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metapolítica
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Mtro. Jorge Isaac 
Hernández Vázquez
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metapolítica, año 24, no. 109, abril-junio 2020, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad 
Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 Sur 104, Col. Centro, C.P. 72000, Puebla, Pue., y distribuida a través de 
la Dirección de Comunicación Institucional, con domicilio en 4 sur 303, Centro Histórico, Puebla, Puebla, México, 
C.P. 72000, Tel. (52) (222) 2295500 ext. 5271 y 5281, www.revistametapolitica.com, Editor Responsable: Dra. Claudia 
Rivera Hernández, crivher@hotmail.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 04-2013-013011513700-102. ISSN: 
1405-4558, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Número de Certificado de Licitud 
de Título y Contenido: 15617, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la 
Secretaría de Gobernación. Impresa por Industria Publi-Center S.A. de C.V. Dirección: Calle Tierra No. 13354. Col. 
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Azcapotzalco, C.P. 02400, Ciudad de México, Contacto: comercializadoragbn@yahoo.com.mx; éste número se 
terminó de imprimir en abril de 2020 con un tiraje de 1000 ejemplares.
Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Todos 
los artículos son dictaminados. Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e 
imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
metapolítica aparece en los siguientes índices: CLASE, CITAS LATINOAMERICANAS EN CIENCIAS SOCIALES 
(Centro de Información Científica y Humanística, UNAM); INIST (Institute de L’Information Scientifique et Tecnique); 
Sociological Abstract, Inc.; PAIS (Public Affairs Information Service); IBSS (Internacional Political Science Abstract); 
URLICH’S (Internacional Periodicals Directory) y EBSCO Information Services.
metapolítica no se hace responsable por materiales no solicitados. Títulos y subtítulos de la redacción.
Año 24 
No. 109
Abr-Jun 2020
Rector
Dr. J. Alfonso Esparza Ortiz
Vicerrector de Extensión 
y Difusión de la Cultura
Mtro. José Carlos Bernal Suárez
Director Editorial
Dr. Israel Covarrubias
metapolitica@gmail.com
Jefe de Publicaciones CCI- BUAP
Mtro. Jorge Isaac Hernández Vázquez
isaac.hernandezvaz@correo.buap.mx
Jefe de Publicidad, Diseño y Arte
Mtro. Manuel Ahuactzin Martínez
Secretaria General
Mtra. Guadalupe Grajales y Porras
Coordinadora de 
Comunicación Institucional
Mtra. Donaji del Carmen Hoyos Tejeda
Coordinadores del número
Pablo Bulcourf e Israel Covarrubias
Diseño, composición y diagramación
Coordinación de Comunicación Institucional de 
la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla
Diseño gráfico y editorial
Jessica Barrón Lira
Consejo Editorial
Roderic Ai Camp, Antonio Annino, Álvaro Aragón 
Rivera, Thamy Ayouch, María Luisa Barcalett 
Pérez, Gilles Bataillon, Miguel Carbonell, Ricardo 
Car tas Figueroa, Jorge David Cor tés Moreno, 
Juan Cristóbal Cruz Revueltas, Rafael Estrada 
Michel, José F. Fernández Santillán, Javier Franzé, 
Francisco Gil Villegas, Armando González Torres, 
Giacomo Marramao, Paola Martínez Hernández, Alfio 
Mastropaolo, Jean Meyer, Edgar Morales Flores, 
Leonardo Morlino, José Luis Orozco (†), Juan Pablo 
Pampillo Baliño, Mario Perniola (†), Víctor Manuel 
Reynoso, Xavier Rodríguez Ledesma, Roberto 
Sánchez, Antolín Sánchez Cuervo, Ángel Sermeño, 
Silvestre Villegas Revueltas, Danilo Zolo (†).
01
02
El Estado en la era exponencial
Oscar Oszlak
Del alboroto al silencio: 
la política en tiempos 
de incertidumbre
Manuel Alcántara Sáez
De revelaciones, monjas 
y virus coronados 
Rafael Estrada Michel
El Covid-19, ¿una 
conspiración mundial?
Roberto García Jurado
Estupidez, capitalismo 
y coronavirus
Enrique Del Percio
La pandemia del Covid-19: 
pensar al Estado en un marco 
de incertidumbre y complejidad
Pablo Bulcourf y Nelson Cardozo
Debate de la crisis del 
Estado frente a la crisis 
sanitaria del coronavirus
Luis H. Patiño Camacho Explicando algunos efectos 
sociales y subjetivos de la 
pandemia Covid-19
Octavio Moctezuma, Rafael Vázquez 
García y Ángel Octavio Álvarez Solís
El futuro del Estado y de 
la política democrática
Mesa virtual 
de reflexión
28
20
14
76
70
61
88
34
38
44
54
La crisis del coronavirus en 
España: una prueba del estrés 
de la calidad institucional
Carles Ramió
Covid-19, ¿punto de inflexión 
para los gobiernos?
Silvia Fontana y Sofía Conrero
¿Podemos imaginar un futuro 
común después de la pandemia?
Anthony Medina Rivas Plata
¿Qué podemos decir desde las ciencias 
sociales sobre el covid-19?
SUMARIO
03 04
Tragedias en loop: excepción, 
pandemia y qué guerra 
Javier Franzé y Julián Melo
Pandemia Covid-19. Dos 
posibilidades políticas en la 
disputa por la narración en 
los entornos informativos.
Xavier Rodríguez Ledesma 
y Luz María Garay Cruz
“Detente”: política y 
religiosidad en México en 
tiempos de epidemias
Gerardo Martínez Hernández
Efecto colateral del Covid-19: 
la lenta muerte de los 
intelectuales en la era digital
Franco Gamboa Rocabado
Construimos una sociedad 
que imposibilita lavarnos las 
manos y quedarnos en casa
Oscar Rosas Castro
Pandemia e información. Sobre 
la saturación de información 
de los ciudadanos en la 
era de la redes sociales
Héctor Noé Hernández
Año de la peste Covid-19
Cristóbal Muñoz 
Duelos imposibles. Imágenes 
fotográficas de la pandemia en 
Bérgamo, Madrid y Guayaquil
Antonio Hernández 
Bienvenidos a Zombieland Cov 2
Hugo César Moreno Hernández
Bioética de emergencia: la 
pandemia del Covid-19 y las 
fragilidades éticas latentes
Raúl Ruiz Canizales
Hacia una filosofía 
pública para la época del 
coronavirus (y después)
Ricardo Bernal Lugo y Mario 
Alfredo Hernández Sánchez
El coronavirus frente al mal 
llamado problema del mal 
Carlos Escudé
Dilemas éticos y 
culturales para pensar 
en tiempos de pandemia
La peste y la 
comunicación 
imposible
Introducción
136
112
105
99
141
117
148
126
06
154
162
168
172
Hace más de siglo y medio, en el Manifiesto del partido comunis-
ta, Marx y Engels enunciaban la renombrada frase: un fantasma 
recorre Europa: es el fantasma del comunismo. En términos ac-
tuales una enorme fuerza social comenzaba a globalizarse tras-
pasando las fronteras y generando cambios inusitados. Lo que 
fue ya no es, y “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Se daba 
cuenta del vertiginoso cambio de los tiempos, producto de la 
modernidad en donde el conocimiento se transforma en poder, 
como bien ha señalado Francis Bacon. El siglo XIX se convirtió en 
el ámbito de aparición de nuevos actores sociales colectivos, los 
movimientos obreros, las mujeres que reclamaban por la igual-
dad de derechos, y también fuertes procesos emancipatorios 
en América Latina que trastocaron la geopolítica mundial. Las 
voces del progreso indefinido, bajo diferentes orientaciones 
políticas, tuvieron una fuerte desaceleración con la Gran Guerra, 
aunque significó un avance sustantivo en materia tecnológica. 
El periodo de entreguerras estuvo marcado por la aparición de 
la sociedad de masas, pero también de la crisis económica de 
los años treinta y las experiencias del fascismo y el nazismo que 
desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, otro momento de 
aceleración del factor tecnológico, pero de millones de muertos 
no solo en la batalla, sino en los campos de concentración. 
 por Pablo Bulcourf / 
 Israel Covarrubias 
 Profesor e investigador de 
la Universidad Nacional de 
Quilmes, y de la Universidad 
de Buenos Aires, Argentina; 
profesorinvestigador en la 
Universidad Autónoma de 
Querétaro, respectivamente. 
6 
Los conflictos no desaparecieron, tuvimos guerras 
de menor impacto en Corea y Vietnam, pero la con-
flictualidad política y social creció, y también lo hizo 
el Estado de bienestar, permitiendo fuertes políticas 
redistributivas en muchísimos países. Su crisis trajo 
un enorme cambio en el campo de las ciencias socia-
les, el declive de los grandes paradigmas dio lugar a 
nuevas formas de reflexión. En algunas disciplinas 
como la ciencia política comenzaron a predominar los 
enfoques neoinstitucionalistas, y aquellos orientados 
por las teorías económicas de corte neoclásico y mo-
netaristas, se fue construyendo un mainstream que 
marcó la distribución del prestigio, denunciado por 
varias voces disidentes. Gabriel Almond dio cuenta de 
esto al utilizar la metáfora de las “mesas separadas” 
para dar cuenta de una disciplina fragmentada e inco-
municada. Esto dentro del campo académico tuvo su 
costado político, en nombre de la objetividad y la cien-
tificidad, muchos sectores del campo permanecieron 
inmunes y hasta colaboraron directamente en la im-
plementación de un modelo socialmente excluyente. 
Como han señalado Robert Alford y Roger Friedland, 
“la teoría posee poderes”, nadie es inocente.
La adopción del modelo neoliberal, o para algunos 
la “revolución conservadora” generó una nueva mer-
cantilización de las relaciones sociales que se articuló 
posteriormente con la implosión de la Unión Soviética 
y la caída del Muro de Berlín. Algunos creyeron que se 
instalaría un mundo extremadamente unipolar en don-
de esta versión de liberismo terminaría dominando, 
marcando el fin de la historia con mayúsculas como 
pregonaba Francis Fukuyama. Sin embargo, nuevas 
formas de conflictos revivían viejas antinomias. Nos 
encontrábamos frente a una nueva balcanización 
signada por un choque civilizatorio donde reaparecían 
los clivajes religiosos y étnicos articulados con los 
intereses económicos. El capitalismo estaba dando 
un nuevo giro frente a un mundo globalizado, donde su 
faceta financiera se hacía más robusta, cimentada en 
la cuarta revolución tecnológica. 
El siglo XXI se nos presenta por ahora alejado de 
la colonización de la Luna, o de personas viajando en 
taxis voladores vestidos de plástico cual astronau-
tas. Sin embargo, un fuerte proceso de individuación 
marca las perspectivas de los sujetos en los grandes 
centros urbanos occidentales, mientras en otras zo-
nas también vastas del planeta todavía no ha llegado 
la pregonada modernidad. Un orbe fracturado y polié-
drico es saturado por la globalización y la expansión 
comunicacional. Las crisis financieras se agudizan lo 
mismo que un mundo donde la riqueza se encuentra 
más concentrada y la democracia liberal erosionada y 
fatigada. Aparecen liderazgos inesperados en medio 
de una fuerte crisis de representación que también 
afecta a los países más desarrollados. 
En este contexto demasiado complejo para poder 
ser sintetizado en un par de frases, una aparente mu-
tación viral de una especie de coronavirus comienza 
a infectar a los humanos y se expande con esta rapi-
dez globalizante por el planeta. Una vieja costumbre 
culinaria de ciertas regiones de China, consistente en 
comer una sopa de murciélago, es el vínculo entre el 
virus y las personas. La apartada Wuhan comienza a 
ser noticia a pesar del ocultamiento inicial por parte 
del gobierno totalitario. En paralelo no dejan de circu-
lar versiones conspirativas que hablan de la fuga del 
virus de centros de investigaciones biotecnológicos 
(precisamente Wuhan tiene un gran laboratorio de in-
vestigación viral de renombre global), quizá la faceta 
de una guerra biológica anticipada.
Miles de personas son infectadas, se instalan rígi-
dos dispositivos sanitarios y la muerte se presenta 
implacable, afectando principalmente a los adultos 
mayores. No obstante, algunos países como México 
expresan que no sólo los adultos mayores sucum-
ben frente al virus, también los adultos jóvenes con 
 7
[ PABLO BULCOURF / ISRAEL COVARRUBIAS ]
diversas comorbilidades (diabetes, hipertensión, 
obesidad), lo que abre un rico pero urgente debate 
sobre el rediseño de los sistemas de salud pública en 
contextos de escasez. Un debate que es en realidad 
una discusión sobre el papel que deberá adoptar el 
Estado y sus instituciones en el campo de la salud, 
pero también en el de la gobernabilidad y la gober-
nanza en un mundo irremediablemente viral.
Por su parte, la noticia circula y se adueña de la 
televisión y los dispositivos celulares. Comienza una 
monotonía informativa concentrada en cantidad 
de infectados, muertes y contagios. Incluso de ha 
llegado a hablar de una auténtica infodemia. Este me-
canismo de apropiación de los espacios en los cuales 
la comunicación se desarrolla, así como del lenguaje, 
de la semántica específica en la que el primero se ma-
nifiesta, y sobre todo de su abaratamiento cognitivo, 
suponen una suerte de intento de monopolización del 
universo de interpretación en torno a la pandemia. En 
consecuencia, no es posible sostener desde un pun-
to de vista racional y objetivo, que puede existir una 
opinión pública completamente desinteresada que 
aporta información neutral al conocimiento de ella. 
Lo que hay, en el mejor de los casos, es una opinión 
que se vuelve la representante de un campo social de 
fuerza, “de grupos de presión”, dice Pierre Bourdieu, 
“movilizados en torno a un sistema de intereses explí-
citamente formulados”.
Llama mucho la atención el margen de reflexividad 
que tienen las agencias de información, y en general, 
los medios de comunicación, tanto locales como glo-
bales, al cubrir la pandemia, sobre todo a partir del 
mes de febrero, cuando sonaron las alertas de que la 
epidemia estaba deviniendo una estructura global in-
gobernable. Sin duda, la necesidad de tener informa-
ción fidedigna sobre su evolución ayuda considera-
blemente a una mejor toma de decisiones, así como a 
la elaboración de un juicio provisto de información de 
calidad. Pero el uso escandaloso de la información ha 
producido un mecanismo en espiral que acrecienta el 
pánico colectivo, hasta alcanzar a diversos sectores 
poblacionales que, en realidad, estarían obligados a 
ofrecer datos, hechos, argumentos empíricos, infe-
rencias causales si se quiere, sobre el desarrollo no 
lineal del nuevo virus.
El papel que juegan decenas de periodistas alrede-
dor del mundo, pero sobre todo en aquellos donde la 
democracia es frágil, es preocupante. En particular, 
cuando en aras de informar, terminan escandali-
zando y exagerando las cifras del acontecimiento, o 
magnificando los errores y la tímida reacción inicial 
de los gobiernos en turno. En este sentido, el Covid-19 
deviene un pretexto para la lucha política intestina. 
Al colocarse como reservorio moral e intelectual de 
la sociedad, los medios de comunicación, sus tes-
taferros y sus epígonos (entre los que se cuentan 
académicos e intelectuales de prestigio), pretenden 
que esta forma de reificación enmascarada sea 
aplaudida por nosotros en tanto observadores de ese 
espectáculo (¿acaso satírico?). 
En una suerte de capricho kantiano, los medios 
de comunicación están convencidos de que todo lo 
hacen en nombre de la democracia, pues asumen 
el imperativo por enésima ocasión de defensa de la 
libertad, aunque en su camino algunos exijan el endu-
recimiento de las medidas de confinamiento, con lo 
que se llega pronto a un grado extremo de reducción 
de las libertades. Asimismo, su combate, siempre en 
nombre de la libertad y la democracia, ha permitido la 
producción exacerbada de las mentiras, ya que lo que 
se pretende es obtener un efecto inmediatista en aras 
de volverse la tendencia del día o de la semana, cons-
truyendo climas de opinión y sobre todo estados de 
ánimo perversosy execrables como las fobias al per-
sonal médico o a los enfermos. En este punto, resuena 
con fuerza la vieja advertencia de Giovanni Sartori: en 
8 
INTRODUCCIÓN
la vida democrática, solo es posible erigir un muro de 
intolerancia justo en contra de aquellos que agreden o 
causan daño, de otro modo el principio del daño no ten-
dría ninguna relevancia jurídica, político, social, para 
la vida nacional y transnacional de las democracias.
La lejana experiencia en las tierras del dragón se 
vuelve realidad en Occidente. La rápida transmisión 
del virus expande la enfermedad en el sur de Europa, 
afecta primero el norte de Italia, y posteriormente 
España, Alemania y Francia. Le siguen Reino Unido 
y como meca del mundo la gran manzana termina 
contabilizando la mayor concentración de infectados 
y muertos. El atentando del 11 de septiembre es supe-
rado por un pequeño ser vivo, “un enemigo invisible”, 
que solo puede verse con un microscopio electrónico. 
La economía mundial empieza a adquirir un efecto 
de cámara lenta mostrando su enorme fragilidad y a 
veces la franca irresponsabilidad de muchos de los 
grandes capitales que no obstante que han hecho 
fortuna con el consumo de millones de personas al-
rededor del mundo, hoy no están dispuestos a ceder 
un porcentaje de sus ganancias. El interés sanitario 
como bien común global y el interés económico no 
hablan la misma lengua. Esto fue claro en la ola ex-
pansiva de los contagios en Italia, particularmente en 
Bérgamo, epicentro de la pandemia en la península, 
donde las principales industrias de la región se nega-
ron, pese a las advertencias sanitarias del Estado ita-
liano, a cerrar sus fábricas, con lo que los contagios 
masivos fueron una realidad que luego adquirió tintes 
dantescos. Evidentemente esos capitales cerraron 
sus fábricas cuando el daño ya estaba hecho, con lo 
que se devuelve al Estado la responsabilidad total 
de una serie de decisiones privadas con una enorme 
gama de efectos spill-over, que pronto se volvieron en 
contra de sus creadores. 
Por su parte, se suspendieron los vuelos interna-
cionales y las fronteras vuelven a ser vallas práctica-
mente insalvables. El turismo internacional muere por 
infarto dejando a cientos de miles varados muy lejos 
de sus casas, en completa orfandad, pues su regreso 
a los países de origen tiene lugar de manera muy pau-
sada. Pero al mismo tiempo, es evidente que lo que ha 
contribuido a la expansión del Covid-19 es la reduc-
ción espacial de las distancias por la aceleración del 
tiempo que garantiza el constante perfeccionamiento 
del transporte de mercancías y personas (que, en 
realidad, también son una mercancía para el turismo 
internacional) más eficiente que conocemos: el trans-
porte aéreo. Utilizando la metáfora clásica de Edward 
N. Lorenz, hoy evidenciamos con cierta perplejidad 
cómo pequeñas perturbaciones producen alteracio-
nes significativas en el sistema, particularmente al 
introducir aquellos cambios que señalan la epigénesis 
y posterior evolución del fenómeno mismo.
Así, el Estado-nación regresa a la centralidad es-
cénica que le había quitado la economía, todos recla-
man decisiones políticas urgentes, y el cuarto poder 
se transforma en una forma de nueva Inquisición me-
diática. De repente el mundo parece haber mutado 
con la rapidez de ese pequeño virus, en donde la in-
certidumbre se adueña de todos. El terror y el eco del 
miedo hacen de esto una tragedia planetaria. Dicho 
en otras palabras, la producción acelerada de entro-
pía a causa del Covid-19 en las sociedades democrá-
ticas es un dato empírico, no solo una mera abstrac-
ción numérica o teórica, y ante la cual es necesario 
estar conscientes y además constatar que aquella es 
uno de los motores que mueven a las sociedades y a 
los Estados en este siglo XXI. La entropía interactúa 
en el interior del sistema social rompiendo viejos 
pactos, desplazando estructuras sociales obsoletas 
como el carácter prohibitivo de las religiones, las mo-
rales o los linajes, inaugurando formas de sociabili-
dad desconocidas e intermitentes, desestabilizando 
los nodos funcionales de la sociedad para volverse 
 9
[ PABLO BULCOURF / ISRAEL COVARRUBIAS ]
regla, no excepción. Paradójicamente, es la sociedad 
democrática la que se adapta mejor a la entropía, 
gracias a su constante expansión del pluralismo 
siempre en un arco limitado de tiempo que no permite 
el inmovilismo. Pero, ¿estamos preparados para vivir 
plenamente en un mundo democrático entrópico? La 
respuesta podría estar en singular analogía a la que 
presenta “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melvi-
lle: preferiríamos no estar preparados. 
Las instituciones internacionales desaparecen 
prácticamente de escena; y las Naciones Unidas es 
remplazada de facto por la Organización Mundial de la 
Salud; el Consejo de Seguridad se hace un hiato que 
parece haber implotado en el agujero negro del coro-
navirus. Realidad y metáfora se funden en esta nueva 
amalgama de incertidumbre.
El campo académico e intelectual comienza a es-
grimir sus voces, principalmente en los sitios web y 
en algunos informativos televisivos. Los médicos, 
principalmente los infectólogos y sanitaristas, pasan 
a dominar la escena, disputando cámara con los po-
líticos. Pocas veces el Estado ha concentrado tanto 
poder, y pocas veces se ha visto tan débil.
La situación pone en evidencia las capacidades 
estatales de respuesta frente a la precipitación de 
los contagios. La derecha de sesgo populista que 
ha inaugurado Donald Trump en Estados Unidos 
debe enfrentar la mayor ola de contagios, habiendo 
previamente negado la importancia de la pandemia. 
Una de las primeras medidas que implementó el con-
trovertido presidente fue la disolución de una unidad 
especial de emergencia para este tipo de crisis que 
había creado su antecesor Barak Obama.
América Latina no se vio alejada de la pandemia, 
rápidamente los viajeros internacionales trajeron el 
virus a la región, el que se expandió principalmente 
en los grandes conglomerados urbanos. Las clases 
medias fueron las primeras en ser afectadas e igual 
que en el resto del planeta sus víctimas mortales son 
los adultos mayores y no tan mayores. Los Estados 
tomaron medidas muy diferentes, lo que demuestra 
la heterogeneidad política e ideológica presente en la 
región. No se trata necesariamente de las diferencias 
entre izquierdas y derechas sino de los tipos de lideraz-
gos que encarnan los gobernantes, sumado a la tensión 
entre salud y economía; una ecuación extremada-
mente compleja. No tenemos que olvidar que la región 
presenta elevados índices de pobreza, desigualdad y 
grandes centros urbanos con cinturones de millones 
de personas que viven en situaciones de extremo ha-
cinamiento. La expansión masiva del virus en esas con-
diciones generaría un rápido colapso de los sistemas 
sanitarios. Pero es inevitable pensar en las formas de 
administrar la salida de la crisis, la recesión económica 
también genera muchos muertos, más en situaciones 
de vulnerabilidad social y precarización laboral.
La ciencia ha vuelto a ser interpelada desde án-
gulos muy diversos. El campo biomédico ha tomado 
un protagonismo central. La necesidad de explicar el 
fenómeno y buscar procedimientos clínicos rápidos 
y efectivos se ha convertido en la columna vertebral 
de la sociedad como pocas veces ha sucedido. Los 
laboratorios de varios países se han centrado en la in-
vestigación sobre vacunas y retrovirales específicos 
para al Covid-19. Las ciencias sociales y las humani-
dades no se encuentran ajenas al debate y la acción 
concreta. La necesidad de adoptar, implementar y 
evaluar políticas sanitarias en tiempo record, nos de-
muestra la importancia del campo interdisciplinario 
de la administración y las políticas públicas. 
Regresa con fuerza la interrogante por la vida y la 
muerte: preguntarnossi preservamos la salud inme-
diata o la economía nos lleva a cuestionamientos de 
índole teológicos y filosóficos. Las grandes religiones 
no han estado ajenas a esta crisis. Hemos encontra-
dos reacciones muy diferentes, desde la negación del 
10 
INTRODUCCIÓN
virus, el verlo como un castigo divino, o acompañar 
activamente las medidas preventivas y promover la 
solidaridad entre las personas.
Como hemos señalado el Estado ha regresado a 
escena comenzando a escribir un nuevo capítulo de 
la relación entre éste y la sociedad. Como bien han 
señalado hace décadas Guillermo O’Donnell y Oscar 
Oszlak, la clave es comprender la “y” que los conecta, 
el complejo y dinámico vínculo que expresa el campo 
de la política. De buenas a primeras asistimos a la 
catalización de procesos de manera vertiginosa. Por 
un lado la rápida necesidad de respuestas efectivas, 
y por la otra un cambio sustantivo en la propia forma 
de gestionar el espacio público. La reclusión domi-
ciliaria de la gran mayoría del funcionariado plantea 
de manera fáctica la adopción de sistemas integrales 
de teletrabajo, con todo lo que implica este despla-
zamiento abrupto desde un punto de vista cognitivo, 
económico y emocional. 
Piénsese, por ejemplo, en el trabajo universitario, 
donde precisamente la política general de confina-
miento ha trastrocado por completo los diversos 
ordenes que componen las bases de la idea de univer-
sidad que aún hoy mantenemos en pie. En particular, 
se presenta una enorme oportunidad (los griegos lo 
llamaban kairós) que se abre en esta contracción y 
expansión del tiempo para debatir sobre la posibili-
dad de invención de una nueva universidad invisible, 
que no solo trabaje en el espacio digital obligado por 
el confinamiento, sino que cambie nuestra operación 
intelectual y académica. Y para que ello tenga lugar, 
es necesario construir nuevas metodologías de la in-
vestigación, una nueva predisposición al aprendizaje; 
de hecho, hay que abrir el debate sobre qué significa y 
si en realidad la no-presencia del aprendizaje en línea 
suple a la presencia, al salón de clase, y si este hecho 
puede garantizarnos el mismo nivel de aprendizaje, 
etcétera. En esta labor, la innovación paradigmática 
deviene una necesidad de primer orden. No podemos 
postergar más esta tarea, que pasa por la posición 
que debe jugar el Estado. 
Estamos frente a un Estado “exponencial” como ha 
expresado recientemente Oscar Oszlak. El paradigma 
de la complejidad enunciado desde hace tiempo por 
intelectuales como Edgar Morin o Niklas Luhmann, se 
hace carne no solo en las instituciones sino en la vida 
cotidiana de las personas. La complejidad desde que 
tiene lugar su emergencia exige la identificación de la 
serie de condiciones micro y macro que permiten su 
aparición. Condiciones que en el mejor de los casos 
son una expresión interna a un régimen específico 
de historicidad caracterizado por un grado elevado 
de persistente variación en cuanto a su velocidad y 
a su simultaneidad, por lo que una reflexión conjunta 
sobre la identificación de las presumibles potencias 
que empujan a su desarrollo es una tarea que se le 
exige hoy al análisis social y político, particularmente 
cuando estamos hablando de las formas de latencia 
presentes en el comienzo y en desarrollo del Covid-19, 
y que por el hecho de que no sean visibles, no supone 
que no existan, y mucho menos que sean desdeñadas 
por las ciencias sociales. ¿Qué pasará?, ¿qué se pue-
de hacer? Son preguntas que intentan construirse 
día a día con respuestas que no parecen conformar a 
muchos. La espera de una vacuna milagrosa parece 
atentar contra una economía que se desploma y ame-
naza quizá con más muertes que el virus. 
Frente a esto hemos intentando compilar un dos-
sier que exprese algunas voces de Iberoamérica de 
diferentes disciplinas y orientaciones. Variadas fa-
cetas incompletas del pensamiento que comienzan 
a atreverse a formular algunos interrogantes. Una 
cartografía inacabada de ideas de un rompecabezas 
en construcción. Pero debíamos animarnos a comen-
zar a decir algo, aunque sean pequeñas frases de un 
vocabulario mutante. m 
 11
[ PABLO BULCOURF / ISRAEL COVARRUBIAS ]
12 
Y DE LA POLÍTICA DEMOCRÁTICA
EL FUTURO 
DEL ESTADO
 13
 por Oscar Oszlak. Investigador principal del 
Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES-
Argentina). Director de la revista Estado Abierto.
 EN LA ERA EXPONENCIAL 
14 
La era exponencial
El mundo enfrenta un periodo de transfor-
maciones sin precedentes, manifestadas 
en cambios demográficos, desplaza-
mientos en el poder económico mundial, 
urbanización en gran escala, escasez de 
recursos naturales, crisis sanitarias glo-
bales y cambio climático, solo por nom-
brar algunas. Pero por lejos, los cambios 
más dramáticos están ocurriendo en la 
tecnología, la digitalización y la ciencia, 
donde la disrupción se ha vuelto expo-
nencial (Oszlak, 2020). Los gobiernos y 
organizaciones del sector público se 
encuentran en el epicentro de esta “tor-
menta perfecta” y deben replantearse qué 
significa gestionar en una era disruptiva. 
Y deben hacerlo, cuando al mismo tiempo 
deben recuperar la confianza pública, 
que ha declinado casi en todas partes. Es 
un contexto de arenas movedizas, en el 
que las instituciones estatales tienen un 
papel crucial en prestar servicios a sus 
ciudadanos, tratando de equilibrar las 
oportunidades creadas por la disrupción 
tecnológica (v.g., digitalización, inteli-
gencia artificial, robótica, internet de las 
cosas, automatización o impresiones 3D) 
con las amenazas creadas por los propios 
facilitadores de estas oportunidades (v.g., 
ciber-terrorismo, invasión de la privaci-
dad, control social). 
Las innovaciones tecnológicas ya están 
transformando irreversiblemente los dife-
rentes planos de la vida social, las formas 
de comunicación e interacción entre seres 
humanos y las de éstos con los objetos de 
los que se valen para su existencia cotidia-
na. Son diversos, y a veces contradicto-
rios, los vaticinios sobre cómo continuará 
este proceso de innovación acelerada, 
pero lo que es seguro es que ya está irrum-
piendo en nuestras vidas y, para bien o 
para mal, las afectará definitivamente.
Hasta ahora, pese a los cambios 
científicos y tecnológicos que se fueron 
sucediendo a través de la historia, era 
posible reconocer la vigencia de ciertas 
pautas de organización y funcionamien-
to de nuestra sociedades, que se venían 
reproduciendo desde tiempos remotos: 
la fisonomía de las ciudades, las reglas 
de sociabilidad, los modos de intercam-
bio de bienes y servicios, el ejercicio de 
artes y oficios, la atención de la salud, las 
modalidades de enseñanza-aprendizaje, 
de producción y apreciación artística o 
de disfrute del ocio. Por supuesto, todos 
estos aspectos de la actividad humana 
sufrieron cambios, pero debido a su gra-
dualidad, siempre fue posible observar 
su introducción e impacto incremental a 
través de las sucesivas generaciones. 
Hoy, en cambio —y previsiblemente mu-
cho más en un futuro próximo—, el cambio 
es disruptivo y su carácter exponencial 
puede tornar rápidamente irreconocibles 
muchos de esos rasgos que caracterizaron 
nuestra vida social durante siglos. Tengo 
edad suficiente como para recordar cuan-
do debía optar entre enviar una carta por 
vía aérea para que llegara en pocos días, 
pagando un franqueo postal más alto, o por 
vía marítima, para que arribara, tal vez, un 
mes después. Luego debía esperar otro 
tanto para recibir una respuesta. O, si la 
comunicación era urgente, debía solicitar 
una llamada telefónica de “larga distancia” 
y, a menudo, esperar durante largas horas 
hasta que la conexión pudiera establecer-
se. En el lapso de solo una generación, no 
solo se ha logrado la instantaneidad del 
contacto, sino que puede realizarse de 
muy diversosmodos, con diferentes dispo-
sitivos y hasta tornando casi indistinguible 
la proximidad física de la virtual.
Oportunidades y amenazas
Para muchos, los avances tecnológicos 
son percibidos como una amenaza, una 
suerte de “caja de Pandora” cuya apertura 
podría desatar todos los males. Pero tam-
bién pueden ponerse al servicio de los se-
res humanos si los Estados y sus socieda-
des consiguen encauzar su desarrollo. Del 
lado del haber del cambio tecnológico, las 
promesas son incontables. Los disposi-
tivos y aplicaciones, desarrollados en los 
últimos años, ya no son solo privilegio de 
los países centrales y muchos de ellos han 
sido adoptados en el mundo menos desa-
rrollado. En las aldeas de la India la gente 
recibe subsidios y pensiones a través de 
Aadhaar, un identificador biométrico. Tra-
bajadores de la salud en comunidades de 
Bangladesh prestan servicios maternales 
utilizando teléfonos celulares. Kenia está 
experimentando una verdadera revolu-
ción del dinero móvil y en Nigeria, se en-
tregan vales electrónicos a campesinos 
para proveerlos de fertilizantes. Otros 
campesinos, en zonas remotas de México, 
abren cuentas bancarias fácilmente (Gelb, 
Mukherjee y Navis, 2020). 
Los ejemplos se multiplican y diver-
sifican. Las colas de personas frente a 
 15
01O S C A R O S Z L A K
bancos o mostradores gubernamentales 
tienden a desaparecer. Las posibilidades 
de error o fraude se reducen visiblemen-
te. Se están difundiendo las enormes 
ventajas de la Carpeta del Ciudadano, en-
tre otras aplicaciones de las plataformas 
digitales en el sector público. En Asia y 
África, el teléfono celular más económico 
ya se consigue por solo 10 dólares y se es-
pera que este año, el 70 por ciento de las 
personas poseerá uno, lo que permitirá 
reducir la brecha digital y mejorar la edu-
cación. Los avances en la salud, la rapidez 
de los diagnósticos y los hallazgos que 
posibilitan la minería de datos, la inteli-
gencia artificial y otros desarrollos cien-
tíficos, contribuirán a reducir las tasas de 
morbilidad y a extender más la esperanza 
de vida. La robotización permitirá reducir 
las jornadas de trabajo e intensificará 
el desarrollo de puestos laborales más 
especializados y menos rutinarios. En la 
agricultura, se prevé que un robot que 
costará apenas 100 dólares, convertirá a 
los agricultores en gerentes de sus cam-
pos. Pronto habrá en el mercado, carne 
de cordero fabricada a partir de biotec-
nología y alimentos a base de proteínas 
de insectos. Se requerirá mucha menos 
agua, tierra y pasturas para alimentar el 
ganado. Con la difusión de los vehículos 
autónomos, se reducirá enormemente el 
parque automotor y el espacio destinado 
a garajes y estacionamiento, además de 
que no será necesario ser propietario 
de un automóvil y el tiempo dedicado a 
movilizarse podrá ser dedicado al ocio 
o al trabajo. La logística del transporte 
sufrirá una verdadera revolución, con 
camiones autónomos y drones cada vez 
más sofisticados para el transporte de 
mercaderías y personas. Las criptomo-
nedas podrán transformar totalmente el 
mundo de las finanzas y convertirse en la 
base de las futuras reservas de divisas de 
los países. Cada hogar podrá tener su im-
presora 3D para producir fácilmente todo 
tipo de bienes y, además, todos sus apa-
ratos y enseres podrán ser monitoreados 
a través de IdeC. 
Este muestrario de innovaciones, 
elegido casi al azar, da cuenta de los po-
sibles beneficios de los cambios que se 
avecinan, esto es, los del lado del “haber”. 
Pero al mismo tiempo, desde el lado del 
“debe”, abre interrogantes sobre el papel 
que debe (y puede) jugar el Estado frente 
a su desarrollo (v.g., fomentar, financiar, 
regular, controlar, prohibir) así como so-
bre su capacidad para asumir estos roles. 
Preocupa, al respecto, la ausencia de de-
bate público y de referencias al tema en el 
discurso oficial y la agenda pública de los 
países menos desarrollados. 
Al menos tres razones justifican esta 
preocupación, debido a: 1) los impactos 
económicos y sociales de las innovaciones 
tecnológicas; 2) sus consecuencias sobre 
la profundización de las disparidades en-
tre países; y 3) los problemas éticos y cul-
turales que pueden plantear. En el primer 
aspecto, cabe poca duda de que quienes 
dominen las aplicaciones tecnológicas ba-
sadas en las TIC, la inteligencia artificial, la 
robótica, la automatización de procesos y 
otros desarrollos relacionados, dispondrá 
de un poder muy difícil de controlar. Los 
gobiernos deberían adoptar políticas e 
imaginar regulaciones que habiliten, pro-
muevan o limiten los alcances y eventual 
difusión de estas innovaciones. Además, 
deberían decidir si deben contribuir con 
recursos a su desarrollo científico-tec-
nológico, adquirir estos bienes para su 
propia operación, acordar partenariados 
público-privados para su producción, 
etcétera. La cuestión clave es si los go-
biernos están en condiciones de adoptar 
decisiones informadas acerca del rol que 
deberían cumplir en los diversos mer-
cados tecnológicos analizados. ¿Deben 
intervenir?, ¿en qué aspectos?, ¿para pro-
ducir qué tipo de resultados?, ¿con qué re-
cursos frente al poderío de industrias que, 
para colmo, suelen ser transnacionales? Si 
se plantearan estas preguntas, tal vez po-
drían comenzar a encarar estrategias para 
poner en marcha proyectos de promoción, 
co-producción, financiamiento o regula-
ción de estos desarrollos.
La segunda preocupación se vincula 
con el ahondamiento de la brecha de 
desarrollo entre países, ocasionada por 
el cambio tecnológico. Seis de las diez 
personas más ricas del mundo son em-
presarios de este sector. Si bien el PBI 
per cápita promedio ha aumentado glo-
balmente, las desigualdades de ingresos 
entre países ricos y pobres se ha venido 
ampliando sostenidamente. La globaliza-
ción, la financiarización económica y el 
cambio tecnológico han sido señalados 
como explicación de esta creciente dis-
paridad. A la explicación económica de 
esta brecha en aumento es necesario su-
mar (y quizá destacar) la debilidad institu-
cional del Estado en el plano regulatorio. 
Naturalmente, los países avanzados no 
la tienen fácil en este tema, pero en todo 
caso, la magnitud y sofisticación de sus 
16 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
intervenciones no tienen parangón con 
la debilidad que se advierte en el mundo 
menos desarrollado, donde existe un ries-
go cierto de que los países más débiles en 
su capacidad regulatoria vean ensanchar 
esta nueva forma de dependencia respec-
to de los más avanzados.
El tercer punto se relaciona con los 
aspectos éticos y culturales que plantea 
la era exponencial, también atravesados 
a veces por connotaciones políticas. 
Son conocidos los cuestionamientos y 
aprehensiones que suscita, en el plano 
ético, el acelerado desarrollo tecnológi-
co, en campos como la biotecnología, la 
nanomedicina o la robótica, todos ellos 
impulsados por la denominada “ley de 
rendimientos acelerados”. Y generan fun-
dados temores los riesgos que entrañan la 
invasión de la privacidad y la posible ma-
nipulación de la información por parte de 
quienes la obtengan y procesen.
Disrupción tecnológica y pandemia
Me encuentro redactando este texto en 
momentos de reclusión obligada a causa 
de la difusión planetaria del virus Covid-19. 
En estos días, ha sido posible ver en acción 
las dos caras de este Jano bifronte que es 
la disrupción tecnológica. Su cara amable 
se ha manifestado en la posibilidad de en-
frentar y resolver los múltiples problemas 
logísticos, sanitarios, financieros y de se-
guridad generados por la pandemia. ¿Qué 
hubiera ocurrido de no haber dispuesto 
los gobiernos del arsenal tecnológico de 
la era exponencial? Una simple enume-
ración de hechos y situaciones típicas 
de estos días de incertidumbre, permiteapreciar el crucial papel jugado por tales 
innovaciones en la resolución de muchos 
de esos problemas. Plataformas guber-
namentales de trámites a distancia han 
permitido a miles de personas imprimir 
al instante, o subir a teléfonos celulares, 
permisos que habilitan la circulación de 
quienes están eximidos del aislamiento 
obligatorio. Otras plataformas hicieron 
posible, en más de 50 países, realizar 
transferencias de dinero a millones de 
familias socialmente vulnerables para 
asistirlas en la emergencia. Esta solución 
tecnológica, conocida como G2P (Govern-
ment to People transfers), puede aplicar-
se hoy para efectivizar salarios públicos, 
becas, pensiones, subsidios o transferen-
cias no condicionadas a los pobres. 
Pero hay mucho más. Por ejemplo, las 
impresiones 3D fueron utilizadas para 
imprimir en el hogar y la industria, másca-
ras, respiradores, hisopados para testeo 
y otros insumos médicos. También se 
utilizó esta tecnología para imprimir en 
tiempo récord, salas completas de ais-
lamiento incorporadas a dos hospitales 
construidos en China en 10 días. En varios 
países incorporaron cadenas de blo-
ques o blockchain para ayudar a resolver 
problemas generados por la pandemia 
(v.g., plataformas basadas en blockchain 
que permiten a los usuarios rastrear la 
demanda y cadenas de suministro de 
implementos médicos o la trazabilidad 
en la distribución de alimentos). También 
se ha utilizado bitcoin y blockchain para 
recaudar dinero y efectuar donaciones 
con destino a víctimas del virus. Y hasta 
se ha fabricado un lavamanos inteligente 
que incorpora visión computarizada y 
tecnología de internet de las cosas, para 
ayudar a la gente a realizar un lavado de 
manos más eficaz.
En Túnez, un robot policial es utilizado 
para controlar el confinamiento y en Es-
paña, se utilizan drones para patrullar las 
calles y enviar mensajes a la población. En 
otros países, también se emplean robots 
para el control remoto de los infectados 
por el Covid-19. En Israel, las aplicaciones 
móviles geolocalizan a los usuarios y les 
advierte si estuvieron en contacto con in-
fectados o los alerta sobre posibles focos 
de infección a evitar en sus recorridos; o 
sea, una suerte de GPS anti-coronavirus. 
“La tecnología no es más que una 
herramienta que abre nuevas oportunidades 
para que los Estados adquieran mayor 
capacidad y sean más eficientes”.
 17
01O S C A R O S Z L A K
Por su parte, la inteligencia artificial y el 
big data permiten a decenas de laborato-
rios predecir cuáles de las drogas exis-
tentes, o nuevas moléculas que simulan 
drogas, tienen posibilidades de tratar más 
eficazmente el virus. Con el empleo de 
estas técnicas se reducen notablemente 
los tiempos de investigación a unos po-
cos meses, cuando normalmente puede 
demandar una década producir una nueva 
vacuna y, obviamente, a un costo muy 
superior. Como última ilustración, cito 
el caso de China y otros países asiáticos, 
donde durante la pandemia se ha utilizado 
el reconocimiento facial y las cámaras 
térmicas para detectar infectados. 
Sin embargo, el rostro preocupante de 
Jano apareció en los fundados temores 
de que el férreo control social que, en 
mayor o menor medida, está ejerciendo 
el Estado durante la pandemia, se man-
tenga cuando la vida cotidiana vuelva a 
la normalidad. Al respecto, el despliegue 
tecnológico de China es, tal vez, el primer 
y masivo experimento social de la historia 
en que, desde el Estado, se ha logrado es-
cudriñar profundamente en la vida de los 
ciudadanos. Con el atendible argumento 
de que las autoridades velan por la salud 
pública, el gobierno les exigió —en zonas 
cada vez más extendidas del país— utilizar 
en sus teléfonos celulares, un software 
que decide quiénes deben permanecer 
en cuarentena o pueden transportarse 
en subterráneos, circular por shoppings 
o lugares públicos. Con la asistencia de 
Alibaba, el gigante de e-comercio, las au-
toridades diseñaron un “código de salud”, 
Alipay, que los ciudadanos deben obtener 
a través de Ant, una popular billetera elec-
trónica, que les asigna un color —verde, 
amarillo o rojo— indicativo de su estado de 
salud. “Verde” significa ausencia de con-
taminación, “amarillo” exige una reclusión 
preventiva de siete días y “rojo” ordena 
ponerse en contacto con las autoridades 
sanitarias. El sistema se basa en big data 
para identificar y evaluar el riesgo de cada 
individuo en función de su historia de via-
jes, del tiempo de permanencia en lugares 
críticos y de su posible proximidad con 
personas contaminadas. Nadie está auto-
rizado a circular sin mostrar su código QR.
No se sabe a ciencia cierta de qué modo 
el sistema clasifica a la gente, lo que ha 
causado temor y desconcierto entre 
aquellos obligados a aislarse sin saber por 
qué. Lo preocupante es que los datos son 
compartidos con la policía, incluyendo la 
localización de la persona, la ciudad de 
residencia y un código de identificación, 
que son registrados en un server. También 
en Estados Unidos, el Centro de Control 
y Prevención de Enfermedades, que uti-
liza aplicaciones de Amazon y Facebook, 
comparte datos con las oficinas de policía 
locales, pero al parecer no existe allí una 
relación tan directa entre las empresas de 
software y el gobierno. En China, la propia 
policía participó en el diseño del software.
Human Rights Watch ha señalado que 
la crisis del coronavirus pasó a ser un 
hito crucial en la historia de la vigilancia 
masiva de una población. Los primeros 
días de la epidemia expusieron los lími-
tes del costoso fisgoneo computarizado, 
cuando la confección de listas negras de 
delincuentes y disidentes tropezó con la 
tarea de monitorear poblaciones enteras 
(Wang, 2020). Por ejemplo, el reconoci-
miento facial fue fácilmente disimulado 
por los barbijos, frente a lo cual, el go-
bierno recurrió a antiguos métodos de 
control, como exigir que los ciudadanos 
dejen huellas digitales donde vayan o 
registrar datos personales en estaciones 
de trenes o sus teléfonos en una apli-
cación, antes de abordar un transporte 
público. De esta forma, fue posible una 
completa trazabilidad de los movimien-
tos de cada persona. Muchos analistas 
advierten sobre el riesgo de que, una vez 
pasada la pandemia, estas innovaciones 
sean utilizadas para un mayor control ciu-
dadano, lo cual entraña un peligro para la 
gobernabilidad democrática.
“Sólo el Estado podrá proteger 
a los ciudadanos de la 
vulneración a su privacidad en 
una sociedad digitalizada”.
18 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
Por cierto, la tecnología no es más que 
una herramienta que abre nuevas opor-
tunidades para que los Estados adquieran 
mayor capacidad y sean más eficientes. 
Pero así como la tecnología amplifica de 
modo exponencial el poder de los datos, 
su impacto sobre el bienestar de las so-
ciedades y las personas depende del uso 
de ese poder. A lo largo de toda la historia 
de la humanidad, la coerción, el dinero o la 
ideología han sido empleados como ins-
trumentos de dominación y sojuzgamien-
to; hoy, la información —como recurso de 
poder— también puede serlo. En términos 
potenciales, la acelerada evolución de es-
tas herramientas informativas hace posi-
ble utilizarlas —y ya hay suficiente eviden-
cia de ello— para marginar poblaciones 
discriminadas en virtud de una “decisión 
logarítmica”, para “guiar” las decisiones 
de consumidores y votantes conociendo 
sus gustos y preferencias, o para perse-
guir y encarcelar a opositores políticos. 
Un rol insustituible para el Estado
Para que las cosas ocurran de uno u otro 
modo, hay un actor social insustituible a 
la hora de propiciar, conducir, regular o 
impedir que se produzcan los impactos 
y consecuencias sociales del cambio 
tecnológico en ciernes. Ese actor es el 
Estado. Su papel sería crucial paraque el 
poder combinado de la industria y el esta-
blishment científico-tecnológico pudiera 
encauzarse en una dirección que aprove-
chara las ventajas de la innovación y evita-
ra sus negativas consecuencias sobre el 
bienestar e interés general de la sociedad.
Sólo el Estado, con el activo involucra-
miento de la ciudadanía y las organiza-
ciones sociales, podrían poner freno a los 
excesos de un transformismo tecnológico 
sin cauces, sin valores, que sólo obedece 
a los despiadados principios del mercado 
o al ciego traspaso de fronteras de una 
ciencia que olvida que el conocimiento 
debe ser puesto, en primer lugar, al servi-
cio del ser humano. 
