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3 Leal - Veronica Roth

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La sociedad dividida en facciones en la que antes creía Tris Prior ha
quedado hecha pedazos, fracturada por la violencia y las luchas de poder, y
marcada por la traición. Así que, cuando tiene la oportunidad de explorar el
mundo más allá de los límites que siempre ha conocido, Tris está más que
dispuesta. Puede que, al otro lado de la valla, Tobias y ella descubran una
nueva vida juntos más sencilla, libre de mentiras, lealtades confusas y
recuerdos dolorosos. Sin embargo, la nueva realidad de Tris es aún más
inquietante que la que ha dejado atrás. Lo que creían haber descubierto deja
de tener sentido. Surgen verdades explosivas que hacen cambiar de opinión
a sus seres queridos.
Veronica Roth
Leal
Divergente - 3
Para Jo,
mi guía y mi apoyo.
Toda pregunta que pueda responderse debe responderse
o, al menos, analizarse.
Es necesario enfrentarse a los procesos mentales
ilógicos cuando se presenten.
Las respuestas incorrectas deben corregirse.
Las respuestas correctas deben afirmarse.
—Del manifiesto de Erudición.
CAPÍTULO UNO
TRIS
No paro de dar vueltas por nuestra celda de la sede de Erudición mientras sus
palabras me resuenan en la cabeza: « Mi nombre será Edith Prior, y hay muchas
cosas que estoy deseando olvidar» .
—Entonces ¿no la habías visto nunca? ¿Ni siquiera en foto? —me pregunta
Christina, que tiene la pierna herida apoyada en una almohada.
Recibió el disparo durante nuestro desesperado intento de revelar el vídeo de
Edith Prior a la ciudad. En aquel momento no teníamos ni idea de lo que habría
en él, ni de que haría temblar los cimientos de nuestra sociedad, de las facciones,
de nuestras identidades.
—¿Es tu abuela, tu tía o qué? —sigue preguntando.
—Ya te he dicho que no —respondo, volviéndome al llegar a la pared—.
Prior es… era el apellido de mi padre, así que tendría que ser alguien de su
familia. Pero Edith es un nombre de Abnegación, y los parientes de mi padre
tenían que ser de Erudición, así que…
—Así que debe de ser mayor —concluyó Cara por mí, recostando la cabeza
en la pared. Desde este ángulo se parece mucho a su hermano Will, mi amigo, el
que maté de un tiro. Después se endereza, y el fantasma de Will desaparece—.
De hace unas cuantas generaciones. Una antepasada.
—Antepasada.
La palabra me suena a viejo, como un ladrillo que se desmorona. Toco una
pared de la celda al darme la vuelta: el panel es blanco y frío.
Mi antepasada, y esta es la herencia que me ha dejado: libertad de las
facciones y el conocimiento de que mi identidad como divergente es más
importante de lo que imaginaba. Mi existencia es una señal que nos indica que
tenemos que abandonar esta ciudad y ofrecer nuestra ayuda a quien haya ahí
fuera.
—Quiero saberlo —dice Cara, pasándose la mano por el rostro—. Necesito
saber cuánto tiempo llevamos aquí. ¿Podrías dejar de moverte un minuto?
Me detengo en el centro de la celda y la miro con las cejas arqueadas.
—Lo siento —masculla.
—No pasa nada —dice Christina—. Llevamos demasiado tiempo aquí dentro.
Hace días que Evelyn controló el caos del vestíbulo de la sede de Erudición
dando un par de órdenes y encerró a todos los prisioneros en las celdas de la
tercera planta. Una mujer sin facción apareció para curarnos las heridas y
distribuir analgésicos, y hemos comido y nos hemos duchado varias veces, pero
nadie nos ha dicho qué está pasando fuera. A pesar de que lo hemos preguntado
con insistencia.
—Suponía que Tobias vendría a vernos —comento, dejándome caer en el
borde de mi catre—. ¿Dónde está?
—A lo mejor todavía está enfadado porque le mentiste y trabajaste con su
padre a sus espaldas —responde Cara.
Le lanzo una mirada asesina.
—Cuatro no sería tan mezquino —asegura Christina, no sé si para regañar a
Cara o para consolarme—. Seguro que algo le impide venir. Te pidió que
confiaras en él.
En medio del caos, mientras todos gritaban y los abandonados intentaban
empujarnos hacia las escaleras, me enganché al dobladillo de su camisa para no
perderlo. Él me agarró por las muñecas, me apartó y me dijo: « Confía en mí.
Ve adonde te digan» .
—Eso intento —respondo.
Y es cierto, intento confiar en él, pero todo mi cuerpo, cada fibra de mi ser,
me pide liberarme, no solo de esta celda, sino de la prisión de la ciudad que
espera al otro lado.
Necesito ver qué hay detrás de la valla.
CAPÍTULO DOS
TOBIAS
No soy capaz de recorrer estos pasillos sin recordar los días que pasé aquí
prisionero, descalzo, sintiendo un dolor punzante cada vez que me movía. Y con
ese recuerdo llega otro, el de esperar a que mataran a Beatrice Prior, el de mis
puños contra la puerta, el de sus piernas sobre los brazos de Peter cuando me dijo
que solo estaba drogada.
Odio este lugar.
No está tan limpio como cuando era el complejo de Erudición; ahora se notan
los estragos de la guerra, los orificios de bala en las paredes y los vidrios rotos de
las bombillas destrozadas por todas partes. Camino sobre huellas sucias y bajo
luces parpadeantes hasta llegar a su celda, y me permiten entrar sin hacer
preguntas porque llevo el símbolo de los abandonados (un círculo vacío) en una
banda negra que me rodea el brazo, además de parecerme mucho a Evely n.
Tobias Eaton era un nombre del que avergonzarse, pero ahora es poderoso.
Tris está acuclillada en el suelo, hombro con hombro con Christina y en
diagonal a Cara. Mi Tris debería parecer pálida y pequeña (al fin y al cabo, es
pálida y pequeña), pero nada más lejos de la realidad: ella sola llena toda la
habitación.
Sus ojos redondos encuentran los míos, y se pone de pie de un salto para
rodearme con fuerza la cintura y apretar la cara contra mi pecho.
Le aprieto el hombro con una mano y, con la otra, le acaricio el pelo, todavía
sorprendido al ver que se le acaba a la altura del cuello, en vez de extenderse por
debajo. Me alegré cuando se lo cortó porque era el pelo de una guerrera y no de
una chica y, además, sabía que era lo que necesitaba.
—¿Cómo has entrado? —me pregunta con su voz grave y clara.
—Soy Tobias Eaton —respondo, y ella se ríe.
—Claro, siempre se me olvida.
Se aparta lo justo para mirarme. Noto su mirada vacilante, como si Tris fuera
un montón de hojas a punto de acabar esparcidas por el viento.
—¿Qué sucede? ¿Por qué has tardado tanto?
Su voz suena desesperada, suplicante. Por muchos recuerdos horribles que
me traiga este lugar, para ella es aún peor: su recorrido a pie hacia la ejecución,
la traición de su hermano, el suero del miedo… Tengo que sacarla de aquí.
Cara levanta la vista, interesada. Me siento incómodo, como si hubiese
cambiado de piel y ya no me quedase bien. Odio tener público.
—Evelyn ha cerrado la ciudad a cal y canto —respondo—. Nadie da un paso
sin su consentimiento. Hace unos días pronunció un discurso sobre unirnos contra
los opresores: la gente de fuera.
—¿Opresores? —repite Christina.
Se saca una ampolla del bolsillo y se bebe el contenido: analgésicos para la
herida de bala de la pierna, supongo.
Me meto las manos en los bolsillos.
—Evelyn (y muchos otros, en realidad) cree que no deberíamos abandonar
la ciudad solo por ay udar a un puñado de gente que nos metió aquí para poder
utilizarnos. Quieren arreglar la ciudad y resolver nuestros problemas en vez de
marcharnos para resolver los de otros. No lo dijo con estas palabras, claro.
Sospecho que esa opinión le conviene mucho a mi madre, ya que, mientras
estemos todos aquí encerrados, ella está al mando. En cuanto nos vayamos,
dejará de estarlo.
—Genial —comenta Tris, poniendo los ojos en blanco—. Era de esperar que
eligiera la opción más egoísta.
—Tiene parte de razón —dice Christina, con la ampolla en la mano—. No
digo que no quiera salir de la ciudad y ver lo que hay fuera, pero aquí dentro ya
tenemos bastante. ¿Cómo vamos a ayudara unas personas que no conocemos de
nada?
Tris se lo piensa mientras se muerde el interior de la mejilla.
—No lo sé —reconoce.
Veo en mi reloj que son las tres en punto. Llevo demasiado tiempo aquí
dentro, lo bastante para que Evelyn sospeche. Le dije que vendría para romper
con Tris y que no tardaría mucho. No estoy seguro de que me creyera.
—Escuchad, en realidad he venido a advertiros: van a empezar los juicios de
los prisioneros. Os iny ectarán suero de la verdad y, si funciona, os condenarán
por traidores. Creo que a todos nos gustaría evitar eso.
—¿Por traidores? —pregunta Tris con el ceño fruncido—. ¿Cómo puede ser
un acto de traición revelar la verdad a todos nuestros conciudadanos?
—Fue un acto de desafío a vuestros líderes —respondo—. Evelyn y sus
seguidores no quieren abandonar la ciudad. No os darán las gracias por mostrar
el vídeo.
—¡Son como Jeanine! —exclama Tris, y hace un gesto enérgico, como si
quisiera golpear algo y no tuviera nada a mano—. Están dispuestos a hacer
cualquier cosa con tal de ocultar la verdad y ¿para qué? ¿Para ser los reyes de su
diminuto mundo? Es ridículo.
No quiero decirlo, pero parte de mí está de acuerdo con mi madre: no les
debo nada a las personas que están fuera de la ciudad, sea divergente o no. No
estoy seguro de querer ofrecerme a ellos para solucionar los problemas de la
humanidad, con independencia de lo que eso signifique.
Pero sí quiero irme, estoy tan desesperado por marcharme como un animal
que desea escapar de una trampa: salvaje y rabioso, dispuesto a morder hasta el
hueso.
—Sea como sea —digo con cautela—, si el suero de la verdad funciona con
vosotros, os encarcelarán.
—¿Si funciona? —pregunta Cara con los ojos entornados.
—Divergente —dice Tris, señalándose la cabeza—, ¿recuerdas?
—Fascinante —responde Cara mientras se recoge un mechón suelto en el
moño que le cubre la nuca—, pero atípico. Por mi experiencia, sé que la
mayoría de los divergentes son incapaces de resistirse al suero de la verdad. Me
pregunto por qué tú sí.
—Te lo preguntas tú y se lo preguntan todos los eruditos que me han clavado
una aguja —le espeta Tris.
—¿Podemos centrarnos en el tema que nos preocupa, por favor? Me gustaría
evitar tener que organizaros una fuga de la cárcel —digo.
De repente estoy desesperado por que alguien me consuele, así que alargo la
mano para coger la de Tris, y ella enreda sus dedos en los míos. No somos de los
que se tocan sin más; cada punto de contacto entre nosotros nos resulta
importante, un subidón de energía y alivio.
—De acuerdo, de acuerdo —dice ella, ahora con más amabilidad—. ¿Qué
tienes en mente?
—Cuando os toque a vosotras tres, conseguiré que Evely n te deje testificar a
ti primero, Tris. Solo tienes que inventarte una mentira que exonere a Christina y
a Cara, y después contarla cuando te inyecten el suero de la verdad.
—¿Qué clase de mentira serviría?
—Eso te lo dejo a ti, dado que mientes mejor que y o —respondo.
En cuanto lo digo, sé que acabo de tocar un tema peliagudo entre los dos. Me
ha mentido muchas veces. Me prometió que no se entregaría para morir en el
complejo de Erudición cuando Jeanine exigió el sacrificio de un divergente, pero
lo hizo de todos modos. Me dijo que se quedaría en casa durante el ataque
erudito, y después me la encontré en la sede de Erudición, trabajando con mi
padre. Entiendo por qué hizo todas esas cosas, pero eso no significa que esté todo
arreglado.
—Sí —dice, mirándose los zapatos—. Vale, algo se me ocurrirá.
Le pongo una mano en el brazo.
—Hablaré con Evelyn sobre el juicio e intentaré que lo celebren pronto.
—Gracias.
Siento el impulso, ya familiar, de salir de mi cuerpo y hablar directamente
con su mente. Me doy cuenta de que es el mismo impulso que me hace desear
besarla cada vez que la veo, porque un solo centímetro de distancia entre nosotros
me resulta insoportable. Nuestros dedos, apenas entrelazados hace un instante,
ahora se aferran con fuerza; la palma de su mano está pegajosa de sudor; la mía,
rugosa de agarrarme a demasiados asideros en demasiados trenes en
movimiento. Ahora sí que parece pálida y pequeña, pero sus ojos me traen a la
memoria imágenes de cielos abiertos que, en realidad, nunca he visto, salvo en
sueños.
—Si vais a besaros, hacedme un favor y decídmelo para que mire a otro lado
—dice Christina.
—Vamos a besarnos —responde Tris, y lo hacemos.
Le toco la mejilla para ralentizar el beso, sosteniendo sus labios en los míos
para sentir cada uno de los puntos en los que se tocan y cada uno de los puntos en
los que se alejan. Saboreo el aire que compartimos en el segundo posterior al
beso, y el roce de su nariz contra la mía. Intento pensar en algo que decir, pero es
demasiado íntimo, así que me lo trago. Un instante después decido que me da
igual.
—Ojalá estuviéramos solos —le digo al salir de la celda.
—Yo deseo eso mismo casi siempre —responde, sonriendo.
Al cerrar la puerta, veo a Christina que finge vomitar, a Cara riéndose y a
Tris con las manos inertes junto a los costados.
CAPÍTULO TRES
TRIS
—Creo que sois todos unos idiotas.
Tengo las manos cerradas sobre el regazo, como un niño que duerme, el
cuerpo lleno de suero de la verdad y los párpados cargados de sudor.
—Deberíais darme las gracias, no interrogarme.
—¿Deberíamos darte las gracias por desafiar las órdenes de los líderes de tu
facción? ¿Por intentar evitar que los líderes de tu facción mataran a Jeanine
Matthews? Te comportaste como una traidora.
Evely n Johnson escupe las palabras como si fuera una serpiente. Estamos en
la sala de reuniones de la sede de Erudición, donde tienen lugar los juicios. Llevo
prisionera al menos una semana.
Veo a Tobias medio oculto en las sombras, detrás de su madre. Ha procurado
no mirarme a los ojos desde que me senté en la silla y cortaron la brida de
plástico que me sujetaba las muñecas. Por un momento, sus ojos encuentran los
míos y sé que ha llegado el momento de empezar a mentir.
Es más fácil ahora que sé cómo hacerlo. Tan fácil como apartar el peso del
suero de mi mente.
—No soy una traidora —aseguro—. En aquel momento creía que Marcus
seguía órdenes de los osados y los abandonados. Como no podía unirme a la
lucha como soldado, decidí ayudar de otro modo.
—¿Por qué no podías ser soldado?
La luz fluorescente brilla detrás del pelo de Evely n. No le veo la cara y no
puedo concentrarme en nada durante más de un segundo antes de que el suero de
la verdad amenace con volver a vencerme.
—Porque… —Me muerdo el labio, como si intentara detener las palabras. No
sé dónde aprendí a actuar tan bien, pero supongo que no difiere mucho de mentir,
cosa para la que siempre he demostrado talento—. Porque no era capaz de
empuñar una pistola, ¿vale? No después de disparar… de dispararle. A mi amigo
Will. No era capaz de empuñar un arma sin sufrir un ataque de pánico.
Evely n entorna aún más los ojos. Sospecho que no me tiene ningún aprecio,
ni el más mínimo.
—Así que Marcus te dijo que trabajaba siguiendo mis órdenes —dice— y, a
pesar de conocer su más que tensa relación con los osados y los abandonados, ¿te
lo creíste?
—Sí.
—Ahora entiendo por qué no elegiste Erudición —comenta entre risas.
Me cosquillean las mejillas. Me gustaría darle una bofetada, como estoy
segura de que le gustaría hacer a muchas de las personas de la sala, por mucho
que no se atrevan a reconocerlo. Evelyn nos tiene a todos atrapados en la ciudad,
controlados por abandonados armados que patrullan las calles. Sabe que el que
tiene las armas ostenta el poder, y con Jeanine Matthews muerta, no queda nadie
para intentar arrebatárselo.
De un tirano a otro: así es el mundo que conocemos ahora.
—¿Por qué no se lo contaste a nadie? —me pregunta.
—No quería reconocer mi debilidad. Y no quería que Cuatro supiera que
estaba trabajando con su padre. Sabía que no le gustaría. —Noto que las palabras
me salen de dentro, impulsadas por el suero de la verdad—. Te traje la verdad
sobre nuestra ciudad y la razón por la que estamos en ella. Si no vas a darmelas
gracias, al menos deberías hacer algo al respecto, ¡en vez de sentarte sobre este
caos que has creado y fingir que es un trono!
La sonrisa burlona de Evelyn se retuerce como si hubiese comido algo
desagradable. Se inclina para acercárseme a la cara y, por primera vez, veo lo
vieja que es: distingo las arrugas que le enmarcan los ojos y la boca, y la palidez
enfermiza adquirida tras años de comer menos de la cuenta. Aun así, es guapa,
como su hijo. Estar a punto de morir de hambre no ha podido con ella.
—Estoy haciendo algo al respecto: estoy construyendo un nuevo mundo —
responde, y baja la voz aún más, tanto que apenas la oigo—. Yo era abnegada,
conozco la verdad desde hace mucho más tiempo que tú, Beatrice Prior. No sé
qué intentas hacer, pero te prometo que no tendrás un lugar en mi nuevo mundo,
y menos con mi hijo.
Sonrío un poco. No debería, pero, con este peso en las venas, me cuesta más
reprimir los gestos y las expresiones que las palabras. Ella cree que Tobias le
pertenece. No sabe la verdad: que Tobias no pertenece a nadie, más que a sí
mismo.
Evely n se endereza y cruza los brazos.
—El suero de la verdad ha revelado que, aunque seas idiota, no eres una
traidora. Este interrogatorio ha terminado. Puedes irte.
—¿Qué pasa con mis amigas? —preguntó, arrastrando las sílabas—. Christina,
Cara. Ellas tampoco hicieron nada malo.
—Pronto nos encargaremos de ellas.
Me levanto, aunque estoy débil y mareada por culpa del suero. La sala está
abarrotada de gente, hacinada, y tardo unos segundos en encontrar la salida,
hasta que alguien me coge del brazo, un chico con cálida piel morena y de
amplia sonrisa: Uriah. Me guía hasta la puerta y todos se ponen a hablar.
Uriah me conduce por el pasillo hasta la fila de ascensores. Las puertas del
ascensor se abren al pulsar el botón, y yo lo sigo al interior, todavía tambaleante.
Cuando se cierran las puertas, le pregunto:
—¿Crees que me he pasado con lo que he dicho sobre el caos y el trono?
—No, ella espera que seas impulsiva. De no haberlo sido, habría sospechado.
Noto como si todo mi cuerpo vibrara, lleno de energía, ansiosa por dar el
siguiente paso. Soy libre. Vamos a encontrar el modo de salir de la ciudad. Se
acabó esperar dando vueltas por la celda, exigiendo de los guardias respuestas
que no obtendré.
Aunque, esta mañana, los guardias sí que me contaron algunas cosas sobre el
nuevo orden de los abandonados. Han obligado a los antiguos miembros de las
facciones a mudarse cerca de la sede de Erudición y mezclarse, no más de
cuatro miembros de una misma facción en cada vivienda. También tenemos que
combinar la ropa: tras el edicto, me han dado hace un rato una camisa amarilla
de Cordialidad y unos pantalones negros de Verdad.
—Vale, es por aquí…
Uriah me saca del ascensor. Esta planta de la sede de Erudición es toda de
cristal, incluso las paredes. La luz del sol se refracta en ellas y proy ecta
fragmentos de arcoíris por el suelo. Me protejo los ojos con una mano y sigo a
Uriah hasta una habitación larga y estrecha con camas a ambos lados. Junto a
cada cama hay un armario de cristal para la ropa y los libros, y una mesita.
—Antes era el dormitorio de los iniciados de Erudición —me explica Uriah
—. He reservado camas para Christina y Cara.
Sentadas en una cama al lado de la puerta hay tres chicas con camisa roja
(de Cordialidad, supongo) y, en el otro extremo del cuarto, veo a una mujer
mayor tumbada en otra cama, con las gafas colgándole de una oreja.
Seguramente erudita. Sé que debería intentar dejar de clasificar a la gente por
facciones, pero es una vieja costumbre difícil de superar.
Uriah se deja caer en una de las camas, en el rincón del fondo. Me siento en
la de al lado, contenta de estar libre y en paz, por fin.
—Zeke dice que a veces los abandonados se toman su tiempo para procesar
las exoneraciones, así que tardarán un poco en salir —comenta Uriah.
Es un alivio que todas las personas que me importan salgan de prisión esta
noche. Pero entonces recuerdo que Caleb sigue dentro, y a que era un conocido
lacayo de Jeanine Matthews, y los abandonados jamás lo exonerarán. Lo que no
sé es hasta dónde llegarán para destruir la marca que dejó Jeanine en esta
ciudad.
« Me da igual» , pienso, pero, incluso mientras lo hago, sé que es mentira.
Sigue siendo mi hermano.
—Bien —le digo—. Gracias, Uriah.
Él asiente y apoy a la cabeza en la pared para levantarla.
—¿Cómo estás? —le pregunto—. Quiero decir… Lynn…
Uriah era amigo de Lynn y de Marlene, y ahora las dos están muertas. Me da
la sensación de que yo debería comprenderlo; al fin y al cabo, también he
perdido a dos amigos: a Al por culpa de las presiones de la iniciación y a Will por
culpa de la simulación del ataque y de mis acciones, demasiado apresuradas. Sin
embargo, no quiero fingir que los dos sufrimos por igual. En primer lugar, Uriah
conocía a sus amigas mucho mejor que yo a los míos.
—No quiero hablar de ese tema —responde, sacudiendo la cabeza—. Ni
tampoco pensar en él. Solo quiero mantenerme en movimiento.
—Vale, lo entiendo. Pero…, si necesitas algo…
—Sí —responde, y sonríe, levantándose—. Estás bien aquí, ¿no? Le dije a mi
madre que iría a visitarla esta noche, así que tengo que irme pronto. Ah, casi se
me olvida: Cuatro dijo que quiere reunirse contigo más tarde.
—¿En serio? —pregunto, enderezándome de golpe—. ¿Cuándo? ¿Dónde?
—Después de las diez, en el Millennium Park. En el césped. —Sonríe—. No te
emociones tanto, que te va a estallar la cabeza.
CAPÍTULO CUATRO
TOBIAS
Mi madre siempre se sienta en los filos de las cosas: de las sillas, de las cornisas,
de las mesas… Como si sospechara que tendrá que salir huyendo en cualquier
momento. Esta vez es en el filo del antiguo escritorio de Jeanine en la sede de
Erudición, con las puntas de los pies apoyadas en el suelo y la luz brumosa de la
ciudad iluminándola por detrás. Es una mujer de hueso envuelto en músculo.
—Creo que tenemos que hablar sobre tu lealtad —dice, pero no suena como
si me acusara de nada, solo parece cansada.
Por un momento parece tan raída que me da la impresión de poder ver a
través de ella, pero entonces se endereza y la sensación desaparece.
—A fin de cuentas, fuiste tú el que ay udó a Tris y sacó el vídeo a la luz —
afirma—. Nadie más lo sabe, pero yo sí.
—Mira —respondo, echándome hacia delante para apoy ar los codos en las
rodillas—, no sabía lo que había en aquel archivo. Confiaba más en el buen
criterio de Tris que en el mío propio. Eso es lo que pasó.
Creía que decirle a Evelyn que había roto con Tris haría que mi madre
confiara más en mí, y estaba en lo cierto: se había comportado con más
amabilidad y franqueza desde que le conté aquella mentira.
—¿Y ahora que has visto la grabación —pregunta Evely n— qué opinas?
¿Crees que deberíamos abandonar la ciudad?
Sé lo que quiere que responda: que no veo razón alguna para unirme al
mundo exterior. Sin embargo, no se me da bien mentir, así que digo una verdad a
medias.
—Es algo que me asusta. No estoy seguro de que sea inteligente salir de la
ciudad conociendo los peligros que pueden acecharnos ahí fuera.
Ella se lo piensa un momento mientras se muerde el interior de la mejilla. Es
una costumbre que aprendí de ella: antes me dejaba la piel en carne viva
mientras esperaba el regreso de mi padre, sin saber qué versión de él me
encontraría, si el Marcus admirado por Abnegación o el que me propinaba
palizas.
Me paso la lengua por las cicatrices de los mordiscos y me trago el recuerdo
como si fuera bilis.
Evely n se baja del escritorio y se acerca a la ventana.
—Me han llegado informes muy inquietantes sobre una organización rebelde
que ha surgido entre nosotros —me cuenta, arqueando una ceja—. La gente
siempre se organiza en grupos, es un hecho de la vida, pero no esperaba que
ocurriera tan deprisa.
—¿Qué clase de organización?
—La clase de organización que quiere abandonar la ciudad —responde—.
Esta mañana han hecho público una especie de manifiesto: se hacen llamar los
leales.—Al ver mi expresión de confusión, añade—: Porque « son leales» al
propósito original de nuestra ciudad, ¿lo pillas?
—El propósito original… ¿Te refieres a lo que se decía en el vídeo de Edith
Prior? ¿Que deberíamos enviar a la gente fuera cuando tuviéramos un número
importante de divergentes?
—Eso, sí. Pero también se refieren a lo de vivir en facciones. Los leales
afirman que debemos estar en facciones porque así ha sido desde el principio. —
Sacude la cabeza—. Algunas personas siempre temerán los cambios, pero no
podemos consentirlo.
Con las facciones desmanteladas, una parte de mí se siente como si me
hubieran liberado de un largo encierro. No tengo que evaluar si todo lo que pienso
o elijo encaja en una ideología estrecha de miras. No quiero que vuelvan las
facciones.
No obstante, Evelyn no nos ha liberado, como ella cree: solo nos ha
convertido a todos en abandonados. Le da miedo lo que decidamos si nos
concediera una verdadera libertad. Y eso significa que, piense yo lo que piense
sobre las facciones, me alivia saber que alguien, en alguna parte, la está
desafiando.
Procuro no expresar nada, pero el corazón me late cada vez más deprisa. He
tenido que ir con cuidado para ganarme el favor de Evely n. No me cuesta mentir
a los demás, pero es más complicado con ella, la única persona que conoce todos
los secretos de nuestro hogar abnegado, la violencia que se oculta entre sus
muros.
—¿Qué vas a hacer con ellos? —le pregunto.
—Pues mantenerlos bajo control, ¿qué si no?
La palabra « control» hace que me yerga de golpe, tan rígido como la silla
que tengo debajo. En esta ciudad, « control» significa agujas, sueros y ver sin
mirar; significa simulaciones, como la que estuvo a punto de obligarme a matar a
Tris o la que convirtió en ejército a los osados.
—¿Con simulaciones? —pregunto muy despacio.
Ella frunce el ceño.
—¡Claro que no! ¡No soy Jeanine Matthews!
Su arranque de rabia me pone furioso.
—No olvides que apenas te conozco, Evelyn.
Ella hace una mueca.
—Entonces, permite que te diga que nunca recurriré a simulaciones para
salirme con la mía. Antes preferiría la muerte.
Es posible que sea la muerte lo que use: está claro que asesinar a los
opositores los mantendría con la boca cerrada, que acallaría su revolución antes
incluso de que empezara. Sean quienes sean los leales, tengo que encontrarlos lo
antes posible.
—Puedo averiguar quiénes son —le digo.
—Estoy segura de eso, ¿por qué crees que te he hablado de ellos?
Hay razones de sobra para que me lo haya contado: para probarme, para
pillarme, para transmitirme información falsa… Sé lo que es mi madre: es una
persona para la que el fin justifica los medios, como mi padre; como yo, a veces.
—Pues lo haré, los encontraré.
Me levanto, y sus dedos, frágiles como ramitas, se cierran en torno a mi
brazo.
—Gracias.
Me obligo a mirarla. Tiene los ojos cerca de la nariz, que es de punta
aguileña, como la mía. La piel es de un color intermedio, más oscura que la mía.
Por un instante la veo vestida de gris Abnegación, con la espesa melena recogida
por detrás con una docena de horquillas, sentada al otro lado de la mesa del
comedor. La veo agachada frente a mí, arreglando los botones que me he
abrochado mal antes de ir al colegio, y de pie junto a la ventana, observando la
calle uniforme por si llega el coche de mi padre, con las manos entrelazadas (no,
apretadas) y los nudillos blancos por la tensión. Entonces nos unía el miedo, y
ahora que ya no tiene miedo, parte de mí desea saber cómo sería que nos uniera
la fuerza.
Noto una punzada de dolor, como si la hubiera traicionado, traicionado a la
mujer que antes era mi única aliada, así que me vuelvo antes de retirarlo todo y
disculparme.
Salgo de la sede de Erudición entre un grupo de gente, confundido, buscando
automáticamente con los ojos los colores de las facciones, cuando lo cierto es
que ya no hay ninguno. Yo llevo una camiseta gris, vaqueros azules y zapatos
negros. Ropa nueva, aunque debajo de ella mantengo mis tatuajes osados. Es
imposible borrar mis elecciones. Y menos estas.
CAPÍTULO CINCO
TRIS
Pongo la alarma del reloj a las diez y me quedo dormida enseguida, sin tan
siquiera cambiar de postura para ponerme más cómoda. Unas cuantas horas
después, no son los pitidos de la alarma lo que me despierta, sino el grito de
frustración de otra persona del dormitorio. Apago la alarma, me paso los dedos
por el pelo y, medio andando, medio corriendo, voy hasta una de las escaleras de
emergencia. La salida de abajo da al callejón, donde seguramente no me
detendrá nadie.
Una vez fuera, el aire fresco me despierta. Tiro de las mangas hasta que me
cubren los dedos para mantenerlos calientes. Por fin acaba el verano. Hay unas
cuantas personas junto a la entrada de la sede de Erudición, pero ninguna me ve
cruzar a hurtadillas Michigan Avenue. Ser pequeña tiene sus ventajas.
Veo a Tobias de pie en el centro del césped, vestido con una mezcla de
colores: camiseta gris, vaqueros azules y una sudadera negra con capucha, de
modo que cubre todas las facciones para las que mi prueba de aptitud me juzgó
cualificada. Tiene una mochila a los pies.
—¿Cómo lo he hecho? —le pregunto cuando llego lo bastante cerca para que
me oiga.
—Muy bien —responde—. Evelyn te sigue odiando, pero han liberado a
Christina y a Cara sin interrogarlas.
—Bien —digo, sonriendo.
Tobias tira de la parte delantera de mi camiseta, justo por encima del
estómago, y me arrastra hacia él para darme un dulce beso.
—Vamos —dice al apartarse—, tengo un plan para esta noche.
—¿Ah, sí?
—Sí. Bueno, me he dado cuenta de que nunca hemos tenido una cita de
verdad.
—El caos y la destrucción tienden a fastidiar las citas de la gente.
—Me gustaría experimentar el fenómeno « cita» .
Camina de espaldas hacia la descomunal estructura metálica del otro
extremo del césped, así que lo sigo.
—Antes de conocerte, solo salía en citas en grupo, y normalmente eran un
desastre. Siempre acababan con Zeke enrollándose con la chica con la que quería
enrollarse, mientras que yo me quedaba allí, sin hablar, incómodo, al lado de
alguna chica a la que había conseguido ofender poco antes.
—No eres muy simpático —le digo, sonriendo.
—Mira quién habla.
—¡Oye! Podría ser simpática si quisiera.
—Hmmm —medita él, dándose golpecitos en la barbilla—. Pues dime algo
agradable.
—Eres muy atractivo.
Él sonríe y veo el reflejo de sus dientes en la oscuridad.
—Me gusta que seas simpática.
Llegamos al final del césped. La estructura metálica es grande y más extraña
de cerca de lo que parecía de lejos. En realidad es un escenario, y sobre él se
arquean unas enormes placas metálicas que se enroscan en distintas direcciones,
como si fuera una lata de aluminio tras una explosión. Rodeamos una de las
láminas de la derecha hasta la parte de atrás del escenario, que se yergue en
ángulo desde el suelo. Allí, unas vigas de metal soportan las placas por detrás.
Tobias se sujeta bien la mochila en los hombros y se agarra a una de las vigas
para empezar a trepar.
—Esto me suena —comento.
Una de las primeras cosas que hicimos juntos fue escalar la noria, pero
aquella vez fui yo la que lo obligó a trepar más arriba, y no al revés.
Me remango y lo sigo. Todavía me duele el hombro por la herida de bala,
pero está curada casi del todo. De todos modos, soporto la mayor parte del peso
con el brazo izquierdo e intento empujar con los pies siempre que puedo. Bajo la
mirada para contemplar el enredo de barras que tengo debajo y, más allá de
ellas, el suelo, y me río.
Tobias trepa hasta un punto en el que dos chapas metálicas se unen formando
una uve y dejan espacio de sobra para que se sienten dos personas. Retrocede
para meterse entre las dos chapas y me agarra por la cintura para ayudarme
cuando me acerco. En realidad no necesito la ay uda, pero no se lo digo: estoy
demasiado ocupada disfrutando del contacto de sus manos.
Tobias saca de la mochila una manta para taparnos y dos vasos de plástico.
—¿Prefieres tener la cabeza despejada o atontada?—me pregunta mientras
mira en la mochila.
—Hmmm… Despejada —respondo, ladeando la cabeza—. Creo que
tenemos que hablar de un par de cosas, ¿no?
—Sí.
Saca una botellita que contiene un líquido burbujeante y, mientras abre la
tapa, dice:
—Lo he robado de la cocina de Erudición. Al parecer, es delicioso.
Sirve un poco en cada vaso y le doy un sorbo. Sea lo que sea, es dulce como
el jarabe, sabe a limón y me da un poco de dentera. El segundo trago es mejor.
—Cosas de las que hablar —dice.
—Eso.
—Bueno… —empieza él, mirando el vaso con el ceño fruncido—. Vale,
entiendo por qué te uniste a Marcus y por qué creíste que no podías contármelo,
pero…
—Pero estás enfadado porque te mentí. Varias veces.
Tobias asiente sin mirarme.
—Ni siquiera es por lo de Marcus, la cosa viene de antes. No sé si entiendes
cómo me sentí al despertarme solo y saber que te habías ido… —Sospecho que
quiere decir « a morir» , pero no es capaz de pronunciar esas palabras—. A la
sede de Erudición.
—No, seguramente no.
Le doy otro sorbo a la bebida dulzona y la retengo en la boca antes de
tragarla.
—Mira, antes… pensaba en dar la vida por algo, pero no entendí bien lo que
significaba « dar la vida» hasta que estuve allí y casi la pierdo. —Levanto la
mirada y, por fin, me mira—. Ahora lo sé. Sé que quiero vivir. Sé que quiero ser
sincera contigo. Pero…, pero no puedo hacerlo, no lo haré si no confías en mí o si
me hablas de ese modo tan paternalista que utilizas a veces…
—¿Paternalista? Estabas haciendo cosas ridículas y arriesgadas…
—Sí, ¿y de verdad crees que ayudó hablarme como si fuera una niña
estúpida?
—¿Qué iba a hacer? ¡No atendías a razones!
—¡Puede que no necesitara razones! —exclamo, echándome hacia delante,
incapaz de seguir fingiendo que estoy relajada—. Me sentía como si la culpa me
comiese viva, y lo que necesitaba era tu paciencia y tu amabilidad, no tus gritos.
Ah, y tampoco necesitaba que me ocultaras tus planes, como si y o no fuera
capaz de soportar…
—No quería cargarte con más peso del que ya llevabas.
—Entonces ¿crees que soy fuerte o no? —pregunto, frunciendo el ceño—.
Porque pareces pensar que puedo soportar que me regañes, pero nada más. ¿Qué
significa eso?
—Claro que creo que eres fuerte —responde, negando con la cabeza—. Es
que… no estoy acostumbrado a delegar en la gente. Estoy acostumbrado a
encargarme de todo yo solo.
—Soy de fiar. Puedes confiar en mí. Y puedes permitirme juzgar por mí
misma lo que soy capaz de soportar o no.
—Vale —responde, asintiendo—, pero se acabaron las mentiras. Para
siempre.
—De acuerdo.
Me siento rígida y exprimida, como si me hubiesen metido en un cuerpo que
me queda pequeño. Como no quiero que la conversación acabe así, le cojo la
mano.
—Siento haberte mentido. De verdad.
—Bueno, y o tampoco quería que pensaras que no te respeto.
Seguimos con las manos entrelazadas un buen rato. Me recuesto en la chapa
metálica. Sobre mí, el cielo está vacío y oscuro, las nubes ocultan la luna.
Encuentro una estrella más allá, al moverse las nubes, aunque parece ser la
única.
Sin embargo, cuando vuelvo a echar la cabeza atrás, veo la hilera de edificios
que recorre Michigan Avenue como si fuera una fila de centinelas vigilándonos.
Guardo silencio hasta que me abandona esa sensación de rigidez. En su lugar,
ahora siento alivio. No me suele costar tan poco superar la ira, pero las últimas
semanas han sido raras para los dos, y me alegra dar rienda suelta a las
sensaciones a las que me había aferrado: a la rabia, al miedo a que me odie y a
la culpa por haber colaborado con su padre a sus espaldas.
—Esta porquería está asquerosa —comenta mientras apura el vaso y lo deja
sobre el metal.
—Es verdad —respondo, mirando lo que queda del mío. Me lo bebo de un
trago y hago una mueca cuando las burbujas me queman la garganta—. No sé
de qué presumen tanto los eruditos: la tarta osada es mucho mejor.
—¿Cuál sería la comida especial de los abnegados, si la tuvieran?
—Pan duro.
—Avena —sugiere él entre risas.
—Leche.
—A veces me da la impresión de que creo en todo lo que nos enseñaron —
dice—, pero resulta obvio que no, teniendo en cuenta que te estoy cogiendo de la
mano sin estar casado contigo.
—¿Qué enseñan los osados sobre… eso? —pregunto, señalando nuestras
manos con la cabeza.
—Que qué enseñan los osados, mmm… —Sonríe—. Que hagas lo que
quieras, pero que uses protección; eso enseñan.
Arqueo las cejas. De repente, noto calor en la cara.
—Creo que a mí me gustaría encontrar un punto intermedio —me dice—. Un
punto entre lo que quiero y lo que creo que es más inteligente.
—Suena bien, pero ¿qué es lo que quieres?
Creo conocer la respuesta, pero me gustaría oírsela a él.
—Mmmm —responde, y sonríe.
Se inclina hacia delante, de rodillas, coloca las manos contra la chapa
metálica de modo que mi cabeza queda entre sus brazos y me besa despacio en
la boca, bajo la mandíbula, por encima de la clavícula. Me quedo quieta; temo
moverme por si cometo alguna estupidez o a él no le gusta. Sin embargo, así me
siento como una estatua, como si no estuviera del todo aquí, así que le toco la
cintura, vacilante.
Entonces, sus labios se posan de nuevo en los míos y él se sube la camiseta
bajo mis manos para que le toque la piel desnuda. Vuelvo a la vida, me aprieto
más contra él, mis manos le suben por la espalda, se deslizan por sus hombros. Se
le acelera la respiración, igual que a mí, y saboreo las burbujas de jarabe de
limón que acabamos de beber, a la vez que huelo el viento en su piel, y lo único
que quiero es más, más.
Le levanto la camiseta. Hace un momento tenía frío, pero ya no creo que
ninguno de los dos lo tenga. Sus brazos me rodean la cintura, fuertes y seguros, y
su mano libre se me enreda en el pelo. Me freno para saborear el momento: la
suavidad de su piel marcada con tinta negra, la insistencia del beso y el aire frío
que nos rodea a los dos.
Me relajo y y a no me siento como una especie de soldado divergente que
desafía tanto a sueros como a líderes gubernamentales. Me siento más blanda,
más ligera, como si estuviera bien reírse un poco cuando las puntas de sus dedos
me rozan las caderas y Tobias me aprieta contra él, enterrando su cara en mi
cuello para poder besarlo. Me siento yo misma, fuerte y débil a la vez… Con
permiso para ser ambas cosas, al menos por un momento.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que nos entra frío de nuevo y nos
acurrucamos bajo la manta.
—Cada vez me cuesta más ser inteligente —me dice al oído, entre risas.
—Creo que así es como se supone que debe ser —respondo, sonriendo.
CAPÍTULO SEIS
TOBIAS
Algo se cuece.
Lo noto cuando me acerco a la cola de la cafetería con mi bandeja y lo veo
en las cabezas apiñadas de un grupo de abandonados, inclinados sobre sus gachas
de avena. Va a pasar algo y será pronto.
Ay er, cuando salí del despacho de Evely n, me quedé un momento en el
pasillo para espiar su siguiente reunión. Antes de que cerrara la puerta, la oí
comentar algo sobre una manifestación. La pregunta a la que no dejo de darle
vueltas es: ¿por qué no me lo contó?
Parece que no confía en mí. Eso significa que fingir ser su brazo derecho no
se me da tan bien como creía.
Me siento con el mismo desayuno que todos los demás: un cuenco de avena
con un poco de azúcar moreno por encima y una taza de café. Observo al grupo
de abandonados mientras me lo llevo a la boca sin saborearlo. Uno de ellos (una
chica de unos catorce años) no deja de mirar el reloj .
Cuando voy por la mitad del desayuno, oigo los gritos. La chica nerviosa sin
facción se levanta de un salto, como si hubiese recibido una descarga eléctrica, y
todos van hacia la puerta. Los sigo, apartando a codazos a los más lentos para
llegar al vestíbulo de la sede de Erudición, donde el retrato de Jeanine Matthews
todavía yace en el suelo, hecho trizas.
Un grupo de abandonados ya se ha reunido en medio de Michigan Avenue.
Una manta de nubes pálidas cubre el sol, de modo que la luz del día parece
brumosa y opaca. Oigo gritar a alguien:
—¡Muertea las facciones!
Otros repiten la frase y la convierten en un cántico hasta que me resuena en
los oídos: « Muerte a las facciones, muerte a las facciones» . Los veo levantar los
puños en el aire, como osados excitables, aunque sin la alegría de esa facción.
Tienen los rostros contraídos de rabia.
Doy empujones para meterme en el centro del grupo hasta que descubro qué
es lo que rodean: los enormes cuencos de las facciones, los de la Ceremonia de la
Elección, están volcados en el suelo, su contenido desparramado por la calle.
Brasas, cristal, piedra, tierra y agua, todo mezclado.
Recuerdo haberme cortado la palma de la mano para añadir mi sangre a las
brasas, mi primer acto de desafío contra mi padre. Recuerdo el subidón de
energía dentro de mí y el alivio. Escapar. Aquellos cuencos fueron mi forma de
escapar.
Edward está entre ellos, a sus pies hay fragmentos de cristal reducidos a
polvo, y levanta un mazo sobre la cabeza. Lo descarga sobre uno de los cuencos
volcados y abolla el metal. El polvo de carbón flota en el aire.
Tengo que contenerme para no correr hasta él. No debe destruirlo, ese
cuenco no, no el de la Ceremonia de la Elección, el símbolo de mi triunfo. Esas
cosas no deberían destruirse.
La multitud vocifera aún más, no solo hay abandonados con bandas negras en
el brazo, sino gente de todas las antiguas facciones con los brazos desnudos. Un
erudito (todavía se reconoce su facción gracias a la pulcra ray a en el pelo) se
abre paso entre los demás justo cuando Edward levanta el mazo para dar otro
golpe. Agarra el mango con una de sus suaves manos manchadas de tinta, por
encima de la de Edward, y los dos se empujan apretando los dientes.
Veo una cabeza rubia entre la multitud: Tris, vestida con una blusa azul suelta
sin mangas, enseñando los bordes de los tatuajes osados de los hombros. Intenta
correr hacia Edward y el erudito, pero Christina la detiene con ambas manos.
La cara del erudito se pone morada. Edward es más alto y más fuerte que él.
No tiene ninguna oportunidad, es un idiota por haberlo intentado. Edward le
arranca el mazo de las manos y vuelve a blandirlo, pero ha perdido el equilibrio,
mareado de rabia, y el mazo golpea al erudito en el hombro con todas sus
fuerzas, metal rompiendo hueso.
Por un momento solo oigo los gritos del erudito. Es como si todos contuvieran
el aliento.
Después, la multitud estalla en un frenesí y corre hacia los cuencos, hacia
Edward, hacia el erudito. Chocan unos contra otros y después contra mí,
hombros, codos y cabezas que me golpean una y otra vez.
No sé hacia dónde correr: ¿hacia el erudito, hacia Edward o hacia Tris? No
puedo pensar, no puedo respirar. La multitud me lleva hacia Edward, así que lo
agarro por el brazo.
—¡Suéltalo! —le grito para hacerme oír por encima del ruido.
Él me clava la mirada de su único ojo y enseña los dientes, intentando
liberarse de mí.
Levanto la rodilla y la estrello contra su costado. Él se tambalea de espaldas y
pierde el mazo. Me lo pego a la pierna y avanzo hacia Tris.
Está un poco más adelante, intentando llegar hasta el erudito. El codo de una
mujer le da en la mejilla y la tira de espaldas. Christina aparta a la mujer de un
empujón.
Entonces se oy en disparos. Uno, dos, tres.
La multitud se dispersa, todos huyen aterrados de la amenaza de las balas, y
yo intento ver si hay alguien herido, pero el empuje de los cuerpos es demasiado
fuerte. Apenas veo nada.
Tris y Christina están agachadas junto al erudito del hombro destrozado.
Tiene la cara ensangrentada y la ropa manchada de huellas de zapatos. Le han
alborotado el repeinado pelo erudito. No se mueve.
A unos cuantos metros de él, Edward yace en un charco de sangre. La bala le
ha acertado en el estómago. También hay otras personas en el suelo, gente a la
que no reconozco, gente aplastada o con balas en el cuerpo. Sospecho que las
balas iban dirigidas a Edward y que los demás no eran más que espectadores
inocentes.
Miro a mi alrededor como loco, pero no veo al tirador: sea quien sea parece
haber desaparecido entre la multitud.
Dejo caer el mazo al lado del cuenco abollado y me arrodillo junto a
Edward; las piedras de Abnegación se me clavan en las rodillas. El ojo bueno se
mueve sin parar bajo el párpado: sigue vivo, de momento.
—Tenemos que llevarlo al hospital —le digo a quien quiera escuchar. Casi
todos se han ido.
Vuelvo la vista atrás, hacia Tris y el erudito, que sigue sin moverse.
—¿Está…?
Ella le pone los dedos en el cuello para tomarle el pulso, y me mira con ojos
muy abiertos y vacíos. Después sacude la cabeza: no, no está vivo. Era lo que me
imaginaba.
Cierro los ojos. Los cuencos de las facciones se me han quedado grabados
bajo los párpados, volcados, con su contenido esparcido por la calle. Los símbolos
de nuestro antiguo modo de vida, destruidos. Un hombre muerto, otros heridos y
¿por qué?
Por nada. Por la estrechez de miras de Evelyn: una ciudad en la que a la
gente le arrebatan las facciones contra su voluntad.
Quería que tuviéramos más de cinco elecciones. Ahora no tenemos ninguna.
Estoy seguro de que no puedo ser su aliado y de que nunca lo seré.
—Tenemos que irnos —dice Tris, y sé que no habla de Michigan Avenue ni
de trasladar a Edward al hospital; se refiere a la ciudad.
—Tenemos que irnos —repito.
El hospital improvisado de la sede de Erudición huele a productos químicos, casi
me raspa la nariz. Cierro los ojos y espero a Evelyn.
Estoy tan enfadado que ni siquiera quiero sentarme aquí, solo quiero hacer la
maleta y marcharme. Ella ha debido de planear la manifestación, ya que, si no,
no habría sabido nada de ella el día anterior. Y debía de saber que se
descontrolaría, teniendo en cuenta la tensión que se respira en el ambiente. Pero
lo hizo de todos modos. Para ella era más importante un gran gesto contra las
facciones que la seguridad o la posible pérdida de vidas. No sé de qué me
sorprendo.
Oigo las puertas del ascensor al abrirse, seguidas de su voz.
—¡Tobias!
Corre hasta mí y me coge las manos, que están pegajosas de sangre.
—¿Estás herido? —pregunta con los ojos muy abiertos, asustada.
Está preocupada por mí. La idea es como un alfilerazo de calor en el cuerpo:
si se preocupa por mí es que debe de quererme. Todavía debe de ser capaz de
amar.
—La sangre es de Edward. Ay udé a traerlo.
—¿Cómo está?
—Muerto —respondo, sacudiendo la cabeza.
No sé decirlo de otro modo.
Ella se encoge, me suelta las manos y se sienta en una de las sillas de la sala
de espera. Mi madre acogió a Edward cuando él huyó de Osadía. Seguramente
le enseñó a volver a ser un guerrero después de la pérdida de su ojo, su facción y
sus cimientos. No sabía que estuvieran tan unidos, aunque ahora sí que lo veo: en
el brillo de las lágrimas en los ojos de mi madre y en el temblor de sus dedos. No
la había visto demostrar tanta emoción desde que y o era niño y mi padre la
estrellaba contra las paredes del salón.
Aparto el recuerdo como si lo metiera en un cajón demasiado pequeño para
él.
—Lo siento —le digo, aunque sin saber si soy sincero o si solo lo digo para
que siga pensando que estoy de su parte. Después pruebo a añadir—: ¿Por qué no
me contaste lo de la manifestación?
—No sabía nada —responde, sacudiendo la cabeza.
Miente. Lo sé. Decido dejar que lo haga. Para que siga confiando en mí tengo
que evitar los conflictos. O puede que no quiera insistir en el asunto con la muerte
de Edward tan reciente. A veces me cuesta distinguir dónde acaba la estrategia y
dónde empieza la compasión por mi madre.
—Bueno, puedes entrar a verlo, si quieres —le sugiero mientras me rasco la
oreja.
—No —responde, como si estuviera cada vez más lejos—. Ya sé qué aspecto
tienen los cadáveres.
—A lo mejor debería irme.
—Quédate —me pide, y pone una mano sobre la silla vacía que hay entre los
dos—. Por favor.
Me acomodo a su lado y, a pesar de repetirme que no soy más que un agente
encubierto que obedece a su supuesto líder, me siento como un hijo consolando a
su madre.
Nuestros hombros se tocan,nuestros alientos siguen el mismo ritmo y no
decimos nada.
CAPÍTULO SIETE
TRIS
Christina le da vueltas a una piedra negra mientras caminamos. Tardo unos
segundos en darme cuenta de que, en realidad, se trata de un trozo de carbón del
cuenco osado de la Ceremonia de la Elección.
—No quería sacar el tema, pero no dejo de pensar en ello —me dice—. De
los diez iniciados trasladados que empezamos, solo quedamos vivos seis.
Más adelante está el edificio Hancock y, tras él, Lake Shore Drive, esa
perezosa extensión de pavimento que una vez sobrevolé como un pájaro.
Recorremos la acera agrietada una junto a la otra, con la ropa manchada de
sangre seca de Edward.
Todavía no lo he asimilado: Edward, el trasladado con más talento que todos
nosotros, con diferencia, el chico cuya sangre limpié del suelo del dormitorio,
está muerto. Ahora sí que está muerto.
—Y de los simpáticos solo quedamos tú, yo… y probablemente Myra —
comento.
No he visto a Myra desde que abandonó el complejo osado con Edward, justo
después de que un cuchillo de untar mantequilla le arrebatara el ojo al chico,
pero no llegué a averiguar adónde había ido. De todos modos, creo que jamás
cruzamos más de dos palabras seguidas.
Las puertas del edificio Hancock ya están abiertas, colgando de las bisagras.
Uriah dijo que vendría antes para encender el generador y, efectivamente,
cuando toco el botón del ascensor, se ilumina bajo mi uña.
—¿Has estado aquí antes? —le pregunto al subir al ascensor.
—No. Bueno, dentro no. No llegué a tirarme en tirolina, ¿recuerdas?
—Es verdad —respondo, apoyándome en la pared—. Deberías probarlo
antes de irnos.
