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 APORTES PARA UNA EDUCACIÓN MUSICAL INTERCULTURAL 
 
Silvia Carabetta 
ISP Dr. Joaquín V. Gonzaléz 
silviacarabetta@yahoo.com.ar 
 
Darío Duarte Núñez 
UNSAM - CSMMF 
darioduartenunez@gmail.com 
 
 
Resumen 
La música es una práctica social que ligada a nuestras identidades personales y situadas 
devela una pluralidad de formas de ser y estar en el mundo. En este escenario de diversidad 
de apropiaciones de los mundos sonoros, la educación musical requiere de una reflexión 
profunda de las matrices epistemológicas que sostienen la formación de docentes en el nivel 
superior. Proponemos pensar la construcción de prácticas docentes sostenidas por la justicia 
curricular; esto implica, no solamente la presencia de experiencias musicales diversas, sino, 
y desde las epistemologías plurales, un respeto genuino de los saberes previos que tensione 
la superioridad epistémica naturalizada de ciertas praxis musicales. Será a partir de considerar 
como variable fundamental la significatividad de los procesos de aprendizaje, la que supone 
un respeto por cada forma de intervenir en el mundo, que en este trabajo nos preguntamos 
por aquellas representaciones que sostienen la tarea de enseñar música y que interpelan a los 
docentes a construir su pensamiento práctico en contextos abiertos al devenir. 
 
 
mailto:silviacarabetta@yahoo.com.ar
mailto:darioduartenunez@gmail.com
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APORTES PARA UNA EDUCACIÓN MUSICAL INTERCULTURAL 
 
Silvia Carabetta 
ISP Dr. Joaquín V. Gonzaléz 
silviacarabetta@yahoo.com.ar 
 
Darío Duarte Núñez 
UNSAM - CSMMF 
darioduartenunez@gmail.com 
 
El diagnóstico 
Pensar en términos del abordaje de la Diversidad en la Educación Musical del Nivel Superior, 
remite a revisar los modelos de formación de los educadores musicales, atendiendo 
especialmente a las categorías y representaciones con que van configurando su futura tarea 
de enseñar música en contextos complejos y heterogéneos, como siempre lo han sido, pero 
donde las formas tradicionales o aún las menos tradicionales de las últimas décadas, no 
terminan de impactar en una praxis significativa. 
Existe una vasta bibliografía que coincide en señalar que los educadores musicales serían 
formados en paradigmas, tradiciones e ideologías estéticas clásicas, donde la legitimidad de 
la música clásica como categoría opuesta a la música popular, se extiende aún a pesar de la 
incorporación de música popular como parte del repertorio a trabajar en los diversos espacios 
curriculares tanto de la formación de educadores musicales, como en las aulas de las escuelas 
Green, 2001; Elliot, 2009; Regelsky, 2009; Carabetta, 2008). 
A simple vista podríamos decir, y no estaríamos errados, que la dicotomía música 
clásica/música popular1 hoy en día está en franca remisión en las instituciones de nivel 
superior; sin embargo podemos sostener como hipótesis de trabajo que esa vieja discusión 
clásico/popular, o música pura/música impura, se ha desplazado de esa dicotomía originaria 
y se ha escondido en otras cuestiones que obstaculizan hoy la posibilidad de una educación 
musical significativa e intercultural. 
En este sentido, y sabiendo que es más complejo de lo que podemos explayarnos en este 
escrito, interesa observar esta discusión como construcción histórica. En su genealogía esta 
relación antagónica clásico vs. popular, supera ampliamente lo musical, es más, casi no tiene 
 
