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Reseñas y comentarios
Alfredo Pavón, reCuentero
Alfredo Pavón. Al final, reCuento. I. Orígenes del cuento mexi-
cano: 1814-1837. UAM-I/Departamento de Ciencias del Len-
guaje-BUAP, México, 2004 (Biblioteca de Signos, 32). ISBN 970-
31-0277-8
Ingresar al terreno del cuento guiados por Alfredo Pavón es una
experiencia inigualable; después de todo, él conoce el camino como
ninguno. Remontarnos a los orígenes del cuento mexicano bajo su
guía, nos permite darnos cuenta de su erudición, de todos los cono-
cimientos que ha adquirido en su largo periplo por el espacio
cuentístico. Pero si Alfredo es nuestro guía, él a su vez escoge a
dos extraordinarios: el escritor Edmundo Valadés, infatigable cuen-
tista, y el estudioso Luis Leal, formador de muchos investigadores,
pues a ellos dedica su trabajo. Conocedor a fondo de lo difícil que
resulta dar el primer paso, y todos los demás, en la vía de una
investigación, aunque a él no parece presentársele ninguna dificul-
tad, Alfredo pone en juego un consejo de Borges, cuentista por
excelencia y filósofo del tiempo: “El ejecutor de una empresa atroz
debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir
que sea irrevocable como el pasado”.
Al final, reCuento, tiene como subtítulo I. Orígenes del cuen-
to mexicano: 1814-1837. Este nos plantea tres cuestiones: pri-
mera, el libro es la apertura de una serie; segunda, la acotación
temporal de este primer acercamiento a la cuentística nacional, que
nos deja más de siglo y medio dentro del tintero o la computadora
de Pavón; tercera, la fijación de 1814 como fecha de aparición del
primer cuento mexicano. Apenas un primer acercamiento y elabo-
ración de la historia del cuento mexicano, apenas una probadita de
los manjares elaborados en la cocina de la escritura cuentística del
siglo XIX, y la investigación nos deja apabullados por su extensión,
profundidad y manejo de información de todo tipo: bibliográfica,
Escritos, Revista del Centro de Ciencias del Lenguaje
Número 29, enero-junio de 2004, pp. 157-173
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hemerográfica, documental, y de diversos campos del conocimiento:
literatura, teoría literaria, historia, política, por mencionar algunos.
Si bien Alfredo Pavón estructura su trabajo acorde con las par-
tes que tradicionalmente lo constituyen, una introducción, el desa-
rrollo y una conclusión, que en este caso más bien es un engarce
con el periodo que analizará en su segundo tomo (1838-1867) y en
un tercero (1868-1908), los títulos que designan a esas partes rin-
den homenaje a importantes cuentistas mexicanos. Así, la intro-
ducción lleva como título “Los espejos”, en clara referencia a Inés
Arredondo; la primera parte, que constituye el desarrollo de la in-
vestigación, tiene tres capítulos: “¡Diles que no me maten!”, que de
inmediato nos remite a Juan Rulfo, en el cual hace una revisión de
antologías; “Material de los sueños”, donde se hace presente José
Revueltas, y que contiene todos los conceptos de análisis que, ade-
más, le permiten establecer la distinción entre cuento y novela; por
último, “Confabulario”, donde analiza los autores y textos que con-
forman el corpus, y que implica un reconocimiento a Juan José
Arreola. En este mismo apartado se establece el engarce antes
mencionado, para dar paso a la segunda parte del libro, “Al final,
reCuento”, una antología donde se reúnen los cuentos que antes
han sido analizados. Una amplia bibliografía, tanto directa como
indirecta, que contiene además un listado de antologías, es el com-
plemento imprescindible de esta investigación y el broche con que
se cierra el texto.
Como bien se señala en la introducción, que el autor designa
prólogo, tres volúmenes conformarán la investigación acerca del
cuento mexicano decimonónico. Con una tendencia a la tríada, tres
capítulos constituyen el estudio del corpus del primer volumen, como
ya se dijo antes. Se destaca, además, el rechazo a los aspectos
biográficos insubstanciales, para dar cabida a un mayor número de
cuentos y de cuentistas, y la recuperación de los cuentos con autor
y también los anónimos.
Muy acertadamente, en el primer capítulo se establece de en-
trada la relación entre literatura e historia, pero no esa historia que
consiste en un recuento de fechas y datos, sino aquella que plantea
“el conflicto entre quienes detentan poder y privilegios y quienes
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construyen, mano a mano, las algarabías y sinsabores de la espe-
ranza cotidiana.” (p. 23) “La historia literaria de este país [dice
Pavón] debe ubicarse entre los márgenes de dicho enfrentamien-
to.” Poder y marginalidad se retoman en las letras mexicanas, pero
también se “recogen las caídas e ilusiones de las clases medias.”
