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©Mayo 2023
Todos los derechos reservados, incluidos los de reproducción total o
parcial. No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su
incorporación a un sistema informático, ni su transmisión, copiado o
almacenado, utilizando cualquier medio o forma, incluyendo gráfico,
electrónico o mecánico, sin la autorización expresa y por escrito de la
autora, excepto en el caso de pequeñas citas utilizadas en artículos y
comentarios escritos acerca del libro.
Esta es una obra de ficción. Nombres, situaciones, lugares y caracteres
son producto de la imaginación de la autora, o son utilizadas ficticiamente.
Cualquier similitud con personas, establecimientos comerciales, hechos o
situaciones es pura coincidencia.
Diseño de cubierta: H. Kramer
Ilustración: @Venusfolk
Corrección: Noni García
Índice
Agradecimientos
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Epílogo
La Autora
Bibliografía:
Agradecimientos
Este verano supe que quería escribir un libro de intercambio de
mellizos, vi su historia y los vi a ellos, a mis mellizos, a Chloe y a Oliver,
porque como a muchas, a mí este par de críos me dieron muchas alegrías.
Esta es una comedia romántica, si venís buscando un libro oscuro o una
trama compleja, abortad la misión, os lo advierto. Los pequemiller vienen a
haceros reír y, tal vez, a remover emociones y pensamientos que estás de
rabiosa actualidad.
Espero que disfrutéis de ellos tanto como yo, que gocéis muchísimo con
estos niños que se nos han hecho grandes, y los acojáis en vuestros
corazones para que os hagan saborear su historia.
Como siempre, gracias a mis propios pequemiller, a mis hijos, a mi
marido, que tanto aportan a mi vida.
A mis ceros, quienes con este libro han estado divididas con algún que
otro personaje y es que a todas no pueden gustarnos todos por igual. A
Esme, Nani, Irene y Vane, quienes han estado al pie del cañón para que esta
historia haya quedado tan genial. ¡Gracias chicas!
A mi correctora y mis águilas, siempre cazando fallos, erratas,
incoherencias y todo lo que se nos haya podido escapar. Millones de gracias
Noni, Marisa y Sonia, sois increíbles.
A Laia, @venusfolk, mi ilustradora de esta portada que, con cuatro
indicaciones, supo con exactitud lo que quería.
A Kramer por coger la imagen que creó Laia y otorgarle su magia hasta
pulir esta portada que es tan ellos.
A mi Eli Prieto, no sabes cuantas alegrías me has dado en este libro, has
sido una lectora maravillosa, generosa y una secundaria genial. Espero
haberte dado el final que merecías.
A mi Tania, incombustible e infatigable, que nos va a hacer gozar
muchísimo en la próxima LC. No sabes las ganas que tengo de achucharte.
A Christian @surfeandolibros, Sandra @libro_ven_a_mi, Ángeles,
Adriana @mrs.svetacherry Marcos @booksandmark, Henar
@clubdelecturaentrelibros, Luisa @literaliabooks, Andrea @andreabooks,
Yole @el_rincon_dela_yole, y todos los bookstagramers con los que hablo
que tanto me aportáis y que siempre sumáis.
A mis chicas de La Zona Mafiosa, Clau, Anita, que sois unas cracks.
A Adriana Freixa, Noe Frutos, Rocío, Mada, Edurne Salgado, Eva
Suarez, Bronte Rochester, Piedi Lectora, Elysbooks, Maca (@macaoremor),
Saray (@everlasting_reader), Vero (@vdevero), Akara Wind, Helen
Rytkönen, @Merypoppins750, Lionela23, lisette, Marta (@martamadizz),
Montse Muñoz, Olivia Pantoja, Rafi Lechuga, Teresa (@tetebooks),
Yolanda Pedraza, Ana Gil (@somoslibros), Merce1890, Beatriz Ballesteros.
Silvia Mateos, Arancha Eseverri, Paulina Morant, Mireia Roldán, Maite
López, Analí Sangar, Garbiñe Valera, Silvia Mateos, Ana Planas, Celeste
Rubio, Tamara Caballero, Toñi, Tamara.
A todos los grupos de Facebook que me permiten publicitar mis libros,
que ceden sus espacios desinteresadamente para que los indies tengamos un
lugar donde spamear. Muchas gracias.
A todos aquellos lectores que siempre dejáis vuestro nombre bajo el
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Pascual.
A todos los que me leéis y me dais una oportunidad, y a mis Rose Gate
Adictas, que siempre estáis listas para sumaros a cualquier historia e
iniciativa que tomamos.
Introducción
Chloe
Leí y releí la carta una y otra vez hasta hacerla un gurruño, arrojarla a la
papelera y desecharla. Como si el simple acto de tirarla al fondo de la
basura pudiera hacerla desaparecer, igual que ocurrió con la enorme fila de
postulantes a niñeras de los Banks.
¡Yo quería a Mary Poppins! Y no una señora almidonada con verrugas,
en formato carta, que me daba el no de mi vida.
¡Tenía que tratarse de un error! ¡Era imposible que le dieran la plaza a
otro! ¡Si yo era la mejor!
Me entraron náuseas, y la voz de mis miedos se materializó susurrando
en mi oreja.
«Te han repudiado, declinado, excluido, colocándote la etiqueta de
inservible, de no apta, ¡asúmelo! ¡No te quieren en BIOmedical!».
Los ojos me ardían, era la primera vez que me rechazaban y, joder,
¡cómo escocía!
Me torturé con el cuchillo afilado de las inseguridades que no tenía.
¡Si era imposible! ¡Si todossabían que el puesto de becaria era para mí!
En la fiesta de fin de curso, mis compañeros ya me llamaban futura
redactora de BIOmedical.
Vale, puede que eso fuera pasarse, pero ¡tenía los dos pies dentro y
acababan de arrojarme al vertedero! ¡Qué vergüenza! ¡Seguro que
terminaba de redactora en uno de esos programas de cotilleos que tanto
detestaba! Sirviendo cafés y obteniendo miradas babosas a cada una de mis
pisadas. ¿Y todo por qué?
«Porque eres una fra-ca-sa-da», se carcajeó la vocecilla impertinente.
La palabra volvió a formularse en mi mente, del mismo modo que esas
velas de cumpleaños que soplas y se vuelven a encender.
¡Re-cha-za-da! ¡Yo! ¡Chloe Miller! ¡La mejor de mi promoción junto a
mi hermano mellizo! ¡Rechazada!
Si es que todavía no daba crédito.
Di un puntapié a mi mesilla de noche sin calcular que llevaba puestas
las chanclas porque hacía un calor infernal y era verano.
—¡Au! —grité en un lamento sostenido.
«¡Hay días que es mejor no levantarse!», ya lo decía mi tía Cris.
El lamento fue lo suficientemente alto para que tronara en la soledad de
mi habitación, rebotara en todo el mobiliario y se colara por la puerta
entreabierta, donde se encontró con un «¡No me lo puedo creer! ¡Lo
conseguí!» que eclipsó mi maldición y acaparó mi atención.
Conocía esa voz, llevaba escuchándola desde la placenta, desde que era
un soniquete impronunciable enturbiado de líquido amniótico en lugar de
Jägermeister.
Una segunda voz masculina se sumó a la anterior festejando un suceso
del cual no tenía idea, mientras que yo me regodeaba en la miseria.
Me llevé la mano a los dedos para masajearlos y evaluar el posible
destrozo de algún huesecillo. No parecía haber ido más allá de un
golpetazo.
Caminé renqueante para alcanzar el pasillo. Allí estaba Erik, nuestro
mejor amigo y actual compañero de piso. Tenía un año más que nosotros, y
cuando éramos pequeños, su madre y la mía se dedicaban sonrisitas
creyendo que en algún momento terminaríamos juntos.
Imposible, a Erik le gustaban las pollas tanto como a mí, lo que nos
hacía claramente incompatibles.
Vivíamos en un piso de estudiantes en Sídney, a nueve horas y media de
Brisbane por la Pacific Hwy/A1 y la M1. Lo que nos daba cierta libertad
alejándonos de la protección de nuestras familias.
Oli y yo fuimos allí a estudiar Periodismo, Erik se matriculó en
Marketing, nos sacaba un año, no obstante, perdió uno porque se lo tomó
como sabático, aprovechó para visitar a su padre en Rusia y viajar por
Europa con Interrail. Según Erik, necesitaba despejar dudas y ampliar
horizontes, lo que nos dio tiempo a encontrar un apartamento maravilloso
para tres.
Si las paredes hablaran…
Acabábamos de terminar la carrera, con la diferencia de que Erik ya
tenía trabajo. Se lo quedaron en la primera empresa que hizo las prácticas
de último año. Una puta pasada, teniendo en cuenta que se dedicaba al
sector que más le gustaba, su gran pasión, una que compartía con su
padrastro —mi tío Liam—: El surf.
Liam no era nuestro tío de verdad, le llamábamos así porque era el
mejor amigo de nuestro padre y del tío Noah, de hecho, sus padres, los
abuelastros de Erik, se ocupaban de la limpieza y mantenimiento de la casa
de mi tío. Eran lo más parecido que teníamos a unos abuelos, junto a
Patrice, nuestra abuela de verdad.
Aunque por dentro estaba bastante jodida, fui incapaz de contener la
sonrisa. Allí estaban ese par de primates, derrochando testosterona y
movimientos típicos de los tíos. Te revuelvo el pelo, te doy una colleja,
golpeo tu brazo con el puño y hago esa especie de choque de manos secreto
y ritual, que de secreto ya no tenía nada, puesto que llevaban usándolo
desde los siete años.
—¿Qué pasa? —pregunté, arrugando la nariz en una mueca mitad
disgusto, mitad expectación.
La mirada de mi hermano buscó la mía. Mezcla susto, mezcla
culpabilidad.
—No sabía que estabas en casa —masculló Oliver un tanto rígido.
Era mi hora de ir al gimnasio, de hecho, debería estar allí, zambullida en
el cloro, celebrando mi incorporación a la revista el junio que viene, si me
hubieran dado la plaza.
Nos sumimos en un silencio denso del que solo escapaba la risa
nerviosa de Erik, quien parecía ajeno al cambio de clima.
—Tío, ¿es que no se lo has dicho? —preguntó risueño.
—¿Decirme qué? —cuestioné mientras la cara de mi hermano se
descomponía.
—¡Se las han concedido! —exclamó Erik incapaz de contener la
emoción.
—¿El qué?
—Las prácticas en BIOmedical. ¡Acaba de recibir la carta! ¡Le han
concedido la plaza de becario en prácticas para junio, y ni siquiera se había
presentado! ¡¿A que es una puta pasada?!
Capítulo 1
¡Esta beca es mía!
Oliver
El rostro de mi hermana era un poema, y no de esos que
derrochan amor.
Más bien uno sangriento donde las palabras guerra, muerte, destrucción
y traición encabezarían las primeras líneas.
El papel que tenía entre las manos era una sentencia, una bandera roja
que ondeaba sin piedad. Si había aguardado a abrir la carta hasta ese
instante era porque sabía lo que el contenido podía desencadenar.
Me quedé suspendido en su mirada sin saber qué decir o cómo actuar.
Éramos prácticamente idénticos, incluso en estatura, Chloe solo tres
centímetros más bajita que yo, y lo igualaba con sus tacones de vértigo,
incluso me superaba en alguna ocasión porque yo era más de chanclas o
zapatillas deportivas.
De pequeños nos diferenciábamos más, pero a medida que crecimos,
nuestras facciones se fueron igualando hasta parecer dos gotas de agua.
Incluso aprendimos a imitar la voz del otro para volver locos a nuestros
familiares y amigos —idea de Chloe—. Ella decía que era de lo más
divertido, y yo ya me había habituado a sus bromas. Jane, la abuela de Erik,
solía decir que siempre estaba ideando algo y que casi nunca era bueno.
No se equivocaba, todavía recuerdo la temporada que estuvimos
viviendo en casa de tío Noah, porque papá estaba inmerso en la búsqueda
de nuestra madre, y llegó Cris como postulante a canguro…
Chloe se empeñó en que le atrasáramos la alarma del despertador, la
maquilláramos a lo Frida Kahlo y pegáramos cinta adhesiva en el suelo. Lo
que me arrepentí de eso. Menos mal que ella no se enfadó mucho y no tiró
la toalla con nosotros. Gracias a ello, se enamoró de nuestro tío, y pasó a
formar parte de nuestra familia.
Tío Liam solía decir que lo único que nos diferenciaba a Chloe y a mí
era la largura del pelo, porque de cojones íbamos los dos servidos.
—No —su voz se proyectó al principio como un murmullo—. ¡No, no,
no, no, no! —El quinto no fue una exclamación rotunda después de que su
voz pasara por todos los estados de ánimo posibles—. ¡Esas prácticas eran
mías! ¡Tú dijiste que el puesto no te interesaba! ¡Y sabías que solo había
una plaza!
Me apuntó con el dedo mientras que Erik me contemplaba anonadado y
movía los labios para preguntar.
—Pe-pero ¿no dijiste que había dos plazas?
Su cara era de «he metido la pata hasta el fondo y estamos al borde de la
extinción».
BIOmedical era la revista científica más prestigiosa de todos los
tiempos, cada año concedía un par de plazas como becarios. La primera a
un estudiante que hubiera cursado y terminado la carrera en Australia, ya
que pertenecía a un grupo de comunicación con sede en Sídney, y la otra,
que se otorgaba en seis meses, a un estudiante de máster internacional. Así
que, técnicamente, sí que había dos, pero a una solo tenías acceso en el
extranjero.
Tanto Chloe como yo nos especializamos en periodismo científico, no
era de extrañar, teniendo en cuenta que nuestra abuela era la prestigiosa
Patrice Miller, doctora cum laude y expropietaria de Genetech, un
laboratorio especializado en terapias genéticas que ella misma fundó,
aunque ya estaba jubilada. No obstante, tenía acciones y no dejaba de meter
las narices en las nuevas investigaciones en las que trabajaban mis padres,
que eran los responsables del laboratorio.
Tío Noah era el director general de la empresa, y Liam el de recursos
humanos. Además, nuestro tío Kyle era el responsable de expansión de
Genetechen Europa.
Un negocio familiar al que todo apuntaba que Oli y yo nos uniríamos,
sin embargo, el amor que nos inculcó Cris por la literatura provocó que mi
hermana y yo termináramos fusionando la ciencia y las letras.
Alba, la madre de Erik, era la que más orgullosa estaba de nosotros,
pues llevaba años siendo una best seller internacional que fusionaba la
romántica con novela negra y algunos toques de ciencia ficción.
Liam solía decir que era como un helado de tres bolas; nata, chocolate
negro y pistacho, una combinación perfecta. Ahora se llevaban a las mil
maravillas, bueno, más o menos, que la madre de mi mejor amigo tenía un
carácter que fue limando con los años.
Durante la cena de Navidad a la española que realizamos cada año en
honor a tía Cris y a Alba, surgió la anécdota de cómo se conocieron, y todos
nos echamos a reír cuando ella recrea cómo Erik le arreó una patada en la
espinilla a su Rubiales —así llama a su marido—, porque creía que aquel
hombre tan rubio y atractivo era un señuelo para secuestrarlos y venderlos
en el mercado negro.
—¡Estoy esperando una explicación! —exclamó mi hermana con un
tono rojizo en las mejillas que nada tenía que ver con el sol.
—Yo no me inscribí, no tengo la culpa de que el profesor Jones enviara
mi trabajo de fin de carrera porque pensara que merecía la plaza un poco
más que tú.
—¡Un poco más que yo! —estalló—. ¡Te saqué dos décimas!
Técnicamente, ¡fui la mejor estudiante de toda la carrera!
Eso sí que me encendió.
—Porque tenía mucha fiebre el día del examen final de Estructura
Global de los Medios, si incluso Erik tuvo que ayudarme porque era
incapaz de subirme los calzoncillos —blandí a modo de explicación.
—Doy fe —asintió él, ganándose una mirada aniquiladora de
Chloetosaurio que lo silenció de golpe.
—Pero te dimos un chute tan bestia de Paracetamol que la temperatura
te bajó lo suficiente como para que tus neuronas creyeran que se habían
mudado al Polo Norte, así que eso no me sirve.
—Pues si no te sirve eso, te recuerdo que llevo todo el año superándote
en Periodismo Científico y Medioambiental, y que yo recuerde, la revista va
de eso, ¿no? —cuestioné ácido.
La pullita le escoció, sobre todo, porque esa optativa la escogimos
ambos, puesto que era a lo que nos queríamos dedicar. En el fondo, no
quería fastidiar a Chloe, pero, a veces, su intensidad me sacaba de mis
casillas, más aún cuando yo no había tenido nada que ver en el envío de mi
candidatura.
No me gustaba competir con mi hermana, de hecho, si no la mandé fue
para darle más opciones, sin embargo, no pude impedir que mi tutor de
proyecto lo hiciera por mí porque pensaba que estaba dejando escapar una
oportunidad que merecía.
—Perdona, no quiero cabrearme contigo, renunciaré a la plaza si es lo
que quieres…
—¡¿Que renunciarás?! ¿Ahora qué soy, una obra de caridad? —Odiaba
cuando Chloe se ponía intensita—. Si te han dado la plaza es porque al
profesor Jones le caes mucho mejor que yo por lo que te cuelga entre las
piernas, es bien sabido que es un machista de mierda, y ya sabemos cómo
funciona la comunidad científica, las empresas de comunicación y el mundo
en general. ¡Estoy hasta las narices del maldito patriarcado! ¡Esa plaza era
mía! ¡Tú ni siquiera te presentaste!
No solía estallar con facilidad, la de la mecha corta era Chloe, pero me
había llevado al límite, sabía qué teclas tocar para hacerme saltar.
—Lo hizo por mí, porque sabía que en el fondo yo no quería
presentarme porque tú deseabas el puesto, no porque yo no lo quisiera, se lo
tuve que confesar cuando una tarde me llevó a su despacho y no dejó de
insistir hasta que le revelé mis verdaderos motivos; así que además de
mandar tu proyecto de fin de carrera, mandó el mío. ¡No hay nada de
machismo en ello!
Mi melliza me miró estupefacta.
—¿Cómo que no te querías presentar porque yo quería el puesto?
¿Pensabas que si te presentabas te lo concederían? ¿Por eso te eliminabas
de la ecuación? —masculló más para ella que para mí.
Adoraba a mi hermana, era mi mitad, haría cualquier cosa por ella,
incluso renunciar a algo que a mí también me ilusionaba.
—Si yo no me presentaba, tenías más posibilidades —susurré—, y no
quería herirte compitiendo contigo, te quiero, eres mi melliza.
—¡¿Herirme?! ¿Y qué se supone que estás haciendo ahora? No me
dijiste la verdad, te presentaste a mis espaldas y… —se calló un minuto
herida— y estás insinuando que solo habría podido ganar si tú estuvieras
fuera de la ecuación porque eres mejor.
¡Genial! Estaba pasando justo lo que no deseaba.
Me llevé una mano a la nuca. Mi padre decía que mientras Chloe heredó
la mala leche de la abuela, yo era más diplomático, como el abuelo, por eso
llevaba su nombre.
—¿Quieres que renuncie? —pregunté muy serio—. Pídemelo y lo haré.
Vi en su mirada que la sugerencia fue como echar sal en la herida.
—No quiero limosna, Oli —respondió dolida—, pero esta no te la
perdono. ¡¿Por qué no me dijiste que también querías el puesto y que Jones
había enviado tu proyecto?! Habría sido más justo, y ahora no me sentiría
traicionada por la persona que más quiero en este mundo.
—¿Y yo qué? —inquirió nuestro amigo.
—¡Cállate, Erik! —prorrumpimos los dos al mismo tiempo, e hizo el
gesto de cerrar la boca con una cremallera y arrojar la llave.
—Chloe, en serio que pensaba que te lo darían, tu trabajo era muy
bueno y quería evitarnos esto… —Nos señalé a ambos—. Ya sabes que no
llevo bien que discutamos.
—¿Y pensaste que me darían la plaza porque lo merezco más que tú?
—No, pienso que ambos la merecemos, pero que la balanza se inclinaría
hacia tu lado por ser mujer, ya sabes cómo están las cosas últimamente con
el tema de la igualdad de género.
Mi hermana boqueó como un pez fuera del agua.
—¡Increíble! —profirió, alzando las manos al cielo. Se dio media
vuelta, entró en su cuarto y salió con el bolso en la mano.
—¡¿A dónde vas?! —inquirí preocupado.
—¡A hablar con Jones y pedirle explicaciones! —exclamó sin detenerse
en su huida. Se marchó dando un portazo, llevándose consigo toda la
frustración y el malhumor de ambos.
—Lo-lo siento, tío —se disculpó Erik.
—Se habría enterado tarde o temprano. —Me pasó una mano por el
hombro conciliador—. Tengo que dar con algo que lo arregle… —suspiré.
—Bueno, no todo está perdido, Chloe ha dicho que en realidad sí que
hay dos plazas, así que solo hay que averiguar cómo obtener la extranjera.
Los ojos se me iluminaron. ¡¿Cómo no había pensado en eso?! Bueno,
tiene sentido, porque hasta hacía diez minutos no tenía ni idea de la que se
me venía encima.
—Erik, ¡eres el mejor!
—A veces se me ocurren cosas buenas, nene.
Le di un abrazo y lo besé en la mejilla.
—Si quieres darme las gracias, puedes bajar un poco más abajo, todo
recto hacia mi erección —bromeó juguetón.
—¡Cerdo!
—Tenía que intentarlo.
—Si lo consigo, voy a deberte un favor muy grande.
—Descuida, sabré cómo cobrármelo. —Resoplé y me metí disparado en
el cuarto en busca de la solución que me reconciliaría con mi hermana.
Capítulo 2
Abajo los machirulos
Chloe
Por muchas veces que tratara de entender lo sucedido, seguía sin
comprender cómo Oliver había podido ocultarme algo así.
No sabía qué me dolía más, si la traición de mi hermano o que me
declararan no apta como becaria en la revista de mis sueños, en negrita y
subrayado.
Hundí la barbilla en mis manos. Me había sentado en una terraza de una
cafetería cercana a la universidad, con los ojos inyectados en lágrimas
contenidas y un bol de helado de chocolate con menta esperando ser
engullido para apaciguar mi tormento.
Tras aguardar media hora a que el profesor Jones se dignara a
atenderme, porque estaba liado en una de sus clases, me fui con la misma
sensación de impotencia con la que había llegado.
No tenía ganas de volver a casa, no quería enfrentarme a Oliver y su
«yo soy más válido que tú», porque en el fondo no lo sentía así, no tenía
problemas de fe en mí misma, me había esforzado toda mi vida por ser la
mejor. Mis profes lo decían, las notas también. Entonces, ¿dónde radicaba
el problema?En ser mujer, estaba convencida.
Llevaba un buen rato dándole vueltas al móvil que yacía ahogado en
mensajes de mi mellizo que no pensaba responder.
Solté un bufido quejumbroso, apoyé la huella para desbloquear la
pantalla y llamé a la única persona que me podría entender. O así lo sentía
en ese momento. No respondió rápido, tampoco lo esperaba, casi siempre
estaba ocupada, y me costó un par de llamadas que respondiera.
—Hola, Chloe, ¡menuda sorpresa!
—Abuela… —gimoteé al otro lado de la línea a punto de romperme.
—Eh, ¿qué pasa? ¿Estás bien?
—No.
Fue una de esas pocas veces que respondí con una negativa. Mi abuela
era una mujer dura, inteligente, hecha a sí misma, que sufrió un cáncer
hacía años, motivo por el cual intentábamos no disgustarla en exceso.
—A ver, cuéntame, ¿qué ha pasado?
—No me la han dado…
No hizo falta más. Sabía que esa frase bastaría para que me entendiera.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea, casi pude escuchar cómo
contenía el aliento y lo soltaba poco a poco hasta formular la siguiente
pregunta.
—¿Cómo te sientes?
—Fracasada.
Sí, esa era la palabra que mejor resumía mi estado anímico. Fracasada
por no haber logrado mi objetivo y fracasada como hermana porque mi
mellizo no tuviera la suficiente confianza para decirme que él también
quería la plaza, y que su tutor lo había presentado.
—No tienes por qué, que no te hayan concedido el puesto de becaria
puede ser por muchos motivos, como que se la hayan otorgado al sobrino
del dueño o a un lameculos.
—Se la han dado a Oliver.
—¿Oliver? ¿Nuestro Oliver?
—Sí, el mismo que compartió útero conmigo durante nueve meses y al
que llevo veintitrés años pegada.
—Oh.
—Exacto, oh.
—No sabía que se había presentado.
—Yo tampoco, de hecho, no se presentó, fue cosa de su tutor…
—¿Cómo es eso?
—Según el profesor Jones, a mi proyecto le faltaba alma. ¿Te lo puedes
creer? ¡Alma! Que yo no soy compositora de baladas románticas, ni escribo
historias de amor. —Casi pude ver cómo se le hinchaba la vena del cuello
bombeando sangre.
—¿Alma? Por el amor de Dios, ¡que era un proyecto de divulgación
científica sobre el distroglicano y las distroglicanopatías!
—¡Exacto! Eso mismo le he dicho yo, que es un proyecto de rigor, no
para emocionar al lector.
—¿Y qué te ha contestado?
—Que eso no importaba, que había demostrado tener la sensibilidad de
una piedra.
—¡¿De una piedra?! ¡Con una piedra golpearía yo su cabeza rellena de
algodón de azúcar! Pero ¡¿qué tipo de profesores tenéis en la universidad?!
¡El trabajo era perfecto, yo misma te lo supervisé, que le dé esa respuesta a
las personas que sufren distrofias neuromusculares congénitas! Alma,
dice…
—No te sulfures.
No tenía claro si había sido buena idea llamarla y alterarla con mis
problemas.
—Ambas trabajamos muy duro para que estuviera perfecto, de hecho,
me ha reconocido que el trabajo de investigación era excelente.
—¡¿Y entonces?!
—Dice que aunque fuera así y BIOmedical sea una revista científica,
necesitan periodistas que le den una mayor calidez a los artículos, que
empaticen con los lectores y les toquen la fibra, como Oliver —dije con la
boca pequeña.
—¡Paparruchas! La única fibra que necesita ese profesor tuyo es la que
le haga cagar tanta estupidez —protestó—. He conocido a muchos Jones en
mi vida, hombres frustrados que se dedican a la docencia porque no sirven
para nada más que no sea repetir como cacatúas. No tiene ni idea de lo que
necesita una revista como BIOmedical, de hecho, creo que entre mis
contactos figura el director de…
—Abuela, déjalo, no quiero entrar por enchufismo.
—¡¿Enchufismo?! ¡Lo merecías!
—Lo sé, pero ambas sabemos que ser mujer no ayuda… Tendrías que
haber visto su mirada patriarcal.
Un sonido de disgusto envolvió mi oído.
—Así que se trata de eso… Machismo —escupió empachada por la
misma palabra.
—Puro y duro.
—Me parece mentira que a estas alturas sigamos así. No pienso
quedarme de brazos cruzados, puede que tengas razón y no sea buena idea
llamar a los de BIOmedical, sin embargo, conozco a una presentadora a
quien le encantaría conceder una entrevista a una señorita que tiene que
decir mucho sobre la igualdad de género en la universidad. Ese tal Jones
nos va a oír.
—No.
—¿No?
Me mordí el labio y removí el helado que, fruto del calor, se parecía
más al vómito de Shrek que a algo apetecible y fresquito.
—Si hubiera conseguido la plaza otro, sabes que yo misma me estaría
paseando con una pancarta frente a la universidad, pero es mi hermano, ¡es
Oliver! —me quejé.
Aunque me fastidiara que él hubiera obtenido la plaza, no quería
meterlo en problemas, por muy dolida que estuviera y que me escociera el
hecho de ocultarme su deseo de obtener el puesto.
—Sí, eso es un inconveniente… ¿Y qué quieres hacer?
—No lo sé. Por ahora, estoy ahogando mis penas en helado, o más bien
el helado se está ahogando solo… Después, igual voy a nadar un rato a la
playa, necesito despejarme.
—Si quieres, cojo un vuelo y voy a verte, tus padres pueden encargarse
del laboratorio, ya sabes que me permiten estar por pena, no por necesidad
—bufó—, agradecerán que les deje en paz un rato.
—No digas eso, abuela, sabes que mamá te adora y que eres
imprescindible en la empresa.
—Ya no tanto, aunque te agradezco el cumplido.
No mentía, mi madre admiraba profundamente a la doctora Patrice
Miller, tío Noah solía decirle que debería haber sido ella su hija en lugar de
él.
La primera vez que soltó el comentario, mi padre le dijo que, de haber
sido así, viviríamos en Juego de Tronos, seríamos los Lannister y a tío Noah
le habría tocado ser el enano, porque él no podría renunciar a amar a mi
madre, por muy hermana suya que fuera.
—Estoy pensando… —masculló mi abuela—. Podrías probar en otra
revista, lo único que nos enseñan las derrotas es…
—A cambiar la perspectiva —comenté, recordando la frase que ella
siempre utilizaba.
—Exacto.
—Pero ¡es que yo quiero BIOmedical!
—Eres igual de pertinaz que yo, así que no sé de qué me extraño.
Bueno, que no puedas culminar la cima la primera vez que intentas subir a
la montaña no significa que no lo logres, o que no haya otros caminos
alternativos, solo hace falta observar bien el mapa. Míralo por el lado
bueno.
—¿Y cuál es?
—Ahora sabes lo que no quieren.
—¿Te refieres a una mujer? —Ella emitió una risa. Si alguien había
tenido que luchar contra el patriarcado académico esa era ella.
—Los viejos dinosaurios son muy sensibles a perder su hegemonía, en
nosotras radica el poder de demostrarles lo contrario, hazles ver que se
equivocan, demuéstrales lo que se pierden, y ellos serán quienes vayan en
tu busca y no al contrario. Vales mucho más que lo que habita entre tus
piernas, Chloe Miller. No dejes que una panda de machirulos te hagan
pensar lo contrario. Te sugeriría mandarte un poco de ácido sulfúrico para
que le disuelvas el cerebro que habita en sus calzoncillos, pero no quiero
imaginar lo que tendrías que hacer para llegar hasta esa parte de su
anatomía. Así que es mejor que le golpees las pelotas a ese tal Jones con lo
más fuerte que tenemos las mujeres, nuestro cerebro.
—Siempre has sido mi referente, ojalá fuera tú, abuela. —Casi pude
escucharla sonreír.
—Eres mucho mejor, eres mi nieta, la hija de dos científicos
maravillosos y tu propio referente. Estoy convencida de que esta caída solo
hará que te levantes con mayor fuerza. Siéntete orgullosa de los pasos que
des, nadie nace sabiendo andar, y mucho menos correr. Repta, gatea, y
cuando estés preparada, déjalos con la boca abierta.
A cada palabra, mi pecho se hinchaba más, sabía que no era un error
llamarla, la necesitaba casi tanto como el aire que estaba respirando.
—Gracias, abuela, te quiero, aunque no te lo diga muy a menudo.
—Y yo a ti. Y no te enfades con Oli, conociéndolo, estoy segura de que
esto se le ha ido de las manos. No tiene nada personal contra ti, siempre te
ha adorado.
—Y yo a él.
—Entonces, vuelve a casa y arregladlo. Y si necesitas que coja un avión
o venir tú a verme, ya sabes que solo tienes que decirlo.
—Lo tendré en cuenta.—Decidas lo que decidas, siempre voy a estar a tu lado, y, ahora, mueve
ese culo, Chloe Miller, tienes que encontrar la estrategia perfecta para
alcanzar tus objetivos.
—Lo haré, abuela, descuida.
Capítulo 3
Nos vamos a España
Oliver
No veía el momento en que Chloe cruzara la puerta para
darle la buena nueva. Me había costado todos mis ahorros, pero estaba
convencido de que el fin justificaba los medios, y que era la única opción
que tenía para que me perdonara.
Total, el dinero era solo dinero, y mi melliza era mucho más importante
que nada.
Con los beneficios que generaban las acciones que teníamos en la
empresa, mi cuenta corriente no tardaría en volver a tener liquidez, en un
par de meses tocaba reunión de accionistas y reparto de dividendos.
Mis padres nos habían dado unas cuantas acciones de las suyas tanto a
Chloe como a mí, mi hermano Robbie no tendría ninguna hasta que
cumpliera los veintiuno, mi progenitor decía que con quince no se tiene
cabeza como para manejar tanto dinero.
Contemplé el piso en el que había vivido los últimos años, se veía vacío
solo con mi presencia.
Erik había bajado a pillar algunas olas, y yo me veía incapaz de hacerlo
por miedo a que cuando saliera, Chloe regresara.
Caminé arriba y abajo del pasillo hasta que oí un crujido en la puerta,
seguro que se trataba de mi hermana. Abrí de golpe.
—¡Lo tengo! —exclamé, provocando que un tipo vestido de UPS se
cayera de culo y arrojara el paquete que tenía entre las manos por encima de
su cabeza.
El paquete descendió hasta el suelo, el repartidor se estiró intentando
evitar lo inevitable, que aquella caja cuadrada con la palabra frágil tatuada
se despeñara un tramo de escalera y sonara a cristales rotos.
«¡Mierda!».
El hombre puso cara de terror.
—Lo siento… —mascullé.
—Hoy estás que rompes con todo, hermanito, incluso los paquetes de la
vecina —comentó una voz femenina, ascendiendo los peldaños por los que
rebotó la caja. Mi hermana la acababa de recoger. La tenía entre las manos
mientras leía la etiqueta. Tenía el pelo húmedo y la cara salpicada en sal. Le
ofreció el paquete al repartidor, que recorrió con avidez sus piernas
torneadas—. Pone tercero D, no B. Dígale a la señora Perkins que ha sido
culpa de Oliver Miller, y que estará encantado de pagárselo.
—G-gracias, se-señorita —tartamudeó el hombre.
—No hay de qué —respondió, pasando por mi lado. Solo esperaba que
el contenido de la dichosa caja no fuera un huevo de Fabergé, o tendría que
terminar empeñando los míos.
—Lo siento —me disculpé por segunda vez con él antes de cerrar la
puerta. Me di la vuelta para dirigirme a Chloe—. ¿Has ido a la playa?
—Necesitaba un baño para despejarme. Llevaba el biquini debajo
porque iba a ir a nadar cuando llegó el cartero, vi el sobre y deshice mis
planes de ir a la piscina.
—Entonces, ¿no has ido a hablar con Jones? —cuestioné cauto.
—Ya lo creo, aunque me marché con la misma sensación con la que
llegué. Ese hombre se quedó estancado en el primer peldaño de la escala
evolutiva.
—Olvida a Jones, tengo la solución a nuestros problemas. —Ella alzó
las cejas con incredulidad y se cruzó de brazos.
—Ya te he dicho que no quiero que renuncies.
—Y no voy a renunciar, eso es lo bueno. ¡Vas a conseguir el puesto de
becaria internacional!
—¡¿Cómo?!
—Nos he inscrito en un máster.
—¿Un máster?
—Exacto. Erik me ha ayudado a averiguar de dónde saldrá el otro
becario. Este año, el privilegio ha recaído en Barcelona, nosotros hablamos
de puta madre español, ¡y lo mejor de todo es que no empiezan hasta el
siete de enero! Tenemos un par de meses para hacernos a la idea. La
duración es de un año lectivo, con tres meses de vacaciones que van de
junio a septiembre, los mismos meses que duran las prácticas en la revista.
Parece que lo hayan hecho a medida. En octubre, volamos de nuevo a
España para el último trimestre y listo, algo más que añadir a nuestro
currículo. ¿No lo entiendes? ¡Vamos a lograrlo ambos! —exclamé
entusiasmado—. ¿No te sientes emocionada?
—Más bien perpleja.
—Pues regresa. —Chasqueé los dedos—. Ya lo he pagado, inclusive la
residencia de estudiantes en la que nos alojaremos, Erik me ha ayudado a
tramitarlo todo, vas a conseguir tu sueño.
—Necesito procesar esto —fue su única respuesta antes de internarse en
la cocina para sacar un refresco de la nevera y bebérselo del tirón.
La seguí y aguardé con paciencia a que terminara. Tantas burbujas no
podían ser sanas. Obvié el comentario, no quería decir algo que pudiera
destruir la delicada capa de conciliación que había elevado para
envolvernos.
Estaba muy preocupado porque no fuera capaz de perdonarme, no
quería perder la confianza de mi hermana, y sabía que pendía de un hilo. La
había cagado estrepitosamente ocultándole la verdad, pero era cierto que no
pensaba que me ofrecieran el puesto.
Esperé hasta que no pude más, los nervios me estaban matando.
—Chloe, di algo, lo lamento infinito, haré lo que sea para que me
perdones. He invertido todo mi dinero en esto porque sé que no aceptarás
mi renuncia aunque te la sirva en bandeja.
—¿De verdad piensas que mi trabajo era tan bueno como para que me
den la otra plaza? —preguntó, enfocando sus pupilas en las mías.
—¡Pues claro! ¡Eres brillante! —Ella desvió las suyas sobre la mesa de
desayunos.
—Jones opina que me falta alma…
Las comisuras de mis labios se dispararon un poco hacia arriba.
—Bueno, ya sabes que nunca has sobresalido por el arte de reflejar tus
emociones, tu estilo es más introspectivo, lo que no le resta veracidad o
mérito. Aquí, el del corazón blandito siempre he sido yo… Tú eras Elsa y
yo…
—Olaf —concluyó con una sonrisa suave. No había enfado en ella, lo
que me relajó. Habíamos visto cientos de veces Frozen de pequeños,
incluso recitábamos los diálogos.
—Del uno al diez, cuál es tu nivel de cabreo conmigo.
—Cien. —Bajé la barbilla resignado—. ¡Es que no lo entiendo!
¡Tendrías que habérmelo dicho!
—Ya me he dado cuenta, y si te sirve de consuelo, no me siento
orgulloso de ello, actué como un cobarde, me daba palo, tú estabas tan
ilusionada que…
—Pero esa ilusión también te pertenecía —comentó sin un ápice de
malignidad—. Lo que me duele es que me lo ocultaras, y que te hayan dado
el puesto por tu picha.
—¡No me lo han dado por eso!
—¡Claro que sí! Estoy de acuerdo en que tu trabajo también era bueno,
pero el mío rozaba la excelencia. ¡Estaba supervisado por la abuela!
¡Incluía un descubrimiento científico que no había salido todavía a la luz!
Era imposible que no me lo otorgaran, y con ello no estoy menospreciando
el tuyo, que conste, lo único que saco a la luz es que se declinaron más por
ti por tu sexo, y eso no es justo.
No quería volver a enzarzarme en una pelea con ella, así que dejé pasar
la motivación que les llevara a escoger mi candidatura.
—Bueno, da igual, ahora tienes la oportunidad de cerrarles la boca y
demostrarles que las mujeres merecen ese puesto igual que los hombres.
—Tengo la oportunidad de hacer mucho más que eso.
No me gustaba nada el brillo que contenían sus ojos, era el mismo que
lucía Miércoles Adams antes de arrojar las pirañas a la piscina.
—¿A qué te refieres?
—Vamos a intercambiarnos, yo voy a ser tú y tú vas a ser yo. Así les
demostraré que son unos putos machistas retrógrados.
—¡¿Qué?!
Abrí mucho los ojos y mi cuerpo entró en estado de alarma, notaba
cómo el suelo se volvía agua y me convertía en el puto capitán del Titanic,
sin opción a saltar del barco porque se hundía.
—Es muy sencillo, si yo me convierto en ti y me conceden la plaza de
becario con mi estilo desalmado, y tú eres yo, con tu escritura sensible, y te
la deniegan, demostraré que los motivos que les llevaron a elegirte no
fueron los correctos, que hubo discriminación sexista.
—¡Estás loca! ¡Eso es imposible!
—No lo es, además, será divertido, dime que nunca te has imaginado
siendo mujer.
—Pues no, tengo mi orientación de género bastante definida.
—Sabes que no me refiero a eso, y a mí sí que me gustaría. Vamos, Oli,
solo serán unos meses, ¡tampoco te estoy pidiendoque uses máscara de
pestañas de por vida!
—Tú lo que quieres es hundirme.
—No, lo que quiero es justicia, y si quieres que te perdone, tendrás que
usar mis bragas y sujetadores mientras dure el máster.
La miré con horror.
—Ni de puta broma, eso ha sonado asqueroso.
—No hablaba en términos literales, tendrás tu propia ropa interior, mi
lencería es demasiado fina para tus pelotas, además, dudo que quieras llevar
tanga.
Doble cara de horror.
—¡Tú flipas! ¿Se te han subido las burbujas a la cabeza o qué? ¡No va a
colar! Soy un tío, es imposible que la gente crea que soy una chica.
Una sonrisa pérfida se dibujó en sus labios.
—Yo me encargo de esa parte, tenemos un par de meses para
prepararnos, y te garantizo que colará.
—¿Y si ganas con mi nombre? ¿No crees que a los de la revista les
chocará tener dos becarios con el mismo nombre y apellido?
Mi melliza sacó el móvil, tecleó algo y me lo mostró.
—Hay 1371879 Miller en Estados Unidos, 78000 en Inglaterra, 73000
en Canadá, 48000 en Alemania, 46000 en Australia y podría seguir
enumerando las cifras… Lamento comunicarte, hermanito, que somos
millones en el mundo, y que tu nombre de pila no tiene nada de especial. La
probabilidad de que les otorguen la plaza a dos Oliver Miller es más alta
que ganar al póker online.
—Entonces no querrán que seamos sus becarios.
—Por supuesto que sí, porque si nos la quitan por querer demostrar la
verdad, la sacaremos a la luz. Les diremos que lo único que pretendíamos
con el experimento era obligarlos a cambiar las cosas. ¡Es un plan brillante!
—¿Y por qué no nos limitamos a intercambiarnos los trabajos?
—Porque eso no sería divertido, y yo quiero la experiencia 360º. —
Chloe extendió su mano—. ¿Hay trato? ¿O prefieres que deje de hablarte
para siempre?
—¿Por qué no puedes limitarte a ganar siendo tú?
—Porque lo que pretendo demostrar va mucho más allá de ti y de mí,
como decía Louis Armstrong: «Un pequeño paso para el hombre, un gran
paso para la humanidad».
—Ese era Neil, el astronauta, el otro era músico de jazz, y lo que decía
era que: «Solo hay dos maneras de resumir la música: o es buena, o es
mala».
—Exacto, solo hay dos maneras de resumir esto; hay trato, o no lo hay.
Soy buena y merezco que se me juzgue por mi trabajo, no por mi género.
¿Qué escoges?
Cabeceó hacia su mano, y a mí no me quedó más remedio que
estrecharla.
Porque prefería mantener la relación con mi hermana que perderla por
unas prácticas. Eso sí, de esta no salíamos con vida.
Capítulo 4
Copa D
Chloe
Contemplé a mi hermano con una sonrisa mordida.
Llevábamos los últimos dos meses practicando nuestro cambio de
identidad, así como afinando nuestras gargantas para que las voces nos
salieran lo mejor posible. El curso acelerado de cómo convertirse en Chloe
Miller incluyó un curso intensivo de aplicarse la máscara de pestañas sin
saltarse un ojo, contonear las caderas sin parecer una prostituta ebria y
atusarse el pelo evitando arrancarse la peluca.
Sí, he dicho peluca, porque, aunque Oliver y yo nos pareciéramos
muchísimo, yo pasaba de cortarme el pelo tanto como él, que una cosa era
hacerme pasar por mi hermano, y otra perder mi maravillosa melena.
Hay mujeres a las que les crece el pelo por segundos, en mi caso, me
costaba un infierno, y ahora que lo tenía como quería, ni de broma
renunciaría a ello. Total, había unas pelucas flipantes, no se notaban
absolutamente nada y aprendimos a colocárnoslas con desenvoltura.
Oliver se removió inquieto contemplándose en el espejo del probador.
—¡Es que no entiendo por qué tengo que llevar sujetador! —exclamó,
tirando del tirante de la pieza de lencería mientras Erik se descojonaba
sentado en el taburete.
—Pues a mí me pareces muy sexi, Oliver, ¿puedo acariciarte las
domingas? —agitó las cejas, alargando el brazo para formar una garra y
rugir tentador. Mi mellizo le dedicó un gruñido carente de humor y le
golpeó la mano.
—Si me tocas, eres Erik muerto. —Nuestro mejor amigo se dejó caer
contra la pared con una sonrisa en los labios.
Oliver volvió a centrar su atención en mí con un interrogante en los ojos
y los pectorales envueltos en encaje rosa de florecitas efecto push up.
—¿Puedes responder al motivo por el que tengo que ponerme esta cosa?
—Pues porque las chicas llevamos.
—Pero ¡yo no soy una chica, no tengo tetas y me pica! —exclamó,
pasándose las manos por el interior del tejido—. ¿No dicen que ahora está
de moda eso de llevarlas sueltas? Pues yo me uno al movimiento. ¡Abajo
todo lo que oprima, abajo el sujetador! —Alzó el puño con gesto
reivindicativo.
—No eres ninguna abanderada del braless.
—¡Si no hay nada que sujetar! —insistió.
—En el caso de Chloe, tampoco lo hay, y bien que los usa —contestó
Erik. Arrugué la nariz, me saqué una de las chanclas y se la tiré a la cabeza.
La esquivó, aunque impactó en su hombro derecho, el probador no era lo
suficientemente grande como para que huyera.
Vale que no tenía un pecho de esos por los que los tíos babean, pero
tampoco era una tabla de surf. Lo miré con los brazos cruzados bajo mi
escaso escote.
—Lo necesitas para dar a tu musculatura un efecto mujer del que
careces —le aclaré a mi hermano, después contemplé a mi mejor amigo—.
Y tú mejor que no hables, porque a ti te faltan pelotas y también llevas
calzoncillos.
En esa ocasión, a Oli sí que le dio la risa.
—Ahí le has dado…
—Puede que no te hayas fijado bien y necesites que te las enseñe —
murmuró Erik con la mano en la cinturilla del pantalón.
—¡Ni se te ocurra! Tendría pesadillas todo el año. —Devolví la atención
a mi mellizo—. A ver, Oliver, estamos juntos en esto, si no fuera realmente
importante, no haría que te lo pusieras. El sujetador no solo servirá para lo
que te he comentado, hay un estudio que dice que la ropa interior bonita te
empodera y te hace sentirte más atractiva.
—¿Atractiva? ¡Soy un tío! A mí lo único que me gusta de los
sujetadores es quitarlos, no que me los pongan…
—Pues tendrás que aguantarte, porque es muy raro que una chica no
tenga ninguno, y mucho menos que no los use nunca, además, eres yo, y yo
los uso. Por poco pecho que tenga —miré de soslayo a Erik, que alzó las
manos—, uso una ocho copa B, y algo de forma tengo… Es importante que
recuerdes tu talla por si necesitas ir a comprar alguno más. —Él arrojó un
bufido.
—¿Más? Si hemos acordado que iremos todo el día con jerséis anchos y
camisetas de cuello alto para que no se vea que no tienes nuez y yo sí,
¡dudo que se fijen en nuestras tetas o la falta de ellas!
—Ya conoces la importancia de los detalles, no podemos cometer
errores, y el uso de sujetador no es un punto negociable, tendrás que
acostumbrarte, así como aprender a ponértelo con soltura y sacártelo, si la
ocasión lo requiere, delante de otras chicas.
—Ahora sí que te has vuelto loca… ¿Por qué tendría yo que quitarme el
sujetador delante de otras chicas?
—Pues… no sé, puede que por una novatada y tengas que hacer una
cadena de ropa, o porque vayas de compras, o…
—Eso no va a ocurrir.
—Vale, pero si pasara…
Metí el codo por el interior de la manga de la sudadera que me había
probado, después el otro para poder operar en el interior de la prenda sin
que se viera nada. Me lo quité por debajo y se lo lancé a Erik, que parecía
alucinar con mi destreza.
—Flipante, acabas de liberar a tus Willies con la precisión de Houdini.
—Si sobrevivo a esta experiencia, seré capaz de cualquier cosa —
resopló mi mellizo.
La cortina se abrió de un modo abrupto seguido de un…
—¿Cómo va la cosa? ¿Necesitas una talla más? —Los tres giramos el
rostro hacia la preciosa dependienta que me había atendido mientras Oliver
y Erik paseaban ojeando los conjuntos de ropa interior algo alejados de mi
persona.
Ella nos contempló sorprendida, algo sonrojada y formó una o con
aquellos perfectos labios pintados de rojo. Mi hermano se encendió como
una bombilla, y ella, en lugar de cerrar o amedrentarse, estiró la boca en una
sonrisa suave.
—El color es precioso y le sienta muy bien a tus ojos y tu tono de piel,
pero creo que una catorce B te iríamucho mejor, deja que vaya a por uno y
te lo traigo, seguro que te sientes más… —dudó, rebuscando en su cabeza si
debía usar un adjetivo en femenino o en masculino—. Mejor —zanjó para
no meter la pata—. Enseguida vuelvo, y traeré algún otro modelo que te
realzará todavía más. Escoger la copa correcta obra maravillas con el escote
—comentó, cerrando de nuevo la cortina.
Yo no pude evitar echarme a reír.
—¿Qué cojones es eso de la copa? —cuestionó Erik con la carcajada
contenida en la garganta.
—Ni puta idea, pero es justo lo que necesito ahora mismo, una bien
cargadita de Jack Daniel's hasta los bordes —espetó Oliver con una mirada
aniquiladora que recaía sobre mi persona.
—No te apures, los labios de Wendy están sellados, mi propina se
ocupará de ello —agité las cejas a la par que él me dedicaba un bufido
molesto.
Próxima parada, Barcelona.
Capítulo 5
Buen vuelo
Oliver
Mi madre, mi padre y todos nuestros familiares no quis
ieron perderse nuestra despedida.
Nos marchábamos con las maletas cargadas. Por delante, veintitrés
horas y cuarenta minutos de viaje que incluían una escala en Doha, donde
estaríamos dos horas y media. Por eso nos íbamos en el vuelo nocturno del
jueves, porque, con el cambio horario, llegaríamos a las doce cincuenta del
viernes a Barcelona y necesitaríamos el día entero para remontar el posible
jet lag.
Pasaríamos las dos primeras noches en un hotel céntrico. El sábado
saldríamos de fiesta por Barcelona y me despediría de mi masculinidad
durante los próximos seis meses.
Había hecho un pacto con Chloe. En el gimnasio, cada uno retomaría su
identidad, ninguno de los dos estábamos dispuestos a renunciar al
entrenamiento, yo continuaría haciendo pesas, y ella natación, era imposible
que pudiera camuflarse bajo el bañador.
También saldríamos algún que otro día, alejándonos de las zonas más
concurridas, para poder ser nosotros mismos, no obstante, la mayor parte
del día yo sería ella, y ella yo.
Era inevitable confesar que estaba acojonado, porque me daba a mí que
nos descubrirían a la primera de cambio, y si era así, las consecuencias
podían ser nefastas. Sin embargo, mi hermana estaba de lo más tranquila
desde que la semana anterior realizamos su denominada prueba de fuego,
que consistió en intercambiarnos y salir de fiesta en un local nuevo que
abrieron en Sídney, que imitaba a un iglú y su interior estaba hecho
íntegramente de hielo, por lo que debías vestir acorde a la gélida
temperatura del lugar.
Tengo que decir que ligué como nunca, y ninguno de los tipos que,
insistentemente, me tiraron la caña me preguntaron una sola vez si era una
mujer.
Por su parte, Erik y Chloe se partían, y cuando un subnormal intentó
propasarse tocándome el culo, mi rodilla se alzó por instinto para clavarse
en su entrepierna.
¿De verdad los tíos éramos tan babosos cuando salíamos de fiesta, y
ellas tenían que soportar todas esas faltas de respeto?
Desde luego que yo no era así, y me daba pena haber tenido que
vestirme de mujer para coscarme de lo que mi hermana o cualquier chica
tenía que sufrir. Estaba claro que al mundo todavía le faltaba evolucionar
bastante y que debíamos volcar todos los esfuerzos en ello.
