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Varesi,	G.	(Comp.)
Hegemonía	y	lucha	política	en
Gramsci:	Selección	de	textos
Varesi,	G.	(Comp.)	(2016).	Hegemonía	y	lucha	política	en	Gramsci	:	Selección	de	textos.	Ciudad
Autónoma	de	Buenos	Aires	:	Luxemburg.	(Batalla	de	ideas).	En	Memoria	Académica.	Disponible	en:
http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/libros/pm.4613/pm.4613.pdf
Información	adicional	en	www.memoria.fahce.unlp.edu.ar
Esta	obra	está	bajo	una	Licencia	Creative	Commons	
Atribución-NoComercial-CompartirIgual	4.0	Internacional
https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0
Gramsci BI.indb 2 16/11/16 13:43
Hegemonía y lucha 
política en Gramsci
Gramsci BI.indb 3 16/11/16 13:43
Gramsci, Antonio
 Hegemonía y lucha política en Gramsci : selección de textos / Antonio 
Gramsci ; compilado por Gastón Ángel Varesi ; prólogo de Gastón Ángel 
Varesi. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Luxemburg, 2015.
 158 p. ; 20 x 14 cm. - (Batalla de ideas / Atilio Alberto Boron)
 ISBN 978-987-1709-39-7
 1. Ideologías. 2. Política . I. Varesi, Gastón Ángel, comp. II. Varesi, 
Gastón Ángel, prolog. III. Título.
 CDD 324.2
Gramsci BI.indb 4 16/11/16 13:43
Colección Batalla de Ideas
Hegemonía y lucha 
política en Gramsci
Selección de textos
Antonio Gramsci
 
Buenos Aires, Argentina
Gramsci BI.indb 5 16/11/16 13:43
Colección Batalla de Ideas
Director: Atilio A. Boron
Hegemonía y lucha política en Gramsci. Selección de textos
Antonio Gramsci
Estudio Introductorio
Introducción a la perspectiva gramsciana de la hegemonía. Intelectuales, 
partidos y relaciones de fuerzas
Gastón Ángel Varesi 
© 2016 Ediciones Luxemburg
Tandil 3564 dpto. E, C1407HHF
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
Email: edicionesluxemburg@yahoo.com.ar
Facebook / Ediciones Luxemburg
Twitter: @eLuxemburg
Blog: www.edicionesluxemburg.blogspot.com
Teléfonos: [54 11] 4611 6811 / 4304 2703
1ª Edición, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, noviembre de 2016
Edición: Ivana Brighenti y Virginia Feinmann
Diseño editorial: Santángelo Diseño
Impresión: Docuprint 
Distribución
Badaraco Distribuidor 
Entre Ríos 932, C1080ABE,
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina
Email: badaracodistribuidor@hotmail.com
Sitio Web: www.badaracolibros.com.ar
Teléfono: [54 11] 4304 2703
ISBN 978-987-1709-39-7
Gabriel Badaraco
Ivana Brighenti
Paola Gallo Peláez
Marcelo F. Rodríguez
Queda hecho el depósito que establece la Ley 11723.
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su almacenamiento en 
un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio 
electrónico, mecánico, fotocopia u otros métodos, sin el permiso previo del editor.
Impreso en Argentina
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7
Estudio Introductorio
 Introducción a la perspectiva gramsciana 
 de la hegemonía. Intelectuales, partidos y 
 relaciones de fuerzas 
 Gastón Ángel Varesi 9
Selección de textos de Antonio Gramsci
 Análisis de las situaciones. 
 Relaciones de fuerzas 83
 La formación de los intelectuales 95
 Notas sobre Maquiavelo, sobre política y 
 el Estado moderno 105
 El partido político 113
 Lucha política y guerra militar 119
 Paso de la guerra de movimiento 
 (y del ataque frontal) a la guerra de 
 posición también en el campo político 129
Sumario
Gramsci BI.indb 7 16/11/16 13:43
 Introducción al estudio de la filosofía y 
 del materialismo histórico 131
Índices analítico y onomástico
 [de los textos de Antonio Gramsci] 153
Gramsci BI.indb 8 16/11/16 13:43
9
Estudio Introductorio
Introducción a la perspectiva 
gramsciana de la hegemonía.
Intelectuales, partidos
y relaciones de fuerzas
Gastón Ángel Varesi
Introducción
El pensamiento de Antonio Gramsci, comunista italiano de princi-
pios del siglo XX, muestra gran vigencia y relevancia para el aná-
lisis de los procesos contemporáneos. Gramsci escribió muchas de 
sus principales ideas en la cárcel, a la que estuvo condenado por 
el régimen fascista (1927-1937), a pesar de lo cual, en su agudeza, 
pudo entrever las tendencias que comenzaban a definir a las socie-
dades complejas, aportando claves indispensables para su estudio 
y transformación. 
El presente trabajo constituye un estudio introductorio a la 
perspectiva gramsciana de análisis de su período carcelario, des-
plegada a partir de la centralidad del concepto de hegemonía, dan-
do cuenta tanto de la vastedad que su propuesta teórica involucra 
como de la definición y localización específica de dicho concepto. 
En este sentido, tras delinear una primera aproximación sintética, 
articulamos la construcción de hegemonía con el plan de análisis 
de situaciones y relaciones de fuerzas, con el fin de poder entrever el 
alcance multidimensional y multiescalar que debe ser atendido 
para captar la riqueza y complejidad del pensamiento gramsciano. 
Habremos de visualizar el plan global en el que se inscribe la he-
gemonía para retornar luego al nivel estrictamente político donde 
se materializa la dirección de un grupo social sobre otros, en un 
Gramsci BI.indb 9 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
10
trayecto que universaliza una concepción del mundo expresando 
una unidad de fines políticos y económicos, intelectuales y mora-
les, definiendo los grandes temas de la agenda nacional hasta al-
canzar la fundación de un nuevo Estado. 
Luego de establecer la relación entre la dimensión específica 
donde se juega la hegemonía y los otros niveles y escalas de las rela-
ciones de fuerzas, ubicamos el origen de su desarrollo en el proceso 
de complejización de las sociedades, a partir del cambio de balance 
que se da entre la sociedad civil y el Estado, el cual motiva a Gramsci a 
delimitar dos tipos de sociedades, Oriente y Occidente. A partir de allí 
establecemos la vinculación entre hegemonía y estrategia política, 
en el paso, que Gramsci define, de la preeminencia de la guerra de 
maniobras a la guerra de posiciones, ligado al creciente desenvolvi-
miento de la sociedad civil. Culminamos dicha sección indagando 
la visión gramsciana sobre el Estado, con el fin de abonar el carácter 
político del concepto de hegemonía para volver a preguntarnos su 
relación con los fenómenos de carácter estructural, y re-pensar el 
concepto desde la unidad del bloque histórico.
Allí se desata una búsqueda que atraviesa un doble andarivel 
que transcurre estrechamente emparentado: el enfoque del Príncipe 
moderno y el rol de los intelectuales, ambos unidos en las dinámicas 
comunes de construcción de una voluntad colectiva y de la reforma 
intelectual y moral. El Príncipe moderno es abordado tanto en su ca-
rácter de “libro viviente” como de partido político. Delineamos un 
camino que atraviesa el lugar del mito y la pasión en la política, la 
interpelación y movilización que conlleva la construcción de suje-
to, el carácter nacional-popular de la voluntad colectiva, las diver-
sas acepciones de partido en Gramsci, hasta llegar a los distintos 
elementos que componen una fuerza política y los principios recto-
res de la vida partidaria, como el centralismo democrático.
El último apartado tiene como motivación indagar la concep-
ción gramsciana sobre los intelectuales, delimitando la amplitud 
del concepto y la función específica. Esta tarea nos convoca a pensar 
la relación entre ideología y política: desde la formación del sentido co-
mún, la activación de los núcleos de “buen sentido”, a centrarnos en 
el rol de la crítica como punto de inflexión para los procesos de toma 
de conciencia que actúan en la base de la organización y las luchas 
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Gastón Ángel Varesi 
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por la emancipación de los grupos sociales subordinados. Esto nos 
lleva a vislumbrar los componentes de toda concepción del mundo 
y recuperar, en particular, la perspectiva de Gramsci sobre el mar-
xismo como concepción del mundo ligada a las clases subalternas. 
Luego, se vierten reflexiones en torno a las lógicas y tensiones de la 
construcciónde hegemonía, que atraviesan tanto el rol de los inte-
lectuales como del Príncipe moderno, abordando el debate sobre la 
relación intelectuales/masa y la unidad entre teoría y práctica[1].
Finalmente, se despliegan conclusiones que recuperan los 
principales conceptos vistos en articulación con los procesos de 
cambio que actualmente se desarrollan en América Latina, plan-
teando la vigencia y relevancia del pensamiento de Gramsci para 
comprender y transformar nuestras sociedades.
Una aproximación al concepto de hegemonía
En un primer acercamiento al concepto de hegemonía, podríamos 
señalar que el mismo remite (ya en su antecedente leninista[2]) a 
la dirección política, que en Gramsci es también dirección ideoló-
gico-cultural de un grupo social sobre otros. La hegemonía es una 
[1] Por otra parte, abordar el pensamiento de Gramsci hoy constituye una invitación a 
indagar los procesos contemporáneos en su complejidad buscando aportar a su trans-
formación. Es volver a plantearnos la pregunta por la revolución, en las múltiples 
dimensiones y escalas donde se materializan estos procesos, y plantear cuáles son 
las estrategias que definen hoy el avance de los pueblos. La etapa abierta en América 
Latina con el nuevo siglo parte del resquebrajamiento de los consensos de la era neo-
liberal y la gesta de nuevas búsquedas, que en sus casos más radicalizados volvieron 
a reinstalar al socialismo como horizonte societario. En este sentido, y con el fin de 
mantener la estructuración lógica de la articulación del entramado conceptual gram-
sciano, optamos por poner algunas ejemplificaciones y reflexiones sobre los procesos 
contemporáneos como notas al pie, de modo de facilitar algunos casos de aplicación 
concreta de los conceptos vistos. Estas reflexiones realizadas al pie de página se-
rán luego la base para extraer conclusiones que nos permitan vincular los conceptos 
abordados con las dinámicas contemporáneas que se presentan en América Latina.
[2] En Lenin (1973a), la hegemonía remite a la conducción de una clase sobre las otras, 
lo cual implica superar una fase gremial, corporativista, para convertirse en la di-
rección política en el plano nacional. El término también ha sido aplicado por Lenin 
(1973b) al campo internacional para denotar la dirección en este ámbito, ligado al 
concepto de imperialismo (aspecto que, como veremos, Gramsci también continúa 
para pensar las relaciones de fuerzas internacionales).
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Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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relación social que atraviesa distintas dimensiones: parte de una 
base material ligada a la posición de las clases en la estructura y se 
realiza en las superestructuras, a través de una concepción del mun-
do que encarna la visión general y expresa los intereses del grupo 
dirigente pero de forma universalizada, al tiempo que se plasma 
de formas diversas en el sentido común, en las prácticas cotidianas 
y, en su momento más desarrollado, en un tipo particular de Estado 
(Gramsci, 2003; 2008). De este modo, el concepto de hegemonía pro-
vee una herramienta analítica que permite el abordaje de proble-
máticas de índoles diversas ligadas a la lucha de clases y al conflicto 
político en general, siendo este el terreno de su conformación.
En primera instancia, señalamos que la construcción de he-
gemonía contiene un sustrato material vinculado a la estructura. 
Como sostiene Campione, “no hay hegemonía sin base estructural, 
la clase hegemónica debe ser una clase principal de la estructura 
de la sociedad, que pueda aparecer como la clase progresiva que 
realiza los intereses de toda la sociedad” (2007: 75). Esto se vincula 
a que Gramsci (2008) concibe las sociedades en términos de bloque 
histórico, que se define por una relación de reciprocidad, un proceso 
dialéctico real, entre la estructura y las superestructuras, enten-
didas estas como un conjunto complejo, contradictorio y discorde, 
que expresan el conjunto de las relaciones de producción, sin ser 
ellas un mero “resultado” sino un compuesto de distintos elemen-
tos políticos, jurídicos, ideológicos y culturales con entidad propia 
y con capacidad de incidencia sobre la dimensión estructural mis-
ma. Gramsci sostiene que “la pretensión […] de presentar y exponer 
cada fluctuación de la política y la ideología como una expresión 
inmediata de la estructura, debe ser combatida teóricamente como 
un infantilismo primitivo, y prácticamente con el testimonio au-
téntico de Marx” (2008: 104). 
En este camino, rescata una y otra vez la cita de Marx que 
señala que es en el plano de la ideología en que los hombres to-
man conciencia de los conflictos en la estructura y le dan un valor 
gnoseológico, la convierten en método de análisis. Gramsci (2008) 
critica la noción peyorativa de ideología que había arraigado en el 
marxismo y que identificaba a toda ideología como mera apariencia 
o falsa conciencia. Sostiene que este error proviene de que solía 
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denominarse ideología tanto a una superestructura que posee co-
rrespondencia necesaria a una estructura dada, como también a 
meras elucubraciones arbitrarias de determinados individuos. En 
este sentido, el error opera al identificarse una ideología no orgáni-
ca a la estructura (o arbitraria); sostener que no son las ideologías 
las que modifican la estructura sino al revés, y entonces afirmar 
que una solución política es “ideológica”, en el sentido de ser insu-
ficiente para modificar una estructura, y así se pasa a pensar toda 
ideología como pura apariencia, inútil. Gramsci distingue entre un 
tipo de ideologías que él llama “históricamente orgánicas”, estre-
chamente ligadas a determinada estructura y al movimiento de la 
sociedad, y las separa de las ideologías “arbitrarias”, observando 
que las ideologías históricamente orgánicas organizan masas, for-
man conciencia e inciden en la lucha, mientras que las arbitrarias 
sólo crean movimientos individuales y polémicas. A su vez, Gramsci 
subraya afirmaciones de Marx que señalan que una persuasión po-
pular tiene a menudo la misma energía que una fuerza material[3].
El análisis de la hegemonía va a implicar entonces distintos 
momentos que Gramsci plasma en diversos escritos, pero para una 
aproximación más precisa es necesario vincularlo a su plan global 
de análisis de situaciones y relaciones de fuerzas, que desarrolla para 
comprender los procesos históricos en sus múltiples dimensiones y 
escalas. Estamos ante una concepción del poder que, lejos de verlo 
de forma monolítica, es desagregada para profundizar en sus dis-
tintos elementos, porque Gramsci ya percibía que las sociedades 
modernas avanzaban hacia un proceso de complejización creciente. 
En este camino, Gramsci (2003) sostiene que el análisis de situacio-
nes debe comenzar por las relaciones de las fuerzas internaciona-
les, lo cual nos convoca, por un lado, a indagar las variaciones en 
las relaciones sociales fundamentales del modo de producción glo-
balmente dominante y, por otro lado, a pensar las grandes poten-
cias, los agrupamientos de Estados en distintos bloques o sistemas 
[3] En este sentido, Gramsci (2008) sugiere pensar al bloque histórico teniendo en cuen-
ta que las fuerzas materiales son su contenido y las ideologías la forma, correspon-
dencia visible en que las fuerzas materiales no serían concebibles históricamente sin 
forma y las ideologías serían caprichos individuales sin la fuerza material.
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hegemónicos y a indagar las relaciones de soberanía o dependencia 
en lo que respecta a las potencias menores[4]. Estos dos momentos 
de las relaciones de fuerzas internacionales están orgánicamente 
vinculados[5], ya que como señala Gramsci, todo cambio en las re-
laciones sociales fundamentales tiene impacto en las relaciones 
internacionales a nivel de los Estados,por ejemplo, a partir de sus 
expresiones técnico-militares.
Luego, Gramsci presenta tres niveles de relaciones de fuerzas 
susceptibles de ser analizados en una escala nacional. Un primer 
nivel refiere a “una relación de fuerzas sociales estrechamente liga-
da a la estructura, objetiva, independiente de la voluntad de los 
hombres […]. Sobre la base del grado de desarrollo de las fuerzas 
materiales de producción se dan los grupos sociales, cada uno de 
los cuales representa una función y tiene una posición determina-
da en la misma producción” (Gramsci, 2003: 57). Estamos frente a 
[4] Es una invitación a pensar las transformaciones del capitalismo en la actualidad, 
y ver cómo se articulan las lógicas de la acumulación (como la transnacionalización 
del capital, la disputa por los recursos naturales, las relaciones de fuerzas entre sus 
fracciones, etc.) y las disputas entre los bloques de Estado (la declinante hegemonía 
unipolar de Estados Unidos, que parecía incuestionada con el colapso de la Unión 
Soviética y el socialismo europeo, y la emergencia de nuevos polos de poder global 
como China y Rusia en el BRICS, así como la consolidación del bloque latinoamericano 
y su ampliación de soberanía frente a Estados Unidos). Esta vinculación de ambas 
dimensiones pone de manifiesto la relevancia de otra importante categoría leninista: 
la del imperialismo.
[5] Estos distintos elementos habían sido previamente rescatados por Rosa 
Luxemburgo, cuando llama la atención sobre al carácter dual de la acumulación del capi-
tal: “de un lado, tiene lugar en los sitios de producción de la plusvalía –en la fábrica, 
en la mina, en el fundo agrícola y en el mercado de mercancías–. Considerada así, la 
acumulación es un proceso puramente económico, cuya fase más importante se rea-
liza entre los capitalistas y los trabajadores asalariados […]. Paz, propiedad e igualdad 
reinan aquí como formas, y era menester la dialéctica afilada de un análisis cientí-
fico para descubrir cómo en la acumulación el derecho de propiedad se convierte en 
apropiación de propiedad ajena, el cambio de mercancías en explotación, la igualdad 
en dominio de clases. El otro aspecto de la acumulación del capital se realiza entre 
el capital y las formas de producción no capitalistas. Este proceso se desarrolla en la 
escena mundial. Aquí reinan como métodos la política colonial, el sistema de emprés-
titos internacionales, la política de intereses privados, la guerra. Aparecen aquí, sin 
disimulo, la violencia, el engaño, la opresión y la rapiña. Por eso cuesta trabajo descu-
brir las leyes severas del proceso económico en esta confusión de actos políticos de 
violencia, y en esta lucha de fuerzas” (1912: 224). Como recuerda Harvey (2005), estos 
dos aspectos de la acumulación están orgánicamente vinculados y la evolución his-
tórica del capitalismo sólo puede ser comprendida si los estudiamos conjuntamente.
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la posibilidad de captar un tipo de poder que emana de la estruc-
tura: en la actualidad, las grandes corporaciones transnacionales 
(muchas de las cuales manejan un producto mayor que el Producto 
Bruto Interno de los países donde se instalan) poseen distintos 
niveles de capacidad decisoria sobre las variables económicas ya 
que, por su volumen de negocios, sus propias acciones inciden, por 
ejemplo, sobre el empleo, la inversión, el crecimiento, la formación 
de precios, etc. Por su parte, la cantidad de asalariados, sus con-
diciones homogéneas o heterogéneas de trabajo, su distribución 
geográfica, etc., influyen también sobre el escenario de lucha de 
clases[6]. En síntesis, este nivel implica ver los grupos sociales en 
su anclaje material, en su posición específica en las relaciones de 
producción. Incluso debemos rescatar que en su análisis del ameri-
canismo y el fordismo, Gramsci observa cómo las transformaciones 
del proceso productivo dan lugar a una forma de hegemonía que 
parte de la fábrica misma. 
El segundo nivel refiere a las relaciones de fuerzas políticas, que 
Gramsci ve vinculadas al grado de homogeneidad, conciencia polí-
tica colectiva y organización, y que posee distintas gradaciones: (a) 
un grado económico-corporativo, basado en una solidaridad que se 
limita al grupo profesional[7]. (b) Luego, hay un grado más avanzado 
de conciencia, solidaridad y organización que se extiende a todo el 
[6] En este sentido, puede pensarse, a modo de ejemplo, cómo la última dictadura en 
la Argentina buscó, según Villarreal (1985), heterogeneizar las condiciones objetivas 
de vida de los trabajadores para quebrar su solidaridad, mientras que procuró homo-
geneizar a la clase dominante y forjar un nuevo bloque de poder. Por el contrario, la 
experiencia de la Venezuela bolivariana emprendió una vasta estrategia para generar 
nuevas relaciones de producción y empoderar a los trabajadores, conformando una 
fuerza integral, en lo político, económico y social, que pudiera comenzar a disputarle 
el proceso productivo al gran capital. En esa línea se avanzó, por un lado, en nacio-
nalizaciones y expropiaciones y, por otro, en la creación de empresas dirigidas por 
sus trabajadores y de empresas mixtas, cogestionadas entre trabajadores y Estado.
[7] Por ejemplo, pensemos en el caso de un trabajador de cualquier rama, suponga-
mos un obrero de la construcción; en este grado ese trabajador se siente y se reconoce 
como obrero de la construcción, se organiza y lucha por sus reivindicaciones especí-
ficas, pero no toma conciencia de que el empleado de comercio es un trabajador igual 
que él, ni del conjunto de los trabajadores y, por ende, no toma parte en luchas por la 
clase en su conjunto.
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grupo social, pero aún en el plano netamente económico[8], pero to-
davía no aparece la pregunta por el poder político, no se cuestiona la 
subordinación respecto de otro grupo social, ni tampoco se plantea 
la posibilidad de que su propia clase dirija a la sociedad en su con-
junto. (c) Entramos finalmente en un grado superior, estrictamente 
político, donde sí se plantea la cuestión del poder en toda su magni-
tud, incluyendo las dimensiones anteriores, pero sobrepasándolas 
en un momento cualitativamente distinto “que señala el pasaje neto 
de la estructura a la esfera de las superestructuras complejas”:
Es la fase en la cual las ideologías ya existentes se transforman en 
“partido”, se confrontan y entran en lucha, hasta que una sola de 
ellas, o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevale-
cer, a imponerse, a difundirse por toda el área social, determinando, 
además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad 
intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las 
cuales hierve la lucha, no sobre un plano corporativo, sino sobre 
un plano “universal” y creando así la hegemonía de un grupo social 
fundamental sobre una serie de grupos subordinados. El Estado es 
concebido como organismo propio de un grupo, destinado a crear las 
condiciones favorables para la máxima expansión del mismo grupo; 
pero este desarrollo y esta expansión son concebidos y presentados 
como la fuerza motriz de una expansión universal, de un desarrollo 
de todas las energías “nacionales”. El grupo dominante es coordinado 
concretamente con los intereses generales de los grupos subordina-
dos y la vida estatal es concebida como una formación y una supera-
ción continua de equilibrios inestables (en el ámbito de la ley) entre 
los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados, 
equilibrios en donde los intereses del grupo dominante prevalecen 
pero hasta cierto punto, o sea, hasta el punto en que chocan con el 
mezquino interés económico-corporativo (Gramsci, 2003: 57-58).
[8] En este caso, siguiendo el ejemplo del obrero de la construcción, este sí se reconoce 
como miembro de la clase trabajadora;se organiza no sólo en su sindicato específi-
co sino que se involucra en una central de trabajadores y participa de las peleas no 
sólo de su sector sino también de aquellas que impliquen la conquista de derechos 
económicos para toda la clase, como la distribución del ingreso, la mejora de las con-
diciones laborales, etcétera.
Gramsci BI.indb 16 16/11/16 13:43
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En este punto se observan tanto las vastas implicancias que una 
perspectiva analítica en términos de hegemonía puede abarcar, 
como también su ubicación específica, donde se centra dicho re-
corrido: la dimensión superestructural, en su grado estrictamente 
político, que está soldada a la realización de una concepción del 
mundo, a una reforma intelectual y moral que se plasma en acción, 
en dirección de un grupo social sobre otros. El párrafo citado cons-
tituye uno de los aportes más ricos de la literatura gramsciana, en 
tanto que en el mismo se consolidan aspectos clave de su pensa-
miento. Por una parte, la hegemonía aparece asociada a la disputa 
ideológica. Como afirmábamos en el comienzo, la batalla de ideas 
ocupa un lugar importante en el pensamiento gramsciano; estas 
se transforman en “partido”, es decir, en un proyecto de sociedad, 
en tanto es una concepción del mundo que cobra forma concreta 
tomando posición sobre los aspectos cardinales que atraviesan la 
vida de una nación en un momento determinado, por lo cual impli-
ca establecer definiciones sobre los grandes temas de la agenda pú-
blica (“planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve 
la lucha”) y alcanza, en ese sentido, a expresar una unidad. Esta 
unidad incluye distintos aspectos: es una unidad de fines económi-
cos y políticos, lo que nos permite pensar que da forma a un pro-
yecto de gobierno, ligado a los intereses estratégicos de la clase o 
fracción hegemónica pero articulando concesiones en relación con 
los grupos subordinados, y es unidad intelectual y moral, modifi-
cando ideas, valores, incidiendo sobre el plano de la cultura. Pero 
esta hegemonía logra constituirse en tanto tal porque traspasa el 
nivel corporativo, y se piensa y plantea desde el lugar de lo univer-
sal, como el desarrollo de “todas las energías nacionales”, por lo 
que el componente consensual de la política tiende a prevalecer por 
sobre el componente de la coerción. 
Esto se debe a que la hegemonía se relaciona con el carácter 
dual de la acción política, que Gramsci ve en Maquiavelo, correspon-
diente “a la doble naturaleza del centauro maquiavélico, de la bestia 
y del hombre, de la fuerza y del consenso, de la autoridad y de la 
hegemonía” (Gramsci, 2003: 48). Es por ello que podemos entender 
entonces que la hegemonía, como nos recuerda Campione, es “el 
predominio intelectual y moral, diferente del ‘dominio’ en el que se 
Gramsci BI.indb 17 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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encarna el momento de la coerción, pero esa ‘dirección’ tiene raíces 
en la base, componentes materiales junto a los ‘espirituales’. Es una 
acción con elementos tanto ‘materiales’ como ‘ideales’” (2006: 31). 
Como ya señalamos, no hay hegemonía sin base estructural, por lo 
que la clase hegemónica debe ser una clase principal de la estruc-
tura de la sociedad, que, asimismo, pueda aparecer como la clase 
progresiva, que realiza los intereses de la sociedad en su conjunto. 
Es por esto que el análisis de relaciones de fuerzas a nivel nacional 
posee un primer nivel en las fuerzas sociales, en el análisis mate-
rial del orden de la reproducción económica, viendo el lugar y fun-
ción que los grupos sociales ocupan en la producción. Pero la clase 
con pretensiones hegemónicas debe superar la mera dominación 
en el plano de la economía, e incluso debe superar la mera domina-
ción por coerción en el plano de la política, y para ello debe ponerse 
por encima de sus propios intereses corporativos y articularlos con 
ciertas concesiones a otros grupos sociales para devenir en clase 
dirigente, en clase hegemónica. En simultáneo, debe construir y 
difundir una concepción del mundo que se vaya constituyendo en 
sentido común, y de la que participen los grupos sociales subalter-
nos, otorgando adhesión y legitimidad al orden social[9]. 
Pero si la política contiene la naturaleza del centauro maquia-
vélico, entonces el momento de la coerción y de la violencia ocupa 
también un importante lugar. Es por esto que Gramsci señala un 
tercer nivel en las relaciones de fuerzas: las relaciones de fuerzas mi-
litares. Gramsci sostiene el carácter decisivo de estas relaciones de 
fuerzas cuando son puestas en juego[10]. Él distingue, al interior de 
[9] Uno de los grandes triunfos de la burguesía en su devenir hegemónico se materia-
liza cuando las clases subalternas adhieren a sus proyectos al punto de no identificar 
la relación de explotación a la que están sujetos, a naturalizarla, dejando de percibir, 
por ejemplo, la estructura clasista de las sociedades capitalistas (o asumiéndola como 
lo natural o la mejor forma posible), y los trabajadores se asumen a sí mismos bajo 
otras categorías que velan la desigualdad concreta, como la de ciudadano (en tanto 
igualdad formal frente a la ley) o consumidor (como igualdad y libertad formal de 
compra y venta de bienes).
[10] Esto se confirma constantemente, como en años recientes, en los que países 
como Irak o Libia fueron sometidos en tiempos mínimos por fuerzas al servicio de las 
principales naciones imperialistas, ya sea con la invasión directa en el primer caso, 
o a través de tropas mercenarias con asistencia bélica y financiera, en el segundo.
Gramsci BI.indb 18 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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las mismas, dos subniveles. Uno técnico-militar, ligado a las condicio-
nes objetivas de las fuerzas: su tamaño, organización, armamento, 
etc.[11]. Y otro político-militar, que refiere a la capacidad de desplegar 
formas de acción política que busquen disgregar “íntimamente” al 
enemigo (por ejemplo, desmoralizándolo), o en acciones de masas 
a lo largo del territorio que permitan diluir y dispersar parte de su 
capacidad bélica[12]. Las imágenes de la guerra y de las relacio-
nes de fuerzas militares tiñen de modo significativo la perspectiva 
gramsciana de la hegemonía. Esto se debe a que, para el análisis de 
la propia dinámica política, Gramsci ha tendido a utilizar analogías 
de la estrategia militar.
En síntesis, una primera aproximación al concepto de hege-
monía implica reconocer que es una relación social basada en la 
conducción de un grupo social sobre otros, que esta dirección se 
gesta en una dinámica conflictiva, de lucha, en la cual los compo-
nentes consensuales tienden a prevalecer por sobre los coercitivos. 
Estos consensos refieren a articulación de demandas e intereses 
de los subordinados dentro del marco de la concepción del mundo 
de los dirigentes, y en su punto más elevado tienden a expandirse 
por toda el área social, apareciendo como la realización de un uni-
versal, definiendo los grandes temas que puntualizan la vida de 
una nación, a nivel político, económico, ideológico y cultural, y a 
conformar un nuevo Estado.
[11] En la actualidad, en este subnivel de las relaciones de fuerzas, Estados Unidos 
parecería seguir siendo el predominante en toda la línea; su capacidad de fuego, su 
desarrollo tecnológico y la posesión de la mayor cantidad de armas de destrucción 
masiva lo ponen a la cabeza, además de haber gestado un sinnúmero de ejércitos 
privados y mercenarios que actúan cuando su gobierno no puede hacerlo directamen-
te. También cuenta con los países europeos como aliados subordinados en la OTAN 
(Organización del Tratado del Atlántico Norte). Aun así, la posible unión de China con 
Rusia y otros aliados podría representar todo un desafío al dominio bélico unipolar.
[12] Casos como la Revolución Cubana y la guerra de Vietnam constituyen ejemplos 
destacados de este subnivel, donde la unidad de revolución política ylas tácticas po-
lítico-militares desplegadas permitieron ganar guerras que, en el subnivel técnico-
militar, sugerían pronósticos sumamente desfavorables.
Gramsci BI.indb 19 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
20
Tipos de sociedades, estrategia política y Estado
De la guerra de maniobras a la guerra de posiciones
Si bien la construcción de hegemonía posee anclajes estructurales, 
su nivel específico es el político y, en ese sentido, debe ser compren-
dida en relación con la estrategia política. Esta articulación es desple-
gada por Gramsci a partir del análisis que realiza de dos tipos de 
sociedades, disímiles en cuanto al grado de desarrollo de la sociedad 
civil y el peso del Estado[13], a las que denomina Oriente y Occidente:
En Oriente el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gela-
tinosa; en Occidente, entre Estado y sociedad civil existía una justa 
relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta es-
tructura de la sociedad civil. El Estado sólo era una trinchera avan-
zada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y 
casamatas (Gramsci, 2003: 83). 
Encontramos entonces en Oriente un Estado preponderante y un 
escaso desarrollo de la sociedad civil, mientras que en Occidente se 
ha gestado un proceso de complejización a partir de la ampliación 
de la sociedad civil, desplegando diversas instancias que resguar-
dan al orden establecido. 
A partir de esta caracterización, Gramsci piensa las distintas 
estrategias políticas a llevar adelante según el tipo de sociedad[14], 
para lo que utiliza una analogía entre la guerra militar (a partir de 
las experiencias dejadas por la Primera Guerra Mundial) y la lu-
cha política. La estrategia a desarrollar en Oriente es la del ataque 
[13] La sociedad civil remite a los espacios “privados” de participación voluntaria 
(que también podrían ser pensados como ámbitos de vida pública no estatal), tales 
como sindicatos, partidos, iglesias, medios de comunicación, centros de fomento, en-
tre otros. También hay que notar que Gramsci maneja dos acepciones de Estado: una 
en sentido estricto, ligada a lo político-jurídico con centro en la coerción (la sociedad 
política) y otra ampliada, donde en el Estado se funden la sociedad civil y la sociedad 
política, el momento de la coerción y el del consenso. En las citas seleccionadas sobre 
la tipificación de Oriente y Occidente, utiliza la versión del Estado en sentido estricto 
y su relación con la sociedad civil.
[14] Tengamos en cuenta que Gramsci es un dirigente revolucionario tributario del 
marxismo-leninismo, por lo que el análisis de las sociedades está motivado por el 
objetivo de su transformación.
Gramsci BI.indb 20 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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frontal, la guerra de maniobras o de movimientos. Como resume Piotte: 
“en la guerra de movimientos, la artillería se utiliza para abrir una 
brecha en las defensas del enemigo, brecha que sea suficiente para 
hacer posible la irrupción de las tropas y conseguir un éxito estra-
tégico importante, si no definitivo” (1973: 91). Es decir, que en las 
sociedades con escaso desarrollo de la sociedad civil, la estrategia 
política revolucionaria puede triunfar a partir del ataque frontal 
contra la clase dominante teniendo en cuenta que la destrucción 
del aparato estatal y de las fuerzas militares del enemigo garanti-
zarían de modo casi concluyente el triunfo; esta sería la estrategia 
practicada victoriosamente en la Revolución Rusa. En una forma-
ción social sin gran desarrollo de su sociedad civil y con una vida 
centrada alrededor del Estado, la confrontación abierta y directa 
contra la dirección de ese Estado (en este caso, la exterminación 
del zarismo y sus instituciones) sumada a la derrota de sus fuerzas 
militares, en un contexto de crisis signado por la guerra mundial y 
la crisis económica, fue suficiente para abrir una brecha que posibi-
litara el avance decisivo de las fuerzas revolucionarias.
Sin embargo, esta estrategia es inadecuada para conducir un 
proceso de transformación en Occidente donde el Estado puede con-
siderarse la trinchera más avanzada, pero la sociedad civil posee ca-
pacidad de reconstrucción del sistema hegemónico. En este caso, la 
estrategia a aplicar es la guerra de posiciones, que es la lucha por la 
hegemonía previa a la conquista del Estado, la cual requiere de es-
fuerzos prolongados y de gran cantidad de recursos humanos y mate-
riales, porque, en términos militares, la guerra de posiciones incluye 
tanto las trincheras como el sistema organizativo e industrial y las 
fuentes de reabastecimiento. Esto debe ser traducido a la política: 
[En] los Estados más avanzados, donde la “sociedad civil” se ha con-
vertido en una estructura muy compleja y resistente a las “irrup-
ciones” catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, 
depresiones, etc.), las superestructuras de la sociedad civil son 
como el sistema de trincheras en la guerra moderna. Así como en 
este ocurría que un encarnizado ataque de la artillería parecía des-
truir todo el sistema defensivo adversario, cuando en realidad sólo 
había destruido la superficie exterior y en el momento del ataque 
Gramsci BI.indb 21 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
22
y del avance los asaltantes se encontraban frente a una línea de-
fensiva todavía eficiente, lo mismo ocurre en la política durante las 
grandes crisis económicas (Gramsci, 2003: 81). 
Nuestras sociedades latinoamericanas han avanzado hacia cons-
tituirse en genuinas sociedades complejas, del tipo Occidente, por 
lo cual los análisis de las estrategias políticas en la actualidad 
deben ser vistos a la luz de la guerra de posiciones. Esto implica 
una apreciación minuciosa de los distintos factores políticos, eco-
nómicos y culturales que se articulan en la construcción de hege-
monía y cómo esta se disputa palmo a palmo en cada “trinchera” 
de la sociedad[15]. 
Por otra parte, es importante resaltar que la reflexión de 
Gramsci contiene una fuerte crítica al economicismo. Esta crítica se 
encuentra presente, por ejemplo, en relación con el trabajo de Rosa 
Luxemburgo, “Huelga de masas, partido y sindicato”, donde la su-
perestructura política e ideológica aparece como mero reflejo inme-
diato de la estructura económica, en tanto se plantea que la crisis 
económica abre la posibilidad de asalto al poder (es decir, la crisis 
económica sería un escenario propicio para el triunfo a través de 
la guerra de maniobras). Gramsci critica esta lectura tanto porque 
reduce la lucha política al contexto económico como porque se basa 
en una caracterización errada del tipo de sociedad y de la estrategia 
necesaria para el desarrollo de un proceso revolucionario. 
Como ya señalamos, en contraposición a la estrategia del 
ataque frontal como estrategia revolucionaria a ser desarrolla-
da en Oriente, Gramsci entiende necesario el despliegue, en las 
sociedades de tipo occidental, de la estrategia de la guerra de 
posiciones, que como señala Buci-Glucksmann “responde a una 
nueva fase histórica que exige una estrategia de largo aliento, un 
[15] También debemos notar que la construcción de hegemonía como guerra de 
posiciones adquiere formas particulares cuando ya no es “previa” a la conquista 
del Estado, sino cuando sus principales tareas se ejercen también “desde” el Estado, 
como viene sucediendo en los casos de Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, 
entre otros. Esto implica vislumbrar un proceso de construcción hegemónica que 
combina de forma singular dinámicas provenientes tanto de la sociedad política 
como de la sociedad civil. En este caso, la noción de Estado ampliado en Gramsci 
parece de suma relevancia.
Gramsci BI.indb 22 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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asedio permanente al adversario, una concentración inaudita de 
hegemonía que es, también, una nueva forma de hacer política” 
(1978: 310).Es necesario aclarar también que Gramsci no niega la 
importancia de la guerra de maniobras para Occidente, pero esta 
se convierte en un elemento parcial y táctico que depende de la 
estrategia de la guerra de posiciones[16]. En síntesis, la guerra de 
posiciones es la lucha por la hegemonía, es su construcción en las 
sociedades complejas: así se explicita el nexo entre hegemonía y 
estrategia política. 
Clases y Estado
En el análisis histórico concreto se plantea siempre una tensión 
que debe ser tratada cuidadosamente en el plano de la teoría: el 
problema de la relación entre clase social y Estado. Vemos en el mar-
xismo clásico una tendencia a pensar los grandes movimientos 
estructurales de la historia en términos del modelo dicotómico de 
clases fundamentales en el capitalismo, burguesía/proletariado, 
y ver a la fuerza política que conduce al Estado como una expre-
sión directa de la clase en el poder. Esto se vincula con los pasa-
jes de Marx y Engels en los que sostienen, como en El Manifiesto 
Comunista, que cuando la burguesía conquista el poder político a 
través de la forma de Estado representativo moderno, “el Poder 
público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administra-
ción que rige los intereses colectivos de la clase burguesa” (1960: 
19). Aun así, a la hora de analizar las dinámicas singulares de 
los procesos históricos situados en las sociedades contemporá-
neas, debemos procurar alejarnos de toda lectura simplificadora 
y reduccionista de la relación clase/Estado. Si bien, como señala 
Jessop, resulta imposible aprehender una teoría unificada sobre el 
Estado en Marx y Engels, ya que ellos “adoptaron diversas apro-
ximaciones y razonamientos de acuerdo a los problemas con los 
[16] Como señala Campione, Gramsci critica aquí “uno de los errores ultraizquierdis-
tas más clásicos: el querer destruir una construcción social hegemónica por medio 
de la pura fuerza militar, ignorando la importancia de la lucha cultural” (2006: 35). 