(p. 23) Importante resulta además la revaloración que Pavón hace
de la crítica literaria acerca de la literatura mexicana, con todas las
fallas y aciertos que ésta pueda tener, en contraposición con los
investigadores que sólo ven un “vacío crítico”. Las antologías se-
rán fuentes esenciales en esta investigación en donde se hace la
historia literaria de un género. De ahí que establezca la existencia
de cinco modelos antológicos, acompañados de algunas variantes;
esos modelos son los siguientes: histórico, de movimiento literario,
generacional, temático y de lector.
Una acuciosa revisión de antologías termina de dar cuerpo al
capítulo, con un recorrido que se inicia en 1895, en Guadalajara,
donde se publica la primera antología de cuento mexicano, hecha
por “Los redactores de El Heraldo” y titulada 20 cuentos de lite-
ratos jaliscienses, la cual consiste en “una selección generacional,
con marcado tinte regionalista.” (p. 38) Este recorrido termina en
2001 con la Antología del cuento siniestro mexicano de Rafael
David Juárez Oñate, cuyo título ya muestra dentro del género un
campo muy acotado; ésta, nos dice, carece de interpretación o va-
loración y de “una guía bibliohemerográfica confiable.” (p. 60) En-
tre estas dos antologías nos remite a otras 16, de las cuales han
atraído mi atención la de Victoriano Agüeros, Novelas cortas de
varios autores, de 1901, por su propósito de “salvar del olvido las
obras de autores mexicanos, hoy perdidas o ignoradas de la gene-
ralidad”, y de “acopiar materiales que algún día puedan servir para
formar la historia de la literatura mexicana.” (p. 41) También la de
Luis Leal, Breve historia del cuento mexicano, de 1956, que se
complementa con la Antología del cuento mexicano y la Biblio-
grafía del cuento mexicano. De este investigador nos dice Pa-
vón: “Con Luis Leal, el cuento mexicano encontraba, por fin, a su
lector, historiador, estudioso y difusor más cabal, acucioso, admira-
ble.” (p. 54) Importante resulta también la Antología de cuentos
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mexicanos del siglo XIX de Jaime Erasto Cortés, pues para su
elaboración revisó las características y criterios de casi todas las
que precedieron a la suya, convirtiéndose así, como Mancisidor,
“en pionero de la crítica de las antologías.” (p. 56) Dentro de este
conjunto sólo se presenta una antología hecha por una investigado-
ra, La novela corta en el primer romanticismo mexicano, publi-
cada en 1985 por Celia Miranda Cárabes, a la que se alaba su
“conquista imprescindible del quehacer hemerográfico” y se repro-
cha “la ausencia de análisis literario de las novelas cortas y de los
cuentos localizados”. (p. 58) El recorrido antológico culmina con
cinco conclusiones que dejo a la espera del descubrimiento del lector.
El segundo capítulo es un compendio de los conceptos de aná-
lisis de narrativa, aplicables a la categoría relato, entendido como
“un discurso que integra una sucesión de acontecimientos de inte-
rés humano en la unidad de una misma acción.” (Bremond, cit. por
Pavón, p. 68) Dentro de esa categoría caben el cuento, la novela
corta y la novela, por lo que el investigador, sin recurrir a la distin-
ción a través del número de palabras o del tiempo de la lectura,
busca el principio diferenciador entre estasformas narrativas y lo
encuentra a través del aspecto de la intriga, ya que:
El cuento recurre sólo a una transformación situacional, cuyo plan-
teamiento, evolución y desenlace requiere de escasos conflictos de
intereses y mínimos personajes. La novela corta y la novela
involucran distintos juegos situacionales, acompañados, a su vez,
de numerosas intrigas y variadas imbricaciones de personajes, cada
uno guiado por sus propios deseos e intereses. El tejido de las intri-
gas en la novela corta y la novela, exige una cadena de situaciones
donde el estado inicial y el de término se van alternando: el del
principio deriva hacia el de clausura, que se convierte en origen de
un nuevo estado, cuyo planteamiento, desarrollo y cierre conducirá,
a través de diversas transformaciones, a otro punto de desenlace.
(p. 72)
Una vez señalada esta diferencia, Pavón puede establecer cuál es
el primer cuento mexicano moderno: “Ridentem dicere verum ¿quid
vetat?” de José Joaquín Fernández de Lizardi, publicado en el nú-
mero 13 de El Pensador Mexicano, el 1 de noviembre de 1814.
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El tercer capítulo, “Confabulario”, comienza con un acercamiento
al cambio histórico que se produce por “la quiebra del mundo colo-
nial y el nacimiento del México moderno.” (p. 99) Ya que, dice
Pavón:
El cuento mexicano moderno nace en consonancia con el movimien-
to popular independentista de México y con la emergencia del perio-
dismo. [...]