—Sí —coincide. Se ha pintado los labios de rojo. A mí me recuerda a las
manchas de caramelo en las bocas de los niños cuando comen de forma
descuidada—. A veces entiendo la postura de Evelyn. Han pasado tantas cosas
horribles que no parece mala idea quedarse para… intentar arreglar este desastre
antes de meternos en otro. —Sonríe un poco—. Pero, claro, no pienso hacerlo. Ni
siquiera estoy segura de por qué. Curiosidad, supongo.
—¿Has hablado del tema con tus padres?
A veces se me olvida que Christina no es como y o, que no tengo ninguna
lealtad familiar que me ate a un lugar concreto. Ella tiene madre y una hermana
pequeña, las dos antiguos miembros de Verdad.
—Tienen que cuidar de mi hermana —responde—. No saben si ahí fuera
estará a salvo; no quieren ponerla en peligro.
—Pero ¿estarán de acuerdo con que te marches?
—Estuvieron de acuerdo con que me uniera a otra facción, así que también lo
estarán con esto. —Se mira los zapatos—. Solo quieren que viva con honradez,
¿sabes? Y aquí no puedo hacerlo. Simplemente, no puedo.
Las puertas del ascensor se abren y el viento nos golpea de inmediato, todavía
cálido, aunque entreverado de aire frío. Oigo voces que salen del tejado, así que
subo la escalera para llegar hasta ellas. La escalera rebota con cada uno de mis
pasos, pero Christina me la sujeta hasta que llego arriba.
Nos encontramos con Uriah y Zeke, que lanzan guijarros por el tejado para
oír el estrépito de las ventanas al romperse. Uriah intenta golpear el codo de Zeke
antes de que lance para fastidiarle la puntería, pero Zeke es demasiado rápido.
—Hola —saludan al unísono cuando nos ven a Christina y a mí.
—Un momento, ¿es que sois familia? —pregunta Christina, sonriente.
Los dos se ríen, aunque Uriah parece estar atontado, como si no estuviera del
todo conectado a este momento ni a este lugar. Supongo que es lo que pasa
cuando se pierde a alguien como él perdió a Marlene, aunque a mí no me ocurrió
lo mismo.
En el tejado no están las eslingas para la tirolina, ni tampoco hemos venido
por eso. No sé por qué lo han hecho los demás, pero yo quería subir alto, ver
hasta donde alcanzara la vista. Sin embargo, el terreno de la parte oeste
permanece cubierto de negro, como tapado por una manta oscura. Por un
momento creo distinguir un punto de luz en el horizonte, pero desaparece en un
instante; no era más que una ilusión óptica.
Los demás también guardan silencio. Me pregunto si todos pensamos en lo
mismo.
—¿Qué creéis que hay ahí afuera? —pregunta por fin Uriah.
Zeke se encoge de hombros.
—¿Y si hay más de lo mismo? —sugiere Christina—. Nada más que… una
ciudad en ruinas, más facciones, más de todo.
—No puede ser —responde Uriah, negando con la cabeza—. Tiene que haber
algo más.
—O puede que no haya nada —sugiere Zeke—. La gente que nos metió aquí
podría estar muerta. Quizás esté todo vacío.
Me estremezco. Nunca había pensado en ello antes, pero tiene razón: no
sabemos lo que ha pasado fuera desde que nos metieron aquí, ni cuántas
generaciones han vivido y muerto desde que lo hicieron. Podríamos ser los
últimos que queden.
—Da igual —digo, con más seriedad de lo que pretendía—. Da igual lo que
haya fuera, tenemos que verlo por nosotros mismos. Y, cuando lo hagamos, nos
enfrentaremos a lo que sea.
Nos quedamos aquí un buen rato. Recorro con la mirada los bordes desiguales
de los edificios hasta que todas las ventanas iluminadas se funden en una línea.
Después, Uriah pregunta a Christina por la revuelta, y nuestro momento de
tranquilidad y silencio se acaba, como si se lo llevara el viento.
Al día siguiente, Evelyn se sitúa entre los restos del retrato de Jeanine Matthews
en el vestíbulo de la sede de Erudición y anuncia reglas nuevas. Tanto los
abandonados como los antiguos miembros de las facciones se reúnen allí y en la
calle para escuchar lo que tiene que decir nuestra nueva líder, y los soldados
abandonados se apostan junto a las paredes con los dedos en los gatillos de sus
armas. Para mantenernos bajo control.
—Los sucesos de ayer me han dejado claro que ya no podemos confiar los
unos en los otros —dice Evelyn, que parece pálida y exhausta—. Vamos a
estructurar mejor la vida en nuestra ciudad hasta que la situación se estabilice. La
primera medida será un toque de queda: todos deben regresar a sus viviendas
asignadas a las nueve de la noche y no abandonarán su espacio hasta las ocho de
la mañana del día siguiente. Habrá patrullas por las calles noche y día para
mantenernos a salvo.
Resoplo, aunque intento ocultarlo con una tos. Christina me da un codazo en el
costado y se lleva el dedo a los labios. No sé por qué le importa: Evelyn no puede
oírme desde el otro extremo de la sala.
Tori, antigua líder de Osadía, destituida por Evelyn, está a pocos metros de
ella, con los brazos cruzados. Hace una mueca de desdén.
—También ha llegado el momento de prepararnos para un estilo de vida
distinto, sin facciones. A partir de hoy, todo el mundo empezará a aprender los
oficios que han desarrollado los abandonados desde que tenemos uso de
memoria. Después, todos haremos esos trabajos siguiendo un calendario de
rotaciones, además de encargarnos de las demás tareas que antes realizaban las
facciones. —Evelyn sonríe sin sonreír. No sé cómo lo hace—. Todos
contribuiremos por igual a nuestra nueva ciudad, como debe ser. Las facciones
nos dividieron, pero ahora estaremos unidos. Ahora y para siempre.
Los sin facción irrumpen en vítores. Me siento incómoda. No es que esté del
todo en desacuerdo con ella, pero los mismos miembros de las facciones que se
rebelaron contra Edward ay er tampoco aceptarán esto. Evely n no controla la
ciudad tanto como le gustaría.
No quiero tener que lidiar con la multitud después del anuncio de Evelyn, así que
me adentro por los pasillos hasta dar con las escaleras traseras, las mismas por
las que subimos para llegar al laboratorio de Jeanine no hace mucho. Entonces,
los escalones estaban llenos de cadáveres. Ahora están limpios y frescos, como si
no hubiera sucedido nada.
Cuando paso por la cuarta planta oigo un grito y un arrastrar de pies. Abro la
puerta y me encuentro con un grupo de personas (jóvenes, son más jóvenes que
y o) con brazaletes de tela negra que rodea a un chico que está en el suelo.
No es solo un chico, es un chico veraz, va vestido de blanco y negro de pies a
cabeza.
Corro hacia ellos y, cuando veo queuna abandonada alta echa el pie hacia
atrás para propinarle otra patada, grito:
—¡Eh!
No sirve de nada, la patada acierta en el costado del chico, que gruñe
mientras se aleja del golpe.
—¡Eh! —grito otra vez.
La chica por fin se vuelve. Es mucho más alta que yo (unos quince
centímetros más), pero eso no me asusta, lo que estoy es enfadada.
—Retroceded —ordeno—. Alejaos de él.
—Está violando el código de vestimenta. Tengo todo el derecho del mundo y
no acepto órdenes de amantes de las facciones —responde ella sin quitarle la
vista de encima al dibujo de tinta que me asoma por la clavícula.
—Becks —dice el abandonado que hay junto a ella—, es la chica del vídeo
Prior.
Aunque los otros parecen impresionados, la chica me mira con desprecio.
—¿Y?
—Tuve que hacer daño a mucha gente para superar la iniciación de Osadía.
A ti también te lo haré, si no me queda más remedio.
Me bajo la cremallera de la sudadera azul y se la lanzo al veraz, que me mira
desde el suelo mientras le chorrea sangre de la ceja. Se levanta sujetándose el
costado con una mano y se echa la sudadera sobre los hombros, como si fuera
una manta.
—Ea, y a no viola el código de vestimenta —digo.
La chica analiza mentalmente la situación y evalúa si quiere pelearse
conmigo o no. Casi oigo lo que piensa: soy pequeña, así que soy una presa fácil,
pero también soy osada, así que tampoco será tan sencillo vencerme. A lo mejor
sabe que he matado a varias personas, o puede que no quiera meterse en líos. El
caso es que pierde valor, noto su vacilación en la mueca de sus labios.
—Será mejor que te guardes las espaldas —me dice.
—Te garantizo que no me hará falta —respondo—. Ahora, salid de aquí.
Me quedo lo justo para comprobar que se dispersan y después sigo
caminando.
—¡Espera! —me grita el chico de Verdad—. ¡Tu sudadera!
—¡Quédatela!
Doblo la esquina pensando que me llevará a otras escaleras, pero acabo en
otro pasillo vacío, como el anterior. Me parece oír pisadas detrás de mí, así que
me vuelvo, dispuesta a enfrentarme a la chica sin facción, pero no hay nadie.
Debo de estar volviéndome paranoica.
Abro una de las puertas del pasillo principal con la esperanza de dar con una
ventana que me ayude a orientarme. Sin embargo, solo encuentro un laboratorio
saqueado, con matraces y pipetas de ensay o esparcidas por las mesas. En el
suelo hay papeles rotos. En el instante en que me agacho para recoger uno, se
apagan las luces.
Me abalanzo sobre la puerta, pero una mano me agarra por el brazo y me
arrastra a un lado. Alguien me pone un saco en la cabeza mientras otra persona
me empuja contra la pared. Forcejeo e intento quitarme la tela de la cara
mientras pienso: « Otra vez no, otra vez no» . Consigo soltarme un brazo y acierto
a darle un puñetazo a alguien en el hombro o en la barbilla, no estoy segura.
—¡Eh! —exclama una voz—. ¡Que eso duele!
—Lamentamos asustarte, Tris —añade otra voz—, pero el anonimato es
esencial para nuestra operación. No queremos hacerte daño.
—¡Pues soltadme! —grito, casi gruñendo.
Todas las manos que me sujetan se apartan de golpe.
—¿Quiénes sois?
—Somos los leales —responde la voz—. Somos muchos y ninguno a la vez…
No puedo evitar reírme. A lo mejor es la conmoción o el miedo. Los latidos
de mi corazón empiezan a ralentizarse y las manos me tiemblan de alivio.
La voz prosigue:
—Hemos oído que no eres leal a Evely n Johnson y sus lacay os sin facción.
—Eso es ridículo.
—No tanto como confiar tu identidad a alguien si no es necesario.
Intento ver a través de las fibras de la tela que me cubre la cabeza, pero es
demasiado tupida y está demasiado oscuro. Aunque me cuesta, ya que no cuento
con mi visión para orientarme, procuro apoy arme en la pared y relajarme.
Aplasto el borde de una matraz con el pie.
—No, no le soy leal —respondo—. ¿Qué importancia tiene eso?
—Significa que quieres marcharte —dice la voz, y me emociono—.
Queremos pedirte un favor, Tris Prior: mañana, a medianoche, tenemos una
reunión y queremos que traigas a tus amigos osados.
—Vale, dejad que os pregunte una cosa: si mañana veré quiénes sois, ¿por
qué no puedo quitarme ahora esta cosa de la cabeza?
Eso parece descolocar a la persona que habla.
—En un día pueden surgir muchos peligros —responde la voz—. Te veremos
mañana a medianoche, en el lugar donde confesaste.
La puerta se abre de repente, el saco me golpea en las mejillas, y oigo
pisadas que corren por el pasillo. Cuando por fin me quito el saco de la cabeza, el
pasillo está en silencio. Miro la tela: es una funda de almohada azul oscuro con
unas palabras pintadas en ella: « La facción antes que la sangre» .
Sean quienes sean, está claro que les gusta impresionar.
« El lugar donde confesaste» .
Solo puede ser un sitio: la sede veraz, donde sucumbí al suero de la verdad.
Cuando por fin regreso al dormitorio por la noche, encuentro una nota de Tobias
debajo del vaso de agua que hay en la mesita de noche.
VI:
El juicio de tu hermano será mañana por la mañana, en privado. No
puedo ir sin levantar sospechas, pero te haré llegar el veredicto en cuanto
pueda. Después podemos elaborar un plan.
Pase lo que pase, esto acabará pronto.
IV
CAPÍTULO OCHO
TRIS
Son las nueve de la mañana. Es posible que en estos instantes estén decidiendo el
veredicto de Caleb, mientras me ato los zapatos, mientras estiro las sábanas por
cuarta vez en el día de hoy. Me paso las manos por el pelo. Los abandonados solo
celebran juicios a puerta cerrada cuando creen que el veredicto es obvio, y
Caleb era la mano derecha de Jeanine antes de que la mataran.
No debería preocuparme el veredicto, ya está decidido: ejecutarán a los
colaboradores más estrechos de Jeanine.
« ¿Por qué debería importarte? —me pregunto—. Te traicionó. No intentó
detener tu ejecución» .
No me importa. Me importa. No lo sé.
—Oye, Tris —dice Christina, golpeando el marco de la puerta con los
nudillos. Uriah espera detrás de ella; todavía sonríe constantemente, aunque
ahora sus sonrisas parecen de agua, como si estuvieran a punto de derramársele
por la cara—. ¿Tienes noticias? —me pregunta.
Compruebo de nuevo la habitación, a pesar de saber que está vacía. Todos
están desay unando, como exige nuestro horario. Les pedí a Christina y a Uriah
que se saltaran una comida para poder contarles algo. Me gruñe el estómago.
—Sí —respondo.
Se sientan en la cama situada enfrente de la mía, y les cuento cómo me
acorralaron en uno de los laboratorios eruditos la noche anterior, lo de la
almohada, los leales y la reunión.
—¿Y solo le pegaste un puñetazo a uno? Me sorprendes —comenta Uriah.
—Bueno, me superaban en número —respondo a la defensiva.
No fue muy osado por mi parte confiar en ellos tan deprisa, pero son tiempos
extraños. Y no estoy segura de hasta qué punto soy osada, de todos modos, ahora
que y a no hay facciones.
Noto una curiosa punzada de dolor al pensarlo, justo en el centro del pecho.
Cuesta más desprenderse de algunas cosas que de otras.
—Entonces ¿qué crees que quieren? —pregunta Christina—. ¿Solo salir de la
ciudad?
—Eso parece, pero en realidad no tengo ni idea.
—¿Cómo sabemos que no se trata de la gente de Evelyn que intenta
engañarnos para que la traicionemos?
—Eso tampoco lo sé, pero nos va a resultar imposible salir de la ciudad sin
ay uda, y no pienso quedarme aquí para aprender a conducir autobuses e irme a
la cama cuando me lo ordenen.
Christina mira a Uriah, preocupada.
—Oye, no hace falta que vengáis —les digo—, pero tengo que salir de aquí.
Necesito averiguar quién era Edith Prior y quién nos espera al otro lado de la
valla, si es que hay alguien. No sé por qué, pero lo necesito.
Respiro hondo. No entiendo del todo de dónde ha salido ese arranque de
desesperación, pero, ahora que lo he reconocido, no puedo pasarlo por alto, es
como si algo vivo hubiera despertado en mi interior después de largo tiempo. Se
me retuerce en el estómago y en la garganta. Necesito marcharme. Necesito
averiguar la verdad.
Por una vez desaparece la perenne sonrisita que siempre lebaila a Uriah en
los labios.
—Y yo —dice.
—Vale —responde Christina, que se encoge de hombros aunque su mirada
aún denota preocupación—, vamos a la reunión.
—De acuerdo. ¿Podéis decírselo a Tobias? Se supone que debo guardar las
distancias, teniendo en cuenta que hemos « roto» . Nos vemos en el callejón a las
once y media.
—Yo se lo diré, creo que hoy estoy en su grupo —dice Uriah—. Van a
enseñarnos cómo funcionan las fábricas. Estoy deseándolo —añade, sonriendo
—. ¿Se lo puedo contar también a Zeke? ¿O no es de confianza?
—Adelante, pero asegúrate de que no haga correr la voz.
Miro otra vez la hora: las nueve y cuarto. Seguro que ya han emitido el
veredicto de Caleb; ya es casi la hora de que vayamos a aprender nuestros
trabajos de abandonados. Me siento como si lo más nimio pudiera hacerme huir
despavorida. La rodilla se me dispara sola.
Christina me pone una mano en el hombro, aunque no me pregunta por ello,
cosa que le agradezco. No sabría qué responder.
Christina y yo recorremos una complicada ruta por la sede de Erudición para
volver a la escalera trasera y evitar las patrullas de abandonados. Me subo la
manga para dejar la muñeca al aire: me he dibujado un mapa en el brazo
porque, aunque sé llegar a la sede de Verdad desde aquí, no conozco los
callejones que nos mantendrán fuera del alcance de los ojos curiosos.
Uriah nos espera al otro lado de la puerta. Va vestido de negro, aunque veo
una pizca de gris Abnegación asomándole por el cuello de la sudadera. Es raro
ver a mis amigos osados con colores de Abnegación, como si hubieran estado
toda la vida conmigo. De todos modos, a veces esa es la impresión que tengo.
—Avisé a Cuatro y a Zeke, pero se reunirán con nosotros allí —explica Uriah
—. Vamos.
Corremos juntos por el callejón hacia Monroe Street. Me resisto a la tentación
de hacer una mueca con cada una de nuestras ruidosas pisadas. En estos
momentos, es más importante llegar deprisa que llegar en silencio. Giramos en
Monroe, y vuelvo la vista atrás por si hay patrullas. Veo figuras oscuras que se
acercan a Michigan Avenue, pero desaparecen detrás de la hilera de edificios sin
detenerse.
—¿Dónde está Cara? —susurro a Christina cuando llegamos a State Street y
estamos lo bastante lejos de Erudición para poder hablar tranquilamente.
—No lo sé, creo que no la invitaron —responde Christina—. Y es raro, sé que
quería…
—¡Chisss! —dice Uriah—. ¿Siguiente desvío?
Uso la luz del reloj para leer las palabras que me escribí en el brazo.
—¡Randolph Street!
Corremos rítmicamente, acompasamos nuestras pisadas y nuestro aliento. A
pesar de que me arden los músculos, me sienta bien correr.
Cuando llegamos al puente, me duelen las piernas, pero al ver el Mercado del
Martirio al otro lado del río pantanoso, abandonado y a oscuras, sonrío a pesar del
dolor. Freno un poco al pasar el puente, y Uriah me echa un brazo sobre los
hombros.
—Y ahora, a subir un millón de escalones —dice.
—A lo mejor han activado los ascensores.
—Ni en sueños —responde, negando con la cabeza—. Seguro que Evely n
controla el empleo de electricidad: es la mejor forma de averiguar si la gente se
reúne en secreto.
Suspiro. Puede que me guste correr, pero odio subir escaleras.
Cuando por fin llegamos a lo alto de las escaleras, con la respiración
entrecortada, faltan cinco minutos para las doce de la noche. Los demás se me
adelantan mientras recupero el aliento cerca de los ascensores. Uriah tenía razón:
no hay ni una sola luz encendida, aparte de los carteles de salida. Gracias a su
brillo azul veo a Tobias salir de la sala de interrogatorios.
Desde nuestra cita solo hemos hablado a través de mensajes encubiertos.
Tengo que resistir el impulso de abalanzarme sobre él y acariciarle la curva de
los labios, la arruga que se le forma en la mejilla al sonreír, y la dura línea de las
cejas y la mandíbula. Pero faltan dos minutos para las doce, no nos queda
tiempo.
Me rodea con sus brazos y me sujeta con fuerza unos segundos. Su aliento me
hace cosquillas en la oreja, y cierro los ojos para relajarme. Huele a viento, a
sudor y a jabón, a Tobias y a libertad.
—¿No deberíamos entrar? —pregunta—. Sean quienes sean, seguramente
llegarán puntuales.
—Sí.
Me tiemblan las piernas del agotamiento. No quiero ni pensar en tener que
bajar las escaleras después para volver corriendo a Erudición.
—¿Averiguaste algo sobre Caleb? —le pregunto.
Hace una mueca.
—Será mejor que lo dejemos para después.
Es la única respuesta que necesito.
—Lo van a ejecutar, ¿verdad? —pregunto en voz baja.
Él asiente y me da la mano. No sé qué sentir; intento no sentir nada.
Justo entramos en la sala en la que una vez nos interrogaron drogados con el
suero de la verdad. « El lugar donde confesaste» .
Han dispuesto un círculo de velas encendidas sobre una de las balanzas
dibujadas en el suelo. En el cuarto hay una mezcla de rostros familiares y
desconocidos: Susan y Robert están juntos, hablando; Peter está solo a un lado,
con los brazos cruzados; Uriah y Zeke están con Tori y otros cuantos osados;
Christina está con su madre y su hermana; y, en un rincón, veo a dos eruditos
nerviosos. La ropa nueva no puede borrar lo que nos separa: está demasiado
arraigado.
Christina me llama.
—Esta es mi madre, Stephanie —me dice, señalando a una mujer con
mechones grises en su pelo oscuro y rizado—. Y mi hermana, Rose. Mamá,
Rose, estos son mi amiga Tris y mi instructor de iniciación, Cuatro.
—Obviamente —responde Stephanie—. Vimos su interrogatorio hace varias
semanas, Christina.
—Ya lo sé, estaba siendo educada…
—La educación es un engaño…
—Sí, sí, y a lo sé —la interrumpe Christina, poniendo los ojos en blanco.
Me fijo en que su madre y su hermana se miran con cautela, enfado o las dos
cosas a la vez. Después, su hermana se vuelve hacia mí y dice:
—Entonces, tú fuiste la que mató al novio de Christina.
Sus palabras me dejan helada por dentro, como si una veta de hielo me
partiera por la mitad. Quiero responder, defenderme, pero no encuentro las
palabras.
—¡Rose! —exclama Christina, mirándola con el ceño fruncido.
A mi lado, Tobias se pone rígido, se tensa. Está listo para pelear, como
siempre.
—Lo mejor es dejar las cosas claras desde el principio para no perder el
tiempo —dice Rose.
—Y os preguntáis por qué abandoné mi facción —comenta Christina—. Ser
sincero no significa decir lo que quieras siempre que quieras. Significa que lo que
elijas decir tiene que ser cierto.
—Mentir por omisión sigue siendo mentir.
—¿Queréis la verdad? La verdad es que me hacéis sentir incómoda y
prefiero no estar con vosotras. Nos vemos después.
Me coge por el brazo, y nos aleja a Tobias y a mí de su familia sin dejar de
sacudir la cabeza.
—Lo siento, chicos. No son de las que perdonan fácilmente.
—No pasa nada —respondo, aunque no es cierto.
Creía que, al recibir el perdón de Christina, superaría la parte más difícil de la
muerte de Will. Sin embargo, cuando matas a alguien a quien quieres, la parte
más difícil no acaba nunca. Simplemente, se hace más sencillo no pensar en lo
que has hecho.
En mi reloj ya han dado las doce. Se abre una puerta del otro lado de la sala,
y entran dos siluetas delgadas. La primera es Johanna Rey es, antigua portavoz de
Cordialidad, fácilmente identificable por la cicatriz que le cruza la cara y por la
chispa de color amarillo que le asoma por debajo de la chaqueta negra. La
segunda es otra mujer, aunque no distingo su rostro, aunque sí veo que va de azul.
Noto un escalofrío de terror. Se parece a… Jeanine.
« No, la vi morir. Jeanine está muerta» .
La mujer se acerca. Es escultural y rubia, como Jeanine. Unas gafas le
cuelgan del bolsillo delantero y lleva el pelo recogido en una trenza. Una erudita
de pies a cabeza, pero no es Jeanine Matthews.
Cara.
¿Cara y Johanna son las líderes de los leales?
—Hola —saluda Cara, y todas las conversaciones se cortan en seco. Sonríe
con una sonrisa forzada, como si se tratara de un mero convencionalismo social
—. Se supone que no debemos estar aquí,así que intentaré ser breve. Algunos de
vosotros (Zeke, Tori) nos habéis estado ayudando durante estos últimos días.
Me quedo mirando a Zeke. ¿Zeke ha estado ay udando a Cara? Supongo que se
me olvidó que fue espía de Osadía, y que seguramente demostró su lealtad a
Cara: parecían amigos antes de que ella abandonara la sede de Erudición, no
hace tanto.
Me mira, arquea las cejas unas cuantas veces seguidas y sonríe.
—Algunos estáis aquí porque queremos pedir vuestra ayuda —sigue diciendo
Johanna—. Y todos estáis aquí porque no confiáis lo suficiente en Evely n Johnson
como para permitir que decida el destino de esta ciudad.
Cara junta las palmas de las manos delante de ella.
—Creemos en que lo correcto es aceptar las directrices de los fundadores de
la ciudad, y dichas directrices se han expresado de dos formas: la formación de
las facciones y la misión de los divergentes, expresada por Edith Prior, de enviar
gente al otro lado de la valla para ayudar a quien haya ahí fuera, una vez que la
población divergente sea más numerosa. Creemos que, a pesar de que aún no lo
es, la situación de nuestra ciudad es lo bastante grave como para enviar a alguien
al otro lado.
» De acuerdo con las intenciones de los fundadores de nuestra ciudad,
tenemos dos objetivos: derrocar a Evely n y a los abandonados para poder
restablecer las facciones, y enviar a algunos de nosotros al exterior para ver lo
que hay. Johanna dirigirá la primera misión, y y o la segunda, que es en lo que
nos centraremos esta noche. —Se mete un mechón suelto en la trenza—. No
podremos ir muchos, ya que un grupo tan numeroso llamaría demasiado la
atención. Evelyn no nos permitirá salir sin luchar, así que creo que lo mejor sería
reclutar a gente que hay a logrado sobrevivir a situaciones peligrosas.
Miro a Tobias: sin duda, nosotros hemos sobrevivido a situaciones peligrosas.
—Christina, Tris, Tobias, Tori, Zeke y Peter son mis elecciones —dice Cara
—. Todos me habéis demostrado vuestras habilidades de un modo u otro, y por
eso me gustaría pediros que me acompañarais al exterior de la ciudad. Por
supuesto, no estáis obligados a acceder.
—¿Peter? —pregunto sin pensar.
No me imagino lo que Peter habrá hecho para « demostrarle sus
habilidades» a Cara.
—Evitó que los eruditos te mataran —responde Cara amablemente—. ¿Quién
crees que le proporcionó la tecnología para fingir tu muerte?
Arqueo las cejas; no había pensado en ello, y a que habían sucedido tantas
cosas desde mi fallida ejecución que no me había parado a pensar en los detalles
de mi rescate. Pero, por supuesto, Cara era la única desertora conocida de
Erudición en aquellos momentos, la única persona a la que Peter podría haber
pedido ay uda. ¿Quién más iba a hacerlo? ¿Quién más habría sabido cómo?
No pongo más objeciones; no quiero abandonar la ciudad con Peter, pero
estoy tan desesperada por marcharme que tampoco deseo montar un numerito.
—Son muchos osados juntos —comenta con escepticismo una chica que está
a un lado de la sala.
Tiene las cejas muy pobladas y juntas, y la piel pálida. Cuando vuelve la
cabeza, veo una mancha de tinta negra detrás de la oreja. Una trasladada de
Osadía a Erudición, sin duda.
—Cierto —responde Cara—, pero lo que necesitamos ahora son personas con
las habilidades requeridas para salir de la ciudad ilesas, y creo que el
entrenamiento osado los cualifica para esa tarea.
—Lo siento, pero creo que yo no puedo ir —dice Zeke—. No puedo dejar
aquí a Shauna, no después de que su hermana… Bueno, y a sabéis.
—Iré y o —se ofrece Uriah, levantando la mano—. Soy osado, tengo buena
puntería y no podéis negarme que resulto un placer para la vista.
Me río. A Cara no parece hacerle gracia, pero asiente con la cabeza.
—Gracias.
—Cara, tendrás que salir de la ciudad deprisa —dice la chica osada-
convertida-en-erudita—, lo que significa que deberías contar con alguien que
haga funcionar los trenes.
—Bien visto —responde Cara—. ¿Alguien sabe cómo conducir un tren?
—Pues yo, ¿no había quedado claro? —responde la chica.
El plan empieza a encajar. Johanna sugiere que nos llevemos camiones de
Cordialidad desde el final de las vías hasta salir de la ciudad, y se ofrece
voluntaria para suministrarlos. Robert se ofrece a ayudarla. Stephanie y Rose se
ofrecen voluntarios para vigilar los movimientos de Evelyn en las horas previas a
la huida, y para informar sobre cualquier comportamiento poco usual en el
complejo de Cordialidad con la ayuda de walkie-talkies. El osado que va con Tori
se ofrece para buscarnos armas. La chica erudita señala todos los puntos débiles
que se le ocurren, al igual que Cara, y no tardamos en resolverlos todos, como si
acabáramos de construir una estructura segura.
Solo queda una pregunta, y la formula Cara:
—¿Cuándo nos vamos?
Y yo me ofrezco para responderla:
—Mañana por la noche.
CAPÍTULO NUEVE
TOBIAS
El aire nocturno se me cuela en los pulmones, como si fuera uno de mis últimos
alientos. Mañana abandonaré mi lugar y buscaré otro.
Uriah, Zeke y Christina se dirigen a la sede de Erudición, y y o le doy la mano
a Tris para que se retrase un poco.
—Espera, vamos a alguna parte.
—¿A alguna parte? Pero…
—Solo un ratito.
Tiro de ella hacia la esquina del edificio. Por la noche casi puedo ver el
aspecto que tenía el agua cuando llenaba el canal vacío: oscura y acariciada por
diminutas olas a la luz de la luna.
—Estás conmigo, ¿recuerdas? No te van a detener.
Un tic en la comisura de sus labios, semejante a una sonrisa.
Al doblar la esquina, se apoya en la pared y me coloco frente a ella, con el
río a mis espaldas. Lleva algo oscuro alrededor de los ojos para resaltar su color,
vivo e impresionante.
—No sé qué hacer —me dice, apretándose la cara con las manos,
metiéndose los dedos en el pelo—. Respecto a Caleb.
—¿No?
Aparta una mano para mirarme.
—Tris —sigo diciendo mientras coloco las manos a ambos lados de su cara,
apoyadas en la pared, y me inclino sobre ella—, no quieres que muera. Lo sé.
—El caso es que… Estoy tan… enfadada —dice, cerrando los ojos—. Intento
no pensar en él porque, cuando lo hago, solo quiero…
—Lo sé. Dios, claro que lo sé.
Me he pasado gran parte de mi vida soñando con matar a Marcus. Una vez
hasta decidí cómo lo haría: con un cuchillo, para poder sentir cómo se enfriaba,
para estar lo bastante cerca y ver cómo se le apagaba la mirada. Tomar aquella
decisión me asustó tanto como antes lo había hecho la violencia de mi padre.
—Pero mis padres habrían querido salvarlo —dice, mirando al cielo—.
Habrían dicho que es egoísta dejar que alguien muera solo porque te ha hecho
daño. Perdonar, perdonar y perdonar.
—No importa lo que ellos quisieran, Tris.
—¡Sí que importa! —exclama, y se aparta de la pared—. Siempre importa.
Porque Caleb les pertenece a ellos más de lo que me pertenece a mí. Y quiero
que estén orgullosos de su hija. Es lo único que deseo.
Sus ojos pálidos se clavan en los míos, decididos. Nunca he tenido unos padres
que me dieran ejemplo, unos padres ante los que querer estar a la altura, pero
ella sí. Los veo en su interior, en su valentía y en la belleza que le dejaron
grabada, como una huella.
Le toco la mejilla y deslizo los dedos por su pelo.
—Lo sacaré de ahí.
—¿Qué?
—Lo sacaré de su celda. Mañana, antes de irnos —explico, y asiento con la
cabeza—. Lo haré.
—¿En serio? ¿Estás seguro?
—Claro que estoy seguro.
—Tobias… —dice, frunciendo el ceño—. Gracias. Eres… asombroso.
—No digas eso. Todavía no conoces mis motivos ocultos —respondo,
sonriente—. Verás, en realidad no te he arrastrado hasta aquí para hablar de
Caleb.
—¿Ah, no?
Le pongo las manos en las caderas y la empujo con cariño contra la pared.
Ella me mira con sus ojos claros y ansiosos. Me inclino lo suficiente para
saborear su aliento, pero retrocedo cuando ella hace lo mismo, provocándola.
Tris engancha los dedos en las trabillas de mis pantalones y tira de mí hacia
ella, así que tengo que apoy arme en los antebrazos. Intenta besarme, pero muevo
la cara para esquivarla, y la besojusto bajo la oreja y después a lo largo de la
mandíbula hasta llegar al cuello. Tiene la piel suave y sabe a sal, como una
carrera nocturna.
—Hazme un favor —me susurra al oído—: no vuelvas a tener motivos puros.
Me pone las manos encima y me toca en todos los lugares en los que estoy
marcado, bajando por la espalda y los costados. Las puntas de sus dedos se
deslizan por debajo de la cintura de mis vaqueros y me sujetan contra ella.
Respiro contra su cuello, incapaz de moverme.
Finalmente, nos besamos, y es un alivio. Ella suspira, y yo no logro reprimir
una sonrisa malvada.
La levanto del suelo, de modo que la pared soporte casi todo su peso, y ella
me rodea la cintura con las piernas. Se ríe con otro beso, y yo me siento fuerte,
aunque ella también; noto sus exigentes dedos alrededor de mis brazos. El aire
nocturno se me cuela en los pulmones y es como si este fuera uno de mis
primeros alientos.
CAPÍTULO DIEZ
TOBIAS
Los edificios en ruinas del sector osado parecen umbrales a otros mundos. Más
adelante, la Espira atraviesa el cielo.
Llevo la cuenta del paso del tiempo gracias al pulso que me late en las puntas
de los dedos. El aire aún está cargado, aunque el verano se acerca a su fin. Antes
me pasaba el día corriendo y luchando porque me importaban mis músculos.
Ahora que mis pies me han salvado tantas veces, no puedo evitar ver el acto de
correr y el de luchar como lo que son: una forma de escapar del peligro y seguir
con vida.
Cuando llego al edificio, me paseo por la entrada para recuperar el aliento.
Sobre mí, los paneles de cristal reflejan la luz en todas las direcciones. En algún
lugar, ahí arriba, está la silla en la que me senté mientras dirigía la simulación del
ataque, y también habrá una mancha de la sangre del padre de Tris en la pared.
En algún lugar, ahí arriba, la voz de Tris penetró en la simulación en la que estaba
inmerso, noté su mano contra mi pecho y regresé a la realidad.
Abro la puerta de la sala del paisaje del miedo y abro la caj ita negra que
llevaba en el bolsillo trasero, la caja con las jeringas. Es la caja que siempre he
usado, la que tiene una parte acolchada para meter las agujas; es la prueba de
que estoy mal de la cabeza… o de que soy valiente.
Me acerco la aguja al cuello y cierro los ojos al apretar el émbolo. La caja
negra cae al suelo con gran estrépito, pero, cuando abro los ojos, ya ha
desaparecido.
Estoy en lo alto del tejado del edificio Hancock, cerca de la tirolina que servía
a los osados para jugar con la muerte. Hay nubes negras de lluvia y el viento me
llena la boca cuando la abro para respirar. A mi derecha, la cuerda se rompe y,
con el impulso del latigazo, destroza las ventanas inferiores.
Me concentro en el borde del tejado, atrapándolo en el centro de un diminuto
agujero. Oigo mi aliento entrecortado a pesar del silbido del viento. Me obligo a
acercarme al borde. La lluvia me golpea en los hombros y la cabeza, me
arrastra hacia el suelo. Echo el peso hacia delante, solo un poco, y me caigo.
Aprieto la mandíbula para ahogar mis gritos; me asfixio con mi propio miedo.
Después de aterrizar, no tengo ni un segundo para descansar antes de que los
muros se cierren a mi alrededor, de que la madera se me pegue a la columna, a
la cabeza y a las piernas. Claustrofobia. Me llevo los brazos al pecho, cierro los
ojos e intento no dejarme llevar por el pánico.
Pienso en Eric y en su paisaje del miedo; él controlaba su terror con
respiraciones profundas y lógica. Y Tris conjuraba armas de la nada para atacar
a sus peores pesadillas. Pero y o no soy Eric ni Tris. ¿Qué soy? ¿Qué necesito
para superar mis miedos?
Conozco la respuesta, por supuesto: necesito negarles el poder que ejercen
sobre mí. Necesito saber que soy más fuerte que ellos.
Respiro y estrello las palmas de las manos contra las paredes que tengo a
izquierda y derecha. La caja cruje y se rompe, las tablas caen al suelo de
hormigón. Me yergo sobre ellas, a oscuras.
Amar, mi instructor durante la iniciación, nos enseñó que nuestros paisajes
del miedo no paraban de moverse, que cambiaban con nuestro humor y con los
susurros de nuestras pesadillas. Mi paisaje era siempre el mismo hasta hace
cuestión de semanas, hasta que me demostré que era capaz de dominar a mi
padre. Hasta que descubrí a alguien a quien me aterraba perder.
No sé qué veré ahora.
Espero un buen rato sin que nada cambie. La habitación sigue a oscuras, el
suelo sigue frío y duro, mi corazón sigue latiendo más deprisa de lo normal. Bajo
la mirada para comprobar la hora y descubro que tengo el reloj en la muñeca
equivocada: normalmente lo llevo en la izquierda, no en la derecha, y la correa
es gris, no negra.
Entonces me doy cuenta de que tengo los dedos cubiertos de un vello erizado,
un vello que antes no tenía. Han desaparecido los callos de los nudillos. Bajo la
vista y descubro que llevo pantalones y camisa grises; la zona del vientre es
ahora más voluminosa y mis hombros son más delgados.
Me miro en el espejo que acaba de aparecer frente a mí. El rostro que
refleja no es el mío, sino de Marcus.
Me guiña un ojo, y los músculos del mío se contraen, aunque yo no se lo he
pedido. Sin previo aviso, sus (mis) brazos se abalanzan sobre el cristal y se
cierran en torno al cuello de mi reflejo. Pero entonces el espejo desaparece, y
mis… sus… nuestras manos nos rodean el cuello. Un cerco negro empieza a
rodearlo todo. Nos dejamos caer en el suelo y las manos parecen de hierro.
No puedo pensar. No se me ocurre la forma de salir de esta.
Grito de forma instintiva. El sonido me vibra en las manos. Me imagino esas
manos como realmente son las mías: grandes, con dedos esbeltos y nudillos
callosos por culpa de las horas pasadas golpeando sacos de boxeo. Me imagino
que mi reflejo es agua que resbala por la piel de Marcus y reemplaza cada
centímetro de su cuerpo con un centímetro del mío. Me rehago a mi imagen y
semejanza.
Estoy arrodillado en el hormigón, intentando respirar.
Me tiemblan las manos y me paso los dedos por el cuello, los hombros y los
brazos, para asegurarme.
Hace unas semanas en el tren, de camino a mi encuentro con Evely n, le
conté a Tris que Marcus aún estaba en mi paisaje del miedo, pero que había
cambiado. Pasé bastante tiempo pensando en ello; era lo que ocupaba mis
pensamientos cada noche, antes de irme a dormir, y lo que reclamaba mi
atención cada vez que me despertaba. Le tenía miedo, lo sabía, pero de un modo
distinto: y a no era un niño atemorizado ante la amenaza que mi padre aterrador
representaba para mi seguridad. Ahora era un hombre que temía la amenaza que
suponía para mi carácter, para mi futuro, para mi identidad.
Sin embargo, sabía que ese miedo no podía ni compararse con el que siento
ahora. A pesar de ser consciente de lo que se avecina, me dan ganas de abrirme
las venas para sacarme el suero del cuerpo antes de volver a verlo.
Un haz de luz aparece en el suelo de hormigón, delante de mí. Una mano con
los dedos agarrotados alcanza la luz, seguida de otra mano y, después, de una
cabeza con una mata de pelo despeinada. La mujer tose y se arrastra hacia el
círculo de luz, centímetro a centímetro. Intento avanzar hacia ella para ayudarla,
pero estoy paralizado.
La mujer vuelve la cara hacia la luz y veo que es Tris. La sangre que le
mana de los labios le baja por la barbilla. Sus ojos rojos encuentran los míos.
—Ayuda —suplica entre resuellos.
Tose sangre en el suelo, y yo me lanzo hacia ella, porque sé que, si no lo hago
pronto, la vida abandonará sus ojos. Unas manos me sujetan por los brazos, los
hombros y el pecho; forman una jaula de carne y hueso, pero y o sigo
forcejeando por llegar hasta Tris. Araño las manos que me frenan, pero solo
consigo hacerme daño.
Grito su nombre y ella tose de nuevo; esta vez esputa más sangre. Chilla
pidiendo ay uda, y yo grito llamándola a ella y no oigo nada. No siento nada,
salvo el latido de mi corazón, salvo mi propio terror.
Tris cae al suelo, inmóvil, y se le ponen los ojosen blanco. Es demasiado
tarde.
La oscuridad se ilumina. Veo los grafitis en las paredes de la sala del paisaje
del miedo. Frente a mí están los espejos espía de la sala de observación y, en los
rincones, las cámaras que graban todas las sesiones. Todo está en su sitio. Tengo
el cuello y la espalda cubiertos de sudor. Me seco la cara con el dobladillo de la
camiseta y me acerco a la puerta del otro lado, dejando atrás la caja negra, la
jeringa y la aguja.
No necesito volver a revivir mis miedos; lo que tengo que hacer ahora es
superarlos.
Sé por experiencia que lo único que sirve para colarse en un lugar prohibido es la
confianza. Como, por ejemplo, en las celdas de la tercera planta de la sede de
Erudición.
Sin embargo, parece que aquí no funciona. Un hombre sin facción me
detiene a punta de pistola antes de llegar a la puerta, y yo me pongo nervioso y
empiezo a ahogarme.
—¿Adónde vas?
Pongo una mano encima de su arma y la aparto de mi brazo.
—No me apuntes con esa cosa. Cumplo órdenes de Evelyn: tengo que ver a
un prisionero.
—No me han avisado de que hoy hubiera visitas fuera del horario
establecido.
Bajo la voz para que crea que le voy a desvelar un secreto.
—Eso es porque ella no quiere que quede constancia.
—¡Chuck! —lo llama alguien desde las escaleras que tenemos al lado. Es
Therese, que mueve la mano mientras baja—. Déjalo pasar, es legal.
Asiento con la cabeza para dar las gracias a Therese y sigo avanzando. Han
limpiado los escombros del pasillo, pero no han sustituido las bombillas rotas, así
que camino a través de manchas de oscuridad que parecen moratones. Me dirijo
a la celda.
Cuando llego al pasillo norte, no voy directo a la celda, sino que me acerco a
la mujer que está en un extremo. Es de mediana edad, tiene los ojos caídos y los
labios fruncidos. Parece que todo la agota, y o incluido.
—Hola —la saludo—, soy Tobias Eaton. He venido a recoger a un prisionero
por orden de Evelyn Johnson.
No cambia su expresión al oír mi nombre, así que, por un momento, temo
que tendré que dejarla inconsciente para conseguir lo que quiero. Ella se saca un
papel arrugado del bolsillo y lo alisa en la palma de la mano. Es una lista de
nombres de prisioneros, junto con los correspondientes números de celda.
—¿Nombre?
—Caleb Prior. 308A.
—Eres el hijo de Evelyn, ¿no?
—Ajá. Quiero decir, sí.
No parece la clase de persona a la que le gusta oír « ajá» .
Me conduce hasta una puerta metálica lisa en la que pone 308A. Me pregunto
para qué la usarían cuando nuestra ciudad no necesitaba tantas celdas. Introduce
el código y la puerta se abre.
—Imagino que se supone que debo fingir no ver lo que estás a punto de hacer
—me dice.
Debe de pensar que he venido a matarlo. Decido permitírselo.
—Sí.
—Pues hazme un favor y háblale bien de mí a Evelyn. No quiero tantos
turnos de noche. Me llamo Drea.
—Por supuesto.
Hace una pelota con el papel y se lo guarda en el bolsillo mientras se aleja.
Mantengo la mano sobre el pomo de la puerta hasta que Drea llega a su puesto y
se pone de lado para no mirarme. Me da la impresión de que lo ha hecho
bastantes veces. ¿Cuánta gente habrá desaparecido de estas celdas por orden de
Evelyn?
Entro. Caleb Prior está sentado a un escritorio metálico, inclinado sobre un
libro, con el pelo echado a un lado.
—¿Qué quieres? —pregunta.
—Odio ser yo quien te lo diga… —empiezo a decir, pero hago una pausa.
Hace unas horas decidí cómo quería manejar el asunto: quiero darle una lección
a Caleb. Y eso supone contar algunas mentiras—. En realidad, no lo siento. Han
adelantado unas semanas tu ejecución. A esta noche.
Eso consigue llamar su atención. Se agita en la silla y se me queda mirando
con ojos de loco, como una presa ante un depredador.
—¿Es broma?
—Se me da muy mal hacer bromas.
—No —dice, sacudiendo la cabeza—. No, me quedan unas semanas, no es
esta noche, no…
—Si te callas, te daré una hora para adaptarte a la nueva información. Si no te
callas, te dejaré inconsciente y te pegaré un tiro en el callejón antes de que te
despiertes. Tú decides.
Observar a un erudito mientras procesa algo es como contemplar el interior
de un reloj : su mecanismo girando y en movimiento, ajustándose, trabajando al
unísono para completar una función determinada, que, en este caso, es darle
sentido a su inminente fallecimiento.
Los ojos de Caleb saltan a la puerta abierta que hay detrás de mí; entonces
coge la silla, se vuelve y me la lanza. La pata me golpea con fuerza, lo que me
frena lo justo para dejar que se me escape.
Lo sigo hasta el pasillo; los brazos me arden por el impacto. Soy más rápido
que él, de modo que caigo sobre su espalda y lo derribo de cara mientras le junto
las muñecas y se las sujeto con una brida de plástico. Él gruñe y, cuando lo pongo
en pie, veo que tiene la nariz manchada de sangre.
Drea me mira un segundo, pero después se vuelve.
Lo arrastro por el pasillo, no por el que he entrado, sino por otro, hacia una
salida de emergencia. Bajamos por unas escaleras estrechas en las que resuena
el eco de nuestras pisadas, disonante y hueco. Al llegar abajo, llamo a la puerta
de salida.
Zeke la abre con una sonrisa estúpida.
—¿Te ha dado problemas el guardia?
—No.
—Supuse que Drea aceptaría. No le importa nada.
—Me ha dado la impresión de que no es la primera vez que mira hacia otro
lado.
—No me sorprende. ¿Este es Prior?
—En carne y hueso.
—¿Por qué está sangrando?
—Porque es idiota.
Zeke me ofrece una chaqueta negra con el símbolo de los abandonados en el
cuello.
—No sabía que la idiotez hiciera que la gente empezara a sangrar
espontáneamente por la nariz.
Echo la chaqueta sobre los hombros de Caleb y le abrocho uno de los botones
del pecho. Entonces él evita mirarme a los ojos.
—Creo que es un nuevo fenómeno —explico—. ¿Está despejado el callejón?
—Sí, me he asegurado —responde Zeke, que me ofrece su arma con el
mango por delante—. Cuidado, está cargada. Ahora te agradecería que me
pegaras para resultar más convincente cuando les cuente a los abandonados que
me la robaste.
—¿Quieres que te pegue?
—Venga, como si no lo estuvieras deseando. Tú hazlo, Cuatro.
Me gusta pegar a la gente, me gusta el estallido de poder y energía, y la
sensación de que soy intocable porque puedo hacer daño a los demás. Sin
embargo, también odio esa parte de mí porque es la parte de mí que es más
inestable.
Zeke se prepara y cierro la mano en un puño.
—Hazlo deprisa, tarta de fresa.
Decido apuntar a la mandíbula, que es demasiado fuerte para romperse, pero
lucirá un buen moratón. Cojo impulso y le doy justo donde pretendía. Zeke gruñe
y se agarra la cara con las dos manos. Un relámpago de dolor me sube por el
brazo, así que sacudo la mano.
—Genial —dice Zeke, escupiendo al lateral del edificio—. Bueno, supongo
que eso es todo.
—Supongo.
—Seguramente no volveré a verte, ¿verdad? Quiero decir, sé que los demás
puede que vuelvan, pero tú… —Deja la frase en el aire, pero recupera el hilo de
pensamiento un instante después—. Me parece que estarás encantado de dejarlo
todo atrás, solo eso.
—Sí, es probable que tengas razón —respondo, mirándome los zapatos—.
¿Seguro que no quieres venir?
—No puedo. Shauna no puede ir en silla de ruedas con vosotros y no pienso
abandonarla, ¿sabes? —Se toca la mandíbula con cuidado, para comprobar los
daños—. Asegúrate de que Uriah no beba demasiado, ¿de acuerdo?
—Sí.
—Hablo en serio —insiste, y a continuación baja la voz, como las pocas
veces que no está de broma—. ¿Me prometes que cuidarás de él?
Desde que los conocí he tenido claro que Zeke y Uriah están más unidos que
la mayoría de los hermanos. Perdieron a su padre cuando eran pequeños y
sospecho que Zeke empezó a caminar por la fina línea que separa a los padres de
los hermanos. Ni me imagino qué sentirá al ver marchar a Uriah, sobre todo
teniendo en cuenta lo mucho que la muerte de Marlene lo ha sumido en la
tristeza.
—Te lo prometo —le digo.
Sé que debería marcharme, pero tengo que alargar un poco más este
momento, empaparme bien de su importancia.Zeke fue uno de los primeros
amigos que hice en Osadía, tras sobrevivir a la iniciación. Después trabajó en la
sala de control conmigo, vigilando las cámaras y escribiendo programas
estúpidos que mostraban palabras en pantalla o jugando a las adivinanzas con
números. Nunca me preguntó por mi nombre real, ni por qué un iniciado de
primera categoría había acabado en seguridad e instrucción en vez de en
liderazgo. No me exigía nada.
—Venga, vamos a abrazarnos de una vez —dice.
Mientras sigo sujetando el brazo de Caleb con una mano, rodeo a Zeke con el
brazo que me queda libre y él hace lo mismo.
Cuando nos separamos, tiro de Caleb por el callejón y no logro evitar la
tentación de gritar:
—¡Te echaré de menos!
—¡Y yo a ti, cariño!
Sonríe, y sus dientes blancos brillan en el crepúsculo. Son lo último que veo de
él antes de volverme y salir corriendo bajo la lluvia.
—Vas a alguna parte —dice Caleb entre un aliento y otro—, tú y más
personas.
—Sí.
—¿También mi hermana?
La pregunta despierta una rabia animal en mi interior, una rabia que no se
satisface con palabras agudas ni insultos, sino golpeándole la oreja con la palma
de la mano. Él hace una mueca y hunde los hombros, preparado para un segundo
ataque.
Me pregunto si y o tendría el mismo aspecto cuando mi padre me pegaba.
—Ella no es tu hermana —le digo—. La traicionaste. La torturaste. Le
arrebataste la única familia que le quedaba. Y para… ¿para qué? ¿Para proteger
los secretos de Jeanine, para quedarte en la ciudad, a salvo? Eres un cobarde.
—¡No soy un cobarde! Sabía que…
—Volvamos a nuestro acuerdo anterior: mantén la boca cerrada.
—De acuerdo. Pero ¿adónde me llevas? Podrías matarme aquí mismo, ¿no?
Me detengo. Una sombra se mueve por la acera, detrás de nosotros,
escabulléndose por el límite de mi campo visual. Me giro y levanto el arma, pero
la forma desaparece en la entrada de un callejón.
Sigo caminando, tirando de Caleb y prestando atención por si escucho pisadas
detrás de nosotros. Esparcimos fragmentos de cristal con los zapatos. Observo los
edificios oscuros y los carteles de las calles, que cuelgan de las bisagras como las
últimas hojas de otoño. Llego a la estación en la que cogeremos el tren y
conduzco a Caleb por unos escalones metálicos que dan al andén.
Veo el tren que se acerca a bastante distancia, haciendo su último viaje a
través de la ciudad. Antes creía que los trenes eran como una fuerza de la
naturaleza, algo que seguía su camino al margen de lo que sucediera dentro de
los límites de la ciudad, algo palpitante, vivo y poderoso. Ahora he conocido a los
hombres y mujeres que los manejan, por lo que han perdido parte del misterio,
aunque nunca perderé lo que significan para mí: mi primer acto como osado fue
saltar al interior de uno, y después todos los días fueron una fuente de libertad,
me ofrecieron la posibilidad de moverme por este mundo, tras haberme sentido
atrapado en el sector de Abnegación, en una casa que era como una cárcel.
Cuando se acerca, corto con una navaja la brida que sujeta las muñecas de
Caleb y lo sujeto por el brazo.