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 En este trabajo nos referiremos a música clásica y música popular, como grandes categorías instaladas en el 
siglo XVIII en tanto fronteras ontológicas y epistemológicas de las músicas legítimas e ilegítimas. 
mailto:silviacarabetta@yahoo.com.ar
mailto:darioduartenunez@gmail.com
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que ver con lo estrictamente musical, sino con el campo de lo social y la música como 
símbolo de distinción dentro del mismo. La música clásica fue contigua en el tiempo a las 
grandes definiciones modernas de cultura y hombre culto; sociológicamente respondió a 
cuestiones de la época: era producida por cierto sector social, para ser tocada en ciertos 
espacios y para cierta gente. De esta manera, por un lado, dadas sus características, la música 
clásica instrumental, tan aparentemente ajena a cualquier contingencia histórico-social de 
producción y recepción, quedó directamente asociada a la idea de pureza, y con ello, a los 
atributos de universalidad, originalidad, complejidad, excelencia y eternidad, que en esta 
concepción, la ponía en la cúspide de las expresiones musicales. Pero, además, esta 
contigüidad en el tiempo con el ideario de la Ilustración europea, permitió establecer una 
asociación metonímica entre “lo culto” y “la música clásica”. Así, la música clásica quedó 
asociada, investida ontológicamente, a lo culto y, correlativamente, la definición de su 
antagónico: lo popular, lo otro, quedó asociado a lo inculto, a lo vulgar. 
Como decíamos, es probable que ya no se trate de música clásica vs. música popular, sin 
embargo, es necesario reconocer la matriz epistémica que se ha sedimentado en nuestra 
historia colonial y allí encontraremos que la idea de música pura ha dejado como herencia 
una mirada jerarquizada de las músicas, donde en la cúspide siempre se encuentra aquella 
que la sociedad considera que cumple todos los requisitos para ser considerada música, es 
decir, legitimada para ello. En el resto de esta pirámide imaginaria, se encontrarán aquellas 
expresiones que al ser evaluadas en comparación con la cúspide, se irán ubicando en orden 
decreciente de valor, (o incluso, quedando fuera de la propia definición de música) todas 
aquellas expresiones con menor grado de legitimidad. 
De la mano del pensamiento decolonial (Quijano, 1992; Olivé, 2009; Santos 2009, 2017, 
2018), podemos reconocer que la matriz epistémica instalada en nuestras tierras con la 
colonización europea, ha ido configurando qué conocimientos serían verdaderos y cuáles 
falsos, a qué llamaríamos conocimiento y a qué no, qué iba a caracterizar a un hombre o 
sociedad culta y qué no. Si se quiere, podemos traducir estos interrogantes en términos de 
nuestra cultura musical para preguntarnos: ¿qué tipo de prácticas musicales quedaron 
metonímicamente asociadas a “ser culto” y cuáles no?, ¿qué tipo de formación musical se 
sostuvo (y sostenemos) que “elevaría” la cultura de nuestros pueblos? ¿Cuántas expresiones 
musicales, aún en nuestra cotidianeidad, nos hacen pensar: eso no es música?, ¿cuántas 
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músicas, por ignorancia o por prejuicio, al evaluarlas con los criterios de la cúspide, 
colocamos por debajo de ella o por fuera? 
Puede verse, insistiremos en ello, que el punto en cuestión no se vincula solamente con los 
repertorios o especializaciones en tal o cual género, sino de cómo se piensan las músicas 
(Green, 2001; Mendívil, 2016) y cómo se piensa al Otro, al diverso portador de esas músicas. 
Enmascarado en discursos técnico-musicales, la mayoría de las veces no estamos hablando 
de música exclusivamente, sino de la construcción de la mirada hacia lo Otro, hacia lo no 
legitimado, a través de la música; estamos hablando/juzgando al portador de esas músicas 
más o menos legítimas. 
Pero hay más. ¿Qué pasa con la formación pedagógica de los educadores musicales? 
Podemos afirmar que gran parte de los centros de formación de educadores musicales han 
estado enmarcados crecientemente dentro de las teorías críticas de la educación y la sociedad, 
de manera que es factible plantear la existencia de cierta naturalización, al menos discursiva, 
de muchas de sus premisas. Pero también coincidimos en que existe una enorme dificultad 
de muchos teóricos y educadores por mantener la coherencia entre el lenguaje crítico y su 
praxis como docentes (Giroux, H. 2003; Freire, P. 1997, 2004, 2006). De tal modo, nos 
permitimos señalar que si bien es más probable que una formación pedagógica en el marco 
de las teoríascríticas, facilite la posibilidad de pensar una educación inclusiva e intercultural, 
la mera circulación de ciertas categorías cliché, naturalizadas en nuestros discursos docentes: 
respetar la diversidad, partir de los capitales culturales previos, el conocimiento como 
construcción social, etc., no garantizan la praxis de una educación inclusiva en el sentido 
estricto en que el marco teórico crítico lo sostiene, y ello ocurre, fundamentalmente, porque 
