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1 metapolítica Visita www.revistametapolitica.com De venta en Suscripciones y venta de publicidad Mtro. Jorge Isaac Hernández Vázquez isaac.hernandezvaz@ correo.buap.mx Tel (01 222) 229.55.00 ext. 5289 metapolítica, año 24, no. 109, abril-junio 2020, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 Sur 104, Col. Centro, C.P. 72000, Puebla, Pue., y distribuida a través de la Dirección de Comunicación Institucional, con domicilio en 4 sur 303, Centro Histórico, Puebla, Puebla, México, C.P. 72000, Tel. (52) (222) 2295500 ext. 5271 y 5281, www.revistametapolitica.com, Editor Responsable: Dra. Claudia Rivera Hernández, crivher@hotmail.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 04-2013-013011513700-102. ISSN: 1405-4558, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. 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Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. metapolítica aparece en los siguientes índices: CLASE, CITAS LATINOAMERICANAS EN CIENCIAS SOCIALES (Centro de Información Científica y Humanística, UNAM); INIST (Institute de L’Information Scientifique et Tecnique); Sociological Abstract, Inc.; PAIS (Public Affairs Information Service); IBSS (Internacional Political Science Abstract); URLICH’S (Internacional Periodicals Directory) y EBSCO Information Services. metapolítica no se hace responsable por materiales no solicitados. Títulos y subtítulos de la redacción. Año 24 No. 109 Abr-Jun 2020 Rector Dr. J. Alfonso Esparza Ortiz Vicerrector de Extensión y Difusión de la Cultura Mtro. José Carlos Bernal Suárez Director Editorial Dr. Israel Covarrubias metapolitica@gmail.com Jefe de Publicaciones CCI- BUAP Mtro. Jorge Isaac Hernández Vázquez isaac.hernandezvaz@correo.buap.mx Jefe de Publicidad, Diseño y Arte Mtro. Manuel Ahuactzin Martínez Secretaria General Mtra. Guadalupe Grajales y Porras Coordinadora de Comunicación Institucional Mtra. Donaji del Carmen Hoyos Tejeda Coordinadores del número Pablo Bulcourf e Israel Covarrubias Diseño, composición y diagramación Coordinación de Comunicación Institucional de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla Diseño gráfico y editorial Jessica Barrón Lira Consejo Editorial Roderic Ai Camp, Antonio Annino, Álvaro Aragón Rivera, Thamy Ayouch, María Luisa Barcalett Pérez, Gilles Bataillon, Miguel Carbonell, Ricardo Car tas Figueroa, Jorge David Cor tés Moreno, Juan Cristóbal Cruz Revueltas, Rafael Estrada Michel, José F. Fernández Santillán, Javier Franzé, Francisco Gil Villegas, Armando González Torres, Giacomo Marramao, Paola Martínez Hernández, Alfio Mastropaolo, Jean Meyer, Edgar Morales Flores, Leonardo Morlino, José Luis Orozco (†), Juan Pablo Pampillo Baliño, Mario Perniola (†), Víctor Manuel Reynoso, Xavier Rodríguez Ledesma, Roberto Sánchez, Antolín Sánchez Cuervo, Ángel Sermeño, Silvestre Villegas Revueltas, Danilo Zolo (†). 01 02 El Estado en la era exponencial Oscar Oszlak Del alboroto al silencio: la política en tiempos de incertidumbre Manuel Alcántara Sáez De revelaciones, monjas y virus coronados Rafael Estrada Michel El Covid-19, ¿una conspiración mundial? Roberto García Jurado Estupidez, capitalismo y coronavirus Enrique Del Percio La pandemia del Covid-19: pensar al Estado en un marco de incertidumbre y complejidad Pablo Bulcourf y Nelson Cardozo Debate de la crisis del Estado frente a la crisis sanitaria del coronavirus Luis H. Patiño Camacho Explicando algunos efectos sociales y subjetivos de la pandemia Covid-19 Octavio Moctezuma, Rafael Vázquez García y Ángel Octavio Álvarez Solís El futuro del Estado y de la política democrática Mesa virtual de reflexión 28 20 14 76 70 61 88 34 38 44 54 La crisis del coronavirus en España: una prueba del estrés de la calidad institucional Carles Ramió Covid-19, ¿punto de inflexión para los gobiernos? Silvia Fontana y Sofía Conrero ¿Podemos imaginar un futuro común después de la pandemia? Anthony Medina Rivas Plata ¿Qué podemos decir desde las ciencias sociales sobre el covid-19? SUMARIO 03 04 Tragedias en loop: excepción, pandemia y qué guerra Javier Franzé y Julián Melo Pandemia Covid-19. Dos posibilidades políticas en la disputa por la narración en los entornos informativos. Xavier Rodríguez Ledesma y Luz María Garay Cruz “Detente”: política y religiosidad en México en tiempos de epidemias Gerardo Martínez Hernández Efecto colateral del Covid-19: la lenta muerte de los intelectuales en la era digital Franco Gamboa Rocabado Construimos una sociedad que imposibilita lavarnos las manos y quedarnos en casa Oscar Rosas Castro Pandemia e información. Sobre la saturación de información de los ciudadanos en la era de la redes sociales Héctor Noé Hernández Año de la peste Covid-19 Cristóbal Muñoz Duelos imposibles. Imágenes fotográficas de la pandemia en Bérgamo, Madrid y Guayaquil Antonio Hernández Bienvenidos a Zombieland Cov 2 Hugo César Moreno Hernández Bioética de emergencia: la pandemia del Covid-19 y las fragilidades éticas latentes Raúl Ruiz Canizales Hacia una filosofía pública para la época del coronavirus (y después) Ricardo Bernal Lugo y Mario Alfredo Hernández Sánchez El coronavirus frente al mal llamado problema del mal Carlos Escudé Dilemas éticos y culturales para pensar en tiempos de pandemia La peste y la comunicación imposible Introducción 136 112 105 99 141 117 148 126 06 154 162 168 172 Hace más de siglo y medio, en el Manifiesto del partido comunis- ta, Marx y Engels enunciaban la renombrada frase: un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo. En términos ac- tuales una enorme fuerza social comenzaba a globalizarse tras- pasando las fronteras y generando cambios inusitados. Lo que fue ya no es, y “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Se daba cuenta del vertiginoso cambio de los tiempos, producto de la modernidad en donde el conocimiento se transforma en poder, como bien ha señalado Francis Bacon. El siglo XIX se convirtió en el ámbito de aparición de nuevos actores sociales colectivos, los movimientos obreros, las mujeres que reclamaban por la igual- dad de derechos, y también fuertes procesos emancipatorios en América Latina que trastocaron la geopolítica mundial. Las voces del progreso indefinido, bajo diferentes orientaciones políticas, tuvieron una fuerte desaceleración con la Gran Guerra, aunque significó un avance sustantivo en materia tecnológica. El periodo de entreguerras estuvo marcado por la aparición de la sociedad de masas, pero también de la crisis económica de los años treinta y las experiencias del fascismo y el nazismo que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, otro momento de aceleración del factor tecnológico, pero de millones de muertos no solo en la batalla, sino en los campos de concentración. por Pablo Bulcourf / Israel Covarrubias Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, y de la Universidad de Buenos Aires, Argentina; profesorinvestigador en la Universidad Autónoma de Querétaro, respectivamente. 6 Los conflictos no desaparecieron, tuvimos guerras de menor impacto en Corea y Vietnam, pero la con- flictualidad política y social creció, y también lo hizo el Estado de bienestar, permitiendo fuertes políticas redistributivas en muchísimos países. Su crisis trajo un enorme cambio en el campo de las ciencias socia- les, el declive de los grandes paradigmas dio lugar a nuevas formas de reflexión. En algunas disciplinas como la ciencia política comenzaron a predominar los enfoques neoinstitucionalistas, y aquellos orientados por las teorías económicas de corte neoclásico y mo- netaristas, se fue construyendo un mainstream que marcó la distribución del prestigio, denunciado por varias voces disidentes. Gabriel Almond dio cuenta de esto al utilizar la metáfora de las “mesas separadas” para dar cuenta de una disciplina fragmentada e inco- municada. Esto dentro del campo académico tuvo su costado político, en nombre de la objetividad y la cien- tificidad, muchos sectores del campo permanecieron inmunes y hasta colaboraron directamente en la im- plementación de un modelo socialmente excluyente. Como han señalado Robert Alford y Roger Friedland, “la teoría posee poderes”, nadie es inocente. La adopción del modelo neoliberal, o para algunos la “revolución conservadora” generó una nueva mer- cantilización de las relaciones sociales que se articuló posteriormente con la implosión de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín. Algunos creyeron que se instalaría un mundo extremadamente unipolar en don- de esta versión de liberismo terminaría dominando, marcando el fin de la historia con mayúsculas como pregonaba Francis Fukuyama. Sin embargo, nuevas formas de conflictos revivían viejas antinomias. Nos encontrábamos frente a una nueva balcanización signada por un choque civilizatorio donde reaparecían los clivajes religiosos y étnicos articulados con los intereses económicos. El capitalismo estaba dando un nuevo giro frente a un mundo globalizado, donde su faceta financiera se hacía más robusta, cimentada en la cuarta revolución tecnológica. El siglo XXI se nos presenta por ahora alejado de la colonización de la Luna, o de personas viajando en taxis voladores vestidos de plástico cual astronau- tas. Sin embargo, un fuerte proceso de individuación marca las perspectivas de los sujetos en los grandes centros urbanos occidentales, mientras en otras zo- nas también vastas del planeta todavía no ha llegado la pregonada modernidad. Un orbe fracturado y polié- drico es saturado por la globalización y la expansión comunicacional. Las crisis financieras se agudizan lo mismo que un mundo donde la riqueza se encuentra más concentrada y la democracia liberal erosionada y fatigada. Aparecen liderazgos inesperados en medio de una fuerte crisis de representación que también afecta a los países más desarrollados. En este contexto demasiado complejo para poder ser sintetizado en un par de frases, una aparente mu- tación viral de una especie de coronavirus comienza a infectar a los humanos y se expande con esta rapi- dez globalizante por el planeta. Una vieja costumbre culinaria de ciertas regiones de China, consistente en comer una sopa de murciélago, es el vínculo entre el virus y las personas. La apartada Wuhan comienza a ser noticia a pesar del ocultamiento inicial por parte del gobierno totalitario. En paralelo no dejan de circu- lar versiones conspirativas que hablan de la fuga del virus de centros de investigaciones biotecnológicos (precisamente Wuhan tiene un gran laboratorio de in- vestigación viral de renombre global), quizá la faceta de una guerra biológica anticipada. Miles de personas son infectadas, se instalan rígi- dos dispositivos sanitarios y la muerte se presenta implacable, afectando principalmente a los adultos mayores. No obstante, algunos países como México expresan que no sólo los adultos mayores sucum- ben frente al virus, también los adultos jóvenes con 7 [ PABLO BULCOURF / ISRAEL COVARRUBIAS ] diversas comorbilidades (diabetes, hipertensión, obesidad), lo que abre un rico pero urgente debate sobre el rediseño de los sistemas de salud pública en contextos de escasez. Un debate que es en realidad una discusión sobre el papel que deberá adoptar el Estado y sus instituciones en el campo de la salud, pero también en el de la gobernabilidad y la gober- nanza en un mundo irremediablemente viral. Por su parte, la noticia circula y se adueña de la televisión y los dispositivos celulares. Comienza una monotonía informativa concentrada en cantidad de infectados, muertes y contagios. Incluso de ha llegado a hablar de una auténtica infodemia. Este me- canismo de apropiación de los espacios en los cuales la comunicación se desarrolla, así como del lenguaje, de la semántica específica en la que el primero se ma- nifiesta, y sobre todo de su abaratamiento cognitivo, suponen una suerte de intento de monopolización del universo de interpretación en torno a la pandemia. En consecuencia, no es posible sostener desde un pun- to de vista racional y objetivo, que puede existir una opinión pública completamente desinteresada que aporta información neutral al conocimiento de ella. Lo que hay, en el mejor de los casos, es una opinión que se vuelve la representante de un campo social de fuerza, “de grupos de presión”, dice Pierre Bourdieu, “movilizados en torno a un sistema de intereses explí- citamente formulados”. Llama mucho la atención el margen de reflexividad que tienen las agencias de información, y en general, los medios de comunicación, tanto locales como glo- bales, al cubrir la pandemia, sobre todo a partir del mes de febrero, cuando sonaron las alertas de que la epidemia estaba deviniendo una estructura global in- gobernable. Sin duda, la necesidad de tener informa- ción fidedigna sobre su evolución ayuda considera- blemente a una mejor toma de decisiones, así como a la elaboración de un juicio provisto de información de calidad. Pero el uso escandaloso de la información ha producido un mecanismo en espiral que acrecienta el pánico colectivo, hasta alcanzar a diversos sectores poblacionales que, en realidad, estarían obligados a ofrecer datos, hechos, argumentos empíricos, infe- rencias causales si se quiere, sobre el desarrollo no lineal del nuevo virus. El papel que juegan decenas de periodistas alrede- dor del mundo, pero sobre todo en aquellos donde la democracia es frágil, es preocupante. En particular, cuando en aras de informar, terminan escandali- zando y exagerando las cifras del acontecimiento, o magnificando los errores y la tímida reacción inicial de los gobiernos en turno. En este sentido, el Covid-19 deviene un pretexto para la lucha política intestina. Al colocarse como reservorio moral e intelectual de la sociedad, los medios de comunicación, sus tes- taferros y sus epígonos (entre los que se cuentan académicos e intelectuales de prestigio), pretenden que esta forma de reificación enmascarada sea aplaudida por nosotros en tanto observadores de ese espectáculo (¿acaso satírico?). En una suerte de capricho kantiano, los medios de comunicación están convencidos de que todo lo hacen en nombre de la democracia, pues asumen el imperativo por enésima ocasión de defensa de la libertad, aunque en su camino algunos exijan el endu- recimiento de las medidas de confinamiento, con lo que se llega pronto a un grado extremo de reducción de las libertades. Asimismo, su combate, siempre en nombre de la libertad y la democracia, ha permitido la producción exacerbada de las mentiras, ya que lo que se pretende es obtener un efecto inmediatista en aras de volverse la tendencia del día o de la semana, cons- truyendo climas de opinión y sobre todo estados de ánimo perversosy execrables como las fobias al per- sonal médico o a los enfermos. En este punto, resuena con fuerza la vieja advertencia de Giovanni Sartori: en 8 INTRODUCCIÓN la vida democrática, solo es posible erigir un muro de intolerancia justo en contra de aquellos que agreden o causan daño, de otro modo el principio del daño no ten- dría ninguna relevancia jurídica, político, social, para la vida nacional y transnacional de las democracias. La lejana experiencia en las tierras del dragón se vuelve realidad en Occidente. La rápida transmisión del virus expande la enfermedad en el sur de Europa, afecta primero el norte de Italia, y posteriormente España, Alemania y Francia. Le siguen Reino Unido y como meca del mundo la gran manzana termina contabilizando la mayor concentración de infectados y muertos. El atentando del 11 de septiembre es supe- rado por un pequeño ser vivo, “un enemigo invisible”, que solo puede verse con un microscopio electrónico. La economía mundial empieza a adquirir un efecto de cámara lenta mostrando su enorme fragilidad y a veces la franca irresponsabilidad de muchos de los grandes capitales que no obstante que han hecho fortuna con el consumo de millones de personas al- rededor del mundo, hoy no están dispuestos a ceder un porcentaje de sus ganancias. El interés sanitario como bien común global y el interés económico no hablan la misma lengua. Esto fue claro en la ola ex- pansiva de los contagios en Italia, particularmente en Bérgamo, epicentro de la pandemia en la península, donde las principales industrias de la región se nega- ron, pese a las advertencias sanitarias del Estado ita- liano, a cerrar sus fábricas, con lo que los contagios masivos fueron una realidad que luego adquirió tintes dantescos. Evidentemente esos capitales cerraron sus fábricas cuando el daño ya estaba hecho, con lo que se devuelve al Estado la responsabilidad total de una serie de decisiones privadas con una enorme gama de efectos spill-over, que pronto se volvieron en contra de sus creadores. Por su parte, se suspendieron los vuelos interna- cionales y las fronteras vuelven a ser vallas práctica- mente insalvables. El turismo internacional muere por infarto dejando a cientos de miles varados muy lejos de sus casas, en completa orfandad, pues su regreso a los países de origen tiene lugar de manera muy pau- sada. Pero al mismo tiempo, es evidente que lo que ha contribuido a la expansión del Covid-19 es la reduc- ción espacial de las distancias por la aceleración del tiempo que garantiza el constante perfeccionamiento del transporte de mercancías y personas (que, en realidad, también son una mercancía para el turismo internacional) más eficiente que conocemos: el trans- porte aéreo. Utilizando la metáfora clásica de Edward N. Lorenz, hoy evidenciamos con cierta perplejidad cómo pequeñas perturbaciones producen alteracio- nes significativas en el sistema, particularmente al introducir aquellos cambios que señalan la epigénesis y posterior evolución del fenómeno mismo. Así, el Estado-nación regresa a la centralidad es- cénica que le había quitado la economía, todos recla- man decisiones políticas urgentes, y el cuarto poder se transforma en una forma de nueva Inquisición me- diática. De repente el mundo parece haber mutado con la rapidez de ese pequeño virus, en donde la in- certidumbre se adueña de todos. El terror y el eco del miedo hacen de esto una tragedia planetaria. Dicho en otras palabras, la producción acelerada de entro- pía a causa del Covid-19 en las sociedades democrá- ticas es un dato empírico, no solo una mera abstrac- ción numérica o teórica, y ante la cual es necesario estar conscientes y además constatar que aquella es uno de los motores que mueven a las sociedades y a los Estados en este siglo XXI. La entropía interactúa en el interior del sistema social rompiendo viejos pactos, desplazando estructuras sociales obsoletas como el carácter prohibitivo de las religiones, las mo- rales o los linajes, inaugurando formas de sociabili- dad desconocidas e intermitentes, desestabilizando los nodos funcionales de la sociedad para volverse 9 [ PABLO BULCOURF / ISRAEL COVARRUBIAS ] regla, no excepción. Paradójicamente, es la sociedad democrática la que se adapta mejor a la entropía, gracias a su constante expansión del pluralismo siempre en un arco limitado de tiempo que no permite el inmovilismo. Pero, ¿estamos preparados para vivir plenamente en un mundo democrático entrópico? La respuesta podría estar en singular analogía a la que presenta “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melvi- lle: preferiríamos no estar preparados. Las instituciones internacionales desaparecen prácticamente de escena; y las Naciones Unidas es remplazada de facto por la Organización Mundial de la Salud; el Consejo de Seguridad se hace un hiato que parece haber implotado en el agujero negro del coro- navirus. Realidad y metáfora se funden en esta nueva amalgama de incertidumbre. El campo académico e intelectual comienza a es- grimir sus voces, principalmente en los sitios web y en algunos informativos televisivos. Los médicos, principalmente los infectólogos y sanitaristas, pasan a dominar la escena, disputando cámara con los po- líticos. Pocas veces el Estado ha concentrado tanto poder, y pocas veces se ha visto tan débil. La situación pone en evidencia las capacidades estatales de respuesta frente a la precipitación de los contagios. La derecha de sesgo populista que ha inaugurado Donald Trump en Estados Unidos debe enfrentar la mayor ola de contagios, habiendo previamente negado la importancia de la pandemia. Una de las primeras medidas que implementó el con- trovertido presidente fue la disolución de una unidad especial de emergencia para este tipo de crisis que había creado su antecesor Barak Obama. América Latina no se vio alejada de la pandemia, rápidamente los viajeros internacionales trajeron el virus a la región, el que se expandió principalmente en los grandes conglomerados urbanos. Las clases medias fueron las primeras en ser afectadas e igual que en el resto del planeta sus víctimas mortales son los adultos mayores y no tan mayores. Los Estados tomaron medidas muy diferentes, lo que demuestra la heterogeneidad política e ideológica presente en la región. No se trata necesariamente de las diferencias entre izquierdas y derechas sino de los tipos de lideraz- gos que encarnan los gobernantes, sumado a la tensión entre salud y economía; una ecuación extremada- mente compleja. No tenemos que olvidar que la región presenta elevados índices de pobreza, desigualdad y grandes centros urbanos con cinturones de millones de personas que viven en situaciones de extremo ha- cinamiento. La expansión masiva del virus en esas con- diciones generaría un rápido colapso de los sistemas sanitarios. Pero es inevitable pensar en las formas de administrar la salida de la crisis, la recesión económica también genera muchos muertos, más en situaciones de vulnerabilidad social y precarización laboral. La ciencia ha vuelto a ser interpelada desde án- gulos muy diversos. El campo biomédico ha tomado un protagonismo central. La necesidad de explicar el fenómeno y buscar procedimientos clínicos rápidos y efectivos se ha convertido en la columna vertebral de la sociedad como pocas veces ha sucedido. Los laboratorios de varios países se han centrado en la in- vestigación sobre vacunas y retrovirales específicos para al Covid-19. Las ciencias sociales y las humani- dades no se encuentran ajenas al debate y la acción concreta. La necesidad de adoptar, implementar y evaluar políticas sanitarias en tiempo record, nos de- muestra la importancia del campo interdisciplinario de la administración y las políticas públicas. Regresa con fuerza la interrogante por la vida y la muerte: preguntarnossi preservamos la salud inme- diata o la economía nos lleva a cuestionamientos de índole teológicos y filosóficos. Las grandes religiones no han estado ajenas a esta crisis. Hemos encontra- dos reacciones muy diferentes, desde la negación del 10 INTRODUCCIÓN virus, el verlo como un castigo divino, o acompañar activamente las medidas preventivas y promover la solidaridad entre las personas. Como hemos señalado el Estado ha regresado a escena comenzando a escribir un nuevo capítulo de la relación entre éste y la sociedad. Como bien han señalado hace décadas Guillermo O’Donnell y Oscar Oszlak, la clave es comprender la “y” que los conecta, el complejo y dinámico vínculo que expresa el campo de la política. De buenas a primeras asistimos a la catalización de procesos de manera vertiginosa. Por un lado la rápida necesidad de respuestas efectivas, y por la otra un cambio sustantivo en la propia forma de gestionar el espacio público. La reclusión domi- ciliaria de la gran mayoría del funcionariado plantea de manera fáctica la adopción de sistemas integrales de teletrabajo, con todo lo que implica este despla- zamiento abrupto desde un punto de vista cognitivo, económico y emocional. Piénsese, por ejemplo, en el trabajo universitario, donde precisamente la política general de confina- miento ha trastrocado por completo los diversos ordenes que componen las bases de la idea de univer- sidad que aún hoy mantenemos en pie. En particular, se presenta una enorme oportunidad (los griegos lo llamaban kairós) que se abre en esta contracción y expansión del tiempo para debatir sobre la posibili- dad de invención de una nueva universidad invisible, que no solo trabaje en el espacio digital obligado por el confinamiento, sino que cambie nuestra operación intelectual y académica. Y para que ello tenga lugar, es necesario construir nuevas metodologías de la in- vestigación, una nueva predisposición al aprendizaje; de hecho, hay que abrir el debate sobre qué significa y si en realidad la no-presencia del aprendizaje en línea suple a la presencia, al salón de clase, y si este hecho puede garantizarnos el mismo nivel de aprendizaje, etcétera. En esta labor, la innovación paradigmática deviene una necesidad de primer orden. No podemos postergar más esta tarea, que pasa por la posición que debe jugar el Estado. Estamos frente a un Estado “exponencial” como ha expresado recientemente Oscar Oszlak. El paradigma de la complejidad enunciado desde hace tiempo por intelectuales como Edgar Morin o Niklas Luhmann, se hace carne no solo en las instituciones sino en la vida cotidiana de las personas. La complejidad desde que tiene lugar su emergencia exige la identificación de la serie de condiciones micro y macro que permiten su aparición. Condiciones que en el mejor de los casos son una expresión interna a un régimen específico de historicidad caracterizado por un grado elevado de persistente variación en cuanto a su velocidad y a su simultaneidad, por lo que una reflexión conjunta sobre la identificación de las presumibles potencias que empujan a su desarrollo es una tarea que se le exige hoy al análisis social y político, particularmente cuando estamos hablando de las formas de latencia presentes en el comienzo y en desarrollo del Covid-19, y que por el hecho de que no sean visibles, no supone que no existan, y mucho menos que sean desdeñadas por las ciencias sociales. ¿Qué pasará?, ¿qué se pue- de hacer? Son preguntas que intentan construirse día a día con respuestas que no parecen conformar a muchos. La espera de una vacuna milagrosa parece atentar contra una economía que se desploma y ame- naza quizá con más muertes que el virus. Frente a esto hemos intentando compilar un dos- sier que exprese algunas voces de Iberoamérica de diferentes disciplinas y orientaciones. Variadas fa- cetas incompletas del pensamiento que comienzan a atreverse a formular algunos interrogantes. Una cartografía inacabada de ideas de un rompecabezas en construcción. Pero debíamos animarnos a comen- zar a decir algo, aunque sean pequeñas frases de un vocabulario mutante. m 11 [ PABLO BULCOURF / ISRAEL COVARRUBIAS ] 12 Y DE LA POLÍTICA DEMOCRÁTICA EL FUTURO DEL ESTADO 13 por Oscar Oszlak. Investigador principal del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES- Argentina). Director de la revista Estado Abierto. EN LA ERA EXPONENCIAL 14 La era exponencial El mundo enfrenta un periodo de transfor- maciones sin precedentes, manifestadas en cambios demográficos, desplaza- mientos en el poder económico mundial, urbanización en gran escala, escasez de recursos naturales, crisis sanitarias glo- bales y cambio climático, solo por nom- brar algunas. Pero por lejos, los cambios más dramáticos están ocurriendo en la tecnología, la digitalización y la ciencia, donde la disrupción se ha vuelto expo- nencial (Oszlak, 2020). Los gobiernos y organizaciones del sector público se encuentran en el epicentro de esta “tor- menta perfecta” y deben replantearse qué significa gestionar en una era disruptiva. Y deben hacerlo, cuando al mismo tiempo deben recuperar la confianza pública, que ha declinado casi en todas partes. Es un contexto de arenas movedizas, en el que las instituciones estatales tienen un papel crucial en prestar servicios a sus ciudadanos, tratando de equilibrar las oportunidades creadas por la disrupción tecnológica (v.g., digitalización, inteli- gencia artificial, robótica, internet de las cosas, automatización o impresiones 3D) con las amenazas creadas por los propios facilitadores de estas oportunidades (v.g., ciber-terrorismo, invasión de la privaci- dad, control social). Las innovaciones tecnológicas ya están transformando irreversiblemente los dife- rentes planos de la vida social, las formas de comunicación e interacción entre seres humanos y las de éstos con los objetos de los que se valen para su existencia cotidia- na. Son diversos, y a veces contradicto- rios, los vaticinios sobre cómo continuará este proceso de innovación acelerada, pero lo que es seguro es que ya está irrum- piendo en nuestras vidas y, para bien o para mal, las afectará definitivamente. Hasta ahora, pese a los cambios científicos y tecnológicos que se fueron sucediendo a través de la historia, era posible reconocer la vigencia de ciertas pautas de organización y funcionamien- to de nuestra sociedades, que se venían reproduciendo desde tiempos remotos: la fisonomía de las ciudades, las reglas de sociabilidad, los modos de intercam- bio de bienes y servicios, el ejercicio de artes y oficios, la atención de la salud, las modalidades de enseñanza-aprendizaje, de producción y apreciación artística o de disfrute del ocio. Por supuesto, todos estos aspectos de la actividad humana sufrieron cambios, pero debido a su gra- dualidad, siempre fue posible observar su introducción e impacto incremental a través de las sucesivas generaciones. Hoy, en cambio —y previsiblemente mu- cho más en un futuro próximo—, el cambio es disruptivo y su carácter exponencial puede tornar rápidamente irreconocibles muchos de esos rasgos que caracterizaron nuestra vida social durante siglos. Tengo edad suficiente como para recordar cuan- do debía optar entre enviar una carta por vía aérea para que llegara en pocos días, pagando un franqueo postal más alto, o por vía marítima, para que arribara, tal vez, un mes después. Luego debía esperar otro tanto para recibir una respuesta. O, si la comunicación era urgente, debía solicitar una llamada telefónica de “larga distancia” y, a menudo, esperar durante largas horas hasta que la conexión pudiera establecer- se. En el lapso de solo una generación, no solo se ha logrado la instantaneidad del contacto, sino que puede realizarse de muy diversosmodos, con diferentes dispo- sitivos y hasta tornando casi indistinguible la proximidad física de la virtual. Oportunidades y amenazas Para muchos, los avances tecnológicos son percibidos como una amenaza, una suerte de “caja de Pandora” cuya apertura podría desatar todos los males. Pero tam- bién pueden ponerse al servicio de los se- res humanos si los Estados y sus socieda- des consiguen encauzar su desarrollo. Del lado del haber del cambio tecnológico, las promesas son incontables. Los disposi- tivos y aplicaciones, desarrollados en los últimos años, ya no son solo privilegio de los países centrales y muchos de ellos han sido adoptados en el mundo menos desa- rrollado. En las aldeas de la India la gente recibe subsidios y pensiones a través de Aadhaar, un identificador biométrico. Tra- bajadores de la salud en comunidades de Bangladesh prestan servicios maternales utilizando teléfonos celulares. Kenia está experimentando una verdadera revolu- ción del dinero móvil y en Nigeria, se en- tregan vales electrónicos a campesinos para proveerlos de fertilizantes. Otros campesinos, en zonas remotas de México, abren cuentas bancarias fácilmente (Gelb, Mukherjee y Navis, 2020). Los ejemplos se multiplican y diver- sifican. Las colas de personas frente a 15 01O S C A R O S Z L A K bancos o mostradores gubernamentales tienden a desaparecer. Las posibilidades de error o fraude se reducen visiblemen- te. Se están difundiendo las enormes ventajas de la Carpeta del Ciudadano, en- tre otras aplicaciones de las plataformas digitales en el sector público. En Asia y África, el teléfono celular más económico ya se consigue por solo 10 dólares y se es- pera que este año, el 70 por ciento de las personas poseerá uno, lo que permitirá reducir la brecha digital y mejorar la edu- cación. Los avances en la salud, la rapidez de los diagnósticos y los hallazgos que posibilitan la minería de datos, la inteli- gencia artificial y otros desarrollos cien- tíficos, contribuirán a reducir las tasas de morbilidad y a extender más la esperanza de vida. La robotización permitirá reducir las jornadas de trabajo e intensificará el desarrollo de puestos laborales más especializados y menos rutinarios. En la agricultura, se prevé que un robot que costará apenas 100 dólares, convertirá a los agricultores en gerentes de sus cam- pos. Pronto habrá en el mercado, carne de cordero fabricada a partir de biotec- nología y alimentos a base de proteínas de insectos. Se requerirá mucha menos agua, tierra y pasturas para alimentar el ganado. Con la difusión de los vehículos autónomos, se reducirá enormemente el parque automotor y el espacio destinado a garajes y estacionamiento, además de que no será necesario ser propietario de un automóvil y el tiempo dedicado a movilizarse podrá ser dedicado al ocio o al trabajo. La logística del transporte sufrirá una verdadera revolución, con camiones autónomos y drones cada vez más sofisticados para el transporte de mercaderías y personas. Las criptomo- nedas podrán transformar totalmente el mundo de las finanzas y convertirse en la base de las futuras reservas de divisas de los países. Cada hogar podrá tener su im- presora 3D para producir fácilmente todo tipo de bienes y, además, todos sus apa- ratos y enseres podrán ser monitoreados a través de IdeC. Este muestrario de innovaciones, elegido casi al azar, da cuenta de los po- sibles beneficios de los cambios que se avecinan, esto es, los del lado del “haber”. Pero al mismo tiempo, desde el lado del “debe”, abre interrogantes sobre el papel que debe (y puede) jugar el Estado frente a su desarrollo (v.g., fomentar, financiar, regular, controlar, prohibir) así como so- bre su capacidad para asumir estos roles. Preocupa, al respecto, la ausencia de de- bate público y de referencias al tema en el discurso oficial y la agenda pública de los países menos desarrollados. Al menos tres razones justifican esta preocupación, debido a: 1) los impactos económicos y sociales de las innovaciones tecnológicas; 2) sus consecuencias sobre la profundización de las disparidades en- tre países; y 3) los problemas éticos y cul- turales que pueden plantear. En el primer aspecto, cabe poca duda de que quienes dominen las aplicaciones tecnológicas ba- sadas en las TIC, la inteligencia artificial, la robótica, la automatización de procesos y otros desarrollos relacionados, dispondrá de un poder muy difícil de controlar. Los gobiernos deberían adoptar políticas e imaginar regulaciones que habiliten, pro- muevan o limiten los alcances y eventual difusión de estas innovaciones. Además, deberían decidir si deben contribuir con recursos a su desarrollo científico-tec- nológico, adquirir estos bienes para su propia operación, acordar partenariados público-privados para su producción, etcétera. La cuestión clave es si los go- biernos están en condiciones de adoptar decisiones informadas acerca del rol que deberían cumplir en los diversos mer- cados tecnológicos analizados. ¿Deben intervenir?, ¿en qué aspectos?, ¿para pro- ducir qué tipo de resultados?, ¿con qué re- cursos frente al poderío de industrias que, para colmo, suelen ser transnacionales? Si se plantearan estas preguntas, tal vez po- drían comenzar a encarar estrategias para poner en marcha proyectos de promoción, co-producción, financiamiento o regula- ción de estos desarrollos. La segunda preocupación se vincula con el ahondamiento de la brecha de desarrollo entre países, ocasionada por el cambio tecnológico. Seis de las diez personas más ricas del mundo son em- presarios de este sector. Si bien el PBI per cápita promedio ha aumentado glo- balmente, las desigualdades de ingresos entre países ricos y pobres se ha venido ampliando sostenidamente. La globaliza- ción, la financiarización económica y el cambio tecnológico han sido señalados como explicación de esta creciente dis- paridad. A la explicación económica de esta brecha en aumento es necesario su- mar (y quizá destacar) la debilidad institu- cional del Estado en el plano regulatorio. Naturalmente, los países avanzados no la tienen fácil en este tema, pero en todo caso, la magnitud y sofisticación de sus 16 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 intervenciones no tienen parangón con la debilidad que se advierte en el mundo menos desarrollado, donde existe un ries- go cierto de que los países más débiles en su capacidad regulatoria vean ensanchar esta nueva forma de dependencia respec- to de los más avanzados. El tercer punto se relaciona con los aspectos éticos y culturales que plantea la era exponencial, también atravesados a veces por connotaciones políticas. Son conocidos los cuestionamientos y aprehensiones que suscita, en el plano ético, el acelerado desarrollo tecnológi- co, en campos como la biotecnología, la nanomedicina o la robótica, todos ellos impulsados por la denominada “ley de rendimientos acelerados”. Y generan fun- dados temores los riesgos que entrañan la invasión de la privacidad y la posible ma- nipulación de la información por parte de quienes la obtengan y procesen. Disrupción tecnológica y pandemia Me encuentro redactando este texto en momentos de reclusión obligada a causa de la difusión planetaria del virus Covid-19. En estos días, ha sido posible ver en acción las dos caras de este Jano bifronte que es la disrupción tecnológica. Su cara amable se ha manifestado en la posibilidad de en- frentar y resolver los múltiples problemas logísticos, sanitarios, financieros y de se- guridad generados por la pandemia. ¿Qué hubiera ocurrido de no haber dispuesto los gobiernos del arsenal tecnológico de la era exponencial? Una simple enume- ración de hechos y situaciones típicas de estos días de incertidumbre, permiteapreciar el crucial papel jugado por tales innovaciones en la resolución de muchos de esos problemas. Plataformas guber- namentales de trámites a distancia han permitido a miles de personas imprimir al instante, o subir a teléfonos celulares, permisos que habilitan la circulación de quienes están eximidos del aislamiento obligatorio. Otras plataformas hicieron posible, en más de 50 países, realizar transferencias de dinero a millones de familias socialmente vulnerables para asistirlas en la emergencia. Esta solución tecnológica, conocida como G2P (Govern- ment to People transfers), puede aplicar- se hoy para efectivizar salarios públicos, becas, pensiones, subsidios o transferen- cias no condicionadas a los pobres. Pero hay mucho más. Por ejemplo, las impresiones 3D fueron utilizadas para imprimir en el hogar y la industria, másca- ras, respiradores, hisopados para testeo y otros insumos médicos. También se utilizó esta tecnología para imprimir en tiempo récord, salas completas de ais- lamiento incorporadas a dos hospitales construidos en China en 10 días. En varios países incorporaron cadenas de blo- ques o blockchain para ayudar a resolver problemas generados por la pandemia (v.g., plataformas basadas en blockchain que permiten a los usuarios rastrear la demanda y cadenas de suministro de implementos médicos o la trazabilidad en la distribución de alimentos). También se ha utilizado bitcoin y blockchain para recaudar dinero y efectuar donaciones con destino a víctimas del virus. Y hasta se ha fabricado un lavamanos inteligente que incorpora visión computarizada y tecnología de internet de las cosas, para ayudar a la gente a realizar un lavado de manos más eficaz. En Túnez, un robot policial es utilizado para controlar el confinamiento y en Es- paña, se utilizan drones para patrullar las calles y enviar mensajes a la población. En otros países, también se emplean robots para el control remoto de los infectados por el Covid-19. En Israel, las aplicaciones móviles geolocalizan a los usuarios y les advierte si estuvieron en contacto con in- fectados o los alerta sobre posibles focos de infección a evitar en sus recorridos; o sea, una suerte de GPS anti-coronavirus. “La tecnología no es más que una herramienta que abre nuevas oportunidades para que los Estados adquieran mayor capacidad y sean más eficientes”. 17 01O S C A R O S Z L A K Por su parte, la inteligencia artificial y el big data permiten a decenas de laborato- rios predecir cuáles de las drogas exis- tentes, o nuevas moléculas que simulan drogas, tienen posibilidades de tratar más eficazmente el virus. Con el empleo de estas técnicas se reducen notablemente los tiempos de investigación a unos po- cos meses, cuando normalmente puede demandar una década producir una nueva vacuna y, obviamente, a un costo muy superior. Como última ilustración, cito el caso de China y otros países asiáticos, donde durante la pandemia se ha utilizado el reconocimiento facial y las cámaras térmicas para detectar infectados. Sin embargo, el rostro preocupante de Jano apareció en los fundados temores de que el férreo control social que, en mayor o menor medida, está ejerciendo el Estado durante la pandemia, se man- tenga cuando la vida cotidiana vuelva a la normalidad. Al respecto, el despliegue tecnológico de China es, tal vez, el primer y masivo experimento social de la historia en que, desde el Estado, se ha logrado es- cudriñar profundamente en la vida de los ciudadanos. Con el atendible argumento de que las autoridades velan por la salud pública, el gobierno les exigió —en zonas cada vez más extendidas del país— utilizar en sus teléfonos celulares, un software que decide quiénes deben permanecer en cuarentena o pueden transportarse en subterráneos, circular por shoppings o lugares públicos. Con la asistencia de Alibaba, el gigante de e-comercio, las au- toridades diseñaron un “código de salud”, Alipay, que los ciudadanos deben obtener a través de Ant, una popular billetera elec- trónica, que les asigna un color —verde, amarillo o rojo— indicativo de su estado de salud. “Verde” significa ausencia de con- taminación, “amarillo” exige una reclusión preventiva de siete días y “rojo” ordena ponerse en contacto con las autoridades sanitarias. El sistema se basa en big data para identificar y evaluar el riesgo de cada individuo en función de su historia de via- jes, del tiempo de permanencia en lugares críticos y de su posible proximidad con personas contaminadas. Nadie está auto- rizado a circular sin mostrar su código QR. No se sabe a ciencia cierta de qué modo el sistema clasifica a la gente, lo que ha causado temor y desconcierto entre aquellos obligados a aislarse sin saber por qué. Lo preocupante es que los datos son compartidos con la policía, incluyendo la localización de la persona, la ciudad de residencia y un código de identificación, que son registrados en un server. También en Estados Unidos, el Centro de Control y Prevención de Enfermedades, que uti- liza aplicaciones de Amazon y Facebook, comparte datos con las oficinas de policía locales, pero al parecer no existe allí una relación tan directa entre las empresas de software y el gobierno. En China, la propia policía participó en el diseño del software. Human Rights Watch ha señalado que la crisis del coronavirus pasó a ser un hito crucial en la historia de la vigilancia masiva de una población. Los primeros días de la epidemia expusieron los lími- tes del costoso fisgoneo computarizado, cuando la confección de listas negras de delincuentes y disidentes tropezó con la tarea de monitorear poblaciones enteras (Wang, 2020). Por ejemplo, el reconoci- miento facial fue fácilmente disimulado por los barbijos, frente a lo cual, el go- bierno recurrió a antiguos métodos de control, como exigir que los ciudadanos dejen huellas digitales donde vayan o registrar datos personales en estaciones de trenes o sus teléfonos en una apli- cación, antes de abordar un transporte público. De esta forma, fue posible una completa trazabilidad de los movimien- tos de cada persona. Muchos analistas advierten sobre el riesgo de que, una vez pasada la pandemia, estas innovaciones sean utilizadas para un mayor control ciu- dadano, lo cual entraña un peligro para la gobernabilidad democrática. “Sólo el Estado podrá proteger a los ciudadanos de la vulneración a su privacidad en una sociedad digitalizada”. 18 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 Por cierto, la tecnología no es más que una herramienta que abre nuevas opor- tunidades para que los Estados adquieran mayor capacidad y sean más eficientes. Pero así como la tecnología amplifica de modo exponencial el poder de los datos, su impacto sobre el bienestar de las so- ciedades y las personas depende del uso de ese poder. A lo largo de toda la historia de la humanidad, la coerción, el dinero o la ideología han sido empleados como ins- trumentos de dominación y sojuzgamien- to; hoy, la información —como recurso de poder— también puede serlo. En términos potenciales, la acelerada evolución de es- tas herramientas informativas hace posi- ble utilizarlas —y ya hay suficiente eviden- cia de ello— para marginar poblaciones discriminadas en virtud de una “decisión logarítmica”, para “guiar” las decisiones de consumidores y votantes conociendo sus gustos y preferencias, o para perse- guir y encarcelar a opositores políticos. Un rol insustituible para el Estado Para que las cosas ocurran de uno u otro modo, hay un actor social insustituible a la hora de propiciar, conducir, regular o impedir que se produzcan los impactos y consecuencias sociales del cambio tecnológico en ciernes. Ese actor es el Estado. Su papel sería crucial paraque el poder combinado de la industria y el esta- blishment científico-tecnológico pudiera encauzarse en una dirección que aprove- chara las ventajas de la innovación y evita- ra sus negativas consecuencias sobre el bienestar e interés general de la sociedad. Sólo el Estado, con el activo involucra- miento de la ciudadanía y las organiza- ciones sociales, podrían poner freno a los excesos de un transformismo tecnológico sin cauces, sin valores, que sólo obedece a los despiadados principios del mercado o al ciego traspaso de fronteras de una ciencia que olvida que el conocimiento debe ser puesto, en primer lugar, al servi- cio del ser humano. Sólo el Estado podrá evitar que su capacidad de intervención social se vea superada por la velocidad del cambio tec- nológico, para lo cual debería conseguir que sus instituciones prevean la direccio- nalidad de esos cambios y adquieran las herramientas de gestión necesarias para adoptar a tiempo las políticas públicas e implementar las regulaciones que permi- tan controlar su ritmo y dirección. Sólo el Estado podrá impedir que la tecnología ahonde la desigualdad social o incremente la dependencia tecnológica frente a los países líderes y las poderosas empresas globalizadas que controlan el mercado de la ciencia y la innovación. Sólo el Estado podrá proteger a los ciu- dadanos de la vulneración a su privacidad en una sociedad digitalizada, de los cre- cientes ataques del ciberterrorismo, de la manipulación informativa, del desempleo tecnológico por sustitución robótica o de las caprichosas decisiones adoptadas por arte de algoritmos inhumanos. Pero quienes gobiernan también pue- den ser artífices —inconscientes, involun- tarios o deliberados— de los peores esce- narios imaginables. Podrían ser cómplices activos de las fuerzas incontroladas del mercado o la ciencia. Podrían utilizar las innovaciones tecnológicas para ejercer el más férreo y despótico control social, ha- ciendo añicos los valores e instituciones de la democracia. O, simplemente, podrían ignorar las señales y tendencias que ya pueden advertirse, y seguir gestionando “como de costumbre”, haciendo caso omi- so de los procesos en curso, con lo cual, condenarían a sus sociedades a situacio- nes de miseria y dependencia inimagina- bles. Por eso es importante reflexionar sobre lo que deberían hacer los Estados en países menos desarrollados para enfren- tar los desafíos de una era exponencial que avanza a un ritmo vertiginoso, que tras las promesas de un futuro mundo feliz, oculta graves amenazas para el bienestar de la sociedad humana. m Referencias Gelb, A., A. Mukherjee y K. Navis (2020), Citizens and States: How can digital ID and payments improve state capacity and effectiveness?. Center for Global Development. 