—Sabes hacerlo, ¿no? —le pregunto—. Métete en el último vagón.
Él se desabrocha la chaqueta y la deja caer al suelo.
—Sí.
Salimos corriendo desde un extremo del andén por los tablones desgastados,
intentando mantenernos a la altura de la puerta abierta. Él no alcanza el asidero,
así que lo empujo, trastabilla, consigue agarrarse y se mete en el último vagón.
Me estoy quedando sin espacio (se me acaba el andén). Al final logro sujetarme
al asidero y meterme dentro, dejando que los músculos absorban el tirón.
Tris está de pie en el interior del vagón y me dedica una sonrisita torcida. La
chaqueta negra que lleva cerrada hasta el cuello le enmarca el rostro en un halo
oscuro. Me agarra por el cuello de la camiseta y tira de mí para besarme.
Cuando se aparta, dice:
—Siempre me ha encantado verte hacer eso.
Sonrío.
—¿Esto es lo que tenías en mente? —pregunta Caleb—. ¿Que ella estuviera
presente cuando me mataras? Eso es…
—¿Matarlo? —me pregunta Tris, sin mirar a su hermano.
—Sí, le hice creer que iba a ejecutarlo —respondo lo bastante alto como para
que Caleb me oiga—. Ya sabes, algo parecido a lo que te hizo a ti en la sede de
Erudición.
—Entonces ¿no es… verdad?
El rostro, iluminado por la luna, adquiere una expresión conmocionada. Me
doy cuenta de que tiene los botones de la camisa mal abrochados.
—No —respondo—. En realidad, acabo de salvarte la vida.
Empieza a decir algo, pero lo interrumpo.
—Será mejor que no me lo agradezcas todavía. Te llevamos con nosotros. Al
otro lado de la valla.
Al otro lado de la valla, al lugar que intentó evitar con tanto ahínco que
traicionó a su propia hermana. A mí me parece un castigo más adecuado que la
muerte. La muerte es demasiado rápida y segura, mientras que, en el lugar al
que vamos, nada es seguro.
Aunque parece asustado, no lo está tanto como me imaginaba. Entonces creo
comprender su orden de prioridades: primero, su comodidad en un mundo hecho
a su medida; segundo, y con bastante diferencia, las vidas de las personas a las
que se supone que ama. Es uno de esos seres despreciables que no entienden lo
despreciables que son, y que yo lo apabulle a insultos no cambiará ese hecho;
nada puede hacerlo. En vez de enfadarme, me siento pesado, inútil.
No quiero seguir pensando en ello, así que le doy la mano a Tris y me la llevo
al otro extremo del vagón, para ver cómo la ciudad desaparece detrás de
nosotros. Nos colocamos uno al lado del otro, en la puerta abierta, cada uno
agarrado a uno de los asideros. Los edificios dibujan patrones oscuros e
irregulares en el cielo.
—Nos han seguido —digo.
—Tendremos cuidado.
—¿Dónde están los demás?
—En los primeros vagones. Quería estar a solas contigo. O lo más a solas
posible.
Me sonríe. Son nuestros últimos momentos en la ciudad, claro que
deberíamos pasarlos a solas.
—Voy a echar de menos este lugar —dice.
—¿En serio? Yo estoy más bien en plan: « Hasta nunca» .
—¿No vas a echar nada de menos? ¿Ningún recuerdo agradable? —pregunta,
dándome un codazo.
—Vale, unos cuantos —reconozco, sonriendo.
—¿Alguno que no tenga que ver conmigo? Eso ha sonado muy egocéntrico,
pero ya sabes a qué me refiero.
—Claro, supongo —respondo, encogiéndome de hombros—. En fin, en
Osadía conseguí llevar una vida distinta, cambiar de nombre. Llegué a ser Cuatro
gracias al instructor de mi iniciación. Él me puso el nombre.
—¿En serio? —pregunta con la cabeza ladeada—. ¿Por qué no lo he
conocido?
—Porque está muerto. Era divergente.
Me encojo de hombros de nuevo, pero no me resulta fácil contarlo. Amar fue
la primera persona que se dio cuenta de que y o era divergente, y me ayudó a
ocultarlo. Sin embargo, no logró ocultar su propia divergencia, y eso acabó con
él.
Me toca el brazo, pero no dice nada. Me agito, incómodo.
—¿Ves? Demasiados malos recuerdos. Estoy listo para marcharme —le digo.
Me siento vacío, no por la tristeza, sino por el alivio, porque la tensión me
abandona. Evelyn está en esa ciudad, al igual que Marcus y toda la pena, las
pesadillas, los malos recuerdos y las facciones que me mantuvieron atrapado
dentro de una única versión de mí mismo. Aprieto la mano de Tris.
—Mira —la aviso, señalando un lejano grupo de edificios—. Ahí está el
sector de Abnegación.
Sonríe, pero tiene los ojos vidriosos, como si una parte latente en su interior
luchara por salir y derramarse. El tren silba sobre las vías, una lágrima le resbala
por la mejilla y la ciudad desaparece en la oscuridad.
CAPÍTULO ONCE
TRIS
El tren frena al acercarnos a la valla, una señal de la conductora para que no
tardemos en saltar. Tobias y yo seguimos sentados en la puerta del vagón, que
avanza perezosamente por las vías. Me echa un brazo sobre los hombros y me
roza el pelo con la nariz, respirando hondo. Lo miro, observo la clavícula que
asoma por el cuello de su camiseta y la breve curva del labio, y noto que algo se
enciende dentro de mí.
—¿En qué estás pensando? —me preguntaal oído, en voz baja.
Regreso a la realidad. Lo observo continuamente, pero no siempre de ese
modo, así que es como si me pillara haciendo algo vergonzoso.
—¡En nada! ¿Por qué?
—Por nada.
Tira de mí para acercarme a él, y apoy o la cabeza en su hombro y respiro
con avidez el aire fresco. Sigue oliendo a verano, a hierba cociéndose al calor del
sol.
—Parece que nos acercamos a la valla —comento.
Lo sé porque los edificios empiezan a desaparecer para dar paso a campos
salpicados del brillo rítmico de las luciérnagas. Caleb está sentado detrás de mí,
cerca de la otra puerta, abrazándose las rodillas. Sus ojos encuentran los míos en
el peor momento, y me dan ganas de gritarle a su lado más oscuro para que por
fin pueda oírme, para que por fin entienda lo que me hizo. Sin embargo, me
limito a sostener su mirada hasta que no lo aguanta más y mira hacia otro lado.
Me levanto agarrándome al asidero para estabilizarme, y Tobias y Caleb
hacen lo mismo. Al principio, Caleb intenta ponerse detrás de nosotros, pero
Tobias lo empuja hacia delante, hasta el borde del vagón.
—Tú primero. ¡A mi señal! —grita—. Y… ¡ahora!
Empuja a Caleb lo justo para sacarlo del vagón, y mi hermano desaparece.
Tobias va detrás, así que me quedo sola.
Es estúpido echar algo de menos cuando hay tantas personas a las que echar
de menos, pero ya echo de menos este tren y todos los demás que me han
llevado por la ciudad, por mi ciudad, una vez que fui lo bastante valiente como
para subirme a ellos. Toco la pared del vagón una vez y salto. El tren se mueve
tan despacio que me paso con el salto, demasiado acostumbrada a correr para
compensar el impulso, y me caigo. La hierba seca me araña las palmas de las
manos. Me pongo de pie para buscar a Tobias y a Caleb en la oscuridad.
Antes de encontrarlos, oigo a Christina:
—¡Tris!
Uriah y ella vienen hacia mí. Él lleva una linterna y parece más alerta que
esta tarde, lo que es buena señal. Detrás de ellos hay más luces y más voces.
—¿Lo ha conseguido tu hermano? —pregunta Uriah.
—Sí.
Por fin veo a Tobias, que lleva a Caleb cogido del brazo y camina hacia
nosotros.
—Teniendo en cuenta que eres erudito, no sé por qué no te entra en la cabeza
que jamás me ganarás en una carrera —está diciendo Tobias.
—Tiene razón —añade Uriah—: Cuatro es rápido. No tanto como yo, pero sí
más que un eructito como tú.
—¿Un qué? —pregunta Christina, entre risas.
—Eructito —responde Uriah—. Juego de palabras, ya sabes: erudito,
eructito… ¿Lo captas? Como estirado.
—Los osados tienen una jerga muy rara. Tarta de fresa, eructito… ¿Hay una
palabra para los veraces?
—Claro que sí: idiotas —responde Uriah, sonriendo.
Christina le da un empujón tan fuerte que se le cae la linterna. Tobias,
riéndose, nos lleva con el resto del grupo, que está a pocos metros. Tori agita la
linterna en el aire para captar la atención de todos y dice:
—De acuerdo, Johanna y los camiones están a diez minutos andando de aquí,
así que vámonos ya. Y si oigo una palabra más, os muelo a palos. Todavía no
estamos a salvo.
Nos acercamos como si fuéramos un cordón de zapato muy bien atado. Tori
va un poco adelantada, y de espaldas, a oscuras, me recuerda a Evelyn: las
extremidades esbeltas y enjutas, los hombros hacia atrás, tan segura de sí misma
que da casi miedo. A la luz de las linternas distingo el tatuaje de un halcón en su
nuca, lo primero de lo que le hablé cuando me hizo la prueba de aptitud. Me
explicó que era un símbolo del miedo que había superado: el miedo a la
oscuridad. ¿Todavía lo tendrá, a pesar de haber trabajado tanto para superarlo?
Me pregunto si los miedos se superan alguna vez, o si simplemente pierden su
poder sobre nosotros.
Se aleja cada vez más; más que caminar, corre. Está deseando marcharse,
escapar del lugar en que asesinaron a su hermano, del lugar que le dio
protagonismo solo para que la venciera una mujer sin facción que se suponía
muerta.
Está tan adelantada que, cuando suenan los disparos, solo veo caer su linterna,
no su cuerpo.
—¡Dividíos! —grita Tobias para hacerse oír por encima de los gritos y el caos
—. ¡Corred!
Busco su mano en la oscuridad, pero no la encuentro. Saco el arma que me
dio Uriah antes de marcharnos y la sostengo alejada de mi cuerpo, sin hacer
caso del nudo que se me forma en la garganta al tocarla. No puedo correr a
oscuras, necesito luz. Corro hacia el cuerpo de Tori, hacia su linterna caída.
Oigo sin oír los disparos, los gritos y las pisadas. Oigo sin oír el latido de mi
corazón. Me agacho junto al haz de luz que ha dejado caer y recojo la linterna
con la intención de seguir corriendo, pero, gracias a su luz, le veo la cara. Está
reluciente de sudor y se le mueven los ojos detrás de los párpados, como si
buscara algo, pero estuviese demasiado cansada para encontrarlo.
Una de las balas le ha acertado en el estómago, y la otra, en el pecho. No
saldrá de esta. Por muy enfadada que esté con ella por luchar contra mí en el
laboratorio de Jeanine, sigue siendo Tori, la mujer que protegió el secreto de mi
divergencia. Se me cierra la garganta al recordar cómo entré tras ella en la
habitación de mi prueba de aptitud, con la mirada fija en su halcón tatuado.
Sus ojos se mueven y se centran en mí. Frunce las cejas, pero no habla.
Me pongo la linterna en el hueco entre el pulgar y el índice, y la cojo de la
mano para apretarle los dedos sudorosos.
Oigo que se acerca alguien, y apunto linterna y pistola en la misma dirección.
El haz ilumina a una mujer con un brazalete abandonado que me apunta con su
arma a la cabeza. Disparo apretando tanto los dientes que me chirrían.
La bala le alcanza el estómago, y ella grita y dispara a ciegas.
Miro de nuevo a Tori, pero sus ojos están cerrados y y a no se mueve. Apunto
con la linterna al suelo y corro para alejarme de ella y de la mujer a la que
acabo de disparar. Me duelen las piernas y me arden los pulmones. No sé adónde
voy, si me alejo del peligro o corro hacia él, pero sigo corriendo todo lo que
puedo.
Por fin veo una luz a lo lejos. Al principio creo que es otra linterna, hasta que
me acerco más y me doy cuenta de que es más grande y estable que la de una
linterna: es un faro. Oigo un motor y me agacho entre la hierba alta para
esconderme; apago la linterna y preparo el arma. El camión frena y alguien
pregunta:
—¿Tori?
Suena a Christina. El camión es rojo y está oxidado: un vehículo de
Cordialidad. Me enderezo y me apunto con la linterna para que me vea. El
camión se detiene a poca distancia y Christina salta del asiento del pasajero para
abrazarme. Lo revivo en mi cabeza para que sea real: el cuerpo de Tori cayendo,
las manos de la mujer abandonada sobre el estómago. No funciona, no parece
real.
—Gracias a Dios —dice Christina—. Entra, vamos a buscar a Tori.
—Tori está muerta —respondo sin más, y la palabra « muerta» lo hace real.
Me seco las lágrimas de las mejillas con las manos y me obligo a controlar
mi respiración entrecortada.
—Dis-disparé a la mujer que la mató.
—¿Qué? —pregunta Johanna, frenética, asomándose desde el asiento del
conductor—. ¿Qué has dicho?
—Que hemos perdido a Tori. Vi cómo pasaba.
El pelo le cubre la cara, así que no veo la expresión de Johanna, que toma
aire con dificultad.
—Bueno, pues vamos a buscar a los otros.
Me meto en el camión. El motor ruge cuando Johanna pisa el acelerador, y
salimos dando botes por la hierba a por los demás.
—¿Habéis visto a alguno? —les pregunto.
—A unos cuantos: Cara, Uriah —responde Johanna, sacudiendo la cabeza—.
A nadie más.
Me agarro a la manilla de la puerta y la aprieto. Si hubiera puesto más
empeño en buscar a Tobias… Si no me hubiera parado con Tori…
¿Y si Tobias no lo ha conseguido?
—Seguro que están bien —dice Johanna—. Tu chico sabe cómo cuidar de sí
mismo.
Asiento, aunque sin convicción. Tobias sabe cuidarse, pero, en un ataque,
sobrevivir es un accidente. No hace falta habilidad para estar en un sitio en el que
no te encuentren las balas, ni para disparar a oscuras y acertar a un hombreal
que no ves. Es cuestión de suerte o del destino, según lo que creas. Y yo no sé
(nunca lo he sabido) en qué creo.
« Está bien, está bien, está bien» .
« Tobias está bien» .
Me tiemblan las manos, así que Christina me aprieta la rodilla. Johanna nos
lleva al punto de encuentro, donde han visto a Uriah y a Cara. Me quedo mirando
cómo sube el indicador de velocidad hasta estabilizarse en los 120 por hora. En la
cabina nos chocamos, lanzadas de un lado a otro por el terreno irregular.
—¡Allí! —señala Christina.
Hay un grupo de luces delante de nosotros; no son más que puntitos de luz,
como linternas, aunque hay otros redondos, como faros.
Nos acercamos y lo veo: Tobias está sentado en el capó de otro camión, con
las manos empapadas de sangre. Cara está de pie frente a él con un botiquín de
primeros auxilios. Caleb y Peter están sentados en la hierba, a pocos metros.
Antes de que Johanna detenga el camión, abro la puerta y salgo corriendo hacia
él. Tobias se levanta sin hacer caso de las órdenes de Cara de permanecer quieto,
y chocamos; su brazo ileso me rodea la espalda y me levanta en el aire. Tiene la
espalda mojada de sudor y, cuando me besa, sabe a sal.
Todos los nudos de tensión que se me habían formado desaparecen a la vez.
Por un momento, es como si me rehicieran, como si fuera una persona nueva.
Tobias está bien. Estamos fuera de la ciudad. Está bien.
CAPÍTULO DOCE
TOBIAS
La herida de bala hace que me palpite el brazo como si fuera un segundo
corazón. Los nudillos de Tris rozan los míos al levantar la mano para señalar algo
a nuestra derecha: una serie de alargados edificios bajos iluminados por
lámparas azules de emergencia.
—¿Qué son? —pregunta Tris.
—Los otros invernaderos —responde Johanna—. No necesitan mucha mano
de obra, pero sirven para criar y cultivar en grandes cantidades: animales,
materias primas para tela, trigo, etcétera.
Los cristales brillan a la luz de las estrellas y oscurecen los tesoros que me
imagino en su interior: plantitas con bayas colgando de las ramas, filas de patatas
enterradas en la tierra…
—No se los enseñáis a las visitas —comento—. Nosotros no los vimos.
—Cordialidad se guarda unos cuantos secretos —responde Johanna con
orgullo.
La carretera que tenemos por delante es larga y recta, llena de grietas y
baches. A ambos lados hay árboles nudosos, postes de alumbrado rotos y viejos
tendidos eléctricos. De vez en cuando vemos un trozo aislado de acera con malas
hierbas abriéndose paso a través del hormigón o una pila de madera podrida
donde antes había una casa.
Cuanto más pienso en este paisaje que las patrullas de Osadía consideraban
normal, más me imagino una vieja ciudad a mi alrededor, con edificios más
bajos que los que dejamos atrás, aunque igual de numerosos. Una vieja ciudad
que se transformó en terreno vacío para que los cordiales pudieran tener sus
granjas. En otras palabras: una vieja ciudad demolida, reducida a cenizas y
arrasada, donde desaparecieron hasta las carreteras para que la tierra silvestre se
regenerara por encima de las ruinas.
Saco la mano por la ventana y el viento se me enreda en los dedos como si
fueran mechones de cabello. Cuando era pequeño, mi madre fingía dibujar cosas
en el viento y me las daba para que las usara, como martillos y clavos, o espadas
o patines. Jugábamos a eso por las noches, en el patio delantero, antes de que
Marcus llegara a casa. Servía para mitigar el miedo.
En la parte trasera del camión están Caleb, Christina y Uriah. Christina y
Uriah están sentados tan cerca que sus hombros se tocan, pero cada uno mira en
una dirección distinta, más como desconocidos que como amigos. Justo detrás de
nosotros hay otro camión conducido por Robert, en el que van Cara y Peter. Se
suponía que Tori iría con ellos. La idea me hace sentir hueco, vacío. Ella fue la
que me hizo la prueba de aptitud y me ayudó a pensar, por primera vez, que
podía abandonar Abnegación; que tenía que hacerlo. Creo que le debo algo, pero
ha muerto antes de que pudiera saldar mi deuda.
—Aquí es —anuncia Johanna—: el límite exterior de las patrullas osadas.
No hay ni vallas ni muros que marquen la separación entre el complejo de
Cordialidad y el mundo de fuera, pero recuerdo haber vigilado las patrullas
osadas desde la sala de control para asegurarme de que no pasaran del límite,
que está señalado por una serie de carteles con equis. Las patrullas estaban
estructuradas de modo que los camiones se quedaran sin gasolina si iban
demasiado lejos, un delicado sistema de comprobación que garantizaba nuestra
seguridad y la suya…, y, ahora lo sé, también el secreto de los abnegados.
—¿Alguna vez se ha traspasado el límite? —pregunta Tris.
—Algunas veces —contesta Johanna—. Era responsabilidad nuestra
solucionar esa situación cuando se producía.
Tris la mira, y ella se encoge de hombros.
—Todas las facciones tienen un suero —explica Johanna—. El osado induce
realidades alucinatorias, el veraz obliga a contar la verdad, el cordial ofrece paz,
el erudito mata… —Al llegar a este punto, Tris se estremece, pero Johanna
continúa como si nada—. Y el abnegado reinicia la memoria.
—¿Reinicia la memoria?
—Como la de Amanda Ritter —intervengo—. Ella dijo: « Hay muchas cosas
que estoy deseando olvidar» , ¿recuerdas?
—Sí, eso es —dice Johanna—. Los cordiales están a cargo de administrar el
suero de Abnegación a cualquier persona que traspase el límite, lo justo para que
olviden la experiencia. Seguro que se nos han escapado algunos, pero no
demasiados.
Guardamos silencio. Le doy vueltas a la información. Hay algo
profundamente equivocado en arrebatarle los recuerdos a alguien, aunque ahora
sé que era necesario para mantener la ciudad a salvo todo el tiempo que hiciera
falta. Lo noto en las tripas: si le arrebatas a alguien los recuerdos, cambias su
personalidad.
Estoy tan nervioso que voy a estallar porque, cuanto más nos adentramos en
el límite exterior de las patrullas osadas, más cerca estamos de descubrir qué hay
más allá del único mundo que he conocido. Estoy aterrado, emocionado, confuso
y cien cosas más a la vez.
Veo algo más adelante, a la luz de primera hora de la mañana, y cojo a Tris
de la mano.
—Mira.
CAPÍTULO TRECE
TRIS
El mundo del otro lado está lleno de carreteras, edificios oscuros y tendidos
eléctricos derribados.
No hay vida hasta donde me alcanza la vista; no hay movimiento, ni sonido,
salvo el viento y mis pisadas.
Es como si el paisaje fuese una frase interrumpida, con un extremo flotando
en el aire, inacabado, mientras que el otro es un tema completamente distinto. En
nuestro lado de la frase hay tierra vacía, hierba y kilómetros de carretera. En el
otro lado hay dos muros de hormigón con media docena de vías de tren entre los
dos. Y, enmarcando las vías, edificios de madera, ladrillo y cristal con ventanas
oscuras y árboles a su alrededor, tan asilvestrados que las ramas de unos y otros
se han entretej ido.
A la derecha hay un cartel que reza « 90» .
—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Uriah.
—Seguir las vías —respondo, aunque tan bajo que solo yo lo oigo.
Salimos de las vías en el punto en que su mundo (¿el mundo de quién?) y el
nuestro se dividen. Robert y Johanna se despiden brevemente, dan la vuelta a los
camiones y regresan a la ciudad. Los observo marchar. No me imagino llegar
tan lejos para tener que volver, pero supongo que tienen que hacer cosas en la
ciudad. Johanna todavía tiene que organizar una rebelión leal.
El resto de nosotros (Tobias, Caleb, Peter, Christina, Uriah, Cara y yo) nos
disponemos a caminar por las vías cargados con nuestras exiguas posesiones.
Las vías del tren no son como las de la ciudad. Estas están relucientes y
suaves y, en vez de tablas perpendiculares a ellas, hay láminas de un metal con
relieve. Más adelante veo uno de los trenes que circulan por ellas, abandonado
junto al muro. Está chapado en metal por arriba y por delante, como un espejo,
con ventanas tintadas en los laterales. Cuando nos acercamos veo que dentro hayfilas de bancos con coj ines granates. La gente no tiene que saltar para entrar y
salir de estos trenes.
Tobias camina detrás de mí sobre una de las vías con los brazos extendidos a
los lados para mantener el equilibrio. Los demás están algo desperdigados: Peter
y Caleb cerca de un muro, Cara cerca del otro. Nadie habla mucho, salvo para
señalar algo nuevo, un cartel, un edificio o una pista de cómo era este mundo
cuando había gente en él.
Los muros de hormigón son lo que más me llama la atención: están cubiertos
de extraños dibujos de gente con piel tan suave que apenas parece gente; o de
botellas de colores con champú, acondicionador, vitaminas o sustancias
desconocidas, palabras que no entiendo, como « vodka» , « Coca-Cola» o
« bebida energética» . Los colores, las formas, las palabras y las imágenes son
tan chillones y abundantes que me hipnotizan.
—Tris —me llama Tobias, poniéndome una mano en el hombro.
Me paro, y él ladea la cabeza y pregunta:
—¿Oyes eso?
Oigo pisadas y la conversación en voz baja de nuestros compañeros. Oigo mi
respiración y la de él. Sin embargo, por debajo de todo eso me llega una
vibración sorda de intensidad inconstante. Parece un motor.
—¡Paraos todos! —grito.
Sorprendentemente, todos lo hacen, incluso Peter, y nos reunimos en el
centro de las vías. Veo que Peter saca el arma y la levanta, y yo hago lo mismo,
uniendo las dos manos para que no me tiemble, recordando la facilidad con la
que antes la blandía. Eso se acabó.
Algo aparece por la curva que hay más adelante: un camión negro, pero más
grande que ningún otro que haya visto, lo bastante para llevar a más de doce
personas en la parte de atrás, que está cubierta.
Me estremezco.
El camión va dando tumbos sobre las vías y se detiene a seis metros de
nosotros. Veo al hombre que lo conduce: tiene la piel oscura y pelo largo
recogido en un nudo.
—Dios —dice Tobias, y aprieta con fuerza la pistola.
Una mujer sale del asiento delantero. Diría que es de la edad de Johanna, con
la piel cubierta de pecas y el pelo tan oscuro que parece negro. Salta al suelo y
levanta las manos para que veamos que no va armada.
—Hola —saluda, y sonríe, nerviosa—. Me llamo Zoe. Este es Amar.
Señala con la cabeza al conductor, que también ha salido del camión.
—Amar está muerto —dice Tobias.
—No, no estoy muerto. Vamos, Cuatro —dice Amar.
El rostro de Tobias está rígido de miedo. No lo culpo: ver a un ser querido
volver de entre los muertos no es algo que suceda todos los días.
Por mi cabeza pasan imágenes de todas las personas que he perdido: Ly nn,
Marlene, Will, Al.
Mi padre. Mi madre.
¿Y si siguen vivos, como Amar? ¿Y si la cortina que nos separa no es la
muerte, sino una alambrada y algo de terreno?
No puedo evitar albergar esa esperanza, por muy tonta que sea.
—Trabajamos para la misma organización que fundó vuestra ciudad —dice
Zoe mientras lanza una mirada asesina a Amar—. La misma de la que salió
Edith Prior. Y…
Se mete la mano en el bolsillo y saca una fotografía bastante arrugada. La
sostiene en alto y me busca con los ojos entre la gente y las armas.
—Creo que deberías echarle un vistazo a esto, Tris —me sugiere—. Daré un
paso adelante y la dejaré en el suelo, después retrocederé. ¿De acuerdo?
Conoce mi nombre. Se me forma un nudo de miedo en la garganta. ¿Cómo
conoce mi nombre? Y no solo mi nombre, también mi apodo, el que elegí cuando
me uní a Osadía.
—De acuerdo —respondo, pero tengo la voz ronca y apenas consigo
pronunciar las palabras.
Zoe da un paso adelante, deja la fotografía en las vías del tren y regresa a su
posición original. Abandono la seguridad de nuestro grupo y me agacho junto a la
fotografía sin dejar de observar a Zoe. Después retrocedo con la foto en la mano.
En ella se ve a un grupo de gente delante de una alambrada, echándose el
brazo por encima de los hombros o la espalda. Veo una versión más pequeña de
Zoe, reconocible por las pecas, y a unas cuantas personas más a las que no
identifico. Estoy a punto de preguntarle por qué quiere que mire la foto cuando
reconozco a la joven de cabello rubio recogido por detrás y amplia sonrisa.
Mi madre. ¿Qué hace mi madre con esa gente?
Algo me oprime el pecho, no sé si tristeza, dolor o añoranza.
—Tenemos que explicaros muchas cosas —dice Zoe—, pero no es el mejor
lugar para hacerlo. Nos gustaría llevaros a nuestro cuartel general. No está muy
lejos de aquí.
Todavía con la pistola en alto, Tobias me toca la muñeca con la mano libre
para acercarse la foto.
—¿Es tu madre? —me pregunta.
—¿Es mamá? —pregunta Caleb, y aparta a Tobias para ver la imagen por
encima de mi hombro.
—Sí —respondo a ambos.
—¿Crees que deberíamos confiar en ellos? —me pregunta Tobias en voz baja.
Zoe no parece una mentirosa, ni tampoco suena como si lo fuera. Y si sabe
quién soy y que nos encontraría aquí, seguramente sea porque tiene un modo de
acceder a la ciudad, lo que seguramente signifique que no miente cuando afirma
que pertenece al grupo del que salió Edith Prior. Y está Amar, que no le quita el
ojo de encima a Tobias.
—Hemos venido porque queríamos encontrar a esta gente —respondo—.
Tenemos que confiar en alguien, ¿no? Si no, no haremos más que caminar por un
erial y morirnos de hambre.
Tobias me suelta la muñeca y baja la pistola. Yo hago lo mismo. Los demás
nos imitan, poco a poco; Christina es la última en hacerlo.
—Vay amos a donde vayamos, podremos marcharnos en cualquier momento
—exige Christina—. ¿De acuerdo?
—Os doy mi palabra —le asegura Zoe, poniéndose una mano en el pecho,
justo encima del corazón.
Por el bien de todos nosotros, espero que su palabra tenga algún valor.
CAPÍTULO CATORCE
TOBIAS
Me pongo de pie en el borde del camión, sujetándome a la estructura que soporta
la cubierta de tela. Ojalá esta nueva realidad fuera una simulación que pudiera
manipular si lograra encontrarle sentido. Pero no lo es, y no logro encontrarle
sentido.
Amar está vivo.
« ¡Adáptate!» era una de sus órdenes favoritas durante mi iniciación. La
gritaba tan a menudo que a veces soñaba con ella; me despertaba como una
alarma, me exigía más de lo que podía dar. « Adáptate» . Adáptate más deprisa y
mejor, adáptate a las cosas a las que nadie debería tener que adaptarse.
Como esta: abandonar un mundo completamente formado y descubrir otro.
O esta: descubrir que tu amigo muerto en realidad está vivo y conduce el
camión en el que viajas.
Tris está sentada detrás de mí, en el banco que rodea las paredes del camión,
con la foto arrugada en las manos. Mantiene los dedos sobre la cara de su madre,
sin llegar a tocarla del todo. Christina está sentada a su derecha y Caleb, a su
izquierda. Seguramente le permite quedarse ahí para que vea la foto, porque, a la
vez, se nota que todo su cuerpo lo rechaza y se aprieta contra Christina.
—¿Es tu madre? —pregunta Christina.
Tris y Caleb asienten.
—Qué joven está en la foto. Y qué guapa —añade Christina.
—Sí que lo es. Lo era, quiero decir.
Esperaba que Tris sonara triste al decirlo, como si le doliera el recuerdo de la
belleza perdida de su madre. Sin embargo, está nerviosa y tiene los labios
fruncidos, como a la expectativa. Espero que no albergue falsas esperanzas.
—Déjame verla —dice Caleb, alargando una mano hacia su hermana.
En silencio, sin mirarlo, le pasa la foto.
Me vuelvo hacia el mundo del que nos alejamos: el final de las vías del tren.
Las enormes extensiones de terreno. Y, a lo lejos, el Centro, apenas visible entre
la niebla que cubre la silueta de la ciudad. Verla desde aquí me produce una
sensación extraña, como si pudiera tocarla si alargo lo bastante la mano, a pesar
de haberme alejado tanto de ella.
Peter se acerca al borde del camión y se agarra a la lona para no caerse. Las
vías del tren se alejan de nosotros y ya no veo los campos. Los muros de ambos
lados desaparecen poco a poco a medida que el terreno se allana, y surgen
edificios por todas partes, algunos pequeños, como las casas de Abnegación, y
otros grandes, como edificios de la ciudad,pero volcados de lado.
Árboles enormes y silvestres crecen más allá de las estructuras de cemento
que debían mantenerlos controlados, y las raíces se extienden por la acera. En el
borde de uno de los tejados hay una fila de pájaros negros, como los que se tatuó
Tris en la clavícula. Cuando pasa el camión, los pájaros graznan y se desperdigan
por el aire.
Es un mundo salvaje.
De repente es demasiado para mí y tengo que retroceder para sentarme en
uno de los bancos. Me sujeto la cabeza con las manos y cierro los ojos para no
absorber más información. Noto el fuerte brazo de Tris sobre la espalda, tirando
de mí hacia su estrecha figura. Tengo las manos entumecidas.
—Tú céntrate en lo que está aquí y ahora —me sugiere Cara desde el otro
lado del vehículo—. Por ejemplo, en el movimiento del camión. Te ay udará.
Lo intento. Pienso en lo duro que está el banco y en la vibración del camión,
que ni siquiera para cuando estamos en terreno llano y que me retumba en los
huesos. Detecto sus leves movimientos a izquierda y derecha, adelante y atrás, y
procuro amortiguar cada bote sobre los raíles. Me concentro hasta que todo se
oscurece a nuestro alrededor y no noto el transcurso de los minutos ni el pánico
del descubrimiento, tan solo nuestro movimiento sobre la tierra.
—Creo que ahora sí que deberías mirar —me dice Tris con voz débil.
Christina y Uriah están donde estaba yo antes, asomados por el borde de la
lona del camión. Miro por encima de sus hombros para saber adónde vamos.
Hay una valla alta que se extiende a lo largo del paisaje, que parece vacío en
comparación con la abundancia de edificios que vi antes de sentarme. La valla
tiene barrotes negros verticales acabados en una punta que se curva hacia fuera,
como si pretendieran atravesar a cualquiera que se atreva a trepar por ellos.
Unos cuantos metros más allá hay otra valla, una alambrada, como la que
rodea la ciudad, con alambre de espinos enrollado en lo alto. La segunda valla
emite un fuerte zumbido: una carga eléctrica. La gente que camina entre ambas
divisiones lleva unas armas parecidas a nuestros fusiles de pintura, pero mucho
más letales, unas máquinas potentes.
En un cartel de la primera valla se lee: « DEPARTAMENTO DE BIENESTAR
GENÉTICO» .
Oigo a Amar hablar con los guardias armados, aunque no sé qué les dice. Se
abre una puerta en la primera valla para dejarnos pasar, y después, otra puerta
en la segunda. Más allá de las dos vallas hay… orden.
Hasta donde alcanza la vista nos encontramos con edificios bajos separados
por tramos de césped y árboles incipientes. Las calles que los conectan están bien
cuidadas, con flechas que indican distintos destinos: « Invernaderos» , todo recto;
« Puestos de seguridad» , a la izquierda; « Residencias de los funcionarios» , a la
derecha; « Complejo principal» , todo recto.
Me levanto y me asomo para ver el complejo, para lo que tengo que sacar
medio cuerpo del camión. El Departamento de Bienestar Genético no es alto,
pero sí enorme, tan ancho que no veo los extremos, un mamut de cristal, acero y
hormigón. Detrás del complejo hay unas cuantas torres altas con bultos que
sobresalen por arriba. No sé por qué, pero verlas me recuerda la sala de control;
me pregunto si servirán para eso.
Aparte de los guardias entre las vallas, hay poca gente fuera. La gente que
hay se para a observarnos, pero nos alejamos tan deprisa que no logro distinguir
sus expresiones.
El camión se detiene ante unas puertas dobles, y Peter es el primero en bajar.
El resto nos repartimos por la acera, detrás de él, hombro con hombro, tan
pegados que soy consciente de que respiran muy deprisa. En la ciudad nos
dividíamos por facción, edad e historia, mientras que aquí no existen esas
diferencias: somos todo lo que tenemos.
—Allá vamos —murmura Tris cuando Zoe y Amar se acercan.
« Allá vamos» , me digo.
—Bienvenidos al complejo —dice Zoe—. Este edificio antes era el Aeropuerto
O’Hara, uno de los aeropuertos con más tráfico del país. Ahora es la sede del
Departamento de Bienestar Genético… Nosotros lo llamamos simplemente el
Departamento, para abreviar. Es una agencia del Gobierno de Estados Unidos.
Se me pone cara de tonto. Conozco todas las palabras que utiliza (aunque no
sé bien qué es un aeropuerto ni estados unidos), pero, al juntarlas, no les
encuentro sentido. No soy el único que parece desconcertado: Peter arquea
ambas cejas, como si preguntara algo.
—Lo siento —se disculpa Zoe—. Se me olvida lo poco que sabéis.
—Creo que es culpa vuestra que no sepamos nada, no nuestra —comenta
Peter.
—Lo diré de otro modo —dice ella, sonriendo con amabilidad—: se me
olvida la poca información que os hemos proporcionado. Un aeropuerto es un
centro para viajes aéreos y…
—¿Viajes aéreos? —pregunta Christina, incrédula.
—Uno de los desarrollos tecnológicos que no necesitábamos saber cuando
estábamos dentro de la ciudad —explica Amar—. Es seguro, rápido y
asombroso.
—Vay a —comenta Tris.
Parece emocionada, mientras que a mí, al pensar en volar a toda velocidad
por encima del complejo, me dan ganas de vomitar.
—En fin. Cuando se desarrollaron los experimentos, el aeropuerto se convirtió
en este complejo, desde el que podemos supervisarlos de lejos —dice Zoe—.
Voy a llevaros a la sala de control para que conozcáis a David, el jefe del
Departamento. Veréis muchas cosas que no entenderéis, pero puede que lo
mejor sea dar algunas explicaciones preliminares antes de que empecéis a
preguntarme por todo. Así que tomad nota de lo que queráis saber, y después nos
lo preguntáis a Amar o a mí.
Entonces se dirige a la entrada, y dos guardias armados le abren las puertas y
la saludan con una sonrisa. El contraste entre el saludo amistoso y las armas que
llevan apoy adas en los hombros casi da risa. Las armas son enormes, y me
pregunto qué se sentirá al dispararlas, si notarán el mortífero poder que encierran
con tan solo poner el dedo en el gatillo.
El aire fresco me acaricia la cara al entrar en el complejo. Hay ventanas que
acaban en arco muy por encima de mi cabeza, y por ellas entra una luz pálida,
aunque eso es lo más atractivo del lugar, porque el suelo de losetas ha perdido el
brillo con la suciedad y los años, y las paredes son grises y aburridas. Delante de
nosotros hay un mar de gente y maquinaria, y un cartel sobre todo ello en el que
se lee: « CONTROL DE SEGURIDAD» . No entiendo por qué necesitan tanta
seguridad si y a están protegidos por dos vallas, una de ellas electrificada, y unas
cuantas barreras de guardias armados, pero no es mi mundo, así que no lo
cuestiono.
No, este no es mi mundo, en absoluto.
Tris me toca el hombro y señala un punto de la larga entrada.
—Mira eso.
En el otro extremo de la sala, detrás del control de seguridad, hay un
gigantesco bloque de piedra con un aparato de cristal colgado encima. Es un
claro ejemplo de esas cosas que veremos y que no comprenderemos. Tampoco
entiendo el ansia que percibo en los ojos de Tris, que devoran todo lo que nos
rodea como si pudiera alimentarse de ello. A veces me da la impresión de que
somos iguales, pero otras veces, como ahora, choco contra nuestras diferencias
como si fueran un muro.
Christina le dice algo a Tris, y las dos sonríen. Todo lo que oigo está
distorsionado o amortiguado.
—¿Te encuentras bien? —me pregunta Cara.
—Sí —respondo automáticamente.
—Sabes que sería lógico y comprensible que estuvieras aterrado. No hace
falta que insistas en tu imperturbable masculinidad en todo momento.
—En mi… ¿qué?
Ella sonríe y me doy cuenta de que está de broma.
Toda la gente del control de seguridad se aparta para formar un túnel que nos
permita pasar. Delante de nosotros, Zoe anuncia:
—No se permiten armas dentro de las instalaciones, pero, si las dejáis en el
control de seguridad, podréis recogerlas a la salida, si queréis. Después de
soltarlas, pasaremos por los escáneres y se acabó.
—Esa mujer me irrita —comenta Cara.
—¿Qué? —pregunto—. ¿Por qué?
—No es capaz de separarse de sus conocimientos —respondemientras saca
su arma—. No deja de decir cosas que parecen obvias, pero que, en realidad, no
lo son.
—Es verdad, es irritante —digo, no muy convencido.
Veo que Zoe deja su arma en un contenedor gris y después entra en un
escáner. Es una caja del tamaño de una persona con un túnel en medio, lo justo
para que quepa un cuerpo. Saco mi arma, con el cargador lleno, y la dejo en el
contenedor que me enseña el guardia de seguridad, junto a todas las demás.
Observo cómo pasa Zoe por el escáner, después Amar, Peter, Caleb, Cara y
Christina. Me pongo en el borde, al lado de las paredes que me comprimirán, y
empiezo a sentir pánico, las manos entumecidas y un nudo en el pecho. El
escáner me recuerda a la caja de madera que me atrapa en mi paisaje del
miedo para estrujarme los huesos.
No me dejaré llevar por el pánico, no puedo.
Obligo a mis pies a entrar en el escáner y me pongo en el centro, donde se
han colocado todos los demás. Oigo que algo se mueve en las paredes de ambos
lados, y suena un pitido agudo. Me estremezco y solo veo la mano del guardia,
que me hace señas para que avance.
Ahora puedo escapar.
Salgo del escáner dando tumbos, y el aire se abre a mi alrededor. Cara se me
queda mirando, aunque no dice nada.
Cuando Tris me da la mano después de pasar ella por el escáner, apenas la
noto. Recuerdo el momento en que pasé por mi paisaje del miedo con ella,
nuestros cuerpos apretados en la caja de madera que nos rodeaba, mi palma
contra su pecho, notando el latido de su corazón. Eso me basta para devolverme a
la realidad.
Uriah pasa por el control y Zoe nos invita a seguir adelante.
Más allá del control de seguridad, las instalaciones no son tan sórdidas como
antes. Los suelos siguen siendo de loseta, pero están perfectamente pulidos y hay
ventanas por todas partes. Por un largo pasillo veo varias hileras de mesas de
laboratorio y ordenadores, lo que me recuerda a la sede de Erudición, aunque
aquí hay más luz y no parece que escondan nada.
Zoe nos guía por un pasillo más oscuro, a la derecha. Cuando pasamos junto a
otras personas, se paran para mirarnos, y sus ojos son como ray itos de calor que
me ruborizan del cuello a las mejillas.
Caminamos un buen rato, adentrándonos en el complejo, hasta que Zoe se
para y nos mira.
Detrás de ella hay un gran círculo de pantallas en blanco, como polillas
alrededor de una llama. La gente del círculo está sentada ante escritorios bajos y
escribe con energía en otras pantallas, que miran hacia fuera en vez de hacia
dentro. Es una sala de control, aunque abierta, y no sé bien qué observan, y a que
todas las pantallas están a oscuras. Alrededor de las pantallas que dan al interior
hay sillas, bancos y mesas, como si la gente se reuniera allí para observar el
espectáculo.
Frente a la sala de control hay un hombre mayor que sonríe, vestido con un
uniforme azul oscuro, como todos los demás. Cuando ve que nos acercamos,
abre las manos y nos da la bienvenida. Supongo que es David.
—Esto es lo que estábamos esperando desde el principio —dice el hombre.
CAPÍTULO Q UINCE
TRIS
Me saco la foto del bolsillo. El hombre que está delante de mí, David, aparece en
la foto, al lado de mi madre, con la piel más tersa y el estómago menos
voluminoso.
Cubro el rostro de mi madre con la punta del dedo y pierdo toda la esperanza
que albergaba: si ella, mi padre o mis amigos siguieran con vida, nos habrían
estado esperando junto a las puertas. Ha sido una tontería pensar que lo que pasó
con Amar (fuera lo que fuera) podría repetirse.
—Me llamo David. Como ya os habrá contado Zoe, soy el jefe del
Departamento de Bienestar Genético. Os lo explicaré todo lo mejor que pueda.
Lo primero que debéis saber es que la información que Edith Prior os
proporcionó no es del todo cierta.
Al decir « Prior» , me mira. Los nervios me hacen temblar. Desde que vi
aquel vídeo me desespero por obtener respuestas, y estoy a punto de
conseguirlas.
—Os dio la información que necesitabais para cumplir los objetivos de
nuestros experimentos —dice David—. Y, en muchos casos, eso supone
simplificar, omitir e incluso mentir sin más. Ahora que estáis aquí, no hace falta
nada de eso.
—No dejáis de hablar de experimentos —interviene Tobias—. ¿Qué
experimentos?
—Sí, bueno, ahora iba a llegar a eso —responde David, mirando a Amar—.
¿Por dónde empezaron cuando te lo explicaron a ti?
—Da igual por dónde empiece. En cualquier caso, no es fácil de asimilar —
responde Amar mientras se tira de las cutículas.
David se lo piensa un momento y se aclara la garganta.
—Hace mucho tiempo, el Gobierno de Estados Unidos…
—¿Los estados qué? —pregunta Uriah.
—Es un país —responde Amar—. Uno muy grande. Tiene fronteras
específicas y su propio ente gubernamental, y nosotros estamos en el centro de
ese país. Podemos hablar de eso después. Siga, señor.
David se aprieta la palma de la mano con el pulgar y se la masajea,
claramente desconcertado por todas las interrupciones.
Empieza de nuevo:
—Hace unos cuantos siglos, el Gobierno de este país estaba interesado en
reforzar algunos comportamientos deseables en sus ciudadanos. Había estudios
que indicaban que las tendencias violentas podían localizarse en parte en los
genes de una persona. El primero de estos genes fue el llamado « gen asesino» ,
pero hubo unos cuantos más, predisposiciones genéticas a la cobardía, la mentira,
la estupidez… Todas las cualidades que, al final, contribuyen a la ruptura de una
sociedad.
Nos enseñaron que las facciones se crearon para resolver un problema, el
problema de los fallos de nuestra naturaleza. Al parecer, la gente que describe
David, fueran quienes fueran, creían también en ese problema.
Sé muy poco sobre genética, solo lo que veo que se ha transmitido de padres
a hijos, tanto en mi cara como en la de mis amigos. No me imagino aislar un gen
del asesinato, de la cobardía o de la mentira. Son conceptos demasiado nebulosos
para que tengan un lugar concreto en el cuerpo humano. Pero no soy científica.
—Obviamente, hay varios factores que determinan la personalidad, incluida
la educación y las experiencias vitales —sigue explicando David—, pero, a pesar
de la paz y la prosperidad que habían reinado en este país durante casi un siglo, a
nuestros antepasados les pareció ventajoso corregir estas cualidades indeseables
para reducir el riesgo de que aparecieran en la población. En otras palabras,
decidieron revisar la humanidad.
» Así nació el experimento de manipulación genética. Deben transcurrir
varias generaciones para que una manipulación genética se manifieste, pero se
seleccionó un gran número de personas, teniendo en cuenta su historial o su
comportamiento, y a todas se les dio la oportunidad de ofrecer ese regalo a
futuras generaciones, una alteración genética que haría que sus descendientes
fuesen un poco mejores.
Miro a mi alrededor. Peter tiene los labios fruncidos para expresar su desdén.
Caleb arruga el ceño. Cara tiene la boca abierta, como si estuviera hambrienta de
respuestas y pretendiera comérselas conforme salen. Christina parece escéptica,
con una ceja arqueada, y Tobias se mira los zapatos.
Es como si no escuchara nada nuevo, sino la misma filosofía que dio lugar a
las facciones, solo que aquí impulsó a la gente a manipular sus genes en vez de a
separarse en grupos según sus virtudes. Lo entiendo. Hasta cierto punto, incluso
estoy de acuerdo. Sin embargo, no comprendo qué tiene que ver con nosotros,
aquí y ahora.
—Pero cuando las manipulaciones genéticas empezaron a surtir efecto, las
alteraciones tuvieron consecuencias desastrosas. Resultó que el intento no corrigió
los genes, sino que los deterioró —explica David—. Si a una persona le arrebatas
el miedo, la estupidez o la falsedad…, le quitas la compasión. Si le arrebatas la
violencia, la dejas sin motivación o sin la capacidad de reafirmarse. Si le quitas el
egoísmo, la dejas sin instinto de conservación. Pensadlo un momento y seguro
que entendéis a qué me refiero.
Marco cada cualidad en mi cabeza conformelas menciona: miedo, poca
inteligencia, falsedad, violencia, egoísmo. Está hablando de las facciones. Y tiene
razón cuando dice que todas las facciones pierden algo al ganar una virtud: los
osados son valientes, pero crueles; los eruditos son inteligentes, pero presumidos;
los cordiales son pacíficos, pero pasivos; los veraces son sinceros, pero
desconsiderados; los abnegados son altruistas, pero asfixiantes.
—La humanidad nunca ha sido perfecta, pero las alteraciones genéticas la
dejaron peor que nunca. Esto se manifestó en lo que conocemos como la Guerra
de la Pureza, una guerra civil que enfrentó a la población de genes defectuosos
con el Gobierno y la población de genes puros. La Guerra de la Pureza trajo
consigo un grado de destrucción inaudito en tierra estadounidense y acabó con
casi la mitad de la población del país.
—Los recursos audiovisuales ya están listos —dice una de las personas
sentadas a un escritorio en la sala de control.
Entonces aparece un mapa por encima de la cabeza de David. No reconozco
la forma, así que no sé bien qué representa, pero está cubierto de parches de
luces rosas, rojas y carmesí oscuro.
—Así era nuestro país antes de la Guerra de la Pureza —sigue diciendo David
—. Y así quedó después…
Las luces empiezan a desaparecer, los parches se encogen como charcos que
se secan al sol. Entonces me doy cuenta de que las luces rojas eran personas,
personas que desaparecen, personas cuyas luces se apagan. Me quedo mirando
la pantalla, incapaz de asimilar una pérdida de vidas tan significativa.
—Cuando por fin terminó la guerra, la gente exigió una solución permanente
al problema genético. Por eso se creó el Departamento de Bienestar Genético.
Armados con todos los conocimientos científicos a disposición de nuestro
Gobierno, nuestros antecesores diseñaron experimentos para restaurar la pureza
genética de la humanidad.
» Pidieron la colaboración de personas genéticamente defectuosas para que
el Departamento pudiera alterar sus genes. Después los llevaron a entornos
seguros para que se establecieran a largo plazo, equipados con versiones básicas
de los sueros para ayudarlos a controlar su sociedad. Debían esperar a que
pasara el tiempo, a que se sucedieran las generaciones, de modo que cada una de
ellas produjera más humanos genéticamente curados. O, como vosotros los
conocéis ahora, divergentes.
Desde que Tori me enseñó la palabra que describe lo que soy (divergente), he
querido saber lo que significaba. Y esta es la respuesta más sencilla que he
recibido: divergente significa que mis genes están curados. Que son puros y están
completos. Debería sentirme aliviada por conocer al fin la verdadera respuesta,
pero solo noto un cosquilleo en la cabeza; algo que me dice que hay un problema.
Creía que « divergente» explicaba todo lo que soy y todo lo que seré. A lo
mejor me equivocaba.
Empieza a costarme respirar a medida que las revelaciones se abren paso por
mi mente y mi corazón, a medida que David desvela secretos y mentiras. Me
llevo la mano al pecho para intentar tranquilizarme.
—Vuestra ciudad es uno de esos experimentos para la curación de los genes
y, hasta el momento, el que más éxito ha tenido gracias al asunto de la
modificación del comportamiento. Es decir, a las facciones.
David nos sonríe como si fuera algo de lo que debiéramos estar orgullosos,
pero yo no lo estoy. Nos crearon, dieron forma a nuestro mundo y nos dijeron en
qué creer.
Si nos dijeron en qué creer y no llegamos a esa conclusión por nosotros
mismos, ¿sigue siendo cierta? Me aprieto el pecho con más fuerza. Tranquila.
—Las facciones fueron el intento de nuestros antecesores por incorporar un
elemento « educativo» al experimento. Descubrieron que la mera corrección
genética no bastaba para cambiar el comportamiento de las personas. Se
determinó que la solución más completa al problema del comportamiento creado
por el daño genético era un nuevo orden social, combinado con la modificación
genética. —David pierde la sonrisa al observarnos. No sé qué se esperaba, ¿que
se la devolviéramos? Sigue hablando—. Las facciones se introdujeron después en
casi todos nuestros experimentos, tres de los cuales siguen activos. Hemos hecho
grandes esfuerzos por protegeros, observaros y aprender de vosotros.
Cara se pasa las manos por el pelo, como si buscara mechones sueltos. Como
no encuentra ninguno, dice:
—Entonces, cuando Edith Prior dijo que debíamos determinar la causa de la
divergencia y salir a ay udaros, era…
—Divergente es el nombre con el que decidimos llamar a los que han
alcanzado el nivel deseado de curación genética —responde David—. Queríamos
asegurarnos de que los líderes de vuestra ciudad los valorasen. No esperábamos
que la líder de Erudición empezara a perseguirlos, ni que los abnegados le
contaran lo que eran. Y, a pesar de lo que dijo Edith Prior, nunca pretendimos
que nos enviarais un ejército divergente. Al fin y al cabo, en realidad no
necesitamos vuestra ayuda. Solo necesitamos que vuestros genes curados
permanezcan intactos y se transfieran a las generaciones futuras.
—Entonces, lo que trata de decirnos es que, si no somos divergentes, somos
defectuosos —interviene Caleb.
Le tiembla la voz. Nunca me imaginé que vería a Caleb al borde de las
lágrimas por algo como esto, pero así es.
« Tranquila» , me repito, y respiro hondo de nuevo.