—Cuidaos mucho —gimoteó mi madre, aplastándose contra mí.
—Vamos, Duendecilla, que nuestros hijos ya son mayores de edad,
llevan varios años viviendo fuera de casa y se tienen el uno al otro.
Mi padre le acarició la espalda con ternura. Solía emplear aquel mote
que le puso el primer día que se encontraron, cuando él entró a trabajar a
Genetech y mi madre le cantó las cuarenta frente a una desconocida sin que
ellos se conocieran[1].
—Sí, pero ¡es que se van a la otra punta del mundo! —prorrumpió con
voz trémula. Parte de nuestra infancia la pasamos sin ella, lo que propició
que cuando la recuperamos, se volviera bastante protectora con nosotros.
—Solo son seis meses —comentó Chloe—, y como papá dice, nos
tenemos el uno al otro.
—Y a mí —asumió Erik. Los dos lo miramos con extrañeza.
—¿Te refieres a las videollamadas? —inquirió mi melliza.
—Me refiero a que Surfi’n Aussies lleva tiempo con la intención de
asomar la nariz en el mercado español. Hay unos surfistas muy buenos en el
País Vasco, Las Canarias, Andalucía, etc. Van a abrir una sede en Barcelona
debido a sus buenas comunicaciones, y hay una plaza en el departamento de
marketing que he solicitado. No todos en mi empresa tienen disponibilidad
para viajar y olvidarse de su familia por completo.
—¡¿Y tú sí?! —aquel reproche se lo lanzó su madre, que lo miraba
desorbitada.
—No me refiero a eso, y lo sabes, mamá.
—¿Te la han dado? —pregunté, alegrándome de que mi mejor amigo
pudiera estar para llorar sobre su hombro cuando los tacones me estuvieran
matando.
—Todavía no, pero Arika, de Recursos Humanos, me ha dicho que es
muy probable que me lo den, así que si es así, en unas semanas me tendríais
por allí, la empresa me pagaría alojamiento, coche y dietas.
—¡¿Y cuándo pensabas contármelo?! —cuestionó Alba, volcando su
mirada asesina sobre el perfil de su hijo.
—Pues cuando fuera un hecho, tú siempre me dices que las cosas
buenas no se cuentan hasta que se cumplen porque se gafan. Creí que te
gustaría la idea de que estuviera cerca de los abuelos y tía Marien.
—Pero ¡si ellos viven en Madrid y eso son más de seiscientos
kilómetros! —le reprochó.
—Con el AVE o el avión, estás en un santiamén, además, es una gran
oportunidad para mi currículo, mi sueldo se incrementará en un 25 %, ¡¿te
lo puedes creer?!
—Yo lo veo genial —apostó Liam.
—¡Cómo no! —Le faltó añadir un «como no es tu hijo», aunque si lo
pensó, no lo dijo, porque no habría sido justo. Liam actuó del mismo modo
que haría un padre con Erik desde que ellos se vinieron a vivir a Australia.
Mi amigo no tenía hermanos, Alba no estaba muy por la labor de ser
madre, quería volcarse en su sueño de ser escritora, y tío Liam nunca quiso
presionarla al respecto. Para él, Erik era tan hijo suyo como si lo hubiera
concebido, y se llevaban a las mil maravillas. Además, tenerlo medio
criado, como solía decir, les permitió hacer muchas cosas juntos sin pasar
noches en vela o tener que cambiar pañales.
—A ver, ¿nosotros no fuimos a una isla que por poco nos cuesta la vida
porque tú te empecinaste en querer concursar en aquel reality que resultó
ser una panda de tarados que pretendían recrear su propia mezcla entre El
juego del Calamar y Los Juegos del Hambre[2]? —Ella resopló—. Pues si
nosotros superamos eso y salimos reforzados, Erik lo tiene chupado.
—No es que quiera interrumpir esta conversación tan interesante, ni
echaros, pero es que si no nos marchamos ya, perderemos el vuelo —
informó Chloe con una mueca de sufrimiento en el rostro.
Mi hermano Robbie nos estrujó a ambos, dejando caer la suerte que
teníamos, al igual que mis primas, que ya se ofrecían para venir de visita en
cuanto sus padres las dejaran.
—De eso nada, señoritas —espetó taciturno tío Noah—. Primero,
porque vuestros primos estarán en una residencia de estudiantes, y segundo,
porque sois muy pequeñas para viajar solas. —Ellas pusieron cara de
fastidio.
—Más bien son muy adolescentes y demasiado avispadas —se sumó
Cris, pasando la mirada de su hija a su sobrina para terminar sobre nosotros
—. Os he comprado un par de libros para el vuelo —nos tendió uno a cada
uno—, espero que los disfrutéis.
—Seguro que sí, nadie conoce nuestros gustos literarios como tú —
argumenté un pelín emocionado.
Ella siempre sería mi tía favorita, el tiempo que pasó cuidándonos,
cuando mi padre estuvo buscando a mi madre, porque todos creíamos que
estaba muerta excepto él[3], fue una de las mejores épocas de mi vida, y la
recordaba con muchísimo cariño. Cris tuvo una paciencia infinita con
nosotros, por muchas trastadas que sufrió.
Volvimos a repartir besos y abrazos a todo el mundo.
—¡Buen viaje! —exclamó tía Alina bajo el brazo del tío Kyle, mientras
este agarraba la mano de mi otro primo pequeño, que tenía nueve años.
Su historia sí que era de libro; niños robados, secuestros, jeques
árabes…No me extrañaba que Alba se hubiera ofrecido alguna que otra vez
a hacer de su historia una novela[4].
Chloe y yo nos miramos, respiramos hondo y nos alejamos con el cariño
de nuestros familiares arropándonos las espaldas.
Capítulo 6
Pelillos a la mar
Chloe
Estaba muerta pero feliz.
Como Oliver predijo, necesitábamos un par de días de hotel para
remontar; en cuanto llegamos a la habitación, nos tumbamos en la cama y
nos pusimos a dormir como marmotas. Ocho horas después, nos
despertamos con un rugido de tripas que ni El Rey León en África. Fuimos a
cenar a una pizzería que nos recomendó la chica de recepción y, aunque
pudiera parecer mentira, después de ducharnos, nos quedamos fritos viendo
la tele.
El sábado nos despertamos con las pilas cargadas, bajamos al
restaurante donde nos sirvieron un fabuloso desayuno continental, que
incluía zumo de naranja recién exprimido, tostadas untadas con tomate,
aceite de oliva, sal y jamón, al más puro estilo catalán, que nos alucinó, y
un par de tazas de café bien cargadas.
Oliver me comentó que en el campus de la universidad había un
gimnasio con grandes descuentos para los alumnos, sin embargo, preferí
que nos apuntáramos a uno que estaba a un par de manzanas y era algo más
caro, teníamos menos opciones de coincidir con alguien que estudiara el
máster con nosotros.
Cogimos un abono de metro, para movernos con comodidad por la
ciudad, y fuimos hasta el centro deportivo de vacío. No íbamos a entrenar,
solo dimos una vuelta por las instalaciones y decidimos que nos encantaba
el sitio. La sala de pesas incluía maquinaria de última generación para
Oliver, y la piscina era justo como a mí me gustaba. La recepcionista me
dijo que no solía estar muy concurrida de seis a ocho de la mañana, y era el
horario en el que pensábamos ir. Además, la zona de spa estaba incluida en
el precio, nos daban la toalla, y si queríamos, tenían un servicio de
lavandería para nuestra ropa, por lo que podíamos alquilar la taquilla y tener
siempre la ropa lista para el siguiente día de entreno.
Todo eran ventajas.
—Pero ¿cómo lo haremos con las pelucas? —cuestionó mi mellizo
agobiado.
—Fácil, nos compraremos tres sudaderas iguales y un par de pantalones
de chándal negros, saldremos de la residencia vestidos de la misma manera,
con ellas puestas y una gorra de béisbol encajada hasta las cejas.
Desayunaremos en esa cafetería de ahí —señalé—. Fíjate, el baño está justo
al lado de esa mesa. Una vez dentro, vamos al servicio los dos antes de
sentarnos, y nos las quitamos, las guardaremos en la bolsa de deporte. Al
salir de entrenar, haremos lo mismo, ya sabes que tú y yo sin un par de
cafés y un buen desayuno no funcionamos.
—Lo tienes todo calculado —suspiró.
—Ya te dije que no tendrías que preocuparte, que será muy sencillo.
Podemos ir al centro comercial, me han dicho que hay uno que se llama El
Corte Inglés en plaza Catalunya donde hay de todo. Nos compramos la
ropa, damos un paseo por Las Ramblas hasta la zona del puerto, comemos
allí y después me acompañas, que he pedido hora en un sitio, te prometo
que será rápido. Sobre las seis y media cogemos el metro para volver al
hotel, descansamos un rato, llamamos a casa, a Erik, para preguntarle si ya
le han dicho algo de lo del puesto en Barcelona, y a la abuela, que ayer me
riñó por solo haberle mandado un wasap para decirle que estamos bien. Nos
arreglamos, salimos a cenar y después de fiesta. ¿Cómo lo ves?
—Que solo con oírte ya me he agotado.
—Anda, que vamos a divertirnos de lo lindo, tía Cris y Alba siempre
dicen que no se come ni se sale en ningún sitio como en España, tendremos
que probarlo para opinar.
—Eso me parece muy bien, pero ¿en serio que quieres seguir adelante
con el intercambio? Todavía estamos a tiempo de ser nosotros mismos en el
máster, estoy seguro de que te darán la otra plaza, eres brillante —rogó.
—Gracias, hermanito, pero no insistas, esto va mucho más allá de ti y
de mí, ya te lo dije.
Oliver negó resignado, y yo sonreí por lo bajo. Estaba convencida de
que ser tío por seis meses sería divertido.
Estando de compras, vi una camisa preciosa que a mi hermanito le
sentaría como un guante, la cogí y lo arrastré hasta el probador para que se
la probara. Ya que iba a ser nuestra noche de despedida de identidades,
quería que pillara cacho, que llevaba unos meses de sequía desde que su
novia lo dejó porque tenía ganas de ampliar horizontes y experimentar con
el poliamor. Oli se quedó hecho polvo, porque él era de ir de una en una, y
no de dos en dos. En ese momento, ya estaba emocionalmente reestablecido
y se merecía darse una alegría.
Yo, por el contrario, pasaba de tener un tío al lado que me atara, estaba
bien sola y disfrutaba teniendo rollos fugaces que no suponían un
contratiempo en mi futuro. Mi hermano y Erik solían decir que si no tenía
ninguna relación estable era porque era igual de guapa que de insufrible.
Lo hacían para tomarme el pelo, por supuesto, porque yo era
profundamente adorable, solo que era difícil verlo. Respecto a los hombres,
me aburría bastante rápido, porque no eran capaces de mantenerme lo
suficientemente interesada en ellos más allá de unos meses. Por eso dejé lo
de las relaciones formales para quienes las quisieran.
Salió del probador resoplando y con la camisa en la mano.
Últimamente, no dejaba de entrar y salir de ellos.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta? Te la iba a regalar.
—Me iba tan apretada que parecía un puto condón con botones.
—Justo lo que pretendía, vestido para follar. —Él bufó.
—Más bien para saltarle un ojo a cualquiera. En serio, ese estilo no me
va, cuando vista de tío, prefiero ocuparme yo. ¿Nos vamos a comer? Tengo
un hambre terrible.
—¿Ya?
—Estoy en fase de volumen.
—Pues córtate un poco, que no podemos permitirnos renovarte el
armario completo por segunda vez, tu fase de volumen tendrá que esperar.
Terminamos las compras y regresamos a la calle, que estaba llena de
gente y de palomas.
Para ser invierno, no hacía un frío excesivo, aun así, viniendo de estar
en pleno verano, necesité ponerme guantes y bufanda para aclimatarme.
Caminamos entre la muchedumbre. Turistas, locales y carteristas avispados
se acercaban a los incautos para birlarles la cartera, ya nos habían avisado.
Admiramos las terrazas de los bares, los puestos de flores, los quioscos
donde vendían revistas y prácticamente de todo. Dimos unas monedas a
algunos artistas callejeros y nos tomamos varias fotos para mandarlas a
Erik, Robbie y nuestros padres. Le insistí a Oliver en que nos hicieran una
caricatura y, oye, ni tan mal.
Nos echamos unas risas viendo nuestras caras desfiguradas.
Decidí que me gustaba Barcelona, y que si no viviera en Australia,
quizá podría llegar a elegir esta ciudad como posible sitio donde vivir. Se
respiraban ganas, y eso era muy importante para mí.
Comimos una sopa de escudella que a mi mellizo le entusiasmó,
pescado fresco del día a la plancha y, de postre, crema catalana, un dulce
parecido a las natillas con azúcar caramelizado por encima que lo
quemaban con una especie de círculo de hierro candente.
Miré la hora y espoleé a Oliver para que se diera prisa. No podíamos
llegar tarde.
—Pero ¿a dónde vamos?
—Al salón de belleza, cogí hora para la depilación láser.
—Pero si tú ya la llevas hecha. ¿No fue eso lo que terminaste de pagar
antes del verano?
—No es para mí, sino para ti. No puedes ir con esos pelos en las piernas
y en los sobacos. —Oli frenó en seco.
—¡¿Ahora vas a meterte con mi vello corporal?! Ni de puta broma, yo
me vuelvo al hotel en metro.
—Pero si muchos chicos se depilan —insistí, tironeando de su abrigo.
—Yo no —comentó muy serio.
—Es mejor el láser que la cera, ya lo verás, solo son como pequeños
chispazos, y no como si te arrancaran la piel a tiras. —Su rostro perdió el
color—. Y la chica con la que ligues esta noche me agradecerá que tengas
el sótano despejado.
—¿Sótano despejado? —Enfoqué con la mirada a la entrepierna de mi
hermano.
—Te la he pedido completa.
—¡Ni hablar! —Se llevó las dos manos para cubrirse—. ¡Mishuevos se
quedan como están, que yo ya me ocupo de mantener la zona bajo control
para evitar posibles incendios! Es más, ¿por qué narices estoy hablando
contigo de mi vello púbico? Eso seguro que está tipificado como amoral en
el código penal de los hermanos de distinto sexo.
—Ya te digo yo que no.
—¡Pues lo que yo te digo es que no pienso hacerme ninguna de esas
cosas que tienes planeadas, así que ya puedes cancelar o abortamos la
misión!
—Ni hablar —me crucé de brazos—. Como mínimo, tienes que hacerte
las cejas, eso sí que lo debemos tener igual.
—Pues déjate tú los pelos del entrecejo y no te los quites, tendrás un
look muy Frida Kahlo, ¿no decías que era una feminista en potencia y que
la admirabas?
—Una cosa es ser feminista y otra tener el ceño de Groucho Marx.
Tengo una reputación que cuidar.
—Aquí nadie te conoce.
—Es lo de menos, la que se tiene que ver bien frente al espejo soy yo,
no los demás.
—Es que odio los tíos con las cejas depiladas, y para que tú te veas
bien, tendré que verme yo mal —protestó—. Si quieres, podemos ir a una
clínica de implantes y que te pongan algunos para repoblarte.
Boqueé como un pez.
—Eso no se puede hacer, y te juro que será muy natural, fíjate en las
mías, apenas me las tocan, solo los pelillos sueltos y descontrolados. Te
prometo que si lo haces, no te insistiré con el resto de tu cuerpo, eso sí,
cuando vayas a usar falda, llevarás medias tupidas o leggins debajo.
—De faldas, paso, no pienso llevar ni una, aunque me hicieras
comprarme esa que decías me hacía buen culo, la escocesa y los dos
vestidos.
—Por favor, Oliver, no podemos fallar, tenemos suerte de no tener
lunares faciales porque eso sí que sería difícil de replicar.
—No vas a dejarme en paz hasta que lo haga, ¿verdad?
—Ya me conoces…
—Como me quiten un pelo de más, te juro que me las rapo, y entonces
veremos quién se implanta pelo del tirón.
—Y yo te prometo que será muy light. ¿Te he dicho alguna vez que eres
el mejor hermano del mundo y que te quiero con locura?
—Recuérdamelo cuando estemos en la cárcel y nuestros padres tengan
que traernos una lima escondida en la Biblia.
Capítulo 7
Fantasma de Venecia
Oliver
Máscaras? —pregunté, mirando al tipo de la entrada
cuando nos las ofreció con el tique de la consumición. Él señaló hacia
arriba, como si el nombre de la discoteca, El Fantasma de Venecia, fuera
toda la información que necesitara.
—Vamos, Oli, será divertido. Además, solo llevamos media cara
cubierta, ya hemos pagado y pincha un DJ buenísimo.
—¿Y si no me la pongo? —pregunté al tipo con cara de malas pulgas.
—Te echo. Debes utilizarla hasta medianoche; cuando el DJ dé la orden,
os las quitaréis. —Chloe miró el reloj.
—¡¿Lo ves?! Para eso solo quedan cuarenta y cinco minutos, venga, no
seas aguafiestas… —rogó mi melliza—. Fíjate, va a juego con tu camisa.
Lancé un bufido y terminé cogiendo la prenda. El gorila nos obligó a
colocárnosla antes de acceder a la sala principal.
La máscara era de tela tupida, cubría el rostro en diagonal, dejando la
punta de la nariz tapada, pero los orificios nasales y la boca al descubierto,
así no podías quejarte de problemas para respirar o consumir las bebidas.
Las chicas la llevaban negra y los chicos blanca.
Según Chloe, el sitio estaba muy de moda, o eso le dijo la recepcionista
del hotel con quien había hecho muy buenas migas. Si no llegabas antes de
medianoche, no entrabas, porque el local cerraba a las cuatro de la mañana,
no a las seis como muchos. Para nosotros, ya estaba bien, al día siguiente
tocaba mudarnos a la residencia de estudiantes, y teníamos que dejar la
habitación del hotel, como máximo, a las doce.
Tenía que reconocer que la decoración era una genialidad. Una
recreación de la ciudad italiana centrada en algo más oscuro, perverso y
barroco. Unas escalinatas negras con pasamanos en dorado daban acceso a
una segunda planta custodiada por un tipo disfrazado que sujetaba un
cordón dorado, tal vez era la zona VIP.
La pista se elevaba sobre una plataforma central rodeada de agua, solo
podías acceder a ella a través de varios puentes porque cuatro gondoleros
paseaban con sus embarcaciones por el círculo de agua transportando a
bailarines y acróbatas que ejecutaban varias performance.
Las barras eran largas, acristaladas y mostraban a unos camareros
ataviados como cortesanos sexis.
—¡Wow! Este sitio es la bomba —festejó mi hermana. No podía quitarle
la razón—. Vamos a pedir algo.
Me cogió de la mano y me arrastró a la barra.
—Bienvenidos, Fantasmas, ¡a la disco más in de Barna! —proclamó el
DJ desde una especie de balcón que se elevaba en lo alto de la pared frontal.
Los asistentes dieron varios gritos y silbidos—. Recordad que en quince
minutos las góndolas quedarán libres para que los cortesanos más salvajes y
decididos nos deleiten con sus movimientos sensuales durante el tiempo
que dure la canción del local. Para los novatos…
—Esos somos nosotros —comentó mi hermana, dándome un codazo en
el abdomen.
—Os informo que las personas que suban a dar rienda suelta a su
sensualidad significará que están dispuestos a divertirse en uno de nuestros
reservados de la lujuria de la segunda planta. Si alguno capta vuestra
atención, podréis esperarlo en el embarcadero de cada góndola para que os
den el visto bueno y optar a ser su elegido o elegida… ¿Os gusta el sexo?
—Todos gritaron, incluida Chloe, un sí rotundo—. Pues perfecto, porque las
malas lenguas dicen que no hay cortesano que se quede sin polvo de
recompensa. ¡A bailar, Fantasmas!
—Pero ¡qué puta locura! —gritó Chloe—. ¿Quieres bailar en una
góndola? —me preguntó totalmente abducida por el ambiente. La
contemplé con mis nuevas cejas alzadas.
—Por hoy, ya he tenido suficiente con Yao Yin y su hilo depilatorio, no,
gracias, paso de convertirme en un trozo de carne.
Mi hermana soltó una carcajada. Si bien era cierto que la tortura en el
salón de belleza no duró mucho, dolió cada pelo que me arrancaron. Tenía
los nudillos blancos de tanto apretar los reposabrazos, aunque tengo que
reconocer que Chloe estaba en lo cierto y apenas se notaba la diferencia, la
depilación fue muy sutil, y no parecía uno de esos tíos que perdían la fuerza
por las cejas.
Me fijé en uno de los camareros a los que mi hermana acababa de
ponerle ojitos. Era su tipo; un chico guapo, de cuerpo atlético, que se notaba
que el gimnasio le trataba bien, no como a mí.
Me costaba un horror ganar peso, mi constitución era delgada, fibrada y
poco importaba lo mucho que comiera, porque no solía aumentar de peso.
Podía comer como un animal que apenas ganaba unos gramos, siempre tuve
un pelín de complejo, sobre todo, en mi adolescencia. Mi hermana insistía
en que estaba perfecto, pero babeaba por chicos de espaldas más anchas que
la mía, y yo no podía dejar de fijarme en personas cuyo tamaño corporal
superaba el mío. Por eso siempre decía que estaba en fase de volumen,
aunque nunca surtiera efecto.
Mi padre decía que mi metabolismo era muy rápido, y que ya tendría
tiempo de quejarme por la desaparición de abdominales. Ya me había
acostumbrado a verme así, aceptarse a uno mismo no es tarea fácil, y
reconozco que me había costado.
Gracias a mi constancia con el deporte, le di forma a mi cuerpo
larguirucho y algo escuchimizado, tenía un tono muscular bastante
aceptable que, según Erik, me otorgaba el grado de «tío al que le haría más
que un par de favores», no tenía duda alguna de que él me los habría hecho
si no fuera tan heterosexual.
Chloe pidió un par de combinados e insistió en ir a la pista central. No
bailaba tan bien como ella, pero me defendía. En esos dos meses, mi
melliza quiso darme clases para que me moviera igual de bien si íbamos a
una fiesta con mi rol de impostor. No quería que pareciera que se me había
dislocado una cadera o roto un tacón, hasta que decidió que no a todas las
mujeres tiene por qué dárseles bien el baile, que yo sería más de barra, si se
diera el caso.
La recepcionista no mentía, el DJ era jodidamente bueno y los efectos
lumínicos espectaculares.
Losprimeros quince minutos pasaron en un visto y no visto, llegó la
hora de que subieran los bailarines amateurs, mi hermana y yo nos
asomamos por curiosidad a la barandilla, y en cuanto mis ojos se toparon
con aquella preciosidad enfundada en un corsé negro con cremallera, se me
cortó el aliento.
Tenía un escote de infarto, la cintura estrecha se ensanchaba bajo una
falda de vuelo que mostraba una porción de piel de los poderosos muslos
cubiertos por unas botas altas.
Su cuello quedaba totalmente expuesto, ya que llevaba el pelo oscuro
recogido en un intrincado peinado, era imposible que apartara la mirada de
aquel cuerpo tan sumamente goloso.
Una versión remix de la canción de Andrew Lloyd Webber, The
Phantom Of The Opera, tronó por los altavoces y aquella diosa de piel
inmaculada se contoneó de un modo que fui incapaz de pasar por alto.
La boca se me secó en cuanto ella alzó los brazos y los acarició
lentamente, llevaba puestos un par de guantes hasta el codo. Sus pupilas se
elevaron y un escalofrío me recorrió la columna al imaginar que se rozaban
con las mías.
Es esto un sueño más, o al fin te vi.
Fantasma de la ópera, ya estás dentro de mí.
Cantaba la letra en español.
Y vaya si la había visto, era un puto sueño erótico, mi puto sueño hecho
mujer.
La góndola se desplazó por el agua siguiendo el curso del canal. Me
puse nervioso porque perdí su visión.
Hacía meses que una chica no despertaba un deseo tan brutal en mí.
—Oli, ¿estás bien? —me preguntó mi hermana al verme sacar medio
cuerpo por la barandilla.
—Sí, baila tú, estoy mirando algo —respondí, espantándola de mi lado.
«Más bien a alguien», aunque no quería decírselo porque llevaba toda la
tarde dándome la murga, diciéndome que hoy pillaba, y que si era
necesario, cogíamos otra habitación en el hotel.
Mi corazón se aceleró cuando la punta de la barca volvió a asomar e
intuí la yema de unos dedos enguantados.
Quien vio tu rostro ya terror sintió.
Yo soy tu mascará.
Y a mí me oyó.
La chica había subido uno de sus muslos al asiento y trazaba un infinito
con las caderas descendiendo. Era jodidamente sexi, el corazón me iba a
mil y la entrepierna también. Desde que rompí con mi ex, no me había
interesado ninguna mujer, y menos a simple vista. Pero es que aquella chica
me llamaba como la aguja a la Bella Durmiente…
«Tócala, tócala…».
«¡Pues claro que quería tocarla y pincharla, joder!».
Chloe estaba en lo cierto, necesitaba divertirme. No era amor, era deseo
carnal. Ni siquiera la conocía, pero tenía ganas de hacerlo muy desnudos y
jadeantes.
Tus fantasías son la realidad.
Que hombre y misterio son un ser total.
Recordé las palabras del DJ, lo que buscaban las personas que se subían
a las embarcaciones.
«¡Ese taxi tiene la luz verde y está pidiendo a gritos que te subas, o lo
hará otro!», gritó mi vocecita interior.
Me estremecí ante la posibilidad de que otro disfrutara de lo que a mí
me apetecía, siempre solía anteponer el deseo de los demás al mío, y estaba
un poco harto.
No le quedaba mucho a la canción, la góndola volvió a desaparecer y el
nerviosismo me invadió. Esa noche iba a hacer lo que me viniera en gana,
además, mi melliza se encargó de meterme un condón en el bolsillo trasero
del vaquero.
Busqué a Chloe con los ojos, no podía desaparecer sin más. La localicé
a unos metros, bailaba pegada a un desconocido la mar de sonriente. Llegué
a ella en un visto y no visto.
—Nos vemos en un rato —grité cerca de su oído. Ella me sonrió.
—¿Has visto algo ahí abajo que te interese? —No iba a mentirle. Asentí
—. Pues ve a por ello, bro.
Le di un beso en la mejilla y me abrí paso entre el gentío que abarrotaba
el puente a empujones. No era el único aspirante a subir al reservado de la
lujuria, los candidatos se amontonaban deseosos de pillar cacho. Esperaba
acertar con el embarcadero en el que se detendría la góndola.
La última estrofa de la canción estaba sonando, así que me dejé llevar
por la intuición.
Mi ángel de la música,
canta para mí,
canta, canta para mí,
canta para mí.
Me detuve casi hiperventilando, los acordes seguían sonando, yo tenía
los dedos cruzados y el ritmo cardíaco más que acelerado.
«Por favor, por favor, por favor», rogué sumido en aquel pelotón
humano que pretendía lo mismo que yo.
Capítulo 8
Tú Venecia, yo Fantasma
Oliver
La embarcación se detuvo al mismo tiempo que mi cor
azón cuando la vi descender. Estiré el cuello, no quería perderme
detalle. De cerca, todavía era mejor, si es que la cosa podía mejorar. El
pecho amplio subía y bajaba errático por el baile. Su silueta curvilínea
estaba hecha para adorar. Aquellos muslos generosos serían la perdición de
cualquier tío, y me encantaría sellarlos a mi cintura.
Todo en ella exudaba poder femenino y un encuentro sexual más que
prometedor.
Uno de los bailarines la ayudó a descender. Nos pidió a los interesados
que formáramos un círculo rodeando el embarcadero, éramos veinte o
veinticinco tíos por lo menos.
Tenía la garganta seca y la lengua salivando. ¿Era posible eso? Lo era,
para mí, desde luego.
Mi preciosa desconocida se desplazó contoneándose, admirando a cada
hombre como si pudiera degustarnos a todos. Cada vez estaba más cerca del
lugar en el que me encontraba, y mi deseo se alzaba en guardia.
Me relamí cuando se plantó frente al chico de al lado, su aroma a flores
y fruta fresca golpeó mis fosas nasales. Tuve miedo a que lo eligiera, era
más alto y ancho que yo, el tipo de hombre en el que se fijaría mi hermana.
Seguro que algunos necios pensarían que, por su estructura corporal, estaba
más acorde con ella. Gilipollez máxima era lo que tenían esas mentes
estrechas. ¿Por qué a los tipos delgados no podían gustarnos las mujeres de
caderas anchas?
Él hizo amago de dar un paso al frente sintiéndose el elegido, sin
embargo, ella lo empujó para devolverlo a su lugar, emitiendo varios
chasquidos con la lengua.
Cerré los ojos y rogué un por favor con todas mis fuerzas cuando su
aliento afrutado acarició mi oreja.
—¿Por qué cierras los ojos, ojitos azules? ¿Tan pocas ganas tienes de
verme? —Su voz era nítida y aterciopelada, pude imaginarla cerca de mi
entrepierna, con el calor de su aliento envolviéndola. Abrí los párpados de
inmediato.
Los suyos eran verdes, felinos, la nariz parecía pequeña bajo la máscara,
aunque no podía verla, y la boca, joder, era una boca en la que cualquiera
querría perderse.
—Lo siento —me disculpé.
—¿Por qué? —preguntó curiosa.
—Porque mereces que te preste toda mi atención. —La comisura de uno
de sus labios se alzó. Al igual que su mano para afianzarse en mi nuca
mientras regresaba cerca de mi cuello, teníamos una altura similar con las
botas que llevaba.
—Eres guapo, pero demasiado dulce para mí, yo busco otra cosa, un
hombre con ganas de devorar, y tú pareces a punto de ser devorado.
Fue a apartarse, pero la agarré de la muñeca, ella me miró sorprendida
por el gesto cargado de impetuosidad. El bailarín que la había ayudado a
descender hizo amago de acercarse para liberarla, pero lo detuvo alzando su
mano enguantada y me observó con interés renovado.
—Las apariencias engañan, no me juzgues por mi físico.
—Lo hacía por tus palabras.
—Puede que me haya expresado mal, si cerré los ojos, no fue por
miedo, sino porque necesitaba unos segundos para no abrasarte con mi
intensidad. Elígeme y te follaré como nadie.
—¿Y si no quedo satisfecha? —preguntó alzando una ceja.
—Te lo repetiré hasta que lo hagas, dicen que soy muy aplicado y que
aprendo rápido.
Algo se encendió en sus pupilas. ¿Diversión? ¿Curiosidad?
—Veamos si es cierto o mueres por la boca, igual que un pez.
Entrecruzó los dedos con los míos y tiró de mí para encaminarnos a la
escalinata oscura.
Las otras parejas iban delante de nosotros. Mis ojos se posaron en su
culo y…
¡Joder! Casi me pisé la erección, necesitaba pensar en otra cosa.
—No es la primera vez que vienes o haces esto, ¿verdad?
Caminaba con demasiada confianza, sin preguntar, lo que me hizo llegar
a esa conclusión. Ella giró un poco el cuello y sonrió.
—¿Acaso importa?—No era mi intención incomodarte o sonar en plan acosador, de hecho,
me da igual si vienes aquí todos los fines de semana.
—Buen intento. Pero antes de que entres al reservado conmigo, te
advierto una cosa… Si estás buscando algo más que un polvo, te has
equivocado conmigo.
—Al contrario, yo tampoco busco planes de futuro, lo de la casa y el
perro se lo dejo a otros —confesé desinhibido.
—Pues entonces ambos buscamos lo mismo, diversión sin compromiso.
Ahora veamos si eres capaz de darme lo que necesito, no soy ninguna
damisela en apuros, me van las emociones fuertes.
Mi entrepierna se apretó contra la bragueta del vaquero al oírla. No
podía creer la buena elección que había hecho.
Llegamos al tipo que custodiaba la segunda planta y llevaba una
máscara de la Peste Negra. Nos dijo que nuestro reservado era el cuatro y
que teníamos máximo una hora para aprovecharlo.
—¿Solo sesenta minutos?
—¿Necesitas más? —cuestionó ella suspicaz.
—Con una mujer como tú, seguro.
—Pues te tendrá que bastar, no somos los únicos que vamos a
aprovechar este sitio, lo de las góndolas se repite dos veces cada noche.
Tienen que limpiar el reservado a fondo en cuanto salgamos, aquí son muy
escrupulosos con la higiene.
Genial, así que conocía el funcionamiento a la perfección, eso quería
decir que no era la primera vez que venía; si lo pasábamos bien, quizá
quisiera repetir otro día conmigo.
—Es bueno saberlo.
Nos detuvimos frente a las cortinas que lucían un cuatro dorado.
Mi atrayente desconocida las descorrió, dejándome ver una estancia
muy novelesca. Las paredes estaban repletas de espejos con marcos
dorados. Una lámpara candelabro caía suspendida desde el techo.
Presidiendo la estancia, estaba un amplio diván cubierto por una funda que
parecía desechable, a su lado quedaba una mesita alta con cinco condones
promocionales con el logo del local, unas toallitas de usar y tirar; un par de
botellines de agua y una papelera.
—¿Cómo te llamas? —pregunté mientras nos envolvía en la privacidad
del terciopelo negro, y ella me daba la espalda para asegurarse de que el
espacio quedaba bien cerrado.
—Sin nombres —susurró.
—Vale, pero necesito llamarte de algún modo, así que… ¿Qué te parece
si tú eres Venecia y yo Fantasma? —comenté, acercándome con sigilo para
atraerla hacia mí, posando mi mano sobre su vientre. Mi erección le dio la
bienvenida a su trasero, que no disimuló la sorpresa.
No había dejado de fijarme en su cuello y lo apetecible que me parecía,
le di un pequeño mordisco en la piel de su hombro pasándole la lengua.
Ella jadeó suave.
«Sí… Sabía que esto te gustaría». Recorrí la sensible zona del trapecio
con los dientes y ella se restregó contra mi entrepierna.
Me sentí tambalear por la mezcla de deseo y calor.
—Vamos al diván… —sugerí.
Ella negó. Se deshizo de mi agarre y caminó hasta apoyar la espalda en
uno de los espejos.
—Quiero que lo hagamos de pie, aunque en este sitio sean limpios, no
me fío de lo que pueda haber, y queda prohibido entre nosotros el sexo oral,
no nos conocemos y más vale prevenir que lamentar. ¿Estás de acuerdo?
¿Cómo no iba a estarlo? Cualquier cosa que me propusiera esa diosa me
parecería genial.
—Sin problema.
Fui en busca de su boca, pero ella torció el cuello.
—Tampoco besos. La saliva es un transmisor de gérmenes que…
No la dejé terminar.
Tiré de la cremallera del corsé de forma abrupta liberando aquel par de
pesados y maravillosos pechos.
—A ver qué me dices de esto.
Junté las dos maravillas y succioné las puntas duras de sus pezones
trazando círculos con la lengua, para terminar succionándolos con fuerza.
Ella gimió sin pudor.
—¿Te gusta? —tanteé provocador, aunque estaba clara la respuesta.
—Sí —susurró, dejándome atenderla como merecía.
Me recreé en ellos, los amasé y chupé con codicia, hasta separarlos para
lamer el canal entre ellos deteniéndome en un pequeño tatuaje en forma de
trébol de cuatro hojas que quedaría oculto si llevara sujetador.
Tracé su contorno con la punta de la lengua.
—Me gusta, ¿qué significa?
—Que yo soy mi propia suerte…
—Eso también me gusta.
Bajó la barbilla y su mirada enfocó la mía. Me apetecía ver su rostro.
—¿Puedo quitártela? —inquirí, pasando la yema de mi dedo por la parte
baja de la máscara.
—No, son las reglas de este sitio, sin identidades hasta la medianoche.
—Entonces haremos tiempo hasta que toque quitársela.
Bajé la mano trazando un sendero por la piel de su cuello, su vientre y
continué bajando hasta colarla bajo el vuelo de la falda, para acariciar la
tela empapada. Le gustaba lo que le hacía, no había mentiras en lo que
traspasaba el tejido.
—Me alegra saber que voy bien.
Metí la mano bajo la ropa interior y me recreé entre sus pliegues.
Los labios mullidos se entreabrieron dejando escapar un jadeo largo.
Quería excitarla, que su piel se calentara tanto que abrasara bajo mi
contacto.
Las pestañas tupidas se cerraron y me recreé en la imagen de aquella
mujer de carne suave y plena.
—¿Te excitan las chicas grandes? —preguntó, separando los párpados.
Acababa de pillarme mientras memorizaba las reacciones alteradas de
su cuerpo.
—Me excitas tú.
Ella se chupó los labios, y yo necesité controlar el impulso de besarla
manteniendo la boca ocupada en otra cosa. Busqué de nuevo su pecho para
evitar la tentación, y ella hundió los dedos en mi pelo, ofreciéndose a mí
con desenvoltura.
Dejé de friccionar el clítoris para hundirme en la calidez apretada.
Formé un gancho con ellos, a mi ex le encantaba y me dijo que era una
técnica infalible con cualquier mujer. ¿Funcionaría con ella? Quería
asegurarme.
—Venecia, avísame si no te gusta lo que te hago. —Di con la
protuberancia rugosa y me dispuse a acariciarla. El grito rebotó en mis
oídos, apretó mi cara con fuerza contra el otro pezón y pude notar cómo la
respiración le fallaba.
Era justo la respuesta que estaba buscando. Una sonrisa se formuló en
mis labios.
Insistí en el movimiento hasta que hiperventiló.
—Joder, joder, joder… —masculló, y una sonrisa perfiló mi boca.
Si hubiéramos tenido confianza, ahora tendría mi lengua en ese bendito
lugar. Como no podía, me aparté un poco, cogí el condón, me bajé los
pantalones y los calzoncillos y le permití ver lo mucho que me ponía.
—No estás nada mal, Fantasma —susurró.
—Ella se alegra de que te guste, porque a ella le entusiasmas.
Cogí la pierna, hice que me envolviera la cintura con ella, aparté la
braga y la penetré.
Una delicia, así era como la sentía. Los dos jadeamos mirándonos a los
ojos, sus manos volaron a mi culo para apretarlo contra sí.
—Me gusta…
—Y todavía no hemos terminado —respondí, hundiéndome de nuevo.
Su pecho quedó aplastado contra mi torso, mi mano derecha zambullía
las yemas de los dedos en su muslo y la izquierda ascendió por el cuello
femenino para apretarlo con ligereza, nada alarmante.
Volvió a emitir un sonido de gusto. Venecia no buscaba un polvo dulce,
quería sexo, caliente y descarnado, y a mí me parecía bien, porque me
encantaba dárselo.
Salí de entre sus pliegues y le di la vuelta tomando el control. Le pedí
que apoyara las manos contra el frío cristal mientras le bajaba las bragas y
mordisqueaba sus cachetes. Tenía el sexo empapado, hinchado y delicioso.
Lo miré sin pudor, desviando los ojos para fijarme en que mi gesto la
excitaba. Aspiré su aroma a falta de poder recrearme en su sabor.
—Si no puedo saborearte yo, lo harás tú por mí. Muérdelas.
Podría haberse negado y yo habría terminado con el juego. No lo hizo,
separó los labios sonrosados y aceptó la prenda interior que acababa de
quitarle.
—Buena chica —comenté, pellizcando sus pezones.
El reflejo era tan perfecto, tan decadente, que no podía estar más
excitado.
Me coloqué en su entrada y la embestí de un golpe. El grito quedó
sofocado en encaje.
La follé con rudeza y su sexo me acogió entregado. Busqué el clítoris
con la mano derecha, y afiancé su cadera con la izquierda.
Me recreé en el entrechocar de nuestra carne, en el sudor perlando su
espalda y los gemidos enredados en la prenda interior.
Sus pechos rebotabancontra el cristal, las rodillas le temblaban por la
intensidad del movimiento. Apoyó la mejilla en él ofreciéndome su perfil
enmascarado. Parecía querer atravesar el espejo para quedar capturados en
él.
Aumenté el ritmo, estaba al límite, no iba a poder aguantar mucho más,
por lo que me alegró cuando la noté contraerse alrededor de mi erección,
soltar la prenda íntima y gritar de puro éxtasis.
A los pocos segundos, me corrí yo.
Capítulo 9
Cambio de cuarto
Chloe
Lo estaba pasando en grande, dándolo todo en la pista con un chico la
mar de mono, cuando mi hermano apareció a mi lado con la cara
desencajada.
—¿La has visto? —cuestionó, oteando de un lado a otro.
—¿A quién?
—A la chica con la que subí al segundo piso…
—Sí, no pude evitar asomarme para fijarme en la afortunada, ya sabes
que tengo un alma cotilla, parecía muy de tu estilo…
A mi mellizo siempre le gustaban las chicas que se alejaban del
prototipo normativo, su tipo era no tenerlo. Se fijaba en mujeres distintas
que, según él, tuvieran algo que las hiciera especiales. Las que parecían
sacadas de portadas de revista no llamaban su atención, decía que para
delgado ya estaba él, y que prefería tener un lugar mullidito y carnoso que
explorar.
—No me refería a eso, ¿la has visto irse o bailar en la pista? —arrugué
el ceño.
—No, estaba entretenida —cabeceé hacia mi compañero de baile, que
me dedicó una sonrisa.
—Ya, bueno —resopló, pasando una mano por su pelo—. Acabábamos
de terminar el primer asalto, ya me entiendes…
—Me lo puedo imaginar.
—Y fue genial, quedaban un par de minutos para las doce, me moría de
ganas de ver su cara. Habíamos acordado quitarnos las máscaras cuando el
DJ diera la orden. Se vistió porque me dijo que tenía que ir al baño, que no
me moviera, que enseguida volvía. De eso hace media hora, y no ha vuelto.
Pensé que igual había mucha cola o estaba indispuesta…
—¿Tan mal te la has follado que ha salido corriendo? —bromeé. Mi
mellizo me contempló con cara de malas pulgas—. Tranquilo, solo te estaba
tomando el pelo, dudo que en el sexo dejes de ser considerado, y doy fe de
que Alexia no dejaba de gritar cada vez que entraba en tu cuarto. Erik
bromeaba diciendo que cualquier día atravesabais la pared o aparecíais en el
piso del vecino de abajo.
—La cosa es que fue muy bien, jodidamente bien, teníamos una hora y
quería repetir, además de verle la cara…
—Quizá fue eso lo que no quería…
—¿Por qué?
—Pues porque así se aseguraba el anonimato, ¿te dijo cómo se llamaba?
—Negó—. ¿Lo ves?, tu follarina enmascarada pasa de que los tíos se
encaprichen de ella, va a lo que va y listo; si te he visto, no me acuerdo de
quién eres porque no tengo ni idea. O eso, o tiene en la mitad que oculta
algo que la acompleja, igual que el Fantasma…
—Lo dudo, parecía preciosa por lo poco que pude ver.
—Bueno, tampoco hace falta que dramatices, solo ha sido un polvo,
¿no?
—Sí.
—Pues entonces ya está, celebra haberlo pasado bien y listo…
—Es que tenía ganas de seguir… —Le ofrecí una sonrisa franca.
—Puede que venga con asiduidad; si te apetece volver a verla, solo
tienes que regresar, a mí el sitio me ha gustado, y en algún momento
aparecerá.
—Tienes razón, parecía conocer este sitio más que bien.
—Pues ahí lo tienes, regresaremos algún día, y a ver si encontramos a tu
follarina enmascarada. Ahora sé bueno y píllanos algo en la barra, esta vez
te toca a ti y estoy muerta de sed.
—Vale, ahora vuelvo —comentó resignado.
Conocía demasiado bien a mi hermano, no era de los que dejaban las
cosas a un lado. Yo quería que se divirtiera, pero si era franca conmigo
misma, Oli no era de los tíos que disfrutaban con el polvo de una noche de
verano, o de invierno, la estación era lo de menos. Le gustaba tener pareja
estable, al contrario que yo; por eso, si esa chica le había llamado la
atención, no pararía hasta dar con ella. Me preocupaba que lo pasara mal si
se encaprichaba de una mujer que lo único que buscaba era follar con
desconocidos, no era lo que mi mellizo necesitaba. Ya lo pasó lo
suficientemente mal con Alexia, lo mejor era no volver, aunque le hubiese
dicho lo contrario. Quien evita la ocasión evita el peligro.
No esperamos a que la discoteca cerrara, el agotamiento se nos
acumulaba y teníamos una mudanza por delante al día siguiente.
A las dos, pillamos un uber, y tras la ducha de rigor, caímos en la cama
como troncos.
El día amaneció gris plomizo. En las noticias no daban lluvia, solo un
descenso de las temperaturas.
En cuanto desayunamos, subimos al cuarto e intercambiamos nuestras
identidades, ya no volvería a ser Chloe Miller, sino Oliver, mi hermano,
excepto en el gimnasio o momentos muy puntuales.
Ambos nos miramos a través del espejo, él con las cejas fruncidas y una
mano en la entrepierna.
—¡No te rasques los huevos! —prorrumpí con asco.
—¿Y qué hago si me pican?
—Pues mueves las piernas con disimulo o te vas al baño, ni se te ocurra
hacerlo delante de la gente o la liamos, y recuerda que si llevas leggins, los
suéteres y las sudaderas tienen que ser largos, y nada de erecciones o no
podrás disimular a Tiburón.
Mi mellizo resopló.
Así era como cariñosamente llamaba a su polla, no él, sino Erik y yo; en
realidad, fue nuestro amigo quien le puso el mote.
Bastó un día de playa, con nuestro mejor amigo y su ex, para que
ocurriera.
Erik y yo estábamos tumbados en la arena mientras mi hermano
jugueteaba en el agua con Alexia. Hacía un calor de mil demonios, por lo
que mi amigo y yo decidimos ir a chapotear con ellos.
Debieron estar magreándose un buen rato, porque cuando nos
plantamos a su lado, algo me rozó la pierna.
Di un grito de terror enorme, no era la primera vez que un escualo o
una cría se acercaban demasiado a la orilla. Todos se asustaron cuando
comenté que ahí abajo había algo enorme que me había tocado. Oliver
estaba justo a mi lado, y le pregunté si lo había notado; él negó. Todos
estábamos rígidos y muy quietos.
Erik se sumergió, y yo hice de tripas corazón para imitarlo. Entonces
fue cuando la vimos, no a la cría, sino a una pedazo de erección de tamaño
inhumano.
Salí escupiendo agua, y mi mejor amigo con una mirada tontorrona en
dirección a Oli.
—¡Eres un guarro! —prorrumpí con los ojos puestos en los suyos.
—¿Yo? ¿Qué he hecho?
—Estás empalmado, lo que ha atacado a Chloe es tu aleta, Tiburón —
se carcajeó Erik socarrón.
Mi hermano se puso rojo, a Alexia le entró la risita nerviosa, y yo me
alejé nadando con el suficiente brío como para olvidar el suceso entre las
olas.
—Tranquila, tengo anotado en una libreta con qué puedo combinar cada
prenda. Además, pedí en la solicitud que nos pusieran en el mismo cuarto.
Al ser hermanos, y la residencia mixta, no había problema. Si se me olvida,
te tendré a mano para que me lo recuerdes.
—¿Qué harías tú sin mí?
—¿Tener una vida apacible y alejada de problemas?
—Anda, tontorrón, con lo mucho que nos vamos a divertir. ¿Preparado
para ser yo?
—No, aunque no me quede más remedio —reconoció fastidiado.
Le di un beso en la mejilla, cogimos nuestras maletas y salimos de la
habitación rumbo a la residencia.
—¿Cómo que tenemos compañeros de cuarto asignados? —pregunté
estupefacta, imitando la voz de Oliver.
—Lo lamento, señor Miller, cuando se inscribieron, eran las últimas
plazas que quedaban libres. Esta residencia no es solo para alumnos de
máster, el curso universitario empezó en septiembre, por lo que todas las
habitaciones estaban asignadas, y solo quedaban las vacantes disponibles de
un par de estudiantes de Erasmus.
—Pues junten a las dos personas que han quedado solas y listo —
sugirió mi hermano, cruzándose de brazos.
—Imposible, señorita Miller, una es una chica y el otro un chico, la
residencia es mixta, pero hay una normativa que cumplir. Ellos no son
hermanos como ustedes, por lo que es imposible que compartan habitación;
si fuera así, esto podría ser un desmadre y tendríamos mil reclamaciones
por parte de los padres.
—¡Me parece absurdo! —proclamé indignada—. Si dos alumnos
quieren acostarse, ¡lo harán en cualquier parte!
—Seguramente,pero la normativa existe para cumplirla, es lo único que
puedo ofrecerles; si no están de acuerdo, pueden intentar buscar un piso
fuera de la residencia, aunque ya les anticipo que vivir en Barcelona es muy
caro y les costará encontrar una vivienda asequible y decente.
—¿Nos da un minuto? —pregunté. El conserje asintió.
Nos apartamos lo suficiente para que no nos escuchara.
—¿Qué hacemos? —interrogué a Oli.
—Yo no tengo más dinero, y es verdad lo que dice sobre los precios,
cuando opté por la residencia, Erik y yo estuvimos mirando el mercado
inmobiliario de alquileres. Ahora, si tú quieres pagarlo y sacar el dinero de
tu fondo…
Lo pensé antes de responder, compartir cuarto con otras personas
complicaba las cosas, pero podíamos argumentar que éramos tímidos y
cambiarnos en el baño. No estaba por la labor de perder mis ahorros en eso.
Se lo comenté a Oliver.
—Será más lioso, pero puede funcionar. En cuanto Erik venga, si le dan
un piso grande, podemos pedirle que nos acoja, o decirle al conserje que si
queda libre una habitación completa, nos ponga juntos.
—¿No lo ves muy arriesgado?
—Saldrá bien, la mayoría de estudiantes siempre están fuera, en la
biblio, de fiesta o de bares. Solo hay que buscar los momentos adecuados
para que no nos pillen.
—Esto es un suicidio.
—No lo es, va a salir bien, simplemente tenemos que ser cautos. —Alcé
la barbilla y miré al conserje—. ¡Nos quedamos!
—Buena decisión, ahora les acompaño a sus cuartos. Bienvenidos a
Barcelona.
Capítulo 10
Roommate
Chloe
Golpeé tres veces sin obtener respuesta.
Mi hermano estaba al final del pasillo, y su compañera de cuarto ya le
había dado la bienvenida.
En mi caso, no parecía haber nadie, por mucho que el conserje me dijera
que ese día habían salido pocos alumnos a la calle, igual mi roommate
(compañero de cuarto) ni siquiera había entrado. Si me tocaba un fiestero,
estaba de suerte, cuanto menos tiempo pasara en la habitación, mejor.
Las puertas se abrían como en los hoteles, con llaves magnéticas, de
tarjeta, por contacto. Nos entregaron dos a Oli y dos a mí. Si perdías una, te
quedaba la otra, y si no encontrabas ambas, tenías que pagarlas.
Pasé la mía, tiré de la maleta, y al abrir la puerta dando un paso en el
interior, di sentido a la Ley de la Gravedad de Newton, porque tuvo que ser
ella lo que me hizo tropezar y caer irremediablemente en su cama.
Mi compañero de cuarto sí estaba dentro, solo que con unos enormes
cascos suspendidos sobre su cabeza, por eso no me había escuchado.
—Hola —lo saludé, alzando un poco mi rostro rojo de vergüenza.
Este soltó el libro que sujetaba entre las manos y dejó ir un improperio
muy español.
—¡Me cago en la puta! Pero ¡¿qué haces?!
—¿Aterrizar? —pregunté sonriente. Me gané una mirada feroz de aquel
par de ojos azules. No eran de mis favoritos, mi color era parecido, me
gustaban más los tíos de iris oscuros, me resultaban más exóticos y
peligrosos.
Su pelo estaba alborotado, lo tenía corto de los lados y largo de arriba.
Los mechones me recordaban al otoño, variaban desde un rubio oscuro al
castaño claro o el cobrizo. Además, un sinfín de pecas se acumulaban sobre
el puente de su nariz.
Si tuviera que definir su rostro, diría que era travieso.