31 de marzo. Disponible en: https://www.cgdev.org/pu- blication/citizens-and-states-how-can-digi- tal-id-and-payments-improve-state-capacity. Oszlak, O. (2020), El Estado después de COVID-19, Conferencia, 1 de abril, Buenos Aires, Insti- tuto Nacional de la Administración Pública. Disponible en: https://www.youtube.com/ watch?v=uH0DleKxRO4. Oszlak, O. (2020), “El Impacto de la Era Exponen- cial sobre la Gestión Pública”, Reforma y De- sarrollo (en prensa). Wang, M. (2020), China: Fighting COVID-19 with automated tyranny, Human Rights Watch. Disponible en: https:// www.hrw. org/news/2020/04/01/china-fighting-co- vid-19-automated-tyranny. 19 01O S C A R O S Z L A K por Manuel Alcántara Sáez. Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Salamanca, España. LA POLÍTICA EN TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE 20 Palabras iniciales Hannah Arendt en su obra de 1968 Hombre en tiempos de oscuridad ve con enorme preocupación el retraimiento de la gen- te con respecto a la política y al ámbito público. Para ella, su alejamiento, que se asemeja al diagnóstico que hizo José Or- tega y Gasset casi cuarenta años antes en La rebelión de las masas, se ha convertido en la “actitud básica del individuo moder- no, quien, alienado del mundo, solo puede revelarse verdaderamente en privado y en la intimidad de los encuentros cara a cara”. Pareciera que el momento actual complica aun más ese panorama en la medida en que un rasgo que lo define es el incremen- to de una privacidad muy contradictoria donde, además, dichos encuentros no tienen lugar y cuando la tienen es de una manera forzada. La contradicción radica en el hecho de que las personas estando radicalmente solas mantienen relaciones en número e intensidad como nunca en la historia. Por otra parte, el hecho de que de vez en cuando ocupen el espacio público, lugar en el que por excelencia se desarrolla la política, no hace sino dibujar un esce- nario ruidoso que, de manera imprevista, es devorado por el silencio. No son solo tiempos en penumbra sino también de incertidumbre como consecuencia de la existencia de crisis concatenadas que pa- recen no reconducirse a su solución. Cuando la política institucional es in- capaz de gestionar el conflicto, cuando el Estado de derecho se mece al albur de intereses espurios o de agentes des- prolijos, cuando la izquierda confunde liberación con hegemonía y ambas con exclusión, cuando la clase política solo mira en términos del corto plazo, cuando un determinado grupo social quiere im- poner sobre el resto un rotundo modelo de vida, cuando la alienación de ciertos sectores vislumbra que solo lo heroico tiene sentido, cuando el espacio público es vituperado y concebido como un lugar de abuso, cuando hay personas que no tienen nada que perder porque su vida se mueve entre la anomia y lo lumpen, cuando hay individuos que hacen negocio con los sentimientos de otros, cuando uno estima que su identidad es superior a la del vecino que, además, le inspira desprecio, cuando los medios de comunicación están felices por involucrarse en la fiesta por aquello del consumo de la necesaria y urgente cober- tura, entonces hay gente en la calle. Cuando una pandemia inusitada en la historia reciente de la humanidad se pro- paga por todo el universo en apenas tres meses, cuando su impacto letal en dicho lapso lleva a contabilizar 120 000 muertes a fecha del 13 de abril de 2020, cuando la sociedad descubre que la gente se muere, cuando los servicios de salud de muchos países se ven colapsados; cuando un número inusitado de gobiernos imponen severas cuarentenas que limitan al máxi- mo la movilidad de la gente con fuertes sanciones a quienes las incumplan, cuan- do la economía se precipita en lo que para muchos puede ser la crisis más seria del ultimo siglo; cuando la globalización es mi- rada con recelo y las expresiones naciona- listas reivindican el retorno y la reclusión en el establo al que se refería Nietzsche, cuando el mundo virtual salva del aisla- miento a los enclaustrados y da un respiro al trabajo en casa; cuando la solidaridad está en almoneda, cuando se rescata la di- ferencia de Bergson de la existencia de un tiempo interior y de un tiempo cronome- trado, entonces la gente abandona la calle. Mientras que las masas en Quito o en Barcelona, en Santiago de Chile o en La Paz, en Bogotá o en Port au Prince fueron sujeto-objeto de la violencia del Estado y contra el Estado dando testimonio de cómo lo público se convierte en un erial. Ahora, en estas mismas ciudades los he- licópteros sobrevuelan las calles vacías transmitiendo soflamas que llaman al he- roísmo, la unión y el necesario acatamien- to de las normas. La lucha, antes y ahora, por el relato, por la definición de quien es el enemigo y la instrumentalización de su- jetos colectivos que llevan años, décadas, siglos configurándose en una suerte de agonía que ayer creyó que le había llegado el momento de su redención definitiva y hoy se agazapa enel apartamento o en la casucha precaria de la villa. La probable sinrazón del griterío como del silencio oculta el vacío de individuos aislados que al calor de la masa dan sen- tido a su existencia. La supuesta épica con la que muchos caminaban con las banderas como capas sacando pecho o con los pasamontañas encubriendo el rostro que reflejaba la banalidad de los que, endiosados, desconocían de quien era realmente la calle, se trastoca, cua- tro meses más tarde, en el drama de la separación forzada, de la distancia social que incrementan los tapabocas. Las movilizaciones y los disturbios en Chile, que acaecieron pocos días 21 01M A N U E L A L C Á N TA R A después a lo acontecido en Ecuador, y a los que se van a agregar los de Bolivia y seguidamente los de Colombia, pusieron en el candelero a América Latina. Hoy, sin embargo, son Estados Unidos, Italia y España, quedándose ya atrás China, quienes centralizan la atención. Aunque no por ello la sobreactuación regional deje de monopolizar el relato. Surge una pulsión explicativa que, lógicamente, busca una mirada comparada, aunque siempre haya alguno que quiera verse el ombligo y que considera que su caso no solo es único, sino que es el verda- deramente trascendente por su insólita relevancia. Los artículos de opinión des- de diferentes enfoques y con calidades y extensión disímiles se suceden. Todos opinamos. Es difícil, a la vez de estéril, apuntar algo que no repita lo escrito o que no sea un mero resumen. Se produjo, se produce un ruido me- diático que puede confundir más que aclarar. Cada especialista lleva las ascuas a su sardina disciplinaria o ideológica. Explicar lo acontecido desde la ciencia política, la sociología, la economía y la cultura ofrece hipótesis que no siempre se complementan; revelarlo desde la ideología plantea dos extremos, que en puridad no son incompatibles, en clave de conspiración urdida por poderosas fuer- zas ocultas o de confrontación inevitable entre las élites egoístas y prepotentes y el pueblo marginado y desesperanzado. La economía frente a la salvación de vidas. La ciencia frente a la política. Las causas propiamente dichas que se sitúan en el origen, además, son distintas como lo son la naturaleza de las socieda- des donde se produce el alboroto. Aque- llas apuntan a la globalización, a la crisis de valores como consecuencia del éxito rampante del neoliberalismo, a gobiernos incompetentes, a electores/ciudadanos frustrados; estas traslucen escenarios con niveles de riqueza muy diferentes a los del entorno aparejados con desigual- dades lacerantes, sociedades separadas por lo étnico o lo lingüístico, grupos de excluidos con expectativas defraudadas. De entre todo lo que he leído estos meses y teniendo en cuenta lo que co- nozco echo de menos tres cuestiones a considerar como son la búsqueda de re- conocimiento, la gestión de la confianza y el ordenamiento de las identidades que asolan al yo contemporáneo. Ellas conver- gen en la arena política cuyas reglas del juego hoy son una antigualla pues están prácticamente incapacitadas para ejercer su tarea. Así, el ámbito donde se dirime el conflicto, que es inherente a la humani- dad, está configurado por instituciones de otra época desfasadas para lidiar con un demos que ha dejado de ser el que era. Y es aquí donde se dan cita los tres referidos problemas que, además, quedan afecta- dos por las nuevas Tecnologías de la In- formación y de la Comunicación (TICS). La gestación en un plazo de tiempo tan breve del nuevo orden mundial virtual en el que nos movemos una gran mayoría y en el que viven todos los menores de 25 años trae consigo el vacío de la representación con su correlato en el descrédito de la inter- mediación, el falso sentido de empodera- miento y el señuelo de que todo es posible. La búsqueda de reconocimiento La política tiene un componente teatral inequívoco. Los Congresos se construyen como anfiteatros; la oratoria es prevale- ciente en el lenguaje donde no son inútiles los gestos; las campañas electorales son todo figuración; el drama, la farsa y la comedia se entrecruzan. Siempre fue así, pero hoy el espectáculo se amplía porque las audiencias son mayores y los canales con que se llega a ellas se han multiplicado mucho. Pero, paralelamente, los indivi- duos hemos crecido como sujetos que conformamos un protagonismo que antes no existía. Se ha pasado del nosotros al yo. Somos espectadores individualizados a los que, como buenos consumidores, se nos ha dicho que el cliente siempre tiene la razón. Hay un implícito proceso de reco- nocimiento que, si bien al principio era me- ramente formal, una añagaza publicitaria, termina teniendo consistencia. A ello se suma el arrogante e irreversible avance de las TICs que, desde la hiperconectividad, permite el aislamiento en la red, el ensi- mismamiento y el imperio del selfie. Los demás se convierten en la audien- cia, en un público ávido de noticias que llenan la soledad o simplemente entretie- nen. No se trata tanto de saber cómo de ocupar de manera plácida el tiempo. Pero en su conformación tienen una poderosa e inusitada fuerza ya que se convierten en los grandes árbitros del reconocimiento. Son quienes ratifican con un signo de aprobación o de denuesto lo comunicado, quienes difunden lo recibido a sus con- tactos, cuyo mayor o menor número es 22 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 signo de éxito a través de un simple gesto, haciendo que se convierta en viral. Una audiencia globalizada que es juez y parte y que encuentra en su activismo buena parte del sentido de su existencia. Asistir a una manifestación, enarbolar la bandera o la pancarta, significa salir por una vez de lo virtual y, sobre todo, encontrar un sentido más trascendente al acto que se está llevando a cabo. A la vez, aunque transmitirlo supone no salir del bucle, representa un engarce indudable con la estética. El reconocimiento regresa en forma de propósito colectivo: “estamos aquí”. Quienes han vivido toda su corta vida bajo esos parámetros gozan además de una epifanía. Para los mayores es una for- ma novedosa por la que, al fin, dejan de ser anónimos para sentir el designio de una fe que nunca creyeron volver a recuperar. En otro orden, en plena reclusión, las TICS permiten trascender el aislamiento, generar la ilusión de que la vida normal puede trasncurrir por los cauces de cada día. Uno sigue siendo quienes todos saben que es. Incluso el trabajo en casa permite la retribución del oficio que tanto trabajo costó conseguir. El reconocimiento da un giro sobre ese individuo encerrado en su casa que hasta hace poco era alguien porque estaba en la plaza. La gestión de la confianza La mayor parte del orden socioeconó- mico está basada en la confianza entre los individuos. Sucede en las relaciones interpersonales y en el ámbito del mer- cado. Durante siglos, y en no importa que cultura, el valor de la palabra, el apretón de manos, el abrazo, la reclinación de la cabeza, los escritos firmados, han su- puesto las formas de explicitarla. Para afianzarla más se llegó a la figura del fe- datario que trascendía lo estrictamente privado al ámbito público. Si bien su na- turaleza es fundamentalmente individual también puede afianzarse en el nivel co- lectivo. Las personas confían o no, pero también los grupos. Asimismo, en el ámbito político siem- pre se combinaron formas de confianza entre personas con otras que definían un modo de relación con las instituciones. La interacción en lo acaecido entre los distintos órdenes ha sido una constante de larga data. La confianza interpersonal, como se sabe gracias a Pierre Bourdieu y a Robert Putnam, configura el capital social, algo básico para elfuncionamien- to de la política, que a su vez requiere de grados de confianza mínima en las reglas que la definen. Para Max Weber sobre la confianza se yergue la legitimidad, pilar fundamental del poder. En la actualidad la confianza parece estar en horas bajas, sus elementos cons- titutivos se encuentran en bajo mínimos y, además, se dan factores que la amenazan por doquier que van desde la forma en que se socaba la verdad al abuso de quienes monopolizan el poder. La portada de The Economist (del 19 al 25 de octubre de 2019) se pregunta: “Who can trust Trump’s Ame- rica?”. Por otra parte, el discurso de Anto- nio Guterres, Secretario General de la ONU en el Foro de la Paz de París del 11 de no- viembre señaló que “We are witnessing a wave of protests all across the world. Whi- le the situations are all unique, they have two features in common. First, we are seeing a growing deficit of trust between people and political institutions and lea- ders. The social contract is under threat. We are also seeing the negative effects of globalization which, coupled with advan- cing technology, is deepening inequalities in society. People are suffering and want to be heard. They want equality”. Sin embargo, hay elementos conceptua- les nada ajenos que ayudan a entender este tipo de relación de manera precisa. Se tra- ta de la verdad y de la seguridad. La prime- ra supone cierto tipo de adecuación entre la realidad y el conocimiento. La segunda ofrece un nivel mínimo de garantías en tor- no a la propia existencia. Ambas tienen un fuerte componente subjetivo y se apoyan en un laborioso proceso de construcción sociocultural en el que la comunicación desempeña un papel fundamental. Así las cosas, la implosión irrestricta de las TICS ha cambiado radicalmente el escenario. Hoy la verdad se convierte en el veredic- to de un refrendo constante de audiencias y da paso a la posverdad donde los hechos objetivos influyen menos que los senti- mientos o las creencias personales en la conformación de la opinión pública. Por su parte, la seguridad, o la ciberseguridad como asunto fundamental en la agenda global, se haya enredada en un mundo proceloso donde los guardianes encar- gados de suministrarla se encuentran al albur de grandes corporaciones globales. El resultado es el de un contexto definido 23 01M A N U E L A L C Á N TA R A por fronteras difusas, contenidos move- dizos, relatos alternativos y desconfianza rampante. En él se abre un marco insólito que es el de las “fake news”, no por su no- vedad, ya que las verdades a medias o las mentiras sin más siempre estuvieron pre- sentes en la política, sino por su impacto por hacerse virales. Por otro lado, el dominio de los senti- mientos ha impulsado aun más la subje- tividad que trae consigo la existencia de relatos autónomos. Estos se acoplan a los gustos o inquietudes de cada uno hacien- do que la confianza se establezca sobre códigos individuales gestándose una plu- ralidad de relatos difíciles de coordinar. De hecho, la floración de un sinnúmero de razones espurias es la nota predomi- nante. Aquí la gestión de la confianza se alza como un reto insoslayable sin que haya administrador alguno. El ordenamiento de las identidades Woody Allen en Un día lluvioso en Nueva York, ante una situación de desconcierto personal por la que pasa la protagonista que se pregunta quien es ella realmen- te, pone en boca de su interlocutor, con cierta sorna, que la respuesta la tiene mirando en su permiso de conducir, que es el documento de identificación por excelencia en Estados Unidos. El pasaje no puede ser más ilustrativo de las tribu- laciones que asolan al yo contemporáneo, a veces superficiales y otras profundas. Diluidos paulatinamente los viejos lazos comunitarios, quebrados los vínculos con instituciones que creían ser los pila- res fundamentales que acompañaban la existencia, la soledad parece conformar hoy el entorno más sólido de cierta parte de la humanidad. Una situación que en los tiempos del Covid-19 adquiere un perfil dramático por su carácter imperativo: hay quienes queriendo estar solos no pueden y quienes deseando estar acom- pañados están solos No hay ataduras familiares porque la familia o se ha reducido a la más mínima expresión o se hace-deshace-rehace a una velocidad vertiginosa sin que haya posibilidad de consolidar un sentido de pertenencia y de estabilidad. Los nexos religiosos se deterioran y cuando se cons- truyen, como ocurre en el ámbito evangé- lico, tan exitoso en América Latina, siguen pautas de una diversidad de sectas que afloran por doquier y, estableciéndose en locales como si se tratara de garajes o de pequeños comercios, producen una atomización con vocación individualista. En la política, la banalización de la de- mocracia, en afortunada expresión de Peter Mair, ha supuesto el notable incre- mento del número de partidos en la mayo- ría de los países, de la volatilidad del voto, porque cambió la oferta del lado de las candidaturas o la demanda por la avidez del electorado en busca de nuevas alter- nativas. Ni que decir tiene que la identifi- cación “de toda la vida” con algunos par- tidos ha disminuido a cifras impensables hace apenas dos décadas. Por otra parte, la identidad de clase hace tiempo que, probablemente de modo injustificado, es una antigualla. Pero todo ello no quita para que se haya producido una efervescencia de identi- dades plurales que siempre estaban pre- sentes, pero que o bien eran consideradas demasiado íntimas o no tenían el diapasón que las ayudara a proclamarse a los cua- tro vientos. Han requerido una venturosa combinación de reafirmación del yo y un soporte inesperado de las TICS. La pul- sión narcisista, que venía consolidándose por la expansión de la sociedad del con- sumo, se aupó en la soberanía individual avalada por la lógica de la competencia. Las innovadoras tecnologías ayudaron para construir cámaras de resonancia donde se encontraban cómodas las nue- vas expresiones del yo. El problema radica a la hora de esta- blecer la prelación de las identidades que las personas pueden estimar que las definen. El listado de campos tiende a ser ilimitado: A los ya señalados se une el que determina el sexo, la(s) lengua(s), la etnia, el empleo, las aficiones, la enfermedad… Ámbitos difusos, precarios, discontinuos. También resulta problemático que los de- más no reconozcan la identidad del otro: ¿qué se es primero?, ¿cómo gestionar las identidades múltiples?, ¿hay identidades en uno que son intrínsecamente exclu- yentes? En definitiva, ¿quién las ordena? El vacío de la representación y el descrédito de la intermediación La caída del muro de Berlín parece esta- blecer un escenario de confortable ho- mogeneidad en lo atinente al imperio de la lógica de la democracia como única le- gitimidad plausible. Sin embargo, apenas una década después, la funcionalidad de 24 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 la representación comienza a estar cues- tionada: “Que se vayan todos”, “No nos representan”, “Lo llaman democracia y no lo es”, son etiquetas que configuran buena parte de la iconografía política del siglo XXI. No suponen sino el recordatorio del hiato entre dos visiones antagónicas de la democracia. Una, muy extendida a lo largo del último siglo, basada en un conjunto de ideas sencillas, pero vigorosas, referidas a la soberanía popular proyectada en la fórmula simple de “un individuo un voto”, a la representación política, a un sistema de pesos y contrapesos entre diferen- tes facetas en que el poder se divide y al denominado Estado de derecho. La otra, sostenida en expresiones de la acción directa donde el eje de actuación lo incar- dina la participación, la asamblea, el con- ceptode la voluntad general y, en muchos casos, la ausencia de coerción alguna. Locke y Montesquieu frente a Rousseau. El liberalismo político frente al socialismo utópico. La democracia representativa frente a la acción directa del anarquismo. Tras una procelosa andadura, el primer modelo llega a ser preponderante en una notable cantidad de países cuyo número no deja de aumentar. Su pujanza se llega a ejemplificar, en brillantes palabras de Juan Linz, como “el único casino en el pueblo”. Un escenario que casa con el que describe Francis Fukuyama al irrumpir el nuevo siglo, donde más que del fin de la historia de lo que se trata es que la demo- cracia se ha convertido en el único orden político legítimamente posible. En este escenario, la idea de representación, au- pada en el acto electoral, cobra una fuer- za predominante, aunque no exclusiva. La preeminencia de esta dimensión con su consiguiente énfasis en la competición por el voto potencia el papel de los parti- dos políticos cuya funcionalidad no dejó de crecer hasta convertirse en los au- ténticos amos del poder. Forman gobier- no, representan las divisiones sociales existentes, seleccionan personal para la política, agregan, articulan y jerarquizan intereses dispersos, son máquinas de socialización y de información. Pero estas tareas, que pueden subsumirse bajo la idea de la intermediación, han quedado obsoletas entrando en una severa crisis con la revolución tecnológica. El nuevo mundo virtual aupado sobre la expansión de la telefonía celular supone la desvertebración de una gran mayoría de las tareas de intermediación que han sido fundamentales para la vida corrien- te. De pronto, la persona-al-otro-la- do-de-la-ventanilla deja de tener sentido: telefonistas, recepcionistas, cajeros, se convierten en empleos amortizados. Se vacía el contenido de muchas de las funciones de terciar entre partes, algo que también afecta sobremanera a la re- presentación política que, además, viene sufriendo un severo proceso de desgaste por la mayor conciencia de la gente en torno a la corrupción. Los políticos, cuya reputación siempre ha estado cuestiona- da, incrementan su descrédito batiendo records con respecto a la desconfianza que generan en su actuar, incluso en su propia figura, y terminan siendo vistos como uno de los problemas principales de la sociedad. Al hecho de convertirse en personas prescindibles se añade la aña- gaza de eliminar la traba. Dos aspectos cuestionables, al menos a medio plazo, que la realidad cotidiana se encarga de desmentir con la llegada de nuevos repre- sentantes tramposos, soeces y chulescos que hacen de la improvisación y del exa- brupto, cuando no del insulto, un modo de hacer política que, curiosamente, recibe la simpatía de cierta parte de la población. El señuelo de que todo es posible Hay un relato tan viejo como la propia historia de la humanidad que vincula el deseo con el logro y que, además, santifi- ca este con independencia de su sentido. No se trata de alcanzar bienes materiales concretos, a lo que inveteradamente se refieren la gran mayoría de tradiciones es a llegar. Se vive en un tránsito en el que la voluntad de poder se enseñorea de la existencia. Poder tener cosas, poder ser feliz, poder encontrar el equilibrio, poder confundirse con la naturaleza. Tener con- ciencia de que no hay límites y si los hay pueden negociarse. Aspirar a todo y asu- mir que si no se consigue hay impondera- bles que son ajenos. Detrás puede estar la lógica de la sumisión, la autoconciencia de limitaciones propias insoportables, el peso de legados de diversa índole, gené- ticos o de la estructura socioeconómica en la que se nace. Son espacios que se canalizan mediante la autocompasión o a través de cauces religiosos. La tecnología acompaña al ser humano desde sus albores por lo que no se puede deslindar ninguna etapa de la evolución sin tener en cuenta el estado concreto del co- nocimiento tecnológico de cada momento. 25 01M A N U E L A L C Á N TA R A Entendida la “tékne” como la fabricación material que refleja la eficacia de la acción transformadora de lo natural en artificial ha pasado por estadios de mayor o menor ritmo de alteración en los que los avances suponen per se un cambio de época. Los mismos han afectado por partes a dis- tintos colectivos generándose grados de desarrollo desigual. De hecho, una manera de entender la historia de la humanidad ofrece diferentes modelos en función de los estadios en dicha evolución. La mutación tecnológica en que nos encontramos desde hace tres décadas en el ámbito de la información y de la comuni- cación supone uno de esos hitos trascen- dentales que, como novedad, conlleva su enorme velocidad en cuanto a su disemi- nación y, por ende, su carácter universal. Los cambios tecnológicos previos trajeron consigo el empoderamiento de diferentes grupos, pero hoy este es general y ello contribuye a su carácter demiurgo. Es poco cuestionable que la política dio un salto de gigante al establecer el prin- cipio de la ciudadanía sobre la premisa fundamental de la igualdad donde, como señalé más arriba, toda persona tiene un voto, pero el actual escenario lo da sobre la base de que cada individuo tiene al me- nos una conexión inalámbrica. De pronto, la gente que venía bullendo desde hace tiempo tiene un instrumento multifun- cional que, además, por su portabilidad le acompaña permanentemente. Si Ortega en La rebelión de las masas ya señala en 1930 que el hombre-masa es alguien “cuya vida carece de proyecto y va a la deriva… hecho de prisa, montado nada más que sobre unas cuantas y po- bres abstracciones y que, por lo mismo, es idéntico de un cabo de Europa al otro… [que] tiene solo apetititos, cree que tiene solo derechos y no cree que tiene obli- gaciones”, el momento presente no hace sino agudizar ese diagnóstico. A este individuo egocéntrico que no tiene ideas sino creencias, que es el producto de la exacerbación de la sociedad del consumo y que, como señalaba Nietzsche, le gusta vivir en manada, la revolución tecnológica le hace sentir como nunca que todo es po- sible, ingenuamente. El falso sentido de empoderamiento La construcción de un relato convincente sobre el que articular el sentido de la vida y las bases de la convivencia entre los seres humanos es un arte que acompaña a nuestra evolución. Impregna a la reli- gión, pero también a la política. En esta, ideas variopintas acuñadas en diferentes etapas del desarrollo de las distintas ci- vilizaciones han desempeñado papeles fundamentales en la construcción del orden político. Una de las más fascinantes es la de la soberanía popular. Gracias a ella se entiende que un concepto relacional abstracto como es el poder, pero que tan firme presencia tiene en cada instante de la existencia, tiene su origen y está depositado en el colectivo que formamos. La máxima de una persona un voto y el extraordinario alcance y su significado de los derechos humanos son, sin duda, sus efectos más inmediatos. Los individuos aparecen inequívocamente dotados de un protagonismo superador de diferencias por sexo, raza, lengua y religión. Son de- miurgos de sí mismos, pero a la vez de la colectividad en que se mueven. Este escenario, que culmina un largo proceso decantado en los dos últimos si- glos, se enfrenta hoy a la revolución digital cuyas pautas han cambiado radicalmente el comportamiento de hombres y mujeres. “La tecnología acompaña al ser humano desde sus albores por lo que no se puede deslindar ninguna etapa de la evolución sin tener en cuenta el estado concreto del conocimiento tecnológico de cada momento”. 26 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 En la actualidad la gente está permanen- temente conectaday siente que está al alcance de posibilidades impensables para una generación atrás y, a la vez, se mueve en el entorno VUCA (volatilidad, incerti- dumbre, complejidad y ambigüedad). Se trata de una paradoja interesante puesto que todo resulta virtualmente posible, pero el potencial de internet a la hora de destruir nuestro sentido de la escala es enorme. Hoy, buena parte del mundo pasa más tiempo frente a una pantalla que mirando a la cara de quienes son sus interlocuto- res. Existe una gran mayoría envuelta en historias distópicas que, asimismo, esti- man que su afán es ilimitado. Es un marco anónimo, de extrema individualidad y de profunda soledad que, además de nihilis- ta, facilita nuevas formas de acoso en las que el poder adquiere otra connotación. La compañía virtual parece satisfacer la necesidad inveterada de socialización de los individuos. Ir a la plaza tiene poco sen- tido y cuando se sale solamente el recla- mo del centro comercial resulta atractivo atizado por el paroxismo consumista. Las nuevas formas de vida en urbanizaciones separadas y la obsesión por la seguridad son acicates para permanecer en la casa y configurar una sociedad líquida en tér- minos de Zygmunt Bauman. Así se gesta una forma de vida. Sin embargo, por una parte, la incita- ción a salir a la calle, a recibir en la cara un aire tan diferente al del sombrío cuarto del que se sale poco, a sentir el aroma de la gente, el calor del contacto humano, aquella reminiscencia del recién citado Nietzsche del confort del establo. Escu- char el ruido que hacen las cacerolas y, más aun, los gritos pareados de los otros invitando a unir su voz, tan callada, portar las pancartas con soflamas firmes, de- terminantes, hacer ondear las banderas. Es una sensación de poder real, virtuoso, que se ensalza, gracias a un subidón de la adrenalina, cuando las fuerzas de seguri- dad están en frente, bestiales, embutidas en las corazas ninja, impersonales, ocul- tas tras los escudos. Pero, por otra parte, cuatro meses más tarde, la gente termina pasando un prome- dio de 79 horas semanales conectada de una manera u otra a internet. De pronto su vida adquiere un nuevo sentido que no deja de ser el de siempre, pero que ahora llena realmente el tiempo de su existencia. Un virus ha conseguido la transformación casi completa de la vida hacia un costado vir- tual, o, si se prefiere en palabras de Oscar Oszlak, hacia la era exponencial. Consideración final La búsqueda de reconocimiento, la gestión de la confianza, el ordenamiento de las identidades que asolan al yo contemporá- neo, el vacío de la representación con su correlato en el descrédito de la intermedia- ción, el falso sentido de empoderamiento y el señuelo de que todo es posible han supuesto el guion de estas reflexiones. Configuran un hexágono de elementos perfectamente interconectados que pue- den aportar cierta luz para entender los procesos que se han disparado a lo largo del segundo semestre de 2019 en buena parte de América Latina y que han tenido su transformación por el Covid-19. La complejidad de lo que acontece re- quiere, a la hora de su comprensión, incorporar a los análisis más canónicos que ponen el acento tanto en cuestiones institucionales como en otras estructu- rales los profundos cambios acontecidos en la sociedad como consecuencia del impacto de las TICS. A las transformacio- nes del comportamiento de los individuos y de sus expectativas, al reforzamiento de viejas cuestiones en clave identitaria a las que se han sumados otras nuevas, se aña- de la existencia de nuevos actores empre- sariales. El capitalismo ha modificado su forma de actuar amparado en la profundi- zación del individualismo y en el imperio irrestricto de la lógica de la competencia. Lo cual no ha supuesto merma alguna en su expansión sino todo lo contrario. Los tiempos actuales son de incerti- dumbre como rara vez lo fueron en la his- toria de la humanidad de manera tan gene- ralizada. A los asuntos que componían un largo elenco de cuestiones que siempre debían ser abordadas ahora se añade un nuevo escenario en el que la globalización, la revolución tecnológica y la caída en una crisis económica global sin precedentes han sembrado el terreno de nuevas incóg- nitas cuyo proceloso significado ha sido la pauta del presente texto. m Referencias Arendt, H. (1990), Hombres en tiempo de oscuri- dad, Barcelona, Gedisa. Ortega y Gasset, J. (1979), La rebelión de las ma- sas, Madrid, Alianza. 27 01M A N U E L A L C Á N TA R A por Rafael Estrada Michel. Profesor de Historia del Derecho y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel 2), México. MONJAS Y VIRUS CORONADOS 28 O sea que el tan mono video retuiteado cientos de miles de veces —ese que mos- traba al hidrocálido José María Napoleón cantando “nada te llevarás cuando te mar- ches / cuando se acerque el día de tu final” por las calles de Morelia— era en realidad la apertura del séptimo sello. Confieso que no comparto las prevenciones de mi generación en contra de las redes socia- les. Por el contrario, me parecen un nota- ble instrumento, no sólo para la catarsis sino para la difusión del pensamiento inmediato que, por complejo y difícilmen- te expresable, permanecía las más de las veces inédito en la era de Gutenberg. Con todo, ¿han contribuido en algo a procesar el actual apocalipsis? No me refiero, error frecuente, al Apo- calipsis como fin de los tiempos, ni siquie- ra al libro de Juan que aparentemente se refiere a tal temática, sino a su acepción verdadera, la etimológica: al apocalipsis como revelación, al apocalipsis que im- plica alejar el velo que cubre a la verdad. Concedamos que en la especie acaso se refiera a la cortina que nos separa de la verdad del fin de nuestros pasos sobre la tierra, pero también que se trata, al fin y al cabo, de un desvelamiento y nada más. En el sentido que propongo, la con- fluencia de verdades o mentiras indivi- duales que se han dado cita en la red ha resultado apasionante. Contrasta, por su cercanía con la cotidianidad, y ha despla- zado, con mucho, a la confusión en que in- curren académica y sistemáticamente los integristas de datos y hechos (sus datos y sus hechos, se entiende) que se niegan, como ha probado Josep Maria Esquirol (2018: 13), a abrirse al misterio, al “hecho desbordante de significación” en el senti- do benjaminiano, al dato irreductible a la explicación meramente causal. Así, en los pasados días hemos asistido a la lamen- table exhibición de una nada científica “experticia”01 por parte de una opinocracia azorada ante el hecho de que las curvas de incidencia y reproducción del Covid-19 no se presentan en forma regular (esto es, simplificada, reducida, depauperada) en las diversas latitudes del Globo. El miedo y la angustia han aparecido entre noso- tros, hijos como somos del racionalismo ilustrado, tan pronto como la realidad no se ha ajustado a nuestra reducción codifi- cada. Como ante el fenómeno criminal, la creatura racional se revuelve desespera- da al percatarse de que los hechos no se adecúan exactamente a las descripciones típicas que pueblan los preceptos de sus códigos penales. Le lastima el hecho, complejo donde los haya, de que no pasa el tiempo: sólo pasa ella, inexorablemen- te, como en el poema del recientemente fallecido (otra señal de la revelación) Er- nesto Cardenal: “No pasa el tiempo pero nosotros pasamos. Ah, compañero San Agustín. Son nuestras vidas que pasan lo que parece darle movimiento al tiempo como los postes que desde un tren parece que pasan (postes de aquel tren a Nápo- les, a los veinticinco años, que pasaron y nunca más volvieron)”. Pero, dado que no tenemos respuesta precisa a nuestro primer cuestionamien- to, salgámonos un poco de lasredes sociales y analicemos opiniones un tanto más “autorizadas”. Hace unos días llevé a mi hijo pequeño al médico, para una revisión de rutina. Me impresionó ver que en el Hospital Ángeles del Pedregal colo- caban una cámara (él y yo debemos haber sido los primeros escaneados) que mide a la distancia la temperatura corporal y deja un registro (indeleble, supongo) en la nube. Con ello se actualiza el Leviatán de los datos personales y la privacidad que hace unos días presagió y desnudó el filó- sofo sudcoreano Byung Chul-Han (2020). Este hombre, atinado observador, si bien considera que el Occidente “sin mas- carillas” está gestionando la crisis en for- ma mucho menos atinada que los países asiáticos, prevé y lamenta una vuelta a la soberanía del amigo-enemigo, a esa deci- sión soberana en estado de excepción que proclamó Carl Schmitt para constituirse en el guardagujas jurídico de los trenes que conducían a Buchenwald. Tampoco parece casualidad que al conmemorarse el septuagésimo quinto aniversario de la liberación de Auschwitz, uno de los sobre- vivientes, Marian Turski , se haya dado a la tarea de develar los patrones que, en forma aparentemente ordinaria, van conducién- donos de a poco a los círculos del Infierno: “la idea de que hay gente que es excluida, estigmatizada y alienada se integra en nuestras vidas… (las personas) se acaban acostumbrado a la idea de que (los perte- necientes a comunidades minoritarias) son extraños y extranjeros, es gente que porta gérmenes y causa pandemias. Los oríge- nes del horror están ahí” (Turski, 2020: 41). Acaso todo ello ayude a explicar (pero jamás a comprender) los videos en que apa- rece una multitud enardecida empeñada en 01 Pensamiento “fast food” le ha llamado Antonio Ortuño (2020). 29 01R A FA E L E S T R A D A apedrear un autobús que conduce ancianos potencialmente infectados desde su casa de reposo a un céntrico hospital en el que, con toda probabilidad, no hallarán respira- dores. ¡Y eso en Cádiz, la cuna de las liberta- des constitucionales iberoamericanas! Chul-Han y Turski escriben con mucha mayor compasión y empatía que nuestra opinocracia vernácula, dada a declarar lo mismo que Santa Anna y la primera reforma liberal fueron las culpables del brote de cólera en 1833, o de plano que el Estado mexicano no existe porque sólo “se le pensaba retóricamente como una dictadura” (sic) durante la práctica tota- lidad del siglo XX, o que el presidente de la República rebaja la vida republicana cuando hace eco de las supercherías de un populacho que, de cualquier forma, ha de continuar encomendándose a Santa Bárbara Doncella antes de tomar el pe- sero o el metro al que lo sigue obligando su criminal empleador, santo patrono de una economía en terapia intensiva. No faltó quien comparó los días que vivimos con aquellas terribles y oscuras horas de Churchill, no se sabe si ante Dunkerke o ante Normandía, pero para el caso es lo mismo: lo que importa es que el gobier- no tiene datos distintos a los míos y, por tanto, se equivoca. O se equivocará, si logra que nos encerremos con nuestras familias y detengamos la locomotora de la macroeconomía en aras de salvar nuestras vidas. Con contadísimas excep- ciones (las de Martín Vivanco y Salvador Camarena, por ejemplo), muy pocos edi- torialistas han considerado siquiera la posibilidad de que México haya adoptado la estrategia adecuada. Y es que pulula entre nosotros, por supuesto, el verdadero virus insignia de nuestro siglo: la polarización. A la derecha nacional le indigna mucho más que el pre- sidente no se comporte “a la altura” (Engli- sh spoken, of course) en una reunión virtual del G-20, que las continuas denuncias de asistentes domésticos que son suspendi- dos en su derecho al salario (de la seguri- dad social ni hablemos) en tanto no puedan prestar sus servicios: “No tengo por qué pagar a la ‘señora que me ayuda’ (como si no se tratase de un contrato) si no viene a trabajar”. Otra conducta arquetípicamente mexicana: que el gobierno cumpla con lo que yo estimo son “sus obligaciones” y, en cambio, que no se me exija a mí el cumpli- miento de legislación laboral alguna. Y ahora nadie, o casi nadie, quiere pa- gar a los trabajadores domésticos “por un trabajo que no hacen”. Si se mantienen en sus puestos (el anciano poli que cuida la caseta de la “Privada”, el chofer que debe mantener clorizado el coche en el que se le obliga a permanecer e incluso a dor- mir, y así un largo etcétera) no tenemos problema. Pero, los otros, que hagan su trabajo (una labor que no pueden hacer porque no les permitimos entrar a nues- tras casas). La pirueta retórica hace que asumamos que las clases menos favore- cidas sí están obligadas a lo imposible, hecho inédito en la tradición jurídica romano-canónica: como en película de Alfonso Cuarón, las reuniones (ahora “La idea de que hay gente que es excluida, estigmatizada y alienada se integra en nuestras vidas… se acaban acostumbrando a la idea de que son extraños y extranjeros, es gente que porta gérmenes y causa pandemias. Los orígenes del horror están ahí.” 30 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 necesariamente virtuales) de vecinos en los condominios mexicanos de clases pri- vilegiadas le disputan a la conferencia de Walsee (1942) el primer sitial en la historia universal de la infamia y de la pena ajena. Más reportes desde una distopía que, por desgracia, no lo es tanto. Entre la con- fusión prevaleciente hemos terminado por detestar a los murciélagos, animales indispensables, al parecer, para la refo- restación del planeta. En el Perú, incluso, se han preparado auténticos progromos contra ellos. Lo peor, en la Nueva España, es que hemos vuelto al estereotipo (Car- men Salinas dixit) del “chinito” ratófago. Nuestras obligaciones hacia el medio ambiente o hacia nuestros semejantes se diluyen en un “individualismo metodológi- co” que había de conducirnos al desastre, como los más perspicaces supieron ver desde hace años. Un individualismo “que resuelve todo en precisos análisis de cos- tos y beneficios, en modalidad de reaccio- nes a los incentivos. Se afirma en modo tal el perfil de un individuo abstracto e ideal, movido exclusivamente por el impulso de maximizar el propio beneficio, en cuyo comportamiento domina el cálculo racio- nal y la búsqueda de la utilidad práctica… el homo oeconomicus extremo, figura to- talizante y totalitaria” (Magris, 2018: 10-11, traducción mía). Parece que ha llegado el tiempo del cumplimiento de la “mitología jurídica de la modernidad”, como la llamó Paolo Grossi en su libro seminal. Del otro lado, la izquierda no oficial aparece turulata, desconcertada. Como Fuentes al grito de “Echeverría o el fas- cismo”, los izquierdistas de hoy no saben si criticando al gobierno abonan o no a la reacción. Y como tampoco saben qué es la reacción, se ponen a inventar países e historias. Jamás se cuestionan, muy al estilo de la “nueva izquierda”, si el proble- ma más bien ha sido un exceso de Estado que un Estado fallido o inexistente. Tam- poco nos explican qué debemos entender por “Estado” (como si fuese lo mismo Escandinavia que el Cuerno de África) y llegan a dudar de la “leyenda” de 1985 (esto es, de la reacción social solidaria y complejísima frente a la tragedia de los sismos), hesitación que insulta a las víc- timas y a los héroes de aquella jornada en que, precisamente, un Estado paquidér- mico mostró que no daba para más. Y sí, es posible que la crisis estalle en forma terrible, pero no por la “gentrifica- ción” de las clases medias y altas (valiente anglicismo), sino porque los privilegiados han empleado siempre a un Estado fuerte, que no sólido, en su exclusivo beneficio, ese que permite que algunos perma-nezcamos en nuestras casas, cómodas, asépticas y bien surtidas por aquellos que no pueden darse el lujo de dejar de traba- jar, cargando y recargando contenedores o camiones de basura, ni siquiera un día a la semana, so pena de enfrentar a otro jinete del Apocalipsis: el hambre. Y es posible también que el manejo de la pandemia esté siendo pésimo en Occidente: pésimo a partir de premisas estatistas, por cierto. Me temo, sin em- bargo, que estamos poniendo los resulta- dos antes del planteamiento de la aporía. ¿Que el campesinado no estuvo cooptado por el Estado postrevolucionario? Por fa- vor. Nuestros opinócratas parten hacia le- janas tierras a hacer su posgrado sin pizca de conocimiento histórico con miras a re- gresar a darnos lecciones de Historia (in) patria. Y de ahí hasta Žižek proclamando, cual venganza, el fin de la historia... pero del capitalismo, cuando de lo que se trata es de replantear urgentemente nuestras relaciones con nuestro hábitat y con la materia que nos circunda y nos seduce al punto del paroxismo. Volvamos al notabilísimo texto de Es- quirol. Si el autor tiene razón en torno al “misterio”, muchos fundamentalistas de los hechos y los datos se van a quedar esperando la peste bubónica: “hay mu- cha presión para reducirlo todo a simples hechos, y a datos. Pero la vida se resiste a tal reducción. En el fondo, cada per- sona es un acontecimiento inefable… la pertinente explicación causal no agota la significación. Celebraciones, blasfemias, plegarias y lamentos son la expresión es- pontánea, pero honda, de que el mundo humano rebasa los simples hechos… Sin embargo, desde hace algún tiempo, los intelectuales y la academia, de espaldas al misterio, se jactan de dar el tema por zanjado. Y el contexto social parece con- formarse con ello, como si habiéndonos emancipado del antiguo lastre, pudiése- mos por fin presumir de la pulcra, potente y rigurosa reducción a explicaciones de hechos” (Esquirol, 2018: 12-13, 15). Si no se repite en México el Armageddon italiano, ¿se disculparán con la estrategia oficial y con las supercherías populares los cons- picuos integrantes de nuestro Círculo Rojo? No lo sé. Eso sí que constituye un misterio irresoluble. Lo que sí sé es que lo que veremos en los días próximos será determinante para 31 01R A FA E L E S T R A D A el levantamiento del velo al que me he ve- nido refiriendo. En el terreno práctico, por poner un ejemplo de obvia y urgente re- solución, ¿qué interpretación deberemos darle al quinto párrafo del artículo 1º constitucional si es que llega el caso de tener que discriminar entre quienes ten- drán derecho a respiradores y quienes no?, ¿es razonable, ponderada y proporcional la discriminación que distinguirá a los derechohabientes en virtud de su mayor o menor edad, y de sus mayores o menores posibilidades de vivir largos y productivos años?, ¿se va diluyendo la dignidad huma- na en proporción directa a la cercanía con la tumba?, ¿hemos de aplicar la solución italiana y española, con mucho menos capacidades técnicas que las que aparen- taba poseer la rica Europa? Como ha postulado Gustavo Zagre- belsky, frente a este tipo de situaciones es indispensable exigir de los operadores médicos, jurídicos, filosóficos, econó- micos y políticos, una toma de posición (Zagrebelsky, 2009: 111). En el “derecho por principios” (y el nuestro lo es, cuando menos, desde la reforma constitucional de 2011), no cabe permanecer impasible y mucho menos indiferente, ni queda tran- quila la conciencia con la mera aplicación de una “regla”. Hay que oír a Turski, abo- minar de la indiferencia y operar hasta lograr que el caso concreto (la dotación de camas y respiradores a X paciente) tenga un impacto sobre el orden jurídico, inevitablemente general, abstracto e impersonal: lo malo de la pompa es que suele ir olvidándose, poco a poco, de la circunstancia. Vaya paradoja: justo cuando los más escandalosos proclama- ban la llegada de la inteligencia artificial al mundo de lo jurisdiccional nos venimos a percatar de que semejante “inteligen- cia”, capaz de proclamar que hay vidas humanas prescindibles con base en el procesamiento de una inhumana infini- tud de “datos”, es impotente para arros- trar la presente crisis. Se ha discutido en las últimas semanas, a ambas orillas del Atlántico, si los jueces pueden obligar a las administraciones a tomar medidas sanitarias concretas. Aparece, de nuevo, el reto de la comple- jidad, a lo Edgar Morin. ¿Debe proceder o no el juicio de Amparo ante la dotación o negación de una cama de hospital o ante la negativa de entrega de un cuerpo iner- te contaminado por el Covid-19?, ¿podría establecerse un listado legal de aquellos actos de la autoridad contra los que no proceda el Amparo por considerárselos de orden público e interés social, esto es, de imprescindible cumplimiento? No lo creo. Los “principios”, en el sentido de Zagrebelsky, no pueden dejar de ser conceptos determinables caso por caso. El intento contrario constituye la gran miopía de la codificación y del exactismo legolátrico: no hay más equidad que la del caso concreto. Ni más justicia. El juicio a priori es un prejuicio por donde se le vea, y oscurece los “datos” y los “hechos” incluso cuando nos parecen más evidentes. Y sí, por desgracia, la realidad terminará por imponerse. Ojalá no se empeñe en demos- trarnos que no hay camas para todos. Por eso creo, de nuevo con Esquirol (y con Emilio Mitre [2017: 20-21], que de- “Lo que importa es que el gobierno tiene datos distintos a los míos y, por tanto, se equivoca. O se equivocará, si logra que nos encerremos con nuestras familias y detengamos la locomotora de la macroeconomía en aras de salvar nuestras vidas”. 