlo. El rey más grande de la historia de España es una momia diminuta, apenas un metro veinte de personajillo apergaminado. También se encuentra aquí la sepultura de su hijo Alfonso X el Sabio, que dio su curioso lema a Sevilla, un jeroglífico que representa una madeja de hilo, parecida a un ocho, con las letras NO y DO a uno y otro lado (no-madeja-do), no me ha dejado, reflexión del rey Sabio cuando se le rebelaron las ciudades y solamente Sevilla se mantuvo fiel. Una ciudad que, por otra parte, no nos engañemos, sólo se es fiel a sí misma. Otro ilustre enterramiento es el de Cristóbal Colón, un sepulcro ciclópeo que señorea una de las naves laterales. En este cofre enorme se custodian, como artículo de fe, los presuntos restos del descubridor de América: dos o tres fragmentos de hueso y unos puñados de polvo que cabrían holgadamente en una caja de zapatos. Recientes estudios certifican la legitimidad de los venerables residuos. Al otro lado de la catedral, y como contrastando con ella, se levanta el ARCHIVO GENERAL DE INDIAS donde se atesoran los cuarenta mil legajos que generaron cuatro siglos de historia americana. Entre sus documentos figura una instancia de Cervantes que después de haber fracasado en España quería probar fortuna en América. El funcionario de turno le deniega el permiso escribiendo al margen: «Busque por acá en qué se le haga merced». No se indigne el lector. Gracias a ese quisquilloso chupatintas tenemos El Quijote. Enfrente del Archivo de Indias se extienden los torreados muros grises del Alcázar y su puerta del León. El ALCÁZAR DE SEVILLA es un edificio vivo sobre el que se han acumulado muchas arquitecturas desde el siglo XI, cuando la ciudad era capital de un reino de taifas. Los almorávides y los almohades lo remodelaron y acrecentaron en el siglo XII, los cristianos hicieron lo propio en el siglo XIII y especialmente en el XIV, cuando Pedro el Cruel quiso construir en él una Alhambra castellana con ayuda de arquitectos y artesanos granadinos. Penetramos en el Alcázar por la puerta del León, bajo el rugidor azulejo. Al otro lado del patio de la Montería, carcomidos muros tapizados de hiedra, aparece ante nuestros ojos la verdadera fachada del palacio, construida en 1364. Detrás de tanta monumentalidad sorprende, como en la Alhambra, la mezquindad del pasillo y revellín morisco que nos traslada al patio de las Doncellas, belleza menuda de azulejos medievales; al Salón de Embajadores, cubierto de espléndida cúpula; y al patio de las Muñecas, transición entre palacio y casa burguesa acomodada de la época romántica. En otra estancia del palacio, el Salón de los Tapices, admiramos una colección de telas flamencas que relatan cinematográficamente la conquista de Túnez. También en los jardines podemos encontrar testimonio de los cambiantes gustos de sus habitantes a lo largo de la historia: las yeserías almohades, las rocallas renacentistas, las fuentes barrocas, los arriates, el jardín geométrico, el jardín asilvestrado, el rumor del agua, los juegos de la luz entre las ramas de los tupidos árboles y el rumor del agua multiplicado en las fuentes. Hay un quiosco central, renacentista, en el que vela sus misterios un pequeño laberinto sobre azulejo. BARRIO DE SANTA CRUZ Salimos del Alcázar por el llamado Patio de Banderas y entramos en el barrio de Santa Cruz por el pasaje de la Judería, cubierto y acodado, con salida a la calle Vida que a su vez conecta con el Callejón del Agua. El viajero deambuló con paso tranquilo por este barrio expresamente remodelado para él, recreándose en sus umbrías silenciosas, asomándose a las cancelas para otear los patios con azulejos, macetas, arriates, flores. El paseante transitó por la calle de la Pimienta y se tomó un jerez con aceitunas gordales en la Hostería del Laurel, donde se supone que don Juan Tenorio inventariaba sus conquistas. Luego se llegó a la plaza de Doña Elvira, equilibrio entre lo decorativo y lo funcional, espacio íntimo para el tópico maridaje de azulejo, cal y naranjos, postalita de color obligada en las canciones de las folclóricas y en las películas andaluzas de nuestra sufrida mocedad. La plazuela estaba desierta pero en uno de sus ángulos las mesas del restaurante típico habían madrugado a la espera de la primera hornada de turistas. Al fondo, en una plazoleta que da al Pasaje del Agua, está la casa de la Susona que se distingue por el azulejo con calavera de la fachada. La Susona fue una judía famosa por su belleza y porque traicionó a los de su pueblo por amor revelando que conspiraban para asesinar a los Inquisidores. Susón, su padre, y otros muchos notables conversos fueron condenados a la hoguera y la Susona, abandonada por su amante cristiano y despreciada por todos, se dedicó a la prostitución. Cuando iba a morir pidió que su calavera se exhibiese en una hornacina abierta en la fachada de su casa, para escarmiento de generaciones venideras. El paseante callejeó a placer, con reposo y paz, por el barrio de Santa Cruz y no sabría decir por dónde se metió para dar a la postre con la plaza de San Francisco, donde está el AYUNTAMIENTO. No hay en España cabildo municipal mejor alojado que el de Sevilla. Las burocracias municipales se ubican en un monumento plateresco decorado con espléndidos relieves y medallones que ensalzan el pasado de la ciudad entroncándolo con sus orígenes mitológicos, con Julio César y con Hércules. El viajero almorzó cerca del Ayuntamiento, en la calle Huelva, en un restaurante familiar llamado El Refugio cuyo plato secreto y excelso, la carrañaca, le habían alabado. El postre lo tomó en una pastelería de la inmediata plaza de la Alfalfa. Se asomó al escaparate, señaló un pastel. «Ese se llama pija de canónigo —informó el confitero—. ¿Le pongo uno?» «No, no, póngame usted el de al lado, el barquillo relleno», cambió de idea el prudente gastrónomo, ateniéndose a lo conocido. EL SALVADOR El viajero visitó la iglesia del Salvador, traza renacentista y remate barroco tardío. En la ciudad excesiva, esta iglesia es solamente una de tantas cuando podría competir en altura y magnificencia con las catedrales de otros lugares. Al viajero lo confortaron su recoleto compás, originariamente patio de las abluciones de la antigua mezquitaaljama abbadí, es decir, de los primeros taifas, y luego admiró una atractiva virgen guapa de cara, avispada de cintura y rotunda de caderas, a la moda decimonónica tardía. El viajero se puso a considerar que al cristiano de a pie, salvados sean dogmas y teologías, le resulta más placentero postrarse ante estas imágenes que delante de eccehomos torturados y ensangrentados que parecen sacados de un telediario. En estas pías consideraciones estaba cuando desembocó en la famosa y nunca suficientemente ponderada calle Sierpes. La CALLE SIERPES, médula comercial del casco antiguo, peatonal, íntima, retorcida, entoldada, es la calle más popular de Sevilla, carrera obligada de todas las procesiones, no digo más. Esta vía no contiene monumentos ni edificios impresionantes: ella y sus gentes son los monumentos. Es una calle de tiendas, bancos, un par de casinos con amplios escaparates para que los socios maten el tiempo viendo pasar al personal y unos cuantos bares y cafeterías con mostrador de acero inoxidable. Eso sí, demórese el viajero en mirar de vez en cuando hacia arriba de los edificios y contemple el contraste entre más de una buena fachada con el desastre estético que han hecho las tiendas en las plantas bajas. El visitante hará bien en transitar despacio la calle Sierpes, fijándose en todo, porque en esta calle se representa el permanente espectáculo de la vida sevillana. Por aquí, fue luego al MUSEO DE BELLAS ARTES, la segunda pinacoteca de España, dicen, después del Museo del Prado: frailes, santos Inmaculadas y apóstoles, más que hay en los escritos. El viajero tornó a callejear por el casco antiguo y fue preguntando hasta dar con la CASA DE PILATOS o de Medinaceli, el más característico palacio sevillano del siglo XVI en el que se conjugan armónicamente el renacimiento y el mudéjar, el jardín aparatoso y el jardín íntimo como para dos, el pasado ilustre y el melancólico presente. Se dice sin lógico fundamento que es copia del palacio del pretorio Poncio Pilatos en Jerusalén. El visitante recorrió con placer las hermosas estancias que fueron marco incomparable de las fabulosas fiestas de sociedad en las que hace cincuenta años se vestían de largo las gráciles y apetitosas nínfulas de los mejores linajes andaluzas, hoy quizá grávidas matronas neurasténicas. Se hizo de noche y el viajero se arrastró con los pies hechos una pena hasta el notable antro LA CARBONERÍA, en calle Levíes, un encantador y zarrapastroso establecimiento intelectual como las covachuelas existencialistas del Sena, y quién sabe si inspirado por ellas, donde en su día contempló cuadros y asistió a la presentación de libros de versos —los poetas son plaga en Sevilla—, escuchó a un espontáneo cantaor flamenco y pasó revista a los males de la patria con un anónimo contertulio, todo ello sin moverse de la banqueta, vaso de tinto en la mano. Pero, ¡oh!, tiempos, el dueño de La Carbonería, el ducado de Segorbe, la había reclamado, con todos sus derechos, y ahora el establecimiento, salomónicamente mediado, tenía acceso por el gran patio de la calle Céspedes. Qué le vamos a hacer. LA MACARENA, LA FERIA, LA SEMANA SANTA Y OTRAS SEVILLAS El viajero durmió como un bendito y se hizo despertar a las nueve de la madrugada. Antes de echarse a la calle desayunó una infusión de manzanilla con su chorrito de anís dulce y doble ración de calentitos, es decir, churros. El programa comenzaba por la Macarena, pero aprovechando que había pernoctado en la Plaza de San Pedro, con balcón a sus potentes ficus, se asomó al cercano CONVENTO DE SANTA INÉS, lugar evocador que, después de inspirar a Bécquer la leyenda de Maese Pérez el Organista, guarda fuelle para otras historias no menos románticas: se dice que el rey Pedro el Cruel, codicioso de una novicia de esta casa, quiso poseerla perentoriamente, pero la joven, resuelta a defender su pureza, se abrasó la cara y el pecho con aceite hirviendo para alejar al monarca. Más terrible todavía es otra versión de la misma leyenda. La fundadora del convento, doña María Coronel, asaltada por irreprimibles apetitos carnales en ausencia del marido, ahuyentó honestamente la tentación introduciéndose por su conducto natural un madero encendido. La dama falleció a resultas de tan cruel cauterio, pero en olor de santidad, oiga. Eso sí, no llegó a santa de número por lo autoinfligido de la lesión, aunque nos quedó el consuelo de su momia incorrupta —cubierta con mascarilla de cera— que se venera en el convento y se muestra a los fieles el día de la patrona. Aparte de las leyendas y la momia, el edificio gótico mudéjar bien merece una visita. Además, las monjitas, benditas sean sus manos, hacen unos dulces exquisitos y los venden a través del torno, que es clausura. LA MACARENA La Basílica de la Macarena, residencia de la más famosa virgen sevillana, es un templo neobarroco cuya construcción se remonta a 1949. Es también el precioso estuche que atesora el fabuloso ajuar de la virgen, sus mantos, sus oros, sus platas, sus piedras preciosas, sus condecoraciones, sus palios de plata, sus candelabros repujados, sus ornamentos. Si se estudiara debidamente este tesoro, que crece cada año, tendríamos que añadir a la historia del arte no diré yo que un capítulo pero al menos sí un pie de página que hablara del estilo macareno o cofradiero sevillano, espectacular y suntuoso, recargado e hiperbólico. El arco triunfal de la fachada del edificio articula, con la vecina puerta de la Macarena de la antigua muralla almorávide, un escenario propicio para añadir brillo a la apoteosis de la Macarena, cuando se manifiesta a la exaltada muchedumbre de sus adoradores en la madrugada del Viernes Santo, en el inicio de su paseíllo triunfal por las calles de Sevilla. Es cosa de ver cómo caen en trance y se desgañitan gritándole «¡Guapa, guapa, guapa!» e incluso otros piropos más gruesos que el viajero no osa repetir. La Virgen de la Esperanza, llamada Macarena, es una imagen barroca del siglo XVII, atribuida a la Roldana. Es una madre andaluza joven y guapa, apenada y llorosa, a la que ruedan lágrimas de vidrio por sus tersas mejillas. Contemplando las pinturas y objetos del santuario, el visitante se asombra de que los artistas y los talleres sevillanos mantengan todavía, a finales del siglo XX, la misma capacidad artesanal que los hizo famosos tres siglos antes. En una capilla lateral, bajo losa de mármol blanco, reposan los inquietos restos del general Queipo de Llano. El viajero, algo atufado de ceras e inciensos, dio un paseo por la MURALLA almohade y por los jardines del HOSPITAL DE LAS CINCO LLAGAS donde se ha instalado el parlamento de Andalucía. Los padres de la patria menor debaten nuestros problemas entre las mejores obras de Asensio de Maeda, Hernán Ruiz II, Juan Bautista Vázquez y otros grandes arquitectos, escultores y pintores. A ver si ellos les inspiran. El viajero tomó un taxi y se trasladó a la parte opuesta de la ciudad, es decir al río, por las modernas y capaces rondas abiertas con pretexto de la Expo 92. En las mínimas estancias de la TORRE DEL ORO dio en imaginar las pilas de lingotes de oro que los galeones traían de América. Hoy, fenecidas aquellas regalías, se conforma con alojar un modesto museo naval. El visitante, acodado entre dos merlones de la terraza, contempló a sus anchas la bullente ciudad, el río surcado de veloces piraguas y la hormigueante calle Betis, en la orilla de Triana. Luego prosiguió su paseo, cambió de acera, dejó atrás un reciente edificio de Moneo y atravesó los jardines del pomposo Teatro de la Maestranza, garbanzada hispalense en caldo de Traviatta con toda razón rebautizada como La olla exprés, para salir al HOSPITAL DE LA CARIDAD. Tiene el hospital una bella fachada renacentista adornada con antiguos azulejos, de cuando los azulejos eran azules. A la puerta de la iglesia, donde todo el que entre lo pise, está sepultado el legendario don Miguel de Mañara, personaje sevillano que inspiró el mito de Don Juan Tenorio. La tradición popular aseguraque Don Miguel de Mañara fue un depravado burlador que sembraba un rosal en su jardín por cada virgo cobrado. A las viudas consoladas y a las esposas desbravadas no las metía en cuentas, despreciándolas como piezas menores. Tenía don Miguel, sigue la leyenda, el jardín de su casa más espeso que las selvas de Mato Grosso cuando, ya peinando barbas de plata, se desengañó del mundo y decidió regenerarse y purgar antiguos pecados con oraciones, sacrificios y obras pías. El Hospital de la Caridad atesora tantas obras de arte que sería prolijo enumerarlas. Es notable su iglesia y el Cristo de Pedro Roldán. El visitante no pudo reprimir un escalofrío cuando contempló, bajo los carpaneles del coro bajo, las macabras pinturas de Valdés Leal, verdadera apoteosis del espíritu barroco y de la exacerbada religiosidad del siglo. Representan el ambiente del sepulcro, con cuerpos agusanados y la muerte señoreando el mundo. Salió del Hospital y se fue derecho a la vecina CASA DE LA MONEDA, conjunto de edificios y patios, donde estaban las fundiciones y las cecas que amonedaban el oro y la plata llegados de América cuando Sevilla era el puerto de las Indias. Luego regresó al Guadalquivir y fue dando un paseo por la ribera, frente a la monumental PLAZA DE TOROS de la Maestranza, que dicen que es el Vaticano de la fiesta nacional, donde Curro Romero, el torero de Sevilla, derramaba pero que muy de tarde en tarde el frasco de las esencias, y en lugar de rollos de papel higiénico le tiraban ramitos de romero. El viajero no entiende mucho de toros, pero visitó el meritorio museo taurino y pisó el dorado albero, que hace un hermoso conjunto con la cal de las arquerías y el cielo de la ciudad. Más tarde cruzó despacio el río por el puente de hierro de Isabel II, copia decimonónica de uno de los del Sena parisino, que llamaban el del Carroussel, y que por cierto ya no existe allí. En Youtube hay un accesible, ilustrativo y gracioso corto trianero al respecto, dedicado a Polonceau, el ingeniero autor del puente de París. Véanlo. Igual hasta conocen a uno de los protas. El viajero, nada más cruzar, vio el sitio del castillo que fue de la Inquisición, reciclado en sabroso mercado, pero con sórdidos restos de su antiguo oficio en los sótanos. Pero TRIANA no es un barrio de Sevilla. Triana es otra ciudad y otro mundo. Aquí reside lo auténtico de los alfares, del flamenco, de los toreros, de los carpinteros de ribera, de los menestrales, del baile auténtico, del pescaíto frito y del desgarro popular en corrales de vecinos, muros de cal, arriates de jazmín, dompedro y dama de noche, latas de geranios, de fiestas vecinales, la velá de julio, que es su feria propia, y de algarabía de comadres en el lavadero (ya van quedando pocos y las comadres, enviciadas con la telebasura, descuidan sus labores y se les quema el puchero). El viajero se dio un garbeo por la calle Alfarería y curioseó en las tiendas de cerámica, luego saboreó una tapita de cazón en adobo en una tasca de la calle San Jacinto y admiró sin prisas el retablo plateresco de la gótica y armoniosa Iglesia de Santa Ana, la catedral de Triana. El paseante vagó por el barrio/ciudad, por las calles Pureza y Rodrigo de Triana, callejeando entre sus gentes, hasta toparse con la parte moderna, el barrio de los Remedios, en su tiempo el no va más de la modernidad, del que huyó aprovechando que había llegado al puente de San Telmo. Nuevamente en Sevilla, torció a la derecha y llegó al PALACIO DE SAN TELMO, la perla del barroco civil, hoy ampulosa sede de la presidencia de la Junta de Andalucía. De allí, a través del Parque de María Luisa, se dirigió a la Plaza de España. La PLAZA DE ESPAÑA es el monumento más característico de la exposición de 1929 y la joya de la arquitectura regionalista de Aníbal González, ese neorrenacimiento manierista andaluz que inventaron los arquitectos sevillanos. Es un edificio semicircular con los extremos rematados por dos afiladas torres algo descompensadas, quiero y no puedo, demasiado cucurucho para tan poco cuerpo. Lo mejor de la Plaza de España es la sabia combinación de monumentalidad arquitectónica en ladrillo visto y graciosa azulejería trianera. EL PARQUE DE MARIA LUISA El viajero compró medio euro de cañamones para las palomas y dio un paseo por el Parque de María Luisa (1913). Es un parque civilizado, de trazado francés, inspirado en el Generalife y la Alhambra pero más cartesiano, con rectas avenidas, espaciosas alamedas, senderos previsibles, glorietas, fuentes, paseos, y hasta un promontorio artificial, el Gurugú, la única elevación de Sevilla. En dos rincones evocadores hay sendos monumentos a Bécquer y a Dante, dos poetas distantes y distintos que ejemplifican la capacidad sevillana para concordar contrarios, la vocación de esta ciudad, crisol fundidor que extrae la gracia de cada cosa y la devuelve mejorada. El viajero lamentó no tener a mano una novia veinteañera, menudita y morena, tierna y melosa, cuando se sentó un rato a contemplar el monumento a Bécquer, deslumbrante mármol de Coullaut Valera, abrazado a un árbol centenario con el que se integra en bello y romántico conjunto. En la Plaza de América, al otro lado del parque, está formada por otros edificios de la exposición del 29: el MUSEO ARQUEOLÓGICO, de espléndida fachada neoplateresca, y el frontero Museo de Artes y Costumbres Populares, este medio cerrado. En el Arqueológico se exhibe una muy buena copia del tesoro tartésico de El Carambolo, y mucha escultura romana. El viajero aplazó para futuras ocasiones la visita a los otros cien palacios, iglesias y rincones evocadores de la ciudad pero no quiso despedirse de Sevilla sin conocer su más preciada joya arqueológica: la ciudad romana de ITÁLICA, cuna de los emperadores Trajano y Adriano, distante nueve kilómetros por la carretera de Extremadura. Itálica fue fundada por Escipión el Africano para retiro de los veteranos de sus guerras. La ciudad está todavía por excavar, y la señora propietaria del terreno que hay sobre el teatro se resistía a la expropiación argumentando que su casa data de tiempos de sus bisabuelos y en la familia no hay noticia de que allí hubiera teatro alguno, ni cómicos, ni nada, que ellos habían sido siempre gente de orden y muy decente. Una visita a lo que ya se ha descubierto en Itálica y un almuerzo en las ventas de Santiponce compensa sobradamente demorar un día más la excursión a Sevilla. El viajero recorrió las ruinas del anfiteatro y los evocadores pasadizos y sótanos así como la calle principal, pavimentada con losas, dotada de anchas aceras y de una capaz cloaca central, y curioseó en las ruinas de las casas patricias, con sus patios porticados con fuente central y sus habitaciones decoradas con bellísimos mosaicos. Entre estos le llamaron especialmente la atención los denominados El laberinto, el de Los días de la semana y el llamado de los Pájaros, donde se muestra una cómica batalla entre grullas y pigmeos envidiablemente dotados. LA FERIA La feria de Abril sevillana desciende, quién lo diría, de una feria ganadera y mercantil apadrinada a mediados del siglo pasado por un vasco y un catalán. De una cosa tan seria los sevillanos han hecho el acontecimiento más festivo del mundo. Hoy, gracias a la muy ilustrada televisión autonómica, la imitan con creciente éxito de crítica y público otras ferias andaluzas e incluso una catalana. La feria dura siete días, como si se tratara de recrear el mundo, comenzando por la prueba del alumbrado, el lunes por la noche y acabando por el lunes de resaca de la semana siguiente. La feria cumple el milagro anual de reunir en los escasos kilómetros cuadrados de polvoriento albero de su Real a un millón de feriantes cargados de manzanilla y vino fino sin que abunden los altercados inevitables en otros lugares en cuanto se juntan diez mozos en una romería. La feria es una fiesta civilizada y, a pesar de las engañosas apariencias, privada. Modernamente va habiendo algunas casetas públicas, grandonas y desangeladas, patrocinadaspor los distritos municipales o por los partidos políticos, pero lo suyo es que las casetas sean privadas, propiedad de una empresa, de una familia o de un grupo de amigos. Durante la feria contratan a un cocinero, a un camarero y a un segurata, a poder ser, desagradable. La caseta es una extensión del hogar, donde sólo se recibe a la familia y a los amigos. No obstante, esta residencia efímera está abierta al paseo porque uno de los placeres del sevillano es exhibir ante el viandante sus galas, su felicidad, lo bien que ha puesto su caseta y el trabajo que se ha tomado para descansar. Al filo del mediodía el ferial se llena de carrozas y caballistas para el diario paseo en el que los pudientes se muestran sus pavoneos ecuestres. También los fantasmones, que en Sevilla son legión, muchos de ellos entrampados hasta las cejas para alquilar caballos y codearse con los grandes. Las mujeres van con traje de flamenca, cuajado de faralaes, el único traje regional que admite modas, lo que ya es el colmo del barroquismo; los hombres de traje corto o de traje simple, camisa blanca abrochada hasta arriba, sin corbata. Los turistas japoneses y chinos —estos, cada vez más numerosos—, de cazadora gris, gorrilla de visera americana y cámara fotográfica al cuello. El placer de la feria, aparte de acicalarse, ver y ser visto, consiste en reunirse con los amigos en ocurrentes tertulias y beber y bailar según lo pida el cuerpo y según aguante. Algunos sólo van a la feria un par de días, otros no salen de ella y aguantan milagrosamente, sin dormir o durmiendo apenas, toda la semana. LA SEMANA SANTA En lo que toca a su Semana Santa, el sevillano desmiente todos los tópicos de su pereza, de su guasa y de su improvisación. La Semana Santa de Sevilla es la cosa más seria del mundo. Las sesenta y pico cofradías de la ciudad, cada una con su Virgen y su Cristo, con sus cuadrillas de disciplinados costaleros, sus hábiles capataces, sus devotos penitentes y sus celosas jerarquías, han desarrollado un complejo y rico ritual hecho de sentimiento religioso y exigencia estética. Algunas son increíblemente ricas, otras mucho más modestas; todas pasan doce meses al año preparando el día grande de su desfile en la próxima Semana Santa. Lo ensayan hasta en sus más ínfimos detalles: bandas de tambores en los nocturnos del río, paseos de madrugada con una réplica del paso cargado con sacos de arena para que pese como el original, reuniones casi diarias de los dirigentes... Nadie descansa para que todo luzca y brille con grave solemnidad y con restallante belleza. La cofradía es el supragobierno de la ciudad, la mafia benévola, la omnipotente hermandad en la que cada cual arrima el hombro, los propietarios del totem del clan al que cada cual ofrenda lo que puede: haberes, trabajo, desvelos, influencias, gusto. La consigna es siempre la misma: que la procesión resulte más lucida que el año anterior y que supere a la rival. En esta olimpiada de la belleza y la solemnidad no es nada fácil superar o superarse, por eso andan siempre acrecentando el patrimonio, siempre estrenando algo nuevo en varales, candelabros, manto, velo, canastilla, respiraderos, etc. Cada día de la Semana Santa desfilan varias cofradías por sus respectivas carreras oficiales que incluyen el corazón de la ciudad, la calle Sierpes y la plaza de San Francisco, donde se instalan los lujosos palcos de las autoridades. Su aparición es admirablemente sincronizada. Si alguna se retrasa o adelanta es debidamente sancionada por el Consejo de Cofradías. Unas cofradías son populares y rivalizan en riqueza y adorno; otras son de penitencia y rivalizan en austeridad y cilicio. Media Sevilla representa el espectáculo para que la otra media contemple y apruebe, pero la mitad espectadora no se resigna a un papel tan pasivo. También ella se erige en espectáculo. El Domingo de Ramos, grand première, los varones se echan a la calle repeinados, vestidos de capillitas, chaqueta azul marino, pantalones a juego, cintita de la hermandad en el ojal, gemelos, alfiler de corbata; las mujeres de estreno y peluquería. El Jueves y Viernes Santo, de mantilla. Todos ellos con muchas horas de espejo a la espalda. El viajero hará bien en sumergirse en el delirio colectivo de las bullas, los apretujones más o menos fructíferos, la música, la cera, el azahar y las conmovedoras aunque asalariadas saetas en los puntos más estratégicos del recorrido. DE CIERVOS Y EREMITAS (La Sierra Norte de Sevilla) Estaba fresca y linda la mañanita de enero. El viajero se puso al volante y pasó ante la catedral de Sevilla donde ya comenzaban a concentrarse los fieles que horas más tarde procesionarían a la Virgen de los Reyes para impetrar las anheladas lluvias. El cielo estaba todavía despejado e inmaculadamente azul pero el piadoso y previsor viajero iba pertrechado de paraguas, chubasquero y katiuskas. Una de las varias rutas para ir a la Sierra Norte sevillana sale de la ciudad por la avenida de Kansas City —así de imperdonablemente nombrada—, y en un santiamén se pone uno en Carmona. Al llegar a la bellísima —híbrida de romano y medieval—, Puerta de Sevilla, el viajero torció a la izquierda, dio la vuelta al pueblo, por ver desde abajo el deshilachado alcázar del rey don Pedro y tomó luego la carretera autonómica 457 que lleva a Lora del Río. Los campos del pan, como se atienen a la costumbre, estaban verdes y recios como si la pertinaz sequía no fuera con ellos. En un recodo del camino apareció una extensión de plástico negro que, de lejos, producía la ilusión de un lago. Tras este espejismo, más campos verdes hasta el río Guadalquivir y a lo lejos un puente de hierro, de cuando Primo de Rivera, ahora peatonal, y paralelo al de hormigón que lo relevó. Al llegar a LORA DEL RÍO el viajero se internó por el dédalo de las calles y aparcó en la Plaza de Andalucía, la de la airosa cruz de hierro. Lo primero que hizo fue desayunar junto al cercano y agonizante mercado, hoy machacado por los mercadonas. Luego visitó la iglesia de la Asunción, mudéjar, completada a finales del siglo XIX, donde le habían dicho que existe un notable inciensario del siglo XV en forma de templo, obra deliciosa de orfebrería cordobesa. El ayuntamiento de Lora del Río es un notable caserón del siglo XVIII al que se añadió una torre de reloj con campanas, admirable sincretismo entre lo civil y lo eclesiástico. Luego buscó y halló el viajero en el friso de la fachada un mutilado relieve con los emblemas de la Inquisición. Las otras bellezas del pueblo son sus casas solariegas, entre las que destacan la llamada de los Leones (1765), con fachada de pilastras cajeadas sobre pedestales bulbosos, y el Palacio de los Quintanilla, de finales del XVIII. El viajero, antes de tomar la carretera medianeja que lleva a la ermita de Setefilla, pasó junto a la notable iglesia de Nuestro Padre Jesús y luego frente a las blancas bardas del cementerio sobre las que asoman delatores cipreses y cruces. La ermita de Setefilla es un santuario hecho y derecho que destaca a lo largo del espinazo de un cerro en cuya cumbre, como un segundo plano gris, se yergue la desmochada torre del homenaje y varia ruina de un castillo roquero. A partir de este punto la carretera se hace más sinuosa y va penetrando en la sierra, bordeando el embalse José Torán, con bellos parajes que se dejan recorrer en paz y sin prisas. El viajero conducía a sus anchas sin más sobresalto que el cruce con algún ocasional vehículo todo terreno cargado de joviales cazadores vestidos de camuflaje y abrazados a sus armas como si fueran a la guerra. Algunos automóviles arrastraban un remolquillo donde bullían nerviosos los perros. Nuestro próximo destino, PUEBLA DE LOS INFANTES, está sobre un cerro en un valle rodeado de montañas. Buscando el castillo de la Puebla, el viajero ascendió hasta la parte más alta por callejuelas retorcidas con suelo de cemento para dar con un par de grises torreones embutidos en el caserío. También le habían hablado del cercano lugar de Almenara,de su ermita mudéjar, y de la iglesia, pero a él le llamaron más la atención los corros de ancianos, las jaulas de pájaros al sol de las paredes encaladas, el antiquísimo lavadero que aprovechaba el bajante de una torrentera, las reputadas tapas del restaurante Agredano y las mozas del lugar que muestran cierta proclividad a tener los muslos largos, lo cual siempre se agradece. El cronista prosiguió viaje por la apacible carretera de la sierra y en un par de apartaderos, cerca del embalse del Retortillo, se detuvo a contemplar la elástica carrera de los ciervos y el espasmódico vuelo de las perdices. Así, entre parada y parada, dio casi sin sentirlo en el pueblo de CONSTANTINA, la Constantina Iulia de los textos romanos. Constantina es un pueblo antiguo que nunca dejó de estar habitado, como prueban los restos árabes del castillo en el cerro del castillo y los del lugar del Almendro. Lo más sobresaliente de este lugar es su iglesia de Santa María de la Encarnación, mudéjar del siglo XV, con cuerpo de campanas de Hernán Ruiz. También le llamaron la atención al visitante los púlpitos de forja, fechados en 1850, de la iglesia de Nuestro Padre Jesús. En el barrio de la Morería encontró sabrosa arquitectura popular y algunas casas señoriales del siglo XVIII; en un bar de la plaza no menos sabrosas chuletas de cordero empanadas, pajaritos zorzales —prohibidísimos, por cierto—, guisado de venado, una especie de seta llamada faisán, espárragos trigueros y tagarninas con habas, que un día es un día. Todo con el vino clarete de la sierra. El viajero salió del pueblo por la carreterilla del monte y antes de llegar a CAZALLA DE LA SIERRA, detuvo el vehículo en un llanillo herboso junto al camino, bajo un copudo alcornoque, echó para atrás el asiento y descabezó una siesta roncadora escuchando, por la rendija de la ventanilla, el multiplicado trino de la pajarería. Cazalla la de los famosos anises y las finas aguas, rodeada de montañas, arboledas y manantiales, se enorgullece de sus dólmenes soterrados, de la torre triangular de la iglesia gótica de San Benito y de la iglesia de Santa María de la Consolación, adosada a una antigua puerta de las murallas almohades. Esta es mudéjar, de tres naves, con ábside poligonal y torre fachada del siglo XV. Dentro se guardan notables pinturas barrocas y retablos. Ahora bien, el que quiera estudiar todos los capítulos de la historia del arte español en un sólo monumento debe visitar cerca del pueblo las evocadoras ruinas de la Cartuja de la Inmaculada Concepción, construida entre finales del XV y el siglo XVIII. Es un catálogo donde se encuentra gótico, mudéjar, renacimiento y barroco. A treinta kilómetros de Cazalla, por la carretera serrana que pasa por San Nicolás del Puerto, paisajes paradisíacos con venados y cerdos que retozan en los hozaderos y emprenden suculentos trotecillos entre los algarrobos, está el pintoresco pueblecito de NAVAS DE LA CONCEPCIÓN, con su iglesia de la segunda mitad del XVIII donde hay una pila bautismal de piedra del siglo XV, una plaza con naranjos, una fuente y unas cocinas que sirven chacinas, morcilla picante, unos exquisitos dulces llamados naveras, pestiños como puertas, roscos, gañotes (parecidos al pestiño), torques y tortas de manteca. Desde las Navas, por carretera montaraz que atraviesa una de las colas del embalse del Retortillo, proseguimos viaje hacia el complejo rústico-monacal de SAN CALIXTO donde alguna vez veranearon Fabiola y Balduino. Es lugar muy a propósito para los buenos aficionados a la lectura pues por todas partes hay azulejos que conmemoran los píos fastos del lugar. El convento de El Tardón fue primero lugar de cenobio y luego convento de Basilios, fundado en 1542 por el venerable padre Mateo de la Fuente, en cuyos brazos entregó su alma —leemos en un azulejo— el beato Juan de Ávila. Los basilios duraron hasta 1840. Hoy es convento de monjas carmelitas descalzas. Hay una única calle que tendrá una veintena de casas encaladas, casi todas deshabitadas. El viajero sólo vio al capellán de la comunidad, vestido de cura antiguo, con abrigo encima de la sotana; a un guarda forestal, con sombrero y canana de gran hebilla; a dos estruendosos niños y a una pareja de silenciosos gatos. Los gatos le parecieron muy felices, pero los niños tampoco tenían pinta de sentirse desgraciados. El viajero aparcó frente al recoleto compás empedrado y entrando por un portalillo, atravesó un patio de naranjos para acceder al zaguán del torno de las monjas. Antes de tirar de la cuerda que acciona la campanilla copió en su cuaderno de viaje la admonitoria inscripción que hay sobre el torno: Hermano, una de dos o no hablar o hablar de Dios; que en la casa de Teresa esta ciencia se profesa. La iglesia, cuya llave facilitó gentilmente la monja tornera, es ancha más que larga, con grandes rejas ferradas muy tupidas y guarnecidas de púas desde las que las monjitas del divino gineceo oyen misa y ven sin ser vistas. En torno al altar mayor se exhibe una interesante colección de reliquias: por ejemplo un retalito del forro de damasco de la caja donde yace el cuerpo del rey San Fernando en Sevilla; o una piedrecita procedente del sepulcro de San Juan. El viajero compró un tarrito de jalea de membrillo de la que fabrican las monjas. También hacen cestos de mimbre y bandejas. Por un camino bordeado de potentes eucaliptos, atravesando un portalón adornado con una hilera de marmolillos descaradamente fálicos, el viajero regresó a la carretera local y prosiguió viaje hasta Hornachuelos sin más desviación que el camino que sale a la izquierda, tres kilómetros antes de la citada población, aquel cuyo letrero indica: Desierto de Santa María de los Ángeles y San José. Este era otro convento de eremitas, cerca del cual se localiza el famoso Salto del Fraile donde transcurre el episodio culminante de Don Álvaro, o la fuerza del sino, drama romántico del Duque de Rivas, y que luego dio la ópera La fuerza del destino de Verdi. Se ve que el duque, que era cordobés, conocía al dedillo estos parajes. HORNACHUELOS A la entrada del pueblo, el viajero encontró una fuente con tres chorros de aguas finísimas, aunque ya cloradas por inescrutable designio legal. La fuente se ve que tiene, ella sola, más historia que el pueblo pues presenta reveladoras trazas de haber sido ninfeo en tiempos romanos. Hoy, como saben los lectores de Caro Baroja, el culto a las ninfas ha evolucionado a veneración popular de la Virgen y aquí han levantado urna y altar, por cierto cuajado de flores, a Nuestra Señora de los Ángeles. Hornachuelos es un pueblo largo, extendido sobre un costurón con río, huertecillas y cavernas naturales. En la parte más alta del pueblo nuevo destaca un horrible depósito de agua, obra de cemento de los años cuarenta o poco posterior. En la parte vieja, aparece un pueblito tradicional coronado por el viejo castillo y la iglesia de Santa María de las Flores, tardogótica, de principios del XVI. En Hornachuelos era y aún es común adornar las casas, incluso en sus fachadas, con cornamentas de ciervo. Allá tomó la noche al viajero. Pernoctó y cenó en un lugar de las afueras donde le sirvieron un delicioso plato de venado en salsa y un pudding de frutas de la casa. Cuando se manifestó la mañana, el viajero se percató de que Hornachuelos está enclavado en el mismo zócalo de la sierra. Al salir del pueblo todo son cuestas abajo que llevan al llano. Aquí desaparecen los alcornoques y el monte bajo para dar paso a las tierras de pan llevar. El viajero, de buena mañana, llegó a PALMA DEL RÍO, aparcó y se dedicó a corretear el pueblo. Palma del Río está en la horquilla de los ríos Guadalquivir y Genil. Su más notable monumento son sus impresionantes murallas almohades que parecen serpear entre el caserío y aparecen y desaparecen por todas partes. Otras tres cosas llamaron la atención al forastero en este pueblo monumental que tantas hermosuras atesora: una cáustica pintada ecologista que decía Matar zorros para vestir zorras; la airosatorre barroca de la iglesia de la Asunción y el monasterio de San Francisco, de 1518, en una plaza cuya fuente central está adornada con antiguo molino aceitero. De regreso a Sevilla, ya por la carretera autonómica 431 que va a Lora del Río, el viajero se detuvo un momento en PEÑAFLOR, por ver la iglesia. Este pueblo es un gran yacimiento de arqueología romana como se echa de ver por la gran cantidad de vestigios antiguos usados para ennoblecer los edificios actuales. Por ejemplo las columnas romanas que refuerzan las esquinas de la iglesia, el hermoso capitel corintio que decora una calle, el cipo empotrado en el muro de la ermita de Villadiego, donde se exhiben lápidas funerarias romanas con emotivos epitafios. El viajero, antes de regresar a Sevilla, se dio una vuelta por Carmona y compró una de sus acreditadas tortas que tienen una capita de cidra entre dos de bizcocho y hojaldre, todo cubierto con azúcar glas. Tomando porciones de ella pasó ante la necrópolis romana con sus hipogeos, sus tumbas excavadas y sus columbarios y lo asaltó el pensamiento del carpe diem, y a vivir que son dos días, ese desdichado lugar común que tanto empaque adquiere dicho en latín. CAMINO DEL ROCÍO CON DOÑANA DE FONDO Hoy, primero de noviembre, los cementerios recién enjalbegados y los floristas poniéndose las botas, vamos a darnos una vuelta por el Aljarafe, a visitar el Rocío, ver lo que va quedando de Doñana y sus linces, y de camino a comprobar cómo salió este año el vino nuevo, el que aquí llaman mosto. En el día de los muertos le vamos a dar un brindis a la vida. Vamos a saborear el mosto del Aljarafe cuando está todavía turbio, cuando entre sus leves agujas se percibe un como saborcillo fresco a sexo femenino, con perdón. Aljarafe significa, en árabe, jardín alto. También podría llamarse, en griego, mesopotamia, país entre dos ríos. Es un zócalo de terrenos terciarios miocenos de margas y arenas que está delimitado por las aguas del Guadalquivir y el cauce escaso y legañoso del Guadiamar. Sus otros límites son Sierra Morena y las Marismas. En el Aljarafe abundan las vegas húmedas de excelentes huertas, buenos campos frutales, olivares de verdeo, viñedos y naranjos. Dicen que los romanos denominaron a esta tierra Huerta de Hércules. El aljarafe se asoma a Sevilla, como por un balcón, en SAN JUAN DE AZNALFARACHE. Keops construyó la gran pirámide; Felipe II, El Escorial; Franco, el Valle de los Caídos y el cardenal Segura, aquel trueno famoso que excomulgaba por bailar agarrado, construyó un mausoleo-monumento al Sagrado Corazón de Jesús sobre el pedestal del Aljarafe, que lo hace más alto que la Giralda, dominando Sevilla. El viajero vio el monumento desde la carretera y pasó de largo, que llevaba la agenda del día cargada de proyectos más deleitosos. La primera parada la hizo, unos kilómetros más adelante, en UMBRETE a la sombra del antiguo palacio arzobispal, del siglo XVII. Este edificio ha tenido mala pata, que ha sufrido incendios y devastaciones, pero lo que quedó entero es imponente, con el detalle lujoso de su galería volada que lo comunica con la iglesia por encima de la calle. Tenía unos jardines principescos, adornados con esculturas mitológicas, que esto era como un Vaticano en pequeño. De Umbrete a Olivares son sólo unos kilómetros de huertas y tierras de labor, naranjos y alguna que otra casa de recreo que parece que las hacen feas aposta. En OLIVARES, el pueblo del famoso administrador que le llevaba las fincas a Felipe IV, hay una plaza que bien vale la visita aunque sólo sea por ver la fachada del palacio ducal con su escudo flanqueado por dos harpías y sus herrajes del siglo XVII. Para más arte hay que visitar despaciosamente la Colegiata de Santa María de las Nieves increíblemente rica y alhajada, sobre todo con relicarios rebosantes de huesos, se supone que de santos. El viajero, volviendo sobre sus pasos, desandó el camino de Umbrete y fue a BOLLULLOS DE LA MITACIÓN. Este es un pueblo de arquitectura ecléctica. Hay mucho azulejo forrando fachadas, mucha carpintería de aluminio, mucho letrero de plástico reflectante y mucho establecimiento ultramoderno como el que reza Charcutería-Chacilandia-Centro de reunión. También está la discoteca Kyos. En un lugar tan contaminado de modernidad no resultó fácil encontrar lo auténtico, pero el viajero pudo dar con la bodega Rumbo, en la carretera principal, hoy partida en dos por cosa de herencias. Era, recuerda el viajero, un lugar sin anuncio ni letrero alguno: un portón abierto con el honesto resguardo de una cortina gris. Dentro había un par de naves sucintamente amuebladas con una docena de grandes barriles. Uno de ellos lucía la inscripción, a tiza: se venden cebollinos de siembra. Un par de bombillas desnudas, tres o cuatro almanaques de propaganda y dos o tres telarañas de solera que pendían del techo completaban la decoración. Los parroquianos, gentes del pueblo, se acomodaban en sillas bajas de anea, junto a mesas de tijera. Hoy está muy, digamos, mejorado, pero sigue siendo buen sitio para beber y conversar. Para comer es mejor El Picadero, en la carretera de Villamanrique. Pareció que la mañana refrescaba menos y que lucía más el sol cuando el viajero, con un cuartillo de mosto en el cuerpo y una garrafita de cinco litros en el maletero, tomó el carril que lleva a la ermita de Cuatrovitas. Hacía pocos días que habían celebrado la romería anual y todavía estaban frescas las rodadas de las carretas. En los prados y olivares de alrededor ponía una nota de color sobre la monotonía verde de la hierba el sembrado de latas de cerveza, envolturas de bocadillos y platos de plástico, servilletas de papel y compresas higiénicas. El viajero se percató de lo que ha aumentado el nivel de vida del pueblo español. Hace unos años las romerías apenas dejaban residuos, si acaso una botella rota y las mondas de una naranja. La ermita de Cuatrovitas debió ser, en tiempos de moros, morabito religioso. Levanta una coquetuela torre almohade de ladrillo, un hermoso retablo dieciochesco en honor de la Inmaculada y un pozo de aguas santas, con brocal de ánfora vinera. A pocos kilómetros está AZNALCÁZAR pueblo que, como su propio nombre indica al visitante que haya cursado semíticas con devoción y aprovechamiento, tuvo un castillo. Apenas quedan indicios de él en la parte alta. En la cola de la churrera, el forastero trabó conocimiento con el cura del pueblo que amablemente se ofreció a enseñarle su iglesia. La iglesia de San Pablo es una delicia mudéjar del siglo XV que sólo por contemplar su portada de ladrillo compensa el viaje. Por dentro tiene otras trazas moriscas y un notable artesonado. La torre, sobre la que anidan las cigüeñas, es también la de