Gramsci BI.indb 23 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
24
que se veían periódicamente enfrentados pero no intentaron nin-
guna sistematización en sus diferentes formas de análisis” (1982: 
33), sí nos parece necesario sostener una mirada crítica sobre las 
lecturas meramente instrumentalistas que podrían erigirse de la 
misma. Como define Jessop, “el enfoque instrumentalista implica 
simplemente la afirmación de que el Estado no es un sujeto polí-
tico independiente y soberano sino un instrumento de coerción 
y administración que puede ser usado para diversos propósitos 
por cualquier interés que consiga apropiarse de él” (1982: 14). Sin 
caer en el error opuesto de pensar al Estado como independiente 
y soberano, es preciso desvincularse de las connotaciones tanto 
economicistas como voluntaristas que podrían alcanzarse extre-
mando los supuestos de la visión instrumentalista. Nos referimos 
a los derivados economicistas de reducir al Estado a mero gestor 
inmediato de los intereses corporativos de tal o cual clase o frac-
ción, y a los derivados voluntaristas de pensar al Estado como in-
dependiente y neutral capaz de ser usado sin mayores problemas 
por la fuerza que lo conduzca[17]. 
A diferencia de la visión instrumentalista, parece intere-
sante rescatar la perspectiva que construye Nicos Poulantzas, re-
tomando elementos clave de la visión que Gramsci tenía sobre 
el Estado, y que este lee como una condensación de relaciones 
de fuerzas, sustanciándolo bajo el criterio de autonomía relativa. 
Poulantzas (1981) sostiene que el Estado, sin dejar de representar 
de manera predominante los intereses de la clase o fracción hege-
mónica, reviste una autonomía relativa, en tanto asegura el interés 
político general del conjunto del bloque en el poder[18], organi-
zando el “equilibrio inestable de compromisos” (Gramsci) entre 
las distintas fracciones al tiempo que organiza esta hegemonía 
igualmente respecto de las clases subalternas. Esta perspectiva 
es coherente con el planteo de Gramsci de que el grupo social en 
[17] Esta última derivación se encuentra, según Jessop, en la base de las posiciones 
socialdemócratas.
[18] Como señala Poulantzas, el bloque en el poder “designa una alianza específica de 
las clases y fracciones de clase dominante” (1981: 24). Este concepto lo emparenta con 
el de pueblo como alianza de clases y fracciones subalternas.
Gramsci BI.indb 24 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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ascenso hegemónico debe ceder a ciertas demandas de los grupos 
subordinados para construir los consensos que le permitan reves-
tir a su propio proyecto de sociedad de cierto cariz universal, para 
lo cual el Estado que funda debe aparecer con algún grado de au-
tonomía, en el sentido de que, como decía Gramsci, debe expresar 
los intereses del grupo dirigente, pero hasta cierto punto, donde 
se puede chocar con aquellas demandas netamente corporati-
vas cuyo alcance pondrían en riesgo su apariencia universal. Sin 
embargo, esta autonomía es relativa porque el Estado es fundado 
para reproducir y expandir al propio grupo hegemónico y, en ese 
sentido, es siempre la expresión de un particular.
Existe un segundo tipo de tensión que versa sobre la relación 
entre clase y hegemonía. Por un lado, las clases parten de la estructu-
ra, según la posición y función que los grupos sociales ocupan en 
la producción, aun así las clases rebasan la dimensión estructural 
y se dan en su dimensión histórica en el terreno de la lucha de cla-
ses, atravesadas por todos los niveles de las relaciones de fuerzas. 
Por otro lado, ubicamos la hegemonía en el momento político de las 
superestructuras, pero que también las rebasa y no puede ser pen-
sada sin sus anclajes estructurales. ¿Cómo es entonces este vínculo 
entre clase y hegemonía? 
En este punto se nos plantean dos aportes teóricos de 
Gramsci que son cruciales para comprender esta relación: el papel 
de los intelectuales y el partido político (el Príncipe moderno); teniendo 
en cuenta que es el bloque histórico, en tanto concepto de totali-
dad, el centro en el cual se resuelve teóricamente dicha tensión. 
Esto se debe a que, como señala Portelli (1987), el bloque histórico 
es el vínculo orgánico entre la estructura y las superestructuras y, 
en ese camino, Gramsci da una expresión concreta a este vínculo: 
los intelectuales, el problema de la lucha ideológica y la estrategia 
política. Pero no hay lucha ideológica ni política sin fuerza política 
organizada, y aquí entra en escena el Príncipe moderno gramscia-
no. De hecho, en el pensamiento de Gramsci, Príncipe moderno e 
intelectuales comparten un mismo núcleo, un mismo rol orgánico: 
la dirección ideológico-cultural (“reforma intelectual y moral”) y la 
dirección política (construcción de una “voluntad colectiva”).
Gramsci BI.indb 25 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
26
El Príncipe moderno
El Príncipe moderno tiene origen en las lecturas que Antonio Gramsci 
realiza sobre El Príncipe de Maquiavelo (1995), a la luz de las ne-
cesidades del movimiento revolucionario de su tiempo. Podemos 
encontrar en el Príncipe dos cualidades esenciales que serán cons-
titutivas de la concepción gramsciana del Príncipe moderno: se 
trata de un “libro viviente”, un manifiesto político, “en el que ideo-
logía política y ciencia política se fundan en la forma dramática del 
‘mito’” (Gramsci, 2003: 9), y es la fuerza política, el partido, que lleva 
adelante la tarea histórica de fundar un nuevo Estado. El Príncipe 
en Maquiavelo es la personificación simbólica de la voluntad colecti-
va que procura la concreción de un fin político para el cual deberá 
ser un instrumento de instrucción y convencimiento, “que intenta 
realizar la educación política de […] la clase revolucionaria de su 
tiempo, el ‘pueblo’ y la ‘nación’ italiana” (Gramsci, 2003: 17). Así 
también, Gramsci avanza en la configuración del Príncipe moder-
no partiendo de estemismo esquema: el nuevo Príncipe será un 
manifiesto político, un “libro viviente”, ya que para Gramsci, como 
afirma Portantiero, “la posibilidad de transformar un pensamien-
to sobre la política en acción política devenía de la capacidad de 
construir una ideología-mito” (2000: 151). Por otra parte, el Príncipe 
moderno no es un héroe individual, sino que “sólo puede ser un or-
ganismo, un elemento de sociedad complejo en el cual comience a 
concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcial-
mente en la acción. Este organismo ya ha sido dado por el desarrollo 
histórico y es el partido político” (Gramsci, 2003: 12). 
La centralidad del mito se vincula con la función de “creación 
de una fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pul-
verizado para suscitar y organizar su voluntad colectiva” (Gramsci, 
2003: 10). En este sentido, el Príncipe moderno debe movilizar las 
pasiones, volverse pueblo en la construcción de una voluntad co-
lectiva a partir de la articulación de los grupos sociales subalter-
nos, dando origen a una fuerza social y política transformadora que 
avance en un proceso de acumulación de fuerzas hacia la creación 
de un nuevo Estado.
Gramsci BI.indb 26 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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El Príncipe moderno como libro viviente
Según Gramsci, el carácter de “libro viviente” está dado por ser un 
manifiesto político que, sin ser un tratado sistemático, apela al mito 
para movilizar y organizar la voluntad colectiva de un pueblo, abor-
dando en su análisis las problemáticas que requieren ser esclare-
cidas para la concreción de determinado fin político que, tanto en 
Gramsci como en Maquiavelo, refiere a la necesidad de construc-
ción de un nuevo Estado, forjando también las formas organizati-
vas y estrategias para su consecución. 
Gramsci habla de libros vivientes en tanto poseen la cualidad 
de trascender un carácter meramente teórico para convertirse en 
motorizadores de la transformación social. Es decir, que conjugan 
el análisis científico con el carácter literario centrado en la idea del 
mito para dar forma a un proyecto político cuya realización requie-
re de la construcción de una voluntad colectiva. 
El Príncipe moderno, como libro viviente, en Gramsci to-
maría dos cuestiones fundamentales: la voluntad colectiva y la 
reforma intelectual y moral. Con respecto a la voluntad colectiva, 
constituida en objetivo cardinal de la estrategia política, indagaría 
acerca de las condiciones en las cuales esta podría desarrollarse, a 
partir de un análisis histórico y económico de la estructura social 
del país y “una representación ‘dramática’ de las tentativas realiza-
das a través de los siglos, para suscitar esta voluntad y las razones 
de sus sucesivos fracasos” (Gramsci, 2003: 13). La reforma intelectual 
y moral refiere a una disputa respecto de la concepción del mundo, 
incluyendo una reforma cultural que vaya en dirección de elevar 
en este sentido a los estratos sociales más bajos ligada, a su vez, a 
un programa de reforma económica. El Príncipe moderno debe ser 
quien organice y lidere estas reformas, “lo cual significa crear el 
terreno para un desarrollo ulterior de la voluntad colectiva nacional 
popular hacia el cumplimiento de una forma superior y total de ci-
vilización moderna” (Gramsci, 2003: 15). Gramsci lleva incluso más 
lejos el carácter radical de la transformación social liderada por el 
Príncipe moderno, señalando que el Príncipe-partido comenzaría a 
ocupar el lugar de la religión en un proceso de laicización de la vida 
construyendo una nueva visión hegemónica sobre el mundo. Hay 
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Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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que recordar que la religión es considerada (retomando a Croce) 
como una concepción del mundo que deviene en norma de vida, o 
sea, con capacidad de incidir en las prácticas cotidianas.
El nuevo Príncipe como libro viviente tendría también una 
parte dedicada al jacobinismo “en cuanto ejemplificación de cómo 
se formó y operó en concreto una voluntad colectiva que al menos 
en algunos aspectos fue creación ex novo, original” (Gramsci, 2003: 
13). Quintana señala que el espíritu que rescata Gramsci del jacobi-
nismo, y que debe incorporar el Príncipe moderno, es el que refiere 
“a un partido determinado de la Revolución Francesa que concebía 
de determinada manera el desarrollo de la vida gala, con un progra-
ma determinado, apoyándose sobre determinadas fuerzas sociales 
y que llevó adelante una acción de partido y de gobierno con un 
método caracterizado por una extrema energía, decisión y resolu-
ción” (2000: 103). 
Estos temas mencionados del Príncipe moderno como libro 
viviente son también inherentes al partido político, ya que es libro 
viviente en tanto procura la transformación social, para lo cual es-
tudia las circunstancias históricas que lo rodean y busca generar, 
también en su apelación al mito, la instrucción acerca de las herra-
mientas políticas y estrategias para el despliegue de dicha ideolo-
gía-mito, que en Gramsci tienen un carácter revolucionario ligado 
al fin de construir un nuevo bloque histórico basado en las clases 
subalternas. Así, este Príncipe-partido deberá desempeñar un rol 
fundamental en la construcción hegemónica de una voluntad co-
lectiva que logre articular los reclamos subalternos y gestar una 
fuerza social y política capaz de fundar un nuevo Estado.
El Príncipe moderno como partido revolucionario
Gramsci afirma que “en la época moderna el protagonista del 
nuevo Príncipe no podría ser un héroe personal, sino un partido 
político, el determinado partido que en cada momento dado y en 
las diversas relaciones internas de las diferentes naciones inten-
te crear […] un nuevo tipo de Estado” (2003: 28). Como señalamos, 
el Príncipe moderno se constituye con base en una doble tarea: 
Gramsci BI.indb 28 16/11/16 13:43
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un rol ideológico-cultural, que Gramsci denomina como reforma 
intelectual y moral, y un rol ligado a la estrategia política, el de 
construcción de una voluntad colectiva. La reforma intelectual y 
moral implica una tarea de crítica del orden social y las formas de 
dominación vigentes, sumada a la construcción de concepciones 
del mundo alternativas y la difusión de dichas concepciones. La 
voluntad colectiva está vinculada con la articulación de ese pueblo 
disperso que, superando la dimensión económico-corporativa de 
los reclamos, alcance la dimensión estrictamente política con el fin 
de fundar un nuevo Estado. Esta construcción de la voluntad colec-
tiva se vincula con su capacidad de articulación y movilización de 
los grupos sociales subalternos, en un proceso de universalización, 
en tanto los intereses y demandas de esta fuerza social y política 
puedan aparecer como portadores del bien común, como aquellos 
capaces de dar desarrollo a “todas” las energías nacionales. La tarea 
del partido es entonces la de crear y organizar esa voluntad colec-
tiva, de la cual él mismo es la expresión más activa, y emprender 
una reforma intelectual y moral en esa misma dirección, disputan-
do la influencia ideológica y cultural de los otros grupos sociales. 
Así, debe servir de elemento cohesionante para el despliegue de la 
estrategia política y la construcción de hegemonía. Aquí podemos 
observar la revalorización de la subjetividad en Gramsci como un 
elemento central de la política que conlleva necesariamente la for-
mación de una nueva concepción del mundo, la construcción de un 
sujeto-pueblo con base en una labor permanente de organización y 
conciencia, que apela también a la pasión. 
Gramsci parte de la concepción del partido político como ex-
presión de un determinado grupo social y, en ese sentido, sostie-
ne que “cada partido no es más que una nomenclatura de clase” 
(2003: 32). Gramsci admite que los partidos orgánicos a cada clase 
puedan aparecer divididos en fracciones y presentarse como parti-
dos particulares diferentesy que “con mucha frecuencia el Estado 
Mayor intelectual del partido orgánico no pertenece a ninguna de 
esas fracciones pero actúa como si fuese una fuerza dirigente total-
mente independiente, superior a los partidos y a veces considerada 
así por el público” (Gramsci, 2003: 29). Este sería, por ejemplo, el 
caso de los periódicos y la prensa informativa que, si bien pueden 
Gramsci BI.indb 29 16/11/16 13:43
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llamarse a sí mismos “apolíticos” o “independientes”, defienden y 
reproducen, en condiciones normales, los intereses fundamenta-
les y la concepción del mundo de la clase a la que son orgánicos. 
Incluso vale recalcar, como lo hace Piotte (1973), que si, por un lado, 
las fracciones del partido orgánico, proclamadas a sí mismas como 
“partidos”, se encuentran muchas veces en situación de disputas 
polémicas ligadas al interés inmediato de su propia organización, 
por ejemplo, en coyunturas electorales o respecto de factores se-
cundarios (no los fundamentales que atañen a la dominación de la 
clase representada), por otro, los representantes del Estado Mayor 
intelectual de la clase, que se ubican por fuera de estas organiza-
ciones y desligados de los intereses particulares de estas, serán 
más sensibles a los intereses fundamentales de la clase y a la pla-
nificación política de largo plazo[19]. En este sentido, la relación 
partido-clase no es una relación directa, de expresión de intereses 
como reflejo, sino una acción dinámica, compleja, relacionada con 
la construcción de hegemonía. 
De este modo, observamos en Gramsci una doble acepción 
del término partido: una noción amplia en la que el partido de ca-
rácter orgánico aparece como expresión del conjunto de la clase y 
como ideología general, superior a las distintas agrupaciones inme-
diatas, y una concepción del partido en sentido estricto, el partido 
como organización particular y concreta, es decir, como instru-
mento para la resolución de uno o varios problemas de la vida na-
cional e internacional. 
Luego de esta introducción general a la concepción gramscia-
na del partido, es necesario señalar la activa participación política 
que tuvo Gramsci en su vida y el instrumento político específico al 
que él aportó en busca de la configuración de ese Príncipe moderno: 
[19] También parece interesante recalcar que, en determinadas coyunturas, los me-
dios de comunicación pueden abandonar su lugar de “Estado Mayor intelectual” para 
ocupar una posición expresamente de “partido” en el sentido más específico. Esto 
ocurrió, por ejemplo, con el estallido del conflicto agrario en la Argentina en 2008, 
cuando los principales grupos mediáticos nacionales abandonaron el rol de orienta-
ción estratégica y general para situarse directamente en uno de los bandos en con-
flicto, oficiando de genuinos partidos de oposición, situación que continuaría en los 
años siguientes.
Gramsci BI.indb 30 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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el Partido Comunista Italiano, del cual Antonio Gramsci fue secre-
tario general desde 1924, cuando desplazó a Bordiga, hasta 1927, 
cuando, ya prisionero del fascismo, fue reemplazado por su compa-
ñero Palmiro Togliatti. 
Es por esto que Gramsci, como hombre de partido, profundi-
za en cuáles son los elementos fundamentales del partido revolu-
cionario y, en una nueva analogía bélica, señala tres. Un elemento 
primario, compuesto por los “soldados”, que aportan participación, 
disciplina y fidelidad pero que no se caracterizan por altas cualida-
des en cuanto a la planificación y organización. La disciplina debe 
ser entendida aquí, no como un cumplimiento de órdenes no com-
prendidas, sino como la asimilación consciente del despliegue de 
la política partidaria. Gramsci reconoce que el partido no podría 
existir sin ellos, pero tampoco podría existir sólo con ellos, ya que 
necesitan de una fuerza que los cohesione y los direccione (estos 
son los “capitanes”). Según Piotte, esto se vincula con la oposición 
de Gramsci a las teorías basadas en la espontaneidad de la masas, 
que generan movimientos esporádicos fácilmente reprimibles por 
la clase dirigente, ya que “las masas, comprendiendo en ellas su 
parte más consciente, no pueden llevar a cabo una acción perma-
nente y continua si no se hallan encuadradas en una organización 
fuertemente estructurada” (Piotter, 1973: 50). El segundo elemento, 
los “capitanes”, corresponde a los cuadros superiores del partido 
e incluye a los grandes organizadores, teóricos y estrategas. Es “el 
elemento de cohesión principal, centralizado en el campo nacional, 
que transforma en potente y eficiente a un conjunto de fuerzas” 
(Gramsci, 2003: 33) y está dotado de capacidad de inventiva y con-
ducción política. Gramsci considera que, si bien el partido no po-
dría funcionar sólo con este elemento, es sin embargo el primordial 
ya que “un ejército existente sería destruido si le llegasen a faltar 
los capitanes, mientras que la existencia de un grupo de capitanes, 
acordes entre sí, con fines comunes, no tarda en formar un ejérci-
to aun donde no existe” (Gramsci, 2003: 33). El tercer elemento es 
el medio, es decir, los cuadros intermedios, que son articuladores 
de los otros dos elementos y los ponen en contacto físico, moral e 
intelectual, en el sentido de que son el carril orgánico que los co-
munica con la dirección y asimismo desempeña un valioso papel 
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Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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en la formación de los soldados. Este elemento es también de gran 
importancia, ya que en caso de ser eliminados los “capitanes”, se 
constituirá en el fermento de donde surgirán nuevos cuadros supe-
riores. Gramsci aclara que estos tres elementos no son estancos. En 
este sentido, es fundamental la tarea que desarrollen el segundo y 
tercer elemento en la instrucción política de los soldados; el partido 
cumple una función de creación constante de elementos dirigentes 
que multiplican su acción política en tanto aportan a consolidar el 
rol del partido como movilizador de la voluntad colectiva y refor-
mador moral e intelectual, procurando desarrollar al máximo las 
capacidades de todos sus miembros y con un fluido pasaje entre 
los distintos elementos. Así, Gramsci concibe que la formación de 
cuadros es una tarea fundamental del partido político.
El principio que Gramsci promovía para la organización es-
tructural y la vida de su partido es el centralismo democrático: 
El carácter “orgánico” sólo puede pertenecer al centralismo de-
mocrático, que es un centralismo en movimiento, vale decir, una 
continua adecuación de la organización al movimiento real, una ca-
pacidad de equilibrar el impulso de la base con las directivas de la 
superioridad, una inserción continua de los elementos que surgen 
de lo profundo de la masa en el sólido marco del aparato de direc-
ción, el cual asegura la continuidad y la acumulación regular de las 
experiencias (Gramsci, 2003: 92). 
Gramsci considera que esta dinámica de ida y vuelta entre los tres 
elementos constitutivos del partido tiene un valor preponderante 
para evitar que el centralismo democrático degenere en un centra-
lismo burocrático, donde se estancaría este movimiento y el grupo 
dirigente buscaría perpetuarse en forma indefinida para asegurar 
sus privilegios. En este caso, el partido aparecería como un fin en 
sí mismo, disociándose de su rol como herramienta de transfor-
mación social. El centralismo democrático consiste en el funciona-
miento fluido entre los distintos elementos del partido generando, 
en términos de Piotte, una “corriente de ósmosis” donde los cua-
dros superiores provienen de los intermedios, mientras que estos 
provienen de los soldados. A su vez, los “capitanes” organizan a los 
cuadros intermedios, y estos a los soldados, garantizando, por un 
Gramsci BI.indb 32 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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lado, la democracia interna delpartido, y por el otro su carácter 
orgánico y centralizado. 
Es importante recordar que la base organizativa propuesta 
para el partido –formulada por Gramsci y Togliatti en las Tesis de 
Lyon, presentadas en 1926 para el III Congreso del Partido Comunista 
Italiano con el objetivo de avanzar hacia la “bolchevización” del 
partido– es la organización por células a partir del lugar de trabajo. 
Al respecto, ambos señalan que “la organización por célula implica 
que en el partido se forme un estrato bastante amplio de elementos 
dirigentes […] que son parte de la masa y permanecen en ella aun-
que desempeñen funciones directivas” (Gramsci y Togliatti, 1984: 
28). La célula sería la forma organizativa por excelencia para la vin-
culación constante del partido con la masa. 
Duverger, en Los Partidos Políticos (1961), distingue dos rasgos 
fundamentales en la célula: la base de agrupación y el número de 
miembros. La célula descansa principalmente en una base profe-
sional, según el lugar de trabajo o de desempeño cotidiano de ta-
reas, pero también se contemplan células locales para reunir a los 
militantes dispersos en torno a una construcción territorial. Con 
respecto al número, Duverger señala que la célula debe partir al 
menos de tres miembros y alcanza su número óptimo entre quince 
y veinte. También remarca las cualidades que hacen de la célula 
una forma organizativa superadora de las anteriores: 
Se trata, en primer lugar, de un grupo absolutamente permanente, 
puesto que está formado donde se encuentran cotidianamente los 
miembros del partido. Fuera de las reuniones propiamente dichas, el 
contacto entre sus miembros es constante. A la entrada o salida del 
trabajo, el secretario puede fácilmente difundir consignas, repartir 
tareas, controlar la actividad de cada cual. Acción tanto más fuerte 
cuanto el número medio de miembros es poco elevado […] Resulta 
también que los miembros de la célula se conocen bien, y que la soli-
daridad hacia el partido se hace más fuerte (Duverger, 1961: 58). 
Duverger entiende que estos factores también son de especial utili-
dad en tiempos de clandestinidad.
Para concluir, debemos recordar que el accionar del Príncipe 
moderno se orienta, en materia de estrategia política para las 
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Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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sociedades complejas, a la propuesta de Gramsci de guerra de po-
siciones, que requiere un esfuerzo prolongado de construcción de 
hegemonía. Hegemonía que implica la construcción de concepcio-
nes del mundo alternativas a partir de una crítica del orden so-
cial imperante y que, en este sentido, se relaciona con la dirección 
cultural, con la reforma intelectual y moral. Hegemonía que es al 
mismo tiempo estrategia política para la conformación de una vo-
luntad colectiva, que organice lo disperso y movilice las pasiones. 
Una voluntad colectiva que Gramsci define como nacional y popular. 
Nacional porque Gramsci retoma la concepción de Marx de que la 
revolución es nacional en su forma e internacional en su conte-
nido, porque si bien el capitalismo es un modo de producción que 
se expande mundialmente, cada escenario nacional, con su propio 
Estado, partidos, sindicatos, tradiciones culturales, etc., constituye 
el ámbito concreto donde se desarrollan las luchas cotidianas con-
figurando el marco de la acción de las distintas fuerzas. Gramsci 
observa la importante capacidad de interpelación de lo nacional 
así como el peso del Estado-nación como espacio de desarrollo de 
la estrategia política: frente a la derrota del proceso revolucionario 
llevado a cabo entre 1919 y 1920 del cual fue partícipe, Gramsci con-
cluyó: “no conocíamos Italia”. Aparece entonces la imposibilidad 
de reducir mutuamente clase y nación, y con esta imposibilidad 
emerge la necesidad de comprender al conjunto de agentes y a la 
cultura de un pueblo. Así, cobra importancia lo popular porque, si 
bien afirma la centralidad en la clase obrera –viendo en los produc-
tores directos de plusvalor el sujeto clave para la transformación 
social por ocupar el centro de las contradicciones en la relación ca-
pital/trabajo–, no se limita a esta, sino que debe articular al con-
junto de grupos sociales subalternos con el fin de universalizar sus 
intereses y construir una nueva hegemonía que logre confrontar 
con la dominante y derrotarla; así, los sujetos subalternos deben 
conformarse en pueblo[20]. En este sentido, Gramsci observa que 
[20] En el caso de Italia, Gramsci realizaba la autocrítica respecto de las dificultades 
que había tenido el movimiento obrero revolucionario del norte del país para articu-
larse con los reclamos del campesinado del sur y, debido a ello, para poder conformar 
la voluntad colectiva nacional-popular.
Gramsci BI.indb 34 16/11/16 13:43
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es clave el rol tanto del partido político como de los intelectuales, 
para organizar la nueva concepción del mundo, dar homogeneidad 
y conciencia al grupo social de sus propios intereses y objetivos, 
construir la unidad de ese pueblo disperso y movilizar las pasiones 
para el desenvolvimiento de la estrategia política.
Los intelectuales en el pensamiento gramsciano
Intelectuales: alcance máximo y función específica
Junto al enfoque del Príncipe moderno, Gramsci desarrolla otro 
componente clave en cuanto a la conformación de la voluntad co-
lectiva nacional-popular y a su dirección política y cultural: los 
intelectuales. ¿Pero quiénes son los intelectuales? Gramsci se pre-
gunta si los intelectuales son un grupo autónomo o si cada grupo 
social tiene una categoría propia y especializada de intelectuales. 
Encuentra que en la historia se han dado dos modos fundamentales 
de formación de intelectuales. En primera instancia señala:
Cada grupo social, al nacer en el terreno originario de una función 
esencial en el mundo de la producción económica, se crea conjunta y 
orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homo-
geneidad y conciencia de la propia función, no sólo en el campo eco-
nómico sino también en el social y en el político (Gramsci, 2004: 9).
En el capitalismo, junto con el empresario aparecen también los 
técnicos y especialistas que dan forma a la nueva economía, orga-
nizan la cultura, el derecho, etc. En síntesis, con cada clase se crea 
y forma un grupo de intelectuales orgánicos que son fundamentales 
para su desarrollo y para la conformación de una concepción del 
mundo acorde a sus intereses que, a su vez, le permita aparecer 
como el portador del “bien universal”, dando homogeneidad y con-
ciencia al propio grupo al tiempo que avanza hacia la dirección po-
lítica y cultural de los grupos subalternos.
En segundo lugar, Gramsci identifica un conjunto de intelec-
tuales tradicionales ligados principalmente a estructuras económicas 
precedentes y que aparecen como portadores de una continuidad 
histórica no interrumpida. El ejemplo característico, que Gramsci 
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señala, es el de los eclesiásticos, que si bien en su momento fueron 
intelectuales orgánicos de la aristocracia terrateniente, perviven 
en sociedades posteriores, incluso aunque haya desaparecido la 
conducción política del grupo social que le dio origen. Esta con-
tinuidad les permite forjar, a los intelectuales tradicionales, un 
espíritu de cuerpo y generar la percepción de sí mismos como 
autónomos del grupo social dominante. Estas dinámicas a su vez 
tienen implicancias superestructurales sobre otros grupos de inte-
lectuales –como Gramsci observa en su época respecto de la filoso-
fía idealista–, que asumen para sí mismos la creencia de constituir 
una categoría de intelectuales independientes de los poderes esta-
blecidos (Gramsci, 2004).
Luego Gramsci se pregunta sobre la amplitud de la categoría 
de los intelectuales, indagando cuál es el límite máximo que la mis-
ma admite.En este punto señala que el error más difundido es el 
de identificar a los intelectuales sólo con aquellos que desarrollan 
actividades específicamente intelectuales y no haber buscado esta 
categoría partiendo del entramado de relaciones sociales en que 
estas actividades se enmarcan y de los grupos sociales a los cuales 
se vinculan. Así, llega a visualizar el límite máximo de la categoría:
Todos los hombres son intelectuales, podríamos decir, pero no todos 
los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales […]. 
Cuando se distingue entre intelectuales y no intelectuales, en rea-
lidad sólo se hace referencia a la inmediata función social de la ca-
tegoría profesional de los intelectuales, es decir, se tiene en cuenta 
la dirección en que gravita el mayor peso de la actividad específica 
profesional, en la elaboración intelectual o en el esfuerzo nervioso-
muscular. Esto significa que si se puede hablar de intelectuales, no 
tiene sentido hablar de no intelectuales, porque los no-intelectuales 
no existen. Pero la misma relación entre esfuerzo de elaboración 
intelectual-cerebral y esfuerzo nervioso-muscular no es siempre 
igual; por eso se dan diversos grados de actividad específicamente 
intelectual. No hay actividad humana de la que se pueda excluir 
toda intervención intelectual, no se puede separar el homo faber 
del homo sapiens. Cada hombre, considerado fuera de su profesión, 
despliega cierta actividad intelectual, es decir, es un “filósofo”, un 
Gramsci BI.indb 36 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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artista, un hombre de buen gusto, participa en una concepción del 
mundo, tiene una consciente línea de conducta moral, y por eso con-
tribuye a sostener o a modificar una concepción del mundo, es decir, 
a suscitar nuevos modos de pensar (Gramsci, 2004: 13).
Esta afirmación es de gran importancia a la hora de pensar la cons-
trucción de hegemonía, ya que implica que todo grupo social fun-
damental, independientemente de la tarea específica que realiza 
en el ámbito de la producción, puede generar su propia categoría 
de intelectuales. 
Gramsci reitera esta perspectiva acerca de la amplitud de la 
categoría de los intelectuales en su abordaje sobre la articulación 
entre filosofía, religión y sentido común, afirmando que “todos los 
hombres son ‘filósofos’” (2008: 7). Esta premisa se sustenta en que 
es posible dar cuenta de una “filosofía espontánea” de la cual “todo 
el mundo” participa, brindándonos un conjunto de factores clave 
para pensar la gravitación de las concepciones del mundo, su con-
formación y disputa, que tienen un lazo indisoluble con la hege-
monía. Esta filosofía espontánea se encuentra contenida en tres 
anclajes: 
a) En el lenguaje, que no es neutro ni inocuo, sino que posee 
un conjunto articulado de nociones y conceptos cargados de 
sentido y contenido que expresa una visión cristalizada de 
lo social. Es filosofía y cultura de uso cotidiano, ya que como 
enfatiza Gramsci, en el lenguaje está contenida una determi-
nada concepción del mundo.
b) En la participación del sentido común y los núcleos de buen 
sentido, que representan la capacidad de los grupos sociales 
de tomar conciencia del lugar que ocupan en la estructura 
de la sociedad y de las contradicciones que los atraviesan, lo 
cual habilita un primer paso hacia la distinción en términos 
de clases.
c) En la participación de distintas variantes de religión popu-
lar y del folklore, entendido como un sistema de creencias, 
supersticiones y modos de ver y actuar arraigados en un 
pueblo.
Gramsci BI.indb 37 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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De este modo, todos son partícipes al menos de una filosofía es-
pontánea en tanto que en la más mínima actividad intelectual está 
contenida una concepción del mundo, lo cual nos pone frente a la 
problemática del conocimiento y el rol de la crítica. Aquí se abre una 
disyuntiva fundamental que está en la base de cualquier proceso 
emancipatorio posible: se puede participar de una concepción del 
mundo “‘impuesta’ mecánicamente por el ambiente externo, o sea, 
por uno de los tantos grupos sociales en que uno se encuentra in-
cluido” (Gramsci, 2008: 8) o se puede elaborar la propia concepción 
del mundo de manera consciente y crítica. Pero Gramsci plantea, en 
esta misma mirada sobre la actitud crítica y la toma de conciencia, 
el terreno que constituye el punto de partida: la propia esfera de 
actividad; porque como decían Marx y Engels (1985) en La ideología 
alemana, los hombres son lo que hacen y cómo lo hacen. Esta esfera 
de actividad es la base para entrar en el mundo consciente y par-
ticipar activamente en la elaboración de la “historia del mundo”, 
en tanto implica como punto de partida comprender en qué lugar 
de la estructura uno está inscripto. Aquí visualizamos otro puente 
sólido con su enfoque de los intelectuales orgánicos: cada grupo 
social, situado en un espacio determinado de la producción de la 
vida material, crea una categoría de intelectuales que aportan a la 
conformación de la propia visión del mundo, a la organización y 
homogeneización del grupo, es decir, a su reconocimiento como co-
lectivo objetivo en el plano de las relaciones sociales de producción 
(más allá de la voluntad) y como sujeto en el plano de la historia a 
través de la batalla política e ideológica en la que se constituye la 
voluntad colectiva.
En este punto aparece una lectura dinámica y rica de la rela-
ción entre estructura y superestructura: el hombre como ser colec-
tivo, en el terreno de las relaciones de producción, está fracturado 
en clases sociales a partir de un conjunto de coordenadas, siendo la 
principal la relación trabajo asalariado/capital que divide el campo 
de lo social entre propietarios de medios de producción y los despo-
seídos de los mismos que sólo tienen para vender su fuerza de tra-
bajo. Pero al mismo tiempo Gramsci dice: “por la propia concepción 
del mundo se pertenece siempre a un determinado agrupamiento” 
(2008: 8). Entonces existe la posibilidad de una doble pertenencia 
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Gastón Ángel Varesi 
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que vuelve a poner el foco en la lucha por la hegemonía y que se 
ancla en las contradicciones que el capitalismo arrastra consustan-
cialmente sobre la humanidad entera y muy particularmente sobre 
los que ocupan las posiciones subalternas en la producción social: 
es posible, y en general es usual, tener una visión del mundo inco-
herente con el propio lugar que se ocupa en el terreno social y, para 
decirlo más claramente, se puede ser un explotado y participar de 
la visión del explotador[21]. Por eso, como sostiene Gramsci, lo que 
media y actúa de base de cualquier posibilidad de liberación es el 
“conócete a ti mismo”, porque además, “cuando la concepción del 
mundo no es crítica ni coherente, sino ocasional y disgregada, se 
pertenece simultáneamente a una multiplicidad de hombres masa” 
(2008: 8) y esta es la definición misma que Gramsci da al sentido 
común, entendiéndolo como una concepción del mundo absorbida 
acríticamente de numerosos ambientes culturales en los que se 
desarrolla la individualidad moral del hombre medio; una concep-
ción del mundo disgregada e incoherente, que generalmente es in-
congruente respecto de la posición social de las multitudes. Aquí 
se evidencia el papel liberador de la crítica, porque según Gramsci 
criticar la propia concepción del mundo es tornarla consciente; o 
sea, ver cuáles son las ideas que nos atraviesan y componen, cuáles 
son esos hombres-masas que nos están constituyendo. Esto implica 
desnaturalizar las ideas y los valores, percibirlos como una cons-
trucción producto de una lucha histórica, comprendiendo que estos 
no son inocuos sino que se vinculan con intereses determinados y 
que habilitan la reproducción del orden social. Por eso el sentido co-
mún es siempre el sentido común dominante de una época y tiende 
a expresar, de forma difusa yno lineal, la resultante del conjunto 
de relaciones de fuerzas, porque cristaliza toda la historia de las 
[21] Un ejemplo de esto puede encontrarse en la estigmatización que los grandes me-
dios de comunicación generan sobre las distintas luchas sociales, por ejemplo, las 
huelgas y movilizaciones sindicales, permeando un desprecio por la lucha popular, 
coherente con los intereses de los sectores patronales, que suele también extenderse 
a sectores de las propias clases subalternas (visualizable en frases como “dejen de 
hacer quilombo y vayan a laburar”) las cuales se verían y se han visto históricamente 
beneficiadas por el triunfo de las protestas, a través de las cuales los trabajadores han 
logrado la disminución de horas de la jornada laboral, aumentos salariales, obras 
sociales, jubilaciones, vacaciones pagas, entre otras conquistas.
Gramsci BI.indb 39 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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luchas con sus particulares derivaciones, que no siempre son ex-
clusivamente favorables a las clases dominantes en todos sus pun-
tos, en tanto las resistencias y conquistas de los grupos subalternos 
también tienen incidencia.
Pero entonces, si todos son, en términos amplios, intelectua-
les, ¿cuál es la implicancia y la función específica de la categoría de 
intelectual? ¿En qué momento esta capacidad general de los hombres 
de ser “filósofos” o intelectuales comienza a cumplir un rol en la 
construcción de hegemonía? Esta pregunta ya ha sido resuelta en 
los pasajes precedentes y Gramsci lo identifica claramente: esto se 
produce a partir del desarrollo de la crítica consciente, que constitu-
ye un punto de inflexión ya que permite develar la concepción del 
mundo que se posee, observar en ella la hegemonía construida por 
los grupos sociales dirigentes y generar un momento de ruptura 
que abra paso a la elaboración de una concepción del mundo del 
propio grupo social al que se pertenece. Sin este papel de la crítica 
no hay posibilidad de desarrollo de una hegemonía alternativa. Es 
por esto que la función de los intelectuales es la de impulsar una 
reforma intelectual y moral, en el proceso en que un nuevo tipo de 
sociedad se crea junto a una nueva superestructura, y esta reforma 
sólo puede iniciarse a partir de la crítica.
La reforma intelectual y moral y el rol del marxismo
Pero ¿qué elementos conlleva una reforma intelectual y moral? 
Podemos realizar una aproximación a esta problemática a tra-
vés de la crítica que Gramsci hace al Ensayo popular de sociología de 
Bujarin, trabajo elaborado para la difusión masiva del marxismo 
en la naciente Unión Soviética, ya que en esta crítica Gramsci ex-
hibe su concepción de la articulación intelectuales/masa en el proceso 
de dirección ideológico-cultural que constituye un eje clave de la 
construcción de hegemonía. La tarea de la crítica atraviesa distin-
tos momentos. Pone como punto de partida la realización de una 
crítica de la filosofía del sentido común, que es, como ya señalamos, 
una concepción del mundo disgregada, absorbida acríticamente de 
los distintos ambientes culturales en los cuales el individuo se va 
Gramsci BI.indb 40 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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formando, y que por lo general no guarda estricta coherencia con 
la posición social de las multitudes. Es incongruente precisamente 
porque, si no hay pensamiento crítico, se participa de concepcio-
nes del mundo impuestas por otros grupos sociales, que expresan 
sus propios intereses. Entonces, la formación de un grupo social 
homogéneo se articula con la elaboración de una filosofía desarro-
llada también contra el sentido común, por ser homogénea y siste-
mática (Gramsci, 2008). La crítica debe partir del sentido común, 
romper con él y abarcar también las formas más elaboradas del 
pensamiento hegemónico. En este punto Gramsci critica a Bujarin 
por no haber discutido con lo más avanzando del pensamiento con 
el que confronta, sino, más bien, con sus caricaturizaciones, y se-
ñala que “una ciencia obtiene la prueba de su eficacia y vitalidad 
cuando demuestra que sabe enfrentar a los grandes campeones de 
las tendencias opuestas, cuando resuelve con sus propios medios 
los problemas vitales que estos han planteado, o demuestra peren-
toriamente que tales problemas son falsos” (Gramsci, 2008: 138).
