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Paredes, Daniel - Tierra de trampas

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Daniel Paredes 
 
 
Tierra de trampas 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Diseño de tapa: Marcia Cabezas 
 
Diseño de interior: Rubén E. Iglesias 
 
 
©EDITORIAL HONORARTE, 2010 – 2º EDICIÓN 
Buenos Aires – Argentina 
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 
Impreso en Argentina 
 
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida sin autorización escrita 
de los titulares del "Copyright", bajo las sanciones establecidas en las leyes, la 
reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos 
la reprografía y el tratamiento informático. 
 
 
Paredes, Daniel 
Tierra de trampas / Daniel Paredes; Edición literaria a cargo de Silvia Ema Sturla. - 
1ª ed. - Buenos Aires: Honorarte, 2008. 
92 p.; 20x14 cm. 
 
ISBN: 978-987-1202-05-8 
 
1. Narrativa argentina. I. Sturla, Silvia Ema, ed. lit. II. Título CDD A863 
 
Fecha de catalogación: 15/04/2008
 
CONTRATAPA 
 
 
 
 
 
 
 
 
Resulta sumamente estimulante advertir en cada línea de los cuentos de Daniel 
Paredes esa compleja precisión que distingue a los grandes narradores. La garra y la 
exactitud de su estilo —siempre al servicio del argumento y no del “lucimiento”— se 
complementan con un perfecto sentido del equilibrio, del tempo narrativo. Y ni hablar 
de las tramas a un tiempo siniestras y luminosas que el sardónico espíritu del autor 
prodiga con el mayor de los desparpajos. ¿Quién dijo que ya no queda nada más por 
contar en esta tierra baldía? Paredes tiene más de una trampa bajo la manga, y debemos 
darle las gracias por habernos revelado muchas de ellas en las sugestivas páginas de este 
libro. 
 
Marcelo di Marco, verano de 2007.
 
 
 
PRÓLOGO 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El título de este libro parecería indicar que las trampas a las que se refiere son 
nativas de una tierra determinada, la nuestra, caracterizada por su carácter tramposo. Así 
parece indicarlo también el muestrario de paisajes y caracteres argentinos contenido en 
estos cuentos que, lejos de imitar los acentos o las tonadas de las distintas regiones, 
despliegan la variedad de las hablas regionales con un conocimiento íntimo de cada una 
de ellas que les agrega verdad. El porteño aspirante a cantor que teme la reacción de su 
mujer al enterarse de una de sus múltiples infidelidades, el hachero del Litoral que cree 
haber logrado el crimen perfecto, el hombre del Norte que finge atribuirle al “Familiar” 
-el Diablo- el embarazo de sus hijas, el estanciero que arroja en el chiquero a su hija 
recién nacida, el chico que quiere ayudar a su amigo, deficiente mental al que todos 
repudian, a poseer la pelota de cuero de sus sueños, todos ellos piensan y se expresan en 
una lengua auténtica cuyo “color local” no está en la superficie sino que crece desde 
adentro. 
A través de esos tonos siempre acertados, siempre justos (en el sentido en que se 
dice de un canto que suena justo), el autor revela un sentido de lo popular que surge con 
naturalidad, así como la piedad por esas pobres criaturas que tienden trampas o que 
caen en ellas se basa en un sentido de lo humano que incluye la picardía y el cariño, 
pero no el patetismo ni la retórica. Gracias a esta simplicidad voluntaria, casi 
campechana, los cuentos de Daniel Paredes pueden leerse como narraciones próximas al 
espíritu del sainete, que nos hacen sonreír con sus detalles maliciosos: ese bigote del 
muerto, en apariencia súbitamente encanecido, en realidad blanqueado por un polvillo 
mortal para la desdichada vaca que se lo lame, o esa caspa sobre la cama que descubre 
la presencia de un segundo amante inesperado. 
Sin embargo, las tragicomedias de “Tierra de trampas”, a la vez arraigadas en lo 
nacional y desprendidas de todo territorio específico, particulares e universales, ocultan 
bajo el poncho nada menos que una reflexión sobre el azar y el destino. Verdaderos 
cuentos en la medida en que todos ellos cumplen con la regla de oro del género –el 
desenlace sorpresivo-, estas construcciones de efectos sabiamente equilibrados 
desembocan en un sentido general que les otorga unidad: nada, ni lo mejor ni lo peor, es 
previsible, todo se tuerce o se bifurca en forma incontrolable, y ninguna jugada, por 
astuta que sea, deja de engañar al propio jugador. 
Quizás lo más curioso de este universo de bruscos virajes finales consista en la 
reacción de algún tramposo trampeado que no tolera su buena suerte, en la medida en 
que él mismo no la ha planeado, y que prefiere hundirse en la desgracia a condición de 
ser el artífice de su destino, porque serlo significa huir de la desgracia mayor que es ser 
tomado por zonzo. La inteligencia aparece aquí como la rebeldía ante el capricho de un 
dios absurdo, incluso o sobre todo cuando nos salva en contra de nuestra decisión de no 
ser salvados. 
Es así como el aspirante a cantor, el del suicidio fallido, piensa haber encontrado 
el verdadero rostro de esa antipática divinidad: un chico pelirrojo y pecoso que le saca 
la lengua. Para el protagonista de este cuento, y acaso para su autor, esa divinidad que 
nos impide elegir nuestro rumbo, sea éste cual fuere, no puede ser el insulso Cristo de 
las estampitas sino un mocoso insoportable que se nos burla en la cara. Por eso el 
comisario que se equivoca a favor del asesino, el tren que pasa de largo sin arrollar al 
que busca la muerte, o la pelota de cuero al fin conseguida por el chico que tanto la 
desea, pero pagada con su vida, no despiertan gratitud, como si ciertos bienes 
impuestos en contra de la voluntad personal se asemejaran a un mal. ¿Acaso un dios 
fullero y con tanto humor negro como sus criaturas se merece las gracias? La trampa 
que subyace en este libro está en esconder, bajo una serie de historias grotescas y 
sabrosas, heredadas de la picaresca, un salvaje deseo de libertad. 
 
Alicia Dujovne Ortiz
 
Porque me brindaron su amistad y sabiduría, agradezco a: 
 
Alicia Cámpora 
Cintia Bravo 
Cecilia Civilotti 
María Eugenia Maiztegui 
María Haydeé Siles 
Mario Álvarez Quiroga (y banda) 
Marta Ruffini 
Mario Verandi 
Nolberto Malacalza 
Silvia Mathieu 
 
Y en especial a 
Silvia Sturla, Alicia Dujovne Ortiz y Marcelo di Marco. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
A mi hija 
A mi esposa 
A mi madre 
A la memoria de mi padre 
 
Las trampas 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Era como para pegarse un tiro, carajo. Como para meter la cabeza en las vías. Seguro 
que había sido la Noelia, esa mosquita muerta que siempre andaba pateando el avispero. 
Ya estaba hasta acá de la Noelia, hija de tres mil putas, ¡qué tenía que meter el hocico 
donde no la llamaban! Al anónimo lo había mandado ella, eso era una fija, y ahora la 
Yola debía andar echando truenos, dele planchar para matarse la bronca, esperando que 
él llegara para reventarle la frente de un planchazo, ya habría llamado a la madre, y la 
vieja le estaría calentando la oreja, le estaría diciendo que él era un zángano, un picaflor 
empedernido y toda la sarta de antigüedades que repetía siempre. Había que pensar qué 
decirle a su mujer, había que encontrar una mentira que le salvara el cuero, y urgente (el 
micro que lo llevaba ya subía por Rivadavia), pero cómo concentrarse si la morocha que 
se había levantado de los primeros asientos bien se merecía que le echara una mirada, y 
ahora que la veía mejor, más que eso se merecía. Venía de costado, ondeando entre la 
maraña de gente que llenaba el micro, empujaba con el cuerpo para abrirse paso y los 
tipos le relojeaban el escote, de golpe se agachaba un poquito y espiaba por las 
ventanillas como si estuviese perdida, pero a él no le hacía tragar esa píldora: la 
morocha sabía de sobra que le faltaba un siglo para bajarse, y sin embargo seguía aga-
chándose, seguía haciendo vacilar las costuras de la pollera porque le complacía que una 
porción de Buenos Aires se parase a mirarle el culo, yqué lindo culo tenía, dos paradas 
y todavía no tocaba timbre, si no bajaba en Castro Barros era posta que andaba bus-
cando guerra, y así uno no podía concentrarse en lo que había que decirle a la Yola, 
menos con el pibe del asiento de adelante, un coloradito de cara pecosa y ovalada, un 
huevo de codorniz con peluca que dos por tres se daba vuelta para sacarle la lengua. 
¡Cómo no se le había ocurrido comprar flores por lo menos!, aunque si lo pensaba, 
caerle a su mujer con un regalo significaría reconocer que estaba en off side, entonces lo 
mejor sería llegar como de costumbre y pegarle un beso y un abrazo, pero ¿qué abrazo 
le iba a pegar? si la Yola debía andar hecha un abrojo, “No me toqués, basura”, le diría, 
“Juntá tus cosas y vía, vamos”, y la vieja lo miraría con esa cara de ternera comiendo 
chicle y le soltaría “Usted se la ha buscado, mijito; váyase a embromar a otra, que 
bastante daño ya le ha hecho a esta”. Vieja lampalagua, veinte años soportando que se le 
enroscara en sus intimidades, veinte largos años esperando que la muerte se la llevara 
por las buenas, pero fijate qué turra la negra: había pasado Castro Barros, dos paradas 
más y todavía no bajaba, “Dios, te juro que si salgo de esta, no le vuelvo a meter los 
cuernos a la Yola”. Ojalá pudiera saber qué decía el anónimo, así sabría a qué atenerse, 
pero la Yola había sido tajante, “Llegó una carta y quiero que vengas urgente”, sólo eso 
había dicho cuando le habló por teléfono, y el acento nervioso no dejaba dudas de que 
estaba decidida a darle el raje. Bastante jodida debía ser la cosa para que la Yola le 
telefoneara a la agencia. Daban ganas de tirarse abajo de un tren. Seguro que había sido 
la Noelia, esa mosquita muerta. No quedaba otra que bajarse: con el coloradito boludo 
sacándole la lengua era imposible pensar. La morocha por fin había tocado timbre y 
ahora bajaba de medio lado, y él por detrás, mirándole las botas que se perdían bajo la 
falda, botas con forma de Argentina, que de tan altas le estarían haciendo cosquillas en 
el Alto Perú. Vieja lampalagua, veinte años esperando que la muerte se la llevara por las 
buenas, y en esa eternidad no le había tomado ni esto de simpatía a la vieja, porque de 
entrada nomás la cosa había venido mal parida: el día que la Yola le dijo que se iba a 
casar con él, la vieja le soltó “¡Ja! Linda cruz has decidido echarte al hombro, mija”, y 
en la fiesta había llorado igual que si se tratase de entierro en vez de casorio, y se había 
paseado de mesa en mesa murmurando “Si por lo menos fuera un hombre decente...”, 
como si ser artista no fuera decente, carajo, pero la vieja se había emperrado en que 
trabajar era otra cosa, y por eso le había conseguido este cargo de alcahuete en una ofi-
cina que te la regalo. Cuánta razón tenía su padre cuando le decía que la suegra es como 
la pala de punta, que es de más provecho cuando está bajo tierra. La morocha se había 
parado en una pilchería y mientras miraba la vidriera prendía un cigarrillo. Le estaba 
tirando un anzuelo, cualquier excusa era buena para empezar un diálogo, me das fuego, 
me decís la hora, pero no, porque la Yola lo estaría esperando y porque le había jurado a 
Dios, y sin embargo la sangre lo podía, tenía necesidad de ese cuerpo para poner otro 
nombre en la lista de pajaritas trampeadas, y además cuando el organismo empezaba a 
fabricar la ponzoña había que depositarla sí o sí para no morir envenenado. Le pidió 
fuego, y cuando le devolvía el cigarrillo, “¿No te molesta si te pido un consejo?”. La 
morocha levantó las cejas y apretó el bolso, él se apuró a decir que era el cumpleaños de 
una amiga y que le gustaría regalarle ropa, “pero yo de moda ni fu ni fa ¿viste?”, que le 
aconsejara ella que tenía buen gusto, y ella “¿Usted qué sabe?”, y ahí estaba el pie, en 
adelante todo era cuestión de tacto, había que decir que estaba claro que tenía buen 
gusto por el detalle de combinar la sombra de los párpados con el beige de la blusa, y 
ahora que los ojos de la negra se iluminaban, rescatar el arco parejo de las cejas y otras 
cosas por el estilo, porque el secreto era reparar donde ellas invertían tantas horas de 
espejo, y la negra ya estaba repasando la vidriera y le aconsejaba una chalina, fijate vos 
qué idea, una chalina azul, “Bárbaro, es más original que una pollera y no puedo 
chingarle al talle”, y la morocha encantada. Había que tomarla del brazo, pedirle que en-
trara para probarse la chalina y tironearla suave aunque con firmeza, y la negra se 
inventaba una cara de asombro que era un plato, pero plin caja, lo demás era un trámite, 
y a la chalina había que comprarla para regalársela cuando salieran del hotel. La invitó a 
un café, “Mirá sos un tipo simpático pero”, pero nada, porque él era un hombre público, 
“Soy Dardo San Román, el cantante”, y ella moría por sus canciones, “Sobre todo por 
esa... ¿cómo se llama esa...?”, ¿sería Amor de contrabando?, sí, era esa. La morocha 
acomodó el bolso y el brillo de una alianza se deslizó por la correa. Casada la negra... 
Ya decía su padre que la mujer es como la gallina, “Deja de comer maíz para ir a comer 
mierda”. Después hubo que tomar el obligado café, coincidir en todo con esmerada 
hipocresía, y al final poner cara de perro sarnoso para acelerar el camino a la cama. 
Hotel de lujo porque era día de cobro y la negra valía la pena. Habitación azul, luces 
regulables, sobre la mesita de luz la imagen de un Cristo con los brazos extendidos, 
idéntico a uno que la Yola había crucificado con chinches en la cocina. Le puso encima 
el paquete con la chalina para que el Cristo no los viera desnudos. Y la negra que se 
hacía la gata, mientras la Yola andaría hecha un león; la negra se mordía los labios, la 
Yola se mordería los codos, a él lo remordía la conciencia; la vieja pidiéndole a la Yola 
que se separase, él pidiéndole a Dios que se le parase, la negra pidiéndole a él que 
esperase, que mejor si se relajaban con un baño, que primero él y después ella, que 
juntos le daba vergüenza. A la ducha sin chistar, porque una mina encaprichada hace el 
amor a media máquina. Cuando abrió la lluvia, la negra estaba preguntando cuántos 
discos llevaba vendidos, “Veinte mil placas en cuatro meses”, y sí, era buena guita, las 
discográficas se sacaban los ojos por grabarle un disco. Y después hubo un silencio 
largo, un sonido lejano de ascensor y una pelea con las canillas, con el agua demasiado 
caliente y de pronto demasiado fría, y para cuando terminó de ducharse y de secarse y 
volvió al cuarto, la negra ya se había ido. Revisó los bolsillos del pantalón pero ni falta 
que hacía, si ahí donde debía haber un paquete con una chalina, estaba el Cristo solo, 
mirándolo con su carita de nada, diciéndole “Te hizo la más vieja, Supermán, la que 
pasan todos los días en el noticiero”. ¡Cómo lo había ensartado la negra esta! Le había 
demostrado que en el teatro de los boludos él se sentaba en primera fila. Y pensar que se 
las había echado de ganador, cuando la verdad era que no levantaba ni tierra, que la 
Noelia era comienzo y final en la lista de pajaritas trampeadas. ¿Y qué número de paja-
rón sería él en la lista de esta negra? Cómo no cayó cuando le dijo que lo conocía, si a 
Dardo San Román no lo conocía ni Dios, cuatro o cinco actuaciones en un cabarute de 
Constitución, un par de audiciones en radios clandestinas y toda una vida gastando 
puertas con ese disquito de mierda que nadie le quería producir. Ya lo decía su padre..., 
pero qué carajo, si su padre nunca había dicho nada, su padre había sido un pobre diablo 
y él se había pasado la vida inventando frasecitas de boleto para meterlas en su boca. 
“Frasecitas de boleto” gritaba, y la gente de la calle se daba vuelta. Ahora había que 
patear hasta la casa, contarle a la Yola, verle la cara a la vieja. ¿Y quién podía sostenerle 
la mirada a la vieja? ¿Y a la realidad...? Porque había que aceptar de una vezque era un 
mediocre. ¿Y cómo seguir cargando la joroba? Mejor poner el cogote en las vías, dejar 
que el pata de fierro se encargase. 
Cuando llegó a la estación de Flores estaba oscureciendo. Las luces de neón 
resbalaban sobre los rieles. Esperó hasta que vio una ampolla encendida en el fondo del 
paisaje y entonces se acostó en posición fetal, de espaldas a la locomotora. Apoyó la 
cabeza en la vía y sintió los pasos del gigante, cada vez más cerca, cada vez más 
gigante. El pitido largo de la locomotora le puso una piedra en el estómago. “Dios, no 
quiero vivir, no permitas que me escape como una rata”. Las campanillas del paso a 
nivel le anunciaron la inminencia de la muerte. El pitido se hizo más porfiado, la tierra 
temblaba, el gigante seguía creciendo; bocinazos de autos se habían sumado desde el 
paso a nivel, algunos lo puteaban, muchos le gritaban que se salvase, “no permitas que 
me escape como una rata, Señor”. Cuando lo alcanzó la luz de la máquina cerró los 
ojos, y entonces pudo oír el ruido mecánico de la locomotora, la queja minuciosa de 
algún vagón, el girar de la rueda que le cortaría la cabeza, y fue demasiado. Pero cuando 
quiso levantarse sintió que le tiraban del cuello. Enseguida comprendió: Dios no 
permitiría que se escapara como una rata. Tenía enganchado el pulóver en uno de los 
bulones que aseguraban los rieles a la tierra. Luchaba para zafarse, pero la falta de 
espacio no le dejaba romper el tejido. La mecánica del tren lo acaparaba todo. Pensó en 
sacarse el pulóver pero un último pitido le despeinó la nuca, “¡Dios, no quiero 
morir...!”, y cuando lo dijo ya no escuchaba sus gritos ni sabía que lloraba y no conocía 
la vergüenza de estar cagándose encima porque la muerte venía ahí atrás para darle un 
patadón en el culo a la vida, y entonces el tren pasó. 
Por las vías de al lado pasó. Asomado a la ventanilla, el maquinista lo puteaba en 
todos los idiomas. Él miró hacia atrás. A veinte metros los vagones se curvaban en un 
cambio de vías. Se quedó observando la cola de la muerte que se alejaba, manoseando 
la lana del pulóver, que de golpe se había desenganchado solo. 
 