—Genéticamente defectuosos, sí —responde David—. Sin embargo, nos
sorprendió descubrir que el componente de modificación del comportamiento de
vuestra ciudad resultaba muy eficaz. Hasta hace poco, ay udó bastante con los
problemas de comportamiento que dificultaban tanto la manipulación genética.
Así que, en general, no se podía distinguir a simple vista si los genes de una
persona estaban dañados o curados.
—Soy inteligente —dice Caleb—. Entonces, me está diciendo que, como mis
antepasados fueron alterados para ser listos, y o, su descendiente, no puedo sentir
compasión como los demás. Que y o y todas las personas genéticamente
defectuosas estamos limitadas por nuestros genes. Mientras que los divergentes
no lo están.
—Bueno —contesta David, encogiéndose de hombros—, piensa en ello.
Caleb me mira por primera vez en días, y y o le devuelvo la mirada. ¿Es esto
lo que explica la traición de mi hermano? ¿Que sus genes son defectuosos?
¿Como si fuera una enfermedad que no puede curarse ni controlarse? No me
parece correcto.
—Los genes no lo son todo —interviene Amar—. Las personas, incluso las
genéticamente defectuosas, toman decisiones. Eso es lo que importa.
Pienso en mi padre, nacido erudito, no divergente; un hombre que no podía
evitar ser inteligente, pero que eligió Abnegación y se embarcó en toda una vida
de lucha contra su propia naturaleza hasta que, al final, se sintió satisfecho. Una
persona en guerra consigo misma, como y o.
Esa guerra interna no parece producto del daño genético, sino completamente
humana. Humanidad pura y dura.
Miro a Tobias, que está tan demacrado y tan encorvado que parece a punto
de desmay arse. No es el único: Christina, Peter, Uriah y Caleb también están
aturdidos. Cara se pellizca el dobladillo de la camiseta y acaricia la tela con el
ceño fruncido.
—Debéis procesar mucha información —comenta David.
Eso es quedarse corto.
A mi lado, Christina resopla.
—Y lleváis despiertos toda la noche —añade David, como si nadie lo hubiese
interrumpido—, así que os enseñaré dónde podéis descansar y comer.
—Espere —lo detengo.
Pienso en la fotografía que llevo en el bolsillo y en cómo Zoe conocía mi
nombre cuando me la dio. Pienso en lo que ha dicho David sobre observarnos y
aprender de nosotros. Y pienso en las filas de pantallas en blanco que tengo frente
a mí.
—Ha dicho que nos han estado observando. ¿Cómo?
Zoe frunce los labios. David señala con la cabeza a una de las personas de los
escritorios. Entonces, las pantallas se encienden todas a la vez y en cada una de
ellas vemos lo que graba una cámara distinta. En las que tengo más cerca, veo la
sede de Osadía. El Mercado del Martirio.El Millennium Park. El edificio
Hancock. El Centro.
—Siempre habéis sabido que los osados vigilan la ciudad con cámaras de
seguridad —explica David—. Bueno, pues nosotros también tenemos acceso a
esas cámaras.
Nos han estado observando.
Contemplo la posibilidad de marcharme.
Pasamos junto al control de seguridad de camino a donde David nos lleve, y
siento la necesidad de atravesarlo de nuevo, recoger mi arma y alejarme
corriendo de este lugar en el que me han estado observando. Desde que era
pequeña. Mis primeros pasos, mis primeras palabras, mi primer día de colegio,
mi primer beso.
Me observaban cuando Peter me atacó. Cuando introdujeron a mi facción en
una simulación y la convirtieron en un ejército. Cuando murieron mis padres.
¿Qué más han visto?
Lo único que me impide largarme es la fotografía que llevo en el bolsillo. No
puedo irme hasta que descubra de qué conocían a mi madre.
David nos conduce por el complejo hasta una zona enmoquetada con
macetas a ambos lados. El papel de la pared es viejo y está amarillento, se
despega por las esquinas. Lo seguimos a una habitación grande de techos altos,
suelos de madera y luces amarillas anaranjadas. Hay catres dispuestos en dos
filas, con baúles al lado para guardar nuestras cosas y enormes ventanas con
cortinas elegantes al otro lado del cuarto. Cuando me acerco a ellas, veo que
están desgastadas y deshilachadas.
David nos cuenta que esta parte del complejo era un hotel que conectaba con
el aeropuerto mediante un túnel, y que esta habitación antes era un salón de baile.
De nuevo, la palabra no significa nada para nosotros, pero no parece darse
cuenta.
—No es más que un alojamiento temporal, por supuesto. Cuando decidáis lo
que queréis hacer, os buscaremos viviendas en otra parte, ya sea en este
complejo o fuera. Zoe se asegurará de que os cuiden bien. Yo volveré mañana
para ver cómo os va.
Miro a Tobias, que da vueltas delante de las ventanas, mordiéndose las uñas.
No me había fijado en que tuviera esa costumbre. A lo mejor nunca había estado
lo bastante angustiado para hacerlo.
Podría intentar consolarlo, pero necesito respuestas sobre mi madre y no
quiero seguir esperando. Seguro que Tobias lo entenderá. Sigo a David hasta el
pasillo y, justo al salir de la habitación, se apoya en la pared y se rasca la nuca.
—Hola —le digo—. Me llamo Tris. Creo que usted conocía a mi madre.
Él se sobresalta y me sonríe. Cruzo los brazos. Me siento como cuando Peter
me quitó la toalla durante la iniciación de Osadía, solo por crueldad: expuesta,
avergonzada y enfadada. A lo mejor no es justo dirigir todo eso contra David,
pero no puedo evitarlo, ya que él es el líder del complejo y del Departamento.
—Sí, claro, te reconozco.
« ¿Cómo? ¿Porque me has visto en esas espeluznantes cámaras que me
seguían en todo momento?» . Aprieto los brazos con más fuerza.
—Ya —digo, y espero un momento antes de continuar—. Necesito
información sobre mi madre. Zoe me dio una foto suya, y usted estaba a su lado,
así que supongo que podrá ayudarme.
—Ah, ¿puedo ver la foto?
Me la saco del bolsillo y se la ofrezco. La alisa con la yema de los dedos y
esboza una sonrisa extraña al mirarla, como si la acariciara con los ojos. Cambio
el peso de un pie al otro, me siento como una intrusa en un momento privado.
—Una vez volvió con nosotros, antes de ser madre —dice—. Fue cuando
hicimos la foto.
—¿Que volvió? ¿Era una de ustedes?
—Sí —responde David sin más, como si esa palabra no fuera a cambiar todo
mi mundo—. Ella era de aquí. La enviamos a la ciudad cuando era joven para
resolver un problema con el experimento.
—Entonces, ella lo sabía —le digo, y me tiembla la voz, aunque no sé por qué
—. Conocía la existencia de este lugar y lo que había al otro lado de la valla.
David parece desconcertado y frunce sus cejas tupidas.
—Sí, claro.
El temblor me recorre los brazos y las manos, y el resto de mi cuerpo no
tarda en estremecerse, como si rechazara algún veneno que me he tragado, y
ese veneno es el conocimiento, el conocimiento de este lugar, de sus pantallas y
de las mentiras sobre las que se construía mi vida.
—Ella sabía que nos observabais en todo momento… ¡Que visteis cómo
morían mi padre y ella, y cómo todos empezaban a matarse entre sí! ¿Y
enviasteis a alguien a ay udarla o a ay udarme? ¡No! No; os limitasteis a tomar
notas.
—Tris…
Intenta tocarme, pero yo le aparto la mano.
—No me llame así, no debería conocer ese nombre. No debería saber nada
sobre nosotros.
Temblando, regreso al cuarto.
De vuelta en el interior, veo que los otros han elegido sus camas y han colocado
sus cosas. Aquí estamos solos, sin intrusos. Me apoyo en la pared, junto a la
puerta, y me restriego las palmas de las manos en los pantalones para secarme el
sudor.
Nadie parece estar adaptándose bien. Peter está tumbado de cara a la pared.
Uriah y Christina están sentados uno al lado del otro y charlan en voz baja. Caleb
se masajea las sienes con las puntas de los dedos. Tobias se dedica a dar vueltas y
a morderse las uñas. Y Cara está sola y se pasa la mano por la cara. Por primera
vez desde que la conozco, parece alterada; ha perdido la armadura erudita.
Me siento frente a ella.
—No tienes buen aspecto.
Aunque normalmente lleva el pelo liso y perfecto, recogido en un moño,
ahora está desgreñada. Me mira con rabia.
—Muy amable por tu parte.
—Lo siento, no quería que sonara así.
—Lo sé —responde, suspirando—. Soy… Soy erudita, ya sabes.
—Sí, lo sé —le digo, sonriendo un poco.
—No —insiste, sacudiendo la cabeza—. Eso es lo único que soy : erudita. Y
ahora me han explicado que eso es el resultado de un defecto en mi genética… y
que las facciones en sí no son más que una prisión mental para mantenernos bajo
control. Justo lo que decían Evelyn Johnson y los abandonados. —Hace una
pausa—. Entonces ¿para qué formar los leales? ¿Por qué molestarse en venir
aquí?
No me había dado cuenta de lo mucho que Cara se había aferrado a la idea
de ser una leal, fiel al sistema de las facciones y a nuestros fundadores. Para mí
no era más que una identidad temporal y poderosa, porque podía sacarme de la
ciudad. Para ella, el vínculo debía de ser mucho más profundo.
—Sigue siendo bueno que hay amos venido. Hemos descubierto la verdad.
¿Eso no te parece valioso?
—Por supuesto que sí —responde Cara en voz baja—, pero significa que
necesito encontrar otras palabras que me definan.
Justo después de la muerte de mi madre, me aferré a mi divergencia como si
fuera una mano extendida para salvarme. Necesitaba que esa palabra me dijera
quién era mientras todo lo demás se desmoronaba a mi alrededor. Sin embargo,
ahora me pregunto si aún la necesito, si de verdad necesitamos esas palabras:
osados, eruditos, divergentes, leales… O si no podemos ser simplemente amigos,
amantes o hermanos, definidos por nuestras elecciones y por el amor y la lealtad
que nos une.
—Será mejor que hables con él —me dice Cara, señalando a Tobias con la
cabeza.
—Sí.
Cruzo la sala y me pongo frente a las ventanas para observar la parte visible
del complejo, que no es más que el mismo cristal, el mismo acero, la misma
hierba y las mismas vallas. Cuando me ve, deja de dar vueltas y se pone a mi
lado.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí —responde, sentándose en el alféizar de cara a mí, para que estemos a
la misma altura—. Bueno, no; la verdad es que no. Ahora mismo estoy pensando
en que nuestra vida no ha tenido ningún sentido. Me refiero al sistema de
facciones.
Se restriega la nuca. ¿Pensará en los tatuajes de su espalda?
—Nos dedicamos a él con todas nuestras fuerzas —sigue diciendo—. Todos
nosotros. Incluso cuando no nos dábamos cuenta.
—¿En eso estás pensando? —pregunto, arqueando las cejas—. Tobias, nos
estaban observando. Observaban todo lo que sucedía y todo lo que hacíamos. No
intervinieron, se limitaron a invadir nuestra intimidad. En todo momento.
Él se masajea la sien con la punta de los dedos.
—Supongo. Pero eso no es lo que me preocupa.
Debo de haberlo mirado con incredulidadsin querer, porque sacude la
cabeza.
—Tris, yo trabajaba en la sala de control de Osadía. Allí había cámaras por
todas partes, siempre encendidas. En la iniciación intenté advertirte de que te
observaban, ¿recuerdas?
Recuerdo que miraba al techo, a la esquina. Recuerdo sus crípticas
advertencias, susurradas entre dientes. Pero no me daba cuenta de que me
advertía sobre las cámaras; no se me había ocurrido hasta ahora.
—Antes me molestaba, pero me acostumbré hace mucho tiempo. Siempre
creímos que estábamos solos, y ahora resulta que era verdad, que nos dejaron
solos. Las cosas son como son.
—Supongo que no lo acepto. Si ves a alguien con problemas, debes ayudar.
Sea un experimento o no. Y… Dios —añado, haciendo una mueca—. La de
cosas que habrán visto.
Él sonríe un poco.
—¿Qué? —pregunto.
—Estaba pensando en algunas de las cosas que habrán visto —responde, y
me pone una mano en la cintura.
Le lanzo una breve mirada asesina, aunque no soy capaz de mantenerla, no
cuando Tobias me sonríe de ese modo, no cuando sé que intenta hacerme sentir
mejor. Sonrío un poco.
Me siento a su lado en el alféizar con las manos metidas entre las piernas y la
madera.
—¿Sabes? Que el Departamento creara las facciones no difiere mucho de lo
que nosotros creíamos que había pasado: hace mucho tiempo, un grupo de
personas decidió que el sistema de facciones era la mejor forma de vivir… o de
que la gente viviera de la mejor forma posible.
Al principio no responde, se limita a morderse el labio por dentro y a mirarse
los pies, que están bien juntos, en el suelo. Yo solo rozo el suelo con las puntas de
los dedos, no doy para más.
—La verdad es que eso ayuda —reconoce—. Pero había tantas mentiras que
cuesta distinguir lo que era cierto, lo que era real, lo que importa.
Le doy la mano y entrelazamos los dedos. Apoya su frente en la mía.
Entonces me descubro pensando: « Doy gracias a Dios por esto» . Lo hago
por costumbre, y es ahí cuando comprendo lo que le preocupa tanto. ¿Y si el Dios
de mis padres y todo aquello en lo que creían no fuese más que algo urdido por
un puñado de científicos para mantenernos bajo control? Y no solo me refiero a
sus creencias sobre Dios y lo que haya ahí fuera, sino también al bien y el mal, y
al altruismo. ¿Cambia todo eso porque ahora sepamos cómo se creó nuestro
mundo?
No lo sé.
La idea me inquieta, así que lo beso despacio para disfrutar del calor y de la
suave presión de su boca, y de su aliento al separarnos.
—¿Por qué siempre acabamos rodeados de gente? —pregunto.
—No lo sé, a lo mejor porque somos estúpidos.
Me río, y es la risa, no la luz, lo que espanta la oscuridad que se acumula en
mi interior, lo que me recuerda que sigo viva, a pesar de encontrarnos en este
lugar desconocido en el que todo lo que conozco se desmorona. Sé un par de
cosas: sé que no estoy sola, que tengo amigos y que estoy enamorada; sé de
dónde vengo; y sé que no quiero morir, y, para mí, eso es más de lo que podía
decir hace algunas semanas.
Por la noche acercamos un poco más nuestros catres y nos miramos a los ojos
hasta quedar dormidos. Cuando por fin se duerme Tobias, nuestros dedos están
entrelazados por encima de las camas.
Sonrío y me dejo llevar por el sueño.
CAPÍTULO DIECISÉIS
TOBIAS
El sol no se ha puesto del todo cuando nos quedamos dormidos, pero me despierto
pocas horas después, a medianoche, con el cerebro demasiado activo para
descansar, lleno de ideas, preguntas y dudas. Tris me soltó hace un rato, y ahora
sus dedos rozan el suelo. Está despatarrada en el colchón, con el pelo sobre los
ojos.
Me pongo los zapatos y salgo a caminar por los pasillos con los cordones
sueltos, rebotando en la moqueta. Estoy tan acostumbrado al complejo de Osadía
que me resulta raro oír el cruj ido de los suelos de madera bajo los pies; lo normal
serían los ecos y roces del suelo de piedra, y el rugido y el latido del agua del
abismo.
Cuando llevaba una semana de iniciación, Amar, temiendo que me quedara
más aislado y me volviera obsesivo, me invitó a unirme a los osados mayores
para una partida de Atrevimiento. En mi turno, regresamos al Pozo para
hacerme mi primer tatuaje, el de las llamas osadas que me cubren las costillas.
El dolor fue atroz. Disfruté de cada segundo.
Llego al final de un pasillo y me encuentro en un patio interior que huele a
tierra mojada. Hay plantas y árboles por todas partes, flotando en el agua, igual
que en los invernaderos de Cordialidad. En el centro de la habitación hay un árbol
en un gigantesco tanque de agua elevado sobre el suelo, de modo que puedo ver
el enredo de raíces de debajo. Resulta curiosamente humano, semejante a
nervios.
—No prestas tanta atención como antes —dice Amar, que está detrás de mí
—. Te he seguido desde el vestíbulo del hotel.
—¿Qué quieres? —pregunto mientras doy unos golpecitos con los nudillos en
el tanque, lo que forma olas en el agua.
—Se me ocurrió que te gustaría oír una explicación sobre mi falsa muerte —
dice.
—He estado pensando en ello. No nos permitieron ver tu cadáver. No es tan
difícil fingir una muerte si no enseñas el cuerpo.
—Parece que ya lo tienes todo claro —dice Amar, dando una palmada—.
Bueno, si no sientes curiosidad, me largo…
Cruzo los brazos.
Amar se pasa una mano por su negra melena y se la recoge detrás con una
goma.
—Fingieron mi muerte porque yo era divergente y Jeanine había empezado a
matar a los divergentes. Intentaron salvar a todos los que pudieron antes de que
ella los identificara, pero era complicado, ya sabes, porque Jeanine siempre iba
un paso por delante.
—¿Hay más?
—Unos cuantos.
—¿Alguno apellidado Prior?
Amar sacude la cabeza.
—No. Natalie Prior está muerta de verdad, por desgracia. Ella fue la que me
ay udó a salir. También ayudó a otro tío… George Wu. ¿Lo conoces? Ahora está
de patrulla, si no, habría venido conmigo a recogerte. Su hermana sigue dentro de
la ciudad.
Al oír el nombre se me hace un nudo en el estómago.
—Dios mío —digo, y me apoyo en la pared del tanque.
—¿Qué? ¿Lo conoces?
Sacudo la cabeza.
No me lo puedo creer. Solo han transcurrido unas cuantas horas entre la
muerte de Tori y nuestra llegada. En un día normal, unas cuantas horas pueden
suponer largos momentos de aburrimiento, de tiempo perdido. Pero ayer, esas
pocas horas supusieron una barrera impenetrable entre Tori y su hermano.
—Tori es su hermana —digo—. Intentó salir de la ciudad con nosotros.
—Intentó —repitió Amar—. Ah. Vaya. Eso es…
Los dos guardamos silencio un rato. George nunca se reunirá con su
hermana, y ella murió pensando que Jeanine lo había asesinado. No hay nada
que decir; al menos, no hay nada que merezca la pena decir.
Ahora que me he acostumbrado a la luz, veo que las plantas de esta sala se
seleccionaron por su belleza, no por su utilidad: flores, enredaderas y racimos de
hojas moradas o rojas. Las únicas flores que había visto hasta el momento eran
las silvestres o las flores de los manzanos de los huertos cordiales. Estas son más
extravagantes, brillantes y complejas, pétalos doblados sobre otros pétalos. No sé
qué es este sitio, pero está claro que no necesita ser tan pragmático como nuestra
ciudad.
—La mujer que encontró tu cadáver, ¿mintió… sin más? —pregunto.
—No se puede confiar en que la gente mienta con coherencia —responde,
arqueando las cejas—. Mira, es una frase que pensé que nunca diría, pero es
cierta. La reiniciaron: alteraron su memoria para incluirme a mí saltando de la
Pira. Aunque el cadáver no era mío, estaba demasiado destrozado para que
alguien se diera cuenta.
—La reiniciaron. Te refieres a que utilizaron el suero de Abnegación.
—Lo llamamos el suero de la memoria, ya que, técnicamente, no pertenece
a Abnegación, pero sí, ese.
Estaba enfadado con él, aunque no sé bien por qué. Quizá solo estaba
enfadado porque el mundo se había vuelto demasiado complicado, por no haber
sabido ni un ápice de la verdad sobre él. O porque me había permitido llorar por
alguien que, en realidad, no había fallecido, igual que lloré por mimadre durante
los años en los que la creí muerta. Engañar a alguien para que sufra así es uno de
los trucos más crueles que se me ocurren, y a mí me lo han hecho dos veces.
Sin embargo, al mirarlo, se desvanece la rabia, como cuando baja la marea,
y, en vez de la rabia, tengo a mi instructor, a mi amigo, vivo de nuevo.
Sonrío.
—Así que estás vivo —digo.
—Y lo que es más importante, tú ya no estás enfadado —responde,
señalándome.
Me agarra y me abraza, dándome palmaditas en la espalda con una mano.
Intento corresponder a su entusiasmo, pero no es algo que me salga
naturalmente. Cuando nos separamos, me arde la cara y, a juzgar por sus
carcajadas, estoy rojo como un tomate.
—Los estirados siempre serán estirados —comenta.
—Lo que tú digas. Entonces ¿te gusta este sitio?
Amar se encoge de hombros.
—No es que tenga muchas opciones, pero sí, me gusta. Trabajo en seguridad,
obviamente, porque es lo único que me enseñaron. Me encantaría contar contigo,
aunque es probable que seas demasiado bueno para eso.
—Todavía no me he resignado a quedarme —respondo—, pero gracias,
supongo.
—Ahí fuera no hay nada mejor. Las demás ciudades (vamos, los sitios donde
vive casi todo el país, unas grandes zonas metropolitanas, como nuestra ciudad)
están sucias y son peligrosas, a no ser que conozcas a la gente adecuada. Aquí al
menos hay agua limpia, comida y seguridad.
Cambio el peso de un pie al otro, incómodo. No quiero pensar en quedarme
aquí, en convertir esto en mi hogar. Ya me siento atrapado por mi propia
decepción. Esto no es lo que me imaginaba cuando escapé de mis padres y de
sus malos recuerdos. Sin embargo, no quiero enturbiar la paz con Amar ahora
que por fin me parece haber recuperado a mi amigo, así que me limito a decir:
—Tendré en cuenta el consejo.
—Mira, hay otra cosa que deberías saber.
—¿El qué? ¿Más resurrecciones?
—No es exactamente una resurrección si nunca estuve muerto, ¿no? —
responde Amar, sacudiendo la cabeza—. No, es sobre la ciudad. Alguien lo ha
oído hoy en la sala de control: el juicio de Marcus será mañana por la mañana.
Sabía que se avecinaba, sabía que Evelyn lo dejaría para el final, que
saborearía cada momento que él pasara bajo los efectos del suero de la verdad
como si fuera su última comida. Lo que no me esperaba es que tendría la
oportunidad de verlo, si así lo deseaba. Creía que por fin me había librado de
ellos, de todos ellos, para siempre.
—Oh.
Es lo único que soy capaz de decir.
Estoy entumecido y confuso cuando regreso al dormitorio y me meto en la
cama. No sé qué haré.
CAPÍTULO DIECISIETE
TRIS
Me despierto justo antes de que salga el sol. Nadie más se mueve en sus catres…
Tobias tiene un brazo sobre los ojos, y los zapatos puestos, como si se hubiera
levantado para darse un paseo por la noche. Christina tiene la cabeza bajo la
almohada. Me quedo tumbada unos minutos, buscando dibujos en el techo, hasta
que me levanto, me pongo los zapatos y me paso los dedos por el pelo para
peinarlo.
Los pasillos del complejo están vacíos, salvo por unos cuantos rezagados.
Supongo que estarán acabando el turno de noche, porque están inclinados sobre
sus pantallas, con las barbillas en las manos, o apoy ados sobre sus escobas y
apenas capaces de recordar cómo se barre. Me meto las manos en los bolsillos y
sigo los carteles para llegar a la entrada. Quiero echarle un vistazo más de cerca
a la escultura que vi ayer.
A la persona que construyó este lugar le encantaba la luz. Hay cristal en la
curva del techo de cada pasillo y a lo largo de todos los muros bajos. Incluso
ahora, que aún no ha amanecido del todo, hay iluminación natural de sobra.
Busco en el bolsillo trasero la tarjeta que Zoe me dio anoche, en la cena, y
paso por el control de seguridad con ella en la mano. Entonces veo la escultura,
unos cuantos metros más allá de las puertas por las que entramos ayer; es una
estructura sombría, enorme y misteriosa, como un ser vivo.
Está compuesta por un enorme bloque de piedra oscura, cuadrado y basto,
como las rocas del fondo del abismo. Una gran grieta lo atraviesa por el centro, y
hay vetas de roca más clara cerca de los bordes. Colgado sobre el bloque hay un
tanque de cristal de las mismas dimensiones, lleno de agua. La luz que han
colocado sobre el centro del tanque brilla a través del agua y se refracta al
moverse esta. Oigo un ruido, una gota de agua que salpica la piedra. Sale de un
tubo que recorre el centro del tanque. Al principio creo que el tanque tiene una
fuga, hasta que veo que cae otra gota, después una tercera y una cuarta, todas
siguiendo un intervalo regular. Se juntan unas cuantas gotas y después bajan por
un estrecho canal en la piedra. Debe de ser intencionado.
—Hola —me saluda Zoe desde el otro lado de la escultura—. Lo siento,
estaba a punto de ir a por ti al dormitorio, pero vi que venías hacia aquí. ¿Te has
perdido?
—No, quería venir aquí.
—Ah.
Se coloca a mi lado y cruza los brazos. Es más o menos igual de alta que yo,
aunque anda más recta, así que parece más alta.
—Sí, es bastante rara, ¿verdad? —comenta.
Mientras habla, me quedo mirando las pecas de sus mejillas; son como los
dibujos de la luz del sol a través de un denso follaje.
—¿Significa algo? —le pregunto.
—Es el símbolo del Departamento de Bienestar Genético —responde—. El
bloque de piedra es el problema al que nos enfrentamos. El tanque de agua es
nuestro potencial para cambiar el problema. Y la gota de agua es lo que en
realidad somos capaces de hacer en un momento dado.
No puedo evitarlo: me río.
—No es muy alentador, ¿no?
Ella sonríe.
—Es una forma de verlo. Yo prefiero considerarlo de otro modo: si somos lo
bastante constantes, con el tiempo, hasta las gotitas de agua pueden cambiar la
roca para siempre. Y nunca volverá a ser como antes.
Entonces señala el centro del bloque, donde hay una pequeña marca que
parece un cuenco tallado en la piedra.
—Eso, por ejemplo, no estaba cuando instalaron esta mole.
Asiento con la cabeza y me quedo mirando cómo cae la siguiente gota.
Aunque desconfío del Departamento y de todos sus miembros, la tranquila chispa
de esperanza que genera la escultura empieza a hacerme efecto. Es un símbolo
práctico que comunica la actitud paciente que ha permitido a esta gente quedarse
aquí tanto tiempo, observando y esperando. Pero tengo que preguntarlo.
—¿No sería más eficaz descargar toda el agua de golpe?
Me imagino la ola de agua chocando contra la roca y derramándose por el
suelo de baldosas hasta formar un charco alrededor de los zapatos. Hacer algo
poco a poco resolverá un problema con el tiempo, pero me da la impresión de
que, si de verdad consideras que existe un problema, debes empeñarte en
resolverlo con todas tus fuerzas, es lo que te pide el cuerpo.
—Puede que momentáneamente —responde—, pero después no quedaría
agua para hacer nada más, y el daño genético no puede resolverse solo con una
gran descarga.
—Eso lo entiendo. Lo que me preguntaba es si es bueno resignarse tanto a ir
pasito a pasito cuando podrían darse pasos más grandes.
—¿Como cuáles?
Me encojo de hombros.
—En realidad, supongo que no lo sé, aunque merece la pena pensar en ello.
—Me parece justo.
—Entonces… ¿Has dicho que me estabas buscando? ¿Por qué?
—¡Ah! —exclama Zoe, dándose un toque en la frente—. Se me había
olvidado: David me pidió que te buscara y te llevara a los laboratorios. Tiene algo
que perteneció a tu madre.
—¿A mi madre? —repito en un tono demasiado agudo y ahogado.
Ella me aleja de la estatua y me dirige de nuevo hacia el control de
seguridad.
—Una advertencia: puede que la gente se te quede mirando —me avisa Zoe
al pasar por el escáner de seguridad.
Ahora hay más personas que antes en los pasillos: supongo que es la hora a la
que empiezan a trabajar.
—Aquí conocen tu cara —sigue explicando Zoe—. La gente del
Departamento suele ir a ver las pantallas y, en los últimos meses, has estado
metida en muchos asuntos interesantes. Muchos de los jóvenes te consideran una
heroína.
—Ah, genial —respondo notandoun sabor amargo en la boca—. El heroísmo
era mi principal objetivo, no lo de intentar no morirme, y a sabes.
—Lo siento —dice Zoe, deteniéndose—. No quería restar importancia a todo
lo que has pasado.
Me sigue incomodando la idea de que todos nos hayan estado observando,
como si necesitara taparme o esconderme donde no puedan seguir mirándome.
Sin embargo, es algo que no está en manos de Zoe, así que no digo nada.
Casi todas las personas que deambulan por los pasillos visten variaciones del
mismo uniforme: lo hay en azul oscuro o verde apagado, y algunos llevan las
chaquetas, los monos o las sudaderas abiertos, de modo que se ven las camisetas
de mil colores que llevan debajo, algunas con dibujos.
—¿Significan algo los colores de los uniformes? —pregunto a Zoe.
—La verdad es que sí: el azul oscuro es para los científicos o investigadores y
el verde para el personal auxiliar, que es el que se encarga del mantenimiento y
demás.
—Así que son como nuestros abandonados.
—No, no; la dinámica es distinta. Aquí todos hacen lo que pueden para
ayudar en la misión. Todo el mundo es valioso e importante.
Tiene razón: la gente se me queda mirando. La may oría solo lo hace unos
segundos más de la cuenta, pero algunos me señalan y otros llegan a decir mi
nombre, como si les perteneciera. Me hacen sentir entumecida, como si no
pudiera moverme como deseo.
—Gran parte del personal auxiliar pertenecía al experimento de Indianápolis,
otra ciudad no muy lejos de aquí. Pero, para ellos, la transición ha sido algo más
sencilla de lo que será para vosotros, y a que en Indianápolis no contaban con los
componentes de modificación del comportamiento de vuestra ciudad. —Hace
una pausa—. Con las facciones, quiero decir. Al cabo de unas cuantas
generaciones, cuando vuestra ciudad no se hizo pedazos, como ocurrió con las
otras, el Departamento puso en marcha la idea de las facciones en las ciudades
más nuevas (San Luis, Detroit y Mineápolis) y utilizó el experimento de
Indianápolis, que era relativamente nuevo, como grupo de control. El
Departamento siempre ubicaba los experimentos en el Medio Oeste porque hay
más espacio entre las áreas urbanas. En el este, todo está más cerca.
—Entonces, en Indianápolis solo… ¿corregisteis sus genes y los metisteis en
una ciudad? ¿Sin facciones?
—Tenían un complicado sistema de reglas, pero… sí, eso es básicamente lo
que pasó.
—¿Y no funcionó demasiado bien?
—No —responde, frunciendo los labios—. Las personas genéticamente
defectuosas que han sido condicionadas por el sufrimiento y no han aprendido a
vivir de un modo distinto, como las facciones les habrían enseñado, son muy
destructivas. Ese experimento no tardó en fallar; duró tres generaciones. Chicago
(tu ciudad) y las otras ciudades con facciones han durado mucho más.
Chicago. Es muy extraño darle nombre a lo que siempre ha sido mi hogar,
punto. Hace que la ciudad me parezca más pequeña.
—Entonces, lleváis haciendo esto mucho tiempo —comento.
—Bastante, sí. El Departamento se distingue de otras agencias
gubernamentales en que estamos muy centrados en nuestro trabajo y nos
encontramos en una ubicación relativamente remota y aislada. Transmitimos
nuestros conocimientos y objetivos a nuestros hijos, en vez de confiar en
nombramientos o contrataciones. Yo llevo toda la vida formándome para lo que
hago.
A través de las abundantes ventanas veo un vehículo extraño: tiene forma de
pájaro, dos estructuras que parecen alas y un morro puntiagudo, aunque con
ruedas, como un coche.
—¿Eso es para viajar por el aire? —pregunto, señalándolo.
—Sí —responde, y sonríe—. Es un avión. Quizá podamos llevaros a dar un
paseo en algún momento, si no es demasiado « osado» para ti.
No reacciono a su juego de palabras. Todavía no olvido del todo que me
reconociera nada más verme.
David está de pie cerca de una de las puertas que hay más adelante. Levanta
la mano para saludar cuando nos ve.
—Hola, Tris. Gracias por traerla, Zoe.
—De nada, señor —responde Zoe—. Les dejo, tengo mucho trabajo que
hacer.
Ella me sonríe y se aleja. No quiero que se vay a. Ahora que se ha ido, me
veo a solas con David y con el recuerdo de cómo le grité ay er. Él no me
comenta nada al respecto, se limita a pasar su tarjeta por el sensor de la puerta
para abrirla.
La habitación del otro lado es un despacho sin ventanas. Un joven, puede que
de la edad de Tobias, está sentado a un escritorio, y hay otro vacío en la otra
esquina del cuarto. El joven levanta la vista cuando entramos, toca algo en la
pantalla de su ordenador y se levanta.
—Hola, señor —saluda a David—. ¿En qué puedo ay udarlo?
—Hola, Matthew. ¿Dónde está tu supervisor?
—Ha ido a por comida a la cafetería —responde Matthew.
—Bueno, a lo mejor me puedes ay udar tú. Necesito que cargues el archivo
de Natalie Wright en una pantalla portátil. ¿Puedes hacerlo?
« ¿Wright?» , me pregunto. ¿Sería ese el nombre real de mi madre?
—Por supuesto —responde Matthew antes de volver a sentarse.
Después escribe algo en su ordenador y saca una serie de documentos que no
veo bien desde donde estoy.
—Vale, acabo de empezar la transferencia. Tú debes de ser la hija de
Natalie, Beatrice —dice, y apoya la barbilla en la mano mientras me mira con
aire crítico. Sus ojos son tan oscuros que parecen negros y un poco rasgados en
los extremos. No parece impresionado ni sorprendido de verme—. No te pareces
mucho a ella.
—Tris —respondo automáticamente, aunque me resulta reconfortante que no
conozca mi apodo; eso querrá decir que no se pasa el día mirando las pantallas,
como si nuestras vidas en la ciudad fuesen una especie de entretenimiento—. Y
sí, y a lo sé.
David acerca una silla arrastrándola por el suelo y da unas palmaditas en el
asiento.
—Siéntate. Te voy a entregar una pantalla con todos los archivos de Natalie
para que tu hermano y tú los leáis. Sin embargo, mientras se cargan, lo mejor
será que te cuente la historia.
Me siento en el borde de la silla y él toma asiento detrás del escritorio del
supervisor de Matthew, mientras da vueltas sobre el metal a una taza de café
medio vacía.
—Deja que empiece diciendo que tu madre fue un descubrimiento fantástico.
La localizamos casi por accidente dentro del mundo defectuoso, y sus genes eran
casi perfectos —dice David, sonriendo—. La sacamos de una lamentable
situación y la traj imos aquí, donde pasó varios años. Entonces descubrimos una
crisis dentro de los muros de vuestra ciudad, y ella se ofreció voluntaria para
entrar y resolverla. Seguro que ya sabes todo al respecto.
Me quedo en blanco unos segundos, parpadeando. ¿Mi madre venía de fuera
de este lugar? ¿De dónde?
De nuevo soy consciente de que ella caminó por estos pasillos y observó
nuestra ciudad por las pantallas de la sala de control. ¿Se sentaría en esta silla?
¿Tocarían sus pies estas baldosas? De repente es como si hubiera huellas invisibles
de mi madre por todas partes, en cada pared, pomo y columna.
Me aferro al borde del asiento e intento organizar mis pensamientos lo
bastante para preguntar:
—No, no sé nada. ¿Qué crisis?
—Pues que el representante de Erudición había empezado a asesinar a los
divergentes, por supuesto. Su nombre era… ¿Norman?
—Norton —interviene Matthew—. El predecesor de Jeanine. Al parecer,
transmitió a su sucesora la idea de asesinar a los divergentes justo antes de que
sufriera un ataque al corazón.
—Gracias. En fin, que enviamos a Natalie a investigar la situación y detener
la matanza. Ni nos imaginamos que se quedaría allí tanto tiempo, claro, pero
resultaba útil: nunca habíamos pensado en contar con un infiltrado, y ella podía
hacer muchas cosas que nos resultaban de gran ayuda. Además de montarse su
propia vida, que, obviamente, te incluía a ti.
Frunzo el ceño.
—Pero seguían asesinando a los divergentes cuando y o era iniciada.
—Solo has tenido noticias de los que murieron, pero no de los que se salvaron.
Algunos están aquí, en este complejo. Creo que y a has conocido a Amar, que es
uno de ellos. Algunos de los divergentes rescatadosquisieron distanciarse de
vuestro experimento, ya que les resultaba demasiado difícil observar a las
personas a las que amaban seguir con sus vidas, así que los entrenamos e
integramos a la vida fuera del Departamento. Pero sí, tu madre realizó un trabajo
de gran importancia.
También contó unas cuantas mentiras y muy pocas verdades. Me pregunto si
mi padre sabría quién era, de dónde venía. Al fin y al cabo, él era un líder de
Abnegación y, como tal, uno de los guardianes de la verdad. De repente se me
ocurre algo horrible: ¿y si solo se casó con él porque se suponía que debía
hacerlo, como parte de su misión en la ciudad? ¿Y si su relación fue una farsa?
—Entonces no nació en Osadía —digo mientras repaso las mentiras.
—Cuando entró en la ciudad por primera vez fue como osada, porque ya
tenía tatuajes y habría costado explicarle eso a los nativos. Tenía dieciséis años,
aunque dij imos que eran quince para que tuviera tiempo de adaptarse.
Pretendíamos que ella… —Se detiene y se encoge de hombros—. Bueno,
deberías leer sus archivos. Yo no le haría justicia a la perspectiva de una chica de
dieciséis años.
Como si esperase esa señal, Matthew abre un cajón del escritorio y saca un
trozo de cristal plano. Lo toca con un dedo y aparece una imagen: es uno de los
documentos que acaba de abrir en su ordenador. Me entrega la tableta. Es más
robusta de lo que esperaba, dura y resistente.
—No te preocupes, es casi indestructible —me dice David—. Seguro que
querrás volver con tus amigos. Matthew, ¿te importaría acompañar a la señorita
Prior al hotel? Tengo que ocuparme de algunos asuntos.
—¿Y y o no? —replica Matthew, pero después guiña un ojo—. Es broma,
señor, y o la llevo.
—Gracias —le digo a David antes de marcharse.
—De nada —responde—. Avísame si tienes alguna pregunta.
—¿Lista? —me pregunta Matthew.
Es alto, quizá de la misma altura que Caleb, y lleva el pelo negro alborotado
con mimo por delante, como si se pasara mucho tiempo peinándolo para que
pareciera recién salido de la cama. Bajo el uniforme azul oscuro lleva una
camiseta negra sencilla y un cordón negro al cuello. Se le mueve sobre la nuez
cuando traga saliva.
Salgo con él de la oficina y bajamos de nuevo por el pasillo. La multitud de
antes se ha dispersado: deben de estar trabajando o desayunando. En este lugar
hay vidas enteras, gente que duerme, come, trabaja, trae niños al mundo, educa
familias y muere. Esto era antes el hogar de mi madre.
—Me pregunto cuándo perderás los nervios —comenta Matthew—. Después
de descubrir tantas cosas a la vez, me refiero.
—No voy a perder los nervios —respondo, a la defensiva.
« Ya lo he hecho» , pienso, pero no voy a reconocerlo.
—Yo los perdería, pero me parece bien.
Veo un cartel que pone: « ENTRADA AL HOTEL» . Me pego la pantalla al
pecho, deseando volver al dormitorio y contarle lo de mi madre a Tobias.
—Mira, una de las cosas que hacemos mi supervisor y yo son pruebas
genéticas —dice Matthew—. Me preguntaba si a ti y a ese otro tío (¿el hijo de
Marcus Eaton?) os importaría pasaros para que analice vuestros genes.
—¿Por qué?
—Por curiosidad —responde, encogiéndose de hombros—. Hasta ahora no
hemos podido analizar los genes de alguien de una generación tan tardía del
experimento, y la manifestación de ciertas cosas resulta algo… extraña en Tobias
y en ti.
Arqueo las cejas.
—Tú, por ejemplo, has demostrado una extraordinaria resistencia a los
sueros; la mayoría de los divergentes no es capaz de resistirse a los sueros como
tú —explica Matthew—. Y Tobias puede resistirse a las simulaciones, pero no
muestra algunas de las características que esperamos ver en los divergentes.
Después puedo explicároslo con más detalle.
Vacilo porque no estoy segura de querer ver mis genes ni los de Tobias, ni de
querer compararlos, como si eso importara algo. Sin embargo, Matthew parece
muy entusiasmado, casi como un niño, y la curiosidad es un concepto que
comprendo.
—Le preguntaré si está dispuesto —digo—, pero yo lo estoy. ¿Cuándo?
—¿Te parece bien esta misma mañana? Puedo ir a recogeros dentro de una
hora. De todos modos, no podéis entrar en los laboratorios sin mí.
Asiento con la cabeza. De repente me emociona la idea de saber más sobre
mis genes. Es algo parecido a leer el diario de mi madre: me permitirá recuperar
parte de ella.
CAPÍTULO DIECIOCHO
TOBIAS
Es raro ver qué aspecto tienen por la mañana unas personas a las que no conoces
demasiado, con ojos de sueño y arrugas de almohada en las mejillas; saber que
Christina se despierta muy alegre, que Peter lo hace perfectamente peinado,
mientras que Cara solo se comunica mediante una serie de gruñidos mientras se
acerca al café centímetro a centímetro y pisada a pisada.
Lo primero que hago yo es ducharme y ponerme la ropa que nos han
entregado, que no se distingue demasiado de las prendas a las que estoy
acostumbrado, salvo en que los colores están mezclados como si aquí no
significaran nada, y probablemente así sea. Me pongo una camiseta negra y
vaqueros azules, e intento convencerme de que me parece normal, de que me
siento normal, de que me adapto.
Hoy es el juicio de mi padre. Todavía no he decidido si voy a verlo o no.
Cuando regreso, Tris ya está vestida y sentada en el borde de uno de los
catres, como si estuviera lista para levantarse de un salto en cualquier momento.
Como Evelyn.
Cojo un muffin de la bandeja del desayuno que alguien nos ha traído y me
siento frente a ella.
—Buenos días. Te has levantado temprano.
—Sí —responde mientras alarga un pie para meterlo entre los míos—. Zoe
me encontró esta mañana al lado de esa gran escultura; David quería enseñarme
una cosa.
Entonces coge la pantalla de cristal que está en el catre, junto a ella. La
pantalla se ilumina al tocarla y muestra un documento.
—Son los archivos de mi madre. Escribía un diario… Un diario pequeño, por
lo que veo, pero algo es algo —dice, y se rebulle, incómoda—. Todavía no he
leído mucho.
—¿Y por qué no?
—No lo sé —responde; al dejar la pantalla en la cama, la pantalla se apaga
automáticamente—. Creo que me da miedo.
Los niños abnegados rara vez conocen a sus padres de una forma realmente
significativa, ya que los padres abnegados nunca se revelan como suelen hacerlo
los padres cuando sus hijos alcanzan una edad concreta. Son muy reservados, se
envuelven en una armadura de ropa gris y actos altruistas, convencidos de que
compartir es señal de autocomplacencia. Lo que tiene Tris no le permitirá tan
solo recuperar una parte de su madre, sino que será la primera ventana real a la
personalidad de Natalie Prior.
Entonces comprendo por qué lo sostiene como si fuera un objeto mágico,
algo que podría desaparecer en cualquier momento. Y por qué quiere aplazar el
descubrimiento, y a que es igual que lo que me pasa a mí con el juicio de mi
padre: podría averiguar algo que no desea saber.
Sigo su mirada por la sala hasta Caleb, que mastica cereales de mala gana,
como un niño enfadado.
—¿Se lo vas a enseñar? —pregunto.
Ella no responde.
—Normalmente no defendería su causa en ninguna circunstancia —comento
—, pero, en este caso… Esa información no te pertenece solo a ti.
—Lo sé —responde, tajante—. Claro que se lo enseñaré, pero primero quiero
leerlo a solas.
No puedo discutírselo. Me he pasado casi toda la vida ocultando información
y dándole vueltas en la cabeza. El impulso de compartir es nuevo para mí,
mientras que el de esconder me es tan natural como respirar.
Tris suspira y me quita un trocito de muffin de la mano. Le doy un capirote en
los dedos cuando se aparta.
—Oye, que hay muchos más ahí mismo, a tu derecha.
—Entonces no deberías preocuparte por perder un trocito del tuyo —
responde, sonriendo.
—También es verdad.
Me sujeta por la camiseta y tira de mí hacia ella para besarme. Pongo una
mano bajo su barbilla y la sostengo mientras le devuelvo el beso.
Entonces me doy cuenta de que me está robando otro trozo de muffin, así que
me aparto y le lanzo una mirada asesina.
—En serio —le digo—, iré a traerteuno de la mesa. Solo tardaré un segundo.
Ella sonríe.
—Oye, hay una cosa que quería preguntarte —dice después—: ¿Estarías
dispuesto a pasar por una pequeña prueba genética esta mañana?
La frase « una pequeña prueba genética» me parece un oxímoron.
—¿Por qué? —pregunto.
Pedirme ver mis genes es casi como pedirme que me desnude.
—Bueno, es por un chico que he conocido hace un rato, Matthew. Trabaja en
uno de los laboratorios y dice que estaría muy interesado en echarle un vistazo a
nuestro material genético para su investigación. Y me pidió que te lo preguntara a
ti, concretamente, porque eres una especie de anomalía.
—¿Anomalía?
—Al parecer, tienes algunas de las características de los divergentes, pero no
otras. No sé, siente curiosidad por el tema. No tienes por qué hacerlo.
Es como si el aire que me envuelve la cabeza se volviera más caliente y
pesado. Para aliviar la incomodidad, me toco la nuca y me rasco el nacimiento
del pelo.
En algún momento, dentro de una hora aproximadamente, Marcus y Evely n
aparecerán en las pantallas. De repente sé que no seré capaz de presenciarlo.
Así que, aunque en realidad no quiero permitir que un desconocido examine
las piezas del puzle que constituye mi existencia, respondo:
—Claro, lo haré.
—Genial —dice ella, y se come otro trozo de mi muffin.
Un mechón de pelo le cae sobre los ojos y se lo aparto antes de que se dé
cuenta. Ella me cubre la mano con la suya, que es cálida y fuerte, y esboza una
sonrisa.
La puerta se abre, y por ella entra un joven de ojos oblicuos y rasgados, y
pelo negro. Lo reconozco de inmediato: es George Wu, el hermano pequeño de
Tori. Ella lo llamaba Georgie.
El joven sonríe alegremente, y y o siento el impulso de retroceder, de
alejarme todo lo posible de su inminente tristeza.
—Acabo de volver —dice sin aliento—. Me dijeron que mi hermana salió
con vosotros y…
Tris y yo nos miramos, preocupados. A nuestro alrededor, los demás ven a
George junto a la puerta y guardan silencio, la misma clase de silencio que en los
funerales de Abnegación. Incluso Peter, en vez de disfrutar del dolor ajeno,
parece apabullado y no deja de llevarse las manos de la cintura a los bolsillos y
vuelta a empezar.
—Y… —empieza de nuevo George—. ¿Por qué me miráis todos así?
Cara da un paso adelante, dispuesta a dar las malas noticias, pero no me
imagino a Cara informándole con tacto, así que me levanto y me adelanto a ella.
—Tu hermana salió con nosotros, pero nos atacaron los abandonados y … ella
no lo consiguió.
En esa frase faltan muchas cosas: lo rápido que fue, el ruido de su cuerpo al
golpear la tierra y las carreras caóticas a oscuras, tropezando en la hierba. No
regresé a por ella. Debería haberlo hecho: de todas las personas del grupo, a Tori
era a la que conocía mejor, había experimentado la fuerza con la que agarraba
la aguja de los tatuajes y sabía que su risa era ronca, como raspada con lija.
George se apoya en la pared para no caerse.
—¿Qué?
—Dio la vida por defendernos —añade Tris con una dulzura sorprendente—.
Sin ella, ninguno de nosotros habría logrado salir.
—¿Está… muerta? —pregunta George débilmente.
Después apoya todo su cuerpo en la pared y se le hunden los hombros.
Veo a Amar en el pasillo con una tostada en la mano; pierde rápidamente la
sonrisa al ver a George y deja la tostada en una mesa, junto a la puerta.
—Intenté buscarte antes para decírtelo —dice Amar.
Anoche, Amar dejó caer el nombre de George tan de pasada que creía que,
en realidad, no se conocían mucho. Al parecer, me equivocaba.
A George se le ponen los ojos vidriosos y Amar lo rodea con un brazo. Los
dedos de George se cierran con fuerza sobre la camiseta de Amar, con los
nudillos blancos por la tensión. No lo oigo llorar, y quizá no lo haga, quizá solo
necesita aferrarse a algo. Solamente me quedan recuerdos borrosos de mi propia
tristeza cuando creía que mi madre había muerto, la sensación de que estaba
aislado de todo lo que me rodeaba y la necesidad constante de intentar tragar
algo. No sé cómo será para los demás.
Al final, Amar saca a George de la habitación, y y o me quedo mirándolos
alejarse por el pasillo codo con codo, hablando en voz baja.
Apenas recordaba que había aceptado participar en una prueba genética cuando
aparece otra persona en la puerta del dormitorio: un chico, o no tan chico, y a que
parece más o menos de mi edad. Saluda a Tris con la mano.
—Ah, este es Matthew —dice Tris—. Supongo que tenemos que irnos ya.
Me da la mano y me lleva hacia la puerta. No recuerdo que Tris mencionara
que el tal Matthew no era un científico arrugado. Me parece que no lo mencionó
en absoluto.
« No seas estúpido» , pienso.
Matthew me ofrece la mano.
—Hola, encantado de conocerte. Soy Matthew.
—Tobias —respondo, porque Cuatro suena raro en este sitio en el que la gente
nunca se identificaría por el número de miedos que tiene—. Igualmente.
—Pues vamos a los laboratorios, ¿no? —dice—. Por aquí.
Esta mañana, el complejo está abarrotado de gente. Todos van vestidos con
uniformes verdes o azul oscuro que se acaban a la altura de los tobillos o que
caen varios centímetros por encima del zapato, según la altura de la persona. El
complejo está lleno de zonas abiertas a las que dan los distintos pasillos, como
cámaras cardiacas, cada una de ellas marcada con una letra y un número, y la
gente parece moverse entre ellas, algunos con dispositivos de cristal como el que
Tris trajo esta mañana, otros sin nada.
—¿De qué va lo de los números? —pregunta Tris—. ¿Es una forma de
etiquetar cada zona?
—Antes eran puertas de embarque —responde Matthew—. Eso quiere decir
que cada una tiene una puerta y una pasarela que conducía a un avión concreto
que iba a un destino concreto. Cuando convirtieron el aeropuerto en complejo,
arrancaron las sillas en las que los pasajeros esperaban su vuelo y las
sustituyeron por equipos de laboratorio que sacaron, sobre todo, de los colegios de
la ciudad. Esta zona del complejo es, básicamente, un laboratorio gigante.
—¿En qué trabajan? Creía que no hacíais más que observar los experimentos
—comento mientras observo a una mujer que corre de un lado a otro del pasillo
con una pantalla en equilibrio sobre las palmas de las manos, como una ofrenda.
Los rayos de luz se proy ectan en ángulo sobre las baldosas relucientes
después de atravesar las ventanas del techo. Al otro lado de las ventanas todo
parece en calma, cada brizna de hierba está bien cortada y los árboles silvestres
se agitan con la brisa a lo lejos. Cuesta imaginar que haya personas
destruyéndose entre sí ahí fuera por culpa de « genes defectuosos» o que vivan
bajo las estrictas normas de Evelyn en la ciudad que hemos abandonado.
—Algunos hacen eso. Todo lo que descubran en los experimentos que quedan
debe registrarse y analizarse, así que hacen falta muchas personas. Pero algunos
también trabajan en mejores formas de tratar el daño genético o en el desarrollo
de los sueros para nuestro propio uso, en vez de en los experimentos: docenas de
proyectos. Si se te ocurre una idea, solo tienes que reunir un equipo y
proponérsela al consejo que dirige el complejo bajo el mando de David.
Normalmente aprueban cualquier cosa que no sea demasiado arriesgada.
—Sí, claro, mejor no correr riesgos —comenta Tris, que pone los ojos en
blanco.