Gramsci es particularmente duro en su crítica al trabajo 
de Bujarin porque entiende que el marxismo es la concepción del 
mundo fundamental tanto para el análisis crítico de las sociedades 
capitalistas como para su subversión superadora. Gramsci sostie-
ne que Marx y Lenin son ambos creadores de esta concepción del 
mundo. Según Gramsci, Marx realiza el paso de la utopía a la cien-
cia, que involucra también el paso de la ciencia a la acción; porque 
como decía Marx (1845) en la Tesis XI sobre Feuerbach, los filósofos 
se estaban dedicando a interpretar el mundo, pero de lo que se 
trata es de transformarlo. Así, el marxismo es una concepción del 
mundo porque contiene una teoría, con sus supuestos filosóficos, 
sus estrategias metodológicas, constituyéndose en ciencia, pero 
además trasciende el plano del análisis porque en su propia lec-
tura están involucradas las guías para la acción, y es por esto que 
Gramsci lo denomina como filosofía de la praxis. Este es justamente 
el movimiento dialéctico del materialismo histórico: indagar las 
fuerzas de la historia desde un perspectiva holística, de totalidad, 
que hace énfasis en la reproducción de la materia, en cómo los 
hombres entran en relación entre sí para transformar la naturale-
za y satisfacer sus necesidades –evento que Marx y Engels (1985) 
Gramsci BI.indb 41 16/11/16 13:43
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ubican como “primer hecho histórico” en La ideología alemana–, en-
tendiendo que los hombres son lo que hacen, por lo que el foco 
parte del análisis de los procesos de trabajo y tiene centralidad en 
las relaciones sociales que articulan a esos grupos de hombres. En 
el análisis de las sociedades capitalistas, el marxismo da cuenta de 
que los grupos humanos se encuentran divididos por relaciones de 
clases, en tanto el producto generado colectivamente es apropia-
do privadamente en virtud de las relaciones de propiedad de los 
medios de producción. La existencia de una minoría propietaria 
de los medios de producción supone la existencia de una mayo-
ría desprovista de los mismos. Así, Marx observa cómo los grupos 
sociales fundamentales de las sociedades modernas están articu-
lados a través de una relación contradictoria: una relación de ex-
plotación, donde el trabajo es colectivo pero su fruto es apropiado 
privadamente dando origen a la acumulación del capital. Ya desde 
lo más genérico del pensamiento marxista, el análisis motiva a la 
acción: identificar las dinámicas políticas, económicas y culturales 
de una sociedad, visualizar sus contradicciones y desde allí trazar 
las estrategias para transformarlas.
Ahora bien, si en Marx se ve el énfasis del paso de la utopía a 
la ciencia, Gramsci se pregunta qué lugar ocupa Lenin, si es un lu-
gar subordinado. Y sostiene que no, que Lenin realiza el mismo tra-
yecto: “la fundación de una clase dirigente (esto es, de un Estado) 
equivalente a la creación de una Weltanschauung[22]” (Gramsci, 
2008: 81). Lenin encarna la realización concreta del marxismo como 
concepción y, simultáneamente, Gramsci reconoce en Lenin la re-
levancia del concepto de hegemonía, diciendo que “la hegemonía 
realizada significa la crítica real de una filosofía, su real dialécti-
ca” (2008: 81). Si cada clase dirigente que funda un Estado contiene 
una concepción del mundo, entonces, el proceso revolucionario es 
la realización dialéctica de la crítica a esa concepción del mundo, 
pero no una crítica ideológica desgajada de la acción, sino que jus-
tamente la crítica realizada es acción transformadora, es construir 
la fuerza político-social que actúe sobre las contradiccionesde una 
[22] Concepción del mundo.
Gramsci BI.indb 42 16/11/16 13:43
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sociedad particular en una época determinada para cambiar las re-
laciones de fuerzas en todos sus niveles y dar lugar a la fundación 
de un nuevo Estado, a la formación de una clase dirigente a partir 
de los que antes ocupaban el centro de la subalternidad, de los do-
minados y los explotados en el par dialéctico trabajo/capital como 
unidad fundamental de las sociedades burguesas. Si tanto Marx 
como Lenin contienen la relación ciencia-acción, Marx encarna el 
origen, la fundación de la ciencia, superando la utopía, y Lenin es la 
materialización de esa ciencia como momento de la acción realiza-
da; es el realizador del marxismo como concepción del mundo en 
la conformación del proletariado como clase dirigente, en alianza 
con el campesinado, generando un bloque popular que dio lugar a 
la fundación de un nuevo Estado: la Unión Soviética como primer 
Estado de las clases subalternas devenidas en dominantes.
En síntesis, tanto Marx como Lenin resultan clave en la con-
formación y desarrollo del materialismo histórico o marxismo[23], 
en una dinámica que implica la articulación teórico-práctica de la 
construcción de concepciones del mundo, tanto en la configuración 
y difusión de una batalla que transcurre en el plano de las ideas y 
de la cultura, como de su desenvolvimiento práctico en dirección 
política y que altera, asimismo, las relaciones de producción. 
A su vez, Gramsci rescata la unidad de los elementos constitu-
tivos del marxismo, dada por el desarrollo dialéctico de las contra-
dicciones entre hombre y materia (naturaleza-fuerzas materiales 
de producción). Señala que filosofía, economía y política son ele-
mentos constitutivos de toda concepción del mundo, por lo que 
debe haber articulación, traducción entre uno y otro elemento. En 
la economía el centro unitario es el valor (teoría del valor-trabajo), es 
decir, la relación entre el trabajador y las fuerzas de producción. Por 
esto, la teoría del valor-trabajo de Marx es clave: la fuerza de trabajo 
como única mercancía productora de un valor mayor al costo de su 
reproducción, que es apropiado privadamente por las clases domi-
nantes para sustentar no sólo su propia reproducción como clase 
[23] Gramsci realiza una interesante analogía con el cristianismo, entendiendo que 
una nueva concepción del mundo precisa tanto de su creación originaria: Jesús-Marx, 
como de su expansión y realización práctica: San Pablo-Lenin.
Gramsci BI.indb 43 16/11/16 13:43
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sino la acumulación del capital mediante el reingreso de parte del 
plusvalor al proceso productivo ampliándolo en escala creciente (es 
por esto que Marx ya desde un inicio ve que el capitalismo tiene una 
tendencia a su mundialización, porque su ampliación constante 
está en su propia esencia, profundizada además por la competencia 
inter-capitalista). En la filosofía, el centro es la praxis, o sea la uni-
dad de teoría y práctica, de condiciones espirituales y condiciones 
materiales, unidad entre la voluntad humana (superestructura) y la 
estructura económica (recordando la propuesta gramsciana de po-
der pensar al hombre mismo como bloque histórico). En la política, 
se destaca la relación entre el Estado y la sociedad civil, o sea la in-
tervención del Estado para dar forma y conducir el ambiente social 
general; educar al educador, o sea dar forma a lo que forma, porque 
la sociedad civil, que remite a los espacios “privados” de participa-
ción voluntaria o que también podrían ser pensados como ámbitos 
de vida pública no estatal –tales como partidos, sindicatos, iglesias, 
medios de comunicación, centros de fomento, clubes, entre otros– 
es el ámbito primordial de construcción de sentido y hegemonía. 
La reciprocidad entre estos elementos constituye la unidad 
del marxismo como concepción del mundo. Esto lleva a Gramsci a 
dos reflexiones:
1) Reciprocidad no es reducción de una dimensión a otra. De 
ahí que Gramsci desarrolle una fuerte crítica al economicis-
mo, diciendo que “la pretensión (presentada como postulado 
esencial del materialismo histórico) de presentar y exponer 
cada fluctuación de la política y de la ideología como una ex-
presión inmediata de la estructura debe ser combatida teó-
ricamente como un infantilismo primitivo, y prácticamente 
con el testimonio auténtico de Marx, escritor de obras políti-
cas e históricas concretas” (2008: 104). En obras como El die-
ciocho Brumario de Luis Bonaparte (Marx, 2000) o La guerra civil en 
Francia (Marx, 1871), se evidencia la relevancia de los factores 
ideológicos y políticos en el proceso histórico y su no absor-
ción en la economía; estructura y superestructuras se en-
cuentran dialécticamente articuladas, y de ahí que Gramsci 
nos convoque a pensar la relación entre los movimientos 
Gramsci BI.indb 44 16/11/16 13:43
Gastón Ángel Varesi 
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estructurales y superestructurales, incorporando incluso el 
papel del “error” en la política, rompiendo con una mirada es-
trechamente racionalista y mecánica. Y también nos invita a 
distinguir entre las acciones políticas orgánicas a una época, 
ligadas al movimiento de la estructura, y los actos políticos 
vinculados “a necesidades internas de carácter organizativo, 
esto es, ligados a la necesidad de dar coherencia a un partido, 
a un grupo, a una sociedad” (2008: 105).
2) Aun siendo unitaria la concepción del mundo, los problemas 
que presenta el desarrollo concreto de la misma tienen que 
ver con los distintos momentos históricos que transita una 
sociedad y cómo se desenvuelven las fuerzas en su interior. 
Por eso Gramsci retoma a Rosa Luxemburgo para pensar 
cuáles son los problemas actuales, porque corresponden es-
trategias particulares cuando un grupo social se encuentra 
en una fase económico-corporativa, o cuando lucha por la 
hegemonía en la sociedad civil o cuando se plantea la cons-
trucción de un Estado donde, dice Gramsci, “todas las super-
estructuras deben desarrollarse, so pena de disolución del 
Estado” (2008: 100).
Los intelectuales y la producción: americanismo y 
fordismo en Gramsci
Dijimos que en su versión más amplia todo hombre es intelectual, 
aunque no todos realizan funciones sociales específicas de intelec-
tual. Esto nos plantea una posibilidad relevante para la construcción 
de hegemonía: estas capacidades humanas implican, asimismo, que 
toda persona puede convertirse en un intelectual, no necesaria-
mente en el sentido de su adscripción profesional en la división del 
trabajo sino de su función social. Esta es la clave de la posibilidad de 
conformación de grupos intelectuales en cada clase social:
El problema de la creación de un nuevo grupo intelectual consiste, 
por lo tanto, en elaborar críticamente la actividad que existe en cada 
uno en cierto grado de desarrollo; modificando su relación con el 
Gramsci BI.indb 45 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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esfuerzo nervioso-muscular en un nuevo equilibrio, y logrando que 
el mismo esfuerzo nervioso-muscular, en tanto elemento de una 
actividad práctica general, que renueva constantemente el mundo 
físico y social, llegue a ser el fundamento de una nueva e integral 
concepción del mundo (Gramsci, 2004: 13).
La consigna parte entonces de elaborar críticamente la esfera de la 
actividad. Pero, a su vez, Gramsci problematiza la relación entre los 
intelectuales y el mundo de la producción y señala que esta no es 
inmediata: 
Es “mediata” en grado diverso en todo el tejido social y en el com-
plejo de las superestructuras, en las que los intelectuales son los 
“funcionarios”. Se podría medir la “organicidad” de los diversos es-
tratos intelectuales y su conexión más o menos estrecha con un gru-
po social fundamental, fijando una gradación de las funciones y de 
las superestructuras de abajo hacia arriba (desde la base estructuralhacia arriba). Por ahora se pueden fijar dos grandes planos superes-
tructurales, el que se puede llamar de la “sociedad civil”, que está 
formado por el conjunto de los organismos vulgarmente llamados 
“privados”, y el de la “sociedad política o Estado”; y que correspon-
den a la función de “hegemonía” que el grupo dominante ejerce en 
toda sociedad y a la de “dominio directo” o de comando que se ex-
presa en el Estado y en el gobierno “jurídico”. Estas funciones son 
precisamente organizativas y conectivas. Los intelectuales son los 
“empleados” del grupo dominante para el ejercicio de las funciones 
subalternas de la hegemonía social y del gobierno político, a saber: 
(1) del “consenso” espontáneo que las grandes masas de la población 
dan a la dirección impuesta a la vida social por el grupo fundamen-
tal dominante, consenso que históricamente nace del prestigio (y 
por lo tanto de la confianza) que el grupo dominante deriva de su 
posición y de su función en el mundo de la producción; (2) del apa-
rato de coerción estatal que asegura “legalmente” la disciplina de 
aquellos grupos que no “consienten” ni activa ni pasivamente, pero 
que está preparado para toda la sociedad en previsión de los mo-
mentos de crisis en el comando y en la dirección, casos en que no se 
da el consenso espontáneo (Gramsci, 2004: 16).
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Los intelectuales, entonces, cumplen el rol de articulación concreta 
de la estructura con las superestructuras y, al mismo tiempo, po-
seen distintos grados de organicidad, evitando de este modo lec-
turas simplificadoras o mecanicistas. Los intelectuales organizan 
esta articulación, posicionándose y cumpliendo su función, ya sea 
con mayor énfasis en las superestructuras, en la sociedad civil o en 
la sociedad política, movilizando las relaciones de fuerzas políticas, 
o en la estructura, construyendo su dirección desde el terreno de la 
producción, incidiendo más directamente sobre el plano de las re-
laciones de fuerzas sociales. En este último caso, Gramsci también 
destaca la necesidad de pensar al empresario capitalista mismo 
como un intelectual, ya que posee capacidad dirigente y técnica en 
distintas áreas de su esfera específica de actividad, como la organi-
zación de masas para la producción, la gestación de articulaciones 
con inversores, compradores, etc. Incluso señala que una elite de los 
empresarios capitalistas debe tener la capacidad para organizar a la 
sociedad en general y al Estado, para crear condiciones favorables a 
la expansión de la propia clase y si no debe, al menos, tener la capa-
cidad de seleccionar a los encargados (“empleados especializados”) 
que puedan desarrollar tales tareas.
Un caso donde puede observarse esta dinámica de vincu-
lación de fenómenos estructurales y superestructurales, que nos 
permite comprender al mismo tiempo con mayor profundidad la 
ligazón entre los cambios en las relaciones de fuerzas sociales y 
las políticas, es el estudio que Gramsci realiza sobre el americanis-
mo y fordismo, comprendidos como dos caras de un mismo proce-
so que expresa el “paso del viejo individualismo económico a la 
economía planificada” (Gramsci, 2003: 285) dentro del capitalis-
mo. Así, sostiene que “el hecho de que una tentativa progresista 
sea iniciada por una u otra fuerza social no deja de tener con-
secuencias fundamentales: las fuerzas subalternas, que deberían 
ser ‘manipuladas’ y racionalizadas según los nuevos fines, ofrecen 
necesariamente una resistencia, que se produce también en al-
gunos sectores de las fuerzas dominantes, o al menos aliados a 
dichas fuerzas” (2003: 285). Y a partir de esto delimita un conjunto 
de problemas, que atraviesan el plano de la economía, la cultura 
y la política, para pensar: el nuevo mecanismo de acumulación 
Gramsci BI.indb 47 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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del capital financiero basado directamente sobre la producción 
industrial; la cuestión sexual; si el americanismo podía consti-
tuir toda una “época” (uno de los grandes aciertos visionarios de 
Gramsci[24]); la cuestión de los altos salarios; la tentativa centra-
da en la industria para superar la tendencia a la caída de la tasa 
de ganancia; entre otros.
En ese camino, reflexiona sobre la visión que tenía Trotski 
de imponer un modelo militar en las fábricas soviéticas y sobre los 
análisis que aquel realizaba sobre el modo de vida, y que, según 
Gramsci, en Trotski aparecían disociados. Por el contrario, para 
Gramsci, “los nuevos métodos de trabajo son inseparables de un de-
terminado modo de vivir, de pensar y de sentir la vida; no es posible 
obtener éxitos en un campo sin conseguir resultados tangibles en 
el otro” (2003: 306). Es en este sentido que comprende las distintas 
estrategias tejidas en el contexto del americanismo y el fordismo, 
que apelaban al mismo tiempo a reformar la producción y a las 
costumbres de los hombres, como una misma experiencia, expre-
sando una clara conciencia de los fines. En el caso norteamericano, 
predominaba la visión de Taylor (todo un ejemplo de intelectual 
orgánico de la burguesía industrial) sobre el “gorila amaestrado”, 
en tanto el fin procurado era “desarrollar en el trabajador, en un 
grado máximo, las actitudes maquinales y automáticas, destruir el 
viejo nexo psicofísico del trabajo profesional calificado que exigía 
una cierta participación activa de la inteligencia, de la fantasía, de 
la iniciativa del trabajador, y reducir las operaciones productivas al 
mero aspecto físico, maquinal” (Gramsci, 2003: 306). La ligazón con 
las políticas “puritanas” de aquella época (desde la prohibición del 
alcohol hasta el control de la vida sexual, etc.) estaban orientadas a 
crear una nueva “humanidad” y “espiritualidad” vinculada con las 
nuevas lógicas productivas. Es interesante cómo aparecen de forma 
indisoluble en Gramsci la vinculación entre los procesos estructu-
rales y superestructurales, la gestación de un nuevo hombre para la 
[24] Gramsci logró entrever los grandes rasgos del curso abierto en la década del 
treinta y que tomarían luego las sociedades capitalistas occidentales, que se con-
solidaría con posterioridad a su muerte, en el escenario de la segunda posguerra, y 
duraría varias décadas hasta su declive frente a las nuevas lógicas del neoliberalismo. 
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Gastón Ángel Varesi 
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construcción de una nueva sociedad, y cómo son los intelectuales 
orgánicos (en este caso, referentes burgueses como Taylor y Ford) 
quienes gestan la articulación entre ambos planos. 
Si bien Gramsci aborda aquí el caso norteamericano, no deja 
de utilizarlo para abrir preguntas no sólo sobre la sociedad capita-
lista sino también sobre el socialismo, y es por eso que introduce 
el debate con Trotski y sus (fallidas) estrategias para orientar al 
trabajador en el proceso productivo soviético. Además, gravitan so-
bre su reflexión la conjugación también inescindible entre los com-
ponentes coercitivos y consensuales de toda estrategia de reforma 
intelectual y moral ligada al plan de reforma económica, en tanto el 
Estado en su rol de modelador del ambiente social general promue-
ve iniciativas para gestar modificaciones superestructurales sobre 
los cambios en la estructura. 
El nuevo industrialismo lucha precisamente contra ese “humanis-
mo”. Las iniciativas “puritanas” no tienen más finalidad que la de 
conservar, fuera del trabajo, cierto equilibrio psicofísico que impida 
el colapso fisiológico del trabajador, exprimido por el nuevo método 
de producción. Ese equilibrio no puede ser sino meramente externo 
y mecánico, pero podrá hacerse interior el día que sea propuesto por 
el trabajador mismo, no impuesto al trabajador desde fuera, sino por 
una nueva forma de sociedad, con medios adecuados y originales. El 
industrial norteamericano se preocupa por mantener la continuidad 
de la eficacia física del trabajador,de su eficacia muscular y ner-
viosa: es interés suyo el contar con un personal estable, homoge-
neizado permanentemente, porque también el complejo humano (el 
trabajador colectivo) de una empresa es una máquina que no debe 
desmontarse demasiado a menudo y que no puede renovarse en sus 
piezas singulares sin ingentes pérdidas (Gramsci, 2003: 307).
Ahora bien, el taylorismo, con su planteo del trabajador como “go-
rila amaestrado”, procuraba gestar una vía de escisión de prácticas 
específicamente intelectuales, para focalizar en la acción mecani-
zada, necesaria en las nuevas lógicas productivas. Sin embargo, 
Gramsci sostiene que los industriales norteamericanos compren-
dieron que esto nunca podía generarse de forma acabada y que el 
trabajador, aun mecanizado, sigue pensando mientras trabaja y que 
Gramsci BI.indb 49 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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su propia percepción de que se lo quiere reducir a un gorila amaes-
trado, sumada a la nula satisfacción inmediata que genera dicho 
tipo de trabajo, podía generar actitudes poco conformistas de parte 
de los trabajadores.
El americanismo es entonces la senda de asimilación hacia 
los nuevos trabajadores de la producción fordista, que no podía pro-
venir sólo de iniciativas coercitivas como el prohibicionismo sino 
que debía “hacerse interior”, aparecer como propuesta para y por el 
trabajador mismo. Así, el “alto salario” cumple un rol consensual, 
“el cual puede ser obtenido, en las formas propias de una sociedad 
dada, por una mayor retribución que permita un determinado nivel 
de vida, capaz de mantener y reintegrar las fuerzas consumidas por 
este nuevo tipo de fatiga” (Gramsci, 2003: 314). Pero, según Gramsci, 
es un arma de doble filo, en tanto que si se gasta masivamente en 
el alcohol genera efectos destructivos sobre la fuerza de trabajo, y 
de allí que el Estado mismo haya tomado en sus manos el prohibi-
cionismo o que el propio Ford en su empresa haya conformado un 
grupo de inspectores para controlar la vida privada de sus trabaja-
dores y ver en qué gastan su salario.
Además, Gramsci sugiere que si se universalizaran los altos 
salarios, la movilidad de la mano de obra y la desocupación tende-
rían a rebajarlos. Sin embargo, entiende que los altos salarios están 
posibilitados por las condiciones de monopolio ligado a la iniciati-
va de los nuevos métodos. Así sentencia: “a los beneficios de mo-
nopolio corresponden salarios de monopolio” (2003: 315). Esto nos 
permite pensar cómo los centros económicos mundiales a través 
de sus prácticas imperialistas y de innovación tecnológica procu-
ran volcar a su favor las relaciones de fuerzas internacionales y re-
crear constantemente esta condición de monopolio que, al mismo 
tiempo, les permite alivianar la contradicción principal (capital/
trabajo) en sus propios territorios, desplazándola a la contradicción 
entre nación/imperialismo. Igualmente es necesario recordar, con 
Gramsci, que la situación de altos salarios no está pensada para ser 
universalizada ni siquiera en las economías centrales, sino limita-
da a una “aristocracia obrera”. Es necesario pensar también su fun-
ción en la fragmentación de las clases subalternas, que deteriora 
las relaciones de fuerzas sociales del campo popular en tanto lacera 
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Gastón Ángel Varesi 
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la homogeneidad que actúa como base de la conciencia y organiza-
ción colectiva, clave en las relaciones de fuerzas políticas.
Intelectuales, partido político y la unidad entre 
teoría y práctica
Finalmente, en la creación y consolidación de una concepción del 
mundo, que opera en la base de toda construcción hegemónica, la 
dirección política y cultural nos convoca a terminar de delinear el 
rol de los intelectuales y su relación con la fuerza política. 
Gramsci piensa en la importante gravitación que cobra un 
nuevo tipo de intelectual, distinto al tradicional: el intelectual orgá-
nico, que posee una participación activa en la vida práctica, como 
constructor y organizador, que es permanentemente persuasivo, 
que se constituye en “dirigente”, y cuya fórmula define como: es-
pecialista + político. Es por esto que Gramsci afirma: “todos los 
miembros de un partido político deban ser considerados como in-
telectuales, he ahí una afirmación que puede prestarse a la burla y 
a la caricatura; sin embargo, si se reflexiona, nada hay más exacto” 
(Gramsci, 2004: 20). Ahora podemos comprender más claramente el 
rol que Gramsci concebía para el Príncipe moderno: el partido como 
impulsor de una reforma intelectual y moral. 
¿Cómo se transforma el partido político con respecto al problema 
de los intelectuales? Se deben hacer algunas distinciones: (1) para 
algunos grupos sociales el partido político no es más que el modo de 
articular la propia categoría de intelectuales orgánicos (que se for-
man de ese modo y no pueden dejar de formarse, dados los caracte-
res generales y las condiciones de formación, de vida y de desarrollo 
del grupo social), directamente en el campo político y filosófico y 
no ya en el campo de la actividad productiva […] (2) para todos los 
grupos, el partido político es justamente el mecanismo que en la 
sociedad civil cumple la misma función que en medida más vasta y 
más sintéticamente cumple el Estado en la sociedad política, es de-
cir, procura la unión entre intelectuales orgánicos de un grupo dado, 
el dominante, y los intelectuales tradicionales; y el partido cumple 
Gramsci BI.indb 51 16/11/16 13:43
Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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esta función en forma dependiente de su función fundamental, que 
es formar sus propios componentes, elementos de un grupo social 
que ha surgido y se ha desarrollado como económico, hasta conver-
tirlos en intelectuales políticos calificados, dirigentes, organizado-
res de toda la actividad y la función inherente al desarrollo orgánico 
de una sociedad integral, civil y política. Se puede decir que en su 
ámbito el partido político cumple su función de modo más completo 
y orgánico que la que el Estado cumple en un ámbito más vasto: un 
intelectual que entra a formar parte del partido político de un deter-
minado grupo social se confunde con los intelectuales orgánicos del 
mismo grupo, se liga estrechamente al grupo (Gramsci, 2004: 19-20).
A su vez, la actividad intelectual puede ser distinguida en grados 
que van desde los “administradores” y divulgadores de la riqueza 
intelectual ya existente, hasta el más alto grado donde se ubican 
los creadores de las diversas ciencias, de la filosofía, del arte, etc. 
En este sentido, su tarea conlleva crear una nueva cultura acorde 
con el grupo social al que son orgánicos, lo cual implica tanto el 
desarrollo de descubrimientos, de innovaciones en las ciencias, el 
arte, etc., así como su –no menos importante– socialización en el 
trabajo de masas cotidiano. Además, los intelectuales orgánicos de 
los distintos grupos sociales que buscan establecer su hegemonía 
lucharán por la asimilación y la conquista ideológica de los inte-
lectuales tradicionales.
Retorna aquí la reflexión en torno al Estado y las clases socia-
les. Gramsci señala que “la unidad histórica de las clases dirigentes 
se produce en el Estado” (1999: 491) y que “las clases subalternas, 
por definición, no se han unificado y no pueden unificarse mientras 
no puedan convertirse en ‘Estado’” (1999: 491). En el análisis de las 
clases subalternas, nos convoca a estudiar la formación objetiva 
de los grupos subordinados, indagando las transformaciones del 
mundo de la producción económica, su adhesión activa o pasiva 
a las formaciones políticas dominantes, su capacidad para incidir 
en sus programas e imponer reivindicaciones propias y sus con-
secuencias; el nacimiento de partidos nuevos de las clases domi-
nantes orientados a mantener el consentimiento y el control de los 
grupos subalternos; las formaciones de losgrupos subalternos para 
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reivindicaciones de carácter reducido y parcial; las nuevas forma-
ciones que afirmen la autonomía de los grupos subalternos, pero 
dentro de los viejos marcos; las formaciones que afirmen la auto-
nomía integral, etc. Gramsci señala la necesidad de analizar la línea 
de desarrollo desde las fases más primitivas hasta el desarrollo de 
la autonomía integral, y ver el grado de incidencia y hegemonía de 
las formaciones políticas de los grupos dominantes y subalternos 
sobre el conjunto social, preguntarse cuáles son las fuerzas innova-
doras, rescatar la expresión disgregada de las fuerzas subalternas 
en la historia nacional y cómo se van dando las relaciones de domi-
nación y autonomía emancipatoria.
De este modo, vemos que según Gramsci el rol principal tan-
to de los intelectuales como del Príncipe moderno es la construc-
ción de hegemonía en tanto dirección política y cultural que está 
ligada a su vez a los procesos de carácter estructural, o sea, a la 
dirección económica de la sociedad. Como observamos, estas ta-
reas parten de una crítica del sentido común dominante[25], y se 
relacionan con la necesidad de dotar al grupo social de conciencia 
y homogeneidad[26], es decir, de expresar en un proyecto la unidad 
de fines políticos y económicos según una concepción del mundo 
determinada. Es aquí donde aparece la problemática de la unidad 
de teoría y práctica, ambas indispensables para la construcción de 
hegemonía. Así, esta unidad está directamente relacionada con 
la creación y difusión de una concepción del mundo coherente y 
unitaria del grupo social, que supera el sentido común y se torna 
crítica, como paso primigenio para que luego pueda transformarse 
en “partido” y disputar hasta prevalecer y difundirse por toda el 
área social. 
En este punto, parece relevante traer las reflexiones de 
Gramsci acerca de la religión. Gramsci ve a la religión como una 
[25] Entendemos que el grado de radicalidad de la crítica dependerá del tipo de orga-
nicidad que revista y su carácter sistémico o antisistémico, revolucionario, reformista 
o reaccionario en relación con el escenario de lucha de clases existente.
[26] La homogeneidad refiere, como vimos, a que cuando la concepción del mundo no 
es crítica, se pertenece simultáneamente a una multiplicidad de hombres masa, por 
estar atravesado por un conjunto de concepciones del mundo pertenecientes a otros 
grupos sociales.
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“unidad de fe entre una concepción del mundo y una norma de 
conducta conforme a ella” (2008: 10), y entiende que en dicha uni-
dad nace su potencia. ¿Por qué no llamarla ideología y política?, se 
pregunta Gramsci, y esto lo lleva a un momento crucial: la relación 
entre el pensar y el obrar, entre la teoría y la práctica. Si la reli-
gión se define por una tendencia o profesión de la unidad entre la 
teoría y la práctica, es usual notar un contraste entre ambas. ¿Por 
qué? Porque puede haber una coexistencia de dos concepciones del 
mundo: una que se afirma en las palabras y otra en los actos. Pero 
rápidamente Gramsci aclara que esto no es sinónimo de engaño y 
mala fe, sino que puede ser la expresión de las contradicciones pro-
pias del mundo social. Y así volvemos a un punto clave: estamos en 
presencia de un orden social basado en relaciones contradictorias. 
Como lo han sostenido los principales referentes del mar-
xismo, esto se funda en un modo de producción de la vida donde 
la unidad central, el capital como relación social, se instituye en 
la articulación de dos polos que se atraen al mismo tiempo que se 
niegan. El capital como relación social, unidad compuesta por el par 
dialéctico capital/trabajo, constituye una relación contradictoria 
nodal del modo de producción capitalista implicando una disloca-
ción permanente, estructural, en toda sociedad burguesa en tanto 
la unidad de los contrarios se encuentra articulada como relación 
de explotación[27]. Así, en un cuerpo social escindido en clases, ba-
sado en una relación contradictoria donde los medios de producción 
material y espiritual tienden a estar concentrados en una minoría, 
es posible que las mayorías participen de la visión del mundo del 
[27] Esta relación de explotación halla su epicentro en la teoría del valor consistente 
en la apropiación privada del producto del proceso colectivo de trabajo a través de la 
extracción de plusvalor. Por un lado, la negación actúa en las relaciones de propiedad 
sobre las que se funda la relación de explotación: para que haya plusvalor, base de 
la ganancia empresaria, debe haber agentes propietarios de medios de producción y 
agentes negados de dicha propiedad, o sea desposeídos de medios de producción. De 
ahí que la relación de clase sea contradictoria. Por otro lado, la extracción de plusvalía 
implica la negación al trabajador de buena parte del producto generado por su fuerza 
productiva, escindiendo su carácter colectivo en el marco de la apropiación privada. 
Es en este proceso donde ancla la contradicción entre capital y trabajo, la cual se 
establece entre un proceso de producción que es colectivo, y las relaciones de propie-
dad que derivan en la apropiación privada del fruto de dicho proceso, involucrando 
relaciones de explotación y dominación.
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opresor. Pero esto no se resuelve de una vez para siempre porque la 
contradicción es disruptiva, y la ideología no puede recubrir total-
mente la realidad de la opresión. Y ahí aparece este señalamiento 
del desdoblamiento posible entre acción y pensamiento. Gramsci 
señala que cada grupo social posee una visión del mundo que se 
manifiesta al menos de modo embrionario en la acción, aun cuando 
en “tiempos normales” se participe de modo subordinado, tomando 
en préstamo una concepción que no es la suya. 
Aquí resulta necesario volver al rol de la crítica y la relación 
entre sentido común y buen sentido. Dijimos que el sentido común es la 
cristalización de un conjunto de concepciones vagas y heterogéneas 
que se sustancian en los múltiples espacios de socialización y que 
es, al mismo tiempo, el sentido común dominante porque expresa la 
resultante de las luchas sociales (y los que ganan tienden a escribir 
la historia). Pero Gramsci rescata la existencia de núcleos de buen 
sentido: es posible –a través de la reflexión crítica– la toma de con-
ciencia, develar y así desarmar los mecanismos de la dominación. 
Hay núcleos que no pueden ser eliminados ni por la hegemonía más 
poderosa. ¿Por qué? Porque la ideología no puede eliminar la ob-
jetividad de la posición que se ocupa en la sociedad. Y es por esto 
que Gramsci en su análisis de situaciones no sólo rescata las rela-
ciones de fuerzas políticas, sino que también da amplia relevancia 
a las relaciones de fuerzas sociales, y su anclaje estructural según 
el lugar y función que los grupos sociales ocupan en la producción. 
En las sociedades modernas donde la jornada laboral ocupa entre 
ocho y doce horas de cada día, y que define el ingreso (que a su vez 
habilita los distintos “estilos” de vida y patrones de consumo de las 
familias), es innegable la gravitación que tiene sobre las personas 
la posición ocupada en la estructura social. Pero esta cuestión no 
se resuelve de modo sencillo, y así Gramsci recupera a Marx y nos 
recuerda que es en el plano de la ideología donde los hombres to-
man conciencia de los conflictos en la estructura. Entonces se hacen 
visibles tres problemas[28]: en primer lugar, comprender la relevan-
cia de la batalla ideológica y establecer su correcta relación con la 
[28] Dos problemas que ya venimos desarrollando y un tercero que es necesario ahora 
abordar.
Gramsci BI.indb 55 16/11/16 13:43
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estructura; en segundo lugar, la relaciónentre teoría y práctica; y en 
tercer lugar, la relación entre ciencia y política. 
En su análisis, Gramsci invoca la importancia de la unión 
entre teoría y práctica. Por eso denomina al marxismo como filosofía 
de la praxis, porque la tarea del movimiento emancipatorio parte de 
una crítica al sentido común, que implica poner en evidencia la do-
minación como primer paso para tomar conciencia, y luego avan-
zar, a partir de esta crítica –que pone de plano las contradicciones 
del orden social–, a construir una propia visión del mundo: “se tra-
ta, por lo tanto, de elaborar una filosofía que, teniendo ya difusión 
o difusividad por encontrarse conectada a la vida práctica implícita 
en ella, se convierta en un renovado sentido común” (2008: 14). El 
trayecto es entonces la crítica del sentido común y la elaboración 
de una concepción coherente con la posición ocupada por el propio 
grupo social, reuniendo nuevamente pensamiento y acción. Debe 
partirse del sentido común, pero no se queda ahí sino que tiene 
que envolver las formas más avanzadas y rigurosas del plano de 
las ideas, es decir, alcanzar el nivel de la ciencia, como pensamiento 
lógica y sistemáticamente organizado. 
Aquí llegamos a vislumbrar la amplitud que puede involucrar 
la construcción de hegemonía cuando la misma logra crear una nue-
va concepción del mundo que se convierte en nuevo bloque histórico: 
se alteran las relaciones productivas, las relaciones políticas, se fun-
dan nuevos valores y creencias que comienzan a permear tanto en el 
sentido común como en la formas más elaboradas del pensamiento 
como la ciencia. Y, a su vez, los cambios en la ciencia generan mo-
dificaciones en las lógicas productivas, siempre vinculadas con cuál 
es el grupo social dirigente; y simultáneamente, la ciencia aplicada 
al estudio de las sociedades dota a los grupos sociales de capacidad 
de intervención sobre los aspectos políticos, ideológicos y culturales. 
Es por eso que Gramsci rescata al marxismo como concepción del 
mundo que alcanza el plano científico y realiza el precepto de la Tesis 
XI de Marx sobre Feuerbach (Marx, 1845), de comprender el mundo 
para transformarlo, realizando así la unidad de teoría y práctica (de 
allí que lo denomine como filosofía de la praxis).
Pero en el desarrollo histórico concreto de la unidad de teoría 
y práctica aparece una tensión que atraviesa todo el trayecto: la 
Gramsci BI.indb 56 16/11/16 13:43
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relación entre los intelectuales y la masa. Mientras que las religiones 
(cuya potencia Gramsci ve en su capacidad de unir doctrina y ac-
ción) tienden a restringir, como el catolicismo de su época, a las ma-
sas a lo más primitivo de su concepción del mundo –en la filosofía 
del sentido común–, el pensamiento emancipador, la filosofía de la 
praxis, tiene que conducir a las masas a las formas más desarro-
lladas del pensamiento. Entramos directamente en el terreno de la 
construcción de hegemonía: 
La comprensión crítica de sí mismo se logra a través de una lucha de 
“hegemonías” políticas, de direcciones contrastantes, primero en el 
campo de la ética, luego en el de la política, para arribar finalmente 
a una elaboración superior de la propia concepción de la realidad. La 
conciencia de formar parte de una determinada fuerza hegemónica 
(esto es, la conciencia política) es la primera fase para una ulterior y 
progresiva autoconciencia, en la cual teoría y práctica se unen final-
mente. Pero la unidad de la teoría y de la práctica no es, de ninguna 
manera, algo mecánicamente dado, sino un devenir histórico, que 
tiene su fase elemental y primitiva en el sentido de “distinción”, de 
“separación”, de independencia instintiva, y que progresa hasta la 
posesión real y completa de una concepción del mundo coheren-
te y unitaria. He aquí por qué es necesario poner de relieve que el 
desarrollo político del concepto de hegemonía representa un gran 
progreso filosófico, además de un progreso político práctico, porque 
necesariamente implica y supone una unidad intelectual y una ética 
conforme a una concepción de la realidad que ha superado el senti-
do común y se ha tornado crítica, aunque sólo sea dentro de límites 
estrechos (Gramsci, 2008: 16-17).
Pero, como decíamos, si las religiones pueden limitar a las masas 
a las formas más primitivas de su filosofía, la filosofía de la praxis 
tiene que llevarlas a todos los planos porque implica un camino 
de toma de conciencia para la emancipación. De nuevo aparece el 
problema de la unidad entre teoría y práctica y el rol de los intelec-
tuales cobra centralidad. Gramsci sentencia que, a pesar de tener 
núcleos de buen sentido, las masas no tienden a independizarse 
per se, y que por eso es necesaria la organización y la creación, des-
de su seno, de un grupo activo de organizadores y dirigentes que 
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pujen hacia adelante en esta tarea de conciencia. Gramsci analiza 
la dinámica intelectuales-masa y sostiene que el desarrollo de la 
capa de intelectuales debe estar ligado a un movimiento análogo de 
desarrollo de las masas: este es el camino de la reforma intelectual 
y moral. En este trayecto advierte que la “fidelidad” de los intelec-
tuales a las masas será puesta a prueba. También insiste en que el 
elemento “práctica” de la unidad, las masas, deben ir avanzando 
desde las fases de conciencia más ligadas a la estructura, y –como 
Gramsci identificaba en su análisis de relaciones de fuerza– pasar 
de las formas de conciencia económico-corporativas a formas más 
abarcativas aun en el plano económico, alcanzando finalmente la 
conciencia política donde se desarrolla específicamente la lucha 
por la hegemonía. 
Gramsci destaca la importancia de los partidos políticos para 
la elaboración y difusión de las concepciones del mundo, su tarea 
formativa y organizativa, motivando la unificación entre teoría y 
práctica en el movimiento histórico real. También señala que la 
mejor forma de avanzar hacia la sustitución del sentido común 
dominante por una nueva visión del mundo es a través de la re-
petición incansable de los argumentos y de apuntar a trabajar ideo-
lógicamente con los sectores más vastos del campo popular para 
suscitar de ellos elementos dirigentes.