Lo primero que pensé fue que si fuera chica, Oli ya estaría enamorado
perdidamente de él, porque tenía un aire a la pelirroja por la que bebía los
vientos de pequeño.
—¿Puedes salir de encima de mí? —ladró. Pelirrojo y con malas pulgas,
el combo perfecto para no gustarme.
Lo cierto era que no me había movido, me quedé suspendida con el
cuerpo sobre sus piernas, evaluando su cara y tan a gusto.
—Perdona, he tropezado con algo y…
No me dio tiempo a terminar la frase. Su mirada se dirigió al suelo y me
arreó un empujón con el que volvía a cagarme en Newton.
—¡Mierda, mierda, mierda!
Mi culo se encontró con la rigidez del suelo frío. Él dio un salto del
colchón para recoger lo que fuera que me hizo tropezar, no me había dado
tiempo a verlo, estaba demasiado entretenida contando pecas.
Me froté el trasero dolorido.
—Yo también estoy encantado de compartir cuarto contigo, tío. —Tuve
que pensar la frase para no cagarla y dirigirme a mí en femenino.
Algo similar a un gruñido escapó de entre sus labios.
Giré sobre mí misma para verlo por detrás. Iba en vaqueros y una
sudadera azul marino, no me perdí que aquel pantalón le hacía un culo nada
despreciable y que su espalda era lo suficientemente ancha como para que a
una chica le gustara hundir las uñas en ella. No yo, por supuesto.
Sacudí la idea de inmediato, a mí los pecosos con destellos cobrizos y
ojos azul cielo como que no me iban.
Tiró de mi maleta para hacerla pasar, cerró la puerta y se dio la vuelta.
¿Qué llevaba en las manos? ¿Una montaña de calzoncillos? Tenía los
ojos algo cargados de la noche anterior, usaba lentillas porque no terminaba
de gustarme cómo me sentaban las gafas. Sí, lo sé, es una gilipollez, porque
lo que importaba era que no me estampara contra una farola y me diera
tiempo a verla, pero así era yo, presumida, aunque ahora mismo mataría por
llevarlas, tenía la visión un poco empañada; como si me hubiera revolcado
en arena.
—Como te chives, te hundo. —¿Qué? ¿De qué tenía que chivarme? ¿De
que era un guarro por acumular calzoncillos sucios?—. Aquí no permiten
mascotas.
¿Mascotas? Sí, con esa cara, le pegaba tener una cobaya…
Volví a enfocar, y entonces la vi.
—¡Eso no es un roedor, es una jodida serpiente! —exclamé,
apartándome todo lo posible del reptil.
—No es una jodida serpiente, se llama Slytherin y es una pitón bola
totalmente inofensiva, ni siquiera tiene un mes.
Parpadeé entre aterrada e incrédula. No era muy grande y se enroscaba
entre sus manos complacida, como si aquel lugar le fuera cómodo.
No era que en Australia no hubiera serpientes, sino que desde pequeños
nos enseñaban que era mejor mantenerse alejados de ellas, había
demasiadas especies como para saber a cuáles podías acercarte.
Tragué el nudo que se me había hecho en la garganta y, pese al miedo
inicial, traté de ser amable.
—¿Fan de Harry Potter?
—Fan de yo paso de tu cara, tú de la mía y los dos tan felices.
—Pues sí, ahora ya no me cabe duda de que Slytherin es tu casa y
Draco Malfoy un pariente cercano tuyo, y pensar que yo te habría puesto en
Hufflepuff.
—Desde luego que no tienes futuro como sombrero seleccionador.
«Eso sí que ha tenido gracia», le ofrecí una sonrisa.
—Oye, perdona por mi entrada y por pisar a tu colega, pero… tendrás
que ir buscándole otro cuarto, porque yo paso de tener que dormir con un
ojo abierto por si le da por envenenarme.
—Las pitones bola no pican, son constrictoras y, dado que esta es muy
joven, a lo sumo podría ahogarte la polla. Bastará con que no la dejes al aire
y no duermas en pelotas. Además, tiene su propio terrario y siempre
duermo con la puerta del baño cerrada, lo de hoy ha sido un accidente que
no se volverá a repetir.
«Me mordí la sonrisa, porque si me diera por dormir en bolas, mi
compañero de cuarto alucinaría».
Lo vi dirigirse al baño, y aproveché para ponerme en pie, tocarme el
pelo y asegurarme de que la peluca no se había desencajado. Todo parecía
en orden.
Draco me miró cruzando la estancia.
Definitivamente, no era mi estilo, aunque reconocía que era mono y
podía resultar atractivo si te iban los tíos de cara pícara, mirada gruñona y
cuerpo atlético.
—Soy Oliver Miller. —Alargué la mano. Él la miró dubitativo, seguro
que se estaba planteando si tocármela o no; al final, lo hizo, y noté algunos
callos hormigueando contra mi palma. Eso tampoco lo esperaba.
—Aike Rubio.
—Sí, muy moreno no eres.
—Es mi nombre y mi apellido, no creo que necesites el segundo.
—¿En serio? ¿Aike? No parece muy español.
—A mi madre le iban los nombres originales y raros. Además, no todos
nos llamamos Álvaro o Daniel.
—Ya veo. Has dicho que le iban, ¿ya no le gustan?
—Está muerta, ¿alguna pregunta más, o puedo seguir estudiando?
Vale, había entrado en terreno pantanoso y mi pregunta estuvo
totalmente fuera de lugar. Tuve ganasde abofetearme mentalmente.
—Lo siento, no lo sabía.
—¿Cómo ibas a saberlo si acabas de entrar?
Que fuera tan borde cuando yo estaba haciendo un esfuerzo para ser
encantadora me ponía de los nervios.
—¿Tu eres así de agradable siempre, o es que esta mañana te han hecho
un tacto rectal?
Vi un brillo de diversión en sus ojos que se apagó rápido.
—No vengo a la uni a hacer amigos, sino a estudiar, así que limítate a
ocupar tu parte de la habitación y a dejarme en paz, solo son dos reglas, no
te serán difíciles de olvidar.
«¡Vaya con el pelirrojo!».
—Te recuerdo que tenemos que hablar sobre la extradición de tu amiga
—cabeceé.
—Ya te he dicho que eso no es negociable y ella llegó antes que tú —
contestó hosco.
—Sí, pero tú mismo has dicho que no se permiten animales y…
—La rescaté.
—¿La rescataste?
—Unos capullos querían diseccionarla igual que hicieron con su madre,
sin matarla antes —la confesión me pilló desprevenida—. Digamos que no
estoy muy a favor del maltrato animal, aunque sea en pos de la ciencia. Si
tú te quedas, ella también.
Su respuesta me gustó. Vale que no entraba en mis planes tener una
tercera compañera en la habitación, pero si era inofensiva y la mantenía en
el terrario, no veía mayor inconveniente. Yo tampoco soportaba a la gente
que se metía con animalitos indefensos, por muy serpientes que fueran.
—La salvaste —murmuré, haciéndome a la idea.
Él regresó a su cama, se tumbó y cogió el libro que estaba leyendo
cuando me abalancé sobre sus piernas. Se puso los cascos y, literalmente,
pasó al modo «suficiente por hoy, voy a ignorarte».
Tampoco es que a mí me interesara darle más conversación. A Aike
Rubio no le importaba mi vida ni a mí la suya, mucho mejor.
Capítulo 11
¿Tonteamos?
Oliver
El domingo fue un día de locos, aunque no lo pareciera,
porque había conocido a Eli, mi compañera de cuarto, una chica muy
parlanchina natural de Madrid. Su familia hizo que se mudara a Alovera,
Guadalajara. Mi nueva compi de habitación nos acompañó a Chloe y a mí a
comer a un lugar rico y adecuado a los bolsillos universitarios. Después,
dimos una vuelta por el campus y, entrada la tarde, merendamos en una
gofrería y terminamos yendo de cañas. Tenía muy buen saque, adoraba
comer y no le hacía ascos ni a lo dulce ni a lo salado.
Todavía me estoy riendo porque, cuando entré en el cuarto, lo primero
que me dijo era que siempre tenía que estar recogido y ordenado.
Me preguntó si me olían los pies, porque no soportaba los olores
fuertes, y que si era así, me recomendaría unas buenas plantillas que iban
fenomenal.
Su anterior compañera era china, apenas hablaba español y tenían
muchos problemas de comprensión, por lo que se alegraba de que yo
dominara tan bien el idioma.
Iba a estar en el máster como nosotros, aunque su objetivo era ser
editora en alguna editorial de renombre porque le apasionaba leer y todo lo
que tuviera que ver con la literatura.
Lo segundo que me dijo fue que tenía algún que otro TOC.
—La persiana tiene que bajarse por la noche porque odio que me
despierte la luz del sol en la cara, aunque use antifaz para dormir, y de día
tiene que quedar a la mitad de la ventana porque he descubierto que si la
mantengo así, Sonia me lo agradece muchísimo.
—¿Sonia?
—Mi planta, es esa de ahí. —Me señaló una pequeña maceta con una
plantita de hojas verdes que no supe identificar—. No se te ocurra regarla,
el recipiente lleva un sistema de riego incorporado que le da el agua que
necesita, Mei-Mei, mi anterior compañera, casi me la mata cuando le dio
por echarle a diario las sobras de su vaso de agua nocturno; cuando quise
darme cuenta, la pobre casi se encharca.
—Vale, nada de excesos acuosos a Sonia para que no le dé un coma
acuífero. Si detecto aroma a queso o a podredumbre procedente de mis
zapatillas, te pregunto por las plantillas. Todo limpio y colocado —enumeré
—. ¿Algo más? —Ella se sonrojó ligeramente.
—Perdona, a veces puedo ser un pelín abrumadora, aunque, lo creas o
no, soy muy vergonzosa, es solo que prefiero dejar las cosas claras desde el
principio.
—Me parece bien.
Tenía el pelo rizado, los ojos color miel, las paletas ligeramente
separadas y unas gafas de pasta que le daban cierto aire intelectual. En
conjunto, era una de esas chicas en las que me habría fijado porque era
especial, de no ser porque la noche anterior me follé a cierta mujer que, me
gustara reconocerlo o no, me obsesionaba un pelín por haberme dejado
compuesto y sin máscara. Quería seguir conociéndola, y cada vez que
pensaba en lo bien que me sentía hundiéndome entre su carne húmeda, me
empalmaba.
No podía fijarme en otra chica sin resolver el asunto Venecia, como la
había apodado.
Me comentó cuál era mi armario, que la mesita de noche cojeaba y que
por eso tenía un calzo, y que la ducha, a veces, no regulaba bien la
temperatura, que era mejor esperar un rato entre ducha y ducha o irse a los
vestuarios colectivos de chicas ubicados en la planta baja.
—También hay un salón para ver la tele, otro multijuegos con zona de
dardos y juegos de mesa y lavandería con dispensador de jabón y
suavizante. Esta residencia está de puta madre, no porque yo lo diga, sino
porque se preocupan mucho por la comodidad de los estudiantes. —Me
acerqué a la mesilla y vi una especie de funda rosa en la suya—. Es mi
férula de descarga, sufro bruxismo.
—¿Eso es lo de apretar los dientes? —Asintió.
—Según mi dentista, o las uso, o mis huesos dentales peligran, y paso
de quedarme sin ellos, los tengo un pelín separados, pero superblancos y
alineados. —Sonrió para enseñarme lo que había dicho.
—Muy bonitos. ¿Hace mucho que vives aquí?
—Cuatro años, este es el quinto, y desde que empecé la carrera, esta es
mi habitación. ¿Puedes creerte que antes de venir a Barcelona nunca había
viajado fuera de Alovera? Porque la mudanza de Madrid a mi pueblo no
cuenta, que yo era pequeña. Tenía muy claro que quería estudiar en la UAB,
pero me daba pánico ir sola en AVE o en avión. Un día, mi yayo me
preguntó qué me pasaba, y yo se lo conté. Me dijo que quien algo quiere
algo le cuesta, así que aquí estoy. Debe parecerte una chorrada, viniendo tú
de Australia.
—No me lo parece, hasta los pequeños logros son grandes hitos, tu
abuelo te ofreció un consejo muy sabio.
—Sí, mi yayo es genial. Vengo de una familia humilde, pero nos
queremos mucho. Venir aquí le supuso un sacrificio muy grande a mis
padres, ahora los ayudo porque complemento mis estudios currando en una
hamburguesería; no es lo que me gustaría, aunque sirve para pagar facturas.
Hoy libro, por si te lo preguntas. Mamá tenía miedo de que no me lo tomara
en serio. No siempre fui buena estudiante, de hecho, repetí curso porque me
junté con malas compañías en mi época del instituto, incluso llegué a hacer
toros.
—¿De cerámica? ¿O te refieres a que intentaste ser torera? —A Eli le
dio un ataque de risa tan bestia que era incapaz de controlarse. Tuve que
esperar a que se le pasara. Mi tía Cris me había dicho que en España había
mucha tradición de torear a esos animales, sobre todo, en Sevilla, de donde
ella era. A mí, la simple idea de clavar espadas y banderillas a esos
animales me horrorizaba.
—Perdona, no era literal, me refería a hacer novillos, pellas, a… no
asistir a clase. En cada sitio se llama de una manera.
—Ah… —Entonces fui yo el que me reí.
—Me pones delante de un morlaco de quinientos kilos y me desmayo.
Las manualidades no son lo mío, una vez intenté hacer un jarrón en clase de
plástica y mi madre se pensó que era un consolador, tendrías que haberle
visto la cara.
Me dolía el estómago de la risa.
—Eres muy divertida.
—¿En serio? No es algo que me suelan decir.
—Pues para mí lo eres.
—¿Te ayudo a deshacer la maleta? Tengo un método infalible para
ordenar la ropa que te quedará de rechupete, me flipan los vídeos de TikTok
en los que ordenan las casas. Ya lo sé, soy un pelín friki del orden, así que si
te apetece…
—Claro, siempre viene bien algo de ayuda…
Cuando llegamos a la parte de la ropa interior y Eli se puso a hablar
sobre copas, sujetadoresy el efecto doble push up del último que se había
comprado, agradecí la clase práctica de Chloe.
Llamaron a la puerta, me ofrecí a abrir, y en cuanto tiré de ella, mi alter
ego asomó la nariz. El animado parloteo de mi roommate se terminó de
golpe.
Le di la bienvenida a mi hermana, que miraba curiosa en dirección a la
chica que jugueteaba con uno de mis sujetadores.
«¡Qué raro suena eso!».
—Hola, soy Oliver —se presentó Chloe—, el hermano mellizo de tu
compañera de cuarto.
Eli emitió una risilla nerviosa y las mejillas se volvieron a colorear de
forma inmediata. Fue curioso ver desde fuera el efecto que podía despertar
en una chica al verme.
—Ho-hola, so-soy Elisabet, a-aunque todos me llaman Eli, Lis o Bet, o
puedes llamarme como te dé la gana mientras lo hagas. Perdón, perdón, ¿he
dicho yo eso? Son los nervios.
¡Joder! A Eli le gustaba mi yo chico, o sea, mi hermana. Todos los
signos estaban ahí, en su cara, en su manera de comportarse, la comodidad
había dado paso al nerviosismo y la vergüenza. Chloe emitió una sonrisa
maléfica en mi dirección para después contemplarla a ella.
—Me encantaría llamarte, de hecho…, venía a buscar a mi hermanita
para ir a comer, ¿te apuntas? Podríamos seguir conociéndonos…
«Pero ¿qué narices estás haciendo, Chloe?», quise decirle a través de
unas habilidades telepáticas que no teníamos. Estaba tonteando
abiertamente con mi compi de cuarto, lo que podía llevar a Eli a un
catastrófico malentendido.
—¡Sí! —exclamó mi nueva compañera con un pequeño gallo—. Voy un
segundo al baño, disculpad.
La reina del orden arrojó mi sujetador sobre la cama.
En cuanto la puerta se cerró detrás de Eli, mi melliza me dedicó su
sonrisa más torturadora.
—Pero ¡¿qué demonios te pasa?! ¡Es mi compañera de cuarto! ¿Estás
loca?
—Pues precisamente por eso, esa chica es de tu estilo…
«Joder, ¡cómo me conocía!».
—No voy a liarme con Eli, sería muy peligroso…
—Bueno, puede que ahora no quieras, pero quizá, más adelante, te lo
pida el Tiburón… Podríais quedar fuera y conoceros, ya me entiendes,
siendo tú sin ser yo, ¿me explico?
—¡No! ¡Ni hablar! ¡Déjalo estar!
—Oh, venga ya, ¿qué daño puede hacer que tonteemos un poquitín?
Después me cuentas lo que te ha dicho de mí, o sea, de ti… —Mi melliza se
llevó las manos a la boca—. Esto es lo más. ¡Cuánto nos vamos a divertir!
Lo peor es que no se equivocaba con su pronóstico. Cuando Eli y yo
volvimos a nuestra habitación por la noche, ella no dejó de cantarme las
alabanzas de Oliver; que si mi hermano era tan guapo como yo, que le
parecía superdivertido, atento, amable… y, en pocas palabras, que le había
encantado que fuésemos compañeros de máster.
¡De puta madre!
Capítulo 12
¿Venecia?
Oliver
—¿Que tiene una serpiente? —pregunté, casi atragantán
dome con el café.
Estábamos en el bar que seleccionamos para ir antes de entrar al
gimnasio. Todo había ido bien al levantarme, la vibración silenciosa de mi
móvil no despertó a Eli, quien emitía leves ronquiditos con el antifaz
puesto.
Odiaba levantarme con sonidos estridentes y descubrí que podía poner
la alarma en modo vibración y me despertaba igual.
Ayer se le olvidó contarme la pequeña anécdota de su entrada triunfal en
su cuarto, lo único que nos dijo a Eli y a mí fue que su compañero era
bastante hosco y parco en palabras.
—Sí, pero es inofensiva, no te lo conté delante de tu compi porque no
podía, el reglamento impide tener mascotas, además, la tiene en el baño.
—Uy, pues genial, así si le apetece darse un chapuzón, puede colarse
por el váter y hacer un tour por el resto de cuartos —comenté irónico—.
¡Que ya sabes cómo van estas cosas! ¡Que venimos de Australia!
Allí ocurría más de lo que se pensaba, lo de que una serpiente te saliera
por el retrete no era algo descabellado, sobre todo, en zonas donde había
muchas.
—No está suelta, la tiene en un terrario, además, Aike la salvó de ser
abierta en canal mientras veía cómo unos idiotas se lo hacían a su madre. —
Eso sí que me revolvió las tripas.
Ni Chloe ni yo éramos muy amantes de los reptiles que se arrastraban
por el suelo, pero de eso a querer que los dañaran iba un trecho muy largo.
—Si a ti no te importa, que eres quien va a ducharse ahí dentro y dormir
con ellos… —terminé concluyendo—. ¿Tu compañero se ha despertado con
la alarma?
—No, la he puesto muy bajita y he sido muy rápida.
—¿Se te movió la peluca?
—¡Qué va! Hice todo lo que nos dijo la dependienta y la cosa ha ido
genial. Me apliqué la loción de peinado, desenredé el pelo antes de
acostarme, puse la funda de seda en la almohada y como si no me hubiera
movido en toda la noche. ¿Tú te pusiste el gorrito para dormir? ¿Qué dijo
Eli al verte con él puesto?
—Pues que estábamos como para ir a una fiesta de disfraces. Ella usa
una férula de descarga y antifaz, yo le dije que a mí se me hacían nudos
muy bestias, y que si no lo usaba, me tiraba una hora desenredándolos. Coló
a la perfección.
—Si es que sois tal para cual —se rio.
—No empieces, que suficiente tuve ayer con tus tonteos.
—No me lo has contado, ¿qué te dijo sobre mí cuando os quedasteis a
solas?
—Que no eras su tipo y que te apestaba el aliento.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Pues me lo dijo, es muy maniática con los olores, y a ti te repitió el
cebollino. —Me hizo una peineta.
—Si fuera así, no habría suspirado cuando le acaricié el muslo bajo la
mesa…
Esa vez sí que me atraganté con el último sorbo del café y me puse a
toser como un loco.
—¿Que hiciste qué?
—Calma, era broma, tendrías que haberte visto la cara…
Me levanté de la mesa y fui a pagar, no podíamos entretenernos más si
queríamos entrenar. Chloe se estuvo partiendo la caja de mí mientras
cruzábamos para ir al centro deportivo.
Como ya estábamos cambiados, solo tuve que pasar por el vestuario a
dejar la bolsa.
Chloe iba directa a la piscina y yo a la sala de fitness. Tenía sesenta
minutos exactos para terminar mi rutina, bajar y darme una ducha.
Al poner un pie en la zona de cardio, solté un exabrupto. ¿Cómo podía
ser que con lo temprano que era todas las cintas estuvieran ocupadas?
La respuesta era fácil, había tres fuera de servicio y todas las bicis
desocupadas. Odiaba calentar con la bici y, al parecer, no era el único. La
elíptica no terminaba de convencerme, aunque la usaría si no me quedaba
más remedio, prefería trotar un poco.
Me fijé en un cartel que rezaba que el tiempo máximo de uso, si un
cliente estaba esperando, era de treinta minutos. Con un poco de suerte,
alguien habría cumplido ya ese tiempo.
Me paseé con disimulo por detrás de las máquinas hasta que di con una
chica que llevaba treinta y tres. ¡Perfecto!
Algo en ella me llamó la atención, tenía un balanceo de caderas muy
sexi al andar, el pelo castaño oscuro le llegaba por los hombros y se movía
con fluidez, lo que me hizo observarla de manera hipnótica.
Estaba en la última cinta, por lo que no me costó posicionarme a un lado
y admirar su perfil.
Noté un tirón brusco en la entrepierna de inmediato, estaba buena, muy
buena, justo en el punto que a mí me gustaban, y sus labios me recordaban a
unos con los que llevaba fantaseando un par de noches.
Carraspeé para que me prestara atención, pues su mirada estaba puesta
en la cristalera que daba a la zona de aguas.
—Perdona, ¿te queda mucho? —cuestioné amable.
Ella giró el cuello hacia mí y me contempló con el ceño fruncido.
Llevaba puesta una camiseta de tirantes que dejaba mis brazos al aire y
un pantalón corto de running. Me gustaba no ir muy cubierto para entrenar,
así podía verme mejor.
—¿Por qué me lo preguntas a mí? Hay muchas más cintas ocupadas.
¿Es porque las gordas no podemos hacer deporte? ¿Porque si nos sobran
unos kilos, deberíamos estar inflándonos a batidos detox, en lugar de usar
las cintas de uso exclusivo para los tíos fit como tú? —«Pero ¿qué
narices…?»—. Pues sí, para tu información, tengo para mucho, para todo el
tiempo que les dé la gana a mis gordos muslos, así que ya puedes buscarte
otro aparato para tu atlético cuerpo de exitoso cruasán alfa. —No pude
controlar la risita queperfiló mis labios después del rapapolvo que acababa
de echarme.
«¿Cruasán alfa? Pero ¡si era un tirillas comparado con la mayor parte de
tíos de gimnasio!».
Estaba absorto, completamente obnubilado, y más que sorprendido por
su respuesta. Aquella chica no era gorda, era jodidamente perfecta, y si
alguien la había hecho sentir así es que tenía un serio problema y necesitaba
ir al oculista.
Sin embargo, lo que más me llamaba la atención no era eso, juraría que
aquel par de ojos verdes y esos pechos sublimes que contenía el top rosa
que llevaba eran los de…
—¿Qué? —cuestionó ella al ver que no me movía salvo el repaso visual
que le había dedicado.
—¿Venecia? ¿Eres tú? —mascullé en voz alta—. Soy yo, Fantasma.
Su rictus no se suavizó, al contrario, se hizo más adusto.
—Ahora que lo dices, un poco fantasma sí que eres.
—No, me refiero al sábado, tú y yo follamos en el reservado,
¿recuerdas? ¿Por qué te fuiste? ¿Hice algo que no te gustara?
Ella apretó el botón de parada de emergencia y puso las manos en jarras
sobre aquellas caderas que yo mismo tuve el placer de acariciar.
—Mira, chaval, no sé lo que intentas, pero si tu objetivo era que me
bajara, ¡ya lo has conseguido! ¡Enhorabuena!
Fue entonces cuando me di cuenta de que debía sacarme unos años,
quizá rondara los veintiocho o veintinueve, y yo, en lugar de aparentar los
veintitrés, solían ponerme veintiuno o veintidós, era lo que tenía ser delgado
y de facciones algo aniñadas.
—No era mi intención que te bajaras de la cinta…
—Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Querías la cinta o no? Primero me
dices que mi tiempo ha terminado, que me había excedido, y ahora me sales
con que si te la he chupado el fin de semana.
—Yo no he dicho eso, y no me la chupaste, dijiste que no hacías esas
cosas con desconocidos —resopló.
—Pues siento si mi otro yo no te la llegó a chupar. Mira, chaval —
volvió a insistir—, si alguien te ha vendido la moto de que si le entras a una
gorda pillas cacho seguro y que somos la hostia en el sexo, te confundes de
lleno. Puede que antes intentáramos compensar lo que la sociedad nos hacía
sentir siendo más guarras que ninguna en la cama, incluso llegando a
aceptar cosas que las tías delgadas no hacen por suplicar un poquito de
cariño y «amor» —entrecomilló los dedos—. Pero ahora los tiempos han
cambiado y no necesitamos hacer eso, podemos vivir nuestra sexualidad
con libertad, así que búscate a otra para cumplir tus fantasías, que yo no soy
la mujer que las va a realizar.
Fue a marcharse, pero la retuve, como hice en la discoteca, atrapando su
muñeca.
El tacto de su piel húmeda por el sudor me calentó del mismo modo que
el sábado. Solo que esa vez ella no permitió que la cogiera, se sacudió
ofendida para desasirse de mi agarre.
—Pero ¡¿a ti qué narices te pasa, chaval?!
—No soy ningún chaval, tengo veintitrés años.
—Por mí como si tienes cuarenta y dos, no te conozco de nada, no te he
visto nunca, ni he follado contigo, seguro que ibas tan pedo que cualquiera
te servía y nos has confundido por el tamaño.
—Y yo te garantizo que eras tú, que estaba más que sobrio y que te he
reconocido.
Los dos nos quedamos embebidos en una batalla de miradas. Su pecho
subía y bajaba alterado, mientras yo era incapaz de hacer otra cosa que
contemplarla, porque era perfecta, jodidamente perfecta, y si antes había
querido seguir conociéndola, ahora me despertaba un mayor interés.
¿Por qué no quería reconocer que era ella? ¿Por qué renegaba de un
polvo tan bueno como el que echamos? ¿Tendría razón mi hermana y no le
habría gustado?
Tenía la nariz chata, los ojos más increíbles que había visto en mi vida y
aquella boca que prometía pecados divinos.
—¿Ocurre algo?
El monitor de fitness se había acercado a nosotros con cara de querer
evitar el conflicto.
—Nada, Dani, que me excedí en el tiempo, y este chico tan amable me
estaba recordando la normativa, pero ya me iba.
El técnico alzó las cejas con una mirada sorprendida. No era plan de
entrar al trapo y parecer un puto acosador.
—¿Solo eso? —quiso asegurarse.
—Sí, ya sabes, es mi hora, que si no, me pilla el toro —le respondió con
amabilidad en un tono que difería mucho del que había empleado conmigo.
—¿Qué tal la nueva rutina de trabajo? —quiso saber él—. ¿Te ha
costado adaptarte a los ejercicios?
—No, qué va, están genial, muchas gracias por preocuparte.
—Para eso estoy —respondió, comiéndosela con los ojos, y no me
extrañaba.
Venecia estaba para desayunarla, comerla y cenarla todos los días.
Me había quedado como un pasmarote escuchando su conversación.
Fue entonces cuando ella desvió su mirada a mí.
—¿No tenías tanta prisa por usar la cinta? ¡Pues súbete!
—Igual no sabe —intercedió Dani. Me miró amable—. No me suena tu
cara, ¿eres nuevo? ¿Empiezas hoy? —Asentí.
—Me llamo Oliver, Oliver Miller —comuniqué en voz alta para que
ella lo escuchara.
El monitor alargó la mano para estrechármela.
—Encantado, yo soy Dani, y si vienes a esta hora, seré tu entrenador, te
ayudaré a conseguir los objetivos que te hayas marcado.
—¿Todos? —pregunté sin apartar la vista de ella, que se estremeció.
—Pues todo dependerá de tu implicación y que seamos conscientes del
punto del que partimos, como siempre digo: los milagros, a Lourdes.
—Bueno, Dani, yo me voy —reiteró Venecia.
—Ciao, Bella.
Admiré el contorno de su silueta mientras abandonaba la sala.
—¿Se llama Bella?
«Podría ser, porque a mí me pone jodidamente bestia».
Dani se rio.
—No, a todas las clientas las llamo igual, así no me confundo,
guárdame el secreto, por favor. —Me guiñó el ojo.
—Mientras a mí no me llames Bello… —Dani dejó ir una carcajada.
—Tranquilo, de tu nombre me acuerdo, mi sobrino se llama igual que
tú.
Quise intentar averiguar el nombre de mi maravillosa desconocida, así
que insistí.
—Pero ¿sabes cómo se llama?
Su sonrisa se hizo profunda.
—¿Te gusta? —Para qué negarlo. Asentí—. Pues, entonces, averígualo
tú mismo, yo no puedo facilitarte su nombre por la Ley de Protección de
Datos, pero sí decirte que este es su horario de entreno, bueno, un poco
antes, a esta hora es cuando se marcha y siempre lleva prisa. Ahora, calienta
un rato y te hago un circuito de prueba para ver en qué forma estás. Así te
evalúo y mientras charlamos para anotarlo todo en tu ficha. ¿Te parece?
—Genial. —Dani parecía un buen entrenador que se preocupaba por los
clientes.
—Tienes buena materia prima, así que no creo que te cueste.
—Eso lo dices porque no conoces mi dificultad para subir de peso.
—Vale, ahora me lo cuentas, estás de suerte porque también soy
nutricionista, podemos hacer una planificación alimentaria y también te
ayudo con eso.
—Suena estupendo.
—Ya verás, seis meses en mis manos y nadie te reconocerá.
«Para eso no hace falta mucho, dame una peluca, un sujetador y
fliparás», tuve ganas de decirle.
Me callé y, por fin, puse un pie en la cinta.
Capítulo 13
Draco Malfoy
Chloe
Las primeras dos semanas transcurrieron con comodidad.
Los profes eran auténticos genios, las materias tenían una pintaza que
alucinabas y la comida de la cafetería del campus alimentaba y estaba
buena. No se podía pedir más.
Oliver y yo conseguimos establecer una rutina bastante decente, gym
por la mañana, de ahí directos a clase hasta la hora de comer. Después nos
marchábamos a la biblioteca porque yo tenía un proyecto que preparar,
además de lo que me implicaba estudiar el resto de materias, que Oliver y
yo tuviéramos un coeficiente intelectual alto no significaba que pudiéramos
tumbarnos a la bartola, y menos si pretendíamos sacar matrícula.
Sobre las ocho, abandonábamos la biblio para ir hasta el burger en el
que curraba Eli de lunes a viernes de dos y media a ocho y media. Se comía
francamente bien, las hamburguesas eran superjugosas y tenían de todo
tipo, incluso vegetarianas, además de que incorporaban un buen surtido de
platos de pasta y ensaladas a precios universitarios. Tenías descuento si
presentabas el carnet de estudiante.
Con el estómago lleno, nos dirigíamos a la habitación para dormir. Y así
vuelta a empezar hasta elsábado.
La compi de Oli estaba loquita por los huesos de mi mellizo, o mejor
dicho, por los míos siendo mi hermano. Se le caía la baba en clase
mirándome, sobre todo, porque casi siempre me sentaba a su lado. Ayer se
me ocurrió recolocarle las gafas sobre el puente de la nariz y casi
hiperventiló.
Oli me decía que la dejara en paz, más aún desde que creía haber
descubierto que «Venecia», como apodaba a la chica enmascarada de la
discoteca, iba a nuestro gimnasio.
¿El problema? Que desde su encontronazo sobre la cinta de correr no
había vuelto a verla. No tenía idea de si había cambiado su horario para no
coincidir, o si se dio de baja. Dani, el entrenador y único posible
informante, no quería decirle nada.
Por eso, el fin de semana fuimos al Fantasma de Venecia; el viernes, el
sábado e incluso el domingo. Aunque no tuvimos suerte.
Cuando a Oli se le metía algo entre ceja y ceja, era tozudo como una
mula, y ya no digamos si se le metía en la entrepierna… Cuando Alexia lo
dejó, fue un puto calvario…
No estaba enamorado de esa chica nueva, pero sí que rozaba la
obsesión, necesitaba otro entretenimiento, no podía estar así por un polvo.
Menos mal que al fin llegaba Erik, él me ayudaría a desplumar a los pájaros
que Oliver tenía en la cabeza y hacer un rico asado.
Estábamos esperando que su vuelo aterrizara cuando vi a un chico
pelirrojo y mi mente voló hacia el tío que ocupaba la cama de al lado.
No es que fuera pelirrojo, pero sus reflejos cobrizos a mí me recordaban
ese color, y con ello bastaba.
Aike y yo manteníamos una relación cordial que se resumía en: yo no te
hablo, tú no me respondes. Nos decíamos lo justo para ser corteses, poco
más. Dado mi planning semanal, a duras penas nos dábamos las buenas
noches, salvo el domingo, que lo vi un poco más y terminamos discutiendo.
Me chocaba tanto su comportamiento conmigo; literalmente, pasaba de
mi culo, se ponía esos enormes cascos, un chupachup de nata y fresa entre
los labios y me ignoraba. Los tíos nunca pasaban de mí de un modo tan
descarado, claro que él creía que yo era un hombre y carecía de todo mi
encanto femenino para hacerlo cambiar de parecer. Además de que yo
tampoco pretendía interesarle.
Pfff, odiaba sus pecas, odiaba sus ojos azules, odiaba la manera en que
ese mechón de pelo rebelde le caía sobre la frente, la manera en que se
relamía los labios cuando se le acababa uno de esos dichosos caramelos con
palo que compraba por bolsas y esos malditos abdominales que asomaban
bajo la sudadera cada vez que se cambiaba.
Tenía callos en las manos porque jugaba a waterpolo y hacía crossfit
tres veces a la semana. No me lo había contado, solo vi su gorro de
waterpolista en el armario y lo escuché hablar con uno de sus colegas sobre
que se verían en el box.
Aike Rubio estudiaba un máster en Bioquímica, Biología Molecular y
Biomedicina; mi abuela perdería las bragas si se lo contara. No se lo dije
cuando la llamé porque estaba cabreada con él.
Juro que intenté ser amable y simpática, no meterme en sus asuntos,
pero al ver una cosita rosa, muy pequeñita, que se movía en el terrario de
Slytherin, cuando se me cayó la pasta de dientes al suelo, la fui a recoger y
no dudé en agacharme e intentar rescatar aquel bichejo que no tenía ni idea
de cómo había ido a parar ahí dentro.
La puerta del baño no estaba cerrada, por lo que Aike me debió ver
acercarme a su querida mascota y se levantó de la cama.
—¡¿Qué cojones haces?! —escupió él en cuanto me vio de cuclillas con
mi buena obra del día.
—Este bichito se ha caído aquí dentro y Slytherin se lo iba a comer.
Aike bufó.
—De eso se trata, es su comida.
—¡¿Cómo va a ser su comida?! ¡Si está vivo!
—¿Y qué imaginabas?, ¿que se lo serviría al horno con unas patatas
gourmet? Forma parte de su naturaleza, si está muerto, no se lo come, y
tiene que alimentarse para crecer.
—¡Pues que no crezca tanto o se haga vegana! ¡Es un bebé de
ratoncito! Su madre también estará preocupada.
—Y la de la ternera que te comes las hamburguesas también. Pero ¿a ti
que te pasa? ¿Te falta un tornillo o qué?
—No puedo creer que tú seas capaz de hacer algo así, ¡salvaste a esa
serpiente y ahora sacrificas a este pequeño animal que no te ha hecho
nada!
—La salvé de una muerte injusta, una cosa es esa y otra que la deje
morir de inanición porque tú eres alérgico a que la naturaleza siga su
curso. Se trata de la cadena alimenticia, nada más. Si no te gusta lo que
ves, pírate, pero Slytherin va a comer y lo hará de este modo una vez cada
dos semanas.
Me arrebató al pobre ratoncito y volvió a echarlo al terrario sin
contemplaciones. No tuve más remedio que ponerme en pie y salir del
cuarto dando un portazo. Pasaba de discutir con ese neandertal o escuchar
los gritos del pobre bebé ratón.
Esa noche cené verde y soñé que me devoraba una lechuga gigante.
—¿Me echabais de menos, Millers?
La voz de Erik me trajo de vuelta a la realidad e hizo que Oli y yo
alzáramos la mirada con una sonrisa en los labios.
El inconfundible pelo rizado y los ojos oscuros de nuestro mejor amigo
bailotearon en mis pupilas antes de fundirnos en un abrazo.
No sabes cuánto puedes llegar a echar de menos a una persona hasta que
te reencuentras con ella y vuelves a sentirla, a convertirla en tangible, a
apretarla contra tu cuerpo y te ves envuelto en su olor.
—¡Menuda bienvenida! Si sé que vais a abrazarme tanto, ¡tardo un par
de semanas más!
Acompañamos a Erik hasta la oficina de coches de alquiler, la empresa
había rentado uno para él, un llamativo Aiways U6, color amarillo canario
con el techo negro, que no daba para pasar desapercibido. Era un coche
chino de propulsión eléctrica, podías recorrer cuatrocientos kilómetros sin
enchufarlo y, según Erik, su empresa tenía un convenio con la china porque
ambos eran sponsors del nuevo campeón mundial de surf.
—Ponedme al día, ¿cómo están las cosas? —preguntó, ocupando el
asiento del conductor.
Programó el GPS con la dirección de la inmobiliaria que tenía que
entregarle las llaves de su piso en Paseo de Gracia. Estaba relativamente
cerca de la uni, por eso, Oliver y yo nos miramos cómplices.
Le explicamos el problema que tuvimos con la habitación y le
suplicamos nos acogiera en su casa.
—Me encantaría, y lo sabéis, no tenéis ni idea de cuánto os he
extrañado, el problema es que voy a dormir en un estudio tipo loft que
cuenta con un único sofá cama, a no ser que ambos queráis dormir conmigo
y muy apretados.
No era plan, no.
—Pues tendremos que seguir aguantándonos. Yo acostándome con el
puto Draco Malfoy, y Oli, con la deliciosa y muy follable Eli.
—Espera, espera, espera… ¿Cómo que deliciosa y muy follable?
¿Quiénes son esa Eli y ese Draco?
—Chloe, no empieces… —me advirtió Oliver.
—Pues es que su compañera de cuarto está coladita por Oli.
—¿Es lesbiana?
—No, me refiero a mí siendo Oli. —Las comisuras de sus ojos
achinados se estiraron hacia arriba.
—¿Haciendo de las tuyas, Chloe? —Cómo me conocía…
—La está liando, sobre todo, porque Eli me cae de maravilla, pero no
quiero nada con ella.
—No, él solo piensa en Venecia…
—¿Quieres ir de vacaciones a Italia? —preguntó Erik, observando a mi
mellizo—. A mí me encantaría, los italianos están buenísimos y la
comida… Tiene que ser muy bonito todo rodeado de góndolas.
—Venecia es la chica misteriosa y enmascarada que Oli se tiró el primer
sábado que salimos de fiesta.
Los ojos de Erik se abrieron de par en par.
—¡Cabrón! ¿Cómo no habéis hecho un FaceTime conmigo para
ponerme al día de estas cosas?
—Creímos que las preferirías en directo —comenté.
—¿Y has vuelto a quedar con esa tal Venecia?
—No, y no porque no lo haya intentado…
—¿Quieres dejar de inmiscuirte en mis asuntos? —protestó Oli. No lo
hice. Me puse a relatar todo lo ocurrido mientras mi mellizo pisaba mis
palabras dando su versión de los hechos.
Erik se lo estaba pasando de lo lindo el muy cabrón, disfrutaba de los
salseos como el que más.
—¿Y tú? —me preguntó en cuanto aparcamos y pudo girar el cuello
para verme bien. Oliver tenía un mosqueo considerable por todo loque
había llegado a largar.
—Yo estoy centrada en el proyecto, nada más.
Salimos del coche para ir a la máquina de zona azul, sacar un tique,
dejarlo en el salpicadero y caminar cien metros para ir a la inmobiliaria.
Erik retomó la conversación.
—No creo que contigo no pase nada, cuando has pronunciado el apodo
de tu compi de cuarto, ha brillado algo en tus ojos.
—Se llama odio, eso es lo que siento por él y su puta serpiente.
—¿Te ha enseñado la serpiente? ¿Es gay?
Le dabas una miguita y te hacía un sándwich de tres pisos. ¡Viva la
imaginación!
—No es gay, solo imbécil. —A juzgar por cómo miraba los vídeos de
tías que sus colegas le mandaban—. Y me refería a una serpiente literal.
Además, es pelirrojo, ya sabes lo poco que me gustan.
—¿Ese de ahí no es Aike? —cuestionó Oliver, señalando a un par de
chicos que caminaban sonrientes por la misma acera que nosotros. Casi se
me desencajó la mandíbula al verlo. ¿En serio que sabía sonreír? Si hubiera
tenido dos dedos de frente, habría corrido hacia una tienda para
camuflarme, pero no se me ocurrió, al contrario, dejé de caminar y me
quedé plantada como una puta farola.
—Hostia puta, pedazo de tíos, el de la derecha está como un queso —
apuntó Erik.
—Ese es Aike. —La frase se me hizo bola hasta a mí, y eso que la
pronunció Oliver.
Fue entonces cuando me di cuenta de que el encontronazo era
inevitable, que me estaba mirando de frente siendo yo, vestida de Chloe
Miller y no de Oliver. Su sonrisa cambió al igual que su mirada, en la que
pude ver despertar cierto interés.
Casi me estallaron las bragas.
«¡No, no, no, no! Yo no puedo haber pensado eso».
Debía haber ido a entrenar al box porque tenía el pelo mojado, llevaba
la bolsa de deporte y vestía más arreglado de lo habitual.
—Aike es Draco Malfoy —murmuró mi hermano en el oído de nuestro
amigo—. Por si no te ha quedado claro.
Solo podía rezar para que la tierra se abriera bajo mis pies o me
abdujera un extraterrestre. Sentía calor en el estómago. ¿Por qué?
—Ese tiene de pelirrojo lo que yo de verdes las pelotas, a ti lo que te
pasa es que te pone caliente el encantador de serpientes, y no me extraña,
está como para follárselo varias veces.
Por suerte, terminó la frase antes de que nos separaran tres pasos.
Salí de la habitación siendo Oli, pero en el baño del aeropuerto,
recuperé mi identidad. Planeábamos pasar el día siendo nosotros mismos, y
me moría por ponerme uno de los vestidos que me compré en el centro
comercial y que custodiaba Oli. Después, ya nos cambiaríamos en el
apartamento de Erik para volver a la universidad.
Pensé que pasaría de largo, pero no lo hizo. Se plantó frente a nosotros.
—Hola, Miller —saludó a Oli. Ellos no se habían visto porque mi
mellizo no pasaba por mi cuarto como hacía yo. Si sabía cómo tenía la cara
era porque yo le tomé una foto de extranjis por si nos lo cruzábamos en
alguna parte.
—Rubio. —Suerte que tenía todos los datos suficientes y era bueno
memorizando.
—Tienes una hermana melliza, menuda sorpresa. —Ahora su mirada se
había posado en mí, y yo volvía a arder.
—Sí, ella es Chloe y este es Erik, su novio.
Casi le escupí en la cara cuando dijo eso. ¡¿De qué coño iba mi
hermano?!
El interés que había visto se apagó y dejó de hacerme caso, mientras
que Erik me apretaba contra él y paseaba su nariz por mi cuello marcando
terreno.
¡Malditos cabrones!
—Bueno, nos vemos luego en la residencia, disfruta del domingo. —Era
lo más amable que le había escuchado decir, y no era a mí. Aike y su colega
nos rodearon y siguieron calle abajo sin girarse.
Yo miré a mi hermano con ganas de asesinarlo.
—¡¿Qué narices ha sido eso?! ¿Por qué le has dicho eso?
—Te estaba salvando el culo, por si no te has dado cuenta, si llega a
mirarte un poco más, seguro que se cosca de quién eres en realidad.
—No tenías que haberle dicho que Erik era mi chico.
—¿Por qué no? ¿Acaso tienes algún interés en tener a otro? ¿O quizá a
él?
—¿A él? Pfff, ni loca.
—Pues ya está, solucionado, y ahora arranca a caminar o van a cerrar la
inmo —azuzó Oliver a nuestro amigo, quien negaba con la cabeza y emitía
un suspiro. Prefería no preguntar, ya había hablado demasiado y no me
gustaba un pelo las cosas que estaba sintiendo.
Capítulo 14
Extrañas coincidencias
Chloe
Tras el encuentro con mi roommate, la jugarreta de mi hermano,
aguantar a la chica de la inmobiliaria poniéndole ojitos a Erik y
ofreciéndose para hacerle un tour por el piso, no se fuera a perder…,
salimos de la oficina con una tarjeta de la joven y su número apuntado, por
si a mi amigo se le fuera la luz y no supiera subir los plomos, o convertir el
sofá en cama…
—¿No te planteas ser bisexual? Te han bastado cinco minutos para
echarte una novia y que te tiren los trastos delante de esta.
—¿Celosa? —cuestionó, agarrándome por el hombro para besar mi sien
—. Ya sabes que si alguna vez quisiera probar, siempre serías tú la elegida.
—Gracias por la consideración.
Nos sonreímos mutuamente, volvimos al coche y Erik me lanzó las
llaves concediéndome el privilegio de conducirlo, me encantaba aspirar y
que siguiera oliendo a nuevo.
—¿En serio vas a dejárselo? ¿Y si nos estrella? —me chinchó mi
hermano.
—Pagará el seguro de la empresa, dale un poco de cancha, que ya la has
jodido bien con Draco… —Conocía ese tono.
—A mí no me ha jodido nada —gruñí—, porque a ese tío no lo aguanto.
—Se notaba, sobre todo, cuando lo repasaste de arriba abajo y te
detuviste en su… —Le arreé un manotazo. Erik rio por lo bajito y yo me
incorporé al tráfico con tanta brusquedad que casi provoqué una colisión
múltiple.
—A este ritmo, no llegamos a la esquina —bufó Oli—. ¿Dónde
quedaba tu apartamento? ¿En la avenida Cementerio? Porque vamos
directos a la tumba.
—¡Cállate, Oliver! —espeté, arrugando el morro, mientras Erik se
partía.
Tenía el GPS programado con la nueva dirección, ya se había ocupado
nuestro amigo. Suerte que los domingos no solía haber atascos y había
menos coches en circulación. Tardamos quince minutos. Lo metí
directamente en la plaza de aparcamiento, eso sí que era un puto lujo, dados
los problemas de la ciudad.
Erik no tenía que tocar el coche si no quería, el curro lo tenía a un par
de manzanas, por lo que podía ir perfectamente andando.
Se lo habían dado por si tenía que realizar visitas o acudir a eventos de
la empresa. Se lo dejaban utilizar para lo que quisiera, y encima le pagaban
la gasolina. Erik tenía un chollazo de curro y una flor en el culo.
Cuando abrí la nevera, por poco me desmayé. Además de una cesta de
fruta de bienvenida, ¡la empresa había llenado el frigorífico!
—¡Yo quiero un jefe como el tuyo! —suspiré, dejándome caer en el sofá
de tres plazas con una Coronita entre las manos.
El piso era pequeño, pero estaba aprovechado al máximo. Se notaba que
no habían escatimado en los acabados. Era un edificio modernista, de pisos
enormes, del que solo conservaron la fachada para incrementar el número
de viviendas. Los techos eran altísimos, tenía un único ventanal fabuloso y
la cocina quedaba oculta gracias a los paneles integrados. El baño era
pequeño pero coqueto, con un bonito plato de ducha. En resumen, una puta
pasada.
—No puedo quejarme, Brandon es un tío de puta madre, ¿sabéis que
este bloque está reformado y pensado para ejecutivos o trabajadores
temporales? Me lo comentó Arika, de Recursos Humanos, este piso en
concreto lo estreno yo. ¿Y sabéis qué más?
—¿Qué? —preguntó Oli.
—Voy a tener un becario —soltó una carcajada—. ¡Yo! ¡Un puto
becario! ¡¿No es para flipar?!
—Pero ¡si apenas llevas nada en la empresa y no sabes dónde tienes los
pies ni la cabeza! ¿Qué órdenes le vas a dar? —se carcajeó Oli.
—Fácil —susurré yo—. A cuatro patas, ponte debajo del escritorio y
chúpamela mientras miro Pornhub… —bromeé.
—No creo que me dejaran mirar Pornhub desde el ordenador del
despacho, son muy escrupulosos con la ciberseguridad, aunque me apunto
lo de chupármela.
Entrechocamos el botellín. Erik tenía un humor muy guarro. Alba solía
decir que si hubiera sido hijo de tío Liam, no se habríanparecido tanto.
Nos miré a los tres, fue como si el tiempo se hubiera detenido y, en
lugar de estar en España, volviéramos a estar en nuestro piso de Sídney. Me
gustaba estar con ellos, me sentía cómoda, en casa.
Reímos y charlamos hasta que nos rugieron las tripas. En la nevera
había un papel de comida a domicilio, Erik se empeñó en llamar a un japo e
invitarnos, pasamos el resto de la tarde lanzándonos pullas y recordando
cómo la liábamos de pequeños. Llegaron las ocho y media sin que nos
diéramos cuenta.
—¿Cenamos juntos? —propuso.
—¿Y si llamamos a Eli y te la presentamos? —sugerí—. Conoce los
mejores restaurantes de la ciudad.
Oliver y yo ya nos habíamos cambiado de ropa y volvíamos a ser el
otro.
—Por mí vale —aceptó Oliver.
—Pues llámala.
Eli era una tía de puta madre, y a mi hermano le caía soberanamente
bien, por eso no puso objeciones a mi sugerencia.
Quedamos para vernos en un italiano, no era muy grande, pero, según
Eli, cocinaban la pasta que te caías de espaldas. El dueño era de Nápoles.
Al principio, se mostró un pelín cortada. No me extrañaba, Erik era tan
condenadamente guapo que intimidaba a cualquiera. Tenía unas facciones
muy marcadas, los rizos eran suaves y muy oscuros, además de aquella
mirada pícara que prometía un paseo completo por el cielo hasta abrasarte
en el infierno.
Por fortuna, no solo era guapo, sino simpático a rabiar, y su carácter
desinhibido hizo que Eli se sintiera de lo más cómoda en pocos minutos; a
la media hora, ya era la Eli de siempre.
Bebimos lambrusco, tonteé un poco con ella para no perder la
costumbre y devolvérsela a mi hermano. Le dije que esa noche estaba
especialmente bonita y un pie malintencionado impactó en mi espinilla. Me
pilló por sorpresa, por eso moví la mano por impulso y casi le arrojé la copa
de vino a una mujer que pasaba por mi lado de la mesa.
—Disculpa.
Ella giró su rostro hacia mí y, al mirarme, frunció el ceño de golpe.
—No me jodas, ¿aquí también? —Parpadeé sin entender.
—¿Cómo?
—Eso digo yo, ¿cómo has dado con el restaurante de mis padres? ¿Te lo
ha dicho Dani? ¿Qué pasa contigo, chaval? ¡¿Eres un puto acosador y ahora
voy a toparme contigo en todas partes?!
Necesité cinco segundos para darme cuenta de lo que ocurría.
Eli me miraba perpleja, Oliver como si hubiera visto una aparición, y
los ojos de Erik amenazaban con un desprendimiento de retina.
—Venecia…
Lo dije exhalando el nombre, porque estaba segura de que era ella. La
mirada que me dedicó lo corroboró.
—¡Déjame en paz! ¿Me oyes? No me interesas.