—Tienen buenas razones para lo que hacen —responde Matthew—. Antes de
introducir las facciones y, con ellas, los sueros, los experimentos solían estar en
continua amenaza de ataque desde el interior. Los sueros ayudan a las personas
de los experimentos a mantener las cosas bajo control, sobre todo el suero de la
memoria. Bueno, supongo que ahora mismo nadie trabaja en eso: está en el
laboratorio de armamento.
« Laboratorio de armamento» . Pronuncia las palabras como si fueran
frágiles, como si fueran sagradas.
—Así que el Departamento nos dio los sueros, al principio —dice Tris.
—Sí, y después los eruditos siguieron trabajando en ellos para
perfeccionarlos. Incluido tu hermano. Si te soy sincero, algunosde nuestros
avances se los debemos a ellos, gracias a nuestras observaciones desde la sala de
control. Aunque no hicieron gran cosa con el suero de la memoria, el suero de
Abnegación. Nosotros lo desarrollamos bastante más, y a que es nuestra arma
más potente.
—Un arma —repite Tris.
—Bueno, protege a las ciudades de sus propias rebeliones; en primer lugar,
borra los recuerdos de la gente, evitando tener que matarla; simplemente olvidan
aquello por lo que luchaban. Y también podemos usarlo contra los rebeldes de la
periferia, que está a una hora de aquí. A veces, los moradores de la periferia
intentan asaltarnos, y el suero de la memoria los detiene sin matarlos.
—Eso… —empiezo.
—¿Sigue siendo horrible? —sugiere Matthew—. Sí, es verdad, pero los altos
mandos de aquí piensan que es como nuestro soporte vital, nuestra respiración
artificial. Ya hemos llegado.
Arqueo las cejas. Ha hablado contra sus líderes de una forma tan natural que
casi ni me doy cuenta. Me pregunto si estamos en esa clase de lugar: un lugar en
el que se pueden airear las discrepancias en público, en medio de una
conversación normal, en vez de en secreto, entre murmullos.
Escanea su tarjeta en una puerta pesada a nuestra izquierda y entramos en
otro pasillo, es estrecho e iluminado con una luz fluorescente pálida. Se detiene
junto a una puerta marcada « SALA DE TERAPIA GENÉTICA 1» . En el
interior, una chica de piel marrón claro y mono verde está cambiando el papel
que cubre la camilla de examen.
—Esta es Juanita, técnico de laboratorio. Juanita, estos son…
—Sí, ya sé quiénes son —responde, sonriendo.
Con el rabillo del ojo, veo que Tris se pone rígida, irritada al recordar que las
cámaras han vigilado nuestras vidas. Sin embargo, no dice nada al respecto.
La chica me ofrece una mano.
—El supervisor de Matthew es la única persona que me llama Juanita, salvo
Matthew, al parecer. Soy Nita. ¿Necesitas que te prepare dos pruebas?
Matthew asiente con la cabeza.
—Iré a por ellas —responde Nita.
Abre unos armarios que hay al otro lado de la habitación y empieza a sacar
cosas. Todas están envueltas en plástico y papel, y tienen etiquetas blancas. La
habitación se llena de los ruiditos de los envases al abrirse.
—¿Os gusta esto, chicos? —pregunta Nita.
—Cuesta adaptarse —respondo.
—Sí, ya te entiendo —dice, sonriéndome—. Yo vengo de otro de los
experimentos, el de Indianápolis, el que falló. Oh, vosotros no sabéis dónde está
Indianápolis, ¿verdad? No queda lejos de aquí, menos de una hora en avión. —
Hace una pausa—. Eso tampoco os dirá nada. Bueno, en realidad no tiene
importancia.
Saca una jeringa y una aguja de su envoltorio de plástico y papel, y Tris se
pone tensa.
—¿Para qué es eso? —pregunta.
—Es lo que nos permitirá leer vuestros genes —explica Matthew—. ¿Estás
bien?
—Sí —responde, aunque sigue en tensión—. Es que… no me gusta que me
inyecten sustancias extrañas.
Matthew asiente con la cabeza.
—Te juro que solo sirve para leerte los genes. No hace nada más. Nita te lo
puede asegurar.
Nita asiente.
—Vale, pero ¿puedo hacerlo yo? —pregunta Tris.
—Claro —responde Nita, que prepara la jeringa llenándola de lo que quieren
inyectarnos antes de entregársela a Tris.
—Os daré una explicación resumida de cómo funciona esto —dice Matthew
mientras Nita restriega el brazo de Tris con antiséptico.
Es un olor acre que hace que me pique el interior de la nariz.
—El fluido está lleno de microordenadores. Están diseñados para detectar
marcadores genéticos específicos y transmitir los datos a un ordenador. Tardarán
aproximadamente una hora en darme la información que necesito, aunque sería
mucho más si tuvieran que leer todo vuestro material genético, obviamente.
Tris se introduce la aguja en el brazo y aprieta el émbolo.
Nita me pide que alargue el brazo y me pasa la gasa manchada de naranja
por la piel. El líquido de la jeringa es gris plateado, como escamas de pez, y,
cuando se introduce en mi cuerpo a través de la aguja, me imagino la tecnología
microscópica abriéndose paso por mi cuerpo, ley éndome y analizándome. A mi
lado, Tris se aprieta la herida con un algodón y me sonríe.
—Esos… ¿microordenadores? —Matthew asiente, y y o sigo con la pregunta
—. ¿Qué buscan exactamente?
—Bueno, cuando nuestros predecesores en el Departamento introdujeron
genes « corregidos» en vuestros antepasados, también incluy eron un rastreador
genético, que básicamente es una cosa que nos dice si una persona ha alcanzado
la curación genética. En este caso, el indicador es el hecho de ser consciente
durante las simulaciones. Es algo que podemos analizar fácilmente para saber si
vuestros genes se han curado o no. Es una de las razones por las que la gente de la
ciudad pasa por la prueba de aptitud a los dieciséis años: si son conscientes
durante la prueba quizá tengan genes curados.
Añado la prueba de aptitud a mi lista mental de cosas que antes eran
importantes para mí y que ahora debo desechar porque era una farsa para que
esta gente obtuviese la información o los resultados que buscaba.
No puedo creerme que ser consciente de que algo es una simulación, una
capacidad que me hacía sentir único y poderoso, algo que por lo que mataron
Jeanine y los eruditos, no sea más que una señal de curación genética para esta
gente. Como una contraseña especial que les dice que pertenezco a su sociedad
genéticamente restaurada.
Matthew sigue hablando.
—El único problema del rastreador genético es que ser consciente de una
simulación y resistirse a los sueros no significa necesariamente que una persona
sea divergente, indica una correlación importante. A veces se dan casos de
personas que son conscientes de las simulaciones o que se resisten a los sueros,
pero que siguen teniendo genes defectuosos. —Se encoge de hombros—. Por eso
estoy interesado en tus genes, Tobias. Tengo curiosidad por saber si de verdad
eres divergente o si tu dominio de las simulaciones te hace parecerlo.
Nita, que está despejando la mesa, aprieta los labios como si se estuviera
mordiendo la lengua para no decir algo. De repente me pongo nervioso: ¿hay una
posibilidad de que no sea divergente?
—Solo nos queda sentarnos a esperar —dice Matthew—. Voy a por el
desay uno, ¿queréis que os traiga algo de comer?
Tris y yo sacudimos la cabeza.
—No tardaré. Nita, ¿les haces compañía?
Matthew se marcha sin esperar la respuesta de Nita, y Tris se sienta en la
camilla, y el papel que la cubre cruje bajo ella y se rompe por el borde, por
donde le cuelgan las piernas. Nita se mete las manos en los bolsillos del mono y
nos mira. Tiene ojos oscuros, con el mismo brillo que un charco de aceite bajo la
fuga de un motor. Me pasa una bola de algodón, y y o la aprieto contra la burbuja
de sangre que me ha salido en el interior del codo.
—Entonces, tú también vienes de un experimento —comenta Tris—. ¿Cuánto
llevas aquí?
—Desde que desmantelaron el experimento de Indianápolis, hará unos ocho
años. Podría haberme integrado en la población de a pie, fuera de los
experimentos, pero era demasiado abrumador. —Nita se apoy a en la mesa—.
Así que me presenté voluntaria para venir aquí. Antes era conserje, pero supongo
que voy ascendiendo.
Lo dice con un deje de amargura. Sospecho que aquí, como en Osadía, hay
un límite para sus ascensos, y que está llegando a él antes de lo que le gustaría.
Igual que yo cuando elegí mi trabajo en la sala de control.
—¿Y en tu ciudad no había facciones? —le pregunta Tris.
—No, era el grupo de control: les ayudaba a averiguar si las facciones eran
realmente eficaces en comparación. Pero sí que teníamos muchas reglas: toques
de queda, horas de levantarse, reglamentos de seguridad… No se permitían
armas. Cosas así.
—¿Qué pasó? —pregunto, y un segundo después me arrepiento de haberlo
hecho, porque Nita pierde la sonrisa, como si los recuerdos le tiraran de las
comisuras de los labios.
—Bueno, unas cuantas personas de dentro sabían cómo fabricar armas.
Prepararon una bomba, ya sabéis, un explosivo, y la detonaron en el edificio del
Gobierno.Murió mucha gente. Y después de eso, el Departamento decidió que
nuestro experimento había fracasado. Borraron las memorias de los terroristas y
nos reubicaron a los demás. Soy una de las pocas que quiso venir aquí.
—Lo siento —dice Tris en voz baja.
A veces se me olvida que tiene un lado dulce. Me pasé demasiado tiempo
viendo solo su parte fuerte, la que resalta como los músculos fibrosos de sus
brazos o la tinta negra que le vuela por la clavícula.
—No pasa nada, vosotros también habéis tenido lo vuestro —responde Nita—.
Con lo que hizo Jeanine Matthews y todo eso.
—¿Por qué no han cerrado nuestra ciudad igual que hicieron con la tuya? —
pregunta Tris.
—Puede que lo hagan, pero creo que el experimento de Chicago, en
concreto, ha sido un éxito durante tanto tiempo que son reacios a deshacerse de
él. Fue el primero con facciones.
Me quito el algodón del brazo. Veo el puntito rojo por el que entró la aguja,
pero ya no sangra.
—Me gusta pensar que habría elegido Osadía —dice Nita—, pero no creo que
tuviera agallas para eso.
—Te sorprenderían las agallas que puede tener una persona cuando no le
queda más remedio —responde Tris.
Noto una punzada en el pecho: tiene razón, la desesperación te empuja a
hacer cosas sorprendentes. Los dos lo sabemos.
Matthew regresa justo a la hora y se sienta frente al ordenador un buen rato para
leer la pantalla. Deja escapar unos cuantos ruidos reveladores, como « hmmm»
y « ¡ah!» . Cuanto más tarda en contarnos algo, lo que sea, más se me tensan los
músculos y más noto los hombros como si fueran piedra en vez de carne. Por fin
levanta la vista y gira la pantalla para que la veamos.
—Este programa nos ayuda a interpretar los datos de manera que los
entendamos. Lo que veis aquí es una representación simplificada de una
secuencia concreta de ADN perteneciente al material genético de Tris.
La imagen de la pantalla es una complicada masa de líneas y números, con
ciertas partes en amarillo y rojo. Aparte de eso, no le encuentro mayor sentido,
está más allá de mi capacidad de comprensión.
—Estas zonas marcadas sugieren genes curados. No las veríamos si los genes
fueran defectuosos —añade, dando golpecitos en algunas zonas de la pantalla. No
entiendo qué señala, pero no parece darse cuenta, está demasiado inmerso en su
propia explicación—. Estas zonas marcadas de aquí indican que el programa
también descubrió el rastreador genético, la consciencia de las simulaciones. La
combinación de genes curados y conciencia de las simulaciones es justo lo que
esperaría ver en un divergente. Ahora llega la parte extraña.
Toca de nuevo la pantalla, y esta cambia, aunque sigue resultándome igual de
desconcertante que antes, una red de líneas, cadenas enredadas de números.
—Este es el mapa de los genes de Tobias —dice Matthew—. Como veis, tiene
los componentes genéticos correctos para ser consciente de las simulaciones,
pero no tiene los mismos genes « curados» que Tris.
Tengo la garganta seca, como si me hubieran dado malas noticias, aunque
sigo sin comprender del todo cuáles son.
—¿Qué quiere decir eso? —pregunto.
—Quiere decir que no eres divergente. Tus genes siguen siendo defectuosos,
pero cuentas con una anomalía genética que te permite ser consciente de las
simulaciones. En otras palabras, pareces un divergente sin serlo en realidad.
Proceso la información despacio, punto por punto. No soy divergente. No soy
como Tris. Soy genéticamente defectuoso.
La palabra « defectuoso» me pesa dentro como si fuera de plomo. Supongo
que siempre he sabido que algo no me funcionaba bien, pero creía que era por
mi padre o por mi madre, por el dolor que me legaron como única herencia,
transmitido de generación en generación. Y esto significa que la única cosa
buena que tenía mi padre (su divergencia) no llegó hasta mí.
No miro a Tris, no puedo soportarlo. En vez de hacerlo, miro a Nita, que está
seria, casi enfadada.
—Matthew —le dice—, ¿no quieres llevarte esos datos al laboratorio para
analizarlos?
—Bueno, pensaba comentarlos primero con nuestros sujetos, aquí presentes.
—Creo que no es buena idea —dice Tris, aguda como la punta de un cuchillo.
Matthew responde algo que no oigo; estoy más pendiente del latido de mi
corazón. Da otro golpecito en la pantalla, y la imagen de mi ADN desaparece y
la deja en blanco, reducida a un trozo de cristal. Se marcha y nos invita a visitar
su laboratorio si queremos más información. Tris, Nita y yo nos quedamos en el
cuarto y guardamos silencio.
—No es para tanto —afirma Tris—. ¿Vale?
—¡Tú no eres quién para decirme que no es para tanto! —exclamo en un
tono más elevado de lo que pretendía.
Nita se pone a toquetear las cosas de la mesa, asegurándose de que están
alineadas, aunque no se han movido desde que hemos entrado.
—¡Claro que sí! —responde Tris—. ¡Eres la misma persona que hace cinco
minutos, que hace cuatro meses y que hace dieciocho años! Esto no cambia lo
que eres.
Percibo una verdad en sus palabras, pero ahora mismo me cuesta creerla.
—Entonces, me estás diciendo que esto no afecta a nada. Que la verdad no
afecta a nada.
—¿Qué verdad? Esta gente te dice que tus genes tienen algo malo, ¿y tú te lo
crees sin más?
—Estaba aquí mismo —respondo, señalando la pantalla—. Tú lo has visto.
—También te veo a ti —responde con aire feroz, agarrándome el brazo—. Y
sé quién eres.
Sacudo la cabeza, sigo sin poder mirarla, no puedo mirar nada en concreto.
—Necesito… Necesito dar un paseo. Luego nos vemos.
—Tobias, espera…
Salgo, y parte de la presión que llevo dentro se libera en cuanto dejo de estar
en ese cuarto. Camino por el abarrotado pasillo que me comprime como si fuese
un pulmón y salgo a los iluminados salones del final. Ahora el cielo es azul
brillante. Oigo pasos detrás de mí, pero son demasiado pesados para que sea Tris.
—Hola —dice Nita torciendo el pie, de modo que chirría sobre las baldosas
—. No quiero presionar, pero me gustaría hablar contigo sobre todo esto del…
daño genético. Si te interesa, reúnete conmigo aquí a las nueve. Y… no quiero
ofender a tu chica ni nada de eso, pero lo mejor sería que no la trajeras.
—¿Por qué?
—Porque es GP, genéticamente pura. Así que no puede entender que…
Bueno, cuesta explicarlo. Tú confía en mí, ¿vale? Será mejor para ella
mantenerse al margen por ahora.
—De acuerdo.
—De acuerdo —responde ella, asintiendo—. Tengo que irme.
La veo correr de vuelta a la sala de terapia genética y después sigo
caminando. No sé adónde voy exactamente, solo que, cuando ando, el exceso de
información que he acumulado en los últimos días deja de moverse tan deprisa,
deja de gritarme tan alto dentro de la cabeza.
CAPÍTULO DIECINUEVE
TRIS
No voy detrás de él porque no sé qué decirle.
Cuando descubrí que era divergente, creía que era como un poder secreto
que nadie más poseía, algo que me hacía distinta, mejor y más fuerte. Ahora,
tras comparar mi ADN con el de Tobias en una pantalla de ordenador, me doy
cuenta de que « divergente» no significa tanto como yo creía. No es más que
una palabra para una secuencia concreta de mi ADN, como una palabra para
designar a todas las personas con ojos castaños o pelo rubio.
Apoyo la cabeza en las manos. El problema es que esta gente sigue pensando
que significa algo, sigue pensando que significa que y o estoy curada y Tobias no.
Y pretenden que confíe en eso sin más, que me lo crea.
Bueno, pues no. Y no sé bien por qué Tobias sí lo hace, por qué está tan
dispuesto a creer que es defectuoso.
No quiero seguir pensando en ello. Salgo de la sala de terapia genética justo
cuando Nita regresa.
—¿Qué le has dicho? —le pregunto.
Es guapa. Alta, pero no demasiado; delgada, pero no demasiado; y su piel
tiene un color exquisito.
—Solo me he asegurado de que supiera a donde iba —responde—. Este lugar
es confuso.
—Sí que lo es.
Me dirijo a… Bueno, en realidad no sé adónde voy, solo que lejos de Nita, la
chica guapa que habla con mi novio sin estar yo presente. Aunque tampoco es
que fuera una conversación muy larga.
Veo a Zoe al finaldel pasillo, y ella me hace señas con la mano para que me
acerque. Parece más relajada que esta mañana, con la frente lisa en vez de
arrugada y el pelo suelto. Se mete las manos en los bolsillos del mono.
—Acabo de contárselo a los demás —dice—: Hemos programado un viaje
en avión dentro de dos horas para los que queráis. ¿Te apuntas?
El miedo y la emoción me retuercen el estómago, igual que antes de
abrocharme las correas para lanzarme en tirolina desde lo alto del edificio
Hancock. Me imagino volando por el aire en un coche con alas, la energía del
motor, el ruido del viento a través de los huecos de las paredes y la posibilidad,
aunque remota, de que algo falle y acabe cayendo en picado hacia mi muerte.
—Sí —respondo.
—Nos encontraremos en la puerta B14, ¡sigue los carteles! —me avisa, y
sonríe con ganas al marcharse.
Miro a través de las ventanas que tengo encima: el cielo está despejado y
pálido, del mismo color que mis ojos. Parece preñado de inevitabilidad, como si
siempre hubiera estado esperándome, quizá porque yo disfruto de las alturas,
mientras que otros las temen, o quizá porque, una vez que has visto las cosas que
he visto y o, solo queda una frontera por explorar: la de arriba.
Las escaleras metálicas que bajan hasta el asfalto chirrían bajo cada una de mis
pisadas. Tengo que echar la cabeza atrás para ver el avión, que es más grande de
lo que esperaba y de color blanco plateado. Justo bajo las alas hay un cilindro
enorme con paletas que giran en su interior. Me imagino que las paletas me
succionan y me escupen por el otro lado, y me estremezco un poco.
—¿Cómo puede flotar en el aire algo tan grande? —pregunta Uriah detrás de
mí.
Sacudo la cabeza: no lo sé y no quiero pensar en ello. Sigo a Zoe por otras
escaleras, estas conectadas a un agujero en el lateral del avión. Me tiembla la
mano cuando me agarro a la barandilla, y vuelvo la vista atrás por última vez por
si Tobias nos ha alcanzado. No está aquí. No lo he visto desde la prueba genética.
Me agacho al meterme por el agujero, aunque es más alto que yo. Dentro del
avión hay muchas filas de asientos cubiertos de tela azul desgarrada y
deshilachada. Elijo una cerca de la parte delantera, junto a una ventana. Se me
clava una barra metálica en la espalda: es como el esqueleto de una silla sin
apenas carne que lo amortigüe.
Cara se sienta a mi lado, y Peter y Caleb se van al fondo del avión y se
sientan juntos, al lado de la ventana. No sabía que fueran amigos. Parece
adecuado, dado que ambos son despreciables.
—¿Cuántos años tiene esta cosa? —pregunto a Zoe, que está de pie cerca de
la parte delantera.
—Bastantes —responde—, pero hemos renovado por completo lo más
importante. Tiene un buen tamaño para lo que necesitamos.
—¿Para qué lo usáis?
—Sobre todo para misiones de vigilancia. Nos gusta estar al tanto de lo que
ocurre en la periferia, por si supone una amenaza para lo que ocurre aquí. —
Hace una pausa—. La periferia es grande, una especie de lugar caótico entre
Chicago y la zona metropolitana regulada por el Gobierno más cercana,
Milwaukee, que está a unas tres horas en coche de aquí.
Me gustaría preguntar qué ocurre exactamente en la periferia, pero Uriah y
Christina se sientan a mi lado y pierdo la oportunidad. Uriah baja el reposabrazos
entre los dos y se inclina sobre él para mirar por la ventana.
—Si los osados tuvieran conocimiento de la existencia de los aviones, todos
harían cola para aprender a pilotarlos —dice—. Yo incluido.
—No, se amarrarían a las alas —sugiere Christina, pinchándole en el brazo
con un dedo—. ¿Es que no conoces a nuestra facción?
A modo de respuesta, Uriah le pincha con el dedo en la mejilla; después se
vuelve de nuevo hacia la ventana.
—¿Alguno de los dos ha visto a Tobias últimamente? —pregunto.
—No —responde Christina—. ¿Va todo bien?
Antes de poder contestar, una mujer mayor con arrugas en las comisuras de
los labios se coloca en el pasillo, entre las filas de asientos, y da una palmada.
—¡Me llamo Karen y hoy voy a ser vuestra piloto! —anuncia—. Puede que
asuste un poco, pero recordad: la probabilidad de estrellarnos es mucho menor
que la de tener un accidente de tráfico.
—Igual que la probabilidad de sobrevivir si al final nos estrellamos —
murmura Uriah, sonriendo.
Sus ojos oscuros están alerta y parece alegre como un chiquillo. No lo había
visto así desde la muerte de Marlene. Vuelve a ser guapo.
Karen desaparece en la parte delantera del avión, y Zoe se sienta al otro lado
del pasillo y de vez en cuando se vuelve para gritar instrucciones como:
« ¡Abrochaos los cinturones!» y « ¡No os pongáis de pie hasta que alcancemos
altitud de crucero!» . No estoy segura de qué altitud es esa y ella no lo explica,
muy en su línea. Ha sido casi un milagro que se acordara de explicar antes lo que
era la periferia.
El avión empieza a retroceder, y me sorprende la fluidez con la que se
mueve, como si ya flotáramos sobre el suelo. Después vira y se desliza por el
asfalto, en el que han pintado docenas de líneas y símbolos. Cuanto más nos
alejamos del complejo, más deprisa me late el corazón. Entonces, la voz de
Karen habla por un intercomunicador:
—Preparaos para el despegue.
Me agarro a los reposabrazos cuando el avión se pone en movimiento. El
impulso me empuja contra la silla esquelética y la vista por la ventana se
convierte en un borrón de color. Entonces lo siento: la propulsión, el ascenso del
aparato, y veo que el suelo se estira bajo nosotros y todo se hace más pequeño.
Se me abre la boca y se me olvida respirar.
Veo el complejo, que tiene la forma de una neurona, como en el dibujo de
uno de mis libros de texto, y la valla que lo rodea. Alrededor de ella hay una red
de carreteras de hormigón con edificios metidos con calzador entre ellas.
Entonces, de repente, ni siquiera veo las carreteras ni los edificios, porque
bajo nosotros solo hay una sábana gris, verde y marrón, y, más allá, lo único que
diviso por todas partes es tierra, tierra y tierra.
No sé qué me esperaba: ¿contemplar el lugar donde acaba el mundo, como
un gigantesco barranco colgando del cielo?
Lo que no esperaba es saber que he sido una persona en una casa que ni
siquiera se ve desde aquí. Que he caminado por una calle entre cientos (miles) de
otras calles.
Lo que no esperaba era sentirme tan, tan pequeña.
—No podemos volar demasiado alto ni demasiado cerca de la ciudad porque
no queremos llamar la atención, así que observaremos desde una gran distancia.
A la izquierda del avión podréis ver parte de la destrucción causada por la Guerra
de la Pureza, antes de que los rebeldes recurrieran al armamento biológico en
vez de a explosivos —explica Zoe.
Tengo que parpadear para quitarme las lágrimas de los ojos y poder verlo. Al
principio parece un grupo de edificios oscuros. Al examinarlo mejor, me doy
cuenta de que estos no deberían haber sido oscuros, sino que están tan
chamuscados que cuesta reconocerlos. Algunos están arrasados. Las aceras que
los separan están hechas pedazos, como una cáscara de huevo rota.
Se parece a algunas partes de nuestra ciudad, pero, a la vez, no se parece. La
destrucción de nuestra ciudad podrían haberla provocado personas. Esta
destrucción tuvo que causarla otra cosa, algo más grande.
—¡Y ahora podréis echarle un vistazo rápido a Chicago! —avisa Zoe—.
Veréis que parte del lago se drenó para construir la valla, pero que dejamos
intacta la may or superficie posible.
Mientras habla, veo las dos puntas del Centro, que parece de juguete a lo
lejos, y la mellada línea de nuestra ciudad interrumpiendo el mar de hormigón.
Y, más allá, una extensión marrón (el pantano) y, justo detrás, todo es… azul.
Una vez bajé en tirolina del edificio Hancock y me imaginé cómo sería el
pantano lleno de agua, gris azulado y reluciente bajo el sol. Y ahora que puedo
ver más allá que nunca, sé que varios kilómetros más adelante es justo como me
imaginaba: el lago, a lo lejos, despide luz, marcado por la textura de las olas.
Todos guardan silencioen el avión, lo único que se oye es el rugido del motor.
—Vay a —dice Uriah.
—Chisss —responde Christina.
—¿Qué tamaño tiene en comparación con el resto del mundo? —pregunta
Peter desde el otro extremo del avión. Parece ahogarse con cada palabra—. Me
refiero a nuestra ciudad. En términos de terreno. ¿Qué porcentaje?
—Chicago ocupa unos quinientos ochenta y siete kilómetros cuadrados —
responde Zoe—. En nuestro planeta hay una extensión de terreno de poco más de
quinientos millones de kilómetros cuadrados. El porcentaje es… tan pequeño que
resulta insignificante.
Nos proporciona los datos tranquilamente, como si no significaran nada para
ella. Sin embargo, para mí son como un puñetazo en el estómago y me siento
comprimida, como si algo me aplastara. Tanto espacio… Me pregunto cómo
serán las cosas fuera de este lugar; me pregunto cómo vivirán los demás.
Miro de nuevo por la ventana mientras respiro lenta y profundamente,
demasiado tensa para moverme. Y, al contemplar la tierra, pienso en que esta es
la demostración más convincente de que existe el Dios de mis padres, de que
nuestro mundo es tan enorme que se escapa por completo a nuestro control, que
no podemos ser tan importantes como nos creemos.
« Tan pequeño que resulta insignificante» .
Es raro, pero hay algo en esa idea que me hace sentir casi… libre.
Aquella noche, mientras todos cenan, me siento en el alféizar de la ventana del
dormitorio y enciendo la pantalla que me dio David. Me tiemblan las manos
cuando abro el archivo titulado « Diario» .
En la primera entrada leo:
David no deja de pedirme que escriba sobre mis experiencias. Creo que
espera que sean horrendas, puede que incluso desee que lo sean. Supongo
que en parte lo fueron, pero lo fueron para todo el mundo, así que no tengo
nada de especial.
Crecí en una casa unifamiliar de Milwaukee, en Wisconsin. Nunca supe
demasiado sobre quién vivía en el territorio que rodeaba nuestra ciudad (lo
que aquí todos llaman « la periferia» ), solo que se suponía que no debía ir
por allí. Mi madre estaba en el cuerpo de seguridad; tenía un carácter
explosivo y era difícil complacerla. Mi padre era profesor; era flexible,
comprensivo e inútil. Un día se empezaron a pelear en el salón y las cosas se
les fueron de las manos; él la agarró y ella le pegó un tiro. Aquella noche,
mientras ella enterraba su cadáver en el patio de atrás, recogí una buena
parte de mis pertenencias y salí por la puerta principal. No volví a verla.
En el lugar donde crecí, había tragedias por todas partes. La may oría de
los padres de mis amigos bebían hasta atontarse, gritaban demasiado o
habían dejado de quererse hacía tiempo, y así eran las cosas; nadie le daba
demasiada importancia. Así que, cuando escapé, seguro que no fui más que
otra anécdota en la larga lista de sucesos horribles que habían pasado en
nuestro barrio durante el último año.
Sabía que si iba a algún lugar oficial, como a otra ciudad, los del
Gobierno me obligarían a volver a casa con mi madre, y no me sentía capaz
de mirarla a los ojos sin ver la mancha de sangre que había dejado la
cabeza de mi padre en la alfombra del salón, así que no fui a ningún sitio
oficial. Me fui a la periferia, donde un buen puñado de gente vive en una
pequeña colonia hecha de lonas y aluminio entre las ruinas de la posguerra,
alimentándose de sobras y quemando viejos periódicos para calentarse
porque el Gobierno no puede mantenerlos, ya que se gastan todos sus
recursos en intentar recomponernos, como llevan haciendo desde hace más
de un siglo, después de que la guerra nos destrozara. O no quieren
mantenerlos. No lo sé.
Un día vi a un hombre adulto darle una paliza a uno de los niños de la
periferia, así que le golpeé en la cabeza con una plancha metálica para
detenerlo, pero se murió allí mismo, en plena calle. Yo solo tenía trece años.
Hui. Me atrapó un tío que iba en una furgoneta, un tío que parecía policía,
pero no me llevó a una cuneta para pegarme un tiro, ni me metió en la
cárcel, sino que me habló de los experimentos de las ciudades y me explicó
que mis genes estaban más limpios que los de la mayoría. Incluso me
enseñó un mapa de mis genes en una pantalla para demostrarlo.
Sin embargo, maté a un hombre, igual que mi madre. David dice que
no pasa nada porque fue sin querer y porque él estaba a punto de matar a
aquel niño, pero estoy bastante segura de que mi madre tampoco pretendía
matar a mi padre, así que ¿cuál es la diferencia entre hacerlo a posta o sin
querer? Por accidente o con intención, el resultado es el mismo: una vida
menos en el mundo.
Supongo que esa es mi experiencia. Y oír a David hablar de ella es
como si todo hubiese pasado porque hace mucho, mucho tiempo la gente
intentó jugar con la naturaleza humana y acabó empeorándola.
Supongo que tiene sentido. O eso me gustaría.
Me muerdo el labio inferior. Aquí, en el complejo del Departamento, la gente
sigue en la cafetería, comiendo, bebiendo y riendo. En la ciudad, seguramente
estarán haciendo lo mismo. La vida corriente me rodea, y y o estoy aquí sola con
estas revelaciones.
Me aprieto la pantalla contra el pecho. Mi madre era de aquí. Este lugar es mi
historia antigua y mi historia reciente. La percibo en las paredes, en el aire. La
siento dentro de mí, dispuesta a no abandonarme nunca más. La muerte no logró
eliminarla; ella es permanente.
El frío del cristal me atraviesa la camiseta y me hace estremecer. Uriah y
Christina entran por la puerta del dormitorio, entre risas. Los ojos claros y las
pisadas firmes de Uriah me alivian, y, de repente, los ojos se me llenan de
lágrimas. Christina y él se asustan y se apoyan en la ventana, uno a mi izquierda
y otro a mi derecha.
—¿Estás bien? —me pregunta Christina.
Asiento y parpadeo para ahuyentar las lágrimas.
—¿Qué habéis estado haciendo hoy? —pregunto.
—Después del viaje en avión nos fuimos un rato a ver las pantallas de la sala
de control —responde Uriah—. Es muy raro observarlos actuar sin estar por allí.
Más de lo mismo: Evelyn es idiota, igual que todos sus lacayos, etcétera. Pero ha
sido como ver las noticias.
—Creo que prefiero no ver eso —le digo—. Demasiado… espeluznante e
invasivo.
—No sé, si quieren ver cómo me rasco el culo o ceno, me parece que eso
dice más de ellos que de mí —responde Uriah.
—¿Y cada cuánto exactamente te rascas el culo? —le pregunto, riendo.
Él me da un codazo.
—Nada más lejos de mi intención que desviar la conversación de los culos,
ya que todos estaremos de acuerdo en que es un tema de suma importancia —
dice Christina, esbozando una sonrisa—, pero estoy contigo, Tris: observar esas
pantallas me hace sentir fatal, como si hiciera algo a escondidas. Creo que me
mantendré alejada de ellas a partir de ahora.
Señala la pantalla que tengo en el regazo, cuy a luz todavía brilla alrededor de
las palabras de mi madre.
—¿Qué es eso?
—Resulta que mi madre era de aquí —respondo—. Bueno, era del mundo
exterior, pero después vino aquí y, con quince años, la llevaron a Chicago como
osada.
—¿Tu madre era de aquí? —repite Christina.
—Sí, es una locura. Y lo que es aún más raro: ella escribió este diario y lo
dejó aquí. Eso es lo que estaba leyendo cuando habéis entrado.
—Vay a —dice Christina en voz baja—. Eso es bueno, ¿no? Quiero decir, que
así sabrás más cosas sobre ella.
—Sí, es bueno. Y no, no sigo triste, podéis dejar de mirarme así.
La expresión de preocupación que había empezado a reflejar el rostro de
Uriah desaparece de repente.
Suspiro.
—Es que no dejo de pensar… que, de algún modo, pertenezco a este sitio —
les explico—. Como si pudiera ser mi hogar.
Christina frunce el ceño.
—Puede —dice, y me da la impresión de que no se lo cree, aunque es muy
amable por su parte decirlo de todos modos.
—No sé —interviene Uriah, que se ha puesto serio—. No estoy seguro de
poder volver a sentirme en casa en ningún sitio. Ni siquiera si volvemos.
A lo mejor tiene razón, a lo mejor somos extranjeros vayamos donde
vay amos, y a sea en el mundo fuera del Departamento, aquí o enel experimento.
Todo ha cambiado, y no va a parar de cambiar en el futuro próximo.
O puede que consigamos crear un hogar dentro de nosotros mismos, llevarlo
con nosotros adonde vayamos. Así es como llevo a mi madre ahora.
Caleb entra en el dormitorio. En la camiseta lleva una mancha que parece de
salsa, aunque creo que no se ha dado cuenta; ahora sé que esa mirada indica
fascinación intelectual y, por un segundo, me pregunto qué habrá estado leyendo
o viendo para ponerse así.
—Hola —saluda, y está a punto de acercárseme, pero debe de percatarse de
mi cara de asco, porque se detiene en seco.
Tapo la pantalla con la mano, aunque no puede verla desde el otro lado del
cuarto, y me quedo mirándolo, incapaz de contestar nada (o poco dispuesta a
hacerlo).
—¿Crees que volverás a hablarme alguna vez? —pregunta con tristeza, con
las comisuras de los labios caídas.
—Si lo hace, me muero del susto —dice Christina fríamente.
Aparto la mirada. La verdad es que a veces quiero olvidarme de todo lo
sucedido y volver a ser como éramos antes de elegir facción. Aunque siempre
me estuviera corrigiendo y recordándome que debía ser altruista, era mejor que
esto: esta sensación de que debo protegerlo todo de él, incluso el diario de mi
madre, para que no lo envenene como ha hecho con lo demás. Me levanto y lo
meto bajo la almohada.
—Vamos —me dice Uriah—, ¿quieres ir a por algo de postre?
—¿No has comido ya?
—¿Y qué? —pregunta él, poniendo los ojos en blanco, mientras me echa un
brazo por los hombros y me conduce hacia la puerta.
Los tres salimos juntos hacia la cafetería y dejamos a mi hermano atrás.
CAPÍTULO VEINTE
TOBIAS
—No sabía si vendrías —me dice Nita.
Cuando se vuelve para conducirme a donde vamos, veo que la camiseta
amplia que lleva puesta tiene un buen escote por detrás y deja al descubierto un
tatuaje en la espalda, aunque no distingo qué es.
—¿Aquí también tenéis tatuajes? —pregunto.
—Alguna gente. El de mi espalda son cristales rotos —dice, y hace una pausa
como cuando intentas decidir si contar o no algo personal—. Me lo hice porque es
un símbolo de algo que está roto, defectuoso. Es una… especie de broma.
Otra vez esa palabra: « defectuoso» . La palabra que lleva apareciendo y
desapareciendo de mi cabeza desde la prueba genética. Si es una broma, no tiene
gracia, ni siquiera para Nita, que escupe la explicación como si le supiera
amarga.
Recorremos uno de los pasillos de baldosas, que está casi vacío al ser el final
de la jornada de trabajo, y bajamos por unas escaleras. Al descender, vemos
luces azules, verdes, moradas y rojas bailando por las paredes, cambiando de un
color a otro cada segundo. El túnel al que dan las escaleras es amplio y oscuro,
solo contamos con esas extrañas luces para guiarnos. El suelo de esta zona es de
baldosas viejas e, incluso a través de las suelas de los zapatos, noto que está
cubierto de tierra y polvo.
—Esta parte del aeropuerto se reformó por completo y se amplió cuando se
mudaron aquí —explica Nita—. Durante un tiempo, después de la Guerra de la
Pureza, todos los laboratorios estuvieron bajo tierra para que fueran más seguros
en caso de ataque. Ahora solo baja aquí el personal auxiliar.
—¿A ese personal es al que quieres presentarme?
—Sí. Pertenecer al personal auxiliar es algo más que un trabajo. Casi todos
nosotros somos GD, genéticamente defectuosos, los restos de los experimentos
fallidos de las ciudades o los descendientes de otros restos o de gente que han
traído del exterior, como la madre de Tris, aunque sin su ventaja genética. Y
todos nuestros científicos y líderes son GP, genéticamente puros, descendientes
de la gente que se resistió al movimiento de ingeniería genética desde el
principio. Hay algunas excepciones, por supuesto, pero tan pocas que podría
enumerártelas si quisiera.
Estoy a punto de preguntarle el porqué de esa división tan estricta, pero puedo
imaginármelo. Los llamados GP crecieron dentro de esta comunidad, un mundo
saturado de experimentos, observaciones y aprendizaje. Los GD se criaron en los
experimentos, donde solo tenían que aprender lo suficiente para sobrevivir hasta
la siguiente generación. La división se basa en el conocimiento, en las
cualificaciones. Sin embargo, como he aprendido de los abandonados, un sistema
que depende de que los iletrados se encarguen del trabajo sucio sin ofrecerles la
oportunidad de mejorar es un sistema injusto.
—Creo que tu chica tiene razón, ¿sabes? —dice Nita—. No ha cambiado
nada: simplemente, ahora conoces mejor tus limitaciones. Todos los seres
humanos las tienen, incluidos los GP.
—Entonces, mi avance tiene un límite… ¿Cuál es? ¿Mi compasión? ¿Mi
conciencia? ¿Y eso debería hacerme sentir mejor?
Nita me examina atentamente y no responde.
—Esto es ridículo —añado—. ¿Por qué voy a permitir que alguien determine
mis límites?
—Así son las cosas, Tobias. Es genética, nada más.
—Eso es mentira. Aquí se trata de algo más que de genes, y tú lo sabes.
Me dan ganas de largarme, de dar media vuelta y correr de vuelta al
dormitorio. La rabia me hierve por dentro, me acalora, y ni siquiera entiendo
bien contra quién se dirige. ¿Contra Nita, que simplemente ha aceptado que su
genética la limita de algún modo o contra los que le han enseñado eso? Quizá
contra todos.
Llegamos al final del túnel, y ella abre una pesada puerta de madera con el
hombro. Más allá hay un mundo ajetreado y reluciente. La habitación tiene unas
bombillitas colgadas de cuerdas, pero hay tantas cuerdas que una red amarilla y
blanca cubre el techo. En un extremo de la sala hay un mostrador de madera con
botellas brillantes detrás y un mar de vasos encima. Hay mesas y sillas a la
izquierda, y un grupo de gente con instrumentos musicales a la derecha. La
música flota en el ambiente, y los únicos sonidos que reconozco (de mi limitada
experiencia con los cordiales) son los que proceden de las cuerdas de guitarra y
los tambores.
Es como estar bajo un foco mientras todo el mundo me observa y espera a
que me mueva, hable o lo que sea. Por un segundo no oigo nada con la música y
las charlas, pero, al cabo de unos segundos, me acostumbro y oigo a Nita decir:
—¡Por aquí! ¿Quieres beber algo?
Estoy a punto de responder cuando alguien entra corriendo en la sala. Es bajo
y lleva una camiseta que le queda dos tallas grande. Hace un gesto a los músicos
para que dejen de tocar, cosa que hacen durante el tiempo suficiente para que él
grite:
—¡Van a dar el veredicto!
Media sala se levanta y corre a la puerta. Miro a Nita para ver si me explica
algo, y ella frunce el ceño.
—¿El veredicto de quién? —pregunto.
—El de Marcus, seguro.
Y echo a correr junto a ellos.
Salgo pitando por el túnel, metiéndome en los espacios abiertos entre la gente y
empujando como si no hubiera nadie más. Nita me pisa los talones y me grita
que pare, pero no puedo. Floto por encima de este lugar, de esta gente y de mi
propio cuerpo, y, además, siempre se me ha dado bien correr.
Subo los escalones de tres en tres, agarrado a la barandilla para no perder el
equilibrio. No sé por qué estoy tan ansioso. ¿Por la condena de Marcus? ¿Por su
exoneración? ¿Acaso espero que Evelyn lo declare culpable y lo ejecute, o tengo
la esperanza de que le perdone la vida? No lo sé. Para mí, cualquier resultado
está hecho de la misma pasta: o la maldad de Marcus o la máscara de Marcus; o
la maldad de Evelyn o la máscara de Evelyn.
No tengo que esforzarme por recordar dónde está la sala de control, y a que la
gente del pasillo me conduce hasta ella. Cuando llego, me abro paso entre la
multitud para llegar al frente, y allí están mis padres, aparecen en la mitad de las
pantallas. Todos se apartan de mí entre susurros, salvo Nita, que se pone a mi lado
mientras intenta recuperar el aliento.
Alguien sube el volumen para que todos oigamos sus voces. Crepitan,
distorsionadas por los micrófonos, pero conozco la voz de mi padre; la oigo
cambiar en los momentos oportunos, elevarse cuando toca. Casi soy capaz de
predecir sus palabrasantes de que las pronuncie.
—Te has tomado tu tiempo —dice con desprecio—. ¿Para saborear el
momento?
Me pongo rígido: esta no es la máscara de Marcus, no es la persona que la
ciudad conoce, el paciente y tranquilo líder de Abnegación que jamás haría daño
a nadie, y menos que nadie a su hijo o a su esposa. Aquí tenemos al hombre que
se sacaba el cinturón trabilla a trabilla y después se lo enrollaba en los nudillos. Es
el Marcus que mejor conozco, y verlo, como ocurre en mi paisaje del miedo,
me devuelve a la infancia.
—Claro que no, Marcus —responde mi madre—. Has servido bien a esta
ciudad durante muchos años. No se trata de una decisión que ni yo ni mis
asesores nos tomemos a la ligera.
Marcus no lleva puesta su máscara, pero Evelyn sí. Suena tan auténtica que
casi me convence.
—Los antiguos representantes de las facciones y y o misma hemos meditado
mucho sobre la situación. Tus años de servicio, la lealtad que has inspirado a los
miembros de tu facción, los sentimientos que yo todavía pudiera albergar como
tu exesposa…
Suelto un bufido.
—Sigo siendo tu marido —responde Marcus—. Los abnegados no permiten el
divorcio.
—Lo hacen en casos de maltrato —contesta Evelyn, y vuelvo a notar esa
sensación, el vacío y el peso.
No puedo creerme que hay a reconocido eso en público.
Sin embargo, ella quiere que la gente de la ciudad la vea de cierto modo, no
como la mujer que ha tomado el control de sus vidas, sino como la mujer a la
que atacó Marcus, la víctima del secreto que su marido escondía dentro de su
casa impoluta y su ropa gris planchada.
Ahora sé cuál será el veredicto.
—Lo va a matar —digo en voz alta.
—Por otro lado —sigue diciendo Evelyn, casi con dulzura—, también es
cierto que has cometido delitos atroces contra esta ciudad. Has engañado a unos
niños inocentes para que arriesguen sus vidas por ti. Al negarte a cumplir las
órdenes de Tori Wu, la anterior líder de Osadía, y yo mismo, provocaste
innumerables muertes en el ataque erudito. Traicionaste a los tuyos al no hacer lo
acordado y al no luchar contra Jeanine Matthews. Traicionaste a tu facción al
revelar lo que debía permanecer en secreto.
—Yo no…
—No he terminado —lo interrumpe Evelyn—. Dado tu historial de servicios a
la comunidad, nos hemos decidido por una solución alternativa. A diferencia de lo
ocurrido con otros antiguos representantes de las facciones, no te perdonaremos
para poder contar con tu asesoramiento en temas relacionados con la ciudad.
Tampoco te ejecutaremos por traidor. En vez de ello, te enviaremos al otro lado
de la valla, más allá del complejo de Cordialidad, y no podrás regresar.
Marcus parece sorprendido. No lo culpo.
—Felicidades —dice Evely n—: tendrás el privilegio de empezar de nuevo.
¿Debería sentirme aliviado porque no van a ejecutar a mi padre? ¿Enfadado
porque, cuando estaba tan cerca de escapar por fin de él, vay a a venir a este
mundo, donde seguirá pesando sobre mí?
No lo sé. No siento nada. Se me entumecen las manos, lo que me avisa de un
ataque de pánico, aunque en realidad no lo siento, no como normalmente. Me
abruma tanto la necesidad de estar en otra parte que me vuelvo y dejo atrás a
mis padres, a Nita y a la ciudad en la que antes vivía.
CAPÍTULO VEINTIUNO
TRIS
Anuncian el simulacro de ataque por la mañana, a través de los altavoces,
mientras desayunamos. Una nítida voz femenina nos indica que cerremos por
dentro la puerta de la habitación en la que nos encontremos, tapemos las ventanas
y permanezcamos sentados en silencio hasta que dejen de sonar las alarmas.
—El simulacro empezará exactamente a la hora en punto —dice.
Tobias está cansado y pálido, tiene círculos oscuros alrededor de los ojos. Se
dedica a arrancarle trocitos a un muffin y, de vez en cuando, se los come, aunque
a veces se le olvida.
La may oría nos hemos levantado tarde, a las diez, sospecho que porque no
había nada que nos lo impidiera. Cuando nos fuimos de la ciudad perdimos
nuestras facciones y nuestra razón de ser. Aquí no tenemos nada que hacer, salvo
esperar a que suceda algo, y eso, en vez de relajarme, me pone nerviosa y tensa.
Estoy acostumbrada a tener siempre algo que hacer o algo contra lo que luchar.
Intento recordar que debo relajarme.
—Ayer nos llevaron en avión —le cuento a Tobias—. ¿Dónde estabas?
—Tenía que dar un paseo y procesarlo todo —responde algo tenso e irritado
—. ¿Cómo fue?
—La verdad es que fue asombroso. —Me siento frente a él para que nuestras
rodillas se toquen entre las camas—. El mundo es… mucho más grande de lo que
pensaba.
—Seguramente no me habría gustado —responde, asintiendo—. Por lo de las
alturas, ya sabes.
No sé por qué, pero su reacción me decepciona. Quiero que me diga que le
habría gustado estar allí conmigo, experimentarlo conmigo. O, al menos, que me
hubiese preguntado a qué me refería con que había sido asombroso. Sin
embargo, ¿solo se le ocurre decir que no le habría gustado?
—¿Te encuentras bien? —le pregunto—. Parece que no has dormido mucho.
—Bueno, lo de ayer fue toda una revelación —responde, apoyando la frente
en la mano—. No puedes culparme por estar molesto.
—Claro que puedes estar molesto por lo que quieras —respondo, frunciendo
el ceño—, pero, desde mi perspectiva, no creo que tenga tanta importancia. Sé
que ha sido una sorpresa, pero, como te dije, sigues siendo la misma persona que
ayer y que anteayer, da igual lo que diga toda esta gente.
—No estoy hablando de mis genes —responde, sacudiendo la cabeza—, sino
de Marcus. No tienes ni idea, ¿no?
La pregunta parece una acusación, aunque no la pronuncia en ese tono. Se
levanta para tirar el muffin a la basura.
Estoy dolida y frustrada. Claro que sabía lo de Marcus, era la comidilla de la
habitación cuando me he despertado. Sin embargo, por algún motivo, creía que
no le afectaría tanto que no ejecutaran a su padre. Al parecer, me equivocaba.
No ayuda que la alarma suene justo en este momento, lo que me impide
decirle nada más. Es una sirena tan fuerte y aguda que me irrita los oídos y
apenas me permite pensar, por no hablar de moverme. Me tapo la oreja con una
mano y meto la otra mano bajo la almohada para sacar la pantalla en la que
guardo el diario de mi madre.
Tobias cierra la puerta y las cortinas, y todos se sientan en sus catres. Cara se
envuelve la cabeza en una almohada. Peter se queda sentado, con la espalda
apoy ada en la pared y los ojos cerrados. No sé dónde está Caleb (investigando lo
que lo tenía tan ensimismado ayer, supongo) ni dónde están Christina y Uriah
(puede que explorando el complejo). Ayer, después del postre, parecían
decididos a descubrir todos y cada uno de los rincones de este lugar. Yo preferí
descubrir los pensamientos de mi madre. Escribió varias entradas sobre sus
primeras impresiones del complejo, la extraña limpieza de este sitio, que todo el
mundo estaba siempre sonriendo, que se enamoró de la ciudad mientras la
observaba desde la sala de control.
Enciendo la pantalla con la esperanza de que me distraiga del ruido.
Hoy me he presentado voluntaria para entrar en la ciudad. David dice que
los divergentes están muriendo y que alguien tiene que evitarlo, porque se
desperdicia nuestro mejor material genético. Creo que es una forma
bastante enfermiza de describirlo, pero David no lo dice en ese sentido: solo
se refiere a que, si no fuesen divergentes los que mueren, no
intervendríamos hasta alcanzar cierto grado de destrucción. Sin embargo,
como son ellos, hay que encargarse de ese asunto inmediatamente.
« Solo unos cuantos años» , me dijo. Aquí tengo pocos amigos, no tengo
ningún familiar, y soy lo bastante joven como para que no les cueste
introducirme. Solo hay que borrar y alterar los recuerdos de unas cuantas
personas, y ya estoy dentro. Me introducirán en Osadía, para empezar,
porque tengo tatuajes y eso no podría explicárselo de otro modo a la gente
del experimento. El único problema es que, en mi Ceremonia de la Elección
del año que viene, tendré que unirme a Erudición porque ahí es donde se
halla el asesino,y no estoy segura de ser lo bastante lista para superar la
iniciación. David dice que no importa, que puede modificar mis resultados,
pero no me parece correcto. Aunque el Departamento piense que las
facciones no significan nada, que no son más que una forma de modificar el
comportamiento para ayudarnos a reparar el daño, esta gente cree en ellas,
y me parece mal burlarme de su sistema.
Llevo ya un par de años observándolos, así que no necesito saber
mucho más para integrarme. Seguro que, a estas alturas, conozco la ciudad
mejor que ellos. Va a ser complicado enviar mis informes, y a que alguien
podría darse cuenta de que me conecto a un servidor remoto en vez de a uno
de la ciudad, así que seguramente no podré escribir tanto como ahora, si es
que puedo escribir algo. Me costará separarme de todo lo que conozco,
aunque quizá sea para bien. Quizá sea como empezar de nuevo.
No me vendría mal.
Tengo mucho que asimilar, pero acabo por releer la frase: « El único problema
es que, en mi Ceremonia de la Elección del año que viene, tendré que unirme a
Erudición porque ahí es donde se halla el asesino» . No sé a qué asesino se refiere
(¿quizá al predecesor de Jeanine Matthews?), pero lo más desconcertante es que
no se unió a Erudición.
¿Qué le pasó para que se uniera a Abnegación?
La alarma deja de sonar y ahora lo oigo todo como amortiguado. Los demás
salen poco a poco, pero Tobias se queda un momento más, tamborileando con los
dedos en la pierna. No hablo con él; no estoy segura de querer oír lo que tenga
que decir ahora mismo, cuando todavía estamos los dos con los nervios de punta.
Sin embargo, lo único que dice es:
—¿Puedo besarte?
—Sí —respondo, aliviada.
Él se agacha y me toca la mejilla antes de darme un beso muy dulce.
Bueno, Tobias sí que sabe cómo mejorar mi humor.