una mezquita. Desde su terracita, frecuentada de palomas, esas ratas con alas, el viajero atisbó en la vega verde la mancha blanca de otro pueblo. —Es Pilas —dijo su acompañante. —Y aquella fábrica ¿de qué es? —quiso saber el viajero. —No, no es fábrica: es el que fue seminario menor. El visitante exploró un antiguo pilarillo que hay a las afueras y dio una vuelta por el pueblo, de casitas bajas, con zócalo de ladrillo hasta un metro de altura y el resto en honrada cal. En la calle Miguel de Cervantes pasó por la puerta de un «Hogar de la tercera edad» donde los ancianos de la localidad consagraban sus ocios a la ardua ciencia de ahorcar el seis doble sobre las mesas de formica y a pontificar sobre fútbol con esa rotundidad que es tan propia del español. El viajero prosiguió camino hasta una encrucijada: a la izquierda Villamanrique, pueblo de alcornoques ilustres, uno de ellos marcado con las siglas MZCh, a la derecha Almonte, pueblo de campiña rociera. Naturalmente prefirió el de la derecha. ALMONTE es pueblo sencillo y tratable, y no tiene más orgullo que ser rociero que es la cosa más grande que se puede ser en este mundo. Si se pasa de largo, uno se interna enseguida por el pinar que conduce al Rocío. La ermita, que proporcionada a su importancia abulta casi tanto como San Pedrodel Vaticano, se remonta a 1963. EL ROCÍO El viajero sabe perfectamente que la aldea de El Rocío está en la provincia de Huelva, pero El Rocío está tan unido a Sevilla, viaja, llora, peregrina, se divierte, se emociona, se estremece tanto Sevilla con el Rocío. La televisión autonómica con sede en Sevilla ha hecho del Rocío tanta bandera de identidad sevillana, que vamos a tratar el lugar como si fuese el espiritual apéndice hispalense que sin duda es. El Rocío está en un estribo de tierra lamido por las marismas del arroyo de la Rocina. Es un pueblo fantasma con calles de arena, casi totalmente formado por casas para la romería; de hermandades y de particulares adinerados. Aquí se junta, en la romería, más de un millón de personas, dicen, casi todas durmiendo al raso o en coches y carromatos. El viajero curioseó un libro de fotos romeras y vio a una señora fondona vistiendo falda de volantes y botas camperas, desgreñada, una flor medio marchita saliendo de la acequia madre del abismal escote pechugón, con un vaso medio vacío en la diestra y una botella de vino medio llena en la siniestra. En otra foto, dos caballeros de pelo reluciente de brillantina habían trabado amistad en la trasera de una engalanada carreta. En otra se veía una ancha vía pecuaria con harka de rocieros: ellas, faldas de volantes; ellos, traje campero y zahones, desbaratadas ya por el largo camino la elegancia y las horas de espejo, todos grandes medallas de la Virgen al pecho, todos muy emborrizados en una espesa nube de polvo amarillo, como los tuaregs en Lawrence de Arabia (película que, por cierto, se rodó aquí al lado). La romería del Rocío es cuatro o cinco días de fatigoso camino, de promiscua acampada nocturna, de grandes polvos, de incesante sonsonete de tamboriles y flautas, y estampido de cohetes, mucho vino con polvo, mucha comida con polvo, mucho cante a la Virgen, mucho palmeo, mucha guitarra, muchas sevillanas rocieras, muchas salves rocieras, mucho ¡Viva la Blanca Paloma!, muchísimo ¡Viva la Reina de las Marismas! etc. etc. Sólo de escribirlo se pone la carne de gallina. En un folleto turístico el viajero lee se confunden los sentimientos religiosos más profundos con la explosión de los sentidos que se muestran dispuestos a gozar de todo cuanto la vida les ofrece. Explícito, ¿no? El viajero presentó sus respetos a la Virgen y se asombró del quintal de cera que ardía en su honor a pesar de ser día nada propicio al visiteo mariano. Para un rociero, el colmo de la belleza femenina radica en la majestuosa distancia entre la nariz y el labio superior y la boquita recogida y sabia de su Virgen. El viajero adquirió allí mismo diversas postales de la Virgen vestida de recibir, manto blanco bordado en oro; de pastora y de viaje, con sombrero y capa, como se atavía cada siete años para su excursión a Almonte. Alegría y orgullo de ser rociero, la experiencia más grande que se puede tener en este mundo, insistimos. El viajero se hizo cruces devotamente y prosiguió camino hacia DOÑANA por una carretera entre pinos. Arriba, sobre el cielo azul, el milano se buscaba la vida oteando animales muertos sobre el asfalto. El neoecologista se encasquetó la gorra de camuflaje, cruzó resueltamente el puente de la Canariega y se dirigió al Centro de Recepción de Visitantes donde un amable funcionario le otorgó permiso de visita y le informó sobre Doñana. El parque nacional de Doñana, el espacio natural más precioso de Europa, es un paraíso donde campan libremente unas quinientas especies de animales, algunas de ellas casi únicas en el mundo. Aquí conviven el jabalí, la víbora hocicuda, el águila real, el lince, el zorro, el ciervo, la tortuga, la garza real, la imperial en verano, el flamenco, incluso el camello (había un ejemplar). En este refugio invernan cien especies de aves, muchas de ellas llegadas de África. En Doñana hay dunas móviles, hay marismas y tierras bajas mal drenadas entre brezos, carrizo, pinos, bayunco, jaras, castañuelas. Siguiendo la carretera hacia el mar se llega a la colonia veraniega de Matalascañas, la playa de Sevilla como quien dice, implantada como una astilla de cinco kilómetros de largo por uno de ancho en la sensible epidermis de Doñana. En Matalascañas hay colmenas de apartamentos a dos pasos del mar, largas hileras de casas acosadas, supermercados, chiringuitos, discotecas, bares, estancos, tiendas de productos congelados, locales de máquinas tragaperras y todo lo necesario para que el veraneante de chanclas y camiseta, bolsa marsupial al costado, se sienta a sus anchas, plenamente realizado y satisfecho con el nivel de vida y categoría social que ha alcanzado. El viajero se asomó sobre todo al mar, ya de atardecida, observó con cierta melancolía las ruinas del torreón de vigilancia varado entre las olas (el Tapón) y regresó a Sevilla sin más parada que la de CASTILLEJA DE LA CUESTA. En este pueblo, ya ciudad dormitorio de la conurbación hispalense, han instalado un colegio de monjas en el Palacio de Hernán Cortés, la casona donde aseguran que murió el conquistador de Méjico en 1547. El viajero procede de Andalucía Oriental y es muy exigente en materia de dulces. Por eso mismo hizo provisión de las famosas tortas de aceite de Castilleja en dos o tres obradores especializados que existen en la calle Real, no lejos del palacio. JAÉN Francisco Núñez Roldán SIERRA MÁGINA El lector tiene derecho a la ignorancia. No iba a saberlo todo. De ser así, sencillamente no leería. Por eso posiblemente desconozca que la provincia de Jaén es de las más irregulares de Andalucía, la región que por cierto tiene las mayores alturas de la península. Al autor le gustan las sierras. Edípicamente, puede ser, pero le gustan. De haber nacido en Elche suspiraría por las palmeras, y si en Cataluña, mataría por la butifarra, se olería el sobaco en el Parlament y se ducharía sin quitarse la barretina, pero no ha sido así. Salvo la cinta del valle del Guadalquivir, a veces harto angosta, la provincia jiennense es un continuado mapa de cerros, montículos, sierras, oteros y montañas arbitrariamente dispuestas, algunas ya digo que considerables. Ello suele significar belleza, por las panorámicas, las posibilidades de paseo, de embreñarse en el monte, de escuchar el campo, de escucharse a sí mismo. Jaén tiene una capital discreta, un par de pequeñas ciudades bellísimas, Úbeda y Baeza, y un puñado de castillos de distintas hechuras, pero nombraremos todo esto de pasada, porque, como dijimos muy al principio, ya hay sesudas guías que hablan mucho y bien de ello. JAÉN capital no es una ciudad en exceso ponderada por propios y extraños, pero tiene su gracia y su interés. Al viajero le está prohibido irse de allí sin visitar, no sólo la catedral y su elegante fachada con balcones urbanos, sino algo más discreto pero no menos significativo: el Museo Arqueológico y su colección de arte íbero, única en España y lógicamente en el mundo. Lo que fue el sur de la península justo antes de Roma se encuentra resumido en una colección de esculturas desbaratadas a las que el destrozo no ha podido arrancar la evocadora belleza de un mundo duro y feroz, influido sin duda por la escultura etrusca orientalizante y unas sonrisas primitivas y secas que recuerdan a las del arte arcaico griego, del que no por casualidad son contemporáneas. Los otros dos únicos lugares que deberán obligatoriamente visitarse son, uno, los baños islámicos del palacio de Villardompardo, llamados árabes, como de costumbre, y en realidad herencia directa de Roma, que los agarenos fueron admirando y copiando inteligentemente en su periplo de dos generaciones por Asia Menor y el África bizantina hasta llegar a este lado del estrecho. Qué baños iban a tener en el desierto, las criaturitas. El otro sitio es el Castillo de Santa Catalina, donde se encuentra el actual Parador de Turismo. Fue fortaleza tan inexpugnable que Fernando III la hubo de tomar por negociación, y de su reyezuelo moro exiliado salió el reino de Granada. Los franceses la desbarataronen su retirada, como era su cívica costumbre, y en la última guerra civil le pusieron varios tubos de chimenea asomando, a ver si los nacionales los tomaban por cañones y no repetían el bombardeo de 1937. Desde la altura del castillo, el viajero mirará justo hacia el este, adonde sale el sol, y verá una masa azulenca, irregular, compacta y en apariencia próxima. Esa es Sierra Mágina. Al sur de la ciudad, por supuesto, está la sierra de Jabalcuz, también enorme y pegada a la urbe, pero a esa no vamos a hacerle caso, por ahora. Eso sí, la noche anterior, recién llegado, el viajero habrá subido al barrio alto, y no lejos de la catedral habrá dado con la taberna El Gorrión. Allí, el queso creo que viene de Zamora, pero pueda estar seguro quien leyere que la temporadita metido en aceite de oliva local le da un punto de sabor y picor sencillamente deliciosos. Ni el potente vino viejo del lugar es capaz de barrer el regusto que deja. Ni falta que hace. Para entender un poco el macizo de Sierra Mágina y pueblos que lo circundan es conveniente regresar al marqués de Santillana. Recordará el lector que el noble no se comió una rosca con la vaquera de Hinojosa del Duque, la Finojosa, en el texto. No así le había sucedido en el norte, que el marqués era muy viajero. Cerca de Potes, en Cantabria, hace amistad con una mozuela del pueblo de Bores y acaba el poema sencillamente diciendo: …y fueron las flores, do cabe Espinama, los encubridores. O sea, que algo habría. El sur, sin embargo, se le resistió un poco más. La serranilla nº 5, en concreto, es un estupendo resumen de historia y agitaciones del lugar que estamos tratando, y de cómo el marqués se queda a dos velas cuando la mozuela termina espetándole que: …Non curades, señor, de mi compañía, ca Miguel de Jamilena, con los de Pegalajar son pasados a atajar: vos tornad en hora buena. Y todo porque el filantrópico marqués decía querer protegerla contra una cabalgada de moros que andaba cerca, corriendo la ribera. Jamilena no está junto a Mágina, pero Pegalajar sí, en el borde suroeste. Es uno de los pueblos que fue frontero durante un par de siglos largos, porque la masa caliza de la sierra era por el norte castellana, y por la parte sur, del reino nazarita. De hecho, si el lector va a la sillería del coro de Toledo, verá que en los bellísimos relieves que los Reyes Católicos encargaron a Rodrigo Alemán están entre otros las tomas de los castillos de Cambil y Alhabar, hoy desgarradas ruinas pero que por su enriscada situación no debieron resultar nada fáciles de rendir. Cambil está al sur de Mágina, y si se mira el mapa —que es muy útil llevarlo cuando se va de viaje—, no lejos de Pegalajar, que ya decimos queda al suroeste de esa elevada aglomeración cuasicircular que llega y supera los dos mil metros sobre el nivel del mar. Para recorrer Mágina y su alfoz podemos pues comenzar por ese bello pueblecito, Pegalajar, con su charca natural, ya casi seca, pero que debió ser el indudable origen del poblamiento. En fotos antiguas la hemos visto asilvestrada, rebosante, rodeada de arbolado. Luego la cercaron de cemento, la solaron, emparedaron, encalaron y fue unos años la gran piscina del pueblo. Por fin, tras tanto pozo en los alrededores, ha dado en el recuerdo seco que es hoy. Al pueblo, que tiene un pequeño pero inevitable castillo fronterizo, se llega pronto desde Jaén, si tomamos la A 44, que nos llevaría de Jaén a Granada. Antes del desvío que trepa hacia Pegalajar habremos dejado en el valle La Guardia, uno más de los lugares hispánicos de tal nombre, este muy comprensible por hallarse custodiando el valle del río Guadalbullón, vía natural de comunicación desde siempre entre las dos capitales. Puede imaginarse que en los dos siglos y medio de frontera, La Guardia jugó un papel clave en la custodia de la ruta, como por parte musulmana fue sin duda el castillo de Puerto Arenas, cuyo nombre islámico se ha perdido, y que atalayaba la vía kilómetros más abajo, a la altura de Campillo de Arenas. Casualmente La Guardia tuvo la misma función fronteriza en la última guerra civil, y sobre el lateral encalado de una de sus troneras, el autor vio hace años un grafiti republicano a lápiz de los componentes catalanes de una compañía de ametralladoras, de vigilancia en el lugar. Los moros, en este caso, podían seguir viniendo del sur bajo otro estandarte. Hemos elegido el sentido contrario a las agujas del reloj para circunvalar sierra Mágina, y de Pegalajar a Cambil volveremos al valle, a la autovía, porque los montes celan cualquier otro camino. Una vez en Cambil, admiramos los dos promontorios donde estaban los castilletes que Rodrigo Alemán labra en la madera del coro toledano. Ya apenas queda nada de ellos, y su difícil acceso hace complicada la restauración. Por la A 324, el viajero irá hacia Huelma, pero antes pasará por un despoblado con un castillete en ruinas. Es Mata Bejid. Actualmente el lugar es redil de cabras y garantizamos al visitante que saldrá rascándose las pulgas si entra a ver lo poco que queda del recinto. De Mata Bejid verá el viajero que trepa un carril que se incrusta en el monte. Si lleva vehículo muy campestre, tómelo y siga siempre al norte, para acabar cayendo al valle, al otro lado, tras atravesar el pelado corazón de la sierra que sin duda debió estar antes tapizado de chaparros y encinas. Si lleva un coche corrientito, como era esta vez nuestro caso, siga a Huelma y admire el castillo medieval con el boquete del asedio cuando los franceses. En todo este periplo, el viajero va a estar goloso de aceites. En la provincia Jaén, siempre, pero es que el de sierra tiene un sabor especial. En todos los pueblos y sus cooperativas al respecto suelen hacer un aceite magnífico, a fuer de sano. No escatime el lector en aceites, nunca. Quizá una de las ramas de la sabiduría que pueden y deben alcanzarse en la vida es saber en qué se debe ahorrar y en qué no. En aceites, nunca. Por un euro más a la semana tiene el lector un grado de salubridad considerable. Aceite de oliva virgen extra, siempre. En Huelma, iglesia renacentista fastuosa con posterior torre achaparrada que la desmerece. Era ya la crisis del XVII y tenía que notarse. Puede que al viajero la fachada un poco urbana le recuerde algo a la de la catedral de Jaén. En efecto, Vandelvira, el autor de sus primeros planos, era bastante dado a un concepto un tanto cívico en sus construcciones religiosas. Por la A 324 sale el viajero dejando siempre a la izquierda la masa de la sierra y desembocará en la A 401, hacia el norte. Al llegar a un cruce va a desviarse y tomar el camino de Jódar. Allí visitará su castillo, en exceso restaurado y acoplado a modernidades, pero qué se le va a hacer. Al menos se ha salvado. Y hay también una huerta donde se cuidan y cultivan las plantas silvestres que se dan en la sierra cercana. Aunque el pueblo esté fuera del perímetro del parque natural en sí, no hay duda de que hace méritos para que lo añadan al conjunto. Pero el viajero retrocede y vuelve hacia la propia sierra, en concreto hacia Bedmar, al otro lado del monte. De allí, por cierto —asegura el marqués en la serranilla antes citada—, era la moza con la que se topó sin beneficio alguno. El viajero, con pretensiones más accesibles que las del noble escritor, y antes de meterse en piedras y paisajes, va a saborear los exquisitos espárragos blancos locales. Nada que envidiar a los navarros o logroñeses. Por no hablar de los que vienen de China, más baratos e insípidos y que quizá el lector sepa qué tipo de abono orgánico suelen usar en su cultivo. Entérese si no, porfa. Luego, con las botitas puestas y el garrotito enristrado, el viajero observó las dos curiosas prendas castellológicas locales. La una, más previsible, es el castillo nuevo, muy en ruinas, que parece ser construyó la orden de Santiago en el siglo XVI y que su actual dueño, el marqués de Bedmar, tiene perfectamente abandonado a la vez que solicita al municipio una cantidad desproporcionada por su venta. El otro,lo que se ve y sobre todo intuye de él es sin duda una de las obras más evocadoras y misteriosas que en cuanto a castillos puede pensarse. Resulta que se ve un semicírculo de muralla muy en ruinas cuyos extremos se clavan contra la pared casi vertical del cerro. Ello obliga a que el resto de la cerca lo constituya el monte mismo, con las torres o garitas que habría, cresteando. El muñón alguna de las cuales aún se conserva, sobre todo la que guarda o guardaba la cueva del agua, de relativamente fácil acceso y por eso mejor protegida. Agua que sin duda brotaba en tiempos de menos pozos y perforaciones exteriores. De hecho allí dentro están los pilones repintados de almagra sobre los que siglos de grafiti no han podido eliminar la información sobre su uso. Y como torre del homenaje del castillo híbrido de monte y mampostería, algo que funcionaría como tal, y es una gran oquedad en el mismo tajo, enorme balcón mirando al exterior, reforzado y asegurado con obra de tapial, y solo accesible con técnicas y equipo de escalada. En estos tiempos y en aquellos, seguro. En cuanto a la muralla semicircular que cierra por abajo, el viajero ha leído sobre su origen musulmán, pero lo redondeado que permite apreciarse en el perímetro de las torres, parece remitirla a tiempos anteriores. Todo ello por excavar, por aclarar, como tantas cosas en España. El viajero luego ha seguido por la A 320 hacia Jimena, donde ha trepado monte arriba un poquito y ha visto la cueva de la Graja, con sus pinturas esquemáticas. La única que se conserva en la zona, que se sepa, porque las paredes del monte andan con tanto escombro en su base que no serían de extrañar más oquedades ya cegadas que guarden para siempre similares dibujos. La caliza tiene esas desventajas. Retrocede el viajero y se incrusta, ahora sí, en la sierra. Llega a Albanchez, que antes se llamaba Albanchez de Torres. Torres es el pueblo de al lado. Pero, ¿cómo podía tolerarse eso en época de democracias y autonomías mayores y menores? Nada. Se le cambió el nombre. Albanchez de Mágina se llama desde hace unos años. Fuera servilismos nominales. Albanchez es un pueblo pequeño, gracioso, enriscado, con un castillo que va afilándose conforme se sube a él, y se sube mucho. Pero mucho. Y como casi todo lo que en el campo cuesta esfuerzo, vale la pena. El viajero se toma su descansito de vez en cuando pero llega al fin arriba tras innumerables escalones y la garantía de agujetas a la mañana siguiente. Arriba, en una mínima superficie encumbrada, el observador se siente casi águila, por lo alto que se nota, por lo lejos que se ve todo, pueblo incluido, por la ausencia de todo alrededor de él, salvo el mínimo espacio donde se asienta. Lo demás es aire, paisaje, grajillas que le pasan cerca graznando, soledad circunstancial y bellísima. Luego, camino de Torres, pasa el puerto y llega al pueblo que da a principios del verano las cerezas más ricas que ha probado en su vida. Aceite también, por supuesto. Ya decía que no sólo en Jaén sino en toda la sierra, el olivo es el monocultivo que impera en valles y lomas, a veces con unas pendientes increíbles. Pero en el gran circo de Sierra Mágina que se cierra por el norte hacia Torres, a partir de cierta altura los cerezos han ganado la partida y compiten con olivos y nogueras en un elevado valle que riegan las aguas provenientes del alto semicírculo. Y el viajero, que como buen hispano gusta el vino pero tanto o más el agua, y más si es delgada y fresca, sube a la llamada Fuenmayor, cerca de Torres, que como su nombre indica es la mayor fuente de la zona. Le han hecho una bajada en largos escalones que permite al agua sonar repetida antes de ir a la gran balsa, desde donde luego regará muchos huertos. El agua allí brota siempre. Fresca en verano y, por contraste, se diría que templada en invierno, pero en realidad es casi isoterma, proveniente de millones de canalillos hondos que en una densa red secreta ha ido haciéndose en la masa del monte. La caliza, que tiene también esas ventajas. Tras Torres y la Fuenmayor, el viajero sabe que hay un carril que le lleva por el oeste hacia otro valle despoblado, semisecreto, y de allí sube por una pista hacia el pico del Almadén, una de las cimas más altas de la sierra. Dos mil sesenta metros o así. Han situado en la cumbre varias antenas de sabe Dios qué. Hacen un zumbido permanente y molesto, y abajo del valle hay una barrera, siempre levantada, y una señal de prohibido el paso de la que no hay que preocuparse. Arriba, en lo alto del Almadén, el viajero ve uno de los paisajes de mayor amplitud que ha contemplado en su vida, cuando el día está limpio: por el norte tiene, aplastada y grisácea, Sierra Morena; por el este, el dentado irregular y azul de Cazorla; por el sur da con la línea reconocible de Sierra Nevada y la sierra de Baza, y por el oeste, las sierras jiennenses de La Pandera y Alta Coloma se le mezclan con la masa de las Subbéticas cordobesas aledañas. Viene a ser más o menos una circunferencia de ciento y algo kilómetros de diámetro. Qué decir. Claro que si el viajero no tiene demasiado espíritu de aventura o ese día no lleva coche campestre, o simplemente tiene prisa, tirará desde Torres hacia el industrioso pueblo de Mancha Real, población relativamente nueva, de cuando los Reyes Católicos, y que de tres casas barrocas de piedra que tenía ya solo le queda una. Para qué tanto arte, habrán dicho. Todo nuevo. Mucho azulejo brillante en fachada, de ese que cuando al cabo de los años se caen algunos hay que cambiarlos todos porque ya no los hacen, o a remendarlos como se pueda. Y últimamente, de ladrillo visto. Todo sea por la belleza. De Mancha Real, tras una breve visita a su sólida iglesia renacentista, el viajero volverá a Jaén, que se ve al fondo a lo lejos, con esa nitidez que se da en esta provincia de altos montes inesperados y distancias largas. LA QUE REALMENTE VINO A SER LA MADRE DE TODAS NUESTRAS BATALLAS El viajero no miente en el título de esta ruta, porque de no haber sido por ella, la frontera con el sarraceno estaría en el Pirineo o puede que como mucho en el Ebro. La Ribera del Duero y la Rioja solo producirían higos y ricas uvas pasas, la Península Ibérica sería delicioso campo para pastos de la cabra y el cordero, en lugar de tanto gorrino y sus impuros productos ibéricos, la vecina del lector iría velada y no podría saberse si es bonita o no, la lectora de estas líneas no tendría derecho a ningún paraíso concreto, pero el lector gozaría infatigable de innumerables huríes jovenzuelas, como es sabido, con la ventaja de que en su tránsito por la tierra no habría conocido la separación de poderes en la política, y la democracia liberal que hoy disfruta a regañadientes habría sido un régimen indigno y despreciable, al que de todos modos estaría loco por emigrar. Todo eso y más cosas ha trocado el lector, incluida la lengua en la que está leyendo, si el 16 de julio de 1212 se hubieran mudado las tornas. Y como estamos en España —no se olvide el detalle—, la conmemoración y recuerdo del hecho apenas se celebra, o se hace con la desgana y negligencia de quien considera un tema menor el pertenecer a una cultura, a una religión o a otra, aunque esta no se ejerza, porque la otra no admite ateísmos ni frigideces en la fe como la que sin duda muchos de los lectores practican respecto a la que han sido educados de pequeños. De haber sido franceses o ingleses los que protagonizaron la referida gesta de 1212, no se dude de que habría literatura y películas al respecto en abundancia, así como por ejemplo sobre la colonización hispanoamericana, y no tantas sobre el lejano Oeste, del que hay muchos más revólveres y muertos en la ficción que todos los que se dieron juntos en la realidad en su momento. Están sacadas las cuentas, y por los americanos mismos. El viajero ha subido desde el sur por la vieja ruta A 4, antigua Nacional 4, cuando las radiales salían del kilómetro cero de la Puerta del Sol y España era un país compacto que no disfrutaba de lasactuales ventajas y dispendios autonómicos. El viajero se desvía para hacer un recado en Arjona, la Urgao o Urgavona de tiempos iberos y romanos. Arjona es hoy un pueblo blanco y hospitalario encaramado sobre un cerro que despunta sobre un mar de olivos, a quince kilómetros de la autovía de Andalucía. En un muro del Ayuntamiento, casa señorial del siglo XIX, está empotrada la famosa lápida templaria, recientemente descifrada (un tratado de Cábala relacionado con el Templo de Salomón). En el piso superior dos bellísimas salas reproducen el aspecto que tendrían los interiores de la Alhambra cuando conservaban vivos sus colores. Este homenaje al arte nazarí, que puede parecer insólito, se explica porque Arjona es la patria del fundador de aquella dinastía, Aben Alhamar, rey de Granada. Desde el Ayuntamiento el viajero se encamina a la plaza de Santa María, en la parte alta del pueblo, siguiendo el trazado de la impresionante muralla ibérica en talud que sostiene el llamado cementerio de los Santos (siglo XVII), mirador privilegiado que otea más de cincuenta kilómetros de campiña olivarera y las remotas cumbres grises de Sierra Morena. En la explanada del alcázar el viajero encuentra tres edificios principales: iglesia, santuario y Museo de Costumbres y Artes Populares. En la iglesia de Santa María, gótica (siglo XIII), contempla uno de los escasos ejemplares de Bafomet templario existentes en España. Junto a la iglesia, con entrada por su cantón, se accede al antiguo aljibe del alcázar, almohade con inscripciones romanas en piedras reaprovechadas. Allí el viajero asiste a un interesante espectáculo audiovisual en un ambiente marcado por el agua. Todavía sin salir de la plaza el viajero visita sus museos: el Arqueológico y el de Costumbres y Artes Populares ocupan el mismo edificio y albergan interesantes colecciones de objetos que cuentan la historia del pueblo desde la edad del bronce pasando por los íberos, Roma y el Islam. También sus medios de vida, y la cultura del olivo y del cereal aparte de curiosidades como el trono moruno, tallado ex profeso por un artesano marroquí, que sirvió para el atrezzo de la película Lawrence de Arabia, en las escenas rodadas en el Alcázar de Sevilla. El Museo de las Reliquias, en el Santuario de los Santos (siglo XVII), ilustra el bizarro episodio del hallazgo de las reliquias de Arjona que conmovió a la sociedad española en los años 1628 y siguientes. En el camarín, dentro de ricas urnas, se veneran las calaveras de san Bonoso y san Maximiano, centuriones romanos, acompañadas de cientos de huesos anónimos. Entre las menudencias del museo el viajero admira el presunto potro de tortura romano, la trochlea. Finalmente, en un pequeño mirador de la plaza, el viajero palpa la Piedra de la Luna, esfera pétrea plagada de cráteres que recibió culto en un santuario precristiano y posteriormente sirvió de pedestal de una Virgen negra en la catedral de Jaén. Después de contemplar los dilatados paisajes que desde el alto mirador se atisban y de solazarse con el aire puro de aquellas alturas, el viajero prosigue su paseo a través de las callejuelas de la judería medieval hasta la iglesia de San Juan, de origen gótico-mudéjar, con su airosa torre octogonal, casi un minarete, y su portada plateresca. En el subsuelo de esta iglesia visita la insólita cripta neobizantina del barón de Velasco (1914), revestida de mosaicos que dibujan un pantocrátor y querubines de seis alas y admiró los bellos bajorrelieves de ángeles y las tres grandes estatuas de mármol de Carrara que representan la Fe, la Esperanza y la Caridad, unas mujeronas muy en sazón y de tamaño mayor del natural. Su amigo le había alabado mucho la confitería de fama nacional (Campos), donde el viajero, antes de proseguir su camino, degusta unos cortadillos exquisitos y hace provisión de ellos para el camino. —Lástima que no sea tiempo de Navidad —le dice la grácil dependienta —, porque probaría usted nuestras hojaldrinas que algunos tienen por las mejores y se venden hasta en Alemania. Regresa el viajero a la carretera con la pesadumbre de que no sea Navidad y después de visitar fugazmente la señorial Andújar, con sus restos de muralla almohade y sus palacetes, deja atrás Bailén, ciudad ceramista, famoso lugar y museo de la primera batalla que perdieron los franceses de Napoleón, para poco después desviarse hacia Baños de la Encina, cuyo singular castillo se ve a trechos desde la carretera, y es de esos lugares que eternamente «tenemos que visitar un día» cuando se repara en él en la distancia. Pero el viajero sí lo va a visitar, porque está harto de hitos a uno y otro lado de la carretera que dice verá en otro viaje para lo mismo responder mañana, como termina Lope su conocido soneto. El castillo de Baños de la Encina merece sin duda una visita. Bien conservado, y restaurado con discreción suficiente, su tapial es de una excelente calidad y uniformidad. Es sin duda la joya de un pueblo que, para variar, produce un excelente aceite de oliva, y en este caso sabe preparar muy bien los alcaparrones, ese encurtido que en Jaén se aprecia sobremanera y se hace solo con salmuera, sin añadido de vinagre, como en otras zonas del sur de España. Tienen así la ventaja de que combinan mejor con cualquier plato e invaden menos el paladar. El castillo tiene sus torres —salvo una— iguales, de tapial, ahora vacías y sin plantas accesibles, habiendo quedado en algunas solo los mechinales de sus vigas e incluso las tablas que hacían de dintel de las ventanas. La madera, que puede durar tanto como la piedra. La torre mayor, de sillería, es sin duda cristiana, porque los musulmanes las hacían todas parejas, cuadradas y sobresaliendo del paramento para mejor defensa lateral de los muros. En el interior de la fortaleza, ahora vacío salvo una gran base de lo que seguramente fue molino, hay arranques de muros que indican antiguas construcciones, comprensiblemente más efímeras en los castillos que las sólidas paredes exteriores. El castillo está junto al embalse del Rumblar, y parece que no lejos están los restos de un asentamiento ibérico que, este sí, se deja para otra ocasión con menos calor y más tiempo por delante. El viajero sale de Baños, recupera la autovía hacia el norte y otra vez ha de salirse de ella para visitar el pueblo de la Carolina. Ventajas y desventajas de las anchas y veloces vías de comunicación modernas, que nos permiten llegar a nuestro destino en muchas menos horas, pero nos privan de conocer los lugares junto a los que pasamos. Por eso el deambulante ha hecho más de una vez en varios días rutas que normalmente se realiza en pocas horas. Esos viajes que es bueno plantearse de vez en cuando y donde lo importante no es llegar, sino ir. La Carolina se construyó en un santiamén, es decir, en poco más de tres años, y fue uno de los lugares llamados de Nuevas Poblaciones en tiempo de Carlos III. De ahí el nombre. Se trajeron colonos alemanes, católicos, por supuesto, que eso se vigilaba mucho, y aún quedan apellidos y rostros bávaros y sajones por el lugar. La arquitectura del pueblo muestra en su casco antiguo la racionalidad urbanística del momento, y las minas de plomo fueron hasta su clausura lo que daba prosperidad al lugar. El viajero se entera de que se cerraron las explotaciones por poco rentables, no por agotamiento de los filones, que ahí están, a la espera de que se esquilmen los extranjeros, o de que una política con distinto criterio piense que puede ser mejor pagar más, pero que todo el dinero quede en el país, que pagar menos pero salgan las divisas hacia otro sitio. Tras la Carolina, el viajero va a pasar junto a lo que queda del castillo de las Navas de Tolosa, minúsculo en relación con la importancia de la gesta de ese nombre. Y esta vez sí que no se va a bajar el curioso paseante a visitarlo, aunque sólo sea porque el lugar está ocupado por una ganadería brava, y no anda nuestro viajero muy diestro en el arte de Cúchares. Pasado el arruinado castillete, el viajero está enseguida en SantaElena, a la entrada desde el sur del paso de Despeñaperros, ya en plena Sierra Morena. Siempre que la ve recuerda el viajero la soleá de Antonio Machado: Qué bien los nombres ponía quien puso Sierra Morena a toda esa serranía. Otra vez toca salirse de la autovía hacia la carretera lateral, y ahora por una nobilísima razón. Y es que en el buen restaurante que da al monte y que hay en la calle principal del pueblo de Santa Elena, por donde pasaba la antigua carretera nacional, se sirve, en humilde opinión del viajero, una de las mejores perdices en escabeche que ha probado en su vida. Allí, en el amplio salón, menos concurrido de lo que merecería, dado lo forzado del desvío, se goza además de una soberbia vista sobre la sierra, sobre lo que llaman La Mesa del Rey, donde estaba el real cristiano, junto al lugar en el que más o menos se dio la antes referida batalla de las Navas de Tolosa. …Del ruido de los atamores la tierra quería quebrar… Recordará el lector que dice en el Poema del Cid, respecto a los atabales sarracenos, y cuando las Navas no sería muy distinto. El viajero no sabe si son ciertas o no esas ideas sobre las sicofonías que dicen se escuchan en sitios que han pasado por grandes tensiones y cataclismos humanos. De ser verdad, por esta zona se oirían gritos jaleando, animando, quejándose en agonía, vitoreando, previniendo, ordenando, y todo en medio de retumbar de timbales y sonar de chirimías, de galopes, relinchos y pifiar de caballos, con silbido de flechas por el aire y chasquidos de metales, maderas y cueros, crujir de huesos quebrados y de cuerpos hendidos por el acero. Desde el amplio ventanal que da a la sierra, desde lo alto, desde la perdiz que acaban de servirle al viajero, tendría este una fabulosa panorámica sobre el combate, mientras también aquí acaba de crujir quebrado un huesecillo; el tórax del animal, que hiende para mejor aprovechamiento de la suculenta y compacta pechuga. Luego tocan los recios muslos del ave que corretearon ágiles el campo, tal como aquel día de julio de 1212 las bravas ancas de la compacta caballería cristiana llevaban a sus jinetes a la carga contra la ágil infantería almohade y sus agilísimos montados. Un perdigón de plomo por poco le rompe ahora un empaste al viajero. Es perdiz de caza y tiene esa pequeña contrariedad. Terminada la perdiz, el romántico comensal da un suspiro, echa un discreto flatito y moja un bollo de pan, despacito, a trozos, completo, en el delicioso escabeche, evitando las bolitas de pimienta y sin que escape una hebra de la bien macerada cebolla que lo puebla. Y al serle requerido el postre, nuestro amigo va a pedir algo que no suele hacer nunca pero que la ocasión le reclama: solicita como sobremesa media perdiz más. Sólo media. Palabra de honor que lo hizo. Y mientras da cuenta del poco habitual remate de su almuerzo, el viajero parece que oye ya más mitigados los ayes y vítores del combate que sabe ocurrió donde hoy los pinos de repoblación suavizan los perfiles del suelo, trepan compactos hasta las cumbres serranas, y las avecillas del campo trinan alegres, ignorantes de los pasados avatares de los humanos. El viajero, tras un café doble, algo restaurador de su somnolienta persona, va a ir muy cerca, a la casa rural de la Mesa del Rey, donde pasará la noche, por ver si ya en estado de más concentración, hecha la digestión, escucha los referidos ecos del tremendo combate. La casa, en un desvío a la derecha de la breve carretera que va de Santa Elena a Miranda del Rey, es fresca y amable, y en su portal hay un pequeño panel con aceradas puntas de flecha encontradas en el entorno. Qué no se hallaría por allí en las jornadas posteriores al combate. El viajero, a la noche, pasea por el entorno de la casa rural, acompañado de los dos amables perros del lugar, que enseguida le reconocen por amigo, con esa despreocupación pero a la vez camaradería tácita que tienen los perros rurales con quienes notan que los aprecian. Eso sí, los únicos ruidos del lugar, los grillos y el runrún de la autovía entre las estrellas. Los rugidos de la batalla quedan para sensibilidades más exquisitas que las del viajero. A la mañana siguiente, tras desayuno de café y tostada con aceite de oliva, faltaría más, y antes de volver a la ruta principal, el viajero va a visitar el nuevo y lánguido Museo de la Batalla de las Navas de Tolosa, muestra variopinta y bastante correcta políticamente de usos y costumbres de la época, y algo de lo que pudo ser el combate. Se ha gastado más en edificio y cemento en general que en contenido del hecho de armas. Pero algo es, en un país que ya decíamos no suele recordar sus hazañas, por más que vaya al cine para disfrutar las de otras gentes. El viajero va tomar el coche y en muy pocos kilómetros se incrustará en el paso de Despeñaperros, propiamente dicho, donde río, carretera y tren compiten y se cruzan lo que la estrechez del lugar permite, habiéndose mejorado últimamente el tránsito por la autovía gracias desdoblamientos, amplios túneles y consiguiente eliminación de muchas curvas. El tren, no. Ese sigue por su sinuoso trazado de principios del siglo XX, apto para velocidades reducidas, por lo que no es de extrañar que el AVE haya tirado por otro sitio, más nuevo y más caro. De todos modos, el recorrido desde Manzanares, por ejemplo a Espeluy, o viceversa, sigue teniendo un aire de tren antiguo al atravesar puentes y túneles por el desfiladero, de esos que permiten disfrutar el paisaje, en los escasos convoyes que aún hacen la ruta. Atravesado el paso de Despeñaperros en sí, el viajero va a tomar un desvío con su coche, y aquí tendrá que volver a usar de su imaginación para representarse sobre el terreno uno de los que debieron ser grandes espectáculos de la antigüedad, en este caso de la España Ibera. Ya no queda allí nada. O peor, queda un paisaje perforado como un queso gruyère por tanta excavación legal y sobre todo ilegal en busca de los exvotos ibéricos, figuritas votivas de bronce que durante siglos debieron estar enterrándose como homenaje, promesa o peticiones a las divinidades que se supone tenían su santuario en lo que hoy llamamos Collado de los Jardines, muy cerca de la actual autovía. El poblado, pequeño, arrasado por completo, está en lo alto del cerro, y más abajo, en la poco profunda y alargada cueva natural y su pozo aledaño debió de estar el santuario donde sabe Dios qué procesiones, qué músicas, que instrumentos, que espectáculos, bailes y ritos propiciarían aquellos antepasados nuestros. El lugar debió ser el Lourdes, la Fátima, el Rocío de entonces. El humano ha mudado menos de lo que cree su proceder con las fuerzas a las que reverencia. En este caso, todo ello perdido para siempre. Todo no, queda la arqueología cerámica de típicas rayas rojas en líneas rectas o semicírculos concéntricos sobre fondo crema, los pocos objetos encontrados, y sobre todo esos miles de exvotos que pueblan colecciones y museos por todo el mundo. Aún hoy parece que se encuentran algunos. Suelen ser esquemáticos, representando hombres, mujeres, sacerdotes, guerreros, y vienen a tener ese inocente y digno primitivismo de la rigurosa estética ibera. El lector los ha debido ver en más de un sitio. Eran tan abundantes, le dice un pastor local que pega la hebra con el viajero, «…que antes me decía mi padre que les tiraban los muñequillos a las ovejas o a las cabras, para enderezarles el camino. Ahora, je, je, ahora vaya usted a encontrar un muñequillo de esos…». Los muñequillos; objetos sagrados para nuestros ancestros, no menos que luego las estatuas de los antepasados para los romanos, que las imágenes de los santos cristianos, o la medalla que el pastor lleva al cuello. Tampoco aquí ha escuchado el viajero rumores, voces, cánticos, preces que sin duda sonaron ante aquellas paredes del santuario de roca y que sería increíble poder recuperar. Nada, no está hoy el paseante en vena perceptiva. Y el lugar da para poco más, salvo que el turista sea montaraz y aún le pida el cuerpo más trote.En ese caso, desvíese hacia la que llaman Cascada de la Cimbarra. Está indicada, pero ojo con los resbalones, sobre todo si ha llovido o hay escarcha. Suele llevar poco caudal, y menos durante el largo estiaje andaluz, pero si la coge en temporada de lluvias, verá un bonito espectáculo poco frecuente al desplomarse el agua desde tantos metros de altura. Con suerte, si es ya atardeciendo, verá por allí algún zorro o un gamo, y buitres en el cielo, seguro. De los linces, que los hay en el parque natural, olvídese. Solo habrá podido verlos, si consigue que le dejen, en la estación de reproducción y vigilancia que había cercana al museo de las Navas de Tolosa. Y eso en pantallas de televisión de circuito cerrado, que es como los monitorizan los biólogos que los cuidan. Los animales, en una cautividad muy cercana a la vida salvaje, en grandes recintos abiertos ad hoc, con altas vallas, ni por asomo deben ver a un humano cerca, justo para que no se acostumbren a ellos y los teman como lo que son, como el ser implacable que sin necesidad envía la muerte desde lejos, o a la gran velocidad de sus ingenios sobre ruedas. EL SUR CRISTIANO Y LA RAYA MORA Salió el viajero de Jaén hacia el sur, hacia unas sierras tan altas como desconocidas y despobladas, junto a la de Jabalcuz, muy encima de la ciudad misma. Se llaman Sierras de la Pandera y de Alta Coloma. Poco holladas. Ni falta que hace. El viajero confiesa que las ha paseado más de una vez, dando pataditas a las piedras del camino y dándole la vuelta a los guijarros sueltos, con la punta del bastón, sin agredir suelos ni paredes. Así ha encontrado más de un fósil a flor de tierra, de los que muestran cómo aquello fue fondo de mar que los empujes de las placas africana y europea han ido aupando hasta dar en los montes que son, a muchos metros sobre el actual nivel de las lejanas aguas. Pero antes, el viajero ha salido de Jaén por el sur, por barrios, urbanizaciones y urbanizacioncillas caóticas. Tira por la JA 3210 hacia Puente de la Sierra, camino del pantano del Quiebrajano, ceñido al río del mismo nombre. Carretera estrecha, peligrosa, entre los susodichos chalecitos, a cual menos primoroso y con más pretensiones. Tras unas cuantas curvas más, casi de golpe, se halla entre paredes verticales y despoblado. En otra curva, al rematar una cuesta, se da con un discreto y precioso monumento pétreo: A Carlos III, padre de los pueblos, reza el texto grabado en la caliza engrisecida por el tiempo. Sigue el viajero hacia el sur, ya en casi soledad entre manchas de pinar, carrasca, encina y alguna que otra plantación de almendros. Olivos, por allí, excepcionalmente pocos. Un castillo, pequeño, semiarruinado pero enriscado en buen sitio, guarda en lo alto el paso. Es Otíñar, de cuadrangular torre principal cristiana, con su poblado moderno cerca, en reciente desuso y desolación. De haber atravesado por allí exactamente entre 1236 y 1492, el viajero habría sentido cierta aprensión. Aquellas peñas y sierras eran la frontera sur con el moro, y las correrías de uno u otro lado, desasosegaban una tierra que entre lo peligroso del hombre y lo hostil del suelo la tenían tan despoblada o más de lo que está hoy día. Pasado Otíñar, hay un puentecillo y un carril que se desvía de la carretera exactamente a la izquierda, y un cartel que habla de un área de recreo a varios kilómetros. Si se lleva vehículo campestre, como el viajero ha utilizado otra vez, tómelo y siga hacia el sur sin miedo, atravesando alturas y bosque en absoluta soledad hasta llegar a Campillo de Arenas y su castillo enriscado que vigilaba para los nazaritas