Atrás de él quedaban el cuento prehispánico y el colonial, gene-
ralmente plegados en obras mayores. El moderno, sin embargo, no
olvidaba sus orígenes, sobre todo la marca de la oralidad, a la cual
tornará con cierta constancia. Tampoco echaba en saco roto mani-
festaciones próximas a él. (p. 110)
Para poder confirmar el origen del cuento mexicano moderno con
Fernández de Lizardi (1776-1827), el investigador demuestra que
algunos textos considerados como anticipaciones de cuentos no lo
son. Tal es el caso de “Todo es mondongo”, inserto en las Memo-
rias (1805) de Fray Servando Teresa de Mier (1763-1827); de “Dos
lances raros” y “El mayor virrey de México” de José Miguel Guridi
y Alcocer (1763-1828), incluidos en sus Apuntes (1806); y de las
fábulas de Mariano Barazábal (¿1772?)
Para Alfredo Pavón, Fernández de Lizardi no tenía en un princi-
pio “conciencia de narrador.” En su práctica escritural de diálogos
didácticos, cartas narrativas, fábulas y textos híbridos la va adqui-
riendo, como lo comprueba el investigador a través del análisis de
varios de sus textos. Ahora bien, por qué considera primer cuento
el antes mencionado, cuyo título, señala, proviene de una sátira de
Horacio que se traduce como “¿Qué impide decir la verdad riéndo-
se?” Las razones que da para designarlo fundante son las siguientes:
Configura una historia, de carácter onírico, donde los personajes
están perfectamente delineados y poseen, por tanto, su propia iden-
tidad. El fondo intrigal, derivado de la lucha entre la verdad y la
mentira, plantea el paso del estado degradado del Diablo y la Muer-
te, acusados de dañinos, a la situación de mejoramiento, donde aqué-
llos resultan absueltos de toda condena. El proceso de tránsito está
bien marcado respecto de las indicaciones temporales y espaciales.
El narrador, intradiegético y en primera persona, revela su aquí y
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ahora antes de proponerse como testigo de los eventos. El texto,
pues, posee autonomía, configuraciones internas, desarrollo
diegético pleno. Se gana su sitio de fundador de la cuentística mexi-
cana moderna. (p. 141)
Con el nacimiento de este género breve, las identidades del mexi-
cano se pueden dirimir ya desde su propia cultura y no desde la
perspectiva europea; se aspira “a una toma de conciencia del mexi-
cano desde el mexicano mismo.” (p. 144)
Después del efímero imperio de Agustín de Iturbide (1822-1823),
el 4 de octubre de 1824 se crea la República de los Estados Unidos
Mexicanos, pero el gobierno no puede ejercer el poder por todas
las circunstancias que obran en su contra. La inestabilidad permea
a la literatura, y en periódicos y revistas se publican fábulas, prosas
poéticas y minicuentos, muchos de ellos anónimos, que sirven de
puente entre la fase costumbrista y el primer romanticismo. Aun-
que entre 1814-1825 todavía “no se configura un canon para el
cuento mexicano”, sí se notan algunas “tendencias como el humor,
la ironía, la crítica, el simple divertimento o el sobrecargado esfuer-
zo pedagógico.” (p. 177) Algunos textos se publican en el Águila
Mexicana (1823-1827), El Iris (1826), El Celage (1829), la Mis-
celánea (1829-1832) y El Atleta (1829-1830). Aunque no todos
son producidos por escritores mexicanos, pero sí por extranjeros
radicados en México, como José María Heredia (1802-1839), cu-
bano, Claudio Linati (1790-1832) y Florencio Galli (?), italianos. En
El Iris aparecen, además, muchos aportes de colaboradores anóni-
mos. Varios de estos relatos sin autor conocido y de los escritores
antes mencionados se analizan en el libro, y un amplio comentario
se dedica a “Netzula” (1837), texto romántico de José María
Lacunza, fundador y guía de la Academia de Letrán. Sobre este
relato nos dice Pavón: “Aciertos y yerros, malicia e ingenuidad,
habilidad técnica y pudor temático transitan por la red textual de
‘Netzula’. Son los cauces del primer cuento mexicano plenamente
romántico.” (p. 255). “La hija del oidor” (1836) de Ignacio Rodríguez
Galván, publicado en El Año Nuevo de 1837, igual que “Netzula”,
se presenta como la gala del género breve en México. Comparte
con los textos narrativos de Fernández de Lizardi la avanzada de la
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literatura urbana, y Rodríguez, como este autor, utiliza los recursos
del costumbrismo, pero como “un verdadero compañero de las ten-
siones narrativas y no una rémora obstinada en detener el curso de
los acontecimientos.” (p. 259) Para el investigador: “Este [cuento],
respecto de su lógica narrativa, es suma de aciertos, de buena fac-
tura técnica, como lo demuestra el sutil inicio in media res, el ma-
nejo pertinente de las analepsis, que rompen la linealidad de la na-
rración, el osado diseño de los personajes, el recurso de las varias
peripecias y el exacto juego con el tiempo y el espacio.” (pp. 287-
288) A la habilidad narrativa de Rodríguez Galván (1816-1842) se
opone la falta de ésta en Eulalio María Ortega (1820-1875), autor
del cuento indianista “La batalla de Otumba”, también publicado en
El Año Nuevo de 1837 y el último que se analiza en este libro.