—No pensé en lo de Marcus, debería haberlo hecho —le digo.
—Ya pasó —responde él, encogiéndose de hombros.
Sé que no ha pasado. Con Marcus nunca pasa: cometió demasiados abusos.
Pero no insisto.
—¿Más entradas del diario? —pregunta.
—Sí, solo algunos recuerdos del complejo, por ahora, aunque empieza a
ponerse interesante.
—Bien, te dejaré leer.
Sonríe levemente, pero me doy cuenta de que está cansado y todavía algo
molesto. No intento detenerlo. En cierto modo, es como si nos abandonáramos
cada uno a nuestra pena, la suya por la pérdida de su divergencia y lo que
esperara que le sucediera a Marcus en el juicio, y la mía, por fin, por la pérdida
de mis padres.
Toco la pantalla para leer la siguiente entrada.
Querido David:
Arqueo las cejas. ¿Ahora se dirige a David?
Querido David:
Lo siento, pero las cosas no van a ser como planeamos. No puedo
hacerlo. Sé que pensarás que soy una adolescente estúpida, pero es mi vida
y, si voy a quedarme aquí unos cuantos años, tengo que hacerlo a mi modo.
Seguiré cumpliendo con mi trabajo desde fuera de Erudición. Así que,
mañana, en la Ceremonia de la Elección, Andrew y yo elegiremos
Abnegación juntos.
Espero que no te enfades. Supongo que, aunque lo hagas, no me
enteraré.
Natalie
Leo la entrada una y otra vez, dejando que calen las palabras. « Andrew y yo
elegiremos Abnegación juntos» .
Con la boca tapada, sonrío, apoyo la cabeza en la ventana y permito que las
lágrimas caigan en silencio.
Mis padres se querían. Lo bastante para olvidarse de planes y facciones; lo
bastante para desafiar el lema de « la facción antes que la sangre» . No, el amor
antes que la facción, siempre.
Apago la pantalla. No quiero leer nada que me fastidie este momento: me
siento flotar en aguas tranquilas.
Qué raro es que, aunque debería estar triste, en realidad estoy recuperando a
mi madre fragmento a fragmento, palabra a palabra, línea a línea.
CAPÍTULO VEINTIDÓS
TRIS
Solo hay una docena más de entradas en el archivo, y no me cuentan todo lo que
deseo saber, sino que me dejan con más preguntas. En vez de contener
pensamientos e impresiones, todas están dirigidas a alguien.
Querido David:
Creía que eras más mi amigo que mi supervisor, pero supongo que me
equivocaba.
¿Qué creías que sucedería cuando llegara aquí? ¿Que viviría soltera y
sola para siempre? ¿Que no me sentiría unida a nadie? ¿Que no tomaría mis
propias decisiones?
Lo dejé todo atrás para venir aquí y hacer lo que nadie quería hacer.
Deberías agradecérmelo en vez de acusarme de perder de vista mi misión.
Que te quede clara una cosa: no pienso olvidarme de por qué estoy aquí solo
por haber elegido Abnegación y casarme. Me merezco una vida propia, la
que yo elija, no la que el Departamento y tú decidáis por mí. Deberías
saberlo mejor que nadie, deberías comprender que me atraiga todo esto
después de todo lo que he visto y vivido.
Sinceramente, en realidad no creo que te importe que no eligiera
Erudición, como se suponía. Más bien da la impresión de que estás celoso. Y
si quieres que te siga informando, deberías disculparte por dudar de mí. Sin
embargo, si no lo haces, no te enviaré más informes y, sin duda, no volveré
a salir de la ciudad para visitaros. Tú decides.
Natalie
Me pregunto si estaría en lo cierto con David. No dejo de darle vueltas a la idea:
¿de verdad tendría celos de mi padre? ¿Fueron desapareciendo los celos con el
tiempo? Solo puedo ver su relación a través de los ojos de mi madre, y no estoy
segura de que sea la fuente de información más fiable sobre ese asunto.
Me doy cuenta de cómo se hace mayor gracias a sus entradas en el diario, en
las que utiliza un lenguaje cada vez más refinado a medida que se aleja de la
periferia en la que antes vivía; también sus reacciones se vuelven más
moderadas. Está creciendo.
Miro la fecha de la siguiente entrada: es de unos cuantos meses después, pero
no se dirige a David como algunas de las anteriores. El tono es distinto, no tan
familiar, sino que es más directo.
Toco la pantalla y paso las entradas. Tardo diez toquecitos en llegar a una que
está dirigida de nuevo a David. La fecha indica que la escribió dos años después.
Querido David:
Me llegó tu carta. Entiendo por qué no puedes ser tú el que siga
recibiendo estos informes y respeto tu decisión, aunque te echaré de menos.
Te deseo toda la felicidad del mundo.
Natalie
Intento seguir leyendo, pero y a no hay más entradas. El último documento del
archivo es un certificado de defunción. La causa de la muerte se establece como
« múltiples heridas de bala en el torso» . Me mezo un poco para expulsar de mi
cabeza la imagen de mi madre derrumbándose en la calle. No quiero pensar en
su muerte, lo que quiero es saber más sobre mi padre y ella, y sobre David y
ella. Cualquier cosa que me distraiga de la forma en que acabó su vida.
Tan desesperada estoy por encontrar información (y acción) que, unas horas
más tarde, voy a la sala de control con Zoe. Ella habla con el director de la sala
sobre una reunión con David mientras yo me miro los pies, decidida a no ver lo
que ocurre en las pantallas. Me da la sensación de que, si me permito mirar,
aunque sea un segundo, me haré adicta a ellas, me perderé en el viejo mundo
porque no sé cómo manejarme en el nuevo.
Sin embargo, mientras Zoe termina su conversación, no puedo contener la
curiosidad y miro hacia la gran pantalla que cuelga sobre los escritorios. Evelyn
está sentada en su cama, acariciando algo que tiene sobre la mesita de noche. Me
acerco para ver qué es, y la mujer del escritorio que tengo frente a mí dice:
—Es la cámara de Evelyn, la vigilamos las veinticuatro horas del día.
—¿La podéis oír?
—Solo si subimos el volumen —responde la mujer—. Normalmente lo
mantenemos apagado. Cuesta escuchar tanta cháchara todo el día.
—¿Qué es lo que toca? —pregunto, asintiendo.
—No lo sé, una especie de escultura —responde, encogiéndose de hombros
—. Pero la mira mucho.
La reconozco de algo… Del dormitorio de Tobias, cuando dormí allí después
de que estuvieran a punto de ejecutarme en la sede de Erudición. Es de cristal
azul, una forma abstracta que parece agua que cae, congelada en el tiempo.
Me toco la barbilla con la punta de los dedospara buscar entre mis recuerdos.
Tobias me contó que Evely n se la había regalado de pequeño y le había pedido
que la escondiera de su padre, que no aprobaría un objeto inútil, aunque bello,
como abnegado que era. En aquel momento no le di demasiada importancia,
pero, si Evely n lo ha traído desde la sede de Erudición para ponérselo al lado de
la cama, debe de significar algo para ella. A lo mejor es su forma de rebelarse
contra el sistema de facciones.
En pantalla, Evelyn apoya la barbilla en la mano y se queda mirando la
escultura un momento. Después se levanta, sacude las manos y sale del cuarto.
No, no creo que la escultura sea un símbolo de rebelión, sino un recuerdo de
Tobias. No había caído en que, cuando Tobias salió de la ciudad conmigo, no era
solo un rebelde que desafiaba a su líder: también era un hijo que abandonaba a su
madre. Y ella sufre por su pérdida.
¿Sufre él?
Aunque su relación ha estado preñada de dificultades, esos vínculos nunca se
rompen del todo. Es imposible.
Zoe me toca el hombro.
—¿Querías preguntarme algo?
Asiento y me aparto de las pantallas. Zoe era muy joven en la foto en la que
está junto a mi madre, pero allí estaba, así que supongo que sabrá algo. Debería
preguntárselo a David, pero, como jefe del Departamento, cuesta encontrarlo.
—Quería saber una cosa sobre mis padres. Estoy ley endo su diario, y
supongo que no consigo imaginar cómo se conocieron o por qué se unieron los
dos a Abnegación.
Zoe asiente, despacio.
—Te contaré lo que sé. ¿Te importa acompañarme a los laboratorios? Tengo
que darle un mensaje a Matthew.
Se lleva las manos a la espalda y las apoya en la parte baja. Yo todavía tengo
la pantalla que me dio David, llena de mis huellas dactilares y cálida de tanto
tocarla. Entiendo por qué Evelyn no deja de tocar esa escultura: es lo único que
le queda de su hijo, igual que esto es lo único que me queda de mi madre. Me
siento más cerca de ella cuando lo tengo cerca.
Creo que por eso no se lo puedo entregar a Caleb, aunque tenga derecho a
verlo: no sé si seré capaz de soltarlo.
—Se conocieron en clase —dice Zoe—. Tu padre, aunque era muy listo,
nunca terminó de comprender la psicología, y la profesora (una erudita, claro)
era muy dura con él. Así que tu madre se ofreció a ay udarlo después de clase, y
él le dijo a sus padres que estaba metido en un proyecto escolar. Siguieron así
varias semanas y después empezaron a reunirse en secreto. Creo que uno de sus
lugares favoritos era la fuente al sur del Millennium Park. ¿La Fuente de
Buckingham? ¿Al lado del pantano?
Me imagino a mi madre y a mi padre sentados junto a una fuente, bajo la
lluvia de agua, con los pies rozando el fondo de hormigón. Conozco la fuente de la
que habla Zoe. Lleva sin funcionar bastante tiempo, así que, en realidad, no
habría ninguna lluvia de agua, pero así es más bonita la imagen.
—La Ceremonia de la Elección se acercaba, y tu padre estaba deseando salir
de Erudición porque había visto algo terrible…
—¿El qué? ¿Qué vio?
—Bueno, tu padre era muy amigo de Jeanine Matthews. La vio realizar un
experimento con un abandonado a cambio de algo, comida o ropa, algo así. En
fin, estaba probando el suero del miedo que después se incorporó a la iniciación
osada. Hace tiempo, las simulaciones del miedo no las generaban los miedos
individuales de una persona, sino miedos generales, como a las alturas, las arañas
o lo que fuera. El caso es que Norton, el que entonces era representante de
Erudición, estaba allí y permitió que el experimento continuara durante más
tiempo de lo debido. El abandonado no volvió a ser el mismo. Y aquello fue la
gota que colmó el vaso para tu padre.
Se detiene ante la puerta de los laboratorios para abrirla con su tarjeta de
identificación. Entramos en la lóbrega oficina en la que David me dio el diario de
mi madre. Matthew está sentado con la nariz a pocos centímetros de la pantalla
del ordenador y los ojos entornados. Apenas nota nuestra presencia cuando
entramos.
Me abruman las ganas de sonreír y llorar a la vez. Me siento en una silla al
lado del escritorio vacío, con las manos cruzadas entre las piernas: mi padre era
un hombre difícil, pero también era un hombre bueno.
—Tu padre quería salir de Erudición y tu madre no quería entrar, fuera cual
fuera su misión, pero sí que quería estar cerca de Andrew, así que eligieron
juntos Abnegación. —Hace una pausa—. Eso provocó un distanciamiento entre
David y tu madre, como y a habrás visto. Al final, él se disculpó, pero dijo que no
podía seguir recibiendo sus informes (no sé por qué, no quería decirlo) y, después
de aquello, los informes se hicieron más cortos e informativos. Por eso no están
en el diario.
—Pero consiguió llevar a cabo su misión desde los abnegados.
—Sí, y creo que allí era mucho más feliz de lo que lo habría sido en
Erudición. Por supuesto, Abnegación resultó no ser mucho mejor, en algunos
aspectos. Al parecer, no hay forma de escapar del daño genético. Hasta el líder
de Abnegación estaba contaminado.
Frunzo el ceño.
—¿Te refieres a Marcus? —pregunto—. Porque es divergente. El daño
genético no tiene nada que ver con eso.
—Un hombre rodeado de daño genético no puede evitar imitarlo en su propio
comportamiento —responde Zoe—. Matthew, David quiere que organices una
reunión con tu supervisor para analizar uno de los últimos avances de los sueros.
La última vez, a Alan se le olvidó por completo, así que me preguntaba si podrías
acompañarlo.
—Claro —responde Matthew sin levantar la mirada del ordenador—.
Conseguiré que acuerde una hora para la reunión.
—Perfecto. Bueno, tengo que irme. Espero que eso respondiera a tu pregunta,
Tris.
Zoe sonríe y sale por la puerta.
Me siento y me encorvo, con los codos en las rodillas. Marcus era divergente,
genéticamente puro, como y o. Pero no acepto que fuera mala persona solo
porque estuviera rodeado de gente genéticamente defectuosa. Yo también lo
estaba. Y Uriah. Y mi madre. Sin embargo, ninguno de nosotros la tomó con
nuestros seres queridos.
—Su razonamiento tiene unas cuantas lagunas, ¿verdad? —comenta Matthew,
que me observa desde detrás de su escritorio mientras tamborilea con los dedos
en el brazo de su silla.
—Sí.
—Alguna gente de aquí intenta culpar de todo al daño genético. Es más fácil
para ellos que aceptar la verdad: que no se puede saber todo de las personas y de
las razones que las empujan a actuar como actúan.
—Todo el mundo necesita culpar a alguien de la situación de las cosas. Mi
padre culpaba a los eruditos.
—Entonces supongo que no debería confesarte que Erudición siempre ha sido
mi facción favorita —dice Matthew, sonriendo levemente.
—¿En serio? —pregunto, enderezándome—. ¿Por qué?
—No lo sé, supongo que estoy de acuerdo con ellos. Creo que si la gente
continuara aprendiendo sobre el mundo que los rodea, tendría muchos menos
problemas.
—He desconfiado de ellos toda la vida —respondo mientras apoyo la barbilla
en la mano—. Mi padre odiaba a los eruditos, así que y o también aprendí a
odiarlos y a odiar todo lo que hacían. Ahora empiezo a pensar que se equivocaba.
O que no era… imparcial.
—¿Con los eruditos o con el conocimiento?
Me encojo de hombros.
—Las dos cosas. Muchos eruditos me ayudaron sin que y o se lo pidiera. —
Will, Fernando, Cara… Todos eruditos, algunas de las mejores personas que he
conocido, aunque fuera brevemente—. Estaban concentrados en hacer del
mundo un lugar mejor. —Sacudo la cabeza—. Lo que hizo Jeanine no tuvo nada
que ver con que la sed de conocimiento la condujera a una sed de poder, como
me contó mi padre, sino con su terror a lo grande que era el mundo y lo
indefensa que eso la hacía sentir. Puede que los osados fueran los que mejor lo
entendieron.
—Hay un viejo dicho: el conocimiento es poder. Poder para hacer el mal,
como Evelyn…, o poder para hacer el bien, como nosotros. El poder en sí no es
malvado, así que el conocimiento en sí tampoco lo es.
—Supongo que me enseñaron a sospechar de las dos cosas, del poder y del
conocimiento. Para losabnegados, el poder solo debería concederse a la gente
que no lo quiere.
—Hay algo de cierto en ello —responde Matthew—, aunque puede que hay a
llegado el momento de olvidar esas suspicacias.
Mete la mano bajo el escritorio y saca un libro. Es grueso, con las tapas
gastadas y los bordes raídos. El título reza: Biología humana.
—Es un poco rudimentario, pero este libro me ayudó a aprender lo que es ser
humano —me explica—. Ser una maquinaria biológica tan complicada y
misteriosa, y, lo más asombroso: ¡ser capaces de analizar esa maquinaria! Es
algo especial, sin precedentes en la historia de la evolución. Nuestra capacidad
para conocernos a nosotros y al mundo que nos rodea es lo que nos hace
humanos.
Me pasa el libro y se vuelve hacia el ordenador. Me quedo mirando la tapa
gastada y recorro el borde de las páginas con los dedos. Matthew consigue que la
adquisición de conocimientos parezca algo secreto, bello y remoto. Me hace
sentir que, si leo este libro, podré retroceder a través de todas las generaciones
humanas hasta la primera, fuera cual fuera; que podré participar en algo mucho
más grande y antiguo que yo.
—Gracias —le digo, y no es por el libro, sino por devolverme una cosa, algo
que perdí antes de llegar a tenerlo.
El vestíbulo del hotel huele a limón confitado y lej ía, una combinación acre que
me deja la nariz ardiendo cada vez que respiro. Paso junto a una maceta con una
flor decorativa que surge entre sus ramas y me dirijo al dormitorio que se ha
convertido en nuestro hogar temporal. Mientras camino, limpio la pantalla con el
borde de mi camiseta para intentar librarme de parte de las huellas.
Caleb está solo en el dormitorio, con el pelo alborotado y los ojos rojos de
tanto dormir. Parpadea al verme cuando entro y tiro el libro de biología sobre mi
cama. Noto un dolor punzante en el estómago y me aprieto contra el costado la
pantalla con el diario de mi madre. « Es su hijo. Tiene el mismo derecho que tú a
leer su diario» .
—Si tienes algo que decir, dilo —me pide.
—Mamá vivía aquí —le suelto demasiado deprisa y demasiado alto, como si
fuera un secreto guardado largo tiempo—. Venía de la periferia, ellos la trajeron
aquí y aquí vivió un par de años. Después entró en la ciudad para evitar que los
eruditos mataran a los divergentes.
Caleb parpadea. Antes de perder el valor, le ofrezco la pantalla.
—Aquí está su archivo. No es muy largo, pero deberías leerlo.
Se levanta y cierra la mano en torno al cristal. Es mucho más alto que antes,
mucho más alto que yo. Durante un tiempo, cuando éramos niños, yo era la más
alta, a pesar de ser casi un año menor. Fueron algunos de nuestros mejores años,
los años en los que no me parecía que él fuera más grande, ni mejor, ni más
altruista que y o.
—¿Cuánto hace que lo sabes? —pregunta, entornando los ojos.
—Da igual —respondo, y doy un paso atrás—. Te lo cuento ahora. Por cierto,
puedes quedártelo, ya lo he terminado.
Él limpia la pantalla con la manga y navega con dedos diestros por la primera
entrada del diario de nuestra madre. Suponía que se sentaría a leerlo, dando
nuestra conversación por concluida, pero suspira.
—Yo también tengo que enseñarte una cosa. Es sobre Edith Prior. Ven.
Es su nombre, no el tenue vínculo que me une a mi hermano, lo que me
empuja a seguirlo cuando empieza a alejarse.
Salimos del dormitorio, recorremos el pasillo y doblamos varias esquinas
hasta llegar a una habitación que está alejada de todas las que he visto hasta
ahora en el complejo del Departamento. Es larga y estrecha, las paredes están
cubiertas de estantes repletos de libros gris azulado, todos idénticos, gruesos y
pesados como diccionarios. Entre las dos primeras filas hay una larga mesa de
madera con sillas. Caleb pulsa un interruptor y enciende una luz pálida que me
recuerda a la sede de Erudición.
—He pasado mucho tiempo aquí dentro —me explica—. Es la sala de
archivos, donde guardan algunos de los datos de los experimentos de Chicago.
Recorre los estantes de la derecha de la sala, pasando los dedos por los lomos
de los libros. Después saca uno de los volúmenes y lo deja sobre la mesa, de
modo que se abre y veo las páginas llenas de texto e imágenes.
—¿Por qué no lo guardan en los ordenadores?
—Supongo que esto es anterior al desarrollo de un sistema de seguridad
sofisticado en su red —responde sin levantar la vista—. Los datos nunca
desaparecen del todo, pero el papel sí se destruye para siempre, de modo que es
posible librarse de esto si no quieres que la gente equivocada le ponga las manos
encima. A veces es más seguro tenerlo todo impreso.
Sus ojos verdes se mueven de un lado a otro, buscando el lugar correcto,
mientras sus dedos ágiles vuelven las páginas, como diseñados a tal efecto.
Pienso en cómo ocultó esta parte de su personalidad, escondiendo libros entre el
cabecero de la cama y la pared de nuestra casa abnegada, hasta que dejó caer
su sangre en el agua erudita el día de nuestra Ceremonia de la Elección. Entonces
debería haberme dado cuenta de que era un mentiroso que solo se debía lealtad a
sí mismo.
Vuelvo a notar un pinchazo de dolor. Apenas puedo soportar estar aquí con él,
encerrados tras una puerta, con la mesa como única separación.
—Ah, aquí —dice, tocando una página, y gira el libro para enseñármelo.
Parece la copia de un contrato, pero está escrito a mano con tinta:
Yo, Amanda Marie Ritter, de Peoria (Illinois), doy mi consentimiento para
someterme a los siguientes procedimientos:
El procedimiento de « curación genética» , definido por el
Departamento de Bienestar Genético como « un procedimiento de
ingeniería genética diseñado para corregir los genes clasificados
como “defectuosos” en la página tres de este formulario» .
El « procedimiento de reinicio» , definido por el Departamento de
Bienestar Genético como « un procedimiento de borrado de
memoria diseñado para que los participantes en los experimentos
resulten más adecuados para los mismos» .
Por la presente declaro que un miembro del Departamento de Bienestar
Genético me ha informado exhaustivamente sobre los riesgos y beneficios
de estos procedimientos. Entiendo que esto significa que el Departamento
me proporcionará una historia nueva y una nueva identidad, para después
introducirme en el experimento de Chicago (Illinois), donde permaneceré
durante el resto de mis días.
Acepto reproducirme al menos dos veces para ofrecer a mis genes
corregidos todas las oportunidades de supervivencia posibles. Entiendo que
se me animará a hacerlo cuando me reeduquen, después del procedimiento
de reinicio.
También acepto que mis hijos y los hijos de mis hijos, etc., continúen
dentro del experimento hasta que el Departamento de Bienestar Genético lo
dé por concluido. Se les enseñará la misma historia falsa que se me ofrecerá
a mí tras el procedimiento de reinicio.
Firmado,
Amanda Marie Ritter
Amanda Marie Ritter. Ella era la mujer del vídeo, Edith Prior, mi antepasada.
Miro a Caleb, cuyos ojos se han iluminado con la luz del conocimiento, como
si a través de cada uno de ellos pasara un cable electrificado.
Nuestra antepasada.
Saco una de las sillas y me siento.
—¿Era antepasada de papá?
Él asiente con la cabeza y se sienta frente a mí.
—De hace siete generaciones, sí. Una tía. Su hermano es el que siguió con el
apellido Prior.
—Y esto es…
—Un formulario de consentimiento. Su consentimiento para unirse al
experimento. Las notas finales dicen que esto era un primer borrador: ella fue
una de las diseñadoras originales del experimento, miembro del Departamento.
Solo había unos cuantos miembros del Departamento en el experimento original;
la may or parte de la gente que participó no trabajaba para el Gobierno.
Vuelvo a leer las palabras, intentando encontrarles sentido. Cuando la vi en el
vídeo, me pareció muy lógico que se hiciera residente de nuestra ciudad, que se
metiera de lleno en nuestras facciones, que se presentara voluntaria para dejarlo
todo atrás. Sin embargo, eso era antes de saber cómo era la vida fuera de
Chicago,y no parece tan horrible como la que describía Edith en su mensaje.
Nos ofreció una hábil manipulación en aquel vídeo, que estaba pensado para
mantenernos controlados y dedicados a la visión del Departamento: el mundo de
fuera de la ciudad está maltrecho, así que los divergentes tienen que salir a
arreglarlo. No es del todo mentira, ya que la gente del Departamento cree que
los genes curados arreglarán algunas cosas, que si nos integramos en la población
y pasamos nuestros genes a nuestra descendencia, el mundo será un lugar mejor.
Pero no necesitaban que los divergentes salieran de la ciudad como un ejército
dispuesto a luchar contra la injusticia y salvarlos a todos, como sugería Edith. Me
pregunto si ella se creería sus palabras o si solo lo dijo porque tenía que hacerlo.
En la siguiente página hay una foto suya, con los labios apretados y
mechones de cabello castaño colgándole alrededor de la cara. Tuvo que ver algo
terrible para presentarse voluntaria a que le borraran la memoria y le rehicieran
toda la vida.
—¿Sabes por qué se unió? —pregunto.
Caleb niega con la cabeza.
—Los archivos indican (aunque son bastante vagos en ese sentido) que la
gente se unió al experimento para que sus familias pudieran escapar de la
pobreza extrema. Las familias de los participantes recibían una paga mensual por
la colaboración del sujeto durante más de diez años. Sin embargo, resulta obvio
que no era la motivación de Edith, ya que ella trabajaba para el Departamento.
Sospecho que le sucedió algo traumático, algo que estaba empeñada en olvidar.
Frunzo el ceño mientras observo la fotografía. No me imagino qué grado de
pobreza podría empujar a una persona a olvidarse de sí misma y de todos sus
seres queridos para que su familia obtuviera una paga mensual. Puede que y o
me alimentara de pan y verduras abnegadas durante casi toda la vida, sin lujos,
pero jamás estuve tan desesperada. Su situación debía de ser mucho peor que lo
que podía verse en la ciudad.
Tampoco logro imaginarme por qué Edith estaba tan desesperada. O puede
que no tuviera a nadie por quien conservar la memoria.
—Me interesaba conocer los precedentes legales para dar un consentimiento
en nombre de tus descendientes —dice Caleb—. Creo que es una extrapolación
del consentimiento en nombre de un hijo menor de dieciocho años, aunque
parece un poco extraño.
—Supongo que todos decidimos el destino de nuestros hijos a través de las
decisiones que tomamos en la vida —respondo, en términos muy vagos—.
¿Habríamos elegido las mismas facciones si mamá y papá no hubiesen elegido
Abnegación? —Me encojo de hombros—. No lo sé. A lo mejor no habríamos
estado tan agobiados. A lo mejor seríamos personas distintas.
La idea se me mete en la cabeza como una serpiente: « Puede que nos
hubiésemos convertido en mejores personas, en personas que no traicionan a sus
hermanas» .
Me quedo mirando la mesa que tengo delante. Durante los últimos minutos
me ha resultado sencillo fingir que éramos de nuevo hermanos, pero la realidad
(y la rabia) solo se pueden mantener a raya durante cierto tiempo antes de que la
verdad te golpee de nuevo. Al levantar la cabeza para mirarlo, pienso en cuando
lo miré de esa manera, cuando todavía era prisionera en la sede de Erudición.
Pienso en que estaba demasiado cansada para seguir luchando contra él o para
oír sus excusas; demasiado cansada para importarme que mi hermano me
hubiera abandonado.
—Edith se unió a Erudición, ¿no? —pregunto con brusquedad—. ¿A pesar de
adoptar un nombre abnegado?
—¡Sí! —exclama sin prestar atención a mi tono de voz—. De hecho, la
mayoría de nuestros antepasados era de Erudición. Hubo unos cuantos casos
aislados en Abnegación y un par en Verdad, pero la corriente general es bastante
constante.
Tengo frío, como si fuese a estremecerme y romperme en pedazos.
—Entonces, supongo que, en tu retorcida mente, esto es una excusa para lo
que hiciste —digo con voz firme—. Para haberte unido a Erudición y serle fiel.
Es decir, si se suponía que eras uno de ellos desde el principio, entonces lo de « la
facción antes que la sangre» se convierte en algo aceptable, ¿no?
—Tris… —empieza a responder, y sus ojos me suplican comprensión, pero
no lo entiendo. No lo haré.
—Así que ahora sé lo de Edith y tú sabes lo de nuestra madre —respondo,
levantándome—. Bien, vamos a dejarlo así.
A veces, cuando lo miro, noto una chispa de compasión, aunque otras veces
me dan ganas de retorcerle el cuello. Sin embargo, ahora mismo solo deseo
escapar y fingir que esto no ha pasado nunca. Salgo de la sala de archivos, y el
suelo chirría bajo mis zapatos cuando corro de vuelta al hotel. Corro hasta que
huelo a limón dulce y me detengo.
Tobias está de pie en el pasillo, en la puerta del dormitorio. Yo me he quedado
sin aliento y noto los latidos del corazón en la punta de los dedos; estoy abrumada,
sobrepasada por la pérdida, la sorpresa, la rabia y la añoranza.
—Tris —dice Tobias, que frunce el ceño, preocupado—. ¿Estás bien?
Sacudo la cabeza, todavía luchando por respirar, y lo aplasto contra la pared
con mi cuerpo hasta que encuentro sus labios. Primero intenta apartarme, pero
después debe de llegar a la conclusión de que no le importa si y o estoy bien o si
él está bien, da igual. No hemos estado a solas desde hace días. Semanas. Meses.
Me pasa los dedos por el pelo y me aferro a sus brazos para mantener el
equilibrio mientras nos aplastamos el uno contra el otro, como dos espadas en
punto muerto. Es la persona más fuerte que conozco, pero también es mucho
más cariñoso de lo que la gente cree; él es mi secreto, un secreto que guardaré
durante el resto de mi vida.
Tobias se inclina y me besa con fuerza el cuello, y sus manos me acarician
hasta cerrarse en torno a mi cintura. Engancho los dedos en las trabillas de su
pantalón y cierro los ojos. En ese momento sé exactamente lo que quiero: quiero
quitar todas las capas de ropa que hay entre nosotros, librarme de todo lo que nos
separa, del pasado, del presente y del futuro.
Oigo pasos y risas al final del pasillo, así que nos separamos. Alguien
(probablemente Uriah) silba, aunque apenas lo oigo por encima del latido de los
oídos.
Tobias me mira a los ojos y es como la primera vez que lo miré de verdad
durante mi iniciación, después de mi simulación del miedo; nos quedamos
mirándonos demasiado tiempo, con demasiada intensidad.
—Cierra el pico —le digo a Uriah, sin apartar la mirada.
Uriah y Christina entran en el dormitorio, y Tobias y yo los seguimos, como
si no hubiese sucedido nada.
CAPÍTULO VEINTITRÉS
TOBIAS
Esa misma noche, cuando mi cabeza toca la almohada, aunque sin dejar de
funcionar, oigo cruj ir algo bajo la mejilla: una nota escondida debajo de la
almohada.
T:
Reúnete conmigo en la entrada del hotel a las once. Necesito hablar contigo.
Nita
Echo un vistazo al catre de Tris: está despatarrada en la cama, boca arriba, y un
mechón de pelo le tapa la nariz y la boca, de modo que se mueve cada vez que
respira. No quiero despertarla, pero me parece raro ir a reunirme con una chica
en plena noche sin contárselo. Sobre todo ahora que estamos tan decididos a ser
sinceros entre nosotros.
Compruebo la hora: son las once menos diez.
« Nita no es más que una amiga. Puedes contárselo a Tris mañana. Puede
que sea urgente» .
Aparto las mantas y me pongo los zapatos (últimamente duermo con la ropa
puesta). Paso junto al catre de Pete y el de Uriah. La boca de una botella asoma
por debajo de la almohada de Uriah. La cojo entre los dedos y me la llevo a la
puerta, donde la meto debajo de la almohada de uno de los catres vacíos. No he
estado cuidando de él tan bien como prometí a Zeke.
En cuanto salgo al pasillo, me ato los cordones de los zapatos y me aliso el
pelo con la mano. Dejé de cortármelo como un abnegado cuando quise que los
osados me vieran como un posible líder, pero echo de menos el ritual del antiguo
corte, el zumbido de la maquinilla y los movimientos cuidadosos de mis manos,
que se guiaban por el tacto, más quepor la vista. Cuando era pequeño, mi padre
me lo cortaba en el pasillo de la planta de arriba de nuestra casa. Era descuidado
con la cuchilla y me arañaba la nuca o me cortaba la oreja, pero nunca se
quejaba por tener que hacerlo. Supongo que algo es algo.
Nita está dando golpecitos en el suelo con el pie. Esta vez viste una camiseta
blanca de manga corta y se ha recogido el pelo. Sonríe, aunque la sonrisa no le
llega a los ojos.
—Pareces preocupada —le comento.
—Eso es porque lo estoy. Ven, quiero enseñarte un sitio.
Me conduce por pasillos mal iluminados, vacíos salvo por algún que otro
conserje. Todos parecen conocer a Nita y la saludan con la mano o sonríen. Ella
se mete las manos en los bolsillos y evita mis ojos cada vez que nos miramos.
Pasamos por una puerta sin sensor de seguridad que la proteja. La habitación
del otro lado es un círculo amplio con una lámpara de araña que marca el centro
con sus cristales. Los suelos son de madera pulida, oscura, y las paredes,
cubiertas de láminas de bronce, reflejan la luz. Hay nombres grabados en los
paneles de bronce, docenas de nombres.
Nita se coloca bajo la araña y extiende los brazos abiertos para abarcar toda
la sala con el gesto.
—Estos son los árboles genealógicos de Chicago —me dice—. Vuestros
árboles genealógicos.
Me acerco a una de las paredes y leo los nombres, en busca de alguno que
me resulte familiar. Al final encuentro uno: Uriah Pedrad y Ezekiel Pedrad. Al
lado de cada nombre hay una pequeña inscripción que dice: « OO» . También
hay un punto al lado del nombre de Uriah que parece recién grabado. Supongo
que indica que es divergente.
—¿Sabes dónde está el mío? —pregunto.
Ella cruza la sala y toca uno de los paneles.
—Las generaciones son matrilineales, por eso los archivos de Jeanine dicen
que Tris es de « segunda generación» : porque su madre vino de fuera de la
ciudad. No sé bien cómo lo averiguó Jeanine, pero supongo que nunca lo
descubriremos.
Inquieto, me acerco al panel que lleva mi nombre, aunque no estoy seguro de
qué tiene de aterrador ver mi nombre y el de mis padres grabados en bronce.
Encuentro una línea vertical que conecta a Kristin Johnson con Evelyn Johnson, y
una horizontal que conecta a Evelyn Johnson con Marcus Eaton. Bajo los dos
nombres solo hay uno: Tobias Eaton. Las letritas que aparecen al lado de mi
nombre son: « AO» . También hay un punto, aunque ahora sé que, en realidad, no
soy divergente.
—La primera letra es tu facción de origen —me explica— y la segunda es la
facción elegida. Pensaron que llevar un registro de las facciones ay udaría a
seguir el rastro de los genes.
Las letras de mi madre: « EAS» . Supongo que la ese es por « sin facción» .
Las de mi padre: « AA» , con un punto.
Toco la línea que me conecta a ellos y la línea que conecta a Evelyn con sus
padres, y la línea que conecta a sus padres con mis abuelos. Sigo así hasta
retroceder ocho generaciones, contando la mía. Es un mapa de lo que siempre he
sabido: que estoy unido a ellos, atado para siempre a esta herencia hueca, por
mucho que huya.
—Aunque te agradezco que me lo enseñes —le digo, cansado y triste—, no sé
por qué tenía que ser en plena noche.
—Supuse que querrías verlo. Y, además, quería hablarte de otra cosa.
—¿Volver a asegurarme que mis limitaciones no me definen? —pregunto,
sacudiendo la cabeza—. No, gracias, ya he tenido bastante.
—No, aunque me alegro de que lo hayas dicho.
Se apoya en el panel y cubre el nombre de Evelyn con el hombro. Doy un
paso atrás; desde aquí le veo el anillo castaño claro que le rodea las pupilas, y no
quiero estar tan cerca.
—La conversación que mantuvimos anoche, la del daño genético… En
realidad era una prueba. Quería ver cómo reaccionabas a lo que dije sobre los
genes defectuosos para averiguar si podía confiar en ti. Si aceptabas sin más lo
que decía sobre las limitaciones, la respuesta era no. —Se me acerca un poco
más, de modo que sus hombros ahora también tapan el nombre de Marcus—.
Verás, en realidad no comulgo con la idea de ser « defectuosa» .
Pienso en el modo en que escupió, como si fuera veneno, la explicación del
tatuaje de cristales rotos que lleva en la espalda.
El corazón me late más deprisa, tanto que noto el pulso en la garganta. Su tono
de voz ha pasado de alegre a amargo, y ya no se percibe la calidez en su mirada.
Ahora me da miedo, temo lo que pueda decir, aunque también me entusiasma,
y a que significa que no tengo por qué aceptar que soy más pequeño de lo que
creía.
—Doy por sentado que tú tampoco comulgas con eso —dice.
—No.
—En este lugar hay muchos secretos. Uno de ellos es que, para el
Departamento, un GD es prescindible. Otro es que algunos de nosotros no
estamos dispuestos a aceptarlo sin más.
—¿Qué quieres decir con prescindible?
—Se han cometido delitos muy serios contra gente como nosotros —responde
Nita—. Y se mantienen en secreto. Puedo enseñarte pruebas, pero después. Por
ahora, lo que puedo contarte es que estamos trabajando contra el Departamento
por buenas razones y que queremos que te unas a nosotros.
Entorno los ojos.
—¿Por qué? ¿Qué queréis de mí, exactamente?
—Ahora mismo quiero ofrecerte la oportunidad de ver cómo es el mundo al
otro lado del complejo.
—¿Y qué obtienes a cambio?
—Tu protección. Voy a un lugar peligroso y no puedo contárselo a nadie del
Departamento. Tú eres un extranjero, lo que significa que es más seguro confiar
en ti. Además, sé que sabes defenderte. Y, si vienes conmigo, te enseñaré las
pruebas que deseas ver.
Se lleva la mano al corazón, como si me diera su palabra. Soy muy
escéptico, pero la curiosidad me puede. No me cuesta creer que el
Departamento haga cosas malas, porque todos los Gobiernos que he conocido
han hecho cosas malas, incluso la oligarquía abnegada, bajo el mando de mi
padre. A pesar de esa razonable suspicacia, albergo dentro de mí la remota
esperanza de no ser defectuoso, de valer más que los genes corregidos que pueda
dejar en herencia a mis hijos, si los tuviera.
Así que decido seguir con esto, por ahora.
—Vale —respondo.
—Primero, antes de enseñarte nada, tienes que aceptar que no le contarás a
nadie nada de lo que veas, ni siquiera a Tris. ¿Estás de acuerdo?
—Confío plenamente en ella. —Prometí a Tris que no le ocultaría ningún
secreto, así que no debería meterme en situaciones en las que tenga que hacerlo
—. ¿Por qué no se lo puedo contar?
—No digo que no sea de fiar, es que no tiene las habilidades que buscamos y
no queremos poner en peligro a nadie, si no es necesario. Verás, el Departamento
no quiere que nos organicemos. Si creemos que no somos « defectuosos» , es
como si dijéramos que todo lo que hacen (los experimentos, las alteraciones
genéticas y demás) es una pérdida de tiempo. Y nadie quiere escuchar que el
trabajo de toda su vida es una farsa.
Entiendo la idea, es como descubrir que las facciones es un sistema artificial
diseñado por científicos para mantenernos bajo control durante el mayor tiempo
posible.
Nita se aparta de la pared y dice la única cosa capaz de hacerme aceptar:
—Si se lo cuentas, le arrebatarás la oportunidad de decidir por ella misma,
que es lo que te estoy ofreciendo a ti. La obligarás a convertirse en conspiradora.
Si se lo ocultas, la proteges.
Acaricio mi nombre, grabado en el panel: Tobias Eaton. Estos son mis genes,
este follón me pertenece. No quiero meter a Tris.
—De acuerdo, enséñamelo.
Veo el haz de la linterna subir y bajar al ritmo de sus pasos. Acabamos de
recoger una bolsa de un armario de la limpieza que había pasillo abajo; Nita
estaba preparada para esto. Me conduce por los pasillos subterráneos del
complejo, dejando atrás el lugar de reunión de los GD, hasta llegar a un pasillo
sin electricidad. En cierto lugar se agacha y recorre el suelo con una mano hasta
que da con un pestillo. Me pasa la linterna y retira el pestillo para levantar una
trampilla.
—Es un túnel de escape —explica—. Lo excavaron cuando llegaron aquí,
para tener siempre una salida en caso de emergencia.
Saca un tubonegro de la bolsa y retuerce la parte superior. El tubo despide
unas chispas de luz rojas que le iluminan la piel. Lo deja caer por la trampilla del
suelo y cae varios metros, dejándome una estela de luz en los párpados. Nita se
sienta en el borde del agujero con la mochila bien sujeta a los hombros y se deja
caer.
Sé que no es muy profundo, pero parece más con tanto espacio abierto
debajo. Me siento y veo la silueta de mis zapatos, que es oscura por las chispas
rojas de fondo, y bajo.
—Interesante —comenta Nita cuando aterrizo.
Levanto la linterna y ella avanza por el túnel con la barra encendida frente a
ella. El túnel tiene el ancho justo para que caminemos codo con codo y la altura
justa para no golpearme la cabeza. Huele fuerte, a podrido, como a moho y aire
estancado.
—Se me había olvidado que te dan miedo las alturas —añade.
—Bueno, no hay mucho más que me dé miedo.
—¡No hace falta ponerse a la defensiva! —exclama, sonriendo—. La verdad
es que siempre he querido preguntarte por eso.
Paso por encima de un charco y las suelas de los zapatos se me pegan al
suelo arenoso.
—Tu tercer miedo —dice—, el de disparar a esa mujer. ¿Quién era?
Se apaga la barra, así que la linterna que llevo es nuestra única guía por el
túnel. Muevo el brazo para crear más espacio entre nosotros, no quiero rozarme
con ella en la oscuridad.
—No era nadie en concreto. Mi miedo era a dispararle.
—¿Te daba miedo disparar a la gente?
—No, me daba miedo ser tan capaz de matar.
Guarda silencio y y o la imito. Es la primera vez que he dicho esas palabras
en voz alta, y ahora me doy cuenta de lo extrañas que son. ¿Cuántos jóvenes
temen llevar un monstruo dentro? Se supone que una persona teme a los demás,
no que se teme a sí misma. Se supone que una persona aspira a ser como su
padre, no que le aterre la idea.
—Siempre me he preguntado cómo sería mi paisaje del miedo —susurra,
como si rezara—. A veces creo que tengo muchos miedos, mientras que otras
veces pienso que no hay nada que temer.
Asiento, aunque no me vea, y sigo avanzando mientras la linterna rebota, los
zapatos raspan el suelo y el aire mohoso nos sopla en la cara desde el otro
extremo del túnel.
Al cabo de veinte minutos de caminata, doblamos una esquina y huelo a viento
fresco, lo bastante frío como para hacerme tiritar. Apago la linterna, y la luz de la
luna del otro lado nos guía hasta la salida.
El túnel nos ha dejado en medio del páramo que recorrimos en coche para
llegar al complejo, entre los edificios en ruinas y los árboles silvestres que se
abrían paso a través del pavimento. Aparcado a pocos metros hay un viejo
camión con la parte trasera cubierta por una lona andrajosa. Nita le da una
patada a uno de los neumáticos para probarlo y después se sienta detrás del
volante. Las llaves cuelgan del contacto.
—¿De quién es el camión? —pregunto al sentarme en el asiento del copiloto.
—De la gente a la que vamos a ver. Les pedí que lo aparcaran aquí.
—¿Y quiénes son?
—Unos amigos.
No sé cómo se orienta por el laberinto de calles que tenemos delante, pero lo
hace, rodea las raíces de los árboles y las farolas caídas, y espanta con la luz de
los faros a los animales que veo corretear con el rabillo del ojo.
Una criatura de patas largas y cuerpo marrón y esbelto cruza la calle delante
de nosotros; es casi tan alto como los faros. Nita pisa los frenos para no
atropellarlo. El animal mueve las orejas, y sus ojos oscuros y redondos nos
observan con curiosidad y precaución, como un niño.
—Son bonitos, ¿verdad? —comenta Nita—. Antes de llegar aquí no había visto
nunca un ciervo.
Asiento con la cabeza: es elegante, aunque indeciso e inseguro.
Nita toca el claxon con la punta de los dedos, y el ciervo se aparta del
camino. Aceleramos de nuevo y llegamos a una carretera amplia y abierta que
cruza las vías del tren por las que caminé para llegar al complejo. Veo las luces
del complejo a lo lejos, el único punto brillante en este páramo oscuro.
Y nosotros vamos hacia el noroeste, en dirección contraria.
Transcurre bastante tiempo hasta que vuelvo a ver una luz eléctrica. Cuando lo
hago, es en una calle estrecha y llena de baches. Las bombillas cuelgan de un
cable enganchado en las viejas farolas.
—Nos paramos aquí —dice Nita, que da un volantazo y mete el camión en un
callejón entre dos edificios de ladrillo.
Saca las llaves del contacto y me mira.
—Busca en la guantera: les pedí que nos dejaran armas.
Abro el compartimento que tengo delante y veo dos cuchillos encima de unos
viejos envoltorios.
—¿Qué tal se te dan los cuchillos? —me pregunta.
Los osados enseñaban a los iniciados a lanzar cuchillos incluso antes de los
cambios en la iniciación que hizo Max, cuando todavía no estaba y o. Nunca me
gustó porque parecía una forma de alentar el gusto por la teatralidad de los
osados, no una habilidad útil.
—No se me dan mal —respondo con una sonrisa de suficiencia—. Aunque
nunca entendí por qué aprendíamos a usarlos.
—Al final va a resultar que los osados sirven para algo…, Cuatro —responde,
esbozando una leve sonrisa.
Ella se queda con el cuchillo más grande y yo, con el pequeño.
Estoy tenso, le doy vueltas al mango entre los dedos mientras caminamos por
el callejón. Sobre mí, las ventanas parpadean con distintos tipos de luz: llamas de
velas o faroles. En cierto momento, levanto la vista y veo una cortina de pelo y
unas cuencas oscuras que me devuelven la mirada.
—Aquí vive gente —comento.
—Es el borde de la periferia —responde Nita—. Estamos a unas dos horas en
coche de Milwaukee, que es una zona metropolitana al norte de aquí. Sí, aquí vive
gente. En los últimos tiempos, la gente no se aleja demasiado de las ciudades, ni
siquiera los que quieren alejarse de la influencia del Gobierno, como la gente de
aquí.
—¿Por qué quieren alejarse de la influencia del Gobierno?
Sé cómo es vivir sin la protección del Gobierno, he visto a los abandonados.
Siempre tenían hambre, siempre pasaban frío en invierno y calor en verano,
siempre luchaban por sobrevivir. No es una vida fácil: hay que tener una buena
razón para elegirla.
—Porque son genéticamente defectuosos —responde Nita, mirándome—. La
gente genéticamente defectuosa es técnicamente (legamente) igual que la gente
genéticamente pura, pero solo sobre el papel, por así decirlo. En realidad, son
más pobres, es más habitual que los condenen por un delito y es menos probable
que consigan buenos trabajos… Cualquier cosa se convierte en un problema, y
así ha sido desde la Guerra de la Pureza, hace más de un siglo. Para la gente que
vive en la periferia, parece más atractivo apartarse por completo de la sociedad
que intentar corregir el problema desde dentro, como y o pretendo.
Pienso en los fragmentos de cristal tatuados en su piel. Me pregunto dónde se
lo hizo, de dónde viene esa mirada tan peligrosa y ese discurso tan dramático, lo
que la convirtió en revolucionaria.
—¿Cómo piensas hacerlo?
Ella cuadra la mandíbula y responde:
—Quitándole al Departamento parte de su poder.
El callejón da a una calle más ancha. Algunas personas merodean por las
esquinas, mientras que otras caminan por el centro en grupos tambaleantes, con
botellas en la mano. Todas las personas que veo son jóvenes; al parecer, no hay
demasiados adultos en la periferia.
Oigo gritos y ruido de cristales al romperse contra el suelo. Más adelante hay
una multitud en círculo alrededor de dos figuras que se pegan puñetazos y
patadas.
Hago ademán de acercarme, pero Nita me sujeta por el brazo y me arrastra
hacia uno de los edificios.
—No es momento de hacerse el héroe.
Nos acercamos a la puerta del edificio de la esquina. Un hombre muy grande
está a su lado, dándole vueltas a un cuchillo en la palma de la mano. Cuando
subimos los escalones, detiene el movimiento del cuchillo y se lo lanza a la otra
mano, que está cubierta de cicatrices.
Se supone que su tamaño, su destreza con el arma, sus cicatrices y su aspecto
polvoriento deberían intimidarme, pero sus ojos son como los del ciervo:grandes,
precavidos y curiosos.
—Hemos venido a ver a Rafi —dice Nita—. Somos del complejo.
—Podéis entrar, pero los cuchillos se quedan aquí —responde el hombre.
Su voz es más aguda y suave de lo que imaginaba. Podría ser un hombre
dulce si estuviera en un lugar diferente, pero, tal como son las cosas, me doy
cuenta de que no es dulce, ni siquiera sabe lo que es eso.
Aunque siempre he procurado no ser blando por considerarlo algo inútil,
empiezo a pensar que nos estamos perdiendo algo importante si este hombre se
ha visto obligado a rechazar su propia naturaleza.
—Ni de coña —responde Nita.
—Nita, ¿eres tú? —pregunta una voz desde dentro. Es una voz expresiva y
musical. El hombre al que pertenece es bajo y esboza una amplia sonrisa cuando
se acerca a la puerta—. ¿No te dije que los dejaras pasar? Entrad, entrad.
—Hola, Rafi —lo saluda ella, claramente aliviada—. Cuatro, este es Rafi. Es
un hombre importante en la periferia.
—Encantado de conocerte —me saluda Rafi, y nos hace un gesto para que lo
sigamos.
Dentro hay una gran habitación abierta iluminada por filas de velas y faroles.
Hay muebles de madera por doquier, y todas las mesas están vacías, salvo una.
En la parte de atrás del local hay una mujer sentada; Rafi se sienta en la silla
de al lado. Aunque no se parecen (ella es pelirroja y tiene una figura opulenta;
los rasgos de Rafi son oscuros y está delgado como un alambre), sí que
comparten la misma mirada, como dos piedras talladas con el mismo cincel.
—Armas sobre la mesa —pide Rafi.
Esta vez, Nita obedece y deja su cuchillo en el borde de la mesa, frente a
ella. Se sienta. Yo hago lo mismo. Frente a nosotros, la mujer pone sobre la mesa
su pistola.
—¿Quién es ese? —pregunta ella, señalándome con la cabeza.
—Es mi socio, Cuatro.
—¿Qué clase de nombre es Cuatro? —dice, aunque no utiliza el tono burlón
que la gente suele darle a la pregunta.
—La clase de nombre que te ganas dentro del experimento de la ciudad —
responde Nita—, por tener solo cuatro miedos.
Se me ocurre que quizá me hay a presentado por ese nombre para tener la
oportunidad de contarles de dónde vengo. ¿Eso le proporciona alguna ventaja?
¿Me convierte en alguien más fiable para ellos?
—Interesante. —La mujer se pone a tamborilear con el índice en la mesa—.
Bueno, Cuatro, yo me llamo Mary.
—Mary y Rafi son los líderes de la rama del Medio Oeste de un grupo
rebelde de GD —explica Nita.
—Llamarnos grupo nos hace parecer unas ancianitas jugando a las cartas —
responde Rafi diplomáticamente—. Somos más bien un levantamiento. Tenemos
gente por todo el país, hay un grupo por cada zona metropolitana y supervisores
regionales para el Medio Oeste, el Sur y el Este.
—¿Hay un Oeste? —pregunto.
—Ya no —responde Nita en voz baja—. El terreno era demasiado difícil y las
ciudades estaban demasiado separadas entre sí para que resultara sensato vivir
allí después de la guerra. Ahora es zona silvestre.
—Entonces es cierto lo que cuentan —dice Mary, cuy os ojos al mirarme
reflejan la luz como astillas de cristal—: la gente de los experimentos no sabe lo
que hay fuera.
—Claro que es cierto, ¿por qué no iba a serlo? —pregunta Nita.
De repente me noto cansado, con un peso detrás de los ojos. En mi corta vida
he formado parte de demasiados levantamientos: el de los abandonados y, ahora,
al parecer, el de los GD.
—No es por cortar la conversación, pero no deberíamos pasar demasiado
tiempo aquí —dice Mary—. Si no dejamos entrar a la gente, no tardarán en venir
a husmear.
—Claro —responde Nita, y me mira—. Cuatro, ¿puedes asegurarte de que
todo está tranquilo fuera? Tengo que hablar un momento en privado con Mary y
Rafi.
De haber estado solos, le habría preguntado por qué no puedo estar presente
en la charla o por qué se había molestado en dejarme entrar si podía haberme
dejado montando guardia fuera desde el principio. Supongo que, en realidad,
todavía no he accedido a ayudarla, y ella debía de querer que me conocieran por
algún motivo. Así que me levanto, recojo mi cuchillo y me voy hacia la puerta,
donde el guarda de Rafi vigila la calle.
La pelea de fuera ha perdido fuelle. Una única figura está tirada en el
pavimento. Por un instante me da la impresión de que todavía se mueve, pero
entonces me doy cuenta de que hay otra persona registrándole los bolsillos. No es
una figura lo que hay tirado en la calle: es un cadáver.