el valle del Guadalbullón, ya decíamos, en la antes nombrada ruta entre Jaén y Granada. Pero si el viajero no está para muchas audacias o simplemente no le apetece, deténgase entonces junto al antes referido puente, baje del vehículo y avance un poco cuesta arriba por el camino de la derecha que ciñen los montes y forman a un lado un covachón de poca profundidad y paredes requemadas por siglos de hogueras. Pese al hollín y el descuido del lugar podrá ver en los muros unas curiosas insculturas sin duda prehistóricas, y no sería raro que el lugar hubiese sido santuario de alguna divinidad de turno; más cuando al otro lado del barranquillo y camino, la piedra del suelo se escalona en lo que constituye un graderío natural donde la concurrencia de los fieles tendría cómodo asiento. Hemos convenido que esta vez el viajero sigue luego la carretera asfaltada adelante, hacia el embalse. Se va el valle estrechando cada vez más, se están elevando las paredes de caprichosas formas calizas, y a veces río y ruta compiten en angosturas del trayecto. La fauna terrestre o aérea asomará a veces, y si el viaje es en época poco visitada, o es en el lubricán de la mañana o la tarde, algún vivaracho cuadrúpedo o cualquier ave se le atravesarán veloces al viajero, a quien será difícil reconocer si fue ardilla, gineta o garduña lo que se disparó entre las matas, o si fue gavilán o simple arrendajo el que zigzagueó por los pinos. Al final, atravesando un necesario túnel en la montaña, porque espacio ya no había para carretera, el viajero llega de pronto al embalse del Quiebrajano. Es chiquito en comparación con otros, pero tiene la belleza del agua, repentina, sosegada y amplia, encerrada entre altas montañas pobladas de pinar que le dan al paisaje ese semblante vital de la suma de la vegetación y el agua. Vale la pena pasear en entorno un rato. Por supuesto que por algún lado reluce la decorativa pintada analfabeta con algunas palabras en inglés, estas con falta de ortografía, needless to say. El invasivo vómito escrito que imponen sus autores en muros públicos o privados sin importarles la estética previa, la sencilla blancura, el concepto de la belleza de los otros. Una forma más de avasallar, de ir creando una atmósfera irrespetuosa hacia el criterio de los demás en lugares de los que se enseñorean los agresivos artistas. Luego, el viajero podría volverse hacia Jaén, porque parece que no hay más salida que el retroceso, ante aquel impresionante circo geológico en el que ha desembocado. Pero no, bordeando las casas del pantano, una regular carreterita sin señalizar va a conducir al viajero siempre hacia el oeste, por el puerto de montaña que se ve a la derecha, entre tierras híbridas de olivar y monte. Parece complicado pero no lo es. Ya hemos dicho que el viajero cuenta con la ventaja de haber realizado antes tal periplo. Incluso esa vez anterior, en pleno verano, recogió a un humilde viejecillo que, cesta en mano, le hizo señales con ruego de que lo llevara. Así fue, sin lógica esperanza de recompensa, en este caso por aquello que dice Séneca en las cartas a Lucilio de recte facti fecisse merces est, que el premio de las buenas obras está simplemente en haberlas hecho. Pues bien, en aquel caso, aparte del tal premio intangible, el simpático viejete, al llegar al pueblo, sacó de la cesta, que llevaba cubierta con hojas de higuera, un par de hermosos higos. Nada más. Y nada menos. Y el viajero puede asegurar que estaban exquisitos como no recuerda ningunos. El caso es que, sin o con buena acción, y pasando por caseríos y cortijadas de diverso jaez, al cabo de una docena de kilómetros el viajero va a salir a Valdepeñas de Jaén, donde continuará por la A 6050 en dirección sur. A los pocos kilómetros va a encontrar una bifurcación. El viajero sabe que si tira por la izquierda llegará a Frailes, y de allí a Alcalá la Real, su próxima meta de cierta enjundia. Si tira a la derecha llegará a Castillo de Locubín, pueblo por cierto sin castillo, y de allí igualmente a Alcalá la Real. Pues bien, si es tiempo de cerezas, esto es, finales de junio, tire por Frailes. Son las mejores. Si es otoño, tiempo de nueces, tire por Castillo de Locubín. Están más sabrosas. El caso es que al cabo de una veintena de kilómetros acabará viendo la impresionante fortaleza de Alcalá la Real, la Mota, que llaman. Sepa además el lector que en Alcalá y Frailes podrá gustar un excelentetinto que últimamente han trabajado bien, transformando en delicado vino el que hasta hace poco llamaban vino del terreno, un clarete suavón y endulzado que, por supuesto, aún puede tomarse en las tascas alcalaínas a partir de noviembre. Está el viajero en Alcalá la Real. La Irreal, la llamaba un amigo suyo que vivió allí unos años, excéntrico profesor que ya está con los dioses manes. Rodeada la pequeña ciudad de torres vigía y cuevas naturales y artificiales en las paredes de los cerros cercanos, era un espolón cristiano en tierras del infiel, demasiado cerca de la misma Granada como para no temer alguna cabalgada sarracena que en efecto hubo, y como para que a su vez los moros no temiesen algún ataque fulminante desde allí, que también se dio. Al final, ciertamente, en una de las campañas en la conquista de Granada, Alcalá fue donde se asentó el real cristiano, el estado mayor desde el que órdenes y hombres salían para las operaciones. Alcalá, tan cerca de Granada, pertenece a Jaén porque está asociada desde el siglo XIII al que era territorio castellano. Entre otras cosas, fuentes, iglesias y lugares de mérito, hay en el pueblo un convento de dominicas que conserva en uno de los cuarterones de una de sus puertas un emblema de la inquisición. Son raros tales documentos, porque la damnatio memoriae que siguió a la abolición del Santo Oficio destruyó todos los emblemas, papeles, sambenitos y demás signos que pudo. Una pena, porque se perdió casi todo el corpus de aquel tribunal. Era así y todo comprensible, tras tanta animadversión, tanto miedo provocado por él. Pero lo que en realidad vale la pena en Alcalá es la fortaleza, la Mota, hoy recuperada, visitable, y ya excavado el poblado en alto que había dentro de ella. Pero no sólo el poblado. La gran iglesia dentro del castillo, visto el poco uso, también ha sido destripada en su suelo, descubriendo los siglos de tumbas que se acumulaban, en aquellos tiempos de enterramientos en templos, lo que ha llevado a estudiar también las osamentas y qué males y deformaciones tenían quienes pensaron que descansaban allí hasta la resurrección de los muertos. La Mota alcalaína habría estado mejor conservada de no haber sido por la retirada de los franceses en 1812, para variar. No había que dejar lugares fuertes detrás. El castillo había sido cuartel, y la guerrilla por las sierras estaba muy encendida. En la biblioteca local se guardan proclamas, en perfecto castellano, sobre la colaboración que debe prestarse a las tropas francesas. Las firma el general Sebastiani, un corso paisano de Napoleón, y otras el mismo mariscal Soult, el que se partió los cuernos frente a Cádiz. La biblioteca municipal de Alcalá, por cierto, es una de las mejor abastecidas y cuidadas de la provincia, caso que al viajero le gusten esas cosas. Y en ella ejercía de titular hasta hace unos años la funcionaria principal, quien defendía, al parecer con argumentos incontestables, que el famoso arcipreste de Hita era en realidad de Alcalá la Real. Una gloria para el pueblo en tal caso. Alrededor del lugar decíamos que se conservan varias torres vigía que documentan lo sensible de la zona durante la reconquista, y en la sierra cercana a Alcalá, la Parapanda, quedan trincheras de la guerra civil, de difícil acceso. Aquello fue frente de nuevo. Un dicho irrespetuoso en el pueblo, referido a las nubes sobre el monte, dice que Cuando la Parapanda tiene montera, llueve aunque Dios no quiera. Con o sin lluvia en la Parapanda, bajaremos hacia el sur, hasta Moclín, sin alcanzar Granada, sólo para saltarnos la antigua divisoria y ver el lugar moro frontero, enemigo de la castellana Alcalá. Lo que ahora es un inapreciable tránsito provincial fue justamente por allí, dos siglos y medio, la divisoria de dos mundos distintos y excluyentes. Moclín conserva un buen recinto de castillo, de tapial, el opus caementicium romano que los sarracenos copiaron a la perfección y repitieron por doquier. Hay también un pósito renacentista, este de piedra caliza del lugar, muy bien conservado. Desde Moclín, Granada está a un paso, el que decíamos que acabó estando para los cristianos, gracias a cuyos trabajos el viajero y el lector siguen hablando hoy un idioma derivado del latín, gozan en lo que pueden del derecho romano, la lectora no se tiene que cubrir la cabeza si no le da la gana, si ha sido buena va al cielo en las mismas condiciones que los varones, sabe y disfruta lo que produce la Rioja, y el dulce gruñido del gorrino le suena más prometedor que los más canoros trinos de las avecillas del campo, que no allegan en sus trojes, y sin embargo el cielo vela por ellas, como se sabe. Por todo ello el viajero va a bajar casi, casi hasta Granada, para tomar la autovía de vuelta hacia Jaén. Granada es demasiado ya para este viaje. Ciudad excesiva, merece una y muchas rutas que el viajero ha hecho por cierto numerosas veces, sin cansarse nunca, por más que repita lugares y perspectivas. El viajero es de los que sonríen ante el comentario de «ya la he visto», que oye decir a alguien respecto a un lugar tan fastuoso como Granada. Como si se viese todo de golpe y no quedase más. O más aún, como si lugares de tal densidad no fuesen lo suficientemente complejos como para requerir una y otra vez de la atención de un visitante que sabe que siempre encontrará algo distinto, mejor, o sencillamente satisfactorio. ¿Acaso no sabe ya el viajero a qué saben los vinos o comidas que le gustan, y los repite? ¿Quizá no sabe cómo son las personas que aprecia y no deja de buscar contacto con ellas en la certeza de que nunca se llega a disfrutar por completo, que hay siempre algo más, algo nuevo en aquello o aquellos que amamos? Tal Granada, uno de los lugares que el paseante sabe que no tendrá suficiente vida por delante para cansarse de ella… MÁLAGA Juan Eslava Galán LA AJARQUÍA O AXARQUÍA DE MÁLAGA El viajero pernoctó en Granada, madrugó y tomó el camino del sur. La mañana estaba clara y luminosa pero las nubes ponían una capada boina negra a la cordillera penibética. Los mapas dibujan la linde entre Málaga y Granada por la cresta inaccesible y pelada de la sierra de Tejeda. Remontando el puerto de Zafarraya, a 920 metros de altitud, el viajero arribó a las ventas del mismo nombre: dos docenas de casas y la terminal del antiguo ferrocarril desmantelado cuya estación es hoy restaurante. El cocido de esta casa es una obra maestra que atrae devotos hasta de Ciudad del Cabo y de Reikiavik. Sólo se oficia en fiestas y domingos. El viajero prosiguió su camino y se sintió hormiga al pasar por el boquete de Zafarraya, un portillo verde entre dos imponentes peñas grises. Como si hubiese descorrido un telón, de pronto se manifestó en el altiplano una dilatada panorámica de armoniosos cerros, verdes valles, y blancos pueblos. Estamos en la Ajarquía, es decir el oriente, uno de los mejores territorios del reino de Granada —escribe Francisco Henríquez de la Jorquera, en el siglo XVIII— de muchas villas y lugares poblados en todos los tiempos, abundantes en todos los mantenimientos de la vida humana, con buenas aguas y saludables aires. Tierra de muy buena cría de seda, de mucha pasa y mosto. La Ajarquía, región montañosa al Este de Málaga, es un balcón asomado al Mediterráneo desde el que, en los días claros invernales, se columbran, como inmóviles palomas, las cumbres nevadas del Rif marroquí. Las Ajarquía toma sus aguas de las sierras de Tejeda y Almijara y las distribuye en cien arroyos, casi todos tributarios del río Vélez que, como reyezuelo de taifas, desciende pausadamente al mar escoltado por las lanzas de los espesos cañaverales, sobre los mullidos tapices de sus verdes ribazos, con pueblecitos y caseríos blancos que tremolan como estandartes sobre cerros y vaguadas. El pico más elevado de Sierra Tejeda es el de la Maroma, por donde hizo sus pinitos de montañero Gerard Brenan, como consta en su libro Al sur de Granada. En estas tierras se riñó, en 1483, la última batalla que ganaron los moros en España. Un ejércitocristiano en el que figuraba la flor y nata de la nobleza castellana invadió la Ajarquía creyendo que iba a un paseo militar. La tropa devastó la tierra, taló las huertas, saqueó las alquerías, se hartó de vino dulce y de cordero asado, y llegó arrastrando su botín, llegó hasta las puertas mismas de Málaga, pero allí fue sorprendida por un ejército llegado de Granada. La jornada que con tan buenos auspicios comenzara acabó en desastre. La derrota de la Ajarquía fue especialmente sonada porque cuatrocientos nobles cristianos cayeron prisioneros. La desgracia del rico siempre hace más ruido y promueve más llanto que la del pobre. Cuando los moros tenían esta tierra la querían como a la niña de sus ojos porque daba la mejor seda y las mejores pasas, y sus montes estaban tupidos de encinas y algarrobos. Hoy quedan algunos ejemplares de este venerable bosque antiguo pero casi todo el espacio ha sido sustituido por el insulso pino de la repoblación forestal o por la peña pelada consecuencia de la erosión. Donde hay labrantío se ven olivares, allozares y algunos viñedos. Antes había muchos más, pero se los llevó la filoxera. Por la zona de Velez-Málaga se extienden hoy los modernos cultivos de chirimoyas y aguacates que tienen buen mercado entre gentes de gusto y bolsa de la inmediata Costa del Sol y aún en más lejanos pagos europeos habitados de personal rubiasco y con chubasquero. VÉLEZ-MALAGA Entre sembrados, campos de caña de azúcar, huertecillos de tomateras y cultivos cubiertos de plástico llegamos a la población de Vélez-Málaga, 42.000 habitantes, el pueblo de las pasas, la patria de la filósofa María Zambrano y del cantaor Juan Breva. Vélez-Málaga es un pueblo con un núcleo antiguo blanco de tejados rojos tendido en la falda de un cerro en cuya parte superior subsiste la torre del castillo. El viajero se hospedó en un hotel de dos estrellas y se duchó en un baño que olía a lejía y a desinfectante pinoflor anticurianas. Acto seguido se vistió de limpio y se echó a la calle dispuesto a conocer el pueblo. Los pueblos deben empezarse por la parte antigua, que la moderna suele ser fea e impersonal, y es mejor dejarla para el final. Para llegar al castillo, el viajero atravesó un laberinto de calles estrechas y retorcidas con casitas ayer encaladas y modestas, hoy chillonas y pretenciosas, con fachadas alicatadas hasta el techo con azulejos de cuarto de baño. El viajero tiene comprobado que en los pueblos andaluces antaño blancos, el personal, en cuanto se ve con cinco euros en el bolsillo, lo primero que hace es alicatar la casa hasta el tejado con azulejos de colorines, que destaquen más que los de la vecina, y a sustituir la noble puerta de madera de hoja entera o de cuarterones por otra de hierro con barras de tubo y contraventana de aluminio. En Vélez- Málaga, que dista cuatro kilómetros de la costa, se nota que ha corrido el dinero del turismo y que la capacidad adquisitiva de la población ha aumentado considerablemente. En el barrio alto los niños han pasado del pie descalzo a los zapatos de astronauta que cuestan un riñón en las tiendas de deportes y los mozos suben las cuestas como bólidos sobre motos fórmula uno atronando el vecindario y molestando a las amas de casa en boatiné, zapatillas y televisor de pantalla gigante que siguen con recogimiento sacramental el cotilleo de amorales famosos analfabetos o el reality show nuestro de cada día. El castillo de Vélez-Málaga, quizá sea mejor que lo llamemos la fortaleza, que es como los veleños lo conocen, se reduce prácticamente a una torre tan restaurada que apenas se le distingue la parte original de la moderna. Mal criterio, pensamos. El viajero desciende por las callejas del barrio moruno, hasta la puerta de la muralla del antiguo recinto, un bello rincón con urna a la Virgen. Bajamos una cuestecilla y desembocamos en una plaza rectangular que tiene sus lados más largos ocupados por un edificio notable y otro detestable. El notable es un antiguo palacio carcomido por el tiempo que, a pesar de las subdivisiones parasitarias de su fachada, aún conserva la prestancia de su pasada nobleza. Al viajero le llamó la atención el canalón de cerámica, con alternantes segmentos verdes y azules, que recoge las aguas del tejado. En todo Vélez-Málaga se observan esta clase de canalones, a menudo rematados en sus extremos por decorativas gárgolas de cerámica vidriada con forma de dragón. El edificio detestable es el Ayuntamiento: un horrible y lineal engendro que, castiguito de Dios, se declaró en ruina y hubo que apuntalar con maderos toda su planta baja. En uno de los lados menores de la plaza se yergue la soberbia torre de la iglesia de San Juan cuya sacristía rococó es obra de mucho arte y admiración. Cayó la noche y el viajero se retiró a dormir después de cenar una cazuela de fideos con coquinas en un bar-comidas-camas que había frente al hotel. A otro día de mañana, el viajero se despidió del pueblo y tomando otra vez la autonómica 1205, volvió sobre sus pasos hasta el cruce de Trapiche y allí tomó la local que sale a la izquierda cruzando primero el río Vélez y después su afluente, el río de la Cueva. Siguiendo este camino algo carcomido, con sus curvas, sus arroyos, sus cachitos de huerta y sus olivares y allozares, se cruzan Triana y Benamargosa y va uno derecho al cerro de COMARES. Desde que entró en tierras de la Ajarquía, al viajero se le iban los ojos a lo alto de este cerro grisáceo y altivo en cuya cima destaca, como una nevada pincelada tendida entre dos cumbres, en la vecindad del cielo, el blanco caserío de Comares. Es un dédalo de callejas blancas que suben y bajan como las pinceladas de un cuadro abstracto en dos colores dominantes, gris cemento para el suelo y blanco para los muros, a los que cabe añadir la amplia paleta de las flores que son pasión en las ventanas y en los recovecos que el relieve habilita. En la parte más alta del pueblo quedan las ruinas de la torre gorda del castillo en cuyo patio de armas, con aljibe, se ha instalado el cementerio. Desde el cementerio de Comares se ve el paisaje como desde un avión. El viajero notó que algunas calles de nichos humildes tenían la cualidad plástica de un cuadro abstracto. Luego, en una de las lápidas aparecía el nombre, y la foto, de un inglés fallecido a los cuarenta y cinco años. Una señora que limpiaba el nicho de sus deudos nos informó: «Es un inglés que vivía allí abajo. Al pobre lo mató el tractor, con lo buena persona que era. Tenía familia con dos niñas, pero ellas lo vendieron todo y se volvieron a su tierra». El viajero almorzó en una venta del camino, a un kilómetro escaso del pueblo, pero antes hizo una excursión al CERRO DE MASMÚYAR cuyo sendero nace al lado mismo de la venta. Se asegura que el despoblado de Masmúyar es en realidad Bobastro, la tan buscada y nunca con certeza hallada capital del rebelde Omar Ibn Hafsun, el caudillo de los cristianos muladíes que se alzaron en el año 880 contra los emires de Córdoba. Los arqueólogos llevan un siglo haciendo cábalas sobre el lugar donde estuvo situado Bobastro. Hasta antes de ayer se especulaba con algunos cerros del término de Colmenar, especialmente del lugar de las Mesas de Villaverde donde se ha excavado una basílica paleocristiana, pero hoy parece que se inclinan por las Masmúyar. Mañana, Dios dirá. En su momento de mayor expansión, Ibn Hafsun dominaba media Andalucía, entre Algeciras y Jaén. Sus gentes mantuvieron en jaque a los ejércitos cordobeses durante más de treinta años. Cuando las tropas de Abderramán III, ya en el califato, pudieron tomar Bobastro, arrasaron el poblado y desenterraron el cadáver de Ibn Hafsun para exponerlo en las puertas de Córdoba: se había hecho enterrar como cristiano. El excursionista aficionado a la arqueología hará bien en curiosear la cumbre de este cerro que está plagada de vestigios altomedievales, de peñascos tallados para cimientos, de silos excavados en la roca, de restos cerámicos. Hay incluso un espacioso aljibe, difícil de encontrar su entrada,sostenido por arcos califales sobre pilastras. Pero es tan bello como de difícil bajada, avisamos. El viajero prosiguió su camino y se detuvo a sestear en un arcén bordeando el cerro de Santopítar, donde se disfruta tal panorámica que viene hasta en los mapas. Luego enlazó con la carretera 3103 y torció a la derecha, para el Norte, hasta más allá de Colmenar para tomar la desviación de la derecha, en busca de los Baños de Vilo, …baños árabes, restos del balneario que data de 1823, tuvo gran importancia en el siglo XIX. Sus aguas están indicadas para enfermedades cutáneas y trastornos menstruales… Bajando un cantoncillo muy a propósito para que rueden criaturas gordas hay un arroyuelo pedregoso y humilde que discurre entre nogales y granados, pegado a los peñascos negros del monte. El visitante sabe husmear el rastro de la fuente salutífera por su aroma de azufre, que es a huevos podridos, como se sabe. Detrás de un paredón blanqueado está la hoya de los baños igualmente blanqueada. Es poco más que una bañera de jacuzzi, pero rústica y hospitalaria, alimentada por un canalillo que sale del monte, con su chorrito claro y caliente. La carretera sigue por el desfiladero del río Sabar en parajes moriscos, con alguna que otra ruina de antiguo molino. En un recodo del camino aparece un ciudadano con aire de alelado que lleva a una cabra del ramal. La pareja aprieta el paso hacia el cortijillo en ruinas donde parece que ha establecido su domicilio conyugal. En el kilómetro 513 de la antigua carretera de Málaga a Granada, en el cruce de Alfarnate, hay una antigua venta donde el viajero degustó con unción un plato de pobres que venden a precio de ricos: migas con guarnición de lomo de orza y aceitunas. De los recios muros enjalbegados penden antiguos carteles de toros y fotos de Isabel II pechugona. El vino que allí se bebe es un blanco reforzado de aquellos montes. Al catarlo, sentado en tosca mesa de madera, cerca de la chimenea capaz, el viajero echaba la cabeza para atrás hasta sentir en su colodrillo calvo el frío del cristal que resguarda la foto de don Andrés Segovia, sargento de la Benemérita que, cuando era guardia de segunda, puso fin a la vida del bandido el Pernales, el 31 de mayo de 1907. ALFARNATE La última estación antes de que se echara la noche y nos obligara a tomar la trocha de Granada fue el pueblo de Alfarnate, a 888 metros de altura que dicen que es muy sana. El viajero repara en los nombres de las calles: Panteón, Egidillo, Conde, Aljófar... En este pueblo el paseo es una rambla arbolada que es un recreo para la vista con su sinfonía de verdes claros y oscuros, olmos, chopos, álamos, sobre el blanco de las casas. Entre el 12 y el 16 de septiembre los moros secuestran a la patrona del pueblo, la Virgen de Monsalud y se la llevan presa, pero los cristianos les dan alcance, libran con ellos la madre de todas las batallas, los derrotan y rescatan a la cautiva entre estampido de cohetes y jolgorio general. LA COSTA DEL SOL El viajero debe confesar que se dispone a recorrer la Costa del Sol como quien se purga, porque no hay más remedio. No obstante hace propósito de visitarla concienzudamente, buscando sus rincones más interesantes con los ojos abiertos, la voluntad benigna y la intención honesta. La Costa del Sol se divide en dos segmentos: el oriental, de Málaga a Nerja; y el occidental, de Málaga a Estepona. Su clima oscila todo el año entre los catorce y los treinta grados. Abundan las playas de gruesas arenas. El pescado es sabroso. La gente es cordial. Podía haber sido un paraíso pero la explosión turística de los años sesenta la desbarató irremediablemente. No hemos venido a contar miserias, así que pasaremos por alto el impacto medioambiental de una franja costera que multiplica por más de diez sus habitantes durante los meses estivales y la mostrenca concentración de salas de fiestas, de hamburgueserías, de discotecas, de paellerías, de antros de juego, de pubs ingleses, de cervecerías alemanas, de bistros franceses, de trattorías italianas, de mesones manchegos, de night clubs, de sex shops, de casinos, de bares de alterne, de restaurantes chinos, de pizzerías, de sushis, de kebabs, de gazpacherías, de plazas de toros portátiles, de parrillas argentinas, de concursos de misses, de concursos de tetas, de concursos de culos, de locales de striptease, de freidurías de pescado, de supermercados, de boutiques, de tiendas de falsa artesanía, de superlimpiezas, de bazares orientales, de whiskerías, de urbanizaciones, de agencias de viajes, de heladerías, de tortillerías, de tablaos flamencos, de restaurantes típicos, de bodegas típicas, de estancos, de sidrerías, de locales de masajes, de consultas médico-playeras English spoken-on parle français, de clínicas veterinarias, de chiringuitos y de todo el resto del cutrerío mostrenco-consumista veraniego. De todo esto abunda la Costa del Sol, especialmente en el tramo comprendido entre Málaga y Estepona. Comenzaremos nuestra peregrinación por el sector oriental, donde la feraz agricultura de las llanuras costeras resiste todavía un poco ante el empuje demoledor de la especulación urbanizadora. El viajero salió del Motril de la caña de azúcar y el ron local, y la primera parada la hizo en NERJA, famosas grutas que volvió a recorrer, haciendo acopio de belleza como el camello lo hace de alimentos cuando recela escaseces de larga travesía. En el pueblo de Nerja, hay un mirador sobre el mar hiperbólicamente denominado Balcón de Europa. El turismo ha sepultado, bajo un estrato de hormigón y mugre consumista, muchos pueblecitos de pescadores que se extendían a lo largo de la costa. Ahora el que quiera encontrar lo autóctono original ha de buscarlo con lupa, lejos del muro de bloques de apartamentos y hoteles que barrean la mar. No obstante, quedan pueblecitos de tierra adentro todavía intactos o casi. La carretera de Nerja lleva a Frigiliana; la que sale de Torrox a Cómpeta y otra media docena de aldeas serranas; la Caleta, al Algarrobo; la de Torre del Mar a Velez-Málaga y la Ajarquía... FRIGILIANA Frigiliana parece tan mora como los pueblecitos más moros del Rif marroquí, solo que es mucho más blanca y limpia y el visitante no es importunado por un enjambre de pedigüeños. En Frigiliana, la casas y las palomas son blancos; los lutos de las mujeres, negros; los tiestos de las ventanas, color tierra o verdes; los geranios, rojos; los menudos empedrados de las calles y la miel, dorados; los azulejos, tecnicolores. Es un pueblo reposado y acogedor. Quitando el ocasional estampido de alguna moto y el chafarrinón consumista de alguna tienda de artesanía, parece un lugar a propósito para cura de descanso. El viajero discurrió por sus callejas silenciosas con pausa y recogimiento, como por una iglesia. Por cierto, en la calle de la Iglesia hay una casa de comidas de mucha confianza. TORROX Siguiendo la carretera del mar, pasado el faro de la punta de Torrox, sale a la derecha una carretera comarcal que el viajero inexcusablemente debe tomar para visitar Torrox y Cómpeta. En Torrox, blanco, en la pendiente de un fértil valle rodeado de montañas peladas, dicen los eruditos locales que se refugió del joven Abderramán recién desembarcado de una patera en la playa de Almuñécar (el viajero es partidario de presentar las historias viejas en odres nuevos, como lo del vino que dice la Biblia, recuerde el lector). En diciembre, el domingo anterior a Navidad, se celebra en la plaza la fiesta de las migas cuya sustancia consiste en comer migas y beber vino de la tierra, recio y dulzón. Remontando el arroyo de Torrox por la carretera de la sierra se disfruta de un bello paisaje de monte mediterráneo, pinos y matorral, olivares y viñedos. Al lado de las casas de campo destacan los largos y blancos secaderos de uvas. Son quince kilómetros de entretenida carretera serrana, con sus típicas curvas y sus estrecheces, pero el premio que aguarda al final merece la pena: CÓMPETA, excelente moscatel en la bodega LaBuena Uva. En la Virgen de agosto celebran la noche del vino. Nadie duerme: todo el pueblo en la plaza, oyendo música, bailando y trasegando el vino del año. A la madrugada, el que aguanta, desayuna unos churros calentitos y se va a dormirla. —Como benditos, oiga, y al otro día nuevos, que aquí el vino es sano, sin química, nada cabezón. El viajero regresa a la carretera de la costa y prosigue su marcha. En el lugarejo de la Caleta sale la carretera de Algarrobo. Es visita obligada, para los aficionados a la historia y a la arqueología, el pago del Morro de TRAYAMAR, necrópolis de una factoría fenicia de garum, la especiosa salsa de entrañas de pescado que era aderezo obligado para todos los platos de las mesas de postín en el imperio romano. TORRE DEL MAR Torredelmar, puerto de Vélez-Málaga, era un pueblecito blanco en medio de una espaciosa vega festoneada de montañas que se abre a la ancha y luminosa playa. Por allí salían al mundo las pasas y los vinos de la Ajarquía. Allí se fabricaba azúcar de las zafras de la región. Hoy es turístico y lugar de pastoreo estival de una numerosa colonia en la que abundan los jiennenses. Tiene un bello amplio y ajardinado paseo marítimo. Cruzamos por la pequeña localidad turística de BENAJARATE y recorremos la costa entre cerros ásperos pespunteados de urbanizaciones y casas de placer asomadas al mar. El viajero nota la abundancia de atalayas que pueblan estos contornos. Los pueblecitos de esta costa sufrieron los ataques y rapiñas de los piratas berberiscos hasta finales del siglo XVIII. En El RINCÓN DE LA VICTORIA, buena playa, está la Cueva del Higuerón o del Tesoro donde, según la tradición, varios reyes moros ocultaron sus haberes. Siempre se tuvo por patraña de viejas hasta que hace unos años un excavador encontró una lucerna árabe con cinco o seis monedas de oro. El viajero va reconociendo añejos lugares de su algún veraneo juvenil, el peñón del Cuervo, la Torre de Cántalos, el Palo, La Caleta y los Baños del Carmen. Ya se huele la marina claridad de Málaga, la de los boquerones fritos. La dejamos atrás para proseguir nuestra exploración por la Costa del Sol propiamente dicha, es decir, por la occidental. El turismo ha perpetrado muchos desaguisados, es cierto, prácticamente ha convertido esta bella costa en una conurbación de bloques de hoteles y apartamentos, de ciudades del placer surgidas como fantasmas de la noche a la mañana, al calor de la divisa extranjera. No obstante todavía es posible encontrar lo auténtico: chamizos de la carretera donde atezados campesinos venden higos chumbos y buenas playas sin asfaltar. Todo se andará. Un oportuno letrero municipal nos avisa que ya estamos en Torremolinos cuando creíamos no haber salido de Málaga. TORREMOLINOS, antes del boom, era dos docenas de casas blancas en torno a la torre de Pimentel, el premonitorio Molino del Pan Triste y unas playas kilométricas, de mediterráneas arenas en la Carihuela, el Bajoncillo, y Montemar. La torre de Pimentel, con sus muros grises, sigue existiendo entre rascacielos, y las urbanizaciones lo han invadido todo con su arquitectura racionalista o funcionalista, o cómo demonios se llame. Hay más discotecas que en Nueva York, más bares que en Madrid, más pizzerías que en Nápoles, más restaurantes chinos que en Pekín, más creperías que en la Bretaña, más pintores callejeros que en la rive gauche del Sena y Montmartre, más establecimientos de juego que en Las Vegas, más tablaos flamencos que en Sevilla y Cádiz juntas, más rincones típicos andaluces que en todos los pueblos andaluces juntos. Hay hoteles en forma de barco, hoteles en forma de plaza de toros, hoteles en forma de corral de vecinos, hoteles en forma de barrio de cuevas, hasta hoteles en forma de hotel. Los aficionados a los palacios de congresos no deben pasar de largo sin visitar el espléndido Palacio de Congresos de Torremolinos, un búnker de blanqueado cemento en cuyo interior se venera la lámpara de cristal más grande del mundo. Aquí se celebran los referidos congresos con gran éxito de crítica y público. En Torremolinos nadie se aburre. Es uno de estos lugares en los que el visitante se sienta a tomar un refresco en una terraza y antes de cinco minutos acuden tunos a cantarle Clavelitos y le pasan la pandereta, acuden gitanos rumberos a cantarle su nonaino-naino y le pasan la funda de la guitarra, acude un indio americano enlutado a tocarle El cóndor pasa y le pasa el estuche de la flauta. Esto en el apartado de musicales. En el de variedades puede asistir, desde la comodidad de su asiento, al divertido y meritorio número de los gitanos de tambor y trompeta con cabra escaladora y monito gracioso vestido de faralaes. Antes de que el pacífico turista pague su consumición y huya es muy posible que una gitana gestante lo adorne con clavel o ramito de romero; que un magro y bigotudo magrebí lo sepulte bajo una avalancha de alfombras, relojes, cinturones y condones y que un agrícola autóctono reconvertido en vendedor de lotería insista en beneficiarlo con el premio gordo del próximo sorteo. Esta es la virtud de los lugares turísticos: la confluencia de culturas, la concurrencia de las artes, la convergencia de las dispares civilizaciones. Uno se está quieto y le sirven a domicilio, en depuradas dosis, una quintaesencia del mundo. El tiempo del ocio debe ser eso: sana diversión, relajado esparcimiento, ensanchamiento del espíritu en contacto con el arte. Otro oportuno letrero municipal nos avisa que ya estamos en BENALMÁDENA cuando aún creíamos encontrarnos en Torremolinos. Puerto deportivo de alto standing, parque de atracciones y aquapark, restos romanos y árabes, museo arqueológico. El viajero pernoctó en Benalmádena y al día siguiente fue a MIJAS, el pueblo de los famosos burros taxi. Mijas, cobijado en el regazo de un cerro gris, entre pinos y huertecitas soleadas, vive del turismo a juzgar por la cantidad de tiendecitas de recuerdos y artesanías que adornan sus fachadas con sombreros mejicanos, ponchos peruanos, trajes de flamenca, sombreros cordobeses, panderetas, banderillas teñidas de sangre de pollo y capotes toreros. También abundan las tabernas típicas, decoradas con aperos campesinos, orzas desportilladas, cencerros, banderines, llaveros y bolígrafos. Cada cual ha de ganarse la vida como mejor puede. Mijas se esmera por conservar la estampa algo relamida del pueblo auténtico, con mucho enjalbegado y cuidados jardines. Tiene su placita de toros cuadrada que creen los indígenas que es la única del mundo, como también dicen los segureños de la de su pueblo, en la provincia de Jaén, y un Museo de Miniaturas del que el viajero no puede dar fe, porque no llegó a verlo, pero le han contado que hay cabezas reducidas por los indios jíbaros, un Belén completo, con mula, burro y todo, que cabe en el interior de un dedal y un padrenuestro escrito en el borde de una tarjeta de visita. El viajero desayunó en un bar de la plaza y se fue del pueblo sin haber cabalgado un burro taxi, que no eran horas y el turismo no madruga tanto. Otra vez será. FUENGIROLA Siete kilómetros de playa de arenas negruzcas con espléndido paseo marítimo que enlaza los barrios de Carvajal, Torreblanca y Los Boliches. Bloques de pisos de catorce alturas a veinte metros del mar, incrustados entre el Mediterráneo y las últimas estribaciones de la sierra de Mijas. Un hermoso castillo califal arruinado. El viajero lee en una guía de turismo: Vivir una temporada en Fuengirola constituye un eficaz antídoto contra el pesimismo, una auténtica cura espiritual. Nada menos. El viajero tomó carretera y manta para Marbella, la famosa, y pasó cerca de Calaburras imaginándosela de anochecida cuando el faro guiña sus luces frente al oscuro mar color de vino, como dice Homero, recuerden. MARBELLA ¿Qué se puede decir de Marbella? Hay un kilómetro y medio de ciudad, la llamada la milla de oro, donde un metro cuadrado de terreno vale más que en la Puerta del Sol de Madrid. Hay playas de tamizadas arenas y claras aguasdonde el bañista no corre riesgo de rebanarse el pie con una lata oxidada ni toparse con excrementos flotantes. Marbella es la feria de las vanidades, la ciudad encantada donde reside o veranea mucha jet society, la gente guapa, la gente que sale retratada en las revistas de papel cuché con que el personal embrutecido complementa su ración de tele. En Marbella corre el dinero a espuertas, hay chalets de lujo, mansiones de petrodólares, una blanca mezquita rodeada de flores y palmeras, Rolls Royce tapizados de piel de pantera, perros que comen en servicio de plata, damas de compañía que sacan en un trasnoche el sueldo que usted no gana en un año... Pero todo esto es privado y no está al alcance del modesto viajero. El viajero, por su interés sociológico más que por otra cosa, se dio un garbeo por el Puerto Banús, donde atracan los yates y aparcan los coches de lujo y husmeó por las boutiques exclusivas y por los lujosos pubs y bares extranjeros. Es otro mundo, limpio, aséptico, puro signo exterior de riqueza, adonde el personal hace alarde de belleza y felicidad. Más adentro subsiste el pueblo que fue, primoroso y cuidado como una macetita de albahaca. El viajero llegó a la Plaza de los Naranjos y admiró el balcón de hierro forjado del Ayuntamiento Viejo, hoy museo, y la bella portada gótico-mudéjar de la Casa del Corregidor. También es de mucho mérito su castillo califal. En torno a Marbella se extienden urbanizaciones de lujo diseñadas por afamados arquitectos en estilo neopopular andaluz, en estilo organicista, en estilo pueblo marinero, en estilo postmoderno y hasta en estilo cantábrico, amén de todos los mestizajes estilísticos imaginables como estilo postmoderno arábigo y estilo persa-nabateo-ruso-canadiense. El viajero abandonó Marbella y tomó la carretera de la sierra para ir a OJÉN, blanco, famoso por su anisado. Ojén es casi una lección de geografía. En días claros se columbran África y el Peñón de Gibraltar. ESTEPONA, la Astapa fenicia, es un pueblo claro y tranquilo, de calles anchas y acogedoras, liberado de monótonas vistas al mar por un murallón de bloques de apartamentos. Al otro lado están el paseo marítimo y las olas. Hay largas playas en la Roda, el Cristo y el Padrón, para bañistas más o menos vestidos, y otra en la que predominan los desnudos, la llamada Costa Natura. Hay una plaza de toros asimétrica, única en el mundo, esta sí, como las otras reseñadas páginas atrás. El turista, confortado, penetra en un establecimiento y solicita una cerveza y una fritura de pescado. Quien recorra la Costa del Sol debe premiarse con una visita a CASARES, enroscado en el cerro del castillo, y a sus baños romanos del Agua Hedionda, aguas sulfurosas, con aroma de huevos podridos, claro, donde parece que Julio César curó sus males de hígado. MÁLAGA CANTAORA El viajero quería entrar en Málaga muy temprano, por ver brillar el sol recién nacido sobre el mar y desayunar en una tasquita del puerto, por eso hizo noche en Casabermeja, última estación en la autovía A 45. CASABERMEJA es un pueblo encalado, de calles pinas, limpias como una patena. Está posado en la falda de un cerro en cuya cima rivalizan, como en un mano a mano, dos vértices geodésicos de la trascendencia: la iglesia y el cementerio. Otros pueblos ponen su empeño, y se empeñan, en disponer de un moderno polideportivo, de una cómoda y soleada residencia de ancianos, de un parque municipal donde los niños jueguen y los jubilados tomen el sol o incluso de una medianamente surtida biblioteca pública. Casabermeja, más despegada del mundo, más hondamente España, ha puesto su empeño en poseer el cementerio más bonito. No es que en Casabermeja importe más la muerte que la vida: es que la porfía estética de su comunidad se ha centrado en el cementerio. Quizá sea el camposanto más hermoso de Andalucía, esa esquinita de Europa tan dada a los gestos superfluos por amor al arte. MÁLAGA El viajero llegó a Málaga por la hoy autovía A 45, antes vieja carretera nacional 321, y antes infame despeñadero y cuesta de la Reina, también llamada de la Inquisición, hoy paseo triunfal por los amplios cuatro carriles de la autovía. Allá está Málaga, fenicia, romana, mora, cristiana sede episcopal, Málaga la de las mujeres bonitas y los hombres valientes, Málaga festiva, Málaga que canta por verdiales y por malagueñas, Málaga la de las gentes con el corazón en la cabeza (García Lorca), Málaga que pinta como Picasso, que se viste de flores en el Corpus Cristi, que hace hogueras la noche de San Juan, que navega por la bahía en la Virgen del Carmen, que canta verdiales en la Venta del Túnel o en el Puerto de la Torre, el día de los Inocentes, la que hace su feria en agosto. Málaga está en una hondonada, como rodada desde el cerco de montañas, hendida por la costura verde del Guadalmedina. Los poetas cursis la pintan como amante complaciente tendida a la orilla del mar, en los dos palmos de arena que quedan entre la montaña y las olas, desnuda como su madre la parió, ofrendándose a los bárbaros que bajan de la montaña o que llegan del mar. Mal la conocen los que creen que se vende al mendrugo del turismo. Quizá fuera más exacto verla como a la planta carnívora que te atrae con su perfume y, entregándose, te devora. Aprendió de los fenicios a ser ladina y a rendir voluntades. Porque uno puede conocer muchas ciudades y tratar muchas gentes pero cuando ha de abandonar Málaga después de residir allí un tiempo le queda siempre un rescoldillo en el alma de que en ninguna otra parte viviría mejor. Dicho sea a pesar de que la ciudad ha perdido mucho en los últimos años y anda muy mareada por el consumismo, el cemento, y las prisas. El viajero quiere visitar nuevamente algunos monumentos de la ciudad. No es que Málaga pueda competir con las otras grandes capitales andaluzas, ella lo sabe bien y no lo intenta, pero le sobra lo que las otras quizá tienen en menor medida: la cordialidad, el corazón abierto y en la mano. Y sobre todo el mar. El viajero las ha pasado canutas para aparcar en las cercanías del puerto y ha desayunado en una vieja taberna repleta de barriles, en el mismo paseo, de las que tienen que ser, de las de vino bueno y camareros de largo oficio. Ha estado luego contemplando al fondo los muelles y la blanca silueta de la Farola recortada sobre el mar azul. Luego comienza su jornada. Lo primero que hace es visitar la catedral. A la catedral de Málaga la llaman cariñosamente la manquita porque tiene una torre sin acabar. Fue un proyecto trabajoso: la cimentaron en gótico, la comenzaron en el más puro Renacimiento, en 1527, pero luego las obras se iban alargando por falta de dineros y el proyecto iba pasando de un arquitecto a otro, de una época a la siguiente, y cada uno hacía su parte con arreglo a la moda del tiempo, progresivamente barroca. A mediados del siglo XVIII, después de dos siglos y medio de construcción intermitente, se remató una de sus torres y ahí terminaron las obras. Queda la catedral inacabada como si fuera de mazapán y un cuchillo goloso la hubiese desmochado y privado de sus remates. Menos mal que por lo menos cubrieron sus tres naves antes de suspender los pagos. El viajero admiró la espléndida sillería del coro, los mármoles del altar de la Encarnación y la platería del museo. Luego se asomó a la adyacente iglesia del Sagrario, con su patio de los naranjos, y continuó por la Calle Cortina del Muelle hasta la plaza donde se levanta la mole serena del edificio de la Aduana, neoclásico, con sus toques barrocos. Asomado a sus patios y escalinatas imaginó que bajaban y subían ilustrados patricios de casaca de seda y peluca empolvada, con sus pajes de librea. El viajero, dejando lo llano, emprendió la subida a la ALCAZABA entre buganvillas en flor y agudas pitas. La alcazaba de Málaga es por fuera castillo y por dentro palacio. El castillo tiene su doble muralla de espesas torres y la del homenaje. Por dentro guarda un cálido corazón palaciego que sueña con fuentes y babuchas de seda. Hay un palacio antiguoque data de la época de Badis ben Ziri, reyezuelo taifa de Málaga, y otro posterior de estilo nazarí, tan moderno que lo construyeron en los años treinta imitando la Alhambra de Granada. Este palacio tiene lo único que le falta a la Alhambra: el mar, un mar inmenso, azul, brillante como una espada de la India (la metáfora es árabe en gracia al monumento que nos alberga). MUSEO DE BELLAS ARTES El viajero había leído en una guía que una visita a las dependencias del Museo de Bellas Artes constituye una auténtica fiesta para el