Con los autores que se incluyen en el texto se inicia el género
breve en México, sus aciertos y sus errores se señalan, pero como
bien dice Alfredo Pavón: “Cada uno de estos escritores tiene gana-
do su lugar en la historia de las letras mexicanas y, desde luego, en
la historia del cuento.” (p. 302) De igual manera Alfredo, con todos
los importantes estudios que ha hecho sobre el cuento mexicano,
de los cuales es una magnífica muestra este trabajo, y con todos los
que todavía va a hacer, se ha ganado ya un relevante lugar en la
crítica sobre este género.
Laura Cázares H.
UAM-I
Raquel Gutiérrez Estupiñán. Una introducción a la teoría li-
teraria feminista. BUAP, Institulo de Ciencias Sociales y Hu-
manidades, primera edición 2004, 147 pp.
La participación de la mujer en los diferentes ámbitos: económico,
político, social, cultural, así como en la investigación y la docencia,
es no sólo ya destacada e imparable sino, además, indispensable;
prueba clara de esto es la publicación del libro Una introducción a
la teoría literaria feminista, cuya autora, Raquel Gutiérrez
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Estupiñán, manifiesta en la introducción que uno de sus principales
objetivos es promover la investigación, la discusión y el análisis en
torno a la literatura escrita por mujeres. La autora es consciente de
que el estudio de la teoría y la crítica literaria feministas son indis-
pensables para comprender la expresión literaria de las mujeres, ya
que este es un campodiscursivo fértil que permite explorar la pro-
yección de la subjetividad y de la identidad femeninas. Como seña-
la, no se pretende resolver el problema de la diferencia entre los
géneros, sino observar las formas en que la literatura la contiene
como parte constitutiva.
No por naturaleza, aunque sí por razones de tipo histórico, social
y cultural, el género se constituye como una particularidad, tanto en
lo individual como en lo social, que modela y organiza la experien-
cia subjetiva y la identidad de ambos géneros; así, la dualidad de lo
masculino y lo femenino atraviesa la socialización diferencial de los
seres humanos. Lo anterior condiciona la percepción y la sensibili-
dad, así como las formas de pensamiento y de aprehender el mun-
do; especialmente si entendemos que el patriarcado no muestra a
la mujer como un sujeto plural del que es necesario escuchar su
amplia gama de voces.
Las estudiosas en este campo subrayan que la literatura, como
una forma de acceso al conocimiento, es un espacio privilegiado
para la organización, la representación, la interpretación y la articu-
lación de la experiencia, al igual que para la exploración de los
ideales, los valores y los prejuicios de los diferentes grupos
socioculturales y lingüísticos –los cuales determinan la construc-
ción del significado, de la identidad de género y de la sexualidad–,
así como muchas de las ideas y principios que rigen el feminismo.
Por lo tanto, en el terreno de los estudios de la mujer, esta publi-
cación vale para enriquecerlos, pues es importante recordar que el
feminismo (actualmente, señala la autora, se habla de “feminis-
mos” para referirse a la multiplicidad de propuestas teóricas que
existen para el estudio de los textos escritos por mujeres [p. 17]) es
una fuerza política en proceso; de ahí que este trabajo se destaque
por ser un exhorto a nuevas investigaciones, siempre en busca de
un aumento de sentido. Es una invitación al debate, a la ampliación
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del marco en torno al sujeto femenino que escribe, pues mediante
el estudio responsable de los textos literarios se puede describir e
interpretar los aportes de las mujeres como sujetos con género. Lo
anterior permite profundizar y, además, poner en tensión la teoría y
la crítica tradicionales, que de manera sistemática han dejado al
margen las obras de autoras, porque es clasificada como “ligth” o
“intrascendente”, pues algunas, en determinado momento acepta-
das en el “club” de aquellos que gozan del reconocimiento del dis-
curso oficial, terminan siendo ridiculizadas (p. 33), tal como subra-
ya la autora.