Asimismo, Gramsci aclara que la toma de conciencia no se 
da mecánicamente, sino que es un largo proceso que comienza 
con la “distinción”, la separación instintiva del grupo, y progresa 
hasta poseer una concepción del mundo propia. Para esto es in-
dispensable la creación de una categoría de intelectuales, porque 
no hay independencia sin organización y no hay organización sin 
organizadores y dirigentes, “es decir, sin que el aspecto teórico del 
nexo teoría-práctica se distinga concretamente en una capa de 
personas ‘especializadas’ en la elaboración intelectual y filosófi-
ca” (Gramsci, 2008: 17). De este modo observamos la relación en-
tre partido e intelectuales que expresa el movimiento de la unidad 
teoría-práctica[29]. 
[29] Si bien una visión crítica, en una perspectiva revolucionaria, implica dejar de 
ser dirigido por los grupos sociales dominantes que, en la sociedad de clases, poseen 
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Aparece entonces el problema de cómo identificar la teoría y 
la práctica, al que Gramsci encuentra dos caminos principales. Uno 
refiere a construir sobre una determinada práctica una teoría que, 
coincidiendo e identificándose con sus elementos decisivos, acele-
re el proceso histórico en acto, tornando a la práctica más homo-
génea, coherente y eficiente, volviéndola poderosa al máximo. El 
otro camino implica que, dada cierta posición teórica, se avance 
a organizar el elemento práctico indispensable para su puesta en 
práctica. En ambas posibilidades la unidad de teoría y práctica es 
un acto crítico, consciente, por el cual la práctica se demuestra ra-
cional y necesaria,y la teoría se muestra racional y realista. Esto 
se ve más claramente en los momentos de transición, cuando las 
fuerzas prácticas desatadas necesitan ser justificadas, o cuando se 
multiplican los programas teóricos que exigen ser justificados de 
manera realista y ser asimilables por los movimientos prácticos. 
Conclusiones. Vigencia del pensamiento de Gramsci para 
la actualidad latinoamericana
Gramsci es un exponente destacado del pensamiento crítico, he-
redero de una concepción del mundo de carácter emancipatorio 
donde teoría y práctica se funden alcanzando los planos más ela-
borados que constituyen su condición científica: el marxismo. Así, 
la propia extensión que compone toda concepción del mundo en la 
perspectiva gramsciana nos permite entrever el vasto y profundo 
alcance que tiene su enfoque de la hegemonía: parte desde el más 
intereses contradictorios, potencialmente antagónicos, respecto de los grupos sub-
alternos, basados en la explotación del trabajo y la apropiación privada de la riqueza 
socialmente creada, cuando abordamos procesos de cambios (como los de Argentina 
y Brasil, entre otros) que no procuran, al menos en el corto plazo, generar un proyecto 
alternativo al de la sociedad de clases, hay que enfocar en el grado de ruptura que 
presentan respecto del orden vigente anterior al que se enfrentaron, cómo se fue ges-
tando un cambio en las relaciones de fuerzas y cuáles son las articulaciones de clases 
que expresan, y si en ellas las clases subalternas lograron avanzar en incidir con 
sus reclamos y conquistar mejores condiciones a partir de sus luchas. Esto también 
implica observar quiénes son construidos como adversarios y cómo se alza la crítica 
contra estos y su concepción del mundo.
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básico sentido común, de las prácticas cotidianas, para romper con 
ellos a partir del rol de la crítica que permite hacer visibles las ca-
denas de la dominación, las incongruencias que aparecen amalga-
madas en el propio hecho de que, en las sociedades capitalistas, las 
grandes masas son dirigidas por minorías que concentran no sólo 
las riquezas sino también los resortes de la producción ideológico-
cultural, definiendo tanto los valores como las propias categorías 
desde las cuales se comprende al mundo. Como muestra Gramsci, 
la crítica es el primer acto de liberación, pero sola no alcanza: debe 
ser acompañada de la elaboración consciente de la propia concep-
ción del mundo, coherente con la posición que las mayorías ocupan 
en la estructura social, que permita dar cuenta de la subordinación 
y tejer las nuevas ideas y valores que le habiliten resquebrajar la 
dominación, conformarse como voluntad colectiva, organizarse y 
dar batalla en todos los planos de la existencia en sociedad hasta 
triunfar. Gramsci mismo, como cuadro del Partido Comunista, dio 
su propia vida en esa batalla: aun incapacitado de conducir a sus ca-
maradas en la noche más oscura que atravesó su patria, encontrán-
dose en las prisiones del fascismo, dejó para la humanidad toda y 
para sucesivas generaciones la riqueza de sus ideas, de ahí que sus 
conceptos sean más punzantes que las armas.
En este sentido, elegimos delinear algunas conclusiones que 
permitan explicitar la vigencia del pensamiento gramsciano recupe-
rando las categorías vistas, tendiendo lazos al presente. Re-pensar a 
Gramsci hoy es una invitación a plantearnos seriamente las dinámi-
cas de los procesos actuales de cara a su profundización rupturista, 
es volver a poner en escena la pregunta por la revolución, asumien-
do su complejidad, las múltiples dimensiones y escalas donde se 
materializan estos procesos y plantear cuáles son las estrategias 
que definen hoy el avance de los pueblos. Atravesamos en América 
Latina una etapa que viene caracterizada por ese avance, donde se 
agrietaron los consensos de la era neoliberal y comenzaron a apare-
cer nuevas búsquedas, que en sus casos más radicalizados volvieron 
a reinstalar al socialismo como horizonte societario.
Son palpables los cambios suscitados a nivel de las relacio-
nes de las fuerzas internacionales que, como vimos, implican inda-
gar en las transformaciones orgánicas del capital a nivel mundial 
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y la conformación de las grandes potencias, los agrupamientos de 
Estados en distintos bloques o sistemas hegemónicos y observar las 
relaciones de independencia y soberanía en lo que respecta a las 
potencias menores. Esto se emparenta con el carácter dual de la acu-
mulación de capital que veía Rosa Luxemburgo (1912): por un lado, en 
el terreno de producción de plusvalor, en las fábricas, las minas, los 
campos, etc., donde aparece como proceso puramente económico y, 
por otro, en el escenario mundial, donde predomina la lógica polí-
tica colonial, el saqueo y la guerra. Desde los años setenta en ade-
lante se fue consolidando, como lo denomina David Harvey (2005), 
un “nuevo” imperialismo impulsado por la hegemonía norteamerica-
na y apoyado por los organismos financieros internacionales, que 
promovieron el neoliberalismo como concepción del mundo, con-
formando una nueva ortodoxia económica que conllevó un fuerte 
cambio en las relaciones de fuerzas a nivel internacional. Fueron 
tiempos de una ofensiva triunfante del capital concentrado frente 
al trabajo en toda dimensión, donde el capital financiero cumplió un 
papel central para esta fase del dominio global burgués gestando, 
según Harvey, una acumulación por desposesión: las crisis de endeu-
damiento externo en los países periféricos fueron la punta de lanza 
para instalar planes de ajuste estructural, pérdidas de derechos y 
recursos para las clases subalternas, donde un puñado de grandes 
transnacionales avanzó a través de la privatización de las empresas 
públicas y la extranjerización habilitada por las reformas neolibera-
les, dando lugar a procesos de concentración económica donde tan 
sólo el 10% de la población controla el 85% de la riqueza mundial. 
En América Latina estos procesos se abrieron paso prin-
cipalmente a sangre y fuego, a través de férreas dictaduras que 
eliminaron buena parte de la militancia popular, quebrando la con-
formación de la voluntad colectiva que, en diversas expresiones, 
las clases subalternas venían gestando en las distintas naciones, 
y disciplinaron al conjunto de la sociedad de forma duradera. Lo 
que las clases dominantes no lograban instituir a través del con-
senso, lo realizaron bajo el imperio de la coerción, que llegó a su 
punto más agudo con el terrorismo de Estado. Fue sobre la rees-
tructuración regresiva de las sociedades latinoamericanas donde 
pudieron luego erigir y fortalecer nuevos momentos de consenso, 
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con hegemonías que bajo la impronta norteamericana se anclaban 
en valores fuertemente individualistas y consumistas, coherentes 
con el neoliberalismo en curso. 
Sin embargo, toda relación de fuerzas es dinámica y lo que 
parecía el imperio indiscutido del gran capital y la hegemonía uni-
polar de Estados Unidos en el plano mundial, con la Unión Europea 
como aliado, comenzó a deteriorarse y a poco más de una década de 
la caída del socialismo europeo y la disolución de la Unión Soviética, 
el “fin de la historia” proclamado comenzó a ser puesto en cuestión. 
Así, los comienzos del siglo XXI vieron forjarse un nuevo cambio 
en las relaciones de fuerzas a nivel internacional. Por un lado, la 
comandancia unilateral de Estados Unidos comenzó a ser contra-
pesada por el fortalecimiento de naciones como China y Rusia, y su 
posterior articulación económica en el BRICS[30]. Por otro lado, en 
lo que consideran como su propio “patio trasero” surgieron proce-
sos populares de resistencia al neoliberalismo que avanzaron hasta 
convertirse en gobierno y pusieron freno a la estrategiade subordi-
nación económica que implicaba el ALCA[31]. Este fue un punto de 
inflexión clave gestado a través de la coordinación de los gobiernos 
de Hugo Chávez, Lula Da Silva y Néstor Kirchner en 2005. Fue un 
acto de soberanía fundacional, que dio aire al proceso de integra-
ción latinoamericana más vigoroso desde la gesta independentista, 
dando lugar a experiencias como la creación de la UNASUR, el ALBA 
y la CELAC y la ampliación del MERCOSUR. Incluso dentro del blo-
que latinoamericano surgieron diversos procesos, encabezados por 
Venezuela y seguidos por Bolivia y Ecuador, entre otros, que volvie-
ron a mencionar la palabra prohibida: el socialismo como horizonte 
de emancipación de los pueblos. Ese socialismo que no puede ser ni 
calco ni copia, como decía Mariátegui (1928), sino creación heroica 
de los pueblos y que por eso asume nuevas búsquedas acorde a sus 
[30] Bloque constituido por las potencias emergentes: Brasil, Rusia, India, China y 
Sudáfrica. 
[31] El ALCA es el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, donde Estados Unidos 
buscaba establecer una zona continental (excluyendo a Cuba) que sirviera a la repro-
ducción ampliada de sus propias transnacionales, garantizándoles un acceso prefe-
rencial por sobre las de otras potencias extra-continentales.
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tiempos, a su propia historicidad como Socialismo del siglo XXI o 
Socialismo del Vivir Bien, comenzando no sólo a transformar el go-
bierno sino a impulsar distintas formas de organización social y a 
alentar relaciones de producción alternativas.
Este último factor nos sitúa directamente en una primera di-
mensión que Gramsci señala en su análisis de relaciones de fuerzas 
en la escala nacional, y que refiere a una relación de fuerzas sociales 
estrechamente ligada a la estructura, objetiva, que implica analizar 
a los grupos sociales en conexión con el desarrollo de las fuerzas 
materiales de producción, viendo la función y posición que ocupan 
en la producción misma. Esto involucra captar un tipo de poder 
que emana de la estructura. Como dijimos, hoy las grandes cor-
poraciones transnacionales poseen distintos niveles de capacidad 
decisoria sobre las variables económicas de las distintas economías 
nacionales (así como a nivel global) ya que, por su volumen de ne-
gocio, sus propias acciones inciden, por ejemplo, sobre el empleo, la 
inversión, el crecimiento, etc. Pensemos en el caso de la Argentina 
y su debate recurrente en torno al proceso inflacionario; esta di-
mensión de las relaciones de fuerzas, que muchas veces es la más 
difícil de percibir, tiene un peso destacado, en tanto la continuidad 
de una estructura económica concentrada nos enfrenta con grupos 
económicos con capacidad de formar precios e imponer las condi-
ciones generales en cada cadena de valor, maximizando sus ganan-
cias frente, por un lado, a otros agentes capitalistas de menor porte 
(por ejemplo, productores atomizados, empresas tercerizadas, etc.) 
y, por otro, frente a los trabajadores que consumen los bienes fi-
nales, deteriorando su salario real y ampliando la porción para el 
capital en la distribución funcional del ingreso. Pero además de las 
condiciones oligopólicas en la producción se encuentra también la 
misma situación en la comercialización, donde los grandes hiper-
mercados terminan definiendo los precios de venta final en condi-
ciones sumamente favorables para ellos y desfavorables para los 
trabajadores[32]. Lo mismo puede pensarse en torno a la posesión 
[32] Entiéndase que no buscamos aquí referirnos al entramado complejo de causas 
del proceso inflacionario argentino, el cual requiere a su vez de indagar los planes de 
política pública y el conjunto de estrategias de los principales agentes económicos, 
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de las divisas; en la industria argentina, el reducido núcleo de 100 
empresas líderes ligadas al procesamiento de recursos básicos ex-
hibe una balanza comercial positiva en unos US$15.810 millones, 
mientras que el resto es altamente deficitario (US$-16.529 millones) 
(Azpiazu y Schorr, 2010). Esto denota el poder estructural de este 
conjunto de agentes a partir de la posesión de divisas y su creciente 
concentración con base en el aprovechamiento del bajo costo labo-
ral y las ventajas comparativas naturales. A esto se le suma el po-
der de los conglomerados financieros, con capacidad de realizar, en 
articulación con las grandes empresas, corridas bancarias contra la 
moneda local, con fuerte capacidad de desestabilización[33]. 
Pero no sólo la burguesía tiene poder estructural, sino que las 
clases subalternas también lo tienen, por lo que hay que observar 
su grado de desarrollo como fuerza productiva, sus características 
(de mayor homogeneidad o fraccionamiento) y el nivel de control 
que tengan sobre los medios de producción. En este sentido, puede 
recordarse, por ejemplo, cómo la última dictadura en la Argentina 
buscó heterogeneizar las condiciones objetivas de vida de los tra-
bajadores para quebrar su solidaridad, que era favorecida a nivel 
estructural por el alto grado de asalarización, su fuerte componente 
de empleo industrial y las homogéneas condiciones de trabajo e in-
gresos. A la vez, procuró homogeneizar a la clase dominante y forjar 
un nuevo bloque de poder que articulara los intereses de los grupos 
económicos locales con el gran capital transnacional (Villarreal, 
1985). Por el contrario, la Venezuela bolivariana emprendió una vas-
ta estrategia para generar nuevas relaciones de producción y em-
poderar a los trabajadores, generando una fuerza integral, no sólo 
política, sino también económica y social, que pudiera comenzar 
a disputarle el proceso productivo al gran capital. Así se avanzó, 
por un lado, en nacionalizaciones y expropiaciones y, por otro, en 
la creación de unidades dirigidas por sus trabajadores y empresas 
sino poner de relieve la incidencia que sobre dicho proceso tienen las relaciones de 
fuerzas sociales cuando yacemos en una estructura que, a pesar de las transforma-
ciones sucedidas desde 2003, posee un alto grado de concentración económica.
[33] Para un análisis completo de las dinámicas de hegemonía y acumulación en la 
Argentina post-convertibilidad ver Varesi (2013).
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mixtas, cogestionadas entre trabajadores y Estado. Además, se vol-
caron cuantiosos recursos y políticas públicas para alimentar no 
sólo la producción sino también la comercialización de los produc-
tos generados por esta economía alternativa, como en la Misión 
Alimentación, que incluye a la red Mercal y PDVAL, forjando una 
cadena de expendios de bienes de consumo masivo a precios un 30 o 
40% más bajo que en los mercados privados, donde circulan también 
las producciones socialistas mientras se combate la inflación[34]. 
El segundo nivel refiere a la relación de fuerzas políticas y po-
see distintas gradaciones, según su condición de homogeneidad, 
conciencia política colectiva y organización, partiendo de un grado 
económico-corporativo, hasta alcanzar finalmente un grado supe-
rior, estrictamente político. Allí se plantea la cuestión del poder 
en toda su magnitud, incluyendo las dimensiones anteriores pero 
sobrepasándolas en un momento cualitativamente distinto, donde 
las ideologías se transforman en “partido” y entran en lucha hasta 
que una tiende a prevalecer y difundirse por toda la sociedad, de-
terminando la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad 
intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las 
cuales “hierve la lucha”, no ya sobre un plano corporativo, sino so-
bre un plano universal. Así, se crea la hegemonía de un grupo social 
fundamental sobre una serie de grupos subordinados, hasta llegar 
a la fundación de un nuevo Estado. 
Aquí encontramos el lugar específico que ocupa el concepto 
de hegemoníaen el pensamiento gramsciano, sin dejar por ello de 
dar cuenta del vasto alcance que posee su perspectiva en extensión. 
La hegemonía es dirección política, ideológica y cultural de un grupo 
social sobre otros. Esta capacidad de conducción implica la predo-
minancia de los componentes consensuales sobre los componentes 
coercitivos (ambos constitutivos de la propia dimensión política), por 
lo que involucra la participación de los grupos dirigidos en la visión 
[34] Gramsci mismo vivió un proceso de cambios de relación de fuerza que pudo ha-
ber llegado a ser culminante cuando entre 1919 y 1920 los trabajadores conformaron 
Consejos de Fábrica, tomando las riendas del proceso productivo, aunque luego fue-
ron derrotados y más adelante el propio capitalismo se fue reformulando de modo de 
expropiar el conocimiento de los trabajadores y situarlo escindido en las más altas 
esferas de las empresas.
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del mundo del grupo dirigente. Es la posibilidad de hacer aparecer la 
realización de intereses y proyectos particulares como si fuera una 
expansión universal, un desarrollo del conjunto de la sociedad; pero 
esto no es mero “engaño”, sino que tiene que ver con las distintas 
estrategias y concesiones que el grupo dominante articula con los 
grupos dominados y en convencer a estos grupos a tal punto que se 
dificulte hasta la misma percepción de los lazos de dominación. 
No obstante, estas afirmaciones no valen sólo para la domina-
ción sino que también aportan claves para pensar la emancipación. 
Esto se debe a que el origen de la perspectiva gramsciana de la hege-
monía se basa en la percepción que Gramsci tuvo sobre el desarrollo 
de las sociedades y su complejización creciente, vinculada con las 
estrategias de transformación adecuadas. Gramsci observa que si 
bien el Estado continúa siendo un ámbito primordial de poder, el de-
sarrollo de la sociedad civil implica que el poder se ha disgregado en 
una multiplicidad de “trincheras”. De este modo, haciendo analogía 
con las estrategias militares de la Primera Guerra Mundial, asimila la 
construcción de hegemonía a la guerra de posiciones, la guerra de trin-
cheras, que requiere que las fuerzas movilicen esfuerzos en todas 
las dimensiones de lo social, en una batalla de largo aliento. Ya no 
alcanza sólo el triunfo militar, el éxito económico, ni la dirección del 
Estado, sino que también se debe expandir la propia visión a los di-
versos ámbitos donde se gestan consensos, se debe avanzar a ocupar 
y transformar todas las instancias donde se aloja el poder (porque 
es sabido que la trinchera que no ocupa uno siempre la ocupa otro) 
y avanzar a conquistar la adhesión activa o pasiva de los distintos 
grupos sociales para dar lugar al desarrollo de un proyecto eman-
cipador. En este punto, Gramsci muestra una vez más una mirada 
crítica respecto de los enfoques del izquierdismo, de las posiciones 
basadas en el maniqueísmo, en el mero “asalto” al poder o en el “todo 
o nada”; percibe la política desde una mirada seria de construcción 
de poder, donde hay que meterse en el barro y comenzar a alterar 
todos los resortes de reproducción de la sociedad[35]. 
[35] En ese sentido fue crítico del abandono por parte de la Internacional de la política 
de “frente único” contra el fascismo y de la adopción de la política de clase contra 
clase, sosteniendo la necesidad de articular fuerzas contra la derecha de su momento. 
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La construcción de hegemonía es entonces una batalla in-
tegral, palmo a palmo en todos los niveles de la sociedad: en la 
cultura, los valores, las ideas, los espacios de todo tipo que confor-
man la sociedad civil (partidos, sindicatos, clubes, medios, etc.), las 
instituciones del Estado, así como en los lugares de trabajo. Es por 
esto que Gramsci aboga por la conformación de fuerzas igualmen-
te integrales que, como Príncipes modernos, afronten la tarea de 
construir una voluntad colectiva para impulsar el proceso de trans-
formación. Y en este punto, la formación de cuadros, de dirigentes 
insertos en todos los frentes de masas, es fundamental, sin dejar al 
mismo tiempo de aspirar a gestar organizaciones de masas, en tan-
to el partido aparece, en la concepción gramsciana, como la parte 
más activa de la propia voluntad colectiva en formación.
Es necesario observar que Gramsci también se distancia de 
las visiones politicistas de la hegemonía. Concibe que la construc-
ción de hegemonía contiene un sustrato material vinculado con la 
estructura. Y es por eso que da relevancia a las relaciones de fuer-
zas sociales y al análisis del mundo de producción, sin escindirlo 
del estudio de las otras dimensiones de las relaciones de fuerzas 
que constituyen las sociedades. No hay posibilidad de generar un 
proceso de emancipación de los grupos subalternos sin modificar 
el yugo del gran capital en el terreno de la producción; la volun-
tad colectiva que conforma un pueblo no es una mera construc-
ción discursiva, ya que si bien la disputa de los sentidos tiene en 
Gramsci un lugar destacado, el sujeto popular se halla ligado a las 
posiciones que los grupos que conforman dicho sujeto tienen en la 
estructura productiva. Esto se vincula con que Gramsci concibe las 
sociedades en términos de bloque histórico, que es una categoría de 
totalidad y que expresa el nexo orgánico entre la estructura y las 
superestructuras. 
La articulación de los fenómenos estructurales y superes-
tructurales se expresan siempre de forma compleja en los proce-
sos históricos concretos. En procesos como los que actualmente 
se están dando en Latinoamérica, se percibe una línea de ruptura 
respecto de las principales políticas neoliberales y de la sujeción di-
recta y servil a Estados Unidos, evidenciando cambios a nivel de las 
relaciones de fuerzas internacionales y de las relaciones de fuerzas 
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políticas. Aun así, en el nuevo bloque político latinoamericano se 
expresan dos grupos, uno encabezado por Brasil y Argentina, que 
avanzaron a recomponer fuertemente las condiciones de vida de 
sus pueblos y han dado grandes batallas por la unidad regional, 
pero vienen desplegando proyectos que en lo económico no buscan 
romper con la dominación del capital, aplicando modelos de acu-
mulación de carácter neodesarrollistas, que igualmente establecen 
importantes diferencias con la dominación previamente materiali-
zada a través de la concepción del mundo neoliberal. En tanto, otro 
grupo, encabezado por Venezuela, Bolivia y Ecuador, plantea la ne-
cesidad de trascender el propio capitalismo, buscando empoderar 
al pueblo también en el plano económico, de modo de avanzar en 
un proceso de liberación integral de las clases subalternas. En este 
sentido, es necesario captar las particularidades nacionales y los 
vínculos internacionales, dando cuenta de cómo se articulan de for-
ma compleja las dimensiones estructurales y superestructurales. 
En ese camino, Gramsci da una expresión concreta a este 
vínculo que liga el bloque histórico: los intelectuales, el problema 
de la lucha ideológica y la estrategia política. Pero no hay lucha ideo-
lógica ni política sin fuerza política organizada, y de allí la relevan-
cia del Príncipe moderno gramsciano. De hecho, en el pensamiento 
de Gramsci, Príncipe moderno e intelectuales comparten un mismo 
núcleo, un mismo rol orgánico: la dirección ideológico-cultural im-
plicada en su idea de reforma intelectual y moral, y la dirección po-
lítica, que parte de la construcción de una voluntad colectiva.
El Príncipe moderno surge de la lectura que realiza Gramsci 
sobre El Príncipe de Maquiavelo, en el que ve la personificación sim-
bólica de la voluntad colectiva que procura la concreción de un fin 
político, fundar un nuevo Estado, para el cual deberáser un ins-
trumento de instrucción y convencimiento del pueblo. Ahora bien, 
Gramsci entiende que el Príncipe no podía ser un héroe individual, 
sino un organismo colectivo: el partido político. A su vez, Gramsci 
tenderá a expresar dos acepciones distintas de partido: una amplia, 
donde cada partido es una nomenclatura de clase, y una acotada al 
partido como organización particular. Además, es importante res-
catar que Gramsci no tiene una visión meramente racionalista de 
la política, sino que da relevancia al lugar que ocupan la pasión y el 
Gramsci BI.indb 68 16/11/16 13:43
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mito en ella, la necesidad de crear una fantasía palpable que movi-
lice al pueblo y aporte a su organización. 
Por su parte, los intelectuales constituyen una categoría que en 
su amplitud máxima envuelve a todas las personas: todo hombre 
es “filósofo”, ya que participa del lenguaje, del sentido común, del 
folklore y de algún tipo de religión popular. Es decir, todos son par-
tícipes de diversas concepciones del mundo; no sólo las reproducen 
sino que accionan, consciente o inconscientemente, sobre ellas. Y 
es en ese punto de inflexión de la conciencia donde podemos ubi-
car la función específica de los intelectuales. Toda persona posee 
núcleos de “buen sentido”, es decir, capacidad de cobrar conciencia 
de su propio lugar en la estructura, de mirar de manera crítica las 
concepciones del mundo que lo atraviesan y que reproducen en él 
y en su grupo social la dominación del grupo dirigente. Esa es la 
base de posibilidad de la emancipación, allí se inicia: la crítica que 
rompe el sentido común y avanza hacia formas más elaboradas de 
pensamiento en un camino indisociable de la acción y de la orga-
nización colectiva. Gramsci señala que cada clase crea consigo un 
grupo de intelectuales orgánicos que la ayudan a cobrar homoge-
neidad y conciencia de sus propios fines. La fórmula de este tipo 
de intelectual es la de especialista + político. De aquí que llegue a 
sostener que todo militante político es un intelectual porque abraza 
una determinada concepción del mundo y aporta a su desarrollo 
mediante una acción organizada que incide en el plano de las re-
laciones de fuerzas alterando las dinámicas de la sociedad. Así, el 
Príncipe moderno está compuesto de intelectuales orgánicos, cuya 
efectividad parte de nunca separarse de las masas sino de incidir 
en su dirección e incorporar a parte de estas a la fuerza política de 
la transformación.
En este camino, podemos pensar la conformación del 
Príncipe moderno en Venezuela, que como partido particular im-
plicaría observar las luchas que antecedieron a la conformación del 
Movimiento V República, su desarrollo hasta la creación del PSUV, 
pero que en términos amplios incluye al conjunto de organizacio-
nes que, como el Partido Comunista, conformaron el Polo Patriótico, 
el bloque subalterno en el que se fue gestando la voluntad colectiva 
nacional-popular venezolana. Allí, la relación entre fuerza política, 
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intelectuales y masa se fue dando dialécticamente en la construc-
ción del nuevo poder, así como en la resistencia frente a los intentos 
golpistas de los sectores de la derecha política y patronal local y la 
embajada norteamericana.
Tanto el Príncipe moderno como los intelectuales deben im-
pulsar una reforma intelectual y moral, disputando la influencia 
ideológica y cultural de los otros grupos sociales, y que sirva de 
elemento cohesionante para el despliegue de la estrategia política 
y la construcción de hegemonía. Pero ¿qué elementos conlleva una 
reforma intelectual y moral? 
El punto de partida es la realización de una crítica de la filo-
sofía del sentido común, que es una concepción del mundo absorbida 
acríticamente de los distintos ambientes culturales en los cuales 
el individuo se va formando, una concepción del mundo disgrega-
da, incoherente, incongruente respecto de la posición social de las 
multitudes. Es incongruente precisamente porque, si no hay pen-
samiento crítico, se participa de concepciones del mundo impues-
tas por otros grupos sociales, que expresan sus propios intereses y 
valores. Entonces, la formación de un grupo social homogéneo se 
articula con la elaboración de una filosofía desarrollada también 
contra el sentido común, por ser homogénea y sistemática. La críti-
ca debe partir del sentido común, romper con él y abarcar también 
las formas más elaboradas del pensamiento hegemónico. Como 
ejemplo, pensemos en la relevancia de los procesos que se abrieron 
en Argentina, Ecuador y Uruguay a partir de la discusión y sanción 
de nuevas leyes de medios de comunicación. Más allá de que aún 
no se hayan logrado materializar en todo su alcance, empezaron 
muy rápidamente a resquebrajar el predominio del pensamien-
to único reinante; comenzaron a exponer a los grandes medios 
en su carácter de grupos económicos con intereses particulares, 
rompiendo parte del velo de su apariencia universalista, abrien-
do una brecha que permite desnaturalizar muchos preceptos que 
antes parecían indiscutibles, generando mejores condiciones para 
la construcción de concepciones alternativas y de una nueva he-
gemonía. La batalla de las ideas, como señalara el líder cubano 
Fidel Castro en numerosas oportunidades, es un aspecto clave de 
la transformación y en este sentido es posible ver, en el conjunto de 
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países latinoamericanos que comenzaron –con distintos grados de 
profundidad y matices– un camino de ruptura respecto del orden 
neoliberal, cómo los grandes grupos económicos de la comunica-
ción, representantes de los sectores más concentrados del capital 
y los intereses del imperialismo en la región, han estado al frente 
de la disputa contra las reformas populares. En América Latina se 
ha gestado un momento de avance tal que los medios de comu-
nicación que generalmente se revisten de “independientes” para 
poder cumplir su rol de “Estado Mayor intelectual” y aportar a la di-
rección estratégica de los grupos subordinados en coherencia con 
los intereses y la concepción del mundo de los grupos dominantes 
han descendido a convertirse en genuinos partidos de oposición. 
Así, las grandes cadenas mediáticas en los países latinoamerica-
nos con gobiernos populares vienen desplegando estrategias de 
desgaste y desestabilización, al tiempo que avalan y fomentan las 
iniciativas opositoras.
Por su parte, el Príncipe moderno debe mover las pasiones, 
volverse pueblo en la formación de una voluntad colectiva a partir 
de la articulación de los grupos sociales subalternos, dando ori-
gen a una fuerza social y política transformadora que avance en un 
proceso de acumulación de fuerzas hacia la creación de un nuevo 
Estado. La voluntad colectiva representa la construcción de un sujeto-
pueblo, un colectivo que involucre a los diversos grupos subordina-
dos. Gramsci define a esta voluntad como nacional-popular. Lo popular 
no implica la pérdida de centralidad de la clase obrera, sino su ar-
ticulación con el conjunto de grupos sociales subalternos con el fin 
de universalizar sus intereses y construir una nueva hegemonía 
que logre confrontar con la dominante y derrotarla; así los sujetos 
subalternos deben conformarse en pueblo. En este sentido, Gramsci 
observa que es clave el rol tanto de la fuerza política como de los 
intelectuales, para organizar la nueva concepción del mundo, dar 
homogeneidad y conciencia al grupo social de sus propios intereses 
y objetivos, construir la unidad de ese pueblo disperso y movilizar 
las pasiones para el desenvolvimiento de la estrategia política. En 
relación con lo nacional, sin escindirlo del plano global (escala cla-
ve de las relaciones de fuerzas internacionales), Gramsci rescata el 
escenario de la nación, con su propio Estado, partidos, sindicatos, 
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tradiciones culturales, etc., como ámbito concreto donde se desa-
rrollan las luchas cotidianas configurando el marco de la acción 
de las distintas fuerzas. Gramsci observa la importante capacidad 
de interpelación de lo nacional en la cultura así como el peso del 
Estado-nación como espacio de desarrollo de la estrategia política. 
Conocer nuestro país, conocer nuestro continente, apare-
cen como condiciones necesarias para desplegar cualquier estra-
tegia de cambio. Un gran avance en la batalla ideológica ha sido 
el creciente reconocimiento, en diversos países, de que la patria 
es nuestra América, comenzando a ver a todas las naciones lati-
noamericanas como hermanas, sin las cuales difícilmente poda-
mos avanzar en un proceso emancipatorio. Tras la gesta libertadora 
frente a los viejos imperios, el sueño de Bolívar, San Martín y Sucre 
de una América Latina unida quedó sepultado por las estrategias 
divisionistas de los nuevos imperios y las mezquindades de las 
oligarquías locales. Sin embargo, en la actualidad podemos ver la 
estrecha relación entre el cambio de relaciones de fuerzas a nivel 
internacional y a nivel nacional: la unidad e integración latinoame-
ricana aparece como una condición indispensable para la libera-
ción nacional. Los procesos de desestabilización y golpe de Estado 
(ya sea en su versión “suave” o explícita) se expanden al ritmo de 
la reorganización de los grupos económicos locales, los partidos de 
la reacción y los intereses imperialistas. Difícilmente se hubieran 
podido sortear el golpe a Chávez en 2002, la desestabilización a Evo 
Morales en Bolivia y la insurrección policial a Correa en Ecuador, 
entre otros, sin la intervención ferviente de Argentina, Brasil y el 
resto de los miembros del bloque regional. América Latina aparece 
como el continente de la esperanza, un genuino laboratorio de nue-
vas experiencias conducidas por gobiernos populares que llegaron 
a reinstalar un horizonte de liberación tanto nacional como social. 
Y las experiencias recientes señalan que no hay liberación nacional 
duradera posible sin liberación regional.
Por un lado, la creación de una nueva hegemonía tiene lugar 
a través de largos procesos históricos previos a poder alcanzar el 
Estado. Así, el “Caracazo” de 1989 en Venezuela, la rebelión popular de 
2001 en la Argentina, las luchas agrarias y obreras en Bolivia y Brasil, 
sirvieron como bisagra para deteriorar las hegemonías dominantes 
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previamente vigentes y abrir pasos a los nuevos procesos. Esto ha-
bilitó el surgimiento de los nuevos gobiernos latinoamericanos que 
comenzaron, con distintos grados de profundidad, a crear un nuevo 
Estado. Para Gramsci, el Estado, en su construcción hegemónica, es 
concebido como organismo propio de un grupo, destinado a crear las 
mejores condiciones para su máxima expansión. Pero ese desarrollo 
y expansión son pensados y presentados como la fuerza motriz de 
una expansión universal, como el desarrollo de “todas las energías 
nacionales”. Así, uno de los grandes alcances hegemónicos del pro-
ceso en Venezuela es el de haber logrado instituirse como heredero 
de toda la historia nacional, conquistando las banderas de los líde-
res fundacionales de dicha nación, al punto de ser proclamada como 
Revolución Bolivariana. De este modo, el chavismo no sólo apareció 
como expresión de un grupo particular, sino que buscó abordar el 
espectro de la nación. Además, una vez en el gobierno, el chavismo 
debió iniciar la transformación del propio Estado, que seguía repre-
sentando las relaciones de fuerzas precedentes, cristalizadas en dé-
cadas: así surgieron las “misiones” y luego los consejos comunales, 
como nuevas formas de Estado participado popularmente.
Gramsci señala que el Estado debe tejer un conjunto de 
compromisos, siempre inestables, donde los intereses del grupo 
dirigente deben articularse con concesiones hacia los grupos su-
bordinados. Ahora bien, debemos notar que cuanto mayor es el gra-
do de ruptura que se gesta y mayor es el poder de los grupos antes 
dominantes que ahora buscan ser subordinados (el gran capital, 
las fuerzas del imperialismo, etc.), más difícil aún es alcanzar la 
hegemonía del conjunto, justamente porque los sectores más con-
centrados de la burguesía, tras siglos de dominación, se resisten a 
ser rearticulados de forma supeditada en un nuevo bloque histórico 
dirigido por las clases subalternas y dan la batalla por todos los 
medios posibles: golpes de Estado, intentos de magnicidio, guerra 
económica. Distinto es el caso de Brasil, donde la gran burguesía 
mantiene el predominio en la estructura y tolera realizar conce-
siones a las clases subalternas, en el marco de la potente política 
social del PT, e incluso ligarse a nivel regional con el proceso de 
integración, ya que es compatible con la ampliación de su propio 
proceso de acumulación y el lanzamiento de Brasil como potencia 
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mundial. Aun así, los sectores dominantes más reacios a realizar 
concesiones al campo popular buscan gestar una alternativa con-
servadora, impulsando procesos de desgaste sobre el gobierno del 
PT, cuya política social activa permitió que millones de brasileños 
salieran del hambre y la pobreza[36].
Asimismo, el carácter de clase y el horizonte estratégico que 
trazan los distintos proyectos resultan clave en la construcción de 
hegemonía. El caso de Bolivia reviste gran relevancia a nivel inter-
nacional. García Linera define al proyecto societario oficial como 
un Socialismo comunitario del Vivir Bien, que presenta actualmen-
te tensiones “entre la necesidad y voluntad de industrialización de 
las materias primas y la necesidad imprescindible del Vivir Bien 
entendido como la práctica dialogante y mutuamente vivificante 
con la naturaleza que nos rodea” (2011: 63). Partiendo de la recu-
peración estratégica de los recursos naturales, el Estado boliviano 
gestó un proceso que “comienza a desprenderse gradualmente de la 
lógica capitalista de la apropiación privada como norma económica 
e introduce expansivamente la lógica del valor de uso, de la satis-
facción de necesidades, del fundamento comunitario y comunista, 
como principio rector de actividades económicas” (2011: 67). En la 
misma línea, Evo Morales siempre sostuvo su carácter marxista-
leninista y la vocación de crear un socialismo de nuevo tipo re-
cuperando y resignificando las prácticas colectivas de los pueblos 
originarios[37]. Esto se vincula también con el proceso de articula-
ción entre el movimiento obrero y el movimiento campesino en las 
luchas que fueron conformando el poder popular que llevó a Evo 
Morales a la presidencia, que fue también un proceso de unifica-
ción de la clase obrera con las masas campesinas y sectores medios 
[36] Tras nueve meses de un polémico proceso de impeachment, el 31/8/2016 el Senado 
brasileño destituyó a Dilma Rousseff [N. de la E.].
[37] “En eso consiste el Vivir Bien: en utilizar la ciencia, la tecnología y la industria 
para generar riqueza, de otra manera con qué se podrían construir carreteras, levan-
tar postas sanitarias, escuelas, producir alimentos, satisfacer las necesidades básicas 
y crecientes de la sociedad. Pero a la vez necesitamos preservar la estructura funda-
mental de nuestro entorno natural para nosotros y las generaciones que vendrán, que 
tendrán en la naturaleza la realización de sus infinitas capacidades para satisfacer 
sus necesidades sociales” (García Linera, 2011: 67).
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Gastón Ángel Varesi 
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(con sus asociaciones de vecinos, el movimiento estudiantil y orga-
nizaciones de mujeres). El componente indigenista del proceso de 
transformación encuentra en el ayllu, que define como “una com-
pleja forma de trabajo colectivo con base en un uso determinado 
dela tierra” (Arriarán, 2007: 36), un componente clave que, como 
Mariátegui en su tiempo, recuperan en la actualidad los intelectua-
les orgánicos bolivianos ligados al gobierno. 
En todos los casos, es visible que los derechos nunca se rega-
lan y las fuerzas de la reacción operan y accionan en todos los niveles 
e incluso, cuando ya no es suficiente con el sutil saqueo económico 
de las corporaciones transnacionales, se apela a la invasión y al sa-
queo directo de los recursos naturales, a la guerra. Aquí llegamos 
a la tercera y última dimensión que Gramsci señala: la relación de 
fuerzas militares. Países como Irak o Libia fueron barridos en tiempos 
mínimos, ya sea mediante una invasión directa como en el primer 
caso, o a través de tropas mercenarias, como en el segundo. Hoy, los 
sectores más reaccionarios de Estados Unidos llaman abiertamente 
a intervenir militarmente en Venezuela (justo cuando en Colombia 
avanzan, más allá de las dificultades, los diálogos de paz), lo que 
podría traer la guerra al continente. Al mismo tiempo, los conflictos 
bélicos en Ucrania y en Siria constituyen terrenos donde también 
se juega la disputa entre Rusia y la OTAN, gestando un escenario 
de fuerte inestabilidad que podría profundizarse si se produjera 
un enfrentamiento directo entre las potencias. Así, vemos por qué 
Gramsci sostiene el carácter decisivo de estas relaciones de fuerzas. 