espíritu, suscitando un caudal de emociones estéticas. Pues qué bien. Como el viajero es sibarita pobre y sigue los sabios consejos del maestro Aemilius, se dirigió diligentemente, al arrullo de este reclamo, al antiguo y austero palacio renacentista de la calle San Agustín donde está instalado el Museo. Allí admiró logrados lienzos de la escuela malagueña, del siglo XIX. En el cuadro de Simonet: ¡Y tenía corazón! el cadáver desnudo de una hermosa mujer yace sobre el mármol de la sala de autopsias. Un anciano médico, vestido de oscura levita, sostiene en la mano, pensativo, el corazón de la difunta. Al viajero le habían alabado mucho el CASTILLO DE GIBRALFARO porque desde él se contempla la mejor panorámica de la ciudad y se ve su plaza de toros asfixiada entre torres de cemento que llegan hasta el borde mismo del mar, pero es el caso que quiere mucho a esta ciudad porque guarda de ella y de sus amables gentes buenos recuerdos, así que prefirió no afrontar la triste realidad de sus recientes desaguisados urbanísticos y optó por dar un paseo por la CALLE LARIOS que es donde late el auténtico corazón de Málaga, una avenida señorial que camina hacia el puerto y el mar con solemnidad de procesión. Si hubiera sido domingo quizá le habría apetecido darse una vuelta por el mercadillo que se instala en el paseo de Martiricos, junto al estadio, pero, como era día laborable, el viajero prefirió prolongar el recorrido monumental y se fue a visitar el SANTUARIO DE LA VIRGEN DE LA VICTORIA, la patrona de Málaga. Es una iglesia barroca, contrarreformista, en la que le llamó la atención el conjunto de la cripta-panteón de los condes de Buenavista: no hay en España mejor representación de imágenes de la muerte en todos estilos, suertes y posturas. El viajero, cuando salió el santuario, se sintió desfallecido y hambriento, que la cercanía de la mar salada abre mucho los apetitos como bien saben viajantes y camioneros. En el pintoresco pasaje de Chinitas penetró en un establecimiento de comidas y saboreó la mar en unas almejas rosadas, las conchas finas que llaman, de grueso caparazón, grandes y vivas, con su retortijoncito en el goteo del limón. Luego remató la faena en el Paseo Marítimo, casa Antonio Martín, mirando a la bahía y brindándole la faena, frente a una deliciosa fritura de pescado en la que se guardó de lamentar la justificada y más que razonable ausencia de los chanquetes, los pezqueñines, aunque se le saltaron las lágrimas al recordarlos. Málaga atesora otras bellezas que merecen visita cuando el viajero dispone de tiempo y ganas: hay una docena de iglesias bien alhajadas y algunos museos interesantes, el de Artes y Tradiciones Populares, el de la Casa de Picasso, el Thyssen, el de automóviles y el ruso, al lado, donde rotan exposiciones de aquella desconocida e interesantísima pintura. Al viajero le encanta la Semana Santa de Málaga, con sus costaleros vistos. Es costumbre que se libere un preso en recuerdo de una Semana Santa del siglo XVIII en que los internos de la prisión provincial sacaron los pasos y después regresaron ordenadamente a sus calabozos. En la procesión de la Paloma se van soltando palomas blancas al paso de la Virgen. Si tuviera que recomendar una procesión elegiría la del Cristo de los Gitanos, inusitado jolgorio de baile y palmas, de botas de vino y croquetas. Al viajero le pareció una forma más razonable de entender la fe que la de esos otros pueblos que se laceran el pecho con cristales o se dan de latigazos. A doce kilómetros de Málaga, en CHURRIANA, carretera 340, hay dos parques notables: los jardines de la Cónsula y la hacienda El Retiro. El primero, palaciega residencia del cónsul que fue de Prusia en Málaga, conserva interesantes especies tropicales; el segundo es un complicado jardín italiano, con sus juegos de agua y todo, lugar verdaderamente deleitoso por sus contrastes entre naturaleza y artificio. El viajero tomó la carretera A 404 y pasó los dos Alhaurines, el de la Torre y el Grande, para llegar a COÍN, topónimo que viene del árabe alcohine, que parece quiere decir «paraíso ameno». Allí vio la Iglesia de San Andrés que tiene forma de ele y lamentó que no fuera hora de mercado porque sus frutas y verduras gozan de justa fama. Como se echaba la noche encima, tomó nuevamente el camino por la carretera A 366 hasta EL BURGO y desde allí, por la desviación de Ardales, paralela al río Turón, con un castillo de no fácil acceso, y se puso en la famosa estación balnearia de Carratraca. CARRATRACA, «la suiza andaluza» de sus folletos turísticos, es lugar de calles estrechas, rincones floridos, rumor de fuentes, sabor a otro siglo. El viajero sabía que los romanos y los árabes habían curado sus dolencias en este manantial abundante, sulfuroso, radioactivo a 18 grados centígrados en todo tiempo y de unas propiedades curativas extraordinarias, bueno para la piel, belleza, reuma, nervios, esterilidad femenina. Romanos, árabes y cristianos han encomiado las bellezas y utilidades del lugar, entre estos últimos Rilke, Alejandro Dumas, Lord Byron, Gustavo Doré, Campoamor, Valera, Muñoz Degrain, Moreno Carbonero y Julio Romero de Torres, el de las morenas cordobesas. Hará como veinte años el viajero descubrió Carratraca y se alojó en el hostal del balneario, construido en 1830 para albergar a Fernando VII. La habitación era espaciosa, de alto techo, amplia cama, enorme armario y profundo lavabo: todas las comodidades imaginables en la época dorada de los balnearios. En aquella ocasión el viajero durmió como un tronco y desayunó en el comedor del hotel servido por gráciles lugareñas uniformadas. El balneario estaba como hace un siglo, hasta los maceteros eran de época. Y la estructura de altísimas maderas enfrentadas de la escalera recordaba los sueños gráficos de Piranessi. Pasó la mano con unción por los mármoles de la bañera donde Eugenia de Montijo, la emperaora, sumergió sus carnes nacaradas antes de tomar un baño de tres brazadas en la alberquilla elíptica, rodeada de columnas… Aquel balneario solo existe ahora en el recuerdo. El actual, adquirido por una entidad bancaria, es un hotel de cinco estrellas, luces led, puertas con tarjeta electrónica, asientos y camas mullidas, aire acondicionado, mármoles pomposos y estucados de imitación. El viajero, que es sentimental, añoró aquel balneario que arrastró la marea del progreso. Al día siguiente madrugó para pasear por el pueblo, que es pequeño, sobre un cerro, con alguna hostelería y los servicios propios del balneario. En tiempos tuvo también tres casinos de juego, pero de estos establecimientos no queda hoy rastro, a Dios gracias. Estaba clara la mañana, los aires delgados y el solecico tibio. A tres kilómetros del balneario está la Cueva de Doña Trinidad Grund, estalactitas, estalagmitas y algunas pinturas rupestres. A diez kilómetros, las Mesas de Villaverde, emplazamiento de la famosa basílica excavada en la roca y de diversas ruinas de despoblado paleoislámico. Hasta ayer mismo los arqueólogos juraban que se trataba de la mítica Bobastro, la capital de Ibn Hafsun, el caudillo muladí, ya dijimos. Hoy ya no están tan seguros, con lo de Masmúyar. Ya se sabe que la arqueología es una ciencia de suposiciones basadas en conjeturas. En cualquier caso, vale la pena visitar estas ruinas y disfrutar del paisaje de la región, entre la sierra de la Pizarra y la Sierra del Agua. El viajero almorzó en ARDALES, pueblecito abrazado como una media luna a los pies de un peñasco donde segúnle aseguró el ventero se hielan en invierno y se achicharran en verano. Luego tomó la carretera que va, entre espesos pinares, a El Chorro dejando a la izquierda el embalse de Guadalhorce. Aquí el viajero encontró la GARGANTA DEL CHORRO donde los senderistas más avezados recorren a pie el Caminito del Rey (inaugurado por Alfonso XIII), un angosto sendero de cinco kilómetros de longitud que discurre suspendido a gran altura colgado de una de las paredes de la garganta, como en las películas de Indiana Jones. Es recomendable a los que quieran disfrutar de sus espléndidas panorámicas y de las emociones fuertes, aunque los pusilánimes y los que padezcan vértigo deben abstenerse. El viajero lo recorrió hace muchos años, antes de su reciente restauración y recuerda que la pasarela crujió un poco al recibir sus arrobas. Ahora se ha reconstruido un poco por encima de los restos del caminito primigenio. El viajero prosiguió camino hacia ALORA, la bien cercada, tú que estás al par del río, etc. No lejos de ella murió Cesonio a manos de Pompeyo, según aseveran algunos historiadores. Alora la de los árboles de dulces frutos, la de los naranjos y limoneros. La población está en el repecho de un monte, asomada al barranco del Guadalhorce y coronada por las recortadas ruinas del castillo de las Torres. Alora tiene tres cosas que ver y tres que catar. Qué ver: la iglesia de la Encarnación, piedra de cantería y orden jónico, el Convento de las Flores y la Cruz del Humilladero; qué catar, los roscos de aguardiente, las empanadillas de batata y las sopas perotas. El viajero nunca vio limonar más extenso y prieto. Ya de atardecida, nuestro hombre cruzó el Valle de Abdalajis —corrupción de Abdelazid— entre huertos de frutales, olivar, viña, y pasó por Antequera sin detenerse, que esta noble población se reserva para cabecera de cartel y merece plana limpia y corazón fresco. RONDA Y LA VEGA DE ANTEQUERA El viajero salió de Granada con las claras del día y, por la desierta autovía que va a Sevilla, amaneció sobre Archidona. Hizo el camino en un santiamén. ARCHIDONA es un pueblo que tiene la sabiduría de tantos lugares andaluces que antes de ser lo que son fueron romanos, árabes y hasta cristianos y todavía les queda carrete para lo que Dios, Zeus y Alá dispongan. Antequera es conocida de los gastrónomos por la variante del gazpacho llamada porra, y por los erotómanos por un curioso suceso en ella acaecido el 31 de octubre de 1971. Una amartelada pareja de novios se testimoniaba afecto en la propicia tiniebla de un cine cuando el mozo proyectó una copiosa rociada seminal que alcanzó a los espectadores de la fila trasera manchado peinados nido, entonces de moda, trajes y honras. —¡Ay qué asco, ay qué asco!—manifestó una señora de las asperjadas cuando olisqueó el producto e identificó el característico olorcillo a lejía. Hubo escándalo y regocijo, condena y juicio, crimen y castigo. El acontecimiento ha inspirado media docena de sonetos de autores diversos y un sesudo ensayo de Camilo José Cela. Pegada como una lapa a un cerro gris de piedra desnuda, con sus ruinas de la alcazaba musulmana en lo alto, está Archidona la blanca. El viajero había estado una vez en la ermita de la virgen de Gracia, dentro de la antigua mezquita de la fortaleza, y recordaba dos potentes columnas estriadas en espiral, romanas y visigodas. Regresó al lugar y dio un paseo melancólico por las ruinas de lo que fue el pueblo medieval, luego llamado Villa Alta. Ya no vive nadie en la Villa Alta, que el pueblo blanco y coquetuelo fue descendiendo en busca del llano donde ahora está y ya ni siquiera se llama Villa Baja. Lo que sí queda, sin carteles que lo indiquen y recomendable para el visitante con buenas piernas es la tremenda muralla de piedras sueltas que en su día cercó todo el valle a la espalda de Archidona. Unos dos kilómetros cresteando lo que debió ser en la prehistoria y quizá hasta principios de la edad media todo un recinto natural punteado con una cerca de piedras que en algunos tramos aún muestra su solidez. Bajando el valle, en la estrecha boca del casi círculo montañoso debió de haber alguna puerta monumental hoy perdida. Exceptuando la gran cerca prehistórica y el castillo —cuya vieja entrada en codo se oculta a la vista—, casi todos los monumentos notables de Archidona son del siglo XVIII: una plaza ochavada, de planos irregulares, con vanos de ladrillo y lienzos de cal, y largos balcones negros llenos de macetas floridas. Por cierto que uno de los bares de la plaza ocupa lo que, a la vista del plano debió sin duda ser una primitiva iglesia excavada en la roca, como la que hay más evidente en Villanueva de Algaidas, no lejos de allí. Asómese el viajero, que le va a gustar, y no va nadie. El viajero, curioseando por Archidona, que tiene también un Ayuntamiento instalado en el antiguo Pósito y un convento de Mínimas, encontró a un artesano que le echaba el asiento de anea a una silla en la puerta de su casa e iba cantando: Cuatro cosas tiene el probe que no se las quita nadie el cuartel y el hospital, el cementerio y la cárcel. Rumiando esta provechosa enseñanza regresó el viajero a su automóvil y tomó la autovía camino de Antequera. A la derecha se va viendo la Peña de los Enamorados, montaña pelada que desde ciertos lugares presenta un perfil vagamente parecido al de una persona. Asegura la leyenda que la hija del alcaide moro de Archidona se fugó con un doncel cristiano que la había enamorado. Salieron tropas a perseguirlos y los fugitivos, comprendiendo que no podían acogerse a tierras cristianas y que su captura era inevitable, se refugiaron en la peña y se suicidaron despeñándose desde su más alto risco. La misma historia se cuenta del lugar llamado Salto de la Novia, cerca de Estepona. No sé cuál de los dos habrá inspirado aquella película Thelma y Louise. ANTEQUERA, LA CIUDAD DEL SOL NACIENTE ¿Quién no se ha liado la manta a la cabeza alguna vez fiando algún asunto a que «salga el sol por Antequera»? Cuando en 1411 don Fernando el de Antequera, infante de Castilla, se lanzó al asalto de la ciudad, cruzó su rubicón personal, el arroyo de las Yeguas, diciendo: «¡Que nos salga el sol en Antequera y que sea lo que Dios quiera!» La ciudad cayó y, efectivamente, el sol les salió allí. Antequera está estratégicamente situada en un cruce de caminos. Sus tierras son feraces, bien regadas; su vega, rica; su valle, extenso. El pueblo, de poco más de cuarenta mil habitantes, tiene veinte palacios, ocho conventos, media docena de iglesias y una colegiata. Antequera ha sido cuna fecunda de arte. En el siglo XVI tenía su cátedra de Gramática y su propia escuela de poesía, como Sevilla y Salamanca, salvando distancias. Es ciudad lúdica y culta que en Semana Santa ofrece el singular espectáculo de las carreras entre cofradías, con los pasos a hombros, por la cuesta de San Sebastián arriba. En el Museo Municipal, instalado en el palacio de Nájera, el turista admiró algunas notables esculturas sacras de los siglos XVI y XVII y se pasmó ante los lienzos del pintor antequerano Cristóbal Toral. Quien la visita por vez primera debe combinar sabiamente el atractivo de su conjunto histórico con el de sus cuevas prehistóricas y sus bellezas naturales. El viajero admiró un palacio del siglo XVI, otro del XVII y otro del XVIII: el de los Marqueses de la Peña de los Enamorados; la Casa de los Pardo y el palacio del Barón de Sabasona. También se asomó a tres iglesias: la Colegiata de Santa María la Mayor, y las de San Juan Bautista y San Pedro. Dejó para mejor ocasión una visita a la Alcazaba y a sus jardines. De los tres dólmenes monumentales, Viera, Romeral y Menga, el viajero visitó este último a las afueras de la ciudad, soterrado en un montículo ajardinado. Este dolmen, antes vivienda de pobres y cuadra, fue declarado como tal en 1842. Es un corredor solemne, veinte metros de largo por cinco de anchura máxima, entre enormes lajas de piedra, la mayor de las cuales pesa más de cien toneladas. Despuésde los monumentos del hombre, los de la naturaleza. El visitante que quiera conocer el Torcal debe proveerse de constancia, excelente calzado y resistencia de camello para la sed. Si exceptuamos la constancia, todo lo demás se adquiere en el comercio. El Torcal dista de Antequera nueve kilómetros. Por la carretera de Villanueva de la Concepción, (local 7075), tomando desviación a la derecha a los seis kilómetros, pasada la Boca del Asno, por ruta infame para ir abriendo boca, se llega al Llano de Polvillares donde está enclavado un albergue-bar- bebidas-bocadillos-postales. De este punto parten las rutas de visita de El Torcal. Los itinerarios están marcados con señales de pintura sobre las piedras. En esta ciudad encantada, el paciente cincel del agua y del viento erosionando la blanca roca calcárea han cincelado las más caprichosas formas de figuras, desfiladeros, edificios, cuevas, hongos, pináculos. Son especialmente famosas las llamadas Las Dos Iguales, el Pilar del Agracejo, El callejón Ancho, El callejón del Tabaco. El Torcal es lugar de inspiración donde el menos imaginativo visitante se sentirá poeta y querrá plasmar en una postal a los amigos los sentimientos y metáforas que el lugar inspira. Por ejemplo: «epilepsia de piedra», «canto de la piedra a la belleza de la creación», «gozosa intención escultórica y figurativa del Creador», este último de Pemán. Pero el visitante no debe dejarse arrastrar por la inspiración más allá de los límites de la prudencia, porque el Torcal es también un laberinto de rocas por el que es fácil extraviarse. Uno puede visitar tres o cuatro ciudades monumentales y a lo mejor olvida al poco tiempo todas las maravillas que vio o las confunde con las de otras que ha visitado más recientemente. El Torcal no se olvida ni se confunde con otro paisaje. Un atardecer en el Mirador de las Ventanillas, con los rayos de sol tornasoleando las nubes, puede ser una experiencia inolvidable. Caía la tarde, y caía femenilmente de espaldas, como entregándose, cuando el excursionista regresó de El Torcal con los pies cansados y el alma ensanchada y jubilosa. En el Mesón La Madroña tomó un postre memorable: el bienmesabe antequerano. Tras de lo cual se duchó y se fue a dormir. La próxima etapa fue Ronda, la del tajo famoso. Se llega por la carretera nacional 384 hasta Campillos y luego la provincial 6404 que pasa por TEBA, con su castillo arruinado, y por Cuevas del Becerro. RONDA SOÑADA Ronda, la ciudad de los toreros goyescos, de los contrabandistas y de los bandoleros, la ciudad soñada del poeta Rilke: «He buscado por todas partes la ciudad soñada y al fin la he encontrado en Ronda»: la habitación del Hotel Victoria donde se alojó es ahora museo rilkeano, al que acuden en peregrinación sus devotos. Ronda es un compendio de bellezas, es una perla engarzada en el corazón de sus serranías, una ciudad partida por gala en dos, asentada sobre una meseta rocosa cortada por un acantilado vertiginoso de 320 metros de profundidad que salva el bellísimo Puente Nuevo (1793). En el tajo hay casas colgadas como las de Cuenca. Al fondo, entre gatos asilvestrados y basuras despeñadas, se escurre, con más ruido que nueces, raído de aguas, el modesto y paciente Guadalevín. Ronda está dividida en tres barrios: la Ciudad, que es el barrio viejo de la ciudad medieval; el Mercadillo, que es el que surgió después y los arrabales modernos. En Ronda lo suyo es callejear por la ciudad vieja, seguir las viejas murallas agarenas, pasar por debajo del arco de la puerta de Almocábar contemplando los bellos ejemplares de arquitectura civil, entre ellos la casa mudéjar del palacio de Mondragón y pasear por los jardines colgantes de la Casa del Rey Moro, decimonónica, donde arranca una escalera medieval excavada en la roca que desciende hasta lo profundo del tajo. El paseante, callejeando, admiró las extrañas pilastras en figura de ajusticiados que sostienen el templete barroco de los Dolores y la colegiata de Santa María la Mayor, prodigio renacentista gótico y barroco sobre rastros de la antigua mezquita. En las Carmelitas Descalzas hizo acopio de las delicias reposteras de las monjas: pan rondeño, roscos de canela, sultanes, cortadillos, gañotes y corrachuelos. Y el vino tinto, escaso, caro y muy bueno, producto de las bodegas de la zona. La Plaza de Toros de Ronda data de 1748. Es la más antigua de España, con interesante museo taurino bajo el graderío. Los lectores del Cossío saben bien que el rondeño Francisco Romero, fundador de la famosa dinastía, fue el iniciador del toreo a pie y con muleta, y su nieto Pedro Romero creó la escuela rondeña que hoy llega hasta los Ordóñez. Es toda la erudición de que es capaz este humilde cronista que se confiesa más aficionado al rabo de toro, con sus granos de pimienta y su salsa espesa, que a los lances del arte de Cúchares en el incómodo tendido las tardes de sol y moscas. El visitante almorzó sopa de picadillo y cocido rondeño en el mesón Santiago y remató con un exquisito pastel de queso en la confitería La Campana. Así confortado continuó su paseo por la calle de Prados, hasta el palacio de los Marqueses de Salvatierra y tomó con ahínco, sin pensar en la vuelta, una pronunciada cuesta que desciende al Puente Viejo y los Baños Árabes. Después de este paseo, el peatón devino automovilista tomó el coche y fue a la Cueva de la Pileta, la de las salas numerosas, unas con lagos y otras a pie enjuto, todas con estalactitas y estalagmitas de evocadoras formas. La cueva está en la sierra de Líbar, a unos veintidós kilómetros de Ronda. De sus tiempos de estudiante, el visitante recordaba los grandes encomios que el profesor hacía de las pinturas prehistóricas allí descubiertas a principios de siglo. Cuando salió de la cueva ya había oscurecido y se notaba el relente en la alta sierra. De regreso a Ronda un anciano que hacía auto stop le fue contando la historia de Pasos Largos, el último de los grandes bandidos rondeños, muerto ya en los años treinta del pasado siglo. GRANADA Francisco Núñez Roldán BAÑOS Y PIEDRAS Richard Ford nos dejó en sus libros de viajes muy buenos apuntes sobre España. Nosotros no les hemos descubierto a los extranjeros sus países. Ellos a nosotros, sí. Es lo que hace el saber viajar, observar, escribir… Todo junto. En una de sus páginas habla Ford de lo que nos gusta a los españoles el agua, lo que la valoramos y encomiamos cuando lo merece. Aparte del vino, es cierto. El ibero, quizá por su escasez, valora el agua más que los que vienen de países donde esta sobra. Igual les pasaba a los árabes desde que se expandieron en tiempos de Mahoma, y supieron ponerla en valor por todos los lugares por los que iban pasando, Hispania incluida. El viajero, ibérico a fondo, aprecia el vino y el agua en igual medida, aunque con moderación, a ratos. Igualmente los baños, esos lugares donde sin razón aparente brota un manantial calentito o con tufo a huevos podridos que luego deja la piel la mar de suavecita. Es sabido que el viajero también aprecia las piedras antiguas, los castillos, esas construcciones que se hicieron para resistir las acometidas de los hombres y han acabado por aguantar los embates del tiempo. Esos documentos de soberbias, dominios y conflictos, hoy respirando aún, vivos y medio desmoronados. Generalmente situados en lugares estratégicos, el paisaje que se contempla desde ellos es ya un acicate para su visita, si no bastara el empellón romántico de sus hechuras y aspecto, tan distintos a todo, tan evocadores de momentos agitados, fronterizos, bélicos o simplemente despóticos. El castillo como señero documento visible de tiempos idos. El viajero ha salido de Granada con la fresquita, por la famosa A 92, llamada así por los fastos en honor a la Expo por el descubrimiento de América, descubrimiento por parte nuestra, que los indígenas la tenían descubierta hacía bastante. El campo se eleva y se endurece. Las sierras del oeste, sobre todo Sierra Nevada, van a vedar frecuentemente a las nubespredominantes de poniente, y el agua comienza a escasear. Como consecuencia, se reseca el paisaje. En el kilómetro 282 se desvía el viajero hacia la izquierda, pasa por un terroso lugar llamado Belerda de Guadix y tira, bordeando el río Fardes, o lo que quede de él si es verano, hasta llegar a Alicún de las Torres. A la izquierda de la ruta ha dejado una impresionante montaña con cuevas y boquetes varios, prometedores de huellas paleolíticas o posteriores, pero al viajero le pesan un poco los años y sobre todo las ganas de tomar un bañito templado en el balneario de Alicún, que mantiene un aire predemocrático en su aspecto e instalaciones. El lugar es limpio, acogedor, de comida casera y sana, lleno de personas que hacen sentirse más joven al viajero. La piscina resulta tan cálida de aguas como se esperaba. Pocas sílfides ni sirenas entre las bañistas que compiten con el viajero en el agua. Debieron serlo en sus momento, sin duda, pero dónde están las nieves de antaño, etc., que decía François Villon y repetimos todos de vez en cuando, como si nos supiésemos el resto del poema. Ni que decir tiene que en el balneario hay tratamientos para achaques varios que el viajero va a obviar por el momento. Lo que no va a descuidar es un reconfortante paseo, garrotita en mano, a la mañana siguiente y admirar el impresionante acueducto seminatural que el agua y sus depósitos minerales han ido construyendo con los años y la ayuda de los humanos. Zigzaguea la construcción por el campo, llegando a bastantes metros de altura, y en los lugares en que aparecen filtraciones brota enseguida el verdor, ansioso de agua, que se da en aquellas secas tierras del altiplano granadino. Y algún que otro dolmen cercano, medio conservado, accesible. Se ve que el lugar atraía población desde antiguo. El viajero lleva consigo siempre munición de libros e internet con datos propios, por si falla la wifi local, y se tira allí tres beatíficos días sin más ruidos que alguna tos crujiente que atraviesa muros por la noche, o la furgoneta del repartidor por la mañana que llega haciendo más felices a los residentes con música clásica a todo volumen. Clásica para el repartidor, claro. Dejado ya el balneario tras los sanísimos días, el viajero bajará por la A 325 hasta Benalúa de Guadix, donde los restos de la gran fábrica azucarera le hablarán de un pasado de industria y caña, tan ido ya como la juvenil tersura de aquellas chicas de oro del balneario. Entonces pasará junto a Guadix. Visitará o no su deslavazada catedral, su alcazaba, sus baños moros y sus interesantes casas-cueva, construcciones que por cierto le van a acompañar por toda la zona del altiplano. Pero a poco de salir de la ciudad tomará el ramal sur de la autovía, y se irá ciñendo a Sierra Nevada, dejando a la izquierda la Sierra de Baza, de no tanta altura pero de casi igual extensión. Ya hablaremos de ella aunque sea un poco, que bien lo merece y poquita gente la conoce. En la salida 312, el viajero va a tomar la A 337, que caso de seguir, le llevaría a remontarse hasta el puerto de la Ragua, a dos mil metros de altitud, y le haría caer de lleno en las Alpujarras. Pero no, ya hemos dicho que el viajero es amante de castillos, y ha descansado bastante en el balneario, aparte de que lo que tiene delante se ve prometedor. En efecto, el castillo de la Calahorra es uno de los monumentos cívico- militares más singulares e interesantes que hay en España. En las guías Michelin no sé si pone eso de que merite un detour, de que vale la pena una visita, pero si no, peor para ellos, porque sí que lo merece. El viajero, perro viejo viajero, sabe que el château está sólo abierto los miércoles, que como hay que tenerlo un día accesible al público por fuerza, por aquello de las subvenciones, el ducado del Infantado, siempre contribuyendo a la ilustración del pueblo llano, lo ha puesto en el día más incómodo que le ha sido posible. Aunque el viajero piensa que el martes podría ser aún peor. Pero en fin, no demos ideas. Otrosí, el guarda del lugar es o era una de las personas menos agradables que el viajero ha visto en su vida en punto a cancerberos, y mira que los ha conocido ásperos. El castillo, renacentista, con cuatro potentes torres circulares coronadas de cúpula octogonal, muros de barda corrida, sin almenas, con ventanas enrejadas muy altas y troneras de buzón para artillería, está pensado ya para la pirobalística y tiene todo el aspecto exterior de un búnker de la época. Hasta aquí, bien. Un canónico y muy conservado ejemplo de fortaleza de principios del siglo XVI. Pero el viajero atraviesa la puerta de entrada, posiblemente original, ferrada y chapada con escamas superpuestas de cinco milímetros de espesor sobre la madera, de encina cree. No es nada fácil encontrar puertas así de época. Era de las primeras cosas que se destruían, se reutilizaban o simplemente se caían de viejas. Esta no. Tras la entrada, el viajero se da de boca con un espectáculo inesperado, con una verdadera perla que guardaba la dura concha, la prosaica almeja de piedra militar. Y es el patio de mármol, bellísimo, puro renacimiento, plateresco, magníficamente conservado con su doble arcada, su barandal, sus proporciones, su insultante armonía. Es Carrara puro. Desde allí vino, sépalo el lector para su asombro. Junto con el griego del Pentélico, de los mármoles que mejor permiten el detalle en el labrado. El viajero lo contempla el rato que puede, el que le deja el amabilísimo guardián del templo, de tal belleza. Y repara en que hay un tono rojizo en todo el conjunto que sin duda originalmente no tenía. Es que durante muchos años, el polvo de las cercanas minas de hierro de Alquife se ha ido incrustando, micronizado ya de manera irreversible, en el conjunto, por más que ello no reste belleza al juego de volúmenes y proporciones que llegaron ya medidos y labrados desde Italia, hace más de cinco siglos, bajo la dirección de Lorenzo Vázquez y Michele Carlone, a los que Dios tenga en su gloria. El viajero respira hondo y sale del conjunto castellano-palaciego. Almuerza discretamente en una venta del pueblo que da de comer al turista hambriento, y se desvía por un carril hasta dar con un arbolillo que dé mediana sombra — le cuesta hallarlo—, para descabezar una siesta. Vuelto a la vida, se incorpora al río de la misma, es decir a la autovía A 92, y retrocede hasta el cruce de Guadix para tomar la que llaman A 92N —lo de N debe ser por Norte, seguro—, y llegar casi hasta Baza, lugar muy meritorio, cuna de la famosa dama de tal nombre que se halló no hace mucho y puede admirarse en el Arqueológico de Madrid. Más material ibero y romano, castillo aparte, hay en el museo de la ciudad bastetana, pero le ha dejado bucólico el patio de la Calahorra y va a tirar hacia la izquierda, hacia Zújar y su balneario, por más que prometa otro día visitar la cabeza de partido, mientras recuerda aquello de: Sobre Baza estaba el rey, lunes después de yantar. Miraba las ricas tiendas que estaban en el real, miraba las ricas huertas y miraba el arrabal. Miraba el adarve fuerte que tenía la ciudad… Porque el viajero ha de confesar que el romancero constituye buena parte de los cimientos juveniles de sus gustos literarios. También recuerda haber leído no recuerda dónde cómo en las guerras de Granada el cerco de Baza fue tan duro que se decía de él: …El cerco de Baza, cuyas cosas no hay quien contarlas pueda… Tampoco quiso esta vez emboscarse el viajero en la sierra de Baza, una de las más despobladas e impresionantes que ha visto, y por la que se ha adentrado un par de veces. Sierra en la que hay poca cobertura de móvil y es fácil perderse por sus carriles, salvo que se lleven buenos mapas a escala apropiada, se sepa manejar la brújula o el GPS, se tenga mucho sentido de la orientación y se rece con devoción al santo de turno. Eso sí, esa sierra merece de por sí una ruta y unas cuantas. El caso es que el excursionista tomó civilizadamente hacia el lado contrario, por la A 315 y en un santiamén estuvo en Zújar,que rodeó dando la vuelta a un montañón exento, como una gran ballena dormida en medio de la nada, llamado Jabalcón. Al otro lado, la carretera bordea las amplias y tranquilas aguas siempre azules del pantano del Negratín, uno de los mayores de Andalucía. Allí convergían varios ríos, el Cúllar, el Castril, el Galera, el de Baza y algún otro. Mucha agua. Tanta, que al no existir puente había para cruzar un barquito de buen porte cuyas fotos sepia ha visto el viajero en un restaurante cerca de la orilla. El dicho restaurante —exquisito cordero asado, por cierto— está justo sobre lo que fue el viejo balneario de Zújar, ya desaparecido, arruinado, ahogado por el pantano, por más que junto al lugar el dueño del negocio restaurador haya ampliado una especie de alberca natural para aprovechar las cálidas aguas que aún no saben que ya no hay bañeras y recintos que las reciban. Luego, más arriba, al socaire del nombre de los baños de Zújar, se ha construido un magnífico hotel con saunas, piscinas, piscinitas quietas y en agitación, en fin, instalaciones acuáticas de toda catadura, dando vista sobre el pantano. El lugar podía haber sido uno más de los resorts que florecen al hilo del turismo rural, de viejos recuerdos vacacionales o salutíferos… cosas así. En este caso no. Se ha construido con un gusto exquisito. Habitaciones individual y cultamente decoradas, poca altura del edificio, con los árboles siempre más elevados que el caserío, y la sombra pétrea del Jabalcón vigilando el entorno. Su restaurante tiene unas calidades sobresalientes. Quizá, empero, lo mejor de todo sea el alejamiento de carreteras, la idílica visión del cuasilago del Negratín y los estupendos salones de descanso en varios niveles, con un magnífico piano, un poquitín desafinado, la verdad. A ver, nobody is perfect… Y el viajero completa la semana con un par de días en el lugar, paseando a fondo a la mañana y disfrutando el agua por la tarde. El aire del altiplano granadino, casi a mil metros sobre el nivel del mar, constituye una fresca medicina como no puede imaginar el lector. DE SUEÑOS Y GRANDEZAS Al viajero le gustan los lugares bonitos, pero a poder ser con su poco de emoción, de misterio, y los que se propone visitar hoy lo tienen sobrado. El viajero ha comprobado que basta alejarse unos kilómetros de las rutas habituales, por alguna carretera secundaria, para darse con la sorpresa, con lo realmente inesperado y generalmente poco transitado por el resto de la tribu, lo que da la belleza añadida de la contemplación y disfrute, en solitario o con la compañía que lleve el trotamundos consigo, cuando la lleva. El viajero admite que, con lo que le gusta la música, en el campo, prefiere el silencio, con el permiso del tractor o la motosierra de turno, y si silencio puede llamarse al susurro o soplo del viento, a los pájaros que trinan cerca o lejos, a todos esos ruidos y ruidillos a los que tan poco estamos hechos en la ciudad y que, en lugar de serenarnos, nos desasosiegan más por nuestra incapacidad de disfrute que por la suya de molestar. Por la A 92N, camino de Murcia, desde Granada, digamos, el viajero va a llegar al pueblo que en los mapas de hace pocos años aún reza como Cúllar Baza, hoy simplemente Cúllar, por aquello de no depender de nada ni nadie. Ni se le ocurra a usted ponerle el apellido cuando esté hablando con un nativo. Gravísima ofensa de lesa ibericidad. De Cúllar sube la A 330, despejada, limpia, con la mole de la Sagra ya bien a la vista. Un monte inconfundible donde la nieve tarda en irse. Llega el viajero a Galera, hoy pacífico pueblecito encumbrado en un cerro. Pero léase el cultivado lector la crónica de la toma de lugar por don Juan de Austria, cuando las sublevaciones moriscas. Fue el último bastión de los rebeldes y lo defendieron con saña pareja a la de los atacantes. Menos mal que en aquellos tiempos no había televisión que dejara memoria visual del indudable horror que cuentan los cronistas. Galera fue saqueado tras el asalto. Era siempre la suerte de los lugares que no se habían rendido por las buenas. De Galera y su cerco podría decirse lo que el viajero recuerda de uno de los romances moriscos donde dice que había: …tanto de moro y morica como mimbres en mimbrera y juncos en la junquera… Galera, con su actual urbanismo caótico e inexistente estética en cuanto a la decoración de las fachadas se refiere, tiene en cambio, como toda la zona del altiplano granadino, un considerable número de casas-cueva, isotermas por naturaleza, lo que las hace frescas en verano y tibias en invierno. El viajero durmió en una de ellas, y no solo por la temperatura, sino por el total silencio, se sintió como debió sentirse, sin recordarlo, en el primigenio seno materno. Pero hubo otra Galera muy anterior en el tiempo, cercana en el espacio. Se llamó, parece ser, Tútugi, y está próxima al actual núcleo. Es un poblado encastillado, semiexcavado en la deleznable roca, donde se han encontrado interesantes restos ibéricos. El mejor de ellos, sin duda, la llamada Dama de Galera, que anda por el Arqueológico Nacional de Madrid, y que sólo por verla merece la visita. Menuda, oriental, alabastrina, asombra el maternal y bello recurso del hueco en la cabeza para el agua o lo que fuese que luego brota por los pezones horadados y cae sobre un plato sostenido en sus brazos, mientras dos empingorotadas esfinges guardan a la sin duda diosa de la fertilidad. La escultura es el resumen de un tiempo, de unas creencias, de una comunicación con Oriente, de un gusto sensual y exquisito hacia la condición femenina. Y por si fuese poco, en la base del cerro donde está Tútugi, el viajero ha visto las canteras, las galerías excavadas en la misma roca, especie de sótanos accesibles debajo de la pequeña ciudad arcaica. De allí saldrían multitud de sillares para la ciudad y su muralla, en una especie de desafío a la solidez del entorno. Desde Galera y su vieja madre ibérica, el viajero ha tomado la GR 9107 y en un momento se ha plantado en Orce. Con lo cerca que está de la autovía y sólo ve coches, escasos, de los vecinos, pese al reclamo del nombre que tanto dio que hablar en su tiempo y que aún no ha aclarado de qué tipo de mamífero es el singular resto óseo que provocó en su día el debate sobre si era o no el más antiguo residuo humano de la península y quién sabe si de Europa. Dentro de la alcazaba —originalmente nazarita y luego renacentista—, en el centro del pueblo, se ha montado una exposición que lógicamente defiende la humanidad del hallazgo óseo. Acompañan el tema con interesante información y reconstrucción ideal de cómo sería la zona hace un millón de años. Parece que mucho menos seca, más húmeda. El cíclico calentamiento/enfriamiento global. Escéptico o creyente en cuanto si es de hombre o de équido la reliquia, el viajero de lo que no tiene dudas es de la belleza de la alcazaba de tapial y piedra, bien conservada, y reconstruida quizá de una forma un tanto avasalladora, inventando incluso toda una prosaica ristra de almenas que no existían, y enluciendo el tapial de modo que la textura de lo primitivo no se aprecia. El viajero retrocede luego en la geografía y sube por la GR 9104 hacia Huéscar. Un buen amigo de allí le ha recomendado algo sabroso de la zona, a más de otro algo que el trotamundos ya conocía. Con esto último nos referimos al cordero segureño, así llamado por la sierra de Segura, al sur de la de Cazorla, que domina el entorno y que da en sus pastos y limpio altiplano ese exquisito manjar que los vegetarianos se pierden, pobrecillos. Así suelen andar de cariacontecidos. Incluso la futura viuda del viajero, que abominaba del sabor de tan pacífico rumiante debido al antipático sabor a chero que suele tener en el sur de España, cambió su criterio en cuanto probó el mentado cordero segureño, que no tiene nada que envidiar al burgalés o el riojano, y no digo más. Pero lo que el amigo nos recomendaba era el vino llamado picoso, de la zona, y las secas, humildes mezclas de masa, cañamón y aceitede oliva, que suelen servirse con el referido pirriaque. En cuanto al cordero, el viajero lo tomó por la mañana al ajo cabañil, y por la noche, un poquito nada más, al aroma de canela, acordándose de aquel dicho viejo que leyó de pequeño de «Si quieres morir, cena carnero asado y échate a dormir». El viajero durmió sin muerte, quizá porque el animalito degustado estaba aún lejos de ser el sólido carnero y porque —con gran sentimiento pero buen criterio— se refrenó en las cantidades. En Huéscar, el viajero recordó el Eclesiastés, quizá el libro más interesante y sabio que hay en un libro de por sí interesante y sabio como es la Biblia. Y es donde dice que hay un tiempo para todo, un tiempo para sembrar, otro para recoger, un tiempo para amar, uno para odiar, uno para vivir, otro para morir, etc. Porque el viajero recuerda cuando para él hubo un tiempo para trepar, lo que se dice trepar, y fue desde Huéscar a Cortijos Nuevos, y desde allí subió a la Sagra, a la cumbre. Claro que con menos años, y con menos cordero en su interior. Ahora ve la Sagra, sola, alta, cónica como un pecho femenino desmesurado, majestuosa, como la reina de piedra que es en su entorno del norte granadino. Y tuerce por la A 4301 hacia Santiago de la Espada, más hacia el norte. Pero se va a topar a medio camino con unas kilométricas y anchísimas zanjas con sección de artesa, de bordes medio desmoronados, al lado o cruzándose con la carretera. Tienen desmesura y trayectoria en apariencia inexplicables, y en algunos sitios se usan sencillamente de vertederos, dado su aislamiento y profundidad. En otros hay construidos apriscos, excavados en la roca, en el talud, para mejor sombra y protección. No tiene en apariencia sentido aquel largo y ancho canal seco en medio de la nada, pero es justo eso, un canal que pudo ser, en el que se acumulan propósitos que van desde Felipe II a Carlos III, la época en la que más impulso se dio a las obras. Hasta navegable se quería que fuera, como los canales de otros países europeos, que tienen en mayor cantidad esa bendición celestial llamada lluvia y de la que el ibero urbano de a pie suele quejarse cada vez que cae. Incluso en el siglo XVIII y XIX se quiso retomar el proyecto del canal. Pretendíase que el agua de los ríos Guardal y Castril fuese hacia el reino de Murcia, avaro de lluvias, como se sabe. Vino a ser un precedente del trasvase Tajo-Segura, tan fructífero este, y de más trasvases que últimamente hubiera habido, el del Ebro por ejemplo, contestado arteramente con pretendidos argumentos ecologistas que ocultaban sencillamente el provincianismo más ramplón y cicatero, y cuya inexistencia tiene como cíclico castigo las arrasadoras y desaprovechadas riadas del referido gran río. El llamado canal de Carlos III fue deteniendo su construcción porque sencillamente no se vio que compensara el esfuerzo para llevar agua en proporción a la cantidad posible y a la zona por regar. Pero asombra ver hoy día los tramos arruinados de la magna obra, en tiempos de pico, pala y reata de burros para el acarreo. Incluso hay puentes y acueductos por la zona que testifican la grandiosidad del proyecto frustrado. Y entonces, siguiendo con las grandiosidades, el viajero continúa hacia el norte. La ruta se angosta, comienza a aparecer más vegetación y más alta, y se da de manos a boca con el grupo de los ejemplares arborícolas más grandes que ha visto en su vida. ¿Qué hacen allí aquellos gigantes vegetales de corteza paradójicamente blanda, en un territorio como aquel y con unas hechuras que no se entienden? En La Losa le dan razón al viajero de ello. Son sequoias americanas, que en su tierra de origen llegan a ser más altos, aunque los de aquí no están nada mal. Estos llegan a los cuarenta metros de altura. Para el lector urbano, como un edificio de doce a catorce pisos. Los trajeron hará un par de siglos. Chiquitos. Agarraron en el suelo. Lo que el viajero se pregunta es por qué no plantaron más, si tan bien se ve que crecen, o lo contrario, cómo no se secaron en estas tierras de rala apariencia y paisaje desolado. ¿Quizá hay corrientes de agua subterránea que alimentan sus raíces? ¿O han sobrevivido justo porque son pocos y acaparan toda el agua de su entorno, sin que sea posible o recomendable aumentar su número? El viajero no está para esas filosofías. Aparca el vehículo junto a la carretera, mientras la luz del sol parece que se apoya en el costado oeste de la Sagra, como si no quisiera irse del valle pero sólo el majestuoso cono geológico supiese retenerla. El viajero se ha traído una garrafita de vino picoso de Huéscar, pero no, conduciendo no. Mejor agua limpia y delgada de una fuente cercana donde pone no sometida a purificación. El viajero se arriesga, bebe, vuelve al vehículo, reflexiona un ratito y continúa hacia el norte. Todos los peligros en la vida fuesen como estas fuentecicas al borde del camino, piensa mientras regüelda sanamente, debido al aire que ha tragado junto al borboteante líquido… LAS ALPUJARRAS Y LOS GUÁJARES El viajero ya ha comentado antes con cierto sonrojo cómo han tenido a veces que venir forasteros a descubrirle su tierra. Son franceses, cultos ellos, cuando no les da por invadirnos para hacernos más felices. O ingleses, que se ve que se aburren en su splendid isolation y cruzan el canal para visitar esta parte de Europa que displicentemente llaman the Continent. De todos los viajeros modernos en el siglo XX en España, el más conocido sin duda fue Gerald Brenan. Tras la