Sólo el Estado podrá evitar que su 
capacidad de intervención social se vea 
superada por la velocidad del cambio tec-
nológico, para lo cual debería conseguir 
que sus instituciones prevean la direccio-
nalidad de esos cambios y adquieran las 
herramientas de gestión necesarias para 
adoptar a tiempo las políticas públicas e 
implementar las regulaciones que permi-
tan controlar su ritmo y dirección.
Sólo el Estado podrá impedir que la 
tecnología ahonde la desigualdad social 
o incremente la dependencia tecnológica 
frente a los países líderes y las poderosas 
empresas globalizadas que controlan el 
mercado de la ciencia y la innovación. 
Sólo el Estado podrá proteger a los ciu-
dadanos de la vulneración a su privacidad 
en una sociedad digitalizada, de los cre-
cientes ataques del ciberterrorismo, de la 
manipulación informativa, del desempleo 
tecnológico por sustitución robótica o de 
las caprichosas decisiones adoptadas por 
arte de algoritmos inhumanos. 
Pero quienes gobiernan también pue-
den ser artífices —inconscientes, involun-
tarios o deliberados— de los peores esce-
narios imaginables. Podrían ser cómplices 
activos de las fuerzas incontroladas del 
mercado o la ciencia. Podrían utilizar las 
innovaciones tecnológicas para ejercer el 
más férreo y despótico control social, ha-
ciendo añicos los valores e instituciones 
de la democracia. O, simplemente, podrían 
ignorar las señales y tendencias que ya 
pueden advertirse, y seguir gestionando 
“como de costumbre”, haciendo caso omi-
so de los procesos en curso, con lo cual, 
condenarían a sus sociedades a situacio-
nes de miseria y dependencia inimagina-
bles. Por eso es importante reflexionar 
sobre lo que deberían hacer los Estados en 
países menos desarrollados para enfren-
tar los desafíos de una era exponencial 
que avanza a un ritmo vertiginoso, que tras 
las promesas de un futuro mundo feliz, 
oculta graves amenazas para el bienestar 
de la sociedad humana. m
Referencias
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and States: How can digital ID and payments 
improve state capacity and effectiveness?. 
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Disponible en: https://www.youtube.com/
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Oszlak, O. (2020), “El Impacto de la Era Exponen-
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sarrollo (en prensa).
Wang, M. (2020), China: Fighting COVID-19 
with automated tyranny, Human Rights 
Watch. Disponible en: https:// www.hrw.
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vid-19-automated-tyranny.
 19
01O S C A R O S Z L A K
 por Manuel Alcántara Sáez. Catedrático de Ciencia Política 
y de la Administración de la Universidad de Salamanca, España. 
 LA POLÍTICA EN TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE 
20 
Palabras iniciales
Hannah Arendt en su obra de 1968 Hombre 
en tiempos de oscuridad ve con enorme 
preocupación el retraimiento de la gen-
te con respecto a la política y al ámbito 
público. Para ella, su alejamiento, que se 
asemeja al diagnóstico que hizo José Or-
tega y Gasset casi cuarenta años antes en 
La rebelión de las masas, se ha convertido 
en la “actitud básica del individuo moder-
no, quien, alienado del mundo, solo puede 
revelarse verdaderamente en privado y en 
la intimidad de los encuentros cara a cara”. 
Pareciera que el momento actual complica 
aun más ese panorama en la medida en 
que un rasgo que lo define es el incremen-
to de una privacidad muy contradictoria 
donde, además, dichos encuentros no 
tienen lugar y cuando la tienen es de una 
manera forzada. La contradicción radica 
en el hecho de que las personas estando 
radicalmente solas mantienen relaciones 
en número e intensidad como nunca en la 
historia. Por otra parte, el hecho de que de 
vez en cuando ocupen el espacio público, 
lugar en el que por excelencia se desarrolla 
la política, no hace sino dibujar un esce-
nario ruidoso que, de manera imprevista, 
es devorado por el silencio. No son solo 
tiempos en penumbra sino también de 
incertidumbre como consecuencia de la 
existencia de crisis concatenadas que pa-
recen no reconducirse a su solución.
Cuando la política institucional es in-
capaz de gestionar el conflicto, cuando 
el Estado de derecho se mece al albur 
de intereses espurios o de agentes des-
prolijos, cuando la izquierda confunde 
liberación con hegemonía y ambas con 
exclusión, cuando la clase política solo 
mira en términos del corto plazo, cuando 
un determinado grupo social quiere im-
poner sobre el resto un rotundo modelo 
de vida, cuando la alienación de ciertos 
sectores vislumbra que solo lo heroico 
tiene sentido, cuando el espacio público 
es vituperado y concebido como un lugar 
de abuso, cuando hay personas que no 
tienen nada que perder porque su vida se 
mueve entre la anomia y lo lumpen, cuando 
hay individuos que hacen negocio con los 
sentimientos de otros, cuando uno estima 
que su identidad es superior a la del vecino 
que, además, le inspira desprecio, cuando 
los medios de comunicación están felices 
por involucrarse en la fiesta por aquello del 
consumo de la necesaria y urgente cober-
tura, entonces hay gente en la calle.
Cuando una pandemia inusitada en la 
historia reciente de la humanidad se pro-
paga por todo el universo en apenas tres 
meses, cuando su impacto letal en dicho 
lapso lleva a contabilizar 120 000 muertes 
a fecha del 13 de abril de 2020, cuando la 
sociedad descubre que la gente se muere, 
cuando los servicios de salud de muchos 
países se ven colapsados; cuando un 
número inusitado de gobiernos imponen 
severas cuarentenas que limitan al máxi-
mo la movilidad de la gente con fuertes 
sanciones a quienes las incumplan, cuan-
do la economía se precipita en lo que para 
muchos puede ser la crisis más seria del 
ultimo siglo; cuando la globalización es mi-
rada con recelo y las expresiones naciona-
listas reivindican el retorno y la reclusión 
en el establo al que se refería Nietzsche, 
cuando el mundo virtual salva del aisla-
miento a los enclaustrados y da un respiro 
al trabajo en casa; cuando la solidaridad 
está en almoneda, cuando se rescata la di-
ferencia de Bergson de la existencia de un 
tiempo interior y de un tiempo cronome-
trado, entonces la gente abandona la calle.
Mientras que las masas en Quito o en 
Barcelona, en Santiago de Chile o en La 
Paz, en Bogotá o en Port au Prince fueron 
sujeto-objeto de la violencia del Estado 
y contra el Estado dando testimonio de 
cómo lo público se convierte en un erial. 
Ahora, en estas mismas ciudades los he-
licópteros sobrevuelan las calles vacías 
transmitiendo soflamas que llaman al he-
roísmo, la unión y el necesario acatamien-
to de las normas. La lucha, antes y ahora, 
por el relato, por la definición de quien es 
el enemigo y la instrumentalización de su-
jetos colectivos que llevan años, décadas, 
siglos configurándose en una suerte de 
agonía que ayer creyó que le había llegado 
el momento de su redención definitiva y 
hoy se agazapa enel apartamento o en la 
casucha precaria de la villa.
La probable sinrazón del griterío como 
del silencio oculta el vacío de individuos 
aislados que al calor de la masa dan sen-
tido a su existencia. La supuesta épica 
con la que muchos caminaban con las 
banderas como capas sacando pecho o 
con los pasamontañas encubriendo el 
rostro que reflejaba la banalidad de los 
que, endiosados, desconocían de quien 
era realmente la calle, se trastoca, cua-
tro meses más tarde, en el drama de la 
separación forzada, de la distancia social 
que incrementan los tapabocas.
Las movilizaciones y los disturbios 
en Chile, que acaecieron pocos días 
 21
01M A N U E L A L C Á N TA R A
después a lo acontecido en Ecuador, y a 
los que se van a agregar los de Bolivia y 
seguidamente los de Colombia, pusieron 
en el candelero a América Latina. Hoy, 
sin embargo, son Estados Unidos, Italia 
y España, quedándose ya atrás China, 
quienes centralizan la atención. Aunque 
no por ello la sobreactuación regional 
deje de monopolizar el relato. Surge una 
pulsión explicativa que, lógicamente, 
busca una mirada comparada, aunque 
siempre haya alguno que quiera verse 
el ombligo y que considera que su caso 
no solo es único, sino que es el verda-
deramente trascendente por su insólita 
relevancia. Los artículos de opinión des-
de diferentes enfoques y con calidades 
y extensión disímiles se suceden. Todos 
opinamos. Es difícil, a la vez de estéril, 
apuntar algo que no repita lo escrito o 
que no sea un mero resumen. 
Se produjo, se produce un ruido me-
diático que puede confundir más que 
aclarar. Cada especialista lleva las ascuas 
a su sardina disciplinaria o ideológica. 
Explicar lo acontecido desde la ciencia 
política, la sociología, la economía y la 
cultura ofrece hipótesis que no siempre 
se complementan; revelarlo desde la 
ideología plantea dos extremos, que en 
puridad no son incompatibles, en clave de 
conspiración urdida por poderosas fuer-
zas ocultas o de confrontación inevitable 
entre las élites egoístas y prepotentes y el 
pueblo marginado y desesperanzado. La 
economía frente a la salvación de vidas. 
La ciencia frente a la política. 
Las causas propiamente dichas que se 
sitúan en el origen, además, son distintas 
como lo son la naturaleza de las socieda-
des donde se produce el alboroto. Aque-
llas apuntan a la globalización, a la crisis 
de valores como consecuencia del éxito 
rampante del neoliberalismo, a gobiernos 
incompetentes, a electores/ciudadanos 
frustrados; estas traslucen escenarios 
con niveles de riqueza muy diferentes a 
los del entorno aparejados con desigual-
dades lacerantes, sociedades separadas 
por lo étnico o lo lingüístico, grupos de 
excluidos con expectativas defraudadas.
De entre todo lo que he leído estos 
meses y teniendo en cuenta lo que co-
nozco echo de menos tres cuestiones a 
considerar como son la búsqueda de re-
conocimiento, la gestión de la confianza 
y el ordenamiento de las identidades que 
asolan al yo contemporáneo. Ellas conver-
gen en la arena política cuyas reglas del 
juego hoy son una antigualla pues están 
prácticamente incapacitadas para ejercer 
su tarea. Así, el ámbito donde se dirime el 
conflicto, que es inherente a la humani-
dad, está configurado por instituciones de 
otra época desfasadas para lidiar con un 
demos que ha dejado de ser el que era. Y 
es aquí donde se dan cita los tres referidos 
problemas que, además, quedan afecta-
dos por las nuevas Tecnologías de la In-
formación y de la Comunicación (TICS). La 
gestación en un plazo de tiempo tan breve 
del nuevo orden mundial virtual en el que 
nos movemos una gran mayoría y en el que 
viven todos los menores de 25 años trae 
consigo el vacío de la representación con 
su correlato en el descrédito de la inter-
mediación, el falso sentido de empodera-
miento y el señuelo de que todo es posible. 
La búsqueda de reconocimiento
La política tiene un componente teatral 
inequívoco. Los Congresos se construyen 
como anfiteatros; la oratoria es prevale-
ciente en el lenguaje donde no son inútiles 
los gestos; las campañas electorales son 
todo figuración; el drama, la farsa y la 
comedia se entrecruzan. Siempre fue así, 
pero hoy el espectáculo se amplía porque 
las audiencias son mayores y los canales 
con que se llega a ellas se han multiplicado 
mucho. Pero, paralelamente, los indivi-
duos hemos crecido como sujetos que 
conformamos un protagonismo que antes 
no existía. Se ha pasado del nosotros al yo. 
Somos espectadores individualizados a 
los que, como buenos consumidores, se 
nos ha dicho que el cliente siempre tiene 
la razón. Hay un implícito proceso de reco-
nocimiento que, si bien al principio era me-
ramente formal, una añagaza publicitaria, 
termina teniendo consistencia. A ello se 
suma el arrogante e irreversible avance de 
las TICs que, desde la hiperconectividad, 
permite el aislamiento en la red, el ensi-
mismamiento y el imperio del selfie.
Los demás se convierten en la audien-
cia, en un público ávido de noticias que 
llenan la soledad o simplemente entretie-
nen. No se trata tanto de saber cómo de 
ocupar de manera plácida el tiempo. Pero 
en su conformación tienen una poderosa 
e inusitada fuerza ya que se convierten en 
los grandes árbitros del reconocimiento. 
Son quienes ratifican con un signo de 
aprobación o de denuesto lo comunicado, 
quienes difunden lo recibido a sus con-
tactos, cuyo mayor o menor número es 
22 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
signo de éxito a través de un simple gesto, 
haciendo que se convierta en viral. Una 
audiencia globalizada que es juez y parte 
y que encuentra en su activismo buena 
parte del sentido de su existencia.
Asistir a una manifestación, enarbolar 
la bandera o la pancarta, significa salir 
por una vez de lo virtual y, sobre todo, 
encontrar un sentido más trascendente al 
acto que se está llevando a cabo. A la vez, 
aunque transmitirlo supone no salir del 
bucle, representa un engarce indudable 
con la estética. El reconocimiento regresa 
en forma de propósito colectivo: “estamos 
aquí”. Quienes han vivido toda su corta vida 
bajo esos parámetros gozan además de 
una epifanía. Para los mayores es una for-
ma novedosa por la que, al fin, dejan de ser 
anónimos para sentir el designio de una fe 
que nunca creyeron volver a recuperar. 
En otro orden, en plena reclusión, las 
TICS permiten trascender el aislamiento, 
generar la ilusión de que la vida normal 
puede trasncurrir por los cauces de cada 
día. Uno sigue siendo quienes todos saben 
que es. Incluso el trabajo en casa permite 
la retribución del oficio que tanto trabajo 
costó conseguir. El reconocimiento da 
un giro sobre ese individuo encerrado en 
su casa que hasta hace poco era alguien 
porque estaba en la plaza.
La gestión de la confianza
La mayor parte del orden socioeconó-
mico está basada en la confianza entre 
los individuos. Sucede en las relaciones 
interpersonales y en el ámbito del mer-
cado. Durante siglos, y en no importa que 
cultura, el valor de la palabra, el apretón 
de manos, el abrazo, la reclinación de la 
cabeza, los escritos firmados, han su-
puesto las formas de explicitarla. Para 
afianzarla más se llegó a la figura del fe-
datario que trascendía lo estrictamente 
privado al ámbito público. Si bien su na-
turaleza es fundamentalmente individual 
también puede afianzarse en el nivel co-
lectivo. Las personas confían o no, pero 
también los grupos.
Asimismo, en el ámbito político siem-
pre se combinaron formas de confianza 
entre personas con otras que definían un 
modo de relación con las instituciones. 
La interacción en lo acaecido entre los 
distintos órdenes ha sido una constante 
de larga data. La confianza interpersonal, 
como se sabe gracias a Pierre Bourdieu 
y a Robert Putnam, configura el capital 
social, algo básico para elfuncionamien-
to de la política, que a su vez requiere de 
grados de confianza mínima en las reglas 
que la definen. Para Max Weber sobre la 
confianza se yergue la legitimidad, pilar 
fundamental del poder.
En la actualidad la confianza parece 
estar en horas bajas, sus elementos cons-
titutivos se encuentran en bajo mínimos y, 
además, se dan factores que la amenazan 
por doquier que van desde la forma en que 
se socaba la verdad al abuso de quienes 
monopolizan el poder. La portada de The 
Economist (del 19 al 25 de octubre de 2019) 
se pregunta: “Who can trust Trump’s Ame-
rica?”. Por otra parte, el discurso de Anto-
nio Guterres, Secretario General de la ONU 
en el Foro de la Paz de París del 11 de no-
viembre señaló que “We are witnessing a 
wave of protests all across the world. Whi-
le the situations are all unique, they have 
two features in common. First, we are 
seeing a growing deficit of trust between 
people and political institutions and lea-
ders. The social contract is under threat. 
We are also seeing the negative effects of 
globalization which, coupled with advan-
cing technology, is deepening inequalities 
in society. People are suffering and want 
to be heard. They want equality”.
Sin embargo, hay elementos conceptua-
les nada ajenos que ayudan a entender este 
tipo de relación de manera precisa. Se tra-
ta de la verdad y de la seguridad. La prime-
ra supone cierto tipo de adecuación entre 
la realidad y el conocimiento. La segunda 
ofrece un nivel mínimo de garantías en tor-
no a la propia existencia. Ambas tienen un 
fuerte componente subjetivo y se apoyan 
en un laborioso proceso de construcción 
sociocultural en el que la comunicación 
desempeña un papel fundamental. Así las 
cosas, la implosión irrestricta de las TICS 
ha cambiado radicalmente el escenario.
Hoy la verdad se convierte en el veredic-
to de un refrendo constante de audiencias 
y da paso a la posverdad donde los hechos 
objetivos influyen menos que los senti-
mientos o las creencias personales en la 
conformación de la opinión pública. Por 
su parte, la seguridad, o la ciberseguridad 
como asunto fundamental en la agenda 
global, se haya enredada en un mundo 
proceloso donde los guardianes encar-
gados de suministrarla se encuentran al 
albur de grandes corporaciones globales. 
El resultado es el de un contexto definido 
 23
01M A N U E L A L C Á N TA R A
por fronteras difusas, contenidos move-
dizos, relatos alternativos y desconfianza 
rampante. En él se abre un marco insólito 
que es el de las “fake news”, no por su no-
vedad, ya que las verdades a medias o las 
mentiras sin más siempre estuvieron pre-
sentes en la política, sino por su impacto 
por hacerse virales.
Por otro lado, el dominio de los senti-
mientos ha impulsado aun más la subje-
tividad que trae consigo la existencia de 
relatos autónomos. Estos se acoplan a los 
gustos o inquietudes de cada uno hacien-
do que la confianza se establezca sobre 
códigos individuales gestándose una plu-
ralidad de relatos difíciles de coordinar. 
De hecho, la floración de un sinnúmero 
de  razones  espurias es la nota predomi-
nante. Aquí la gestión de la confianza se 
alza como un reto insoslayable sin que 
haya administrador alguno.
El ordenamiento de las identidades
Woody Allen en Un día lluvioso en Nueva 
York, ante una situación de desconcierto 
personal por la que pasa la protagonista 
que se pregunta quien es ella realmen-
te, pone en boca de su interlocutor, con 
cierta sorna, que la respuesta la tiene 
mirando en su permiso de conducir, que 
es el documento de identificación por 
excelencia en Estados Unidos. El pasaje 
no puede ser más ilustrativo de las tribu-
laciones que asolan al yo contemporáneo, 
a veces superficiales y otras profundas. 
Diluidos paulatinamente los viejos lazos 
comunitarios, quebrados los vínculos 
con instituciones que creían ser los pila-
res fundamentales que acompañaban la 
existencia, la soledad parece conformar 
hoy el entorno más sólido de cierta parte 
de la humanidad. Una situación que en los 
tiempos del Covid-19 adquiere un perfil 
dramático por su carácter imperativo: 
hay quienes queriendo estar solos no 
pueden y quienes deseando estar acom-
pañados están solos
No hay ataduras familiares porque la 
familia o se ha reducido a la más mínima 
expresión o se hace-deshace-rehace a 
una velocidad vertiginosa sin que haya 
posibilidad de consolidar un sentido de 
pertenencia y de estabilidad. Los nexos 
religiosos se deterioran y cuando se cons-
truyen, como ocurre en el ámbito evangé-
lico, tan exitoso en América Latina, siguen 
pautas de una diversidad de sectas que 
afloran por doquier y, estableciéndose 
en locales como si se tratara de garajes 
o de pequeños comercios, producen una 
atomización con vocación individualista.
En la política, la banalización de la de-
mocracia, en afortunada expresión de 
Peter Mair, ha supuesto el notable incre-
mento del número de partidos en la mayo-
ría de los países, de la volatilidad del voto, 
porque cambió la oferta del lado de las 
candidaturas o la demanda por la avidez 
del electorado en busca de nuevas alter-
nativas. Ni que decir tiene que la identifi-
cación “de toda la vida” con algunos par-
tidos ha disminuido a cifras impensables 
hace apenas dos décadas. Por otra parte, 
la identidad de clase hace tiempo que, 
probablemente de modo injustificado, es 
una antigualla.
Pero todo ello no quita para que se haya 
producido una efervescencia de identi-
dades plurales que siempre estaban pre-
sentes, pero que o bien eran consideradas 
demasiado íntimas o no tenían el diapasón 
que las ayudara a proclamarse a los cua-
tro vientos. Han requerido una venturosa 
combinación de reafirmación del yo y un 
soporte inesperado de las TICS. La pul-
sión narcisista, que venía consolidándose 
por la expansión de la sociedad del con-
sumo, se aupó en la soberanía individual 
avalada por la lógica de la competencia. 
Las innovadoras tecnologías ayudaron 
para construir cámaras de resonancia 
donde se encontraban cómodas las nue-
vas expresiones del yo.
El problema radica a la hora de esta-
blecer la prelación de las identidades 
que las personas pueden estimar que las 
definen. El listado de campos tiende a ser 
ilimitado: A los ya señalados se une el que 
determina el sexo, la(s) lengua(s), la etnia, 
el empleo, las aficiones, la enfermedad… 
Ámbitos difusos, precarios, discontinuos. 
También resulta problemático que los de-
más no reconozcan la identidad del otro: 
¿qué se es primero?, ¿cómo gestionar las 
identidades múltiples?, ¿hay identidades 
en uno que son intrínsecamente exclu-
yentes? En definitiva, ¿quién las ordena?
El vacío de la representación y el 
descrédito de la intermediación
La caída del muro de Berlín parece esta-
blecer un escenario de confortable ho-
mogeneidad en lo atinente al imperio de 
la lógica de la democracia como única le-
gitimidad plausible. Sin embargo, apenas 
una década después, la funcionalidad de 
24 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
la representación comienza a estar cues-
tionada: “Que se vayan todos”, “No nos 
representan”, “Lo llaman democracia y no 
lo es”, son etiquetas que configuran buena 
parte de la iconografía política del siglo 
XXI. No suponen sino el recordatorio del 
hiato entre dos visiones antagónicas de la 
democracia. Una, muy extendida a lo largo 
del último siglo, basada en un conjunto de 
ideas sencillas, pero vigorosas, referidas 
a la soberanía popular proyectada en la 
fórmula simple de “un individuo un voto”, 
a la representación política, a un sistema 
de pesos y contrapesos entre diferen-
tes facetas en que el poder se divide y al 
denominado Estado de derecho. La otra, 
sostenida en expresiones de la acción 
directa donde el eje de actuación lo incar-
dina la participación, la asamblea, el con-
ceptode la voluntad general y, en muchos 
casos, la ausencia de coerción alguna. 
Locke y Montesquieu frente a Rousseau. 
El liberalismo político frente al socialismo 
utópico. La democracia representativa 
frente a la acción directa del anarquismo.
Tras una procelosa andadura, el primer 
modelo llega a ser preponderante en una 
notable cantidad de países cuyo número 
no deja de aumentar. Su pujanza se llega 
a ejemplificar, en brillantes palabras de 
Juan Linz, como “el único casino en el 
pueblo”. Un escenario que casa con el que 
describe Francis Fukuyama al irrumpir el 
nuevo siglo, donde más que del fin de la 
historia de lo que se trata es que la demo-
cracia se ha convertido en el único orden 
político legítimamente posible. En este 
escenario, la idea de representación, au-
pada en el acto electoral, cobra una fuer-
za predominante, aunque no exclusiva. 
La preeminencia de esta dimensión con 
su consiguiente énfasis en la competición 
por el voto potencia el papel de los parti-
dos políticos cuya funcionalidad no dejó 
de crecer hasta convertirse en los au-
ténticos amos del poder. Forman gobier-
no, representan las divisiones sociales 
existentes, seleccionan personal para la 
política, agregan, articulan y jerarquizan 
intereses dispersos, son máquinas de 
socialización y de información. Pero estas 
tareas, que pueden subsumirse bajo la 
idea de la intermediación, han quedado 
obsoletas entrando en una severa crisis 
con la revolución tecnológica.
El nuevo mundo virtual aupado sobre la 
expansión de la telefonía celular supone 
la desvertebración de una gran mayoría 
de las tareas de intermediación que han 
sido fundamentales para la vida corrien-
te. De pronto, la persona-al-otro-la-
do-de-la-ventanilla deja de tener sentido: 
telefonistas, recepcionistas, cajeros, 
se convierten en empleos amortizados. 
Se vacía el contenido de muchas de las 
funciones de terciar entre partes, algo 
que también afecta sobremanera a la re-
presentación política que, además, viene 
sufriendo un severo proceso de desgaste 
por la mayor conciencia de la gente en 
torno a la corrupción. Los políticos, cuya 
reputación siempre ha estado cuestiona-
da, incrementan su descrédito batiendo 
records con respecto a la desconfianza 
que generan en su actuar, incluso en su 
propia figura, y terminan siendo vistos 
como uno de los problemas principales 
de la sociedad. Al hecho de convertirse en 
personas prescindibles se añade la aña-
gaza de eliminar la traba. Dos aspectos 
cuestionables, al menos a medio plazo, 
que la realidad cotidiana se encarga de 
desmentir con la llegada de nuevos repre-
sentantes tramposos, soeces y chulescos 
que hacen de la improvisación y del exa-
brupto, cuando no del insulto, un modo de 
hacer política que, curiosamente, recibe 
la simpatía de cierta parte de la población.
El señuelo de que todo es posible
Hay un relato tan viejo como la propia 
historia de la humanidad que vincula el 
deseo con el logro y que, además, santifi-
ca este con independencia de su sentido. 
No se trata de alcanzar bienes materiales 
concretos, a lo que inveteradamente se 
refieren la gran mayoría de tradiciones es 
a llegar. Se vive en un tránsito en el que 
la voluntad de poder se enseñorea de la 
existencia. Poder tener cosas, poder ser 
feliz, poder encontrar el equilibrio, poder 
confundirse con la naturaleza. Tener con-
ciencia de que no hay límites y si los hay 
pueden negociarse. Aspirar a todo y asu-
mir que si no se consigue hay impondera-
bles que son ajenos. Detrás puede estar la 
lógica de la sumisión, la autoconciencia 
de limitaciones propias insoportables, el 
peso de legados de diversa índole, gené-
ticos o de la estructura socioeconómica 
en la que se nace. Son espacios que se 
canalizan mediante la autocompasión o a 
través de cauces religiosos.
La tecnología acompaña al ser humano 
desde sus albores por lo que no se puede 
deslindar ninguna etapa de la evolución sin 
tener en cuenta el estado concreto del co-
nocimiento tecnológico de cada momento. 
 25
01M A N U E L A L C Á N TA R A
Entendida la “tékne” como la fabricación 
material que refleja la eficacia de la acción 
transformadora de lo natural en artificial 
ha pasado por estadios de mayor o menor 
ritmo de alteración en los que los avances 
suponen per se un cambio de época. Los 
mismos han afectado por partes a dis-
tintos colectivos generándose grados de 
desarrollo desigual. De hecho, una manera 
de entender la historia de la humanidad 
ofrece diferentes modelos en función de 
los estadios en dicha evolución.
La mutación tecnológica en que nos 
encontramos desde hace tres décadas en 
el ámbito de la información y de la comuni-
cación supone uno de esos hitos trascen-
dentales que, como novedad, conlleva su 
enorme velocidad en cuanto a su disemi-
nación y, por ende, su carácter universal. 
Los cambios tecnológicos previos trajeron 
consigo el empoderamiento de diferentes 
grupos, pero hoy este es general y ello 
contribuye a su carácter demiurgo.
Es poco cuestionable que la política dio 
un salto de gigante al establecer el prin-
cipio de la ciudadanía sobre la premisa 
fundamental de la igualdad donde, como 
señalé más arriba, toda persona tiene un 
voto, pero el actual escenario lo da sobre 
la base de que cada individuo tiene al me-
nos una conexión inalámbrica. De pronto, 
la gente que venía bullendo desde hace 
tiempo tiene un instrumento multifun-
cional que, además, por su portabilidad le 
acompaña permanentemente. 
Si Ortega en La rebelión de las masas 
ya señala en 1930 que el hombre-masa 
es alguien “cuya vida carece de proyecto 
y va a la deriva… hecho de prisa, montado 
nada más que sobre unas cuantas y po-
bres abstracciones y que, por lo mismo, 
es idéntico de un cabo de Europa al otro… 
[que] tiene solo apetititos, cree que tiene 
solo derechos y no cree que tiene obli-
gaciones”, el momento presente no hace 
sino agudizar ese diagnóstico. A este 
individuo egocéntrico que no tiene ideas 
sino creencias, que es el producto de la 
exacerbación de la sociedad del consumo 
y que, como señalaba Nietzsche, le gusta 
vivir en manada, la revolución tecnológica 
le hace sentir como nunca que todo es po-
sible, ingenuamente.
El falso sentido de empoderamiento
La construcción de un relato convincente 
sobre el que articular el sentido de la vida 
y las bases de la convivencia entre los 
seres humanos es un arte que acompaña 
a nuestra evolución. Impregna a la reli-
gión, pero también a la política. En esta, 
ideas variopintas acuñadas en diferentes 
etapas del desarrollo de las distintas ci-
vilizaciones han desempeñado papeles 
fundamentales en la construcción del 
orden político. Una de las más fascinantes 
es la de la soberanía popular. Gracias a ella 
se entiende que un concepto relacional 
abstracto como es el poder, pero que tan 
firme presencia tiene en cada instante 
de la existencia, tiene su origen y está 
depositado en el colectivo que formamos. 
La máxima de una persona un voto y el 
extraordinario alcance y su significado de 
los derechos humanos son, sin duda, sus 
efectos más inmediatos. Los individuos 
aparecen inequívocamente dotados de un 
protagonismo superador de diferencias 
por sexo, raza, lengua y religión. Son de-
miurgos de sí mismos, pero a la vez de la 
colectividad en que se mueven.
Este escenario, que culmina un largo 
proceso decantado en los dos últimos si-
glos, se enfrenta hoy a la revolución digital 
cuyas pautas han cambiado radicalmente 
el comportamiento de hombres y mujeres. 
“La tecnología acompaña al ser 
humano desde sus albores por lo que 
no se puede deslindar ninguna etapa 
de la evolución sin tener en cuenta 
el estado concreto del conocimiento 
tecnológico de cada momento”.
26 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
En la actualidad la gente está permanen-
temente conectaday siente que está al 
alcance de posibilidades impensables para 
una generación atrás y, a la vez, se mueve 
en el entorno VUCA (volatilidad, incerti-
dumbre, complejidad y ambigüedad). Se 
trata de una paradoja interesante puesto 
que todo resulta virtualmente posible, pero 
el potencial de internet a la hora de destruir 
nuestro sentido de la escala es enorme. 
Hoy, buena parte del mundo pasa más 
tiempo frente a una pantalla que mirando 
a la cara de quienes son sus interlocuto-
res. Existe una gran mayoría envuelta en 
historias distópicas que, asimismo, esti-
man que su afán es ilimitado. Es un marco 
anónimo, de extrema individualidad y de 
profunda soledad que, además de nihilis-
ta, facilita nuevas formas de acoso en las 
que el poder adquiere otra connotación. 
La compañía virtual parece satisfacer la 
necesidad inveterada de socialización de 
los individuos. Ir a la plaza tiene poco sen-
tido y cuando se sale solamente el recla-
mo del centro comercial resulta atractivo 
atizado por el paroxismo consumista. Las 
nuevas formas de vida en urbanizaciones 
separadas y la obsesión por la seguridad 
son acicates para permanecer en la casa 
y configurar una sociedad líquida en tér-
minos de Zygmunt Bauman. Así se gesta 
una forma de vida.
Sin embargo, por una parte, la incita-
ción a salir a la calle, a recibir en la cara 
un aire tan diferente al del sombrío cuarto 
del que se sale poco, a sentir el aroma de 
la gente, el calor del contacto humano, 
aquella reminiscencia del recién citado 
Nietzsche del confort del establo. Escu-
char el ruido que hacen las cacerolas y, 
más aun, los gritos pareados de los otros 
invitando a unir su voz, tan callada, portar 
las pancartas con soflamas firmes, de-
terminantes, hacer ondear las banderas. 
Es una sensación de poder real, virtuoso, 
que se ensalza, gracias a un subidón de la 
adrenalina, cuando las fuerzas de seguri-
dad están en frente, bestiales, embutidas 
en las corazas ninja, impersonales, ocul-
tas tras los escudos. 
Pero, por otra parte, cuatro meses más 
tarde, la gente termina pasando un prome-
dio de 79 horas semanales conectada de 
una manera u otra a internet. De pronto su 
vida adquiere un nuevo sentido que no deja 
de ser el de siempre, pero que ahora llena 
realmente el tiempo de su existencia. Un 
virus ha conseguido la transformación casi 
completa de la vida hacia un costado vir-
tual, o, si se prefiere en palabras de Oscar 
Oszlak, hacia la era exponencial.
Consideración final
La búsqueda de reconocimiento, la gestión 
de la confianza, el ordenamiento de las 
identidades que asolan al yo contemporá-
neo, el vacío de la representación con su 
correlato en el descrédito de la intermedia-
ción, el falso sentido de empoderamiento 
y el señuelo de que todo es posible han 
supuesto el guion de estas reflexiones. 
Configuran un hexágono de elementos 
perfectamente interconectados que pue-
den aportar cierta luz para entender los 
procesos que se han disparado a lo largo 
del segundo semestre de 2019 en buena 
parte de América Latina y que han tenido 
su transformación por el Covid-19. 
La complejidad de lo que acontece re-
quiere, a la hora de su comprensión, 
incorporar a los análisis más canónicos 
que ponen el acento tanto en cuestiones 
institucionales como en otras estructu-
rales los profundos cambios acontecidos 
en la sociedad como consecuencia del 
impacto de las TICS. A las transformacio-
nes del comportamiento de los individuos 
y de sus expectativas, al reforzamiento de 
viejas cuestiones en clave identitaria a las 
que se han sumados otras nuevas, se aña-
de la existencia de nuevos actores empre-
sariales. El capitalismo ha modificado su 
forma de actuar amparado en la profundi-
zación del individualismo y en el imperio 
irrestricto de la lógica de la competencia. 
Lo cual no ha supuesto merma alguna en 
su expansión sino todo lo contrario.
Los tiempos actuales son de incerti-
dumbre como rara vez lo fueron en la his-
toria de la humanidad de manera tan gene-
ralizada. A los asuntos que componían un 
largo elenco de cuestiones que siempre 
debían ser abordadas ahora se añade un 
nuevo escenario en el que la globalización, 
la revolución tecnológica y la caída en una 
crisis económica global sin precedentes 
han sembrado el terreno de nuevas incóg-
nitas cuyo proceloso significado ha sido la 
pauta del presente texto. m
Referencias
Arendt, H. (1990), Hombres en tiempo de oscuri-
dad, Barcelona, Gedisa.
Ortega y Gasset, J. (1979), La rebelión de las ma-
sas, Madrid, Alianza.
 27
01M A N U E L A L C Á N TA R A
 por Rafael Estrada Michel. Profesor de Historia del Derecho y 
miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel 2), México.
 MONJAS Y VIRUS CORONADOS 
28 
O sea que el tan mono video retuiteado 
cientos de miles de veces —ese que mos-
traba al hidrocálido José María Napoleón 
cantando “nada te llevarás cuando te mar-
ches / cuando se acerque el día de tu final” 
por las calles de Morelia— era en realidad 
la apertura del séptimo sello. Confieso 
que no comparto las prevenciones de mi 
generación en contra de las redes socia-
les. Por el contrario, me parecen un nota-
ble instrumento, no sólo para la catarsis 
sino para la difusión del pensamiento 
inmediato que, por complejo y difícilmen-
te expresable, permanecía las más de las 
veces inédito en la era de Gutenberg. Con 
todo, ¿han contribuido en algo a procesar 
el actual apocalipsis?
No me refiero, error frecuente, al Apo-
calipsis como fin de los tiempos, ni siquie-
ra al libro de Juan que aparentemente se 
refiere a tal temática, sino a su acepción 
verdadera, la etimológica: al apocalipsis 
como revelación, al apocalipsis que im-
plica alejar el velo que cubre a la verdad. 
Concedamos que en la especie acaso se 
refiera a la cortina que nos separa de la 
verdad del fin de nuestros pasos sobre la 
tierra, pero también que se trata, al fin y 
al cabo, de un desvelamiento y nada más.
En el sentido que propongo, la con-
fluencia de verdades o mentiras indivi-
duales que se han dado cita en la red ha 
resultado apasionante. Contrasta, por su 
cercanía con la cotidianidad, y ha despla-
zado, con mucho, a la confusión en que in-
curren académica y sistemáticamente los 
integristas de datos y hechos (sus datos 
y sus hechos, se entiende) que se niegan, 
como ha probado Josep Maria Esquirol 
(2018: 13), a abrirse al misterio, al “hecho 
desbordante de significación” en el senti-
do benjaminiano, al dato irreductible a la 
explicación meramente causal. Así, en los 
pasados días hemos asistido a la lamen-
table exhibición de una nada científica 
“experticia”01 por parte de una opinocracia 
azorada ante el hecho de que las curvas 
de incidencia y reproducción del Covid-19 
no se presentan en forma regular (esto es, 
simplificada, reducida, depauperada) en 
las diversas latitudes del Globo. El miedo 
y la angustia han aparecido entre noso-
tros, hijos como somos del racionalismo 
ilustrado, tan pronto como la realidad no 
se ha ajustado a nuestra reducción codifi-
cada. Como ante el fenómeno criminal, la 
creatura racional se revuelve desespera-
da al percatarse de que los hechos no se 
adecúan exactamente a las descripciones 
típicas que pueblan los preceptos de sus 
códigos penales. Le lastima el hecho, 
complejo donde los haya, de que no pasa 
el tiempo: sólo pasa ella, inexorablemen-
te, como en el poema del recientemente 
fallecido (otra señal de la revelación) Er-
nesto Cardenal: “No pasa el tiempo pero 
nosotros pasamos. Ah, compañero San 
Agustín. Son nuestras vidas que pasan lo 
que parece darle movimiento al tiempo 
como los postes que desde un tren parece 
que pasan (postes de aquel tren a Nápo-
les, a los veinticinco años, que pasaron y 
nunca más volvieron)”.
Pero, dado que no tenemos respuesta 
precisa a nuestro primer cuestionamien-
to, salgámonos un poco de lasredes 
sociales y analicemos opiniones un tanto 
más “autorizadas”. Hace unos días llevé 
a mi hijo pequeño al médico, para una 
revisión de rutina. Me impresionó ver que 
en el Hospital Ángeles del Pedregal colo-
caban una cámara (él y yo debemos haber 
sido los primeros escaneados) que mide 
a la distancia la temperatura corporal y 
deja un registro (indeleble, supongo) en la 
nube. Con ello se actualiza el Leviatán de 
los datos personales y la privacidad que 
hace unos días presagió y desnudó el filó-
sofo sudcoreano Byung Chul-Han (2020).
Este hombre, atinado observador, si 
bien considera que el Occidente “sin mas-
carillas” está gestionando la crisis en for-
ma mucho menos atinada que los países 
asiáticos, prevé y lamenta una vuelta a la 
soberanía del amigo-enemigo, a esa deci-
sión soberana en estado de excepción que 
proclamó Carl Schmitt para constituirse 
en el guardagujas jurídico de los trenes 
que conducían a Buchenwald. Tampoco 
parece casualidad que al conmemorarse 
el septuagésimo quinto aniversario de la 
liberación de Auschwitz, uno de los sobre-
vivientes, Marian Turski , se haya dado a la 
tarea de develar los patrones que, en forma 
aparentemente ordinaria, van conducién-
donos de a poco a los círculos del Infierno: 
“la idea de que hay gente que es excluida, 
estigmatizada y alienada se integra en 
nuestras vidas… (las personas) se acaban 
acostumbrado a la idea de que (los perte-
necientes a comunidades minoritarias) son 
extraños y extranjeros, es gente que porta 
gérmenes y causa pandemias. Los oríge-
nes del horror están ahí” (Turski, 2020: 41).
Acaso todo ello ayude a explicar (pero 
jamás a comprender) los videos en que apa-
rece una multitud enardecida empeñada en 
01 Pensamiento “fast food” le ha llamado Antonio 
Ortuño (2020).
 29
01R A FA E L E S T R A D A
apedrear un autobús que conduce ancianos 
potencialmente infectados desde su casa 
de reposo a un céntrico hospital en el que, 
con toda probabilidad, no hallarán respira-
dores. ¡Y eso en Cádiz, la cuna de las liberta-
des constitucionales iberoamericanas!
Chul-Han y Turski escriben con mucha 
mayor compasión y empatía que nuestra 
opinocracia vernácula, dada a declarar 
lo mismo que Santa Anna y la primera 
reforma liberal fueron las culpables del 
brote de cólera en 1833, o de plano que el 
Estado mexicano no existe porque sólo 
“se le pensaba retóricamente como una 
dictadura” (sic) durante la práctica tota-
lidad del siglo XX, o que el presidente de 
la República rebaja la vida republicana 
cuando hace eco de las supercherías de 
un populacho que, de cualquier forma, ha 
de continuar encomendándose a Santa 
Bárbara Doncella antes de tomar el pe-
sero o el metro al que lo sigue obligando 
su criminal empleador, santo patrono de 
una economía en terapia intensiva. No 
faltó quien comparó los días que vivimos 
con aquellas terribles y oscuras horas de 
Churchill, no se sabe si ante Dunkerke o 
ante Normandía, pero para el caso es lo 
mismo: lo que importa es que el gobier-
no tiene datos distintos a los míos y, por 
tanto, se equivoca. O se equivocará, si 
logra que nos encerremos con nuestras 
familias y detengamos la locomotora 
de la macroeconomía en aras de salvar 
nuestras vidas. Con contadísimas excep-
ciones (las de Martín Vivanco y Salvador 
Camarena, por ejemplo), muy pocos edi-
torialistas han considerado siquiera la 
posibilidad de que México haya adoptado 
la estrategia adecuada.
Y es que pulula entre nosotros, por 
supuesto, el verdadero virus insignia de 
nuestro siglo: la polarización. A la derecha 
nacional le indigna mucho más que el pre-
sidente no se comporte “a la altura” (Engli-
sh spoken, of course) en una reunión virtual 
del G-20, que las continuas denuncias de 
asistentes domésticos que son suspendi-
dos en su derecho al salario (de la seguri-
dad social ni hablemos) en tanto no puedan 
prestar sus servicios: “No tengo por qué 
pagar a la ‘señora que me ayuda’ (como si 
no se tratase de un contrato) si no viene a 
trabajar”. Otra conducta arquetípicamente 
mexicana: que el gobierno cumpla con lo 
que yo estimo son “sus obligaciones” y, en 
cambio, que no se me exija a mí el cumpli-
miento de legislación laboral alguna.
Y ahora nadie, o casi nadie, quiere pa-
gar a los trabajadores domésticos “por un 
trabajo que no hacen”. Si se mantienen en 
sus puestos (el anciano poli que cuida la 
caseta de la “Privada”, el chofer que debe 
mantener clorizado el coche en el que se 
le obliga a permanecer e incluso a dor-
mir, y así un largo etcétera) no tenemos 
problema. Pero, los otros, que hagan su 
trabajo (una labor que no pueden hacer 
porque no les permitimos entrar a nues-
tras casas). La pirueta retórica hace que 
asumamos que las clases menos favore-
cidas sí están obligadas a lo imposible, 
hecho inédito en la tradición jurídica 
romano-canónica: como en película de 
Alfonso Cuarón, las reuniones (ahora 
“La idea de que hay gente que es excluida, 
estigmatizada y alienada se integra en nuestras 
vidas… se acaban acostumbrando a la idea 
de que son extraños y extranjeros, es gente 
que porta gérmenes y causa pandemias. 
Los orígenes del horror están ahí.”
30 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
necesariamente virtuales) de vecinos en 
los condominios mexicanos de clases pri-
vilegiadas le disputan a la conferencia de 
Walsee (1942) el primer sitial en la historia 
universal de la infamia y de la pena ajena.
Más reportes desde una distopía que, 
por desgracia, no lo es tanto. Entre la con-
fusión prevaleciente hemos terminado 
por detestar a los murciélagos, animales 
indispensables, al parecer, para la refo-
restación del planeta. En el Perú, incluso, 
se han preparado auténticos progromos 
contra ellos. Lo peor, en la Nueva España, 
es que hemos vuelto al estereotipo (Car-
men Salinas dixit) del “chinito” ratófago. 
Nuestras obligaciones hacia el medio 
ambiente o hacia nuestros semejantes se 
diluyen en un “individualismo metodológi-
co” que había de conducirnos al desastre, 
como los más perspicaces supieron ver 
desde hace años. Un individualismo “que 
resuelve todo en precisos análisis de cos-
tos y beneficios, en modalidad de reaccio-
nes a los incentivos. Se afirma en modo tal 
el perfil de un individuo abstracto e ideal, 
movido exclusivamente por el impulso de 
maximizar el propio beneficio, en cuyo 
comportamiento domina el cálculo racio-
nal y la búsqueda de la utilidad práctica… 
el homo oeconomicus extremo, figura to-
talizante y totalitaria” (Magris, 2018: 10-11, 
traducción mía). Parece que ha llegado el 
tiempo del cumplimiento de la “mitología 
jurídica de la modernidad”, como la llamó 
Paolo Grossi en su libro seminal.
Del otro lado, la izquierda no oficial 
aparece turulata, desconcertada. Como 
Fuentes al grito de “Echeverría o el fas-
cismo”, los izquierdistas de hoy no saben 
si criticando al gobierno abonan o no a la 
reacción. Y como tampoco saben qué es 
la reacción, se ponen a inventar países e 
historias. Jamás se cuestionan, muy al 
estilo de la “nueva izquierda”, si el proble-
ma más bien ha sido un exceso de Estado 
que un Estado fallido o inexistente. Tam-
poco nos explican qué debemos entender 
por “Estado” (como si fuese lo mismo 
Escandinavia que el Cuerno de África) 
y llegan a dudar de la “leyenda” de 1985 
(esto es, de la reacción social solidaria y 
complejísima frente a la tragedia de los 
sismos), hesitación que insulta a las víc-
timas y a los héroes de aquella jornada en 
que, precisamente, un Estado paquidér-
mico mostró que no daba para más.
Y sí, es posible que la crisis estalle en 
forma terrible, pero no por la “gentrifica-
ción” de las clases medias y altas (valiente 
anglicismo), sino porque los privilegiados 
han empleado siempre a un Estado fuerte, 
que no sólido, en su exclusivo beneficio, 
ese que permite que algunos perma-nezcamos en nuestras casas, cómodas, 
asépticas y bien surtidas por aquellos que 
no pueden darse el lujo de dejar de traba-
jar, cargando y recargando contenedores 
o camiones de basura, ni siquiera un día 
a la semana, so pena de enfrentar a otro 
jinete del Apocalipsis: el hambre.
Y es posible también que el manejo 
de la pandemia esté siendo pésimo en 
Occidente: pésimo a partir de premisas 
estatistas, por cierto. Me temo, sin em-
bargo, que estamos poniendo los resulta-
dos antes del planteamiento de la aporía. 
¿Que el campesinado no estuvo cooptado 
por el Estado postrevolucionario? Por fa-
vor. Nuestros opinócratas parten hacia le-
janas tierras a hacer su posgrado sin pizca 
de conocimiento histórico con miras a re-
gresar a darnos lecciones de Historia (in) 
patria. Y de ahí hasta Žižek proclamando, 
cual venganza, el fin de la historia... pero 
del capitalismo, cuando de lo que se trata 
es de replantear urgentemente nuestras 
relaciones con nuestro hábitat y con la 
materia que nos circunda y nos seduce al 
punto del paroxismo.