Las diversas luchas por dar forma al orden social atraviesan 
los distintos grados de las relaciones de fuerzas y dejan sus marcas 
en la historia. La hegemonía de un grupo dominante puede ser tan 
fuerte al punto de hacer que resulte casi imposible para los grupos 
subordinados percibir la dominación; se basa, justamente, por el 
contrario, en hacerlos sentir parte o beneficiarios de la concepción 
del mundo que se despliega en los proyectos societarios. Un caso 
paradójico fue la hegemonía menemista[38] en la Argentina de los 
años noventa, que logró construir consensos masivos en torno a 
[38] Para comprender la hegemonía menemista se recomienda la lectura de Bonnet 
(2008).
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Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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las privatizaciones, llegando a convencer a los propios trabajadores 
(que luego iban a quedar desocupados e integrar las filas de los “nue-
vos” pobres), de que la venta de la empresa era lo mejor que les po-
día pasar. Aquí se apeló a un discurso de “Argentina Primer Mundo”, 
en el que las privatizaciones eran presentadas como un paso nece-
sario para la modernización en el tren inevitable de la globalización. 
Incluso se convenció a muchos trabajadores de que lo mejor era de-
jar de ser tal, de que podían cumplir el “sueño americano” y pasar de 
ser empleados a propietarios, porque les darían algunas acciones de 
la empresa y una indemnización por despido o jubilación adelanta-
da. Así miles de trabajadores participaron de una visión de las cosas 
que los iba a arruinar y con sus indemnizaciones realizaron peque-
ños emprendimientos, hasta que las recurrentes crisis los fueron 
dejando con poco y nada. Pero la hegemonía del capital concentrado 
había llegado a ese punto, a hacer renegar al trabajador de su propia 
condición de trabajador. Pensemos qué contrapunto constituye esto 
frente al escenario de los años sesenta y setenta, cuando ser obrero 
era visto de forma prestigiosa, al punto de que amplias capas de los 
sectores medios querían proletarizarse y abrazar la “causa del pue-
blo”. Pero observemos también qué diferencias existen entre el pun-
to más alto de la hegemonía del gran capital a nivel ideológico en los 
años noventa con respecto al escenario que comenzó a conformarse 
desde principios del nuevo siglo: no debemos olvidar desde dónde 
venimos, porque el cambio de relaciones de fuerzas es esta lucha, 
trinchera por trinchera, para avanzar a desmontar los resortes del 
poder del gran capital en todas sus dimensiones. 
En este sentido, parece importante recordar a aquel gigante 
visionario que fue Hugo Chávez, que cuando aún resonaban las cam-
panas del fin de la historia y la burguesía mundial todavía brindaba 
por el colapso de la Unión Soviética, se paró desde Venezuela, junto 
a la Cuba socialista, para decir que el camino era la liberación na-
cional y social, que el camino era la revolución, un genuino proceso 
de transformación social concreto, de masas, que comenzó a con-
formar una voluntad colectiva mientras avanzaba a alterar las con-
diciones de vida del pueblo, porque fue una revolución que se hizo 
pueblo y cobró forma con el esfuerzo de los trabajadores y los antes 
marginados. Algunos rasgos de esta revolución ya se insinuaban en 
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Gastón Ángel Varesi 
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la Constitución de 1999: una propuesta de democracia participati-
va, profundizada en lo político-institucional a través del impulso 
de consejos comunales y los referendos, con una dimensión eco-
nómico-social que se expande a partir del decidido estímulo a ex-
periencias de producción autogestivas y cogestivas. Chávez lideró 
la conformación de un genuino Príncipe moderno como imaginara 
Gramsci. Movilizando las pasiones, esa construcción hizo su propio 
camino al andar, donde democracia y socialismo aparecen vincula-
dos, y tienen su nudo en la construcción de poder popular, definido 
como “el ejercicio pleno de la soberanía por parte del pueblo en 
lo político, económico, social, cultural, ambiental, internacional, y 
en todo ámbito del desenvolvimiento y desarrollo de la sociedad, 
a través de sus diversas y disímiles formas de organización, que 
edifican el Estado Comunal” (Ley Orgánica de Poder Popular, art. 2). 
Y para esto el nuevo Príncipe venezolano comenzó a gestar la refor-
ma intelectual y moral, la dirección ideológico-cultural en íntima 
vinculación con un programa de transformación económica de la 
sociedad, que tuvo un momento clave en 2006 cuando se definió la 
opción por el Socialismo del siglo XXI. Esta opción fue también ella 
misma una construcción, una necesidad del proceso histórico que 
daba cuenta de que, para poder avanzar en una mayor distribu-
ción de los recursos y en una mejora general de las condiciones de 
vida de los sectores populares, era urgente comenzar a trazar una 
estrategia de superación del propio capitalismo. Pero los cuadros 
que conducían dicho proceso de modo inescindible de las masas 
eran conscientes de que para hacer la revolución no alcanzaba con 
proclamarla, por lo que comenzaron a trazar las bases del proyec-
to socialista, las bases del nuevo poder que hicieran posibles las 
nuevas conquistas. Este ejemplo mostró que el carácter nacional-
popular de la voluntad colectiva no está separado sino íntimamente 
ligado a la profundización de las rupturas frente al orden social, y 
que sólo el pueblo va a defender las conquistas del pueblo y a los 
gobiernos del pueblo, por lo que todo camino de liberación nacional 
consecuente debe desembocar en un camino de liberación social. 
El pensamiento gramsciano constituye un arma indispensa-
ble para esta batalla, que se da en simultáneo en el plano de las ideas, 
de los valores, de la política y de la economía, en la multiplicidad 
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Estudio Introductorio | Introducción a la perspectiva gramsciana
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de dimensiones y escalas que atraviesan a las sociedades, y que 
conforman a los pueblos en su lucha por la emancipación. Esta es 
la vigencia de Gramsci, la de seguir siendo un partícipe necesario 
para la comprensión de nuestras sociedades y para la transforma-
ción de las mismas.
La Plata, agosto de 2015
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Selección de textos de 
Antonio Gramsci
Gramsci BI.indb 81 16/11/16 13:43
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Análisis de las situaciones. 
Relaciones de fuerzas
Un estudio sobre la forma en que es preciso analizar las “situa-
ciones”, o sea, la forma en que es preciso establecer los diversos 
grados de relaciones de fuerzas, puede prestarse a una exposición 
elemental de ciencia y arte político, entendida como un conjunto de 
cánones prácticos de investigación y de observaciones particula-
res; útiles para subrayar el interés por la realidad efectiva y suscitar 
intuiciones políticas más rigurosas y vigorosas. Al mismo tiempo 
hay que agregar la exposición de lo que en política es necesario 
entender por estrategia y táctica, por “plan” estratégico, por propa-
ganda y agitación, por “orgánica” o ciencia de la organización y de 
la administración en política.
Los elementos de observación empírica que por lo general 
son expuestos en forma desordenada en los tratados de ciencia 
política[1] en la medida en que no son cuestiones abstractas o sin 
fundamento, deberían encontrar ubicación en los diversos grados 
de las relaciones de fuerzas, comenzando por las relaciones de las 
fuerzas internacionales (donde se ubicarían las notas escritas sobre 
lo que es una gran potencia, sobre los agrupamientos de Estados 
en sistemas hegemónicos y, por consiguiente, sobre el concepto de 
independencia y soberanía, en lo que respecta a las potencias me-
dianas y pequeñas), para pasar a las relaciones objetivas sociales, 
[1] Se puede tomar como ejemplo la obra de G. Mosca: Elementi di scienza politica.
Gramsci BI.indb 83 16/11/16 13:43
Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas
84
o sea, al grado de desarrollo de las fuerzas productivas, a las rela-
ciones de fuerza política y de partido (sistemas hegemónicos en el 
interior del Estado) y a las relaciones políticas inmediatas (es decir, 
potencialmente militares).
¿Las relaciones internacionales preceden o siguen (lógica-
mente) a las relaciones sociales fundamentales? Indudablemente 
las siguen. Toda renovación orgánica en la estructura modifica 
también orgánicamente las relaciones absolutas y relativas en el 
campo internacional a través de sus expresiones técnico-militares. 
Aun la misma posición geográfica de un Estado nacional no precede 
sino que sigue (lógicamente) las innovaciones estructurales, inci-
diendo sobre ellas, sin embargo, en cierta medida (precisamente en 
la medida en que las superestructuras inciden sobre la estructura, 
la política sobre la economía, etc.). Por otro lado, las relaciones in-
ternacionales inciden en forma pasiva o activa sobre las relaciones 
políticas (de hegemonía de los partidos). Cuanto más subordinada 
a las relaciones internacionales está la vida económica inmediata 
de una nación, tanto más un partido determinado representa esta 
situación y la explota para impedir el adelanto de los partidos ad-
versarios (recordar el famoso discurso de Nitti sobre la revolución 
italiana ¡técnicamente imposible!). De esta serie de datos se puede 
llegar a la conclusión de que, con frecuencia, el llamado “partido del 
extranjero” no es precisamente aquel que es vulgarmente indicado 
como tal, sino el partido más nacionalista, que en realidad, más 
que representar a las fuerzas vitales del propio país, representa la 
subordinación y el sometimiento económico a las naciones, o a un 
grupo de naciones hegemónicas[2].
Es el problema de las relaciones entre estructura y superes-
tructuras el que es necesario plantear exactamente y resolver para 
llegar a un análisis justo de las fuerzas que operan en la historia 
de un período determinado y definir su relación. Es preciso mover-
se en el ámbito de dos principios: (1) ninguna sociedad se propone 
tareas para cuya solución no existan ya las condiciones necesarias 
[2] Una mención a este elemento internacional “represivo” de las energías internas 
se encuentra en los artículos publicados por G. Volpe en el Corriere della Sera del 22 y 
23 de marzo de 1932.
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Antonio Gramsci
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y suficientes o no estén,al menos, en vía de aparición y de desarro-
llo; (2) ninguna sociedad desaparece y puede ser sustituida si antes 
no desarrolló todas las formas de vida que están implícitas en sus 
relaciones[3]. A partir de la reflexión sobre estos dos cánones se pue-
de llegar al desarrollo de toda una serie de otros principios de me-
todología histórica. Sin embargo, en el estudio de una estructura es 
necesario distinguir los movimientos orgánicos (relativamente per-
manentes) de los movimientos que se pueden llamar “de coyuntura” 
(y se presentan como ocasionales, inmediatos, casi accidentales). 
Los fenómenos de coyuntura dependen también de movimientos 
orgánicos, pero su significado no es de gran importancia histórica; 
dan lugar a una crítica política mezquina, cotidiana, que se dirige a 
los pequeños grupos dirigentes y a las personalidades que tienen la 
responsabilidad inmediata del poder. Los fenómenos orgánicos dan 
lugar a la crítica histórico-social que se dirige a los grandes agrupa-
mientos, más allá de las personas inmediatamente responsables y 
del personal dirigente. Al estudiar un período histórico, aparece la 
gran importancia de esta distinción. Tiene lugar una crisis que a 
veces se prolonga por decenas de años. Esta duración excepcional 
significa que en la estructura se han revelado (maduraron) contra-
dicciones incurables y que las fuerzas políticas, que obran positi-
vamente en la conservación y defensa de la estructura misma, se 
esfuerzan, sin embargo, por sanear y por superar dentro de ciertos 
límites. Estos esfuerzos incesantes y perseverantes (ya que ningu-
na forma social querrá confesar jamás que está superada) forman 
el terreno de lo “ocasional” sobre el cual se organizan las fuerzas 
antagónicas que tienden a demostrar (demostración que en última 
instancia se logra y es “verdadera” si se transforma en una nueva 
realidad, si las fuerzas antagónicas triunfan; pero inmediatamente 
[3] “Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuer-
zas productivas que caben dentro de ella y jamás aparecen nuevas y más altas relacio-
nes de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan 
madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone 
siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, 
vemos siempre que estos objetivos sólo nacen cuando ya se dan o, por lo menos, se 
están gestando, las condiciones materiales para su realización” (Karl Marx, Prólogo a 
la Crítica de la Economía Política).
Gramsci BI.indb 85 16/11/16 13:43
Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas
86
se desarrolla una serie de polémicas ideológicas, religiosas, filosó-
ficas, políticas, jurídicas, etc., cuyo carácter concreto es valorable 
en la medida en que son convincentes y desplazan la anterior dis-
posición de las fuerzas sociales) que existen ya las condiciones ne-
cesarias y suficientes para que determinadas tareas puedan y, por 
consiguiente, deban ser resueltas históricamente (en cuanto todo 
venir a menos del deber histórico aumenta el desorden necesario y 
prepara catástrofes más graves).
El error en el que se cae frecuentemente en el análisis históri-
co-político consiste en no saber encontrar la relación justa entre lo 
orgánico y lo ocasional. Se llega así a exponer como inmediatamen-
te activas causas que operan en cambio de una manera mediata, o 
por el contrario a afirmar que las causas inmediatas son las únicas 
eficientes. En un caso se tiene un exceso de “economicismo” o de 
doctrinarismo pedante; en el otro, un exceso de “ideologismo”; en 
un caso se sobrestiman las causas mecánicas, en el otro se exalta el 
elemento voluntarista e individual. La distinción entre “movimien-
tos” y hechos orgánicos y de “coyuntura”, u ocasionales, debe ser 
aplicada a todas las situaciones, no sólo a aquellas en donde se veri-
fica un desarrollo regresivo o de crisis aguda, sino también a aque-
llas en donde se verifica un desarrollo progresivo, o de prosperidad, 
y a aquellas en donde tiene lugar un estancamiento de las fuerzas 
productivas. El nexo dialéctico entre los dos órdenes de movimien-
to y, en consecuencia, de investigación, es difícilmente establecido 
con exactitud; y si el error es grave en la historiografía, es aún más 
grave en el arte político, cuando no se trata de reconstruir la histo-
ria pasada sino de construir la presente y la futura[4].
[4] El hecho de no haber considerado el elemento inmediato de las “relaciones de 
fuerzas” está vinculado con residuos de la concepción liberal vulgar, de la cual el 
sindicalismo es una manifestación que creía ser más avanzada cuando en la realidad 
daba un paso atrás. En efecto, la concepción liberal vulgar, dando importancia a la 
relación de las fuerzas políticas, organizadas en las diversas formas de partido (lecto-
res de periódicos, elecciones parlamentarias y locales, organizaciones de masa de los 
partidos y de los sindicatos en sentido estricto), era más avanzada que el sindicalismo 
que daba una importancia primordial a la relación fundamental económica-social y 
sólo a esta. La concepción liberal vulgar tenía en cuenta también, en forma implícita, 
tales relaciones (como tantos elementos lo demuestran) pero insistía sobre todo en la 
relación de las fuerzas políticas, que eran una expresión de las otras y que en realidad 
las contenían. Estos residuos de la concepción liberal vulgar se pueden hallar en toda 
Gramsci BI.indb 86 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
87
Son los mismos deseos de los hombres y sus pasiones menos 
nobles e inmediatas las causas del error, en cuanto se superponen 
al análisis objetivo e imparcial, y esto ocurre no como un “medio” 
consciente para estimular a la acción sino como un autoengaño. 
La serpiente, también en este caso, muerde al charlatán, o sea, el 
demagogo es la primera víctima de su demagogia.
Estos criterios metodológicos pueden adquirir visible y di-
dácticamente todo su significado si se aplican al examen de los 
hechos históricos concretos. Se lo podría hacer con utilidad en el 
caso de los acontecimientos desarrollados en Francia de 1789 a 
1870. Para mayor claridad en la exposición sería necesario abrazar 
todo este período. En efecto, sólo en 1870-1871, con la tentativa 
de la Comuna, se agotan históricamente todos los gérmenes na-
cidos en 1789, lo cual significa que la nueva clase que lucha por 
el poder no sólo derrota a los representantes de la vieja sociedad 
que se niegan a considerarla perimida sino también a los grupos 
más nuevos que consideran como superada también a la nueva 
estructura surgida de los cambios promovidos en 1789. Dicha cla-
se demuestra así su vitalidad frente a lo viejo y frente a lo más 
nuevo. Además, en 1870-1871 pierde eficacia el conjunto de prin-
cipios de estrategia y de táctica política nacidos prácticamente en 
1789 y desarrollados en forma ideológica alrededor de 1848 (y que 
se resumen en la fórmula de “revolución permanente”[5]. Sería 
una serie de exposiciones que se dicen ligadas a la filosofía de la praxis y que facilita-
ron el desarrollo de formas infantiles de optimismo y de necedad.
[5] La expresión “revolución permanente” se encuentra en el Mensaje del Consejo 
Central a la Liga de los Comunistas (Karl Marx, Revelaciones sobre el proceso de los comunis-
tas de Colonia (Buenos Aires: Lautaro, 1946: 201 y 209): “nuestro deber es el de lograr la 
revolución permanente […] su grito de guerra debe ser: la revolución en permanen-
cia”. De esta consigna, de la revolución de 1848, Trotski partió para elaborar su teoría 
fundamental de la revolución permanente, criticada por Gramsci en diversas partes 
de esta obra y en los demás Cuadernos de la Cárcel. Frente a las tesis de Lenin sobre la 
alianza del proletariado con los campesinos pobres, las tesis de Trotski, impregnadas 
de una profunda desconfianza a las masas campesinas, tienden a hacer caer sobre 
los campesinos la coerción de una minoría proletaria y sobreel proletariado mismo 
una coerción de carácter militar que sólo puede conducir a la derrota. En una nota 
de Passato e Presente (p. 71), titulada “Pasaje de la guerra de movimiento (y del ataque 
frontal) a la guerra de posición, también en el terreno político”, Gramsci considera 
a Trotski como “el teórico político del ataque frontal en un período en que este tipo 
de ataque sólo puede conducir a la derrota”. Enemigo declarado de las revoluciones 
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Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas
88
interesante estudiar cuánto de esta fórmula ha pasado a la estra-
tegia mazziniana –en el caso, por ejemplo, de la insurrección de 
Milán de 1853– y si ocurrió en forma consciente o no). Un elemento 
que muestra lo acertado de este punto de vista es el hecho de que 
los historiadores no están en absoluto de acuerdo (y es imposible 
que lo estén) cuando se trata de fijar los límites del conjunto de 
acontecimientos que constituyen la Revolución Francesa. Para al-
gunos (Salvemini, por ejemplo), la revolución se cumplió en Valmy. 
Francia creó el Estado nuevo y supo organizar la fuerza político-
militar que afirmó y defendió su soberanía territorial. Para otros, 
la revolución continúa hasta Termidor, o mejor, hablan de varias 
revoluciones (el 10 de agosto sería una revolución en sí, etc.)[6]. El 
modo de interpretar a Termidor y la obra de Napoleón ofrece las 
más ásperas contradicciones: ¿se trata de una revolución o de una 
contrarrevolución? Según otros, la historia de la revolución conti-
núa hasta 1830, 1848, 1870 y aun hasta la guerra mundial de 1914. 
En todos estos puntos de vista existe una parte de verdad. En reali-
dad, las contradicciones internas de la estructura social francesa, 
que se desarrollan después de 1789, sólo encuentran un equilibrio 
relativo con la tercera república y Francia conoce entonces sesenta 
años de vida política equilibrada luego de ochenta años de con-
mociones producidas en oleadas cada vez más espaciadas: 1789, 
1794, 1804, 1815, 1830, 1848, 1870. El estudio de estas “oleadas” de 
amplitudes diferentes es precisamente lo que permite reconstruir 
las relaciones entre estructura y superestructura por un lado, y 
por el otro, entre el desarrollo del movimiento orgánico y del mo-
vimiento coyuntural de la estructura. Se puede decir, por lo tanto, 
que la mediación dialéctica entre los dos principios metodológicos 
enunciados al comienzo de esta nota puede encontrarse en la fór-
mula político-histórica de la revolución permanente.
democráticas basadas en un amplio frente de clases, Trotski proclama la necesidad 
de la revolución socialista mundial y combate la tesis del “socialismo en un solo país”. 
(N. de la E.).
[6] Ver Albert Mathiez, La Revolution Française (colección Armand Colin). De esta obra 
existe traducción castellana: Albert Mathiez, La Revolución Francesa (Barcelona: Labor, 
1935) 3 Tomos (N. de la E.).
Gramsci BI.indb 88 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
89
Un aspecto del mismo problema es la llamada cuestión de 
las relaciones de fuerzas. Se lee con frecuencia en las narraciones 
históricas la expresión genérica: “relaciones de fuerzas favorables, 
desfavorables a tal o cual tendencia”. Planteada así, en abstracto, 
esta fórmula no explica nada o casi nada, porque no se hace más 
que repetir el hecho que debe explicarse presentándolo una vez 
como hecho y otra como ley abstracta o como explicación. El error 
teórico consiste, por lo tanto, en ofrecer como “causa histórica” un 
canon de búsqueda y de interpretación.
En la “relación de fuerza”, mientras tanto, es necesario dis-
tinguir diversos momentos o grados, que en lo fundamental son 
los siguientes: (1) una relación de fuerzas sociales estrechamente 
ligadas a la estructura, objetiva, independiente de la voluntad de 
los hombres, que puede ser medida con los sistemas de las ciencias 
exactas o físicas. Sobre la base del grado de desarrollo de las fuerzas 
materiales de producción se dan los grupos sociales, cada uno de 
los cuales representa una función y tiene una posición determinada 
en la misma producción. Esta relación es lo que es, una realidad 
rebelde: nadie puede modificar el número de las empresas y de sus 
empleados, el número de las ciudades y de la población urbana, etc. 
Esta fundamental disposición de fuerzas permite estudiar si exis-
ten en la sociedad las condiciones necesarias y suficientes para su 
transformación, o sea, permite controlar el grado de realismo y de 
posibilidades de realización de las diversas ideologías que nacieron 
en ella misma, en el terreno de las contradicciones que generó du-
rante su desarrollo; (2) un momento sucesivo es la relación de las 
fuerzas políticas; es decir, la valoración del grado de homogeneidad, 
autoconciencia y organización alcanzado por los diferentes grupos 
sociales. Este momento, a su vez, puede ser analizado y dividido 
en diferentes grados que corresponden a los diferentes momentos 
de la conciencia política colectiva, tal como se manifestaron hasta 
ahora en la historia. El primero y más elemental es el económico-
corporativo: un comerciante siente que debe ser solidario con otro 
comerciante, un fabricante con otro fabricante, etc., pero el comer-
ciante no se siente aún solidario con el fabricante; o sea, es sentida 
la unidad homogénea del grupo profesional y el deber de organizar-
la, pero no se siente aún la unidad con el grupo social más vasto. 
Gramsci BI.indb 89 16/11/16 13:43
Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas
90
Un segundo momento es aquel donde se logra la conciencia de la 
solidaridad de intereses entre todos los miembros del grupo social, 
pero todavía en el campo meramente económico. Ya en este mo-
mento se plantea la cuestión del Estado, pero sólo en el terreno de 
lograr una igualdad política-jurídica con los grupos dominantes, ya 
que se reivindica el derecho de participar en la legislación y en la ad-
ministración y hasta de modificarla, de reformarla, pero en los mar-
cos fundamentales existentes. Un tercer momento es aquel donde 
se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en 
su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación, 
de un grupo puramente económico y pueden y deben convertirse 
en los intereses de otros grupos subordinados. Esta es la fase más 
estrictamente política, que señala el neto pasaje de la estructura a 
la esfera de las superestructuras complejas; es la fase en la cual las 
ideologías ya existentes se transforman en “partido”, se confrontan 
y entran en lucha, hasta que una sola de ellas, o al menos una sola 
combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse 
por toda el área social, determinando, además de la unidad de los 
fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral, plan-
teando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha, 
no sobre un plano corporativo, sino sobre un plano “universal” y 
creando así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una 
serie de grupos subordinados. El Estado es concebido como organis-
mo propio de un grupo, destinado a crear las condiciones favorables 
para la máxima expansión del mismo grupo; pero este desarrollo y 
esta expansión son concebidos y presentados como la fuerza motriz 
de una expansión universal, de un desarrollo de todas las energías 
“nacionales”. El grupo dominante es coordinado concretamente con 
los intereses generales de los grupos subordinados y la vida esta-
tal es concebida como una formación y una superación continua de 
equilibrios inestables (en el ámbito de la ley) entre los intereses del 
grupo fundamental y los de los grupos subordinados; equilibrios 
en donde los intereses del grupo dominante prevalecen pero hasta 
cierto punto, o sea, hasta el punto en que chocan con el mezquino 
interés económico-corporativo.
En la historia real estos momentos se influyen recíprocamen-
te, en forma horizontal y vertical, por así expresarlo, vale decir: 
Gramsci BI.indb90 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
91
según las actividades económicas sociales (horizontales) y según 
los territorios (verticales), combinándose y escindiéndose de diver-
sas maneras; cada una de estas combinaciones puede ser represen-
tada por su propia expresión organizada, económica y política. Sin 
embargo, es necesario tener en cuenta que estas relaciones internas 
de un Estado-nación se confunden con las relaciones internacio-
nales, creando nuevas combinaciones originales e históricamente 
concretas. Una ideología nacida en un país muy desarrollado se di-
funde en países menos desarrollados, incidiendo en el juego local 
de las combinaciones[7].
Esta relación entre fuerzas internacionales y fuerzas nacio-
nales se complica aún más por la existencia en el interior de cada 
Estado de muchas secciones territoriales de estructuras diferentes 
y de relaciones de fuerzas también diferentes en todos los grados 
(la Vendée, por ejemplo, estaba aliada a las fuerzas reaccionarias 
y las representaba en el seno de la unidad territorial francesa; así 
también Lyon en la Revolución Francesa presentaba un núcleo par-
ticular de relaciones). (3) El tercer momento es el de la relación de 
las fuerzas militares, inmediatamente decisivo según las circuns-
tancias (el desarrollo histórico oscila continuamente entre el pri-
mer y el tercer momento, con la mediación del segundo). Pero este 
no es un momento de carácter indistinto e identificable inmediata-
mente en forma esquemática; también en él se pueden distinguir 
dos grados: uno militar en sentido estricto, o técnico-militar, y otro 
que puede denominarse político-militar. En el curso del desarrollo 
histórico estos dos grados se presentaron en una gran variedad de 
combinaciones. Un ejemplo típico que puede servir como demos-
tración-límite es el de la relación de opresión militar de un Estado 
[7] La religión, por ejemplo, ha sido siempre una fuente para tales combinaciones ideo-
lógicas-políticas nacionales o internacionales, y con la religión las otras formaciones 
internacionales, la masonería, el Rotary Club, los Judíos, la diplomacia de carrera, que 
sugieren expedientes políticos de diversos orígenes históricos y los hacen triunfar 
en determinados países, funcionando como partido político internacional que opera 
en cada nación con todas sus fuerzas internacionales concentradas. Religión, maso-
nería, Rotary, Judíos, etc., pueden entrar en la categoría social de los “intelectuales”, 
cuya función, en escala internacional, es la de mediar los extremos, de “socializar” los 
expedientes técnicos que hacen funcionar toda actividad de dirección, de encontrar 
los compromisos y los medios de escapar a las soluciones extremas.
Gramsci BI.indb 91 16/11/16 13:43
Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas
92
sobre una nación que trata de lograr su independencia estatal. La 
relación no es puramente militar, sino político-militar; y en efecto 
un tipo tal de opresión sería inexplicable sin el estado de disgrega-
ción social del pueblo oprimido y la pasividad de su mayoría; por lo 
tanto, la independencia no podrá ser lograda con fuerzas puramente 
militares, sino militares y político-militares. En efecto, si la nación 
oprimida, para iniciar la lucha por la independencia, tuviese que 
esperar que el Estado hegemónico le permitiera organizar un ejérci-
to propio, en el sentido estricto y técnico de la palabra, tendría que 
esperar bastante (puede ocurrir que la reivindicación de un ejército 
propio sea satisfecha por la nación hegemónica, pero esto significa 
que una gran parte de la lucha ya ha sido desarrollada y vencida en 
el terreno político-militar). La nación oprimida, por lo tanto, opon-
drá inicialmente a la fuerza militar hegemónica una fuerza que será 
sólo “política-militar”, o sea, una forma de acción política que posea 
la virtud de determinar reflejos de carácter militar en el sentido: (1) 
de que sea eficiente para disgregar íntimamente la eficacia bélica de 
la nación hegemónica; (2) que obligue a la fuerza militar hegemóni-
ca a diluirse y dispersarse en un gran territorio, anulando en gran 
parte su capacidad bélica. En el Risorgimento italiano, se evidencia 
la trágica ausencia de una dirección político-militar, especialmente 
en el Partido de Acción (por incapacidad congénita), pero también 
en el Partido piamontés-moderado, tanto antes como después de 
1848, no ciertamente por incapacidad, sino por “‘maltusianismo’ 
económico-político”, esto es, porque no se quería ni siquiera men-
cionar la posibilidad de una reforma agraria y porque no se deseaba 
la convocatoria de una asamblea nacional constituyente y sólo se 
tendía a que la monarquía piamontesa, sin condiciones o limita-
ciones de origen popular, se extendiese por toda Italia mediante la 
simple sanción de los plebiscitos regionales.
Otra cuestión ligada a las precedentes es la de determinar si 
las crisis históricas fundamentales son provocadas inmediatamen-
te por las crisis económicas. La respuesta a la cuestión está con-
tenida en forma implícita en los parágrafos precedentes, donde se 
tratan cuestiones que no son más que otra manera de presentar las 
que tratamos ahora aquí. Sin embargo, es siempre necesario por ra-
zones didácticas, dado el público a las que están dirigidas, examinar 
Gramsci BI.indb 92 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
93
toda forma de presentarse, de una misma cuestión, como si fuese 
un problema independiente y nuevo. Se puede excluir que las crisis 
económicas produzcan, por sí mismas, acontecimientos fundamen-
tales; sólo pueden crear un terreno más favorable a la difusión de 
ciertas maneras de pensar, de plantear y resolver las cuestiones que 
hacen a todo el desarrollo ulterior de la vida estatal. Por otro lado, 
todas las afirmaciones que conciernen a los períodos de crisis o de 
prosperidad pueden dar lugar a juicios unilaterales. En su compen-
dio de historia de la Revolución Francesa, Mathiez, oponiéndose a la 
vulgar historia tradicional, que a priori “encuentra” una crisis coin-
cidente con la gran ruptura del equilibrio social, afirma que hacia 
1789 la situación económica era más bien buena en lo inmediato, 
por lo que no se puede decir que la catástrofe del Estado absoluto se 
haya debido a una crisis de empobrecimiento. Es necesario observar 
que el Estado estaba enfrentado a una mortal crisis financiera y se 
planteaba la cuestión de saber sobre cuál de los tres estratos socia-
les privilegiados debían recaer los sacrificios y las cargas para poner 
en orden las finanzas del Estado y del rey. Además, si la posición 
económica de la burguesía era floreciente, no era buena por cierto la 
situación de las clases populares de la ciudad y del campo, especial-
mente de aquellas atormentadas por una miseria endémica. En todo 
caso, la ruptura del equilibrio de fuerzas no ocurre por causas me-
cánicas inmediatas de empobrecimiento del grupo social que tiene 
interés en romper el equilibrio y de hecho lo rompe; ocurre, por el 
contrario, en el cuadro de conflictos superiores al mundo económico 
inmediato, vinculados al “prestigio” de clase (intereses económicos 
futuros), a una exasperación del sentimiento de independencia, de 
autonomía y de poder. La cuestión particular del malestar o bien-
estar económico como causa de nuevas realidades históricas es un 
aspecto parcial de la cuestión de las relaciones de fuerzas en sus 
diversos grados. Pueden producirse novedades tanto porque una si-
tuación de bienestar está amenazada por el egoísmo mezquino de 
un grupo adversario, como porque el malestar se ha hecho intole-
rable y no se vislumbra en la vieja sociedad ninguna fuerza capaz 
de mitigarlo y de restablecer una normalidad a través de medios 
legales. Se puede decir, por lo tanto, que todos estos elementos son 
la manifestación concreta de las fluctuaciones de coyuntura del 
Gramsci BI.indb 93 16/11/16 13:43
Análisis de las situaciones. Relaciones de fuerzas
94
conjunto de las relaciones socialesde fuerzas, sobre cuyo terreno 
adviene el pasaje de estas a relaciones políticas de fuerzas para cul-
minar en la relación militar decisiva.
Si falta este proceso de desarrollo que permite pasar de un 
momento al otro, y si es esencialmente un proceso que tiene por ac-
tores a los hombres y su voluntad y su capacidad, la situación per-
manece sin cambios, y pueden darse conclusiones contradictorias. 
La vieja sociedad resiste y se asegura un período de “respiro”, exter-
minando físicamente a la elite adversaria y aterrorizando a las ma-
sas de reserva; o bien ocurre la destrucción recíproca de las fuerzas 
en conflicto con la instauración de la paz de los cementerios y, en 
el peor de los casos, bajo la vigilancia de un centinela extranjero.
Pero la observación más importante a plantear, a propósito 
de todo análisis concreto de las relaciones de fuerzas, es la siguien-
te: que tales análisis no pueden y no deben convertirse en fines en 
sí mismos (a menos que se escriba un capítulo de historia del pasa-
do) y que adquieren un significado sólo en cuanto sirven para justi-
ficar una acción práctica, una iniciativa de voluntad. Ellos muestran 
cuáles son los puntos de menor resistencia donde la fuerza de la 
voluntad puede ser aplicada de manera más fructífera, sugieren las 
operaciones tácticas inmediatas, indican cómo se puede lanzar me-
jor una campaña de agitación política, qué lenguaje será el mejor 
comprendido por las multitudes, etc. El elemento decisivo de toda 
situación es la fuerza permanentemente organizada y predispuesta 
desde largo tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se juzga 
que una situación es favorable (y es favorable sólo en la medida en 
que una fuerza tal exista y esté impregnada de ardor combativo). 
Es por ello una tarea esencial la de velar sistemática y paciente-
mente por formar, desarrollar y tornar cada vez más homogénea, 
compacta y consciente de sí misma a esta fuerza. Esto se ve en la 
historia militar y en el cuidado con que en todas las épocas fue-
ron predispuestos los ejércitos para iniciar una guerra en cualquier 
momento. Los grandes Estados han llegado a serlo precisamente 
porque en todos los momentos estaban preparados para insertarse 
eficazmente en las coyunturas internacionales favorables, y estas 
eran tales porque ofrecían la posibilidad concreta de insertarse con 
eficacia en ellas.
Gramsci BI.indb 94 16/11/16 13:43
95
La formación de los 
intelectuales
¿Son los intelectuales un grupo social autónomo e independiente, 
o bien tiene cada grupo social su categoría propia especializada de 
intelectuales? El problema es complejo por las varias formas que ha 
tomado hasta ahora el proceso histórico real de formación de las 
diversas categorías intelectuales.
Las más importantes de esas formas son dos:
1) Todo grupo social, como nace en el terreno originario de una 
función esencial en el mundo de la producción económica, 
se crea al mismo tiempo y orgánicamente una o más capas 
de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de su 
propia función, no sólo en el campo económico, sino también 
en el social y político: el empresario capitalista crea consi-
go mismo el técnico industrial, el científico de la economía 
política, el organizador de una nueva cultura, de un nuevo 
derecho, etc. Hay que observar el hecho de que el empresario 
representa una elaboración social superior, ya caracterizada 
por una cierta capacidad dirigente y técnica (o sea, intelec-
tual); ha de tener, además, una cierta capacidad técnica fue-
ra de la esfera limitada de su actividad y de su iniciativa, o 
sea, también en otras esferas, en aquellas, por lo menos, más 
próximas a la producción económica (tiene que ser un orga-
nizador de masas de hombres; tiene que ser un organizador 
de la “confianza” de los sujetos que ahorran en su empresa, 
Gramsci BI.indb 95 16/11/16 13:43
La formación de los intelectuales
96
de los compradores de su mercancía, etc.). Una elite, al me-
nos, de los empresarios, si no todos, ha de tener una capa-
cidad de organización de la sociedad en general, en todo su 
complejo organismo de servicios, hasta llegar al organismo 
estatal, por la necesidad de crear las condiciones más favora-
bles a la expansión de su propia clase; o ha de tener al menos 
la capacidad de escoger los “administradores” (empleados 
especializados) a quienes confiar esa actividad organizativa 
de las relaciones generales exteriores a la empresa. Puede 
observarse que los intelectuales “orgánicos” producidos por 
cada nueva clase al constituirse ella misma en su progresi-
vo desarrollo son en su mayor parte “especializaciones” de 
aspectos parciales de la actividad primitiva del tipo social 
nuevo sacado a la luz por la nueva clase[1].
 También los señores feudales poseían una particular capa-
cidad técnica, que era la militar, y precisamente la crisis del 
feudalismo empieza en el momento en que la aristocracia 
pierde el monopolio de la capacidad técnico-militar. Pero la 
formación de los intelectuales en el mundo feudal y en el 
anterior mundo clásico es una cuestión que debe estudiarse 
aparte: esa formación y elaboración procede por vías y mo-
dos que hay que estudiar concretamente. Así, es necesario 
observar que la masa de los campesinos, aunque tenga una 
función esencial en el mundo de la producción, no elabora in-
telectuales “orgánicos” propios suyos ni se “asimila” nunca a 
una capa de intelectuales “tradicionales”, aunque estos gru-
pos sociales toman muchos de sus intelectuales de la masa 
de los campesinos, y gran parte de los intelectuales tradicio-
nales son de origen campesino.
[1] Los Elementi di scienza politica de Mosca (nueva edición, aumentada, de 1923) deben 
examinarse ya bajo esta rúbrica. La llamada “clase política” de Mosca no es sino la 
categoría intelectual del grupo social dominante; el concepto de “clase política” de 
Mosca tiene que relacionarse con el concepto de elite de Pareto, que es otro intento de 
interpretar el fenómeno histórico de los intelectuales y su función en la vida estatal y 
social. El libro de Mosca es un enorme cajón de sastre de carácter sociológico-positi-
vista, a lo que se añade la tendenciosidad de la política inmediata, que lo hace menos 
indigesto y más vivo literariamente.
Gramsci BI.indb 96 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
97
2) Pero todo grupo social “esencial”, al surgir en la historia a 
partir de la estructura anterior y como expresión de un de-
sarrollo de esta (de esta estructura), ha encontrado, al me-
nos en la historia hasta el momento ocurrida, categorías 
intelectuales preexistentes y que hasta parecían represen-
tar una continuidad histórica ininterrumpida, a pesar de los 
cambios más complicados y radicales de las formas sociales 
y políticas.
 La más típica de estas categorías intelectuales es la de los 
clérigos, monopolizadores durante mucho tiempo (durante 
toda una fase histórica que se caracteriza incluso, en par-
te, por ese monopolio) de algunos servicios importantes: la 
ideología religiosa, o sea, la filosofía y la ciencia de la época, 
junto con la escuela, la instrucción, la moral, la justicia, la 
beneficencia, la asistencia, etc. La categoría de los eclesiás-
ticos puede considerarse como la categoría intelectual orgá-
nicamente vinculada con la aristocracia de la tierra: estaba 
jurídicamente equiparada a la aristocracia, con la que se re-
partía el ejercicio de la propiedad feudal de la tierra y el uso 
de los privilegios estatales dimanantes de la propiedad[2]. 