Primera Guerra mundial, con una paga militar de retiro que aquí era un dinerito, se vino con un buen montón de libros a ver dónde y qué tal vivían unos indígenas bastante pacíficos y a los que siempre trató con el paternalismo del hombre civilizado hacia quien considera más rústico. Aunque la conducta, sobre todo privada, de don Gerardo dejó bastante que desear, no hay duda de que gracias a él se conoció en el extranjero y en la misma España una región antes perfectamente ignorada, fragosa y difícil de acceso, bella en su rusticidad, y de la que no se hablaba desde las guerras moriscas. Nos referimos lógicamente a Las Alpujarras. A quienes venían a visitarle, en su primer asentamiento en el pueblo de Yegen, Brenan les decía algo parecido a lo que Robert Graves, el autor de Yo, Claudio, comentaba a quienes iban a verle a su cortijillo en Mallorca y le preguntaban cómo un británico archiurbano como él podía vivir en aquella atmósfera tan extranjera y rural. If you can stand it, it´s Paradise… Si puedes aguantarlo, es el paraíso, eran las palabras literales de Graves. Parecidos argumentos daba Brenan a sus amigos londinenses que peregrinaron a verlo muchas veces. Y tampoco hay que extrañarse de la elección del inglés. La Primera Guerra Mundial había dejado tales espectáculos de horror en las retinas de sus protagonistas que se comprende el hastío del mundo en más de uno, el rechazo a aquella civilización refinada que repartió tal cantidad de desolación por la tierra. El suicidio, la toma de hábitos religiosos, la locura, la misantropía, el matrimonio o el sencillo alejamiento a lo Horacio o Fray Luis fueron, entre otras, las consoladoras opciones que abundaron en el común mientras los políticos firmaban los avasalladores tratados de una paz que desembocaría pronto en otra guerra peor. Brenan, por su parte, murió ya viejecito en una residencia de Alhaurín el Grande en la provincia de Málaga, con los gastos a cargo de la Junta de Andalucía, lo que en este caso honra a las finanzas del organismo autonómico. No quiso ya don Gerardo vivir en otro sitio que en las sierras de Andalucía, cerca del mar y mirando hacia el sur. Las Alpujarras siguen siendo un simpático puñado de pueblecitos en la solana de Sierra Nevada, esto es, la ladera sur, con un clima bastante agradable. Están ya mucho más preparados para el turismo en cuanto a hoteles, casas rurales y restaurantes. Vamos, lo que los cursis llaman puestos en valor. Siguen teniendo por fuerza una red de carreteras difícil, dada la orografía,es complicado hallar aparcamiento en ellos en temporada alta, y andan distribuidos entre Granada y Almería, aunque a causa de don Gerardo son mucho más conocidos los de la primera provincia. El viajero va a entrar en la Alpujarra granadina desde el norte, por el puerto de montaña más alto que hay en las carreteras andaluzas, por el de La Ragua. Venía el ciudadano desde Guadix, había pasado junto al castillo de La Calahorra, pero como no era miércoles no lo vio, que de haber sido, no le hubiese importado repasar el armonioso patio renacentista, a pie de carretera. El puerto de la Ragua ya le hizo tener que darse la vuelta un invierno que andurreaba por allí. A dos mil metros de altitud la nieve es a veces un serio impedimento hasta que llega la máquina o se ponen las cadenas, de llevarlas. Pero esta vez era otoño y atravesó fácilmente la cordillera por ese único paso en muchos kilómetros a la redonda, lugar testigo de hechos de armas en aquellas desgraciadas guerras moriscas. Unos kilómetros más abajo del puerto, la carretera se bifurca y tira hacia la izquierda para la Alpujarra almeriense y a la derecha para la granadina, que es la dirección que va a tomar el turista. La A 4130 llega prácticamente hasta Órgiva, y por ella el viajero pasará junto a pueblecitos que precisan desvío, y otros que se atraviesan, como Mecina Alfahar y Válor, de donde era el último caudillo de las guerras Moriscas, que tomó el nombre de Aben Aboo. Después de Válor viene Yegen, donde se recuerda a Brenan y se sabe cuál fue su humilde casa. Más adelante, tras Mecina Bombarón, Bérchules y Juviles, la carretera tuerce violentamente hacia la montaña, hacia el norte, para salvar el hondo barranco del río Trevélez y llegar al pueblo de tal nombre, en cuyas alturas se secan los jamones, casi todos blancos, muy distintos a los ibéricos de bellota de las sierras de Huelva, Sevilla y Córdoba. Pasados Busquístar viene Pórtugos, con una fuente ferruginosa que llaman La fuente agria, cuyas sanas aguas le saben al viajero como si hubiera estado chupando tornillos oxidados. De todos los caños, hay curiosamente uno del cual el agua brota deliciosa y sin sabor. Misterios de la geología. Tras Pitres aparecen quizá los tres lugares estrella de la zona. Capileira, Bubión y Pampaneira. Todos ya con amplia oferta de restauración y donde los platos de migas con chorizo y huevo reconfortan al más pintado. Por supuesto que hay vinos de todas las denominaciones conocidas. Pero esos puede pedirlos el viajero en cualquier sitio, y se decide por el espeso, dulzarrón y peligroso tinto local, aún a costa de tener que darse luego un buen paseo antes de retomar el vehículo. Por cierto que en Bubión hay un llamado Taller del Telar donde se ha recuperado la tradición de las mantas alpujarreñas. Y como Brenan nos descubrió las Alpujarras, ahora tuvo que ser una francesa, Nade Favreau, quien desde 1979 anda en el trabajo de recobrar la artesanía lanera local, mientras Jose, su marido hispánico, hace en su escuela lo que puede con los niños, a pesar de la LOGSE. De Capileira sube un viejo camino hacia las cumbres. Hoy es pista que puede hacerse en coche hasta cierta altura donde barrera y guarda impiden el paso al vehículo y solo se prosigue andando. Hace unas decenas de años el viajero subió por aquel carril con su pequeño vehículo, nada de todoterreno, y fue a caer a Granada. No había impedimentos entonces. Al verano siguiente hizo el trayecto a la inversa. Pasó lo suficientemente cerca de la cima del Mulhacén como para aparcar y alargarse andando hasta él sin dificultad. Ahora, la cosa solo está para quien tenga un par de muy sólidas piernas, porque desde la barrera a uno y otro lado de la cordillera hay una buena panzada de kilómetros, como dicen allí. Y eso sólo en verano, cuando la nieve no impide el paso. Es una pena, pero comprensible, dada la superabundancia actual de todoterrenos y todocaminos, y la conocida tendencia del indígena a hacer ruido, dejar basura y no respetar un entorno que quiere conservarse en las mejores condiciones posibles. Por cierto que el sólido paseante que suba desde el lado sur, desde Capileira, encontrará a medio camino unas curiosas construcciones, largas zanjas zigzagueantes en perfecto estado, cuyas lajas parecen puestas ayer mismo. Parecen trincheras, y trincheras son, de la guerra civil, en el llamado Alto del Chorrillo. Las hicieron los nacionales de Granada, por si al Ejército Popular le daba por hacer la machada de trepar hasta allí y asomar por la capital desde aquella parte de la sierra. Pero creo que las obras no conocieron bautismo de fuego. En esas evocaciones y recuerdos, el viajero hizo la somnolienta digestión de las migas y el chorizo bajo una noguera, junto a uno de los estrechos balates que escalonan la tierra para mejor aprovechamiento. Y tiró después hacia Órgiva, atravesó el pueblo y siguió a Lanjarón, de sanas aguas e historiado balneario. Un castillo enriscado en lo alto del casería habla del lugar estratégico que fue cuando las rebeliones moriscas. Y más abajo, ya hacia el mar, el turista va a evitar la estupenda autovía que en veinte minutos le pondría en Motril. Va a tomar la carretera antigua que bajaba y baja de Granada hacia la costa siguiendo el cauce del río Guadalfeo. Es la antigua N 323, que pasa por Izbor y Vélez de Benaudalla. Cerca de Izbor pasará por el puente de Tablate. La autovía tiene por encima dos enormes tableros metálicos que le transmiten aumentado al paseante el delicioso susurro de coches y camiones. Desde allí hacen puenting a veces y ocurren los correspondientes accidentes al respecto. El viajero tomó, decíamos, la antigua nacional, que pasa por debajo, sobre un puente del XIX. Y más abajo aún, con fácil acceso a pie, está el pequeño y viejo puente de Tablate, de importancia mucho mayor que su tamaño, único paso para carruajes que había, bajando de Granada y torciendo para las Alpujarras. El río Izbor ha ido cavando en la deleznable roca un irregular pero abismal foso de muchos kilómetros de largo que solo resultaba atravesable por el dicho puente. De origen nazarita, restaurado varias veces hasta el siglo XVIII, fue escenario de choques armados y se destruyó con saña en las sucesivas sublevaciones moriscas para evitar lo inevitable, que las tropas cristianas llegasen a hacerse desde el oeste con el sector alpujarreño granadino. Curiosamente, que se sepa, creo, no resultó dañado en la guerra de la Independencia, pese a su indudable valor estratégico. Pasado el hosco entorno del puente de Tablate, el viajero seguirá por la vieja carretera nacional, ahora vía de comunicación local, y pasará por Vélez de Benaudalla, con su extendido caserío y la compacta fortaleza en la cumbre, que tuvo destacado papel en los conflictos moriscos. Luego cruzará el río Guadalfeo y por la GR 3204 irá en dirección a tres pueblecitos cercanos entre sí que ahora administrativamente se llaman simplemente los Guájares. Están a lo largo del llamado río —es un decir— Toba. Desde que se cruza el Guadalfeo hacia el oeste, el primero es Guájar Fondón. Luego, muy cerca, viene Guájar Faragüit, o Alfagüit, y unos kilómetros más arriba, Guájar Alto. Son tres lugares pequeños, discretos, con arbolado variado entre los barrancos cercanos y los montes altos más alejados. Entre los Guájares Fondón y Alto, el viajero ha tomado un sendero y se dirige a una altura donde asoman muñones de muros y restos de construcciones. Le llaman el Castillejo, y es lo que queda de un pueblecito de los siglos X u XI, con la distribución de su urbanismo discreto y bien aprovechado en el breve espacio montuno. Es posiblemente uno de los poblamientos del primer periodo islámico mejor conservados en Andalucía. No se sabe cuándo ni por qué se abandonó, pero sus sólidos muros de tapial debían estar ya en desuso cuando las rebeliones moriscas, porque las crónicas no hacen mención alguna del lugar. El viajero va a tener hoy un día vegetariano y va a probar las verduras de la zona, en chanfaina, a la plancha o rebozadas conhuevo o asaduritas de pollo. Y si cae una tapita del animal sagrado tampoco va a ocurrir nada, no hay que pasarse en las verduras, que luego provocan excesivos gases. Después, más arriba y más al oeste, allí donde el mapa o el GPS le comunican que se acaba la carretera asfaltada, está Guájar Alto. De allí en adelante solo sigue la pista forestal. Y desde Guájar Alto el viajero observa una peñascosa mole hacia el oeste que termina amesetada, como si fuera una lejana e impresionante fortaleza natural. Lo fue durante unos días, hace cinco siglos. No en vano se llama todavía El Cerro del Fuerte. Fue el último reducto de uno de los últimos grupos de moriscos capitaneados por Marcos el Zamar, alguacil de Játar, un pueblo malagueño, y que resultó circunstancial caudillo de uno de los últimos intentos de resistencia. El cerro del Fuerte es de poco fácil acceso, y eso por la pista que acaba en Lentegí, Itrabo y Molvízar, lo que quiere decir siguiendo desde Guájar Alto y torciendo a la derecha cuando el macadam se bifurca hacia las Albuñuelas o hacia el sur, que es camino que hay que tomar. El viajero anduvo por aquella cumbre de aquel monte un día. Le llevó allí la lectura de un texto que pese a su título es bastante piadoso con los rebeldes y muy duro con frecuente rapacidad de las tropas castellanas. Está bastante bien escrito por Luis de Mármol Carvajal, uno de los comisarios de suministro que iba con las tropas cristianas, y su título es Rebelión y castigo de los moriscos de Granada. Cuando estuvo aquella vez en la cumbre del cerro, de cansado, largo pero no difícil acceso, el viajero era más ágil y más curioso. Pese al tiempo transcurrido desde la tragedia, no es que oyera los gritos de los hombres, mujeres y niños en la ancha cumbre del monte, ni los de las tropas castellanas que acabaron con los que habían quedado tras la huida nocturna de los más decididos, según la crónica. Pero sí dio con pequeños trozos de cerámica, de orcillas, cantimploras y platos que se destrozarían en el asalto y que sí debieron oír las zalas, los lililíes, las maldiciones, las blasfemias, los ayes, los gritos de agonía, y el silencio que desde entonces reina en aquellas alturas desde las que, por cierto, a partir de otoño, se tiene una preciosa vista de la Sierra Nevada ya con la nieve que la nombra. El último paisaje para muchos ojos en aquel lugar aquellos tristes días. CÓRDOBA Juan Eslava Galán EL VALLE DE LOS PEDROCHES Creo que pedroches quiere decir, en árabe, de las bellotas. Los moros, entre sus carencias, no alcanzaron los beneficios culturales dimanantes de la crianza del cerdo de pata negra debajo de sus hospitalarias encinas, pero es evidente que sabían introducir la blanca bellota pelada en la reseca carne del higo paso, ese manjar de dioses. Este valle sin río es una penillanura abierta en el ancho corazón de la Sierra Morena cordobesa. Antiguamente lo atravesaba el camino real siguiendo una antigua ruta prehistórica que iba desde el valle del Guadalquivir a la meseta castellana. Ese fue también el camino de Córdoba a Toledo en época califal. En el valle de los Pedroches abundan los restos prehistóricos y romanos, los despoblados y villares. Es tierra de mucho granito, de buenos pastos, de matorral de jara, romero y cantueso, de encinas y alcornoques, de cortijillos de olivar y trigo, de algo de huerta, de ganado porcino, ovino y caprino, de hospitalarias vacas estabuladas, de pueblos modestos con ermitas blancas. Desde Córdoba, por la N 432, pasamos CERRO MURIANO, campamento de Instrucción de Reclutas y luego al pie de la colina donde se asienta el castillo califal de EL VACAR. Además de vigilar el camino entre Córdoba y Toledo, sería albacara o refugio para las gentes del valle del Guadiato y su comarca. El viajero subió el débil repecho que conduce al castillo y penetró en su recinto interior, un corral cuadrado y silencioso, invadido de altos yerbajos que las vacas abonan generosamente. El castillo tiene mil años, las bajas y alargadas troneras que destrozan el tapial y miran la carretera son más recientes, para ametralladoras, de cuando la Guerra Civil y allí fue el frente. Estos recios muros de calicanto fueron orgullo del emir de Córdoba. Hoy lo son de la marquesa de Campollano y sirven de circunstancial vaqueriza a los ganaderos del entorno. Unos kilómetros más allá, después de un puertecillo con muchas curvas, está el casal de FUENTE AGRIA. Un empinado carril a la izquierda conduce hasta una pequeña arboleda donde está la fuente, casi oculta entre construcciones dispensables. Es un hermoso edificio de hierro, fundido en Sevilla, en los talleres de Antonio Aguilar en 1873, cuando todavía los balnearios conjugaban la belleza con la utilidad. Está todo oxidado pero aún conserva cierto decadente esplendor para el forofo de Muerte en Venecia. El tabaco produce cáncer, la cultura produce neurosis y la ruina del pasado es la alfalfa espiritual del viajero sensible. Siguiendo la carretera, en el kilómetro cuarenta, hacia Peñas Blancas, hay una desviación a la izquierda que conduce a un altozano sobre el que divisamos las ruinas del Gran Hotel Santa Elisa. Era un hermoso edificio de planta rectangular, con torres en las esquinas. En la guerra lo hicieron hospital de sangre y quedó tan malparado que no volvió a abrir sus puertas. Ya sólo quedan en pie los muros exteriores, un azulejo aquí, medio balcón allá, poca cosa. Hasta hace poco eran todavía visibles sobre sus tabiques los emblemas de la Falange y retratos del Caudillo con casco de acero que adornaron las salas hospitalarias. Las ruinas están rodeadas de potentes eucaliptos. Es lugar muy a propósito, en la apacible soledad de los montes, para dar un paseo romántico con la amada, comer tortilla de patatas sobre mantel a cuadros y desperezar un sueñecito o lo que haga falta. Frente al hotel, en un vallecillo arbolado, asoma la carcomida cúpula de ladrillo de la fuente agria. Todavía acude gente a llenar bombonas de plástico. Es agua ferruginosa, buena para enfermos de azúcar, del riñón y del hígado, y para el viajero, que hasta la presente se encuentra saludable pero es gran goloso de aguas, es natural, riquísima, sanísima y naturalmente gaseada. ESPIEL El viajero siguió su camino hasta Espiel, un pueblo blanco rodado desde el lomo rocoso de la sierra. Al viajero lo cautivaron los mínimos corralillos de piedra que lo rodean. Son pequeños vergeles implantados sobre la cresta serrana, algunos de ellos primorosamente blanqueados y cuidados, otros ya arruinados, con las bardas por el suelo. Guardan un pozo y un par de árboles frutales, no más. El viajero se asombra de los grandes trabajos que se tomaban los que los levantaron a cambio de la parva recompensa de un par de canastas de fruta, y los imagina, horacianos y madrugadores, dirigiéndose sin prisas, quizá a lomos de burro viejo y dócil, a un huerto que se deja labrar en tres cavadas, el resto del día meditando sobre un camastro a la sombra de la higuera, en este cerrado jardín, el paraíso de los persas, escuchando manar el agua del pilarillo del pozo. En el pueblo de Espiel el viajero visitó la iglesia de San Sebastián, arquitectura de ganaderos, maciza y severa, con sus arcos transversales. Luego volvió sobre sus pasos hasta la bifurcación y tomó la N 502. A pocos kilómetros un indicador le avisó que entraba en el valle de los Pedroches. El marqués de Santillana anduvo por estos mismos cerros, por aquellas peñas peladas, sesteó en estos encinares, saltó estos regatos. Por este Puerto Calatraveño, de 750 metros, andaba el marqués en su célebre serranilla cuando perdió la carrera, es decir se extravió, y fue a dar en un ameno prado donde encontró a una rústica beldad que guardaba un hato de vacas. Los amantes de la poesía saben cómo acabo la cosa: se prendó de ella, le tiró los tejos y recuerden que recibió calabazas de la muchacha: …non es deseosa de amar, ni lo espera, aquesta vaquera de la Finojosa. El viajero iba ensimismado en sus fantasías, imaginando que élmismo era el marqués y tenía encuentros más afortunados, cuando se dio de bruces con ALCARACEJOS, pueblo llano y rico en aguas donde acuden a veranear muchas gentes de la comarca. El pueblo abre su pecho generoso para darles sus aguas y ellos, en desagradecimiento, lo envilecen con detestables y pretenciosos chalecitos con mucho azulejo de cuarto de baño en la fachada y otros detalles de pésimo gusto. Como no era domingo de Resurrección, romería a la ermita de la Virgen de Guía, el viajero no quiso detenerse y prosiguió su camino hacia Pozoblanco. POZOBLANCO, veinte mil habitantes, capital del valle de los Pedroches, patria del barítono Marcos Redondo, plaza de toros donde Paquirri sufrió su mortal cornada. Hay un museíto con recuerdos del cantante y un hotel donde se exhibe, enmarcado, el último autógrafo que garrapateó el torero. El viajero se dio un garbeo por el pueblo y lo encontró destartalado y grandón. Visitó la iglesia de Santa Catalina por ver el sepulcro de Ginés de Sepúlveda, cronista de Carlos V. A la salida se paró a repostar y le preguntó al gasolinero: —Oiga usted y de dónde procede Pozoblanco que es nombre tan bonito. —Pues verá usted: eso es en recuerdo de un pozo que hubo y hay, en el que como se paraban a beber las avecillas del campo que como sabe usted tienen la mierda blanca y de tanto cagarse le pusieron blanco el cerco. El viajero tomó breve apunte: «topónimo por deyecciones de aves sobre brocal pozo». Al viajero no le gusta que en sus crónicas aparezcan palabras malsonantes, que cuida mucho a sus lectoras otoñales tan sensibles y espantadizas, tan delicadas y sentimentales. A unos kilómetros de Pozoblanco, en medio de un encinar, está el santuario de su patrona, la virgen de Luna. Hay, aseguran, una vetusta encina que echa bellotas con el rostro de la virgen impreso en la cáscara. El viajero, como es algo torpe, no distinguió bien a nuestra señora por más vueltas que dio a la bellota. Compungido penetró en la ermita y echó su óbolo en el cepillo petitorio. El camarín de la Virgen se alza sobre un peñasco de granito. El viajero siguió la A 423 hasta VILLANUEVA DE CÓRDOBA, en la sierra de Enmedio, llamada así porque es un estorbo entre cuatro pueblos de la comarca. En Villanueva hay media docena de monumentos religiosos y uno civil: una antigua Audiencia del siglo XVII. De aquí el viajero tomó la carretera de TORRECAMPO donde había oído decir que hay una Posada del Moro venerable edificio que un emprendedor y culto mecenas del pueblo ha restaurado para albergue de su notable colección de pintura. La carretera que va a Pedroche es estrecha pero está pasablemente asfaltada. Por esta parte hay pocas encinas y mucha tierra de pan llevar, cebadas, matojos, entre las que de vez en cuando emergen potentes bloques de granito; el escalón de la Meseta sobre Andalucía, ya se sabe. PEDROCHE es un pueblo pequeño, blanco y limpio, con casas antiguas y una torre de granito portentosa, del siglo XVI. La patrona del pueblo es la Virgen de Piedras Santas, residente en una ermita al norte del pueblo, en medio de un prado regado por el arroyo de Santa María. Dentro de la ermita se conservan los bancos de madera donde antiguamente se sentaban los delegados de cada una de las Siete Villas del Valle cuando hacían junta para tratar el procomún. Cada asiento ostenta, en su respaldo, el nombre de la delegación que lo ocupaba, como los pupitres de la ONU. El domingo de Pentecostés y el ocho de septiembre hay romerías con piostros (cofrades) a caballo. Las mujeres de Pedroche se llaman Piedrasantas. El viajero escuchó a una madre que llamaba a su hija: «¡Piedrita, Piedrita!». Le pareció bello epíteto. Le vino a la memoria otra madre a la que escuchó llamar a su hija, en un barrio periférico de Madrid. La criatura se llamaba Penélope, como la canción de Serrat que inspiró a Homero el prota de la Odisea. La madre, una cabeza rubia teñida, con los rulos puestos y asomada a la ventana de aluminio del lavadero de un cuarto piso, gritaba: «¡Pene, Pene...! ¿Dónde te has metido? ¡Ven corriendo que me haces mucha falta!». Pene era rubita, con trenzas, y al viajero le dio cierta lástima. El viajero callejeó un rato por Pedroche y dio con un convento de clausura que tenía abierto el portón del compás: un lugar delicioso, empedrado, con tres bolas moriscas ensartadas en una lanza en el remate piramidal del ábside. Según la leyenda, la hermosa Cava, la hija o esposa del conde don Julián violada por el último rey godo y causa indirecta de la conquista musulmana de España, se refugió en este pueblo y aquí observó vida piadosa por el resto de su vida. El viajero dio en pensar que la desventurada beldad goda fundara este convento y se hiciera sepultar en él, bajo losa anónima, en la portada de la iglesia donde todo el que entre la pise. En la plaza de Pedroche, que debió ser más bella antes de que la arreglaran, hay un Ayuntamiento de granito fechado en 1702 y una lápida moderna que conmemora a Fray Juan de los Barrios, hijo del pueblo y primer arzobispo de Santa Fe de Bogotá (1497-1569). El viajero, antes de abandonar el pueblo, penetró en una tasca e hizo frugal colación con el plato combinado de la casa: dos huevos fritos con guarnición de lomo de orza, chorizo de humero y morcilla de cebolla. Debajo de los huevos aparecieron cuatro torreznos gruesos como coturnos, pero el viajero sólo comió dos, que tiene alto el colesterol. De postre tomó unas perrunas de manteca, huevo y azúcar, unos roscos de anís y dos o tres mostachones. El vino era un tintorro corpudo con sabor a cuba que ayuda bien a bajar las pringues y tiene estentóreo y saludable el regüeldo. El ventero servicial y aseado que sirvió la frugal colación enumeró al forastero las tres cosas que hay que ver en el valle de los Pedroches: la iglesia de San Juan de Hinojosa del Duque por fuera; la iglesia de Dos Torres por dentro y la torre de Pedroche. El viajero consultó su mapa y tomó el camino de DOS TORRES, impaciente ya por ver la famosa iglesia por dentro. La iglesia de la Asunción tiene una capilla mayor notable, cubierta de bóveda estrellada, que es, en efecto de los más notables cosas que se pueden ver en el pueblo, pero al viajero, que viene algo maleado de lo mucho que lleva visto, casi le resultó más remunerador, como se dice ahora, asomarse a un par de casas que a tal efecto tenían el portalón abierto y descubrir muy buenos ejemplos de arquitectura popular de hace cincuenta o cien años, honrada, y de decoración consumista de hace un lustro, prostibularia. Este pueblo tiene dos barrios, los dos llamados con Torre. Antiguamente eran rivales y, a pesar de tener bardas comunes, hacían vida aparte, cada cual con su parroquia y su ayuntamiento. El viajero constató que entre ellos todavía perduran consistentes vestigios de pasadas ferocidades. El viajero se sintió a gusto vagando por sus calles estrechas y limpias, con casitas proporcionadas en las que contrasta la cal con el oscuro granito de dinteles, jambas y ventanas. En el pueblo de EL VISO el viajero vio una notable torre de ladrillo pero siguió de largo hacia Hinojosa por una carretera más despoblada de encinas aunque las que se ven son grandes o así lo parecen en las ondulaciones de las tierras de pan. HINOJOSA DEL DUQUE, patria de la moça tan fermosa que prendó al marqués de Santillana, tiene a la entrada un cartel prometedor: «Bienvenido forastero. El rey del jamón te saluda». El viajero, como venía aleccionado, preguntó por la famosa iglesia que es bella por fuera y lo encaminaron a la parroquia de San Juan Bautista, a la que también llaman la catedral de la Sierra. Es de granito, renacentista, con sus detalles góticos. El viajero se quedó prendado de un trampantojo de una ventana trucada y de su fachada. También admiró su torre y sus portadas, una de ellas de Hernán Ruiz. La última etapa fue BELALCÁZAR, es decir, «el Bello Alcázar», el nombre más hermoso de un castillo español, una estampa declamatoria de versos épicos sin consonancia posible como relamidamentela llama Sáinz de Robles. Este hermosísimo fuerte debe verse primero de lejos bordeándolo por la carretera, al otro lado del vallecillo y después de cerca, a pie, tocando sus muros cuando lo permita el desgalgadero del foso. El castillo data de 1466 pero al pie de sus muros aparecen trazas de la primitiva fortaleza musulmana. Tiene una hermosa torre del homenaje de seis plantas y cincuenta metros de altura, decorada con garitones en los que campea como un encaje de la piedra, las armas de los Sotomayor. El castillo tiene su leyenda. Don Juan de Sotomayor estaba enamorado de una dama llamada Elvira y al regreso de la guerra de Granada supo que la habían casado con otro. Don Juan, abrasado por la pasión, quiso visitarla nocturno pero un hombre embozado le salió al encuentro. Salieron a relucir las espadas y don Juan, al desprenderse de la capa, dejó al descubierto la cruz de la orden de Alcántara que llevaba bordada sobre el pecho. Ante esta visión su misterioso contrincante exhaló un bufido agónico y huyó. Don Juan lo tomó por el mismísimo diablo que no podía soportar la visión de la cruz. Aleccionado por la terrible experiencia olvidó su insana pasión por doña Elvira y se metió a monje en Guadalupe donde profesó como fray Juan de la Puebla. El castillo fue ocupado por los franceses en la guerra de la Independencia y resistió sin gran deterioro los doscientos cañonazos que les lanzaron los ingleses en 1811. Luego quedó abandonado y fue a menos, convirtiéndose en refugio de vagabundos y corral del común. Las gentes del pueblo fueron arrancando los bien escuadrados sillares para embellecer sus casas; los anticuarios remataron, en empresas nocturnas, los capiteles y piedras labradas. El viajero ascendió al castillo por un carcomido camino empedrado y le dio la vuelta en busca de entrada, pero Belalcázar, como los castillos encantados, no tiene puerta. Todos sus vanos inferiores han sido condenados con prosaicas bovedillas de cemento para evitar que los pilluelos del pueblo se despeñen desde sus inseguras almenas y que los enamorados manipulen el género en sus resguardos. Es pena que un monumento tan bello no esté mejor cuidado, pero parece que sus dueños celan tanto la visita como la restauración. A la vuelta, vencido ya el día, el viajero desandó lo andado por la N 422, entre dehesas pobladas de encinas, atravesando la aldehuela de FUENTE LA LANCHA, y VILLANUEVA DEL DUQUE. En ALCARACEJOS tomó la N 502, camino del Calatraveño y de Córdoba. CÓRDOBA El trotamundos aparcó en la ribera izquierda del Guadalquivir y subió a la terraza de la Torre de la Calahorra para contemplar la ciudad mesurada y honda, sabia y prudente. El visitante tiene por costumbre, cuando va a Córdoba, casi siempre por mayo, andarse con estos protocolos. Córdoba es una gran señora, que tiene un arcángel por patrón. A Córdoba, como a Constantinopla y a Jerusalén, se le pide permiso antes de entrar, destocado y humilde. Otras grandes ciudades fingen ser más de lo que son y no pueden evitar una última impresión de vanidad y aire hueco. Córdoba es justo lo contrario: está en su sitio, callada, amable y distante. Aquí nacieron Séneca, Maimónides y Góngora. También, hay que reconocerlo, Julio Romero de Torres. Antes, la torre de la Calahorra estaba desnuda, en su piedra. Ahora hay que pagar para visitarla y, con la general decadencia de los tiempos, han instalado en ella un pretencioso y pretendido museo de las tres culturas, quizá el único gesto excesivo y grandilocuente de la ciudad. La Calahorra protegía el puente sobre el Guadalquivir. Como la ciudad misma, este puente tiene a Roma en los cimientos, al Islam en los arcos y los estribos, a Castilla conquistadora en los pisos. Hoy peatonalizado, el viajero lo cruzó, con parada breve en el centro, donde está San Rafael con el pedestal cuajado de cera derretida y candelitas ardiendo, para otear, aguas abajo los molinos y la noria de la Albolafia. Aquí el Guadalquivir, río tan sabio como ensuciado, atempera su paso, salta entre los molinos califales aún en pie donde algún cormorán seca sus negras alas, y va meciendo cañas y ovas que le reverdecen barbas de gran patriarca. Al otro lado, el viajero miró la Puerta del Puente, monumental, de Juan de Herrera, algo hundida por el recrecimiento de la ribera. Esa es la negra suerte que acompaña a los monumentos fluviales, también a la Torre del Oro sevillana. MEZQUITA Una turista voluminosa, con shorts y tatuajes en el morrillo, acusó el impacto civilizador de la mezquita: Es tan grande como un hipermercado. En efecto, la mezquita ocupa más de veinticinco mil metros cuadrados y se sostiene sobre 856 columnas, todas distintas, unas de granito, otras de mármol veteado, otras de jade verde. Una mancha en una de ellas es el aleph, lugar mágico y terrible en el que confluye la energía del universo. Nadie sabe en qué columna está ni es cosa fácil averiguarlo porque casi todas ellas son distintas, y tuvieron su propia historia antes de confluir en la historia de la mezquita. Los árabes las expoliaron de otros edificios más antiguos, romanos, visigodos y bizantinos. Hay otra columna en cuyo mármol un cautivo cristiano rayó pacientemente, con la uña, durante lustros, el signo de la cruz. Estas hazañas perseverantes ponen en el viajero pavor y grande admiración. En los presentes tiempos, menos heroicos y abnegados, aquel anónimo cautivo quizá hubiese construido un artístico Taj Mahal con palitos de cerillas. El viajero pasea por el interior de la mezquita entre azogados grupos de ojos almendrados cámara al cuello; de germanos uniformados de Afrika Korps; de sajones de sandalias y calcetines; de galos de roulotte y bocadillo. La unidad del edificio no radica en sus visitantes, ni siquiera en las columnas ni en los capiteles, que son cada uno de su padre y de su madre, sino en el airoso doble cuerpo de arcos superpuestos, decorados con alternantes franjas rojas y blancas, a la usanza romana —recuerden el acueducto de los milagros emeritense— y luego bizantina. En tiempos de Carlos V triunfó la idea de incrustar una catedral renacentista en el corazón de la mezquita. Si desmontaran esta catedral y la instalaran en otro lugar —que para algo bueno habrían de servir los petrodólares—, el monumento ganaría mucho en perspectiva y otra vez podría admirarse su magnífico bosque de columnas. El visitante admiró el mihrab y la bóveda de nervios profusamente decorada que cubre la maxura de la mezquita. De la parte cristiana le llamaron la atención la sillería del coro, los púlpitos de la catedral y la custodia de Arfe que está en el museo catedralicio y la capilla del Zancarrón, así llamada porque decían que en tiempo de los moros veneraban allí un hueso del pie de Mahoma. Al lado de la mezquita está el patio de los naranjos, lugar apacible en el que, desparramado a la sombra fresca de los muros, descansa y abreva el rebaño turístico. En el patio hay naranjos y palmeras, dos cipreses y un viejísimo olivo. Y una fuente barroca, llamada del caño del Olivo, donde las solteronas desahuciadas beben para encontrar novio. En esto de encontrar novio el viajero tiene comprobado que cada tierra tiene su procedimiento. En Granada repican la campana de la Vela, en Nueva York acuden a una agencia matrimonial, en Tokio al jefe de personal de la fábrica. El viajero contempló el exterior de la Mezquita por fuera y rezó el Ave María a la Virgen de las Flores bella y sensual a lo divino, un punto agitanada, que habita en el altarcillo de tupida reja. Luego entrando por la calle Velázquez Bosco fue a la calleja de las Flores que huele a cordobán y a jazmín y por la calle Martínez Rucker a la plazuela de la Concha y pasó por la calleja del pañuelo, un adarve morisco que en su parte más angosta sólo mide tres palmos, muy a propósito para que en su tránsito se atasquen americanas culonas y tenga que acudir a rescatarlas la grúa municipal. Por la calle Amador de los Ríos, el viajero fue a los REALES ALCAZARES, residencia de reyes, y después sede deltribunal inquisitorial y cárcel. Es un palacio cristiano medieval muy reconstruido hace cincuenta años. No obstante vale la pena dar un paseo por sus jardines escalonados, adornados de grandes estanques en los que flota el nenúfar y admirar el grupo escultórico de Polifemo y Galatea. Luego, siguiendo la muralla, el visitante fue hasta la PUERTA DE ALMODÓVAR y entró en la Judería. Se dejó llevar por la calle de la derecha, sin prisas, y se asomó a la SINAGOGA por ver nuevamente sus portentosas yeserías, a la pintoresca placita donde está la estatua de Maimónides y al patio del palacete que alberga el Museo Taurino. El paseante, callejeando, dio nuevamente con la catedral. De allí encaminó sus pasos hasta el Museo Arqueológico y visitó una vez más su deliciosa colección de restos romanos y árabes, sus brocales de pozo mudéjares y su escultura romana de Mitra. Iba sintiendo los pies pero todavía el placer del callejeo superaba al daño, así que prosiguió su camino deteniéndose en algunos zaguanes para admirar los patios floridos hasta la PLAZA DEL POTRO con su fuentecilla renacentista coronada por un potrillo y su posada citada por Cervantes. Lugar de pícaros en su tiempo… Busquen a otro, que yo soy nacido en el Potro, anunciaba Góngora en sus versos festivos. Hay dos museos mano a mano, el de Bellas Artes y el de Julio Romero de Torres. El viajero tiene observado que mucha gente sencilla que cree que Velázquez y Goya son futbolistas está familiarizada con la obra pictórica de Julio Romero de Torres y eleva a sus bellezas morenas con navaja en la liga a genuina representación de lo andaluz, junto a las coplas de las folklóricas, el traje de faralaes y las tardes de sol y moscas. El viajero pasó por alto el museo, que lo tiene visto de otras veces, pero hizo parada en las bodegas Campos, casa fundada en 1908, de la calle Lineros donde bebió un medio —catavinos bien lleno— de montilla mientras curioseaba viejos carteles de toros y fotografías de famosos firmando con tiza en los barriles de la bodega: Rocío Dúrcal, la Chunga, la duquesa de Alba, Carmen Sevilla, Fraga Iribarne, el alcalde de Teherán y señora, el Dúo Dinámico y Paquita Rico practicando el difícil arte de venenciar. Son fotos algo antiguas, de antes de la democracia. Luego el visitante se encaminó a la PLAZA DE LA CORREDERA, que pasó por ser la más viva de España. Es porticada, rectangular, del siglo XVII y sigue siendo ágora, mercado, mercadillo, residencia de forasteros y mentidero de propios. Fue en su día plaza de toros, teatro, escenario de los autos de fe inquisitoriales. El viajero remontó la calle Rodríguez Marín. En Tundidores penetró en la afamada taberna de Salinas y tomó el segundo medio de la mañana, con acompañamiento de cacahuetes y sentado como Dios manda. Después de esta gozosa estación se rehizo para seguir por la calle Claudio Marcelo y dejando atrás las valientes ruinas del templo romano arribó a la plaza de las TENDILLAS corazón de la ciudad donde hay una estatua del Gran Capitán, el famoso general, patrón del Tribunal de Cuentas, que tiene por cabeza la del torero Lagartijo, siempre coronada de puercas palomas grises. Al viajero, que iba teniendo hambre, se le escindió el corazón entre torcer a la derecha, en plan económico, para ir a la taberna del Pisto o a la izquierda, en plan rumboso, al Caballo Rojo. Ganaron las izquierdas. En un taxi parcheado de pegatinas Prohibido Fumar aunque el conductor se iba despachando un apestoso habano, arribó al famoso restaurante, en la vecindad de la mezquita, donde por combinar sabiamente lo moro con lo cristiano, como la ciudad enseña, pidió medias racioncitas de rape mozárabe, de alcachofas a la montillana y —excluyendo no sin sentimiento el rabo de toro para mejor ocasión— cordero a la miel. Luego dio un digestivo y discretamente regoldado paseo de regreso a la plaza de las Tendillas. Allí tomó café sentado en una terraza. Dieron las tres en el reloj de la calle Gondomar, que marca las horas por soleares. El viajero desde su privilegiado mirador callejero se percató de que la mujer cordobesa es fina, guapa, de andares elásticos y de recatada hermosura. LAS ERMITAS De Córdoba la llana subiendo por una carretera dócil escalamos el zócalo de la cercana sierra, en el lugar llamado Cerro de la Víbora y luego Desierto de Nuestra Señora de Belén donde están las ermitas, un conjunto creado en el siglo XVII que prolongó la tradición eremítica traída de oriente por el obispo Osio, todavía en tiempos romanos. Ya no quedan ermitaños, que el último murió en 1957, pero aún resta la iglesia y las trece ermitas, blanqueadas y dispersas entre el verdor oscuro del monte. Es un lugar deleitoso y humilde sin más exceso que el del Monumento, de grandes vistas sobre la ciudad y el valle, olor a romero y a jara. Al viajero le hubiera gustado contemplar la puesta del sol desde allí, pero como esta representación se celebra bastante tarde, casi de noche, y aún faltaban dos horas prefirió visitar, MEDINA AZAHARA, la ciudad palaciega erigida por Abderramán III en 936 en honor de su esposa favorita. Durante casi medio siglo un ejército de obreros especializados trabajó en este palacio emblemático, acumulando riqueza y arte dentro de su doble perímetro de murallas. Estaba de Alá que nadie disfrutaría después de tanta grandeza, que en 1010 los beréberes irrumpieron en ella, sin respeto alguno por el patrimonio, y la destruyeron e incendiaron. Desde entonces fue, como Itálica, campos de soledad, mustio collado adonde durante generaciones se acudía para hurtar mármoles, fustes de columnas y fuentes que hoy andan por todo el orbe, desde el Victoria and Albert Museum londinense a nuestro Arqueológico Nacional. Sin ir más lejos, las hiladas de columnas que rematan el alminar almohade de la Giralda sevillana vienen de allí. Provéase el viajero de prismáticos, que es otra cosa recomendable cuando se viaja, y observe si no la columnata irregular coronada con sus clásicos capiteles de avispero. Hoy siguen excavando Medina Azahara y la restauran, como el que monta un rompecabezas, las yeserías y lápidas que estaban por los suelos. LA CAMPIÑA OLIVARERA La mañana estaba fría y neblinosa saliendo de Granada por la autovía de Sevilla. Apenas entrados en la provincia de Málaga nos zambullimos en las sierras subbéticas, cerros de encinar, de abrupta caliza. En la guantera del coche el explorador llevaba sus gemelos por si se presentaba la ocasión de admirar el vuelo pausado del águila real, el del halcón peregrino, o el coronado del buitre. No hubo suerte por el aire, pero la tierra no decepcionó: allá estaba la campiña olivarera cordobesa, los pueblos ricos adornados con magníficas iglesias y antañones palacios. Atravesando el pantano, que la pertinaz sequía ha escurrido de aguas, se llega a IZNÁJAR, el nido de águilas, la puerta de la vega de Granada, el guarda de los pasos de Zafarraya. El pueblo se extiende sobre un cerro pétreo de molasa, último espolón de la loma del Santísimo. Antes de que el pantano alterara su geografía, este cerro estaba abrazado por dos fosos naturales, los cauces del Genil y del arroyo de Priego. A la clara luz de la mañana recién levantada destaca la silueta desdentada de un castillo y la mole poderosa de una iglesia. El pueblo, blanco y ocre, al amparo de un tajo o escalón que la peña hace, se ha tendido a la solana, como el lagarto viejo. Vueltos a la carretera nacional, no han transcurrido cinco minutos cuando llegamos a RUTE. Tres kilómetros al Norte está Rute el Viejo, castillo grande del que restan dos torres y un campo sembrado de cerámica con alguna que otra cavada de buscador de tesoros o de hormigas de ala. De Rute salen veintitrés kilómetros de carretera amarilla de tercer orden que lleva a Priego. El viajero gusta de combinar la inspección de monumentos con paseos por el campo, por el gusto del paisaje, del aire puro de la sierra, de las jaras del monte, lo que solamente puede alcanzarse aventurándose por carreteras modestas, lo que los inglesesllaman leisure drive que en España no se lleva mucho. La carretera amarilla lo llevó a CARCABUEY, en plena sierra. Hay un extenso castillo árabe en ruinas en el que se ha levantado la ermita de la patrona, imaginativamente advocada Virgen del Castillo. En un aposento de esta fortaleza se ahorcó de una viga, en 1284, el alcaide don Pero Nuño Tello, por eludir la convocatoria real que lo llamaba a la corte a rendir pleitesía al rey don Sancho. El honrado castellano no podía perdonar a Sancho que se hubiese rebelado contra su padre y hubiese intentado arrebatarle el trono. El pueblo es poco, algo más de cuatro mil habitantes alegres y sencillos que por Pascuas de Resurrección celebran las chuflas y máscaras de los moraos y por agosto, en la Virgen de la Aurora, corren por las calles una vaquilla El toro de la cuerda. El viajero adora las fiestas populares de nuestro agro, especialmente ahora en que se han perdido algunas entrañables costumbres: en unos pueblos decapitaban gallos, en otros despeñaban cabras desde el campanario, en otros destripaban vacas con excavadora. Siguiendo unos kilómetros por la carretera A 339 se llega a… PRIEGO La capital del barroco cordobés, Priego tiene iglesias suficientes para alhajar cinco ciudades. Se nota que en el siglo XVIII corrió el dinero debido a la floreciente industria textil. Todavía resonaban sus fragorosos telares en la Guerra Civil cuando al joven padre del autor, de soldado, lo mandaba allí la superioridad para recoger tela caqui, el color de moda aquellos tres años, y él procuraba confraternizar con la población civil, pues le gustaba más noviear que pegar tiros. Priego es parada obligada para contemplar la espléndida portada de mármol de la iglesia de San Francisco y la capilla del Sagrario en la iglesia de la Asunción, exuberancia rococó que lo deja a uno boquiabierto. El viajero paseó por la calle Río admirando sus casas señoriales de espléndida rejería en una de las cuales nació don Niceto Alcalá Zamora, el primer presidente de la República Española. Todavía se conserva el incómodo sofá donde falleció don Niceto, en Buenos Aires, en 1949. También su cuna de hierro. Priego ha destacado siempre por su rejería. No hay más que darse una vuelta por el pueblo para admirar muy bellas obras, incluso en ventanas de casas modestas que no se pueden permitir otra belleza. En los altos de Priego está el castillo de los