 
Al llegar a su casa todavía temblaba. Desde el pasillo sintió que apagaban el televisor. 
La Yola y la vieja estarían en guardia: la Yola apretando el mango de la plancha; la 
vieja, organizando sus gestos, acomodando una ceja por acá y una comisura por allá 
para armar su mejor cara de Frankenstein. 
La puerta que abrió debía ser de otra casa. 
La vieja, enroscada en una silla, le sonreía con cara de feliz cumpleaños. La Yola 
se había puesto la mejor pilcha y era un manojo de caricias. Y sobre la mesa, la carta, 
que en vez de un anónimo era un contrato de la EMI para grabarle su disco, con Amor 
de contrabando a la cabeza. 
Sin escuchar los halagos se derrumbó en una silla. Levantó los ojos y enfrentó la 
imagen del Cristo que la Yola había crucificado con chinches a la pared. Esa cara de 
papa frita no podía ser la cara de Dios. ¿Cuál, entonces? Se le vino al pensamiento una 
cara pecosa y ovalada: la del pibe que le sacaba la lengua en el micro. 
 
El Perro Familiar 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando Gorosito emprendió el regreso por la cuesta del cerro, el sol ya se insinuaba 
entre las tunas y los quimiles. El hombre venía de El Alto y bajaba el camino de ripio 
hacia Calera del Sauce. Había pasado la noche en el monte, calentándose con ginebra, 
dejando correr el tiempo sin hacer nada. Ahora venía absorbido por ese pensamiento 
que lo tenía atormentado, por esa espina que le quitaba el sueño: ¡por qué Dios le habría 
mandado tres hembras para criar! 
Calculó que el Tucu, el monaguillo, ya estaría llegando. Cargó la escopeta y 
disparó al aire. Después se adentró en el monte y le prendió fuego a una piel de cordero. 
Si no cambiaba el viento, el Tucu percibiría el olor del humo. 
Volvió al camino y esperó a que el monaguillo pasara, como todos los domingos, 
rumbo a la parroquia del pueblo. Un tintineo de guardabarros le anunció que la bicicleta 
ya bajaba la cuesta. 
—¿Y qué tal la caza, don Gorosito? —dijo el Tucu, a modo de saludo. 
—Bien nomás. 
—Hará unos cinco minutos que he escuchado un tiro. 
—Ajá, era yo. Vengo de matar al Perro. 
El monaguillo bajó de la bicicleta y siguió a pie. 
—Cuál perro. 
—Ese que vos has contado en el boliche. De nuevo me ha elegido a mí pa hacer 
su daño. 
—Qué animal hijoputa. 
—Sí, pero ese ya no jode a más nadie. De anoche que le ando atrás y reciencito lo 
hallo. Le he disparado a la cabeza. Así y todo, el cuerpo ha seguido culebreando y he 
tenido que prenderlo fuego —Gorosito relojeó que el otro hacía que sí con la cabeza. 
Siguieron un trecho en silencio. El Tucu no encontraba palabras de consuelo, pero 
estaba intrigado: 
—Y cuál ha sido esta vez, si se puede saber. 
—La Juana, la del medio. 
—Animal hijoputa —volvió a decir, y enseguida montó la bicicleta y siguió 
camino. 
La cosa había salido bien. El Tucu iba directo al boliche con el cuento. A más 
tardar al día siguiente, todo Calera del Sauce comentaría la desgracia: 
—¿La Juana Gorosito? ¿Embarazada? 
—El Tucu dice que la ha deshonrado el Familiar. 
—Pobre viejo, con la mayor le había pasado lo mismo. 
El Tucu era recién llegado al pueblo cuando contó la leyenda en el boliche de 
Sánchez. Según había dicho, el diablo hacía pactos con los dueños de los ingenios 
azucareros, quienes a cambio de prosperidad en los negocios entregaban anualmente un 
obrero al Familiar. 
—Un perro así —decía el Tucu, levantando la mano por encima del mostrador—, 
y, pa desgracia del obrero, antropófago. 
—¿Y eso? 
—Que le gusta la carne de cristiano, don Sánchez. 
Gorosito, al margen de la conversación pero no ajeno, se enteró de que el Familiar 
vivía en los sótanos de los ingenios, aunque el encierro no le sentaba. 
—En algunos pueblos se lo ha visto andar de juerga. 
—¿De juerga? 
—Se mete en los caseríos y arma gran desparramo de mujeres. Vírgenes las 
quiere. 
Gorosito había seguido el relato con gran interés. Y a los pocos días, cuando 
Rosa, la mayor, quedó embarazada —nadie sabía de quién—, Gorosito aprovechó la le-
yenda del monaguillo para echarle la culpa al Perro Familiar. Y ninguno en el pueblo se 
atrevió a descreer: la gente de Calera del Sauce sabe que esas son cosas serias. 
Ahora, a la Juana, a la del medio, también se la habían llenado, y hubo que volver 
a echar mano del Familiar. El problema era que a la leyenda se le terminaba la cuerda. 
Gorosito se sintió obligado a montar ese circo; tuvo que matar al Perro y ponerlo al 
Tucu de testigo, para no abusar de la buena fe de los vecinos. 
Qué mocosas desgraciadas. ¿Sería castigo de Dios? ¡Todas hembras nomás! Esas 
chinitas eran putas de alma, las tres. Pero qué les podía decir, pobrecitas, si la sangre les 
hervía. Además, qué culpa tenían ellas de haber heredado las fiebres de la madre. El 
deseo les dolía en los pechos, les enroscaba los pelos, les brotaba la piel. De lejos ya 
uno les sentía los olores de la urgencia, olores que maduraban de noche, desesperándose 
contra la almohada. Puta madre, por qué Dios le habría mandado todas hembras. No 
había modo de enfriarles las ganas a esas mocosas. Y para peor se llenaban a la primera 
vez. 
Rosa, la mayor, había sido virgen hasta la “Fiesta de la Luz”: cuando en Calera 
del Sauce se inauguró la luz eléctrica, la inauguraron también a la chinita, con la 
diferencia de que ella alumbró a los nueve meses. Para Gorosito fue más que una 
desgracia, porque su hija le parió una nieta. Otra mujer. Otra cruz. 
Los recuerdos apuraron el camino. Entre los algarrobos ya se levantaba el lomo 
descascarado de la capilla. La misa había terminado, y la gente volvía a sus casas con un 
sol picante sobre la espalda. Los niños corrían y alborotaban las gallinas sueltas en la 
calle. Del lado de las sombras, el cura y el monaguillo cuchicheaban junto a la puertadel templo. Malas lenguas aseguraban que esa relación era demasiado íntima, muy poco 
eclesiástica. 
Gorosito llegó a su casa pensando en sus hijas. Esas mocosas le estaban cavando 
la tumba. 
 
 
Era casi mediodía cuando Gorosito enfiló para el boliche de Sánchez. El hijo del 
bolichero apilaba cajones de cerveza junto a la puerta. Gorosito encaró la oscuridad 
húmeda del negocio y entró saludando. Poca gente. Alguien le estrechó la mano y se 
perdió en un murmullo. Sánchez dejó el trapo rejilla y amagó un abrazo, pero se quedó 
en unos golpecitos en el hombro. 
Más que devolverle el saludo, parecía que le daban el pésame: era claro que el 
Tucu ya había despachado el mensaje. 
En una mesa se entredormía su compadre el Piji. Gorosito pidió una picada y una 
botella de vino y fue a sentarse con él. El Piji charlaba como si las palabras tuvieran 
espinas, y los dos hablaban de cualquier cosa menos de la Juana, la del medio, la 
deshonrada. 
—¿Y pa quién tanta cerveza, Piji? 
—El viernes hay fiesta en la escuela, compadre. 
—Fiesta de qué, ahora —dijo Gorosito. 
—Viene el Mario Álvarez a apadrinar el colegio. 
—¿El cantor..., a apadrinar? ¿Y de cuándo anda necesitando padrino la escuela? 
—La maestra Isabel ha conseguido que el tipo venga a cantar casi de favor. 
Hemos organizado una peña y contamos con usted, compadre, pa que nos atienda la 
cantina. 
Gorosito se puso blanco: las peñas conspiraban contra su reputación. En la 
anterior se la habían embarazado a la Juana, la del medio, y en la “Fiesta de la Luz” a la 
mayor. Y no fuera que ahora a la Carmen, la más chica... ¡No, Virgencita del Valle, a la 
Carmen no! Había que resguardarla, había que defenderle la integridad con uñas y 
dientes. Pero vigilarla y al mismo tiempo atender la cantina parecía imposible. Ni hablar 
de encerrarla: las cerraduras de la casa no eran firmes, y aunque lo fueran habría que 
soldar las ventanas. Además, sus hijas siempre se las arreglaban para escaparse a la 
calle. Las amenazas habían fracasado con las dos más grandes, y bien se sabe que los 
palos sólo aumentan la rebeldía. ¿Y si intentaba una persuasión civilizada? ¿Si esta vez 
se atrevía a hablar con franqueza, explicarle a su hija los peligros? Sí, señor. A la 
Carmen había que apalabrarla, y ella entendería. Esa chinita era más despierta que una 
liebre. 
Algo decía el Piji acerca de esquilas y pariciones. Gorosito saltó de la silla y lo 
dejó hablando solo. 
 
* * * 
 
Sobre un escenario de tablas sostenidas por cajones de cerveza, Mario Álvarez, el 
padrino de la escuela, canta. 
Calera del Sauce hormiguea de gente. En colectivos llegaron de El Alto, de 
Guayamba, de Bañado de Ovanta, de Tapso, de Frías. 
Entre la multitud, Carmen Gorosito, la menor, repite el juramento que su padre le 
arrancó hace un par de horas: virgen hasta el altar. 
Pero de a ratos le vuelve esa sensación que la molesta desde hace unos días. Otra 
vez las viboritas que se le suben por las piernas. Otra vez los escalofríos cruzándole la 
espalda, y las ganas de enroscarse contra cualquier cosa. 
Carmen busca la calle. De cuando en cuando repite "virgen hasta el altar". Camina 
con miedo, deteniéndose de a trechos como una araña que cruza la cocina. La puerta del 
templo está entreabierta, y ella reconoce esa señal. Sin hacer ruido le pone tranca. 
El cura está de rodillas, la cabeza gacha, las manos entrelazadas frente al Cristo 
crucificado. La Virgen del Valle los observa con piedad. Carmen da un paso, y la pisada 
es un disparo. La cara enfurecida del cura no alcanza para atajar tanta urgencia. 
—¡Qué querés aquí, vos! 
El cura habla apretando los dientes, como espantando al diablo. Carmen repasa 
mentalmente lo que debe decir. 
—Vengo a enterrarlo en el infierno —dice, y espera que él le aclare que el lugar 
es sagrado. 
—¿No sabés que esta Casa es sagrada, vos? 
—Me voy entonces. 
Ahora él debiera detenerla. No lo hace. Se tapa el rostro y apaga un sollozo. 
La mujer no entiende. Sus hermanas nunca le hablaron de este llanto inoportuno. 
—Decime qué andás buscando, Carmen. 
—Lo mismo que mis hermanas busco. 
El cura se limpia la transpiración. 
—No quiero, no puedo. Con vos no puedo. 
Ella insiste, y él repite siempre no quiero y no puedo. Carmen se quita un zapato 
con el otro, y el cura sabe que si la deja hacer está perdido. Adelanta sus manos y 
empieza un ruego, pero el vestido resbala piernas abajo, quizá para que no muera la 
leyenda. Para que en dos o tres meses Gorosito baje al infierno, a ver si logra resucitar 
al Perro Familiar. 
 