en el devenir histórico, la pelea por dotar de significado a dichas categorías, por cargarlas de 
significado, las ha ido mutando o redefiniéndolas a la luz de distintos modelos de sociedad 
en pugna. Dicho de otra forma, términos como multiculturalidad, interculturalidad, 
diversidad, entre otros, lejos de ser unívocos, denotan disputas de sentido en función, como 
dijimos, del modelo de sociedad al que aspiramos. Entonces, ¿de qué inclusión hablamos?, 
de una inclusión conservadora (podríamos decir sarmientina) que busca homogeneizar las 
diferentes tradiciones y costumbres a las del grupo dominante; ¿o una más liberal, que piensa 
en términos de ciudadanía universal?; ¿o tal vez de aquella que sostiene y articula las 
diferencias, poniendo en tensión lo general y lo particular de los diversos grupos?… Quiere 
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decir que no basta la enunciación de una educación en y para la diversidad, promotora de la 
interculturalidad y, por ende, de la inclusión, sino que detrás de esa enunciación subyacen 
tensiones y luchas respecto de definir, por un lado, qué saberes deben ser enseñados a todos, 
qué queda afuera de esa selección y por qué. Pero, al mismo tiempo, como dice Tadeu Da 
Silva (1999) siempre la pregunta por el qué se enseña, está asociada a la definición de cómo 
deben ser las personas, es decir, en qué sujeto y para qué sociedad se está pensando. 
De la politicidad de la educación musical 
Como hemos planteado en trabajos anteriores (Carabetta, 2017; Carabetta y Duarte Núñez, 
2018), el discurso pedagógico de la formación, aún con sus falencias y omisiones, no puede 
evitar reconocer la politicidad de la tarea educativa. Para el discurso musical, esto pareciera 
no ser tan sencillo; sostenido desde el modelo de la música pura del que hablábamos al 
comienzo, la música…es música, simplemente, y nada la vincula al mundo social. 
Sin embargo, como hemos podido comenzar a plantearnos, si bien es cierto que los sonidos 
en sí mismos responden a las leyes de la física, lo que alguien experimenta como música 
depende de definiciones culturales que permiten esa organización y posibilitan, sobre todo, 
que dicha organización sonora sea reconocida por otros como una experiencia musical. Como 
plantea Mendívil (2016), no existen categorizaciones universales de la música, sino que es el 
contexto socio cultural el que actúa de marco de referencia para promover las conexiones 
significativas que percibiremos y experimentaremos como música. La música entendida así, 
como praxis, lejos de tener un valor intrínseco en términos esencialistas, habla de nosotros, 
de nuestras culturas, de lo que se exige en cada cultura para que algo sea experimentado como 
música, de las categorizaciones que se emplean para referirse a ella, de las definiciones de 
belleza que encierra. Por ello, en tanto práctica social, la música también está sostenida por 
definiciones de mundo, de cultura, de sujeto, y por ende, está atravesada por regulaciones 
más o menos explicitadas sobre lo que es agradable, desagradable, decente, indecente, 
prestigioso, abyecto, culto, inculto, etc. (Corti, B. y Díaz, C., 2017; Carabetta, 2008). 
Dicho esto, quizás el primer paso para poder cargar de significado a la educación musical en 
y para la diversidad, intercultural, es detenerse y preguntarse para qué enseñamos música en 
la intersección de un modelo pedagógico que promueve la justicia social y cognitiva, y un 
modelo musical que se asume como práctica social y que, por tanto, reconoce diversas formas 
de intervención sonora en el mundo. 
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De la ciudadanía cultural a la justicia curricular 
Propusimos en un trabajo recientemente editado (Carabetta y Duarte Núñez, 2018) a la 
ciudadanía cultural como un norte posible para la educación musical intercultural, en el 
marco de nuestras complejas sociedades latinoamericanas del siglo XXI. Entendemos la 
ciudadanía cultural como un ejercicio pleno y crítico de las funciones simbólicas que circulan 
en un universo situado, como la capacidad de apropiarse de los usos de la cultura y la de 
generar otros nuevos. La ciudadanía cultural es, así, el derecho de crear mundos de sentido 
en los que habitar, de deconstruir y reconstruir subjetividades en un juego permanente en el 
que las artes ofrecen estrategias para la transformación social (Szurmuk y Mckee, 2009: 72 
y ss.). 
Desde este lugar, sostenemos la importancia de formar musicalmente para la ciudadanía 
cultural, lo que implica formar fuertemente en la lectura de la complejidad de las diversas 
expresiones musicales, como productos socioculturales, de manera que a la hora de elegir 
consumir o no rock, ópera, música klezmer, tango, sanjuanitos o jazz, o todo ello junto, esas 
elecciones impacten significativamente en las biografías personales y sociales de cada uno. 
Ahora bien, el ejercicio de una ciudadanía cultural reflexiva, requiere que la participación 
cultural sea equitativa, amplia, es decir, lo más permeable posible a los distintos grupos 
culturales, con sus distintas formas sonoras de ser y estar en el mundo y traducido en términos 