Pero el monopolio de las superestructuras por parte de los 
clérigos[3] no se ha ejercido nunca sin luchas y limitaciones, 
y así se ha producido el nacimiento –en varias formas que 
[2] Para una descripción de estos intelectuales (tal vez la categoría más importante 
después de la “eclesiástica”, por el prestigio y la función social que ha tenido en las so-
ciedades primitivas, sea la categoría de los “médicos” en sentido amplio, o sea, todos 
los que “luchan” o parecen luchar contrala muerte y las enfermedades), habrá que 
ver la Storia della medicina, de Arturo Castiglioni. Recordar que ha habido una conexión 
entre la religión y la medicina, y que sigue existiendo en algunas zonas; hospitales 
en manos del clero en relación con ciertas funciones organizativas, además de que 
donde aparece el médico aparece el sacerdote (exorcismos, asistencias varias, etc.). 
Muchas grandes figuras religiosas eran y fueron entendidas como grandes “terapeu-
tas”: la idea del milagro, hasta la resurrección de muertos. También de los reyes se 
siguió creyendo durante mucho tiempo que curaban mediante la imposición de las 
manos, etcétera.
[3] De aquí en muchas lenguas de origen neolatino o influidas profundamente por las 
lenguas neolatinas a través del latín eclesiástico, la acepción general de “intelectual” 
o “especialista”, que tiene la palabra “clérigo”, con su correlativo “laico”, en el sentido 
de profano, no especialista.
Gramsci BI.indb 97 16/11/16 13:43
La formación de los intelectuales
98
hay que investigar y estudiar concretamente– de otras ca-
tegorías, favorecidas y ampliadas por el reforzamiento del 
poder central del monarca hasta el absolutismo. Así se va for-
mando la aristocracia de la toga, con sus privilegios propios, 
y una capa de administradores, científicos, teóricos, filósofos 
no eclesiásticos, etcétera.
Dado que esas varias categorías de intelectuales tradicionales sien-
ten con “espíritu de cuerpo” su ininterrumpida continuidad históri-
ca y su “calificación”, se presentan ellos mismos como autónomos e 
independientes del grupo social dominante. Esta autoafirmación no 
carece de consecuencias de mucho alcance en el terreno ideológico 
y político: toda la filosofía idealista puede relacionarse fácilmente 
con esa posición adoptada por el complejo social de los intelectua-
les, y puede entenderse como la expresión de la utopía social por la 
cual los intelectuales se creen “independientes”, autónomos, reves-
tidos de sus caracteres propios, etc. Pero obsérvese que si el Papa 
y la alta jerarquía de la Iglesia se creen más vinculados con Cristo 
y con los apóstoles que con los senadores Agnelli y Benni[4], no 
puede decirse lo mismo de Gentile y Croce, por ejemplo: Croce so-
bre todo se siente intensamente vinculado con Aristóteles y Platón, 
pero nunca esconde, sino al contrario, que está vinculado con los 
senadores Agnelli y Benni, y precisamente en esto hay que ver el 
carácter más destacado de la filosofía de Croce.
¿Cuáles son los límites “máximos” de la acepción de “inte-
lectual”? ¿Puede hallarse un criterio unitario para caracterizar por 
igual todas las varias y diversas actividades intelectuales y para 
distinguirlas al mismo tiempo y de un modo esencial de las acti-
vidades de los demás grupos sociales? El error metódico más fre-
cuente parece consistir en buscar ese criterio de distinción en el 
núcleo intrínseco de las actividades intelectuales, en vez de verlo 
en el conjunto del sistema de relaciones en el cual dichas activi-
dades (y, por tanto, los grupos que las personifican) se encuentran 
en el complejo general de las relaciones sociales. Pues el obrero o 
proletario, por ejemplo, no se caracteriza específicamente por el 
[4] Poderosos industriales (Agnelli, de la Fiat).
Gramsci BI.indb 98 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
99
trabajo manual o instrumental, sino por ese trabajo en determina-
das condiciones y en determinadas relaciones sociales (aparte del 
hecho de que no existe ningún trabajo puramente físico, y que la 
misma expresión de Taylor, “gorila amaestrado”, es una mera metá-
fora para indicar un límite en cierta dirección: en cualquier trabajo 
físico, incluso en el más mecánico y degradado, hay un mínimo 
de calificación técnica, o sea, un mínimo de actividad intelectual 
creadora). Y ya se ha observado que el empresario, por su misma 
función, ha de tener en cierta medida algunas calificaciones de ca-
rácter intelectual, aunque su figura social no está determinada por 
ellas, sino por las relaciones sociales generales que caracterizan, 
precisamente, la posición del empresario en la industria.
Por eso podría decirse que todos los hombres son intelectua-
les; pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de 
intelectuales[5].
Cuando se distingue entre intelectuales y no intelectuales 
se refiere uno en realidad y exclusivamente a la función social in-
mediata de la categoría profesional de los intelectuales, es decir, se 
piensa en la dirección en que gravita el peso mayor de la actividad 
profesional específica; en la elaboración intelectual o en el esfuerzo 
nervioso-muscular. Eso significa que, aunque se puede hablar de in-
telectuales, no se puede hablar de no intelectuales, porque no exis-
ten los no intelectuales. Pero tampoco la relación entre esfuerzo de 
elaboración intelectual-cerebral y esfuerzo nervioso-muscular es 
siempre igual; por eso hay varios grados de actividad intelectual 
específica. No hay actividad humana de la que pueda excluirse toda 
intervención intelectual: no se puede separar al homo faber del homo 
sapiens. Al cabo, todo hombre, fuera de su profesión, despliega algu-
na actividad intelectual, es un “filósofo”, un artista, un hombre de 
buen gusto, participa de una concepción del mundo, tiene una línea 
consciente de conducta moral y contribuye, por tanto, a sostener 
o a modificar una concepción del mundo, o sea, a suscitar nuevos 
modos de pensar.
[5] Del mismo modo, no se dirá que todos los hombres son cocineros y sastres por el 
hecho de que cada cual puede freírse en algún momento un par de huevos, o coserse 
un desgarrón de la chaqueta.
Gramsci BI.indb 99 16/11/16 13:43
La formación de los intelectuales
100
El problema de la creación de una nueva capa intelectual con-
siste, por tanto, en elaborar críticamente la actividad intelectual que 
existe en cada individuo con cierto grado de desarrollo, modificando 
su relación con el esfuerzo nervioso-muscular en busca de un nuevo 
equilibrio, y consiguiendo que el mismo esfuerzo nervioso-muscular, 
en cuanto elemento de actividad práctica general que innova cons-
tantemente el mundo físico y social, se convierta en fundamento 
de una concepción del mundo nueva e integral. El tipo tradicional y 
vulgarizado del intelectual es el ofrecido por el literato, el filósofo, el 
artista. Por eso los periodistas, que se consideran literatos, filósofos y 
artistas, se consideran también como los “verdaderos” intelectuales. 
Pero en el mundo moderno la base del nuevo tipo de intelectual debe 
darla la educación técnica, íntimamente relacionada con el trabajo 
industrial, incluso el más primitivo y carente de calificación.
Sobre esa base trabajó el semanario L’Ordine Nuovo para de-
sarrollar ciertas formas de nueva intelectualidad y para determi-
nar los nuevos conceptos, y no fue esa una de las menores razones 
de su éxito, porque ese planteamiento correspondía a aspiraciones 
latentes y concordaba con el desarrollo de las formas reales de la 
vida. El modo de ser del nuevo intelectual no puede ya consistir en 
la elocuencia, motor exterior y momentáneo de los afectos y las pa-
siones, sino en el mezclarse activo en la vida práctica, como cons-
tructor, organizador, “persuasor permanente” precisamente por no 
ser puro orador, y, sin embargo, superior al espíritu abstracto mate-
mático; de la técnica-trabajo pasa a la técnica-ciencia y a la concep-
ción humanista histórica, sin la cual se sigue siendo “especialista” 
y no se llega a “dirigente” (especialista + político).
Así se forman históricamente categorías especializadas para 
el ejercicio de la función intelectual. Se forman en conexión con 
todos los grupos sociales, pero especialmente con los grupos socia-
les más importantes, y experimentan elaboraciones más amplias y 
complicadas en relación con el grupo social dominante. Una de las 
características más salientes de todo grupo que se desarrolla hacia 
el dominio es su lucha por la asimilación y la conquista“ideológica” 
de los intelectuales tradicionales, asimilación y conquista que es 
tanto más rápida y eficaz cuanto más elabora al mismo tiempo el 
grupo sus propios intelectuales orgánicos.
Gramsci BI.indb 100 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
101
El enorme desarrollo que han tomado la actividad y la orga-
nización de la escuela (en sentido amplio) en las sociedades sur-
gidas del mundo medieval indica la importancia que han llegado 
a adquirir en el mundo moderno las categorías y las funciones 
intelectuales; igual que se ha intentado profundizar y dilatar la 
“intelectualidad” de cada individuo, así también se han intentado 
multiplicar las especializaciones y refinarlas. Eso se aprecia por los 
diversos grados de las instituciones de enseñanza, hasta llegar a los 
organismos que promueven la llamada “cultura superior” en todos 
los campos de la ciencia y de la técnica.
La escuela es el instrumento para la elaboración de los inte-
lectuales de los diversos grados. La complejidad de la función inte-
lectual en los diversos Estados puede medirse objetivamente por la 
cantidad de escuelas especializadas y por su jerarquización: cuan-
to más extensa es el “área” escolar y cuanto más numerosos son 
los “grados” “verticales” de la enseñanza, tanto más complejo es 
el mundo cultural, la civilización de un Estado determinado. En la 
esfera de la técnica industrial puede obtenerse un término de com-
paración: la industrialización de un país se mide por su equipo para 
la construcción de máquinas y por su equipo para fabricar instru-
mentos cada vez más precisos destinados a la construcción de má-
quinas y de instrumentos para construir máquinas, etc. El país que 
mejor equipo tiene para construir instrumentos para los gabinetes 
especializados de los científicos y para construir instrumentos des-
tinados a la verificación de esos instrumentos puede considerarse 
como el más complicado en el terreno técnico-industrial, como el 
país más civilizado, etc. Así ocurre también por lo que hace a la 
preparación de los intelectuales y a las escuelas dedicadas a esa 
preparación: las escuelas y las instituciones de alta cultura son 
asimilables. Tampoco en este campo puede separarse la cualidad 
de la cantidad. A la especialización técnico-cultural más refinada 
tiene que corresponder la mayor extensión posible de la difusión 
de la instrucción primaria y la mayor solicitud en favorecer los gra-
dos intermedios en el mayor número posible. Como es natural, esa 
necesidad de crear la más amplia base posible para la selección 
y la elaboración de las calificaciones intelectuales más altas –es 
decir, de dar a la cultura y a la técnica superiores una estructura 
Gramsci BI.indb 101 16/11/16 13:43
La formación de los intelectuales
102
democrática– no carece de inconvenientes: así se crea la posibilidad 
de grandes crisis de paro de los estratos medios intelectuales, como 
efectivamente ocurre en todas las sociedades modernas.
Hay que observar que la elaboración de las capas intelectua-
les en la realidad concreta no se produce en un terreno democrá-
tico abstracto, sino según procesos históricos tradicionales muy 
concretos. Se han formado capas que tradicionalmente “producen” 
intelectuales, y son las mismas capas que tradicionalmente se han 
especializado en el “ahorro”, o sea, la burguesía rural pequeña y 
media y algunos estratos de la burguesía urbana pequeña y media. 
La variada distribución de los diversos tipos de escuela (clásicos y 
profesionales) en el territorio “económico” y las varias aspiraciones 
de las diversas categorías de esas capas determinan o dan forma a 
la producción de las diversas ramas de especialización intelectual. 
Así, por ejemplo, en Italia la burguesía rural produce especialmen-
te funcionarios estatales y miembros de las profesiones liberales, 
mientras que la burguesía urbana produce técnicos para la indus-
tria, y por eso la Italia del norte produce especialmente técnicos y 
la Italia del sur produce especialmente funcionarios y miembros de 
las profesiones liberales.
La relación entre los intelectuales y el mundo de la produc-
ción no es inmediata, como ocurre con los grupos sociales funda-
mentales, sino que está “mediada”, en grados diversos, por todo el 
tejido social, por el complejo de las superestructuras, cuyos “fun-
cionarios” son precisamente los intelectuales. Podría medirse la 
“organicidad” de los diversos estratos intelectuales, su conexión 
más o menos íntima con un grupo social fundamental, estable-
ciendo una gradación de las funciones y de las superestructuras 
de abajo a arriba (desde la base estructural hacia arriba). Por aho-
ra es posible fijar dos grandes “planos” superestructurales; el que 
puede llamarse de la “sociedad civil”, es decir, del conjunto de los 
organismos vulgarmente llamados “privados”, y el de la “sociedad 
política o Estado”, que corresponden, respectivamente, a la función 
de “hegemonía” que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad 
y a la de “dominio directo” o de mando, que se expresa en el Estado 
y en el gobierno “jurídico”. Estas funciones son muy precisamente 
organizativas y conectivas. Los intelectuales son los “gestores” del 
Gramsci BI.indb 102 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
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grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de 
la hegemonía social y del gobierno político, o sea: (1) del consenti-
miento “espontáneo”, dado por las grandes masas de la población a 
la orientación impresa a la vida social por el grupo dominante fun-
damental, consentimiento que nace “históricamente” del prestigio 
(y, por tanto, de la confianza) que el grupo dominante obtiene de su 
posición y de su función en el mundo de la producción; (2) del apa-
rato de coerción estatal, que asegura “legalmente” la disciplina de 
los grupos que no dan su “consentimiento” ni activa ni pasivamen-
te; pero el aparato se construye teniendo en cuenta toda la socie-
dad, en previsión de los momentos de crisis de mando y de crisis de 
la dirección, en los cuales se disipa el consentimiento espontáneo.
Este planteamiento del problema da como resultado una ex-
tensión muy grande del concepto de intelectual, pero sólo así es po-
sible llegar a una aproximación concreta de la realidad. Este modo 
de plantear la cuestión choca con los prejuicios de casta: es verdad 
que la misma función organizativa de la hegemonía social y del do-
minio estatal produce una cierta división del trabajo –y, por tanto, 
toda una tradición de calificaciones, en algunas de las cuales no 
aparece ya ninguna atribución directiva ni organizativa: existe en 
el aparato de dirección social y estatal toda una serie de empleos 
de carácter manual e instrumental (de orden y no de concepto, de 
agente y no de oficial o funcionario, etc.)–, pero hay que introducir 
evidentemente esta distinción, como habrá que admitir algunas 
más. De hecho, la actividad intelectual tiene que dividirse y distin-
guirse por grados también desde el punto de vista interno, grados 
que en los momentos de oposición extrema dan una diferencia cua-
litativa propiamente dicha: en el escalón más alto hay que colocar a 
los creadores de las varias ciencias: de la filosofía, del arte, etc.; en 
el más bajo, a los más humildes “administradores” y divulgadores 
de la riqueza intelectual ya existente, tradicional, acumulada[6].
[6] La organización militar ofrece, también en este caso, un modelo de esas complejas 
gradaciones: oficiales, jefes, oficiales generales, Estado Mayor, y no hay que olvidar 
las clases de tropa, cuya importancia real es superior a lo que suele creerse. Es inte-
resante notar que todas esas partes se sienten solidarias, y que los estratos inferiores 
manifiestan incluso un espíritu de cuerpo más evidente y obtienen de él un “orgullo” 
que a menudo los expone a chistes y apodos.
Gramsci BI.indb 103 16/11/16 13:43
La formación de los intelectuales
104
En el mundo moderno se ha ampliado de un modo inaudi-
to la categoría de los intelectuales así entendida.El sistema social 
democrático-burgués ha elaborado masas imponentes, no todas 
justificadas por las necesidades sociales de la producción, aunque 
lo están por las necesidades políticas del grupo dominante funda-
mental. De aquí la concepción loriana[7] del “trabajador” improduc-
tivo (pero ¿improductivo respecto de quién, y respecto de qué modo 
de producción?), que podría justificarse parcialmente si se tiene en 
cuenta que esas masas explotan su posición para conseguir diez-
mos ingentes de la renta nacional. La formación de masa ha estan-
darizado a los individuos en cuanto a su calificación individual y a 
su psicología, determinando los mismos fenómenos que en todas 
las masas estandarizadas): competición que plantea la necesidad 
de la organización profesional de defensa, paro, superproducción 
de las escuelas, emigración, etcétera.
[7] Del socialdemócrata positivista Achille Loria, frecuente objeto de la burla de 
Gramsci. 
Gramsci BI.indb 104 16/11/16 13:43
105
Notas sobre Maquiavelo, sobre 
política y el Estado moderno
El Príncipe moderno
Apuntes sobre la política de Maquiavelo
El carácter fundamental de El Príncipe no es el de ser un tratado 
sistemático, sino un libro “viviente”, donde la ideología política y la 
ciencia política se fundan en la forma dramática del “mito”. Entre 
la utopía y el tratado escolástico, formas bajo las cuales se configu-
raba la ciencia política de la época, Maquiavelo dio a su concepción 
una forma imaginativa y artística, donde el elemento doctrinal y 
racional se personificaba en un condottiero [capitán] que representa 
en forma plástica y “antropomórfica” el símbolo de la “voluntad 
colectiva”. El proceso de formación de una determinada voluntad 
colectiva, que tiene un determinado fin político, no es representa-
do a través de pedantescas disquisiciones y clasificaciones de prin-
cipios y criterios de un método de acción, sino como las cualidades, 
los rasgos característicos, deberes, necesidades, de una persona 
concreta, despertando así la fantasía artística de aquellos a quie-
nes se procura convencer y dando una forma más concreta a las 
pasiones políticas[1].
[1] Será necesario buscar en los escritores políticos que precedieron a Maquiavelo la 
existencia de escritos configurados como El Príncipe. Su misma conclusión está liga-
da a este carácter “mítico” del libro. Luego de haber representado al condottiero ideal, 
en un pasaje de gran eficacia artística, Maquiavelo invoca al condottiero real que 
Gramsci BI.indb 105 16/11/16 13:43
Notas sobre Maquiavelo, sobre política y el Estado moderno
106
El Príncipe de Maquiavelo podría ser estudiado como una 
ejemplificación histórica del “mito” de Sorel, es decir, de una ideo-
logía política que no se presenta como una fría utopía, ni como una 
argumentación doctrinaria, sino como la creación de una fantasía 
concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado para 
suscitar y organizar su voluntad colectiva. El carácter utópico de El 
Príncipe reside en el hecho de que un Príncipe tal no existía en la rea-
lidad histórica, no se presentaba al pueblo italiano con caracteres 
de inmediatez objetiva, sino que era una pura abstracción doctrina-
ria, el símbolo del jefe, del condottiero ideal; pero los elementos pa-
sionales, míticos, contenidos en el pequeño volumen y planteados 
con recursos dramáticos de gran efecto, se resumen y convierten 
en elementos, vivos en la conclusión, en la invocación de un prínci-
pe “realmente existente”. En el pequeño volumen, Maquiavelo trata 
de cómo debe ser el Príncipe para conducir un pueblo a la fundación 
de un nuevo Estado, y la investigación es llevada con rigor lógi-
co y desapego científico. En la conclusión, Maquiavelo mismo se 
vuelve pueblo, se confunde con el pueblo, mas no con un pueblo 
concebido en forma “genérica”, sino con el pueblo que Maquiavelo 
previamente ha convencido con su trabajo, del cual procede y se 
siente conciencia y expresión y con quien se identifica totalmente. 
Parece como si todo el trabajo “lógico” no fuera otra cosa que una 
autorreflexión del pueblo, un razonamiento interno, que se hace en 
la conciencia popular y que concluye con un grito apasionado, in-
mediato. La pasión, de razonamiento sobre sí misma se transforma 
en “afecto”, fiebre, fanatismo de acción. He aquí por qué el epílogo 
de El Príncipe no es extrínseco, “pegado” desde afuera, retórico, sino 
que por el contrario debe ser explicado como un elemento necesa-
rio de la obra, o mejor, como el elemento que ilumina toda la obra y 
que aparece como su “manifiesto político”.
Se puede estudiar cómo Sorel, partiendo de la concepción de la 
ideología-mito no llegó a comprender el fenómeno del partido político 
históricamente lo personifique; y es esta invocación apasionada, que se refleja en todo 
el libro, la que le confiere precisamente el carácter dramático. En los Prolegomeni de 
Luigi Russo, Maquiavelo es llamado el artista de la política y una vez se encuentra 
también la expresión “mito”, pero no precisamente en el sentido aquí indicado.
Gramsci BI.indb 106 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
107
y se detuvo en la concepción del sindicato profesional. Aunque es 
verdad que para Sorel el “mito” no encontraba su mayor expresión 
en el sindicato como organización de una voluntad colectiva, sino 
en la acción práctica del sindicato y de una voluntad colectiva ya ac-
tuante. La realización máxima de dicha acción práctica debía ser la 
huelga general, es decir, una “actividad pasiva” de carácter negativo 
y preliminar (el carácter positivo está dado solamente por el acuerdo 
logrado en las voluntades asociadas) que no preveía una verdadera 
fase “activa y constructiva”. En Sorel, por consiguiente, se enfrenta-
ban dos necesidades: la del mito y la de la crítica del mito, en cuanto 
“todo plan preestablecido es utópico y reaccionario”. La solución era 
abandonada al impulso de lo irracional, de lo “arbitrario” (en el sen-
tido bergsoniano de “impulso vital”) o sea, de la “espontaneidad”[2].
Pero ¿puede un mito, sin embargo, ser “no constructivo”? 
¿Puede imaginarse, en el orden de intuiciones de Sorel, que sea 
productivo en realizaciones un instrumento que deja la voluntad 
colectiva en la fase primitiva y elemental del mero formarse, por 
distinción (por “escisión”[3]), aunque sea con violencia, es decir, 
destruyendo las relaciones morales y jurídicas existentes? Esta 
[2] Habría que anotar una contradicción implícita en el modo en que Croce plantea 
su problema de historia y antihistoria con respecto a otros modos de pensar del mis-
mo autor: su aversión a los “partidos políticos” y su forma de plantear la cuestión 
de la “previsibilidad” de los hechos sociales (ver Conversazione critiche, serie primera, 
pp. 150-152, reseña del libro de Ludovico Limentani, La previsione dei fatti social (Turín: 
Bocca, 1907). Si los hechos sociales son imprevisibles y el mismo concepto de previ-
sión es puro sueño, lo irracional no puede menos que dominar y toda organización de 
hombres es antihistórica, es un “prejuicio”. Sólo corresponde resolver en cada caso y 
con criterio inmediato los particulares problemas prácticos planteados por el desa-
rrollo histórico (ver el artículo de Croce, “Il partito come giudizio e come pregiudizio” 
en Cultura e vita morale) y el oportunismo es la única línea política posible.
[3] Para Sorel es vital que la clase obrera no establezca ninguna clase de compromiso 
con la burguesía, tanto en el dominio político (antiparlamentarismo) como en el do-
minio económico (organización de la cooperación obrera). La organización cooperati-
va posibilitaría el paso del instinto de clase a la conciencia de clase del proletariado, 
vale decir, el triunfo de la “escisión” de la sociedad. Dicha escisión, “sin la cual sería 
imposible para el socialismo cumplir con su papel histórico”, peligra a veces cuando 
la burguesía, temerosa de su futuro, cede en parte a las exigencias del proletariado. 
Esto explica la importancia que tieneen Sorel la teoría de la “huelga general”: “Gracias 
a ella el socialismo subsiste joven, parecen infantiles las tentativas encaminadas al 
logro de la paz social y las deserciones de los compañeros que se aburguesan, sobre 
no desanimar a las masas, les impelen más la rebeldía. En suma: la escisión no corre 
peligro de desaparecer” (Sorel, Reflexiones sobre la violencia, pág. 123).
Gramsci BI.indb 107 16/11/16 13:43
Notas sobre Maquiavelo, sobre política y el Estado moderno
108
voluntad colectiva así formada de manera elemental, ¿no cesará sú-
bitamente de existir, disolviéndose en una infinidad de voluntades 
singulares que en la fase positiva seguirán direcciones diferentes y 
contradictorias?, al margen de la cuestión de que no puede existir 
destrucción, negación, sin una construcción y una afirmación im-
plícitas, entendida esta no en un sentido “metafísico” sino práctico, 
o sea políticamente, como programa de partido. En este caso se ve 
con claridad que detrás de la espontaneidad se supone un mecani-
cismo puro, detrás de la libertad (libre impulso vital) un máximo 
determinismo, detrás del idealismo un materialismo absoluto.
El moderno príncipe, el mito-príncipe, no puede ser una per-
sona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un 
elemento de sociedad complejo en el cual comience a concretarse 
una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la ac-
ción. Este organismo ya ha sido dado por el desarrollo histórico y es el 
partido político: la primera célula en la que se resumen los gérmenes 
de voluntad colectiva que tienden a devenir universales y totales. En 
el mundo moderno sólo una acción histórico-política inmediata e in-
minente, caracterizada por la necesidad de un procedimiento rápido 
y fulminante, puede encarnarse míticamente en un individuo con-
creto. La rapidez se torna necesaria solamente cuando se enfrenta 
un gran peligro inminente que provoca la inmediata exacerbación 
de las pasiones y del fanatismo, aniquilando el sentido crítico y la 
corrosividad irónica que pueden destruir el carácter “carismático” 
del condottiero (tal es lo que ha ocurrido en la ventura de Boulanger). 
Pero una acción inmediata de tal especie, por su misma naturaleza, 
no puede ser de vasto alcance y de carácter orgánico. Será casi siem-
pre del tipo restauración y reorganización y no del tipo característico 
de la fundación de nuevos Estados y nuevas estructuras nacionales 
y sociales, tal como en el caso de El Príncipe de Maquiavelo, donde 
el aspecto de restauración sólo era un elemento retórico, ligado al 
concepto literario de la Italia descendiente de Roma y que debía res-
taurar el orden y la potencia de Roma[4]; será de tipo “defensivo” y 
[4] Más que por el modelo ejemplar de las grandes monarquías absolutas de Francia 
y de España, Maquiavelo fue impulsado a su concepción política de la necesidad de un 
Estado unitario italiano por el recuerdo del pasado de Roma. Es necesario poner de 
Gramsci BI.indb 108 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
109
no creativo original. Podrá tener vigencia donde se suponga que una 
voluntad colectiva ya existente, aunque sea desmembrada, dispersa, 
haya sufrido un colapso peligroso y amenazador, mas no decisivo 
y catastrófico, y sea necesario reconcentrarla y robustecerla. Pero 
no podrá tener vigencia donde haya que crear ex novo una voluntad 
colectiva, enderezándola hacia metas concretas y racionales, pero 
de una concreción y racionalidad aún no verificadas y criticadas por 
una experiencia histórica efectiva y universalmente conocida.
El carácter “abstracto” de la concepción soreliana del “mito” 
aparece en la aversión (que asume la forma pasional de una re-
pugnancia ética) por los jacobinos, quienes fueron ciertamente una 
“encarnación categórica” del Príncipe de Maquiavelo. El moderno 
Príncipe debe tener una parte destinada al jacobinismo (en el signi-
ficado integral que esta noción ha tenido históricamente y debe te-
ner conceptualmente), en cuanto ejemplificación de cómo se formó 
y operó en concreto una voluntad colectiva que al menos en algunos 
aspectos fue creación ex novo, original. Y es necesario que la voluntad 
colectiva y la voluntad política en general sean definidas en el sen-
tido moderno; la voluntad como conciencia activa de la necesidad 
histórica, como protagonista de un efectivo y real drama histórico.
Una de las primeras partes debería estar dedicada, pre-
cisamente, a la “voluntad colectiva”, planteando así la cuestión: 
“¿Cuándo puede decirse que existen las condiciones para que se 
pueda suscitar y desarrollar una voluntad colectiva nacional-po-
pular?”, o sea efectuando un análisis histórico (económico) de la 
estructura social del país dado y una representación “dramática” 
de las tentativas realizadas a través de los siglos, para suscitar 
esta voluntad y las razones de sus sucesivos fracasos. ¿Por qué en 
Italia no se dio la monarquía absoluta en la época de Maquiavelo? 
relieve, sin embargo, que Maquiavelo no debe por ello ser confundido con la tradición 
literario-retórica. Primero, porque este elemento no es exclusivo, ni aún dominante, y 
la necesidad de un gran Estado nacional no es deducida de él; luego, porque el mismo 
reclamo a Roma es menos abstracto de lo que parece si es colocado puntualmente en 
el clima del Humanismo y del Renacimiento. En el libro VII de El arte de la guerra se 
lee: “Esta provincia (Italia) parece nacida para resucitar las cosas muertas, como se 
ha visto en el caso de la poesía, la pintura y la escultura”, ¿por qué no encontraría 
entonces la virtud militar? Habrá que reagrupar las otras menciones del mismo tipo 
para establecer su carácter exacto.
Gramsci BI.indb 109 16/11/16 13:43
Notas sobre Maquiavelo, sobre política y el Estado moderno
110
Es necesario remontarse hasta el Imperio Romano (cuestiones de 
la lengua, los intelectuales, etc.), comprender la función de las 
Comunas medievales, el significado del catolicismo, etc. Es necesa-
rio, en suma, hacer un esbozo de toda la historia italiana, sintético 
pero exacto[5].
Las razones de los sucesivos fracasos de las tentativas de 
crear una voluntad colectiva nacional-popular hay que buscarlas 
en la existencia de determinados grupos sociales que se forman de 
la disolución de la burguesía comunal, en el carácter particular de 
otros grupos que reflejan la función internacional de Italia como 
sede de la Iglesia y depositaria del Sacro Imperio Romano. Esta fun-
ción y la posición consiguiente determinan una situación interna 
que se puede llamar “económico-corporativa”, es decir, política-
mente, la peor de las formas de sociedad feudal, la forma menos pro-
gresiva y más estancada. Faltó siempre, y no podía constituirse, una 
fuerza jacobina eficiente, precisamente la fuerza que en las otras 
naciones ha suscitado y organizado la voluntad colectiva nacional 
popular fundando los Estados modernos. Finalmente, ¿existen las 
condiciones para esta voluntad?, o sea, ¿cuál es la actual relación 
entre estas condiciones y las fuerzas opuestas? Tradicionalmente 
las fuerzas opuestas fueron la aristocracia terrateniente y más ge-
neralmente la propiedad fundiaria (del suelo) en su conjunto, con 
el característico elemento italiano de una “burguesía rural” espe-
cial, herencia de parasitismo legada a los tiempos modernos por la 
destrucción, como clase, de la burguesía comunal (las cien ciuda-
des, las ciudades del silencio)[6]. Las condiciones positivas hay que 
buscarlas en la existencia de grupos sociales urbanos, convenien-
temente desarrollados en el campo de la producción industrial y 
[5] Gramsci desarrolla estos problemas tanto en Los intelectuales y la organización de la 
cultura como en Literatura y vida nacional. Sobre las Comunas, ver Il Risorgimento, donde 
analiza las causas que impidieron a las Comunas superar la fase “económica-corpo-
rativa” para constituirse en Estados capitalistas plenos.
[6] Ciudades del silencio (cittá del silenzio) fueron llamadas por GabrieleD’Annunzio, 
en sus Laudi, las ciudades italianas que luego de haber conocido un período de pleno 
florecimiento en el pasado decayeron y se redujeron a centros burocrático-adminis-
trativos de escasa importancia. De su pasado esplendor aún conservan rastros en 
los monumentos y joyas arquitectónicas, lo cual las convierte en centro del turismo 
mundial, por ejemplo: Ravena, Siena, Bergamo, etcétera.
Gramsci BI.indb 110 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
111
que hayan alcanzado un determinado nivel de cultura histórico-
política. Es imposible cualquier formación de voluntad colectiva na-
cional-popular si las grandes masas de campesinos cultivadores no 
irrumpen simultáneamente en la vida política. Esto es lo que intenta-
ba lograr Maquiavelo a través de la reforma de la milicia; esto es lo 
que hicieron los jacobinos en la Revolución Francesa. En esta com-
prensión hay que identificar un jacobinismo precoz en Maquiavelo, 
el germen (más o menos fecundo) de su concepción de la revolución 
nacional. Toda la historia de 1815 en adelante muestra el esfuerzo 
de las clases tradicionales para impedir la formación de una vo-
luntad colectiva de este tipo, para mantener el poder “económico-
corporativo” en un sistema internacional de equilibrio pasivo.
Una parte importante del moderno Príncipe[7] deberá estar 
dedicada a la cuestión de una reforma intelectual y moral, es decir, 
a la cuestión religiosa o de una concepción del mundo. También en 
este campo encontramos en la tradición ausencia de jacobinismo y 
miedo del jacobinismo (la última expresión filosófica de tal miedo 
es la actitud malthusiana de B. Croce hacia la religión). El moderno 
Príncipe debe ser, y no puede dejar de ser, el abanderado y el orga-
nizador de una reforma intelectual y moral, lo cual significa crear el 
terreno para un desarrollo ulterior de la voluntad colectiva nacional 
popular hacia el cumplimiento de una forma superior y total de 
civilización moderna.
Estos dos puntos fundamentales: la formación de una volun-
tad colectiva nacional-popular –de la cual el moderno Príncipe es 
al mismo tiempo el organizador y la expresión activa y operante– y 
la reforma intelectual y moral deberían constituir la estructura del 
trabajo. Los puntos concretos del programa deben ser incorporados 
en la primera parte, es decir, deben resultar “dramáticamente” del 
discurso y no ser una fría y pedante exposición de razonamientos.
¿Puede haber una reforma cultural, es decir, una elevación 
de la conciencia civil de los estratos deprimidos de la sociedad, sin 
una precedente reforma económica y un cambio en la posición so-
cial y en el mundo económico? Una reforma intelectual y moral no 
[7] Gramsci hace mención aquí, como es evidente, de la Teoría del Partido de la 
clase obrera.
Gramsci BI.indb 111 16/11/16 13:43
Notas sobre Maquiavelo, sobre política y el Estado moderno
112
puede dejar de estar ligada a un programa de reforma económica, o 
mejor, el programa de reforma económica es precisamente la ma-
nera concreta de presentarse de toda reforma intelectual y moral. 
El moderno Príncipe, desarrollándose, perturba todo el sistema de 
relaciones intelectuales y morales en cuanto su desarrollo significa 
que cada acto es concebido como útil o dañoso, como virtuoso o 
perverso, sólo en cuanto tiene como punto de referencia al moder-
no Príncipe mismo y sirve para incrementar su poder u oponerse a 
él. El Príncipe ocupa, en las conciencias, el lugar de la divinidad o 
del imperativo categórico; deviene la base de un laicismo moderno 
y de una completa laicización de toda la vida y de todas las relacio-
nes de costumbres.
Gramsci BI.indb 112 16/11/16 13:43
113
El partido político
La cuestión de cuándo se ha formado un partido, o sea, cuándo tie-
ne una tarea precisa y permanente, produce muchas discusiones y 
a menudo también, desgraciadamente, una forma de orgullo que 
no es menos ridículo y peligroso que el “orgullo de las naciones” 
del que habla Vico. Verdaderamente puede decirse que un partido 
no está nunca perfecto y formado, en el sentido de que todo desa-
rrollo crea nuevas obligaciones y tareas y en el sentido de que para 
algunos partidos se comprueba la paradoja de que están perfectos y 
formados cuando ya no existen, es decir, cuando su existencia se ha 
hecho históricamente inútil. Y así como un partido no es sino una 
nomenclatura de clase, resulta evidente que, para el partido que se 
propone anular la división en clases, su perfección y cumplimiento 
consisten en haber dejado de existir porque no existen ya clases, 
ni tampoco, por tanto, sus expresiones. Pero aquí se desea aludir a 
un particular momento de ese proceso de desarrollo, el momento 
inmediatamente posterior a aquel en el cual un hecho puede tener 
existencia o no tenerla, en el sentido de que la necesidad de su exis-
tencia no ha llegado todavía a ser “perentoria”, sino que depende 
“en gran parte” de la existencia de personas de extraordinaria po-
tencia volitiva y de extraordinaria voluntad.
¿Cuándo se hace históricamente “necesario” un partido? 
Cuando las condiciones de su “triunfo”, de su indefectible conver-
sión en Estado, están al menos en vías de formación y permiten 
Gramsci BI.indb 113 16/11/16 13:43
El partido político
114
prever normalmente sus ulteriores desarrollos. Pero ¿cuándo pue-
de decirse, en condiciones tales, que un partido no podrá ser des-
truido con medios normales? Para contestar a esa pregunta hay que 
desarrollar un razonamiento: para que exista un partido es nece-
sario que confluyan tres elementos fundamentales (propiamente, 
tres grupos de elementos): (1) un elemento difuso, de hombres co-
munes, medios, cuya participación está posibilitada por la discipli-
na y la fidelidad, no por un espíritu creador y muy organizador. Sin 
ellos, es verdad, el partido no existiría, pero también es verdad que 
el partido no existiría “solamente” con ellos. Ellos son una fuerza 
en la medida en que haya alguien que los centralice, organice y 
discipline, pero si falta esta otra fuerza de cohesión, se dispersarán 
y se anularán en una pulverización impotente. No se trata de negar 
que cada uno de estos elementos pueda convertirse en una de las 
fuerzas de cohesión, pero se habla de ellos en el momento en que 
no lo son ni están en condiciones de serlo, o, si lo son, lo son sólo 
en un ámbito reducido, políticamente ineficaz y sin consecuencias; 
(2) el elemento principal de cohesión, que centraliza en el ámbito 
nacional, que da eficacia y potencia a un conjunto de fuerzas que, 
abandonadas a sí mismas, contarían cero o poco más. Este elemen-
to está dotado de una fuerza intensamente cohesiva, centralizado-
ra y disciplinadora, y también, o incluso tal vez por eso, inventiva 
(si se entiende “inventiva” en cierta orientación, según ciertas lí-
neas de fuerza, ciertas perspectivas y también ciertas premisas). 
También es verdad que este elemento solo no formaría el parti-
do, pero lo formaría, de todos modos, más que el primer elemento 
considerado. Se habla de capitanes sin ejército, pero en realidad es 
más fácil formar un ejército que formar capitanes. Tanto es así que 
un ejército ya existente queda destruido si se queda sin capitanes, 
mientras que la existencia de un grupo de capitanes, coordinados, 
de acuerdo entre ellos, con finalidades comunes, no tarda en formar 
un ejército incluso donde no existe; (3) un elemento medio que arti-
cule el primero con el segundo, los ponga en contacto no solamente 
“físico”, sino también moral e intelectual. En la realidad y para cada 
partido existen “proporciones definidas” entre esos tres elementos, 
y se alcanza el máximo de eficacia cuando se realizan esas “propor-
ciones definidas”.
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Antonio Gramsci
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Dadas esas consideraciones, se puede decir que es imposible 
destruir un partido con medios normales cuando, por existir ne-
cesariamente el segundo elemento –cuyo nacimiento depende de 
la existencia de las condicionesmateriales objetivas (y si no existe 
este segundo elemento, todo razonamiento es vacío)–, aunque sea 
en un estado disperso y no fijo, no pueden sino formarse los otros 
dos, o sea, el primero, que necesariamente forma el tercero como 
continuación suya y modo de expresarse.
Para que eso ocurra es necesario que se haya formado la con-
vicción férrea de que es necesaria una determinada solución de los 
problemas vitales. Sin esa convicción no se formará el segundo ele-
mento, cuya destrucción es la más fácil, por su escasez numérica; 
pero es necesario que este segundo elemento, cuando es destruido, 
deje como herencia un fermento a partir del cual pueda recons-
tituirse. ¿Y dónde podrá subsistir mejor ese fermento y formarse 
luego, sino en los elementos primero y tercero, que, evidentemente, 
son los más homogéneos con el segundo? La actividad del segundo 
elemento para constituir este fermento es, por tanto, fundamental: 
el criterio para juzgar a este segundo elemento debe verse: (1) en 
lo que realmente hace; (2) en lo que prepara para la hipótesis de su 
propia destrucción. Es difícil decir cuál de esas dos cosas es más 
importante. Como en la lucha hay que prever siempre la derrota, la 
preparación de los sucesores de uno es un elemento tan importante 
como lo que se hace para vencer.