32 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 muestra que en ese despreciado Bajo Medioevo de la peste negra la felicidad fue perfectamente posible y revelable), que la solución, superada la crisis, ha de venir “de las afueras”, dado que nunca hemos sido expulsados de Paraíso alguno (Edén, por lo demás, imposible y al que nos empeñamos en confundir con nuestros barrios de clase privilegiada tan plenos de grandes verjas que impiden la entrada contaminante de los otros). De esas afueras en las que “nada tiene más sentido que el amparo y la ge- nerosidad” (Esquirol, 2018: 7), como lo han demostrado enfermeros, trabajadores del servicio de limpia, residentes médi- cos y pagadores empeñados en que a los prestadores de servicios no les falte nada en estos días de encierro “en cuyo marco puede resultar muy sugerente referirse a la mirada perdida de Adán y al tedioso ademán de Eva que, después de hacer el amor y de comer la fruta de un granate in- tensísimo, sentían el desasosiego de pre- ver que el mañana sería igual que el ayer” (Esquirol, 2018: 10). El desasosiego del Día de la marmota al que deberíamos habernos acostumbrado hace siglos. También creo en contadas cosas de en- tre todo lo que he leído en los periódicos recientes (eso sí, retuiteado o enviado por Whatsapp): en la superación de la “soberanía insensata” a la que llama Luigi Ferrajoli a través de su enésimo “mani- fiesto por la igualdad en el marco de un constitucionalismo planetario” (García Jaén, 2020) o en el mensaje, apocalíptico donde los haya, del antiguo consejero de Miterrand, Jacques Attali (2020), en rela- ción con un mundo en el que, por fin, no habrá liderazgo que más valga que aquel que se cimiente ya no en la policía ni en la ciencia sino en la compasión: una transi- ción hacia la empatía, si no definitiva, sí definitoria. Hemos de esperar la revela- ción del nuevo orbe leyendo los diarios de la peste que dejaron, cada quien en su cir- cunstancia, Camus, Sontag, Sarduy y, por supuesto, Bocaccio, eseincomparable hombre en el gozne de los tiempos. Y los complejísimos, aunque no complicados, romances y sonetos de nuestra sor Jua- na, el fénix de Occidente que supo morir a los cuarenta y seis años por negarse a desatender una pandemia en su encierro jerónimo, el más creativo y revelador de cuantos ha visto discurrir la tierra media americana. Aguardemos, pues, sin apela- ciones precipitadas a nuestros infalibles “datos” y con la esperanza de lograr deve- lar el misterio. m Referencias Attali, J. (2020), “¿Qué va a nacer”, SDPnoticias, 25 de marzo. Esquirol, J. M. (2018), La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana, Barcelona, Acantilado. García Jaén, B. (2020), “Los países de la UE van cada uno por su lado defendiendo una sobe- ranía insensata. Entrevista a Luigi Ferrajoli”, El País, 27 de marzo. Han B.-C. (2020), “La emergencia viral y el mundo de mañana”, El País, 22 de marzo. Magris, F. (2018), Libertà totalitaria, Milán, La nave de Teseo. Mitre, E. (2017), Desprecio del mundo y alegría de vivir en la Edad Media, Madrid, Trotta. Ortuño, A. (2020), “Opinar por opinar”, El País, 29 de marzo. Turski, M. (2020), “No seas indiferente”, Letras Li- bres, núm. 255, marzo. Zagrebelsky, G. (2009), El derecho dúctil. Ley, de- rechos, justicia, Madrid, Trotta. “Hay mucha presión para reducirlo todo a simples hechos, y a datos. Pero la vida se resiste a tal reducción. En el fondo, cada persona es un acontecimiento inefable… la pertinente explicación causal no agota la significación”. 33 01R A FA E L E S T R A D A El Covid-19, por Roberto García Jurado. Profesor-investigador de tiempo completo en el Departamento de Política y Cultura de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México. ¿UNA CONSPIRACIÓN MUNDIAL? 34 La pandemia provocada por el Covid-19 no es la primera ni será la última que azote a la humanidad. Las pandemias o epidemias que han diezmado al género humano tie- nen un largo historial, se remontan hasta la misma antigüedad, pues parecen con- génitas de los seres humanos. No obstante, quizá la más antigua pan- demia de la que se guarda viva memoria en el mundo moderno sea aquella peste negra que ocurrió justo a mediados del siglo XIV en Europa, la que inspiró y motivó a Giovanni Bocaccio para que escribiera el Decamerón, donde se relata cómo diez jóvenes huyeron de la peste saliendo de Florencia para refugiarse en una villa cercana de la vecina Fiésole, en donde se enclaustraron por dos semanas, que ame- nizaron contándose los cien cuentos que constituyen el conocido libro. Así, la actual pandemia del Covid-19 seguramente no será la última que padez- ca la humanidad, y muy probablemente tampoco sea la última que tenga tan alta letalidad como aquella peste medieval de dimensiones apocalípticas. Desafor- tunadamente, ahora como entonces, y seguramente también en la posteridad, las sociedades no estarán lo suficiente- mente preparadas para enfrentar y resis- tir la enfermedad, pues siempre existirán consideraciones religiosas, económicas, políticas o estratégicas que retarden o debiliten su combate. Justo como ocurre ahora, cuando una diversidad de actores de la opinión pública internacional culpan a China de no haber actuado con mayor celeridad, de no haber dado el toque de alerta antes, en cuanto aparecieron los primeros contagios. Algu- nos han acusado al gobierno chino de no querer dañar su trayectoria económica, que aunque tenía previsto solo un creci- miento de seis por ciento del PIB para este 2020, ha promediado un diez por ciento de incremento promedio anual en los últi- mos treinta años, lo que significa que en tres décadas el enorme país asiático ha triplicado prácticamente el tamaño de su economía, una proeza que no tiene punto de comparación en el mundo contemporá- neo. Ha habido quienes incluso consideran que el gobierno chino actuó con retardo y reparo para no empañar tampoco la conmemoración del centenario de la fundación del Partido Comunista Chino, a celebrarse en el 2021. No obstante, aunque todavía no se dis- pone de toda la información necesaria, no cabe duda de que esta es la primera pan- demia realmente global en la historia de la humanidad, la primera gran epidemia que no se limita ni a un país, ni a una región, ni a un continente, sino que se ha extendido a todos los rincones del planeta. Así, no cabe duda de que la difusión global que alcanzó la pandemia en tan sólo tres meses se debe al elevado índice de intercambios comer- ciales, sociales y culturales que se tienen en la actualidad, a la globalización más pura y simple, y si bien esta misma interacción global ha permitido que haya un inmediato y abundante flujo de información y experien- cias que han permitido contener la propa- gación geométrica del virus, es necesario recordar que esa misma globalización fue la que propició su rápida dispersión, una lec- ción fundamental que debería tenerse muy en cuenta para diseñar las medidas precau- torias necesarias en el futuro inmediato. Sin embargo, más allá de los riesgos inherentes e inevitables de una propa- gación viral como esta, no deja de llamar la atención que un riesgo y un lastre muy importante en su combate es la persis- tente desconfianza y recelo que sigue existiendo en la mayor parte de las socie- dades con respecto a sus propios gobier- nos, a la prensa nacional e internacional, hacia los mismos organismos internacio- nales y hacia muchas otras instituciones políticas sociales y económicas de las sociedades en que vivimos. Así, a pesar de todos los avances educativos y culturales que ha logrado el mundo occidental, y muchas otras re- giones del globo, y a pesar del desarrollo de las instituciones representativas, de- mocráticas y de las múltiples y variadas organizaciones que han surgido de la so- ciedad civil, sí, a pesar de todo ello, puede apreciarse aun una gran desconfianza no sólo hacia el gobierno, hacia los líderes y hacia los partidos políticos, sino también hacia muchas otras de estas institucio- nes, comenzando por la misma prensa y los medios de comunicación. Es verdad que en la mayor parte de los países más afectados por la pandemia, la generalidad de la población ha aceptado y acatado las recomendaciones o restric- ciones para evitar la propagación del virus, sin embargo, no todos los individuos lo han hecho con plena convicción o credulidad, en muchos de estos ronda la idea de que se trata de un engaño, de que es falso o de que hay una exageración en todo ello. Mu- chos de estos individuos creen que alguien está ocultando algo, que alguien sabe más que todos los otros. 35 01R O B E R T O G A R C Í A De este modo, uno de los principales enemigos de la cooperación social y la operación coordinada entre la sociedad y sus instituciones es lo que los politólogos y sociólogos llaman la teoría de la conspi- ración, es decir, la certeza o la suposición de que determinados acontecimientos de gran relevancia social, económica o po- lítica son deliberadamente producidos y controlados por un poder invisible, oculto, secreto, ya se trate de un personaje o una élite con poderes superiores e ilimitados, con la capacidad de iniciar, impulsar y controlar un fenómeno que afecte a un país o al mundo, con algún propósito es- pecífico pero encubierto, de consecuen- cias mediatas o imprevisibles. En general, podría decirse que las creencias conspiracionistas se deben en buena medida a la falta de información y educación de la sociedad, a creencias en lo sobrenatural y lo paranormal, a la tendencia al maniqueísmo, o sea, a ver el mundo como una lucha entre el bien y el mal, donde, obviamente, hay gente buena y gente mala. Sin embargo, es sorpren- dente que convicciones de este tipo se encuentren también en sectores educa- dos ycultivados de la sociedad. Más aún, es muy frecuente encontrar este tipo de opiniones en individuos cuyas posiciones ideológicas tienden al extremismo po- lítico, ya sea de derecha o de izquierda, para quienes no se pueden ver los grandes acontecimientos de la realidad y la histo- ria sino como un gran complot, como una estratagema que alguien urdió para con- seguir un fin predeterminado. Evidentemente, las teorías de la cons- piración tienden a simplificar la realidad, a ordenar de una manera más sencilla y comprensible la enorme cantidad de acon- tecimientos exteriores al individuo que no sólo están fuera de su alcance producir y dominar, sino incluso conocer o intuir. Puede resultar mucho más tranquilizador saber que la culpa la tiene alguien o algo, que la alternativa más inquietante de asu- mir que no se tiene respuesta. El análisis social, económico y político exige un gran volumen de información, de conceptos y categorías especializadas que no siem- pre son de simple manejo, y que muchas veces ni siquiera garantizan u ofrecen una explicación racional y consecuente de los fenómenos estudiados, de lo cual deben estar plenamente conscientes los investi- gadores y científicos. Ante la compleja realidad que circunda y condiciona al individuo, y que muchas veces pareciera un apabullante e impe- netrable caos, la teoría de la conspiración puede servir de base para que el individuo obtenga algunas respuestas y apacigüe así su angustia ante lo desconocido e in- evitable. La idea de la conspiración puede reducir la indefensión que siente el indivi- duo ante su desconocimiento y dotarlo de alguna respuesta ante problemas comple- jos, multicausales y polivalentes, y para los cuales muchas veces ni la propia ciencia o los agentes informados la tienen. Aunque las teorías de la conspiración son acogidas en todo tipo de sociedades, tienen un arraigo más acendrado en las sociedades en donde hay mayores niveles de marginación, de segmentación social o de notable polarización. Incluso puede apreciarse una asociación entre las ideas conspiracionistas y el populismo tan bo- yante en la actualidad. El populismo se nutre en buena medida de la sensación existente o generada en el pueblo de que tiene un enemigo oculto, embozado, que siempre está al acecho para manipularlo y dañarlo. Además, una de las caracterís- ticas más constantes del populismo es su antielitismo, su tendencia a identificar a las élites políticas, económicas o cultas como las responsables de las cosas que afectan al pueblo. No parece una coincidencia que los tres líderes populistas más importantes del continente americano en la actualidad, Donald Trump, Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador, presidentes ade- más de los tres países más grandes de la región, hayan minimizado en un principio “Puede resultar mucho más tranquilizador saber que la culpa la tiene alguien o algo, que la alternativa más inquietante de asumir que no se tiene respuesta”. 36 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 la peligrosidad y letalidad del Covid-19, an- teponiendo en primer lugar su popularidad y temiendo el previsible daño económico que las medidas de prevención y protec- ción acarrearían a sus países. De este modo, muchas de las grandes epidemias que ha sufrido la humanidad han sido explicadas frecuentemente con base en cierto tipo de teoría de la conspiración. Así ocurrió con la gran peste negra de mediados del siglo XIV de la que se habló aquí en un principio, la cual acabó con una buena parte de la población europea, cebándose con rigor en ciertas ciudades y poblados que casi desaparecieron. En aquella ocasión no faltó quien culpara a los judíos de semejante calamidad, que los acusara de haber envenenado los pozos de agua deliberadamente para producir la enfermedad. Desde el inicio de nuestra era, nunca faltaron motivos para perseguir a los judíos por una u otra razón. Por ello, no fue difícil culparlos de la pes- te negra. Como tampoco lo fue culparlos después de muchas otras calamidades y accidentes, atribuyéndoles una malevo- lencia y perversidad que se condensaría en panfletos como los Protocolos de los sabios de Sión, que hace poco más de un siglo alimentó el antisemitismo nueva- mente, justo cuando estaba por producir- se otra de las grandes pandemias de la hu- manidad, la gripe española de principios del siglo XX, a la cual no faltó tampoco una explicación basada en la conspiración. En efecto, hace poco más de un siglo, en 1918, casi por concluir la primera guerra mundial, azotó a una buena parte del mun- do la que se conoció como la gripe españo- la. Esta pandemia no tuvo lugar en España, sino en alguna otra parte del mundo, muy probablemente en Estados Unidos. Sin embargo, aunque la enfermedad golpeó fuertemente no sólo a ese país sino a otros de los principales involucrados en la gue- rra, como Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, se le dio el nombre de gripe espa- ñola porque tan solo en España, que man- tuvo su neutralidad en la guerra, la prensa dio amplia y detallada información sobre la naturaleza, el avance y la lucha en contra de la enfermedad, así como el costo que estaba teniendo en cuanto vidas humanas, por lo que se pensó que sólo en este país existía semejante problema. La verdad es que la epidemia estaba castigando igual- mente a muchos otros países, sobre todos a los involucrados en la guerra, quienes no podían evitar que sus ejércitos fueran un foco de infección de altísimo impacto, dadas las condiciones de hacinamiento e insalubridad en las que operaban. Sin em- bargo, ninguno de los países involucrados en la guerra dio cuenta de la epidemia para no bajar la moral de su ejército y de su so- ciedad, y mucho menos para dar cuenta al enemigo de sus problemas y debilidades. Lo llamativo del caso es que tampoco la gripe española careció de una explicación conspiratoria, pues en el bando aliado se difundió ampliamente la idea de que el vi- rus había sido esparcido por agentes ale- manes con el fin expreso de debilitarlos. Algo similar está ocurriendo en la actualidad con el Covid-19. Dado que se tiene claro que el virus se comenzó a re- producir aceleradamente durante el mes de diciembre en la ciudad de Wuhan para de ahí extenderse rápidamente al resto del mundo, se ha visto a China como el culpable o responsable de esta pandemia, incluso el presidente Donald Trump le ha llamado repetidamente el virus chino. Sin embargo, el gobierno chino ha llegado a mencionar que el origen del virus no está en su país, sino que miembros del ejército estadounidense lo diseminaron ahí unas cuantas semanas antes del brote en la ciudad de Wuhan. A estas dos versiones contrapuestas y acusaciones recíprocas se han sumado muchas otras con una orientación mu- cho más claramente conspiracionista; como que se trata de un virus creado y diseminado por las grandes compañías farmacéuticas internacionales con el fin de vender más medicamentos, o que China lo difundió deliberadamente para producir una recesión mundial de la cual se beneficiara de alguna manera, o que israelíes y árabes lo diseminaron para obtener un beneficio regional. De uno u otro modo, las ideas conspira- cionistas han estado presentes en la expli- cación de esta pandemia, y de una u otra manera, de muchas formas, este tipo de sugerencias no ayudan en modo alguno a la comprensión de la realidad física y social que vive la sociedad mundial. Tampoco ayu- dan en forma alguna a resolver problemas tan graves como este, pues le restan credi- bilidad a los esfuerzos científicos, guberna- mentales e institucionales para reducir los efectos de la enfermedad. Así, la lucha que debe emprender la sociedad en este tipo de catástrofes no se limita a sus efectosrea- les, sino que también debe lidiar con ideas xenófobas, racistas y discriminatorias, que tienen un encuadre propicio en las teorías de la conspiración. m 37 01R O B E R T O G A R C Í A coronavirus por Enrique del Percio. Rector de la Universidad de San Isidro (USI). Profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires, Argentina. ESTUPIDEZ, CAPITALISMO Y 38 Algunas premisas previas Vamos a comenzar este pequeño escrito con unas premisas previas que pasaremos a enumerar, intentando posteriormente desarrollarlas, tratando de orientar algunas palabras finales. Las iremos enumerando para tener una visión más sistemática: 1 Cuentan que a comienzos de la Revolución rusa, Lenin le ofre-ció a León Trotsky el ministerio de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética. Trotsky le respondió que no era conveniente en razón de que, al ser él judío, no iba a ser bien recibido por muchos gobiernos del mundo. Lenin le planteó que no habían hecho la revolución para seguir manteniendo esas estupideces, a lo que Trotsky replicó que habían hecho la revolución para acabar con muchos males, pero no había revolución alguna que pudiera aca- bar con la estupidez humana. 2 El capitalismo no es sólo un sistema económico, es un siste-ma productivo: produce cosas, produce dinero y produce, so- bre todo, subjetividades. Si bien es cierto que las crisis anteriores fueron endógenas y la actual responde a una emergencia de un factor exógeno, que no sólo no es económico, ni tampoco político o cultural, nada autoriza a pensar que lo que viene no será una va- riante del capitalismo. “No habrá mundo «después» del coronavirus, pues todo indica que este virus llegó para quedarse”. 39 01E N R I Q U E D E L P E R C I O Desarrollo Hechas estas dos precisiones, paso a desarrollar el tema que se me propuso: ¿qué mundo tendremos después del coronavirus? Lo primero que respondo es que no habrá mundo “después” del coronavirus, pues todo indica que este virus llegó para quedarse. A partir de ahora, así como convivimos con la influenza, deberemos también convivir con el coronavirus, esperando que aparezca alguna vacuna o tratamiento, así como apareció para la gripe, de modo de controlarlo pero no de erradicarlo. Por otra parte, después de toda guerra y de toda pandemia, la so- ciedad cambió, pero nunca se pudo (ni se hubiera podido) vaticinar en qué sentido cambiaría. Prácticamente nadie podía imaginar en 1913 que a los cinco años iban a haber desaparecido imperios tan sóli- dos como el zarista o el austrohúngaro. Sobreabundan ejemplos como ese, lo que me excusa de tener que desarrollar más este aspecto. No obstante esa incertidumbre en ge- neral, hay algunos aspectos que cabe ya considerar como elementos que brindan certidumbres particulares, puesto que no se trata del mundo que viene sino de lo que ya está aconteciendo. Es evidente que hay una resignación del liderazgo mundial por parte de los Estados Unidos. La frase de campaña de Trump “America first” se volvió un boo- merang: esa América encerrada sobre sí misma está primera en contagios, en muertos y en ineficiencia de su gobierno federal para entender y afrontar el pro- blema. Mientras esto ocurre allí, China se da el lujo de suministrar ayuda a Europa, Latinoamérica y África. El gigante asiáti- co no sólo sale mejor posicionado que su rival del Norte en el plano del prestigio in- ternacional con su correspondiente cuota de soft power. También en el terreno eco- nómico, según dicen no pocos análisis, la situación les será más favorable al ter- minar los peores efectos de la pandemia. Pero atención: esto no implica que China esté en condiciones de asumir el lideraz- go que tenía Estados Unidos hasta hace poco. No tiene ni el poder militar ni, so- bre todo, la influencia cultural necesaria como para establecer una nueva hegemo- nía. El desarrollo del aparato bélico para poder intervenir eficazmente en cualquier lugar del planeta y en varios puntos a la vez le puede demandar unos años, pero la influencia cultural no se logra en menos de una generación y, si tenemos en cuenta lo complejo que es hoy ese terreno, es al menos aventurado establecer al respecto alguna previsión seria. Tampoco Rusia ni Europa podrán asumir ese liderazgo mundial, por lo que ahí se abre un inte- rrogante: la lógica indicaría que el actual repliegue de los Estados nacionales sobre sí mismos se mantenga de algún modo, in- terrumpiéndose o hundiéndose el proce- so de globalización que ya venía golpeado por distintas circunstancias. Pero, repito, no es posible hacer futurología. El proceso de globalización implicaba una movilidad altísima y multidireccional para las finanzas (de un mercado a otro en cuestión de horas, según lo fueren determinando los algoritmos), movilidad alta y unidireccional para las ideas (de los centros de producción del saber he- gemónico al resto del mundo), relativa y unidireccional para los productos más elaborados (de los países más industriali- zados hacia los menos desarrollados) así como para las commodities, aunque estas últimas con una unidireccionalidad que va en sentido inverso al de los productos elaborados (de los países productores de materias primas hacia los industrializa- dos), y con respecto a las personas, una amplia movilidad de corto plazo (turismo, negocios) y con crecientes intentos de restricción para la de largo plazo (muros, fronteras rígidas y deportaciones). Sin embargo, en estos días quedó de mani- fiesto que sin personas que puedan mo- vilizarse, las finanzas entran en colapso. No alcanza con el trabajo virtual desde la casa de cada uno ni pueden reconver- tirse todas las ocupaciones productivas en tareas a desarrollar a distancia. Es necesario que muchos cuerpos puedan trasladarse dentro y fuera del territorio nacional. Es harto probable que cambien las modalidades laborales, pero no hasta el punto de eliminar la presencia física en una gran cantidad de actividades de pro- ducción de bienes y servicios. Otro dato a tener en cuenta es que, más allá del tipo de régimen político, lo deci- sivo a la hora de enfrentar la pandemia pareciera ser la cantidad de camas para cuidados intensivos (y sobre todo con respirador) que tenga cada país. La dife- rencia radicará no en la tasa de contagios sino en la de muertes y, para bajar las ci- fras que dan cuenta de esa dura realidad, es fundamental contar con la capacidad 40 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 hospitalaria suficiente. Aquellos países que no acompañaron la tasa de crecimien- to de su población mayor de 65 años con un crecimiento paralelo en su dotación de camas hospitalarias de alta complejidad, están padeciendo consecuencias mucho más terribles que los que fueron más pre- visores. Alemania y Bélgica pueden darse una política de aislamiento social más laxo que Italia o España y, a la vez, tener una tasa de mortalidad mucho menor, porque tienen casi tres veces más camas con respirador por habitante. Esas camas no las pone la iniciativa privada: son en su gran mayoría fruto de la inversión estatal. Además, cuando es resultado de la inicia- tiva privada, sólo tienen acceso quienes pueden pagar, quedando una cantidad de gente afuera del sistema de salud conta- giando al resto. Algo similar ocurre con la investigación en materia de virus y epide- mias: no son en general investigaciones rentables, por lo que los grandes labora- torios no le dedican el mismo presupuesto que a la cura de otras enfermedades. Otra vez, la inversión estatal es decisiva. Esto significa que ya podemos hablar de una tendencia: pareciera lógico que, una vez superada la etapa más álgida de la pande- mia, crezca la inversión pública en salud. Por ende, crecerá también la corrupción en todoslos ámbitos ligados al sistema de salud. Por eso, será preciso establecer nuevos mecanismos de control que no ralenticen los avances sanitarios a la vez que permitan controlar el desvío de fon- dos de sus fines específicos. Esto último obligará a un replanteo en los términos del neoliberalismo. Para comprender cabalmente las diferencias entre esta doctrina y el liberalismo clási- co, debemos tener presente que el neo- liberalismo nace como tal en 1947 y sus principales teóricos tenían como telón de fondo la preocupación por el fracaso del liberalismo ante los avances totalitarios. Eso nos permite analizar mejor no sólo cuáles son los dos elementos principales de distinción entre el neoliberalismo y el liberalismo clásico, sino también las ra- zones por las cuales se da esa separación conceptual: mientras para el liberalismo clásico era saludable un cierto equilibrio entre el ágora y el mercado, entre el homo politicus y el homo aeconomicus, para el neoliberalismo el ágora, el espacio de la política, era el espacio librado a la volun- tad, siendo la voluntad entendida como lo opuesto a la razón y conteniendo la semilla del totalitarismo: el principal filme propa- gandístico del nazismo se llamó precisa- mente El triunfo de la voluntad. En cambio, el mercado era visto como el espacio de libertad, donde cada sujeto interviniente puede manifestar sus preferencias en cada operación mercantil basándose en cálculos racionales de costo-beneficio. Entonces, agrandar el mercado y achicar el Estado era visto como un avance de la libertad y la racionalidad. Por eso, conno- tados neoliberales como Milton Friedman pudieron asesorar y apoyar a Pinochet sin sonrojarse, pues una dictadura política a veces puede ser necesaria para garantizar la verdadera libertad que es la del merca- do: “si el fin no justifica los medios, enton- ces: ¿qué los justifica?”, dirá Friedman en su célebre obra Capitalismo y libertad. Por otra parte, en 1947 estaba bien pre- sente la amenaza estalinista. Para el líder soviético, era lícito cercenar vidas y liber- tades en nombre de la solidaridad. Por re- acción a estas aberraciones, para los neo- liberales la solidaridad no será un valor políticamente exigible (un Estado capaz de imponer coercitivamente la solidaridad implicaría necesariamente la construc- ción de un Estado totalitario) sino que, por el contrario, debe reconocerse la natura- leza egoísta del ser humano y construir una sociedad que parta de asumir ese dato empírico, a diferencia del liberalismo clásico de Adam Smith o de John Stuart Mill, para quienes el ser humano era algo más complejo: ni completamente egoís- ta ni completamente solidario. Para los liberales clásicos, el mercado era visto como el ámbito de los intercambios y el intercambio requiere de suyo una suerte de relación de igualdad: yo puedo dar a quien a su vez tenga algo para darme; para que pueda existir esa necesaria re- ciprocidad es imprescindible que se den ciertas condiciones de paridad. Por eso, el liberalismo clásico contenía la promesa de igualdad de oportunidades (otra discu- sión es si podía o no lograrla por el camino trazado), en cambio el neoliberalismo, al partir de una antropología egoísta, en- tiende al mercado como el espacio de la competencia y la competencia genera de suyo desigualdad. La igualdad no sólo no entra en el horizonte de promesas, sino que incluso es vista como un disvalor. Con el Covid-19 pareciera que entrará en crisis la primera de las diferencias del neoliberalismo con el liberalismo: dejará 41 01E N R I Q U E D E L P E R C I O de verse al Estado y a la política como el espacio de la arbitrariedad, como una constante amenaza para la libertad. Está claro que sin Estado no hay camas de cui- dados intensivos suficientes, ni normativa de distanciamiento social, ni investiga- ción sobre virus y pandemias, ni apoyo a las industrias que dejan de producir, ni reparto de alimentos a los sectores que de lo contrario se morirían de hambre, y un larguísimo etcétera de intervenciones estatales absolutamente imprescindibles para preservar la continuidad de la vida como seres humanos. Pero esto no necesariamente habrá de incidir en el otro aspecto: el ver al merca- do como espacio de competencia en lugar de espacio de intercambios. Con lo que no podemos aventurar nada en términos de lo que pueda pasar con conceptos ta- les como la igualdad o la justicia social. Tampoco con lo que pueda ocurrir con las libertades individuales, aunque al respec- to es posible aventurar que cada sociedad tramitará el tema conforme a sus propias idiosincrasias y conformaciones cultura- les: las sociedades más estatistas como la China reforzarán el estatismo, las que tienen una organización comunitaria más sólida como el caso de Argentina (sindi- catos, movimientos sociales, estructuras barriales, etcétera) es posible que, tal como está aconteciendo en estos días, se consolide esa organización con la lógica resistencia del capital concentrado o que el capital concentrado aproveche la situa- ción de pobreza y necesidad extrema de los sectores populares para lograr su an- siado objetivo de acabar con sindicatos, movimientos sociales, etcétera. En todo caso, se puede aventurar que allí hay en ciernes un nuevo capítulo de un conflicto que lleva ya varias generaciones. La crisis de 1973 llevó a muchos a pensar que el capitalismo estaba acabado y lo que en realidad ocurrió fue que lo que se acabó fue el consenso keynesiano/socialdemó- crata en torno al Estado de bienestar, para dar lugar a la aplicación de aquellas ideas nacidas en 1947 pero que, sin las condicio- nes materiales que se fueron dando no hu- biera pasado de mero un ejercicio teórico realizado un grupo de profesores europeos y norteamericanos. Del mismo modo, la crisis actual lleva a muchos a pensar que por fin (o por desgracia) sus previsiones se están cumpliendo. Desde Agamben denun- ciando el estado de excepción hasta Žižek saludando el advenimiento de un nuevo comunismo, la mayoría hace lo mismo: como el caso de ese carpintero que al tener un martillo en la mano, tiende a ver toda la realidad sorprendentemente parecida a un clavo, cada uno tiende a ver lo que viene en función de la herramienta que tiene a mano. Creo más bien que, como vaticinó Habermas en 1973, lo que vendrá es una nueva versión del capitalismo y no tenemos idea de cuál será. Tampoco cabe ilusionar- se con un giro ecológico. Puede darse y hay que trabajar para que así sea, pero por más que en estos días vuelvan a verse los cisnes en la laguna de Venecia, esa variante de jabalí que parecía extinta en la Patagonia, incluso haya quien jura haber visto una pareja de mamuts pastando en la esquina de su casa, difícilmente se pueda dar un cambio en ese sentido por razones que son demasiado largas de explicar acá, pero que tienen que ver con la naturaleza intrínseca del deseo en las sociedades capitalistas. Por último, también cabe anotar una exigencia de los pueblos hacia los go- biernos que podría sintetizarse en una “Es posible aventurar que cada sociedad tramitará las libertades individuales conforme a sus propias idiosincrasias y conformaciones culturales”. 42 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 preferencia por el gobernante-pastor antes que por el gobernante-capitán de barco o general de ejército. El capitán tiene por obligación principal llevar el barco a destino, sin importar tanto qué pase con cada marinero. El general tiene como misión ganar la batalla o la guerra, aunque para ello deba sacrificar muchos soldados. El pastor, en cambio, debe cuidar a su rebaño y estar atento a cada oveja. Las encuestas de opinión y las con- versaciones que vengo manteniendo con amigosy colegas de distintas partes del mundo, me llevan a pensar (creo que fun- dadamente) que las mayorías prefieren en esta hora al que cuida la vida, antes que al que propone no detenerse sin preocupar- se demasiado por la cantidad de muertes que ello exija. No sé si esta tendencia se mantendrá una vez que el miedo haya pa- sado. Pero quizá sea el inicio de un cam- bio importante. Rita Segato decía en un reportaje re- ciente que Alberto Fernández, al optar por el cuidado antes que por la represión, es- taba mostrando el camino para pasar de un Estado patriarcal a un estado maternal. Puede ser. Ojalá sea como dice Rita. Pero mucho me temo que aún falte un largo ca- mino para recorrer en ese sentido. Por lo pronto, no imagino un Estado sin las poco maternales fuerzas armadas. ¿Podría un Estado cualquiera desarmarse sabiendo que otro Estado está gobernado por una persona que, ya sea por desequilibrios psíquicos, megalomanía o conveniencia política, puede ordenar una invasión por cualquier causa que fuera? Pareciera que no. El gobernante-pastor también necesi- ta fuerzas armadas no sólo para repartir alimentos, sino para aniquilar al enemigo si ello fuera necesario para preservar la vida en el propio país. Por cierto, la mera existencia de fuerzas armadas torna poco viable pensar en un Estado maternal, no obstante, es un criterio bien interesante para tener en cuenta y repensar tanto las funciones del Estado como, sobre todo, el modo en que procura cumplirlas. El mundo que viene Obviamente sería deseable que el Co- vid-19 nos haga tomar conciencia como humanidad de la importancia de respetar la vida en todas sus formas, de escuchar el grito de la tierra y el grito de los pobres, de cuidar en lugar de matar. De darnos cuenta de que tenemos que acabar con las guerras, con las injusticias que sue- len ser su causa, con las desigualdades obscenas y con la destrucción del pla- neta, todo ello en el marco de un respeto irrestricto por los derechos humanos. Así, todos y todas podríamos vivir mucho mejor, incluso los sectores privilegia- dos de hoy, pues podrían realizarse más plenamente: la emancipación de los de abajo conlleva siempre la emancipación de los de arriba, como descubrieron los blancos sudafricanos cuando, gracias a Mandela, dejaron de tener miedo de que su jardinero negro algún día los asesine y pudieron comenzar a vivir más tranquilos en sus casas y en las calles. Hoy la pan- demia nos hace ver que compartimos una casa común, que todos dependemos de todos. Sería deseable que esto permita el nacimiento de un mundo mejor. Sería deseable, sí. Pero seguramente el coro- navirus acabará con muchas cosas del mundo que hoy conocemos, menos con la estupidez humana. m “Habían hecho la revolución para acabar con muchos males, pero no había revolución alguna que pudiera acabar con la estupidez humana”. 43 01E N R I Q U E D E L P E R C I O por Pablo Bulcourf y Nelson Cardozo. Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, Argentina y de la Universidad de Buenos Aires, Argentina, y profesor e investigador de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) y de la Universidad de Buenos Aires, respectivamente. PENSAR AL ESTADO EN UN MARCO DE INCERTIDUMBRE Y COMPLEJIDAD 44 A modo de introducción Fines de 2019. Empezaron las lejanas noticias de la propagación de una nueva neumonía provocada por un virus en la —para muchos desconocida— ciudad chi- na de Wuhan, en la provincia de Hubei. Al comienzo fue una anécdota que esparcía esporádicamente los noticiarios, pero fue incrementando su presencia en los me- dios como una bola de nieve. En la primera semana de enero se identifica esta nueva variedad de coronavirus, se reportan las primeras muertes en China, el primer caso en Estados Unidos, más tarde en el conti- nente Europeo. A inicios de febrero se al- canza la cifra de 500 personas fallecidas. Este dominó que va in crescendo acelera la iteración en la prensa. Para la ciudadanía de los países latinoamericanos es visto como algo lejano que causa cierta tran- quilidad por estar del otro lado del mundo. Algunos incluso bromean con chistes que refuerzan estereotipos sinofóbicos. A co- mienzos de marzo se empiezan a registrar los primeros casos en la región y se desata la alarma al calor de la crítica situación que ya se ha disparado en Italia y España. Es en este momento cuando los gobiernos co- mienzan a tomar medidas. El tercer mes del año ya no deja lugar para otras noticias, y así como una tormenta inesperada y furiosa el mundo de un instante a otro se encuentra en animación suspendida. Toda la movili- dad, la actividad económica, es reducida a actividades esenciales, y los ciudadanos de la mayor parte del globo son sometidos a un estricto aislamiento domiciliario. Estas son algunas de las notas de la rapsodia de even- tos que explotaron de la caja de la pandemia generada por el Covid-19. ¿Cómo podemos reflexionar en torno a este nuevo fenómeno con cierta fecun- didad? En primer término es menester mencionar que una correcta reflexión de los hechos sociales, siempre requiere una doble distancia: por un lado, temporal para apreciar con cierta claridad el devenir los acontecimientos, y por otro lado, obser- vacional, dado que una correcta vigilancia epistemológica es necesaria para hacer reflexiones más panorámicas, que mu- chas veces es complejo hacer “durante la marcha” sin caer en descripciones que lindan con un análisis político de escaso valor científico. En segundo término, exis- te una gran incertidumbre en torno a la na- turaleza y alcances del proceso. Así pues, encontramos una maraña de valoraciones que hacen futurologías de lo más disími- les en voces de los falsos profetas de la postpandemia (Waisbord, 2020). Algunos preludian el momento del inicio de la Histo- ria (con mayúsculas que profesaba la Ideo- logía Alemana) de la comunidad socialista que inaugurará la caída del capitalismo, hasta encontramos a quienes pronostican la profundización de una sociedad tota- litaria del control que instalará en forma definitiva un modelo al estilo de la China comunista que nos remite a la película Con V de Vendetta; mientras que otros con una mayor cautela se circunscriben a ver la capacidad de respuesta los gobiernos, los impactos económicos en el mediano plazo o las implicancias epidemiológicas de es- tos sucesos. Tercero, se debe remarcar que existe una multidimensionalidad del este proceso que estamos atravesando, dado que la principal variable que urge a los Estados a tomar medidas es la globali- zación de la problemática. Esta temporali- dad más arriba descripta tuvo como tónica el hecho que la pandemia ocasionada por el coronavirus estuvo marcada por una ve- locidad al ritmo de la enorme movilidad de nuestros días —producto de las rutas y flu- jos de las personas— como así también el entrelazamiento y transnacionalización de los procesos productivos. Esto dejó poco margen a los líderes mundiales para in- tentar permanecer por fuera de esta pro- blemática. Incluso, el aislamiento como respuesta natural frente a la expansión de las infecciones trae otras implicancias. Finalmente, y vinculado al punto anterior, al ser un issue tan poliédrico y con tantas aristas cualquier “ficha que se mueva”, se escurre al cálculo que una planificación racional intente resolver. Recurrir a la experiencia comparada, que en ciencias sociales y acción pública siempre puede prestar marcos cognitivos y derroteros de programas en suelos más sólidos, es algo que difícilmente es posible realizar en este escenario, en virtud que la situación actual es una “noticia en desarrollo” que en algunas latitudes se encuentra apenas un poco más avanzadas. El largometraje —que parece tener varios rollosde pelícu- la— recién ha comenzado. La naturaleza del problema: la pandemia Los problemas públicos son esencialmen- te “construcciones sociales” (Edelman, 1991). Esto quiere decir para que sea con- 45 01B U L C O U R F Y C A R D O Z O siderada como una situación frente a la cual las autoridades tienen que hacer algo (Oszlak y O’Donnell, 2007; Roth-Deubel, 2010; Subirats, 1990) deben darse ciertos procesos que se conocen como “publici- tación” o “problematización”. No discutire- mos sobre la naturaleza de los problemas pero acordamos que estos pasan diversos filtros para poder cobrar estado público y convertirse en algo que requiere atención y respuesta de los gobernantes. Esto es muy contingente, varía de sociedad en sociedad, y escapa cualquier pondera- ción racionalista que se pudiera hacer. En primer lugar, porque se suele afirmar la resolución de cuestiones por parte de los Estado implica movilización de recur- sos (políticos, tecnológicos, financieros y logísticos) que son finitos para abarcar infinitas demandas. No existe ningún go- bierno capaz de resolver la totalidad de problemas planteados por una sociedad, razón por la cual se deben dar prioridades. En el contexto actual vemos una centra- lidad de las agendas gubernamentales de la cuestión sanitaria vinculada a la pandemia originada por el Covid-19, con una movilización de recursos nunca antes vista, que sorprende por la univocidad en el tratamiento de la temática. Claramente, se advierte que este énfasis en la cuestión sanitaria “descuida” un montón de otros aspectos. Esta fuerza y polifonía guber- namental para atender la pandemia por coronavirus puede pensarse a partir de diferentes aristas. En primer término, ha eclipsado y supeditado todos los diferen- tes temas de agenda (las otras epidemias, la salud en general, la economía, la educa- ción, la cultura, el turismo, la producción, entre muchos otros fuegos que atienden las administraciones “pueden esperar”). Esto sin lugar a dudas nos recuerda a los grandes momentos de excepción de la historia, como lo suelen ser las guerras. Tendríamos que retrotraernos setenta años para poder ver un estado de movili- zación total similar como lo fue la Segun- da Guerra Mundial. Solamente recordar los esfuerzos que desembocaron en sal- tos tecnológicos (entre los que podemos nombrar la cabina de avión presurizada, la penicilina, la energía nuclear, el caucho sintético, las computadoras) o la proeza militar de los dos millones de soldados que desembarcaron en Normandía en 1944, nos habla de la acción conjunta de gobiernos, civiles, científicos, industria- les de varios países al mismo tiempo. La actual coyuntura parece que nos coloca frente a una amenaza mundial que ame- rita una acción coordinada, y no solo ello. El coronavirus es un problema más global que nunca. Esto puede vislum- brarse en varias dimensiones. Primero, sacudió la principal potencia económica del planeta en un contexto de enorme in- terconexión y transnacionalización de los procesos productivos. No encontramos manufactura de mediana complejidad en su elaboración que implique cadenas de producción globales. Por ello, el “parate” chino a raíz del confinamiento al que fue sometida su población significó ya de por sí una recesión a escala global. Segundo, a nivel epidemiológico existe mayor movilidad de personas que en otro momento de la historia. Tradicionalmente los sujetos nacían y permanecían toda la vida en el mismo lugar. Hoy en día vemos grandes sectores de la población que se trasladan de un lugar a otro por diversos motivos (migraciones, turismo recreati- vo, negocios, política, estudios, eventos científicos, por nombrar algunos). Los vuelos que salieron de China —hoy en día el nuevo “centro del mundo” — diseminaron la enfermedad a escala global a semanas de su aparición. Esto es posible debido a que el traslado en avión que se utiliza para recorrer las grandes distancias es mucho más veloz que las antiguas caravanas o los barcos. Recordemos que la gran pan- demia de la peste negra que diezmó la población matando a 200 millones de per- sonas, es probable que se haya originado en Asia Central. Luego se extendió por la Ruta de la Seda hasta llegar a la península de Crimea donde desde la colonia genove- sa de Caffa viajó en los barcos mercantes alojada en las pulgas de las ratas. Estas travesías tardaban semanas. Sin embargo hoy es posible cruzar de un punto del pla- neta a otro en 12 horas. Tercero, existe una mayor interde- pendencia entre los Estados. La idea de soberanía que rezaba el concepto de Es- tado-nación, en nuestra coyuntura actual está en una transformación hacia nuevas formas de poder global descriptas como una “neomedievalización” (Held, 1997), el “Estado impotente” (Castells, 1997) o más recientemente como “Estado en crisis” (Ramió Matas, 2017) y hace apenas unos días el “Estado exponencial” (Oszlak, 2020). Esta idea nos sugiere, en principio que los gobiernos tienen menos margen de acción para tomar decisiones y lo ha- cen condicionados por la influencia de otros actores estatales, que pueden ser 46 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 nacionales, supranacionales (bloques regionales y organismos multilaterales), subnacionales (estados regionales y lo- cales) y no estatales (grupos de presión, empresas u ONGs) que generan reaco- modamientos y respuestas a las medidas tomadas por las administraciones. Así, se habla que la interdependencia hace que este problema sea una amenaza global que no puede ser abordada por un solo Estado-nación. Para ejemplificar esta argumentación, podemos decir, que poco efecto genera combatir al brote de la epi- demia por parte de un país y encerrarse en una frontera si el país vecino no ha tomado ninguna medida frente al crecimiento de la pandemia puertas adentro. Indefecti- blemente la expansión de la enfermedad en el país lindante será una amenaza para el propio Estado y requiere más que nunca acciones concertadas y coordinadas den- tro de un marco interinstitucional. En este sentido, quién ha dado más “autoridad”, proporcionando evidencia, legitimidad, y sugiriendo cursos de acción ha sido una nueva suerte de “chamán” moderno que es la Organización Mundial de la Salud. Bási- camente todo el proceso giró en torno a los diagnósticos que esta institución irradió desde Ginebra al orbe: la nominación del vi- rus, la prescripción de tratamientos y cur- sos de políticas. Esto construyó audiencias expectantes en todo el mundo, que son amplificadas desde los medios masivos de comunicación, y al mismo tiempo evalúan a los Estados en gradientes de acuerdo a cuán buenas son las medidas que toma- ron frente a la pandemia y sus resultados. Como corolario, la legitimidad y retroali- mentación de las políticas en un contexto de enorme “saturación informativa”, efec- tos laterales de las políticas, y pánico a raíz de la pandemia en los habitantes, queda en manos de este organismo. Esto transna- cionaliza todavía más la problemática del coronavirus, ante públicos perplejos que se preguntan por qué de cara a la evidencia del escaso número de muertes —compa- rado con la aterradora cantidad de falle- cimientos de todas las pandemias de la historia anteriores, algunas en curso como el VIH que se cobró 35 millones de vidas—, o todo el abanico de enfermedades que de- ben atender los recursos públicos, es tan relevante focalizar todas las actividades humanas a la “guerra contra el Covid-19”. Si algún hereje duda, los medios audiovisua- les no dudan en llevar a algún sacerdote sanitario de la OMS a la pantalla, para que nos evangelice sobre el “colapso sanitario” como nuevo Armagedón y de “aplanar la curva” como nuevo sacramento. Esto es reforzadopor los medios de comunicación. En simultáneo, la televisión nos lleva (virtualmente) a Guayaquil, Bérga- mo o Nueva York con sus enterramientos masivos como visiones filmográficas de El Triunfo de la muerte de Pieter Brueghel el Viejo, las cuales nos llenan de espanto, y abrazamos la fe a la OMS como camino a la salvación de los cuerpos y las almas. La gravedad de la pandemia como problema es amplificada entonces por los medios de comunicación, en lo que podemos llamar “epidemiología mediática”, donde meros presentadores de televisión se convierten en pastores de la salvación diciendo a los “El coronavirus es un problema más global que nunca. La interdependencia hace que sea una amenaza que no puede ser abordada por un solo Estado-nación”. 47 01B U L C O U R F Y C A R D O Z O fieles que hacer para combatir la crisis.01 Reiteran los consejos de los especialistas, difunden información vital, pero muchas veces, lejos de dar conocimientos útiles para la población se focalizan en la para- fernalia de la muerte como espectáculo. Así, podemos ver que gran parte de los atributos del problema son definidos por los medios de comunicaciones globales y actores por fuera de los Estados-na- ción. En este mundo globalizado los gobiernos no tienen más remedio que sumarse a los autos de fe de la Organiza- ción Mundial de la Salud, y combatir las herejías negacionistas que se han visto personificadas en las declaraciones de Bolsonaro y Trump.02 La acción pública frente a la crisis. ¿El Estado impotente o el resurgimiento del Leviatán? Los gobiernos han decidido y puesto en marcha medidas contra la pandemia con una novedosa agilidad. Los Estados del mundo demostraron que lejos de ser “obe- sos”, “lentos”, “paquidérmicos” como eran vistos por la sociedad, están más atléticos y musculosos que nunca. No solo tienen la capacidad cardíaca para correr con velocidad, sino que poseen la fuerza ne- cesaria para implementar las decisiones gubernamentales. Hace media hora, las administraciones públicas se encontra- ban empantanadas entre un enjambre de demandas de la sociedad, una reticente opinión pública que las miraba con ojos re- celosos, unos políticos que dentro del jue- go democrático debían someter a largos procesos de consultas y negociaciones con los involucrados las decisiones sobre los problemas públicos, burocracias an- quilosadas y autorreferenciadas a espal- das de la ciudadanía, y grupos de presión que siempre manifestaban su desconten- to frente a los outputs estatales. En pocas semanas nuestros gobiernos han dejado a la “ciudadanía recluida”, y pusieron en marcha una serie de medidas con inusitada capacidad. Como no hay vacuna contra el coronavirus la respuesta para “aplanar la curva” ha sido el hashtag #QuedateEnCasa- #FicaEmCasa, que has- ta han tomado las publicidades como algo bueno y solidario. El heroísmo pasivo y el aislamiento se han convertido en virtudes cívicas en tiempos del coronavirus. Claro que no todo es una publicidad de un apli- cativo de pedidos a domicilio con un pre- carizado repartidor sonriente: la contra- cara de este confinamiento es el aumento de la faceta coercitiva del Estado y un ma- yor control social. Los líderes decretaron el “Estado de alarma”, “Aislamiento social obligatorio” o “Estado de Sitio”. La excep- cionalidad de una guerra contra un ene- migo invisible ha llevado a los gobiernos a tomar políticas que restringen libertades civiles. Se castiga con multas y causas penales a los ciudadanos que no acaten las medidas del aislamiento social. De la panorámica de Latinoamérica vemos que hay dos aspectos que se reforzaron. Por un lado, se restringió la libertad de movi- miento: 14 países de la región dispusieron el confinamiento obligatorio y 19 cerraron totalmente las fronteras. En algunos ca- sos las autoridades locales incluso han puesto limitaciones a la circulación inter- na entre regiones, estados y provincias, lo que ha traído un sinnúmero de complica- ciones a la vida de las personas. Por otro lado, esto estuvo acompañado con un cierre comercial de los países, ya que se limitó el ingreso de mercaderías interrum- piendo el flujo del comercio exterior con sus consecuencias económicas para la población. A continuación, se revistan las medidas tomadas por los países latinoa- mericanos (Ver cuadro 1). Esto generó un fortalecimiento del Leviatán (Sain, 2008). El ejército reali- zando tareas de logística, las fuerzas de seguridad haciendo controles en rutas y pasos fronterizos, salvoconductos que nos recuerdan a las situaciones bélicas, ciudadanos varados que no pueden regre- sar a su país, son parte de las postales que decoran los noticiarios de la región. Para poner en marcha todas estas medidas se debió “despertar” a las desprestigiadas fuerzas armadas y policías de la región, que ahora juegan un rol fundamental en la lucha contra la pandemia. Al mismo tiempo, se desempolvaron autores nunca olvidados como Foucault, quien ahora nos proporciona lentes para ver estos nuevos 01 Utilizamos este concepto de “epidemiología mediáti- ca” a partir del término “criminología mediática” elabo- rado en la última década para referir a la forma en que los medios masivos de comunicación exponen los actos criminales (Zaffaroni, 2011). 02 En el momento de escribir este artículo el presidente Donald Trump cuestionó fuertemente a la OMS, culpán- dola de no haber informado correctamente el alcance de la pandemia amenazando con retirar la cuota de Estados Unidos a la institución que asciende a unos 500 millones de dólares anuales. 48 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 País/ categoría Medidas de confinamiento Cierre de fronteras Comercio Integración Facilitación de importaciones para insumos y equipamiento médico Restricción de exportaciones para insumos y equipameintos médicos Libre circulación de insumos y productos de primera necesidad ** Compra de alimentos e insumos médicos (a otros países) ** Argentina Sí Sí Sí* Sí Sí - Bahamas - Parcial - - - Sí Barbados - Parcial - - - Sí Belice Sí Parcial - - - Sí Bolivia Sí Sí Sí - Sí - Brasil Parcial Parcial Sí* - Sí - Chile Parcial Sí - - Sí - Colombia Sí Sí Sí - Sí - Costa Rica Parcial Sí - Sí - Sí Ecuador Sí Sí Sí Sí Sí - El Salvador Sí Sí - - - Sí Guatemala Sí Sí Sí - - Sí Guyana - Sí - - - Sí Haití - Sí - - - Sí Honduras Sí Sí - - - Sí Jamaica Sí Parcial Sí - - Sí México Parcial Parcial - - - - Nicaragua Parcial - - - - Sí Panamá Sí Sí Sí - - Sí Paraguay Sí Sí Sí* Sí Sí - Perú Sí Sí Sí - Sí - República Dominicana Sí Sí - - - Sí Surinam - Sí - - - Sí Trinidad y Tobago - Sí - - - Sí Uruguay Parcial Sí Parcial* - Sí - Venezuela Sí Sí Sí - - - Fuente: Banco Interamericano de Desarrollo, 2020 Cuadro 1. Medidas tomadas contra el coronavirus en América Latina 49 01B U L C O U R F Y C A R D O Z O contextos de “encierro” y “vigilancia” (Fou- cault, 2006 y 2018). Mientras los ciudada- nos están confinados aparecen formas de control civil por parte de los “buenos ciu- dadanos” que filman y suben a las redes sociales cómo sus vecinos violan el ais- lamiento obligatorio. Hechos que llevan a Instagram, Facebook o Twitter escenas interpretadas por la encargada de edificio de un país fascista de entreguerras, tal y como puede rememorarse en películas de denuncia como Sostiene Pereira de Roberto Faenza, o Un día muy particular de Ettore Scola. El terror como justifica- ción del estado de excepción y aumento del control social plantean preguntas a nuestras “erosionadas” democracias con- temporáneas que parecen estar siendo seducidas por modalidades de domina- ción de la esfera pública que van en contra de la libertad individual. La vanguardia de este proceso son las flamantes tecnolo- gías implementadas en China,las cuales recrean las fantasías imaginadas por la serie Black Mirror. Las administraciones parecen haberse modernizado de súbito. Así como la Segun- da Guerra Mundial fue la bisagra del mundo por sus adelantos en medicina, telecomu- nicaciones, energía nuclear, la crisis del Covid-19 parece ser la crisis que permitió a las burocracias acusadas de cortoplacis- mo y deformidad (Oszlak, 2020) dar el “sal- to” que la ciudadanía estaba demandando. A la espera y el hastío ciudadano le siguió una gestión proactiva y anticipatoria. Al calor de la fragua de la decisión política, se comprometieron recursos a gran escala como construcción de hospitales, políti- cas de crédito, puesta al pago de ayuda a afectados por la crisis por millones de la noche a la mañana. ¿Cómo lo ha hecho? El gran puente para realizar este cambio fue la telegestión o Estado digital. Como las oficinas públicas cerraron las puertas al público quedó en mano de los algoritmos para atender las solicitudes de los ciuda- danos. Algo que reactualiza la “tensión” señalada por Weber entre una burocracia maquinal que por un lado democratizaría la vida de los ciudadanos, y por la otra augura la noche polar de la despersonalización (Weber, 1984 y 1991). Ahora, tras bambali- nas, en sus casas, ayudados por internet y la conectividad que nos permitió a todos seguir comunicados, los burócratas di- gitales han podido implementar políticas a gran escala con una enorme celeridad y uniformidad. Solicitudes digitales de subsidio de desempleo, recetas médicas online, audiencias judiciales vía streaming, pago de servicios por homebanking, iden- tificación de ciudadanos por tecnologías “La gravedad de la pandemia como problema es amplificada entonces por los medios de comunicación, en lo que podemos llamar «epidemiología mediática», pues lejos de dar conocimientos útiles para la población se focalizan en la parafernalia de la muerte como espectáculo”. 50 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 biométricas, han zanjado la tan esgrimida falta de orientación al ciudadano y escasez de capacidad de los servicios civiles. Este gran despegue a través de la inteligencia artificial es tal vez una herramienta para mitigar males endémicos de nuestras burocracias como el clientelismo y la co- rrupción, a mejorar la seguridad jurídica y el trato equitativo, a promover una mayor transparencia e inteligencia institucional y, finalmente, a prestar más y mejores servi- cios públicos (Ramió Matas, 2019). Reflexiones finales Al comienzo de este pequeño trabajo nos preguntábamos como llevar a cabo la construcción del conocimiento sobre un fenómeno reciente bajo un contexto social, político y económico marcado por la rapidez de la globalización. ¿Qué podemos decir al respecto? Los plazos más tradicionales de la investigación científica, solo servirán de epílogo a un fenómeno de esta envergadura. La nece- sidad de tomar decisiones políticas con extrema premura también presenta un desafío no solo para los gobiernos, sino para las burocracias públicas especiali- zadas, y para el campo científico. Si bien en un primer momento pareciera un tema principalmente sanitario, nos damos cuenta que cruza como pocos todos los campos del saber, en donde se desdibu- jan las fronteras tanto en las disciplinas biomédicas como en las humanidades y ciencias sociales. La interdisciplinarie- dad es el elemento central desde la teoría del conocimiento. Como científicos sociales en general y politólogos en particular, no podemos dejar de reflexionar sobre aspectos que hacen a la dimensión política y social de la pandemia y las políticas públicas que se han venido tomando desde su aparición y expansión (Bulcourf y Vázquez, 2004). La centralidad que ha vuelto a adquirir el Estado ha sido el principal eje catalizador de la toma de decisiones; el hacer o no hacer es el rasgo característico de estos tiempos. Las consecuencias inmediatas se perciben en la forma de diseminación, contagio, muertes y recuperaciones. También esto ha puesto sobre la mesa la política sanitaria existente en los princi- pales países afectados; principalmente la articulación de la salud pública con los sistemas privados. En un primer momento podemos percibir una gran diversidad de modelos que ponen a evaluarse en su efi- cacia y eficiencia en tiempo record. Si bien presenciamos un fenómeno global, el análisis parcial que estamos rea- lizando no puede dejar de estar histórica y geográficamente situado. Lo universal se articula con lo particular y es interpretado a la luz de concepciones teóricas y metodoló- gicas diferentes. Las dimensiones ontológi- cas y epistemológicas que solemos advertir en nuestros estudios siempre están pre- sentes aunque la urgencia las esconda en lo implícito de los comentarios parcializados. Pocos momentos nos permiten contemplar las consecuencias directas sobre la vida de las personas de los enfoques disciplinares y las concepciones políticas e ideológicas, cumpliéndose la máxima de Alford y Fried- land sobre el poder que ejercen las teorías (Lukes, 1990; Alford y Friedland, 1991). Los aspectos filosóficos, éticos y teológi- cos cruzan este fenómeno y suelen sus- tanciarse en forma constante en diversas notas que circulan por la web y se repro- ducen en los celulares. Es interesante ver la diversidad de lecturas y las proyeccio- nes que realizan sobre el incierto mundo que devendrá con posterioridad a la pan- demia. Estar frente al dilema de la vida y la muerte nos obliga a reflexionar sobre lo más profundo de la existencia humana. Situarnos en América Latina, no deja de generar una gran preocupación adicional dada la enorme desigualdad existente en nuestras sociedades, marcadas por la po- breza y la exclusión. La enorme recesión productiva generada por la inactividad económica se suma como un nefasto amplificador de la emergencia social y la pobreza estructural. Los grandes conglo- merados urbanos, y el hacinamiento en el que viven los más pobres se pueden con- vertir en un polvorín del horror. Como bien ha señalado en una reciente entrevista Rodrigo Zarazaga, donde al corona virus se le suma el hambre (Zarazaga, 2020). Además, se generan dudas acerca del impacto que tendrá la pandemia depen- diendo del régimen de bienestar y la es- tructura demográfica de cada sociedad. Los casos de China, Italia, España, Francia y Estados Unidos, se desenvuelven en países con un proceso de envejecimiento avanzado combinado con robustos siste- mas sanitarios. Esto nos despierta alar- mas sobre los posibles impactos en países como el Japón, con un gran porcentaje de sus habitantes dentro del grupo vulne- rable. Por otro lado, el caso norteameri- cano mostró cómo el acceso limitado, la 51 01B U L C O U R F Y C A R D O Z O desarticulación y privatización de la salud fue una variable que impidió contener la pandemia, incluso con menos población anciana que los países de Europa del Sur. En nuestras latitudes, América Latina se encuentra experimentando la segunda transición demográfica (Cardozo, 2019), pero encontramos una gran heteroge- neidad en lo que respecta a la protección social. Los países de Centroamérica —a excepción de Costa Rica y Panamá— po- seen regímenes de bienestar familiaristas con una escasa intervención guberna- mental en la provisión de salud, por lo que la expansión de la pandemia en esa región podría acarrear efectos catastróficos. Lo mismo puede decirse de la situación ve- nezolana que se encuentra en emergencia del sistema sanitario hace ya varios años. Los países de América del Sur poseen re- gímenes de bienestar más consolidados, tanto en su faceta liberal-privada (Chile y Colombia), como su variante estatal-mix- ta (Argentina, Uruguay y Brasil), perolas capacidades de respuesta de los siste- mas sanitarios depende de cuestiones de decisión política y la articulación de los diferentes subsistemas. Por otro lado, una de las características que no debe de- jarse de considerar es que Latinoamérica es la región más urbanizada del mundo, y por lo tanto en muchos contextos —como las villas miseria, invasiones, barrios, favelas o chabolas— el aislamiento social impuesto por las autoridades públicas es virtualmente imposible. Por ello, se debe tener especial atención sobre estas po- blaciones, que son las más vulnerables. Finalmente, no debemos olvidarnos una vez más de África. A pesar de poseer más de la mitad de su población menor de 15 años, sin infraestructuras básicas, con tugurios sin ningún tipo de saneamiento, y un acceso muy limitado al sistema sanita- rio, el Covid-19 puede ser otro azote más que se suma al VIH-SIDA, que golpea a los adultos en edad laboral, y que se podrían convertir junto a los escasos adultos ma- yores que posee en su estructura pobla- cional, en el grupo de mayor riesgo. La pandemia y la situación de cuaren- tena tomada por la mayoría de los países, ha generado una enorme concentración del poder por parte de los Estados, algo que es comprensible por el escenario de emergencia, pero esto no deja de plan- tearnos el problema de la democracia y su gobernabilidad. En los últimos años hemos asistido al “malestar de la demo- cracia” o como han denominado algunos especialistas cierta “erosión” de la ins- titución y también de la cultura política que la sustenta (Levistky y Ziblatt, 2018).03 “ ¿Qué perdurará y qué adquirirá un carácter revolucionario? El futuro pareciera tener otros temporizadores, donde el horizonte se proyecta marcado por la incertidumbre”. 03 En una reciente conferencia realizada en la Univer- sidad de Antioquia en Medellín en el mes de febrero de 2020, Manuel Alcántara se refirió a la “fatiga democráti- ca” para dar cuenta de este fenómeno. 52 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 Nuevas formas de liderazgo se van se- parando sigilosamente de este régimen político y sus mecanismos de resolución de problemas. El coronavirus puede in- crementar estos rasgos autoritarios y fomentar el mesianismo político. Las administraciones públicas se han visto obligadas a generar nuevas prácti- cas para el ejercicio de sus funciones bá- sicas. En algunos ámbitos ya se estaban desarrollando mecanismos de “teletraba- jo” como formas laborales más eficientes, lo que ahora se están transfiriendo a di- ferentes entidades de forma vertiginosa. Los sistemas educativos han acelerado la enseñanza virtual como un sustituto de la práctica áulica presencial. La urgencia de la situación y la nece- sidad de tomar decisiones acertadas en contexto de enorme incertidumbre expre- sa como pocas la tensión entre la raciona- lidad técnica y la racionalidad política que ponen de manifiesto la complejidad del problema. A esto se le suman los valores contradictorios que se presentan en toda toma de decisiones de tal magnitud. Las consecuencias deseadas y no deseadas, como la imprevisibilidad del proceso son un rasgo que caracteriza a una sociedad del riesgo que se ha potencializado por la catalización que ha generado el coronavi- rus (Beck, 1998 y 2011). Este es el presente, en donde los relojes de la historia se han acelerado como pocas veces. Hemos tratado de esbozar algunos de los problemas por los cuales atraviesan los Estados obligados a tomar decisiones de forma urgente. ¿Qué perdurará y que adquirirá un carácter revolucionario? El futuro pareciera tener otros temporizado- res, donde el horizonte se proyecta mar- cado por la incertidumbre. Como nos diría Fellini… Y la nave va. m Referencias Banco Interamericano de Desarrollo (2020), Im- pacto del COVID-19 en el comercio exterior, las inversiones y la integración en América Latina y el Caribe, Washington DC, Banco In- teramericano de Desarrollo. Alford R., y R. Friedland (1991), Los poderes de la teoría, Buenos Aires, Manantial. Beck, U. 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Los po- líticos y la población piden una mayor intervención del Estado, al grado que se ha llegado a demandar la nacionalización de fábricas y laboratorios médicos y hospitales; el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha suspendido los desalojos y ejecuciones hipotecarias, una medida que Obama se negó a apo- yar, cuando millones de personas fueron expulsadas de sus hogares a raíz de la crisis financiera de 2008. España ha requisado todos los hospitales privados, poniéndolos bajo el control de las autoridades sanita- rias estatales. Se implementan medidas económicas y sociales para apoyar a las pequeñas empresas, los trabajadores independientes y los desempleados en países como Francia, Bélgica e Italia. En Estados Unidos, se considera seriamente la implementación de un “Ingreso Básico Universal de Emergencia” (UBI) para frenar el impacto económico del coronavirus en las personas comunes. Podemos esperar que políti- cas similares aparezcan en todo el mundo con pocas connotaciones ideológicas, es decir, parece ser que nos dirigimos hacia algo que estará más cerca de una versión del “comunismo”, ideología que pretende este tipo de políticas nacionalizadoras. Sin dejar de lado que la pandemia del coronavirus es una tragedia humanitaria mundial: un problema huma- no que se despliega en hospitales sobrecargados, fal- ta de insumos e implementos sanitarios, desempleo, crisis económica y negros presagios que están por venir. Esta crisis global, también se presenta como un punto de inflexión para otra crisis, la del Estado, que a partir de la década de los años ochenta, con las re- formas y reestructuraciones económicas, que se han presentado en las naciones, han implicado cambios en sus compromisos, en especial su bajo desempeño para el logro de la justicia social. Esperamos que la amenaza del coronavirus sea temporal, mientras que el Estado permanecerá con nosotros durante años; aunque algunos han pronos- ticado su decadencia dentro del neoliberalismo. La respuesta a la crisis de salud permitirá corroborar el porvenir y un debate sobre las características que debe tener un Estado social contemporáneo. Los esfuerzos para reactivar la actividad económica (los planes de estímulo, los rescates y apoyos que se están desarrollando), la intervención de los distintos agentes sociales, la solidaridad y la cooperación ayu- darán a determinar la forma de nuestras economías y nuestras vidas en el futuro previsible, y tendrán efec- tos sobre las responsabilidades del Estado en todo el mundo. El Estado neoliberal a pesar de su hegemonía durante más de tres décadas, frente a la emergencia no ha sido una figura capaz de responder a las nuevas demandas sociales. Alguna de estas y otras preguntas pueden ser debatidas en los tiempos actuales, para transformar los compromisos del Estado y dar respuesta a los sectores mayoritarios: ¿cómo se resolverá el dilema entre un Estado social del siglo XX y un nuevo Estado que enfrente los desafíos de universalidad del siglo XXI?, ¿qué tipo de Estado será útil y con legitimidad en el mundo actual?, ¿cuáles serán los límites de la intervención estatal?, ¿cómo el Estado puede hacer realidad la igualdad política con la participación ciu- dadana?, ¿qué tipo de intervención estatal se debe presentar para garantizar la valorización del capital?, ¿cuál será en nuevo “orden” que establecerá el Es- tado del Siglo XXI?, ¿gobernabilidad o gobernanza?, 55 01L U I S H . PAT I Ñ O ¿qué tipo de relación se debe presentar entre Estado y sociedad para el logro de la justicia social? Las respuestas a estos problemas planteados deben de ser re- sultado de un trabajo en conjunto, con la participación de los diversos sectores de la sociedad, debemos aprovechar el tiem- po y el espacio de la crisis sanitaria. I. Origen y decadencia del Estado social Para iniciar el debate, hic et nunc, es perti- nente recurrir a la historia como elemento explicativo importante del fenómeno. Para ello, examinaremos el origen del Estado social, en la búsqueda de factores que per- mitan corroborar una afirmación del por- venir y un debate sobre las características que debe tener un Estado social contem- poráneo. Posteriormente estudiaremos la organización del Estado en la actual etapa neoliberal y la globalización. Con esta base podemos señalar algunos retos futuros para el Estado. En la política del siglo XVII se reconoce la existencia del Estado nacional, es decir, el Estado de los que hablan una misma len- gua y que comparten una misma cultura. A partir de entonces, durante los siglos XVIII, XIX, y XX se consolidó el Estado nacional, el Estado soberano. En el último tercio del si- glo XIX, un factor que están implicados en el nacimiento del Estado social, es la deca- dencia del liberalismo y su Estado liberal, debido a preocupaciones económicas y sociales nuevas y el interés de implantar un nuevo concepto de derechos. En el siglo XX, un conjunto de aconte- cimientos produjeron que el factor social obtuviera mayor relevancia frente al económico en las responsabilidades esta- tales: primero, la Primera Guerra Mundial requirió grandes cantidades de recursos, por lo que los Estados nacionales tuvieron que intervenir para dirigir el proceso pro- ductivo y de consumo. A su vez, tuvieron la necesidad de regular el proceso laboral. Estas evidencias fueron suficientes para que los tomadores de decisión compro- baran que era posible el control político de la economía y que el mercado podría regularse. El segundo acontecimiento fue la constitución de la Organización Inter- nacional del Trabajo (OIT) y su Declaración de Filadelfia en 1944, que afirmaba: “sólo puede establecerse una paz duradera si ella esta basada en la justicia social”.01 Un hecho importante fue la crisis de 1929, momento definitorio que produjo “¿Qué tipo de Estado será útil y con legitimidad en el mundo actual?, ¿cuáles serán los límites de la intervención estatal?, ¿cuál será el nuevo «orden» que establecerá el Estado del Siglo XXI?, ¿gobernabilidad o gobernanza?, ¿qué tipo de relación se debe presentar entre Estado y sociedad para el logro de la justicia social?”. 01 OIT, Declaración referente a los fines y objetivos de la Organización Internacional del trabajo, Filadelfia, 10 de mayo de 1944. 56 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 conmoción política e ideológica, debido al desempleo masivo en los países europeos y la Unión Americana. En estos momentos el Estado liberal puro se convierte en una especie en extinción. La estrategia para paliar las consecuencias de la recesión de los países industrializados fue la de reacti- var el proceso productivo mediante el gas- to público. Esta respuesta estuvo basada en el pensamiento económico de Keynes. Otro hecho que conforma los prolegó- menos del Estado Social fue la revolución Rusa en 1917. Los resultados positivos de la planificación central y la proliferación a nivel mundial de las organizaciones socia- listas y comunistas inspiraban objetivos sociales. En resumen, este conjunto de políticas provocaron el surgimiento de ideologías colectivas, partidos de masa, militancia nacional, gobiernos que des- confían del mercado y un liberalismo puro en franca extinción. La respuesta fue la instauración del “Estado social”, basado en una estruc- tura de solidaridades que en casi un siglo transformó formas de convivir y el juego de fuerzas de poder. En lugar de encargarse sólo del gobierno de los hombres, lo que encarna un poder que los domina, el Estado se convirtió en servidor de su bienestar, tomando el aspecto de lo que se ha llamado, según los contextos, État providence, Welfare State, Sozialstaat o Republiquesociale. En este sentido, el Estado social es la gran invención institucional del siglo XX, porque modificó el orden jurídico y político liberal en varios aspectos esen- ciales. Habrá que intentar comprender esas fuerzas así como sus previsibles implicaciones de su desaparición. Pero para percibir su declinación y la posible transformación del Estado social, hay que entender el origen de su estructura. La primera aportación fue conside- rar el trabajo, la tierra y la moneda como productos mercantiles (Polanyi, 1989). Como tales, particularmente el trabajo, se puede alquilar o vender. Para hacer realidad esta consideración, se incluyó en el documento contractual del alquiler de servicios un estatuto que protegiera la supervivencia física y económica de los obreros, dando así lugar al “contrato de trabajo”. El desarrollo de ese estatuto salarial condujo al resurgimiento jurídico de las formas no contractuales del in- tercambio, tales como las solidaridades intergeneracionales establecidas por los regímenes de jubilación. En general, el derecho social estuvo en el origen de la consagración del principio de dignidad humana, que tuvo por objeto reintegrar nuestras necesidades físicas en la esfera de los derechos del hombre. La segunda aportación fundamental del Estado social ha sido añadir una nue- va dimensión al orden jurídico y político: la autodeterminación colectiva, que po- sibilitó la práctica del derecho de libre asociación de los individuos. El Estado permite que la población modifique cier- tas reglas, con la finalidad de convertirse en un instrumento de redistribución de la riqueza producida. Aquí, la justicia ya no es un ideal, sino una posibilidad de acción. También el Estado social otorga a los ciu- dadanos el derecho a oponerse a la ley y crea los mecanismos de representación política y negociación colectiva. El espa- cio concedido a las libertades colectivas en la elaboración del derecho es el rasgo más distintivo del Estado social, mientras que el rechazo de esas libertades es el aspecto común del Estado como aparato represivo de origen liberal y de los Esta- dos dictatoriales, sean estos comunistas, derechistas, fascistas o corporativistas. Aunque los arreglos regulatorios y compromisos políticos variaron con- siderablemente dependiendo del tipo específico de capitalismo por el que se optó en cada contexto nacional. En la in- vención del Estado social, cada país hizo su propia contribución, inspirándose en la experiencia de los otros para ir forjando su propio modelo nacional. Veamos ahora tres países que colaboraron en la cons- trucción de lo que se ha conocido como los pilares del Estado social. Alemania tiene un papel pionero; en el siglo XIX se forma el modelo social alemán, que oscila entre su interpretación pater- nalista y autoritaria y su interpretación democrática. El paternalismo presidió la política de Bismarck, quien instauró los primeros seguros sociales para la vejez que cimentaron la unidad de Alemania, frente a demandas sociales más radicales. Un aspecto importante de subrayar es que Alemania, era país monárquico, aún no democrático, fue el primero en legislar re- formas sociales de seguros. Aquí se pierde la regla de que el Estado del bienestar se da indisolublemente ligado a, o bajo con- diciones de, la democracia. Sin embargo, en Alemania no hubo una política real del bienestar, tal como lo entendemos hoy (universal, atendiendo todas las necesi- dades, previendo y ofreciendo soluciones 57 01L U I S H . PAT I Ñ O al paro, a la vejez, etcétera). Un tema que Bismarck puso de manifiesto indirecta- mente fue la limitación cada vez mayor del proteccionismo estatal. El Estado protec- cionista es un precedente, tal como se ha señalado, del Estado del bienestar. Otro país que participó en forjar el Estado social fue el Reino Unido donde fue concebido su segundo pilar moder- no: en este contexto sí se instaura un sistema universal de seguridad social, con la aprobación de la Social Security Act de 1911. Se consideró un patrimonio social irrenunciable al ofrecer cobertu- ra, a toda la población sin distinción, a necesidades básicas que se producen en el ámbito de la convivencia personal, familiar y social. En la construcción del tercer pilar: los servicios públicos, Francia es el lugar donde se ha edificado la teoría. Muy in- fluenciado por los trabajos de Émile Dur- kheim, los especialistas franceses veían en la solidaridad social una norma obje- tiva que se imponía a los gobernantes y para la cual el Estado no era más que un modelo de realización. Concebido así, el Estado encontraba en el servicio públi- co, a la vez, el fundamento de su legitimi- dad y el límite de sus prerrogativas. Tal concepción se inscribía en la tradición francesa de los grandes servidores del Estado. Uno de los rasgos del modelo social francés ha sido su capacidad de poner las técnicas del derecho privado al servicio de las tareas de interés general. Esta hibridación entre público y privado no sólo se da en los servicios públicos industriales y comerciales, también en la organización de la seguridad social (asociando a la patronal y a los sindicatos de empleados y médicos) y en la legisla- ción laboral con los conceptos de orden público social y negociación. Esta síntesis histórica de la construc- ción del Estado social da idea de lo que fue su esplendor y poder: en sus respon- sabilidades, su capacidad con los enor- mes recursos que redistribuyó y de las transformaciones que él desarrolló en las formas de vivir. Pero este gran aparato, que toleró la protesta y fue sensible del bienestar de sus ciudadanos, fue sacudi- do por la crisis: los bienes y servicios que proporcionaba sobrepasaron su capaci- dad; la ineficiencia y la ineficacia fueron su distinción; perdió la capacidad de gobernar aspectos como control y distri- bución de los recursos, la salud pública, la educación, la seguridad, acceso a bienes esenciales como la vivienda, la cobertura de servicios sociales y la preservación del medio ambiente; su estructura creció de una manera desproporcionada; presen- tó practicas clientelares y corporativas nocivas a la justicia social; centralizó la toma de decisiones; sobre reguló todos los aspecto de la vida nacional; su actua- ción fue opaca y corrupta a favor de inte- reses particulares o corporativos. La declinación del Estado social ha sido consecuencia de un diagnóstico que lo culpaba de todos los males que se presen- taban en la sociedad mundial. Pero pensa- mos que el debate de las nuevas propues- tas debe de producirse con base en un diagnóstico preciso del mismo. El análisis jurídico, político, social, económico y am- biental puede contribuir al rediseño de un Estado de nuevo cuño, al definir preci- samente en qué consistió, qué aspectos positivos tuvo, los límites del paradigma y qué se puede esperar de él. II. Neoliberalismo y globalización La década de los años ochenta marca el punto de inicio de una nueva ruta para la función del Estado. El neoliberalismo y la globalización modificaron a los Estados nacionales, como señala Giacomo Ma- rramao, “con la actual mundialización se rompió el modelo Westfalia del sistema de relaciones internacionales basado en la figura del Estado-nación soberano, territorialmente cerrado” (2006: 47). Ac- tualmente, el Estado se transforma, se desdibuja y reduce el papel de la escala nacional como locus preferencial de la regulación estatal. En las últimas décadas se han operado transformaciones fundamentales, tanto en las relaciones entre los Estados y sus sociedades nacionales como en los patro- nes de organización económica y política en el plano internacional. Las reformas han redefinido los papeles tradicionales del Estadonacional y replanteando a la vez el papel del mercado, la empresa privada, los actores y espacios sub y supra-nacionales. El conjunto de trans- formaciones son: reducción del interés social; desregulación fiscal; mezcla de fundamentalismo económico neoclásico; desregulación y apertura de mercados; regulación por parte del mercado en lugar del Estado; ajuste del Estado y la econo- mía; redistribución económica en favor del capital (conocida como economía de 58 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 la oferta); privatización de empresas y servicios públicos; descentralización administrativa y la integración regional; principios de libre comercio internacional (aplicados a veces de manera inconsis- tente); desocupación y flexibilización laboral e intolerancia al sindicalismo. Estos procesos han contribuido a conformar un capitalismo hegemónico respecto de otras formas de organización económica. A la vez, la historia reciente registra otros procesos que han contri- buido a transformar radicalmente las re- laciones sociopolíticas dentro de, y entre, Estados nacionales. La reforma del Esta- do se trata, en el fondo, de un profundo re- planteo del rol y la agenda del Estado, así como de sus relaciones con la sociedad y en consecuencia con lo social. El nuevo contexto internacional es la causa más evidente de la desestabiliza- ción del Estado social, aunque no la única. El término “globalización” genera una confusión entre dos tipos de fenómenos que se entrelazan en la práctica pero que son de naturaleza diferente. Por una par- te, están los fenómenos estructurales, como la abolición de las distancias físicas en la comunicación entre las personas o la exposición compartida a los riesgos sanitarios o ecológicos provocados por el desarrollo. Estos son irreversibles y deben reconocerse como tales en cuanto a su impacto sobre las transformaciones del trabajo y el vínculo social. Por otra par- te, existe un fenómeno coyuntural, la libre circulación de los capitales y mercancías que procede de elecciones políticas re- versibles y que va de la mano con la sobre- explotación temporal de recursos físicos no renovables. La confusión de esos dos fenómenos lleva a algunos a considerar a la globalización como la expresión de una ley inmanente que escapa a cualquier control político o jurídico. III. Debate de los retos futuros Se dice que el pasado permite conocer- nos en el presente, pero también como imaginemos el futuro explica quienes somos. En este sentido, el futuro está abierto y nadie sabe si con el retorno del Estado social se superará las dificultades y si es así, ¿mediante qué organización? Un análisis riguroso y una discusión plural e incluyente puede identificar y clarificar las cuestiones no resueltas, que se plan- tean con esta crisis sanitaria en la crea- ción de un mundo diferente. La primera cuestión que ponemos en la mesa es el dominio de la revolución digital, frente a la crisis del gobierno de las leyes. La revolución digital ha traído un nuevo imaginario que domina nuestras socieda- des. La revolución digital va a la par con la que podemos observar en lo jurídico y político, donde el ideal de una gobernanza (governance) a base de números tiende a suplantar el de un gobierno por las leyes. Ya no se espera que los gobiernos actúen para respetar las leyes, sino que reaccio- nen en tiempo real a señales numéricas. En todos los niveles de la organización del trabajo —los del individuo, la empresa y la nación— se plantea la cuestión de cómo domesticar estas nuevas técnicas inma- teriales que pueden contribuir tanto a libe- rar capacidades creadoras como a destro- zarlas. Los empleados, las empresas y los “A medida que la pandemia deshace la lógica del capitalismo, y los sistemas políticos luchan por preservarlo, el futuro se bifurca en nuevos ámbitos de posibilidades políticas”. 