Volvamos al notabilísimo texto de Es-
quirol. Si el autor tiene razón en torno al 
“misterio”, muchos fundamentalistas de 
los hechos y los datos se van a quedar 
esperando la peste bubónica: “hay mu-
cha presión para reducirlo todo a simples 
hechos, y a datos. Pero la vida se resiste 
a tal reducción. En el fondo, cada per-
sona es un acontecimiento inefable… la 
pertinente explicación causal no agota la 
significación. Celebraciones, blasfemias, 
plegarias y lamentos son la expresión es-
pontánea, pero honda, de que el mundo 
humano rebasa los simples hechos… Sin 
embargo, desde hace algún tiempo, los 
intelectuales y la academia, de espaldas 
al misterio, se jactan de dar el tema por 
zanjado. Y el contexto social parece con-
formarse con ello, como si habiéndonos 
emancipado del antiguo lastre, pudiése-
mos por fin presumir de la pulcra, potente 
y rigurosa reducción a explicaciones de 
hechos” (Esquirol, 2018: 12-13, 15). Si no se 
repite en México el Armageddon italiano, 
¿se disculparán con la estrategia oficial y 
con las supercherías populares los cons-
picuos integrantes de nuestro Círculo 
Rojo? No lo sé. Eso sí que constituye un 
misterio irresoluble.
Lo que sí sé es que lo que veremos en 
los días próximos será determinante para 
 31
01R A FA E L E S T R A D A
el levantamiento del velo al que me he ve-
nido refiriendo. En el terreno práctico, por 
poner un ejemplo de obvia y urgente re-
solución, ¿qué interpretación deberemos 
darle al quinto párrafo del artículo 1º 
constitucional si es que llega el caso de 
tener que discriminar entre quienes ten-
drán derecho a respiradores y quienes no?, 
¿es razonable, ponderada y proporcional 
la discriminación que distinguirá a los 
derechohabientes en virtud de su mayor o 
menor edad, y de sus mayores o menores 
posibilidades de vivir largos y productivos 
años?, ¿se va diluyendo la dignidad huma-
na en proporción directa a la cercanía con 
la tumba?, ¿hemos de aplicar la solución 
italiana y española, con mucho menos 
capacidades técnicas que las que aparen-
taba poseer la rica Europa? 
Como ha postulado Gustavo Zagre-
belsky, frente a este tipo de situaciones 
es indispensable exigir de los operadores 
médicos, jurídicos, filosóficos, econó-
micos y políticos, una toma de posición 
(Zagrebelsky, 2009: 111). En el “derecho 
por principios” (y el nuestro lo es, cuando 
menos, desde la reforma constitucional 
de 2011), no cabe permanecer impasible y 
mucho menos indiferente, ni queda tran-
quila la conciencia con la mera aplicación 
de una “regla”. Hay que oír a Turski, abo-
minar de la indiferencia y operar hasta 
lograr que el caso concreto (la dotación 
de camas y respiradores a X paciente) 
tenga un impacto sobre el orden jurídico, 
inevitablemente general, abstracto e 
impersonal: lo malo de la pompa es que 
suele ir olvidándose, poco a poco, de 
la circunstancia. Vaya paradoja: justo 
cuando los más escandalosos proclama-
ban la llegada de la inteligencia artificial 
al mundo de lo jurisdiccional nos venimos 
a percatar de que semejante “inteligen-
cia”, capaz de proclamar que hay vidas 
humanas prescindibles con base en el 
procesamiento de una inhumana infini-
tud de “datos”, es impotente para arros-
trar la presente crisis.
Se ha discutido en las últimas semanas, 
a ambas orillas del Atlántico, si los jueces 
pueden obligar a las administraciones 
a tomar medidas sanitarias concretas. 
Aparece, de nuevo, el reto de la comple-
jidad, a lo Edgar Morin. ¿Debe proceder o 
no el juicio de Amparo ante la dotación o 
negación de una cama de hospital o ante 
la negativa de entrega de un cuerpo iner-
te contaminado por el Covid-19?, ¿podría 
establecerse un listado legal de aquellos 
actos de la autoridad contra los que no 
proceda el Amparo por considerárselos 
de orden público e interés social, esto 
es, de imprescindible cumplimiento? No 
lo creo. Los “principios”, en el sentido 
de Zagrebelsky, no pueden dejar de ser 
conceptos determinables caso por caso. 
El intento contrario constituye la gran 
miopía de la codificación y del exactismo 
legolátrico: no hay más equidad que la del 
caso concreto. Ni más justicia. El juicio a 
priori es un prejuicio por donde se le vea, y 
oscurece los “datos” y los “hechos” incluso 
cuando nos parecen más evidentes. Y sí, 
por desgracia, la realidad terminará por 
imponerse. Ojalá no se empeñe en demos-
trarnos que no hay camas para todos.
Por eso creo, de nuevo con Esquirol 
(y con Emilio Mitre [2017: 20-21], que de-
“Lo que importa es que el gobierno tiene datos 
distintos a los míos y, por tanto, se equivoca. 
O se equivocará, si logra que nos encerremos con 
nuestras familias y detengamos la locomotora de la 
macroeconomía en aras de salvar nuestras vidas”.
32 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
muestra que en ese despreciado Bajo 
Medioevo de la peste negra la felicidad fue 
perfectamente posible y revelable), que la 
solución, superada la crisis, ha de venir “de 
las afueras”, dado que nunca hemos sido 
expulsados de Paraíso alguno (Edén, por lo 
demás, imposible y al que nos empeñamos 
en confundir con nuestros barrios de clase 
privilegiada tan plenos de grandes verjas 
que impiden la entrada contaminante de 
los otros). De esas afueras en las que “nada 
tiene más sentido que el amparo y la ge-
nerosidad” (Esquirol, 2018: 7), como lo han 
demostrado enfermeros, trabajadores 
del servicio de limpia, residentes médi-
cos y pagadores empeñados en que a los 
prestadores de servicios no les falte nada 
en estos días de encierro “en cuyo marco 
puede resultar muy sugerente referirse 
a la mirada perdida de Adán y al tedioso 
ademán de Eva que, después de hacer el 
amor y de comer la fruta de un granate in-
tensísimo, sentían el desasosiego de pre-
ver que el mañana sería igual que el ayer” 
(Esquirol, 2018: 10). El desasosiego del Día 
de la marmota al que deberíamos habernos 
acostumbrado hace siglos.
También creo en contadas cosas de en-
tre todo lo que he leído en los periódicos 
recientes (eso sí, retuiteado o enviado 
por Whatsapp): en la superación de la 
“soberanía insensata” a la que llama Luigi 
Ferrajoli a través de su enésimo “mani-
fiesto por la igualdad en el marco de un 
constitucionalismo planetario” (García 
Jaén, 2020) o en el mensaje, apocalíptico 
donde los haya, del antiguo consejero de 
Miterrand, Jacques Attali (2020), en rela-
ción con un mundo en el que, por fin, no 
habrá liderazgo que más valga que aquel 
que se cimiente ya no en la policía ni en la 
ciencia sino en la compasión: una transi-
ción hacia la empatía, si no definitiva, sí 
definitoria. Hemos de esperar la revela-
ción del nuevo orbe leyendo los diarios de 
la peste que dejaron, cada quien en su cir-
cunstancia, Camus, Sontag, Sarduy y, por 
supuesto, Bocaccio, eseincomparable 
hombre en el gozne de los tiempos. Y los 
complejísimos, aunque no complicados, 
romances y sonetos de nuestra sor Jua-
na, el fénix de Occidente que supo morir 
a los cuarenta y seis años por negarse a 
desatender una pandemia en su encierro 
jerónimo, el más creativo y revelador de 
cuantos ha visto discurrir la tierra media 
americana. Aguardemos, pues, sin apela-
ciones precipitadas a nuestros infalibles 
“datos” y con la esperanza de lograr deve-
lar el misterio. m
Referencias 
Attali, J. (2020), “¿Qué va a nacer”, SDPnoticias, 25 
de marzo.
Esquirol, J. M. (2018), La penúltima bondad. 
Ensayo sobre la vida humana, Barcelona, 
Acantilado.
García Jaén, B. (2020), “Los países de la UE van 
cada uno por su lado defendiendo una sobe-
ranía insensata. Entrevista a Luigi Ferrajoli”, 
El País, 27 de marzo.
Han B.-C. (2020), “La emergencia viral y el mundo 
de mañana”, El País, 22 de marzo.
Magris, F. (2018), Libertà totalitaria, Milán, La nave 
de Teseo.
Mitre, E. (2017), Desprecio del mundo y alegría de 
vivir en la Edad Media, Madrid, Trotta.
Ortuño, A. (2020), “Opinar por opinar”, El País, 29 
de marzo.
Turski, M. (2020), “No seas indiferente”, Letras Li-
bres, núm. 255, marzo.
Zagrebelsky, G. (2009), El derecho dúctil. Ley, de-
rechos, justicia, Madrid, Trotta.
“Hay mucha presión para reducirlo todo a 
simples hechos, y a datos. Pero la vida se resiste 
a tal reducción. En el fondo, cada persona 
es un acontecimiento inefable… la pertinente 
explicación causal no agota la significación”.
 33
01R A FA E L E S T R A D A
El Covid-19, 
 por Roberto García Jurado. Profesor-investigador de 
tiempo completo en el Departamento de Política y Cultura de la 
Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México.
 ¿UNA CONSPIRACIÓN MUNDIAL? 
34 
La pandemia provocada por el Covid-19 no 
es la primera ni será la última que azote a 
la humanidad. Las pandemias o epidemias 
que han diezmado al género humano tie-
nen un largo historial, se remontan hasta 
la misma antigüedad, pues parecen con-
génitas de los seres humanos. 
No obstante, quizá la más antigua pan-
demia de la que se guarda viva memoria 
en el mundo moderno sea aquella peste 
negra que ocurrió justo a mediados del 
siglo XIV en Europa, la que inspiró y motivó 
a Giovanni Bocaccio para que escribiera 
el Decamerón, donde se relata cómo diez 
jóvenes huyeron de la peste saliendo de 
Florencia para refugiarse en una villa 
cercana de la vecina Fiésole, en donde se 
enclaustraron por dos semanas, que ame-
nizaron contándose los cien cuentos que 
constituyen el conocido libro. 
Así, la actual pandemia del Covid-19 
seguramente no será la última que padez-
ca la humanidad, y muy probablemente 
tampoco sea la última que tenga tan alta 
letalidad como aquella peste medieval 
de dimensiones apocalípticas. Desafor-
tunadamente, ahora como entonces, y 
seguramente también en la posteridad, 
las sociedades no estarán lo suficiente-
mente preparadas para enfrentar y resis-
tir la enfermedad, pues siempre existirán 
consideraciones religiosas, económicas, 
políticas o estratégicas que retarden o 
debiliten su combate.
Justo como ocurre ahora, cuando una 
diversidad de actores de la opinión pública 
internacional culpan a China de no haber 
actuado con mayor celeridad, de no haber 
dado el toque de alerta antes, en cuanto 
aparecieron los primeros contagios. Algu-
nos han acusado al gobierno chino de no 
querer dañar su trayectoria económica, 
que aunque tenía previsto solo un creci-
miento de seis por ciento del PIB para este 
2020, ha promediado un diez por ciento 
de incremento promedio anual en los últi-
mos treinta años, lo que significa que en 
tres décadas el enorme país asiático ha 
triplicado prácticamente el tamaño de su 
economía, una proeza que no tiene punto 
de comparación en el mundo contemporá-
neo. Ha habido quienes incluso consideran 
que el gobierno chino actuó con retardo 
y reparo para no empañar tampoco la 
conmemoración del centenario de la 
fundación del Partido Comunista Chino, a 
celebrarse en el 2021.
No obstante, aunque todavía no se dis-
pone de toda la información necesaria, no 
cabe duda de que esta es la primera pan-
demia realmente global en la historia de la 
humanidad, la primera gran epidemia que 
no se limita ni a un país, ni a una región, ni 
a un continente, sino que se ha extendido a 
todos los rincones del planeta. Así, no cabe 
duda de que la difusión global que alcanzó 
la pandemia en tan sólo tres meses se debe 
al elevado índice de intercambios comer-
ciales, sociales y culturales que se tienen 
en la actualidad, a la globalización más pura 
y simple, y si bien esta misma interacción 
global ha permitido que haya un inmediato y 
abundante flujo de información y experien-
cias que han permitido contener la propa-
gación geométrica del virus, es necesario 
recordar que esa misma globalización fue la 
que propició su rápida dispersión, una lec-
ción fundamental que debería tenerse muy 
en cuenta para diseñar las medidas precau-
torias necesarias en el futuro inmediato.
Sin embargo, más allá de los riesgos 
inherentes e inevitables de una propa-
gación viral como esta, no deja de llamar 
la atención que un riesgo y un lastre muy 
importante en su combate es la persis-
tente desconfianza y recelo que sigue 
existiendo en la mayor parte de las socie-
dades con respecto a sus propios gobier-
nos, a la prensa nacional e internacional, 
hacia los mismos organismos internacio-
nales y hacia muchas otras instituciones 
políticas sociales y económicas de las 
sociedades en que vivimos.
Así, a pesar de todos los avances 
educativos y culturales que ha logrado 
el mundo occidental, y muchas otras re-
giones del globo, y a pesar del desarrollo 
de las instituciones representativas, de-
mocráticas y de las múltiples y variadas 
organizaciones que han surgido de la so-
ciedad civil, sí, a pesar de todo ello, puede 
apreciarse aun una gran desconfianza no 
sólo hacia el gobierno, hacia los líderes y 
hacia los partidos políticos, sino también 
hacia muchas otras de estas institucio-
nes, comenzando por la misma prensa y 
los medios de comunicación.
Es verdad que en la mayor parte de los 
países más afectados por la pandemia, la 
generalidad de la población ha aceptado 
y acatado las recomendaciones o restric-
ciones para evitar la propagación del virus, 
sin embargo, no todos los individuos lo han 
hecho con plena convicción o credulidad, 
en muchos de estos ronda la idea de que 
se trata de un engaño, de que es falso o de 
que hay una exageración en todo ello. Mu-
chos de estos individuos creen que alguien 
está ocultando algo, que alguien sabe más 
que todos los otros.
 35
01R O B E R T O G A R C Í A
De este modo, uno de los principales 
enemigos de la cooperación social y la 
operación coordinada entre la sociedad y 
sus instituciones es lo que los politólogos 
y sociólogos llaman la teoría de la conspi-
ración, es decir, la certeza o la suposición 
de que determinados acontecimientos de 
gran relevancia social, económica o po-
lítica son deliberadamente producidos y 
controlados por un poder invisible, oculto, 
secreto, ya se trate de un personaje o una 
élite con poderes superiores e ilimitados, 
con la capacidad de iniciar, impulsar y 
controlar un fenómeno que afecte a un 
país o al mundo, con algún propósito es-
pecífico pero encubierto, de consecuen-
cias mediatas o imprevisibles.
En general, podría decirse que las 
creencias conspiracionistas se deben en 
buena medida a la falta de información 
y educación de la sociedad, a creencias 
en lo sobrenatural y lo paranormal, a la 
tendencia al maniqueísmo, o sea, a ver el 
mundo como una lucha entre el bien y el 
mal, donde, obviamente, hay gente buena 
y gente mala. Sin embargo, es sorpren-
dente que convicciones de este tipo se 
encuentren también en sectores educa-
dos ycultivados de la sociedad. Más aún, 
es muy frecuente encontrar este tipo de 
opiniones en individuos cuyas posiciones 
ideológicas tienden al extremismo po-
lítico, ya sea de derecha o de izquierda, 
para quienes no se pueden ver los grandes 
acontecimientos de la realidad y la histo-
ria sino como un gran complot, como una 
estratagema que alguien urdió para con-
seguir un fin predeterminado.
Evidentemente, las teorías de la cons-
piración tienden a simplificar la realidad, 
a ordenar de una manera más sencilla y 
comprensible la enorme cantidad de acon-
tecimientos exteriores al individuo que no 
sólo están fuera de su alcance producir 
y dominar, sino incluso conocer o intuir. 
Puede resultar mucho más tranquilizador 
saber que la culpa la tiene alguien o algo, 
que la alternativa más inquietante de asu-
mir que no se tiene respuesta. El análisis 
social, económico y político exige un gran 
volumen de información, de conceptos y 
categorías especializadas que no siem-
pre son de simple manejo, y que muchas 
veces ni siquiera garantizan u ofrecen una 
explicación racional y consecuente de los 
fenómenos estudiados, de lo cual deben 
estar plenamente conscientes los investi-
gadores y científicos.
Ante la compleja realidad que circunda 
y condiciona al individuo, y que muchas 
veces pareciera un apabullante e impe-
netrable caos, la teoría de la conspiración 
puede servir de base para que el individuo 
obtenga algunas respuestas y apacigüe 
así su angustia ante lo desconocido e in-
evitable. La idea de la conspiración puede 
reducir la indefensión que siente el indivi-
duo ante su desconocimiento y dotarlo de 
alguna respuesta ante problemas comple-
jos, multicausales y polivalentes, y para los 
cuales muchas veces ni la propia ciencia o 
los agentes informados la tienen.
Aunque las teorías de la conspiración 
son acogidas en todo tipo de sociedades, 
tienen un arraigo más acendrado en las 
sociedades en donde hay mayores niveles 
de marginación, de segmentación social 
o de notable polarización. Incluso puede 
apreciarse una asociación entre las ideas 
conspiracionistas y el populismo tan bo-
yante en la actualidad. El populismo se 
nutre en buena medida de la sensación 
existente o generada en el pueblo de que 
tiene un enemigo oculto, embozado, que 
siempre está al acecho para manipularlo 
y dañarlo. Además, una de las caracterís-
ticas más constantes del populismo es su 
antielitismo, su tendencia a identificar a 
las élites políticas, económicas o cultas 
como las responsables de las cosas que 
afectan al pueblo. 
No parece una coincidencia que los tres 
líderes populistas más importantes del 
continente americano en la actualidad, 
Donald Trump, Jair Bolsonaro y Andrés 
Manuel López Obrador, presidentes ade-
más de los tres países más grandes de la 
región, hayan minimizado en un principio 
“Puede resultar mucho más 
tranquilizador saber que la culpa 
la tiene alguien o algo, que la 
alternativa más inquietante de 
asumir que no se tiene respuesta”. 
36 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
la peligrosidad y letalidad del Covid-19, an-
teponiendo en primer lugar su popularidad 
y temiendo el previsible daño económico 
que las medidas de prevención y protec-
ción acarrearían a sus países.
De este modo, muchas de las grandes 
epidemias que ha sufrido la humanidad han 
sido explicadas frecuentemente con base 
en cierto tipo de teoría de la conspiración. 
Así ocurrió con la gran peste negra de 
mediados del siglo XIV de la que se habló 
aquí en un principio, la cual acabó con 
una buena parte de la población europea, 
cebándose con rigor en ciertas ciudades 
y poblados que casi desaparecieron. En 
aquella ocasión no faltó quien culpara a 
los judíos de semejante calamidad, que 
los acusara de haber envenenado los 
pozos de agua deliberadamente para 
producir la enfermedad. Desde el inicio de 
nuestra era, nunca faltaron motivos para 
perseguir a los judíos por una u otra razón. 
Por ello, no fue difícil culparlos de la pes-
te negra. Como tampoco lo fue culparlos 
después de muchas otras calamidades y 
accidentes, atribuyéndoles una malevo-
lencia y perversidad que se condensaría 
en panfletos como los Protocolos de los 
sabios de Sión, que hace poco más de un 
siglo alimentó el antisemitismo nueva-
mente, justo cuando estaba por producir-
se otra de las grandes pandemias de la hu-
manidad, la gripe española de principios 
del siglo XX, a la cual no faltó tampoco una 
explicación basada en la conspiración.
En efecto, hace poco más de un siglo, 
en 1918, casi por concluir la primera guerra 
mundial, azotó a una buena parte del mun-
do la que se conoció como la gripe españo-
la. Esta pandemia no tuvo lugar en España, 
sino en alguna otra parte del mundo, muy 
probablemente en Estados Unidos. Sin 
embargo, aunque la enfermedad golpeó 
fuertemente no sólo a ese país sino a otros 
de los principales involucrados en la gue-
rra, como Alemania, Francia, Reino Unido 
e Italia, se le dio el nombre de gripe espa-
ñola porque tan solo en España, que man-
tuvo su neutralidad en la guerra, la prensa 
dio amplia y detallada información sobre la 
naturaleza, el avance y la lucha en contra 
de la enfermedad, así como el costo que 
estaba teniendo en cuanto vidas humanas, 
por lo que se pensó que sólo en este país 
existía semejante problema. La verdad es 
que la epidemia estaba castigando igual-
mente a muchos otros países, sobre todos 
a los involucrados en la guerra, quienes 
no podían evitar que sus ejércitos fueran 
un foco de infección de altísimo impacto, 
dadas las condiciones de hacinamiento e 
insalubridad en las que operaban. Sin em-
bargo, ninguno de los países involucrados 
en la guerra dio cuenta de la epidemia para 
no bajar la moral de su ejército y de su so-
ciedad, y mucho menos para dar cuenta al 
enemigo de sus problemas y debilidades.
Lo llamativo del caso es que tampoco la 
gripe española careció de una explicación 
conspiratoria, pues en el bando aliado se 
difundió ampliamente la idea de que el vi-
rus había sido esparcido por agentes ale-
manes con el fin expreso de debilitarlos.
Algo similar está ocurriendo en la 
actualidad con el Covid-19. Dado que se 
tiene claro que el virus se comenzó a re-
producir aceleradamente durante el mes 
de diciembre en la ciudad de Wuhan para 
de ahí extenderse rápidamente al resto 
del mundo, se ha visto a China como el 
culpable o responsable de esta pandemia, 
incluso el presidente Donald Trump le ha 
llamado repetidamente el virus chino. Sin 
embargo, el gobierno chino ha llegado a 
mencionar que el origen del virus no está 
en su país, sino que miembros del ejército 
estadounidense lo diseminaron ahí unas 
cuantas semanas antes del brote en la 
ciudad de Wuhan.
A estas dos versiones contrapuestas 
y acusaciones recíprocas se han sumado 
muchas otras con una orientación mu-
cho más claramente conspiracionista; 
como que se trata de un virus creado y 
diseminado por las grandes compañías 
farmacéuticas internacionales con el 
fin de vender más medicamentos, o que 
China lo difundió deliberadamente para 
producir una recesión mundial de la cual 
se beneficiara de alguna manera, o que 
israelíes y árabes lo diseminaron para 
obtener un beneficio regional.
De uno u otro modo, las ideas conspira-
cionistas han estado presentes en la expli-
cación de esta pandemia, y de una u otra 
manera, de muchas formas, este tipo de 
sugerencias no ayudan en modo alguno a 
la comprensión de la realidad física y social 
que vive la sociedad mundial. Tampoco ayu-
dan en forma alguna a resolver problemas 
tan graves como este, pues le restan credi-
bilidad a los esfuerzos científicos, guberna-
mentales e institucionales para reducir los 
efectos de la enfermedad. Así, la lucha que 
debe emprender la sociedad en este tipo de 
catástrofes no se limita a sus efectosrea-
les, sino que también debe lidiar con ideas 
xenófobas, racistas y discriminatorias, que 
tienen un encuadre propicio en las teorías 
de la conspiración. m
 37
01R O B E R T O G A R C Í A
coronavirus
 por Enrique del Percio. Rector de la Universidad de San Isidro (USI). 
Profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.
 ESTUPIDEZ, CAPITALISMO Y 
38 
Algunas premisas previas
Vamos a comenzar este pequeño escrito con unas premisas 
previas que pasaremos a enumerar, intentando posteriormente 
desarrollarlas, tratando de orientar algunas palabras finales. 
Las iremos enumerando para tener una visión más sistemática:
1 Cuentan que a comienzos de la Revolución rusa, Lenin le ofre-ció a León Trotsky el ministerio de Relaciones Exteriores de la 
Unión Soviética. Trotsky le respondió que no era conveniente en 
razón de que, al ser él judío, no iba a ser bien recibido por muchos 
gobiernos del mundo. Lenin le planteó que no habían hecho la 
revolución para seguir manteniendo esas estupideces, a lo que 
Trotsky replicó que habían hecho la revolución para acabar con 
muchos males, pero no había revolución alguna que pudiera aca-
bar con la estupidez humana. 
2 El capitalismo no es sólo un sistema económico, es un siste-ma productivo: produce cosas, produce dinero y produce, so-
bre todo, subjetividades. Si bien es cierto que las crisis anteriores 
fueron endógenas y la actual responde a una emergencia de un 
factor exógeno, que no sólo no es económico, ni tampoco político 
o cultural, nada autoriza a pensar que lo que viene no será una va-
riante del capitalismo. 
“No habrá mundo «después» del 
coronavirus, pues todo indica que 
este virus llegó para quedarse”.
 39
01E N R I Q U E D E L P E R C I O
Desarrollo
Hechas estas dos precisiones, paso a 
desarrollar el tema que se me propuso: 
¿qué mundo tendremos después del 
coronavirus?
Lo primero que respondo es que no 
habrá mundo “después” del coronavirus, 
pues todo indica que este virus llegó para 
quedarse. A partir de ahora, así como 
convivimos con la influenza, deberemos 
también convivir con el coronavirus, 
esperando que aparezca alguna vacuna 
o tratamiento, así como apareció para 
la gripe, de modo de controlarlo pero no 
de erradicarlo. Por otra parte, después 
de toda guerra y de toda pandemia, la so-
ciedad cambió, pero nunca se pudo (ni se 
hubiera podido) vaticinar en qué sentido 
cambiaría. Prácticamente nadie podía 
imaginar en 1913 que a los cinco años iban 
a haber desaparecido imperios tan sóli-
dos como el zarista o el austrohúngaro. 
Sobreabundan ejemplos como ese, lo 
que me excusa de tener que desarrollar 
más este aspecto. 
No obstante esa incertidumbre en ge-
neral, hay algunos aspectos que cabe ya 
considerar como elementos que brindan 
certidumbres particulares, puesto que 
no se trata del mundo que viene sino de lo 
que ya está aconteciendo.
Es evidente que hay una resignación 
del liderazgo mundial por parte de los 
Estados Unidos. La frase de campaña de 
Trump “America first” se volvió un boo-
merang: esa América encerrada sobre 
sí misma está primera en contagios, en 
muertos y en ineficiencia de su gobierno 
federal para entender y afrontar el pro-
blema. Mientras esto ocurre allí, China se 
da el lujo de suministrar ayuda a Europa, 
Latinoamérica y África. El gigante asiáti-
co no sólo sale mejor posicionado que su 
rival del Norte en el plano del prestigio in-
ternacional con su correspondiente cuota 
de soft power. También en el terreno eco-
nómico, según dicen no pocos análisis, 
la situación les será más favorable al ter-
minar los peores efectos de la pandemia. 
Pero atención: esto no implica que China 
esté en condiciones de asumir el lideraz-
go que tenía Estados Unidos hasta hace 
poco. No tiene ni el poder militar ni, so-
bre todo, la influencia cultural necesaria 
como para establecer una nueva hegemo-
nía. El desarrollo del aparato bélico para 
poder intervenir eficazmente en cualquier 
lugar del planeta y en varios puntos a la 
vez le puede demandar unos años, pero la 
influencia cultural no se logra en menos 
de una generación y, si tenemos en cuenta 
lo complejo que es hoy ese terreno, es al 
menos aventurado establecer al respecto 
alguna previsión seria. Tampoco Rusia 
ni Europa podrán asumir ese liderazgo 
mundial, por lo que ahí se abre un inte-
rrogante: la lógica indicaría que el actual 
repliegue de los Estados nacionales sobre 
sí mismos se mantenga de algún modo, in-
terrumpiéndose o hundiéndose el proce-
so de globalización que ya venía golpeado 
por distintas circunstancias. Pero, repito, 
no es posible hacer futurología. 
El proceso de globalización implicaba 
una movilidad altísima y multidireccional 
para las finanzas (de un mercado a otro 
en cuestión de horas, según lo fueren 
determinando los algoritmos), movilidad 
alta y unidireccional para las ideas (de 
los centros de producción del saber he-
gemónico al resto del mundo), relativa y 
unidireccional para los productos más 
elaborados (de los países más industriali-
zados hacia los menos desarrollados) así 
como para las commodities, aunque estas 
últimas con una unidireccionalidad que 
va en sentido inverso al de los productos 
elaborados (de los países productores de 
materias primas hacia los industrializa-
dos), y con respecto a las personas, una 
amplia movilidad de corto plazo (turismo, 
negocios) y con crecientes intentos de 
restricción para la de largo plazo (muros, 
fronteras rígidas y deportaciones). Sin 
embargo, en estos días quedó de mani-
fiesto que sin personas que puedan mo-
vilizarse, las finanzas entran en colapso. 
No alcanza con el trabajo virtual desde 
la casa de cada uno ni pueden reconver-
tirse todas las ocupaciones productivas 
en tareas a desarrollar a distancia. Es 
necesario que muchos cuerpos puedan 
trasladarse dentro y fuera del territorio 
nacional. Es harto probable que cambien 
las modalidades laborales, pero no hasta 
el punto de eliminar la presencia física en 
una gran cantidad de actividades de pro-
ducción de bienes y servicios. 
Otro dato a tener en cuenta es que, más 
allá del tipo de régimen político, lo deci-
sivo a la hora de enfrentar la pandemia 
pareciera ser la cantidad de camas para 
cuidados intensivos (y sobre todo con 
respirador) que tenga cada país. La dife-
rencia radicará no en la tasa de contagios 
sino en la de muertes y, para bajar las ci-
fras que dan cuenta de esa dura realidad, 
es fundamental contar con la capacidad 
40 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
hospitalaria suficiente. Aquellos países 
que no acompañaron la tasa de crecimien-
to de su población mayor de 65 años con 
un crecimiento paralelo en su dotación de 
camas hospitalarias de alta complejidad, 
están padeciendo consecuencias mucho 
más terribles que los que fueron más pre-
visores. Alemania y Bélgica pueden darse 
una política de aislamiento social más 
laxo que Italia o España y, a la vez, tener 
una tasa de mortalidad mucho menor, 
porque tienen casi tres veces más camas 
con respirador por habitante. Esas camas 
no las pone la iniciativa privada: son en su 
gran mayoría fruto de la inversión estatal. 
Además, cuando es resultado de la inicia-
tiva privada, sólo tienen acceso quienes 
pueden pagar, quedando una cantidad de 
gente afuera del sistema de salud conta-
giando al resto. Algo similar ocurre con la 
investigación en materia de virus y epide-
mias: no son en general investigaciones 
rentables, por lo que los grandes labora-
torios no le dedican el mismo presupuesto 
que a la cura de otras enfermedades. Otra 
vez, la inversión estatal es decisiva. Esto 
significa que ya podemos hablar de una 
tendencia: pareciera lógico que, una vez 
superada la etapa más álgida de la pande-
mia, crezca la inversión pública en salud. 
Por ende, crecerá también la corrupción 
en todoslos ámbitos ligados al sistema 
de salud. Por eso, será preciso establecer 
nuevos mecanismos de control que no 
ralenticen los avances sanitarios a la vez 
que permitan controlar el desvío de fon-
dos de sus fines específicos. 
Esto último obligará a un replanteo 
en los términos del neoliberalismo. Para 
comprender cabalmente las diferencias 
entre esta doctrina y el liberalismo clási-
co, debemos tener presente que el neo-
liberalismo nace como tal en 1947 y sus 
principales teóricos tenían como telón de 
fondo la preocupación por el fracaso del 
liberalismo ante los avances totalitarios. 
Eso nos permite analizar mejor no sólo 
cuáles son los dos elementos principales 
de distinción entre el neoliberalismo y el 
liberalismo clásico, sino también las ra-
zones por las cuales se da esa separación 
conceptual: mientras para el liberalismo 
clásico era saludable un cierto equilibrio 
entre el ágora y el mercado, entre el homo 
politicus y el homo aeconomicus, para el 
neoliberalismo el ágora, el espacio de la 
política, era el espacio librado a la volun-
tad, siendo la voluntad entendida como lo 
opuesto a la razón y conteniendo la semilla 
del totalitarismo: el principal filme propa-
gandístico del nazismo se llamó precisa-
mente El triunfo de la voluntad. En cambio, 
el mercado era visto como el espacio de 
libertad, donde cada sujeto interviniente 
puede manifestar sus preferencias en 
cada operación mercantil basándose en 
cálculos racionales de costo-beneficio. 
Entonces, agrandar el mercado y achicar 
el Estado era visto como un avance de la 
libertad y la racionalidad. Por eso, conno-
tados neoliberales como Milton Friedman 
pudieron asesorar y apoyar a Pinochet sin 
sonrojarse, pues una dictadura política a 
veces puede ser necesaria para garantizar 
la verdadera libertad que es la del merca-
do: “si el fin no justifica los medios, enton-
ces: ¿qué los justifica?”, dirá Friedman en 
su célebre obra Capitalismo y libertad. 
Por otra parte, en 1947 estaba bien pre-
sente la amenaza estalinista. Para el líder 
soviético, era lícito cercenar vidas y liber-
tades en nombre de la solidaridad. Por re-
acción a estas aberraciones, para los neo-
liberales la solidaridad no será un valor 
políticamente exigible (un Estado capaz 
de imponer coercitivamente la solidaridad 
implicaría necesariamente la construc-
ción de un Estado totalitario) sino que, por 
el contrario, debe reconocerse la natura-
leza egoísta del ser humano y construir 
una sociedad que parta de asumir ese 
dato empírico, a diferencia del liberalismo 
clásico de Adam Smith o de John Stuart 
Mill, para quienes el ser humano era algo 
más complejo: ni completamente egoís-
ta ni completamente solidario. Para los 
liberales clásicos, el mercado era visto 
como el ámbito de los intercambios y el 
intercambio requiere de suyo una suerte 
de relación de igualdad: yo puedo dar a 
quien a su vez tenga algo para darme; 
para que pueda existir esa necesaria re-
ciprocidad es imprescindible que se den 
ciertas condiciones de paridad. Por eso, 
el liberalismo clásico contenía la promesa 
de igualdad de oportunidades (otra discu-
sión es si podía o no lograrla por el camino 
trazado), en cambio el neoliberalismo, al 
partir de una antropología egoísta, en-
tiende al mercado como el espacio de la 
competencia y la competencia genera de 
suyo desigualdad. La igualdad no sólo no 
entra en el horizonte de promesas, sino 
que incluso es vista como un disvalor. 
Con el Covid-19 pareciera que entrará 
en crisis la primera de las diferencias del 
neoliberalismo con el liberalismo: dejará 
 41
01E N R I Q U E D E L P E R C I O
de verse al Estado y a la política como el 
espacio de la arbitrariedad, como una 
constante amenaza para la libertad. Está 
claro que sin Estado no hay camas de cui-
dados intensivos suficientes, ni normativa 
de distanciamiento social, ni investiga-
ción sobre virus y pandemias, ni apoyo a 
las industrias que dejan de producir, ni 
reparto de alimentos a los sectores que 
de lo contrario se morirían de hambre, y 
un larguísimo etcétera de intervenciones 
estatales absolutamente imprescindibles 
para preservar la continuidad de la vida 
como seres humanos. 
Pero esto no necesariamente habrá de 
incidir en el otro aspecto: el ver al merca-
do como espacio de competencia en lugar 
de espacio de intercambios. Con lo que 
no podemos aventurar nada en términos 
de lo que pueda pasar con conceptos ta-
les como la igualdad o la justicia social. 
Tampoco con lo que pueda ocurrir con las 
libertades individuales, aunque al respec-
to es posible aventurar que cada sociedad 
tramitará el tema conforme a sus propias 
idiosincrasias y conformaciones cultura-
les: las sociedades más estatistas como 
la China reforzarán el estatismo, las que 
tienen una organización comunitaria más 
sólida como el caso de Argentina (sindi-
catos, movimientos sociales, estructuras 
barriales, etcétera) es posible que, tal 
como está aconteciendo en estos días, se 
consolide esa organización con la lógica 
resistencia del capital concentrado o que 
el capital concentrado aproveche la situa-
ción de pobreza y necesidad extrema de 
los sectores populares para lograr su an-
siado objetivo de acabar con sindicatos, 
movimientos sociales, etcétera. En todo 
caso, se puede aventurar que allí hay en 
ciernes un nuevo capítulo de un conflicto 
que lleva ya varias generaciones.
La crisis de 1973 llevó a muchos a pensar 
que el capitalismo estaba acabado y lo que 
en realidad ocurrió fue que lo que se acabó 
fue el consenso keynesiano/socialdemó-
crata en torno al Estado de bienestar, para 
dar lugar a la aplicación de aquellas ideas 
nacidas en 1947 pero que, sin las condicio-
nes materiales que se fueron dando no hu-
biera pasado de mero un ejercicio teórico 
realizado un grupo de profesores europeos 
y norteamericanos. Del mismo modo, la 
crisis actual lleva a muchos a pensar que 
por fin (o por desgracia) sus previsiones se 
están cumpliendo. Desde Agamben denun-
ciando el estado de excepción hasta Žižek 
saludando el advenimiento de un nuevo 
comunismo, la mayoría hace lo mismo: 
como el caso de ese carpintero que al tener 
un martillo en la mano, tiende a ver toda la 
realidad sorprendentemente parecida a un 
clavo, cada uno tiende a ver lo que viene 
en función de la herramienta que tiene a 
mano. Creo más bien que, como vaticinó 
Habermas en 1973, lo que vendrá es una 
nueva versión del capitalismo y no tenemos 
idea de cuál será. Tampoco cabe ilusionar-
se con un giro ecológico. Puede darse y hay 
que trabajar para que así sea, pero por más 
que en estos días vuelvan a verse los cisnes 
en la laguna de Venecia, esa variante de 
jabalí que parecía extinta en la Patagonia, 
incluso haya quien jura haber visto una 
pareja de mamuts pastando en la esquina 
de su casa, difícilmente se pueda dar un 
cambio en ese sentido por razones que son 
demasiado largas de explicar acá, pero que 
tienen que ver con la naturaleza intrínseca 
del deseo en las sociedades capitalistas. 
Por último, también cabe anotar una 
exigencia de los pueblos hacia los go-
biernos que podría sintetizarse en una 
“Es posible aventurar que cada sociedad tramitará 
las libertades individuales conforme a sus propias 
idiosincrasias y conformaciones culturales”.
42 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
preferencia por el gobernante-pastor 
antes que por el gobernante-capitán de 
barco o general de ejército. El capitán 
tiene por obligación principal llevar el 
barco a destino, sin importar tanto qué 
pase con cada marinero. El general tiene 
como misión ganar la batalla o la guerra, 
aunque para ello deba sacrificar muchos 
soldados. El pastor, en cambio, debe 
cuidar a su rebaño y estar atento a cada 
oveja. Las encuestas de opinión y las con-
versaciones que vengo manteniendo con 
amigosy colegas de distintas partes del 
mundo, me llevan a pensar (creo que fun-
dadamente) que las mayorías prefieren en 
esta hora al que cuida la vida, antes que al 
que propone no detenerse sin preocupar-
se demasiado por la cantidad de muertes 
que ello exija. No sé si esta tendencia se 
mantendrá una vez que el miedo haya pa-
sado. Pero quizá sea el inicio de un cam-
bio importante.
Rita Segato decía en un reportaje re-
ciente que Alberto Fernández, al optar por 
el cuidado antes que por la represión, es-
taba mostrando el camino para pasar de 
un Estado patriarcal a un estado maternal. 
Puede ser. Ojalá sea como dice Rita. Pero 
mucho me temo que aún falte un largo ca-
mino para recorrer en ese sentido. Por lo 
pronto, no imagino un Estado sin las poco 
maternales fuerzas armadas. ¿Podría un 
Estado cualquiera desarmarse sabiendo 
que otro Estado está gobernado por una 
persona que, ya sea por desequilibrios 
psíquicos, megalomanía o conveniencia 
política, puede ordenar una invasión por 
cualquier causa que fuera? Pareciera que 
no. El gobernante-pastor también necesi-
ta fuerzas armadas no sólo para repartir 
alimentos, sino para aniquilar al enemigo 
si ello fuera necesario para preservar la 
vida en el propio país. Por cierto, la mera 
existencia de fuerzas armadas torna poco 
viable pensar en un Estado maternal, no 
obstante, es un criterio bien interesante 
para tener en cuenta y repensar tanto las 
funciones del Estado como, sobre todo, el 
modo en que procura cumplirlas. 
El mundo que viene
Obviamente sería deseable que el Co-
vid-19 nos haga tomar conciencia como 
humanidad de la importancia de respetar 
la vida en todas sus formas, de escuchar 
el grito de la tierra y el grito de los pobres, 
de cuidar en lugar de matar. De darnos 
cuenta de que tenemos que acabar con 
las guerras, con las injusticias que sue-
len ser su causa, con las desigualdades 
obscenas y con la destrucción del pla-
neta, todo ello en el marco de un respeto 
irrestricto por los derechos humanos. 
Así, todos y todas podríamos vivir mucho 
mejor, incluso los sectores privilegia-
dos de hoy, pues podrían realizarse más 
plenamente: la emancipación de los de 
abajo conlleva siempre la emancipación 
de los de arriba, como descubrieron los 
blancos sudafricanos cuando, gracias a 
Mandela, dejaron de tener miedo de que 
su jardinero negro algún día los asesine y 
pudieron comenzar a vivir más tranquilos 
en sus casas y en las calles. Hoy la pan-
demia nos hace ver que compartimos una 
casa común, que todos dependemos de 
todos. Sería deseable que esto permita 
el nacimiento de un mundo mejor. Sería 
deseable, sí. Pero seguramente el coro-
navirus acabará con muchas cosas del 
mundo que hoy conocemos, menos con la 
estupidez humana. m
“Habían hecho la revolución para acabar con 
muchos males, pero no había revolución alguna 
que pudiera acabar con la estupidez humana”. 
 43
01E N R I Q U E D E L P E R C I O
por Pablo Bulcourf y Nelson Cardozo. Profesor e investigador de la 
Universidad Nacional de Quilmes, Argentina y de la Universidad de Buenos 
Aires, Argentina, y profesor e investigador de la Universidad Argentina de la 
Empresa (UADE) y de la Universidad de Buenos Aires, respectivamente.
 PENSAR AL ESTADO EN UN MARCO DE 
INCERTIDUMBRE Y COMPLEJIDAD
44 
A modo de introducción
Fines de 2019. Empezaron las lejanas 
noticias de la propagación de una nueva 
neumonía provocada por un virus en la 
—para muchos desconocida— ciudad chi-
na de Wuhan, en la provincia de Hubei. Al 
comienzo fue una anécdota que esparcía 
esporádicamente los noticiarios, pero fue 
incrementando su presencia en los me-
dios como una bola de nieve. En la primera 
semana de enero se identifica esta nueva 
variedad de coronavirus, se reportan las 
primeras muertes en China, el primer caso 
en Estados Unidos, más tarde en el conti-
nente Europeo. A inicios de febrero se al-
canza la cifra de 500 personas fallecidas. 
Este dominó que va in crescendo acelera 
la iteración en la prensa. Para la ciudadanía 
de los países latinoamericanos es visto 
como algo lejano que causa cierta tran-
quilidad por estar del otro lado del mundo. 
Algunos incluso bromean con chistes que 
refuerzan estereotipos sinofóbicos. A co-
mienzos de marzo se empiezan a registrar 
los primeros casos en la región y se desata 
la alarma al calor de la crítica situación que 
ya se ha disparado en Italia y España. Es en 
este momento cuando los gobiernos co-
mienzan a tomar medidas. El tercer mes del 
año ya no deja lugar para otras noticias, y 
así como una tormenta inesperada y furiosa 
el mundo de un instante a otro se encuentra 
en animación suspendida. Toda la movili-
dad, la actividad económica, es reducida a 
actividades esenciales, y los ciudadanos de 
la mayor parte del globo son sometidos a un 
estricto aislamiento domiciliario. Estas son 
algunas de las notas de la rapsodia de even-
tos que explotaron de la caja de la pandemia 
generada por el Covid-19.
¿Cómo podemos reflexionar en torno a 
este nuevo fenómeno con cierta fecun-
didad? En primer término es menester 
mencionar que una correcta reflexión de 
los hechos sociales, siempre requiere una 
doble distancia: por un lado, temporal para 
apreciar con cierta claridad el devenir los 
acontecimientos, y por otro lado, obser-
vacional, dado que una correcta vigilancia 
epistemológica es necesaria para hacer 
reflexiones más panorámicas, que mu-
chas veces es complejo hacer “durante 
la marcha” sin caer en descripciones que 
lindan con un análisis político de escaso 
valor científico. En segundo término, exis-
te una gran incertidumbre en torno a la na-
turaleza y alcances del proceso. Así pues, 
encontramos una maraña de valoraciones 
que hacen futurologías de lo más disími-
les en voces de los falsos profetas de la 
postpandemia (Waisbord, 2020). Algunos 
preludian el momento del inicio de la Histo-
ria (con mayúsculas que profesaba la Ideo-
logía Alemana) de la comunidad socialista 
que inaugurará la caída del capitalismo, 
hasta encontramos a quienes pronostican 
la profundización de una sociedad tota-
litaria del control que instalará en forma 
definitiva un modelo al estilo de la China 
comunista que nos remite a la película Con 
V de Vendetta; mientras que otros con una 
mayor cautela se circunscriben a ver la 
capacidad de respuesta los gobiernos, los 
impactos económicos en el mediano plazo 
o las implicancias epidemiológicas de es-
tos sucesos. Tercero, se debe remarcar 
que existe una multidimensionalidad del 
este proceso que estamos atravesando, 
dado que la principal variable que urge a 
los Estados a tomar medidas es la globali-
zación de la problemática. Esta temporali-
dad más arriba descripta tuvo como tónica 
el hecho que la pandemia ocasionada por 
el coronavirus estuvo marcada por una ve-
locidad al ritmo de la enorme movilidad de 
nuestros días —producto de las rutas y flu-
jos de las personas— como así también el 
entrelazamiento y transnacionalización de 
los procesos productivos. Esto dejó poco 
margen a los líderes mundiales para in-
tentar permanecer por fuera de esta pro-
blemática. Incluso, el aislamiento como 
respuesta natural frente a la expansión 
de las infecciones trae otras implicancias. 
Finalmente, y vinculado al punto anterior, 
al ser un issue tan poliédrico y con tantas 
aristas cualquier “ficha que se mueva”, se 
escurre al cálculo que una planificación 
racional intente resolver. Recurrir a la 
experiencia comparada, que en ciencias 
sociales y acción pública siempre puede 
prestar marcos cognitivos y derroteros 
de programas en suelos más sólidos, es 
algo que difícilmente es posible realizar en 
este escenario, en virtud que la situación 
actual es una “noticia en desarrollo” que 
en algunas latitudes se encuentra apenas 
un poco más avanzadas. El largometraje 
—que parece tener varios rollosde pelícu-
la— recién ha comenzado. 
La naturaleza del problema: 
la pandemia
Los problemas públicos son esencialmen-
te “construcciones sociales” (Edelman, 
1991). Esto quiere decir para que sea con-
 45
01B U L C O U R F Y C A R D O Z O
siderada como una situación frente a la 
cual las autoridades tienen que hacer algo 
(Oszlak y O’Donnell, 2007; Roth-Deubel, 
2010; Subirats, 1990) deben darse ciertos 
procesos que se conocen como “publici-
tación” o “problematización”. No discutire-
mos sobre la naturaleza de los problemas 
pero acordamos que estos pasan diversos 
filtros para poder cobrar estado público y 
convertirse en algo que requiere atención 
y respuesta de los gobernantes. Esto es 
muy contingente, varía de sociedad en 
sociedad, y escapa cualquier pondera-
ción racionalista que se pudiera hacer. 
En primer lugar, porque se suele afirmar 
la resolución de cuestiones por parte de 
los Estado implica movilización de recur-
sos (políticos, tecnológicos, financieros 
y logísticos) que son finitos para abarcar 
infinitas demandas. No existe ningún go-
bierno capaz de resolver la totalidad de 
problemas planteados por una sociedad, 
razón por la cual se deben dar prioridades. 
En el contexto actual vemos una centra-
lidad de las agendas gubernamentales 
de la cuestión sanitaria vinculada a la 
pandemia originada por el Covid-19, con 
una movilización de recursos nunca antes 
vista, que sorprende por la univocidad en 
el tratamiento de la temática. Claramente, 
se advierte que este énfasis en la cuestión 
sanitaria “descuida” un montón de otros 
aspectos. Esta fuerza y polifonía guber-
namental para atender la pandemia por 
coronavirus puede pensarse a partir de 
diferentes aristas. En primer término, ha 
eclipsado y supeditado todos los diferen-
tes temas de agenda (las otras epidemias, 
la salud en general, la economía, la educa-
ción, la cultura, el turismo, la producción, 
entre muchos otros fuegos que atienden 
las administraciones “pueden esperar”). 