Casi pude escuchar el sonido ahogado que escapó de los labios de Eli.
«¡Mierda! No quería joderla con ella».
Venecia desvió la mirada sobre la compañera de habitación de mi
mellizo y sus ojos mostraron sorpresa.
—¿Prieto?
—Ho-hola, profesora Rossi. —«¿Profesora?»—. He venido a cenar con
unos compañeros de la uni, yo-yo los traje al restaurante, Oliver no conocía
este sitio ni se lo había recomendado nadie. —Madre mía, si es que era
buena hasta para eso, me estaba excusando.
Ella desvió la mirada sobre mí un segundo y regresó al rostro de Eli.
—Em, vaya, no sé qué decir, pensé que… Bueno, da igual, es cosa del
jet lag, estoy muy cansada y mis neuronas han cortocircuitado.
—¿Ha estado desfilando? —se interesó Eli.
Si fuera así, no me extrañaría nada, esa mujer daba el perfil de modelo
curvy, tenía una cara preciosa y un cuerpo de lo más sugerente.
—Sí, ya sabes…, pluriempleo. La educación no da para mucho. Bueno,
os dejo, seguro que tenéis muchas cosas que hablar, y yo necesito tumbarme
en la cama. —«Y a Oliver le encantaría tumbarse encima de ti»—. Me
alegro de haberte visto, Prieto. —Su voz sonaba menos a la defensiva—.
Perdonad de nuevo por la confusión y disfrutad de la cena.
Oliver me hizo un gesto con la cara para que dijera algo, pero me limité
a dar un trago al vino. Estaba claro que esa chica pasaba de su culo y le
haría el mismo daño que Alexia o más. No pensaba echarle una mano salvo
para alejarla lo más lejos posible de mi mellizo.
—¿Tú y la señorita Rossi…? —Eli formuló la pregunta con tiento—.
No hace falta que respondas si no quieres…
—Nos liamos antes de conocerte. Fue solo una noche. Después,
coincidimos en el gym, y creo que se ha hecho una paja mental, solo ha sido
un malentendido. Nunca tendría nada serio con ella.
Abrí las piernas cuando calculé que Oli me mandaría otra de sus patadas
voladoras y el pie de este impactó contra el tablero de la mesa con fuerza.
Los platos y la mesa rebotaron. Erik se agarró al tablero intentando
controlar la vajilla mientras Eli emitía un grito.
El resto de los comensales nos miraron desconcertados.
—¡¿Qué ha sido eso?! —chilló la de Guadalajara.
Alcé las cejas interrogante, aguantando una sonrisa en dirección a mi
hermano, que trató de disimular el cabreo que le había causado.
—He sido yo, disculpad, me ha dado un calambre y se me ha disparado
la pierna…
Eli rio con disimulo.
—No pasa nada, podría ocurrirle a cualquiera, y, por suerte, no se ha
roto ningún plato.
Oliver tuvo que contener las ganas de salir corriendo detrás de la
señorita Rossi.
¡Menudo día de extrañas coincidencias!
Capítulo 15
@Liberad_a_Rossi��
Oliver
Mi hermana era una cabrona. Si antes ya lo sabía, después
de eso, me quedaba cristalino.
¿Cómo había podido desaprovechar la oportunidad de hablar con ella?
De conseguir algo, una cita, un café, o lo que fuera.
Sabía cuánto me había esforzado para encontrarla y, cuando lo había
hecho, la dejó ir sin más. Encima, se le ocurría alimentar la devoción que
Eli sentía por mí adulándola y haciéndola sonreír.
Estaba cabreado, y cuando me enfadaba, me costaba mucho disimular.
Por eso, en cuanto Venecia, alias la profesora Rossi, abandonó el local, se
me acabaron las ganas de comer y de estar en el italiano, y cuando el
camarero vino a preguntarnos si queríamos postre, pasé.
No me apetecía hablar, hubiera dado lo que fuera por salir corriendo en
pos de ella en lugar de tener que quedarme clavado en la mesa, aguantando
el tipo, con cara de que no pasaba nada.
¡Sí que pasaba! ¡¿Por qué mi melliza tenía que entrometerse en todo lo
que hacía?! Y lo peor de todo, ¿por qué yo siempre le seguía el juego y me
costaba decirle basta?
Erik se dio cuenta de mi cambio de humor y me echó una mano.
Comentó que estaba agotado del viaje y que curraba al día siguiente, por lo
que tenía que marcharse a dormir temprano.
Pedimos la cuenta y nuestro amigo nos acercó a la residencia. Pasé de
escuchar el parloteo de Chloe y Eli, y puse los ojos en blanco cuando mi
hermana le comentó que tenía ganas de ver una peli y Eli sugirió que
quedáramos para ir al cine con Erik el finde siguiente.
En cuanto llegamos a la puerta del cuarto, pasé la tarjeta y no miré a mi
hermana para desearle unas buenas noches más que forzadas.
Una vez dentro, Eli puso su mano sobre mi hombro y preguntó con
cautela si estaba bien.
—Llevas rara desde que te diste con el pie en la mesa, ¿necesitas que
vayamos al médico o algo? ¿Te has hecho daño y te da vergüenza decirlo?
Mira que yo soy la reina de los dolores absurdos.
—No, no, qué va… Creo que es una suma de cosas, estoy preocupada
por el proyecto, Oli y yo hemos discutido esta tarde por una tontería y al
final me he rallado y os he fastidiado la noche a todos.
—Tranqui, no pasa nada, los días malos existen, y si no lo hicieran, no
disfrutaríamos de los buenos igual. ¿Puedo hacerte una pregunta y que me
respondas con total sinceridad?
«Mientras no me preguntara si mi hermana y yo nos habíamos
intercambiado los papeles, podía hacerlo».
—Of course.
—¿Piensas que entre Oliver y la profesora Rossi hay más de lo que
contó? Nunca la había visto tan alterada, normalmente, es una mujer
superdulce y risueña, y hoy ha tratado a tu hermano casi como a un
acosador.
¡Boom! La bomba acababa de estallarme en plena cara.
Fue nombrar a Venecia y el cuerpo se me contrajo, en primer lugar,
porque necesitaba recabar más información. Conmigo no había tenido nada
de dulce o de risueña, aunque no era eso lo que más me preocupaba,sino mi
patología. En parte, mi cabreo con mi hermana también estaba relacionado
con ello, con mi obsesión de querer saber más de ella, del motivo por el
cual renegaba de nuestro encuentro.
¿Y si mi ruptura me seguía pasando factura y ahora no llevaba bien que
las mujeres me abandonaran aun cuando no tenía una relación con ellas?
¿Y si me estaba equivocando? Lo sano y normal debería ser que
quisiera profundizar más con Eli, que sí estaba interesada en mí.
El ser humano siempre queriendo complicar las cosas porque, cuanto
más pensaba en la posibilidad de hacer a un lado a Venecia y pasar de ella
como pretendía, más ganas tenía de ahondar en su cabeza. Igual era justo lo
que necesitaba, conocerla más para entender que era una tía que follaba de
puta madre y no me convenía.
—¿De qué la conoces? —lancé.
Ahí estaba la pregunta que había zigzagueado sobre mi lengua desde
que apareció, y acababa de estallar sobre mi compañera de cuarto.
—¿A la profesora?
—Sí.
—Oh, pues me dio clases de italiano como actividad extracurricular.
Ella ha estudiado para dar clases en la universidad, solo que, por el
momento, no tiene plaza fija. La suelen llamar para hacer sustituciones,
cubrir bajas y ese tipo de cosas. Por eso dice que la docencia es una putada,
porque, por ahora, no puede vivir de ella, así que la compagina con sus
otras profesiones.
—¿Tiene varias?
—Sí, a veces ayuda a sus padres en el restaurante en noches que el local
está muy petado, da clases particulares y también ejerce de…
—Modelo. —Eli asintió.
—Antiguamente, era impensable que una chica de su talla desfilara en
una pasarela. Por suerte, la cosa está cambiando, y cada vez más marcas
apuestan por personas reales, de todas las tallas, etnias y morfologías.
—A mí me parece preciosa. —Su sonrisa franca me calentó el pecho.
—Y a tu hermano también. No lo culpo, cualquier mujer querría tener el
aura que desprende la profesora Rossi. No es solo que sea bella por fuera,
es su seguridad, su entereza y su integridad como mujer. En una ocasión,
nos contó que de pequeña sufrió bullying, que le costó muchísimo superarlo
y que incluso sus padres tuvieron que cambiarla de colegio. Fue a terapia
durante muchos años. ¿No te parece increíble que una niña sana y feliz
tenga que acudir a terapia porque unos abusones no la aceptan? ¿No tendría
que ser a la inversa?
—Sí, yo también lo pienso así. No hay nada de malo en lo distinto, lo
malo está en las personas que desean que todos seamos iguales de un modo
enfermizo, sin respetar la esencia o la forma de cada uno. Como si pudieran
fabricarnos en cadena, envasarnos y servirnos en un envoltorio con un lazo
hecho a medida del mismo color y dimensión. La vida sería tan aburrida si
todos fuéramos monocromáticos.
Eli suspiró y se recolocó las gafas levemente emocionada.
—Te hubiera encantado ir a alguna de sus clases, además de darnos
italiano, intentaba concienciarnos sobre todas estas cosas, es una gran
activista del body positive, de amarnos y respetarnos seamos como seamos.
Mira.
Cogió el móvil y buscó en IG @liberad_a_Rossi��
No me esperaba aquel sobrenombre, me chocó muchísimo.
—¿Ocurre algo?
A veces olvidaba lo expresivo que podía llegar a ser con mi expresión
facial.
—Ese nick no es lo que hubiera esperado.
—Ah, ya, cuando los de la clase le preguntamos sobre él, nos explicó
que era una manera de enfrentarse a los insultos, de enviarles un mensaje a
los estrechos de mente. Porque una puede ser ballena, tener sobrepeso, estar
gorda, como ella dice, y ser libre, o muy delgada y estar súper en forma y
ser esclava de ti misma, los cánones y el mundo que te rodea. Es cuestión
de cómo te tomes las cosas. Ella hizo de su diferencia su poder, y ahora
brilla con luz propia, si no, mira…
En cuanto la galería de imágenes se desplegó ante mí, fui incapaz de
apartar los ojos de su muro. Mi pulso se aceleró, mi cuerpo reaccionó, daba
igual que se tratara de una captura desenfocada, de una pestaña o la corva
de una rodilla, el calor ascendía por mi cuerpo y se instalaba en mi bajo
vientre.
—Es una jodida diosa —murmuré clavado en una instantánea que
captaba toda su esencia. La voz me había salido más ronca de lo que
debería, Eli no pareció darse cuenta.
—Lo es, y un ejemplo para muchas chicas, mira todo lo que quieras,
tiene fotos buenísimas y frases que son para tatuárselas. Mientras, voy a
darme una ducha rápida y me pongo el pijama.
Me senté en la cama de Eli y fui pasando. Cada foto y cada pensamiento
era mejor que el anterior. No todas eran profesionales, jamás me había
sentido tan voyeur como en ese momento. Esa mujer tenía más capas que
una cebolla, y yo estaba dispuesto a retirarlas todas.
Me paré en una foto que tenía miles de comentarios, y no solo de
mujeres.
La mayoría eran positivos, pero algunos… algunos me daban ganas de
meterme por el teléfono y amputarle los dedos a quien los hubiese escrito.
¿Cómo alguien podía llegar a gestionar que le dijeran todas esas
barbaridades? Aunque quisieras pasar, estaban ahí, y si me dolían a mí, que
apenas la conocía, cómo no podían dañarla a ella.
¿Cuál era la necesidad de opinar para herir? Insultar metiéndose con
aquello que nos hace distintos, únicos. ¿Qué podía estar pasando en sus
cabezas? Nunca comprendería que ejercer una violencia que humilla, que
busca arrancarte el alma y reducirte hasta convertirte en un zombi
emocional, temeroso de amarte a ti mismo e incapaz de aceptar que los
demás pudieran ver en ti algo bueno, no tuviera unas consecuencias más
duras para los ejecutores.
En una de las imágenes, Venecia aparecía como una representación de
Afrodita surgiendo de las aguas, no se le veía nada, aunque sabías que
estaba desnuda bajo aquel manto de gasa estratégicamente colocado para
que cubriera lo que a las redes sociales les ofendía.
Sonreí, porque si te fijabas bien, allí, disimulado bajo la fina capa de
tela, se sombreaba un trébol de cuatro hojas, el mismo que saboreé con la
lengua, la prueba definitiva de que no me equivocaba.
—Estoy reventada —musitó Eli. Estaba tan embebido en las imágenes
que no me di cuenta de que ya había salido y llevaba puesto el pijama.
—Yo también, pero antes voy a hacer lo mismo que tú, y Eli…
—¿Sí?
—Mereces a alguien mejor que mi hermano en tu vida.
—¿Es tu manera de decirme que no ha pasado página y que no tengo
nada que hacer?
—Es mi manera de decirte que eres una tía de puta madre y que llegará
el chico que vea eso en ti. —Le di un beso en la mejilla y le devolví el
móvil—. Dulces sueños.
La conocía lo suficiente como para saber que en cuanto su cabeza tocara
la almohada, se quedaría sobada, sin embargo, yo tenía demasiado en lo que
pensar y que ver.
«Va a ser una noche muy larga, profesora Rossi».
Capítulo 16
Trato hecho, Potter
Chloe
Por primera vez, sentía cierto desasosiego al ir a entrar en mi cuarto. No
tenía muy claro el motivo, carecía de todo sentido si lo analizaba bien,
porque Aike Rubio no me ponía nerviosa, solo era mi compañero de cuarto
y para nada mi tipo. Para eso tendría que haber sido menos callado, menos
gruñón y menos pelirrojo, aunque el mundo decidiera opinar lo contrario.
Pasé la tarjeta y, al abrir, me quedé perpleja.
Obviamente, estaba dentro, pero en lugar de estar tumbado en la cama
con sus auriculares puestos, como era habitual, estaba de pie y solo vestía
una puta toalla, acababa de darse una ducha y tenía el torso al descubierto.
Hasta entonces, no se había dado la circunstancia de pillarlo de esa
guisa, y ahora que lo hacía…
¡Joder! ¡¿Cómo podía esconder todo eso bajo la sudadera?!
Él se me quedó mirando con las cejas alzadas.
—¿Pasa algo?
«Mierda, Chloe, disimula».
—Eh, mmm, no, es que no te tenía por uno de esos que se depilan el
pecho…
Sus labios se alzaron en una sonrisa de suficiencia.
—¿De esos? ¿Es que los que se depilan tienen una especie de club al
que se accede si cumples ciertos requisitos?
—Ya me entiendes, no sé, que no pensaba que te depilabas y punto.
—Ya. Bueno, pues lo hago, no soy amante del vello corporal…
«Yo tampoco», la cuestiónera que en adelante no podría dejar de pensar
si la ausencia de este se extendería hacia otras partes. «¿Por qué me haces
esto, mente cruel?».
Caminó hasta el armario, y yo fui hacia la cama con el pulso acelerado
intentando que su semidesnudez no me afectara. Dejé la bolsa a los pies de
esta.
—No me habías dicho que tenías una hermana —comentó como quien
dice que ha amanecido el día nublado.
Mi corazón dio un brinco, porque la pregunta no era sobre el tiempo,
sino sobre mí, la boca se me secó en cuanto me giré para responder. La
toalla se arremolinaba en sus pies, dejando a la vista un trasero muy
redondo, turgente y en pompa. Las piernas estaban ligeramente separadas
porque hurgaba en la balda de abajo, lo que me hizo fijarme en lo que
asomaba entre ellas, que no era precisamente el tique de la pescadería
donde ponía «Su turno».
—¡Ay, mi madre!
—¿Qué? —giró la cabeza para encontrarse con mi rostro sofocado.
Tenía un calor tan intenso que necesitaría varias unidades de bomberos
para poder sofocarlo. No recordaba cuándo fue la primera vez que me
ocurrió algo así, quizá porque no me había pasado antes.
—Que tengo que llamar a mi madre y no me había acordado.
Cogí el móvil presurosa y salí despedida del cuarto dando un portazo.
—¡Joder! —solté el exabrupto sin saber qué decir o qué hacer.
Necesitaba entender qué narices me había pasado ahí dentro. ¡Que no
era el primer culo que veía, ni los primeros pectorales, ni la primera
entrepierna generosa, joder!
Caminé arriba y abajo del pasillo, tentada estuve de ir a aporrear la
puerta de mi hermano si no hubiera sido porque en aquel instante no estaba
en su lista de personas favoritas después de lo ocurrido en la cena.
Erik fue el siguiente nombre que apareció en mi mente. Lo habría
llamado de no ser porque estaría reventado y en la cama.
Se me acababan las opciones, necesitaba a alguien que me diera una
respuesta a lo que me ocurría, y en la única persona que pensaba estaba
demasiado lejos como para presentarme en su casa.
Por fortuna, existía la tecnología y yo tenía el teléfono en la mano.
Marqué el número y me deslicé por la pared hasta terminar sentada frente a
la puerta. Calculé con rapidez el cambio horario, en Brisbane eran las siete
y ella entraba a trabajar a las ocho, igual la pillaba desayunando.
Crucé los dedos e intenté calmar mi respiración, y cuando su voz dulce
respondió al otro lado de la línea, sentí alivio inmediato.
—¡Chloe! ¡Qué alegría!
—¡Hola, tía Cris!
Si había una persona que siempre me daba buenos consejos y me ayudó
de pequeña, cuando mamá no estaba y más lo necesitaba, era ella.
—¿Qué tal todo por Barcelona?, ¿os habéis adaptado bien?
—Sí, genial.
La oí mascullar dirigiéndose a Jane y a mi prima.
—Por aquí dicen que te mande muchos recuerdos, que no te hinches a
precocinados o comida basura. —Esa era Jane, seguro, siempre tan
preocupada porque comiera bien—. Y mi hija quiere saber cuándo la dejaré
ir a verte. No sabes lo pesadita que se pone con el tema…
—Es lógico, a su edad, todas queremos lo mismo, viajar y correr
aventuras.
—Eso díselo a su padre, que no está muy por la labor. —Lancé un
suspiro y me mordí el pulgar—. Uy, ese sonido… lo reconozco, tú no me
llamas porque sí, ¿verdad?
—¿De cuánto tiempo dispongo?
—Cinco minutos, a lo sumo siete, pero si necesitas que hablemos más
rato, puedes hacerlo cuando te despiertes.
—Lo haré ahora, será rápido.
—Dispara.
—Es que hay un chico y no lo entiendo, porque es serio, gruñón, hostil
y nada mi tipo, pero acabo de verlo desnudo y no sé si es la falta de sexo o
que me estoy volviendo loca, pero el cuerpo me arde. —Se rio al otro lado
de la línea—. ¿Te ríes? Esto es serio, tía Cris.
—No voy a preguntarte lo de la desnudez, porque ya eres mayor de
edad y sabes lo que te haces, pero… —hizo una pausa—. Es que me
recuerdas tanto a mí con tu tío Noah, él también era todas esas cosas, y mira
ahora.
—Pero ¡es que a mí no me gusta! Hasta hoy no lo soportaba, y sigo sin
hacerlo, es solo que me acelera de algún modo incomprensible y extraño.
—Te entiendo más de lo que crees, no está mal cambiar de gustos,
forma parte de nuestra evolución como personas. Yo de pequeña odiaba la
coliflor, y ahora me pirra la que prepara Jane.
—Aike no es una coliflor.
—Ya, tú me entiendes. No está mal cambiar de opinión. En este caso, te
diría que para aclararte debes despejar la ecuación.
—¿Mates?
—Algo así. Intenta dejar al margen tus prejuicios y preocúpate por
conocer a la persona que habita bajo la fachada. Por experiencia propia te
diré que los hoscos suelen ser los que más tesoros ocultan si sabes
ganártelos y que confíen en ti. Recuerdo una niñita de siete años, con muy
mala leche y un carácter de mil demonios, que me puso las cosas realmente
difíciles cuando llegué a Australia. Hoy es una mujer brillante, a la que
adoro y de la que me siento tremendamente orgullosa.
Dejé ir el aire que había estado conteniendo y el sosiego regresó a mí,
mi tía siempre me calmaba.
—Gracias, tía Cris.
—No hay de qué, ya sabes que puedes llamarme cuando me necesites.
Tío Noah te manda un beso.
—Dale otro de mi parte, os quiero.
—Y nosotros a ti, ya me contarás.
—Descuida.
En cuanto colgué, sentí que había recuperado el dominio de mí misma.
Si quería averiguar qué me pasaba, tenía que ir a por el foco, y el foco
estaba en el interior de mi habitación.
Me puse en pie, busqué la tarjeta para abrir y me di cuenta de que no me
la había llevado conmigo.
¡Mierda!
Golpeé tres veces y esperé a que Aike me abriera.
Por suerte, ya llevaba el pijama puesto, las pecas del puente de su nariz
parecían resplandecer bajo aquellos ojos tan azules.
—Pe-perdona, me dejé las dos tarjetas con las prisas.
—Me he dado cuenta.
Le ofrecí una sonrisa de disculpa, parecía menos irritable que otras
veces, quizá lograra que se abriera un poco más a mí.
—Es que con la diferencia horaria, si no llamaba ahora a mi madre, ya
no la pillaba —disimulé—. Antes me has preguntado por mi hermana.
—Sí —se frotó la nuca incómodo—. No sabía que tenías una, y menos
melliza.
—Ya, bueno, es que no hemos hecho por conocernos estas dos semanas,
¿recuerdas? No querías que te hablara mucho.
Parecía un pelín avergonzado, lo cual me sorprendió.
—Imagino que ya te habrás dado cuenta, pero no soy un tío muy
sociable. Llevo mal lo de crear nuevos vínculos y amistades, me siento más
cómodo con la gente que conozco de siempre —se encogió de hombros—.
No me gustan los círculos grandes, prefiero los pequeños.
—Ya… Supongo que eso depende de cada persona. ¿Tú tienes
hermanos? —me interesé.
—Uno, es un par de años más pequeño que yo, pero somos muy
distintos. Mi padre lo dejó con mamá cuando estaba embarazada de mí, y él
es el hijo de la otra, la viva, la actual mujer de mi padre.
—Oh. —Eso no había sonado muy bien. Era lo más personal que me
había contado hasta la fecha—. ¿Y te llevas bien con él, o no tenéis
relación?
—La tenemos, mi madre siempre dijo que no tenía que culparlo, ni a él
ni a su nueva mujer, que las cosas entre ellos no funcionaban y que era
inevitable que lo dejaran.
—Tu madre debió ser una mujer maravillosa. —Una sonrisa curvó sus
labios.
—Lo era. —Cambió de tema de inmediato—. ¿Cómo es tener una
melliza? Cuando os vi esta mañana, tuve que mirarla varias veces, al
principio pensaba que eras tú disfrazado y que se te había ido la pinza.
Dejé ir una risita atragantada.
—¿Yo? Menuda tontería, Chloe y yo no nos parecemos en nada. —Sus
cejas se alzaron escépticas.
—¿En nada? ¡Si parecíais dos gotas de agua! Salvo porque tú eres un tío
y ella mucho más guapa.
—¿Te pareció guapa? —Él resopló como si fuera una obviedad, y
después cambió su expresión de forma abrupta.
—Lo siento, Oliver, no lo decía en plan mal, ya sé que tiene novio y
eso, pero que vamos, que es una tía de esas en las que te fijas.
Necesité contener las ganas de sonreír.
«¿Por qué me alegraba resultarle atractiva como mujer?».
«Porque a nadie le amarga un dulce y este chico está que cruje», casi
pude escuchar la voz de Erik en mi cabeza.
—¿Ytú tienes novia?
La pregunta salió de mis labios antes incluso de pensarla. La piel de
Aike se coloreó un poco.
—Las tías no se me dan bien.
—¿Cómo?
«Rebobina, ¿qué quería decir con que no se le daban bien?».
—Déjalo, ¿vale? Ya hemos hablado mucho por hoy, y mañana tengo
clase.
—Ahora no puedes dejarme así, es como si la temporada de tu serie
favorita termina sin saber cuándo emitirán el próximo capítulo.
—Eres un tío de lo más rarito —sonrió.
—Vale, pero ¿te gusta alguien? —Ahí estaba, se había puesto nervioso
otra vez. ¡Vaya con el señor Rubio, resultaba que escondía cosas la mar de
interesantes!—. Te gusta alguien… —aseveré sin saber cómo tomarme la
noticia, me generaba mucha curiosidad cuál era el tipo de chica en la que
Aike se fijaba.
—Va a mi clase, no la conoces. ¿Contento? Y, ahora, a dormir —repitió,
metiéndose en su cama.
—¡Oh, venga ya! ¡Puedo ayudarte! A mí se me dan de puta madre las
tías.
«Pero ¿qué narices estaba diciendo? ¿Por qué iba a ofrecerme yo a algo
así?».
—¿A ti?
—Puede que no lo parezca, pero sí, soy un máquina ligando, podría
enseñarte. Al contrario que a ti, a mí se me dan bien los círculos grandes.
Eso pareció llamar su atención, aunque la expresión se apagó de
inmediato.
—Como le digas a alguien algo de lo que te he dicho… —me amenazó
con la punta del dedo.
—¿A quién se lo voy a decir? ¿A Slytherin? Te doy mi palabra de que
cerraré la boca si me dejas ayudarte.
—¿Y qué sacas tú de todo esto?
—Que me debas un favor muy grande, tengo que hacer un trabajo y
puede que necesite tu ayuda.
Se me acababa de ocurrir, pero era cierto, mi artículo nuevo tenía que
ser de divulgación científica, y no tenía a mi abuela cerca. Que Aike me
ayudara me daría cierta ventaja.
Alargué el puño.
—¿Trato hecho? —Él se lo pensó, y terminó entrechocando el suyo con
el mío.
—Trato hecho, Potter.
Capítulo 17
¿Penélope?
Profesora Rossi
Corrí como si no hubiera un mañana.
No solo en la cinta del gimnasio, sino al salir precipitadamente de este
cuando recibí una llamada inesperada.
Mi reloj vibró con insistencia cuando me faltaban cinco kilómetros para
llegar a mi objetivo diario al culminar la rutina de peso libre.
Desvié los ojos hacia la muñeca, era extraño que alguien me llamara a
esas horas a no ser que fuera una urgencia. El corazón se me detuvo
pensando en mis padres, mi madre llevaba una temporada bastante fatigada
y se negaba a ir al médico.
Le di al botón de parada de emergencia y por poco salí despedida
porque no estaba lista para dejar de correr de una manera tan abrupta.
No eran mis padres, sino el decano.
Llevaba los AirPods puestos, el tema Nochentera, de Vicco, se vio
interrumpido por mi dedo al descolgar; en momentos así, daba gracias a la
tecnología. Si no hubiera sido por este regalo de mi agente, la cual quería
tenerme localizada por si nos salía un casting, desfile o sesión de última
hora…
—Ho-hola —respondí con la voz entrecortada. Era imposible disimular
mi falta de aliento, las dos semanas en Milán sin mi entreno habitual me
pasaron factura, por mucho que intentara seguir las pautas en la habitación
de hotel con el TRX.
La gente piensa que cuando eres modelo de talla grande, no tienes tantas
exigencias físicas, pero no es así, no todo vale, los diseñadores suelen pedir
ciertos parámetros y tienes que cuidarte para lograrlos.
—¿Profesora Rossi? —preguntó la voz al otro lado de la línea—. ¿Está
usted bien?
—Sí, disculpe, decano Oriol, es que estaba en el gimnasio.
—Perdone entonces, si no fuera urgente, no la habría llamado.
—No pasa nada, de verdad. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Sé que este no es el protocolo habitual, pero la profesora Lombardi ha
muerto esta madrugada. —La noticia me sobrecogió. Lombardi fue mi
docente favorita durante la carrera, de hecho, ella fue quien me recomendó
para sustituirla cuando tuvo los primeros achaques, siempre me animó a que
no tirara la toalla, la que me animó a hacer un lectorado en Roma cuando
terminé, lo que me ayudó a subir muchos puestos en la lista. No había
parado de sumar puntos y estaba de las primeras.
—Oh, Dios mío. —La garganta se me cerró ante la noticia—. ¿Qué ha
ocurrido?
—Ha sido un suceso tan terrible como inesperado, falleció mientras
dormía. Como ya sabe, era diabética, los sanitarios que la atendieron creen
que pudo sufrir una bajada drástica de glucosa. —Mis ojos empezaban a
empañarse por las lágrimas. No era una mujer mayor, rondaba los cincuenta
y cinco, y le encantaba ir al restaurante de mis padres porque decía que era
como regresar a su Nápoles querida—. Su marido me ha llamado hace unos
minutos, estaba muy afectado, aun así, ha tenido a bien hacerlo para que
pueda organizarme. Como usted ha venido a sustituirla las últimas veces, he
pensado que podría interesarle; además, sus alumnos ya la conocen.
—Sí —respondí de inmediato, todavía sobrecogida por la noticia. Las
rodillas me temblaban y se me había formado un nudo en el pecho—. Po-
por supuesto, cuente conmigo para lo que precise.
—Siempre tan predispuesta, fue una alumna brillante y sé el aprecio que
le tenía nuestra querida Constanza.
—Yo también la quería mucho. —Se me escapó un pequeño hipido, los
ojos dejaban ir las primeras lágrimas. Cogí la toalla y la presioné contra
ellos.
Subí de nuevo a la cinta y me afané por limpiar los restos de sudor que
había dejado.
—No puedo prometerle que el puesto sea para usted, ya sabe que no
depende de mí, sino de la comisión del departamento, pero haré todo lo que
esté en mi mano para intentarlo, puede imaginar cómo funcionan estas
cosas.
—Se lo agradezco.
—Le diré a Recursos Humanos que preparen el contrato temporal hasta
que salga la plaza y le faciliten el horario, no hace falta que le diga que es
de las mejores posicionadas en la lista, así que confío en que el puesto sea
suyo, a Constanza le habría encantado.
—Gracias, decano, ya sabe que yo he hecho todo lo posible durante este
tiempo para que sea así.
—No me cabe duda.
—¿Sabe cuándo será el funeral? Me gustaría asistir.
—Se lo diré en cuanto me lo digan. Muchas gracias por su
predisposición, señorita Rossi.
—Gracias a usted por pensar en mí.
Me despedí de Dani alzando la mano, mientras él ayudaba a una de las
clientas con una plancha abdominal. Odiaba ese ejercicio.
Bajé las escaleras de dos en dos, y cuando fui a girar en el pasillo que
conducía a los vestuarios, choqué de pleno con alguien que, de no haber
tenido la fuerza suficiente en las piernas, habría salido propulsado hacia
atrás por mi placaje.
—¡Lo siento! —exclamé sudorosa antes de ver aquel par de ojos azules
clavándose en mí con cierta alegría.
«No, ¡no! Otra vez, ¡no! ¿Por qué no dejaba de encontrarme con ese
chaval en todas partes?».
Desde que iba al Fantasma de Venecia, nunca me pasó algo así.
Fue de lo más extraño, porque cuando pasé por el círculo, no iba a
elegirlo, era un chico de apariencia dulce y no demasiado corpulento. Solía
acostarme con tipos más grandes que yo, para sentirme más pequeña y
maleable.
Sabía que era una gilipollez, que yo más que nadie, que era una
abanderada del siéntete bien contigo mismo, buscara a tipos con un
volumen similar al mío o superior, pero qué voy a decir, no soy perfecta y
tampoco me escondo de ello.
Hay activistas del body positive que tratan de serlo, como si quererte a ti
misma y a los demás como son tenga que anular tus preferencias. No
tendría que ser así, yo no discrimino a nadie por su aspecto, pero tengo
derecho a que me gusten unas cosas más que otras.
¿Qué pasa si no me gusta el chocolate, o las acelgas, o las gambas?
¿Tengo que comérmelo porque no queda bien decir que no entran dentro de
tus preferencias? Para mí no está reñida una cosa con la otra.
Volví a recrearme en el chico que estaba frente a mí. Igual que aquella
noche, tenía algo que me llamaba la atención, quizá fuera su forma de
mirarme, su convicción, no sé…
No las tenía todas conmigo de que me echara un buen polvo, la verdad,
y, sin embargo, cuando follamos…
¡Joder! ¡Fue épico!
Encajar sexualmente con un tío era difícil, perohacerlo la primera
noche fue lo mismo que ver uno de esos eclipses que solo se repiten una vez
cada taitantos años. Con Oliver no fue así.
Tuve el mejor orgasmo de los últimos tiempos y, aunque me hubiera
encantado quedarme y repetir, yo no hacía esas cosas. No me interesaban
los vínculos afectivos, y mucho menos con chicos como él. Guapos,
fibrados y de acento extranjero. Solía irme siempre antes de las doce, más
que Venecia, yo era el Fantasma, por mis profesiones prefería mantener el
anonimato, no fuera a ser que algún día me acostara con un alumno sin
saberlo.
Mi experiencia con los hombres había sido nefasta, y desde que era
modelo de talla grande, la cosa había ido a peor. Por eso prefería mantener a
los tíos al margen de mi corazón, y más si eran del prototipo Oliver Miller.
A los chicos como esos no les solía gustar que los relacionen con chicas
con sobrepeso, quedábamos muy bien de amigas, pero de pareja ya era otra
cosa. No solían llevar bien presentarnos a los amigos, y si lo hacían, era con
la boca pequeña, no llenos de orgullo, lo que terminaba minándote. Sobre
todo, cuando veías las burlas o las risitas de sus amigos, o cuando su madre
te decía…: «Con lo bonita que eres de cara, ¿no te has planteado adelgazar?
Estarías mucho más guapa y saludable».
Ese fue mi último ex, el último al que le permití hacerme daño, y juro
que me mordí la lengua lo indecible con esa mujer, hasta que harta de que
me lo repitiera, le contesté un: «Y con lo estúpida que es usted, ¿no se ha
planteado dejar de serlo?».
Fue el último día que vi a Edgar y a su cabrona madre, porque lo era un
rato, que me llenaba el plato a la mitad que al resto por mi bien, y en lugar
de ponerme paella como a todo el mundo, me colocaba cuatro hojas de
lechuga mal puestas.
—No pasa nada, Venecia. —Ahí estaba, esa voz dulce y aterciopelada
que casi provocó que saliera despedida como una puta maleta de la cinta
hacía un par de semanas.
Fingí que no lo conocía, me hice la borde, la estúpida, al fin y al cabo,
no dije nada de lo que no me hubieran dicho antes.
Cuando un tío se ponía detrás de ti en el codiciado aparato de cardio,
solía ser porque te habías excedido de tiempo cuando alguien espera, el «¿te
queda mucho?» suele ser un: bájate, que estoy esperando y ya te has pasado
de la media hora. Y lo habitual era que si había más gente, siempre fueran a
por la gorda.
¿Por qué? Fácil, porque somos así de HDP, porque las personas
normativas se llenan la boca diciéndote que adelgaces, pero si te ven
esforzándote en el gimnasio, les parece que estás fuera de lugar porque en
sus estrechas mentes tú no cabes. Igual que no lo haces en un anuncio de
Nike, o en un maniquí.
Cuántas veces he escuchado eso de…: «pf, qué asco ver a ese
hipopótamo en mallas, ¿es que no se da cuenta de que le marcan toda la
celulitis?», o… «poniendo a esa chica en ese anuncio hacen apología de la
obesidad», «y dejando que tú pienses eso, hacemos apología de tu
estupidez». ¿En qué quedamos? ¿Tenemos que hacer deporte o no? Y si lo
hacemos, ¿cómo pretenden que lo hagamos? ¿Escondidas y con burka?
Regresé a la realidad al darme cuenta de que no me había movido, ni él
tampoco, seguía contemplándome como si le gustara demasiado lo que
veía. Poniéndome nerviosa.
Tal vez, Oliver Miller perteneciera a ese reducido grupo de la población
que les gustaban las chicas como yo, sin embargo, no estaba por la labor de
averiguarlo.
—Te juro que aunque lo parezca, no soy Joe Goldberg, por lo menos, no
asesino en nombre de la mujer que me obsesiona —rompió el silencio. Yo
apreté los labios y me pasé la toalla por la cara—. Eso ha sonado un pelín
acosador…
—Oye, mira, el otro día no estuve de lo más acertada, así que acepta
mis disculpas, no creo que seas un perturbado mental, pero tengo prisa.
—Espera —hizo el amago de aferrarme la muñeca, aunque se controló.
Al pensar en ello, se me erizó la piel, porque la recordé en mi cadera
mientras me penetraba.
El calor se adueñó de mi bajo vientre.
—Tengo prisa —insistí.
—¿Podemos empezar de nuevo? Hola, soy Oliver Miller.
¿Cómo hacerle comprender que no había nada que empezar?
—Me lo pones muy difícil, chaval, y te prometo que no quiero ser
desagradable. —Vi que el término le molestaba, así que lo utilicé para alzar
una barrera—. Entre nosotros no hay nada que empezar.
—¿Ni siquiera si te invito a un desayuno? Conozco un sitio que hacen
unas tostadas orgánicas increíbles, de esas con aguacate, semillas y…
—Prefiero los cruasanes bien untados en mantequilla y mermelada extra
azucarada.
No era cierto, me flipaban ese tipo de tostadas, pero como se supone
que las gordas siempre comemos bollería, y cuanto más azúcar, mejor…
—Pues se aceptan sugerencias, mientras sea contigo, cualquier cosa me
vale.
No puso cara de repulsión, enjuiciamiento o algo por el estilo, lo que
daba solidez a mi pensamiento sobre que le ponían las chicas grandes.
—No te lo tomes a mal, Oliver —al pronunciar su nombre, una bonita
sonrisa se formuló en los labios masculinos, los mismos que me negué a
besar y a que se encontraran con ciertas partes de mi anatomía, aunque
dieron muchísimo placer a otras—, me siento halagada, pero no quiero nada
contigo.
—¿Por qué? A ver, no es que te esté pidiendo matrimonio ni nada de
eso, solo me apetece conocerte, ¿es tan malo?
—Sí, si yo no quiero que me conozcas. —Empezaba a impacientarme.
—¿Qué es lo que te incomoda de mí? ¿Es mi edad? ¿O que no soy tu
tipo? —Abrí la boca y la cerré.
—En serio, no tengo tiempo para estas cosas…
—Por lo menos, dime tu nombre. —Lo observé sorprendida.
—¿No te lo dijo Prieto? Con lo curioso que eres, me extraña que no se
lo preguntaras.
—Quería que me lo dijeras tú, me parecía mal sustraer información
confidencial, cuando tú no quisiste dármela, Venecia. —Otra vez aquel
apelativo que me hacía hervir la sangre.
Me gustaba el deje con el que lo pronunciaba. Si no hubiera tenido tanta
prisa, quizá…
«Ni se te ocurra, no empieces algo de lo que seguramente te
arrepentirás. Fijo que es un estudiante de intercambio, pasará aquí unos
meses y después se largará».
Daba igual que fuera divertido, pertinaz, bastante sexi y follara de vicio,
terminaría marchándose como todos, estaba mejor así.
—Lo siento, tengo clase y no puedo llegar tarde.
—Pues entonces lo adivinaré.
Empezó a soltar una retahíla de nombres femeninos de lo más
variopinta mientras me alejaba.
—¿Penélope?
Ese me hizo gracia me di la vuelta y comenté.
—Sí, has acertado, y mis amigos me llaman Pene. —Su sonrisa se
amplió.
—Curioso, así suelen llamar a mi entrepierna, estamos conectados.
Dejé ir una carcajada involuntaria, y a él se le iluminaron los ojos.
El pulso se me disparó, y no porque hubiera malgastado aquellos quince
minutos que ahora debería restar a mi ducha, sino porque mi mente voló a
esa parte de su anatomía que tan bien me hizo sentir. Me mordí el labio
alcanzando la puerta del vestuario.
—Emma, me llamo Emma. Que pases un buen día, Oliver Miller.
—Igualmente, Emma.
Capítulo 18
¡Gloria!
Chloe
—Hoy no como con vosotros —comenté, mirando a Eli y a mi
hermano.
Había terminado la última clase y tocaba llenar el estómago. No es que
nuestra amiga tuviera mucho tiempo de comer, porque apenas tenía media
hora cuando terminaban las clases para picotear lo que fuera y entrar en el
burger.
—¿Y eso? —quiso saber Eli temerosa.
—He quedado.
Su cara era un poema, mientras que la de mi hermano se limitaba a
arrugar el ceño.
Oli y yo discutimos en el bar antes de entrar en el gimnasio. Me echó en
cara que siempre me metía en sus asuntos, que creía tener la verdad
absoluta y blablablá.
Pero es que no entendía que, además de que la profesora Rossi no había
querido saber nada de él, era eso, pro-fe-so-ra, es decir, un problema. Lo
mejor era que se centrara en una buena chica como Eli, con la que encima
congeniaba; sin embargo, Oliver me dijo que dejara de insistir con ella, que
como amiga, guay, pero no quería ir más allá.
—¿Y podemos saber con quién? —cuestionó mi mellizo de brazos
cruzados.
—Sí,por supuesto, con mi compañero de cuarto. —Su cara cambió ipso
facto.
—¿Con Draco Pelirrojo Malfoy?
—¿Tu compañero de habitación es pelirrojo? ¿Te han cambiado? ¿No
estabas con Aike? —Eli se relajó de inmediato al comprobar que mi cita era
un chico, si ella supiera…
—Sí, pero mi hermano es daltónico y es la única persona del planeta
que lo ve de ese color. —Ella emitió una risita.
—¿Y a mí cómo me ves?
—Preciosa, como siempre. —Oliver arrugó el morro, y sus ojos podrían
haberme atravesado si hubiese tenido ese superpoder—. Necesito que me
ayude con el trabajo de máster, él está cursando uno de Bioquímica,
Biología Molecular y Biomedicina, así que…
—Me dejas tirado por el encantador de serpientes…
—Bueno, a ver, tú puedes comer algo e ir a la biblio, no es necesario
que estemos pegados las veinticuatro horas por contrato, que ese se cumplió
cuando nos separaron al nacer.
Eli emitió una de esas risitas que diriges al chico que te gusta cuando
dice una tontería y a ti te parece la genialidad más maravillosa del planeta.
—Nada, pues mucha suerte con Rubio —escupió mi hermano.
—Seguro que te da unas ideas geniales —intervino su compañera de
cuarto—, es uno de los chicos más listos del pasillo, me lo dijo su anterior
compañero de habitación, que con ese sí que hablaba. Aike no es muy
hablador que digamos, pero si tiene a bien ayudarte, compensa, yo lo haría
encantada si pudiera.
—Tú puedes ayudarme en otras cosas… —Sus mejillas adquirieron un
bonito color rosado—. Ve eligiendo peli para el sábado.
—¿Os fiais de mí? ¿Dejáis la elección en mis manos?
—Seguro que escoges mejor que mi hermano, que tiene un gusto
pésimo, casi todas las que elige él están nominadas a la peor del año.
—Muy graciosa, señorita, a mí me vale mientras haya muchos muertos
—me carcajeé con retintín.
—Pues vale, intentaré encontrar algo que nos vaya bien a todos…
—O, por lo menos, vayamos a un multicine. Así, si alguien quiere
cambiar de peli, que pueda meterse en otra sala a hacer guarradas. —Agité
las cejas, ella se sonrojó un poco y, antes de que mi hermano me diera la
murga sobre mis incesantes coqueteos con Eli, me di el piro.
Atravesé el patio de adoquines y la Facultat de Medicina y Ciències de
la Salut en la que estudiaba Aike. Estaba relativamente cerca, a un
kilómetro y medio de la mía, que se encontraba en la Plaça Universitat. En
mi facultad se impartían todo tipo de filologías y ciencias de la
comunicación, o lo que es lo mismo, periodismo. Ambas estaban adscritas a
la UB.
Quedamos a mitad de camino, en La Roel Brunch, justo en frente de la
pizzería de los padres de la Profesora Rossi, La Bella Napoli, en la calle
Villaroel número 100.
El local no era muy grande, aunque la decoración era muy bonita y
podía tildarse de acogedor. Por suerte, Aike estaba dentro sentado en una de
las mesas. Alzó la mano para que lo viera.
—Hola —me saludó con una sonrisa tímida.
Mi estómago pareció que se despeñó por un precipicio al verla asomar,
o quizá fuera hambre.
Llevaba esa sudadera gris que tan bien le quedaba y estaba mordiendo
uno de los cordones que pendían del cuello. Tuve ganas de apartarlo de su
boca y notar la humedad en mis dedos.
¿Me estaría volviendo majara?
—Ho-hola, ¿te he hecho esperar mucho? —Él negó.
—Qué va, apenas he llegado hace unos minutos, la última clase se ha
alargado y tenía miedo de dejarte esperando mucho rato, así que vine
corriendo. —«¡Qué considerado!»—. Toma, échale un vistazo a la carta, te
recomiendo El Barbara Streisand o el La Roel.
Todos tenían una pinta exquisita, el primero era un bagel de aguacate
eco, queso crema y revuelto de huevos camperos. El segundo, unos huevos
pochados sobre pan de brioche de pollo crujiente con bacon y aguacate.
Oliver y Erik fliparían, tenía que traerlos.
—¿Te importa si compartimos? Me apetecería probarlo todo, pero eso
va a ser imposible, así que…
Volvió a sonreírme, y yo me sentí como una bayeta, completamente
estrujada por dentro.
¿Desde cuándo una sonrisa podía cambiar tanto una cara? ¡Si es que lo
estaba viendo incluso guapo!
—Sí, vale, tú mandas.
—¿Os tomo nota? —Se ofreció un camarero.
Aike pidió para ambos y sumó un par de zumos naturales La Roel, que
llevaban naranja, limón, jengibre y menta.
—¡Mierda! —exclamé.
—¿Qué?
—Creo que me he dejado el móvil, ¿me dejas el tuyo para llamarme?
—Sí, toma.
Cogí el terminal de entre sus dedos y nuestras yemas se encontraron,
tuve que agarrarlo con fuerza para que no se me cayera, porque noté un
ligero temblor del que no entendía su procedencia. ¿Sería que había
desayunado poco?
Marqué el número de inmediato y el soniquete de mi móvil emergió del
bolsillo de mi chaqueta. Le ofrecí una sonrisa de disculpa.
—¡Qué tonto! Si lo tenía aquí mismo, bueno, gracias por ayudarme.
Ahora que ya tienes mi número, podrías llamarme algún día para que
cenemos y te devuelvo el favor. ¿Te va bien el viernes?
Aike me miró con extrañeza.
—¿Cómo? —Yo alcé las cejas y reí con soberbia.
—Lección número 1, así de fácil es conseguir el teléfono de la chica
que te gusta y encima parecerle gracioso.
Su cara pasó de la estupefacción a la carcajada más sonora.
—Hostia, tío, ¡eres la polla! —Me arreó un puñetazo en el hombro que
por poco me lo desencajó—. ¿Tienes más trucos de esos?
—Ya te dije que era el maestro, si sigues mis pasos, pronto te
convertirás en mago, pequeño Malfoy.
—¿Y siempre te sale bien?
—¿Qué es la vida sin un poco de riesgo?
—¿Echando mano a la filosofía de vida de Sirius Black?
—Qué puedo decir, a mí también me flipa Harry Potter. —Los zumos
aparecieron como por arte de magia, o por la gracia del camarero, que era lo
mismo. Estábamos listos para brindar—. Seremos más fuertes cuanto más
unidos estemos…
—Y más débiles cuanto más divididos. Albus Dumbledore, El Cáliz de
Fuego —respondió.
—Huuum, no está mal para un alumno de Slytherin. —Entrechocamos
los zumos y bebimos.
Podría decir que me sentí tensa, que hubo momentos en los que no sabía
qué decir, o que la comida se llenó de silencios incómodos. No fue para
nada así. Me pasé el rato compartiendo estrategias con Aike sobre cómo
ligarse a una chica sin ser un pesado o invadir demasiado su espacio
personal. Además de eso, me reí muchísimo, resultaba que el pecoso tenía
sentido del humor y coincidíamos en bastantes cosas como música, pelis, o
la afición por el agua.
A él le flipaba el waterpolo, y yo tuve que obviar que a mí me chiflaba
la piscina, porque se suponía que era mi mellizo y este era más de pesas.
Hablamos sobre nuestras carreras y lo que nos había hecho decidirnos
por estudiar lo que a cada uno nos apasionaba.
—Entonces estudiaste Medicina en la UAB y ahora estás cursando el
máster en la de Barcelona porque quieres dedicarte a la investigación. A mi
abuela le fliparías, toda mi familia se dedica a eso, de hecho, ella pensaba
que nosotros seguiríamos su estela, como nuestros padres. He oído cosas
geniales sobre esa uni y me chifla esa sudadera lavanda que te pones con
sus siglas.
—¿Lavanda?
Mierda, los tíos no usarían ese término en la vida.
—Morado suave, perdona, es que mi hermana es adicta a ese color, y ya
sabes, todo se pega menos la hermosura.
—Ah, sí, tu hermana la belleza.
«Triple mortal carpado hacia delante». Ahí estaba, volvía a decirme que
yo le resultaba atractiva.
—Sí, bueno, uno de los dos tenía que quedarse con los mejores genes, y
en este caso, ella es más guapa y mucho más lista que yo.
—Bueno, a ti te dejó el don de ligar, supongo que porque a ella no le
hace falta…
—¿Te he dicho que adora nadar? Tendrías que verla en el agua, y eso
que al principio odiaba la piscina.
—¿En serio?
—Sí, podría tirarse horas sumergida en cloro, en eso os parecéis, bueno,
y en que a ella le encanta montar.
—Y a mí que me monten…
«¡Joder, casi me atraganto!».
—Perdona, tío, esa broma ha estado de más. —Le hice un gesto para
restarle importancia con la mano.
—Nada, cosas de tíos, ya te he entendido.
—Igualmente, me sabe mal.
—No pasa nada, en serio, todo olvidado. Como te decía, en cuanto
llegamos al gym por la mañana,ella se va al agua y yo a hacer pesas, a ver
si algún día dejo de ser un tirillas y tengo esos bíceps que tienes tú —
suspiré.
—Podrías venir un día con mis colegas a crossfit, algo haríamos con tus
bracitos de gelatina —bromeó.
—Prefiero la sala del gimnasio, mi entrenador ya me ha hecho un
programa de volumen.
—Bueno, si algún día te apetece, me lo dices, el dueño es colega mío y
las primeras veces siempre invita.
—¿Te importa que pida postre? Desde que he visto la carta, se ha
desbloqueado una nueva necesidad, tengo que probar el Devil’s cake.
—Vale, veo tu Devil’s y sumo mi Carrot cake.
—¿Tarta de zanahoria?
«Un postre muy de pelirrojos».
—Sí, aquí la hacen espectacular, y de propina un par de Irish Coffe, ¿te
gusta el café?
—Vivo en café.
—Guay.
No había nada que pudiera hacer estallar aquella miniburbuja de
felicidad. Aike había resultado ser toda una revelación, igual que aquel
batido que Jane me hizo probar de pequeña, por el que arrugué la nariz ante
su aspecto y que cuando lo saboreé, supe que se había convertido en mi
bebida predilecta.
Así era Aike Rubio, una de esas bebidas que cuando las probabas, no
creías poder renunciar a ellas.
Me llevé la última cucharada de pastel a la boca. El whisky con el que
habían regado el café, junto con la nata, estaban haciendo su efecto y me
sentía mucho más desinhibida.
—Uf, esto es puro vicio —comenté, lamiendo el dorso de la cuchara de
un modo más que sugerente.
Aike me sonrió.
—Desde luego que parece que te gusta…
No noté que parte del chocolate líquido caía por la comisura de mi labio
hasta que vi su dedo dirigirse a ella y recogerlo.
—Ibas a mancharte la sudadera.
Ni siquiera lo pensé, cogí su mano y me llevé el dedo a la boca. Aike se
puso rígido cuando mi lengua entró en contacto con la yema de su dedo y
los succionó.
Sus pupilas se dilataron y me miró con susto, apartó la mano de
inmediato.