Triste animal del monte 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
…Por eso, señor comisario, voy a dejar de lado todo protocolo, que ya usted se andará 
mordiendo los codos por saber cómo logré engatusarlo. 
No era la primera vez que mi esposa me engañaba, pero juré que sería la última. Lo 
que me colmó la paciencia fue que se acostase con Zuarzo, el patrón. Ahora bien: yo 
nunca podría tramar un crimen perfecto. Me refiero al modelo de perfección que se 
persigue en los cuentos policiales, donde alguien, mediante cálculos minuciosos, es 
capaz de cometer un asesinato sin dejar pruebas. Lejos de eso, mi naturaleza de hombre 
tosco me condicionaba a matar de una manera poco elegante. Llegué a pensar que dejaría 
tantos hilos sueltos, que hasta el más infeliz de sus milicos podría descubrirme. 
Una tarde, sabiendo que esos dos zorros estaban revolcándose en mi cama mientras 
yo me deslomaba en el monte, casi me largo a matarlos sin reparar en la deshonra de la 
cárcel. Así de torpe puede ser un hachero. Menos mal que aparte de bruto soy inclinado a 
exagerar. Entonces me dije: «Ya que de todas formas la policía me terminará prendiendo, 
¿por qué no despacharme a gusto con Zuarzo y mi mujer?». Los descuartizaría con mi 
propia hacha, y después me iría a trabajar al obraje como si tal cosa. O, mejor aún, yo 
mismo me llegaría al pueblo y le detallaría a usted lo sucedido. Y así fui amontonando 
exageración sobre exageración hasta desembocar en la idea general de lo que he 
bautizado "crimen de bruto": en cierto modo, un crimen perfecto. La clave era acumular 
tantas pruebas en mi contra hasta que mi culpabilidad resultara obvia y, por eso mismo, 
difícil de creer. 
Para llevar adelante este plan yo corría con la ventaja de que conocía su cabeza, 
señor. Además sabía que usted me había tomado aprecio. «Cómo no lo voy a querer, 
Molina —me decía siempre—, si en este bendito pueblo usted es el único que sabe jugar 
ajedrez». 
Cada vez que me detenían —los motivos no vienen al caso—, en lugar de 
reprenderme, me felicitaba. Y enseguida ponía a toda la milicada en movimiento. A uno 
lo mandaba a buscar cerveza y aceitunas. A otros dos, a patrullar los barrios bajos. Y si 
quedaba alguno desocupado, le ordenaba cuidar la puerta de entrada: «Y cualquiera que 
me busque, no estoy». Entonces me llevaba a su despacho y me hacía sentar de este lado 
del escritorio. «Del lado de las blancas», me decía, mientras se acomodaba en la silla de 
enfrente. Después revolvía en los cajones, despreocupado de los expedientes que 
saltaban por el aire, en busca del tablero y la bolsa con las piezas. 
Siempre me pareció un hombre demasiado pensante. Podía pasarse horas 
meditando en voz alta una movida: si yo juego acá, la respuesta va a ser esta... O tal vez 
esta otra... A lo sumo aquella de más allá. Y entre que usted pondría aquí y yo allí, se nos 
iba la tarde. A veces, en medio de un silencio me gritaba que había adivinado mis 
intenciones. «Usted, Molina, quiere coronar el peón libre, ¿es o no es?». Y capaz que yo 
tenía la cabeza puesta en ver cómo llegar al día de cobro a pura sopa de puchero, con un 
solo hueso de caracú perpetuándose por semanas. Yo le contestaba que tenía razón, que 
no había con qué darle. 
—No hay con qué darle, señor. Usted juega con el diablo de alcahuete. 
—Qué diablo ni qué ocho cuartos. La palabra es "de-duc-ción".Sí, señor comisario, la palabra era "deducción". Yo sabía que usted se valdría de 
ella para investigar las muertes de Zuarzo y de mi mujer. Todas las pruebas me 
incriminarían, pero a usted le costaría creer que yo hubiera asesinado tan torpemente. 
«Molina es un triste animal del monte», se diría, «pero no un imbécil». Luego, como en 
los cuentos policiales, usted buscaría el fino error de un profesional del crimen. Y lo 
encontraría: yo me encargaría de deslizar una pista falsa, para que usted, basado en sus 
preciosas deducciones, terminara por culpar a un tercero… 
A esta altura, señor, lo imagino desconcertado. Tal vez se asombre de que el rudo y 
silencioso hachero, de pronto se revele algo inteligente y locuaz. Creo que tendría que 
haber empezado esta carta contándole que mi padre fue célebre en la Capital por su doble 
licenciatura, una en Ciencia Físicas y otra en Filosofía. Después se hizo más célebre por 
un triple homicidio y posterior fuga junto a su mujer y a su hijo recién nacido. Acertó, 
señor: los tres nos exiliamos en el monte. 
Me pregunté, entonces, sobre quién me convendría hacer recaer las sospechas. Por 
una razón lógica —de cuando en cuando, señor, este "burro con sombrero" pega unos 
trotes por el potrero de la lógica— descarté a los demás hacheros. Supuse que usted 
buscaría al lúcido cerebro entre la gente de más escuela. Muerto Zuarzo, sólo quedarían 
dos hombres con estudio: el Ricota Chávez y Pedro Azcurra, los encargados. 
A Pedro Azcurra tal vez no lo conozca usted, pero al otro sí. “Ricota Chávez”, ¿le 
suena? Sí, señor, ese grandulón de pelo lacio y seborrea galopante. Un pesado que 
acostumbraba abrazarme por cualquier motivo y a sabiendas de que el contacto con su 
ropa cubierta de caspa me revolvía las tripas. En el obraje todo el mundo estaba al tanto 
del entredicho que había tenido con el patrón. 
—Nada serio —nos explicaría Chávez—. Unos números que se mezclaron, las 
cuentas que no cerraban, y me terminaron descontando unos pesos del sueldo. 
Eso, en frío. En caliente había querido pelearlo a Zuarzo, incluso lo había 
amenazado de muerte. Que el patrón iba a terminar gastándose en un lujoso ataúd la plata 
mal habida, había dicho el Ricota, o algo así, no recuerdo exactamente las palabras. De 
lo que sí me acuerdo es del diluvio de caspa que le caía sobre los hombros. Por todo esto, 
al principio me pareció que Chávez funcionaría perfecto como chivo expiatorio. Pero un 
estudio más profundo me convenció de que el otro encargado reunía mejores 
condiciones. 
Menudo, raquítico, insignificante, con ojos de retardado y postura de gárgola, 
Pedro Azcurra había pasado los últimos meses muy callado. Y nadie dudaba de que tanto 
silencio le venía de pensar en su mala esposa. Otra víctima de Zuarzo, de esa comadreja 
que acostumbraba rapiñar un huevo en cada gallinero. Cuando Azcurra se enteró de que 
le habían manchado la hombría, empezó a emborracharse seguido y a llorar por los 
rincones. Se comentaba que, si no la había muerto, había sido de puro enamorado, y que 
para perdonarla le habían bastado un lloriqueo y una promesa de no reincidir. 
Con estos antecedentes, ¿no era lógico que usted, señor comisario, entreviera en la 
muerte del patrón una posible venganza del encargado? ¿Y no cabía inferir que el 
descuartizamiento de mi mujer encubriese todo el rencor que Azcurra no había podido 
descargar en la propia esposa? Sin duda usted no desdeñaría esos detalles. Y una vez 
encaminada la sospecha, descubriría en Pedro Azcurra un perfil típico de asesino: el 
hombre menudo, raquítico, insignificante; ese tipo del que uno se acuesta pensando que 
no mataría una mosca, y al despertar ha degollado a la madre. 
Lo que más me preocupaba era la cuestión del tiempo. Ir del obraje a mi casa, 
asesinar, trozar los cuerpos, deslizar la pista falsa y volver al obraje; todo ese circuito yo 
debía completarlo en media hora. 
Me explicaré mejor. Cada encargado tenía dos horas de descanso, una a la mañana 
y otra a la tarde. A la tarde, Azcurra debía parar de cuatro a cinco, y Chávez, de cinco a 
seis. Pero cebados con las escapadas del patrón paraban quince minutos antes, y volvían 
quince después. Conclusión: entre cinco menos cuarto que salía Chávez y cinco y cuarto 
que regresaba Azcurra, había media hora en que los hacheros nos quedábamos sin 
vigilancia. En ese y sólo ese momento yo podía escapar del obraje y sorprender in 
fraganti a los dos cretinos. 
Ahora, señor, dígame si estoy errado: el hecho de que Chávez y Azcurra no se 
encontraran trabajando al momento del crimen, ¿no los convertía en potenciales 
sospechosos? 
 
 
Todas las mañanas, a las seis en punto, los hombres del obraje nos reuníamos para tomar 
el desayuno: al igual que el almuerzo, nos correspondía por contrato. 
—Dos galletas y un potente mate cocido —decía el patrón a los obreros nuevos—. 
Amargo, el mate. El que tenga estómago de mariposa tendrá que pagar el azúcar de su 
bolsillo. 
Y cuando Zuarzo decía «estómago de mariposa» lo miraba a Pedro Azcurra, el 
único que no lograba tragar el mate amargo. El encargado llevaba el azúcar en un morral 
de tela bastante raída que, para precaverse de pícaros y codiciosos, jamás descolgaba del 
hombro. Enseguida comprendí que esta particularidad de Azcurra me proporcionaría el 
elemento que me faltaba: la pista falsa. 
No bien cobré la quincena fui al supermercado del pueblo. Entre los muchos 
víveres que compré incluí un kilo de azúcar. Más tarde, en el baño de la terminal, aparté 
unos terrones y los metí dentro de mi paquete de cigarrillos. El resto lo eché a la letrina. 
Por último compré algunos clavos: desde hacía tiempo mi mujer me fastidiaba 
pidiéndome que arreglase una de nuestras sillas. Podría haberse muerto pataleando, y no 
le hubiese hecho caso. Pero ahora su pedido me venía al pelo. 
La noche anterior al crimen me dediqué a ese trabajo. 
Martillé todos los clavos con excesiva prolijidad, excepto uno. A ese fui 
hundiéndolo torcido, y a último momento lo golpeé de refilón para que terminara de 
doblarse. Después le machuqué la cabeza hasta diseñar una diminuta flor carnívora que 
parecía brotar sobre la tabla del asiento. Le acerqué la manga de la camisa y comprobé 
que se enganchaba. Mi mujer me llamó a comer. 
—¿La arreglaste a la final? —me dijo. 
—Todavía no. Por ahora dejala al lado de la cama, para colgar la ropa. Mañana 
termino. 
—¡Mañana, mañana! Vos no sabés lo que es el hoy, todo dejás para mañana. 
—A qué viene tanto apuro. 
—Apuro no. El problema es que nomás tenemos dos sillas, y una está rota. Mirá un 
poco cómo estamos comiendo. 
—Y vos qué problema te hacés, si acá el que come parado soy yo. 
Y me contuve para no agregar: «Si Zuarzo quiere tomar unos mates antes de 
encamarse, que al menos se traiga su silla». 
Me acosté temprano y revisé mis cálculos. Todo engranaba perfectamente. Me 
relajé, satisfecho de mí mismo, y pensé en usted, señor. En que nunca había podido 
ganarle al ajedrez. «A esta se la gano —me dije—. Como que hay un Dios, que se la 
gano». Respiré profundo. Recuerdo que era una hermosa noche pespunteada por el canto 
de los grillos y los sapos. Infinidad de rayitos de luna acribillaban la penumbra de la 
casa. Este efecto se debía al estado calamitoso del techo: un verdadero colador. Sin 
embargo, a pesar de ese y de otros desperfectos, la empresa contratista nos daba 
bastantes comodidades. Cada trabajador tenía su ranchito de chapas asentado sobre algún 
claro del monte. En un solo ambiente convivían una cama de elástico, una mesa, dos 
sillas, un armario para la ropa, varios estantes con utensilios, una lámpara a querosén, el 
anafe y su correspondiente garrafa de gas. Asimismo nos proveían la ropa de trabajo: dos 
mudas completas, incluidos un sombrero de paja y dos pares de guantes. Y, por supuesto, 
las dos hachas. Un hacha desafilada o rota nunca era excusa para interrumpir la tala:en 
todos los ranchos había una de repuesto. 
 
 
La mañana siguiente amaneció calurosa, muy calurosa. 
Me vestí con la ropa algo sucia del día anterior y me guardé un clavo en el bolsillo. 
Mi esposa dormía de lo más tranquila. ¿Cómo podía ser que no se sobresaltase, que no 
recibiese una mínima señal, que la mañana del día en que iba a morirse fuera igual a 
cualquier otra? Y entonces dudé. ¿No sería que aún no moriría ella? ¿Y si a último 
momento yo me echaba atrás y la perdonaba?... Espanté urgente esos pensamientos. Yo 
debía matarla, porque quedarme sin orgullo significaba quedarme sin nada: así de pobre 
es un hachero, señor; también atribúyale al orgullo el hecho de que ahora le detalle mis 
crímenes. 
Antes de salir agarré el paquete de cigarrillos que contenía el azúcar y lo escondí 
detrás del armario. Cargué al hombro una de las hachas y dejé la otra junto a la puerta, 
disimulada entre unas macetas de flores amarillas. 
En el obraje desayunamos a las apuradas. 
—Trabajen duro y tupido ahora —dijo Zuarzo—, antes que empiece a apretar el 
calor. 
A la hora del almuerzo, la sofocación ya era insoportable. Busqué en la mesa a 
Pedro Azcurra y me senté junto a él, del lado del morral. Al primer descuido del 
encargado saqué el clavo del bolsillo y se lo hundí en la bolsa. Di un corto tirón y rasgué 
la tela: una pequeña L en la parte superior, bien cerca de la boca para que no perdiese ni 
una pizca de azúcar. 
Pasaditas las dos, retomamos la tala, y al poco rato la suspendimos para 
hidratarnos. El patrón terminó de hacer cuentas a eso de las cuatro, y al rato se fue del 
obraje. Iba a revolcarse con mi mujer. Por última vez iba a revolcarse. 
Cinco menos cuarto, Azcurra tomó su descanso, y por detrás salí yo. Llegar a mi 
rancho me habrá tomado unos cinco minutos. El intolerable calor que había silenciado al 
monte no había logrado atajar los gemidos de Zuarzo y de la muy perra. Me detuve a 
unos metros de la puerta y me torturé oyendo crujir los elásticos de la cama. Empecé a 
quitarme la ropa; me desnudé por completo. La sarta de porquerías que les escuché 
decirse me llenó de coraje. Arranqué el hacha de entre las macetas de flores amarillas, y 
dando un alarido de asco irrumpí en la casa. Los miserables que yo había oído acoplarse 
como dos fieras, de pronto eran dos gatos roñosos agazapados en el último rincón del 
catre. Enseguida me le fui al humo a Zuarzo. 
¡Clack! Ese es el ruido exacto de una cabeza que se rompe. Uno percibe esa 
minúscula explosión en las manos, igual que se siente el reventón en la zapatilla al 
aplastar una cucaracha. 
¡Clack! 
¡Clack! 
Lo mismo que aplastar dos cucarachas, señor. 
Levanté del suelo la camisa de Zuarzo y la pasé sobre el mango del hacha para 
borrar mis huellas. Antes de proceder a descuartizar los cuerpos, me calcé un par de 
guantes y me vestí con una muda de ropa limpia. 
Pronto entendí que no tendría tiempo de desmembrarlos: cuanto más fuerte caían 
los hachazos, más trabajaban los elásticos de la cama. De todos modos lo importante era 
simular el ensañamiento de Azcurra, un ensañamiento que reforcé dejando el hacha 
sepultada en el hermoso cuello de mi esposa. Me desnudé allí mismo y dispersé las 
prendas por el piso. 
Así quedó armada la escena: mi mujer en la cama con otro hombre, mi propia ropa 
empapada de sangre, mi propia hacha atascada en uno de los cuerpos. Un verdadero 
"crimen de bruto". Sin dudas, tantas pruebas en mi contra despertarían sus sospechas, 
señor comisario. Vea lo que le tenía preparado para cuando usted aguzara el ojo. 
Saqué el paquete de cigarrillos de atrás del armario y, sobre el asiento de la silla 
rota, más precisamente sobre la metálica flor carnívora, dejé caer unos cuantos granos de 
azúcar. No bien usted encontrase esta pista se dedicaría a investigar. Y la investigación lo 
llevaría derecho a Azcurra, el único que consumía azúcar, el gran cornudo a quien habían 
deshonrado su patrón y su mujer. Entonces usted armaría en su cabeza otro crimen. Se 
diría: «Azcurra se quita el morral, lo deja en la silla para maltratar los cuerpos 
cómodamente. Luego, apurado por irse, no se da cuenta de que al levantar el morral, este 
se engancha y pierde unos granos de azúcar». Y entonces, señor comisario, usted saldría 
corriendo a buscar esa bolsa. La pequeña rotura en forma de L sería la confirmación de 
sus cálculos. Y la coronación de mi obra. 
Ahora ya conoce lo que este triste animal del monte, este burro con sombrero —¿se 
acuerda que así me llamaba cada vez que me ganaba al ajedrez?—, ahora ya conoce, 
digo, lo que fui capaz de maquinar. 
 