Esto sin lugar a dudas nos recuerda a los 
grandes momentos de excepción de la 
historia, como lo suelen ser las guerras. 
Tendríamos que retrotraernos setenta 
años para poder ver un estado de movili-
zación total similar como lo fue la Segun-
da Guerra Mundial. Solamente recordar 
los esfuerzos que desembocaron en sal-
tos tecnológicos (entre los que podemos 
nombrar la cabina de avión presurizada, 
la penicilina, la energía nuclear, el caucho 
sintético, las computadoras) o la proeza 
militar de los dos millones de soldados 
que desembarcaron en Normandía en 
1944, nos habla de la acción conjunta de 
gobiernos, civiles, científicos, industria-
les de varios países al mismo tiempo. La 
actual coyuntura parece que nos coloca 
frente a una amenaza mundial que ame-
rita una acción coordinada, y no solo ello.
El coronavirus es un problema más 
global que nunca. Esto puede vislum-
brarse en varias dimensiones. Primero, 
sacudió la principal potencia económica 
del planeta en un contexto de enorme in-
terconexión y transnacionalización de los 
procesos productivos. No encontramos 
manufactura de mediana complejidad en 
su elaboración que implique cadenas de 
producción globales. Por ello, el “parate” 
chino a raíz del confinamiento al que fue 
sometida su población significó ya de por 
sí una recesión a escala global. 
Segundo, a nivel epidemiológico existe 
mayor movilidad de personas que en otro 
momento de la historia. Tradicionalmente 
los sujetos nacían y permanecían toda la 
vida en el mismo lugar. Hoy en día vemos 
grandes sectores de la población que se 
trasladan de un lugar a otro por diversos 
motivos (migraciones, turismo recreati-
vo, negocios, política, estudios, eventos 
científicos, por nombrar algunos). Los 
vuelos que salieron de China —hoy en día el 
nuevo “centro del mundo” — diseminaron 
la enfermedad a escala global a semanas 
de su aparición. Esto es posible debido a 
que el traslado en avión que se utiliza para 
recorrer las grandes distancias es mucho 
más veloz que las antiguas caravanas o 
los barcos. Recordemos que la gran pan-
demia de la peste negra que diezmó la 
población matando a 200 millones de per-
sonas, es probable que se haya originado 
en Asia Central. Luego se extendió por la 
Ruta de la Seda hasta llegar a la península 
de Crimea donde desde la colonia genove-
sa de Caffa viajó en los barcos mercantes 
alojada en las pulgas de las ratas. Estas 
travesías tardaban semanas. Sin embargo 
hoy es posible cruzar de un punto del pla-
neta a otro en 12 horas. 
Tercero, existe una mayor interde-
pendencia entre los Estados. La idea de 
soberanía que rezaba el concepto de Es-
tado-nación, en nuestra coyuntura actual 
está en una transformación hacia nuevas 
formas de poder global descriptas como 
una “neomedievalización” (Held, 1997), el 
“Estado impotente” (Castells, 1997) o más 
recientemente como “Estado en crisis” 
(Ramió Matas, 2017) y hace apenas unos 
días el “Estado exponencial” (Oszlak, 
2020). Esta idea nos sugiere, en principio 
que los gobiernos tienen menos margen 
de acción para tomar decisiones y lo ha-
cen condicionados por la influencia de 
otros actores estatales, que pueden ser 
46 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
nacionales, supranacionales (bloques 
regionales y organismos multilaterales), 
subnacionales (estados regionales y lo-
cales) y no estatales (grupos de presión, 
empresas u ONGs) que generan reaco-
modamientos y respuestas a las medidas 
tomadas por las administraciones. 
Así, se habla que la interdependencia 
hace que este problema sea una amenaza 
global que no puede ser abordada por un 
solo Estado-nación. Para ejemplificar esta 
argumentación, podemos decir, que poco 
efecto genera combatir al brote de la epi-
demia por parte de un país y encerrarse en 
una frontera si el país vecino no ha tomado 
ninguna medida frente al crecimiento de 
la pandemia puertas adentro. Indefecti-
blemente la expansión de la enfermedad 
en el país lindante será una amenaza para 
el propio Estado y requiere más que nunca 
acciones concertadas y coordinadas den-
tro de un marco interinstitucional. En este 
sentido, quién ha dado más “autoridad”, 
proporcionando evidencia, legitimidad, y 
sugiriendo cursos de acción ha sido una 
nueva suerte de “chamán” moderno que es 
la Organización Mundial de la Salud. Bási-
camente todo el proceso giró en torno a los 
diagnósticos que esta institución irradió 
desde Ginebra al orbe: la nominación del vi-
rus, la prescripción de tratamientos y cur-
sos de políticas. Esto construyó audiencias 
expectantes en todo el mundo, que son 
amplificadas desde los medios masivos de 
comunicación, y al mismo tiempo evalúan 
a los Estados en gradientes de acuerdo a 
cuán buenas son las medidas que toma-
ron frente a la pandemia y sus resultados. 
Como corolario, la legitimidad y retroali-
mentación de las políticas en un contexto 
de enorme “saturación informativa”, efec-
tos laterales de las políticas, y pánico a raíz 
de la pandemia en los habitantes, queda en 
manos de este organismo. Esto transna-
cionaliza todavía más la problemática del 
coronavirus, ante públicos perplejos que 
se preguntan por qué de cara a la evidencia 
del escaso número de muertes —compa-
rado con la aterradora cantidad de falle-
cimientos de todas las pandemias de la 
historia anteriores, algunas en curso como 
el VIH que se cobró 35 millones de vidas—, o 
todo el abanico de enfermedades que de-
ben atender los recursos públicos, es tan 
relevante focalizar todas las actividades 
humanas a la “guerra contra el Covid-19”. Si 
algún hereje duda, los medios audiovisua-
les no dudan en llevar a algún sacerdote 
sanitario de la OMS a la pantalla, para que 
nos evangelice sobre el “colapso sanitario” 
como nuevo Armagedón y de “aplanar la 
curva” como nuevo sacramento. 
Esto es reforzadopor los medios de 
comunicación. En simultáneo, la televisión 
nos lleva (virtualmente) a Guayaquil, Bérga-
mo o Nueva York con sus enterramientos 
masivos como visiones filmográficas de 
El Triunfo de la muerte de Pieter Brueghel 
el Viejo, las cuales nos llenan de espanto, 
y abrazamos la fe a la OMS como camino a 
la salvación de los cuerpos y las almas. La 
gravedad de la pandemia como problema 
es amplificada entonces por los medios de 
comunicación, en lo que podemos llamar 
“epidemiología mediática”, donde meros 
presentadores de televisión se convierten 
en pastores de la salvación diciendo a los 
“El coronavirus es un problema más global 
que nunca. La interdependencia hace 
que sea una amenaza que no puede ser 
abordada por un solo Estado-nación”.
 47
01B U L C O U R F Y C A R D O Z O
fieles que hacer para combatir la crisis.01 
Reiteran los consejos de los especialistas, 
difunden información vital, pero muchas 
veces, lejos de dar conocimientos útiles 
para la población se focalizan en la para-
fernalia de la muerte como espectáculo. 
Así, podemos ver que gran parte de los 
atributos del problema son definidos por 
los medios de comunicaciones globales 
y actores por fuera de los Estados-na-
ción. En este mundo globalizado los 
gobiernos no tienen más remedio que 
sumarse a los autos de fe de la Organiza-
ción Mundial de la Salud, y combatir las 
herejías negacionistas que se han visto 
personificadas en las declaraciones de 
Bolsonaro y Trump.02 
La acción pública frente a la 
crisis. ¿El Estado impotente o el 
resurgimiento del Leviatán?
Los gobiernos han decidido y puesto en 
marcha medidas contra la pandemia con 
una novedosa agilidad. Los Estados del 
mundo demostraron que lejos de ser “obe-
sos”, “lentos”, “paquidérmicos” como eran 
vistos por la sociedad, están más atléticos 
y musculosos que nunca. No solo tienen 
la capacidad cardíaca para correr con 
velocidad, sino que poseen la fuerza ne-
cesaria para implementar las decisiones 
gubernamentales. Hace media hora, las 
administraciones públicas se encontra-
ban empantanadas entre un enjambre de 
demandas de la sociedad, una reticente 
opinión pública que las miraba con ojos re-
celosos, unos políticos que dentro del jue-
go democrático debían someter a largos 
procesos de consultas y negociaciones 
con los involucrados las decisiones sobre 
los problemas públicos, burocracias an-
quilosadas y autorreferenciadas a espal-
das de la ciudadanía, y grupos de presión 
que siempre manifestaban su desconten-
to frente a los outputs estatales. 
En pocas semanas nuestros gobiernos 
han dejado a la “ciudadanía recluida”, y 
pusieron en marcha una serie de medidas 
con inusitada capacidad. Como no hay 
vacuna contra el coronavirus la respuesta 
para “aplanar la curva” ha sido el hashtag 
#QuedateEnCasa- #FicaEmCasa, que has-
ta han tomado las publicidades como algo 
bueno y solidario. El heroísmo pasivo y el 
aislamiento se han convertido en virtudes 
cívicas en tiempos del coronavirus. Claro 
que no todo es una publicidad de un apli-
cativo de pedidos a domicilio con un pre-
carizado repartidor sonriente: la contra-
cara de este confinamiento es el aumento 
de la faceta coercitiva del Estado y un ma-
yor control social. Los líderes decretaron 
el “Estado de alarma”, “Aislamiento social 
obligatorio” o “Estado de Sitio”. La excep-
cionalidad de una guerra contra un ene-
migo invisible ha llevado a los gobiernos a 
tomar políticas que restringen libertades 
civiles. Se castiga con multas y causas 
penales a los ciudadanos que no acaten 
las medidas del aislamiento social. De la 
panorámica de Latinoamérica vemos que 
hay dos aspectos que se reforzaron. Por 
un lado, se restringió la libertad de movi-
miento: 14 países de la región dispusieron 
el confinamiento obligatorio y 19 cerraron 
totalmente las fronteras. En algunos ca-
sos las autoridades locales incluso han 
puesto limitaciones a la circulación inter-
na entre regiones, estados y provincias, lo 
que ha traído un sinnúmero de complica-
ciones a la vida de las personas. Por otro 
lado, esto estuvo acompañado con un 
cierre comercial de los países, ya que se 
limitó el ingreso de mercaderías interrum-
piendo el flujo del comercio exterior con 
sus consecuencias económicas para la 
población. A continuación, se revistan las 
medidas tomadas por los países latinoa-
mericanos (Ver cuadro 1).
Esto generó un fortalecimiento del 
Leviatán (Sain, 2008). El ejército reali-
zando tareas de logística, las fuerzas de 
seguridad haciendo controles en rutas y 
pasos fronterizos, salvoconductos que 
nos recuerdan a las situaciones bélicas, 
ciudadanos varados que no pueden regre-
sar a su país, son parte de las postales que 
decoran los noticiarios de la región. Para 
poner en marcha todas estas medidas se 
debió “despertar” a las desprestigiadas 
fuerzas armadas y policías de la región, 
que ahora juegan un rol fundamental en 
la lucha contra la pandemia. Al mismo 
tiempo, se desempolvaron autores nunca 
olvidados como Foucault, quien ahora nos 
proporciona lentes para ver estos nuevos 
01 Utilizamos este concepto de “epidemiología mediáti-
ca” a partir del término “criminología mediática” elabo-
rado en la última década para referir a la forma en que 
los medios masivos de comunicación exponen los actos 
criminales (Zaffaroni, 2011).
02 En el momento de escribir este artículo el presidente 
Donald Trump cuestionó fuertemente a la OMS, culpán-
dola de no haber informado correctamente el alcance de 
la pandemia amenazando con retirar la cuota de Estados 
Unidos a la institución que asciende a unos 500 millones 
de dólares anuales.
48 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
País/ categoría Medidas de confinamiento
Cierre de 
fronteras
Comercio Integración
Facilitación de 
importaciones 
para insumos y 
equipamiento 
médico
Restricción de 
exportaciones 
para insumos y 
equipameintos 
médicos
Libre circulación 
de insumos 
y productos 
de primera 
necesidad **
Compra de 
alimentos 
e insumos 
médicos (a 
otros países) **
Argentina Sí Sí Sí* Sí Sí -
Bahamas - Parcial - - - Sí
Barbados - Parcial - - - Sí
Belice Sí Parcial - - - Sí
Bolivia Sí Sí Sí - Sí -
Brasil Parcial Parcial Sí* - Sí -
Chile Parcial Sí - - Sí -
Colombia Sí Sí Sí - Sí -
Costa Rica Parcial Sí - Sí - Sí
Ecuador Sí Sí Sí Sí Sí -
El Salvador Sí Sí - - - Sí
Guatemala Sí Sí Sí - - Sí
Guyana - Sí - - - Sí
Haití - Sí - - - Sí
Honduras Sí Sí - - - Sí
Jamaica Sí Parcial Sí - - Sí
México Parcial Parcial - - - -
Nicaragua Parcial - - - - Sí
Panamá Sí Sí Sí - - Sí
Paraguay Sí Sí Sí* Sí Sí -
Perú Sí Sí Sí - Sí -
República Dominicana Sí Sí - - - Sí
Surinam - Sí - - - Sí
Trinidad y Tobago - Sí - - - Sí
Uruguay Parcial Sí Parcial* - Sí -
Venezuela Sí Sí Sí - - -
Fuente: Banco Interamericano de Desarrollo, 2020
Cuadro 1. Medidas tomadas contra el coronavirus en América Latina
 49
01B U L C O U R F Y C A R D O Z O
contextos de “encierro” y “vigilancia” (Fou-
cault, 2006 y 2018). Mientras los ciudada-
nos están confinados aparecen formas de 
control civil por parte de los “buenos ciu-
dadanos” que filman y suben a las redes 
sociales cómo sus vecinos violan el ais-
lamiento obligatorio. Hechos que llevan 
a Instagram, Facebook o Twitter escenas 
interpretadas por la encargada de edificio 
de un país fascista de entreguerras, tal y 
como puede rememorarse en películas 
de denuncia como Sostiene Pereira de 
Roberto Faenza, o Un día muy particular 
de Ettore Scola. El terror como justifica-
ción del estado de excepción y aumento 
del control social plantean preguntas a 
nuestras “erosionadas” democracias con-
temporáneas que parecen estar siendo 
seducidas por modalidades de domina-
ción de la esfera pública que van en contra 
de la libertad individual. La vanguardia de 
este proceso son las flamantes tecnolo-
gías implementadas en China,las cuales 
recrean las fantasías imaginadas por la 
serie Black Mirror. 
Las administraciones parecen haberse 
modernizado de súbito. Así como la Segun-
da Guerra Mundial fue la bisagra del mundo 
por sus adelantos en medicina, telecomu-
nicaciones, energía nuclear, la crisis del 
Covid-19 parece ser la crisis que permitió 
a las burocracias acusadas de cortoplacis-
mo y deformidad (Oszlak, 2020) dar el “sal-
to” que la ciudadanía estaba demandando. 
A la espera y el hastío ciudadano le siguió 
una gestión proactiva y anticipatoria. Al 
calor de la fragua de la decisión política, 
se comprometieron recursos a gran escala 
como construcción de hospitales, políti-
cas de crédito, puesta al pago de ayuda a 
afectados por la crisis por millones de la 
noche a la mañana. ¿Cómo lo ha hecho? El 
gran puente para realizar este cambio fue 
la telegestión o Estado digital. Como las 
oficinas públicas cerraron las puertas al 
público quedó en mano de los algoritmos 
para atender las solicitudes de los ciuda-
danos. Algo que reactualiza la “tensión” 
señalada por Weber entre una burocracia 
maquinal que por un lado democratizaría la 
vida de los ciudadanos, y por la otra augura 
la noche polar de la despersonalización 
(Weber, 1984 y 1991). Ahora, tras bambali-
nas, en sus casas, ayudados por internet 
y la conectividad que nos permitió a todos 
seguir comunicados, los burócratas di-
gitales han podido implementar políticas 
a gran escala con una enorme celeridad 
y uniformidad. Solicitudes digitales de 
subsidio de desempleo, recetas médicas 
online, audiencias judiciales vía streaming, 
pago de servicios por homebanking, iden-
tificación de ciudadanos por tecnologías 
“La gravedad de la pandemia como problema 
es amplificada entonces por los medios 
de comunicación, en lo que podemos 
llamar «epidemiología mediática», pues 
lejos de dar conocimientos útiles para la 
población se focalizan en la parafernalia 
de la muerte como espectáculo”.
50 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
biométricas, han zanjado la tan esgrimida 
falta de orientación al ciudadano y escasez 
de capacidad de los servicios civiles. Este 
gran despegue a través de la inteligencia 
artificial es tal vez una herramienta para 
mitigar males endémicos de nuestras 
burocracias como el clientelismo y la co-
rrupción, a mejorar la seguridad jurídica y 
el trato equitativo, a promover una mayor 
transparencia e inteligencia institucional y, 
finalmente, a prestar más y mejores servi-
cios públicos (Ramió Matas, 2019).
Reflexiones finales
Al comienzo de este pequeño trabajo 
nos preguntábamos como llevar a cabo 
la construcción del conocimiento sobre 
un fenómeno reciente bajo un contexto 
social, político y económico marcado 
por la rapidez de la globalización. ¿Qué 
podemos decir al respecto? Los plazos 
más tradicionales de la investigación 
científica, solo servirán de epílogo a un 
fenómeno de esta envergadura. La nece-
sidad de tomar decisiones políticas con 
extrema premura también presenta un 
desafío no solo para los gobiernos, sino 
para las burocracias públicas especiali-
zadas, y para el campo científico. Si bien 
en un primer momento pareciera un tema 
principalmente sanitario, nos damos 
cuenta que cruza como pocos todos los 
campos del saber, en donde se desdibu-
jan las fronteras tanto en las disciplinas 
biomédicas como en las humanidades y 
ciencias sociales. La interdisciplinarie-
dad es el elemento central desde la teoría 
del conocimiento. 
Como científicos sociales en general y 
politólogos en particular, no podemos 
dejar de reflexionar sobre aspectos que 
hacen a la dimensión política y social de 
la pandemia y las políticas públicas que se 
han venido tomando desde su aparición 
y expansión (Bulcourf y Vázquez, 2004). 
La centralidad que ha vuelto a adquirir el 
Estado ha sido el principal eje catalizador 
de la toma de decisiones; el hacer o no 
hacer es el rasgo característico de estos 
tiempos. Las consecuencias inmediatas 
se perciben en la forma de diseminación, 
contagio, muertes y recuperaciones. 
También esto ha puesto sobre la mesa la 
política sanitaria existente en los princi-
pales países afectados; principalmente 
la articulación de la salud pública con los 
sistemas privados. En un primer momento 
podemos percibir una gran diversidad de 
modelos que ponen a evaluarse en su efi-
cacia y eficiencia en tiempo record.
Si bien presenciamos un fenómeno 
global, el análisis parcial que estamos rea-
lizando no puede dejar de estar histórica y 
geográficamente situado. Lo universal se 
articula con lo particular y es interpretado a 
la luz de concepciones teóricas y metodoló-
gicas diferentes. Las dimensiones ontológi-
cas y epistemológicas que solemos advertir 
en nuestros estudios siempre están pre-
sentes aunque la urgencia las esconda en lo 
implícito de los comentarios parcializados. 
Pocos momentos nos permiten contemplar 
las consecuencias directas sobre la vida de 
las personas de los enfoques disciplinares 
y las concepciones políticas e ideológicas, 
cumpliéndose la máxima de Alford y Fried-
land sobre el poder que ejercen las teorías 
(Lukes, 1990; Alford y Friedland, 1991).
Los aspectos filosóficos, éticos y teológi-
cos cruzan este fenómeno y suelen sus-
tanciarse en forma constante en diversas 
notas que circulan por la web y se repro-
ducen en los celulares. Es interesante ver 
la diversidad de lecturas y las proyeccio-
nes que realizan sobre el incierto mundo 
que devendrá con posterioridad a la pan-
demia. Estar frente al dilema de la vida y 
la muerte nos obliga a reflexionar sobre lo 
más profundo de la existencia humana.
Situarnos en América Latina, no deja de 
generar una gran preocupación adicional 
dada la enorme desigualdad existente en 
nuestras sociedades, marcadas por la po-
breza y la exclusión. La enorme recesión 
productiva generada por la inactividad 
económica se suma como un nefasto 
amplificador de la emergencia social y la 
pobreza estructural. Los grandes conglo-
merados urbanos, y el hacinamiento en el 
que viven los más pobres se pueden con-
vertir en un polvorín del horror. Como bien 
ha señalado en una reciente entrevista 
Rodrigo Zarazaga, donde al corona virus 
se le suma el hambre (Zarazaga, 2020).
Además, se generan dudas acerca del 
impacto que tendrá la pandemia depen-
diendo del régimen de bienestar y la es-
tructura demográfica de cada sociedad. 
Los casos de China, Italia, España, Francia 
y Estados Unidos, se desenvuelven en 
países con un proceso de envejecimiento 
avanzado combinado con robustos siste-
mas sanitarios. Esto nos despierta alar-
mas sobre los posibles impactos en países 
como el Japón, con un gran porcentaje 
de sus habitantes dentro del grupo vulne-
rable. Por otro lado, el caso norteameri-
cano mostró cómo el acceso limitado, la 
 51
01B U L C O U R F Y C A R D O Z O
desarticulación y privatización de la salud 
fue una variable que impidió contener la 
pandemia, incluso con menos población 
anciana que los países de Europa del Sur. 
En nuestras latitudes, América Latina 
se encuentra experimentando la segunda 
transición demográfica (Cardozo, 2019), 
pero encontramos una gran heteroge-
neidad en lo que respecta a la protección 
social. Los países de Centroamérica —a 
excepción de Costa Rica y Panamá— po-
seen regímenes de bienestar familiaristas 
con una escasa intervención guberna-
mental en la provisión de salud, por lo que 
la expansión de la pandemia en esa región 
podría acarrear efectos catastróficos. Lo 
mismo puede decirse de la situación ve-
nezolana que se encuentra en emergencia 
del sistema sanitario hace ya varios años. 
Los países de América del Sur poseen re-
gímenes de bienestar más consolidados, 
tanto en su faceta liberal-privada (Chile y 
Colombia), como su variante estatal-mix-
ta (Argentina, Uruguay y Brasil), perolas 
capacidades de respuesta de los siste-
mas sanitarios depende de cuestiones 
de decisión política y la articulación de 
los diferentes subsistemas. Por otro lado, 
una de las características que no debe de-
jarse de considerar es que Latinoamérica 
es la región más urbanizada del mundo, y 
por lo tanto en muchos contextos —como 
las villas miseria, invasiones, barrios, 
favelas o chabolas— el aislamiento social 
impuesto por las autoridades públicas es 
virtualmente imposible. Por ello, se debe 
tener especial atención sobre estas po-
blaciones, que son las más vulnerables. 
Finalmente, no debemos olvidarnos 
una vez más de África. A pesar de poseer 
más de la mitad de su población menor de 
15 años, sin infraestructuras básicas, con 
tugurios sin ningún tipo de saneamiento, y 
un acceso muy limitado al sistema sanita-
rio, el Covid-19 puede ser otro azote más 
que se suma al VIH-SIDA, que golpea a los 
adultos en edad laboral, y que se podrían 
convertir junto a los escasos adultos ma-
yores que posee en su estructura pobla-
cional, en el grupo de mayor riesgo. 
La pandemia y la situación de cuaren-
tena tomada por la mayoría de los países, 
ha generado una enorme concentración 
del poder por parte de los Estados, algo 
que es comprensible por el escenario de 
emergencia, pero esto no deja de plan-
tearnos el problema de la democracia y 
su gobernabilidad. En los últimos años 
hemos asistido al “malestar de la demo-
cracia” o como han denominado algunos 
especialistas cierta “erosión” de la ins-
titución y también de la cultura política 
que la sustenta (Levistky y Ziblatt, 2018).03 
“ ¿Qué perdurará y qué adquirirá un carácter 
revolucionario? El futuro pareciera tener 
otros temporizadores, donde el horizonte se 
proyecta marcado por la incertidumbre”.
03 En una reciente conferencia realizada en la Univer-
sidad de Antioquia en Medellín en el mes de febrero de 
2020, Manuel Alcántara se refirió a la “fatiga democráti-
ca” para dar cuenta de este fenómeno.
52 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
Nuevas formas de liderazgo se van se-
parando sigilosamente de este régimen 
político y sus mecanismos de resolución 
de problemas. El coronavirus puede in-
crementar estos rasgos autoritarios y 
fomentar el mesianismo político.
Las administraciones públicas se han 
visto obligadas a generar nuevas prácti-
cas para el ejercicio de sus funciones bá-
sicas. En algunos ámbitos ya se estaban 
desarrollando mecanismos de “teletraba-
jo” como formas laborales más eficientes, 
lo que ahora se están transfiriendo a di-
ferentes entidades de forma vertiginosa. 
Los sistemas educativos han acelerado la 
enseñanza virtual como un sustituto de la 
práctica áulica presencial.
La urgencia de la situación y la nece-
sidad de tomar decisiones acertadas en 
contexto de enorme incertidumbre expre-
sa como pocas la tensión entre la raciona-
lidad técnica y la racionalidad política que 
ponen de manifiesto la complejidad del 
problema. A esto se le suman los valores 
contradictorios que se presentan en toda 
toma de decisiones de tal magnitud. Las 
consecuencias deseadas y no deseadas, 
como la imprevisibilidad del proceso son 
un rasgo que caracteriza a una sociedad 
del riesgo que se ha potencializado por la 
catalización que ha generado el coronavi-
rus (Beck, 1998 y 2011).
Este es el presente, en donde los relojes 
de la historia se han acelerado como pocas 
veces. Hemos tratado de esbozar algunos 
de los problemas por los cuales atraviesan 
los Estados obligados a tomar decisiones 
de forma urgente. ¿Qué perdurará y que 
adquirirá un carácter revolucionario? El 
futuro pareciera tener otros temporizado-
res, donde el horizonte se proyecta mar-
cado por la incertidumbre. Como nos diría 
Fellini… Y la nave va. m
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 53
01B U L C O U R F Y C A R D O Z O
por Luis H. Patiño Camacho. Profesor-investigador 
en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
DE LA CRISIS DEL ESTADO FRENTE A LA 
CRISIS SANITARIA DEL CORONAVIRUS
54 
Introducción
Para los científicos sociales algo extraño esta su-
cediendo. No sólo la epidemia y las muertes que se 
presentan. No sólo el cierre de lugares de trabajo, 
escuelas, bares y fronteras. Tampoco la implemen-
tación de métodos particularmente estrictos de re-
presión y vigilancia. Algo más estamos observando, 
que se ha puesto en marcha en los diversos paísesafectados por la pandemia: China, Italia, España, 
Estados Unidos y México, entre otros más. Los po-
líticos y la población piden una mayor intervención 
del Estado, al grado que se ha llegado a demandar la 
nacionalización de fábricas y laboratorios médicos y 
hospitales; el presidente de Estados Unidos, Donald 
Trump, ha suspendido los desalojos y ejecuciones 
hipotecarias, una medida que Obama se negó a apo-
yar, cuando millones de personas fueron expulsadas 
de sus hogares a raíz de la crisis financiera de 2008. 
España ha requisado todos los hospitales privados, 
poniéndolos bajo el control de las autoridades sanita-
rias estatales. Se implementan medidas económicas 
y sociales para apoyar a las pequeñas empresas, los 
trabajadores independientes y los desempleados 
en países como Francia, Bélgica e Italia. En Estados 
Unidos, se considera seriamente la implementación 
de un “Ingreso Básico Universal de Emergencia” (UBI) 
para frenar el impacto económico del coronavirus en 
las personas comunes. Podemos esperar que políti-
cas similares aparezcan en todo el mundo con pocas 
connotaciones ideológicas, es decir, parece ser que 
nos dirigimos hacia algo que estará más cerca de una 
versión del “comunismo”, ideología que pretende este 
tipo de políticas nacionalizadoras.
Sin dejar de lado que la pandemia del coronavirus es 
una tragedia humanitaria mundial: un problema huma-
no que se despliega en hospitales sobrecargados, fal-
ta de insumos e implementos sanitarios, desempleo, 
crisis económica y negros presagios que están por 
venir. Esta crisis global, también se presenta como un 
punto de inflexión para otra crisis, la del Estado, que 
a partir de la década de los años ochenta, con las re-
formas y reestructuraciones económicas, que se han 
presentado en las naciones, han implicado cambios 
en sus compromisos, en especial su bajo desempeño 
para el logro de la justicia social.
Esperamos que la amenaza del coronavirus sea 
temporal, mientras que el Estado permanecerá con 
nosotros durante años; aunque algunos han pronos-
ticado su decadencia dentro del neoliberalismo. La 
respuesta a la crisis de salud permitirá corroborar 
el porvenir y un debate sobre las características que 
debe tener un Estado social contemporáneo. Los 
esfuerzos para reactivar la actividad económica (los 
planes de estímulo, los rescates y apoyos que se 
están desarrollando), la intervención de los distintos 
agentes sociales, la solidaridad y la cooperación ayu-
darán a determinar la forma de nuestras economías y 
nuestras vidas en el futuro previsible, y tendrán efec-
tos sobre las responsabilidades del Estado en todo el 
mundo. El Estado neoliberal a pesar de su hegemonía 
durante más de tres décadas, frente a la emergencia 
no ha sido una figura capaz de responder a las nuevas 
demandas sociales.
Alguna de estas y otras preguntas pueden ser 
debatidas en los tiempos actuales, para transformar 
los compromisos del Estado y dar respuesta a los 
sectores mayoritarios: ¿cómo se resolverá el dilema 
entre un Estado social del siglo XX y un nuevo Estado 
que enfrente los desafíos de universalidad del siglo 
XXI?, ¿qué tipo de Estado será útil y con legitimidad 
en el mundo actual?, ¿cuáles serán los límites de la 
intervención estatal?, ¿cómo el Estado puede hacer 
realidad la igualdad política con la participación ciu-
dadana?, ¿qué tipo de intervención estatal se debe 
presentar para garantizar la valorización del capital?, 
¿cuál será en nuevo “orden” que establecerá el Es-
tado del Siglo XXI?, ¿gobernabilidad o gobernanza?, 
 55
01L U I S H . PAT I Ñ O
¿qué tipo de relación se debe presentar 
entre Estado y sociedad para el logro de 
la justicia social? Las respuestas a estos 
problemas planteados deben de ser re-
sultado de un trabajo en conjunto, con la 
participación de los diversos sectores de 
la sociedad, debemos aprovechar el tiem-
po y el espacio de la crisis sanitaria.
I. Origen y decadencia 
del Estado social
Para iniciar el debate, hic et nunc, es perti-
nente recurrir a la historia como elemento 
explicativo importante del fenómeno. Para 
ello, examinaremos el origen del Estado 
social, en la búsqueda de factores que per-
mitan corroborar una afirmación del por-
venir y un debate sobre las características 
que debe tener un Estado social contem-
poráneo. Posteriormente estudiaremos la 
organización del Estado en la actual etapa 
neoliberal y la globalización. Con esta base 
podemos señalar algunos retos futuros 
para el Estado. 
En la política del siglo XVII se reconoce 
la existencia del Estado nacional, es decir, 
el Estado de los que hablan una misma len-
gua y que comparten una misma cultura. A 
partir de entonces, durante los siglos XVIII, 
XIX, y XX se consolidó el Estado nacional, el 
Estado soberano. En el último tercio del si-
glo XIX, un factor que están implicados en 
el nacimiento del Estado social, es la deca-
dencia del liberalismo y su Estado liberal, 
debido a preocupaciones económicas y 
sociales nuevas y el interés de implantar un 
nuevo concepto de derechos.
En el siglo XX, un conjunto de aconte-
cimientos produjeron que el factor social 
obtuviera mayor relevancia frente al 
económico en las responsabilidades esta-
tales: primero, la Primera Guerra Mundial 
requirió grandes cantidades de recursos, 
por lo que los Estados nacionales tuvieron 
que intervenir para dirigir el proceso pro-
ductivo y de consumo. A su vez, tuvieron 
la necesidad de regular el proceso laboral. 
Estas evidencias fueron suficientes para 
que los tomadores de decisión compro-
baran que era posible el control político 
de la economía y que el mercado podría 
regularse. El segundo acontecimiento fue 
la constitución de la Organización Inter-
nacional del Trabajo (OIT) y su Declaración 
de Filadelfia en 1944, que afirmaba: “sólo 
puede establecerse una paz duradera si 
ella esta basada en la justicia social”.01
Un hecho importante fue la crisis de 
1929, momento definitorio que produjo 
“¿Qué tipo de Estado será útil y con legitimidad 
en el mundo actual?, ¿cuáles serán los límites 
de la intervención estatal?, ¿cuál será el nuevo 
«orden» que establecerá el Estado del Siglo 
XXI?, ¿gobernabilidad o gobernanza?, ¿qué tipo 
de relación se debe presentar entre Estado y 
sociedad para el logro de la justicia social?”.
01 OIT, Declaración referente a los fines y objetivos de la 
Organización Internacional del trabajo, Filadelfia, 10 de 
mayo de 1944.
56 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
conmoción política e ideológica, debido al 
desempleo masivo en los países europeos 
y la Unión Americana. En estos momentos 
el Estado liberal puro se convierte en una 
especie en extinción. La estrategia para 
paliar las consecuencias de la recesión de 
los países industrializados fue la de reacti-
var el proceso productivo mediante el gas-
to público. Esta respuesta estuvo basada 
en el pensamiento económico de Keynes.
Otro hecho que conforma los prolegó-
menos del Estado Social fue la revolución 
Rusa en 1917. Los resultados positivos de 
la planificación central y la proliferación a 
nivel mundial de las organizaciones socia-
listas y comunistas inspiraban objetivos 
sociales. En resumen, este conjunto de 
políticas provocaron el surgimiento de 
ideologías colectivas, partidos de masa, 
militancia nacional, gobiernos que des-
confían del mercado y un liberalismo puro 
en franca extinción.
La respuesta fue la instauración del 
“Estado social”, basado en una estruc-
tura de solidaridades que en casi un 
siglo transformó formas de convivir y 
el juego de fuerzas de poder. En lugar 
de encargarse sólo del gobierno de los 
hombres, lo que encarna un poder que 
los domina, el Estado se convirtió en 
servidor de su bienestar, tomando el 
aspecto de lo que se ha llamado, según 
los contextos, État providence, Welfare 
State, Sozialstaat o Republiquesociale. 
En este sentido, el Estado social es la 
gran invención institucional del siglo 
XX, porque modificó el orden jurídico y 
político liberal en varios aspectos esen-
ciales. Habrá que intentar comprender 
esas fuerzas así como sus previsibles 
implicaciones de su desaparición. Pero 
para percibir su declinación y la posible 
transformación del Estado social, hay 
que entender el origen de su estructura.
La primera aportación fue conside-
rar el trabajo, la tierra y la moneda como 
productos mercantiles (Polanyi, 1989). 
Como tales, particularmente el trabajo, 
se puede alquilar o vender. Para hacer 
realidad esta consideración, se incluyó 
en el documento contractual del alquiler 
de servicios un estatuto que protegiera 
la supervivencia física y económica de 
los obreros, dando así lugar al “contrato 
de trabajo”. El desarrollo de ese estatuto 
salarial condujo al resurgimiento jurídico 
de las formas no contractuales del in-
tercambio, tales como las solidaridades 
intergeneracionales establecidas por los 
regímenes de jubilación. En general, el 
derecho social estuvo en el origen de la 
consagración del principio de dignidad 
humana, que tuvo por objeto reintegrar 
nuestras necesidades físicas en la esfera 
de los derechos del hombre.
La segunda aportación fundamental 
del Estado social ha sido añadir una nue-
va dimensión al orden jurídico y político: 
la autodeterminación colectiva, que po-
sibilitó la práctica del derecho de libre 
asociación de los individuos. El Estado 
permite que la población modifique cier-
tas reglas, con la finalidad de convertirse 
en un instrumento de redistribución de la 
riqueza producida. Aquí, la justicia ya no 
es un ideal, sino una posibilidad de acción. 
También el Estado social otorga a los ciu-
dadanos el derecho a oponerse a la ley y 
crea los mecanismos de representación 
política y negociación colectiva. El espa-
cio concedido a las libertades colectivas 
en la elaboración del derecho es el rasgo 
más distintivo del Estado social, mientras 
que el rechazo de esas libertades es el 
aspecto común del Estado como aparato 
represivo de origen liberal y de los Esta-
dos dictatoriales, sean estos comunistas, 
derechistas, fascistas o corporativistas.
Aunque los arreglos regulatorios y 
compromisos políticos variaron con-
siderablemente dependiendo del tipo 
específico de capitalismo por el que se 
optó en cada contexto nacional. En la in-
vención del Estado social, cada país hizo 
su propia contribución, inspirándose en la 
experiencia de los otros para ir forjando 
su propio modelo nacional. Veamos ahora 
tres países que colaboraron en la cons-
trucción de lo que se ha conocido como 
los pilares del Estado social.
Alemania tiene un papel pionero; en el 
siglo XIX se forma el modelo social alemán, 
que oscila entre su interpretación pater-
nalista y autoritaria y su interpretación 
democrática. El paternalismo presidió la 
política de Bismarck, quien instauró los 
primeros seguros sociales para la vejez 
que cimentaron la unidad de Alemania, 
frente a demandas sociales más radicales. 
Un aspecto importante de subrayar es que 
Alemania, era país monárquico, aún no 
democrático, fue el primero en legislar re-
formas sociales de seguros. Aquí se pierde 
la regla de que el Estado del bienestar se 
da indisolublemente ligado a, o bajo con-
diciones de, la democracia. Sin embargo, 
en Alemania no hubo una política real del 
bienestar, tal como lo entendemos hoy 
(universal, atendiendo todas las necesi-
dades, previendo y ofreciendo soluciones 
 57
01L U I S H . PAT I Ñ O
al paro, a la vejez, etcétera). Un tema que 
Bismarck puso de manifiesto indirecta-
mente fue la limitación cada vez mayor del 
proteccionismo estatal. El Estado protec-
cionista es un precedente, tal como se ha 
señalado, del Estado del bienestar.
Otro país que participó en forjar el 
Estado social fue el Reino Unido donde 
fue concebido su segundo pilar moder-
no: en este contexto sí se instaura un 
sistema universal de seguridad social, 
con la aprobación de la Social Security 
Act de 1911. Se consideró un patrimonio 
social irrenunciable al ofrecer cobertu-
ra, a toda la población sin distinción, a 
necesidades básicas que se producen 
en el ámbito de la convivencia personal, 
familiar y social.
En la construcción del tercer pilar: 
los servicios públicos, Francia es el lugar 
donde se ha edificado la teoría. Muy in-
fluenciado por los trabajos de Émile Dur-
kheim, los especialistas franceses veían 
en la solidaridad social una norma obje-
tiva que se imponía a los gobernantes y 
para la cual el Estado no era más que un 
modelo de realización. Concebido así, el 
Estado encontraba en el servicio públi-
co, a la vez, el fundamento de su legitimi-
dad y el límite de sus prerrogativas. Tal 
concepción se inscribía en la tradición 
francesa de los grandes servidores del 
Estado. Uno de los rasgos del modelo 
social francés ha sido su capacidad de 
poner las técnicas del derecho privado al 
servicio de las tareas de interés general. 
Esta hibridación entre público y privado 
no sólo se da en los servicios públicos 
industriales y comerciales, también en 
la organización de la seguridad social 
(asociando a la patronal y a los sindicatos 
de empleados y médicos) y en la legisla-
ción laboral con los conceptos de orden 
público social y negociación.
Esta síntesis histórica de la construc-
ción del Estado social da idea de lo que 
fue su esplendor y poder: en sus respon-
sabilidades, su capacidad con los enor-
mes recursos que redistribuyó y de las 
transformaciones que él desarrolló en las 
formas de vivir. Pero este gran aparato, 
que toleró la protesta y fue sensible del 
bienestar de sus ciudadanos, fue sacudi-
do por la crisis: los bienes y servicios que 
proporcionaba sobrepasaron su capaci-
dad; la ineficiencia y la ineficacia fueron 
su distinción; perdió la capacidad de 
gobernar aspectos como control y distri-
bución de los recursos, la salud pública, la 
educación, la seguridad, acceso a bienes 
esenciales como la vivienda, la cobertura 
de servicios sociales y la preservación del 
medio ambiente; su estructura creció de 
una manera desproporcionada; presen-
tó practicas clientelares y corporativas 
nocivas a la justicia social; centralizó la 
toma de decisiones; sobre reguló todos 
los aspecto de la vida nacional; su actua-
ción fue opaca y corrupta a favor de inte-
reses particulares o corporativos.
La declinación del Estado social ha sido 
consecuencia de un diagnóstico que lo 
culpaba de todos los males que se presen-
taban en la sociedad mundial. Pero pensa-
mos que el debate de las nuevas propues-
tas debe de producirse con base en un 
diagnóstico preciso del mismo. El análisis 
jurídico, político, social, económico y am-
biental puede contribuir al rediseño de un 
Estado de nuevo cuño, al definir preci-
samente en qué consistió, qué aspectos 
positivos tuvo, los límites del paradigma y 
qué se puede esperar de él.
II. Neoliberalismo y globalización
La década de los años ochenta marca el 
punto de inicio de una nueva ruta para la 
función del Estado. El neoliberalismo y la 
globalización modificaron a los Estados 
nacionales, como señala Giacomo Ma-
rramao, “con la actual mundialización se 
rompió el modelo Westfalia del sistema 
de relaciones internacionales basado en 
la figura del Estado-nación soberano, 
territorialmente cerrado” (2006: 47). Ac-
tualmente, el Estado se transforma, se 
desdibuja y reduce el papel de la escala 
nacional como locus preferencial de la 
regulación estatal.
En las últimas décadas se han operado 
transformaciones fundamentales, tanto 
en las relaciones entre los Estados y sus 
sociedades nacionales como en los patro-
nes de organización económica y política 
en el plano internacional. Las reformas 
han redefinido los papeles tradicionales 
del Estadonacional y replanteando a 
la vez el papel del mercado, la empresa 
privada, los actores y espacios sub y 
supra-nacionales. El conjunto de trans-
formaciones son: reducción del interés 
social; desregulación fiscal; mezcla de 
fundamentalismo económico neoclásico; 
desregulación y apertura de mercados; 
regulación por parte del mercado en lugar 
del Estado; ajuste del Estado y la econo-
mía; redistribución económica en favor 
del capital (conocida como economía de 
58 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
la oferta); privatización de empresas y 
servicios públicos; descentralización 
administrativa y la integración regional; 
principios de libre comercio internacional 
(aplicados a veces de manera inconsis-
tente); desocupación y flexibilización 
laboral e intolerancia al sindicalismo.
Estos procesos han contribuido a 
conformar un capitalismo hegemónico 
respecto de otras formas de organización 
económica. A la vez, la historia reciente 
registra otros procesos que han contri-
buido a transformar radicalmente las re-
laciones sociopolíticas dentro de, y entre, 
Estados nacionales. La reforma del Esta-
do se trata, en el fondo, de un profundo re-
planteo del rol y la agenda del Estado, así 
como de sus relaciones con la sociedad y 
en consecuencia con lo social.
El nuevo contexto internacional es la 
causa más evidente de la desestabiliza-
ción del Estado social, aunque no la única. 
El término “globalización” genera una 
confusión entre dos tipos de fenómenos 
que se entrelazan en la práctica pero que 
son de naturaleza diferente. Por una par-
te, están los fenómenos estructurales, 
como la abolición de las distancias físicas 
en la comunicación entre las personas 
o la exposición compartida a los riesgos 
sanitarios o ecológicos provocados por 
el desarrollo. Estos son irreversibles y 
deben reconocerse como tales en cuanto 
a su impacto sobre las transformaciones 
del trabajo y el vínculo social. Por otra par-
te, existe un fenómeno coyuntural, la libre 
circulación de los capitales y mercancías 
que procede de elecciones políticas re-
versibles y que va de la mano con la sobre-
explotación temporal de recursos físicos 
no renovables. La confusión de esos dos 
fenómenos lleva a algunos a considerar 
a la globalización como la expresión de 
una ley inmanente que escapa a cualquier 
control político o jurídico.
III. Debate de los retos futuros
Se dice que el pasado permite conocer-
nos en el presente, pero también como 
imaginemos el futuro explica quienes 
somos. En este sentido, el futuro está 
abierto y nadie sabe si con el retorno del 
Estado social se superará las dificultades 
y si es así, ¿mediante qué organización? 
Un análisis riguroso y una discusión plural 
e incluyente puede identificar y clarificar 
las cuestiones no resueltas, que se plan-
tean con esta crisis sanitaria en la crea-
ción de un mundo diferente.
La primera cuestión que ponemos en la 
mesa es el dominio de la revolución digital, 
frente a la crisis del gobierno de las leyes. 
La revolución digital ha traído un nuevo 
imaginario que domina nuestras socieda-
des. La revolución digital va a la par con 
la que podemos observar en lo jurídico y 
político, donde el ideal de una gobernanza 
(governance) a base de números tiende a 
suplantar el de un gobierno por las leyes. 
Ya no se espera que los gobiernos actúen 
para respetar las leyes, sino que reaccio-
nen en tiempo real a señales numéricas. 
En todos los niveles de la organización del 
trabajo —los del individuo, la empresa y la 
nación— se plantea la cuestión de cómo 
domesticar estas nuevas técnicas inma-
teriales que pueden contribuir tanto a libe-
rar capacidades creadoras como a destro-
zarlas. Los empleados, las empresas y los 
“A medida que la pandemia deshace la lógica 
del capitalismo, y los sistemas políticos 
luchan por preservarlo, el futuro se bifurca en 
nuevos ámbitos de posibilidades políticas”.
 59
01L U I S H . PAT I Ñ O
Estados se enfrentan al mismo proceso 
de cosificación que, al ser humanamente 
inaguantable, suscitará necesariamente 
nuevas respuestas jurídicas, políticas, 
sociales y ambientales.
La segunda cuestión concierne al auge 
de las solidaridades civiles, que, de una for-
ma paradójica, la insuficiencia del Estado 
social ha favorecido. La historia demues-
tra que en épocas de crisis económica, 
política y sanitaria (como la que se esta 
viviendo) resurgen los pactos de amistad 
inspirados por el modelo familiar y comuni-
tario. La pérdida de fe en la autoridad tute-
lar del Estado y su capacidad protectora es 
un terreno favorable para la manifestación 
de las formas más diversas de solidaridad, 
en primer plano las solidaridades familia-
res o territoriales continúan jugando un 
papel crucial.02 Esta eclosión la fomenta 
el propio Estado cuando subcontrata a or-
ganizaciones privadas y sociales para que 
realicen sus funciones sociales, siguiendo 
un modelo defendido por el neoliberalis-
mo. El impacto de este crecimiento de las 
solidaridades civiles en el Estado social no 
está claro. Puede ayudar a la solidaridad 
nacional y contribuir a restaurar su fuerza 
y su legitimidad. Pero puede también minar 
sus bases y precipitar un movimiento ge-
neral de repliegue comunitario.
La tercera cuestión tiene que ver con 
las transformaciones de la idea de justicia 
social. En el siglo XX la idea que prevale-
ció fue la de una redistribución justa de la 
riqueza. Desde la década de 1970 este ob-
jetivo ha sido víctima de una crítica feroz 
por parte de los defensores del mercado. 
Para Friedrich Hayek (promotor del mode-
lo neoliberal), la justicia social es un “es-
pejismo”, dado que “los únicos lazos que 
mantienen el conjunto de una Gran Socie-
dad son exclusivamente económicos […] 
son las redes del capital las que sueldan la 
Gran Sociedad” (Hayek, 1976). 