—Pero ¡¿qué haces?!
«¡Mierda, Chloe! ¡Que para él eres un tío! En lugar de ponerle la polla
dura, acabas de conseguir que quiera arrancarte unos huevos que no
tienes!».
—Lección número 25 —farfullé con la voz algo tomada—, si traes aquí
a esa chica que te gusta, pide el Devil’s Cake, chupa así la cuchara, te coge
el dedo y te lo absorbe como si quisiera hacerte una mamada, es que la
tienes en el bote y que quiere amorrarse a tu cipote —comenté, señalándolo.
Me hacía mucha gracia que los españoles tuvieran tantas palabras para
referirse a una sola cosa.
Aike volvió a admirarme con asombro y estupor. Su boca apretada
volvió a sonreír de un modo tan bestia que tuve ganas de ser yo la chica de
sus sueños y darle una clase magistral de qué hacer cuando una mujer
estaba dispuesta.
—¡Eres bueno, Follen! —dijo, emulando la voz al más puro estilo De
Niro en Los padres de Ella—. ¡Eres el puto Hitch! —exclamó. Me entró la
risa tonta.
—Me flipa Will Smith, he visto todas sus pelis.
—¡Y yo!
—El sábado vamos al cine con mi hermana, ¿por qué no te apuntas?
—¿Yo?
—¿Ves a alguien más? ¿O es que tienes planes?
—Em, no, qué va…
—Vale, pues te vienes. —Su rostro se puso serio de golpe—. ¿Qué
pasa? ¿No te apetece la peli?
—No es eso, qué va. —Sus ojos estaban puestos por encima de mi
hombro.
—Pues parece que hayas visto un fantasma, o un vampiro, ¿tengo que
llamar a Buffy? —me carcajeé. Separó los labios y dijo algo que no entendí
—. ¿Qué dices? ¿Se trata de un juego de mímica, o es que de pequeño
querías ser ventrílocuo?
—Es ella.
—¿Quién?
—Gloria.
—¿Qué Gloria? —Estiré el cuello y Aike me dio un tirón para que no
me volteara.
—Gloria, la chica que me gusta, de la que te he hablado antes. La que
está en mi máster y que lleva ignorándome toda la carrera.
Sentí un pelín de rabia y otro pelín de indignación, porque un chico
como él no está como para ignorarlo.
—Esa chica es estúpida.
—No lo es, sacó la mejor nota de toda la clase, además de ser
guapísima.
Me di la vuelta porque no podía más, necesitaba saber quién era mi
competencia directa, quiero decir, la chica a conquistar. ¡Puto whisky de
garrafón!
Cuando la vi, el alma se me cayó a los pies, porque cuando me dijo
Gloria, la única imagen que conseguí reunir era la de la hipopótama de
Madagascar, muy gris, con la piel gruesa y, seguramente, algunos juanetes,
y esa chica no tenía cara de paquidermo.
Su pelo era color miel, los ojos parecían almendrados y muy bonitos,
además, tenía buen gusto para vestir. Ella y yo podríamos ir a comprar la
ropa al mismo sitio. «Perra», sacudí la cabeza aturdida.
—Bueno, pues ve, dile algo, pon en práctica alguno de los trucos que
has aprendido hoy.
—¿Quién? ¿Yo?
—No, mi prima de Brisbane, ¡claro que tú!
—No estoy preparado, todavía no.
—¡Si es muy sencillo!
—No puedo, en serio —comentó aterrorizado.
Seguía sin dar crédito a que un tío como él tuviera miedo de entrarle a
una chica, pero ¡si lo tenía chupado!
—Solo tienes que ofrecerle una de esas sonrisas destruyehogares.
—¿Destruyehogares?
—Las amas de casa abandonarían a sus maridos por ti si se la
ofrecieras.
—No quiero destruir ninguna familia, a mí la que me interesa está
soltera y quiere ser cirujana.
—Vale, pues vamos a por ella.
—Te lo digo en serio, no puedo, no… ¡¿Qué haces?! —exclamó en
cuanto me vio ponerme en pie.
—Si la montaña no va a Mahoma, tendrá que ser su sherpa el que vaya.
—No vayas, no va…
La palabra murió en su boca mientras yo me dirigía a Gloria.
Capítulo 19
Buon Pomeriggio
Oliver
Matar a tu melliza por cabrona está tipificado en el código
penal?
Porque cada vez me daban más ganas de estrangularla. ¿Tendría un
alma dual como el doctor Jekyll y Mr. Hyde?
No lograba entender su empecinamiento en que entre Eli y yo hubiera
algo más que amistad.
Mientras ella no dejaba de probar sus armas de seducción como Oliver,
yo intentaba quitarle a mi compañera de cuarto la idea de tener algo con él,
conmigo, con Oliver-Chloe o con quien cojones fuera que tuviera mi
apariencia y el desparpajo de mi hermana. ¡Si es que así no se podía!
Ya que me había quedado solo, tenía un plan. Eli no volvería al cuarto
hasta después del trabajo, por la noche, y mi hermana estaría liada toda la
tarde en la biblio con Aike, así que podía funcionar, era arriesgado, pero
podía hacerlo.
Fui a secretaría y pregunté por las clases de la señorita Rossi, la
providencia había jugado a mi favor y quiso que en mi facultad se
impartiera Filología y Periodismo, así que la diosa fortuna había hecho girar
la ruleta para traer a Emma a mis dominios, o eso esperaba.
Esa misma mañana había dicho que tenía prisa por llegar a clase, puede
que fuera una particular, aunque lo dudaba por las horas, lo más probable
era que volviera a estar de sustituta, tal y como me comentó Eli cuando se
conocieron.
La secretaria resultó ser una mujer muy amable, me explicó que la
profesora Rossi había empezado a impartir las clases de otra profesora, pero
que no había plazas.
—¿Y puedo asistir como oyente? Es que en verano me voy de viaje a
Italia y necesito saber algo más que pizza, espagueti o cappuccino.
La mujer me sonrió y se apiadó de mí. Me comentó que le encantaban
los estudiantes con iniciativa que de manera voluntaria querían aprender.
Así fue como conseguí un listado con todas las clases que impartía
Emma. ¡Perfecto! De ahí a estar olisqueando el cajón de sus bragas
mientras ella estaba fuera de su apartamento iba un telediario.
Repasé el listado, me fijé que había una después de comer. No tenía ni
zorra de italiano, aunque tampoco me importaba, mi único propósito era
sentarme en un rincón y observarla con una gorra de béisbol encajada hasta
las cejas, como el doble de Joe Goldberg. Cuando volviera a Australia, ya
asistiría a terapia para tratar mi psicopatía extrema.
Volví a la residencia, recuperé mi identidad y me llevé una bolsa con la
peluca para cambiarme antes de volver a casa; total, la ropa deportiva era
unisex. Me pillé un sándwich de la máquina, un refresco y fui dando
bocados hasta llegar a la facultad de nuevo.
Subí al segundo piso y busqué el aula.
La puerta ya estaba abierta, la secretariano había mentido, la clase
estaba a reventar; por suerte, siempre quedaban algunos huecos de los
alumnos que no asistían por algún percance o porque cuando eres
universitario a veces se te olvida acudir al aula.
Me coloqué en la cuarta fila, cerca de las escaleras. Gracias a mi
posición privilegiada, pude captar el sutil aroma a fruta y flores cuando la
profesora Rossi llegó.
El repiqueteo de los tacones me contrajo las pelotas, no porque la
imaginara pisándomelas al descubrirme, que era una posibilidad, sino
porque en mi mente sucia y perturbada volvía a ser Venecia, desnuda de
cintura para arriba, con aquella falda corta, unas medias a la altura del
muslo y sus botas llevándome al borde de la locura; solo que esa vez no
llevaba máscara y el pelo castaño oscuro caía lacio enmarcando su preciosa
cara.
—Buon pomeriggio, ragazzi[5] —canturreó al alcanzar el anfiteatro.
—Buon pomeriggio, professore[6] —respondieron los alumnos al
unísono.
Vale, ahora sí que se me había puesto dura. Si oírla hablar en español
era acojonante, en italiano era para correrse en los pantalones, aun sin saber
lo que estaba diciendo.
La clase era de segundo año, así que todos tenían el suficiente nivel para
comprenderla medianamente bien menos yo. Suerte que alguna palabra
suelta cazaba porque tenía cierto parecido al español, aunque a la velocidad
a la que iba, dudaba que pudiera llegar a entender una frase completa y
ponerla en contexto. Por suerte, me conformaba con babear y verla pasear
frente a la pizarra.
¡Esos vaqueros le sentaban de muerte! Los llevaba doblados por encima
del tobillo, usaba calcetines de media y unos zapatos negros de tacón.
El bléiser de lana dejaba entrever una camiseta blanca con unos labios
morados mordidos.
Había un par de chavales ubicados delante de mí, que agarraban con
disimulo el móvil para hacer zoom al objeto de mis atenciones.
—Menudas tetas, te las pone en la cara y te ahoga —se carcajeó uno de
ellos.
—Pues si tengo que morir, que sea bajo esos pechotes… ¿Crees que me
dejará mordérselos?
—Shhh —chisté a falta de poder sacar un lápiz y hacerles un piercing
en la lengua con él. ¿Se podía ser más irrespetuoso?
Vale que mis pensamientos tampoco eran para enmarcarlos, pero en los
míos no había tanta lascivia, y yo no la grababa, solo la perseguía hasta
meterme en sus clases.
Uno de ellos miró hacia atrás y se encontró con mi cara de pocos
amigos. Apagó el móvil de inmediato, y yo me agaché para susurrar entre
ellos un: «Ya estáis borrando ese vídeo, soy el controlador de seguridad de
aulas y lo que habéis hecho es ilícito».
Acababa de inventarme el puesto, pero sonaba creíble. Los chavales,
que rondaban los diecinueve, me miraron estupefactos, y ante la duda…, lo
eliminaron.
—Bien hecho, y que no se vuelva a repetir o informaré al decano.
No volvieron a hablar de Emma o su escote.
La chica que tenía sentada al lado comenzó a hipar, no era la única,
muchos de los alumnos estaban sobrecogidos, incluso los ojos de mi
querida profesora estaban enrojecidos y la vi sacar un pañuelo usado de la
manga.
—¿Qué ocurre? —le pregunté a mi compañera de asiento.
—La profesora Lombardi ha muerto, por eso la profesora Rossi va a
sustituirla mientras salga la plaza. Ninguno lo esperábamos.
—Lo siento. —Ella asintió y rebuscó en el fondo de la mochila para dar
con un paquete de pañuelos desechables.
Esa docente debía ser muy querida por cómo cambió el ambiente en la
clase. Emma se dirigió en español a los alumnos para decirles que lo que
más habría honrado a Lombardi era que se volcaran en la clase y le
rindieran homenaje aprendiendo el idioma que le dio la vida.
Fue bonito y triste. Los chicos mostraron el máximo respeto y
escucharon con atención los cincuenta minutos restantes.
Escucharla y verla caminar con total desenvoltura era hipnótico.
Cuando dirigía su mirada hacia mi zona, yo agachaba ligeramente la cabeza
con disimulo. Quedaban cinco minutos cuando pidió a los alumnos que
anotaran las tareas para el día siguiente, todos lo hicieron excepto yo.
Quizá fue la falta de movimiento en mis manos, o que tenía un radar
para vagos, lo que la hizo fijar su atención en mí.
—Usted, ¿por qué no apunta nada? —Estaba claro que era yo, notaba su
mirada calentando mi gorra—. ¿Es que se está echando una siesta en mi
clase? ¿Tan aburrida le parezco?
No tuve más remedio que levantar la vista para que nuestras miradas se
encontraran, un brillo algo truculento resplandeció en el iris verde.
—Solo vengo de oyente, ¿también tengo que hacer deberes? —respondí
confrontándola.
—Oyente… —susurró sin un ápice de humor—. Pues escuche bien
esto, fuera de mi clase.
—Pero…
—¡He dicho fuera! —rugió, sumiendo a todos los alumnos en un
silencio sepulcral.
No quería mosquearla más, además de que tenía todo el derecho del
mundo a cabrearse, no dejaba de aparecer en todas partes y eso no era ni
medio normal. Recogí las cosas sin hacer ruido, no me perdí la risita de los
capullos de tercera fila, que acababan de pillarme en mi propia mentira y
me enseñaban el dedo corazón.
Podría haberme ido a la residencia con el rabo entre las piernas, nunca
mejor dicho, pero no lo hice. Tenía que afrontar lo que había hecho.
La esperé apoyado en una de las paredes. Salió la última, lo que me
otorgó cierta tranquilidad, y cuando Emma giró en mi dirección, hizo rodar
los ojos al verme y me contempló con indignación.
—¡¿Tú no te cansas?!
—¿De ti? Imposible. —El fastidio inundó sus facciones.
Había tenido tiempo de pensar una disculpa, de hecho, tenía una lista,
pero cuando me arrojó la siguiente pregunta, me vi en la necesidad de ser
sincero y cambiar la respuesta.
—Pero ¡¿a ti qué narices te pasa conmigo?!
—Que quiero follarte.
Quizá sonó muy brusco, pero si lo mirabas fríamente, era la opción
menos invasiva a nivel emocional. Emma huía del compromiso, todos sus
post de Instagram rezumaban amor hacia uno mismo, y dejaba entrever que
no estaba por la labor de conocer a nadie. Quizá, en el fondo, yo tampoco lo
estaba, y para olvidar a Alexia necesitaba una válvula de escape, y eso era
lo que veía en ella. Una mujer que no me complicaría la vida, que no
buscaba una relación amorosa. Por una vez, quizá fuera capaz de
desvincular el amor del sexo.
—Vaya, pues yo no —respondió, ofreciéndome un lenguaje corporal
contrario. Chupó su labio inferior y me miró con las pestañas entrecerradas.
—¿En serio?
—Muy en serio.
—Pues yo no dejo de pensar en el polvo que compartimos. Llámame
loco, pero hacía tiempo que no sentía esa complicidad sexual con nadie.
Cada mañana me levanto empalmado porque no dejo de soñarte, no tuve
suficiente, Emma Rossi, o si lo prefieres, puedo llamarte Venecia, a mí me
da lo mismo.
—No voy a acostarme con un alumno.
—Técnicamente no lo soy.
—Te has obsesionado conmigo porque te dejé plantado y sin repetir
postre, no porque en el fondo te apetezca estar con una mujer como yo.
—¿Como tú? Si con eso te refieres a que me saque unos años, esté
buenísima y folle como si el infierno pudiera desatarse en cualquier
momento, ya lo creo que querría, es más, no tienes ni idea de lo que ahora
mismo me apetece…
Los pasillos volvían a quedarse vacíos porque los alumnos se dirigían a
la siguiente clase.
Ella no se movió, me contempló con las cejas alzadas y un punto de
soberbia que me encendió y me empujó a seguir.
—Lo que deseo es tirar de ti hasta un aula vacía, arrancarte la ropa sin
usar las manos hasta dejarte totalmente desnuda, hacerte jadear tan fuerte
que tengas miedo de que puedan parar todas las clases fruto de tus
orgasmos, porque no tendrías solo uno, sino varios… —El labio le tembló
un poco—. ¿A ti te parece que no te tengo ganas?
Duda, eso era lo que oscilaba en sus pupilas, mientras en las mías había
hambre.
Retomó el paso sin decir nada, sin responder, al tiempo que mis ojos
recorrían voraces su espalda para perderse en aquel culo que…
Se dio la vuelta y me miró con determinación.
—¿Vienes o qué? Dispongo de cuarenta y cinco minutos para que
cumplas tus promesas, o será mejor que te esfumes,Fantasma.
Una sonrisa incendiaria se formuló en mi boca, me despegué de la pared
y recorrí la distancia que nos separaba.
—Sin ataduras —murmuré, dándole lo que pedía.
—Sin ataduras.
Capítulo 20
Cuatro toneladas
Oliver
Me llevó hasta un ala de la facultad que estaba cerrada
por reformas y donde los operarios no trabajaban por falta de fondos. El
aula estaba cubierta por una fina capa de polvo y había varios plásticos.
En cuanto entramos, la apoyé contra una pared para llenarle el cuello de
mordiscos y lametazos.
No se resistió. Me hubiera encantado comerme su boca, pero recordaba
las normas. Estaba tan cachondo que metí las manos bajo la camiseta para
pellizcar los pezones que ya estaban duros.
—No quiero conocerte… —musitó ella.
—Vale, no lo hagas —acepté, subiendo la prenda para bajar la tela de
las copas y devorarlas.
Emma volvió a gemir ronca, me quitó la gorra y hundió los dedos en mi
pelo. Me encantaba cómo lo hacía, ni demasiado dulce ni queriendo
arrancarme el cuero cabelludo.
Ella misma se deshizo de la chaquetita de lana, de la camiseta y el cierre
del sujetador. Yo bajé mi lengua por su vientre, le desabroché los vaqueros
y pasé la lengua bajo la goma de la cinturilla de sus bragas sin quitárselas,
justo en la zona que estaba enrojecida.
—Mmm —susurró.
—¿Sigues sin querer que te lo coma? —pregunté, tironeando de los
vaqueros para pasar la lengua por el monte de Venus cubierto por encaje.
—No es seguro… —susurró.
—¿Estás enferma? —Ella negó—. ¿Y te gustaría? —No hacía falta que
respondiera, veía la confirmación en sus ojos—. ¿Sabes que la lengua de la
ballena azul pesa cuatro toneladas? —comenté, bajando la prenda a la altura
de los tobillos.
—¿Pretendes decirme que tú la tienes más grande? —Negué con el
encaje frente a mi nariz.
—La mía tiene cuatro toneladas, pero de deseo por hundirse en ti —
concluí, dando un lametazo sobre la rajita cubierta. Ella jadeó, y cuando
hice a un lado la prenda con una pregunta implícita en la mirada, Emma
asintió.
La saboreé hasta el borde de la locura, notándola empaparse contra mis
labios. La recorrí ávido, bajando las bragas que siguieron el mismo camino
de los pantalones. No tenía mucho rango de movimiento, aunque sí el
suficiente para separar un poco los muslos y darle cabida a mi cara.
Metí la lengua en su interior, recreándome en su sabor mientras mis
dedos friccionaban el clítoris hinchado.
Adoraba que se le llenara la boca de jadeos mientras la mía lo hacía de
su esencia. Estaba tan lista que cuando abandoné la abertura para succionar
su punto de placer, pude encajarle un par de dedos de golpe y hasta el
fondo.
—¡Madre mía, Fantasma!
La follé con la boca y con las manos hasta que un grito cruzó la estancia
y se liberó entre mis dedos. Me separé un poco para contemplarla, besando
y dando las últimas lamidas a su sexo.
Tenía la mirada turbia. Los dedos femeninos se apoyaban en mis
hombros, aproveché para quitarle los zapatos, el resto de la ropa y dejarla
desnuda, como le prometí.
Besé sus muslos, sus rodillas y ascendí recorriendo cada porción de
carne hasta volver a los pechos, que estaban de lo más sensibles. Chupé el
trébol que tanto me gustaba, y al llegar a la barbilla, me erguí
completamente para fijar mis pupilas a las suyas.
Acaricié su rostro. Daba igual que el ambiente fuera frío y no hubiese
calefacción, porque nosotros lo habíamos calentado.
—Yo también quiero verte —susurró relamiéndose.
—No soy nada de otro mundo.
—Eso ya me ha quedado claro, que no eres de este mundo. —Su
respuesta me calentó el pecho.
Me desnudé sintiéndome un pelín tímido, la ropa me hacía abultar más,
y sin ella, mi delgadez quedaba presente. Sin embargo, ese era yo.
Las prendas fueron cayendo una a una mientras Emma se recuperaba,
no parecía desagradarle lo que veía porque su respiración seguía siendo
errática y tenía las pupilas dilatadas.
Cuando iba a quitarme los calzoncillos, ella negó, dio un paso hacia mí
y recorrió mi torso con su lengua hasta ponerse de cuclillas y recorrer mi
erección oculta bajo la tela. Suerte que tenía una mesa a mis espaldas,
porque tuve que agarrarme a ella cuando a mi querida profesora le dio por
empaparme los calzoncillos en saliva.
—¡Joder! —mascullé, notando un leve sudor recorriendo mi espalda.
—Aquí tenemos a tus genes de ballena, Fantasma —susurró,
mordisqueando mi erección.
—Yo, yo e-estoy sano, en los últimos cuatro años solo estuve con una
chica, mi novia, y… cuando terminamos, quise asegurarme.
Ella alzó el precioso rostro y asintió. Bajó mi ropa interior de un modo
lento y deliberado, hasta que apareció mi glande salpicado en deseo. Emma
pasó la punta de la lengua por la delicada abertura y por poco me corrí de
inmediato.
Ver su cara junto a mi polla, notar su lamida, era demasiado intenso.
—¿Cómo te gustan las mamadas? —preguntó, llevando la mano
derecha a mi grosor para bajar y subir la piel con la presión justa. Nadie me
lo había preguntado nunca, así que no supe qué responder salvo un…
—¿Por qué no lo averiguas?
Y ya lo creo que lo averiguó, no le molestó que me enterrara hasta el
fondo de su garganta, que le agarrara la cara y que aumentara el ritmo y la
presión cuando se acercaba el clímax.
—Voy a correrme, ¿dónde quieres que lo haga?
Se apartó un poco y envolvió mi polla con sus tetas.
—Eso no me lo han hecho nunca… —Era cierto, las de Alexia eran casi
inexistentes.
—Pues averigüemos si te gusta.
¿Gustarme? Cuando la vi dejar caer algo de saliva entre sus pechos
mientras los movía y yo acompasaba las caderas, decidí que adoraba
tirarme cualquier parte del cuerpo de esa mujer. Y que me alucinaba
correrme con sus ojos puestos en los míos.
Di un grito curvando el cuello hacia atrás, mientras mi esencia cubría la
piel de su escote y una pequeña salpicadura quedaba cerca de la comisura
de sus labios.
Acaricié su mejilla alucinando por lo increíble que había resultado, y
pasé el pulgar sobre aquella gota para limpiarla.
Emma se puso en pie, manchada, sonrosada y absolutamente perfecta,
con una sonrisa en los labios y los ojos cargados de promesas.
—Buen calentamiento, Fantasma, nos quedan veinte minutos para el
segundo asalto. ¿Crees que podrás remontar a tiempo?
Me puse tras de ella y doblé su cuerpo sobre la mesa para susurrar en su
oído.
—Deja que te lo demuestre, tengo muy poco periodo refractario.
Capítulo 21
¡Arriba la bandera!
Chloe
Me lancé a la piscina de cabeza y nadé con brío. Lejos quedaban los
ataques de pánico que no me permitían sumergirme en cloro.
Necesitaba despejarme, no sabía qué estaba haciendo y el agua solía
aclarar mi mente.
Mi profesora de natación me decía, cuando yo me ponía un tanto
obstinada, que el agua no discute con sus obstáculos, simplemente, los
rodea. ¿Eso era lo que estaba haciendo yo con mi vida? ¿Rodearla?
No estaba muy segura. Hasta ese momento pensaba que cada decisión
que había tomado en mis veintitrés años había sido de frente, incluso las
cagadas más estrepitosas; sin embargo, desde que asumí el rol de ser Oliver,
era como si un poco de él hubiera arraigado en mí, y para muestra lo que
ocurrió el día anterior.
Me acerqué a Gloria para demostrarle a Aike lo sencillo que era que una
mujer pudiera interesarse en él, lo único que necesitaba era un poco de
confianza en sí mismo. Me bastó decirle a la chica que mi compañero de
cuarto acababa de reconocerla y que si, en lugar de estar sola, le apetecía
sentarse con nosotros, para hacerle más amena la espera, en el caso de que
estuviera esperando a alguien, para que ella alzara los ojos y los dirigiera en
modo túnel hacia el pelirrojo, y, oh, sorpresa, ¡lo que vi en la mirada de la
chica no fue un paso de tu culo!, sino un «esta era justo la oportunidad que
estaba esperando».
¿Es que Aike no tenía ni idea de lo guapo que era? ¿Había dicho guapo?
Bueno, sí, guapo, si te gustan con la cara moteada, reflejos cobrizos, el
cuerpo esculpido y un humor algo taciturno que se ve afectado por el
cambio climático.
Ella le plantó dos besos, se mostró sorprendida por no haberintercambiado apenas unas palabras en cuatro años y medio, y se puso a
hablar de un modo dulce y seductor.
Casi me volví gato y escupí una bola de pelo. Pasé a un tercer plano,
solo tenían ojos el uno para el otro, incluso llegué a hablar sola
dirigiéndome a una puta servilleta y pasaron de mi cara. Me levanté y les
dije que tenía cosas que hacer.
—Pero ¿no teníamos que ir a la biblio para que te ayudara con tu
trabajo? —preguntó él apurado.
—Ay, perdonad, os estoy absorbiendo el tiempo.
—No, tranquila, que tú no absorbes nada que no quiera ser absorbido
—forcé yo—. Quedaos, ya iremos mañana, que he recordado que tenía que
hacer una cosa importante.
—¿Seguro? —quiso cerciorarse mi compañero.
—Claro.
Caminé sin rumbo el resto de la tarde. Intentaba aclarar qué demonios
me ocurría, por qué tenía esa sensación de pesadez en el estómago. Estaba
segura de que la comida no me había sentado mal, porque el retortijón me
entraba cuando pensaba en esa chica con carita de mosquita muerta y de
cómo yo misma la había llevado a nuestra mesa.
Pero ¿ese no había sido el fin? Yo me ofrecí a ayudarlo con Gloria
porque a mí no me gustaba mi compañero de cuarto, no era mi tipo para
nada y, sin embargo, ahí estaba esa sensación de molestia, como la típica
piedrecita que se te coloca en el zapato y termina haciéndote una herida.
Después de patearme media ciudad, saqué dos conclusiones: la primera,
que necesitaba salir a andar más, porque tuve que pillar el metro para
volver, y la segunda, que lo que me pasaba era que no me gustaba perder.
Porque estaba segura de que aunque a mí no me pusiera Aike, si él me
conociera como chica, Gloria no tendría nada que hacer. Eso tenía que ser,
que yo era una puta picada nada más, na-da más.
Nadé a un ritmo infernal. A los treinta minutos, ya había hecho todos
los largos que me correspondían del entrenamiento, no quería pasarme
después del palizón de ayer. Debía relajarme un rato.
Salí de un salto y decidí que lo mejor era pasar por el spa y así liberar
toxinas. Estaba en la misma zona de aguas, daba a la piscina a través de una
enorme cristalera.
Lo bueno de ir tan pronto era que apenas había gente.
Me quité el gorro y las gafas, los dejé en uno de los bancos, pasé por el
chorro de agua helada y, de ahí, directa al baño de vapor.
Cuando entré, la fuerte temperatura, la intensa neblina y el aroma a
mentol hicieron que necesitara unos segundos para aclimatarme.
—¿Chloe? ¿Eres tú?
La voz que acababa de alcanzarme provocó que parpadeara varias
veces. ¿Tan obsesionada estaba con él que incluso tenía que escucharlo ahí?
Esperé a que la bruma, efecto peli de terror, se disolviera un poco, o a
que yo me acostumbrara a tenerla como un velo enturbiando mis dioptrías.
Quería demostrarme que todo era producto de mi turbia imaginación, pero
no, cuando logré aclimatarme, ahí estaba, el mismísimo Aike Rubio sentado
en la bancada blanca que quedaba frente a la puerta, con una toalla anudada
a la cintura.
Las palabras se me atascaron. No solo porque estuviera mojado,
semidesnudo y ganara muchos puntos, sino porque no lo esperaba, y mucho
menos dirigiéndose a mí como chica.
Miré a un lado y a otro confundida. Entonces caí en la cuenta de que
aquí era yo, que me estaba viendo de frente, con el biquini de competición y
la toalla en la mano. Él detectó mi estupor.
—Pe-perdona —se pasó la mano por el pelo—. Igual no me recuerdas.
—¡Ja! ¿Estás de puta broma? Duermes cada noche a dos metros de mí—.
Nos presentaron el otro día, cuando iba más vestido y por la calle —parecía
avergonzado.
«¡Mierda, Chloe, sal del trance! ¡Di algo o pensará que eres idiota!».
—Ah, sí, el compañero de cuarto de mi hermano, ¿no? Lo siento, es que
no te esperaba aquí, a estas horas suelo estar sola y me he desubicado. —Él
me ofreció una sonrisa incómoda.
—Ya… Querías estar sola y yo he irrumpido en tu momento de paz. —
Se puso en pie, la toalla se le cayó y ahí estaba, en bañador, uno muy
recogido que enmarcaba todos sus perfectos atributos. Esos que recordaba
demasiado bien.
Si de por sí hacía calor, se acentuó.
Aike se agachó para recoger la toalla mientras yo me recreaba en sus
músculos, en cómo el sudor y el agua salpicaban su torso, hasta que alzó la
cabeza y me pilló en pleno curso de anatomía.
—Me marcho.
—No, no, al contrario —la voz me salía aguda y chillona—. No quiero
que pienses que te estaba echando, la sauna suele ser bastante aburrida, y yo
ya he tenido mi momento de reflexión en la piscina. Por mí puedes
quedarte.
—¿En serio?
—Por supuesto, en definitiva, yo soy la intrusa. —Él extendió la toalla
en la bancada y volvió a sentarse.
—Solo serán cinco minutos. —Asentí y me desplacé a la pared de la
derecha. En aquel baño de vapor en forma de u deberían caber unas ocho o
diez personas, así que no estábamos pegados.
—No sabía que estabas inscrito en este gimnasio, Oliver no me dijo
nada.
—Es que no estoy inscrito aquí, este es de los caros, yo solo vengo de
vez en cuando para usar el spa, es de lo mejorcito, aunque eso tú ya lo
sabes. —Nos sonreímos—. Yo voy al Club Natació Barceloneta, para hacer
waterpolo, y a un box de crossfit, con ambas actividades me basta, no me da
el dinero para más gastos.
—Es verdad, Oli me dijo que te gustaban las pesas como a él y el agua
como a mí.
—Sí, tu hermano es un tío de puta madre.
Me sorprendió escuchar esa reflexión saliendo de su boca, teniendo en
cuenta que de quien estaba hablando era de mi yo masculino; además de
eso, estaba asombrada por su falta de vergüenza. Decía que se le daban mal
las chicas, pero conmigo estaba siendo de lo más agradable.
—Es raro —murmuró más para sí que para mí.
—¿El qué?
—Hablar contigo, no sé, suelo ser bastante tímido con las tías. —Ahí
estaba—. Pero es que contigo no me cuesta, porque es como si charlara con
tu hermano, no sé explicarme. Joder, ¡es que tenéis la misma cara!
«Muérdete la lengua, Chloe, y no le digas nada».
—Eso dicen, de pequeños no nos parecíamos tanto, ha sido más en estos
últimos años.
—Debe ser increíble tener a alguien exacto a ti, pero de otro sexo.
¿Alguna vez os habéis intercambiado?
Me reí como una tonta, esa típica risilla floja que te sale cuando te pillan
en una flagrante mentira, que era justo lo que iba a decir.
—¡Qué va! ¡Nunca! Sería incapaz de hacerme pasar por Oli, me
pillarían al minuto…
—Sí, menuda estupidez acabo de decir, disculpa.
«Si tú supieras…».
Una gota se desprendió desde uno de los mechones de pelo hasta su
pecho, recorrió su abdomen y descendió hasta su… ¡Joder! ¡Es que estaba
muy bueno!
Aike carraspeó con suavidad, fue entonces cuando me di cuenta de que
tenía los ojos puestos sobre su bandera.
—¿De qué país es? —pregunté apuntando hacia ella.
¿He dicho ya que sin las lentillas ver a cierta distancia me cuesta?
—¿Cómo? —Mi dedo apuntaba a su entrepierna. Si el vapor no se
hubiera vuelto a intensificar, habría visto que se había puesto rojo.
—Ya sabes —volví a insistir—. Su nacionalidad.
—Ah… —Se removió algo incómodo—. Pues… mitad española y
mitad irlandesa por parte de madre, supongo.
Arrugué el ceño, y entonces me di cuenta de que me estaba hablando de
su polla en lugar de la bandera.
—Ay, no, ¡qué horror! —exclamé muerta de vergüenza.
—¿No te gustan las dobles nacionalidades?
Quería fundirme con el banco o disolverme en la niebla.
—¡No! Si yo también la tengo, a lo que me refería no era a tu
entrepierna. Vale que yo apuntaba ahí, pero no te preguntaba por «eso»,
sino por la bandera, la del recuadro —contesté mortificada.
—¿Qué bandera? —Aike miró hacia abajo y soltó una enorme carcajada
mientras yo hundía mi ego entre las manos y ocultaba el rojo intenso de mis
mejillas entre ellas.
—No es una bandera, solo el logo, que lo han hecho algo más grande.
Ahora sí que me quería morir.
—Perdona, es que no veo de lejos, y para nadar, no me pongo las
lentillas. Debes pensar que soy idiota.
—Para nada, me halaga que te hayas interesado por mi… bandera.
Los dos nos miramos y estallamos en risas. Menos mal que no quiso
hacer sangre de la herida.
—Miscinco minutos han pasado, me ha encantado hablar contigo, pero
tengo que dejarte, si no, llegaría tarde a clase. Gracias por mejorar mi día,
Chloe, tu hermano tenía razón.
—¿Respecto a qué? —dije con el corazón calentito por su reflexión.
—A que te quedaste con lo mejor —me guiñó un ojo y salió.
Capítulo 22
Calabazas artesanales
Chloe
Estaba en el bar al que fui a comer con Aike sentada con Erik. Era
viernes y llevaba tres días comiendo y quedando cada tarde con mi
compañero de habitación.
Mi hermano se había apuntado como oyente a no sé qué clases, así que
llevábamos unos días que apenas coincidíamos.
Supongo que también, en parte, por mi culpa, o eso me dijo mi mejor
amigo sorbiendo de su pajita.
—A ver, no te tomes a mal lo que voy a decirte, pero es que te pasaste
metiéndote con él y su perra poderosa.
—¿Perra poderosa?
—Mi amor, esa mujer exudaba poderío por cada puto poro, ¿o es que no
lo notaste? Y tu hermano babeaba mientras tú te empeñabas en bloquearle
la puta señal del wifi.
—¡Eli es perfecta! —protesté.
—Pero a nuestro little Oli no le gusta la alumna, le pone la maestra.
—¿Ha hablado contigo sobre ella? —Por su mirada, supe que sí, y eso
me indignó—. ¿Habéis hablado a mis espaldas?
—Necesita a alguien que lo escuche y no lo juzgue, tú eres incapaz de
eso.
—¿Se han visto? ¡Se han visto! —Esa vez no fue una pregunta, más
bien un grito—. No me lo puedo creer.
—¿Por qué no te alegras en lugar de espantar a toda la clientela de este
precioso local? —Miré hacia la barra pensando en que el camarero querría
echarme, pero parecía muy ocupado con un mulato con pinta de brasileño.
Volví a la conversación.
—No estoy intentando espantar a nadie, es que todavía no está
recuperado de lo de Alexia, aunque él crea que sí, y lo que menos necesita
es una mujer que se va follando a cualquiera a la menor oportunidad oculta
tras una máscara y que renegó de él en cuanto la vio. Tú y yo conocemos a
Oli, ¿con cuántas tías se ha liado sin quererlas? Dame un solo nombre y me
callo. —Erik se puso a pensar sin dar con una, y terminó sorbiendo de
nuevo de su smoothie mientras yo hacía el gesto con la cara de «te lo estaba
diciendo».
—Bueno, vale, puede que no lo haya hecho antes, pero quizá ahora es
distinto, yo lo veo bien, Chloe.
—Ah, que os habéis visto… —rezongué.
—¿No fuiste tú la que dijiste que fuera del útero no teníais por qué
seguir juntos? Y que yo sepa, fuiste tú la que empezaste con esta semana de
cada uno por su parte, ahora no puedes cabrearte porque él lo haya hecho.
Es más, ¿lo has invitado a venir con nosotros?
—No sabía dónde estaba cuando te he llamado.
—Ya, ¿y has probado a telefonearlo?
—Imaginé que estaría en clase y que no me lo cogería…
—Chloe…
—Bueno, vale, ¡es mentira! Es que necesitaba hablar con alguien que no
fuera Aike o mi hermano para poner las cosas en perspectiva.
—¿Y por qué dejas fuera de la ecuación a Oli?
—Porque sé lo que me diría.
—¿Y va a diferir de lo que yo te diga?
—Lo sabré en cuanto dejemos de hablar de mi mellizo para hacerlo de
mí.
—Vale, pues cuenta…
En un visto y no visto, puse a Erik al corriente de lo que estaba
haciendo con Aike, me refiero a ayudarlo a mejorar con las chicas, bueno,
más bien con la chica…
—¿Le chupaste el dedo y no se coscó? —Erik se partía—. O es muy
lerdo, o muy crédulo.
—Que no, que soy una gran actriz.
—¿Y se puede saber por qué se lo chupaste?
—Pfff, fue un impulso.
—Ya, uno de esos que te dan para no ponerte a cuatro patas bajo la
mesa y amorrarte al pollón. —Le di un golpe en el brazo que por poco le
tiró el vaso.
—No seas cerdo…
—Eso mismo me repito todos los días frente al espejo, pero no
funciona, así que, chica, por lo menos, que sea ibérico… —Con Erik era
imposible hablar sin echarme a reír.
—Deja que siga hablando…
Cuando terminé de resumirle mi encuentro fortuito en el spa, se
descojonaba vivo, pero no solo eso, porque yo necesitaba explicarle las
contradicciones que estaba sintiendo, y cuando acabé, él me puso ojitos y
parpadeó de un modo supercuqui, para a continuación cogerme de las
manos.
—Ay, Chloe, ¡que ese chico te gusta de verdad!
—¡No!
—¡Sí!
—¡Qué va!
—Ey. —Esa voz no era de Erik. Los dos levantamos las miradas y nos
encontramos con Aike y Gloria. El alma se me cayó a los pies, porque ella
estaba muy pegada a él. Entonces vi que mi compañero arrugaba las cejas y
miraba nuestras manos entrelazadas.
¡Mierda! ¡Que no me había cambiado! ¡Que a sus ojos era Oli y
quedaba soberanamente raro que estuviera con los codos apoyados sobre la
mesa y los dedos entrecruzados con el novio de mi hermana!
—¡Aike! ¡Gloria! —solté de inmediato a Erik—. ¡Menuda sorpresa!
Nos habéis pillado rezando.
—¿Rezando?
—Em, sí, Erik pasó un año viviendo con una tribu de aborígenes
australianos para encontrarse a sí mismo, y sigue manteniendo algunas de
las costumbres.
—Oh, qué interesante —murmuró Gloria.
—Mucho, fue un año que me cambió la vida, me enseñó a ver las cosas
desde otro prisma, sin tanto artificio, aprendiendo a hacer las cosas con mis
propias manos.
—¿Te refieres a que cazabas o te dedicabas a la agricultura?
—No, lo mío era el arte, tallaba calabazas para penes, seguro que las
habéis visto en la tele, siempre he tenido muy buen ojo para los tamaños. —
Sus ojos se desviaron a la entrepierna de Aike—. La tuya sería de las
grandes.
Vale, ahora sí que me quería morir.
Las caras de Aike y Gloria eran para enmarcarlas.
—Es broma, chavales —se carcajeó—, lo de la tribu no, lo de las
calabazas. —El alivio inundó sus respiraciones, al igual que la mía—. Fui
con una ONG y no quiero agobiaros con el tema…
—Ay, pues a mí me parece superinteresante, todo lo que tenga que ver
con ayudar al prójimo me parece una maravilla, me encantaría trabajar
como cirujana en Médicos sin Fronteras, mi referente es el doctor Cavadas,
que financia sus propias operaciones en países necesitados, me parece un
gran ejemplo.
«Guapa y con principios. ¡De puta madre!».
—No queremos entreteneros más —comenté—. Seguro que tenéis
planes…
—Pues no, la verdad es que solo veníamos a tomar algo, Gloria tiene
que irse en veinte minutos, así que no nos da tiempo a más.
—¡Qué lástima! —exhaló Erik—. Pues si queréis, podéis sentaros con
nosotros, porque justamente Oli me estaba poniendo al corriente de lo
maravilloso que eres, y yo le decía lo bien que habla Chloe de ti.
Porque me habrían visto, que si no, le arreaba una patada en la espinilla
que le dejaba la marca para siempre.
—Tu chica te habla de mí.
—Sí, nos lo contamos todo, me dijo que fuiste muy amable con ella en
el baño de vapor, y yo te lo agradezco. Pero sentaos, por favor, no nos
hagáis el feo.
—Igual quieren estar solos —comenté sin muchas ganas de tener a
Gloria cerca.
—Qué va, cuantos más seamos, más nos divertiremos —concluyó ella,
sentándose a mi puto lado, no había más sillas, no—. Si no hubiera sido por
ti, igual Aike y yo seguiríamos sin cruzar una palabra, así que hoy me toca
conocer mejor al Harry Potter de Draco. —Lo miré apretando los labios,
porque eso era entre él y yo, ¿por qué se lo había tenido que contar a ella?
—. No sé cómo puedes dormir con una serpiente en la habitación, por
cierto, yo soy de Hufflepuff.
—No podía ser de otra manera —susurré—, la casa de los justos, leales
y que no temen el trabajo pesado.
—¡Esa soy yo! ¿Y tú de qué casa eres, Erik?
—Yo soy más de Élite, ya sabes, de los que salen de fiesta y follan todos
con todos. De Harry Potter solo me quedo con la fusta.
Esa vez sí que le arreé la patada.
—Harry no tiene fusta, sino barita —gruñí.
—¿Otra broma? —quiso saber Aike con una sonrisa perfilando sus
labios.
—Al contrario, ¿no te ha dicho tu roommate que Chloe y yo somos una
pareja muy abierta, generosos y de compartir? Si tuviéramos casa en Harry
Potter, seríamos la de los polvos mágicos.
—Más bien la de los líos —resoplé.
—Oliver no lleva muy bien que su hermana y yo seamos tan abiertos.
—Pues a mí me parece perfecto —lo secundó Gloria—. Si ambos estáis
de acuerdo y así os va bien, no dejéis que nadie os diga locontrario.
—Me caes bien, Hufflepuff —celebró Erik.
—¿Y a quién no?
Miré a Aike de soslayo, le estaba pidiendo las bebidas al camarero y me
preguntaba si yo quería algo.
«¿Tú estás en la carta? Porque a ti te bebería entero».
—No, gracias —respondí.
La conversación giró en torno a Erik, sobre su familia y cómo terminó
viviendo en Australia y nos hicimos inseparables. Gloria también intervino,
así supimos que era la tercera de tres hermanas y la única interesada en la
medicina, porque el resto de su familia era militar.
—Al fin y al cabo, a todos os mueve el mismo espíritu de servicio.
—A mí las armas no me gustan, y por mucho que me digan que ellos
están para evitar que se usen, sé que si fueran a la guerra, no les quedaría
más remedio que apretar el gatillo, yo sería incapaz.
—Pues yo pienso que en las circunstancias adecuadas todos seríamos
capaces de hacerlo —asumí.
—Eso es muy Slytherin, Potter —jugueteó Aike. Yo me encogí de
hombros.
—A veces no queda más remedio. —Alzó su bebida y bebió sin apartar
su mirada de la mía.
Gloria se marchó y, para ser sincera, por simpática que fuera, sentí
alivio.
—¿Chloe va a venir? —preguntó como si tal cosa Aike. El vello de mi
nuca se erizó.
—No, el que se marcha soy yo, que tengo que ir a buscarla.
—¡¿Te vas?! —pregunté un poco agobiada porque no habíamos
terminado de hablar.
—Sí, lo siento, cuñadito, aunque te dejo en buenas manos.
—¿Vienes al cine mañana? —le preguntó mi compañero.
—No me lo perdería por nada. Chaito.
Capítulo 23
Sexo sin compromiso
Oliver
Sexo sin compromiso.
Eso era lo que quería Emma, después de que hubiera estado picando
piedra cada tarde, acudiendo a todas sus clases de italiano, después de
nuestro tórrido encuentro en el Paraninfo.
Al principio, me comporté como un alumno aplicado que no entendía ni
jota y se conformaba con observarla, hasta que se me hincharon las narices
de que la estrategia no funcionara y opté por envalentonarme.
Alcé la mano y pregunté si el futuro del verbo gemere (gemir), en
italiano era venire (correrse, de un modo muy textual) o eiaculare
(eyacular). Sí, lo confieso, lo busqué en el traductor de Google, porque no
era plan de preguntárselo a Eli.
Se mosqueó, vaya si lo hizo. Me pegó la bronca delante de toda la clase
y dijo que tenía que abandonar el aula de inmediato, que si quería aprender
esas cosas, me bastaba con buscar pelis para adultos en versión original.
Caminó en pos de mí ofreciendo a los demás alumnos la imagen de
profesora castigadora, y en cuanto salimos al pasillo —que por suerte
estaba desierto—, me empujó contra la pared.
—Me tienes harta, ¿qué pretendes haciendo eso delante de toda la
clase?
—Llamar tu atención y que no me ignores como si el otro día no
hubieses vuelto a clase sin bragas.
—Te mereces un castigo.
—Estoy dispuesto a recibirlo, solo dime cuándo, dónde y el sabor de tu
helado favorito. Dejaré que hagas conmigo lo que quieras, o tal vez
prefieras que sea yo el que lo haga contigo.
Le brillaron los ojos, de inmediato supe que mi salida de tono, al
calzarme los zapatos de chico malo y rebelde, había surtido el efecto
deseado.
Me susurró una dirección, una hora y un sabor al oído. Después, se
apartó dándome un apretón un tanto firme en las joyas de la corona y se
relamió los labios.
—Cuidado, Miller, si acudes, quizá las pierdas.
—Estoy deseando comprobarlo.
Me ponía demasiado burro el jueguecito que se traía.
Regresó a la puerta de la clase, y cuando iba a entrar, se ocupó de
gritar un:
—Ya se lo he advertido, a la próxima, no bastará con una expulsión,
tendrá que vérselas con el decano. —Le lancé un beso, y ella alzó con
disimulo el dedo del medio.
En cuanto salí de la facultad, busqué la dirección en Google, estaba a
una parada de metro de la uni, habíamos quedado en una hora, así que me
daba tiempo de sobra de ir a por el helado.
El edificio era modernista y descubrí que vivía en un quinto sin
ascensor. En el rellano, me comentó que casi todos los vecinos eran
sexagenarios y que las paredes eran lo suficientemente gruesas como para
que el futuro de gemir fuera gritar.
Llegamos con los preliminares hechos, en cada rellano tuve que
detenerme para morderla, chuparla y acariciarla de manera indecente.
Alcanzamos la puerta jadeantes y llenos de ganas.
Adoraba que fuera desinhibida, que tuviera una bañera de patas a los
pies de la cama y que me dejara disfrutar del helado sobre cada una de sus
curvas.
Terminamos pegajosos y muy saciados.
Le lamí el ombligo, donde quedaba un charquito de naranja con
chocolate.
—Podría pasarme la vida comiéndote.
Hice desaparecer cualquier resto de dulce.
Habíamos puesto varias toallas para no manchar las sábanas y, aun así,
algo se coló.
—Desde luego que hambre no pasarías —bromeó. Yo torcí el cuello, me
hice a un lado, le aparté un mechón pegado del rostro y la miré a los ojos.
—¿Lo dices porque siempre me darías de comer? —Besé un lunar que
tenía en el hombro.
—Bueno, por eso y por… da igual, déjalo. A veces me cuesta mantener
a raya este tipo de comentarios, demasiado tiempo oyéndolos como para no
asumirlos y que de algún modo terminen echando raíces como las malas
hierbas. Sé que no está bien que los tenga, pero es inevitable. Aceptarse a
uno mismo es una lucha difícil contra una pendiente demasiado escarpada y
llena de piedras.
—Dímelo a mí —susurré, pasando el pulgar sobre su pezón, que seguía
duro después del polvo que acabábamos de echar.
—¿A ti?
—Ya sabes…
—No, no sé.
—Estoy muy delgado.
—¿Muy delgado? ¿Qué dices? ¡Estás como un tren! —La expresión me
hizo sonreír.
—¿Te refieres a que soy tu juguete?
—No —ella se carcajeo—, aquí significa que estás muy bueno, fíjate, lo
tienes todo muy bien puesto.
—Y tú también, salvo que a mí me faltan unos kilos.
Ella arrugó el ceño y se puso de costado, enfrentando sus curvas a la
falta de las mías.
—Oliver, ¿tú te has visto?
—Cada día frente al espejo. No todo el mundo quiere adelgazar,
también existimos los que queremos engordar y no lo hacemos ni a tiros. Ya
he asumido que soy de metabolismo rápido, así que no me quejo, bueno, sí
lo hago, ya me entiendes…
Los dos resoplamos y nos sonreímos. Menudo par.
—No está mal no estar contento con uno mismo al cien por cien. En la
cultura del positivismo, parece que no tengamos derecho a sentirnos mal, a
tener un día pésimo o a creer que estaríamos mejor pudiendo cambiar algo
que nos atormenta. Yo me niego a pensar así, encuentro frustrante ponerse
una meta tan alta, así que asumo que soy vulnerable y no soy mejor o peor
por ello. Me ha costado mucho tiempo llegar a esta conclusión.
—¿A cuál?
—A que no es necesario que todo encaje en ti, que estés
permanentemente contento. Nadie lo está, aunque las redes sociales
pretendan que lo creamos. Yo, por ejemplo, mírame.
—No dejo de hacerlo.
—Tengo una teta bastante más grande que otra.
—Me flipan. —Besé a ambas.
—Una pierna tres centímetros más corta que la otra…
—Me pone mucho que renquees. —Ella rio y soltó una carcajada.
—Idiota.
—Cuando estoy contigo, se me agudiza.
—En fin, que tenemos que aceptarnos, pero no pasa nada por desear
poder cambiar ciertas cosas que nos disgusten.
—Me gusta cómo piensas y me gusta cómo me siento yo cuando estoy
contigo, aunque me expulses de clase.
—Eso es muy bonito —susurró.
Tenía tantas ganas de besarla, de adorar sus labios, que quise buscarla
con los míos, pero me hizo la cobra y terminé enterrado en su pabellón
auditivo.
—Vale, lo pillo, sigo pudiendo follarte, pero nada de besos. Te juro que
me hago dos limpiezas anuales y no acumulo sarro.
—No se trata de eso —suspiró.
—¿Me huele el aliento?
—¡No! —Ella esbozó una sonrisa, y después se puso seria—. Es que los
besos se asocian al amor, y eso no es lo que nosotros tenemos, Oli.
—¿Y qué tenemos?
—Polvos magistrales y fortuitos. No busco enamorarme de un hombre.
—¿Ahora soy un hombre? —me burlé, intentando esconder que en el
fondo me afectaba que rechazara mi boca en la suya, cuando podía pasearla
por el resto de sus curvas.
—Uno joven, pero sí, al fin y alcabo, eres un hombre. Te saco varios
años.
—Tampoco tantos, mi madre también es mayor que mi padre y les va de
maravilla, no veo dónde radica el problema.
—En ninguna parte, salvo en los sentimientos. Es tarde, deberías irte…
—Tranquila, mañana no tengo clase, así que no hace falta que
madrugue. —Fuera estaba muy oscuro; teniendo en cuenta que subimos a
las ocho y echamos un par de polvos, debían ser, como mínimo, las diez—.
No sé cómo lo ves, pero había pensado que podríamos pedir unas pizzas y,
después, te vuelvo a dar postre, nos bañamos y dormimos unas horas, así
puedo despertarte con un orgasmo, los de la mañana son mis favoritos.
—¿Pasar la noche juntos? —Ella rio suave—. No, Oli, no, tienes que
volver a la residencia.