 
Salí a remojarme en la bomba, diciéndome: «No sea que estos miserables me hayan 
manchado con su sangre emponzoñada». Después volví a calzarme la ropa que había 
dejado afuera y enfilé para el obraje. El sol declinaba, el calor no. 
Llegué unos minutos antes que Azcurra. Hachamos hasta que nos sorprendieron la 
oscuridad y los mosquitos. Como Zuarzo no aparecía, a los encargados no les quedó más 
remedio que desobligarnos. Ni las iguanas tienen la sangre fría que mostré yo al 
momento de saludar, uno por uno, a mis compañeros. Y también después, cuando entré a 
casa silbando y colgué de la pared la lámpara de querosén y me senté en el borde de la 
cama a contemplar los cuerpos infestados de moscas. 
Por fin me decidí a ir en busca de la policía. A medio camino vi la chuza de acero 
que cruzaba el cielo por el sur. Al rato el trueno me retumbó en el pecho, y me ganó un 
mal presagio. 
En la comisaría pedí hablar con usted. Deben haberme visto desesperado: urgente y 
sin exigir razones, un milico me abrió la puerta de su despacho, señor. Caminé 
tambaleándome hasta el escritorio y me le tumbé encima. 
—Qué carajo pasa, Molina. 
Me largué a llorar de tal forma y levanté tanta bulla, que no hubo promesa ni 
amenaza que me aplacasen la emoción. Dije: 
—Me la han muerto —y la frase me sonó tan ridícula, tan de telenovela, que se me 
entreveraron el llanto y la risa. ¿Por qué me alegraba yo así? Creo que daba por 
descontado que usted mordería el anzuelo. 
 —Explíquese de una vez, Molina. 
Pero yo sólo repetía: «Me la han muerto». Y de tanto en tanto agregaba: «Al patrón 
también». Recién cuando oí que afuera rechinaba la tormenta, me volvió el mal agüero y 
largué lo demás. 
Me cargaron en el patrullero. Llovía como no llueve nunca por estos lugares, como 
si al cielo de golpe se le hubiesen reventado todas las costuras. La chata viboreaba en el 
barro, y el comisario le ordenó al que manejaba que parase: 
—Es al pedo con la batata esta. No sea que se encaje y nos deje a pata. 
Seguimos a pie, alumbrados por un par de linternas. Para cuando llegamos al claro, 
ya teníamos el agua a los tobillos. Abrí la puerta y me sorprendió que adentro estuviera 
oscuro: recordaba haber dejado la lámpara encendida. 
—¿Tiene luz, Molina? —preguntó el comisario, y los milicos apuntaron las 
linternas al suelo como diciendo: «Que el dueño de casa muestre sus finados; nosotros no 
vamos a ser impertinentes». Me tapé la boca para amordazar una carcajada. Enseguida 
me recompuse: 
—Tengo. Si hacen el favor de alumbrarme aquella pared... 
Las luces se rayaron con hilitos de agua. Llovía, como quien dice, más adentro que 
afuera —ya hablé del estado del techo—. Me di cuenta de que una de las goteras había 
extinguido la llama de la lámpara. La descolgué, le sequé el mechero y le agregué 
querosén. Y en todo ese tiempo no dejé de sentirme feliz y ni se me cruzó por la cabeza 
que al hacerse la luz me encontraría con lo que me encontré. 
Ahí estaban los cadáveres, mi ropa llena de sangre, mi propia hacha... Pero faltaba 
la pista falsa. Al ver la gotera que chapoteaba sobre el asiento de la silla, me largué a 
llorar, ahora de veras. ¿Entiende mi desesperación, señor? El azúcar se había diluido, y 
yo no podía decirle: «Chupe esa tabla, comisario, que algún restodulce debe de quedar». 
Lo último que recuerdo es que me imaginé pudriéndome entre rejas. 
 
 
Y entre rejas me desperté. La frente me palpitaba con puntazos de dolor, y me parecía 
cargar una nariz pesadísima, prestada. Un tipo de gruesos anteojos me preguntó cómo me 
sentía. Me sentía volviendo de la muerte, y cuando pensé «muerte» me acordé de los 
cadáveres, de la puta gotera, de mi cadena perpetua. Después de un rato reconocí en el de 
anteojos al doctor del pueblo. ¿Podía yo incorporarme? Podía. ¿Podía yo recordar mi 
nombre? Pensé que si me hacía el tarado, por ahí me declaraban inimputable. Pero el 
médico me alcanzó un trapo húmedo: 
—Tenga, mójese la cara. Todavía está un poco abombado por el golpe. 
—¿Golpe? 
—Se desmayó y dio la cabeza contra una silla. 
Era de no creer. ¿Así que la trampa se me había vuelto en contra? 
—El comisario me ha dicho que quiere verlo no bien se sienta en condiciones. 
Le pregunté la hora, y me respondió que era casi mediodía. Entonces, ¿lo mío 
había sido un desmayo nomás, o había muerto y resucitado? 
—Es más lo que durmió que otra cosa —me dijo el médico, mientras abría la 
puerta de la celda para ponerme a disposición suya, señor. 
Usted me recibió muy respetuoso. Me dio el pésame. Me ofreció una silla. 
—Parece ser, Molina, que estamos ante un caso de fácil resolución. De cantada 
resolución, ¿querrá creer? 
—Si usted lo dice. 
—No es que lo diga yo: lo dicen las pruebas, amigo. 
—Vea, señor, si se refiere al hacha y a la ropa... 
—No, Molina, ni se moleste en explicarme nada. Yo ya sé que usted es inocente. 
En este momento el asesino viaja rumbo a la comisaría de la Capital. 
—¿Ah, sí? —hablé muy lento, no fuera a meter la pata—. Entonces ya sabe 
quién... 
—Exacto. 
—¿Puedo saberlo también yo? 
—Estas noticias son fuertes, Molina. Si me promete tomárselo con calma... 
Asentí. 
—Fue ese encargado suyo... 
¡Así que, a pesar de la gotera, el comisario había logrado hallar la pista falsa! Me 
traicionó la emoción y se me mezclaron los tantos. En vez de “Azcurra”, dije: 
—¡Azúcar! 
Agaché la cabeza comprendiendo que había firmado mi sentencia. Usted me 
preguntaría cómo sabía yo lo del azúcar, y yo no sabría para dónde disparar. Pero usted, 
señor, usted llamó a gritos al doctor y le ordenó que me trajera azúcar disuelta en agua. 
—Parece que se le bajó la presión. 
Supongo que ahora, mientras lee esta carta, se sentirá un imbécil. ¿Un burro con 
sombrero, señor? ¿Un triste animal del monte? Permítame que me saltee detallar las 
atenciones que me dispensaron y vaya directamente al final de la historia, al momento en 
que por fin me dijo a quién había fletado para la comisaría de la Capital. 
—Sergio Chávez —dijo, y yo abrí grandes los ojos—, alias el Ricota. El hombre 
tiene una seborrea galopante, y los cuerpos estaban repletos de motitas de caspa. 
Entrando a averiguar, supe que el Ricota Chávez se había cruzado con Zuarzo por un 
asunto de dinero. Algunos hacheros atestiguaron que el encargado lo había amenazado 
de muerte. ¿Ve cómo todo cierra? 
No quise contradecirlo. 
Durante semanas me rompí la cabeza pensando cómo habría llegado la caspa de 
Chávez hasta los cadáveres. La solución no hubiera resultado tan difícil, si de entrada yo 
hubiese considerado las fiebres de la atorranta de mi esposa. Sí, señor: ella se había 
estado revolcando con el Ricota a la mañana, en el primer descanso del encargado. 
Calculo que él iría diariamente, y diariamente me apestaría la cama con su lacra. Cuando 
intenté descuartizar los cadáveres, las motitas volaron impulsadas por acción de los 
elásticos. 
Al leer usted esta carta, yo ya me habré perdido monte adentro. Y créame que no 
es fácil cazar al peludo una vez que se ha metido en la cueva. Así las cosas, no hay duda 
de que tengo ganada, y por muerte, esta partida. Pero como debo reconocer que en 
alguna encrucijada la suerte quiso seguir mi tranco pudiendo haber seguido el suyo, le 
demostraré que un hachero puede contar aún con otra virtud: dignidad. Le propongo 
tablas. 
 
Chanchos 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Amapola Ramos junta calabazas, y el sol del mediodía no ayuda. 
—Mierda, que duele. 
Amapola anda por parir. De nada valió decir que tenía contracciones, decir "estoy 
segura que ya es tiempo, patrón". Don Esteban la mandó a juntar calabazas: "Mirá, 
chinita, lo tuyo se cura poniéndote a trabajar". 
Ahora Amapola suelta las calabazas. Ve el agua que le baja por las piernas, y un 
mareo la voltea de cara al sol del mediodía. La sangre ya le raya los muslos, muslos 
firmes que fueron del patrón. 
—Diosito, que duele. Ayudame que duele. 
Duele hasta que empieza a gustar, le dijo una vez don Esteban, una mano 
levantándole la pollera, la otra ayudando al miembro, acomodándolo en el camino 
estrecho de Amapola Ramos, que siente cómo la carne se le desgarra, que apoya el 
pecho y la cabeza sobre la mesa, que dice que le duele, que oye una voz con olor a vino 
que le dice que duele hasta que empieza a gustar, que pare bien el culo le dice, que así 
duele menos. 
Amapola Ramos, de cara al sol, anda por parir y por morirse. La mujer presiente 
que vida y muerte llegarán juntas al campo de don Esteban. 
Todo lo que nace en el campo del patrón es del patrón. Todo lo que muere en su 
tierra es de los chanchos. Así lo ha aprendido Amapola, y por eso piensa en el hijo que 
ya siente abrirse paso. "Ojalá que el patrón me lo quiera criar", alcanza a decirse. Y 
después hay sólo gritos y un morirse incómoda, con el sol que le golpea los ojos, con 
dolores y humedades, entre palpitaciones y escalofríos. 
Don Esteban se acerca a caballo. Desmonta y corta de un tajo la tripa del ombligo. 
—Una hembrita —dice—. A mí no me sirve, a los chanchos sí. 
 
 
Dos días pasan sin que nadie eche comida en el chiquero. 
Los chanchos huelen el viento, y sus gruñidos arman un minucioso rumor de 
tormenta. La costumbre les ha enseñado que cuando el aire apesta a muerto, la puerta no 
tarda en abrirse. Por fin alguien descorre la tranca. Los chanchos se atropellan y se 
atascan en la salida. Los más morrocotudos se van abriendo paso a fuerza de tarascones. 
Una overa maciza le raja la oreja a un coloradito, pero el hambre puede más, y el herido 
ya va detrás de la piara. La carrera es pesada y ridícula, también directa. Aunque todavía 
no ven la comida, el hedor es una brújula infalible. La overa es la primera en clavarle 
los colmillos al cuerpo de Amapola Ramos. Parte por la mitad un antebrazo, y antes que 
la mano toque el suelo, otra boca la engulle de una dentellada. Los demás desgarran el 
cuerpo amarillento. Del vientre hinchado se suelta una podredumbre que los estimula a 
tragar la carne junto con la ropa, a triturar hasta los fémures, a revolcarse en humores y 
coágulos. Enseguida se dividen en dos grupos: los que se disputan las últimas tripas y 
los que hacen rodar el cráneo por entre los surcos de calabazas. Al terminar, la mayoría 
se echa jadeante. Los más glotones olisquean la sangre mezclada con la tierra. 
Don Esteban sostiene a la nena en brazos. Le dice: 
—Estos brutos son así. Son peores que Paulina. 
 
 
Paulina mira el campo por la ventana de la pieza. Sonríe. Siempre sonríe. En las 
comisuras, dos caminitos de baba. Pálida y avejentada, Paulina. Una caricatura de la 
Paulina de hace diez años: la Paulina que entró, lúcida, en la iglesia de San Ignacio, con 
su vestido blanco de satén. La Paulina que entonces no sospechaba al verdadero don 
Esteban, al de las borracheras y las palizas. La Paulina que se casó con el otro don 
Esteban, con el que le dijo "La necesito, Paulina, para que me llene de hijos el patio". 
Esta Paulina, la Paulina de ahora, la que quiso llenar el patio de hijos y no pudo, la que 
ya no distingue si la vida está dentro o fuera de una botella de ginebra, mira por la 
ventana y sonríe. Y cuando se abre la puerta de la habitación y se oye el chicotazo de unrebenque, ella vuelve la cara sin dejar de sonreír. 
Don Esteban, bajo el marco de la puerta, alto como la puerta: 
—Me duele acá —anuncia. 
Don Esteban, alto como la puerta, más alto a cada paso, las botas bien lustradas, 
los ojos entornados por el humo del cigarrillo, alto, muy alto, se acerca a Paulina. 
—Me duele acá. 
Paulina sonríe. Que le duele ahí, dice don Esteban, y se toca la bragueta con el 
rebenque. 
Paulina, servicial, masajeando el dolor. 
—Así no. Con la boca. 
Paulina sonríe. Que así no, que con la boca, dice don Esteban. Y el rebenque 
chasquea cerca de la cara de Paulina. 
Paulina, servicial, con la boca. 
Pálida y avejentada. Treinta años que parecen más de cuarenta. 
El hombre la tumba en la cama. La mujer siente que la embisten, primero con 
desesperación, con saña después, al final con asco. 
Ahora los dos miran el techo. Paulina ha vuelto a sonreír. Dice: 
—Anoche la oí otra vez... Lloraba. 
—De quién hablás. 
—La beba. Tres noches que la oigo. 
Don Esteban se sienta en la cama y empieza a vestirse. 
—¿Dónde está, Esteban? ¿Por qué llora? 
—No sé. Capaz que ya le hincaron el diente. 
—Eso no, Esteban. Los chanchos no. 
—Tarde piaste, che. Pero si la oíste tres noches, ha de ser que no ha finado 
todavía. —Esteban hace una pausa: la desesperación de Paulina es tan graciosa. Por fin 
se levanta y, antes de salir, dice—: La adoptó la overa, la que mal parió el sábado y 
perdió todas las crías. 
 
 
Don Esteban, apoyado en las tablas del chiquero, recuerda. 
Usted se va a quedar solo, mijo. Eso sabía decirme mi vieja. Me lo decía cada vez 
que le contestaba para el diablo o cuando bajaba huevos de pajaritos y los reventaba 
contra la pared. También más adelante me lo dijo, por el modo que encontré de hacerme 
con estos puchitos de tierra. Usted se va a quedar solo, como un perro. Hija de 
brasileños. Negra. Siempre le envidié el humor. Decía que a mí me habían bautizado 
con vinagre, que por eso había salido tan odioso. De mi viejo no me acuerdo mucho. Sé 
que era abogado. "Abogado de la puerta para afuera —le decía mi vieja—: acá las leyes 
las pongo yo". Al morirse mi viejo empezamos a vivir entre putas. Cariñosas, las putas 
que regenteaba mi vieja. No era que necesitáramos trabajar para mantenernos, pero mi 
vieja nunca fue de quedarse de brazos cruzados. Y de piernas cerradas, menos que 
menos. 
Don Esteban se da cuenta de que no está recordando sino hablando en voz alta, 
contándole un pedazo de pasado a la nena del chiquero. Ella no lo entendería, a pesar de 
que ya debe de andar arriba de los cuatro años. No podría entenderlo, por más que ahora 
lo estudie con esos ojos que parecen decirle que sí, que se da cuenta. 
—Mirá lo que son las cosas: tanto mamar las tetas de esa bestia, has terminado en 
cuatro patas. También yo tuve que amoldarme... y comer mierda alguna vez. 
A lo lejos se ven las hortalizas quemadas por la escarcha del día anterior. Una 
bandada de tordos cruza un cielo veteado de violeta. 
—Linda helada va a caer esta noche —dice don Esteban mirando a los lechones—
. Varios de ustedes han de quedar sin conocer la primavera. 
La nena lo observa. 
Don Esteban se oye decir: 
—Hoy dormís adentro vos, pero no sea que se te haga vicio. Y de aquí en adelante 
te llamás Rocío, ¿estamos? A mi casa entra gente y no chanchos. 
 
 
—Poné el agua a calentar, Paulina. Hoy Rocío duerme adentro. 
Paulina, servicial. 
Rocío le gruñe al diminuto sol que cuelga en el centro de la sala, al fuego que 
abraza la olla, al espejo que multiplica este mundo extraño que es la cocina. Muerde la 
palangana y el jabón, las manos de Paulina, el rebenque de don Esteban. A veces parece 
que jugara. 
Más tarde se duerme sobre un cuero de oveja, y don Esteban la cubre con una 
manta. La cara limpia de Rocío ha recuperado algo lejano, quizás un rasgo desdibujado 
de Cristo. Don Esteban le hace una caricia y se pregunta qué soñará su hija. Mi hija, con 
esas palabras se lo pregunta. 
Antes del amanecer se oye retemblar la puerta: Rocío parece querer derribarla a 
fuerza de cabezazos. Alguien se levanta y le abre. Entonces ella, en cuatro patas, sale 
disparada hacia el chiquero. Va a meter la cabeza por entre las tablas, va a restregar la 
nariz contra el hocico de la overa. 
 