Limitar la justicia social en los registros 
de la redistribución de bienes o el reconoci-
miento de las personas es pues una trampa 
de la que habrá que salir. La justicia social 
implica dar a cada uno la posibilidad de 
tomar conciencia de lo que uno es a través 
de lo que uno hace, forjar su persona en el 
reto del trabajo. Una de las características 
del Estado moderno es que ha excluido la 
división del trabajo del campo de la justicia 
y su futuro dependerá de la capacidad que 
tenga para reintegrarla allí.
El Estado, según el sentido más primiti-
vo de la palabra status, es la situación que 
sostiene y hace que se mantenga en pie 
una sociedad humana. Por ello, frente a 
esta crisis sanitaria (pandemia) los sínto-
mas son muy notorios, el Estado capitalis-
ta está en problemas, la respuesta social 
se está volviendo más clara. Necesitamos 
un cambio profundo, para que, por ejem-
plo, la energía, el agua, la vivienda y la 
salud que son bienes públicos tengan un 
control democrático. La devastación que 
se avecina es difícil de imaginar: cientos 
de trabajadores han sido despedidos 
como resultado del virus, otros han visto 
reducir sus horas laborales, se prevé cri-
sis en los servicios y la vivienda. En países 
como México donde la fuerza laboral en su 
mayoría es autónoma o informal las difi-
cultades serán también mayores.
La crisis del Covid-19 ha demostrado 
que los mercados por sí solos no pueden 
satisfacer las necesidades fundamenta-
les de nuestras sociedades, es necesario 
el Estado. A medida que la pandemia 
deshace la lógica del capitalismo, y los 
sistemas políticos luchan por preservarlo, 
el futuro se bifurca en nuevos ámbitos de 
posibilidades políticas. La tarea más ur-
gente es evitar a las reformas neolibera-
les en una reconfiguración y con un nuevo 
vigor, ya que las medidas excepcionales 
de crisis refuerzan las estructuras de 
poder establecidas. Las sociedades en 
su conjunto deben cambiar de un modo de 
reacción a un modo de invención. Nuestrarespuesta de un Estado diferente podría 
lanzar al mundo hacia un futuro mejor, 
pero igualmente podría acelerar las con-
diciones para su declive. m
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02 En México, el ejemplo más reciente es el terremoto 
que afectó a miles de personas de la Ciudad de México y 
en otros estados de la república. La sociedad se movilizó 
solidariamente a favor de los afectados.
60 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
por Carles Ramió. Catedrático de Ciencia Política y de la 
Administración en la Universitat Pompeu Fabra, Barcelona, España.
 UNA PRUEBA DEL ESTRÉS DE LA CALIDAD INSTITUCIONAL 
01
 61
Introducción
La crisis del coronavirus está siendo un 
durísimo examen sobrevenido que está 
poniendo a prueba a todas las sociedades 
e instituciones del mundo. Se trata de un 
problema global al que se están dando 
respuestas locales. Consiste en un exi-
gente escrutinio a los cuatro motores que 
son capaces de aportar bienestar a los 
ciudadanos: el Estado, el mercado, el ter-
cer sector y la familia (Esping-Andersen, 
1993). El Estado, como agente garante 
de proveer bienestar a los ciudadanos, 
está fragmentado por países, regiones 
y municipios. Abarca un amplio espacio 
territorial pero que empieza y finaliza en 
el perímetro de cada país. No existe un 
gobierno mundial para hacer frente a los 
desafíos globales. Con el coronavirus 
sucede algo parecido al reto de hacer 
frente al cambio climático: las respuestas 
nacionales son insuficientes para atajar el 
problema. El mercado es el motor más in-
ternacionalizado, más global y, por tanto, 
el que teóricamente está más preparado 
para absorber las dificultades globales. 
Su capacidad para mitigar esta crisis es 
importante: proveer con rapidez el mate-
rial sanitario y farmacológico, conectar 
tecnológicamente a unos ciudadanos 
confinados en sus domicilios, suminis-
trar alimentos y entretenimiento lúdico y 
cultural a una ciudadanía obligada a vivir 
con una lógica ermitaña, etcétera. Pero 
el mercado es un motor contradictorio ya 
que, por su lógica individual y egoísta, es 
capaz de mostrar también su rostro más 
feroz e insolidario traficando y especulan-
do con los recursos escasos críticos para 
el bienestar sanitario, alimentario y social. 
El tercer sector aporta, sin duda, elevadas 
dosis de confort, pero su capacidad de 
respuesta suele ser sectorial y muy focali-
zada, y se ve desbordado por una crisis de 
carácter global y transversal. La familia 
cumple con su cometido a nivel microco-
munitario, es un valor seguro que nunca 
falla, aunque esté preñada de inquietan-
tes contradicciones (los aportes suelen 
ser asimétricos por razón de género, y el 
cariño y afecto, en ocasiones, se trans-
forma en una insoportable violencia de 
género o de carácter intergeneracional). 
Pero siempre que se produce una gran 
crisis social, humanitaria, económica y 
laboral la sociedad, el mercado, el tercer 
sector y las familias buscan y reclaman 
la salvación y las soluciones al Estado, al 
tejido de administraciones públicas que 
posee cada país.
Este artículo focaliza su análisis de ur-
gencia sobre las capacidades de las insti-
tuciones públicas de un país (España) para 
dar respuesta y solución a la crisis del co-
ronavirus. Las administraciones públicas 
son complejas y poseen un dédalo de for-
talezas y debilidades, distintas pero se-
mejantes, en la diáspora de cada país. Es 
imposible abarcar este amplio espectro y, 
por tanto, este estudio focaliza el examen 
de tres dimensiones clave. Primero, el li-
derazgo de las instituciones en la versión 
dual: liderazgo político y liderazgo técni-
co. Un liderazgo esquizofrénico al que le 
cuesta armonizar sus dos almas, con re-
sultados dispares en cada país: desde los 
que logran conciliar las dos dimensiones 
aportando valor público al aprovechar una 
sinergia positiva entre el valor político y el 
valor técnico, hasta los que ambas dimen-
siones no saben resolver sus conflictos y 
se empobrecen o anulan mutuamente. Es 
uno de mis temas y obsesiones de inves-
tigación (Ramió, 2015). El segundo objeti-
vo, consiste en analizar como una de las 
consecuencias de la crisis del coronavirus 
es la cuarentena o confinamiento social 
que dificulta o impide la organización del 
trabajo de las administraciones públicas 
de manera presencial. Llevamos muchos 
años experimentando tímidamente con el 
denominado teletrabajo. La actual crisis 
ha impuesto esta dinámica de trabajo de 
forma abrupta, sin anestesia ni lubrica-
ción y con una agenda pública saturada 
de urgencias y demandas. La hipótesis 
de partida es que esta crisis sanitaria va 
a significar el inicio de un nuevo modelo 
de organización y gestión de las adminis-
traciones públicas. El tercer elemento 
analizado guarda relación con la disrup-
ción de carácter tecnológico que pone al 
alcance de las administraciones públicas 
unos instrumentos muy útiles para com-
batir una pandemia (big data, inteligencia 
artificial y robótica). Llevo un tiempo 
sosteniendo que es acuciante que las 
administraciones públicas incorporen sin 
demora estas tecnologías para refinar sus 
modelos de gestión y atender en mejores 
condiciones su mandato de defender el 
bien común y el interés general (Ramió, 
2019). Pero las crisis y las nuevas y viejas 
necesidades no solo se superan con ma-
yor musculatura tecnológica (son solo 
instrumentos) sino van acompañados de 
una renovación (actualización y reinven-
ción) de los estándares éticos de carácter 
62 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
público. Una revolución tecnológica que 
no vaya acompañada de una revolución 
ética puede generar graves externalida-
des negativas en las instituciones y des-
enfocar la función y vocación social de la 
administración pública.
Tres enfoques, tres transformaciones 
y tres retos que van a contribuir a dibujar 
a la administración pública del futuro 
(Ramió, 2017).
La dualidad necesaria: liderazgo 
político y liderazgo profesional
Las crisis imprevistas y graves, como la 
actual de salud pública ocasionada por 
el coronavirus, son útiles para examinar 
nuestro sistema político y administrati-
vo. Crisis como la presente representan 
pruebas de estrés reales sobre nuestras 
capacidades institucionales. Es muy 
pronto para realizar un análisis y esta-
blecer conclusiones, pero ya hay unas 
cuantas lecciones políticas y administra-
tivas que sería bueno que los ciudadanos 
tuviéramos en cuenta.
La primera lección es la importancia 
de que al mando de las políticas y de los 
servicios públicos estén profesionales 
bien preparados y con una amplia ex-
periencia. Los especialistas en gestión 
pública reclamamos desde hace tiempo 
que en España se instaure, de una vez por 
todas, una dirección pública profesional 
que es una normativa que debería regular, 
con base a criterios profesionales y no 
políticos, a los responsables técnicos que 
deben dirigir las políticas y los servicios 
públicos. Los medios de comunicación 
han celebrado la profesionalidad, sereni-
dad y claridad del portavoz del Ministerio 
de Sanidad para la crisis del coronavirus, 
Fernando Simón (director del Centro de 
Coordinaciónde Alertas y Emergencias 
Sanitarias). Este directivo altamente es-
pecializado lleva en el cargo ocho años y 
fue nombrado por el gobierno de Mariano 
Rajoy. El actual gobierno lo ha mantenido 
en el puesto ya que le ha reconocido su 
prestigio profesional y su rol de técnico 
independiente. Se trata de una excepción 
ya que en España cuando hay un cambio 
de gobierno suelen mudar la gran mayoría 
de los responsables técnicos (directivos), 
lo que desprofesionaliza la función públi-
ca (y en la práctica la politiza) impidiendo 
la continuidad de políticas y servicios 
estratégicos ante la pérdida, por discon-
tinuidad, del conocimiento y de la expe-
riencia profesional. Cuando se imponen 
los criterios profesionales los problemas 
técnicos se resuelven mucho mejor. Nada 
que ver con otras crisis sanitarias impor-
tantes, como el del aceite de colza, donde 
el ministro del ramo protagonizó ridículas 
ruedas de prensa que alarmaron y des-
concertaron a la población.
Pero no se trata de tecnificar la política 
sino de clarificar roles: a los técnicos lo 
que es técnico y a los políticos lo que es po-
lítico. Una crisis como la actual reclama un 
fuerte liderazgo político. Respuestas polí-
ticas en forma de paquetes de medidas no 
solo en materia de salud pública y sanidad 
sino transversales de carácter económico, 
social, laboral, familiar, etcétera. Política 
de alto nivel buscando la complicidad con 
otros países y con la Unión Europea. En ello 
está, con un poco de retraso, el actual go-
bierno. Esta es la segunda lección: la políti-
ca sigue siendo fundamental y se refuerza 
si cede espacio en los temas técnicos al 
liderazgo profesional.
La tercera lección es la complejidad de 
un Estado multinivel tan descentralizado 
como es España. Cuando se nombró al 
reciente ministro de sanidad se hicieron 
todo tipo de bromas, ya que era un mi-
nistro sin ministerio argumentando que 
las competencias en materia de sanidad 
están desplegadas por las Comunidades 
Autónomas. Un sistema centrífugo (des-
centralización) requiere de instrumentos 
centrípetos que permitan equilibrar y uni-
ficar el sistema. Este es el papel del Esta-
do y del ministerio de sanidad: coordinar 
a todas las administraciones públicas 
competentes en el territorio, anticiparse 
y ordenar el sistema. También mantener 
interlocución constante y aprender de 
los otros países afectados y coordinar 
una actuación conjunta a nivel de la Unión 
Europea. El problema de Italia ha sido 
precisamente una deficiente coordina-
ción territorial con discrepancias entre el 
Estado, las regiones y las provincias que 
ha generado una deficiente anticipación y 
unas acciones públicas reactivas.
La cuarta lección es que un sistema 
sanitario público sólido y extenso faculta 
un mayor confort sanitario que un modelo 
mayoritariamente privado. Es una eviden-
cia empírica que, en sanidad, la eficacia 
y la eficiencia de un sistema público es 
mayor que el privado. Este principio ya se 
está demostrando y será más evidente con 
 63
01 C A R L E S R A M I Ó 
Por otra parte, la complejidad del fenóme-
no y su espectacular impacto económico, 
laboral y social implica que cueste mucho 
tomar decisiones radicales de manera 
amplia y, mucho más, en un gobierno de 
coalición inédito en la política española y 
que ha tenido muy poco tiempo para afi-
nar sus resortes internos para una toma 
de decisiones fluida y consistente.
La única receta posible a nivel de 
liderazgo político sería que los líderes 
políticos del país siguieran las siguientes 
recomendaciones:
• A pesar que los líderes profesiona-
les hayan podido fallar en un primer 
momento, no hay que desconfiar en 
absoluto de ellos por parte de los líde-
res políticos. Más que nunca hay que 
dejarles márgenes y suficiente discre-
cionalidad para que tomen las medidas 
técnicas que estimen convenientes, 
tanto en materia de salud pública como 
de capacidad de gestión del tratamien-
to sanitario de los enfermos. Por tanto, 
el liderazgo político debe dar la máxima 
autonomía posible a los profesionales 
en todos sectores y no solo en el ámbi-
to de la salud.
• La política debe estimular que emer-
jan nuevos líderes profesionales que 
deberían encargarse de aportar una 
mirada transversal y multisectorial a 
la problemática que se ha generado. 
No es solo un tema de salud sino tam-
bién un grave problema económico, 
laboral, social, educativo, de segu-
ridad, etcétera, que hay que atender 
de manera horizontal. En todos estos 
ámbitos habrá que innovar y en todos 
Pero la pregunta clave en este apartado 
es ¿qué tipo de liderazgo se requiere para 
afrontar con garantías una crisis impre-
vista e inédita como el la del coronavirus? 
La respuesta tiene su complejidad ya que 
escapa del marco tradicional típico de las 
crisis en el ámbito institucional o de ges-
tión pública. Hay, al menos, dos elementos 
que hacen que esta crisis tenga un carác-
ter diferente a otras crisis en materia de 
gestión pública.
Por una parte, todo parece indicar que 
ha fallado el liderazgo técnico y no hay 
que entenderlo como una censura, dada 
la excepcionalidad de la situación, sino 
solo como un simple elemento de análisis. 
Algunos especialistas en epidemiología 
han reconocido que les ha sorprendido la 
virulencia del contagio en Europa y que 
han errado en sus pronósticos. Por más 
que parece, que en esta ocasión los líderes 
políticos en España, han escuchado y teni-
do en cuenta más que nunca las opiniones 
de los profesionales. El resultado, de mo-
mento, ha sido una política institucional 
lenta y timorata que no ha sido capaz de 
evitar un contagio muy extendido. 
el transcurso del tiempo y analizar cómo 
responde Europa y como responde Esta-
dos Unidos ante la crisis del coronavirus. 
Pero, aunque nuestro sistema de salud 
sea fundamentalmente público, también 
es importante el sector privado y para 
afrontar grandes problemas hace falta la 
colaboración público-privada. Esta cola-
boración ya se está impulsando en España 
para atender a esta crisis. Pero no es lo 
mismo la colaboración público-privada 
donde la agenda la domina el sistema pú-
blico (España) que en los países en que la 
agenda la domina el sector privado. 
La quinta lección tiene que ver con la 
injusta imagen social de la función públi-
ca, de los funcionarios. Más allá que el sis-
tema que lo regula es anticuado y reclama 
una reforma urgente, los funcionarios, en 
su gran mayoría, son grandes profesio-
nales, con sólidos valores de servicio a la 
comunidad y con una enorme motivación. 
Los medios siempre son escasos, pero de 
esta crisis nos van a salvar la profesiona-
lidad, entrega y generosidad del personal 
médico, de enfermería y el personal de 
apoyo. Funcionarios, al fin y al cabo.
“¿Qué tipo de liderazgo se requiere para 
afrontar con garantías una crisis imprevista 
e inédita como la del coronavirus?”
64 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
los sectores hay que encontrar a los 
líderes profesionales más adecuados y 
que se sepan coordinarse entre ellos.
• Los líderes políticos, descansados al 
delegar la mayoría de los temas técni-
cos a los profesionales, deben encar-
garse de dos temas prioritarios: por 
una parte, articular un relato contin-
gente pero creíble socialmente sobre 
lo que está haciendo el gobierno y la 
administración. Por otra parte, coordi-
nar este relato y conciliar las distintas 
posiciones políticas de todas las admi-
nistraciones públicas implicadas (bá-
sicamente el gobierno del Estado, que 
posee ahora todas las competencias 
y dominio jerárquico, con las Comu-
nidades Autónomas y con los grandes 
ayuntamientos).
Para llevar a cabo estos dos últimos retos 
vinculados al liderazgo político los ingre-
dientes imprescindibles son: sinceridad, 
contundencia y lealtad.
Sinceridad: hay que reconoceren todo 
momento que esta crisis es inédita y 
cambiante. Qué se está haciendo todo lo 
posible pero que los cambios de criterio en 
este caso son inevitables. Jamás mentir ni 
ocultar datos. Al contrario: si los datos son 
alarmantes o lo pueden llegar a ser hay que 
facilitarlos y adelantarlos. La ciudadanía 
lo va a perdonar todo en esta crisis, pero 
jamás van a absolver una mentira o que 
se les oculte información. Por otra parte, 
reconocer todas las equivocaciones y 
demostrar que se va aprendiendo sobre la 
marcha. Que realmente se está implemen-
tando una gestión del conocimiento.
Contundencia: las decisiones tienen que 
presentarse sin dudas y si hace falta de-
cisiones radicales hay que adoptarlas. Lo 
que no perdonará la ciudadanía son deci-
siones timoratas o a medias. En este error 
ya hemos caído y no hay que volver a re-
incidir. Sí hay que cerrar toda la actividad 
económica (salvo los servicios básicos) 
hay que hacerlo sin más dilaciones. Nada 
es peor para desprestigiar el liderazgo po-
lítico que ir improvisando decisiones que 
los ciudadanos ya anticipan. La sociedad 
no va a castigar las equivocaciones en las 
decisiones políticas, sino que va a censu-
rar la falta de contundencia de las mismas 
y, en especial, la cobardía. Ser tachado de 
líder cobarde es el peor escenario para un 
político en las actuales circunstancias. 
Lealtad: lealtad política al país, a la 
sociedad y a las instituciones. En esta 
crisis no tiene sentido practicar el politi-
queo (totalmente legítimo en situaciones 
no extremas) sino que hay que hacer 
política de alta intensidad. No hay que 
entrar en la lógica de críticas cruzadas 
entre partidos políticos o entre niveles 
administrativos. Los errores van a ser in-
evitables, pero ahora no es momento de 
la crítica, sino de aprendizaje, de mirar 
siempre hacia adelante para acertar me-
jor con la siguiente decisión. Los líderes 
políticos que aprovechen la ocasión para 
criticar a otros actores institucionales 
están perdidos y no van a gozar de nin-
guna empatía social. Los que, en cambio, 
ejerzan la autocrítica y vayan ganando 
consistencia en sus decisiones con el 
tiempo van a vindicarse como auténticos 
líderes políticos.
Los cambios institucionales y 
organizativos que se avecinan: más 
que adaptación hace falta reinvención
Uno de los aspectos positivos de la terri-
ble crisis del coronavirus es que para las 
administraciones públicas viene a ser 
como una muy exigente prueba de estrés 
sobre su calidad institucional en muy 
diversas dimensiones. Son muchos los 
frentes abiertos y muy escaso el periodo 
de tiempo, por largo que nos parezca, 
en que lleva caminando esta crisis para 
sacar conclusiones. De todos modos, sí 
que podemos iniciar este proceso de re-
flexión como catalizador de un proceso de 
mayor envergadura, que debería ser casi 
asambleario, para apelar a la inteligencia 
colectiva que existe en dosis elevadas en 
nuestras administraciones públicas.
Algún despistado puede pensar que la 
mayor parte de empleados públicos están 
pasando el confinamiento apegados a 
Netflix y a socializar con la familia. Pero 
para una parte muy importante de este 
colectivo nada más lejos de esta visión 
lúdica del confinamiento. El estrés que el 
coronavirus está sometiendo a nuestras 
administraciones públicas es ingente y 
no solo para el personal sanitario, que con 
toda justicia los aplaudimos por su heroi-
cidad, o por el personal de los cuerpos de 
seguridad y de las fuerzas armadas, o para 
el personal de trinchera de los servicios 
sociales. Estos colectivos deben exponer 
sus cuerpos al virus ya que es imposible 
prescindir de su presencia física. Pero 
hay muchos otros colectivos vinculados 
a la burocracia profesional de contacto 
 65
01 C A R L E S R A M I Ó 
que han cambiado su trabajo de presen-
cial a virtual. El caso más evidente son 
los docentes que siguen con sus planes 
académicos de manera virtual. Pero no 
olvidemos a todo un enorme grupo de em-
pleados públicos que realizan tareas que 
los profanos las asocian a mera burocra-
cia que trabajan de manera estajanovista 
desde sus domicilios. Todo el back office 
de la sanidad, de las unidades vinculadas 
a trabajo gestionando ERTE (bajas tem-
porales de empleo) y los seguros de des-
empleo, de los servicios sociales, de los 
departamentos vinculados a economía y 
fiscalidad, etcétera. Podríamos afirmar 
que el coronavirus ha cerrado la mayor 
parte de las empresas privadas y, en cam-
bio, ha acelerado y ampliado las cargas de 
trabajo en las administraciones públicas.
La biología evolutiva nos aconsejaría 
que las instituciones públicas aprove-
charan esa crisis vírica para adaptarse a 
un nuevo entorno. Pero creo que en este 
caso es más acertado afirmar que no solo 
deben adaptarse, sino que deben reinven-
tarse. Las futuras crisis y retos no van a 
estar siempre vinculados a la salud públi-
ca, sino que probablemente tendrán com-
ponentes vinculados a cambios tecnoló-
gicos, biomédicos, sociales, laborales y 
económicos que pueden ser traumáticos 
para la ciudadanía. De manera abrupta se 
está generando una nueva función tras-
cendental de la administración pública en 
su defensa del bien común y del interés 
general. Esta función sería posicionarse 
proactivamente para asegurar un mínimo 
de confort social a la ciudadanía ante un 
nuevo mundo con ingredientes disrupti-
vos que puede generar indeseables esce-
narios de carácter distópico. 
Una primera reflexión, excesivamente 
dura para ser la primera, es que todos 
aquellos empleados públicos que estén 
estos días en casa mano sobre mano tie-
nen un problema de futuro. Quien no esté 
en condiciones de aportar valor añadido 
ante una situación de crisis en el trabajo 
en formato presencial o virtual carece, 
salvo algunas excepciones, de futuro la-
boral. Esto significa que su trabajo actual 
no aportará valor en el futuro y, por tanto, 
debe como mínimo adaptarse mediante el 
reciclaje o, mejor, reinventarse. 
Una segunda reflexión es que las ad-
ministraciones públicas deben ir abando-
nando su lógica de trabajo exclusivamente 
canalizada por la departamentalización y 
la especialización. Siempre existirá espe-
cialización, pero no debe ser ordenada de 
manera rígida y estanca sino inteligente-
mente desordenada de forma transversal o 
incluso líquida. La mayoría de las unidades 
y de los profesionales deben ser polivalen-
tes, flexibles y adaptarse para trabajar en 
proyectos totalmente nuevos o en proyec-
tos que pertenecen a otros departamentos 
y que, en ciertos momentos, están estre-
sados por elevadas cargas de trabajo. Por 
ejemplo, con esta crisis carece de sentido 
que la gestión sanitaria (gestión, no aten-
ción médica) o la seguridad, las oficinas 
de trabajo o los centros de gestión interna 
de los servicios sociales estén saturados y 
no puedan disponer con facilidad, de ma-
nera fluida y rápida, del apoyo de aquellos 
empleados públicos de otros ámbitos que 
ahora carecen de trabajo. 
Una tercera reflexión es que la organización 
del trabajo vinculada a un espacio físico se 
ha alterado totalmente. Los despachos y 
las oficinas tradicionales de trabajo care-
cen ya de sentido ante la tecnología dispo-
nible, la necesidad de abordar una gestión 
del conocimiento de carácter compartido, 
de atender a nuevos proyectos de gestión 
que aparecen y desaparecen de manera 
muy ágil, etcétera. Sirva como ejemplo lo 
que hasta ahora hemos denominado como 
teletrabajo. Una de las ventajas de la crisis 
del coronavirus es que hemos implantado 
esta nueva dinámica laboral de manera 
abrupta y sin ningún tipo de lubricante. Y 
estamos descubriendo que, en términos 
generales, funciona y muy bien. Antes ya 
teníamos esta intuición mediante expe-
riencias piloto excesivamente cautas y 
timoratas. Por ejemplo, estoy gratamentesorprendido al comprobar que las reunio-
nes virtuales son más resolutivas, fluidas 
y con mayor puntualidad que las reuniones 
presenciales. Cierto que también con esta 
crisis han aflorado problemas y disfuncio-
nes de las que debemos aprender y, por 
tanto, resolver. Múltiples canales de trabajo 
que generan una sensación de caos, equi-
pos tecnológicos insuficientes que deben 
ser subsanados de manera particular 
por los empleados públicos, viviendas no 
pensadas para convivir con las exigencias 
del trabajo profesional e incluso horarios 
excesivos o disparatados. Pero no parece 
excesivamente complejo solventar estos 
problemas y beneficiarnos de la eficacia y 
eficiencia de una organización del trabajo 
mucho más abierta y no circunscrita de 
manera estricta a un espacio físico fijo. 
66 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
La cuarta reflexión es que la gestión públi-
ca es cada vez más compleja y cambiante 
y apela a una gestión del conocimiento 
de alta intensidad. Los profesionales de 
las administraciones públicas atesora-
mos mucho conocimiento experto pero 
muchas veces es insuficiente. Una de las 
lecciones de esta crisis del coronavirus 
es que hay que recurrir al conocimiento 
científico y también al conocimiento de 
gestión extramuros de nuestras murallas 
administrativas. Las administraciones 
deben dejar de vivir con una lógica insular 
y abrir sus puertas a expertos de otras 
administraciones, de las universidades, de 
los centros de investigación y también de 
las empresas privadas. Habrá que buscar 
la manera de canalizar estas intercone-
xiones de conocimiento y experiencia 
práctica mediante una lógica de incenti-
vos institucionales y económicos para que 
sean atractivas para todos los agentes. 
Solo en raras ocasiones, como en esta 
crisis del coronavirus, se puede apelar a la 
generosidad y al altruismo. Otro elemento 
de aprendizaje es que cuando las insti-
tuciones públicas (tanto las instancias 
políticas como las profesionales) optan 
por integrar al conocimiento científico 
en su toma de decisiones, es que éste no 
siempre posee la varita mágica que aporta 
respuestas claras para todo, sino que hay 
discrepancias, teorías e hipótesis con-
frontadas. Esto lo sabemos bien los aca-
démicos. Pero no por este motivo las ad-
ministraciones públicas deben cerrar las 
puertas al conocimiento externo, sino in-
tegrarlo y prepararse mejor para una toma 
de decisiones, que incorpore el máximo 
conocimiento científico, pero que sigue 
implicando decidir con incertidumbre y 
riesgo. Esta es la función esencial de los 
políticos y de los directivos públicos pro-
fesionales. Yo soy de los que pienso que la 
ciudadanía es madura y tolera los errores 
de los decisores públicos en situaciones 
de gran complejidad, siempre y cuando las 
decisiones se adopten de manera rápida, 
bien comunicadas, de manera honesta, sin 
ocultar información y con posterioridad se 
realice un ejercicio sincero de autocrítica 
de los errores y se explicite el aprendiza-
je alcanzado. Los titubeos excesivos, la 
frivolidad de no consultar a los expertos 
de diversas escuelas, la mentira, el auto-
bombo y la falta de autocrítica es lo que 
enerva a la ciudadanía. Esta sería la quin-
ta reflexión. Es obvio que en el tintero de 
la inteligencia colectiva hay muchísimas 
más que tendremos que ir identificando 
con el transcurso del tiempo. 
En todo caso, como reflexión final, 
llamar la atención en que se está produ-
ciendo paulatinamente un cambio en los 
modelos organizativos tanto privados 
como públicos que esta crisis del coro-
navirus puede ejercer de catalizador para 
su aceleración. Laloux (2016) nos avisa 
que las organizaciones se están que-
dando obsoletas en los modos en los que 
están gestionando y que todo apunta a 
que está por producirse un salto crítico y 
trascendental en la implantación de nue-
vos modelos organizativos productivos. 
Este salto consiste fundamentalmente 
en profundizar al máximo en el concepto 
de colaboración (Tamames, 2018: 89). 
Otra novedad en la literatura organizativa 
vinculada al impacto de la inteligencia ar-
tificial y de la robótica hace referencia a la 
organización exponencial (Ismail, Malone 
y Van Geest, 2016). Partiendo de que el 
mundo digital está mostrando unos cre-
cimientos como no se han visto nunca, la 
propuesta de la organización exponencial 
(ExO) es que las organizaciones puedan 
conseguir esos mismos crecimientos 
exponenciales exprimiendo las posibilida-
des de la digitalización e informatización 
de sus procesos, y mediante la reducción 
al mínimo de los activos físicos (Tamames, 
2018: 90). Una organización exponencial 
es aquella cuyo impacto (o resultado) 
en la economía y su entorno es despro-
porcionadamente enorme, al menos, 10 
veces más grande, al compararla con sus 
iguales, a otras empresas del sector, de 
carácter lineal. Son disruptivas, se apo-
yan en técnicas organizativas diferentes y 
en tecnologías aceleradoras. Es decir, una 
nueva generación de organizaciones que 
pueden transformar en crecimiento ex-
ponencial el modo lineal de crecer de las 
organizaciones tradicionales, a partir del 
uso de activos como su comunidad, per-
sonal bajo demanda, big data, inteligencia 
artificial y otras nuevas tecnologías (Ra-
mió, 2019). Se trata de una organización 
ni centralizada, ni cerrada, ni jerárquica y 
sin liderazgos concentrados que apuesta 
por una nueva manera de entender la es-
trategia, la cultura, los procesos, las ope-
raciones, los sistemas y las personas. Un 
nuevo modelo de gestión que apuesta por 
la holocracia (un sistema de organización 
en el que la autoridad y la toma de decisio-
nes se distribuyen de forma horizontal en 
 67
01 C A R L E S R A M I Ó 
lugar de ser establecidas por una jerar-
quía de gestión), es decir: un sistema de 
autogestión (Robertson, 2015). En defi-
nitiva, el trabajo autónomo, el trabajo en 
equipo, las lógicas cooperativas son los 
nuevos valores de la organización del tra-
bajo moderno. La administración no solo 
no puede renunciar a estos ingredientes, 
sino que los tiene que estimular constan-
temente mediante todo tipo de incentivos 
(formación a empleados y responsables, 
diseño de puestos polivalentes y con pro-
fundidad, procesos de trabajo flexibles 
con autonomía) pero todo ello dentro de 
una lógica de jerarquía institucional. La 
administración tiene que seguir siendo 
conceptualmente jerárquica (la política 
dirige la administración) pero con dinámi-
cas de trabajo vinculadas a la autogestión 
en un sentido profesional o “pleno” tal y 
como lo formula Laloux (2016).
Es el momento de repensar 
la ética pública
La crisis del coronavirus ha hecho eviden-
te algo que me preocupa desde hace unos 
años: la necesidad de reflexionar más y 
mejor sobre la ética pública ante los enor-
mes cambios a los que se expone nuestra 
sociedad por la irrupción de la biomedici-
na, el big data combinado con la inteligen-
cia artificial, la globalización, la robótica 
y los nuevos paradigmas económicos y 
laborales, por citar solo algunas de las 
transformaciones que pueden ser más 
relevantes (Ramió, 2017 y 2019). Lo que 
más me ha impactado y generado todo 
tipo de inquietudes éticas, vinculado con 
la crisis del coronavirus, es la atención 
médica a nuestros venerables ancianos 
que contraen este virus. Conocemos los 
protocolos médicos que, para optimizar 
recursos de unos servicios de emergen-
cias y de cuidados intensivos saturados, 
discriminan a unos enfermos de otros en 
función de los pronósticos médicos sobre 
su potencial porcentaje de supervivencia. 
Si no tienes apenas posibilidades para 
sobrevivir no tienes cabida en un hospital. 
Todavía me ha causado una mayor impre-
sión la vía holandesa de atención a los muy 
ancianos y/o muy enfermos. Que no se 
acerquen aningún hospital y que pacien-
temente esperen la llegada de la parca en 
sus domicilios. Si fuera en Estados Unidos 
o en Gran Bretaña (que seguramente op-
tarán por este protocolo) nos hubiéramos 
escandalizado dada la apatía de las insti-
tuciones políticas con la sanidad pública, 
una práctica neoliberal extrema y unos 
líderes políticos, como Trump o Johnson, 
con muy poco apego al sentimentalismo. 
Pero resulta que estamos hablando de 
Holanda, país referente del Estado del 
bienestar y con una cultura institucional 
y social de primer nivel en referencia a 
los derechos humanos. Me ha resultado 
especialmente perturbadora la proclama 
de la jefa del departamento de geriatría de 
Gante: “No traigan a los pacientes débiles 
y a los ancianos al hospital. No podemos 
hacer más por ellos que brindarles los 
buenos cuidados paliativos que ya les 
estarán dando en un centro de mayores 
o en sus domicilios. Llevarlos al hospital 
para morir allí es inhumano”. Además, ha 
añadido: “Los pacientes con problemas 
físicos o mentales como la demencia, que 
se encuentran ya muy débiles, tienen más 
probabilidades de morir en los próximos 
doce meses. Menos, si contraen el co-
ronavirus. Así que el tratamiento puede 
tener un efecto que prolongue la vida, 
pero la posibilidad de una cura definitiva 
es muy pequeña”. Aquí la ética pública pa-
rece que está vinculada a una ética social 
de carácter religioso, calvinistas, ellos, 
frente a católicos, nosotros. Por tanto, 
¿es ético que en España la mayoría de 
enfermos graves de coronavirus mueran 
en la más absoluta soledad en nuestros 
hospitales? Incluso el personal médico 
y de enfermería, ataviados con una in-
dumentaria propia de astronautas, para 
asegurar la profilaxis, han tenido que 
pintarse caras con sonrisas en sus apara-
tosas vestimentas. Sin duda son dilemas 
éticos que van a generar debate. Ahora no 
hay tiempo para debates y es perentorio 
tomar decisiones éticas a la brava. Pero 
una vez superada esta crisis considero 
que todos los empleados públicos debe-
ríamos dedicar un tiempo de nuestras 
jornadas laborales a hacer debates or-
denados y productivos sobre los retos de 
la ética pública, tanto a nivel de nuestras 
propias especialidades como a un nivel 
más institucional. Definir nuevos están-
dares éticos a situaciones totalmente 
nuevas no es una tarea fácil y las adminis-
traciones públicas deben fomentar este 
proceso de manera rigurosa e innova-
dora. Nos van a hacer falta especialistas 
en filosofía y en ética que canalicen este 
proceso que debe ser colectivo mediante 
68 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
la gestión del conocimiento, la innovación 
y la inteligencia colectiva. 
Otro gran dilema ético: El big data 
es ya es una realidad que nos sumerge 
en fuertes controversias de carácter 
ético. El filósofo Byung-Chul Han, en un 
reciente artículo, nos narraba la gestión 
tecnológica del coronavirus en algunos 
países asiáticos. Ha quedado demostra-
do que la vigilancia digital salva vidas. 
¿Pero estaríamos dispuestos a aceptar 
en Occidente que nuestra conducta so-
cial sea evaluada constantemente por 
las instituciones públicas? “En China hay 
200 millones de cámaras de vigilancia, 
muchas de ellas provistas de una técnica 
muy eficiente de reconocimiento facial. 
No es posible escapar de la cámara de 
vigilancia. Estas cámaras dotadas de 
inteligencia artificial pueden observar y 
evaluar a todo ciudadano en los espacios 
públicos, en las tiendas, en las calles, en 
las estaciones y en los aeropuertos” (Han, 
2020). Me parece que para nosotros esto 
sería inaceptable, pero en cambio, re-
sulta que “toda la infraestructura para la 
vigilancia digital ha resultado ser ahora 
sumamente eficaz para contener la epide-
mia. Cuando alguien sale de la estación de 
Pekín es captado automáticamente por 
una cámara que mide su temperatura cor-
poral. Si la temperatura es preocupante 
todas las personas que iban sentadas en 
el mismo vagón reciben una notificación 
en sus teléfonos móviles. No en vano el 
sistema sabe quién iba sentado dónde 
en el tren. Las redes sociales cuentan 
que incluso se están usando drones para 
controlar las cuarentenas. Si uno rompe 
clandestinamente la cuarentena un dron 
se dirige volando a él y le ordena regresar 
a su vivienda” (Han, 2020). Claro que China 
es una dictadura, pero Corea del Sur, país 
democrático, ha aplicado una tecnología 
similar para combatir el coronavirus. 
Quien se aproxima en Corea a un edificio 
en el que ha estado un infectado recibe 
a través de la “Corona-app” una señal de 
alarma. Todos los lugares donde ha ha-
bido infectados están registrados en la 
aplicación. “No se tiene muy en cuenta la 
protección de datos ni la esfera privada. 
Se publican los movimientos de todos los 
infectados. Puede suceder que se desta-
pen amoríos secretos” (Han, 2020). Los 
asiáticos tienen una cultura colectivista y 
se someten voluntariamente a la intromi-
sión de los poderes públicos. ¿Sería esto 
posible en nuestra cultura individualista 
que sacraliza la privacidad?, ¿podemos 
quedarnos en un camino intermedio 
y utilizar estas tecnologías en casos 
extremos como la actual crisis y luego 
no utilizarlas?, ¿confiaremos en unas 
administraciones públicas que posean 
todo este potencial tecnológico? Todo 
un debate de ética social que no es nada 
sencillo. La tecnología puede hacer revi-
vir las leyendas más oscuras del Leviatán. 
¿Cómo vamos a controlar a esta bestia? 
Pero si impedimos que los poderes pú-
blicos utilicen y dominen esta tecnología, 
quizá sean las empresas privadas las que 
se conviertan en temibles leviatanes y, en 
cambio, las instituciones públicas sean 
tan inocentes y tan poco decisivas como 
unas ardillas, totalmente incapaces de 
dominar a las bestias privadas.
Sabemos que la biomedicina va alargar 
la vida y que, por tanto, va a generar 
todo tipo de transformaciones socia-
les, conflictos intergeneracionales y 
desigualdades sociales ante radicales 
diferencias en expectativas de vida. 
Otro ejemplo que ilustra la necesidad de 
renovar los estándares de la ética social 
y de la ética pública. m
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 69
01 C A R L E S R A M I Ó 
La sociedad moderna 
se ha convertido en una 
sociedad del riesgo en el 
sentido de que cada vez está 
más ocupada debatiendo, 
previniendo y gestionando 
riesgos que ella misma ha 
creado. (Beck, 2011: 22).
por Silvia Fontana y Sofía Conrero. Profesoras e 
investigadoras de Universidad Católica de Córdoba, Argentina.
¿PUNTO DE INFLEXIÓN PARA LOS GOBIERNOS?
70 
Introducción
El anuncio público de un escenario de 
riesgo puede tener consecuencias pro-
fundasen la población, razón por lo cual 
los gobiernos se muestran renuentes a 
tomar decisiones frente al riesgo. Así Ul-
rich Beck (2011) sostiene que existen tres 
posibles reacciones frente al riesgo: la 
negación, la apatía o la transformación.
Es en esta sociedad de riesgos actual, 
caracterizada por la irrupción de una pan-
demia, donde los parámetros de seguridad 
se han tornado inciertos, y donde las deci-
siones políticas no están siendo homogé-
neas. Así, nos encontramos ante el dilema 
de la subestimación o la sobreestimación 
por parte de los gobiernos del coronavirus. 
Estamos frente a un riesgo materializado 
al que los gobiernos han reaccionado he-
terogéneamente con las medidas y accio-
nes adoptadas en cada caso.
Unos optaron por el aislamiento social, 
otros por la cuarentena y unos cuantos 
están siendo indiferentes, denominán-
dose esta última posición “el mito de la 
invulnerabilidad”. Esta creencia hace 
más vulnerable a los países, pues sus 
gobiernos dejan de tomar medidas pre-
ventivas tan imprescindibles para hacer 
más eficiente su capacidad de respuesta 
frente a la pandemia.
El coronavirus está presumiendo una 
dura prueba no solo para los sistemas de 
salud de los países más afectados por 
la pandemia, sino también frente a las 
consecuencias económicas, sociales y 
políticas que se deberán afrontar en el 
corto plazo. Ante lo cual las decisiones y 
no decisiones están siendo muy diversas. 
Las consecuencias que sobrevendrán 
sobre los Estados serán múltiples, por-
que si algo caracteriza al riesgo es su 
multidimensionalidad, ya que una vez 
materializado como desastre (pandemia) 
impacta en todos los ámbitos de la vida. 
Y deberán pensarse que las consecuen-
cias no solo serán a corto plazo, deberán 
analizarse además aquellas que serán a 
mediano y largo plazo como también las 
consecuencias coyunturales que surgi-
rán. Podemos decir que estamos frente a 
consecuencias inciertas.
Ante esta realidad los gobiernos hoy se 
encuentran frente al dilema de continuar 
gestionando en el riesgo o de aprender a 
gestionar el riesgo.
El objetivo del presente artículo es ana-
lizar los marcos referenciales y las estra-
tegias que los gobiernos necesitan com-
prender si pretenden gestionar de manera 
adecuada la incertidumbre que los riesgos 
generan en la sociedad, particularmente 
frente a los desafíos que el Covid-19 está 
generando en la sociedad contemporánea. 
Sociedad del riesgo: el 
contexto de la pandemia
Beck (1996) sostiene que vivimos en “la 
sociedad del riesgo”, la que se origina allí 
“donde los sistemas de normas sociales 
fracasan en relación a la seguridad pro-
metida ante los peligros desatados por la 
toma de decisiones”. Peligros que “des-
bordan los fundamentos de las represen-
taciones sociales respecto a la seguridad”.
En esta sociedad contemporánea, el 
marco institucional para la gestión del 
riesgo y su consecuente reducción se ha 
caracterizado, en general, por ser enfren-
tado de manera reactiva. Queda expuesto 
que en la mayoría de los casos es en la 
emergencia donde se actúa, lo que lleva 
a que existan alrededor de esta gestión 
reactiva: dispersión de esfuerzos, falta de 
articulación de acciones entre instancias 
privadas y públicas, falta de capacitación, 
falta de coordinación entre actores, entre 
otros motivos. Es decir, la planificación 
en esta temática es aún muy elemental 
por lo que se suele no llegar a absorber 
los impactos que un riesgo provoca. La 
mayor de las veces se produce un “dis-
tanciamiento entre las acciones guber-
namentales y las privadas y comunitarias” 
(Vargas, 2002: 61), a lo que se suma la falta 
de coordinación con organizaciones es-
pecializadas en la atención de desastres, 
aquellas que investigan sobre la temática 
y la capacitación para la respuesta.
El cambio climático, las nuevas amenazas a la 
seguridad, los riesgos sanitarios y alimenta-
rios, las crisis financieras plantean, de entra-
da, un desafío a nuestra conceptualización de 
esos futuros inciertos […] Todo futuro incierto 
nos sitúa ante dilemas de especial dificultad 
[…] cómo gestionamos nuestra inevitable 
ignorancia acerca de los acontecimientos fu-
turos… (Innerarity, 2011).
La gestión del riesgo de desastres, enten-
dida como un proceso, resulta más efec-
tiva si logra alcanzarse el fortalecimiento 
 71
01F O N TA N A Y C O N R E R O
niveles y áreas de gobierno presentes, y 
la sociedad civil en su conjunto. La trans-
versalidad, horizontal y vertical, nece-
saria para este tipo de políticas define la 
particularidad en la manera de gobernar 
que tiene el riesgo de desastres. No se en-
tiende gestionar el riesgo si no convergen 
todos los actores parte de la problemáti-
ca, y trabajan mancomunadamente para 
disminuir las vulnerabilidades y aumentar 
las capacidades de respuesta.
El Covid-19 ha dejado al descubierto la 
necesidad y relevancia de trabajar man-
comunadamente entre todos los actores. 
Ya el Marco de Sendai convocaba a esta 
trabajo articulado y coordinado teniendo 
en cuenta el enfoque del riego, pero los 
gobiernos no aceptaron de manera in-
tegral el reto que ello significaba. Aquel 
objetivo de Sendai propuesto en el 2015, 
para ser alcanzado en el 2030, frente a 
esta situación de pandemia global ha que-
dado sin asidero de poder alcanzarlo. 
Es tan real decir que la naturalización 
de los riesgos por parte de los habitan-
tes es lo que produce que los gobiernos 
no incorporen hipótesis del riesgo en 
sus agendas de actuación, lo que lleva a 
que los mismos se multipliquen pues no 
se prevén acciones para reducirlas o, al 
menos mitigar sus consecuencias (Fon-
tana y Maurizi, 2014). 
Hablar de riesgo significa definir ame-
nazas y vulnerabilidades, categorías 
éstas que lo integran y lo definen como 
un proceso construido socialmente (Gar-
cía Acosta, 2005). Aquí entra en juego la 
percepción que la población tiene de los 
riesgos, y a partir de la cual se definen la 
manera en que los mismos van a ser abor-
dados (Douglas, 1996).
Hoy, frente a este contexto de emer-
gencia global, el mundo se encuentra en 
estado de consternación donde el presen-
te es tan incierto como el futuro, y frente a 
lo cual los Estados han ensayado respues-
tas disímiles con el fin de aplanar las cur-
vas de contagio. La protección de la salud 
nos ha puesto como sujetos activos en la 
lucha contra el Covid-19 en articulación 
con las acciones de los gobiernos, es de-
cir son importantes las responsabilidades 
individuales y colectivas.
Reducción del riesgo: 
sostenibilidad del proceso
La gestión integral del riesgo implica una 
nueva mirada sobre la realidad, y una nue-
va manera de gobernar. El logro de una cul-
tura de prevención de riesgos es el eje que 
va a sostener este proceso, y materializar 
en el largo plazo este nuevo paradigma de 
gobierno: reducir los riesgos a los que se 
ven expuestos los seres humanos. Todo 
ello significa una redefinición de las prio-
ridades en las agendas de los gobiernos. 
Para lograr la sostenibilidad de este 
proceso, y para lograr específicamente 
la reducción del riesgo se hace necesario 
institucionalizar el riesgo, es decir, ade-
cuar el marco normativo y la legislación 
al enfoque del riesgo de desastres; inte-
grar la participación de todos los actores 
en las políticas del riesgo; aumentar las 
capacidades a través de la educación y la 
comunicación de riesgos; y trabajar con 
de las acciones en todos los niveles de 
gobierno, con la cooperación del sector 
privado y de las organizaciones de la so-
ciedad civil. Así es que se hace necesario 
constituir un sistema interinstitucional 
de gestión del riesgo articulado por orga-
nizaciones ya existentes de los sectores 
público y privado de cada país.
En el actual contexto, una vez declara-
da la pandemia se inició un proceso de re-
configuración mundial, ya que elplaneta 
se vio interpelado frente a un virus, y los 
gobiernos debieron comenzar a buscar 
respuestas a través del trabajo articulado 
con especialistas en la materia y la parti-
cipación de la sociedad civil para la formu-
lación de acciones.
El Marco de Sendai (2015-2030) define 
como objetivo “La reducción sustancial 
del riesgo de desastres y de las pérdidas 
ocasionadas por los desastres, tanto en 
vidas, medios de subsistencia y salud 
como en bienes económicos, físicos, 
sociales, culturales y ambientales de las 
personas, las empresas, las comunida-
des y los países”.
Concretamente, la reducción del ries-
go de desastres es un proceso a largo 
plazo, y que requiere del desarrollo e 
implementación de mecanismos y herra-
mientas efectivas, a través de la voluntad 
política, de políticas públicas coherentes 
y de la participación de la sociedad civil, 
tanto en el gobierno central como en los 
gobiernos locales. 