Medinaceli, renacentista, de planta cuadrada, con robusta torre del homenaje. El viajero aparcó en la plaza del castillo, sembrada de desperdicios y plásticos que había dejado un mercadillo matinal, y admiró la perspectiva de tejados y tejadillos que cubre la iglesia del barrio de la Villa. Luego aplacó su sed en la fuente de la plazuela y se aventuró por las callejas del barrio alto, por la Calle Jazmines, angosta y blanca, con las fachadas adornadas de macetas, por la plazuela de San Antonio y por la de Santa Ana. El Barrio Alto, con sus empedradas callejas retorcidas es una especie de barrio de Santa Cruz sevillano, más modesto y pueblerino, pero también más auténtico, puro y verdadero. El viajero se retrató en el mirador del Adarve desde el que se disfruta de una panorámica de olivares y cerros grises. Luego descendió otra vez al llano y fue a ver la Fuente del Rey, alegría del agua, con más de cien caños. Desde Priego el viajero remontó la A 333 y luego tomó la N 432 que sale a la izquierda hasta LUQUE, desmoronadas ruinas de un hermoso castillo roquero cuya entrada es posible que se hiciera por mina subterránea. David Roberts lo dibujó, con exageraciones románticas, torre fuerte, sólidas murallas de mampostería sobre la cresta de roca. Por cierto, que hay dos blocaos de la guerra a cada lado de la carretera. Luego, en una parada fisiológica, el viajero escuchó cantar a un pastor que había debido leer a Machado: Tres veces dormí contigo tres veces infiel me fuiste, morena, conmigo mismo. Es que, digan lo que digan, don Antonio dejó muchas frases en el acervo popular, que es lo que cuenta. ¿Alguien que no sea el académico Paco Rico, recuerda dos líneas seguidas, de nuestro exquisito y premio nobel J. R. Jiménez? Desde Luque, por carretera local, breve y serpenteante, se llega a ZUHEROS, cauce hondo del río Bailón. El antiguo castillo árabe encaramado sobre peñas cortadas fue pulido en el Renacimiento pero el pueblo blanco conserva su pureza antigua, con sus callejas retorcidas. En árabe Zahara es «la peña». Hay una iglesia interesante, la de los Remedios, del siglo XVII, y cerca del pueblo unas pinturas rupestres en la Cueva de los Murciélagos. Después de Zuheros, a pocos kilómetros, DOÑA MENCÍA, la Villalegre donde transcurre la novela de Valera Juanita la Larga. El viajero nunca deja de visitar los pueblos con nombre de mujer, con mayor razón si el nombre es sonoro y antiguo, como es el presente caso. Hay que imaginarse a doña Mencía, dama medieval, menudita, tirando a rubia, ancheta de caderas, los pechicos menudos y prietos como manzanas, la frente despejada, los labios gordezuelos, los ojos pícaros, las manos cálidas y hospitalarias, hechas a empuñar la rueca o lo que haga falta. Doña Mencía era la esposa de un adelantado de la frontera que conquistó y heredó estas tierras en tiempos de Fernando III. El lector ya debe estar saciado de castillos, no sé si decir que aquí hay uno rectangular con mediana torre del homenaje. La parada siguiente fue BAENA, la patria de Kassim ben Asgab, geógrafo musulmán, y del polígrafo José Amador de los Ríos. Es pueblo agrícola de cereal, olivo y algo de huerta en las márgenes del humilde río Marbella donde veranean los lugareños tan ricamente, sin paparazzis que los molesten, sin ajetreo social, sin pelmas, sin Puerto Banús. En Baena hay un Polo de Desarrollo y una casa de la cultura instalada en el antiguo Pósito. En Baena se encontraron un famoso león ibérico y una cruz visigótica no menos famosa del Museo Arqueológico Nacional. Lo que no se pudieron llevar a Madrid es la Casa del Monte, bello edificio civil del siglo XVIII en la plaza del pueblo, ni el hermoso retablo italiano de la iglesia de la Madre de Dios ni el artesonado mudéjar de la de Guadalupe, ni el convento de San Francisco. Hay además un piadoso Museo de Semana Santa. En el barrio alto, que se llama la Almedina, están las ruinas de castillo y retacillos del antiguo recinto murado con su Puerta del Arco Oscuro, nombre hermoso. En Baena este cronista almorzó revoltillo de habas con jamón y cebolla y un dulce de almendra humildemente llamado panecillo de cortijo. En Semana Santa se forman dos bandos: los judíos coliblancos, hermanos del Santo Sepulcro, y los judíos colinegros hermano de Jesús Nazareno, según el color de las crines que los tambores lucen en el casco. De Baena a Castro del Río sólo media un paseo por la nacional 432, entre olivares, viñedos y alguna que otra huerta. CASTRO DEL RÍO es un cerro en cuya cumbre blanquea el barrio de la Villa, la antigua alcazaba. Todavía conserva el aspecto que tuvo hace cincuenta años, con sus casitas humildes y limpias. Al pie del cerro describe su curva de herradura el Guadajoz, el río del pan árabe, así llamado por los muchos molinos que movían sus inquietas aguas. De esto y del recinto murado con cuarenta torreones queda poco más que el recuerdo, una puerta de Martos y un castillo cuadrado algo deteriorado. Más suerte han tenido el Puente Viejo, con sus fundamentos romanos, la iglesia de la Asunción, hermosa portada plateresca, tres naves sobre arcos apuntados, y algunas casas solariegas. En una de ellas, la de los Mendoza, se cuenta que estuvo presa la duquesa de Éboli, atractiva tuerta que ha pasado a la historia como amante de Felipe II. No es seguro que lo fuera, lo que parece más probable es que se volviera golosa en el forzoso encierro, si es que antes no lo era, y me la imagino aliviando su prisión con huevos fritos, un dulce local de recio paladar hecho de bizcocho con centro de flan. En la casa consistorial de Castro del Río se dice que sufrió prisiónCervantes. A lo mejor por eso ha resultado ser pueblo proclive al arte en sus más variadas manifestaciones. Cecilia Böhl de Faber ambientó aquí algunos cuentos. Un pintor local de renombre internacional pintaba cuadros con la boca. Por Semana Santa se hacen gentes para escuchar el pregón cantado por Pilatos y las saetas samaritanas. El pueblo siguiente se llama ESPEJO, del latín specula, que quiere decir atalaya porque está sobre un cerro desde el que se dominan otros seis pueblos de la comarca. Los moros le decían Alcalá. El barrio viejo se llama Barrionuevo. Las salinas se llaman Duernas. En la cumbre Espejo están la iglesia y el castillo. Bajando la cuesta se extienden el pueblo blanco, los olivares y las tierras de pan. El viajero visitó el castillo, residencia de la duquesa de Osuna, y admiró sus fuertes muros almenados, sus graciosas ventanas con columnita parteluz y hasta el azulejo del Sagrado Corazón que hay sobre su entrada. En la placita que hay delante del castillo una perra legañosa se veía asediada por cinco o seis pretendientes, de distintos portes y hechuras, todos salidos y queriendo enguilarla. —¡Hay que ver los líos que traen las hembras! —comentó un viejo motorista que acertó a pasar, tocado de casco reglamentario del año de la polca y azadón laborioso en el portaequipajes. El viajero, como no tiene vocación de cronista de sociedad, no se quedó a ver en qué acababa el galanteo cánido. Prefirió visitar las dos iglesias del pueblo: San Bartolomé, gótica, con buen artesonado en la nave principal; y la de San Miguel, de planta octogonal, que si no fuera dieciochesca se la achacarían a los templarios. Es menester que se vaya hablando de la repostería mudéjar. El viajero cató el cuajado, dulce de tocino, huevo y almendra y lo tuvo por venturoso maridaje de lo cristiano y lo morisco. Ya se había hecho de noche, y el viajero volvió para dormir a Córdoba, lejana y sola. VINO CON MANTECADOS ENTRE CÓRDOBA Y SEVILLA Hoy, veintitantos de noviembre, rodamos por la autovía Granada-Sevilla en dirección a la baja campiña cordobesa, la suave penillanura, dominio de la vid y de sus fieles colegas mediterráneos, el olivo y el trigo. Es temprano, que los camiones que se nos cruzan camino del mercado de Granada aún llevan encendidas las luces, aunque ya clarea lo suficiente como para ir leyéndoles los inspiradas viseras: «El pan de mis siete hijos», «Mi Vannessa (sic) y mi Cleopatra-María»... Los pueblos que hoy vamos a visitar son grandes y ricos, lo que se refleja en sus excelentes ajuares monumentales, en sus casas y palacios y en el reposado vivir de sus gentes. Es la zona de la denominación de Origen Montilla-Moriles, vinos meritorios aunque todavía menos valorados de lo que merecen. El primer pueblo del recorrido es ESTEPA, la ciudad de los mantecados y de los famosos bandoleros. En estas fechas cercanas a la Navidad las fábricas de dulces trabajan a todo trapo y el pueblo huele que alimenta a horno y a delicia repostera. Estepa tiene larga la historia y flaca la memoria. Los romanos la arrasaron por insumisa y rebelde, pero después, como estaba rodeada de feraces campos y el viento dominante la refrescaba en verano, se apiadaron de ella y la rehabilitaron e incluso le dieron lustre imperial. El viajero ascendió en coche a la parte alta del pueblo, encaramada en el cerro de san Cristóbal, donde están el castillo y la iglesia de Santa María de la Asunción, y contempló el paisaje de la campiña y la sierra. Luego fue bajando cuestas y callejeó por la plaza de la Victoria y Santa Ana y por la calle Hornillos admirando palacios, conventos, casas burguesas decimonónicas, airosas torres barrocas. El palacio del marqués de Cerverales tiene sirenitas en la fachada y un mirador barroco. Se quedó pasmado ante una admirable obra de forja, esquina de la calle de la Amargura. El primero de mayo, Estepa celebra romería de carrozas al manantial de la Roya, cosa digna de ver. Siguiendo unos kilómetros por la autovía el viajero llegó a OSUNA y, después de desayunar un mollete untado de ajo y regado de fabuloso aceite de oliva local, se dispuso a visitar esta ciudad ilustre y antigua, que en su día fue universidad. Osuna ha sido bastante esquilmada por el tiempo, pero el que tuvo, retuvo. Esta ciudad tiene raíces tartésicas, turdetanas y cartaginesas. Escipión y Pompeyo establecieron en ella sus campamentos. César la engrandeció haciéndola centro administrativo y otorgándole ceca. En Osuna es ineludible visitar los dos monumentos platerescos levantados por el magnate Juan Téllez de Girón: la colegiata (1531) y la universidad (1548). Tanta magnificencia tiene su explicación. El señorío del Osuna, que Felipe II hizo ducado, acumulaba una de las mayores fortunas del país, además de veinte grandezas de España. Once duques sucesivos acrecentaron riqueza y rentas para que el duodécimo, don Mariano Téllez Girón, rompiera la tradición y acabara con todo. Don Mariano salió señorito y derrochón. Siendo embajador en Moscú, observó que, después de los brindis más solemnes, sus amiguetes estrellaban las copas contra el suelo. Al regreso a España se hizo famoso porque daba banquetes multitudinarios al final de los cuales era costumbre destrozar la vajilla de Sévres en la que se habían servido. Don Mariano falleció en 1882, a los sesenta y ocho años de edad. Cuando sus deudos echaron cuentas encontraron que sólo heredaban deudas. Más de cuarenta millones de pesetas. Lo lloraron poco. La colegiata de Osuna es un bellísimo templo renacentista sobre un altozano. Al visitante admiró, entre otras obras de arte, algunos cuadros de Ribera; el panteón de los duques y la capilla del Santo Sepulcro, cuyo retablo es obra de mucho mérito y contemplación. También visitó la colección arqueológica de la torre del Agua, en la plaza de la Duquesa, donde admiró obras destacadas ibéricas y romanas y el convento de la Encarnación, con su bellísimo zócalo de cerámica en el patio de la iglesia barroca. Antes de abandonar el pueblo, el viajero fue a las afueras por ver las antiguas canteras del Coto que no son menos pasmosas que las cuevas de Nerja, salvando las distancias. El Coto es una antigua explotación de dorada piedra arenisca que, desdeñando los estratos superficiales, ha ido ahondando en la montaña, dejando tan sólo una serie de macizos pilares que sostienen la techumbre. El efecto es como el de una ciclópea catedral subterránea que los peliculeros aprovecharon recientemente para rodar episodios de la serie Juego de Tronos. El viajero regresó a la carretera, y volvió sobre sus rodadas hasta Estepa para torcer a la izquierda, por la N 318 que lleva a Herrera y sigue a PUENTE GENIL, el pueblo de la carne de membrillo, cotidiano postre de Comidas El Plata, guinda dulce en el precario almuerzo de indigentes estudiantes universitarios y empleadillos, en Granada, allá por los turbios y amables años sesenta/setenta. En Puente Genil (el puente es nada menos que de Hernán Ruiz) el viajero adquirió una lata de dulce de membrillo y degustó in situ la armónica portada de la iglesia de la Concepción. Luego siguió viaje hasta Lucena. LUCENA, luminosa y sabia, la de los vinos, tinajas y velones de bronce, la ciudad de los judíos que en la Edad Media brilló por sus científicos, sus médicos y sus poetas hasta que el integrismo islámico de los almohades arrasó con todo. Cerca de aquí se celebró la batalla de Lucena en la que Boabdil, último rey de Granada, fue derrotado y preso. Por cierto, que su primer encierro fue la Torre del Moral, en Lucena. En la plaza del pueblo están el Ayuntamiento y la iglesia de San Mateo, simple y lineal, escuetamente decorada. Parece que todo el adorno se gastó en la capilla barroca del Sagrario. El viajero escribe de oídas dado que encontró la iglesia cerrada como casi todas las de nuestros pueblos. Es lo que trae la escasez de clero y la crisis de vocaciones. —Es que había que abolir el celibato clerical y permitir la ordenación de mujeres —opinó un culto ciudadano al que el viajeropreguntó por el camino del santuario de la Virgen. El santuario de la Virgen de Araceli, patrona de la sierra de Aras, está en la cumbre de un cerro bravío, balcón panorámico sobre las tierras y las sierras del contorno. Al visitante le llamaron la atención la bellísima reja que cierra el camarín, barroco desatado, de la Patrona y las pilas del agua bendita, dos enormes conchas marinas en cuyas orlas aparece la inscripción: Procedente del archipiélago filipino, se colocó siendo capellán Francisco Reina, en 1893. Por poquito. Cinco años más tarde no hubiéramos podido traérnosla. CABRA Cabra, fértil valle ceñido por la sierra de Cabra y bañado por el río de Cabra, es pueblo noble y antiguo, de reposadas arquitecturas, un pueblo señorial con cuidados jardines y palmeras. En tiempos de Roma fue una de las mejores ciudades de la Bética y se llamaba Igabrum que significa cabra montés, por eso sus naturales se llaman hoy egabrenses. El viajero, que vio la luz en Arjona, es urgavonense, por Urgabo, el nombre romano de Arjona, aunque también se deje llamar arjonero. Por junio Cabra celebra la romería de la Virgen de la Sierra, gran concentración de gitanos que peregrinan desde muy distantes lugares. Cabra es pueblo natal de Cayetano Muriel, el niño de Cabra, del ministro franquista José Solís —el que quiso quitar el latín del bachillerato y le dijeron que gracias al latín él era un egabrense— y de Juan Valera, el novelista de Pepita Jiménez. En una placita tiene un medallón de bronce con el retrato de Rubén Darío, príncipe del verso castellano. Es Cabra cabeza de partido, tiene Centro Filarmónico, emisora propia, un hermoso parque con monumento a Juan Valera y un bar, el Botinero, cuya bodega está mejor surtida que las de muchos restaurantes de postín de capitales de provincias. A todos estos lustres habría que sumar el de un famoso instituto-colegio fundado en 1610 para alumnos pobres y virtuosos. Allí estudiaron Alcalá Galiano, el héroe de Trafalgar, Juan Valera y Niceto Alcalá Zamora, el presidente de la República. Un refrán sobrado de mala uva asevera: «Bachiller por Cabra y abogao por Graná, lo mismo que ná». El prócer titular del instituto está delante de la fachada, en busto de piedra blanca. Los colegiales le han dibujado una cruz gamada sobre el pecho. El que quiera monumentos debe visitar la iglesia de la Asunción, templo grande, con cinco naves y pretensiones de catedral. La sillería del coro consta de treinta y tres asientos de nogal tallados con relieves alusivos a los mártires del pueblo. En la Plaza Vieja quedan vestigios del castillo. El viajero subió a un adarve, y se asomó a las almenas a ver si el enemigo saqueaba las huertas. Es tradición que el rey Boabdil también padeció prisión en Cabra. El viajero va notando que en casi todos los pueblos que visita le cuentan lo mismo, incluido Porcuna, provincia de Jaén. Estaría el desventurado rey chico más paseado que turronero de feria. El viajero deambuló por las calles empinadas, angostas y empedradas de la Villa Vieja, barrio antiguo y popular y pasó por la puerta de una taberna donde un grupo de felices parroquianos enfundados en pellizas le daba al naipe, al morapio y a las labores de la Tabacalera o de contrabando mientras el televisor, encaramado en su púlpito rinconero, emitía imágenes de un baile por sevillanas y más arriba la capa de ozono se iba a la mierda, y el que venga detrás que arree. Luego el visitante fue bajando al llano, donde viven los labradores acomodados, y curioseó por las casas principales, la del bachiller León, la natal de don Juan Valera, el palacio de los condes de Cabra. Como iba siendo hora de almorzar, preguntó por una casa de comidas que fuera de confianza y lo encaminaron al Hostal San José, residencia de la Iglesia y casa de ejercicios espirituales, donde comió bien y barato. El viajero regresó a la reciente autovía A 45, camino de Aguilar y fue viendo menos olivos y más vides. AGUILAR no tiene castillo porque los habitantes lo demolieron piedra a piedra en 1820, cuando el levantamiento liberal, y construyeron con sus mampuestos la iglesia del Hospital. En el solar, hoy Llano del Castillo, se celebran las ferias, juegan los niños y pasean los mozos ojeando en edad de emparejarse. El viajero aparcó en la cuesta que sube a la iglesia de Santa María del Soterraño, obra gótica de mérito con decoración barroca y dieciochesca, donde la velilla cuesta 30 céntimos, y el velón, eurito y medio. Conmueve la buena voluntad que el tallista del coro y el decorador de las capillas pusieron en su trabajo a falta de mejores cualidades. A los amantes del kitsch se les recomienda la deliciosa Santa Cena en relieve, tamaño natural y bulto casi exento. El visitante remoloneó recorriendo las fachadas decimonónicas en las calles Moralejo, Carrera y Arrabal e imaginando la vida menuda, con sus altibajos, sus amores y sus odios, que habrá discurrido detrás de esas ventanas. Luego subió a la parte más alta del pueblo, donde hay dos obras civiles de gran mérito: la torre barroca del reloj, exenta, de ladrillo, barroca, preciosa, con chapitel de azulejería, construida en 1774 para dotar a la villa de un reloj público, y la plaza octogonal de San José terminada en 1810, el conjunto urbano más armónico de Andalucía. Hay varios azulejos. Uno reza: En esta antigua y muy famosa taberna de el Tuta, en el año de 1981, Vicente Núñez escribió su «Ocaso en Poley»; otro: Aguilar de la Frontera a los insignes poetas y artistas que acuden atraídos al mágico recinto de esta plaza ochavada con un solo afán de luz y armonía. La plaza ochavada es hoy aparcamiento. En las bodegas Toro Albalá, el viajero degustó un Pedro Ximénez muy notable y un fino exquisito. El viajero dejó para otra ocasión una excursión a la cercana laguna de Zóñar, el paraíso de aves acuáticas, somormujos, patos reales, patos- cuchara, también refugio propicio del pato malvasía —no sabemos si el autóctono o el invasor jamaicano—, y de los porrones moñudos. MONTILLA, grande, industrial, con su popular barrio de la Escuchuela casi intacto y sus deliciosos hojaldres en la confitería Cayma de la Avenida de Andalucía. Tiene además cinco iglesias notables, una torre de Santiago bella como una moza, el palacio de Medinacelli, el Ayuntamiento y la Tercia. Las bodegas de Montilla crían unos caldos hondos, filosóficos, senequistas. Otros vinos sueltan la lengua, el montilla suelta el pensamiento. Se cuenta que dos viejos amigos solían tomar el vino en una bodega. Una tarde se sentaron en la mesa acostumbrada con el vaso delante y así estuvieron, un sorbito de vez en cuando, sin cambiar palabra. Al cabo de dos horas habló uno: —Hay que ver lo bien que se está hablando poco. Nuevo silencio. Al cabo de otras dos horas, habla el otro: —Sí, pero mejor se está no hablando ná. De Montilla a MONTEMAYOR sólo hay un paseo. Está Montemayor en un cerro suave rodeado de viñedos amarillentos y olivares verde oscuro. El pueblo tiene un castillo, bajomedieval, bien conservado, incluso habitado, y la Iglesia de la Asunción donde hay un buen retablo y una antiquísima cripta transformada en museo arqueológico de Ilía. El viajero se enamoró de la bella torre barroca de la iglesia, decorada con esculpidos medallones de santos y evangelistas. Lo único que desentona en la placita es una fuente de los leones de la Alhambra, en piedra artificial color cemento. El viajero lamenta mucho que los ediles de estos ayuntamientos no estén mejor asesorados en cuestiones de gusto. Cualquier viejo pilón de piedra de los que andan arrumbados entre los escombros de los corrales, con un humilde chorrito de agua que salga de caño de bronce sería preferible a este pastiche. También sería de agradecer que se atajara la perniciosa moda de alicatar las fachadas con azulejos de cuarto de baño y cocina. Esta carretera atravesando viñedos es una delicia en otoño, cuando las hojas amarillean en distintos tonos y por doquier se elevan al aire las nubecillas blancas de las quemas de sarmientos. La tarde vaya de vencida cuando llegamos a FERNÁN NÚÑEZ, iglesia de Santa Marina, barroca, del XVIII, y notable Palacio Ducal. El paseo nocturno lo daremos de nuevo en Córdoba, que está ya a dos pasos, antes de irnos a dormir en lugar propicio para que nos despierten los acordes de guitarra del reloj de la plaza de las Tendillas. CÁDIZ Juan Eslava Galán CÁDIZ Y LOS PUEBLOS DEL VINO La urbe más antigua de Occidente, Cádiz, la columna de Hércules, el non plus ultra, es una bellísima ciudad del siglo XVIII que parece anclada en medio de su bahía. Al principio de sus tiempos, Cádiz era una islita doble enfrente de la costa, un asentamiento comercial fenicio bien comunicado y fácil de defender, una estación en las navegaciones de cabotaje púnicas camino de los metales de Huelva y del secreto Atlántico. Después de los fenicios, Cádiz sedujo a Roma con sus procaces puellae gaditanae, alegres putitas duchas en las artes del entertaining romano. Luego vinieron Cádiz sucesivas, la de los desembarcos musulmanes, la del comercio con las Indias, la que saquearon los ingleses, la del comercio americano que huele a especias, a canela y a palosanto, la Cádiz ilustrada de las Cortes y la de hoy vívida y comercial, vagamente decadente, muy carnavalera, que suma y sigue las anteriores y las deja ver por los múltiples desconchones de su alegre y desgarrada casaca. El viajero, que ha recorrido Cádiz otras veces, tiene ya entregado el corazón antes de traspasar las recias murallas por la Puerta de Tierra. Es una ciudad entre dos mares, tan aérea como marinera; ciudad entre dos continentes, tan americana como europea y africana; ciudad entre dos elementos, entre la tierra y el mar, tan eólica que en ella contienden el levante y el poniente, ciudad salada, salada claridad, —le llamó Manuel Machado—, pero su mismo blancor es de azúcar, de pan de azúcar caribeño, en el desenfado de sus gentes en lo apacible de su vivir, ciudad que sólo se pertenece a sí misma, tacita de plata, blanca acuarela con veladuras de color, Cádiz reposada, honda y escéptica, Cádiz del vino y del flamenco, del duende, del quejío, de los cabales, del sentido común, Cádiz de vuelta de todo, salvo de las chirigotas, hasta el punto que últimamente han elevado a un compositor de ellas a la categoría de alcalde. El viajero es animal de costumbres y ha hecho de su visita a Cádiz una ceremonia precisa que repite con pocas variaciones un par de veces al año. A Cádiz, como a Venecia, que tiene vocación de isla, es mejor llegar por mar, en barco humilde con bancos de listones y brisa marinera. En el Puerto de Santa María, junto a la Plaza de las Galeras Reales, donde está la fuente que surtía de aguada a los galeones antiguos, está el embarcadero de donde salía cada dos horas el vaporcito del Puerto, la vetusta motonave «Adriano IV» que cruzaba las tranquilas aguas de la bahía. Ahora lo hace un oficioso y veloz catamarán. Rafael Alberti, marinero en tierra solicitó en su testamento que sus cenizas mortales se arrojaran a la bahía desde este vapor. Desembarca el viajero en Cádiz en el rincón del puerto frente a la excesiva Plaza de Sevilla y va dando un paseo hasta los jardines de Canalejas. A la derecha queda la plaza de San Juan de Dios, con su elegante ayuntamiento neoclásico, frontón de templo griego y balconada ex profeso para que los gobernantes saluden al pueblo que aclama con su mijita de guasa, harto de verlos pasar desde el fondo de los siglos porque en esta ciudad vieja algunos analfabetos saben más que muchos doctores. Hay en el Ayuntamiento un reloj que da las horas y los cuartos al compás de El amor brujo. Al visitante le llama la atención la policromía suave de las fachadas pintadas en tonos rosa, celestes y ocres. La calle Pelota va a desembocar en la plaza de la Catedral. El templo mayor gaditano es obra del siglo dieciocho y aun del diecinueve, algo inspirada en la de Granada pero en neoclásico depurado de excesos barrocos. Su cúpula de azulejo dorado recuerda las obras de la lejana Bizancio o las de la más cercana Italia. Aquí está sepultado Manuel de Falla, hijo predilecto de la ciudad, y tan genial como la madre. El viajero después de visitar la catedral prosigue su paseo por la calle Compañía, así nombrada por una casa de jesuitas, y penetra en la iglesia ignaciana-tridentina, teatro a lo divino, una sola nave, púlpito italiano de mármol taraceado, para admirar los palcos celados con espesos cortinajes carmesí y decorados al gusto rococó. La calle se estrecha bulliciosa y comercial hasta la Plaza de las Flores, tan animada y alegre, con sus quioscos de flores y un par de cafeterías de tono popular. Entrando en la plaza, a la izquierda, hay una freiduría donde puede degustarse un papelón de pescaíto frito (dicho sea de paso: este dificilísimo plato sencillo se prepara en Cádiz mejor que en otros sitios). Allí al lado está el mercado de abastos rectangular y bullicioso como un campamento romano. No es mala idea la de dar un despacioso paseo fingiendo ser inspector de consumos para observar los raros peces expuestos y el ajetreo de las gentes, su trato y su gracia. Más animado que el mercado de Cádiz solo se conoce el carnaval de lo mismo, la segunda o tercera semana de febrero. A muchos observadores les parece que en tiempo de carnavales la chocarrería y la cutrez señorean la ciudad. A otros, por el contrario, los carnavales les encantan. Hay gente pa tó, como dijo «El Gallo», torero, cuando supo que Ortega y Gasset era pensador de oficio. La esencia del carnaval son sus coplillas que propenden al critiqueo de la actualidad o la autocomplacencia y provinciana exaltación de los valores eternos del lugar y sus gentes. Las festivas agrupaciones carnavalescas gaditanas son de cuatro clases: coro, unas treinta personas, con guitarra y bandurria; comparsa, unas quince personas, con guitarra, caja y bombo; chirigota, unas diez personas, con el pito de carnaval, y cuarteto, cuatro personas con pitos de caña. El coro es el piropo; la comparsa, el sentimiento; la chirigota, la gracia y el cuarteto, lo cómico. Después del curiosear por el mercado, el viajero suele cambiar de rumbo y callejeando por calles estrechas y rectas asomándose de vez en cuando a ver un patinillo interior acristalado. Abundan las casas del siglo XIX, armónicas fachadas balconadas, puertas y contrapuertas de caoba, de la que llegaba en los barcos de Indias haciendo lastre. La plaza de Mina es un lugar apacible donde las palomas zurean, las parejas jóvenes dominguean, los ancianos toman el sol y los jovenzuelos molestan con el monopatín o el balón, cuando no están chateando con el móvil. Es muy aconsejable visitar, en el vecino Museo Arqueológico y de Bellas Artes, los sepulcros antropomorfos fenicios descubiertos en el subsuelo de Cádiz, así como otras notables piezas que han ido alumbrando las honduras de la ciudad. Después no es malo seguir el paseo por el barrio de la Viña. Todavía se podría visitar alguna iglesia, la misteriosa Santa Cueva, con sus Goyas, el oratorio de San Felipe Neri o el castillo de San Sebastián, o los palacetes barrocos del barrio de Santa María reconvertidos en casas de vecinos tras la decadencia del comercio indiano, pero el visitante, como es asiduo, se permite aplazar cosas para otra visita y aviva el paso para llegar al muelle a tiempo de tomar el catamarán de vuelta a Puerto de Santa María porque quiere comer marisco y pescaíto, gambas, langostinos, almejas, calamares, chipirones, choco frito, puntillitas, huevas, en la prosaicamente denominada Ribera del Marisco, por los cocederos y freidurías instalados al otro lado del Guadalete, jardines por medio. El PUERTO DE SANTA MARíA, el pueblo de Rafael Alberti, plaza de toros famosa, penal del que se fugó El Lute y donde el president Companys aprendió a cantar por soleares, desembocadura del Guadalete, meca de neogourmets, pueblo blanco de calles rectas y casas señoriales con grandes balcones protegidos por grises tejaroces. Como el lector sabe, Alfonso X compuso allí algunasde sus cantigas, dedicadas precisamente a Santa María. El viajero almorzó marisco, anda que no, y dio un paseo digestivo hasta la iglesia prioral, gótica tardía, donde hay una panoplia de espingardas y sables moriscos «tomados al enemigo en Marruecos, en 1860» y una cruz de madera llevada en la Santa Misión de los padres franciscanos, año 1951. Regresando al muelle, el viajero hizo escala en el castillo de San Marcos, mudéjar con su corazón de mezquita y unos muros pintados de cenefas góticas hace cincuenta años. Hay lápidas memoriales a Cristóbal Colón vecino del pueblo y una cabeza de bronce de Juan de la Cosa, marino y cartógrafo. No sé si mencionar el bello y reciente azulejo que reproduce el famoso primer mapa americano de Juan de la Cosa, porque me temo que cuando estas palabras se impriman ya habrá pasado a mejor vida. Del Puerto a Sanlúcar va una carretera recta entre viñedos y lisas sementeras dejando a la derecha, a lo lejos, la cintita de ladrillo rojo con cúpula central de la nueva y espaciosa prisión Puerto de Santa María Dos, que creo que ya no se llama prisión sino centro de detención penitenciaria o algo así. Y el recreo en los centros escolares será, muy pronto, segmento lúdico. SANLÚCAR DE BARRAMEDA es un pueblo que ha nacido de pie, en la desembocadura del Guadalquivir, frente al coto de Doñana, en aguas procelosas que guardan tesoros de pecios y langostinos, al cabo de campos maternales aluvión negro y albarizas blancas, corazón de manzanilla entre cuyas buenas gentes no es infrecuente toparse con andaluces orientales. El viajero callejeó por el Barrio Alto, bodegas de Barbadillo, castillo de San Diego, en cuyo patio la guardesa María criaba un viejo cuervo que imitaba la voz del ama llamando a sus hijos: «¡Rosa, Rosa!, ¡qué dolor de él!», la piadosa exclamación de la señora ante la cautividad del pajarraco. Luego visitó la parroquia de Santa María de la O, pequeña catedral gótico- mudéjar, increíble hacinamiento de estilos y obras de arte en un joyel precioso. Saliendo del templo, el viajero se detuvo a contemplar la ventana manuelina que decora la adusta fachada del Palacio Ducal morada antaño de la Duquesa de Medina Sidonia sin cuyo archivo, celosamente custodiado por la atípica aristócrata, no podría escribirse la historia andaluza e incluso la española. Bajando ya la cuesta que va al Barrio Bajo se pasa ante el capricho neomudéjar del palacio de los Duques de Orleans y Borbón, hoy Ayuntamiento, y ya en la cuesta de Belén, frente a los extraños dragones góticos de las Covachas. De mañana esta calle bulle con la animación del mercado de abastos. Por aquí se sale a la Plaza del Cabildo, hermoso espacio donde las palmeras conviven con las buganvillas, ágora, senado y mentidero, ateneo popular, recomendable heladería, bares y tabernas. El viajero callejeó con placer por la Bolsa y la Trasbolsa admirando muy bellas fachadas de casas decimonónicas e incluso anteriores. A la hora del aperitivo nuestro viajero se instaló en una terraza del Bajo de Guía, rumorosa desembocadura del Guadalquivir, contemplando Doñana al otro lado del río y tomó langostinos y media botella de manzanilla recién vertida del tonel, enfriada por serpentín. La manzanilla es tan fiel a su patria que cuando la apartas tres leguas ya comienza a ser otra cosa. Amaneció otro día y el desaprensivo turista desayunó una tostada de pan de Las Cabezas generosamente untada de manteca de lomo mientras hojeaba el periódico y se enteraba algo de cómo va el mundo. Luego hizo una excursión a CHIPIONA, la patria de Rocío Jurado, playa dos veces buena (por lo breve), faro famoso desde 1867 y santuario de la Virgen de Regla, moderno, neogótico, a la orillita del mar. Un templo antiguo a la vera de una milenaria higuera y de una fuente santa, donde levantaron altar los fenicios y quizá otros navegantes sin nombre más antiguos aún. Y qué bueno el vino de la descuidada y deliciosa bodega El Castillito. El resto del día fue JEREZ, la ciudad de los vinos y los caballos, de Primo de Rivera y de Lola Flores, de Bertín Osborne, del alcalde Pacheco, de Ruiz- Mateos y de Dolores la Piriñaca («Cuando canto, la boca me sabe a sangre»). Por no hablar de las canteras flamencas del barrio de Santiago o el de san Miguel. Es ciudad, no pueblo, que se sabe importante, que tiene hasta circuito de alta velocidad. Los vinos domiciliados en Jerez, aunque no siempre naturales de ella, son: el amontillado, que liga bien con el jamón de Jabugo; el oloroso; el palo cortado, recio, oscuro, largo, muy abocado; el fino, que se compenetra con el marisco y el dulce, que va bien a los postres. El mismo mosto de uva palomino, criado en Jerez da fino, y en Sanlúcar, manzanilla. Cosas de desarrollarse en mar o tierra adentro. A los reputados caldos hay que sumar los deliciosos brandies de la zona. El viajero aparcó en la plaza del Arenal y husmeó por sus alrededores, por la catedral, las iglesias, los palacetes, las casas patricias, los parques y alamedas, pero todo eso, con ser un tesoro, se puede ver en otros lugares. El viajero se sintió más atraído por lo que no puede verse más que en Jerez: a saber, su hermosa Cartuja, sus bodegas, su escuela de arte ecuestre. La Cartuja, monasterio de pasmosa belleza, con estupenda sillería del coro. Los cartujos, tan suyos, no permitían la entrada a las mujeres (la tentación va con ellas), ya en los albores del siglo XXI. Ahora lo han heredado monjas mucho más permisivas, algunas incluso francesas, que no hacen distingos. Las bodegas pueden visitarse cualquier día, pero el espectáculo de alta doma en el picadero-coliseo sólo se celebra los jueves y fiestas grandes. Luego la ciudad ofrece un largo etcétera de atractivos para visitantes de gustos muy concretos: es capital mayor del cante flamenco y un museo de relojes. LOS LLAMADOS PUEBLOS BLANCOS GADITANOS Desde Granada el viajero partió de Sevilla por la A 376 hacia Utrera, y desde allí hasta el cruce con la 384, torciendo hasta Olvera. OLVERA, tan hispánica, está en la falda de un peñasco sajado en dos para servir de podio al castillo y a la iglesia. También hay una discoteca gigante. Cuando la dura frontera tenía sus avanzadas en estas sierras, la justicia condonaba el delito de homicidio a cambio de servir al rey en Olvera, lo que originó el dicho Mata a un hombre y vete a Olvera. El castillo fue perla de la frontera nazarí, con su poderosa torre del homenaje, su misterioso subterráneo y su capaz aljibe. La iglesia de la Encarnación, voluminosa como si le echara un pulso al risco militar, es neoclásica y decimonónica, amplia y digna, de tres naves, y un poco destartalada. La construyó el duque de Osuna sin escatimar gastos, con mármoles italianos en el púlpito y en el altar mayor. Entre la iglesia y el castillo, entrando por una puerta que se confunde con las de las casas del entorno, se accede al antiguo cementerio. Uno tiene observado que en las viejas poblaciones los cementerios están en alto y son tan bonitos y soleados que da gusto pasear por ellos y conversar acaso con las viudas que cuidan la tumba del difunto. Como uno de los lugares que parió abundantes guerrilleros durante la Guerra de la Independencia, Olvera fue tratada por los franceses con el afecto correspondiente. El viajero continuó por la N 374 que atraviesa el Puerto de las Cabañas y luego tomó la desviación local a la izquierda, sin prisas y con pausas, disfrutando de la sierra. La carretera discurre por parajes montañosos, con vistas pintorescas, con curvas, e invita a detenerse alguna vez en frondas frecuentadas por venados, por zonas peñascosas donde creemos entrever la presencia huidiza de la cabra hispánica, por bosques apretados de encinas, alcornoques, pinos, incluso insólitos eucaliptos descolocados en estos hermosos paisajes, pero también por campos de olivar, vides y tierras calmas. Hay manantiales, arroyos, riachuelos que siempre llevan agua porque en estos montes llueve mucho y un cielo azul purísimo en el que dibujan su vuelo coronado los buitres y aveces las águilas. La aldea de EL GASTOR, otro balcón de Andalucía, la de los famosos roscos de huevo, la del dolmen llamado Sepulcro del Gigante, está rodeada de tierras quebradas, con caminos serpenteantes y recodos aptos para emboscada de trabucos. De cerca de allí era Diego del Gastor, original guitarrista flamenco, humilde y magnífico que puede verse en Youtube. El viajero siguió carretera amarilla, generosa de curvas para llegar a ZAHARA DE LA SIERRA, el enclave turístico de la región, una cresta rocosa en cuyo escarpe se levanta un castillo nazarí del siglo XIII con impresionante torre del homenaje, ya cristiana. El pueblo, blanco y diminuto, está a los pies de la peña, empequeñecido por tanta naturaleza desmesurada. En este pueblo el patronazgo está repartido entre San Judas y San Simón. Discurriendo por las calles inmaculadas el viajero encontró un zapatero remendón que desde el fondo de su covachuela cantaba: En el cielo no hay gobierno. Que San Juan tenía una novia y se la quitó San Pedro. Era ya hora de almorzar, y las muchas cuestas sumadas a las emociones espirituales y a los gozos estéticos habían abierto el apetito del paseante. En un céntrico bar, acomodado en mesa de formica, a la vera del mostrador de acero, el forastero dio cuenta de un especiado estofado de carne y un cuartillo de tintorro que mezcló con gaseosa aprovechando que su tío Pedro no estaba presente para reprocharle que hiciera de dos cosas buenas una mala. Hay en Zahara una iglesia de Santa María de la Mesa, del siglo XVIII, en la que se atesoran obras de orfebrería muy interesantes y meritorias. En los alrededores está la Garganta Verde, con su ermita, fronda deleitosa para encontrarse con la naturaleza, como se verá en su lugar. El viajero regresó a la carretera nacional para visitar ALGODONALES, en la falda de la sierra de Lijar. Este pueblo destaca por dos productos naturales y otros dos manufacturados. Los naturales son los espárragos y las manzanas; los manufacturados, las guitarras y las aceitunas aliñadas. Ya lo dice la copla: De Ronda los buenos peros, de Algodonales, manzanas, de las Indias, los dineros, de la sierra, las serranas. En la plaza mayor hay dos visitas inexcusables: las afamadas pastelerías y la iglesia barroca y colonial de Santa Ana. A la entrada del pueblo es conveniente pararse a beber en la Fuente Alta. Eso sí, no busque mucho antiguo, que los ilustrados gabachos lo quemaron casi por completo en 1811. Al general Sebastiani todavía lo proclaman de cabrón por estas serranías. Después de Algodonales, la carretera asciende suavemente y el paisaje se abronca encajonado entre las sierras de la Mota y de Santa Lucía. De la carretera N 375 sale la local a PUERTO SERRANO cuya patrona, María Magdalena, es titular de una iglesia de robustos pilares. Regresamos a la carretera nacional que lleva a VILLAMARTÍN a la orilla del Guadalete, pueblo abundoso de aguas y deslumbrante de cal si no la mitigaran los verdes tiestos y arboledas. Este pueblo tiene cuatro edificios notables: dos iglesias y dos edificios civiles. Las iglesias son la de las Virtudes, renacentista con retablos barrocos, y la de San Francisco, decimonónica con retablo rococó. Los palacios, el de los Ríos y el de Topete, en la calle del Santo. La carretera de Bornos discurre junto al pantano de ídem. Pasada la venta de la Alegría y el cerro del Calvario, el camino desciende hasta BORNOS, pantano con veleros, tierra de los nardos que vinieron de Méjico y tomaron carta de naturaleza en este pueblo más que en otros sitios. En las huertas de este pueblo se crían las mejores berzas del país. Aparte de las berzas, los espirituales y estetas pueden darse una vuelta por la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, púlpito insigne, bóveda poderosa; por el hospital de la Resurrección; por el convento de los Jerónimos; por el castillo-palacio de los Ribera, jardines con senderos minuciosamente empedrados y árboles potentes, decoradas ventanas en la sobriedad de los muros lisos. Siguiendo la carretera A 384, donde el pantano termina y se abre nuevamente el cauce del Guadalete, está ARCOS DE LA FRONTERA borbollón incesante de casas blancas saltando de peña en peña desde el borde mismo del abismo, pueblo asomado a un tajo vertiginoso que ha excavado el rio Guadalete, nido de águilas que domina los llanos de Majaceite, desde el nada visitable castillo de los duques de Arcos y el caserío, y que desciende suavemente por la parte opuesta y se asoma al lago donde un vaporcito de paletas se hace llamar Mississipi. Como llegaba nocturno y cansado, el viajero buscó posada, se aseó someramente y cenó un par de tapitas en la barra de un bar mientras el telediario le servía imágenes de destripados cadáveres que no miraba nadie. Luego se retiró a dormir. El visitante es respetuoso con las tradiciones locales y aunque no cree a puño cerrado que el Arca de Noé se posara sobre Arcos cuando se asentaron las aguas del diluvio, como algún erudito local defiende, tampoco quiere ponerlo en duda. Menos dudoso le parece sin embargo que este sea el pueblo más bonito de España o por lo menos el más bonito de Andalucía, como lo calificó Azorín, que de pueblos entendía mucho. Arcos es lugar propicio para los amores alegres y para las amistades tiernas. El viajero pasó el día en Arcos tan ricamente, callejeando y pagando visitas a sus catedralicias iglesias rivales: la de la Asunción, gótico-mudéjar y renacentista, fachada plateresca y coro barroco, torre poderosa que domina el paisaje, y la de San Pedro, gótico renacentista, hermoso retablo plateresco y buenas pinturas. Así como los habitantes de Constantinopla estaban enfrentados en dos bandos, los verdes y los azules, los de Arcos están divididos entre Santa María y San Pedro y esta rivalidad escinde familias y condiciona amistades. Santa María, por ser la parroquia más antigua, tenía derecho preferente a repicar campanas de misa mayor y a ocupar el altar mayor de San Pedro en las grandes ceremonias. Los de San Pedro, disconformes, conculcaban los derechos de la parroquia rival sonando sus campanas cuando les venía en gana e ignorando las preferencias del clero de Santa María. El conflicto se enconó hasta tal punto que en el siglo XVIII trascendió del tribunal episcopal y acabó en la Rota Romana. Doce años se demoró el fallo del Santo Padre, pero al final Roma reconoció los derechos adquiridos por Santa María y le revalidó sus títulos de Mayor, Matriz, Más Antigua, y Principal. Para que quedase memoria perdurable del fallo y los lugareños no volviesen a las andadas, el Papa les envió, para testimonio del pleito y del fallo, una imagen de Niño Jesús que cada día del Corpus sale en procesión vestido de procurador, con su tricornio, sus calzas, sus medias, su guerrera y su vara de mando. Los de San Pedro son testarudos, y sólo acatan el fallo pontificio a regañadientes y porque no hay más remedio, por eso han alterado la letra del Ave María para evitar favorecer a la parte contraria, que al enemigo ni agua, y rezan con gran devoción la herética salmodia: San Pedro, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores.... Los de San Pedro exhiben en su iglesia las momias de San Fructuoso y San Víctor; los de Santa María solamente tienen la de San Félix. En el alcázar de Arcos había una Torre de los Necios. El domingo de