 
Cuando la ginebra mató a Paulina, don Esteban se quedó solo. A Rocío no podía 
contarla: a pesar de algunas visitas a la cocina y de una vez que tuvo fiebre y pasó 
varios días en cama, nunca quiso dejar el chiquero. Amigos no había tenido jamás, y la 
peonada ni se le arrimaba: "El patrón pide más que un ciego, conversa menos que un 
mudo, y a la hora de pagar se hace el sordo", decían los paisanos. 
Como al cuarto año de soledad, don Esteban se sintió enfermo. Tanto silencio le 
había enseñado a escucharse por dentro, y no necesitó de doctores para saber que lo 
suyo era incurable. 
Solo y con la muerte en viaje, ¿para qué seguir cuidando las hortalizas? Mejor 
dedicarse exclusivamente a los chanchos. Bastaba con vender los lechones débiles y 
dejar los fuertes para reproducir. Si el negocio aflojaba, podía chacinar a los viejos y a 
los que comían más de lo que rendían. 
Así se sostuvo don Esteban hasta que la enfermedad lo dejó en el estado en que se 
lo ve ahora: las botas sucias, la barba crecida, la soberbia arrodillada. Casi no puede 
caminar. Sólo el alcohol le alivia un poco los dolores. Se emborracha. Dice: 
—¿Qué va a quedar de vos, patrón, aparte de un apellido baldío? 
Ahora la muerte pone las leyes. Es a la muerte a quien le deja una tapera, un 
campo de espinas. Imposible esquivarla, pero a lo mejor pueda tirarle arena en los ojos. 
A lo mejor todavía esté a tiempo de hacer testamento a nombre de Rocío. 
—Recién cuando termines con eso, te podrás echar a morir. 
Don Esteban se levanta de la silla. Cae al suelo. A los tumbos llega hasta el 
caballo, y después de muchos intentos logra montar. Despacio, toma el rumbo de la 
escribanía. 
 
 
Don Esteban, definitivamente postrado, espera. 
Ya telefoneó el escribano para decirle que terminó el trabajo. Ya hizo don Esteban 
una llamada anónima a la Policía. "Un loco tiene a la piba en el chiquero", dijo, y 
recomendó que fueran con urgencia. 
Hace días que no puede levantarse, que no come, que bebe el vino caliente que lo 
acompaña junto a la cama. 
Afuera, los chanchos alzan su rumor de tormenta y van de acá para allá golpeando 
toda la casa. 
—¡Todavía no he muerto! 
Temprano derribaron algunas tablas del chiquero; ahora huelen los alimentos de la 
cocina. Aún no aciertan a entrar —la semana de hambre los tiene ciegos—, pero van y 
vienen buscando la grieta. En cualquier momento desmadrarán a topetazos la vieja 
puerta de entrada, y los alimentos de la cocina no serán suficientes. 
—¡Todavía no he muerto, gran puta! 
Don Esteban, el resuello comiéndole los pulmones, espera. 
 
 
Los oficiales avanzan con las pistolas en alto. 
Sillas tumbadas. Un reguero de harina. Barro por todas partes. Se dejan guiar por 
los gruñidos que vienen desde una de las piezas. El olor agrio del vino volcado les llega 
junto a otros hedores. Empujan un poco la puerta y alcanzan a ver. 
Ven una piara de cerdos que se arremolina, que atropella contra la cama. Ven un 
par de botas sucias, horizontales y quietas, sobre el colchón. Ven a una niña intentando 
atajar a las bestias, las manos trituradas, dejando hasta la última falange en defensa de 
un hombre medio muerto. 
 
 
Día de pesca 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Recién amanece, y mi padre prepara las cañas y los anzuelos. Debe de ser 
domingo, o a lo mejor sábado o feriado, porque no voy a la escuela. 
Mi vieja calienta el agua del mate mientras corta mezquinas rodajas de pan para 
tostar. También es mezquina el agua de la pava, que ya está a punto de hervir. Le agrega 
un chorrito de la canilla y ceba el primer mate. Pero a ese hay que escupirlo porque hace 
mal,y entonces lo echa en la pileta de lavar los platos. 
El silencio es un ahorcado que cuelga del techo. A veces mi padre me pregunta 
alguna tontería, para que yo no note que algo anda mal. Mi vieja, en cambio, ha 
decidido callarse. Tal vez no le interesa que yo me dé cuenta de que anoche pelearon, o 
quizá piensa que mi intuición de niño ya me ha puesto al corriente. Ha dejado una taza 
frente a mí. Ha mirado la taza sin verla. Ha gruñido la palabra "caliente". 
Empiezo a tomar la leche de a sorbos cortos, cuidando de que no se me salga por 
la nariz. El último trago baja con esfuerzo. La nuez de mi garganta es un palo de 
mortero machacando el líquido que se empecina en volver. 
Mi padre trajo una palangana y una toalla, y cambió la hoja de afeitar. Se pasa la 
brocha con espuma por la cara. Mi madre le alcanza un mate; después saca los panes del 
tostador y los unta con una finísima capa de manteca. 
Yo ya preparé los rieles y voy a juntar unas lombrices. Todavía no termino de dar 
la segunda palada, cuando mi padre irrumpe en el patio y agita un brazo por encima de 
la cabeza. 
El mate vuela lentamente, y yo lo veo rebotar contra la pared del bañito viejo. Es 
un golpe seco, hiriente, el que se oye. A veces —ahora por ejemplo— me parece que 
vuelvo a oírlo. 
Mi vieja no se atreve a quejarse, o acaso tantos años de convivencia la han 
resignado. Y por eso se calla y mira el piso y camina hacia el mate de lata, que en 
adelante tendrá un abollón más. Yo vuelvo la vista sobre mi pie que empuja la pala 
dentro de la tierra. Y estoy pensando que a lo mejor el mate estaría demasiado caliente o 
lavado o muy corto o muy largo. Pero no es fácil entender. 
Mi padre ya ha puesto en marcha el 4L y pisa el acelerador, muy suave, como 
diciendo "el problema no es con el auto". 
Levanto la caja de pesca y el mojarrero. Envuelvo el tarro de las lombrices con un 
diario y me acerco a mi vieja, que ya arregló el mate y está sorbiéndolo de pie, contra la 
cocina, de frente a los azulejos. Me despido tímidamente, y ella, sin mirarme, me suelta 
un "chau" ahogado. Oigo roncar dos veces la bombilla y cierro la puerta de calle. 
No recuerdo si aquel día pescamos algo. 
La pelota 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Adolfito. Mi amigo Adolfito. No es justo que ahora se me acuse. Yo era el único 
que no tenía vergüenza de pasearlo en su silla de ruedas, el único que se agarraba a 
trompadas cuando se burlaban de su idiotez. Una mañana que no estaba la madre tuve 
que sostenerle el pito para ayudarlo a orinar. Yo lo quería de verdad, y nadie quiere a un 
chico de doce años que ensucia pañales y se babea el día entero. 
Cuando las viejas del consorcio pasaban para la iglesia sabían decir: "Qué asco". 
A mí no me importaba. 
Los domingos íbamos a la plaza para ver a los pibes jugar al fútbol. Adolfito 
festejaba cada gol, sin interesarle qué bando los hacía. A veces la pelota —una pelota 
marrón, de cuero— caía cerca de nosotros, y entonces él gritaba como un burro, tiraba 
patadas al aire y sacudía la cabeza. La baba ensuciaba sus zapatos ortopédicos, mi 
camisa remendada, las flores de los canteros. Y si se secaban las flores, nadie decía que 
el placero las descuidaba, todos le echaban la culpa a la baba de Adolfito. Y si Adolfito 
tomaba agua del bebedero, nadie más tomaba hasta el otro día. 
En la plaza pasábamos la tarde, hasta que la pelota se mezclaba con la oscuridad. 
Y entonces los pibes se hacían trampas, discutían, se iban. 
A mamá no le gustaba que yo me ocupara tanto de Adolfito: 
—Mejor ponete a estudiar —me decía—, ¿o querés repetir de nuevo? 
Y también: 
—¿Ya te vas del tarado ese? A ver si sos tan comedido a la hora de los mandados. 
Yo rezaba para que Adolfito no sufriera: "Virgen negra: que nunca se dé cuenta 
que es idiota, que no se entere nunca que el padre lo abandonó por asco." 
En aquel tiempo la madre de Adolfito me quería. A la hora de la merienda nos 
preparaba mate cocido con tostadas. Una vez me dijo que Adolfito había aprendido a 
dibujar el sol. Sacó un papel que había guardado en el costurero y me mostró. No era un 
sol. Me di cuenta porque Adolfito vio el dibujo y empezó a tirar patadas y a gritar como 
un burro. 
Con trapos envueltos en una media marrón hice una pelota que Adolfito ignoró. 
"Virgen negra: hacé que Adolfito pueda tenerla." 
Pero los ahorros del día de la comunión y los vueltos que le había robado durante 
un mes a mamá no alcanzaron: nada alcanza cuando se trata de una pelota de cuero. 
Tuvimos que conformarnos con mirarla pegando la nariz al vidrio del almacén. 
Adolfito no lloró. No sabía llorar. 
Saqué la silla de ruedas que había estacionado frente a la vidriera, y nos fuimos 
para la estación. Papá me había dicho que no fuera. 
—Todos van a ir. ¿Por qué nosotros no? 
—Porque nosotros somos pobres, pero honrados —me había dicho papá. 
En la estación esperaba la villa completa, con ropa de ir a la iglesia. Muchos del 
pueblo también había. Hacía calor, y tanto perfume endulzaba el aire. Cada cinco 
minutos un megáfono gritaba que el tren estaba al llegar. Ya nadie le creía. Con un 
pedazo de carbón escribí en un papel: PELOTA MARRÓN. CUERO. ESPAÑA 140. 
Puse la dirección de una tía, porque mi casa y la de Adolfito no tienen número. Acerqué 
la silla de ruedas a las vías y me aseguré un lugar. Apareció el tren. De casualidad no 
terminamos muertos en una de las avalanchas. Nos aplastaban, nos daban codazos, nos 
mojaban de sudor y de lágrimas. Para tocar a la Señora o alcanzarle un mensaje, muchos 
hacían pie en la silla de Adolfito. Alguien le arrebataba su pan dulce a una mujer. Un 
viejo se desmayaba y caía en el pisadero. De las ventanillas del tren salían manos con 
botellas. Conseguí entregar mi papelito y arrebatar una sidra. El tren silbó dos veces, y 
el megáfono empezó a cantar la marcha. Miles de pañuelos blancos movieron el aire. 
Todos se fueron diciendo que la habían visto. Yo no la vi, pero seguro que estaba. 
"Virgen negra: hacé que la Señora lo lea." 
A la semana, llegó una caja con el pedido. Por desgracia ese domingo mi padre 
había almorzado en lo de mi tía, y ella no supo guardarme el secreto. La paliza no fue 
nada: la pelota acuchillada dolió más. 
Recién al otro domingo, gracias a que era mi cumpleaños, me levantaron el 
castigo y me escapé a lo de Adolfito. Se había enfermado. La cabeza se le caía igual que 
cuando uno no puede aguantar el sueño. Esos días los había pasado dibujando círculos 
en las paredes, en el mantel, en la espalda de la tortuga. La madre me habló del doctor: 
—Enseguida se dio cuenta que eran soles —me dijo, guiñándome un ojo. 
Después yo le dije que la tarde pintaba linda, que a lo mejor el sol le hacía bien a 
Adolfito. 
Para festejar mi cumpleaños fuimos al río. Hay un lugar en la barranca que 
conozco yo solo. No podía bajar con la silla porque el camino es muy desparejo, así que 
dejé a Adolfito arriba, abandonado. No me preocupé ni nada, total ¿quién lo iba a robar? 
Tiré del piolín y saqué la botella que había puesto en el agua para que se 
mantuviera fresca. Por el camino había levantado dos latas de conserva. 
—Chinchín, Adolfito. 
Linda había resultado la sidra; uno siente que le andan arañitas por la lengua. En 
un periquete la tomamos toda. Adolfito parecía contento. Yo lloraba y no sabía por qué. 
De ahí no me acuerdo muy claro lo que pasó, ni siquiera sé cómo llegamos a la plaza 
para mirar el partido de fútbol. 
La pelota cayó cerca de nosotros, y un grandote vino a buscarla: 
—Dame, pibe. 
—Quitámela, si sos machito —dije, y la apreté contra el pecho. 
En la otra mano yo tenía la botella. La quebré en el suelo, como había visto hacer 
en la villa, y el grandote se cagó en las patas. Le di la pelota a Adolfito y empecé a 
correr empujando la silla de ruedas. Los pibes nos perseguían con piedras y palos. 
Adolfito gritaba como un burro. Abrazaba la pelota y la rasguñaba y trataba demorderla. Yo veía que la baba envolvía la pelota, le hacía un capullo de esos que hacen 
las arañas para guardar los huevos. Los piedrazos zumbaban cerca. La botella rota se me 
fue de la mano. Tropecé. Me caí. Un poco más adelante frenó la silla. 
"Virgen negra: hacé un milagro, hacé que no se la quiten." 
Me agarraron entre cuatro. Los demás fueron a buscar la pelota. Escuché que 
decían: 
—Este está dormido. 
—Me parece que se murió, boludo. 
Yo no sabía lo de los remedios. Que Adolfito los había tomado sí sabía, lo que no 
sabía era que con la sidra hacían mal. Me soltaron y fui a ver: Adolfito, duro, parecía 
abrazar más fuerte la pelota. 
Se acercó uno que quiso sacársela a patadas. "Por favor, Virgen negra, que no se 
la quiten". Vinieron otros dos y la empujaron con palos de escoba. Nada. 
—Agárrenla con las manos, maricas. 
—Agarrala vos si te animás. ¿No ves la baba? 
—Mi primo tiene guantes de boxeador: capaz que me los presta. 
—Mejor lo busco a mi viejo que es bombero. Hace mucho sacó a un caballo de un 
pozo ciego. 
—La que sacó un caballo de un pozo ciego es la partera de tu vieja, infeliz. 
—¡Ja, ja, ja! 
—Hay que hacer algo rápido: si este se enfría, estamos fritos. 
—Métanle un palo en el orto, van a ver cómo la suelta. 
—¡Ja, ja, ja! 
Enseguida se llenó de vecinos. Pero esos no dijeron nada, se quedaron todo el 
tiempo de brazos cruzados. Nadie quería ensuciarse las manos con la baba de Adolfito. 
Despacio, empecé a mover la silla. 
Me siguieron dos cuadras, tal vez tres. Y resignaron la pelota. 
 
Fiorella 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Fiorella me daba a entender que sus sueños, las imágenes, eran apenas armazones de la 
realidad. Una casa soñada por mi amiga consistía en unos pocos trazos indecisos sin 
más detalles que la puerta, la ventana y el rulo de humo escapando por la chimenea: 
—Tal cual la dibujaría un nenito —me decía. 
Cuando íbamos a la cueva de Los Mirasoles yo la observaba dormir. No era difícil 
saber en qué momento entraba en el sueño: a veces lo delataba un ronroneo caudaloso, a 
veces una suspensión prolongada de la respiración, una especie de muerte breve que me 
aterraba y que sólo logré emparentar, años después, con lo que Poe llamaba catalepsia. 
Mamá me encarecía que tuviese cuidado con Fiorella: 
—Acordate que es sietemesina y que mató a la madre en el parto. 
Fiorella vivía con una tía lejana, las dos solas. Cualquiera que pasase por la calle 
al atardecer podía verlas dobladas sobre sus labores de costura, pegadas al ventanal del 
recibidor para aprovechar la luz desesperada del crepúsculo. Como no hacían vida 
social y se vestían a la antigua, la gente del pueblo les inventaba historias, algunas 
torpemente absurdas, otras no tanto. Decían, por ejemplo, que la noche de Navidad la 
pasaban encerradas en el dormitorio, llorando. 
En su casa no recibían a nadie, ni a nadie le interesaba ser recibido; en ambos 
sentidos yo era la excepción. No sé qué encontrarían en mí, pero se desvivían por 
atenderme. La tía de Fiorella me convidaba tortas de chocolate o mermeladas caseras. O 
me daba dinero para que comprase golosinas en el almacén "Torito", ahí donde atendía 
un muchacho que fumaba armados y llevaba siempre desprendida la camisa. 
—Es un negro asqueroso —me susurró Fiorella una tarde. El muchacho se había 
dado vueltas para alcanzar un tarro de galletitas—. Tiene el pecho lleno de pelos, y un 
olor a sobaco que voltea. 
—¡Shhh! Callate, que va a escuchar. 
—¿Y qué hay si escucha? ¡Mirale la mugre de las uñas! Con esas manos de 
mecánico nos está embolsando las galletitas. 
El vendedor tenía ojos verdes y soñolientos, de yacaré. Miraba todo el tiempo a 
Fiorella y le rozaba la mano si debía darle un vuelto. 
—Un baboso y un maleducado —me dijo mi amiga, ya en la calle—. ¿No viste 
que no contestó cuando lo saludamos? Ni que tuviese la lengua sólo para pegar los 
cigarrillos. 
—Dijo algo entre dientes. 
—Estaría silbando una cumbia. 
 