La gestión del riesgo, y particularmen-
te la reducción del riesgo de desastres, es 
una política pública que debe ser planifi-
cada participativamente entre todos los 
72 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
una percepción real del riesgo de desas-
tres en toda la comunidad. En síntesis, 
estos factores permitirán generar una 
transformación que lleva a la institucio-
nalización del riesgo y a una gestión del 
riesgo desde la gobernanza, y con políti-
cas de Estado a largo plazo.
Puede sostenerse que los siguientes 
puntos son desafíos que deben en-
frentar los gobiernos, lo que permitirá 
convertir a la gestión del riesgo en una 
política de Estado:
• Lograr la institucionalidad y susten-
tabilidad de las políticas de reducción 
del riesgo, a través de la definición de 
una política integral en la que converja 
el consenso entre los gobiernos en to-
dos los niveles y áreas y, los sectores 
públicos y privados. 
• Construir conciencia ciudadana en 
materia de prevención y mitigación 
del riesgo, que se logrará con la par-
ticipación de todos y cada uno de los 
sectores que son parte de la cons-
trucción del riesgo.
La base para estos desafíos es trabajar a 
partir de lo que ya existe, de lo ya hecho, con 
una mirada articuladora y coordinada que 
asegure y promueva el desarrollo humano.
La necesidad de reducir las condiciones 
de vulnerabilidad de la población y aumen-
tar las capacidades de respuesta, orienta 
a la planificación para la implementación 
de políticas públicas en el presente, y que 
logren la sostenibilidad en el futuro.
Esta sostenibilidad para que sea certe-
ra necesita que la sociedad y sus organi-
zaciones participen activamente en todo 
el proceso de las políticas para la reduc-
ción del riesgo, y que se logre una cultura 
de la prevención en las poblaciones. Es la 
educación y la comunicación los pilares 
fundamentales para la construcción de la 
sostenibilidad de este proceso.
Es menester lograr y sostener la gober-
nanza del riesgo a partir del trabajo coor-
dinado entre todos los actores partes de 
este proceso. Son las acciones humanas 
las que incrementan o reducen las vulnera-
bilidades, por lo que la necesaria toma de 
conciencia frente a esta problemática, no 
solo local sino mundial, fortalecería las ac-
ciones tendientes a la reducción del riesgo. 
Por ello se hace necesario cambiar el 
paradigma de actuación de los gobiernos, 
es decir, pasar de la atención del desastre 
a la gestión integral del riesgo, haciendo 
hincapié en su reducción. Es necesario 
que los gobiernos entiendan que es el 
largo plazo donde estas políticas darán 
sus frutos, ya que toda transformación 
es compleja y comienza en el presente y 
el proceso trasciende una gestión. Es en 
este punto de inflexión en el que la huma-
nidad se encuentra. 
Estrategias clave para la gestión 
del riesgo: estrategia, diseño 
organizacional y equipos de trabajo
Según el paradigma de la gobernanza, el 
enfoque de la gestión del riesgo de desas-
tres plantea el desafío de pensar y diseñar 
los componentes organizacionales con cri-
terios de flexibilidad, articulación y capaci-
dad de previsión para luego poder brindar 
mejores respuestas frente a un desastre. 
En este sentido, se presentan tres com-
ponentes fundamentales para el gobierno 
efectivo y eficiente de la gestión del riesgo 
de desastres: la existencia de una estra-
tegia organizacional, el diseño de estruc-
turas organizacionales específicas para 
este enfoque y el desarrollo de equipos de 
trabajo como eje de funcionamiento.
Aplicando el concepto de estructura 
organizacional a la gestión del riesgo 
de desastres, resulta relevante que las 
estructuras organizacionales de gobier-
no tengan la capacidad de promover y 
coordinar tanto la prevención como la 
atención a los desastres, posibilitando la 
acción colectiva de toda la sociedad (Var-
gas, 2002). Por consiguiente, la discusión 
acerca de este concepto parte de que el 
diseño de la estructura organizacional no 
implica solo una cuestión técnica, sino 
que se trata más bien de una decisión po-
lítica. Por tal motivo se incorpora el con-
cepto de gobernanza como articuladora 
de redes, surgiendo así nuevos cambios 
en la burocracia como ser: su reemplazo 
por diseños organizacionales más hori-
zontales y flexibles, o su redefinición en 
torno a sus funciones (Agranoff, 2012).
De esta manera, el principal punto den-
tro de las estructuras organizacionales 
consiste en que estas estén dotadas de 
una mayor flexibilidad en cuanto a su co-
nexión con los diversos actores, pero que 
a su vez centralice la gestión del riesgo de 
desastres como una forma de gobernar.
Se debe tener en cuenta que al ha-
blar de estructuras organizacionales 
 73
01F O N TA N A Y C O N R E R O
se hace referencia a un elemento más 
amplio que la simple representación 
gráfica del organigrama. Se trata de un 
proceso que integra desde la planifica-
ción de las estrategias, hasta alcanzar el 
desarrollo del objeto social de la organi-
zación. Esto implica la definición de una 
estrategia organizativa, como plantea 
Moore (1998), a través del concepto de 
triángulo estratégico.
Este triángulo integra tres componen-
tes que se articulan e influyen mutuamen-
te. El primero de ellos es la definición de 
un propósito general, en este caso, de la 
gestión del riesgo, construido a partir de 
valores públicos relevantes. Es decir que 
este propósito genera valor para todos los 
actores, especialmente, los ciudadanos, 
en lo que refiere a reducir y mitigar las 
consecuencias y los efectos negativos de 
una catástrofe. 
El segundo componente del triángulo 
estratégico plantea que deben expli-
carse las fuentes de apoyo y legitimidad 
que se utilizarán para llevar adelante ese 
propósito general. En otras palabras, la 
gestión del riesgo de desastres no es 
una construcción propia y particular de 
un gobierno, de una organización públi-
ca, ni tampoco el gobierno por sí solo 
puede ser garante del cumplimiento de 
ese propósito general. Todos los actores 
sociales involucrados deben participar 
en este proceso, lo cual le otorga legi-
timidad y le facilita la obtención de los 
resultados esperados.
Finalmente, el tercer componente del 
triángulo estratégico señala la manera 
operativa y administrativa que dará via-
bilidad a la estrategia formulada. Este 
componente explica cómo se llevarán 
adelante las actividades para gestionar el 
riesgo de desastres. 
Si bien la definición del triángulo es-
tratégico es clave para generar valor en 
la gestión de gobierno, específicamente 
en lo que refiere a la gestión del riesgo de 
desastres, también es importante con-
siderar que esta es una de las carencias 
más importantes en los gobiernos. 
En este marco, el gran desafío es dise-
ñar estructuras en las administraciones 
públicas que estén dotadas de mayor 
flexibilidad, en red con diversos actores, 
peroque, asimismo, formalicen la gestión 
del riesgo de desastres como una ma-
nera de gobernar. A su vez, es necesario 
generar y consolidar equipos de trabajo 
que aborden sus tareas y actividades en 
forma colaborativa con otras personas y 
organizaciones, y se basen en una actitud 
de apertura y solidaridad destinada al lo-
gro de determinados objetivos. Se trata 
de desarrollar la capacidad de trabajar de 
manera complementaria aunando esfuer-
zos en torno a un objetivo común para ge-
nerar un producto final que sea algo más 
que la suma de las partes. La gestión del 
riesgo de desastres requiere que el traba-
jo en equipo sea una competencia central 
de todos los actores involucrados en la 
problemática. Trabajar en equipo significa 
mostrar respeto y comprensión por los 
distintos puntos de vista, disposición para 
el aprendizaje de aportes brindados por 
otras personas, anteposición de decisio-
nes del equipo frente a las propias en pos 
de un beneficio mayor, reconocimiento y 
gratificación frente a los logros del equi-
po, actitud conciliadora frente a posturas 
diversas y tolerancia frente a la diversidad 
cultural dentro del equipo; es decir, un 
espíritu colaborativo e integrador. Así, Sa-
lamon (2002), citado por Aguilar (200: 119-
1207) plantea que “[…] en el futuro, la esen-
cia del proceso de solución de problemas 
será, muy probablemente, de naturaleza 
colaboradora, dado que la atención a los 
problemas públicos y la realización de los 
objetivos públicos dependerán no solo 
del gobierno, sino de un buen número de 
otros actores autorizados”. 
En el marco de esta pandemia, los go-
biernos han tenido que reconfigurar sus 
estructuras organizacionales, articular 
redes de actores, conformar y desarrollar 
equipos de trabajo, todo en simultáneo y 
con la crisis a punto de iniciar, o en muchos 
casos, ya iniciada. Esto ha disminuido y/o 
demorado las capacidades de respuesta 
ya que, tanto la estrategia, como la es-
tructura organizacional y el desarrollo de 
equipos de trabajo, son capacidades que 
tienen que ver con políticas a largo plazo, y 
que no son fáciles de cambiar y adquirir en 
tiempos cortos, y además bajo la presión 
de una crisis. Por lo tanto, y pensando en 
el después de la pandemia, algunos de los 
desafíos a abordar serán el diseño de es-
tructuras organizacionales más flexibles y 
horizontales, y la generación y la consoli-
dación de redes y equipos de trabajo como 
pilares fundamentales para el enfoque de 
la gestión del riesgo de desastres. 
74 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
A modo de cierre: algunas 
certezas de la pandemia
La aparición del Covid-19 con una mag-
nitud inesperada, está provocando múl-
tiples reacciones y debates en torno a la 
gestión de una crisis (pandemia), que en 
su mayor parte no ha sido planteada des-
de el enfoque de la gestión del riesgo de 
desastres. Ante esta realidad los gobier-
nos hoy se encuentran frente al dilema de 
continuar gestionando en el riesgo o de 
aprender a gestionar el riesgo.
En este artículo se planteó un análisis 
de los marcos referenciales y estrategias 
que los gobiernos necesitan comprender 
si pretenden gestionar de manera ade-
cuada la incertidumbre que los riesgos 
generan en la sociedad, particularmente 
frente a los desafíos que está generando el 
COVID-19 en la sociedad contemporánea.
En este marco, las ideas centrales que 
podemos sintetizar a partir de lo analiza-
do son:
• Todos somos vulnerables. El riesgo es 
asunto de todos y debemos reconocer-
nos como parte del riesgo. Este riesgo 
sanitario que estamos transitando, está 
dejando en evidencia que la vulnerabili-
dad va asociada a un sinnúmero de deci-
siones y no decisiones que nos interpela 
como sociedad. No nos iguala, pero si 
nos hermana, y nos demuestra que todos 
somos parte de la misma humanidad.
• Ante crisis globales el Estado no se 
puede aislar. Esto implica la necesidad 
de tomar un rol central en las definicio-
nes estratégicas, en la coordinación 
entre actores tanto gubernamentales 
—en sus diferentes niveles y poderes 
del Estado—, como del sector privado 
y de la sociedad civil, así como también 
reacomodar sus estructuras organiza-
cionales y generar equipos de trabajo 
para atender, al menos ahora, la emer-
gencia. El desafío será cómo reconfi-
gurar estos componentes pensando ya 
en la etapa de rehabilitación por crisis 
y, aún más hacia el futuro, incorporan-
do el enfoque de gestión del riesgo de 
manera integral.
• La importancia de la ciencia. Se torna 
imperante reconocer la importancia 
de la generación de un puente entre el 
mundo académico y el mundo en el que 
se toman las decisiones. Si pretende-
mos superar esta pandemia será ne-
cesaria tanto la experiencia como los 
conocimientos de una amplia gama de 
disciplinas, desde las ciencias sociales 
y las humanidades hasta las ciencias de 
la salud, las ciencias ambientales y las 
ciencias exactas.
• Cambio de paradigma. La gestión in-
tegral del riesgo de desastres implica 
una nueva mirada sobre la realidad, 
y una nueva manera de gobernar. El 
logro de una cultura de prevención 
de riesgos es el eje que va a sostener 
este proceso, y materializar en el 
largo plazo este nuevo paradigma de 
gobierno: reducir los riesgos a los que 
estamos expuestos. m
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 75
01F O N TA N A Y C O N R E R O
por Anthony Medina Rivas Plata. Director de la Escuela Profesional de 
Ciencia Política y Gobierno de la Universidad Católica de Santa María, Perú.
 DESPUÉS DE LA PANDEMIA? 
 ¿PODEMOS IMAGINAR UN 
76 
Introducción
En su libro The Next 100 Years: A Forecast for the XXI 
Century, el politólogo y analista geopolítico George 
Friedman realizó un análisis del escenario global en 
el (muy) largo plazo, identificando aquellos aspectos 
que él consideraba como fundamentales para prede-
cir el futuro de las relaciones internacionales de Es-
tados Unidos con sus aliados y competidores durante 
los próximos 100años. Entre las cosas que Friedman 
avizoraba en su libro (escrito en 2009) estaban el fin 
de la guerra contra el yihadismo global, el colapso 
de Rusia debido al estancamiento de su economía, 
la fragmentación de China debido a sus tensiones 
étnicas internas, el surgimiento de nuevas potencias 
regionales en Europa Oriental, así como el ascenso 
de México al status de gran potencia, para luego ini-
ciar una guerra contra Estados Unidos alrededor del 
año 2070, la cual se extendería al menos hasta el siglo 
XXII (Friedman, 2009a).
Friedman afirmaba, en esos años, que Rusia se 
desintegraría debido a sus tensiones étnicas, bajo 
crecimiento demográfico y a un modelo productivo 
anticuado (Friedman, 2009a: 100-119); mientras que 
el “supuesto” ascenso de China sería sólo temporal y 
que, por el contrario, había que fijarse en el desarrollo 
de “verdaderas potencias emergentes” como Japón, 
Turquía y Polonia (Friedman, 2009a: 136-152). Debido 
a que los hechos durante los años posteriores a la pu-
blicación del libro venían contradiciendo notoriamen-
te el esquema predictivo de Friedman, luego el autor 
actualizaría algunas de sus observaciones, especial-
mente sobre el desarrollo futuro de Rusia y China (lo 
que incluyó la publicación de otro libro llamado The 
Next Decade (Friedman, 2010b), que abarcaría sólo el 
periodo entre 2015 y 2025.
La moraleja de este asunto consiste en que ima-
ginar el futuro no sólo es difícil, sino que incluso los 
esquemas de análisis más refinados fallan al mo-
mento de hacer predicciones. Esto sucede no por 
desconocimiento de la historia (de hecho, la lectura 
histórica en The Next 100 Years es impecable), y me-
nos a errores metodológicos de fondo; sino a acon-
tecimientos inesperados que terminan tirando al piso 
cualquier proyección.
A pesar que los hechos actuales desmientan el 
desarrollo de escenarios futuros, predichos por 
Friedman, estoy seguro que ningún otro esquema 
alternativo hubiera podido prever que, debido a una 
infección viral, en el lapso de unas pocas semanas un 
tercio de la población del planeta estaría encerrada 
dentro de sus casas sin poder trabajar y que las ca-
denas de transporte y suministro globales quedarían 
paralizadas. Así, la pandemia del nuevo coronavirus 
(hoy llamado Covid-19) termina por echar por tierra 
toneladas de libros sobre comercio exterior, geopo-
lítica, relaciones internacionales y seguridad, que 
iban acompañadas por la condición ceteris paribus de 
que los aviones seguirían volando a sus destinos, los 
containers seguirían llevando productos a los puertos 
y la gente en general saldría desarmada de sus casas 
a comprar alimentos en las tiendas.
Hoy más que nunca los pensadores y analistas de 
las diversas disciplinas académicas dentro de las 
humanidades y ciencias sociales están bloqueados 
frente a la posibilidad de imaginar un futuro que su-
pere la crisis generada por el virus. A pesar que se 
ha generado un debate muy interesante en medios 
y redes sobre el futuro del capitalismo y del orden 
global; lo cierto es que se sigue pensando dentro de 
la idea (nuevamente, ceteris paribus) de que el virus 
es algo que tarde o temprano será superado, ya sea a 
través del dominio tecnológico (González y Salaman-
ca, 2016), la hipervigilancia social basada en el big 
data (Feldstein, 2019), o la consolidación de modelos 
políticos autoritarios inspirados en el régimen chino 
(Witt y Redding, 2014). Considero necesario abrir un 
poco más el espectro de posibilidades para empezar 
a pensar escenarios flexibles frente a los cuales los 
gobiernos tendrán que tomar decisiones (algunas de 
 DESPUÉS DE LA PANDEMIA? 
 77
01A N T H O N Y M E D I N A
ellas controversiales y dolorosas, si es 
que la crisis se agudiza).
A mi juicio, el ciclo de crisis que abre 
la pandemia del Covid-19 exige repensar 
al menos cinco aspectos del orden inter-
nacional contemporáneo: 1) El futuro del 
actual modelo de globalización capita-
lista; 2) El futuro de la democracia liberal 
en Occidente; 3) El desarrollo urbano en 
relación con los ecosistemas; 4) La sa-
lud pública como nueva fuente de poder 
geopolítico; 5) El rol de la academia fren-
te a la crisis. Pasaremos a analizar cada 
uno de estos puntos.
Žižek y Byung Chul-Han: el 
debate sobre el capitalismo
La prisa con la que Slavoj Žižek (2020) ha 
predicho el fin del capitalismo “al estilo 
Kill Bill” contrasta con la rapidez con la 
que la opinión pública ha salido a refu-
tarlo basándose en la posición de Byung 
Chul-Han (2020), quien vaticinaba un 
capitalismo mucho más feroz y autori-
tario amparado en el control biopolítico 
a través del big data (no muy distinto a lo 
que el mismo Žižek decía hace diez años 
cuando se refería al peligro del surgi-
miento de un  “capitalismo con valores 
asiáticos”). No me apresuraría tanto a 
descartar la posición de Žižek, sino más 
bien a considerarla dentro de un abanico 
de escenarios dentro de una perspecti-
va de (muy) largo plazo. En ese sentido, 
valdría la pena hacer dos preguntas. La 
primera: ¿cuáles son los condicionantes 
claves que garantizan la continuidad del 
capitalismo como sistema histórico? y 
la segunda: ¿qué tanto sabemos sobre la 
capacidad del Covid-19 (u otra pandemia 
futura) de afectar severamente dichos 
condicionantes en el largo plazo?
No han faltado análisis sobre los efec-
tos del Covid-19 en la economía global, 
los cuales en su mayoría coinciden en la 
venida de la peor recesión mundial desde 
1929 (algo ya anunciado oficialmente por 
el FMI); así como en la progresiva frag-
mentación de las cadenas de suministro 
globales. A pesar de todo, existen dos 
aspectos concomitantes que se man-
tienen constantes a pesar de todos los 
escenarios y especulaciones que se pue-
dan hacer sobre el futuro: 1) La confianza 
de la gente en el valor del dinero en tanto 
medio de cambio; y 2) El flujo de las tele-
comunicaciones. Internet, en tanto red 
global de comunicaciones, ha generado 
una dependencia absoluta de las bases 
de datos de cualquier actividad humana 
conocida en el planeta, incluidos los ser-
vicios básicos de telefonía, agua y electri-
cidad. Asimismo, el valor del dinero como 
medio de cambio se sostiene mediante los 
millones de intercambios y fluctuaciones 
que ocurren a diario en las bolsas de valo-
res a nivel mundial, dentro de las cuales el 
dinero impreso/acuñado representa sólo 
una pequeñísima parte de los trillones de 
dólares/euros/yuanes/otros que circulan 
a diario en la red sin generar ningún tipo 
de valor real más allá del que los seres 
humanos hemos convenido en otorgarle; 
“La moraleja de este asunto es que imaginar 
el futuro no sólo es difícil, sino que incluso 
los esquemas de análisis más refinados 
fallan al momento de hacer predicciones”.
78 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
ya que si aceptamos el hecho de que el 
dinero es sólo papel pintado que no se 
puede comer, la mayoría del que existe ni 
siquiera es un objeto material o palpable 
(Siranova y Duarte Rocha, 2019). Si bien 
existe una discusión sobre qué pasaría si 
súbitamente ocurriera un apagón mundial 
de Internet debido a un desastre natural 
masivo o ataque nuclear, lo cierto es que 
ésta es una red flexible y descentralizada 
que no depende de un solo país y puede 
seguir funcionando así la mayoría de sus 
bases de datos y servidores quedaran in-
utilizados (Ryzdak, 2018).
Por supuesto, para que el sistema siga 
funcionando, tiene que haber alguien que 
garantice su funcionamiento; y ahí quizá 
habría que considerar más detenidamen-
te la posición de Žižek. Como ya ha indi-
cado la OMS, poco sabemos del Covid-19, 
y si bien a pesar que la letalidad de la in-
fección sigue siendo baja en comparación 
a otras enfermedades, la transmisibilidad 
y tendencia a la mutación del mismo debe 
considerarse. Si a la fecha la cepa actualde coronavirus Covid-19 ha demostrado 
un alto nivel de resistencia y permanencia 
sobre superficies como plástico, vidrio 
y acero; ¿qué pasaría si éste empezara 
a mutar hacia un nuevo virus más nocivo 
que ahora pueda permanecer en forma de 
aerosol que viaje por el aire durante varias 
horas, o si apareciera otro nuevo que sí 
tuviera esa capacidad?, ¿de qué servirían 
medidas como la cuarentena y el aisla-
miento social si es que ahora podemos 
contagiarnos con sólo salir a comprar pan 
para el desayuno, así nos mantengamos a 
diez metros de distancia de todo individuo 
con el que nos crucemos en la calle? Un 
nuevo virus con las características que 
menciono ya no sólo exigiría a los Estados 
a reordenar todo su aparato productivo 
hacia adentro, sino a incluir nuevos me-
canismos de automatización y provisión 
de servicios a través de sistemas de Inte-
ligencia Artificial.
Implementar medidas de ese tipo pro-
vocaría índices de desempleo en masa tan 
grandes que los Estados se verían obli-
gados a autoaislarse para  experimen-
tar soluciones cortoplacistas que calmen 
la creciente inestabilidad social, termi-
nando por desintegrar lo que quedaría 
del modelo angloamericano de globaliza-
ción.  Esto generaría como consecuencia 
un progresivo  “desacoplamiento”  del 
sistema por parte de los Estados, espe-
cialmente aquellos del Sur Global; quienes 
acusarían a los organismos internaciona-
les de corruptos y poco solidarios frente a 
sus respectivas crisis internas, así como 
a las grandes potencias de hipócritas 
que lucran con la necesidad de los países 
más pobres. El primer resultado de esta 
rebeldía masiva de los Estados menores 
frente al orden mundial implicaría que las 
monedas nacionales dejarían de tener va-
lor externo, y, en consecuencia, dejarían 
pronto de tenerlo al interior (ya que, como 
dijimos, objetivamente el dinero es sólo 
papel pintado y para efectos prácticos no 
tiene ninguna utilidad mayor a la que tiene 
cualquier papel).
Este hipotético desacoplamiento trae-
ría como consecuencia una desconexión 
masiva de la red de Internet, dejando a los 
países dependientes exclusivamente del 
manejo de sus ondas electromagnéticas 
de radio (y con suerte, de TV local). La 
gente al ver de un día para otro que su di-
nero (impreso o bancario) ya no vale nada, 
empezaría a organizarse para realizar sa-
queos masivos a supermercados, tiendas, 
y hogares; con lo que el poder civil cedería 
fácilmente frente a cualquier junta militar 
“restauradora” que prometa cierto orden 
frente a las diversas bandas organiza-
das formadas por ciudadanos comunes 
y corrientes impulsados por el miedo. 
Finalmente, en aquellos Estados donde 
dichos liderazgos militares se consoliden 
(con mayor probabilidad en América Lati-
na y el Asia Oriental), se implementarían 
economías de guerra con despoblamien-
tos masivos de ciudades y programas de 
re-educación orientados principalmente 
a la producción agraria, la autodefensa 
militar y la salud pública; mientras que en 
los Estados más frágiles (principalmente 
África Oriental y Central, así como Oriente 
Medio) se agravarían las tensiones étnicas 
y sociales, llevando el estado de guerra ci-
vil a largas porciones de su territorio como 
nunca antes. Todo esto sin mencionar la 
impredecible respuesta de las principales 
potencias mundiales al ver que el orden 
global que crearon se desmorona frente a 
ellos como un castillo de naipes.
Por supuesto, el escenario apocalípti-
co que describo es sólo uno de todos los 
posibles; pero vistas las cosas así, el error 
de fondo cometido por Žižek no sería el de 
haber predicho la futura muerte del capita-
lismo, sino el asumir que lo que vendría a re-
emplazarlo sería algo mejor. Como fuere, la 
evidencia muestra que la tendencia no es 
 79
01A N T H O N Y M E D I N A
hacia el debilitamiento, sino hacia el forta-
lecimiento de la Internet, por lo que es más 
fácil decidir si le damos la razón a Žižek o no. 
En tanto y en cuanto las redes de comuni-
cación generadas en torno a Internet con-
tinúen operando, el capitalismo se seguirá 
transformando, pero no desaparecerá. No 
hay mucho más qué decir al respecto.
Privacidad versus hipervigilancia
Parte del debate entre Žižek y Chul-Han ha 
estado también relacionado con el futuro 
de los regímenes políticos. Mientras Žižek 
ve una ventana de oportunidad para el 
surgimiento de una “revolución mundial” 
que nos acerque a un nuevo régimen ba-
sado en valores de unidad y solidaridad (un 
ideal noble, sin duda, pero lejano); Chul-
Han ve un “reforzamiento de las estructu-
ras neoliberales” de dominación política y 
un endurecimiento de los mecanismos de 
vigilancia social a través del manejo de las 
redes sociales y el big data. En esa misma 
línea, Giorgio Agamben (2020) tiene razón 
en parte al señalar que el pánico generado 
por la pandemia contribuye a perpetuar 
el estado de excepción como normalidad 
socialmente establecida que no se ve que 
vaya a cambiar en un buen tiempo.
Siguiendo la preocupación de Agam-
ben, habría que notar que del castigo so-
cial a los “malos ciudadanos” que incum-
plen con las medidas de cuarentena, en 
buena parte de los países occidentales se 
ha pasado a la ofensiva con medidas que 
en circunstancias democráticas norma-
les serían consideradas como “totalita-
rias”. Mencionemos algunas cuantas: 1) En 
Dinamarca,  se aprobó una ley que obliga 
a vacunar a la población; lo que sería más 
un intento de bloquear políticamente al 
movimiento antivaxxer local, ya que a la 
fecha no existe ninguna vacuna contra 
el Covid-19. 2)  En Israel se autorizó a las 
fuerzas de seguridad a intervenir masi-
vamente los teléfonos  para monitorear 
los movimientos de personas que hayan 
tenido posible contacto con contagiados. 
3) En Francia, Macron habla de un “estado 
de guerra” para desplegar más de 100 000 
nuevos policías y amenazando con gober-
nar por decreto si la gente no respeta la 
cuarentena. 4)  En Reino Unido se duplica 
el personal militar orientado a tareas civi-
les y se crea un comando de lucha contra 
el Covid-19;  mientras que los asesores 
científicos del gobierno afirman que las 
medidas de aislamiento social podrían 
durar hasta 12 meses. 5)  En Grecia los 
campos de migrantes refugiados han sido 
puestos en absoluto aislamiento y se han 
restringido las salidas a una persona por 
familia. 6) En Estados Unidos la situación 
es particularmente dramática, ya que a la 
vez que se revelan planes para implemen-
tar la Ley Marcial en todo el territorio si la 
pandemia se sale de control; las medidas 
económicas que planea el gobierno de 
Trump no consideran ningún tipo de vuel-
ta a la normalidad.
Cabe señalar que ninguna de las me-
didas que mencionamos se refieren a la 
“autoritaria, comunista e hipervigilada” 
China; sino al Occidente “liberal, capitalis-
ta y defensor de la privacidad individual”. 
Algunos pretenden generar un (falso) dile-
ma en donde los ciudadanos nos veríamos 
obligados a “elegir” entre dos supuestos 
modelos políticos alternativos  cuando la 
realidad nos dice que la institucionaliza-
ción de la excepcionalidad autoritaria en 
Occidente ya existe  de facto. En el caso 
particular de América Latina, algunos as-
pectos de dicha excepcionalidad han sido 
notorios incluso desde antes de la crisis, 
debido al rol cada vez más preponderante 
de los militares en la vida política de los 
Estados. Al respecto, Diamint (2019) seña-
la que en todo el continente los militares 
han venido relegando al personal policial 
de sus funciones tradicionales debido a 
su cada vez mayor involucramiento en el 
mantenimiento de la seguridad interna; a 
la vez que poseen una aceptación y popu-
laridad bastante mayor a la de los partidos 
políticos. Si nos remitimos al espectro de 
posibilidades señalado en la sección ante-
rior, incluso si enel corto plazo la pande-
mia pudiera revertirse, los Estados occi-
dentales seguirían manteniendo varias de 
las medidas tomadas de manera “preventi-
va” a futuro. Sea cual fuere el desenlace de 
esta pandemia, el debate ya no consistirá 
en elegir entre la “privacidad liberal” o la 
“vigilancia autoritaria”; sino cuánta de ésta 
última será indispensable para mantener 
la paz y la estabilidad económica bajo un 
nuevo paradigma de desarrollo.
La transformación de las ciudades
El nuevo paradigma de desarrollo al que 
nos referimos no será producto de nin-
guna demanda ciudadana concreta sino 
80 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
de la necesidad de los Estados de limitar 
los condicionantes que generaron la 
pandemia en primer lugar. Esto exigirá 
balancear la relación entre crecimiento 
económico, desarrollo urbano y medio 
ambiente bajo la cercana tutela de los Es-
tados Nacionales.
Las plagas han podido florecer siem-
pre en entornos urbanos masivos. Como 
señala John Vidal para Scientific Ameri-
can (2020); “la expansión de las urbes y la 
destrucción irracional de los ecosistemas 
debido a las actividades productivas del 
hombre (minería, pesca, tala, extracción 
de petróleo, etc.) ha venido acompañada 
de una proliferación de los virus zoonó-
ticos (transmitidos de animales a huma-
nos)”; debido tanto a la migración masiva 
de animales salvajes a zonas urbanas 
como al comercio ilegal de muchas de 
estas especies.
La zoonosis no es un problema nuevo. 
Un estudio de Kate Jones, investigadora 
en temas de ecología y biodiversidad de 
la  University College London  (UCL)  iden-
tificó 335 enfermedades nuevas que apa-
recieron entre 1960 y 2004, de las cuales 
al menos un 60 por ciento habrían sido 
transmitidas como producto del contac-
to con animales (Jones, 2008). No sería 
tan casual entonces que el Covid-19 haya 
aparecido en la provincia de Wuhan en 
China, lugar en donde existen abundan-
tes mercados populares de carne para 
consumo humano a precios bajos. A las 
insalubres condiciones en la mayoría de 
esos mercados, se suma el hecho de que 
es común encontrar animales salvajes 
como murciélagos, salamandras, escor-
piones, tortugas u otros que aumenten el 
riesgo de aparición de plagas. Refuerza 
la hipótesis señalada el análisis de an-
teriores epidemias de origen zoonótico, 
como el  Ébola, la gripe aviar (H5N1), la 
gripe porcina (H1N1) o el Síndrome Respi-
ratorio de Oriente Medio (MERS-CoV), las 
cuales se generaron debido a similares 
condiciones (FAO, 2019).
Es pertinente la observación de David 
Harvey (2020), quien señala que  uno de 
los inconvenientes del actual modelo de 
globalización es lo imposible de detener 
la difusión internacional de nuevas en-
fermedades debido a la interdependencia 
compleja de las economías nacionales. 
Siendo China el eje manufacturero del pla-
neta, tarde o temprano sería inevitable la 
expansión de cualquier enfermedad sur-
gida ahí. En resumen, repensar la relación 
entre el ser humano y el ecosistema im-
plicará repensar los espacios cuyo diseño 
han facilitado la propagación de los virus 
zoonóticos; es decir, las ciudades.
Como señala Jack Skenker para  The 
Guardian (2020),  esta nueva relación im-
plicará  reconsiderar la tensión entre la 
”densificación” (concentración poblacional 
en las ciudades) y la ”desagregación” (la ge-
neración de espacios de distanciamiento 
“Ningún otro esquema alternativo hubiera podido 
prever que, debido a una infección viral, en 
el lapso de unas pocas semanas un tercio de 
la población del planeta estaría encerrada en 
sus casas y que las cadenas de transporte y 
suministro globales quedarían paralizadas”.
 81
01A N T H O N Y M E D I N A
social). La tendencia hacia la densificación 
se realiza por una cuestión de eficiencia 
en el uso de la energía, mientras que la 
desagregación se plantea como alterna-
tiva de salud pública. Debido a esto, se 
tendrán que idear nuevas alternativas para 
la provisión de servicios (en lugares que 
normalmente tienden a abarrotarse como 
cines, discotecas, malls u otros), así como 
para el trabajo (el cual tendrá que reducir al 
máximo la tendencia al “presencialismo”, 
así como elaborar fórmulas mixtas que 
incluyan espacios de teletrabajo, en tanto 
sea posible).
Junto al incremento en la infraestruc-
tura digital para potenciar esta nueva 
oleada de teletrabajadores; se generará 
una tendencia hacia el despoblamiento 
de las grandes ciudades, la aparición de 
otras nuevas y en muchos casos, a la re-
población del campo y al fortalecimiento 
de las actividades agrarias. La conse-
cuencia final de todo esto será que las 
poblaciones demandarán a los gobiernos 
una intervención cada vez más fuerte 
mediante la creación de sistemas de pla-
neamiento que permitan generar una re-
estructuración a gran escala del proceso 
de desarrollo de las ciudades; a la vez que 
se enfrentan resistencias provenientes 
del empresariado, así como presiones de 
las Fuerzas Armadas exigiendo el reforza-
miento de la “securitización” de cualquier 
tipo de actividad económica.
La nueva geopolítica de 
la salud pública
Por supuesto,  todos los criterios que he-
mos mencionado, el modelo económico, 
el diseño urbano o la globalización, se ter-
minarán reconfigurando en función a un 
solo objetivo: la preservación de la salud 
pública. En ese sentido, los parámetros de 
competencia en la Teoría de las Relacio-
nes Internacionales incluirán esta nueva 
variable, la que se sumará a los aspectos 
militares, económicos y culturales que 
históricamente han sido considerados 
como fuentes del poder de los Estados 
(Morgenthau, 1986). La lucha interna por 
la provisión de material médico en el mun-
do nos trae reminiscencias de las viejas 
dinámicas de competencia y balance del 
poder del siglo XIX; especialmente cuando 
vemos al gobierno de Donald Trump inten-
tando evitar que las empresas fabricantes 
de mascarillas exporten su material a 
Canadá, Latinoamérica y Europa, o inten-
tando comprar una vacuna a una empresa 
alemana con el objetivo de hacerla exclu-
siva para la población de Estados Unidos 
(algo bastante irónico, si consideramos 
que el mismo sistema que es incapaz de 
crear mascarillas médicas para todos sí es 
capaz de crear un nuevo modelo de Iphone 
al año, 40 variedades distintas de Barbies, 
armas atómicas que pueden destruir el 
“El nuevo paradigma de desarrollo no será 
producto de ninguna demanda ciudadana 
concreta sino de la necesidad de los 
Estados de limitar los condicionantes que 
generaron la pandemia en primer lugar”.
82 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
planeta varias veces, así como una incon-
table variedad de artistas sin talento que 
ganan millones de dólares sólo por postear 
fotos en Instagram).
Por otro lado, conforme se vayan con-
solidando las nuevas normas sociales y 
de trabajo como respuesta a la crisis, las 
corrientes migratorias mundiales empe-
zarán a alterarse en función a la búsqueda 
de mejores sistemas de protección social 
y salud pública. Es evidente que el gran 
perdedor aquí será Estados Unidos (único 
país del mundo desarrollado que no tiene 
un sistema de salud universal), el cual ex-
perimentará una lenta (pero segura) fuga 
de personal calificado hacia Europa y Asia 
Oriental, principalmente. Por supues-
to, esto podría quedar limitado de manera 
permanente si un potencial descontrol 
del virus genera el cierre permanente de 
fronteras; como una medida ya no ins-
pirada en algún retorcido nacionalismo 
étnico, sino en la capacidad de preservar 
la salud de la población frente a un “ene-
migo extranjero” visto como un potencial 
portador del virus.
La nueva geopolítica de la salud es-
tará comandada principalmente por los 
Estados, dejando un espacio mucho más 
limitado para las grandes corporaciones, 
particularmentepara el  Big Pharma. A la 
fragmentación de las cadenas globales 
de producción que mencionamos en una 
sección anterior se sumará la identifica-
ción de sectores “estratégicos” en la eco-
nomía que pasarán a formar parte de los 
Estados a través de diversos procesos de 
nacionalización y estatización; en los que 
las industrias médicas tendrán un papel 
central.  Esto ocurrirá por una razón muy 
concreta: el libre mercado no ofrece nin-
gún tipo de solución a la problemática glo-
bal de la salud. Y la mayor prueba de esto 
es que a la fecha existen diversos tipos de 
vacunas para los coronavirus existentes 
en aves y cerdos, los cuales fueron descu-
biertos y comercializados por empresas 
farmacéuticas importantes orientadas a 
la industria alimentaria.
Los intentos por promover investi-
gaciones sobre vacunas para humanos 
fracasaron básicamente porque no eran 
negocio para estas empresas; ya que tar-
de o temprano los Estados empezarían a 
patentarlas y distribuirlas a bajo costo en-
tre la población más vulnerable, tal como 
ocurrió con los tratamientos para el SIDA 
en África durante los años 90. Coincidi-
mos con Alain Badiou (2020) en que, más 
que Covid-19, el nombre correcto para 
este virus debió haber sido SARS-2, es 
decir, una nueva versión del Severe Acute 
Respiratory Syndrome  del año 2003, que 
en su momento fue definida como la “pri-
mera enfermedad desconocida del siglo 
XXI”; la cual finalmente se expandió debi-
do a que los científicos que venían traba-
jando en una vacuna por esos años nunca 
lograron obtener financiamiento para sus 
investigaciones debido al desinterés de 
los Estados y las empresas.
La reconversión interior tendrá que ir 
hermanada de una reconversión exterior. 
Se vendrá una oleada de (re)negocia-
ciones en los acuerdos de liberalización 
comercial multilateral (OMC), regional 
(ASEAN, APEC, UE, etcétera) y bilateral 
(TLC) debido a la necesidad de generar 
nuevas industrias farmacéuticas locales 
a bajo costo y subvencionadas por el Es-
tado. Esta medida chocará con diversos 
acuerdos comerciales, especialmente 
en aspectos vinculados a la protección 
de patentes y propiedad intelectual en 
general. Por supuesto, los Estados no 
desaprovecharán la oportunidad para im-
plantar nuevas barreras proteccionistas 
y arancelarias; con lo que instituciones 
como el CIADI y la Corte Permanente de 
Arbitraje irán perdiendo legitimidad para 
la resolución de conflictos entre Estados 
y Empresas. Finalmente, los temas más 
tradicionales de la geopolítica (el rol ex-
terno de las Fuerzas Armadas, la demo-
grafía, el manejo de los recursos natura-
les u otros) se terminarán ajustando a las 
nuevas restricciones a la circulación de 
personas que se irán estableciendo como 
consecuencia de la pandemia.
La relevancia de las 
Ciencias Sociales
Para concluir, quisiera mencionar tan-
gencialmente un aspecto que afecta par-
ticularmente al campo académico; es de-
cir, la relevancia que las ciencias sociales 
(y por extensión, las humanidades) ten-
drán en el futuro. La vieja dicotomía entre 
“métodos cuantitativos” versus “teoría y 
filosofía” renace con el recurrente des-
precio con el que los investigadores pro-
venientes de ciencias más “duras” tratan 
a los especialistas en humanidades o fi-
losofía, considerándolos poco prácticos 
(como mínimo) para contribuir en algo a 
 83
01A N T H O N Y M E D I N A
resolver la crisis. Efectivamente, mucho 
del conocimiento generado desde las hu-
manidades (postestructuralismo, teoría 
decolonial, estudios culturales, etcétera) 
se volverá, si no inútil, al menos irrelevan-
te para resolver los nuevos problemas que 
aparecerán debido a los cambios sociales 
que se avecinan, y eso hay que aceptarlo. 
A eso hay que agregar que la estadística 
avanzada, la econometría y el diseño de 
políticas públicas basadas en evidencia 
terminarán por ocupar la agenda de aque-
llos académicos que no quieran quedarse 
fuera de sus respectivos circuitos profe-
sionales; obligando a muchos a reenfocar 
sus temas de investigación.
Si bien todo esto es cierto; también 
sigue siendo innegable que el quehacer 
humanístico deberá seguir acompañán-
donos  para dar sentido a un conjunto de 
problemas que de otra manera consi-
deraríamos exclusivamente como “tec-
no-científicos” (en ese sentido la Antro-
pología Médica tiene mucho qué decir, por 
ejemplo). No debemos olvidar que, si bien 
las ciencias naturales pueden enseñarnos 
a clonar a los dinosaurios, las humanida-
des y las ciencias sociales siempre deben 
estar ahí para recordarnos que hacerlo es 
una muy mala idea.
Conclusiones
Si bien una gran cantidad de literatura 
sobre Relaciones Internacionales en las 
últimas dos décadas habla sobre el surgi-
miento de “nuevas amenazas”, “entornos 
estratégicos”, “conflictos asimétricos” y 
otros; lo cierto es todos estos conceptos 
terminan siendo retórica sin sentido si 
los vemos desde la perspectiva de esta 
pandemia.  Nunca habíamos sabido tanto 
de nuestra ignorancia, como señala Ha-
bermas (2020), y por eso es importante 
señalar que la intención de este ejercicio 
mental no es alarmar a nadie, sino sim-
plemente aplicar la máxima romana: “Si 
vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, 
prepárate para la guerra”) como principio 
de realismo básico.
Si bien no es la primera vez que la 
humanidad experimenta plagas y pan-
demias, sí es la primera en la que ésta 
ocurre a escala global y simultánea, 
poniendo en juego las bases sobre las 
cuales se ha cimentado la actual civili-
zación humana. Las consecuencias de 
la pandemia pueden ser desastrosas 
y permanentes,  como cuando la peste 
negra del siglo XII destruyó la “primera 
globalización arcaica” (Adelman y Aron, 
1999) creada por comerciantes budistas 
y árabes para conectar las rutas de co-
mercio existentes entre China, Oriente 
Medio y África, matando a un tercio de 
la población humana y extendiéndose 
hasta entrado el siglo XVIII; así como 
también pueden llegar a tener resultados 
positivos si se toman como una oportu-
nidad, como cuando la gripe española de 
la primera década del siglo XX ayudó a 
“Todos los criterios se terminarán 
reconfigurando en función a un solo objetivo: 
la preservación de la salud pública”.
84 
[ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01
crear el moderno Estado de bienestar en 
Suecia (Jonung y Roeger, 2006), tomado 
hoy como modelo por diversos gobier-
nos en todo el mundo. En consecuencia, 
necesitamos crear conciencia sobre 
la necesidad de tomar medidas firmes 
frente a este nuevo mundo cuya principal 
característica es la incertidumbre; a la 
vez que seguimos buscando alternativas 
para visualizar un futuro común. m
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“Si bien no es la primera vez que la humanidad 
experimenta plagas y pandemias, sí es la primera 
en la que ésta ocurre a escala global y simultánea”. 
 85
01A N T H O N Y M E D I N A
86 
 87
DE REFLEXIÓN
MESA 
VIRTUAL
 87
 Octavio Moctezuma, Rafael Vázquez García y 
Ángel Octavio Álvarez Solís. Compilación de Israel Covarrubias. 
EXPLICANDO ALGUNOS EFECTOS SOCIALES 
Y SUBJETIVOS DE LA PANDEMIA 
88 
Metapolítica (m): ¿Qué rol juega el miedo y la angustia 
como motor de la sociedad actual?
Octavio Moctezuma: El sistema nervioso tiene un 
mecanismo que se dispara frente a una amenaza que 
prepara al organismo para la lucha, la huida ó la pa-
rálisis como defensa. Este tipo de respuestas varían 
mucho entre las personas y las situaciones a las que 
se enfrentan, dependiendo de las herramientas con 
las que cuentan, capacidad de reacción, preparación, 
etcétera. Cuando una situación de peligro se prolon-
ga, genera un estrés constante que deteriora tanto 
las funciones corporales como las capacidades cog-
nitivas y de toma de decisiones. El miedo y la angustia 
a nivel social aumentan el sentido de vulnerabilidad 
y la pérdida de confianza en las instituciones, en las 
empresas, la economía y los gobiernos, su manipu-
lación en el corto plazo puede ser útil, pero a la larga 
puede ser altamente contraproducente.
Rafael Vázquez García: El miedo es uno de los prin-
cipales motores de la historia. La mayor parte de 
las propuestas ideológicas de cambio han tenido 
como materia prima una reacción defensiva frente 
a algún cambio inminente, real y establecido, o tal 
vez solo imaginario, pero compartido o instigado 
colectivamente. Así se forjaron la mayor parte de los 
movimientos contrarrevolucionarios y, claramente, 
la totalidad de las propuestas nacionalistas. Lejos de 
otorgar a otros elementos como el orgullo, la común 
pertenencia o el interés colectivo, las propuestas 
actuales de extrema derecha tienen en el miedo el 
principal lubricante, altamente inflamable por otro 
lado, de su ideario.
Judith Shklar lo dejó escrito en El liberalismo del 
miedo. De lo que se trata no es de hallar principios de 
justicia que permitan la convivencia, sino de gestio-
nar el miedo siempre presente e irreductible de los 
gobernados. Se trata de una acción gubernamental 
Convocados en medio del confinamiento domiciliario en el cual muchos de nosotros 
nos encontramos, le hemos pedido a un politólogo, a un filósofo y a un artista plástico, 
todos ellos, estudiosos de los fenómenos políticos, culturales y estéticos, que nos com-
partieran sus puntos de vista en torno a la pandemia del Covid-19, en una mesa virtual 
de reflexión. El resultado es un pensamiento a varias voces que nos advierten de los 
efectos negativos de la comunicación, pero también de cómo está operando bajo la 
forma de dispositivo de plausibilidad para que nuestra sociedad no sucumba al encanto 
de los difíciles tiempos que se viven en esta hora cero del mundo. 
Octavio Moctezuma es artista plástico. Su obra se ha presentado en más de 80 biena-
les nacionales, internacionales y exposiciones colectivas. Actualmente colabora como 
responsable del intercambio artístico-científico en el programa de Arte, Ciencia y Tec-
nologías de la UNAM y la Secretaría de Cultura Federal. Rafael Vázquez García es pro-
fesor titular de la Universidad de Granada, España, adscrito al Departamento de Ciencia 
Política y de la Administración. Ángel Octavio Álvarez Solís es profesor-investigador de 
en el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. 
 89
02M O C T E Z U M A , VÁ Z Q U E Z Y Á LVA R E Z 
reactiva frente a los temores y una actuación de míni-
mos centrada en “gobernar” en la mayor medida de lo 
posible las angustias e incertidumbres de todo tiem-
po. Bauman lo había presentado en múltiples ocasio-
nes desde Modernidad y holocausto a Tiempos líquidos 
y en su casi testamentario Extraños a la puerta. Más 
recientemente Martha Nussbaum ha titulado uno de 
sus últimos trabajos como La monarquía del miedo. 
Las sociedades contemporáneas ya estaban 
infectadas de virus sociales antes de la llegada del 
virus. De forma más específica, el retorno al esencia-
lismo nacional ha venido presentando la diferencia 
y la disidencia en términos de patógenos sociales y, 
con especial énfasis, la figura del otro ha venido sien-
do la antesala del Covid-19 actual.