Besó mi mejilla y se puso en pie para colocarse sobre los hombros una
bata de seda. Tenía puesta la calefacción y se estaba muy bien. Me puse en
pie, la seguí y la abracé por la espalda. Podía convencerla, le amasé un
pecho con la mano derecha, le pellizqué el pezón y besé su cuello. Olía a su
perfume y a sexo.
—Oliver… —susurró—. No trates de convencerme, porque no va a
ocurrir.
—¿Tan obvio soy?
—Un poco.
—¿Por qué no? —Le di la vuelta enfrentándola a mí. Estaba tan bonita.
—Porque no.
—¿De qué tienes miedo?
—¿Miedo? Yo no tengo miedo. Soy una mujer libre, follo, sí, pero hace
años que me elegí a mí, y eso es algo que tienes que entender si quieres que
continuemos viéndonos. Voy a cumplir los treinta en unos meses y no busco
encajar con nadie, salvo conmigo misma, ya no. Me da muchísima pereza
conocer a alguien y descubrir, en alguna parte de la ecuación, que estamos
en extremos opuestos. Ya no quiero eso para mí.
—¿Tanto te jodieron?
—Lo suficiente para entender que cuando estás con otra persona,
puedes llegar a renunciar a ser quien eres y perderte a ti misma.
—Yo nunca te pediría eso, Emma.
Una sonrisa suave curvó su boca.
—Al principio puede que no, pero después empiezan las pequeñas
concesiones, y estas terminan por convertirse en decisiones que no te
apetece tomar y que lo haces por la otra persona. Te sacrificas, te conviertes
en algo que no quieres, y, al final, llega lo inevitable, la ruptura.
—Yo no sería nunca un capullo contigo, ¿por qué no dejas que fluyamos
y que sea lo que tenga que ser?
—Contéstame a una pregunta: ¿por qué lo dejaste con tu ex?
Me encogí de hombros.
—Quería estar con más de una persona a la vez, y yo no estaba
dispuesto a compartirla de un modo íntimo con alguien.
—Quisiste imponer tu criterio, no aceptaste abrir la relación y ella se
fue. —Su reflexión hizo que me apartara y me cruzara de brazos.
—¿Estás insinuando que fui un intransigente y que por eso me dejó?
—No, lo que digo es que llegasteis a ese punto de no retorno, de
escogeros a vosotros mismos, y es un patrón que tiende a repetirse, ¿para
qué complicarse? Es mejor asumirlo desde el principio. El amor puede
llegar a nosotros de modos muy distintos, no debe ser necesariamente
romántico y cuidado, que respeto a quien, a pesar de todo, opta por ese
camino.
—Entonces, ¿qué me estás diciendo?
—Pues que yo no soy el tipo de mujer que buscas, que para tener una
relación romántico-afectiva con otra persona tienes que estar dispuesto a
ceder, y yo no voy a realizar ni una sola concesión. Ya lo hice una vez y
casi me anulé. Lo único que puedo ofrecerte es sexo sin compromiso, y si
no es lo que buscas, tendrías que encapricharte de otra chica.
—Lo pillo.
Me di la vuelta para ir en busca de mi ropa.
—¿Te enfadas?
—No.
Me puse la camiseta de cuello vuelto y el jersey. Estaba molesto, no
porque no entendiera lo que quería decirme, sino porque, de un modo
inexplicable, Emma me gustaba mucho y hubiera querido tener la
oportunidad de gustarle del mismo modo.
—Oli…
—Estoy bien, en serio. —Lo siguiente fueron los calzoncillos y los
pantalones—. Es que, no sé, pensaba que quizá te apetecería conocerme
además de follar.
—Y te estoy conociendo —susurró, acercándose a mí—. ¿Sabes cuánto
hace que no repito con un hombre?, ¿que no me arriesgo así, subiendo a un
desconocido a mi apartamento? Si te propuse que vinieras aquí fue porque
pensé que podría funcionar, porque pienso que nos entendemos genial en la
cama y me apetece tener ese tipo de intimidad contigo. Eres un chico
especial, Oliver Miller, y me gustaría seguir jugando contigo
esporádicamente, si a ti te apetece.
Sus palabras escocían. ¿El motivo? Mi puta necesidad de arraigo
emocional. No era culpa de Emma, ella había ido de cara en todo momento,
era yo el que le estaba fallando, el que quería avanzar hacia una dirección
que ella ni siquiera contemplaba. Y lo peor de todo era que cuando Chloe se
enterara, me diría que eso ya me lo había advertido.
¡Si es que era un puto idiota!
«Serénate, Oliver», me sugerí.
Me puse los zapatos, me encajé la gorra, fui hasta ella y le di un beso en
la mejilla.
—Buenas noches, que descanses, disfruta del fin de semana.
Su sonrisa fue algo melancólica. No me exigió una respuesta a su
anterior sugerencia, hizo como si no la hubiera formulado nunca y me
siguió la conversación.
—Lo dudo, tengo mucho curro por delante; correcciones, preparar
clases, ya sabes, curro de profe.
—Ya, bueno, me marcho, que seguro que tienes hambre, lo he pasado
bien esta tarde.
—Yo también, cuídate, ¿vale?
Me acompañó hasta la puerta, y yo salí sin mirar atrás, porque si lo
hacía, era capaz de suplicar otra vez una oportunidad, y habría sido el
colmo del patetismo.
Capítulo 24
¿Hablamos?
Chloe
La peli de Harry Potter y la cámara secreta acababa de empezar cuando
el móvil me vibró. La primera vez lo ignoré, estaba demasiado a gusto para
abandonar mi posición.
Aike sugirió que, para que los dos pudiéramos verla bien, lo mejor sería
que apartáramos las mesillas y juntáramos las camas. Crear una especie de
king bed[7] me acaloró, sobre todo, cuando el brazo de mi compañero se
convirtió en una extensión del mío y su loción de afeitar acariciaba mis
fosas nasales. Nuestros muslos se rozaban sin pudor. El calor delicioso
junto a su aroma a limpio me daban ganas de acurrucarme contra él, poner
la cabeza en su pecho, pasar la pierna sobre las suyas y amodorrarme
mientras veía una de mis pelis predilectas.
—Oye, ¿no crees que deberías responder?
—¿Mmm?
—Tu móvil, no paran de llegarte mensajes.
Era cierto, al primer mensaje, lo secundaron dos más.
—Es que no quiero perderme la peli —respondí, en lugar de «no quiero
despegarme de ti», que era la versión que me rugía en las tripas.
—Tranqui, colega, la paro y listo, así vacío la vejiga de paso, que en
lugar de Coca-Cola parece que me haya bebido un diurético.
En cuanto se movió, y noté la pérdida de contacto, me cagué en quien
fuera que hubiera decidido interrumpirme, como fuese Erik preguntando
qué tal me iba, le clavaba un cuchillo para tallar calabazas en el gaznate.
Me sorprendió que fuera mi hermano.
Oli
¿Estás?
Chloe, tenemos que hablar.
Te espero en la lavandería.
Miré la pantalla y hacia la puerta del baño con fastidio, por mucho que
no quisiera moverme de la cama, dejar la peli a medias y olvidarme del
calorcito que emanaba Aike, necesitaba aclarar las cosas con Oliver.
A regañadientes, tecleé un «voy» como respuesta, libré al colchón de mi
peso y me acerqué a la puerta del baño para golpearla con suavidad.
—Oye, mi hermana necesita hablar conmigo ahora, no sé lo que tardaré.
Lo escuché tirar de la cadena y el agua del grifo correr.
—Tranquilo, he visto la peli mogollón de veces, aprovecharé para leer
un rato, si cuando subas me he quedado frito, ya la seguiremos viendo en
otro momento.
Iba a responder cuando la puerta se abrió. Volvíamos a estar muy cerca,
solo que esa vez de frente. Aike me sacaba una cabeza sin los tacones, por
lo que tuve que levantar la barbilla para mirarlo a la cara. Los ojos parecían
más azules, las pecas resaltaban como nunca sobre su recta nariz y la
boca… Joder, ¡qué boca!
«¡Mierda! No puedo seguir mirándolo así».
—Deberías echarte cacao, tienes los labios resecos y a las tías no les
mola enrollarse contipos con grietas. —Me separé abruptamente mientras
él se pasaba las yemas por la boca.
—Lo tendré en cuenta.
—Vale, bueno, yo voy saliendo… —carraspeé.
Bajé lo más rápido que pude intentando no pensar en lo mosqueada que
estaba por tener que dejarlo ahí, solo, para enfrentarme a una conversación
que pintaba peliaguda.
Cuando abrí la puerta de la lavandería, lo que menos me esperaba era
encontrarme a mi mellizo sentado encima de una de las mesas para doblar
la ropa. Su cara proclamaba a gritos «destrozado». Mis ganas de guerra se
aplacaron de inmediato y fueron sustituidas por preocupación genuina.
Conocía demasiado bien esa expresión de derrota.
—¿Oli? —Vestía una sudadera y pantalón ancho, la peluca que usaba
cuando era yo estaba recogida en una cola baja coronada por su gorra de
béisbol favorita.
Me miró de soslayo y volvió a enfocar los ojos en una de las baldosas,
tenía los hombros hundidos y la espalda algo encorvada.
—Tenías razón. ¿Era lo que querías oír? Pues la tenías, ya puedes
regodearte y decirme todo lo que piensas sin tapujos, sé que lo estás
deseando.
Abrí la boca y la cerré un par de veces. No quería hacerlo sentir peor, al
contrario, aunque tuviera razón, no me gustaba ver así a mi hermano,
preferiría haberme equivocado y que me hubiera tenido que tragar mis
palabras antes de que estuviera de nuevo de esa manera.
Apreté con fuerza los labios, anduve hasta él, me coloqué entre sus
piernas y lo abracé. No se resistió, dejó que mis brazos lo envolvieran y
apoyó la barbilla en lo alto de mi cabeza mientras yo acariciaba su espalda
de un modo reconfortante, o eso esperaba.
—¿Por qué siempre me tiene que salir mal? —exhaló.
—¿Quieres contarme lo que ha pasado? —pregunté contenida. Lo que
menos necesitaba mi hermano eran reproches.
—¿Para que puedas decirme «ya te lo advertí»?
—Para que pueda consolarte como es debido. Todos tenemos derecho a
tirarnos por un barranco por mucho que los demás nos adviertan que nos
vamos a matar.
—Una forma muy sutil para decirme «te lo advertí», tranquila, lo
merezco.
—No lo he dicho, y te prometo que, por esta vez, sin que sirva de
precedente, me gustaría haberme equivocado. Yo quiero que seas feliz, Oli,
te quiero y me preocupo por ti, aunque a veces pueda ser un poco gilipollas;
si no, no sería yo. Anda, échate a un lado y me cuentas.
Oliver se hizo a un lado y lo vomitó todo. Cómo intuyó que Emma
podía estar dando clases en nuestra misma facultad, que al comprobar que
su intuición era buena, se hizo oyente de sus clases. El increíble polvo en el
Paraninfo, su salida de tono en la clase de esa misma tarde y el posterior
encuentro sexual en casa de la profesora Rossi, quien le puso los puntos
sobre las íes y dejó claro lo que esperaba de Oliver, así como su visión
personal de lo que quería para su vida.
Sí, vale, reconozco que el «te lo dije» estuvo zumbándome todo el
tiempo en el cerebro, pero es que yo lo veía tan claro que me jodía que Oli
no. Conseguí mantenerme callada, morderme la lengua y no morir con mi
propio veneno, todo un hito para mí.
—Me gusta. Mucho —puntualizó, fijando sus ojos a los míos.
—Te comprendo, aun así, tienes que respetar que ella no quiera una
relación estable, fue franca contigo desde el principio, y tanto tu posición
como la suya son legítimas. Tienes que comprenderla, yo lo hago.
—¡Porque en ese aspecto sois iguales! Y yo pensaba que podía hacer a
un lado mi carácter emocional y, por una vez, dejar al margen mi necesidad
de entablar una relación con la persona con la que me acuesto. ¡No tendría
que ser tan difícil! ¡Todos lo hacéis!
—Pero tú no. No es malo, Oli, a ti el corazón te puede, y rápido
estableces vínculos con la gente, el único inconveniente es que la profesora
Rossi no busca afianzar una relación.
—Me he convertido en un puto acosador, creo que voy a tener que ir a
terapia, he ido a la mayoría de sus clases, la he stalkeado en redes sociales y
me parece que me sé hasta su listado de alergias. —Alcé las cejas—. Lo
puso en un post y creí que podría llegar a ser importante si quedábamos. Me
parece que me he pasado de la raya.
—Bueno, yo tampoco es que esté emocionalmente muy equilibrada.
—¿A quién has matado?
—A nadie, no va por ahí la cosa. —Oliver bufó.
—Vale que tu psique es un tanto compleja y te da por organizar locuras
como esta —nos señaló, refiriéndose al intercambio—, pero
emocionalmente estás más cuerda y no necesitas amor de pareja, igual que
Emma, la mujer de hoy en día está empezando a dejar de creer en el amor.
Tenía que ser justa. Oli se abrió conmigo, y yo no podía ocultarle lo de
Aike.
—Te equivocas.
—¿Me equivoco?
—Puede que yo también haya caído en la trampa y mi compañero de
cuarto me esté interesando más de lo que debería, bueno, no es un interés en
plan tú y yo para toda la vida, pero algo hay.
—¿Te gusta Aike? —Los ojos se le iluminaron y perdió un poco de su
matiz opaco.
—A ver, gustar gustar… Somos muy distintos, aunque tengamos
algunas cosas en común, como la piscina, la comida, la música o Harry
Potter, pero no es un tío en el que de buenas a primeras me hubiera fijado.
No comprendo muy bien los motivos por los que me acaloro cuando
estamos cerca, porque encima estoy ayudándolo a conquistar a otra chica.
Yo lo achaco a mi sentido de la competitividad, más que a un sentimiento
profundo.
—¿Piensas que lo que te despierta tu compañero de cuarto es tu
aguzado sentido de quedar siempre la primera?
—Algo así.
—Ay, Chloe, pues yo creo que te pone cachonda y que te saca de tu
zona de confort, ¿y sabes qué?
—¿Qué?
—Que me alegro, porque mereces vivir una historia de amor. —Su
respuesta me hizo rodar los ojos.
—Puede que de un modo extraño y retorcido me atraiga, pero no es
amor, admito que me gusta un poquitín, pero igual si me lo tirara, dejaría de
verlo así.
—¡¿Qué narices os está pasando a las mujeres?! Sexo, sexo, solo sexo,
hay que huir de las ataduras, abajo el amor, arriba las mujeres autónomas e
independientes. ¿Por qué no pueden coexistir ambas cosas? Yo no busco
someter a mi pareja ni colocarle un yugo. A este ritmo, ¡nos extinguiremos!
—O crearemos úteros artificiales… ¿Piensas que podría sugerírselo a
papá como idea para los laboratorios?
Él se me quedó mirando callado por unos instantes, estaba cavilando,
conocía esa expresión de se me está ocurriendo algo.
—Pues mira, ahora que lo dices, ¡tu proyecto podría ir en torno a eso!
«La abolición de las conexiones emocionales en las relaciones de pareja da
como fruto la creación de úteros artificiales para la no extinción de la
especie». Es algo impactante, muy en tu línea y centrado en una realidad
bastante futurible. Al ritmo que vamos, podría resultar de lo más creíble, y
ya sabes que el trabajo a presentar para la plaza de becario no tiene por qué
basarse en algo existente. Quizá ahí sí que puedas volcar tu alma.
No era una mala idea, desde luego que impactar impactaría, y podía
defenderlo más que bien.
Oliver dio un salto y se bajó de la lavadora.
—¿Adónde vas?
—Me apetece beber. ¿Te hace una ronda de Jäger?
—Ufff, estaba viendo una maratón de Harry Potter con Aike…
—Muy bien, lo pillo, no quiero interrumpir, quizá Eli se anime.
—De eso nada, si mi hermano me necesita para beber, se bebe.
—¿Estás segura?
—Por supuesto, tú siempre serás más importante que cualquier
compañero de habitación, por bueno que esté. ¡Vamos a por ese Jäger!
Capítulo 25
Los años de Lula
Chloe
Abrí un ojo, y el cerebro me estalló. Menuda cogorza que me pillé
anoche.
Subí a la habitación de Oli porque él tenía custodiada la botella de
Jäger, Eli decidió apuntarse a la ronda de chupitos mientras jugábamos a
uno de esos jueguecitos absurdos de preguntas para ponernos ciegos.
Cuando ya llevábamos media botella, recuerdo que Eli dijo algo como
que nunca se había besado con una tía, y la cosa era que si lo habías
hecho, debíamos beber, teníamos la mente tan embotada que tanto mi
hermano como yo bebimos. A ella le entró la risa floja y, no me preguntes
cómo, pero terminó agarrando a Oli, caracterizado de mí, paraplantarle
un pico largo para desvirgarse.
Cuando se despegaron, dije que yo ya había tenido suficiente… Mi
hermano cayó redondo en la cama, Eli formó un puchero con los labios, me
acompañó a la puerta y dijo que quería un beso de buenas noches de mi
parte.
Sin que pudiera oponerme, se me colgó al cuello y me morreó echando
mano al calcetín que llevaba puesto, menos mal que era de esos gordos y
tenía cierta consistencia, o el pobre Oli habría quedado francamente mal.
—¿Seguro que te quieres ir? —preguntó, apartándose visiblemente
ebria.
—Sí, preciosa, necesito tumbarme…
—Puedes hacerlo en mi cama —sugirió, pegándose a mi cuerpo.
—Será mejor que no lo haga. —Había llegado el momento de dejar de
hacer la idiota con ella. No quería herirla. Intenté ordenar las ideas y decir
algo con coherencia aunque farfullara—. Eli, me gusta alguien y tenemos
algo más que besos, no puedo intentar nada contigo pensando en otra. ¿Lo
entiendes? —Supuse que Oliver le diría algo por el estilo, esperaba que
bastara la versión reducida porque no estaba como para la extendida.
Ella suspiró.
—En el fondo, lo sabía, gracias por ser sincero y no rechazar mi beso.
—Besas de puta madre —comenté pastosa—. Sin lugar a dudas, de los
mejores que me han dado, no eres nada babosa. —Ella rio. Por lo menos,
no me metió la lengua.
—¿Podrás llegar solo, o llamo a Aike? —Mi hermano estaba tumbado
bocabajo en el colchón y ya no daba señales de vida.
—Podré, nos vemos mañana, bom-bón.
Caminé dando tumbos hasta el cuarto, y lo último que recuerdo es que
caí como una piedra y me acurruqué contra Aike, quien no había separado
las camas y estaba muy calentito.
Emití un sonido doloroso cuando el rayo de sol me alcanzó en el ojo.
—Buenos días, dormilón. Tu hermana y tú os debísteis pegar una buena
juerga… —Agarré el cojín y me tapé la cara con él—. Oye, ¿tienes idea de
por qué el cajón de mi mesilla está chorreando?
«¿Chorreando?».
Hice un esfuerzo titánico por pensar. Metimos su mesilla en el baño
porque nos pillaba cerca. La imagen acudió a mí como una descarga cuando
me di cuenta del motivo por el que podría estar mojada.
Recuerdo haberme despertado de madrugada porque me estaba
haciendo pis, el cajón se quedó abierto y a ninguno de los dos nos dio por
cerrarlo con las prisas de ver la peli…
Mierda, seguro que, con la cogorza, ¡me confundí! Que yo a veces meo
a pulso.
Aike entró en la habitación olisqueando algo mientras me quitaba el
cojín del rostro.
—Mis calcetines huelen como a… ¿pis?
¡Quería morirme!
—¡Mierda! Aike, lo siento, ¡te juro que te los lavaré!
—¿Te measte en mi mesilla de noche, puto cabrón? —Arrojó los
calcetines contra el suelo del baño y entró de nuevo para lavarse las manos.
—Lo siento, yo… Te haré la colada durante un mes, te compraré
calzoncillos y calcetines nuevos…
—¡Más te vale! —exclamó—. ¡Y quiero tu mesilla! ¡Tú la meas, tú te la
quedas!
Volví a caer abochornada contra el colchón.
—Descuida.
—Me voy, tengo partido con los del waterpolo y después iremos a
comer.
—¿Vendrás al cine?
—No me lo perdería por nada. Mándame, cuando lo sepas, dónde
vamos a ver la peli y a qué hora quedamos. —Alcé el pulgar sin renunciar a
mi escondite almohadil, sentía tanta vergüenza que era incapaz de mirarle
—. Si necesitas ibuprofeno, hay en el botiquín del baño, que te sea leve.
—Y a ti que te vaya bien el partido.
La puerta se cerró y quedé libre de bochorno.
En cuanto pude moverme, arrastré los pies en busca de las pastillas, me
amorré al grifo del baño y tragué con los ojos de Slitheryn puestos en los
míos.
—Ya podrías haberme avisado de que estaba meando fuera del váter.
Ella me sacó la lengua ofendida y se enroscó.
—Eso, encima, oféndete.
Me di una buena ducha, larga, caliente, y me cambié de ropa. El paso
siguiente fue ir a buscar a Eli y a mi hermano para desayunar. Me quedaba
el consuelo de que estaban más o menos igual que yo.
Un par de tostadas y dos cafés dobles después, nos encontramos algo
mejor. Me pasé el resto del día limpiando, comprando calzoncillos y
calcetines nuevos para Aike y pillando algo de comida en un local de platos
precocinados para comer con Eli y Oli.
«Nota mental: el Jäger, cuanto más lejos, mejor».
A las seis estábamos en la sala IMAX de Cinesa Diagonal Mar, Eli se
enrolló un huevo, nos invitó a todos y compró las entradas para la sala con
butacas reclinables, pantalla con proyección láser y sonido envolvente.
No teníamos ni idea de qué peli íbamos a ver, solo que era en 3D y,
según ella, se trataba de una adaptación que fue un taquillazo en su
momento.
Yo ya estaba preparada para ver cualquier bodrio en blanco y negro,
que, a ver, no es por desmerecer, pero es que a mí el cine clásico no me
gustaba nada, era más de fantasía, superhéroes y pelis de acción.
—Si nos agobiamos, ¿sigue en pie lo de poder cambiar de peli? —me
preguntó Aike frente a la tienda de palomitas.
Estaba muy guapo, esa tarde llevaba un jersey de cuello vuelto azul
marino y unos vaqueros rotos que le sentaban como un guante.
—Sí, por supuesto. Oye, perdona por lo de esta noche. Te juro que lo he
desinfectado todo a fondo, te he comprado todo y mi mesilla es tuya.
Él me ofreció una sonrisa conciliadora.
—Tranqui, colega, son cosas que pasan. ¿Te importa si compartimos las
palomitas? He comido muchísimo con los del equipo y dudo que pueda con
un bol entero.
—Sin problema. ¿Le preguntaste a Gloria si quería venir?
—No, me gusta separar las cosas, además, ya te dije que lo nuestro iba
lento.
—¿Has intentado besarla? —pregunté con la boca pequeña.
—¡No!
—¿Por qué no?
—Bueno, pues porque no se ha dado…
—Pero ¿tú querías?
—Sí, bueno, ya sabes, me gusta.
—Entonces deberías lanzarte.
«Pero ¡¿qué narices dices, Chloe?! ¡Tú no quieres que la bese!».
«Pues igual sí que quiero, porque si lo hace, se dará cuenta de que no le
gusta…, y que necesita comparar».
«¡Genial, ahora hablo conmigo misma haciendo oposición!».
—Yo no soy tan pro como tú, la mayor parte de besos que he recibido
han sido porque ellas me los han dado.
«Eso sí que me lo creía».
—Entonces seguro que estás oxidado, y cuando vayas a besarla, igual
no lo haces bien. El primer beso es fundamental.
—Perfecto, tú ponme más nervioso.
—Lo que intento es buscar soluciones, ya se me ocurrirá algo…
Aike pidió nuestro bol de palomitas compartido y los refrescos.
Con las provisiones en las manos, ocupamos los asientos.
Vi que Aike observaba nervioso a Oli-Chloe, que estaba especialmente
atractiva, y se me iluminó la bombilla.
—¿Qué te parecería practicar con Chloe? —musité suavecito para que
solo él me oyera.
—¿Tu hermana? ¿Me estás ofreciendo a tu melliza para que nos
enrollemos? ¿No crees que ella y su chico tendrán algo que decir? Yo es
que alucino.
—Los conozco, a ver, no lo haría si no estuviera seguro de que
aceptaría. Erik es nuestro mejor amigo desde pequeños, no es nada celoso, y
tú eres una buena causa.
—Joder, Oliver, eso sería muy raro. —Me gustó que no fuera un no
rotundo y que estuviera planteándoselo.
—Pero ¿te importaría besarla?
Tiró del cuello del jersey nervioso y se lo llevó a la boca.
—Em, no lo sé, yo… ¡Me gusta Gloria!
Mi gozo en un pozo.
—Lo sé, pero… ¿no te parece guapa? Es decir, si tuvieras que hacer
unas prácticas, ¿te importaría que fueran con ella?
Aike se estaba sonrojando un poco.
—Mira, sé que estás haciendo esto de buena voluntad, pero no se trata
de que tu hermana me resulte atractiva, tendría que estar ciego para que no
me lo pareciera, es que todo esto es muy raro. ¿Podemos dejar el tema?
Sacó el móvil y, como la mayor parte de la sala, se puso a responder
unos wasaps, tampoco es que pudiera forzarlo.
Erik me miró y me guiñó un ojo, el muy capullo no dejaba de rozarle el
muslo a Oli mientras le ofrecía pequeños gestos de afecto en el cuello. Mi
hermano se debatía entre vaciarle el cubo de las palomitas en la cabeza o
arrearle un pisotón, eso sí, con disimulo.
Yo me partía por dentro.
Las luces se apagaron y dieron paso a los anuncios, cuando íbamos por
el último, mi compañero se dirigió aEli.
—¿Cómo se titula la peli?
—Mmm, era algo de los años de Lula, o algo así… Tengo memoria de
pez para los títulos, la ponían muy bien, decían que en su época fue de las
más taquilleras.
—¿Y de qué va? —cuestioné, sumándome a la conversación.
—Odio los spoiler, así que ni idea, me dejé llevar por la crítica, que la
tildaba de emocional, irreverente, ganadora de no sé qué festival y la mejor
película del año. El cartel era todo negro y las letras blancas. ¿Os dice algo?
—Como sea cine mudo, yo me largo —resoplé, encajándome en el
asiento. Aike se acercó a mi oído.
—He oído a los de la fila de delante decir que en la sala de al lado
daban la última de Marvel.
—No me tientes que nos cambiamos pero ya. Ojalá le gustaran a Eli los
superhéroes en lugar de las pelis con buenas críticas.
—Te estoy oyendo, Oliver Miller —protestó ella.
Alguien de la fila de atrás chistó porque empezaban a salir los primeros
créditos.
En lugar de empezar directamente, sonaba una música muy sugerente y
los nombres de los actores mientras sobre…
«¿Eso son cuerpos desnudos?».
—¡Desde luego que esto no es la última de Marvel! —se rio Aike.
—Eli, ya veo que tu eres de las mías. ¡Viva Élite! —gritó Erik lo
suficientemente fuerte como para que lo escuchara yo y toda la fila.
—¿Eso ha sido una mamada? —Aike lo había murmurado tan cerca de
mi cuello que me ericé al completo. Lo había sido, una corta y muy
explícita. Giré el rostro y contemplé a Eli, que se agarraba con fuerza a los
reposabrazos—. Y eso que solo vamos por las letras…
El título emergió frente a nosotros, no se llamaba los años de Lula, sino
Las edades de Lulú. Saqué el móvil, hice una captura con Google, le di a
búsqueda por imágenes y… ¡Tachán! De peli antigua nada, y muda, menos,
aunque con la polla en la boca, poco iba a hablar la muchacha.
Fijé los ojos en la información que me devolvía el móvil.
Adaptación de la mítica película de Bigas Luna (1990), basada en la
novela erótica de Almudena Grandes.
Con lo mala que me ponía Aike, como para aguantar noventa minutos
sentada a su lado viendo una porno.
—Acción sí que vamos a tener, sí, y corridas y disparos. En lugar de ser
de las más taquilleras, debió de ser de las más pajilleras —se carcajeó mi
compañero, que tenía la vista puesta en mi móvil. Noté cómo me trepaba el
calor por el cuello—. Si salgo corriendo, no es para ir a ver la peli de al
lado, así que no me sigas —se partió ladino.
«¡Mierda! Ahora iba a imaginármelo haciéndose una paja».
Yo también sentí la necesidad de agarrarme con fuerza al asiento en
cuanto la primera escena erótica tuvo lugar. Sobre todo, porque no podía
dejar de oler a mi compañero de butaca, de notar el roce de su rodilla contra
la mía y de cómo se alegraba su bandera de la elección de la película.
Los fuertes jadeos se vieron interrumpidos por el sorber de una pajita
que indicaba que alguien a mi lado había tocado fondo y no quedaba más
bebida.
Le arrebaté el vaso a Eli desesperada por calmar el sofocón que llevaba
encima.
—Ahora vuelvo, que no quiero que te deshidrates.
Capítulo 26
¿Clases particulares?
Aike
Siempre me costó muchísimo abrirme a los demás.
Esa tara que muchos llaman timidez y otros resguardarse bajo una
coraza por miedo al sufrimiento.
Sigo sin saber qué es lo que determina que mi hermano haga amigos por
todas partes, como en ese anuncio antiguo de los donetes, y yo necesite la
fábrica entera, y, aun así, me cueste. Y si ya hablamos de chicas, la cosa se
pone cuesta arriba. Muy cuesta arriba. No porque me considere feo ni nada
de eso, sino porque la vida se encargó de demostrarme, en mi adolescencia,
que mi carácter algo huraño y serio no era lo que más codiciaban las chicas
del colegio.
Todos me decían que eso cambiaría, que, en algún momento, una chica
vería mis virtudes y se enamoraría de mí, como terminó ocurriendo cuando
Ainhoa, mi amor platónico desde que puse un pie en el instituto, se fijó en
mí.
Fue con doce años, me la crucé por los pasillos y ella me sonrió, con
aquella falda rosa, su cola alta y un gran lazo blanco recogiéndola. Se
convirtió en mis sueños de adolescencia, en mi primer amor, mi primer
beso, mi primera paja y quise que fuera mi primera vez, a la mujer a quien
le daría el «sí, quiero» y con la que formaría una familia.
Sueños estúpidos de crío que nunca se cumplirían, eso pensaba hasta
que a los dieciséis ella pareció interesarse en mí y me pidió salir. Duramos
un mes.
—Eres guapo, pero no lo suficientemente divertido, mis amigos se
aburren muchísimo contigo. Dicen que eres un sieso y un soso. Lo siento,
pero hemos terminado.
—Puedo cambiar… —sugerí desesperado, viendo cómo mi futuro y mi
corazón se me escurrían de las manos.
Ella era todo lo que un chico podría desear; guapa, rubia, la más
codiciada de la clase y «el premio gordo», según mi amigo Jaime que,
como yo, seguía sin comprender lo que esa chica había podido ver en mí
cuando el año anterior salía con un chico dos años mayor que nosotros y
ultradeportista.
Todo se iba a ir al traste por mi mierda de carácter, necesitaba cambiar
por ella y ser más como mi hermano, podía hacerlo, me apuntaría al
gimnasio, sería el alma de toda fiesta, todo por la mujer de mi vida.
Ella se negó.
—No funcionaría, no es nada personal, es que tú y yo no pegamos, solo
quería saber qué se siente saliendo con el más listo de la clase y que me
ayudaras con los exámenes finales. Tú y yo no somos compatibles, además,
besas fatal.
Ahí estaba el golpe de gracia. ¡Si solo nos habíamos dado un beso y
apenas hubo lengua!
Quizá eso me minó, sobre todo, teniendo en cuenta que ocurrió en el
instituto, cuando yo tenía dieciséis y todavía nos quedaban dos años por
delante con los mismos compañeros de clase. Las burlas y cuchicheos se
clavaban a cada paso que daba por los pasillos, dos semanas estuve en
boca de todo el mundo, y eso es lo peor que le puede pasar a alguien
tímido.
—Pasa de ellos —me dijo Jaime. Yo era incapaz.
Por suerte, el curso terminaba y esperaba que el verano fuera lo
suficientemente intenso para todo el mundo como para que se olvidaran de
mí.
Así fue. Jaime me insistió para que en lugar de nadar, que era lo que
siempre hacía, me apuntara a su equipo de waterpolo. Tenía mucha
resistencia en el agua y se me daba sorprendentemente bien, así que pasé
julio y agosto metido en cloro.
En el penúltimo año de bachillerato, me centré en los estudios y el
waterpolo. Jaime lo dejó, pero yo seguí, había encontrado un espacio en el
que me sentía cómodo y los chicos me aceptaron porque se me daba bien.
Llegó el último curso, mi espalda casi doblaba entonces su tamaño, y
Ainhoa volvió a interesarse en mí. Ocurrió en el último trimestre.
Ya sé lo que piensas, que debería haberme dado cuenta, que no tuve que
caer en sus redes después de lo que me pasó dos años antes, pero ella me
esperó al final de clase, me rogó que tomáramos algo juntos, que quería
hablar conmigo, y yo, que en el fondo nunca la olvidé, acepté.
Me dijo que había madurado, que yo estaba muy distinto —lo achaqué
a que ahora estaba en mejor forma y me relacionaba un poco más gracias
al deporte—. Se disculpó con los ojos humedecidos en lágrimas, me
comentó que se había cansado de los divertidos, que sus amigos no tenían
ni idea de lo que necesitaba, que se dejó influenciar y que yo era lo que
siempre había querido, por mucho que los demás creyeran lo contrario, que
la perdonara, y que si lo deseaba, podríamos intentarlo de nuevo.
Sucumbí, porque a los diecisiete era un capullo integral y porque
Ainhoa no me había hecho el suficiente daño como para dejar de ser mi
amor platónico.
Salimos, estudiamos y, en el baile de fin de curso, cuando se suponía
que iba a ser nuestra gran noche, la pillé follando con Jaime en uno de los
baños.
¡Con mi puto mejor amigo! Vale, después me enteré de que no era tal.
Que llevaban juntos desde Semana Santa, y que mi «supuesto mejor amigo»
fue el que urdió el plan para que Ainhoa aprobara el curso y pudiera entrar
en la escuela de Artes Escénicas, porque no lo hubieraconseguido sin mi
ayuda, igual que a él.
Me hundí, ya lo creo que lo hice. Pasé el peor verano de mi vida, y por
mucho que mi padre o mi hermano intentaban animarme, no lo conseguían.
Pese a eso, follé por primera vez, fue con una del gimnasio, no fue
especial, ni maravilloso, pero me estrené.
Estaba buena, me pilló solo y fue algo así como un…
—¿Follamos?
No debió gustarle mucho, no la culpo, no duré demasiado, era un
niñato inexperto con el corazón roto. Creo que no se corrió. No la volví a
ver.
Decidí que ya que era nefasto con las mujeres, lo mejor era centrarme
en la carrera y el deporte, y eso fue lo que hice.
Hubo alguna otra chica, pero nada destacable. Mis ojos se quedaron
prendados de Gloria cuando la vi, porque se daba un aire a Ainhoa, aunque
no tenían nada que ver, mi compañera de carrera, además de guapa, era
lista, buena persona y no me necesitaba para sacarse el curso.
Seguramente, no habría intentado nada con ella, de hecho, no lo habría
hecho si un tío con acento australiano y fan de Harry Potter no hubiera
entrado en mi vida hacía unas semanas.
Oliver Miller lo hizo tropezando con mi serpiente y cayendo
directamente en mi cama, era un chico peculiar, algo extraño, de humor
ácido y sospechosamente atento.
A mí me daba en la nariz que era gay y todavía seguía encerrado en el
armario, aunque me importaba poco, sus consejos con Gloria habían
funcionado y, por primera vez en mucho tiempo, me apetecía tener un buen
amigo de nuevo.
Los chicos del equipo de waterpolo, o del box, eran más conocidos que
amigos, no había dejado entrar a nadie en mi vida después de Jaime, y quizá
era hora de dar un voto de confianza a alguien.
Oliver me divertía. Tenía unas ocurrencias de lo más inverosímiles,
como su proposición de hacía unos instantes de que me liara con su
hermana. ¿Alguien podría llegar a sugerir algo así? Lo dudaba, ¿qué tío
quiere que te enrolles con alguien de su familia? Es una de las cosas que
nunca se hacen y, sin embargo, cada vez que Chloe Miller entraba en mi
campo de visión, no podía dejar de mirarla.
Esa chica era jodidamente…, ufff, de las que te ponen nervioso y
provocan que untes el pan en vinagre en lugar de aceite.
Era extraño porque tenía novio, yo nunca me metería en medio de una
pareja, tenía ciertos principios que no quería quebrantar. Sin embargo, no
podía evitar que mi cuerpo se pusiera en guardia desde que la vi por la
calle, por no hablar de su aparición estelar en biquini y rodeada de vapor.
Con el malentendido de la bandera, tuve miedo de perforarle un ojo con
el hormigueo que empezaba a causar furor en el interior de mi bañador, así
que me largué en cuanto noté que la cosa empezaba a ponerse demasiado
firme, y ahora, con la sugerencia de Oli, con ella sentada a mi lado y la
maldita peli que estábamos viendo, la situación se volvía peliaguda. Dudaba
que pudiera levantarme del asiento como acababa de hacer mi amigo y que
no se notara cómo me estaba poniendo. Porque al tenerla tan cerca, no era a
Gloria a quien imaginaba compartiendo escena conmigo.
La hermana de mi compañero miró hacia el lugar por el que desaparecía
Oli con el vaso de refresco vacío de Eli, le dijo algo a su chico en el oído, y
se fue en pos de él.
Erik me dedicó una mirada sonriente cuando el trasero de su chica se
paseó frente a mis narices, y yo fui incapaz de evitar el contacto visual con
este. Juro que me agarré a la silla y traté de pensar en cosas desagradables
para que mi estado palote no fuera a mayores.
Erik se cambió de asiento ocupando el de ella y susurró en mi oído.
—Esta peli es de las buenas, ya veo que a ti también te está gustando…
—Sus ojos miraban directamente mi entrepierna—. Menudo polvazo que
tienen algunos… —comentó, haciendo referencia a los actores.
Yo me limité a sonreír forzado e intenté disimular mi erección con las
manos. Me sentía como un capullo hablando con aquel chico al que
encontré en una actitud un tanto extraña con mi compañero de cuarto.
El día del bar supe que me la habían querido colar, pero a mí no me la
daban, esos dos no estaban rezando. Estaba convencido de que entre ellos
había algo. Tal vez Oliver estaba enamorado de su cuñado, incluso podrían
llegar a estar liados. ¿No había dicho Oli que Erik y Chloe eran una pareja
abierta? Además, él mismo comentó que era muy fan de Élite. Yo había
visto alguna que otra temporada, y en esa serie todos se liaban con todos.
Le había estado dando muchas vueltas y la idea había hecho mella en mi
cabeza. ¿Sabría Chloe que entre su mellizo y su chico podría estar
fraguándose algo?
Erik no dejó de hacer comentarios algo subidos de tono mientras yo me
removía incómodo. Cuando Chloe regresó con Oli, me sentí aliviado, hasta
que Erik murmuró en mi oreja antes de regresar a su asiento:
—No me digas que Chloe no le pegaría mucho más a la peli que la
prota, fíjate bien en ella, sería el sueño erótico de cualquier tío, más de uno
volvería para verla solo a ella.
«No la mires, no la mires, no la… ¡Mierda!».
Mis ojos se encontraron con los suyos y mi garganta se secó, ella se
lamió los labios y avanzó para alcanzar su asiento. La imagen de mi boca
sobre la suya atacó a mi imaginación con tanta fuerza que casi me hizo salir
disparado hacia el techo, como un puto dibujo animado, cuando ella tropezó
con uno de mis pies y cayó en mi regazo. Agarré por inercia su diminuta
cintura, y su culo se clavó en toda mi dureza.
Juro que gruñí. Noté cómo el aire abandonaba sus pulmones y yo me
quedaba lívido ante el encontronazo, por mucha ropa que lleváramos.
Erik ya estaba en su butaca mientras su chica yacía en mis piernas. El
pulso se me aceleró, mi respiración se hizo errática cuando, en lugar de
ponerse en pie de inmediato, se dejó caer un poco hacia atrás, contra mi
pecho.
Giró la cara para que nuestras miradas se encontraran y emitió un
«disculpa» con la sonrisa ladeada.
—No-no pasa nada.
¿Que no pasaba nada? ¡Por todos los infiernos! Tenía a esa chica capaz
de alterarme hasta el infinito sentada encima de mi entrepierna. Si tuviera
que evaluar mi estado, sería mástil.
Si lo estaba notando, no dio muestras de ello, lo cual agradecí. Puede
que pensara que se debía a la peli y no a haber estado imaginando que cada
escena estaba siendo protagonizada por ella y por mí.
—Espero no haberme perdido mucho —susurró con el cálido aliento
golpeando mi cuello. No quería ni mirarla.
—No-no, el argumento es bastante simple, ya sabes, llevan un rato
haciendo lo mismo…
—¿Te refieres a besarse e intimar? —Asentí—. Pues, entonces, me
encantaría que me hicieras un resumen… —¿De verdad acababa de decirme
eso con su chico al lado y este ni se inmutaba de que la tuviera pegada al
cuello?—. Por cierto, Oli y yo hemos estado hablando y quiero decirte que,
si te apetece, me encantaría ayudarte con las prácticas, así que, si te decides,
avísame, nadie tiene por qué enterarse, soy muy buena guardando secretos.
Su mano rozó la mía, y esa vez fui yo el que necesitó salir de la sala
estrepitosamente a por más refresco.
Capítulo 27
Mujer invisible
Oliver
Nos habíamos intercambiado.
Cuando vi salir a mi hermana, sabía que pasaba algo, así que la seguí
fuera de la sala hasta el puesto de palomitas.
Podía palpar el nerviosismo en cada poro de su piel.
Le pregunté qué le ocurría, y me dijo que necesitaba ser ella por una
noche con Aike para comprender qué le pasaba con él.
Intenté advertirle, decirle que el juego era temerario, que cuantas más
veces fuéramos nosotros mismos estando con ellos, más peligroso se
volvería todo.
—Pues bien que tú te has pasado toda la semana siendo Oliver con
Emma —me achacó.
Y era cierto, yo fui el primero que nos puso en peligro.
—Solo esta noche, por favor… —fue su súplica. Acepté, ella me puso al
día de lo que le había sugerido a su compañero de cuarto para que no
metiera la pata.
Chloe estaba de mierda hasta el cuello, y lo peor de todo era que no
quería darse cuenta de ello. Ese chico le gustaba tanto o más que mi
profesora a mí, aunque quisiera obviarlo y camuflarlo bajo unmanto
invisible de atracción fatal —todos sabemos lo mal que terminó esa peli—.
Volvimos a la sala siendo nosotros mismos, yo era yo y ella era ella,
como no tardó en demostrar cuando «tropezó» sobre la entrepierna del
pobre Aike. Pobrecillo, estaba de lo más jodido si pensaba que podría
escapar del acoso y derribo de mi hermana.
Cuando terminó la peli, nadie tenía intención de volver a casa, fuimos a
cenar, y cuando íbamos por el postre, el cabronazo de Erik sugirió ir al
Fantasma de Venecia.
Desde que Chloe y yo le habíamos hablado de aquel sitio, se moría por
ir, sobre todo, porque quería subirse en una de las góndolas.
Eli tardó cero coma en decir que se apuntaba.
—¿Y tú? —quiso saber Chloe, mirando con fijeza a Aike, mientras
trazaba el contorno de su copa con el dedo.
—No soy muy de salir de fiesta…
—Si es por Gloria, puedes llamarla —lo desafió, mordiéndose el labio
inferior. Los ojos azules se posaron en aquel pellizco de carne y lo vi erguir
la espalda.
—No es eso.
—Pues, entonces, te vienes, ¿no? —palmeé su hombro.
—Vamos, Aike, todos necesitamos desfogar un poco después de que Eli
nos llevara a contemplar sus fantasías más perversas… —bromeó Erik.
—Ey, ¡que yo no tenía ni idea de qué iba la peli y ahí no salían ni
mucho menos mis fantasías!
—Ilústranos —la pinchó mi amigo.
—¡Ja! ¡Ya te gustaría! Con el permiso de tu chica, claro… —La morena
pasó los ojos un pelín atribulada por el rostro de mi hermana.
—Erik no necesita mi permiso para nada, somos dos almas libres que
están voluntariamente juntas —apostilló mi melliza, dejándolo claro por si a
alguien le quedaba alguna duda.
—Exacto, mi pequeña cortesana de la depravación, no tienes que temer
por tus preferencias o tus palabras —jugueteó Erik, tomando un rizo oscuro
para enredarlo en uno de sus dedos. No era de los suyos, sino de Eli, quien
tenía las mejillas encendidas—. Me ha encantado tu elección, mucho más
que si hubiéramos ido a ver esa de superhéroes… ¡Qué pereza!
—¡¿Qué te da pereza de los superhéroes?! —preguntó mi hermana.
—¡Pues que nos mienten! ¡Es imposible que exista un tío que se quite
las gafas, entre a una cabina telefónica, se ponga los calzoncillos por
encima de las mallas y… tachán, nadie lo reconoce! Además, que si tú
vuelas a la velocidad de la luz, deberías terminar con un montón de bichos
aplastados contra la cara y a Superman ni siquiera se le mueve el rizo. —A
Eli le entró la risa floja—. Por no hablar de los cuatro magníficos de
Marvel.
—Dirás Fantásticos —lo corrigió Aike.
—Magníficos, fantásticos, cualquier tipo de palabro que rezume
grandilocuencia y esté dedicado a ellos, es lo mismo.
—A ver, maestro, ilumínanos con tu sabiduría —lo chinchó mi melliza.
—Pues resulta que son tres tíos con unos poderes un tanto rarunos.
¿Quién quiere ser elástico a no ser que tenga una microchorra? ¿O
convertirse en pedrolo? Bueno, quizá ese sea para terminar rodando tras
Harrison Ford en Indiana Jones. ¿Y qué me decís del que lo envuelve todo
en llamas? Después nos dicen que en verano no hagamos barbacoas por
peligro de incendio, a ese debería denunciarlo la Corporación de Bomberos
del Universo. Por no hablar de la única mujer que aparece en la peli. ¡Qué
casualidad que la hacen invisible! ¿A qué están jugando? ¿Dónde está la
inclusión social? ¿Por qué no han salido a protestar las del sindicato de las
heroínas junto con el Ministerio de Igualdad? ¿Así quieren dar visibilidad a
la mujer? ¿Haciéndola desaparecer?
Ahora sí que todos estábamos riendo, incluso Chloe, que para esos
temas era un pelín intensa.
Acordamos que saldríamos, que nadie iba a caer del barco y, por lo
tanto, una hora más tarde, todos estábamos en la pista central de la
discoteca, con las máscaras cubriendo nuestros rostros para saltar y bailar
desatados el tema Baby there’s nothing holding me back, de Shawn Mendes.
Bueno, bailaban ellos, porque Aike y yo nos limitábamos a mover un poco
las caderas para no parecer demasiado fuera del ambiente.
Quienes sí lo daban todo eran mi hermana, Eli y Erik, al que habían
emparedado entre ambas a la par que cantaban a grito pelado. Menos mal
que la música estaba tan alta que aplacaba cualquier nota desafinada.
Me gustaba verlos disfrutar y contemplar cómo el compi de mi melliza
era incapaz de disimular que Chloe llamaba poderosamente su atención. En
cuanto pensaba que no lo veíamos, se la comía con los ojos, y no lo
culpaba, mi hermana nació con el don del ritmo, y cuando bailaba, era
difícil centrarse en otra cosa que no fuera ella.
La canción tocó a su fin y el DJ anunció que había llegado el momento
que todos estaban esperando, que los bailarines voluntarios podían subirse a
las góndolas. Erik se separó de mi melliza, le dedicó un guiño, le pidió que
le deseara suerte y le faltaron piernas para largarse hacia una de las
embarcaciones después de preguntarle a Eli si no se animaba a participar
también. Ella negó y sacudió la mano nerviosa.
—Vale, reina de la depravación, otro día tal vez.
Mi amigo vino hacia nosotros, nos guiñó un ojo y se dirigió a Aike para
susurrarle un «te diría que la cuidaras, pero eso ya sabe hacerlo solita, así
que… Mejor disfruta».
Sin añadir nada más que un apretón a mi hombro, se marchó.
Los dos lo contemplamos mientras se abría paso hacia una góndola y se
desabotonaba la camisa para mostrar su torso esculpido.
—Así que es cierto… —murmuró Aike cerca de mi oído. La música
había bajado un poquito de ritmo e intensidad, por lo que podíamos hablar
sin necesidad de gritar en exceso.
—¿El qué?
—Que son una pareja abierta… —Asentí.
—Si no lo hubieran sido, nunca te habría ofrecido la posibilidad de que
Chloe te ayudara, en el fondo, son más amigos que otra cosa; si te soy
franco, creo que ella está con él porque Erik se lo permite todo, porque estar
con nuestro mejor amigo de la infancia no le supone un peligro real que la
desvíe de sus planes de futuro, ya me entiendes, las mujeres de hoy en día
parecen tener cierta alergia a las ataduras. —Tenía toda mi fe en que Aike
supiera leer entre líneas.
—¿Crees que tu hermana está con Erik para no sufrir por amor?
—Más bien para no enamorarse. Chloe utiliza a Erik como escudo, y a
él ya le va bien el papel que se le ha otorgado en toda esta función, ya lo has
visto. Lo que ellos comparten no es ese sentimiento que te cala en los
huesos, del que no puedes ni te quieres desprender.
—Parece que tú sí lo conoces.
—Y a mí me da que tú también. ¿Me equivoco? —Aike negó—. Eso
pensaba.
Se me quedó mirando pensativo.
—No sé qué es, pero desde que hemos salido del cine, te noto algo
distinto —susurró.
Admito que me acojoné un poco y llegué a pensar que Aike nos había
pillado y que ya podíamos volver a Australia con el rabo entre las piernas.
—Ni idea, soy el mismo —me encogí de hombros—. Igual es el vino de
la cena, era muy peleón.
—Puede, pero tu voz suena un poco más grave…
—Eso puede ser, creo que estoy pillando un resfriado o que soy el lobo
de Caperucita que se ha comido a la abuelita —bromeé—, será mejor que
no te acerques mucho a mí. —Intenté poner cierta distancia antes de que
pudiera fijarse mejor—. Voy a beber algo, ¿quieres que te pille una bebida?
—Aike negó, mostrando su copa llena por la mitad.
—¡¿Has dicho beber?! Me muero de sed, yo te acompaño —asumió Eli,
uniéndose a nosotros.
—Perfecto, guardadnos el sitio, ¡nos vemos en un rato, chicos! —
exclamé, alejándome con mi compañera de cuarto, dejándole vía libre a mi
hermana.
Eli entrecruzó los dedos con los míos, íbamos por la mitad de la
pasarela cuando la vi.
No, no podía ser ella, ella no.
Eli notó mi cambio de actitud cuando me paré en seco, estaba
dirigiéndose hacia una de las góndolas. ¿En serio que pensaba subir?
—¿Qué ocurre? —No le hicieron falta mis palabras, porque sus pupilas
fueron capaces de ver lo mismo que las mías—. ¡Oh! ¿Es la profesora
Rossi?
—Eso parece —respondí con la garganta seca. Como si hubiera captado
que estaba allí, ella se giró en nuestra dirección. Nuestros ojos se
encontraron, me dedicó una sonrisa y reemprendiósu camino hasta subir en
una de las embarcaciones.
No había notado cuánto le estaba apretando la mano a Eli hasta que ella
emitió un sonido de dolor.
—Pe-perdona, necesito salir a tomar el aire.
Estaba enfadado, ofendido, y lo único que me apetecía era bajarla de esa
puta barca, zarandearla y preguntarle por qué me hería de un modo tan
gratuito. Solo que no tenía derecho ni potestad. Emma ya me dejó muy
claro que lo único que quería de mí eran algunos polvos esporádicos y, al
parecer, esa noche prefería cambiar de menú.