 
La gruta que llamábamos Los Mirasoles, en tiempos de mis abuelos había servido de 
entrada a una mina de cobre. Ahora el andarivel se internaba veinticinco o treinta 
metros y lo truncaba una pared de tosca. De la antigua época sólo quedaba el cartel de 
PELIGRO ZONA DE DERRUMBES, aunque hacía años que todo se había venido 
abajo. Fue la vez en que murieron sepultados los hermanos Mirasol. 
Con Fiorella nos habíamos apropiado de ese lugar porque era fresco y, además, 
nunca se acercaba nadie —desde el derrumbe, la gente del pueblo decía que la cueva 
despedía vahos malditos—. En las paredes yo había colgado lienzos de colores y 
láminas de Sandokán, de Simbad, de la caza de Moby Dick. Allí jugábamos a los 
exploradores y navegábamos por el misterioso Amazonas, o encontrábamos en 
Kazajistán un pasaje a otra dimensión, o bajábamos por la boca del Vesubio para 
despertar un fuego supuestamente extinguido. Pero de golpe Fiorella se desperezaba, 
voluptuosa, y yo sabía lo que iba a pedirme: 
—Espiame mientras duermo. 
A mi amiga le atacaba el sueño a cualquier hora. Decía que de noche se retorcía 
de dolor, que se angustiaba y no descansaba bien. 
—¿Dónde te duele? 
—Cosas de mujeres. 
—Contame igual porque somos amigos. 
—No vas a entender. 
—¿Por qué? 
—Porque sos varón. 
—¿Y? 
—Y las mujeres tenemos cosas que no tienen los varones, y entonces no vas a 
entender porque no sos mujer. 
—Yo ya sé qué cosas tienen las mujeres y nosotros no. 
—A ver, decí. 
—Cera para depilarse y novelas de Corin Tellado. Mi mamá esconde todo en la 
mesita de luz. A vos te duele depilarte, ¿nocierto? 
Pero Fiorella ya se había dormido, y pronto entraría en su mundo de paisajes 
dibujados. 
Al principio yo sólo la observaba. Un día le acaricié la mano y no se despertó. 
Desde entonces empecé a levantarle un poco la ropa. 
Al despertarse, Fiorella me relataba lo que había soñado. 
—Soñé un jardín lleno de rosas y otras flores que no me acuerdo. Porque lo que 
me preocupaba era una rosa. Estaba sola, y yo sabía que las demás la dejaban de lado. 
—¿Cómo sabías? 
—No sé. Lo sabía porque sí, porque así son los sueños. La cosa es que todas las 
flores ya se habían abierto, menos esta que te digo. Y a mí se me caían las lágrimas. 
—¿Por? 
—Porque si ella no se abría, yo me iba a morir. 
—¿Y por qué? 
—¡Y qué sé yo! Porque yo sabía que me iba a pasar eso. 
—¿Cómo sabías? 
—Vuelta la burra al trigo. 
—¿Qué burra? 
—Así dice mi tía cuando le repito mil veces la misma pregunta. 
—¿Cuál pregunta? 
—Cosas de mujeres. Pero dejame que te siga contando. Estábamos en que me 
ponía a llorar. Entonces te aparecías vos y me preguntabas que qué me pasaba... porque 
hasta en los sueños sos un preguntón insoportable. 
—¿Yo me aparecía en tu sueño? ¿Como un dibujito? 
—Tal cual. Al final agarrabas la flor de los pétalos y querías ayudarla. Decías: 
"¡Puje, señora, que ya viene! ¡Vamos, señora, puje!". 
—¿Qué es "puje"? 
—Lo que dicen los doctores cuando las señoras tienen los hijos. Lo vi en la tele. 
—Pero yo no. Así que nunca pude decir eso. 
—Sí, hinchacocos, lo dijiste porque es un sueño, mi sueño. ¿Cómo hay que 
explicarte a vos las cosas? 
—Bueno, dale. ¿Y cómo termina? 
—Termina en que la rosa se abre. Pero entonces empieza a crecer y a crecer, y al 
final es una boca gigante, de monstruo, que te quiere tragar... 
—¿Sería alguna planta carnívora del África? 
—Ponele. 
—A esas les conozco el punto débil. ¿La maté a la de tu sueño? 
—Me desperté antes. 
—Otra vez fijate cómo la hago polvo con mis superpoderes. ¿Dale? 
—Dale. 
 
 
Ver diariamente a Fiorella se me hizo una adicción. Y cuando los pibes del barrio me 
pedían que los ayudase a bajar nidos de los ligustros o que apedreásemos los focos de la 
calle, yo les contestaba con evasivas. Y si a papá le subía la presión porque yo "vivía de 
vago", a mí me daba igual. 
Una siesta, Fiorella llegó a LosMirasoles berreando de dolor. La recosté sobre la 
manta donde acostumbraba quedarse dormida. De a ratos le venían chuchos de frío y 
apretaba fuerte los párpados. 
—Me dan puntadas. 
—¿Dónde? 
—Tocame —me acomodó la mano en su vientre—. Es como una rata que me 
muerde por dentro, ¿sentís? 
—Yo no siento nada. 
—Te juro que ahí está. 
—¿Se te pasa? 
—Algo. Será que tenés los dedos hirviendo... 
—... 
—Date vuelta. 
—¿Para? 
—Me quiero sacar un poco de ropa: el elástico de esta bombacha me aprieta. 
Mientras se quitaba la ropa interior, la acometieron nuevos dolores. Le acaricié el 
pelo hasta que se calmó. Volvió a recostarse y a guiarme la mano, esta vez por debajo 
de la pollera. Después cerró los ojos, y la respiración agitada se le fue suavizando hasta 
desaparecer. Enseguida entró en esa especie de catalepsia que mencioné al principio. 
Pero eso ya no me asustó, al contrario: me dio valor para recorrer todo su cuerpo. Me 
detuve en cada curva y también en cada surco. Así un largo rato, hasta que un líquido 
caliente me empapó los dedos. Levanté la pollera y descubrí lo peor: Fiorella sangraba. 
¡Ella moriría desangrada por mi culpa! 
—¡Dios, que no se muera porque la quiero! 
Puse mis dedos para atajar la hemorragia, y fue inútil. Le limpié la herida con el 
puño de mi camisa, y nada. Tampoco sirvió que le echase puñados de tierra. Lloré. 
—¡Dios, te juro que no vuelvo a tocarla nunca! 
Y cuando ya suponía que Fiorella jamás volvería en sí, la vi despertar. 
—Soñé bien... —dijo. Se había incorporado a medias y miraba indiferente la tierra 
amontonada entre los muslos. Le noté un brillo nuevo en los ojos y me pareció un mal 
augurio—. Soñé la vida tal cual es, no dibujada. ¿Te das cuenta? 
A lo mejor dije que sí, que me daba cuenta. Sin embargo no lo entendería hasta 
mucho tiempo después. 
Fiorella se puso la bombacha y, con las piernas sucias de sangre y barro, 
abandonó, para siempre, la cueva de Los Mirasoles. 
 
 
Siesta 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El calor es un vagón de carga que se arrastra por la siesta. 
Jerónimo se aburre en la plaza del pueblo. Sigue sentado en el banco bajo la 
pérgola, mirándose la punta de las Nike, los brazos abiertos sobre el respaldo, algo 
distanciado de Natalia, que mueve las manos para espantarse las moscas. 
Jerónimo es porteño, y podría hacer una lista con todo lo que no soporta de este 
pueblucho. Anotaría antes que nada a Natalia Quebec, hija del escribano Quebec, 
sobrina de Timoteo Quebec: abogado y mano derecha del juez Asdrúbal Quebec. 
Seguiría con la monotonía del lugar, sus casitas antediluvianas, su fragancia de pisos y 
perros lavados con creolina, todo este paisaje de techos bajos, cada cual con su 
tanquecito de agua y su esqueleto oxidado de antena. En suma, el anacronismo. Ahí 
está: es el anacronismo lo que más le revienta, el ser parte de un tiempo que se parece 
bastante a una foto movida. 
Un calor de mil demonios. Y a Natalia le parece oportuno rodear la cabeza de 
Jerónimo, dejarle oler el perfume que escapa de su cuello Quebec y de su copioso tren 
delantero Quebec y Compañía. 
—Dale —ronronea—, decime cuánto guarda tu papi en el banco. 
Un poco apegados a los números, los Quebec. Jerónimo ya oyó esa misma 
pregunta de un puñado de bocas Quebec, y esta manía de revisarle la billetera le está 
colmando la paciencia. 
El calor es intolerable: lo han entendido la viejita que acaba de cruzar la calle con 
un paraguas por sombrilla y hasta el perro que se hunde de panza en la arena. Sólo 
Natalia, a pesar del sudor que baja desde su cuello Quebec y se pierde por Quebec y 
Compañía, parece no sufrir la temperatura. Se prodiga en caricias que a Jerónimo le 
obligan a decir: 
—Aguantá que voy a comprar cigarrillos. 
Jerónimo se aleja de la plaza por J. J. Quebec y dobla en San Martín. Cuando pasa 
frente a la peluquería, el peluquero, que está carpiendo una cabeza ensortijada, lo saluda 
con la tijera en alto. 
Jerónimo piensa en su casamiento. Cuanto más se acerca la fecha, más se 
convence de que comprarse un terreno en el infierno no sería tan grave como atar su 
sangre al palenque de los Quebec. ¿Atar su sangre al palenque de los Quebec? Qué 
espanto. Ha comenzado a pensar con imágenes de milonga campera. 
Dobla por Independencia y compra cigarrillos. Negros. No hay otra cosa, dice la 
quiosquera. 
De golpe la terminal de ómnibus se le cruza en el camino, le estorba el paso. 
Varias veces Jerónimo se da vuelta para verificar que nadie lo sigue. 
—A Retiro —pide en una ventanilla. 
Y enseguida el pueblo de los Quebec va quedando atrás. Adiós a sus casitas 
antediluvianas y su fragancia de pisos y perros lavados con creolina. Adiós para siempre 
a la jauría Quebec. Adiós para siempre a Natalia que, pobrecita, no podrá estrenar el 
vestido blanco ni el coulotte de encaje, aunque de ese ya le había dado algún adelanto 
en el bañado, una tarde de mosquitos y olor a bosta. 
 
 
Qué placer estar frente a la puerta de su casa, insistir con la llave que se resiste a calzar 
en la cerradura —el festejo duró varios vasos de cerveza: uno por cada integrante de la 
familia Quebec—. Y qué placer abrir la puerta, en lugar de empujar una tranquera; 
encender el equipo de audio para sacudirse las milongas con un CD de los Rolling. Qué 
placer saber que en la Capital el tiempo no es una naturaleza muerta sino un río que 
fluye con ritmo infernal. 
A Jerónimo los años se le pasan volando. Egresa de la facultad, y su padre lo 
coloca en una empresa de inversiones. Tanta paz le da miedo. Cierta vez suena el 
teléfono, y cuando levanta el tubo recibe una terrible amenaza que nunca llega a 
concretarse —quizá fuera pura espuma la ilustre mafia Quebec. 
Una noche, paseando por el parque Lezama, conoce a una mujer y se enamora. 
Ella le corresponde a pesar de un marido peligroso. Y robusto, muy robusto: todo un 
Terminator que se la pasa montado a una Harley Davidson borravino. 
En varias oportunidades Jerónimo se encuentra con la mujer en bares y hoteles de 
mala muerte. A la larga empieza a vencer el miedo. Si el grandote de la Harley los 
descubriera, los mataría sin vacilar. 
Resuelven irse a vivir juntos. Buenos Aires es tan grande. Un verdadero desierto 
donde dos caras representan nada más que dos granos de arena. 
Jerónimo y la mujer ya se conocen bastante. A ella la obsesionan las vaquitas de 
San Antonio. 
—Hoy soñé un campo lleno de vaquitas —le dice, por ejemplo, alguna mañana. 
El fondo de un reloj, un tatuaje en la espalda, la pantalla de una lámpara ratifican 
esta extraña inclinación. Jerónimo le regala estampillas y calcomanías con motivos de 
vaquitas de San Antonio. Siempre vaquitas. 
Los años no traen ningún sobresalto. Es claro que Terminator no tiene ni rastro de 
ellos. Se dejan vivir en una armonía que ni los chismes del vecindario pueden malograr. 
El casamiento y una temprana descendencia esperan a la vuelta de la esquina... 
 
 
...Jerónimo dobla la esquina. No sabe qué oscuro laberinto de nostalgias lo trajo de 
vuelta al territorio de los Quebec, pero de repente se encuentra caminando por San 
Martín. 
El calor de la siesta acentúa el anacronismo del lugar. Jerónimo juraría que el 
tiempo se ha desplazado, que los años transcurridos entre su escape del pueblo y este 
regreso se pueden amontonar en unos pocos minutos, en lo que dura un profundo 
pensamiento. 
Al cruzar frente a la peluquería, el peluquero, que está barriendo una montaña de 
pelo ensortijado, levanta los ojos y le sonríe. Por J. J. Quebec, demorando el paso, 
Jerónimo se acerca a la plaza y enfila hacia el banco bajo la pérgola. Mirándose la punta 
de las Nike, se sienta. Enciende un cigarrillo. 
—Negros compraste —le reprocha Natalia, mientras amamanta a un bebé. 
Jerónimo alcanza a ver el antojo en la frente del niño: una perfecta vaquita de San 
Antonio. 
Entonces la frenada de la picap borravino, el portazo que haceretemblar la tarde. 
Y después el paisano robusto, muy robusto: todo un toro que con su puñal en ristre 
acomete a un Jerónimo desarmado. 
Así de chicos son estos pueblos; nadie puede robarle la mujer a otro, sin que ese 
otro termine por encontrarlo. 
 