El libro Una introducción a la teoría literaria feminista es
indispensable para poder caracterizar, comprender y valorar, de
manera más adecuada, la producción femenina dentro de la litera-
tura, noción central que, como han enfatizado diferentes teóricas y
críticas, no es una, como se ha pretendido, puesto que es una com-
pleja elaboración artística que expresa la experiencia de individuos,
ya que revela la diversidad étnica, racial, cultural, nacional,
generacional y económica. Es absurdo creer, por tanto, que todos
estos factores no determinan, de manera categórica, las formas de
manifestación en la expresión literaria, la cual –en el campo de la
teoría del conocimiento– es un discurso vital y existencialmente
comprometido. Tal como menciona la autora, la teoría feminista ha
efectuado nuevas lecturas de textos conocidos y consagrados por
el discurso oficial, y ha puesto de relieve la forma en que son repre-
sentadas las mujeres, al añadir propuestas derivadas de sus re-
flexiones teóricas.
El estudio de la teoría y la crítica literaria feministas subraya la
noción de diferencia como rasgo destacado de la escritura femeni-
na, la cual deconstruye –mediante diversas estrategias, como la
parodia o la ironía– los discursos hegemónicos en su incansable
búsqueda por explicar qué significa modelar una imagen por y para
ellas mismas. En el libro se señala que dentro del feminismo existen
diversas corrientes y, por lo tanto, en la teoría y la crítica literaria
feministas hay una pluralidad de voces y de posiciones que enri-
quecen la reflexión sobre el poder, central en todo análisis feminis-
ta. Tanto la teoría como la crítica examinan, entre otras cosas, la
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relación de cada sujeto, ya sea escritora/or o lectora/or, con el po-
der, el lenguaje y el significado, los cuales están determinados por
el contexto y la historia particular de cada sujeto.
Por lo anterior, consideramos que el discurso de la teoría y la
crítica literarias constituye un punto de partida idóneo para la discu-
sión en torno al pensamiento feminista. Así, Una introducción a
la teoría literaria feminista es una herramienta fundamental para
quienes pretendan acercarse o profundizar en los textos literarios,
y de esta manera comprender los vínculos entre textualidad y sexua-
lidad, entre género y cultura, entre identidad y poder.
El libro va dirigido tanto al público general como a estudiantes
de literatura o investigadores. Parte de la explicación de la estre-
cha relación que guarda el feminismo con la literatura; abre con la
presentación de dos textos escritos por hombres dentro de la cultu-
ra occidental (un relato de Ovidio que aparece en las Metamorfo-
sis, el mito de Progne y Filomena, y Tito Andrónico, de Shakes-
peare); ambos revisten un alto grado de violencia por parte de los
personajes masculinos contra los femeninos. El propósito de esta
especie de prólogo a la exposición de las distintas corrientes teóri-
cas y críticas dentro del feminismo, es llamar la atención sobre la
imagen agresiva de los personajes masculinos, quienes disponen a
su antojo de la vida de las protagonistas. Posteriormente se expo-
nen, de manera sencilla, los dos grandes periodos en que podría
dividirse el feminismo. En este apartado (“Feminismo y literatura”)
se definen, además, sus tareas y problemas. Se muestra de manera
puntual las características de las obras más destacadas de dichos
periodos y vemos que, por ejemplo, la primera gran etapa abrió con
la publicación de la obra de Mary Wollstonecraft, A Vindication of
Rights of Women (1792). Este periodo se destacó por su propósito
de definir la participación política de la mujer y cerró con El segun-
do sexo, de Simone de Beauvoir (1949), autora polémica y audaz
para quien el feminismo era una lucha orientada a poner de relieve
una serie de conceptos e ideas determinantes para la situación de
desventaja de las mujeres en las distintas sociedades. Una segunda
etapa del feminismo se inicia en los años sesenta y llega hasta nues-
tros días. Dentro de ella, una de las líneas más destacadas es la
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fractura que se abre a mitad de los ochenta, cuando se somete a
discusión la “ficción unitaria” del feminismo (p. 19), ya que se cae
en la cuenta de que contiene rasgos totalizadores que continúan
excluyendo a las mujeres que no son blancas y que no son hetero-
sexuales. Así, en los noventa el movimiento inicia la integración de
una pluralidad de voces que se habían dejado en la oscuridad, tales
como las obras de las escritoras negras y los homosexuales.
Posteriormente se aclaran conceptos fundamentales, tales como
“género”, “identidad” y “canon”, pues en algunos estudios no pare-
cen deslindados con claridad. De ahí la pertinencia de clarificarlos,
porque estos conceptos medulares han generado diversas posturas
que dependen, en gran medida, del significado que cada vertiente
feminista adopta; más adelante se presentan las dos corrientes fun-
damentales de la teoría literaria feminista: la angloamericana y la
francesa, mediante un estudio puntual de sus figuras más destaca-
das (Cixous, Kristeva e Irigaray, entre otras) se aclara que, más
que plasmar naciones, estas nominaciones responden a tradiciones
intelectuales, porque de lo contrario sería demasiado limitante y
empobrecedor manejar dichos términos. De las autoras se expo-
nen sus orientaciones teóricas y susobras más representativas,
quienes no sólo han revisado con detenimiento las ideas de Freud,
Lacan y Derrida, sino que, además, han creado verdaderas pro-
puestas alternativas a las construidas por el patriarcado falocéntrico.