Ángel Octavio Álvarez Solís: El miedo es fundamen-
talmente una pasión política. Una pasión que, como 
enseñó Hobbes en el siglo XVII, puede ser un ins-
trumento disciplinador de las conductas, un afecto 
que puede producir un efecto civilizatorio. En dosis 
precisas y con el control psíquico adecuado, el miedo 
permite a la especie estar alerta de los peligros que le 
circundan y, por tal motivo, evitar la aceleración de la 
catástrofe, sea de origen civil o natural. Sin embargo, 
como toda pasión política, el miedo no está exento de 
usos y abusos por parte de los órdenes políticos para 
producir un modo de subjetividad escindida, una es-
tructura de existencia precaria. Precisamente, en De 
Cive —uno de los libros que Hobbes escribió por mo-
tivo del miedo a morir—, el filósofo inglés argumentó 
que el miedo recuerda al individuo lo que realmente le 
importa y genera en él un sentimiento compartido de 
huida y precaución, de toma de distancia adecuada 
para no morir: “es propio del miedo no sólo la huida, 
sino también la desconfianza, la precaución y las 
medidas para no temer” (Hobbes, De Cive, 1. 2). Por lo 
tanto, el miedo es una pasión civilizatoria en la me-
dida que permite tomar distancia del peligro y crear 
un orden que asegure, como condición mínima de 
existencia, la vida de los individuos. El problema con 
lo anterior es que los humanos no se contentan con 
sobrevivir, salvo en condiciones de peligro extremo. 
Al mismo tiempo, el miedo como pasión arquetípicasupone una antropología negativa de la especie: la 
idea que el ser humano es un peligro para sí mismo, 
incluso para el planeta. La política aprovecha estos 
supuestos exacerbados para justificar un control 
absoluto sobre los individuos, sobre sus cuerpos y 
sobre sus imaginaciones. El problema, entonces, es 
el exceso de miedo, el miedo desmedido, el miedo 
como ficción, el miedo que deja de convertirse en 
precaución para convertirse en pánico, en angustia. 
La angustia, como ya explicó Freud, causa la repre-
sión y la sensación de que el peligro está en el interior, 
como un virus. La angustia es el fin de la política.
m: ¿Qué influencia tienen los medios de comunicación 
y en general el régimen de comunicación, incluidas las 
redes sociales, en la formación de las percepciones y en 
el despliegue de las distintas y contrastantes realidades 
que el fenómeno del Covid-19 manifiesta, no obstante 
que algunas de éstas últimas pueden ser falsas?
Octavio Moctezuma: Lo que está generando la pan-
demia del Covid-19, además de la incertidumbre, es 
un alto grado de confusión debido al manejo de la 
información en los diferentes medios. Las fuentes 
más confiables son las publicaciones científicas es-
pecializadas en cuestiones de salud pública y epide-
miología como The Lancet, el New England Journal of 
Medicine, etcétera, que son pocas veces consultadas 
fuera de los círculos académicos. En buena parte de 
los medios de comunicación lo que prevalece es la 
90 
[ MESA VIRTUAL DE REFLEXIÓN ]02
opinión, carente de fundamento, sobre como abor-
dar el problema. Una de las pocas gobernantes con 
formación científica es Ángela Merkel, de ahí que su 
discurso sea mesurado y objetivo, mientras que el de 
la mayoría ha sido errático, con cambios drásticos 
de opinión, inoportunos, con reacciones tardías e 
ineficaces. En el ser humano la ira, la negación, las 
delusiones, han venido a sustituir a la lucha, la hui-
da y la parálisis. Los políticos y los comunicadores, 
qué ahora somos todos gracias a las redes sociales, 
contribuimos inexorablemente al caos informativo, 
reaccionando cada individuo a su manera. En las cua-
rentenas históricas, lo que privaba era el aislamiento 
en todos los aspectos, ahora, es un aislamiento co-
municativo a través de las redes y medios de comu-
nicación. Seguramente la oferta cultural y de entre-
tenimiento se ha disparado, pero también la violencia 
intrafamiliar, la depresión, el alcoholismo. 
Rafael Vázquez García: Las posibilidades de un co-
nocimiento directo de los acontecimientos son muy 
limitadas pese al incremento de las capacidades de 
movilidad que han ido concurriendo en el tiempo. En 
tiempos de confinamiento esta experiencia directa 
deviene minúscula por lo que la configuración de 
nuestro conocimiento y percepción de los hechos 
queda casi en exclusiva en manos de los medios de 
comunicación. El debate sobre las virtudes y riesgos 
que cada formato presenta es prolijo y no merece ser 
más considerado en esta breve intervención, pero 
parece claro que las promesas de democratización 
de la interconectividad virtual presentan no pocas 
trampas. En primer lugar, muchos de los formatos de 
las redes sociales virtuales no se idearon para pre-
sentar información ni mucho menos conocimiento. 
Tampoco presentan mecanismos idóneos para una 
deliberación factible. Se trata más bien de lo que 
denominaría formatos de colisión, pensados para 
el enfrentamiento acrítico, no ya de ideas, sino de 
meras posiciones o suposiciones. En segundo lugar, 
las redes sociales son ideales para el pensamiento 
autorreferencial, esto es, aquel que de forma unívoca 
cimenta nuestras propias posiciones sin presentar 
puntos de vista alternativos. En tercer lugar está el 
acceso telemático cuasi universal o, al menos bas-
tante extendido y muy mayoritario en algunas zonas 
del planeta, a la participación directa del sujeto en el 
pretendido debate. Este hecho pudiera verse como 
una revolución en el ensanchamiento del demos 
participativo, en la idea de que “incluso un pueblo 
de demonios” tiene el derecho al acceso inmediato 
a la arena pública. Sin embargo, este planteamiento 
contiene no pocas reservas que exceden las diatribas 
clásicas en torno a las posibilidades de las teorías 
participativas de la democracia. Los sujetos en las 
redes sociales se encuentran ilusoriamente y falsa-
riamente en un ágora que no es tan pública ni abierta 
ni mucho menos igualitaria como cabría pensar. El 
control de la redes es más que un evidencia, no sólo 
en lo concerniente al uso de datos privados con fines 
mercantilizadores, sino también en manejo y selec-
ción de qué temas y cuáles no son objeto de “debate” 
o, como ya se ha comentado, de mera colisión. Last 
but not least, está la cuestión de la utilización ideo-
lógica de la red por parte de las propuestas más re-
accionarias para quebrar cualquier consenso social 
anterior. La voladura no controlada que se pretende 
de muchos consensos sociales y constitucionales 
cuenta con todo un ejército a sueldo de fabricantes 
de bulos, tergiversaciones, mentiras e insultos. 
Ángel Octavio Álvarez Solís: La “realidad” no existe 
más. La realidad, como una experiencia perceptual 
compartida, lleva ya tiempo en que dejo de ser un 
 91
02M O C T E Z U M A , VÁ Z Q U E Z Y Á LVA R E Z 
problema de epistemólogos. La realidad es un medio. 
La realidad es un efecto tecno-estético de los medios, 
las percepciones sociales y las modulaciones del 
interfaz: pantallas, redes y mensajes de celular que 
operan como índices de realidad. Por esta razón, los 
medios de comunicación no influyen en la realidad 
ni la representan ni la codifican. La realidad es tal 
como aparece en los medios, en los soportes, en los 
aparatos. Existen tantas realidades como medios. 
No existe más la realidad en sí. Esta consideración no 
implica que vivamos en una sociedad simulada o una 
sociedad del montaje como pensaron muchos teóri-
cos años atrás. No estamos en un caso de “posmoder-
nismo epistémico”. Por el contrario, existe una mayor 
intensificación de lo real sólo que articulado técnica-
mente. El gobierno político del Big Data supone que 
somos, tal como nos ofrecemos digitalmente. La po-
lítica es, como en tiempo de Aristóteles, producción 
de narraciones, imágenes y expectativas. Por ello, 
para el ciudadano promedio, tiene el mismo efecto 
de verdad una fake news que un hecho científico con 
fuentes confiables: la ciencia hace mucho que perdió 
la legitimidad social que antaño disponía y la política lo 
sabe; la política aprovecha esta situación y constru-
ye un orden simbólico basado en la construcción de 
historias, con mayor o menor grado de verdad. Por lo 
tanto, la relación entre la política y los medios —par-
ticularmente de las redes sociales— recuerda mucho 
esos programas de detectives en que se “inventan” las 
escenas del crimen y, al final, no sabemos mucho ni 
quién fue el asesino ni por qué los inocentes siguen en 
la cárcel. Quién sea el “asesino”, la política o las redes, 
nunca podremos saberlo.
m: ¿Será posible que se pueda hablar de una profecía 
biopolítica auto-cumplida que se vuelve realidad con la 
aparición de un fenómeno como el Covid-19?
Octavio Moctezuma: La actual pandemia del Co-
vid-19 era algo temido por los sanitaristas desde la 
gripe española de 1918. Ha habido varias alertas como 
el ébola, la gripe aviar, el dengue, incluso ya se con-
sideran epidémicas enfermedades no contagiosas 
como la obesidad y la diabetes. Si bien, siempre ha 
habido epidemias, esta tiene la característica de que 
su principal medio de propagación inicial a nivel mun-
dial fueron los aviones y los cruceros, lo que permitió 
su globalización en unos cuantos meses, provocando 
el cierre de fronteras y favoreciendo el control mi-
gratorio. Internamente en los países se están dando 
diversos modos de control cívico,un big brother 
biopolítico donde no sólo la autoridad, si no también 
los civiles controlan la libre circulación. 
Rafael Vázquez García: El confinamiento es presen-
tado como una situación absolutamente excepcional 
y novedosa. Y ello es así en gran medida debido a 
que sólo una pandemia extiende la fragilidad de una 
manera más “democrática” entre el conjunto de la 
población sin distinción aparente de edades, ubica-
ción geográfica, religión, creencias, lenguas o nivel 
de ingresos. Cierto es que no todos los colectivos 
sufren o se enfrentan igual de cerca a las posibilida-
des de ser contagiado y, de nuevo, suelen ser clases 
populares encargadas de mantener los servicios bá-
sicos asistenciales (salud y alimentación sobre todo) 
quienes se exponen de una manera más cercana a la 
infección. Pero lo realmente fuera de lo normal, ex-
traordinario, es que haya conseguido detener o pa-
ralizar en gran medida el propio modo de producción, 
el sistema capitalista. 
La idea sobrevenida en las últimas semanas de 
que estamos en guerra justamente pretende hacer 
coincidir las circunstancias actuales con las de un 
conflicto bélico armado, única posibilidad histórica 
92 
[ MESA VIRTUAL DE REFLEXIÓN ]02
anterior de suspensión parcial o total de las acti-
vidades (re)productivas. Nos resulta un momento 
único porque revierte y desafía la actividad esencial 
del capitalismo que es la compra-venta y obstruye 
el principio sacrosanto del liberalismo político de 
la libertad de movimientos. Sin embargo, existen y 
han existido muchas otras formas de confinamiento 
que no suelen ser tan reseñables y que han devenido 
igual o mayormente letales en el sentido más literal, 
pero sin embargo en ningún modo lesivas para la 
reproducción del orden biopolítico contemporáneo. 
Los controles fronterizos del flujo de inmigrantes y 
el confinamiento físico en campos de refugiados, 
centros de detención o eufemísticamente de inter-
namiento, y que han venido afectando a un número 
infinitamente superior de personas que los del 
virus actual, han sido habituales y masivos en los 
dos últimos siglos y, de una manera especialmente 
virulenta, en los dos últimos decenios. Igualmente, 
la segregación racial ha concentrado no voluntaria-
mente a una gran parte de la población en numerosos 
países en guetos y áreas poblacionales específicas. 
El confinamiento más o menos amable, más o menos 
desgarrador, de parte de la mitad de la población 
mundial en espacios domésticos predeterminados y 
en roles designados en conjunción con una violencia 
física extrema en muchos casos, ha producido igual-
mente ya más decesos a lo largo de la historia que el 
conjunto imaginable de muertes por Covid-19.
Ángel Octavio Álvarez Solís: Las profecías au-
to-cumplidas nunca se han ido de nuestra experien-
cia colectiva. El imaginario occidental tiene una es-
tructura profética inevitable. Es más, sin profecías, la 
política y la vida humana como ampliación de expec-
tativas no serían posibles. Lo que cambió es la forma 
en la que tales autoprofecías organizan los modos de 
existencia. Cuando el sociólogo Robert Merton plan-
teó la noción de profecías autocumplidas o profecías 
autorealizadas partió de la idea de que existe una de-
finición “falsa” de una situación y esa “falsa concep-
ción” conducía a producir una situación verdadera. Es 
decir, Merton partía de una confianza epistemológica 
en la que, si una situación es definida como real, en-
tonces tal situación tiene efectos reales. Pero esto se 
acabó. Ya no tenemos escenarios dónde lo falso sea 
transformado en verdadero. Ahora puedo ocurrir lo 
contrario: situaciones verdaderas percibidas como 
falsas. La razón sociológica de esto es que existe una 
desconfianza, cada vez más acrecentada, en las au-
toridades políticas, científicas y epistémicas. Nadie 
está dispuesto a decir que mucho de lo que creemos 
“La realidad es un efecto tecno/esté-
tico de los medios, las percepciones 
sociales y las modulaciones del interfaz: 
pantallas, redes y mensajes de celular 
que operan como índices de realidad”.
 93
02M O C T E Z U M A , VÁ Z Q U E Z Y Á LVA R E Z 
verdadero está organizado bajo el principio de lo fal-
so. Todo mundo parte de que es mentira que la verdad 
nunca se sabe. La desconfianza en la autoridad es tal 
que, sin importar los hechos, las fuentes o los argu-
mentos, el ciudadano sospecha que algo está mal y, 
por ende, que alguien lo está engañando. Por este 
motivo antropológico tienen tanto éxito las teorías de 
la conspiración. Cada uno tiene su propia teoría de la 
conspiración porque, por primera vez, creemos que 
somos dueños de una verdad irrebatible. Arrogancia 
epistémica. En tal caso, fenómenos como la pan-
demia mundial del Covid-19 incrementan nuestras 
pulsiones proféticas, las elevan al tono apocalíptico 
y, por supuesto, producen una sensibilidad milena-
rista digna de cualquier gnóstico medieval. Quizá, sin 
querer hacer profecías, la política y sociabilidad por 
venir dependa de una guerra de autoprofecías, de un 
conflicto por acelerar o ralentizar las autoprofecías 
hegemónicas. Lo anómalo, lo distinto, respecto de 
otras autoprofecías históricas es que, finalmente, 
estamos viviendo profecías sin profeta, profecías 
dónde no sabemos quién toca y para qué las trompe-
tas del apocalipsis. 
m: ¿Cómo calificar a los intelectuales, periodistas y es-
pecialistas, que hacen de la pandemia un espacio de 
exhibición de sus propios intereses? 
Octavio Moctezuma: A río revuelto, ganancia de opor-
tunistas, es lo que favorecen las crisis. La pandemia a la 
larga va a generar otra normalidad. ¿Cuál va ser? Impo-
sible todavía de predecir a estas alturas, pero podemos 
especular a que las consecuencias políticas en térmi-
nos de controles migratorios van a ser mucho más es-
trictas y excluyentes, cambios en la economía, patrones 
de consumo, estilos de vida, etcétera, se van a ver alte-
rados. Considero que es el momento de empezar a plan-
tear planes y programas a nivel mundial para establecer 
un nuevo orden económico, menos acelerado, que le 
permita dar un respiro al planeta, ya que la amenaza de 
este tipo de pandemias y otros fenómenos relacionados 
con el cambio climático, no van a desaparecer. 
Al menos de que surja una vacuna, la pandemia 
no se va a disipar rápidamente. Debido a su propa-
gación mundial, el control va a resultar sumamente 
complejo y se van a necesitar acciones coordinadas 
entre la mayoría de lo gobiernos del orbe, algo sobre 
lo que todavía no se está hablando. Tiene que surgir 
un nuevo pacto, un nuevo orden internacional, los 
medios de comunicación y los políticos aún no lo 
ponen sobre la mesa de discusión. Volver a la nor-
malidad anterior sería un error; es la oportunidad 
para plantear soluciones para mitigar la desigual-
dad, la contaminación, el calentamiento del plane-
ta, el impacto negativo que la actividad humana ha 
producido en la naturaleza y que se está volviendo 
en contra nuestra. Algo tenemos que aprender de 
esta experiencia, de lo contrario, el futuro depara-
rá fenómenos similares que afectarán a millones 
irremediablemente. Es hora de toma de conciencia 
y reflexión para provocar un cambio en aras del bien 
común. La responsabilidad es de todos.
Rafael Vázquez García: Tal vez la historia hoy pre-
sentada por los medios resulta más impactante y 
omnipresente porque ha extendido el riesgo, la fragi-
lidad, el miedo a la inmensa mayoría de la población, 
a un nosotros y no en exclusiva a un ell@s como venía 
siendo habitual. Y en un segundo momento, lo alar-
mante y exclusivo del momento, y así viene siendo 
presentado públicamente, es que la extensión del 
virus ha conseguido perforar y taladrar parte de las 
estructuras básicas del sistema productivo.
Ángel Octavio Álvarez Solís: La aparición del 
Covid-19 es un acontecimiento sin un afuera. Un 
94 
[ MESA VIRTUALDE REFLEXIÓN ]02
acontecimiento negativo, catastrófico, incapaz de 
producir fidelidad o emancipación, como definió 
Alan Badiou al acontecimiento. En este sentido, na-
die está a la altura del acontecimiento. Nadie puede 
apropiarse de algo que, por definición, es inapropia-
ble, indistinguible, in-metaforizable. Lo interesante 
es que muchos intelectuales, filósofos, opinólogos 
y blogueros de ocasión han producido una “escritu-
ra de la catástrofe”. Este ejercicio de escritura, en 
tal caso, es una traición deseable, una petición de 
principio sobre lo que es mejor guardar silencio y no 
sacar ventaja de la premura del presente. Por esta 
razón, una interpretación “optimista” es que la pan-
demia y los nuevos soportes de escritura han per-
mitido la aparición de una “opinión pública mundial”: 
cualquiera puede leer a Žižek, Agamben o Butler y 
“replicarles” o “discutirles” sus disparates filosóficos 
en sus onanistas muros de Facebook. En cambio, en 
una interpretación menos confiada, más pesimista, 
el Covid-19 ha permitido mostrar el lado más mezqui-
no de la república de las letras. Cualquier periodista 
o especialista —“intelectual” no porque esos murie-
ron con el siglo XX— asume el derecho a la palabra 
última, el derecho a la interpretación definitiva y, por 
consiguiente, aprovechan rápidamente para poner 
en escena sus agendas de discusión, como si el mun-
do sólo estuviese interrumpido temporalmente. 
Vivimos en una sociedad de la exhibición, pero 
existen exhibiciones de todo tipo: voyeristas, neu-
róticas, mezquinas, piadosas o incluso altamente 
ávidas de exigir una demanda histérica de recono-
cimiento. La república de las letras pasó de ser una 
jungla contenida a un espectáculo piadoso, como 
si se tratase de poner en escena quién es el o la 
más lista, el o la más enferma, el o la más sensible. 
Esto ha permitido que tanto en la derecha como 
en la izquierda acontezcan nuevas figuras que, por 
amor analítico, me atrevería a denominar como 
“reaccionarios sin comunismo” y “neoliberales de 
izquierdas”. Los primeros utilizan la pandemia para 
crear un nuevo enemigo político basado en la crisis 
representacional de la izquierda tradicional. Estos 
“jungerianos con sotana” pontifican el fin del mundo 
como muestra de un saber amo, un “se los dije” y “no 
me escucharon”. Los segundos, los “neoliberales de 
izquierdas”, emplean las demandas sociales para 
obtener un beneficio propio, utilizan el vocabulario 
emancipatorio y las preocupaciones legítimas de la 
carencia para obtener una renta de sí. Estos “lukac-
sianos de Iphone” obtienen plusvalor académico en 
nombre del proletariado, las mujeres o cualquier 
comunidad indígena, sin abandonar, por supues-
to, su condición intelectual. Por lo tanto, quizá no 
estemos frente a un “odio a los filósofos” —como 
sugirió recientemente la prensa argentina—, sino en 
algo más modesto: atreverse a decir algo del acon-
tecimiento como una salvación de sí. Escribir para 
sobrevivir, escribir para llevar el confinamiento, 
escribir para acercarnos con nuestros cercanos, 
escribir para no (sobre)salir. 
Finalmente, debemos estar alerta de que ninguna 
interpretación triunfe, mucho menos las nuestras, 
ni la de los fascismos realmente existentes ya que, 
como saben los lectores de la Edad Media, la her-
menéutica como salvación de las almas activa los 
dispositivos apocalípticos y, por extensión, acortan 
el tiempo de salvación. Para concluir: evitar una 
sobredeterminación comunicativa permite un poco 
de salida al acontecimiento, pues tiempo es lo que 
necesitamos. El tiempo debe ser nuestro amigo. 
Modulemos nuestras fantasías hermenéuticas, pues 
como explicó Hans Blumenberg, en La inquietud que 
atraviesa el río: “hay demasiadas personas que creen 
haber hallado el sentido de su vida salvando a los de-
más como para desistir ante la idea de hacerles creer 
que están perdidos”. m
 95
02M O C T E Z U M A , VÁ Z Q U E Z Y Á LVA R E Z 
96 
PARA PENSAR EN TIEMPOS DE PANDEMIA
DILEMAS ÉTICOS 
Y CULTURALES
 97
por Antonio J. Hernández. Profesor-investigador en el 
Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.
98 
6 de abril de 2020, Ciudad de México. Se escribe, estos días, en el 
instante. Cualquier cosa que se diga está expuesta a desdecirse 
en el mismo instante en el que se dice. La escritura —más que 
nunca indiscernible de la voz—, una vez inscrita, se borra. El dón-
de y el cuándo la acosan, el aquí y el ahora aprisionan y asfixian 
la pulsión de permanencia que la recorre. Sin esta permanencia, 
al menos mínima, provisional, reversible, lo escrito no puede 
transmitirse a otros. La borradura instantánea la cerca, le señala 
un límite, le impone, a su manera, un singular confinamiento que 
casi coincide con su desaparición.
IMÁGENES FOTOGRÁFICAS DE LA PANDEMIA 
EN BÉRGAMO, MADRID Y GUAYAQUIL
DUELOS 
IMPOSIBLES.
 99
03
A propósito de la pandemia provocada por 
el Covid-19, las medidas de confinamiento 
han adquirido un alcance trasnacional. 
Millones de personas, a lo largo y ancho 
del planeta, permanecen recluidas; en 
“cuarentena”, según una palabra que se ha 
hecho de uso cotidiano. Al menos quienes 
pueden hacerlo. En México las medidas 
comenzaron el 20 de marzo y hasta este 
momento —principios de abril— mantie-
nen una relativa flexibilidad, en la medida 
en que el Gobierno Federal no ha decre-
tado estado de excepción, incluso ha 
anticipado que no lo hará en las próximas 
semanas. Desde mi confinamiento puedo 
leer, a veces con dificultad, los reportajes 
de la situación nacional e internacional, 
las estadísticas de aquí y allá, los infor-
mes de gobiernos y de organismos inter-
nacionales, los análisis académicos. Me 
cuesta mucho leer estos últimos, aún no 
salgo de la estupefacción ante la insólita 
supresión de los horizontes de futuro. En 
un segundo registro de comunicación, 
del que hay pocas huellas en los grandes 
medios, familiares, amigos y conocidos 
en la Ciudad de México, Nueva York, Ca-
racas o Madrid me cuentan, entre risas 
y llantos, qué pasa, cómo están y qué 
hacen. Palabras, imágenes y videos se 
archivan en mis dispositivos móviles. En 
este archivo, la información se entrelaza 
con los afectos y la incertidumbre pierde 
algo de su abstracción.
Del volumen ingente de información 
y afectos, muy pronto me conmovió una 
noticia que circuló desde Bérgamo, Italia, 
a mediados de marzo, pero cuyos contor-
nos se han ido repitiendo en otros lugares: 
una modalidad de lo que Ileana Diéguez, 
en otro contexto, llamó “cuerpos sin due-
lo”, pero en este caso a consecuencia de la 
pandemia del Covid-19.
Se trata de cuerpos, sobre todo de an-
cianos y/o personas con padecimientos 
físicos preexistentes, que en ciudades 
como Wuhan, Bérgamo, Madrid o Guaya-
quil fallecen por el nuevo virus. Las esta-
dísticas los muestran como una tenden-
cia social, al mismo tiempo, sus historias, 
siempre singulares, permanecen vela-
das. Unas declaraciones de Giorgio Gori, 
alcalde de Bérgamo, me hicieron saber 
que muchos cuerpos, quizá desde enero y 
febrero de 2020, sin pruebas y, por tanto, 
sin diagnóstico, no llegaban al hospital: 
morían en sus casas o en residencias 
para ancianos. Estas semanas he leído 
mucho sobre síntomas y medidas preven-
tivas, pero poco sobre el proceso de la 
enfermedad, sobre todo en los casos más 
graves, y el tipo de agonía que antecede 
a su final. Algunas personas mueren en 
una soledad sin fisuras, circunstancia a 
menudo forzada por el confinamiento (los 
familiares deben respetar la cuarentena); 
otras solo encuentran a su alrededor a 
otros enfermos o al personal de salud, 
que siguen las medidas de distanciamien-
to —rostros, manos y cuerpos cubiertos, 
cuyas imágenes se reiteran en todas 
partes— para protegerse ante eventuales 
contagios. Sobre los cuerpos enfermos, 
dadas las condiciones sanitariasen las 
que mueren y también por decisiones gu-
bernamentales, recae una serie de regu-
laciones que imposibilitan que familiares 
y allegados puedan acompañarlos duran-
te el padecimiento, así como despedirlos 
tras su muerte.
Son, en este sentido peculiar, cuerpos sin 
duelo. Los rituales de duelo, distintos se-
gún las culturas, sirven para acompañar 
y acompañarse ante la muerte de otro, 
constituyen un elemento indispensable 
para consolar a quienes se enfrentan a 
la pérdida y hacen posible que la vida de 
los que permanecen, de alguna manera, 
continúe a pesar de ella. Son individuales 
y colectivos, atraviesan palabras, gestos 
y objetos de distinta índole. Lo que desde 
México conocemos sobre el fenómeno de 
los cuerpos sin duelo suscitados por la 
pandemia, hasta ahora, son principalmen-
te reportajes e imágenes difundidas en los 
medios de comunicación. Me quiero dete-
ner en algunas imágenes fotográficas que 
me han conmovido especialmente y que, a 
mi juicio, condensan el asunto.
1 La primera imagen es, precisamente, de Bérgamo, hasta el instante en el 
que escribo la ciudad más golpeada por 
el virus después de Wuhan. Se ha seña-
lado que, en el peor momento, los obitua-
rios de L’Eco di Bergamo pasaron de 2 a 11 
páginas, huella indirecta del proceso de 
acumulación de muertes. Por decreto 
gubernamental, los cuerpos fallecidos 
deben ser enterrados con la ropa con 
la que murieron, envueltos con mantas 
estériles y rápidamente colocados en 
ataúdes. Hay cadáveres que esperan en 
iglesias de la ciudad. Los objetos que 
rodearon al difunto, tan relevantes para 
la memoria de su vida, no pueden ser to-
cados. Las ceremonias del adiós se han 
prohibido o modificado; con mucha fre-
cuencia se trasladan los cadáveres des-
de casas, residencias y hospitales hasta 
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
100 
los crematorios y cementerios, sin des-
pedidas ni otros mecanismos heredados 
de mediación. Los trabajadores de las 
funerarias que se ocupan del tratamiento 
y traslado de los cuerpos deben estar ri-
gurosamente protegidos. Un sacerdote y 
un número reducido de allegados y fami-
liares puede acudir al cementerio, pero a 
condición de mantener la distancia con 
el muerto y entre sí. En este contexto, 
desde el 18 de marzo, mientras en México 
aún estábamos en los días previos a las 
primeras medidas para limitar la movili-
dad de personas, circularon las imágenes 
(fijas y en movimiento) del centro histó-
rico de Bérgamo: unos 30 camiones del 
Ejército italiano, dada la saturación de 
los tanatorios y las cámaras funerarias, 
conducían más de 60 féretros a ciudades 
y poblaciones cercanas como Módena 
y Bolonia. Fue el primer día de una serie 
interminable de días en los que el Estado 
italiano, mediante sus órganos de fuerza, 
pretendía atender la situación. 
La imagen puede ser consultada en: https:// 
www.bbc.com/ mundo/ noticias- 51977246
2 La segunda fotografía es de Madrid, otra ciudad golpeaba por el virus. 
Forma parte de una serie tomada por Ál-
varo García, fotorreportero de El País. Se 
trata de la imagen de un entierro, el 31 de 
marzo, en el cementerio de La Almudena. 
Aparece una cuadrilla de enterradores, 
con manos y rostros cubiertos, mientras 
colocan el cadáver bajo tierra. En el otro 
extremo, a distancia, una mujer, envuelta 
en un abrigo, se protege de la lluvia con un 
paraguas; es el único familiar que puede 
estar presente en el momento de la des-
pedida final. La situación madrileña y las 
regulaciones del gobierno español no 
han sido más laxas que las de sus pares 
italianos. Las morgues saturadas han 
obligado a convertir el Palacio de Hielo, 
un centro deportivo y de entretenimien-
to de la capital, en depósito de féretros. 
Como en Italia, un grupo reducido de 
familiares y allegados puede estar en el 
funeral —cuando lo hay—, pero el acom-
pañamiento de la enfermedad y la agonía, 
los últimos momentos y el velorio deben 
seguir estrictamente las pautas de dis-
tanciamiento, no solo respecto al cadáver 
marcado como “Covid-19”, sino también 
entre los propios presentes. El reportero 
Pablo de Llano, autor de un magnífico re-
portaje sobre el duelo titulado “La muerte 
sin rostro”, ha resumido la situación de 
la siguiente manera: “la muerte está por 
todas partes, pero ha desaparecido. Es-
tamos viviendo un velatorio colectivo sin 
cuerpo presente”. Me parece que, quizá, 
los cuerpos están presentes, quienes no 
pueden estarlo —y menos colectivamen-
te— son aquellos que no olvidan la historia 
singular del muerto y lamentarán ahora y 
siempre su pérdida.
La imagen puede ser consultada en: 
https:// elpais.com/elpais/2020/04/03/ 
album/ 1585911096_303414.html?rel=lis-
tapoyo#foto_gal_5
“Se escribe, estos días, en el instante. 
Cualquier cosa que se diga está 
expuesta a desdecirse en el mismo 
instante en el que se dice”.
03
 101
A N T O N I O J . H E R N Á N D E Z
3 La última imagen fotográfica es de la ciudad de Guayaquil, Ecuador, donde 
la situación de desbordamiento ante 
las muertes por el virus es, en algunos 
aspectos, similar a Bérgamo o Madrid, 
pero que, al mismo tiempo, muestra con 
crudeza lo que ocurre —y, más aún, lo 
que puede ocurrir— en América Latina. El 
reportero Matías Zibell reproduce en su 
nota de prensa para la BBC una conversa-
ción telefónica que sostuvo con Bertha 
Salinas, familiar de víctimas de covid-19 
en Guayaquil:
Primero murió mi hermana. La sacamos de 
adentro del cuarto porque se ahogaba y la sen-
tamos afuerita de la casa de ella y ahí falleció, 
en los brazos de nosotros. La llevamos al dis-
pensario, pero llegó muerta. Mi cuñado vio cómo 
estaba ella y ahí le dio un infarto, porque él tam-
bién estaba así, delicadito. Yo digo que el mismo 
impacto fue. En el dispensario nos dijeron que 
teníamos que llevarnos los cuerpos y tenerlos en 
la casa para llamar al 911. Entonces los trajimos, 
los pusimos ahí en la casa y estuvimos llama y 
llama. Pero no venían. Entonces los embalamos 
en plástico. Los embalamos como se embala un 
muñeco. Todo el mundo nos veía como bichos 
raros, pero estábamos muy asustados porque el 
ambiente se estaba contaminando.
Después de la hermana vendrían otras 
personas de la familia. Salinas, como mu-
chos otros en la ciudad, buscaron aten-
ción médica para sus familiares enfermos 
en hospitales colapsados por la epidemia, 
pero se les recomendó quedarse en casa 
o simplemente se les negó la atención 
ante los escasos recursos disponibles y el 
temor al contagio. Durante días, algunas 
empresas funerarias de Guayaquil se ne-
garon a prestar servicios por el mismo te-
mor; muchos habitantes, por otra parte, 
tampoco contaban con recursos econó-
micos para contratarlas. Tras pasar días 
con los cadáveres a su resguardo, algunos 
ciudadanos decidieron publicar en redes 
sociales imágenes que mostraban el esta-
do de sus fallecidos. Los cuerpos habían 
sido embalados y colocados en las calles, 
fuera de las casas, para evitar el contagio 
de quienes residían en ellas. Cuando las 
autoridades comenzaron a actuar, se lle-
vaban los cuerpos sin el acompañamiento 
de familiares del difunto y sin información 
suficiente sobre su destino final. Bertha 
Salinas señala que, al momento de ser en-
trevistada, no conocía el paradero de sus 
familiares y, por tanto, tampoco sabía en 
qué momento y en qué lugar podría recor-
darlos en el futuro. Una imagen fotográfi-
ca, recuperada en el mismo reportaje de 
Zibell por el fotógrafo enviado por la BBC 
al lugar, muestra una calle no identificada 
de un barrio pobre del norte de Guayaquil. 
En su centro, se observa una madeja de 
objetos, pertenecientes a una persona 
contagiada y fallecida, que son quemados 
por el fuego, seguramente bajo la idea de 
que la incineración de los objetos puede 
ayudar a prevenir nuevos contagios. Zibe-ll escribe: esa quema es “lo más parecido 
a un ritual de despedida” con que cuenta 
la familia Salinas, así como muchas otras 
en la ciudad.
La imagen puede ser consultada en: 
https:// www.bbc.com/ mundo/ noticias- 
america-latina-52169920
Uno de los pocos filósofos políticos que 
puedo leer estos días, dado que, sin 
“Los cadáveres desde casas y hospitales hasta los 
crematorios y cementerios, se van sin despedidas 
ni otros mecanismos heredados de mediación”.
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
102 
dejar de pensar, se mantiene lejos de 
esas abstracciones que me resultan tan 
lejanas, es José Luis Villacañas. Escribe 
desde su confinamiento en Madrid. Casi 
al final de una columna titulada “Desaso-
siego”, publicada en el diario Levante el 
31 de marzo (el mismo día de la fotografía 
del entierro en Madrid), escribe:
Nosotros no miramos la muerte como un 
hecho del todo natural, ni creemos que esté 
justificada sencillamente porque alguien haya 
vivido mucho. La miramos como algo que no 
debería suceder y no nos reconciliamos con 
ella por mucha edad que haya acumulado 
nadie. Hemos leído a [Elías] Canetti, y si no lo 
hemos leído lo llevamos en la sangre. Nos sen-
timos orgullosos de que alguien haya luchado y 
vencido a la muerte, cuanto más tiempo mejor, 
y si pudiera vencerla eternamente, sentiría-
mos que eso es lo debido.
Me identifico íntimamente con este sen-
timiento y con la tradición de la que pro-
viene. Es lo que siento cuando, a través de 
la pantalla de mi teléfono celular, escucho 
a mi madre, ya anciana, contarme desde 
Madrid su extraña cotidianidad durante 
esta situación. Su edad jamás justificaría 
ni paliaría su muerte, y si ella, como tanto 
otros, estos días fuera vencida, yo no po-
dría reconciliarme con su fallecimiento, 
menos aún con la expectativa de una des-
pedida a distancia. 
Lo inimaginable de esta situación es 
el mensaje de las imágenes fotográficas 
de Bérgamo, Madrid, Guayaquil y tantos 
otros lugares. No sé hasta qué punto en 
México las hemos estado recibiendo. 
Todo pasa demasiado lento o demasiado 
rápido estos días, y no se puede escribir 
más que en el instante. m
Referencias
Attanasio, A. (2020), “Coronavirus en Italia: las 
imágenes de los vehículos militares carga-
dos con ataúdes en Bérgamo que han im-
pactado a los italianos”, BBC Mundo, 20 de 
marzo. Disponible en: https://www.bbc.com/
mundo/noticias-51977246.
Colleen, B., y L. Bruno (2020), “Los muertos ocul-
tos de Italia y el inquietante aviso de las fu-
nerarias que nadie en Bérgamo atendió”, Info-
bae, 20 de marzo. Disponible en: https://www.
infobae.com/america/mundo/2020/03/20/
los-muertos-ocultos-de-bergamo/.
Buj, A. (2020), “El Ejército italiano saca decenas 
de féretros de Bérgamo”, La Vanguardia, 18 
de marzo. Disponible en: https:// www.la-
vanguardia.com/ internacional/20200319/ 
474257632379/ ejercito-italia-decenas-fere-
tros-bergamo-coronavirus.html.
De Llano, P. (2020) “La muerte sin rostro”, El 
País, 5 de abril. Disponible en: https:// el-
pais.com/ elpais/ 2020/ 04/ 03/ eps/ 
1585940126_435158.html.
De Llano, P. y Á. García (2020), “Madrid. Retratos 
de la desolación”, El País, 5 de abril. Disponi-
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03/album/1585911096_303414.html?re -
l=listapoyo.
Diéguez, I. (2016), Cuerpos sin duelo: iconografías 
y teatralidades del dolor, Monterrey, Universi-
dad Autónoma de Nuevo León.
Pacho, L. (2020), “Bérgamo no da abasto para en-
terrar a sus muertos: el Ejército lleva ataúdes 
a incinerar a otras localidades”, El País, 19 de 
marzo. Disponible en: https://elpais.com/
sociedad/2020-03-19/la-pandemia-se-ensa-
na-con-bergamo.html.
Villacañas, J. L. (2020), “Desasosiego”, Levante, 
31 de marzo. Disponible en: https://www.
levante-emv.com/opinion/2020/03/31/des-
asosiego/1996473.html.
Zibell, M. (2020), “Coronavirus en Ecuador: ‘Emba-
lamos en plástico los cuerpos de mi hermana 
y su esposo y esperamos 4 días a que se lo 
llevaran’”, BBC Mundo, 4 de abril. Disponi-
ble en: https://www.bbc.com/mundo/noti-
cias-america-latina-52169920. 
“La muerte está por todas partes, pero 
ha desaparecido. Estamos viviendo un 
velatorio colectivo sin cuerpo presente”. 
03
 103
A N T O N I O J . H E R N Á N D E Z
por Hugo César Moreno Hernández. 
Profesor-investigador de tiempo completo 
en el Instituto de Ciencias Sociales y 
Humanidades de la Benemérita Universidad 
Autónoma de Puebla, México.
Unyielding kings of agony
Test your body chemistry
Pulmonary overthrow
Possession of your inner throne
Infections quickly override
Malicious, domineering strike
Floods your veins, commit slow death
Deteriorate your maker ’s met
Slayer, Epidemic.
104 
Cada formación social produce la representación de sus miedos. 
Esas formas pueden estar personificadas. Si para las socieda-
des premodernas, pensando con Gilles Deleuze (2005), el terror 
estaba en el diluvio, es decir, en la aparición de lo innombrable, 
de aquello con cualidades incodificables, para la modernidad 
capitalista, donde todo está inundado, empapado por el capita-
lismo, el terror toma formas ancladas en la singularidad. 
Byung-Chul Han (2018) critica la singularidad contemporánea 
al entenderla como una forma de subjetivación enteramente po-
sitiva, esto es, la singularidad de los sujetos es alcanzada desde la 
yoidad absoluta, sin la participación de la otredad. Sin otro, ya se 
escriba con mayúscula (dios, padre, ley) o minúscula (el otro que 
no soy yo), desaparece la negatividad de la confrontación, el límite 
se contrae al cuerpo, como describe Michel Foucault (1999) en el 
Prefacio a la transgresión, escrito a propósito de Georges Bataille. 
BIENVENIDOS A 
ZOMBIELAND 
COV-2
03
 105
Se trata del sujeto esférico. Esto es, la 
interiorización de la política a través de 
la ciudadanía que disuelve la dialéctica 
soberano-súbdito, para abrir la relación 
jerárquica gobernantes-gobernados, 
mantenida por la ficción de la igualdad 
entre ciudadanos; la interiorización de 
la economía a través de la identificación 
del trabajo como fuente de la riqueza; in-
teriorización del deseo como orientador 
hacia dentro mediante la identificación 
del deseo como falta (se desea lo que no 
se tiene) en lugar de una exteriorización 
del sujeto deseante (producción de objeto 
del deseo). La modernidad, a través de las 
disciplinas (Foucault, 2001) creó los dis-
positivos necesarios para darle la forma 
esférica al sujeto, donde este se encierra 
y toma como referente de otredad al sí 
mismo. Para Han (2018), en lo que él llama 
modernidad tardía o, a veces, neolibera-
lismo, el sujeto esférico es un sujeto del 
rendimiento. Ya no triangula su sujeción 
con dios, la ley o el soberano, sino a través 
de sí mismo, exigiéndose mejoras para 
alcanzar el éxito según la empresa que 
se haya impuesto. Es el empresario de sí 
mismo. Se convierte en una singularidad 
desconectada, desafectada, es decir, sin 
otredad que le implique o imponga sen-
tidos. El sujeto es su propio objetivo y su 
único plan de acción. El sí mismo positivo.
Esta subjetividad es esencial para el 
funcionamiento del sistema de la sociedad 
capitalista actual, pues no está desconec-
tado, sino aislado en un sentido aséptico, 
no está incomunicado, sino hipercomuni-
cado, disolviendo las distancias y los es-
pacios a través de dispositivos electróni-
cos incorporados. El sujeto esférico está 
imposibilitado para enlazarse a los demás 
en términos comunitarios, de esta mane-
ra, la sociedad contemporánea se ha in-
munizado de comunidad (Esposito, 2005) 
y logrado vías de contacto productivas 
donde la libertad más completa aparece: 
la libertad de autoexplotarse y eliminar la 
contradicción de clase. 
Más allá de que en el capitalismo sub-
sistan otras formaciones sociales (salva-
jes y despóticas), el diagnóstico de Han 
es verosímil para describir el momentomás actual de la subjetividad, sin que esto 
implique la desaparición tajante de otras 
posibilidades. Que no suceda la desapari-
ción de expresiones salvajes, soberanas o 
biopolíticas, más que invalidar el argumen-
to de Han, lo tiñe de tonos más dramáticos, 
dicho esto con la intención de corroborar 
el fondo dramático de la modernidad, si 
entendemos por esto la conversión de la 
muerte en síntoma, lo que la hace suscep-
tible de ser, sino curada, sí erradicada o, 
por lo menos, postergada hasta crear la 
sensación de su erradicación. 
Ante esto, el terror en la modernidad 
tardía se fundamenta en la eliminación 
de la singularidad a través del contagio 
que nos haga a todos iguales. Si bien para 
Han (2018) el terror de lo igual es el pade-
cimiento consecuente a la eliminación de 
toda negatividad, la positividad con que 
se constituye al sujeto contemporáneo le 
impone el deseo de ser único, diferente, 
irrepetible. Es en esa búsqueda, igual para 
todos, que se llega a una igualdad en el sen-
tido de repetición de las singularidades. Lo 
singular auténtico es una haecceidad (De-
leuze y Guattari, 2010), es decir, un acon-
tecimiento irrepetible, para eso precisa 
distinguirse, ser otro. Para ser otro lo otro y 
el otro deben convertirse en referentes de 
la mismidad. Una singularidad cuya única 
referencia de otredad viene de sí mismo, 
de su interioridad, es una singularidad 
positiva que se repite en el otro que no se 
identifica, que no se siente, que no se com-
plica. No hay conflicto, sino competencia 
entre mismidades aisladas, singulares, 
incapaces de lo auténtico en la medida que 
lo auténtico no puede ser un continuo. La 
singularidad positiva del sujeto esférico 
del rendimiento no es auténtica, no es úni-
ca, es repetición sin diferencia. 
Bajo estos entendidos, la indiferen-
ciación masificadora como terror con-
temporáneo está representada en la cul-
tura pop por el monstruo zombi. Hay dos 
monstruos que conviven hoy en la cultura 
pop, aunque desaparezcan por un tiempo, 
siempre son reactivados: el zombi y el 
vampiro. En términos dialécticos, el zom-
bi es la masa proletaria y el vampiro el bur-
gués. Ambos monstruos son insaciables, 
pero uno es colectivo, el otro personaje 
sofisticado, único y poderoso. La primera 
expresión del zombi contemporáneo es 
Night of the Living Dead de George Romero 
(1968). Se trata del zombi masa, sin rela-
ción con la tradición vudú. Sin embargo, 
en la película de Romero (y en las siguien-
tes) hay elementos de negatividad impor-
tantes a través de la crítica al racismo. En 
la expresión más acabada, The Walking 
Dead, de Robert Kirkman, me refiero más 
precisamente al cómic (2003-2019), los 
zombis simplemente aparecen y comien-
za el contagio dejando a muy pocos vivos. 
Me refiero al cómic, porque incluso en la 
serie de televisión (AMC, 2009), se trató 
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
106 
de darle un origen al contagio. Lo más 
terrorífico en la narrativa de zombis es la 
imposibilidad de descubrir el origen del 
mal, haciendo del zombi una expresión de 
expansión de lo mismo indiferenciado en 
una masa vociferante e insaciable capaz 
de destruirlo todo. 
Por su parte, la expresión más contem-
poránea del vampiro es glamorosa, donde 
incluso sus debilidades tornan ornamen-
to, como la luz solar abrillantando la piel 
del vampiro. Por supuesto, se trata de 
Crepúsculo, la novela de Stephenie Meyer 
convertida en saga cinematográfica. Aquí 
el vampiro, que también es convertido por 
contagio, es el opuesto exacto al zombi: 
bello, único, exitoso. Podría decirse, in-
cluso saludable.
Zombi y vampiro son expresión de con-
tagio, muerte y vida, o vida sin muerte, 
o muerte sin vida. En cualquier caso, la 
oposición desaparece tras el contagio. 
Una pura positividad donde muerto-vivo o 
vivo-muerto restan toda potencia trágica 
a la subjetividad para dejar restos de un 
drama donde al desaparecer la muerte, 
desaparece la vida.
Estos terrores son, para Han, repre-
sentaciones de la existencia del sujeto de 
rendimiento. Un vivo-sin-muerte:
La vida nunca ha sido tan efímera como hoy. 
No hay nada que pueda prometer duración y 
consistencia. Como consecuencia de esta falta 
se genera nerviosismo. La hiperactividad y la 
aceleración del proceso de vida pueden enten-
derse como un intento por compensar el vacío 
en el que se anuncia la muerte. Una sociedad 
gobernada por la histeria de la supervivencia 
es una sociedad de zombies, que no son capa-
ces de vivir ni de morir (Han, 2017: 38).
Convertirse, por contagio, en zombi, 
significa vivir sin la capacidad de la sin-
gularidad. Porque no existe “un zombi” 
en términos de personificación, sino “los 
zombis” como monstruo en sí. Convertirse 
en vampiro, por contagio, es alcanzar la 
singularidad total, ser único, “El vampi-
ro”, siempre capaz de convertir a otros 
según su voluntad, siendo el accidente 
la conversión no deseada. El sujeto del 
rendimiento deseoso del éxito que le de-
finirá, fracasa y enferma de sí mismo, de 
lo que él mismo no pudo hacerse. Si no se 
derrite bajo el calor de la autoexplotación, 
se licua bajo el peso de la depresión. En 
el ínterin, se “forma” bajo el esquema de 
la educación continua, la ya clásica ex-
pansión de la formación educativa para 
el trabajo de las sociedades de control 
(Deleuze, 2014). Aprende, inventa, invierte 
todo lo necesario en sí mismo, que es su 
empresa y atiende a su cuerpo como si 
fuera oficina de representación pública. 
Por eso el gimnasio le quita espacio a las 
aulas, la deformación por cirugía estética 
coloniza el otrora local clandestino del ta-
tuador y las transformaciones corporales, 
“Lo más terrorífico en la narrativa de 
zombis es la imposibilidad de descubrir 
el origen del mal, haciendo del zombi 
una expresión de expansión de lo mismo 
indiferenciado en una masa vociferante 
e insaciable capaz de destruirlo todo”.