Una mujer deshojable 
 
 
 
 
 
"...que el sueño maravilloso había sido el 
 otro, absurdo como todos los sueños..." 
JULIO CORTÁZAR, "La noche boca arriba" 
 
Ayer, después de despertar y encontrar vacía mi cama, después de buscar en vano 
alguna parte de Lutte entre las cobijas, después de revisar en todas las macetas del 
jardín, después de correr hasta el baldío y verificar que el circo ya no estaba, ayer 
comprendí que Lutte, mi querida Lutte, me había abandonado para siempre. 
Anduve el día entero en averiguaciones, preguntando a vecinos y fastidiando a 
oficiales de policía, pero nadie supo informarme sobre el posible itinerario del circo. 
Volví a casa y me pasé el día tirado en la cama, pensando por qué Lutte se habría 
ido así, sin dejarme siquiera una nota de despedida. Yo no podía entender su 
comportamiento... O a lo mejor sí lo entendía, porque en el fondo siempre supe que 
debía esperar un final así, que las actitudes de este tipo eran las que mejor cuadraban 
con la personalidad de Lutte. ¡Claro que entendía! Pero me resultaba tan difícil asumir 
la realidad (siempre me ha costado asumir la realidad). 
Recién hoy descubrí que ella había dejado una señal. Yo hubiera querido una carta 
sobre la almohada o un mensaje pintado con rouge en el espejo del baño. Yo hubiera 
querido una Lutte que actuara como el común de las mujeres, y no la Lutte enigmática 
de todos los días; una Lutte capaz de la cordura, no la que acostumbraba devorarse los 
centros de mesa o algún ejemplar de mi colección de sahumerios. Pero, en vez de un 
elemento convencional, me dejó una cita de Julio Cortázar. En una oportunidad yo le 
había prestado a Lutte Final del juego, y ahora el libro aparecía abierto sobre mi 
escritorio, con estas líneas subrayadas: "…que el sueño maravilloso había sido el 
otro…". Por más que le he dado mil vueltas, aún no descifro el mensaje. 
Me pregunto si no habrá pensado que yo tenía celos de sus habilidades. Es cierto 
que llegó a deslumbrarme, pero envidia no le tuve nunca. ¡Qué le iba a tener! Si sus 
extravagancias redituaban utilidades modestas. Podía, es verdad, arrancarse cualquier 
parte del cuerpo como quien se saca la dentadura postiza. Pero ¿hasta qué punto esa 
excentricidad puede considerarse ventajosa? Tampoco sus metamorfosis aportaban algo 
de provecho... 
Pero todo esto, contado así, parecerá mera charlatanería o acaso la alucinación de 
un pobre loco. Quizá las rarezas de Lutte se entiendan mejor si digo que ella trabajaba 
en el circo. Era el número fuerte y la presentaban como MARGARITA, LA MUJER 
DESHOJABLE. Hacía un truco de ilusionismo que consistía en ir desmembrándose con 
sus propias manos. Aunque no había sangre (repito que sólo se trataba de un truco de 
ilusión), verla actuar impresionaba bastante. Cuando se agotaban las posibilidades de 
fraccionamiento, un ayudante retiraba los pedazos de Lutte y, por supuesto, la multitud 
explotaba en ovaciones. 
Nunca me perdí una sola función, ni de este ni de ninguno de los circos que 
pasaron por el pueblo. Me atrae el hedor acre, esa mezcla de aserrín y meo de león, que 
se respira dentro de las carpas. También me resulta irresistible saber que en cada salto 
mortal, en cada vuelo sin red de un trapecista, está la posibilidad de que la Muerte estire 
su largo brazo desde la arena. Con estos antecedentes, ya no parecerá extraño que me 
hubiese enamorado de Lutte, La Mujer Deshojable. 
Asistir a todas las funciones me permitió verificar que ella cumplía tareas 
múltiples dentro de la compañía. Lo noté cuando al elefante bailarín se le desmembró la 
trompa en un giro violento. Indudablemente esa metamorfosis, y todas las que yo 
presenciaría más adelante, no eran otra cosa que espejismos, sugestiones que ella sabía 
imponer a nuestra lisa mirada. Siempre me pregunté en qué remota región habría 
adquirido Lutte estas habilidades. Mis amigos me han sugerido que en un laboratorio. 
Ellos la consideran un mal parto de la ciencia. Yo digo que los tubos de ensayo han 
engendrado célebres deformidades, pero jamás un ángel. 
Lutte diluviaba belleza. Una belleza extraordinaria y a la vez inexplicable, una 
belleza que no respetaba el arquetipo que admite nuestra sociedad. Quisiera describir a 
Lutte; pero sé que si me moviera un milímetro, lo perfecto podría cambiarse en risible. 
Acaso sirva de referencia confesar que hubiera matado por conquistarla. 
Ningún crimen fue necesario. 
Una noche, luego de la última función, me decidí a cortejarla y le pedí que me 
aceptase un obsequio. Le regalé mi Victorinox. Desplegó asombrada cada uno de los 
accesorios. Jugó complacida con la navaja y la vio metamorfosearse en alicate, en 
sacacorchos, en pinza depilatoria. Supongo que se habrá sentido una madre con su bebé, 
o por lo menos una niña con su muñeca. Más tarde, ante la risa envidiosa de toda la 
compañía circense —que a partir de allí nos perseguiría siempre como un enjambre de 
moscas—, Lutte aceptó acompañarme a un bar paquete de la costanera. 
Yo no estaba preparado para tanto desparpajo. Y en ese primer encuentro, después 
de haber intentado en vano impresionarla con mis conocimientos sobre metafísica, 
después de que ella me hubo escuchado durante horas con un silencio inteligente (Lutte 
era inteligentísima), tomó las rosas del centro de mesa y engulló todos los capullos, no 
sin antes mojarlos en el café con leche. ¿Debo decir que nos echaron del bar como a dos 
delincuentes? 
Sin embargo el amor lo domestica todo. Y con el tiempo no sólo me hice a sus 
costumbres sino que cada detalle desquiciado de Lutte transformó mi vida desteñida, 
como la simple burbujita de gas transforma el agua en soda. 
Y el último sábado, en ese restorán chino donde nos habían atendido tan mal y 
debimos pagar una cuenta exagerada, cuando a Lutte se le dio por desgajarse en 
millones de cucarachas que asaltaron las mesas, y la gente empezó a correr buscando la 
salida, todos con las mejillas infladas y tapándose la boca, todos agolpándose en el 
cordón de la vereda, doblándose como bestias que tomaran agua, todos poniéndole a la 
calle su ración de rabas o camarones, ese sábado olvidé mis remilgos y me reí a 
carcajadas. 
Hacíamos el amor con alarmante frecuencia; en la cama, las menos de las veces: 
Lutte prefería el sincopado de los colectivos, el contorsionismo de los placares o el 
placer escurridizo de las cunetas con barro. Y lo hacíamos como animales, ella con 
chirridos de grillo, y yo sintiendo que me tragaba un pozo de arena movediza. 
Al cabo del primer mes desde que se afincara la compañía, el éxito de las 
presentaciones empezó a menguar. Yo no pude, no quise, vislumbrar el hecho por 
demás corriente de que tarde o temprano los circos cargan su universo de trapecios y 
animales en un camión y se mudan a otro pueblo. O quizás había presumido —¡pobre 
iluso!— que Lutte dejaría su nómade rutina para anclar definitivamente en mi hogar. 
Cada noche nos reuníamos después de la última función y usurpábamos el 
cementerio. Lutte nunca abandonó la costumbre de atiborrarse con flores. Podíamos 
vagar durante horas profanando los floreros de los nichos y recorrer los panteones en 
sombras y las tumbas regadas por la tierra como una piel supurada de lomas y cruces. Y 
solíamos conversar... Aunque no sé si debo decir conversar: conversar es otra cosa. 
Había un intercambio, sí; había mis monólogos y la complicidad de su silencio. Pero no 
había diálogo. 
Y ahora que, poco a poco, la realidad penetra mis fibras más testarudas (no sé si 
ya dije que me cuesta asumir la realidad), voy cayendo en la cuenta de que los silencios 
de Lutte no encubrían una fina inteligencia,sino que denunciaban su incapacidad 
reflexiva. Y si bien es verdad que a menudo recitaba frases completas, había en ella algo 
de calcado, algo de estudiante que dice la lección de memoria, algo de loro 
barranquero… O quizá sería más adecuado compararla con algún otro animal... Porque 
la belleza que yo encontré en Lutte (ya no puedo seguir mintiéndome) es esa misma 
belleza que podemos encontrar en los animales: la belleza de lo ridículo, la belleza que 
puede ostentar el oso hormiguero gracias a lo aflautado de la cara, o el puerco espín por 
la coraza de púas, o el caballito de mar por la boca de trompeta y su enrulada elegancia. 
Creo que es tiempo de preguntarme si los desmembramientos de Lutte serían 
realmente un truco de ilusión. ¿Y si se tratase de esa capacidad de ciertos animales que 
pueden perder un miembro y luego regenerarlo? 
Y entonces me repito en voz alta la frase de Cortázar, esta frase que nunca pudo 
haber subrayado Lutte sino algún gracioso de la compañía circense, y por fin lo 
comprendo todo: "...el sueño maravilloso había sido el otro...". La fisonomía verdadera 
de Lutte también era otra, no la mujer. La mujer era una de sus tantas metamorfosis. 
Mercadería fallada 
 
 
 
 No sé qué le pasa a Rosa 
 que me da los hijos blancos 
 pues cuando el caballo es negro 
 salen zainos los potrancos. 
Simón Díaz 
 
Por una brecha del monte, Simplicio caminaba con su changuita sobre los hombros, 
como una hormiga negra cargando un palito blanco. 
—¿Cuánto falta, papilo? 
—Ya no fastidies, mija. Más me preguntas, más me pesas. 
Si no equivocaba los atajos, en media hora andaría por el pueblo comprando los 
encargos de doña Asunción. Pero no era fácil concentrarse con esa piedra que desde 
hacía un tiempo le molestaba en el estómago, y que ahora, a medida que se acercaba el 
momento, no paraba de crecer. Había empezado siendo una piedra chiquita nomás, una 
espina que le había clavado la Rosalinda cuando le anotició el atraso de dos meses. De 
ahí las panzas habían ido madurando juntas, cada cual con su peso adentro, con la 
diferencia de que la Rosalinda aún estaba por parir, y Simplicio hacía rato que venía 
pariendo malos pensamientos. 
Pero la culpa era toda suya, porque la Rosalinda era mucha hembra para él. Una 
morena huesuda, con caderas hechas para alumbrar, una india que donde ponía la pata 
dejaba la tierra quemada. Se la había entregado un mataco a cambio de un tordillo: al 
indio le hacía falta un buen caballo y le andaban sobrando las hijas. 
Simplicio creyó salir beneficiado con el trueque. El dolor de perder aquel animal 
no mermó el entusiasmo por la Rosalinda, que, aunque todavía no terminaba de 
madurar, ya pintaba para ejemplo de mujer. 
Enterita se la entregó el mataco. Y Simplicio la fue iniciando suavemente, con 
cuidado de hacerla a su gusto y capricho. Ya se sentía como alfarero que moldea su 
vasija, cuando la obra empezó a tomar el lugar del artesano. Y él, que se creía muy 
diestro en el asunto, descubrió que la Rosalinda trabajaba ese barro mejor que nadie. 
Larga fue la luna de miel: dos años de alfarería copiosa, hasta que a Simplicio 
empezó a escasearle la materia prima. Promediando el tercer año de convivencia, cada 
vez que la india amagaba un arrumaco, al hombre le crecía un derrumbe en las piernas. 
Tenía terror de que lo tomaran por asalto cuando se bañaba, y llegó a sacrificar la 
costumbre de dormir la siesta. 
El tiempo le enseñó a leer las intenciones deshonestas de su mujer. Si la Rosalinda 
cebaba el mate con cascaritas de naranja, significaba que se traía un cariño no muy 
tempestuoso. Si lo preparaba con yuyo, entonces la tormenta podía ser brava. Para los 
almuerzos demasiado picantes Simplicio no conocía paraguas ni impermeables que 
atajasen el temporal. En tales circunstancias se escabullía no bien terminaba de comer. 
La Rosalinda no se quejaba nunca: lavando platos y rasqueteando ollas, apagaba en la 
cocina los fuegos del dormitorio. 
Al cuarto año de enyuntados vino la malaria —más malaria que de costumbre—, 
y Simplicio debió salir a rebuscarse por el Chaco. 
Un alemán de cara prolija lo empleó para la cosecha del algodón. Había que 
trabajar como una bestia, pero el patrón pagaba bien. Durante meses Simplicio no hizo 
más que cocinarse al sol y extrañar a su mujer. Llegó a enfermarse de ganas de ver a la 
Rosalinda. Y cuando por fin regresó al hogar y la encontró delicada y chispeante como 
una mariposa, le vinieron ganas de aprovecharla. Y fue ahí nomás, sobre la mesa, 
mientras oían la lluvia; porque aquella tarde llovía que daba gusto y era verano, él se 
acordaba bien de que era verano cuando volvió de la cosecha. Fines de diciembre. Y sin 
embargo la changuita había nacido en junio. 
—Eh, papi, ¿es el pueblo eso que se escucha? 
El viento traía repiques de bombo legüero. 
—Sí, mija. Cerca andamos. 
Simplicio imaginó a los músicos en lo de doña Erminda y le vino un mal presagio. 
Se dijo que era pesada la carga en los hombros, y se lo dijo ambiguamente. Cinco 
años tenía la changuita y no conocía el pueblo. La había ocultado del mundo igual que 
si fuera un pecado. Y tampoco hoy la hubiera traído de no ser por la comadrona: 
"¡Meta, Simplo! —le había dicho—. Y te llevas a la chinita pa que no la sienta a esta —
con la cabeza señaló a la Rosalinda—. ¡Meta, hombre, que ya está con dolores!" 
Llegaron al pueblo. Orillando la ruta, un rebaño de cabras buscaba alguna brizna 
entre la sal. Un chico descalzo alzaba las manos ofertando una tortuga a los automóviles 
que rumbeaban para Santiago. 
Simplicio entró al almacén. Descolgó a la changuita de los hombros y murmuró 
un saludo. Los músicos —tres miradas turbias alrededor de una mesa— habían dejado 
de tocar. Le ofrecieron un vino que Simplicio, cosa rara, no aceptó. Del otro lado del 
mostrador, doña Erminda se hizo pantalla con una mano sobre la oreja: 
—Alcohol y gasas, madrecita —dijo Simplicio. 
El silencio de los músicos ensuciaba el aire. La changuita estaba asustada: nunca 
había visto tanta gente ni tantos ojos que se fijasen en ella. 
—¿Qué otra cosita, mijo? 
—¿Guantes de goma tendrá? 
—A ver. 
Doña Erminda volvió trayendo los guantes y dibujó en su cuaderno unos números 
abollados. Sólo faltaba que dijera “Listo, mijo”, y Simplicio se iría de allí sin perjuicio 
alguno. 
—Listo, mijo. 
Pero cuando sentó a la changuita en los hombros, la vieja le preguntó: 
—¿Y esita? ¿De dónde la has sacado? 
—Mía es. 
Al principio hubo un silencio largo. 
Después las carcajadas hicieron ladrar a los perros. 
—¿Y de cuándo los bagres echan pejerreyes al mundo? 
—Dejalo, che, o acaso los cuervos no ponen huevos blancos. 
Hasta la vieja se dio el gusto de burlarse: 
—Yo que usted la devolvía, mijo; es lo que yo hago con la mercadería defectuosa. 
Y el Urpila Acuña: 
—Eh, Simplo, prestame un poco de esa leche pa hacer budín. 
Simplicio salió sin responder. 
Todo el camino de vuelta lo hizo rezando, pidiendo por este hijo que la Rosalinda 
estaba a punto de parirle. Un changuito moreno, la cabeza chuza como un quimil. Si 
Dios se fijaba bien, no era mucho lo que le pedía. Que pudiera volver mañana con la 
criatura y refregársela en la cara al Urpila Acuña. Se vengaría. Le preguntaría si aún 
andaba antojado de budín para llevarle un poco de leche a su mujer. 
 
 
Desde la habitación llegaban las quejas de la Rosalinda, que pujaba por alumbrar. 
Aplastado en un banco de la cocina, Simplicio esperaba la sentencia. Las moscas 
loacosaban menos que la ansiedad. 
Al fin se mezclaron el llanto de un niño y la risa de la comadrona. Enseguida salió 
la vieja para anoticiarlo: 
—Machito ha sido, Simplicio. 
El hombre no dijo nada; se quedó preguntando con los ojos. Y después, cuando la 
vieja agachó la cabeza, sintió que el corazón se le hacía una pasa de uva. 
 