educativos, esto implica necesariamente pensar en términos de justicia curricular (Carabetta 
y Duarte Núñez, 2018). 
Diremos de manera sintética, que hablar de justicia curricular implica proponer prácticas de 
conocimiento tan diversas como diversos son los grupos culturales que hay en nuestras aulas. 
Nuestros estudiantes, con sus diferentes experiencias musicales previas, deben poder tender 
puentes entre sus experiencias y las de los demás, entre sus experiencias y las que la escuela 
configura como saberes obligatorios. En primer lugar, en términos de justicia curricular, de 
currículum intercultural, esos puentes deben tenderse en clave cooperativa y no jerarquizada, 
allí reside la clave de la articulación entre lo que una sociedad considera que todos deben 
aprender y lo que cada sujeto trae en su particularidad (Gallardo, 2004). 
La clave cooperativa, en segundo lugar, nos da la pista de que no se trata simplemente de una 
variedad de repertorio en nuestras aulas, sino de justicia cognitiva, lo que significa asegurar 
la copresencia de conocimientos, es decir, que todas las prácticas de conocimiento tengan 
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igualdad de oportunidad de participar en un diálogo amplio con otros conocimientos. 
Copresencia, entonces, es poner conocimientos en diálogo, en interacción, en el marco de 
prácticas organizadas socialmente, reconociendo que todas las formas de conocimientos, en 
este caso que todas las expresiones musicales, son incompletas, son situadas, construidas y 
que existen distintas formas de experimentar sonoramente el mundo (Santo, 2017, 2018). 
Esto no equivale, sin embargo, a relativismo, lo que Santo (2017, 2018) propone es dudar de 
los criterios monopólicos de validez de los conocimientos heredados de la modernidad, dudar 
de las formas de conocimiento e ignorancia, dudar de los criterios naturalizados de 
jerarquización de los conocimientos, y las músicas, históricamente construidos. En este 
sentido, no todos los conocimientos ni todas las músicas tienen el mismo valor, habrá que 
pensar para qué sí lo tienen, pero esas jerarquizaciones, lejos de ser evaluadas bajo criterios 
universales, deben emerger de la validación de una determinada práctica. 
Entonces, siguiendo a T. Regelski (2009), la pregunta por si tal o cual música es buena o 
mala, que implica una jerarquización universal y piramidal establecida según unavirtud 
estética instituida para cierto tipo de música, debe reformularse en: “buena música para qué”. 
En ese “para qué” se deposita el carácter construido y situado de la experiencia musical, y su 
aporte en función de la praxis que ella permite, de su uso social. Desde esta perspectiva, serán 
los que participen de dicha praxis los encargados de evaluar su relevancia para ese uso social 
situado, posibilitando el diálogo de distintas músicas en la constelación de conocimientos. 
Así, habrá buenas y malas músicas para bailar, buenas y malas músicas para meditar, buenas 
y malas músicas para estudiar complejidades rítmicas, buenas y malas músicas forma sonata, 
etc. 
Significatividad y experiencias de aprendizaje 
La idea de aprendizaje significativo, que fuese formulada por David Ausubel (1983) como 
una disposición cognitiva por el que conceptos, ideas y experiencias previas se enlazan a 
otros nuevos para conformar lo que entendemos por aprender, aparece en muchos discursos 
educativos como una de las formas que debe adquirir la experiencia de lo escolar en la vida 
de los estudiantes. El aprendizaje significativo es siempre un asunto tanto de intencionalidad 
como de disposición cognitiva por parte de los estudiantes para constituir lo simbólico, en 
términos de Ausubel en forma sustantiva y no arbitraria, en base a las experiencias que se les 
aparezcan en las tareas propuestas. 
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Pero la significatividad no es un concepto tan transparente como parecería al principio. Esto 
es porque se ha convertido en una figura del pensamiento muy visitada por diferentes 
discursividades educativas que van desde los diseños curriculares hasta nuestras 
conversaciones pedagógicas en contextos cotidianos. Sin lugar a dudas la significatividad es 
un componente de la educación central y responde a nuestra tarea ética de dispensar espacios- 
tiempos formativos para que los estudiantes desarrollen un dispositivo simbólico de alta 
intensidad para su desempeño en los mundos sonoros que les toque transitar. Por ello, resulta 
altamente necesaria la reflexión sostenida sobre lo que entendemos como significativo de un 
aprendizaje para que efectivamente emerjan la diversidad de saberes y subjetividades 
existentes en función de la convergencia de epistemologías heterogéneas en las aulas de 
nuestras instituciones. 
En tal sentido, podemos aventurarnos en la descripción de algunos tópicos principales para 
la creación de entornos significativos en las práctica docentes en educación musical podemos 
convenir que la significatividad de una experiencia en educación musical es, en un giro 