—Te acompaño.
—No, tú puedes quedarte bailando, dile a Chloe que…
—He dicho que te acompaño, y a tu hermana puedes enviarle un
mensaje, que está con su chico y con Aike. Anda, vamos, puede que no sea
la mujer con la que querrías pasar la noche, pero se me da bien escuchar. —
Le ofrecí una sonrisa tierna.
—No se me ocurriría otra mujer con quien ahora mismo me apeteciera
estar.
—Mentiroso, no obstante, no voy a negarte que ha sonado bonito.
Venga, vamos.
Enredó su brazo en el mío y dejé que se apretara contra mí. Eli era justo
lo que necesitaba para aferrarme y no sucumbir, porque, aunque el cuerpo
me pidiera a gritos que me girara cuando empezaron a emerger las primeras
notas del Fantasma de la Ópera, no lo hice, me sostuve contra ella y seguí
caminando.
Tenía mi orgullo y no merecía ser pisoteado, no iba a arrastrarme por
alguien que no me creía suficiente.
Capítulo 28
Besos y café
Chloe
En cuanto nos quedamos solos, le ofrecí una sonrisa a Aike.
No sé por qué estaba nerviosa, cuando había sido yo la que le pidió a
Oliver alargar la noche, intercambiarnos y traerlo hasta aquí, pero lo estaba.
A él también se le veía tenso, sobre todo, teniendo en cuenta que mi
supuesto novio se había montado en una de las góndolas y todos sabían lo
que ocurría si te subías a una de ellas.
Normalmente, siempre controlaba las situaciones, sabía qué decir o
cómo actuar, ese día no. Esperé a que Aike tomara las riendas, era absurdo,
él mismo me había dicho que era tímido con las chicas, así que no podía
pretender que le diera un arrebato y me plantara un morreo en mitad de la
pista.
No avanzábamos, y si quería que ocurriera algo entre nosotros para
averiguar si me gustaba o era fruto de mi imaginación, tenía que mover
ficha.
Los dos abrimos la boca, hablamos al mismo tiempo, sin comprender lo
que decía el otro, era imposible, estábamos demasiado separados y la
música bloqueaba cualquier sonido que saliera de nuestras bocas. Nos
sonreímos, eso sí que lo habíamos sabido hacer a la vez.
—Tú primero —le ofrecí con un grito.
Él se acercó, y cada una de las terminaciones de mi cuerpo empezaron a
encenderse, como un pequeño camino plagado de antorchas, solo porque su
olor se superpuso al de la humanidad que agitaba sus cuerpos al compás de
la música, porque su proximidad me alteraba y provocaba un cúmulo de
sensaciones en mí que eran ajenas a las que solían acecharme cuando me
interesaba un chico.
No sabía catalogarlas, por eso me generaba tanta curiosidad que en lo
único que pudiera pensar era en cómo sería tener su boca en la mía, enredar
nuestras lenguas suspendida en sus brazos, esa proximidad íntima que no
podría compartir con él a no ser que fuera yo. Me estaba arriesgando a ser
descubierta para realizar una maldita comprobación, para demostrarme que
me gustaba porque llevaba las últimas semanas conociéndolo, no porque,
como sugería mi hermano, me gustara de verdad. Mi alma de periodista
necesitaba la certeza, y mi parte científica la comprobación empírica.
Los ojos azules brillaron bajo las luces estroboscópicas, agachó la
cabeza y habló en mi oreja para que lo oyera.
—No tengo ni idea de qué decir o cómo actuar, estoy un poco superado.
Su confesión, su vulnerabilidad, me encogió por dentro. Estaba
acostumbrada a chicos seguros de sí mismos, cuyo único cometido era
pavonearse y mostrarse el gallo del corral, en cambio, Aike era distinto y
era consciente de lo mucho que le habría costado soltarme aquella frase por
su carácter.
Nunca sería el tío que te aborda en una discoteca, más bien el que te
seduce con miradas furtivas y espera a que seas tú quien inicie la cacería. Si
quería ser león, yo saldría de caza.
Subí la mano, la apoyé en su cuello para ganar proximidad y le dije que
si le parecía bien, buscábamos un sitio más tranquilo para hablar.
Necesitaba que se sintiera cómodo y dudaba que lo hiciera en mitad de
una multitud sudorosa y retozona.
—¿No prefieres bailar? —cuestionó, aguardando mi respuesta.
—Prefiero conocerte, lo otro puedo hacerlo cuando me apetezca.
Su sonrisa se volvió dulce y genuina, de esas que te encogen el corazón
y te llenan de calor. ¿Cómo podía haberme parecido que no era nada del
otro mundo cuando nos conocimos? Si la escultura del David de Miguel
Angel tuviera el rostro pintado a color, sería como el suyo, de las mismas
tonalidades cálidas del otoño mezcladas con el azul de un cielo despejado.
—¿Y tu chico?
—Él estará entretenido, dudo que vuelva antes de una hora, y si lo hace,
seguro que se busca algún entretenimiento. No te preocupes por Erik, yo no
lo hago.
En la parte trasera de la discoteca había una terraza, Oli y yo la
descubrimos la segunda vez que estuvimos allí. Era un lugar tranquilo en el
que se podía charlar sin necesidad de dar gritos. Aunque fuera invierno, no
hacía frío, porque tenían un montón de estufas encendidas creando una
especie de microclima que te permitía estar de lo más reconfortada.
Intentamos encontrar alguna mesa libre, todas estaban ocupadas, así que
optamos por caminar hacia la barandilla que limitaba el espacio y
quedarnos apoyados en ella. A Aike le sentaba rematadamente bien la
máscara, le daba un punto sexi que me encendía.
—¿Te gusta Barcelona? —Fue él quien rompió el hielo con la mirada
puesta en las luces de la ciudad.
—Sí, es bonita. Me gusta que tenga tantos contrastes, que nunca duerma
y que siempre haya cosas por descubrir. ¿Y a ti?
—Supongo, no conozco muchos sitios más allá de España, no he
viajado demasiado, así que no sé si en el fondo me vería viviendo siempre
aquí. Me gusta la naturaleza y, aunque es una ciudad que te ofrece muchas
posibilidades laborales en mi rama, quizá me vea en otra parte.
—¿Dónde? —quise saber.
—Ni idea, como te he dicho, no he viajado lo suficiente como para
saberlo, aunque tengo ganas de conocer algo de mundo. No vengo de una
familia adinerada, por lo que mi padre ha hecho siempre un esfuerzo
inhumano para que mi hermano y yo pudiéramos estudiar.
—Te podrías venir a Australia con Oli y conmigo, nosotros te la
enseñaríamos, no toda, porque es enorme, pero sí el lugar en el que
vivimos. Yo creo que te fliparía, en Brisbane hay la dosis justa de naturaleza
y ciencia, tal vez sea el lugar que estabas buscando para vivir.
—Tal vez… —musitó—. ¿Y qué me dices de ti?
—¿De mí? —asintió.
—¿Por qué escogiste periodismo científico? ¿Quieres viajar por el
mundo haciendo reportajes sobre los últimos descubrimientos?
—Ah, bueno, en parte, aunque no siempre querría estar arriba y abajo.
Me gusta Australia, es un lugar mágico. Estudié periodismo porque tengo
alma cotilla, e imagino que venir de una familia científica influyó en que
me decidiera por esa rama. Me gustan las letras y la divulgación. Era la
salida perfecta.
—¿Y dónde te ves en cuatro años? —Cerré los ojos y respiré, para
después abrirlos y encontrarme con su mirada cargada de curiosidad. Podría
haber buscado una salida fácil, divertida o picante. Que me enfocara más
hacia el objetivo. No lo hice, yo también quería que Aike me conociera un
poquito más.
—En la redacción de BIOmedical, estoy poniendo todas mis fuerzas y
empeño en obterner una plaza de becaria para esa revista. Pensaba que me
la darían nada más terminar la carrera, hice un trabajo impecable, fui la
mejor estudiante de la promoción, pero se lo dieron a otro, según mi tutor,
mi trabajo carecía de alma.
—¿Alma?
—Pfff, una excusa barata, en este sector hay mucho machismo, mi
abuela tuvo que lidiar con muchísimos prejuicios por el mero hechode ser
mujer, ya me entiendes.
—Sí, puedo hacerme una idea, ¿y no hay un tribunal o algo así en el que
puedas recurrir lo de la plaza?
—Estoy haciendo algo mejor, intento conseguir la segunda que queda,
por eso Oliver y yo estamos aquí.
—Tu hermano me cae de puta madre, es un tío genial, seguro que quien
la ganó era un enchufado, o un capullo.
—Enchufado no, pero Oli puede llegar a ser un pelín capullo a veces. —
Aike abrió los ojos con horror.
—No jodas que se la dieron a él.
—Y lo peor de todo es que ni se presentó, fue el tutor quien mandó su
trabajo. En fin, que no quiero aburrirte con cosas de mi escabroso pasado.
—No me aburres, al contrario, contigo es como si todo fluyera, no tengo
que esforzarme, es como si nos conociéramos más, como si nos hubiéramos
visto más veces, no sé cómo explicarlo.
«Si tú supieras que he sido yo quién meó en tu cajón y la que ha
escogido los calzoncillos que hoy llevas puestos».
—Conexión, creo que se trata de eso —zanjé. Necesitaba entrar en
materia o no pasaría a la siguiente pantalla, él era el tímido, yo, la lanzada,
me correspondía dar el paso—. Respecto a lo de tus prácticas…
Se puso tenso y su expresión se contrajo.
—Por favor, no te tomes a mal lo que te voy a decir, pero lo he pensado
y no quiero seguir con eso. —Debí poner cara de culo porque la suya se
llenó de pavor—. No me malinterpretes, eres preciosa, estás muy buena, me
caes de puta madre y sé que si lo hiciéramos, tu novio no pondría pegas…
—¿Pero…?
—Supongo que no soy tan desinhibido en ese aspecto como vosotros.
Desinhibido… ¡Ja! Lo que distanciaba a una persona desinhibida de
otra que no lo fuera tan solo era el número de gin tonics. Lo que necesitaba
Aike era una nueva perspectiva, y yo se la iba a ofrecer.
—Vamos, que tú eres de expreso solo y sin azúcar, y te niegas a probar
un Pumkinspice Latte, un Frapuccino o un Macchiato espolvoreado con
canela, porque nunca te arriesgas.
Aike me ofreció una sonrisa tibia. Sabía positivamente que no lo
tomaba solo con azúcar, que le encantaba probar todo tipo de cafés y
bebidas especiadas, por eso le sacaba el tema.
—El café no es lo mismo que besar a alguien.
—Pues yo creo que sí, al final, todo son experiencias, y los besos, como
el café, pueden ser dulces, amargos, ácidos, voluptuosos, calientes, helados,
fuertes o intensos. ¿A ti cómo te gustan los besos? —Me acerqué un poco
más a él—. A mí los inesperados.
—Supongo que depende del momento.
—¿Y en este? ¿Cómo sería tu beso perfecto?
Mi rodilla acariciaba la suya, tragó con dificultad, me miró los labios y
supe que había tocado la tecla adecuada. Estábamos en sintonía y su boca
cada vez estaba más cerca. Cerré los ojos, me preparé para el impacto, y
cuando llegó a mí, aterrizó en mi mejilla.
—Descafeinado —terminó murmurando. Todas las terminaciones
nerviosas de mi cuerpo chillaron de indignación y de necesidad. Nunca
había sido de suplicar, pero en ese preciso instante estaba a punto.
Lo cogí del cuello y me quedé suspendida en él acariciándolo con las
uñas. Sus dedos envolvieron mis muñecas.
—¿Seguro? Quizá necesites que alguien te eche unas gotas de
aderezo…
Su boca estaba tan cerca de la mía que si hubiera sacado la lengua,
podría haberlo lamido.
Sus iris volvieron a los míos y vi la duda serpentear. La respiración se
volvió pesada y algo errática cuando ascendí para unir nuestras bocas.
—¿Aike? ¿Eres tú?
Aire, vacío, caída, macetero. Pero ¡¿quién había soltado mis manos de
su cuello?!
Ahora entendía la expresión española «dejarte plantada», porque es lo
que acababa de hacer Aike conmigo al tirar de mis muñecas para que
terminara con el culo en un gigantesco tiesto cargadito de plantas. ¡Menos
mal que ninguna era un cactus!
—¡Mierda! —exclamé.
Mi compañero de habitación cayó en la cuenta de lo que acababa de
hacer y me ayudó a desencajarme de toda aquella hojarasca.
—Perdona, lo siento, he actuado por inercia. Ni siquiera sé por qué he
hecho eso.
Yo sí que lo sabía, ahí, a sus espaldas, había una chica preciosa con
pinta de modelo, vistiendo un traje de lentejuelas y los labios pintados de
rojo.
—Ay, ¿estás bien? —se preocupó ella caminando hacia mí, que ya
estaba incorporándome con la cara roja del bochorno. No había un ápice de
preocupación real en su voz.
—Sí, tranquila.
—Perdonad, no pretendía interumpir, es que te he visto y pensé que
estaría bien saludarte.
—¿Qué quieres, Ainhoa? —contestó Aike con un borderío al que no
estaba acostumbrada.
—Ya te lo he dicho, saludarte, hacía mucho tiempo que no nos veíamos,
no viniste a la cena de exalumnos del instituto y pensaba que nos
encontraríamos ahí.
—Quizá no acudí porque no me apetecía verte, ni a ti ni a Jaime —
puntualizó.
—Ya no estamos juntos. Solo duramos ese verano, salir con él fue una
de mis mayores cagadas.
—¿Y piensas que me importa después de lo que me hicisteis?
La chica hizo un mohín, y yo no sabía muy bien cómo actuar. Aike no
me había hablado de esa tal Ainhoa, era muy reservado para su vida
personal, pero por el contexto, podía deducir que fue alguien importante en
su adolescencia y que lo había traicionado con ese tal Jaime.
—Imagino que no. Oye, ¿sigues cabreado por lo que ocurrió? Aike, lo
siento, éramos unos críos, estábamos en la edad del pavo y solo pensaba en
chorradas. Liarme con él fue estúpido.
—Era mi mejor amigo, me traicionásteis. Podrías haber tenido al que
quisieras.
—Fue él quien me sugirió liarme de nuevo contigo, yo necesitaba
aprobar… Y entiendo que te enfadaras, no actué bien. Lo siento muchísimo,
Aike. Quería verte en la cena para disculparme otra vez. En el fondo, te
tengo muchísimo aprecio, gracias a ti me convertí en actriz y estoy
representando una obra en el teatro, estaría encantada de invitarte si
quisieras venir a verme…
No la dejé terminar.
—Te ha dicho que no le interesas —la interrumpí—. Lo que hubo entre
vosotros se terminó, asúmelo, acéptalo, y si necesitas terapia porque no te
basta con vivir la vida de tus personajes, porque la tuya es una bendita
mierda, ve al psicólogo. Este tren pasó por tu estación hace mucho tiempo,
cambió de vía y ahora está en la mía, así que búscate a otro, porque Aike
nunca descarrilaría de nuevo contigo. Puede que le jodieras una vez, pero
no lo vas a hacer dos. ¿Nos vamos, cariño? En este sitio dejan entrar a
cualquier cosa.
Ainhoa soltó un ruidito de indignación mientras yo me encajaba en el
costado de Aike. Había escuchado lo suficiente como para saber que esa
chica le había hecho daño, que él se sentía incómodo y que no quería estar
aquí.
No rechazó mi gesto, al contrario, su amplia mano abarcó mi cintura y
me miró con los ojos brillantes.
—Lo estoy deseando, preciosa —respondió sin desviar la atención de la
rubia pedorra para llevarme con él.
Capítulo 29
Active el protocolo
Profesora Rossi
Tragué con dureza y apreté los puños.
Sabía el motivo por el cual había acudido a la discoteca, necesitaba
demostrarme que era capaz, que estaba en el camino correcto, que no podía
tirar abajo lo que tanto trabajo me había costado construir. Entonces, ¿por
qué ahora me afectaba que Oliver estuviera ahí? Agarrado a la mano de una
chica, a la cual reconocí como mi exalumna.
Estaba allí, con los dedos entrecruzados con los suyos. ¿Qué quería
demostrarme?, ¿que iba a darme justo lo que yo le había pedido?, ¿sexo
esporádico y sin compromiso? ¿Qué esperaba? No estaba muy segura, pero
desde luego que no había barajado la posibilidad de encontrármelo en mi
prueba de fuego.
Le ofrecí una sonrisa conciliadora, una que pretendía transmitirle que
entendía que estuviera aquí con otra, que no podía exigirle lo que yo no le
daba. Entre nosotros no había exclusividad, ni ningún tipo de lazo
sentimental más allá del sexo.
Yo misma era quien había puesto los límites, la que estipuló las
cláusulas.
«Tu vida es tuya, Emma, tú eres la dueña y señora de tus decisiones y
nadie tiene por qué hacer que te plantees otra posibilidad más allá de la que
tú has decidido para ti».
Me había costado muchísimo tiempo, esfuerzo y horas de terapiallegar
al punto en el que estaba en ese momento.
Reconstruirse a una misma no es fácil, sobre todo, cuando se rompen
tus cimientos y debes hacerlo desde cero, desaprender lo aprendido,
entender que estamos llenos de prejuicios y saber gestionarlos.
Acaricié las pequeñas cicatrices de mis muñecas, fueron parte del precio
de lo que supuso tocar fondo. Solía hacerlo cuando la situación me
superaba, cuando necesitaba recordarme a mí misma que el dolor emocional
es mucho peor que el físico y que puede llevarte a cometer la mayor de las
estupideces.
Miré la embarcación y me obligué a aceptar la mano y subir. Los vi
desaparecer entre la gente mientras mi estómago permanecía anudado. Mi
corazón protestó sin razón.
«Él no te importa, Emma, es un mecanismo de defensa, tu cuerpo te
traiciona y te recuerda que una vez estuviste ávida de amor, que no te fuiste
suficiente y por eso dependías de la aceptación de las personas más que de
la tuya propia. Que te daba igual ser la otra, a la que escondían, la que solo
merecía las sobras porque cualquier muestra de afecto era mejor que nada».
Le sonreí al gondolero con cierto aire de melancolía del que no me pude
desprender. Nunca llegaría a superar del todo lo que yo creía mis carencias,
se quedaban ahí, como una muesca en el cabecero de la cama que oscilaba
de tamaño dependiendo de la importancia que le dieras cuando posabas la
mirada en ella.
Bailar me ayudaba a expulsar el dolor tóxico que me cercenaba por
dentro.
«Por eso no tenías que haber repetido con él, aceptarlo en tus clases,
llevarlo a tu apartamento. ¿En qué estabas pensando? El amor romántico te
vuelve un ser débil, dependiente, adicto a alguien, te obliga a renunciar a la
persona en la que te has convertido para contentar a otro que no eres tú. ¡Ya
no eres esa mujer, ya no lo eres!».
Me lo repetí como un mantra intentando eliminar las emociones que
Oliver había despertado en mí esa última semana.
Las notas envolvían la cadencia de movimientos que lograba encadenar.
Ni siquiera sé cómo lo hice, cómo me moví, parecía que mi alma se hubiera
separado de mi cuerpo, éramos dos Emmas las que estábamos subidas en
aquella embarcación, o quizá una fuera Emma y la otra Venecia.
Al pensar en el sobrenombre, los ojos me ardieron. La góndola se
detuvo y, por un extraño motivo, busqué su cara, su cuerpo, en aquel círculo
de hombres deseosos de mi carne, pese a que sabía que era imposible que
estuviera ahí.
Caminé entre ellos deseosa de calmar la desazón que me engullía.
Contemplando en sus miradas lo que siempre signifiqué para ellos; una
fantasía, sexo, la mujer que uno se tira pero no muestra; un fantasma, una
máscara.
La diferencia entre el antes y el ahora residía en que por fin era yo la
que escogía, la que decidía, la que los desechaba después de haber obtenido
lo único que me importaba de ellos.
Nunca había prestado tan poca atención a los pretendientes que me
rodeaban, bastaría cualquiera para borrar aquel par de ojos azules
consumidos en deseo.
Lo buscaría de ojos oscuros, a poder ser, negros, y lo quería de
complexión grande. Su opuesto, no quería nada que recordara a él.
—Tú —señalé a un tipo alto, fornido y bien vestido. Era de los que te
hacían sentir pequeña, aunque fueras una mujerona como yo. Tenía unos
brazos grandes, musculosos, parecía que llevara una coraza bajo la camisa y
su espalda era muy amplia.
—No te vas a arrepentir —respondió socarrón.
No lo cogí de la mano, no quería su contacto físico, no del tipo que
englobaba una muestra de cercanía, de afecto o de empatía.
Subí presurosa las escaleras. Sentí una náusea cuando me dio por mirar
abajo y buscarlo entre la gente. No lo encontré, seguramente estaría en
cualquier rincón oscuro ofreciéndole a esa chica su total entrega.
Prieto era una buena opción para Oliver. La bilis me subió por el
esófago cuando mis ojos se encontraron con la cuerda dorada que se abrió
para nosotros.
—Reservado número 1, disfrutad.
Nos deseó el de seguridad.
—No lo dudes, tío —masculló mi invitado. Un escalofrío trepó por mi
espalda al notar su contacto con la parte baja de mis lumbares. Quise
apartarme, pero no lo hice.
Sabía el motivo por el que mi cuerpo reaccionaba así, tenía que
controlarlo. Yo era la que decidía y necesitaba demostrarme que podía
acostarme con otro que no fuera él. Total, solo había pasado una semana, no
podía estar pillada de un crío.
Caminamos hasta el final del pasillo, aquel reservado era el que menos
me gustaba por ser el más alejado. Tenía que conformarme, las prisas
hicieron que fuéramos los primeros en subir las escaleras y era el que me
tocaba.
Nada más entrar, me empujó contra uno de los espejos. Y buscó mi boca
con la suya. Le hice la cobra.
—Nada de besos.
—Uh, me gusta, no me ponen nada las románticas. Ponte de rodillas.
—No la chupo, no practico sexo oral, por seguridad.
Una sonrisa entre cruel y desdeñosa cubrió su boca, con las manos en la
hebilla.
—¿Que no la chupas? ¿En serio piensas que estás como para exigir? ¿Te
has visto? Eres mi obra de caridad de la noche, en la vida te has follado un
tío como yo, y es un privilegio que te deje que me la mames. Ponte de
rodillas, zorra.
—¡Se acabó! ¡Eres un puto gilipollas! ¡Me voy! —escupí, dirigiéndome
hacia la cortina.
Sus manos me agarraron por los hombros y tiró de mí hacia atrás con
una fuerza descomunal, me torcí el pie por los tacones y caí de forma
abrupta contra el suelo, golpeándome con violencia la cabeza y la espalda.
El aire abandonó mis pulmones, me quedé sin aliento para poder gritar.
—¡¿Dónde cojones te crees que vas, puta gorda de mierda?!
Noté su peso aplastando el mío. Acababa de aplacarme sin miramientos.
No entraba una pizca de aire en mis pulmones, las fuerzas me fallaron
cuando tanteó bajo mi falda para romper sin ninguna delicadeza mi ropa
interior.
—¡Suél-ta-me! —intenté gritar. Pero apenas me salió una exhalación.
—Lo haré cuando termine, antes no. He venido a follar y vamos a follar.
Los ojos me ardían, quería llorar. Tenía que quitármelo de encima o las
consecuencias serían funestas. Intenté desembarazarme, pelear, y lo que
conseguí fue que me agarrara la cara y volviera a estampar mi cabeza contra
el suelo con un sonido sordo. Sentí dolor y después náuseas.
El quejido que salió de mi boca podía confundirse con un sonido de
placer, nadie vendría a por mí si no conseguía formular la palabra socorro y
en condiciones. O gritaba, o me violaba, y para eso tenía que conseguir que
no me golpeara más y recuperar el aliento.
—Eso es, quédate tranquilita, si te portas bien, igual te regalo un
orgasmo de propina, aunque seguro que lo tienes en cuanto te la meta, dudo
que te la metan mucho a ti. —Noté cómo me arrancaba la máscara—. Por lo
menos, no eres fea y tienes buena boca, quizá después la pruebe…
«Vamos, Emma, piensa, haz algo…».
—¿Podemos hacerlo en el diván? Por favor, lo he pensado mejor y te la
quiero chupar… —murmuré, recuperando un poco de aire.
—Claro que quieres, nunca has probado una como la mía. Suplícame e
igual me lo pienso.
—Por favor, te lo suplico.
Lo dije haciendo de tripas corazón. Mordiéndome la lengua de todo lo
que me apetecía decirle. Pero si lo hacía, no saldría de allí indemne.
Se levantó, me agarró del pelo y tiró de mí hasta el mueble para
sentarse, bajarse los calzoncillos y los pantalones. No se la quise mirar, no
era necesario para mi cometido.
Me dolía muchísimo la cabeza, tenía el pulso disparado y muy claro lo
que iba a hacer.
—Venga, chupa.
Fijé la vista sobre mi objetivo, a un lado quedaba la mesilla con los
condones y los dos botellines de agua mineral.
—Tengo la boca seca, dame solo un segundo para que me la refresque,
tu polla me lo agradecerá.
No se negó, así que agarré una de las botellas por el cuello y la estampé
contra el suelo.
—Pero ¡¿qué cojones haces?!
—Si te mueves, ¡te la rebano! —proclamé, alzando mi arma
improvisada contra sus partes íntimas.
—¡Estás loca! ¡Seguridad! ¡Seguridad! —rugió mientras yo me
arrastraba hacia atrás.
Me dio igual producirme algunos cortes,al fin y al cabo, solo eran
esquirlas de cristal, ese tipo de heridas curaban y cicatrizaban con rapidez,
mientras que si hubiera sufrido abuso sexual, dudaba que pudiera
recuperarme del mismo modo.
La cortina se descorrió.
—¡¿Qué demonios pasa aquí?! —preguntó uno de los hombres
encargados de la zona.
—Esa puta me la ha querido cortar, está desequilibrada.
Miré al hombre con el rostro desencajado y negué.
—Ha sido él, ha querido violarme.
—¿Violarte? ¿Estás flipando? ¡Yo no he sido el que se ha subido a una
barca buscando un tío que se la tire esta noche! Ha sido ella a la que se le ha
ido la pinza, y cuando me tenía sentado, me la ha querido cortar.
—¡Miente! —Estaba recuperando mi tono de voz y casi podía hablar
con normalidad.
—Arriba, deme eso.
El hombre vestido de negro tenía ciertas reticencias sobre quién decía la
verdad y quién mentía. Podía verlo en sus ojos.
—¡Ha sido él quien me ha empujado contra el suelo, me ha golpeado y
quería violarme! —El cachitas de turno resopló.
—¿Y yo qué necesidad tengo de hacer eso? ¿Tienes idea de quién soy?
¡Soy jugador de los Barcelona Dragons! —Entonces lo entendí; esa
prepotencia, esa chulería, ese físico. Un jugador de fútbol americano—. No
necesito subirme a una barca para conseguir un polvo, esa eres tú, y no me
extraña —bufó—. Gorda y loca, quién te va a querer a ti si no es para un
rato, lo mío ha sido por una apuesta con mis compañeros de equipo.
Se puso en pie, se subió los calzoncillos y los pantalones. La muralla de
confianza que había erigido a mi alrededor se empezó a resquebrajar. Los
ojos me ardían, porque estaba convencida de que ante la mirada del otro
hombre era lo mismo que para aquel cabrón.
Encima, en los reservados no había cámaras, era su palabra contra la
mía… No obstante, no iba a dejar las cosas así.
—¡Te voy a denunciar! —proclamé.
—¿Tú y cuantas más? ¡Anda ya, pirada!
—Quiero que llamen a la policía, quiero que activen el protocolo de
abuso sexual, voy a demostrar que digo la verdad.
—¡¿Estás majara?! Si no has utilizado la palabra no en ningún
momento, me dijiste nada de besos y te respeté. Me pediste chupármela y
me bajé los calzoncillos, ¿qué más quieres? ¿Un puto piso?
—¡Quiero que me explore un médico! ¡Quiero que vea que me golpeó
contra el suelo y que me arrancó las bragas!
Ahí sí que se puso nervioso.
—Pero ¡qué dices! Tropezaste y te caíste por tu sobrepeso, y una vez en
el suelo, me pediste que te las quitara tirando de ellas, que era tu fetiche.
Después vino lo de que me sentara en el diván porque me la querías mamar,
querías agua para chupármela bien, y de golpe, te entró una neura, partiste
la botella y me la quisiste rebanar. Estás de psiquiátrico, tía.
—¡Active el protocolo ya! —exigí con lágrimas en los ojos e
hiperventilando—. ¡O se le va a caer el pelo!
Me daba igual que fuera calvo.
El de seguridad habló por el pinganillo y pidió refuerzos.
«¿Por qué tenían que pasarme esas mierdas a mí?».
Capítulo 30
Luces y sirenas
Chloe
Tras la interrupción por parte de Ainhoa, la HDP de la ex de mi
roommate, quien resultó que había engañado a Aike con su mejor amigo,
fuimos al parque que quedaba enfrente de la discoteca. Nos plantamos en la
parte de detrás de un banco y Aike apoyó su trasero en el respaldo mientras
yo me quedaba frente a él, bajo la ténue luz de una farola.
Puede que Aike fuera parco en palabras, que le costara arrancar, sin
embargo, esa noche no le costó vomitarlo todo. Vale, tal vez necesitó algún
que otro empujoncito por mi parte, pero lo hizo y, al fin y al cabo, era lo
que contaba.
Me sentí especial, ni siquiera a Oliver se lo había dicho, bueno, a mí
como Oli, me estaba abriendo su corazón, dejándome ver cuánto daño le
hicieron y cómo de traicionado se sintió.
Si ya no era una persona abierta de por sí, aquel hecho provocó que se
cerrara todavía más. Era tan injusto que cuando terminó, lo único que me
apetecía era ir en busca de Ainhoa para tirarle de los pelos y decirle lo poco
que merecía a alguien como él. En lugar de sacar a relucir mis instintos más
macarras, me limité a ofrecerle un sentido abrazo que me salió del alma.
Creí que lo rechazaría, que mis manos rodeando su cintura y mi barbilla
sobre su trapecio lo espantarían, pero no fue así, al contrario, me pegó más
contra él, separó las piernas y me otorgó un espacio confortable que
despertó en mi estómago miles de fuegos artificiales.
Me gustaba sentirlo así, apretado contra mí, con su aroma acariciando
mi nariz y su calor fusionándose con el mío.
—Perdona, debes pensar que soy patético —murmuró, poniendo fin al
abrazo.
—¿Por qué tendría que pensar eso? —pregunté sin perder del todo el
contacto, entrecrucé los dedos con los suyos para tenerlo cogido de las
manos.
—Porque fui un imbécil, porque tropecé dos veces con la misma
piedra…
—A veces necesitamos tropezar diez, y ni aun así. —Nos ofrecimos una
sonrisa tierna.
—Es tan fácil hablar contigo. —Eso me gustó, creo que era uno de los
mejores cumplidos que me habían hecho nunca, porque no implicaba mi
físcico o mi inteligencia, iba más allá, porque cuando te comunicas con una
persona, cuando te abres a ella, significa que hay confianza, y eso es muy
difícil de sustentar.
—Y contigo —admití—. Todos tenemos nuestros miedos, nuestras
fobias, nuestras meteduras de pata, y eso no nos hace mejores ni peores,
simplemente nos construye como personas.
—¿A qué tiene miedo una chica como tú?
—¿Como yo?
—Ya sabes… Brillante, guapa, que sabe escuchar y encima baila genial.
Que pensara todo eso de mí con lo poco que nos habíamos visto
encendió mis mejillas.
—Y fan de Harry Potter, los superhéroes de Marvel y que adora el olor
a cloro. —Él soltó una de mis manos y se la llevó al pecho como si algo lo
hubiera alcanzado, yo me eché a reír.
—¿Dónde has estado todo este tiempo?
—En Australia —reí. Tomé aire y lo solté despacio porque, aunque
estuviera bromeando, a mí me afectaba aquella pequeña pregunta. Necesité
unos segundos para centrarme en lo que de verdad importaba, que era dejar
que me conociera—. Tengo miedo a que un día mi abuela vuelva a tener
cáncer, a decepcionarla porque todas las mujeres de mi familia son
increíbles y, en el fondo, yo me siento un pelín fracasada. —Él me
contempló con extrañeza—. Necesito estar a la altura, esforzarme al
máximo para demostrarles que yo también puedo aportar mi granito de
arena y contribuir para cambiar el mundo. Pensaba que lo estaba haciendo
todo bien, era la primera de mi promoción, el puesto de la revista estaba en
la yema de mis dedos y todo se desmoronó. No fue agradable recibir mi
primera patada en el culo. No cuando lo antepuse todo a la obtención de esa
plaza.
Aike alzó la mano, por un instante, pensé que iba a acariciar mi mejilla,
pero se contuvo y volvió a bajarla.
Mi meñique izquierdo seguía enredado en su derecho y no me apetecía
que perdiéramos el contacto.
—Que te hayan tumbado una vez no significa que no lo consigas a la
siguiente, o a la siguiente… ¿Sabes la cantidad de veces que yo he tenido
que escuchar la palabra no? Lo que no te mata te hace más fuerte.
—Sí, eso dice mi abuela, que no puedo rendirme porque soy una
luchadora, porque, aunque intentaron matarme de bebé, mientras Oli
dormía plácidamente en su cuna, sobreviví, y que está convencida de que
fue porque estoy destinada a algo grande.
—¡Intentaron matarte! —exclamó ahogado—. Pensaba que eso solo
pasaba en las pelis de las tres de la tarde.
—Ojalá, por eso tuve fobia al agua durante años. Si mi padre no hubiera
vuelto porque se dejó unos papeles, me habría ahogado.
—¡Joder!
—Es una historia larga y compleja. Pero aquí estoy, ya ves…
—Por supuesto que te veo, y si antes me parecías una chica
impresionante, después de lo que me has dicho, me lo pareces más todavía.
—¿Podía estar más nerviosa? Aike me estaba viendo, a mí, y tenía la
sensación de que le gustaba todo lo que le contaba.
—No te creas, tengo mis cosas, Oli siempre dice que nací cabrona y que
quise ahogarlo con el cordón unmbilical; para tu tranquilidad, te diré que selo inventa, crecimos en sacos distintos.
—Me hago una idea, aunque si en las noticias aparece una asesina en
serie que utiliza un cordón para aniquilar a sus víctimas, pensaré en ti.
Ambos reímos, Aike terminó con un sonido ronco que me erizó el vello
de los brazos.
Nos miramos y su lengua emergió para lamerse los labios. Llegué a
pensar que el momento había llegado, que ahora bajaría la cabeza y me
besaría, contuve el aliento y aguardé. Si yo iniciaba el movimiento, me
frenaría, tenía que ser él quien diera el paso. Miré su boca con todo el deseo
del mundo, quería que le quedara claro que, en caso de acercarse, no iba a
rechazarlo.
Los sonidos de emergencia retumbaron en mis tímpanos, no por sus
labios, sino por las sirenas de los coches patrulla que inundaron la carretera.
El instante de intimidad se fracturó. Aike dirigió la mirada hacia el otro
lado de la calle para ver qué ocurría. Ni siquiera nos habíamos percatado de
que estaban sacando a las personas de la discoteca.
Nos acercamos. Oliver me había mandado un mensaje hacía una hora,
que se iba a dar una vuelta con Eli y que nos veíamos en un bar cercano que
servía perritos calientes toda la noche. Estiré el cuello intentando localizar a
Erik, y cuando lo vi, silbé. Usábamos un chiflido para llamarnos entre
nosotros de pequeños.
Él me vio de inmediato y se acercó a nosotros a la carrera.
—¿Qué ha pasado? —quise saber.
—Pues, al parecer, un altercado en uno de los reservados, nos han
echado a todos. Según he podido oír, una tía a amenazado a un chaval con
una botella rota. No se sabe si estaba drogada o qué.
—¡De eso nada! —se sumó una chica que nos había escuchado—. Yo
estaba en el reservado dos y la oí gritar diciéndole al de seguridad que él la
había intentado agredir y violar —comentó alterada.
—¿En serio? —pregunté. Ella asintió.
—Algunos tíos son una panda de mamones, se piensan que porque
queramos follar pueden hacernos lo que quieran ahí dentro —se quejó ella
—. Yo dejé de usar Tinder por eso, quedas con un tío y se piensa que puede
hacer contigo lo mismo que en Pornhub. Ayer salió una estadística, el 22 %
de las violaciones han sido por quedadas a través de la app. Yo pensaba que
este sitio era seguro, pero visto lo visto… Al final, follaremos con
androides.
¿Tanto se nos estaba yendo la cabeza que éramos capaces de abusar de
otras personas cuando se nos decía que no a algo? ¿Qué tipo de sociedad
éramos?
—Castración pública en la plaza mayor —comentó Erik exacerbado—;
si empezaran a segar nabos, verías cómo se lo pensarían. Yo, si fuera la tía,
se lo habría amputado.
—Si lo hubiera hecho, encima, la culpable sería ella —se quejó la chica
—. En este país, la justicia es una puta mierda. Os dejo, que he visto allí a
mis amigos.
Nos despedimos de nuestra informante. La gente empezaba a disiparse
espoleada por los agentes. Nosotros también arrancamos a andar en
dirección al bar en el que nos esperaba mi hermano, estaba a tres calles.
—Yo no logro entenderlo, ¿tan difícil es respetar a los demás y evitar
hacer lo que no nos gustaría que nos hicieran? —comentó Aike, que hervía
de indignación.
—Y siempre sufren los mismos; mujeres, niños, la población  más
vulnerable… Qué asco damos como sociedad, ¡joder!
—Estoy de acuerdo —se sumó Erik, pasándome el brazo por el hombro
para besar mi sien—, esto es una puta mierda.
Capítulo 31
Carnaval, Carnaval
Chloe
Cuando llegamos al Frankfurt 24h, seguíamos debatiendo. Eli y Oli
estaban en una mesa pegada a la ventana, lo que facilitó su localización.
Los pusimos al corriente de lo ocurrido. Oliver se alteró un poco
interesándose por la identidad de la chica en cuestión. Ninguno de nosotros
podía darle esa información porque la desconocíamos. Su estado de
nerviosismo me hizo pensar que podía creer que se trataba de la profesora
Rossi. Vi a Eli apretarle la mano, mi hermano sacó el móvil y tecleó algo
rápido.
—Todavía no sale nada en Google —comentó. Yo estaba sentada a su
lado. Mientras, los demás teorizaban sobre si el uso indiscriminado del
porno nos había afectado en la adolescencia y por eso cada vez estábamos
más tarados, por falta de una buena educación sexual.
—¿Piensas que puede haber sido Emma? —pregunté, centrándome en
mi hermano.
—Estaba allí —suspiró—. La vi y nos miramos. Podría haber sido ella,
sabes que solo hay cuatro góndolas, y que en una iba Erik, las
probabilidades son altas.
Se reclinó contra el respaldo agobiado.
—¿Por qué no la llamas o le mandas un mensaje? Así te quedas más
tranquilo.
—No tengo su móvil, y no terminamos muy bien. ¡Mierda! —espetó.
Le apreté el muslo.
—¿Quieres que vayamos a su casa?
—Si vamos y no ha sido ella, empeoraría las cosas.
—Y si no vas, no podrás sacártela de la cabeza… Te conozco, Oli,
cuando una chica te gusta, te entregas al 200 % y, aunque ella no sea lo que
yo querría para ti, sí que deseo lo mejor para ti.
—No voy a ir, me lo dejó muy claro, no quiere de mí más que una cosa
y esporádicamente. Si me planto ahí, preocupado, creerá lo que no es.
—¿Que te importa? —cuestioné—. Pero ¡es que te importa!
—Ella no quiere importarme. Haya sido ella o no, tengo que hacerme a
la idea de que no puedo imponerle mi presencia. Desde el principio, me
dejó muy clara su intencionalidad, he sido yo el que he insistido en que nos
conociéramos para ver si podíamos ir más allá. Por mi salud mental, tengo
que pasar página, si sigo insistiendo, solo me haré más daño. —Lo
comprendía. Aunque Oliver se estuviera muriendo de ganas por dentro, esa
vez no acudiría—. ¡Qué puta mala suerte tengo, ya podría haber nacido
menos enamoradizo! —Le sonreí con suavidad.
—Nadie puede decidir cómo llega el amor. —Casi suspiré y miré de
soslayo a Aike—. Hay personas que les cuesta un infierno, como yo, y, sin
embargo, tú te entregas desde el principio. No es ni bueno ni malo, forma
parte de tu esencia, si no fueras así, no serías mi mellizo, y yo te quiero tal y
como eres, aunque no te lo diga muchas veces —le di un beso en la mejilla.
—Gracias, Chloe.
—Venga, que te invito a la siguiente ronda de perritos calientes, dudo
que durmamos mucho esta noche.
No lo hicimos, nos quedamos allí, los cinco, casi hasta el desayuno.
Muertos de sueño, Erik nos dejó en la residencia y él volvió a su piso. Oli y
yo les dijimos a nuestros respectivos compañeros de cuarto que todavía no
teníamos ganas de dormir, aunque no fuera así, solo hicimos tiempo para
intercambiarnos en uno de los baños de la planta baja y volver a las
habitaciones siendo el otro.
Las dos semanas siguientes pasaron en un suspiro.
A los profesores del máster les dio por ponernos varios exámenes, un
trabajo y, además, tenía que trabajar en el proyecto que debía presentar para
junio. El término sacar la lengua estaba más que justificado.
Aunque lo peor no era eso, sino que Aike parecía abducido por Gloria,
lo que provocaba que mi humor empeorara por segundos.
No salían juntos, no se habían besado, pero tenían que quedar casi cada
tarde porque, casualmente, los pusieron como pareja en un trabajo que
debían entregar la semana siguiente, y entre los entrenamientos de Aike y
las colaboraciones de santa Gloria en una ONG, debían apurar al máximo.
Habíamos tenido que parar las clases para ligar, aunque ya no le hacían
falta, estaba más que claro que la rubia suspiraba por los huesitos de mi
compañero, y la única ventaja que tenía era que parecía una chica
tradicional, por lo que estaba esperando a que él diera el primer paso.
Pues espérate sentada, bonita, que igual cuando Aike se decida, tú ya
vas con dentadura postiza.
Miré en dirección a la cama de Aike. Cuántas veces me descubrí esas
dos semanas contemplándolo bajo el reflejo de la luz del móvil, mientras le
dedicaba sonrisas ladeadas a la pantalla en lugar de a mí.
Aporrearon la puerta, lo que me hizo alzar la cabeza del libro y gritar un
adelante. Si fuera mi compañero de cuarto, no habría llamado, o sería mi
hermano, o Eli. Cuando se abrió, casi regurgité una bola de pelo. Gloria
hizo acto de presencia seguida de Aike, de putamadre. Nunca antes la había
traído a la residencia, así que eso significaba algo. ¿Vendrían a darme la
noticia de que estaban saliendo? Me sentí mal.
—Hola, Oli —me saludó con voz cantarina. Estaba tan guapa como
siempre. ¿Qué comía esa chica?, ¿la Cosmopolitan?
—Gloria —gruñí.
—Menudo saludo, colega, he visto enterradores con más alegría que tú
—protestó Aike.
Apreté los labios en una sonrisa tensa.
—Perdonad, es que estoy muy liado —señalé el libro.
—¿Liado? Si según Aike llevas aquí quince días encerrado; si sigues
metiéndote letras en el cerebro, te convertirás en una revista de
crucigramas.
—Igual quiere ganar el rosco de Pasapalabra.
—¡Muy graciosos! Si estudio tanto es porque quiero la plaza de becario,
necesito un expediente brillante y un trabajo todavía mejor. Te recuerdo que
sigo sin tener idea sobre qué lo voy a hacer. —Aike se rascó la cabeza y me
contempló arrepentido.
—Siento no haber estado a la altura estas semanas, te prometo que la
que viene nos ponemos. —Desvió la mirada hacia Gloria—. Te dije que no
querría venir.
—¿Ir adónde? —me interesé.
—Organizan una fiesta en casa de una de las chicas, va a ser la leche, es
de disfraces, ¡hoy es carnaval! —comentó como si eso lo resumiera todo—.
Será muy divertido, nosotros vamos y he pensado que quizá te apetecería.
Sé que llevas dos semanas hincando codos y que no sales, igual podría
presentarte a alguien… —agitó las cejas rubias—. Tengo unas amigas
superguapas e interesantes que se mueren por conocerte.
«Increíble. ¿¡Gloria pretendía que ligara con una de sus amigas!».
—Creo que paso, mejor id vosotros.
Ella vino hasta la cama y se dejó caer en el colchón para arrancarme el
libro.
—Anda, Olivito, vamos a divertirnos un poquito… —«¿Olivito? Casi
poto»—. Y si no te gustan las chicas, quizá pueda presentarte algunos
chicos… —Fui a abrir la boca, pero Aike la interrumpió.
—Gloria…
—¿Qué? No pasa nada, en la variedad está el gusto, hoy día no tiene
mayor importancia si te gustan los chicos, las chicas o los dos. Lo que tiene
es que despejarse. —Su atención regresó hacia mi persona—. No voy a
aceptar un no por respuesta, y puedes traer a quien quieras, la casa de
Ángeles es gigante. Me siento culpable de tener abducido a Aike cuando te
prometió echarte un cable. De alguna forma te tengo que compensar, que si
no hubiera sido por ti… —«Blablablá»—. ¿Vendrás? Anda, dime que sí.
Diría lo que fuera para quitármela de encima y porque las palabras
Aike, casa y fiesta me llamaban demasiado.
—Vale, está bien —asumí.
—¡Genial! Entonces, esta noche a las diez, Aike ya tiene la dirección, y
recuerda que tienes que venir disfrazado. Ciao, chicos.
Capítulo 32
¿Guarromántico o falocrático?
Oliver, dos semanas antes.
La chica del Fantasma de Venecia era Emma.
Cuando mi hermana nos lo contó, tuve un pálpito, y cuando el lunes
acudía a su clase de italiano, no como oyente, sino de acosador barra
acosadora, porque iba caracterizado de Chloe, supe que no me equivocaba.
No acudió, en su lugar, vino una sustituta que no quiso darme los
motivos de la ausencia de la profesora Rossi cuando la intercepté antes de
entrar y le pregunté.
Solo necesitaba sumar dos más dos para que el resultado fuera cuatro.
Habría sido demasiada coincidencia que tuviera una gripe. Además, esa
mujer me lo habría dicho.
Tuve que controlarme para no ir hasta su casa, aporrear el timbre y
pedirle que me abriera para cerciorarme de que estaba bien. Mi cabeza no
estaba en su sitio, deambulé por la ciudad hasta que mi estómago rugió del
hambre y me descubrí frente a la hamburguesería en la que trabajaba Eli.
Pedí una burger triple, con extra de queso y beicon, una ración de
patatas dobles con salsa ranchera y jalapeños y un refresco de litro.
Cuando tenía un vacío emocional, la comida era un refugio.
—Chica, en serio que no sé dónde metes toda esta cantidad de comida
—me comentó, acercándome la bandeja—. ¿Estás premenstruando?
—¿Cómo?
—¿Que si tiene que venirte la regla? A mí me da un hambre feroz y me
crecen las tetas, ojalá se me quedaran así para siempre, como cuando está
apunto de venirme, están como más gordas y más tiesas —comentó,
acariciándoselas. Sin querer, le miré el escote y enrojecí.
—Yo te las veo perfectas —carraspeé, llevándome una patata entre los
labios.
—¿En serio? ¿No te parecen pequeñas? Bueno, tú que vas a decir si te
estancaste en plena floración, y eres una chica, que eso cuenta. A los tíos les
ponen los melones grandes y gordos, como los de la profesora Rossi, por
eso todas se operan. Tendrías que haberla visto cuando entraba en clase,
todos los alumnos le miraban las tetas, seguro que tu hermano también se
las miró. Yo creo que las prefieren así porque los tíos crean un vínculo
alimenticioafectivo con ellas desde que nacen. Asocian tetas enormes a
comida ilimitada. Puede que por eso nosotras también las queramos tener
grandes, porque queremos sentirnos una especie de despensa. Mi abuela
siempre dice que a un hombre se le conquista por el estómago o por el
escote, así que si te faltan unas… —Volvió a sobárselas—. Es mejor que te
apañes con lo otro. —Señaló mi bandeja—. En fin, corramos un estúpido
velo. ¿Te tiene que venir la regla, o no?
Me había dicho tantas cosas y tan deprisa que me perdí después de que
dijera profesora Rossi.
—Emmm. No lo sé.
—¿Cómo no lo vas a saber? ¿Cuándo fue la última vez que la tuviste?
Me dijiste que tú eras más de tampones cuando yo te comenté lo de la copa
menstrual, ¿verdad? —Asentí aturullado. Ella se puso a pensar mirando el
techo y, entonces, me miró con los ojos muy abiertos—. ¡Oh! ¡Mierda! No
has comprado ni una sola vez desde que te mudaste al cuarto. ¡Tienes un
retraso! ¿Estás embarazada?
«Solo me faltaba, sería el primer tío en estarlo».
—¡No!
—Bueno, a veces puedes sufrir retrasos por otros motivos como nervios
o extrema delgadez. El cuerpo es muy sabio, detecta los desequilibrios
hormonales hasta el punto de pasar a tener ciclos irregulares o a que se
ausente tu menstruación. A mi prima, que es un palo, le pasó, aunque ella
era porque hacía gimnasia rítmica y tenía una entrenadora que era una
sádica y la obligaba a pasarse el día comiendo apio, y tú comes como una
lima.
—No estoy embarazada —remarqué.
—Eso no lo sabes y, de todas formas, no estaría de más que te hicieras
un test. Si estuvieras, ¿lo tendrías? ¿Cómo crees que se lo tomaría Erik?
Imagínate un niño con su pelo y con tus ojos, sería precioso —suspiró.
Di un bocado a la hamburguesa para no contestar, y agradecí a la
providencia que entraran más clientes, por lo que Eli me dejó tranquilo.
Marqué el número de mi mejor amigo y le dije que estaba jodido, que si
podía pasarse por allí.
Lo tenía en la hamburguesería en quince minutos, por suerte, estaba
haciendo unas gestiones por la zona y ya había terminado. Eli nos miró con
sospecha desde la barra, pero no dijo nada.
—¿Qué le pasa a tu compañera de cuarto? Parece que esté esperando
que te clave en el cuello la pajita del refresco —preguntó sorbiendo.
—Piensa que me has dejado preñada.
Al arrojar el comentario, Erik sorbió con más fuerza de la debida y
terminó arrojando la Coca-Cola por su nariz. Parecía un puto surtidor.
—¡Me cago en la puta, tío! Acabas de hacerte una lavativa nasal encima
de mi postre.
Eli lanzó un alarido al otro lado de la barra y vino corriendo con una
bayeta.
—¿Se lo has dicho? Es eso, ¿a que sí? —O tenía un oído supersónico, o
por la reacción de mi mejor amigo lo había deducido. Este estaba
sujetándose el puente porque las burbujas debían estar perforándoselo y le
lloraban los ojos, así que le pasé una servilleta. Tuve que seguirle el rollo a
Eli, así que asentí—. Erik, no pasa nada, tenéis que hablarlo, sois muy
jóvenes y hay muchas opciones, si no queréis tener el bebé, podéis abortar o
darlo en adopción.
—Todavía no sabemos si estamos embarazados —gruñí.
—Eso tiene fácil solución. Ana, ¡voy a la farmacia y vuelvo en un
periquete, que estos clientes necesitan mi ayuda! —gritó por encima de la
cola de gente que esperaba su turno. Noaguardó a la respuesta de su
encargada y salió cagando leches por la puerta.
—¿Por qué no le has dicho que se equivocaba?