Resurrección los mozos del lugar corren el toro «del aleluya» por aquellas cuestas y angosturas. El viajero salió de Arcos, ya mediada la tarde, y tomó la carretera A 393 que lo llevó a ESPERA, entre suaves tierras de pan, de algodón y de remolacha pasada la sierra del Calvario. Dicen que el nombre de este pueblo procede de Hespero, un rey mítico que hizo construir una torre para observar el firmamento y tanto se dio a contemplar las estrellas que acabó convirtiéndose en un lucero, el véspero, o lucero de la tarde. Espera tiene un castillo, el de Tafetar, una poderosa torre del homenaje con tres estrellas cinceladas en la piedra y un impresionante aljibe. Hay también una ermita dondelos aborígenes veneran al Cristo de la Antigua. También son de mérito la iglesia de santa María de Gracia, y la Cilla o casa del diezmo. Ya se echaba la tarde cuando el viajero tomó la carretera hasta enlazar con la Nacional IV y luego la 394 que pasa junto al Palmar de Troya, transitoria sede papal, como se sabe, antes de llegar a Utrera y desembocar en la cómoda autovía de Granada. POR LA COSTA DE CADIZ Y GIBRALTAR El viajero durmió en Cádiz, al arrullo del mar, como Ulises, y madrugó para llegar a SAN FERNANDO, Isla del León, capitanía general de la Marina, arsenal, astillero, puerto. Es plaza marítima más que terrestre, que amanece mixta como una sirena y atardece como Afrodita, naciendo de espumas. La ciudad, que hoy frisa los cien mil habitantes, creció en el siglo XVIII, al son de fanfarria militar, cuando a Fernando VI, gran previsor, le dio por construir barcos de guerra para que a los ingleses no les faltara donde hacer blanco en la batalla de Trafalgar. Todo San Fernando se contiene en su Calle Real, Ayuntamiento neoclásico y Panteón de Marinos Ilustres, palacios decadentes convertidos en casas de vecinos, luminosa ciudad, limpia y enjabelgada dignidad que debe ser recorrida con gafas de sol, entre salinas, caños y esteros donde los aficionados atrapan a mano, como niño en bañera, sabrosos pescados. El viajero tomó nota de la aceptable fachada barroca y torres revestidas de cerámica azul de las iglesias de San Pedro y San Pablo, del Panteón de Marinos Ilustres y de la profusión barroca y los mármoles italianos de la iglesia del Carmen, antes de abandonar la ciudad no por la cómoda autovía sino por la antigua ruta que cruza el puente de Suazo (Zuazo en el ceceo local), esto es, piedras romanas donde rompieron remos las galeras en fuga cuando el asalto de los ingleses en 1596, pero del que no pasaron los gabachos del general Soult en 1808. Llegó el peregrino hasta CHICLANA DE LA FRONTERA, grandes ventanas de bellísimas rejas oscuras sobre muros blancos, ciudad turística atravesada por el río Iro, bella alameda fluvial, en la calle Olivo, y buenos vinos de pasto, entre ellos el de naranja, en la bodega El Sanatorio. Los abstemios gozaran las salutíferas aguas del balneario de la Fuente Amarga. Chiclana dista siete kilómetros de la Barrosa, extensa playa rodeada de urbanizaciones y más urbanizaciones, dos leguas de playa limpia y serena, la mejor del mundo cuando no sopla el levante, según dicen sus incondicionales. Allí está la isla del Castillo de Sancti Petri, isla soñadora donde los fenicios consagraron un templo a Hércules y donde el gaditano Falla se inspiró para su Atlántida. Aquí eran las almadrabas que tanto glosaba Cervantes. Las almadrabas son un arte de pesca de atún que se remonta por lo menos al siglo XIII. En primavera numerosas manadas de atunes atraviesan el estrecho de Gibraltar para desovar en las aguas cálidas del Mediterráneo. Los almadraberos les salían al encuentro con una barrera de redes dispuestas de tal manera que los atunes se iban quedando atrapados en corralizas cada vez más reducidas, entre cercos de barcas. Cuando el anillo se estrechaba al máximo, la concentración de atunes era tal que el mar bullía literalmente de ellos. Entonces los cazaban a hachazos y cuchilladas en una orgía de sangre que teñía de rojo el mar, y los iban izando a bordo, agonizantes, con ayuda de largos garfios. Hoy los atunes se capturan más industrialmente y se acabaron las almadrabas, se acabaron los atunes, casas despobladas, salazón en ruinas, muy apto para paseo melancólico con meditación sobre lo que fue y ya no es. El viajero desdeñó la cómoda autovía y prosiguió por la carretera N 340 paralela al mar, viéndolo a veces, dejando atrás CONIL DE LA FRONTERA en la desembocadura del río Salado, entre hermosos pinares y fértiles tierras de labor. Es una ciudad de raíces romanas, con vestigios del castillo de Guzmán el Bueno y una factoría atunera venida a menos. Hoy se dedica más a la pesca del turista, pubs, bares, hamburgueserías, discotecas playeras y finas arenas en Los Bateles, y Cabo Roche. La siguiente estación fue VEJER DE LA FRONTERA, antigua población cimentada sobre vestigios prehistóricos (dólmenes, tajo de las Figuras), fenicios, romanos, visigodos y árabes, hermoso pueblo blanco sobre un cerro, calles retorcidas y empinadas que a veces se abren lo suficiente para que una palmera arraigue entre las dos aceras y escale el pasadizo encalado en busca de sol y luz. Hay también patios vegetales y tiestos floridos en las ventanas enjalbegadas. Aquí se nos ofrece la historia prieta en los evocadores nombres de La Janda y Trafalgar. La Janda es una reseca llanura que fue laguna y que en años de mucha lluvia vuelve a espejear de someras aguas. Por allí parece que el rey visigodo Rodrigo se jugó la corona a una carta y la perdió, y así comenzó la dominación musulmana de España. El cabo Trafalgar, testigo marítimo de la falla de Majaceite, es el promontorio frente a cuyas costas se riñó la célebre batalla entre la armada hispanofrancesa y la británica el 21 de octubre de 1805. Los ingleses, mejores estrategas y más certeros artilleros, vencieron por goleada. Hay en Vejer tres iglesias, un convento, un castillo árabe, un recinto murado, y una Plaza de España, circular, con fuente de azulejos. En las fiestas del pueblo salen las tapadas, en traje adusto y misterioso, muy femenino, que con el único ojo que dejan asomar roban voluntades y encienden deseos. Al viajero, como es de tierra adentro, cuando está cerca del mar se le abren los apetitos, así que hizo su segundo desayuno en la venta la Barca de Vejer donde sirven acreditadas tostadas con manteca de lomo haciendo un corte de mangas al colesterol. Convenientemente fortalecido tomó la carretera del mar y fue a BARBATE, antiguo puerto romano, enclave para la pesca con almadraba hasta antes de ayer. Sus inmensas playas del Carmen y la Yerbabuena, son espléndidas cuando no sopla el Levante, infernales cuando sopla. En el parque natural denominado Pinar de Barbate el viajero encontró un bosque natural de pino piñonero con su poquito de enebros, de sabinas y de matorral mediterráneo. Alzó la vista en busca de águilas calzadas, culebreras, perdiceras, milanos negros y demás fauna feroz alada y no las vio, pero sí una turba de pequeñas avecillas en bandada de las que también por otoño y primavera sobrevuelan el estrecho de Gibraltar en su migración anual. Lástima, porque por allí pasan rapaces en cantidad en dichas temporadas migratorias. Al lado del cabo Trafalgar, tomando una carretera comarcal que discurre por parajes pintorescos, se llega a los Caños de Meca, una playa de tres kilómetros en cuyo extremo hay unos acantilados de ochenta metros de altura, frecuentados por gaviotas reidoras y garcillas bueyeras, desde los cuales, si el año ha sido lluvioso, se despeñan varios arroyuelos o caños. Sólo es accesible en bajamar. Hay además un manantial y sugerentes grutas muy a propósito para románticas exploraciones posteriores e incluso anteriores. El viajero prosiguió su camino por la N 340 y se desvió a la derecha, siete kilómetros, a Bolonia, pequeño enclave de veraneantes y pescadores donde yacen las ruinas de la ciudad romana Baelo Claudia, y su interesante museo. Luego prosiguió viaje hasta TARIFA, el extremo meridional de Europa, distante solamente catorce kilómetros de África misteriosa y cautivadora: desiertos, selvas, diamantes, hambrunas, jirafas, Islam rampante, mosca tse-tsé, gráciles negritas que cortejan al visitante con el lema de cadeau, cadeau... Desde el Mirador del Estrecho, a poca distancia de la ciudad, se ven cruzar los petroleros que entran y salen del Mediterráneo. El pasillo siempre ha estado concurridísimo. Sobre todo desde que se abrió Suez. Trescientos sesenta y cinco días al año, uno más si es bisiesto, sopla vendaval, unas veces de poniente y otras de levante. El viento se combina con las corrientes marinas que produce la confluencia del Atlántico con el Mediterráneo para hacerlas delicias de intrépidos navegantes eólicos llegados de todo el mundo para practicar el wind-surf en las playas de Bolonia, el Cañuelo y Valdevaqueros. El viajero no sabe cabalgar las olas que ya tiene dicho que es de tierra firme, baño de asiento en lebrillo mediado y martillo a mano por si acaso, así que se despidió del incómodo levante, viento que, además de molestar, loquea al personal, y buscó refugio en el Club Náutico cuya cocina encontró buena y honrada, sencilla y natural. El viajero se informó, por un cartel municipal, de los acontecimientos históricos más relevantes de esta ciudad; aquí la playa donde desembarcaron las pateras de Tariq, cargadas de inmigrantes, para iniciar la primera conquista musulmana de España; aquí el castillo desde cuyos muros Guzmán el Bueno arrojó el cuchillo: Si no hay acero en el campo ahí tenéis el mío, matad al niño, cruel morisma de mierda, que yo no pienso rendir el castillo. Para recuerdo de la gesta queda una torre octogonal, con una ventana tapiada desde la que se dice que Guzmán arrojó el puñal. El viajero visitó el interesante castillo califal. De la muralla que defendía a la población de los ataques piratas queda poco. Tiene una pintoresca puerta de Jerez abrumada de hiedra, y una Plaza del Ayuntamiento, húmedos muros salitrosos de edificios blancos de estilo morisco, musgo y verdín, jardines geométricos y palmeras. A las afueras de la ciudad han instalado parques de energía eólica. El curioso se detuvo a contemplar los molinos girando al soplo del levante, que parece cosa de una película de ciencia ficción y luego prosiguió su camino por la falda de la sierra de la Luna, donde la costa se nos va poniendo bravía y hasta hay que cruzar los puertos de montaña de El Bujeo y el Cabrito para llegar a Algeciras. ALGECIRAS, gran ciudad, gran puerto, antiguo nido de contrabandistas, hoy vado estival de las atestadas caravanas de la trashumancia magrebí que reparte el corazón entre la hogaza europea y una madrastra patria donde siempre es ayuno de Ramadán. Al viajero le gustaron el blanco y recoleto barrio de San Isidro, un pueblecito costero arraigado en la costra coriácea de la ciudad portuaria, y la fuente de azulejos de la Plaza Alta. El viajero sintió que estuviera lleno el vetusto, delicioso y bien ajardinado Reina Cristina y se alojó en un mediano hotel, cenó en un mediano restaurante, dio un mediano paseo nocturno, declinó el amable ofrecimiento de una dama peripatética que lo abordó en la calle y regresó a su posada para dormir de un tirón hasta las nueve de la madrugada. La mañana amaneció alegre con sol dorado sobre mar tranquila y el viajero prosiguió su viaje hacia Gibraltar pasando por San Roque y la Línea de la Concepción. GIBRALTAR ANDALUZ Una visita a Gibraltar bien compensaba la molestia de sacarse el pasaporte —hoy, con el Brexit, igual se vuelve a él—, más que por otra cosa por ver el curioso híbrido que ha resultado del dominio anglocabrón sobre un pueblo gaditano, y descubrir que los inteligentes indígenas han sabido aprovechar las ventajas que les aportaban sus colonizadores sin renunciar a su cultura autóctona. El peñón de Gibraltar es una península que por la parte que mira a tierra tiene un tremendo escarpe rocoso y por la opuesta baja en ladera hasta el mar. Aquí está el único semáforo del mundo que deja paso unas veces a los aviones y otras a los coches dado que la carretera atraviesa la pista del aeropuerto. La ciudad tiene unos treinta mil habitantes, en su mayoría pícaros llanitos de evidente origen español, aunque súbditos británicos desde que el peñón fue conquistado por Su Graciosa Majestad a Su Católica Majestad en 1704. Hay también indios, judíos y moros y una manada de monos que campan por sus respetos en las laderas del peñón, además de los ingleses de la guarnición y la administración. Hay iglesias de cuatro o cinco sectas cristianas, amén de sinagogas y mezquitas. El turista paseó por la Calle Mayor y casi única aquí llamada Main Street curioseando en los escaparates de joyerías, tiendas de sonido y de telefonía móvil, de vinos, de tabaco y de otros productos propios de los puertos francos. Luego entró en un pub inglés forrado de madera barnizada de oscuro y tomó una cerveza oscura con sabor a barniz. Después visitó el Museo para ver los cráneos de Neanderthal encontrados en la roca, y la gruta de San Miguel, con sus estalactitas y estalagmitas, donde a veces se dan conciertos o espectáculos de luz y sonido, y las galerías altas. La roca es un queso gruyere recorrido en todas direcciones por cincuenta kilómetros de galerías, que se dice pronto. Estas catacumbas fueron excavadas en distintas épocas para alojar los cuarteles, almacenes y polvorines de la guarnición y para habilitar troneras artilleras desde las que los cañones pudieran batir el istmo. Parte de estas galerías se ha transformado en un monumento vivo de la defensa de la roca cuando los españoles intentaron recuperarla en el Gran Sitio. Por cierto que en este asedio pereció uno de nuestros más brillantes escritores, José Cadalso. A pesar de esta sensible pérdida no se pudo reconquistar el peñón, la madre que los parió. Un funicular sube hasta lo alto, con parada intermedia. Los turistas de pantalón corto y camiseta pezonera desdeñan las soberbias vistas sobre la bahía y sólo buscan retratarse con los monos. La colonia simiesca de Gibraltar asciende a unos cien individuos, cada cual con su nombre y su número, todos en nómina de Su Graciosa Majestad, no vaya a resultar verdadera la leyenda que dice que cuando desaparezcan los monos el peñón regresará a manos españolas. En el monerío roquero se observan preocupantes tendencias humanas a saber: que se han escindido en dos colonias, una doméstica y otra silvestre, que a veces andan a la gresca por un quítame allá esas pajas; y que algunos individuos practican la mendicidad y el hurto descuidero. La cosa promete ir a más. Parece que recientemente se ha registrado un caso de palmada golosa sobre nalga opulenta de rozagante germánica. Es que van provocando, oiga, y los monos no somos de piedra. GRAZALEMA Y SUS SIERRAS No es mal amigo el que avisa, y el cronista advierte a sus lectores que este viaje no es recomendable para comodones ni flores de pitiminí. Vamos al parque natural de la Sierra de Grazalema, encabalgado entre Cádiz y Málaga, a las tierras bravas por donde el rebelde Omar Ibn Hafsun anduvo en armas contra el emirato de Córdoba y otros famosos guerrilleros acosaron a Napoleón, que venía a hacernos más felices. Las criaturas del asfalto que no sepan andar por los terrones, los que se marean en contacto con el aire puro e incontaminado, es mejor que permanezcan en la poltrona doméstica, frente al televisor, trasegando cerveza, fumando pestilentes nicotinas, y comiendo cacahuetes, gusanitos o cualesquiera otras porquerías. El itinerario que proponemos es para espíritus jóvenes, para amantes de la naturaleza, para forofos de lo auténtico, para fans de lo agreste, para incondicionales de la tortilla de patatas con hormigas, del alivio corporal tras el tapial ruinoso, de la siesta apacible bajo la encina con las bellotas clavadas en el quinto espacio intercostal, del revolcón conyugal bajo el propicio pino, sobre lecho de agujas. Equipo: provéase el viajero de botas flexibles y calcetines gruesos, incluso de bastón y cantimplora y, si los hubiere a mano, de brújula y prismáticos. Dispóngase a recorrer carreteras estrechas, preñadas de curvas, meros caminos ennegrecidos con somero baño de asfalto. Sepa que tendrá que andurrear por senderos y pedregales donde habita la víbora y el escorpión mora, peligrillos despreciables para el que está habituado a cruzar las rondas urbanas despreciando semáforos. El parque de Grazalema protege un especial ecosistema que integra bosque cerrado, dehesa, navas y alta montaña. En este bosque y matorral típicamente mediterráneos encontraremos encinar, alcornocal, quejigal y acebuchal además del endemismo del pinsapar. El pinsapo esuna conífera parecida al abeto, una interesante reliquia de los bosques que poblaban Europa en la era Terciaria. Entre las especies vegetales más menudas podemos encontrar una rupílcola almohadillada que se llama, poéticamente, «cojín de monja», plantas aromáticas, espárragos, setas y la amapola de Grazalema, con sus cuatro hojas gualdas. En este medio habitan cabras monteses, corzos, ciervos, muchos buitres leonados, algunas águilas reales y algún azor. En estos confines se pueden recoger hasta 2500 mm. anuales, la mayor media pluviométrica de España, superior incluso a la de Galicia y el Cantábrico. Con tan abundantes aportes en sus ríos pululan la sabrosa trucha y el suculento cangrejo. Desde Granada, por la autovía de Sevilla, con desviación en el puerto de Mataliebres, al norte de Antequera, se toma la carretera A 384 hasta Algodonales y allí la CA 9104 a GRAZALEMA o las locales de Zahara a Grazalema, dependiendo de los itinerarios que se quieran hacer por la sierra. Los principales itinerarios son los siguientes: 1. Itinerario pedestre PINSAPAR GRAZALEMA-BENAMAHOMA: Está cerrado en verano. Son unos 17 kilómetros que se recorren en cinco o seis horas. Comienza en el kilómetro 17 —cerca del puerto de Las Palomas, en la carretera Zahara a Grazalema—, y acaba en Benamahoma. Al principio es cuesta arriba hasta llegar al puerto de las Cumbres, entre pinos, encinas y matorral; luego desciende por el pinsapar. Con un poco de suerte, se verán azores, gavilanes e incluso águilas reales entre árboles centenarios de hasta treinta metros de altura. El recorrido termina en el manantial de Benamahoma donde el excursionista bebe agua golosamente y, si el paseo le supo a poco, puede iniciar el del Río el Bosque (nuestro itinerario número 2) que comienza allí mismo. 2. Itinerario RÍO EL BOSQUE, tiene cinco kilómetros de longitud, que pueden recorrerse cómodamente en unas dos horas y media, discurriendo por terreno suave. Es ideal para personas fondonas afectadas de tabaquismo y lastradas por el tejido adiposo, para traumatizados miembros de la asociación de teleadictos anónimos, para neocatecúmenos vegetarianos, para neoecologistas en proceso de reciclaje y para amantes de la naturaleza de toda la vida. El paseo se inicia junto a la depuradora de Benamahoma y discurre siempre cuesta abajo siguiendo el curso del río, por el fresco túnel vegetal, entre chopos, sauces, arbustos, helechos y ruinas de antiguos batanes. Se pueden escuchar, e incluso ver, gran cantidad de avecicas, mirlos, chochines, herrerillos, currucas. En las aguas alguna elusiva trucha, de las escapadas de la piscifactoría, alguna culebrilla sutil como un escalofrío, incluso alguna nutria descuidada. El itinerario acaba en la piscifactoría. 3. Este cronista se hubiera apuntado de buena gana a todos los itinerarios pero, dada su condición de guía para neófitos desentrenados, prefirió hacer el que ofrece mayor belleza a cambio de menor esfuerzo, es decir el del PUERTO DE LOS ACEBUCHES y dejar los más difíciles para sucesivas visitas. Son cuatro kilómetros de recorrido que pueden cubrirse cómodamente en hora y cuarto. El paseo comenzó en el kilómetro ocho de la carretera de Zahara a Grazalema, acabó en el valle del Revés, al pie del pinsapar o pinsapal, y luego regresó por el mismo camino. El cronista, que iba equipado como para un safari, había incluido en su equipo una utilísima guía de los árboles mediterráneos, auxiliar imprescindible para que los que sólo conocemos al olivo y a la palmera podamos trabar conocimiento de la rica representación del bosque y matorral mediterráneo: encinas, quejigos, algarrobos, sabinas, madroños, lentiscos y pinsapos. El visitante tuvo, por lo demás, mucha suerte puesto que le fue dado encontrar tímidos corzos y hasta fue sobrevolado por buitres. Andaba contemplando las evoluciones de estas imponentes criaturas del aire cuando pisó una deyección fresca, no sabe si de tejón, de meloncillo, de jineta o de zorro, dada la riqueza faunística de aquellas espesuras. A mitad de camino encontró el Cañón de los Ballesteros, donde abunda la ponzoñosa hierba ballestera que en la Edad Media se usaba para envenenar las flechas. Al llegar al valle tomó asiento bajo un quejigo, con el tronco de respaldo, cerca de la fuente de claras aguas, desenfundó la batería de bocadillos de jamón que traía prevenida y se sintió el hombre más feliz del mundo, mejorando lo leyente. 4. Itinerario LA GARGANTA VERDE: De enero a junio, periodo de reproducción del buitre leonado, se visita acompañado de guía oficial. El itinerario comienza en el kilómetro 7,5 de la carretera que asciende de Zahara, a Grazalema. El excursionista recorre dos kilómetros por terreno fácil, con alguna cuestecilla de resoplido que se dará por bien empleada por recorrer la Garganta Verde, un cañón tallado por la torrentera en la piedra caliza. Al comienzo del paseo hay una fuente de fresca agua fina, golosa. Luego se continúa entre algarrobos, lentiscos y palmitos, hasta llegar a la Garganta Verde. Una vez en ella, levantando la cabeza al cielo, que discurre arriba como un riachuelo, quizá veamos reñir a los buitres leonados con las águilas reales por cuestiones de lindes y cazaderos. En el lamido y pedregoso suelo de la garganta crecen algarrobos, adelfas y laureles, en sus paredes verticales matojos varios y bonsáis naturales, después de recorrido un buen trecho de súbito aparece, a la izquierda, una enorme oquedad llamada «de la ermita» a la izquierda, con sus estalactitas y estalagmitas. 5. Itinerario LLANOS Y SIMA DEL REPUBLICANO: comienza en Villaluenga y termina en la Sima. 6. Itinerario PINSAPAR DEL PUERTO DE LOS ACEBUCHES, con guía en verano, comienza en el kilómetro 8 de la carretera de Zahara a Grazalema. 7. Itinerario EL TORREÓN: Está cerrado en verano. Comienza en el kilómetro 44,5 de la carretera que va de El Bosque a Grazalema. 8. Itinerario SALTO DEL CABRERO: desde Benaocaz o desde el puerto de Boyar. Se puede recabar información complementaria en las Oficinas del Parque Natural instaladas en El Bosque y en Grazalema. GRAZALEMA, patria de José María el Tempranillo, es un pueblecito bellísimo y entrañable, recostado en una nava, en el regazo de la Sierra del Endrinal, cielos purísimos recortando cumbres grises de viva arista para que aniden las rapaces. Desde este propicio lugar, con aparcamiento frente al Ayuntamiento, se disfrutan espléndidas vistas de la sierra. En los siglos XVIII y XIX floreció aquí una pujante industria pañera, lo que se refleja en algunas lujosas mansiones de tres plantas, con ventanas y puertas adornadas con artística herrería. Esta industria está hoy decaída y el pueblo la va trocando por la explotación de sus bellezas naturales. Otros pocos kilómetros por la comarcal, con sus curvas y sus cuestas, y avistamos VILLALUENGA DEL ROSARIO aldea mínima colgada en la falda de una montaña de roca gris salpicada de alcornoques. Caso único en el mundo, tiene un cementerio con campanario: es que el camposanto se acomodó en la nave de la iglesia parroquial, incendiada por las tropas napoleónicas. Además hay una irregular placita de toros con el graderío y los toriles tallados en la roca viva. Más interesantes si cabe son sus tortas de chicharrones. En Villaluenga hay un sistema de abastecimiento de aguas que data de los romanos. El 18 de julio, se corre el toro de la cuerda, corrido por mozos propios y forasteros que prueban su valor agarrando la cuerda que lleva atada al testuz mientras los espectadores, en el salvo de los burladeros, se regocijan con el vario suceso y alguna mano tonta echa su copo en el estrujón colectivo. Desde Grazalema se puede tomar la carretera a Ronda con desviación a Montejaque para visitar la interesante Cueva de la Pileta. También se puede ir de excursión al manantial de El Descansadero, chorro de agua muy suyo, maravilla de la naturaleza que se seca en invierno y corre en verano. Tomamos la carretera hasta EL BOSQUE, aldea así llamada con toda razón a causa de los más de cincuentamil pinos que la circundan. Tiene además dos ríos y siete arroyos, algunos con nombres tan peregrinos como Barranco del Santón y Padre Beneficiado. Este es el pueblo de las fuentes de agua cristalina y fresca, de la piscina sin cloro. Por la carretera se deja a la izquierda el castillo de Aznalmara, reconstruido por los franceses en 1808, caso único en los anales de la Guerra de la Independencia pues los gabachos fueron mucho más aficionados a volar castillos que a recomponerlos. A la derecha dejamos una piscifactoría. Proceda el conductor con cuidado al transitar por estos parajes y si de pronto se le viene encima un extraño artilugio de lona y varas, como sombrilla, con dos patas colgantes que se agitan como en telele, no se inquiete ni se crea visitado por ovnis: es que en las proximidades hay una pista de ala delta, y son aires transitados por chiflados en sus locos cacharros. UBRIQUE casas blancas en calles empinadas, está en la falda de un monte que por algo se llamará El Calvario, carretera serpenteante, bosquecillos de quejigos y alcornoques, huertecillas, naturaleza rozagante, casitas de veraneo, algunas pretenciosas y horteras, otras blancas y humildes, auténticas; alegres arroyuelos de cantarinas aguas, alguna que otra bolsa de basura arrojada desde el coche por la culta ciudadanía. Ubrique tiene fama por su industria de marroquinería pero el turista mercantil, el acaparador de gangas, suele salir chasqueado. Para gangas debe viajar al Magreb en cuyos zocos podrá adquirir, por cuatro chavos, variados artículos de pestosa badanilla con los que atufar los armarios. Aquí la gente sabe vender sus productos, goza de saneados ingresos y, aunque se desloma trabajando, también sabe divertirse. —Dos gustos tiene el dinero —catequizó un tabernero al viajero—, el primero ganarlo y el segundo gastarlo. Si lo guardas se te pudre y te pudre por dentro. ¡Que ruede, que traiga y lleve la vida! Aparte de industrias de cuero, hay una iglesia antigua que ha sido reconvertida en biblioteca pública y un convento de Capuchinos. Por cierto que Ubrique, como Algodonales, también se resistió a las bondades del afamado código napoleónico y fue amablemente amonestado con el incendio del pueblo y el asesinato de todos los paisanos que pudieron agarrar los gabachos. Por la A 2302, a un paso de Ubrique, por terreno pedregoso, malo para el pan, suficiente para las ovejas y las cabras, el viajero pasó las ruinas romanas de Ocurri y encontró BENAOCAZ, quinientos habitantes o poco más y una fuente de cuatro caños que necesitaría cuatro cañones para echar de sí toda la salud que le da la sierra. Benaocaz produce, además, mujeres valientes y chacinas prietas que no sabe uno a qué gusto quedarse. Dice el refrán «En Banaocaz, la hembra lo más» al parecer porque sus mujeres hicieron colecta de joyas y preseas y ofrecieron el tesorillo a Isabel la Católica para ayuda en la guerra de Granada. Los serranos son, por lo que tiene observado el viajero, esforzados y hospitalarios. En la sobrada iglesia, alzada sobre cimientos de mezquita, tiene urna y altar el patrón San Blas. El santo, que en otros lugares menos civilizados limita sus virtudes a los males de garganta, ha extendido en Benaocaz su jurisdicción a todo el aparato digestivo y particularmente al agradecido estómago. En su fiesta los devotos lo adornan profusamente con palmas de jamón serrano, con guirnaldas de morcillas y chorizo en ristra y lo alumbra con cirios de lomo embuchado y velas de salchichón. También es gente golosa de gachas dulces o saladas. Y no digamos del recientemente ensalzado queso payoyo, de aquella zona. De aquí, puenteando sobre la fina cola de lagartija del pantano de Montejaque, el viajero regresó a EL BOSQUE y tomó, ya anocheciendo, la carretera amarilla de PRADO DEL REY villa de colonización fundada por Carlos III, hermana de las de la Sierra Morena jiennense y de las de la campiña entre sevillana. Como era tiempo de vendimia mercó un par de kilos de pajarete, variedad de uva de finísimo sabor, y fue pizcando, como el ciego de El Lazarillo, de dos en dos, en el camino de regreso, por la carretera A 384, enhebrando pueblos dormidos, Algodonales, Olvera y Campillos, antes de desembocar en la autovía de Granada. LOS PUEBLOS CON APELLIDO El viajero había reservado el siete de diciembre, puente de la Inmaculada, para visitar una región montuosa que fue provincia del emirato de Córdoba y es hoy prolongación gaditana de las serranías rondeñas, con sus bosques, dehesas, monte bajo, ríos, arroyos y pantanos. Las carreteras tienen muchas curvas pero los pueblos son realmente hermosos y la tierra es un verdadero paraíso para los amantes de la naturaleza, para los aficionados a los castillos y para los escopeteros que gustan de disparar contra la inquieta perdiz o contra el asustadizo ciervo. Alegre esa cara el lector ecologista incruento, que también podrá contemplar pacíficos toros bravos tras la protección de alambre espinoso de sus dehesas. Además de las reservas cinegéticas hay una docena de ríos, lagos y pantanos muy aptos para la captura con caña. A Jimena de la Frontera, nuestro primer objetivo, se llega por la carretera A 369 que sale de Ronda y atraviesa montes poblados de alcornoques y quejigos dejando atrás Alpandeire, el empinado pueblecito de fray Leopoldo. El paisaje es variado e incluye un desierto rocoso y el Puerto de las Encinas Borrachas (sic) a mil metros de altura. Después el camino corre paralelo, pero manteniendo las distancias, al curso del río Guadiaro y atraviesa pueblos pintorescos. En el de Atajate el viajero se detuvo a ver el antiguo lavadero, todavía en uso, donde según reza el cartel, «está prohibido arrojar objetos al pozancón bajo multa». En el de Gaucín vio, de lejos, el castillo, aspillerado para fusilería por los franceses. Se conoce que se fiaban poco del paisanaje. En JIMENA DE LA FRONTERA, era de día de mercadillo y el visitante no encontró las buenas naranjas de San Martín del Tesorillo, que ya estaban vendidas, pero mercó medio saco de exquisitos cardillos (también llamados tagarninas) que la sierra los cría robustos y jugosos para freír con magrillas y huevos revueltos. Jimena es un pueblo blanco y pequeño que se desparrama por la mansa cuesta del cerro de San Cristóbal en cuya cúspide perduran todavía consistentes ruinas del castillo nazarí. Todo el que ha sido algo en la historia del mediterráneo, ha dejado su huella en Jimena: fenicios, romanos, bizantinos, árabes... En los tiempos de la Reconquista, Jimena era alcazaba, es decir, un redondo cinturón de murallas con la fuerte hebilla del castillo, todo ello abrazando al barrio aristocrático y comercial. Afuera quedaba el arrabal, habitado por artesanos y gente de inferior condición. El visitante tiene por costumbre comenzar las visitas por lo más alto. Al castillo de Jimena se accede por una puerta de doble arco de herradura. Dentro hay un abierto patio de armas ocupado por el cementerio del pueblo, una torre del homenaje cristiana, cilíndrica, y espaciosos aljibes moriscos. Esto de que en muchos pueblos el cementerio esté dentro del castillo es, a lo que parece, una norma del siglo XIX, cuando las epidemias de cólera obligaron a los municipios a no enterrar más en iglesias y habilitar cementerios suplementarios en terrenos del procomún. Cerca de la fortaleza encontramos las bellas ruinas góticas de la iglesia de la Misericordia, de cuyo pasado esplendor da todavía testimonio un notable artesonado mudéjar. La iglesia del pueblo es hoy la de Santa María Coronada, del siglo XVII, amplia, blanca y dotada de poderoso campanario. El viajero se dio un paseo por la calle Velasco admirando las casonas señoriales con hermosos balcones y cumplidas rejas de forja. Nuevamente carretera y manta, por la A 405 para ir a CASTELLAR DE LA FRONTERA, en lo más áspero de la serranía moteada de alcornoques y robles. Este pueblo sería mundialmente famoso si estuviera en Francia, pero como está en Andalucía sólo lo conocen unos miles de españolesy otros miles de alemanes y holandeses, algunos de los cuales se han refugiado en él huyendo del consumismo y del trabajo contra reloj de sus países de origen. Una moderna guía asegura que Castellar es pueblo de increíble belleza, adornada con ribetes misteriosos inherentes a su carácter medieval. El viajero no supo sustraerse a este reclamo. Ni siquiera lo detuvo la pavorosa visión de la cuesta que hay que subir para ascender al cerrete de arenisca sobre el que se asienta el lugar, todo el castillo nazarí, con sus miradores al norte que le dan aire de Alhambra bravía y rural. En Castellar hay que distinguir el viejo y el nuevo. El viejo estaba en una posición tan incómoda que en 1971 decidieron hacerlo nuevo, con sus casas blancas, su ayuntamiento, su iglesia y su plaza, en un lugar más llano, a ocho kilómetros de distancia. El viajero lo visitó y no le pareció feo. Al regreso paró en una gasolinera a repostar y allí trabó conocimiento con un habitante del Castellar nuevo. —¿Y ustedes están contentos con el cambio? —Hombre, ganar se ha ganado; pero también se han perdido cosas, que en el pueblo viejo se disfrutaba de mejores aires, y a las muchachas, la subida de las cuestas les reafirmaba el culo… El turista, particularmente si es romántico y aficionado a soledades, a empedrados donde crece la hierba, a postigos que golpean rítmicamente movidos por el viento, a muros carcomidos, al silencio y a la soledad, debe dirigirse, naturalmente al pueblo viejo, donde sólo habitan unas pocas familias que se negaron a trasladarse al nuevo y los mentados nórdicos. Es un melancólico y abandonado amasijo de callejas angostas, tortuosas, con mínimas casitas agrupadas en torno al ruinoso castillo y abrazadas por un cinturón de murallas cuya puerta hasta hace algunos años se cerraba todas las noches como en plena Edad Media. El otro atractivo de Castellar es su zona forestal de la Almoraima, bosque y monte bajo, a cuya estupenda reserva cinegética acuden desde los más distantes lugares de la península intrépidos rambos de plumita en la verde montera para tirotear un amplio abanico faunístico: ciervos, corzos, gamos, venados, cabra montés, liebre, conejo, tórtola, perdiz, paloma, gorrioncillo... Hay un hotel en un antiguo convento de carmelitas descalzos. Prosiguiendo por la carretera comarcal se desemboca en la autovía que va de san Roque a Algeciras y tomando la dirección Cádiz se llega a Los Barrios. LOS BARRIOS, más de veinte mil habitantes descendientes de los gibraltareños fugitivos cuando los ingleses tomaron el Peñón, está en una hondonada, a un paseo del mar, pero vive de espaldas a él, deja la pesca a los otros pueblos y se dedica al no menos azaroso menester de la agricultura. Es un pueblo blanco que si en algo se distingue de sus vecinos es en que aquí se decoran con palmas y dibujos los antepechos de las ventanas. En la calle del Santísimo enseñaron al viajero la Casa de las Doncellas, donde se recluyeron las mozas del pueblo cuando las tropas de Napoleón ocuparon el pueblo. Sabido es que los verriondos gabachos apreciaban grandemente el género hispano, como atestigua la Carmen de Merimé. En la coquetuela plaza del pueblo, el visitante trabó conocimiento y conversación con un jubilado que tomaba el solecico y que por las trazas debía haber sido maestro de escuela o empleado de banca. —Sepa usted que esta es la patria del ilustre prócer don José González de la Vega, uno de los artífices del derrocamiento de Isabel II, el hombre bajo cuyo égida como presidente de la Diputación Provincial, se construyó el Puente de Hierro. ¿Lo ha visto usted? —¿Pero vive todavía ese señor? —No, hombre; que parece usted tonto. Me refiero al puente. —Pues no. —Es cosa digna de ver. El viajero no vio el puente ni el castillo de Ojén con su ermita de San Pedro de Alcántara, que todo le caía a trasmano, pero admiró la iglesia de San Isidro, del siglo XVIII. Luego, prosiguiendo carretera, se detuvo a almorzar en la venta El Frenazo, a las afueras y como el mar está cerca le apeteció pescado si lo tienen ustedes fresco. Fresquísimo, como que lo acabamos de descongelar. En ese caso traígame usted esos callos con garbanzos del menú que tengo el estómago delicado y no sé si me sentará bien la merluza. Por carretera montuosa, boscosa, con el Puerto de la Cebada lamido por el pantano de Charco Redondo, rico en peces y pescadores, llegó el explorador a su siguiente destino: Alcalá de los Gazules. ALCALÁ DE LOS GAZULES, el corazón serrano y bello de Cádiz, es la antigua Asta Regia, gran capital de los turdetanos, un pueblo poderoso y sabio, y la romana Lascuta. Esta es la Muy Noble, Muy Leal y Muy Ilustre patria de Pedro Murabal, obispo de Jaén, y de Fernando Casas, primer médico que escribió sobre el cólera. Los naturales de este pueblo son gente de pelo en pecho, aunque de buen carácter, y hospitalarios. Los franceses, desconfiados, les volaron el castillo. En 1868 se proclamaron república federal. Además de un puñado de esclarecidos ciudadanos, actual orgullo de la política autonómica, el pueblo produce buenos pastos y abundante caza. La agricultura es nada más que regular, aunque por aguas no falta. La fuente romana, al pie del pueblo, da fe de ello. Al visitante le gustaron la iglesia de San Jorge de antiguedad indeterminada, en lo alto del pueblo, y la Puerta y arco del Sol, con balcón corrido y galería superior, en la antigua muralla. A cinco kilómetros de la población, en la dehesa del Torero, hay un peñón piramidal llamado del Infante, muy escrito, donde se dice que está la sepultura de Fernán González. En su término está el parque natural El Picacho, centro de estudios ecológicos y albergue. Prosiguiendo por la nueva autovía 381, se llega a la privilegiada reina de las sierras y de las campiñas, a Medina Sidonia. MEDINA SIDONIA, es además de pueblo, el famoso título ducal de los Guzmanes hasta las Cortes de Cádiz, cuyas posesiones se extendían por Huelva, Sevilla y Cádiz. El duque de Medina Sidonia era tan poderoso como un rey, y desde luego más rico que el rey de España. Baste decir que incluso estuvo tentado de descubrir América por su cuenta cuando apadrinó a Colón. Medina Sidonia es un pueblo que lo tiene todo: trece mil habitantes, feraz agricultura, excelente cabaña ganadera y caza abundante. No en vano se establecieron aquí los fenicios de Sidón después de tantear por todo el Mediterráneo quizá engolosinados por los riquísimos alfajores que expenden en la confitería de la plaza. Detrás de los fenicios llegaron, con la misma común opinión, los romanos, los visigodos y hasta los bizantinos. El caserío y las recientemente excavadas ruinas del castillo están situados sobre cerro de trescientos metros rodeado de fértiles llanuras. Las calles son estrechas y pinas, en los barrios populares hay hileras parejas de casitas encaladas, con tiestos floridos en las ventanas. En las calles principales se ven edificios de mucho fuste y solera, ninguno como el palacio de los Duques, con sus patios de piedra y sus brocales de una sola pieza. El viajero anduvo por las galerías romanas y admiró un gran trozo de calzada también romana, recién recuperada y protegida, en medio del pueblo. Asombra la amplitud y solidez con la que construían aquellos ingenieros. De la antigua muralla se conservan tres puertas: las del Arco de Belén, la Puerta del Sol y la de la Pastora. Partiendo de esta última el visitante callejeó por las calles Cuna y Desconsuelo hasta la iglesia de Santa María de la Coronada, gótica, con hermoso retablo mayor renacentista. En la plaza, bajo la pared encalada del reloj de sol, había reunión de comadres de toda edad, que comentaban animadamente las desavenencias de sus héroes televisivos y las del pueblo. El viajero hizo noche en Medina Sidonia y al día siguiente tomó la carretera de Vejer de la Frontera para visitar la Ermita de los Santos, sobre templo visigodo del siglo VII, a poco más de un kilómetro del cruce del Ventorrillo del Carbón. Tomando la carretera comarcal que sale a laizquierda se puede ir a la antigua pedanía de Benalup de Sidonia, tres mil habitantes, la famosa Casas Viejas de la insurrección anarquista en 1934, durante la Segunda República. Todavía se está discutiendo si el presidente Manuel Azaña ordenó o no a los civiles y a los de Asalto que la reprimieran con «tiros a la barriga». De todo aquello no quedan recuerdos materiales, que este pueblo nuestro prefiere, para bien y para mal, vivir de espaldas a su historia, salvo para molestar. Hay muchas antenas de televisión y una moderna gasolinera. Si de algo vale la visita es por curiosear en pinturas rupestres en el Tajo de las Figuras, junto a la Laguna de la Janda, que está en sus proximidades. Se puede uno también asomar a las ruinas del castillo de Ben Alupo, fuerte torreón central, en un valle amenísimo, cobijando unas escuelas abandonadas. También hay ruinas en el lugar del Cuervo, construcción de la orden de los ermitaños. Después de estas visitas el viajero volvió sobre sus pasos y atravesó nuevamente Medina Sidonia para ir a Paterna de la Rivera, en la A 389. En los términos de PATERNA DE RIVERA se crían tres delicias de la buena mesa: el rabo del toro bravo, que por allí abunda, el caracol y el recio y aromático espárrago triguero. En la plaza del pueblo, haciendo hora para almorzar, el visitante admiró la bella iglesia de Virgen de la Inhiesta. No lejos del pueblo está el castillo de Gigonza. El viajero, que procura instruirse antes de meterse en carretera, había hallado el cogollo etimológico de este topónimo en una guía: Para Adolfo de Castro el nombre Gigonza procedería de «cha» (vino) y «gonza» (sombrero), que citando al Padre Guadix tendría un valor metafórico de «luto, tribulación, angustia» tomado en el sentido de «aquí lutos, tribulación o angustia» posiblemente por algún acto luctuoso que allí se produciría. Amedrentado por estas conclusiones, el viajero no se atrevió a visitarlo, por si acaso. ALMERÍA Francisco Núñez Roldán Quizá la provincia más esquinada y preterida de Andalucía. A ella hay que ir a propósito. Nada de cruzarla de paso, camino de Portugal, de África o de donde sea, como a las otras hermanas. Es lugar propio que no admite más destino que el que empieza y acaba en ella. La provincia con mayor renta de la comunidad, por cierto. La que tiene gracias a la barrera penibética el peor clima. Y menos agua, pero la que más provecho ha sabido sacar de ella. La menos subvencionada y más trabajadora. La que hizo que por poco se quedase Andalucía sin autonomía preferente, si alguien puede explicarle al viajero para qué ha servido ese privilegio a quien no esté apesebrado. De estarlo, no hay nada que hablar, que todo serán loas a lo políticamente correcto, a la democracia que nos rebosa y al ya verás qué prontito salimos de la cola de las regiones de España (perdón de este país). El viajero quizá venga de Madrid o de cualquier otra parte de Andalucía. De todos modos pasará por Granada, que se supone ya conoce. Luego tira por la A 92, autovía que une una punta de Andalucía con la otra, es decir, desde Huelva hasta Almería. Pasará por Guadix y luego, en la bifurcación, no hará caso de la A 92N, que le lleva al norte almeriense y Murcia. El viajero seguirá por la antedicha, y enseguida se verá entre montañas a uno y otro lado, porque si a la derecha tiene Sierra Nevada, que va descendiendo en altura, por la izquierda tiene la sierra de Baza que se mantiene en altitudes y da en llamarse los Filabres sin apenas perder pulso orogénico. Son tierras duras, secas. No en vano el régimen pluvial preferente en esta zona de la península es de oeste a este y la barrera de Sierra Nevada ya decimos que bloquea un tanto a las nubes que vienen de poniente. Si la tierra girase hacia el otro lado cantaría un gallo muy distinto. El viajador —podría existir la palabra—, dejará a un lado Fiñana, con un archirestaurado castillo nazarita al que puede subir si se desvía un poco de la ruta y visita el lugar. Tiene escaleras y plataforma hasta la misma azotea del conjunto. Luego saldrá del pueblo, seguirá la autovía y dará en Gérgal, cuyo castillo, cristiano lo que queda de él, está en mucho mejores condiciones de habitabilidad. Tanto, que es utilizado como vivienda y no se visita, aunque