fenomenológico, un impacto sobre las vivencias y las experiencias que efectivamente se 
producen sobre las historias de nuestros estudiantes (Duarte Núñez, 2017; Carabetta y Duarte 
Núñez, 2018). Los puntos de partida y de llegada de toda intervención son, así, las vivencias 
que los estudiantes tienen con lo sonoro, es decir, en su dimensión narrativa que los 
constituye como lo posible de ser puesto en las complejas organizaciones posibles con los 
juegos del lenguajes musical. Ahora bien, aquellas experiencias requieren ser pensadas por 
tres atravesamientos que podemos poner en términos de dimensiones de la significatividad. 
De esta manera, intervenir pedagógicamente para promover significatividad requiere que 
prestemos atención a tres componentes: una dimensión cognitiva, que hace referencia a lo 
disciplinar específico; una dimensión contextual, que busca los vínculos con las formas de lo 
social y cultural en que se operacionaliza efectivamente un discurso musical, y una dimensión 
afectiva, considerada las formas en que se interpretan las narrativas sonoras y es puesta en 
juego la emoción humana en su vínculo con la música y las interrelaciones subjetivas. Claro 
está que estas dimensiones pueden presentar en la práctica una relación de contigüidad entre 
ellas o de simultaneidad en función de las estrategias pero son siempre las variables a 
considerar al momento como práctica reflexiva al pensar si nuestra tarea ha sido significativa 
así como una herramienta didáctica para la reflexión en la práctica. 
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Estas tres dimensiones son atravesamientos dentro del espacio del aula que requiere que se 
las considere para darle relevancia al trabajo educativo en el área. Así se ponen en juego las 
vivencias de los estudiantes durante las clases y las acciones que involucran las mismas, 
incluso fuera del espacio escolar. Entendemos esto como la necesidad de asentar las prácticas 
enseñanza como ética de unas conexiones de elementos heterogéneos y de una 
significatividad como huellas en Nos/Otros. Ahora bien, si la significatividad se pone del 
lado del estudiante y de las percepciones y representaciones que se hacen, entonces, nuestra 
tarea es permitir que emerjan precisamente esos espacios significativos. 
La clase de música fundada en la diversidad busca desarticular las formas escolares de lo 
homogéneo; es un espacio de resistencia y de creación de mundos. El arte es metáfora, en la 
que los significados están siempre diferidos, están siempre por venir; el caudal simbólico de 
los discursos musicales nos permite gestionar el diálogo con un Otro como un sujeto pleno 
de habla. De allí que la concreción curricular real en las aulas exige que prestemos atención 
a nuevas formas de participación de los sujetos en las instituciones educativas, incorporando 
los sonidos que la comunidad va tejiendo en ese mosaico de culturas. Se trabaja produciendo 
música, pero considerando la complejidad de los discursos que habitan en el proceso del 
hacer. 
Para finalizar, nuestra función como educadores es, sin dudas, ampliar los horizontes 
culturales y, obviamente, musicales de nuestros estudiantes, pero ello sólo se volverá 
significativo y respetuoso de la diversidad, si aprender algo nuevo no implica olvidar lo 
propio, arrojarlo al otro lado del abismo de los saberes legitimados, producir un 
epistemicidio. Será una educación genuinamente diversa si los saberes previos, las músicas 
de las que somos portadores, tienen garantizado su espacio para entrar en diálogo con otras 
músicas, sabiendo que será un diálogo conflictivo, desestabilizador, donde todas las músicas 
tengan algo para aportar en cualquiera de las dimensiones señaladas y se reconozcan 
deficitarias en otras, pero con el derecho epistémico a participar en la constelación de saberes. 
Plantear entonces una propuesta pedagógica que dé lugar a la copresencia de expresiones 
musicales de nuestros estudiantes, apunta, como dijimos, a romper con la monocultura del 
saber para enriquecer la relación con el mundo sonoro, con las formas de estar y ser en los 
mundos sonoros propios y de los otros. La diversificación de los escenarios de actuación 
pedagógica requiere que como docentes de música pensemos y construyamos estrategias 
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flexibles para intervenir creativa y transformativamente en ellos, de manera tal de responder 
a la tarea ética de la significatividad de las clases de música como huellas en la vida de los 
estudiantes. Nos guía, así, un norte epistemológico plural, en tanto ningún conocimiento es 
considerado menor o ignorante a priori, desde la pluralidad de modos de estar en el mundo, 
todos con la oportunidad de ser puestos en diálogo; nos guía un norte axiológico, dado que 
el respeto por la identidad cultural y personal de cada estudiante se vuelve un imperativo a la 
hora de pensar una educación inclusiva y emancipadora. 
Referencias Bibliográficas 
 
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México: Trillas. 
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