59 01L U I S H . PAT I Ñ O Estados se enfrentan al mismo proceso de cosificación que, al ser humanamente inaguantable, suscitará necesariamente nuevas respuestas jurídicas, políticas, sociales y ambientales. La segunda cuestión concierne al auge de las solidaridades civiles, que, de una for- ma paradójica, la insuficiencia del Estado social ha favorecido. La historia demues- tra que en épocas de crisis económica, política y sanitaria (como la que se esta viviendo) resurgen los pactos de amistad inspirados por el modelo familiar y comuni- tario. La pérdida de fe en la autoridad tute- lar del Estado y su capacidad protectora es un terreno favorable para la manifestación de las formas más diversas de solidaridad, en primer plano las solidaridades familia- res o territoriales continúan jugando un papel crucial.02 Esta eclosión la fomenta el propio Estado cuando subcontrata a or- ganizaciones privadas y sociales para que realicen sus funciones sociales, siguiendo un modelo defendido por el neoliberalis- mo. El impacto de este crecimiento de las solidaridades civiles en el Estado social no está claro. Puede ayudar a la solidaridad nacional y contribuir a restaurar su fuerza y su legitimidad. Pero puede también minar sus bases y precipitar un movimiento ge- neral de repliegue comunitario. La tercera cuestión tiene que ver con las transformaciones de la idea de justicia social. En el siglo XX la idea que prevale- ció fue la de una redistribución justa de la riqueza. Desde la década de 1970 este ob- jetivo ha sido víctima de una crítica feroz por parte de los defensores del mercado. Para Friedrich Hayek (promotor del mode- lo neoliberal), la justicia social es un “es- pejismo”, dado que “los únicos lazos que mantienen el conjunto de una Gran Socie- dad son exclusivamente económicos […] son las redes del capital las que sueldan la Gran Sociedad” (Hayek, 1976). Limitar la justicia social en los registros de la redistribución de bienes o el reconoci- miento de las personas es pues una trampa de la que habrá que salir. La justicia social implica dar a cada uno la posibilidad de tomar conciencia de lo que uno es a través de lo que uno hace, forjar su persona en el reto del trabajo. Una de las características del Estado moderno es que ha excluido la división del trabajo del campo de la justicia y su futuro dependerá de la capacidad que tenga para reintegrarla allí. El Estado, según el sentido más primiti- vo de la palabra status, es la situación que sostiene y hace que se mantenga en pie una sociedad humana. Por ello, frente a esta crisis sanitaria (pandemia) los sínto- mas son muy notorios, el Estado capitalis- ta está en problemas, la respuesta social se está volviendo más clara. Necesitamos un cambio profundo, para que, por ejem- plo, la energía, el agua, la vivienda y la salud que son bienes públicos tengan un control democrático. La devastación que se avecina es difícil de imaginar: cientos de trabajadores han sido despedidos como resultado del virus, otros han visto reducir sus horas laborales, se prevé cri- sis en los servicios y la vivienda. En países como México donde la fuerza laboral en su mayoría es autónoma o informal las difi- cultades serán también mayores. La crisis del Covid-19 ha demostrado que los mercados por sí solos no pueden satisfacer las necesidades fundamenta- les de nuestras sociedades, es necesario el Estado. A medida que la pandemia deshace la lógica del capitalismo, y los sistemas políticos luchan por preservarlo, el futuro se bifurca en nuevos ámbitos de posibilidades políticas. La tarea más ur- gente es evitar a las reformas neolibera- les en una reconfiguración y con un nuevo vigor, ya que las medidas excepcionales de crisis refuerzan las estructuras de poder establecidas. Las sociedades en su conjunto deben cambiar de un modo de reacción a un modo de invención. Nuestrarespuesta de un Estado diferente podría lanzar al mundo hacia un futuro mejor, pero igualmente podría acelerar las con- diciones para su declive. m Referencias Escalante Gonzalbo, F. (2015), Historia mínima del neoliberalismo, Ciudad de México, El Colegio de México. Hayek, F. (1976), Law, Legislation and Liberty, vol. 2: The Mirage of Social Justice, Londres. Lenin, V. I. (1980), Obras escogidas, Moscú, Edito- rial Progreso. Marramao, G. (2006), Pasaje a Occidente. 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Se trata de un problema global al que se están dando respuestas locales. Consiste en un exi- gente escrutinio a los cuatro motores que son capaces de aportar bienestar a los ciudadanos: el Estado, el mercado, el ter- cer sector y la familia (Esping-Andersen, 1993). El Estado, como agente garante de proveer bienestar a los ciudadanos, está fragmentado por países, regiones y municipios. Abarca un amplio espacio territorial pero que empieza y finaliza en el perímetro de cada país. No existe un gobierno mundial para hacer frente a los desafíos globales. Con el coronavirus sucede algo parecido al reto de hacer frente al cambio climático: las respuestas nacionales son insuficientes para atajar el problema. El mercado es el motor más in- ternacionalizado, más global y, por tanto, el que teóricamente está más preparado para absorber las dificultades globales. Su capacidad para mitigar esta crisis es importante: proveer con rapidez el mate- rial sanitario y farmacológico, conectar tecnológicamente a unos ciudadanos confinados en sus domicilios, suminis- trar alimentos y entretenimiento lúdico y cultural a una ciudadanía obligada a vivir con una lógica ermitaña, etcétera. Pero el mercado es un motor contradictorio ya que, por su lógica individual y egoísta, es capaz de mostrar también su rostro más feroz e insolidario traficando y especulan- do con los recursos escasos críticos para el bienestar sanitario, alimentario y social. El tercer sector aporta, sin duda, elevadas dosis de confort, pero su capacidad de respuesta suele ser sectorial y muy focali- zada, y se ve desbordado por una crisis de carácter global y transversal. La familia cumple con su cometido a nivel microco- munitario, es un valor seguro que nunca falla, aunque esté preñada de inquietan- tes contradicciones (los aportes suelen ser asimétricos por razón de género, y el cariño y afecto, en ocasiones, se trans- forma en una insoportable violencia de género o de carácter intergeneracional). Pero siempre que se produce una gran crisis social, humanitaria, económica y laboral la sociedad, el mercado, el tercer sector y las familias buscan y reclaman la salvación y las soluciones al Estado, al tejido de administraciones públicas que posee cada país. Este artículo focaliza su análisis de ur- gencia sobre las capacidades de las insti- tuciones públicas de un país (España) para dar respuesta y solución a la crisis del co- ronavirus. Las administraciones públicas son complejas y poseen un dédalo de for- talezas y debilidades, distintas pero se- mejantes, en la diáspora de cada país. Es imposible abarcar este amplio espectro y, por tanto, este estudio focaliza el examen de tres dimensiones clave. Primero, el li- derazgo de las instituciones en la versión dual: liderazgo político y liderazgo técni- co. Un liderazgo esquizofrénico al que le cuesta armonizar sus dos almas, con re- sultados dispares en cada país: desde los que logran conciliar las dos dimensiones aportando valor público al aprovechar una sinergia positiva entre el valor político y el valor técnico, hasta los que ambas dimen- siones no saben resolver sus conflictos y se empobrecen o anulan mutuamente. Es uno de mis temas y obsesiones de inves- tigación (Ramió, 2015). El segundo objeti- vo, consiste en analizar como una de las consecuencias de la crisis del coronavirus es la cuarentena o confinamiento social que dificulta o impide la organización del trabajo de las administraciones públicas de manera presencial. Llevamos muchos años experimentando tímidamente con el denominado teletrabajo. La actual crisis ha impuesto esta dinámica de trabajo de forma abrupta, sin anestesia ni lubrica- ción y con una agenda pública saturada de urgencias y demandas. La hipótesis de partida es que esta crisis sanitaria va a significar el inicio de un nuevo modelo de organización y gestión de las adminis- traciones públicas. El tercer elemento analizado guarda relación con la disrup- ción de carácter tecnológico que pone al alcance de las administraciones públicas unos instrumentos muy útiles para com- batir una pandemia (big data, inteligencia artificial y robótica). Llevo un tiempo sosteniendo que es acuciante que las administraciones públicas incorporen sin demora estas tecnologías para refinar sus modelos de gestión y atender en mejores condiciones su mandato de defender el bien común y el interés general (Ramió, 2019). Pero las crisis y las nuevas y viejas necesidades no solo se superan con ma- yor musculatura tecnológica (son solo instrumentos) sino van acompañados de una renovación (actualización y reinven- ción) de los estándares éticos de carácter 62 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 público. Una revolución tecnológica que no vaya acompañada de una revolución ética puede generar graves externalida- des negativas en las instituciones y des- enfocar la función y vocación social de la administración pública. Tres enfoques, tres transformaciones y tres retos que van a contribuir a dibujar a la administración pública del futuro (Ramió, 2017). La dualidad necesaria: liderazgo político y liderazgo profesional Las crisis imprevistas y graves, como la actual de salud pública ocasionada por el coronavirus, son útiles para examinar nuestro sistema político y administrati- vo. Crisis como la presente representan pruebas de estrés reales sobre nuestras capacidades institucionales. Es muy pronto para realizar un análisis y esta- blecer conclusiones, pero ya hay unas cuantas lecciones políticas y administra- tivas que sería bueno que los ciudadanos tuviéramos en cuenta. La primera lección es la importancia de que al mando de las políticas y de los servicios públicos estén profesionales bien preparados y con una amplia ex- periencia. Los especialistas en gestión pública reclamamos desde hace tiempo que en España se instaure, de una vez por todas, una dirección pública profesional que es una normativa que debería regular, con base a criterios profesionales y no políticos, a los responsables técnicos que deben dirigir las políticas y los servicios públicos. Los medios de comunicación han celebrado la profesionalidad, sereni- dad y claridad del portavoz del Ministerio de Sanidad para la crisis del coronavirus, Fernando Simón (director del Centro de Coordinaciónde Alertas y Emergencias Sanitarias). Este directivo altamente es- pecializado lleva en el cargo ocho años y fue nombrado por el gobierno de Mariano Rajoy. El actual gobierno lo ha mantenido en el puesto ya que le ha reconocido su prestigio profesional y su rol de técnico independiente. Se trata de una excepción ya que en España cuando hay un cambio de gobierno suelen mudar la gran mayoría de los responsables técnicos (directivos), lo que desprofesionaliza la función públi- ca (y en la práctica la politiza) impidiendo la continuidad de políticas y servicios estratégicos ante la pérdida, por discon- tinuidad, del conocimiento y de la expe- riencia profesional. Cuando se imponen los criterios profesionales los problemas técnicos se resuelven mucho mejor. Nada que ver con otras crisis sanitarias impor- tantes, como el del aceite de colza, donde el ministro del ramo protagonizó ridículas ruedas de prensa que alarmaron y des- concertaron a la población. Pero no se trata de tecnificar la política sino de clarificar roles: a los técnicos lo que es técnico y a los políticos lo que es po- lítico. Una crisis como la actual reclama un fuerte liderazgo político. Respuestas polí- ticas en forma de paquetes de medidas no solo en materia de salud pública y sanidad sino transversales de carácter económico, social, laboral, familiar, etcétera. Política de alto nivel buscando la complicidad con otros países y con la Unión Europea. En ello está, con un poco de retraso, el actual go- bierno. Esta es la segunda lección: la políti- ca sigue siendo fundamental y se refuerza si cede espacio en los temas técnicos al liderazgo profesional. La tercera lección es la complejidad de un Estado multinivel tan descentralizado como es España. Cuando se nombró al reciente ministro de sanidad se hicieron todo tipo de bromas, ya que era un mi- nistro sin ministerio argumentando que las competencias en materia de sanidad están desplegadas por las Comunidades Autónomas. Un sistema centrífugo (des- centralización) requiere de instrumentos centrípetos que permitan equilibrar y uni- ficar el sistema. Este es el papel del Esta- do y del ministerio de sanidad: coordinar a todas las administraciones públicas competentes en el territorio, anticiparse y ordenar el sistema. También mantener interlocución constante y aprender de los otros países afectados y coordinar una actuación conjunta a nivel de la Unión Europea. El problema de Italia ha sido precisamente una deficiente coordina- ción territorial con discrepancias entre el Estado, las regiones y las provincias que ha generado una deficiente anticipación y unas acciones públicas reactivas. La cuarta lección es que un sistema sanitario público sólido y extenso faculta un mayor confort sanitario que un modelo mayoritariamente privado. Es una eviden- cia empírica que, en sanidad, la eficacia y la eficiencia de un sistema público es mayor que el privado. Este principio ya se está demostrando y será más evidente con 63 01 C A R L E S R A M I Ó Por otra parte, la complejidad del fenóme- no y su espectacular impacto económico, laboral y social implica que cueste mucho tomar decisiones radicales de manera amplia y, mucho más, en un gobierno de coalición inédito en la política española y que ha tenido muy poco tiempo para afi- nar sus resortes internos para una toma de decisiones fluida y consistente. La única receta posible a nivel de liderazgo político sería que los líderes políticos del país siguieran las siguientes recomendaciones: • A pesar que los líderes profesiona- les hayan podido fallar en un primer momento, no hay que desconfiar en absoluto de ellos por parte de los líde- res políticos. Más que nunca hay que dejarles márgenes y suficiente discre- cionalidad para que tomen las medidas técnicas que estimen convenientes, tanto en materia de salud pública como de capacidad de gestión del tratamien- to sanitario de los enfermos. Por tanto, el liderazgo político debe dar la máxima autonomía posible a los profesionales en todos sectores y no solo en el ámbi- to de la salud. • La política debe estimular que emer- jan nuevos líderes profesionales que deberían encargarse de aportar una mirada transversal y multisectorial a la problemática que se ha generado. No es solo un tema de salud sino tam- bién un grave problema económico, laboral, social, educativo, de segu- ridad, etcétera, que hay que atender de manera horizontal. En todos estos ámbitos habrá que innovar y en todos Pero la pregunta clave en este apartado es ¿qué tipo de liderazgo se requiere para afrontar con garantías una crisis impre- vista e inédita como el la del coronavirus? La respuesta tiene su complejidad ya que escapa del marco tradicional típico de las crisis en el ámbito institucional o de ges- tión pública. Hay, al menos, dos elementos que hacen que esta crisis tenga un carác- ter diferente a otras crisis en materia de gestión pública. Por una parte, todo parece indicar que ha fallado el liderazgo técnico y no hay que entenderlo como una censura, dada la excepcionalidad de la situación, sino solo como un simple elemento de análisis. Algunos especialistas en epidemiología han reconocido que les ha sorprendido la virulencia del contagio en Europa y que han errado en sus pronósticos. Por más que parece, que en esta ocasión los líderes políticos en España, han escuchado y teni- do en cuenta más que nunca las opiniones de los profesionales. El resultado, de mo- mento, ha sido una política institucional lenta y timorata que no ha sido capaz de evitar un contagio muy extendido. el transcurso del tiempo y analizar cómo responde Europa y como responde Esta- dos Unidos ante la crisis del coronavirus. Pero, aunque nuestro sistema de salud sea fundamentalmente público, también es importante el sector privado y para afrontar grandes problemas hace falta la colaboración público-privada. Esta cola- boración ya se está impulsando en España para atender a esta crisis. Pero no es lo mismo la colaboración público-privada donde la agenda la domina el sistema pú- blico (España) que en los países en que la agenda la domina el sector privado. La quinta lección tiene que ver con la injusta imagen social de la función públi- ca, de los funcionarios. Más allá que el sis- tema que lo regula es anticuado y reclama una reforma urgente, los funcionarios, en su gran mayoría, son grandes profesio- nales, con sólidos valores de servicio a la comunidad y con una enorme motivación. Los medios siempre son escasos, pero de esta crisis nos van a salvar la profesiona- lidad, entrega y generosidad del personal médico, de enfermería y el personal de apoyo. Funcionarios, al fin y al cabo. “¿Qué tipo de liderazgo se requiere para afrontar con garantías una crisis imprevista e inédita como la del coronavirus?” 64 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 los sectores hay que encontrar a los líderes profesionales más adecuados y que se sepan coordinarse entre ellos. • Los líderes políticos, descansados al delegar la mayoría de los temas técni- cos a los profesionales, deben encar- garse de dos temas prioritarios: por una parte, articular un relato contin- gente pero creíble socialmente sobre lo que está haciendo el gobierno y la administración. Por otra parte, coordi- nar este relato y conciliar las distintas posiciones políticas de todas las admi- nistraciones públicas implicadas (bá- sicamente el gobierno del Estado, que posee ahora todas las competencias y dominio jerárquico, con las Comu- nidades Autónomas y con los grandes ayuntamientos). Para llevar a cabo estos dos últimos retos vinculados al liderazgo político los ingre- dientes imprescindibles son: sinceridad, contundencia y lealtad. Sinceridad: hay que reconoceren todo momento que esta crisis es inédita y cambiante. Qué se está haciendo todo lo posible pero que los cambios de criterio en este caso son inevitables. Jamás mentir ni ocultar datos. Al contrario: si los datos son alarmantes o lo pueden llegar a ser hay que facilitarlos y adelantarlos. La ciudadanía lo va a perdonar todo en esta crisis, pero jamás van a absolver una mentira o que se les oculte información. Por otra parte, reconocer todas las equivocaciones y demostrar que se va aprendiendo sobre la marcha. Que realmente se está implemen- tando una gestión del conocimiento. Contundencia: las decisiones tienen que presentarse sin dudas y si hace falta de- cisiones radicales hay que adoptarlas. Lo que no perdonará la ciudadanía son deci- siones timoratas o a medias. En este error ya hemos caído y no hay que volver a re- incidir. Sí hay que cerrar toda la actividad económica (salvo los servicios básicos) hay que hacerlo sin más dilaciones. Nada es peor para desprestigiar el liderazgo po- lítico que ir improvisando decisiones que los ciudadanos ya anticipan. La sociedad no va a castigar las equivocaciones en las decisiones políticas, sino que va a censu- rar la falta de contundencia de las mismas y, en especial, la cobardía. Ser tachado de líder cobarde es el peor escenario para un político en las actuales circunstancias. Lealtad: lealtad política al país, a la sociedad y a las instituciones. En esta crisis no tiene sentido practicar el politi- queo (totalmente legítimo en situaciones no extremas) sino que hay que hacer política de alta intensidad. No hay que entrar en la lógica de críticas cruzadas entre partidos políticos o entre niveles administrativos. Los errores van a ser in- evitables, pero ahora no es momento de la crítica, sino de aprendizaje, de mirar siempre hacia adelante para acertar me- jor con la siguiente decisión. Los líderes políticos que aprovechen la ocasión para criticar a otros actores institucionales están perdidos y no van a gozar de nin- guna empatía social. Los que, en cambio, ejerzan la autocrítica y vayan ganando consistencia en sus decisiones con el tiempo van a vindicarse como auténticos líderes políticos. Los cambios institucionales y organizativos que se avecinan: más que adaptación hace falta reinvención Uno de los aspectos positivos de la terri- ble crisis del coronavirus es que para las administraciones públicas viene a ser como una muy exigente prueba de estrés sobre su calidad institucional en muy diversas dimensiones. Son muchos los frentes abiertos y muy escaso el periodo de tiempo, por largo que nos parezca, en que lleva caminando esta crisis para sacar conclusiones. De todos modos, sí que podemos iniciar este proceso de re- flexión como catalizador de un proceso de mayor envergadura, que debería ser casi asambleario, para apelar a la inteligencia colectiva que existe en dosis elevadas en nuestras administraciones públicas. Algún despistado puede pensar que la mayor parte de empleados públicos están pasando el confinamiento apegados a Netflix y a socializar con la familia. Pero para una parte muy importante de este colectivo nada más lejos de esta visión lúdica del confinamiento. El estrés que el coronavirus está sometiendo a nuestras administraciones públicas es ingente y no solo para el personal sanitario, que con toda justicia los aplaudimos por su heroi- cidad, o por el personal de los cuerpos de seguridad y de las fuerzas armadas, o para el personal de trinchera de los servicios sociales. Estos colectivos deben exponer sus cuerpos al virus ya que es imposible prescindir de su presencia física. Pero hay muchos otros colectivos vinculados a la burocracia profesional de contacto 65 01 C A R L E S R A M I Ó que han cambiado su trabajo de presen- cial a virtual. El caso más evidente son los docentes que siguen con sus planes académicos de manera virtual. Pero no olvidemos a todo un enorme grupo de em- pleados públicos que realizan tareas que los profanos las asocian a mera burocra- cia que trabajan de manera estajanovista desde sus domicilios. Todo el back office de la sanidad, de las unidades vinculadas a trabajo gestionando ERTE (bajas tem- porales de empleo) y los seguros de des- empleo, de los servicios sociales, de los departamentos vinculados a economía y fiscalidad, etcétera. Podríamos afirmar que el coronavirus ha cerrado la mayor parte de las empresas privadas y, en cam- bio, ha acelerado y ampliado las cargas de trabajo en las administraciones públicas. La biología evolutiva nos aconsejaría que las instituciones públicas aprove- charan esa crisis vírica para adaptarse a un nuevo entorno. Pero creo que en este caso es más acertado afirmar que no solo deben adaptarse, sino que deben reinven- tarse. Las futuras crisis y retos no van a estar siempre vinculados a la salud públi- ca, sino que probablemente tendrán com- ponentes vinculados a cambios tecnoló- gicos, biomédicos, sociales, laborales y económicos que pueden ser traumáticos para la ciudadanía. De manera abrupta se está generando una nueva función tras- cendental de la administración pública en su defensa del bien común y del interés general. Esta función sería posicionarse proactivamente para asegurar un mínimo de confort social a la ciudadanía ante un nuevo mundo con ingredientes disrupti- vos que puede generar indeseables esce- narios de carácter distópico. Una primera reflexión, excesivamente dura para ser la primera, es que todos aquellos empleados públicos que estén estos días en casa mano sobre mano tie- nen un problema de futuro. Quien no esté en condiciones de aportar valor añadido ante una situación de crisis en el trabajo en formato presencial o virtual carece, salvo algunas excepciones, de futuro la- boral. Esto significa que su trabajo actual no aportará valor en el futuro y, por tanto, debe como mínimo adaptarse mediante el reciclaje o, mejor, reinventarse. Una segunda reflexión es que las ad- ministraciones públicas deben ir abando- nando su lógica de trabajo exclusivamente canalizada por la departamentalización y la especialización. Siempre existirá espe- cialización, pero no debe ser ordenada de manera rígida y estanca sino inteligente- mente desordenada de forma transversal o incluso líquida. La mayoría de las unidades y de los profesionales deben ser polivalen- tes, flexibles y adaptarse para trabajar en proyectos totalmente nuevos o en proyec- tos que pertenecen a otros departamentos y que, en ciertos momentos, están estre- sados por elevadas cargas de trabajo. Por ejemplo, con esta crisis carece de sentido que la gestión sanitaria (gestión, no aten- ción médica) o la seguridad, las oficinas de trabajo o los centros de gestión interna de los servicios sociales estén saturados y no puedan disponer con facilidad, de ma- nera fluida y rápida, del apoyo de aquellos empleados públicos de otros ámbitos que ahora carecen de trabajo. Una tercera reflexión es que la organización del trabajo vinculada a un espacio físico se ha alterado totalmente. Los despachos y las oficinas tradicionales de trabajo care- cen ya de sentido ante la tecnología dispo- nible, la necesidad de abordar una gestión del conocimiento de carácter compartido, de atender a nuevos proyectos de gestión que aparecen y desaparecen de manera muy ágil, etcétera. Sirva como ejemplo lo que hasta ahora hemos denominado como teletrabajo. Una de las ventajas de la crisis del coronavirus es que hemos implantado esta nueva dinámica laboral de manera abrupta y sin ningún tipo de lubricante. Y estamos descubriendo que, en términos generales, funciona y muy bien. Antes ya teníamos esta intuición mediante expe- riencias piloto excesivamente cautas y timoratas. Por ejemplo, estoy gratamentesorprendido al comprobar que las reunio- nes virtuales son más resolutivas, fluidas y con mayor puntualidad que las reuniones presenciales. Cierto que también con esta crisis han aflorado problemas y disfuncio- nes de las que debemos aprender y, por tanto, resolver. Múltiples canales de trabajo que generan una sensación de caos, equi- pos tecnológicos insuficientes que deben ser subsanados de manera particular por los empleados públicos, viviendas no pensadas para convivir con las exigencias del trabajo profesional e incluso horarios excesivos o disparatados. Pero no parece excesivamente complejo solventar estos problemas y beneficiarnos de la eficacia y eficiencia de una organización del trabajo mucho más abierta y no circunscrita de manera estricta a un espacio físico fijo. 66 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 La cuarta reflexión es que la gestión públi- ca es cada vez más compleja y cambiante y apela a una gestión del conocimiento de alta intensidad. Los profesionales de las administraciones públicas atesora- mos mucho conocimiento experto pero muchas veces es insuficiente. Una de las lecciones de esta crisis del coronavirus es que hay que recurrir al conocimiento científico y también al conocimiento de gestión extramuros de nuestras murallas administrativas. Las administraciones deben dejar de vivir con una lógica insular y abrir sus puertas a expertos de otras administraciones, de las universidades, de los centros de investigación y también de las empresas privadas. Habrá que buscar la manera de canalizar estas intercone- xiones de conocimiento y experiencia práctica mediante una lógica de incenti- vos institucionales y económicos para que sean atractivas para todos los agentes. Solo en raras ocasiones, como en esta crisis del coronavirus, se puede apelar a la generosidad y al altruismo. Otro elemento de aprendizaje es que cuando las insti- tuciones públicas (tanto las instancias políticas como las profesionales) optan por integrar al conocimiento científico en su toma de decisiones, es que éste no siempre posee la varita mágica que aporta respuestas claras para todo, sino que hay discrepancias, teorías e hipótesis con- frontadas. Esto lo sabemos bien los aca- démicos. Pero no por este motivo las ad- ministraciones públicas deben cerrar las puertas al conocimiento externo, sino in- tegrarlo y prepararse mejor para una toma de decisiones, que incorpore el máximo conocimiento científico, pero que sigue implicando decidir con incertidumbre y riesgo. Esta es la función esencial de los políticos y de los directivos públicos pro- fesionales. Yo soy de los que pienso que la ciudadanía es madura y tolera los errores de los decisores públicos en situaciones de gran complejidad, siempre y cuando las decisiones se adopten de manera rápida, bien comunicadas, de manera honesta, sin ocultar información y con posterioridad se realice un ejercicio sincero de autocrítica de los errores y se explicite el aprendiza- je alcanzado. Los titubeos excesivos, la frivolidad de no consultar a los expertos de diversas escuelas, la mentira, el auto- bombo y la falta de autocrítica es lo que enerva a la ciudadanía. Esta sería la quin- ta reflexión. Es obvio que en el tintero de la inteligencia colectiva hay muchísimas más que tendremos que ir identificando con el transcurso del tiempo. En todo caso, como reflexión final, llamar la atención en que se está produ- ciendo paulatinamente un cambio en los modelos organizativos tanto privados como públicos que esta crisis del coro- navirus puede ejercer de catalizador para su aceleración. Laloux (2016) nos avisa que las organizaciones se están que- dando obsoletas en los modos en los que están gestionando y que todo apunta a que está por producirse un salto crítico y trascendental en la implantación de nue- vos modelos organizativos productivos. Este salto consiste fundamentalmente en profundizar al máximo en el concepto de colaboración (Tamames, 2018: 89). Otra novedad en la literatura organizativa vinculada al impacto de la inteligencia ar- tificial y de la robótica hace referencia a la organización exponencial (Ismail, Malone y Van Geest, 2016). Partiendo de que el mundo digital está mostrando unos cre- cimientos como no se han visto nunca, la propuesta de la organización exponencial (ExO) es que las organizaciones puedan conseguir esos mismos crecimientos exponenciales exprimiendo las posibilida- des de la digitalización e informatización de sus procesos, y mediante la reducción al mínimo de los activos físicos (Tamames, 2018: 90). Una organización exponencial es aquella cuyo impacto (o resultado) en la economía y su entorno es despro- porcionadamente enorme, al menos, 10 veces más grande, al compararla con sus iguales, a otras empresas del sector, de carácter lineal. Son disruptivas, se apo- yan en técnicas organizativas diferentes y en tecnologías aceleradoras. Es decir, una nueva generación de organizaciones que pueden transformar en crecimiento ex- ponencial el modo lineal de crecer de las organizaciones tradicionales, a partir del uso de activos como su comunidad, per- sonal bajo demanda, big data, inteligencia artificial y otras nuevas tecnologías (Ra- mió, 2019). Se trata de una organización ni centralizada, ni cerrada, ni jerárquica y sin liderazgos concentrados que apuesta por una nueva manera de entender la es- trategia, la cultura, los procesos, las ope- raciones, los sistemas y las personas. Un nuevo modelo de gestión que apuesta por la holocracia (un sistema de organización en el que la autoridad y la toma de decisio- nes se distribuyen de forma horizontal en 67 01 C A R L E S R A M I Ó lugar de ser establecidas por una jerar- quía de gestión), es decir: un sistema de autogestión (Robertson, 2015). En defi- nitiva, el trabajo autónomo, el trabajo en equipo, las lógicas cooperativas son los nuevos valores de la organización del tra- bajo moderno. La administración no solo no puede renunciar a estos ingredientes, sino que los tiene que estimular constan- temente mediante todo tipo de incentivos (formación a empleados y responsables, diseño de puestos polivalentes y con pro- fundidad, procesos de trabajo flexibles con autonomía) pero todo ello dentro de una lógica de jerarquía institucional. La administración tiene que seguir siendo conceptualmente jerárquica (la política dirige la administración) pero con dinámi- cas de trabajo vinculadas a la autogestión en un sentido profesional o “pleno” tal y como lo formula Laloux (2016). Es el momento de repensar la ética pública La crisis del coronavirus ha hecho eviden- te algo que me preocupa desde hace unos años: la necesidad de reflexionar más y mejor sobre la ética pública ante los enor- mes cambios a los que se expone nuestra sociedad por la irrupción de la biomedici- na, el big data combinado con la inteligen- cia artificial, la globalización, la robótica y los nuevos paradigmas económicos y laborales, por citar solo algunas de las transformaciones que pueden ser más relevantes (Ramió, 2017 y 2019). Lo que más me ha impactado y generado todo tipo de inquietudes éticas, vinculado con la crisis del coronavirus, es la atención médica a nuestros venerables ancianos que contraen este virus. Conocemos los protocolos médicos que, para optimizar recursos de unos servicios de emergen- cias y de cuidados intensivos saturados, discriminan a unos enfermos de otros en función de los pronósticos médicos sobre su potencial porcentaje de supervivencia. Si no tienes apenas posibilidades para sobrevivir no tienes cabida en un hospital. Todavía me ha causado una mayor impre- sión la vía holandesa de atención a los muy ancianos y/o muy enfermos. Que no se acerquen aningún hospital y que pacien- temente esperen la llegada de la parca en sus domicilios. Si fuera en Estados Unidos o en Gran Bretaña (que seguramente op- tarán por este protocolo) nos hubiéramos escandalizado dada la apatía de las insti- tuciones políticas con la sanidad pública, una práctica neoliberal extrema y unos líderes políticos, como Trump o Johnson, con muy poco apego al sentimentalismo. Pero resulta que estamos hablando de Holanda, país referente del Estado del bienestar y con una cultura institucional y social de primer nivel en referencia a los derechos humanos. Me ha resultado especialmente perturbadora la proclama de la jefa del departamento de geriatría de Gante: “No traigan a los pacientes débiles y a los ancianos al hospital. No podemos hacer más por ellos que brindarles los buenos cuidados paliativos que ya les estarán dando en un centro de mayores o en sus domicilios. Llevarlos al hospital para morir allí es inhumano”. Además, ha añadido: “Los pacientes con problemas físicos o mentales como la demencia, que se encuentran ya muy débiles, tienen más probabilidades de morir en los próximos doce meses. Menos, si contraen el co- ronavirus. Así que el tratamiento puede tener un efecto que prolongue la vida, pero la posibilidad de una cura definitiva es muy pequeña”. Aquí la ética pública pa- rece que está vinculada a una ética social de carácter religioso, calvinistas, ellos, frente a católicos, nosotros. Por tanto, ¿es ético que en España la mayoría de enfermos graves de coronavirus mueran en la más absoluta soledad en nuestros hospitales? Incluso el personal médico y de enfermería, ataviados con una in- dumentaria propia de astronautas, para asegurar la profilaxis, han tenido que pintarse caras con sonrisas en sus apara- tosas vestimentas. Sin duda son dilemas éticos que van a generar debate. Ahora no hay tiempo para debates y es perentorio tomar decisiones éticas a la brava. Pero una vez superada esta crisis considero que todos los empleados públicos debe- ríamos dedicar un tiempo de nuestras jornadas laborales a hacer debates or- denados y productivos sobre los retos de la ética pública, tanto a nivel de nuestras propias especialidades como a un nivel más institucional. Definir nuevos están- dares éticos a situaciones totalmente nuevas no es una tarea fácil y las adminis- traciones públicas deben fomentar este proceso de manera rigurosa e innova- dora. Nos van a hacer falta especialistas en filosofía y en ética que canalicen este proceso que debe ser colectivo mediante 68 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 la gestión del conocimiento, la innovación y la inteligencia colectiva. Otro gran dilema ético: El big data es ya es una realidad que nos sumerge en fuertes controversias de carácter ético. El filósofo Byung-Chul Han, en un reciente artículo, nos narraba la gestión tecnológica del coronavirus en algunos países asiáticos. Ha quedado demostra- do que la vigilancia digital salva vidas. ¿Pero estaríamos dispuestos a aceptar en Occidente que nuestra conducta so- cial sea evaluada constantemente por las instituciones públicas? “En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos” (Han, 2020). Me parece que para nosotros esto sería inaceptable, pero en cambio, re- sulta que “toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epide- mia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura cor- poral. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. Las redes sociales cuentan que incluso se están usando drones para controlar las cuarentenas. Si uno rompe clandestinamente la cuarentena un dron se dirige volando a él y le ordena regresar a su vivienda” (Han, 2020). Claro que China es una dictadura, pero Corea del Sur, país democrático, ha aplicado una tecnología similar para combatir el coronavirus. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la “Corona-app” una señal de alarma. Todos los lugares donde ha ha- bido infectados están registrados en la aplicación. “No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. Se publican los movimientos de todos los infectados. Puede suceder que se desta- pen amoríos secretos” (Han, 2020). Los asiáticos tienen una cultura colectivista y se someten voluntariamente a la intromi- sión de los poderes públicos. ¿Sería esto posible en nuestra cultura individualista que sacraliza la privacidad?, ¿podemos quedarnos en un camino intermedio y utilizar estas tecnologías en casos extremos como la actual crisis y luego no utilizarlas?, ¿confiaremos en unas administraciones públicas que posean todo este potencial tecnológico? Todo un debate de ética social que no es nada sencillo. La tecnología puede hacer revi- vir las leyendas más oscuras del Leviatán. ¿Cómo vamos a controlar a esta bestia? Pero si impedimos que los poderes pú- blicos utilicen y dominen esta tecnología, quizá sean las empresas privadas las que se conviertan en temibles leviatanes y, en cambio, las instituciones públicas sean tan inocentes y tan poco decisivas como unas ardillas, totalmente incapaces de dominar a las bestias privadas. Sabemos que la biomedicina va alargar la vida y que, por tanto, va a generar todo tipo de transformaciones socia- les, conflictos intergeneracionales y desigualdades sociales ante radicales diferencias en expectativas de vida. Otro ejemplo que ilustra la necesidad de renovar los estándares de la ética social y de la ética pública. m Referencias Esping-Andersen, G. (1993), Los tres mundos del Estado de Bienestar, Valencia, Institució Al- fons el Magnanim. Han, B.-C. (2020), “La emergencia viral y el mundo de mañana”, El País, 22 de marzo. Disponible en: https://elpais.com/ideas/2020-03-21/ la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana- byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que- piensa-desde-berlin.html. Ismail, S., M. S. Malone, Y. Van Geest (2016), Or- ganizaciones exponenciales, Singularity Uni- versity Books. Laloux, F. (2016), Reinventar las organizaciones, Barcelona, Arpa. Ramió, C. (2015), La extraña pareja. La procelosa relación entre políticos y funcionarios, segun- da edición, Madrid, Catarata. Ramió, C. (2017), La administración pública del fu- turo (horizonte 2050). Instituciones, política, mercado y sociedad de la innovación, Madrid, Tecnos. Ramió, C. (2019), Inteligencia artificial y adminis- tración pública. Robots y humanos compar- tiendo el servicio público, Madrid, Catarata. Robertson, B. (2015), Holocracia. El nuevo sistema organizativo para un mundo en continuo cam- bio, Barcelona, Empresa Activa. Tamames, R. (2018), ¿Qué robot se ha llevado mi queso?, Barcelona, Alienta Editorial. 69 01 C A R L E S R A M I Ó La sociedad moderna se ha convertido en una sociedad del riesgo en el sentido de que cada vez está más ocupada debatiendo, previniendo y gestionando riesgos que ella misma ha creado. (Beck, 2011: 22). por Silvia Fontana y Sofía Conrero. Profesoras e investigadoras de Universidad Católica de Córdoba, Argentina. ¿PUNTO DE INFLEXIÓN PARA LOS GOBIERNOS? 70 Introducción El anuncio público de un escenario de riesgo puede tener consecuencias pro- fundasen la población, razón por lo cual los gobiernos se muestran renuentes a tomar decisiones frente al riesgo. Así Ul- rich Beck (2011) sostiene que existen tres posibles reacciones frente al riesgo: la negación, la apatía o la transformación. Es en esta sociedad de riesgos actual, caracterizada por la irrupción de una pan- demia, donde los parámetros de seguridad se han tornado inciertos, y donde las deci- siones políticas no están siendo homogé- neas. Así, nos encontramos ante el dilema de la subestimación o la sobreestimación por parte de los gobiernos del coronavirus. Estamos frente a un riesgo materializado al que los gobiernos han reaccionado he- terogéneamente con las medidas y accio- nes adoptadas en cada caso. Unos optaron por el aislamiento social, otros por la cuarentena y unos cuantos están siendo indiferentes, denominán- dose esta última posición “el mito de la invulnerabilidad”. Esta creencia hace más vulnerable a los países, pues sus gobiernos dejan de tomar medidas pre- ventivas tan imprescindibles para hacer más eficiente su capacidad de respuesta frente a la pandemia. El coronavirus está presumiendo una dura prueba no solo para los sistemas de salud de los países más afectados por la pandemia, sino también frente a las consecuencias económicas, sociales y políticas que se deberán afrontar en el corto plazo. Ante lo cual las decisiones y no decisiones están siendo muy diversas. Las consecuencias que sobrevendrán sobre los Estados serán múltiples, por- que si algo caracteriza al riesgo es su multidimensionalidad, ya que una vez materializado como desastre (pandemia) impacta en todos los ámbitos de la vida. Y deberán pensarse que las consecuen- cias no solo serán a corto plazo, deberán analizarse además aquellas que serán a mediano y largo plazo como también las consecuencias coyunturales que surgi- rán. Podemos decir que estamos frente a consecuencias inciertas. Ante esta realidad los gobiernos hoy se encuentran frente al dilema de continuar gestionando en el riesgo o de aprender a gestionar el riesgo. El objetivo del presente artículo es ana- lizar los marcos referenciales y las estra- tegias que los gobiernos necesitan com- prender si pretenden gestionar de manera adecuada la incertidumbre que los riesgos generan en la sociedad, particularmente frente a los desafíos que el Covid-19 está generando en la sociedad contemporánea. Sociedad del riesgo: el contexto de la pandemia Beck (1996) sostiene que vivimos en “la sociedad del riesgo”, la que se origina allí “donde los sistemas de normas sociales fracasan en relación a la seguridad pro- metida ante los peligros desatados por la toma de decisiones”. Peligros que “des- bordan los fundamentos de las represen- taciones sociales respecto a la seguridad”. En esta sociedad contemporánea, el marco institucional para la gestión del riesgo y su consecuente reducción se ha caracterizado, en general, por ser enfren- tado de manera reactiva. Queda expuesto que en la mayoría de los casos es en la emergencia donde se actúa, lo que lleva a que existan alrededor de esta gestión reactiva: dispersión de esfuerzos, falta de articulación de acciones entre instancias privadas y públicas, falta de capacitación, falta de coordinación entre actores, entre otros motivos. Es decir, la planificación en esta temática es aún muy elemental por lo que se suele no llegar a absorber los impactos que un riesgo provoca. La mayor de las veces se produce un “dis- tanciamiento entre las acciones guber- namentales y las privadas y comunitarias” (Vargas, 2002: 61), a lo que se suma la falta de coordinación con organizaciones es- pecializadas en la atención de desastres, aquellas que investigan sobre la temática y la capacitación para la respuesta. El cambio climático, las nuevas amenazas a la seguridad, los riesgos sanitarios y alimenta- rios, las crisis financieras plantean, de entra- da, un desafío a nuestra conceptualización de esos futuros inciertos […] Todo futuro incierto nos sitúa ante dilemas de especial dificultad […] cómo gestionamos nuestra inevitable ignorancia acerca de los acontecimientos fu- turos… (Innerarity, 2011). La gestión del riesgo de desastres, enten- dida como un proceso, resulta más efec- tiva si logra alcanzarse el fortalecimiento 71 01F O N TA N A Y C O N R E R O niveles y áreas de gobierno presentes, y la sociedad civil en su conjunto. La trans- versalidad, horizontal y vertical, nece- saria para este tipo de políticas define la particularidad en la manera de gobernar que tiene el riesgo de desastres. No se en- tiende gestionar el riesgo si no convergen todos los actores parte de la problemáti- ca, y trabajan mancomunadamente para disminuir las vulnerabilidades y aumentar las capacidades de respuesta. El Covid-19 ha dejado al descubierto la necesidad y relevancia de trabajar man- comunadamente entre todos los actores. Ya el Marco de Sendai convocaba a esta trabajo articulado y coordinado teniendo en cuenta el enfoque del riego, pero los gobiernos no aceptaron de manera in- tegral el reto que ello significaba. Aquel objetivo de Sendai propuesto en el 2015, para ser alcanzado en el 2030, frente a esta situación de pandemia global ha que- dado sin asidero de poder alcanzarlo. Es tan real decir que la naturalización de los riesgos por parte de los habitan- tes es lo que produce que los gobiernos no incorporen hipótesis del riesgo en sus agendas de actuación, lo que lleva a que los mismos se multipliquen pues no se prevén acciones para reducirlas o, al menos mitigar sus consecuencias (Fon- tana y Maurizi, 2014). Hablar de riesgo significa definir ame- nazas y vulnerabilidades, categorías éstas que lo integran y lo definen como un proceso construido socialmente (Gar- cía Acosta, 2005). Aquí entra en juego la percepción que la población tiene de los riesgos, y a partir de la cual se definen la manera en que los mismos van a ser abor- dados (Douglas, 1996). Hoy, frente a este contexto de emer- gencia global, el mundo se encuentra en estado de consternación donde el presen- te es tan incierto como el futuro, y frente a lo cual los Estados han ensayado respues- tas disímiles con el fin de aplanar las cur- vas de contagio. La protección de la salud nos ha puesto como sujetos activos en la lucha contra el Covid-19 en articulación con las acciones de los gobiernos, es de- cir son importantes las responsabilidades individuales y colectivas. Reducción del riesgo: sostenibilidad del proceso La gestión integral del riesgo implica una nueva mirada sobre la realidad, y una nue- va manera de gobernar. El logro de una cul- tura de prevención de riesgos es el eje que va a sostener este proceso, y materializar en el largo plazo este nuevo paradigma de gobierno: reducir los riesgos a los que se ven expuestos los seres humanos. Todo ello significa una redefinición de las prio- ridades en las agendas de los gobiernos. Para lograr la sostenibilidad de este proceso, y para lograr específicamente la reducción del riesgo se hace necesario institucionalizar el riesgo, es decir, ade- cuar el marco normativo y la legislación al enfoque del riesgo de desastres; inte- grar la participación de todos los actores en las políticas del riesgo; aumentar las capacidades a través de la educación y