—¿Muerto? —pregunto, casi en un susurro.
—Sí. Aquí, si no sabes defenderte, no sobrevives ni una noche.
—Entonces ¿por qué viene la gente? —pregunto, frunciendo el ceño—. ¿Por
qué no vuelve a las ciudades?
Guarda silencio durante tanto tiempo que creo que no ha oído mi pregunta.
Me quedo mirando al ladrón, que le da la vuelta a los bolsillos del cadáver, lo
abandona y se mete sigilosamente en uno de los edificios cercanos. Al final, el
guarda de Rafi dice:
—Aquí, si mueres, a lo mejor le importa a alguien. Por ejemplo a Rafi o a
otro de los líderes. En las ciudades, si te matan, ten por seguro que a nadie le va a
importar nada, no si eres GD. De lo peor que han acusado a un GP después de
matar a un GD es de « homicidio involuntario» . Y una mierda.
—¿Homicidio involuntario?
—Quiere decir que el delito se considera un accidente —explica la suave y
cantarina voz de Rafi detrás de mí—. O que, al menos, no es tan grave como un
asesinato premeditado, por ejemplo. Por supuesto, oficialmente todos somos
iguales, ¿no? Pero rara vez se pone en práctica.
Se coloca a mi lado, de brazos cruzados. Al mirarlo veo a un rey
supervisando su reino, un reino que a él le parece bello. Observo la calle, la
calzada rota, el cuerpo inmóvil con los bolsillos del revés y las ventanas
iluminadas por las llamas, y sé que la belleza que ve no es más que libertad:
libertad para que te consideren un hombre completo en vez de un hombre
defectuoso.
Una vez fui testigo de esa belleza cuando Evelyn me buscó y me sacó de mi
facción para convertirme en una persona más completa. Pero era mentira.
—¿Eres de Chicago? —me pregunta Rafi.
Asiento sin dejar de mirar la calle oscura.
—Y ahora que has salido, ¿qué te parece el mundo?
—Más o menos lo mismo. La única diferencia es que las cosas que nos
dividen son distintas, igual que las guerras que se luchan.
Las pisadas de Nita hacen cruj ir los tablones del suelo de la sala y, cuando me
vuelvo, está justo a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos.
—Gracias por organizar esto —dice, dirigiéndose a Rafi—. Tenemos que
irnos.
Bajamos por la calle de nuevo y, cuando me vuelvo para mirar a Rafi, él
tiene la mano levantada para despedirse.
Mientras caminamos hacia el camión oigo de nuevo gritos, aunque esta vez son
de niño. Me llegan ruidos de pies arrastrándose y gemidos, y recuerdo cuando
era pequeño y estaba acurrucado en mi dormitorio, limpiándome la nariz en la
manga del pijama. Mi madre restregaba los puños con una esponja antes de
echarlos a lavar. Nunca comentaba nada al respecto.
Cuando llego al camión, este lugar y este dolor ya no me despiertan ningún
sentimiento, estoy listo para regresar al sueño del complejo, al calor, la luz y la
falsa seguridad.
—Me cuesta comprender por qué este sitio es preferible a vivir en una ciudad
—comento.
—Solo he estado en una que no fuera un experimento —responde Nita—.
Hay electricidad, pero está racionada: cada familia tiene derecho a unas cuantas
horas al día. Igual ocurre con el agua. Y hay muchos delitos, todos achacados al
daño genético. También hay policía, pero no pueden hacer demasiado.
—Entonces, el complejo del Departamento es el mejor lugar para vivir.
—En cuanto a recursos, sí. Sin embargo, el mismo sistema social que existe
en las ciudades también se encuentra en el complejo, aunque cueste un poco más
verlo.
Me quedo mirando cómo desaparece la periferia por el espejo retrovisor;
solo se distingue de los edificios abandonados que la rodean por esa tira de luces
eléctricas colgada de un lado a otro de la estrecha calle.
Dejamos atrás casas oscuras con ventanas clausuradascon tablones, e intento
imaginármelas limpias y relucientes, como seguramente estuvieron en algún
momento del pasado. Tienen patios cercados que antes estarían verdes y bien
cortados, ventanas que antes brillarían por las noches. Me imagino que las vidas
aquí vividas tuvieron que ser pacíficas y tranquilas.
—¿De qué has venido a hablar, exactamente?
—He venido a concretar nuestros planes —responde Nita. A la luz del
salpicadero descubro que tiene unos cuantos cortes en el labio inferior, como si se
lo hubiera estado mordiendo—. Y quería que te conocieran, que le pusieran cara
a la gente que participa de los experimentos de las facciones. Mary antes
sospechaba que las personas como tú en realidad estaban confabuladas con el
Gobierno, lo que, por supuesto, no es cierto. En cambio, Rafi… Él fue el primero
que me demostró que el Departamento y el Gobierno nos mentían sobre nuestra
historia.
Hace una pausa tras pronunciar estas palabras, como para ayudarme a
comprender la importancia del descubrimiento, pero yo no necesito ni tiempo ni
silencio, ni espacio para creerla. Mi Gobierno me ha mentido toda la vida.
—El Departamento habla sobre la edad dorada de la humanidad, antes de las
manipulaciones genéticas, cuando todos eran genéticamente puros y reinaba la
paz —sigue contando Nita—. Pero Rafi me enseñó viejas fotografías de guerra.
Espero un segundo.
—¿Y?
—¿Y? —repite ella, incrédula—. Si la gente genéticamente pura fue capaz de
provocar guerra y destrucción en el pasado, igual que ahora se supone que hacen
los genéticamente defectuosos, entonces ¿en qué se basa la idea de que tenemos
que invertir tantos recursos y tiempo en corregir el daño genético? ¿De qué sirven
los experimentos, salvo para convencer a la gente correcta de que el Gobierno
está haciendo algo para mejorar nuestras vidas, aunque no sea cierto?
La verdad lo cambia todo, ¿no era por eso por lo que Tris estaba tan
desesperada por hacer público el vídeo de Edith Prior que se alió con mi padre
para hacerlo? Sabía que la verdad, fuera cual fuera, cambiaría nuestra lucha y
nuestras prioridades para siempre. Y aquí, ahora, una mentira ha cambiado esa
lucha, una mentira ha cambiado algunas prioridades para siempre. En vez de
trabajar contra la pobreza que campa a sus anchas por el país, esta gente ha
decidido trabajar contra el daño genético.
—¿Por qué? ¿Por qué gastar tanto tiempo y energía en luchar contra algo que,
en realidad, no es un problema? —pregunto, frustrado.
—Bueno, la gente que lucha ahora contra ello lo hace porque le han enseñado
que sí que es un problema. Rafi también me enseñó ejemplos de la propaganda
del Gobierno sobre el daño genético —dice Nita—. Pero ¿al principio? No lo sé.
Seguramente por cien causas distintas. ¿Prejuicios contra los GD? ¿Control?
¿Controlar a la población genéticamente defectuosa enseñándole que tiene algo
malo y controlar a la genéticamente pura enseñándole que está curada y
completa? Estas cosas no suceden de la noche a la mañana, ni tampoco por una
única razón.
Apoyo la cabeza en la fría ventanilla y cierro los ojos. Me bulle demasiada
información en el cerebro como para concentrarme en una única parte, así que
me rindo y me duermo.
Cuando por fin regresamos por el túnel y vuelvo a mi cama, el sol está a
punto de salir y los brazos de Tris cuelgan otra vez del borde de la cama, con las
puntas de los dedos rozando el suelo.
Me siento frente a ella y me quedo un momento observando su cara dormida
y pensando en lo que acordamos aquella noche, en el Millennium Park: se
acabaron las mentiras. Ella me lo prometió y y o se lo prometí. Si no le cuento lo
que he visto y oído esta noche, estaré rompiendo mi promesa. Y ¿para qué?
¿Para protegerla? ¿Por Nita, una chica a la que apenas conozco?
Le aparto el pelo de la cara con delicadeza, para no despertarla.
Ella no necesita mi protección, es lo bastante fuerte para defenderse por sí
misma.
CAPÍTULO VEINTICUATRO
TRIS
Peter está al otro lado del cuarto, apilando libros para meterlos en una bolsa.
Mientras mordisquea un boli rojo, sale del cuarto con la bolsa de libros, que le
golpea la pierna mientras camina por el pasillo. Espero hasta no oírlos antes de
volverme hacia Christina.
—He intentado no preguntártelo, pero me rindo —le digo—. ¿Qué pasa entre
Uriah y tú?
Christina, que está tirada en su catre con una de sus largas piernas colgando
del borde, me echa una miradita.
—¿Qué? Pasáis mucho tiempo juntos —insisto—. Un montón.
Hoy hace sol, la luz brilla a través de las cortinas blancas. No sé cómo, pero
el dormitorio huele a sueño: a lavandería, zapatos, sudores nocturnos y café
mañanero. Algunas camas están hechas, mientras que otras todavía tienen las
sábanas arrugadas hechas una bola al fondo o a un lado. La mayoría fuimos
osados, pero, aun así, me sorprende lo distintos que somos. Distintas costumbres,
distintos temperamentos, distintas formas de ver el mundo.
—Puede que no me creas, pero no es eso —responde Christina, apoyándose
en los codos—. Está sufriendo. Los dos nos aburrimos. Además, es Uriah.
—¿Y qué? Es guapo.
—Guapo, pero incapaz de mantener una conversación seria ni aunque le
vay a la vida en ello —responde Christina, sacudiendo la cabeza—. No me
malinterpretes, me gusta reírme, pero también quiero una relación que signifique
algo, no sé si me entiendes.
Asiento con la cabeza: lo sé, y creo que mejor que la mayoría, porque Tobias
y yo, en realidad, no somos gente bromista.
—Además, no todas las amistades se convierten en historias de amor. Yo
todavía no he intentado besarte.
—Cierto —respondo entre risas.
—¿Y dónde has estado tú últimamente? —me pregunta, moviendo las cejas
—. ¿Con Cuatro? ¿Dedicándoos a las… sumas? ¿A la multiplicación?
Me tapo la cara con las manos.
—Es el peor chiste que he oído.
—No esquives la pregunta.
—Nada de sumas, al menos todavía. Él ha estado un poco preocupado con lo
del « daño genético» .
—Ah, eso —dice, sentándose.
—¿Qué te parece a ti?
—No lo sé, supongo que me cabrea —contesta, y frunce el ceño—. A nadie
le gusta que le digan que tiene algo malo, sobre todo si es una cosa como los
genes, que no puede cambiarse.
—¿De verdad crees que tienes algo malo?
—Supongo que sí. Es como una enfermedad, ¿no? Te lo ven en los genes. No
queda mucho margen para el debate, ¿verdad?
—No digo que tus genes no sean diferentes, lo que digo es que eso no significa
que unos sean defectuosos y los otros no. Los genes de los ojos azules y los de los
ojos castaños también son distintos, pero ¿los ojos azules son « defectuosos» ? Es
como si hubiesen decidido arbitrariamente que un tipo de ADN es malo y el otro,
bueno.
—Basándose en la evidencia de que el comportamiento de los GD es peor —
señala Christina.
—Cosa que podría deberse a muchos factores.
—No sé por qué discuto contigo cuando, en realidad, me gustaría que tuvieras
razón —dice Christina, entre risas—. Pero ¿no crees que una gente tan lista como
estos científicos del Departamento sería capaz de averiguar la causa del mal
comportamiento?
—Claro que sí, pero creo que, por muy lista que sea, la gente suele ver lo que
quiere ver, nada más.
—A lo mejor tú también tienes prejuicios porque tus amigos (y tu novio) son
GD.
—A lo mejor. —Sé que es una explicación torpe, una que puede que ni
siquiera me crea, pero la digo de todos modos—. Supongo que no encuentro
ningún motivo para creer en el daño genético. ¿Eso hará que trate mejor a los
demás? No. Puede que todo lo contrario.
Además, soy consciente de lo que le está haciendo a Tobias, de que lo hace
dudar de sí mismo, y no me cabe en la cabeza que de ahí pueda salir algo bueno.
—No crees en las cosas porque vayan a mejorar tu vida, sino porque son
ciertas —comenta Christina.
—Pero —digo, despacio, rumiándolo bien— observar el resultado de una
creencia ¿no es una buena forma de evaluar si es cierta?
—Parece una forma de pensar típica de estirados —responde ella—. Supongo
que mi forma de pensar es muy de veraces. Dios, en realidad no podemos
escapar denuestras facciones, por mucho que nos alejemos, ¿verdad?
Me encojo de hombros.
—A lo mejor no es tan importante escapar de ellas.
Tobias entra en el dormitorio, pálido y exhausto, como suele estar estos días.
Tiene el pelo levantado por un lado, por culpa de la almohada, y lleva la misma
ropa que ayer. Ha estado durmiendo vestido desde que llegamos al
Departamento.
Christina se levanta.
—Vale, me voy. Os dejo… todo este espacio. Para vosotros solos.
Hace un gesto para señalar las camas vacías, me guiña un ojo
ostensiblemente y sale del dormitorio.
Tobias esboza una sonrisa, aunque no lo bastante amplia para hacerme creer
que de verdad está contento. En vez de sentarse a mi lado, se queda un momento
a los pies de la cama, jugueteando con el borde de su camisa.
—Tengo que hablarte de una cosa —me dice.
—Vale —respondo, y noto una punzada de miedo en el pecho, como un pico
en un monitor cardiaco.
—Quiero que me prometas que no te enfadarás —sigue—, pero…
—Pero sabes que no hago promesas estúpidas —termino la frase, con un
nudo en la garganta.
—Sí.
Entonces se sienta en la curva que han dejado sus mantas en la cama sin
hacer, evitando mirarme a los ojos.
—Nita me dejó una nota bajo la almohada para pedirme que me reuniera
con ella anoche. Y lo hice.
Me pongo recta, y una ola de calor hirviente me recorre el cuerpo mientras
pienso en la bonita cara de Nita, en sus elegantes pies caminando hacia mi novio.
—Una chica guapa te pide que te reúnas con ella por la noche, ¿y tú vas? ¿Y
después me pides que no me enfade?
—Lo de Nita no es eso, en absoluto —dice a toda prisa, mirándome al fin—.
Solo quería enseñarme una cosa. En realidad no cree en el daño genético, como
me indujo a pensar. Tiene un plan para arrebatarle parte del poder al
Departamento, para favorecer la igualdad de los GD. Fuimos a la periferia.
Me cuenta lo del túnel subterráneo que conduce al exterior, lo de la ciudad en
ruinas de la periferia y la conversación con Rafi y Mary. Me explica lo de la
guerra que el Gobierno mantuvo oculta para que nadie sepa que los
« genéticamente puros» son capaces de ejercer una violencia increíble, y cómo
viven los GD en las zonas metropolitanas bajo el control del Gobierno.
Mientras habla, crece mi desconfianza hacia Nita, aunque no sé de dónde
viene: ¿del instinto en el que suelo confiar o de los celos? Cuando termina, me
mira expectante, y y o frunzo los labios e intento decidirme.
—¿Cómo sabes que te ha contado la verdad? —le pregunto.
—No lo sé. Me prometió enseñarme pruebas. Esta noche. —Me da la mano
—. Me gustaría que vinieras.
—¿Y a Nita le parece bien?
—Me da igual —responde, deslizando sus dedos entre los míos—. Si de
verdad necesita mi ayuda, tendrá que hacerse a la idea.
Me quedo mirando nuestros dedos entrelazados, el puño deshilachado de su
camisa gris y la rodilla desgastada de sus vaqueros. No quiero estar con Nita y
Tobias juntos, sabiendo que el supuesto daño genético de esa chica hace que
tenga algo en común con él que yo nunca tendré. Sin embargo, es importante
para Tobias, y yo deseo tanto como él saber si de verdad existen pruebas que
demuestren los delitos del Departamento.
—Vale, iré, pero no pienses ni por un segundo que me creo que lo único que
le interesa de ti sea tu código genético.
—Bueno, no creas ni por un segundo que estoy interesado en alguien que no
seas tú.
Entonces apoy a las manos en mi nuca y acerca mi boca a la suya.
El beso y sus palabras me consuelan, aunque no me quedo del todo tranquila.
CAPÍTULO VEINTICINCO
TOBIAS
Tris y y o nos reunimos con Nita pasada la medianoche, en el vestíbulo del hotel,
entre las macetas de plantas con sus flores abiertas, una naturaleza domada.
Cuando Nita ve a Tris a mi lado, se le tensa el rostro como si acabara de morder
algo amargo.
—Me prometiste que no se lo contarías —dice, señalándome—. ¿Qué ha
pasado con lo de protegerla?
—Cambié de idea.
Tris se ríe, aunque sin mucho humor.
—¿Eso le dij iste? ¿Que así me protegía? Qué manipulación más hábil, bien
hecho.
Arqueo las cejas y la miro. No había pensado en ello como en una
manipulación, y eso me asusta un poco. Normalmente confío en ser capaz de
averiguar los motivos ocultos de los demás o en inventármelos, pero estaba tan
acostumbrado a mi deseo de proteger a Tris, sobre todo después de haber estado
a punto de perderla, que ni siquiera lo pensé.
O estaba tan acostumbrado a mentirle en vez de contarle las verdades
difíciles que agradecí la oportunidad de engañarla.
—No fue manipulación, era la verdad —responde Nita, que ya no parece
enfadada, sino cansada.
Se pasa la mano por la cara y se alisa el pelo. No está a la defensiva, lo que
quiere decir que quizá esté contándonos la verdad.
—Podrían detenerte solo por saber lo que sabes y no informar —añade—.
Me pareció que lo mejor era evitar esa posibilidad.
—Bueno, demasiado tarde —respondo—. Tris se viene, ¿algún problema?
—Prefiero tener a los dos que no tener a ninguno, y estoy segura de que ese
es el ultimátum implícito —dice Nita, poniendo los ojos en blanco—. Vamos.
Tris, Nita y yo recorremos el silencioso complejo hasta los laboratorios en los
que trabaja ella. Nadie habla, y soy consciente de cada chirrido de mis zapatos,
de cada voz a lo lejos, de cada chasquido de las puertas que se cierran. Es como
si hiciéramos algo prohibido, aunque, técnicamente, no es así. Todavía no, al
menos.
Nita se detiene junto a la puerta de los laboratorios y pasa su tarjeta. La
seguimos por la sala de terapia genética en la que vi un mapa de mi código
genético y continuamos adentrándonos en el corazón del complejo, que hasta
ahora desconocía. Está oscuro y sucio, y las pelusas bailan por el suelo a nuestro
paso.
Nita abre otra puerta con el hombro y entramos en un almacén. En las
paredes hay cajones de metal mate etiquetados con números de papel con la
tinta desgastada por el tiempo. En el centro del cuarto hay una mesa de
laboratorio con un ordenador y un microscopio, y un joven con pelo rubio
repeinado hacia atrás.
—Tobias, Tris, este es mi amigo Reggie —nos presenta Nita—. También es
GD.
—Encantado de conoceros —nos saluda Reggie, sonriendo.
Le da la mano a Tris y después a mí. Tiene un apretón firme.
—Vamos a enseñarles primero las diapositivas —dice Nita.
Reggie da unos golpecitos en la pantalla del ordenador y nos hace gestos para
que nos acerquemos.
—No muerdo —afirma.
Tris y yo intercambiamos una mirada, y nos colocamos detrás de Reggie en
la mesa para ver la pantalla. Las imágenes empiezan a surgir una detrás de otra.
Están en escala de grises, granulosas y distorsionadas, así que deben de ser muy
antiguas. Solo tardo unos segundos en darme cuenta de que son fotografías de
sufrimiento: niños esqueléticos con ojos enormes, zanjas llenas de cadáveres,
enormes montones de papeles ardiendo.
Las fotografías pasan tan deprisa, como las páginas de un libro moviéndose
con la brisa, que solo me quedo con breves impresiones de horrores. Después
aparto la cara, incapaz de seguir mirando. Un profundo silencio crece en mi
interior.
Al principio, cuando miro a Tris, su expresión es como un lago de aguas
tranquilas, como si las imágenes no hubiesen creado olas. Sin embargo, le
tiemblan los labios y tiene que apretarlos con fuerza para disimularlo.
—Mirad esas armas —comenta Reggie al sacar una foto en la que aparece
un hombre de uniforme apuntando con un fusil—. Son increíblemente antiguas,
las de la Guerra de la Pureza eran mucho más avanzadas. Hasta el
Departamento estaría de acuerdo. Tienen que ser de un conflicto antiquísimo
entre personas genéticamente puras, ya que la manipulación genética no existía
por aquel entonces.
—¿Cómo se oculta una guerra? —pregunto.
—La gente está aislada, muerta de hambre —responde Nita en voz baja—.
Solo sabe lo que le han enseñado, solo ve la información que se le ofrece. Y
¿quién controla eso? El Gobierno.
—Vale —dice Tris, moviendo la cabeza y hablando demasiado deprisa,
nerviosa—. Entonces mienten sobre vuestra…nuestra historia. Eso no quiere
decir que sean el enemigo, solo que son un grupo de gente muy mal informada
que intenta… mejorar el mundo. De una forma muy poco acertada.
Nita y Reggie se miran.
—El asunto es ese, que hacen daño a la gente —dice Nita.
Apoya las manos en el escritorio y se inclina sobre él, sobre nosotros, y de
nuevo veo a la revolucionaria reuniendo fuerzas en su interior, tomando el control
de sus facetas de joven, GD y trabajadora de laboratorio.
—Cuando los abnegados quisieron revelar la verdad de su mundo antes de lo
debido —dice muy despacio— y Jeanine decidió silenciarlos…, el Departamento
no dudó en proporcionarle un suero de simulación increíblemente avanzado: la
simulación del ataque que esclavizó las mentes de los osados y culminó con la
destrucción de los abnegados.
Me tomo un instante para asimilarlo.
—Eso no puede ser cierto —digo—. Jeanine me dijo que donde había una
proporción mayor de divergentes (de genéticamente puros) era en Abnegación.
Acabas de decir que el Departamento valora a los GP tanto como para enviar a
alguien a salvarlos; ¿por qué ayudarían a Jeanine a matarlos?
—Jeanine se equivocaba —responde Tris, como si estuviera muy lejos—.
Evelyn lo dijo: donde más divergentes había era entre los abandonados, no entre
los abnegados.
Me vuelvo hacia Nita.
—Sigo sin entender por qué pondrían en peligro a tantos divergentes —insisto
—. Necesito pruebas.
—¿Para qué te crees que hemos venido?
Nita enciende otra serie de luces que iluminan los cajones y se pasea por la
pared de la izquierda.
—Tardé mucho tiempo en obtener permiso para entrar aquí —nos cuenta—.
Tardé aún más en adquirir los conocimientos necesarios para comprender lo que
veía. De hecho, me ayudó uno de los GP, un simpatizante.
Su mano se queda flotando sobre uno de los cajones bajos, del que saca una
ampolla de líquido naranja.
—¿Te resulta familiar? —me pregunta.
Intento recordar la iny ección que me pusieron antes de que comenzara la
simulación del ataque, justo antes de la ronda final de la iniciación de Tris. Lo
hizo Max, me clavó la aguja a un lado del cuello, como había hecho y o mismo
docenas de veces. Justo antes de hacerlo, la ampolla de cristal reflejó la luz, y
era naranja, igual que la que sostiene Nita.
—Los colores coinciden, ¿y?
Nita lleva la ampolla al microscopio. Reggie saca un portaobjetos de una
bandeja cercana al ordenador y, con un cuentagotas, deja caer dos gotitas de
líquido naranja en el centro. Después sella el líquido con un segundo portaobjetos.
Lo coloca bajo el microscopio con cuidado, pero seguro: los movimientos de
alguien que ha realizado la misma tarea cientos de veces.
Reggie da unos cuantos toquecitos en la pantalla y abre un programa llamado
MicroScan.
—Esta información está a disposición de cualquiera que sepa cómo usar este
equipo y tenga la contraseña de sistema, contraseña que el simpatizante GP tuvo
a bien proporcionarme —explica Nita—. En otras palabras, no es tan difícil
acceder a ella, pero a nadie se le ocurriría examinarla de cerca. Y los GD no
tienen contraseñas de sistema, así que tampoco podrían saber nada del asunto.
Este almacén se usa para experimentos obsoletos, fallos, desarrollos anticuados o
cosas sin valor.
Mira a través del microscopio y utiliza una rueda para centrar la lente.
—Adelante —dice.
Reggie pulsa un botón del ordenador, y aparecen unos párrafos bajo la barra
MicroScan situada en la parte superior de la pantalla. Señala un párrafo en el
centro de la página y lo lee.
—« Suero de simulación v4.2. Coordina un gran número de objetivos.
Transmite señales a larga distancia. No se incluy e alucinógeno de la fórmula
original; la realidad simulada la predetermina un jefe de programación» .
Eso es todo.
Es el suero de la simulación del ataque.
—Bien, ¿por qué iba a tener esto el Departamento a no ser que lo
desarrollaran aquí? —pregunta Nita—. Ellos fueron los que introdujeron los
sueros en los experimentos, aunque después no solían manipularlos, permitían
que los residentes de la ciudad los desarrollaran. Si Jeanine fue la que lo
desarrolló, no se lo habrían robado. Si está aquí, es porque lo hicieron ellos.
Me quedo mirando el portaobjetos iluminado del microscopio, la gota naranja
que nada bajo el ocular, y dejo escapar una respiración entrecortada.
Tris pregunta, sin aliento:
—¿Por qué?
—Abnegación estaba a punto de revelar la verdad a todos los de la ciudad, y
y a habéis visto lo que pasa ahora que la ciudad conoce la verdad: Evely n se ha
convertido en una dictadora de facto, los abandonados aplastan a los miembros
de las facciones y estoy segura de que las facciones se levantarán contra ellos
tarde o temprano. Mucha gente morirá. Contar la verdad pone en peligro la
seguridad del experimento, no cabe duda —explica Nita—. Así que, hace unos
meses, cuando los abnegados estaban a punto de provocar esa destrucción e
inestabilidad al enseñar el vídeo de Edith Prior, el Departamento debió de pensar
que era mejor sufrir un gran número de bajas en Abnegación (aunque supusiera
la pérdida de varios divergentes) antes que un gran número de bajas en toda la
ciudad. Mejor acabar con las vidas de los abnegados que arriesgarse a perder el
experimento. Así que se pusieron en contacto con alguien que sabían estaría de
acuerdo con ellos: Jeanine Matthews.
Sus palabras me envuelven y se me clavan.
Apoy o las manos en la mesa del laboratorio para que me refresque las
palmas y contemplo mi reflejo distorsionado en el metal. Puede que haya odiado
a mi padre casi toda la vida, pero nunca odié a su facción. La tranquilidad, el
sentimiento de comunidad y la rutina abnegadas siempre me habían parecido
algo bueno; y ahora casi toda esa gente amable y desinteresada está muerta,
asesinada a manos de los osados, que fueron controlados por Jeanine con el poder
del Departamento para respaldarla.
La madre y el padre de Tris estaban entre ellos.
Tris permanece inmóvil, con las manos colgándole sin fuerza y poniéndosele
rojas por el bombeo de sangre.
—Ese es el problema de su fe ciega en los experimentos —dice Nita a
nuestro lado, como si deslizara las palabras en los huecos vacíos de nuestras
mentes—: el Departamento da más valor a los experimentos que a las vidas de
los GD. Es obvio. Y ahora las cosas podrían ponerse peor.
—¿Peor? —repito—. ¿Peor que matar a casi todos los abnegados? ¿Cómo?
—El Gobierno lleva amenazando con cerrar los experimentos desde hace
casi un año —responde Nita—. Los experimentos fallan uno tras otro porque las
comunidades no pueden vivir en paz, y David siempre acaba por encontrar
soluciones para restablecerla en el último segundo. Si algo va mal con el
experimento de Chicago, puede volver a hacerlo. Puede reiniciar todos los
experimentos cuando quiera.
—Reiniciarlos —repito.
—Con el suero de la memoria de Abnegación —responde Reggie—. Bueno,
en realidad es el suero de la memoria del Departamento. Todos los hombres,
mujeres y niños tendrán que empezar de nuevo.
—Borraran sus vidas —dice Nita secamente—, contra su voluntad, por
resolver un « problema» genético que, en realidad, no existe. Esta gente tiene
poder para hacerlo. Y nadie debería ostentar ese poder.
Recuerdo lo que pensé cuando Johanna me contó que los cordiales
administraban el suero de la memoria a las patrullas osadas: que cuando le
arrebatas los recuerdos a alguien, cambias su personalidad.
De repente me da igual cuál sea el plan de Nita, siempre que suponga golpear
al Departamento con todas nuestras fuerzas. Lo que he averiguado en los últimos
días me hace creer que este lugar no tiene nada que merezca la pena salvar.
—¿Cuál es el plan? —pregunta Tris con voz monótona, casi mecánica.
—Dejaré que mis amigos de la periferia entren por el túnel subterráneo —
responde Nita—. Tobias, tú apagarás el sistema de seguridad mientras lo hago,
para que no nos atrapen; es prácticamente la misma tecnología con la que
trabajaste en la sala de control osada, no debería costarte. Después, Rafi, Mary y
y o entraremos enel laboratorio de armamento y robaremos el suero de la
memoria para que el Departamento no pueda usarlo. Reggie me ha estado
ay udando a escondidas, pero él será el que nos abra el túnel el día del ataque.
—¿Qué vais a hacer con el suero de la memoria? —pregunto.
—Destruirlo —responde Nita sin titubear.
Me siento raro, vacío como un globo desinflado. No sé qué tenía en mente
cuando Nita me habló de su plan, aunque no era esto. Esto me parece demasiado
pequeño, demasiado pasivo como acto de venganza contra la gente responsable
de la simulación del ataque, la gente que me dijo que había algo malo en mi
misma esencia, en mi código genético.
—Y eso es lo único que pretendéis hacer —dice Tris, que por fin aparta la
vista del microscopio y mira a Nita con los ojos entrecerrados—. Sabéis que el
Departamento es responsable del asesinato de cientos de personas ¿y vuestro plan
es… robarles su suero de la memoria?
—No recuerdo haberte invitado a dar tu opinión sobre mi plan.
—No estoy dando una opinión sobre tu plan —responde Tris—, te estoy
diciendo que no me lo creo. Odias a esta gente, lo noto en tu forma de hablar de
ellos. Sea lo que sea lo que pretendes hacer, creo que es mucho peor que robarles
un poco de suero.
—El suero de la memoria es lo que utilizan para que los experimentos sigan
funcionando. Es su principal fuente de poder sobre tu ciudad, así que quiero
quitársela. Diría que, por ahora, es un golpe más que suficiente. —Nita habla con
amabilidad, como si le explicara algo a un niño—. Nunca dije que eso fuera lo
único que pretendía hacer. No siempre resulta mejor golpear con todas tus
fuerzas a la primera oportunidad. Esto es una carrera de fondo, no un sprint.
Tris se limita a sacudir la cabeza.
—Tobias, ¿te apuntas? —me pregunta Nita.
Miro a Tris, que está tensa y rígida, y después a Nita, que se muestra relajada
y dispuesta. No veo lo que ve Tris, ni lo que oye Tris. Y, cuando pienso en decir
que no, es como si me desmoronara por dentro. Tengo que hacer algo, aunque
sea poca cosa, y no entiendo por qué Tris no siente esa misma desesperación.
—Sí —respondo, y Tris se vuelve hacia mí para mirarme con incredulidad,
con los ojos como platos. No le hago caso—. Puedo desactivar el sistema de
seguridad. Necesitaré un poco de suero de la paz de Cordialidad; ¿tenéis acceso a
eso?
—Yo sí —responde Nita, esbozando una sonrisita—. Te enviaré un mensaje
con la hora. Vamos, Reggie, que estos dos necesitan… hablar.
Reggie se despide de mí con la cabeza, después de Tris, y Nita y él salen de
la habitación y cierran con cuidado la puerta para no hacer ruido.
Tris se vuelve hacia mí con los brazos cruzados como dos barras sobre su
cuerpo, para mantenerme fuera.
—No te entiendo —dice—. Está mintiendo. ¿Es que no lo ves?
—No lo veo porque no existe —respondo—. Soy capaz de distinguir a un
mentiroso tan bien como tú. Y, en esta situación, creo que los celos enturbian tu
criterio.
—¡No estoy celosa! —exclama, con el ceño fruncido—. Estoy siendo lista.
Ella tiene pensado algo más gordo, y yo que tú huiría de alguien que me miente
sobre algo en lo que quiere que participe.
—Bueno, pero yo no soy tú —respondo, sacudiendo la cabeza—. Dios, Tris,
esta gente asesinó a tus padres, ¿y no vas a hacer nada al respecto?
—No he dicho que no vaya a hacer nada —dice en tono seco—, pero no
tengo que tragarme el primer plan que me cuenten.
—Te traje aquí porque quería ser sincero contigo, ¡no para que sacaras
conclusiones precipitadas sobre la gente y me ordenaras lo que tengo que hacer!
—¿Recuerdas lo que pasó la última vez que no confiaste en mis
« conclusiones precipitadas» ? —responde Tris, muy fría—. Al final descubriste
que y o tenía razón. Tenía razón al decir que el vídeo de Edith Prior lo cambiaría
todo, tenía razón sobre Evelyn y tengo razón sobre esto.
—Sí, tú siempre tienes razón. ¿La tenías cuando te metiste en situaciones
peligrosas sin estar armada? ¿La tenías cuando me mentiste y te fuiste en plena
noche a morir con los eruditos? O con Peter, ¿tenías razón con él?
—No me eches esas cosas en cara —responde, apuntándome con el dedo, y
yo me siento como un niño al que regaña su padre—. Nunca dije que fuera
perfecta, pero tú… tú ni siquiera eres capaz de ver más allá de tu desesperación.
Seguiste a Evely n porque estabas desesperado por tener un padre, y ahora sigues
a Nita porque estás desesperado por creer que no eres defectuoso…
La palabra me provoca escalofríos.
—No soy defectuoso —digo en voz baja—. No puedo creerme que tengas tan
poca fe en mí como para decirme que no confíe en mí mismo. Y no necesito tu
permiso.
Me dirijo a la puerta y, cuando mi mano se cierra en torno al pomo, ella
contesta:
—¡Di que sí! ¡Irte para ser el que tenga la última palabra es muy maduro!
—Igual que sospechar de los motivos de una persona solo porque sea guapa.
Supongo que estamos empatados.
Salgo de la habitación.
No soy un niño desesperado e inestable que va regalando su confianza. No
soy defectuoso.
CAPÍTULO VEINTISÉIS
TRIS
Pego la frente al ocular del microscopio: el suero marrón anaranjado nada
delante de mí.
Estaba tan concentrada en descubrir las mentiras de Nita que apenas me paré
a pensar sobre la verdad: para ponerle las manos encima a este suero, el
Departamento tuvo que haberlo desarrollado para después, de algún modo,
entregárselo a Jeanine. Me aparto. ¿Por qué colaboraría Jeanine con el
Departamento si tan empeñada estaba en quedarse en la ciudad, lejos de ellos?
Sin embargo, supongo que el Departamento y Jeanine compartían un objetivo
común: los dos querían que el experimento continuara; a los dos les aterraba la
idea de lo que pasaría de no continuar; los dos estaban dispuestos a sacrificar
vidas inocentes para conseguirlo.
Pensaba que este lugar podía ser mi hogar, pero el Departamento está lleno
de asesinos. Me mezo sobre los talones como si me empujara una fuerza invisible
y después salgo de la habitación con el corazón acelerado.
No hago caso de la gente que holgazanea por el pasillo. Me limito a seguir
adentrándome en el complejo, en el corazón de la bestia.
Me oigo decirle a Christina que este lugar podría ser mi hogar.
« Esta gente asesinó a tus padres» , repite la voz de Tobias dentro de mi
cabeza.
No sé adónde voy, solo que necesito espacio y aire. Con la tarjeta de
identificación en la mano, paso medio corriendo, medio andando por el control
de seguridad para llegar a la escultura. Ahora el tanque no está iluminado,
aunque el agua sigue cayendo, una gota por cada segundo que pasa. Me quedo un
momento parada, observándola. Entonces veo a mi hermano al otro lado del
bloque de piedra.
—¿Estás bien? —me pregunta, indeciso.
No estoy bien. Empezaba a creer que había encontrado un lugar en el que
quedarme, un lugar que no era tan inestable, corrupto y controlador como para
tener que marcharme. Ya debería haber sabido que ese lugar no existe.
—No —respondo.
Él empieza a rodear el bloque de piedra para acercarse.
—¿Qué te pasa?
—¿Que qué me pasa? —repito, riéndome—. Te lo diré así: acabo de descubrir
que no eres la peor persona que conozco.
Me pongo en cuclillas y me paso los dedos por el pelo. Me siento paralizada y
aterrada ante mi parálisis. El Departamento es responsable de la muerte de mis
padres, ¿por qué tengo que repetírmelo una y otra vez para creérmelo? ¿Qué me
pasa?
—Ah —responde él—. Lo… ¿siento?
Solo consigo gruñir un poco.
—¿Sabes lo que me dijo mamá una vez? —me pregunta, y pronuncia la
palabra « mamá» como si no la hubiese traicionado, lo que me hace apretar los
dientes—. Me dijo que todo el mundo tiene una parte mala, y que el primer paso
para amar a alguien es reconocer esa misma maldad dentro de nosotros, de
modo que podamos perdonar.
—¿Eso quieres que haga? —digo débilmente mientras me levanto—. Puede
que haya hecho cosas malas, Caleb, pero jamás te entregaría para que te
ejecutaran.
—No puedes decir eso —responde, y suena como si me suplicara, como si
me rogara que dijera que soy igual que él, no mejor—.No sabes lo convincente
que era Jeanine…
Algo dentro de mí se rompe como una goma.
Le pego un puñetazo en la cara.
Solo puedo pensar en que los eruditos me quitaron el reloj y los zapatos y me
condujeron a una mesa desnuda para arrebatarme la vida. Una mesa que bien
podría haber preparado Caleb en persona.
Creía estar más allá de esta clase de rabia, pero, cuando él retrocede,
tambaleante, con las manos en la cara, lo persigo, lo agarro por la pechera de la
camisa y lo estrello contra la escultura de piedra mientras grito que es un
cobarde y un traidor, y que lo mataré, que lo mataré.
Uno de los guardias se me acerca y solo tiene que ponerme una mano en el
brazo para romper el hechizo. Suelto la camisa de Caleb y sacudo la mano, que
me pica. Doy media vuelta y me alejo.
Hay un jersey beis sobre la silla vacía del laboratorio de Matthew; la manga roza
el suelo. Todavía no he conocido a su supervisor y empiezo a sospechar que
Matthew es el que hace todo el trabajo.
Me siento encima del jersey y me examino los nudillos. Algunos se han
desgarrado por el puñetazo a Caleb y están salpicados de tenues moratones.
Parece apropiado que el golpe nos haya dejado marcas a los dos. Así funciona el
mundo.
Anoche, cuando regresé al dormitorio, Tobias no había llegado y yo estaba
demasiado enfadada para dormir. En las horas que me mantuve despierta,
mirando al techo, decidí que, aunque no iba a participar en el plan de Nita,
tampoco iba a detenerlo. La verdad sobre la simulación del ataque había hecho
crecer mi odio por el Departamento, así que quería verlo desmoronarse desde
dentro.
Matthew está hablando de ciencias, pero me cuesta prestarle atención.
—… realizando algunos análisis genéticos, lo que está bien, pero antes
estábamos desarrollando una forma de conseguir que el compuesto de la
memoria se comportase como un virus. Con la misma velocidad de reproducción
y la misma capacidad de propagarse por el aire. Y después desarrollamos una
vacuna. Una temporal, una que solo dura cuarenta y ocho horas, pero, aun así…
Asiento con la cabeza.
—Así que… lo hicisteis para poder montar más fácilmente otros
experimentos, ¿no? En vez de inyectar a todo el mundo el suero de la memoria,
lo liberaríais por el aire y dejaríais que se propagase.
—¡Exacto! —Parece emocionarse al verme interesada en lo que dice—. Y
es un modelo mucho mejor, porque tienes la opción de seleccionar a miembros
concretos de la población a los que no quieres infectar: los inoculas, el virus se
propaga en veinticuatro horas, pero no surte efecto en ellos.
Asiento de nuevo.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Matthew, deteniendo el movimiento de la
taza de café antes de llevársela a los labios; la deja en la mesa—. He oído que los
guardias de seguridad tuvieron que separarte de alguien anoche.
—De mi hermano, Caleb.
—Ah —dice Matthew, arqueando una ceja—. ¿Qué ha hecho esta vez?
—La verdad es que nada. —Le doy un pellizco al jersey ; los bordes están
deshilachados, desgastados de viejos—. Estaba a punto de estallar, de todos
modos; simplemente, apareció en el peor momento.
Con solo mirarlo ya sé cuál es su pregunta, y quiero explicárselo todo, todo lo
que me enseñó y me contó Nita. Me pregunto si se puede confiar en él.
—Ayer oí algo —digo, tanteando el terreno—. Sobre el Departamento, mi
ciudad y las simulaciones.
Él se endereza y me lanza una mirada extraña.
—¿Qué? —pregunto.
—¿Es algo que te contó Nita? —pregunta a su vez.
—Sí, ¿cómo lo sabes?
—La he ayudado un par de veces. La dejé entrar en aquel almacén. ¿Te
contó algo más?
¿Matthew es el informante de Nita? Me quedo mirándolo. Jamás se me habría
pasado por la cabeza que Matthew, el que se desvivió por explicarme la
diferencia entre mis genes « puros» y los genes « defectuosos» de Tobias,
estuviera ayudando a Nita.
—Algo sobre un plan —respondo lentamente.
Él se levanta y camina hacia mí, muy tenso. Me aparto de él por instinto.
—¿Van a hacerlo? ¿Sabes cuándo?
—¿Qué está pasando? ¿Por qué ay udaste a Nita?
—Porque todas esas tonterías del « daño genético» son ridículas. Es muy
importante que respondas a mis preguntas.
—Van a hacerlo. Y no sé cuándo, pero creo que pronto.
—Mierda —dice Matthew, llevándose las manos a la cara—. De esto no
puede salir nada bueno.
—Si no dejas de hacer comentarios crípticos, te pego un tortazo —respondo,
poniéndome en pie.
—Estuve ayudando a Nita hasta que me dijo lo que ella y esa gente de la
periferia pretendía hacer. Quieren entrar en el laboratorio de armamento y…
—Y robar el suero de la memoria, sí, lo sé.
—No —contesta, sacudiendo la cabeza—. No, no quieren el suero de la
memoria, quieren el suero de la muerte. Es parecido al que tienen los eruditos,
ese con el que te iban a inyectar cuando estuvieron a punto de ejecutarte. Van a
usarlo para asesinar gente, mucha gente. Con abrir una lata de aerosol, y a está,
¿entiendes? Si se lo das a la gente adecuada, tendrás un estallido de anarquía y
violencia, y eso es justo lo que quiere esa gente de la periferia.
Lo entiendo. Veo una ampolla inclinándose y a alguien apretando el botón de
un aerosol. Veo cadáveres abnegados y eruditos despatarrados por calles y
escaleras. Veo que los pedacitos de este mundo a los que hemos podido
aferrarnos estallan en llamas.
—Creía que la ay udaba con algo más inteligente —dice Matthew—. De
haber sabido que la ay udaba a empezar otra guerra, no lo habría hecho. Tenemos
que hacer algo al respecto.
—Se lo dije —comento en voz baja, aunque no va dirigido a Matthew, sino a
mí misma—. Le dije que Nita mentía.
—Puede que tengamos un problema con la forma en que tratamos a los GD
en este país, pero no vamos a resolverlo asesinando a un puñado de gente. Venga,
vamos al despacho de David.
No sé qué está bien y qué está mal. No sé nada de este país ni de la forma en
que funciona, ni de lo que necesita cambiarse. Sin embargo, sé que un poco de
suero de la muerte en manos de Nita y la gente de la periferia no es mucho
mejor que un poco de suero de la muerte en el laboratorio del Departamento. Así
que sigo a Matthew por el pasillo. Caminamos a toda prisa hacia la entrada
principal por la que llegué a este complejo.
Cuando pasamos por el control de seguridad, veo a Uriah al lado de la
escultura. Levanta una mano para saludarme y aprieta los labios en una línea que
podría haber sido una sonrisa si le hubiera puesto más empeño. Por encima de su
cabeza, la luz se refracta en el tanque de agua, el símbolo de la lucha lenta y
absurda del complejo.
Acabo de pasar el control de seguridad cuando, de repente, estalla el muro
que hay junto a Uriah.
Es como una flor de fuego saliendo de un capullo. Los fragmentos de cristal y
metal salen disparados del centro de la flor, y el cuerpo de Uriah está entre ellos,
es un proyectil inmóvil. Un ruido sordo me recorre como un temblor. Tengo la
boca abierta; estoy gritando su nombre, aunque no me oigo por culpa del pitido
en los oídos.
A mi alrededor, todos están agachados, con los brazos sobre la cabeza, pero
y o estoy de pie, observando el muro del complejo: nadie entra por él.
Unos segundos después, todos empiezan a correr para alejarse de la
explosión, mientras que y o me lanzo contra ellos, con los hombros por delante,
para llegar hasta Uriah. Un codo me golpea en el costado y caigo de bruces,
arañándome con algo duro y metálico: la esquina de una mesa. Me pongo de pie
como puedo mientras me limpio la sangre de la ceja con una manga. La tela se
desliza sobre mis brazos, y lo único que veo son extremidades, pelo y ojos muy
abiertos, además del cartel que hay sobre sus cabezas: « SALIDA DEL
COMPLEJO» .
—¡Dad las alarmas! —grita uno de los guardias del control de seguridad.
Me agacho para pasar por debajo de un brazo y tropiezo de lado.
—¡Ya lo he hecho! —grita otro guardia—. ¡No funcionan!
Matthew me agarra por el hombro y me chilla al oído:
—¿Qué haces? ¡No vay as hacia…!
Avanzo más deprisa al encontrar un pasillo abierto, sin gente que me
entorpezca el camino. Matthew corredetrás de mí.
—No deberíamos acercarnos al punto de la explosión. Quienquiera que sea,
y a estará dentro del edificio —dice—. ¡Al laboratorio de armamento, ahora!
¡Vamos!
El laboratorio de armamento. Palabras sagradas.
Pienso en Uriah, tirado en el suelo, rodeado de cristal y metal. Mi cuerpo
lucha por correr hacia él, cada uno de mis músculos me lo pide, pero sé que
ahora mismo no puedo ayudarlo. Lo más importante es utilizar mis
conocimientos sobre el caos y los ataques para evitar que Nita y sus amigos
roben el suero de la muerte.
Matthew tenía razón: de esto no puede salir nada bueno.
Matthew va delante, metiéndose entre la gente como si nadara en una piscina.
Intento concentrarme en su nuca para seguirlo, pero las caras que se acercan me
distraen, las bocas y los ojos paralizados de terror. Lo pierdo unos segundos y
después lo encuentro de nuevo, varios metros más adelante, doblando a la
derecha en el siguiente pasillo.
—¡Matthew! —grito, y me abro paso entre otro grupo de gente.
Por fin lo alcanzo y lo agarro por la camisa. Él se vuelve y me da la mano.
—¿Estás bien? —pregunta, mirándome la herida que tengo por encima de la
ceja.
Con las prisas, me había olvidado del corte. Me lo aprieto con la manga y me
la mancha de rojo, pero asiento.
—¡Estoy bien! ¡Vamos!
Corremos codo con codo por el pasillo. Este no está tan lleno como los demás,
aunque veo que quienes se han infiltrado ya han pasado por aquí: hay guardias
tirados en el suelo, algunos vivos y otros muertos. Veo una pistola al lado de una
fuente y me lanzo a por ella, soltando la mano de Matthew.
Cojo la pistola y se la ofrezco, pero él niega con la cabeza.
—Nunca he disparado una.
—Por Dios —exclamo, y pongo el dedo en el gatillo.
Es distinta de las armas de la ciudad: no tiene un cañón que se desplaza a un
lado, ni la misma tensión en el gatillo, ni siquiera la misma distribución de peso.
Por todo eso, es más fácil de sostener, ya que no me despierta los mismos
recuerdos.
Matthew jadea, sin aliento. Yo también, aunque no lo percibo igual porque y a
he corrido muchas veces en medio del caos. El siguiente pasillo por el que nos
lleva está vacío, salvo por una soldado caída. No se mueve.
—No queda mucho —dice Matthew, y yo me llevo un dedo a los labios para
indicarle que se calle.
Frenamos y avanzamos caminando, yo con el arma bien sujeta para que no
se me resbale con el sudor. No sé cuántas balas tiene dentro, ni cómo
comprobarlo. Cuando pasamos junto a la soldado, me detengo para buscar su
arma. Encuentro una bajo la cadera, ya que, al caer, la mujer aterrizó sobre su
muñeca. Matthew se queda mirándola sin parpadear mientras yo recojo el arma.
—Eh —le digo en voz baja—, sigue moviéndote. Después tendrás tiempo de
asimilarlo.
Le doy un codazo y abro la marcha por el pasillo. Aquí está todo en
penumbra, barras y tuberías se cruzan por el techo. Oigo voces más adelante, y
no necesito las instrucciones susurradas de Matthew para encontrarlas.
Cuando llegamos al sitio donde se supone que debemos doblar la esquina, me
pego a la pared y echo un vistazo con precaución, para mantenerme tan oculta
como me sea posible.
Hay unas puertas de cristal dobles que parecen tan pesadas como unas de
metal, pero están abiertas. Al otro lado hay un pasillo estrecho en el que solo se
ven tres personas de negro. Llevan ropa pesada y fusiles tan grandes que no
estoy segura de ser capaz de levantar uno de ellos. Se cubren la cara con tela
oscura para taparlo todo, salvo los ojos.
De rodillas ante las puertas dobles está David, al que apuntan con un fusil a la
sien; le cae sangre por la barbilla. Y entre los invasores, con la misma máscara
que ellos, hay una chica con una coleta oscura.
Nita.
CAPÍTULO VEINTISIETE
TRIS
—Déjanos entrar, David —dice Nita, aunque cuesta identificar su voz a través de
la máscara.
Los ojos de David se mueven lentamente hacia un lado, hacia el hombre que
le apunta con el arma.
—No creo que vayáis a dispararme —dice—, porque soy el único del
edificio que conoce esa información, y vosotros queréis el suero.
—Puede que no te disparemos en la cabeza —dice el hombre— pero hay
otros sitios.
El hombre y Nita se miran. Después, el hombre baja el arma y dispara a los
pies de David. Cierro los ojos con fuerza cuando los gritos de David retumban por
el pasillo. Puede que sea una de las personas que ofreció a Jeanine Matthews la
simulación del ataque, pero no disfruto con sus gritos de dolor.
Me quedo mirando las armas que llevo, una en cada mano, y mis dedos
pálidos sobre los gatillos negros. Me imagino podando todas las ramas perdidas de
mis pensamientos para concentrarme solo en este lugar, en este momento.
Acerco la boca a la oreja de Matthew y mascullo:
—Ve a por ayuda ahora mismo.
Matthew asiente y vuelve por el pasillo. Hay que reconocer que se mueve en
silencio, sus pisadas no hacen ruido. Al final del pasillo vuelve la vista atrás antes
de desaparecer por la esquina.
—Estoy harta de esta mierda —dice la mujer pelirroja—. Vamos a reventar
las puertas.
—Una explosión activaría uno de los mecanismos de seguridad auxiliares —
responde Nita—. Necesitamos el código.
Me asomo de nuevo y, esta vez, David me ve. Está pálido y sudoroso, y hay
un buen charco de sangre alrededor de sus tobillos. Los demás miran a Nita, que
se saca una caja negra del bolsillo y la abre, dejando al descubierto una jeringa
y una aguja.
—Dijiste que esa cosa no funcionaba con él —dice el hombre de la pistola.
—Dije que podría resistirse, no que no funcionara del todo. David, esto es una
mezcla muy potente del suero de la verdad y el suero del miedo. Voy a
inyectártelo si no nos das el código de acceso.
—Sé que esto es culpa de tus genes, Nita —dice David débilmente—. Si te
detienes ahora, puedo ayudarte, puedo…
Nita esboza una sonrisa torcida. Le clava la aguja en el cuello con una
expresión de placer y empuja el émbolo. David se derrumba, se estremece y
vuelve a estremecerse.