A propósito del “orgullo” de partido, puede decirse que es 
peor que el “orgullo de las naciones” del que habla Vico. ¿Por qué? 
Porque una nación no puede no existir, y en el mero hecho de que 
existe es siempre posible, aunque sea con buena voluntad y for-
zando los textos, descubrir que la existencia en cuestión rebosa 
destino y significado. En cambio, un partido puede no existir por 
fuerza intrínseca. No hay que olvidar nunca que, en la lucha entre 
las naciones, cada una de ellas tiene interés en que la otra se de-
bilite por luchas internas, y que los partidos son precisamente los 
elementos de las luchas internas. Por tanto, para los partidos es 
siempre posible la pregunta de si existen por su fuerza propia, por 
auténtica necesidad, o si existen sólo por intereses ajenos, y efec-
tivamente, en las polémicas esto no se olvida nunca, sino que es 
Gramsci BI.indb 115 16/11/16 13:43
El partido político
116
incluso un motivo insistentemente usado, especialmente cuando 
la respuesta no es dudosa, lo que quiere decir que tiene garra y deja 
con dudas. Está claro que el que se deja desgarrar por esa duda será 
un necio. Políticamente la cuestión tiene una importancia sólo mo-
mentánea. En la historia de lo que suele llamarse “principio de las 
nacionalidades”, las intervenciones extranjeras a favor de los parti-
dos nacionales que perturban el orden interior de los Estados anta-
gonistas son innumerables, hasta el punto de que cuando se habla, 
por ejemplo, de la “política oriental” de Cavour lo que se pregunta es 
si se trataba de una “política”, o sea, de una línea de acción perma-
nente, o de una estratagema momentánea para debilitar a Austria 
en vista de lo ocurrido en 1859 y 1866. Del mismo modo se ve en los 
movimientos mazzinianos de principios de 1870 (ejemplo, asunto 
Barsanti[1]) la intervención de Bismarck, que, en vista de la guerra 
con Francia y del peligro de una alianza ítalo-francesa, pensaba 
debilitar Italia mediante conflictos internos. Y análogamente ven 
algunos en los acontecimientos de junio de 1914[2] la intervención 
del Estado Mayor austríaco previendo la guerra inminente. Como 
se ve, la casuística es numerosa, y es necesario tener ideas claras 
al respecto. Siempre que se hace algo se está haciendo el juego de 
alguien: lo importante es intentar por todos los medios hacer bien 
el juego de uno, es decir, vencer claramente. En cualquier caso, hay 
que despreciar el “orgullo” del partido y sustituirlo por hechos con-
cretos. Si, en cambio, se sustituyen los hechos concretos por el or-
gullo, o se practica la política del orgullo, estará justificada sin más 
la sospecha de escasa seriedad. No es necesario añadir que también 
hay que evitar a los partidos la apariencia “justificada” de que se 
está haciendo el juego a alguien, especialmente si ese alguien es 
[1] Intentos revolucionarios de Mazzini que fueron fácilmente reprimidos. En el úl-
timo de ellos el propio Mazzini se decidió a pasar de Sicilia a Roma poco antes de la 
conquista de esta capital por el reino de Italia. Un espía facilitó su detención en Sicilia. 
Durante su prisión cayó Roma en manos del naciente Estado italiano.
[2] Huelga general proclamada en toda Italia por la cgl y el psi el 8 de junio de 1914 en 
protesta por los disparos de la fuerza pública contra los obreros reunidos en Ancona 
para oír un discurso de Errico Malatesta. Manifestación en Turín, contra la cual tam-
bién dispararon los carabinieri (dos obreros muertos, ocho heridos). Descripción en 
Paolo Spriano, Torino operaria nella grande guerra (Turín, 1960: 60 y ss.).
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Antonio Gramsci
117
un Estado extranjero; pero si a pesar de todo se sigue especulando, 
hay que darse cuenta de que no se puede impedir que eso ocurra.
Es difícil excluir que cualquier partido (de los grupos domi-
nantes, pero también de los grupos subalternos) realice alguna fun-
ción de policía, o sea, de tutela de cierto orden político y legal. Si la 
cosa se demostrara concluyentemente, habría que plantear la cues-
tión de otro modo, preguntándose por las maneras y las orientacio-
nes con las cuales se ejerce esa función. ¿Es su sentido represivo o 
difusivo? ¿De carácter reaccionario o de carácter progresivo? El par-
tido dado, ¿ejerce su función de policía para conservar un orden ex-
terior, extrínseco, traba de las fuerzas vivas de la historia, o la ejerce 
en el sentido que tiende a llevar al pueblo a un nivel de civilización, 
expresión programática de la cual es ese orden político y legal. En la 
práctica, los que infringen una ley pueden encontrarse: (1) entre los 
elementos sociales reaccionarios desposeídos del poder por la ley; 
(2) entre los elementos progresivos comprimidos por la ley; (3) entre 
los elementos que no han alcanzado aún el nivel de civilización que 
la ley puede representar. La función de policía de un partido puede, 
por tanto, ser progresiva o regresiva: es progresiva cuando tiende 
a mantener en la órbita de la legalidad a las fuerzas reaccionarias 
despojadas del poder y a levantar las masas atrasadas al nivel de la 
nueva legalidad. Es regresiva cuando tiende a comprimir las fuerzas 
vivas de la historia y a mantener una legalidad superada, antihistó-
rica, hecha extrínseca. Por lo demás, el funcionamiento del partido 
dado suministra criterios de discriminación: cuando el partido es 
progresivo, funciona “democráticamente” (en el sentido del centra-
lismo democrático); cuando el partido es regresivo funciona “buro-
cráticamente” (en el sentido del centralismo burocrático). En este 
segundo caso el partido es un mero ejecutor no deliberante: es en-
tonces, técnicamente, un órgano de policía, y su nombre de “partido 
político” es una pura metáfora de carácter mitológico.
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Lucha política y
guerra militar
En la guerra militar, logrado el fin estratégico de la destrucción del 
ejército enemigo y de la ocupación de su territorio, se da la paz. 
Es preciso señalar, por otro lado, que para que concluya la guerra 
basta con que el fin estratégico sea alcanzado sólo potencialmente; 
o sea, basta con que no exista duda de que un ejército no puede 
combatir más y que el ejército victorioso “puede” ocupar el terri-
torio enemigo. La lucha política es enormemente más compleja. En 
cierto sentido puede ser parangonada con las guerras coloniales o 
con las viejas guerras de conquista, cuando el ejército victorioso 
ocupa o se propone ocupar en forma estable todo o una parte del 
territorio conquistado. Entonces, el ejército vencido es desarmado 
y dispersado, pero la lucha continúa en el terreno político y en elde la “preparación” militar. Así, la lucha política de la India con-
tra los ingleses (y en cierta medida la de Alemania contra Francia 
o de Hungría contra la Pequeña Entente)[1] conoce tres formas de 
guerras: de movimiento, de posición y subterránea. La resistencia 
[1] La Pequeña Entente es la alianza defensiva que el 14 de agosto de 1920 unió a 
Yugoslavia y Checoslovaquia, a las que muy pronto se agregó Rumania, y que estaba 
destinada a impedir toda tentativa de Hungría de reconquistar total o parcialmente lo 
que había perdido la monarquía austro-húngara en el tratado de paz. Los contratantes 
declaran oponerse a toda reconstrucción de la antigua monarquía y a toda nueva fe-
deración, y se comprometen a un apoyo recíproco en caso de ataque húngaro. Contra 
la Pequeña Entente, patrocinada por Francia, Hungría se vio llevada a inclinarse cada 
vez más, después del surgimiento de los regímenes fascistas, hacia Alemania e Italia.
Gramsci BI.indb 119 16/11/16 13:43
Lucha política y guerra militar
120
pasiva de Gandhi es una guerra de posición, que en algunos mo-
mentos se convierte en guerra de movimiento y en otros en guerra 
subterránea; el boicot es guerra de posición, las huelgas son guerra 
de movimiento, la preparación clandestina de armas y de elemen-
tos combativos de asalto es guerra subterránea. Hay una forma de 
arditismo, pero es empleada con mucha ponderación. Si los ingleses 
tuviesen la convicción de que se prepara un gran movimiento insu-
rreccional destinado a destruir su actual superioridad estratégica 
(que consiste, en cierto sentido, en su posibilidad de maniobrar a 
través de líneas interiores y de concentrar sus fuerzas en el punto 
“esporádicamente” más peligroso) con el ahogamiento de masa (es 
decir, constriñéndolos a diluir sus fuerzas en un teatro bélico ge-
neralizado en forma simultánea), les convendría provocar la salida 
prematura de las fuerzas combatientes indias para identificarlas y 
decapitar el movimiento general. Así, a Francia le convendría que la 
derecha nacionalista alemana fuese envuelta en un golpe de Estado 
aventurado que impulsara a la presunta organización militar ilegal 
a manifestarse prematuramente, permitiendo una intervención 
afortunada desde el punto de vista francés. He aquí por qué en es-
tas formas mixtas de lucha, cuyo carácter militar es fundamental 
y el carácter político preponderante (toda lucha política tiene siem-
pre un sustrato militar), el empleo de los arditi demanda un desarro-
llo táctico original, para cuya concepción la experiencia de guerra 
sólo puede dar un estímulo y no un modelo.
El problema de los comitadjis[2] balcánicos merece un trata-
miento aparte, ya que están ligados a condiciones particulares del 
ambiente físico-geográfico regional, a la formación de las clases ru-
rales e igualmente a la eficiencia real de los gobiernos. Lo mismo 
para el caso de las bandas irlandesas, cuya forma de guerra y de or-
ganización estaba ligada a la estructura social de ese país. Los comi-
tadjis, los irlandeses y las otras formas de guerra de guerrillas deben 
ser separadas de la cuestión del arditismo, si bien parecen tener pun-
tos de contacto con ella. Estas formas de lucha son propias de mi-
norías débiles pero exasperadas contra mayorías bien organizadas, 
[2] Nombre dado a las bandas de combatientes irregulares que operaban en la penín-
sula balcánica y preparaban la lucha contra los turcos.
Gramsci BI.indb 120 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
121
mientras que el arditismo moderno presupone una gran reserva, in-
movilizada por diversas razones pero potencialmente eficiente, que 
lo sostiene y lo alimenta con aportes individuales.
Arte militar y arte político
Una vez más sobre los arditi. La relación existente en 1917-1918 entre 
las formaciones de arditi y el ejército en su conjunto puede conducir 
y condujo ya a los dirigentes políticos a erróneas formulaciones en 
sus planes de lucha. Se olvida: (1) que los arditi son simples forma-
ciones tácticas que presuponen un ejército poco eficiente, mas no 
inerte por completo, puesto que si la disciplina y el espíritu militar 
se reflejaron hasta aconsejar una nueva disposición táctica, a pesar 
de todo existen en cierta medida, y en correspondencia con ella se 
da justamente la nueva formación táctica; de otra manera, se pro-
duciría inevitablemente la derrota y la fuga; (2) que es preciso no 
considerar al arditismo como un signo de la combatividad general de 
la masa militar, sino, por el contrario, como un signo de su pasivi-
dad y de su relativa desmoralización.
Esto sea dicho manteniendo implícito el criterio general de 
que los parangones entre el arte militar y la política deben ser esta-
blecidos siempre cum grano salis, es decir, sólo como estímulos para 
el pensamiento y como términos de simplificación ad absurdum. En 
efecto, en la militancia política falta la sanción penal implacable 
para quien yerra o no obedece exactamente, falta la ley marcial, 
sin contar con el hecho de que la disposición de las fuerzas políti-
cas no es ni de lejos comparable al encuadramiento militar. En la 
lucha política, además de la guerra de movimiento y de la guerra de 
asedio o de posición, existen otras formas. El verdadero arditismo, 
o sea el arditismo moderno, es propio de la guerra de posición, tal 
como se reveló en 1914-1918. La guerra de movimiento y la de ase-
dio de los períodos precedentes tenían también, en cierto sentido, 
sus arditi. La caballería ligera y pesada, los bersaglieri, etc., las tropas 
veloces en general, cumplían en parte una función de arditi; así, por 
ejemplo, en el arte de organizar las patrullas estaba contenido el 
germen del arditismo moderno. En la guerra de asedio dicho germen 
Gramsci BI.indb 121 16/11/16 13:43
Lucha política y guerra militar
122
existía más que en la guerra de movimiento: servicio de patrullas 
más extendido y, sobre todo, el arte de organizar salidas y asaltos 
imprevistos por medio de elementos escogidos.
Otro elemento digno de tenerse presente es el siguiente: 
en la lucha política es preciso no imitar los métodos de lucha de 
las clases dominantes, para no caer en fáciles emboscadas. En las 
luchas actuales este fenómeno se verifica con mucha frecuencia. 
Una organización estatal debilitada es como un ejército que ha per-
dido todo su vigor; entran en el campo los arditi, o sea, las organiza-
ciones armadas privadas que tienen dos objetivos: hacer uso de la 
ilegalidad, mientras el Estado parece permanecer en la legalidad, 
como medio de reorganizar al mismo Estado; creer que a la activi-
dad privada ilegal se le puede contraponer otra actividad similar, 
es decir, combatir el arditismo con el arditismo. Esto es algo estúpido. 
Significa creer que el Estado permanecerá siempre inerte, lo cual 
no ocurre jamás, al margen de las otras condiciones diferentes. El 
carácter de clase lleva a una diferencia fundamental: una clase que 
debe trabajar todos los días con horario fijo no puede tener organi-
zaciones de asalto permanentes y especializadas como una clase 
que tiene amplias posibilidades financieras y no está ligada, con 
todos sus miembros, a un horario fijo. A cualquier hora del día y de 
la noche, estas organizaciones convertidas en profesionales pue-
den descargar golpes decisivos y utilizar la sorpresa. La táctica de 
los arditi no puede tener, por lo tanto, la misma importancia para 
una clase que para otra. Para ciertas clases es necesaria, porque le 
es propia, la guerra de movimiento y de maniobra que, en el caso 
de la lucha política, puede combinarse con un útil y hasta indis-
pensable uso de la táctica de los arditi. Pero fijarse en un modelo 
militar es una tontería: la política debe ser, también aquí, superior 
a la parte militar. Sólo la política crea la posibilidad de la maniobra 
y del movimiento.
De todo lo dicho se advierte que en el fenómeno del arditismo 
militar es preciso distinguir entre función técnica de arma espe-
cial ligada a la moderna guerra de posicióny función político-mi-
litar: como función de arma especial el arditismo existió en todos 
los ejércitos que participaron en la guerra mundial; como función 
político-militar existió en los países políticamente no homogéneos 
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Antonio Gramsci
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y debilitados, los que, por consiguiente, tenían como expresión un 
ejército nacional poco combativo y un Estado Mayor burocratizado 
y fosilizado en la carrera (1929-1930).
A propósito de la comparación entre los conceptos de guerra 
de maniobra y guerra de posición en el arte militar y los conceptos 
correspondientes en el arte político, debe recordarse el folleto de 
Rosa Luxemburgo, traducido del francés al italiano en 1919 por C. 
Alessandri[3]. En el folleto se teorizan un poco apresuradamente y 
en forma superficial las experiencias históricas de 1905. En efecto, 
Rosa descuidó los elementos “voluntarios” y organizativos que en 
aquellos acontecimientos eran mucho más eficientes y numerosos 
de lo que ella creía, víctima de un cierto prejuicio “economicista” 
y espontaneísta. Sin embargo, este folleto (y otros escritos de la 
misma autora) es uno de los documentos más significativos de la 
teorización de la guerra de maniobra aplicada al arte político. El 
elemento económico inmediato (crisis, etc.) es considerado como la 
artillería de campaña que, en la guerra, abre una brecha en la de-
fensa enemiga, brecha suficiente como para que las tropas propias 
irrumpan y obtengan un éxito definitivo (estratégico) o al menos 
importante en la dirección de la línea estratégica. Naturalmente, en 
la ciencia histórica la eficacia del elemento económico inmediato 
es considerada como mucho más compleja que la de la artillería 
pesada en la guerra de maniobra, ya que este elemento era conce-
bido como causante de un triple efecto: (1) abrir una brecha en la 
defensa enemiga luego de haber llevado la confusión a los cuadros 
adversarios, abatida su confianza en sí mismos, en sus fuerzas y en 
su porvenir; (2) organizar con una rapidez fulminante las propias 
tropas, crear sus cuadros, o al menos ubicar con una celeridad ful-
minante los cuadros existentes (elaborados hasta entonces por el 
proceso histórico general) en su puesto de encuadre de las tropas 
diseminadas; (3) crear en forma instantánea la concentración ideo-
lógica de la identidad de los fines a alcanzar. Era una forma de fé-
rreo determinismo economista, con el agravante de que los efectos 
eran concebidos como inmediatos en el tiempo y en el espacio; se 
[3] Rosa Luxemburgo, “Huelga de masa, partido y sindicatos” en Cuadernos de Pasado y 
Presente Nº 13 (Córdoba) 1970.
Gramsci BI.indb 123 16/11/16 13:43
Lucha política y guerra militar
124
trataba por ello de un verdadero misticismo histórico, de la espera 
de una especie de destello milagroso.
La observación del general Krasnov (en su novela) de que la 
Entente (que no quería una victoria de la Rusia imperial para que no 
fuese resuelta definitivamente a favor del zarismo la cuestión orien-
tal) impuso al Estado Mayor ruso la guerra de trinchera (absurda, 
dado el enorme desarrollo del frente del Báltico al Mar Negro, con 
grandes zonas palúdicas y boscosas) mientras que la única posible 
era la guerra de maniobra es una tontería. El ejército ruso en realidad 
intentó la guerra de maniobra y de profundización especialmente 
en el sector austríaco (pero también en la Prusia Oriental) y obtuvo 
éxitos brillantísimos aunque efímeros. La verdad es que no se puede 
escoger la forma de guerra que se desea, a menos que súbitamente 
se tenga una superioridad abrumadora sobre el enemigo, y sabido 
es cuántas pérdidas costó la obstinación de los Estados Mayores en 
no querer reconocer que la guerra de posición era “impuesta” por las 
relaciones generales de las fuerzas que se enfrentaban. La guerra de 
posición, en efecto, no está constituida sólo por las trincheras pro-
piamente dichas, sino por todo el sistema organizativo e industrial 
del territorio que está ubicado a espaldas del ejército: y es impuesta, 
sobre todo, por el tiro rápido de los cañones, por las ametralladoras, 
los fusiles, la concentración de las armas en un determinado pun-
to y además por la abundancia del reabastecimiento que permite 
sustituir en forma rápida el material perdido luego de un avance 
o de un retroceso. Otro elemento es la gran masa de hombres que 
constituyen las fuerzas desplegadas, de valor muy desigual y que 
justamente sólo pueden operar como masa. Se ve cómo en el frente 
oriental una cosa era irrumpir en el sector alemán y otra diferente 
en el sector austríaco y cómo también en el sector austríaco, refor-
zado por tropas escogidas alemanas y comandadas por alemanes, 
el ataque de choque como táctica termina en un desastre[4]. Algo 
[4] Alusión a las ofensivas rusas de los años 1914-1915; mientras que en la parte norte 
del frente oriental, en manos de los alemanes, los rusos habían sufrido reveses desde 
el comienzo de la campaña, su superioridad numérica, explotada en particular en el 
ataque precipitado del verano de 1914, les había permitido aplastar inicialmente a las 
tropas austro-húngaras y ocupar Galitzia. Durante el verano de 1915, esos resultados 
quedaron anulados por un contraataque de las tropas austro-húngaras encuadradas 
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Antonio Gramsci
125
análogo se observa en la guerra polaca[5] de 1920, cuando el avan-
ce que parecía irresistible fue detenido delante de Varsovia por el 
general Weygand en la línea comandada por los oficiales franceses. 
Los mismos técnicos militares que ahora se atienen fijamente a la 
guerra de posición como antes se atenían a la guerra de maniobra 
no sostienen, por cierto, que el tipo precedente debe ser suprimido 
de la ciencia, sino que en las guerras entre los Estados más avanza-
dos industrial y civilmente se debe considerar a ese tipo como redu-
cido a una función más táctica que estratégica; se lo debe considerar 
en la misma posición en que se encontraban en una época anterior 
la guerra de asedio con respecto a la de maniobra. La misma reduc-
ción debe ser realizada en el arte y la ciencia política, al menos en 
lo que respecta a los Estados más avanzados, donde la “sociedad 
civil” se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente 
a las “irrupciones” catastróficas del elemento económico inmediato 
(crisis, depresiones, etc.): las superestructuras de la sociedad civil 
son como el sistema de trincheras en la guerra moderna. Así como 
en este ocurría que un encarnizado ataque de la artillería parecía 
destruir todo el sistema defensivo adversario, cuando en realidad 
sólo había destruido la superficie exterior y en el momento del ata-
que y del avance los asaltantes se encontraron frente a una línea 
defensiva todavía eficiente, lo mismo ocurre en la política durante 
las grandes crisis económicas. Ni las tropas asaltantes, por efecto de 
las crisis, se organizan en forma fulminante en el tiempo y el espa-
cio, ni tanto menos adquieren un espíritu agresivo; recíprocamente, 
los asaltados no se desmoralizan ni abandonan la defensa, aun en-
tre los escombros, ni pierden la confianza en las propias fuerzas ni 
en su porvenir. Las cosas, por cierto, no permanecen tal cual eran, 
pero es verdad que llegan a faltar los elementos de rapidez, de ritmo 
acelerado, de marcha progresiva definitiva que esperaban encontrar 
y reforzadas por los cuerpos alemanes del general Mackensen.
[5] Pilsudski, en abril de 1920, lanzó a Polonia a una ofensiva contra la Rusia soviética, 
esperando aprovechar su debilidad y las luchas contrarrevolucionarias. Pero su ofen-
siva fue detenida en Ucrania desde el mes de mayo (contraofensiva de Tujachevski). 
La ofensiva rusa condujo a Budienny hasta las inmediaciones de Varsovia. Pilsudski 
se salvó por el apoyo de Francia, que le envió municiones y oficiales, entre estos el 
general Weygand. 
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Lucha política y guerra militar
126
losestrategas del cadornismo político. El último hecho de este tipo 
en la historia de la política son los acontecimientos de 1917. Ellos se-
ñalaron un cambio decisivo en la historia del arte y de la ciencia de 
la política. Se trata, por consiguiente, de estudiar con “profundidad” 
cuáles son los elementos de la sociedad civil que corresponden a los 
sistemas de defensa en la guerra de posición. Se dice con “profundi-
dad” intencionadamente, ya que fueron estudiados, pero desde pun-
tos de vista superficiales y triviales, tal como ciertos historiadores 
de costumbres estudian las rarezas de la moda femenina desde un 
punto de vista “racionalista”, es decir, persuadidos de que a ciertos 
fenómenos se los destruye tan sólo con explicarlos en forma “rea-
lista”, como si fuesen supersticiones populares (que por otro lado 
tampoco se destruyen con el hecho de explicarlas).
Es necesario ver si la famosa teoría de Bronstein sobre la 
permanencia[6] del movimiento no es el reflejo político de la teoría 
de la guerra de maniobra (recordar la observación del general de 
cosacos Krasnov), en última instancia, el reflejo de las condicio-
nes generales económico-cultural-sociales de un país donde los 
cuadros de la vida nacional son embrionarios y desligados, y no 
pueden transformarse en “trinchera o fortaleza”. En este caso, se 
podría decir que Bronstein, que aparece como un “occidentalista”, 
era en cambio un cosmopilta, es decir, superficialmente nacional y 
superficialmente occidentalista o europeo. Ilich[7], en cambio, era 
profundamente nacional y profundamente europeo.
Es sus memorias, Bronstein recuerda que se le dijo que su 
teoría había demostrado ser válida luego de… quince años, y res-
ponde al epigrama con otro epigrama. En realidad, su teoría como 
tal no era válida ni quince años antes ni quince años después: como 
ocurre con los obstinados, de los que habla Guicciardini, él adivinó 
grosso modo, es decir, tuvo razón en la previsión práctica más gene-
ral. Es como afirmar que una niña de cuatro años se convertirá en 
madre y al ocurrir esto, a los veinte años, decir: “lo había adivina-
do”, no recordando sin embargo que cuando tenía cuatro años se 
[6] Se refiere a Trotski y a su teoría de la “revolución permanente”.
[7] Se refiere a Lenin.
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Antonio Gramsci
127
deseaba violarla, en la seguridad de que se convertiría en madre. 
Me parece que Ilich había comprendido que era necesario pasar 
de la guerra de maniobra, aplicada victoriosamente en Oriente de 
1917, a la guerra de posición que era la única posible en Occidente 
donde, como observa Krasnov, en breve lapso los ejércitos podían 
acumular interminables cantidades de municiones, donde los cua-
dros sociales eran de por sí capaces de transformarse en trincheras 
muy provistas. Y me parece que este es el significado de la fórmula 
del “frente único”, que corresponde a la concepción de un solo fren-
te de la Entente bajo el comando único de Foch.
Sólo que Ilich no tuvo tiempo de profundizar su fórmula, aun 
teniendo en cuenta el hecho de que podía ser profundizada, sólo 
teóricamente, mientras que la tarea fundamental era nacional, es 
decir, exigía un reconocimiento del terreno y una fijación de los ele-
mentos de trinchera y de fortaleza representados por los elementos 
de la sociedad civil, etc. En Oriente, el Estado era todo, la sociedad 
civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y socie-
dad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se 
evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El estado 
sólo era una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una ro-
busta cadena de fortalezas y casamatas; en mayor o menor medida 
de un Estado a otro, se entiende, pero esto precisamente exigía un 
reconocimiento de carácter nacional.
La teoría de Bronstein puede ser comparada con la de ciertos 
sindicalistas franceses sobre la huelga general y con la teoría de 
Rosa expuesta en el folleto traducido por Alessandri. El folleto de 
Rosa y sus teorías, por otro lado, influyeron sobre los sindicalistas 
franceses, tal como se evidencia en ciertos artículos de Rosmer so-
bre Alemania aparecidos en la Vie Ouvrière (primera serie en peque-
ños fascículos). Dicha teoría depende en parte también de la teoría 
de la espontaneidad.
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129
Paso de la guerra 
de movimiento 
(y del ataque frontal) 
a la guerra de posición 
también en el campo político
Esta me parece la cuestión de teoría política más importante plan-
teada por el período de la posguerra, y la más difícil de resolver 
acertadamente. Está relacionada con las cuestiones suscitadas por 
Bronstein [Trotski], quien puede considerarse, de un modo u otro, 
como el teórico político del ataque frontal en un período en el cual 
ese ataque sólo es causa de derrotas. Este paso en la ciencia política 
no está relacionado con el ocurrido en el campo militar, sino indi-
rectamente (mediatamente), aunque desde luego hay una relación, 
y esencial, entre ambos. La guerra de posición requiere sacrificios 
enormes y masas inmensas de población; por eso hace falta en ella 
una inaudita concentración de la hegemonía y, por tanto, una forma 
de gobierno más “intervencionista”, que tome más abiertamente 
la ofensiva contra los grupos de oposición y organice permanen-
temente la “imposibilidad” de disgregación interna, con controles 
de toda clase, políticos, administrativos, etc., consolidación de las 
“posiciones” hegemónicas del grupo dominante, etc. Todo eso indi-
ca que se ha entrado en una fase culminante de la situación políti-
co-histórica, porque en la política la “guerra de posición”, una vez 
conseguida la victoria en ella, es definitivamente decisiva. O sea: en 
la política se tiene guerra de movimiento mientras se trata de con-
quistar posiciones no decisivas y, por tanto, no se movilizan todos 
los recursos de la hegemonía del Estado; pero cuando, por una u 
otra razón, esas posiciones han perdido todo valor y sólo importan 
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Paso de la guerra de movimiento …
130
las posiciones decisivas, entonces se pasa a la guerra de cerco, com-
primida, difícil, en la que se requieren cualidades excepcionales 
de paciencia y espíritu de invención. En la política el cerco es recí-
proco, a pesar de todas las apariencias, y el mero hecho de que el 
dominante tenga que sacar a relucir todos sus recursos prueba el 
cálculo que hizo acerca del adversario.
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131
Introducción al estudio 
de la filosofía y 
del materialismo histórico
Algunos puntos de referencia preliminares
Es preciso destruir el muy difundido prejuicio de que la filosofía es 
algo sumamente difícil por ser la actividad intelectual propia de 
una determinada categoría de científicos especialistas o de filósofos 
profesionales y sistemáticos. Es preciso, por tanto, demostrar, antes 
que nada, que todos los hombres son “filósofos”, y definir los lími-
tes y los caracteres de esta “filosofía espontánea”, propia de “todo 
el mundo”, esto es, de la filosofía que se halla contenida: (1) en el 
lenguaje mismo, que es un conjunto de nociones y conceptos deter-
minados, y no simplemente de palabras vaciadas de contenido; (2) 
en el sentido común, y en el buen sentido; (3) en la religión popular 
y, por consiguiente, en todo el sistema de creencias, supersticiones, 
opiniones, maneras de ver y de obrar que se manifiestan en lo que 
se llama generalmente “folklore”.
Después de demostrar que todos son filósofos –a su manera, 
inconscientemente, porque incluso en la más mínima manifes-
tación de una actividad intelectual cualquiera, la del “lengua-
je”, está contenida una determinada concepción del mundo–, se 
pasa al segundo momento, el de la crítica y el conocimiento, esto 
es, se plantea el siguiente problema: ¿es preferible “pensar” sin 
tener conocimiento crítico, de manera disgregada y ocasional,es decir, “participar” de una concepción del mundo “impuesta” 
Gramsci BI.indb 131 16/11/16 13:43
Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
132
mecánicamente por el ambiente externo, es decir, por uno de los 
tantos grupos sociales en que uno se encuentra incluido automá-
ticamente hasta su entrada en el mundo consciente (y que puede 
ser la aldea o la provincia, que puede tener origen en la parroquia 
y en la “actividad intelectual” del cura o del vejete patriarcal cuya 
“sabiduría” dicta la ley; de la mujercita que ha heredado la sabidu-
ría de las brujas o del pequeño intelectual avinagrado en su propia 
estupidez e incapacidad para obrar), o es mejor elaborar la propia 
concepción del mundo de manera consciente y crítica, y, por lo 
mismo, en vinculación con semejante trabajo intelectual, escoger 
la propia esfera de actividad, participar activamente en la elabora-
ción de la historia del mundo, ser el guía de sí mismo y no aceptar 
del exterior, pasiva y supinamente, la huella que se imprime sobre 
la propia personalidad?
Nota I. Por la propia concepción del mundo se pertenece siempre 
a un determinado agrupamiento, y precisamente al de todos los 
elementos sociales que participan de un mismo modo de pensar y 
de obrar. Se es conformista de algún conformismo, se es siempre 
hombre masa u hombre colectivo. El problema es este: ¿a qué tipo 
histórico pertenece el conformismo, el hombre masa del cual se 
participa? Cuando la concepción del mundo no es crítica ni cohe-
rente, sino ocasional y disgregada, se pertenece simultáneamente 
a una multiplicidad de hombres masa, y la propia personalidad se 
forma de manera caprichosa: hay en ella elementos del hombre de 
las cavernas y principios de la ciencia más moderna y avanzada; 
prejuicios de las etapas históricas pasadas, groseramente localis-
tas, e intuiciones de una filosofía del porvenir que será propia del 
género humano mundialmente unificado. Criticar la propia concep-
ción del mundo es tornarla, entonces, consciente, y elevarla hasta 
el punto al que ha llegado el pensamiento mundial más avanzado.
Significa también, por consiguiente, criticar toda la filoso-
fía existente hasta ahora, en la medida en que ha dejado estrati-
ficaciones consolidadas en la filosofía popular. El comienzo de la 
elaboración crítica es la conciencia de lo que realmente se es, es 
decir, un “conócete a ti mismo” como producto del proceso históri-
co desarrollado hasta ahora y que ha dejado en ti una infinidad de 
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Antonio Gramsci
133
huellas recibidas sin beneficio de inventario. Es preciso efectuar, 
inicialmente, ese inventario.
Nota II. No se pueden separar la filosofía y la historia de la filosofía, 
ni la cultura y la historia de la cultura. En el sentido más inmediato 
y determinado, no se puede ser filósofo, es decir, tener una concep-
ción críticamente coherente del mundo, sin tener conocimiento de 
su historicidad, de la fase de desarrollo por ella representada y del 
hecho de que ella se halla en contradicción con otras concepciones 
o con elementos de otras concepciones. La propia concepción del 
mundo responde a ciertos problemas planteados por la realidad, 
que son bien determinados y “originales” en su actualidad. ¿Cómo 
es posible pensar el presente, y un presente bien determinado, con 
un pensamiento trabajado por problemas de un pasado remoto y 
superado? Si ello ocurre, significa que se es “anacrónico” en rela-
ción con el tiempo en que se vive, que se pertenece a los fósiles y no 
a los seres modernos. O, por lo menos, que se está “compuesto” de 
manera caprichosa. Y, realmente, ocurre que grupos sociales que 
en determinados aspectos expresan la modernidad más desarro-
llada, en otros se hallan en retraso con su situación social, y por lo 
tanto son incapaces de una total autonomía histórica.
Nota III. Si es verdad que cada idioma tiene los elementos de una 
concepción del mundo y de una cultura, también será verdad que 
el lenguaje de cada uno permite juzgar acerca de la mayor o menor 
complejidad de su concepción del mundo. Quien habla solamente el 
dialecto o comprende la lengua nacional en distintos grados, par-
ticipa necesariamente de una concepción del mundo más o menos 
estrecha o provinciana, fosilizada, anacrónica en relación con las 
grandes corrientes que determinan la historia mundial.
Sus intereses serán estrechos, más o menos corporativos o 
económicos, no universales. Si no siempre resulta posible aprender 
más idiomas extranjeros para ponerse en contacto con vidas cul-
turales distintas, es preciso, por lo menos, aprender bien el idioma 
nacional. Una cultura puede traducirse al idioma de otra gran cul-
tura, es decir: un gran idioma nacional históricamente rico y com-
plejo puede traducir cualquier otra gran cultura; en otras palabras, 
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Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
134
puede ser una expresión mundial. Pero con un dialecto no es posi-
ble hacer lo mismo.
Nota IV. Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individual-
mente descubrimientos “originales”; significa también, y especial-
mente, difundir verdades ya descubiertas, “socializarlas”, por así 
decir, convertirlas en base de acciones vitales, en elemento de coor-
dinación y de orden intelectual y moral.
Que una masa de hombres sea llevada a pensar coherente-
mente y en forma unitaria la realidad presente es un hecho “filosó-
fico” mucho más importante y “original” que el hallazgo, por parte 
de un “genio” filosófico, de una nueva verdad que sea patrimonio de 
pequeños grupos de intelectuales.
Vinculación entre el sentido común, la religión y 
la filosofía 
La filosofía es un orden intelectual, cosa que no pueden ser la re-
ligión ni el sentido común. Véase cómo, en la realidad, tampoco 
coinciden religión y sentido común. Sin embargo, la religión es un 
elemento del sentido común disgregado. Por otra parte, “sentido co-
mún” es nombre colectivo, como “religión”; no existe un solo senti-
do común, pues también este es un producto y un devenir histórico. 
La filosofía y la crítica son la superación de la religión y del sentido 
común y, en ese aspecto, coinciden con el “buen sentido” que se 
contrapone al sentido común.
Relación entre ciencia, religión y sentido común 
La religión y el sentido común no pueden constituir un orden inte-
lectual porque no pueden reducirse a unidad y coherencia ni siquie-
ra en la conciencia individual, y no hablemos ya de la conciencia 
colectiva; no pueden reducirse a unidad y coherencia “libremente”, 
aunque por imposición “autoritaria” ello podría ocurrir, como en 
verdad ocurrió en el pasado dentro de ciertos límites. El problema 
Gramsci BI.indb 134 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
135
de la religión, entendido no en el sentido confesional, sino en el 
laico, de unidad de fe entre una concepción del mundo y una nor-
ma de conducta conforme a ella: pero ¿para qué llamar “religión” 
a esta unidad de fe en lugar de llamarla “ideología”, o más bien 
“política”? En verdad, no existe la filosofía en general: existen di-
versas filosofías o concepciones del mundo, y siempre se hace una 
elección entre ellas. ¿Cómo se produce esta elección? ¿Es un hecho 
puramente intelectual o más complejo? ¿Y no ocurre a menudo que 
entre el hecho intelectual y la norma de conducta exista contradic-
ción? ¿Cuál será, entonces, la verdadera concepción del mundo: la 
afirmada lógicamente como hecho intelectual o la que resulta de la 
real actividad de cada cual, que se halla implícita en su obrar?
Puesto que el obrar es siempre un obrar político, ¿no puede 
decirse que la filosofía real de cada cual se halla toda contenida en 
su política? Este contraste entre el pensar y el obrar, esto es, la coe-
xistencia de dos concepciones del mundo –una afirmada en palabras 
y la otra manifestándose en el obrar mismo–, no se debe siempre a 
la mala fe. La mala fe puede ser una explicaciónsatisfactoria para 
algunos individuos singularmente considerados, o también para 
grupos más o menos numerosos, pero es satisfactoria cuando el 
contraste se verifica en las manifestaciones de la vida de las am-
plias masas; en tal caso dicho contraste sólo puede ser la expresión 
de contradicciones más profundas de orden histórico-social.
Ello significa que un grupo social tiene su propia concepción 
del mundo, aunque embrionaria, que se manifiesta en la acción, y 
que cuando irregular y ocasionalmente –es decir, cuando se mueve 
como un todo orgánico–, por razones de sumisión y subordinación 
intelectual, toma en préstamo una concepción que no es la suya, una 
concepción de otro grupo social, la afirma de palabra y cree seguirla, 
es porque la sigue en “tiempos normales”, es decir, cuando la con-
ducta no es independiente y autónoma, sino precisamente sometida 
y subordinada. He ahí también por qué no se puede separar la filo-
sofía de la política, y por qué se puede demostrar, al contrario, que 
la elección de la concepción del mundo es también un acto político.
Es preciso, por consiguiente, explicar por qué sucede que 
en cada época coexistan muchos sistemas y corrientes filosóficas; 
cómo nacen, cómo se difunden, por qué la difusión sigue ciertas 
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Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
136
líneas de ruptura y ciertas direcciones, etc. Esto nos muestra cuán 
necesario es sistematizar crítica y coherentemente nuestras intui-
ciones del mundo y de la vida, fijando con exactitud lo que debe 
entenderse por “sistema”, a fin de que no sea comprendido en el 
sentido pedantesco y profesoral de la palabra. Pero esta elabora-
ción sólo puede y debe ser hecha en el cuadro de la historia de la 
filosofía, que muestra qué elaboración ha sufrido el pensamiento 
en el curso de los siglos y qué esfuerzo colectivo ha costado nuestro 
actual modo de pensar, que resume y compendia toda la historia 
pasada, incluso en sus errores y delirios, que no por haber sido co-
metidos en el pasado, cuando eran correctos, tienen que ser repro-
ducidos en el presente, cuando no son necesariamente correctos.
¿Qué idea se hace el pueblo de la filosofía? Se la puede re-
construir a través de los modos de decir del lenguaje común. Uno 
de los más difundidos es aquel de “tomar las cosas con filosofía” 
que, una vez analizado, no tiene por qué ser rechazado totalmente.