la comunicación de riesgos; y trabajar con de las acciones en todos los niveles de gobierno, con la cooperación del sector privado y de las organizaciones de la so- ciedad civil. Así es que se hace necesario constituir un sistema interinstitucional de gestión del riesgo articulado por orga- nizaciones ya existentes de los sectores público y privado de cada país. En el actual contexto, una vez declara- da la pandemia se inició un proceso de re- configuración mundial, ya que elplaneta se vio interpelado frente a un virus, y los gobiernos debieron comenzar a buscar respuestas a través del trabajo articulado con especialistas en la materia y la parti- cipación de la sociedad civil para la formu- lación de acciones. El Marco de Sendai (2015-2030) define como objetivo “La reducción sustancial del riesgo de desastres y de las pérdidas ocasionadas por los desastres, tanto en vidas, medios de subsistencia y salud como en bienes económicos, físicos, sociales, culturales y ambientales de las personas, las empresas, las comunida- des y los países”. Concretamente, la reducción del ries- go de desastres es un proceso a largo plazo, y que requiere del desarrollo e implementación de mecanismos y herra- mientas efectivas, a través de la voluntad política, de políticas públicas coherentes y de la participación de la sociedad civil, tanto en el gobierno central como en los gobiernos locales. La gestión del riesgo, y particularmen- te la reducción del riesgo de desastres, es una política pública que debe ser planifi- cada participativamente entre todos los 72 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 una percepción real del riesgo de desas- tres en toda la comunidad. En síntesis, estos factores permitirán generar una transformación que lleva a la institucio- nalización del riesgo y a una gestión del riesgo desde la gobernanza, y con políti- cas de Estado a largo plazo. Puede sostenerse que los siguientes puntos son desafíos que deben en- frentar los gobiernos, lo que permitirá convertir a la gestión del riesgo en una política de Estado: • Lograr la institucionalidad y susten- tabilidad de las políticas de reducción del riesgo, a través de la definición de una política integral en la que converja el consenso entre los gobiernos en to- dos los niveles y áreas y, los sectores públicos y privados. • Construir conciencia ciudadana en materia de prevención y mitigación del riesgo, que se logrará con la par- ticipación de todos y cada uno de los sectores que son parte de la cons- trucción del riesgo. La base para estos desafíos es trabajar a partir de lo que ya existe, de lo ya hecho, con una mirada articuladora y coordinada que asegure y promueva el desarrollo humano. La necesidad de reducir las condiciones de vulnerabilidad de la población y aumen- tar las capacidades de respuesta, orienta a la planificación para la implementación de políticas públicas en el presente, y que logren la sostenibilidad en el futuro. Esta sostenibilidad para que sea certe- ra necesita que la sociedad y sus organi- zaciones participen activamente en todo el proceso de las políticas para la reduc- ción del riesgo, y que se logre una cultura de la prevención en las poblaciones. Es la educación y la comunicación los pilares fundamentales para la construcción de la sostenibilidad de este proceso. Es menester lograr y sostener la gober- nanza del riesgo a partir del trabajo coor- dinado entre todos los actores partes de este proceso. Son las acciones humanas las que incrementan o reducen las vulnera- bilidades, por lo que la necesaria toma de conciencia frente a esta problemática, no solo local sino mundial, fortalecería las ac- ciones tendientes a la reducción del riesgo. Por ello se hace necesario cambiar el paradigma de actuación de los gobiernos, es decir, pasar de la atención del desastre a la gestión integral del riesgo, haciendo hincapié en su reducción. Es necesario que los gobiernos entiendan que es el largo plazo donde estas políticas darán sus frutos, ya que toda transformación es compleja y comienza en el presente y el proceso trasciende una gestión. Es en este punto de inflexión en el que la huma- nidad se encuentra. Estrategias clave para la gestión del riesgo: estrategia, diseño organizacional y equipos de trabajo Según el paradigma de la gobernanza, el enfoque de la gestión del riesgo de desas- tres plantea el desafío de pensar y diseñar los componentes organizacionales con cri- terios de flexibilidad, articulación y capaci- dad de previsión para luego poder brindar mejores respuestas frente a un desastre. En este sentido, se presentan tres com- ponentes fundamentales para el gobierno efectivo y eficiente de la gestión del riesgo de desastres: la existencia de una estra- tegia organizacional, el diseño de estruc- turas organizacionales específicas para este enfoque y el desarrollo de equipos de trabajo como eje de funcionamiento. Aplicando el concepto de estructura organizacional a la gestión del riesgo de desastres, resulta relevante que las estructuras organizacionales de gobier- no tengan la capacidad de promover y coordinar tanto la prevención como la atención a los desastres, posibilitando la acción colectiva de toda la sociedad (Var- gas, 2002). Por consiguiente, la discusión acerca de este concepto parte de que el diseño de la estructura organizacional no implica solo una cuestión técnica, sino que se trata más bien de una decisión po- lítica. Por tal motivo se incorpora el con- cepto de gobernanza como articuladora de redes, surgiendo así nuevos cambios en la burocracia como ser: su reemplazo por diseños organizacionales más hori- zontales y flexibles, o su redefinición en torno a sus funciones (Agranoff, 2012). De esta manera, el principal punto den- tro de las estructuras organizacionales consiste en que estas estén dotadas de una mayor flexibilidad en cuanto a su co- nexión con los diversos actores, pero que a su vez centralice la gestión del riesgo de desastres como una forma de gobernar. Se debe tener en cuenta que al ha- blar de estructuras organizacionales 73 01F O N TA N A Y C O N R E R O se hace referencia a un elemento más amplio que la simple representación gráfica del organigrama. Se trata de un proceso que integra desde la planifica- ción de las estrategias, hasta alcanzar el desarrollo del objeto social de la organi- zación. Esto implica la definición de una estrategia organizativa, como plantea Moore (1998), a través del concepto de triángulo estratégico. Este triángulo integra tres componen- tes que se articulan e influyen mutuamen- te. El primero de ellos es la definición de un propósito general, en este caso, de la gestión del riesgo, construido a partir de valores públicos relevantes. Es decir que este propósito genera valor para todos los actores, especialmente, los ciudadanos, en lo que refiere a reducir y mitigar las consecuencias y los efectos negativos de una catástrofe. El segundo componente del triángulo estratégico plantea que deben expli- carse las fuentes de apoyo y legitimidad que se utilizarán para llevar adelante ese propósito general. En otras palabras, la gestión del riesgo de desastres no es una construcción propia y particular de un gobierno, de una organización públi- ca, ni tampoco el gobierno por sí solo puede ser garante del cumplimiento de ese propósito general. Todos los actores sociales involucrados deben participar en este proceso, lo cual le otorga legi- timidad y le facilita la obtención de los resultados esperados. Finalmente, el tercer componente del triángulo estratégico señala la manera operativa y administrativa que dará via- bilidad a la estrategia formulada. Este componente explica cómo se llevarán adelante las actividades para gestionar el riesgo de desastres. Si bien la definición del triángulo es- tratégico es clave para generar valor en la gestión de gobierno, específicamente en lo que refiere a la gestión del riesgo de desastres, también es importante con- siderar que esta es una de las carencias más importantes en los gobiernos. En este marco, el gran desafío es dise- ñar estructuras en las administraciones públicas que estén dotadas de mayor flexibilidad, en red con diversos actores, peroque, asimismo, formalicen la gestión del riesgo de desastres como una ma- nera de gobernar. A su vez, es necesario generar y consolidar equipos de trabajo que aborden sus tareas y actividades en forma colaborativa con otras personas y organizaciones, y se basen en una actitud de apertura y solidaridad destinada al lo- gro de determinados objetivos. Se trata de desarrollar la capacidad de trabajar de manera complementaria aunando esfuer- zos en torno a un objetivo común para ge- nerar un producto final que sea algo más que la suma de las partes. La gestión del riesgo de desastres requiere que el traba- jo en equipo sea una competencia central de todos los actores involucrados en la problemática. Trabajar en equipo significa mostrar respeto y comprensión por los distintos puntos de vista, disposición para el aprendizaje de aportes brindados por otras personas, anteposición de decisio- nes del equipo frente a las propias en pos de un beneficio mayor, reconocimiento y gratificación frente a los logros del equi- po, actitud conciliadora frente a posturas diversas y tolerancia frente a la diversidad cultural dentro del equipo; es decir, un espíritu colaborativo e integrador. Así, Sa- lamon (2002), citado por Aguilar (200: 119- 1207) plantea que “[…] en el futuro, la esen- cia del proceso de solución de problemas será, muy probablemente, de naturaleza colaboradora, dado que la atención a los problemas públicos y la realización de los objetivos públicos dependerán no solo del gobierno, sino de un buen número de otros actores autorizados”. En el marco de esta pandemia, los go- biernos han tenido que reconfigurar sus estructuras organizacionales, articular redes de actores, conformar y desarrollar equipos de trabajo, todo en simultáneo y con la crisis a punto de iniciar, o en muchos casos, ya iniciada. Esto ha disminuido y/o demorado las capacidades de respuesta ya que, tanto la estrategia, como la es- tructura organizacional y el desarrollo de equipos de trabajo, son capacidades que tienen que ver con políticas a largo plazo, y que no son fáciles de cambiar y adquirir en tiempos cortos, y además bajo la presión de una crisis. Por lo tanto, y pensando en el después de la pandemia, algunos de los desafíos a abordar serán el diseño de es- tructuras organizacionales más flexibles y horizontales, y la generación y la consoli- dación de redes y equipos de trabajo como pilares fundamentales para el enfoque de la gestión del riesgo de desastres. 74 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 A modo de cierre: algunas certezas de la pandemia La aparición del Covid-19 con una mag- nitud inesperada, está provocando múl- tiples reacciones y debates en torno a la gestión de una crisis (pandemia), que en su mayor parte no ha sido planteada des- de el enfoque de la gestión del riesgo de desastres. Ante esta realidad los gobier- nos hoy se encuentran frente al dilema de continuar gestionando en el riesgo o de aprender a gestionar el riesgo. En este artículo se planteó un análisis de los marcos referenciales y estrategias que los gobiernos necesitan comprender si pretenden gestionar de manera ade- cuada la incertidumbre que los riesgos generan en la sociedad, particularmente frente a los desafíos que está generando el COVID-19 en la sociedad contemporánea. En este marco, las ideas centrales que podemos sintetizar a partir de lo analiza- do son: • Todos somos vulnerables. El riesgo es asunto de todos y debemos reconocer- nos como parte del riesgo. Este riesgo sanitario que estamos transitando, está dejando en evidencia que la vulnerabili- dad va asociada a un sinnúmero de deci- siones y no decisiones que nos interpela como sociedad. No nos iguala, pero si nos hermana, y nos demuestra que todos somos parte de la misma humanidad. • Ante crisis globales el Estado no se puede aislar. Esto implica la necesidad de tomar un rol central en las definicio- nes estratégicas, en la coordinación entre actores tanto gubernamentales —en sus diferentes niveles y poderes del Estado—, como del sector privado y de la sociedad civil, así como también reacomodar sus estructuras organiza- cionales y generar equipos de trabajo para atender, al menos ahora, la emer- gencia. El desafío será cómo reconfi- gurar estos componentes pensando ya en la etapa de rehabilitación por crisis y, aún más hacia el futuro, incorporan- do el enfoque de gestión del riesgo de manera integral. • La importancia de la ciencia. Se torna imperante reconocer la importancia de la generación de un puente entre el mundo académico y el mundo en el que se toman las decisiones. Si pretende- mos superar esta pandemia será ne- cesaria tanto la experiencia como los conocimientos de una amplia gama de disciplinas, desde las ciencias sociales y las humanidades hasta las ciencias de la salud, las ciencias ambientales y las ciencias exactas. • Cambio de paradigma. La gestión in- tegral del riesgo de desastres implica una nueva mirada sobre la realidad, y una nueva manera de gobernar. El logro de una cultura de prevención de riesgos es el eje que va a sostener este proceso, y materializar en el largo plazo este nuevo paradigma de gobierno: reducir los riesgos a los que estamos expuestos. m Referencias Agranoff, R. (2012), Collaborating to Manage A Primer for the Public Sector, Washington D.C., Georgetown University Press. Aguilar Villanueva, L. (2007), “La dimensión ad- ministrativa de la nueva gobernanza; sus prácticas y aporte”, ponencia presentada en el XII Congreso Internacional del CLAD, Santo Domingo, República Dominicana, 30 de octu- bre-2 de noviembre. 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DESPUÉS DE LA PANDEMIA? ¿PODEMOS IMAGINAR UN 76 Introducción En su libro The Next 100 Years: A Forecast for the XXI Century, el politólogo y analista geopolítico George Friedman realizó un análisis del escenario global en el (muy) largo plazo, identificando aquellos aspectos que él consideraba como fundamentales para prede- cir el futuro de las relaciones internacionales de Es- tados Unidos con sus aliados y competidores durante los próximos 100años. Entre las cosas que Friedman avizoraba en su libro (escrito en 2009) estaban el fin de la guerra contra el yihadismo global, el colapso de Rusia debido al estancamiento de su economía, la fragmentación de China debido a sus tensiones étnicas internas, el surgimiento de nuevas potencias regionales en Europa Oriental, así como el ascenso de México al status de gran potencia, para luego ini- ciar una guerra contra Estados Unidos alrededor del año 2070, la cual se extendería al menos hasta el siglo XXII (Friedman, 2009a). Friedman afirmaba, en esos años, que Rusia se desintegraría debido a sus tensiones étnicas, bajo crecimiento demográfico y a un modelo productivo anticuado (Friedman, 2009a: 100-119); mientras que el “supuesto” ascenso de China sería sólo temporal y que, por el contrario, había que fijarse en el desarrollo de “verdaderas potencias emergentes” como Japón, Turquía y Polonia (Friedman, 2009a: 136-152). Debido a que los hechos durante los años posteriores a la pu- blicación del libro venían contradiciendo notoriamen- te el esquema predictivo de Friedman, luego el autor actualizaría algunas de sus observaciones, especial- mente sobre el desarrollo futuro de Rusia y China (lo que incluyó la publicación de otro libro llamado The Next Decade (Friedman, 2010b), que abarcaría sólo el periodo entre 2015 y 2025. La moraleja de este asunto consiste en que ima- ginar el futuro no sólo es difícil, sino que incluso los esquemas de análisis más refinados fallan al mo- mento de hacer predicciones. Esto sucede no por desconocimiento de la historia (de hecho, la lectura histórica en The Next 100 Years es impecable), y me- nos a errores metodológicos de fondo; sino a acon- tecimientos inesperados que terminan tirando al piso cualquier proyección. A pesar que los hechos actuales desmientan el desarrollo de escenarios futuros, predichos por Friedman, estoy seguro que ningún otro esquema alternativo hubiera podido prever que, debido a una infección viral, en el lapso de unas pocas semanas un tercio de la población del planeta estaría encerrada dentro de sus casas sin poder trabajar y que las ca- denas de transporte y suministro globales quedarían paralizadas. Así, la pandemia del nuevo coronavirus (hoy llamado Covid-19) termina por echar por tierra toneladas de libros sobre comercio exterior, geopo- lítica, relaciones internacionales y seguridad, que iban acompañadas por la condición ceteris paribus de que los aviones seguirían volando a sus destinos, los containers seguirían llevando productos a los puertos y la gente en general saldría desarmada de sus casas a comprar alimentos en las tiendas. Hoy más que nunca los pensadores y analistas de las diversas disciplinas académicas dentro de las humanidades y ciencias sociales están bloqueados frente a la posibilidad de imaginar un futuro que su- pere la crisis generada por el virus. A pesar que se ha generado un debate muy interesante en medios y redes sobre el futuro del capitalismo y del orden global; lo cierto es que se sigue pensando dentro de la idea (nuevamente, ceteris paribus) de que el virus es algo que tarde o temprano será superado, ya sea a través del dominio tecnológico (González y Salaman- ca, 2016), la hipervigilancia social basada en el big data (Feldstein, 2019), o la consolidación de modelos políticos autoritarios inspirados en el régimen chino (Witt y Redding, 2014). Considero necesario abrir un poco más el espectro de posibilidades para empezar a pensar escenarios flexibles frente a los cuales los gobiernos tendrán que tomar decisiones (algunas de DESPUÉS DE LA PANDEMIA? 77 01A N T H O N Y M E D I N A ellas controversiales y dolorosas, si es que la crisis se agudiza). A mi juicio, el ciclo de crisis que abre la pandemia del Covid-19 exige repensar al menos cinco aspectos del orden inter- nacional contemporáneo: 1) El futuro del actual modelo de globalización capita- lista; 2) El futuro de la democracia liberal en Occidente; 3) El desarrollo urbano en relación con los ecosistemas; 4) La sa- lud pública como nueva fuente de poder geopolítico; 5) El rol de la academia fren- te a la crisis. Pasaremos a analizar cada uno de estos puntos. Žižek y Byung Chul-Han: el debate sobre el capitalismo La prisa con la que Slavoj Žižek (2020) ha predicho el fin del capitalismo “al estilo Kill Bill” contrasta con la rapidez con la que la opinión pública ha salido a refu- tarlo basándose en la posición de Byung Chul-Han (2020), quien vaticinaba un capitalismo mucho más feroz y autori- tario amparado en el control biopolítico a través del big data (no muy distinto a lo que el mismo Žižek decía hace diez años cuando se refería al peligro del surgi- miento de un “capitalismo con valores asiáticos”). No me apresuraría tanto a descartar la posición de Žižek, sino más bien a considerarla dentro de un abanico de escenarios dentro de una perspecti- va de (muy) largo plazo. En ese sentido, valdría la pena hacer dos preguntas. La primera: ¿cuáles son los condicionantes claves que garantizan la continuidad del capitalismo como sistema histórico? y la segunda: ¿qué tanto sabemos sobre la capacidad del Covid-19 (u otra pandemia futura) de afectar severamente dichos condicionantes en el largo plazo? No han faltado análisis sobre los efec- tos del Covid-19 en la economía global, los cuales en su mayoría coinciden en la venida de la peor recesión mundial desde 1929 (algo ya anunciado oficialmente por el FMI); así como en la progresiva frag- mentación de las cadenas de suministro globales. A pesar de todo, existen dos aspectos concomitantes que se man- tienen constantes a pesar de todos los escenarios y especulaciones que se pue- dan hacer sobre el futuro: 1) La confianza de la gente en el valor del dinero en tanto medio de cambio; y 2) El flujo de las tele- comunicaciones. Internet, en tanto red global de comunicaciones, ha generado una dependencia absoluta de las bases de datos de cualquier actividad humana conocida en el planeta, incluidos los ser- vicios básicos de telefonía, agua y electri- cidad. Asimismo, el valor del dinero como medio de cambio se sostiene mediante los millones de intercambios y fluctuaciones que ocurren a diario en las bolsas de valo- res a nivel mundial, dentro de las cuales el dinero impreso/acuñado representa sólo una pequeñísima parte de los trillones de dólares/euros/yuanes/otros que circulan a diario en la red sin generar ningún tipo de valor real más allá del que los seres humanos hemos convenido en otorgarle; “La moraleja de este asunto es que imaginar el futuro no sólo es difícil, sino que incluso los esquemas de análisis más refinados fallan al momento de hacer predicciones”. 78 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 ya que si aceptamos el hecho de que el dinero es sólo papel pintado que no se puede comer, la mayoría del que existe ni siquiera es un objeto material o palpable (Siranova y Duarte Rocha, 2019). Si bien existe una discusión sobre qué pasaría si súbitamente ocurriera un apagón mundial de Internet debido a un desastre natural masivo o ataque nuclear, lo cierto es que ésta es una red flexible y descentralizada que no depende de un solo país y puede seguir funcionando así la mayoría de sus bases de datos y servidores quedaran in- utilizados (Ryzdak, 2018). Por supuesto, para que el sistema siga funcionando, tiene que haber alguien que garantice su funcionamiento; y ahí quizá habría que considerar más detenidamen- te la posición de Žižek. Como ya ha indi- cado la OMS, poco sabemos del Covid-19, y si bien a pesar que la letalidad de la in- fección sigue siendo baja en comparación a otras enfermedades, la transmisibilidad y tendencia a la mutación del mismo debe considerarse. Si a la fecha la cepa actualde coronavirus Covid-19 ha demostrado un alto nivel de resistencia y permanencia sobre superficies como plástico, vidrio y acero; ¿qué pasaría si éste empezara a mutar hacia un nuevo virus más nocivo que ahora pueda permanecer en forma de aerosol que viaje por el aire durante varias horas, o si apareciera otro nuevo que sí tuviera esa capacidad?, ¿de qué servirían medidas como la cuarentena y el aisla- miento social si es que ahora podemos contagiarnos con sólo salir a comprar pan para el desayuno, así nos mantengamos a diez metros de distancia de todo individuo con el que nos crucemos en la calle? Un nuevo virus con las características que menciono ya no sólo exigiría a los Estados a reordenar todo su aparato productivo hacia adentro, sino a incluir nuevos me- canismos de automatización y provisión de servicios a través de sistemas de Inte- ligencia Artificial. Implementar medidas de ese tipo pro- vocaría índices de desempleo en masa tan grandes que los Estados se verían obli- gados a autoaislarse para experimen- tar soluciones cortoplacistas que calmen la creciente inestabilidad social, termi- nando por desintegrar lo que quedaría del modelo angloamericano de globaliza- ción. Esto generaría como consecuencia un progresivo “desacoplamiento” del sistema por parte de los Estados, espe- cialmente aquellos del Sur Global; quienes acusarían a los organismos internaciona- les de corruptos y poco solidarios frente a sus respectivas crisis internas, así como a las grandes potencias de hipócritas que lucran con la necesidad de los países más pobres. El primer resultado de esta rebeldía masiva de los Estados menores frente al orden mundial implicaría que las monedas nacionales dejarían de tener va- lor externo, y, en consecuencia, dejarían pronto de tenerlo al interior (ya que, como dijimos, objetivamente el dinero es sólo papel pintado y para efectos prácticos no tiene ninguna utilidad mayor a la que tiene cualquier papel). Este hipotético desacoplamiento trae- ría como consecuencia una desconexión masiva de la red de Internet, dejando a los países dependientes exclusivamente del manejo de sus ondas electromagnéticas de radio (y con suerte, de TV local). La gente al ver de un día para otro que su di- nero (impreso o bancario) ya no vale nada, empezaría a organizarse para realizar sa- queos masivos a supermercados, tiendas, y hogares; con lo que el poder civil cedería fácilmente frente a cualquier junta militar “restauradora” que prometa cierto orden frente a las diversas bandas organiza- das formadas por ciudadanos comunes y corrientes impulsados por el miedo. Finalmente, en aquellos Estados donde dichos liderazgos militares se consoliden (con mayor probabilidad en América Lati- na y el Asia Oriental), se implementarían economías de guerra con despoblamien- tos masivos de ciudades y programas de re-educación orientados principalmente a la producción agraria, la autodefensa militar y la salud pública; mientras que en los Estados más frágiles (principalmente África Oriental y Central, así como Oriente Medio) se agravarían las tensiones étnicas y sociales, llevando el estado de guerra ci- vil a largas porciones de su territorio como nunca antes. Todo esto sin mencionar la impredecible respuesta de las principales potencias mundiales al ver que el orden global que crearon se desmorona frente a ellos como un castillo de naipes. Por supuesto, el escenario apocalípti- co que describo es sólo uno de todos los posibles; pero vistas las cosas así, el error de fondo cometido por Žižek no sería el de haber predicho la futura muerte del capita- lismo, sino el asumir que lo que vendría a re- emplazarlo sería algo mejor. Como fuere, la evidencia muestra que la tendencia no es 79 01A N T H O N Y M E D I N A hacia el debilitamiento, sino hacia el forta- lecimiento de la Internet, por lo que es más fácil decidir si le damos la razón a Žižek o no. En tanto y en cuanto las redes de comuni- cación generadas en torno a Internet con- tinúen operando, el capitalismo se seguirá transformando, pero no desaparecerá. No hay mucho más qué decir al respecto. Privacidad versus hipervigilancia Parte del debate entre Žižek y Chul-Han ha estado también relacionado con el futuro de los regímenes políticos. Mientras Žižek ve una ventana de oportunidad para el surgimiento de una “revolución mundial” que nos acerque a un nuevo régimen ba- sado en valores de unidad y solidaridad (un ideal noble, sin duda, pero lejano); Chul- Han ve un “reforzamiento de las estructu- ras neoliberales” de dominación política y un endurecimiento de los mecanismos de vigilancia social a través del manejo de las redes sociales y el big data. En esa misma línea, Giorgio Agamben (2020) tiene razón en parte al señalar que el pánico generado por la pandemia contribuye a perpetuar el estado de excepción como normalidad socialmente establecida que no se ve que vaya a cambiar en un buen tiempo. Siguiendo la preocupación de Agam- ben, habría que notar que del castigo so- cial a los “malos ciudadanos” que incum- plen con las medidas de cuarentena, en buena parte de los países occidentales se ha pasado a la ofensiva con medidas que en circunstancias democráticas norma- les serían consideradas como “totalita- rias”. Mencionemos algunas cuantas: 1) En Dinamarca, se aprobó una ley que obliga a vacunar a la población; lo que sería más un intento de bloquear políticamente al movimiento antivaxxer local, ya que a la fecha no existe ninguna vacuna contra el Covid-19. 2) En Israel se autorizó a las fuerzas de seguridad a intervenir masi- vamente los teléfonos para monitorear los movimientos de personas que hayan tenido posible contacto con contagiados. 3) En Francia, Macron habla de un “estado de guerra” para desplegar más de 100 000 nuevos policías y amenazando con gober- nar por decreto si la gente no respeta la cuarentena. 4) En Reino Unido se duplica el personal militar orientado a tareas civi- les y se crea un comando de lucha contra el Covid-19; mientras que los asesores científicos del gobierno afirman que las medidas de aislamiento social podrían durar hasta 12 meses. 5) En Grecia los campos de migrantes refugiados han sido puestos en absoluto aislamiento y se han restringido las salidas a una persona por familia. 6) En Estados Unidos la situación es particularmente dramática, ya que a la vez que se revelan planes para implemen- tar la Ley Marcial en todo el territorio si la pandemia se sale de control; las medidas económicas que planea el gobierno de Trump no consideran ningún tipo de vuel- ta a la normalidad. Cabe señalar que ninguna de las me- didas que mencionamos se refieren a la “autoritaria, comunista e hipervigilada” China; sino al Occidente “liberal, capitalis- ta y defensor de la privacidad individual”. Algunos pretenden generar un (falso) dile- ma en donde los ciudadanos nos veríamos obligados a “elegir” entre dos supuestos modelos políticos alternativos cuando la realidad nos dice que la institucionaliza- ción de la excepcionalidad autoritaria en Occidente ya existe de facto. En el caso particular de América Latina, algunos as- pectos de dicha excepcionalidad han sido notorios incluso desde antes de la crisis, debido al rol cada vez más preponderante de los militares en la vida política de los Estados. Al respecto, Diamint (2019) seña- la que en todo el continente los militares han venido relegando al personal policial de sus funciones tradicionales debido a su cada vez mayor involucramiento en el mantenimiento de la seguridad interna; a la vez que poseen una aceptación y popu- laridad bastante mayor a la de los partidos políticos. Si nos remitimos al espectro de posibilidades señalado en la sección ante- rior, incluso si enel corto plazo la pande- mia pudiera revertirse, los Estados occi- dentales seguirían manteniendo varias de las medidas tomadas de manera “preventi- va” a futuro. Sea cual fuere el desenlace de esta pandemia, el debate ya no consistirá en elegir entre la “privacidad liberal” o la “vigilancia autoritaria”; sino cuánta de ésta última será indispensable para mantener la paz y la estabilidad económica bajo un nuevo paradigma de desarrollo. La transformación de las ciudades El nuevo paradigma de desarrollo al que nos referimos no será producto de nin- guna demanda ciudadana concreta sino 80 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 de la necesidad de los Estados de limitar los condicionantes que generaron la pandemia en primer lugar. Esto exigirá balancear la relación entre crecimiento económico, desarrollo urbano y medio ambiente bajo la cercana tutela de los Es- tados Nacionales. Las plagas han podido florecer siem- pre en entornos urbanos masivos. Como señala John Vidal para Scientific Ameri- can (2020); “la expansión de las urbes y la destrucción irracional de los ecosistemas debido a las actividades productivas del hombre (minería, pesca, tala, extracción de petróleo, etc.) ha venido acompañada de una proliferación de los virus zoonó- ticos (transmitidos de animales a huma- nos)”; debido tanto a la migración masiva de animales salvajes a zonas urbanas como al comercio ilegal de muchas de estas especies. La zoonosis no es un problema nuevo. Un estudio de Kate Jones, investigadora en temas de ecología y biodiversidad de la University College London (UCL) iden- tificó 335 enfermedades nuevas que apa- recieron entre 1960 y 2004, de las cuales al menos un 60 por ciento habrían sido transmitidas como producto del contac- to con animales (Jones, 2008). No sería tan casual entonces que el Covid-19 haya aparecido en la provincia de Wuhan en China, lugar en donde existen abundan- tes mercados populares de carne para consumo humano a precios bajos. A las insalubres condiciones en la mayoría de esos mercados, se suma el hecho de que es común encontrar animales salvajes como murciélagos, salamandras, escor- piones, tortugas u otros que aumenten el riesgo de aparición de plagas. Refuerza la hipótesis señalada el análisis de an- teriores epidemias de origen zoonótico, como el Ébola, la gripe aviar (H5N1), la gripe porcina (H1N1) o el Síndrome Respi- ratorio de Oriente Medio (MERS-CoV), las cuales se generaron debido a similares condiciones (FAO, 2019). Es pertinente la observación de David Harvey (2020), quien señala que uno de los inconvenientes del actual modelo de globalización es lo imposible de detener la difusión internacional de nuevas en- fermedades debido a la interdependencia compleja de las economías nacionales. Siendo China el eje manufacturero del pla- neta, tarde o temprano sería inevitable la expansión de cualquier enfermedad sur- gida ahí. En resumen, repensar la relación entre el ser humano y el ecosistema im- plicará repensar los espacios cuyo diseño han facilitado la propagación de los virus zoonóticos; es decir, las ciudades. Como señala Jack Skenker para The Guardian (2020), esta nueva relación im- plicará reconsiderar la tensión entre la ”densificación” (concentración poblacional en las ciudades) y la ”desagregación” (la ge- neración de espacios de distanciamiento “Ningún otro esquema alternativo hubiera podido prever que, debido a una infección viral, en el lapso de unas pocas semanas un tercio de la población del planeta estaría encerrada en sus casas y que las cadenas de transporte y suministro globales quedarían paralizadas”. 81 01A N T H O N Y M E D I N A social). La tendencia hacia la densificación se realiza por una cuestión de eficiencia en el uso de la energía, mientras que la desagregación se plantea como alterna- tiva de salud pública. Debido a esto, se tendrán que idear nuevas alternativas para la provisión de servicios (en lugares que normalmente tienden a abarrotarse como cines, discotecas, malls u otros), así como para el trabajo (el cual tendrá que reducir al máximo la tendencia al “presencialismo”, así como elaborar fórmulas mixtas que incluyan espacios de teletrabajo, en tanto sea posible). Junto al incremento en la infraestruc- tura digital para potenciar esta nueva oleada de teletrabajadores; se generará una tendencia hacia el despoblamiento de las grandes ciudades, la aparición de otras nuevas y en muchos casos, a la re- población del campo y al fortalecimiento de las actividades agrarias. La conse- cuencia final de todo esto será que las poblaciones demandarán a los gobiernos una intervención cada vez más fuerte mediante la creación de sistemas de pla- neamiento que permitan generar una re- estructuración a gran escala del proceso de desarrollo de las ciudades; a la vez que se enfrentan resistencias provenientes del empresariado, así como presiones de las Fuerzas Armadas exigiendo el reforza- miento de la “securitización” de cualquier tipo de actividad económica. La nueva geopolítica de la salud pública Por supuesto, todos los criterios que he- mos mencionado, el modelo económico, el diseño urbano o la globalización, se ter- minarán reconfigurando en función a un solo objetivo: la preservación de la salud pública. En ese sentido, los parámetros de competencia en la Teoría de las Relacio- nes Internacionales incluirán esta nueva variable, la que se sumará a los aspectos militares, económicos y culturales que históricamente han sido considerados como fuentes del poder de los Estados (Morgenthau, 1986). La lucha interna por la provisión de material médico en el mun- do nos trae reminiscencias de las viejas dinámicas de competencia y balance del poder del siglo XIX; especialmente cuando vemos al gobierno de Donald Trump inten- tando evitar que las empresas fabricantes de mascarillas exporten su material a Canadá, Latinoamérica y Europa, o inten- tando comprar una vacuna a una empresa alemana con el objetivo de hacerla exclu- siva para la población de Estados Unidos (algo bastante irónico, si consideramos que el mismo sistema que es incapaz de crear mascarillas médicas para todos sí es capaz de crear un nuevo modelo de Iphone al año, 40 variedades distintas de Barbies, armas atómicas que pueden destruir el “El nuevo paradigma de desarrollo no será producto de ninguna demanda ciudadana concreta sino de la necesidad de los Estados de limitar los condicionantes que generaron la pandemia en primer lugar”. 82 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 planeta varias veces, así como una incon- table variedad de artistas sin talento que ganan millones de dólares sólo por postear fotos en Instagram). Por otro lado, conforme se vayan con- solidando las nuevas normas sociales y de trabajo como respuesta a la crisis, las corrientes migratorias mundiales empe- zarán a alterarse en función a la búsqueda de mejores sistemas de protección social y salud pública. Es evidente que el gran perdedor aquí será Estados Unidos (único país del mundo desarrollado que no tiene un sistema de salud universal), el cual ex- perimentará una lenta (pero segura) fuga de personal calificado hacia Europa y Asia Oriental, principalmente. Por supues- to, esto podría quedar limitado de manera permanente si un potencial descontrol del virus genera el cierre permanente de fronteras; como una medida ya no ins- pirada en algún retorcido nacionalismo étnico, sino en la capacidad de preservar la salud de la población frente a un “ene- migo extranjero” visto como un potencial portador del virus. La nueva geopolítica de la salud es- tará comandada principalmente por los Estados, dejando un espacio mucho más limitado para las grandes corporaciones, particularmentepara el Big Pharma. A la fragmentación de las cadenas globales de producción que mencionamos en una sección anterior se sumará la identifica- ción de sectores “estratégicos” en la eco- nomía que pasarán a formar parte de los Estados a través de diversos procesos de nacionalización y estatización; en los que las industrias médicas tendrán un papel central. Esto ocurrirá por una razón muy concreta: el libre mercado no ofrece nin- gún tipo de solución a la problemática glo- bal de la salud. Y la mayor prueba de esto es que a la fecha existen diversos tipos de vacunas para los coronavirus existentes en aves y cerdos, los cuales fueron descu- biertos y comercializados por empresas farmacéuticas importantes orientadas a la industria alimentaria. Los intentos por promover investi- gaciones sobre vacunas para humanos fracasaron básicamente porque no eran negocio para estas empresas; ya que tar- de o temprano los Estados empezarían a patentarlas y distribuirlas a bajo costo en- tre la población más vulnerable, tal como ocurrió con los tratamientos para el SIDA en África durante los años 90. Coincidi- mos con Alain Badiou (2020) en que, más que Covid-19, el nombre correcto para este virus debió haber sido SARS-2, es decir, una nueva versión del Severe Acute Respiratory Syndrome del año 2003, que en su momento fue definida como la “pri- mera enfermedad desconocida del siglo XXI”; la cual finalmente se expandió debi- do a que los científicos que venían traba- jando en una vacuna por esos años nunca lograron obtener financiamiento para sus investigaciones debido al desinterés de los Estados y las empresas. La reconversión interior tendrá que ir hermanada de una reconversión exterior. Se vendrá una oleada de (re)negocia- ciones en los acuerdos de liberalización comercial multilateral (OMC), regional (ASEAN, APEC, UE, etcétera) y bilateral (TLC) debido a la necesidad de generar nuevas industrias farmacéuticas locales a bajo costo y subvencionadas por el Es- tado. Esta medida chocará con diversos acuerdos comerciales, especialmente en aspectos vinculados a la protección de patentes y propiedad intelectual en general. Por supuesto, los Estados no desaprovecharán la oportunidad para im- plantar nuevas barreras proteccionistas y arancelarias; con lo que instituciones como el CIADI y la Corte Permanente de Arbitraje irán perdiendo legitimidad para la resolución de conflictos entre Estados y Empresas. Finalmente, los temas más tradicionales de la geopolítica (el rol ex- terno de las Fuerzas Armadas, la demo- grafía, el manejo de los recursos natura- les u otros) se terminarán ajustando a las nuevas restricciones a la circulación de personas que se irán estableciendo como consecuencia de la pandemia. La relevancia de las Ciencias Sociales Para concluir, quisiera mencionar tan- gencialmente un aspecto que afecta par- ticularmente al campo académico; es de- cir, la relevancia que las ciencias sociales (y por extensión, las humanidades) ten- drán en el futuro. La vieja dicotomía entre “métodos cuantitativos” versus “teoría y filosofía” renace con el recurrente des- precio con el que los investigadores pro- venientes de ciencias más “duras” tratan a los especialistas en humanidades o fi- losofía, considerándolos poco prácticos (como mínimo) para contribuir en algo a 83 01A N T H O N Y M E D I N A resolver la crisis. Efectivamente, mucho del conocimiento generado desde las hu- manidades (postestructuralismo, teoría decolonial, estudios culturales, etcétera) se volverá, si no inútil, al menos irrelevan- te para resolver los nuevos problemas que aparecerán debido a los cambios sociales que se avecinan, y eso hay que aceptarlo. A eso hay que agregar que la estadística avanzada, la econometría y el diseño de políticas públicas basadas en evidencia terminarán por ocupar la agenda de aque- llos académicos que no quieran quedarse fuera de sus respectivos circuitos profe- sionales; obligando a muchos a reenfocar sus temas de investigación. Si bien todo esto es cierto; también sigue siendo innegable que el quehacer humanístico deberá seguir acompañán- donos para dar sentido a un conjunto de problemas que de otra manera consi- deraríamos exclusivamente como “tec- no-científicos” (en ese sentido la Antro- pología Médica tiene mucho qué decir, por ejemplo). No debemos olvidar que, si bien las ciencias naturales pueden enseñarnos a clonar a los dinosaurios, las humanida- des y las ciencias sociales siempre deben estar ahí para recordarnos que hacerlo es una muy mala idea. Conclusiones Si bien una gran cantidad de literatura sobre Relaciones Internacionales en las últimas dos décadas habla sobre el surgi- miento de “nuevas amenazas”, “entornos estratégicos”, “conflictos asimétricos” y otros; lo cierto es todos estos conceptos terminan siendo retórica sin sentido si los vemos desde la perspectiva de esta pandemia. Nunca habíamos sabido tanto de nuestra ignorancia, como señala Ha- bermas (2020), y por eso es importante señalar que la intención de este ejercicio mental no es alarmar a nadie, sino sim- plemente aplicar la máxima romana: “Si vis pacem, para bellum” (“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”) como principio de realismo básico. Si bien no es la primera vez que la humanidad experimenta plagas y pan- demias, sí es la primera en la que ésta ocurre a escala global y simultánea, poniendo en juego las bases sobre las cuales se ha cimentado la actual civili- zación humana. Las consecuencias de la pandemia pueden ser desastrosas y permanentes, como cuando la peste negra del siglo XII destruyó la “primera globalización arcaica” (Adelman y Aron, 1999) creada por comerciantes budistas y árabes para conectar las rutas de co- mercio existentes entre China, Oriente Medio y África, matando a un tercio de la población humana y extendiéndose hasta entrado el siglo XVIII; así como también pueden llegar a tener resultados positivos si se toman como una oportu- nidad, como cuando la gripe española de la primera década del siglo XX ayudó a “Todos los criterios se terminarán reconfigurando en función a un solo objetivo: la preservación de la salud pública”. 84 [ EL FUTURO DEL ESTADO Y DE LA POLÍT ICA DEMOCRÁTICA ]01 crear el moderno Estado de bienestar en Suecia (Jonung y Roeger, 2006), tomado hoy como modelo por diversos gobier- nos en todo el mundo. En consecuencia, necesitamos crear conciencia sobre la necesidad de tomar medidas firmes frente a este nuevo mundo cuya principal característica es la incertidumbre; a la vez que seguimos buscando alternativas para visualizar un futuro común. m Referencias Adelman, J., y S. Aron (1999), “From Borderland to Borders: Empires, Nation-States and the Peo- ples in Between in North American History”, The American Historical Review, vol. 104, núm. 3. Badiou, A. (2020), “On the epidemic situation”, en Verso Books Blog. Disponible en: https:// www.versobooks.com/blogs/4608-on-the- epidemic-situation. Diamint, R. (2019), “¿Quién custodia a los custo- dios?: Democracia y uso de la fuerza en Amé- rica Latina”, Nueva Sociedad, núm. 278. Diario Clarín (2020), “Giorgio Agamben y el nuevo estado de excepción gracias al coronavirus”. Disponible en: https://www.clarin.com/revis- ta-enie/ideas/giorgio-agamben-nuevo-excep- cion-gracias-coronavirus_0_PudxE2ilo.html. 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EXPLICANDO ALGUNOS EFECTOS SOCIALES Y SUBJETIVOS DE LA PANDEMIA 88 Metapolítica (m): ¿Qué rol juega el miedo y la angustia como motor de la sociedad actual? Octavio Moctezuma: El sistema nervioso tiene un mecanismo que se dispara frente a una amenaza que prepara al organismo para la lucha, la huida ó la pa- rálisis como defensa. Este tipo de respuestas varían mucho entre las personas y las situaciones a las que se enfrentan, dependiendo de las herramientas con las que cuentan, capacidad de reacción, preparación, etcétera. Cuando una situación de peligro se prolon- ga, genera un estrés constante que deteriora tanto las funciones corporales como las capacidades cog- nitivas y de toma de decisiones. El miedo y la angustia a nivel social aumentan el sentido de vulnerabilidad y la pérdida de confianza en las instituciones, en las empresas, la economía y los gobiernos, su manipu- lación en el corto plazo puede ser útil, pero a la larga puede ser altamente contraproducente. Rafael Vázquez García: El miedo es uno de los prin- cipales motores de la historia. La mayor parte de las propuestas ideológicas de cambio han tenido como materia prima una reacción defensiva frente a algún cambio inminente, real y establecido, o tal vez solo imaginario, pero compartido o instigado colectivamente. Así se forjaron la mayor parte de los movimientos contrarrevolucionarios y, claramente, la totalidad de las propuestas nacionalistas. Lejos de otorgar a otros elementos como el orgullo, la común pertenencia o el interés colectivo, las propuestas actuales de extrema derecha tienen en el miedo el principal lubricante, altamente inflamable por otro lado, de su ideario. Judith Shklar lo dejó escrito en El liberalismo del miedo. De lo que se trata no es de hallar principios de justicia que permitan la convivencia, sino de gestio- nar el miedo siempre presente e irreductible de los gobernados. Se trata de una acción gubernamental Convocados en medio del confinamiento domiciliario en el cual muchos de nosotros nos encontramos, le hemos pedido a un politólogo, a un filósofo y a un artista plástico, todos ellos, estudiosos de los fenómenos políticos, culturales y estéticos, que nos com- partieran sus puntos de vista en torno a la pandemia del Covid-19, en una mesa virtual de reflexión. El resultado es un pensamiento a varias voces que nos advierten de los efectos negativos de la comunicación, pero también de cómo está operando bajo la forma de dispositivo de plausibilidad para que nuestra sociedad no sucumba al encanto de los difíciles tiempos que se viven en esta hora cero del mundo. Octavio Moctezuma es artista plástico. Su obra se ha presentado en más de 80 biena- les nacionales, internacionales y exposiciones colectivas. Actualmente colabora como responsable del intercambio artístico-científico en el programa de Arte, Ciencia y Tec- nologías de la UNAM y la Secretaría de Cultura Federal. Rafael Vázquez García es pro- fesor titular de la Universidad de Granada, España, adscrito al Departamento de Ciencia Política y de la Administración. Ángel Octavio Álvarez Solís es profesor-investigador de en el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. 