el aspecto exterior da ya bastante idea. Ahora, la autovía vira hacia el sur, tras haberse unido a ella la N 340, que viene del poniente almeriense y del sur de Murcia. Pero antes de llegar a la ciudad, y ya a la vista de ella, el viajero va a hacernos el favor de desviarse en el km. 382 hacia la llamada Necrópolis de los Millares. Lo de necrópolis es porque lo primero que se vieron allí fueron tumbas. En montículos. Era lo más espectacular del poblado, arrasado casi por completo por los hombres y el tiempo. Por cierto, que el lugar se descubrió al hacer las obras del tren. Algo así como la trinchera de Atapuerca. Ventajas añadidas del ferrocarril, al que por cierto es muy aficionado el viajero. Ah, y no se crea el lector eso de que el coche es mejor que el tren porque paras donde quieres, etc. Luego, no se para uno NUNCA para ver nada. De cada cien viajes, noventa y nueve tienen la salida y la meta inamovibles, ¿o no? Los Millares es, decimos, mucho más que una necrópolis. De hecho ha dado el nombre a una cultura llamada de los Millares, que fue, siglo arriba, siglo abajo, desde el 3400 al 2200 antes de nuestra era. Mil doscientos años en los que la gente de allí pensaría que aquello iba a durar siempre. Como nos pasa a nosotros, y a lo mejor nos espantábamos de ver muchas de nuestras ciudades dentro de un milenio. Mejor no. Los Millares coincidieron con la cultura del cobre, que para eso tenían las minas cerca, aparte de un clima al parecer más suave y con más lluvias que hacían navegable el río Andarax. Además parece que comprensiblemente fueron influidos —influenciados, dicen los cursis—, por Oriente o por África. El caso es que vale la pena recorrer lo visitable que se pueda en el momento que se llegue, porque el lugar está en excavación continua y luego hay que consolidar y proteger lo descubierto. Si no, se da algo muy frecuente y temido en la arqueología, y es la ruina de la ruina, razón por la cual existen lugares que a sabiendas no se sacan a la luz, a la espera de mejores perspectivas de conservación de las que se tienen a mano. Realmente impresiona que a cinco milenios de distancia se den ya los tipos de murallas y torres que flanquean el recorrido, realmente iguales a, por ejemplo, las murallas románicas de Ávila, aunque con sillería menos escuadrada, y más bajitas, al menos ahora, que en su momento debieron tener de seis a ocho metros de altura, según se deduce proporcionalmente de su grosor. Se asombra también el viajero ante las anchas torres abaluartadas que defienden ambos lados de la puerta principal, y que con sus saeteras y muros inclinados casi parecen blocaos de la segunda guerra mundial. De todos modos, la visión de un conjunto en el que se calcula que no vivirían más de mil quinientas criaturas da que pensar sobre las condiciones de desconfianza hacia el vecino que, con razón o sin ella, siempre ha tenido ese bípedo territorial que se llama ser humano. Los Millares ha dado gran botín arqueológico, información sobre usos, costumbres, cerámica, organización social y jerarquías, que se ve que esas siempre las hubo, según los ajuares y sistemas de enterramiento. Lo que está en discusión es cómo y por qué se abandonó el lugar. La verdad es que cuando se ve la catadura de las potentes murallas que rodean el poblado se piensa en desconfianzas, ya decía, en conflictos con el vecino que podían materializarse, como quizá fue, en forma de invasión, saqueo y degollina. El viajero, a todo esto, muerto de sed por el húmedo calor reinante, bebe de la botella de agua que lleva a cuestas, discretamente guardada en su mochila, y no como los guiris o sus memos imitadores hispanos, que últimamente la sacan en la mano a pasear por cualquier parte, luciéndola sobre todo por la ciudad, en un paísdonde —quizá los extranjeros no lo saben, pero nosotros sí —, en cualquier bar le dan a uno la caridad de un vasito de agua, y si no, no pasa nada por estar dos horas sin beber. Hablando de aguas, el turista recuerda que antes de llegar a Almería ha reservado un par de días en el cercano, cercanísimo balneario de Sierra Alhamilla. En esta caso un paquete anti estress, que le llaman. Y tras los Millares vuelve a la autovía para salirse un poquito más abajo, en el punto 387, y tirar por la AL 3100, aún más cerca de Almería, que casi se toca y desde luego se ve. Pero quedamos en que van a ser dos días en el vetusto y encantador edificio del balneario, con su pensión completa. Allí tomará los baños como un senador romano, por más que en la propaganda del lugar insista en que va a sentirse como un árabe. En fin, como un árabe que va a beber vino y comer marranito, va a ver mujeres sin velo y estará rodeado de parejas más o menos monógamas. Lo dicho. Mucho más le recuerda a Roma que a Riad o La Meca. En el balneario, el viajero podrá pasear por el campo, y tanto si lleva vehículo campestre como carreteril, tiene la opción de moverse por alguna de las abundantes ramblas que hacen de pistas entre secarral y palmerales, con un paisaje realmente africano que se comprende haya servido para películas que sitúan su acción en ese continente. Las ramblas almerienses, las mediterráneas en general, están absolutamente secas y polvorientas todo el año, menos unos pocos días de tormentas de primavera u otoño. En esos días no se le ocurra al viajero ir por una de ellas confiando en la doble tracción, en la altura del coche o en lo que sea, si no quiere protagonizar la sección de sucesos del telediario, que siempre hay algún imprudente que lo consigue. Tras los días en el balneario, el viajero baja a Almería, una de cuyas ramblas, por cierto, la principal, ha sido abovedada para hacer de ella un estupendo paseo. Almería era un discreto lugar pesquero hasta que en siglo X Abderramán III, el fundador del califato, hace de ella un puerto con atarazanas, esto es, astilleros, y manda construir una fortaleza en el cerro principal que se conserva, con las obras y añadidos cristianos correspondientes. El viajero, amante de los viejos pedruscos, ya se sabe, se da el paseo cuesta arriba y visita el impresionante y complejo lugar. Un terremoto la dañó bastante en 1522 — el oriente español es zona sísmica—, y hubo luego que repararla por aquello de las sublevaciones moriscas y los ataques de piratas de la Berbería, frecuentemente conchabados con sus hermanos de religión en cuanto a información de puntos débiles y movimientos de los atajadores de costa, el cuerpo de caballería ligera encargado de la vigilancia del litoral. El viajero recuerda un poema del almeriense Ben Safar Al-Marini, autor del siglo XII, en aquella clásica traducción de Emilio García Gómez, que decía: ¡Valle de Almería, haga Dios que jamás me vea privado de ti! Cuando te veo, vibro como vibra al ser blandida una espada de la India… Lo de la espada de la India es una metáfora muy recurrente en la poesía arábiga, como el ritmo de los pasos del camello, los ojos de gacela de la mujer, y algunas más. El viajero sabe que la ciudad fue culta e industriosa en la época de los reyes de taifas, por más que el urbanismo actual más parecido al de aquel tiempo sea el del barrio de la Chanca, cantado por Juan Goytisolo como un lugar ejemplo de tipismo en el que por supuesto no se le ocurrió residir. Recientes excavaciones han recuperado algunas casas islámicas, con la ventaja de que al estar en zonas de gran inclinación, se han salvado amplios lienzos de muro y servicios, de la parte vertical de la casa apoyada en el monte. En general, hoy día la Chanca sigue siendo un barrio empinado de callejas revueltas, no todas con salida, en el cual abunda la población de etnia aceitunada e inmigrante musulmana, que seguramente se encuentra muy a su sabor en un urbanismo similar al de sus países de origen, con la ventaja de haberse encontrado con una serie de servicios sociales considerablemente mejores. El viajero pasea por el lugar y a veces le parece que ha cruzado el estrecho y deambula por alguna población del Magreb. Pero la ciudad de Almería floreció también más tarde en siglo XIX cuando fue puerto de salida para el mineral de hierro. El modernismo dejó su huella en casas y decoración, y sobre todo ha quedado una impresionante muestra de arqueología industrial: el llamado Cable inglés, que era por donde el mineral del interior llegaba hasta las mismas bodegas de los barcos, para optimizar el transporte. Lo construyó The Alquife Mines and Railway Company Limited. Mira por dónde, se dice el viajero, las minas cuyo polvo de hierro fue enrojeciendo el patio de mármol del castillo de La Calahorra, muy cercano a las extracciones. El cable es una larga estructura metálica elevada, hecha a principios del siglo XX, y ya como el inmóvil esqueleto rojizo de una enorme y larguísima serpiente que llegara hasta el mar desde el monte, atravesando la ciudad, sin más uso hoy que documentar una prosperidad pretérita, mientras la actual viene sobre todo de los cultivos en invernaderos que cubren medio suelo de la provincia. Iglesias y monumentos aparte, el viajero ha quedado encantado con el nuevo museo arqueológico, y en él sobre todo la gran maqueta con el corte estratigráfico que reproduce tiempos y hallazgos en los diferentes niveles del suelo. Tras el paseo por la simpática y próspera ciudad, el viajero ha ido a un restaurante cercano al puerto. Pescado a la plancha esta vez, que en el balneario ha habido ciertos excesos, no suficientemente compensados con el ejercicio físico. Y antes del plato de pescado, acompañado todo con un vino blanco, seco, de la provincia, el trotamundos se ha obsequiado con algo que piensa disfrutar donde pueda en todo su periplo almeriense: la gamba roja de Garrucha, uno de los crustáceos más exquisitos que ha probado, y cuyo sabor le va a compensar, espera, por la indudable subida de ácido úrico que se le viene encima. A ver, desde la última escena de la película Con faldas y a loco sabemos que nadie es perfecto. No iba a serlo la gamba de Garrucha. DE ALMERÍA A NUEVA YORK El viajero está ahora en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Pero está a la vez, desgraciadamente, en Almería. Ya le gustaría que todo ello fuera una broma literaria. Pero no. El viajero admite que chapurrea el inglés con cierta decencia, aunque sólo sea porque ha vivido de enseñarlo toda su vida. Ha ido una vez a New York, lo que incluyó Washington y Baltimore. No están mal, pero son lugares absolutamente previsibles que ha visto tantísimo desde tantos ángulos en tantas películas, que la visión real le añade muy poca información, mientras sitios tales como el valle del Danubio, Cerdeña, las orillas del Rin, la Provenza, el país Vasco Francés, la ribera del Duero, la costa vicentina portuguesa, Sicilia, la Lombardía, e innumerables rincones de España le han dicho muchas más cosas paisajística, humana y gastronómicamente que las calles neoyorkinas con sus policías de azul con gorra octogonal, sus taxis amarillos y su heterogénea multitud multicolor la mitad de la cual masca chile y la otra mitad lleva una botella de agua en la mano. El viajero ha percibido que no todo el que gusta de New York es un hortera, pero que a todos los horteras que conoce les gusta o atrae New York. En este único viaje, el viajero, repuesto del desfase horario, encima, ha ido a ver el museo referido. Allí, magníficamente conservado, bajo techo, con varias vitrinas alrededor y buena iluminación, está nada menos que el patio interior de mármol, completo, del castillo de Vélez Blanco. Échele el lector un vistazo en Google, que se va a pasmar. Es casi tan bello como el de la Calahorra, pero a los duques del Infantado al menos no les dio por mercar aquel. Sin embargo, el llamado Joaquín Álvarez de Toledo, marqués de los Vélez, gran patriota, a lo que se ve, si lo hizo, en 1904. Luego,su descendiente, un tal Salvador Ferrandis Alvarez de Toledo, marqués de Valverde, vendió por fin el castillo en sí a la Junta de Andalucía en 2005. Pagó la Junta, es decir, pagamos todos, tres millones de euros. Seis pedía el pobrecito dueño. Nuestra nobleza, tan amante de su país, de sus cosas, de sus tradiciones, ellos. Y los jacobinos, qué buena gente, qué eficaces instrumentos de poder usaban. El patio del castillo de Velez Blanco, renacentista, con su arquería baja de medio punto rebajada y la superior de escarzanos es de un equilibrio y armonía asombrosos. A ello se añade la decoración de grutescos y medallones, tan característica del plateresco. Por si fuera poco, hay además unos bellísimos frisos en madera, otrosí originarios del castillo, con los trabajos de Hércules, que también vendió en marquesito, y que se creían perdidos hasta ser redescubiertos, esto es, reconocidos y datados, en 1996. Andan en el Museo de Artes Decorativas de París. Se habían vendido cuando el patio. Dinero en general que el noble hispano gastó sin duda en libros y en ayudar a los pobres de su entorno. Consuélese en lo que cabe el lector. No es caso único en España. Las valiosísimas pinturas prerrománicas de san Baudelio de Berlanga, en Soria, fueron también vendidas, ya en los años veinte, a un marchante americano, de origen judío, tras algún tira y afloja con el ministerio. Y al gran poeta y mayor majadero Gerardo Diego no se le ocurre sino hacer un poema bien racista contra el anticuario que las compró, en vez de haberlo hecho contra los miserables indígenas que lo vendieron y el incompetente Gobierno español que lo permitió. ¿Se imagina el lector el patio de un château francés o de una manor house inglesa viajando hasta nuestro Museo Arqueológico a principios del pasado siglo? ¿Verdad que no? Vuelto de New York, de sus museos, de sus conocidísimos rascacielos, a casi ninguno de los cuales se puede subir, de su Central Park con sus corredores/as perfectamente equipados/as, sus restaurantes caros y vulgares, su ausencia de gastronomía interesante y sus espectáculos musicales iguales a los europeos por doble precio, el viajero ha tomado la autovía A 92N, desde Granada. Al llegar al km. 356 va a torcer hacia Cúllar —recuerde, sin Baza—, obviará el pueblo y seguirá por la A 330 en dirección a Orce, lugar que ya conoce y deja también atrás tomando la GR 9104, que en cuanto entra en la provincia de Almería se llama AL 9101. Todo ventajas en la numeración de las rutas. Nada de aquella simpleza de carreteras nacionales, comarcales y locales que había antes. Son estas vías con poco tráfico, con una belleza dura, de altiplano seco y rocoso. A su derecha, los montes andan cerca, y de la sierra de Orce va a pasar a la de María, sin solución de continuidad. Estas elevaciones, tan bellas como poco conocidas, están ya vegetalmente más repobladas, aparte de las plantas autóctonas. Constituyen un parque natural y sus cimas llegan a los dos mil metros. Por allí recuerda el trotamundos haber visto a finales de un febrero los almendros en flor en el campo nevado. De las mejores metáforas naturales que ha catado sobre la despedida del invierno y la llegada de la primavera. Enseguida va a caer el viajero sobre Velez Blanco, cuyo castillo visitará, con el punzante recuerdo de su patio neoyorkino. Pensándolo bien, quizá está mejor allí, por desgracia, mejor cuidado, a salvo de negligencias y desidia, como las esculturas de Fidias en el Partenón están perfectamente custodiadas en el British Museum, que de no haber sido por sir Tomas Bruce, séptimo conde de Elgin, en 1801, los turcos, dueños de Grecia entonces, hubieran seguido descuidando y destrozando aquellas impías imágenes. Un poco más al sur, Velez Rubio tiene también su castillo. Mucho peor conservado que el de Velez Blanco, está en la cumbre de un monte cercano, y con acceso bastante complicado. O coche todo terreno, con reductora, o largo y vigorizante paseo cuesta arriba que no debe hacerse en verano, y siempre con sombrero, que hasta en invierno quema por allí el sol. Ya en la cumbre, el tapial y el mampuesto que aún queda en pie documenta lo que debió ser un buen fuerte nazarita, lejos de todo, sin duda más como símbolo de poder que con funciones prácticas. Y como siempre en estos casos, el doble premio al llegar: la serenidad, soledad del entorno, y la magnífica contemplación del paisaje alrededor del vértice geodésico que ocupa la fortaleza, esas vistas que al ser gratis no se valoran, pero que si costaran dinero habría colas para verlas. Podría luego el viajero seguir por la autovía hacia la murciana, industriosa, necesaria y horrenda Puerto Lumbreras y volver a entrar en la provincia de Almería por esa misma autopista, pero el paseante no tiene hoy interés en inspecciones industriales, y pasado Velez Rubio sigue por la A 327, una solitaria y bonita carretera que va paralela a la rambla de Nogalte y que va a salir a Huércal Overa, sin dejar la provincia almeriense, como era su propósito. Una vez allí va a ir a Antas, para ver sobre todo el entorno del principal yacimiento argárico, en una meseta bien defendida. La cultura Argárica siguió a la de los Millares y parece que ocupó otros mil años, del 2500 al 1500 aproximadamente, esto es, del cobre al bronce, y desapareció de pronto, sin estar claro cómo. El caso es que las sepulturas, muchas, han aparecido en el subsuelo de las mismas viviendas. Ya se ve qué poco asustaban los muertos a aquella gente. Y una cosa que le ha llamado la atención al viajero, que creía más antigua: los casi trescientos metros del acueducto que llaman El Real, y que ha sabido que es de principios del siglo XX, para subir el agua a una industria ya inexistente. En un país como España, las cosas viejas, cuando pasan a la categoría de antiguas ya están hechas polvo, si no desaparecidas. Es exactamente lo que nos diferencia de otras gentes más civilizadas o previsoras, que ven venir la vetustez venerable y la cuidan, en forma de vehículos, maquinaria, construcciones u objetos variopintos. El acueducto de Antas, como el castillo de Vélez Rubio, languidece camino de la ruina absoluta. Siempre nos quedarán las fotos. Y el viajero, que no puede ir a todos los sitios, sabe que ha dejado atrás, o más bien al lado, las canteras de mármol de Macael, que valen la pena una visita, aunque sólo sea para ver lo que la tierra guarda dentro y cómo se extrae, pero sobre todo porque ha sido sabedor de que con piedra procedente de dicho lugar la autoridad autonómica, en un loable intento, quiere reconstruir el patio interior del castillo de Vélez Blanco. Nunca será igual, por supuesto, pero dará una idea bastante aproximada, y siempre habrá criaturas que se creerán que es el original. Y quienes sepan que no, verán al menos cómo quedaba en el conjunto, ello sin tener que alargarse hasta la ciudad de los rascacielos. De modo que el turista va a bajar ya por la autovía hasta el km. 520, y de ahí saldrá a la costa, en concreto a Mojácar, un pueblo más bien blanco, compacto, que debió ser más bonito de lo que aún es, con su fuente antigua y el recuerdo del reyezuelo moro fiel a los Reyes Católicos, su Parador de Turismo y todas las ventajas de los lugares costeros y turísticos donde apenas llueve y los europeos vienen no solo a pasar temporadas sino a vivir. Son una especie de emigrantes que no mandan divisas fuera de España sino que las traen aquí. Un personal entrado en años, por lo general educado y más que beneficioso por esos ingresos que dejan en forma de compra de viviendas y consumo de productos cotidianos. Y de Mojácar, por una costa en la que de vez en cuando aparecen castilletes para vigilancia de la antigua llegada de personal de la Berbería con peligrosas intenciones, el viajero da en Garrucha, patria de la afamada gamba local, donde le han dicho de un chiringuito de la playa en el que hacen, con el proveniente de Calasparra, un arroz marinero delicioso. Pero antes, lo dicho, de aperitivo, la gamba roja, a pulso. Un platito, que hay que cuidarsey quererse. Ya está bien de tanto castillo, hombre, tanta piedra… HUELVA Juan Eslava Galán «LA ORILLA DE LAS TRES CARABELAS…» Que le decía Manuel Machado en su bellísimo y brevísimo poema. Huelva es, con Jaén, la gran desconocida de estas latitudes. Esta humilde provincia ha sido secularmente ignorada y menospreciada. Sólo se acordaron de ella en los años sesenta del pasado siglo para instalarle las industrias químicas contaminantes que nadie deseaba a la puerta de su casa y convertirla en la Avilés del Sur. El viajero, en Huelva, fue de sorpresa en sorpresa. No encontró el Tartessos que tanto buscaba por aquí Schulten, y que ella obstinadamente oculta en el regazo misterioso de sus marismas, pero halló gente hospitalaria, sencilla y amable; no encontró grandes monumentos que proclamen un rutilante pasado pero, ¿qué más protagonismo cabe que haber alumbrado a los hombres y a los barcos que descubrieron América?; no encontró grandes especialidades gastronómicas pero, ¿qué más se le puede pedir a la costa de la gamba blanca suculenta como el meñique de una quinceañera, de la deliciosa fresa de Lepe y del inenarrable jamón de Jabugo? ¿Quién puede ofrecer más? Además, Huelva tiene cien kilómetros de playas de fina y blanca arena, en una costa poco machacada y un treinta por ciento de su superficie es espacio protegido. No por casualidad llegó el viajero a Huelva a finales de septiembre y se dejó caer por LA PALMA DEL CONDADO en la fiesta de la vendimia para catar los primeros mostos del año, de uva listán y todavía turbio. De estos vinos blancos sólo pueden hablarse excelencias. El que los ve crecer sabe cómo se van puliendo de año en año, y lo bien que se asientan y acompañan cuando se va de bodega en bodega, por calles señoronas, pasando revista a las casas de amplios ventanales enrejados y haciendo reverencia a la bella iglesia dieciochesca del San Juan Bautista. Enfrente de la Palma, cruzando la autovía, está BOLLULLOS PAR DEL CONDADO, una Casa del Vino y más bodegas y bella arquitectura civil en las calle del Diezmo y en la Plaza Mayor. Unos kilómetros más abajo, pocos, aparece NIEBLA cuyos patronos son los santos mártires Walabonso y María. Las ciudades de doble patronazgo son todas de rancio abolengo y apretada historia, pura mojama cultural. Niebla que fue efímero reino taifa, aunque luego descendió a condado, y tiene una historia sangrienta que abarca las guerras de Escipión y los avatares propios de lugar estratégico en tiempos revueltos de visigodos y bizantinos. Los almorávides la dotaron con un espléndido recinto murado, de los más antiguos y completos de Europa y le dejaron ese trabajo hecho a los almohades. En el siglo XI, el reino de Niebla extendía sus dominios por el Algarve portugués. Niebla es un precioso fruto que tiene roja la corteza y blanca la dulce pulpa. Las murallas que la abrazan son rojas; el río Tinto, que baña sus pies y tiñe de óxido los ribazos, es rojo; el revoltillo de tomate, que las cocinas de Niebla preparan como nadie, es rojo. Blancas y limpias son sus casas; sus placitas encaladas y frescas (el visitante ama la ciudad y ha preferido olvidar la fábrica de cemento junto a los muros y algunas fachadas humildes alicatadas hasta el canalón con deplorable azulejo cocinero). El viajero cruzó un puente de origen romano, recorrió las murallas al completo, callejeó la ciudad y visitó la iglesia de Santa María de la Granada construida sobre una mezquita que suplantaba a la iglesia visigoda. La de San Martín, construida sobre una sinagoga, está partida en dos, con una calle por medio, en una acera la portada, en la de enfrente el ábside. El otro monumento de Niebla es el castillo de los Guzmanes, obra cristiana sobre cimientos más antiguos, y volado por los gabachos al retirarse en 1814, como es costumbre. MOGUER también está bañado por el Tinto pero, con gesto femenino, se ha subido a una colina y ha recogido sus faldas para que el río no contamine su inmaculada blancura, su meticulosa pulcritud, su luz con el tiempo dentro anotada por Juan Ramón Jiménez. Debe ser pueblo rico a juzgar por sus acomodadas casas de principios de siglo y por los mármoles que todavía enlosan algunas aceras recientes. También parece ser pueblo culto que, después de ciertas superadas reticencias, rinde homenaje a la memoria de su preclaro hijo, el poeta y Premio Nobel Juan Ramón Jiménez. El viajero aparcó a la sombra de la torre de Santa María de la Granada, la que de cerca parece una Giralda vista a lo lejos. Moguer está lleno de azulejos que recuerdan la constante presencia del pueblo, de sus calles, de sus gentes, de sus flores, de sus atardeceres y de sus amaneceres, de su cielo azul, en la obra del poeta. En Moguer es obligatorio visitar la casa del Juan Ramón, que es a la vez casa de labrador acomodado de otro tiempo, museo y biblioteca viva. En los pasillos se cruzan los jóvenes lectores del lugar con reatas de turistas portorriqueños y aun españoles que acuden a contemplar el pesebrillo carcomido del burrito Platero o los zapatitos que llevó Zenobia, la novia virginal del poeta, en sus blancos estrenos. El visitante, que es algo freudiano, hubiera acariciado, de no mediar vitrina, el suave y vaginal tafilete, quizá vaso propicio de brindis antiguos. Dejó para mejor ocasión una visita al monasterio de Santa Clara, estuche gótico-mudéjar de algunas joyas renacentistas. Tampoco fue a descubrirse ante la tumba del burro Platero debajo de un pino, pero no quiso aplazar la degustación de una copita de licor de naranja en una céntrica bodega. El brebaje halló gracia a sus ojos: compró dos botellas de litro y medio, que lo venden a granel, y abandonó el pueblo con ganas de regresar. La siguiente estación era PALOS DE LA FRONTERA, bravo lugar donde cosechan palos los que se empeñan en llamarlo Palos de Moguer, como lo enseñaban las enciclopedias de nuestra sufrida mocedad. A la entrada de Palos hay un jardinillo moderno construido para glorificar un modesto quiosco de ladrillo mudéjar que albergó la Fontanilla donde se supone que hicieron aguada Colón y sus hombres la víspera de la partida. Entonces el mar llegaba hasta aquí, ahora queda más lejos, pero la Fontanilla está al lado de un estero que todavía huele al salobre océano. Por encima de la Fontanilla se alza la noble estampa de los muros de la iglesia de San Jorge a cuya puerta se leyó la orden real de auxiliar a Colón con hombres y barcos. El viajero paseó por el pueblo, con gusto y detenimiento y llegó hasta la plaza del Ayuntamiento donde está el monumento a Martín Alonso Pinzón, el marino que acompañó a Colón y le agenció los tripulantes y las carabelas. De Palos a LA RÁBIDA el viaje es un suspiro por la pestosa ribera de una industria cuyas chimeneas lanzan al cielo humos de sospechosos colores. Cuando Colón llamó a las puertas de este humilde monasterio franciscano, la Rábida era un cerro pinar a cuyos pies juntaban aguas el Tinto y el Odiel. La Rábida tiene una historia más antigua y más ilustre que casi todos los monasterios de la cristiandad, pero ella se mantiene humilde y pequeña: iglesia que es apenas una capilla, claustrillo mudéjar que se recorre en dos zancadas. Como si quisiera pasar inadvertida. Aquí no hay más relumbrón que el que le añadieron desde Madrid para la celebración del cuarto centenario y después para el quinto. Han llenado sus alrededores de aparcamientos, de columnas conmemorativas, de plantaciones de palmeras, de ajardinamientos, de retoricismos modernos fruto de la reconversión ideológica de periclitados fastos imperiales, de modernas construcciones de cemento, de aluminio, de cristal, de Foro Iberoamericano, de estanque artificial con la forma del continente americano. Ya veremos en qué para todo esto. Al viajero le pareció que el conventillo y su entorno natural habrían quedado mejor si los hubieran dejado como en esa estampa decimónonica que nos muestra a Colón harapiento con un niño de la mano, recibido a la puerta del convento por un fraile afectuoso que debe serel padre Marchena. El viajero recorrió el monasterio, compró un par de postalitas y admiró los frescos de Vázquez Díaz, que son de la época franquista pero no por eso hay que borrarlos, hombre… HUELVA Al forastero le habían advertido que en Huelva se lo comerían los mosquitos y que la ciudad no puede ser más fea de lo que es. Más de un lector convendrá conmigo en que a veces le ponderan a uno el mal genio y los escasos encantos de una dama que va a conocer y luego la encuentra tan discreta y adorable que acaba casándose con ella. El viajero se enamoró de Huelva. Es cierto que en el patio de vecinos de esta tierra andaluza habitan mozas más aparentes, pero a lo mejor son unas presuntuosas que carecen de la gracia verdadera de Huelva, de su sincera cordialidad y de sus secretos encantos. Estas feíllas resultan luego más cariñosas y apasionadas que las otras, dan más juego venéreo y más cocina. Huelva es una ciudad sin estridencias, su poquito de marinera, su poquito de industrial, su poquito de colonial, su poquito de agrícola, su poquito de administrativa. El visitante no se arrepentirá de dar un paseo por la calle Concepción, peatonal, que es un excelente museo de escultura al aire libre. En la plaza de las Monjas el viajero se sintió tan cómodo como en la granadina de Bib Rambla. Luego se dio un garbeo por la parte marina, por ver el muelle del Tinto, arqueología industrial, brazo metálico del estilo y tiempo de la torre Eiffel, construido por los ingleses para embarcar el material de sus minas, y estúpidamente partido por nosotros para que pase una carretera que podía haberse soterrado, dejando la magna estructura metálica intacta. También admiró el moderno monumento a Colón, en la confluencia de los ríos, frente a la isla de Saltés que vio salir a las tres carabelas. El viajero almorzó en Huelva. El jamón aunque era de tercera corta resultó legítimo Jabugo, las gambas frescas y casi crudas, como debe ser, y el rodaballo de la parte buena, con la pielecita acaramelada untada de salsa, divino manjar si se le perdonan las espinas, que las tiene inevitables como la rosa. El viajero pernoctó en Huelva y a la mañana siguiente largó velas por la Costa de la luz, que va de Huelva a Portugal: playas de finas arenas, dunas, pinos y campos de naranjos, playas de Punta Umbría y del Rompido. En esta pedanía hay un pueblo pesquero todavía no destruido del todo por el turismo, aunque todo se andará. Es sencillo, sin más monumento que el delicioso rape al amarillo que sirven en algunas tabernas. El primer pueblo, algo apartado de la costa como si recelara piratas es CARTAYA donde hay un castillo, una bellísima plaza, un casino y media docena de casas palacio. A pocos kilómetros de Cartaya, cruzando esteros y aguas, está LEPE. El viajero se extrañó de la gran cantidad de automóviles de lujo que veía. Es un pueblo que no conoce el desempleo, que disfruta de la más elevada renta per cápita de Andalucía y aún de las de España, un pueblo que se ha montado sus propios canales de exportación agrícola, un pueblo tan inteligente que cada año organiza una Semana del Humor para reírse de sí mismo, el pueblo de los tontos. El viajero regresó a las carreteritas de la costa y fue mirando el mar hasta ISLA CRISTINA, pueblo de pescadores famoso por sus carnavales, puerto con tasquitas donde los que conocen la copla piden atún encebollado, almejas negras de las salinas y conservas locales. Isla Cristina ya no es isla, ahora es península porque le creció una barra. Finalmente llegamos a AYAMONTE, ribera ancha del Guadiana y frontera con Portugal. Ayamonte tiene varias iglesias y un monasterio pero el viajero recuerda mejor un par de chatos de vino del condado con tapita de mojama local que saboreó después de pasear por el barrio de la Villa, donde hay casas de indianos enriquecidos y corrales de vecinos (los brasiles). De Ayamonte a Portugal se pasa ahora por un moderno puente. Antes había un ferry que daba la sensación de cruzar el Orinoco o el Amazonas. En la orilla portuguesa se extiende una población deliciosa, dieciochesca, amable, Vila Real de Santo Antonio, que mandó hacer el marqués de Pombal —el que expulsó a los jesuitas de su país—, tras el terrible terremoto y maremoto de Lisboa, en 1755. Vila Real tiene plaza mayor ilustrada y elegante, pintoresco mercado de abastos, hoy reciclado en centro de ocio, y calle comercial donde cuadrillas de amas de casa españolas, más bien ya por inercia, aún entran y salen de las tiendas con presurosa determinación de saqueadores, acaparando sábanas de franela y juegos de toallas mientras los sufridos maridos, abrumados bajo una montaña de paquetes, miran a hurtadillas el reloj al acecho de la hora de almorzar que me voy a poner morado de zapateira y vinho verde. LA SIERRA DE HUELVA El viajero pernoctó en Huelva y tomó, madrugador, la carretera de Extremadura para desayunar en San Juan del Puerto. Luego se internó por el Andévalo minero, cerros de vid y olivar, con el dolmen de Soto en términos de Trigueros, (kilómetro 619 de la carretera nacional Sevilla-Huelva). En la iglesia gótica de Trigueros tiene su domicilio San Antonio Abad, carnet número uno de la UGT en la República; eso le salvó de la quema, como al Gran Poder de Sevilla, al que le dieron el mismo número del PCE. Las procesiones de san Antonio comienzan con gran solemnidad y acaban con espantá religioso-deportiva que deja pasmado al forastero. El viajero pasó de largo y se internó por otros pagos de alcornoques, es un decir puesto que también abundan los innobles eucaliptos, hasta VALVERDE DEL CAMINO, pueblo grande e industrioso que fabrica afamados botos y zahones para los rocieros de pro y alfajores y aguardientes para el público en general. En su paseo por el pueblo el viajero encontró casas señoriales de mucho porte en torno a la iglesia, fachadas de cerámica y balcones de piedra. Después de Valverde el paisaje se va haciendo más serrano y los eucaliptos se van arrancando, gracias a Dios, para replantar pinares nuevos. Hubiera sido mejor restituir encinas y alcornoques, como al principio de la historia, cuando, según reputados autores antiguos, la inquieta ardilla podía atravesar la península saltando de árbol en árbol, pero esto es ya mucho pedir después de los siglos de tala y furor arboricida que propiciaron la miseria de los actuales tiempos. En estos pensamientos entretenía el viajero su camino, que iba haciendo sin prisa por disfrutar del paisaje, cuando llegó a ZALAMEA LA REAL, el pueblo de los aguardientes, cabeza de la zona minera. Allí tomó la carretera de RIOTINTO, la famosa mina que se viene explotando desde hace tres mil y pico años, desde que empieza el calcolítico. En 1873 una compañía inglesa compró estas minas, modernizó la maquinaria, racionalizó la explotación y se puso a ordeñar la tierra con tal intensidad que en un año se extraía más mineral que antes en un siglo. El saqueo duró hasta 1954 en que la mina, ya exhausta, regresó a manos españolas. El viajero se pasmó contemplando el paisaje lunar o marciano de la llamada Corta Atalaya, una explotación a cielo abierto que es como una pirámide invertida: un enorme cráter de 335 metros de profundidad y más de un kilómetro de diámetro, con una bajada en espiral para enormes camiones y excavadoras. Luego curioseó el barrio inglés de Bella Vista que la todopoderosa compañía levantó cerca del pueblo español para alojar la colonia británica, con su iglesia anglicana y su casa del gobernador y su muro de separación para mantener alejados a los aborígenes. El viajero podía haber regresado a la carretera N 435 que va a Jabugo. La experiencia le ha enseñado que las carreteras que aparecen rojas en el mapa son de más confianza que las verdes, y éstas son preferibles a las amarillas, pero como de vez en cuando le dan repentes aventureros decidió tomar un carrilejo amarillo que se zambulle de cabeza en lo más fragoso de la sierra para emerger por Aracena. Atravesó el Embalse de Tumbales, aguas ácidas, prohibido bañarse,y una sierra pelada con algún matorral bajo de jara, último estado de degradación forestal, como se sabe. Aires purísimos, eso sí. Después de ocho o diez kilómetros sin ver un alma, con muchas curvas y algún que otro bache, y cuando el intrépido explorador se veía perdido en lo más intrincado y fragoroso de la sierra y comido de lobos, chacales y osos polares (la imaginación es libre y no entiende de geografías) el relieve se suavizó y sus agradecidos ojos captaron inequívocos indicios de civilización y progreso en los montones de basura y escombros que se alzaban a los lados del camino, como las avenidas de esfinges de los egipcios. Aracena se anuncia, antes de ver el caserío, por el cerro con la iglesia del castillo y las ruinas de la fortaleza. Es pueblo señorial con buenas casas de cien años acá e incluso más antiguas. El viajero fue directamente a la Gruta de las Maravillas, y recorrió su kilómetro y pico con pasmo y admiración, contemplando los encajes, celosías y primores que ha labrado en ella la naturaleza. En una de las salas las estalactitas y estalagmitas son fálicas, esto es carajiformes, de increíble naturalismo, con gran éxito de crítica y público. Ya dijo el socorrido Oscar Wilde que la naturaleza imita al arte. Cuando el viajero salió de la tierna matriz de la tierra era ya cumplida hora de almorzar. Aparcó en la plaza, junto al bello edificio regionalista que alberga el casino. En el restaurante la Sierra de la adyacente calle Mesones, un tenedor, degustó correcta sopa de verduras y mayestático San Jacobo elaborado como Dios manda, con productos de la zona. El postre, al otro lado de la plaza, en la calle Constitución, en la confitería de Rufino donde, reprimiendo gulas, se limitó a dos pasteles: un bibaporú y un vitoria. Aracena es pueblo para verlo despacio y en sucesivas visitas. En la primera conviene subir al cerro donde están las ruinas del castillo musulmán y la iglesia templaria gótico-mudéjar cuya torre es el alminar de la antigua mezquita almohade, con su característica decoración con paños de sebka de ladrillo. Recuerdan algo a su hermana mayor, la Giralda sevillana. Luego el viajero tomó la carretera de Alájar, por paisaje serrano de alcornoques y encinas. ALÁJAR está al pie de la Peña llamada de Arias Montano porque fue residencia de este científico, humanista y mago al servicio de Felipe II. Es un lugar misterioso, un cerro acribillado de cuevas, una fuente salutífera, una verde explanada de encinas, una antigua ermita con su virgen, un merendero, un aparcamiento, un mercadillo de cerámica y horteradas, un puesto de miel y castañas, una viuda cincuentona, robusta y enlutada, que mece al nietecito y suspira contemplando los correteos de jóvenes y viriles muchachos. El lugar fue santuario en tiempos precristianos y dejó en herencia sus misterios para el que sepa descifrarlos, escaleras talladas en la piedra, sillita del rey, barca de piedra en la puerta de una caverna. Por la carretera, el viajero se detuvo a copiar un azulejo: El que pase por la Peña y que no rece una Salve ni es serrano, ni andaluz ni es española su sangre. El inspirado poema mereció el primer premio en la Romería de 1925. El viajero rezó su salve, con humildad y recogimiento, antes de proseguir. A pocos kilómetros está ALMONASTER LA REAL, inexcusable estación de este camino. La carretera discurre por la ladera del monte dejando el pueblo en la hondonada. Al llegar a la ermita del Señor de la Humildad y Paciencia se tuerce a la izquierda para descender al pueblo, por calles limpias y blancas, empedradas de menudos guijos de mármol. El camino desciende hasta la placita de La Concepción, junto a la ermita, y luego asciende hasta llegar a los muros del castillo, encaramado en el cerrete frontero. Los carcomidos muros del castillo son precioso receptáculo de dos edificios: una minúscula plaza de toros, moderna, que a pesar de todo, será por la curiosidad, no desentona en el conjunto, y una hermosísima mezquita, excelentemente restaurada, que fue la iglesia del castillo en tiempos cristianos, y previo templo visigodo, como documentan sin dudarlo los capiteles de sus columnas. Sólo contemplar esta pequeña y discreta maravilla justificaría la visita. Si le añadimos el entorno, los paisajes que desde su altura se divisan, el callejeo por el pueblo blanco y atildado y el cochinillo al perolo que sirven los fogones locales, la combinación entre estética y gastronomía raya la perfección. Se nota que nos vamos acercando a tierras portuguesas en los pueblos defendidos por fuertes castillos. Del otro lado de la raya ocurre lo mismo: más pueblos fortificados para testimoniar los seculares recelos entre Portugal y Castilla. El viajero, que ama a Portugal como cosa propia, no lamenta la Historia, que es ya agua pasada, pero le hubiera gustado proseguir el viaje más allá de la raya nacional, y asomarse a las aguas del Tajo, ya en Lisboa. El castillo de CORTEGANA, la de los siete mataderos de cerdos —que sin perdón así se llaman, como decía Cervantes—, la de las tortas de chicharrones, la de la famosa romería de San Antonio, tiene cinco torres y un exiguo patio de armas. En el pueblo hay, además, dos hermosas iglesias. Su jolgorio más famoso es la hariná, fiesta en la que las calles se llenan de fantasmas disfrazados o quién sabe si auténticos que arrojan puñados de harina sobre los viandantes. La sierra se suaviza para llegar a AROCHE, fuerte castillo octogonal, robustas murallas en cuyo patio de armas ha crecido la extraña flor de una plaza de toros. Blando caserío, estrechas y pintorescas calles empedradas, casas solariegas, fuentes de frescas aguas, Museo del Rosario donde el turista pío podrá extasiarse ante los rosarios donados por los humoristas Tip y Coll, el arzobispo Makarios, el barman Chicote, el bailarín Antonio y otros pilares de la cultura patria. A unos kilómetros, ya en Portugal, existe otro museo similar, éste de crucifijos, propicia estación para autobuses de peregrinos camino de Fátima. Se alargaban las sombras y el sol iba de vencida. El viajero con tanta subida de cuestas y tanto callejeo iba sintiendo apetito. Tomó su resolución y la carretera nacional 433, con breve desviación de dos kilómetros para llegar a JABUGO, el famosísimo pueblo de los jamones. En este pueblo y en los aledaños florecen al año unos cien mil jamones de pata negra, procedentes de cerdos felices que hasta los andares tienen bonitos, como es sabido, por lo general criados al aire libre en los jardines de infancia de estos benditos cerros, mimados con bellotas y hierbas digestivas bajo alcornoques y encinas, en espaciosas dehesas, en amenos y bucólicos prados a los que sólo les falta la música. Al viajero le habían alabado la iglesia de San Miguel y su órgano barroco pero ya se hacía de noche y juiciosamente optó por sentarse en una taberna y pedir una jarra de vino tinto extremeño y dos platos, uno de caña de lomo y otro de jamón de primera corta. No encuentra palabras para describirlo ni quiere desvirtuar la emoción que le produce rememorarlo, inundadas las fauces, alargando la masticación, elevando el espíritu. ¡Y pensar que hay ilusos que alardean de cultos y ecuménicos por haber visitado Tailandia y el Machu Pichu y nunca han hollado estas suculentas sierras…! IMÁGENES SEVILLA Alcalá del Río Anfiteatro de Itálica Doña María Coronel, la dama del Tizón Ermita de Cuatrovitas Ruinas del Monasterio de Cazalla, Sierra Norte de Sevilla Tesoro de El Carambolo, Museo de Sevilla JAÉN Castillo de Baños de la Encina Cazorla, camino del Borosa El trono de Lawrence de Arabia en el museo de Arjona La lápida templaria de Arjona Entre Torres y Albanchez a veces caen nevadas como exactamente esa, hace unos años Pantano del Tranco, Sierra de Cazorla El Castillo de Baños de la Encina, de un tapial excelente, mantiene completo incluso el almenado Junto al museo de Las Navas de Tolosa MÁLAGA Interior del I dolmen de Menga, Antequera. Al fondo elpozo. Junto al Torcal el viajero puede ver incluso lobos, tras las alambradas, claro GRANADA Alcazaba de Orce Canal de Carlos III El cervatillo, dentro del parque de la Sierra de Baza, no teme al visitante y siente pareja curiosidad Nadie diría que la fortaleza de Calahorra, tan feroz y sólida al pie de la nieve, guarda un patio tan delicado y bello en su interior Desde el llamado Cerro del Fuerte se ve bien Sierra Nevada. El último paisaje para muchos ojos en 1561. Fábrica de garum en Almuñecar Secuoya de Huéscar CÓRDOBA Córdoba Ruinas-balneario de Fuente Agria, Pedroche CÁDIZ En el Museo de las Cortes se guarda hasta la urna que se usó para las votaciones de 1812 En la calle Veedor, junto al quizá mejor colmao gaditano, se alojó Wellington cuando el asedio gabacho Desembocadura del Guadalquivir Gibraltar en el siglo XIX Olvera Ruinas de Baelo Claudia Excavaciones en la Plaza Mayor de Écija Los toros en el campo de Cádiz, muchos más seguros desde dentro del coche, y así y todo... Zahara de la Sierra ALMERÍA Patio de honor del Castillo Vélez-Blanco en Nueva York INTRODUCCIÓN SEVILLA JAÉN MÁLAGA GRANADA CÓRDOBA CÁDIZ ALMERÍA HUELVA IMÁGENES SEVILLA JAÉN MÁLAGA GRANADA CÓRDOBA CÁDIZ ALMERÍA