En cuanto a la rama angloamericana sobresalen, en el primer pe-
riodo, las obras Sexual Politics, de Kate Millet (1969); Thinking
about Women, de Mary Ellmann (1968) e Images of Women in
Fiction, compilación de Susan Koppelman Cornillon (1972), aquí
se definen los rasgos de las obras y las principales tesis de las
autoras. En la segunda ola de esta rama se inscriben textos como
Litterary Women, de Ellen Mores (1976), A Literature of their
Own, de Elaine Showalter (1977) y The Madwoman in the Attic,
The Women Writer and the Nineteen-Century Literary
Imagination, de Susan Gilbert y Sandra Gubar (1979) (p. 54).
A continuación se señalan algunas de las líneas más importan-
tes de diversas críticas y teóricas que justifican la pertinencia de
hablar de “literatura femenina”, lo que otras definen como “litera-
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tura escrita por mujeres”; se muestran los argumentos de diferen-
tes autoras. Así, mientras para algunas el producto de la actividad
literaria de las mujeres posee características particulares debido a
los contextos sociales y culturales, otras se refieren, casi en exclu-
siva, a las experiencias fisiológicas. Cabe señalar aquí que la auto-
ra explora con mucho cuidado los diversos matices que el concepto
“experiencia” adopta dentro del feminismo. Como cierre de esta
parte, la autora delimita con claridad las diferencias fundamentales
entre la teoría y la crítica literaria feministas, así como las autoras
que han enriquecido estos enfoques.
El apartado titulado “Escritura femenina: definición, modelos y
rasgos”, no es sólo medular, sino indispensable para quien desee
abordar con profundidad la literatura escrita por mujeres, ya que se
rebasan las especulaciones predominantes. Para esto se revisan
las nociones de las autoras más destacadas de la rama francesa:
Hélene Cixous, para quien la mujer escribe con el cuerpo, Julia
Kristeva, que coloca el acento en la marginalidad, la subversión y la
disidencia y Luce Irigaray, quien concibe el lenguaje específico de
la mujer como el parler femme (pp. 78-85). En cuanto a la tradi-
ción angloamericana se revisan, entre otras, las posturas de Gilbert
y Gubar en Sexual linguistics (1985), quienes ven la escritura de
las mujeres como fantasía compensatoria y competitiva, mientras
que para Nina Baym, en The Madwoman and her Languages:
Why I Don´t Do Feminist Literary Theory (1987), la escritura
femenina es un reclamo de las mujeres, que cobran conciencia de
que el lenguaje poderoso también les pertenece. Finalmente, se hace
un balance entre las aportaciones de una y otra escuela con el
propósito de subrayar sus aciertos y desencuentros. La autora pro-
fundiza, además, en torno a los modelos de la escritura femenina y
las estrategias discursivas, tales como la autobiografía, el género
confesional y la novela de autodescubrimiento; cada estrategia cons-
tituye una manera de afrontar ciertas experiencias de vida, el con-
flicto de la identidad individual y cultural, entre otras cuestiones.
En la cuarta y última parte, titulada “El análisis de los textos
escritos por mujeres”, se efectúa un detallado acercamiento a la
teoría bajtiniana, a la teoría de la recepción y al enfoque narratológico.
169 Reseñas y comentarios
Todas estas teorías han sido retomadas por el(los) feminismo(s), la
pregunta medular que se busca responder es ¿qué tan conveniente
es utilizar propuestas teóricas concebidas por mentes masculinas?
Cabe aclarar, sin embargo, que en un sentido estricto, América
Latina ha generado un gran caudal de crítica, pero con relación a
conceptos teóricos todavía hay camino por recorrerse.
Para finalizar, subrayamos que Una introducción a la teoría
literaria feminista abre la revisión, la revaloración de la propuesta
teórica ya existente, pero de la misma manera convoca a la necesi-
dad del nacimiento de una teoría literaria feminista, que emerja de
nuestro continente y permita descubrir las particularidades de una
literatura afín a nuestra historia y contexto cultural.
Por último, la bibliografía es una muestra del gran compromiso
que la autora ha asumido ante la investigación como un quehacer
que busca construir un nuevo conocimiento. Así, responde a uno de
los objetivos principales del libro, dar a conocer los métodos y prin-
cipios que operan dentro del marco de la teoría feminista. La prin-
cipal intención de la autora es motivar a investigadoras(es) al estu-
dio periódico, responsable y serio de la literatura escrita por muje-
res, lo que permitiría la reelaboración de la historia de la narrativa
mexicana, proyecto lleno de ambición, pero ya ineludible.