89 02M O C T E Z U M A , VÁ Z Q U E Z Y Á LVA R E Z reactiva frente a los temores y una actuación de míni- mos centrada en “gobernar” en la mayor medida de lo posible las angustias e incertidumbres de todo tiem- po. Bauman lo había presentado en múltiples ocasio- nes desde Modernidad y holocausto a Tiempos líquidos y en su casi testamentario Extraños a la puerta. Más recientemente Martha Nussbaum ha titulado uno de sus últimos trabajos como La monarquía del miedo. Las sociedades contemporáneas ya estaban infectadas de virus sociales antes de la llegada del virus. De forma más específica, el retorno al esencia- lismo nacional ha venido presentando la diferencia y la disidencia en términos de patógenos sociales y, con especial énfasis, la figura del otro ha venido sien- do la antesala del Covid-19 actual. Ángel Octavio Álvarez Solís: El miedo es fundamen- talmente una pasión política. Una pasión que, como enseñó Hobbes en el siglo XVII, puede ser un ins- trumento disciplinador de las conductas, un afecto que puede producir un efecto civilizatorio. En dosis precisas y con el control psíquico adecuado, el miedo permite a la especie estar alerta de los peligros que le circundan y, por tal motivo, evitar la aceleración de la catástrofe, sea de origen civil o natural. Sin embargo, como toda pasión política, el miedo no está exento de usos y abusos por parte de los órdenes políticos para producir un modo de subjetividad escindida, una es- tructura de existencia precaria. Precisamente, en De Cive —uno de los libros que Hobbes escribió por mo- tivo del miedo a morir—, el filósofo inglés argumentó que el miedo recuerda al individuo lo que realmente le importa y genera en él un sentimiento compartido de huida y precaución, de toma de distancia adecuada para no morir: “es propio del miedo no sólo la huida, sino también la desconfianza, la precaución y las medidas para no temer” (Hobbes, De Cive, 1. 2). Por lo tanto, el miedo es una pasión civilizatoria en la me- dida que permite tomar distancia del peligro y crear un orden que asegure, como condición mínima de existencia, la vida de los individuos. El problema con lo anterior es que los humanos no se contentan con sobrevivir, salvo en condiciones de peligro extremo. Al mismo tiempo, el miedo como pasión arquetípicasupone una antropología negativa de la especie: la idea que el ser humano es un peligro para sí mismo, incluso para el planeta. La política aprovecha estos supuestos exacerbados para justificar un control absoluto sobre los individuos, sobre sus cuerpos y sobre sus imaginaciones. El problema, entonces, es el exceso de miedo, el miedo desmedido, el miedo como ficción, el miedo que deja de convertirse en precaución para convertirse en pánico, en angustia. La angustia, como ya explicó Freud, causa la repre- sión y la sensación de que el peligro está en el interior, como un virus. La angustia es el fin de la política. m: ¿Qué influencia tienen los medios de comunicación y en general el régimen de comunicación, incluidas las redes sociales, en la formación de las percepciones y en el despliegue de las distintas y contrastantes realidades que el fenómeno del Covid-19 manifiesta, no obstante que algunas de éstas últimas pueden ser falsas? Octavio Moctezuma: Lo que está generando la pan- demia del Covid-19, además de la incertidumbre, es un alto grado de confusión debido al manejo de la información en los diferentes medios. Las fuentes más confiables son las publicaciones científicas es- pecializadas en cuestiones de salud pública y epide- miología como The Lancet, el New England Journal of Medicine, etcétera, que son pocas veces consultadas fuera de los círculos académicos. En buena parte de los medios de comunicación lo que prevalece es la 90 [ MESA VIRTUAL DE REFLEXIÓN ]02 opinión, carente de fundamento, sobre como abor- dar el problema. Una de las pocas gobernantes con formación científica es Ángela Merkel, de ahí que su discurso sea mesurado y objetivo, mientras que el de la mayoría ha sido errático, con cambios drásticos de opinión, inoportunos, con reacciones tardías e ineficaces. En el ser humano la ira, la negación, las delusiones, han venido a sustituir a la lucha, la hui- da y la parálisis. Los políticos y los comunicadores, qué ahora somos todos gracias a las redes sociales, contribuimos inexorablemente al caos informativo, reaccionando cada individuo a su manera. En las cua- rentenas históricas, lo que privaba era el aislamiento en todos los aspectos, ahora, es un aislamiento co- municativo a través de las redes y medios de comu- nicación. Seguramente la oferta cultural y de entre- tenimiento se ha disparado, pero también la violencia intrafamiliar, la depresión, el alcoholismo. Rafael Vázquez García: Las posibilidades de un co- nocimiento directo de los acontecimientos son muy limitadas pese al incremento de las capacidades de movilidad que han ido concurriendo en el tiempo. En tiempos de confinamiento esta experiencia directa deviene minúscula por lo que la configuración de nuestro conocimiento y percepción de los hechos queda casi en exclusiva en manos de los medios de comunicación. El debate sobre las virtudes y riesgos que cada formato presenta es prolijo y no merece ser más considerado en esta breve intervención, pero parece claro que las promesas de democratización de la interconectividad virtual presentan no pocas trampas. En primer lugar, muchos de los formatos de las redes sociales virtuales no se idearon para pre- sentar información ni mucho menos conocimiento. Tampoco presentan mecanismos idóneos para una deliberación factible. Se trata más bien de lo que denominaría formatos de colisión, pensados para el enfrentamiento acrítico, no ya de ideas, sino de meras posiciones o suposiciones. En segundo lugar, las redes sociales son ideales para el pensamiento autorreferencial, esto es, aquel que de forma unívoca cimenta nuestras propias posiciones sin presentar puntos de vista alternativos. En tercer lugar está el acceso telemático cuasi universal o, al menos bas- tante extendido y muy mayoritario en algunas zonas del planeta, a la participación directa del sujeto en el pretendido debate. Este hecho pudiera verse como una revolución en el ensanchamiento del demos participativo, en la idea de que “incluso un pueblo de demonios” tiene el derecho al acceso inmediato a la arena pública. Sin embargo, este planteamiento contiene no pocas reservas que exceden las diatribas clásicas en torno a las posibilidades de las teorías participativas de la democracia. Los sujetos en las redes sociales se encuentran ilusoriamente y falsa- riamente en un ágora que no es tan pública ni abierta ni mucho menos igualitaria como cabría pensar. El control de la redes es más que un evidencia, no sólo en lo concerniente al uso de datos privados con fines mercantilizadores, sino también en manejo y selec- ción de qué temas y cuáles no son objeto de “debate” o, como ya se ha comentado, de mera colisión. Last but not least, está la cuestión de la utilización ideo- lógica de la red por parte de las propuestas más re- accionarias para quebrar cualquier consenso social anterior. La voladura no controlada que se pretende de muchos consensos sociales y constitucionales cuenta con todo un ejército a sueldo de fabricantes de bulos, tergiversaciones, mentiras e insultos. Ángel Octavio Álvarez Solís: La “realidad” no existe más. La realidad, como una experiencia perceptual compartida, lleva ya tiempo en que dejo de ser un 91 02M O C T E Z U M A , VÁ Z Q U E Z Y Á LVA R E Z problema de epistemólogos. La realidad es un medio. La realidad es un efecto tecno-estético de los medios, las percepciones sociales y las modulaciones del interfaz: pantallas, redes y mensajes de celular que operan como índices de realidad. Por esta razón, los medios de comunicación no influyen en la realidad ni la representan ni la codifican. La realidad es tal como aparece en los medios, en los soportes, en los aparatos. Existen tantas realidades como medios. No existe más la realidad en sí. Esta consideración no implica que vivamos en una sociedad simulada o una sociedad del montaje como pensaron muchos teóri- cos años atrás. No estamos en un caso de “posmoder- nismo epistémico”. Por el contrario, existe una mayor intensificación de lo real sólo que articulado técnica- mente. El gobierno político del Big Data supone que somos, tal como nos ofrecemos digitalmente. La po- lítica es, como en tiempo de Aristóteles, producción de narraciones, imágenes y expectativas. Por ello, para el ciudadano promedio, tiene el mismo efecto de verdad una fake news que un hecho científico con fuentes confiables: la ciencia hace mucho que perdió la legitimidad social que antaño disponía y la política lo sabe; la política aprovecha esta situación y constru- ye un orden simbólico basado en la construcción de historias, con mayor o menor grado de verdad. Por lo tanto, la relación entre la política y los medios —par- ticularmente de las redes sociales— recuerda mucho esos programas de detectives en que se “inventan” las escenas del crimen y, al final, no sabemos mucho ni quién fue el asesino ni por qué los inocentes siguen en la cárcel. Quién sea el “asesino”, la política o las redes, nunca podremos saberlo. m: ¿Será posible que se pueda hablar de una profecía biopolítica auto-cumplida que se vuelve realidad con la aparición de un fenómeno como el Covid-19? Octavio Moctezuma: La actual pandemia del Co- vid-19 era algo temido por los sanitaristas desde la gripe española de 1918. Ha habido varias alertas como el ébola, la gripe aviar, el dengue, incluso ya se con- sideran epidémicas enfermedades no contagiosas como la obesidad y la diabetes. Si bien, siempre ha habido epidemias, esta tiene la característica de que su principal medio de propagación inicial a nivel mun- dial fueron los aviones y los cruceros, lo que permitió su globalización en unos cuantos meses, provocando el cierre de fronteras y favoreciendo el control mi- gratorio. Internamente en los países se están dando diversos modos de control cívico,un big brother biopolítico donde no sólo la autoridad, si no también los civiles controlan la libre circulación. Rafael Vázquez García: El confinamiento es presen- tado como una situación absolutamente excepcional y novedosa. Y ello es así en gran medida debido a que sólo una pandemia extiende la fragilidad de una manera más “democrática” entre el conjunto de la población sin distinción aparente de edades, ubica- ción geográfica, religión, creencias, lenguas o nivel de ingresos. Cierto es que no todos los colectivos sufren o se enfrentan igual de cerca a las posibilida- des de ser contagiado y, de nuevo, suelen ser clases populares encargadas de mantener los servicios bá- sicos asistenciales (salud y alimentación sobre todo) quienes se exponen de una manera más cercana a la infección. Pero lo realmente fuera de lo normal, ex- traordinario, es que haya conseguido detener o pa- ralizar en gran medida el propio modo de producción, el sistema capitalista. La idea sobrevenida en las últimas semanas de que estamos en guerra justamente pretende hacer coincidir las circunstancias actuales con las de un conflicto bélico armado, única posibilidad histórica 92 [ MESA VIRTUAL DE REFLEXIÓN ]02 anterior de suspensión parcial o total de las acti- vidades (re)productivas. Nos resulta un momento único porque revierte y desafía la actividad esencial del capitalismo que es la compra-venta y obstruye el principio sacrosanto del liberalismo político de la libertad de movimientos. Sin embargo, existen y han existido muchas otras formas de confinamiento que no suelen ser tan reseñables y que han devenido igual o mayormente letales en el sentido más literal, pero sin embargo en ningún modo lesivas para la reproducción del orden biopolítico contemporáneo. Los controles fronterizos del flujo de inmigrantes y el confinamiento físico en campos de refugiados, centros de detención o eufemísticamente de inter- namiento, y que han venido afectando a un número infinitamente superior de personas que los del virus actual, han sido habituales y masivos en los dos últimos siglos y, de una manera especialmente virulenta, en los dos últimos decenios. Igualmente, la segregación racial ha concentrado no voluntaria- mente a una gran parte de la población en numerosos países en guetos y áreas poblacionales específicas. El confinamiento más o menos amable, más o menos desgarrador, de parte de la mitad de la población mundial en espacios domésticos predeterminados y en roles designados en conjunción con una violencia física extrema en muchos casos, ha producido igual- mente ya más decesos a lo largo de la historia que el conjunto imaginable de muertes por Covid-19. Ángel Octavio Álvarez Solís: Las profecías au- to-cumplidas nunca se han ido de nuestra experien- cia colectiva. El imaginario occidental tiene una es- tructura profética inevitable. Es más, sin profecías, la política y la vida humana como ampliación de expec- tativas no serían posibles. Lo que cambió es la forma en la que tales autoprofecías organizan los modos de existencia. Cuando el sociólogo Robert Merton plan- teó la noción de profecías autocumplidas o profecías autorealizadas partió de la idea de que existe una de- finición “falsa” de una situación y esa “falsa concep- ción” conducía a producir una situación verdadera. Es decir, Merton partía de una confianza epistemológica en la que, si una situación es definida como real, en- tonces tal situación tiene efectos reales. Pero esto se acabó. Ya no tenemos escenarios dónde lo falso sea transformado en verdadero. Ahora puedo ocurrir lo contrario: situaciones verdaderas percibidas como falsas. La razón sociológica de esto es que existe una desconfianza, cada vez más acrecentada, en las au- toridades políticas, científicas y epistémicas. Nadie está dispuesto a decir que mucho de lo que creemos “La realidad es un efecto tecno/esté- tico de los medios, las percepciones sociales y las modulaciones del interfaz: pantallas, redes y mensajes de celular que operan como índices de realidad”. 93 02M O C T E Z U M A , VÁ Z Q U E Z Y Á LVA R E Z verdadero está organizado bajo el principio de lo fal- so. Todo mundo parte de que es mentira que la verdad nunca se sabe. La desconfianza en la autoridad es tal que, sin importar los hechos, las fuentes o los argu- mentos, el ciudadano sospecha que algo está mal y, por ende, que alguien lo está engañando. Por este motivo antropológico tienen tanto éxito las teorías de la conspiración. Cada uno tiene su propia teoría de la conspiración porque, por primera vez, creemos que somos dueños de una verdad irrebatible. Arrogancia epistémica. En tal caso, fenómenos como la pan- demia mundial del Covid-19 incrementan nuestras pulsiones proféticas, las elevan al tono apocalíptico y, por supuesto, producen una sensibilidad milena- rista digna de cualquier gnóstico medieval. Quizá, sin querer hacer profecías, la política y sociabilidad por venir dependa de una guerra de autoprofecías, de un conflicto por acelerar o ralentizar las autoprofecías hegemónicas. Lo anómalo, lo distinto, respecto de otras autoprofecías históricas es que, finalmente, estamos viviendo profecías sin profeta, profecías dónde no sabemos quién toca y para qué las trompe- tas del apocalipsis. m: ¿Cómo calificar a los intelectuales, periodistas y es- pecialistas, que hacen de la pandemia un espacio de exhibición de sus propios intereses? Octavio Moctezuma: A río revuelto, ganancia de opor- tunistas, es lo que favorecen las crisis. La pandemia a la larga va a generar otra normalidad. ¿Cuál va ser? Impo- sible todavía de predecir a estas alturas, pero podemos especular a que las consecuencias políticas en térmi- nos de controles migratorios van a ser mucho más es- trictas y excluyentes, cambios en la economía, patrones de consumo, estilos de vida, etcétera, se van a ver alte- rados. Considero que es el momento de empezar a plan- tear planes y programas a nivel mundial para establecer un nuevo orden económico, menos acelerado, que le permita dar un respiro al planeta, ya que la amenaza de este tipo de pandemias y otros fenómenos relacionados con el cambio climático, no van a desaparecer. Al menos de que surja una vacuna, la pandemia no se va a disipar rápidamente. Debido a su propa- gación mundial, el control va a resultar sumamente complejo y se van a necesitar acciones coordinadas entre la mayoría de lo gobiernos del orbe, algo sobre lo que todavía no se está hablando. Tiene que surgir un nuevo pacto, un nuevo orden internacional, los medios de comunicación y los políticos aún no lo ponen sobre la mesa de discusión. Volver a la nor- malidad anterior sería un error; es la oportunidad para plantear soluciones para mitigar la desigual- dad, la contaminación, el calentamiento del plane- ta, el impacto negativo que la actividad humana ha producido en la naturaleza y que se está volviendo en contra nuestra. Algo tenemos que aprender de esta experiencia, de lo contrario, el futuro depara- rá fenómenos similares que afectarán a millones irremediablemente. Es hora de toma de conciencia y reflexión para provocar un cambio en aras del bien común. La responsabilidad es de todos. Rafael Vázquez García: Tal vez la historia hoy pre- sentada por los medios resulta más impactante y omnipresente porque ha extendido el riesgo, la fragi- lidad, el miedo a la inmensa mayoría de la población, a un nosotros y no en exclusiva a un ell@s como venía siendo habitual. Y en un segundo momento, lo alar- mante y exclusivo del momento, y así viene siendo presentado públicamente, es que la extensión del virus ha conseguido perforar y taladrar parte de las estructuras básicas del sistema productivo. Ángel Octavio Álvarez Solís: La aparición del Covid-19 es un acontecimiento sin un afuera. Un 94 [ MESA VIRTUALDE REFLEXIÓN ]02 acontecimiento negativo, catastrófico, incapaz de producir fidelidad o emancipación, como definió Alan Badiou al acontecimiento. En este sentido, na- die está a la altura del acontecimiento. Nadie puede apropiarse de algo que, por definición, es inapropia- ble, indistinguible, in-metaforizable. Lo interesante es que muchos intelectuales, filósofos, opinólogos y blogueros de ocasión han producido una “escritu- ra de la catástrofe”. Este ejercicio de escritura, en tal caso, es una traición deseable, una petición de principio sobre lo que es mejor guardar silencio y no sacar ventaja de la premura del presente. Por esta razón, una interpretación “optimista” es que la pan- demia y los nuevos soportes de escritura han per- mitido la aparición de una “opinión pública mundial”: cualquiera puede leer a Žižek, Agamben o Butler y “replicarles” o “discutirles” sus disparates filosóficos en sus onanistas muros de Facebook. En cambio, en una interpretación menos confiada, más pesimista, el Covid-19 ha permitido mostrar el lado más mezqui- no de la república de las letras. Cualquier periodista o especialista —“intelectual” no porque esos murie- ron con el siglo XX— asume el derecho a la palabra última, el derecho a la interpretación definitiva y, por consiguiente, aprovechan rápidamente para poner en escena sus agendas de discusión, como si el mun- do sólo estuviese interrumpido temporalmente. Vivimos en una sociedad de la exhibición, pero existen exhibiciones de todo tipo: voyeristas, neu- róticas, mezquinas, piadosas o incluso altamente ávidas de exigir una demanda histérica de recono- cimiento. La república de las letras pasó de ser una jungla contenida a un espectáculo piadoso, como si se tratase de poner en escena quién es el o la más lista, el o la más enferma, el o la más sensible. Esto ha permitido que tanto en la derecha como en la izquierda acontezcan nuevas figuras que, por amor analítico, me atrevería a denominar como “reaccionarios sin comunismo” y “neoliberales de izquierdas”. Los primeros utilizan la pandemia para crear un nuevo enemigo político basado en la crisis representacional de la izquierda tradicional. Estos “jungerianos con sotana” pontifican el fin del mundo como muestra de un saber amo, un “se los dije” y “no me escucharon”. Los segundos, los “neoliberales de izquierdas”, emplean las demandas sociales para obtener un beneficio propio, utilizan el vocabulario emancipatorio y las preocupaciones legítimas de la carencia para obtener una renta de sí. Estos “lukac- sianos de Iphone” obtienen plusvalor académico en nombre del proletariado, las mujeres o cualquier comunidad indígena, sin abandonar, por supues- to, su condición intelectual. Por lo tanto, quizá no estemos frente a un “odio a los filósofos” —como sugirió recientemente la prensa argentina—, sino en algo más modesto: atreverse a decir algo del acon- tecimiento como una salvación de sí. Escribir para sobrevivir, escribir para llevar el confinamiento, escribir para acercarnos con nuestros cercanos, escribir para no (sobre)salir. Finalmente, debemos estar alerta de que ninguna interpretación triunfe, mucho menos las nuestras, ni la de los fascismos realmente existentes ya que, como saben los lectores de la Edad Media, la her- menéutica como salvación de las almas activa los dispositivos apocalípticos y, por extensión, acortan el tiempo de salvación. Para concluir: evitar una sobredeterminación comunicativa permite un poco de salida al acontecimiento, pues tiempo es lo que necesitamos. El tiempo debe ser nuestro amigo. Modulemos nuestras fantasías hermenéuticas, pues como explicó Hans Blumenberg, en La inquietud que atraviesa el río: “hay demasiadas personas que creen haber hallado el sentido de su vida salvando a los de- más como para desistir ante la idea de hacerles creer que están perdidos”. m 95 02M O C T E Z U M A , VÁ Z Q U E Z Y Á LVA R E Z 96 PARA PENSAR EN TIEMPOS DE PANDEMIA DILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES 97 por Antonio J. Hernández. Profesor-investigador en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, México. 98 6 de abril de 2020, Ciudad de México. Se escribe, estos días, en el instante. Cualquier cosa que se diga está expuesta a desdecirse en el mismo instante en el que se dice. La escritura —más que nunca indiscernible de la voz—, una vez inscrita, se borra. El dón- de y el cuándo la acosan, el aquí y el ahora aprisionan y asfixian la pulsión de permanencia que la recorre. Sin esta permanencia, al menos mínima, provisional, reversible, lo escrito no puede transmitirse a otros. La borradura instantánea la cerca, le señala un límite, le impone, a su manera, un singular confinamiento que casi coincide con su desaparición. IMÁGENES FOTOGRÁFICAS DE LA PANDEMIA EN BÉRGAMO, MADRID Y GUAYAQUIL DUELOS IMPOSIBLES. 99 03 A propósito de la pandemia provocada por el Covid-19, las medidas de confinamiento han adquirido un alcance trasnacional. Millones de personas, a lo largo y ancho del planeta, permanecen recluidas; en “cuarentena”, según una palabra que se ha hecho de uso cotidiano. Al menos quienes pueden hacerlo. En México las medidas comenzaron el 20 de marzo y hasta este momento —principios de abril— mantie- nen una relativa flexibilidad, en la medida en que el Gobierno Federal no ha decre- tado estado de excepción, incluso ha anticipado que no lo hará en las próximas semanas. Desde mi confinamiento puedo leer, a veces con dificultad, los reportajes de la situación nacional e internacional, las estadísticas de aquí y allá, los infor- mes de gobiernos y de organismos inter- nacionales, los análisis académicos. Me cuesta mucho leer estos últimos, aún no salgo de la estupefacción ante la insólita supresión de los horizontes de futuro. En un segundo registro de comunicación, del que hay pocas huellas en los grandes medios, familiares, amigos y conocidos en la Ciudad de México, Nueva York, Ca- racas o Madrid me cuentan, entre risas y llantos, qué pasa, cómo están y qué hacen. Palabras, imágenes y videos se archivan en mis dispositivos móviles. En este archivo, la información se entrelaza con los afectos y la incertidumbre pierde algo de su abstracción. Del volumen ingente de información y afectos, muy pronto me conmovió una noticia que circuló desde Bérgamo, Italia, a mediados de marzo, pero cuyos contor- nos se han ido repitiendo en otros lugares: una modalidad de lo que Ileana Diéguez, en otro contexto, llamó “cuerpos sin due- lo”, pero en este caso a consecuencia de la pandemia del Covid-19. Se trata de cuerpos, sobre todo de an- cianos y/o personas con padecimientos físicos preexistentes, que en ciudades como Wuhan, Bérgamo, Madrid o Guaya- quil fallecen por el nuevo virus. Las esta- dísticas los muestran como una tenden- cia social, al mismo tiempo, sus historias, siempre singulares, permanecen vela- das. Unas declaraciones de Giorgio Gori, alcalde de Bérgamo, me hicieron saber que muchos cuerpos, quizá desde enero y febrero de 2020, sin pruebas y, por tanto, sin diagnóstico, no llegaban al hospital: morían en sus casas o en residencias para ancianos. Estas semanas he leído mucho sobre síntomas y medidas preven- tivas, pero poco sobre el proceso de la enfermedad, sobre todo en los casos más graves, y el tipo de agonía que antecede a su final. Algunas personas mueren en una soledad sin fisuras, circunstancia a menudo forzada por el confinamiento (los familiares deben respetar la cuarentena); otras solo encuentran a su alrededor a otros enfermos o al personal de salud, que siguen las medidas de distanciamien- to —rostros, manos y cuerpos cubiertos, cuyas imágenes se reiteran en todas partes— para protegerse ante eventuales contagios. Sobre los cuerpos enfermos, dadas las condiciones sanitariasen las que mueren y también por decisiones gu- bernamentales, recae una serie de regu- laciones que imposibilitan que familiares y allegados puedan acompañarlos duran- te el padecimiento, así como despedirlos tras su muerte. Son, en este sentido peculiar, cuerpos sin duelo. Los rituales de duelo, distintos se- gún las culturas, sirven para acompañar y acompañarse ante la muerte de otro, constituyen un elemento indispensable para consolar a quienes se enfrentan a la pérdida y hacen posible que la vida de los que permanecen, de alguna manera, continúe a pesar de ella. Son individuales y colectivos, atraviesan palabras, gestos y objetos de distinta índole. Lo que desde México conocemos sobre el fenómeno de los cuerpos sin duelo suscitados por la pandemia, hasta ahora, son principalmen- te reportajes e imágenes difundidas en los medios de comunicación. Me quiero dete- ner en algunas imágenes fotográficas que me han conmovido especialmente y que, a mi juicio, condensan el asunto. 1 La primera imagen es, precisamente, de Bérgamo, hasta el instante en el que escribo la ciudad más golpeada por el virus después de Wuhan. Se ha seña- lado que, en el peor momento, los obitua- rios de L’Eco di Bergamo pasaron de 2 a 11 páginas, huella indirecta del proceso de acumulación de muertes. Por decreto gubernamental, los cuerpos fallecidos deben ser enterrados con la ropa con la que murieron, envueltos con mantas estériles y rápidamente colocados en ataúdes. Hay cadáveres que esperan en iglesias de la ciudad. Los objetos que rodearon al difunto, tan relevantes para la memoria de su vida, no pueden ser to- cados. Las ceremonias del adiós se han prohibido o modificado; con mucha fre- cuencia se trasladan los cadáveres des- de casas, residencias y hospitales hasta [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 100 los crematorios y cementerios, sin des- pedidas ni otros mecanismos heredados de mediación. Los trabajadores de las funerarias que se ocupan del tratamiento y traslado de los cuerpos deben estar ri- gurosamente protegidos. Un sacerdote y un número reducido de allegados y fami- liares puede acudir al cementerio, pero a condición de mantener la distancia con el muerto y entre sí. En este contexto, desde el 18 de marzo, mientras en México aún estábamos en los días previos a las primeras medidas para limitar la movili- dad de personas, circularon las imágenes (fijas y en movimiento) del centro histó- rico de Bérgamo: unos 30 camiones del Ejército italiano, dada la saturación de los tanatorios y las cámaras funerarias, conducían más de 60 féretros a ciudades y poblaciones cercanas como Módena y Bolonia. Fue el primer día de una serie interminable de días en los que el Estado italiano, mediante sus órganos de fuerza, pretendía atender la situación. La imagen puede ser consultada en: https:// www.bbc.com/ mundo/ noticias- 51977246 2 La segunda fotografía es de Madrid, otra ciudad golpeaba por el virus. Forma parte de una serie tomada por Ál- varo García, fotorreportero de El País. Se trata de la imagen de un entierro, el 31 de marzo, en el cementerio de La Almudena. Aparece una cuadrilla de enterradores, con manos y rostros cubiertos, mientras colocan el cadáver bajo tierra. En el otro extremo, a distancia, una mujer, envuelta en un abrigo, se protege de la lluvia con un paraguas; es el único familiar que puede estar presente en el momento de la des- pedida final. La situación madrileña y las regulaciones del gobierno español no han sido más laxas que las de sus pares italianos. Las morgues saturadas han obligado a convertir el Palacio de Hielo, un centro deportivo y de entretenimien- to de la capital, en depósito de féretros. Como en Italia, un grupo reducido de familiares y allegados puede estar en el funeral —cuando lo hay—, pero el acom- pañamiento de la enfermedad y la agonía, los últimos momentos y el velorio deben seguir estrictamente las pautas de dis- tanciamiento, no solo respecto al cadáver marcado como “Covid-19”, sino también entre los propios presentes. El reportero Pablo de Llano, autor de un magnífico re- portaje sobre el duelo titulado “La muerte sin rostro”, ha resumido la situación de la siguiente manera: “la muerte está por todas partes, pero ha desaparecido. Es- tamos viviendo un velatorio colectivo sin cuerpo presente”. Me parece que, quizá, los cuerpos están presentes, quienes no pueden estarlo —y menos colectivamen- te— son aquellos que no olvidan la historia singular del muerto y lamentarán ahora y siempre su pérdida. La imagen puede ser consultada en: https:// elpais.com/elpais/2020/04/03/ album/ 1585911096_303414.html?rel=lis- tapoyo#foto_gal_5 “Se escribe, estos días, en el instante. Cualquier cosa que se diga está expuesta a desdecirse en el mismo instante en el que se dice”. 03 101 A N T O N I O J . H E R N Á N D E Z 3 La última imagen fotográfica es de la ciudad de Guayaquil, Ecuador, donde la situación de desbordamiento ante las muertes por el virus es, en algunos aspectos, similar a Bérgamo o Madrid, pero que, al mismo tiempo, muestra con crudeza lo que ocurre —y, más aún, lo que puede ocurrir— en América Latina. El reportero Matías Zibell reproduce en su nota de prensa para la BBC una conversa- ción telefónica que sostuvo con Bertha Salinas, familiar de víctimas de covid-19 en Guayaquil: Primero murió mi hermana. La sacamos de adentro del cuarto porque se ahogaba y la sen- tamos afuerita de la casa de ella y ahí falleció, en los brazos de nosotros. La llevamos al dis- pensario, pero llegó muerta. Mi cuñado vio cómo estaba ella y ahí le dio un infarto, porque él tam- bién estaba así, delicadito. Yo digo que el mismo impacto fue. En el dispensario nos dijeron que teníamos que llevarnos los cuerpos y tenerlos en la casa para llamar al 911. Entonces los trajimos, los pusimos ahí en la casa y estuvimos llama y llama. Pero no venían. Entonces los embalamos en plástico. Los embalamos como se embala un muñeco. Todo el mundo nos veía como bichos raros, pero estábamos muy asustados porque el ambiente se estaba contaminando. Después de la hermana vendrían otras personas de la familia. Salinas, como mu- chos otros en la ciudad, buscaron aten- ción médica para sus familiares enfermos en hospitales colapsados por la epidemia, pero se les recomendó quedarse en casa o simplemente se les negó la atención ante los escasos recursos disponibles y el temor al contagio. Durante días, algunas empresas funerarias de Guayaquil se ne- garon a prestar servicios por el mismo te- mor; muchos habitantes, por otra parte, tampoco contaban con recursos econó- micos para contratarlas. Tras pasar días con los cadáveres a su resguardo, algunos ciudadanos decidieron publicar en redes sociales imágenes que mostraban el esta- do de sus fallecidos. Los cuerpos habían sido embalados y colocados en las calles, fuera de las casas, para evitar el contagio de quienes residían en ellas. Cuando las autoridades comenzaron a actuar, se lle- vaban los cuerpos sin el acompañamiento de familiares del difunto y sin información suficiente sobre su destino final. Bertha Salinas señala que, al momento de ser en- trevistada, no conocía el paradero de sus familiares y, por tanto, tampoco sabía en qué momento y en qué lugar podría recor- darlos en el futuro. Una imagen fotográfi- ca, recuperada en el mismo reportaje de Zibell por el fotógrafo enviado por la BBC al lugar, muestra una calle no identificada de un barrio pobre del norte de Guayaquil. En su centro, se observa una madeja de objetos, pertenecientes a una persona contagiada y fallecida, que son quemados por el fuego, seguramente bajo la idea de que la incineración de los objetos puede ayudar a prevenir nuevos contagios. Zibe-ll escribe: esa quema es “lo más parecido a un ritual de despedida” con que cuenta la familia Salinas, así como muchas otras en la ciudad. La imagen puede ser consultada en: https:// www.bbc.com/ mundo/ noticias- america-latina-52169920 Uno de los pocos filósofos políticos que puedo leer estos días, dado que, sin “Los cadáveres desde casas y hospitales hasta los crematorios y cementerios, se van sin despedidas ni otros mecanismos heredados de mediación”. [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 102 dejar de pensar, se mantiene lejos de esas abstracciones que me resultan tan lejanas, es José Luis Villacañas. Escribe desde su confinamiento en Madrid. Casi al final de una columna titulada “Desaso- siego”, publicada en el diario Levante el 31 de marzo (el mismo día de la fotografía del entierro en Madrid), escribe: Nosotros no miramos la muerte como un hecho del todo natural, ni creemos que esté justificada sencillamente porque alguien haya vivido mucho. La miramos como algo que no debería suceder y no nos reconciliamos con ella por mucha edad que haya acumulado nadie. Hemos leído a [Elías] Canetti, y si no lo hemos leído lo llevamos en la sangre. Nos sen- timos orgullosos de que alguien haya luchado y vencido a la muerte, cuanto más tiempo mejor, y si pudiera vencerla eternamente, sentiría- mos que eso es lo debido. Me identifico íntimamente con este sen- timiento y con la tradición de la que pro- viene. Es lo que siento cuando, a través de la pantalla de mi teléfono celular, escucho a mi madre, ya anciana, contarme desde Madrid su extraña cotidianidad durante esta situación. Su edad jamás justificaría ni paliaría su muerte, y si ella, como tanto otros, estos días fuera vencida, yo no po- dría reconciliarme con su fallecimiento, menos aún con la expectativa de una des- pedida a distancia. Lo inimaginable de esta situación es el mensaje de las imágenes fotográficas de Bérgamo, Madrid, Guayaquil y tantos otros lugares. No sé hasta qué punto en México las hemos estado recibiendo. Todo pasa demasiado lento o demasiado rápido estos días, y no se puede escribir más que en el instante. m Referencias Attanasio, A. (2020), “Coronavirus en Italia: las imágenes de los vehículos militares carga- dos con ataúdes en Bérgamo que han im- pactado a los italianos”, BBC Mundo, 20 de marzo. Disponible en: https://www.bbc.com/ mundo/noticias-51977246. Colleen, B., y L. Bruno (2020), “Los muertos ocul- tos de Italia y el inquietante aviso de las fu- nerarias que nadie en Bérgamo atendió”, Info- bae, 20 de marzo. Disponible en: https://www. infobae.com/america/mundo/2020/03/20/ los-muertos-ocultos-de-bergamo/. Buj, A. (2020), “El Ejército italiano saca decenas de féretros de Bérgamo”, La Vanguardia, 18 de marzo. Disponible en: https:// www.la- vanguardia.com/ internacional/20200319/ 474257632379/ ejercito-italia-decenas-fere- tros-bergamo-coronavirus.html. De Llano, P. (2020) “La muerte sin rostro”, El País, 5 de abril. 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Disponi- ble en: https://www.bbc.com/mundo/noti- cias-america-latina-52169920. “La muerte está por todas partes, pero ha desaparecido. Estamos viviendo un velatorio colectivo sin cuerpo presente”. 03 103 A N T O N I O J . H E R N Á N D E Z por Hugo César Moreno Hernández. Profesor-investigador de tiempo completo en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Unyielding kings of agony Test your body chemistry Pulmonary overthrow Possession of your inner throne Infections quickly override Malicious, domineering strike Floods your veins, commit slow death Deteriorate your maker ’s met Slayer, Epidemic. 104 Cada formación social produce la representación de sus miedos. Esas formas pueden estar personificadas. Si para las socieda- des premodernas, pensando con Gilles Deleuze (2005), el terror estaba en el diluvio, es decir, en la aparición de lo innombrable, de aquello con cualidades incodificables, para la modernidad capitalista, donde todo está inundado, empapado por el capita- lismo, el terror toma formas ancladas en la singularidad. Byung-Chul Han (2018) critica la singularidad contemporánea al entenderla como una forma de subjetivación enteramente po- sitiva, esto es, la singularidad de los sujetos es alcanzada desde la yoidad absoluta, sin la participación de la otredad. Sin otro, ya se escriba con mayúscula (dios, padre, ley) o minúscula (el otro que no soy yo), desaparece la negatividad de la confrontación, el límite se contrae al cuerpo, como describe Michel Foucault (1999) en el Prefacio a la transgresión, escrito a propósito de Georges Bataille. BIENVENIDOS A ZOMBIELAND COV-2 03 105 Se trata del sujeto esférico. Esto es, la interiorización de la política a través de la ciudadanía que disuelve la dialéctica soberano-súbdito, para abrir la relación jerárquica gobernantes-gobernados, mantenida por la ficción de la igualdad entre ciudadanos; la interiorización de la economía a través de la identificación del trabajo como fuente de la riqueza; in- teriorización del deseo como orientador hacia dentro mediante la identificación del deseo como falta (se desea lo que no se tiene) en lugar de una exteriorización del sujeto deseante (producción de objeto del deseo). La modernidad, a través de las disciplinas (Foucault, 2001) creó los dis- positivos necesarios para darle la forma esférica al sujeto, donde este se encierra y toma como referente de otredad al sí mismo. Para Han (2018), en lo que él llama modernidad tardía o, a veces, neolibera- lismo, el sujeto esférico es un sujeto del rendimiento. Ya no triangula su sujeción con dios, la ley o el soberano, sino a través de sí mismo, exigiéndose mejoras para alcanzar el éxito según la empresa que se haya impuesto. Es el empresario de sí mismo. Se convierte en una singularidad desconectada, desafectada, es decir, sin otredad que le implique o imponga sen- tidos. El sujeto es su propio objetivo y su único plan de acción. El sí mismo positivo. Esta subjetividad es esencial para el funcionamiento del sistema de la sociedad capitalista actual, pues no está desconec- tado, sino aislado en un sentido aséptico, no está incomunicado, sino hipercomuni- cado, disolviendo las distancias y los es- pacios a través de dispositivos electróni- cos incorporados. El sujeto esférico está imposibilitado para enlazarse a los demás en términos comunitarios, de esta mane- ra, la sociedad contemporánea se ha in- munizado de comunidad (Esposito, 2005) y logrado vías de contacto productivas donde la libertad más completa aparece: la libertad de autoexplotarse y eliminar la contradicción de clase. Más allá de que en el capitalismo sub- sistan otras formaciones sociales (salva- jes y despóticas), el diagnóstico de Han es verosímil para describir el momentomás actual de la subjetividad, sin que esto implique la desaparición tajante de otras posibilidades. Que no suceda la desapari- ción de expresiones salvajes, soberanas o biopolíticas, más que invalidar el argumen- to de Han, lo tiñe de tonos más dramáticos, dicho esto con la intención de corroborar el fondo dramático de la modernidad, si entendemos por esto la conversión de la muerte en síntoma, lo que la hace suscep- tible de ser, sino curada, sí erradicada o, por lo menos, postergada hasta crear la sensación de su erradicación. Ante esto, el terror en la modernidad tardía se fundamenta en la eliminación de la singularidad a través del contagio que nos haga a todos iguales. Si bien para Han (2018) el terror de lo igual es el pade- cimiento consecuente a la eliminación de toda negatividad, la positividad con que se constituye al sujeto contemporáneo le impone el deseo de ser único, diferente, irrepetible. Es en esa búsqueda, igual para todos, que se llega a una igualdad en el sen- tido de repetición de las singularidades. Lo singular auténtico es una haecceidad (De- leuze y Guattari, 2010), es decir, un acon- tecimiento irrepetible, para eso precisa distinguirse, ser otro. Para ser otro lo otro y el otro deben convertirse en referentes de la mismidad. Una singularidad cuya única referencia de otredad viene de sí mismo, de su interioridad, es una singularidad positiva que se repite en el otro que no se identifica, que no se siente, que no se com- plica. No hay conflicto, sino competencia entre mismidades aisladas, singulares, incapaces de lo auténtico en la medida que lo auténtico no puede ser un continuo. La singularidad positiva del sujeto esférico del rendimiento no es auténtica, no es úni- ca, es repetición sin diferencia. Bajo estos entendidos, la indiferen- ciación masificadora como terror con- temporáneo está representada en la cul- tura pop por el monstruo zombi. Hay dos monstruos que conviven hoy en la cultura pop, aunque desaparezcan por un tiempo, siempre son reactivados: el zombi y el vampiro. En términos dialécticos, el zom- bi es la masa proletaria y el vampiro el bur- gués. Ambos monstruos son insaciables, pero uno es colectivo, el otro personaje sofisticado, único y poderoso. La primera expresión del zombi contemporáneo es Night of the Living Dead de George Romero (1968). Se trata del zombi masa, sin rela- ción con la tradición vudú. Sin embargo, en la película de Romero (y en las siguien- tes) hay elementos de negatividad impor- tantes a través de la crítica al racismo. En la expresión más acabada, The Walking Dead, de Robert Kirkman, me refiero más precisamente al cómic (2003-2019), los zombis simplemente aparecen y comien- za el contagio dejando a muy pocos vivos. Me refiero al cómic, porque incluso en la serie de televisión (AMC, 2009), se trató [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 106 de darle un origen al contagio. Lo más terrorífico en la narrativa de zombis es la imposibilidad de descubrir el origen del mal, haciendo del zombi una expresión de expansión de lo mismo indiferenciado en una masa vociferante e insaciable capaz de destruirlo todo. Por su parte, la expresión más contem- poránea del vampiro es glamorosa, donde incluso sus debilidades tornan ornamen- to, como la luz solar abrillantando la piel del vampiro. Por supuesto, se trata de Crepúsculo, la novela de Stephenie Meyer convertida en saga cinematográfica. Aquí el vampiro, que también es convertido por contagio, es el opuesto exacto al zombi: bello, único, exitoso. Podría decirse, in- cluso saludable. Zombi y vampiro son expresión de con- tagio, muerte y vida, o vida sin muerte, o muerte sin vida. En cualquier caso, la oposición desaparece tras el contagio. Una pura positividad donde muerto-vivo o vivo-muerto restan toda potencia trágica a la subjetividad para dejar restos de un drama donde al desaparecer la muerte, desaparece la vida. Estos terrores son, para Han, repre- sentaciones de la existencia del sujeto de rendimiento. Un vivo-sin-muerte: La vida nunca ha sido tan efímera como hoy. No hay nada que pueda prometer duración y consistencia. Como consecuencia de esta falta se genera nerviosismo. La hiperactividad y la aceleración del proceso de vida pueden enten- derse como un intento por compensar el vacío en el que se anuncia la muerte. Una sociedad gobernada por la histeria de la supervivencia es una sociedad de zombies, que no son capa- ces de vivir ni de morir (Han, 2017: 38). Convertirse, por contagio, en zombi, significa vivir sin la capacidad de la sin- gularidad. Porque no existe “un zombi” en términos de personificación, sino “los zombis” como monstruo en sí. Convertirse en vampiro, por contagio, es alcanzar la singularidad total, ser único, “El vampi- ro”, siempre capaz de convertir a otros según su voluntad, siendo el accidente la conversión no deseada. El sujeto del rendimiento deseoso del éxito que le de- finirá, fracasa y enferma de sí mismo, de lo que él mismo no pudo hacerse. Si no se derrite bajo el calor de la autoexplotación, se licua bajo el peso de la depresión. En el ínterin, se “forma” bajo el esquema de la educación continua, la ya clásica ex- pansión de la formación educativa para el trabajo de las sociedades de control (Deleuze, 2014). Aprende, inventa, invierte todo lo necesario en sí mismo, que es su empresa y atiende a su cuerpo como si fuera oficina de representación pública. Por eso el gimnasio le quita espacio a las aulas, la deformación por cirugía estética coloniza el otrora local clandestino del ta- tuador y las transformaciones corporales, “Lo más terrorífico en la narrativa de zombis es la imposibilidad de descubrir el origen del mal, haciendo del zombi una expresión de expansión de lo mismo indiferenciado en una masa vociferante e insaciable capaz de destruirlo todo”. 