 
A los días, Simplicio se levantó bien temprano y recargó algunos cartuchos. La noche 
anterior había tomado la decisión de encararse con el mataco. Las palabras de doña 
Erminda aún le hervían en la cabeza: "Yo que usted la devolvía, mijo; es lo que yo hago 
con la mercadería defectuosa." 
La Rosalinda lloró sin hacer alharaca. También lloró la changuita, por contagio, o 
porque nunca había visto llorar a la madre. 
Salieron antes de clarear. 
El viaje era largo, y el propósito amenazante: manosear una tuna es menos 
espinoso que tratar con un mataco. Por cualquier contratiempo, Simplicio llevaba en una 
mano la escopeta, y el machete en la cintura. 
A media tarde, el humo de una quemazón los guió hasta el rancherío que hacía 
equilibrio sobre un abra del monte. Algunos ladridos los denunciaron. En un paisaje de 
perros sarnosos, ollas que colgaban de los techos, pilas de colchones con los resortes a 
la vista, gallinas que empollaban en el esqueleto de un colectivo y pañales puestos a 
secar sobre las ramas de los árboles, vivían el indio y su numerosa familia. El mataco no 
fue menos desconfiado que la perrada: en cuanto vio a los visitantes les salió al 
encuentro. Simplicio se detuvo. 
—Aquí te quedas con los críos —le ordenó a la Rosalinda. 
A mitad del trayecto entre la Rosalinda y el caserío, los hombres se enfrentaron 
las caras. Al indio lo adornaba un mapa de cicatrices y parecía envuelto en una lámina 
de costras y eccemas. 
—¿Qué hay? —fue el saludo del mataco. 
—Cierta mercadería que le he cambiado me ha salido fallada. 
—Ajá... ¿Y ocho años la has tenido que probar pa darte cuenta? 
—También son ocho los años que ha probado a mi tordillo. Ni pa sacarse fotos en 
la ciudad ha de servir ya. Igual lo quiero. 
—Cierto es. El caballo está que se cae del paisaje. Pero el problema es otro: te 
llevas una boca que come pasto y me dejas tres que comen carne. 
Simplicio volvió a revisar la cara fiera del indio. Ningún rasgo de la Rosalinda 
coincidía con los del padre. Tampoco la talla: la hija le llevaba, lo menos, una cabeza. 
El padre era suelto de lengua; casi muda, la hija. Arisco él, ella mansa y cariñosa. A la 
madre de la Rosalinda, Simplicio la había visto una vez, hacía ocho años. Algo de 
escuerzo tenía la vieja. La Rosalinda podría haber heredado sus ojos, el mirar oblicuo, 
lo torpe del paso. No mucho más. De golpe Simplicio sintió que se iluminaba: 
—Compadézcase, amigo —dijo suavizando el tono—. Al fin y al cabo usted ha 
tenido el mismo problema que yo. 
El indio achicó los ojos: 
—Cuál problema. 
—Su mujer. Ella le ha parido hijos ajenos, qué no. 
La cara del indio se descompuso. Simplicio apretó la escopeta. Los dos hicieron 
chirriar los dientes, aparearon mirada con mirada. Aunque el mataco parecía desarmado, 
convenía desconfiar. El sol caía a plomo sobre las cabezas. Una gota de sudor resbaló 
dentro de un ojo de Simplicio, y el pestañeo fue suficiente para el indio. La precisión de 
una patada hizo que la escopeta cambiase de manos. Simplicio apenas si tuvo tiempo de 
sufrir una sensación de desnudez, y enseguida oyó el estruendo junto a la cara. 
Se derrumbó Simplicio, y a cincuenta metros cayó también un perro. A este lo 
habían tumbado los perdigones; al hombre, sólo el julepe. 
El indio se reía a carcajadas, y mientras reía examinaba la escopeta: 
—Claro que te compadezco, hermano. Y por este cañón estoy dispuesto a 
negociar. 
 
 
Simplicio volvió de noche a su hogar —el tordillo no había olvidado el camino—. Puso 
agua en la pava y encendió el calentador: 
—Ahí tienes la yerba. Azúcar no hay. 
La hermana de la Rosalinda no desentonaba con los gustos de Simplicio. La había 
elegido medio rubita, por cualquier cosa. Pechos grandes, de madre fuerte. Un solo crío. 
Al hombre le pareció buen negocio. 
 
 
El velorio del Evaristo Pereira 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Siéntese, señor gobernador, siéntese donde le quede más cómodo, que la casa es 
chica, pero el corazón... ¿Quiere tomar unos mates? Sí, sí, señor, no le hago perder 
tiempo, ya sé que dejó el despacho solo... Por mi culpa, sí, señor. También es cierto que 
lo traje engañado, que mi señora lo llamó por teléfono y le dijo que estaba solita. Sí, 
señor, fue idea mía. Un pecado sin importancia: como usted no me quiere atender 
últimamente... Ocupado, señor, ya me imaginaba. Usted vive ocupado. Ocurre que yo 
quisiera arreglar la gauchadita que le hice, ¿vio? Los pobres siempre andamos 
necesitados de una moneda. Sí, ya sé que estos tiempos son bravos, que el estado 
mezquina hasta la basura, y que su sueldo... El problema es que van varios favores y 
ninguna recompensa. No, no lo tome a mal, señor gobernador. Claro que comprendo, si 
tantos años trabajando juntos. Qué le vamos a hacer; si usted dice que no tiene, no tiene. 
Pero por lo menos hágame el honor de quedarse a conversar un rato. Y no me desprecie 
el mate: es lo único que este pobre diablo puede ofrecerle. Gracias, señor gobernador. 
Pongo la pava y, para amenizar, le relato lo que pasó en el velorio del periodista. Va a 
ver qué divertido se lo hago. 
Digamos que al velorio lo inauguré yo, que llegué primero de todos. 
Con la viuda doña Trinidad ubicamos al muertito en el comedor, bien en el centro, 
para que a nadie le pasara inadvertido quién era el protagonista. 
Usted sabe cómo son de pobres los Pereira, hágase la idea de que ni cajón tenían. 
Así que al Evaristo lo velamos sobre la mesa. Eso sí, se lo atendió de maravillas. 
Viendo que hacía frío lo tapamos con una frazada de esas tejidas a mano, y no faltó un 
comedido que le acercara el brasero a los pies. 
La viuda doña Trinidad, gran lloradora de muertos ajenos, no podía dejar de 
lucirse con el propio. Así que estuvo llorándolo de punta a punta en lo que duró el 
velorio. Y si algunas veces interrumpió el llanto, fue para atender a los que le daban el 
pésame y le preguntaban: 
—¿Y cómo ha sido, doña Trinidad? 
—Fulminante, vea. Esta mañana se le ha dado por morirse. Así porque sí nomás. 
Y usted sabe cómo era de cumplidor el Evaristo. 
Promediando la mañana el velorio pintaba para el fracaso. Sólo había un puñado 
de parientes lejanos, más interesados por el café con coñac que por el difunto. La cosa 
recién se animó cuando ventilamos que la viuda mataría unos pollos para el almuerzo. 
De a poquito se fue arrimando todo el pueblo. 
El lechero cayó acompañado de su vaca Golondrina, la que —quién iba a creer— 
terminó siendo la delatora. El hombre ató al animal en la vereda, junto al cantero de la 
viuda, y entró a dar el pésame. Doña Trinidad lloraba a grito pelado; más que por el 
duelo, porque alcanzó a ver que la vaquita se desayunaba los geranios que adornaban el 
frente. 
Pegadito llegó el bolichero, los ojos mojados con saliva por presumir que había 
estado llorando, y una bolsa de red donde tintineaban varias botellas de vino. 
—La acompaño en el sentimiento, doña Trinidad. Aquí le traigo estos vinos que 
son la sangre de Cristo, que le tenga siempre al muertito en la gloria y no lo devuelva. 
¿Y cómo ha sido? 
—Fulminante, vea. Esta mañana se le ha dado por morirse. Así porque sí nomás. 
Y usted sabe cómo era de cumplidor el Evaristo. 
Manso y sin corcovos venía el velorio, hasta que se apersonó Justiniano 
Fernández, el comisario —primero su enorme panza, después todo lo demás. 
A una señal mía doña Trinidad soltó un alarido. El milico la vio abrazarse al 
difunto y arrancarse mechones de pelo: una pose bien conveniente para cualquiera que 
enviude de la noche a la mañana, ¿no cree, señor gobernador? 
Disculpe que nolo acompañe con el mate, pero el doctor me lo ha prohibido. ¿Le 
echo azúcar? ¿No? Bueno, amargo entonces. 
—La acompaño en el sentimiento, doña Trinidá —dijo el milico, sonriendo con 
tristeza—. Hombre sabandija este Evaristo. Las veces que lo habré llevao preso. La de 
domingos que usté misma me lo ha ido a denunciá, por demás estropiada, los ojos igual 
que huevos de ñandú. ¿Se acuerda? 
—Como para olvidarme, don Justiniano: se me hace que voy a extrañar la paliza 
de los domingos. 
—¿Y cómo ha sido? 
—Fulminante, vea. 
Y mientras la viuda despachaba todo el repertorio, el comisario parecía masticar 
un pensamiento. Después, mirando al muerto, dijo: 
—Yo no había notao que a este hombre se le estuviera encaneciendo el bigote. 
En eso se abrió la puerta y se oyó un grito de loca. Era la Cándida Ventura, la 
amante del finado... cuando el Evaristo todavía no se había recibido de finado, quiero 
decir. 
Gran lloradora también, la Cándida; para animar velorios, ni que la hubieran 
mandado a hacer. 
Cabeza a cabeza lloraron las dos hasta que se les secaron los ojos. 
Sin embargo, a quien le lloraron más que al difunto fue al carpintero: de rodillas 
debieron pedirle que colaborase con un ataúd de su hechura. 
—Está bien —dijo el hombre—. Les advierto, eso sí, que sólo me queda uno. Y 
de segunda mano. 
—Cómo de segunda mano —se encocoró la Cándida—. ¿Lo ha robado del 
cementerio? 
—Y por qué de segunda —protestó la viuda—, si el mío es muerto de primera. 
—Pasa que me lo han devuelto —dijo el carpintero—. Tomé mal unas medidas, y 
al inquilino anterior la casa le terminó quedando chica. 
—Y a este cómo lo ve. 
—No quiero ser aguafiestas —dijo el carpintero—, pero malicio que el Evaristo 
calza el mismo número que el otro. 
—No importa —dijo la Cándida Ventura—, usted va y lo trae lo mismo. Que ni a 
nosotros nos falta maña ni al muerto voluntad para hacernos caso. 
No se discutió más. Con el carpintero y otros dos paisanos rumbeamos hacia el 
depósito. 
Ya era mediodía cuando volvíamos con el regalito al hombro. De la casa del 
Evaristo salía un olor a guiso que daba gusto. Entramos. La Cándida decía: 
—A ver quién me saca el muerto de la mesa, así pongo los platos. 
—¡Momentito! —dijo la viuda—. Acá no se sirve el arroz con pollo hasta que mi 
marido esté debidamente embalado en su caja. 
No fue fácil la operación. 
De ancho andaba bien, sólo que los pies le quedaban afuera. Para ganar un par de 
centímetros le sacamos las medias y las alpargatas. Incluso le afeitamos el techo de la 
cabeza. Nada. Decidimos meterlo a presión. Y si bien al principio lo manipulamos con 
cariño, a medida que nos ganaba el hambre nos abandonaba la paciencia. Y ya alguien 
le dio un empujoncito, y otro un pisotón disimulado. Y aunque la viuda nos pidió por 
favor que se lo machucáramos lo menos posible, el Evaristo terminó más golpeado que 
ciego en comparsa. Al final le sentamos sobre el pecho los ciento veinte kilos del 
comisario, y santo remedio. 
Después lo sacamos a orearse al patio: en el comedor ya no se lucía, con tanta 
gente que cayó al convite. Habían llegado los colegas del Evaristo, el intendente, los 
compañeros del Partido y, por desgracia, hasta el cura Gregorio. Pero de ese no quiero 
hablar todavía, primero déjeme que le cuente lo que pasó en el almuerzo. 
—El guiso está exquisito —mintió el intendente, para no perder la costumbre. 
—Un poco salado nomás —dijo otro. 
—Páseme la sangre de Cristo —pidió el bolichero. 
Y la sangre de Cristo empezó a correr de acá para allá, y a Cristo lo desangramos, 
señor. Es que el guiso, aparte de salado, echaba fuego de tan picante. 
El dueño del boliche fue a buscar más vino y volvió cargando varias damajuanas y 
una guitarra. 
En la sobremesa salimos al patio. Con la excusa de homenajear al muertito, el 
bolichero se largó a cantar unas vidalas. Y pasó que entre homenaje y homenaje 
tomamos tanto vino, que el vino terminó tomándonos a nosotros. Entonces despuntaron 
las anécdotas, los chistes verdes, los partidos de truco, y el duelo se fue desdibujando. 
Por acá se cantaba, por allá seis paisanos se disputaban a la taba los favores de la 
Cándida Ventura. Y en eso un mamado se acordó del difunto y se le ocurrió que había 
que pasearlo por el pueblo. Así que nos echamos el cajón al lomo y salimos rumbo a la 
plaza. 
Pobre Evaristo. Si parecía que viajaba sobre una culebra. El vino nos tenía por 
demás entorpecidos, y al cruzar el puentecito del arroyo no faltó quien pisara una tabla 
podrida. Se nos resbaló el cajón y cayó al agua. 
Imagínese el cuadro, señor gobernador. El Evaristo flotaba a la deriva, y nosotros 
lo perseguíamos por la costa. Diga que la caja se enganchó en unas raíces y pudimos 
rescatarlo. Hágase la idea de que después de este contratiempo la viuda nos exigió pegar 
la vuelta. Pero todavía le quedaba un aterrizaje al Evaristo. Y fue junto al cantero de los 
geranios, esta vez con el agravante de que la vaca Golondrina le lamió toda la cara al 
muerto. 
Pasaron un par de horas, y al padrecito Gregorio le empezó a hacer mal la sangre 
de Cristo. Cuando desembuchó algunos secretos de confesión, yo me dije que ya no era 
el hombre sino el vino el que hablaba. 
—Las cuentas de este rosario —dijo, llevándose una mano al pecho— no 
alcanzarían para contar los amoríos de doña Cándida Ventura —y pegado nombró una 
ristra de amantes de la mujer, entre los cuales los más notables eran el intendente y 
usted, señor gobernador. Para que lo escucháramos mejor se paró sobre una silla—. Y 
así como les digo una cosa, les digo la otra: las vaquitas que se le andan perdiendo a los 
Reinafé las andan encontrando el Comisario y el señor gobernador; este último ausente 
sin aviso, y el primero escondido debajo de aquella gorra azul —y viendo que el milico 
no decía ni pío, le siguió soltando soga a la lengua—. Y este atorrante que me adorna 
aquí a mi derecha —ese era yo, señor gobernador— y que lo veo con ganas de tirarme 
un zarpazo, este que ha de ser clavel del aire o algo por el estilo, ya que nunca se lo ha 
visto empuñar una herramienta de trabajo, este atorrante, digo, es la mano derecha del 
señor gobernador, o sea, la siniestra del pueblo. Si un pobre diablo se candidatea a la 
gobernación, lo hace desistir (imaginen ustedes los métodos). Y si un pobre cristo 
protesta contra el señor gobernador, enseguida desaparece bajo el poncho de este 
hombre. 
Y después dijo varias cosas más, que yo no sé quién se las habrá confesado, pero 
que no se apartaban ni esto de la realidad. 
Esos pecados ventilaba el padrecito Gregorio, cuando el lechero pegó un grito 
desde la vereda. La vaquita Golondrina había caído planchada en el piso. Muerta, señor. 
Alguien aventuró que se habría atragantado con un hueso de pollo, otro insinuó 
que la aftosa, un tercero postuló que el Evaristo le habría contagiado la muerte. Y la 
viuda dijo que los geranios tenían veneno para las hormigas. Entonces el comisario se 
iluminó: 
—Ese animal ha tomao veneno, pero no precisamente el que viene pa la hormiga 
—se acercó al ataúd y señaló la cara del Evaristo—. Vean el bigote de este hombre. 
Negro refulgiente. Antes que la vaca se lo lambiera parecía entrecano. 
El milico había desenredado la madeja: lo blanco del bigote habían sido partículas 
de veneno. 
Ahí se nos apagó el velorio. La viuda se puso nerviosa y largó todo el rollo. 
—Este hombre es mi amante —dijo, apuntándome con el dedo—. Él me dio la 
idea de eliminarlo al Evaristo. 
Yo intenté una morisqueta. Pero cómo decirle que cerrara el pico, que nosotros no 
jugábamos con cuatros de copas, que a esta telaraña la había tejido usted, señor 
gobernador. Cómo explicarle que usted me había encargado seducirla, porque era la 
manera más discreta de liquidar al Evaristo, a ese moscardón que estaba complicando 
las cosas con sus investigaciones periodísticas. 
Y hasta ahí lo que ocurrió durante elvelorio. 
Discúlpeme que le eché azúcar al mate. Venía embalado con el relato y se me 
pasó. Tómelo igual, hombre, que demasiado amarga es la vida... Sí, sí, señor, ya voy 
resumiendo. 
El asunto fue que terminé preso. Dicen que sólo me guardaron unos meses; a mí 
se me hicieron siglos. Siglos esperándolo, señor gobernador. Y usted no se apareció 
jamás. 
El que sí se apareció fue el intendente. Y pagó para que me largaran. ¿Y sabe qué 
me dijo? Que andaba con ganas de gobernar. Que si yo quería devolverle la gauchada, 
lo borrase a usted del paisaje. 
Y yo pensé en el veneno. En lo bien disimulado que queda entre los granos de 
azúcar. 
	Daniel Paredes
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