—Créeme, es la mejor opción, no tienes ni idea de lo mucho que habla
y cuánto da de sí su imaginación. Después le digo que era una falsa alarma,
voy al súper, me hago con unos tampones y dejo que se preocupe por mi
falta de sangre. ¿Tú sabes cada cuanto se los cambian las tías?
—¿Tú me has visto cara de tu menstruación? ¡Soy gay! ¡Pregúntaselo a
tu hermana!
—Vale, pero tú guárdate los sobrecitos de kétchup, los voy a necesitar
—comenté, pasándoselos por encima de la mesa.
Diez minutos más tarde, Erik estaba al corriente de mis sospechas sobre
lo ocurrido en la discoteca, le expliqué mi malestar y, antes de que
pudiéramos hablar al respecto, Eli, alias Control de Natalidad, estaba de
vuelta. Me tendió una bolsita nerviosa y con la mirada esperanzada.
—Ten, ve al baño y no nos hagas esperar. Cuanto antes sepamos lo que
ocurre, antes podremos decidir.
—¿Me has traído dos? —pregunté, ojeando el interior de la bolsa.
—Es que ahora te los dan a pares, por si uno falla. ¿Quieres que te
acompañe?
«Sí, y de paso me la aguantas».
—No, no hará falta.
—Vamos, cariño, tranquila, que yo te apoyaré ocurra lo que ocurra,
estamos juntos en esto. —Erik me palmeó la mano con tonito
condescendiente.
«¡Puto cabrón!».
Mientras me alejaba hacia el baño, escuché que le decía a Eli.
—Porque… ¿tú como verías Chloeri para niña o Erichlo para niño?
—Pero ¿lo pensáis tener? Me pido ser la madrina, y Oli el padrino,
porque tú no tienes hermanos, ¿no? ¿Lo vais a bautizar? ¿Te imaginas que
fueran mellizos y tuvieran tus rizos? Los de pelo rizado estamos muy poco
valorados, necesitamos ser más.
Menos mal que mi desaparición tras la puerta de los servicios y el grito
de Ana para que Eli volviera a su puesto de trabajo solucionó que siguiera
hablando.
Salí con los dos test de embarazo y un negativo en cada uno de ellos.
Me acerqué a la barra para decírselo e informarla de que Erik y yo nos
íbamos a dar una vuelta. Ella me miró entre triste y aliviada, una extraña
combinación.
—Ya tendréis tiempo —me sonrió.
—Nos vemos luego en la residencia.
Le lancé un beso, salimos al exterior y en cuanto cruzamos de acera,
con el gélido viento de invierno golpeando mis mejillas, miré a Erik con
total seriedad cambiando de tema.
—Sé sincero, ¿tú qué harías?
No hizo falta que le dijera a qué me refería, porque mi expresión lo
decía todo. La suya ya no era la de canalla cabrón, sino la de amigo de toda
la vida.
—A ver, te conozco desde que éramos pequeños, sé lo que te pide el
cuerpo y que tu preocupación por ella es genuina y va mucho más allá de lo
que puedas llegar a sentir por esa mujer, pero Emma no te conoce como yo
y te puso los puntos sobre las íes. Te explicó lo que quería y, te guste o no,
tienes que respetar su decisión.
—Es que esto va más allá de su decisión. ¡El sábado quisieron violarla!
—Supuestamente —puntualizó—. Aunque no la hayas visto en la
facultad, pudo no llegar a subir, o pudo tratarse de otra chica, no lo
sabemos. —El brazo de Erik rodeó mi espalda.
—Y por eso me gustaría llamar a su timbre y preguntarle si está bien, si
era ella, si me necesita.
—Emma no está sola en esta ciudad, tiene a sus padres, y si te necesita,
sabe dónde buscarte —resoplé. Sabía que tenía razón, pero, aun así, mi
corazón no dejaba de martillearme y exigirme que fuera.
—¿Por qué mierda tengo que ser así, tan sentimental, y no como Chloe?
—Porque tú saliste a tu padre y a tu abuelo. Tu melliza es más como
Patrice, forjadas en hielo, ¿o no recuerdas que tu padre se pasó años
enamorado y buscando a tu madre cuando todo apuntaba a que había
muerto? —Eso era cierto—. Por no hablar de tu abuelo, tía Cris me contó
que fue incapaz de rehacer su vida con otra mujer tras el divorcio con tu
abuela. Lo llevas en los genes, eres un tío sentimental y te enamoras. Eso no
es malo.
—Ni bueno, porque lo paso fatal, además, tampoco es que pueda
llamarlo amor, más bien obsesión. Me atrae muchísimo y en la cama
funcionamos de diez. Me encantaría que me diera la oportunidad de que
pudiéramos conocernos mejor y ver si podemos encajar.
—Te juro que te entiendo, lo que te pasa es que eres un guarromántico,
mientras que yo soy un falocrático.
—¿Falocrático? —pregunté con una sonrisa en los labios, porque me
esperaba cualquier cosa de Erik.
—Aja, a mí me basta y me sobra con comer pollas y que me la coman,
mientras que tú tienes alma de sexo guarro y corazón romántico.
No pude contener la carcajada, por jodido que estuviera, Erik siempre
tenía ese poder de hacerme reír, lo que era bastante liberador.
—¿Entonces? —insistí.
—Dale espacio, si lo vuestro tiene que ser, será; Emma no está sola. —
Asentí, eso era verdad—. ¿Quieres que te cuente lo bien que la chupa mi
nuevo becario?
—¡No me jodas que te lo has tirado!
—Ya te dije que me van demasiado las pollas, y ese niñato tiene un
vicio que flipas. Además, me da mogollón de morbo el rol jefe-empleado.
—¡Tú no eres su jefe, sino su ejemplo a seguir!
—Pues que siga mi ejemplo y que me la siga chupando así de bien. ¿Te
hacen unas birras en mi piso?
—Anda, vamos, falocrático.
—Vale, pero antes déjame parar por la farmacia, que para mí que los
test de Eli estaban caducados y tenemos que repetirlos por si acaso.
Capítulo 33
Almas rotas
Profesora Rossi
De baja y con la moral minada, ese era mi estado.
Poco importaba que mis padres o mis amigas me apoyaran, que lo
hicieron.
El problema, además de los golpes y las magulladuras, eran las miradas
y habladurías que me alcanzaban por todas partes.
Odiaba ser el centro de atención en un tema como aquel, convertirme en
el tema a debatir, que los medios de comunicación se hicieran eco de lo
ocurrido entre el jugador de fútbol de los Dragons, Elías Ariza, y la modelo
y activista del movimiento body positive, Emma Rossi.
El aluvión de mensajes en mis redes sociales no era ni medio normal,
algunos eran de apoyo y otros… otros mejor ni leerlos.
Amenazas, haters, burlas, chicas animándome a ser la abanderada de
todas. La realidad superaba la ficción, y yo no quería nada de todo eso, solo
mi puesto de profesora en la universidad. No me lo había buscado por ser
una guarra, como decían algunos, porque sí, hay hombres que siguen
pensando que las mujeres de bien no salen para follar.
Además, cada uno de mis post se había convertido en un espacio donde
acuchillarse los unos a los otros, cuando mi objetivo siempre fue intentar
enriquecer a los demás con mi propia experiencia, ayudar a otras personas
con mi misma situación o similar, inspirar, pero no convertirme en una
diana mediática a la que arrojar dardos envenenados.
No salía de casa, no ponía la tele, mi higiene dejaba mucho que desear
porque ni siquiera me quedaban fuerzas para eso. Estaba hundida
moralmente y, aunque el decano me llamara para decirme que contaba con
todo su apoyo y que la universidad estaba de mi lado, yo no estaba segura
de que eso fuera cierto, porque las dudas y la inseguridad volvían a
minarme por dentro, mi muro había caído y ya solo quedaba el dolor y la
angustia de aquel ser vulnerable que había vuelto a sus cenizas.
Pensar en aquella noche me hería, sin embargo, no dejaba de recrearla,
de pensar que podría haber hecho las cosas distintas. ¿Y si no hubiera ido a
la discoteca? ¿Y si no hubiera tratado de demostrarme que Oliver no era lo
que necesitaba? ¿Y si estaba equivocada en el camino que había escogido
seguir? ¿Hacia dónde iba? ¿Quién era? ¿Qué iba a ser de mi vida?
Las imágenes regresaron acuchillándome el cerebro.
Primero la de los trabajadores del local, las de los policías diciéndole a
los médicos que tenían que tomarme declaración y los sanitarios rogándoles
que lo primero era atenderme.
Las miradas llegando a mí desde todos los ángulos posibles, algunas
cargadas de lástima, otras de incomprensión, otras de escepticismo. Las
peores ocurrían cuando posaban los ojos sobre él, un hombre codiciado, de
éxito, de metro noventa y cinco de estaturay ciento diez kilos de pura masa
muscular, y después sobre mí. Y ver con tanta claridad sus pensamientos
dolía, porque la frase estaba ahí, impresa en sus retinas.
«Un tío como ese nunca estaría con una como ella».
La había sufrido tantas veces que la reconocía con facilidad.
Él estaba en uno de los despachos, mientras que sus amigos estaban a
tres metros de distancia de mí. No mentía cuando dijo que había ido con
ellos, según escuché, fueron a celebrar la victoria del equipo, y algunos
decidieron venir a la discoteca de fiesta.
Cinco tíos rudos y fornidos me dedicaban miradas de auténtica repulsa.
Uno de ellos alzó la voz al agente que les tomaba declaración.
—Le prometo que lo reconoció, se le veía en los ojos cuando lo miró, es
imposible no reconocer a Elías cuando ha salido en prensa y televisión —
alegaba ofendido—. Lo eligió a sabiendas de quién era, y ha montado todo
este pitote para pedirle una indemnización. ¿En serio cree que mi amigo
necesita forzar a una chica como ella? —«Una chica como ella». Las
palabras que me habían atormentado toda mi puñetera existencia—.
¡Nuestro colega podría tener a la que quisiera de la discoteca! Si se metió
en ese círculo, fue por nosotros, porque le dijimos que no se atrevería a
tirarse a esa chica, nos pareció divertido y, al fin y al cabo, Elías es un puto
premio para cualquiera. —«Y yo era el de consolación, ¿no?»—. ¡Todos la
vieron escogerlo y subir a los reservados de manera voluntaria, y todos
saben a qué se sube, el DJ lo deja bien claro, así que ahora no venga
diciendo que si la forzó y no sé qué más mierdas! ¡Ella fue la que lo
amenazó con una botella rota! ¡Pregúntele al de seguridad!
—Tranquilícese, señor Rodríguez, y déjenos hacer nuestro trabajo,
vamos a interrogar a todos los involucrados.
Tenía ganas de gritar, patalear y arrancarle la lengua a ese mentiroso
de mierda. Las lágrimas surcaban mis mejillas mientras una médica
palpaba mi cabeza.
—No los escuches, dirán lo que sea para proteger a su amigo,
tranquila, cuando te tomen declaración a ti, ya les darás tu versión de los
hechos. Ahora, lo que tienes que hacer es descansar.
—Es que eso no pasó así —gimoteé ahogada. Las palabras se
agolpaban en mi garganta, que estaba cerrada por un llanto que trataba de
contener.
—Yo te creo, todos esos tíos son iguales, piensan que por su físico todas
tenemos que arrodillarnos ante ellos y no soportan una negativa, si yo te
contara la de casos que atiendo… Lo importante es que te serenes y te
preocupes por tu bienestar. Vamos a llevarte al hospital. Tras el
reconocimiento inicial, dudo que tengas algo grave, pero es mejor
asegurar, los golpes en la cabeza pueden ser muy traicioneros. ¿Quieres
que llame a algún familiar? —Negué. Estaba demasiado avergonzada y
aturdida como para querer ver a alguien—. Aunque seas mayor de edad,
estaría bien que quien tú quieras venga al hospital; si lo prefieres, te lo
piensas de camino, ponte en pie, yo te ayudo.
Me acompañó hasta la ambulancia, todavía quedaban curiosos fuera
grabando con los móviles, yo agaché la cabeza, no quería que me
publicaran en aquel estado.
En cuanto me estiré en la camilla, sentí alivio de no ver ni escuchar a
aquellos energúmenos, aunque los recuerdos acudieron a mí mente en
tropel. Cada comentario punzante que había recibido en mi vida, cada
situación en la que me hacían sentir menos por ser más, el dolor
abriéndose camino en cada pensamiento pudriéndolo todo.
Tuve que hacerme a un lado y vomitar.
En la máquina del escáner, con los ojos cerrados, volvieron a mí las
palabras de mi terapeuta. «Tú eres tu peor enemigo». «¡Y una mierda!».
Tenía ganas de gritar, ¡ojalá estuviera aquí y pudiera ver el daño gratuito
que me producían los demás! Que la teoría me la sabía al completo, que las
palabras solo tienen el peso que tú les das, pero ¿y los actos?
Aquel cabrón me había golpeado, humillado, y encima pretendía
hacerles creer a todos que quería hacerme un favor. ¡Un favor! Y lo peor
de todo era que muchos lo creerían, y sí, vale, puede que yo subiera
voluntariamente y que no usara explícitamente el término «no», pero para
mí bastaban las palabras que utilicé, en ningún momento merecí que me
tratara como lo hizo.
¿Cuál fue mi pecado? ¿Ser una mujer con ganas de follar y querer
poner mis normas?
No todo vale, no to-do va-le.
Caminé hasta la ventana y me asomé. Contemplé a la gente desfilar ante
mis ojos, había de todo tipo, altos, bajos, calvos, con rastas, gordos,
delgados, ¿es que no se daban cuenta de que todos teníamos cabida? ¿Por
qué la sociedad se empeñaba en que fuéramos clones? ¿De qué? ¿De quién?
Abrí las ventanas y el aire frío me golpeó. Necesitaba aire, necesitaba
respirar. Temblé un poco y mis ojos se desplazaron hacia una pareja que
estaba sentada en un banco, sonreían, se contaban confidencias y se
besaban.
Una punzada de dolor atravesó mi estómago, podría haber sido hambre,
porque esos días me estaba descuidando bastante, pero no fue eso, fue el
reconocimiento de que un día yo también fui así, también me sentí así, creí
en el amor hasta que la realidad me dio un guantazo con toda la mano
abierta, y no fue una vez, ni dos.
Destruida y vulnerada, tomé una decisión, no iba a esperar a que me
amaran porque la única que podía amarme como merecía era yo. No habría
más decepciones, no habría más daño gratuito. Cerré los ojos, aspiré hondo
y un par de ojos azules me hicieron temblar de cabeza a pies.
«¿Por qué no dejas que fluyamos y que sea lo que tenga que ser?».
«Porque no me siento capaz de volver a perderme y tienes todos los
ingredientes para que ocurra. Eres demasiado especial, Oliver Miller, y yo
estoy demasiado rota».
Capítulo 34
Mueve ficha
Chloe
Miré a Eli, y una sonrisa escapó de mis labios.
—¿De qué se supone que vas disfrazada?
—De armario de IKEA, no sabes la necesidad que tengo de que alguno
me empotre —subrayó, dando una vuelta sobre sí misma.
Fui incapaz de controlar la carcajada, la verdad era que había sido fruto
de la improvisación; en cuanto le dije lo de la fiesta, se apuntó, le ofrecí
venir a comprar uno, pero me dijo que no, que ella era muy de reutilizar y
que con la pistola de silicona se apañaba, además de que tenía que ahorrar
porque quería comprarse un coche.
Con unas cajas de cartón y rotulador negro, se había hecho un buen
apaño.
—Pues si quieres, te escribo el slogan en la espalda.
—Nah, con que me vean así, será suficiente, abriré las puertas y les
ofreceré que se desnuden en mi interior.
—Me parece una gran opción.
Yo iba de Harry Potter, Aike, de Draco Malfoy, y mi hermano, de
Hermione, no me apetecía ser Chloe esa noche.
Mi humor era pésimo después de que Aike me confirmara que había
llegado el momento de dar un paso más e intentar besar a Gloria. La noticia
me sentó fatal, apenas hablé en el trayecto de metro cuando fuimos en
busca de los disfraces. Él me preguntó si creía que era una buena idea, y
tuve que pensarlo antes de responder.
Si decía que no después de haberle insistido tanto en que debía lanzarse,
no lo comprendería. Por otra parte, quizá fuera exactamente lo que
necesitara, besarla y darse cuenta de que podían tener física, pero ningún
tipo de química, aunque la simple idea de sus labios conectados me
retorciera las tripas.
Aceptaba que Gloria pudiera gustarle; era una chica guapa, amable,
estudiaba una carrera similar a la suya, pero no pegaban ni con cola, no
había chispa.
Terminé por decirle que tenía mi bendición y que le deseaba suerte.
Fuimos hasta un chino enorme y, por suerte, encontramos los disfraces que
queríamos y de nuestras tallas.
Que llevara bufanda era fundamental, además de que iba a ponerme un
jersey finito blanco de cuello vuelto, igual que Oli.
Malhumorada y algo ceñuda, repiqueteé mi pie contra la acera. Erik
tenía que estar al caer, dijo que vendría en metro porque esa noche quería
beber. Aike estaba dándole su comida a Slitheryn, y Oliver fue a por una
botella de agua a la máquina expendedora de la residencia porque le entró
sed.
Estaban siendo unos días duros paraél desde que nos enteramos de que
la profesora Rossi estuvo a punto de ser violada en el Fantasma.
—Mira, ¡ahí está tu cuñado! Joder, qué bueno está, ¿tú crees que si le
tiro la caña aceptará? —preguntó Eli, dándole un repaso a Erik de pies a
cabeza.
—Puedes probar.
Lo cierto era que Erik nunca había estado con una chica, decía que era
alérgico a las ostras, sería divertido verlo sufrir frente a las atenciones de
Eli.
—Igual a Chloe le molesta, soy su compañera de habitación, y no sé…
—Lo dudo, ya sabes cómo son, de mente y entrepierna abierta, tú
tírale…
Mi mejor amigo venía caracterizado de estrella del rock, ojos
maquillados que intensificaban sus retinas oscuras, camiseta con
transparencias, pantalón de pitillo con varios rotos y una guitarra inflable en
la mano. No se había matado mucho, todas esas prendas eran suyas, excepto
la guitarra, que la habría comprado en alguna juguetería, aunque tenía que
reconocer que el resultado era óptimo.
—¡Hola, chicos! —nos saludó.
—Madre mía, ¡¿me firmas un autógrafo?! ¡Estás que crujes! —exclamó
Eli con las mejillas sonrojadas.
—¿Dónde lo quieres? —cuestionó, agitando las cejas. Ella tiró de una
de las puertas de cartón y señaló su escote.
—¿Te va bien aquí?
Pues sí que llevaba puesta la directa, sí.
Él sonrió canalla. Eli no tenía ni puta idea de lo que había hecho, porque
mi mejor amigo era un provocador.
Ni corto ni perezoso, se metió en la caja, y estoy segura de que la chupó
o la mordió por el gemidito que escapó de los labios femeninos.
Se puso erguido y la contempló socarrón.
—Está hecho con tinta invisible e imborrable. Ahora siempre me
llevarás en tu corazón.
—¿Qué llevará en su corazón? —cuestionó mi hermano, llegando hasta
nosotros convertido en la mismísima Hermione.
—Tu novio acaba de chuparle una teta a Eli —proclamé. La susodicha
emitió un quejidito de pudor.
—No ha sido en la teta.
—Pues le habrá mordido el pezón —seguí contraatacando.
—Ha sido aquí —comentó, atascada, señalándose la piel del escote.
—No ha sido para tanto, solo me he metido en mi papel de rockstar y
rebuscaba en su cajón de la ropa interior, creo que he olvidado ponerme los
calzoncillos.
A la pobre Eli parecía que la estrangularan mientras Erik se sobaba el
paquete.
—¡Cerdo! —escupí.
—Si no querías un incendio, no haberme ofrecido la caja de cerillas —
musitó ronco, contemplando a una Eli un pelín abochornada.
—No pasa nada —susurró Oliver, que miraba a su compañera con
comprensión—. Si a Erik y a ti os apetece jugar, tenéis vía libre, total, él y
yo lo hemos dejado.
Mi mejor amigo no puso cara de sorpresa, por lo que deduje que habían
vuelto a hablar a mis espaldas y excluirme de aquella decisión.
—¿Habéis roto? —preguntó Eli azorada. Aike salía por la puerta de la
residencia con el ceño fruncido.
—¿Qué se ha roto? Puedo ir al cuarto si necesitáis hilo y aguja.
—Lo nuestro no se cose —asumió Erik—. Chloe y yo lo hemos dejado,
estamos en puntos distintos de la relación, así que lo mejor era cortar, no
necesitamos puntos de sutura, aunque se agradecen, doctor. En el fondo, es
lo mejor, siempre hemos sido muy buenos amigos y lo seguiremos siendo.
—Erik caminó hasta Oli para acercarlo a su cuerpo y besarle la sien.
Yo me mordí el labio cuando Aike pasó su mirada de ellos a mí. ¿Qué
estaría pensando? ¿Por qué me miraba así? Lo desconocía, aunque, quizá, al
saber que Chloe estaba libre, ya no le apetecía tanto besar a Gloria. El
pensamiento me hizo sonreír.
—Vaya, lo siento —susurró comedido—. ¿Estáis bien entonces?
—Mejor que nunca —añadió mi hermano representándome—. Me he
dado cuenta de que prefiero las relaciones más tradicionales y que quiero
centrarme en lo que de verdad me importa —afirmó con una caída de ojos
que nada tenía que envidiar a las mías. ¡Menudo cabrón! Mi mellizo era un
pro cuando quería.
—¿Te refieres a la plaza en la revista?
—Entre otras cosas —musitó, dedicándole una mirada de lo más
caliente.
«¡Me cago en la puta!». Hasta las pecas de Aike habían cambiado de
color, sus ojos no podían estar más abiertos, ni mi corazón martillear más
rápido.
—Entonces, ¿tengo vía libre para que me lubriques las bisagras? ¿O es
demasiado pronto? Es que creo que me rechinan, y antes de que se me
adelanten…
«Pues sí que había estado rápida Eli, sí. Lo que no sabía era que con la
cantidad de aceite que perdía mi amigo, su lubricación sería distinta». No lo
dejé contestar.
—¿Por qué no vamos a la fiesta y nos dejamos de noticias y
proposiciones indecentes? Esto es demasiado incluso para mí —gruñí.
Nos pusimos en camino hacia la parada de metro, teníamos por delante
un buen trecho.
La casa de la amiga de Gloria resultó ser puro alucine. Estaba
construida sobre una parcela de mil metros cuadrados en la zona de
Vallvidrera. Era de ladrillo visto, tres plantas y la última totalmente
acristalada. No había visto una edificación igual en la ciudad.
Tenía un jardín cubierto de césped y una piscina bastante grande.
Aunque el tiempo no acompañara y bañarse fuera de valientes o de suicidas,
quedaba muy bonita completamente iluminada. Algunos de los
universitarios paseaban a su alrededor.
Todo el mundo iba disfrazado, digamos que no primaba lo original, la
mayoría de chicas parecían sacadas de un catálogo para adultos y sus
pezones de acero amenazaban con saltarle un ojo a quién osara mirar.
Gloria era una de ellas, se acercó a nosotros saludándonos con un gritito
que si fuera vaca, me habría hecho regurgitar. Si esperaba que fuera a juego
con nosotros, me equivocaba. No eligió vestir de Astoria Greengrass, que
habría sido la pareja lógica de Draco, sino que llevaba una bata de doctora
unas tres tallas más pequeña, con las tetas asomando por el escote, un
fonendo en el cuello y una especie de cofia en la cabeza.
—¡Estáis fantásticos! —festejó—. El mío es muy previsible, ¿verdad?
—Dio una vuelta sobre sí misma que me hizo dudar de si llevaba bragas o
no.
—El tuyo es de infarto —bromeó Erik—, si necesito que me resuciten,
pediré que seas tú quien me haga la reanimación cardiopulmonar.
Ella emitió una risita tonta, y a mí me recordó al sonido de la ardilla de
Ice Age. ¿Por qué le estaba cogiendo tanta tirria? En el fondo, la pobre no
me había hecho nada salvo existir, ¿qué culpa tenía ella de que Hermione
amara en secreto a Draco?
Ninguna, además, yo no era Hermione, sino Harry, y de todos es sabido
que ella terminaba con Ron. Mierda, ¡ya he soltado un spoiler!
—Vamos dentro y os presento a Ángeles, es superdivertida, ya veréis —
anunció vivaracha.
—Los padres de tu amiga deben ganar un montón de pasta para tener
una casa así en la ciudad —anotó Eli.
—¡Qué va! Esta casa no es de sus padres, sino de su novio, se la
compraron hará un año. Toca en un grupo de rock llamado El Último
Aullido[8], igual lo conocéis, están muy de moda. Ellos son de Granada,
aunque empezaron a salir en Oxford. Ambos estudiaron medicina y están
haciendo el máster aquí. El grupo de su chico va a tocar en directo. ¿No es
alucinante?
—Mucho —bufé. A ver, que yo los había escuchado y eran una pasada,
pero esa chica me enervaba.
—Anima esa cara, «Oli», en lugar de a una fiesta, parece que vayas a un
entierro —susurró Erik en mi oído.
Aike caminaba varios pasos por delante mientras ella no dejaba de
parlotearle.
—Será porque voy al tuyo, ¿en qué momento pensabas decirme que
hemos roto?
—Entre tú y yo nunca ha habido nada, excuñada… —Alzó las cejas y
miró de un lado a otro por si alguien nos había escuchado.
—Nadie está pendiente de nuestra conversación.
—Por si acaso. ¿En serio que necesitabas romper conmigo de un modo
tan rápido?
—Si mi olfato no me engaña, Aike no es muy abierto en el tema
sentimental, así que si quieres avanzar con él, tienes que ser libre como un
pajarillo, o ya habría movido ficha. Si esto fuera el parchís, la futura
doctora te lleva varias casillas de ventaja, o avanzas, o pierdes. Yo me he
encargado de allanarte el camino, ahora te toca tirar los dados, hacer barrera
y comerte una para que te cuente veinte. Ya puedes comerle bien la bocao
estás muerta.
Erik tenía razón, si me apetecía remontar, necesitaba estar soltera, pero
¿por qué querría yo remontar? Aike nunca fue mi objetivo, yo no quería
liarme con él, y en ese momento parecía que era en lo único que podía
pensar, como si la revista hubiera dejado de existir y ser becaria no fuera el
motivo por el cual había ido hasta allí.
«Por eso tienes que liarte con él, necesitas corroborar que es todo una
ilusión. En cuanto beses al sapo, te darás cuenta de que nunca fue tu
príncipe y podrás centrarte en lo que realmente importa».
—Gracias —terminé diciéndole a Erik entrando en la casa.
—No hay de qué. ¡A por él, Potter, usa tu magia, pero no tu varita! —
bromeó.
Una vez dentro, Gloria nos presentó a la anfitriona, me gustaría decir
que mentía y que su amiga era una pedorra o su novio un intratable, el caso
es que no era así. Angie resultó una tía superenrollada, divertida, cercana y
estaba como una puta cabra, y él… ¡Madre mía! Un pedazo de tío altísimo,
guapísimo y rubísimo vestido de hombre lobo que te daban ganas de pedirle
un muerdo de no ser por la adoración con la que la miraba.
También conocimos al resto de integrantes del grupo. Erik se ofreció a
hacerles los coros, solo por lo buenos que estaban todos. No pudimos hablar
demasiado porque estaban afinando los instrumentos para empezar a tocar.
Quizá más tarde podríamos conversar un poquito más con ellos.
La música sonaba por los altavoces a través de un portátil que
reproducía una lista de Spotify con los temas más actuales. En ese instante,
sonaba el tema de Rosalía Lie Like You Love Me. Había comida y bebida
por todas partes. Una chica paseaba llevando una bandeja de repostería, o
por lo menos olía a brownies.
—¡Pillad uno! —comentó, pasándolos por delante de nuestras narices
—. Están buenísimos, son caseros, los acabo de sacar del horno y contienen
mi ingrediente secreto. Por cierto, soy María, la hermana de Ángeles —
sonrió, tendiéndonos un dulce a cada uno.
Nos llevamos una porción a los labios. ¡Estaban buenísimos! Los
invitados empezaban a bailar en el salón y la pedorra de Gloria le insistió a
Aike para que bailaran. Si creía que iba a decirle que no, me equivocaba, mi
compañero le dedicó una sonrisa de palurdo y dejó que ella le envolviera la
nuca con los dedos para frotarse contra él.
¡Estupendo!
—Potter, ¡que se te comen la ficha! —exclamó Erik llevándose a Eli a
la pista.
Me crucé de brazos y los miré, esto acababa de empezar y no pensaba
quedarme a observar.
Capítulo 35
Juegos peligrosos
Aike
Descolocado. Si tuviera que otorgar un adjetivo a mi vida,
creo que sería ese.
¿El motivo?
Las personas que últimamente habían invadido mi día a día, que me
tenían el cerebro frito y las emociones pendidas de un hilo.
Por un lado, estaba Gloria, la chica por la que llevaba suspirando todos
estos cursos y que empezaba a hacerme caso. Era dulce, guapa, con un
propósito vital encomiable y había mostrado signos de que podía
interesarle, o por lo menos eso creía.
Por otro, estaba Chloe, la hermana de mi compañero de habitación,
quien a veces me daba la impresión de que se me quería merendar y otras
que mantenía ciertas distancias. Era guapa, insultantemente lista y, en las
pocas ocasiones que nos habíamos quedado a solas, me encontraba inmerso
en una complicidad extraña y excepcional. Me sentía brutalmente cómodo,
tanto que mi cerebro la asociaba con su hermano, una paranoia extraña
difícil de explicar. Por no decir que me atraía, mucho, muchísimo. Tenía un
punto de descaro que despertaba en mí un instinto primitivo que me llevaba
a desear tomarla contra cualquier superficie y besarla para comprobar si en
eso también éramos tan compatibles.
La noche que le cantó los cuarenta a Ainhoa, tuve que controlar el
impulso de arrinconarla y besarla hasta quedarme sin aliento. Ninguna chica
me había defendido o calentado de aquel modo tan visceral, su punto de
soberbia dinamitó mi cerebro y, por un instante, minutos después en el
parque, a solas y enfrentado a lo que pasé, con ella como única escucha,
estuve tentado a olvidar que tenía novio y aproximar mis labios a los suyos.
Las sirenas de la policía se ocuparon de poner fin a aquella enagenación
mental transitoria. Por mucho que se hubiera ofrecido a ayudarme, por
mucha pareja abierta que tuviera, yo no era así. Además, me gustaba, no
sabía cómo explicarlo, y por eso tenía que ir con cuidado. No estaba bien
joder a la hermana de tu compañero de cuarto, aunque tuvieras su permiso.
Cuando Erik y ella anunciaron que ya no eran pareja, noté un latigazo
en la parte baja de mi abdomen, sobre todo, cuando me miró de aquel modo
al comentar que prefería las relaciones tradicionales y que quería centrarse
en otra cosa sin dejar de contemplarme. Al hacerlo, fue como si me
estuviera diciendo que era yo. Probablemente, serían alucinaciones mías y,
sin embargo, no pude quitarme la sensación en todo el trayecto hasta la casa
de Ángeles.
Era confuso, extraño, lo mejor sería que me centrara en Gloria, quien
siempre fue mi objetivo principal. Quería conservar a los Miller como
amigos, y para ello había rayas que era mejor no cruzar.
Me pasé media hora bailando con mi compañera de curso, acepté sus
acercamientos y sus roces. Me atreví a pegarla un poco más a mí, y ella me
premió con varias sonrisas, tonteamos hasta que la música se paró y
anunciaron que El Último Aullido tocaría en el jardín.
Me sentía más ligero, más desinhibido, más capaz de hacer cualquier
cosa esa noche.
Gloria me tomó de la mano y no dudó en pegar su espalda a mi pecho
cuando Jared Loup se arrancó a cantar la primera balada acompañado por el
resto de la banda. Mi corazón latía rápido, la tomé por la cintura y
mantuvimos nuestros dedos cruzados. Era agradable sentirla contra mi
cuerpo mientras la música acompasaba el balanceo suave de nuestros
cuerpos. Tenía la sensación de que la vida al lado de una mujer como ella
sería así, como dejarse arrastrar en una colchoneta mientras te alcanzan los
rayos de sol, que te calientan, pero no te queman, en un mar de oleaje
pausado. Gloria no era Ainhoa, ella no me haría daño.
Cuando el sexto tema llegó a su fin, Ángeles subió al escenario para
anunciar que el grupo iba a refrescar sus gargantas. Que volverían a poner
música en el interior de la casa, o si lo preferíamos, podíamos participar en
el juego de jardín que iba a correr a cargo de su hermana María.
La chica de los pastelitos dio un brinco y se puso a su lado. Preguntó si
nos habían gustado sus pastelitos especiales con una risa contagiosa. Mis
labios se curvaron, y eso que no había bebido más que una cerveza. Gloria,
Eli y Erik también parecían afectados, sus cuerpos se sacudían de la risa.
—Esa tía nos ha metido algo —comentó Erik.
—Yo también lo creo —corroboró Gloria.
—¿Pensáis que nos ha drogado? —pregunté, contemplando a Oliver y a
Chloe.
—Definitivamente —susurró Erik—, aunque parece que es algo suave.
—Habló la Reina del Sur —gruñó Oli. Su excuñado se carcajeó.
—Te recuerdo que tengo más experiencia que tú en estupefacientes,
quizá fueran brownies de maría.
—Eso seguro, ella fue quien los preparó —se carcajeó Eli, contagiando
la risa a Erik, a Gloria, a Chloe e incluso a mí.
—Mientras no nos dé por tener alucinaciones… Será mejor que no nos
separemos, por si a alguno le da una pájara y decide saltar desde la tercera
planta a lo Superman —comentó Oliver.
—Estoy de acuerdo —me sumé—. ¿Qué queréis hacer?
—Yo quiero ir a jugar. —Gloria puso un puchero.
—Y yo —se sumó Eli.
—Y yo —afirmó Erik.
—¿Y tú? —me preguntó Gloria, relamiéndose los labios—. ¿Quieres
jugar con nosotros, Aike? —Estuve tentado a mirar a Chloe, pero, al fin y al
cabo, era Gloria quien debía importarme.
—Sí, claro.
—¡Yuhuuu! Somos mayoría, así que… ¡A jugaaar! —exclamó,
arrastrándome hacia el círculo que había empezado a formarse con los
participantes.
María se puso en el centro con una caja llena de material. Dijo que eran
pruebas para divertirnos, y que si jugábamos, nadie podía rajarse. Al fin y al
cabo, solo habíacinco pruebas, y estaba todo calculado para que no se fuera
el tiempo de madre.
—¿Preparados para calentar motores, divertirnos y conocernos mejor?
—¡Sííí! —rugieron la mayoría mientras yo miraba a Oliver, quien tenía
los labios fruncidos y el ceño arrugado.
Me había sentado entre él y Gloria, de piernas cruzadas como los indios,
nuestras rodillas se rozaban y mi compañero de cuarto no parecía tener
muchas ganas de participar.
—Vamos, tío, alegra esa cara, será divertido.
—Si tú lo dices —bufó—. Estamos en democracia, así que, me guste o
no, tengo que participar.
María se puso a hablar, y yo callé para prestar atención. Me supo mal
que Oliver se hubiera visto arrastrado por mí.
—Muy bien, empezamos con la primera prueba titulada… —Hizo
redoble de tambores con las palmas en sus piernas—. Verdades vergonzosas
—tituló, agravando la voz—. Es muy fácil, se trata de decir algo que nos
avergüence de nosotros mismos y gritarlo en voz alta, os garantizo que es
toda una liberación. Os lo digo yo que estoy en el último año de mi carrera
de Psicología.
—Ahora entiendo lo de las drogas —rezongó Oliver. Yo apreté la
sonrisa.
—Empiezo yo, me flipan las setas y fumar hierba, y esta noche… ¡Os
he puto drogado con una mezcla orgánica de mis famosísimos brownies de
la desinhibición! —Los chicos del círculo rugieron y rieron divertidos. A
nadie le importaba haber sido drogado sin su consentimiento, quizá porque
en el fondo todos lo esperaban—. Y os voy a contar que una vez pillé a mi
hermana haciéndose una limpieza facial con uno de mis vibradores porque
se confundió, eso sí que da vergüencita ajena, no es una anécdota mía, pero
sirve como ejemplo. ¡Te quiero, Angie! —gritó María mientras las risas se
volvían carcajadas—. Venga, sigue tú —apuntó con el dedo a una chica que
reconoció que le gustaba sacarse los mocos y pegarlos en cualquier sitio.
—Menudo asco —se rió Gloria a mi lado, que no dejaba de partirse.
Uno de los chicos afirmó que le flipaba tirarse pedos y que los olieran
los demás.
Un cuesco gigantesco tronó en el culo del chaval de su lado.
—¡A tu salud! —se carcajeó mientras el otro le arreaba un puñetazo en
el brazo.
En otro momento, me habrían dado arcadas, pero esa noche me dio por
reír, igual que a los demás; esos pastelitos eran mágicos.
La siguiente nos daban un pintalabios y teníamos que pintárselos a la
persona que tuviéramos a nuestra izquierda sosteniéndolo con la boca. A
Gloria le tocó hacérmelo a mí, y confieso que al sentirla tan cerca, me puse
nervioso. Y a mí me tocó pintárselos a Oliver, quien no dejó de mirarme a
los ojos y respirar un tanto errático cuando se me cayó el maquillaje y casi
le arreé un morreo.
—Perdona —me disculpé, fijándome en sus labios emborronados de
carmín.
—No pasa nada.
La tercera teníamos que componer una poesía corta con tres palabras
que nos susurraba al oído nuestro compañero de la izquierda. Surgieron
auténticas joyitas, sobre todo, cuando alguien te ofrecía perlas como
Gaznápiro, Sacamantecas y Mari Puri.
Cuando llegamos a la cuarta, los ojos me lagrimeaban de la risa. Nos
sirvieron veinte vasos dobles de chupito, cada uno con una mezcla de
licores distintos. María recitaba ultrarápido el contenido de cada uno y
tenías que recitar el del tuyo sin dejarte un nombre y en el mismo orden. Si
te equivocabas, tenías que bebértelo de un solo trago.
Pocos vasos quedaron llenos, y los que lo hicieron fueron vaciados por
sus propietarios, quienes los apuraron por solidaridad.
María anunció que habíamos llegado al último juego, y para eso nos
ofreció un pañuelo con el que vendarnos los ojos uno sí, uno no. A mí me
tocó pañuelo y Gloria tuvo a bien el ayudarme, porque no estaba seguro de
poder atarlo bien con el pedal subiéndome a la cabeza.
—Este es muy sencillo —escuché a nuestra interlocutora—. Quiero que
vengáis al centro y os pongáis de pie las personas que no tenéis los ojos
vendados. —Noté como Oliver y Gloria me abandonaban a mi suerte y la
hierba crujía bajo las pisadas algo tambaleantes—. Perfecto, cuando yo diga
tres, los que estáis en el centro del círculo escogeréis a una persona que
tenga los ojos vendados y lo besaréis. El beso no puede durar menos de
quince segundos y el máximo es un minuto, haré sonar el silbato por si a
alguien le da por alargar. —Una sonrisa perfiló mis labios porque estaba
convencido de quién iba a venir a por mí—. Vamos allá, tres, dos, u…
No llegó a terminar el número cuando sentí que se abalanzaba sobre mi
cuerpo y su boca me devoraba con urgencia, despertando en mí todos los
sentidos.
Tenía la intuición de que Gloria besaría bien, pero no me la imaginaba
tan apasionada.
Caí contra el césped, mi cabeza rebotó contra la hierba sin que me
importara, abrí los brazos y la acogí contra mi cuerpo dándole acceso al
interior de mi boca. Cuando su lengua se deslizó sin pudor sobre la mía,
juro que sentí una descarga eléctrica en mi cuerpo y miles de estrellas
fugaces calentando mi pecho.
Reaccioné, no sé si por inercia, por instinto, porque hacía mucho que
nadie me besaba con tanta devoción o porque me gustaba, joder, ¡estaba en
el puto paraíso!
Me encontré gruñendo en el interior de esa cavidad húmeda,
devolviendo el beso sin ganas de finalizarlo, más bien todo lo contrario.
Ella corcoveaba encima de mí, nuestras piernas se acariciaban, la notaba
restregarse y no tardé mucho en empalmarme. No pareció que le importara,
así que mis manos bajaron de su estrecha cintura a las redondas nalgas.
Tenía un trasero redondo, duro y de lo más apetecible.
Besaba igual que su nombre y me alegré de que fuéramos
absolutamente compatibles, que percibiera esa necesidad cálida y extrema
que me llevaba a querer seguir escalando posiciones con ella.
Un silbato sonó y, aun así, me costó frenar. La pasión se disolvió en
unos besos lentos, perezosos y dulces a los que no me apetecía renunciar.
Me había empalmado como nunca, estaba completamente excitado
cuando su peso abandonó el mío y me arranqué de cuajo el pañuelo de los
ojos, porque necesitaba ver que nuestro beso le había afectado tanto como a
mí.
En cuanto mis pupilas rebotaron en las suyas, el aire abandonó mis
pulmones y tuve que enfrentarme a la verdad.
Capítulo 36
¿Quién es quién?
Chloe
Los ojos azules se desplazaron de mí hasta… los demás. Vi la
incredulidad y el estupor en la cara de Aike al comprobar quién le había
comido los morros de aquel modo tan poco apropiado, es decir, yo.
¿Y qué voy a decir en mi defensa? ¡Que se me fue de las manos! ¡O de
la lengua! ¡O del cuerpo! Porque yo ya no sé con qué parte lo besaba y con
cuál no.
Juro solemnemente que no pensé que reaccionara así cuando apreté los
labios contra los suyos. ¿Cómo iba a imaginar que abriría la boca y buscaría
mi lengua para enredarla a la suya? Y mucho menos que ese calor abrasador
me sacudiría de pies a cabeza fundiéndome cada puta neurona. ¡No señor!
¡No podías besar así a alguien con los ojos vendados cuando podría haber
sido cualquiera!
Mi ritmo cardíaco seguía galopando en mi pecho igual que la necesidad
extrema que se había enroscado en mi bajo vientre exigiendo más. Cuando
sus manos me amasaron el culo, hice como el mar rojo, me abrí
completamente para frotarme contra su erección.
Había sido tan intenso, tan abrumador, que solo pude dejarme llevar, y
ahora era consciente de la metedura de pata tan brutal que cometí.
Yo no era yo para él, sino su compañero de cuarto vestido de Harry
Potter, el mismo que le había comido la boca como si no hubiera un mañana
y fuéramos los únicos habitantes del universo.
—Tú… —exhaló.
En el tono acusatorio había un cúmulo de sentimientos encontrados.
Aike no esperaba para nada encontrarme frente a él, la sonrisa de placer se
le había borrado de los labios, y en su lugar me topé con una mueca
apretada de disgusto.
Su rostro perdió todo el color, y antes de que pudiera dirigirme a él con
cualquier excusa, se giró sobre sí mismo y se puso a devolver. Menudo asco
le había entrado al darse cuenta de que a quien se entregó era a mí.
Puede que me confundiera,que su entusiasmo se debiera a la suma de
factores: ojos vendados, droga en el brownie y compañera de besuqueo que
en su mente era otra. Si lo analizaba fríamente, era lógica su reacción, uno
no espera que su compañero de habitación lo morree en una fiesta cuando
no ha dado signos, con anterioridad, de que le guste. A sus ojos, no tenía
ninguna lógica que Oli lo besara, ni a los suyos ni a los de cualquiera.
Si es que tendría que haberlo pensado mejor, estaba tan agobiada por
ver que su beso con Gloria era inevitable, después de la noche que se
estaban pegando, que me precipité. Salí corriendo antes de tiempo para que
no me lo quitara y me abalancé como haría una leona con un gamo.
Creí que nos limitaríamos a un pico apretado, y no al beso que pulverizó
mis bragas.
—¿E-estás bien? —me preocupé, acercándome a él. Había dejado de
vomitar y se limpiaba la boca con la manga del disfraz.
—Pero ¡¿qué cojones se te ha pasado por la cabeza?! —escupió
cabreado.
—E-era una broma, pe-pensé que cortarías el contacto a los quince
segundos porque te darías cuenta de que era yo. Que mezclarías un
«cabrón» con una risa tonta, quizá me llevaría un golpe en el hombro y la
cosa no iría a más.
—¿Que no iría a más? ¡¿Cómo cojones se suponía que iba a saber que
eras tú con los ojos vendados?!
—¿Por mi olor? —Él hizo rodar los ojos.
—Si tuviera un sentido del olfato tan desarrollado, sería un perro o un
perfumista.
Incluso mosqueado me ponía, las pecas resaltaban más en el blanco de
su tez y el azul de sus ojos se había llenado de una amalgama incendiaria
que me erizaba la piel. Sabía que todo era una ilusión, que el sentirme
deseada, anhelada y jodidamente bien besada no se correspondía con la
realidad, sino con un mundo paralelo en el que no me podía quedar.
¿Cuánto hacía que nadie me besaba así?, ¿con esa entrega y esa pasión
desmedida? Recibí una hostia con la mano abierta al entender que no me
pertenecía, que no eran para mí. Aike había vaciado las tripas en el jardín
porque odió darse cuenta de lo que había hecho.
—Aike, en serio, no pensé que llegáramos a tanto…
—¡Claro que lo pensaste! ¿Piensas que no me he dado cuenta?
Últimamente no dejas de mirarme, supe que eras gay hace tiempo, aunque
nunca quise decirte nada porque no me importa a quién metas en tu cama,
salvo que pretendas que ese alguien sea yo. ¡Sabías que me gustaba Gloria!
¡Te dije que hoy quería besarla! ¡Pensé que eras ella! ¡Por eso te besé así,
joder! No porque fueras tú. Soy hetero, no me gustan los tíos y no me
gustas tú.
Eso sí que había sido una directa en toda la cara, un K.O. absoluto. Ni
siquiera se había planteado que fuera Chloe quien lo había besado, dio por
hecho que fue ella.
—¡Yo tampoco soy gay! —espeté mosqueado—. Ya te he dicho que era
una broma. No pude avisarte porque me metiste la lengua hasta la
campanilla, no podía hablar…
Aike se puso en  pie.
—¡Y una mierda! Podrías haberme detenido y no lo hiciste, al contrario,
me incitaste para que mi cuerpo reaccionara. —Sus mejillas se encendieron.
Se pasó las manos nervioso por el pelo; cuando se atacaba, siempre lo
hacía.
—Lo-lo siento, joder, no sé qué más puedo decir. La bebida y el
pastelito me han jugado una mala pasada.
—No solo fue eso, y lo sabes. ¡Asúmelo, Oliver, te ponen los tíos!
¡Tienes o has tenido un rollo con tu cuñado! —me acusó—. Gloria y yo os
pillamos en el bar e hice ver que creía tu milonga de que estábais rezando,
pero nadie se tragaría una patochada como esa. No le dije nada a Chloe por
respeto a nuestra amistad, pero esto ha sido demasiado.
Los gritos provocaron que el resto de participantes se acercara.
—Mi hermano, digo, mi hermana y Erik no están liados, quiero decir
que entre él y yo nunca ha habido nada de lo que estás sugiriendo. Que ya
no sé ni lo que digo. —Aike resopló.
—Porque tu subconsciente te traiciona y sabe que mientes. Mira, a mí
me da igual lo que haya entre vosotros, o si quieres vivir el resto de tu puta
vida en un armario. Me importa un comino si te gustan los tíos, las tías o las
navajas de Albacete, pero a mí no vuelvas a besarme. ¡¿Estamos?!
Alcé las manos con el pulso a mil y los ojos ardiendo en impotencia.
—Lo siento.
—Eso ya lo has dicho. —Alzó la barbilla y contempló a quienes nos
rodeaban—. ¡¿Qué coño miráis?! ¡Se acabó el espectáculo!
Se dio media vuelta y se puso a andar. Gloria fue en pos de él y lo cogió
del brazo sin que hiciera un gesto para desembarazarse de su agarre. Al fin
y al cabo, era a ella a quien había querido besar en lugar de a mí.
Se alejaron juntos mientras mi malestar crecía. Ahora sí que la había
cagado a base de bien.
Me pincé el puente de la nariz para contener las lágrimas que
amenazaban mi visión.
—Ey —murmuró Oli, abrazándome.
—La he liado más que nunca —gimoteé.
—Bueno, eres una experta en tramas imposibles, alguna vez tenías que
hundirte como el caballo de Atreyu.
—Lloré mucho cuando murió Artax.
—Y ahora estás a punto de hacerlo, así que serénate. —Me acarició la
espalda.
—Menudo compañero más homófobo que te has echado —protestó
Erik, colocándose detrás de mí para crear el emparedado perfecto.
Cuando las cosas se ponían feas, siempre nos hacíamos bocadillos de
abrazos.
—No es homófobo —sorbí por la nariz—, se ha sentido traicionado y
manipulado por mí. No se esperaba que lo besara, yo sabía que quería besar
a Gloria —lo defendí.
—Sea como sea, no era para ponerse así —lo secundó Eli—, era un
juego, él quiso jugar, pudo parar el beso, desviarlo y, sin embargo, se
enrolló contigo. A ver, dos no se besan si uno no quiere. —Esbocé una
sonrisa triste desviando el rostro hacia ella.
—Ya, pero, aun así, tiene razón, tuve que frenarlo. —Los chicos se
separaron y yo la miré de frente—. Estaba muy nublado, el alcohol, las
drogas…
—A mí no tienes que darme explicaciones —quiso consolarme ella con
una sonrisa calmada—. Una vez yo también la lié muy parda.
—¿Te besaste con una compañera de cuarto? —cuestionó mi hermano.
—No, ojalá hubiera sido eso, tenía mucha fiebre, todavía estaba en casa
de mis padres. Me desperté por la noche con hambre y me llené el cuenco
de los cereales con leche y pienso del perro. En mi defensa diré que no
deberían haber compartido estante.
—¿Y te lo comiste? —quiso saber Erik.
—Hasta la última cucharada.
—Buegh —renegó disgustado.
—No sé por qué haces sonidos de asco cuando tú te has comido cosas
peores —le espetó Oli.
Me masajeé las sienes y desvié la mirada hacia donde habían
desaparecido Aike y Gloria.
—¿Pensáis que debería seguirlo y aclarar las cosas? —pregunté,
mordiéndome el labio.
—Yo dejaría que Gloria se encargara de su mosqueo, con un poco de
suerte, si lo llena de morreos, igual se le pasa —musitó Eli.
Fue pensar en la posibilidad y todo mi cuerpo se revolvió.
—Disculpad, chicos, servicio de limpieza, haceos a un ladito, que mi
hermana me mata si le dejo así el jardín. La culpa ha sido mía por tanta
mezcla, no todos los estómagos están hechos para la vida loca.
Era María la que venía con todo tipo de utensilios para encargarse del
vaciado de Aike.
—Lo siento mucho —me disculpé con ella—. En parte, también ha sido
por mi beso, no se lo esperaba.
—Tranquila, mujer, que tú lo has hecho de puta madre.
—Es un chico —la corrigió Eli.
—Y esto es una cabaña en mitad de Burgos. —Se carcajeó María—.
Harry Potter es una chica, aunque el disfraz está más que logrado.
—No, no lo es, se llama Oliver y es un chico. —La hermana de la dueña
de la casa me miró arrugando el ceño.
—No lo es. Bueno, a no ser que te estés hormonando. ¿Estás tratando de
cambiarte de sexo? Que, a ver, que si tú te sientes hombre, yo no tengo nada
que decir…
—No, no, que es un chico de verdad, son mellizos, la chica es ella —
apuntó Eli a Oli.
—No, cariño, Hermione es un tío y Harry es una tía, ¿es que no le has
visto la nuez?
—¿Qué nuez?
—¡La del cuello! Si se le transparenta, tú eres la que te has confundido
de mellizos —se rio ella, agachándose para limpiar el estropicio.
Eli buscó de inmediato el cuello de mi hermano. La bufanda no estaba
en su sitio,