03 107 H U G O C . M O R E N O antes marcas de singularidad, tornan ser- vicios de maquillaje donde la singularidad se masifica comercialmente. Si se muere, se dejará un cadáver bello, “la presión de la optimización del cuerpo afecta a todos por igual. No solo crea zombies hermosos de botox y silicona, sino también zombies de fitness, músculos y anabolizantes” (Han, 2017: 123). Parece que para Han incluso la biopolí- tica ha devenido en asunto interiorizado al sujeto. Ya no se trata de estar sano para el trabajo y débil para la resistencia política a través de dispositivos de disciplinamiento (Foucault, 2001) para generar un cuerpo dócil, sino de estar sano para el trabajo sin umbral de resistencia al ser el propio cuerpo el límite de las relaciones políticas. La vida propia pierde sustancia en su equi- pamiento para alcanzar la mayor eficacia y eficiencia en pos de la empresa de uno mismo. Nos aplicamos una biopolítica in- terna y nos indicamos el tratamiento hasta fundir los nervios y la psique, la cual, casi paradójicamente, pero funcionalmente acoplada, está abierta a las redes sociales y al Big Data. La biopolítica es nuestra y nos abrimos a una psicopolítica (Han, 2014) donde nuestros microgestos son leídos para ofrecernos aquello que nosotros hemos decidido desear en un círculo de encierro donde la esfera queda totalmente pulimentada. Así, el sujeto del rendimiento es un dato biológico ofrecido hacia afuera sin necesidad de negatividad, nada ni na- die exige la desnudez, la ofrecemos como forma de alcanzar mejor rendimiento. De esta manera, nuestra singularidad no tiene nada de auténtica, no somos vampiros úni- cos, no-muertos, sino muertos-vivientes: Parece que en la actualidad todos nos hemos convertido en zombies de rendimiento y salud. Las víctimas de esta violencia sistémica no son los excluidos Homines sacri, sino el sujeto de rendimientointegrado en el sistema, que, como soberano, como empresario de su yo, no está sometido a nadie, y en este sentido es li- bre, pero a la vez es el Homo sacer de sí mismo (Han, 2017: 123). Dato biológico ofrecido al Big Data. El mundo digital es habitado como si se tra- tara de una habitación transparente donde el sujeto del rendimiento se muestra asu- miendo en sí mismo el valor de exposición que el cuerpo delineado en el gimnasio y el quirófano le ofrece. Su vida digital es más valiosa que su vida biológica, dejando a esta última al borde de la inanición, mori- bunda a fuerza de mostrarse. La muerte “La aparición de un virus, digámos, real, que enferma y mata (a pesar de su baja letalidad y mínima tasa de mortandad) nos explota en la cara zombi, sobre todo, a través del mundo digital. El SARS-CoV-2 ha revelado las tramas dramáticas, biopolíticas y zombificantes de la sociedad contemporánea”. [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 108 no llega sólo por depresión, sino también por sobreexplotación. La singularidad positiva es la expresión tangible del terror zombi envuelta en la fantasía vampírica, somos más zombis que vampiros y ello explica el temor al con- tagio en horizontalidad. La aparición de un virus, digámos, real, que enferma y mata (a pesar de su baja letalidad y mínima tasa de mortandad) nos explota en la cara zombi, sobre todo, a través del mundo digital. El SARS-CoV-2 ha revelado las tramas dramáticas, biopolíticas y zombificantes de la sociedad contemporánea. El drama del zombi soberano Hay una discusión interesante entre Byung-Chul Han y Giorgio Agamben res- pecto a la activación de la pulsión sobe- rana. Resumiré esto así: el soberano, lo soberano, la soberanía, se observa por dos vías que, en realidad, se dirigen al mismo punto, mantener el poder, la sobe- ranía: hacer morir y dejar vivir, por un lado y como rasgo fundamental. La otra vía de observación está en la capacidad de deci- dir el estado de excepción o emergencia. Han critica a Agamben a este respecto: En plena sociedad de rendimiento, él describe la sociedad de la soberanía. Ahí reside el ana- cronismo de su pensamiento. La violencia que él rastrea, en función de su anacronismo, sigue siendo una violencia de la negatividad, que re- mite a la exclusión y la inhibición. Pero de este modo pierde de vista la violencia de la positi- vidad, que se manifiesta como agotamiento e inclusión y es característica de la sociedad de rendimiento. Al referirse, en última instancia, a formas de secularización que son formas de negatividad que entretanto han quedado arcaicas, no puede aprehender los fenómenos extremos de la positividad. La violencia de hoy en día más bien remite al conformismo del consenso que al antagonismo del disenso. Se podría hablar, en contra de Habermas, de la violencia del consenso (Han, 2017: 96-97). Sin embargo, es el mismo Han quien en un artículo sobre la pandemia (22 de marzo de 2020), agrieta su aparato crítico para dejar ver dos formas de la activación so- berana en la sociedad del rendimiento: la europea y la asiática, donde el estado de emergencia (excepción) es el estelar: Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una men- talidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son me- nos renuentes y más obedientes que en Euro- pa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa (Han, 2020: 99). En Asia, la soberanía activada por el pe- ligro biológico contó con la anuencia de la ciudadanía obediente y con alto grado de incorporación de dispositivos elec- trónicos, permitiendo observar cómo se articula el estado de excepción, el sujeto esférico del rendimiento y el big data, ofreciendo una forma novedosa del sujeto, donde a lo esférico se le suma la cualidad ciborg. Mientras que, en Europa, liberal en sentido político, los derechos civiles debieron ser cancelados a través de toques de queda y cuarentenas im- puestas (y ni hablar de la manera en que las soberanías latinoamericanas impu- sieron cruentos toques de queda). Dos formas de la soberanía ostensibles en la imposición del estado de emergencia. El asiático en clave big data-ciborg, el euro- peo con su forma clásica de limitación de derechos. Esto no inválida la propuesta de Han, pero sí reblandece su crítica a Agamben, quien escribió, bajo el mismo contexto que “parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites” (Agamben, 2020: 19). Es en Asia donde el límite fue “más allá” a pro- pósito del cuerpo y la biopolítica en su sentido más crudo. El peligro, el terror al contagio, al ser todos igualmente presas de la muerte, positiviza esta igualdad en una horizontalidad de supervivencia, haciendo de las singularidades el coro de un drama biopolítico: “la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla” (Agamben, 2020: 19). Si en Europa no se usó el big data no es porque los sujetos no hayan implicado en su esfericidad la cualidad ciborg, sino porque ésta se usa de otra manera, como resonancia de la mismidad con relación a lo político y el Estado, los sujetos no obedecen con el mismo fervor que los asiáticos, pues el Estado se encuentra en entredicho, politizando territorios más extensos, donde el mundo digital es una 03 109 H U G O C . M O R E N O serie de planicies de contacto entre los iguales, pero los iguales no se encuentran con otros iguales, los consumidores de la izquierda poco saborean la derecha y viceversa, salvo para sazonar sus pro- pios platillos, exigiendo la privacidad de los datos que los sujetos, alegremente, desvelan. La diferencia es que el big data no se usa para control político extremo, como sería el estado de excepción, sino como herramienta policiaca y, sobre todo, comercial. El cuerpo ciborg euro- peo-occidental se suma al supuesto de singularidad que realiza al zombi contem- poráneo. No es que en Asia este ausente el zombi, sino que se articula de manera diferente según la articulación sobera- nía-biopolítica: Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitaliza- ción directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acen- tuado. No es lo mismo el individualismo que el egoísmo, que por supuesto también está muy propagado en Asia (Han, 2020: 101). El exceso de positividad en el sujeto es- férico del rendimiento no significa la “su- presión” de la soberanía. Tampoco se trata de superar la biopolítica y, mucho menos, de que ésta haya llegado a su extremo tanatopolítico para situarse sólo ahí. El juego de vida y muerte al que nos enfrenta la pandemia debe entenderse a través de articulaciones de estas tecnologías. La soberanía, tal como se activó, permite aprender sobre cómo actúa el sujeto esfé- rico del rendimiento: se trata de aquel que aporrea teclas para escribir post sobre su vida en cuarentena y se atreve a insultar y brutalizar a quienes no lo hacen, exponien- do superioridad moral, sostenida, según él, en una solidaridad con la humanidad. Para no ir más lejos, es interesante el len- guaje que utilizó Rafael Macedo, político portugués, quien twitteó luego de que Cristiano Ronaldo y su familia pasearanen la calle en plena cuarentena, “¡Quiero que a ese cerdo que llegó de Italia lo encierren en su casa. ¡Saquen a ese malviviente de Madeira!” (político.mx, 2 de abril de 2020), igualmente sube videos para proponer a los otros, que son él mismo, cómo sobre- llevar el terror del aburrimiento. Se trata de un zombi ciborg incapaz de sustraerse de su propia seguridad, histérico ante su supervivencia que supone la de los de- más. Regaña y atiza a quienes no logran identificar en el “sacrificio” del aislamiento como herramienta de poder personal. Se convierte en su homo sacer. De esta ma- nera abre camino para la tanatopolítica, logrando solidarizar a unos bajo la premisa de que otros, excluidos y prescindibles, pueden ser dejados a la muerte, incluso rechazados hacia la muerte. Quizá es Achile Mbembe quien, casi como humorada, en una entrevista deja ver un atisbo de resistencia política que desdramatice la epidemia y nos deje al- canzar sus contornos trágicos. Primero, Mbembe explica que: La pregunta es cómo encontrar una manera de asegurar que cada individuo pueda respirar. Esa debería ser nuestra prioridad política. También me parece que nuestro miedo al aislamiento, a la cuarentena, está relacionado con nuestro miedo a enfrentar nuestro propio fin. Este miedo tiene que ver con no poder de- legar nuestra propia muerte a otros (Bercito, 31 de marzo de 2020). Hay una observación sobre el carácter dramático de nuestra sociedad y, al mismo tiempo, un sentido trágico, si entendemos por lo trágico la asunción de la muerte como parte de la vida, es decir, sabemos sobre nuestra finitud, sobre nuestra muer- te, llegará, pero algo podemos hacer en lo que nos llega. El drama es que no es posible asegurar que cada individuo pueda respi- rar tras esta pandemia. Muchos morirán. Lo trágico es aceptar eso. Ahí viene un lapsus conceptual por parte de Mbembe: “Ahora todos tenemos el poder de matar. El poder de matar ha sido completamente democratizado. El aislamiento es precisa- mente una forma de regular ese poder”. Es un lapsus conceptual porque se emparenta con el concepto de necropolítica acuñado por el autor africano. Es importante la pro- cedencia del autor, porque no es un euro- peo como Agamben, ni un asiático formado en Alemania como Han, es un outsider cultural que ha irrumpido en el lenguaje teórico a gran escala. La necropolítica se ha masificado en varias latitudes y se ha entendido de diferentes maneras. Por mi parte, entiendo la necropolítica como una forma externa al Estado, no es [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 110 el Estado dejando morir ni rechazando ha- cia la muerte, eso es el extremo tanatopo- lítico de la biopolítica, bien comprendida por Mbembe cuando observa: Esta es la lógica del sacrificio que siempre ha estado en el corazón del neoliberalismo, que deberíamos llamar necroliberalismo. Este sistema siempre ha funcionado con un apara- to de cálculo. La idea de que alguien vale más que otros. Los que no tienen valor pueden ser descartados. La pregunta es qué hacer con aquellos que hemos decidido que no valen nada. Esta pregunta, por supuesto, siempre afecta a las mismas razas, las mismas clases sociales y los mismos géneros (Bercito, 31 de marzo de 2020). Si entendemos al neoliberalismo como el sistema de producción donde la econo- mía ha colonizado a la política, orillando a los Estados a diseñar políticas públicas donde los intereses económicos están por encima de las poblaciones (biopolítica), sobre todo a través del retiro calculado del Estado para permitir que gobiernos priva- dos indirectos gestionen territorios, po- blaciones y recursos, podemos entender cómo los sistemas de salud en las nacio- nes más afectadas, fueron adelgazados de tal manera que una enfermedad como el Covid-19 los lleva al extremo del estado de emergencia y la aplicación de la tanato- política, es decir, el dejar morir y rechazar hacia la muerte a unos, para asegurar la supervivencia de la mayoría, imposibi- litando que todos los individuos puedan respirar. Esto abre la posibilidad de la eje- cución de necropolíticas. En lo local, en lo más cotidiano de la vida, la gestión privada de las poblaciones, territorios y recursos, no dejará morir, matará. Si se tratara de desdramatizar a nues- tras sociedades, entonces se trata de re- ventar al sujeto esférico del rendimiento, de enfermarlos y confrontarlos a la super- vivencia real, como real lacaniano, es decir, obligando a mirar al abismo y que sea eso otro inefable quien regrese la mirada. “Se trata de dar más espacio a la muerte en la vida, para que esta no se convierta en una vida de zombies entumecida” (Han, 2017: 38). Se trata de muerte, de morir. Por eso, la aparente humorada de Mbembe puede significar la verdadera forma de resistencia al sistema de sociedad contemporáneo, no a la pandemia, sino con la pandemia. Repito lo dicho por Mbembe: “Ahora todos tene- mos el poder de matar. El poder de matar ha sido completamente democratizado. El ais- lamiento es precisamente una forma de re- gular ese poder”. Se trata de usar ese poder, de salir y contagiarlo todo, de colapsar esta forma de vida con otra forma de vida infec- ciosa. La cuarentena impuesta por el es- tado de emergencia no protege a los seres humanos, protege a las poblaciones como datos biológicos y los trata como nuda vida, por eso puede eliminar sus derechos. Si ya no tenemos derechos, si somos nuda vida ¿se trata de presionar con nuestra posi- bilidad de muerte? De cualquier modo, el drama está en la imposibilidad de eliminar la muerte. La tragedia podría presionar hasta reventar el sistema de sociedad ac- tual, atacar al necroliberalismo con nuestro poder de muerte. Zombis políticos contra la zombificación de nuestras vidas. m Referencias Agamben, G. (2020), “La invención de una epi- demia”, en VV. AA., Sopa de Wuhan, Edito- rial ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio). Bercito, D. (2020), “La pandemia democratiza el poder de matar”. 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Profesor-investigador en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro, México. 112 No es infrecuente que en los momentosmás aciagos como el de una pandemia circulen en el imaginario colectivo todo tipo de narrativas: las teorías conspirativas, por ejemplo, unas mejor elaboradas que otras y otras más fantasiosas que las demás, pero al fin no pasan de adquirir, una vez que recobran vida, la forma de una especie de na- rrativa muy seductora, a veces irresistibles, tanto que se arraigan en el imaginario social. Cuando se arraiga colectivamente la convicción de que la versión oficial de los hechos son manipuladas o sesgadas, cuando los individuos de una comunidad son contagiados con el virus de la desconfianza hacia las estructuras del Estado, entonces esas versiones oficiales se convierten en dignas candidatas de descon- fianza ciudadana, lo que abona a su vez en el “sospechosismo”. Final- mente, las teorías conspirativas constituyen una forma de apropiarse de la comprensión del fenómeno, pues casi siempre es la única vía al alcance de un numeroso sector de la sociedad. Pero más allá de lo que se pudiera decir en torno a la génesis, desarrollo y consecuencias de una pandemia como la que generó el Covid-19, la cuestión es que situaciones como éstas visibilizan con mayor intensidad aquellas fragilidades que siempre han estado latentes tanto en la sociedad política como en la sociedad civil. En estos breves párrafos me referiré a un par de esas fragilidades. Me enfocaré, lo más límpido posible, desde una perspectiva bioética. Aclaro esto último porque todas las aristas que se derivan de una experiencia como la del Coronavirus son áreas bastante fértiles para un acercamiento desde la biopolítica, el biopoder, incluso desde el bioderecho, con todas y sus limitaciones que pudiera presentar ésta última asignatura. LA PANDEMIA DEL COVID-19 Y LAS FRAGILIDADES ÉTICAS LATENTES BIOÉTICA DE EMERGENCIA: 03 113 Quiero comenzar haciendo algunas breves acotaciones respecto de la bioética como un enfoque particular de la ética aplicada, esto con la intención de resaltar la multi- plicidad de preguntas que natural e inevi- tablemente podrían quedar latentes en un esfuerzo por dar cuenta de experiencias como la pandemia que nos convoca. Me limitaré a dos de las tantas características que la distinguen de otros enfoques. La pri- mera de ellas, y una de las más importan- tes, se refiere a su estatuto epistemológi- co: se trata de un espacio eminentemente inter, multi y trans disciplinario de encuen- tro y discusión de los dilemas morales que se generan a partir de la puesta en práctica de los conocimientos, los cuales tienen un impacto directo o indirecto sobre la calidad de vida de las personas y sobre todo en los derechos humanos. De todos los tipos de conocimientos (en su más amplio sentido), es el de las biotecnologías el que ha inflado la nómina de dilemas morales. No es gra- tuita aquella sentencia —que tanto me ha hecho reflexionar— de Jeremy Rifkin (1999) en el sentido que nunca la humanidad había estado tan mal preparada para el abanico de nuevas oportunidades, dificultades, pero sobre todo de riesgos tecnológicos y económicos que se perfilan en el horizon- te. Está convencido sobre la probabilidad de que los cambios en nuestras formas de vida serán más fundamentales en las próximas décadas que en los mil años que anteceden a la humanidad. La segunda ca- racterística de la bioética, ya mencionada, tiene que ver con el lugar que ocupa dentro de la ética: es un prototipo de ética apli- cada, es decir, en ella cohabitan aquellas éticas que se prometen como operativas, como contrapuestas a las éticas conse- cuencialistas o deontológicas. Por ello me siento autorizado a llamarles éticas de las experiencias concretas o, retomando el hilo conductor de Theodor Adorno en su Dialéctica negativa en voz de M. Tafalla (2003: 132), enfoques teóricos que comien- zan con las experiencias y continúan con la experiencias. Le ética aplicada, sería, por tanto, algo así como un tipo de ética para la vivencia cotidiana del fenómeno moral. Una pandemia, como la que aquí refiero, se antoja como una experiencia global que impacta innegablemente en la calidad de vida y desata en cadena un reclamo social de verificación de derechos humanos, principalmente de los nombrados dere- chos sociales. Hecha la aclaración nece- saria, me limitaré a describir algunas de las fragilidades éticas que percibo durante la fases de la pandemia. La fragilidad ética de los medios de comunicación y del periodismo. Ni en los tiempos más aciagos suspenden tempo- ralmente su propia agenda. Durante los tiempos del Covid-19 el fenómeno de las posverdad se expresó más vivo que nunca en la última década, sobre todo cuando los medios de comunicación ejercen sus propias narrativas —paralelamente al formato tradicional— en el espectro de las redes sociales. En estas últimas la des- información, propia de una sociedad so- bre-informada, es la regla, la información “neutralizada” y objetiva es un privilegio al que difícilmente se puede aspirar. No hay tregua que valga para los mass media. Si es verdad que hoy se viven tiempos en los que el valor de la verdad como divisa social está en plena decadencia o en descrédito (D’Ancona, 2019) o si percibimos que sólo es un anzuelo, entonces las denominadas “fake news” son el constitutivo del rasgo más predominante cuando me refiero a la fragilidad ética de los medios de co- municación. Pero la posverdad no sólo se despliega a través de las “fake news”, también lo hace incluso en el formato tradicional: se trata de efectos directos y subliminales que los mass media impri- men en el imaginario colectivo. Los me- dios, periodistas, los “analistas” y redes sociales desplegaron, en el imaginario social, aquella narrativa a la que me referí previamente; una que, lejos de asumir una actitud crítica, alimentan la apariencia, lo latente, el engaño, ocultan mostrando, y esto último se presenta cuando, efec- tivamente, se muestra algo diferente de lo que tendría que mostrarse si hicieran lo que se supone —desde la ética de máximos, por ejemplo— que habrían de hacer, es decir, informar objetivamente, y también cuando muestra lo que debe, pero de tal forma que hace que pase in- advertido o que parezca insignificante, o lo elabora de tal modo que toma un sen- tido que no corresponde en absoluto a la realidad (Bourdieu, 2010: 24). Este tipo de fragilidad ética se configura en clave de violencia formal; ésta estriba en el propio medio, en su poder simbólico, en su poder de representar la realidad. En términos de semiótica implica un poder ver y un hacer ver que produce efectos perversos a ve- ces no controlados por el propio emisor. Es esa toma de sentido a la que me he referido en párrafos anteriores y que no corresponde en absoluto a la(s) realida- d(es). Para Imbert (1992: 15) siempre hay [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 114 una violencia del medio intrínseca a los modos como opera, es decir, a los modos de construcción-representación-impo- sición de la realidad, lo que contribuye al desarrollo de una infodemia, seguida de paranoia colectiva. La fragilidad ética de la oposición. En los tiempos del Covid-19 resultó insepa- rable de la fragilidad ética de los medios de comunicación, del periodismo y de las redes sociales. Formaron un tipo de entra- mado en esa lógica semiótica del hacer ver. Parece ser que, en su lucha por tener la ra- zón a cualquier precio, se dieron la mano. Lejos de tomar las circunstancias como una oportunidad de solidarizarse con la comunidad para granjearse un bono de legitimidad, optaron por sacrificarla. Cifró sus esperanzas de expectativa electoral en un virus. La apuesta del oposicionismo mexicano fue a la tergiversación, a la dia- triba, aun cuando ello no signifique que los electores,arrastrados por esa inercia de desencanto inducido hacia la clase políti- ca en el poder, necesariamente volverán la vista a ellos. Se olvidan los partidos actua- les de “oposición” que en las democracias modernas la reconciliación del electorado con ellos no es una conclusión necesaria. No hay asegurado un final feliz. La fragilidad ética del propio sistema público de salud. Este tipo de fragilidad ética implica o, mejor dicho, deriva —entre otras cosas— del estado de abandono sis- temático en que se encuentran el sistema de salud. Es obvio que aun en el país más desarrollado —y con mayor inversión en hospitales— colapsaría todo su sistema de salud ante la magnitud de una pandemia. No hay país que lo resista. Por ello, ante una circunstancia como ésta, una de las metodologías de análisis tradicionales de la bioética —el principialismo— empieza a desplegar todo un test de ponderación para derivar conclusiones. En la concep- ción principialista se ven a los principios éticos y bioéticos como una exigencia de universalización, es decir, que uno de esos principios, ante la presencia de un dilema ético, su aplicación sea autorizada por el hecho de otorgar el mismo tratamiento a todos los casos que se sitúen en un su- puesto igual. Tiene como protagonistas a los bioeticistas Tom L. Beauchamp (uti- litarista) y James F. Childress (kantiano), quienes en 1979 definieron los cuatro los principios de la bioética: autonomía, no maleficencia, beneficencia y justicia. Ellos advierten que estos principios tienen los siguientes rasgos (Beauchamp y Chil- dress: 1998): 1) Son prima facie, esto es, que vinculan siempre que no colisionen entre ellos; 2) En caso de colisión, esto no constituye óbice para resolver un dilema bioético, pues lo que se requerirá será dar prioridad a uno u otro dependiendo del caso; 3) Estos principios deben ser espe- cificados para aplicarlos a los análisis de los casos concretos. “¿Cómo interpretar la instrucción de las autoridades del sector salud de permanecer aislado, sin acceso a la atención médica, cuando eres una estadísticas más de los infectados?, ¿en qué medida es moralmente justificable, frente a los principios de la bioética el viejo dilema de sacrificar a unos para salvar a la mayoría?” 03 115 R A Ú L R U I Z La anterior descripción aparenta una cierta facilidad de operar los principios de la bioética ante los dilemas concretos que proliferan, como en una pandemia. Pero no es así, de hecho se sostiene, en la literatura crítica de la tradición princi- pialista, que son principios de fundamen- tación distinta: mientras que el principio de no maleficencia y el principio de justicia obligan con independencia de la opinión y la voluntad de las personas implicadas o afectadas, el principio de beneficencia y el principio de autonomía, por su parte, resultan el reverso de esa moneda. De ahí que los primeros dos, para algunos auto- res, tengan un rango superior respecto de los últimos. El principio de no maleficencia y el principio de justicia se enfocan hacia el bien común, el principio de beneficencia y el principio de autonomía se enfocan al bien particular. Los primeros constituyen una ética de mínimos (ética del deber), los segundos una ética de máximos (ética de la felicidad). Los principios de no malefi- cencia y de justicia están colocados en el terreno de lo correcto/incorrecto; por su parte, los principios de autonomía y be- neficencia, en el de lo “bueno” o “malo”. En términos de Diego Gracia (1991), los prime- ros se corresponden con el derecho, los segundos son específicos del campo de la moral. Concluyo con una breve reflexión seguida de una interrogante. La propia Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en su Resolución 1/2020, admite, entre otras cosas, que: a) en situaciones como la actual pandemia —estado de emergencia— se generan im- pactos diferenciados e interseccionales respecto de la verificación de los dere- chos económicos, sociales, culturales y ambientales (DESCA), sobre todo en determinados colectivos y poblaciones en especial situación de vulnerabilidad; y que b) en ciertas circunstancias resulta im- perativo la restricción del pleno goce de derechos (de reunión y libertad de circu- lación, por ejemplo) a efecto de garantizar una acción médica eficaz. Los dos escenarios anteriores son propios y concurrentes en un estado de emergencia (Notstand), con los riesgos de las anomalías que pueden presentarse, pero lo que deseo es resaltar que ante un estado de emergencia siempre impera la necesidad de un ejercicio de ponderación, y éste cuenta con una barra de conten- ción: la proporcionalidad, que a su vez está cercada por la idoneidad, la necesidad y la proporcionalidad, en sentido estricto. Pero la evaluación respecto de la legali- dad, el apego al marco constitucional de la ponderación y proporcionalidad sólo es posible en sede de los tribunales constitu- cionales. La pregunta que me planteo es, por tanto, en qué medida resultan opera- tivos los principios de la bioética en un es- tado de emergencia. ¿Cómo interpretar la instrucción de las autoridades del sector salud de permanecer aislado, sin acceso a la atención médica, cuando eres una estadísticas más de los infectados?, ¿en qué medida es moralmente justificable, frente a los principios de la bioética el vie- jo dilema de sacrificar a unos para salvar a la mayoría? Aquí no sólo se evidencia la fragilidad de todo sistema de salud y de los comportamientos desproporcionados a los que puede incitar, sino de la propia tradición principialista, situación que me hace pensar en una bioética de emergen- cia. En cuanto a otro tipo de fragilidades éticas que percibo (la del sector empresa- rial, la modelo económico, la de la propia ciencia) merecen otro espacio. Por lo pronto me quedo con la reflexión de Gior- gio Agamben (2020) ante la pandemia del Covid-19: ha sido evidente el colapso de todas las creencias y de la fe en común. m Referencias Agamben, G. (2020), “Reflexiones sobre la peste”, en AA. VV., Sopa de Wuhan, Editorial ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio). Beauchamp T. L., y J. F. Childress (1998), Princi- pios de ética biomédica, Barcelona: Masson. Bourdieu, P. (2010), Sobre la televisión, Barcelona, Anagrama. D’Ancona, M. (2019), Posverdad. La nueva guerra en torno a la verdad y cómo combatirla, Ma- drid, Alianza. Imbert, G. (1992), Los escenarios de la violencia, Barcelona, Icaria. Rifkin, J. (1999), El siglo de la biotecnología. El co- mercio genético y el nacimiento de un mundo feliz, Barcelona, Crítica-Marcombo. Tafalla, M. (2003), “Recordar para no repetir: el nuevo imperativo categórico de T. W. Ador- no”, en J. M. Mardones y R. Mate (eds.), La ética ante las víctimas, Barcelona, Anthropos. Documento web: Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2020), Pandemia y Derechos Humanos en las Américas. Resolución 1/2020. Disponible en: http://www.oas.org/es/cidh/decisiones/pdf/ Resolucion-1-20-es.pdf. [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 116 por Ricardo Bernal Lugo y Mario Alfredo Hernández Sánchez. Profesores investigadores en la Universidad La Salle-Ciudad de México y en la Universidad Autónoma de Tlaxcala, México, respectivamente. 03 (Y DESPUÉS) HACIA UNA FILOSOFÍA PÚBLICA PARA LA ÉPOCA DEL CORONAVIRUS 117 décadas es promovido por los Estados. En una columna posterior titulada “Conta- gio”,02 Agamben incluso ponía en duda las recomendaciones de los expertos respec- to a las medidas de distanciamiento y se- ñalaba que éstas eran sospechosamente parecidas a las que los gobiernos habían querido implantar desde hace tiempo para “sustituir todo contacto —todo contagio— entre los seres humanos” y reemplazarlo por las máquinas y los mensajesdigitales. Por su parte, en un texto del 10 de marzo titulado “El coronavirus nos obliga a deci- dir entre el comunismo global o la ley de la jungla”,03 más sensato que el de Agamben, el filósofo esloveno Slavoj Žižek aceptaba la necesidad médica fundamentada de la cuarentena aunque señalaba, no sin ra- zón, que ésta se había mezclado con una presión ideológica dirigida a “establecer fronteras claras” y “confinar a los ‘enemi- gos’ que amenazan nuestra identidad”. Sin embargo, en consonancia con uno de sus planteamientos teóricos según el cual sólo la irrupción inesperada de lo real en su ruptura con la cadena de significan- tes (en este caso el capitalismo) puede modificar al sujeto y motivar un acto revolucionario, Žižek interpretaba la pan- demia como “un golpe global al sistema capitalista” y como el momento oportuno 02 Disponible en: https:// ficciondelarazon.org/ 2020/ 03/11/giorgio-agamben-contagio/ 01 Disponible en: https:// ficciondelarazon.org/ 2020/ 02/27/giorgio-agamben-la-invencion-de-una-epidemia/ En las últimas semanas algunos de los filósofos más reconocidos a nivel mundial han difundido sus reflexiones sobre la actual pandemia de Covid-19 en distintos diarios o espacios digitales. La crisis sani- taria ha sido de tal magnitud que las voces de mujeres y hombres que han dedicado su vida al análisis crítico y a la reflexión filosófica eran esperables. Dado que las repercusiones sociales y económicas se- rán de muy largo aliento, no era exagerado suponer que las intervenciones de estos pensadores podrían ayudarnos a orientar los debates en torno a los múltiples retos que debemos enfrentar durante y des- pués de la emergencia, cuando sus efec- tos sociales se vuelvan aún más patentes. No obstante, aun cuando las intervencio- nes de autores como Giorgio Agamben, Slavoj Žižek, Byun Chul-Han, Jean-Luc Nancy, Alain Badiou o Judith Butler son muy disímiles y expresan muy distintos puntos de vista, han provocado en el mejor de los casos un debate restringido a especialistas que está lejos de atender las preocupaciones reales de las personas que se enfrentan a esta crisis. Y, en el peor, han estado motivadas por la necesidad de ver confirmadas teorías y predicciones, aun cuando esto suponga tomar distancia del curso de los fenómenos y de los elementos explicativos proporcionados por la comunidad científica. Así, en su texto del 26 de febrero, titula- do “El temor a contagiarse de otros como otra forma de restringir libertades”,01 el filósofo italiano Giorgio Agamben se apre- suraba a desestimar las precauciones ante la “supuesta epidemia” de Covid-19 y tildaba las medidas de emergencia como “frenéticas, irracionales y completamente injustificadas”. Después de esta descalifi- cación, proponía una explicación sobre la desproporción de la respuesta del Estado y acerca de la dócil aceptación ciudadana de medidas que atentaban contra su libertad. Dicha explicación coincidía con las tesis desarrolladas en los volúmenes de Homo sacer, particularmente con la convicción de que la evolución de la política en Occi- dente nos ha llevado a una gestión biopolí- tica de la vida y que el desarrollo del Estado moderno ha terminado por encontrar la manifestación de la soberanía en el estado de excepción. Para el italiano, las medidas adoptadas ante la “supuesta epidemia” serían una muestra más de la “tendencia global a usar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno”. Todavía más, esta tendencia que había encontrado su justificación en el terrorismo desde el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, en 2001, ahora hallaba en una “epidemia inventada” otro pretexto para su apunta- lamiento. En palabras de Agamben, “pare- ciera que habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofre- cer el pretexto para extenderlas más allá de todos los límites”. Agamben añadía que estas medidas habrían sido asumidas con tanta facilidad por la población a causa del “miedo interiorizado” que desde hace [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 118 de construir una sociedad “más allá del Estado-nación […] que se actualizará a sí misma en las formas de solidaridad y coo- peración global”. En un tono más optimista que Agamben y asumiendo la centralidad de la comuni- dad científica, el esloveno observa en la pandemia la oportunidad de reinventar el comunismo desde una perspectiva ale- jada de cualquier apelación a un Estado centralizado o a la burocracia soviética: “el coronavirus también nos obligará a reinventar el comunismo basado en la confianza, en las personas y en la ciencia”. En palabras de Žižek, instituciones de cooperación como la Organización Mun- dial de la Salud son un ejemplo a seguir en la construcción de un mundo basado en la cooperación internacional. El esloveno incluso plantea la necesidad de edificar una red global de atención médica que no dependa de las soberanías estatales y que permita la coordinación de esfuerzos entre los expertos científicos y técnicos —a quienes la burocracia tradicional es- torbaría— para lidiar con retos de dimen- sión planetaria como los que significan las hambrunas, las plagas o el calentamiento global. En el fondo, el llamado al comunis- mo no es sino un intento por buscar un fu- turo más allá del capitalismo actual que no puede sostenerse por mucho más tiempo. De hecho, Žižek define a los nuevos co- munistas simplemente como liberales estudiosos: “los comunistas no son sino liberales que comprenden que nuestros valores liberales están bajo amenaza y se dan cuenta de que solo un cambio radical puede salvarlos”. Finalmente, en su texto titulado “La emergencia global y el mundo del maña- na”,04 publicado el 22 de marzo, el filósofo coreano Byung Chul-Han señala que la pandemia ha puesto en evidencia la inefi- cacia de la idea de soberanía en Europa y ha mostrado la efectividad de la vigilancia digital aun cuando vaya en contra del de- recho a la privacidad. Chul-Han argumenta que una “ventaja” de Asia sobre Europa es su “mentalidad autoritaria” y el senti- do de obediencia inherente a la cultura oriental. Asegura que en Asia la epidemia no la combaten sólo “los virólogos y los epidemiólogos sino también los informá- ticos y los especialistas en macrodatos”. El filósofo asiático resalta que, en Japón y Corea, nadie se “enoja por el frenesí de las autoridades para recopilar datos” e insiste en la existencia de un “sistema de créditos social” en China que permite una evaluación permanente de los ciuda- danos en su “conducta social”. Después de mostrar el escalofriante panorama de la vigilancia digital en China donde, en sus propias palabras, “no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación”, Chul-Han señala que “a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático”. En ese contexto, el coreano augura un cambio profundo en la idea de soberanía: pues ahora es soberano el que posea datos, mientras que “cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras sigue aferrada a viejos modelos de soberanía”. Hacia el final del texto, Chul-Han trata de explicar “el exagerado pánico hacia la epidemia” retomando las tesis de La so- ciedad del cansancio. Él argumenta que, después de la Guerra Fría, hemos pasado paulatinamente de una sociedad inmuno- lógica en la que el riesgo se presentaba de forma “negativa” (como un enemigo exter- no), a una “sociedad del rendimiento” don- de el riesgo se expresa como un exceso de 03 Disponible en: https:// ctxt.es/es/ 20200302/Firmas/ 31388/Slavoj-Zizek-coronavirus-comunismo-capitalis- mo-globalizacion-economia.htm 04 Disponible en: https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul- han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html. “Evitar reducir la complejidad de un fenómeno a metáforas y tener la humildad de intentar un diálogo constructivo”. 03 119 B E R N A L Y H E R N Á N D E Z positividad —de rendimiento, producción y comunicación. Se trata de una sociedad en la que la represión por otros deja pasó a la depresión; y donde la explotación por otros cede a la autoexplotación voluntaria y a la auto-optimización. Ahora bien, la te- sis de Chul-Han parece ser que, al menos en Europa, el virus habría alimentado de nuevo las tendencias inmunológicas per- mitiendo localizar a un enemigo externo en el contexto de un capitalismo global del rendimiento: “ya no guerreamos contra nosotros mismos sino contra el enemigo invisible que viene de fuera”. El filósofo coreano culmina su texto refutando la tesis de Žižek según la cual la pandemia supondría un golpe al capitalismo. Por el contrario, ésta podría significar el trasla- do de la vigilancia policial digital a Europa. Un traslado indeseable para él. Aunque la intervención del coreano culmina con una crítica al capitalismo del rendimiento, el texto está marcado por la idea de que gracias a la vigilancia digital ilimitada la pandemia pudo ser contenida en Asia con mucho más éxito que en Europa. Ciertamente Agamben, Žižek y Chul- Han son filósofos de primera línea, vincu- lados acaso por una intención de pensar críticamente lo que se ha dado en llamar modernidad tardía, con un afán libertario en el sentido más profundo del término. Es decir, a través de una crítica radical orientada a la búsqueda de una auténtica emancipación, ellos intentarían poner en crisis la comprensión de la sociedad y el Estado sostenida por el establishment, político-económico y teórico (en el que caben tanto el autoritarismo menos elaborado o la defensa empresarial del capitalismo, hasta posturas liberales, socialdemócratas e incluso las diferen- tes variantes del populismo) debido a su incapacidad para hacer frente a formas de dominación, explotación, control y manipulación características de nuestro tiempo. No obstante, esta crítica en el nivel de la teoría coincide con un contexto social particular, el de la búsqueda de autodeterminación de unos seres huma- nos vinculados tecnológicamente y, sin embargo, divididos por una pluralidad dis- cursiva que ya no es simplemente la que John Rawls buscaba armonizar a través de una comprensión política —pública— de la justicia dispuesta a pronunciarse acerca de lo socialmente relevante y no sobre las pretensiones de verdad de los ciudadanos. Ahora, la pluralidad discursi- va frente a la que, entre otros, Agamben, Žižek y Chul-Han se posicionan, se enlaza, por lo menos, a partir de tres elementos diferenciables: primero, las pretensiones de reconocimiento formuladas desde éticas de la autenticidad reivindicado- ras de la subjetividad sin filtros críticos; segundo, la suspensión del juicio crítico frente a discursos que se presentan como alternativos a las verdades oficiales y “Aceptaba la necesidad médica fundamentada de la cuarentena, aunque señalaba, no sin razón, que se había mezclado con una presión ideológica dirigida a establecer fronteras claras y confinar a los enemigos que amenazan nuestra identidad”. [ D ILEMAS ÉTICOS Y CULTURALES PARA PENSAR EN T IEMPOS DE PANDEMIA ]03 120 que expresarían, precisamente por ese carácter subversivo, la utilidad de las fake news y teorías conspirativas en un con- texto donde la universalidad de los valores ilustrados se percibe como imposición autoritaria; y, tercero, la búsqueda de discursos unitarios de todo tipo (desde la vuelta a la metafísica tradicional hasta el coaching y la nostalgia por un hipotético estado de naturaleza premoderno) que reduzcan la ansiedad social frente a la promesa incumplida por el pensamiento postmetafísico, es decir, el logro de una racionalidad deliberativa que nos permita arribar a consensos políticos no exhausti- vos pero, por lo menos, funcionales. De manera particular, el carácter “radi- cal” del pensamiento crítico de Agamben, Žižek y Chul-Han los convierten en pro- vocadores naturales para el lector tradi- cional —que lee papel impreso— y para el digital que ve convertidos sus dispositi- vos móviles en auténticas bibliotecas de Babel que lo informan, lo confunden y lo obligan a un consumo selectivo de ideas. Por eso es que estos filósofos se han vuel- to personajes públicos que intervienen por los medios académicos tradicionales, pero que no se niegan la posibilidad de ha- cerlo a través de redes sociales o debates escenificados en Youtube. Sin embargo, desde nuestra perspectiva, esta forma de aproximación está lejos de satisfacer las exigencias de una filosofía pública en un contexto en el que se requieren menos diagnósticos catastrofistas que elemen- tos para un debate informado y, cierta- mente, crítico. De hecho, si la posición del intelectual público no viene acompañada de la reivindicación de una cierta filosofía pública —no política ni de razón práctica en sentido tradicional— las intervencio- nes filosóficas pueden acabar siendo una pieza más en ese mosaico electrónico de tuits, publicaciones de Facebook o foto- grafías para Instagram que Cass Suns- tein comparaba con un periódico escolar como el que los adolescentes elaboraban en la escuela colectando sólo las opinio- nes e ideas de sus amigos cercanos. En este sentido, nuestra intuición es que Agamben, Žižek y Chul-Han, y por eso sus aportaciones al debate sobre el coro- navirus tienen un tono de incertidumbre profética, son expresión todavía de una forma tradicional de pensar que observa, evalúa y reduce la complejidad de la ac- tualidad a partir de ciertas categorías que acaban demostrando tesis previamente articuladas. Más aún, la caracterización de las medidas sanitarias como la conti- nuación de la política estatal antiterro- rista, el vaticinio del fin del capitalismo, así como la exposición de la vigilancia digital como el motivo del éxito asiático en la contención de la pandemia, contras- tan con las constantes y permanentes precauciones metodológicas de una co- munidad científica que insiste en seguir aprendiendo y en evitar generalizaciones apresuradas sobre el comportamiento del nuevo virus. Por ejemplo, en Italia ha quedado claro que la hipótesis de Agamben según la cual el Estado habría exagerado las medidas ante una “epidemia inventada” es insos- tenible y, por el contrario, la evidencia sugiere que éstas debieron aplicarse con oportunidad para evitar la catástrofe pos- terior. Los efectos económicos y sociales de la pandemia están aún por afrontarse y hay pocos indicios de un viraje hacia un nuevo comunismo o el fin del neolibera- lismo que —como el virus— ha demostra- do su capacidad para adaptarse al entor- no social e ideológico. Por otra parte, la circunstancia de países como Alemania parece sugerir que la vigilancia digital no es el factor decisivo para evitar el creci- miento acelerado de la pandemia, y que la oportunidad en la toma de decisiones y la fortaleza del sistema de salud pública son elementos centrales para evitar sus consecuencias más atroces. Además, es probable —y es algo que aún estamos por aprender— que las grandes diferencias en el crecimiento de la pandemia obedezcan a variables menos espectaculares y abs- tractas como la oportunidad en la aplica- ción de las medidas de distanciamiento social, las dinámicas de integración, los hábitos generalizados de higiene, la dis- ponibilidad de agua o las características sociodemográficas de los países. Esto no significa que la filosofía no tenga nada que decir ante un fenómeno tan impor- tante como