Es cierto que se contiene en él una implícita invitación a la 
resignación y a la paciencia; pero, en apariencia, el punto más im-
portante es su invitación a la reflexión, a tomar conciencia de que 
lo que sucede es en el fondo racional y que como tal es preciso en-
cararlo, concentrando las fuerzas racionales y no dejándose arras-
trar por los impulsos instintivos y violentos. Se podrían reagrupar 
estos modos de decir populares junto a las expresiones similares 
de escritores de carácter popular –tomándolas de los grandes vo-
cabularios–, de las que forman parte los términos “filosofía” y “fi-
losóficamente”, y se podrá ver que estas tienen un significado muy 
preciso, de superación de las pasiones bestiales y elementales, en 
una concepción de la necesidad que da al obrar una dirección cons-
ciente. Este es el núcleo sano del sentido común, lo que podría lla-
marse el buen sentido y que merece ser desarrollado y convertido 
en cosa unitaria y coherente. Así aparece claro por qué no es posible 
separar lo que se llama “filosofía científica” de la filosofía “vulgar y 
popular”, que es sólo un conjunto disgregado de ideas y opiniones.
Pero en este punto se plantea el problema fundamental de 
toda concepción del mundo, de toda filosofía que se haya convertido 
en una “religión”, una “fe”; es decir, que haya producido una acti-
vidad práctica y una voluntad, y que esté contenida en estas como 
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“premisa” teórica implícita (una “ideología”, se podría decir, si al tér-
mino ideología se le diera el significado más alto de concepción del 
mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, 
en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida 
individual y colectiva); esto es, el problema de conservar la unidad 
ideológica de todo el bloque social, que precisamente es cimentado 
y unificado por esta ideología. La fuerza de las religiones, y espe-
cialmente de la iglesia católica, ha consistido y consiste en que ellas 
sienten enérgicamente la necesidad de la unión doctrinaria de toda 
la masa “religiosa” y luchan para que los estratos intelectualmente 
superiores no se separen de los inferiores. La iglesia romana ha sido 
siempre la más tenaz en la lucha por impedir que se formen “oficial-
mente” dos religiones: la de los “intelectuales” y la de las “almas sim-
ples”. Esta lucha no ha transcurrido sin grandes inconvenientes para 
la iglesia misma; pero tales inconvenientes están unidos al proceso 
histórico que transforma toda la sociedad civil y que contiene en blo-
que una crítica corrosiva de las religiones. Por lo mismo, resulta mu-
cho más la capacidad organizativa del clero en la esfera de la cultura, 
y la relación abstractamente racional y justa que la iglesia en su ám-
bito ha sabido establecer entre intelectuales y simples. Los jesuitas 
han sido, indudablemente, los mayores artífices de este equilibrio, y 
para conservarlo han impreso a la iglesia un movimiento progresista 
que tiende a dar ciertas satisfacciones a las exigencias de la ciencia y 
de la filosofía, pero con ritmo tan lento y metódico que las mutacio-
nes no han sido percibidas por la masa de los simples, si bien apare-
cen como “revolucionarias” y demagógicas ante los “integralistas”.
Una de las mayores debilidades de las filosofías inmanentis-
tas en general consiste precisamente en no haber sabido crear una 
unidad ideológica entre lo bajo y lo alto, entre los “simples” y los 
intelectuales. En la historia de la civilización occidental el hecho 
se ha verificado en escala europea, con el fracaso inmediato del 
Renacimiento, y también, en parte, de la Reforma, en comparación 
con la iglesia católica. Esta debilidad se manifiesta en la cuestión 
escolástica, en cuanto que partiendo de las filosofías inmanentistas 
no se ha intentado siquiera construir una concepción que pudiera 
sustituir la religión en la educación infantil; de ahí el sofisma seu-
dohistórico por el cual pedagogos no religiosos (aconfesionales) y 
Gramsci BI.indb 137 16/11/16 13:43
Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
138
en realidad ateos permiten la enseñanza de la religión, porque la re-
ligión es la filosofía de la infancia de la humanidad que se renueva 
en cada infancia no metafórica. El idealismo se ha mostrado tam-
bién adverso a los movimientos culturales de “ir hacia el pueblo”, 
que se manifiestan en las llamadas universidades populares e insti-
tuciones similares, y no sólo por sus aspectos negativos, porque en 
tal caso sólo habría tenido que tratar de hacer algo mejor.
Sin embargo, estos movimientos eran dignos de interés y 
merecían ser estudiados; tuvieron éxito, en el sentido de que de-
mostraron, de parte de los “simples”, un entusiasmo sincero y una 
fuerte voluntad de elevarse hacia una forma superior de cultura y de 
concepción del mundo. Carecían, sin embargo, de toda organicidad 
de pensamiento filosófico o de solidez y centralización cultural; se 
tenía la impresión de que se parecían a los primeros contactos entre 
los mercaderes ingleses y los negros de África, en los que se entre-
gaban mercancías de pacotilla por pepitas de oro. Por otra parte, la 
organicidad de pensamiento y la solidez cultural podían lograrse 
solamente si entre los intelectuales y los simples hubiera existido 
la misma unidad que debe darse entre la teoría y la práctica, si los 
intelectuales hubiesen sido intelectuales orgánicamente pertene-
cientes a esas masas, si hubiesen elaborado y dado coherencia a 
los principiosy problemas que estas planteaban con su actividad, 
constituyendo así un bloque cultural y social. Tratábase, pues, de la 
misma cuestión señalada: un movimiento filosófico es tal cuando se 
aplica a desarrollar una cultura filosófica para grupos restringidos 
de intelectuales o, al contrario, sólo es tal cuando, en el trabajo de 
elaboración de un pensamiento superior al sentido común y científi-
camente coherente, no se olvida jamás de mantener el contacto con 
los “simples” y, antes bien, halla en dicho contacto la fuente de los 
problemas que estudiar y resolver. Sólo mediante este contacto una 
filosofía deviene “histórica”, se depura de los elementos intelectua-
listas de naturaleza individual y se hace “vida”[1].
[1] Quizás sea útil distinguir “prácticamente” la filosofía del sentido común para in-
dicar mejor el paso de un momento al otro. En la filosofía sobresalen especialmente 
los caracteres de la elaboración individual del pensamiento; en el sentido común, 
en cambio, los caracteres difusos y dispersos de un pensamiento genérico de cierta 
época y de cierto ambiente popular. Pero toda filosofía tiende a convertirse en sentido 
Gramsci BI.indb 138 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
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Una filosofía de la praxis sólo puede presentarse inicialmen-
te en actitud polémica y crítica, como superación del modo de pen-
sar precedente y del pensamiento concreto existente (o del mundo 
cultural existente). Es decir, sobre todo, como crítica del “sentido 
común” (luego de haberse basado en el sentido común para demos-
trar que “todos” son filósofos y que no se trata de introducir ex novo 
una ciencia en la vida individual de “todos”, sino de innovar y tor-
nar “crítica” una actividad ya existente) y luego de la filosofía de los 
intelectuales, que ha dado lugar a la historia de la filosofía y que, 
en cuanto individual (y, en rigor, de desarrollo esencial en la acti-
vidad de algunos individuos particularmente dotados), puede con-
siderarse como la “cumbre” del progreso del sentido común, por lo 
menos del sentido común de los estratos más cultos de la sociedad 
y, a través de estos, también del sentido común popular. He aquí 
por qué una introducción al estudio de la filosofía debe exponer sin-
téticamente los problemas nacidos del proceso de desarrollo de la 
cultura general, que se refleja sólo parcialmente en la historia de la 
filosofía y que, a pesar de ello, en ausencia de una historia del sen-
tido común (imposible de construir por falta de material documen-
tal), sigue siendo la fuente máxima de referencia para criticarlos, 
demostrar su valor real (si aún lo tienen) o el significado que han te-
nido como anillos superados de una cadena, y para fijar los nuevos 
problemas actuales o la ubicación actual de los viejos problemas.
La relación entre filosofía “superior” y sentido común está ase-
gurada por la “política”, así como está asegurada por la política la 
relación entre el catolicismo de los intelectuales y el de los “simples”.
Las diferencias existentes entre ambos casos son, sin embar-
go, fundamentales. El hecho de que la iglesia deba afrontar el pro-
blema de los “simples” significa, en verdad, que ha habido ruptura 
en la comunidad de los “fieles”, ruptura que no puede ser eliminada 
elevando a los “simples” al nivel de los intelectuales (tampoco se 
común de un ambiente, si bien restringido (de todos los intelectuales). Se trata, por 
lo tanto, de elaborar una filosofía que, teniendo ya difusión o difusividad por encon-
trarse conectada a la vida práctica implícita en ella, se convierta en un renovado 
sentido común, con la coherencia y el nervio de las filosofías individuales. Esto no 
puede lograrse si no se siente permanentemente la exigencia del contacto cultural 
con los “simples”.
Gramsci BI.indb 139 16/11/16 13:43
Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
140
propone la iglesia este objetivo, ideal y económicamente despro-
porcionado a sus fuerzas actuales), sino ejerciendo una disciplina 
de hierro sobre los intelectuales a fin de que no pasen de ciertos 
límites en la distinción y no la tornen catastrófica e irreparable. En 
el pasado estas “rupturas” en la comunidad de los fieles eran reme-
diadas por fuertes movimientos de masas que determinaban, o se 
resolvían en, la formación de nuevas órdenes religiosas en torno a 
fuertes personalidades (Domingo, Francisco)[2].
Pero la Contrarreforma esterilizó este pulular de fuerzas 
populares.
La Compañía de Jesús es la última gran orden religiosa de ori-
gen reaccionario y autoritario, con carácter represivo y “diplomáti-
co”, que señaló con su nacimiento el endurecimiento del organismo 
católico. Las nuevas órdenes aparecidas después tienen escasísimo 
significado “religioso” y un gran significado “disciplinario” sobre la 
masa de los fieles; son ramificaciones y tentáculos de la Compañía 
de Jesús, o se convirtieron en tales, instrumentos de “resistencia” 
para conservar las posiciones políticas adquiridas, no fuerzas reno-
vadoras y de desarrollo. El catolicismo se ha convertido en “jesui-
tismo”. El modernismo no creó órdenes religiosas, sino un partido 
político: la democracia cristiana[3].
La posición de la filosofía de la praxis es antitética a la católica: 
la filosofía de la praxis no tiende a mantener a los “simples” en su fi-
losofía primitiva del sentido común, sino, al contrario, a conducirlos 
hacia una concepción superior de la vida. Se afirma la exigencia del 
contacto entre intelectuales y simples, no para limitar la actividad 
científica y mantener la unidad al bajo nivel de las masas, sino para 
[2] Los movimientos heréticos del Medioevo como reacción simultánea contra la po-
litiquería de la iglesia y contra la filosofía escolástica que fue su expresión, sobre la 
base del nacimiento de las comunas, han sido una “ruptura” entre la masa y los inte-
lectuales en la iglesia, ruptura cicatrizada por la formación de movimientos popula-
res, religiosos, reabsorbidos por la iglesia en la formación de las órdenes mendicantes 
y en una nueva unidad religiosa.
[3] Recordar la anécdota (relatada por Steed en sus Memorias) del cardenal que explica 
al protestante inglés filo-católico que los milagros de San Genaro son artículos de fe 
para el populacho napolitano, no para los intelectuales; que también en los evange-
lios hay “exageraciones”. Y que a la pregunta “¿pero no somos cristianos?”, responde: 
“nosotros somos ‘prelados’, esto es, ‘políticos’ de la iglesia de Roma”.
Gramsci BI.indb 140 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
141
construir un bloque intelectual-moral que haga posible un progreso 
intelectual de masas y no sólo para pocos grupos intelectuales.
El hombre activo, de masa, obra prácticamente, pero no tiene 
clara conciencia teórica de su obrar, que sin embargo es un conoci-
miento del mundo en cuanto lo transforma. Su conciencia teórica 
puede estar, históricamente, incluso en contradicción con su obrar.
Casi se puede decir que tiene dos conciencias teóricas (o una 
conciencia contradictoria): una implícita en su obrar y que realmen-
te lo une a todos sus colaboradores en la transformación práctica de 
la realidad; y otra superficialmente explícita o verbal, que ha here-
dado del pasado y acogido sin crítica. Sin embargo, esta conciencia 
“verbal” no carece de consecuencias: unifica a un grupo social de-
terminado, influye sobre la conducta moral, sobre la dirección de la 
voluntad, de manera más o menos enérgica, que puede llegar hasta 
un punto en que la contradictoriedad de la conciencia no permita 
acción alguna, ninguna decisión, ninguna elección, y produzca un 
estado de pasividad moral y política. La comprensión crítica de sí 
mismo se logra a través de una lucha de “hegemonías” políticas, de 
direcciones contrastantes, primero en el campo de la ética, luego 
en el de la política, para arribar finalmente a una elaboración supe-
rior de la propia concepción de la realidad. La conciencia de formar 
parte de una determinada fuerza hegemónica(esto es, la concien-
cia política) es la primera fase para una ulterior y progresiva auto-
conciencia, en la cual teoría y práctica se unen finalmente. Pero la 
unidad de la teoría y de la práctica no es, de ninguna manera, algo 
mecánicamente dado, sino un devenir histórico, que tiene su fase 
elemental y primitiva en el sentido de “distinción”, de “separación”, 
de independencia instintiva, y que progresa hasta la posesión real 
y completa de una concepción del mundo coherente y unitaria. He 
aquí por qué es necesario poner de relieve que el desarrollo político 
del concepto de hegemonía representa un gran progreso filosófico, 
además de un progreso político práctico; porque necesariamente 
implica y supone una unidad intelectual y una ética conforme a 
una concepción de la realidad que ha superado el sentido común y 
se ha tornado crítica, aunque sólo sea dentro de límites estrechos.
Sin embargo, en los más recientes desarrollos de la filosofía de 
la praxis, la profundización del concepto de unidad entre la teoría y 
Gramsci BI.indb 141 16/11/16 13:43
Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
142
la práctica se halla aún en su fase inicial; quedan todavía residuos de 
mecanicismo, puesto que se habla de la teoría como “complemento”, 
como “accesorio” de la práctica, de la teoría como sierva de la prác-
tica. Parece correcto que también este problema deba ser ubicado 
históricamente, es decir, como un aspecto del problema práctico de 
los intelectuales. Autoconciencia crítica significa, histórica y políti-
camente, la creación de una elite de intelectuales; una masa humana 
no se “distingue” y no se torna independiente per se, sin organizar-
se (en sentido lato), y no hay organización sin intelectuales, o sea, 
sin organizadores y dirigentes, es decir, sin que el aspecto teórico 
del nexo teoría-práctica se distinga concretamente en una capa de 
personas “especializadas” en la elaboración conceptual y filosófica. 
Pero este proceso de creación de intelectuales es largo, difícil, lleno 
de contradicciones, de avances y retrocesos, desbandes y reagrupa-
mientos, y en él la “fidelidad” de las masas (y la fidelidad y la disci-
plina son inicialmente la forma que asume la adhesión de la masa y 
su colaboración al desarrollo de todo fenómeno cultural) es puesta 
a dura prueba. El proceso de desarrollo está vinculado con una dia-
léctica intelectuales/masa; el estrato de los intelectuales se desarro-
lla cuantitativa y cualitativamente, pero todo salto hacia una nueva 
“amplitud” y complejidad del estrato de los intelectuales está ligado a 
un movimiento análogo de la masa de los simples, que se eleva hacia 
niveles superiores de cultura y amplía simultáneamente su esfera 
de influencia, entre eminencias individuales o grupos más o menos 
importantes en el estrato de los intelectuales especializados.
Sin embargo, en el proceso se repiten continuamente mo-
mentos en los cuales se produce, entre masa e intelectuales (o en-
tre algunos de ellos; o entre grupos de ellos) una separación, una 
pérdida de contacto. De ahí la impresión de “accesorio”, de comple-
mentario, de subordinado. Insistir sobre el elemento “práctica” del 
nexo teoría-práctica, luego de haber escindido, separado y no sólo 
distinguido ambos elementos (operación meramente mecánica y 
convencional), significa que se atraviesa una fase histórica relativa-
mente primitiva, una fase aún económico-corporativa, en la cual se 
transforma cuantitativamente el cuadro general de la “estructura”, 
y la cualidad-superestructura está en vías de surgir, aunque no está 
todavía orgánicamente formada. Hay que destacar la importancia y 
Gramsci BI.indb 142 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
143
el significado que tienen, en el mundo moderno, los partidos políti-
cos, para la elaboración y la difusión de las concepciones del mun-
do, en cuanto elaboran la ética y la política conforme a las mismas, 
es decir, funcionan como “experimentadores” de dichas concepcio-
nes. Los partidos seleccionan individualmente la masa actuante, y 
la selección se produce conjuntamente en el campo práctico y en el 
teórico, con una relación tanto más estrecha entre teoría y prácti-
ca cuanto más radicalmente innovadora y antagónica de los viejos 
modos de pensamiento es la concepción. Por ello se puede decir que 
los partidos son los elaboradores de las nuevas intelectualidades 
integrales y totalitarias, esto es, el crisol de la unificación de teoría 
y práctica, entendida como proceso histórico real; y se comprende 
que su formación sea necesaria a través de la adhesión individual 
y no al modo “laborista”, puesto que si se trata de dirigir orgánica-
mente a “toda la masa económicamente activa”, ello no debe ha-
cerse según viejos esquemas, sino innovando, y la innovación no 
puede ser de masas, en sus primeros estadios, sino por intermedio 
de una elite en la cual la concepción implícita en la actividad hu-
mana se haya convertido, en cierta medida, en conciencia actual, 
coherente y sistemática, y en voluntad precisa y decidida.
Es posible estudiar una de estas fases en la discusión a través 
de la cual se verificaron los más recientes desarrollos de la filoso-
fía de la praxis, discusión resumida en un artículo de D.S. Mirski, 
colaborador de Cultura[4].Puede verse cómo se ha producido el paso 
de una concepción mecanicista y puramente exterior a una concep-
ción activista, que se acerca más, como se ha observado, a una justa 
comprensión de la unidad entre teoría y práctica, aun cuando no 
haya captado todavía todo el significado sintético. Se puede obser-
var que el elemento determinista, fatalista, mecanicista, ha sido un 
“aroma” ideológico inmediato de la filosofía de la praxis, una forma 
de religión y de excitante (al modo de los estupefacientes), pero 
necesario y justificado históricamente por el carácter “subalterno” 
de determinados estratos sociales.
[4] Alude probablemente al artículo de D.S. Mirski, “Demokratie und Partei im 
Bolsehewismus”, en la selección Demokrate und Partei, preparada por P.R. Rhoden, 
Viena, 1932, de la cual habla Glaeser, Bibliografía fascista, 1933.
Gramsci BI.indb 143 16/11/16 13:43
Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
144
Cuando no se tiene la iniciativa en la lucha, y cuando la lucha 
misma termina por identificarse con una serie de derrotas, el deter-
minismo mecánico se convierte en una fuerza formidable de resis-
tencia moral, de cohesión, de perseverancia paciente y obstinada.
“He sido vencido momentáneamente, pero la fuerza de las 
cosas trabaja para mí y a la larga…”, etc. La voluntad real se disfra-
za de acto de fe en cierta racionalidad de la historia, en una forma 
empírica y primitiva de finalismo apasionado, que aparece como un 
sustituto de predestinación, de la providencia, etc., de las religiones 
confesionales. Es necesario insistir en el hecho de que aun en ese 
caso existe realmente una fuerte actividad volitiva, una interven-
ción directa sobre la “fuerza de las cosas”, pero de manera implícita, 
velada, que se avergüenza de sí misma, y por lo tanto, la conciencia 
es contradictoria, carece de unidad crítica, etc. Pero cuando el “sub-
alterno” se torna dirigente y responsable de la actividad económi-
ca de masas, el mecanicismo aparece en cierto momento como un 
peligro inminente, y se produce una revisión de toda la manera de 
pensar porque ha ocurrido un cambio en el modo social de ser. Los 
límites y el dominio de la “fuerza de las cosas” son restringidos. 
¿Por qué? Porque, en el fondo, si el subalterno era ayer una cosa, hoy 
ya no lo es; hoy es una persona histórica, un protagonista; si ayer 
era irresponsable porque era “resistente” a una voluntad extraña, 
hoy se siente responsable porque ya no es resistente, sino operante 
y necesariamente activo y emprendedor.
Pero incluso ayer, ¿fue solamente mera “resistencia”, mera 
“cosa”, mera “irresponsabilidad”? Ciertamente, no. Al contrario, es 
menester poner de relieveque el fatalismo no es sino la forma en 
que los débiles se revisten de una voluntad activa y real. He ahí por 
qué es necesario siempre demostrar la futilidad del determinismo 
mecánico, el cual, explicable como filosofía ingenua de la masa –y, 
sólo como tal, elemento intrínseco de fuerza–, cuando es elevado a 
filosofía reflexiva y coherente por los intelectuales se convierte en 
causa de pasividad, de imbécil autosuficiencia, y ello sin esperar 
que el subalterno haya llegado a ser dirigente y responsable.
Una parte de la masa, aunque subalterna, es siempre dirigente 
y responsable, y la filosofía de la parte precede siempre a la filosofía del 
todo, no sólo como anticipación teórica, sino como necesidad actual.
Gramsci BI.indb 144 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
145
Que la concepción mecanicista ha sido una religión de sub-
alternos surge de un análisis del desarrollo de la religión cristiana, 
que en cierto período histórico y en condiciones históricas deter-
minadas ha sido y continúa siendo una “necesidad”, una forma 
necesaria de la voluntad de las masas populares, una forma de-
terminada de racionalidad del mundo y de la vida, que señaló los 
cuadros generales para la actividad práctica real. En este pasaje 
de un artículo de la Civiltà Cattolica (“Individualismo pagano e in-
dividualismo cristiano”, fasc., 5 de marzo de 1932) me parece bien 
expresada la mencionada función del cristianismo: 
La fe en un porvenir seguro, en la inmortalidad del alma destinada 
a la beatitud, en la seguridad de poder llegar al goce eterno, fue el 
resorte de propulsión hacia un trabajo de intensa perfección inter-
na y de elevación espiritual. El verdadero individualismo cristiano 
ha hallado aquí el impulso para sus victorias. Todas las fuerzas del 
cristiano fueron concentradas alrededor de este noble fin. Liberado 
de las fluctuaciones especulativas que arrojaban el alma a la duda, 
e iluminado por principios inmortales, el hombre sintió renacer las 
esperanzas; seguro de que una fuerza superior lo apuntalaba en la 
lucha contra el mal, se hizo violencia a sí mismo y venció al mundo. 
Pero en este caso se trata del cristianismo ingenuo, no del cristia-
nismo jesuitizado, convertido en un puro narcótico para las masas 
populares.
Pero la posición del calvinismo, con su férrea concepción de 
la predestinación y de la gracia que determina una vasta expansión 
del espíritu de iniciativa (o se convierte en una forma de este movi-
miento), es aún más expresiva y significativa[5].
¿Por qué y cómo se difunden, y llegan a ser populares, las 
nuevas concepciones del mundo? En este proceso de difusión (que 
es, al mismo tiempo, de sustitución de lo viejo y, muy a menudo, 
de combinación entre lo nuevo y lo viejo) influyen (¿cómo y en qué 
[5] En este sentido, ver Max Weber, L’etica protestante e lo spirito del capitalismo, publica-
do en los Nuovi Studi, fascículos de 1931 y siguientes, y el libro de B. Groethuysen sobre 
los orígenes religiosos de la burguesía en Francia (Origines de l’esprit bourgeris en Trance. 
I: L’Eglise et la boureeoisie, París, 1927).
Gramsci BI.indb 145 16/11/16 13:43
Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
146
medida?) la forma racional mediante la cual la nueva concepción 
es expuesta y presentada, la autoridad (en cuanto sea reconocida 
y apreciada, por lo menos genéricamente) del expositor y de los 
pensadores y científicos a los cuales llama en su apoyo el exposi-
tor, y el pertenecer a la misma organización de quien sostiene la 
nueva concepción (pero luego de haber entrado en la organización 
por un motivo que no es el de participar de la nueva concepción). 
Estos elementos, en realidad, varían según el grupo social de que 
se trate y del nivel del mismo. Pero la investigación interesa espe-
cialmente en lo que respecta a las masas populares, que cambian 
de concepciones más difícilmente y que, en todo caso, no la aceptan 
jamás en la forma “pura”, por decirlo así, sino siempre y solamente 
como combinación más o menos heteróclita y abigarrada. La forma 
racional, lógicamente coherente, la amplitud del razonamiento que 
no descuida ningún argumento positivo o negativo de cierto peso, 
tienen su importancia, pero están lejos de ser decisivas; pueden ser 
decisivas de manera subordinada, cuando determinada persona se 
halla ya en crisis intelectual y vacila entre lo viejo y lo nuevo, ha 
perdido la fe en lo viejo sin decidirse todavía por lo nuevo, etcétera.
Lo mismo puede decirse de la autoridad de los pensadores 
y científicos. Ella es muy grande en el pueblo. Pero, en rigor, cada 
concepción del mundo tiene sus pensadores y científicos que po-
ner por delante, y la autoridad se halla dividida. Por otra parte es 
posible para cada pensador distinguir, poner en duda que haya di-
cho las cosas en determinado sentido, etc. Se puede concluir que 
el proceso de difusión de las nuevas concepciones se realiza por 
razones políticas, es decir, en última instancia, sociales; pero que 
el elemento autoritario y el organizativo tienen en este proceso 
una función muy grande, inmediatamente después de producida la 
orientación general, tanto en los individuos como en los grupos nu-
merosos. De allí se concluye, sin embargo, que las masas en cuanto 
tales sólo pueden vivir la filosofía como una fe. Es de imaginarse, 
por otra parte, la posición intelectual de un hombre del pueblo: se 
ha formado opiniones, convicciones, criterios de discriminación y 
normas de conducta. Cada sostenedor de un punto de vista opuesto 
al suyo, en cuanto es intelectualmente superior, sabe argumentar 
sus razones mejor que él, y lógicamente lo derrota en la discusión. 
Gramsci BI.indb 146 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
147
¿Debe, por ello, cambiar de convicciones el hombre del pueblo? ¿Y 
por el hecho de que en la discusión inmediata no sabe hacerlas va-
ler? Si así fuese, eso debería sucederle una vez por día, cada vez que 
enfrentase a un adversario ideológico intelectualmente superior. 
¿Sobre qué elementos se funda, entonces, su filosofía, y especial-
mente su filosofía en la forma que tiene para él la mayor importan-
cia como norma de conducta? El elemento más importante tiene, 
indudablemente, carácter no racional, de fe. Pero ¿en quién y en qué 
cosa? Especialmente en el grupo social al cual pertenece, en cuan-
to piensa las cosas difusamente como este: el hombre del pueblo 
piensa que entre tanta gente no puede equivocarse de raíz, como 
el adversario argumentador quería hacerle creer; que él mismo, es 
cierto, no es capaz de sostener y desarrollar las propias razones 
como el adversario las suyas, pero en su grupo hay quien lo sabe 
hacer incluso mejor que ese adversario determinado, y él recuerda 
haberlo oído exponer las razones de su fe, detenida y coherente-
mente, de tal manera que lo ha convencido. No recuerda las razones 
en concreto y no sabría repetirlas, pero sabe que existen porque las 
ha oído exponer y lo han convencido. El haber sido convencido una 
vez de manera fulgurante es la razón permanente de la persistencia 
de la convicción, aun cuando no se la sepa argumentar.
Pero estas consideraciones conducen a la conclusión de una 
extrema labilidad de las nuevas convicciones de las masas popu-
lares, especialmente cuando estas nuevas convicciones contras-
tan con las convicciones (también nuevas) ortodoxas, socialmente 
conformistas según los intereses de las clases dominantes. Esto se 
puede ver cuando se reflexiona sobre la fortuna de las religiones 
y las iglesias. La religión o una determinada iglesia mantiene su 
comunidad de fieles (dentro de ciertos límites de las necesidades 
del desarrollo histórico-general) en la medida en que mantiene per-
manente y organizadamente la fe, repitiendo la apologética infati-
gablemente, luchando siempre y en cada momento con argumentos 
similares, y manteniendo una jerarquía de intelectuales que den 
a la fe, por lo menos, una apariencia de dignidad de pensamiento.
Cada vez quela continuidad de las relaciones entre la iglesia 
y los fieles se interrumpe violentamente por razones políticas, como 
aconteció durante la Revolución Francesa, las pérdidas sufridas por 
Gramsci BI.indb 147 16/11/16 13:43
Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
148
la iglesia resultan incalculables; y si las condiciones de difícil ejer-
cicio de las prácticas acostumbradas se hubiesen prolongado más 
allá de ciertos límites de tiempo, existen todas las razones para 
pensar que tales pérdidas habrían sido definitivas, y una nueva reli-
gión habría surgido, como por otra parte surgió en Francia, en com-
binación con el viejo catolicismo. De allí se deducen determinadas 
necesidades para cada movimiento cultural que tienda a sustituir 
al sentido común y las viejas concepciones el mundo en general: (1) 
no cansarse jamás de repetir los argumentos (variando literaria-
mente la forma): la repetición es el medio didáctico más eficaz para 
obrar sobre la mentalidad popular; (2) trabajar sin cesar para elevar 
intelectualmente a más vastos estratos populares, esto es, para dar 
personalidad al amorfo elemento de masa, cosa que significa traba-
jar para suscitar elites de intelectuales de un tipo nuevo, que surjan 
directamente de la masa y que permanezcan en contacto con ella, 
para llegar a ser las “ballenas de corsé”[6].
Esta segunda necesidad, cuando es satisfecha, es la que mo-
difica realmente el “panorama ideológico” de una época. Por lo de-
más, estas elites no pueden constituirse y organizarse sin que en su 
interior se verifique una jerarquización de autoridad y competencia 
intelectual, que puede culminar en un gran filósofo individual, si 
este es capaz de revivir concretamente las exigencias de la sólida 
comunidad ideológica, de comprender que esta no puede tener la 
rapidez de movimientos propia de un cerebro individual, y de ela-
borar formalmente la doctrina colectiva de la manera más adhe-
rente y adecuada al modo de ser colectivo.
Es evidente que una construcción de masas de tal género 
no puede producirse “arbitrariamente”, en torno a una ideología 
cualquiera, por la voluntad formalmente constructiva de una per-
sonalidad o de un grupo que se lo proponga por el fanatismo de sus 
convicciones filosóficas o religiosas. La adhesión o no adhesión de 
masas a una ideología es el modo en que se verifica la crítica real 
[6] Gramsci quiere significar con dicha expresión, indudablemente, que los intelec-
tuales de nuevo tipo deben ser los sostenes ideológicos y organizativos de las masas. 
Preferimos traducirla literalmente por no haber hallado un equivalente en castellano 
de la misma expresividad (stecche del busto).
Gramsci BI.indb 148 16/11/16 13:43
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de la racionalidad e historicidad de los modos de pensar. Las cons-
trucciones arbitrarias son más o menos rápidamente eliminadas de 
la competición histórica, aun cuando a veces, por una combinación 
de circunstancias inmediatas favorables, alcanzan a gozar de cierta 
popularidad, mientras que las construcciones que corresponden a 
las exigencias de un período complejo y orgánico terminan siempre 
por imponerse y prevalecer, aun cuando atraviesan muchas fases 
intermedias durante las cuales su afirmación se produce sólo en 
combinaciones más o menos abigarradas y heteróclitas.
Estos desarrollos plantean muchos problemas, los más im-
portantes de los cuales se resumen en el modo y la calidad de las 
relaciones entre los diversos estratos intelectualmente calificados, 
es decir, la importancia y la función que debe y puede tener el apor-
te creador de los grupos superiores, en conexión con la capacidad 
orgánica de discusión y de desarrollo de nuevos conceptos críticos 
por parte de los estratos intelectualmente subordinados. Se trata, 
por consiguiente, de fijar los límites de la libertad de propaganda y 
de discusión, libertad que no debe ser entendida en el sentido ad-
ministrativo y policial, sino en el sentido de autolimitación que los 
dirigentes acuerdan a su propia actividad, o sea, en sentido propio, 
la fijación de una orientación a la política cultural.
En otras palabras: ¿quién fijará los “derechos de la ciencia” 
y los límites de las investigaciones científicas? ¿Pueden estos lími-
tes y estos derechos ser realmente fijados? Parece necesario que 
el trabajo de investigación de nuevas verdades y de mejores, más 
coherentes y claras formulaciones de las verdades mismas sea 
dejado a la libre iniciativa de cada uno de los científicos, aunque 
estos vuelven a poner continuamente en discusión los principios 
que parecen más esenciales. Por lo demás, no será difícil descubrir 
cuándo tales iniciativas de discusión tienen motivos interesados 
y no de carácter científico. Tampoco es imposible pensar que las 
iniciativas individuales deben ser disciplinadas y ordenadas, de tal 
suerte que pasen por la criba de las academias e institutos cultu-
rales de diversos géneros, y sólo después de seleccionadas sean 
hechas públicas, etcétera.
Sería interesante estudiar en concreto, para un país deter-
minado, la organización cultural que mantiene en movimiento el 
Gramsci BI.indb 149 16/11/16 13:43
Introducción al estudio de la filosofía y del materialismo histórico
150
mundo ideológico y examinar su funcionamiento práctico. Un es-
tudio de la relación numérica existente entre el personal que pro-
fesionalmente se dedica al trabajo cultural activo y la población de 
cada país sería también útil junto con un cálculo aproximativo de 
las fuerzas libres. La escuela, en todos sus grados, y la iglesia son 
las dos mayores organizaciones culturales de cada país, por la can-
tidad de personal que ocupan. Los diarios, las revistas, la actividad 
literaria y las instituciones escolares privadas, ya sea como inte-
grantes de la escuela del Estado o como instituciones de cultura del 
tipo de las universidades populares. Otras profesiones incorporan 
a su actividad especializada una fracción cultural no indiferente, 
como la de los médicos, oficiales del ejército, magistratura.
Pero es de notarse que en todos los países, aun cuando en dis-
tinta medida, existe una gran fractura entre las masas populares y 
los grupos intelectuales, inclusive los más numerosos y próximos 
a la periferia nacional, como los maestros y los curas. Y ello ocurre 
porque, aun cuando los gobernantes digan lo contrario, el Estado 
como tal no tiene una concepción unitaria, coherente y homogénea, 
por lo cual, los grupos intelectuales están disgregados entre estrato 
y estrato y en la esfera del mismo estrato. Las universidades, salvo 
en algunos países, no ejercen ninguna función unificadora; a me-
nudo un pensador libre tiene más influencia que toda la institución 
universitaria, etcétera.
A propósito de la función histórica desarrollada por la con-
cepción fatalista de la filosofía de la praxis, se podría hacer su elo-
gio fúnebre reivindicando su utilidad para un período histórico, 
pero justamente por ello, sosteniendo la necesidad de sepultarla 
con todos los honores del caso. Se podría parangonar realmente su 
función con la teoría de la predestinación y de la gracia en los co-
mienzos del mundo moderno, teoría que posteriormente culminó 
con la filosofía clásica alemana y con su concepción de la libertad 
como conciencia de la necesidad. Fue sustituto popular del grito 
“Dios lo quiere”, aun cuando en este plano primitivo y elemental 
fuera el comienzo de una concepción más moderna y fecunda que 
la contenida en el “Dios lo quiere” o en la teoría de la gracia. ¿Puede 
acaso ocurrir que “formalmente” una nueva concepción se presen-
te con otro traje que el rústico y confuso de la plebe? Y sin embargo, 
Gramsci BI.indb 150 16/11/16 13:43
Antonio Gramsci
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el historiador, con toda la perspectiva necesaria, puede fijar y com-
prender que los comienzos de un mundo nuevo, siempre ásperos y 
pedregosos, son superiores a la declinación de un mundo de agonía 
y a su canto de cisne[7].[7] La declinación del “fatalismo” y del “mecanicismo” indica un gran recodo históri-
co; de allí la gran impresión producida por el estudio sintético de Mirski. Recuérdese 
todo lo que ha suscitado el mismo. Recuérdese la discusión en Florencia con el aboga-
do Mario Trozzi, en noviembre de 1917, y la primera manifestación de bergsonismo, 
voluntarismo, etc. Se podría hacer un cuadro semiserio de cómo se presentaba real-
mente esta concepción. Recuérdese también la discusión con el profesor Pressutti, 
en Roma, en junio de 1924. La comparación con el capitán Giulietti, hecha por G.M. 
Serratti, y que para él fue decisiva y de condenación total. Para Serratti, Giulietti era 
como el confucionista para el taoísta; el chino del sur, mercader activo y operante, 
para el literario mandarín del norte, que miraba con supremo desprecio de iluminado, 
para el cual la vida no tiene ya misterios, a estos hombrecitos del sur, que creían que 
con sus movimientos inquietos de hormiga podrían “forzar el camino”. Discurso de 
Claudio Treves sobre la expiación. Había en este discurso cierto espíritu de profeta 
bíblico: los que habían querido y hecho la guerra, los que sacaron al mundo de sus 
goznes y eran, por tanto, responsables del desorden de la posguerra, debían expiar y 
sobrellevar la responsabilidad de dicho desorden. Habían pecado de “voluntarismo” 
y debían ser castigados por su pecado, etc. Existía cierta grandeza sacerdotal en ese 
discurso, un estridor de maldiciones que debían petrificar de espanto y, por el contra-
rio, fueron un gran consuelo, porque indicaban que el sepulturero aún no se hallaba 
listo y que Lázaro podía resucitar.
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Índices analítico y onomástico
[de los textos de Antonio Gramsci]
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Antonio Gramsci
155
B
Bronstein [Trotski] 87-88, 
126-127, 129
C
ciencia política 83, 105, 125, 129
clase/s 87-88, 93, 96, 103, 107, 
110-111, 113, 120, 122, 147
crisis económicas 92-93, 125
Croce, Benedetto 98, 107, 111
E
Estado/s 83-84, 88, 90-94, 
101-103, 105-106, 108-110, 
113, 116-117, 120, 122-125, 
127, 129, 150
estructura 84-85, 87-90, 97, 101, 
109, 111, 120, 125, 127, 142
F
filosofía de la praxis 87, 
139-141, 143, 150
Francia 87-88, 108, 116, 119, 
120, 125, 145, 148
G
guerra de maniobra 123-127
guerra de posición 87, 120-127, 
129
H
hegemonía/s 84, 90, 102-103, 
129, 141
hegemónico 92
I
ideología/s 89-91, 97, 105-106, 
135, 137, 148
Ilich [Lenin] 87, 126-127
intelectuales orgánicos 96, 
100
Italia 92, 102, 108-110, 116, 119
L
lucha política 119-122
M
Maquiavelo 105-106, 108-109, 
111
O
orgánica 83-84, 149
orgánicamente 84, 95, 97, 138, 
142-143
orgánico/s 85-86, 88, 96, 100, 
108, 135, 149
P
partido/s 84, 86, 90-91, 106-108, 
113-117, 123, 140, 143
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Hegemonía y lucha política en Gramsci. Selección de textos
156
R
relación de fuerza/s 89
Revolución Francesa 88, 91, 93, 
111, 147
Rosa [Luxemburgo, Rosa] 123, 
127
S
sentido común 131, 134, 136, 
138-141, 148
sociedad civil 102, 125-127, 137
Sorel 106-107
subalterno/a 143-144
superestructura 88, 142
T
técnico-militar 91, 96
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Esta edición se terminó de imprimir 
en el mes de noviembre de 2016 en Docuprint.
Tacuari 123, CABA, C1071AAC
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