Adriana Velasco Marín
Norma Angélica Cuevas Velasco. Una propuesta de trilogía
en la novelística de Ignacio Solares. Universidad de Guanajua-
to, México, 2004, 145 pp.
Ocurre que cuando tenemos un texto con las características que
posee el que nos interesa: escritura amable y clara, capacidad ab-
soluta de esclarecer la terminología perteneciente a los modelos de
teoría y crítica literaria y, sobre todo, continente de un aporte para
el estudio futuro de la novelística que se ocupa del periodo de la
Revolución Mexicana y, en especial, de las novelas escritas por
Ignacio Solares, solemos pensar que su lectura y, más aún, su en-
170 Reseñas y comentarios
tendimiento estarán llenos de tropiezos; sin embargo, frente al texto
de Norma Angélica Cuevas Velasco hubo la grata sorpresa de en-
contrar un trabajo crítico que, además de ofrecer una posibilidad de
lectura a cada afirmación sustentada, señala un abanico de opcio-
nes interpretativas, mismas que intentaremos sintetizar como un
sano pretexto que invite a la lectura del ensayo de nuestra autora.
En primera instancia, se afianza la posibilidad de un paralelismo
entre el conocimiento histórico y el que ofrece la literatura; es de-
cir, “se pondera una mayor comprensión de sus individuales pro-
ducciones a la luz de un reconocimiento ficcional en ellos” (p. 16).
Esta afirmación aun representa una provocación para la definición
de novela histórica en su sentido más tradicional, señalando tam-
bién que la literatura usa su escaparate para configurar personajes
que el discurso historiográfico ha preferido olvidar, como ejemplo
tenemos el caso de Felipe Ángeles, no así el caso de Madero y,
mucho menos, el de Luis Treviño (este último ciento por ciento
ficcional).
Es así como, desde su trinchera y con una vitalidad transforma-
dora de la novela histórica, el escritor chihuahuense Ignacio Sola-
res urde una summa literaria con tres de sus obras más importan-
tes, que constituyen el centro de esta propuesta de trilogía: Made-
ro, el otro (1989), La noche de Ángeles (1991) y Columbus (1996),
en las que la autora logra una lectura integral que, aunada a su
habilidad argumentativa, hacen de este texto una sustentada refe-
rencia para los estudiosos de una de las escrituras mejor logradas
de las letras mexicanas contemporáneas: la de Ignacio Solares.
La autora postula –como despegue de su conjetura– que la for-
ma del contenido de las tres novelas obliga al lector a realizar una
confrontación intertextual, es decir, es preciso realizar un arduo
trabajo de lectura con el fin de identificar marcas de unión entre las
tres obras, pero para que esa posibilidad exista es preciso que haya
un hipertexto (texto base), quedando entonces como enunciado tó-
pico que: La noche de Ángeles es un hipertexto de Madero, el
otro, que prolonga su configuración temática a Columbus.
De esta forma, a lo largo del ensayo se logra un análisis minu-
cioso de cada uno de los elementos que apoyan la hipótesis hasta
171 Reseñas y comentarios
llevarla a buen término; sin embargo, definitivamente, eso es labor
común de toda buena investigación, el mérito va más allá, va direc-
to al diálogo que entabla la autoracon todas las obras de Solares y,
en especial con estas tres, con el autor implícito de ellas y con el
autor de carne y hueso, para englobarlo en una comprensión total
del corpus novelístico ignaciano, cabe mencionar que –para bene-
plácito de sus lectores– se incluye en el ensayo una entrevista sos-
tenida con Solares, en la que se atisban algunas de las preocupacio-
nes del escritor por algunos personajes cuyo proceso de recons-
trucción le provoca particular interés (Madero, Ángeles y Treviño).
Como se ha visto hasta ahora, Una propuesta de trilogía en
la novelística de Ignacio Solares entraña una preocupación que,
aparte de estar motivada por la comprobación del enunciado tópi-
co, hace hincapié en develar todo el sistema axiológico que detenta
la poética ignaciana, que se aleja de la dualidad conocida del bien y
del mal, para adentrarse en la línea de lo sagrado y lo profano.
Esto nos remite, sin duda, a los orígenes de las tradiciones occi-
dental y oriental, que convergen en la trilogía con los Evangelios y
el Baghavad Gita y ven, de esta manera, la posibilidad de encon-
trar en el corpus de Solares una caja china, un código que se reha-
ce y que se desnuda en varios textos a partir de sucesivas creacio-
nes para buscar siempre ese pacto entre autor y lector, ya que el
segundo es quien conoce los vacíos y posibilidades que el texto
ofrece y que encontró en la autora un “lector ideal” que ha sabido
rastrear cada una de sus marcas y que, como diría Umberto Eco,
“ha vislumbrado la transparente intención del texto”.