Entonces abre mucho los ojos y grita, mirando el aire vacío, y sé lo que está
viendo, porque yo también lo vi en la sede de Erudición, cuando me iny ectaron
el suero del terror: vi hacerse realidad mis peores miedos.
Nita se arrodilla frente a él y le agarra la cara.
—¡David! —grita con urgencia—. Puedo detenerlo ahora mismo si nos dices
cómo entrar en esa habitación. ¿Me oyes?
Él jadea, y sus ojos no se centran en ella, sino en algo que hay detrás de su
hombro.
—¡No lo hagáis! —exclama, y se lanza hacia delante, hacia el fantasma que
el suero le está enseñando. Nita le pone un brazo en el pecho para evitar que se
caiga, y él grita—. ¡No lo…!
Nita lo sacude.
—¡Los detendré si me dices cómo entrar!
—¡Ella! —dice David, con lágrimas en los ojos—. El… El nombre…
—¿El nombre de quién?
—¡Se nos acaba el tiempo! —exclama el hombre que apunta a David—. O
conseguimos el suero o lo matamos…
—Ella —dice David, señalando hacia delante.
Señalándome a mí.
Extiendo los brazos, rodeando la esquina, y disparo dos veces. La primera
bala da en la pared. La segunda acierta en el brazo del hombre, de modo que su
enorme arma cae al suelo. La mujer pelirroja me apunta con su fusil (o apunta a
la parte de mí que puede ver, medio escondida detrás de la pared) y Nita grita:
—¡No disparéis! Tris, no sabes lo que estás haciendo…
—Seguramente tienes razón —respondo, y disparo otra vez.
Esta vez lo hago con mano más firme y apunto mejor: le doy a Nita en el
costado, justo encima de la cadera. Ella grita dentro de su máscara y se agarra el
agujero en la piel antes de caer de rodillas, con las manos cubiertas de sangre.
David se lanza hacia mí con una mueca de dolor al apoyar su peso en la
pierna herida. Lo sujeto por la cintura con un brazo y lo giro para colocarlo entre
los soldados que quedan y yo. Después le apunto a la cabeza con una de mis
armas.
Todos se quedan paralizados. Noto el latido del corazón en la garganta, en las
manos y detrás de los ojos.
—Si disparáis, le meto una bala en la cabeza —advierto.—No serías capaz de matar a tu líder —dice la pelirroja.
—No es mi líder, me da igual que viva o muera. Pero si creéis que voy a
permitir que os hagáis con ese suero de la muerte, estáis locos.
Empiezo a retroceder arrastrando los pies, con David gimiendo delante de mí,
todavía bajo la influencia del cóctel de sueros. Agacho la cabeza y me pongo de
lado para quedar a salvo detrás de él, sin dejar de apuntarle a la cabeza.
Llegamos al final del pasillo, y la mujer decide que es un farol. Dispara y
acierta a David debajo de la rodilla, en la otra pierna. Él se derrumba con un
grito, y quedo expuesta. Me tiro al suelo, golpeándome los codos, en el preciso
instante en que una bala pasa silbando junto a mí y me vibra en la cabeza.
Entonces noto que algo caliente me resbala por el brazo izquierdo, veo sangre
e intento apoyar los pies en el suelo para ganar tracción. La encuentro y disparo
a ciegas al pasillo. Agarro a David por el cuello de la camisa y lo arrastro por el
suelo mientras el dolor me recorre el brazo izquierdo.
Oigo carreras y gruño, pero no vienen por detrás, sino por delante. La gente
me rodea, Matthew entre ellos, y alguien recoge a David y corre con él por el
pasillo. Matthew me ofrece una mano.
Me pitan los oídos. No puedo creer que lo hay a conseguido.
CAPÍTULO VEINTIOCHO
TRIS
El hospital está atestado de gente, todos gritan o corren de un lado a otro cerrando
cortinas. Antes de sentarme he buscado a Tobias por todas las camas, pero no
estaba en ninguna. Todavía tiemblo de alivio.
Uriah tampoco está aquí, sino en una de las habitaciones, con la puerta
cerrada; no es buena señal.
La enfermera que me aplica antiséptico en el brazo está sin aliento y echa un
vistazo a su alrededor en vez de dirigir la vista a mi herida. Me dice que es un
arañazo, nada de lo que preocuparse.
—Puedo esperar si necesitas hacer otra cosa —le digo—. De todos modos,
tengo que buscar a alguien.
Ella frunce los labios y responde:
—Necesitas puntos.
—¡Es un arañazo!
—En el brazo no, en la cabeza —responde, señalándome la frente.
Con todo el caos, se me había olvidado el corte, pero todavía no ha dejado de
sangrar.
—Vale.
—Te voy a inyectar un anestésico —dice mientras me enseña una jeringa.
Estoy tan acostumbrada a las agujas que ni reacciono. Me humedece la
frente con antiséptico (aquí son muy cuidadosos con los gérmenes) y noto el
pinchazo de la aguja, aunque desaparece rápidamente a medida que surte efecto
el anestésico.
Observo a la gente que pasa corriendo junto a nosotras mientras ella me cose
la piel: un médico se quita unos guantes de goma manchados de sangre; una
enfermera lleva una bandeja con gasas y está a punto de resbalar en las
baldosas; el familiar de un herido se retuerce las manos. El aire huele a productos
químicos, papel viejo y cuerpos calientes.
—¿Alguna novedad sobre David? —pregunto.
—Vivirá, aunque tardará en volver a caminar —responde; entonces deja de
fruncir los labios unos segundos—. Podría haber sido mucho peor si no hubieses
estado allí. Ya estás lista.
Asiento con la cabeza. Desearía poder contarle que no soy una heroína, que
lo he usado de escudo, como una pared de carne. Desearía poder confesarle que
odio al Departamento y a David, y que soy capaz de permitir que revienten a
balazos a alguien con tal de salvar la vida. Mis padres estarían avergonzados.
La enfermera me pone una venda sobre los puntos para proteger la herida, y
recoge todos los envoltorios y los algodones mojados para tirarlos.
Antes de poder darle las gracias, se va a la siguiente cama, al siguiente
paciente, a la siguiente herida.
Los heridos hacen cola en el pasillo que da a urgencias. Por lo que he visto,
deduzco que detonaron otra bomba a la vez que la de la entrada. Las dos eran
distracciones. Nuestros atacantes entraron por los túneles subterráneos, como
Nita dijo. Lo que no mencionó fue que pensara abrir agujeros en las paredes.
Las puertas del final del pasillo se abren, y unas cuantas personas entran
corriendo con una mujer joven (Nita) en brazos. La dejan en un catre, cerca de
una de las paredes. Ella gruñe y se agarra un rollo de gasa con el que se aprieta
la herida del costado. Curiosamente, veo su dolor como algo ajeno. Yo le disparé,
tenía que hacerlo. Fin de la historia.
Mientras recorro el pasillo entre los heridos, me fijo en sus uniformes: todos
van de verde. Salvo escasas excepciones, todos son personal auxiliar. Se sujetan
brazos, piernas o cabezas ensangrentadas; algunas heridas son como las mías, y
otras, mucho peores.
Contemplo mi reflejo en las ventanas que hay justo después del pasillo
principal: tengo el pelo sucio y lacio, y la venda me tapa media frente. Llevo
parte de la ropa manchada de sangre de David y mía. Necesito ducharme y
cambiarme, pero primero tengo que encontrar a Tobias y a Christina. No he visto
a ninguno de los dos desde antes de la invasión.
No tardo en encontrar a Christina: está sentada en la sala de espera cuando
salgo de urgencias, moviendo tanto la rodilla que la persona que tiene al lado le
lanza miradas asesinas. Levanta una mano para saludarme, pero sus ojos se
apartan de los míos y se vuelven hacia las puertas justo después.
—¿Estás bien? —me pregunta.
—Sí. Todavía no hay noticias de Uriah. No he podido entrar en la habitación.
—Esta gente me vuelve loca, ¿sabes? No le dicen nada a nadie. No nos
permiten verlo. ¡Es como si creyeran que él y todo lo que le suceda es solo cosa
suy a!
—Aquí funcionan de otra forma. Seguro que te contarán algo cuando tengan
noticias concretas.
—Bueno, te lo contarán a ti —responde ella, frunciendo el ceño—, pero no
estoy convencida de que a mí me hagan caso.
Hace unos días no habría estado de acuerdo con ella, y a que no estaba segura
de hasta qué punto influía en su comportamiento la creencia en el daño genético.
No sé bien qué hacer, no sé cómo hablar con ella ahora que tengo estas ventajas
de las que ella no disfruta, y que ninguna de las dos puede hacer nada al respecto.
Solo se me ocurre quedarme a su lado.
—Tengo que encontrar a Tobias, pero volveré después para sentarme a
esperar contigo, ¿vale?
Ella me mira al fin y deja quieta la rodilla.
—¿No te lo han contado?
—¿El qué? —pregunto mientras se me forma un nudo en el estómago.
—Han detenido a Tobias —responde en voz baja—. Lo vi sentado con los
invasores justo antes de venir aquí. Algunas personas lo vieron en la sala de
control antes del ataque y dicen que estaba desactivando el sistema de alarma.
Me mira con tristeza, como si yo le diera lástima, pero y o ya sabía lo que
había hecho Tobias.
—¿Dónde están?
Necesito hablar con él y sé lo que voy a decirle.
CAPÍTULO VEINTINUEVE
TOBIAS
Me pican las muñecas por culpa de la brida de plástico con la que me las ha
sujetado el guardia. Me toco la mandíbula con la punta de los dedos para ver si la
tengo manchada de sangre.
—¿Estás bien? —me pregunta Reggie.
Asiento con la cabeza, ya que he sufrido heridas peores. He recibido golpes
más fuertes que este, cuando el soldado me estrelló la culata del fusil en la
mandíbula mientras me detenía, mirándome con rabia.
Mary y Rafi están sentados a unos cuantos metros, Rafi con un puñado de
gasas para contener la sangre del brazo. Una guardia colocada entre ellos y
nosotros nos mantiene separados. Al volverme hacia ellos, Rafi me mira a los
ojos y asiente con la cabeza, como diciendo: « Bien hecho» .
Si lo he hecho bien, ¿por qué me siento tan mal?
—Mira —me dice Reggie, moviéndose para acercarse más—, Nita y la
gente de la periferia van a asumir toda la culpa. No pasará nada.
Asiento de nuevo, no muy convencido. Teníamos un plan de emergencia para
nuestra probable detención, y no me preocupa que tenga éxito o no. Lo que me
preocupa es lo que están tardando en ocuparse de nosotros y lo informal que ha
sido todo. Hemos estado sentados en este pasillo vacío desde que atraparon a los
invasores, hace más de media hora, y nadie se ha acercado a contarnos lo que
nos va a pasar ni a preguntarnosnada. Ni siquiera he visto todavía a Nita.
Noto un sabor amargo en la boca. No sé qué hemos hecho, pero parece
haberlos alterado mucho, y no sé de nada que altere tanto a la gente como la
pérdida de vidas.
¿De cuántas de esas muertes soy responsable por haber participado en esto?
—Nita me dijo que iban a robar el suero de la memoria —le digo a Reggie,
temiendo mirarlo—. ¿Era verdad?
Reggie mira al guardia, que está a pocos metros. Ya nos han gritado una vez
por hablar.
Pero conozco la respuesta.
—No era verdad, ¿no? —insisto.
Tris tenía razón: Nita mentía.
—¡Eh! —grita la guardia, acercándose para meter el cañón del fusil entre los
dos—. Apartaos, las conversaciones no están permitidas.
Reggie se mueve hacia la derecha y mira a los ojos a la guardia.
—¿Qué está pasando? —pregunto—. ¿Qué ha pasado?
—Claro, como si no lo supieras —responde ella—. Mantén la boca cerrada.
La observo alejarse, y entonces veo a una chica rubia baj ita aparecer al final
del pasillo: Tris. Tiene la cabeza vendada y manchas de sangre con forma de
dedos en la ropa. Lleva un trozo de papel apretado en el puño.
—¡Eh! —le dice la guardia—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Shelly —la interrumpe el otro guardia, que se ha acercado corriendo—,
tranquila, es la chica que ha salvado a David.
La chica que ha salvado a David… ¿de qué exactamente?
—Ah —dice Shelly, bajando el arma—. Bueno, la pregunta sigue siendo
válida.
—Me pidieron que os trajera noticias —dice Tris, y le da a Shelly el trozo de
papel—. David está en reanimación. Vivirá, pero no saben cuándo volverá a
caminar. La mayor parte de los demás heridos está siendo atendida.
El amargor que noto en la boca se acentúa: David no puede caminar. Y lo que
han estado haciendo todo este tiempo es encargarse de los heridos. Toda esta
destrucción, ¿para qué? Ni siquiera lo sé, no conozco la verdad.
¿Qué he hecho?
—¿Tienen un recuento de víctimas? —pregunta Shelly.
—Todavía no.
—Gracias por informarnos.
—Verás —responde Tris, cambiando el peso de pie—, necesito hablar con él.
Me señala con la cabeza.
—La verdad es que no podemos… —empieza a contestar Shelly.
—Solo un segundo, lo prometo. Por favor.
—Déjala, ¿qué daño va a hacer? —dice el otro guardia.
—Vale, te doy dos minutos.
Ella me señala otra vez con la cabeza, y yo uso la pared para apoyarme y
ponerme de pie, con las manos todavía atadas frente a mí. Tris se acerca, pero
no demasiado; el espacio y sus brazos cruzados forman una barrera entre
nosotros, casi tan infranqueable como una pared. Tris mira a algún punto al sur
de mis ojos.
—Tris…
—¿Quieres saber lo que han hecho tus amigos? —me pregunta con voz
temblorosa, y yo no cometo el error de pensar que es por las lágrimas. No, es
por la rabia—. No iban a por el suero de la memoria, sino a por veneno, a por el
suero de la muerte. Para matar a un puñado de gente importante del Gobierno y
empezar una guerra.
Bajo la mirada a mis manos, a las baldosas, a las puntas de sus zapatos. Una
guerra.
—No sabía…
—Yo tenía razón. Tenía razón y no me escuchaste. Otra vez —dice ella en voz
baja.
Me mira a los ojos y descubro que no deseo ese contacto visual que antes
ansiaba, porque me destroza, pedazo a pedazo.
—Uriah estaba justo al lado de una de las bombas que detonaron para
distraernos —sigue diciendo—. Está inconsciente y no saben si despertará.
Es extraño cómo una palabra, una frase, una oración puede convertirse en un
puñetazo en la cabeza.
—¿Qué?
Solo veo la cara de Uriah cuando cayó en la red después de la Ceremonia de
la Elección, su sonrisa atolondrada cuando Zeke y y o lo sacamos de la
plataforma de la red. O lo recuerdo sentado en el salón de tatuajes, apartando la
oreja para que Tori pudiera dibujarle una serpiente en la piel. ¿Que Uriah quizá
no despierte? ¿Que Uriah puede desaparecer para siempre?
Y lo prometí. Le prometí a Zeke que cuidaría de él, le prometí…
—Es uno de los últimos amigos que me quedan —dice Tris con la voz rota—.
No sé si seré capaz de volver a mirarte del mismo modo.
Se aleja y oigo la voz de Shelly ordenándome que me siente, pero parece una
voz muy lejana. Caigo de rodillas, con las muñecas sobre las piernas. Intento
encontrar el modo de escapar de esto, del horror de lo que he hecho, pero no hay
ninguna lógica sofisticada que me libere; no hay salida.
Me tapo la cara con las manos e intento no pensar, intento no imaginarme
nada de nada.
La luz que cuelga de la sala de interrogatorios se refleja en el centro de la mesa
formando un círculo borroso. Mantengo la vista fija en ese círculo mientras
recito la historia que me enseñó Nita, una historia que está tan cerca de la verdad
que no me cuesta contarla. Cuando termino, el hombre que la registra escribe mi
última frase en su pantalla y el cristal se ilumina con las letras que tocan sus
dedos. Después, la mujer que actúa en nombre de David (Angela) dice:
—Entonces ¿desconocías la razón por la que Juanita te pidió que desactivaras
el sistema de seguridad?
—Sí —respondo, y es cierto. No conocía la razón real, solo una mentira.
A los demás los someten al suero de la verdad, pero a mí no. La anomalía
genética que me hace ser consciente de las simulaciones también indica que
podría ser resistente a los sueros, así que mi testimonio con el suero de la verdad
podría no resultar fiable. Mientras mi historia coincida con la de los demás,
supondrán que es cierta. No saben que hace unas horas todos nos inoculamos
contra el suero. El informante GP de Nita se lo había pasado hace meses.
—Entonces ¿cómo te convenció para hacerlo?
—Somos amigos. Ella es… era uno de los únicos amigos que tengo aquí. Me
pidió que confiara en ella y me dijo que era por una buena causa, así que lo hice.
—¿Y qué opinas de la situación actual?
—Nunca me había arrepentido tanto de nada —contesto, mirándola al fin.
Los ojos relucientes y duros de Angela se ablandan un poco.
—Bueno, tu historia concuerda con la de los demás —dice, asintiendo—.
Teniendo en cuenta que eres nuevo en la comunidad, que no conocías el plan de
los atacantes y tu deficiencia genética, hemos decidido ser indulgentes. Tu
sentencia es libertad condicional: harás trabajos para la comunidad y vigilaremos
tu buen comportamiento durante un año. No se te permitirá entrar en ningún
laboratorio o sala privada. No abandonarás los confines de este complejo sin
permiso. Te pondrás en contacto una vez al mes con tu agente de la condicional,
que te será asignado al final de este procedimiento. ¿Entiendes los términos?
Con las palabras « deficiencia genética» todavía en la cabeza, asiento y
respondo:
—Sí.
—Entonces, hemos acabado. Puedes irte.
Se levanta, echando la silla atrás. El secretario también se pone de pie y
guarda la pantalla en su bolsa. Angela toca la mesa para que la mire de nuevo.
—No seas demasiado duro contigo mismo —me dice—. Eres muy joven,
¿sabes?
No creo que mi juventud sea una excusa, pero acepto su intento de ser
amable sin ponerle objeciones.
—¿Puedo preguntar qué le va a pasar a Nita?
Angela aprieta los labios.
—Cuando se recupere de sus graves heridas, la trasladaremos a nuestra
prisión, donde pasará el resto de su vida.
—¿No la ejecutarán?
—No, no creemos en la pena de muerte en el caso de las personas
genéticamente defectuosas —responde Angela mientras se dirige a la puerta—.
Al fin y al cabo, no podemos esperar que tengan el mismo comportamiento que
las de genes puros.
Esboza una sonrisa triste y sale de la habitación sin cerrar la puerta. Me quedo
en mi asiento unos segundos, asimilando el escozor que me dejan sus palabras.
Quería pensar que estaban equivocados conmigo, que no era más defectuoso que
los demás, pero ¿cómo puede ser cierto si mis acciones han enviado a Uriah al
hospital, Tris ni siquiera es capaz de mirarme a los ojos y tanta gente ha acabado
muerta?
Me tapo la cara y aprieto los dientes mientras lloro, soportando la ola de
desesperación como si fuera un puño que me golpea. Cuando me levanto para
marcharme, me duele la mandíbula, y los puños de mi camisa, que he usadopara secarme las mejillas, están mojados.
CAPÍTULO TREINTA
TRIS
—¿Has entrado y a?
Cara está a mi lado, con los brazos cruzados. Ay er trasladaron a Uriah de su
habitación cerrada a otra con una ventana al pasillo, sospecho que para que no
siguiéramos preguntando por él todo el rato. Christina está sentada junto a su
cama, sosteniéndole una mano flácida.
Creía que estaría hecho trizas, como un muñeco de trapo descosido, pero está
como siempre, salvo por las vendas y los arañazos. Es como si fuese a despertar
en cualquier momento, entre sonrisas, para preguntarnos por qué lo miramos
tanto.
—Estuve dentro anoche. No me parecía bien dejarlo solo.
—Algunas pruebas indican que, según el alcance del daño cerebral, puede
oírnos y percibirnos hasta cierto punto —dice Cara—. Aunque me han dicho que
su pronóstico no es bueno.
A veces me dan ganas de pegarle. Como si necesitara que me recordasen que
es poco probable que Uriah se recupere.
—Sí.
Después de dejarlo anoche, me puse a dar vueltas sin rumbo por el complejo.
Debería haber estado pensando en mi amigo, dividido entre este mundo y el otro,
pero estaba pensando en lo que le había dicho a Tobias. Y en cómo me sentí al
mirarlo, como si se rompiera algo.
No le dije que era el fin de nuestra relación. Quería hacerlo, pero, al mirarlo,
me resultó imposible. Vuelvo a notar que se me llenan los ojos de lágrimas, igual
que cada hora, más o menos, desde ayer, así que las reprimo y me las trago.
—Entonces, salvaste al Departamento —dice Cara, volviéndose hacia mí—.
Siempre estás metida en líos. Supongo que deberíamos darte las gracias por no
perder los nervios en una crisis.
—No salvé al Departamento. No me interesaba en absoluto salvarlo.
Simplemente evité que un arma cayera en manos peligrosas. —Espero un
segundo—. ¿Me acabas de hacer un cumplido?
—Soy capaz de reconocer los puntos fuertes de los demás —contesta Cara, y
sonríe—. Además, creo que nuestros problemas y a están resueltos, tanto a nivel
lógico como a nivel emocional. —Se aclara un poco la garganta, y me pregunto
si lo que la incomoda es reconocer por fin que tiene emociones, o si será otra
cosa—. Parece que sabes algo del Departamento que te ha cabreado. Me
pregunto si me lo podrías contar.
Christina apoy a la cabeza en el borde del colchón de Uriah y deja caer su
esbelto cuerpo de lado.
—Yo también me lo pregunto. Puede que nunca lo sepamos —respondo con
ironía.
—Hmmm —dice Cara mientras le aparece entre las cejas la arruga que se le
forma cuando las frunce, una arruga que me recuerda tanto a la de Will que
tengo que apartar la vista—. Quizá deba añadir un por favor.
—Vale. ¿Recuerdas el suero de la simulación de Jeanine? Bueno, pues no era
suy o —digo, suspirando—. Vamos, te lo enseñaré. Será lo más sencillo.
Sería igual de sencillo contarle lo que vi en el viejo almacén, en el corazón de
los laboratorios del Departamento, pero lo cierto es que quiero mantenerme
ocupada para no pensar ni en Uriah ni en Tobias.
—Es como si los engaños no se acabaran nunca —comenta Cara mientras
caminamos hacia el almacén—. Las facciones, el vídeo de Edith Prior… Todo
mentira, diseñado para que nos comportáramos de cierto modo.
—¿Es eso lo que realmente piensas de las facciones? —pregunto—. Creía que
te encantaba ser erudita.
—Me encantaba —dice. Se rasca la nuca y las uñas le dejan marcadas unas
ray itas rojas—. Pero el Departamento me hizo sentir muy tonta por luchar por
ello y por lo que defendían los leales. Y no me gusta sentirme tonta.
—Entonces crees que nada de eso mereció la pena. Lo de los leales.
—¿Tú sí?
—Nos sacó de allí y nos mostró la verdad, y era mejor que la comuna sin
facciones que Evelyn tenía en mente, donde nadie puede elegir nada.
—Supongo. Es que me enorgullezco de ser una persona capaz de leer entre
líneas, incluso en el tema de las facciones.
—¿Sabes lo que decían los abnegados del orgullo?
—Algo negativo, supongo.
Me río.
—Obviamente. Decían que ciega a las personas y les impide ver lo que
realmente son.
Llegamos a la puerta de los laboratorios y llamo unas cuantas veces para que
Matthew me oiga y nos deje entrar. Mientras espero a que abra la puerta, Cara
me mira raro.
—Los viejos escritos eruditos dicen lo mismo, más o menos —comenta.
Jamás se me habría ocurrido que los eruditos dijeran algo sobre el orgullo, ni
siquiera que se preocuparan por la moralidad. Parece que me equivocaba. Me
gustaría preguntarle más cosas, pero entonces la puerta se abre y Matthew
aparece en el pasillo, comiéndose un corazón de manzana.
—¿Puedes dejarme entrar en el almacén? —le pregunto—. Tengo que
enseñarle una cosa a Cara.
Él arranca el último trozo del corazón de la manzana y asiente.
—Por supuesto.
Hago una mueca al imaginar el sabor amargo de las semillas de manzana, y
lo sigo.
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
TOBIAS
No puedo volver a las miradas y las preguntas silenciosas del dormitorio. Sé que
no debería regresar a la escena de mi gran crimen, aunque no sea una de las
zonas seguras que me han prohibido, pero necesito saber lo que pasa dentro de la
ciudad. Como si tuviera que recordar que existe un mundo más allá de este, un
mundo donde no me odian.
Entro en la sala de control y me siento en una de las sillas. Cada pantalla de la
red que tengo sobre mí enseña una zona distinta de la ciudad: el Mercado del
Martirio, el vestíbulo de la sede de Erudición, el Millennium Park, el pabellón del
exterior del edificio Hancock.
Me paso un buen rato observando a la gente que da vueltas por la sede de
Erudición con los brazos cubiertos por sus brazaletes de abandonados y armas a
las caderas, entablando conversaciones rápidas o entregando latas de comida
para la cena, una vieja costumbre de los sin facción.
Entonces oigo que una de las personas de los escritorios de la sala de control
le dice « ahí está» a uno de sus compañeros, y examino las pantallas para ver a
qué se refieren. Entonces lo veo, de pie frente al edificio Hancock: Marcus, cerca
de las puertas principales, mirando la hora.
Me levanto y doy un toquecito en la pantalla con el índice para activar el
sonido. Al principio solo oigo el ruido del viento a través de los altavoces que hay
bajo la pantalla, pero después oigo pasos: Johanna Reyes se acerca a mi padre.
Él le ofrece la mano, pero ella no la acepta, y mi padre se queda con la mano
flotando en el aire, un cebo en el que ella no picará.
—Sabía que te habías quedado en la ciudad —dice Johanna—. Te están
buscando por todas partes.
Unas cuantas personas de la sala de control se reúnen detrás de mí para
observar. Apenas me doy cuenta. Estoy observando el brazo de mi padre, que
vuelve junto a su costado con la mano cerrada en un puño.
—¿He hecho algo para ofenderte? —pregunta Marcus—. Me puse en
contacto contigo porque creía que éramos amigos.
—Yo creía que te habías puesto en contacto conmigo porque sabías que sigo
siendo la líder de los leales y tú necesitas un aliado —responde Johanna,
inclinando el cuello de modo que un mechón de pelo le cae sobre la cicatriz del
ojo—. Y, según cuáles sean tus intenciones, sigo siendo eso, Marcus, pero creo
que nuestra amistad ha terminado.
Marcus frunce el ceño. Mi padre tiene el aspecto de un hombre guapo que ha
envejecido, se le han hundido las mejillas y las facciones se le han vuelto duras y
estrictas. El pelo, cortado a ras del cuero cabelludo, al estilo abnegado, no ayuda
a suavizar esa impresión.
—No lo entiendo —dice Marcus.
—Hablé con algunos de mis amigos veraces —responde Johanna—. Me
contaron lo que dijo tu hijo cuando estaba bajo la influencia del suero de la
verdad. Ese rumor tan desagradable que ha propagado Jeanine Matthews sobre tu
hijo y tú… era cierto, ¿verdad?
Noto que se me calienta la cara y que me encojo, hundiendo los hombros.
Marcus niega con la cabeza.
—No, Tobias…
Johanna levanta una mano y habla con los ojos cerrados, como si no
soportara mirarlo.
—Por favor. He visto cómo se comporta tu hijo, cómo se comporta tu mujer.
Conozco el aspecto de la gente marcadapor la violencia. —Se mete el pelo
detrás de la oreja—. Nos reconocemos entre nosotros.
—No te habrás creído… —empieza a decir Marcus, negando con la cabeza
—. Soy partidario de la disciplina, sí, pero solo quería lo mejor para…
—Un marido no debería « disciplinar» a su mujer —lo interrumpe Johanna
—. Ni siquiera en Abnegación. Y en cuanto a tu hijo… Bueno, digamos que me
lo creo de ti.
Los dedos de Johanna pasan por encima de la cicatriz de su mejilla. El ritmo
de mi corazón me abruma: ella lo sabe, lo sabe, no porque me haya oído
confesar mi vergüenza en la sala de interrogatorios de Verdad, sino porque lo
sabe, porque lo ha experimentado en persona, estoy seguro. Me pregunto quién
fue en su caso: ¿su madre? ¿Su padre? ¿Otra persona?
Parte de mí siempre se preguntó lo que haría mi padre si tuviera que
enfrentarse a la verdad. Creía que pasaría de ser el humilde líder de Abnegación
a convertirse en la pesadilla que y o vivía en casa, que quizá perdiera los nervios
y se revelara como lo que es. Me resultaría satisfactorio ver una reacción así,
pero no es lo que ocurre en realidad.
Se queda donde está, con una expresión de perplej idad y, por un momento,
me pregunto si estará perplejo de verdad, si en su enfermo corazón se creerá sus
propias mentiras sobre la disciplina. La idea forma una tormenta en mi interior,
un rugir de truenos acompañado del silbido del viento.
—Ahora que he sido sincera —dice Johanna, algo más calmada—, puedes
decirme por qué me has pedido que venga.
Marcus salta a un tema nuevo como si el anterior ni siquiera se hubiese
discutido. Veo en él a un hombre compartimentado, capaz de cambiar de una
faceta a otra a placer. Uno de esos compartimentos estaba reservado a mi madre
y a mí.
Los empleados del Departamento acercan la cámara hasta que el edificio
Hancock se convierte en un mero fondo negro detrás de los torsos de Marcus y
Johanna. Me dedico a observar una viga que cruza la pantalla en diagonal,
cualquier cosa con tal de no mirarlo.
—Evely n y los abandonados son tiranos —dice Marcus—. La paz que
experimentamos con las facciones, antes del primer ataque de Jeanine, puede
restaurarse, estoy seguro. Y quiero intentar hacerlo. Creo que tú también.
—Sí. ¿Cómo crees que debemos hacerlo?
—Es la parte que quizá no te guste, pero espero que mantengas la mente
abierta —responde Marcus—. Evely n controla la ciudad porque controla las
armas. Si le arrebatamos esas armas, no tendrá tanto poder y podremos
enfrentarnos a ella.
Johanna asiente y raspa la acera con el zapato. Solo veo la parte lisa de su
cara desde este ángulo, el pelo suave, aunque rizado, los labios carnosos.
—¿Qué quieres que haga? —pregunta.
—Que me permitas unirme a los leales —responde él—. Antes era líder de
Abnegación y prácticamente líder de toda la ciudad. La gente acudirá a mi
llamada.
—La gente ya ha acudido a la llamada —comenta Johanna—, y no por
seguir a una persona concreta, sino por el deseo de reinstaurar las facciones.
¿Quién dice que te necesito?
—No es por minusvalorar tus logros, pero los leales siguen siendo demasiado
insignificantes para ir más allá de una pequeña revuelta —dice Marcus—. Hay
más abandonados de lo que creíamos. Me necesitas y lo sabes.
Mi padre sabe cómo persuadir a la gente sin usar su encanto, es algo que
siempre me ha desconcertado. Ofrece sus opiniones como si fueran hechos y,
por algún motivo, esa certeza tan absoluta hace que te lo creas. Ahora, esa
cualidad me asusta porque sé lo que me contó a mí: que y o estaba roto, que no
valía nada, que no era nada. ¿Cuántas de aquellas cosas me hizo creer?
Veo que Johanna empieza a creérselo, pensando en el grupito de gente que ha
reclutado para la causa leal. Pensando en el grupo que envió al exterior de la
valla, con Cara, y del que no ha vuelto a oír hablar. Pensando en lo sola que está
y en la amplia experiencia como líder de Marcus. Me dan ganas de gritarle a
través de las pantallas que no confíe en él, que solo quiere recuperar las
facciones porque sabe que así podría recuperar su puesto como líder. Sin
embargo, mi voz no llegaría hasta ella, ni siquiera estando allí, a su lado.
—¿Me prometes que harás todo lo posible por limitar la destrucción que
causemos? —le pregunta Johanna con cautela.
—Claro que sí.
Ella asiente de nuevo, aunque esta vez lo hace para sí.
—A veces es necesario luchar por la paz —dice, más al pavimento que a
Marcus—. Creo que esta es una de esas veces y también creo que será útil contar
contigo para reunir a más gente.
Es el inicio de la rebelión leal que he estado esperando desde que oí que se
había formado el grupo. Aunque me ha parecido inevitable desde que vi la forma
de gobernar de Evely n, me siento mal. Es como si las rebeliones no acabaran
nunca: en la ciudad, en el complejo, por todas partes. Solo hay unos cuantos
instantes de reposo entre ellas, y nosotros, como tontos, decimos que eso es la
paz.
—Me aparto de la pantalla con la intención de dejar la sala de control atrás,
de tomar un poco de aire fresco donde pueda.
Sin embargo, al alejarme, veo otra pantalla en la que se ve a una mujer de
pelo oscuro dando vueltas por un despacho de la sede de Erudición. Evelyn, por
supuesto; la muestran en las pantallas más importantes de la sala, tiene sentido.
Evely n se mete las manos en el pelo y se tira de los gruesos mechones. Se
deja caer en cuclillas, con papeles por todo el suelo, y pienso: « Está llorando» .
Pero no sé bien por qué lo pienso, porque no le tiemblan los hombros.
A través de los altavoces de la pantalla oigo que alguien llama a la puerta del
despacho. Evely n se endereza, se arregla el pelo, se seca la cara y dice:
—¡Adelante!
Entonces entra Therese con la banda negra torcida.
—Acabo de recibir un informe de las patrullas: dicen que no hay ni rastro de
él.
—Genial —dice Evely n, sacudiendo la cabeza—. Lo envió al exilio y él se
queda en la ciudad. Debe de hacerlo por simple despecho.
—O se ha unido a los leales y ellos lo protegen —responde Therese, que se
tira en una de las sillas de oficina. Se dedica a aplastar los papeles del suelo con la
bota.
—Bueno, obviamente —dice Evelyn, que pone el brazo sobre la ventana y se
apoy a en él mientras contempla la ciudad del otro lado y, más allá de ella, el
pantano—. Gracias por el informe.
—Lo encontraremos, no puede haber ido demasiado lejos. Juro que lo
encontraremos.
—Solo quiero que desaparezca —contesta Evely n con una vocecilla infantil.
Me pregunto si sigue temiéndolo, igual que yo aún lo temo, como una
pesadilla que siempre acaba resurgiendo por la mañana. Me pregunto hasta qué
punto nos parecemos mi madre y yo en el fondo, donde importa.
—Lo sé —responde Therese, y se marcha.
Me quedo de pie un rato observando a Evely n mientras ella mira por la
ventana sin dejar de mover los dedos, nerviosa.
Me siento como si me hubiese convertido en una persona a medio camino
entre mi madre y mi padre, violento, impulsivo, desesperado y asustado. Como si
hubiera perdido el control sobre lo que soy.
CAPÍTULO TREINTA Y DOS
TRIS
David me llama a su despacho al día siguiente, y temo que recuerde que lo
utilicé de escudo cuando retrocedía del laboratorio de armamento, que le apunté
con una pistola a la cabeza y dije que no me importaba si vivía o moría.
Zoe se reúne conmigo en el vestíbulo del hotel y me lleva por el pasillo
principal hasta otro pasillo largo y estrecho con ventanas a la derecha que dan a
la flotilla de aviones colocados en fila sobre el hormigón. Una fina nevada salpica
los cristales, los primeros pasos del invierno, aunque se derrite en pocos segundos.
Echo vistazos a hurtadillas a Zoe mientras caminamos, esperando descubrir
cómo es cuando cree que nadie la mira, pero parece la misma de siempre:
alegre pero eficiente. Como si el ataque no se hubiera producido.
—Estará en una silla de ruedas —dice cuando llegamos al final del pasillo
estrecho—. Es mejor no darle demasiada importancia, a David no le gusta
inspirar lástima.
—No me inspira lástima —respondo,intentando que no se me note el enfado.
Eso me haría resultar sospechosa—. No es la primera persona que recibe un
balazo.
—Siempre se me olvida que has visto mucha más violencia que nosotros —
responde Zoe mientras pasa su tarjeta por la siguiente barrera de seguridad.
Me quedo mirando a través del cristal a los guardias del otro lado: están
completamente rígidos, con los fusiles al hombro, y miran adelante. Me da la
impresión de que mantienen esa postura todo el día.
Me siento pesada y dolorida, como si mis músculos me comunicaran un dolor
emocional más profundo. Uriah sigue en coma. No puedo mirar a Tobias cuando
lo veo en el dormitorio, en la cafetería o en el pasillo sin ver también la pared
estallando junto a la cabeza de Uriah. No sé bien cuándo mejorarán las cosas, si
lo hacen, y no estoy segura de que estas heridas puedan curarse.
Pasamos junto a los guardias, y las baldosas se convierten en madera. En las
paredes hay pequeños cuadros con marcos dorados y, justo en la puerta del
despacho de David, hay un pedestal con un ramo de flores. No son más que
detallitos, pero el efecto hace que mi ropa me parezca sucia.
Zoe llama y una voz responde:
—¡Adelante!
Ella me abre la puerta, pero no me sigue. El despacho de David es espacioso
y cálido; en los huecos sin ventanas, las paredes están llenas de libros. A la
izquierda hay un escritorio con pantallas de cristal colgadas encima y, a la
derecha, un pequeño laboratorio con mobiliario de madera, en vez de metal.
David está sentado en una silla de ruedas y lleva las piernas tapadas con un
material rígido, supongo que para mantener los huesos en su sitio y facilitar la
curación. Aunque sé que tuvo algo que ver con la simulación del ataque y con
todas aquellas muertes, me cuesta conectar esas acciones con el hombre que
tengo delante. Me pregunto si eso ocurrirá con todos los hombres malvados: que
parecen buenas personas, hablan como buenas personas y son tan simpáticos
como las buenas personas.
—Tris.
David empuja la silla hacia mí y coge una de mis manos entre las suyas. Yo
la mantengo allí a pesar de que tiene la piel seca como el papel y su mera
presencia me repele.
—Eres muy valiente —dice, y después me suelta la mano—. ¿Cómo están tus
heridas?
—Las he tenido peores —respondo, encogiéndome de hombros—. ¿Y las
suy as?
—Tardaré un tiempo en volver a caminar, pero confían en que lo haga. De
todos modos, algunos de los nuestros están desarrollando unos aparatos
ortopédicos, de modo que yo sea su primer sujeto de prueba, en caso necesario
—dice, arrugando los rabillos de los ojos—. ¿Podrías empujarme de nuevo hacia
el escritorio? Todavía me cuesta maniobrar.
Lo hago: guío sus rígidas piernas hasta colocarlas bajo la mesa y dejo que el
resto de su cuerpo las siga. Después de asegurarme de que está en la posición
correcta, me siento en la silla que hay frente a él e intento sonreír. Para poder
descubrir el modo de vengar a mis padres, tengo que conservar su confianza y su
cariño. Y no lo haré frunciendo el ceño.
—En primer lugar, te he pedido que vinieras para darte las gracias —dice—.
No creo que hay a muchos jóvenes capaces de ir a por mí en vez de salir
corriendo en busca de refugio, ni capaces de salvar el complejo como lo has
hecho tú.
Pienso en la pistola con la que le apuntaba a la cabeza mientras lo
amenazaba, y trago saliva.
—La gente con la que viniste y tú misma habéis pasado por un lamentable
periodo de incertidumbre desde vuestra llegada. Para serte sincero, no estamos
muy seguros de qué hacer con vosotros, pero se me ha ocurrido algo que me
gustaría que hicieras tú. Soy el jefe oficial de este complejo, pero, aparte de eso,
tenemos un sistema de gobierno parecido al de Abnegación, así que cuento con la
ay uda de un pequeño grupo de consejeros. Me gustaría que empezaras a
formarte para ese cargo.
Aprieto los brazos de la silla.
—Verás, vamos a tener que hacer algunos cambios por aquí después del
ataque. Necesitamos defender mejor nuestra causa y creo que tú sabes cómo
hacerlo.
No puedo discutírselo.
—¿Qué…? —empiezo a preguntar, pero tengo que aclararme la garganta—.
¿Qué supondría esa formación?
—Asistir a nuestras reuniones, en primer lugar, y aprender los entresijos de
nuestro complejo: cómo funciona de arriba abajo, nuestra historia, nuestros
valores y demás. No puedo permitir que formes parte del consejo en capacidad
oficial siendo tan joven, y debes seguir cierta tray ectoria (convertirte en
ayudante de uno de los miembros actuales), pero te invito a recorrer ese camino,
si lo deseas.
Son sus ojos, no su voz, los que hacen la pregunta.
Seguramente fueron los consejeros los que autorizaron la simulación del
ataque y se aseguraron de que se entregara el suero a Jeanine en el momento
preciso. Y él quiere que me siente entre ellos, que aprenda a convertirme en
ellos. Aunque me sube la bilis a la garganta, no me cuesta responder.
—Por supuesto, será un honor —acepto, sonriente.
Si alguien te ofrece la oportunidad de acercarte a tu enemigo, tienes que
aceptarla. Es algo que sé sin necesidad de que me lo enseñe nadie.
Debe de creerse mi sonrisa, porque la imita.
—Ya me parecía a mí que aceptarías —dice—. Es lo que quería para tu
madre, antes de que se presentara voluntaria para entrar en la ciudad, pero creo
que ella ya se había enamorado de aquel lugar desde lejos y no pudo resistirse.
—¿Enamorado… de la ciudad? —pregunto—. Hay gente para todo, supongo.
No es más que una broma y la hago sin ganas. A pesar de todo, David se ríe,
así que decido que he dicho lo correcto.
—¿Estaba muy… unido a mi madre cuando ella vivía aquí? —pregunto—. He
estado ley endo su diario, pero no se explaya demasiado.
—No, ¿verdad? Natalie siempre fue muy directa. Sí, tu madre y yo
estábamos unidos.
Se le ablanda la voz al hablar de ella; y a no es el curtido líder del complejo,
sino un anciano que reflexiona sobre un pasado más amable.
Un pasado en el que todavía no la había asesinado.
—Nuestras historias eran similares. A mí también me sacaron del mundo
defectuoso cuando era pequeño. Mis padres eran dos personas muy
disfuncionales que acabaron en la cárcel. En vez de sucumbir a un sistema de
adopciones rebosante de huérfanos, mis hermanos y y o huimos a la periferia (el
mismo lugar en el que se refugió tu madre unos años después) y solo yo salí de
allí con vida.
No sé qué decir, no sé qué hacer con la compasión que surge dentro de mí
por un hombre que ha hecho cosas terribles. Me quedo mirándome las manos y
me imagino que mis entrañas son de metal líquido que se endurece al contacto
con el aire para adoptar una forma que no volverán a abandonar.
—Tendrás que ir con nuestras patrullas mañana, así podrás ver la periferia
por ti misma. Es importante para un futuro miembro del consejo.
—Estoy deseándolo —respondo.
—Estupendo. Bueno, odio tener que poner fin a nuestra reunión, pero debo
recuperar el tiempo de trabajo perdido. Mandaré a alguien a avisarte sobre las
patrullas; la próxima reunión del consejo es el viernes a las diez de la mañana, así
que nos veremos pronto.
Estoy frenética, ya que no le he preguntado lo que quería preguntarle. Creo
que en realidad nunca tuve la oportunidad. De todos modos, ahora y a es
demasiado tarde. Me levanto y me voy hacia la puerta, pero él habla de nuevo.
—Tris, creo que debería ser sincero contigo si queremos confiar el uno en el
otro.
Por primera vez desde que lo conozco, David parece tener… miedo. Abre
mucho los ojos, como un niño. La expresión desaparece en cuestión de segundos.
—Puede que en aquel momento estuviera bajo la influencia de un cóctel de
sueros, pero sé lo que les dij iste para que no nos dispararan. Sé que les advertiste
de que me matarías para proteger lo que contenía el laboratorio de armamento.
Se me hace tal nudo en la garganta que apenas puedo respirar.
—No te asustes —añade—. En realidad, es una de las razones por las que te
ofrezco esta oportunidad.
—¿P-por qué?
—Demostraste poseer una cualidad indispensable para misconsejeros: la de
hacer sacrificios por el bien común. Si queremos ganar esta batalla contra el
daño genético, si queremos salvar los experimentos para que no los cierren,
tendremos que sacrificarnos. Lo entiendes, ¿verdad?
Aunque me enfurezco, me obligo a asentir con la cabeza. Nita y a nos había
contado que los experimentos corrían peligro, así que no me sorprende oír que es
cierto. Sin embargo, la desesperación de David por salvar el trabajo de su vida no
es excusa para asesinar a toda una facción, a mi facción.
Me quedo un momento con la mano en el pomo de la puerta para recuperar
la compostura, hasta que decido arriesgarme.
—¿Qué habría pasado si hubieran detonado otro explosivo para entrar en el
laboratorio de armamento? —pregunto—. Nita dijo que dispararía un dispositivo
de seguridad, aunque a mí me parecía la solución más evidente a su problema.
—Habrían liberado un suero por el aire… Un suero del que no protegen las
máscaras porque se absorbe por la piel —responde David—. Uno al que ni
siquiera son inmunes los genéticamente puros. No sé cómo supo Nita de su
existencia, y a que no es de dominio público, pero supongo que y a lo
averiguaremos.
—¿Qué hace ese suero?
Su sonrisa se convierte en una mueca.
—Solo te diré que es tan malo que Nita preferiría pasar el resto de su vida en
la cárcel antes que entrar en contacto con él.
Tiene razón: no hace falta que diga más.
CAPÍTULO TREINTA Y TRES
TOBIAS
—Mira quién es —dice Peter cuando entro en el dormitorio—. El traidor.
Hay varios mapas extendidos sobre su catre y el de al lado. Son blancos,
celestes y verde pálido, y me atraen mediante un extraño magnetismo. En cada
uno de ellos, Peter ha dibujado un círculo irregular: alrededor de nuestra ciudad,
alrededor de Chicago. Está marcando los límites de los sitios en los que ha estado.
El círculo es más pequeño en cada mapa hasta convertirse en un punto rojo,
como una gota de sangre.
Después retrocedo, temiendo su significado: que soy demasiado pequeño.
—Si te crees moralmente superior, te equivocas —le digo a Peter—. ¿Por qué
tantos mapas?
—Me cuesta hacerme a la idea, al tamaño del mundo —responde—. Algunas
personas del Departamento me están ayudando a aprender más sobre el tema.
Planetas, estrellas y masas de agua, cosas así.
Lo dice como si nada, pero, por los garabatos frenéticos de los mapas, soy
consciente de que es algo importante, obsesivo. También y o estaba así de
obsesionado con mis miedos, intentando encontrarles sentido, una y otra vez.
—¿Ayuda? —pregunto.
Me doy cuenta de que nunca he mantenido una conversación con Peter sin
chillarle. No es que no se mereciera los gritos, sino que no sé nada sobre él.
Apenas recuerdo su apellido de la lista de iniciados. Hay es. Peter Hayes.
—Más o menos.
Recoge uno de los mapas más grandes en el que se ve todo el globo, aunque
aplastado como masa de pan. Lo observo hasta descifrar las formas, las
extensiones azules de agua y los trozos multicolores de tierra. En uno de los trozos
hay un punto rojo. Lo señala.
—Ese punto cubre todos los lugares en los que hemos estado. Podríamos
cortar esa zona de tierra y hundirla en el océano, y nadie se daría cuenta.
—Vale, ¿y? —pregunto, notando de nuevo ese miedo a mi tamaño.
—¿Y? Que todo lo que me ha preocupado hasta ahora, todo lo que he dicho o
hecho, no importa nada. ¿Cómo va a importar? —Sacude la cabeza—. No
importa.
—Claro que sí. Toda esa tierra está llena de personas, todas diferentes, y las
cosas que se hacen entre sí importan.
Él vuelve a sacudir la cabeza y, de repente, me pregunto si así es como se
consuela: convenciéndose de que todo lo malo que ha hecho no importa. Entiendo
que el planeta descomunal que a mí me aterra a él le parezca un refugio, un
enorme espacio en el que desaparecer, en el que no destacar ni ser responsable
de sus actos.
Se agacha para atarse los cordones de los zapatos.
—Bueno, ¿tu grupito de admiradores te ha condenado al ostracismo?
—No —respondo automáticamente—. Puede —añado—. Pero no son mis
admiradores.
—Por favor, son como el Culto de Cuatro.
No puedo evitar reírme.
—¿Celoso? ¿Te gustaría tener tu propio Culto de Psicópatas?
Él arquea una ceja.
—Si fuera un psicópata, y a te habría matado mientras duermes.
—Y añadido mis globos oculares a tu colección de globos oculares, sin duda.
Peter también se ríe, y me doy cuenta de que estoy intercambiando bromas
y palabras con el iniciado que apuñaló a Edward en el ojo e intentó matar a mi
novia…, si es que todavía es mi novia. Sin embargo, también es el osado que nos
ay udó a acabar con la simulación del ataque y que salvó a Tris de una muerte
horrible. No estoy seguro de cuál de esas acciones debería pesar más en mi
mente. A lo mejor debería perdonárselo todo, permitir que empiece de cero.
—Deberías unirte a nuestro grupito de gente odiada —dice Peter—. Hasta
ahora, Caleb y yo somos los únicos miembros, pero dado lo fácil que es ponerse
a malas con esa chica, estoy seguro de que creceremos.
Me pongo rígido.
—Tienes razón, es fácil ponerse a malas con ella, solo hace falta intentar
asesinarla.
Noto un nudo en el estómago: yo he estado a punto de asesinarla. Si se
hubiese encontrado más cerca de la explosión, quizá ahora estaría como Uriah,
enganchada a unos tubos en el hospital, con la mente en silencio.
Con razón no sabe si desea seguir saliendo conmigo o no.
Se acaba el momento de relajación, no puedo olvidarme de lo que hizo Peter
porque Peter no ha cambiado. Sigue siendo la misma persona dispuesta a matar,
mutilar y destruir para llegar a lo más alto de su clase de iniciados. Y tampoco
puedo olvidar lo que hice yo. Me levanto.
Peter se apoya en la pared y cruza los dedos sobre el estómago.
—Solo digo que, si Tris decide que alguien no merece la pena, todos la imitan.
Es un talento poco común para alguien que no era más que otra estirada aburrida,
¿verdad? Y quizá sea demasiado poder para una sola persona, ¿no?
—No es que tenga talento para controlar las opiniones de los demás, es que,
normalmente, tiene razón sobre la gente.
—Lo que tú digas, Cuatro —responde, cerrando los ojos.
Estoy a punto de reventar de la tensión. Salgo del dormitorio y me alejo de
los mapas con sus círculos rojos, aunque no sé bien adónde ir.
A mí Tris siempre me ha parecido magnética de un modo que no sé describir
y del que ella no era consciente. Nunca la he temido ni odiado por eso, como le
pasa a Peter, aunque yo siempre he estado en una posición privilegiada en la que
no me sentía amenazado por ella. Ahora que he perdido esa posición, noto que
una parte de mí me empuja hacia el resentimiento, lo noto con tanta claridad
como si fuese una mano la que me tirara del brazo.
Me encuentro de nuevo en el jardín del patio interior y, esta vez, hay luz
detrás de las ventanas. Las flores se ven salvajes y preciosas a la luz del día,
como criaturas feroces suspendidas en el tiempo, inmóviles.
Cara entra corriendo en el patio con el pelo desordenado flotándole sobre la
frente.
—Aquí estás. Da miedo lo fácil que es perder a la gente en este lugar.
—¿Qué pasa?
—Bueno… ¿Estás bien, Cuatro?
Me muerdo tan fuerte el labio que noto una punzada.
—Estoy bien, ¿qué pasa?
—Tenemos una reunión y se requiere tu presencia.
—¿Quiénes, exactamente?
—GD y simpatizantes de los GD que no quieren que el Departamento se libre
de ciertas cosas —responde, y ladea la cabeza—. Pero con mejores planes que
los últimos con los que te aliaste.
Me pregunto quién se lo habrá contado.
—¿Sabes lo de la simulación del ataque?
—Mejor aún: reconocí el suero de la simulación en el microscopio cuando
Tris me lo enseñó —dice Cara—. Sí, lo sé.
Niego con la cabeza.
—Bueno, esta vez no pienso volver a involucrarme.
—No seas tonto. La verdad que te contaron sigue siendo verdad. Esta gente
sigue siendo responsable de la muerte de casi toda Abnegación, de la esclavitud
mental de los osados y de la destrucción completa de nuestra forma de vida, y
hay que hacer algo al respecto.
No estoy seguro de querer encontrarme