03
 107
H U G O C . M O R E N O
antes marcas de singularidad, tornan ser-
vicios de maquillaje donde la singularidad 
se masifica comercialmente. Si se muere, 
se dejará un cadáver bello, “la presión de 
la optimización del cuerpo afecta a todos 
por igual. No solo crea zombies hermosos 
de botox y silicona, sino también zombies 
de fitness, músculos y anabolizantes” 
(Han, 2017: 123).
Parece que para Han incluso la biopolí-
tica ha devenido en asunto interiorizado al 
sujeto. Ya no se trata de estar sano para el 
trabajo y débil para la resistencia política a 
través de dispositivos de disciplinamiento 
(Foucault, 2001) para generar un cuerpo 
dócil, sino de estar sano para el trabajo 
sin umbral de resistencia al ser el propio 
cuerpo el límite de las relaciones políticas. 
La vida propia pierde sustancia en su equi-
pamiento para alcanzar la mayor eficacia 
y eficiencia en pos de la empresa de uno 
mismo. Nos aplicamos una biopolítica in-
terna y nos indicamos el tratamiento hasta 
fundir los nervios y la psique, la cual, casi 
paradójicamente, pero funcionalmente 
acoplada, está abierta a las redes sociales 
y al Big Data. La biopolítica es nuestra y 
nos abrimos a una psicopolítica (Han, 2014) 
donde nuestros microgestos son leídos 
para ofrecernos aquello que nosotros 
hemos decidido desear en un círculo de 
encierro donde la esfera queda totalmente 
pulimentada. Así, el sujeto del rendimiento 
es un dato biológico ofrecido hacia afuera 
sin necesidad de negatividad, nada ni na-
die exige la desnudez, la ofrecemos como 
forma de alcanzar mejor rendimiento. De 
esta manera, nuestra singularidad no tiene 
nada de auténtica, no somos vampiros úni-
cos, no-muertos, sino muertos-vivientes:
Parece que en la actualidad todos nos hemos 
convertido en zombies de rendimiento y salud. 
Las víctimas de esta violencia sistémica no 
son los excluidos Homines sacri, sino el sujeto 
de rendimientointegrado en el sistema, que, 
como soberano, como empresario de su yo, no 
está sometido a nadie, y en este sentido es li-
bre, pero a la vez es el Homo sacer de sí mismo 
(Han, 2017: 123). 
Dato biológico ofrecido al Big Data. El 
mundo digital es habitado como si se tra-
tara de una habitación transparente donde 
el sujeto del rendimiento se muestra asu-
miendo en sí mismo el valor de exposición 
que el cuerpo delineado en el gimnasio y el 
quirófano le ofrece. Su vida digital es más 
valiosa que su vida biológica, dejando a 
esta última al borde de la inanición, mori-
bunda a fuerza de mostrarse. La muerte 
“La aparición de un virus, digámos, real, que 
enferma y mata (a pesar de su baja letalidad 
y mínima tasa de mortandad) nos explota en 
la cara zombi, sobre todo, a través del mundo 
digital. El SARS-CoV-2 ha revelado las tramas 
dramáticas, biopolíticas y zombificantes 
de la sociedad contemporánea”.
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
108 
no llega sólo por depresión, sino también 
por sobreexplotación. 
La singularidad positiva es la expresión 
tangible del terror zombi envuelta en la 
fantasía vampírica, somos más zombis 
que vampiros y ello explica el temor al con-
tagio en horizontalidad. La aparición de un 
virus, digámos, real, que enferma y mata (a 
pesar de su baja letalidad y mínima tasa de 
mortandad) nos explota en la cara zombi, 
sobre todo, a través del mundo digital. 
El SARS-CoV-2 ha revelado las tramas 
dramáticas, biopolíticas y zombificantes 
de la sociedad contemporánea. 
El drama del zombi soberano
Hay una discusión interesante entre 
Byung-Chul Han y Giorgio Agamben res-
pecto a la activación de la pulsión sobe-
rana. Resumiré esto así: el soberano, lo 
soberano, la soberanía, se observa por 
dos vías que, en realidad, se dirigen al 
mismo punto, mantener el poder, la sobe-
ranía: hacer morir y dejar vivir, por un lado 
y como rasgo fundamental. La otra vía de 
observación está en la capacidad de deci-
dir el estado de excepción o emergencia. 
Han critica a Agamben a este respecto: 
En plena sociedad de rendimiento, él describe 
la sociedad de la soberanía. Ahí reside el ana-
cronismo de su pensamiento. La violencia que 
él rastrea, en función de su anacronismo, sigue 
siendo una violencia de la negatividad, que re-
mite a la exclusión y la inhibición. Pero de este 
modo pierde de vista la violencia de la positi-
vidad, que se manifiesta como agotamiento e 
inclusión y es característica de la sociedad de 
rendimiento. Al referirse, en última instancia, 
a formas de secularización que son formas 
de negatividad que entretanto han quedado 
arcaicas, no puede aprehender los fenómenos 
extremos de la positividad. La violencia de 
hoy en día más bien remite al conformismo 
del consenso que al antagonismo del disenso. 
Se podría hablar, en contra de Habermas, de la 
violencia del consenso (Han, 2017: 96-97).
Sin embargo, es el mismo Han quien en un 
artículo sobre la pandemia (22 de marzo 
de 2020), agrieta su aparato crítico para 
dejar ver dos formas de la activación so-
berana en la sociedad del rendimiento: la 
europea y la asiática, donde el estado de 
emergencia (excepción) es el estelar:
Estados asiáticos como Japón, Corea, China, 
Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una men-
talidad autoritaria, que les viene de su tradición 
cultural (confucianismo). Las personas son me-
nos renuentes y más obedientes que en Euro-
pa. También confían más en el Estado. Y no solo 
en China, sino también en Corea o en Japón 
la vida cotidiana está organizada mucho más 
estrictamente que en Europa (Han, 2020: 99).
En Asia, la soberanía activada por el pe-
ligro biológico contó con la anuencia de 
la ciudadanía obediente y con alto grado 
de incorporación de dispositivos elec-
trónicos, permitiendo observar cómo 
se articula el estado de excepción, el 
sujeto esférico del rendimiento y el big 
data, ofreciendo una forma novedosa del 
sujeto, donde a lo esférico se le suma la 
cualidad ciborg. Mientras que, en Europa, 
liberal en sentido político, los derechos 
civiles debieron ser cancelados a través 
de toques de queda y cuarentenas im-
puestas (y ni hablar de la manera en que 
las soberanías latinoamericanas impu-
sieron cruentos toques de queda). Dos 
formas de la soberanía ostensibles en la 
imposición del estado de emergencia. El 
asiático en clave big data-ciborg, el euro-
peo con su forma clásica de limitación de 
derechos. Esto no inválida la propuesta 
de Han, pero sí reblandece su crítica a 
Agamben, quien escribió, bajo el mismo 
contexto que “parecería que, habiendo 
agotado el terrorismo como causa de las 
medidas excepcionales, la invención de 
una epidemia puede ofrecer el pretexto 
ideal para extenderlas más allá de todos 
los límites” (Agamben, 2020: 19). Es en 
Asia donde el límite fue “más allá” a pro-
pósito del cuerpo y la biopolítica en su 
sentido más crudo. El peligro, el terror al 
contagio, al ser todos igualmente presas 
de la muerte, positiviza esta igualdad 
en una horizontalidad de supervivencia, 
haciendo de las singularidades el coro 
de un drama biopolítico: “la limitación de 
la libertad impuesta por los gobiernos 
es aceptada en nombre de un deseo de 
seguridad que ha sido inducido por los 
mismos gobiernos que ahora intervienen 
para satisfacerla” (Agamben, 2020: 19). 
Si en Europa no se usó el big data no es 
porque los sujetos no hayan implicado 
en su esfericidad la cualidad ciborg, sino 
porque ésta se usa de otra manera, como 
resonancia de la mismidad con relación 
a lo político y el Estado, los sujetos no 
obedecen con el mismo fervor que los 
asiáticos, pues el Estado se encuentra 
en entredicho, politizando territorios más 
extensos, donde el mundo digital es una 
03
 109
H U G O C . M O R E N O
serie de planicies de contacto entre los 
iguales, pero los iguales no se encuentran 
con otros iguales, los consumidores de 
la izquierda poco saborean la derecha y 
viceversa, salvo para sazonar sus pro-
pios platillos, exigiendo la privacidad de 
los datos que los sujetos, alegremente, 
desvelan. La diferencia es que el big data 
no se usa para control político extremo, 
como sería el estado de excepción, sino 
como herramienta policiaca y, sobre 
todo, comercial. El cuerpo ciborg euro-
peo-occidental se suma al supuesto de 
singularidad que realiza al zombi contem-
poráneo. No es que en Asia este ausente 
el zombi, sino que se articula de manera 
diferente según la articulación sobera-
nía-biopolítica: 
Ni en China ni en otros Estados asiáticos como 
Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o 
Japón existe una conciencia crítica ante la 
vigilancia digital o el big data. La digitaliza-
ción directamente los embriaga. Eso obedece 
también a un motivo cultural. En Asia impera 
el colectivismo. No hay un individualismo acen-
tuado. No es lo mismo el individualismo que el 
egoísmo, que por supuesto también está muy 
propagado en Asia (Han, 2020: 101).
El exceso de positividad en el sujeto es-
férico del rendimiento no significa la “su-
presión” de la soberanía. Tampoco se trata 
de superar la biopolítica y, mucho menos, 
de que ésta haya llegado a su extremo 
tanatopolítico para situarse sólo ahí. El 
juego de vida y muerte al que nos enfrenta 
la pandemia debe entenderse a través de 
articulaciones de estas tecnologías. La 
soberanía, tal como se activó, permite 
aprender sobre cómo actúa el sujeto esfé-
rico del rendimiento: se trata de aquel que 
aporrea teclas para escribir post sobre su 
vida en cuarentena y se atreve a insultar y 
brutalizar a quienes no lo hacen, exponien-
do superioridad moral, sostenida, según 
él, en una solidaridad con la humanidad. 
Para no ir más lejos, es interesante el len-
guaje que utilizó Rafael Macedo, político 
portugués, quien twitteó luego de que 
Cristiano Ronaldo y su familia pasearanen 
la calle en plena cuarentena, “¡Quiero que 
a ese cerdo que llegó de Italia lo encierren 
en su casa. ¡Saquen a ese malviviente de 
Madeira!” (político.mx, 2 de abril de 2020), 
igualmente sube videos para proponer a 
los otros, que son él mismo, cómo sobre-
llevar el terror del aburrimiento. Se trata 
de un zombi ciborg incapaz de sustraerse 
de su propia seguridad, histérico ante su 
supervivencia que supone la de los de-
más. Regaña y atiza a quienes no logran 
identificar en el “sacrificio” del aislamiento 
como herramienta de poder personal. Se 
convierte en su homo sacer. De esta ma-
nera abre camino para la tanatopolítica, 
logrando solidarizar a unos bajo la premisa 
de que otros, excluidos y prescindibles, 
pueden ser dejados a la muerte, incluso 
rechazados hacia la muerte. 
Quizá es Achile Mbembe quien, casi 
como humorada, en una entrevista deja 
ver un atisbo de resistencia política que 
desdramatice la epidemia y nos deje al-
canzar sus contornos trágicos. Primero, 
Mbembe explica que:
La pregunta es cómo encontrar una manera de 
asegurar que cada individuo pueda respirar. 
Esa debería ser nuestra prioridad política. 
También me parece que nuestro miedo al 
aislamiento, a la cuarentena, está relacionado 
con nuestro miedo a enfrentar nuestro propio 
fin. Este miedo tiene que ver con no poder de-
legar nuestra propia muerte a otros (Bercito, 
31 de marzo de 2020).
Hay una observación sobre el carácter 
dramático de nuestra sociedad y, al mismo 
tiempo, un sentido trágico, si entendemos 
por lo trágico la asunción de la muerte 
como parte de la vida, es decir, sabemos 
sobre nuestra finitud, sobre nuestra muer-
te, llegará, pero algo podemos hacer en lo 
que nos llega. El drama es que no es posible 
asegurar que cada individuo pueda respi-
rar tras esta pandemia. Muchos morirán. 
Lo trágico es aceptar eso. Ahí viene un 
lapsus conceptual por parte de Mbembe: 
“Ahora todos tenemos el poder de matar. 
El poder de matar ha sido completamente 
democratizado. El aislamiento es precisa-
mente una forma de regular ese poder”. Es 
un lapsus conceptual porque se emparenta 
con el concepto de necropolítica acuñado 
por el autor africano. Es importante la pro-
cedencia del autor, porque no es un euro-
peo como Agamben, ni un asiático formado 
en Alemania como Han, es un outsider 
cultural que ha irrumpido en el lenguaje 
teórico a gran escala. La necropolítica se 
ha masificado en varias latitudes y se ha 
entendido de diferentes maneras. 
Por mi parte, entiendo la necropolítica 
como una forma externa al Estado, no es 
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
110 
el Estado dejando morir ni rechazando ha-
cia la muerte, eso es el extremo tanatopo-
lítico de la biopolítica, bien comprendida 
por Mbembe cuando observa:
Esta es la lógica del sacrificio que siempre 
ha estado en el corazón del neoliberalismo, 
que deberíamos llamar necroliberalismo. Este 
sistema siempre ha funcionado con un apara-
to de cálculo. La idea de que alguien vale más 
que otros. Los que no tienen valor pueden ser 
descartados. La pregunta es qué hacer con 
aquellos que hemos decidido que no valen 
nada. Esta pregunta, por supuesto, siempre 
afecta a las mismas razas, las mismas clases 
sociales y los mismos géneros (Bercito, 31 de 
marzo de 2020).
 Si entendemos al neoliberalismo como el 
sistema de producción donde la econo-
mía ha colonizado a la política, orillando 
a los Estados a diseñar políticas públicas 
donde los intereses económicos están por 
encima de las poblaciones (biopolítica), 
sobre todo a través del retiro calculado del 
Estado para permitir que gobiernos priva-
dos indirectos gestionen territorios, po-
blaciones y recursos, podemos entender 
cómo los sistemas de salud en las nacio-
nes más afectadas, fueron adelgazados 
de tal manera que una enfermedad como 
el Covid-19 los lleva al extremo del estado 
de emergencia y la aplicación de la tanato-
política, es decir, el dejar morir y rechazar 
hacia la muerte a unos, para asegurar la 
supervivencia de la mayoría, imposibi-
litando que todos los individuos puedan 
respirar. Esto abre la posibilidad de la eje-
cución de necropolíticas. En lo local, en lo 
más cotidiano de la vida, la gestión privada 
de las poblaciones, territorios y recursos, 
no dejará morir, matará. 
Si se tratara de desdramatizar a nues-
tras sociedades, entonces se trata de re-
ventar al sujeto esférico del rendimiento, 
de enfermarlos y confrontarlos a la super-
vivencia real, como real lacaniano, es decir, 
obligando a mirar al abismo y que sea eso 
otro inefable quien regrese la mirada. “Se 
trata de dar más espacio a la muerte en la 
vida, para que esta no se convierta en una 
vida de zombies entumecida” (Han, 2017: 
38). Se trata de muerte, de morir. Por eso, 
la aparente humorada de Mbembe puede 
significar la verdadera forma de resistencia 
al sistema de sociedad contemporáneo, no 
a la pandemia, sino con la pandemia. Repito 
lo dicho por Mbembe: “Ahora todos tene-
mos el poder de matar. El poder de matar ha 
sido completamente democratizado. El ais-
lamiento es precisamente una forma de re-
gular ese poder”. Se trata de usar ese poder, 
de salir y contagiarlo todo, de colapsar esta 
forma de vida con otra forma de vida infec-
ciosa. La cuarentena impuesta por el es-
tado de emergencia no protege a los seres 
humanos, protege a las poblaciones como 
datos biológicos y los trata como nuda vida, 
por eso puede eliminar sus derechos. Si ya 
no tenemos derechos, si somos nuda vida 
¿se trata de presionar con nuestra posi-
bilidad de muerte? De cualquier modo, el 
drama está en la imposibilidad de eliminar 
la muerte. La tragedia podría presionar 
hasta reventar el sistema de sociedad ac-
tual, atacar al necroliberalismo con nuestro 
poder de muerte. Zombis políticos contra la 
zombificación de nuestras vidas. m 
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cdmx-no-usa-datos-personales-para-me-
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03
 111
H U G O C . M O R E N O
por Raúl Ruiz Canizales. Profesor-investigador en la Facultad 
de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro, México.
112 
No es infrecuente que en los momentosmás aciagos como el de una 
pandemia circulen en el imaginario colectivo todo tipo de narrativas: 
las teorías conspirativas, por ejemplo, unas mejor elaboradas que 
otras y otras más fantasiosas que las demás, pero al fin no pasan de 
adquirir, una vez que recobran vida, la forma de una especie de na-
rrativa muy seductora, a veces irresistibles, tanto que se arraigan en 
el imaginario social. Cuando se arraiga colectivamente la convicción 
de que la versión oficial de los hechos son manipuladas o sesgadas, 
cuando los individuos de una comunidad son contagiados con el virus 
de la desconfianza hacia las estructuras del Estado, entonces esas 
versiones oficiales se convierten en dignas candidatas de descon-
fianza ciudadana, lo que abona a su vez en el “sospechosismo”. Final-
mente, las teorías conspirativas constituyen una forma de apropiarse 
de la comprensión del fenómeno, pues casi siempre es la única vía 
al alcance de un numeroso sector de la sociedad. Pero más allá de lo 
que se pudiera decir en torno a la génesis, desarrollo y consecuencias 
de una pandemia como la que generó el Covid-19, la cuestión es que 
situaciones como éstas visibilizan con mayor intensidad aquellas 
fragilidades que siempre han estado latentes tanto en la sociedad 
política como en la sociedad civil. En estos breves párrafos me referiré 
a un par de esas fragilidades. Me enfocaré, lo más límpido posible, 
desde una perspectiva bioética. Aclaro esto último porque todas las 
aristas que se derivan de una experiencia como la del Coronavirus son 
áreas bastante fértiles para un acercamiento desde la biopolítica, el 
biopoder, incluso desde el bioderecho, con todas y sus limitaciones 
que pudiera presentar ésta última asignatura.
LA PANDEMIA DEL COVID-19 Y LAS 
FRAGILIDADES ÉTICAS LATENTES
BIOÉTICA DE 
EMERGENCIA: 
03
 113
Quiero comenzar haciendo algunas breves 
acotaciones respecto de la bioética como 
un enfoque particular de la ética aplicada, 
esto con la intención de resaltar la multi-
plicidad de preguntas que natural e inevi-
tablemente podrían quedar latentes en un 
esfuerzo por dar cuenta de experiencias 
como la pandemia que nos convoca. Me 
limitaré a dos de las tantas características 
que la distinguen de otros enfoques. La pri-
mera de ellas, y una de las más importan-
tes, se refiere a su estatuto epistemológi-
co: se trata de un espacio eminentemente 
inter, multi y trans disciplinario de encuen-
tro y discusión de los dilemas morales que 
se generan a partir de la puesta en práctica 
de los conocimientos, los cuales tienen un 
impacto directo o indirecto sobre la calidad 
de vida de las personas y sobre todo en los 
derechos humanos. De todos los tipos de 
conocimientos (en su más amplio sentido), 
es el de las biotecnologías el que ha inflado 
la nómina de dilemas morales. No es gra-
tuita aquella sentencia —que tanto me ha 
hecho reflexionar— de Jeremy Rifkin (1999) 
en el sentido que nunca la humanidad había 
estado tan mal preparada para el abanico 
de nuevas oportunidades, dificultades, 
pero sobre todo de riesgos tecnológicos y 
económicos que se perfilan en el horizon-
te. Está convencido sobre la probabilidad 
de que los cambios en nuestras formas 
de vida serán más fundamentales en las 
próximas décadas que en los mil años que 
anteceden a la humanidad. La segunda ca-
racterística de la bioética, ya mencionada, 
tiene que ver con el lugar que ocupa dentro 
de la ética: es un prototipo de ética apli-
cada, es decir, en ella cohabitan aquellas 
éticas que se prometen como operativas, 
como contrapuestas a las éticas conse-
cuencialistas o deontológicas. Por ello 
me siento autorizado a llamarles éticas de 
las experiencias concretas o, retomando 
el hilo conductor de Theodor Adorno en 
su Dialéctica negativa en voz de M. Tafalla 
(2003: 132), enfoques teóricos que comien-
zan con las experiencias y continúan con la 
experiencias. Le ética aplicada, sería, por 
tanto, algo así como un tipo de ética para 
la vivencia cotidiana del fenómeno moral. 
Una pandemia, como la que aquí refiero, 
se antoja como una experiencia global que 
impacta innegablemente en la calidad de 
vida y desata en cadena un reclamo social 
de verificación de derechos humanos, 
principalmente de los nombrados dere-
chos sociales. Hecha la aclaración nece-
saria, me limitaré a describir algunas de las 
fragilidades éticas que percibo durante la 
fases de la pandemia.
La fragilidad ética de los medios de 
comunicación y del periodismo. Ni en los 
tiempos más aciagos suspenden tempo-
ralmente su propia agenda. Durante los 
tiempos del Covid-19 el fenómeno de las 
posverdad se expresó más vivo que nunca 
en la última década, sobre todo cuando 
los medios de comunicación ejercen sus 
propias narrativas —paralelamente al 
formato tradicional— en el espectro de las 
redes sociales. En estas últimas la des-
información, propia de una sociedad so-
bre-informada, es la regla, la información 
“neutralizada” y objetiva es un privilegio al 
que difícilmente se puede aspirar. No hay 
tregua que valga para los mass media. Si 
es verdad que hoy se viven tiempos en los 
que el valor de la verdad como divisa social 
está en plena decadencia o en descrédito 
(D’Ancona, 2019) o si percibimos que sólo 
es un anzuelo, entonces las denominadas 
“fake news” son el constitutivo del rasgo 
más predominante cuando me refiero 
a la fragilidad ética de los medios de co-
municación. Pero la posverdad no sólo 
se despliega a través de las “fake news”, 
también lo hace incluso en el formato 
tradicional: se trata de efectos directos 
y subliminales que los mass media impri-
men en el imaginario colectivo. Los me-
dios, periodistas, los “analistas” y redes 
sociales desplegaron, en el imaginario 
social, aquella narrativa a la que me referí 
previamente; una que, lejos de asumir una 
actitud crítica, alimentan la apariencia, 
lo latente, el engaño, ocultan mostrando, 
y esto último se presenta cuando, efec-
tivamente, se muestra algo diferente de 
lo que tendría que mostrarse si hicieran 
lo que se supone —desde la ética de 
máximos, por ejemplo— que habrían de 
hacer, es decir, informar objetivamente, 
y también cuando muestra lo que debe, 
pero de tal forma que hace que pase in-
advertido o que parezca insignificante, o 
lo elabora de tal modo que toma un sen-
tido que no corresponde en absoluto a la 
realidad (Bourdieu, 2010: 24). Este tipo de 
fragilidad ética se configura en clave de 
violencia formal; ésta estriba en el propio 
medio, en su poder simbólico, en su poder 
de representar la realidad. En términos de 
semiótica implica un poder ver y un hacer 
ver que produce efectos perversos a ve-
ces no controlados por el propio emisor. 
Es esa toma de sentido a la que me he 
referido en párrafos anteriores y que no 
corresponde en absoluto a la(s) realida-
d(es). Para Imbert (1992: 15) siempre hay 
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
114 
una violencia del medio intrínseca a los 
modos como opera, es decir, a los modos 
de construcción-representación-impo-
sición de la realidad, lo que contribuye al 
desarrollo de una infodemia, seguida de 
paranoia colectiva. 
La fragilidad ética de la oposición. En 
los tiempos del Covid-19 resultó insepa-
rable de la fragilidad ética de los medios 
de comunicación, del periodismo y de las 
redes sociales. Formaron un tipo de entra-
mado en esa lógica semiótica del hacer ver. 
Parece ser que, en su lucha por tener la ra-
zón a cualquier precio, se dieron la mano. 
Lejos de tomar las circunstancias como 
una oportunidad de solidarizarse con la 
comunidad para granjearse un bono de 
legitimidad, optaron por sacrificarla. Cifró 
sus esperanzas de expectativa electoral 
en un virus. La apuesta del oposicionismo 
mexicano fue a la tergiversación, a la dia-
triba, aun cuando ello no signifique que los 
electores,arrastrados por esa inercia de 
desencanto inducido hacia la clase políti-
ca en el poder, necesariamente volverán la 
vista a ellos. Se olvidan los partidos actua-
les de “oposición” que en las democracias 
modernas la reconciliación del electorado 
con ellos no es una conclusión necesaria. 
No hay asegurado un final feliz. 
La fragilidad ética del propio sistema 
público de salud. Este tipo de fragilidad 
ética implica o, mejor dicho, deriva —entre 
otras cosas— del estado de abandono sis-
temático en que se encuentran el sistema 
de salud. Es obvio que aun en el país más 
desarrollado —y con mayor inversión en 
hospitales— colapsaría todo su sistema de 
salud ante la magnitud de una pandemia. 
No hay país que lo resista. Por ello, ante 
una circunstancia como ésta, una de las 
metodologías de análisis tradicionales de 
la bioética —el principialismo— empieza 
a desplegar todo un test de ponderación 
para derivar conclusiones. En la concep-
ción principialista se ven a los principios 
éticos y bioéticos como una exigencia de 
universalización, es decir, que uno de esos 
principios, ante la presencia de un dilema 
ético, su aplicación sea autorizada por el 
hecho de otorgar el mismo tratamiento 
a todos los casos que se sitúen en un su-
puesto igual. Tiene como protagonistas 
a los bioeticistas Tom L. Beauchamp (uti-
litarista) y James F. Childress (kantiano), 
quienes en 1979 definieron los cuatro los 
principios de la bioética: autonomía, no 
maleficencia, beneficencia y justicia. Ellos 
advierten que estos principios tienen los 
siguientes rasgos (Beauchamp y Chil-
dress: 1998): 1) Son prima facie, esto es, 
que vinculan siempre que no colisionen 
entre ellos; 2) En caso de colisión, esto no 
constituye óbice para resolver un dilema 
bioético, pues lo que se requerirá será dar 
prioridad a uno u otro dependiendo del 
caso; 3) Estos principios deben ser espe-
cificados para aplicarlos a los análisis de 
los casos concretos. 
“¿Cómo interpretar la instrucción de las autoridades 
del sector salud de permanecer aislado, sin acceso a 
la atención médica, cuando eres una estadísticas más 
de los infectados?, ¿en qué medida es moralmente 
justificable, frente a los principios de la bioética el viejo 
dilema de sacrificar a unos para salvar a la mayoría?”
03
 115
R A Ú L R U I Z 
La anterior descripción aparenta una 
cierta facilidad de operar los principios 
de la bioética ante los dilemas concretos 
que proliferan, como en una pandemia. 
Pero no es así, de hecho se sostiene, en 
la literatura crítica de la tradición princi-
pialista, que son principios de fundamen-
tación distinta: mientras que el principio 
de no maleficencia y el principio de justicia 
obligan con independencia de la opinión 
y la voluntad de las personas implicadas 
o afectadas, el principio de beneficencia 
y el principio de autonomía, por su parte, 
resultan el reverso de esa moneda. De ahí 
que los primeros dos, para algunos auto-
res, tengan un rango superior respecto de 
los últimos. El principio de no maleficencia 
y el principio de justicia se enfocan hacia 
el bien común, el principio de beneficencia 
y el principio de autonomía se enfocan al 
bien particular. Los primeros constituyen 
una ética de mínimos (ética del deber), los 
segundos una ética de máximos (ética de 
la felicidad). Los principios de no malefi-
cencia y de justicia están colocados en el 
terreno de lo correcto/incorrecto; por su 
parte, los principios de autonomía y be-
neficencia, en el de lo “bueno” o “malo”. En 
términos de Diego Gracia (1991), los prime-
ros se corresponden con el derecho, los 
segundos son específicos del campo de 
la moral. Concluyo con una breve reflexión 
seguida de una interrogante. 
La propia Comisión Interamericana 
de Derechos Humanos, en su Resolución 
1/2020, admite, entre otras cosas, que: a) 
en situaciones como la actual pandemia 
—estado de emergencia— se generan im-
pactos diferenciados e interseccionales 
respecto de la verificación de los dere-
chos económicos, sociales, culturales 
y ambientales (DESCA), sobre todo en 
determinados colectivos y poblaciones en 
especial situación de vulnerabilidad; y que 
b) en ciertas circunstancias resulta im-
perativo la restricción del pleno goce de 
derechos (de reunión y libertad de circu-
lación, por ejemplo) a efecto de garantizar 
una acción médica eficaz. 
Los dos escenarios anteriores son 
propios y concurrentes en un estado de 
emergencia (Notstand), con los riesgos de 
las anomalías que pueden presentarse, 
pero lo que deseo es resaltar que ante un 
estado de emergencia siempre impera la 
necesidad de un ejercicio de ponderación, 
y éste cuenta con una barra de conten-
ción: la proporcionalidad, que a su vez está 
cercada por la idoneidad, la necesidad y 
la proporcionalidad, en sentido estricto. 
Pero la evaluación respecto de la legali-
dad, el apego al marco constitucional de 
la ponderación y proporcionalidad sólo es 
posible en sede de los tribunales constitu-
cionales. La pregunta que me planteo es, 
por tanto, en qué medida resultan opera-
tivos los principios de la bioética en un es-
tado de emergencia. ¿Cómo interpretar la 
instrucción de las autoridades del sector 
salud de permanecer aislado, sin acceso 
a la atención médica, cuando eres una 
estadísticas más de los infectados?, ¿en 
qué medida es moralmente justificable, 
frente a los principios de la bioética el vie-
jo dilema de sacrificar a unos para salvar 
a la mayoría? Aquí no sólo se evidencia la 
fragilidad de todo sistema de salud y de 
los comportamientos desproporcionados 
a los que puede incitar, sino de la propia 
tradición principialista, situación que me 
hace pensar en una bioética de emergen-
cia. En cuanto a otro tipo de fragilidades 
éticas que percibo (la del sector empresa-
rial, la modelo económico, la de la propia 
ciencia) merecen otro espacio. Por lo 
pronto me quedo con la reflexión de Gior-
gio Agamben (2020) ante la pandemia del 
Covid-19: ha sido evidente el colapso de 
todas las creencias y de la fe en común. m
Referencias
Agamben, G. (2020), “Reflexiones sobre la peste”, 
en AA. VV., Sopa de Wuhan, Editorial ASPO 
(Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio).
Beauchamp T. L., y J. F. Childress (1998), Princi-
pios de ética biomédica, Barcelona: Masson.
Bourdieu, P. (2010), Sobre la televisión, Barcelona, 
Anagrama. 
D’Ancona, M. (2019), Posverdad. La nueva guerra 
en torno a la verdad y cómo combatirla, Ma-
drid, Alianza.
Imbert, G. (1992), Los escenarios de la violencia, 
Barcelona, Icaria. 
Rifkin, J. (1999), El siglo de la biotecnología. El co-
mercio genético y el nacimiento de un mundo 
feliz, Barcelona, Crítica-Marcombo.
Tafalla, M. (2003), “Recordar para no repetir: el 
nuevo imperativo categórico de T. W. Ador-
no”, en J. M. Mardones y R. Mate (eds.), La 
ética ante las víctimas, Barcelona, Anthropos. 
Documento web: 
Comisión Interamericana de Derechos Humanos 
(2020), Pandemia y Derechos Humanos en las 
Américas. Resolución 1/2020. Disponible en: 
http://www.oas.org/es/cidh/decisiones/pdf/
Resolucion-1-20-es.pdf.
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
116 
por Ricardo Bernal Lugo y Mario Alfredo Hernández Sánchez. Profesores investigadores en la 
Universidad La Salle-Ciudad de México y en la Universidad Autónoma de Tlaxcala, México, respectivamente.
03
(Y DESPUÉS)
HACIA UNA FILOSOFÍA PÚBLICA PARA 
LA ÉPOCA DEL CORONAVIRUS
 117
décadas es promovido por los Estados. 
En una columna posterior titulada “Conta-
gio”,02 Agamben incluso ponía en duda las 
recomendaciones de los expertos respec-
to a las medidas de distanciamiento y se-
ñalaba que éstas eran sospechosamente 
parecidas a las que los gobiernos habían 
querido implantar desde hace tiempo para 
“sustituir todo contacto —todo contagio— 
entre los seres humanos” y reemplazarlo 
por las máquinas y los mensajesdigitales.
Por su parte, en un texto del 10 de marzo 
titulado “El coronavirus nos obliga a deci-
dir entre el comunismo global o la ley de la 
jungla”,03 más sensato que el de Agamben, 
el filósofo esloveno Slavoj Žižek aceptaba 
la necesidad médica fundamentada de la 
cuarentena aunque señalaba, no sin ra-
zón, que ésta se había mezclado con una 
presión ideológica dirigida a “establecer 
fronteras claras” y “confinar a los ‘enemi-
gos’ que amenazan nuestra identidad”. 
Sin embargo, en consonancia con uno de 
sus planteamientos teóricos según el cual 
sólo la irrupción inesperada de lo real en 
su ruptura con la cadena de significan-
tes (en este caso el capitalismo) puede 
modificar al sujeto y motivar un acto 
revolucionario, Žižek interpretaba la pan-
demia como “un golpe global al sistema 
capitalista” y como el momento oportuno 
02 Disponible en: https:// ficciondelarazon.org/ 2020/ 
03/11/giorgio-agamben-contagio/
01 Disponible en: https:// ficciondelarazon.org/ 2020/ 
02/27/giorgio-agamben-la-invencion-de-una-epidemia/
En las últimas semanas algunos de los 
filósofos más reconocidos a nivel mundial 
han difundido sus reflexiones sobre la 
actual pandemia de Covid-19 en distintos 
diarios o espacios digitales. La crisis sani-
taria ha sido de tal magnitud que las voces 
de mujeres y hombres que han dedicado 
su vida al análisis crítico y a la reflexión 
filosófica eran esperables. Dado que las 
repercusiones sociales y económicas se-
rán de muy largo aliento, no era exagerado 
suponer que las intervenciones de estos 
pensadores podrían ayudarnos a orientar 
los debates en torno a los múltiples retos 
que debemos enfrentar durante y des-
pués de la emergencia, cuando sus efec-
tos sociales se vuelvan aún más patentes.
No obstante, aun cuando las intervencio-
nes de autores como Giorgio Agamben, 
Slavoj Žižek, Byun Chul-Han, Jean-Luc 
Nancy, Alain Badiou o Judith Butler son 
muy disímiles y expresan muy distintos 
puntos de vista, han provocado en el 
mejor de los casos un debate restringido a 
especialistas que está lejos de atender las 
preocupaciones reales de las personas 
que se enfrentan a esta crisis. Y, en el peor, 
han estado motivadas por la necesidad de 
ver confirmadas teorías y predicciones, 
aun cuando esto suponga tomar distancia 
del curso de los fenómenos y de los 
elementos explicativos proporcionados 
por la comunidad científica.
Así, en su texto del 26 de febrero, titula-
do “El temor a contagiarse de otros como 
otra forma de restringir libertades”,01 el 
filósofo italiano Giorgio Agamben se apre-
suraba a desestimar las precauciones 
ante la “supuesta epidemia” de Covid-19 y 
tildaba las medidas de emergencia como 
“frenéticas, irracionales y completamente 
injustificadas”. Después de esta descalifi-
cación, proponía una explicación sobre la 
desproporción de la respuesta del Estado y 
acerca de la dócil aceptación ciudadana de 
medidas que atentaban contra su libertad. 
Dicha explicación coincidía con las tesis 
desarrolladas en los volúmenes de Homo 
sacer, particularmente con la convicción 
de que la evolución de la política en Occi-
dente nos ha llevado a una gestión biopolí-
tica de la vida y que el desarrollo del Estado 
moderno ha terminado por encontrar la 
manifestación de la soberanía en el estado 
de excepción. Para el italiano, las medidas 
adoptadas ante la “supuesta epidemia” 
serían una muestra más de la “tendencia 
global a usar el estado de excepción como 
paradigma normal de gobierno”. Todavía 
más, esta tendencia que había encontrado 
su justificación en el terrorismo desde el 
ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, 
en 2001, ahora hallaba en una “epidemia 
inventada” otro pretexto para su apunta-
lamiento. En palabras de Agamben, “pare-
ciera que habiendo agotado el terrorismo 
como causa de las medidas excepcionales, 
la invención de una epidemia puede ofre-
cer el pretexto para extenderlas más allá 
de todos los límites”. Agamben añadía que 
estas medidas habrían sido asumidas con 
tanta facilidad por la población a causa 
del “miedo interiorizado” que desde hace 
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
118 
de construir una sociedad “más allá del 
Estado-nación […] que se actualizará a sí 
misma en las formas de solidaridad y coo-
peración global”.
En un tono más optimista que Agamben 
y asumiendo la centralidad de la comuni-
dad científica, el esloveno observa en la 
pandemia la oportunidad de reinventar el 
comunismo desde una perspectiva ale-
jada de cualquier apelación a un Estado 
centralizado o a la burocracia soviética: 
“el coronavirus también nos obligará a 
reinventar el comunismo basado en la 
confianza, en las personas y en la ciencia”. 
En palabras de Žižek, instituciones de 
cooperación como la Organización Mun-
dial de la Salud son un ejemplo a seguir en 
la construcción de un mundo basado en 
la cooperación internacional. El esloveno 
incluso plantea la necesidad de edificar 
una red global de atención médica que 
no dependa de las soberanías estatales y 
que permita la coordinación de esfuerzos 
entre los expertos científicos y técnicos 
—a quienes la burocracia tradicional es-
torbaría— para lidiar con retos de dimen-
sión planetaria como los que significan las 
hambrunas, las plagas o el calentamiento 
global. En el fondo, el llamado al comunis-
mo no es sino un intento por buscar un fu-
turo más allá del capitalismo actual que no 
puede sostenerse por mucho más tiempo. 
De hecho, Žižek define a los nuevos co-
munistas simplemente como liberales 
estudiosos: “los comunistas no son sino 
liberales que comprenden que nuestros 
valores liberales están bajo amenaza y se 
dan cuenta de que solo un cambio radical 
puede salvarlos”.
Finalmente, en su texto titulado “La 
emergencia global y el mundo del maña-
na”,04 publicado el 22 de marzo, el filósofo 
coreano Byung Chul-Han señala que la 
pandemia ha puesto en evidencia la inefi-
cacia de la idea de soberanía en Europa y 
ha mostrado la efectividad de la vigilancia 
digital aun cuando vaya en contra del de-
recho a la privacidad. Chul-Han argumenta 
que una “ventaja” de Asia sobre Europa 
es su “mentalidad autoritaria” y el senti-
do de obediencia inherente a la cultura 
oriental. Asegura que en Asia la epidemia 
no la combaten sólo “los virólogos y los 
epidemiólogos sino también los informá-
ticos y los especialistas en macrodatos”. 
El filósofo asiático resalta que, en Japón 
y Corea, nadie se “enoja por el frenesí de 
las autoridades para recopilar datos” e 
insiste en la existencia de un “sistema 
de créditos social” en China que permite 
una evaluación permanente de los ciuda-
danos en su “conducta social”. Después 
de mostrar el escalofriante panorama 
de la vigilancia digital en China donde, 
en sus propias palabras, “no hay ningún 
momento de la vida cotidiana que no esté 
sometido a observación”, Chul-Han señala 
que “a causa de la protección de datos no 
es posible en Europa un combate digital 
del virus comparable al asiático”. En ese 
contexto, el coreano augura un cambio 
profundo en la idea de soberanía: pues 
ahora es soberano el que posea datos, 
mientras que “cuando Europa proclama el 
estado de alarma o cierra fronteras sigue 
aferrada a viejos modelos de soberanía”. 
Hacia el final del texto, Chul-Han trata 
de explicar “el exagerado pánico hacia la 
epidemia” retomando las tesis de La so-
ciedad del cansancio. Él argumenta que, 
después de la Guerra Fría, hemos pasado 
paulatinamente de una sociedad inmuno-
lógica en la que el riesgo se presentaba de 
forma “negativa” (como un enemigo exter-
no), a una “sociedad del rendimiento” don-
de el riesgo se expresa como un exceso de 
03 Disponible en: https:// ctxt.es/es/ 20200302/Firmas/ 
31388/Slavoj-Zizek-coronavirus-comunismo-capitalis-
mo-globalizacion-economia.htm
04 Disponible en: https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-
han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html.
“Evitar reducir la complejidad 
de un fenómeno a metáforas 
y tener la humildad de intentar 
un diálogo constructivo”.
03
 119
B E R N A L Y H E R N Á N D E Z
positividad —de rendimiento, producción 
y comunicación. Se trata de una sociedad 
en la que la represión por otros deja pasó 
a la depresión; y donde la explotación por 
otros cede a la autoexplotación voluntaria 
y a la auto-optimización. Ahora bien, la te-
sis de Chul-Han parece ser que, al menos 
en Europa, el virus habría alimentado de 
nuevo las tendencias inmunológicas per-
mitiendo localizar a un enemigo externo 
en el contexto de un capitalismo global del 
rendimiento: “ya no guerreamos contra 
nosotros mismos sino contra el enemigo 
invisible que viene de fuera”. El filósofo 
coreano culmina su texto refutando la 
tesis de Žižek según la cual la pandemia 
supondría un golpe al capitalismo. Por el 
contrario, ésta podría significar el trasla-
do de la vigilancia policial digital a Europa. 
Un traslado indeseable para él. Aunque 
la intervención del coreano culmina con 
una crítica al capitalismo del rendimiento, 
el texto está marcado por la idea de que 
gracias a la vigilancia digital ilimitada la 
pandemia pudo ser contenida en Asia con 
mucho más éxito que en Europa. 
Ciertamente Agamben, Žižek y Chul-
Han son filósofos de primera línea, vincu-
lados acaso por una intención de pensar 
críticamente lo que se ha dado en llamar 
modernidad tardía, con un afán libertario 
en el sentido más profundo del término. 
Es decir, a través de una crítica radical 
orientada a la búsqueda de una auténtica 
emancipación, ellos intentarían poner en 
crisis la comprensión de la sociedad y el 
Estado sostenida por el establishment, 
político-económico y teórico (en el que 
caben tanto el autoritarismo menos 
elaborado o la defensa empresarial del 
capitalismo, hasta posturas liberales, 
socialdemócratas e incluso las diferen-
tes variantes del populismo) debido a su 
incapacidad para hacer frente a formas 
de dominación, explotación, control y 
manipulación características de nuestro 
tiempo. No obstante, esta crítica en el 
nivel de la teoría coincide con un contexto 
social particular, el de la búsqueda de 
autodeterminación de unos seres huma-
nos vinculados tecnológicamente y, sin 
embargo, divididos por una pluralidad dis-
cursiva que ya no es simplemente la que 
John Rawls buscaba armonizar a través 
de una comprensión política —pública— 
de la justicia dispuesta a pronunciarse 
acerca de lo socialmente relevante y no 
sobre las pretensiones de verdad de los 
ciudadanos. Ahora, la pluralidad discursi-
va frente a la que, entre otros, Agamben, 
Žižek y Chul-Han se posicionan, se enlaza, 
por lo menos, a partir de tres elementos 
diferenciables: primero, las pretensiones 
de reconocimiento formuladas desde 
éticas de la autenticidad reivindicado-
ras de la subjetividad sin filtros críticos; 
segundo, la suspensión del juicio crítico 
frente a discursos que se presentan como 
alternativos a las verdades oficiales y 
“Aceptaba la necesidad médica fundamentada de 
la cuarentena, aunque señalaba, no sin razón, que 
se había mezclado con una presión ideológica 
dirigida a establecer fronteras claras y confinar a 
los enemigos que amenazan nuestra identidad”.
[ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03
120 
que expresarían, precisamente por ese 
carácter subversivo, la utilidad de las fake 
news y teorías conspirativas en un con-
texto donde la universalidad de los valores 
ilustrados se percibe como imposición 
autoritaria; y, tercero, la búsqueda de 
discursos unitarios de todo tipo (desde la 
vuelta a la metafísica tradicional hasta el 
coaching y la nostalgia por un hipotético 
estado de naturaleza premoderno) que 
reduzcan la ansiedad social frente a la 
promesa incumplida por el pensamiento 
postmetafísico, es decir, el logro de una 
racionalidad deliberativa que nos permita 
arribar a consensos políticos no exhausti-
vos pero, por lo menos, funcionales. 
 De manera particular, el carácter “radi-
cal” del pensamiento crítico de Agamben, 
Žižek y Chul-Han los convierten en pro-
vocadores naturales para el lector tradi-
cional —que lee papel impreso— y para el 
digital que ve convertidos sus dispositi-
vos móviles en auténticas bibliotecas de 
Babel que lo informan, lo confunden y lo 
obligan a un consumo selectivo de ideas. 
Por eso es que estos filósofos se han vuel-
to personajes públicos que intervienen 
por los medios académicos tradicionales, 
pero que no se niegan la posibilidad de ha-
cerlo a través de redes sociales o debates 
escenificados en Youtube. Sin embargo, 
desde nuestra perspectiva, esta forma 
de aproximación está lejos de satisfacer 
las exigencias de una filosofía pública en 
un contexto en el que se requieren menos 
diagnósticos catastrofistas que elemen-
tos para un debate informado y, cierta-
mente, crítico. De hecho, si la posición del 
intelectual público no viene acompañada 
de la reivindicación de una cierta filosofía 
pública —no política ni de razón práctica 
en sentido tradicional— las intervencio-
nes filosóficas pueden acabar siendo una 
pieza más en ese mosaico electrónico de 
tuits, publicaciones de Facebook o foto-
grafías para Instagram que Cass Suns-
tein comparaba con un periódico escolar 
como el que los adolescentes elaboraban 
en la escuela colectando sólo las opinio-
nes e ideas de sus amigos cercanos. 
En este sentido, nuestra intuición es 
que Agamben, Žižek y Chul-Han, y por eso 
sus aportaciones al debate sobre el coro-
navirus tienen un tono de incertidumbre 
profética, son expresión todavía de una 
forma tradicional de pensar que observa, 
evalúa y reduce la complejidad de la ac-
tualidad a partir de ciertas categorías que 
acaban demostrando tesis previamente 
articuladas. Más aún, la caracterización 
de las medidas sanitarias como la conti-
nuación de la política estatal antiterro-
rista, el vaticinio del fin del capitalismo, 
así como la exposición de la vigilancia 
digital como el motivo del éxito asiático 
en la contención de la pandemia, contras-
tan con las constantes y permanentes 
precauciones metodológicas de una co-
munidad científica que insiste en seguir 
aprendiendo y en evitar generalizaciones 
apresuradas sobre el comportamiento del 
nuevo virus. 
Por ejemplo, en Italia ha quedado claro 
que la hipótesis de Agamben según la cual 
el Estado habría exagerado las medidas 
ante una “epidemia inventada” es insos-
tenible y, por el contrario, la evidencia 
sugiere que éstas debieron aplicarse con 
oportunidad para evitar la catástrofe pos-
terior. Los efectos económicos y sociales 
de la pandemia están aún por afrontarse 
y hay pocos indicios de un viraje hacia un 
nuevo comunismo o el fin del neolibera-
lismo que —como el virus— ha demostra-
do su capacidad para adaptarse al entor-
no social e ideológico. Por otra parte, la 
circunstancia de países como Alemania 
parece sugerir que la vigilancia digital no 
es el factor decisivo para evitar el creci-
miento acelerado de la pandemia, y que 
la oportunidad en la toma de decisiones y 
la fortaleza del sistema de salud pública 
son elementos centrales para evitar sus 
consecuencias más atroces. Además, es 
probable —y es algo que aún estamos por 
aprender— que las grandes diferencias en 
el crecimiento de la pandemia obedezcan 
a variables menos espectaculares y abs-
tractas como la oportunidad en la aplica-
ción de las medidas de distanciamiento 
social, las dinámicas de integración, los 
hábitos generalizados de higiene, la dis-
ponibilidad de agua o las características 
sociodemográficas de los países. Esto 
no significa que la filosofía no tenga nada 
que decir ante un fenómeno tan impor-
tante como