Pero, ¿por qué razón textos tan antiguos como los antes men-
cionados tienen en la novelística de Solares tanta importancia? La
respuesta quizá sea por la provocación estética que el chihuahuense
inserta en su obra para que ésta no se quede en el mero placer e
invite a una lectura continua en la que el autor y el lector rehagan
su propio código. En este caso, a través del espíritu de Madero se
configura el hacer tanto de Ángeles como de Luis Treviño; en este
rompecabezas histórico-ficcional, al personaje de Madero le es dada
la gracia de ver el futuro, lo que introduce discontinuidad en el tempo
narrativo.
172 Reseñas y comentarios
La lectura perspicaz de Norma Angélica nos señala cómo cier-
tos indicios de un texto se van entrelazando con sucesos de otros
textos: en Madero, el otro se describen las acciones que éste rea-
lizará en 1920 y el tiempo en el que cierra la novela hace referencia
a una escena que se llevará a cabo un año después, y con esta
fecha inicia Columbus, en medio de ambas se inserta La noche de
Ángeles, novela que narra del presente, ubicado el 26 de noviem-
bre de 1919, hasta 1911, la trilogía entonces está guiada por el espí-
ritu de Madero. En fin, la intención, por supuesto, no es hacer un
resumen minucioso de los intertextos; mejor volvamos a la relación
entre Madero, los Evangelios y el Baghavad Gita, que resulta
toda una línea de investigación que bien podría llegar a una interdis-
ciplinariedad entre la Literatura, la Historia y la Filosofía, mérito
que de igual forma que los otros se agradece, pues nada más enri-
quecedor que encontrar otra luz en el ejercicio hermenéutico.
Como es sabido, Madero realizaba prácticas espiritistas y, como
todo iniciado acudió a las lecturas, digamos, de alguna forma esen-
ciales para integrar su cosmovisión en un amor por la paz y la de-
mocracia, lo que quiere decir que, los Evangelios y el Baghavad
Gita son hipotextos de la trilogía, por eso es digno de mencionarse
que, para Solares, Madero debe ser leído más allá del discurso
historiográfico y de lo comprobable, ya que su energía semántica
en cuanto personaje se encamina hacia el otro Madero, hacia el
máximo guía espiritual de los hombres, de aquellos que son y no
parecen (parafraseando a Greimas), de los héroes de su propio
relato.
Hasta aquí, la descripción de Una propuesta de trilogía… en
cuanto a su carácter teórico, de sus fuentes y aportaciones. Vaya-
mos a la recuperación simbólica de estas relaciones textuales que
Norma Angélica ofrece al final de su libro. De la riqueza simbólica
que impregna la trilogía ignaciana, nuestra autora decidió explorar
la del viaje. El General Ángeles realiza un viaje en La noche… y a
este recorrido Norma Angélica dedica un apartado rico en referen-
cias sobre la figura del mítico barquero, motivo influyente en un
gran número de escritores. Este apartado, que por brevedad no
sacrifica en modo alguno calidad, ahonda en los viajes tanto físicos
173 Reseñas y comentarios
como espirituales que realizan los tres personajes principales de la
trilogía ignaciana, abriendo otros horizontes que, sin duda, seducen
al lector, quien querrá conocer o, al menos, vislumbrar elementos
contenidos en textos dotados de una poderosa simbología, amén de
su riqueza estética, tales como: el propio Baghavad Gita, El libro
tibetano de los muertos, La epopeya del Gilgamesh, La Divina
Comedia, La Iliada y La Odisea.
En este momento cabe recordar que, si llegara a existir reticen-
cia a la teoría literaria, la una no existe sin la otra y la primera –si
bien se encuentra todavía así, como un estado precientífico– tiene
como objetivo, diría la Dra. Cuevas, hacer de nosotros lectores
menos ingenuos, no para marcar distancia entre el lector y el texto,
sino para establecer una congenialidad, como apuntaría Gadamer
y, por qué no, para que el lector se deje aguijonear por la curiosidad,
e incluso seducir por este, el ejercicio de la escritura.
La intención es, entonces, ofrecer al lector un abanico de posi-
bilidades, que no por numerosas resultan ejercicios arbitrarios de
lectura y, si bien, la propuesta en voz de la propia autora no tiene la
intención de ser unívoca, podemos con seguridad decir, al cerrar el
libro, que nos hemos acercado a uno de los más coherentes y cla-
ros ejercicios hermenéuticos que ha tenido la obra del escritor
chihuahuense y, sobra entonces decir, que este ensayo resulta una
guía para el interesado en la narrativa de Ignacio Solares, en las
convergencias y divergencias entre el discurso historiográfico y el
literario, en las características de la nueva novela histórica, en un
estudio interpretativo del elemento del viaje pero, sobre todo, para
el interesado en ir más allá de lo enunciado en el texto, siempre más
allá.
Érika Posadas Amador